De nuevo en el punto de partida

Por Miguel Domingo Aragón (*)

El destino de San Martín tiene visos dramáticos que no se advierten en la frialdad de bronce que reemplaza a su imagen viva. Sobre todo, en el ápice representado por su entrevista con Bolívar y la ulterior renuncia. Los historiadores nos han acostumbrado a la idea del "renunciamiento", trasladando al héroe —hombre llamado a vencer en este mundo— las virtudes del santo que se desprende de los bienes mundanales para conquistar el reino definitivo que está más allá de la muerte. De las muchas boberías que se dicen sobre San Martín la de "Santo de la espada" es una de las más perniciosas, ya que disuade a los jóvenes de la legítima ambición personal para inculcarles un abstencionismo imbele como signo de grandeza. San Martín demostró el buen temple de su carácter al renunciar y elegancia y hasta un fino cálculo acerca de una difícil coincidencia de circunstancias, que al fin no se dio. Pero no era, un acto de abnegación religiosa. Era una medida política, un poco forzada. El drama de su diálogo con Bolívar era que todo debía esperarlo de la persuasión y sobre una mente tan ágil. No podía disimular la posición inferior en que se hallaba: ignorado por el gobierno de su patria, apoyado por el de Chile (que ya no podía sostenerse a sí mismo), enredado en las disputas peruanas, que había excitado la presencia de dos poderes presuntamente rivales, resistido por algunos de sus propios compañeros de armas, no le quedaba más que lo que hizo: pedir la intervención de Bolívar en las condiciones que Bolívar quisiera, inclusive poniéndose él a sus órdenes. La muerte de Güemes, un año antes, había sido un golpe demasiado duro para su plan. Y las premiosas instancias lanzadas a las provincias para que formaran una tropa que avance sobre el Alto Perú apenas hallaron cierto eco en algunos gobernadores pero se estrellaron en la negativa del grupo porteño cuya cabeza era Bernardino Rivadavia. Bolívar hizo su juego: se quedó en el molde. Quizá no por falta de generosidad, como insinúan muchos historiadores, sino por exceso de cautela o error de cálculo. San Martín pensó posiblemente, que su renuncia podía ponerlo en condiciones de imponérselas al Congreso, en caso de que la rechazase, o libraba, si no, a su propio movimiento fuerzas antagónicas que serían incapaces de establecer un orden y tendrían que llamarlo. Para lo cual, podrían buscarlo en Mendoza, donde se hallaría entregado a las labores agrícolas, tan gratas a su espíritu. La construcción táctica era muy precaria. Y no pudo sobreponerse al hostigamiento dirigido desde Buenos Aires por el grupo rivadaviano. Tuvo que despedir a un mucamo que actuaba come espía: su correspondencia sufría una violación "grosera, según su propio calificativo; su vida corría peligro, como que había recibido advertencias de que en el camino a Buenos Aires lo aguardaban partidas escalonadas para matarlo. Él vio que, aun quieto, desplazaba demasiado volumen en el país, y quiso irse a Europa. Estanislao López, el gobernador de Santa Fe, le mandó a ofrecer una escolta para acompañarlo hasta la plaza de la Victoria o, si prefería, conducirlo a Rosario y desde allí hacerlo pasar a Montevideo. Él tranquilizó a Rivadavia sobre su abstención política,
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afirmada en la carta a un tercero que debía ser interceptada. Quedaba todavía la posibilidad de que se lo sometiera a juicio por la desobediencia de Rancagua. Y a fines de ese año de 1823 decidió viajar solo, en la diligencia. Varias veces había hecho ese viaje, después de sus hazañas guerreras, y había sido recibido en triunfo, aclamado por las autoridades y el pueblo. Ahora volvía como un actor que ha terminado su obra, se ha cambiado y se restituye a la vida común. Atrás quedaban los Andes, el Pacífico, la opulenta Lima, Guayaquil, los ásperos campos en donde maniobran los ejércitos, caballos, cañones, toques de clarín, los rostros graves que se ennoblecen con la proximidad de la muerte. El viaje se hizo en un buen promedio: 14 leguas por día. Llegó como un desconocido, el 4 de diciembre.

(*) Pseudónimo de Roque Raúl Aragón. (Publicado en La Nueva Provincia, de Bahía Blanca, el 4 de diciembre de 1980)

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