Título: No panikeen Los mediana edad, que no son los mediana edad biológica, dicen y repiten con asombro

y para remarcar su talento ante los ex Almendra o ex cualquier de sus bandas, u opinando en los programas o periódicos y revistas que les toca opinar y escribir, que a los 16 años compuso genialidades como Muchacha ojos de papel o Barro tal vez. Hay que hablar y escribir porque calma la angustia. Porque la pérdida se demostró enorme, mucho más que lo que las imaginaciones individuales y colectivas estuvieron en condiciones de imaginar, porque no hay ninguna capaz de sortear los propios límites de su tiempo, tanto el individual como el colectivo. Es eso que se conoce como época, coyuntura, estado social, momento histórico (propio y/o del despejo conjunto) lo que impone la manera de pensar y sentir. Incluso cuando existe un sobresaliente como El Flaco hay un grupo, un humor, un algo que lo hace emerger, lo pone ahí para ser la voz, la vanguardia, el pájaro que vuele por ellos. Para ponerlo blanco sobre negro: a Arquímedes jamás se le podría haber ocurrido la teoría de la relatividad. El conocimiento siempre es social y acumulado. Los talentos también. De ahí, en parte, la desazón estrepitosa. Profundamente estrepitosa. Sin el Flaco, somos menos talentosos. Menos lo que soñamos ser. ¡Ay cómo estar listos para ese mañana que en él dijimos que siempre es mejor! Sin él estamos menos certeros. Y si bien eso está muy mal, resulta más correcto ante los inciertos tiempos que se viven y avecinan. Menos poético (con las excusas que amerita la prosa, desde luego): ya no hacen falta tantos Flacos Spinettas, o más Flaco Spinetta deberíamos ser unos cuantos. No ves que ya no somos chiquitos, podría haberme respondido con esa sonrisa que parecía hacerlo eterno, como Gardel. Por eso, por ser menos chiquito, entender que su parecido con Gardel reside en la sospecha de que cada día tocará mejor, será mejor compositor y definitivamente el excelso músico que fue, decir que, también como Gardel, fue un sabiduría más bien local de Buenos Aires (o de concentraciones urbanas) que del país. Como Gardel, entonces, dice de los porteños y del resto de los connacionales. Y como Gardel, también, no desmerece ni ensalsa a ninguna de las partes. Como toda muerte convoca introspecciones que permiten las hipótesis más descabelladas, y por eso las más plauisibles de ser reales (el cotidiano necesita un orden, y el orden siempre es una convención), entonces a decir que su paridad con Charly García se rompió en el inicio de la democracia. Privé, su disco casi bailable, no alcanzó para acortar la ventaja en la preferencia popular que le había sacado García. Como el mismo Flaco dijo años después: García tomaba las palabras de la gente y las hacía canción (Para quién canto yo entonces, ¿no?), él más bien le ofrecía palabras a la gente. Y en esa década donde definitivamente quedó relegado, a pedido de un hincha pergeñó esa maravilla llamada La bengala perdida: el mundo entero entendió la lógica sinrazón de un barra brava, la violencia imparable que desencadena.

Esa genialidad que él hacía carne era a su vez sinónimo de una impotencia que crecía soterrada: cómo ser tan inteligentes y sólo poder describir el descalabro, no poder frenarlo, no ser eficaces en facilitar su fin. Ambos héroes se embarcaron en la cruzada antiperonista (a esa altura Menem era más simiesco que menemista, y eso, su idea de un mono con navaja, los espantaba). Pero cuando Menem se hizo menemista los héroes volvieron a bifurcar sus caminos. Spinetta tomó el de los que pensaron que con ser nuevamente dulces pero esta vez sin meterse en política se podía vivir igual, ¿se podía vivir sin tu amor? El otro héroe se metió mal, pero se metió. El aguante lo aguantaba más y mejor a Charly que a Spinetta. Y el Flaco hizo lo que nunca. Lo que el aguante íntimamente celebró, ya que no lo hacìa distinto (al menos no tan) y los propios justificaron poniéndolo en justiciero. Fue un shock verlo en la tapa de Gente con esa remera que tenía una foto de él y Peleritti con la leyenda: no lean esto, lean libros; aquella impotencia que crecía soterrada se descubría como que no éramos lo inteligente que creíamos que éramos, lo sagaces que suponíamos ser, lo talentosos, de talento superior, que nos sentíamos. El Flaco, en cuerpo y alma, decía que éramos parte de la fiesta, y que había que seguir negándolo. ¡Qué lejos habíamos quedado de ser el sol, y que despacio, también, podíamos ser la luna! Encima desconocerlo. El Flaco pagó muy caro esos años. Pero recompuso rápido. Mucho más de lo por todos esperados, como el mismísimo país: librado a su suerte, no le quedó más que hacerse cargo y creer en eso que había, y con eso hacer. Para los árboles, Pan y Un mañana, sobre todo Un mañana, lo ponían en lo más alto de nuevo. Extraño, porque en el mundo hubo casos similares. Bah, dos que la memoria evoca: Bob Dylan y Tom Waits: una primera década de siglo espectacular, digna de lo mejor hecho. En los tres casos. Y hoy, con su muerte, nadie sabe bien en dónde estuvimos en esos años, cómo pese al decir y al decir que se hacía, nos fue ganando eso que no habíamos querido nunca ser, perder de vista sin la mínima noción de que la perdíamos de aquella Canción para Pototo, del Despiértate nena, del Post-Crucificción; ¡qué dulces llegamos a ser con Todas las hojas son del viento! Sí, Muchacha ojos de papel y Barro tal vez podrían haber sido escritas a los 16. A los 32, 40, 25, daba lo mismo: creían, los que creían en esa época, que la edad no lograba talento, ni lo impedía. La edad fue un problema posterior. De qué otra manera es posible decir que mañana siempre es mejor. Entre las desconocidas o poco mencionadas ilusiones de aquellos tiempos que dieron vida a Spinetta, figuran acaso sus logros más encomiables: sus hijos. Con quienes, si la memoria no falla, en todos los casos compartió escenario. Cuántos padres darían lo que no tienen por poder compartir de esa manera con quienes criaron y sintieron, al tenerlos en brazos, que su amor los mantendría juntos por siempre. ¡Qué grande habrá sido para que lo acompañaran en sus épocas de gloria! (en las malas acompaña cualquiera, pocos se bancan el éxito

ajeno). Ése, el de la familia, era otro sueño de su tiempo (más allá de su forma, la familia era una de las más grandes ilusiones). Demostrar que era posible criar seres en y para el amor. La familia era una de las corroboraciones más fehaciente de que el amor triunfaba. (Lennon daría fe). Y de que el amor era la gran cura contra todos los males de este mundo. Por eso es como dar amor; que como mal se cree es lo mismo que recibirlo: el dejarse amar (dejarse es no indicar cómo) es parte del dar amor. Ya en este siglo El Flaco entendió bien que la vida es más genia y más artística que cualquier arte, y luchó para que no se fuera sin más. Pese a que ya no esté porque los artistas que se van antes de lo que el tiempo biológico potencialmente permite es porque ya no son imprescindibles, parece que mañana será más parecido a él que como suponemos. No se lo podremos mostrar, pero si todo resulta según los ilusiones que aprendimos a soñar juntos porque él nos contó un poco de qué se trataban y entonces ese mañana es mejor incluso sin su compañía física, entonces probablemente se entere y diga qué bueno que no panikearon. Que nos hicimos cargo de Spinetta, porque él fue porque nosotros lo llevamos dentro.

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