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JUEVES 25 DE OCTUBRE DEL 2012

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POSDATA

Marisol Pérez Tello
Abogada y congresista de la República por Alianza por el Gran Cambio.

GIOVANNA FERNÁNDEZ

— ¿Este deporte la ha ayudado en otras áreas de su vida?

PEDRO CANELO

Nací en Toquepala, Tacna. Tengo 43 años. Estoy casada con José Luis Rodríguez, que no es ‘El Puma’. Tengo una hija, Arena, de 8 años. Soy hincha de Alianza Lima. Una virtud: tengo mucha fe. Un defecto: me gusta dormir mucho, mucho. ¿Mi pasión? El mar... al punto de que no podría vivir en un lugar que no tuviera mar. ¿Qué es lo más gratificante de la política? El sentir que puedes arreglar la vida de la gente. El ver materializados cambios pequeños, pero que impactan a muchas personas hace que la vida tenga sentido.

“Estudiaba para ser notaria en mi bote, en el mar: daba los exámenes bronceada”
CLAUDIA FERNÁNDEZ BARRETO

Teatro, electricidad, mimo y hasta mecánica de banco. Marisol Pérez Tello estudió todo eso y luego se hizo notaria. La joven y carismática congresista usó la profesión para poner en práctica su más profunda vocación: servir a los más necesitados. n el mar la vida es más sabrosa y por eso desde hace muchos años practica remo. “Encontré un espacio maravilloso para mí... y, si tengo suerte, puedo ver algunos delfines. Puedo cantar si me provoca, y nadie me escucha. En otro lado, alguien me puede oír y, en una de esas, le da un ataque”. —¿Qué es para Ud. el remo? Es una forma de estar cerca del mar, de estar conmigo. Ojo, no es el remo de competencia: el chingo es como un caballito de totora pero de otro material, es bastante seguro. —¿Cuándo se inició? A los 20 años. Empecé en Pescadores, una playa muy tranquila. Mi

E

padre era chorrillano, fue él quien me animó y ya no lo dejé nunca. De hecho, estudié en el mar para ser notaria. Daba mi examen bronceada con los labios partidos y la gente decía: ¿a qué hora estudió? [risas]. —¿Alguna anécdota? Una vez entré con un amigo que era dos veces yo, grandazo. No podía con el equilibrio; entonces yo, que me sentía ‘baywatch’, le dije: “Yo te voy a enseñar, no te va a pasar nada”. Así que empujé el bote y vino la ola y… ¡pum! El bote se rompió [risas]. Cuando vi entrar a los de salvataje, estaba roja de la vergüenza, ¡pero fue muy divertido! — ¿Cuántas horas más o menos le dedica a este deporte? Cuando remaba siempre, a diario, lo hacía una hora. El problema es que hay que llevar el bote, y aparecerme en el Congreso con el bote en el techo del carro es complicado… — Pero los fines de semana… Sí. En playa Tortugas está mi hija la mayor parte del verano, así que puedo disfrutarlo. También remaba en Puerto Fino. Ahora quiero encontrar una madrugada...

Me gusta mucho leer: desde ‘Condorito’ hasta un libro de filosofía, las indicaciones de las medicinas o la ‘Suma teológica’. Leo todo”.

Lo maravilloso de la política es materializar cambios pequeños pero que impactan a muchas personas. Hace que la vida tenga sentido”.

Claro, porque se basa en equilibrio, estabilidad, concentración, y todo eso lo necesitas en la vida. — Y sobre todo en el Congreso… Mucho más, mucho más… — A propósito del Congreso, ¿es cierto que ahí le dicen chancona? ¡No!, me han difamado, están atacando toda mi esencia [risas]. Bueno, a mí me gusta hablar informada, aunque a aveces me avergüenzo de no tener suficiente información. Me gusta mucho leer: desde “Condorito” hasta un libro de filosofía o la “Suma teológica”. Así que ese ha sido un comentario de alguien generoso, lo tomo como un cumplido. — ¿Qué estudió? Muchísimas cosas. Derecho... después volví a estudiar Derecho. En el interín hice teatro profesional, tres años con Reynaldo D’Amore. Estudié mecánica de banco, o sea, torno y ajuste, y electricidad automotriz. — ¿Y por qué eso? Mi papá nos decía, a mi hermana y a mí, en la época del terrorismo, que debíamos tener una carrera profesional y una técnica que nos permitiera vivir en cualquier lugar. Él fue médico, pero aficionado a los fierros y a las cosas manuales. Crecí con el torno y me gustaba mucho hacer piezas: en Tacora compraba fierros y aprendí a hacer soldaduras. ¡Tengo grandes amigos de la Gamor (escuela técnica)! — Derecho, teatro, electricidad, mecánica de banco... ¿algo más? Eso empecé y terminé. Después estudié mimo, modelaje... obviamente era para compensar el torno [risas]. Fue una época de búsqueda y luego supe dónde quería llegar. — ¿Y cómo le fue en Derecho? Me especialicé en derechos humanos y postulé a notaria, a esa profesión le tengo cariño. Me permitió tener un ingreso que me dejara cultivar mi vocación, enseñar, trabajar con los chicos, hacer cine en los cerros; tengo una opción preferente por los más pobres, no desde el discurso sino desde la práctica. —¿Cómo ingresó a la política? Hice política en la universidad, como representante estudiantil. También fui presidenta de la Legión de María muchos años, y me di cuenta de que si bien el trabajo que hacen las iglesias es muy bueno, no cambia estructuras: eso lo hace la política. Pero es una herramienta, no un fin. —¿A qué político admira? A Lourdes Flores Nano. —¿Será Ud. la próxima Lourdes? No. Ella tiene cualidades que yo no tengo. Es una mujer admirable. Tan buena y honesta que quizás no se permite usar estrategias para ganar una campaña... lo que hace que no seamos gobierno, ¡y no me importa! porque es por eso que la admiro. —¿Postularía a la presidencia? Soy presidenta de la Apafa del colegio de mi hija [risas]. No, no quiero ni pensarlo, me podría desviar del objetivo de hacer las cosas bien y condicionar mi conducta. Ahora debo servir al Perú y ser una oposición seria, responsable, no calcular si lo que voy a decir gustará. No puedo defraudar a la gente que votó por mí.

UN OSITO DE PELUCHE DE TAIWÁN
“En mi ‘Toy Story’ personal no hubo un TED con corazón de humano pero sí un cánido amarillo que tuvo el más triste de los finales”.

ED tiene más de 35 años y es un fervoroso practicante de todos los vicios. Es un oso de peluche acelerado que cobró vida en una noche de estrella fugaz y que ha salido ileso a pesar de su vida exagerada. La película más taquillera de las últimas semanas nos cuenta la historia de un treintañero que no quiere crecer y su relación, casi de cordón umbilical, con su osito Teddy. En la sala de cine muchos se ríen pero otros se detienen en miradas melancólicas. TED simboliza a esos juguetes, fieles amigos, que todos tuvimos y que un día partieron en una caja de cartón al país del nunca jamás. En mi ‘Toy Story’ personal no hubo un TED con corazón de humano pero sí un cánido enorme y amarillo que tuvo el más triste de los finales. Pepo era una mezcla de Pluto de Walt Disney y de Huckleberry Hound. Un perro gigante de peluche con gorro de sol que tenía como única gracia “saber dar la mano”. Mis primeras fotos de niño siempre tienen como actor de reparto a Pepo, un impostor adorable que se colaba en todas las imágenes como el Gnomo de Amelie. Quería mucho a ese perro figuretti hasta que desapareció para siempre. La leyenda familiar dirá que Pepo quiso explorar el mundo y que cruzó un día la puerta sin avisar. La realidad honesta y brutal me explicó un tiempo después que mi hermano mayor encontró en Pepo al muñeco de Año Nuevo ideal para celebrar las fiestas de 1986. A los 8 años aproveché el sentimiento de culpa familiar para pedir un Max Play, una versión casi mesozoica del Play Station. Volví a recibir peluches ‘Made in China’ en días de adolescencia (porque por alguna inexplicable razón, las novias celebran el amor regalando muñequitos de felpa). Esos osos, perros, conejos y ardillas de peluche convirtieron mi dormitorio en una suerte de cementerio afectivo. Un espacio donde las personas que quisiste (y ya no) recibían un innecesario homenaje. Cuando me fui de casa decidí exorcizar esos demonios sentimentales y junté en una bolsa de ropavejero a toda esa fauna de juguetes inanimados para darles un mejor destino. No sé si con Pepo hubiera hecho lo mismo. Despedirte del juguete favorito para algunos es una consagración de la adultez. Una ceremonia innecesaria para ratificar el paso de los años. Mark Wahlberg estuvo muy cerca de dejar a TED para casarse con Mila Kunis. Ojalá que a mí nunca me pidan lo mismo. Ya no está Pepo pero tengo una colección de GI-Joes escondida en un baúl invulnerable. Regalarlos, nunca. Con ellos, que nadie (nadie) se meta.

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