Lola

Alejandra Rey

Dedicatoria

A tu dedo meñique1

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Los japoneses creen que las personas predestinadas a conocerse se encuentran unidas por un hilo rojo atado al dedo meñique. Es invisible y permanece atado a estas dos personas a pesar del tiempo, del lugar, de las circunstancias. Una leyenda cuenta que un anciano que vive en la luna, sale cada noche y busca entre las almas aquellas que están predestinadas a unirse en la tierra, y, cuando las encuentra, las ata con un hilo rojo para que no se pierdan. "Un hilo rojo invisible conecta aquellos que están destinados a encontrarse, a pesar del tiempo, del lugar, a pesar de las circunstancias. El hilo puede tensarse o enredarse, pero nunca podrá romperse"

Prólogo

El rostro de mi conciencia
¿Alguna vez pensaste qué rostro tendrías si no tuvieras el que llevás puesto? Suele sucederme que un espejo me encuentra y la imagen que devuelve a mis ojos es completamente desconocida. En esos momentos me acerco y me pregunto en silencio ¿así me verás? No lo sé. Pues hasta hace pocos días tampoco tus palabras tenían piel.

Las noches más desesperantes son esas en que las demás caras también pierden el recuerdo de si mismas y se dibujan extrañas; esas en que salís a caminar y no sos capaz de reconocer nada ni nadie a tu alrededor. Y ésta es una de ellas. Quizás sea esta gripe que ya lleva más de una semana conmigo, o el contraste entre su persistencia y la fragilidad de mi sonrisa que lo único que recuerda a menudo es cómo desaparecer. Camino y sonrío, de ensayo, cada vez que encuentro mi imagen reflejada en alguna vidriera. Se asoma y se borra, casi al unísono. Me consuelo pensando que quizás no importe que dure unos segundos si aprendiese al menos a resonar en eco el resto el día. Pero aún no aprende a permanecer y los siguientes pasos siguen sumidos en el silencio. La ciudad está llena de gentes. Todas ellas caminan buscando el rumbo entre las baldosas y el asfalto. Todas tienen rostros tan distintos que hasta parecen el mismo, una y otra vez repetido. Te encuentro en ellos, cuento; te veo pasar delante de mí cincuenta, cien, mil veces. Pero ninguna de ellas me reconocés. La noche está oscura en esta zona, la luna habrá de haberle prestado su cara de hoy a algún indeciso que encontró por allí, pues parece no tenerla puesta, Tal vez ese alguien sea yo y por eso no logre verla, pues hace falta luz para que funcionen los espejos. Aún no sé bien por qué he salido a buscarte si todavía no te conozco. Creo que la ansiedad suele jugarme estas malas pasadas. ¿Cómo sabré cuál de todos los que me esquiva sos? ¿Habrás de reconocerme con la cara de la luna y sin sonrisa? Se supone que sí, pero tantas cosas erradas se suponen… Deambulo hasta que me encuentra el sol, extrañamente muda entre tanto ruido. Y la luz me siembra una duda. No sé si te espero o te odio por hacerme esperar. Suelo desesperar más a menudo de lo que me conviene.

Uno, dos, tres… y exhalar… El aire, viciado, espeso, desoxigenado, y vuelta a inspirar, esta vez un segundo más, uno, dos, tres, cua… y fuera. Casi, un pequeño esfuerzo más y acabaría por lograrlo. Mantener el ritmo entre bocanda y bocanada, disminuir la frecuencia, contar y aguantar, aguantar y contar, una, dos, tres veces más. La espalda se entumece, se retuerce, y llora; que digo llora, grita, grita, aulla, y el alarido atraviesa el cuerpo entero, de un lado al otro, como si dentro hubiese alguna especie de túnel secreto, de pasadizo, de atajo. Cerrar los ojos y dibularlo. Una puerta inmensa, de madera oscura, alta, robusta; la cerradura oxidada; y entreabierta, entornada, dejando una pequeña hendija entre ella y el marco por el que se cuela un haz de luz, un luz extraña, ni amarilla ni blanca ni de ningún color. La mano la toca, la eriza, la seduce, la convence y cede; y a gemido disimulado, casi silencioso, se abre lentamente, y ya no parece tan fuerte, se va resquebrajando, se abre lentamente, y vuelve a gemir, con voz casi imperceptible y unos centímetros más, y la mano sobre ella, que presiona, que abre camino suavemente, y un nuevo sonido, más bien un pequeño grito que invita, que pide, que espera que entre, que me adentre y penetre, y la estela de luz que está tan apagada que encandila, tan descolorida que se vuelve arcoiris en mezcla, en perfecta fusión, que titila y crece y abraza y cede. Uno, dos, tres y exhalar una vez más. La punzada bajo el pulmón arde, se incendia y pincha. La mano resbala, acariciando las vetas, las machas, los dibujos y las huellas. Los gritos se quejan, suenan, resuenan, se vuelven música y danzan, de aquí para allá, de allá para aquí, y vaya uno a saber desde ahí hasta qué otro lugar. Uno, dos, tres… exhalar. Inspirar profundo, tanto como se pueda, ojos siempre bien cerrados, y a contar. Resbala y acaricia, y la yema de los dedos se apresuran y aceptan la invitación. Murmullos, susurros, sílabas y palabras; quejidos, convulsiones y gemidos; sonidos, melodías y ritmo; redondas, blancas, negras, hasta las semifusas; líneas del pentagrama, un paso y la danza. La mano entra, asoma un dedo (nunca el índice primero). El brazo se atreve y acompaña, se entromete y se mete, casi a las trompadas, y las convulsiones de la madera se apagan junto con la luz. Uno, dos, tres… exhalar. Un largo pasillo, largo y angosto y húmedo y frío. Las paredes que sudan cuando la mano lo nota; bien viene esa humedad para apagar el calor. Confunde el sudor con el agua que brota desde el barro, el ladrillo o la arcilla; a esta hora todo da igual. Uno, dos tres… exhalar. Uno, dos tres pasos más. La puntada que avanza, como aferrada a las uñas de la mano que explora, que se convierte en iris, pupila, párpado y pestaña. Mira, observa, ve, y al tercer respiro enceguece, el pie que se apresura y hace que tropiece, y la tos, siempre la misma maldita tos.

Vuelta a contar, una vez más en cero. Abrir los ojos para ver su redondez, mirarlo fijo y girar, girar, girar. Uno, dos tres… exhalar. El pulmón retoma la tarea y respira. La mano coge el cuerpo y levanta la caída. Los dedos vuelven a ver. Uno, dos, tres… exhalar. Andar el pasillo, a tientas, a veces bajo la sombra de la duda, otras con la certeza de tener el recorrido de memoria anclado en la cabeza, que debiera funcionar de mapa si no fuera por la tos, que llega y arrebata y vuelve líneas los puntos cardinales, líneas curvas que avanzan y se mezclan y me cambian de lado el sur, que se enredan y terminan en las manos, hasta juntarlas, palma con palma, y llevarlas a la boca, y agachan la cabeza en ademán de oración. Pero la fe no aparece, y los puños no tienen religión, se atrincheran, se alejan, se enfrentan, y aprietan, aprietan, aprietan. Uno, dos, tres… exhalar. El dolor avanza, más rápido que mis pies y el arrebato de ignorancia que me hace perder el rumbo, pues mis manos ya no encuentran la pared. La luz se niega a alcanzarme, por más fuerte que le grite, aunque me hinque y suplique, rodillas mojadas y el barro adherido al pantalón. No vuelve, y aunque quisiese hacerlo la espantaría la tos. La misma maldita y endemoniada tos. El piso suena a charco y los zapatos se humedecen. Uno, dos, tres y exhalar. Inspiro, respiro, suspiro; uno, dos, tres… y exhalar. La nuca se adormece, y pesa; pesa y el dolor atraviesa la espalda, por el mismo pasillo que yo, que mis manos; y las manos que aún no se encuentran, y aturdidas voltean el rumbo y me buscan, y creen que me encuentran, y me tocan, están mojadas, frías, pálidas; pálidas, lo sé, aunque aquí dentro ya no haya luz; pálidas, tan pálidas como tus ojos que dormidos ya no me inventan y que navegan por los más lejanos sitios, o quizás, aún cerrados, me vuelvan a mirar, me sigan mirando, como tu piel, que se reniega a entregarse al sueño y aún me abraza, que me recorre, me recorre y me desmigaja en girones de piel, esa piel que, creo, es la misma que abriga mis manos. Y la tos, la misma tos. Uno, dos, tres … exhalar. Sé donde estoy, si es que estoy en algún lugar, si es que existe un lugar en donde estar, si es que estar no ha pasado a ser un verbo prohibido. Estoy, parada en medio del pasillo. Ya no busco los muros, los presiento, los predigo; mi nariz calcula la distancia de esa humedad que invade los pulmones y les abre sendero para toserme el camino y llevarme a donde en el próximo segundo habré de afirmar que estoy. Estoy, y el ataque de tos, que a intervalos me asfixia, me recuerda su importancia. Aunque las manos duden, estoy. Parada en medio del largo pasillo, a tantos o cuantos centímetros de los límites del callejón. Camino, cuento, exhalo y respiro. Duelo, pues así se siente desde adentro del asunto, duelo como si hubiera personificado al mismísimo dolor; duelo cuando ando, duelo cuando toso y duele la tos. La tos no anda, la ando yo; la llevo subida, trepada a las muecas de los bolsillos; y va, conmigo, doliendo conmigo; duelo y me duele la tos. Tos. Uno, dos, tres… exhalar. Ando, no importa cuantos pasos dé ni qué tan rápido. El dolor se adelanta, crece, crece, se agiganta. Tiemblo; toso, exhalo, respiro y tiemblo. No de miedo, no de frío, no hay cansancio, no hay sudor. Simplemente tiemblo. ¿Por qué

tiemblo? Alargo la mano, la estiro, tal vez logre encontrar la pared. Pero te encuentro. Te encuentro y tiemblo; yace a mi lado la razón, dormida, tendida de costado, rozándome el cuerpo y devolviendo la sonrisa, que hace eco y me sacude violentamente. Tiemblo, y la puntada retrocede unos cuantos pasos y se diluye, y mi mano roza tu mano, y tu piel envuelve fugazmente mi piel. Sabe mucho mejor que la humedad de aquellos muros aunque provocan también el sudor, un sudor que resbala por entre los dedos y se mezcla con el tuyo mientras tus huellas también tiemblan. ¿Tiemblan? ¿O seré yo? Tiemblo, y mi razón me aferra, abrazándome con las piernas y la tos desaparece, ¿desapareció? Vuelve, la recuerdo y vuelve, la recuerdo y le reinvento, la nombro y aparece. Tos, maldita y repetida tos que me borra el tiritar y me regresa al conteo, uno, dos tres, y exhalar; uno, dos, tres… exhalar, y el ardor que quema, que corre, que no lo alcanzo. Tos, y el pulmón que se ensancha y sacude todo cuanto hay a su alrededor. Sacude las paredes del infinito pasillo con golpes, rítmicamente violentos, y los muros se derraman sobre el suelo, y sus pedazos se embarran al unísono que mi oxígeno se embarra con la tos; tos, maldita y lodosa tos. Uno, dos, tres… exhalar, pero inspirar se llena de polvo, y alimenta la tos, y el dolor furioso recoge los trozos del pasadizo y los vuelve a tirar, vehemente, contra el piso, y si algo habría de salvarse, ya no. Uno, dos, tres… exhalar. Mis pasos se apuran, caminan, esquivan los añicos de las cosas, corren, corren, se apresuran. Uno, dos, tres veces más a prisa, casi tan rápido como el dolor. Uno, dos, tres… exhalar. Veo una sombra un tanto más adelante. Cuesta, aún está lejos y no hay luz, y los ojos muerden restos de la polvareda del derrumbe anterior. Cuesta por eso, y cuesta por la tos, que humedece la vista cada vez que se ahoga, y los ojos se achinan en el esfuerzo, y la humedad se hace nube, se acumula y llueve recorriendo las mejillas. Parpadeo y estiro las pestañas tanto como puedo o un poco más. Una sombra, un bulto, una figura. Algo. Me apresuro, me muevo, uno, dos, tres pasos más, pero los ojos no alcanzan, y tampoco alcanzan los brazos que instintivamente se intentaron alargar. Intento, intento. No puedo. Inspiro y olvido el conteo, y olvido exhalar. Toso. Toso y me muevo. Toso, me muevo y tiemblo. Toso y a contar, una vez más. Tiemblo. La tos en un nuevo jaque a mi fatigosa respiración. Y el dolor… el dolor se ha ido. El dolor ya no está. El dolor ha logrado llegar a esa difusa imagen que al otro extremo del túnel se me ha presentado como posibilidad. Si la puntada me gana, si corre se apresura y penetra y entra y llega, esa imagen está. Está aunque no pueda definirla. Está porque están sus evidencias. No la sombra, no el contorno de la figura, no su reflejo en mi visión. Y si no estaba, la punzada ha puesto tanto empeño en crearle un destino a su recorrido que la ha convertido en real, que le ha puesto coordenadas, aquí y ahora, aquí o allá, cuestión de perspectivas, pero está. O estuvo, lo estuvo para el pinchazo que acaba de atravesarla. Lo sé por la tos, que si tus manos… se calma, pero que si la nombro regresa. Ya no regresó.

Uno, dos, tres, cuatro… puedo seguir contando entre exhalación y exhalación. No hay tos, aunque siga de ojos cerrados. No hay tos, no hay puntada, no hay pulmón; no hay túnel, no hay muros, ni de cemento, ni de arcilla, ni de barro, no hay polvo, no hay derrumbe, ni humedad, ni barro, ni pantalón. Lás sábanas ya no están sobre la cama; andan regadas por el piso, como siempre; y el piso cobarde, siempre en su sitio, y allí las ventanas, y detrás los montones de chatarra a las que un perro les ladra, les ladra o les aulla, o les ladro yo. Las sábanas no alcanzan, pienso mientras inento agarrarlas sin salir de la cama. Suena el reloj. Afuera un sol aguerrido que exige salir a la calle. El brazo se mueve, no demasiado apresurado, cansando, pesado, como puede, se asoma más allá del colchón, pero no alcanza las mantas. El cuerpo protesta y gira, despacio, gira, en cámara lenta, gira, uno, dos, tres centímetros, se pone casi de lado. Suena el reloj. Ese chillido molesto, intermitente, debo apagar el reloj, pero primero la manta. Me estiro, me muevo; el brazo, el torzo, las piernas, los dedos y los pies. Giro, lentamente, pero giro. El reloj, fuerte, penetrante, agudo; el reloj, que suena, que grita, que me exige moverme más a prisa y acabar la tarea de taparme de una buena vez, y apagarlo, y callarlo, y silenciarlo; y la pereza, cansada y abatida. El reloj silba, ruge, cruje, retumba, bufa, gruñe, aulla; como el perro metros más allá; y los sonidos se mezclan en un bullicio que penetra, lastima y penetra mis oídos, entra, gira y se transforma en un zumbido insoportable que hace eco entre mis cejas y amenza renacer algo parecido a aquel otro dolor. Apago el reloj, acomodo las sábanas, y en el tanteo te encuentro, recostado a mi lado, aún dormido, los ojos cerrados y la misma palidez. Me acerco despacio, mi nariz casi pegada a tu aliento, y respiro profundo el perfume que exhala tu boca a mis besos, a tus deseos sobre mi boca, a tu sexo y mi sexo, a cada uno de los silencios y a los verbos sin conjugar. Respiro profundo hasta robarte el oxígeno. Te miro, respiro y te miro, fuera de mi. Algo ha de habernos fallado en la unión, que no ha logrado retenerte aquí dentro, que te ha permitido salir, que te ha devuelto esclavo de tus propios huesos, que ha seprado la voluntad del lugar que ocupamos, que nos ha desdoblado, más allá del intento; somos dos, dobles, duplicados, distintos, separados, espaciados, casi soberanos, alejados. Cuento el tiempo que hay entre tu coordenada y la mía; apenas unas milésimas de segundo, casi impercetibles si me acerco un tanto más, pero están, pero estás ahí, tan del otro lado, que mis ojos acusan que estás. Hubiera preferido despertar y no encontrarte, verte o creer verte, pero que desvanzcas al momento de intentar tocarte, que mis dedos atraviesen el vacío si han de querer acariciarte, que tuviera que darte los besos para adentro si mi deseo fuera besarte. Pero no, allí estás, tumbado boca arriba justo a mi costado. ¿Cómo habré de llevarte a cada paso que ande si tus pies no calzan los míos? Este no era el plan, lo sabemos, lo sé ahora que despierto y lo sabrás cuando hagas lo mismo, a su momento. El error fue dormirnos, consentir el cansancio luego de la explosión. No alcanzó aferrarnos entre brazos, ni enroscar tus pies y mis pies. El error fue dormirnos, dormirnos y capitular al sueño con su estúpida ficción; dormirnos, el sueño, la ficción y la tos; la tos, el pulmón, la puntada y el maldito pasadizo; mis manos, los muros, la tos, el barro, las sábanas en el piso, el barro, el perro, los ladridos y el reloj.

Estamos; estoy, estás, o eso parece. Estoy y estás, que no es lo mismo, aunque el dos nos contenga a ambos, no es lo mismo. Te miro, pienso en silencio mientras te miro. ¿Qué pensarás de todo esto cuando al fin despiertes? ¿Habrás de despertar? Imagino que sí, que sucederá en breve, pero no puedo asegurarlo por completo. Una sospecha, una última chance de que nuestro propósito se haya cumplido. Quizás, murmuro en voz baja y te miro. Estás pálido, la natural palidez de haber abandonado el cuerpo al descanso. Pálido pero tibio. Tibio. Tibio. Tibio. No lo he comprobado aún. Pero tu aliento, ese que refleja el oxígeno que cuando me acerco respiro sabe tibio. ¿Será tu aliento? ¿Será el mío? Te miro; respiro, dudo, callo, murmuro, te miro y me acerco, me acerco y te respiro. Exhalo y el aire que sale de mi nariz vuela hasta tu sitio y te choca, te choca y rebota y otra vez lo respiro. ¿Será el tuyo, el mío, siempre el mismo? Respiro, te miro, me acerco y te toco. Acaricio tus ojos, pálidos, cerrados, recorro el contorno de tu cara, tu frente, las cejas, la forma de tus pestañas, los pómulos hasta la punta de la nariz, los labios, los besos, el cuello, tu torso; desde las manos hasta los pies. Mis dedos andan toda tu geografía una y otra vez. Hay una especie de tibieza, algo que no me permite afirmar que estés frío. Dudo, ese calor… ¿será el mío? ¿Serán mis dedos que no logran ser objetivos cuando intentan reconocerte? Quizás hemos logrado nuestro cometido. Tiemblo. Te acaricio, te respiro y tiemblo. Te acaricio, te respiro, tiemblo, me acerco aún más, te beso y me alejo. Estoy parada al lado de la cama, los pies sobre las sábanas que han vuelto a caer. A mis espaldas la ventana, con su luz, con su sol, con el montón de chatarras y el perro que ladra, aulla y ladra, ausente a todo lo que nos sucede dentro de esta habitación, tal como tu cuerpo, que no acusa recibo de mi asombro ni de mi duda, que permanece inmóvil, pálido e inmóvil, inerte, exámine, estático, estacionado, detenido, estancado, fijo, petrificado. El perro ladra, tu cuerpo yace sobre el lecho y yo, parada al costado de la cama, te miro. Arriba el sol, otro desertor de las evidencias, y su ardor en mi nuca, traspasando las cortinas, que se clava y enciende el sudor, y amontona los nervios en los extremos de las vértebras, y los anuda a los tendones, a los músculos, hasta la parte inferior de mis orejas. Sube, el ardor sube, el calor se extiende mientras tu cuerpo en la misma quietud y en el mismo eco los ladridos del perro. Te miro, una vez más te miro. Te observo, con los ojos camino cada centímentro de tu cuerpo; con los ojos hasta que me acerco, y te repito con la yema de mis dedos, y me alejo, cierro los ojos mientras me alejo y duplico tu contorno en mi imaginación. No somos uno y ahora tampoco somos dos. Somos tres, cuatro, cinco, somos tantos como tantas veces nos multiplique el simulacro párpados adentro. Primero tu cuerpo, perfectamente calcado a la imagen que logro de vos; y sos dos, y estás allí, tendido sobre las sábanas, y estás acá también, reiterado en una copia fiel; o quizás sea ese otro el intruso, el que permanece inmóvil sobre el colchón, y tu original sea éste que se mueve, me abraza y me tiembla por dentro. Luego yo, parada única sobre las plantas de mis pies, a la par de la ventana; yo exclusiva, precisa hasta mi sombra, que no es más que mi primer repetición, y después mis ecos, danzando de tu mano por debajo de mis pestañas, enlazada a los dedos de tu clon. Ambos reincidiendo, reiterándonos en la blancura de los límites del cuarto gracias al sol; en redudandancia de nosotros mismos cuando nos pienso.

Estoy, estamos, estás, parada frente a tu cuerpo, que yace sobre el lecho, de espaldas a la ventana; parada frente a un cuerpo que ya no sé si es el tuyo, dentro de uno que ya no reconozco como mío. Pero estoy; estás, estamos, en algún sitio. Estoy, estás, estamos en algún sitio, o en varios, o en todos, o en ninguno, quizás todo eso sea exactamente lo mismo. Estás sobre la cama; te veo, te observo, te miro. Al menos algo hay sobre la cama. Un cuerpo, perfectamente determinado, surcado por el perímetro de una piel que lo cubre, lo mantiene, los sotiene, lo recubre; y aquí, en este punto específico, en esta intersección desde donde te miro también ocupa un espacio otro cuerpo, que otrora llevaba puesto vistiéndolo ciertamente como el mío. Una piel, un montón de huesos acomodados bajo un determinado órden, músculos, fibras, tendones y músculos en perfecta articulación; venas, venas, y sangre y arterias, plasma, glóbulos y plaquetas; órganos, sistemas y células; células, mitocondrias, ribosomas, lisosomas, y todo lo demás también. Cuerpos, dos cuerpos; dos estructuras físicas, materiales. Corpus: extensión limitada y perceptible por los sentidos. Cuerpos, sistemas orgánicos, conjuntos de cosas, cuerpos. El tuyo sobre el lecho, el mío de pie, a espaldas del rayo del sol, el perro y su ladrido. Cuerpos; ¿el tuyo, el mío, el de ninguno de los dos? Cuerpos, dos cuerpos; uno tieso sobre el colchón, otro de pie, de espaldas al rayo del sol, el perro y sus aullidos. Cuerpos, dos cuerpos y su imitación, en la sombra, en el recuerdo, en el pasado, en el camino, en tus restos en mis dedos, en mis palabras en tu voz, en el eco de los sueños. Cuerpos, dos cuerpos y su imitación. Dos imitaciones y sus muchos cuerpos, idénticos, interminables e infinitos cuerpos. Respiro y un indicio de tos se atreve. Uno, dos, tres… y la evito. Un cuerpo o su simulacro te observa con sus pies en el piso, sobre la sábana y el piso. Un cuerpo o su parodia te observa, con sus pies en el piso, sobre la sábana y el piso, y tiembla. Un cuerpo o su representación te observa, con sus pies en el piso, sobre la sábana y el piso, tiembla y te observa, observa otro cuerpo, otro cuerpo o su falsificación, observa otro cuerpo o el mismo, recostado, boca arriba sobre el colchón. Uno, dos, tres cuerpos, un montón. Todos los cuerpos y un par de ojos que los observan, un par de ojos que también se duplican con los cuerpos. Ojos, un par de ojos en cada cuerpo, montones de cuerpos, montones de ojos. Te miran, me miran, nos miran y ven; ven los cuerpos y ven los ojos que miran otros ojos, otros cuerpos. Ojos que miran, ojos que se dejan ver. Un cuerpo yace sobre la cama, quieto sobre la cama. En él un par de ojos cerrados, los únicos ojos que no ven en todo este escándalo. Inútiles los ojos de ese cuerpo si no miran, infructuosos ojos sobre tu cuerpo, un cuerpo pálido, quieto entre medio de tanta multiplicación, un cuerpo inerte con ojos infecundos, absurdos tu ojos y absurdo tu cuerpo, absurda su quietud y su ceguera; más absurdo este enojo que me provoca que no veas, que no vean tus ojos, que tu cuerpo no se mueva, que el perro aún aulle, que no suene otra vez el reloj, absurdo como el sol, que se empecina con quemarme y hacer sombra de mi cuerpo sobre tu cuerpo, una sombra que sólo mis ojos ven y repiten en otros cuerpos mientras tus ojos siguen declárandose innecesarios. Tu cuerpo yace sobre el lecho, mis pies sostienen mi cuerpo sobre las sábanas, las sábanas regadas por el piso; el perro ladra y aulla, aulla y ladra; arriba el sol, descargando su furia sobre la nuca de mi cuerpo y más abajo por mi espalda; el reloj ya

no suena. Son las diez de la mañana. Uno, dos, tres… no hay tos, ni puntada, ni pasadizo, ni dolor; no hay muros, no hay puerta de madera, no hay barro, ni charcos en el piso, sólo las sábanas, mis pies y las baldozas, blancas, brillantes, como recién lustradas. Te miro; respiro, cierro y abro los ojos y te miro, siempre tendido en el colchón. Tus ojos pálidos, como los de quien se entrega al cansancio. Vos y tu cuerpo sobre el colchón, yo parada en este sitio. El cuarto sabe que no hemos logrado nuestro cometido, como lo sabe la prórroga de tu despertar, que por eso mismo demora. Los muros encierran el eco de los jadeos de la noche anterior. El pelo, tu aliento y mi aliento saben a cada uno de los orgasmos del intento. El perro aúlla en respuesta a los estertores con que quisimos hacer la simbiósis perfecta, con que dibujamos e intentamos la fusión. El sol penetra la ventana como si quisiera derretirnos y mezclarnos. Te miro, sobre la cama, pálido y reticente a la idea de despertar y ser testigo del fracaso. Estás ahí, a unos cuántos centímetros de mi cuerpo, que si te encuentra fuera, aún no te pertenece. El sol insiste. Mis pies piensan un poco mejor. Quizás si me acerco, si me recuesto a tu lado y te abrazo, y entrelazo mis piernas a tus pies, y mis dedos a tus huellas, y te beso, suavemente, despiertes y me ayudes. Lo hago. Confío, te miro, siento el sol, imagino sus planes, confío y me acerco. Me acerco, te abrazo, enredo mi cuerpo a tu cuerpo. Nos enredo y te beso, te beso, te respiro y te aprieto contra mi pecho, con la violencia necesaria para lograr unirnos los cuerpos. Tu cuerpo yace sobre el colchón, también el mío. Tu cuerpo y mi cuerpo, enredados, y el sol, desde arriba, descargando su ira sobre nuestros cuerpos, y mis manos ayudando, apretando tu cuerpo contra el mío. Brota el sudor. Se humedece el espacio que no alcanzo a robarle a la distancia entre nosotros por más aguerridamente que te abrace. Brota el sudor y la piel se nos ablanda; se funde, de a poco, tu perfume con el mío. Brota el sudor y enriquece tus párpados, que ya no parecen tan pálidos, que de a poco cobran color. Te beso; te respiro, te abrazo, te aprisiono contra mi pecho y te beso; y tu boca lentamente se abre, cede a mi aliento y se abre, se entorna y se asoma a mi beso; se asoma a mi beso y se asoma tu aliento, que comienza a respirarme, y me besa. El sol se incendia al son de nuestro abrazo y los cuerpo fundidos, cada vez más. Tu beso se asoma, se atreve y me besa. Tu cuerpo alrededor del mío, tibio, tu cuerpo tibio sobre la tibieza del mío bajo el incendio del sol. El calor avanza, nos abraza, nos acaricia, nos comienza a fundir. Y mis manos se derriten por tu espalda y tus dedos se deslizan por mis pechos. Y el sol, el sudor y el beso; las manos, los dedos, el calor, tu espalda, mis pechos y la respiración; y el sol, el aullido del perro, los montones de chatarra y las sábanas regadas por el piso; y tu aliento y mi boca, mis besos y tu olor; la ventana, la cama, las baldozas recién lustradas y el sudor; tu cuerpo y mi cuerpo y la fricción; tu cuerpo sobre mi cuerpo, mi piel sobre tu piel; y el perro, los aullidos, la ventana, el sol, las sábanas, tus ojos y mis gemidos; tu cuerpo en el mío, el sol, la ventana, los besos, el sudor, el sol, los montones de chatarra, las baldozas, las sábanas, la friccion, los gemidos y la explosión.