La paz y el honor

Por Miguel Domingo Aragón (*)

Ora pro pace, sed para bellum "No he venido a traer la paz sino la espada". El que dijo estas palabras no era un hombre violento, era manso y humilde de corazón y él mismo se ponía como ejemplo de mansedumbre y humildad; pero descartaba una paz que fuese mera quietud o complacencia con lo malo o tolerancia del error. La paz verdadera es algo que hay que ganar y se logra recién cuando se ha establecido la justicia, vale decir, cuando se puede gozar de ella con honor. El avaro no tiene paz, el envidioso tampoco, tampoco el ladrón, aunque no sean violentos. Y la paz que tienen o buscan exteriormente es un estado que no merece elogio sino vituperio. La única paz loable es la paz con honor. Por eso, al mismo autor de aquellas palabras desafiantes dijo estas otras: la paz os dejo, mi paz os doy, que no es la que da el mundo. El mundo da una paz engañosa, producto de la coacción, el miedo, la indiferencia. La paz verdadera supone la concordia. Si se deja de lado la concordia, la paz que se pide es la que da el mundo. Y se la pide como si fuera la otra.

Lealtad al honor

La guerra, en sí misma, no es una cosa linda ni deseable. A nadie le puede gustar que la gente se mate, se mutile, que se arrasen los campos, que cunda el incendio, que se destruyan las casas. Pero, con relación a un fin superior, estas cosas se justifican y hasta adquieren una belleza particular, la belleza del propio sacrificio llevado al grado máximo, el de ofrecer la vida: la superación espiritual de los instintos que nos empujan a huir, a escondernos, a entregarnos. Para esto también debe estar el honor como prenda que se disputa. Sin honor, la guerra es criminal, la paz es abyecta. Para hacer la guerra no es necesario odiar. Odiar es como drogarse. Basta la lealtad al propio honor. Todas las guerras argentinas se han librado por honor, menos la que le declaró Perón, por truhanería, a Alemania vencida. Gracias a Dios, quedó en los papeles.

Conciliación

En el duro enfrentamiento que tuvimos con Francia e Inglaterra coaligadas, el dictador Rosas mantuvo una tenacidad que colmaba de entusiasmo al general San Martín, quien vivía pendiente de la admirable resistencia de sus compatriotas. Y no se hallaba lejos de los acontecimientos, como dicen los difamadores de la grandeza. Residía en uno de los
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países beligerantes, precisamente, y recibía amplia información de aquí. Temía que Rosas comprometiese el éxito por exigir demasiado, no podía creer que venciésemos en una forma tan absoluta. Con respecto a uno de esos paquetes de noticias, le escribía a su gran amigo D. Tomas Guido felicitándolo por los esfuerzos realizados para evitar que el Brasil se sumase a los agresores. La carta es del 27 de octubre de 1847. Termina con estas palabras: De todos modos, yo estoy tranquilo en cuanto a las exigencias injustas que pueden tener estos dos Gabinetes, porque todas ellas se estrellarán contra la firmeza de nuestro Don Juan Manuel: por el contrario, mis temores en el día son el que esta firmeza se lleve más allá de lo razonable... En fin, Dios dé al general Rosas el acierto de conciliar la paz y al mismo tiempo el honor de nuestra tierra. Cuidemos, pues, la paz mientras sea honrosa. Roguemos también a Dios para que en el momento en que todos nuestros arbitrios se hubieren agotado para mantenerla así, Él, que es Todopoderoso y bueno, invente alguno que a nosotros no se nos hubiese ocurrido. Mientras tanto, tengamos presente el pasado glorioso, que nos muestra al Restaurador y al Libertador unidos por la espléndida victoria de las armas argentinas.

(*) Pseudónimo de Roque Raúl Aragón. (Publicado en La Nueva Provincia, de Bahía Blanca, el 24 de octubre de 1978)

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