El emporio de Ulises Josecarlos Nazario “Los jóvenes intoxicados el domingo pasado en el concurso de tragos de tequila aún permanecen internos

en una clínica ubicada en el centro de la ciudad. R. A., de 21 años, está en la sala de cuidados intensivos, y O. E., hijo del Jefe de las Fuerzas Armadas, presenta mejoría y fue trasladado a la suite 418, donde recibe visitas de algunos de sus familiares y amigos.” Diario El libertino, 19 de marzo de 2005

Todos dijeron salud. Yo observaba atento, me sentía tan ajeno a aquel juego de roles. Estaba tan lejano de la competencia por lamer sus zapatos que no hacía otra cosa que observar. Y ellos lo notaban, ninguno me avisó de la fiesta, ninguno era mi amigo. Hacía menos de dos horas que había visto su número en la pantalla de mi celular. Asombrado, apreté el botón y pregunté quién era. Su voz me respondió, se notaba agitado como siempre. Me dijo que fuera a su casa a las siete. Anduve por las curvas de Cuesta Hermosa cuestionando las razones de aquella rara invitación hasta que llegué a la casa. La entrada combinaba diseños orientales, sin embargo, a medida que uno avanzaba, primero a través de unas escaleras de cuatro peldaños y luego por un salón, los ornamentos se hacían más occidentales. De hecho, mi vista se distrajo por un cuadro que estoy seguro se trataba de un Picasso. El muchacho que me recibió era bajo de estatura, fornido y vestía distinto del resto. Luego supe que su nombre era Nelson. Me hizo pasar hasta la terraza. Poco tiempo después ya estábamos todos reunidos alrededor de una mesa. En el tope, una alfombra de carnes y embutidos mostraba las etiquetas de las mejores marcas del mercado.

Llegó Ulises, nadie que lo viera habría imaginado que hacía tan solo dos horas estuvo a punto de ser fusilado en el borde, arañando la cornisa de un edificio militar, ante el cañón de un troglodita que esperaba la orden para disparar. No. Era esa claridad de sus ojos la que esquivaba cualquier conjetura; pero así fue. No lo dijo entonces, habría sido una muestra de debilidad ante sus tantos amigos. Para ellos guardaba relatos que lo hacían parecer superior, excepcional. Discutía a menudo sobre temas triviales y los deslumbraba con sus destrezas de bar-tender. Una forma de entretenerlos, me había confesado, porque se hacía necesario conservar aquella sarta de descerebrados si se quería lograr lo que él: un emporio. El sonido del aire tras el ¡puff! del corcho me sacó de mi abstracción. Algunas gotas cayeron sobre mi brazo. La espuma brotaba de la boca de la botella epiléptica. ¡Moët! Gritaban todos y celebraban la liberación de Ulises, mientras él, callado, fingía una sonrisa con una mueca inmóvil. Y allí, entre toda esa trulla de parásitos, aclaraba calamidades en su mente, horrores que luego volcaría en un largo relato. No había duda de que no estaba recuperado, pero eso no le impidió continuar con aquel convite improvisado por Raúl, que le daba la bienvenida tras cinco largos días de incertidumbre y encierro. El estruendo del tapón fue como si un disparo de bengala hubiera marcado el inicio de una carrera. Desde entonces, todos se empeñaban en distintas tareas, mientras yo observaba cada movimiento. A mi derecha estaba la parrilla. Dos de ellos, con delantales fluorescentes, jugaban al asador. Hablaban en inglés e intercalaban algunas frases grotescas. A unos cinco pies estaba Juan colocando las sillas en círculo. Había ubicado una en el centro. No me imaginaba que minutos más tarde aquel espacio se convertiría en la escena de un rito asquerosamente excitante. A tres metros de donde estaba parado, girando para ver a mis espaldas, un par de flacos preparaba la otra mesa: una decena de botellas. Luego noté que disponían una bandeja plateada, donde organizaban, contándolas, líneas de coca.

Ulises, sentado, divagaba. Sus ojos lejanos, cuestionaban alguna razón. Mientras, Nelson lo miraba con la cara de imbécil más sincera que he podido ver. Quise distraerme un poco yo también. Caminé unos cuantos pasos hacia la farola del patio, en el borde, y me planté frente a las barandas a observar el paisaje. Qué vida. Aquel jardín, que se coronaba en una balaustrada, daba a una barranca donde millares de árboles frondosos regalaban, junto al río, un paisaje bestial. Ahí vivía la crème de la crème. Así desperdiciaban aquel espacio esas familias que ni siquiera miraban hacia afuera para dignarse los ojos. Quedé extasiado, pensativo. Deseaba que alguien me diera la noticia de que había muerto algún familiar desconocido, dejándome todo. Para comprar de inmediato aquella vista e invitar a esos idiotas a la salida. Poco a poco la noche. Los bobalicones fueron haciendo más etílicas sus risas. Las ramas de los árboles agitaban sus hojas. Parecían aplausos. Me acerqué a la mesa de los tragos y me serví un vodkatónic. Miré de reojo a los muchachos y vi levantarse el brazo de Ulises. Me llamaba displicente con un movimiento de mano, mientras la otra se posaba en su pantalón. Me acerqué tomándome mi tiempo, dándome importancia, en un gesto que descubrí más imbécil que la actitud del resto. Fijaba mi vista en el puro que llevaba en el bolsillo de su camisa, cuando dijo: No tienes que hacerlo, yo sé diferenciar. Es difícil no parecer un lambiscón entre tanta mierda, pero tú eres otra cosa, remató. Nelson, que escuchaba embelesado sus palabras hizo una mueca, vaciló, volteó la cara y finalmente, no encontrándose en la conversación, se fue a rellenar su vaso. Ulises me hizo algunas preguntas personales. Banalidades, prólogos cordiales para entrar en materia. Antes de responderle, me distrajo el sonido de los tacos de una tropa de señoritas que hacía entrada. Se perdieron en el pasillo, alguno de ellos las condujo. Y yo seguí conversando con él. O escuchándolo, porque tras la batería de preguntas y respuestas, el se explayó.

Las voces del resto se empleaban en conversaciones monótonas. Alguno, esporádicamente, se ponía de pie cerca de nosotros y pegaba su oreja a la ultramoderna Blackberry, mientras yo escuchaba, atento, el relato de Ulises. *** “La celda estaba oscura. Las paredes untadas de mierda. Había algunos rayones en los muros. La gente, aburrida, se ponía a escribir palabras desconocidas para mí, oraciones estúpidas y siempre, el más popular: Por aquí estuvo fulano. Yo escribí “105 shots” sin saber que los guardias entenderían. Eran tan brutos que nunca pensé que aquel número resultaría una burla. En ningún momento sentí culpa. Esos muchachos eran todos mayores de edad, sabían en lo que se metían cuando entraron. Yo no tengo ninguna responsabilidad.” Su voz, acompasada, salía como un eco de algún lugar profundo. Yo estaba interesado, pero me parecía absurdo que aquel tipo me hubiera elegido de confidente. Voy a servirme un trago, ¿quieres uno? Él miró mi vaso y lo agarró rozándome en un gesto extraño. Como si quisiera quedarse un gajo de mi piel entre sus uñas. Del dorso de la mano, mis ojos fueron a los suyos, sosteniendo fijamente la mirada. Se levantó y caminó hacia la mesa, donde puso el vaso. Tomó el billete de cien dólares enrollado junto a la fuente e inhaló una, siguiendo el camino, dos, repitiendo el recorrido, tres líneas. Inclinó la melena hacia atrás, los ojos cerrados por un instante y tras respirar hondo dijo: ¿vodka? No capté. Él volteó su cara y me miró, ¿quieres vodka? Con tónica, respondí haciéndome el distraído. Se sentó de vuelta cediéndome el vaso cargado. La competencia fue una gran idea, dijo. Lo malo fue aceptar a todo tipo de participantes. Si ese maldito chopo no hubiera estado, no habría sucedido nada. No es por ser clasista, pero así es la vida. El tigre insiste, insiste, hasta que uno acepta. Luego no se da cuenta de que ese es el camino seguro hacia una celda o peor. Porque estoy

seguro de que lo que sigue es un infierno, coño. Ahora, por ejemplo, no he podido disfrutar ni un segundo. En mi cabeza están esas imágenes… Una algarabía interrumpió su monólogo, para dar entrada a las chicas. Nelson acercó su boca de guanija al oído de Ulises. Automáticamente, con una mirada que pedía paciencia, se levantó para sentarse en la silla del centro. Cada uno hizo lo mismo alrededor suyo. Yo también. Cinco chicas empezaron a desvestirse al ritmo de la música y caminaron hacia el círculo con sensual entusiasmo. Todas rodearon a Ulises, bailando encima de él, alrededor, debajo. Yo fijaba mi vista, atentamente, en las redondas nalgas de la que había quedado justo en frente mío. Agachada sobre el hombro izquierdo del festejado, rozando sus pezones con la mejilla, me mostraba la raja. Tuve una erección. Intenté escapar pensando en los infiernos narrados por Ulises y me perdí. Imaginaba entonces esos cuerpos que danzaban diabólicamente, como si fueran cadáveres deshechos, empujados, cornisa abajo, tras el fusilamiento. Pensé en aquellos cuerpos, en aquella imagen desgarradora, demencial. ¿Cómo era posible? ¿Había realmente estado Ulises en la Escuela de las Fuerzas Armadas? Y si vio eso, cómo lo dejaron salir, cómo está vivo. Esas preguntas me devolvieron a Ulises, que disfrutaba todavía de las atenciones de las chicas del striptease. Yo estaba incómodo, mi verga había cedido, pero ahora era otra necesidad, tan imperiosa como la anterior, la que me desesperaba: ¡¿Cómo carajo vio Ulises aquello y siguió vivo?! *** Por fin la madrugada. El alcohol y el polvo blanco hicieron de las suyas. Ya había pasado todo: los bailes en el tubo, las penetraciones colectivas, la lujuria encendida y apagada por el tiempo. La gente descansaba, tirada en el piso, sobre muebles, sobre mesas, sobre todo. Los charcos de vómito acechaban en cualquier esquina de la casa o del patio. Mientras, Ulises y yo, con la bandeja al pie, en la mesita, jalando líneas, provocábamos un insomnio que no hacía

falta, porque el cuento, con su fuerza, captaba la atención y ahuyentaba el sueño. Ocho o diez vodkas habían vencido mi extrañeza; la noche me tumbó el puritanismo. “No miré hacia atrás, tal como me habían ordenado los guardias. Miré hacia abajo. Mis mocasines Ferragamo, por sus tacos, me permitieron agarrar bien de la orilla. Abrí las piernas y eché un ojo. Por poco trago mi nuez” dijo llevando su mano a la garganta. Encendió un cigarrillo, lo fumó hasta la mitad y señaló: Estoy en el infierno, no puedo dejar de ver… Siguió describiendo con la mirada fija en algún sitio a mis espaldas y esa añoranza que busca en la memoria, que quiere transformar recuerdos, echarle miel para poder soportar. Imaginé de nuevo aquella loma de desechos humanos que me describía por segunda vez, con el gesto de horror de estarlo viendo. Hizo una pausa algo afectado. Me puse en pie para darle tiempo a salir de su trance y fui por más alcohol. Agarré la botella de vodka y volví con ella bajo el brazo, la hielera en una mano y la tónica en la otra. Lo puse todo sobre la mesa. Con una seña le invité a que prosiguiera. Pero él no estaba ahí. Quizás entre aquel montón de cuerpos inertes que había visto, algunos frescos, otros esqueléticos, otros en pleno y violento proceso de putrefacción. ¡Ulises!, dije en voz alta. Nada. Busqué con la palma llamar su atención, pero era inútil. Estaba lejos, inmerso en su silencio como en un mar. Me di cuenta de que no había regreso. Su aspecto se había transformado. Las pupilas habían aumentado su volumen y mutado sus colores; querían salir o estallar. Miré a la mesa, buscando algo líquido para echárselo. Sentí como una pesadez que se apoderaba de mi cabeza. Las manos me temblaban. Miré a todos lados buscando alguna ayuda. Todo lo que vi fueron bultos humanos en el piso. Volví a Ulises. Lo sacudí varias veces. Luego vi la bandeja a sus pies. Estaba limpia, apenas algunas huellas, que en lugar de las rayas dejaban una estela. Era un indicio, como uno de los letreros de las celdas: Por aquí estuvo Ulises.

Villa La Angostura, octubre 2009

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