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Artículos de José SaramAgo

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JOSÉ SARAMAGO San Jorge salió a caballo JOSÉ SARAMAGO 12/07/1988 LO primero que hizo el viajero en Braga fue

ir a ver la Fonte do ídolo. Está allí, junto a la Casa do Raio, en sitio no indicado, con un portalón que da hacia un empedrado sin lucimiento, y se mira luego hacia la cueva que hay delante, un charco con piedras limosas: ¿dónde está la fuente? Baja el viajero los peldaflos y ve al fin lo que anda buscando, las humildes piedras, las inscripciones y las figuras mutiladas. Parece que la fuente es prehistórica, aunque sean posteriores las esculturas, y parece que fue consagrada a un dios de nombre polinésico: Tongoenabiago. De estas erudiciones no cuida mucho el viajero. Lo que le conmueve es pensar que hubo un tiempo en el que todo esto era yermo, corría el agua entre las piedras, quien venía por ella agradecía al dios Tongo las bondades de la linfa. De esas bondades hay que desconfiar hoy (¿será pura el agua?), pero las esculturas siguen ofreciendo el apagado rostro, mientras no pierdan del todo su relieve.Si el vicio del viajero fuese la cronología, éste sería el inicio cierto: fuente prehistórica, inscripciones latinas; pero Braga pone al lado de estas antigüedades el barroco juanino, precisamene la llamada Casa do Raio, y siendo así, tómese lo que a mano tiene, siempre sin preocupaciones de método. Es la Casa do Raio, como palacio, una de las más preciosas joyas setecentistas que Portugal guarda. Asombra que un estilo que en las composiciones interiores difícilmente consiguió mantener el equilibrio entre la forma y la finalidad fuera capaz, en los exteriores, de complacerse en juegos de curva y contracurva, integrándolos en las exigencias y posibilidades de los materiales. Y el azulejo, que, por su rígido geometrismo, no parecía poder ser sometido a los recortes que las piedras le imponen, surge aquí como un factor complementario de extrema precisión. El viajero no puede demorarle cuanto quiere. De iglesias tiene Braga rosarios, y el viajero no va a visitarlas todas. Habrá, pues, que escoger, un poco por recados que ya lleva y mucho más por los impulsos de la ocasión. Visita obligatoria será, no obstante, la catedral. Como el viajero no tiene que particularizar primores de erudición, búsquese en otro relato la minucia y el detalle enciclopédico. Aquí se habla de las impresiones, de ojos que pasean y aceptan el riesgo de no captar lo esencial por prenderse en lo accesorio. La riqueza decorativa acumulada por los siglos en el interior de la catedral de Braga tiene sólo el defecto de ser excesiva para la capacidad de asimilación de quien allá entra. Nació con grandes ambiciones esta iglesia. Si el viajero no se engaña, Braga comenzó por no querer quedar detrás de Santiago de Compostela. Lo dice el plan inicial de cinco naves, el dilatado espacio que la construcción iba, pues, a ocupar; lo dicen la propia situación geográfica de la ciudad y su importancia religiosa. El viajero no tiene documentos para probar esto, pero se Ie ocurrió la idea cuando daba vueltas por el interior del templo, y tiene obligación de dar cuenta de sus intuiciones. En esta confusión de estilos y procesos, que va del románico al barroco, pasan(lo por el gótico y el manuelino, lo que más cuenta para el viajero es la impresión general, y ésa es la de un gran edificio que, por obra de disposición voluntaria y por lo inconcluso de las construcciones laterales, quiebra la rigidez de los muros que lo aislarían del contexto urbano y prolonga hacia ese contexto aberturas, pasos, accesos, si no queremos

llamarles pequeñas calles y pequeñas plazas, definiéndose así un conjunto arquitectónico que en este aspecto no debe de tener parejo en Portugal. El viajero sigue apostando por sus intuiciones, pero no hace de ellas opinión, y mucho menos afirmación. Piense cada quien lo que prefiera, mientras no haya pruebas que lleven a todos a pensar del mismo modo. Habla el viajero de la catedral de Braga, claro está. Indignación Ante el frontal del altar mayor, hecha antes la reverencia estética que exige la estatua trecentista de Santa María de Braga, el viajero se siente invadido por grande y molesta indignación. Este frontal es lo que quedó del retablo que mandó hacer un arzobispo y que otros dos arzobispos mutilaron. Se asombra el viajero, y se pone a pensar que no faltarán por ahí incrédulos que no osarían alzar la mano contra la integridad de esta obra maestra de la escultura, y hubo dos arzobispos livianos, pero de pesado martillo, que mejor hubieran hecho cuidándose de su alma. El viajero no es rencoroso, pero espera que tales pecados no pasen sin más el día del juicio. Cuando el viajero sale al claustro, que es para él una de esas plazas que prolongan la iglesia hacia el exterior, ya sabe que allí hay dos capillas que hay que ver: la de San Giraldo y la de la Gloria. Están ahora cerradas, luego vendrá quien las abra.Aquí, a este lado, casi al salir a la ciudad, está la estatua monolítica de San Nicolau, santo y peana en un sola piedra de granito. Tiene candelas encendidas, señal de que aún solicitan sus intervenciones, pese a lo apartado del sacro recinto. Del otro lado del claustro hay otra capilla, construcción sin interés, pero que guarda cuatro santos negros, uno de ellos, san Benedicto, de quien el viajero, en su infancia, oyó decir que comía poco y engordaba, y particularmente un gran san Jorge con coraza pectoril, yelmo y perneras, con pluma en lo alto y gran bigote de guardia civil del cielo. Este san Jorge tiene historia, que viene a ser una página negra en los anales del arzobispado. En cierta procesión sobre la que el viajero no apuró el conocimiento, sin que, no obstante perjudique al entendimiento del caso, salía siempre san Jorge montado en su caballo, como compete a quien desde tiempos inmemoriales anda en airada lucha con el dragón. A caballo y empuñando la lanza, san Jorge recorría las calles de la ciudad, recibiendo, sin duda, preces y honores militares, mientras el caballo, llevado de las riendas, relinchaba de contento. Así fue por muchos años, hasta que vino un día nefasto en que al caballo que había de transportar al santo le pusieron herraduras nuevas, por estar las viejas gastadas. Sale el cortejo, ocupa san Jorge su lugar en la procesión, y de pronto tropieza el animal en un carril del tranvía, resbala, escapa el suelo bajo sus manos y patas, y ahí va san Jorge de cabeza contra la calzada, con terrible estruendo, pánico y consternación. Estruendo fue lo que se oyó; pánico, el de los ratones que huían a la carrera de dentro del santo, y consternación, la de los curas, portantes y acompañantes, que veían así, patente en plaza pública, la incuria que el interior del santo les merecía. Allá habían anidado los ratones todos de la seo de Braga, y no lo sabían los clérigos. Ocurrió esto hace 30 años, y, de vergúenza, nunca más salió san Jorge a la calle. Allí está, en la capilla, triste, lejos de la ciudad amada por donde nunca más deambuló, penacho al viento y con la lanza pronta. El viajero, que gusta de añadir detalles a todos sus cuentos, no da a la fantasía de imaginar que a altas horas de la noche, cuando la ciudad duerme, aparece un caballo en la sombra llevando al santo de paseo. No hay quien aplauda a su paso, pero a san Jorge

no le importa, que aprendió a costa propia de cuán poco depende conservar las glorias y perderlas. Tumbas En fin, va el viajero a empezar por la capilla de San Giraldo. Estas tumbas son del conde don Enrique y de doña Teresa, su mujer, y las mandó labrar el arzobispo Gonzalo Pereira, abuelo de Nuno Álvares Pereira. Son pequeñas y están colocadas en discretos arcosolios. Pregunta el viajero: "Pero éste tiene tapa de madera, ¿por qué?" La respuesta es un gracioso capítulo de la historia de las vanidades humanas. Atención, pues. Cuando el arzobispo mandó construir las tumbas tenía un pensamiento secreto: reservar una de ellas para sus propios restos. Por eso los huesos del conde don Enrique y los de doña Teresa quedaron juntos en una sola tumba, aún más próximos en la muerte de lo que habían estado en vida. Pasó el tiempo, el arzobispo no se moría, y al no morir, empezó a pensar que quizá tuviera tiempo para mandar labrar su propia sepultura, sin ocupar casa a otro destinada. Así se hizo, y la tumba del arzobispo es esa magnificencia que hay ahí al lado, en la capilla de la Gloria, y para la de doña Teresa mandó hacer una tapa de madera, que es la que ahí está. Si en la distribución de los huesos condales hubo confusión, consolémonos con la idea de que, si con la condesa quedó sólo una costilla del conde, quedó el conde entero. Cuando el viajero sale al claustro se pregunta si los apóstoles y diáconos que están con la boca abierta en los lados del túmulo del arzobispo, cada uno en su edículo, estarán cantando responsos o clamando censuras. Uno de ellos tiene la boca cerrada, tal vez porque sabe la verdad. El Largo do Pago es amplio, con pavimento de grandes losas, y tiene en el centro uno de los más bellos surtidores que el viajero haya visto. Los edificios constituyen alas de planta y piso: no debería ser preciso más para habitar. Bajando, subiendo, el viajero no se preocupa de averiguar lo que va viendo. Entra en dos iglesias, contempla un arco setecencista, y en barrio que no prometía mucho ve otra iglesia (es la de San Vítor, le dicen), donde: tiene que oír la demorada charla de una fregatriz hablando de otra mujer, ausente, tan ruin peste que ni el hijo o hija..., y el resto seguía de este tenor de in compatibilidades y malquerencias. El viajero fue a ver los azulejos, que son convencionales, pero interesantes, y como les habrá prestado más atención de la común,se encontró la mujer obligada a mudar de charla, largar al hombre y volverse hacia el curioso, que estaba ahora contemplan do el retablo del altar mayor. Y tan empeñada está la mujer en agradar, quién sabe si para disfrazar el haber estado maldiciendo de vida ajena en la casa del Señor, que se propone mostrar las grandes obras de la sacristía. Menos mal que el viajero aceptó. En un corredor de entrada, metida en una vitrina, había una figura femenina, toda de encajes vestida, con un gentil sombrero de ala amplia, igualmente tocado de encajes, con un aire de maja goyesca, castiza en el porte de la testa y en los cabellos sueltos. Al cuello llevaba un niño, al que apenas se distinguía entre el fondo fofo de volantes y bordados. "¿Quién es?", preguntó al viajero. "Es la Virgen do Enjeito (*), en su sillita, tal como sale en las preocesiones". El viajero cree haber oído mal, e insiste. "Sí, señor, do Enjeito", repitió la mujer. El viajero no pretende pasar por entendido en hagiologías, pero, en fin, algo del mundo ha visto, y mucho de Portugal, y bien sabe cómo de santos está esta tierra llena, pero de la Virgen do Enjeito nunca había oído hablar. Ya en la calle seguía interrogándose: "¿Cuidará acaso de los chiquillos abandonados, de los expósitos?".

La respuesta no la tuvo hasta que se quedó dormido y despertó, y en el silencio del cuarto bracarense, entre damascos y credencias de hotel antiguo, cayó sobre él la iluminación: "¡Es Egipto, no Enjeito! Esa pobre mujer sabe tan poco de geografía como de portugués, a no ser para maldecir". Pero el viajero, antes de quedarse otra vez dormido, sintió pena, y aún la siente hoy, de que no sea do Ejeito aquella Virgen. Siempre sería nombre más bonito y de mayor claridad. JOSÉ SARAMAGO El hombre que no olvidó JOSÉ SARAMAGO 13/07/1988 Si examinaran al viajero, lo suspenderían. Examen de viajero, se entiende, que de los otros quizá sí o quizá no. Llegar a Guarda después de la una de la mañana, en sábado, con nieve en la sierra, y confiar en el santo patrón de los viajeros para encontrar habitación es de una incompetencia rematada. Aquí le dijeron que no, allá ya ni abrieron, más allá ni vale la pena llamar al timbre. Volvió al primer hotel, cómo es posible, u edificio tan grande y que no haya siquiera una habitación. No la había. El frío, allá fuera, lo dejaba a uno aterido. El viajero podría haber pedido la limosna de un sofá en la sala para esperar allí la mañana y una habitación libre, pero, siendo corno es persona con su orgullo, entendió que esta imprevisión suya, tan grave, merecía castigo, y se quedó a dormir en el automóvil. Envuelto en todo cuanto podia dar imagen de confort, mordisqueando galletas para engañar al apetito nocturno y al menos calentar el diente, fue la mísera creatura del universo durante las largas horas de su particular invierno boreal. Estaba clareando, clareando con dificultad, y apretaba el frío cuando se vio ante un terrible dilema: o humillarse y pedir al fin abrigo en la tibia sala de espera, o sufrir la humillación de ver a los madrugadores acechando por las ventanillas a ver si allí dentro había un hombre o un carámbano. Eligió la humillación más confortable, no se lo tomemos a mal. Cuando, al fin, salió de madrugada una pandilla de españoles que habían vencido en esta Aljubarrota y quedó Ubre una habitación, el viajero se sumergió en el agua más caliente del mundo y se metió luego entre las sábanas. Durmió tres horas de profundo sueño, comió y salió a ver la ciudad.Viajero veterano La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas Al caer la tarde volvió, dormitó un poco para restaurar fuerzas y se fue a cenar. Aliviado de la invasión española el hotel, vueltos a sus lares los excursionistas lusos, el comedor está en un sosiego admirable, reducido en su tamaño por un espeso cortinón que lo cobija. La temperatura, allá fuera, ha descendido mucho, se estremece el viajero sólo con pensar cómo estaría ahora sin habitación garantizada y baño caliente, esas cosas sólo les ocurren a los viajeros poco previsores o a los aprendices, no a éste, que es veterano. Está en este burlarse de sí mismo cuando a él se aproxima el jefe del comedor con la carta y una sonrisa. Es un hombre bajo, de tronco sólido. Intercambian las palabras acostumbradas en estas ocasiones, parece que no va a ocurrir nada que no sea la llegada de la comida, y el vino, y el café para terminar. Pero ocurren dos cosas. La

primera es la excelente cena. El viajero ya lo había presentido al mediodía, pero debía de estar aún bajo la impresión gélida de la noche y apenas se fijó. No obstante, ahora, sin prisa, activado el paladar, que se había purificado, entre tanto del gusto nauseabundo de las galletas comidas en la soledad del Polo Norte, puede confirmar que la cocina es magistral. La segunda cosa que está ocurriendo es la charla, que va ya larga, entre el viajero y el jefe de comedor. En dos palabras dice aquél quién es y a lo que anda, en otras dos habla de sí, en lo esencial, el jefe de comedor, y van luego a ser precisas muchas más para las historias que serán contadas. Intuiciones Dice el señor Guerra (éste es su nombre): "Soy de Cidadelhe, una aldea del concejo de Pinhel. ¿Piensa ir también por allá?". Responde el viajero, sin mentir: "Tengo esa intención. Me gustaría ver aquello, ¿cómo está la carretera?". "La carretera está mal. Aquello es el fin del mundo. Pero ya estuvo peor". Hizo una pausa y repitió: "Mucho peor". Nadie se puede titular viajero si no tiene intuiciones. Aquí adivinó este viajero que había más que oír, y lanzó un sencillo cabo que ni de anzuelo precisa: "Comprendo". "Tal vez lo comprenda, pero yo no puedo quedar indiferente cuando me dicen que tierras como la mía están condenadas a desaparecer". "¿Quién le ha dicho eso?". "El alcalde de Pinhel, hace años. Son tierras condenadas, decía". "¿Le gusta su tierra?". "Me gusta mucho". "Jiene aún familia allá?". "Sólo una hermana. Tenía otra, pero murió". El viajero siente que está aproximándose y busca la pregunta que mejor sirva para abrir el arca que adivina, pero al fin el arca se abre por sí sola y muestra lo que hay dentro, un caso vulgar en tierras condenadas, como Cidadelhe: "Mi hermana murió a los siete años. Tenía yo nueve. Le dio el garrotillo, y cada vez iba peor. De Cidadelhe a Pinhel hay 25 kilómetros; entonces la carretera era un camino de cabras, todo piedras. El médico no iba hasta allá. Entonces rrii madre pi dió un burro prestado y nos vinimos los tres por aquellos montes". "¿Y lo lograron?". "Ni medio camino anduvimos. Mi hermana murió. Volvimos para casa, con ella encima del burro, en el regazo de mi madre. Yo iba detrás, llorando". El viajero tiene un nudo en la garganta. Está en el comedor de un hotel, este hombre es el jefe de comedor y cuenta una historia de su vida. Cerca hay dos camareros más, escuchando. Dice el viajero: "Pobre chiquilla. Morir así, por falta de asistencia médica". "Mi hermana murió por no haber médico ni haber carretera". Entonces el viajero comprende: "Nunca ha conseguido olvidar eso, ¿verdad?". "No lo olvidaré mientras viva". Hubo una pausa, la cena llega a su fin, y el viajero dice: "Mañana voy a Cidadelhe. ¿Quiere acompañarme? ¿Puede venir conmigo? Enséñeme su tierra". Aún tiene los ojos húmedos. "Será un placer". "Saldremos después de comer, si le parece". El viajero vuelve a su cuarto. Abre sobre la cama su gran mapa, busca Pinhel, aquí está, y la carretera que entra tierra adentro, en un punto cualquiera de este espacio murió una niña de siete años, y entonces el viajero encuentra Cidadelhe, allá arriba, entre el río Coa y la torrontera de Massucime, es el último rincón del mundo, será el último de la vida. Ya ha quedado Pinhel atrás, ahora las carreteras son caminos de mal andar, y, pasado Azevo, lo que se ve es un gran desierto de montes con tierras labradas donde fue posible. Hay sembrados, breves, los de un verde más intenso son centeno; los otros, trigo. Y en las tierras bajas se cultiva la patata y generalmente legumbres. Se practica una economía de subsistencia, se come lo que se siembra y planta.

Chiquillos hermosos Cidadelhe, cabo del mundo. Ahí está la aldea, casi en la punta de una pirámide rocosa apretada entre dos ríos. El viajero detiene el coche, sale con su compañero. En dos minutos se han juntado una docena de chiquillos, y el viajero descubre, sorprendido, que son todos hermosos, una pequeña humanidad de rostros redondos que es maravilla ver. Allí cerca está la ermita de San Sebastián, y pegada a ella, la escuela. Se entrega al guía, y si la primera visilla ha de ser a la escuela, pues que lo sea. Son pocos los alumnos. La maestra explica lo que el viajero ya sabe: la población de la aldea ha ido disminuyendo, ahora hay poco más de un centenar de habitantes. Una de las niñas mira mucho para el viajero: no es bonita, pero tiene la mirada más dulce del mundo. Y el viajero descubre que para aquí vinieron las viejas carteras escolares de su infancia son restos y sobras venidos de la ciudad a Cidadelhe. La ermita estaba cerrada y ahora está abierta. Guerra habla con dos mujeres de edad, pide noticias de la tierra y las da de sí mismo, y dice luego: "A este señor le gustaría ver el palio". El viajero nota en el silencio que sigue una tensión. Una de las mujeres responde: "El palio no puede ser. Ya no está aquí. Lo llevaron para arreglarlo". El resto fueron murmullos, un conciliábulo apartado, sin gestos, que no abundan en estos lugares. Entró el viajero en el pequeño templo y se da de cara con el san Sebastián más singular que sus ojos han visto. Se ve que fue coloreado hace poco, con pintura y barniz, el tono rosado general, la sombra cenicienta de una barba de varios días. Tiene una flecha clavada de lleno en el corazón, y pese a eso sonríe. Pero lo que causa asombro son las enormes orejas que este santo tiene, verdaderos abanicos, para usar la expresiva comparación popular. Grande es el poder de la fe si ante este santo, realmente ridículo, consigue el creyente mantener la serenidad. Y es grande ese poder porque, habiéndose abierto la puerta de la ermita hace un momento, ya hay cuatro mujeres rezando. La única sonrisa sigue siendo la del santo. A la salida, Guerra se acerca y el viajero le pregunta: "Bueno, amigo Guerra, ¿y qué hay del palio?". "El palio", responde Guerra embarazado, "el palio lo están arreglando". Y las viejas, en tan gran número que el viajero ya ha desistido de contarlas, responden a coro: "Sí, señor. Lo están arreglando". "Entonces, ¿no se puede ver?". "No, señor. No se puede". El palio es la gloria de Cidadelhe. Ir a Cidadelhe y no ver el palio sería como ir a Roma y no ver al Papa. El viajero ya ha ido a Roma, no vio al Papa y tampoco le importó demasiado. Pero le importa mucho lo que ocurre en Cidadelhe. No obstante, lo que no tiene remedio, remediado está. Arriba los corazones. Van por callejas pedregosas, aquí en esta casa vive una hermana de Guerra, su nombre es Laura, y pregunta: "¿Ya ha visto el palio?". Claramente incómodo, Guerra responde, una vez más: "Lo están arreglando. No se puede ver". Se apartan los; dos a un lado, es otro debate secreto. El viajero sonríe y piensa.: "Seguro que esto significa algo". Y mientras va subiendo hacia un campanario que de lejos se avista por encima de los tejados, nota que Laura se aleja rápidamente por otra calle, como quien parte en misión. Curioso caso. Visitadas las antigüedades artísticas de la aldea, dijo Guerra al viajero: "Es hora de merendar. Vamos a casa de mi hermana". Bajan por el camino que trajeron, y van primero a una bodega a beber un vaso de clarete, ácido pero de uva franca, y luego suben los escalones de la casa, ven a Laura en el umbral. "Entre. Como si estuviera en su casa". La voz es blanda, el rostro sosegado, y no es posible que haya en

el mundo más; límpidos ojos. Está en la mesa el pan, el vino y el queso. El pan es grande, redondo, para cortarlo es preciso apretarlo contra el pecho, y con ese gesto queda la harina agarrada a la ropa, a la blusa oscura de la dueña de la casa, y ella la sacude, sin pensar en ello. El viajero repara en todo, es su obligación. Pregunta Guerra: "¿Conoce el refrán del pan, del queso y del vino?". "No, no lo conozco". "Pues es éste: pan con ojos, queso sin ojos y vino que salte a los ojos. Es este el gusto de la tierra". El viajero no cree que las tres condiciones sean universales, pero en Cidadelhe las aceptan y ni siquiera son capaces de concebir que puedan ser distintas. Un hombre de bien Se ha acabado la merienda, es hora de marcharse. Se despide el viajero con afecto, baja a la calle. Guerra se quedó aún hablando con la hermana, que ledice: "Están esperando en las eras". ¿Qué será?, se pregunta a sí rnismo. No tardará en saberlo. Cuando se acerca a la ermita de San Sebastián ve a aquellas inismas mujeres viejas y a otras más jóvenes. "Es el palio", dice Guerra. Las mujeres abren lentamente una caja, sacan de dentro algo envuelto en un mantel blanco, y todas juntas, cada una haciendo su movimiento, como si estuvieran ejecutando un ritual, desdoblan, y es como si no acabaran nunca de desdoblar, la gran pieza de velludo carmesí bordada en oro, en plata y en seda, con el amplio metivo central, opulento cerco en torno a la custodia erguida por dos ángeles, y alrededor flores, hilos entrelazados, pequeñas esferas de estaño, un esplendor que no hay palabras que puedan describirlo. El viajero queda asombrado. Quiere ver mejor, posa las manos en la blandura incomparable del terciopelo, y en una cartela bordada lee una palabra y una fecha: "Cidadelhe, 1707". Éste es, en verdad, el tesoro que las mujeres de negro celosamente guardan y defienden cuando ya tanto les cuesta guardar y defender la vida. De vuelta a Guarda caía la noche, y dijo el viajero: "Entonces, no estaban reparando el palio". "No. Primero quisieron convencerse de que usted era hombre de bien". El viajero quedó contento de que en Cidadelhe hubieran encontrado que era hombre de bien, y aquella noche soñó con el palio. JOSÉ SARAMAGO Capitán Bonina y testigos de Jehová El convento de Graça, en Torres Vedras, tiene en la sala de la portería curiosos paneles de azulejos que cuentan episodios de la vida de san Gonzalo de Lagos, prior que era de este establecimiento en la fecha de su muerte, en 1422. Dentro está la tumba del mismo san Gonzalo, pero no debe de ser santo especialmente milagroso, pues no se ven señales particulares de devoción y agradecimiento. Estos santos le resultan siempre simpáticos al viajero: se esforzaron en la tierra, venciendo sabe Dios qué flaquezas, y no fueron luego beneficiados con especiales poderes; hacen su milagrito de tiempo en tiempo, sólo para no perder lugar, y eso es todo. En el parlamento de los santos deben de ocupar los últimos escaños; votan si hay que votar, y con eso nos contentan.A los lados del prebisterio hay dos santas imponentes, de ropajes suntuosos, altivas como madres abadesas. Están en lugar de honor, pero fuera de los altares, hecho ante el que el viajero se permite cierta extrañeza: teniendo que dirigirse el creyente a cualquiera de ellas, puede hacerlo con gran simplicidad, como si conversara con tina amiga encontrada por casualidad, pero el ceremonial de la oración debe sin duda de salir perjudicado y perder

su eficacia. A la salida dio el viajero los buenos días a tres mujeres que andaban en el atrio en grandes limpiezas de escoba y paño mojado, y ellas respondieron de tan buen modo que salió de allí como si hubiera sido bendecido tres veces. El museo municipal no es rico, pero muestra a gusto lo que tiene. Y tiene algunas buenas tablas de talleres regionales, alabadas por el viajero con palabras que cayeron bien en el ánimo del joven funcionario que lo atendía. Notable de modo superlativo es una escultura de madera, probablemente española, que representa a Cristo muerto. De un tamaño que se aproxima al natural, y mostrado de manera realista, aunque no dramatizada, este Cristo es de las más bellas piezas en su género, y no son muchas, porque si hay una región de la representación sacra donde se haya instalado la banalidad, es precisamente ésta. Más alabanzas merece, pues, el Cristo de Torres Vedras. Se lanzó el viajero al camino consolado aún por las bendiciones de las tres mujeres de la escoba, pero no tardó en comprobar que el radio de acción de las bendiciones es peligrosamente corto para quien no lleva otra protección. Fue el caso que en Turcifal vio el viajero una altísima iglesia alzada sobre una terraza a la que por muy empinados tramos de escalera se llegaba, eso si había buena pierna. Movió el aventajado edificio la curiosidad del viajero, que :se lanzó al habitual juego de la llave. Caritativa mujer que en un balcón estaba delegó en su hijo pequeño el encargo de acompañarle a una calle retirada. El viajero aprovecha para confesar aquí que no tiene gran talento para conversar con niños. Lo demostró una vez más en Turcifal. Allá iba aquel pequeño, arrancado de sus solaces, acompañando a un desconocido; era primario deber del viajero sacar conversa. No lo hizo. Musitó una pregunta cualquiera, a la que el chiquillo, sensatamente, no respondió, y en ese poco se quedó. Menos mal que la casa no estaba lejos. Ojalá lo estuviera, ojalá el viajero se cansara y desistiese. "Aquí es", dijo el pequeño. El viajero llamó una vez, llamó dos veces, y después de llamar tres se abrió una rendija avara, y una cara de mujer vieja apareció, severa: "¿Qué desea?". Da el viajero el acostumbrado recado, vino de lejos, anda visitando, le haría un gran favor, etcétera. Responde la rendija de la puerta: "No estoy autorizada. No doy la llave. Vaya a pedírsela al cura". ¡Qué sequedad, cielo santo! Insiste el viajero, está en su razón, le aseguraron que daban la llave allí, pero se queda con la frase a medias porque le dan bruscamente con la puerta en las narices, y es la primera vez que tal cosa le acontece. Afrenta Turcifal no tiene derecho a hacerle una afrenta así al viajero. Va éste a temperar su indignación con un café, que a esta hora de la mañana no va a servir más que para poner acedumbres en su estómago, y se demora pensando si irá a casa del cura o si da la espalda a Turcifal. Piensa ya que en el lindero de la población hará el teatral gesto de sacudirse el polvo de las botas, pero recuerda entonces los buenos modos de la primera mujer, la sensatez del chiquillo, y va a ver al cura. Asombrémonos todos. Ya está la vieja allí, con grandes demostraciones explicativas, de palabra y gesto, con el ama del cura, o tal vez pariente, el viajero nunca lo sabe, y cuando se aproxima repara en que la vieja retrocede asustada, como delante del Enemigo. "¿Qué habré hecho yo?", se interroga. Nada hizo, y todo acaba explicándose. Esta pobre mujer, mostrando la iglesia a sus visitantes, fue por dos veces víctima (palabras suyas) de ataques de testigos de

Jehová que querían cometer no sé qué desacatos o sacrilegios. Uno de los testigos (según parece) hasta le echó las manos al pescuezo, un horror. El viajero había sido confundido con un testigo de Jehová, y suerte fue que no hubieran visto en él cosa peor. En fin, fueron todos juntos a la iglesia, que, todo visto, no merecía la mitad de estos trabajos y de tanta agitación. Quedaron firmadas las paces, pero el viajero aún hoy está convencido de que, para la mujeruca de Turcifal, es realmente testigo de Jehová, y que trabaja en la clandestinidad. En Varatojo todo fue mejor. Ocurrió que llegó al convento por las traseras, y con eso salió ganando. Miró la alta fachada, empezó a buscar la puerta y dio con ella, una puertecilla baja que daba a un paso oscuro que, a su vez, se abría a la luz de un patio. El silencio era total. Estaba el viajero dudando, entro, no entro, cuando aparece un hombre fuerte, vestido con jersei de cuello alto. El viajero espera ser interpelado, pero no, el hombre se limita a responder a su saludo, y es el viajero quien explica: "Me gustaría visitar...". El otro responde sólo: "Desde luego", y se aleja, se mete en un coche que allí cerca estaba y desaparece. El viajero se pregunta: "¿Quién será?". Cura no parecía, así vestido, pero en estos tiempos nunca se sabe. Volvió el silencio. Alentado por la autorización, entra decidido, y lo primero que ve es una escalera que da a un rechinante pasillo de madera donde hay unas puertas tan bajas que obligarían a inclinarse al más bajo de los adultos. Son las celdas de los frailes. El viajero se acuerda de Asís: ambos conventos son de franciscanos, no es sorprendente que encuentre semejanzas. Pasado el patio, que había sido lo primero que el viajero vio, está el claustro. Éstos son los claustros que le gustan al viajero: sencillo, pequeño, discreto. Siendo primavera, no faltan flores ni abejas. En una de las columnas se enrosca un grueso tronco, y el viajero se asombra pensando cómo es posible que no haya desplazado la fuerza del arbusto el apoyo de los arcos y no se haya venido todo abajo. Y cuando mira hacia arriba, en busca de eventuales estragos, ve el viajero en el techo pintado un motivo constantemente repetido: el rodezno de sacar agua, que fue el emblema del rey Alfonso V. Caso extraño: esta gente noble medieval tomaba para sus enseñas personales las imágenes de objetos mecánicos, instrumentos usados por quienes villanos eran, y por tanto no preciados: este rodezno los guindastes del conde de Ourém, la camaronera de la reina doña Leonor, y quién sabe cuántos más que por ahí anden. Sería interesante investigar estas adopciones, qué relaciones morales o espirituales, ideológicas en consecuencia, las motivaron. Pasa en este momento, por el otro lado del claustro, en silencio como una sombra, un fraile. No miró, no dijo una palabra, pasó rápidamente, a qué obligaciones iría. El viajero, luego, duda de que hubiera visto al fraile. Es decir: no duda, lo que pasa es que no consiguió ver de qué puerta salió y por qué puerta entró, y eso habrá de causarle pronto ciertas dificultades, cuando ande en busca del paso hacia la iglesia. Sala capitular Pero se trata ahora de la sala capitular, que pata el claustro da. En anchura, altura y longitud es de rigurosa proporción. Son excelentes los azulejos setecentistas. Sobre la sillería hay retratos de frailes, y el viajero va pasando de uno a otro, sin prestar mucha atención a pinturas que en general no son buenas, cuando, de repente, queda clavado allí en el suelo, tan feliz que ni sabe explicárselo. Tiene ante él, en admirable pintura, el retrato de fray Antonio das Chagas, hombre que en el mundo se llamó Antonio da

Fonseca Soares, fue capitán del tercio de Setúbal, mató a un hombre cuando aún no tenía 20 años, vivió disipadamente en Brasil, en esparcimientos de arte amatoria, y perdonado al fin su crimen de juventud entró como novicio en la Orden de San Francisco, después de otras no pocas andanzas y algunas recaídas en tentaciones mundanas. En fin, un hombre de carne y sentidos que llevó a la religión sus arrebatos militares de escaramuza y guerrilla, y, siendo gran predicador, alborotaba al auditorio, llegando hasta tirarles desde el púlpito el crucifijo, última y violenta argumentación que rendía de una vez a los fieles, con gritos y suspiros prosternados en el pavimento de la iglesia. Le llamaron capitán Bonina, y al predicar, no teniendo otros enemigos carnales a mano, se daba a sí mismo violentas bofetadas, tales y tantas que su director espiritual le aconsejaba moderación en el castigo. Todo esto es barroco, contrario a los declarados gustos del viajero, pero este fray Antonio das Chagas, que en Varatojo murió, en 1682, habiendo nacido en Vidigueira en 1631, fue hombre entero y por eso excesivo, escritor gongorino, hijo de su tiempo, lírico y obsceno, figura que nunca supo hacer nada sin pasión. Aunque fuera malo este retrato, igualmente lo contemplaría el viajero fascinado. Pero la pintura, vuelve a decir, es excelente, digna de un museo y de un lugar principal en él. El viajero se siente feliz por haber venido a Varatojo. En una de estas celdas murió el frailuco, que así le llamaban en su tiempo. A la hora de morir, en la madrugada del 20 de octubre, pidió al compañero que lo asistía que le abriera la ventana para ver el cielo. No vio el paisaje ni el sol que había iluminado sus excesos. Sólo la grande y definitiva noche en que iba a entrar. El viajero salió de la sala capitular bastante conmovido. Feliz y conmovido. Una vida de hombre es lo más importante que hay. Y éste, que anduvo por caminos que, ciertamente, el viajero ni pisa ni va a pisar, acabó en aquella misma encrucijada adonde el viajero llegará, tan cierto él de haber vivido como quiere éste que sea su propia convicción. Caminos no faltan, y no van a dar todos a la misma Roma. Ahora el viajero busca el camino para ir a la iglesia. Abre cuantas puertas aparecen ante él, y tras levantar y bajar picaportes, meter la cabeza por desvanes, topar con trancas fuera después de haber desatrancado las de dentro, da al fin con su cuerpo en el templo. Nadie lo ha visto, nadie le ha venido a pedir cuentas, es un viajero libre. No faltan motivos de atención, bien en la nave, bien en las capillas: mármoles embutidos, retablos de talla barroca adornados con ángeles y pájaros, pinturas edificantes, azulejos de buen diseño. En moldura alta y apretada, porque en este sitio el espacio no daba para más azulejos, un peregrino, de espaldas, se aleja, mientras un árbol esbelto en cierto modo lo prolonga, al tiempo que llena el espacio vacío. Entre mil imágenes, perduró ésta más vivamente en la memoria del viajero. Explíquelo quien pueda. Va siendo hora de partir. El viajero sale de la iglesia, cruza el claustro, mira una vez más al capitán Bonina ("O morir en la empresa o alcanzar la victoria", son palabras de él), y mientras baja la colina va pensando que, si un día se mete a fraile, es a la puerta de Varatojo adonde irá a llamar. JOSE SARAMAGO El director y su museo JOSE SARAMAGO 15/07/1988

Cuando el viajero estaba en Alcoutin vio en un altivo monte un castillo redondo y macizo, con más aire de torre amputada que de construcción militar compleja. Por la amplitud de las vistas, valdría la pena subir hasta allí, pensó. No fue. Creía, engañado por la perspectiva, que el monte estaba aún en territorio portugués. En fin, para, llegar allá sería preciso atravesar el Guadiana, contratar barquero, mostrar pasaporte, y entonces ya sería diferente el viaje. Del otro lado es ya Sanlúcar y otro hablar. Pero las dos villas, puestas sobre el espejo de agua, han de verse en el espejo una de otra, el mismo albor de casas, los mismos planos de belén. En risa y lágrimas tampoco debe de ser mucha la diferencia.El viajero, allá adonde llega, si puede ser, conversa. Todos los motivos son buenos, y este de una antigua capilla transformada en carpintería y depósito de cajones, si no es el mejor de todos, basta al menos para el caso. Tanto más cuanto que en el fondo hay un altar y un santo encima de él. El viajero pide permiso para entrar, y la imagen es tan bonita, un san Antonio con el niño al cuello... ¿Cómo se explica que esté aquí, entre martillazos y trabajo de garlopa, sin una oración que lo consuele? La charla sigue fuera, en los escalones de lo que fue capilla, y el hombre, bajo, seco de carnes, rozando los 60 años, si es que no los rebasó, responde: "Venía aguas abajo cuando la guerra de España, y yo lo cogí". No es imposible, piensa el viajero, la guerra fue hace cuarenta años y pico, tendría. el salvador unos 15. "¡Ah! Vender no lo vendo. Está ahí para. quien quiera verlo. Y es bastante". La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas Se aproxima entonces un carabinero, curioso de por sí o por obligación de autoridad. Es joven, de cara alargada, sonríe siempre. No dirá una palabra durante toda. la charla. "El otro día vino por aquí el cura, Es flaco, todo curvado; entró y se arrodilló ante el san Antonio; estuvo ahí todo el tiempo que quiso y luego va y me dice, en esa lengua suya estropajosa, sí, estropajosa, que el cura es irlandés, lleva aquí un año, que dicen que vino huido de su tierra, estuvo ocho días en una barrica de alquitrán cuando fue de unas persecuciones que hubo allá, cuándo, ah, eso sí que no lo sé, y ahora vive ahí, me dijo que el santo debería estar en la iglesia en compañía con los otros santos, y yo voy y le digo que como alguien se atreva a echarle mano, voy y le doy con un listón que lo dejo rascándose para lo que le queda de vida, qué me dices; el cura se largó, cuando pasa por aquí baja ahora la cabeza como si viese al diablo". Todos se ríen, el viajero hace coro, pero en el fondo siente pena del cura, tan solo en tierra extraña, y que sólo quería tener ese santo por compañía, tal vez no tenga en su iglesia un san Antonio. Descubrimiento La iglesia se ve desde allí. Queda en lo alto de unas escaleras y tiene un bello portal renacentista. El viajero va a hacer la visita acostumbrada, a ver si encuentra las puertas cerradas y el cura ausente. Pero éste es irlandés, fue instruido en la idea de que la iglesia es para estar abierta, y si no hay otro que cuide de ella, por fuerza ha de estar dentro. Allí estaba, sentado en un banco. Al oír los pasos, se levantó, saludó con un solemne ademán de cabeza y volvió a sentarse. El viajero, intimidado, ni abrió la boca. Miró los magníficos capiteles de las columnas de la nave, el bajorrelieve del baptisterio, y volvió a salir. En caballetes, del lado de dentro de la puerta, había pegados prospectos

religiosos, el horario de las misas, otros papeles, uno en portugués, casi todos en inglés. El viajero, de repente, no sabe de qué tierra es. En Olhâo compró unas uvas en el mercado e hizo un descubrimiento. Las uvas, comidas en los muelles de los pescadores, no son buenas, pero el descubrimiento, y dispensen la inmodestia del viajero, era genial. Tiene que ver con aquella historia del rey moro del Algarve que se casó con la princesa nórdica, princesa que moría de añoranzas de sus nevadas tierras, lo que al rey le causaba gran pena porque le tenía mucho amor. Sabido es cómo el astuto monarca resolvió el caso: mandó plantar miles, millones de almendros, y un día, florecidos todos, hizo abrir las ventanas del palacio donde la princesa lentamente se extinguía. La pobre señora, viendo cubiertos los campos de flores blancas, las tomó por nieve y se curó. Ésta es la leyenda de los almendros: no se sabe qué pasó luego, cuando las flores se convirtieron en almendras, y nadie lo preguntó. Ahora bien, el viajero hace la pregunta siguiente: ¿cómo fue posible que la princesa, si era tan grave la enfermedad de consunción en que había caído, aguantara con vida durante todo el tiempo que millones de almendros precisan para crecer y fructificar? Bien se ve que la historia es falsa. La verdad la descubrió el viajero, y aquí la tienen. El palacio real estaba en una ciudad o en un lugar importante, como éste, y alrededor había casas, muros, en fin, lo que en las ciudades hay, todos pintados de los colores que a sus dueños más gusto les daban. Blanco había poco. Entonces el rey, viendo que se le moría la princesa, mandó publicar un bando diciendo que todas las casas se pintaran de blanco y que ese trabajo fuese hecho por todos en un día cierto, de la noche a la mañana. Y así fue. Cuando la princesa se asomó a la ventana, vio la ciudad cubierta de blanco, y entonces sí, sin peligro de que esas flores se marchitaran y cayeran, se curó la princesa. Y la cosa no queda aquí. Almendros no los hay en el Alentejo, pero las casas son blancas. ¿Por qué? Muy sencillo: porque el rey moro del Algarve mandaba también en aquella provincia y la orden fue para todos. El viajero acaba de comerse las uvas, vuelve a estudiar su descubrimiento, lo encuentra sólido y arroja la leyenda de los almendros a las malvas. El Museo de Faro es uno de esos de llevar y traer, es decir, de los que tienen un guía que lleva al grupo, se para todo el tiempo que sea preciso, y quien llega después tiene que esperar a que esté de vuelta. No hay más remedio, son las soluciones de la pobreza: cuando no hay platos para toda la familia se sirve en una fuente común; cuando no hay guardianes para todas las salas, entran los visitantes por veces. Está el viajero en estas reflexiones, esperando pacientemente o, al contrario, mostrando su impaciencia con paseos en el espacioso atrio que da hacia el claustro del que fue antiguo convento de la Asunción, cuando repara en un hombre de cansada edad, allí sentado, ante el escritorio donde siempre posaron sus codos y pereza los incontables ordenanzas de la tierra portuguesa. El hombre tiene el rostro blando de quien sabe de la vida lo bastante para tomarla en serio y reírse de ella y de sí mismo. Sonríe levemente el hombre. El viajero interrumpe su paseo para mostrar que se ha dado cuenta, y se inicia el diálogo: "Hay que tener paciencia. Los que andan por ahí dentro no van a tardar ya". Responde el viajero: "Paciencia tengo. Pero quien viaja no siempre tiene tiempo para perderlo así". Dice el hombre: 'Debería haber un guardia en cada sala, pero no hay presupuesto". Dice el viajero: "Con todo este turismo, no debería faltar. ¿Adónde va el dinero?". Dice el hombre: "¡Ah! Eso sí que no lo sé. ¿Quiere saber una cosa? Hace un

montón de tiempo pedimos material para rotular las obras expuestas, y sólo ahora acabamos de recibirlo". Impaciencia El viajero vuelve a su idea fija: ."Debería haber guardias. Uno a veces entra en un museo sólo para volver a ver una obra. O. una sala. Si tiene que ir acompañado y le apetece estarse una hora en esa sala o ante esa obra, ¿cómo lo hace aquí, en este museo? 0 en Aveiro, o en Braganza. Qué sé yo". El hombre sonríe de nuevo. Se le iluminan mucho los ojos, y repite: "Tiene razón. A veces le apetece a uno quedarse una hora ante una obra". Y dicho esto, se levanta, atraviesa el atrio, entró en un cuarto del fondo y volvió a salir, con un folleto en la mano. Y le dijo al viajero: "Como veo que usted se interesa por estas cosas, tengo el placer de ofrecerle la historia de esta casa". Sorprendido, el viajero recibe el folleto, da las gracias de manera trivial, y en media docena de segundos ocurren varias cosas: viene el guía con los visitantes, entran otras cuatro personas, hojea el viajero el librito, desaparece el hombre del escritorio. Allá dentro, visto el folleto con más atención, se entera el viajero de que el hombre del escritorio es el director del museo. Allí, sentado en el lugar de los ordenanzas que no existen, con su aire fatigado, quejándose de la falta de presupuesto, cubriendo con su sonrisa los pesares antiguos y recientes, es el director. El viajero ha visitado todas las salas, encontró unas mejores que otras, aceptó o no aceptó lo que temporalmente se expone, pero entendió en seguida que el Museo de Faro es obra de amor y de tenacidad. Y, atención, en lo que de mejor tiene, resulta incluso un museo importante. Véase la sala dedicada a las ruinas de Milreu, el espolio romano o visigótico, los ejemplares románicos, góticos y manuelinos, repárese en cómo fueron creados ambientes que favorecen a ciertas piezas o conjuntos, y la excelente colocación de los azulejos, los diagramas didácticos, los mosaicos reinstalados. Y no quedaría aquí la noticia si tuviera más espacio. Espacio para organizar los fondos, dinero para adquirirlos y mantenerlos, eso es lo que el Museo de Faro necesita. Quien lo ame, ya sabe. Termina la visita, y el viajero, ya en el vestíbulo, busca al director. No está allí. Fue a cualquier sitio escondido de este mundo suyo, tal vez por no ver en el rostro del viajero una sombra de desagrado. Si así es, se ha engañado. Al viajero le gustan todos los museos. Ha visto muchos. Pero éste era el primero en el que el director estaba sentado, tranquilamente sentado, en la mesa del ordenanza. El director y su constante, continuo amor. Y ahora, camino del Finisterre del Sur. Por esta banda se despide el mundo. Casi en línea recta avanza el viajero hacia la punta de Sagres. Luego, contorneando la bahía, hacia el cabo de San Vicente. El viento, fortísimo, sopla del lado de tierra. Hay aquí una rosa de los vientos que ayudará a marcar el rumbo. Para mandar las naves a las descubiertas de la especiería están favorables el viento y la marea. Pero el viajero tiene que volver a casa. No podría avanzar más. De aquí al mar son más de 40 metros a pico. Las olas baten allá abajo contra las piedras. Nada se oye. Es como un sueño. Éste es el país del regreso. El viaje ha llegado a su fin. No es verdad. El viaje no acaba nunca. Son los viajeros los que llegan al fin. E incluso ellos pueden prolongarse en memoria, recuerdo, narración. Cuando un viajero se siente en la arena de la playa y diga: "No hay nada más que ver", díganle que no es así. El fin de un viaje es sólo el inicio de otro. Es preciso ver lo que no ha sido visto; ver otra vez lo que ya se vio; ver en la primavera lo que se vio en verano; ver de día lo que se vio de

noche; con sol, donde lluvia había; ver la sembradura verde, el fruto maduro, la piedra que ha cambiado de lugar, la sombra que aquí no estaba. Es preciso volver a los pasos que fueron dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos junto a ellos. Es preciso volver a iniciar el viaje. Siempre. El viajero vuelve pronto. OSÉ SARAMAGO Querida, maltratada Lisboa JOSÉ SARAMAGO 27/08/1988 En Lisboa, hasta un, ciego sabía que el día en que hubiese un incendio en la Rua do Carmo el resultado sería una catástrofe. Hubo un incendio y tuvimos la catástrofe. La incompetencia y la irresponsabilidad, de las que hablaremos más adelante, tuvieron su premio. Y de los muchos que protestaron en vano contra las modificaciones estructurales operadas hace años en el local, hoy podemos decir que fueron buenos profetas en su tierra: desgraciadamente, todos acertaron.No es hora de hacer ejercicios literarios. Sería incluso del peor mal gusto, además de inútil, traer a esta página los tópicos habituales, los lugares comunes con los que generalmente estamos tentados de adornar los cataclismos: basta, pues, de espectáculo dantesco, basta de llamas amenazantes, basta de enormes cráteres, basta de Vesubios. Destrucción y muerte son compañeras habituales de la especie humana, y hoy las imágenes de horror pueden llegar a través de la Prensa y de la televisión, hasta los más pacíficos e idílicos lugares del mundo. Incluso sin haber sufrido ninguna experiencia directa, sabemos lo que es una ciudad bombardeada, un deslizamiento de tierra, un desastre nuclear, una inundación de grandes superficies. El lector no precisa imaginar mucho: el área destruida por el incendio (probablemente cerca de 15.000 metros cuadrados) es la imagen de un bombardeo. Los dos brazos laterales de la T formada por las calles Do Carmo, Nova do Almada y Garrett desaparecerán casi totalmente. La propia Rua Garrett quedó con las dos primeras manzanas (de uno y otro lado) destruidas. Hay en Lisboa, por cierto, lugares más bellos, pero era en éste donde Lisboa se encontraba a sí misma, era éste, por excelencia, el sitio buscado por los visitantes, extranjeros o nativos: el Chiado. Y el Chiado está muerto.

¿Resurgirá? Claro que sí, y rápidamente. No sólo por razones políticas, estéticas y culturales, sino también por obvias razones materiales, si pensamos en el valor que habrá adquirido cada uno de esos metros cuadrados. Tal vez las generaciones futuras lleguen a querer tanto lo que vaya a ser construido allí como nosotros quisimos aquellos viejos edificios, pero lo que definitivamente ardió con las llamas fue lo que no es material: una atmósfera, un estilo de vida, un modo de estar en la ciudad. Que no se entienda de estas palabras, por favor, que me estoy compla ciendo en añoranzas estériles Si la Lisboa que el terremoto destruyó en 1755 hubiese llegado hasta hoy, la amaríamos como amamos ésta en que nos tocó vivir. Y porque el hábito puede mucho, la Lisboa de mañana no será menos amada que ésta. Pero ahora la herida está abierta, las ruinas aún humean, hay millares de personas sin casa y sin trabajo. ¿Quién es culpable de todo esto? No faltarán explicaciones: junto al siempre culpable cortocircuito, a la siempre criminal colilla, ya se habla también de un

más justificadamente culpable y criminal fuego intencionado. No hay pruebas, es solamente la voz popular que lo proclama, considerando antecedentes cercanos que implican a uno de los propietarios de los almacenes Grandella, precisamente donde comenzó el fuego. A su debido tiempo, y puesta en marcha la justicia, lo sabremos. Sin embargo, los culpables no son sólo aquellos que arriman el fuego a la mecha. Culpables serán también, aunque solamente en el plano moral aquellos que por imprevisión por orgullo, por terquedad, por la vanidad de hacer prevalecer su capricho sobre la voluntad general, crearon objetivamente las condiciones para que el incendio, al declararse, se extendiese como se extendió más allá de su foco inicial. En otras palabras más claras: si la Rua do Carmo no estuviese, en toda su extensión, obstruida por las construcciones que el Ayuntamiento de Lisboa mandó hacer allí (muros para crear niveles de compensación del declive de la calle, instalación de bancos y explanadas), el acceso de los bomberos habría sido incomparablemente más fácil y tal vez no estuviésemos hoy tan dramáticamente llorando esta pobre y maltratada Lisboa. Cuando, en 1755, el terremoto arrasó toda la parte baja de la ciudad, a la pregunta sobre lo que debería hacerse ante la catástrofe, alguien respondió "Sepultar los muertos y cuidar de los vivos". La frase fue atribuida al marqués de Pombal, ministro entonces todopoderoso, lo que no deberá sorprendemos, pues siempre el poder encontró la manera de proferir algunas frases destinadas a la posteridad, y, si no sabe crear por propia inteligencia, recurre a la ajena, como fue el caso. Esta vez la frase célebre salió de la propia boca del presidente del Ayuntamiento de Lisboa: "Vamos a reconstruir, pero no habrá, reconstrucción sin la definición de un proyecto global, y para este proyecto escucharé a todos los interesados y a toda la gente que pueda aportar contribuciones válidas, incluyendo la Asociación de Arquitectos". (No garantizo la total fidelidad, pero las diferencias serán apenas formales, irrelevantes en cuanto al fondo de la cuestión, del cual respondo.) Salomón, que era sabio, nunca habló tan bien. Pero el presidente del Ayuntamiento de Lisboa, ahora tan ansioso por recabar opiniones, las ignoró y despreció cuando personas y entidades colectivas competentes, incluyendo la propia Asociación de Arquitectos, tan rastreramente requerida, levantaron la voz para denunciar, además del atropello urbanístico, además del atentado contra el patrimonio de la ciudad, los riesgos que para la seguridad de toda aquella área sobrevendrían de las modificaciones de que fue entonces objeto la Rua do Carmo y ahora, radicalmente, víctima. El presidente del Ayuntamiento de Lisboa no es, evidentemente, el marqués de Pombal -que, si bien robó una frase, promovió una reconstrucción ejemplar-; sin embargo, puede entrar por la puerita grande de la historia como ejemplo perfecto y acabado dé hipocresía, realice o no su proyecto global. La mañana del incendio, cuando trataba de aproximarme para ver con mis propios ojos la tragedia, encontré a un amigo poeta que me dijo: "Después de esto, espero que Krus Abecasis dimita". Y yo le resporidí melancólicamente: "Desengáñese, mí estimado, éste es el país donde unos no dimiten y otros; no son dimitidos". OSÉ SARAMAGO Sobre la imposibilidad de este retrato

¿Y si Pessoa hubiese sido pintor?, se pregunta el novelista portugués José Saramago, autor de la novela El año de la muerte de Ricardo Reis. Quizá su autorretrato fuese el del ingeniero naval Álvaro de Campos, uno de sus heterónimos, o el del tuberculoso Alberto Caeiro, o el del médico expatriado Ricardo Reis... El poeta que sí existió La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas ¿Qué retrato pintaría de sí mismo Fernando Pessoa si en lugar de poeta hubiese sido pintor? ¿Se colocaría frente al espejo, casi de perfil, mirando de reojo como alguien que se escondiera de sí mismo, espiándose? ¿Qué rostro elegiría y por cuánto tiempo? ¿El suyo, diferente según la edad, igual a cada una de esas fotografías que ya conocemos, o quizá elegiría otras imágenes no fijadas, que van del nacimiento a la muerte, cada mañana, tarde y noche, comenzando el recorrido en el Largo de San Carlos y acabando en el hospital de San Luis? ¿O escogería el de un Álvaro de Campos, ingeniero naval formado en Glasgow? ¿O el de Alberto Caeiro, sin profesión ni educación alguna, muerto de tuberculosis en la flor de la edad? ¿O el de Ricardo Reis, médico expatriado cuyo rastro se perdió a pesar de las recientes noticias, evidentemente apócrifas? ¿O el de Bernardo Soares, ayudante contable en un barrio de Lisboa? ¿O quizá el de cualquier otro, Guedes, Mora, todos aquellos tantas veces invocados, todos esos ciertos, probables o posibles? ¿Se pintaría con sombrero en la cabeza? ¿Con el cigarrillo entre los dedos? ¿Con gafas? ¿Con la gabardina puesta o tan sólo sobre los hombros? ¿Utilizaría acaso un disfraz, por ejemplo, sujetando el bigote y descubriendo la piel de repente desnuda, de repente fría? ¿Se rodearía de símbolos, de cifras cabalísticas, de signos del horóscopo, de gaviotas de Tejo, de perros de piedra, de caballos azules y yoqueis amarillos, de túmulos premonitorios? ¿O, por el contrario, permanecería sentado ante el caballete, ante esa tela blanca, incapaz de levantar el brazo para atacar el lienzo o para defenderse de él, a la espera del pintor que intentara ese retrato imposible? ¿De quién? ¿Cuál?Invisible Ya es hora de que se diga de una persona como Fernando Pessoa lo que ya se sabe de Camoens. Miles de ideas esbozadas, pintadas, modeladas o esculpidas acabaron por convertir a Luis Vaz en alguien invisible, lo que de él todavía permanece es precisamente lo que sobra, un párpado caído, una barba y una corona de laurel. Puede intuirse con facilidad cómo Pessoa va camino de lo invisible, considerando la multiplicación de imágenes, provocadas por apetitos sobreexcitados de representación y facilitada por un dominio generalizado de las técnicas. El hombre de los heterónimos, confundido voluntariamente entre las criaturas que produjo, penetrará en el negro absoluto antes de lo que lo hiciera aquel otro con una sola cara pero con muchas voces. Tal vez sea ése el destino perfecto de los poetas... difuminar la esencia de un contorno, de un mirar gastado, de un pliegue en la piel, y disolverse en el espacio, en el tiempo, diluido entre las líneas que lograra escribir; si en el rostro sin facciones ni límites algo logra todavía permanecer, seguro que incluso ese algo será arrojado fuera definitivamente. El poeta será tan sólo memoria fundida en las memorias, para que un adolescente pueda decirnos que tiene dentro de sí todos los sueños del mundo, como si

el hecho de tener sueños y declararlos fuese una invención suya. Existen razones para pensar que toda la lengua es obra poética. Mientras tanto, el pintor sigue pintando el retrato de Fernando Pessoa. Está empezando y toda vía no se sabe qué rostro eligió; lo que se aprecia es una leve pincelada de verde, la oportunidad de un perro con ese mismo color para convinar con un yoquei amarillo y un caballo azul, excepto si el verde fuese el resultado físico y químico del yoquei sobre el caballo, tal y como es su profesión y su deseo. Sin embargo, la duda del pintor nada tiene que ver con los colores que tiene que utilizar, esa dificultad la resolvieron los impresionistas de una vez por todas. Tan sólo los antiguos desconocían que en cada cosa están todos los colores. La gran duda del pintor es la de si deberá tener una actitud reverente o irreverente, si debe pintar esa Virgen como san Lucas pintó la otra, de rodillas, o si tratará a este hombre como al pobre tipo que realmente fue, un tipo ridículo para las criadas del hotel, un tipo que escribió ridículas cartas de amor, y si está autorizado para reírse de él pintándolo. La pincelada verde, entre tanto, es tan sólo la pierna del yoquei amarillo colocada a este lado del caballo azul. Mientras que el maestro no mueva la batuta, la música no dará comienzo, lánguida y tristemente, ni el hombre de la tienda comenzará a sonreír entre las memorias de la infancia del pintor. Hay una especie de ambigüedad inocente en esta pierna verde, capaz de transformarse en perro verde. El pintor se deja conducir por la asociación de ideas; para él pierna y perro se transforman en meros heterónimos del verde, algo mucho más dificil de creer que antes, no hay que admirarlo. Nadie sabe lo que pasa por la cabeza del pintor mientras pinta. El retrato está hecho, se unirá a las 10.000 imágenes que lo precedieron. Es una devota genuflexión, es una risotada de burla. Cada uno de estos colores, cada uno de estos trazos, sobreponiéndose unos a otros, acercan el momento de convertirlo en invisible, ese negro total que no reflejará luz alguna, ni siquiera la fulgurante luz del sol. En un punto indeterminado, entre la veneración y la irreverencia, quizá se encuentre el hombre que fue Fernando Pessoa; digamos quizá tan sólo, porque tampoco eso es cierto. Albert Camus no pensó mucho cuando escribió: "Si alguien quiere ser reconocido, basta con que diga quién es". Por regla general, a lo más que llega quien a tal aventura se arriesga es a decir cuál ha sido el nombre que le pusieron en el Registro Civil. Fernando Pessoa probablemente ni siquiera eso. Ya no le bastaba con ser al mismo tiempo Caeiro y Reis, Campos y Soares. Ahora que no es poeta, sino pintor, y va a pintar su autorretrato, ¿qué rostro pintará, con qué nombre firmará el cuadro? ¿Al lado izquierdo o al derecho? -porque toda la pintura es un espejo-. ¿De qué, de quién, para qué? Finalmente, el brazo se levanta, la mano se cierra sobre un pequeño objeto de madera que de lejos se asemeja a un pincel y que, sin embargo, despierta nuestras sospechas; no se aprecian rastros de color verde, ni azul ni amarillo, no se ve color alguno, no se ve tinta alguna, se trata del negro absoluto mediante el cual, y con sus propias manos, Fernando Pessoa se convertirá en invisible. Pero los pintores seguirán pintando. jose Saramago El concierto del unicornio

El primer sonido aquel del que todos nacerán, hijos, discípulos o gajos, o granos de granada yuxtapuestos, o paneles que se responden como la luz de una vela entre espejos paralelos, el primer sonido, nacido en tan grande silencio que podría ser la primera de todas las olas quebrada bajo las oscuras nieblas y las sombras del mundo recién creado, el primer sonido es apenas el de la corriente de aire que se introduce en los fuelles del órgano, o tal vez no, el primer sonido será el. de la respiración necesaria para que la doncella haga el leve esfuerzo de levantar el puño del fuelle, y en este y en los pulmones el aire circulando como el secreto rumor de seda arrastrada en la luna, que por lejano no oímos mas intuimos, y que sin percibirse recorre el interior de la nariz húmeda y viva, y dulcemente inflando los pulmones y también la oscuridad interior del fuelle de piel curtida, aún oloroso al hedor caliente del ganado en los corrales o en el suelo blando y suave de las grandes siestas bajo los árboles, y quien sabe si distante conteniendo el tintileo finísimo de las campanillas de los rebaños en mañanas también de niebla de un mundo mucho más viejo.Ese, o este, o ambos, porque mútuamente se requieren, son el primer sonido. La música aún no se escucha, esta es la última pausa viva, el segundo final de consolación de los ahogados que a punto de morir reviven todos los sonidos están en este primero, y todos son el mismo silencio, o la misma demostración de su imposibilidad. Paisaje rumoroso Antes la punta de plata trazadas las figuras del cartón, crean do una forma de rumoroso paisaje, y también de gentes y animales que un ciego retendría en la memoria de los sueños, no en señales identificables, sino como una construcción aérea de música concreta hecha de arabescos, de breves pausas, de súbitas raspaduras, de largas brechas rasgándose, tal serían los silbidos de las espadas cortando el aire, y siempre la respiración calmada o rápida, conforme en la superficie del cartón la punta de plata trazase el largo movimiento de las faldas de las doncellas o afilase la defensa en espiral del unicornio. Mucho antes del tapiz se produjo otro primer sonido, éste de la punta de plata marcando el diseño, guiada por los ojos y la mano, trazando su efímero gemelo que es el sonido, sólo existente en cada momento como el presente movedizo entre un pasado que por vivido se cubre de incertezas y un futuro que sólo simplificadamente puede ser adivinado. Cerrando nosotros los ojos, podríamos pensar que los trazos se exprimen sonoramente al nacer o que, por el contrario, son los sonidos los que dejan como herencia y señal de paso, antes (le caer en el silencio de lo ya sucedido, aquellas mil flores, los animales minúsculos que parecen asustados de ser, las dos serias muchachas, el león y el unicornio, el órgano fabril que lentamente inspira para hacer nacer otro primer sonido. No precisa el dibujante mantener inmovilizados ante sí los modelos que va a fijar en el cartón. En hojas sueltas comenzó por esbozar el cordero y la raposa, la libre y el conejo, el lobo y el lebrel, y el pato bravo que, libre aún, se retuerce ya y arquea y grazna y cae porque el halcón viene cortando los aires, él sí detenido en el vuelo por misericordia del artista, señor de no querer que en un cielo cubierto de flores hagan obra de muerte las garras y los picos. Aquí no sucederá ningún mal. Los animales esperan pacientemente la música, y de ellos no llegará ningún rumor. Pero en pasillos sonoros como cisternas resuenan los pasos de la señora de la casa, o de su hija, y los pesados tejidos de oro arrastran sobre las losas los terciopelos labrados, los mantos franjeados de pieles. El rápido bulto apenas permite

el recuerdo de rostros claros, de cabezas arqueadas aún medievales, de una gravedad que oculta vestigios ciertos del demonio, quizá mostrados en los ojos dilatados del león y en el rugido sofocado que denunciaría el deseo. Vientos contrarios confluyen en el diseño para que no sean de este mundo la bandera y el estandarte de las tres lunas, y en el intervalo nacerá el primer sonido soplado por los tubos del órgano. Recatamiento Sin embargo, recatadas debían ser las manos de las damas que nunca se mostraron de cerca al dibujante, pues las suyas, gruesas, de hombre, tomó por modelo, y así quedaron en el diseño y, por igual causa, en el tapiz, hecho con manos de tejedor. La punta de plata se desliza en el cartón abriendo un levísimo suspiro de sombra en el inicio de la claridad ofuscante del unicornio. Animal macho como el dibujante que va ahora a trazar su retrato verdadero, su propio retrato, en la melancolía de los ojos, en la doblez vencida de las rodillas, mientras que la defensa larga y aguda, el cuerno blanco, se yergue al aire, apartado del objeto de su deseo. Baten las venas en el pulso del dibujante, y entre los secretos del pecho, como en el interior de una gruta, resuena la insistente pregunta y la huidiza respuesta del corazón. El cuerno blanco se detiene en el aire y ninguna doncella gritará en esta hora su ansiado dolor de mujer. únicamente falta cubrir de flores todo el espacio libre, ir a buscarlas a los campos, colocarlas en ramos sobre la mesa y copiar cuidadosamente, sin exagerada invención, las hojas y los pétalos, suaves o ásperas aquéllas, dispuestos éstos en racimos o en estrellas, en guirnaldas e iluminaciones. Y hecho esto, demoradamente, sobre la tabla se posará como un rumor claro la punta de plata ahora inútil como el cuerno del unicornio, pero habiendo ella fecundado y él no. Será el momento de los colores sensibles, para que el cartón aparezca por fin en su gloria de rojos y azules de plomo, donde el pelo de los animales y la piel humana proclaman una evidente fraternidad, y donde los verdes se degradan en innumerables ecos de azul para que de esta manera se invente otro jardín. Es un tiempo de silencio para los oídos humanos, mientras que sobre el mundo raso de los cartones las figuras se ajustan con calma y las tintas, al secar, se contraen murmurando inaudibles crepitaciones. Descienden, por necesarios, los rebaños de la montaña. El tiempo, aunque mucho se hizo esperar, llega finalmente, y en este día se desprenderán del cuerpo de las ovejas los copos espesos y rizados de la lana, cayendo alrededor como nieve o blanda peluche de ave, mientras que la tijera muerde y estalla al borde de la piel rosada que se estremece. Todo el suelo se cubre de lana, y cuando se levantan las brazadas y después se amontona, habría silencio si no oyésemos los animales balando y el insistente crujido de la tijera. La tierra es un murmullo sin fín, y el viento, que en ráfagas pasa, trae consigo de lejos, o tal vez no tanto, solamente del otro lado de los árboles, un balanceo de flores de lino, leves flores que por ventura el dibujante representó en el cartón para que nada quedase por decir. Van a casarse estas fibras y estos pelos, se van a unir, apretarse y atarse este animal y este vegetal, pero, antes de que este día llegue, entrará en el lino la guadaña o la hoz,y con su gesto largo o breve derrumbará los tallos entre el rumor de lluvia que es el suave caer de las plantas unas sobre otras y el brusco aspirar en que termina el arco de los brazos. Para que más tarde se pueda escuchar el batir de la espadilla en la corteza, sordo batir, y los hilos del lino nazcan de la envoltura de los cáñamos. Entre tanto, ya

las ovejas volverán desnudas a los pastos, y el grito desgarrado del pastor vuelve a saltar de ladera en ladera como una piedra disparada por la honda. Desde la ventana Es de estas cosas que se hacen los tapices. Algunas veces, bajando al patio o mirando desde los ventanucos, dama y doncella verán todo este trajín, de tanta aparente confusión que sólo en él encontrará sentido. Fue llevado de allí el lino y la lana, a otra parte llevados, fuera de lo que para gastos se conservó, y después las semillas nuevamente repartidas en la tierra, y sin que ellas se diesen cuenta la piel de las ovejas comenzó de nuevo a cubrirse de vello. Hay en esto una necesidad, y es una finalidad que la necesidad, para serlo, impone. No se dirá lo mismo de la peste que vino entre tanto e hizo mudar de manos tal vez la guadaña y la hoz, tal vez el cayado y la honda, tal vez la tijera. Y en las altas salas, entre los muros de piedra fría, en todo caso dura, no del barro de las chozas, los bastidores muestran la lazada interrumpida, con la aguja dividida entre el principio y el fin, a la espera de que otros dedos acaben el movimiento iniciado. Forzoso es juntar todo cuanto apareció disperso, resucitar, reunir lo que es material a lo que con otros nombres también lo es y, pensando, encontrar el medio para llegar a una sola cosa. Hay aquí sitio para un poco de silencio. Puede cantar un pájaro. El león rugirá si quisiera. Sin embargo, éste es el rumor que más profundamente hace estremecer la tierra desde siempre: el paso del hombre. Viene por esta margen del río, viene por la sombra de los árboles plantados en alamedas, viene cruzando el erial o descendiendo en el lomo de las colinas, viene crujiendo sobre la basta tierra, zapato pesado, o rozando descalzo las hierbas por el frescor, y chapoteando en el lodo fétido de las ciudades y ya saliendo al campo para la lama natural. Se detiene, al fin, en puertas de casas ruidosas, donde hay jaulas de madera levantadas en el aire, con plomadas y varas que palpitan a cada golpe. Son los telares; itinerante paso y hombre itinerante quedará aquí hasta que la resurrección esté concluida.Blancos He ahí, por tanto, el lino con su color de nacimiento, sus hijos ciertos y paralelos. He ahí la lana entintada del requerido rojo, del verde y del azul de plomo, y de un blanco que es leche de oveja y piel humana, blanca de mujer, de hombre blanca, color único de diferentes blancos. He ahí el cartón pintado, el proyecto y sus límites, y mientras tanto la libertad que los recusa a todos. Ya el tejedor llegado de lejos se sentó al telar. Pasa la punta de los dedos por la urdidura, comprueba la tensión de los hilos. Las maderas crujen cuando se mueve. Todo este conjunto, donde el mineral está excluido, vibra hasta las fibras escondidas del hombre, hasta los huesos más ocultos de la madera. El tejedor mira la pintura. Su ciencia soporta las ignorancias del que no sabrá qué mujeres son aquéllas, qué hombre las dibujó, y al león y al unicornio, qué altas salas recibirán en su frialdad de piedra aparejada el inmenso paño, en qué lugares se dio el lino y de qué rebaños la lana, qué hoces habían segado, qué tijeras cortado, qué manos. Bástale con saber de las suyas. El primer sonido será un estallido de articulación, un murmullo de músculos, cualquier cosa que sea salir del mundo de la contemplación. El primer sonido será un pequeño torbellino de aire deshecho por un gesto, el primero. El primer sonido será, si quisiéramos, el minucioso serpentear, el doble paso del hilo de lana entre los hilos de lino, animal y vegetal entrelazados, uno al lado del otro, del otro necesarios y sin eso

muertos. Son éstos los primeros sonidos, porque la luna aún está lejana y sobre ella no levantarían ningún rumor las sedas arrastradas. Bate el telar. Se ajustan los hilos y el telar se mueve y bate. El sonido sacude la estructura, el suelo empedrado, el cuerpo del tejedor. Pero es irregular este sonido, tiene pausas, se retrasa o precipita, porque a un color sigue otro y es preciso pensar, porque la pintura cautiva a los ojos. Por eso los sueños de tejedor están hechos de estas dos enigmáticas mujeres, de estas mil flores, y por ellas pasean, graves, solemnísimos, el león y el unicornio, rodeados por los otros animales de pelo y pena, al tiempo que el corazón despierto es un telar que late dentro del pecho, ansiosamente late, repercutiendo en las cavernas de cuerpo y en los hondos vacíos, no se sabe si luminosos o en tinieblas, donde el espíritu y la memoria que él es se lanzan a las grandes adivinanzas. En los intervalos del trabajo el tejedor no puede olvidar el tapiz. Ya se embriagó, ya se inquietó, y un día fue al campo sólo para acostarse debajo de un árbol y dormir sin soñar, y cuando despertó vio que una mujer se extendía a su lado, y sucedió. Ése fue el día en que hizo todo el rostro de la doncella que con la mano derecha levanta el puño del fol, cuando por fin el aire penetró en el interior de la piel curtida para alimentar el que será, ya no tarda, primer sonido del órgano. Y en otra ocasión vio salir para la caza cabalgadas y jaurías, y volvieron con animales muertos que escurrían sangre sobre la grupa de las mulas o colgados de varas que siervos transportaban al hombro. Ése fue probablemente el día del lobo. La trama se cruzó con la urdidura; ha nacido el tapiz. Se concluyeron todos los remates; dados los nudos, el tejedor partió con su salario. El órgano puede, al fin, tocar. Suba el primer sonido, levántese, alárguese, expándase en el espacio, satisfaga al menos un poco de este tipo esquivo. Y vengan los otros sonidos, música de las manos, cuatro son, que corren sobre las teclas o convocan del cielo los vientos calmos. Sólo falta que una de estas mujeres cante para que una voz humana diga, por palabras nuestras de humanos, lo que tan grandes cosas significan. Y, habiéndolo dicho, mire para nosotros en silencio.

JOSÉ SARAMAGO Los felices insectos de Hamburgo

Cuando hace un tiempo recibí la invitación de ir a Hamburgo se iba a celebrar el encuentro de escritores en español y portugués, me imaginé una asamblea magna debatiendo acaloradamente, como era de esperar de unas sangres tan calientes, profundísimas cuestiones de identidad y búsqueda, de apartamiento y vecindad, de comprensión e ignorancia, de expresión abierta y reserva mental -toda una irritante maraña que mantiene en permanente postergación lo que, en interés de estas culturas, ya debería estar concluido en pleno florecimiento- Me engañé dos veces: primero, porque nunca llegaron a reunirse todos los autores invitados -venían, decían su cosa y se iban-; segundo, porque una vez dicha su cosa, por lo general, analizaban obsesiva e

individualmente las obras de los demás, y casi no hacían referencia al interés colectivo. No culpo a nadie, excepto a mi ingenuidad, de poner muchas esperanzas en unas realidades de corto alcance. A fin de cuentas, si los propios interesados hacen tan poco por entenderse entre ellos, la Universidad no estaba obligada a más.Afortunadamente, el programa estaba organizado de forma que todavía se pudieran reunir los escritores brasileños y portugueses. Participamos en reuniones conjuntas, discutimos, nos apoyamos mutuamente, nos reímos, divertimos y bebimos, y a la hora de la polémica no dramatizamos sobre las divergencias -en verdad les digo, estimados lectores, que entre portugueses y brasileños solamente entrará la discordida por una estrategia cínica y de mala fé-. Guardo de Hamburgo y de los amigos que allí encontré o reencontré un recuerdo que no se apagará. Recuerda la hora del café matinal en el hotel, con el sol entrando triunfal por las ventanas. Alrededor de la mesa no faltaban arrugas ni canas, pero las risas de los jóvenes no sonaban más altas ni mas alegres que las de los mayores, que, por haber vivido más, tenían la ventaja de conocer más historias y casos, propios o ajenos. No se necesita mucho para ser feliz, y puedo garantizar que en aquellos hermosos instantes lo fuimos todos.Pero el mundo existe ahí fuera -y grita- De repente escuchamos un aullido alucinante, un clamor de bestia herida de muerte, un berrido agónico de mastodonte hundiéndose en el pantano y sabedor de que nadie lo puede salvar. Nos estremecimos hasta los huesos. Preguntamos qué era aquello y nos respondieron que eran las sirenas de alarma atómica, que se probaban dos o tres veces por año para tener la seguridad de que el día del tropezón nuclear no fallarán. El grito se prolongó durante un tiempo que pareció interminable, el café se hizo súbitamente amargo, el pan era de ceniza y nuestra pobre risa se apagó como una lámpara a la que le falta aceite. Uno de nosotros quiso, heroicamente, levantar los ánimos, pero alguien añadió otra información, que entre las dos Alemanias había 10.000 misiles: 4.000 en la República Democrática y 6.000, en la Federal; y que allí nadie tenía la menor duda de que, en caso de guerra nuclear, los alemanes serían los primeros en desaparecer de la faz de la Tierra. Las sirenas callaron y se volvió a oír el rumor de la ciudad, nosotros volvimos a nuestras conversaciones, pero ahora en tono menor, dando tiempo a la esperanza de reunir dos fragmentos desperdigados. La voz de Lygia Fagundes Telles decía: "Una vez tuve un gato...", y sonreímos. No hay duda, todavía estamos vivos. Salimos a la calle, y por los ojos nos entró la evidencia de que Hamburgo es una ciudad rica, limpia, ordenada, no se ve un papel en el suelo, ni una colilla, ni una lata de cerveza. La gente viste bien, quizá demasíado bien, pues lo que llevan en el cuerpo da la impresión de estar recién salido del escaparate; el gusto es perfecto, pero impersonal, se excluye toda posibilidad de error, el figurinista disciplinó la aventura y la imaginación. Cruzamos un parque del centro de la ciudad. Delante de nosotros, sin prisa, salta un conejo que ni nos miró, y no es ningún fenómeno, ahora son tres los conejos, y vienen más. Estamos en la tierra de la abundancia. En Portugal, estos bichos ya estarían guisándose en la cazuela. Seguimos andando y, de pronto, vemos señales que sugieren una dejadez imperdonable, jardines donde la hierba crece como si todo fuera monte o sabana, los pies de los árboles están poblados de hierbajos. Me dicen que en Hamburgo es así, que en Hamburgo se deja crecer la hierba por motivos ecológicos, los insectos necesitan su hábitat, es necesario respetar y defender la naturaleza. Y yo pienso: "Estos alemanes son unos sabios", y suspiro de envidia. Al día siguiente sabré que dentro de 20 años habrán desaparecido todos los bosques de Alemania envenenados por las lluvias ácidas. En cuanto a las sirenas de alarma atómica, volverán a ser experimentadas dentro de cuatro meses.

JOSÉ SARAMAGO "No estamos en manos de Dios" CARTA A RUSHDIE El escritor portugués José Saramago, conocido internacionalmente por su libro Memorial del convento, se suma a la conmemoración del tercer aniversario de la condena de muerte de Salman Rushdie que ya han realizado Günter Grass, Nadine Gordimer, Manuel Vázquez Montalbán, Paul Theroux y Kazuo Ishiguro. Ésta es la sexta carta de apoyo al escritor indoeuropeo que publica EL PAÍS junto con otros diarios europeos. La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas enero de 1992Estimado Salman Rushdie: Algunas veces, durante estos tres largos años que usted lleva oculto de quienes le quieren matar, he pensado que, al contrario que los frailes, que se retiran del mundo para estar más cerca de Dios, usted se vio obligado a dejar el mundo para huir de Dios. Lo condenaron los hombres precisamente en nombre de Dios, pero después de haber pasado tanto tiempo sin que Él (utilizo la mayúscula tradicional) haya dado muestras de estar de acuerdo con la sentencia, ni mucho menos señal alguna de pretender aplicarla por sus propias manos (siendo, como es, todopoderoso), me parece lícito empezar a dudar de que Dios tenga realmente algo que ver con este asunto. En primer lugar, un Dios que aceptase dejar en manos del caprichoso deseo de los hombres la aplicación de sentencias que no profirió, con el pretexto de que las ha pronunciado en su defensa, sería un Dios, más que irresponsable, absurdo, y Dios solamente puede ser, como es evidente y por definición, el más responsablemente lógico de todos los seres (si se le puede considerar como tal) que pueblan el universo. En segundo lugar, comoquiera que Dios, por dificultades lingüísticas y de comunicación, no podrá (y ni siquiera me planteo si querría) ratificar con su firma, ni proclamar por sí mismo en voz audible, la condena decidida contra usted, está claro que nos encontramos simplemente ante un crimen de los hombres contra los hombres, como todos los que en Su nombre se cometieron en el pasado y prometen continuar en el futuro. Su conversión al islam, estimado Rushdie, fue inútil, como ya había sido inútil la abjuración de Galileo, pues Dios, dondequiera que esté, no se ocupa de nuestras insignificantes historias, a pesar de que, debido a las diferencias de Su identidad, en nombre, número y atributos, hemos matado a millones en este mundo inferior. Habrá notado que hasta ahora no hice alusión ninguna, y ahora apenas si la hago, a los habituales y redundantes tópicos sobre la libertad de pensamiento y expresión, al sagrado respeto a la vida, a la bondad y la tolerancia, al perdón de las ofensas y a la remisión de las faltas, a la responsabilidad y a la culpa, y, finalmente, a la conciencia

que, aproximadamente, vamos teniendo de todo esto, por no hablar de la necesidad social urgente de algunos valores éticos aceptados que no sean solamente el resultado del ejercicio de una autoridad, sea ésta celestial o terrenal. Supongo que usted, estimado Rushdie, estará cansado de oír semejantes discursos, por eso le voy a contar una pequeña historia popular, una breve y edificante fábula de mi infancia que conservé durante todos estos años en la memoria sin imaginar que algún día me sería necesaria, sobre todo en un acto como éste, tan serio e inesperado, de escribirle una carta que además, al ser abierta, puede leer cualquiera, y Dios sabe qué opinión de mí se formarán aquellos lectores que sobre las formas de manifestar respeto por una situación como es la suya tengan ideas distintas. Vayamos, pues, a la historia (que de historias se hace el pan que comemos), y los maledicentes, que se callen. Había una vez un hombre que le pegaba todos los días a su mujer. Por mucho cuidado que ésta pusiera, por más que se mostrase sumisa obedeciéndolo en todo, cumpliendo sus más santas voluntades, no pronunciando una palabra más alta que otra ni para decir "esta boca es mía", el marido siempre acababa encontrando un motivo para, como decimos en Portugal, arrimarle la ropa al pelo (zurrarle la badana). En cierta ocasión, no obstante, la pobre mujer consiguió ser tan cuidadosa, llevó su habitual prudencia a extremos tales que el marido veía acercarse la hora de acostarse sin poderle aplicar el castigo diario. Me olvidé de comentar, estimado Rushdie, que este caso sucedió en una aldea, en el campo, y que era verano y hacía calor. Estaba nuestro hombre tan acostumbrado a inventar razones cuando faltaban motivos que de inmediato resolvió la dificultad. Dijo a la mujer: "Hace mucho calor, será mejor que durmamos en la huerta, al aire libre". La mujer no tardó ni un minuto, en menos de lo que cuesta contarlo tenía la cama hecha, y qué bonita estaba con su magnífico dosel de estrellas, ni más ni menos que la Vía Láctea en pleno. Se acostó el hombre y se acostó la mujer, maravillada por haber pasado un día libre de golpes, cuando de repente el marido le preguntó: "Mujer, ¿qué es aquello?". Y ella, con toda la inocencia del mundo: "¿Aquello qué?". Dice él: "Todas aquellas estrellas de un extremo a otro del cielo". Y dice ella: "Hombre, ¿es que no sabes que es el Camino de Santiago?" (Camino de Santiago es el nombre que damos en estas ibéricas y cristianísimas tierras a la Vía Láctea.) Nunca tal hubiera dicho, pues exclamó el marido: "¡Ah, malvada, entonces me has hecho la cama debajo del camino para ver si me caía un carro encima!". Y acto seguido, sin piedad ni consideración, le dio la paliza que había estado a punto de evitar. Usted, estimado Rushdie, no precisa que le explique la moraleja de esta historia portuguesa. Hace 10 años, en una novela que anda por ahí, escribí estas palabras: "Queriendo el Santo Oficio, son malas todas las razones buenas y buenas todas las razones malas, y cuando unas y otras faltan, están los tormentos del agua y del fuego, del potro y de la estrapada para hacerlas brotar de la nada". Nunca estuvimos en las manos de Dios, en las que estaremos siempre es en las manos del poder. No sé si llegaremos a encontrarnos nunca, o si usted estará condenado a reclusión perpetua. Tanto la llamada comunidad internacional como la opinión que llamamos pública, a quienes, en el fondo, por el simple hecho de seguir vivo, usted no ha dejado de incomodar, hacen cuanto pueden por olvidarlo, preocupadas como andan ahora, aun encima, con los problemas del planeta y sus posibles acuerdos futuros. No quiero pensar que quizá tenga que volverle a escribir otra carta dentro de un año, pero me temo que sí, tan total es la locura de esta mierda de mundo en que vivimos. Un abrazo.

JOSÉ SARAMAGO "No estamos en manos de Dios" CARTA A RUSHDIE El escritor portugués José Saramago, conocido internacionalmente por su libro Memorial del convento, se suma a la conmemoración del tercer aniversario de la condena de muerte de Salman Rushdie que ya han realizado Günter Grass, Nadine Gordimer, Manuel Vázquez Montalbán, Paul Theroux y Kazuo Ishiguro. Ésta es la sexta carta de apoyo al escritor indoeuropeo que publica EL PAÍS junto con otros diarios europeos. La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas enero de 1992Estimado Salman Rushdie: Algunas veces, durante estos tres largos años que usted lleva oculto de quienes le quieren matar, he pensado que, al contrario que los frailes, que se retiran del mundo para estar más cerca de Dios, usted se vio obligado a dejar el mundo para huir de Dios. Lo condenaron los hombres precisamente en nombre de Dios, pero después de haber pasado tanto tiempo sin que Él (utilizo la mayúscula tradicional) haya dado muestras de estar de acuerdo con la sentencia, ni mucho menos señal alguna de pretender aplicarla por sus propias manos (siendo, como es, todopoderoso), me parece lícito empezar a dudar de que Dios tenga realmente algo que ver con este asunto. En primer lugar, un Dios que aceptase dejar en manos del caprichoso deseo de los hombres la aplicación de sentencias que no profirió, con el pretexto de que las ha pronunciado en su defensa, sería un Dios, más que irresponsable, absurdo, y Dios solamente puede ser, como es evidente y por definición, el más responsablemente lógico de todos los seres (si se le puede considerar como tal) que pueblan el universo. En segundo lugar, comoquiera que Dios, por dificultades lingüísticas y de comunicación, no podrá (y ni siquiera me planteo si querría) ratificar con su firma, ni proclamar por sí mismo en voz audible, la condena decidida contra usted, está claro que nos encontramos simplemente ante un crimen de los hombres contra los hombres, como todos los que en Su nombre se cometieron en el pasado y prometen continuar en el futuro. Su conversión al islam, estimado Rushdie, fue inútil, como ya había sido inútil la abjuración de Galileo, pues Dios, dondequiera que esté, no se ocupa de nuestras insignificantes historias, a pesar de que, debido a las diferencias de Su identidad, en nombre, número y atributos, hemos matado a millones en este mundo inferior. Habrá notado que hasta ahora no hice alusión ninguna, y ahora apenas si la hago, a los habituales y redundantes tópicos sobre la libertad de pensamiento y expresión, al sagrado respeto a la vida, a la bondad y la tolerancia, al perdón de las ofensas y a la remisión de las faltas, a la responsabilidad y a la culpa, y, finalmente, a la conciencia que, aproximadamente, vamos teniendo de todo esto, por no hablar de la necesidad social urgente de algunos valores éticos aceptados que no sean solamente el resultado

del ejercicio de una autoridad, sea ésta celestial o terrenal. Supongo que usted, estimado Rushdie, estará cansado de oír semejantes discursos, por eso le voy a contar una pequeña historia popular, una breve y edificante fábula de mi infancia que conservé durante todos estos años en la memoria sin imaginar que algún día me sería necesaria, sobre todo en un acto como éste, tan serio e inesperado, de escribirle una carta que además, al ser abierta, puede leer cualquiera, y Dios sabe qué opinión de mí se formarán aquellos lectores que sobre las formas de manifestar respeto por una situación como es la suya tengan ideas distintas. Vayamos, pues, a la historia (que de historias se hace el pan que comemos), y los maledicentes, que se callen. Había una vez un hombre que le pegaba todos los días a su mujer. Por mucho cuidado que ésta pusiera, por más que se mostrase sumisa obedeciéndolo en todo, cumpliendo sus más santas voluntades, no pronunciando una palabra más alta que otra ni para decir "esta boca es mía", el marido siempre acababa encontrando un motivo para, como decimos en Portugal, arrimarle la ropa al pelo (zurrarle la badana). En cierta ocasión, no obstante, la pobre mujer consiguió ser tan cuidadosa, llevó su habitual prudencia a extremos tales que el marido veía acercarse la hora de acostarse sin poderle aplicar el castigo diario. Me olvidé de comentar, estimado Rushdie, que este caso sucedió en una aldea, en el campo, y que era verano y hacía calor. Estaba nuestro hombre tan acostumbrado a inventar razones cuando faltaban motivos que de inmediato resolvió la dificultad. Dijo a la mujer: "Hace mucho calor, será mejor que durmamos en la huerta, al aire libre". La mujer no tardó ni un minuto, en menos de lo que cuesta contarlo tenía la cama hecha, y qué bonita estaba con su magnífico dosel de estrellas, ni más ni menos que la Vía Láctea en pleno. Se acostó el hombre y se acostó la mujer, maravillada por haber pasado un día libre de golpes, cuando de repente el marido le preguntó: "Mujer, ¿qué es aquello?". Y ella, con toda la inocencia del mundo: "¿Aquello qué?". Dice él: "Todas aquellas estrellas de un extremo a otro del cielo". Y dice ella: "Hombre, ¿es que no sabes que es el Camino de Santiago?" (Camino de Santiago es el nombre que damos en estas ibéricas y cristianísimas tierras a la Vía Láctea.) Nunca tal hubiera dicho, pues exclamó el marido: "¡Ah, malvada, entonces me has hecho la cama debajo del camino para ver si me caía un carro encima!". Y acto seguido, sin piedad ni consideración, le dio la paliza que había estado a punto de evitar. Usted, estimado Rushdie, no precisa que le explique la moraleja de esta historia portuguesa. Hace 10 años, en una novela que anda por ahí, escribí estas palabras: "Queriendo el Santo Oficio, son malas todas las razones buenas y buenas todas las razones malas, y cuando unas y otras faltan, están los tormentos del agua y del fuego, del potro y de la estrapada para hacerlas brotar de la nada". Nunca estuvimos en las manos de Dios, en las que estaremos siempre es en las manos del poder. No sé si llegaremos a encontrarnos nunca, o si usted estará condenado a reclusión perpetua. Tanto la llamada comunidad internacional como la opinión que llamamos pública, a quienes, en el fondo, por el simple hecho de seguir vivo, usted no ha dejado de incomodar, hacen cuanto pueden por olvidarlo, preocupadas como andan ahora, aun encima, con los problemas del planeta y sus posibles acuerdos futuros. No quiero pensar que quizá tenga que volverle a escribir otra carta dentro de un año, pero me temo que sí, tan total es la locura de esta mierda de mundo en que vivimos. Un abrazo. OSÉ SARAMAGO

Contra la tolerancia Es justa la alegría de los lexicólogos y de los editores cuando aparecen, al son de los tambores y trompetas de la publicidad, anunciándonos la entrada, de unos cuantos millares de palabras nuevas en sus diccionarios. Con el paso del tiempo, la lengua va perdiendo y ganando, se vuelve, cada día que pasa, simultáneamente más rica y más pobre: las palabras viejas, cansadas, fuera de uso, apenas resisten la frenética agitación de las palabras recién llegadas, y acaban por caer en una especie de limbo donde permanecen a la espera de la muerte definitiva o, en el mejor de los casos, del toque de la varita mágica de un erudito obsesivo o de un curioso ocasional, quienes de esta manera le darán todavía un breve destello de vida, un suplemento de precaria existencia, una última esperanza. El diccionario, imagen ordenada del mundo, se construye y se desenvuelve sobre tantísimas palabras que vivieron una vida plena, después envejecieron y languidecieron, primero generadas, después generadoras, como lo fueron los hombres y las mujeres que las hicieron nacer y de las que vendrán a ser, a su vez, y de modo simultáneo, señores y siervos.Crecen, pues, los diccionarios, se expanden continuamente, como universos alfabéticos, con sus entrelazadas constelaciones de verbos y pronombres, conjunciones y preposiciones, sustantivos y adjetivos, adverbios ytutti quanti. Serían vertiginosamente mayores si en ellos decidiésemos admitir las múltiples y multiformes formas verbales, serían un poco más breves si de ellos eliminásemos los antónimos, palabras en verdad innecesarias siempre que no perdiésemos de vista y de sentido la simple noción de los contrarios. Nos bastaría que el diccionario registrase, por ejemplo, las palabras "feliz", "felicidad", para que, por una especie de operación mecánica conmutativa, en seguida se nos presentasen en el espíritu, quizá ayudados por la experiencia, los estados y sentimientos alternativos, la lágrima en vez de la sonrisa, la tristeza en vez de la alegría. La ausencia de los antónimos no volvería mejor el mundo ni nos liberaría de la parte de negatividad cósmica del bien y del mal, pero representaría, sin duda, un ahorro considerable de celulosa y de papel, nada despreciable en los pródigos y desperdiciado res tiempos que vivimos. La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas De igual manera procederíamos con aquella detestada palabra que se escribe con las letras de la "intolerancia", sombra de nuestros días, pesadilla de nuestras noches, embrujo retornado al mundo cuando, ingenuamente estúpidos, la creíamos desterrada de él para siempre, tomada, cuando mucho, exclusiva de las relaciones entre perros y gatos, los cuales, como es sabido, no se pueden ni oler los unos a los otros. Así fuera lanzada la maldita, expulsada de una vez de los diccionarios, nos quedaríamos viviendo en la buena paz de su contraria, la humanitaria y dulce "tolerancia", mil veces cantada y alabada, diana inocente de arengas de parlamento y sermones de iglesia, pío consejo de padres bien educados a la prole esperanzadora, guía inmaculada de moralistas impenitentes y confiados, estrella y faro de editorialistas, y filósofos. "La tolerancia", proclaman a coro, para el caso, y aquí sin mayores primores de estilo, pero con excesos de convicción, "la tolerancia, señoras y señores, es lo mejor que hay". Habiendo dicho esto, y como si, por su boca y pluma, hubiese sido anunciada la más incontrovertible de

las verdades, esperan de la simplicidad de la gente común -yo, vosotros, casi todos- que tomemos por oro de ley, contrastado y a prueba de falsificaciones, lo que, probablemente, no pasa de imitación engañadora, insuficiente y equívoca aproximación de un estadio que ya tarda: el de la instauración de una relación de igualdad auténtica, ontológica, por decirlo así, si los puristas no me prohíben la palabra, entre todos los seres humanos, sean cuales sean sus orígenes, razas, colores y religiones. Con su implacable magistralidad, el diccionario afirma que "tolerancia" e "intolerancia" son prácticas y conceptos extremos e incompatibles entre sí, y, definiéndolos de este modo, implícitamente nos concita, con exclusión de alternativas posibles, a situarnos en otro de aquellos polos, como si, entre ellos o más allá de ellos, no existiese o no pueda llegar a existir otro lugar, el de la reunión y, perdónese la retórica, de la fraternidad. Para ese lugar no tenemos nosotros la palabra identificadora, la brújula, la piedra de toque. No está la palabra en el diccionario porque no tenemos en la inteligencia la conciencia fulgurante que representaría, y también porque no llevamos en el corazón (séame perdonada otra vez la retó rica) el sentimiento que le con feriría una definitiva humanidad: los hombres, al final, no pueden, antes del tiempo exacto, inventar las palabras de las que, sin saberlo o no queriendo saberlo, vitalmente ya necesitan. Bien vistos los casos y los comportamientos, ¿qué es la tolerancia sino una intolerancia aún capaz de vigilarse a sí misma, temerosa de denunciarse a sus propios ojos, siempre bajo la amenaza del momento en el que las circunstancias la arranquen o la fuercen a dejar caer la máscara de buenas intenciones que otras circunstancias le habían pegado a la piel como si fuese aparentemente la suya propia? ¿Cuántas personas hoy intolerantes eran tolerantes todavía ayer? Tolerar (lo que dice el respetabilísimo diccionario de la Real Academia Española) es "sufrir, llevar con paciencia, disimular algunas cosas que no son lícitas, soportar, llevar, aguantar", dándose como ejemplo de todo esto una elocuente frase: "Mi estómago no tolera la leche". Así, académicamente abonado, el tolerante podrá siempre decir que su estómago, en realidad, no soporta negros ni judíos, ni nadie de esa raza universal a la que llamamos inmigrantes, pero que, en fin, teniendo en cuenta ciertos deberes, ciertas reglas, y no raramente ciertas necesidades materiales y prácticas, está dispuesto a sufrirlos, a llevarlos con paciencia, transitoriamente, hasta el día en el que la paciencia se agote o las ventajas vengan a padecer una disminución sensible. La tolerancia y la intolerancia son los dos peldaños de una escalera que no tiene otros. Del primer escalón, que es el suyo, la tolerancia lanza hacia abajo, hacia la planicie donde se encuentran los tolerados de toda especie, una mirada que desearía ser, quizá, comprensiva, pero que, las más de las veces, va a buscar equivocadas formas de compasión y de remordimiento por cuenta ajena a su razón de ser y a su afirmación cívica. Desde lo alto del segundo escalón la intolerancia mira con odio a la multitud de los extranjeros de raza o nación que la rodean y con desprecio irónico a la tolerancia, pues claramente ve cómo ésta es frágil, asustadiza, indecisa, tan sujeta a la tentación de subir al segundo y fatal peldaño cuanto incapaz de llevar a consecuencias extremas su perpleja voluntad de justicia, que sería renunciar a ser lo que es -simple permisión-, para volverse identificación e igualdad. O igualancia, si una palabra nueva hace falta, aunque de bárbaro sonido.

Tolerantes somos, tolerantes continuaremos siendo. Pero sólo hasta el día en el que haberlo sido nos parezca tan inhumano como hoy nos parece la intolerancia. Cuando ese día llegue -si llega-, seremos, finalmente, humanos completamente. JOSÉ SARAMAGO Herejía, un derecho humano En la extensa lista de las creaciones humanas, desde el descubrimiento de la rueda hasta la tecnología espacial, no he visto incluida aquella que se convirtió, sobre todo en tiempos pasados, en el más eficaz instrumento de dominio de los cuerpos y de las almas. Me refiero al sistema judicial y penal resultante de la invención del pecado con su burocrática división en pecados veniales y pecados mortales, y el subsiguiente catálogo de castigos, prohibiciones y penitencias. Desacreditado, caído en relativo desuso como aquellos monumentos de la antigüedad que el tiempo implacable ha arruinado, pero que conservan, hasta la última piedra, la memoria y la sugestión del que fue su antiguo poder, el sistema judicial y penal que tuvo origen en el pecado continúa envolviendo y oprimiendo, de modo capcioso o directo, como una tela, nuestras conciencias.Lo comprendí mejor (si se me permite, en esta ocasión, hablar de mí mismo) ante las polémicas desatadas por el libro que titulé El Evangelio según Jesucristo, agravadas, casi siempre, dichas polémicas, por calumnias e insultos dirigidos contra el temerario autor. Siendo El Evangelio según Jesucristo apenas una novela que se limita a representar de nuevo, cierto es que de una manera oblicua y crítica, la figura y la vida de Jesús, es sorprendente que muchos de los que contra ella se pronunciaron la hayan entendido como una amenaza a la estabilidad y a la fortaleza de los fundamentos del mismo cristianismo, en particular en su versión católica. Vendría a cuento preguntarnos aquí sobre la real solidez de ese otro monumento heredado de la antigüedad que es el cristianismo, si no fuese evidente que tales reacciones se debieron, fundamentalmente, a esa especie de tropismo reflejo del sistema judicial y penal del pecado que, de una o de otra manera, con todas sus consecuencias, llevamos dentro de nosotros. La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas La expresión más frecuente de esos ultramontanismos, por fortuna la más pacífica, consistió en manifestar que el autor de El Evangelio según Jesucristo, siendo, como es, un incrédulo, no tenía derecho a escribir sobre Jesús. A esta acusación, de apariencia irrefutable, el autor de El Evangelio según Jesucristo, no olvidando el básico derecho que asiste a cualquier escritor para escribir sobre cualquier tema, se limitó a responder que, bien vistas y ponderadas las cosas, no había hecho más que escribir un libro sobre algo que directamente le atañía y continúa atañéndole, puesto que, siendo efecto y producto de la civilización y de las culturas judaico-cristianas, es, en todo y por todo, en lo que se refiere al plano de las mentalidades, un cristiano, aunque se defina a sí mismo filosóficamente como un ateo y en la vida corriente se comporte como tal Desde este punto de vista será lícito afirmar que, tanto como al más convicto, observante y militante de los fieles católicos me asistía, a mí, incrédulo como soy, el derecho a escribir sobre Jesús. Entre ese católico papa o simple catecúmeno, y yo mismo

reconozco una sola diferencia, pero ésta, importante: a un derecho que nos es común por ejemplo, el derecho a pensar y a escribir, añadí, por mi cuenta y riesgo, otro que al católico le está vedado: el derecho a pecar. Bien, quien dice pecado podrá decir herejía. Siendo la herejía una negación o duda pertinaz, por parte de un cristiano, de alguna verdad que se debe creer con fe divina y católica, no creo estar abusando demasiado de la elasticidad semántica de los conceptos si digo que en el pecado" cualquiera que sea su gravedad, ya se está moviendo, embrionariamente, la herejía. Un teólogo demostraría, con sus razones de teólogo, que no tengo razón, pero, en el simple plano del comportamiento humano, me parece bastante claro que entre el pecado (que es la ofensa a Dios) y la herejía (que es la negación de la verdad que se debe creer) algo existe en común: ambos expresan una voluntad de rebelión, por lo tanto una voluntad de liberación, sea cual sea el grado de conciencia que la defina. Cuando, a lo largo de la historia de la Iglesia, las herejías se manifestaron por la negación o rechazo voluntario de una o más afirmaciones de fe (¿cómo se denominarla esa otra actitud, radical, de negarlas y rechazarlas todas?), ¿qué hicieron esas herejías sino escoger, de un conjunto autoritario y coercitivo de supuestas verdades, lo que les parecía más adecuado, simultáneamente, a la fe y a la razón? Que ya a partir del siglo IV los concilios ecuménicos pasasen a ser el principal instrumento eclesiástico para la definición de la ortodoxia y condenación de las herejías muestra, en primer lugar, que los movimientos llamados heréticos fueron, prácticamente, contemporáneos del nacimiento del cristianismo y, en segundo lugar, que la Iglesia, como poder central y centralizador por excelencia, muy pronto se autodesignó guardiana de una ley en la que ella misma, condenadas las oposiciones, esto es, las herejías, establecía las condiciones de la observancia y los límites de la crítica. Paradójicamente, si observamos lo que pasa en nuestros días, se ve cómo en nombre de la democracia se están reprobando todas y cada una de las ortodoxias políticas e ideológicas, aplaudiéndose, por lo tanto, las herejías nacidas dentro de ellas, y cómo, en absoluta contradicción con esa actitud liberalista, permanece en el espíritu de las personas el temor supersticioso de ofender o escoger contra Dios, cuando apenas se trata de recusar o negar lo que fue impuesto por otras personas, organizadas en Iglesia. Y no debemos olvidar con qué facilidad y comodidad algunos de los más encarnizados defensores de las heterodoxias ideológicas y políticas se aprovechan y concilian políticamente, en nombre de intereses prácticos comunes, que no de Dios, con los aparatos institucionales y las manipulaciones espirituales de las diversas iglesias del mundo, que pretenden mantener y aumentar, por la condena de las herejías antiguas y modernas y por el castigo de los pecados de siempre, su poder sobre una absurda humanidad a quien más se exige que pague multiplicadas sus pretendidas ofensas a Dios que el que reconsidere las culpas y los crímenes de los que, contra sí misma, es responsable. Sobran las razones por las que los hombres hallan que deben matarse unos a otros, no hacen falta las que dudosamente son atribuidas a los dioses. La dura verdad es que vivimos en el mundo de la hipocresía, de la impostura, del fingimiento, en el que las insuficiencias de la razón son aprovechadas para negarla. Cuando Salman Rushdie escribió Versículos satánicos, por los caminos propios del arte, ejerció su humanísimo derecho al pecado y a la herejía, como quiera que los clasifiquen y definan los teólogos musulmanes. También de la vigilancia doctrinal de la Iglesia católica ejercida a partir del siglo XVI por la Sagrada Congregación de la Inquisición lo que hoy queda es la memoria de una pesadilla antihumana, como lo fueron los campos de concentración. Combatir tales perversiones del espíritu es tarea del espíritu, incluso

cuando al simple derecho de elección le llamen las iglesias, todas ellas, condenatoriamente, pecado y herejía. JOSÉ SARAMAGO Demasiado pronto, demasiado tarde JOSÉ SARAMAGO 18/01/1995 Siempre se muere demasiado pronto. Miguel Torga se va del mundo a los 87 años, después de una larga y dolorosa enfermedad. Dirán los piadosos que fue un alivio para él, los resignados que ya había vivido bastante, los pragmáticos que su obra había terminado. Todos tienen razón, ninguno la tiene toda, si mi opinión sirve para alguna cosa. Porque hay una diferencia entre que Torga haya muerto o estuviera vivo. Tal vez ya no tenía mucho que decir: llega siempre el momento en que la energía de la palabra se agota. Además, sabemos que la muerte no podrá borrar ninguna de las palabras que escribió. Lo que extingue la vida y sus señales no es la muerte, sino el olvido. La diferencia entre muerte y vida es ésa. Lo que cuenta para nosostros en este caso es otra diferencia mucho más humana: la diferencia entre estar y no estar. Podía Torga no escribir una línea más pero estaba ahí. Y ahora ha dejado de estar.No conocí a Miguel Torga. Nunca lo busqué, nunca le escribí. Me limité a leerlo, admirarlo muchas veces, otras no tanto. Mi relación con él fue solamente como lector. Algunas veces, en estos últimos tiempos nuestros nombres aparecieron juntos, y siempre que esto sucedía no podía evitar la idea de que aquél no era mi lugar. ¿Por una especie de superstición inducida por la persona que fue o la obra que creó?. No creo. El motivo es ciertamente mucho más sutil que aquél que se podría deducir de un mero balance de cualidades suyas y defectos míos. Pensaba que había en Torga algo que me gustaría tener, y no tenía, el derecho ganado por una obra con una dimensión fuera de lo común en todos los sentidos, la música profunda de una sabiduría que había nacido de la vida y que a la vida volvía para que se volvieran ambas más ricas y generosas. Me dicen que Torga no era generoso. Pero hablo de otra generosidad, la que surge de ese movimiento de vaivén que en rarísimos casos une al hombre a su tierra y toda la tierra al hombre. Demasiado pronto ha muerto Miguel Torga. Comprendo ahora cuánto me habría gustado haberlo conocido. Demasiado tarde. JOSÉ SARAMAGO La izquierda explicada JOSÉ SARAMAGO 17/01/1996 Ciertamente, son muy pocos los españoles que tienen noticias de que hubo en Portugal hace más de treinta años, exactamente en 1962, un vasto movimiento de protesta y reivindicación estudiantil del que la Universidad de Lisboa fue uno de los focos principales. Menos aún serán los que oyeron hablar de la existencia, en aquella época, de un profesor que se llamaba Luis Filipe Lindley Cintra, filólogo. Y con certeza no hay un solo español que tenga conocimiento de que el secretario general del órgano coordinador de las diversas asociaciones académicas era entonces un joven licenciado de 23 años llamado Jorge Sampaio. Para entender lo que sigue es preciso comenzar por

saber esto. Y dicho queda. No estaré levantando ninguna calumnia si escribo que en aquellos tiempos, cuando el fascismo portugués comenzó a recibir los primeros golpes duros (el asalto al navío Santa María, el inicio de la lucha independentista en Angola, la invasión de Goa por las tropas indias), los eméritos catedráticos de la Universidad no eran propiamente personas que se distinguiesen por cultivar fuertes ideales de progreso y manifestar pública o privadamente insufridas ansias de libertad. Digamos que lo contrario estuvo siempre mucho más cerca de la verdad. Habría algunas discretas excepciones, una u otra abierta y declarada, como fue el caso del profesor Lindley Cintra, que, corajosamente, tomó el partido del movimiento universitario. La gratitud de los estudiantes de Derecho los llevó, en esos días, a ofrecer al profesor Cintra una pintura, un cuadro, en cuyo reverso, usando palabras simples, sin retórica revolucionaria o cualquier otra, expresaron el respeto y la admiración que les merecía. Pasaron 34 años. Dos hijos que el profesor tenía crecieron y se hicieron hombres (uno de ellos, Luis Miguel Cintra, es hoy, sin duda, el mejor actor portugués). Hace pocos años la muerte se llevó al profesor Lindley, el cuadro que le había sido ofrecido por los estudiantes de Derecho en 1962 quedó, sin saberlo, a la espera de la segunda parte de su destino, que comenzó hace tres días. Después de obtenido el consentimiento y la aprobación de su hermano, Luis Miguel Cintra buscó a Jorge Sampaio para entregarle el cuadro. Treinta y cuatro años después, la pintura volvió a las manos que la habían tocado primero.¿Es esto suficiente para explicar la izquierda? Un lector dirá que sí, otro dirá que no. Contemos entonces una historia más, ésta brevísima. El domingo, Jorge Sampaio, ya presidente electo de la República Portuguesa, tuvo que responder en conferencia de prensa a una pregunta impertinente y malintencionada de una periodista que quiso saber qué iba a hacer ahora del carnet de militante del Partido Socialista, una vez que había afirmado que sería el presidente de todos los portugueses. La respuesta de Sampaio fue ésta: "No es necesario entregar el carnet del partido para ser exento y responsable en la más alta magistratura del Estado". No tengo la certeza de que la joven aprendiza de periodista haya comprendido bien lo que oyó. Habituada al espectáculo cotidiano de un ejercicio demagógico de la política, esperaría probablemente oír de Sampaio una respuesta grandilocuente sobre los deberes de las altas funciones en que va a ser investido, esperaría probablemente que él aprovechara la ocasión para anunciar su retirada del partido de manera que en el espíritu de los ciudadanos no perdurase cualquier duda sobre la futura imparcialidad de sus decisiones. Lo que Sampaio dijo, simplemente, fue que el espíritu, la inteligencia y la sensibilidad no se definen y ejercen en función de un carnet de partido, sino que están en la cabeza y en el corazón, y que la coherencia de las ideas, el respeto de los principios y la imparcialidad de los juicios no se toman más sólidos por el hecho de haber devuelto un documento que es más que simple prueba burocrática de una afiliación partidaria, porque es señal de un sentido de vida, si, quien a él entendió no deber renunciar, tampoco renunció a sí mismo. Jorge Sampaio es ése. La herencia cultural del país En circunstancias como éstas las palabras se repiten, son siempre las mismas. Decimos que fue una gran pérdida para la literatura portuguesa, que fue una pérdida enorme para la cultura, lo que es verdad. Pero también es cierto que, de tan repetidas, son palabras que acaban casi convirtiéndose en lugares comunes, necrologías, que si bien es cierto que hacen justicia, dicen lo que ocurre en realidad, es decir que hacen referencia a una pérdida, dejando las cosas casi como estaban.¿Y qué quiero decir con esto? Quiero decir que José Cardoso Pires que, en la última parte de su vida pasó por momentos

extremadamente difíciles, incluso trágicos, probablemente no recibió durante los últimos años la manifestación pública de reconocimiento de sus cualidades como escritor que su obra justificaría. Y esto debería alertarnos sobre algo que ocurre mucho y no sólo con los escritores, sino también con los artistas en general, con los cuales la sociedad portuguesa muchas veces se muestra distraída. Se sabe que están allí, que trabajan, lo que no quiere decir que tengan que disfrutar -me gustaría subrayar este aspecto- de privilegios especiales. Son ciudadanos como cualquier otro, o no tanto como cualquier otro, dado que su trabajo está constituido por aquello que se convertirá en herencia cultural del país. Desde este punto de vista, pienso que la sociedad portuguesa debería estar más atenta a la acción, a la actividad, a la acción, al trabajo de sus creadores, sean escritores, poetas, músicos, pintores, todo aquello que, a fin de cuentas, es el fermento cultural de nuestra sociedad. Creo que si José Cardoso Pires, antes de abandonar este mundo, hubiese podido hablar, decir algunas palabras -no tanto como persona, sino como escritor- diría lo siguiente: "Tengan cuidado con la lengua portuguesa, defiéndanla, protéjanla, divúlguenla". Ésa podría ser una de sus grandes preocupaciones en ese momento como, por otro lado, lo fue durante su vida. JOSÉ SARAMAGO De cómo el personaje fue maestro y el autor su aprendiz El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable. Ayudé muchas veces a este mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera". Había otras dos higueras, pero aquella, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba.En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después,

lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, el mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: "¿Y después?" Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los 14 años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas caso, en sueños no hay firmeza". Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver. Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que esa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir. La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevaría a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya con casi 80 años) donde mis padres aparecen: "Están los dos de pie,

bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor delante de la cámara, en el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día. Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos una alfombra floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes arquitecturas neoclásicas". Y terminaba: "Tendría que llegar el día en que contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo berebere, llegado del norte de África, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato - ¿qué otra genealogía puede importarme? ¿en qué mejor árbol me apoyaría?"-. Escribí estas palabras hace casi 30 años sin otra intención que no fuese reconstituir y registrar instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron más cerca de mí, pensando que no necesitaría explicar nada más para que se supiese de dónde vengo y de qué materiales se hizo la persona que comencé siendo y ésta en que, poco a poco, me he convertido. Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no determina todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán sido sus caminos para haber dado una vuelta tan larga... A mi árbol genealógico (perdóneseme la presunción de designarlo así, siendo tan menguada la sustancia de su sabia) no le faltaban sólo algunas de aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida van desgajando del tronco central. También le faltaba quien ayudase a sus raíces a penetrar hasta las capas subterráneas más profundas, quien apurase la consistencia y el sabor de sus frutos, quien ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo de nidos. Al pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura, transformándolos, de las simples personas de carne y hueso que habían sido, en personajes nuevamente y de otro modo constructores de mi vida, estaba, sin darme cuenta, trazando el camino por donde los personajes que habría de inventar, los otros, los efectivamente literarios, fabricarían y traerían los materiales y las herramientas que, finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y en lo insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero también en aquello que es exceso, acabarían haciendo de mí la persona en que hoy me reconozco: creador de esos personajes y al mismo tiempo criatura de ellos. En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser. Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía. JOSÉ SARAMAGO

Si no se salva Timor no nos salvaremos nosotros JOSÉ SARAMAGO 08/09/1999 ¿Qué le importa al mundo que yo me sienta humillado y ofendido? ¿Qué le importa al mundo que yo haya llorado lágrimas de indignación impotente, ante las imágenes infames de un crimen infame? Si esta desgraciada humanidad, faltando una vez más al respeto que debe a sí misma, no impone a Indonesia, en nombre de la simple moral, el acatamiento inmediato e incondicional de la voluntad del pueblo de Timor Oriental, ¿qué importa que un escritor acuda ahora a protestar utilizando las palabras de todos, que demasiados callan porque están más preocupados por sus intereses presentes y futuros que por la sangre que corre y las vidas que se pierden? ¿Cuánto pesa el pueblo de Timor Oriental en las balanzas políticas de China y Rusia? ¿Cuál es la cotización de un habitante de Dili en la Bolsa de Nueva York? Indonesia tiene más de trece mil islas y Timor Oriental es apenas la mitad de una de ellas. ¿Valdrá la pena, por tan poco, que el mundo se levante para reclamar responsabilidades a los culpables directos e indirectos de las atrocidades que se cometen ante nuestros ojos, para exigir el castigo de los asesinos y de quienes los mandan? ¿Cuánto hace falta entonces para que nos levantemos? ¿Un continente? ¿Dos continentes? ¿Se levantará el mundo cuando ya esté a punto de perderse el mundo? ¿Qué pasa con el ser humano? ¿Y la democracia para qué ha servido? ¿Sirvió de algo en Timor? ¿Se hace un referéndum para rechazarlo luego, antes incluso de que los votos hayan sido contados? ¿No será un crimen contra la dignidad y la honra despreciar y violentar la voluntad de independencia de un pueblo? ¿Y qué sentido tienen hoy estas palabras? ¿Tiene honra un ministro, tiene dignidad un general si son el general y el ministro quienes arman el brazo de los criminales? ¿O son ellos mismos los criminales? ¿Cuándo se pondrá fin al cinismo de la mal denominada comunidad internacional? ¿Cuándo terminará la hipocresía de quienes mandan? ¿Y la inercia de quienes son mandados cuándo terminará? ¿Cuándo dejaremos de llorar sobre nosotros mismos? ¿Cuándo dejaremos de decir que no tenemos culpa? "Me llamo José Saramago" Me llamo José Saramago, soy portugués, escritor y actualmente vivo en una isla del archipiélago de las Canarias. Mi mujer es española, tengo amigos en toda la América que se expresa en castellano, y también, no sería necesario decirlo, en Brasil, que habla mi lengua. Nada que cultural y socialmente importe al mundo iberoamericano me es extraño. Pertenezco a ese mundo como pertenezco a la aldea donde nací. Soy premio Nobel de Literatura, pero no le escribo desde esa condición. Ni siquiera tengo la certeza de que sea por escribir libros por lo que me dirijo al presidente de la República de Uruguay. Querría que esta carta fuese leída sólo porque contiene palabras de un hombre a otro hombre. Es cierto que soy escritor, es cierto que soy premio Nobel, pero eso viene en segundo y en tercer lugar. Y no lo digo por modestia, lo digo porque únicamente en los seres humanos (por desgracia, no en todos) el sentimiento de humanidad puede existir y resistir. Ese sentimiento es el que guía estas palabras. Juan Gelman, el gran poeta argentino, uno de los mayores que el mundo tiene hoy, busca, desde hace años, a su nieto nacido en 1976, en Montevideo, adonde los esbirros de la dictadura militar, en una operación más del Plan Cóndor, transportaron a la madre embarazada. El padre de ese niño o de esa niña apareció muerto en Argentina, asesinado, con un tiro en la nuca. De la madre nada se sabe, su rastro se pierde en un

centro clandestino de detención de Montevideo, capital del país del doctor Julio María Sanguinetti. Si está vivo, el nieto de Juan Gelman tiene hoy 23 años. ¿Dónde se encuentra? El presidente de la República Oriental de Uruguay no se llama Juan Gelman, pero podría, para su infelicidad, siendo, como también es, simplemente Julio María Sanguinetti estar ahora en la situación del poeta, es decir, buscando con desesperación a su propio nieto. ¿Qué haría? Si Juan Gelman, admitamos ahora esta suposición, fuese el presidente de Uruguay, ciertamente el doctor Sanguinetti llamaría a su puerta y le diría: "Ayúdeme a encontrar a mi nieto". Y Juan Gelman, de eso tengo certeza, pondría toda su autoridad al servicio de esa justicia. Es lo que yo, escritor portugués, le ruego al doctor Julio María Sanguinetti: ayude a Juan Gelman, ayude a la justicia, ayude a los muertos, a los torturados y a los secuestrados ayudando a los vivos que los lloran y los buscan, ayúdese a sí mismo, ayude a su conciencia, ayude al nietodesaparecidoque no tiene, pero que podría tener. No tengo nada más que pedirle, señor presidente, porque le estoy pidiendo todo. Con el respeto debido. Atentamente, José Saramago Merecen nuestra solidaridad Ahí están, acampados en el Paseo de la Castellana, enfrente del Ministerio de Ciencia y Tecnología. Los días y las noches pasan para ellos, y las semanas, y los meses, la lluvia se precipita sobre las tiendas de plástico que no les defienden de las peores agresiones de la intemperie, el frío de la madrugada les despierta de sueños inquietos que no restituyen las energías de sus cuerpos exhaustos. Nada de esto ha podido vencer hasta ahora la férrea voluntad que anima a estos hombres. Vendrán los grandes calores de Madrid y, de ser necesario, allí seguirán, a la espera de que la justicia y el respeto les pidan perdón, por haber tardado tanto y por haberles abandonado. Son los trabajadores de Sintel, víctimas de la antihumana lógica capitalista que convierte las personas en material de desecho. A su vez, las mujeres y las hijas de estos hombres ya llevan más de cien días encerradas en la catedral de la Almudena, empeñada en la misma lucha, tan firme como sus maridos y sus padres. Esperan, también ellas, que el respeto y la justicia se manifiesten al fin, como única compensación aceptable en pago de las pruebas de dignidad individual y colectiva que, día tras día, nos vienen dando. Merecen nuestra solidaridad. Generosa. Total. OSÉ SARAMAGO El 'factor Dios' JOSÉ SARAMAGO 18/09/2001

En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición. Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá 'ver' cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados. Los hombres eran rebeldes. En algún lugar de Angola. Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la cabeza del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El negro era un guerrillero. En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado piedras. Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares. La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York, todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una catástrofe cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda. El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez 'aquí estoy' cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda- de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos

inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa. Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra...) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia. Al lector creyente (de cualquier creencia...) que haya conseguido soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios´. No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente seguirá demostrándose.

JOSÉ SARAMAGO Este mundo de la injusticia globalizada JOSÉ SARAMAGO 06/02/2002 Comenzaré por contar en brevísimas palabras un hecho notable de la vida rural ocurrido en una aldea de los alrededores de Florencia hace más de cuatrocientos años. Me permito solicitar toda su atención para este importante acontecimiento histórico porque, al contrario de lo habitual, la moraleja que se puede extraer del episodio no tendrá que esperar al final del relato; no tardará nada en saltar a la vista. Estaban los habitantes en sus casas o trabajando los cultivos, entregado cada uno a sus quehaceres y cuidados, cuando de súbito se oyó sonar la campana de la iglesia. En aquellos píos tiempos (hablamos de algo sucedido en el siglo XVI), las campanas tocaban varias veces a lo largo del día, y por ese lado no debería haber motivo de extrañeza, pero aquella campana tocaba melancólicamente a muerto, y eso sí era sorprendente, puesto que no constaba que alguien de la aldea se encontrase a punto de fenecer. Salieron por lo tanto las mujeres a la calle, se juntaron los niños, dejaron los hombres sus trabajos y menesteres, y en poco tiempo estaban todos congregados en el atrio de la iglesia, a la espera de que les dijesen por quién deberían llorar. La campana siguió sonando unos minutos más, y finalmente calló. Instantes después se abría la puerta y un campesino aparecía en el umbral. Pero, no siendo éste el hombre encargado de tocar habitualmente la campana, se comprende que los vecinos le preguntasen dónde se encontraba el campanero y quién era el muerto. 'El campanero no está aquí, soy yo quien ha hecho sonar la campana', fue la respuesta del campesino. 'Pero, entonces, ¿no ha muerto nadie?', replicaron los vecinos, y el campesino respondió: 'Nadie que tuviese nombre y figura de persona; he tocado a muerto por la Justicia, porque la Justicia está muerta'. ¿Qué había sucedido? Sucedió que el rico señor del lugar (algún conde o marqués sin escrúpulos) andaba desde hacía tiempo cambiando de sitio los mojones de las lindes de sus tierras, metiéndolos en la pequeña parcela del campesino, que con cada avance se reducía más. El perjudicado empezó por protestar y reclamar, después imploró compasión, y finalmente resolvió quejarse a las autoridades y acogerse a la protección de la justicia. Todo sin resultado; la expoliación continuó. Entonces, desesperado, decidió anunciar urbi et orbi (una aldea tiene el tamaño exacto del mundo para quien siempre ha vivido en ella) la muerte de la Justicia. Tal vez pensase que su gesto de exaltada indignación lograría conmover y hacer sonar todas las campanas del universo, sin diferencia de razas, credos y costumbres, que todas ellas, sin excepción, lo acompañarían en el toque a difuntos por la muerte de la Justicia, y no callarían hasta que fuese resucitada. Un clamor tal que volara de casa en casa, de ciudad en ciudad, saltando por encima de las fronteras, lanzando puentes sonoros sobre ríos y mares, por fuerza tendría que despertar al mundo adormecido... No sé lo que sucedió después, no sé si el brazo popular acudió a ayudar al campesino a volver a poner los lindes en su sitio, o si los vecinos, una vez declarada difunta la Justicia, volvieron resignados, cabizbajos y con el alma rendida, a la triste vida de todos los días. Es bien cierto que la Historia nunca nos lo cuenta todo...

Supongo que ésta ha sido la única vez, en cualquier parte del mundo, en que una campana, una inerte campana de bronce, después de tanto tocar por la muerte de seres humanos, lloró la muerte de la Justicia. Nunca más ha vuelto a oírse aquel fúnebre sonido de la aldea de Florencia, mas la Justicia siguió y sigue muriendo todos los días. Ahora mismo, en este instante en que les hablo, lejos o aquí al lado, a la puerta de nuestra casa, alguien la está matando. Cada vez que muere, es como si al final nunca hubiese existido para aquellos que habían confiado en ella, para aquellos que esperaban de ella lo que todos tenemos derecho a esperar de la Justicia: justicia, simplemente justicia. No la que se envuelve en túnicas de teatro y nos confunde con flores de vana retórica judicial, no la que permitió que le vendasen los ojos y maleasen las pesas de la balanza, no la de la espada que siempre corta más hacia un lado que hacia otro, sino una justicia pedestre, una justicia compañera cotidiana de los hombres, una justicia para la cual lo justo sería el sinónimo más exacto y riguroso de lo ético, una justicia que llegase a ser tan indispensable para la felicidad del espíritu como indispensable para la vida es el alimento del cuerpo. Una justicia ejercida por los tribunales, sin duda, siempre que a ellos los determinase la ley, mas también, y sobre todo, una justicia que fuese emanación espontánea de la propia sociedad en acción, una justicia en la que se manifestase, como ineludible imperativo moral, el respeto por el derecho a ser que asiste a cada ser humano. Pero las campanas, felizmente, no doblaban sólo para llorar a los que morían. Doblaban también para señalar las horas del día y de la noche, para llamar a la fiesta o a la devoción a los creyentes, y hubo un tiempo, en este caso no tan distante, en el que su toque a rebato era el que convocaba al pueblo para acudir a las catástrofes, a las inundaciones y a los incendios, a los desastres, a cualquier peligro que amenazase a la comunidad. Hoy, el papel social de las campanas se ve limitado al cumplimiento de las obligaciones rituales y el gesto iluminado del campesino de Florencia se vería como la obra desatinada de un loco o, peor aún, como simple caso policial. Otras y distintas son las campanas que hoy defienden y afirman, por fin, la posibilidad de implantar en el mundo aquella justicia compañera de los hombres, aquella justicia que es condición para la felicidad del espíritu y hasta, por sorprendente que pueda parecernos, condición para el propio alimento del cuerpo. Si hubiese esa justicia, ni un solo ser humano más moriría de hambre o de tantas dolencias incurables para unos y no para otros. Si hubiese esa justicia, la existencia no sería, para más de la mitad de la humanidad, la condenación terrible que objetivamente ha sido. Esas campanas nuevas cuya voz se extiende, cada vez más fuerte, por todo el mundo, son los múltiples movimientos de resistencia y acción social que pugnan por el establecimiento de una nueva justicia distributiva y conmutativa que todos los seres humanos puedan llegar a reconocer como intrínsecamente suya; una justicia protegida por la libertad y el derecho, no por ninguna de sus negaciones. He dicho que para esa justicia disponemos ya de un código de aplicación práctica al alcance de cualquier comprensión, y que ese código se encuentra consignado desde hace cincuenta años en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aquellos treinta derechos básicos y esenciales de los que hoy sólo se habla vagamente, cuando no se silencian sistemáticamente, más desprestigiados y mancillados hoy en día de lo que estuvieran, hace cuatrocientos años, la propiedad y la libertad del campesino de Florencia. Y también he dicho que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tal y como está redactada, y sin necesidad de alterar siquiera una coma, podría sustituir con creces, en lo que respecta a la rectitud de principios y a la claridad de objetivos, a los programas de todos los partidos políticos del mundo, expresamente a los de la denominada izquierda, anquilosados en fórmulas caducas,

ajenos o impotentes para plantar cara a la brutal realidad del mundo actual, que cierran los ojos a las ya evidentes y temibles amenazas que el futuro prepara contra aquella dignidad racional y sensible que imaginábamos que era la aspiración suprema de los seres humanos. Añadiré que las mismas razones que me llevan a referirme en estos términos a los partidos políticos en general, las aplico igualmente a los sindicatos locales y, en consecuencia, al movimiento sindical internacional en su conjunto. De un modo consciente o inconsciente, el dócil y burocratizado sindicalismo que hoy nos queda es, en gran parte, responsable del adormecimiento social resultante del proceso de globalización económica en marcha. No me alegra decirlo, mas no podría callarlo. Y, también, si me autorizan a añadir algo de mi cosecha particular a las fábulas de La Fontaine, diré entonces que, si no intervenimos a tiempo -es decir, ya- el ratón de los derechos humanos acabará por ser devorado implacablemente por el gato de la globalización económica. ¿Y la democracia, ese milenario invento de unos atenienses ingenuos para quienes significaba, en las circunstancias sociales y políticas concretas del momento, y según la expresión consagrada, un Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo? Oigo muchas veces razonar a personas sinceras, y de buena fe comprobada, y a otras que tienen interés por simular esa apariencia de bondad, que, a pesar de ser una evidencia irrefutable la situación de catástrofe en que se encuentra la mayor parte del planeta, será precisamente en el marco de un sistema democrático general como más probabilidades tendremos de llegar a la consecución plena o al menos satisfactoria de los derechos humanos. Nada más cierto, con la condición de que el sistema de gobierno y de gestión de la sociedad al que actualmente llamamos democracia fuese efectivamente democrático. Y no lo es. Es verdad que podemos votar, es verdad que podemos, por delegación de la partícula de soberanía que se nos reconoce como ciudadanos con voto y normalmente a través de un partido, escoger nuestros representantes en el Parlamento; es cierto, en fin, que de la relevancia numérica de tales representaciones y de las combinaciones políticas que la necesidad de una mayoría impone, siempre resultará un Gobierno. Todo esto es cierto, pero es igualmente cierto que la posibilidad de acción democrática comienza y acaba ahí. El elector podrá quitar del poder a un Gobierno que no le agrade y poner otro en su lugar, pero su voto no ha tenido, no tiene y nunca tendrá un efecto visible sobre la única fuerza real que gobierna el mundo, y por lo tanto su país y su persona: me refiero, obviamente, al poder económico, en particular a la parte del mismo, siempre en aumento, regida por las empresas multinacionales de acuerdo con estrategias de dominio que nada tienen que ver con aquel bien común al que, por definición, aspira la democracia. Todos sabemos que así y todo, por una especie de automatismo verbal y mental que no nos deja ver la cruda desnudez de los hechos, seguimos hablando de la democracia como si se tratase de algo vivo y actuante, cuando de ella nos queda poco más que un conjunto de formas ritualizadas, los inocuos pasos y los gestos de una especie de misa laica. Y no nos percatamos, como si para eso no bastase con tener ojos, de que nuestros Gobiernos, esos que para bien o para mal elegimos y de los que somos, por lo tanto, los primeros responsables, se van convirtiendo cada vez más en meros comisarios políticos del poder económico, con la misión objetiva de producir las leyes que convengan a ese poder, para después, envueltas en los dulces de la pertinente publicidad oficial y particular, introducirlas en el mercado social sin suscitar demasiadas protestas, salvo las de ciertas conocidas minorías eternamente descontentas...

¿Qué hacer? De la literatura a la ecología, de la guerra de las galaxias al efecto invernadero, del tratamiento de los residuos a las congestiones de tráfico, todo se discute en este mundo nuestro. Pero el sistema democrático, como si de un dato definitivamente adquirido se tratase, intocable por naturaleza hasta la consumación de los siglos, ése no se discute. Mas si no estoy equivocado, si no soy incapaz de sumar dos y dos, entonces, entre tantas otras discusiones necesarias o indispensables, urge, antes de que se nos haga demasiado tarde, promover un debate mundial sobre la democracia y las causas de su decadencia, sobre la intervención de los ciudadanos en la vida política y social, sobre las relaciones entre los Estados y el poder económico y financiero mundial, sobre aquello que afirma y aquello que niega la democracia, sobre el derecho a la felicidad y a una existencia digna, sobre las miserias y esperanzas de la humanidad o, hablando con menos retórica, de los simples seres humanos que la componen, uno a uno y todos juntos. No hay peor engaño que el de quien se engaña a sí mismo. Y así estamos viviendo. No tengo más que decir. O sí, apenas una palabra para pedir un instante de silencio. El campesino de Florencia acaba de subir una vez más a la torre de la iglesia, la campana va a sonar. Oigámosla, por favor.

La explanada del absurdo Otro hombre levantó la mano, otra pregunta se presentaba, El Señor habló a Moisés y le dijo, El extranjero que reside con vosotros será tratado como uno de vuestros compatriotas y lo amarás como a ti mismo, porque también vosotros fuisteis extranjeros en tierras de Egipto, eso dijo el Señor a Moisés. No acabó, porque el escriba, animado por su primera victoria, lo interrumpió con ironía, Supongo que no es tu idea preguntarme por qué no tratamos nosotros a los romanos como compatriotas, dado que son extranjeros, Te lo preguntaría si los romanos nos tratasen a nosotros como compatriotas suyos, sin preocuparnos, ni nosotros ni ellos, de otras leyes y otros dioses, También tú vienes aquí a provocar la ira del Señor con interpretaciones diabólicas de su palabra, interrumpió el escriba, No, sólo quiero que me digas si de verdad piensas que cumplimos la palabra santa cuando los extranjeros lo sean, no con relación a la tierra donde vivimos, sino a la religión que profesamos, A quién te refieres en particular. A algunos hoy, a muchos en el pasado, quizá a muchos más mañana. Sé claro, por favor, que no puedo perder el tiempo con enigmas ni parábolas, Cuando vinimos de Egipto, vivían en la tierra que llamamos Israel otras naciones a las que tuvimos que combatir. En aquellos días los extranjeros éramos nosotros, y el Señor nos dio orden de que matásemos y aniquilásemos a quienes se oponían a su voluntad, La tierra nos fue prometida, pero tenía que ser conquistada, no la compramos, ni nos fue ofrecida, Y hoy está bajo un dominio extranjero que estamos soportando, la tierra que habíamos hecho nuestra dejó de serlo, La idea de Israel mora eternamente en el espíritu del Señor, por eso dondequiera que esté su pueblo, reunido o disperso, ahí estará la Israel terrenal, De ahí se deduce, supongo, que en todas partes donde estemos nosotros, los judíos, siempre los otros hombres serán extranjeros, A los ojos del Señor, sin duda, Pero el extranjero que viva con nosotros será, según la palabra del Señor, nuestro compatriota y debemos amarlo como a nosotros mismos porque fuimos extranjeros en Egipto, El Señor lo dijo, Concluyo, entonces, que el extranjero a quien debemos amar es aquel que, viviendo entre nosotros, no sea tan poderoso que nos oprima, como ocurre, en los

tiempos de hoy, con los romanos, Concluyes bien, Pues ahora vas a decirme, según lo que tus luces te aconsejen, si llegáramos un día nosotros a ser poderosos, permitirá el Señor que oprimamos a los extranjeros a quienes el mismo Señor mandó amar, Israel no podrá querer sino lo que el Señor quiere, y el Señor, por el hecho de haber elegido a este pueblo, querrá todo cuanto sea bueno para Israel, Aunque sea no amar a quien se debería amar, Sí, si esa fuera finalmente su voluntad, De Israel o del Señor, De ambos, porque son uno, No violarás el derecho del extranjero, palabra del Señor, Cuando el extranjero lo tenga y se lo reconozcamos, dijo el escriba. La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas Exigen las convenciones que rigen la falsa modestia literaria que el escritor realice un acto de contrición y se disculpe ante el lector cada vez que, bien para apoyar su argumentación o por reconocerse incapaz de enunciar con mayor precisión algo que ya expresó con anterioridad, decide caer en la tentación de citarse a sí mismo. Igualmente, ha de pedir disculpa si dicha cita fuese demasiado larga, aunque, en tal caso, resulte indiferente que el pasaje transcrito sea de su propia autoría o provenga de la pluma de un colega. Por tanto, en acatamiento a tales convenciones empiezo por pedir doblemente perdón al lector: primero, por haberme copiado y, en segundo lugar, por hacerlo extensamente. La larga introducción anteriormente incluida (y que excede de una página...) forma parte de un capítulo de mi novela El Evangelio según Jesucristo, obra que pretendía describir, como su título prometía, otra 'vida' de Jesús, de las más de 600 que en los últimos 200 años fueron publicadas... ¿Qué se narra en ese capítulo? Que tras descubrir que había sido el único en escapar a la matanza de los niños de Belén, el primogénito de José y María, a la edad de 13 años, abandona la casa paterna y se dirige al Templo con el objetivo de preguntar a los ancianos sobre el sentido de la responsabilidad y el alcance de la culpa, en particular si es inevitable que el hijo esté condenado a heredar por siempre jamás la culpa de los padres, culpa que, en el caso que nos interesa, consistía en un delito de omisión cometido por José, por cuanto que, pese a haber sido advertido a tiempo por el ángel de que los soldados irían a Belén para matar, no le pasó por la cabeza avisar a los vecinos del peligro que amenazaba a sus hijos, toda vez que el malvado Herodes, al no poder, obviamente, identificar al niño que, según los Reyes Magos, estaba destinado a ser el rey de Israel, forzosamente ordenaría que eliminasen a todos los niños, único modo de asegurarse de que en el futuro nadie le disputaría el trono. (A propósito, obsérvese, si profundizamos un poco en tal delicado asunto, que a la luz del mero sentido común, era totalmente imposible que Jesús pudiese ser asesinado en Belén. Un minuto de reflexión hubiese bastado para comprender que Dios nunca enviaría a su único hijo a salvar a la impenitente humanidad para verlo morir asesinado a los pocos días o semanas en una oscura aldea palestina, cuando el niño aún no había podido articular la primera sílaba de su mensaje redentor...). Después de que el hombre que había realizado la pregunta, vencido aunque no convencido, se hubiera retirado del debate, Jesús terminó por interrogar al escriba pero, dado que la respuesta que le fue dada no es indispensable para la materia ni para las intenciones de esta reflexión, prefiero dejarla en suspenso, si bien precisamente las culpas y responsabilidades que se derivan de nuestra existencia, tanto las directas como las

indirectas, tanto las asumidas como las ocultas, son, como sabemos, una presencia constante en todos nuestros actos y palabras. Hablemos de imágenes inolvidables. Guardo en la memoria, por ejemplo, el primer sapo que vi, el pelaje suave del ala de un murciélago, una cobra que muda su piel, las ramas de una haya movidas por el viento a la luz de la luna, un valle verde cerca de Vinhais, en el norte de mi país, el rostro de una gitana, una puesta de sol en Lanzarote, la puerta que Miguel Ángel realizó para la Biblioteca de Lorenzo de Médicis, un Descenso de la Cruz de Antonio de Crestalcone, el tímpano de Moissac, un retrato de Rembrandt, la nieve en la cordillera andina, las montañas de Machu Picchu... Como cualquier otra persona, guardo en la memoria otras muchas imágenes bellas o conmovedoras, pero también algunas horribles, algunas repugnantes, algunas insoportables. Tomo aquí dos de ellas y dejo al criterio del lector decidir en cuál de esos grupos, o si en todos ellos, las quiere incluir. La primera imagen muestra a un soldado martilleando la mano derecha de un hombre que otros dos soldados inmovilizan. El soldado es israelí, el hombre a quien le está partiendo los huesos es un palestino que había sido descubierto lanzando piedras. La segunda imagen muestra una cabe za vista desde detrás y dos manos que empuñan y alzan en el aire, una de ellas el Corán y la otra un fusil automático. Estas manos y esta cabeza son de un palestino. No tengo ninguna imagen de manos hebreas levantando un rollo de la Torá, pero los fusiles lo remplazan, ya que las armas del ejército israelí son disparadas en nombre de la Torá, como también en su nombre se aplastaron huesos de palestinos durante la primera Intifada. Y huelga decir que el fusil palestino disparó, dispara y disparará en nombre del Corán. No importa que el Señor recomendara a Moisés: 'El extranjero que reside con vosotros será tratado como uno de vuestros compatriotas y lo amarás como a ti mismo, porque también vosotros fuisteis extranjeros en tierras de Egipto'; no importa que el hombre preguntase: 'Sólo quiero que me digas si de verdad piensas que cumplimos la palabra santa cuando los extranjeros lo sean, no con relación a la tierra donde vivimos, sino a la religión que profesamos'; no importa que él le recordara la palabra imperativa de su Señor: 'No violarás el derecho del extranjero', siempre hubo y habrá un político, un militar o un escriba dispuesto a darle la implacable respuesta: 'Cuando el extranjero lo tenga y se lo reconozcamos'. Para los sucesivos gobiernos de Israel, para la mayoría de la población israelí, probablemente para la mayor parte de los judíos del mundo y también para los muchos países de la comunidad internacional que, en la práctica, por razones evidentes u oscuras, están comprometidos con la política xenófoba de Israel, todo ocurre como si los palestinos no tuvieran ni el simple derecho a existir personal o colectivamente. La condición extrema de extranjero en su propia tierra a la que desde hace muchos años se encuentra reducido el pueblo palestino no bastó para que le fuera reconocido ese derecho que Jehová especificó expresamente a Moisés: 'Lo amarás como a ti mismo'. El hombre tenía alguna razón cuando dijo: 'Concluyo, entonces, que el extranjero a quien debemos amar es aquel que, viviendo entre nosotros, no sea tan poderoso que nos oprima'. Creo que es de esto de lo que se trata realmente. Palestinos e israelíes han nacido, vivido y perecido sobre un pedazo de tierra que es, para todos ellos, no sólo la realidad de un presente y la posibilidad de un futuro, sino también algo que denominaré el espacio inalienable de un pasado: la metralla con la que se están exterminando levanta del mismo suelo el polvo que pisaron los antepasados de los unos y de los otros (incluyendo a aquellos que desde Abraham tuvieron en común...), pero eso, hasta la fecha, no liberó a ninguno de ellos de la voluntad irreprimible de oprimir y del terror igualmente irreprimible a ser oprimido. Los lazos que históricamente los

mantenían y mantienen atados al prejuicio, a la venganza y al odio, fueron y siguen siendo mortalmente moldeados y templados por las respectivas religiones en su más fanática expresión. La intransigencia religiosa no es seguramente la menor de las causas del interminable conflicto que opone, generación tras generación, a israelíes y palestinos. Ciudad a la que, desde hace miles de años, se le da el apelativo de Santa o Sagrada y que un día, inevitablemente, cuando del paso del hombre por el planeta sólo queden escombros y desolación, será equiparada al más anónimo de los muros derrumbados, Jerusalén nunca fue, paradójicamente, un lugar de paz. O, a fin de cuentas, tal vez no sea tan paradójico. Ha llegado la hora de reconocer que las religiones, todas y cada una de ellas, jamás servirán para reconciliar a los mismos seres humanos que las inventaron, sino que, por el contrario, fueron y continúan siendo fuente de intolerancia, raíces de coacción, máquinas de sufrimiento y tortura, motores permanentemente engrasados de genocidios. Fue Tertuliano quien dijo: 'Creo porque es absurdo'. En vista de los actuales acontecimientos en Palestina y de otros a este tenor en el resto del mundo, no pienso que sea abusar del sentido de la particularísima relación entre causa y efecto establecida por aquella afirmación dejar a la consideración del lector la idea de que en materia de creencia en el absurdo todavía no hemos salido del tercer siglo de la era cristiana... La explanada que el adolescente Jesús atravesó para acceder a las escaleras del Templo no es la mencionada en el título de este artículo. La explanada del absurdo (ese absurdo que parece ser, según Tertuliano, condición de la creencia) es la Explanada de las Mezquitas, uno de los lugares santos del islam en Jerusalén, en la cual se encuentran también los restos del antiguo templo de David, sobre el cual los sectores ortodoxos hebreos pretenden construir un nuevo santuario y establecer un Estado teocrático judío. La deliberada provocación de Ariel Sharon al visitar la Explanada de las Mezquitas, con el propósito de reivindicar el lugar en nombre del judaísmo, acrecentó en la obstinada lucha del pueblo palestino por su independencia un elemento de exacerbación religiosa que más tarde se convirtió en insurrección generalizada. Es la nueva Intifada, más de 2.000 muertos y un número incalculable de heridos hasta ahora. Unas paredes levantadas a las que dieron el nombre de mezquita de Omar, unas piedras viejas a las que llamaron templo de David, es todo lo que bastó para que en nombre de Dios (pero, ¿qué Dios? ¿Habrá un Dios para los judíos y otro Dios para los palestinos? Dios, de existir, ¿no será forzosamente único? ¿Continuará Dios siendo Dios si se extingue la especie humana? Y si continúa, ¿para qué continúa? ¿Para quién?), repito, ¿bastarán esas paredes y esas piedras, surgidas, como todo, del principio del mundo, para que a ojos de Dios todos los crímenes se vuelvan legítimos, y no sólo legítimos sino justos, y no sólo justos sino imperativos? Si la razón y la fe sirven para esto, ¿no sería mejor que todos enloqueciéramos? Digan lo que digan los teólogos, matar en nombre de Dios siempre será hacer de Dios un asesino. Digan lo que digan los teólogos, ningún Dios que se respetase consentiría que un ser humano perdiese la vida por él. Digan lo que digan los políticos, los militares, los doctores de los templos. Y los escribas. De las piedras de David a los tanques de Goliat Afirman algunas autoridades en temas bíblicos que el Primer Libro de Samuel se escribió en la época de Salomón o inmediatamente después; en cualquier caso, antes del cautiverio en Babilonia. Otros estudiosos no menos competentes afirman que no sólo el

Primero sino también el Segundo Libro de Samuel se redactaron después del exilio de Babilonia, y que su composición obedece a lo que la estructura histórico-políticoreligiosa denomina esquema deuteronomista, es decir, sucesivamente, la alianza de Dios con su pueblo, la infidelidad de ese pueblo, el castigo de Dios, la súplica del pueblo, el perdón de Dios. Si el venerable texto procede de la época de Salomón, podemos decir que sobre él han pasado hasta hoy, en números redondos, unos tres mil años. Si los redactores llevaron a cabo su trabajo después de que los judíos regresaran del exilio, entonces hay que restar a ese número unos 500 años, mes más, mes menos. La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas Esta preocupación por el rigor temporal tiene como único propósito proponer a la comprensión del lector la idea de que la famosa leyenda bíblica del combate entre el pequeño pastor David y el gigante filisteo Goliat (que no llegó a producirse) se cuenta equivocadamente a los niños, por lo menos, desde hace 25 o 30 siglos. A lo largo del tiempo, las diversas partes interesadas en el asunto han ido elaborando, con la conformidad acrítica de más de 100 generaciones de creyentes, tanto hebreos como cristianos, toda una engañosa mistificación sobre la desigualdad de fuerzas que había entre los brutales cuatro metros de altura de Goliat y la frágil complexión física del rubio y delicado David. Dicha desigualdad, enorme según todas las apariencias, quedaba compensada e invertida a favor del israelita gracias a que David era un muchacho astuto, y Goliat, una estúpida masa de carne; tan astuto era el primero que, antes de ir a enfrentarse al filisteo, encontró en la orilla de un riachuelo que había por allí cerca cinco piedras lisas, que metió en la alforja; tan estúpido el otro, que no se dio cuenta de que David llegaba armado con una pistola. Que no era una pistola, protestarán, indignados, los amantes de las verdades míticas soberanas, que era simplemente una honda, una humildísima honda de pastor, como las que habían utilizado en tiempos inmemoriales los criados que tenía Abraham para cuidar el ganado. Es verdad, no parecía una pistola, no tenía cañón, no tenía culata, no tenía gatillo, no tenía cartuchos; lo que tenía eran dos cuerdas finas y resistentes, atadas por los extremos a un pequeño pedazo de cuero flexible, en cuyo hueco la mano experta de David colocó la piedra que, desde lejos, partió veloz y poderosa como una bala contra la cabeza de Goliat, le derribó y le dejó a merced del filo de su propia espada, que ya empuñaba el diestro tirador. Si el israelita consiguió matar al filisteo y dar la victoria al ejército de Dios vivo y de Samuel, no fue por ser más astuto, sino simplemente porque llevaba consigo un arma de largo alcance y sabía manejarla. La verdad histórica, modesta y nada imaginativa, se conforma con enseñarnos que Goliat no tuvo ni siquiera la posibilidad de poner las manos encima de David; la verdad mítica, insigne fabricante de fantasías, nos embaucó hace 30 siglos con el maravilloso cuento del triunfo de un pequeño pastor sobre la brutalidad de un guerrero gigantesco al que, al final, de nada sirvió el pesado bronce del casco, la coraza, las espinilleras y el escudo. Sea cual sea la conclusión que podamos sacar del desarrollo de este edificante episodio, David, en las numerosas batallas que le convirtieron en rey de Judá y Jerusalén y extendieron su poder hasta la margen derecha del Éufrates, no volvió a usar la honda ni las piedras.

Tampoco las usa ahora. En los últimos 50 años han crecido hasta tal punto las fuerzas y la dimensión de David, que ya no es posible ver y reconocer diferencias entre él y el altivo gigante; incluso puede decirse, sin ofender la deslumbrante claridad de los hechos, que se ha convertido en un nuevo Goliat. David, hoy, es Goliat, pero un Goliat que ya no carga con armas de bronce inútiles y pesadas. Aquel rubio David de antaño sobrevuela en helicóptero las tierras palestinas ocupadas y dispara misiles contra inocentes desarmados, aquel delicado David de otrora tripula los tanques más poderosos del mundo y aplasta y revienta todo lo que encuentra a su paso, aquel David lírico que cantaba loas a Betsabé, encarnado ahora en la figura gargantuesca de un criminal de guerra llamado Ariel Sharon, lanza el 'poético' mensaje de que primero es preciso acabar con los palestinos para después negociar con los que queden. En pocas palabras, en esto es en lo que, con ligeras variaciones meramente tácticas, consiste desde 1948 la estrategia política israelí. Intoxicados mentalmente por la idea mesiánica de un Gran Israel que haga por fin realidad los sueños expansionistas del sionismo más radical, contaminados por la monstruosa y arraigada 'certeza' de que en este mundo catastrófico y absurdo existe un pueblo elegido de Dios y que, por tanto, están automáticamente justificadas y autorizadas, en nombre de los horrores del pasado y de los miedos de hoy, todas las acciones nacidas de un racismo obsesivo, psicológica y patológicamente exclusivista, educados y formados en la idea de que cualquier sufrimiento que hayan infligido, inflijan o vayan a infligir a los demás, especialmente a los palestinos, siempre será inferior a los que ellos padecieron en el Holocausto, los judíos arañan sin cesar su propia herida para que no deje de sangrar, para hacerla incurable, y la muestran al mundo como si se tratase de una bandera. Israel se adueña de las terribles palabras de Dios en el Deuteronomio: 'Míos son la venganza y el pago'. Israel quiere que todos nosotros nos sintamos culpables, directa o indirectamente, de los horrores del Holocausto; Israel quiere que renunciemos al más elemental juicio crítico y nos transformemos en un eco dócil de su voluntad; Israel quiere que reconozcamos de iure lo que, para ellos, es ya un ejercicio de facto: la impunidad absoluta. Desde el punto de vista de los judíos, Israel no podrá ser nunca sometido a juicio, porque fue torturado, gaseado e incinerado en Auschwitz. Me pregunto si aquellos judíos que murieron en los campos de concentración nazis, aquellos que fueron perseguidos a lo largo de la historia, aquellos que murieron en los pogromos, aquellos que quedaron olvidados en los guetos, me pregunto si esa inmensa multitud de desgraciados no sentiría vergüenza al ver los actos infames que están cometiendo sus descendientes. Me pregunto si el haber sufrido tanto no sería el mejor motivo para no hacer sufrir a los demás. Las piedras de David han cambiado de manos, ahora son los palestinos los que las arrojan. Goliat está al otro lado, armado y equipado como nunca lo ha estado soldado alguno en la historia de las guerras, aparte, claro está, del amigo norteamericano. Ah, sí, las horrendas matanzas de civiles causadas por los llamados terroristas suicidas... Horrendas, sí, sin duda; condenables, sí, sin duda, pero a Israel le queda aún mucho que aprender si no es capaz de entender las razones que pueden llevar a un ser humano a transformarse en una bomba. Quieren la guerra, pero no les vamos a dejar en paz Ellos creían que nos habíamos cansado de protestas y que les habíamos dejado libres para seguir en su alucinada carrera hacia la guerra. Se equivocaron. Nosotros, los que

hoy nos estamos manifestando, aquí y en todo el mundo, somos como aquella pequeña mosca que obstinadamente vuelve una y otra vez a clavar su aguijón en las partes sensibles de la bestia. Somos, en palabras populares, claras y rotundas para que mejor se entiendan, la mosca cojonera del poder. La calle clama de nuevo contra la guerra La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas Ellos quieren la guerra, pero nosotros no les vamos a dejar en paz. A nuestro compromiso, ponderado en las conciencias y proclamado en las calles, no le harán perder vigencia y autoridad (también nosotros tenemos autoridad) ni la primera bomba ni la última que vengan a caer sobre Irak. No sigan los señores y las señoras del poder que nos manifestamos para salvar la vida y el régimen de Sadam Husein. Mienten con todos los dientes que tienen en la boca. Nos manifestamos, eso sí, por el derecho y por la justicia. Nos manifestamos contra la ley de la selva que Estados Unidos y sus acólitos antiguos y modernos quieren imponer al mundo. Nos manifestamos por la voluntad de paz de la gente honesta y contra los caprichos belicistas de políticos a quienes les sobra en ambición lo que les va faltando en inteligencia y sensibilidad. Nos manifestamos en contra del concubinato de los Estados con los superpoderes económicos de todo tipo que gobiernan el mundo. La tierra pertenece a los pueblos que la habitan, no a aquellos que, con el pretexto de una representación democrática descaradamente pervertida, al final les explotan, manipulan y engañan. Nos manifestamos para salvar la democracia en peligro. Hasta ahora la humanidad ha sido siempre educada para la guerra, nunca para la paz. Constantemente nos aturden las orejas con la afirmación de que si queremos la paz mañana no tendremos más remedio que hacer la guerra hoy. No somos tan ingenuos para creer en una paz eterna y universal, pero si los seres humanos hemos sido capaces de crear, a lo largo de la historia, bellezas y maravillas que a todos nos dignifican y engrandecen, entonces es tiempo de meter mano a la más maravillosa y hermosa de todas las tareas: la incesante construcción de la paz. Pero que esa paz sea la paz de la dignidad y del respeto humano, no la paz de una sumisión y de una humillación que demasiadas veces vienen disfrazadas bajo la mascarilla de una falsa amistad protectora. Ya es hora de que las razones de la fuerza dejen de prevalecer sobre la fuerza de la razón. Ya es hora de que el espíritu positivo de la humanidad que somos se dedique, de una vez, a sanar las innúmeras miserias del mundo. Esa es su vocación y su promesa, no la de pactar con supuestos o auténticos "ejes del mal". Amenamente estaban Bush, Blair y Aznar charlando sobre lo divino y sobre lo deshumano, seguros y tranquilos en su papel de poderosos hechiceros, expertos en trucos de trilero y conocedores eméritos de todas las trampas de la propaganda engañosa y de la falsedad sistemática, cuando en el despacho oval donde se encontraban reunidos irrumpió la terrible noticia de que los Estados Unidos de América del Norte habían

dejado de ser la única gran potencia mundial. Antes de que Bush pudiera asestar el primer puñetazo en la mesa, vuestro presidente José María Aznar se dio prisa en declarar que esa nueva gran potencia no era España. "Te lo juro, George", dijo. "Mi Reino Unido tampoco", añadió rápidamente Blair para cortar la naciente suspicacia de Bush. "Si no eres tú y tú no eres, ¿quién es entonces?", preguntó Bush. Fue Colin Powell, mal creyendo él mismo en lo que estaba pronunciando su propia boca, quien dijo "La opinión pública, señor presidente". Ya habéis comprendido que esta historieta es un simple invento mío. Os pido por tanto que no le deis importancia. Pero sí la tiene lo que ya es una evidencia para todos, la más exaltadora y feliz evidencia de estos conturbados tiempos: los hechiceros de Bush, Blair y Aznar, sin quererlo, sin proponérselo, nada más que por sus malas artes y peores intenciones, han hecho surgir, espontáneo e incontenible, un gigantesco, un inmenso movimiento de opinión pública. Un nuevo grito de "No pasarán", con las palabras "No a la guerra", recorre el mundo. No hay ninguna exageración en decir que la opinión pública mundial contra la guerra se ha convertido en una potencia con la cual el poder tiene que contar. Nos enfrentamos deliberadamente a los que quieren la guerra, les decimos "NO", y si aún así siguen empecinados en su demencial afán y desencadenan una vez más los caballos del apocalipsis, entonces les avisamos desde aquí que esta manifestación no es la última, que continuaremos las protestas durante todo el tiempo que dure la guerra, e incluso más allá, porque a partir de hoy ya no se tratará simplemente de decir "No a la guerra", se tratará de luchar todos los días y en todas las instancias para que la paz sea una realidad, para que la paz deje de ser manipulada como un elemento de chantaje emocional y sentimental con que se pretende justificar guerras. Sin paz, sin una paz auténtica, justa y respetuosa, no habrá derechos humanos. Y sin derechos humanos -todos ellos, uno por uno- la democracia nunca será más que un sarcasmo, una ofensa a la razón, una tomadura de pelo. Los que estamos aquí somos una parte de la nueva potencia mundial. Asumimos nuestras responsabilidades. Vamos a luchar con el corazón y el cerebro, con la voluntad y la ilusión. Sabemos que los seres humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor. Ellos (no necesito ahora decir sus nombres) han elegido lo peor. Nosotros hemos elegido lo mejor. Hasta aquí he llegado Hasta aquí he llegado. Desde ahora en adelante Cuba seguirá su camino, yo me quedo. Disentir es un derecho que se encuentra y se encontrará inscrito con tinta invisible en todas las declaraciones de derechos humanos pasadas, presentes y futuras. Disentir es un acto irrenunciable de conciencia. Puede que disentir conduzca a la traición, pero eso siempre tiene que ser demostrado con pruebas irrefutables. No creo que se haya actuado sin dejar lugar a dudas en el juicio reciente de donde salieron condenados a penas desproporcionadas los cubanos disidentes. Y no se entiende que si hubo conspiración no haya sido expulsado ya el encargado de la Sección de Intereses de EE UU en La Habana, la otra parte de la conspiración. Ahora llegan los fusilamientos. Secuestrar un barco o un avión es crimen severamente punible en cualquier país del mundo, pero no se condena a muerte a los secuestradores, sobre todo teniendo en cuenta que no hubo víctimas. Cuba no ha ganado ninguna

heroica batalla fusilando a esos tres hombres, pero sí ha perdido mi confianza, ha dañado mis esperanzas, ha defraudado mis ilusiones. Hasta aquí he llegado. JOSÉ SARAMAGO La cobardía de los hombres JOSÉ SARAMAGO 25/11/2003 De Extremadura nos llega el buen ejemplo. Ya no son sólo mujeres quienes salen a la plaza pública protestando contra los malos tratos que sufren a manos de maridos y compañeros (compañeros, qué triste ironía ésta), y que, en tantos casos, además de esta fría y deliberada tortura, no retroceden ante el asesinato, el estrangulamiento, la puñalada, la degollación, el ácido, el fuego. La violencia ejercida desde siempre sobre la mujer encuentra en la cárcel en que se transforma el lugar de cohabitación (neguémonos a llamarle hogar), el espacio por excelencia para la humillación diaria, para la paliza habitual, para la crueldad como método. Es el problema de las mujeres, se decía, y eso no es verdad. El problema es de los hombres, del egoísmo de los hombres, del enfermizo sentimiento posesivo de los hombres, de la bajeza de los hombres, de esa miserable cobardía que los autoriza a usar la fuerza bruta contra un ser más débil físicamente y al que antes se le ha reducido la capacidad de resistencia moral. El ejemplo de Extremadura fructificará. Y tal vez llegue el día en que cien mil hombres, sólo hombres, nada más que hombres, salgan en manifestación a las calles, mientras las mujeres, ahora sí compañeras, desde las aceras les lanzarán flores. Es un sueño. Puede no ser una utopía. El continuo encuentro con el otro Dulce Chacón ha muerto, y uno se pregunta por qué. Estaba en lo que suele llamarse la fuerza de la vida, 49 años cumplidos, una niña, casi dan ganas de decir. Libros escritos y publicados, otros esperando su turno, un raro sentido de dignidad profesional, la clara conciencia de que la existencia no es un simple pasarlo bien, que hay imperativos éticos ante los que no podemos (aunque tantos otros lo hagan) volver la cara. Escribir, para ella, era ahondar en el complejo mundo de las relaciones humanas Dulce Chacón no ha vuelto la cara a nada. Escribir, para ella, era ahondar en el complejo mundo de las relaciones humanas, del amor, de la amistad, de esa especie de comunión sagrada que es el continuo encuentro con el otro, cuando no hay más verdad en las palabras que decir: "Yo soy aquel que eres". Seguiremos leyendo sus libros y no olvidaremos su sonrisa, ese amanecer lento con que sus labios se abrían para que saliera el sol. Dulce era luminosa y se apagó. Pero, si no ha podido vencer a la muerte, tampoco la muerte la ha vencido a ella. Sólo los que han conocido bien a Dulce Chacón pueden comprender qué significa esto. Punto crítico La situación de los secuestrados en Colombia llegó a un punto crítico que el Gobierno del presidente Uribe no parece interesado en resolver. Por un lado, los intentos de

liberación cometidos por el Ejército siempre han causado víctimas entre los secuestrados, y por otro lado, al negarse a cualquier iniciativa que pudiera conseguir lo que las armas no han logrado, el presidente Uribe, voluntaria o involuntariamente, bloquea cualquier hipótesis de solución. A todo esto ha venido a añadirse ahora un preocupante dato, el de que las familias de los secuestrados están siendo amenazadas de muerte por exigir que les sean restituidos sus parientes, algunos de ellos llevando ya siete años de secuestro. La situación se está volviendo insostenible, tres mil vidas humanas son despreciadas en aras de la razón de Estado, y el Gobierno del presidente Uribe no hace más que administrar políticamente las angustias y el terror de la población de su país. Es hora de que la comunidad internacional, tan justamente preocupada por la suerte de los secuestrados en Irak, ponga también los ojos en lo que está ocurriendo en Colombia. Tres mil personas exigen que su vidas no sean utilizadas como peones en un ajedrez de intereses que no son los suyos. El presidente Uribe tiene por lo menos tres mil motivos para no dormir bien. No puedo más que desearle buenos y largos insomnios. OSÉ SARAMAGO George W. Bush o la edad de la mentira JOSÉ SARAMAGO 20/10/2004 "El Estado es la forma superior de la moralidad". Aristóteles, Política La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas La carrera política y empresarial de George Walker Bush, hijo del director de la CIA y, más tarde, 41º presidente de los Estados Unidos, George Herbert Walker Bush, se encuentra narrada y documentada en no pocas obras que han investigado los sótanos de la política norteamericana, y constituye un ejemplo perfecto y acabado de arribismo sin escrúpulos. Este artículo, tanto por la brevedad como por la falta de pretensión, debe ser entendido sólo como una mirada estupefacta sobre uno de los más deprimentes espectáculos representados en el escenario donde implacablemente se juega, como si de simples marionetas se tratara, con el destino de millones y millones de seres humanos. Los avatares y los caminos que acabaron sentando a George Walker Bush en el trono imperial y colonial de la Casa Blanca son en general conocidos, pero creo que puede ser de alguna utilidad en estos días que corren, como un resumido vademécum, la relación de las principales etapas que marcaron la vida y milagros del actual (y fraudulento) presidente de Estados Unidos de América del Norte, George Walker Bush, a quien los amigos, en el tiempo de la juventud (y quién sabe si todavía hoy), llamaban cariñosamente W. Y ya que, según las mejores biografías autorizadas, George Walker, igual que Saulo al caer del caballo en el camino de Damasco, recibió de las alturas la iluminación de la gracia que, en su caso, le hizo dejar el alcohol y arrepentirse de la vida
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disoluta en que se le estaba perdiendo el alma, me permitiré, tomando como piadoso ejemplo las estaciones del vía crucis cristiano, enumerar algunos pasos de la peculiarísima vía triunfalis que, por ser el hijo mayor de su señor padre, le habría de conducir hasta el ombligo del mundo, más conocido como Despacho Oval. Helas aquí: la primera estación muestra hasta qué extremo influyó el peso político y empresarial paterno para que George W. fuese admitido y obtuviera fáciles diplomaturas en las universidades de Andover y de Yale; en la segunda estación se explican las maniobras y los artificios de que George W. se sirvió para que lo situaran en el primer lugar de una lista de espera de miles de candidatos a inscribirse en la Guardia Nacional de Tejas y de esa manera tener una excelente razón para no ir a la guerra de Vietnam; en la tercera estación se destapará el engranaje financiero empleado para reflotar las compañías petroleras de George W. cuando estaban al borde de la quiebra; en la cuarta estación se aclara el laberíntico proceso de venta de las acciones de la Harken Energy Corporation; en la quinta estación se describe la operación de adquisición del equipo de béisbol Texas Rangers y cómo la posterior venta de la parte de George W. (pese a ser minoritaria) hizo de él un multimillonario; finalmente, en la sexta y última estación se analizan en pormenor las campañas que, en dos ocasiones, elección y reelección, colocaron al hijo amadísimo de George Herbert Walker Bush al frente del Gobierno del Estado de Tejas, último escalón que le faltaba a W. para que, un día, ojos desafiando ojos, dispuesto para desenfundar el Colt de la pistolera, como en OK Corral,pudiese pronunciar ante la cara de la asombrada estatua de Abraham Lincoln estas palabras que, en su boca, suenan como un insulto: "Yo también soy presidente de los Estados Unidos". Presidente de los Estados Unidos, sí, pero sólo gracias al fraude, a la mentira, a la manipulación. Peor aún que todo esto, y hablando alto y claro: George Walker Bush llegó a la presidencia de su país por obra de un golpe de Estado perfectamente caracterizado, al que sólo le faltó el habitual retoque militar, aunque no, por cierto, la aquiescente benevolencia del Pentágono. La acción conjunta (y concertada) de cinco jueces de derechas del Tribunal Supremo de los Estados Unidos; del gobernador de Florida, Jeb Bush, hermano del candidato republicano, y de la mayoría abrumadora de los medios de comunicación social norteamericanos, con especial relevancia de los informativos de televisión que, controlados por grandes corporaciones industriales y financieras, difunden la opinión directa del Estado-empresa, tuvo como consecuencia una de las más ignominiosas y descaradas usurpaciones de poder que los tiempos modernos tuvieron la desgracia de testificar. El mundo presenció una exhibición de prestidigitación política que ensombrecerá para siempre las artes manipuladoras de otro

presidente norteamericano, Richard Milhous Nixon, aquel que entró en la Historia de los Estados Unidos con el expresivo apodo de Dick Trick, que significa algo así como embustero, farsante, impostor, tramposo (dejo al lector que elija el término que considere más adecuado). Me pregunto cómo y por qué Estados Unidos, un país en todo tan grande, ha tenido, tantas veces, tan pequeños presidentes... George W. es seguramente el más pequeño de todos. Con su mediocre inteligencia, su ignorancia abisal, su expresión verbal confusa y permanentemente atraída por la irresistible tentación del disparate, este hombre se presenta ante la humanidad con la pose grotesca de un cowboy que ha heredado el mundo y lo confunde con una manada de ganado. No sabemos lo que realmente piensa, no sabemos siquiera si piensa (en el sentido noble de la palabra), no sabemos si en realidad no será un robot mal diseñado que constantemente confunde y cambia los mensajes que le pusieron dentro. Pero, honra le sea hecha al menos una vez en la vida, hay en George Walker Bush, presidente de Estados Unidos, un programa que funciona a la perfección: el de la mentira. Él sabe que miente, sabe que nosotros sabemos que está mintiendo, pero, por pertenecer a la tipología de comportamiento del mentiroso compulsivo, seguirá mintiendo aunque tenga delante de los ojos la más desnuda de las verdades, repetirá la mentira incluso después de que la verdad le haya estallado ante su rostro. Mintió para hacer la guerra contra Irak como ya había mentido sobre su pasado turbulento y equívoco, es decir, con la misma desfachatez. La mentira, en George W., viene de muy lejos, la trae en la masa de la sangre. Como mentiroso emérito, él es el corifeo de todos los mentirosos que lo han rodeado, aplaudido y servido como lacayos durante los tres últimos años. Ahora son menos los yes men, pero todavía sueltan sus gorgoritos embaucadores. No había armas de destrucción masiva en Irak, las que existieron fueron destruidas tras la guerra del Golfo, en 1991. Pero Anthony Tony Blair y José María Aznar, los tenores preferidos de George W., continúan, en su santo nombre, girando al gastado y rayado disco de la amenaza que Sadam Husein representaba para la humanidad... George Walker Bush expulsó la verdad del mundo para, en su lugar, inaugurar y hacer florecer la edad de la mentira. La sociedad humana actual está impregnada de mentira como de la peor de las contaminaciones morales, y él es uno de los mayores responsables de este estado de cosas. La mentira circula impunemente por todas partes, se ha erigido en una especie de otra verdad. Cuando hace algunos años un primer ministro portugués, cuyo nombre por caridad omito aquí, afirmó que "la política es el arte de no decir la verdad", no podía imaginar que George W. Bush, tiempo después, transformaría la chocante afirmación en una travesura ingenua de político periférico sin conciencia real del valor y del significado de las palabras. Para George W. la mentira es,

simplemente, una de las armas del negocio, y, tal vez la mejor de todas, la mentira como arma, la mentira como vanguardia de los tanques y de los cañones, la mentira sobre las ruinas, sobre los muertos, sobre las pobres y siempre frustradas esperanzas de la humanidad. No es cierto que el mundo sea hoy más seguro que hace tres años, pero no dudemos de que sería mucho más limpio y tranquilo sin la política imperial y colonial del presidente de Estados Unidos de América, George Walker Bush, y de cuantos, conscientes del fraude que cometían, le abrieron el camino hacia la Casa Blanca. Después de dispararle un tiro a Abraham Lincoln.

"Bailaba con lobos" No volveremos a ver la melena blanca de Susan Sontag, no escucharemos nunca más su voz fuerte y a la vez aterciopelada, no encontraremos en los periódicos los artículos de análisis, de crítica y también de protesta e indignación que nos aseguraban que la honradez intelectual seguía obstinada en no ser una mera conjunción de vocablos. Tampoco sus novelas y ensayos luminosos tendrán continuación. Ahora mismo los Estados Unidos deberían de estar de luto si el luto cívico fuera, hoy por hoy, en este país, compatible con la atmósfera perversa y enrarecida que el poder da a respirar a la mentalidad de sus ciudadanos. Susan Sontag "bailaba con lobos", ella misma era una loba, y a veces ululaba de desesperación porque el dolor no se acaba en el mundo, porque la guerra no se acaba en el mundo, porque lo humano tarda en llegar y lo inhumano nos va calcando a los pies todos los días y en todos los lugares. Adiós, Susan, no volveremos a vernos. Te voy a echar de menos, te lo aseguro. Tú ya eres, según el tópico manido, una "pérdida irreparable". Mañana comenzaremos a saber mejor hasta qué punto. La falsa locura de Alonso Quijano Démosle la vuelta a la medalla y veamos qué hay detrás. La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas Dice Cervantes, el famoso y nunca demasiado leído autor de Don Quijote, nada más empezar su cuento, que un cierto hidalgo de La Mancha, de nombre Alonso Quijano, hombre de escasos haberes pese la relativa nobleza de su condición social, había perdido el juicio por efecto del mucho leer y mucho imaginar. Es cierto que las palabras que Cervantes escribió no fueron exactamente ésas, pero unas y otras, como se verá a continuación, acaban en el mismo punto. De hecho, entre el poco dormir y el mucho leer, razón por la que a Quijano se le secó el cerebro, según el autor, y el mucho leer y mucho imaginar, la diferencia no es grande. Quien lee, imagina, y si por mucho leer, duerme poco, parece evidente que tendrá tiempo para imaginar más. Verdaderamente, no creo que conste en los archivos psiquiátricos ningún caso de alguien que se haya vuelto loco por haber leído, aunque mucho, y por haber imaginado, aunque en exceso.
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Muy al contrario, leer e imaginar son dos de las tres puertas principales (la curiosidad es la tercera) por donde se accede al conocimiento de las cosas. Sin antes haber abierto de par en par las puertas de la imaginación, de la curiosidad y de la lectura (no olvidemos que quien dice lectura dice estudio), no se va muy lejos en la comprensión del mundo y de uno mismo. Cuando Cervantes afirma tan perentoriamente que Alonso Quijano perdió la razón (así está escrito con todas las letras, no se puede ni negar ni arrancar la página reveladora), está diciendo que Don Quijote de La Mancha, en resumidas cuentas, no es nada más que el loco de Quijano y, por tanto, sin la locura del insignificante hidalgo rural nunca habría existido el caballero andante. Pregunta la inquieta curiosidad: "¿Podría Cervantes haber hecho vivir al sobrio y pacífico Alonso Quijano las atribuladas aventuras que le esperan al justiciero Don Quijote?". La respuesta sólo puede ser ésta: "Sí y no". "Sí", porque, obviamente, tal decisión sería la consecuencia lógica y natural de la libertad que asiste a cualquier autor para hacer con sus personajes lo que mejor entienda, pero, al mismo tiempo, tendrá que ser "no", ya que los contemporáneos de Cervantes se negarían a admitir, con toda probabilidad, que alguien en su sano juicio anduviera en asuntos de caballerías por esos mundos de Dios y en esos tiempos, dando y recibiendo lanzadas a cada paso (para su infortunio, más recibiendo que dando), haciendo oídos sordos a la sabia prudencia de los consejos de Sancho Panza, su fiel escudero y, como se verá al final del cuento, su único y verdadero amigo. No creo que sea demasiado atrevimiento imaginar a Cervantes sin saber cómo empezar la increíble historia que quería contar, dándole vueltas en la cabeza y llegando por fin a la conclusión de que sólo existía una manera, una sola, de persuadir a los futuros lectores para que acaben aceptando sin exigencias ni desconfianzas los comportamientos delirantes de Quijote, y esa única manera era enloquecer a Quijano. Incluso es posible, si se me permite esta hipótesis adicional, que la obra no hubiera llegado a existir sin la hábil estrategia narrativa de Cervantes, que, al acomodarse a los preconceptos y a las supersticiones de su época, pudo luego extraerles todo el jugo y todo el provecho. Hay, sin embargo, quien ose defender que Alonso Quijano no se volvió loco. Es cierto que muchos de sus actos nos parecen, a la luz de la simple racionalidad, auténticos dislates, como el risible episodio que siempre nos viene a la memoria, aquel en que Don Quijote se precipita lanza en ristre contra los treinta o cuarenta molinos que laboraban en el Campo de Montiel, creyendo, o haciéndole creer a Sancho, que se trataba de una caterva de malvados gigantes con brazos de dos leguas. Se puede preguntar: "¿Alguna vez se ha visto mayor demostración de locura, un hombre queriendo pelear con molinos de viento jurando que son gigantes?". Realmente, no hay noticia en la historia de la

andante caballería de desvarío semejante, siempre, claro está, que nos limitemos a tomar el episodio al pie de la letra, como parece que era el malicioso deseo de Cervantes. Pero imaginemos durante un momento, al menos durante un momento, que Don Quijote no está loco, que simplemente finge una locura. De ser así, no tuvo otro remedio que obligarse a cometer las acciones más disparatadas que le pasasen por la mente para que los demás no alimentaran ninguna duda acerca de su estado de alienación mental. Sólo fingiéndose loco podría haber atacado a los molinos, sólo atacando a los molinos podría esperar que el resto de la gente lo considerara loco. Ahora bien, de acuerdo con este modo de ver, bastante discordante con las ideas generalmente recibidas, fue en virtud de esa genial simulación de Cervantes como el bueno de Alonso Quijano, convertido en Don Quijote, consiguió abrir la cuarta puerta, la que todavía le estaba faltando, la puerta de la libertad. La curiosidad lo empujó a leer, la lectura le hizo imaginar, y ahora, libre de las ataduras de la costumbre y de la rutina, ya puede recorrer los caminos del mundo, comenzando por estas planicies de La Mancha, porque la aventura, bueno es que se sepa, no elige lugares ni tiempos, por más prosaicos y banales que sean o parezcan. Aventura que en este caso de Don Quijote no es sólo de la acción, sino también, y principalmente, de la palabra. Aun cuando sus larguísimos discursos se nos antojen absurdos, incoherentes, despropositados, quién sabe si colocados ahí por Cervantes para reforzar en el espíritu del lector la convicción de que Don Quijote está loco perdido, aun éstos acabarán presentándose como obras maestras de la buena razón y del buen sentido, la más fina retórica discurriendo en el más expresivo de los lenguajes, una dialéctica que el propio Sócrates no desdeñaría, un esplendor de vocabulario que Shakespeare (que moriría el mismo día que Cervantes, el 23 de abril de 1616) tal vez hubiera envidiado. Admitido que Alonso Quijano fingió estar loco, habrá que responder ahora a dos preguntas inevitables: "¿Por qué y para qué una sustitución de identidad que sólo le iba a acarrear malos pasos, escarnio, ridículo, desastres, humillaciones?". Muchos años después de que Don Quijote hubiera perdido la batalla contra los molinos de Montiel, pasado a espada unos cuantos odres de vino, de que hubiera bajado a la cueva de Montesinos y perseguido el sueño de una improbable Dulcinea, un poeta francés llamado Arthur Rimbaud escribió estas palabras tan alborozadoras como la lectura de todos los libros de caballería juntos: La vraie vie est ailleurs, es decir, la vida auténtica está por ahí, en otro lugar, no aquí. Lo que el genio de Rimbaud proclamó, que la auténtica vida no es ésta, sino otra, aunque no se sepa ni dónde está ni cómo llegar, ya la pequeñez provinciana del hidalgo manchego lo había intuido. Sin embargo, Alonso Quijano fue más lejos que Rimbaud en esa comprensión, a él no le bastaba con ir en

búsqueda de otros lugares donde quizá le estuviera esperando la vida auténtica, era necesario que se convirtiera en otra persona, que, al ser él mismo otro, fuese también otro el mundo, que las posadas se transformaran en castillos, que los rebaños le aparecieran como ejércitos, que las oscuras aldonzas fuesen luminosas dulcineas, que, en fin, mudado el nombre de todos los seres y cosas, sobrepuesta la realidad del sueño y del deseo a las evidencias de un cotidiano aburrido, pudiese devolver a la tierra la primera y más inocente de sus alboradas. A Alonso Quijano no le bastaría decir como Rimbaud: La vraie vie est ailleurs.Sí, la vida auténtica estará en otro lugar, pero no sólo la vida, también está en otro lugar mi yo verdadero, o, como el poeta pudiera haber dicho, aunque no lo dijo, Le vrai moi est ailleurs. Y fue así como Alonso Quijano, montado en su esquelética cabalgadura, grotescamente armado, comenzó a caminar, ya otro, y, por tanto, en busca de sí mismo. Al otro lado del horizonte le esperaba Don Quijote. Dios como problema No tengo ninguna duda de que este artículo, empezando por el título, obrará el prodigio de poner de acuerdo, al menos por una vez, a los dos irreductibles hermanos enemigos que se llaman Islamismo y Cristianismo, sobre todo en la vertiente universal (es decir, católica) a la que el primero aspira y en la que el segundo, ilusoriamente, todavía sigue imaginándose. En la más benévola de las reacciones posibles, clamarán los biempensantes que se trata de una provocación inadmisible, de una indisculpable ofensa al sentimiento religioso de los creyentes de ambos partidos, y, en la reacción peor (suponiendo que no haya peor), me acusarán de impiedad, de sacrilegio, de blasfemia, de profanación, de desacato, de tantos cuantos delitos más, de calibre idéntico, sean capaces de descubrir, y, por tanto, quién sabe, merecedor de una punición que me sirviera de escarmiento para el resto de mi vida. Si yo mismo perteneciera al gremio cristiano, el catolicismo vaticano tendría que interrumpir durante un momento los espectáculos estilo Cecil B. de Mille en que ahora se complace, para darse el enojoso trabajo de excomulgarme, aunque, cumplida esa obligación burocrática, se quedaría de brazos caídos. Ya le escasean las fuerzas para proezas más atrevidas, puesto que los ríos de lágrimas llorados por sus víctimas empaparon, esperemos que para siempre, la leña de los arsenales tecnológicos de la primera inquisición. En cuanto al islamismo, en su moderna versión fundamentalista y violenta (tan violenta y fundamentalista como fue el cristianismo en los tiempos de su apogeo imperial), la consigna por excelencia, todos los días insanamente proclamada, es "muerte a los infieles", o en traducción libre, si no crees en Alá no eres más que una inmunda cucaracha que, pese a ser también una criatura nacida del Fiat divino, cualquier musulmán cultivador de los métodos

expeditivos tendrá el sagrado derecho y el sacrosanto deber de aplastarla bajo la babucha con la que entrará en el paraíso de Mahoma para ser recibido en el voluptuoso seno de las huríes. Permítaseme, por tanto, que vuelva a decir que Dios, habiendo sido siempre unproblema, es ahora el problema. La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas Como cualquier otra persona para quien la situación del mundo en que vive no le es del todo indiferente, vengo leyendo algo de lo que por ahí se escribe sobre los motivos de naturaleza política, económica, social, psicológica, estratégica, y hasta moral, en que se presume que han echado raíces los movimientos islamistas agresivos que están lanzando sobre el denominado mundo occidental (aunque no sólo en ése) la desorientación, el miedo, el más extremo terror. Fueron suficientes, aquí y allí, unas cuantas bombas de relativa baja potencia (recordemos que casi siempre fueron transportadas en mochilas hasta el lugar de los atentados) para que los cimientos de nuestra tan luminosa civilización se estremecieran y se abrieran brechas, a la vez que se tambaleaban aparatosamente las precarias estructuras de seguridad colectiva con tanto trabajo y gasto levantadas y mantenidas. Nuestros pies, que creímos fundidos en el más resistente de los aceros, eran, a la postre, de barro. Es el choque de civilizaciones, se dice. Será, pero a mí no me lo parece. Los más de siete mil millones de habitantes de este planeta, todos ellos, viven en lo que sería más exacto llamar civilización del petróleo, y hasta tal punto, que ni siquiera están fuera de ella (viviendo, claro está, su falta) quienes se encuentran privados del precioso oro negro.Esta civilización del petróleo crea y satisface (de manera desigual, ya lo sabemos) múltiples necesidades que no sólo reúnen alrededor del mismo pozo a los griegos y troyanos de la cita clásica, sino también a los árabes y no árabes, a los cristianos y a los musulmanes, sin hablar de los que, no siendo ni una cosa ni otra, tienen, donde quiera que se encuentren, un automóvil que conducir, una excavadora que poner en marcha, un mechero que encender. Evidentemente, esto no significa que bajo esta civilización del petróleo que es común a todos no sean discernibles los rasgos (más que simples rasgos en ciertos casos) de civilizaciones y culturas antiguas que ahora se encuentran inmersas en un proceso tecnológico de occidentalización a marchas forzadas, y que, sólo con mucha dificultad, ha logrado penetrar en el meollo sustancial de las mentalidades personales y colectivas correspondientes. Por alguna razón se dice que el hábito no hace al monje...
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Una alianza de las civilizaciones, en feliz hora propuesta por el presidente del Gobierno español y cuya idea ha sido recientemente retomada por el secretario general de la Organización de Naciones Unidas, podrá representar, en el caso de que llegue a concretarse, un paso importante en el camino de una disminución de las tensiones mundiales de que cada vez parece que estamos más lejos, aunque sería insuficiente desde todos los puntos de vista si no incluyera, como ítem fundamental, un diálogo de religiones, ya que en este caso queda excluida cualquier remota posibilidad de una alianza... Como no hay motivos para temer que chinos, japoneses e indios, por ejemplo, estén preparando planes de conquista del mundo, difundiendo sus diversas creencias (confucionismo, budismo, taoísmo, sintoísmo, hinduismo) por vía pacífica o violenta, es más que obvio que cuando se habla de alianza de las civilizaciones se está pensando, especialmente, en cristianos y musulmanes, esos hermanos enemigos que vienen alternando, a lo largo de la historia, ora uno, ora otro, sus trágicos y por lo visto interminables papeles de verdugo y de víctima. Por tanto, se quiera o no se quiera, Dios como problema, Dios como piedra en medio del camino, Dios como pretexto para el odio, Dios como agente de desunión. Pero de esta evidencia palmaria no se osa hablar en ninguno de los múltiples análisis de la cuestión, tanto si son de tipo político, económico, sociológico, psicológico o utilitariamente estratégico. Es como si una especie de temor reverencial o de resignación a lo "políticamente correcto y establecido" le impidiera al analista entender algo que está presente en las mallas de la red y las convierte en un entramado laberíntico del que no hemos tenido manera de salir, es decir, Dios. Si le dijera a un cristiano o a un musulmán que en el universo hay más de 400.000 millones de galaxias y que cada una de ellas contiene más de 400.000 millones de estrellas, y que Dios, sea Alá u otro, no podría haber hecho esto, mejor aún, no tendría ningún motivo para hacerlo, me responderían indignados que para Dios, sea Alá, sea otro, nada es imposible. Excepto, por lo visto, añadiría yo, establecer la paz entre el islam y el cristianismo, y de camino, conciliar a la más desgraciada de las especies animales que se dice que ha nacido de su voluntad (y a su semejanza), la especie humana, precisamente. No hay amor ni justicia en el universo físico. Tampoco hay crueldad. Ningún poder preside los 400.000 millones de galaxias y los 400.000 millones de estrellas que existen en cada una. Nadie hace nacer el Sol cada día y la Luna cada noche, incluso cuando no es visible en el cielo. Puestos aquí sin saber por qué ni para qué, hemos tenido que inventarlo todo. También inventamos a Dios, pero Dios no salió de nuestras cabezas, permaneció dentro, como factor de vida algunas veces, como instrumento de muerte casi siempre. Podemos decir "aquí está el arado que inventamos", no podemos decir

"aquí está el Dios que inventó el hombre que inventó el arado". A ese Dios no podemos arrancarlo de dentro de nuestras cabezas, ni siquiera los ateos pueden hacerlo. Pero por lo menos, discutámoslo. No adelanta nada decir que matar en nombre de Dios es hacer de Dios un asesino. Para los que matan en nombre de Dios, Dios no es sólo el juez que los absuelve, es el Padre poderoso que dentro de sus cabezas antes juntó la leña para el auto de fe y ahora prepara y coloca la bomba. Discutamos esa invención, resolvamos ese problema, reconozcamos al menos que existe. Antes de que nos volvamos todos locos. Aunque ¿quién sabe? Tal vez ésa sea la manera de que no sigamos matándonos los unos a los otros.

El niño que leyó antes de entender lo que leía En el lado derecho del mismo rellano (todavía vivíamos en la calle Padre Sena Freitas) vivía una familia integrada por marido y mujer, más el hijo de ambos. Él era pintor en una fábrica de cerámica, la Viúva Lamego, que estaba en el barrio del Intendente. La mujer era española, no sé de qué parte de España, se llamaba Carmen, y el hijo, un muchachito rubio, tendría, a esas alturas, unos tres años (así es como lo recuerdo, como si nunca hubiera crecido en el tiempo que vivimos allí). Éramos buenos amigos, ese pintor y yo, lo que parecerá sorprendente, dado que se trataba de un adulto, con una profesión fuera de lo común en mi minúsculo mundo de relaciones, porque yo no pasaba de ser un adolescente desmadejado, lleno de dudas y certezas, pero tan poco consciente de unas como de las otras. El apellido de él era Chaves, del nombre propio no me acuerdo, o nunca llegué a saberlo, para mí fue siempre, y sólo, el señor Chaves. Para adelantar trabajo o tal vez para cobrar horas extraordinarias, él hacía cerámica en casa y era en esos momentos cuando iba a visitarlo. Llamaba a la puerta, abría la mujer, siempre ríspida y que apenas me prestaba atención, y pasaba al pequeño comedor, donde, en una esquina, iluminado por un flexo, se encontraba el torno de alfarero con el que trabajaba. El banco alto en el que yo debía sentarme ya estaba allí, esperándome. Me gustaba verlo pintar los barros, cubiertos de vidriado por fundir, con una pintura casi gris que, después de la cocedura, se transformaría en el conocido tono azul de este tipo de cerámica. Mientras las flores, las volutas, los arabescos, los entrelazados iban apareciendo bajo los pinceles, conversábamos. Aunque yo fuera joven y mi experiencia de la vida la que se puede imaginar, intuía que aquel hombre sensible y delicado se sentía solo. Hoy tengo certidumbre de eso. Seguí frecuentando la casa incluso después de que mi familia se mudara a la calle Carlos Ribeiro, y un día le llevé una cuarteta al estilo popular que él pintó en un plato pequeño, con forma de corazón, y cuya destinataria sería Ilda Reis, a quien comenzaba a pretender. Si la memoria no me falla,

habrá sido ésta mi primera "composición poética", un tanto tardía, dígase en aras de la verdad, si tenemos en cuenta que iba camino de los dieciocho años, si no los había cumplido ya. Fui felicitadísimo por el amigo Chaves, que era de la opinión de que debería presentarme a unos juegos florales, esos deliciosos certámenes poéticos, entonces muy en boga, que sólo la ingenuidad salvaba del ridículo. El producto de mi inspiración rezaba así: "Cautela, que nadie oiga / el secreto que te digo: / te doy un corazón de loza / porque el mío va contigo". Reconózcase que habría merecido, por lo menos, por lo menos, la violeta de plata...
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José Saramago Las pequeñas memorias El origen espirituoso del apellido Saramago La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas Un día escribí una cuarteta al estilo popular, mi primera 'composición poética': "Cautela, que nadie oiga / el secreto que te digo: / te doy un corazón de loza / porque el mío va contigo" Mi padre traía todos los días a casa el periódico, y supongo que se lo regalaba algún amigo, un repartidor de periódicos de los de buena venta, tal vez el dueño de un estanco Haciendo como que no oía las bromas de los adultos de la casa, que se divertían a mi costa viéndome mirar un periódico como si fuera un muro, un día leí de un tirón unas cuantas líneas Mi madre llevaba las mantas a la casa de empeños cuando el invierno terminaba, para sólo rescatarlas cuando los primeros fríos comenzaban a apretar La pareja no parecía entenderse bien, la española, antipática, consideraba detestable todo lo que le oliese a Portugal. Si él era pacientísimo, fino, de discretas y medidas frases, ella pertenecía al tipo guardia civil, áspera, grande y ancha, con una lengua de trapo que destrozaba sin piedad la lengua de Camões. Y todavía eso era lo de menos, comparado con la agresividad de su carácter. En esa casa comencé a oír Radio Sevilla cuando la guerra civil ya había empezado. Curiosamente, nunca llegué a saber con certeza de qué lado de la contienda estaban, sobre todo ella, siendo española. Sospecho, sin embargo, que doña Carmen estaba en el bando de Franco desde primera hora... Oyendo Radio Sevilla creé en mi cabeza una confusión de mil demonios, que se mantuvo durante largo tiempo. Salía entonces en la radio el general Queipo de Llano, con sus charlas políticas, de las que, excusado será decir, no recuerdo ni una palabra. Lo que sí se me quedó para siempre en la memoria fue el anuncio que venía a continuación, y era así: "¡Oh!, qué lindos colores, Tintas Revi son las mejores". El asunto no tendría
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nada de especial de no haberme convencido de que era el propio Queipo de Llano el que, terminada la intervención política, recitaba el festivo anuncio. Le faltaba esto a la "pequeña historia" de la guerra civil de España. Con perdón de la futilidad. Más serio fue el hecho de que tirara a la basura, pocos meses después, el mapa de España en el que iba clavando alfileres de colores para marcar los avances y retrocesos de los ejércitos de un lado y del otro. No creo necesario decir que mi única fuente informativa sólo podía ser la censurada prensa portuguesa, y ésa, tal como Radio Sevilla, jamás daría noticia de una victoria republicana. (...) La primera lectura Aprendí a leer con rapidez. Gracias a los cuidados de la instrucción que había comenzado a recibir en la primera escuela, la de la calle Martens Ferrão, de la que apenas soy capaz de recordar la entrada y la escalera siempre oscura, pasé, casi sin transición, a frecuentar de forma regular los niveles superiores de la lengua portuguesa en las páginas de un periódico, el Diário de Notícias, que mi padre traía todos los días a casa y que supongo que se lo regalaba algún amigo, un repartidor de periódicos de los de buena venta, tal vez el dueño de un estanco. Comprar, no creo que lo comprara, por la pertinente razón de que no nos sobraba el dinero para gastarlo en semejantes lujos. Para dejar una idea clara de la situación, baste decir que durante años, con absoluta regularidad estacional, mi madre llevaba las mantas a la casa de empeños cuando el invierno terminaba, para sólo rescatarlas, ahorrando centavo a centavo y así poder pagar los intereses todos los meses y el levantamiento final, cuando los primeros fríos comenzaban a apretar. Obviamente, no podía leer de corrido el ya entonces histórico matutino, pero una cosa tenía clara: las noticias del diario estaban escritas con los mismos caracteres (letras los llamábamos, no caracteres) cuyos nombres, funciones y mutuas relaciones estaba aprendiendo en la escuela. De modo que, apenas supe deletrear, ya leía, aunque sin entender lo que estaba leyendo. Identificar en la lectura del periódico una palabra que conociera era como encontrar una señal en la carretera diciéndome que iba bien, que seguía la buena dirección. Y así, de esta manera tan poco corriente, Diário tras Diário, mes tras mes, haciendo como que no oía las bromas de los adultos de la casa, que se divertían a mi costa viéndome mirar un periódico como si fuera un muro, llegó mi media hora de dejarlos sin habla, cuando, un día, de un tirón, leí en voz alta, sin titubear, nervioso pero triunfante, unas cuantas líneas seguidas. No entendía todo lo que decía, pero eso no importaba. Además de mi padre y de mi madre, los dichos adultos antes escépticos, ahora rendidos, eran los Barata. Pues bien, sucedió que en esa casa, donde no había libros, un libro había, uno solo, grueso, encuadernado, salvo error, en azul celeste, que se llamaba A Toutinegra do Moinho, y cuyo autor, si la

memoria todavía acierta, era Émile Richebourg, de cuyo nombre las historias de la literatura francesa, incluso las más minuciosas, no creo que hagan gran caso, si es que alguno le hicieron, pero habilísima persona en el arte de explorar con la palabra los corazones sensibles y los sentimentalismos más arrebatados. Joya literaria La dueña de esta joya literaria absoluta, por todos los indicios también resultante de previa publicación en fascículos, era Concepción Barata, que lo guardaba como un tesoro en una gaveta de la cómoda, envuelto en papel de seda, con olor a naftalina. Esta novela acabaría convirtiéndose en mi primera gran experiencia de lector. Todavía me encontraba muy lejos de la biblioteca del Palacio de las Galveias, pero el primer paso para llegar ya estaba dado. Y gracias a que nuestra familia y la de los Barata vivieron juntas durante un buen puñado de años, tuve tiempo más que de sobra para llevar la lectura hasta el final y regresar al principio. Sin embargo, contrariamente a lo que me sucedió con Maria, a fada dos bosques, no consigo, por más que lo he intentado, recordar un solo pasaje del libro. A Émile Richebourg no le gustaría esta falta de consideración, él que pensaba haber escrito su Toutinegra con tinta imborrable. Pero las cosas no se quedaron ahí. Años después llegaría a descubrir, con la mayor de las sorpresas, que también había leído a Molière en el sexto piso de la calle Fernão Lopes. Un día, mi padre apareció en casa con un libro (no soy capaz de imaginar cómo lo habría obtenido) que era nada más y nada menos que una guía de conversación de portugués-francés, con las páginas divididas en tres columnas, la primera, a la izquierda, en portugués, la segunda, central, en lengua francesa, y la tercera, al lado de ésta, reproducía la pronunciación de las palabras de la segunda columna. De entre las distintas situaciones con que podía tropezarse un portugués que tuviera que comunicarse en francés con la ayuda de la guía de conversación (en una estación de trenes, en una recepción de un hotel, en una agencia de alquiler de coches, en un puerto marítimo, en un sastre, comprando entradas para el teatro, probándose un traje en el sastre, etcétera), aparecía inopinadamente un diálogo entre dos personas, dos hombres, siendo uno de ellos algo así como el maestro y el otro una especie de alumno. Lo leí muchas veces porque me divertía la estupefacción del hombre que no podía creerse lo que el profesor le explicaba, que él hablaba en prosa desde que nació. Yo no sabía nada de Molière (¿y cómo podría saberlo?), pero tuve acceso a su mundo, entrando por la puerta grande, cuando aún no había pasado de la a-e-i-o-u. Sin duda alguna, era un niño con suerte. El director de la escuela del Largo do Leão, adonde me llevaron después de hacer el primer grado en la calle Martens Ferrão, y cuyo nombre propio no consigo recordar, tenía el raro apellido de Vairinho (hoy no se encuentra ningún Vairinho en la guía de

teléfonos de Lisboa) y era un hombre alto y delgado, de rostro severo, que disimulaba la calvicie llevándose el pelo de uno de los lados hasta el otro y manteniéndolo con fijador, tal como hacía mi padre, aunque yo deba confesar que el peinado del maestro me parecía mucho más presentable que el de mi progenitor. A mí, ya en aquella tierna edad se me antojaba un tanto caricaturesco (perdóneseme la falta de respeto) el aspecto de mi padre, sobre todo cuando lo veía al levantarse de la cama, con aquellas greñas caídas en su lado natural y la piel blanca del cráneo de una palidez blanda, puesto que, siendo él policía, tenía que andar la mayor parte del tiempo con la gorra del uniforme puesta. Cuando fui a la escuela del Largo do Leão, la profesora de segundo grado, que ignoraba hasta dónde el recién llegado habría accedido en el provecho de las materias dadas y sin ningún motivo para esperar de mi persona cualquier reseñable sabiduría (hay que reconocer que no tenía obligación de pensar otra cosa), mandó que me sentara entre los más atrasados, los cuales, en virtud de la disposición del aula, estaban en una especie de limbo, a la derecha de la profesora y enfrente de los más adelantados, que debían servirles de ejemplo. Más tarde, a los pocos días de que empezaran las clases, la profesora, a fin de averiguar cómo estábamos de familiarizados con las ciencias ortográficas, nos hizo un dictado. Entonces yo tenía una caligrafía redonda y equilibrada, firme, buena para la edad. Diminutivo familiar Pues bien, ocurrió que el Zezito (no tengo la culpa del diminutivo, así era como me llamaba la familia, mucho peor hubiera sido que mi nombre fuera Manuel y me dijeran Nelinho...) tuvo sólo una falta de ortografía en el dictado, e incluso ésa no lo era del todo, si consideramos que las letras de la palabra estaban allí todas, aunque cambiadas dos de ellas: en vez de "clase" había puesto "calse". Exceso de concentración, tal vez. Y fue aquí, ahora que lo pienso, donde comenzó la historia de mi vida. (En las aulas de esta escuela, y probablemente en todas las del país, los pupitres dobles en los que entonces nos sentábamos eran exactamente iguales a los que, cincuenta años después, en 1980, encontré en la escuela de la aldea de Cidadelhe, en la comarca de Pinhel, cuando iba conociendo gentes y tierras para meterlas en Viaje a Portugal. Confieso que no pude disimular la conmoción cuando pensé que quizá me hubiera sentado en uno de ellos en los primeros tiempos. Más decrépitos, manchados y rayados por el uso y la falta de cuidados, era como si los hubieran transportado desde el Largo do Leão y de 1929 hasta allí.) Retomemos el hilo del relato. El mejor alumno de la clase ocupaba un pupitre justo al lado de la puerta de entrada y allí desempeñaba la honrosísima función de portero del aula, ya que era a él a quien le competía abrir la puerta cuando alguien llamaba desde la parte de fuera. Pues bien, la profesora, sorprendida por el talento ortográfico de un niño

que acababa de llegar de otra escuela, o sea, sospechoso por definición de ser mal estudiante, me mandó sentarme en el lugar del primero de la clase, de donde, claro está, no tuvo otro remedio que levantarse el monarca destronado que ahí se encontraba. Me veo, como si ahora mismo estuviera sucediendo, recogiendo mis cosas apresuradamente, atravesando la clase en sentido longitudinal ante la mirada perpleja de los compañeros (¿admirativa?, ¿envidiosa?), y, con el corazón en desorden, sentándome en mi nuevo lugar. JOSÉ SARAMAGO Un estoico JOSÉ SARAMAGO 22/07/2007 No pretendo pasar por alguien que ha disfrutado de la intimidad de Jesús de Polanco. No sé nada del Grupo PRISA, conozco muy poco de Santillana y sólo algo de Alfaguara, que edita mis libros en España y en la mal llamada América Latina o Iberoamérica, alusión que, al contrario de lo que pueda aparecer, no viene desajustada, porque, en Cartagena de Indias, defendí hace una semana la idea de que las comunidades indígenas (muchos millones de personas) no tienen ninguna razón para sentirse latinoamericanas o iberoamericanas. Pues bien, porque el nombre de Jesús de Polanco fue mencionado por alguien, pensé que, al regresar a España, quizá tuviera la satisfacción de debatir el delicado asunto con él, mi editor supremo, seguro de que encontraría, una vez más, la apertura de espíritu a la que me había acostumbrado y una brecha por donde mis argumentos pudiesen penetrar. Así son las cosas. Jesús de Polanco ha muerto y esta conversación se ha quedado en el tintero. Tal vez en el cielo o en el infierno podamos, algún día, conversar sobre los indígenas de América del Sur, como el continente debería llamarse y no se llama.
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Adiós, amigo El empresario cómplice La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas ¿Quién fue Jesús de Polanco? En primer lugar, y por lo infrecuente del fenómeno, un caballero. Es posible que fuera duro, incluso durísimo, en una reunión de negocios, pero en el trato personal era la más delicada y afable de las personas que puedo recordar en este momento. En los últimos años tuve ocasión de reconocer en él una cualidad igual de infrecuente en los tiempos en que vivimos: el estoicismo. Sufriendo, como sabíamos que sufría, de dolores atroces en la columna vertebral, nunca noté la menor crispación en su cara, ni siquiera sus ojos pedían socorro, como tan humano sería. Admiré a este hombre y respetaré, mientras viva, su memoria. Y ahora, abramos un espacio a su
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irresistible buen humor. Estábamos él, Pilar y yo, en el Palacio Real, en la antesala de los saludos oficiales, y, supongo que para entretener la espera, Jesús de Polanco dijo algunas palabras elogiosas sobre un libro mío que acababa de aparecer publicado. Puse la expresión de modestia adecuada que requieren tales situaciones, pero sus palabras siguientes me desconcertaron: "Tu libro es bueno, tú te llevas la gloria, pero yo me quedo con la plusvalía". Hablaba con una sonrisa, la más divertida que se podría esperar de semejante conversación, pero con sus ojos parecía pedir cierta disculpa: "El mundo es así, no he sido yo el inventor del capitalismo", decía. Tenía razón. Un día nacemos, otro morimos, y el mundo continúa, hacia dónde lo sabrán las generaciones futuras. Adiós, pues, Jesús, te recordaré siempre. Pilar y yo te echaremos de menos.

La infamia "DÍGANME CÓMO es un árbol, díganme cómo es la justicia, no me digan cómo es la dignidad". Díganles cómo es un árbol, porque la cárcel, como un insaciable vampiro, va sorbiendo poco a poco los recuerdos del mundo exterior; díganles cómo es la justicia, porque ahí donde se encuentran, entre cuatro paredes inmundas o ante el pelotón de fusilamiento, ésta es una caricatura innoble, un remedo grotesco, la mismísima máscara del oprobio. Pero no les digan qué es la dignidad, porque la han conocido íntimamente, con ella se han acostado y con ella se han levantado, comieron en su mesa o le ofrecieron su hambre, y entre unas horas y otras, enfrentando carceleros y verdugos, cerrando los labios y los dientes bajo los extremos de la tortura, esos hombres reinventaron la dignidad humana en los lugares donde, según el catón de los criminales, deberían acabar perdiéndola. Este libro de Marcos Ana nos cuenta cómo ocurrió. Presentándose como memorias de una vida, es mucho más que eso, no sólo porque su autor rechace todas y cada una de las tentaciones de mirarse, complaciente, en el espejo, sino, sobre todo, porque lo rompe para que, en sus múltiples fragmentos, se refleje el rostro de sus compañeros de infortunio. El yo, aquí, es siempre un nosotros. La noticia en otros webs webs en español en otros idiomas Este libro es una lección de humanidad, pero no porque su proyecto y su propósito hayan sido los de aleccionar a los lectores acerca del camino recto, como si de estas páginas se tuviera que deducir un código ético o un manual de reglas de moralidad pública y privada. De un modo que es al mismo tiempo descarnado y poético, Marcos Ana examina y describe, con sutil bisturí y un estilo seguro de sus recursos, la vida en la cárcel, sus heroísmos y sus desfallecimientos, la solidaridad convertida en instinto, la
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valentía como un hábito, sin las que no sería posible sobrevivir al infierno de los días y de las noches, al miedo de las madrugadas que traían la muerte, la larga espera de una libertad que para muchos no llegó nunca. Dinos cómo es un árbol para que no dudemos de que algo en el mundo, fuera de estos muros, sigue luchando contra la infamia, contra la mentira, contra la crueldad demencial de los enemigos de la vida; dinos cómo es y dónde está la justicia para que le arranquemos la venda de los ojos y así pueda ver, por fin, a quienquiera que, de verdad, ha estado sirviendo, pero no nos digan cómo es la dignidad porque ya lo sabemos, porque, incluso cuando parecía que no era nada más que una palabra, comprendimos que era la pura esencia de la libertad en su sentido más profundo, ese que nos permite decir, contra la propia evidencia de los hechos, que estábamos presos, pero éramos libres. Este libro lo demuestra, como un soplo de aire fresco que llega para derrotar al cinismo, a la indiferencia, a la cobardía. También demuestra que hay una posibilidad real de acceder a la esfera de lo verdaderamente humano. Marcos Ana ha estado ahí. Estuvo y estará mientras viva. Agradezcámosle la sencillez, la naturalidad con que es un hombre. Entero, auténtico, completo.

Un poeta insólito Cuando hace años empecé a entrar más profundamente en el conocimiento de la vida literaria española, me encontré con un poeta que por la época y por las circunstancias del tiempo y de la creación poética me pareció insólito. Era Ángel González. Me pareció insólito porque era a la vez un poeta de su tiempo y un poeta fuera de su tiempo, y no en el sentido de que fuera anticuado, ni mucho menos. Era un poeta con una voz determinada, propia, una voz que conservó hasta el final de su vida. Ángel era un poeta con una preocupación social nada retórica, vivificadora. Ha sido un poeta al que yo leía con mucha frecuencia porque en muchos casos sentía que me quitaba las telarañas de los ojos. Era la suya una poesía que no parecía innovar y, sin embargo, lo estaba innovando todo. Ahora que no está debo decir que para mí siempre fue buena y refrescante la lectura de Ángel González. Lo guardo y lo guardaré entre mis poetas preferidos de cualquier tiempo. Un amigo, un hermano

La obra de Mario Benedetti, amigo, hermano, es sorprendente en todos los aspectos, ya sea por la extensión en la variedad de géneros que toca, ya sea por la densidad de su expresión poética como por la extrema libertad conceptual que usa. El léxico de Benedetti ha ignorado deliberadamente la supuesta existencia de palabras "poéticas" y de otras que no lo son. Para Benedetti, la lengua, toda ella, es poética. Leída desde esta perspectiva, la obra del gran poeta uruguayo se nos presenta, no sólo como suma de una experiencia vital, sino, sobre todo, como la búsqueda persistente y lograda de un sentido, el del ser humano en el planeta, en el país, en la ciudad o en la aldea, en su casa simplemente o en la acción colectiva. Son muchas las razones que nos llevan a la lectura de Benedetti. Tal vez la principal sea ésa, precisamente: que el poeta se ha convertido en voz de su propio pueblo. O sea, en poeta universal. JOSÉ SARAMAGO La cosa Berlusconi No veo qué otro nombre le podría dar. Una cosa peligrosamente parecida a un ser humano, una cosa que da fiestas, organiza orgías y manda en un país llamado Italia. Esta cosa, esta enfermedad, este virus amenaza con ser la causa de la muerte moral del país de Verdi si un vómito profundo no consigue arrancarlo de la conciencia de los italianos antes de que el veneno acabe corroyéndole las venas y destrozando el corazón de una de las más ricas culturas europeas. Los valores básicos de la convivencia humana son pisoteados todos los días por las patas viscosas de la cosa Berlusconi que, entre sus múltiples talentos, tiene una habilidad funambulesca para abusar de las palabras, pervirtiéndoles la intención y el sentido, como en el caso del Pueblo de la Libertad, que así se llama el partido con que asaltó el poder. Le llamé delincuente a esta cosa y no me arrepiento. Por razones de naturaleza semántica y social que otros podrán explicar mejor que yo, el término delincuente tiene en Italia una carga negativa mucho más fuerte que en cualquier otro idioma hablado en Europa.

Para traducir de forma clara y contundente lo que pienso de la cosa Berlusconi utilizo el término en la acepción que la lengua de Dante le viene dando habitualmente, aunque sea más que dudoso que Dante lo haya usado alguna vez. Delincuencia, en mi portugués, significa, de acuerdo con los diccionarios y la práctica corriente de la comunicación, "acto de cometer delitos, desobedecer leyes o patrones morales". La definición asienta en la cosa Berlusconi sin una arruga, sin una tirantez, hasta el punto de parecerse más a una segunda piel que la ropa que se pone encima. Desde hace años la cosa Berlusconi viene cometiendo delitos de variable aunque siempre demostrada gravedad. Para colmo, no es que desobedezca leyes, sino, peor todavía, las manda fabricar para salvaguarda de sus intereses públicos y privados, de político, empresario y acompañante de menores, y en cuanto a los patrones morales, ni merece la pena hablar, no hay quien no sepa en Italia y en el mundo que la cosa Berlusconi hace mucho tiempo que cayó en la más completa abyección. Éste es el primer ministro italiano, ésta es la cosa que el pueblo italiano dos veces ha elegido para que le sirva de modelo, éste es el camino de la ruina al que, por arrastramiento, están siendo llevados los valores de libertad y dignidad que impregnaron la música de Verdi y la acción política de Garibaldi, esos que hicieron de la Italia del siglo XIX, durante la lucha por la unificación, una guía espiritual de Europa y de los europeos. Es esto lo que la cosa Berlusconi quiere lanzar al cubo de la basura de la Historia. ¿Lo acabarán permitiendo los italianos? JOSÉ SARAMAGO Luna Hace cuarenta años todavía no tenía aparato de televisión en casa. Sólo lo compré, pequeñísimo, cinco años después, en 1974, para seguir las noticias de esa otra especie de llegada a la luna que fue para nosotros portugueses la Revolución de Abril. De modo que recurrí a amigos más avezados en tecnologías punta, y así, bebiendo tal vez una cerveza y masticando unos frutos secos, asistí al alunizaje y al desembarque. En aquella época andaba escribiendo unas crónicas en el recién recuperado periódico vespertino A

Capital, más tarde reunidas en un libro bajo el título De este mundo y del otro. Dos de esos textos los dediqué a comentar la proeza de los norteamericanos en un tono ni ditirámbico ni escéptico, como no tardaría mucho en convertirse en moda. Releo ahora estos textos y llego a la desoladora conclusión de que al final ningún gran paso para la humanidad fue dado y que nuestro futuro no está en las estrellas, sino siempre y sólo en la Tierra en que asentamos los pies. Como ya decía en la primera de esas crónicas: "No perdamos nosotros la Tierra, que todavía será la única manera de no perder la Luna". En la segunda crónica, que di en llamar Un salto en el tiempo, imaginando la Tierra futura como la Luna es ahora, comencé escribiendo que "todo aquello me pareció un simple episodio de filme de ficción científica técnicamente primario. Los propios movimientos de los astronautas tenían flagrante similitud con los gestos de las marionetas, como si brazos y piernas estuviesen manejados por invisibles hilos, unos hilos larguísimos sujetos a los dedos de los técnicos de Houston y que, a través del espacio, producían allá arriba los gestos necesarios. Todo estaba cronometrado, hasta el peligro se incluía en el esquema. En la mayor aventura de la historia no hubo lugar para la aventura". Y fue ahí cuando la imaginación se apoderó de mí. Decidió que el viaje a la Luna no había sido un salto en el espacio, sino un salto en el tiempo. Así, los astronautas, lanzados en su vuelo, habían caminado a lo largo de una línea temporal y se habían posado otra vez en la Tierra, no ésta que conocemos, blanca, verde, morena y azul, sino en la Tierra futura, una Tierra que ocupará todavía la misma órbita, circulando alrededor de un sol apagado, muerta ella también, desierta de hombres, de aves, de flores, sin una risa, sin una palabra de amor. Un planeta inútil, con una historia antigua y sin nadie para contarla. La Tierra morirá, será lo que la es hoy, decía para terminar. Al menos que no sea para lo que nos quede el mosaico de miserias, guerras, hambre y torturas que viene siendo hasta ahora. Para que no comencemos a decir, ya hoy, que el hombre, finalmente, no ha merecido la pena. El lector estará de acuerdo en que, para bien y para mal, no parece que haya mudado mucho de ideas en cuarenta años. Sinceramente, no sé si me debería felicitar o corregir. Planes de vuelta a la Luna. JOSÉ SARAMAGO 'E pur si muove' JOSÉ SARAMAGO 29/07/2009 "Y sin embargo, se mueve". Estas palabras las diría como si fuera un susurro casi inaudible Galileo Galilei al terminar la lectura de la abjuración a que fue forzado por los inquisidores generales de la Iglesia católica el 22 de junio de 1633. Se trataba, como se

sabe, de obligarle a desmentir, condenar y repudiar públicamente lo que había sido y seguía siendo su profunda convicción, es decir, la verdad científica del sistema copernicano, según el cual es la Tierra la que gira alrededor del Sol y no el Sol alrededor de la Tierra. El estudio del texto de la abjuración de Galileo debería hacerse con conveniente atención en todos los establecimientos de enseñanza del planeta, fuese cual fuese la religión dominante, no tanto para confirmar lo que hoy es una evidencia para todo el mundo, que el Sol está parado y la Tierra se mueve a su alrededor, sino como manera de prevenir la formación de supersticiones, lavados de cerebro, ideas hechas y otros atentados contra la inteligencia y el sentido común. No es, pese a la introducción, Galileo el objeto primero de este texto, sino algo más próximo en el tiempo y en el espacio. Me refiero al Barómetro Hispano-Luso del Centro de Análisis Social de la Universidad de Salamanca, publicado ayer, sobre las eventuales posibilidades de creación de una unión entre los dos países de la península Ibérica de cara a la formación de una Federación Hispano-Portuguesa. Los lectores que acompañan regularmente este y otros comentarios míos recordarán la polémica, adornada con unos cuantos insultos elegidos y unas cuantas acusaciones de traición a la patria, que mi pronóstico de una unión de ese tipo suscitó hace relativamente poco tiempo. Pues bien, de acuerdo con el sondeo de la Universidad de Salamanca, 39,9% de los portugueses y 30,3% de los españoles apoyarían esa unión. Los porcentajes muestran un sensible avance, tanto en un país como en el otro, sobre los cálculos realizados en aquella altura. Los que rechazan la idea constituyen poco más del 30% de las personas consultadas, es decir, 260 de los 876 ciudadanos entrevistados durante los meses de abril y mayo de este año. Al contrario de lo que generalmente se dice, el futuro ya está escrito, lo que ocurre es que nosotros no tenemos todavía la ciencia necesaria para leerlo. Las protestas de hoy pueden convertirse en los acuerdos de mañana, y, por supuesto, también podría suceder lo contrario, aunque una cosa es cierta, y la frase de Galileo tiene aquí perfecto encaje. Sí, Iberia. E pur si muove. JOSÉ SARAMAGO La impunidad del franquismo JOSÉ SARAMAGO 16/09/2009 on 114.266 personas las que, según el auto dictado por el juez Garzón el 16 de octubre de 2008, desaparecieron, en el contexto de crímenes contra la humanidad, entre julio de

1936 y diciembre de 1951, en el curso de la Guerra Civil española y, ulteriormente, durante la dictadura fascista de Franco. España ignora a sus propias víctimas y atormenta a sus familiares La violación de los derechos humanos ha sido una desgraciada realidad a lo largo de la historia de la humanidad; sus autores, en la inmensa mayoría de las ocasiones, han quedado impunes, y a las víctimas y a sus familiares, en otras tantas, se les ha privado de la necesaria tutela judicial en los tribunales internos. Por ello, la comunidad internacional ha ido estableciendo diferentes compromisos, ineludibles para todos los Estados, a fin de garantizar la búsqueda de la verdad, la reparación a las víctimas y el castigo de los autores de los más graves crímenes contra la humanidad. Es decir, garantizar el derecho de las víctimas y sus familiares a la justicia, como garantía del principio esencial, del que debe prevalerse todo Estado, de no repetición de los crímenes. Respecto de los familiares -como lo ha reiterado la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos del 16 de julio de 2009 en el caso Karimov contra Rusia- la ausencia de búsqueda oficial de los desaparecidos supone un trato cruel e inhumano. Dicho de otra forma, los familiares de los desaparecidos sin respuesta oficial son víctimas de tortura. Desde la Convención de Ginebra de 1864 sobre leyes y costumbres de la guerra, al Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966, pasando por la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 o los recientes Principios o Directrices de Naciones Unidas sobre los Derechos de las Víctimas de Violaciones de Derechos Humanos adoptados en el año 2005, es indudable el deber, moral y jurídico, de toda la comunidad internacional y de cada uno de los Estados que la componen, de perseguir graves crímenes contra la integridad y dignidad humana. Las desapariciones forzadas, han sido calificadas por las Naciones Unidas como un ultraje a la dignidad humana, reconociendo el derecho a un recurso judicial rápido y eficaz, como medio para determinar el paradero de las personas privadas de libertad o su estado de salud, o de identificar a la autoridad que ordenó la privación de libertad o la hizo efectiva. Como otros crímenes semejantes, considerados de lesa humanidad, no son amnistiables ni prescriptibles según la evolución del Derecho Penal Internacional desde los principios de Núremberg.

Esa obligación de perseguiry castigar los más graves atentados contra la humanidad es aplicada sólo por algunos Estados, y de forma interesada. Y España ha de entonar por desgracia, y con gran vergüenza, el mea culpa. España que se congratulaba en ser uno de los pioneros en la aplicación del principio de justicia universal, hoy desgraciadamente en entredicho, ignora a sus propias víctimas, somete a tormentos (según la indicada doctrina del Tribunal Europeo) a sus familiares y desoye las obligaciones contractuales internacionales dimanantes de tratados y convenios suscritos e incorporados a su ordenamiento jurídico. Recientemente, el Comité de Derechos Humanos, en su periodo de sesiones de octubre de 2008, examinando los informes presentados por los diferentes Estados, y antes de que se declarase la Audiencia Nacional incompetente para conocer de las desapariciones que tuvieron lugar durante y después de la Guerra Civil, señaló que "está preocupado por el mantenimiento en vigor de la Ley de Amnistía de 1977", y recordó que "los delitos de lesa humanidad son imprescriptibles y aunque toma nota con satisfacción de las garantías dadas por el Estado parte en el sentido de que la Ley de la Memoria Histórica prevé que se esclarezca la suerte que corrieron los desaparecidos, observa con preocupación las informaciones sobre los obstáculos con que han tropezado las familias en sus gestiones judiciales y administrativas para obtener la exhumación de los restos y la identificación de las personas desaparecidas". El comité recomendó no sólo la derogación de la Ley de Amnistía, sino el auténtico restablecimiento de la verdad histórica sobre todas las violaciones -se produjesen por quien se produjesen- de los derechos humanos cometidas durante la Guerra Civil y la dictadura franquista, añadiendo que ha de permitirse a las familias que identifiquen y exhumen los cuerpos de las víctimas y, en su caso, indemnizarlas. La naturaleza de crimen de lesa humanidad que supone la desaparición forzada de personas es, por tanto, indiscutida, en particular cuando se comete de forma grave o sistemática contra la población civil. Lo señalaba también la Convención de 2006 sobre Protección de todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas, determinando la obligación de los Estados de investigar los hechos y juzgar a los culpables. Han transcurrido más de 12 años desde que, el 28 de marzo de 1996, la Unión Progresista de Fiscales interpusiera la primera denuncia por los crímenes cometidos por los responsables de la dictadura militar argentina en los años 1976 a 1983. A partir de entonces, se han sucedido en la Audiencia Nacional española, como órgano competente para la instrucción y enjuiciamiento de los crímenes acogidos bajo la jurisdicción

universal, diversas denuncias por crímenes internacionales ocurridos en diferentes países que han dado lugar a un amplio debate sobre el principio de jurisdicción universal. Sin embargo, más de 70 años después de los hechos, en España se sigue sin conocer qué pasó, quién ordenó las ejecuciones, quién practicó las detenciones, y qué sucedió con los, al menos, 114.266 desaparecidos que se han documentado judicialmente. La obligación de investigar, juzgar, castigar y reparar se ha obviado, de forma incoherente, en España. Peor aún, el único juez, Baltasar Garzón, que ha cumplido, con apego a la ley, coherencia, valentía y riesgos evidentes con el deber de contribuir a satisfacer las demandas de las víctimas, se encuentra cuestionado e imputado por quienes tendrían el deber ineludible de propiciar que España honre sus obligaciones internacionales en materia de derechos humanos. Señalaba, el relator de Naciones Unidas, Louis Joinet que "para pasar página, hay que haberla leído antes". No olvidemos a esos 114.266, con sus nombres, apellidos e historias. Con sus madres, hermanas o hijos. No sigamos tolerando que se torture a sus familias. El olvido y la impunidad no es solamente fuente de dolor para las víctimas, es una herida abierta que lesiona la democracia. Bien dijo Francisco de Quevedo: "Menos mal hacen los delincuentes, que un mal juez". Firman este artículo José Saramago, Premio Nobel; José Jiménez Villarejo, ex presidente de la Sala Segunda del Tribunal Supremo; Enrique Gimbernat Ordeig, catedrático de Derecho Penal; Javier Moscoso del Prado y Muñoz, ex fiscal general del Estado; Luis Guillermo Pérez, secretario general de la Federación Internacional de Derechos Humanos, y Hernán Hormazábal Malaree, catedrático. Adiós a un siglo literario Una inteligencia brillante He compartido algunos momentos con él, sobre todo cuando nos nombraron hijos predilectos de la provincia de Granada. Ahí estuvimos mucho rato conversando. Cenamos, y luego hablamos. Ya él estaba próximo a los cien años. Y a esas alturas de la vida sorprendía sobremanera la lucidez, la palabra ágil, el pensamiento muy claro, la inteligencia siempre dispuesta. Uno parte del principio de que con la vejez hay muchas cosas que se acaban, y es cierto que se acaban muchas pero algunas se conservan, y en el caso de Ayala sobre todo se mantenía algo tan importante como la capacidad de comunicación y el funcionamiento de una inteligencia tan brillante como era la suya. Eso no es incompatible con la vejez, y en su caso no lo era en absoluto: se mantenía vivo, despierto, formidable. Francisco Ayala ha sido la prueba viva de que se puede vivir mucho y seguir, en el plano del intelecto, igual a lo que se era antes, cuando se era

mucho más joven. Conozco su obra, aunque no profundamente; he leído algunas de sus novelas, y me gustó particularmente La cabeza del cordero. Es una pérdida para España, y es una verdadera lástima que no hubiera habido traducciones suficientes al inglés o al francés como para haber llamado la atención de la Academia Nobel, cuyo premio se merecía sin duda alguna. Era la suya una obra profunda, muy rica en su reflexión y en su pensamiento, en la diversidad de sus intereses humanos y en su propia expresión literaria.

¿Cuántos Haitís? En el día de Todos los Santos de 1755, Lisboa fue Haití. La tierra tembló cuando faltaban pocos minutos para las diez de la mañana. Las iglesias estaban repletas de fieles, los sermones y las misas en pleno auge... Tras la primera sacudida, cuya magnitud los geólogos calculan hoy que pudo alcanzar el grado 9 en la escala de Richter, las réplicas, también de gran potencia destructiva, se prolongaron durante la eternidad de dos horas y media, dejando el 85% de las construcciones de la ciudad reducidas a escombros. Según testimonios de la época, la altura de la ola del tsunami resultante del terremoto fue de veinte metros, causando 900 víctimas mortales entre la multitud que había sido atraída por el insólito espectáculo del fondo del río sembrado de restos de navíos hundidos a lo largo del tiempo. Los incendios durarían cinco días. Los grandes edificios, palacios, conventos, repletos de riquezas artísticas, bibliotecas, galerías de pinturas, el teatro de la ópera recientemente inaugurado, que, mejor o peor, habían aguantado los primeros embates del terremoto, fueron devorados por el fuego. De los doscientos setenta y cinco mil habitantes que Lisboa tenía entonces, se cree que murieron noventa mil. Se dice que a la pregunta inevitable "Y ahora, ¿qué hacemos?", el secretario de Exteriores Sebastián José de Carvalho e Melo, que más tarde llegaría a ser nombrado primer ministro, respondió: "Enterrar a los muertos y cuidar de los vivos". Estas palabras, que luego entraron en la historia, fueron efectivamente pronunciadas, pero no por él. Las dijo un oficial superior del ejército, expoliado de esta manera de su haber, como sucede tantas veces, en favor de alguien más poderoso. en enterrar a sus ciento cincuenta mil o más muertos anda ahora Haití, mientras la comunidad internacional se esfuerza por auxiliar a los vivos, en medio del caos y la desorganización múltiple de un país que incluso antes del sismo, desde hace generaciones, se encuentra en estado de catástrofe lenta, de calamidad permanente. Lisboa fue reconstruida, Haití también lo será. La cuestión, en lo que respecta a Haití, reside en cómo se ha de reconstruir eficazmente la comunidad de su pueblo, reducido a la más extrema de las pobrezas e históricamente ajeno a un sentimiento de conciencia nacional que le permita alcanzar por sí mismo, con tiempo y con trabajo, un grado

razonable de homogeneidad social. Desde todo el mundo, de distintas procedencias, millones y millones de euros y de dólares están siendo encaminados hacia Haití. Los abastecimientos han comenzado a llegar a una isla donde todo faltaba o porque se perdió en el terremoto o porque no existía. Como por acción de una divinidad particular, los barrios ricos, comparados con el resto de la ciudad de Puerto Príncipe, fueron poco afectados por el sismo. Se podría decir, y a la vista de lo sucedido en Haití parece cierto, que los designios de Dios son inescrutables. En Lisboa, las oraciones de los fieles no pudieron impedir que el techo y los muros de las iglesias se les vinieran encima y los aplastasen. En Haití, ni siquiera la simple gratitud por haber salvado vidas y bienes sin haber hecho nada ha movido los corazones de los ricos para acudir en auxilio de millones de hombres y mujeres que ni siquiera pueden presumir del nombre unificador de compatriotas porque pertenecen a lo más ínfimo de la escala social, la de los noseres, a la de los vivos que siempre estuvieron muertos porque la vida plena les fue negada, esclavos que fueron de señores, esclavos que son de la necesidad. No hay noticia de que un solo haitiano rico haya abierto sus bolsas o aliviado sus cuentas bancarias para socorrer a los siniestrados. El corazón del rico es la llave de su caja fuerte. habrá otros terremotos, otras inundaciones, otras catástrofes de esas que llamamos naturales. Tenemos ahí el calentamiento global con sus sequías y sus inundaciones, las emisiones de CO2 que, sólo forzados por la opinión pública, los Gobiernos se han resignado a reducir, y tal vez tengamos ya en el horizonte algo en lo que parece que nadie quiere pensar, la posibilidad de una coincidencia de los fenómenos causados por el calentamiento con la aproximación de una nueva era glacial que cubriría de hielo la mitad de Europa y ahora estaría dando las primeras señales, todavía benignas. No será para mañana, podemos vivir y morir tranquilos. Aunque, y que hable de esto quien sepa, las siete eras glaciales por las que el planeta ha pasado hasta hoy no han sido las únicas, habrá otras. Entretanto, volvamos la vista a este Haití y a los otros mil Haitís que existen en el mundo, no sólo para esos que prácticamente están sentados sobre inestables fallas tectónicas para las que no se les ve solución posible, sino también para los que viven en el filo de la navaja del hambre, de la falta de asistencia sanitaria, de la ausencia de una instrucción pública satisfactoria, donde los factores propicios para el desarrollo son prácticamente nulos y los conflictos armados, las guerras entre etnias separadas por diferencias religiosas o por rencores históricos cuyo origen, en muchos casos, se perdió en la memoria aunque los intereses de ahora se obstinan en alimentar. El antiguo colonialismo no ha desaparecido, se ha multiplicado en una diversidad de versiones locales, y no son pocos los casos en que sus herederos inmediatos son las

propias élites locales, antiguos guerrilleros transformados en nuevos explotadores de su pueblo, la misma codicia, la crueldad de siempre. Ésos son los Haitís que hay que salvar. Habrá quien diga que la crisis económica vino a corregir el rumbo suicida de la humanidad. No estoy muy seguro de eso, pero al menos que la lección de Haití pueda resultarnos de provecho a todos. Los muertos de Puerto Príncipe ya hacen compañía a los muertos de Lisboa. No podemos hacer nada por ellos. Ahora, como siempre, nuestra obligación es cuidar de los vivos. JOSÉ SARAMAGO Ni leyes ni justicia En Portugal, en la aldea medieval de Monsaraz, hay un fresco alegórico de finales del siglo XV que representa al Buen Juez y al Mal Juez, el primero con una expresión grave y digna en el rostro y sosteniendo en la mano la recta vara de la justicia, el segundo con dos caras y la vara de la justicia quebrada. Por no se sabe qué razones, estas pinturas estuvieron escondidas tras un tabique de ladrillos durante siglos y sólo en 1958 pudieron ver la luz del día y ser apreciadas por los amantes del arte y de la justicia. De la justicia, digo bien, porque la lección cívica que esas antiguas figuras nos transmiten es clara e ilustrativa. Hay jueces buenos y justos a quienes se agradece que existan; hay otros que, proclamándose a sí mismos justos, de buenos tienen poco, y, finalmente, además de injustos, no son, dicho con otras palabras, a la luz de los más simples criterios éticos, buena gente. Nunca hubo una edad de oro para la justicia. Hoy, ni oro, ni plata, vivimos en tiempos de plomo. Que lo diga el juez Baltasar Garzón que, víctima del despecho de algunos de sus pares demasiado complacientes con el fascismo que perdura tras el nombre de la Falange Española y de sus acólitos, vive bajo la amenaza de una inhabilitación de entre doce y dieciséis años que liquidaría definitivamente su carrera de magistrado. El mismo Garzón que, no siendo deportista de élite, no siendo ciclista ni futbolista o tenista, hizo universalmente conocido y respetado el nombre de España. El mismo Garzón que hizo nacer en la conciencia de los españoles la necesidad de una Ley de la Memoria Histórica y que, a su abrigo, pretendió investigar no sólo los crímenes del franquismo sino los de las otras partes del conflicto. El mismo corajoso y honesto Baltasar Garzón que se atrevió a procesar a Pinochet, dándole a la justicia de países como Argentina y Chile un ejemplo de dignidad que luego sería continuado. Se invoca en España la Ley de Amnistía para justificar la persecución a Garzón pero, según mi opinión de ciudadano común, la Ley de Amnistía fue una manera hipócrita de intentar pasar página, equiparando a las víctimas con sus verdugos, en nombre de un igualmente hipócrita perdón general. Pero la página, al contrario de lo

que piensan los enemigos de Baltasar Garzón, no se dejará pasar. Faltando Baltasar Garzón, suponiendo que se llegue a ese punto, será la conciencia de la parte más sana de la sociedad española la que exigirá la revocación de la Ley de Amnistía y que prosigan las investigaciones que permitirán poner la verdad en el lugar donde estaba faltando. No con leyes que son viciosamente despreciadas y mal interpretadas, no con una justicia que es ofendida todos los días. El destino del juez Baltasar Garzón está en las manos del pueblo español, no de los malos jueces que un anónimo pintor portugués retrató en el siglo XV. OSE SARAMAGO FOTOGRAFÍA El sonido del sol al caer en el mar Entré en la obra de Gonzalo Torrente Ballester por su puerta mayor: La saga/fuga de J. B. Mi primera reacción al leerlo, sólo comparable a la que me había causado el Quixote, fue que un libro así no podía existir. A su lado todo me pareció pequeño, insignificante, innecesario, hasta el punto de llegar a decir más tarde que de buena gana daría dos o tres novelas mías a cambio de ser el autor de una obra que considero genial desde cualquier punto de vista que se analice. Cuando en los años ochenta, en Lisboa, pude conocer personalmente a Torrente Ballester esperaba encontrar a un titán, un atlante, una especie de San Sebastián capaz de llevar sobre los hombros el mundo entero. Era todo eso, pero no estaba a la vista. Tenía frente a mí a un hombre precozmente envejecido, medio ciego, bajo, con el cuerpo ladeado, una figura desconcertante que inmediatamente se reveló como el más agudo de los conversadores, sarcástico, brillante, de réplica instantánea como sucedió una noche en Faro ante un auditorio tan numeroso como fascinado. A uno de los presentes, supongo que español, se le ocurrió preguntar: “Don Gonzalo, ¿usted cree en Dios?”. La respuesta fue fulminante: “¿Y a usted qué le importa?”. Tuve todas las razones para ser amigo de Torrente y creo que él fue mi amigo, aunque a la manera un poco distraída con la que pautaba sus contactos con los demás y que creo es también una característica de los gallegos en general. Un día, estando en Lisboa, recibo una carta de una editorial francesa, Actes Sud, en la que se me invitaba a escribir un prefacio para la Saga/fuga. Aún hoy no sé por qué pensaron en mi persona para tan delicado trabajo. No tenía ninguna relación con el editor, ni personal ni profesional, pero la carta no dejaba dudas, venía dirigida a mí y me pedía que escribiese sobre Torrente Ballester. Tal vez nunca, hasta ese momento, había sentido con tanta intensidad lo que significa la responsabilidad de escribir. Me atreví a dejar de lado los habituales tópicos valorativos (falsamente valorativos, diría yo) y me lancé en los brazos de la imaginación. Imaginé,

al contrario de lo que parece haberse señalado hasta la consumación de los siglos, que Alonso Quijano no enloqueció, antes dio lugar al otro que él también era, imaginé que la multiplicación de identidades que encontramos en la obra de Pessoa por la construcción de los heterónimos tiene una correspondencia clara en el equilibrio compensatorio establecido entre José Bastida y los semipersonajes que son el elegantísimo inglés Mister J. Bastid, el romántico portugués José Barbosa Bastideira, el bien parecido francés Monsieur Joseph Bastide y, finalmente, el imponente Joseph Petrovich Bastidoff, ruso y anarquista. Acabé el prefacio sentando a Gonzalo Torrente Ballester en un lugar al lado de Cervantes. Y el texto allá se fue para Actes Sud. Curiosamente, Gonzalo y yo nunca hablamos del asunto. Tiempo después, en un congreso en Santiago, leí lo que había escrito y me pareció, por los pequeños movimientos afirmativos de la cabeza, que a Torrente le estaba gustando lo que oía. A partir de ese momento nos volvimos más cercanos. Les visitamos, a él y a su incomparable Fernanda, en La Romana, después fueron ellos a Lisboa, a nuestra casa, y, un recuerdo que nada podrá apagar, estuvimos con ellos, Pilar y yo, en Roma, en la entrega del Premio Unión Latina, fue el extraordinario discurso en el que Torrente habló de los soldados romanos que cada tarde iban a Finisterre para oír cómo el sol caía en el mar. Podía haber sido el principio de la internacionalización de la obra de Torrente Ballester, pero el peso del pasado, esa supuesta y nunca suficientemente aclarada adhesión al franquismo, habrán dificultado la penetración de sus libros en la arena internacional. Otro encuentro inolvidable ocurrió en Santiago con Salman Rushdie y Jorge Amado. Acababan de estar Gonzalo y Fernanda en Lanzarote, que a uno y a otro les deslumbró, los encuentros con amigos nuestros de aquí, las cenas, las comidas, las largas conversaciones, la perra Greta, que se prendó de amor de Gonzalo. Después vino la enfermedad, las preocupaciones de todos nosotros por su estado de salud, que se fue agravando poco a poco, hasta el desenlace. Acompañamos el cortejo fúnebre a pie, como toda la gente, hasta el cementerio de Ferrol, donde la música de Negra sombra hizo la guardia de honor al descenso de Torrente Ballester a la tumba. Se había apagado la luminosa sombra de Gonzalo, había comenzado la sombra melancólica de la memoria. Hasta hoy y para siempre.

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