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Posteconomía, de Antonio Baños

Posteconomía, de Antonio Baños

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¿QUÉ ES LA POSTECONOMÍA?

“The party is over” Nancy Pelosi Presidenta del Congreso Norteamericano 29 de septiembre del 2008     En una rigurosa descripción del término, podría afirmar, casi sin temor a equivocarme, que post economía es lo que viene después de la economía. Hasta ahí estaríamos de acuerdo. Pero ¿Porque es necesario acuñar una palabra para designar estos tiempos en los que precisamente, la economía de toda la vida, inunda toda nuestra experiencia vital? Es cierto. Pero el libro necesitaba un título y, después de un profundo trabajo de investigación mirando el Google, descubrí que éste término no estaba muy pillado. Así que la posibilidad de poner una palabra relativamente nueva en el título y llamar con ello la atención de ustedes, vendría a ser el motivo fundamental del acuñamiento del término. Aunque está también el hecho que intentaré justificar (demostrar sería demasiado vanidoso) de que la economía clásica ya ha sufrido una mutación irremediable que la ha desnaturalizado hasta tal punto, que precisa una nueva categoría. Por su cambio de métodos, reactores y de objetivos, la economía ya no hace honor a su nombre.  Así pues, la posteconomía es una forma de dominio basada en el miedo y la deuda, que genera una obediencia servil a un nuevo estamento señorial que rige por encima de la geografía, el estado y la ley. Es un poder escolástico. Es postcientífica y no racionalista. Funciona por exaltación e imitación. No tiene discurso, se explica con símbolos y gestos. Recupera la analogía y la semejanza. El pathos de la posteconomía no es el progreso sino la notoriedad, el arjé, el principio de fama que movió a Aquiles hasta Troya. La Post es la economía que ya no se lo cree. Cuando se deja de lado toda intención científica, toda esperanza de bienestar, toda función instrumental y la economía deviene directamente en una doctrina, en una teología, cuando se transforma en un complejo tabú

Si lo económico fuese como la Iglesia, la diferencia entre economía y posteconomía es la que hay entre San Francisco de Asís y Alejandro VI, el papa Borgia. Entre los guisantes de Mendel y el Papa Inocencio II, aquel que proclamó la primera cruzada al grito de” Dios lo quiere!”. Postulaba el monje Juan Escoto Erígena, en el cachondo y desmadrado sigo IX, que Dios se explica a sí mismo en la multiplicidad de la physis. Lo que él  llamaba “deus explicitus”. De la misma manera, la naturaleza, su caos diverso, es la manera que tiene lo posteconómico de manifestarse. Ya no se trata del dios padre de Moisés, arbitrista y fisiócrata. Ni el dios relojero de Newton que alumbró con su mecanicismo y causalidad la economía y el capitalismo. Nuestro nuevo dios se explica con las leyes de la biología. Vamos pues hacia una especie de panteísmo en lo económico. Y si no me creen, escuchemos a Paul Krugman en La organización espontánea de la economía: “Toda economía dinámica compleja presenta la estructura que en teoría de la evolución se conoce como equilibrio puntuado, esto es, largos periodos de inactividad seguidos de cortos periodos de cambios precipitados...” Calmas y tormentas en una sucesión caótica, impredecible e ingobernable. La posteconomía volvería a invocar la fuerzas naturales con la única intención de aplacarlas, no ya de someterlas a su imperio.   En la economía mandaba el ciclo, en posteconomía la crisis. La economía era un río, la posteconomía un remolino, un Maëlstrom.  La crisis, la burbuja ya no son  periodos de purga entre nuevos ciclos productivos shumpeterianos, La crisis es el arma, la catapulta con la que la econocracia asalta los viejos estados y las empresas. La crisis es una forma de guerra. Es la versión financiera de la razzia, de la correría medieval. Dar el harb, la casa de la guerra. Mordor, todos contra todos. Peste alta. En la posteconomía el feudo no está en la tierra, en el espacio. Se sitúa en el tiempo. Las luchas señoriales ya no se libran por el dominio de la tierra sino de la deuda. Y la deuda no es más que tiempo enfeudado, tiempo que ya no nos pertenece. Al endeudarnos, accedemos a nuestro futuro y se lo cedemos al nuevo señor deudal. Por otra parte, las complejísimas, relaciones clientelares devienen vasallajes. La hipoteca, el terror securitario, el temor a la epidemia y al extranjero fijan a la gente a un territorio y a un amo. Desde el punto de vista intelectual y de la academia,

el acatamiento a lo real ha sustituido a la interpelación y la indagación. La dependencia de fondos, el miedo a la discrepancia y el consenso como medio conciliar de establecer la verdad, hacen que el pensador devenga en una suerte de oratores, clero dogmático cuya función es sostener y justificar el régimen señorial. Queda así descrito el concepto. Pasemos pues, a destriparlo y, a ser posible, descabezarlo. ENTRE TODOS LA MATARON Y ELLA SOLA SE MURIÓ Pregunta: ¿De dónde proceden las ideas económicas? Respuesta de Paul Krugman: De los economistas, por supuesto. Entrevista en la Revista Venezolana de Análisis de Coyuntura, vol. 13, n.o 2, Caracas, diciembre de 2007 En el año 2000 los estudiantes de economía de la Sorbo- na, como buenos universitarios y mejores franceses, es- cribieron un manifiesto. En él alzaban la voz sobre el pe- ligro de que la licenciatura en económicas se convirtiese en una mezcla de astrología y sudokus: un conjunto de reglas de previsión basadas en modelos matemáticos muy aparentes pero nada ajustados a la realidad, es decir, puros pasatiempos numéricos. La economía, argumentaron, es una ciencia social porque se ocupa de las necesidades y los anhelos de las personas y comunidades. Sin embargo, parece que sólo estuviera interesada en la producción y comercio de mercancías. Por eso llamaron a su manifiesto «Economía postautista». Era una fantástica definición de la principal patología que sufre dicha ciencia. Una in- capacidad patológica (e ideológica) para dialogar con el resto del saber humano. El manifiesto postautista quizá fue el más sonado y glamuroso (es lo que tiene la Sorbona), pero, dieciocho años antes, en plena euforia neoliberal, la American Eco- nomic Association organizó una comisión para evaluar los programas de las licenciaturas en economía. Las con- clusiones, de una franqueza incuestionable, fueron publi- cadas en el Journal of Economic Literature en 1991. Allí pue- de leerse que la comisión temía que: «Los programas de licenciatura dieran lugar a una generación con demasia- dos “tontos sabios”, hábiles en técnicas pero inocentes cuando se tratara de asuntos económicos reales». En ese informe, sin embargo, no se exploran las causas de esa docta ignorancia, ni se desvía la culpa hacia dogmas

como la eficiencia eterna del mercado o la racionalidad absoluta de las decisiones económicas. Los miembros de esa generación por la que el infor- me sufría, esos tontos sabios que se licenciaron a finales de los ochenta son, precisamente, los que han ayudado a arruinar el mundo. En 2006, cuando la crisis era un imposible, la revista Forbes hizo un ranking de los mejores y más preclaros analistas financieros. El número uno era Robert Spingarn, especialista en vender armamento. Te- nía cuarenta años cuando encabezó la lista; o sea, licen- ciado a finales de los ochenta. El segundo y el tercero también estaban en el rango de cuarentones que apren- dieron economía en los años del fin de la historia. Nin- guno de ellos lo vio venir. Ninguno supo qué hacer. Soy economista y os pido disculpas es un libro de Floren- ce Noiville, antigua alumna de uno de esos cenobios posteconómicos que son las escuelas de negocios. En una entrevista de La Vanguardia Noiville explicaba: «En las escuelas de negocios tu talento lo vuelven avaricia. Son como aspiradoras de inteligencia, ilusión y juventud que devuelven a la sociedad tipos engreídos, cínicos y ajenos al bienestar colectivo. Están obsesionados por hacerse más ricos normalmente a costa de todos». Son, pues, hi- jos de aquellos tontos sabios de los años ochenta, gente formada en un esprit de corps, en la obediencia a la doctri- na y en la praxis de razzia financiera. Sus conocimientos económicos se limitan a saber dónde se juegan las timbas y los trucos para hacer trampas. «Le aseguro que no hay nada que hagan que no pueda hacer cualquiera con una inteligencia media y capacidad de ponerse una corbata y una camisa limpias cada mañana. Y de decir “sí, señor”», sentenciaba Noiville en la entrevista. La ignorancia es una parte fundamental de ese entrenamiento castrense que ahora se llama profesionalismo. No preguntarse nada es hoy lo propio del sabio. Sobre todo del economista. En 1936 Keynes ya reconocía que el problema de la economía no era tanto tener nuevas ideas, sino escapar de las viejas, de esos antiguos planteamientos que persisten por la vanidad académica y el miedo a que un pensa- miento crítico o una actitud contestataria te arruine una buena beca. En Debunking Economics. The Naked Emperor of Social Sciences el australiano Steve Keen advierte que los econo- mistas insiders rechazan

ser comparados con los políticos o intelectuales, e insisten en que sus recetas, que invariablemente ayudan a los ricos, son neutras y científicas. Keen afirma:
Llegué a la conclusion de que el motivo por el que su comportamiento era tan antiintelectual, tan aparente- mente destructivo desde un punto de vista social, y tan aparentemente cargado de ideología, era profundo, más profundo que cualquier clase de patología personal de superficie. Comprendí que la causa no se debía a nada individual, sino que radicaba en la formación que los economistas habían recibido, pues era ésta la que les conducía a mostrar comportamientos más propios de unos fanáticos que de unos intelectuales desapasionados.

Según Keen, es la educación económica en su ver- sión actual la que incita al dogmatismo y la intolerancia. Y sería esa misma academia la que ha hecho del científico un inquisidor. La que ha convertido al economista, azu- zado por una mezcla de vanidad, codicia y poder omní- modo, en evangelizador posteconómico.

LA BURBUJA Vamos a necesitar un barco más grande. Roy Scheider, Tiburón El papel pintado vuelve a estar de moda. Este básico de la decoración ha regresado con fuerza para marcar tendencia en el siglo xxi. Nuevos estampados, atrevidas combinaciones y la estética de los setenta como trend topic constitu- yen el paisaje donde este clásico elemento de decoración puede dar más de sí. Barato, divertido, juvenil y fácil de instalar, el papel pintado se posiciona con fuerza como una opción sostenible y artística para decorar todo tipo de espacios. Instalar el papel pintado puede ser además un diverti- do juego y una desestresante terapia. ¡Probadlo en pareja! Eso sí, a la hora de ponerlo, tengan mucho cuidado con las burbujas de aire que suelen formarse. A menudo, si no estamos atentos, esas irregularidades nos harán pasar un mal rato, pues pueden desplazarse y es difícil aplastarlas. Esas burbujas en el papel pintado recuerdan, en su rebel- de comportamiento, a las burbujas

financieras que asolan la tierra desde la privatización del campo socialista, a fina- les de los años ochenta. Es tan fastidioso eliminar una burbuja del papel pinta- do como del sistema económico global. Por eso les doy algunos consejos. En el caso del papel, lo recomendable es ocultarla detrás de algún armario o cuadro. En el caso de la economía, la ocultación no hace más que alimen- tarla. Lo mejor es desplazarla rápidamente hacia las zonas que se han visto poco afectadas por una burbuja anterior. Bueno, por la anterior posición de la misma burbuja, para ser más exactos, porque el proceso llamado financiarización lo que ha generado es la infinita movilidad, mu- tación y desarrollo de una gran burbuja primigenia. Una burbuja de dinero que, como no existe, no se puede extinguir. Si la deuda no se salda, la burbuja conti- núa en otro lugar y con otros medios. Y como saldar deu- das es un marrón, más vale sacar beneficio de lo segundo. Así que las burbujas se han convertido en medio de transporte (de activos) y en fuente de alimento cuando se las deja pastando sobre un país o sector. Igualito que un rebaño de yaks. Nixon y la jota manchega Mientras en un abarrotado Teatro Quijano de Ciudad Real se celebraba con éxito el III Festival de la Canción Manchega, en un sombrío despacho de una Casa Blanca, en la ciudad de Washington, Richard Nixon la liaba parda. Era el 15 de agosto de 1971, y el mundo vivía confia- do en que la prosperidad creciente conseguida después de la guerra sería eterna. Pero aquel día de verano Nixon no estaba para jotas manchegas. La guerra de Vietnam, que salió por un pico, trajo problemas deficitarios y som- bras de inflación internacional. Miedos que hicieron que comenzaran a cambiarse dólares por oro de la Reserva Federal, lo cual debilitaba aún más la postura yanqui. Asesorado por un tal Milton Friedman, Nixon decide pulirse la convertibilidad del dólar con el oro, base del sistema de Bretton Woods adoptado en 1947 y puntal de la prosperidad de Occidente. A partir de ese verano, la volatilidad, que es cuando una divisa se vuelve ligera de cascos, sería cada vez más escandalosa. El tipo de cambio entre monedas quedó al arbitrio del mercado. Y eso hizo que de la nada apareciera un nuevo negocio: la especula- ción global.

Allí empezó todo. Con Nixon, no en Ciudad Real. Pero la burbuja viajera se vistió de largo de la mano de la perversa globalización, nacida en 1989. Su primer baile de debutante lo tuvo con el apuesto filósofo-mangante George Soros. En 1992, tres años después de la caída del Muro de Berlín, este Atila de las finanzas mostró al mun- do lo divertido que podía ser este nuevo business al atacar a la libra esterlina, sacarla del sistema financiero y hacerse rico y famoso en un plis-plas. En El nuevo paradigma de los mercados financieros Soros explica muy bien cómo va el burbujismo que él ayudó a inflar:
Todas estas crisis forman parte de lo que yo llamo una superburbuja, un proceso reflexivo de largo plazo que ha evolucionado a lo largo de los últimos veinticin- co años. Proceso que consiste en una tendencia actual, la expansión crediticia, y una concepción equivocada ac- tual, el fundamentalismo de mercado... La crisis actual es un punto de inflexión en el que tanto la tendencia como la concepción equivocada se han vuelto insostenibles.

Por lo tanto, creer en el mercado y en la expansión del crédito como argumentaba la ortodoxia económica es como mezclar Mentos con Cocacola. Explosivo y di- vertido pero queda todo perdido. Soros nos dice que ese juego ha llegado a un punto que no se puede sostener. Así que, conociéndolo, lo que habrá que hacer es ampliar y extender. Patada adelante. Desde 1971 esa burbuja, alimentada primero por el ahorro, la deuda soberana, y luego por los derivados fi- nancieros, ha ido arrasando las economías, como un tor- nado en Kansas. Para reforzar la imagen de una burbuja errática e inquieta no hay más que acudir al estudio de Caprio y Klingebiel del año 2003 sobre las crisis, en el que contabilizaron 117 crisis bancarias king size en 93 paí- ses, desde 1970 hasta 2003. Asimismo, el mundo sufrió 113 episodios del llamado «stress financiero» en otros 17 países. De las 117 crisis bancarias sistémicas, 78 se desa- rrollaron mientras sonaba britpop, es decir, en los alegres años noventa. Y las que podemos calificar como no sisté- micas, los 42 patatús restantes, también tuvieron lugar en la misma década, cuando, ironicamente, el capitalismo global, según los expertos, chutaba como un tiro.

Adjuntamos, a modo de juego mnemotécnico, la lla- mada lista corta de las crisis financieras de los últimos trein- ta años para que vean que no es excepción, es sistema: 1982: México 1985: Chile 1987: Lunes Negro de Wall Street 1990: Burbuja inmobiliaria sueca 1992: Devaluación de la libra esterlina 1995: México, efecto Tequila 1995: Argentina 1997-1998: Crisis financiera asiática 1998: Rusia, bolsas mundiales y estanflación japonesa 1999: Se inicia la crisis Argentina 2000-2001: Estados Unidos, crisis puntocom, Enron, Worldcom 2001: Corralito argentino 2008: Estados Unidos: Lehman Brothers 2010: Grecia, Irlanda 2011: Portugal Sin fricción física ni temporal y alimentada por la red, la gran burbuja, como una tormenta solar en al vacío, no tiene por qué desacelerarse. No se gesta por escasez de materias primas. No la origina el exceso o la falta en el flujo de producción. Al contrario. El principio activo, el daimon de la posteconomía es la burbuja misma. Ella toca y determina si un bien será escaso o abundante, si aquel producto llegará a venderse o si ese sector caerá en la rui- na. Primero la burbuja móvil, planetaria, el djinn de la deuda, y a su disposición, la vieja economía real abierta a ser vampirizada. Lo sólido frente al torbellino, frente a la tormenta de arena, el simún, el tsunami que todo lo arra- sa. La burbuja precede a la recesión, como la trompeta al Apocalipsis. Por eso una burbuja sólo puede ser sustitui- da por otra burbuja: la puntocom por la inmobiliaria, y ésta por la burbuja del rescate, en la que andamos ahora y luego... A comienzos de la crisis, Stephen Schwarzman, di- rector ejecutivo de Blackstone Group LP, una de las ma- yores empresas de servicios financieros, dijo que en un año y medio se había destruido entre el 40% y 45% de toda la riqueza mundial. Obviamente, se trata de riqueza financiera, de esa que sólo se crea y se destruye inflando globos. Lo

destacable es el tamaño de la explosión, lo que obliga a que la implicación de los estados (y su dinero público) empiece a ser sistémica incluso para ellos. El gran saqueo de los fondos públicos ha elevado la apuesta al máximo porque la próxima vez ya no tendre- mos a los estados para rescatarnos. Ellos serán los que ne- cesiten tal rescate... ¿De manos de quién?, me pregunto. PARECE QUE SE VA PERO VUELVE ¿Es malo apostar o sólo perder? Marlon Brando, Ellos y ellas Richard Sennett es un señor muy simpático y razonable que ha tenido el acierto de describir la crisis actual con el ajustadísimo nombre de «capital impaciente». Esa impa- ciencia es debida, en parte, a la imposibilidad ideológica y física de hacer reposar el capital fluctuante sobre algún sector productivo; la dificultad de que ese capital riegue, desde las nubosas alturas del mercado financiero, el cam- po de la economía productiva. Un capital ansioso que tiene, además, una característica muy particular: la reflexividad. Los precios financieros actúan a partir de una función autorreflexiva, según descubrió nuestro ya viejo amigo George Soros. Esto quiere decir que el precio de un pro- ducto se fija según las expectativas de lo que ocurrirá con él mañana, pero esta acción modifica de inmediato el presente de lo tasado. Ese cambio inicia un nuevo proce- so de estimación futura y un nuevo precio según: a) lo que se cree que sucederá, y b) lo que hacen hoy algunos agentes a partir de a). Es lo que se llama una reflexión de segundo grado, que no tiene nada que ver con pensarse las cosas dos veces. La reflexividad soriana (de Soros) es un motor burbu- jero de primer orden. Pongamos un ejemplo. «Compra estufas de Malasia», te dice Soros una tarde tonta al sali del multicine con la cuadrilla. Se corre la voz y todos acuden a la puja. Ante el subidón de demanda sube el precio. «¿Ves? Te dije que comprases estufas de Malasia. Están subiendo», te confirma. Ante el hecho empírico de que la estufa sube de valor, hay quien dobla la

apuesta por participar en el next big thing. Las informaciones se expanden víricamente y los malayos flipan. Evidente- mente nadie allí quiere oír hablar de reflexividad del mercado. El suyo ha sido un modelo de éxito y de I+D en el ramo de la calefacción. Muchos malayos abrirán fá- bricas de estufas; ahora creen estar especialmente dotados para fabricarlas. Es más, la economía malaya se volcará con crédito y dinero público a la industria estufera. Pese a haber más oferta, no baja el precio, sino que suben los beneficios de quien trafica con el calor malayo. La super- burbuja absorbe dentro de sí todas las contradicciones. El final de la historia creo que se lo imaginan: una mañana, a la hora del vermut, alguien comenta: «¿Y para qué sirven exactamente las estufas en Malasia?». ¡Pum!, la cagamos. Llaman apurados, pero les salta el contestador: «Hola, soy George Soros, ahora no puedo ponerme, he ido a una comunión en las Chimbambas...». Un ping-pong infer- nal, si se me permite ponerle título de peli china de serie B. Un proceso que acaba con el poder de verificación de todo valor en el futuro. Ese lugar donde sólo se accede con poderes espiritistas o poniéndole morro. El mercado, así entendido, no distribuye ni asigna re- cursos de manera racional, tal y como dicen los teóricos. Bombea impulsos y tiene pálpitos según ese extraño con- cepto del que hablaba Federico Rampini: el momentum investing, o lo que es lo mismo: «Que para ganar en la Bolsa no era necesario perder el tiempo en el análisis de las sociedades cotizantes; era necesario intuir a tiempo sobre qué títulos se estaba abalanzando la muchedumbre, hacerse transportar por la ola, entrar en la inevitable subi- da». (Dall’euforia al crollo. La seconda vita della new economy, 2001.) Muere el mercado como reunión de sujetos infor- mados que toman decisiones racionales para convertirse en una turbamulta de borregos persiguiendo el mogollón guiados tanto por el miedo como por la codicia. ESPERANDO SEXTO CICLO COMO QUIEN ESPERA EL 34 El capital jamás resuelve sus problemas: simplemente los cambia de lugar. David Harvey Tengo una gran simpatía por el economista ruso Nikolai Dmítrievich Kondratiev. El bueno de Kondratiev y Pak Nam-gi, ministro de Corea del Norte, que firmó una catastrófica reforma monetaria, han sido los dos

únicos economistas fusilados por el ejercicio de su oficio. No estoy diciendo que sean pocos ni que ésa sea una práctica recomendable, aunque llama la atención tan pocas bajas dentro de un gremio que causa unas calamidades tan de- vastadoras. A Kondratiev le fusilaron por pensar que la economía iba a ciclos largos y cortos, como las faldas. El comunismo no podía admitir los ciclos económicos (las faldas cortas tampoco) porque el camino hacia la dictadura del proletariado y la superación de la lucha de clases estaba clara y rectamente marcado. Pero el mundo capitalista sí que ha sabido apreciar a Kondratiev (a Pak Nam-gi no, injusta- mente) difundiendo la creencia en ciclos largos, medios y cortos, que se solapan y se estiran o arrugan entre sí. Los ciclos largos, los K, se dividen en cuatro estacio- nes, como la pizza. Ahora nos encontramos en el invier- no del descontento del quinto ciclo Kondratiev, que, di- cho así, parece sacado de un calendario maya. Dicen los expertos como David Knox Barker que los inviernos K duran aproximadamente dieciseis años, o sea, que si este empezó en el año 2000 con la burbuja tecnológica, aún tenemos nevada para rato. Sin embargo la percepción actual es que el ciclo, en tanto que metáfora lineal, ha sido superado. No porque sea concepto inválido, sino porque tiene más dimensio- nes. Al ciclo temporal se le añaden dimensiones. Como ocurre en física, encontramos ciclos paralelos, propiedades de ubicuidad y distorsiones de todo tipo. Hoy la burbuja eterna viaja en el tiempo instalada en los ciclos, pero tam- bién se mueve por el espacio. David Harvey, el geógrafo y hombre de moda del anticapitalismo de hoy, llama a estas propiedades milagrosas el «ajuste espacio-temporal». La nebulosa de capital-riesgo, los púlsares financieros, las espirales de capital burbujista modifican el clasicote ciclo de producción shumpeteriana. Pero no sabemos cómo ni hacia donde. Sí podemos intuir qué pasa cuando la burbuja es gigantesca mirando hacia el pasado. Si leemos, por ejemplo, la descripción que hace Hannah Aren- dt de la globalización del siglo xix en su libro Los orígenes del totalitarismo, las similitudes son pasmosas: La expansión imperialista ha sido provocada por un curioso tipo de crisis económica, la sobreproducción de capital y el surgimiento de dinero «superfluo», producto del ahorro excesivo que ya no

podía encontrar inversio- nes productivas dentro de las propias fronteras. Por pri- mera vez, la inversión del poder no abría el camino para la inversión del dinero, sino que la exportación del po- der se limitaba a seguir, tímidamente, a la exportación del dinero, puesto que las inversiones incontroladas en países lejanos amenazaban con convertir a amplias capas de la sociedad en apostadores, con transformar al con- junto del sistema capitalista de un sistema de producción a uno de especulación financiera y reemplazar el beneficio de la producción por los beneficios de las comisiones. La década inmediatamente anterior a la era imperia- lista, los setenta del siglo XIX, fue testigo de una escalada sin precedentes de los escándalos financieros y la especulación bursátil. Y como ya pasó en aquella megaburbuja, la inmensa nube de capital especulativo sólo puede reinyectarse en el sistema productivo creando un evento singular, espas- módico y masivo. La expansión colonial, la Segunda Guerra Mundial... fueron todas ellas situaciones de reset material o de necesidad excepcional que facilitaron la conversión del dinero superfluo en dinero útil. Hoy de- beríamos estar ya buscando una buena guerra, un inven- to revolucionario o una catástrofe gigantesca que permitiera reiniciar ese movimiento. Así que, si se les ocurre cualquier cosa...

HIZO LLAMAR LA REINA A UN ECONOMISTA... Hizo llamar el rey a magos, astrólogos, en- cantadores y caldeospara que le explicasen sus sueños... Entonces hablaron los caldeos al rey en lengua aramea: «Rey, di el sueño a tus sier- vos y te mostraremos la interpretación». Daniel 2, 2 En Inglaterra el 5 de noviembre se celebra el día de Guy Fawkes, un católico que quiso volar el parlamento con el rey Jacobo y sus lores dentro. El fracaso del complot se celebraba como el triunfo de la monarquía, hasta que Alan Moore utilizó el personaje de Fawkes para ilustrar su obra V de Vendetta. A partir de entonces el malvado conspirador pasó a ser el símbolo de la revuelta de principios de siglo. El 5 de noviembre, que ha pasado de ser una fiesta real a una celebración libertaria, acumula otra singular efeméride.. Ese nuevo significado apareció en el año 2008. En esa memorable jornada, su resistente majestad

Isabel II, cabeza de la Iglesia de Inglaterra, se fue de visita a la London School of Economics, lugar donde estudió con provecho Mick Jagger, entre otros triunfadores. Traje chaqueta blanco con bolso, guantes y zapatos ne- gros cubiertos todos por un gran sombrero en forma de marmita invertida. Iba la señora a inaugurar el New Aca- demic Building con sus tijeritas para la cinta y su discursi- to doblado en el bolso de mano cuando, de repente, se giró hacia un súbdito que la guiaba con solícito pelotis- mo y le preguntó: «¿Por qué nadie lo vio venir?». Edeca- nes y chambelanes, mayordomos y asistentes, pares del reino, lores y villanos, todos sostuvieron el aliento ante aquella pregunta real. Hay que recordar que tan sólo hacía tres meses que el catacrac de Lehman Brothers había tenido lugar de forma sorpresiva, y la peña andaba bastante mosca con la profe- sión economística. «¿Por qué nadie sabía nada?», insistió la señora, en plena inquisición sobre la crisis financiera que abría sus fauces, por aquel entonces, a su primer bostezo. Y frente al escalofrío de la corte, el súbdito que la acompañaba, su bizarro guía en la visita al LSE, le dio cumplida respuesta. Allí estaba él. Un joven y apuesto caballero castellano, hirsuto hidalgo que a la sazón im- partía en la institución y era conocido en la comarca por el nombre de Luis Garicano. A pesar de ser español, Ga- ricano fue capaz de contestar en inglés a la monarca: «En cada etapa, alguien confiaba en otro alguien, y cada uno pensó que hacía lo correcto», dijo el recio economista ibérico. Pero si estas cosas son tan grandes, ¿por qué todo el mundo «las obvió»?, insistió una vez más la Reina no por miedo a que su pueblo sufriese penalidades, sino porque su real fortuna ya había perdido veinticinco millones de libras en el patatús de Lehman. Garicano y el séquito le regalaron un pomo de flores blancas, la dejaron ir a hacer pipí en el nuevo edificio y finalmente la acompañaron hasta el coche. Sin embargo, el cuadro de economistas reales, y los virtuales que supieron de real cuestión, se quedaron con un mal sabor de boca, de manera que no podían dar por zanjado el asunto. Tras ocho meses de mucho pensar y discurrir, enviaron dos respuestas a la siguiente dirección de correo postal: Her Majesty The Queen, Buckingham Palace, London SW1A 1AA. En el remite podía leerse una céntrica dirección: 10 Carlton House Terrace, London SW1Y 5AH, lugar que

corres- ponde al garito de la British Academy. Y como remiten- tes, dos nombres serios y contrastados: Tim Besley y Pe- ter Hennessy. Tres folios apretados le llegaron a Isabel II, y la expli- cación, después de tan duro trabajo, sonaba a excusa bal- buceante propia de alumnos pillados en mitad de una guerra de tizas: «La mayoría estaba convencida de que los bancos sabían lo que hacían. Creían que los expertos fi- nancieros habían encontrado nuevas fórmulas para diluir la gestión de riesgos. Es difícil imaginar un mejor ejem- plo de ficción y soberbia». Creían, pensaban... Una ter- cera persona del plural inquietante viniendo de una aca- demia, pues traslada y escabulle su responsabilidad mientras reduce a la nada su autoridad como centro de análisis y previsión. Es posible que la codicia alimentara a los banqueros y que el orgullo cegara a los reguladores que deberían, como bien decía la carta, «retirar el ponche cuando se anima la fiesta». Pero lo que parece extraño es que los científicos, los que supuestamente observaban la economía de manera desapasionada y objetiva, no fuesen conscientes y combativos ante el desastre. «Entonces, ¿cuál era el problema?», se pregunta la real misiva. «Todo el mundo parecía estar cumpliendo su de- ber de acuerdo con su nivel de calificaciones. Y, según los criterios estándar de medición del éxito, casi siempre lo estaban haciendo bien.» Pero si todos hacían lo correcto, ¿cómo es posible que ese comportamiento les llevase a la catástrofe? Juan Luis Vives, el humanista valenciano del siglo xvi, se preguntaba lo mismo en sus comentarios acerca de La Ciudad de Dios de san Agustín: «¿Cómo el bien puede ser causa del mal?». Y contestaba: «Porque cuando la voluntad abandona lo superior y se vuelve ha- cia las cosas inferiores, se hace mala; y no por ser malo aquello hacia lo que se vuelve, sino porque es malo el hecho de volverse». Cuando los reguladores y académicos cayeron en la autocomplacencia y la vanidad, cuando no directamente en la codicia, causaron el mal, puesto que se desviaron de la función de rigidez, control y neu- tralidad. Con Vives no se trata de hacia dónde miraron, sino que, irresponsables, dejaron de vigilar lo que debían. Y sigue la jeremiada: «La psicología del gregarismo y el mantra de los gurús financieros y políticos condujeron a la adopción de una receta peligrosa. Si bien pudo ser correcto pensar que los riesgos individuales eran peque- ños, parece que nadie pensó en que los riesgos a los que se

enfrentaba el sistema visto como un todo eran enormes». Psicologismo, gregarismo, magnitud del riesgo, errores que una disciplina como la economía, supuesta- mente científica, debería saber depurar de su propio ins- trumental epistemológico. La pregunta de la Reina si- guió produciendo abundante literatura, y son esos textos, las respuestas y las excusas, las que constituyen un valioso corpus que disecciona lo que no es más que el agota- miento gnoseológico de la economía. Cansancio metodológico y casi diría que hasta fatiga física, con sudoración y bufidos por puro desfondamiento. Agotamiento de una ciencia desmadrada, que ha per- dido, por supuesto, su capacidad predictiva y su utilidad planificadora. Una disciplina que, ante la inocente pre- gunta de una humilde Emperatriz, es ella, y no la monar- ca, la que se descubre desnuda sin que nadie antes le hu- biese advertido de su estado. La primera de las cartas termina así: «En resumen, su Majestad», concluyen estos economistas, «la incapacidad para prever el momento, el alcance y la gravedad de la crisis se debió principalmente a un fallo de la imaginación colectiva de mucha gente brillante que no comprendió los riesgos del sistema económico y financiero en su con- junto». Dicen que falló la imaginación colectiva de la gente brillante, pero no fue exactamente así. Lo que pasa es que la imaginación colectiva de la gente brillante no estaba precisamente trabajando para mantener el sistema. La imaginación colectiva de la gente brillante soñaba con apropiárselo. (...) SEGUNDA PARTE SAN AGUSTÍN INVIERTE EN HEDGE FUNDS    “Las dos ciudades, en efecto, se encuentran mezcladas y confundidas en esta vida terrestre, hasta que las separe el Juicio Final” San Agustín Civitate Dei

    ¡A por otra metáfora medievalista!  San Agustín de Hipona vio con sus ojitos de santo cómo Roma, la Eterna, caía en manos de Alarico que era un bruto. No debió ser aquella una tarde con mucho ambiente en las terrazas de Via Veneto. Y se conoce que, del mismo susto, el hombre escribió De Civitate Dei, La Ciudad de Dios. Allí habla, entre muchas y muy sustanciosas cosas, de la existencia de dos ciudades, una terrenal y corrupta y la otra (ya lo habrán adivinado) celestial y pura. La caída de Roma le hizo albergar la esperanza de que por mucho bárbaro antorcha en mano que arrasase la obra del hombre, otra ciudad, a salvo de la destrucción, se estaba construyendo en el cielo. Ya ven, literatura escapista. Como bien explica la cita, ambas ciudades se encuentran juntas, indistiguibles y uno ha de saber a cual quiere servir para encontrar piso en la buena cuando eso del Apocalipsis.  Vamos a trasladar la idea de Don Agustín a lo nuestro. Podemos interpretar el cesaropapismo derivado de la metáfora agustiniana en los dos poderes que sufrimos: el econócrata y el político. El primero, celestial, trata de la Jerusalén cibernética, el mundo de intercambios, hiper-intercambios y la generación estocástica de precios gobernados por la teología de la multiplicación. La Jerusalén terrena (el mundo de lo político) se asociaría con el control social old school, de toda la vida. El corpus biopolítico: movimiento, pensamiento, costumbres, enfermedad, educación etc. Pues como dice San Agustín: “Unos viven según la carne, y otros según el espíritu.”   El gobierno de lo etéreo Un ejemplo que saco del libro “El club de los elegidos” de David Rothkopf y por eso los datos tienen sus añitos aunque nos siguen siendo válidos. De acuerdo con la lista de la revista Institutional Investors Alpha, hay tres gerentes de fondos de cobertura que ganaron más de 1.000 millones de dólares en 2006: James Simons, un ex profesor de matemáticas, por su fondo Medaillon de 6.000 millones de dólares; Kenneth C. Griffin, del célebre Citadel Investment Group de Chicago, y Eddie Lampert. Estos tres magnates ganaron ese dinero con tres compañías que no han fabricado nada. Ni el palo de una escoba. Sin embargo sus

ganancias están por encima del PIB de más de 30 países con sus cocoteros, pescadores y profesores de gimnasia.  Es en la ciudad celestial por la que se mueven esos tres y otros miles, los “santos” de hoy. Una ciudad muchísimo más espaciosa y rica que la Jerusalén nuestra y terrena, de atasco y caca de perro. Fíjense en lo siguiente. El 31 de diciembre del año 2010 el dinero existente en el  mercado de derivados llegaba a la nada desdeñable cifra de 601 billones de dólares. El 30 junio del 2011 ya era de 707 billones de dólares, según informaba el Banco de Pagos Internacionales (BIS, en inglés) El caso es que el PIB del planeta Tierra es, tan sólo, de 63 billones. Las cifras están bien, no faltan ceros. La cantidad de dinero “etéreo”, ficticio, creado financieramente supera más de diez veces la cantidad de bienes y servicios que se pueden comprar en este mundo. Y no sólo hay diez veces más dinero del que es necesario para comprarlo todo sino que éste, el dinero financiero, crece de manera exponencial. En esos seis meses que reseñamos creció tanto como en los últimos 12 años, en los que se incrementó también en unos 100 billones de dólares. La ciudad de dios (es decir, la esfera del dinero seráfico) es diez veces más grande que la Jerusalén terrena. Diez veces más ángeles que pecadores, por seguir con San Agustín. Eso ejemplifica a las claras el poder de la Jerusalén divina sobre la terrena puesto que el dinero financiero, el inefable, no sólo es invisible sino que al estar orientado sobre la deuda, atraviesa también el muro del tiempo y vive en toda la escala temporal. Es eterno, como la mala uva del arcángel San Miguel. Ustedes saben que el banco solo debe guardar de manera efectiva una parte de su dinero. Pongamos un 10%. Si a un banquero su madre le da como aguinaldo 10 leuros físicos, de papel, inmediatamente él puede prestar 90, los tenga o no. Ya saben, tirando de numeritos en el ordenador. El sustento de estos prodigios es una sencilla función matemática que se aplican a las reservas bancarias.  Se trata del multiplicador monetario, y su fórmula, de gran simpleza es m=1/r. Como aquí somos todos de letras, pondré lo que he leído: Por ejemplo, ante un nivel de reservas del 50% (r =0,5 en la ecuación), el multiplicador monetario es 2. Pues bien, cuando llegó las burbujas, las reservas llegaron a ser inferiores al 0,001%, lo que indica que por cada millón de dólares que estaban efectivamente en depósito, se

podían crear 1.000 millones de dólares de la nada. Los anglosajones tienen una fantástica expresión para este tipo de pasta etérea: Thin-air money. Todo un percepto deleuziano que emparenta la mar de bien con aquello del “espíritu sutil” que se solía utilizar en la alquimia medieval. Aunque en todo esto lo que resuena con fuerza es el chirriar de las esferas celestes neoplatónicas, en su incesante y automática danza o, como dijo, Daniel Bell en «Models and Reality in Economic Discourse», El capitalismo se considera «un precioso conjunto de movimientos (…) una maquinaria  celestial”.   Las referencias a la divinidad del proceso de creación monetario y de la santidad de su gestión no son ocurrencias mías ¡Que más querría! “La Fed hizo el trabajo de Dios y rescató en secreto a megabancos y grandes corporaciones” Así titulaba Marco Antonio Moreno su artículo del 4 de diciembre de 2010 en el conocido Blogsalmón. En ese caso, la labor de Dios es ampliar el dinero thin air para aumentar el espejismo. Sigue así la imagen del banquero-demiurgo que hiciera famosa el director de Goldman Sachs Lloyd Blankfein cuando dijo: “No soy más que un banquero haciendo el trabajo de dios” De dios o de un teólogo porque la posteconomía, como ya hemos dicho, es una disciplina teológica. Ptolomeo, en el prefacio de su Almagesto nos avisa de que la teología se caracteriza por: «La absoluta invisibilidad e incomprensibilidad de su objeto» En este caso, el dinero electrónico, el producto derivado complejo, El High Frequency Trade y cientos de categorías angélicas de una sutilidad propias de la más fina escolástica o de la más mordaz finanza. Y tal como se desarrolló el negocio de las bulas e indulgencias a partir de que se inventa el purgatorio a mediados del siglo XII, de la misma manera vendemos hoy bonos para un limbo cotizable.  Haríamos bien pues en hacer caso a aquella frase de Burke que dice que el dinero es el sustituto técnico de dios. Georg Simmel, siempre brillante, en “La  filosofía del dinero: (edición del instituto de estudios políticos 1977 Cita extraída de Las máscaras del dinero de Celso Sánchez Capdequí) “El dinero como medio absoluto, y al mismo tiempo, punto de unión de incontables órdenes finales en su forma psicológica, tiene relaciones muy importantes con al idea de dios. La idea de Dios encuentra su esencia más profunda en el hecho de que toda la diversidad y las contradicciones del

mundo alcanzan la unidad en Él, puesto que es, coincidentia oppositorum.” Así es cómo Nicolás de Cusa describía a la divinidad, la coincidencia de opuestos, algo que el dinero cumple a la perfección. Material/ etéreo Limitado/sin fin. Benefactor/corruptor. Y remato la faena con Chesterton, que siempre da lustre: "Cuando los hombres ya no creen en Dios, no es que ya no crean en nada: creen en todo” LA ORDEN DE LOS SEÑORES DEUDALES
Los ricos no son felices. Desde el día en que nacen hasta el día en que mueren creen que son felices. Mas créeme... no lo son.
Moe Szyslak, Los Simpson

Es posible reunir a un considerable número de gente en amor mutuo, siempre que haya otra gente dejada fuera para recibir las manifestaciones de su agresividad», dejó escrito Freud en La civilización y sus descontentos. La clase señorial, la nueva aristocracia, se agrupa, como bien per- cibió el médico austríaco, en torno al desprecio por aquellos que no forman parte del ya célebre 1%. La conformación de esa clase, la ebullición y la solidi- ficación de esa orden selecta ha sido bien dibujada por el antes citado David Rothkopf en El club de los elegidos. Dice el autor, que suele frecuentar Davos y otros cóncla- ves y sínodos de La Orden: «Desde hace algunos dece- nios se ha estado formando una nueva comunidad, al mismo tiempo que las economías se extienden más allá de las fronteras». Rothkopf recoge múltiples declaracio- nes en ese sentido, como la de Stephen Schwarzman, di- rector ejecutivo del Grupo Blackstone: «El mundo es muy pequeño — me dijo Schwarzman durante nuestro almuerzo—. En casi todas las áreas en las que interactúo o en las que buscamos negocios para Blackstone encuen- tro veinte, treinta o cincuenta personas de todo el mun- do que finalmente impulsan la industria o el sector». Por lo tanto, no se trata de «conspiranoia» ni de oscu- ras hermandades de encapuchados, (aunque si yo fuese uno de los que gobiernan el mundo estaría muy tentado de vestirme con hábitos y sacrificar machos cabríos en un pentáculo) Tampoco se trata de una secta. Es una panda, y muchos lo llaman «capitalismo de amigotes»: crony capi- talism, o como

ingeniosamente se conoce en islandés, Pilsfaldakapítalismi (capitalismo de las faldas, por ese gesto infantil de andar siempre bajo la falda de mamá, travieso pero protegido). Walter Wriston en The Twilight of Sovereingty definió más sutilmente el funcionamiento de esta orden. Se trata de una «conversación global». Un fantástico ejemplo de este tipo de «conversaciones» tuvo lugar el 8 de febrero de 2010. Como informaba The Wall Street Journal del 26 de febrero de 2010, ese día se concelebró una cenita en- tre amigos, un ágape que ya se conoce como «el complot del filet mignon». Townhouse es un salón privado del Hotel Park Ave- nue, en el número 100 de la calle 63, que está en un ba- rrio bastante bueno de Nueva York. Allí se reunieron para cenar (pollo al limón, champán y el ya célebre filet mignon de 44 dólares regado por un Montrachet y la consabida botellita de Krug) representantes de los más poderosos hedge funds: Greenlight Capital, SAC Capital Advisors y Soros Fund Management, entre otros. Según el The Wall Street Journal, allí se decidió, en un ambiente optimista y cordial, que sería rentable y factible atacar al euro. Pero lo importante no es lo que conversaron, sino el lento pero constante afloramiento a la luz pública de estos cenáculos. Primero fue Davos, convertido hoy en día en puro folklore. Unas verdaderas justas entre caba- lleros posteconómicos. La idea, supongo es que los ciu- dadanos vayan aceptando que hay un poder no democrá- tico pero eficazmente tecnocrático que gobierna por encima del gallinero parlamentario. Por ello va dejándose ver: para añadir auctoritas a su indiscutible potestas. Al hilo de esta normalización, es significativo ver cómo se está imponiendo el término «organización» don- de antes se hablaba de empresa o compañía. Se destaca así su eficiencia, su control, por encima de su función pro- ductiva. Al igual que la Iglesia en el Bajo Imperio, ante el caos social, las organizaciones (bien sean de obispos o de MBAs) proveen no sólo productos, sino orden y sentido. El desembarco de tecnócratas en los gobiernos euro- peos durante el año 2011 formaría también parte de ese movimiento de legitimación. Al igual que se aceptó al se- ñor feudal porque poseía la fuerza y los contactos políticos para mantener la paz en un territorio, así se va acentuando la idea de que es mejor un gran empresario, un insider, al- guien que calme a los

mercados, de la misma forma que enviaron a Aecio, criado entre los hunos, para que se en- frentase a Atila. Sobornos, tratos o alianzas. Una figura del tipo John Doe, el héroe bueno pero ignorante de las películas de Capra, nos daría hoy un pánico insuperable. ¿Un inocente? No, por Dios, que aumenta el riesgo. Quítate tú pa’ ponerme yo (la nueva rule class) ¿Cuál ha sido exactamente el objetivo de la revolución neolib? Si era el crecimiento sin fricción, la economía sin ciclos y la previsión sin riesgo, podríamos decir que ha fracasado. Pero, siguiendo a David Harvey en Breve histo- ria del neoliberalismo, ¿qué pasa si el objetivo neolib no tenía nada que ver con el aumento productivo ni con el crecimiento económico, sino con el reforzamiento (o es- tablecimiento, en el caso de China y Rusia) de una nue- va superélite, la restoration of class power, como lo denomi- na Harvey? Un proceso que arranca, como toda la revolución conservadora, en los años setenta. Entre los autores que cita Harvey destaca Thomas Edsall, un periodista conocedor de los entresijos de Was- hington, quien en 1985 publicó The New Politics of In- equality. Harvey retoma el siguiente párrafo de esa obra:
Durante la década de 1970, las empresas afinaron su capacidad para actuar como clase, sacrificando su instinto competitivo a favor de la unidad y de una actuación co- operadora en la arena legislativa. [...] el tema dominante en la estrategia política de las empresas se convirtió en un interés compartido por echar por tierra leyes como las destinadas a proteger los derechos de los consumidores y por sacar adelante la reforma legislativa laboral.

Sería sencillo y conveniente pensar que este asalto al poder estaba guiado por la pura codicia, y que los ricos además de horteras, son malos malotes. Pero la percep- ción de los más ricos sobre sí mismos a finales de los años setenta era totalmente diferente. Eran ellos los que se veían marginados y castigados por una triple alianza: las élites intelectuales, el aparato burocrático y los demago- gos populistas. Milton Friedman, el san Pablo del neolib, se sentía así en su artículo «De la tecnoestructura a la li- bertad económica», publicado en la revista Libre Empresa en 1978: «Un sentido elemental de la justicia social exige hoy la defensa decidida y positiva de las gentes acomoda- das, por tanto tiempo maltratadas y vilipendiadas».

No, no saquemos la faca todavía, dejémosle que se exprese. Las razones de los conservadores estaban avaladas por el fracaso de las llamadas políticas de desarrollo que desde los años cincuenta intentaban acabar con la pobreza: «Ha sido un excelente negocio para los millares de funcionarios que han hecho carrera gracias a ella y para tantos in- telectuales y profesores como han podido escribir un es- tudio tras otro sobre el tema, pero no ha hecho gran cosa para ayudar a los peor situados en nuestra economía». Y aquí aparece el primer gran enemigo de la revolución conservadora: el pensador nacido entre algodones en la alta burguesía y formado en los elitistas centros de saber tradicional: Oxbridge, el Cambridge de Massachusetts, los normaliens de la rue d’Ulm... Tipos engreídos que constituían el motor del pensamiento izquierdista, una ideología que pretendía salvar al pueblo sin tocarlo. El artículo de Friedman es un ataque cruel a las tesis del bueno de Galbraith y a su figura, como símbolo de esa élite izquierdizante: «No preconiza ningún tipo de impo- sición a las masas de los valores que defiende. Sabe que estos valores son superiores, y cree que si las masas llegan a asimilar un número suficiente de obras suyas, acabarán por compartir sus opiniones y pedirles a él y a sus colegas inte- lectuales que les guíen». La vanity-gauche al descubierto. Por el contrario, la revolución neolib de finales de los años setenta nace en manos de la clase media. Lejos del proletariado idealizado de las izquierdas de salón, aparece tras la guerra un nuevo sujeto político y moral que es el consumidor. Es pueblo pero ya no es «el pueblo». Quiere tranquilidad más que paz, desea tener en lugar de repar- tir, y quiere ser próspero antes que justo. Quiere un co- che, ¡qué caramba! Y ese pueblo que ya no desconfía de la riqueza, al contrario, la jalea y estimula, es la voz que recoge el neolib. Friedman sostiene que esas malditas élites impiden al pueblo lo único que desea: consumir. Y asegura:
Si nos guiásemos por un mercado libre, si fuese el mercado quien realmente gobernase en respuesta a unas necesidades válidas del consumidor, contaríamos con una alternativa al gobierno de los espíritus superiores. Muchos reformadores —en esto Galbraith no está solo— ponen como objeción básica a la libertad de mer- cado que no les deja llevar a cabo sus reformas, porque hace que el pueblo pueda tener lo que quiere y no lo que los reformadores le den. De

ahí la tendencia de los reformadores de toda laya a ser enemigos del mercado libre. El éxito popular de Thatcher y Reagan tiene mucho que ver con ese antielitismo que tiene mucho de antiin- telectualismo. Es la revolución de la gente «normal», en tanto que quiere ser o parecer rica, y eso nos normaliza a todos. La influencia de Schumpeter es también significa- tiva. Ante la creciente complejidad del estado burocráti- co, recomendaba una democracia limitada a la «lucha competitiva por el voto del pueblo». En otras palabras, Pepsi o CocaCola, Kennedy o Nixon.

Este apasionante proceso de impugnación de la de- mocracia lo relata muy bien Gerardo Pisarello en Un lar- go Termidor. De este libro extraigo el mismo plantea- miento que Hayek había descrito en los años cuarenta, la idea de poner «el orden espontáneo del mercado al res- guardo de las urnas». Años después, se perfila la idea de la democracia como una mera sustitución de las élites en un contexto claramente oligárquico, un proceso magnífica- mente relatado en el libro de James K. Galbraith titulado The Predator State. How Conservatives Abandoned the Free Market and Why Liberals Should Too, una obra que mues- tra el vampirismo hacia las estructuras de control y la dis- tribución social que entendíamos por Estado. Y tras la crisis, el asalto final, definido por Antoni Domènech como «la venganza del rentista». Un asalto que se apresta ahora a mudar de piel. Con David Harvey de nuevo: «Sólo nos queda constatar una tensión entre el mantenimiento del capitalismo, por un lado, y la restau- ración/ reconstitución del poder de la clase dirigente, por otro». Éste es, sin duda, el núcleo de la mutación que se está produciendo mientras nosotros miramos los fuegos artificiales de la Gran Recesión. Los neolibs se constituyen en casta señorial y abandonan las leyes vagamente li- berales del capitalismo corporativo para abrazar un siste- ma de clientelismo, vasallaje y autoridad imperial. Un capitalismo de Estado a la china. Según David Havey: «Las clases superiores, insistiendo en la naturaleza sacrosanta de sus derechos de propiedad, prefirieron entonces destruir el sistema antes que entregar parte alguna de sus privilegios o de su poder». Así como el primer feudalismo nace a partir de la le- gislación romana, e incluso Carlomagno se corona como rey de los romanos cuando era obvio que las togas y el espíritu de los Graco ya nada tenían que pelar en la corte

de Aquisgrán, de la misma manera se invocan los más lu- cidos valores liberales: igualdad ante la ley, meritocracia, libertad individual... para construir una estructura de po- der que, a la vista de todos, los desmiente. TENGAN CUIDADO CON ESOS TIPOS, SON PELIGROSOS
Con los mercados en contra, una econo- mía solvente puede verse abocada a la insolvencia.
Jordi Gual, economista jefe de La Caixa, La Vanguardia Dinero, 14 de agosto de 2011

El gran tema de los próximos años será el problema de la oligarquía. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Qué harán ellos con nosotros? ¿Nos dejarán algo para comer? «Ya no es sólo un problema político o moral, sino también económico», dijo Fareed Zakaria, director de Newsweek, en la cumbre de Davos de 2011. «Es un problema económico porque si todos los beneficios del crecimiento van a los más ricos —continuó Zakaria— invertirán el dinero en mercados como la bolsa o el inmobiliario, y esto crea burbujas; en cambio, si la riqueza se reparte, estimula el consumo y el crecimiento de la economía real.» Zhou Min, el economista chino director del FMI, añade: «La desigualdad es el reto más grave al que tenemos que ha- cer frente; va en paralelo con las subidas de la bolsa, y no sólo en Occidente, sino también en Rusia, India, China y Latinoamérica». De hecho, el concilio de Davos de 2011 fue intere- sante porque planteó un tema que sería impensable en el antiguo mundo económico: que unas retribuciones per- sonales puedan desequilibrar todo el sistema. Éste es un tema propio de la posteconomía. Lo que pasó es que la preocupación no pasó de allí, y pronto se volvió a la doc- trina de la austeridad sobre los vasallos, que es, por su- puesto, socialmente más aceptable. Al fin y al cabo, la gente común suele tener miedo y eso permite la extrac- ción de efectivo de manera muy fluida. Las élites dan la espalda al mundo que las sostiene. Ése es un proceso ya antiguo que describió admirablemente Christopher Lasch en su profético libro La rebelión de las élites, que data de 1996. Allí se nos muestra cómo la nue- va élite es hija directa de la globalización y, como ella, tiene un solo patriotismo: la red cosmopolita. Describe Lasch: «El multiculturalismo les sienta perfectamente ya que evoca la agradable imagen de un bazar mundial lleno de productos exóticos [...] Las nuevas

élites sólo se sienten en casa cuando están en tránsito. Su visión del mundo es esencialmente la de un turista, una perspectiva que difícilmente puede suscitar una devoción apasionada por la democracia». Hervé Kempf en su libro Comment les riches détruisent la planète abunda en esa idea banal, desenrraizada e irres- ponsable de la élite, calificando a la casta señorial como «la secte mondiale des goinfres goulus», y como ejemplo de lo ridículo de la oligarquía relata una fiesta que convocó el magnate francés François Pinault. 920 amigos llegan a Ve- necia en sus aviones particulares para conocer el nuevo museo privado de Pinault. Un total de 160 aparatos co- lapsaron el aeropuerto Marco Polo: desvíos de vuelos y una improvisada flota de helicópteros sobrevolando la ciudad para transportar a los amiguitos de Pinault, como en un remedo de la 101 Aerotransportada volando sobre los malvados Vietcongs. Este atasco de millonarios sirve como imagen del poder oligárquico que nos aguarda, descendiendo de un cielo despatriado como una manada de buitres sobre el objeto de su interés temporal. Pero no son sólo opiniones de un periodista hippioso y decrecionista (Kempf, no yo). Cito de nuevo a Paul Krugman, quien escribió un artículo en The New York Times titulado «Oligarchy, American Style», en el que decía: «Esa extremada concentración de riqueza resulta incompatible con la auténtica democracia». Como dato curioso, una investigación desarrollada en la Universidad Complutense de Madrid, dirigida por el sociólogo Armando Fernández Steinko, ha comproba- do que los peligros reales contra el sistema socieconómi- co español no proceden del narcotráfico ni del blanqueo de dinero, sino de la corrupción urbanística. Resulta que los casos de Correa y los dos de Malaya que implicaron a Roca, Pantoja y Muñoz supusieron un montante delicti- vo mayor que el acumulado por el narcotráfico a lo largo de más de quince años: 455 millones de euros. Esto pone en entredicho la intención y el alcance de la durísima guerra contra las drogas, en oposición al paseo militar que han supuesto las invasiones oligárquicas. Una pulsión criminal que habita en los ricos y que ha sido corfimada por el doctor Paul K. Piff de Berkeley en su reconfortan- te trabajo «Higher social class predicts increased unethical behavior» (PNAS, 2011). Como dice el título, Piff sostie- ne que la gente de clase elevada tiene la mano más larga a la

hora de coger objetos que no les pertenecían, compor- tarse peor y justificarse después de manera natural. En su artículo «The quiet coup», publicado en The Atlantic Magazine en mayo de 2009, y que se convirtió en un pequeño clásico de la literatura sobre la Gran Rece- sión, Simon Johnson, ex jefe de economistas del FMI, señalaba que «la industria de las finanzas ha conseguido tener realmente en su poder a nuestro gobierno». Sin duda, una frase con un deje melancólico que recuerda a Einsenhower advirtiendo al mundo del poder del complejo militar industrial. Este golpe de timón histórico también lo comenta Tzvetan Todorov: «Los mayores enemigos [de la demo- cracia] están entre sus hijos ilegítimos ganadores de una gran revolución en marcha: se trata de un cambio en el poder de dimensiones no inferiores a las revoluciones que acabaron con las monarquías absolutas para dar el poder a las nuevas soberanías populares». Dan Ariely, más orientado a esa terrible moda de las neurociencias, explicaba en una entrevista el porqué de esa borrachera adictiva por los bonos de la power class: «Esto se explica por un concepto que los psicólogos co- nocen como loss aversion (aversión a las pérdidas). Pasa lo mismo con ratas en una jaula; si les das incentivos gran- des, se estresan y pierden el norte. Los ejecutivos no son tan diferentes de esas ratas». Ante este comentario, el pe- riodista le preguntó: «¿Ha hablado con banqueros de Wall Street sobre los resultados de su investigación?». Y Ariely respondió: «Sí, pero tuve la sensación de que no querían reconocer la posibilidad de que sus remuneracio- nes desorbitadas pudieran ser excesivas. Como dijo Up- ton Sinclair, es difícil hacer que un hombre entienda algo si su salario depende de que no lo entienda». La camada que nace encorbatada Dijo Margaret Thatcher en una frase que ha servio de motto a buena parte de los neolibs, que no existe la sociedad, sólo los individuos. De hecho, la frase no es exactamente así, contiene un muy significativo cambio. La Dama de hierro dijo que no existía la sociedad solo “las familias y los individuos”. Como hacen los cocineros, vamos a retirar este aforismo para que se enfríe y expliquemos otra cosa. El individualismo de los liberales se sostiene en

una evidente y gigantesca mentira que dice que cada individuo es responsable de sus destino, es decir, de su fracaso o éxito y que los demás miembros de la comunidad no debemos hacer nada por ayudarlo, tan solo dejar expedito el camino de las oportunidades que cada uno debe encontrar y seguir. No existe la suerte sino el trabajo y la voluntad. Eso está muy bien si no fuese que nunca en la vida los liberales han aplicado nada semejante sobre si mismos. Recogemos a Thatcher y su sutil frase. No hay sociedad, no hay solidaridad entre desconocidos pero sí hay familia. Es decir, que sí se aprueba la ayuda mutua, la subvención a fondo perdido y derroche siempre que sea para el mantenimiento de los miembros de la estirpe. Supongo que les resuena en las orejas, igual que a mi Dawkins, su gen egoísta y toda la tribu neodarwinista que, curiosamente, en los 80 de Thatcher, irrumpieron en la biología. Por lo tanto, al final, el neoliberalismo no es más que una horda paleolítica que viaja en audi.  Sobre el tema del retorno a la estirpe, déjenme hacer unas risas con una entrevista que me encanta. Se publicó el 21 de febrero del 2011 en La Contra de La Vanguardia. El entrevistado era Salvador García-Atance, anunciado como presidente de la Fundación Lealtad (¿?) El hombre tiene una biografía de capitalista heroico. Fundó un banco e hizo eso tan chachi piruli de venderlo todo para reinventarse. Haga lo que haga, el tipo tiene éxito, es además deportista, solidario… En fin, insoportable. El caso es que el hombre brama en la interviu contra que las familias dejan herencias. Como buen héroe randiano, todos debemos labrar nuestro destino, perseguir nuestro sueño, no reblandecerse por la fortuna familiar y todas esas cosas que nos machacan en los telefilmes yanquis de media tarde. Dice Don Salvador: “Hoy en las sociedades más avanzadas lo natural es empezar desde cero -sea quien sea tu padre- ; crear riqueza y morir pobre, después de haber reinvertido en la sociedad lo que ganaste: lo hace Bill Gates; lo hace Buffet y lo trato de hacer muy modestamente” Eso es una biografía muy NEM. Como el Rey Ramiro II, o el emperador Carlos I, se trata de empeñar tu vida a la muerte del infiel y la conquista para luego morir con hábito de monje y oliendo a filantropía. Pero ese no es el tema. Sigamos. El hombre pide un aumento del impuesto de sucesiones “porque creo en el capitalismo y el libre mercado. Si el capitalismo triunfa es porque valora y aprovecha más que ningún otro

sistema el mérito y el esfuerzo personal” ok, tope coherente “Si estás por el esfuerzo y el mérito, no puedes defender la herencia.” Vale, lo hemos pillado. Pero en ese punto Lluis Amiguet, el periodista le hace una pregunta inocente ¿No le dejaría a los niños ni el pisito? Y emerge entonces el auténtico liberal thacheriano. Individuo Y familia. “Tampoco soy un talibán: a todos nos gusta ayudar a nuestros hijos. Y la educación es lo más valioso que podemos darles: esa sí es una inversión fructífera, que, además, redunda en bien de todos.”  Como ven, que cada palo aguante su vela excepto mi borjamari que a ese lo formo yo a base de bien. Por supuesto, no se trata de dejarles fortunas, se trata de dejarlos con posibilidad de acceso a las fortunas: Masters, MBAs, contactos en el Country Club….  Es el retorno de la sangre. “La solidaridad del linaje” como llamaba Marc Bloch en su libro Sociedad feudal.   Desmantelada la lealtad al estado/patria, regresan las élites a su patria natural: el clan. Si en otros tiempos el matrimonio fue la manera de perpetuar esos clanes hoy es el bono y la acción. Se trata del acceso a la educación exclusiva, a los créditos apropiados, a los círculos que cuentan.  Cuando hablamos de la  rebelión y la irresponsabilidad de las élites, hablamos también de los García-Atance del mundo. El hombre, claro está, no es un talibán. La dureza de la competencia capitalista, la sombra del fracaso y la exclusión son cosas buenas, pero fuera de casa. Para los renacuajos de otra charca. El liberal-no-taliban  sí cree en el subsidio no por mérito sino por coincidencia de apellidos. Les puede parecer un ejemplo anecdótico sobre un tema menor pero lean la siguiente noticia: “Los universitarios estadounidenses se ahogan en préstamos” (El País 12 de enero 2012) y sigue: “La deuda universitaria estadounidense, que supera el billón de dólares” y explica que, desde el 2005 a los estudiantes se les impide declararse en quiebra por lo que “los cálculos que vaticinan que uno de cada cinco estudiantes será perseguido por impago”  ¿Es o no es un proceso de exclusión señorial? Otro dato. Según el portal The Economic Collapse, el costo de la matrícula universitaria en EE. UU. aumentó más del 900% desde 1978, irónicamente el año de la irrupción de la revolución neolib. Se trata de la extensión de la

servidumbre por deuda ya desde el primer momento de la vida adulta lo que garantiza una obediencia temprana y un progresivo abandono de las aspiraciones de alcanzar formación superior. Y aún más en las universidades dónde los hijos de García-Atance podrán estirar las piernas sin que compañeros de otras castas les entorpezcan el futuro control.
(...) TERCERA PARTE

USTED (Y SUS PADRES) SON ANTICAPITALISTAS Y NI LO SOSPECHAN El mundo va en una dirección y la gente en otra
Poot, The Wire

Que clame por la victoria del anticapitalismo un tipo como yo, que soy un antisistema de pro, un pájaro de la tradición libertaria y amigo entusiasta de okupas y pe- rroflautas, no debe inquietar al lector. Pero lo que quizá le sorprenda es que usted, amigo lector, también es, de forma inconsciente quizá, un anticapitalista de tomo y lomo. El capitalismo no es que sea injusto (que lo es), lo peor es que es cansino. Se trata de un sistema agotador, siempre exigiendo de sus súbditos más producción, más fidelidad, más novedades... Como hemos visto, el capitalismo contemporáneo es un juerga que sólo la juventud es capaz de soportar. A partir de cierta edad, se nos hace insoportable, como el calimocho. Tanta ambición y tes- tosterona no casan con una vida equilibrada. El capitalis- mo te exige entrega total, radicalidad ideológica y eso que ahora en la monserga corporativa le llaman pasión. Es decir, una obsesión diaria por mear más lejos. «Míra- me, mamá, estoy en la cima del mundo.» Así reclamaba James Cagney la atención de su madre antes de morir quemado en Al rojo vivo. Y así, los fanboys del capitalismo, rodeados por las llamas del desastre, reclaman constantemente nuestra atención. «Mírame, mamá, soy líder en el sector de los congelados.» «Mira cuántas tablets vende tu niñito...» El capitalismo posteconómico no es más que crueldad infantil dotada de medios. Por ello, hoy en día podemos afirmar que el único discurso radical e intransigente que existe es el sistémico. El capital no admite disidencia ni

descanso. El capitalis- mo no es tolerante con quien no quiere serlo, no facilita exilios. No hace prisioneros. Así que ser antisistema en un mundo de fanáticos se convierte en una postura ponderada, razonable, adulta y decente con lo que es el planeta y la felicidad de quien lo puebla. No importa cuál es su ideología, un anticapitalis- ta es cualquier persona de orden y de bien que se ha dado cuenta de que esto ya no es aquello. Que el sistema hacia el que vamos es, fundamentalmente, idiota. Si usted proviene de una tradición liberal, el sistema posteconómico debe escalofriarle. Vivimos bajo una exaltación prochina del capitalismo de Estado, donde la oposición entre libertad/control y privado/estatal se ha desplazado de eje. Hoy son las grandes mega-corpora- ciones-privadasglobales las que vigilan, controlan (y sancionan) a sus propios clientes. Es la iniciativa privada la que ha desarrollado una complejísima burocracia que oscurece sus actividades (como ejemplo, intenten nego- ciar cualquier cosa con una operadora telefónica y dígan- me si no se sienten como K, el pobre agrimensor). Por su parte, el Estado incumple también las (pocas) funciones que los liberales le asignaban: igualdad ante la ley, libre acceso al control y las sanciones políticas, y protección de la propiedad. Funciones que quedan disminuidas ante el poder de la casta señorial que va removiendo el engru- do Estado-empresa con la célebre puerta giratoria por la que los señores pasan de lo privado a lo público, espesan- do cada día más sus relaciones, hasta convertirlas en una oscura masa a la que los ciudadanos no tienen ningún acceso. Otrosí, el hecho mismo de la globalización impide de manera rotunda la sola idea de que pueda existir el mer- cado. En 1937 en su sorprendente The Nature of the Firm, Ronald Coase ya dijo: «El carácter distintivo de la em- presa es la superación del mecanismo de precios». Es de- cir, que la aparición de la corporación moderna significa la extinción del mercado, puesto que la complejidad de la misma provoca asimetrías irresolubles y una tendencia al oligopolio. De la misma manera, la globalización ha facilitado la creación del oligopolio global. Un oligopolio que no puede ser embridado por ningún regulador deja de ser mercado para ser dominio. Si usted viene del socialismo democrático, sabrá que hoy sólo se puede ser socialdemócrata desde una aristo- crática melancolía y se puede decir con

Talleyrand: «Quien no haya vivido antes de la Revolución [francesa] no sabe lo que es la alegría de vivir» . Quien no haya co- nocido el estado del bienestar antes de la Revolución feudal que abandone toda esperanza de restauración. Por eso encontramos tanto socialdemócrata por nuestras calles y plazas afectados de capitalgia, nostalgia por el viejo capitalismo de Bad Godesberg. Son gentes que, como aquel Diógenes, van con un farol buscando un rostro hu- mano que, fugazmente, tuvo el capitalismo y que ahora se ha evaporado. En un ámbito más familiar, cualquier persona que sueñe con una vida honrada, moderadamente próspera, con cumplir ese viejo anhelo de criar a los hijos y hacer- les personas de provecho y de bien; cualquiera que no desee obsesivamente ser líder en el sector ni que su nego- cio tenga un posicionamiento global; cualquier familia que quiera ser feliz a la vieja manera pequeñoburguesa; cualquier amante del saber que quiera adquirir conoci- mientos y no habilidades; la gente que no quiere arruinar a otra gente, los que quieran conservar sus propiedades sin arrasar las vecinas, todos ellos son ya unos anticapita- listas. Porque aquel sistema renano en que crecieron, «so- cial y de mercado», ha sido ya arrasado por los revolucio- narios y han cubierto de sal el lugar donde estos últimos cincuenta años nació la prosperidad que algunos aún creen posible reverdecer. El empresario ha sido devorado por el emprendedor, agresivo y ambicioso. El obrero se ha cuarteado en pre- carios de toda laya. El banquero desbordado por el algo- ritmo está oculto tras los gritos de victoria del financiero. El político murió estrangulado por los gestores. Así que venga, pruébenlo. Primero como un susurro y luego llenando de aire el diafragma hasta gritar: a-anti- anticapitalista.

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