P. 1
La Voz de La Experiencia - Ronald Laing - 1982

La Voz de La Experiencia - Ronald Laing - 1982

|Views: 62|Likes:
Published by Jorge Cabrera

More info:

Published by: Jorge Cabrera on Sep 24, 2012
Copyright:Attribution Non-commercial

Availability:

Read on Scribd mobile: iPhone, iPad and Android.
download as PDF, TXT or read online from Scribd
See more
See less

11/09/2012

pdf

text

original

Sections

EL NACIMIENTO Y ANTES

I

Están aquellos para quienes la pregunta «¿es posible
que el bebé lo sienta?» es tan extraña como la pregunta
«¿es posible que el bebé no lo sienta?» lo es para otros.
Lo que ahora pretendo examinar es precisamente esta di-
ferencia en la intuición inmediata.
El hecho de tomar en cuenta cómo siente el bebé su
propio nacimiento resulta ser una extraña consideración
en aquellos contextos en los que la experiencia de la ma-
dre no cuenta para nada. Puesto que los posibles senti-
mientos de la madre y los imposibles sentimientos del
bebé no son hechos objetivos, mucho menos podrá imagi-
narse objetivamente la posibilidad de un vínculo senti-
mental entre ambos.
El nacimiento tal como antaño se practicaba, tras ha-
ber sido virtualmente abolido por los ginecólogos domi-
nados por la tecnología, puede estar experimentando un
cierto retorno. Sin embargo, en la mayor parte de las uni-
dades de obstetricia ya no vemos nacimientos. Lo que
allí ocurre se parece tanto a un nacimiento como la inse-

116

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

minación artificial se parece a la relación sexual o la ali-
mentación a través de un tubo al acto de comer.
La anulación del nacimiento se produce junto con la
anulación de la mente, y la muerte, como notas margi-
nales de la abolición científica de nuestro mundo y de
nosotros mismos.

Tuvo a su bebé en casa y felizmente.
—¿Pero por qué? —le pregunta su ginecólogo, conse-
jero y amigo—. ¡No tenías por qué pasar por todo eso!
Podías haber venido a mi clínica y hubieras estado leyen-
do el periódico mientras sucedía todo. No hubieras tenido
necesidad de sentir nada hasta que te mostrase a tu hijo.
—Pero —replica ella con desconcierto—, ¡yo quería
pasar por todo eso!
El médico no podía comprender que un sentimiento
como aquel pudiera tener valor alguno. Evidentemente,
se olfateó algo así como una herejía histérico-masoquista.
Nacimiento: anulado como experiencia personal ac-

tiva.

Mujer: de persona activa a paciente pasivo.
Experiencia: disuelta en el olvido. La mujer es trasla-
dada de sujeto que siente a objeto anestésico.
El proceso fisiológico es sometido a un programa quí-
mico-quirúrgico. Resultado final: el acto, el suceso y la
experiencia coherente del nacimiento han desaparecido.
En vez del nacimiento de un niño asistimos a una ex-
tracción quirúrgica.

Estoy hablando con un profesor de psiquiatría.
Estamos discutiendo los argumentos que sobre el na-
cimiento se esgrimen entre psiquiatras y ginecólogos, in-
cluyendo cuestiones tales como: ¿No lo siente el bebé de
ninguna manera? ¿Puede sentirlo? Si puede ¿es eso im-

EL NACIMIENTO Y ANTES

117

portante? Si importa ¿de qué modo? ¿Cómo podemos
decirlo? ¿Qué evidencia objetiva tenemos?
—¿Cree usted que el bebé lo siente? —le pregunto.
—Lo lamento, pero no puedo ni siquiera empezar a
imaginar la posibilidad de algo así —respondió el profe-
sor sin una sombra de duda. Guardó silencio para con-
tener su observación, y luego, sacudiendo la cabeza, apre-
tando los labios y doblando las comisuras, añadió con
cierto pesar y, a la vez, alivio, y con gran humildad—-:
Hay demasiadas ideas esenciales al respecto.
El profesor fue escueto y preciso. Dijo que no podía
empezar a imaginar la posibilidad de que el nacimiento
fuera una experiencia. Para él, tampoco era plausible, o
probable, que nuestro propio nacimiento quedase graba-
do, registrado y almacenado por nuestros sistemas, aun-
que no se experimentase de modo consciente allí y enton-
ces. No se le ocurría absolutamente nada en el conjunto
de la obstetricia o psiquiatría científica que pudiera pres-
tar soporte a la opinión de que existe una experiencia del
nacimiento, así como de que una no existente experiencia
de nacimiento pudiera contribuir a una posterior con-
ducta y experiencia.
No podía empezar a imaginar semejante cosa, porque
era incapaz de imaginar cómo semejante cosa podía em-
pezar a ser posible. El único modo en que ello podría ser
posible sería eliminando la neurobiología evolutiva, se-
gún él.

No tenía necesidad de recordarnos que compartía la
actitud y punto de vista de la mayoría de sus colegas
médicos y científicos.
Esta mentalidad desestima aquello que para otros es
la mayor evidencia, y viceversa.
Para las mentes como la de Frederick Leboyer, el na-
cimiento es la tortura del inocente.

118

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

Deberíamos ser muy ingenuos para creer que seme
jante cataclismo no había de dejar huella.
Hallamos su vestigios en todas partes; en la piel, en
los huesos, en el estómago, en la espalda, en toda nues
tra ignorancia humana, en nuestra locura, nuestras tor
turas, nuestras prisiones, en las leyendas, en la épica y
en los mitos. En realidad, las escrituras no son más que
este abominable cuento de dolor y miseria.1

La evidencia está ante nosotros. Aquellos ojos gachos,
aquellas cejas retorcidas, aquella boca que emite chilli
dos, aquella cabeza colgando, aquellos dedos anhelantes,
aquellos desesperados dedos de los pies, aquellas rodillas
encogidas.

No ha habido nunca súplica más aguda, escribe Lebo-
yer. Pero, evidentemente, se trata de una súplica que no
desgarra los corazones a quienes dirige la súplica. Y quie
ro ahora hacer hincapié en ello.
No todos aquellos que ven y oyen chillar y retorcerse
un bebé, sienten la menor vibración en el fondo del co
razón.

Los ojos de un recién nacido nos dicen a muchos de
nosotros que un bebé es un ser consciente, espiritual, in
teligente y sensible. A otros no les sugieren mensaje al
guno.

Una teoría que niega una posibilidad, y la experiencia
de la posibilidad negada, no pueden coexistir. Si la teo
ría es correcta, la experiencia es errónea. Si la experien
cia es correcta, la teoría es errónea.
Si la teoría es correcta, la experiencia ha de ser una
ilusión. Puede aceptarse por cualquier otra razón que no
sea su validez en el seno de la teoría. Si la experiencia

1. Frederick Leboyer, Birth without violence, Fontana, Glas

gow, 1977, p. 28.

EL NACIMIENTO Y ANTES

119

no es una ilusión, entonces cualquier teoría que afirme
que debe serlo, ha de ser errónea.
La teoría y los sentimientos compiten entre sí en una
misma persona. Nuestro juicio crítico y racional puede
verse enfrentado con la experiencia que dispone de tan
poco tiempo para nuestra teoría como esta última de
espacio para aquélla.

II

Dejemos por el momento las consideraciones neuro-
científicas y observemos directamente al bebé. Uno pre-
gunta ¿Cómo te sientes? o ¿Es una criatura sensible?
Cuestiones diferentes reciben respuestas diferentes.
Tanto si respondemos sí como si respondemos no, ello
no constituye prueba alguna. De un modo u otro suele
ser una cualidad de inmediata autovalidación, tanto si
está conforme como si no con las construcciones deriva-
das de o basadas en lo que vemos a través del microsco-
pio acerca de los cerebros muertos de fetos o bebés, y a
través de los EEG de criaturas vivas. Aunque nos las arre-
glemos para eliminar nuestros prejuicios lo suficiente-
mente como para consultar a los bebés directamente,
nuestra interpretación de lo que nos parece que el bebé
siente estará inevitablemente influida por lo que pen-
samos que los bebés pueden sentir. Algunos de nosotros
sentimos que los bebés sienten. Aun así, ello no implica
convicción alguna para muchas personas que creen que
no pueden sentir, y que por lo tanto no sienten. La única
evidencia convincente de que los bebés son capaces de
sentir proviene de nuestras sensaciones acerca de cómo
se sienten ellos cuando estamos a su lado, y de la supo-
sición de que sienten igual que sentimos que sentíamos

120

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

cuando éramos bebés. Esta convicción no conlleva nin-
guna convicción para aquellos que no la comparten. Cada
parte desecha por irrelevante la evidencia, criterios y con-
vicciones de la otra. No hay acuerdo alguno en criterios
de aceptable inferencia a partir de la misma evidencia.
No hay acuerdo en lo que podría ser una evidencia admi-
sible.

Todo lo que vemos y oímos del bebé, los trazos en
el monitor fetal, el EEG, son correlaciones objetivas de
todo aquello que nosotros sentimos que el bebé siente o
no siente.

Si uno no siente que el niño siente, una conclusión
casi irresistible es la de que ha de ser una ilusión sentir
que sí lo hace. Si uno siente que percibe los sentimientos
del bebé, le resultará sumamente difícil no concluir que
aquellos que no los perciben sufren de una pérdida de
sensibilidad más radical que la pérdida de uno de los
sentidos.

¿Nos encontramos ante una falacia patética o ante una

falacia apática?

III

Muchas personas basan su conclusión de que un bebé
es una criatura sensible únicamente en sus sentimientos
de que una criatura sensible está ante ellos, prescindien-
do de la neurociencia. Por otro lado, desde el punto de
vista del dominio objetivo, únicamente constituyen evi-
dencia los datos objetivos. Sin embargo, es imposible ex-
cluir la experiencia en el momento de prestar evidencia
acerca de nuestra experiencia, sean cuales fueren las co-
rrelaciones objetivas.
Ginecólogos totalmente objetivos me han contado

EL NACIMIENTO Y ANTES

121

cómo inopinadamente se han visto cautivados por los
ojos de bebés recién nacidos. En un instante fugaz, se
han encontrado mirando en los ojos de otra criatura que,
a su vez, no deja de contemplarlos. Ello les produce una
profunda conmoción. Es imposible.
Las voces de la razón objetiva dicen: No negamos que
tú te sientas examinado por un ser humano sensible,
consciente y despierto, pero lo que sí negamos es que te
encuentres ante una criatura sensible como tú sientes y
que te esté mirando a los ojos y te sonría. Tu sensación
admite perfectamente una explicación racional. Admiti-
mos que, y podemos ver cómo, tu experiencia es posible,
pero no creemos en ella. Podemos incluso compartir tu
experiencia sin tener que creer en ella o en cualquiera
de las muchas ilusiones perceptivas a las que todos nos
hallamos expuestos.
En el intenso lazo afectivo existente entre la madre y
el bebé, antes, durante y después del nacimiento, ha de
haber un alto valor de supervivencia. ¿Qué criatura es
más vulnerable que el bebé en este período? Qué estra-
tegia genética puede ser más efectiva que la de procurar
una intensa unión para ayudar al bebé, conectado por
matices exquisitamente precisos de visión, sonido, tacto
y olfato. Una parte de este mecanismo genético de unión
psicobiológica, descubierto científicamente hace poco
tiempo, aunque folklóricamente bien documentado, está
constituido por una maravillosa sensación por parte de
la madre al estar íntimamente unida a un bebé que goza
de estar con ella. Suele decirse que cualquier adulto pue-
de ser «cautivado» por las expresiones y gestos genética-
mente programados del bebé.
Tales sentimientos maternales (no compartidos por
todas las madres) no proporcionan evidencia alguna para
la mente científica de que los embriones, fetos y bebés

122

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

están ahí, por su parte, tal como sentimos que están. Sin
embargo, es otra de las numerosas variedades de la fa-
lacia patética, probablemente un engaño de utilidad bio-
lógica. El valor de supervivencia de una mentira o de una
ilusión puede estar en proporción inversa a su valor de
verdad.

IV

En sus Conferencias de introducción al psicoanálisis?
en 1916, cuando contaba sesenta años de edad, Freud rela-
ta una historia ocurrida cuarenta años atrás, cuando se ha-
llaba en un café en compañía de algunos compañeros
estudiantes de medicina. Se estaban burlando de una es-
tudiante de comadrona, una criatura humilde procedente
de la clase campesina, que había sido suspendida en un
examen porque, cuando se le preguntó por que los bebés
a menudo defecan al nacer, respondió que porque están
asustados. Él rió, confiesa, junto con sus compañeros,
pero en el fondo estaba de acuerdo con ella, porque «ha-
bía puesto el dedo en una correlación sumamente im-
portante».

Esa importante correlación que Freud vio en la res-
puesta ignorante de la comadrona no resulta tan obvia
como lo que podíamos haber supuesto a primera vista.
La esencia de un sentimiento, explica Freud, es la re-
petición de alguna experiencia especial y significativa. No
obstante, la experiencia de impresiones muy tempranas
únicamente puede ser de una naturaleza harto general,

2. Las citas subsiguientes proceden de la edición estándar en
inglés: Freud, Introductory lectures on psychoanalysis, Standard
Edn., vol. XVI, Londres, 1966.

EL NACIMIENTO Y ANTES

123

y se hallan situadas en la prehistoria, no de los indivi
duos, sino de las especies.3
Freud nunca renunció a su correlación entre el núcleo
o esencia de un afecto y las impresiones de naturaleza
general situadas en el pasado prehistórico de las especies,
no de los individuos, a pesar del veto biológico de enton
ces y de ahora contra esta ruidosa herejía lamarckiana.
Resulta difícil ver cómo pudo Freud encontrar tan plau
sible esta teoría filogenética, teniendo en cuenta que siem
pre se sintió incómodo con una teoría ontogenética que
se hacía demasiado prehistórica, y cómo acabó recha
zando el recuerdo del nacimiento como algo imposible.
La idea de que los sucesos de entonces, en el lejano pa
sado prehistórico de las especies, a menudo repetidos,
pero nunca más conscientes que ahora, afectaron de tal
manera al genoma que éste, de alguna manera, generase
ahora pautas en la experiencia consciente del adulto, es
una idea improbable. Resulta como mínimo tan impro
bable como cualquier teoría acerca de la reencarnación
de las almas.

En calidad de materialista declarado, Freud se vio
forzado a elegir entre dos teorías, de las que ninguna le
satisfacía, porque no podía pensar en una tercera, cons
ciente como era de cómo las mentes científicamente en
trenadas de la época consideraban la teoría filogenética.
Descarta la teoría de que la ansiedad adulta recibe el
modelo a partir de las experiencias de nacimiento reales
de esta vida, basándose en que, aunque sepamos objeti
vamente que en el acto del nacimiento existe un peligro
real para la vida,

en sentido psicológico ello no nos dice absolutamente
nada. El riesgo que conlleva el nacimiento no tiene

3. Ibid., p. 396.

124

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

hasta ahora contenido psíquico alguno. Posiblemente,
no podemos suponer que el feto posea el menor cono-
cimiento de que existe la posibilidad de que su vida sea
destruida.4

La teoría de que existe una relación entre las sensa-
ciones postnatales y las impresiones perinatales debe pre-
suponer que registramos y grabamos impresiones de vi-
sión y sonido, y nuestra reacción ante las mismas. Se
trata de una suposición, afirma, «totalmente infundada,
harto improbable e increíble» el que «... un niño no re-
tenga sino sensaciones táctiles y generales relacionadas
con el proceso del nacimiento» (p. 136).
Adelantándose a su tiempo, reconoció lo que hoy en
día es ya evidente para muchos y que está apoyado por
una sólida base de detallada y minuciosa investigación,
es decir que «existe una mayor continuidad entre la vida
intrauterina y la más temprana infancia de lo que la im-
presionante cesura5

del acto del nacimiento podría ha-

cernos creer» (p. 138).
Sin embargo, nos dice inmediatamente que no debe-
mos olvidar nunca que durante la vida intrauterina la
madre no es ningún objeto para nosotros, por lo tanto
en el nacimiento no puede haber experiencia alguna de
pérdida de un objeto.
Por consiguiente, «es obvio que en este esquema de
cosas no hay lugar para el concepto de trauma del naci-
miento» (p. 138).

4. Ibid., p. 135.
5. Existe un sumario extremadamente útil de las actitudes
de Freud frente a la experiencia del nacimiento en la introduc-
ción editorial a Inhibitions, symptomes and anxiety (Standard
Edn., vol. XX). Véase también MacAlpine y Hunter (Memoirs of
my nervous illness,
William Dawson & Sons, Londres, 1955) para
una discusión de la teoría de Freud acerca de las fantasías de
procreación y embarazo.

EL NACIMIENTO Y ANTES

125

Freud no dice exactamente por qué no podemos su
poner que el nacimiento tenga significación en su mo
mento, ni explica por qué es totalmente infundado, harto
improbable e increíble que podamos retener del naci
miento algo más que sensaciones táctiles y generales.
Para él, no había razón alguna para detenernos más en
la cesura del nacimiento desde el punto de vista expe-
riencial, puesto que había examinado y rechazado la po
sibilidad de que las experiencias de nuestras madres
pudieran afectar el modo en que sentimos algo en lo que
nos sentimos inmersos, una relación, una casa, una habi
tación, un empleo, un país, un mundo.
Freud no es del todo consistente. En sus Conferencias
de introducción (1916) hace una lista de las sensaciones
obtenidas al estar flotando en el líquido amniótico, califi
cándolas de simbologénicas y de recuperables desde la
memoria inconsciente. En este punto parece aproximarse
a la opinión que tanto condena por absurda de Otto Rank
y otros. Más tarde, en El malestar en la cultura6

in
terpreta el sentido de singularidad con el universo como
una evocación postnatal de cómo nos sentimos realmente
cuando nos hallábamos inmersos en las aguas amnióticas
antes del nacimiento.
Aquí su argumentación se hace más consistente. Esta
ba dispuesto a llegar incluso a adjudicar al feto y al bebé
en las sensaciones recibidas en el nacimiento, intensida
des cuantitativas carentes de significado que no dejan
huella alguna. La significación con la que dotamos al na
cimiento no se deriva del nacimiento en sí, sino que se
deriva de nuestras proyecciones postnatales sobre el mis
mo. Así pues, tampoco se producen dramas personales
o míticos en el alma de los embriones, fetos o bebés.

6. Freud, Civilisation and its discontents, Standard Edn., vo

lumen XXI.

126

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

En el nacimiento se desencadena una amplia y efer-
vescente perturbación de la libido narcisista, que no sig-
nifica nada. Cuando escribe que la angustia se produce
en el momento del nacimiento, se toma la molestia de
señalar que ello provoca una reacción en la mente pura-
mente fisiológica, no psicológica. Dicha reacción es una
respuesta filogenética heredada Dios sabe cómo, y dotada
de significado personal por nosotros cuando el primer
contenido psíquico comienza a ocasionar ansiedad. No
obstante, ello no es posible antes de que exista un yo y
un objeto. Cuando el «objeto» (es decir, la madre) está
presente, pero furiosa con el bebé, entonces el peligro de
la pérdida del amor del objeto se convierte, según Freud,
en el primer peligro psíquico perdurable.

V

Examinemos ahora más detalladamente algunas con-
secuencias clave implicadas en estas consideraciones para
Freud y también para nosotros.
En La interpretación de los sueños Freud observa que
una gran cantidad de sueños angustiosos consistentes en
«pasar a través de espacios estrechos o en hallarse en
el agua, están basados en fantasías de la vida intraute-
rina, de la existencia en el vientre y del acto del naci-
miento» (p. 401).
Se muestra sumamente escrupuloso al escribir aquí la
palabra fantasías, y no recuerdos, de la vida intrauterina.
Los sueños están basados en fantasías. ¿En qué están ba-
sadas las fantasías?
Freud se sintió atraído por la teoría de que las tem-
pranas impresiones en alguna capa o forma afectan a las
presentes fantasías. No obstante, se resistió a los zalá-

EL NACIMIENTO Y ANTES

127

meros atractivos de esta teoría cuando abordó las fanta-
sías del pasado prenatal. Éstas no podían estar basadas
en recuerdos prenatales, porque éstos no existían. Expre-
san más bien un deseo de escapar de los conflictos pre-
sentes, pruebas y tribulaciones hacia un tiempo anterior
a todo ello. Sin embargo, observó la importante correla-
ción que la ignorante comadrona había señalado incons-
cientemente, es decir, que las pautas emocionales y fisio-
lógicas de angustia (el ser aplastado, sofocado, el aumen-
to de la rapidez de los latidos del corazón, el defecar)
son semejantes a las reacciones fisiológicas que se produ-
cen en el nacimiento biológico.
Si resulta absurdo derivar una cosa de la otra, ¿po-
drían entonces ambas ser el resultado de huellas filoge-
néticas heredadas?
Semejante especulación se confronta inmediatamente
con la cuestión: ¿cómo puede un conjunto de sucesos
fisiológicos no-experimentados ser registrado, transmitido
y recordado en y desde otras vidas, si ni siquiera puede
ser transmitido a través de unos pocos años de esta vida?
En 1909, Freud escribió:

No hace mucho que aprendí a apreciar la importan-
cia de las fantasías y pensamientos inconscientes acer-
ca de la vida en el útero materno. Contienen una cierta
explicación del indecible pavor que muchas personas
sienten de ser enterradas vivas; asimismo proporcionan
las bases inconscientes más profundas para la creencia
en la supervivencia después de la muerte, que represen-
ta simplemente una proyección en el futuro de esta mis-
teriosa vida anterior al nacimiento (p. 402).

En este párrafo más bien ambiguo, Freud afirma que
las bases inconscientes más profundas para la creencia
en la vida después de la muerte es nuestra misteriosa

128

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

vida anterior al nacimiento. Ello parece implicar que una
real y misteriosa vida prenatal es la base de la fantasía
de una misteriosa vida anterior al nacimiento y de las
fantasías y creencias proyectadas en la vida después de
la muerte.

No obstante, Freud debía haber pensado que cual-
quier persona razonable hubiera dado por supuesto que
él encontrase infundada, improbable e increíble cualquier
teoría que sostuviese que cualquier experiencia de vida
anterior al nacimiento podría afectarnos ahora, a noso-
tros o a nuestras creencias en el futuro.
Cuando Freud toma en consideración la experiencia
del
déjá vu llega casi a un enfrentamiento abierto con su
propia afirmación de que no pueden ser retenidas en la
memoria impresiones del nacimiento o anteriores a él,
para ser después proyectadas en los caracteres internos
y ser creadores de percepciones externas, ocasionando
transformaciones experienciales, modulaciones y alucina-
ciones.

En algunos sueños de campiñas o de otras localida-
des el énfasis se sitúa, en el sueño mismo, en un sen-
timiento de convicción absoluta de haber estado allí
anteriormente. Las apariciones de déjá vu en los sueños
tienen un significado especial. Estos lugares son inva-
riablemente los genitales de la madre de quien realiza
el sueño; efectivamente, no existe lugar alguno del que
uno pueda afirmar con tal convicción el haber estado
allí antes.7

No obstante, parece desechar la posibilidad teórica de
que pueda haber una resonancia interna con el mundo
perdido del útero materno. Tal como están las cosas no

7. Freud, The interpretation of dreams, Standard Edn., vol. V,
Londres, 1958, p. 399.

EL NACIMIENTO Y ANTES

129

puede haber tal resonancia, porque Freud ha calificado de
increíble el hecho de que pueda haber experiencias de
cuando nos encontrábamos realmente dentro del útero.
Aquella época podría, de modo comprensible, proporcio-
nar únicamente algún suministro simbologénico como
una vaga impresión oceánica de las aguas amnióticas,
pero nunca una muestra dinámica para posibilitar una
convicción, o una resonancia de sentimientos, incluso sin
semejante muestra dinámica impresa, contemplando la
luz del día como un recuerdo consciente.
No obstante, no existen bases en el modo de verificar
y comprobar que existe un continuum biológico antes,
durante y después de la dramática cesura que representa
el nacimiento, aunque la idea de un continuum psicológi-
co era demasiado improbable para él. Freud no pareció
protestar demasiado enérgicamente cuando Otto Rank,
Ferenzci y otros comenzaron a mantener las enseñanzas
tradicionales y ortodoxas, platónicas, cristianas y rabíni-
cas, que habían sido anuladas por la ilustración científica
y que ahora parecían gozar de un sutil resurgimiento en
las supersticiones de las mujeres, de los salvajes y en las
ilusiones de las mentes insanas, y postularon la existencia
de un continuum psicológico que se extendía retrospec-
tivamente hasta el nacimiento, e incluso hasta el momen-
to de la concepción o antes.
Rank surgió con una propuesta que suena como la
traducción en jerga psicoanalítica de los mitos aborígenes
australianos acerca del mundo del sueño de antes del na-
cimiento. Propuso que el núcleo del inconsciente está ba-
sado en nuestras relaciones en y con el útero; que no sólo
el nacimiento sino toda la época prenatal desde la con-
cepción hasta el nacimiento aparece recapitulada desde
el principio hasta el final del proceso de psicoanálisis.
Freud mantuvo este pensamiento, al principio de modo

9. — LAINd

130

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

tolerante e, incluso, simpatizante, quizá porque el alcance
de su desafío a los límites de posibilidad científicamente
basados, o racionalizados, precisó algunos años para nau-
fragar.

Con motivo de la publicación del Trauma del naci-
miento de Otto Rank, Freud escribió a Ernest Jones que
esperaba

que los pensamientos que Rank evocaba se convirtieran
en el tema de sustanciosas y fructíferas discusiones. No
tratamos aquí de una revuelta, de una revolución, o de
una contradicción de nuestro audaz conocimiento, sino
de un interesante enriquecimiento cuyo valor nosotros
y otros analistas deberíamos reconocer.8

Sin embargo, una larga reflexión, y no sólo la política
del psicoanálisis, le convencieron acertadamente de que
no cabían tales interesantes enriquecimientos en su ver-
sión del esquema de cosas científico y objetivo. El naci-
miento consiste en sensaciones cuantitativas pasajeras sin
significado alguno en el momento mismo. No se producen
dramas del alma entre la concepción y el nacimiento. No
se pierde ningún mundo con el nacimiento.
Uno puede conocer la fenomenología en la que está
basada la teoría de la existencia prenatal del alma, y al
mismo tiempo conocer los datos objetivos de la actividad
prenatal y sus condicionantes, sin que la teoría de Rank
les aporte convicción alguna. A menudo una fuerte sensa-
ción de certeza y convicción convence a la persona de que
está, en cierto sentido, reviviendo parte de su vida pre-
natal. Uno podría sentirse mucho mejor volviendo a pasar
de nuevo por todo ello. Freud fue muy cauto al no dejar-

8. E. Jones, The life and work of Sigmund Freud, Basic Books,

Nueva York, 1957.

EL NACIMIENTO Y ANTES

131

se convencer por sensaciones de convicción que no fueran
suyas. Así pues, en este caso experimentó la certeza de
que no abandonamos ningún mundo cuando salimos del
útero materno.

Muchos psicoanalistas van incluso más allá de las
afirmaciones de Freud, pero no tan lejos como Rank y
otros extremistas. La recuperabilidad de los buenos re-
cuerdos intrauterinos se ha convertido ya en una parte
generalmente aceptada de la teoría psicoanalítica, aunque
la posibilidad de recuperar las malas experiencias intrau-
terinas raramente es mencionada. En la literatura psico-
analítica hay una tendencia a equiparar el mundo del úte-
ro con el Paraíso, o con el Jardín del Edén. Pero si es po-
sible recuperar las «buenas» experiencias intrauterinas,
entonces, del mismo modo, sea cual fuere, tiene que ser
posible la recuperación de las «malas» experiencias in-
trauterinas. Una vez garantizada en principio la posibili-
dad de experiencias intrauterinas de cualquier tipo, y su
recuperabilidad, ¿dónde se encuentra el siguiente punto a
examinar acerca de la credibilidad?
Unos pocos psicoanalistas, despreocupados acerca del
temido anatema por herejía científica, han atravesado
tranquilamente el terreno de la incredibilidad en su cami-
no hacia la concepción, conservando todavía una cierta
aura de ortodoxia.
Winnicott, por ejemplo, sostiene que existe una vida
psicológica anterior al nacimiento. Escribe que, «junto
con otros analistas —cree que— la experiencia personal
del nacimiento es significante, y queda retenida como ma-
terial de recuerdo».9

Un niño de cinco años «se introducía
en mi abrigo [sic], se ponía boca abajo y se deslizaba ha-
cia el suelo por entre mis piernas: repitió esto una y otra

9. D. W. Winnicott, Collected papers: Through paediatrics to
psychoanalysis,
Basic Books, Nueva York, 1958, p. 177.

132

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

vez». Ésta y otras acciones similares en el juego y repre-
sentaciones de los niños y de los adultos las consideró
como repeticiones y dramatizaciones de un nacimiento
real «El cuerpo del niño conoce el nacimiento» (p. 180).
Postuló que podríamos

suponer, de modo harto probable, que desde la concep-
ción en adelante el cuerpo y la psique se desarrollan
al unísono, fusionados al principio y gradualmente dis-
tinguibles el uno del otro. Evidentemente, antes del na-
cimiento puede decirse de la psique (separada del
soma) que existe una prolongación personal, una con-
tinuidad en el hecho de experimentar. Dicha continui-
dad, que podría denominarse los comienzos del yo, se
ve periódicamente interrumpida por fases de reacción
al choque. El yo empieza a incluir recuerdos de fases
limitadas en las que la reacción al choque perturba la
continuidad. En el momento del nacimiento el bebé
está preparado para atravesar tales fases, y mi opinión
es que en el nacimiento no traumático la reacción al
choque que acarrea el propio nacimiento no excede a
aquella para la que el feto se encuentra ya preparado.

En la actualidad existe un creciente volumen de infor-
mes, principalmente procedentes de la terapia de niños y
adultos perturbados, realizados por terapeutas y analistas
cuya interpretación de su experiencia clínica parece ha-
ber disipado por completo sus reservas acerca de la posi-
bilidad de un mundo intrauterino totalmente sofisticado,
desde el comienzo.10

10. Véanse: Fodor, The search for the beloved, University
Books, Nueva York, 1949; Mott, Mythology of the prenatal life,
Integration Publishing, Londres, 1960; Peerbolte, «Some problems
connected with Fodor's birth-trauma therapy», en Psychiatric
Quarterly,
269 L 952 (1975), pp. 294-306; F. Lake, «The significance
of perinatal experience», Birth and rebirth, VI, n." 7 (julio 1978),

EL NACIMIENTO Y ANTES

133

Grof nos proporciona un número de relatos, cuidado-
samente seleccionados, de experiencias bajo los efectos
del LSD, que parecen inducirnos a creer que los recuerdos
reales del mundo intrauterino están detrás de aquéllas.11
Grof cree en la realidad histórica de algunas de estas
experiencias. Por ejemplo, en una de ellas, un hombre ex-
perimentó la sensación de hallarse inmerso en el líquido
fetal y unido a la placenta por medio del cordón umbili-
cal. El alimento fluía a su cuerpo a través del cordón um-
bilical y sintió una unidad simbiótica con su madre. El
fluido que circulaba entre ambos hacía las veces de un
vínculo mágico entre él y ella. Había dos grupos de lati-
dos del corazón de distintas frecuencias que se fundían
en una ondulante pauta acústica. Captaba tremendos rui-
dos huecos que suponía procedían de los movimientos
peristálticos de los intestinos de su madre. Pudo oír ex-
traños ruidos provenientes del mundo exterior, que reso-
naban como un eco atravesando un lecho de agua.
Muchas personas tienen experiencias similares bajo los
efectos del LSD, como si se encontrasen en cisternas de
inmersión, y sin ninguna provocación aparente. En la se-
gunda parte de este estudio examinaremos algunos de es-
tos ejemplos más detalladamente.
Las personas pueden aportar detalles harto realistas
acerca de la existencia fetal. ¿Podrían tales sensaciones
de ser un embrión, y de grados y formas de crisis intraute-
rinas, de tensión y distensión, ser recopilaciones reales?

páginas 224-232; S. Grof, Reaíms of the human unconscious, Viking
Press, Nueva York, 1975. Véase, asimismo, L. de Mause, The fetal
origins of history,
1981, y T. R. Verney, «The psychic life of the
unborn», ponencia presentada al Quinto Congreso Mundial de
Obstetricia y Ginecología Psicosomática, Roma, 1981.
11. S. Grof, Realms of the human unconscious, Viking Press,

Nueva York, 1975.

134

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

La especificidad individual de algunas de estas experien
cias parece demostrar a Grof la posibilidad de que sean
realmente re-experiencias, tal como parecen ser conside
radas y experimentadas por el sujeto en aquel momento.
A pesar de la facilidad con que Winnicott, Grof y otros
retroceden hacia el nacimiento y más allá del mismo,
éste sigue siendo un punto estratégico a examinar sobre
la credibilidad. De acuerdo con Winnicott, podemos «su
poner de modo harto seguro» que existe un continuum
psicosomático en retroceso hacia la concepción. Cuando
llegamos al punto de discrepancia, el argumento final con
tra semejante teoría es la contra-afirmación de que no
podemos suponer eso de manera cierta. En el esquema
de cosas de Freud, ello es totalmente increíble. Evidente
mente, ello no tiene cabida en este esquema de cosas, por
que este esquema de cosas no tiene sitio para ello. Por
consiguiente, y obviamente, no hay sitio para ello en este
esquema de cosas.

VI

Podemos extender el rango de posibilidad en la imagi
nación, podemos rectificar o cualificar nuestra línea de
frontera, tomar o conceder un poco más, sin amenazar el
conjunto del esquema objetivo.
Lo que para unos es increíble, para otros es una ver
dad evangélica aunque tengan ante sí los mismos datos
objetivos y sofisticados acerca de la conducta de embrio
nes, fetos y bebés en el momento del nacimiento y des
pués del mismo. La herejía sigue siendo herejía, aunque
la actitud frente a tales herejías se haya ido haciendo más
y más liberal. Hoy en día, unos cuantos ginecólogos apo
yarían a la comadrona de Freud, procedente de las clases

EL NACIMIENTO Y ANTES

135

humildes, que no había aprendido correctamente el cate-
cismo científico. Tanto las comadronas, ginecólogos y pe-
diatras, así como las propias madres y los padres pueden
afirmar que están totalmente seguros de que los bebés
experimentan el hecho de nacer, sin por ello ser conside-
rados ignorantes, estúpidos o necios. Ésta es una opinión
que se discute y se toma en serio.

Todo estadio en el desarrollo humano desde la con-
cepción al nacimiento es vulnerable al entorno prena-
tal. La notable sensibilidad del feto a las condiciones
intrauterinas puede alterar el origen de su existencia.
Las influencias prenatales no sólo condicionan las pau-
tas de conducta sino que también afectan profunda-
mente y para siempre todas las características biológi-
cas tales como el grado de crecimiento inicial, la efi-
ciencia de la utilización de la comida, las estructuras
anatómicas, los atributos ñsiológicos, la respuesta a los
estímulos, la expresión fenotípica del adulto, y muchos
de los efectos de estas influencias tempranas aparecen
irreversibles.12

En estas observaciones, realizadas desde un punto de
vista puramente objetivo, no hay discontinuidad teórica al
contemplar el objetivo entre el feto y el adulto. Sin em-
bargo, se trata de un continuum puramente objetivo." El

12. Kugelmass, cit. en Ferreira, op. cit., p. vrii.
13. Este continuum objetivo científico es un grito lejano pro-
cedente del acomodadizo y civilizado avance y retroceso que con-
templamos a través de un apergu. Arthur Waley nos ofrece un
relato de la vieja China, «... Mi tío abuelo —escribe Pao P'u Tzu
(siglo iv d. J. C, Nei P'ien VIII)—, cuando estaba muy bebido o
cuando el clima era insoportablemente caluroso, solía zambullirse
en un estanque y permanecía allí durante todo el día. Lo que le
permitía llevar a cabo esa proeza era únicamente su dominio y
maestría en el arte de contener la respiración y respirar como
en el útero» (The way and its power, George Alien & Unwin, Lon-

136

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

hecho de captar la continuidad objetiva de nuestros siste-
mas orgánicos individuales desde su comienzo hasta su
fin, desde la concepción hasta la muerte, e incluso más, de
la continuidad de nuestro sistema de genes, lo más atrás
que podamos escudriñar, todavía no se encuentra refle-
jado, proyectado ni representado en la teoría psicológica
más que en muy pocas excepciones.
Los físicos y los químicos hablan de cómo la conducta
subsiguiente de un sistema físico puede modificarse a
través de «experiencias» físicas.
La exposición a la luz hace que el aceite de linaza se

haga viscoso.

Una breve exposición no provocará ningún cambio
observable. Pero tras una nueva iluminación el aceite
cambiará más rápidamente de lo que se modificaría si
no hubiera sido expuesto anteriormente. El aceite «re-
cuerda», pues, su pasada experiencia y se comporta de
modo distinto a causa de la misma. Su recuerdo con-
siste en el hecho de que la luz produce, entre otras co-
sas, sustancias que conllevan las oxidaciones inducidas
por la misma y transforman el aceite en maieria vis-
cosa.14

Si consideramos el nacimiento y su etapa anterior

dres, 1965, p. 119). Continúa diciéndonos que se inventó una téc-
nica precisa para provocar este estado de trance. El rasgo prin-
cipal de esta técnica era, como en la India, la manipulación de la
respiración; la respiración había de ser suave y ligera como la de
un niño, o, como los quietistas afirman, la de un feto en el
útero (p. 44). «La respiración del Sabio, leemos en repetidos pá-
rrafos, ha de ser como la de un bebé. Los últimos escritores
taoístas dan un paso más allá y aseguran que ha de ser como
la de un feto en el útero. Esta "respiración como en el útero" es
la "esencia del control de la respiración" ...» (p. 118).
14. R. W. Gerard, «What is memory?», en Scientific American,
W. H. Freeman, ed., San Francisco (septiembre 1953), p. 126.

EL NACIMIENTO Y ANTES

137

como una época pre-psíquica, estamos todos mucho más
abiertos a los condicionantes e influencias ambientales du-
raderas. Entonces no tendríamos ninguna psique que nos
defendiera contra aquello que pudiera sucedemos.
Fríes concuerda con Freud y otros en que el naci-
miento y la etapa anterior son épocas pre-psíquicas, por-
que el sistema nervioso todavía no está completamente
desarrollado en el momento del nacimiento. Según la
autora, ello implica que en esta época pre-psíquica somos
mucho más impresionables, vulnerables y condicionables
que en cualquier otra etapa de nuestra vida. El niño en el
nacimiento, y antes, no posee un sistema nervioso lo sufi-
cientemente maduro como para proporcionarle las ven-
tajas defensivas de una psique eficiente.15

Estamos convencidos [Fríes y Woolf] de que las ex-
periencias pre-psíquicas pasivas durante el período que
va de la concepción hasta la tercera o cuarta semana
de vida constituyen el estado original, que tiende a ser
repetido activamente (p. 119).
... las experiencias durante el período de premieliniza-
ción tienen un efecto similar al de las experiencias he-
reditarias ... (p. 125).

Algunos neurocientíficos creen que el bebé en el naci-
miento posee un equipamiento neural capaz de realizar
operaciones mentales mucho más sofisticadas de lo que
otros suponen. En el momento del nacimiento el bebé está
equipado con el mismo número de células cerebrales que
nosotros, y quizá más; durante el proceso puede perder
unas pocas. ¿Quién sabe a ciencia cierta de lo que es ca-
paz el cerebro de un bebé? Observándolo con nuestros

15. M. E. Fríes, «Longitudinal study: Prenatal period to pa-
renthood», en Journal of the American Psycho-Analytic Associa-
tion,
vol. 25 (1977).

138

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

prejuicios de adulto, veremos únicamente un cerebro que
podría ser el de un idiota atáxico, aún tratándose del ce-
rebro de un adulto o incluso de un niño. Y así es precisa-
mente cómo mucha gente ve todavía a los bebés, como
una especie de idiotas atáxicos.
El tejido neural se remonta a tres semanas después de
la concepción. Pero, ¿y antes? Existen intensas sensacio-
nes en las que se experimenta la convicción de estar re-
viviendo épocas tanto de experiencia biológica como de
experiencias del alma a través de incontables encarnacio-
nes, aunque las primeras no conceden validez alguna a
estas últimas.

Ningún sustrato orgánico: ninguna actividad mental.
Si no fuera por la voz de la razón científica, no tendríamos
razón alguna, supongo yo, para no creer en una visión
convincente de aquellas épocas, biológica o psíquica. Una
visión embriónica no debería ser construida como un es-
pejismo del recuerdo, como un falso recuerdo, una visión
presente, una pintura de la forma de un estado de cosas
presente, proyectado en el pasado. Si mi propia experien-
cia ha de ser creída, en mi vida adulta estoy recordando,
he representado y sigo representando experiencias muy
anteriores al nacimiento. Al igual que muchos otros he
experimentado, en un estado de completa claridad y cer-
teza subjetivas, sucesos y dramas anteriores al nacimien-
to, anteriores a la concepción y anteriores a la encarna-
ción. Evaluada en sus propios términos, esta experiencia
es exactamente lo que parece ser. Pero la razón cientí-
fica no acepta aquellos términos, y por lo tanto no puede
creer en un organismo fetal con estados místicos, visio-
nes, y dramas cósmicos y aventuras.

¿Pueden coexistir estas dos aparentemente incompati-
bles jerarquías de credibilidad?

EL NACIMIENTO Y ANTES

139

Si el dique de incredibilidad revienta en el nacimiento,
entonces flujos de regresión experiencia! en y a través del
embrión traspasan el tejido nervioso hacia el blastocito,
hacia la concepción. En la concepción encontramos un
último dique de incredibilidad, pero si el flujo ha alcan-
zado la concepción, muy probablemente seguirá adelan-
te... Si uno ya ha mantenido la posibilidad de que en un
zigoto pueda encontrarse la conciencia cósmica, uno no
es más que un último y minúsculo vestigio de carne lejos
de la muerte y la resurrección.
¿Hasta dónde está uno preparado para ir?
John Lilly especula que «Cierto tipo de material evo-
cado procedente del almacenaje parece tener la propiedad
de retroceder en el tiempo más allá del comienzo de aquel
cerebro hacia cerebros anteriores».16
Si ello fuera posible, el almacenaje aportado del que
«cierto tipo de material» puede ser evocado ha de ser
transportado entre cerebros a través del pasado preneu-
ral de nuestras vidas.
Si la posibilidad de la experiencia en el momento del
nacimiento real queda garantizada, la próxima imposibi-
lidad a la que tendremos que hacer frente es la imposi-
bilidad mucho más monstruosa de crear un vínculo entre
el citoplasma y la experiencia, antes de la aparición del
tejido neural.

¿Por qué adquiere esta conclusión tanta importancia?
Nosotros criaturas totalmente inverosímiles de mate-
ria mental o mente material podemos arrojar una mone-
da al aire para saber cuál es más imposible que nosotros,
la materia sin mente o la mente inmaterial. Se precisa so-
lamente el más ligero impulso para abrir la puerta de la

16. John Lilly, Programming and metaprogramming in the hu-
man biocomputer,
Julián Press, Nueva York, 1972, p. 12.

140

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

posibilidad de la experiencia despersonificada. La luz ha
empezado a apuntar, o la necedad ha hecho definitivamen-
te su aparición.

Una de las catorce cuestiones a las que el Buda tiene
la fama de haber respondido mediante el silencio es la de
si existe o no otra vida antes o después de ésta. No se
le atribuye el haber explicado la razón por la cual no
respondió nada. ¿Quién sabe quién es el que sabe?
Las conclusiones extraídas de la contraposición de
experiencias de reencarnación y desencarnación, de la me-
moria biológica y los hechos objetivos conducen a la men-
te a un laberinto, en cuyo centro puede uno comenzar a
dudar de que exista una salida. Sin embargo uno penetra
en él en primer lugar.
La creencia en un ciclo de reencarnación es universal.
Todas las civilizaciones se han visto dominadas por esta
creencia. Por lo tanto no puedo imaginar cómo ha podido
surgir tal creencia sin una experiencia previa. No podría
haber imaginado la experiencia sin la experiencia. La
pregunta es: ¿creemos en la experiencia? Nuestra cultura
occidental, en sus religiones, su ciencia, su filosofía y su
sentido común de cada día, excluye este ciclo de sus tér-
minos de referencia. No obstante, la experiencia de la
repetición sigue repitiéndose.
Por todo el mundo existen innumerables historias de
hechos reales acerca de vidas pasadas, y se han realizado
unos pocos y serios intentos objetivos de correlacionar
recuerdos con una realidad histórica objetiva y, asimis-
mo, algunas correlaciones muy detalladas de las que que-
da por explicar si convencen o no al no creyente o al es-
céptico.

Resulta casi imposible creer que semejante experien-
cia no tenga función alguna. De ningún modo puede ser
explicada rechazándola como una ilusión y alucinación de

EL NACIMIENTO Y ANTES

141

la mente incapaz de alcanzar el puerto del desencanto
científico.

La presente discusión no pretende ofrecer respuesta al-
guna a estas cuestiones enojosas. Me complazco en recor-
dar aquí la existencia de tales experiencias problemáticas,
y en plantear la cuestión del tipo de validez, si es que hay
alguna, por el que pueden ser permitidas, objetiva, sim-
bólica, terapéutica, histórica, social, existencial o espiri-
tualmente. Junto a la conclusión de si creemos en ellas o
no, existe el hecho objetivo de que son universales, re-
pitiéndose espontáneamente formas y modos de experi-
mentar la existencia humana. Este hecho merece ser ob-
servado más que un cartel luminoso.
Sean cuales fueren sus correlaciones objetivas, la re-
copilación de vidas pasadas constituye un entrenamiento
básico en algunas escuelas de budismo y de otras discipli-
nas espirituales. En numerosos cultos esotéricos es un
elemento esencial. También es frecuente en experiencias
desencadenadas por las drogas. Existen incluso terapeutas
profesionales de la reencarnación «realizando» muertes y
Bardos «originarios». Resulta divertido que incluso en
el Theravada y en la práctica del Zen contemporáneos,
ninguna de estas doctrinas tiene más tiempo para estas
cosas que cualquier otra ortodoxia occidental, los monjes
en meditación caen espontáneamente en fases de este ci-
clo regresivo.

En la experiencia la regresión es infinita. La regresión
retrocede hasta el nacimiento, hasta la vida intrauterina
y hasta la vida preuterina. Fenomenológicamente, esta re-
gresión puede seguir nuestros genes remontándose a su
continuum biológico, o seguir el curso de un ciclo de reen-
carnación. Los períodos que se intercalan entre una vida
y otra pueden durar un número de años indeterminado.
Antes de que impongamos una teoría secundaria sobre

142

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

estos ciclos biológicos o de reencarnación que se producen
en la experiencia humana, hemos de permitir, por lo me-
nos, que éstos salgan a la luz.17
Para decidir si ello es cierto o falso uno no tiene que
tener necesariamente una experiencia. Si uno cree que
es falso, desde el exterior, no podrá decir si la experien-
cia, suponiendo que penetre en la misma, podría o no con-
vencerlo para creer en ella. Ello podría exigir la transfor-
mación del conjunto de la propia Weltanschauung. No hay
modo de saber si semejante modificación podría conver-
tirse en un engaño. El iniciado no puede saber a ciencia
cierta que realmente está en lo cierto. El no iniciado no
puede saber a ciencia cierta que el iniciado está engañado.

VII

Jung parece tener más tiempo que Freud para la feno-
menología de la regresión prenatal, tanto individual como
filogenética o de reencarnación. Sin embargo, rechaza la
validez objetiva de las tres.
Puntualiza su posición al respecto en un «Comentario
psicológico» a la traducción de Evan-Wentz del Libro tibe-
tono de la muerte:

Uno desearía más bien que el psicoanálisis freudia-
no hubiera podido seguir las llamadas experiencias in-
trauterinas todavía más lejos; si hubiera logrado éxito
en esta intrépida empresa, seguramente hubiera llegado
más allá del Sidpa Bardo y penetrado en las más ba-
jas extensiones del Chonyid Bardo. Es cierto que con
el equipamiento de nuestras ideas biológicas existentes
semejante aventura nunca hubiera podido verse coro-

17. P. Weil, As fronteiras da regressáo, Vozes, Brasil, 1977.

EL NACIMIENTO Y ANTES

143

nada por el éxito. Hubiera necesitado una preparación
filosófica totalmente distinta de la basada en los pre-
supuestos científicos corrientes. Pero si este viaje se
hubiese llevado a cabo de modo consistente, ello nos
habría conducido indudablemente al postulado de una
existencia preuterina, de una verdadera vida Bardo,
aunque sólo hubiésemos encontrado un leve vestigio de
un sujeto capaz de experimentar. No obstante, el psi-
coanalista nunca fue más allá de las huellas puramente
conjeturales de las experiencias intrauterinas, e incluso
el famoso «trauma del nacimiento» se ha convertido
en un axioma tan obvio que ya no puede explicar abso-
lutamente nada, no más que la hipótesis de que la vida
es una enfermedad de pronóstico grave porque su de-
senlace es invariablemente fatal (p. XLV).

No obstante, su juicio crítico quedó encomendado fun-
damentalmente a la ciencia occidental. Cuando consideró
la bifurcación innata e incorregible de la realidad psico-
lógica y la realidad objetiva, utilizó este dualismo feno-
menológico para reflejar una bifurcación esencial en la
realidad del tipo contra el que Whitehead nos previno.
El tono de Jung en el párrafo citado está más bien sal-
picado de dogmatismo sarcástico que de ironía autorrefle-
xiva. Freud y él, así como otros muchos, pierden su sen-
tido del humor frente al espectáculo de la mente occiden-
tal en completo aislamiento y retroceso a través del mun-
do de la fantasía sexual-infantil hacia el útero, donde, ase-
guran, la razón occidental alcanza su límite. Ambos se
sienten llamados a anatemizar las herejías científicas que
tales experiencias tienden a ocasionar.
Resulta irónico que Jung desdeñe las especulaciones
occidentales, que no son tan científicamente escandalo-
sas como el texto que él analiza con tanta observancia.

144

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

Esta no puede sino ser suavizada por la indulgencia que
ha de manifestar por la ausencia en ella de nuestra inven
ción occidental de la distinción entre realidad psicológica
y objetiva.

You're Reading a Free Preview

Download
scribd
/*********** DO NOT ALTER ANYTHING BELOW THIS LINE ! ************/ var s_code=s.t();if(s_code)document.write(s_code)//-->