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Universidad de Chile

Facultad de Filosofía y Humanidades


Departamento de Filosofía

Ética y Moral
Conceptos preliminares

A. Implicancias etimológicas

La palabra «ética» proviene del griego éthike, un adjetivo que deriva del nombre êthos:
«carácter», «modo de ser» y «morada», «habitación»1.

El término êthos (con "η": êta o "ê" prolongada) designa originariamente «el lugar
donde se habita», la patria o morada donde se vive. De allí pasa a significar el «lugar
interior», la morada que el hombre porta en sí mismo.

Ello será, entonces, el principio del que brotan los actos humanos, la disposición que el
hombre asume ante sí mismo, ante los otros y ante la naturaleza.

Desde aquí se llega al significado de êthos como «carácter», «modo de ser» y «forma
de vida» de la que el ser humano se va apropiando a lo largo de su existencia.

Este carácter se manifiesta en su «comportamiento». Es decir, en el modo como se


«porta», como se lleva a sí mismo consigo o se tiene a sí mismo (la morada interior).

Ello implica libertad y referencia a otros, porque sólo es libre quien se tiene a sí mismo;
y quien se «porta» debe atenerse a otros seres que también se tienen a sí mismos,
también se «portan»; esto define, además, una dimensión política puesto que la
convivencia con esos otros se da en el ámbito de la pólis.

El carácter es así algo tan íntimo que define nuestro modo de ser y queda impreso en
nuestro comportamiento como su fuente inequívoca.

Éste es el significado habitual de la palabra «ética» para Aristóteles. Por eso, «virtudes
éticas» quiere decir «virtudes del carácter».

Pero, Aristóteles asocia además el uso de la palabra «ética» a éthos, (con "ε": epsilon o
"é" breve) «costumbre», «hábito», nombre a partir del cual habría sido formado el
primero, por una ligera modificación [EN II 1103 a 1117].

1
Cfr. Aranguren, José Luis. «Ética». Biblioteca Nueva. Madrid. 1997. Págs. 19 a 29.
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Ahora, la vinculación lingüística entre los conceptos de carácter y costumbre es signo


de una vinculación real; en particular, de una relación de causalidad, pues el carácter
se forma a partir de la costumbre, de modo que es ésta (y no el azar ni la naturaleza) el
principio del cual procede aquél.

En consecuencia, ambos sentidos son complementarios en relación con la


comprensión del hecho ético.

Cuando los latinos se ven forzados a traducir esa palabra a su lenguaje propio utilizan
el vocablo moralitas, que a su vez se origina de la raíz mos, o mores que significaba
simultáneamente: costumbres y maneras permanentes de actuar o comportarse.

Al no disponer el latín de dos palabras para referirse a los dos conceptos que el griego
podía diferenciar, muy pronto "moralitas" sustituye a éthos y êthos, y por lo tanto, en
adelante una sola palabra va a significar tanto el modo de ser o la predisposición
propia de cada uno en lo que tiene que ver con lo bueno, como las conductas
acostumbradas o "de hecho".

En relación con este significado, por ejemplo, Kant escribió su Metafísica de las
costumbres, y asimismo, en el código legal se habla como una sola cosa de «la moral y
las buenas costumbres».

Ahora, si traducimos éthos por «costumbre» no estamos entendiendo simplemente una


rutina exterior y mecánica, como sería, por ejemplo, la de lavarse los dientes.

«Hábito» parece un mejor término para entender aquello que se tiene de un modo tan
radical que nos constituye en lo que somos, lo que se tiene de tal modo que se es
aquello; por ejemplo: tener el hábito de la veracidad es ser veraz, y el de la mentira es
ser mentiroso. El «hábito» es una disposición firme y estable [héxis] para comportarnos
de un determinado modo.

Destacar la conexión del carácter con el hábito (costumbre) permite descubrir lo que
está en los extremos de uno y otro término: la acción [praxis o enérgeia].

En efecto, la repetición de actos semejantes da lugar a los hábitos, de los cuales


procede la disposición del carácter, que, a su vez, es la fuente de los actos humanos,
que son semejantes en cuanto llevan impreso el sello de tal carácter.
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B. Acepciones terminológicas

Usualmente se entiende a la ética como la ciencia, o disciplina filosófica que desarrolla


el análisis del lenguaje moral y que ha elaborado diferentes teorías o maneras de
justificar las pretensiones de validez de las proposiciones morales.

Como parte de la filosofía, la ética es un tipo de saber que intenta construirse


racionalmente, utilizando para ello el rigor conceptual y los métodos de análisis y
explicación propios de la filosofía.

Como reflexión sobre las cuestiones morales, la ética pretende desplegar los conceptos
y argumentos que permitan comprender la dimensión moral de la persona humana
como tal dimensión moral; es decir, sin reducirla a sus componentes psicológicos,
sociológicos, económicos o de cualquier otro tipo (aunque, por cierto, sin olvidar que
tales factores condicionan el mundo moral).

Una vez desplegados los conceptos y argumentos pertinentes, se puede decir que la
ética, la filosofía moral, habrá conseguido dar razón del fenómeno moral, dar cuenta
racionalmente de la dimensión moral humana.

La moral, en cambio, pertenece al mundo de la vida (Lebenswelt); está compuesta de


valoraciones, actitudes y normas que orientan o regulan el obrar humano. Y de ella se
pueden dar varias acepciones o sentidos diversos, tales como los siguientes:

a. El término «moral» se usa a veces como sustantivo («la moral», con minúscula y
artículo determinado), para referirse a un conjunto de principios, preceptos, mandatos,
prohibiciones, permisos, patrones de conducta, valores e ideales de vida buena que,
en su conjunto, conforman un sistema, más o menos coherente, propio de un colectivo
humano concreto en una determinada época histórica.

En este uso del término, la moral es un sistema de contenidos que refleja una
determinada forma de vida, aunque tal modo de vida puede no coincidir totalmente (y
ello suele ocurrir) con las convicciones y hábitos de todos y cada uno de los miembros
de la sociedad tomados aisladamente. La moral es, pues, en esta acepción del término,
un determinado modelo ideal de buena conducta socialmente establecido.

b. El término «moral» también puede ser usado como sustantivo, para hacer referencia
al código de conducta personal de alguien; como cuando decimos, por ejemplo, que
una persona posee una moral muy estricta, o que carece de moral, y estamos
queriendo referirnos con ello al código moral que guía sus actos a los largo de su vida.
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En este sentido, se trata del conjunto de convicciones y pautas de conducta que suelen
conformar un sistema más o menos coherente y sirve de base para los juicios morales
que cada cual hace sobre los demás y sobre sí mismo.

Ahora bien, aunque la mayor parte de los contenidos morales del código moral
personal coincide con los del código moral social, no es forzoso que así ocurra. De
hecho, los grandes reformadores morales de la humanidad, como Buda, Confucio,
Jesucristo o Sócrates, fueron, en cierta medida, rebeldes al código moral vigente en su
mundo social.

Tanto la moral socialmente establecida como la moral personal son realidades que
corresponden a lo que Aranguren llamó «moral vivida», para contraponerla a la «moral
pensada».

c. Por otra parte, también se usa el término «Moral» (con mayúscula), empleado como
sustantivo, para referirse a una ciencia que trata del bien en general, y de las acciones
humanas en orden a su bondad o malicia, según como lo define el diccionario de la
lengua española.

No obstante, esta supuesta «ciencia del bien», en realidad, no existe. Lo que sí existe
es una variedad de doctrinas morales («moral católica», «moral protestante», «moral
comunista», «moral anarquista», etc.) y una disciplina filosófica, la Filosofía moral o
Ética, que, a su vez, contiene una variedad de teorías éticas diferentes e incluso
contrapuestas entre sí («ética socrática», «ética aristotélica», «ética kantiana», «ética
utilitarista», etc.)

En todo caso, tanto las doctrinas morales como las teorías éticas serían modos de
expresar lo que Aranguren llama «moral pensada», frente a los códigos morales
personales y sociales realmente asumidos por las personas, que constituirían la «moral
vivida».

d. Existe otro uso de la palabra «moral» que es aquél que se emplea, por ejemplo,
cuando se habla de estar con la moral en alto, o de estar desmoralizado. Aquí «moral»
es sinónimo de «buena o mala disposición de ánimo», «fuerza, coraje, o debilidad,
para enfrentar los retos que plantea la vida».

Así como lo ha planteado Ortega, aquí la moral no es un simple saber, o un puro deber,
sino una actitud y un carácter, una disposición de la persona entera, que abarca lo
cognitivo y lo emotivo, las creencias y los sentimientos, la razón y la pasión; en
definitiva, una disposición de ánimo (individual o comunitaria) que surge del carácter
que se haya forjado previamente.

En alguna medida, al menos, este uso del término sería el que está implicado en la
descripción que elabora Nietzsche en algunas de sus obras (Genealogía de la moral,
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Más allá del bien y del mal) para distinguir las características constitutivas, y
contrapuestas entre sí, de la moral noble (activa y rozagante de vida) y de la moral
esclava (decadente y enfermiza).

Cabe la posibilidad, por último, de que utilicemos el término «moral» como sustantivo
en género neutro: «lo moral».

De esta manera nos estamos refiriendo a una dimensión de la vida humana: la


dimensión moral; es decir, esa faceta compartida por todos, que consiste en la
necesidad inevitable de tomar decisiones y llevar a cabo acciones de las que tenemos
que responder ante nosotros mismos y ante los demás, necesidad que nos impulsa a
buscar orientaciones en los valores, principios y preceptos que constituyen la moral en
el sentido expuesto con anterioridad.

CUADRO RESUMEN

a) Modelo de conducta
socialmente establecido en
una sociedad concreta («la
moral vigente»)

b) Conjunto de convicciones
morales personales («tal
persona posee una moral
muy rígida»)
c.1) Doctrinas morales
concretas («Moral católica»,
USOS DEL TÉRMINO c) Tratados sistemáticos etc.)
«MORAL» COMO acerca de las cuestiones
SUSTANTIVO morales («Moral») c.2) Teorías éticas («Moral
(ética) aristotélica». etc.,
d) Disposición de ánimo
producida por el carácter y
actitudes adquiridos por una
persona o grupo («estar alto
de moral», etc.)

e) Dimensión de la vida
humana por la cual nos
vemos obligados a tomar
decisiones y a dar razón de
ellas («lo moral»)
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Ahora bien, también el término «moral» se emplea como adjetivo; como, por ejemplo,
cuando se habla de «Filosofía moral», o «código moral», o «doctrinas morales», o
«comportamiento moral». En principio, el adjetivo «moral» tiene sentidos distintos.

a. «Moral» como opuesto a «inmoral». Por ejemplo, se dice que tal o cual
comportamiento ha sido inmoral, mientras que otro ha sido realmente moral. En este
sentido es usado como término valorativo, y significa que tal conducta es aprobada o
reprobada.

Aquí se está usando «moral» e «inmoral» como sinónimo de «moralmente correcto» y


«moralmente incorrecto». Esto presupone la existencia de algún código moral que sirve
de referencia para emitir el correspondiente juicio moral.

Así, por ejemplo, se puede emitir el juicio «la venganza es una acto inmoral» y
comprender que semejante juicio presupone la adopción de un código moral concreto
para el que esta afirmación resulta válida, como sería, por ejemplo, el del cristianismo
(«poner la otra mejilla»). No obstante, otros códigos morales ─los que, por ejemplo,
aceptan la Ley del Talión─ no la considerarían válida.

b. «Moral» como opuesto a «amoral». Por ejemplo, la conducta de los animales es


amoral; esto es, no tiene relación alguna con la moralidad, puesto que se supone que
los animales no son responsables de sus actos. Menos aún los vegetales, los
minerales o los astros del firmamento.

Los términos «moral» y «amoral», así entendidos, no evalúan, sino que describen una
situación: expresan que una conducta es, o no es, susceptible de calificación moral
porque reúne, o no reúne, los requisitos indispensables para ser puesta en relación
con las orientaciones morales (normas, valores, consejos, etc.)
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B. Dimensión crítica

Pero, hay otra manera distinta de diferenciar y definir los términos «ética» y «moral», y
que tiene su origen en la crítica de Hegel a la ética de Kant.

Para poder considerar esta crítica de Hegel a Kant debemos remitirnos,


necesariamente, a la reivindicación que el propio Hegel hace de la filosofía política de
Aristóteles, como asidero para estructurar la argumentación que esgrime frente a Kant.

Ciertamente, Hegel había encontrado que la filosofía práctica aristotélica era a la vez
ética y política, y únicamente en cuanto tal unidad era también la filosofía que se
ocupaba de todo lo que atañe al hombre.

Si para Aristóteles el hombre sólo puede realizarse a sí mismo en cuanto ser ético, esa
realización era para él impensable fuera de la atmósfera sustancial de la polis con sus
instituciones sociales objetivas, con sus costumbres y con sus tradiciones.

El estagirita concebía a la ley como algo muy distinto a un puro principio jurídico
abstracto, válido por sí mismo, que tiene a la polis con sus instituciones sólo como un
objeto a regular. En otras palabras, la polis, en tanto comunidad social, es el
presupuesto y el fundamento de las leyes.

Sólo bajo este esquema, diría Aristóteles, puede el ciudadano reencontrarse a sí mismo
en su vida política y ser capaz de realizar su naturaleza ética en ella.

De ello se desprende, según Hegel, que para esta concepción, el individuo particular
sólo se sabe y se realiza a sí mismo como individuo en cuanto miembro identificado
con el espíritu sustancial de su pueblo, espíritu que se manifiesta y vive objetivamente
en las instituciones sociales, en las costumbres y tradiciones populares.

Esta unidad de ética y política, típica de la filosofía práctica aristotélica, aparece


nítidamente expresada en aquel texto verdaderamente lúcido de la Filosofía del
Derecho de Hegel:

"Lo que el hombre tiene que hacer, cuáles son las obligaciones con las que tiene
que cumplir para ser virtuoso, es fácil de decir en una comunidad social ética (in
einem sittlichen Gemeinwesen): no tiene nada más que hacer que lo que le es
conocido, expresado y señalado en las relaciones reales de esa comunidad".
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La misma idea aparece plásticamente expresada en este otro texto:

"Un pitagórico dio la siguiente respuesta a un padre que le preguntaba acerca de


la mejor manera de educar éticamente (sittlich) a su hijo: hazle ciudadano de un
Estado de leyes buenas".

El espíritu sustancial de la polis griega era sin embargo un espíritu particular,


circunscrito a instituciones sociales, costumbres y tradiciones determinadas: a las
instituciones, costumbres y tradiciones griegas.

Los individuos (griegos) sólo se sentían realizados en su esencia humana y en su


libertad en cuanto miembros de esa determinada comunidad social que era la polis
griega.

Por eso para ellos sólo los ciudadanos eran libres o, dicho con palabras de Hegel "los
griegos, igual que los romanos, sólo sabían que algunos son libres, no que lo es el
hombre en cuanto tal. Esto no lo supieron ni Platón ni Aristóteles".

Por eso, en esa forma de vida, los griegos no habían alcanzado todavía el grado más
avanzado de reflexión sobre una libertad basada en la subjetividad del individuo en
cuanto tal, independientemente de todo condicionamiento natural de nacimiento, raza,
religión o educación.

Este último grado de reflexión comienza históricamente para Hegel con el Cristianismo,
y llega a hacerse realidad en los tiempos modernos: con el nacimiento de la sociedad
industrial y con la Revolución Francesa.

Y aquí es en donde Hegel otorga a la distinción kantiana entre legalidad y moralidad un


lugar privilegiado en la historia de la filosofía política.

Kant tuvo el gran mérito, según Hegel, de haber proclamado irrevocablemente esa
subjetividad del individuo en cuanto tal, su autonomía moral interna como el
fundamento último de su libertad.

La dicotomía legalidad/moralidad viene precisamente a distinguir las actuaciones


externas de los hombres de la intención íntima, del motivo subjetivo, de la conciencia
moral, de toda esa interioridad que no puede aprehenderse en categorías sociales ni
jurídicas y en la que se asienta en definitiva el fundamento último de la libertad: el
hombre sólo es verdaderamente libre cuando puede querer "que él mismo esté en todo
lo que hace".

Ésta es para Hegel la gran idea que la filosofía de Kant ha traído a luz, con el punto de
vista de la moralidad, y lo que constituye "el lado grandioso y sublime" de esa filosofía,
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lo que ha hecho de ella "el fundamento y el punto de partida de la nueva Filosofía


alemana".

Con el punto de vista kantiano de la moralidad llegó a proclamarse como principio


universal que la libertad del individuo en cuanto tal, en su más íntima subjetividad, "es
el gozne básico sobre el que se mueve el hombre, lo más excelso, que no puede
doblegarse ante nada, y que por lo tanto el hombre no puede ya reconocer ninguna
autoridad que atente contra esa libertad".

Lo que en Grecia fue sólo un comienzo llega aquí a encontrar su verdadera plenitud: el
reconocimiento del principio universal "de la libertad subjetiva [que] constituye el punto
medio y de flexión en la diferencia entre la Antigüedad y la Modernidad".

Los hombres de la Edad Moderna saben ya que todos los hombres son libres y, desde
entonces, esa conciencia ha de subyacer necesariamente, como su substancia, a todas
las instituciones y a todas las leyes, en una palabra, al mismo Estado moderno.

Pero si Hegel, por un lado, reconoce así a Kant como el filósofo paladín de la
Modernidad, por otro lado le critica haber separado en una forma radical y absoluta la
moralidad de la legalidad, la ética del derecho, la intención moral (incomprensible por
ninguna actuación externa) de la realidad de las acciones humanas, rompiendo así la
unidad esencial que liga la interioridad subjetiva moral con la realidad externa social y
política.

Kant, en medio de su genialidad, disuelve así para Hegel, el punto de vista de la


Sittlichkeit (ética) griega, para la cual la ética y la política formaban una unidad
sustancial y en la que el deber moral era inseparable de la realidad histórica y social.

Si los griegos fueron para Hegel hombres éticos (sittliche Menschen) pero no morales
(moralische Menschen), el hombre moderno de Kant es un hombre moral pero no ético.

Hegel intentará entonces recuperar aquella unidad de ética y política típica de la


eticidad griega, pero bajo las condiciones de la Modernidad, bajo las condiciones de un
concepto de libertad públicamente concientizado según el cual todos los hombres sólo
en cuanto tales (y no en cuanto incardinados éticamente en las instituciones de la
comunidad política) son libres, es decir, bajo el concepto de libertad expresado
filosóficamente por Kant.

Hegel busca un hombre moderno que sea a la vez un hombre moral y ético porque la
separación radical y absoluta entre moralidad y legalidad recluye la actividad moral del
individuo a su pura interioridad, a ese santuario inalcanzable por ninguna realidad
externa.
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Dicha escisión desplaza, además, la realización de la moralidad a un mundo ideal,


irrealizable social y políticamente en la historia, y pone la universalidad que empapa a
los individuos particulares exclusivamente en el deber moral que se impone de manera
imperativa a sus voluntades como motivo de actuación.

Frente a ello, Hegel intentó recuperar la dimensión de la Sittlichkeit (eticidad) griega


bajo las condiciones de la moralidad moderna kantiana.

Hegel insistirá en que la libertad subjetiva del individuo y su moralidad sólo pueden
desarrollarse y realizarse dentro de un Estado formado por instituciones sociales y
políticas que correspondan a la naturaleza de ese individuo moral y libre.

Mientras que a su vez esas instituciones sociales y, políticas sólo pueden sostenerse
sobre el fundamento de unos individuos que están verdaderamente dispuestos a vivir
la moralidad.

Según Hegel, la moralidad que no puede realizarse objetivamente, adentrarse de forma


efectiva en la vida social y política, es como un soplo sin sustancia.

Las instituciones sociales y políticas que no tienen en definitiva su realidad en los


individuos, dispuestos a vivir su verdadera libertad, son como cáscaras vacías.

Es así como Hegel pretende eliminar la individualidad moral del hombre nouménico
kantiano, porque el individuo es libre y se realiza sólo en cuanto que participa en la
vida del Geist.

En resumen, se ve, entonces, que Hegel caracterizaba a la «moralidad» (Moralität)


─por contraposición a la «eticidad» (Sittlichkeit)─ como la reflexión de la conciencia
sobre la ley moral y el deber, al modo de una exigencia ideal, contrapuesta a lo real.

Éste es el punto de vista de la ética kantiana, que, para alcanzar la pureza de la buena
voluntad y la universalidad de la ley moral cree necesario abstraerse de todos los fines,
intereses, sentimientos del individuo, así como de la diversidad de situaciones
particulares de la acción.

Con esto la moralidad queda vaciada de todo contenido y solamente puede formular un
principio meramente formal.

Las objeciones fundamentales de Hegel a la ética de Kant se resumen en lo siguiente:

a. excesivo formalismo, que priva a la moral de todo contenido.

b. universalismo abstracto, que no tiene en cuenta la naturaleza sensible del ser


humano.
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c. impotencia del puro deber, que es consecuencia del dualismo de lo interior y lo


exterior, de lo ideal y lo real, y de la abstracción de los fines y los móviles de la acción.

d. rigorismo de la pura convicción, que no tiene en cuenta las circunstancias y las


posibles consecuencias de una aplicación descontextualizada de los principios
morales.

A la moral así concebida, opone Hegel la «ética» o «eticidad», que es la que


corresponde a la orientación de la filosofía práctica clásica de los griegos y que ha
tenido su expresión paradigmática en Aristóteles.

Aquí ya no se concibe a la razón pura como la fuente de los principios morales, sino
que se busca el sentido moral de la vida buena a partir de los ejemplos y de las
virtudes, valores y actitudes encarnados en la forma de vida que consideramos más
valiosa y en el éthos de la comunidad.
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C. Clasificación de teorías

Teniendo en cuenta lo anterior se podrían apuntar ahora a la descripción de algunas


importantes distinciones clasificatorias, establecidas por el análisis filosófico, para la
configuración del ámbito de la ética. Una posibilidad es la siguiente:

1. Éticas materiales y éticas formales

La distinción entre éticas materiales y éticas formales, se refiere al hecho de que, las
primeras, afirman que el criterio de moralidad para enjuiciar cuando nos hallamos ante
acciones o normas morales, puede explicitarse mediante enunciados con contenido, ya
que estas éticas suponen que hay un bien, un fin o un valor determinado a la base de
la moral.

Ya sea que se trate de un bien ontológico, teológico, psicológico o sociológico, lo


primero que una ética de este tipo debe emprender es la tarea de descubrir el bien, fin
o valor supremo, definiéndolos en su contenido. A partir de ello es posible extraer
criterios de moralidad con contenido.

Las éticas formales, en cambio, no hacen depender el bien moral de un contenido, sino
de la forma de unos mandatos. Aquellas normas que revistan una determinada forma
son las que deben ser realizadas, porque tienen la forma de la razón.

En el caso de Kant, la forma racional de las normas se descubre cuando adoptamos la


perspectiva de la igualdad (en un mundo de personas empíricamente desiguales) y de
la universalidad (en un mundo de individuos dotados de preferencias subjetivas).

2. Éticas procedimentales y éticas sustancialistas

Las éticas procedimentales se consideran, en general, como herederas del formalismo


kantiano, aunque sustituyen algunas de sus ideas más vulnerables ─como, por
ejemplo, la insistencia en que la conciencia individual es el lugar privilegiado de la
experiencia moral─ por nuevos elementos teóricos que pudieran salvar las dificultades
a que debió enfrentarse la ética de Kant.

El procedimiento buscado ha de expresar la racionalidad práctica en el sentido


kantiano, es decir, el punto de vista de una voluntad racional entendida como lo que
todos podrían querer.

Esto significa que aquello que la razón proponga como moralmente obligatorio no
puede identificarse sólo con lo que de hecho deseamos o con lo que subjetivamente
nos conviene, sino más bien con lo que cualquier persona desearía si adoptase la
perspectiva de igualdad y universalidad aludida anteriormente.
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Las éticas sustancialistas, por su parte, afirman que es imposible hablar acerca de la
corrección de las normas si no es sobre el trasfondo de alguna concepción compartida
de la vida buena.

Frente a los procedimentalistas, quienes defienden las posiciones sustancialistas


─tanto aristotélicos como neohegelianos─ coinciden en concebir lo moral como un
ámbito en el que lo principal no es el discurso sobre las normas justas, sino el de los
fines, los bienes y las virtudes comunitariamente vividos en un contexto vital concreto.

3. Éticas teleológicas y éticas deontológicas

La distinción entre éticas teleológicas y deontológicas no es unívoca. En principio, se


entendería por teoría teleológica aquella para la que la corrección o incorrección de las
acciones está siempre determinada por su tendencia a producir ciertas consecuencias
que son intrínsecamente buenas o malas, mientras que la teoría deontológica
consideraría que una acción sería siempre correcta o incorrecta en tales
circunstancias, fueran cuales fueran las consecuencias.

El fundamento de la distinción estaría dado, pues, por la atención a las consecuencias.

Serían éticas teleológicas aquellas que se ocupan en discernir qué es el bien no moral
antes de determinar el deber, y consideran como moralmente buena la maximización
del bien no moral.

Serían éticas deontológicas las que marcan el ámbito del deber antes de ocuparse del
bien y sólo consideran bueno (o correcto) lo adecuado al deber.