VALLEJO EN TRES INSTANTES El poeta Arturo Corcuera nos entrega aquí su homenaje a César Vallejo quien, como es sabido

, festejaba su cumpleaños el 6 de junio. No es necesario mayor pretexto para publicar esta excelente nota, que además comprende una carta inédita de nuestro poeta mayor, fechada en 1915. Escribe Arturo Corcuera Mis lecturas de cabecera, en mi etapa de escolar pálido y esmirriado, fueron Darío, Eguren, Chocano, Valdelomar, Campoamor, Espronceda. Era la época en que me hacía la vaca para ir a la Biblioteca Nacional, a sumergirme en tardes de poesía. En sus salas leía Juan de Dios Peza, a León Felipe, a Lugones, a Machado, a González Prada, a Federico Barreto (me sigue gustando Más allá de la muerte. Federico García Lorca decía que algún día nos gustará la mala poesía como nos gusta la mala música). Así de variopinta era mi lectura. De Chocano prefería sus nocturnos y me sé de memoria Nostalgia («y calles estrechas como si las casas/ tampoco quisiesen separarse mucho»), poema que hizo llorar a Vallejo cuando lo oyó recitar a Chocano, y De viaje («como dos remos bogando juntos/ y separarnos toda la vida»). Sigo considerando estos poemas entre los mejores de la poesía peruana. De Eguren me encandilaban El bote viejo, El cuarto cerrado, Los muertos, La nave enferma, Los barcos sumergidos. Encontraba en ellos una atmósfera marina misteriosa, afín a la que yo había respirado de niño en el vetusto puerto de Salaverry. Allí había oído hablar del gemido nocturno del ahogado y había entrevistado la sombra amoratada de los marineros muertos. Darío me apasionaba desde la primera a la última página. Por eso leer a Vallejo me produjo una conmoción. Mejor dicho, dos. Los cisnes, los faisanes, los alcotanes de Darío y Eguren súbitamente se trocaron en burros, en bueyes, en «me friegan los cóndores», en pájaros salvajes. Los lagos y «el jardín del rey de la isla de oro» se volvieron «cerros horizontales de mis penas». Las princesas y las marquesas Eulalias se transfiguraron en Otilias y en andinas y dulces Ritas, y «el vino divino» y «el fino bacarat» en simple chicha casera. Fue, para decirlo con palabras de Vallejo, «una sola hecatombe clavada en pleno pecho/ una sola burrada clavada en pleno pecho». Mi bienamado libro que reunía sus poesías completas (edición de Losada) se lo presté a un amigo y jamás me lo devolvió. Esa fue mi segunda conmoción.

EN MONTROUGE Guiado por Félix Alvarez Brun, en abril de 1966, siguiendo el tradicional peregrinaje de todo peruano en París, visité la tumba de César Vallejo en Montrouge. Aunque antes no me faltaron deseos, un sentimiento de pesar me embargaba cada vez que decidía hacerlo y terminaba siempre postergando la visita para otro día. Pero, una mañana Félix me conminó: «No puedes irte de París sin ver, en Montrouge, la tumba de Vallejo». Y emprendidos la caminata; Felix, Dorita, Rosi, mi mujer, y yo. El cementerio aquel día estaba desierto y soplaba un viento frío. Su sepulcro yacía en total desierto y soplaba un viento frío. Su sepulcro yacía en total abandono. Sólo polvo, briznas de pétalos marchitos y ni una flor con vida. Limpiando su florero sucio y deteriorado, descubrimos en su fondo reseco un poema manuscrito: Piedra negra sobre piedra blanca en versión inglesa. El nombre del autor no era conocido, y en este instante me es imposible recordarlo. Sin embargo, la calidad de su traducción nos indujo a pensar que se trataba de un ferviente estudioso de la obra vallejiana. Hicimos algunas evocaciones de su poesía y, antes de retirarnos, hurtamos una rosa a la tumba vecina y se la ofrendamos. La rosa en sangre sobre la losa era otra herida abierta en el pecho del poeta. EL REVOLVER POR UNA CARTA Don Francisco Paredes Santolalla reside en Caracas, desde hace varios años. Está vinculando al mercadeo artístico. Ha publicado un libro de poemas y su trabajo se relaciona con la venta de piezas artesanales. Cada dos años viene a Lima a visitar a su madre. Es oriundo de Mollepata, un pueblito de la sierra de La Libertad. «Soy paisano -me dice- de César Vallejo. Santiago de Chuco no queda muy lejos de mi tierra natal. Un día llegó hasta el pequeño fundo de mi padre un joven Vallejo (no recuerdo su nombre), sobrino del poeta. Entablamos amistad y almorzamos juntos. Entre parla y parla, obviamente, tocamos el tema de su tío. Le pregunté si tenía algo personal del poeta que guardaba como reliquia de familia y él me respondió que sí. Que su padre guardaba en un baúl algunas cartas. Yo le manifesté mi interés por atesorar alguna de ellas. Y él prometió que me enviaría una, mientras libábamos unos vasitos de chicha. Le agradecí profundamente y correspondiendo a su generoso ofrecimiento le regalé un viejo revólver, sin balas, que había pertenecido a mi padre”. “Pasó el tiempo. No recordaba ya aquel encuentro, cuando una tarde me llegó a Caracas la soñada carta. Me la remitía mi hermano desde

Mollepata con los saludos del joven Vallejo que había cumplido con su palabra”. Vallejo da en ella las únicas señas que se conocen de la «andina y dulce Rita de junco y capulí». He aquí la carta: Trujillo, 2 Mayo 1915 Sr. Manuel N. Vallejo S. Chuco Mi querido hermanito: Correspondiendo a la cartita tuya que vino dirigida a Nestitor; haciendo votos porque tu salud no sufra quebranto alguno, así como la de nuestros amados padres y hermanitos todos. Nosotros sin novedad. Son las 2 de la mañana, hora en que he interrumpido mi labor en escribir mi tesis de Bachiller, para escribirte estas líneas. Estoy triste, y mi corazón se presta en esta hora a recordar con hondo pesar de ti, de la familia, de dulces horas de tierna hermandad y de alegres rondas en medio de la noche lluviosa. Estoy triste, muy triste! Hoy mi vida de estudio y meditación diaria, es qué distinta de la vida disipada de la sierra. Aquí mis horas son contadas, y me falta tiempo para vivir laborando por nuestro porvenir. Antes, ahí me levantaba a las once; hoy antes de las seis, cuando aún raya el día estoy en pie, en mi habitación solitaria, solito con mis libros y mis papeles. Y bajo la frente pensando que si es cierto que ya estoy en mi Santiago, en el seno de los míos, que ya todo eso pasó, pero volveré alguna tarde de enero caminito a mi tierra, mi querida tierra. Por eso. con esta esperanza trabajo con entusiasmo todo el día, y cansado, cansado, cuando la tarde cae otra vez me vuelve el recuerdo dorado de ti, de la familia, de tantas otras cosas dulces. Y me pongo triste, muy triste, hermano mío! Esta es mi vida. Dame razón detallada de aquella vecinita pequeñita, de aquélla criatura de color moreno y de talle delgadito de quien te conté que me obsequió un pañuelo. Cuídala, qué hace, cuál es su conducta y si tal vez da oído a alguien. Y te ruego que siempre me hables de ella cuando me escribas, pues la recuerdo mucho y la sueño todas las noches; y por eso tal vez estoy triste, tan triste. Sabrás que estoy en San Juan, con un buen sueldo. Ya estoy arreglando todo aquello que dejé pendiente con algunos amigos de esa. Tú no te mortifiques por este lado. Con las otras, tú desempéñate como siempre: lata y más lata. Siempre que tú me contestes, yo quiero escribirte largo en todos los correos; y esperando por momentos ver tus letras, se despide tu hermano que te quiere y te extraña:

César Dile a mi mamacita, papacito y mi Aguedita, que el miércoles les escribo. A mi mamacita le enviaremos su remesa el mismo día sin falta. Vale. Indícale a mi hermano Víctor que hoy le escribe Nestitor y que yo le escribiré el miércoles. Vale. (Publicado en el Suplemento “Domingo” de La República”, el día 7 de junio de 1992)

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