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Jóvenes y Política: la reinvención de la utopía

Jóvenes y Política: la reinvención de la utopía

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Ensayo publicado en coautoría con Elohim Monard en: Bedoya, Susana y Ana María Ramírez (eds.) ¿Para qué sirve el poder? Vida política y ética a los 70 años de Alfredo Filomeno. Lima: Termil Editores, 2012.
Ensayo publicado en coautoría con Elohim Monard en: Bedoya, Susana y Ana María Ramírez (eds.) ¿Para qué sirve el poder? Vida política y ética a los 70 años de Alfredo Filomeno. Lima: Termil Editores, 2012.

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Jóvenes y Política: la reinvención de la utopía1

Julio César Mateus Borea y Elohim Monard Rivas

“Tal vez algún día dejen a los jóvenes inventar su propia juventud”. Quino.

Una relación difícil Las generaciones precedentes denuncian la apatía de las nuevas, mientras cada vez más voces de la sociedad reclaman un cambio generacional para oxigenar la política. Si bien es un reclamo legítimo, el descrédito de los partidos y la reiterada corrupción del poder, junto con una muy débil educación ciudadana y un imaginario que privilegia el éxito personal antes que el colectivo, hacen de esta una ilusión cada vez más lejana. Tampoco es trágico. Aparentemente, las formas tradicionales de “hacer política” –como la militancia partidaria- se esté reinventando en otros términos dando lugar a otras maneras, distintas y distantes, que sin embargo también deben ser entendidas como formas legítimas de participación. Aunque no aparente ser una mayoría, existe una multitud de jóvenes que activan su ciudadanía por medio de organizaciones y redes, a través de información, opinión y adhesión a campañas sociales. Sin embargo, existe aún el desafío de promover y facilitar una participación orgánica e institucionalizada que renueve el ejercicio del poder político, sobre todo desde el interior del Estado y más allá de periodos electorales. Estos matices, que son los que darían cuenta de la participación política juvenil, están lejos del maniqueísmo generalizado que péndula entre el interés o la displicencia. Días antes del golpe de Estado dado por Fujimori en abril de 1992, una revista académica publicó una carta que la socióloga Nena Delpino escribió a su hija Úrsula a propósito de la participación política de los jóvenes. El formato epistolar del texto permitió a la autora una intensa reflexión sobre las diferencias entre las generaciones del ’70, representada por ella, y del ’90, por Úrsula. Veinte años después, los cuestionamientos, que se sintetizan en esas líneas, siguen vigentes: “En este paisaje de la crisis profunda que vive el país, resultan limitados los espacios para que esta juventud desarrolle. Como consecuencia, muchos jóvenes de hoy parecían dejarse llevar por formas diversas de anomia social. Varios indicadores revelan que la problemática juvenil en el Perú de hoy gira en torno a drogadicción, delincuencia y subversión. Mientras algunos pocos realizan una suerte de carrera contra el reloj, desde la preocupación individual de garantizar su bienestar material, otros desarrollan intereses parciales, aislados y, rara vez, en torno a objetivos grupales.” (Delpino, 1992)

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Ensayo publicado en Bedoya, Susana y Ana María Ramírez (eds.) ¿Para qué sirve el poder? Vida política y ética a los 70 años de Alfredo Filomeno. Lima: Termil Editories, 2012.

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La iconografía de la historia política se encargó de construir un estereotipo del joven permanentemente interesado en la cosa pública, pese a la poca información sobre la proporción real de jóvenes involucrados en partidos políticos o movimientos sociales en el pasado. Esta idea ubica al “nuevo joven”, nacido en la década de los 80 y 90, en las antípodas. Un documento de Agenda Perú de 1999 advertía que “el desencanto y la confusión de la actual generación respecto de la política y su participación en ella ha dado lugar a la conformación de una imagen social de los jóvenes que no necesariamente corresponde con sus inquietudes y necesidades de participación” (Chávez 1999: 139). Existen, sin embargo, claras reminiscencias del compromiso político bajo el antiguo formato. Imágenes actuales de estudiantes en Chile y de jóvenes indignados en España, son casos contemporáneos de activa participación juvenil. Pero más allá de la dudosa premisa de la activa y constante participación de todos los jóvenes de antaño, es innegable que la política no es vista ya como el único ni el mejor camino útil para lograr cambios. Como señala Florencia Santouit en una investigación que explora el imaginario juvenil contemporáneo, “no podemos decir que a los jóvenes no les interese la política, sino que incluso su negación es un gesto profundamente político. […] Hay en los jóvenes compromisos distintos a los que tuvieron las generaciones que los preceden, más atentos a causas y nombres propios que a instituciones u organizaciones. Su visión de lo político está definido no desde una dimensión moral, con contundentes modos del deber ser y de lo prohibido, sino más bien desde una mirada ética y estética que promueve la experiencia antes que ningún otra cosa.” (Saintout, 2007: 142-143) No es, entonces, que la conformidad se haya entronado en el imaginario juvenil ni que ese deseo de cambio haya sido eclipsado: Los jóvenes, en distintos frentes, seguimos participando. Lo diferente son las formas, claramente incomprendidas o subestimadas. El presente ensayo no aspira a revisar científicamente el tema. Caracterizar a los jóvenes bajo un mismo paradigma es peligroso, pues se trata de una etapa transitoria e integrada por una población claramente heterogénea: urbana y rural, mestiza e indígena, adolescente y adulta (no debemos dejar de anotar que muchos jóvenes son también adultos), entre otras tantas disparidades. Mal haríamos, quienes suscribimos este texto, en irrogarnos la representación de “la juventud”. Los instrumentos clásicos de análisis social, al mismo tiempo, poco aportarían para comprender de forma exhaustiva la situación. Preferimos, entonces, partir de la mirada concreta de jóvenes que participamos de la vida política para pensar, en primera persona, cuál es el devenir de esta relación compleja. Crisis y desencanto Los jóvenes que bordeamos los 30 años, en el Perú, somos hijos de una sociedad violenta y con nefastos referentes políticos. La década de los 80 es sinónimo de insania terrorista, que según los cálculos de la Comisión de la Verdad y Reconciliación tomó la vida de más de 70 mil ciudadanos. Así también, la política ha sido sinónimo de oportunismo y deslegitimación social. Primero, por la innegable corrupción e ineficiencia del primer gobierno aprista (Alan García, a sus 35 años, gobernó el Perú desde 1985 a 1990 causando, entre otras crisis, la mayor hiperinflación de la historia del país). Segundo, por el discurso pragmático de Alberto Fujimori, quien dirigió un golpe de Estado so pretexto de que sus instituciones, como el Congreso, impedían la “modernización del país” y servían a intereses corruptos de algunos de los políticos que albergaban; aquí se inició lo que algunos autores han llamado “la década de la antipolítica” (Degregori, 2000), fundada en el discurso anti2

partidos que terminó por ensombrecer y debilitar el sistema político, cediéndole el paso de la conducción del país a los outsiders y a los tecnócratas Ambos contextos fueron el caldo de cultivo para la destrucción orgánica de los partidos políticos como espacios de vertebración, representación social y formación de ideas. Como concluye una investigación hecha a fines de los 90, donde la juventud tuvo un rol preponderante en la salida de Fujimori del poder, “el desprestigio de los discursos políticos, ideologías y aparatos partidarios ha ocasionado que, en la actualidad, aquellos sujetos con intereses por temas públicos no dispongan de la formación política y el desarrollo organizativo necesarios para desarrollar sus capacidades y objetivos individuales y colectivos” (Chávez, 1999: 148). Esto confirmaba el escenario desfavorable en que nos movíamos, inestable y poco seguro para la formación de cualquier asociación colectiva, menos aún, surgida de jóvenes. Pero esta situación no resulta novedosa si revisamos el escenario en que los peruanos accedemos a la “vida democrática”: En primer lugar, el sistema educativo nunca ha provisto al Estado peruano de ciudadanos2. Los procesos de reforma educativa, desde una mirada histórica, siempre sucedieron durante regímenes dictatoriales o autoritarios, de modo que la expectativa de una juventud compenetrada con valores democráticos resulta ilusa. Como bien señala el politólogo norteamericano Robert Dahl, “las perspectivas de una democracia estable en un país se ven potenciadas si sus ciudadanos y líderes defienden con fuerza las ideas, valores y prácticas democráticas. El apoyo más fiable se produce cuando estos valores y predisposiciones están arraigados en la cultura del país y se transmiten, en gran parte, de una generación a otra. En otras palabras, si el país posee una cultura democrática.”(Dahl, 1999: 178) La formación de los que somos jóvenes hoy, de los que fueron jóvenes ayer y –si la cosa sigue igual– de los que lo serán mañana, lejos de estar cimentada en un proyecto claro de ciudadanía, está superpuesta sobre un terreno estéril en términos de cultura política. En segundo lugar, ubicar a los jóvenes como protagonistas exclusivos del desencanto tampoco tiene sustento. La mala imagen de la política está profundamente enraizada en el imaginario nacional3. Como señala el Informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo – PNUD del año 2008 sobre el tema: “Es muy posible que los jóvenes peruanos de ahora hayan ido más allá que sus antepasados respecto al escepticismo sobre la sociedad y las instituciones nacionales. Que aumente su pragmatismo y que se refuercen las opciones individuales, puede parecer natural ante los débiles resultados visibles del proceso republicano y de la política más reciente. Pero esta percepción escéptica, tampoco es muy diferente a la posición adoptada por los adultos, en la medida que la decepción es general”. (PNUD, 2008: 127)

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Cfr. Arregui y Cueto (eds.), 1998. Al respecto, consultar el ensayo de Gonzalo Portocarrero ( 2005)

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En tercer lugar, la formación de cuadros políticos en el país no existe, ni de parte de los propios partidos políticos ni de las universidades que, cada vez con más frecuencia, se proponen como entes apolíticos, a pesar de muy aislada excepciones de grupos estudiantiles, sobre todo en universidades públicas de más tradición. Esto profundiza la tensión entre la oferta y la demanda ciudadana. Se exige mucho de la política, pero hay muy pocos pasos concretos para reformar un sistema desfasado y urdido de sospecha. El estatuto del joven política hoy4 La participación política de los jóvenes no sólo no brinda estatus, sino que provoca la incomprensión y, en el peor de los casos, la desconfianza por parte de muchos, entre ellos, la familia y los amigos. La política no es apreciada como rentable económicamente, sino sólo a través de los peores medios. En un mundo donde priman el individualismo, la acumulación y el consumo, además, los logros profesionales basados en el éxito financiero y empresarial, a veces son los únicos que se celebran. Si a ello sumamos un escenario político desprestigiado, un joven con ganas de asumir un papel político puede ser tildado de valiente, visto como un loco o, en el peor de los casos, acusado d perseguir un interés subalterno. Esta percepción se debe sobre todo a la imagen que se proyecta del político, con la complicidad de los medios de comunicación: “podemos identificar percepciones comunes entre la política peruana y el periodismo televisivo. Las más visibles son: su dañada credibilidad, su poder desaprovechado (…), sus pocas posibilidades de que cambien positivamente (…) y el poco fomento a la participación ciudadana que generan (…) las y los jóvenes piensan que todas las autoridades tienen sus propios intereses y en consecuencia, gobiernan mal; principalmente argumentan que son corruptas. Estar en política es ya de por sí una actitud sospechosa (…) según las y los jóvenes, son pocos los profesionales (políticos y periodistas) preparados que pretenden sacar adelante el país y en tanto pocos, insuficientes.” (Quezada 2005: 247 - 248) Conforme vamos madurando, a los jóvenes nos cuesta identificar nuestro rol en el orden político de la sociedad. Dejar las dinámicas propiamente juveniles es un punto de quiebre. Es una situación paradójica en la que se evidencia la verdadera escasez de espacios políticos. Muchos jóvenes estamos presentes en voluntariados (propios o reclutados por ONG, organizaciones universitarias o religiosas) o nos sumamos como activistas a causas que consideramos justas, ya sea en las calles o el Internet. Varios ya hemos interiorizado que estas son también formas efectivas de hacer política5. Cuando estos espacios típicamente juveniles resultan insuficientes, empieza la disyuntiva de cuándo y cómo acceder a otras zonas de juego político con mayor legitimidad y representatividad social. “son los partidos políticos la única vía legítimamente establecida para el ejercicio del poder. El rol que dichas estructuras cumplen, por más descrédito que puedan sufrir, no llega a ser cubierto por los movimientos sociales” (JuventudDes 2005: 2).
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Cfr. Mateus y Monard, 2010.

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Vale la pena anotar la diferencia que hace Sandro Venturo (2001) entre la participación juvenil en movimientos, caracterizados por un nivel mayor de institucionalidad; y en movidas, signadas por su informalidad y temporalidad efímera. Esta última es una característica inherente al reciente fenómeno de participación política a través de las redes sociales y demás espacios virtuales en boga.

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Muy a pesar de estas limitaciones, la historia viene demostrando que los jóvenes estamos volviendo un mito la idea de que no estemos presentes, con propuestas, en los espacios formales de participación que el entramado institucional local nos permite. A partir de nuestra experiencia podemos resaltar algunos espacios donde, en el marco de la institucionalidad más formal, los jóvenes estamos tratando de cambiar las cosas desde adentro, haciendo uso de las herramientas que el sistema democrático brinda para nuestra participación directa en el sistema gubernamental: 1. Incidencia pública, presupuestos participativos y regidores jóvenes. El éxito de algunas experiencias de acción política juvenil reside, precisamente, en la afortunada acción combinada entre los jóvenes organizados y sus representantes elegidos (los regidores jóvenes). Ambos se han dado cuenta de que pueden (y deben) acceder al presupuesto participativo, incidir en las políticas municipales a través de ordenanzas, vigilar la gestión correcta de sus municipalidades, así como exigir, proponer y negociar con sus autoridades. La elección de las autoridades jóvenes en la política se ha venido incrementando paulatinamente; así de 1,004 jóvenes elegidos en los comicios regionales y municipales en el 2002, la cifra aumentó a 1,643 en el año 2006 y para las elecciones del 2010 se eligieron 1,665 jóvenes autoridades (SENAJU, 2011: 9). Esto se debió, directamente, gracias a Ley 28869 llamada “del Concejal Joven”, promulgada en agosto de 2006 y con la posterior modificación del artículo 12 de la Ley de Elecciones Regionales, que establece la obligatoriedad de que las listas estén compuestas por no menos del 20% de jóvenes. Estas reformas generaron muchas dudas; algunos alegamos en un principio que con ella no se promovía ni aseguraba la debida formación, discusión y propuesta de soluciones por parte de quienes serían elegidos y, además, que el cambio debía partir de las estructuras de los partidos y el sistema en su conjunto, pues de lo contrario estos jóvenes podrían terminar siendo absorbidos por los vicios existentes en algunos políticos locales. Pasados más de cinco años, existen experiencias que, sin desmerecer la necesidad de reformas estructurales, contradicen algunas dudas. Varios de estos regidores fungen de verdaderos representantes de sus pares e inclusive han actuado como coordinadores frente a las organizaciones sociales juveniles de su localidad. En Cajamarca, Cusco y Ucayali, por citar solo tres ejemplos, varios presupuestos participativos han priorizado agendas juveniles o se han creado Consejos de Participación Juvenil vinculados orgánicamente a Municipalidades y Gobiernos Regionales. Estas han sido victorias de los propios jóvenes organizados desde la sociedad civil que han encontrado un socio entre los regidores o consejeros locales, usualmente entre sus pares jóvenes. Vale decir, sin embargo, que muchos de estos proyectos se ven frustrados a la hora de pasar a la ejecución de las acciones gubernamentales, cuando las presiones políticas y económicas subestiman el papel de la juventud. Esto sucede, en nuestra opinión, porque es todavía limitada presencia de actores jóvenes en la alta dirección de las gestiones públicas y, en segundo lugar, porque no se ha sensibilizado lo suficiente sobre la importancia de la participación de los jóvenes en beneficio de la competitividad, la seguridad y el bienestar de nuestras ciudades en el corto plazo. 5

2. Los nuevos funcionarios públicos. En Chile, durante el primer gobierno de la Concertación a inicios de los 90, los llamados intraemprendedores públicos, un grupo de funcionarios del Estado de rango medio y alto, impulsaron de forma coordinada, casi a hurtadillas y sin mayor apoyo del gobierno central, varios aspectos de la modernización del Estado como el Servicio de Impuestos Internos, el Instituto de Normalización Previsional, el Fondo Nacional de Salud, la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas, y el Registro Civil (Nuñez 2009). Es posible que desde ahora se esté gestando, también en el Perú, un recambio no sólo de las instituciones políticas sino de la administración del Estado. En el caso peruano, los jóvenes de hoy otorgamos un valor especial a la eduación especializada en temas gubrnamentales. La oferta de maestrías y especializaciones en Gestión Pública, Políticas Públicas y otras similares, ha aumentado en los últimos años en las universidades más prestigiosas de la capital y los cursos cortos sobre el tema, como inversión pública o presupuestos participativos, promovidos usualmente por organismos no gubernamentales, son frecuentes en nuestras provincias. Desde el año 2000, solo la beca Fullbright registra 23 peruanos que han estudiado o están estudiando administración pública en Estados Unidos, sin contar los economistas, abogados u otros interesados también en el sector. Muchos de ellos ya han vuelto al país, por las mismas condiciones de la beca. Por tanto, hay nueva ola de jóvenes dispuestos a trabajar en el Estado. A través del organismo SERVIR se está procurando que ingresen a las gerencias públicas postulantes más calificados, con remuneraciones competitivas; muchos son jóvenes bien preparados y rigurosamente seleccionados a través de una gestión más ejecutiva de los recursos humanos del Estado. De los 179 nuevos gerentes públicos seleccionados por esta institución para ubicarlos en el gobierno nacional y los gobiernos regionales, el 17% tiene menos de 35 años, es decir, alrededor de 26 jóvenes. Para los funcionarios de SERVIR con los que conversamos para este ensayo, esta presencia generacional es relevante porque permite ir observando “el nuevo escenario de la gestión pública en cuanto a sus directivos, además de poder evaluar nuevas dinámicas de gestión y, como tal, nuevas formas de enfrentar los problemas respecto del Estado”. Una tarea latente, consecuencia también de la ausencia de espacios partidarios, es la discusión y coordinación entre estos jóvenes con el objetivo de emprender reformas que sean atacadas desde frentes paralelos, diferentes sectores o niveles del sector público, y con el respaldo de otros grupos sociales. Asi no se autodenomine como política, la organización que asuma la responsabilidad de convocar a estos jóvenes y elabore una estrategia para que entre ellos acuerden batallas institucionales que se libren de forma coordinada y complementaria, estará un paso adelante en la visión de un aparato burocrático con perfil más político que solo tecnocrático, capaz de establecer agendas gubernamentales que negocien, inclusive, con las directrices de los poderes políticos vigentes. 3. Voluntariado juvenil: acción apolítica o política alternativa En la encuesta de opinión que IPSOS-APOYO realizó en el CADE Universitario 2011, el 67% de los casi 600 universitarios reunidos, provenientes de universidades públicas y privadas de todo el país, afirmaron tener “mucho interés” por “participar en la solución de problemas sociales y económicos 6

del país. Una de las acciones más destacadas de los jóvenes en la vida pública del país de los últimos años, en términos de extensión, impacto e innovación, es la participación en organizaciones juveniles y de voluntariado. (http://universitario.cade-ipae.pe/wp-content/uploads/2011/06/ElComercioencuestaapoyo.pdf) Existen muchas, de diferentes orígenes, enfoques y temáticas. Algunas se originan a partir de redes y ejemplos internacionales, como Un Techo para mi País, Enseña Perú o Crea+. La primera ha logrado movilizar alrededor de 10,000 voluntarios para la construcción de casas para familias vulnerables y ha dado acompañamiento técnico y motivacional a los trabajos comunales de los pobladores. Las otras dos han vinculado directamente a jóvenes universitarios con la realidad educativa: Crea+ llevando “voluntariado profesional” todos los fines de semana a colegios públicos de Lima y Enseña Perú ha seleccionado a casi 100 jóvenes profesionales para que enseñen durante dos años en colegios públicos de Arequipa, Cajamarca, Lima y Moquegua. Asimismo, la Red de Voluntariado Ambiental del Ministerio de Ambiente ha registrado más de 180 organizaciones juveniles dedicadas a este tema, destacando entre ellas la Red Universitaria . Más ejemplos podemos encontrar en organizaciones redes de organizaciones como Obra: Alianzas por la Juventud y Jóvenes por la Educación. Y debemos decir que la enumeración de estos ejemplos es totalmente limitada ante la ebullición de iniciativas locales. Puede que la mayor importancia de estas organizaciones suceda en varios niveles: Primero, como espacios de formación ciudadana, en donde los jóvenes aprenden a organizarse, a ponerse de acuerdo, a liderar procesos y a interactuar con otras formas de ser peruano. En otras palabras, aprenden a vivir en comunidad; a ser libres, responsables y solidarios. La acción política esencial: convivir como sociedad. De otro lado, inspiran y dan ejemplo. Son ejercicios pedagógicos ante la desesperanza o la indiferencia de algunos. Dan cuenta del ejercicio generacional por vivir en un país menos distante a través de acciones muy concretas y enseñan que la inclusión no es un problema solamente de los excluidos. Por último, dan voz a sus principales aliados: las organizaciones barriales, los maestros o los niños. Hacen notar varios los varios sentidos de las problemáticas sociales, como lo son la urgencia de ser atendidos, la oportunidad histórica que se nos presenta y la posibilidad de ser solucionados. Una insurgencia coherente Al inicio de este ensayo establecimos con claridad que quienes lo suscribíamos no éramos representantes de “la juventud” y que, en tal medida, preferíamos narrar hechos, ideas e inquietudes desde una experiencia concreta. Los autores de estas líneas hemos sido fundadores y miembros activos de “Coherencia”, organización política que presentamos a continuación: “Coherencia”, como organización formalmente instituida, nació el año 2005. Puede entenderse como un grassroot movement, es decir, un espacio político creado por un grupo de ciudadanos que insurge contra los movimientos tradicionales, jerárquicos y burocráticos, con un fin general aparentemente definido, pero sin demasiada claridad metodológica de cómo lograrlo (Parker, Fournier, & Reedy, 2007: 119). Aunque muchos de sus fundadores, aún estudiantes universitarios, habíamos tenido algún nivel de participación política en organizaciones gremiales y académicas dentro de nuestras propias 7

universidades, nos unía el hecho de no encontrar espacios cómodos para la reflexión, discusión y propuesta de ideas relacionadas con la realidad nacional y la política, de forma interdisciplinaria. También había un rechazo explícito a la militancia tradicional dentro de partidos políticos arraigados, cuyos espacios juveniles están subordinados a las cúpulas sempiternas, que conciben a los jóvenes como mano de obra barata en tiempo de elecciones. “Proyecto Coherencia”, nombre original del movimiento, que aún existe, fue impulsado por estudiantes de nueve universidades de Lima. Nuestro primer proyecto fue “La Política en Nuestra Cancha”, foro interuniversitario que convocó entre octubre y noviembre de 2005 -cuando la campaña presidencial todavía estaba en ciernes- a los representantes de los partidos políticos entonces inscritos para que presenten sus planes de gobierno frente a una mesa de estudiantes preparados en cuatro temas propuestos: gratuidad de la enseñanza, crecimiento con equidad, plan integral de reparaciones, competitividad y formalización. Un año después, trabajamos Lupa 180, un blog desde donde se fiscalizó el cumplimiento de los 31 temas del “Plan de Acción Inmediato” al que el APRA se comprometió durante los seis primeros meses en el poder en su Plan de Gobierno. Los resultados del proyecto pusieron en evidencia que sólo el 13% de las acciones prometidas por el entonces candidato Alan García fueron efectivamente cumplidas, información que fue tomada por diarios de circulación nacional y que granjeó reacciones airadas por parte del Gobierno (Perú.21, 2007). Este proyecto fue reconocido por el Jurado Nacional de Elecciones y por el Banco Mundial en su Concurso de Buenas Prácticas de Jóvenes, como una destacada acción de vigilancia ciudadana. Conforme los miembros de “Proyecto Coherencia” dejábamos de ser estudiantes, percibíamos que nuestro espacio natural ya no era la universidad. Esta transición precisó de la apertura de un nuevo espacio que hoy es “Gobierno Coherente”, un laboratorio político en temas de ciudadanía y gobernanza que reúne a jóvenes profesionales. Ambas organizaciones, aunque mantienen plena autonomía jurídica y funcional, en realidad son espacios que confluyen naturalmente bajo el mismo caudal denominado “Coherencia”. Cada organización, en lo sucesivo, emprendió preoyectos diversos, con mayor o menor éxito y trascendencia, pero siempre inspirados en la idea de acceder al espectro político sin la necesidad de convertirnos en un partido formal. El siguiente episodio importante de nuestra historia institucional ocurrió en enero de 2010, cuando definimos nuestra visión al 2020: “articular un movimiento coherente de formación, participación ciudadana y representación política, en distintos lugares del territorio nacional”. A ello añadimos: “somos conscientes de que los dos primeros (la formación y participación) son una condición previa, necesaria e ineludible, para alcanzar el tercero (la representación)”. La definición del enunciado anterior resultó un hito en la medida en que, hasta ese momento, para Coherencia, la representación había sido entendida como una consecuencia lógica, pero aún lejana. Las pasadas Elecciones Generales para elegir al nuevo gobierno nacional el 2011 nos obligaron a pensar una participación más decidida. Luego de una serie de debates al interior de la organización, así como de consultas con personas externas que seguían nuestro trabajo político, tomamos la determinación de participar como candidatos al Congreso de la República. En tanto Coherencia no es una organización política formal –para lo cual es necesario no sólo abundante recurso humano sino también económico para la recolección de firmas-, debíamos ser convocados por un partido nacional 8

para ir en su fórmula congresal en calidad de invitados6. Empezó, entonces, el proceso de búsqueda y conversaciones con representantes de partidos que, a nuestro entender, empataban en gran medida no sólo con nuestro Ideario político sino también con nuestros tres objetivos para esta campaña electoral aprender, inspirar y ganar limpiamente. Pasado ese proceso podemos dejar constancia de que llevamos a cabo reuniones con al menos tres partidos, notando en la mayoría gran interés por nuestro trabajo, pero en dos de ellos escasa coincidencia sobre los objetivos de nuestra participación (un partido político quiere en campaña votos, como resulta obvio, y nosotros no los asegurábamos). Finalmente nos inclinamos por participar bajo las banderas de Fuerza Social. Favoreció su elección la libertad que nos aseguraran, para desarrollar una campaña horizontal, creativa y pedagógica. El ejercicio de la campaña nos permitió poner en práctica muchos de los conceptos pensados anteriormente. Un equipo de más de 150 jóvenes, entre miembros formales de “Proyecto Coherencia” y “Gobierno Coherente”, y personas cercanas o que se fueron integrando por nuestro trabajo, formaron parte del equipo de campaña. Denominamos a la campaña “¡Tenemos ganas!”, una frase de lúdica ambigüedad que logró cierto impacto mediático. La selección del nombre no fue gratuita, sino que respondió al público objetivo al que queríamos llegar en primera instancia. En un estudio de diagnóstico de la población juvenil en el país, identificamos que existen tres preocupaciones transversales: i) el deseo de acceso a una educación de calidad; ii) la aspiración de que esa educación permita un empleo digno; y iii) el emprendedurismo, que caracteriza el deseo del joven de iniciar proyectos propios y colectivos en distintos niveles: familiares, profesionales, empresariales. La campaña “¡Tenemos ganas!” sintetizó una serie de referentes y deseos de “Coherencia”, como organización, y de sus miembros y simpatizantes, como jóvenes en general. Como estaba previsto, la nuestra fue una campaña austera en términos financieros, pero claramente rica en aprendizajes para todos quienes estuvimos involucrados7. La campaña presentó algunas particularidades en relación al comportamiento de los medios de comunicación y los electores. La mayoría de listas parlamentarias tenían al menos a un joven menor de 30 años en sus filas, en algunos casos con números muy atractivos. Esto generó una serie de invitaciones a debates y foros públicos bajo la condición de “jóvenes” de los candidatos, lo que significó una oportunidad sin precedentes. El lado discutible es que los “jóvenes” empezaron a debatir solamente entre “jóvenes”, pareciendo un subgrupo de candidatos, tal vez subcandidatos, que solo se encontraban entre ellos. Esto se complementaba con una expectativa de representación únicamente juvenil, en la que la mayoría de los candidatos cayó con facilidad. La educación y el trabajo son las dos preocupaciones más importantes de la juventud, aunque no son las únicas. Pero
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Según la Ley Electoral, los partidos pueden designar invitados que no son militantes del partido, siempre que sean aprobados por los órganos democráticos establecidos por cada organización.
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Los autores de este artículo, Julio César Mateus y Elohim Monard, fueron Jefe de Campaña y Candidato al Congreso, respectivamente, en la experiencia electoral que aquí se narra. Se puede visitar la página oficial de la campaña en el siguiente enlace: www.tenemosganas.pe

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además existen otros problemas nacionales que se pueden solucionar desde el Congreso que un representante joven puede abordar. Con una agenda temática más amplia y una estrategia que evite compartimentar la juventud, los candidatos jóvenes de diferentes bancadas hubiesen podido enfrentar directamente a otros candidatos mayores y, en algunos casos, el contraste moral y de capacidades hubiese dado un saldo muy favorable a la juventud. Los resultados de las elecciones ubicaron a nuestros dos candidatos, Augusto Rey y Elohim Monard, como el segundo y cuarto más votados del partido Fuerza Social, que finalmente perdió su estatus de partido inscrito al no superar la valla mínima exigida por la Ley Electoral vigente. Si bien los resultados marcaron un hito para la organización, no fueron el fin último de nuestra apuesta. La decisión de convertir a “Coherencia” en un partido político late naturalmente, pero convive con el dilema de si al iniciar la conformación de una agrupación política propia, en lugar de insertarnos en las conocidas, no estamos contribuyendo más bien con la multiplicación de la oferta existente y la fragmentación del espectro electoral y los espacios de representación. Para no caer en esta aparente incongruencia y, por el contrario, fortalecer la institucionalidad de los espacios de mediación entre los ciudadanos y el Estado, debemos ser conscientes de la responsabilidad que implica incubar una organización política: reconocer que sus componentes no giran alrededor de las estrategias electorales que beneficien intereses privados y personales, como dicta la historia de la mayoría de organizaciones políticas que florecen con las coyunturas. Reflexiones finales Como hemos sostenido a lo largo de este artículo, inferir que los jóvenes no participamos en política es ingenuo. Existen diversos esfuerzos, en formatos distintos a los que convencionalmente conocemos, que deben ser visibilizados para construir una imagen menos desinteresada y más alentadora. El emprenderismo empresarial del que tanto se habla en los medios debe estar acompañado por un emprendurismo político que reconozca y exija nuevas formas de participación. La innovación es una cualidad imperativa en la política, justo porque su escenario es imprevisible. Las situaciones no son las mismas aunque las normas las categoricen. Los conflictos sociales son cosa de todos los días y cada uno tiene un universo de razones, necesidades y alternativas. Por eso la política en todo momento debe ser una tarea creativa: nuevos espacios, nuevas ideas, nuevas soluciones. El emprendedor político no se puede dejar llevar por la inercia de los lugares comunes. “Hace tiempo que las innovaciones no proceden de las instancias políticas sino de la inventiva que se agudiza en otros espacios de la sociedad. No se concibe, sino que se repara, y la legislación –el paradigma de la instauración de algo nuevo, de apertura de nuevos espacios, introducción de nuevas valoraciones, instrumento de cambio social, corrección de inercias intolerables- degenera en un sistema político de disposiciones provisionales.” (Innerarity 2002: 36) Esta innovación política supone, como partida, el reconocimiento de lo avanzado. La responsabilidad política es también un compromiso con la historia, pues de ella tendremos que recoger los errores que debemos volver a cometer y las virtudes que replicar, por lo que el diálogo intergeneracional debe ser una clave para superar la inercia. Como aconseja Savater (1992: 152): “La primera obligación de los jóvenes es la misma que tienen los más adultos y hasta los viejos (…) aprender. Quien 10

no sabe puede tener arrebatos pero no aciertos; y confundirá la buena intención reformadora con la retórica desquiciada de los truculentos.” Asimismo como reconocemos el valor de otras generaciones, también es vital saber mirar a la nuestra. En gran medida, muchos talentos se han desperdiciado en la historia de nuestra política porque han sido un día de sol en medio del invierno más frío. Quizás este sea el argumento principal por el cual los jóvenes ya estamos optando por hacer nuestras organizaciones con emprendedores similares. Uno no puede cambiar la maraña de la política solo, tiene que ingresar al sistema con un equipo que lo respalde y acompañe, un contingente de personas que persiga desde dentro de un municipio, un gobierno regional, un ministerio o el Congreso los mismos ideales y, por sobre todo, que comparta la misma ética. Así mismo, la responsabilidad social del político es también compartida por los ciudadanos y sus organizaciones. Si no lo hacemos juntos, en equipo, creando sinergias, podemos resignarnos desde hoy a que nuestro campo de acción político será limitado y que las peores prácticas de los peores políticos nos arrinconarán en una esquina cubierta de documentos imposibles o sentados frente a un escritorio de una oficina sin ventanas. La ambición política es inseparable del poder. Pero el ejercicio de ese poder puede ser pedagógico, creativo y dialogante. Aunque este estilo parezca el más complicado, es el único que llevará a la consolidación democrática. Para substituir los caudillismos es preciso que más jóvenes se sumen a causas ciudadanas y vigilantes como las mencionadas en este artículo. Pero a su vez se necesita un conjunto de jóvenes que tengan la convicción y la comprensión del ejercicio del poder político. Es natural que cause temor, pero también es un desafío social e institucional que hace rato la historia está demandando.

Los jóvenes debemos ubicarnos en la cresta de la ola y entender que nuestro rol es central para transformar estructuras oxidadas de una democracia endeble que no ha sabido inspirar nada más que insatisfacción a los ciudadanos. Uno decide qué papel jugar siempre, asumiendo los costos de sus decisiones. Nuestras ganas de aprender y trascender, más que un costo, representan una inversión inmensa para el futuro, y nuestras acciones, pequeñas o grandes, acertadas o erradas, son la incuestionable confirmación de que ese futuro se forja desde el presente.

Referencias

Arregui, Patricia y Santiago Cueto (eds.)
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