Los ind parás

Modifican el comportamiento de los organismos que infectan, a veces de manera escalofriante. Pero de ellos depende el equilibrio y la salud de los ecosistemas.
22 ¿cómoves?

ispensables itos
Diego Santiago Alarcón
Al atardecer, una hormiga se separa de su colonia y hace algo muy extraño: escala hasta la parte más alta de una hoja de pasto y con sus mandíbulas se sujeta a la hoja; se queda allí durante horas y luego baja al suelo y se reúne con las otras hormigas. Hace esto noche tras noche hasta que una oveja que pase por ahí se coma la hoja de pasto con todo y hormiga. El culpable de este comportamiento tan poco aconsejable es un parásito, un gusano trematodo de la especie Dicrocoelium dendriticum con el que la hormiga se infectó por haberse comido sus larvas —excretadas por un caracol en la

Parasitismo
En términos generales el parasitismo se define como una relación en la cual uno de los participantes, el parásito, daña a su huésped o vive a expensas de él. Un huésped u hospedero es cualquier organismo del cual se alimenta un parásito. Un patógeno es un parásito que produce una enfermedad en su huésped (no todos los parásitos producen enfermedades), también es conocido como agente causal de la enfermedad. El parasitismo ha evolucionado o aparecido en la Tierra al menos 60 veces de manera independiente en animales tanto vertebrados como invertebrados.

baba, el cual había ingerido huevos del gusano—. Una vez en la hormiga, algunas de las larvas se aposentan en células nerviosas que controlan sus movimientos y la hacen trepar fatalmente por el pasto y quedarse ahí durante las horas de menor calor (una larga exposición al Sol mataría a la hormiga y a las larvas del parásito). Dentro de la oveja, el parásito alcanza la edad adulta y pone huevos que serán excretados por ésta y luego ingeridos por un caracol. Así, este parásito requiere de dos hospederos intermedios, el caracol y la hormiga, para llegar al definitivo, la oveja. Otro ejemplo, quizá más sorprendente, es el de un gusano trematodo del género Leucochloridium que también infecta caracoles, su hospedero intermedio. Este parásito altera el tamaño, la forma y la coloración de los tentáculos o “cuernos” del caracol y al mismo tiempo hace que éste se sacuda violentamente en respuesta a la luz; así atrae la atención de las aves, el hospedero definitivo del parásito, y éstas se comen al caracol. Posiblemente los tentáculos alterados sean vistos por las aves como apetecibles orugas. Hay muchos otros ejemplos de parásitos que “manipulan” el comportamiento de sus hospederos, o alteran el aspecto de los mis-

mos, o ambas cosas, de manera que consiguen completar su ciclo de vida. Y los hay que simplemente infectan y matan al hospedero. Suena escalofriante, y más si consideramos que millones de seres humanos enferman y mueren cada año por infecciones parasitarias. Pero el hecho es que la

¿cómoves?

23

salud de los ecosistemas depende literalmente de los parásitos.

Regulación poblacional
Entre las funciones que cumplen los parásitos en los ecosistemas está la regulación del tamaño de las poblaciones de distint as especies, pues eliminan a los individuos enfermos o los hacen más susceptibles a la depredación o a la inanición. Para apreciar la importancia de esa regulación poblacional, imaginemos una población de aves rapaces cuyo alimento es la población local de liebres. Estas aves sufren normalmente infecciones mortales provocadas por una amplia variedad de parásitos. Si por alguna razón se volvieran inmunes a todos sus parásitos, se reproducirían sin control y siendo depredadores en la cúspide de la pirámide alimenticia, nadie se las comería y tendrían un crecimiento poblacional acelerado. Tal crecimiento implicaría una mayor depredación de la población local de liebres (que también tienen parásitos que regulan el tamaño de su población) y las llevaría a la

extinción. Si esas aves, que hemos supuesto inmunes a los parásitos, se quedan sin liebres para alimentarse también van a desaparecer, a menos que puedan emigrar o comerse a algún otro organismo, al cual llevarían igualmente a la extinción. Al ejercer ese control en el tamaño de las poblaciones, los parásitos modifican las interacciones entre ellas, ya sean las que se dan entre los organismos de una misma especie y entre aquéllos de diferentes especies en los ecosistemas; esto es algo que sucede normalmente en la naturaleza y tiene una historia evolutiva de millones de años. Los parásitos repre-

Bichos maniPuladores
Los parásitos no sólo regulan el crecimiento poblacional de animales silvestres, existe una amplia diversidad de parásitos que están continuamente regulando el tamaño de las poblaciones humanas. Uno de los que causan más estragos es el parásito de la malaria (Plasmodium falciparum). De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 3 000 millones de personas en el mundo están en riesgo de padecer malaria; en 2010 se presentaron 216 millones de casos de malaria y se estima que murieron por esta causa 655 000 personas, de las cuales el 90 % vivía en África y eran en su mayoría niños menores de cinco años. Se ha encontrado que en comparación con mosquitos sanos, los infectados con parásitos de malaria (Plasmodium spp.) pican más, lo que aumenta la probabilidad de que estos parásitos se transmitan a un humano, a un ave o a un reptil. Este cambio en el comportamiento de los mosquitos es inducido por el parásito, en lo que se considera una especie de “manipulación”. Más todavía, un grupo de investigadores de la Universidad Pierre y Marie Curie, en París, y de la Universidad de Nairobi y del Centro Internacional de Fisiología y Ecología de Insectos (ambos en Kenia), encabezado por Renaud Lacroix, encontró otra forma de manipulación del Plasmodium falciparum: hacer que las personas que ya tienen el parásito, y cuando éste se halla en la fase en que puede ser infeccioso, resulten más atractivas para el olfato de los mosquitos transmisores Anopheles gambiae que las que no tienen el parásito o lo tienen pero en una fase previa. Los resultados de esta investigación se publicaron en la revista PLOS Biology en agosto de 2005.

sentan una gran proporción de la biomasa —la materia total de los organismos que viven en un lugar determinado— incluso mayor a la de los hospederos localizados en la cúspide de la cadena alimenticia o trófica (depredadores). Puede decirse además que ellos representan el tipo de vida más exitoso en la Tierra: se estima que más del 50% de los organismos son parásitos. Una analogía que puede servir para ilustrar la importancia de los parásitos en un ecosistema es una ventana: para que se mantenga fija en el lugar que queremos necesitamos un marco que sostenga el vidrio y algún tipo de pegamento que fije el marco y el vidrio. Imaginemos que el vidrio representa a todos los organismos de un bosque que viven sobre el suelo, el marco son los que viven debajo del suelo y sustentan lo que hay arriba, y el pegamento son todos los parásitos del bosque. En otras palabras, los parásitos son como el “pegamento” de la naturaleza; mantienen en su lugar a todas las piezas que forman el bosque. De hecho, numerosos estudios muestran que un ecosistema lleno de parásitos es un ecosistema saludable, siempre y cuando dicho ecosistema no esté alterado. Al respecto, David J. Marcogliese, del Instituto de Parasitología de la Universidad McGill, en Canadá, apunta en un artículo publicado en la revista Internacional Journal of Parasitology en 2005 que “Las alteraciones en la estructura y función de un ecosistema que afectan la topología de la cadena alimenticia, impactarán también la transmisión de parásitos, afectando entonces la abundancia y composición de las especies de éstos. Como tales, las poblaciones y comunidades de parásitos son indicadores del estrés ambiental, la estructura de la cadena alimenticia y la biodiversidad”.

Sistemas alterados
Las condiciones normales en que se presentan las interacciones parásito-huésped pueden ser alteradas drásticamente por cambios ambientales, ya sea provocados por el ser humano, como la deforestación, la fragmentación de un

24

¿cómoves?

ecosistema y el cambio de uso de suelo o por fenómenos naturales como erupciones volcánicas y terremotos. Los sistemas naturales son dinámicos, cambian y seguirán cambiando a través del tiempo, es un proceso normal. Sin embargo, los problemas aparecen cuando la tasa de cambio, o el número y magnitud de las alteraciones, supera la capacidad de adaptación y recuperación de los organismos que conforman los ecosistemas. Por ejemplo, si el número de árboles que se talan cada año sobrepasa al número de árboles nuevos que los sustituirían, habrá que talar más hectáreas de bosques para cubrir la demanda de madera que exige una población humana en constante crecimiento. Y al talar un bosque no sólo estamos quitando árboles, también estamos eliminando a muchos otros organismos que dependen del bosque. Lo que a la naturaleza le tomó millones de años construir y afinar (adaptación de los organismos a su entorno), nosotros podemos destruirlo en muy poco tiempo. Como la población humana sigue creciendo y demandando más recursos de su ambiente, el balance natural de los ecosistemas se pierde. Un resul-

más información
• www.divulgacion.ccg.unam.mx/

webfm_send/8509
• www.ibiologia.unam.mx/pdf/

directorio/s/salgado/manual/ manual_prac_parasitol.pdf • http://hypatia.morelos.gob.mx/ index.php?option=com_content&ta sk=view&id=509&Itemid=439

tado de ello es el aumento en la incidencia de enfermedades en los organismos, el ser humano incluido. Una alteración del entorno puede obligar a los organismos a obtener alimento de fuentes insospechadas. Y a veces esa fuente somos nosotros. Un ejemplo es el de un género de moscas (Culicoides) chupadoras de sangre que tienen una distribución mundial; en el sur de México se les conoce como chaquistes o jejenes. Estas moscas o “mosquitos” son transmisores de muchos tipos de parásitos y algunos se alimentan específicamente de aves, mamíferos o reptiles. En un bosque suburbano del sur de Alemania cuatro investigadores encontramos que los chaquistes han ampliado sus preferencias alimentarias. Capturamos cientos de ellos con trampas que utilizan luz ultravioleta para atraerlos y que generan un túnel de aire que los succiona hacia un frasco que contiene alcohol. En el laboratorio, bajo el microscopio estereoscópico, separamos a los mosquitos que contenían sangre en su estómago; después hicimos la disección de sus diminutos abdómenes y los guardamos en pequeños tubos plásticos que C también contenían alcohol. A continuación aislamos el ADN de la sangre que habían chupado
ic oid
es

im ic

o la

los chaquistes y así identificamos de quién era y si estaba infectada por parásitos que producen malaria en aves. Para nuestra sorpresa, la mayoría de los chaquistes contenían sangre humana, incluso aquellos que se suponía que sólo se alimentaban de aves. Aún más interesante fue hallar parásitos de malaria aviar en chaquistes que se habían alimentado de sangre humana, lo que nos llevó a concluir que estos mosquitos, a raíz de la alteración de su entorno, podrían transmitir parásitos de aves a los humanos. Este trabajo se publicó en la revista científica digital Plos One en febrero de este año, los otros autores son Peter Havelka, Hinrich Martin Schaefer y Gerton Segelbacher. Investigaciones como la nuestra nos permiten ver cómo pueden presentarse nuevas enfermedades infecciosas, pues los organismos están expuestos a nuevos patógenos, y apuntan a que el concepto de salud debe incluir un enfoque que busque el equilibrio óptimo entre el bienestar del ser humano y la protección del medio ambiente. Entonces, los parásitos ¿son buenos o malos? La respuesta por supuesto depende de la perspectiva que se tenga. Una persona enferma dirá que son malos. Un biólogo dirá que son malos porque los organismos se enferman y pueden morir, pero son buenos porque tienen una función vital en el ecosistema. Un médico posiblemente entenderá los dos puntos de vista anteriores, pero dirá que su trabajo es eliminar las enfermedades producidas por los parásitos. Lo que es seguro, como hemos visto, es que los parásitos son un componente indispensable de los entornos naturales, los mantienen saludables y en equilibrio. El reto sería entonces proteger a las personas de parásitos peligrosos para su salud y al mismo tiempo conservar los ecosistemas, para lo cual se requiere que los parásitos que son parte de ellos sigan siendo ese “pegamento” que mantiene su equilibrio.

Diego Santiago Alarcón realizó la maestría y el doctorado en la University of Missouri-Saint Louis, Estados Unidos, y un posdoctorado en la AlbertLudwigs-Universität Freiburg, Alemania. Actualmente es investigador del Instituto de Ecología, A.C. y estudia la ecología, evolución y sistemática de los parásitos de malaria y especies relacionadas en aves silvestres.

ul

¿cómoves?

25