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En Democracia - Numero 7 - (2009)

En Democracia - Numero 7 - (2009)

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Curso de Capacitación de fiscales

Miles de ciudadanos se capacitaron y participaron de la jornada electoral. Pág. 2

Apertura de nuevas filiales
Se abrirán más de diez filiales en el segundo semestre del año. Pág. 2

Moisés Lebensohn y la Socialdemocracia
Escribe Hernán Rossi, Presidente del IML. Pág. 2

En Democracia
Agosto de 2009 / Nº7 / PUBLICACIÓN OFICIAL DEL INSTITUTO MOISES LEBENSOHN

Reflexiones sobre el Kirchnerismo
Luego de la derrota electoral nacional del oficialismo del 28 de junio, nos propusimos pensar que nos dejan estos años de Kirchnerismo. Su visión de país, y su arquitectura de poder. Escriben: Ricardo Sidicaro, Antonio Camou, Marcos Novaro y Alejandro Bonvecchi

El futuro de la Socialdemocracia
Un análisis de la situación en la región en clave de los desafíos de la centroizquierda en relación al populismo. La necesidad de una agenda de los militantes de la socialdemocracia a partir de tópicos que interpreten las nuevas realidades. Escriben: Ludolfo Paramio, Fernando Iglesias y María Eugenia Smuck.

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TEXTUALES
“El Acuerdo Cívico y Social fue la fuerza política que más votos obtuvo en el país y a nivel nacional hay un nuevo escenario, un reequilibrio de las fuerzas políticas. Los argentinos le dijimos al Gobierno nacional que queremos una democracia con diálogo, con calidad institucional, sin conflicto permanente”. Lo dijo Gerardo Morales, presidente del Comité Nacional de la UCR, en la noche del 28 de Junio.

FILIALES

CORRESPONDENCIA RECIBIDA
Agradecemos a todos aquellos que nos enviaron notas, informes y opiniones a endemocracia@iml.org.ar y a info@iml.org.ar Muchas de ellas serán publicadas prontamente en nuestro sitio Web y algunas incorporadas como material de consulta de los equipos técnicos del Instituto.

EL DATO

EL ACONTECIMIENTO
El jueves 18 de Junio se llevó a cabo en el “Centro Asturiano de Buenos Aires” la presentación del primer libro del I.M.L., “¿Haciendo Buenos Aires? Una Crítica a la gestión macrista de la Ciudad”. Asistieron mas de 500 comensales, en donde estuvieron presentes las autoridades del Instituto, candidatos del Acuerdo Cívico y Social para la ciudad, autoridades de la UCR Capital y del Comité Nacional. El libro ya se vende en las principales librerías.

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Ciudadanos participaron en el Curso de Capacitación de fiscales del I.M.L. en los más de 300 encuentros y cursos brindados en todo el país.

EDITORIAL: por Hernán Rossi. Presidente del IML
MOISéS LEBENSOhN y LA SOCIALDEMOCRACIA
Con la incorporación definitiva de la UCR en la Internacional Socialista como miembro pleno en el año 1999, se completa un largo proceso de debate y posicionamiento ideológico de nuestro partido, cristalizándose de manera institucional una tendencia ideológica que desde hace largo tiempo venía ganando posiciones en el seno de la UCR. Como todo proceso político dinámico, siempre es bastante más fácil señalar su desarrollo y consecuencias concretas que sus inicios puntuales y esta no es la excepción. No obstante, sí podemos encontrar pistas muy claras de quienes fueron los referentes históricos de nuestro partido, que marcaron la vanguardia de pensamiento que dio lugar al posicionamiento ideológico socialdemócrata que hoy marca nuestra agenda político-partidaria. Justamente es el caso de Moisés Lebensohn, quien en la década del 40, frente un peronismo avasallante se plantaba con un discurso político que rescataba la igualdad y la justicia social en el marco de las plenas libertades civiles y políticas, la democracia y el pluralismo. Por esos años nos decía, (...)“Los hombres de la juventud radical juzgamos que las libertades civiles y políticas deben integrar el clima de dignidad humana con una efectiva democracia económica, y ansiamos que el partido imponga un orden de Justicia que garantice el derecho igual de todos a la libertad, el derecho de todos al trabajo, a la cultura, a un estándar de vida correcto, a la alegría de vivir, a un hogar confortable....Proclamamos que esta etapa de la historia debe concluir aquí, como en el resto del mundo, con la abolición de la angustia humana, de la inseguridad del hombre ante su porvenir, antes los riesgos de la desocupación, de la enfermedad y de la vejez y ante la incertidumbre de la existencia de sus descendientes.” En línea con la mejor tradición ideológica de la socialdemocracia, Moisés Lebensohn se nos presenta hoy como un inevitable referente del inicio de esta tradición de pensamiento en la UCR. Su legado es hoy, más actual que nunca, porque sus propuestas, denuncias y reclamos siguen estando vigentes en la Argentina presente. Como un humilde tributo y reconocimiento a este gran hombre, político y pensador, los jóvenes que dimos nacimiento al Instituto Lebensohn tomamos su nombre y sobre todo sus ideas para continuar con su herencia ideológica y sobre todo con su ejemplo militante.

Editor Responsable: Hernán Rossi (Presidente IML)

Staff
E-mail: endemocracia@iml.org.ar

Director: Marcelo Guouman Diseño y diagramación: María Inés Cosentino Redacción: Royceel Rigotti
Colaboradores: Alejandro De Angelis, Pablo Lozada Castro, Pablo Amador, Eduardo Winkler, Mauro Pedone Balegno, Mario Alarcón, Emiliano Yacobitti, Maximiliano Campos Ríos, Camilo Vedia, Andrés Alievi, Emmanuel Artusa, Lohana Arturo, Mauro Palaviccini, Alejandro Ramini, Valeria Burak, Daniel Mansilla, Leandro Querido, Maximiliano Cayuela, Gonzalo Berra, Alejandro Caracciolo, Juan Nosiglia, Diego Fernández, Paola Costabella y Pablo Hortal.

Tel: (5411) 5254-9079

www.institutolebensohn.org.ar

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Moisés Lebensohn en la mirada de José Bielicki

“El padre de la intransigencia, en un partido anquilosado y conservador”
Bielicki es el autor del segundo libro que publicará el Instituto Moisés Lebensohn, a través de Ediciones I.M.L. y Ediciones Lumiere. Se trata de “Moisés Lebensohn: El hombre que pudo cambiar la historia”, un fresco sobre la vida del eternamente joven líder radical. La vinculación con su propia historia familiar, la figura presente de su padre y su frondosa biblioteca. Un libro para una nueva generación de ciudadanos y radicales. Habla su autor.
- ¿Cómo se da su vinculación con Lebensohn? ¿Como lo conoció? - Lo vi en actos, yo no tuve relación directa con él. Era un hombre joven. Yo fui secretario de gobierno en Morón teniendo 22 años y fui candidato a Intendente a los 26. El intendente de Morón, Abel Costa, era un hombre de la absoluta intimidad de Lebensohn. Por ese tiempo yo compartí mucho tiempo con Gabriel Del Mazo, era muy joven. En su mesa, el aprendizaje fue muy trascendente. Mi contacto con Arturo Frondizi, Federico Monjardin, Hector Noblia, Ataulfo Perez Aznar y muchos otros fue muy importante. Me incorporé a la juventud de la Provincia de Buenos Aires y es ahí adonde encuentro el pensamiento Lebensohniano y en donde me compenetro del ideario de Lebensohn tan bien definido en su síntesis, “Doctrina y conducta: Doctrina para que nos comprendan y Conducta para que nos crean”. Hoy vigente como siempre. - ¿Quién era Moisés Lebensohn? - Lebensohn es el padre de la intransigencia, en un partido anquilosado y conservador. Su gran tarea es primero haber comprendido que la única herramienta que tenía, eran los jóvenes. La portentosa militancia de la juventud. Lebensohn fue concejal en Junín entre 1936 y 1940 y sus proyectos, leídos hoy, tienen una estatura de Legislación Nacional. Allí se denota su pensamiento progresista, su sentido social, su noción de la economía al servicio del hombre. El primer socialdemócrata del radicalismo. Lamentablemente muere joven. A los 45 años, siendo presidente de la Convención Nacional. Y en su lecho de muerte, dice algo que es tremendo, “No quiero morir, queda tanto por hacer, hay que luchar, luchar, luchar”. Esto no tiene un sentido personal. Ese es su objetivo casi profético de servir . - Usted dice que Lebensohn es el continuador del pensamiento de Irigoyen. ¿Cómo se coloca él, en el debate de su época? - El va con sus ideas. Tiene un sentido progresista. Digo algo con el riesgo de equivocarme, pero es lo que siento: Si ese pensamiento, ese proyecto, hubiera sido la línea del radicalismo, el proceso político hubiera sido distinto. - ¿Hablamos del Peronismo, no? El recogía las necesidades de una sociedad agotada por la corrupción y el fraude. Era un mensaje adecuado para ese momento. Lebensohn, ocupo solo dos cargos electivos, fue concejal, y presidente del bloque de convencionales en la Constituyente de la UCR en 1949 y es muy interesante lo que se produce en el debate que se da en el partido. Él tenía que levantar el bloque. Era la instrucción. Pero el pensamiento de él, estaba en dar un debate. Participar realmente en la convención porque estaba en la seguridad que había cosas que se podían modernizar e incorporar y hacer una constitución progresista. En el partido había 3 posiciones. Una totalmente abstencionista. Otra de ir, impugnar y retirarse, y la otra de participar e ir condicionando e interviniendo en todo. Esa era la de Lebensohn. Y cuando se plantea y se reconoce que el único objetivo era el de la reelección de Perón, se formaliza la retirada del bloque. Allí se ve que Lebensohn no era antiperonista. Aprendimos entonces a separar las cosas: los liderazgos cuestionables, de la posición del pueblo de ese momento y a aceptar que esa fue una realidad en la que el pueblo encontró una vía totalmente distinta a la que le brindaban los partidos tradicionales, que era una posición vacía, como la que expresaba la Unión Democrática. - Retomando el camino de reconstruir su pensamiento: ¿que habrá leído Lebensohn, como se vinculaba con las ideas provenientes de otras latitudes? Bueno, el también se cultiva, es un gran lector, y hereda mucho de su padre y su completísima biblioteca. El padre de Moisés era médico, un inmigrante que tenia un gran bagaje cultural. Moisés Lebensohn recibe de él su formación intelectual y humana. La primera vez que lo escuchó, Félix Luna, lo relata en sus Memorias, fué en Córdoba en el año 1938 y comenta que quedo impactado. Que fue el mejor discurso que escucho en su vida. Que así como Frondizi tenía una gran formación, respecto de sus intereses puntuales, Lebensohn tenía una formación muy amplia que involucraba la literatura, la música, una cultura general muy amplia. Es la cultura que le transmite su padre. Inmigrante, al que lo seduce el radicalismo ya en 1905. Es decir, prácticamente a ocho años de estar en el país. Volviendo a Moisés, tiene una gran admiración por Roosevelt y el New Deal, también por el acercamiento a los saberes económicos de teóricos británicos, son importantes en su formación. El ensayista Harold Laski, figura entre sus predilectos. Moisés Lebensohn abre el diario “Democracia” y lanza sus ideas y, sin sectarismo, a pensadores europeos, y nacionales. Recurrimos, en el libro, al archivo de “Democracia”, gracias a que el actual director, el hijo de Moisés Lebensohn, el Doctor Héctor Lebensohn, nos abrió las puertas y facilitó todos los medios y un rico anecdotario familiar. Gracias a el pudimos encontrar elementos esenciales en la trayectoria de Lebensohn. Lamentablemente, Lebensohn tiene escrito un solo trabajo que es la recopilación de su acción municipal que lo publica en 1941 y ahí se recogen todos los proyectos, pero después no hay más que muchos discursos y los trabajos importantes en el diario, conferencias, sus actuaciones... Pero si contamos todo... no van a leer el libro. - En esa biblioteca paterna, ¿que se podría haber encontrado? - Todo. Todo, porque además el padre era un gran lector en diversas lenguas. Manejaba nueve idiomas, se había formado en su tierra natal que era una parte de la Rusia Blanca, creo que en este momento esa parte seria Ucrania. Él emigra por el tema de la persecución antisemita y las limitaciones para estudiar que tiene la comunidad judía. Luego se recibe de medico en Viena y solventa su vida dando clases de Idiomas. - ¿Era liberal en su dimensión política Moisés Lebensohn? Si, si, y en lo económico tiene una posición contra el comunismo ruso. También contra el totalitarismo del sistema. Es un hombre escencialmente democrático. Hay una comisión que se designo en la reunión de la intransigencia, en Avellaneda en 1947, que elabora las bases de acción política, y la “profesión de fe doctrinaria” que integraban Lebensohn, Del Mazo y Frondizi. Participaron también en esa reunión Larralde, Balbín y toda la Creme de aquel momento, que integró una generación ejemplar en nuestra historia. - ¿Por último, tiene algunas expectativas en torno al libro que se está por publicar? - Sí, por supuesto. Tengo que agradecer a la gente del Instituto Moisés Lebensohn, en especial a su presidente Hernán Rossi por el apoyo y el entusiasmo a la edición de este libro y esto señala que en los jóvenes es donde esta el semillero para transformar esta realidad deprimente de hoy. El eje de la reconstrucción partidaria del Radicalismo está en los jóvenes. Que no vivieron los enfrentamientos, y que tienen la mente abierta, para oxigenarse e incorporar y adecuarse a un mundo en crisis.

José Bielicki es abogado. Se recibió en la Universidad Nacional de Buenos Aires. Nació en la Capital Federal, pero desempeñó su carrera política en el marco del radicalismo de Morón, Provincia de Buenos Aires, distrito por el que fue electo Diputado Nacional en el año 1983. “Un bloque de diputados brillante” dice, sobre su experiencia legislativa. Comenzó su militancia partidaria a los trece años participando activamente durante la cursada de sus estudios en los niveles secundario y universitario. “Milité en el Movimiento Universitario Reformista donde me integro con un grupo de jóvenes del Movimiento de Intransigencia y Renovación de la provincia de Buenos Aires y el cántico que identificaba a nuestro grupo era Alem, Yrigoyen y Lebensohn, toda una definición”

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Así escribe José Bielicki
Publicamos a continuación un adelanto exclusivo del libro “Moisés Lebensohn: El hombre que pudo cambiar la historia”, del doctor Bielicki, que será publicado conjuntamente por Editorial Lumiere y Ediciones I.M.L. El siguiente es un fragmento de la introducción:
“Nuestra historia parece haber borrado muchos nombres significativos hasta casi hacer desaparecer su paso y las huellas profundas que dejaron en nuestra sociedad y su cultura política. Sobre los triunfadores escribe la historia oficial, y el olvido parece ensañarse con muchos hombres adelantados a su tiempo. Silenciando pensamientos cuya vigencia permitiría enfrentar con éxito estructuras anquilosadas al servicio de sistemas antidemocráticos y conservadores. Dice bien Felipe Pigna, en Los mitos de la historia argentina: “La historia es por derecho natural de todos, y la tarea es hacer la historia de todos, de todos aquellos que han sido y van a ser dejados de lado por los seleccionadores de lo importante y de lo accesorio. Quienes quedan fuera de la historia mueren para siempre, es el último despojo al que nos somete el sistema, no dejar de nosotros 1 siquiera el recuerdo”. El caso de Moisés León Lebensohn es paradigmático, pues ni el radicalismo, al que impulsó a una actualización de ideas y métodos, ni la sociedad tiene noción del valor del aporte de este abogado, político y periodista, pensador único, fallecido un 13 de junio de 1953. Algunos actos y enjundiosos artículos fueron realizados al cumplirse, hace unos años, medio siglo de su desaparición, pero no dan la estatura de su labor incansable, apasionada, transformadora de su partido para convertirlo en herramienta eficaz que permitiera construir una sociedad igualitaria que diera fin a la injusticia. Y mucho menos dan cuenta de lo que fuera su ideario, sus profundas clarividencias, aquellas certezas por las que luchó sumido, muchas veces, en la incomprensión de sus contemporáneos. Muy joven se embarcó en la titánica tarea de propagar ideas renovadoras que enfrentaran a la conducción de su partido, la UCR, que languidecía bajo el fraude instaurado por la dictadura uriburista, aquella que arrasara con las libertades públicas, instalando un régimen nefasto que las generaciones venideras conocerían con el nombre de “década infame”. Nacido así a la vida política, en tiempos de emergencia, las circunstancias determinaron la forja de unas convicciones democráticas férreas, de las que no abjuraría jamás. Es posible que ocurriera con él lo sucedido a notables personajes de nuestra historia, que el hecho de no haber ocupado posiciones públicas relevantes sea uno de los factores que lo aleje de ese brillo consagratorio. Sólo fue cuatro años concejal en Junín y presidente del bloque de Convencionales Constituyentes de la UCR en oportunidad de la reforma constitucional de 1949 que diera al general Perón su anhelada reelección. Durante su gobierno sufriría la cárcel que no había sufrido durante la dictadura de Uriburu, ni durante aquella larga década. Antes y después de aquél episodio su actividad se concentró en la actividad interna del partido al que entregara su vida. Hay intelectuales que logran mantenerse al margen de la vida de su pueblo, el lugar común los ubica en la famosa “torre de marfil” desde la que otean el devenir humano. Lebensohn en cambio, asumió hundirse en el barro de la historia, ése que abunda en la construcción de los hechos sociales. Fue un ideólogo, pero más aun fue un organizador y un pedagogo. No un doctrinario, puesto que sus sólidas convicciones no lo hacían reacio a las nuevas ideas, sino que por el contrario mantuvo siempre una apertura mental notable, capacidad muy escasa en la mayoría de los políticos de su época, atados a convencionalismos y tradiciones a veces poco fundamentadas. Lebensohn surgió a la vida política en plena “década infame”, una coyuntura dramática para el país y para el radicalismo en el que militaba. La muerte de Yrigoyen había facilitado la “alvearización” de su partido, el alejamiento de los postulados fundacionales y la pérdida paulatina de su raigambre popular. Lebensohn supo entonces que el radicalismo no tendría destino sino recuperaba esa base amplia y multitudinaria, y que no lo haría sin antes producir una vigorosa renovación desde los cimientos mismos del partido. Por eso dedicó en un principio todo su esfuerzo a la organización juvenil. Y dotó a esta juventud de un programa y una mística. La elaboración de un programa es una de las innovaciones más importantes que Lebensohn aportó a su organización política, un elemento tradicionalmente ausente de las preocupaciones partidarias, reemplazado habitualmente con el

Bielicki y sus lecturas
“Leo de todo, tengo en lectura el libro de Terragno, el “Diario Íntimo de San Martín”. Asimismo el último trabajo de Albino Gómez, llamado “Tiempo de Descuento”. Pero simultáneamente, leo a los clásicos de la literatura rusa, que es una cosa que me da mucho placer. Me gustan fundamentalmente los libros de Historia. También leo sobre economía y Política Internacional, dentro de las limitaciones de tiempo, trato de concentrarme en algunos temas. Por último, leí hace poco, en función de seguir la historia del Peronismo, el tercer libro sobre el tema de mi amigo Hugo Gambini, “La Violencia”.

remanido y ya arcaico eslogan que propagandizará Yrigoyen a principios de siglo: “nuestro programa es la Constitución”. Ese programa popular, antiimperialista, buscaba organizar a los radicales para conducir al pueblo en esa larga marcha que lo sacara del estancamiento y la abyección en que lo había recluido el asalto oligárquico al poder en 1930. En aquél entonces la política ambigua y poco transparente de la dirigencia partidaria, el antipersonalismo en particular, del cual Ortiz –presidente de la república en esos años finales de la década del ’30– era oriundo, había sumido al radicalismo en la confusión y debilitado notablemente su personalidad política, su discurso. Pero existía el convencimiento íntimo en la masa militante, de que sólo el fraude electoral impuesto por el régimen oligárquico impedía la reunión del partido con sus votantes mayoritarios. Tras el interregno militar del ’43, la segunda mitad de la década probó sin fraude que efectivamente se había perdido ese apoyo de las grandes masas, que el discurso radical ya no las seducía, que quizá ya no las interpretaba. Eran años difíciles: la década del ’30 es de ascenso del fascismo y los regímenes totalitarios en todo el mundo. También en la Argentina el fascismo tenía numerosos simpatizantes. En primer lugar en el propio ejército nacional, en el que algunos de sus émulos ocupaban puestos expectables. Y también en la sociedad civil, donde estimulaban el desarrollo de centenares de bandas armadas nacionalistas que atacaban mitines obreros, buscaban amedrentar a la opinión liberal al tiempo que eran contemplados bonachonamente por el gobierno de Justo y sus sucesores. Pronto la guerra arrasó con media Europa. Primero fue el acotado holocausto español, que sirvió de experimento a lo que se pondría en práctica en un vasto escenario inmediatamente después, totalizando casi una década de horror. Y en la Argentina, aunque alejada geográficamente del teatro de operaciones de la guerra, se vivió ésta con magnitud comparable. El miedo a ver surgir en nuestro medio algún símil de los derrotados regímenes alemán e italiano impregnó la percepción política de la opinión

democrática contemporánea. No es casual, en ese sentido, que se identificara a los sucesivos gobiernos de Uriburu y Justo con el fascismo y que la misma sospecha se trasladara a los militares que protagonizarían el golpe del ’43, comandados en las sombras por una sigla misteriosa. En el año 1940 Lebensohn organizó en Junín un acto público de apoyo a la causa aliada y repudio al antisemitismo nazi, hablaron, entre otros, Ricardo Balbín y Arturo Frondizi. Un grupo de militantes de ultraderecha irrumpió en el acto, subió al palco y efectuó disparos, Lebensohn se salvó milagrosamente. Uno de los agresores le gritó a Moisés “judío de mierda”, y él respondió, por única vez en su vida, en forma violenta con un golpe en la mandíbula del ofensor. Fueron muchas las ocasiones en que Lebensohn recibió insultos de esta especie, incluso de correligionarios que lo cuestionaban, pero nunca actuó como en aquella ocasión. Por el contrario, la práctica que caracterizara a Lebensohn fue la del argumento que busca convencer, jamás trocó su gesto pedagógico en imposición. Y en tanto pedagogo, su locución sencilla y paciente es destacada por todos los que le conocieron. Si se destaca este episodio es justamente porque rompía una regla autoimpuesta en su práctica política, la de evitar la exasperación, la reacción extemporánea, el discurso inflamado y carente de substancia que criticaría en muchos de sus contemporáneos. Por otra parte, su discurso no era sólo convincente, era además profundo y ricamente poblado de apelaciones humanas. No en vano dice Félix Luna en Encuentros a lo largo de mi vida: “...goce con el congreso de la juventud que se hizo en Córdoba en el mes de noviembre (1951)... y como postre escuche uno de los más hermosos discursos que oí en mi vida: el de Moisés Lebensohn, cerrando las deliberaciones”.2 Es que como el mismo Luna dice: “...aunque se suponía que Frondizi disponía de una singular formación, lo cierto es que ésta era unilateral y armada sólo en función política. Lebensohn no había sido así: podía comentar una gran novela, clásica o contemporánea, o hablar de la obra de un gran pintor. Frondizi no sabía nada de lo que no estuviera fuera de su campo de intereses”.3... “

Pigna, Felipe, Los mitos de la historia argentina. La construcción de un pasado como justificación del presente, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2004. 2 Félix, Luna, Encuentros a lo largo de mi vida, Buenos Aires, Sudamericana, 2005. 3 Ídem, Pág. 399.

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La Agenda Pendiente del Progresismo Un desafío para la UCR
Por María Eugenia Schmuck
La consolidación de nuestra democracia, se sabe, es un hecho histórico sin precedentes, consecuencia del aprendizaje colectivo, y de la larga y dolorosa conquista de la gran mayoría de los argentinos. Constituye además, el territorio propicio para la constitución de un espacio público autónomo que permita redefinir la relación entre el Estado, el sistema de representación y la sociedad civil. A más de un cuarto de siglo ininterrumpido de vida democrática, es importante rescatar de la historia de nuestro partido la inquebrantable voluntad de lucha de los momentos más difíciles. Los sueños de generaciones de argentinos que creyeron y siguen creyendo que es posible concretar, en el marco del régimen político democrático, los principios de libertad e igualdad. Para ello, debemos asumir la responsabilidad de aportar al proyecto político las ideas necesarias que ayuden a concretarlo. Los desafíos que nos movilizan trascienden la sola voluntad de transformar y cambiar el orden establecido: no hay cambio posible sin capacidad de organizar esa voluntad transformadora y, menos aún, sin inteligencia para darle sentido y estrategia. Como progresistas, no debemos temerle a las diferencias, el desafío de recuperar la dimensión política en los procesos sociales nos permite entender que el conflicto y las tensiones no necesariamente constituyen obstáculos, sino que enriquecen las relaciones sociales y los vínculos democráticos. El conflicto es un componente irreemplazable de la política, sin política democrática, resulta difícil concebir la democracia como expansión estructural e institucional de la ciudadanía. En este sentido, entender la política como la gestión y el procesamiento institucional de las diferencias; y lo político como conducción de la sociedad y deliberación sobre el bien común, obliga a los partidos a asumir el desafío de la representación desde esa perspectiva. Por tanto, es responsabilidad de la militancia, debatir y construir nuevas reglas de juego para esta joven democracia. La perdida de confianza en los partidos como espacios de canalización de las demandas ha dejado huérfanos de visiones integradoras a gran parte de los ciudadanos. En efecto, el embate neoliberal de los 90 erosionó las bases de la representación política. Una opción facilista nos invita a concluir que la responsabilidad del desencanto se encuentra sólo allí. Sin embargo, las razones son más complejas e imponen tanto un análisis de las dificultades y errores propios de los partidos políticos, como de los cambios estructurales de nuestra sociedad en las últimas décadas, en el marco de un proceso más amplio que comprendió a todos los países del planeta. El descontento se sustenta también en el reconocimiento de la política como una actividad ensimismada y, por lo tanto, ajena a las demandas sociales. En cualquier caso, la necesidad de avanzar hacia un proceso que reconvierta la actividad política con el objetivo de reestablecer los lazos de representación en crisis, se ha constituido en los últimos años en un elemento recurrente pero relativamente importante en la agenda pública. Al mismo tiempo, debe ser una convocatoria irrenunciable para todos nosotros. Cuando la discusión ideológica parece pasada de moda y se nos presenta como lo verdaderamente trascendente la búsqueda de la eficiencia burocrática o el pragmatismo de las encuestas para definir nuestros referentes políticos, es importante recuperar los espacios de discusión para avanzar sobre algunas de nuestras muchas deudas pendientes como partido. La impostergable reconfiguración de los partidos políticos frente a la aparición de las coaliciones como un nuevo espacio de intermediación entre la sociedad civil y el Estado, nos obliga a repensar y decidir las formas más adecuadas de construir poder entre dos o más partidos, no solo para ganar elecciones, sino con el objetivo de consolidar un proyecto y programa de gobierno. Tenemos el desafío de imaginar cómo somos capaces de garantizar, al interior de un espacio político que comprenda diferentes expresiones partidarias, la alternancia democrática que le exigimos a nuestro régimen político. Hay experiencias exitosas en nuestro continente en este sentido. Otro de los temas que debemos incorporar en nuestros análisis y actividad militante es el reconocimiento de que hace varios años asistimos a un proceso de territorialización de la política, en donde las estructuras nacionales no pueden constituirse hoy desde Buenos Aires a partir de liderazgos personales, sino que responden a procesos de construcción política en donde el poder real tiene, claramente, base territorial. Por ello, la puesta en escena de grandes proyectos nacionales no puede ignorar las marcadas heterogeneidades de los territorios que pretenden contemplar. Resulta necesario reorganizar el Estado en todos sus niveles, planificando y ejecutando las políticas públicas desde una perspectiva que revalorice su dimensión territorial. La definición de un proyecto de nación y en consecuencia, de un modelo de desarrollo, implica una renovación de la matriz sociopolítica en al menos dos sentidos. Por un lado, como articuladora de una nueva cultura política que promueva una ciudadanía activa y comprometida con el aumento del capital social e institucional. Por otro, como sostiene Calderón, una matriz que interprete al y garantice el desarrollo como un proceso que enriquezca la libertad real de los involucrados en la búsqueda de sus propios valores, expandiendo las capacidades humanas para permitir un mejor aprovechamiento de los factores exógenos y tornar dinámicas las potencialidades de cada sociedad (Calderón 2000). Este proceso debe redefinir necesariamente las prácticas del sistema político intentando recrear la construcción de consensos basada en la negociación, el diálogo y la concertación con los diversos actores políticos, económicos y sociales en el marco del régimen político democrático. El reconocimiento del disenso supera aunque no niega la existencia del conflicto. La ausencia de un proyecto político de nación que aglutine y articule a los actores sociales heterogéneos para la concreción de intereses comunes, es una asignatura pendiente de la actual transición hacia una nueva matriz que de cuenta de los cambios operados en nuestro país y la región en las últimas décadas. En esa lectura, será necesario incorporar como eje de trabajo la emergencia de nuevos actores sociales y antinomias que cobraron fuerzas al tiempo que decrecía la capacidad de los partidos para construir referencialidad. Con todo, el desafío pendiente en la argentina y los países de la región, nos interroga sobre las condiciones de posibilidad de un proyecto que al tiempo que reivindique políticas progresistas, garantice un proceso de profundización y consolidación de las instituciones de la democracia. Este breve texto ha tratado de aportar sólo algunas de otras tantas ideas, bajo la premisa de que resulta factible y necesario concretar un proyecto político nacional, popular, progresista y democrático. Como militantes políticos, la tarea que tenemos por delante es enorme, debemos recorrer un camino desafiante y complejo, pero no por ello menos atractivo para quienes apostamos a la participación como manifestación activa de la libertad colectiva.
María Eugenia Schmuck es Licenciada en Ciencia Política con orientación en Administración y Planificación Pública. Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales. Universidad Nacional de Rosario. Magíster en Ciencias Sociales con orientación en Ciencia Política y Sociología en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), Doctoranda en Ciencia Política. Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales. Universidad Nacional de Rosario. Es además investigadora y docente universitaria.

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Izquierda y populismo
en América
Por Ludolfo Paramio
¿De qué hablamos cuando hablamos de populismo? Si no estamos de nuevo ante un populismo económico caracterizado por la irresponsabilidad fiscal, ¿de qué hablamos cuando hablamos de populismo? Un primer enfoque es el que se refiere a su proyecto económico, pues se puede argumentar que las políticas populistas se limitan a distribuir los ingresos extraordinarios de las exportaciones, pero no crean crecimiento a largo plazo —pues desincentivan la inversión— y ni siquiera son eficientes en el plano de la redistribución. En otro sentido se podría hablar de ‘discurso populista’. Este discurso denuncia a la élite política anterior y al conjunto de los partidos políticos tradicionales como traidores a los intereses populares, para presentar a los nuevos gobernantes como verdaderos representantes de esos intereses. Y por ello pide el máximo respaldo social para evitar que la oposición bloquee la acción del gobierno desde las instituciones democráticas. Parece evidente que Chávez y Morales comparten ese discurso, y que Kirchner no tuvo más que navegar en la corriente desatada por la crisis política de finales de 2001: ‘que se vayan todos’. Pero a la vez es obvio que ese discurso tiene antecedentes muy próximos en los estilos de liderazgo de Menem y Fujimori a comienzos de los noventa. El nuevo discurso populista no sería más que una edición actualizada de lo que Guillermo O’Donnell (1992) llamó ‘democracia delegativa’. En nombre de los intereses populares el gobernante reclama poderes excepcionales y trata de escapar al control de las ‘viejas’ instituciones. Hay una diferencia sustancial, sin embargo. El populismo de Menem y Fujimori trataba de realizar una agenda económica neoliberal, combinándola con políticas sociales clientelares para obtener a la vez el apoyo del empresariado, las clases medias y las clases populares. El ‘nuevo’ populismo que preocupa a los observadores no comparte esa agenda neoliberal, aunque mantenga el principio de responsabilidad fiscal. Por el contrario, hace gala de un agresivo nacionalismo y de un estilo confrontacional con los inversores extranjeros, sean empresarios o simples ahorristas. Parece lógico pensar, en este sentido, que lo que ha cambiado en los últimos años es el clima ideológico, por decirlo de alguna manera. El Consenso de Washington ha perdido gran parte de su credibilidad, y se ha producido una reacción en contra de las ideas que lo respaldaban, de lo que podríamos llamar el paradigma neoliberal. Este cambio de clima ha favorecido a los candidatos de izquierda —como Lula, Tabaré o Bachelet— donde estas opciones existían y tenían credibilidad como alternativas de gobierno. En cambio, en aquellos países donde no se daban estas condiciones, por las características del sistema de partidos o por circunstancias específicas, o bien el giro a la izquierda no se ha producido o ha tomado la forma atípica —al menos desde el punto de vista europeo— de lo que llamamos populismo. Un populismo que en algunos aspectos se distancia del original, del ‘populismo histórico’ de los años treinta y cuarenta del siglo pasado, pero que en otros se le asemeja, en buena medida porque responde a problemas relativamente similares. En efecto, la clave de las experiencias de Perón y Vargas en aquellos años era una crisis del sistema de representación y la existencia de amplios grupos sociales que se sentían excluidos económicamente y no encontraban una vía para que sus necesidades fueran atendidas por los gobiernos. Esas dos

Latina

condiciones se han vuelto a dar a comienzos del nuevo siglo en algunos países, y no es demasiado sorprendente, por tanto, que se haya repetido la emergencia de liderazgos populistas. Es fácil comprender que el crecimiento de la pobreza y la frustración ante el incumplimiento de las promesas de las reformas estructurales han provocado que amplios sectores no sólo populares, sino también de clase media, se sientan maltratados y excluidos ante un mercado que consideran adverso, y que no sepan cómo hacer oír su voz. Esto es lo más importante: en muchos países los sistemas de partidos establecidos no han generado ofertas políticas creíbles que permitieran a estos sectores sentirse representados. Y, a consecuencia de ello, ha ido creciendo el escepticismo hacia las instituciones políticas en su conjunto. Esta ausencia de alternativas se explica en gran parte por el cambio de reglas sociales y económicas que conllevaron las reformas estructurales. Los partidos con capacidad de gobierno debieron interiorizar las nuevas reglas, y con ello perdieron capacidad para hacer frente a las demandas sociales provocadas por el estancamiento de finales de los años noventa. La adaptación al nuevo juego y a la lógica de una economía liberalizada fue en bastantes casos traumática, y no siempre fue acompañada por un cambio profundo de los grupos dirigentes. Era improbable que estos mismos partidos, pocos años después de su conversión al discurso del liberalismo económico, fueran capaces de asumir la crisis del paradigma liberal a ojos de la opinión pública. El triunfo de Chávez en 1998 fue fruto de este clima y del desfondamiento de los partidos tradicionales tras la crisis de AD y la nueva frustración ante el gobierno de Caldera. Pero la aparición de lide-

razgos populistas no exige necesariamente un colapso previo del sistema de partidos. La condición fundamental es la existencia de una crisis de representación en el sentido apuntado antes: que una parte importante de la sociedad sienta que ninguno de los partidos existentes representa sus intereses. Es obvio por otra parte que la consolidación de un liderazgo populista contribuye a profundizar la crisis de los partidos preexistentes, ya que su discurso fomenta su descrédito, y a menudo sus políticas estarán dirigidas a socavar los mecanismos de funcionamiento de la representación, erosionando sus bases sociales y recortando su papel en las instituciones. En último término, el ataque a la supuesta ‘oligarquía política’ conduce casi inevitablemente a un ataque a las propias instituciones políticas —más allá de los partidos— y al intento de crear una nueva institucionalidad a la medida del régimen populista, lo que puede tener efectos negativos muy duraderos para la vida política democrática, más allá del propio ciclo populista. Los costes políticos del populismo Si nos atenemos al populismo como fenómeno político, su crítica debe partir de las consecuencias que tiene para la democracia y sus instituciones, antes de analizar su política económica e independientemente de que ésta encaje o no en el estereotipo del populismo económico. Por ejemplo, se pueden estudiar las consecuencias de los gobiernos de Menem y Fujimori con independencia de que su política económica fuera neoliberal. Y parece que el balance de ambos gobiernos fue negativo en el sentido de que condujeron al desmantelamiento o la perversión de las instituciones democráticas, y muy en particular de las que cumplen la función de

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El presente texto es una versión reducida y revisada del artículo “Izquierda y populismo en América Latina”, Sistema 208-209: 25-33, enero de 2009. El autor es profesor en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC) y director del Programa de América Latina en el Instituto Universitario Ortega y Gasset, en Madrid, España.

contrapesar o controlar al poder ejecutivo. Como es sabido, en ambos casos se manipularon las Cortes Supremas y las Cámaras legislativas —en el caso de Perú tras la ruptura institucional de 1992— para lograr que nada pudiera frenar la actuación del ejecutivo. Y, de forma totalmente previsible, en ambos casos esa ausencia de controles vino acompañada de fuertes irregularidades en la gestión y de una corrupción casi generalizada, en buena medida aprovechando las oportunidades creadas por la propia liberalización de la economía, y en particular por las privatizaciones. Conviene subrayar que el éxito de este vaciamiento de las instituciones (y de las arcas) del Estado vino favorecido por una situación objetiva y por las ideas dominantes en aquel momento. La crisis hiperinflacionaria provocó en las sociedades argentina y peruana una necesidad apremiante de un liderazgo salvador. La ‘democracia delegativa’ era en buena medida fruto de esa necesidad colectiva de encontrar un gobernante capaz de dar salida a una situación insostenible, y en el que se ponía una confianza no condicionada. La herencia política del populismo, en este sentido, es de una enorme gravedad con total independencia de su balance económico o de las consecuencias de su política social. Porque después del populismo no sólo es preciso recuperar las instituciones democráticas, sino también la confianza de los ciudadanos en las mismas. Si, además, el propio sistema de partidos ha resultado arrasado por el gobierno populista, el problema de la crisis de representación se agrava, y se hace mayor la dificultad de reconstruir identidades partidarias capaces de estabilizar la representación política. Al comienzo del nuevo siglo el populismo ha regresado a su forma tradicional de populismo redistribuidor. El ejemplo más notorio es, por supuesto, el del régimen bolivariano en Venezuela. Como es bien sabido, el primer y arrollador triunfo electoral de Chávez en 1998 fue consecuencia del masivo repudio acumulado por los partidos tradicionales, pero también de la frustración social tras los costes de las reformas en el gobierno de Car-

los Andrés Pérez y de nuevo con el ajuste de 1997 ya en el gobierno de Rafael Caldera. La retórica de Chávez de rechazo a los partidos como cómplices de la oligarquía y traidores a los intereses populares constituye un ejemplo de manual de discurso populista. Pero también es clásico el proceso de reconstrucción de las instituciones políticas para eliminar cualquier obstáculo al nuevo régimen ‘bolivariano’. Más allá de la forma de gobernar de Chávez, es indiscutible que sus nuevas reglas de juego cumplen formalmente los criterios democráticos —aunque la oposición haya formulado repetidas acusaciones de manipulación, coacción de la disidencia y fraude electoral—, y que su liderazgo ha pasado por más pruebas electorales que el de ningún otro gobernante latinoamericano. La clave de su consolidación es sin duda el haber conseguido que los sectores más pobres y excluidos de la sociedad venezolana vean en él a un gobernante que se cuida de ellos, frente a la imagen de que los políticos tradicionales sólo se dedicaban a robar y no se preocupaban del pueblo. Se puede discutir la eficacia de la política social desarrollada por las misiones chavistas, la falta de transparencia de su financiación, o la lógica clientelar de su diseño y ejecución, pero no es fácil negar que han tenido como resultado un significativo apoyo popular al régimen, y en determinados sectores una identificación con él similar a la que en su momento alcanzaron los populismos clásicos. La izquierda y el populismo ¿Es posible ofrecer una alternativa de izquierda al populismo? El primer problema es que para muchos sectores progresistas el populismo es ya una política de izquierda, en la medida en que introduce medidas sociales y económicas favorables a las mayorías. Así, incluso partidos que defienden el socialismo democrático pueden entender que en otros países el populismo es la expresión real de la izquierda. Pero el populismo, incluso si se somete a las reglas de juego de la democracia, no es un proyecto democrático. Divide a la sociedad a través de su distinción maniquea entre sectores populares y oligár-

quicos, basa su discurso en la confrontación, y no pretende crear ciudadanos, sino seguidores. Por otra parte, la dinámica política del populismo puede derivar fácilmente en políticas económicas poco o nada responsables, ya que su prioridad es la redistribución clientelar, no la inversión y la transformación de la sociedad. Pese a que estas distinciones deberían ser claras, no es tan fácil argumentarlas por dos razones. La primera es que en muchos países de la región no hay partidos fácilmente identificables con la izquierda democrática. La segunda, que en el actual contexto de crisis de representación, y a la vez de agotamiento del programa neoliberal, los discursos populistas pueden tener mucho más atractivo que los programas de la izquierda democrática, que, tras los cambios que se han producido en estos años, sabe que no se pueden ofrecer soluciones milagrosas a los problemas. De nada sirve denunciar los males de la globalización si no se busca una inserción en ella que ofrezca posibilidades de crecimiento económico estable, de poco sirve redistribuir a favor de los sectores populares si no se consigue paralelamente mejorar la educación, la sanidad y las infraestructuras, y a nada conduce plantearse ambiciosas metas en estos campos si no se cuenta con los recursos fiscales necesarios. Un programa de izquierda democrática debe combinar metas muy concretas (y por tanto limitadas) y un proyecto de transformación a largo plazo, un proyecto de futuro. Puestos a elegir entre el talante mesiánico de los líderes populistas y la necesaria mesura de los programas de izquierda, grandes sectores sociales pueden sentirse más atraídos por las promesas y el discurso de confrontación del populismo. Sin embargo, lo que explica el auge actual de los planteamientos populistas en América Latina no es su fácil atractivo, sino, como se ha venido argumentando, el descrédito del sistema de partidos en general y la ausencia o crisis de los partidos que podrían representar un proyecto de izquierda democrática. No es casual que los tres casos más claros de tales proyectos se den actualmente en países en los que la izquierda poseía una expresión partidaria arraigada. En Chile, las

diferentes formaciones del área socialista, en coalición con la democracia cristiana, han mantenido el gobierno pese a las dificultades que en la segunda mitad de los años noventa, bajo el impacto de la crisis asiática, sufrió una economía tan abierta como la chilena. El PT, en Brasil, y el Frente Amplio, en Uruguay, se han consolidado durante años como partidos de oposición, y han ido evolucionando hacia el realismo económico según crecían sus posibilidades de gobernar. Esto puede significar que el principal problema de la izquierda no es la competencia con el populismo, sino la falta de identidades partidarias de izquierda socialmente arraigadas y con credibilidad y coherencia en el plano de las ideas. Evidentemente estas son dos condiciones muy fuertes. El arraigo social exige años de trabajo político y organizativo, relación con las organizaciones sociales y presencia en ellas. La credibilidad y la coherencia de las ideas no sólo supone buena información sobre los problemas nacionales y cierta comprensión de cómo funciona el mundo, sino haber logrado una síntesis entre las ideas de quienes vivieron experiencias anteriores y las propuestas para el futuro. La nueva crisis global de 2008 puede acentuar las tensiones de la izquierda ante el freno que puede introducir en el crecimiento y en las posibilidades de redistribución. Sin embargo, se diría que los países con gobiernos de izquierda están en mejores condiciones de capear la tempestad que los que tienen gobiernos populistas, a causa de la dependencia inmediata de éstos de los ingresos extraordinarios procedentes de las exportaciones de hidrocarburos y materias primas. La caída de los precios puede afectar muy directamente a sus políticas y a sus bases de apoyo. Demostrar la superioridad de la izquierda democrática sería especialmente importante en este contexto, tras más de un cuarto de siglo de hegemonía del pensamiento neoliberal en el mundo y en América Latina, una hegemonía cuyo final debería ser la espectacular quiebra de un sistema financiero hipertrofiado bajo la creencia en un mercado sin reglas.

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Después de la caída del Muro de Berlín, la izquierda democrática de todo el mundo parece haber llegado a un consenso acerca de que su función histórica no es destruir al capitalismo, un sistema extraordinariamente eficaz en la tarea de crear riqueza pero ineficiente en la de distribuirla equitativamente, sino la de reforzar el sistema político democrático para regular el sistema económico y hacer que su extraordinaria capacidad de generar riqueza sea puesta al servicio de todos. Este balance conflictivo entre los dos sistemas idealtípicos de la Modernidad, el económico-capitalista y el políticodemocrático, alcanzó su apogeo en la postguerra, gracias a varios factores: 1) la aparición de una teoría económica, cuyo magistral enunciador fue John M. Keynes, basada en el aumento de la demanda efectiva, el pleno empelo y la distribución social de los beneficios derivados de los incrementos de la productividad por motivos tecnológicos; 2) el equilibrio, establecido a escala nacional, entre un sistema político, un sistema económico y un sistema de representación sindical básicamente nacionales; 3) la amenaza revolucionaria encarnada por el sistema soviético, cuya mera existencia aceitaba la disponibilidad de los propietarios a considerar las razones de la clase trabajadora. Los impuestos a las ganancias, a la renta extraordinaria, a las posesiones, a los consumos suntuarios, la lucha contra los monopolios y el carácter progresivo del sistema fiscal fueron la contratara de la suba de salarios, los derechos sociales y laborales crecientes, y la redistribución social y geográfica de la riqueza establecidas por la socialdemocracia de escala nacional. Este escenario idílico, que Ralf Dahrendorf denominó “el consenso socialdemócrata”, sufrió en pocos años dos golpes mortales: la suba del precio del petróleo en los Setenta y la debacle ocurrida cuando el socialismo francés ganó sus elecciones nacionales y François Mitterrand intentó aplicar una receta keynesiana a nivel nacional a una economía francesa que ya no lo era. No fue Reagan ni fue Thatcher, no fueron los pensamientos resucitados de Hayek y Schumpeter ni tampoco la codicia, que siendo parte de la naturaleza atávica de seres nacidos por milenios en situación de escasez extrema existe desde el inicio de los tiempos. Fue la globalización de la economía sin globalización de la política. Fue la globalización

Hacia una

Global
de las tecnologías, de los mercados y –sobre todode las finanzas sin una correlativa globalización de las instituciones democráticas. El hecho de que el capitalismo se haya globalizado, adquiriendo capacidades mundiales, mientras que el poder político sigue teniendo, esencialmente, escala nacional e inter-nacional, es el elemento clave para entender el formidable apogeo del capitalismo global y la erosión de las capacidades democráticas y redistributivas de los estados nacionales. Es decir, del pasaje del anterior consenso socialdemócrata al actual de tipo neoliberal que, a pesar de los vaivenes de la composición de los ejecutivos nacionales (hoy generalmente más “ a la izquierda” que en los Noventa), aún no ha terminado. El porvenir de la socialdemocracia se ha oscurecido desde que el equilibrio entre política y economía, entre capitalismo y democracia, y entre estados y mercados, impuesto en la post-guerra, ha sido quebrado por este modelo de globalización, cuya mala prensa proviene del hecho de haber acabado -en los países avanzados- con el círculo virtuoso de mayores salarios a cambio de mayor productividad y erosionado los sistemas fiscales nacionales que garantizaban la financiación del estado de bienestar. Ha sido esta globalización de la tecnoeconomía sin globalización de la democracia la que ha impuesto, a través de la deslocalización y desterritorialización de la producción y el outsourcing, un dumping ecológico, laboral y financiero que ha puesto a competir a los países con el objeto de atraer a los fugitivos capitales globales y provocado el empeoramiento de las condiciones de trabajo y contribuido al recalentamiento global y la crisis financiera a través de la desregulación de los ecosistemas y los mercados de capitales. Sin embargo, se confunde a la globalización con este modelo unilateral y economicista de globalización, y se la iguala al neoliberalismo, porque se mira el proceso desde una perspectiva nacionalista que pretende ser de izquierda y no lo es. La idea nacionalista de mantener la democracia atada al carro del estado-nación, retardando su extensión al nivel regional, internacional y mundial, es pues la parte complementaria del proyecto neoliberal, obtenido de la combinación de la liberalización global del mercado y el congelamiento del carácter nacional

Por Fernando Iglesias

Fernando Iglesias es actualmente Diputado Nacional por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Coalición Cívica), es miembro del Consejo Directivo del World Federalist Movement, y su último libro publicado es “Qué significa ser progresista en la Argentina del Siglo XXI. Ideas y propuestas para un progresismo con progreso”.

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del poder político; con lo que inevitablemente se termina logrando que la libertad de comercio sea la única libertad realmente existente. Por eso, cuando se analiza la historia del apogeo del neoliberalismo se encuentra un par de hechos llamativos. El primero es que todos los líderes neoliberales son también nacionalistas y neoconservadores, y así se los llama –neoconservadores o neocon- en buena parte del mundo. Margaret Thatcher no era sólo neoliberal, sino neoconservadora y fuertemente nacionalista, y los argentinos lo sabemos bien desde Malvinas. Y Ronald Reagan y ambos Bush también fueron tan globalizadores en el terreno económico como nacionalistas y neoconservadores en el terreno político. Nada casualmente, es la combinación de neoliberalismo globalista en lo económico y neoconservadurismo nacionalista en lo político el escenario perfecto para el capitalismo global nacido en los Noventa, cuyo proyecto supone mantener los poderes democráticos atados a la escala nacional y, por lo tanto, impotentes para regular ecológica, laboral y socialmente un capitalismo global. Entretanto, ha ocurrido una verdadera revolución en la forma en que los seres humanos nos comunicamos, producimos y vivimos; una revolución que ha creado lo que Marx llamaría un nuevo “modo de producción” cuyo modelo de creación de riqueza no se basa en el trabajo manual repetitivo de baja calidad sino en el trabajo intelectual creativo de alta calidad laboral, capaz de incorporar conocimiento, información, diversidad cultural, comunicación, innovación, emotividad y subjetividad al producto. Confirmando la teoría enunciada por Marx en los Grundrisse acerca del rol central del “general intellect” en la producción moderna, la así llamada revolución digital ha hecho que estos factores inmateriales e intangibles, altamente dependientes de los recursos humanos, se conviertan en el centro de la economía, relegando los elementos tangibles (el territorio, el capital físico, los medios de producción fabriles, etcétera) a un rol secundario y subordinado. De allí – y no de un complot ni de una traición- proviene la pérdida de centralidad de la clase operaria fabril y la emergencia de nuevos sujetos sociales reformistas. De allí viene también la inevitable asociación de los programas aparentemente progresistas centrados en la nación, la producción industrial y el estatismo indiscriminado a proyectos políticos autoritarios y corruptos. La emergente sociedad global del conocimiento y la información resultante de la revolución de los medios productivos y la generación de un nuevo modo de producción hace que en un universo social que mira cada vez más hacia el mundo y hacia el futuro no exista ya una vía socialdemócrata a los viejos buenos tiempos de las socialdemocracias nacionales-industriales centradas en la nación y su pasado. La peregrina idea de enfrentar la actual globalización de la tecnoeconomía sin globalización de la democracia mediante la renacionalización de los sistemas económicos es intrínsecamente reaccionaria, y podía formar parte perfectamente de las descripciones del Manifiesto Comunista acerca del pesar de los reaccionarios por la pérdida de la base nacional de la industria y la barbarie asociada al odio a lo extranjero.

Como ya en 1941 sostuvo Altiero Spinelli, luego eurodiputado independiente por el PC italiano, en su célebre Manifiesto de Ventotene, documento fundante de la unidad europea, “La línea divisoria entre progresistas y reaccionarios no coincide ya con las divisiones que separan a quienes desean un mayor o menor grado de socialismo en sus países. La división recae hoy en una nueva línea que divide a aquéllos que conciben el propósito y objetivo central de la lucha política en términos de la antigua división, es decir: la conquista del poder político nacional (quienes involuntariamente le harán el juego a las fuerzas reaccionarias permitiendo que la lava incandescente de las pasiones populares se forje nuevamente en los moldes del nacionalismo) y aquéllos que buscan alcanzar la unidad inter-nacional”. En una etapa histórica en que el sistema político mundial comienza a enfrentar problemas similares a los que enfrentó Europa en los albores de su sangriento siglo XX, y cuando el mundo se ha hecho mucho más pequeño de lo que era cada una de sus naciones cuando fue creada, la globalización de la democracia forma parte inseparable del proyecto político de la Izquierda, al menos, de la Izquierda democrática y universalista nacida de la Asamblea Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano que durante dos siglos hizo de la construcción de instituciones políticas, sindicales y sociales a nivel nacional su principal programa. Cuando el espacio social se globaliza y el tiempo se acelera y la humanidad comienza a enfrentar problemas globales (como el recalentamiento climático, la proliferación nuclear, el aumento de las desigualdades, la volatilidad financiera, las pestes globales, etc.), no habrá futuro para ningún proyecto socialdemócrata que no contemple al mundo y al futuro, ni socialdemocracia que pueda tener sustento en un universo de tecnocapitalismo global y democracias meramente nacionales. La globalización de la democracia, no entendida como la construcción de un gobierno mundial ni –mucho menos- de un estado mundial, sino como la creación y empoderamiento de ciudadanía e instituciones representativas en todos y cada uno de los niveles (local, provincial, nacional, regional, internacional y mundial) en que se deban adoptar decisiones políticas forma parte de la reconstrucción de un nuevo consenso socialdemócrata basado en el equilibrio conflictivo, pero fructífero, entre política y economía, entre capitalismo y democracia, y entre estado y mercado, establecido esta vez en la escala global en la que hoy ocurren los principales procesos sociales.

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Después del
Por Antonio Camou
Los resultados de las elecciones del 28 de junio parecen haber cerrado dos ciclos y abierto la puerta a dos países políticos. El primer ciclo es el que comenzó con la salida de la crisis del 2001, cuando el binomio Duhalde-Lavagna empezó a enderezar el barco después del desastre, y luego fue continuado por los Kirchner. El despegue fue posible gracias a la articulación de tres factores básicos: una táctica de inserción competitiva en el mercado mundial vía tipo de cambio, un esquema (precario pero defendible) de solvencia fiscal y una firme autoridad política con eje en la figura presidencial. Designar a este esqueleto un “modelo” ha sido una licencia poética, pero mirado desde donde veníamos alcanzó para “crecer a tasas chinas” y recuperar el empleo, sobre todo en la fase fácil de expansión basada en una alta capacidad productiva ociosa y con un contexto internacional excepcional. El segundo ciclo, más corto, empezó como empiezan casi todos los desbarajustes de una Argentina que se cree entretenida, y es pavorosamente monótona en su decadente desorden: con el desarme de los elementales componentes del triángulo y/o el cambio en alguna de las condiciones que lo hicieron posible. En este caso, arrancó bastante antes del conflicto con el campo, cuando la producción empezó a tocar el techo de las capacidades instaladas y la inflación comenzó a salirse de cauce; luego, los desbordes fiscales utilizados para remendar inconsistencias o sufragar la campaña de Cristina Presidenta encendieron las luces amarillas, y el posterior intento de torniquete impositivo a los sectores agropecuarios chocó con la rebelión del interior y el rechazo de los grandes centros urbanos. Como todos los rechazos, fue un amasijo de buenas y malas causas, pero abrió una ventana de oportunidad que nos trajo hasta aquí. De aquel trípode originario, la recompuesta autoridad presidencial fue quizá el logro más personal de los Kirchner, en particular por su peculiar amalgama de viejos y nuevos materiales, aunque su arquitectura recordara parcialmente a otras experiencias peronistas previas. Como sabemos, Menem fue capaz de improvisar una efectiva construcción simbólica en torno a los motivos de un pensamiento neoliberal y una limitada semántica de la reconciliación histórica, tanto con referencia a los viejos antagonismos entre peronistas y antiperonistas, como en relación con los más trágicos y recientes entre civiles y militares. Esa construcción fue un tejido de intereses, de visiones y proyectos de actores socioeconómicos y políticos, pero también un espacio de articulación de cuadros intelectuales y expertos –muchos de ellos “importados” desde fuera del campo peronista- que le proveyeron un sólido soporte de gestión a lo largo de una década. Más allá de idiosincrasias, personalidades o temperamentos, Kirchner quitó de cuajo esas incrustaciones y reconfiguró un discurso –una aleación de textos, memorias, prácticas y actores- que recogía antiguos y renovados trazos del pensamiento nacional, popular y latinoamericano, “forjista” y estatista, junto a una fuerte elaboración en torno a la lucha por los derechos humanos según la versión vindicatoria de la izquierda militante. Claro que a diferencia de Menem, y en una sintonía más cercana a lo que fue la antigua “cafieradora”, el discurso kirchnerista pudo hilvanarse con tropa propia, apelando a preciosos recursos del más puro imaginario del peronismo setentista, aunque enriquecido por el aporte de una significativa masa disponible de intelectuales migrantes de otras experiencias, compañeros de rutas convergentes, fugitivos de similares derrotas. En la esperpéntica simplificación de estos apuntes, a esa mixtura de textualidades, actores y políticas (ya sea económicas o laborales, de amistades externas o de DDHH), bien le cabe el mote de “kirchnerismo”. Es este kirchnerismo, sobre todo, el que fue plataforma de lanzamiento de la frustrada experiencia transversal o de la concertación plural. Es este kirchnerismo, también, el que desde hacía rato deambulaba a ciegas por su andarivel socioeconómico, tanto por su incapacidad para desarrollar una sustentable estrategia inversora en condiciones de competencia globalizada, como por sus dificultades para remontar la cuesta de un crecimiento redistribuidor. Pero la recompuesta autoridad presidencial que los Kirchner supieron conseguir también se nutrió de afluentes algo más tradicionales y bastante menos presentables. Esos añejos materiales son los de un estilo de conducción personalista, vertical y hegemónico, que utiliza todos los recursos disponibles –legales y paralegales- para concentrar el poder en un sistema de decisiones piramidal, excluyente desde el punto de vista político, e irrecuperablemente ineficaz para una gestión pública moderna. Se trata de un esquema que no reconoce límites, más allá de las fronteras fácticas de su propio uso, y que tampoco respeta controles republicanos, ni autonomías de la justicia o de la prensa; un oscuro dispositivo que entrevera los aportes de campaña, el tráfico de influencias y el

Kirchneriato
capitalismo de amigos con la intervención del INDEC o la subordinación del Consejo de la Magistratura. Este sistema, que se unió a lo peor del peronismo bonaerense en su insaciable deseo de perpetuación, es lo que bien valdría la pena llamar el “kirchneriato”. Porque los unen vínculos sutiles, que sus propios protagonistas no han tenido hasta el momento la voluntad de desglosar ni desmentir, después de los comicios se ha hablado indistinta y profusamente de la “derrota del gobierno” o de la “derrota del kirchnerismo”. Pero me temo que a futuro se puede estar mezclando más de lo que habría que mezclar. Así, mientras el “kirchneriato” no tiene nada que valga la pena ser rescatado para los tiempos por venir, y su efectivo desguace es una tarea central de la actual agenda legislativa, lo que hasta aquí hemos llamado el “kirchnerismo”, en cambio, encarna una visión poderosa que anima a buena parte de la dirigencia política, social e intelectual de la Argentina contemporánea; una visión que ya está encontrando renovados intérpretes, y quizá pronto empiece a buscar nuevas y más justas palabras para ser nombrada. Y aunque personalmente descreo de las virtudes del paradigma “kirchnerista” (o “chavista”, o “solanista”) como respuesta a los principales retos de nuestro desarrollo socioeconómico o político-institucional, creo también que es un proyecto con el que es imprescindible debatir. Entre otras razones, porque en el mediano plazo, difícilmente pueda concebirse la construcción de una Argentina más justa sin algunas de las textualidades, las energías y los actores que el “kirchnerismo” supo convocar. En esa elaboración, además, algunos motivos de su pensamiento –junto a tradiciones liberales o socialdemócratas- son una pata necesaria para el despliegue de un campo de tensiones político-intelectuales que sirvan de marco a las orientaciones estratégicas de nuestras políticas públicas. Por tales razones, de aquí en más, a algunos nos tocará la tarea de no meter en la misma bolsa al “kirchneriato” con el “kirchnerismo”, o sus remozados herederos, y alejarnos de la tentación de aprovechar la coyuntura de su derrota electoral para ningunearlo como proyecto. Pero del otro lado del mostrador habrá que entender también que los que votaron por propuestas diferentes al oficialismo no son torpes marionetas del “complejo agromediático”, ni tontos útiles al servicio del “bloque agrario”, ni fueron arrastrados al cuarto oscuro por una “aversión irracional” al gobierno de CFK, como groseramente señalaron sus escribas. Mientras tanto, a la par de los primeros y desafortunados pasos del matrimonio gobernante, un país político ya se ha puesto en marcha con destino al 2011. Demasiado parecido al que hemos tenido durante pendulares años, es un país de candidaturas oportunistas, de personalismos acomodaticios, de improvisados rejuntes, que tienen por única guía la inconstante veleta de los vientos de turno o la profunda coincidencia marketinera en un spot televisivo. Frente a ello se abre la oportunidad de construir un país diferente. Un país de proyectos en discusión, un país de debates sobre ideas, horizontes y estrategias; pero también un país de diálogos y acuerdos. Ciertamente, podrá esgrimirse que el elenco en el poder no parece estar “escuchando” a la sociedad, pero también deberíamos enderezar hacia nosotros mismos una interpelación similar, acerca de nuestra dudosa capacidad para prestarle al “otro” su merecida escucha. En este sentido, reconocer al otro no significa identificarlo como mero obstáculo, como se aprecia una roca en la mitad del camino; reconocer al otro es estar dispuesto a dialogar con él para construir una comunidad posible que nos involucre como miembros plenos. A lo largo de muchas décadas la Argentina fue una sociedad donde los actores fueron incapaces de reconocerse y de aceptar mínimas reglas de juego para dirimir su conflictualidad social y política. Desde hace un cuarto de siglo ese paradigma del no reconocimiento se ha trasladado a los actores del campo democrático y a sus orientaciones de políticas, y los penosos resultados están a la vista de cualquiera que quiera mirarlos de frente. Reconocer al otro es hoy una condición ineludible para que el diálogo, entre gobierno y oposición, pero también entre las distintas oposiciones, pueda convertirse en la base de una auténtica cooperación interpartidaria. Lo que está en juego en este momento no es sólo garantizar la gobernabilidad del oficialismo hasta el final de su mandato, que no es poco; lo que sobre todo está en juego es la capacidad de las fuerzas políticas, que hoy no son gobierno pero que desde ya empiezan a ser evaluadas por actores estratégicos locales e internacionales, para construir nuevas bases de confianza y de acuerdos políticos. El desafío que enfrentamos es el de empezar a edificar, desde ahora, una nueva gobernabilidad democrática que sea mejor que el “kirchnerismo”, y que deje atrás, definitivamente, al “kirchneriato”.

Antonio Camou es Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional de La Plata y de la Universidad de San Andrés.

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La derrota de la voluntad
Alejandro Bonvecchi y Marcos Novaro
El experimento político derrotado en las últimas elecciones tuvo como elemento central la voluntad, en más de un sentido. Tanto para sus líderes como para sus seguidores -en particular, los provenientes del campo intelectual- la voluntad fue simultáneamente el origen de una visión del mundo y una herramienta de acción para concretarla. Ante cada muestra de resistencia de la realidad para acomodarse a los deseos gubernamentales, el kirchnerismo respondió de manera consistente: reafirmando su deseo de que las cosas fueran de un modo distinto de como eran, "preservando su voluntad", aunque el mundo entero feneciese. Ese doble carácter de la voluntad fue lo que se puso en juego en las elecciones, lo que fue derrotado en ellas y lo que aparece -por su propia naturaleza- invulnerable a esa derrota y refugio final contra ella. Y es que la celebración de la propia voluntad fue formulada en los términos de ideas morales, de preceptos sobre el bien y el mal, pero eso no estuvo orientado a imprimirle convicciones y dar empuje a la acción, sino por sobre todo a construir una imagen embellecida de ella. El kirchnerismo quiso, y en alguna medida logró, forjar sobre el fondo de una historia esforzadamente estilizada la imagen de la Argentina como una nación compuesta por un pueblo virtuoso acosado por enemigos parasitarios, la imagen de una vida política en la que un "gobierno nacional y popular" se enfrentaba a extranjeros codiciosos y a una oligarquía derechista y antinacional, y la imagen de un presidente-militante ajeno a las bajezas de una clase política corrompida y mediocre. El kirchnerismo ha sido, así, más potente en la generación de imágenes que en cualquier otro terreno. Y gracias a ello fue que los kirchneristas pudieron presentar el ejercicio de la acción política como una cuestión de voluntad -su voluntad- y destacar el ciclo inaugurado en 2003 de la historia previa, que habría estado signada precisamente por su ausencia. Como uno de sus más conspicuos intelectuales orgánicos escribió, la Argentina habría vivido años de crisis política hasta la llegada de Kirchner al poder, por causa de la "abdicación de la voluntad política". Si los dirigentes no hubieran abdicado, el país podría haberse ahorrado los males del neoliberalismo, de la recesión, del derrumbe político, de la devaluación, de la fragmentación partidaria. Pero no fue así, y debió surgir el liderazgo de Kirchner para encarnar "el regreso de la voluntad política" al comando de la Nación. De lo que se trataba era de querer; si se quería lo correcto, lo virtuoso, entonces lo moralmente deseable se realizaría. Los Kirchner lo quisieron y dijeron incansablemente que lo querían. Hubiera sido inmoral no apoyarlos. Esta concepción de la política tiene larga data, tanto dentro de la Argentina como fuera de ella. Es, por caso, la concepción que Weber criticó a los espartaquistas bávaros en 1919: la amalgama de moralidad y esteticismo que convierte a la acción política en el ejercicio de querer tener razón. Moralidad, como se dijo, porque hacer política sería ofrecer al mundo las virtudes personales de quienes militan. Pero también esteticismo, porque esas ideas morales virtuosas están asociadas a símbolos, a episodios, a experiencias que permiten a quienes las sostienen identificarse como parte de un colectivo, y son esas experiencias las que, ritualizadas, constituyen la estética que demarca la pertenencia al campo de la virtud. Y es este esteticismo el que termina predominando sobre la moral, cuando las "buenas intenciones" por sí mismas no alcanzan para concitar adhesión. Es una deriva de la acción política hacia la dramaturgia, a la que no casualmente se suelen entregar tanto revolucionarios fracasados como políticos profesionales hiperpragmáticos. Dos categorías de las que el kirchnerismo se supo nutrir profusamente. Por distintas razones, gente deseosa de dejar atrás y de ocultar las evidencias existentes sobre sus respectivas condiciones. La política como celebración estética de ideas morales se diferencia de otras variantes de la vida política, que podrían denominarse "prácticas" y que por definición no son bellas ni mucho menos sublimes, pues se caracterizan por sumergirse en lo cotidiano, en lo opaco de la gestión, en deslucidas transacciones y acuerdos entre intereses, en negociaciones que por su propia naturaleza ponen entre paréntesis cualquier juicio moral sobre aquellos con quienes se negocia. Estas formas políticas son lo que el kirchnerismo, como experimento moral y estético de la voluntad, se dedicó a repudiar. En lugar de eso, la experiencia kirchnerista se reivindicó desde su inicio como la "recuperación de lo auténtico" de la política. Y fue así como los Kirchner insistieron en presentarse como líderes deseosos de restaurar la decisión como afirmación de convicciones. Pero no sólo a eso, ni en particular a eso: en especial, recrearon la política como "puesta en escena" de la voluntad. De ahí que la estética de la decisión, más que la decisión misma, haya tramado los discursos oficiales: fue en esos términos que se combinaron en ellos los asuntos prácticos y los rituales de autocelebración, en anuncios de obras públicas acompañados de pañuelos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, en un discurseo pedagógico y autorreferencial que presentó al matrimonio presidencial como "modelo" del país deseado, en un happening de datos estadísticos fabulados que pretendieron cimentar la imagen del "pueblo feliz". Que esta visión fundamentalmente estética de la política no era inocua quedó de manifiesto cada vez que otros actores plantearon conflictos a las decisiones prácticas que el kirchnerismo vistió con sus ropajes. Nunca mejor que en la crisis del campo se hizo visible que lo que les interesaba a los Kirchner no era resolver conflictos, ni siquiera imponerse en ellos, sino fundamentalmente tener razón y preservar la imagen de su "voluntad". De allí que sería excesivo considerar hegemónico el proyecto que encarnaron: no es ése el carácter de una voluntad que no aspira a imponerse sobre el mundo, sino a pintar el suyo propio. Se trató, más bien, de una voluntad indiferente a la hegemonía, dado que se consideraba, a priori, moral e históricamente superior. Esa pretendida superioridad fue, precisamente, lo que por naturaleza la ha hecho irreductible a las artes prácticas de la política democrática. La voluntad kirchnerista de sostener que la Argentina es un paraíso de crecimiento económico, pleno empleo e igualación social, que la oposición es una colección de corruptos, explotadores, asesinos e incapaces y que el gobierno "nacional y popular" está apoyado por "sectores populares organizados" con férrea "conciencia nacional", esa voluntad perdió las elecciones el domingo 28. Pero la estética que dio su razón de ser a esa voluntad no ha sido derrotada. En el fárrago de expresiones de lamentación que inundaron el universo oficial se escucharon voces bien representativas de ella, que sostenían más o menos lo siguiente: que a pesar del deslucido final que, ya parece inevitable, le espera a la experiencia kirchnerista, sus partidarios podrán guardar en la memoria el entusiasmo de haber participado de ella. Que el momento cúlmine de un proceso político autodescripto como transformador se halle en los actos que habrían generado el entusiasmo de sus seguidores dice mucho sobre su carácter estético. Y sobre su condición como continuador de la tradición populista, que, en la Argentina y en el mundo, ha sido desde siempre profusa en producir imágenes y seducir por ellas, aun a quienes repudian sus efectos prácticos. Querrán seguramente los seguidores de Kirchner que él sea recordado por la foto del general Bendini descolgando el retrato de Videla, o por su imagen abrazándose a sus seguidores en un acto en La Matanza, como hay quienes recuerdan como experiencias estéticas sublimes su paso por París o por Roma, o haber asistido al concierto de Jaco Pastorius en el Luna Park, o de Prince en River, o haber participado de un happening en el Di Tella. Lo sublime para los jóvenes y no tan jóvenes kirchneristas está asociado a un acto público, a un discurso, a un sentimiento de comunión con sectores populares. Las preferencias estéticas no pueden cuestionarse. Ni siquiera puede cuestionarse la idea de que una identidad política se construya en torno suyo. Pero puede cuestionarse, sí, que la democracia o su profundización puedan depender del "triunfo de la voluntad" encarnada en esos recuerdos.

Un gobierno que piensa, sobre todo, en su imagen

Alejandro Bonvecchi es Economista y Marcos Novaro es Licenciado en Sociología. El artículo fue publicado originalmente en el diario La Nación, y su reproducción se realiza con la autorización de sus autores.

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/ En Democracia

Agosto de 2009

La derrota del
Por Ricardo Sidicaro
Uno Néstor Kirchner introdujo en la reciente campaña electoral la idea de gobernabilidad acuñada en 1975 por los ideólogos conservadores de la Comisión Trilateral, noción con la que Samuel Huntington y asociados alertaban sobre los peligros de la participación democrática, sosteniendo que el “exceso” de demandas provenientes de la ciudadanía podía llevar a la desestabilización de los regímenes políticos. La tesis hizo carrera en Latinoamérica, primero para justificar las dictaduras militares instaladas desde mediados de los años ’70 y luego como argumento de los expertos neoliberales del Banco Mundial. También entró en las ciencias sociales y hasta no faltaron los dirigentes políticos democráticos que se hicieron voceros de la necesidad de disminuir la participación ciudadana para evitar esas supuestas crisis de gobernabilidad. Bajo esas ópticas perdían objetivamente su razón de ser el pluripartidismo y las instancias parlamentarias en general y se desconocía el rol positivo de la opinión pública en tanto expresión de la deliberación de la ciudadanía. Es cierto que muchas décadas antes que se divulgara la idea de gobernabilidad las más disímiles elites políticas y sociales argentinas habían puesto denodados empeños en suprimir los riesgos de las encrucijadas del cuarto oscuro. En las cúspides de las elites civiles o militares abundaron los pensamientos sobre la irracionalidad, la manipulación, o el peligro, que entrañaba el mecanismo por el cual la suma de las opciones individuales se convierte en expresión de los reclamos colectivos. No fue por cierto ajeno a esa visión de las cosas el modo recurrente de plantear la política como el enfrentamiento de dos bloques antagónicos: el de los virtuosos y el de los enemigos encubiertos. Se trataba así de ignorar a todos aquellos que buscaban

personalismo
otras opciones diferentes a las gubernamentales. Las simplificaciones personalistas fueron un resultado casi natural de esas orientaciones políticas que negaban el valor del debate primero y, en última instancia, de los partidos. Dos En la medida que la democracia es la alternancia y la división de poderes, los personalismos son el mayor peligro para su existencia como régimen político. Las comparaciones políticas internacionales muestran que los gobiernos son tanto más vulnerables e ineficaces cuando carecen de sistemas de partidos políticos capaces de expresar las demandas de la población y basan sus iniciativas en las presiones de pequeños círculos de influyentes. Lo que se manifiesta hoy entre nosotros no es sólo la crisis de un gobierno sino de una manera de hacer política marcada por la vocación plebiscitaria y la centralización en pocas manos de las tomas de decisiones. Néstor Kirchner cometió el error de haber presentado una simple elección de legisladores como si fuese el plebiscito de un gobierno. Pero, lo más grave y fundamental fue que ignoró las múltiples señales que indicaban que el heterogéneo frente de apoyos que había conseguido forjar entre 2003 y 2007 estaba siendo deteriorado por las fuerzas centrífugas que inevitablemente debían surgir en sus filas luego de haber alcanzado un punto muy alto de popularidad. Nuestra fragmentada estructura social crea individuos disponibles para tener ilusiones pasajeras pero en esas condiciones no se cristalizan devociones carismáticas. La gran mayoría de los ciudadanos manifiesta en las encuestas su desconfianza a los dirigentes políticos y el personalismo no es sino un subproducto de esa crisis. Es cierto que los altos dirigentes se benefician por momentos por el hecho de que la ciudadanía no espere mucho de ellos y no les exija más y que no participe de modo orgánico de la política. Pero los costos los paga luego la sociedad en su conjunto. Tres La vuelta de las corporaciones empresarias al primer plano de los debates nacionales es otra consecuencia de la desarticulación de las relaciones políticas existente. Más allá de las características de los reclamos empresarios, lo que resulta totalmente negativo es que, lo busquen o no, las corporaciones apuntan a disminuir la participación ciudadana al mismo tiempo que son incapaces de elaborar propuestas para solucionar los problemas múltiples y complejos de nuestro país: hablan solamente de sus intereses económicos. Si los partidos en crisis tratasen de expresar demandas corporativas en lugar de ordenarlas en un conjunto totalizador que les otorgue una posición compatible con los intereses de otros sectores sociales podrán, quizás, sacar réditos coyunturales difícilmente consigan ganarse la confianza de la ciudadanía. Una vieja idea que debe abandonar la dirigencia política es que un solo partido pueda representar a toda la sociedad ignorando la heterogeneidad propia de la actual etapa de la modernidad. Las coaliciones entre partidos que representen sectores con distintas inserciones ocupacionales y diferentes sensibilidades culturales y regionales, en el marco del respeto a las instituciones será, probablemente, la forma de establecer mayorías circunstanciales que puedan alternarse exitosamente en la dirección de los gobiernos nacionales, provinciales o municipales.

Néstor Kirchner cometió el error de haber presentado una simple elección de legisladores como si fuese el plebiscito de un gobierno.

En la medida que la democracia es la alternancia y la división de poderes, los personalismos son el mayor peligro para su existencia como régimen político.

Ricardo Sidicaro es investigador del CONICET, profesor concursado de la Universidad de Buenos Aires en la Facultad de Ciencias Sociales y ha dictado cursos de grado y postgrado en distintas universidades nacionales y extranjeras. Doctorado en sociología en la Ecole des Hautes Études en Sciences Sociales de París, es autor de numerosos trabajos de investigación sobre las transformaciones sociopolíticas argentinas y latinoamericanas. Es autor, entre otros, del libro “Los Tres Peronismos”.

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