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Regresando a Casa - Angel Peña

Regresando a Casa - Angel Peña

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Testimonios de hermanos que regresaron a la Iglesia Católica
Testimonios de hermanos que regresaron a la Iglesia Católica

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A lo largo de mis años de sacerdote y misionero en el Perú, he podido
relacionarme con hermanos separados. En muchos casos, he visto hombres
buenos con deseo de amar a Dios y buscar la verdad en lo que dice la Biblia.
He apreciado su espíritu apostólico para compartir su fe y las bonitas canciones
que cantan en sus iglesias. Pero he podido también darme cuenta del gran
vacío que hay en sus iglesias, que son salones de cine o carpas o salones
llenos de sillas; pero donde falta el sentido de lugar sagrado. Además, sólo se
abren cuando hay culto.

Por otra parte, con frecuencia, les falta caridad en su trato con los
católicos. Cuando se convierten, rompen todas las imágenes de su casa, sin
respetar los derechos y creencias de sus familias. Son insistentes en decir que
esto o lo otro no está en la Biblia, pero no se cuestionan, como hemos visto en
las páginas anteriores, que los principios de la sola Escritura o la sola fe son
principios que no están en la Biblia. Además, muchas iglesias creen en cosas
que no están claras en la Biblia y que las han recibido por tradición de sus
propias iglesias desde sus fundadores. Algunos creen que “una vez salvado,
salvado para siempre”, o la predestinación o la necesidad de la Biblia para
salvarse. Hablan de que la salvación viene por la sola fe y no por las obras,
pero exigen, después, oración, ayuno, ofrendas y diezmos o predicar su fe,
como si no fueran obras buenas. En algunos casos, usan mantos sagrados
para curar o las manos “sagradas” del pastor o la oración “sagrada” del
predicador. Con frecuencia, se nota en muchas iglesias el afán del dinero y se
predica con insistencia sobre dar ofrendas y diezmos. En muchos
telepredicadores se aprecia mucha exageración en sus gestos y en su doctrina.
Falta en sus reuniones esa majestad y belleza de la liturgia, el silencio en la
oración, que es tan importante para comunicarnos con Dios, y, sobre todo, falta
seguridad en su fe. Pareciera que los predicadores fueran dueños de la verdad,
cuando hablan con tanta seguridad de temas, muchas veces, controvertidos en
sus mismas iglesias. Insisten mucho en que la enfermedad no es querida por
Dios, rechazando así el valor inmenso del sufrimiento ofrecido a Dios con amor.
Por supuesto que hay que orar por la salud, pero si no se sanan, no
necesariamente es por falta de fe.

En una palabra, quisiera decirles a todos mis hermanos separados que
busquen tener más amor a los demás. Porque “ya podría conocer todos los
secretos y todo el saber (y la Biblia entera), ya podría tener una fe como para
mover montañas, si no tengo amor, no soy nada y no valgo nada” (1 Co 13,2).

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MI EXPERIENCIA

A lo largo de mis años de sacerdote y misionero en el Perú, he podido
relacionarme con hermanos separados. En muchos casos, he visto hombres
buenos con deseo de amar a Dios y buscar la verdad en lo que dice la Biblia.
He apreciado su espíritu apostólico para compartir su fe y las bonitas canciones
que cantan en sus iglesias. Pero he podido también darme cuenta del gran
vacío que hay en sus iglesias, que son salones de cine o carpas o salones
llenos de sillas; pero donde falta el sentido de lugar sagrado. Además, sólo se
abren cuando hay culto.

Por otra parte, con frecuencia, les falta caridad en su trato con los
católicos. Cuando se convierten, rompen todas las imágenes de su casa, sin
respetar los derechos y creencias de sus familias. Son insistentes en decir que
esto o lo otro no está en la Biblia, pero no se cuestionan, como hemos visto en
las páginas anteriores, que los principios de la sola Escritura o la sola fe son
principios que no están en la Biblia. Además, muchas iglesias creen en cosas
que no están claras en la Biblia y que las han recibido por tradición de sus
propias iglesias desde sus fundadores. Algunos creen que “una vez salvado,
salvado para siempre”, o la predestinación o la necesidad de la Biblia para
salvarse. Hablan de que la salvación viene por la sola fe y no por las obras,
pero exigen, después, oración, ayuno, ofrendas y diezmos o predicar su fe,
como si no fueran obras buenas. En algunos casos, usan mantos sagrados
para curar o las manos “sagradas” del pastor o la oración “sagrada” del
predicador. Con frecuencia, se nota en muchas iglesias el afán del dinero y se
predica con insistencia sobre dar ofrendas y diezmos. En muchos
telepredicadores se aprecia mucha exageración en sus gestos y en su doctrina.
Falta en sus reuniones esa majestad y belleza de la liturgia, el silencio en la
oración, que es tan importante para comunicarnos con Dios, y, sobre todo, falta
seguridad en su fe. Pareciera que los predicadores fueran dueños de la verdad,
cuando hablan con tanta seguridad de temas, muchas veces, controvertidos en
sus mismas iglesias. Insisten mucho en que la enfermedad no es querida por
Dios, rechazando así el valor inmenso del sufrimiento ofrecido a Dios con amor.
Por supuesto que hay que orar por la salud, pero si no se sanan, no
necesariamente es por falta de fe.

En una palabra, quisiera decirles a todos mis hermanos separados que
busquen tener más amor a los demás. Porque “ya podría conocer todos los
secretos y todo el saber (y la Biblia entera), ya podría tener una fe como para
mover montañas, si no tengo amor, no soy nada y no valgo nada” (1 Co 13,2).

Si aman a Jesús de verdad, búsquenlo en la Eucaristía de las iglesias
católicas y lo encontrarán junto a María su madre y nuestra Madre. Amén.

“El mayor tesoro de la Iglesia es Jesús Eucaristía”

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