Un balance a medio hacer

Por Miguel Domingo Aragón (*)

El 11 de octubre de 1886 fue el último día de gobierno del presidente Julio Argentino Roca. Al día siguiente asumiría el cargo su sucesor, que era su hechura, Miguel Juárez Celman. En la solemnidad de esos momentos, la obra realizada aparecía como un hito en el que habían terminado viejas cuestiones que estuvieron largo tiempo sin resolverse y habían empezado otras que parecían proyectarse hacia el futuro. Esa presidencia había sido algo trascendental, quizás más significativa de lo qua creyeron sus conductores, quizás a pesar de ellos. Paz y administración era un lema para transcurrir sin reformas ni remezones. No se podía decir que el gobierno no lo hubiera aplicado. Pero lo que resultó fue un cambio profundo que empezó por sorprender a sus autores y ahora los halagaba, como si contaran con el consenso de la opinión más allá del reciente triunfo electoral obtenido a través de un sistema fraudulento. El consenso no es la unanimidad. Había quejosos, disidentes, censores: augures de tormentas. Dos días después, "La Tribuna Nacional" haría un balance que pudo ser redactado por Sarmiento: Roca, decía, "no cree sino en la fuerza y en la corrupción de los hombres". Y esto era tan innegable como los méritos que el oficialismo se atribuía. Más adelante: "A él nada le importa la fama, lo que busca es imperar". Tras la censura, aparecía la definición de una política (y no era errada): "Entró a su gobierno con ministerio ultramontano y llegó a preparar un concordato con la Santa Sede". No obstante, había sido el paraíso de las logias masónicas. "Agitaciones sociales y políticas de carácter complejo sublevaron muy luego el espíritu liberal". Y era tan cierto como que todo liberal atenta contra el liberalismo. "El ministerio católico cayó y fue substituido por otro de polo opuesto". La inconsecuencia en materia religiosa había sido tan flagrante que sólo puede explicarse por el capricho. “Roca explotó el liberalismo y rompió con el espíritu del pueblo argentino". Eso era evidente hasta para sus mismos partidarios. "La reacción se produjo por razones más complejas aún: la Iglesia tomó ascendiente moral en la opinión y Roca volvió a establecer concomitancias con el clero, consultando siempre los intereses de su perpetuación en el poder por medio de su propia familia. ¿Qué ideas, qué principios, qué convicciones manifestaba Roca en esta emergencia? Ninguna, absolutamente. El problema era mandar; lo demás son precauciones que carecen de importancia". Tal cual.

Mirada hacia el pasado

Sin embargo, en ese 11 de octubre de 1886 los roquistas trazaban un cuadro retrospectivo quo no estaba al alcance de los reproches morales y que también parecía 1

verdadero: Paz de seis años, que no era poco, después de tantas guerras y guerrillas que habían sufrido dos o tres generaciones. Ausencia de proscriptos y persecuciones, que también era un hecho cierto y nada desdeñable, porque la costumbre había sido que dos bandos se turnaran en los respectivos papeles de perseguidos y perseguidores: claro que los católicos no podían darse por satisfechos tan sólo por no haber sido desterrados o encarcelados. Dominio efectivo de millones de leguas antes ocupadas o disputadas por el salvaje: también una verdad incuestionable, un beneficio indiscutible, si bien se podía discutir si no se le había ido un poco la mano, si no se había apurado de más por razones de urgencia electoral, si no se había podido combinar la guerra con una cuota más apreciable de diplomacia y gestos caritativos. Y el resto eran rubros que adquirían en esa administración proporciones antes desconocidas: el comercio (enorme e indelicado. se podría decir, si se permite la parodia); la inmigración (fue bien absorbida por el pais, pero las contrariedades políticas y sociales que sobrevinieron ¿no se explican un poco por el tiempo que costó la digestión de un animal más grande que el que lo tragaba?); los ferrocarriles (después se vio que no todo era cuestión de llevar mayores cargas en menos tiempo sino que el trazado de las grandes vías costaba la estructura de la producción nacional): los telégrafos (eran obra de Roca, ciertamente, pero también del tiempo: los habría tendido otro cualquiera); los colegios y escuelas (vinieron muy bien para argentinizar a la inmigración, pero fueron igualmente eficaces para desargentinizar a los nativos); la capacitación militar (de esto se ufanaban los roquistas ante los adversarios escépticos; y los acontecimientos futuros les dieron la razón). En fin: todavía no se puede cerrar el balance de esa administración tan discutida. Uno comprende que el notable historiador revisionista Juan Pablo Oliver se sienta obligado a censurar a Roca cuando oye que lo alaban y a defenderlo cuando lo atacan.

(*) Pseudónimo de Roque Raúl Aragón. (Publicado en La Nueva Provincia, de Bahía Blanca, el 11 de octubre de 1980)

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