Ventana Central: Aportes para la intervención en juventud Autores: Carles Alsinet, Rosa María Pérez y María Jesús Agulló

Título: Adolescentes y percepciones del riesgo JOVENes, Revista de Estudios sobre Juventud Edición: año 7, núm. 18 México, D.F., enero-junio 2003 p.p. 90-101

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Adolescentes y percepciones del riesgo
QUIÉN NO PERCIBE, NO CONSTRUYE, NO CRECE
CARLES ALSINET, ROSA Mª PÉREZ y Mª JESÚS AGULLÓ( *)

Resumen

Abstract

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Miembros del Departamento de pedagogía y Psicología de la Universidad de Lleida, España.

Todos los programas de intervención deben aplicarse con el fin de incrementar el bienestar de cada uno de los adolescentes, en cada una de las diferentes dimensiones que se pueden plantear en la estructura del bienestar, ya sea en los componentes cognitivos –satisfacción con la vida– como los componentes afectivos – afecto positivo y afecto negativo– o bien las dimensiones donde se estructura este componente: el self, la familia, la escuela, los vecinos y el grupo de iguales

Every youth intervention program should be carried out with the purpose of increasing every teenager’s welfare in every dimension that can arise in the welfare structure. It could occur in cognitive components (satisfaction with life), emotional ones (sympathy and antipathy) or in the structures where the component is being shaped, i.e., the self, family, school, neighbors and peers.

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l estudio de la adolescencia, sus necesidades personales y sociales; sus preocupaciones y aspiraciones, se ha venido desarrollando desde diferentes perspectivas y aspectos. La posición de los técnicos, investigadores y profesionales de la educación; la intervención social y psicosocial, influyen de manera decisiva en la forma de entender y actuar con este sector de la población. Podemos clasificar las formas de entender la adolescencia en cuatro grandes grupos que nos permiten englobarla en su totalidad, así logramos interpretarla como intervalo de edad, como perspectiva sociodemográfica, como características psicobiológicas o como imagen colectiva compartida.1 En el primer grupo –intervalo cronológico de edad– podemos ubicar a la adolescencia en cuatro ámbitos: la adolescencia entendida como edad escolar, ya sea de escolarización obligatoria o finalización de estudios cualificados, derivado de este primer ámbito se sitúa el segundo, relacionado con la posibilidad de acceder al mundo del trabajo, es decir a una actividad laboral, y cuáles son las posibilidades, dificultades e inconvenientes que se encuentran durante el inicio y consolidación en este proceso. Un tercer ámbito se relaciona con aspectos judiciales y de ciudadanía la denominada mayoría de edad, aspecto que por su determinismo conforma nuevas formas de atención hacia este segmento de población. En ocasiones se puede diferenciar entre la mayoría de edad penal y edad civil, aspecto que presenta importantes dificultades ya sea en su desarrollo como en las posibles formas de intervenir, presentándose un importante cambio en la manera de entender la adolescencia y la juventud. El cuarto ámbito, estrechamente relacionado con el anterior, es el que podemos denominar como la edad de protección que generalmente se correlaciona con la mayoría de edad civil, pero que no establece ninguna relación con la edad de escolarización, de acceso al mundo laboral y de independencia personal. La perspectiva demográfica, es el segundo grupo de estudio, el conocer o presentar a un conjunto de adolescentes, no por sus características personales ni por su intervalo de edad, sino bajo la descripción del lugar donde viven y conviven con su grupo de iguales o con otros miembros de la comunidad. Así, describimos la adolescencia como la población que reside en un determinado territorio en un momento histórico concreto. El tercero se refiere sus características psicosociobiológicas, esta perspectiva nos introduce a aspectos más relacionados con el bienestar psicológico y psicosocial de los adolescentes. Este periodo se caracteriza por la necesidad y la búsqueda de una identidad, que en ocasiones se ha de deconstruir atendiendo a patrones culturales, sociales y psicológicos, es decir, a elementos impuestos por los modelos sociales, y a las características de predisposición de cada sujeto. Preguntas y afirmaciones acerca de quién soy (self) y la necesidad de identificarse con modelos sociales configuran la estructura de su personalidad y el desarrollo de los principales criterios morales.
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F. Casas, Infancia: perspectivas psicosociales, Piados, Barcelona, 1998.

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La introducción de tecnologías modernas, en cuanto a información y comunicación se refiere, han generado nuevas formas de entender e interrelacionarse los adolescentes con los adultos y con su grupo de iguales

En el cuarto grupo podemos describir a la adolescencia como una imagen colectiva compartida, este aspecto requiere de un compromiso de la comunidad, en el sentido de entenderla como categoría social, es decir, como un elemento activo de la sociedad con características propias que, en ocasiones, pueden ser contrarias o no coincidir con las de otros miembros de la comunidad. La representación social que cada comunidad –grupo social– construya de la adolescencia, sea cual sea la forma de clasificación que adopte, nos permitirá describirla y desarrollar políticas, ya sean, preventivas, proteccionistas o punitivas hacia este grupo de edad. Estos cuatro grupos en que hemos clasificado y descrito a la adolescencia, no se dan de manera unitaria sino que se complementan entre ellos, aunque, sin lugar a dudas, en ocasiones alguno se desarrollará o impondrá sobre los otros, lo que generará diferentes maneras de concebir las políticas, necesidades, aspiraciones, inquietudes y percepciones de los adolescentes. I. ADOLESCENCIA Y CAMBIO SOCIAL Existe un acuerdo mayoritario entre los principales autores que estudian la adolescencia como categoría social: consideran que en la actualidad las dinámicas sociales y psicológicas, así como los rápidos avances tecnológicos están produciendo importantes cambios en las formas y en las interacciones entre los adultos y los adolescentes (entre padres e hijos, entre educadores y educandos). Asimismo, la introducción de tecnologías modernas, en cuanto a información y comunicación se refiere, han generado nuevas formas de entender e interrelacionarse los adolescentes con los adultos y con su grupo de iguales. Estos procesos, en una sociedad aceleradamente cambiante, han conllevado elementos diferenciados en las dinámicas sociales. De entre las que podemos destacar dos aspectos: en primer lugar, la progresiva infantilización y feminización de la pobreza y la exclusión social, que repercute en las formas de aspirar a la adolescencia, donde se producen importantes transformaciones y dificultades en el momento de acceder a la edad adulta; en segundo lugar se encuentran los cambios en las formas de entender e interpretar los nuevos valores sociales.2 Estos dos aspectos plantean la necesidad de desarrollar nuevas políticas e investigaciones en la intervención con esta categoría social, cambios o diferencias en los planteamientos, que creemos que se han de plantear sobre la base de las siguientes características: El adolescente como agente de su propio cambio, las actuaciones deben dirigirse hacia la necesidad de entender al adolescente como sujeto activo y ciudadano de pleno derecho. Debemos pasar del concepto de que al adolescente se le dará al epígrafe el adolescente tiene derecho.
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F. Casas, et al., “Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y las relaciones entre padres e hijos”, trabajo de investigación no publicado, 2001.

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II. LOS ESTUDIOS DE LAS PERCEPCIONES DE RIESGO EN LA ADOLESCENCIA En la actualidad los estudios dirigidos a conocer las percepciones de riesgos se han desarrollado, principalmente, en el mundo de los adultos. Estas investigaciones se presentan en dos líneas, por un lado los estudios dirigidos a conocer las preocupaciones sociales de los ciudadanos y en segundo diferentes encuestas sobre victimización. Ha sido hasta la década de los noventa en que se inician diferentes estudios e investigaciones relacionadas con los jóvenes y su seguridad. Entre éstos podemos hacer mención a diferentes artículos sobre las preocupaciones, percepciones de riesgo que tienen los jóvenes entre 15 y 24 años de edad, en Francia. En esta investigación se analizan tanto los riesgos de carácter natural –terremotos, incendios, inundaciones– como los de carácter social –drogas, agresiones, robos– o la confianza que tienen los jóvenes sobre las actuaciones de los cuerpos policiales. Por su parte Choquet3 presenta un estudio sobre los posibles riesgos de los adolescentes. Esta investigación, realizada a partir de diferentes encuestas epidemiológicas, presenta un primer análisis de diversos comportamientos que se entendían como problemáticos, y que se clasifican en tres grupos. En primer lugar las conductas problemáticas: consumo de sustancias tóxicas, conductas delictivas, robos, comportamientos violentos y absentismo escolar. En el segundo grupo sintomatologías corporales entendidas como las dificultades funcionales que provocan alteraciones en el normal desarrollo somático –problemas de sueño, depresiones– el abuso en el consumo de medicamentos psicotrópicos y las disfunciones en las conductas alimentarias –anorexia y bulimia– y por último uno de los síntomas estudiados son los intentos de suicidio. Para finalizar se presentan los factores asociados a las conductas y síntomas descritos anteriormente. En este grupo se presentan las variables sociodemográficas, las relaciones sociales –ya sean familiares o bien con el grupo de iguales– y por último las variables de disposición o personalidad. En 1995 se presentaron diferentes estudios sobre victimización en adolescentes. En estos estudios, Hava4 y González, et al.,5 se concluyó, entre otros aspectos, que los adolescentes sufren índices de victimización superiores a la población adulta y que las características personales –edad, capacidad física y
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M. Choquet, “Le risque à l’adolescence: à partir des enquêtes épidémiologiques, Les cahiers de la securite interieure, Francia, 1991. 4 E. Hava, “Victimización juvenil: un análisis descriptivo”, Revista de derecho penal y criminología, núm. 5, 1995. 5 M. González, et al., “Representaciones sociales de los jóvenes sobre la criminalidad. Investigación transfronteriza”, Revista de derecho penal y criminología, núm. 5, 1995.

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maduración psíquica– influyen de manera directa en los procesos de percepción de riesgos y victimización. Durante el curso 2001-2002 se realizó en Cataluña (España) una encuesta entre la población escolarizada entre 12 y 18 años, relativa a los jóvenes y su seguridad, entre otros interesantes aspectos este estudio resume en cuatro la tipología de los adolescentes y jóvenes en materia de comportamientos problemáticos: integrados y normativos (64.1%) son adolescentes cuyos comportamientos problemáticos se encuentran por debajo de la medía; presentistas (28.4%), detentan algunas conductas de riesgo como consumo ocasional de drogas y alcohol; incivicos (6.1%) cometen acciones negativas contra su grupo de iguales, además de dañar objetos y, por último los agresivos (1.1%), quienes observan conductas agresivas contra las personas –adultos y grupo de iguales– así como un importante consumo de alcohol y drogas por encima de la mediana. Alsinet y Ballesté6 desarrollaron una investigación sobre los adolescentes y su seguridad, en ella se plantea la necesidad de impulsar acciones preventivas relativas a diferentes áreas y dimensiones relacionadas con la percepción de seguridad, como elemento destacado en los procesos de socialización. II. PROCESO DE SOCIALIZACIÓN Y CONDUCTAS DE RIESGO Desde una perspectiva psicosocial, se define el riesgo como la posibilidad de daño o amenaza para las personas, y se entiende como un constructor social. Entre los elementos que componen el riesgo, aspectos tan diversos como la salud, el medio ambiente, la igualdad y la justicia. Para este autor la aceptación de una situación de riesgo depende, en parte, de la información a que se han expuesto las personas, a qué información le han dado crédito, a los valores que, de manera individual, defiende cada persona, a las experiencias sociales que han vivido, las dinámicas grupales o bien a los diferentes procesos políticos o movimientos sociales e históricos que se están viviendo. Para Funes,7 los adolescentes y jóvenes en nuestra sociedad, cada día se encuentran más próximos a situaciones y acciones de riesgo, en la práctica existen una gran cantidad de conductas que se sitúan en acciones o movimientos de riesgo, entre otras haremos mención a la conducción temeraria, el consumo de sustancias psicotrópicas, la práctica de deportes de riesgo. En realidad, los
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C. Alsinet y J. Ballesté, “La percepción que los niños u las niñas tienen sobre su seguridad”, Revista Catalana de Seguridad Pública, núms. 6 y 7, Barcelona, 2000. 7 J. Funes, (coord.), Intervención psicopedag+ogica en situación de inadaptación social, UOC, Barcelona, 1999.

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adolescentes tienen a su alcance una gran cantidad de conductas de riesgo pero no tienen una vida arriesgada; es decir, no se exponen en el sentido de dar elementos de incertidumbre a sus vidas y pensar que pueden invertir esfuerzos en el compromiso social para cambiar la realidad social y de las personas. Aún así existen una serie de elementos que posibilitan la aparición de los denominados factores de riesgo,8 los cuales se presentan en determinadas condiciones biológicas, psicológicas y sociales, que se estructuran mediante variables directas o indicadores de carácter objetivo-social y subjetivo-psicosocial, mismos que, se ha demostrado a partir de diferentes conocimientos científicos, participan de manera probabilística en los antecedentes o en las situaciones asociadas o implicadas con la emergencia de diferentes problemas o necesidades sociales. Entre los factores de riesgo en la adolescencia podemos hacer mención entre otros a: • Las variables familiares, entendidas como las redes primarias de apoyo social. Se ha constatado que los diferentes estilos educativos familiares influyen de manera directa en el proceso de socialización de los adolescentes. • Los medios de comunicación social como elemento transmisor, de relevante impacto, en el proceso educativo de los adolescentes, así como la influencia de las nuevas tecnologías información y comunicación. • El consumo de sustancias tóxicas –legales e ilegales– existen cuatro factores que permiten explicar el inicio del consumo de drogas en la adolescencia: la facilidad de acceso al producto, las variables de predisposición e individuales; las relaciones familiares y sociales (principalmente con el grupo de iguales). Dentro de este grupo hay que situar la conducción temeraria como uno de los nuevos factores de riesgo. • Fracaso escolar, en ocasiones, esta situación comporta sentimientos de desadaptación y exclusión social. Paralelamente a los factores de riesgo existen otros que facilitan o impiden la aparición de estas conductas de riesgo; éstos son: • Factores de compensación, son los que impiden la aparición de las conductas de riesgo, y pueden ser: de carácter personal (coeficiente intelectual elevado, óptimas habilidades y competencias sociales) del entorno familiar (buena relación familiar, óptima situación económica, etc.); de ámbito comunitario (redes de apoyo social, experiencias sociales positivas, etc.) y de sistema societal (aceptación social de los adolescentes como sujetos de derecho). • Factores precipitantes, son los que facilitan o provocan la aparición de las conductas de riesgo. Al igual que en el punto anterior,
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F. Casas, El bienestar social, PPU, Barcelona, 1996.

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pueden ser: de carácter personal (interpretaciones que se hacen de los diferentes acontecimientos de la vida, estrés que provocan las situaciones vividas, etc.); de ámbito familiar (sucesos estresantes en la familia: separaciones y divorcios; trastornos patológicos de los padres o en el entorno familiar, etc.); en la comunidad (ausencia de apoyo social, cambios de domicilio, inicio de los procesos de exclusión social, medios de comunicación social, etc.) y en la sociedad (ausencia de la promoción del sentido de responsabilidad compartida en la atención a los adolescentes, aumento de las desigualdades sociales y ausencia de políticas de buenas prácticas en la atención a las personas).9

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Para finalizar quisiéramos mencionar uno de los factores que permiten entender los sucesos personales de los adolescentes, estos son los factores de resiliencia, entendidos como aquellos elementos que facilitan a las personas la resistencia hacia situaciones adversas o que pueden desarrollar acciones de dificultad social. III. ESTUDIO DE PERCEPCIÓN DE RIESGO EN LA ADOLESCENCIA: UNA EXPERIENCIA PILOTO A continuación presentamos un estudio preliminar que se desarrolló en la ciudad de Lleida (España), relativa a una encuesta sobre la percepción de riesgos en la adolescencia.10 Luego de un proceso de búsqueda bibliográfica y diversas sesiones de trabajo, con profesionales de la educación formal y no formal y con un grupo de adolescentes, se estructuro la investigación basándose en 13 dimensiones o percepciones de riesgo éstas fueron: robos; conducción temeraria; desempleo; medio ambiente; consumo de drogas ilegales; agresiones sexuales; maltrato y violencia doméstica; sectas y violencia juvenil; enfermedades de transmisión sexual y sida; política; xenofobia; embarazos adolescentes y consumo de alcohol y tabaco. Con objeto de evaluar cada una de las posibles percepciones de riesgo, se estudiaron sobre dos criterios: • La autopercepción de riesgo, se explica como la percepción que los adolescentes tienen acerca de que una de las dimensiones, anteriormente descritas, les pueda afectar de manera directa y personal. • La heteropercepción de riesgo, es la que los adolescentes perciben sobre el hecho de que una situación (dimensión) determinada implique a su grupo de iguales en general.
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C. Alsinet, “El maltrato infantil: causas, tipos y consecuencias”, en Infancia y Adolescencia en riesgo social, Milenio, Barcelona, 2000. 10 C. Alsinet, R. Pérez y M. J. Agulló, Els estudis de percepcions de risc y de victimització en la adolescencia, Centro de Estudios Jurídicos y Formación Especializada, (memoria no publicada), 2000.

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A partir de estos dos aspectos se desarrollaron una serie de preguntas, con objeto de evaluar cada una de las diferentes dimensiones. Con la finalidad de procesar la información obtenida y su posterior análisis, cada uno de los ítems se podía responder sobre la base de una escala de intervalos (nada de acuerdo, poco de acuerdo, bastante de acuerdo, de acuerdo y muy de acuerdo). 1. Objetivos de la investigación y características de la muestra Los principales objetivos de la investigación que presentamos en este artículo se centran en tres aspectos: 1. Analizar cuál es la percepción de los riesgos de amenazas y temores, relacionados con su seguridad personal. 2. Conocer cuáles son las preocupaciones sociales del adolescente, en relación con la seguridad ciudadana. 3. Estudiar y correlacionar diferentes variables independientes que nos permitan desarrollar programas de intervención en el ámbito comunitario, y desde una perspectiva preventiva entre la relación de los adolescentes y la percepción de seguridad. Para poder desarrollar y corroborar estos objetivos se observó a un grupo de 262 hombres y mujeres de entre 15 y 17 años de edad.

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2. Resultados preliminares y primeras conclusiones Entre los primeros resultados y análisis de carácter descriptivo que se han observado en el estudio quisiéramos destacar los siguientes: Los ítems en que los adolescentes de nuestro estudio presentan puntuaciones más elevadas son: me preocupa acabar de estudiar y no encontrar trabajo (4.39%); estoy convencido que mis padres no me maltratarán nunca (4.71%) y tomando las medidas adecuadas se reduce el peligro de contagiarse de sida (4.64 por ciento). Las áreas donde los adolescentes presentan puntuaciones más elevadas son: el desempleo (3.75%); los malos tratos y la violencia doméstica (3.59%); los embarazos en adolescentes (3.57%) y las infecciones de transmisión sexual y el sida (3.51 por ciento). En relación con los resultados obtenidos en la agrupación de los ítems que conforman la escala de autopercepción de riesgos y de heteropercepción de riesgos los resultados han sido iguales (2.96 por ciento). A partir de este primer análisis podemos destacar algunas primeras referencias: los jóvenes de nuestra muestra, que presentan puntuaciones más elevadas están relacionados con situaciones de carácter cotidiano, donde los adolescentes manifiestan estar bien informados y protegidos. Hay que hacer mención que, entre otras, se han observado diferencias significativas en el análisis de la variable género en los ítems que conforman la dimensión accidentes de tráfico, donde los chicos de nuestra muestra perciben que son otros grupos de población –categorías sociales– los causantes de estas situaciones problemáticas, o bien en la dimensión alcohol y tabaco, donde se presenta la misma tendencia en las respuestas. Por otra parte, las mujeres presentan diferencias significativas, comparativamente con los hombres, en las dimensiones relativas a la vida familiar –maltrato y violencia doméstica– o el aumento de las infecciones de transmisión sexual, incluido el sida. A tenor de los resultados, se constata que en nuestra muestra se reproducen los patrones basados en las condiciones de género, así los hombres manifiestan conductas de carácter más impulsivo, mientras que las mujeres están más interesadas en actividades y acciones relacionadas con sus perspectivas de futuro y en acontecimientos de su vida familiar y cotidiana. Con relación a la variable edad los más jóvenes se preocupan, en mayor medida, por acciones y conductas propias de los comportamientos juveniles a los que aún no han tenido acceso y manifiestan inquietudes de carácter más social y comunitario.

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3. Propuestas de intervención Las reflexiones y resultados que nos hemos planteado a lo largo de este artículo llevan a realizar una serie de meditaciones y respuestas a las interrogantes que han surgido. Las propuestas de intervención que plantearemos, párrafos adelante, se desarrollan sobre la base de diferentes premisas que a continuación se presentan. La consideración de la adolescencia como una categoría social, por ser un sujeto activo y en consecuencia un elemento de su propio cambio. El desarrollo social y emocional de este grupo de edad se deconstruye sobre la base de sus experiencias y de sus capacidades de reflexión y participación. Estas capacidades de reflexión y participación se aprenden, por ende se educan desde una perspectiva preventiva. Participar no sólo es estar sino tener espacios para poder codecidir y en su caso, tener aciertos o equivocaciones. Las propuestas de intervención sugieren tras considerar dos aspectos, uno centrado en elementos relacionados con la investigación (hemos de recordar que los resultados que aquí se presentan son de carácter piloto) y otros con programas de intervención psicosocial y educativa. Con relación al primer aspecto, aunque se ha valorado de manera muy positiva el cuestionario desarrollado, creemos importante la necesidad de proponer algunas modificaciones. Se deberían de añadir dimensiones relacionadas con hábitos alimentarios, las nuevas adicciones y los deportes de riesgo. Para los programas de intervención psicosocial, podrían formarse dos grupos, con la posibilidad de ser independientes y, a la vez, complementarios entre ellos. Así, en el ámbito de la educación formal, se deberían de desarrollar actividades de acción tutorial relacionados con las capacidades de acceso laboral, en el desarrollo de programas de búsqueda de empleo y de nuevas formas de autoocupación. También, sería necesario facilitar un espacio donde el profesor desarrolle acciones preventivas delante de situación de riesgo. En el ámbito de la educación no formal se deberían desarrollar actividades a través de los servicios sociales comunitarios, desde una perspectiva de la prevención primaria y secundaria, renovando las competencias sociales de los adolescentes. Todos los programas de intervención deben de aplicarse con el fin de incrementar el bienestar de cada uno de los adolescentes, en cada una de las diferentes dimensiones que se pueden plantear en la estructura del bienestar,

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ya sea en los componentes cognitivos –satisfacción con la vida– como los componentes afectivos –afecto positivo y afecto negativo– o bien las dimensiones donde se estructura este componente: el self, la familia, la escuela, los vecinos y el grupo de iguales.11

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