ERASMO DE ROTTERDAM

ELOGIO DE LA LOCURA

ERASMO DE ROTTERDAM

ELOGIO DE LA LOCURA

Traducci´n del lat´ y pr´logo de o ın o A. RODR´ IGUEZ BACHILLER
con 82 dibujos de Holbein, procedentes de la edici´n de Johannes Froben, o impresa en Basilea en 1515

PROLOGO

ERASMO DE ROTTERDAM
rasmo fu´, al finalizar la Edad Media, e el humanista m´s ilustre de Europa. a Nacido en Rotterdam el a˜o 1469 y muerto n el 1536, fu´ toda su vida amante de la libere tad, de la independencia, de la cultura, de la paz. Suficientes pruebas di´ de ello. Cono serv´ una profunda amistad con Tom´s Moo a ro y Juan Fisher, y precisamente, al primero dedic´ el o , Moriae Encomium; en lat´ Stultitiae laus; en castellano, ın, Elogio de la necedad. Tanto puede escribirse sobre Erasmo, que preferimos recomendar a nuestros lectores, los que deseen profundizar en el gran humanista, los trabajos recientes de Stefan Zweig, Huizinga y Bataillon, entre otros muchos. Enemigo de todo fanatismo, como lo demuestra el op´sculo que presentamos al u p´blico, escrito el a˜o 1509, fu´ un precuru n e sor del esp´ritu moderno; su vast´ ı ısima erudici´n y su amplitud de criterio le movieron a o

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MwrÐan ènk¸uioc

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dejar impresas en el papel unas cuantas verdades de que el mundo se asusta, mas no el amigo de la verdad m´s que de Plat´n; que a o el pecado contra ella ha sido siempre el gran crimen de la Historia, dice Zubiri. Tuvo sus errores. Y ¿qui´n no los tiene? Pero, a pesar e de ellos, fu´ todo un car´cter: equilibrado, e a solitario, melanc´lico e ir´nico, que di´ su o o o opini´n, con sus ideas y su actitud, acerca o del porvenir que se dibujaba ya tras el velo que cerraba el escenario contradictorio de su ´poca en crisis. e Resalta entre las dotes de su car´cter un a gran amor a la tradici´n y al progreso. No o porque una idea sea vieja hay ya que admitirla, ni porque sea nueva rechazarla, y al contrario. La verdad, doquiera se halle, es verdad. Si bien a la que es pasada llamamos tradici´n y a la que es nueva progreso, o la verdad, en realidad, se va haciendo, como nos vamos haciendo nosotros mismos, con el mundo. La vida es un quehacer, un acontecer, en frase de Ortega y Gasset; pero toda ella tiende a la verdad y constituye una Historia-

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Verdad. Lo nuevo se apoya en lo viejo, y lo viejo aflora en lo nuevo: no hay tradici´n o sin progreso, pero tampoco hay progreso sin tradici´n. Erasmo comprend´ todo esto, al o ıa menos en la intuici´n de su genio, pues era o m´s intuitivo que discursivo. Por su amor a a la verdad tradicional fu´ humanista, renacene tista leg´timo: por su lanzarse a cosas nuevas, ı a acerbas cr´ ıticas, a profundas renovaciones, fu´ progresista. Mas, ante todo y sobre todo, e fu´ un gran amigo de la verdad. Suya es esta e frase del elogio: “Dondequiera que encuentres la verdad, consid´rala como cristiana.” e En su af´n de cristianismo, no ataca a lo a no cristiano; lo purifica, lo atrae. No es extra˜o que, una vez entusiasmado, exclame: n “San S´crates”, ya que su m´todo es “obrar o e lo mismo que los jud´ que, al salir de Egipıos, to, tomaron sus utensilios de oro y plata a fin de adornar con ellos su templo”. Erasmo recogi´ la tradici´n de los pasao o dos siglos. Fu´ de una erudici´n extraordie o naria. Repetimos que una de sus notas m´s a salientes fu´ su amplitud de criterio y su ine

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dependencia de car´cter. Sab´ que la ciena ıa cia necesita de libertad para progresar, aunque a veces, en la angustia y en la estrechez, explote, sin darse cuenta sus coet´neos, a s´ s´lo la posteridad. Como Alberto Magno y ı o Tom´s de Aquino en el siglo XIII, no s´lo a o citaba para refutarlas las doctrinas y opiniones de ´rabes, jud´ y griegos, sino que se a ıos apropi´ y aport´ a la ciencia cristiana todas o o aquellas ideas que no pugnan con sus dogmas y conclusiones teol´gicas. M´todo muy o e contrario al que suelen emplear hoy muchos, haciendo mayor el puente y abismo que separan al mundo cient´ ıfico cristiano del mundo cient´ ıfico civil respecto de los problemas por ambos estudiados. Muchos autores creen que todo lo que se encuentra en las obras de Descartes, Spinoza, Kant, Bergson, Nietzsche y otros fil´sofos o y pensadores a partir del siglo XVI es completamente falso, y siempre que los citan es para censurarlos y reprobarlos. San Agust´ ın encontraba siempre, sin embargo, algo verdadero en toda doctrina err´nea, y eso lo o

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alababa y apropiaba sin fijarse apenas en el error. Tambi´n hicieron lo mismo Tom´s de e a Aquino y su maestro, Alberto Magno. Hasta tal punto usaron este m´todo, que entre todas e las citas que el primero hace en su op´sculo u De ente et esentia, por ejemplo, y para concretarnos a un escrito de pocas p´ginas, la a mayor´ de ellas las expone admitiendo e inıa corporando a su doctrina ideas de Avicebr´n, o Avicena, Arist´teles, Boecio y Averroes, y o raras veces las critica. S´lo se fijaban aqueo llos doctores en lo mucho bueno que hab´ en ıa ello, a pesar de ser paganos o de otras religiones, y las falsedades o inexactitudes las criticaban con argumentos de su propia doctrina, y no de una manera personal, sino objetiva. Era una cr´ ıtica real y doctrinal, no subjetiva y apasionada. Es frecuente el encontrar en Alberto Magno y en el Doctor Ang´lico e la frase: “Dicen algunos. . . ”, call´ndose los a nombres para no herir a nadie; antes bien, para poder atraerlos a la filosof´ y religi´n ıa o cristiana. Lo propio hace Erasmo, dejando hablar a la Estulticia, por no hacerlo ´l y e

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no verse obligado a hacer alusiones m´s cona cretas, cosa que, por otra parte, lo imped´ ıan aquellos tiempos r´gidos. Por boca de la Moı ria hablaba Erasmo. El modo, pues, distinto que ten´ ıan de acu˜ar la tradici´n y de fomentar el progreso n o los grandes fil´sofos y humanistas que formao ron la Edad Media, a como los exponen bastantes, por no decir la mayor´ de los moıa, dernos, es cierto que ha influ´ much´ ıdo ısimo en esa separaci´n tan radical que se advierte o entre la ciencia cristiana actual y la que no lo es. Los del campo primero se preocupan de combatir a los del segundo campo; mas ´stos e apenas citan a aquellos autores, si es que citan a alguno. En la Edad Media los fil´sofos o y humanistas formaban la historia de la ciencia, de tal modo que es de todo punto imposible el estudiarla hoy sin revolver los infolios que escribieron; pero a partir del siglo XVI tal vez haya que decir que algunos, por no decir muchos, eruditos y pensadores han vivido y viven al margen de la historia cient´ ıfica y que no forman la ciencia, sino que tan s´lo o

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la ven desde la barrera. Se impone, por consiguiente, un retorno a los verdaderos m´todos de nuestros antee pasados, en cuanto a una perfecta amplitud de criterio cient´ ıfico, literario y art´ ıstico. “El hombre se perfecciona con el correr del tiempo”, escribi´ en frase lapidaria el caro denal Cayetano. Es propio de un minimismo cient´ ıfico el cerrar el paso al progreso, el poner un coto a la ciencia, el se˜alarle l´ n ımites dentro del dominio racional. El Doctor de Aquino, dijo Lacordaire, es un faro que alumbra, no un tope que limita. Toda ciencia humana, por el mero hecho de serlo, es imperfecta, y, por tanto, progresiva por esencia. Todo amante de la sabidur´ pone un ıa grano de arena en su edificio. Hay, s´ los ı, grandes pilares, las grandes moles que sostienen ese edificio, las cari´tides de la fachaa da. Todas las conocemos, y viven en nuestras conciencias, porque, como dice Tolomeo en el Almagesto, “no est´ muerto el que un a d´ vivific´ la ciencia, ni es pobre el que se ıa o distingui´ en el dominio de la inteligencia”. o

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Tal Erasmo de Rotterdam, en cuyas obras est´n formales o latentes estas ideas. L´ase a e sin apasionamiento el Elogio de la necedad, y se observar´ que en sus l´ a ıneas late un profundo sentimiento religioso, una vasta erudici´n, una gran agudeza de ingenio, un amor o fiel a la sabidur´a. Erasmo fu´ siempre creı e yente, con todo lo que significan sus arranques y sus s´tiras; no desvi´ su mente de a o Dios; fu´ un humanista divino. A ´l se puede e e aplicar la expresi´n de Santo Tom´s, comeno a tando una c´lebre frase de San Pablo: “La e sabidur´ humana, en tanto es sabidur´ en ıa ıa cuanto est´ subordinada a la sabidur´ divia ıa na; pero cuando se separa de Dios, se convierte en in-sipiencia.” Bastar´ para nosotros, espa˜oles, el que a n dos principales representantes del siglo XVI, Francisco de Vitoria y Luis Vives, admiraran el genio del famoso humanista holand´s y e se relacionaran con ´l para merecer de nuese tra cr´ ıtica la m´s ecu´nime tolerancia hacia a a sus escritos y el m´s ben´volo respeto hacia a e sus posibles exageraciones o errores. Acos-

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tumbr´monos a ver en el sol, no sus mane chas, sino su resplandor. Para la inteligencia no vale aquel principio de los moralistas: Bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu. El valor eterno del libro que a continuaci´n damos traducido del lat´ reside, dice o ın Huizinga, en el concepto de que “la locura es sabidur´a y la sabidur´ locura”. Merece apliı ıa carse cada una las p´ginas de Erasmo, dejara se conducir por ´l, seguir sus m´ximas, sus e a ense˜anzas. Nunca se aprende tanto como n cuando se ense˜a lo rid´ n ıculo, y en la experiencia de la vida nadie dude de que puede colocarse al sabio o loco de Rotterdam entre los conductores espirituales de la Humanidad, entre los genios privilegiados de la Historia, de los cuales nos habla el fil´sofo Bergo son, y antes de ´l, Carlyle. En Espa˜a, Quee n vedo y Graci´n han ense˜ado tambi´n mua n e cho. “Siempre ser´n necesarios -dice Zweiga aquellos esp´ ıritus que se˜alan lo que liga enn tre s´ a los pueblos m´s all´ de lo que los seı a a para y que renuevan fielmente en el coraz´n o

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de la Humanidad la idea de una edad futura de m´s elevado sentimiento humano.” Jusa tamente. Pero a cada nueva edad la precede siempre, por desgracia, un Cecidit, cecidit, Babylon magna, semejante al anunciado por el Apocalipsis. En nuestra traducci´n nos hemos servido o de la edici´n latina de I.B. Kan, La Hao ya, 1898, la cual est´ basada a su vez en a la primitiva de Gerardo Listrio. La divisi´n o en cap´ ıtulos no es de Erasmo, sino de una edici´n del a˜o 1765. Hemos preferido el o n t´rmino necedad a estulticia y a locura, que e admiten otros traductores. El concepto de locura es m´s restringido y no puede aplicara se en todas las p´ginas del libro de Erasa mo, donde aparece ese t´rmino sin destruir el e sentido. Erasmo distingue claramente en los cap´ ıtulos XXXVII y XXXVIII la locura de la necedad o estulticia. Este ultimo t´rmino ´ e tiene m´s raigambre latina que castellana; en a cambio, el vocablo necio es de m´s uso entre a nuestros cl´sicos de la Edad de Oro. a No obstante haber utilizado en el texto de la

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traducci´n la palabra necedad, hemos cre´ o ıdo conveniente conservar el t´ ıtulo de Elogio de la locura, ya que con ´ste se public´ por primera e o vez en castellano y por ´l es m´s conocido e a este admirable libro. Holbein adorn´ la edici´n de 1515 con 82 o o grabados, que reproducimos en ´sta. e A. R. B.

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DEDICATORIA
ERASMO DE ROTTERDAM, A SU AMIGO ´ TOMAS MORO: SALUD

urante el viaje que hice no ha mucho de Italia a Inglaterra, con el fin de no malgastar en conversaciones banales e ins´ ıpidas todo el tiempo que tuve que ir a caballo, resolv´ ya meditar de cuando en cuanı, do en nuestros comunes estudios, ya complacerme con el recuerdo de los amigos entra˜ables y doct´ n ısimos que dej´ en esta tiee rra. Entre ´stos, mi querido Moro, t´ ocupabas e u el primer lugar. Tal recuerdo no me deleitaba menos de lo que acostumbraba deleitarme a tu lado, que es la cosa del mundo, bien puedo asegurarlo, que me ha producido m´s a dulce contentamiento. Pero como hab´ que ıa ocuparse en algo al fin y al cabo, y la ocasi´n o era poco acomodada para las profundas meditaciones, pens´ componer un Elogio de la e Necedad.

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“¿Qu´ Minerva1 -me dir´s t´- te ha metie a u do en la cabeza semejante idea?” En primer lugar, la idea me la inspir´ tu apellido, tan o parecido a la palabra moria (en griego, necedad), como tu persona se diferencia de la cosa, pues, seg´n p´blica opini´n, t´ est´s u u o u a del todo ajeno a ella. En segundo t´rmino, e supuse que este juego de mi imaginaci´n te o agradar´ m´s que a nadie, ya que sueles gusıa a tar mucho de este g´nero de bromas, que no e carecen, a mi entender, de sabor ni de gusto, y que en la condici´n ordinaria de la vida o te comportas como Dem´crito2, y si bien t´, o u por la perspicacia de tu ingenio, est´s sin dua da alguna a una gran distancia del vulgo, sin embargo, gracias a la incre´ dulzura y afaıble bilidad de tu car´cter, con todos te avienes, a con todos te tratas, con todos te llevas bien y con todos diviertes. Por tanto, no s´lo has de recibir gustoso eso te discursillo como un recuerdo de tu amigo, sino que tambi´n debes tomarlo bajo tu proe
Alusi´n a la Odisea, donde Minerva es la diosa de la inspiraci´n, de las artes y de los poetas o o A lo largo de toda esta obra aparece la figura de Dem´crito (siglo v a.C.) como cr´ o ıtico de la condici´n o humana tal como nos lo presentan Juvenal y S´neca, es decir, fil´sofo que tomaba siempre el lado amable de e o las cosas, que re´ de las necedades humanas y cuyo bien supremo consist´ en la liberaci´n de estas. ıa ıa o
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tecci´n, pues desde el momento en que te lo o dedico, es ya tuyo y no m´ Porque quiz´ no ıo. a falten criticastros que lo censuren, diciendo unos que ´stas son bagatelas indignas de un e te´logo; otros, que son muy mordaces para o no herir la moderaci´n cristiana, y repetir´n o a a grandes gritos que resucitamos la comedia antigua, que copiamos a Luciano3, y que lo desgarramos todo a dentelladas. Mas, en cuanto a los que se escandalizan de la ligereza y de lo jocoso del asunto, querr´ ıa que pensasen en que yo no soy el inventor del g´nero, sino que desde antiguo ha sido puese to en pr´ctica por grandes escritores, pues ha a siglos que Homero cant´ las guerras de las o ranas y de los ratones en la Batracomiomaquia4; Virgilio, a los mosquitos y al almodrote; Ovidio, a las nueces; Pol´ ıcatro hizo el elogio de Busiris5, e Is´crates lo fustig´; Glauo o co6 celebr´ la injusticia; Favorino, a Tersio tes y las cuartanas; Sinesio, la calvicie; Lu3 El mordaz Luciano de Sam´sata, uno de los escritores griegos que Erasmo m´s degust´ y de quien o a o public´ en Paris, en 1506, un compendio de sus di´logos, traducidos en parte por ´l mismo y en parte por o a e Tom´s Moro. a 4 Es una parodia de la Il´ ıada, bajo la forma de un poema burlesco de 294 versos que al parecer no fu´ escrita e por Homero como pensaba Erasmo. 5 Busiris es un rey legendario de Egipto, el cual, seg´n la f´bula, sacrificaba a los extranjeros que peneu a traban en su reino. 6 Hermano de Plat´n. o

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ciano, las moscas y los par´sitos; S´neca esa e cribi´ la apoteosis de Claudio; Plutarco, el o di´logo de Grillo con Ulises; Luciano y Apua leyo, el asno; y no s´ qui´n, el testamento e e del cochinillo Grunio Corocota, de que hace menci´n San Jer´nimo. Por tanto, si esto o o les agrada, que se imaginen que he estado distra´ jugando al ajedrez, o, si lo prefieıdo ren, que he cabalgado en un palo de escoba. Pues siempre ser´ una injusticia que, reconoa ci´ndose a todas las clases de la sociedad el e derecho a divertirse, no se consienta ning´n u solaz a los que se dedican el estudio, sobre todo si la chanza descansa en un fondo serio y si est´ manejada de tal suerte que un leca tor que no sea completamente romo saque de ella m´s fruto que de las severas y aparatosas a lucubraciones de ciertos escritores, como son aquellos discursos zurcidos de retazos de varios autores, en que se ensalza la Ret´rica o o la Filosof´ o se alaba a un pr´ ıa, ıncipe, o se exhorta a la guerra contra el turco, o se predice el porvenir, o se entablan nuevas cuestiones por cosas de nada. Porque, as´ como no hay ı

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nada m´s tonto que tratar las cosas serias a de una manera fr´ ıvola, del mismo modo nada hay tan divertido como tratar de un asunto balad´ sin dar sospechas de que lo sea. Es ı cierto que al p´blico toca juzgarme; no obsu tante, si el amor propio7 no me enga˜a de n un modo manifiesto, me parece que aunque he hecho el Elogio de la necedad, no lo hice del todo neciamente. Por lo que respecta al reproche de mordacidad, responder´ que siempre se ha concedido e al ingenio la libertad de chancearse sin recelo de las cosas humanas, con tal que esa licencia no degenere en frenes´ Por lo cual, me admiı. ra grandemente la delicadeza de los o´ ıdos de nuestros d´as; casi no pueden escuchar sino ı los t´tulos aduladores, y por eso ver´s gentes ı a que entienden tan al rev´s la religi´n, que e o antes tolerar´n los m´s graves ultrajes cona a tra Cristo, que una ligera broma acerca de un Papa o de un rey, sobre todo si en ello les va el pan. Pero yo pregunto: Criticar las costumbres
7 A lo largo de toda la obra Erasmo recoge, de la tradici´n griega, la encarnaci´n de ideas, una muestra o o es que haya escrito aqu´ en griego FilautÐa (Filaucia), que en espa˜ol significa el Amor Propio, refiri´ndose ı n e a ´l como a un personaje que enga˜a. e n

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de los hombres sin atacar a nadie individualmente, ¿es acaso morder, o m´s bien ense˜ar a n y aconsejar? Por lo dem´s, ¿no me critico a yo mismo desde muchos aspectos? Adem´s, a cuando en la cr´tica no se omite ninguna ı clase social, no puede decirse que vaya contra nadie en particular, sino contra todos los pa´ ıses, y, por consiguiente, si alguno se considerase ofendido, o es que su conciencia le acusa o, por lo menos, teme verse retratado en ella. San Jer´nimo escribi´ en este g´nero con o o e m´s libertad y mordacidad, en varias ocasioa nes hasta sin perdonar los nombres propios. En cuanto a nosotros, aparte de que nos hemos abstenido completamente de nombrar a nadie, hemos guardado tal moderaci´n en el o estilo, que el lector avisado comprender´ desa de luego que nuestro ´nimo ha sido m´s bien a a agradar que morder. En ning´n momento heu mos seguido el ejemplo de Juvenal, removiendo el fangal oculto de los vicios, sino que nos hemos limitado a pasar revista a las ridiculeces m´s bien que a las torpezas. Y si hay a

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alguien a quien estas razones no le convenzan, tenga en cuenta, por lo menos, lo bonito que es ser censurados por la Necedad, y que, al hacerla hablar, hemos debido caracterizarla convenientemente. Pero ¿a qu´ insistir m´s contigo, siendo, e a como eres, ten especial abogado, que aun las cosas que no fueran tan justas como ´stas pue dieras defender magistralmente? Adi´s, eloo cuent´simo Moro, y toma con calor la defenı sa de esta Moria.

En el campo, 9 de junio de 1508.

HABLA LA NECEDAD

CAPITULO PRIMERO
´ INTRODUCCION

igan lo que quieran las gentes acerca de m´ (pues ignoro cu´n mala fama tiene la ı a Necedad, aun entre los m´s necios), sola, yo soy, a no obstante, la que tiene virtud para distraer a los dioses y a los hombres. Si quer´is una prueba e de ello, fijaos en que apenas me he presentado en medio de esta numerosa asamblea para dirigiros la palabra, en todos los rostros ha brillado de repente una alegr´ nueva y extraordinaria, ıa hab´is desarrugado al momento el entrecejo y e hab´is aplaudido con francas y alegres carcajae das, que, a decir verdad, todos los aqu´ presenı tes me parec´is ebrios de n´ctar y de nepenta8 e e como los dioses de Homero, mientras, hace un instante, os hallabais tristes y preocupados, cual si acabaseis de salir del antro de Trofonio9.

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Hierba mencionada por Homero en la Odisea que hac´ olvidar toda preocupaci´n. ıa o Asesino mencionado por Luciano en su obra Di´logos quien dio muerte a su hermano Agomedes. Fue a enterrado en una cueva, lugar del or´culo que llenaba de tristeza y melancol´ a los que le consultaban. a ıa
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As´ como cuando el sol matutino muestra a la ı tierra su faz resplandeciente y radiante, o como cuando despu´s de un crudo invierno surge otra e vez la primavera en alas de los c´firos, parece e que todas las cosas adquieren nuevo aspecto, nuevo color y nueva juventud, del mismo modo se han transfigurado vuestros semblantes nada m´s verme aparecer, logrando de este modo mi a sola presencia lo que apenas logran conseguir los mejores oradores con esos discursos prolijos y cuidadosamente preparados, que pocas veces consiguen disipar el tedio al auditorio.

CAPITULO II
TEMA DEL DISCURSO

i quer´is saber el asunto que me trae ante e vosotros con tal raro adorno, vais a saberlo, si os dign´is escucharme, pero no con la a atenci´n que sol´is prestar a los predicadores, o e sino con los o´ que prest´is a los charlatanes, ıdos a a los juglares y a los bufones, o bien con aquellas orejas que puso antiguamente nuestro amigo el rey Midas para escuchar al dios Pan10. Me ha dado hoy por hacer un poco de sofista ante vosotros, no ciertamente como esos pedantes que en nuestros d´ llenan de majader´ los cereıas ıa bros de los ni˜os, ense˜´ndoles a discutir con n na m´s terquedad que las mujeres, sino a imitaci´n a o de los antiguos, que, para evitar el descr´dito en e que hab´ ca´ el nombre de sabio, prefirieron ıa ıdo llamarse sofistas, y cuyo oficio consist´ en ceıa lebrar con elogios la gloria de los dioses y de los hombres ilustres. Vosotros, pues, vais a o´ tamır bi´n un elogio; pero no va a ser el de H´rcules e e

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Alusi´n a las Metamorfosis de Ovidio en que se alude a la leyenda de Midas, a quien Apolo cambi´ sus o o orejas por las de un asno por haber preferido la flauta de Pan a su lira.

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ni el de Sol´n, sino el m´ propio, es decir, el de o ıo la Necedad.

CAPITULO III
DEFENSA DE LA PROPIA ALABANZA

ues bien: yo no considero sabios a los que creen que alabarse a s´ mismos es la maı yor de las necedades y de las insolencias. Sea necio, si as´ lo prefieren con tal que se reconozca ı que esta necedad est´ muy puesta en su lugar. a ¿Hay, en efecto, cosa m´s natural que el que a la necedad entone sus propias alabanzas y se d´ bombo a s´ misma? ¿Qui´n puede darme a e ı e conocer mejor que yo? A no ser que por casualidad se encuentre entre vosotros alguno que me conozca mejor que yo. De esta manera me parece que doy pruebas de ser m´s modesta que a esos hombres a los que el vulgo llama grandes y sabios, y que, depuesto todo pudor, suelen sobornar a un ret´rico adul´n o a un poeta paro o lanch´ y le ponen a sueldo para o´ recitar sus ın ırle alabanzas, que no son m´s que pur´ a ısimas mentiras, lo cual no impide que el elogiado, afectando humildad, haga la rueda y yerga la cresta a la manera de un pavo, mientras el imp´dico aduu

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lador coloca a aquella nulidad al nivel de los dioses y la presenta como un perfecto modelo de todas las virtudes, sin reparar en que dista m´s de ellas que la luna de la tierra, ni en que su a empresa sea algo as´ como adornar una corneja ı con plumas ajenas o blanquear a un et´ ıope, o convertir a una mosca en elefante. En fin, yo me atengo a aquel proverbio que dice: “Con raz´n o se alaba a s´ mismo quien no encuentra nadie ı que le alabe.” Por lo cual, declaro con toda franqueza que no s´ si admirar m´s la ingratitud o la indolene a cia de los hombres para conmigo, pues, aunque todos me festejen asiduamente y todos reciban con placer mis beneficios, jam´s ha habido uno a solo a quien se le haya ocurrido cantar en un agradable discurso las alabanzas de la Necedad, mientras que no han faltado quienes hayan ensalzado, a costa de su aceite y de su sue˜o, con n elogios bien compuestos, a los busiris11, a los falaris12, a las cuartanas, a las moscas, a la calvicie y a otras calamidades por el estilo. Vais, pues, a o´ de mis labios un discurso, el ır
11 Busiris es un rey legendario egipcio que torturaba y mataba a todos los extranjeros que entraban en Egipto. 12 Falaris es un tirano que asaba a todas sus v´ ıctimas, cuyo encomio fue escrito por Luciano.

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cual, por ser precisamente improvisado y poco trabajado, ser´ m´s verdadero. a a

CAPITULO IV
CARA A CARA DE LA NECEDAD

o vay´is a creer que con mis palabras me a propongo lucir mi ingenio, como es costumbre de casi todos los oradores de estos tiempos, los cuales ya sab´is que cuando pronuncian e un discurso elaborado durante treinta a˜os, y n que algunas veces ni siquiera es suyo, juran que, como por juego, lo han compuesto o dictado en tres d´ ıas. A m´ siempre me ha causado gran placer deı cir de repente cuanto se me viniera a la boca, y, por tanto, nadie espere de m´ que, siguiendo ı la costumbre de estos ret´ricos vulgares, proceo da por una definici´n de m´ misma, ni mucho o ı menos por una divisi´n, pues ser´ entrar con o ıa mal pie el circunscribir dentro de ciertos l´ ımites a una divinidad cuyo imperio se extiende por todas partes, o el dividir a aquella a quien toda la tierra rinde un culto un´nime. Y, bien mia rado, ¿a qu´ conducir´ el trazar mediante una e ıa definici´n mi esbozo o mi retrato, teni´ndome o e

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como me ten´is delante de los ojos? Porque yo e soy, como pod´is ver, aquella dispensadora de e bienes llamada por los latinos Stultitia, y por los griegos, Moria.

CAPITULO V
SINCERIDAD DE LA NECEDAD E INGRATITUD DE LOS SABIOS PARA CON ELLA

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ero ¿para qu´ voy a insistir en esto, como e si no llevase grabado en el rostro y en la frente qu´ clase de p´jaro soy, como dice el puee a blo, o como si alguno que me confundiese con Minerva o con la Sabidur´ no hubiera de conıa, vencerse al punto de su error con sola una mirada y sin necesidad de recurrir a la palabra, pues la cara es el espejo infalible del alma? En m´ no ı hay lugar para el enga˜o, ni llevo una cosa en n el coraz´n y otra en la boca; soy siempre y en o todas partes id´ntica a mi misma, de tal modo e que no pueden disimularme ni aun aquellos que saben cubrirse con una apariencia d´ndose tono a y ech´ndoselas de sabios, cuyo nombre se arroa gan como monas vestidas de p´rpura o como u asnos con piel de le´n, que no dejan de asomar o por alg´n sitio las formidables orejas de Midas, u por muy bien que se disfracen. Ingrata, sin duda, es esta clase de hom-

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bres que, siendo mis m´s fieles partidarios, a averg¨´nzanse de mi nombre delante del munue do, hasta el punto de lanzarlo con frecuencia a los dem´s como un grave insulto. Siendo ´stos, a e pues, en realidad, archinecios, aunque quieran pasar por unos sabios y por unos Tales de Mileto, ¿no merecer´ por derecho propio, que los ıan, llam´semos mor´sofos, es decir, sabios-necios? a o

CAPITULO VI
´ LA NECEDAD IMITA A LOS RETORICOS

uiero imitar con esto a los ret´ricos de o nuestro tiempo, que se creen dioses con s´lo mostrarse con dos lenguas, como la sanguio juela, y que piensan hacer maravillas encajando de cuando en cuando en sus discursos latinos algunas palabras griegas, con las que hacen, aunque no venga a cuento, una especie de mosaico. A falta de t´rminos ex´ticos, desentierran e o de alg´n viejo pergamino cuatro o cinco palau bras anticuadas, cuya oscuridad ofusque a los lectores, para que aquellos que las entiendan se

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complazcan m´s y m´s con ello, y los que no, los a a admiren tanto m´s cuanto menos comprendan. a Porque conviene que sep´is que mis fieles acepa tan una cosa tanto mejor cuanto de m´s lejos a viene, y ´ste no es uno de sus mejores placeres. e Y si entre ellos hubiese algunos m´s vanidosos, a r´ aplaudan y muevan, como el asno, las oreıan, jas, que con ello tendr´n m´s que suficiente paa a ra hacer creer a los dem´s que lo comprenden a a maravilla, aunque en el fondo no entiendan una palabra. Y basta de esto. Volvamos ahora a nuestro tema.

CAPITULO VII
PROGENIE DE LA NECEDAD

´ abeis, pues mi nombre, varones estult´ ısimos, y digo estult´ ısimos porque ning´n u otro ep´ ıteto m´s honroso puede emplear la dioa sa Necedad para honrar a sus creyentes. Mas, como entre vosotros no hay muchos que conozcan mi genealog´ voy a intentar exponerla con ıa, el auxilio de las Musas. No debo mi nacimiento ni al Caos, ni a Plut´n, o ni a Saturno, ni a J´piter, ni a ning´n otro de u u la casta de estos dioses podridos de vejez, sino que me ha engendrado Pluto, que es el supremo dios, el padre de los dioses y de los hombres, digan lo que quieran Homero, Hes´ ıodo y aun el mismo J´piter. Pluto, a cuyo antojo hoy, como u siempre, trast´rnanse desde sus cimientos las coo sas sagradas y profanas; por cuyo arbitrio se rige la guerra, la paz, los imperios, los consejos, la justicia, las asambleas populares, los matrimonios, los tratados, las alianzas, las leyes, las artes, lo c´mico, lo serio. . . (¡ay!, ¡me ahogo!) en o

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una palabra, todos los negocios p´blicos y priu vados de los hombres; Pluto, sin el cual toda esa turba de n´menes de que hablan los poetas, y u aun me atrevo a decir que hasta lo mismos dioses mayores, o no existir´ de ning´n modo, o ıan u no podr´ comer caliente en su propia moraıan da; Pluto, a quien si alguien hiciese montar en c´lera no le valdr´ ni el favor de Palas, y, en o ıa cambio, si le fuere propicio, ser´ capaz de auıa torizarle para ahorcar a J´piter con todos sus u rayos. Este es el padre de quien me envanezco, y ´ste es de quien nac´ pero no porque me haya e ı; sacado de su cabeza, como lo hizo J´piter con u la t´trica y ce˜uda Minerva, sino por haberme e n engendrado en Hebe, ninfa de la juventud, que es mil veces m´s bella y m´s alegre. a a No; yo no he sido fruto de un ins´ ıpido deber conyugal, como aquel cojo herrero (Vulcano), sino que, lo que es m´s hermoso, a m´ me han a ı dado el ser los besos del amor, seg´n dice Hou mero. Pero no vay´is a creer que nac´ de aquel a ı Pluto que nos pinta Arist´fanes cuando ya eso taba ciego y con un pie en la sepultura, sino del Pluto vigoroso, rebosante de juventud, y, sobre

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todo, del n´ctar abundant´ e ısimo y de sin igual pureza que ´l gustaba de saborear en los bane quetes.

CAPITULO VIII
PATRIA Y CRIANZA DE LA NECEDAD

i ahora me pregunt´is cu´l es el lugar de mi a a nacimiento (puesto que hoy d´ la tierra ıa donde un ni˜o ha lanzado su primer vagido enn tra por mucho en su nobleza), sabed, pues, que no vi la luz ni en la err´tica isla de Delos13, ni a en el mar undoso, ni en las profundas cavernas, sino en las islas Afortunadas14, en donde todo crece espont´neo y sin cultivo; en donde no se a conocen ni el trabajo, ni la vejez, ni la enfermedad, ni tampoco se ven nunca el gam´n ni o

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Isla del Egeo que, seg´n la leyenda, Zeus hizo surgir del fondo del mar para que pudiera nacer en ella u Apolo y Artemisa. 14 La literatura antigua –Homero, Hes´ ıodo, P´ ındaro, Plinio y Horacio, etc.– hablan de ellas y nos las describen como lugar f´rtil y sin rastro de enfermedad. e

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la malva, ni la cebolla, ni el altramuz, ni el haba, ni otras plantas vulgares, pues all´ como en ı, los jardines de Adonis15, deleitan por doquier la vista y el olfato el ajo ´ureo, la pance, la nepena ta, la mejorana, la artemisa, el loto, la rosa, la violeta y el jacinto.

Nacida en medio de tantas delicias, no comenc´ llorando mi inmortal carrera, sino que e al abrir los ojos, sonre´ amorosamente a mi maı dre; y no envidio a J´piter la cabra que le amau mant´, porque a m´ me dieron el jugo de sus o ı pechos dos gracios´ ısimas ninfas: la Embriaguez, hija de Baco, y la Impericia, hija de Pan, a las
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Adonis es el dios de la vegetaci´n y de la felicidad. o

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que pod´is ver entre las personas de mi s´quito. e e Si conocer quer´is los nombres de las dem´s, voy e a a dec´ ıroslos; pero ¡vive H´rcules!, que no ha de e ser sino en griego.

CAPITULO IX
EL CORTEJO DE LA NECEDAD

sta que veis de aire tan arrogante es el Amor Propio (FilautÐa); esta de risue˜os ojos y cuyas manos est´n siempre disn a puestas al aplauso, se llama la Adulaci´n (Koo lakÐa); esta que est´ como aletargada y que paa rece dormir, se llama el Olvido (Lhj ); esta otra que se apoya sobre sus dos codos y est´ de brazos a cruzados es la Pereza (MisoponÐa); esta coronada con una guirnalda de rosas e impregnada de perfumes es la Voluptuosidad (<Hdon ); esta de aire indeciso y de extraviada mirada es la Demencia (^Anoia); esta de n´ ıtido cutis y de cuerpo gentil y bien cuidado es la Molicie (Truf ). Entre estas ninfas advertir´is tambi´n dos dioses: e e uno se llama Con (K¸moc), genio de los banquetes, y el otro, Morfeo (n greton ^Upnon) o Sublime Modorra, genio del sue˜o. Con el aun xilio, pues, de estos fieles servidores, todas las cosas est´n bajo mi mando y ejerzo imperio soa

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bre los mismos emperadores.16

En otros textos escriben vartheta).

16

L jh, Truf˜, Kwmon, VUpnon

˜

, las dem´s igual (siempre con theta y no con a

CAPITULO X
LA NECEDAD, POR LOS FAVORES QUE DISPENSA, ES SEMEJANTE A LOS DIOSES

a conoc´is mi origen, mi educaci´n y mi e o s´quito. Ahora bien: para que nadie sose peche que usurpo el t´ ıtulo de diosa, o´ atentaıd mente los innumerables beneficios que proporciono a los dioses y a los hombres, y hasta d´nde o se extiende mi imperio. Porque si alguien ha escrito con acierto que el car´cter distintivo de un a dios consiste en proteger a los mortales, y si merecieron ser admitidos en el senado de los dioses los que descubrieron el vino, el trigo, o cualquier otra cosa util al g´nero humano, ¿c´mo puede ´ e o neg´rseme a m´ el derecho de ser y llamarme el a ı alfa de todos ellos, a m´ que soy para todos el ı, manantial de toda clase de bienes?

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CAPITULO XI
PODER DE LA NECEDAD EN LOS OR´ IGENES DE LA VIDA

en primer lugar, ¿qu´ puede haber m´s e a dulce y m´s precioso que la vida? Y siena do as´ ¿qui´n en los comienzos de ella tiene m´s ı, e a parte que yo? Ni la lanza temible de Minerva, ni el escudo del tempestuoso J´piter, ser´ capau ıan ces de engendrar y propagar la especie humana. El mismo Jove, padre de los dioses y de los hombres, que con un movimiento de cabeza conmueve a todo el Olimpo, no encuentra el menor reparo en dejar a un lado su triple rayo y su rostro de tit´n, con el que hace temblar a los a mismos dioses cuando quiere, y en disfrazarse como un histri´n, siempre que le entran ganas o de aumentar el n´mero de sus hijos, cosa que le u ocurre muy a menudo. Sabido es que los estoicos17 se creen casi dioses; pues bien: dadme uno de ellos que sea dos, tres, o, si quer´is, mil veces estoico, y tened por e seguro que yo no le har´ cortar la barba, esa ine

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fil´sofos caracterizados por su indiferencia ante las circunstancias de la vida. Ni el placer ni el dolor son o normas de conducta. La raz´n y el seguimiento de la naturaleza eran sus normas fundamentales. o

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signia de sabidur´ que comparte con los machos ıa cabr´ pero por lo menos har´ que desarrugue ıos, e el entrecejo y la frente, que abandone por un momento sus dogmas inmutables y que cometa alguna que otra tonter´ o extravagancia. En ıa resumidas cuentas, a m´ y a nadie m´s que a ı a m´ tendr´ que acudir el sabio apenas quiera ser ı a padre.

Mas ¿por qu´ no hablaros claro y sin ambages, e

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seg´n mi vieja costumbre? Decidme: ¿es acaso u la cabeza, la cara, el pecho, la mano, la oreja o cualquier otra parte del cuerpo de las llamadas honestas la que pose la virtud de engendrar a los dioses y a los hombres? Me parece que no; la propagadora del g´nero humano es m´s bien e a otra parte tan necia y rid´ ıcula que no se puede nombrar sin re´ ırse. Este es, cabalmente, el manantial sagrado de donde fluye la vida con m´s verdad que del cuaa terno de Pit´goras18. Porque ¿qu´ hombre, dea e cidme, ofrecer´ su cabeza al yugo del matriıa monio si, como suelen hacer los sabios, pensase antes seriamente en los inconvenientes de la vida conyugal, ni qu´ mujer consentir´ que se le e ıa acercase un var´n si conociese o examinase soo lamente los peligrosos dolores del parto, o las molestias de criar los hijos? Pues si deb´is la vie da a matrimonio, y el matrimonio se lo deb´is e a la Demencia, mi compa˜era, sacad la consen cuencia de lo que me deb´is a m´ ¿Qu´ mujer e ı. e que ha sufrido una vez aquellos trabajos, quisiera volver a pasarlos si no fuera gracias a la virtud
Los Pitag´ricos son fil´sofos griegos (siglos vi-v a.C.) que sostienen que la esencia de las cosas son los o o n´meros. Los cuatro primeros n´meros son la base del sistema c´smico. u u o
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del Olvido? La misma Venus (pese a Lucrecio), no tendr´ fuerza ni poder sin mi ayuda. ıa Pues bien: de esta broma m´ irrisoria y ıa, rid´ ıcula, provienen los fil´sofos llenos de orguo llo, a quienes hoy han sucedido los que el vulgo llama monjes, los purpurados reyes, los piadosos sacerdotes, los tres veces sant´ ısimos pont´ ıfices, y, en fin, toda esa turba de semidioses, tan numerosa que el Olimpo, con ser tan grande, apenas puede contener.

CAPITULO XII
EL PLACER, COMO BIEN SUPREMO

oco supondr´ sin embargo, haberos deıa, mostrado que yo soy el principio y la fuente de la vida, si no os demostrara adem´s a que todas las dichas de este mundo las deb´is e tambi´n a mi munificencia. ¿Qu´ ser´ en efece e ıa, to, la vida, si vida pudiera entonces llamarse, si se le quitara el placer? Veo que aplaud´ Bien ıs. sab´ yo que ninguno de vosotros era bastante ıa cuerdo, o, mejor, bastante necio, mas vuelvo a decir bastante cuerdo para no ser de mi opini´n. o Los mismos estoicos, aunque es cierto que no desprecian el placer, saben disimularlo con gran sagacidad y decir de ´l mil perrer´ cuando e ıas est´n delante de la gente, pero es s´lo con el oba o jeto de apartar a los dem´s del pastel y gustarlo a ellos despu´s a todo su sabor. Pero d´ e ıganme, por J´piter: ¿hay un solo d´ en la vida que no sea u ıa triste, mon´tono, ins´ o ıpido, aburrido y molesto, si no se le adereza con el placer, es decir, con la salsa de la necedad? El testimonio de S´foo

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cles, nunca bastante ponderado, ser´ en verdad ıa suficiente para probarlo. Pues ´l fu´ el autor de e e aquel hermos´ ısimo elogio que hizo de m´ al deı, cir que la vida m´s agradable s´lo se alcanza no a o sabiendo absolutamente nada. Pero esto no basta; hay que probar ahora en particular todo lo dicho.

CAPITULO XIII
´ ´ INTIMA RELACION DE LA INFANCIA Y DE LA VEJEZ CON ´ LA NECEDAD. –BENEFICIOS QUE ESTA REPORTA A LA VEJEZ

adie ignora que la primera edad del hombre es la m´s venturosa y la m´s a a grata de todas. Y ¿qu´ es lo que vemos en los e ni˜os que nos mueve a besarlos, a abrazarlos, n a acariciarlos, y que hace que nos parezca que hasta tienen la virtud de desarmar al enemigo, sino el atractivo de la necedad, con que la prudente Naturaleza ha adornado las frentes de los reci´n nacidos, a fin de que puedan pagar en plae cer los trabajos de la crianza y conquistar por su amabilidad la protecci´n que necesitan? o Y la juventud, edad que sucede a la infancia, ¡cu´n placentera es a todos! ¡Como es por todos a festejada! ¡Con qu´ solicitud se la ayuda y con e qu´ inter´s se le tiende una mano en su auxilio! e e Pregunto yo ahora: ¿De d´nde proviene este eno canto de la juventud sino de m´ a quien se debe ı, que los que menos saben sean, por ello mismo, los que menos se enojen?

N

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Tendr´ ıaseme por embustera si no a˜adiese n que, a medida que el adolescente va entrando en a˜os y la experiencia de las cosas y el estudio n de las ciencias le hacen adquirir algunos conocimientos, comienza tambi´n a marchitarse su e hermosura, a languidecer su gallard´ a enfriarıa, se su donaire y a disminuir su vigor. Cuanto m´s se aparta de m´ menos va viviendo cada a ı, d´ hasta que, al fin, llega a la refunfu˜adora ıa, n vejez, edad tan molesta, no s´lo para los dem´s, o a sino tambi´n para s´ mismo, que ning´n mortal e ı u podr´ soportarla si yo, compadecida nuevamenıa te de sus trabajos, no le echase la mano. Pues como los dioses de que nos hablan los poetas, suelen salvar en los peligros a sus protegidos mediante alguna metamorfosis, as´ yo, cuando los ı veo pr´ximos al sepulcro y en cuanto me es poo sible, los torno a la infancia; raz´n por la cual la o gente suele llamar a la vejez segunda infancia. Si alguien desea saber c´mo hago este rejuo venecimiento, no voy a ocultarlo. Para hacerlo, cond´zcolos a las m´rgenes del Leteo, r´ que u a ıo nace en las islas Afortunadas (pues por el Infierno no corre m´s que un peque˜o riachuelo), a n

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para que all´ bebiendo a grandes sorbos el agua ı, del Olvido, vayan poco a poco aminorando sus cuidados y vuelvan a la juventud.

Se me objetar´ que esto no es otra cosa que haa cerlos divagar y chochear. Lo concedo; pero precisamente por eso se convierten en ni˜os; y ¿no n es propio de ellos chochear y desvariar? ¿Que es m´s que el no saber lo que hace que esa edad a sea tan deleitosa? ¿Qui´n no detestar´ y aboe a minar´ como una monstruosidad que la infana cia tenga una sabidur´ prematura? De ah´ el ıa ı conocido proverbio del vulgo: “Odio al ni˜o den masiado listo.” ¿Quien aguantar´ la amistad o el trato de un ıa anciano que a su gran experiencia del mundo uniese la plenitud de sus facultades mentales y

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el rigor de sus cr´ ıticas? Por tanto, beneficio es por parte m´ hacer chochear a la vejez. ıa Fuera de esto, la aparto por tal medio de las preocupaciones que el mismo sabio no puede evitar, con lo cual el viejo no deja de ser buen compa˜ero de bebienda, no siente el tedio de la vida, n que apenas soporta la edad m´s vigorosa, y si a no torna algunas veces hasta a deletrear el verbo amar como el vejete de Plauto, lo considera como cosa desgraciada. Y mientras tanto, el viejo es feliz gracias a mi favor; es agradable para los amigos y no carece de gracia en las francachelas. Seg´n Homeu ro, los labios de Aquiles no destilaban m´s que a hiel, mientras que de la boca de N´stor flu´ e ıan palabras m´s dulces que la miel, y los ancianos a que se congregaban en la puerta occidental de las murallas de Troya se entregaban a apacibles conversaciones. Considerada desde este aspecto, la vejez supera a la infancia, edad dichosa, sin duda, pero, al fin y al cabo, infantil, ya que le faltan esas charlas amenas, principal recreo de la vida. Conviene observar que los viejos quieren con

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frenes´ a los ni˜os, y ´stos a los viejos, sin duda ı n e porque (como dice el poeta Homero) “los dioses se complacen en poner siempre juntos a los que se semejan”. ¿En qu´ otra cosa se diferene cia sino en que el viejo tiene m´s arrugas y m´s a a a˜os? Por lo dem´s, todo es igual entre ellos: n a cabellos descoloridos, boca desdentada, cuerpo peque˜o, apetencia de la leche, balbuceo, charn lataner´ frivolidad, olvido de las cosas y falta ıa, de reflexi´n. o Cuanto m´s avanza el hombre hacia la vejez, a m´s va pareci´ndose a los ni˜os, hasta que, al a e n igual de ´stos, el viejo se va al otro mundo sin e sufrir el cansancio de la vida y sin sentir la muerte.

CAPITULO XIV
LOS BENEFICIOS DE LA NECEDAD SON SUPERIORES A LOS DE LOS DIOSES, PORQUE HACE DURADERA LA JUVENTUD Y ALEJA LA VEJEZ

´ espues de esto, comp´rese este benefia cio que yo dispenso con las metamorfosis que operan los dioses, y no me refiero a las que hacen cuando est´n airados, sino a las que ejea cutan en las personas; los m´s ben´volos suelen a e transformarlas ya en ´rbol, ya en ave, ya en cia garra, y hasta en serpiente. ¡Como si el ser otra cosa de lo que se es no fuera ya una especie de muerte! Yo, en cambio, devuelvo a los mismos hombres lo mejor y m´s feliz de su existencia, a y en verdad os digo que, si rompieran toda relaci´n con la sabidur´ y en todas las edades o ıa se guiaran por m´ no envejecer´ y gozar´ ı, ıan ıan dichosos de una juventud perpetua. ¿No veis esos rostros p´lidos entregados al esa tudio de la Filosof´ o a serios y arduos negocios, ıa ya envejecidos, por lo general, antes de llegar a la plena juventud, a causa del trabajo y de la tensi´n incesante del pensamiento que ha agitao

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do en ellos el esp´ ıritu y ha secado la savia de sus vidas? No as´ son mis necios, regordetes, l´cidos y ı u rebosantes de salud en su piel, como verdaderos cerdos acarnienses19; desde luego, no experimentan ninguna de las incomodidades de la vejez, a menos que, como a veces acontece, se inficionen con el contagio de la sabidur´ ¡Tan ıa. verdad es que nada amarga tanto la vida del hombre como no poder lograr felicidad completa! En apoyo de lo que acabo de decir, os citar´ el e adagio vulgar que dice: “La necedad es la unica ´ cosa que detiene la fugac´ ısima juventud y retarda la pesada vejez.” Con raz´n los de Brabante o han practicado esto, seg´n opini´n del vulgo, u o pues dicen que, as´ como los dem´s hombres, ı a con los a˜os, adquieren la sensatez, ellos, a men dida que envejecen, van haci´ndose m´s necios, e a y sabido es que no hay otra naci´n que tome o la vida tan en broma ni que sienta menos las tristezas se la senectud. Con ellos tienen mucho parecido mis holandeses, tanto por la pr´xima o
Cerdo de la piara de Epicuro. Erasmo se refiere aqu´ a los epic´reos, considerados sin escr´pulos y sin ı u u moral en su b´squeda del placer. u
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ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XIV

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vecindad como por sus costumbres, y digo mis holandeses, porque me rinden un culto tan asiduo que hasta del pueblo merecieron un apodo que, lejos de avergonzarse de ´l, se lo adjudican e como un honor. ¡Id ahora, oh est´pidos mortales, en busca de u las Medeas20, de las Circes21, de las Venus y de las Auroras, de no s´ qu´ fontana, a pedire e les los restituyan a su primera juventud! ¿No comprend´is que yo soy la unica que puedo y e ´ suelo darla, la unica que poseo aquel m´gico eli´ a xir con el que la hija de Memn´n prolong´ los o o d´ de su abuelo Titono, que yo soy la Venus ıas a quien Fa´n debi´ su rejuvenecimiento, de tal o o modo que a Safo enloqueci´ de amor, que son o m´ las hierbas maravillosas, si es que las hay ıas de esta clase, que es a m´ a quien dirigen todas ı sus s´plicas, y que m´ es, en fin, la fuente divina u ıa que no s´lo devuelve la pasada juventud, sino, lo o que es mejor a´n, la conserva perpetuamente? u Si todos vosotros, pues, est´is conformes cona migo en que nada hay tan deseable como la juventud, ni nada m´s detestable que la vejez, creo a
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Se dice que Medea fue la que renov´ la juventud de Jason, hirvi´ndole en hierbas. o e Circe fue la bruja que convirti´ a los compa˜eros de Ulises en Cerdos. o n

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ERASMO DE ROTTERDAM

que reconocer´is cu´nto me deb´is a m´ a m´ e a e ı, ı, que hago duradero tanto bien y evito tanto mal.

CAPITULO XV
NECEDAD DE LOS DIOSES

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ero ¿por qu´ hablar m´s de los tales? e a Traslad´monos al Emp´ e ıreo, y consiento en que hasta mi nombre sea un oprobio para m´ si se encuentra en uno solo de los dioses alı go que no sea ´spero y despreciable, como no a sea con mi ayuda. ¿Por qu´ Baco, si no, ha sie do siempre un mancebo de poblada cabellera? Pues, sencillamente, porque, pas´ndose toda la a vida en insensateces y borracheras, en banquetes, danzas, canciones y fiestas, no se permite el m´s ligero trato con Palas; mas, por el contrario, a la tiene a tanta distancia para pasar por un sabio, que prefiere que se le honre unicamente con ´ burlas y con farsas, y no se ofende por el sobrenombre de fatuo que le da un proverbio griego cuando se dice de ´l que es m´s necio que una e a cabeza pintarrajada con heces, por alusi´n a la o costumbre que tienen los vendimiadores de embadurnar en sus fiestas con mostos y con zumo de higos frescos la estatua sedente del dios colo-

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cada a la puerta de los templos. Y ¡qu´ injustas e burlas no se han hecho contra ´l en las antiguas e comedias! “¡Oh insulso dios –exclaman–, digno de haber nacido del muslo de J´piter!” u

A pesar de todo, ¿qui´n no preferir´ ser como e ıa ´l, insulso y fatuo, siempre alegre, siempre joven, e distrayendo siempre a todos entre pasatiempos y regocijos, a ser como ese solapado J´piter, ante u el que todos tiemblan, o como el viejo Pan, que todo lo envenena con sus terrores repentinos, o como el ruin Vulcano, lleno siempre de tizne

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de carb´n y siempre trabajando en su fragua, o o como la misma Minerva, terrible por su lanza y escudo, y mirando siempre de trav´s? e ¿Y Cupido? ¿Por qu´ siempre es un ni˜o sino e n por su simpleza, que le lleva a no pensar ni hacer nada con cordura? ¿Por qu´ la blonda Venus e renueva constantemente su belleza? Sin duda, porque tiene conmigo cierta afinidad, de donde proviene que sacase el color de mi padre, y por esta raz´n fu´ llamada por Homero ´urea Veo e a nus; adem´s, siempre se nos muestra risue˜a, si a n hemos de creer a los poetas y a sus ´mulos, los e escultores. ¿Tuvieron, por ventura, los romanos otro culto m´s fervoroso que el de Flora, madre a de todas las voluptuosidades? Con todo, si se lee atentamente en Homero y en otros vates la vida de los dioses m´s austeros, a se ver´ que descubren la necedad en todas las a acciones. ¿Para qu´ recordar los amores y devae neos de J´piter Tonante, o los de aquella severa u Diana que, olvidada del recato de su sexo, no iba tanto a la caza de animales como a la de Endimi´n, por cuyo amor se mor´ o ıa?

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Oiga el que quiera a Momo reprocharle sus bellaquer´ pues ´l fu´ el que antiguamente se las ıas, e e echaba en cara con frecuencia y quien les di´ moo tivo para que, enojados en medio de su felicidad por las importunaciones de su sabidur´ le preıa, cipitasen sobre la tierra, como hicieron tambi´n e con Ate, diosa del mal; ning´n mortal, desde u entonces, ha querido dar hospitalidad al desterrado, y mucho menos los reyes en sus palacios, en donde ocupa el primer puesto mi compa˜era n la Adulaci´n, que no tiene con Momo m´s semeo a janza que el cordero con el lobo y as´ los dioses, ı libres de este importuno, y no teniendo ning´n u otro censor de sus acciones, pudieron divertirse m´s dulce y desahogadamente o, como dice a Homero, como les di´ la gana. o ¿Qu´ entretenimientos no ofrece aquel hortee lano Pr´ ıapo? ¿Qu´ diversiones no proporcionan e los enga˜os y rater´ de Mercurio? ¿Y no es n ıas Vulcano el que en los banquetes de los dioses acostumbra hacer de buf´n, y ya su cojera, ya o sus patochadas, ya sus rid´ ıculas salidas, hacen desternillarse de risa a aquellos beodos? Sileno, el famoso viejo enamorado, suele bailar el lascivo

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XV

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cordax con Polifemo, que brinca que se las pela, mientras las Ninfas apenas tocan la tierra con sus pies; los S´tiros semicabras representan las a imp´dicas atelanas; Pan, con tal cual est´pida u u canci´n, hace re´ a todo el mundo, porque los o ır dioses prefieren o´ su canto antes que el de las ır Musas, sobre todo cuando el vino se les sube a la cabeza. ¿Os dir´ lo que los dioses, ya bien bebie dos, hacen al final de sus festines? ¡Por H´rcules! e Tantas necedades realizan que no puedo, al recordarlas, contener la risa. Pero sobre este asunto m´s vale callar, como a Harp´crates, no sea que alg´n dios acech´n, nos o u o oiga contar estas cosas, por decir las cuales el mismo Momo fu´ castigado. e

CAPITULO XVI
´ SUPREMAC´ DE LA NECEDAD SOBRE LA RAZON IA

ora es ya de que, a ejemplo de Homero, dejando las llanuras et´reas, volvae mos nosotros a la tierra, para que os muestre que, aqu´ como all´ no hay nada alegre ni feliz ı ı, sin mis favores. Notad primeramente con cu´nta a solicitud ha provisto la madre Naturaleza, creadora del g´nero humano, para que nunca faltase e el aderezo de la necedad.

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Si es verdad, seg´n los definidores estoicos, que u la sabidur´ consiste en seguir la raz´n, y la Neıa o cedad, por el contrario, en dejarse llevar por las pasiones, ¿no lo es menos el que J´piter, para u que la vida no fuera triste y amarga, nos di´ m´s o a

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inclinaci´n a las pasiones que a la raz´n, lo que o o va de media onza a una libra? Por eso releg´ la raz´n a un peque˜o rinc´n o o n o de la cabeza, mientras que llev´ el desorden a lo o restante del cuerpo, y adem´s le opuso dos como a tiranos violent´ ısimos: la ira, que tiene la sede de su imperio en el coraz´n, fuente de la vida, y o la concupiscencia, que tiende su dominio hasta m´s abajo de la regi´n abdominal. a o Cuanto pueda la raz´n contra estas dos fuero zas gemelas decl´ralo suficientemente la conduca ta ordinaria de los hombres, pues aunque clame ella indicando el recto camino hasta ponerse ronca y dicte normas de honestidad, las otras se rebelan contra esta pretendida reina, y gritan m´s fuerte que ella, hasta que un d´ cansada a ıa, ya, acaba por rendirse a ellas.

CAPITULO XVII
´ LA MUJER, ENCARNACION DE LA NECEDAD

in embargo, como quiera que el var´n eso tuviese destinado a gobernar las cosas de la vida, era preciso que tuviese algo m´s de a ese adarme de raz´n que en ´l se infundi´, y teo e o niendo J´piter que consultar el caso, heme aqu´ u ı, como otras muchas veces, llamada a consejo. En verdad que pronto di uno digno de m´ a saber: ı, que se diera una mujer al hombre. Es la mujer un animal inepto y necio; pero, por lo dem´s, coma placiente y gracioso. De modo que su compa˜´ nıa en el hogar suaviza y endulza con su necedad la melancol´ y aspereza de la ´ ıa ındole varonil. Y as´ Plat´n, al vacilar entre incluir a la mujer en ı o la categor´ de los animales racionales o en la de ıa los irracionales, no se propuso m´s que se˜alara n nos la insigne necedad de este sexo. Si, por ventura, alguna mujer quisiera sentar plaza de sabia, no conseguir´ sino ser dos veces ıa necia; es como si, a despecho de Minerva, se enviara un buey al gimnasio; porque todo aquel

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que contra su naturaleza toma las apariencias de la virtud, torciendo su innata inclinaci´n, no o logra sino que el vicio aparezca m´s de bulto. a Del mismo modo que, como dice un proverbio griego, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”, as´ la mujer ser´ siempre mujer; es ı a decir, necia, disfr´cese como se disfrace. a

A pesar de ello, no creo que las mujeres sean tan tontas que vayan a enfadarse conmigo por el mero hecho de que una mujer, es m´s, la misma a Necedad en persona, les reproche su necedad, porque si bien lo miran, es a la Necedad a quien deben el ser por m´ltiples razones mucho m´s u a dichosas que los hombres. Tienen, en primer lugar, el privilegio de la hermosura, que con raz´n anteponen a todas las coo sas, y por cuya virtud ejercen tiran´ aun sobre ıa

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XVII

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los mismos tiranos. ¿De d´nde cre´is que proo e cede la disposici´n desali˜ada del var´n, su piel o n o velluda y su espesa barba, que le dan aspecto de vejez, aun siendo joven, sino del h´bito de la a cordura, mientras que en la mujer siempre advertimos sus mejillas imberbes, su voz siempre fina y su cutis delicado, como si fuese la imagen de una perpetua juventud? En segundo t´rmino, ¿qu´ otra cosa ambicioe e nan m´s las mujeres en la vida que agradar a mucho a los hombres? ¿No tienden a este fin sus adornos, sus tintes, sus ba˜os, sus peinados, n sus afeites, sus perfumes y cuantos artificios emplean para componerse, pintarse y fingir el rostro, los ojos y el cutis? Por consiguiente, ¿hay algo que las haga m´s recomendables a los homa bres que la necedad? ¿Hay algo que ´stos no les e permitan? ¿Y a cambio de qu´, sino del deleite? e Lo que deleita, pues, en las mujeres no es otra cosa que la necedad, y as´ no habr´ nadie, piense ı a como quiera en su interior, que no disculpe las tonter´ que el hombre dice y las moner´ que ıas ıas hace cuantas veces lo disponga el apetito de la hembra.

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Ya sab´is, por tanto, cu´l es el manantial del e a primero y principal placer de la vida.

CAPITULO XVIII
IMPORTANCIA DE LA NECEDAD EN LOS BANQUETES

ero hay algunos, principalmente entre los viejos, bebedores m´s bien que mujeriea gos, los cuales cifran en la mesa su placer primordial. Discutan otros si un banquete sin mujeres puede tener alg´n encanto; pero lo que puede u afirmarse, desde luego, es que ninguno ser´ agraa dable sin la salsa de la necedad, hasta tal punto, que si en ´l no se encuentra por lo menos uno que e con necedad natural o simulada haga re´ a los ır dem´s, se pagar´ a alg´n buf´n o se invitar´ a a a u o a alg´n rid´ u ıculo par´sito que a fuerza de patochaa das, es decir, con frases necias, sepa ahuyentar de la fiesta el silencio y la tristeza. Porque, mir´ndolo bien, ¿qu´ placer habr´ en a e ıa llenar la panza de toda clase de confituras, manjares y golosinas si los ojos, los o´ ıdos y el alma toda no recibiesen tambi´n su refacci´n de risa, e o bromas y donaires? De esta clase de postres yo soy unica repostera, ´ porque es indudable que las ceremonias de los

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banquetes, el sorteo para elegir al rey del fest´ ın, el juego de los dados, los brindis rec´ ıprocos, las rondas de vino, el cantar con el mirto, el danzar y hacer pantomimas, no fu´ inventado por los e siete sabios de Grecia, sino por m´ para la salud ı del g´nero humano. e Bien miradas, pues, estas cosas, hay que decir que cuanto m´s tienen de necias, tanto mejor a se vive, que no s´ c´mo pueda llamarse vida e o cuando es triste, y triste, en verdad, tiene que ser la vida si no se la libra de la tristeza, hermana melliza del hast´ con toda clase de deleites. ıo,

CAPITULO XIX
LA NECEDAD ES LA BASE UNITIVA DE LA AMISTAD

´ abra, tal vez, algunas personas que, desde˜ando los deleites de la mesa, n compl´cense en el amor y trato de los amigos, a diciendo y repitiendo que la amistad se ha de anteponer a todo, porque es una cosa tan necesaria que no lo son m´s ni el aire, ni el fuea go, ni el agua; tan agradable, que prescindir de ella valdr´ tanto como prescindir del sol, y, fiıa nalmente, tan honesta, si es que el serlo viene al caso, que los mismos fil´sofos no vacilan en o colocarla entre los primeros y principales bienes. Pero ¿cu´l ser´ vuestra admiraci´n si os dea ıa o muestro que yo tambi´n soy el principio y el e fin de este inmenso beneficio? Y os lo voy a probar, no vali´ndome de crocodilites, sorites, e ceratines ni de ning´n otro g´nero de arguu e cias diel´cticas, sino de una manera vulgar y e mostr´ndolo como con el dedo. a Decidme: Hacer la vista gorda, confiarse demasiado, cegarse, dejarse alucinar por los defec-

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tos de los amigos y, a veces, tomar y admirar como virtudes sus mayores vicios, ¿no es algo muy parecido a la necedad? El amante que besa con ardor un lunar de su querida, el que saborea el f´tido aliento de su In´s, el padre que no ene e cuentra m´s que un peque˜o estrabismo en su a n hijo bizco, ¿qu´ es todo esto sino pura necedad? e S´ dig´moslo muy alto: se trata de la necedad; ı, a pero esta sola necedad es la que une y conserva los lazos de la amistad. Mas fijaos que me refiero a la generalidad de los hombres, de los cuales ninguno nace sin defectos, siendo el mejor de todos aquel que tiene menos, pues en los sabios, gente endiosada, o no arraiga la amistad o la vuelven desagradable e ins´ ıpida, y aun as´ no admiten en intimidad m´s ı, a que a escasas personas, por no decir que a ninguna. Y la raz´n es obvia: como la mayor´ de o ıa los mortales desatinan –es m´s: deliran de mil a maneras–, y la amistad s´lo se entabla entre seo mejantes, resulta que, si alguna vez una mutua simpat´ aproxima a aquellos austeros personaıa jes, tal simpat´ jam´s podr´ ser constante ni ıa a a duradera trat´ndose de esos enojosos esp´ que a ıas

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andan siempre acechando las faltas de sus amigos con una vista tan penetrante como el ´guia la o como la serpiente de Epidauro; en cambio, ¡qu´ ciegos son para los suyos, y cu´n poco ven e a el seno de la alforja que les cuelga a la espalda! As´ pues, dado que la condici´n humana es tal ı, o que no se hallar´ nadie, sin excluir a los hombres a de gran talento, que no tenga grandes defectos; dado que los caracteres y gustos difieren tanto; dado que la vida est´ sembrada de tantos erroa res, de tantos desaciertos y de tantos peligros, ¿c´mo podr´ gozar estos argos una hora seo ıan guida de la dulce amistad si no la mantuviese lo que los griegos llaman con tanta exactitud la ingenuidad, es decir, la necedad, o, si quer´is, e la indulgencia para con las debilidades del pr´jio mo? ¿Qu´ m´s? ¿No es Cupido, padre y autor de e a toda simpat´ quien, completamente ciego, toıa, ma lo feo por hermoso, y de la misma manera hace que cada uno de vosotros encuentre bello lo que ama, y consigue que el viejo quiera a la vieja como el mozo a la moza? Pues esto es lo que constantemente sucede en el mundo y causa

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risa; no obstante, esto, que es rid´ ıculo, es lo que forma y une la agradable sociedad de la vida.

CAPITULO XX
LA NECEDAD ES LA CONCILIADORA DEL MATRIMONIO

o que he dicho de la amistad puede aplicarse con mayor raz´n al matrimonio, pueso to que ´ste no es m´s que la uni´n de dos vidas e a o en una sola. ¡Oh dioses inmortales! ¡Cu´ntos dia vorcios, o cosas a´n peores que el divorcio, se u ver´ a cada paso si mis sat´lites la Adulaci´n, ıan e o la Chanza, la Indulgencia, el Enga˜o y el Din simulo no viniesen a sostener y conservar las costumbres y el vivir conyugal! ¡Ah!, ¡qu´ pocos e matrimonios habr´ si el novio, obrando como ıa prudente, indagase a qu´ juegos hab´ jugado e ıa antes de casarse la delicada doncellita, tan modesta y p´dica en apariencia, y cu´ntos menos u a permanecer´ unidos si no quedasen ocultas ıan muchas haza˜as de las mujeres, gracias al desn cuido y la estolidez de los esposos!

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Es cierto que todo esto es efecto de la necedad; pero no lo es menos que a ella se debe que el marido pueda soportar a la mujer y la mujer al marido, que la casa ande tranquila y que en ella reine la concordia. La gente se r´ del infeıe liz que enjuga con sus besos las l´grimas de la a ad´ltera, y le llama cornudo, consentido, ¡qu´ se u e yo cu´ntas cosas m´s! Pero ¿no es preferible ena a ga˜arse de esta suerte a dejarse consumir por los n celos y convertirlo todo en escena de tragedia?

CAPITULO XXI
LA NECEDAD, V´ INCULO DE TODA SOCIEDAD HUMANA

n suma, sin m´ no habr´ sociedad posible ı ıa ni relaciones s´lidas y agradables en la o vida; sin m´ a la verdad, el pueblo no soportar´ ı, ıa largo tiempo a su pr´ ıncipe, el se˜or a su criado, n la criada a su due˜a, el disc´ n ıpulo a su preceptor, el amigo a su amigo, la esposa a su marido, el mesonero a su hu´sped, el compa˜ero a su come n pa˜ero ni el convidado al anfitri´n; si no se enn o ga˜aran mutuamente, se adularan unos a otros n y usaran de complacencia, frot´ndose rec´ a ıprocamente con la miel de la necedad. S´ que todo e esto lo juzg´is extraordinario; pero vais a o´ ala ır go m´s extraordinario todav´ a ıa.

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CAPITULO XXII
PAPEL QUE DESEMPEA FILAUCIA (EL AMOR PROPIO), HERMANA CARNAL DE LA NECEDAD

ecidme, yo os ruego: ¿Puede amar a alguien el hombre que se odia a s´ mismo? ı ¿Puede estar de acuerdo con otro quien no lo est´ consigo? ¿Es posible que agrade a los dem´s a a el que para s´ sea molesto e insoportable? Creo ı que no habr´ quien lo afirme, como no sea m´s a a necio que la Necedad. Y a´n a˜ado que si se u n prescindiese de m´ de tal modo nadie podr´ ı, ıa soportar a otro, que cada cual se apestar´ a ıa s´ mismo, de s´ propio sentir´ asco y a s´ propio ı ı ıa ı se odiar´ ya que la Naturaleza, que no pocas ıa, veces m´s bien que madre es madrastra, ha disa puesto de tal manera el esp´ ıritu de los mortales,

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principalmente de los menos sensatos, que los incita a despreciar lo suyo y a admirar lo ajeno, lo cual es motivo de que todas las buenas cualidades y todos los atractivos y encantos de la vida se malogren o perezcan. ¿De qu´ servir´ e ıa, por ejemplo, la hermosura, ese raro don de los dioses, si se contaminase con la mancha de la afectaci´n? ¿De qu´ la juventud si la corromo e piese el humor avinagrado de la vejez? Y puesto que la belleza debe ser reputada, no s´lo como el principio esencial del Arte, sino o tambi´n de todas nuestras acciones, ¿qu´ es lo e e que el hombre lograr´ realizar bellamente, ya ıa para s´ ya para los dem´s, si no le tendiese su ı, a mano el Amor Propio, es decir, Filaucia, que se sienta a mi diestra y que bien puedo llamar mi hermana, porque con tanta diligencia me suple en todas partes? ¿Hay algo que sea m´s necio a que la complacencia y la admiraci´n de s´ miso ı mo? Y, sin embargo, si est´is descontentos de a vosotros, ¿qu´ es lo que podr´ hacer con gene ıa tileza, con gracia y con dignidad? Quitad este est´ ımulo del amor propio, y al punto el orador languidecer´ en su acci´n; el m´sico no consea o u

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XXII

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guir´ emocionar a nadie con sus cadencias; el a actor, con todo su dominio esc´nico, no recoe ger´ m´s que silbidos; el poeta y sus Musas a a ser´n objetos de irrisi´n, y el pintor y su arte, a o desde˜ados; el m´dico, con todas sus drogas, se n e morir´ de hambre, y, en fin, veremos convertidos a al lindo Nireo en el fe´ ısimo Tersites, al rejuvenecido Fa´n en el anciano N´stor, a Minerva en o e cerdo, al locuaz en balbuciente y al cort´s en e pat´n. ¡Tan necesario es que cada cual se lisona jee a s´ mismo y se procure su estimaci´n antes ı o de buscar el aprecio de los dem´s! a En fin, como la primera condici´n de la felicio dad consiste en ser cada uno lo que quiere ser, mi hermana Filaucia da para ello grandes facilidades y abrevia el camino haciendo que nadie se queje de su fisonom´ ni de su ingenio, ni de su ıa, nacimiento, ni de su estado, ni de su educaci´n, o ni de su patria, de tal manera que el irland´s no e quiera cambiar por el italiano, ni el tracio por el ateniense, ni el escita por el nacido en las islas Afortunadas. Y ¡oh admirable solicitud de la Naturaleza, que en tanta variedad de cosas todo lo iguala! Si ella niega a alguno ciertos dones, a

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´se precisamente le concede Filaucia alguna mae yor parte de los suyos. . . , aunque en verdad que al hablar as´ hablo neciamente, ya que los doı nes de Filaucia son los m´s importantes que se a pueden apetecer. No necesito, mientras tanto, deciros que no hay ninguna magna empresa sin mi est´ ımulo, ni artes o ciencias que yo no haya inventado.

CAPITULO XXIII
LA NECEDAD ES LA CAUSA DE LA GUERRA

caso no es la guerra el germen y la fuente de todos los hechos memorables? Y, sin embargo, ¿qu´ hay m´s necio que empe˜arse en e a n una de esas luchas sin saber por qu´, de d´nde e o ambos bandos sacar´n siempre mayor perjuicio a que utilidad, y en las que los que sucumben, como se dec´ de los megarenses, nada signifiıa can? Cuando dos ej´rcitos est´n frente a frente y e a resuena el ronco estridor de los clarines, ¿de qu´ servir´ esos sabios consumidos por el ese ıan tudio, cuya sangre, d´bil y helada, apenas puede e sostener su esp´ ıritu? Entonces, los que se necesitan son robustos y bien alimentados, que tengan m´s audacia que inteligencia, a no ser que se a prefieran guerreros como Dem´stenes, quien, sio guiendo el consejo de Arqu´ ıloco, apenas divis´ al o enemigo, tir´ el escudo y huy´, mostr´ndose tan o o a cobarde soldado como formidable orador. Mas la inteligencia, se dir´, es de gran impora

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tancia en la guerra; indudablemente, y as´ lo ı reconozco por lo que al jefe se refiere, y aun en este caso se necesita una inteligencia militar y no filos´fica. Por lo dem´s, los truhanes, los o a alcahuetes, los ladrones, los asesinos, los villanos, los imb´ciles, los petardistas y aquellos que e se llaman la hez del pueblo, son los que llevan a cabo empresas tan preclaras, pero nunca las lumbreras de la Filosof´ ıa.

CAPITULO XXIV
INUTILIDAD DE LOS SABIOS PARA TODOS LOS MENESTERES DE LA VIDA

e cu´n in´tiles sean los sabios para todos a u los menesteres de la vida puede servir de ejemplo el mismo S´crates, juzgado, aunque con o poco acierto, como sabio unico por el or´culo ´ a de Apolo, y el cual, habiendo querido tratar en p´blico no s´ qu´ asunto, tuvo que retirarse en u e e medio de la rechiflada general de su auditorio. Verdad es que este var´n no hab´ perdido el juio ıa cio completamente, porque nunca quiso admitir para s´ el t´ ı ıtulo de sabio, atribuy´ndolo s´lo a e o Dios, y porque estimaba que el sabio deb´ manıa tenerse apartado de la pol´ ıtica, aunque hubiera hecho much´ ısimo mejor ense˜ando, que el que n aspire a vivir entre los hombres debe abstenerse de toda sabidur´ ¿Qu´ fu´ sino su sabidur´ ıa. e e ıa lo que le llev´ a ser v´ o ıctima de una acusaci´n y o condenado a beber la cicuta? Mientras filosofaba cerca de las nubes y de las ideas, y contaba los pasos de una pulga, y se extasiaba con el

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zumbido de un mosquito, no aprend´ aquellas ıa cosas que le eran m´s necesarias para la vida. a Y Plat´n, su disc´ o ıpulo, ¿c´mo defendi´ a su o o maestro? ¡Como abogado! Y por eso, atolondrado por los gritos de la muchedumbre, apenas si pudo acabar su primer per´ ıodo. ¿Qu´ dir´ ahoe e ra de Teofrasto, que al empezar cierta arenga enmudeci´ de repente, como si hubiese visto a o un lobo? Is´crates, que era capaz de animar a o los soldados en un campo de batalla, era de tal timidez, que jam´s se atrevi´ a chistar en a o p´blico. Marco Tulio Cicer´n, el pr´ u o ıncipe de la elocuencia romana, temblaba y balbuc´ como ıa un ni˜o cuando comenzaba sus discursos, y, por n m´s que diga Fabio Quintiliano que esta timia dez es propia de un orador inteligente y conocedor del peligro, no es posible decir esto sin reconocer abiertamente que la sabidur´ es un ıa obst´culo para hacer las cosas con perfecci´n. a o ¿Qu´ habr´ hecho estos sabios de haberse vise ıan to en el trance de combatir con las armas, si se mor´ de miedo cuando ten´ que combatir ıan ıan con meras palabras? A pesar de ello, se ensalza (¡sea!) aquella fa-

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mosa sentencia de Plat´n: “¡Qu´ felices ser´ o e ıan los pueblos si los reyes fueran fil´sofos, o los o fil´sofos reyes!” Pero si consult´is la Historia, os o a convencer´is de que nunca ha habido gobiernos e m´s funestos para las naciones que aquellos en a que el Poder cay´ en manos de alg´n filosofaso u tro o de alg´n aficionado a las letras, de lo cual u creo son suficiente testimonio los Catones, uno de los cuales trastorn´ la Rep´blica con denuno u cias insensatas, y el otro ech´ por tierra hasta o los cimientos de la libertad del pueblo romano, por defenderla con demasiada sabidur´ ıa. A˜adid a ´stos los Brutos, los Casios, los Gran e cos y hasta al mismo Cicer´n, que no fu´ meo e nos pernicioso para la Rep´blica romana que u Dem´stenes para la ateniense. Marco Aurelio o Antonio, aun concediendo que fuese un buen emperador –si bien podr´ ponerlo en duda, porıa que, por haber sido fil´sofo tan consumado, su o mismo nombre se hab´ hecho antip´tico y odioıa a so a los ciudadanos–, pero aun concediendo, repito, que fuese bueno, es indudable que el gobierno de su hijo Commodo result´ tan desaso troso para Roma, cuanto saludable hab´ sido ıa

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el del padre, porque es de notar que todos los que se entregan al estudio de la sabidur´ siendo ıa, infelic´ ısimos en las cosas del mundo, lo son singularmente en la procreaci´n de sus hijos, en lo o cual, a mi juicio, la previsora Naturaleza procura que el mal de la sabidur´ no invada la especie ıa humana y, por eso, Cicer´n tuvo un hijo degeo nerado, como es sabido, y los del sabio S´crates o salieron m´s a la madre que al padre, seg´n lo a u ha hecho notar cierto autor, lo cual vale tanto como decir que fueron tontos.

CAPITULO XXV
´ CONTINUA LA MISMA MATERIA

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udiera, sin embargo, tolerarse a los sabios el desempe˜o de los cargos p´blicos, n u aunque nos hiciesen el efecto de asnos tocando la lira, con tal que en los restantes negocios mostraran singular maestr´ pero llevad un sabio a ıa; un banquete, y es seguro que aguar´ la fiesta con a su melanc´lico silencio o con sus impertinentes o cuestioncillas; hacedle bailar, y creer´is ver sale tar a un camello; conducidle a un espect´culo, y a s´lo mirarle a la cara bastar´ para que nadie se o a divierta y, como al sabio Cat´n, se le rogar´ que o a abandone el teatro, ya que no puede desarrugar el entrecejo; si cae en medio de una conversaci´n, caer´ de improviso como el lobo de la o a f´bula; si se trata de compras, de convenios, en a una palabra, de alguna de esas cosas de las que no puede prescindirse en la vida diaria, dir´ ıais que nuestro sabio m´s parece un tronco que un a hombre. Por tanto, como es del todo inh´bil para las a

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cosas ordinarias y discrepa enteramente de las opiniones y de las costumbres del vulgo, resulta absolutamente in´til para s´ para los suyos y u ı, para la patria; por lo cual se comprende tambi´n e que tal diferencia de conducta y de sentimientos debe hacerle aborrecible para todo el mundo. As´ pues, como nada hay en el mundo que no ı, est´ lleno de necedad, y hecho por necios y para e necios, yo aconsejar´ a aquel que pretendiera ıa ir contra la corriente que, imitando a Tim´n, el o mis´ntropo, se vaya a un desierto, y all´ solito a ı podr´ refocilarse con su sabidur´ a ıa.

CAPITULO XXVI
IMPORTANCIA POL´ ITICA DE LA NECEDAD

as, volviendo a mi prop´sito, ¿qu´ fuero e za ha podido reunir en ciudades a hombres salvajes, rudos e ignorantes, sino la adulaci´n? No otra cosa significan las simb´licas c´ o o ıtaras de Anfi´n y de Orfeo. ¿Qu´ fu´ lo que devolo e e vi´ la tranquilidad a la plebe romana, cuando o ya estaba pr´xima a sucumbir? ¿Acaso un diso curso filos´fico? Nada de eso, sino el pueril y o rid´ ıculo ap´logo del vientre y de las dem´s paro a tes del cuerpo, de an´loga virtud que el otro de a Tem´ ıstocles sobre la zorra y el erizo. Ninguna disertaci´n filos´fica llegar´ a producir un efeco o ıa to semejante al que produjo aquella f´bula de la a cierva de Sertorio, o la de los perros de Licurgo, o tambi´n aquella otra, digna de risa, sobre la e manera de arrancar los pelos de la cola del caballo del mismo Sertorio, y no quiero decir nada de Minos y de Numa, que gobernaron al pueblo necio con sus fabulosas invenciones. Tales son las tonter´ que exaltan a esa enorme y poderosa ıas

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bestia que llamamos pueblo.

CAPITULO XXVII
´ LA VIDA HUMANA NO ES MAS QUE UN JUEGO DE NECIOS

ero, adem´s, ¿qu´ estados quisieron a e adoptar alguna vez las leyes de Plat´n o o de Arist´teles o las m´ximas de S´crates? o a o ¿Qu´ fu´ lo que determin´ a los dacios a sae e o crificarse espont´neamente a los dioses manes, a y lo que arrastr´ a Quinto Curcio hasta el abiso mo sin la vanagloria, esa encantadora sirena tan extraordinariamente vilipendiada por aquellos fil´sofos? o

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Porque ellos os dicen que nada hay m´s nea cio que un candidato que halaga al pueblo para obtener sus votos, comprar con prodigalidades sus favores, andar a caza de los aplausos de los tontos, complacerse con las aclamaciones, ser llevado en triunfo como una bandera, y hacerse levantar una estatua de bronce en medio

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del Foro. Agregad a esto, contin´an, la adopci´n u o de nombres y sobrenombres, los honores divinos otorgados a gentes que apenas merecen el calificativo de hombres, y los que en las p´blicas u ceremonias se dedican a tiranos infames, equipar´ndolos a los dioses, y d´ a ıgase si todo esto no es tan rematadamente necio, que no bastar´ un ıa solo Dem´crito para re´ de ello. o ırse Y yo contesto: ¿Qui´n lo niega? Mas, a pee sar de ser as´ esa necedad es el manantial de ı, donde nacieron los hechos famosos de los grandes h´roes que han exaltado hasta las nubes los e oradores y literatos; y ella es la que engendra las naciones, conserva los imperios, las leyes, la religi´n, las asambleas y los tribunales, porque o la vida humana no es otra cosa que un juego de necios.

CAPITULO XXVIII
LAS ARTES, FRUTO DE LA VANAGLORIA

hora dir´ algo sobre las artes. ¿Qu´ es, e e decidme, lo que mueve al ingenio humano a cultivar tales disciplinas, tenidas como excelsas, y a transmitirlas a la posteridad? ¿No es la sed de gloria? De tantas vigilias y fatigas crey´ronse resarcidos algunos hombres verdadee ramente necios con no s´ qu´ fama, que es la coe e sa m´s quim´rica de la tierra. Pero vosotros no a e olvid´is, entre tanto, cu´ntas son ya las ventajas e a excelentes de la vida que deb´is a esta necedad e y, sobre todo, la que es mucho m´s agradable, a a saber: saborear la necedad de los dem´s. a

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CAPITULO XXIX
LA VERDADERA PRUDENCIA SE DEBE A LA NECEDAD

s´ pues, despu´s de haber reclamado paı, e ra m´ las excelencias del valor y del inı genio, ¿qu´ dir´ si reclamase tambi´n las de e ıais e la prudencia? Alguno pensar´ que esto es quea rer demostrar que el agua puede mezclarse con el fuego; no obstante, yo espero salir con mi prop´sito, si, como hasta aqu´ me segu´ cono ı, ıs cediendo vuestra ben´vola atenci´n. e o En primer lugar, si es cierto que la prudencia consiste en el uso que se hace de las cosas, ¿a qui´n debe aplicarse con m´s propiedad el e a nombre de prudente: al sabio, que en parte por modestia, en parte por timidez de car´cter, no a se atreve a emprender nada, o al necio, a quien ni la verg¨enza de que carece, ni el miedo al peu ligro, que nunca se para a considerar, le hacen que ante nada retroceda? Ref´giase el sabio en los libros de los antiguos, u de lo que no saca m´s que un mero artificio de a palabras, mientras que el necio, arrostrando de

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cerca los peligros, adquiere, si no me equivoco, la verdadera prudencia. Homero, aunque ciego, parece que vi´ esta cuesti´n del mismo modo, o o cuando dijo que “el necio no conoce m´s que los a hechos”. Dos obst´culos hay, principalmente, que difia cultan el conocimiento de las cosas: la verg¨enu za, que ofusca el esp´ ıritu, y el miedo, que, presentando el peligro, disuade de acometer las grandes acciones. De ambos os libra maravillosamente la Necedad; pero son pocos los hombres que comprenden las m´ltiples ventajas que prou porciona el no avergonzarse por nada y el atreverse a todo. Y si acaso hubiere entre vosotros algunos de esos que prefieren adquirir aquella prudencia que consiste en una b´squeda, a base u de reflexi´n, del justo valor de las cosas, os rueo go que me oig´is cu´n lejos est´n de ella los que a a a se escudan con su nombre. Es preciso notar, desde luego, que todas las cosas humanas, como las Silenas de Alcib´ ıades, tienen dos caras que no se parecen en nada, de tal modo, que si lo que es juzgado solamente por lo exterior se hubiera tomado por la muerte, es

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realmente la vida si se sondea el interior; y, al contrario, lo que es vida por fuera, es muerte por dentro; lo que es hermoso es feo; la opulencia, miserable; lo infame, glorioso; la sabidur´ ıa, ignorancia; lo fuerte, d´bil; lo noble, plebeyo; lo e alegre, triste; lo pr´spero, adverso; la amistad, o el odio; lo da˜oso, saludable. En una palabra, n abrid la Silena y todo cambia. Si esto parece tal vez a alguno de vosotros demasiado filos´fico, voy a hablaros de una manera o m´s vulgar y a poner mis palabras al alcance de a todos. ¿Qui´n no creer´ que un rey es un home a bre opulento y poderoso? Pero si su alma no est´ dispuesta para el bien ni est´ satisfecha con a a los tesoros que posee, es un rey verdaderamente muy pobre, y si est´ dominado por los vicios, es a un vil esclavo. El mismo razonamiento valdr´ ıa para otros muchos casos, pero basta para mi objeto el ejemplo anterior. Y ¿a qu´ viene todo e esto?, dir´ alguno. Escuchad la ense˜anza que a n deduzco de ello: Si cuando los actores est´n en escena se le ocua rriese a alguno quitarles las m´scaras para mosa

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trar a los espectadores sus rostros verdaderos y naturales, ¿no trastornar´ la comedia y no ıa merecer´ que el p´blico le arrojase del teatro ıa u a pedradas como a un loco de atar? Evidentemente, porque en un momento todo cambiar´ ıa de aspecto; la mujer no ser´ m´s que un homıa a bre, y el joven, un viejo; el que poco antes era rey se convertir´ en un esclavo, y el que hac´ ıa ıa de Dios, era un pobre hombre. Pero al deshacer las apariencias se habr´ perturbado toda la ıa comedia, porque precisamente los disfraces y el afeite son los que mantienen la atenci´n de los o espectadores.

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Pues bien: ¿qu´ otra cosa es la vida humae na sino una comedia como otra cualquiera, en la que cada uno sale cubierto con su m´scara a a representar su papel respectivo, hasta que el director de escena les manda retirarse de las tablas? Frecuentemente, ´ste hace representar al e mismo actor diversos papeles, y as´ el que acaba ı, de aparecer bajo la p´rpura de un rey, reapareu ce luego bajo los andrajos de un esclavo. Todo disimulado, cierta mente; pero la comedia no se representa de otro modo. Si, pues, un sabio bajado del cielo apareciese de repente y comenzase a decir: “Este, a quien todos creen dios y se˜or, no es ni siquiera homn bre, porque dej´ndose arrastrar como un borrea go por sus pasiones, en realidad es un esclavo de ´ ınfima condici´n, puesto que se complace en sero vir a tantos y a tan infames amos; este otro, que llora la muerte de su padre, deber´ alegrarse, ıa porque ahora es, verdaderamente, cuando ´ste e comienza a vivir, ya que esta vida no es otra cosa que una continua muerte; aquel otro, orgulloso de su estirpe, plebeyo y bastardo se habr´ ıa de llamar, porque est´ muy lejos de la virtud, a

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que es la unica fuente de nobleza.” Si este sabio ´ de mi ejemplo hablase de todo lo dem´s de la a misma manera, ¿qu´ conseguir´ sino ser tenido e ıa por todos por un loco de remate? Creedme: de la misma suerte que no hay nada m´s necio que la sabidur´ importuna, nada a ıa hay tampoco m´s imprudente que la prudencia a mal entendida, porque no entiende el asunto el que pretende que la comedia deje de ser comedia, y no sabe acomodarse al tiempo y a las circunstancias o, al menos, no quiere acordarse de aquella regla de los banquetes que dice: O bebe o l´rgate. a Por el contrario, el verdadero prudente ser´ el a que sabiendo que es mortal, no se meta en libros de caballer´ y obra como la mayor parte de los ıa hombres, que, o se avienen a hacer como que no ven, o se enga˜an con mucha cortes´ ¡Pero n ıa. esto, se dir´, no es m´s que necedad! De ning´n a a u modo he de negarlo, con tal que se reconozca a su vez que tal es el modo de representar la comedia humana.

CAPITULO XXX
LA NECEDAD CONDUCE A LA SABIDUR´ INTOLERABLE IA, ´ CONDICION DE LOS QUE EL VULGO TIENE POR SABIOS

h dioses inmortales! ¿Callar´ o dir´ lo que e e resta? Y ¿por qu´ he de callarlo, si es e la pura verdad? Pero, antes de abordar tan alta empresa, acaso ser´ m´s conveniente impeıa a trar el auxilio de las Musas del Helic´n, que los o poetas suelen invocar tantas veces por simples nonadas. ¡Inspiradme, pues, un momento, hijas de J´piter, para mostrar que nadie puede llegar u a alcanzar la excelsa sabidur´ donde reside el ıa, tesoro de la felicidad, sin tomar por gu´ a la ıa Necedad! Primeramente, est´ fuera de duda que todas a las humanas pasiones son del dominio de la necedad, puesto que la caracter´ ıstica que distingue al necio del sabio es que aqu´l se deja llevar por e ellas, mientras que ´ste sigue los dictados de la e raz´n. Por eso los estoicos recomiendan al sabio o que se aparte de tal g´nero de des´rdenes, como e o si se tratara de enfermedades; no obstante, las

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pasiones, no s´lo hacen las veces de pilotos pao ra los que quieren navegar hacia el puerto de la sabidur´ sino que tambi´n suelen ser en todo ıa, e acto de virtud algo as´ como espuela y acicate ı que estimulan a obrar bien. Y si es bien cierto que S´neca es t´ e ıpico hasta m´s no poder, sostiene tenazmente que el saa bio debe carecer de toda clase de pasiones; sin embargo, al hacer esa afirmaci´n no dej´ en el o o sabio nada de ser humano, ser´ como una espeıa cie de Dios o un demiurgo, que no ha existido ni existir´ nunca sobre la tierra; es m´s: para dea a cirlo m´s claro, ser´ una estatua de m´rmol con a ıa a figura de hombre, pero insensible y por completo ajena a todo humano sentimiento. Por tanto, gocen en paz los estoicos de este su sabio, si les place; ´menle sin temor a rival alguno, pero via van con ´l all´ en la ciudad de Plat´n o, si les e a o parece mejor, en la regi´n de las Ideas o en los o jardines de T´ntalo. a Nadie habr´ en verdad, que no huyese, horroıa, rizado, como de un monstruo o de un espectro, de un hombre tal, sordo a todos los sentimientos de la Naturaleza; de un hombre sin pasi´n alguo

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XXX

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na, a quien ni el amor ni la misericordia le hacen m´s mella que si fuese de pedernal o de roca de a m´rmol; de un hombre a quien nada se le oculta a y nunca se equivoca, sino que, como otro Linceo, todo lo descubre, todo lo pesa y mide con minuciosidad, y nada ignora; de un hombre que s´lo est´ contento de s´ mismo y que se cree el o a ı unico fuerte, el unico prudente, el unico sobe´ ´ ´ rano, el unico libre y, en una palabra, el unico ´ ´ en todas las cosas, aunque s´lo en su opini´n; de o o un hombre que no convive con los amigos, porque no tiene ninguno; de un hombre, en fin, que no reparar´ en mandar ahorcar a los mismos ıa dioses, y que todo cuanto ve hacer a los dem´s a lo condena como extravagante y se r´ de ello. ıe Tal es el bicho raro que los estoicos consideran como el prototipo del sabio. Decidme, pues: si se tratase de elegir, ¿qu´ nae ci´n elegir´ un gobernante de este tipo, ni o ıa qu´ ej´rcito lo designar´ para general? Digo e e ıa m´s: ¿qu´ mujer querr´ un marido semejante, a e ıa qu´ hu´sped invitar´ a tal convidado, qu´ criae e ıa e do tomar´ un amo de esa catadura o ser´ capaz ıa ıa de soportarle? ¿Qui´n no ha de preferir a uno e

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cualquiera de entre los m´s necios de la plebe, a que, siendo necio, podr´ mandar u obedecer a a los necios, que ser´ agradable para con sus sea mejantes, y la inmensa mayor´ complaciente ıa, con su mujer, alegre con sus amigos, atento con sus convidados, afable compa˜ero, y, por ultin ´ mo, que nada que sea humano ha de reputarlo ajeno a su persona? Mas como ya hace tiempo que voy sintiendo l´stima de este pobre sabio, vuelvo a hablar de a los dem´s beneficios que proporciono a los homa bres.

CAPITULO XXXI
LAS CALAMIDADES HUMANAS REMEDIADAS POR LA NECEDAD. —FAVORES ESPECIALES QUE DISPENSA A LOS VIEJOS Y A LAS VIEJAS

eamos: si alguien desde una excelsa atalaya mirase en torno de s´ como hace ı, J´piter, seg´n dicen los poetas, ver´ cu´ntas u u ıa a calamidades afligen la vida de los hombres: nacimiento inmundo y miserable, crianza penosa, infancia expuesta a tantos rigores, juventud sujeta a un sinn´mero de fatigas, ancianidad lleu na de molestias y, por fin, la muerte inexorable. Ver´ tambi´n la multitud de enfermedades que ıa e acosan la vida humana, los infinitos accidentes que la amenazan, las muchas desgracias que sobrevienen y c´mo no hay nadie que no est´ reo e bosando hiel. No hablo de los males que el hombre causa al hombre, como son, por ejemplo, la pobreza, la c´rcel, la infamia, la verg¨enza, las torturas, las a u asechanzas, la traici´n, las injurias, los litigios, o los fraudes. . . Pero ¡parece que intento contar las arenas del mar! No os voy a explicar ahora la

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raz´n de que los hombres hayan merecido tales o castigos, ni que Dios, encolerizado, los haya hecho nacer en tales desventuras; pero el que medite sobre esto, ¿acaso no disculpar´ el suicidio de a las doncellas de Mileto, aunque se compadezca de ellas? Con todo, ¿qui´nes han sido principalmente e los que apelaron al suicidio como recurso contra el destino y contra el hast´ de la vida? ¿No ıo fueron, por ventura, los devotos de la sabidur´ ıa? Sin hablar de los Di´genes, de los Jen´crates, de o o los Catones, de los Casios y de los Brutos, os citar´ solamente a aquel Quir´n que, pudiendo e o gozar de la inmortalidad, prefiri´ de buen grado o la muerte. Supongo que comprender´is bien lo que ser´ e ıa del mundo si todos los hombres fueran como estos sabios; muy pronto la tierra se quedar´ ıa desierta y habr´ que echar mano a una arciıa lla y acudir a otro alfarero como Prometeo. Por eso yo, vali´ndome unas veces de la ignorancia, e otras de la irreflexi´n, algunas del olvido de los o males, no pocas de la esperanza de los bienes y, en ocasiones, de una gota de la miel de los delei-

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XV

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tes, voy remediando de tal modo las inn´meras u calamidades humanas, que ning´n mortal quieu re dejar la vida aunque se le acabe el hilo de las Parcas y haga ya tiempo que comenz´ a despeo dirse del mundo. Las mismas razones que deb´ ıan convencerle para no desear conservar la existencia, son, sin embargo, las que le incitan a querer vivir m´s; ¡tanto aborrecen experimentar cuala quier tristeza! Si; gracias a m´ vemos por doquier a esos vieı, jos de senectud nest´rea que apenas tienen ya o forma humana, balbucientes, chochos, desdentados canosos, calvos y –para pintarlos mejor con las palabras de Arist´fanes– “s´rdidos, encorvao o dos, fatigosos, arrugados, pelados, sin dientes e impotentes”, pero que de tal modo les vemos amar la vida, que hacen todo lo posible por rejuvenecerse; y as´ el uno se ti˜e las canas, el ı, n otro disimula la calva con una peluca postiza, el otro se guarnece la boca con dientes, que acaso pertenecieron a un cerdo; ´ste se muere de e amor por una jovencilla y comete por ella m´s a extravagancias que un adolescente, y no es raro que cuando ya est´n decr´pitos y con un pie en a e

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la sepultura, se casen con alguna jovenzuela sin dote, que har´ la dicha de los otros, cosa tan a com´n en nuestros d´ que casi se la estima u ıas, como un m´rito. e

Pero a´n resulta mucho m´s divertido el ver u a a ciertas viejas, que casi ya se caen de viejas, y tienen tal aspecto de cad´ver que parecen difuna tas resucitadas, decir a todas horas que la vida es muy dulce, estar todav´ en celo, o sensuales ıa como cabras, usando de la frase griega; las cuales seducen a buen precio a un nuevo Fa´n, se emo

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XV

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badurnan constantemente el rostro con afeites, nunca se separan del espejo, se depilan las partes secretas, ense˜an todav´ sus pechos blandos y n ıa marchitos, solicitan con tembloroso gru˜ido sus n apetitos l´nguidos, beben a todas horas, se meza clan en los bailes de las muchachas y escriben cartitas amorosas. Todo el mundo se r´ de ellas ıe y las considera como lo que son: muy necias; pero ellas est´n contentas de s´ mismas, h´llanse a ı a mientras tanto en sus delicias, y dichosas con mis favores, res´ltales la vida una pura miel. u

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Para quienes todo esto es una ridiculez, reflexionen y me digan si no vale m´s dejarse llevar a de esas necedades que as´ endulzan la existenı cia, que buscar un ´rbol donde ahorcarse, como a vulgarmente se dice, pues tengan en cuenta que si el vulgo juzga aquello como una deshonra vergonzosa, a mis adeptos, los necios, les importa un bledo, porque el deshonor apenas los alcanza, o, si los alcanza, no necesitan mucho trabajo para despreciarlo. Que les caiga una piedra sobre la cabeza, y eso s´ que es una desgracia; peı ro como la verg¨enza, la infamia, la deshonra y u las injurias, en tanto ofenden en cuanto se tiene conciencia de ellas, claro es que cuando falta esa conciencia no se estiman como males. ¿Qu´ os e importa a vosotros de que todo el mundo os silbe, con tal que vosotros mismos os aplaud´is? a Pues bien: solamente la Necedad permite hacer estas cosas.

CAPITULO XXXII
ELOGIO DE LA IGNORANCIA. –LA EDAD DE ORO.– LAS CIENCIAS SON MALES DE LA VIDA

ero me parece que oigo protestar a los fil´sofos: “Eso que t´ ensalzas –dicen o u ellos– es deplorable; es ser dominado por la necedad y en virtud de ella errar, ignorarse, ignorar.” Precisamente –les contesto yo– eso es ser hombre; y no veo por qu´ lo llam´is deplorae a ble, cuando as´ tambi´n hab´is nacido vosotros, ı e e as´ os hab´is criado, as´ os hab´is educado, y ´sa ı e ı e e es la suerte com´n a todos los mortales. u No es posible decir que sea deplorable aquello que se deriva de la propia naturaleza del ser, a menos que se crea que hay que compadecer al hombre porque no puede volar como las aves, ni andar a cuatro patas como los cuadr´pedos, u ni estar armado de cuernos como el toro. Por el mismo motivo se podr´ decir que un hermoıa so caballo es desdichado porque no conoce la gram´tica ni come pasteles, y que tambi´n lo a e es el toro porque no puede hacer gimnasia. Por

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consiguiente, del mismo modo que el caballo no es desgraciado porque desconozca la Gram´tica, a as´ el hombre tampoco lo es porque sea necio, ı puesto que la necedad h´llase conforme con su a naturaleza. Pero a esto replican los sofistas: “El conocimiento de las ciencias es peculiar al hombre, con cuyo auxilio compensa el entendimiento las deficiencias de la Naturaleza.” Como si la Naturaleza –respondo yo– hubiese tenido al crear al hombre una ley distinta de la que tuvo al crear a los dem´s seres, y como si ella, tan previsoa ra para los mosquitos y hasta para las hierbas y las florecillas, solamente se hubiese dormido con respecto al hombre, forz´ndole a buscar las a ciencias; m´s bien hay que decir que Teuto, ese a genio malhechor enemigo del g´nero humano, e las ide´ para colmo de sus tormentos, ya que o resultan tan poco utiles para la dicha que hasta ´ perjudican a quien las alcanza, si se mira el fin con que fueron propiamente descubiertas, como, seg´n Plat´n, dijo con admirable frase un rey u o sapient´ ısimo sobre la invenci´n de la escritura. o Por tanto, reconozcamos que las ciencias fue-

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XXXII

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ron introducidas como una de tantas calamidades de la vida humana, y por eso a los autores de estos males, de quienes proceden todas las desventuras, se los llama demonios, nombre que en griego equivaldr´ a da monac, que significa los ıa que saben. ¡Oh, qu´ sencillas eran aquellas gentes de la e edad de oro, que desprovistas de toda especie de ciencia, viv´ sin m´s gu´ que las inspiraıan a ıa ciones de la Naturaleza y la fuerza del instinto! ¿Para qu´ era necesaria la Gram´tica, cuane a do el idioma era el mismo para todos y no se buscaba en el lenguaje otra cosa que entenderse unos con otros? ¿De qu´ les hubiera valido e la Dial´ctica, no habiendo opiniones contrarias? e ¿Qu´ lugar podr´ tener entre ellos la Ret´rie ıa o ca, no meti´ndose nadie en los negocios ajenos? e ¿Para qu´ recurrir a la Jurisprudencia, si estae ban apartados de las malas costumbres, que han sido, sin duda alguna, el origen de las buenas leyes? Los hombres eran demasiado religiosos como para llegar22, con imp´ curiosidad, a escudri˜ar ıa n
En la traducci´n de A.R.B. este p´rrafo comienza: “No obstante ser mucho m´s religiosos aquellos o a a hombres que los de ahora, no llegaban” y prosigue tal cual
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los arcanos del Universo, las dimensiones de los astros, sus movimientos, sus efectos y las rec´nditas causas de las cosas. Se consideraba o como un crimen el que alguien intentase penetrar m´s all´ de lo que sus fuerzas le permit´ a a ıan, y la locura de sondear lo que sucede m´s all´ de a a los cielos, ni siquiera se le pasaba a ninguno por la imaginaci´n. o Mas, perdida poco a poco esta ignorancia de la edad de oro, fueron inventadas las ciencias, como he dicho, por los genios del mal, si bien al principio, en corto n´mero, fueron por muy u pocos cultivadas; despu´s, la superstici´n de los e o caldeos y la ociosa fantas´ de los griegos a˜adieıa n ron otras mil, verdaderos tormentos del esp´ ıritu, hasta el punto de que una sola de ellas, la Gram´tica, basta y sobra para torturar toda la a vida de un hombre.

CAPITULO XXXIII
´ CIENCIAS QUE MAS SE CONFORMAN CON LA NECEDAD

o obstante, las m´s estimadas entre todas a estas ciencias son las que m´s se aproa ximan al sentido com´n, es decir, a la necedad. u Mueren de hambre los te´logos, desali´ntanse o e los f´ ısicos, son objeto de burla los astr´logos, y o de menosprecio los dial´cticos, y solamente el e m´dico vale m´s que muchos hombres, porque e a a los de este oficio, cuanto m´s ignorantes, aua daces e indiscretos son, en mayor aprecio se los tiene aun entre la gente principal; y as´ pueı de afirmarse que la Medicina, especialmente tal como la ejercen hoy muchos, no es otra cosa que el arte de agradar a su enfermo, en tanto grado como pueda serlo la Ret´rica con respecto a su o auditorio.

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Despu´s de los m´dicos, ocupan el lugar ine e mediato los leguleyos (si es que no ocupan el primero), de cuya profesi´n acostumbran buro larse los fil´sofos un´nimemente, por consideo a rarla propia de jumentos. Yo nunca ser´ de esta e opini´n, pues lo cierto es que estos burros son o los que regulan a su antojo los grandes y los peque˜os negocios de la vida y ven aumentar su n fortuna, mientras los te´logos, despu´s de haber o e sacado de sus tinteros todo lo divino, devoran

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XXXIII

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sus habas y hacen una guerra sin cuartel a las chinches y a los piojos.

As´ pues, como las ciencias que proporcionan ı, mayor provecho son las que guardan mayor afinidad con la Necedad, as´ tambi´n los hombres ı e m´s felices son los que logran abstenerse absoa lutamente de toda relaci´n con las ciencias y se o dejan guiar tan s´lo por la Naturaleza, que en o nada nos falta sino cuando se pretende traspasar sus l´ ımites, y la cual odia lo artificial y se muestra tanto m´s hermosa all´ donde no ha sia ı do profanada por el arte.

CAPITULO XXXIV
´ LOS ANIMALES SON MAS FELICES QUE EL HOMBRE

eamos: ¿No veis acaso que entre los animales de otras especies viven m´s dia chosos los que son completamente ajenos a toda educaci´n y no se dejan conducir por otro gu´ o ıa que no sea la Naturaleza? ¿Qui´nes m´s felie a ces y admirables que las abejas, a pesar de no tener todos los sentidos? ¿Qu´ arquitecto puee de igualarlas en la construcci´n de edificios, o o qu´ fil´sofo ha fundado jam´s una rep´blica see o a u mejante? En cambio, el caballo, por tener una inteligencia parecida a la del hombre y vivir bajo su mismo techo, es tambi´n part´ e ıcipe de las humanas desdichas, y as´ no es raro verle reventar ı, en las carreras por el af´n de no ser vencido, o a caer herido en los campos de batalla, ganoso de triunfar y, junto con el jinete, morder el polvo de la tierra. Y eso que no hablo del freno que lo contiene, ni de las espuelas que lo punzan, ni de la prisi´n de la cuadra, ni de los latigazos, palos, o

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bridas y jinete, ni en fin, de todo el atalaje de la esclavitud, a la que se someti´ voluntariamente o cuando, por imitar a los h´roes, sinti´ con vehee o mencia el deseo de vengarse de sus enemigos. ¡Oh! ¡Cu´n preferible es la vida de las moscas a y de los p´jaros, que viven a su capricho y s´lo a o obedecen al instinto de la Naturaleza, mientras pueden escapar a las asechanzas del hombre! Encerrad a un p´jaro en una jaula, ense˜adle a a n remedar la voz humana, y es incre´ cu´nto ıble a pierde de su gracia natural. ¡Tan cierto es que las creaciones de la Naturaleza son siempre m´s a bellas que lo que finge el arte! De esta manera nunca alabar´ bastante al e famoso gallo de Luciano, el cual, habi´ndose e transformado primero en fil´sofo, bajo la figura o de Pit´goras, y luego sucesivamente en hombre, a en mujer, en rey, en simple particular, en pez, en caballo, en rana, y creo que hasta en esponja, juzg´ que no hab´ animal m´s desdichado que o ıa a el hombre, porque todos los animales se contienen dentro de los l´ ımites de su condici´n, y s´lo o o el hombre es el que intenta franquear los que le ha impuesto la Naturaleza.

CAPITULO XXXV
VENTAJAS QUE LOS NECIOS TIENEN SOBRE LOS SABIOS

icho fil´sofo reconoce tambi´n muchas o e mayores preferencias a los ignorantes que a los doctos y a los ilustres, y en el famoso Grillo fu´ bastante m´s listo que el prudene a te Ulises, porque prefiri´ continuar gru˜endo en o n la pocilga, a marcharse con ´l a correr avene turas peligrosas. Homero, padre de las f´bulas, a me parece que comparte esta opini´n, puesto o que, a menudo, llama a todos los mortales desdichados y desgraciados, y a Ulises, seg´n ´l el u e prototipo de sabio, le da muchas veces el calificativo de “infeliz” que no aplic´ jam´s ni a o a Paris, ni a Ajax, ni a Aquiles. ¿Por qu´ raz´n? e o Pues, sencillamente, porque aquel taimado farsante no hac´ nada sin consultar a Palas, y por ıa exceso de sabidur´ se apartaba cuanto pod´ de ıa ıa las leyes de la Naturaleza. Por tanto, as´ como los que est´n m´s leı a a jos de la felicidad son aquellos que cultivan el saber, mostr´ndose entonces doblemente nea

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cios, ya que, a pesar de haber nacido hombres, olv´ ıdanse de su condici´n, pretendiendo emular o a los dioses inmortales, y, a ejemplo de los titanes, declaran la guerra a la Naturaleza vali´ndoe se de los ardides de la ciencia, as´ los menos desı dichados son aquellos que m´s se aproximan a a los instintos de los brutos y a la necedad, y no intentan nada que supere las fuerzas humanas. Veamos si podemos probar esto tambi´n, pero e no con entimemas de los estoicos, sino con un ejemplo vulgar. ¡Por los dioses inmortales!, decidme: ¿Hay alguien m´s feliz que esos hombres a quienes las a gentes llaman estultos, necios, imb´ciles y tone tos, nombres que son a mi entender hermos´ ısimos? Quiz´ a primera vista, esto parezca necio a y absurdo y, sin embargo, es una gran verdad. En primer lugar, ´stos se ven libres del miedo e de la muerte, que es, ¡vive J´piter!, no peque˜a u n ventaja; no sienten remordimientos de conciencia; los cuentos de aparecidos no los espantan; no se asustan de los fantasmas ni de los duendes; no los turba el temor de los males que los amenazan, ni se hinchan de orgullo por la pers-

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pectiva de los vienes futuros; en una palabra, no los consumen las mil y mil preocupaciones que atormentan la vida; no conocen la verg¨enza, u ni el respeto, ni la ambici´n, ni la envidia, ni o el amor; y por ultimo, por mucho que se acer´ quen en sus actos a la estupidez de los brutos, no pecan en opini´n de los te´logos. o o

Medita ahora lo que digo, sabio archinecio, y considera todos los cuidados que torturan tu esp´ ıritu por doquier, de d´ y de noche; re´ne ıa u en un mont´n todas las molestias que te afligen o en la vida, y al cabo comprender´s de cu´ntos a a males he preservado yo a mis amados necios. A˜´dase a esto que ellos no solamente se regona cijan, juegan, cantan y r´ a todas horas, sino ıen

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que adondequiera que van llevan consigo el placer, la broma, la diversi´n y las carcajadas, como o si tal virtud la hubiesen recibido por la indulgencia de los dioses para alegrar las tristezas de la vida humana. De esta forma, mientras los otros hombres inspiran a los dem´s muy contrarios afectos, los a m´ son por todos recibidos un´nimemente con ıos a los brazos abiertos y los consideran como amigos, los buscan, los regalan, los festejan, los abrazan, los socorren si necesitan, les toleran cuanto dicen y cuanto hacen, y hasta tal punto nadie desea causarles da˜o, que los mismos n animales salvajes templan con ellos sus rigores, como si naturalmente tuvieran conciencia de su condici´n inofensiva. Est´n, pues, en verdad, al o a amparo de los dioses y al m´ singularmente, ıo y, por tanto, nadie se atreve a disputarles este privilegio.

CAPITULO XXXVI
´ CONTINUA LA MISMA MATERIA

qu´ os parece si os digo que los m´s grane a des reyes gustan tanto de mis protegidos, que algunos no pueden ni comer, ni pasear, ni pasar una hora entera sin sus bufones, y a menudo anteponen estos tontos a los austeros sabios, que s´lo por pura vanidad acostumbran o sustentar algunas veces en sus casas? A causa de esta preferencia, no creo que a nadie se le oculte ni sorprenda, pues esos sabios no suelen hablar a los pr´ ıncipes m´s que de cosas tristes, a y engre´ ıdos con su doctrina, no temen a veces herir los o´ ıdos delicados con mordaces verdades; en cambio, los bufones procuran lo unico ´ que los pr´ ıncipes buscan a toda costa, no importa d´nde: juegos, pasatiempos, carcajadas y o distracciones. Tened por cierto que el necio posee una cualidad que no es de despreciar: la de ser s´lo ´l o e franco y ver´ ıdico. Y ¿qu´ cosa hay m´s digna e a de alabanza que la verdad? Aunque Plat´n en o

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su Banquete hiciese decir a Alcib´ ıades que s´lo o se halla en la embriaguez y en la infancia, no obstante, toda esa alabanza a m´ especialmente ı se me debe, como afirma Eur´ ıpides, de quien es aquel c´lebre proverbio referente a nosotros: “El e necio no dice m´s que necedades.” El tonto, lo a que lleva en el pecho es lo que lleva en la cara y lo que le sale por la boca; pero los sabios tienen dos lenguas, seg´n asegura el mismo Eur´ u ıpides, una de las cuales dice la verdad, y la otra s´lo o lo que conviene, seg´n las circunstancias; para u ´stos, es blanco lo que ayer era negro, o es fr´ e ıo ahora lo que antes era caliente, porque hay una gran distancia entre lo que esconden en su interior y lo que fingen con sus palabras. En verdad que los pr´ ıncipes, con toda su felicidad, me parecen extremadamente desdichados, por faltarles quien les diga la verdad y porque se ven obligados a tener a su lado aduladores en lugar de amigos. Pero alguien me dir´: “Es que los a o´ de los pr´ ıdos ıncipes aborrecen la verdad, y por esto mismo huyen de los sabios, temiendo tropezar con alguno libre en demas´ que se atreve a ıa decirles cosas m´s verdaderas que agradables.” a

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Conformes: los reyes no aman la verdad. Y, sin embargo, he aqu´ una cosa admirable: el ejemı plo de mis fatuos prueba no solamente que los reyes acogen con placer las verdades, sino tambi´n hasta las injurias directas, y se da el caso e de que aquello que dicho por un sabio se habr´ ıa castigado con la muerte, produzca en labios de un tonto un contento incre´ ıble.

La verdad, en efecto, posee cierta natural virtud de agradar; pero ´ste es un privilegio que los e dioses no han concedido m´s que a los necios. a He aqu´ por qu´, generalmente, gusten tanto las ı e mujeres de los hombres de esta jaez, pues siendo por su naturaleza m´s inclinadas al placer y a a

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la frivolidad, todo lo que hacen bajo dicho pretexto, aunque a veces se trate de lo m´s grave, a achac´ndolo a broma y a juego. ¡Es un sexo tan a ingenioso, sobre todo cuando se trata de paliar sus deslices!. . .

CAPITULO XXXVII
´ CONTINUA EL MISMO ASUNTO DE LOS DOS CAP´ ITULOS ANTERIORES

olviendo a la felicidad de los fatuos, digo que, despu´s de haber pasado su vida e muy alegremente, sin tener ni sentir la muerte, se van derechitos a los Campos El´ ıseos para divertir con sus pasatiempos a las almas piadosas y ociosas. Comp´rese ahora a cualquier sabio con un nea cio de esta clase. Pues haceos cuenta de que a ´ste opon´is, como prototipo de sabidur´ un e e ıa, hombre que ha gastado su infancia y su juventud en aprender diversas disciplinas, que ha perdido lo mejor de su vida en constantes vigilias, cuidados y fatigas, y que en el tiempo restante no ha gustado el menor placer; un hombre siempre sobrio, pobre, triste, severo, ´spero y a duro para s´ mismo; odioso e insoportable para ı los dem´s; p´lido, seco, enfermizo, lega˜oso, con a a n aspecto de viejo, que antes de tiempo encanece y antes de tiempo se marcha al otro mundo, por

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m´s que nada le importe morir a quien jam´s a a vivi´. ¡Ah´ ten´is el lindo retrato de un sabio!. . . o ı e

CAPITULO XXXVIII
NECEDAD DE LOS DIOSES

ero ya oigo croar otra vez a las ranas del P´rtico, esto es, los estoicos. “No hay o mayor desgracia –dicen– que la locura. Ahora bien: la necedad declarada est´ muy cerca de la a locura, o, mejor dicho, la necedad es la misma locura. Porque ¿qu´ otra cosa es la locura sino e el extrav´ de la raz´n?” Mas los que as´ piensan ıo o ı incurren en un error cras´ ısimo; por lo cual, con la ayuda de las Musas, voy a deshacer tal silogismo en un instante. Tr´tase, en efecto, de un argumento especioa so; pero as´ como S´crates, seg´n dice Plat´n, ı o u o ense˜aba que en una Venus pueden verse dos Ven nus, y en un Cupido dos Cupidos, de la misma manera debieran estos dial´cticos distinguir ene tre una y otra clase de locura, si es que quieren pasar por cuerdos. Porque no puede admitirse que toda locura sea funesta, pues de lo contrario, no hubiera escrito Horacio: “¿Soy juguete de una amable locura?”, ni Plat´n habr´ coloo ıa

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cado entre las mayores excelencias de la vida la exaltaci´n de los poetas, la de los adivinos y la o de los amantes, ni la Sibila hubiese calificado de loca la empresa de Eneas. Hay, pues, realmente dos clases de locura. Una es la que las Furias vengadoras vomitan en los infiernos cuando lanzan sus serpientes para encender en el coraz´n de los mortales, ya el ardor o de la guerra, ya la sed insaciable del oro, ya los amores criminales y vergonzosos, ya el parricidio, ya el incesto, ya el sacrilegio, ya cualquier otro designio depravado, o cuando, en fin, alumbran la conciencia del culpable con la terrible antorcha del remordimiento. Pero hay otra locura muy distinta que procede de m´ y que por todos es apetecida con la mayor ı, ansiedad. Manifi´stase ordinariamente por ciere to alegre extrav´ de la raz´n, que a un mismo ıo o tiempo libra al alma de angustiosos cuidados y la sumerge en un mar de delicias. Tal extrav´ es ıo el que, como un gran favor de los dioses, ped´ ıa Cicer´n en sus Cartas a Atico, a fin de perder o la conciencia de sus muchas adversidades. Tampoco lo consider´ como un mal aquel hao

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XXXVIII

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bitante de Argos que hab´ estado loco hasta el ıa punto de pasar todo el santo d´ en el teatro ıa completamente solo, riendo, aplaudiendo y divirti´ndose, porque cre´ ver representar comee ıa dias admirables, aunque en el escenario no hab´ ıa nada, lo cual no era obst´culo para que practicaa se bien todos los deberes de la vida: “alegre con los amigos, complaciente con su mujer e indulgente con los criados, no enfureci´ndose nunca e porque le destaparan una botella.” Habi´ndole e curado su familia a fuerza de cuidados y medicamentos, y ya recobrando el juicio y completamente sano, se lament´ con sus amigos en estos o t´rminos: “¡Vive P´lux, amigos, que me hab´is e o e matado! No, no me hab´is curado quit´ndome e a esa dicha, haciendo desaparecer a viva fuerza el extrav´ m´s dulce de mi esp´ ıo a ıritu.” Y ten´ muıa cha raz´n. Ellos eran los que se equivocaban y o los que m´s necesitaban el el´boro, por haber a e cre´ expulsar con drogas, como si se tratase ıdo de una enfermedad, una locura tan divertida y tan feliz. Con esto no quiero afirmar que sea l´ ıcito dar el nombre de locura a toda aberraci´n de los seno

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tidos o del esp´ ıritu, ni que pueda, por ejemplo, considerarse como loco a aquel que, por tener telara˜as en los ojos, confunda un mulo con un n pollino, o aquel otro que del mismo modo admire como perfecta una poes´ ramplona. Pero ıa si al error de los sentidos se a˜ade el del juicio, n entonces s´ puede afirmarse que tal hombre no ı est´ lejos de la locura; as´ ocurrir´, por ejemplo, a ı a con el individuo que oyendo a un asno rebuznar creyera escuchar una maravillosa sinfon´ o ıa, con aquel otro, pobre y de baja condici´n, que o pensara ser Creso, rey de Lidia. Sin embargo, cuando este g´nero de locura es e inclinada al deleite, como ocurre con frecuencia, reporta no menos regocijo a los que la tienen que a los que la presencian, sin ser ´stos tan loe cos como aqu´llos, pues siendo esta variedad de e locura m´s general de lo que se cree, el loco r´ a ıese del loco, unos a otros se proporcionan rec´ ıproco solaz, y no es raro observar que el que lo es m´s a se burla con mayores ganas del que lo es menos.

CAPITULO XXXIX
ALGUNAS FORMAS DE LA NECEDAD: LA CAZA, LA MONOMAN´ DE EDIFICAR, LA ALQUIMIA Y EL JUEGO IA

o obstante, cuanto m´s necia es una pera sona, m´s feliz es, seg´n juicio de la Nea u cedad, siempre que no se salga de aquel g´nee ro de locura que a m´ me es peculiar y que se ı halla tan extendido que yo no s´ si entre toe dos los mortales podr´ encontrarse alguno que ıa constantemente sea sensato y no est´ pose´ de e ıdo cierta especie de locura. La diferencia entre ambas locuras estriba en que el uno confunde una calabaza con una mujer, y a ´ste llaman loco, porque esto se les e ocurr´ a poqu´ ıa ısimas personas, y en que el otro, aunque comparta su mujer con otros muchos, la pondera en m´s que a Pen´lope y ensalza a e sus perfecciones de modo inusitado; este tal se enga˜ar´ dulcemente, y no habr´ nadie que le n ıa ıa creyese loco; su caso es muy frecuente. ¡Hay tantos maridos que hacen lo mismo! Tambi´n hay que colocar entre mis fieles aquee

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llos otros que ante la caza mayor todo lo juzgan despreciable, y dicen recibir placer singular´ ısimo cuando oyen el bronco sonido del cuerno con los aullidos de su jaur´ y sospecho que hasta cuanıa, do huelen los excrementos de sus perros se imaginan que es cinamomo. ¡Qu´ dicha tan income parable la de descuartizar la pieza!. . . Porque eso de despedazar toros y carneros, es bajo y plebeyo; solamente al noble corresponde hacer cuartos a las fieras. El hidalgo, con la cabeza descubierta, hincado de rodillas y armado del cuchillo destinado a este uso (porque emplear cualquier otro no ser´ l´ ıa ıcito), va cortando religiosamente ciertos miembros del animal, con ciertos gestos y seg´n cierto orden, mientras que la multitud u silenciosa que le rodea admira con recogimiento, como si fuese una novedad, un espect´culo a ya visto por mil´sima vez; y si alguno ha tenido e la suerte de saborear un pedazo de la res, lo considera como un t´ ıtulo de nobleza. As´ pues, a ı, fuerza de perseguir bestias feroces y engull´ ırselas nuestros cazadores casi acaban por convertirse en una especie de alima˜as, aunque supongan n que se dan una vida de reyes.

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XXXIX

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A su lado hay que poner a los que, consumidos por la monoman´ de edificar, cambian hoy lo ıa redondo en cuadrado y ma˜ana lo cuadrado en n redondo; y lo hacen sin ton ni son, hasta que, viviendo en la extrema indigencia, no les queda ya ni donde vivir, ni de qu´ comer. ¡Miserables! e Mas ¿qu´ les importa, si entre tanto pasaron e unos cuantos a˜os gozando de la vida? n Asimismo, figuran junto a ellos, a mi juicio, los que cultivando las nuevas ciencias ocultas, af´nanse por transmutar la naturaleza de los a cuerpos, y andan por tierras y por mares a caza de no s´ qu´ quinta esencia. A ´stos los cautiva e e e de tal manera la dulce esperanza, que jam´s los a

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ERASMO DE ROTTERDAM

arredran los trabajos ni los dispendios, y siempre est´n ideando, con ingenio sutil´ a ısimo, algo que, aunque los burle una vez m´s, les propora cione una grata ilusi´n, hasta que llega el d´ o ıa en que, consumido todo su caudal, no tienen ni aun para encender sus hornillos. No por ello, sin embargo, renuncian a so˜ar n con sus desvar´ antes bien, engatusan a los ıos; dem´s a gozar de la misma felicidad, y cuana do ya han perdido toda esperanza, r´stales a´n e u una m´xima que es para ellos altamente cona soladora, a saber: “Que las cosas grandes, con intentarlas basta,” y as´ achacan el fracaso a la ı brevedad de la vida, que nunca es suficiente para llevar a cabo las arduas empresas. Dudo un poco si debo o no admitir a los jugadores entre los nuestros. Sin embargo, hay que afirmar que es un espect´culo absolutamente a tonto y rid´ ıculo el que ofrecen algunos de ellos, tan apasionados por el juego, que apenas oyen el ruido de los dados, ya les est´ dando brincos a el coraz´n. o Despu´s, embriagados por las promesas que e constantemente les tiende la avaricia de la ga-

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XXXIX

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nancia, llevan su patrimonio a naufragar y estrellarse en el escollo del tapete verde, no menos temible que el cabo Malio; pero apenas han salido del agua en cueros vivos, enga˜an a cualquien ra antes que a quien les gan´ el dinero, para que o no se diga que son hombres de poca formalidad.

¿Qu´ m´s? Cuando ya son viejos y est´n casi e a a ciegos, causa risa verlos jugar con antiparras; y, por ultimo, cuando la vengadora gota les para´ liza sus dedos, ¿no pagan un sustituto para que eche por ellos los dados en el cubilete? Todo lo cual ser´ muy delicioso si no fuera que como el ıa juego muchas veces degenera en rabia, m´s bien a que a m´ corresponde a las Furias. ı,

CAPITULO XL
´ LA SUPERSTICION COMO FORMA DE NECEDAD

ero he aqu´ otros hombres que, sin duı da alguna, son de nuestra grey. Quiero hablar de los que se complacen en contar o en o´ milagros y mentiras monstruosas y nunca ır se cansan de escuchar las f´bulas m´s extra˜as a a n acerca de espectros, de duendes, de fantasmas, de infiernos y de otras mil maravillas por el estilo, las cuales, cuanto m´s se apartan de la vera dad, m´s cr´dito les dan las gentes, y con mayor a e delicia las escuchan. Advi´rtase que esto no sire ve tan s´lo para matar el tiempo a maravilla, o sino tambi´n para ganar dinero principalmente e a los cl´rigos y predicadores. e Afines a ´stos son los que tienen la necia, aune que dulce persuasi´n, de que si ven alguna imao gen o cuadro de San Crist´bal, el Polifemo criso tiano, ya no se morir´ aquel d´ los que por rea ıa; zar cierta oraci´n ante la efigie de Santa B´rbao a ra, se imaginan que volver´n sanos y salvos de la a guerra; y tambi´n los que por visitar la imagen e

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de San Erasmo en ciertos d´ llev´ndole tantas ıas, a velas y dici´ndole tales o cuales preces, esperan e que muy pronto van a ser ricos.

De la misma manera que tienen un segundo Hip´lito, tambi´n han convertido a H´rcules en o e e San Jorge, y si bien no adoran del mismo modo que al santo a su caballo, que adornan muy de-

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XL

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votamente con jaeces y gualdrapas, procuran de cuando en cuando ganarse sus gracias por medio de algunas ofrendillas, y tienen por cosa digna de reyes el jurar por su casco de bronce. ¿Y qu´ dir´ de aquellos que embaucan al puee e blo muy suavemente con sus fingidas indulgencias y que miden como con una clepsidra (reloj de agua) la duraci´n del Purgatorio, contando o los siglos, los a˜os, los meses, los d´ y las hon ıas ras sin equivocarse en modo alguno, como si se sirviesen de una tabla matem´tica? ¿Y qu´ de a e aquellos que, usando de ciertos signos m´gicos y a ensalmos inventados por alg´n piadoso imposu tor, ya para la salud de las almas, ya para provecho de su bolsa, prom´tenselo todo: riquezas, e honores, placeres, buena mesa, salud a prueba de bomba, larga vida, vejez floreciente y, en fin, un puesto en el Cielo al lado de Cristo? Verdad es que esta ultima ventaja no la quie´ ren sino lo m´s tarde posible, es decir, cuando a con gran pesar suyo los abandonan los placeres de este mundo, a los que se agarran con dientes y con u˜as; entonces, y s´lo entonces, quieren n o sustituir las delicias de la tierra con las del cie-

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lo. Hay que mencionar tambi´n aqu´ al comere ı ciante, al soldado y al juez, que, apartando de sus rapi˜as un m´ n ısero ochavo para obras p´ ıas, cr´ense ya tan limpios de culpas cual si se hubiee sen ba˜ado en la laguna Lerna y redimidos como n por un pacto de sus perjurios, org´ borracheıas, ras, camorras, asesinatos, calumnias, perfidias y traiciones, hasta el extremo de tener el convencimiento de que han adquirido patente para comenzar de nuevo sus fechor´ ıas.

Pero ningunos m´s necios y con todo m´s fea a

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XL

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lices que esos otros que esperan ganar algo superior a la felicidad suprema recitando a diario aquellos siete vers´ ıculos se los sagrados Salmos, pues ya sab´is que el rezo de esos m´gicos e a vers´ ıculos, cr´ese que le fu´ indicado a San Bere e nardo por cierto demonio burl´n, aunque m´s o a ligero que malicioso, pues se enred´ en sus proo pias redes. Pues bien: todo esto que es tan necio, que casi a m´ misma me averg¨enza, no solamente es ı u aprobado por el vulgo, sino tambi´n por los que e ense˜an la Religi´n. Pero ¿qu´ m´s?, al mismo n o e a g´nero de necedad pertenece la costumbre de e que cada comarca tenga su patrono, y de que a cada uno de estos santos se le atribuya una virtud particular y se le venere con un culto especial: uno cura el dolor de muelas, otro ayuda a las mujeres en sus partos, ´ste restituye los e objetos robados, aqu´l socorre a los n´ufragos, e a el de m´s all´ protege a los reba˜os, y as´ sua a n ı cesivamente, pues resultar´ interminable menıa cionarlos a todos; s´lo dir´ que hay algunos que o e poseen virtud para varias cosas, principalmente la Virgen, Madre de Dios, a quien el vulgo

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atribuye casi m´s poder que a su propio Hijo. a

CAPITULO XLI
SIGUE LA MISMA MATERIA DEL CAP´ ITULO ANTERIOR

qu´ es lo que los hombres piden a estos e santos sino cosas concernientes a la necedad? Veamos. Entre tantos exvotos colgados de los muros y de las b´vedas de algunos temo plos, ¿hab´is visto alguna vez uno solo puesto e por el que se haya curado de la necedad o por el que haya adquirido un grano de sabidur´ ıa? Ni por casualidad. Los que all´ se ven son los ı dedicados as´ un n´ufrago se salv´ nadando; ı: a o un soldado, atravesado de parte en parte por el enemigo, cur´ de sus heridas; ´ste, en meo e dio de una batalla, y mientras los dem´s bat´ a ıan el cobre, huy´ con tanta fortuna como valor; o aqu´l, colgado ya en la horca, impetr´ el favor e o de cierto santo, protector de los ladrones, el cual hizo que se rompiese la cuerda para que su protegido continuase aliviando a algunos del peso de las riquezas mal adquiridas; aquel otro escap´ de la c´rcel rompiendo los cerrojos; el de o a m´s all´ cur´ de la fiebre con gran indignaci´n a a o o

Y

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del m´dico; junto a ´ste se ve un marido que, hae e biendo bebido un veneno, no hizo m´s que sola tarle el vientre, y lo que hab´ de ser su muerte ıa fu´ su purga, con gran descontento de su mujer, e que perdi´ su dinero y su trabajo; m´s lejos hay o a un faet´n que, al volcarse su carro, pudo llevar a o casa sus caballos sanos y salvos; su vecino de la derecha, sepultado una vez en hundimiento, sobrevivi´ a la ruina; su vecino de la izquierda tuvo o la suerte de escapar de las garras de un marido que le cogi´ in fraganti. Todo esto est´ bien; o a pero no se ve ni uno solo que d´ las gracias por e verse libre de la necedad, pues es tan dulce no saber nada, que por preservarse de todo hacen votos los mortales, menos de la imbecilidad. Mas ¿por qu´ me meto yo en este pi´lago de e e supersticiones? Podr´ decir, como Virgilio, que ıa “ni aun teniendo cien lenguas y cien bocas y una voz de bronce, me ser´ posible dar a conocer toıa das las clases de fatuos, ni enumerar las inn´meu ras formas de la necedad”. Tan llena est´ la vida a de todos los cristianos de esta suerte de delirios, que los mismos cl´rigos, sin gran dificultad, las e admiten y fomentan, no ignorando lo mucho que

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XLI

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pueden acrecentar sus estipendios. Figuraos que, en medio de estas gentes, se presentase de improviso uno de esos sabios insufribles y proclamase algunas verdades como ´stas: “No morir´s mal si vives bien; redimir´s e a a tus pecados si a˜ades al ´bolo de tu ofrenda el n o odio de tus faltas, y las l´grimas, las vigilias, las a oraciones y los ayunos; en una palabra, si cambias radicalmente tu modo de vivir; un santo te ser´ propicio si imitas su vida”; pues bien: si a esos sabios, repito, saliesen con estas o parecidas monsergas, ver´ c´mo se trastornar´ en seguiıas o ıa da la felicidad de los mortales, y la confusi´n que o causar´ en sus conciencias. ıa A la misma hermandad que los anteriores pertenecen tambi´n los que en vida disponen mie nuciosamente la pompa que quieren para sus funerales, determinando con especial cuidado el n´mero de hachones, de mantos de luto, de canu tores y de pla˜ideras que han de ir a su entien rro, como si aquel d´ se les hubiera de devolver ıa la existencia para que gocen del espect´culo, o a como si los difuntos se avergonzasen de no ser enterrados sus cad´veres con ostentaci´n. Todo a o

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lo previenen como si fuesen ediles encargados de preparar los juegos y banquetes p´blicos. u

CAPITULO XLII
IMPORTANCIA QUE TIENE EL AMOR PROPIO EN LOS INDIVIDUOS

unque tengo alguna prisa, no puedo, sin embargo, pasar en silencio a aquellos que, si bien es cierto que no difieren gran cosa de un pobre remend´n, j´ctanse, no obstano a te, de una manera incre´ de poseer un vano ıble t´ ıtulo nobiliario. El uno dice que desciende de Eneas; el otro, de Bruto, y el de m´s all´, del a a rey Art´s; en todos los rincones de sus casas u muestran las estatuas y retratos de sus antepasados, cuentan sus bisabuelos y sus tatarabuelos y recuerdan sus antiguos apellidos; pero, en realidad, no est´n ellos mismos muy lejos de ser a como las mudas estatuas de que se glor´ anıan; tes, al contrario, son m´s est´pidos que los rea u tratos que ense˜an. A pesar de ello, gracias al n dulc´ ısimo Amor Propio, gozan de una vida completamente feliz, pues nunca faltan algunos tan necios como ellos, que admiran a esta especie de brutos como si fueran dioses.

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Pero ¿por qu´ he de hablar de g´neros de nee e cedad, como si Filaucia (el Amor Propio) no dispusiera por doquier de mil medios para hacer dichosos a much´ ısimos hombres? Este, m´s a feo que un mico, se tiene por m´s hermoso que a Nireo; el otro, en cuanto sabe trazar tres l´ ıneas con el comp´s, se juzga un Euclides; y aquel a otro, que es como un asno delante de una lira, y cuya voz es tan chillona como la del gallo cuando anda detr´s de la gallina, se cree un a nuevo Herm´genes. Hay, s´ una clase de locuo ı, ra extraordinariamente agradable, superior a las dem´s, y de cuya posesi´n algunos se envanecen a o como si fuese suya. Tal fu´ la de aquel rico, dos e veces feliz, de que nos habla S´neca, que cuane do ten´ que contar un cuentecillo, pon´ junto ıa ıa a s´ a sus siervos para que le apuntasen las palaı bras y a los cuales no hubiera dudado en enviar a la palestra a hacer sus veces en un certamen de pugilato, pues era hombre tan para poco, que s´lo pod´ vivir confiado en que ten´ en su casa o ıa ıa muchos y muy robustos esclavos.

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XLII

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Y ¿qu´ diremos de los cultivadores de las bee llas artes? Les es tan peculiar la Filaucia, que antes los ver´ ıamos renunciar a su patrimonio que ser tenidos por genios; pero principalmente entre los comediantes, m´sicos, oradores y poetas, u el m´s ignorante es el que posee mayor presuna ci´n, mayor jactancia y m´s elevado concepto de o a s´ mismo; y con todo, encuentran imb´ciles de ı e su cala˜a que los admiren, porque cuanto m´s n a tontos son, m´s admiradores hallan, ya que por a ser, como dijimos, la mayor´ de los hombres vaıa

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sallos de la Necedad, lo peor gusta siempre a los m´s. Por consiguiente, si los imb´ciles son los a e m´s satisfechos de s´ mismos y los m´s admiraa ı a dos por todos, ¿quien ser´ el necio que prefiera la a verdadera sabidur´ que tanto trabajo nos cuesıa, ta adquirir, nos vuelve t´ ımidos y vergonzosos, y, por ultimo, encuentra tan pocos apreciadores? ´

CAPITULO XLIII
IMPORTANCIA QUE TIENE FILAUCIA EN LOS PUEBLOS

s m´s: veo que la Naturaleza, as´ como a ı ha hecho nacer a cada individuo con su peculiar Filaucia, ha inoculado tambi´n en cada e naci´n y en cada ciudad una Filaucia com´n. De o u aqu´ procede el que los ingleses, por encima de ı toda excelencia, recaban para s´ la de su figura, ı la de su m´sica y la de su buena mesa; los escou ceses pr´cianse de que sus blasones nobiliarios e proceden de regia estirpe, y de su sutileza en la dial´ctica; los franceses se reservan la urbanidad e de costumbres; los parisienses se arrogan casi exclusivamente y de un modo particular la gloria

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de la ciencia teol´gica; los italianos pretenden o tener el cetro de la literatura y de la elocuencia, sosteniendo, en nombre de ellas, que son los uni´ cos entre los mortales que est´n libres de salvaa jismo; en este g´nero de felicidad, los romanos e creen tener el primer puesto, y todav´ siguen ıa so˜ando pl´cidamente en su antigua Roma; los n a venecianos se dan por satisfechos con su nobleza; los griegos, como creadores de las ciencias, se pavonean con los t´ ıtulos de gloria de los h´roes e famosos de la antig¨edad; los turcos y toda la u restante mezcolanza de los b´rbaros se ufanan a de poseer la mejor religi´n, y se burlan de los o cristianos como si fuesen supersticiosos; pero los jud´ con mucha mayor tranquilidad, esperan ıos, todav´ obstinadamente su Mes´ y conservan ıa ıas, hasta hoy con fanatismo la memoria de Mois´s; e los espa˜oles no ceden a nadie la gloria militar, n y los alemanes, en fin, se enorgullecen de su corpulencia y de su conocimiento de las ciencias ocultas.

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XLIII

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CAPITULO XLIV
´ LOORES DE LA ADULACION

que habr´is visto claramente, no concree tando m´s casos, creo cu´nta dicha proa a porciona por doquier Filaucia a todos los hombres, tanto individualmente como en conjunto; a ella se parece mucho su hermana la Adulaci´n, o ya que Filaucia no es otra cosa que pasarse a s´ mismo la mano por el lomo, mientras que la ı Adulaci´n o KolakÐa consiste en pas´rsela a los o a dem´s. a Hoy d´ esta ultima h´llase bastante despresıa ´ a tigiada, aunque s´lo de aquellos que se preocuo pan m´s de las palabras que de las cosas, porque a creen que la buena fe es incompatible con la adulaci´n; pero pudieran convencerse de que precio

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samente sucede todo lo contrario si se fijasen en algunos ejemplos de los animales. En efecto: ¿hay algo m´s adulador que un perro y al mismo a tiempo m´s fiel? ¿Hay un ser m´s manso que la a a ardilla y, sin embargo, m´s amigo del hombre? a No, ciertamente, a no ser que se admita que el le´n cruel, el tigre feroz y el leopardo furioso se o avienen mejor con la condici´n humana. o Es cierto que hay una clase de adulaci´n como pletamente abominable, que es la que emplean algunos p´rfidos y burlones para perder a los ine cautos; pero la m´ emana de un coraz´n bueno ıa o y c´ndido y est´ mucho m´s cerca de la virtud a a a que aquella otra tan opuesta a ella, la cual, como dijo Horacio, es ruda, impertinente, desali˜ada n y molesta. Ella levanta las almas abatidas, consuela a los tristes, vigoriza a los d´biles, despae bila a los torpes, alivia a los enfermos, doma a los soberbios, hace que nazcan y duren las amistades, inspira a los ni˜os en el estudio de n las letras, regocija a los viejos, amonesta y ense˜a a los pr´ n ıncipes bajo el disfraz de la lisonja y sin ofenderlos, y hace, en fin, que el hombre sea m´s agradable y querido para s´ mismo, lo a ı

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XLIV

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cual constituye, sin duda, la mejor dicha a que se puede aspirar. ¿Qu´ cosa m´s util y complaciene a ´ te que la que se prestan dos mulos rasc´ndose a mutuamente? Pues no hay que decir que algo semejante representa la adulaci´n para la fama o de los oradores, mayor para la de los m´dicos e y mucho m´s grande a´n para la de los poetas; a u ella constituye, en fin, el encanto y el adorno de toda relaci´n humana. o

CAPITULO XLV
´ LA FELICIDAD DEPENDE DE LA OPINION DE LOS HOMBRES

lgunos dir´n que es una desgracia el ena ga˜arse. Y yo digo que es mayor desgran cia el no enga˜arse nunca. Est´n en un error, n a ¿qu´ duda cabe?, los que suponen que la felie cidad del hombre se halla en las cosas mismas, mientras lo cierto es que depende de la opini´n o que de ellas nos formamos. La raz´n est´ en lo o a siguiente: las cosas humanas son tan vac´ y tan ıas oscuras, que es imposible saber nada de una manera cierta, como dijeron muy bien mis plat´nio cos, los menos vanidosos de todos los fil´sofos. o Pero aunque se llegase a saber alguna cosa, muchas veces es a costa de la alegr´ de la viıa da, pues en ultimo resultado, el esp´ ´ ıritu humano est´ hecho de tal manera, que le es m´s accea a sible la ficci´n que la verdad. Si alguien desea o una prueba palpable y evidente de esto, no tiene m´s que entrar en una iglesia cuando haya a serm´n, y all´ ver´ que si se habla de algo serio, o ı a

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la gente bosteza, se aburre y acaba por dormirse; pero si el voceador (me he equivocado, quise decir el orador) comienza, como es frecuente, a contar alg´n cuento de viejas, todos despiertan, u atienden y abren un palmo de boca. Del mismo modo, si se celebra la fiesta de un santo fabuloso o po´tico, como, por ejemplo, San Jorge, e San Crist´bal y Santa B´rbara, observar´is que o a e se los venera con mucha mayor devoci´n que a o San Pedro, San Pablo y que al mismo Jesucristo. Mas dejemos estas cosas, que no son de este lugar. Y ahora digamos: ¡cu´n poco cuesta a llegar a la posesi´n de aquella felicidad de que o hablamos! Mientras el conocimiento de las cosas se adquiere frecuentemente a fuerza de muchos trabajos, y aun el de las m´s insignificana tes, como la Gram´tica, es m´s f´cil limitarnos a a a a nuestras opiniones personales, que, con tanta o m´s holgura que aqu´l, conducen a la felicidad. a e Y si no, decidme: si alguno comiera un pescado tan podrido que ni el olor pudiera aguantar otra persona, y a ´l, sin embargo, le supiese a gloria, e ¿qu´ le importaba para considerarse feliz? e Por el contrario, si a uno le diese n´useas el a

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XLV

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esturi´n, ¿de qu´ le servir´ este bocado para o e a su felicidad? Si alguien tuviera una mujer muy fea y se hallase, no obstante, persuadido de que podr´ parangonarse con la misma Venus, ¿no ıa ser´ lo mismo para el caso que si la tal fuera a realmente hermosa? Si un hombre poseyera un mal cuadro, embadurnado de rojo y amarillo, y lo admirase convencido de que era debido al pincel de Apeles o al de Zeuxis, ¿no ser´ m´s ıa a dichoso que el que por elevado precio comprase un cuadro de un reputado pintor y que acaso lo contempla con menos delectaci´n? o

Yo conozco a cierto sujeto de mi mismo nom-

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bre23 que de reci´n casado regal´ a su esposa e o unas joyas falsas, y como era amigo de bromas, le hizo creer, no s´lo que eran buenas y naturao les, sino tambi´n rar´ e ısimas y de un valor inestimable. Y yo os pregunto: ¿Qu´ le importaba e a la joven el enga˜o, si aquellos pedacitos de n vidrio encantaban sus ojos y su esp´ ıritu, y ella los guardaba cuidadosamente como un riqu´ ısimo tesoro? En tanto, el marido hab´ ahorraıase do el gasto y se divert´ con el error de su esposa, ıa que no se le mostraba menos agradecida que si le hubiese hecho el m´s rico regalo. a ¿Acaso encontr´is alguna diferencia entre los a que en la caverna de Plat´n se dejaban fascinar o por las sombras e im´genes de las cosas, sin dea sear nada y sin estar satisfechos de s´ mismos, ı y aquel sabio, que habiendo salido de la cueva ve las cosas en su verdadera realidad? Si el Micilo de que habla Luciano hubiera podido so˜ar n eternamente que era rico, no habr´ tenido que ıa envidiar ninguna otra fortuna. Por consiguiente, no hay diferencia entre necios y sabios, o, si la hay, es a favor de aqu´llos: e
23

Sin duda es un hombre llamado Moro.

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XLV

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en primer lugar, porque son felices con nada, esto es, persuadi´ndose de lo que son y, adem´s, e a porque comparten esta dicha con la mayor´ de ıa sus semejantes.

CAPITULO XLVI
LIBERALIDAD DE LA NECEDAD

abido es que no hay goce verdadero como no sea en compa˜´ ¿Y qui´n ignora nıa. e cu´n poco abundan los sabios, si es que hay ala guno? Durante muchos siglos los griegos no contaron m´s que siete, y ¡vive H´rcules!, que, si se a e apretara un poco la mano, mal rayo me parta a que apenas se hallar´ entre ellos la mitad de ıa un sabio, o, mejor dicho, la cuarta parte de un sabio.

S

De aqu´ que entre las muchas alabanzas que ı se prodigan a Baco, sea la principal la de ahuyentar los cuidados del ´nimo, aunque por poco a tiempo, porque en cuanto se duerme la “mona”, en seguida vuelven, como suele decirse, al galope, las molestias del esp´ ıritu.

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En cambio, mis beneficios son m´s completos a y duraderos, porque, sin el m´s peque˜o inter´s, a n e abisman el alma en una embriaguez eterna de placer, de delicias, de ´xtasis. Y no dejo a nae die sin participaci´n en mis favores, mientras o que los otros dioses son exclusivistas y tienen sus favoritos. Baco no hace producir a todos los pa´ ese vino generoso y dulce que expulsa las ıses penas y que es compa˜ero de una fecunda esn peranza; Venus no prodiga a todos los tesoros

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XLVI

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de su hermosura; Mercurio es todav´ m´s parıa a co en los dones de la elocuencia; las riquezas no caen m´s que sobre algunos privilegiados de a H´rcules, y el Gobierno no lo otorga a un J´piter e u hom´rico cualquiera; con frecuencia Marte deja e las batallas indecisas; son incontables los que se retiraron cabizbajos del tr´ ıpode de Apolo; muchas veces Saturno hiere la tierra con el rayo; Febo, de cuando en cuando lanza sus flechas, que llevan a lo lejos la peste, y Neptuno ahoga a m´s navegantes de los que conduce a puerto. Y a paso por alto a los Vejoves, Plutones, Axas, Furias, Fiebres y otros eiusdem furfuris, que m´s a bien que dioses, dir´ que son verdugos. Yo, la ıase Necedad, soy la unica que extiendo a todos, sin ´ distinci´n alguna, mis preciosos beneficios. o

CAPITULO XLVII
CULTO UNIVERSAL DE LA NECEDAD

o no exijo voto alguno de vosotros; no me encolerizo ni reclamo expiaciones por si se hubiese omitido alguna ceremonia de mi culto; ni soy capaz de trastornar cielos y tierra porque alguno, invitando a otros dioses, me deje olvidada en mi casa y no me convide a percibir el olor de las v´ ıctimas.

Y

Aquellos dioses son tan quisquillosos sobre este particular, que casi es preferible y mucho m´s a seguro no hacerles caso que honrarlos, ya que se parecen a esas personas de un humor tan malo y avinagrado, que vale m´s tenerlas completamena te apartadas de s´ que tenerlas como amigas. ı,

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Pero vosotros me dir´is que la Necedad no tiee ne templos y nadie le hace sacrificios. Es cierto, y me sorprende un poco, como os he dicho, semejante ingratitud. Mas aun esto mismo, gracias a mi indulgencia, lo estimo como un bien, puesto que ni siquiera puedo desear tales homenajes. ¿Por qu´ he de reclamar yo un granito de e

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XLVII

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incienso, o la torta, o el macho cabr´ o el puerıo, co, cuando en todas partes todos los hombres me rinden el culto interno, que los mismos te´logos o reconocen como el mejor? ¿Acaso voy a envidiar a Diana porque se le ofrezca la sangre humana en holocausto? M´s religiosamente adorada me a considero yo, cuando veo que por doquier todos me llevan en su coraz´n, me confiesan en sus aco tos y me imitan en su vida, g´nero de devoci´n e o que no es frecuente hallar ni aun trat´ndose del a culto de los santos cristianos. ¿Cu´ntos llevan a velas a la Virgen para que luzcan al mediod´ ıa, cuando no hacen ninguna falta, y, en cambio, cu´n pocos son los que se esfuerzan por imitarla a en la castidad, en la modestia y en el amor a las cosas divinas, que es el verdadero culto y el m´s a agradable para el Cielo? Adem´s, ¿para qu´ voy a e a desear yo un templo, cuando el universo entero es para m´ sin duda alguna, el m´s hermoso de ı, a todos los templos? A m´ s´lo me faltar´n fieles ı o a donde no haya hombres. Todav´ no soy tan necia que reclame im´geıa a nes de piedra pintadas de colorines, cosa que perjudicar´ a veces a mi culto, pues hay gente ıa

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tan insensata y tan roma de ingenio, que adoran las im´genes de los santos en vez de adorar a los a santos mismos, de suerte que los dioses inmortales se parecen entonces a aquellos a quienes los sustitutos los echan a coces de los cargos que desempe˜an. n Yo creo que se me han levantado tantas estatuas como mortales hay, pues ´stos (muchos, e mal que les pese) llevan consigo mi viva imagen, y as´ nada tengo que envidiar a los otros dioses ı, porque a algunos de ellos se les rinda culto en tal o cual rinc´n de la tierra y en determinados o d´ como a Febo, en Rodas; a Venus, en Chiıas, pre; a Juno, en Argos; a Minerva, en Atenas; a J´piter, en el Olimpo; a Neptuno, en Tarento, u y a Pr´ ıapo, en Lampsaco, con tal que por todo el orbe se me ofrezcan a m´ continuamente ı sacrificios de m´s alto valor a

CAPITULO XLVIII
FORMAS VULGARES QUE REVISTE LA NECEDAD

ero por si a alguno de vosotros os parece que lo que digo es m´s presuntuoso a que verdadero, vamos a examinar un poco la conducta de los hombres, para que se vea claramente lo mucho que me deben y cu´nto me a aprecian todos, los grandes y los chicos. Para ello, no pasaremos revista a cada uno de los estados, porque esto ser´ interminable, sino tan ıa

P

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s´lo a los m´s importantes, por los cuales se o a podr´n apreciar todos los dem´s. a a En efecto: ¿qu´ he de deciros del vulgo y del e populacho, que, sin discusi´n alguna, me pero tenecen por completo? Abundan en ellos, por doquier, tantas clases de necedades, y cada d´ ıa inventan otras nuevas, que no bastar´ mil ıan Dem´critos para re´ de ellas, y aun entonces o ırse ser´ necesario otro Dem´crito m´s para re´ ıa o a ırse de los otros mil. Es casi imposible describir las risas, las diversiones y el regocijo que esas pobres gentes proporcionan diariamente a los dioses inmortales, porque si bien ´stos pasan las horas sobrias de e la ma˜ana celebrando sus asambleas, frecuenten mente bastante ruidosas, y escuchando los votos, el resto del d´ una vez terminado el fest´ ıa, ın y cuando embriagados de n´ctar ya no quieren e ocuparse de cosas serias, van a sentarse en la parte m´s alta del Emp´ a ıreo, y all´ con la frente ı, inclinada, miran lo que hacen los humanos, espect´culo que como ning´n otro les divierte. ¡Oh a u dios inmortal! ¡Qu´ teatro ´ste! ¡Qu´ variedad e e e en ese baturrillo de necios! D´ ıgolo porque sabed

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XLVIII

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que yo tambi´n suelo sentarme alguna vez que e otra en el divino cen´culo de los dioses po´ticos. a e Uno se muere de amor por una mujerzuela, a quien ama con mayor pasi´n cuanto ella menos o le quiere; el otro se casa con una dote y no con una mujer; aqu´ un marido prostituye a su misı ma esposa; all´ un celoso vigila a la suya como ı un Argos; aquel enlutado. . . , ¡oh! ¡Cu´ntas nea cedades dice y hace llevando las pla˜ideras para n que representen la farsa del duelo, que es como si llorase sobre el cad´ver de su madrastra!; esa te glot´n da a su vientre todo lo que gana, a o riesgo de morirse de hambre al d´ siguiente; ıa aquel holgaz´n juzga que no hay otra cosa mea jor que dormir y no hacer nada; vense algunos que se preocupan con gran cuidado de los negocios ajenos y abandonan los suyos; vense otros que toman dinero prestado para pagar sus deudas y que se creen ricos el d´ que quiebran; ıa despu´s es un avaro que no encuentra nada tan e feliz como vivir a lo mendigo para enriquecer a su heredero; en seguida un comerciante que a trav´s de los mares va exponiendo a merced de e las olas y de los vientos su vida, que con ning´n u

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ERASMO DE ROTTERDAM

dinero podr´ recuperar; todav´ se ve al avenıa ıa turero que prefiere buscar la fortuna en la guerra, a gozar de un reposo apacible en su hogar; algunos piensan que capt´ndose la voluntad de a los viejos sin hijos, les ser´ m´s f´cil adquirirlas; a a a otros, para conseguir lo mismo, se hacen amantes de las viejecillas ricas. Pero de ninguno de ´stos reciben los dioses tan especial j´bilo como e u de aquellos que acaban siendo enga˜ados por los n mismos a quienes pretend´ enga˜ar. ıan n La clase m´s necia y mezquina de todas es la a de los comerciantes, porque todo lo tratan con sordidez y por razones m´s s´rdidas a´n, pues a a o u todas horas mienten, perjuran, enga˜an, defraun dan, roban y, con todo, est´ ımanse como la gente m´s principal del mundo, por el mero hecho de a llevar sortijas de oro en los dedos. No les faltan frailecitos aduladores que los admiran y los tratan en p´blico de se˜or´a, s´lo con el fin de que u n ı o alguna parte de sus bienes, mal adquiridos, vaya a parar a la escarcela de la comunidad. En otras partes se ve a ciertos pitag´ricos tan o convencidos de que todo es com´n, que en cuanu to hallan alguna cosa mal guardada no vacilan

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XLVIII

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en apropi´rsela como si les viniera por herencia. a

Hay quienes nunca son ricos m´s que de espea ranzas, sue˜an con la fortuna y creen que esto n les basta para su felicidad; algunos gozan unica´ mente pasando por ricos fuera de su casa, aunque se mueran de hambre dentro de ella; uno se da prisa a derrochar todo lo que tiene, mientras que el otro atesora cuanto puede por buenas o por malas artes; un candidato ambiciona los cargos p´blicos y, en cambio, otro mortal se deleita u sentado junto al furg´n; no pocos promueven o

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pleitos interminables, en los que las partes luchan a porf´ para enriquecer a un juez dado a ıa dilatar los asuntos, y a un abogado que se entiende bajo cuerda con el contrario. Este ama los cambios, aqu´l trama grandes proyectos, y hay e quien abandona casa, mujer e hijos para ir en peregrinaci´n a Jerusal´n, a Roma, a Santiago, o e donde no tiene nada que hacer. En suma, si, como en otro tiempo Menipo, pudierais contemplar desde lo alto de la Luna la inenarrable confusi´n del g´nero humano, o e creer´ estar viendo un enjambre de moscarıais dones o mosquitos que ri˜en, luchan, se tienden n asechanzas, se roban, se burlan, se huelgan, nacen, enferman y mueren. Son incre´ ıbles los trastornos y las cat´strofes que suscita un animalito a tan ruin, de tan corta vida, porque a veces basta una batalla, o el azote de una epidemia, para arrebatar y aniquilar en un instante a millares de ellos.

CAPITULO XLIX
´ FORMAS MAS ELEVADAS DE LA NECEDAD: ´ A) LOS GRAMATICOS

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ero yo misma soy una necia y muy merecedora de que Dem´crito se r´ de m´ a o ıa ı carcajada limpia, al continuar enumerando las formas de las necedades y de las insanias populares. Me voy, pues, a limitar a tratar de aquellos que entre los hombres gozan de la reputaci´n de o

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sabios y que aspiran, como vulgarmente se dice, los laureles de Minerva. Figuran en primer lugar los gram´ticos, casa ta que ser´ seguramente la m´s desgraciada, la ıa a m´s afligida y la m´s menospreciada de los dioa a ses, si yo no acudiera a mitigar los enojos de su triste profesi´n con cierto g´nero de una agrao e dable locura. No s´lo han ca´ sobre ellos las o ıdo cinco Furias o maldiciones de que nos habla el epigrama griego, sino cinco mil, pues siempre los ver´is hambrientos y sucios en sus escuelas (ese cuelas dije, mejor har´ en llamarlas letrinas o ıa erg´stulos) y rodeados de una tropa de rapaces a que los hacen envejecer a fuerza de trabajos, que los aturden con sus gritos y que los asfixian por su fetidez y por sus marranadas. Sin embargo, gracias a mis beneficios, est´ ımanse como los primeros hombres del mundo. Hay que ver c´mo se o engr´ cuando con la voz y el aire amenazadoıen res, espantan a su temblorosa chiquiller´ cuanıa, do desgarran a estos desdichados a palmetazos, vergajazos y latigazos, y cuando, a su capricho, los castigan desp´ticamente, tengan o no tengan o raz´n, imitando al asno de Crimea. o

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XLIX

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Y, mientras tanto, su mugre les parece el m´s a limpio aseo, los olores de su pocilga son olores de mejorana, y su mis´rrima esclavitud se les antoe ja un reino, hasta el punto de que no querr´ ıan trocar su tiran´ por los imperios de Falaris o de ıa Dionisio. Pero todav´ son m´s dichosos cuando pienıa a san haber encontrado un nuevo m´todo de ene se˜anza, porque aunque llenen la cabeza de los n ni˜os de puras vaciedades, no obstante, ¡oh sann tos dioses!, ¿qui´n ser´ el que no tratase con e ıa desd´n todos los Palemones y Donatos del mune do comparados con ellos? Y no s´ de qu´ ilue e siones m´gicas se valen para que las tontas a madres y los padres idiotas les reconozcan los m´ritos de que blasfeman. A˜´dase a esta sae na tisfacci´n la que reciben cuando en alg´n mao u nuscrito apolillado descubren, por ejemplo, el nombre de la madre de Anquises o una palabreja desconocida por el vulgo, como bubsequa(boyero), bovinator (tergiversador) o mantoculator (ladronzuelo), y si desentierran en alguna parte un fragmento de piedra antigua, en el que leen una mutilada y borrosa inscripci´n, eno

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tonces, ¡oh J´piter!, ¡qu´ transportes de alegr´ u e ıa!, ¡qu´ triunfos!, ¡qu´ encomios! ¡Como si hubiee e sen conquistado el Africa o tomado Babilonia! Y cuando recitan a todos los que se presentan sus versos, los m´s adocenados e insulsos del a mundo, y nunca faltan admiradores, creen firmemente que el esp´ ıritu de Virgilio ha pasado a su cerebro. Pero nada hay m´s divertido que cuando dos a de estos pedantes se prodigan mutuas alabanzas y elogios, y se rascan rec´ ıprocamente; mas, si uno de ellos se equivoca en una sola palabra, y el otro, m´s listo, tiene la suerte de apercibirse, a ¡por H´rcules!, ¡qu´ tragedia!, ¡qu´ de peleas!, e e e ¡qu´ de insultos y de invectivas!. . . Y si miento en e el detalle m´s peque˜o, ¡que caiga en mi cabeza a n la c´lera de todos los gram´ticos! o a He conocido a un erudito que domina el griego, el lat´ las matem´ticas, la Filosof´ y la ın, a ıa Medicina y no s´ cu´ntas cosas m´s, que siendo e a a ya sexagenario, abandon´ todas estas ciencias o para dedicarse exclusivamente a la Gram´tica, a en la que hace m´s de veinte a˜os se rompe la a n cabeza y se devana los sesos, diciendo que ser´ ıa

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. XLIX

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completamente feliz si le fuera dado vivir solamente el tiempo preciso para determinar claramente el modo de distinguir las ocho partes de la oraci´n, cosa que, hasta ahora, seg´n ´l, ni los o u e griegos ni los latinos han logrado hacer de una manera satisfactoria, como si fuera un casus belli el confundir una conjunci´n con un adverbio. o De aqu´ que, habiendo tantas gram´ticas como ı a gram´ticos, o, mejor dicho, m´s (pues s´lo mi a a o amigo Aldo Mauricio ha impreso m´s de cinco), a no se encuentre ninguna, por b´rbara y enojosa a que sea, que nuestro hombre no haya hojeado y meditado, para no tener que envidiar al m´s a inepto pedante que se dedique a estas especulaciones. ¡De tal modo teme que se le quite su gloria y que se malogren tantos a˜os de trabajo! n ¿C´mo quer´is llamar a esto locura o necedad? o e Ll´mese con uno u otro nombre, poco importa, a con tal que reconozc´is que, gracias a mis benea ficios, el animal m´s miserable de todos goza de a tal felicidad, que no querr´ trocar su suerte por ıa la de los reyes de Persia.

CAPITULO L
´ B) LOS POETAS, LOS RETORICOS Y LOS ESCRITORES

enos me deben los poetas, pues aunque pertenecen ex profeso a mi partido, son esp´ ıritus independientes, como dice un viejo proverbio, cuya unica tarea consiste en regalar ´ los o´ ıdos de los necios con simples bagatelas y cuentecillos rid´ ıculos. Es, sin embargo, admirable, c´mo movidos por ´sta, se creen no s´lo con o e o

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ERASMO DE ROTTERDAM

derecho a la inmortalidad y a un destino igual que los dioses, sino que se los prometen a los otros. De todos mis familiares, son los m´s devotos a del Amor Propio y de la Adulaci´n, y no hay o quien me rinda culto tan puro y perseverante. Igualmente me pertenecen los ret´ricos, auno que, en verdad, prevariquen a veces para entenderse con los fil´sofos; y digo que me pertenecen, o entre otras razones, por una principal´ ısima, cual es la de que, aparte de otras tonter´ han escriıas, to con particular cuidado una multitud de preceptos referentes a las reglas del g´nero festivo, e hasta el extremo de que el autor de la Ret´rica o dedicada a Herenio, sea quien fuere, incluy´ a la o Necedad entre los medios de agradar; y Quintiliano, pr´ ıncipe de los ret´ricos, escribi´ sobre la o o risa un cap´ ıtulo m´s largo que la Il´ a ıada; en fin, tanta es la importancia que los ret´ricos atrio buyen a la necedad, que muchas veces lo que ning´n argumento pudo deshacer, la risa lo desu barata en un instante. Ahora bien: supongo que nadie pensar´ que el arte de hacer re´ no me a ır pertenece a m´ a la Necedad. ı,

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. L

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De la misma cala˜a son los que publicando n los libros quieren alcanzar fama imperecedera, todos los cuales me deben mucho; pero principalmente, aquellos que emborronan el papel con meras majader´ ya que a los que escriben docıas, tamente y para unos pocos entendidos, hombres que no temer´ ni aun las cr´ ıan ıticas de Persio y Lelio, m´s bien los tengo por dignos de l´stima a a que por dichosos; su vida es una tortura continua; en efecto, a˜aden, cambian, quitan, vueln ven a poner, hacen y deshacen, aclaran, guardan nueve a˜os su obra, como dijo Horacio, y nunca n est´n del todo satisfechos. Y todo esto para oba tener una vana recompensa: la gloria, patrimonio de muy pocos, la cual compran a fuerza de vigilias, con grave detrimento del sue˜o, b´lsan a mo de la vida, y a costa de fatigas y tormentos, a los que hay que a˜adir, adem´s, la p´rdida n a e de la salud, la ruina del cuerpo, la oftalm´ y ıa aun la ceguera, la pobreza, la envidia, la abstinencia de los deleites, la vejez precoz, la muerte prematura y otros sufrimientos por el estilo. He aqu´ los sacrificios con que este sabio piensa que ı debe comprar la aprobaci´n de alg´n que otro o u

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ERASMO DE ROTTERDAM

lega˜oso como ´l. n e En cambio, el escritor que me es adicto, es m´s feliz cuanto es m´s extravagante, porque a a sin ning´n esfuerzo, y sin pensarlo siquiera, lanu za inmediatamente por escrito todo lo que se le viene a las mientes, todo lo que afluye a su pluma y todo cuanto sue˜a, cost´ndole s´lo un poco n a o de papel, sabiendo muy bien que cuantas m´s a tonter´ escriba, m´s gustado ser´ por la mulıas a a titud; es decir, por todos los necios ignorantes. ¿Qu´ le importa, pues, que le desprecien tres o e cuatro sabios, caso de que le lean? ¿Qu´ significa e el voto de tan pocos sabios ante la muchedumbre que lo aclama? Pero son mucho m´s listos los que publican baa jo su nombre las obras ajenas y se apropian una gloria que a otros ha costado inmensos trabajos, con copiar descansadamente, pues aunque saben que un plagio ha de descubrirse alg´n d´ sin u ıa, embargo, durante alg´n tiempo, ellos se enriu quecen con el inter´s del pr´stamo. Hay que ver e e c´mo se pavonean cuando son alabados por el o vulgo; cuando la multitud los se˜ala con el dedo n diciendo: “¡Miradlo! ¡Es el famoso Tal!” Cuando

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. L

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contemplan sus obras en las librer´ y cuando ıas en las portadas de sus libros aciertan a colocar unos t´ ıtulos raros, muy a menudo extra˜os, n que asemejan caracteres m´gicos, y que, ¡por los a dioses inmortales!, no son sino palabras hueras. ¡Cu´n pocos se encontrar´n en toda la extensi´n a a o del globo que los conozcan! ¡Cu´ntos, menos toa dav´ que los ensalcen! (que tambi´n entre los ıa, e indoctos hay diversidad de paladares). En general, dichos t´ ıtulos se inventan, o se toman de obras antiguas, y as´ uno gusta de llamar a la ı, suya Tel´maco; el otro, Esteleno o Laertes; e ´ste, Pol´crates; aqu´l, Trasimaco, y a algunos e ı e no les importar´ nada que un libro se llamara ıa El camale´n o La calabaza, aunque no traten o de ello, para imitar el lenguaje de los fil´sofos o Alfa o Beta. Pero lo m´s gracioso del caso es verles enviarse a mutuamente ep´ ıstolas, poes´ y elogios, donde ıas se alaban rec´ ıprocamente los necios y los ignorantes. “T´ eres superior a Alces”, dice el priu mero. “T´ –replica el segundo– vales m´s que u a Cal´ ımaco.” “T´ eres un Cicer´n”, grita uno. “Y u o t´ eres m´s sabio que Plat´n”, le contesta el u a o

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ERASMO DE ROTTERDAM

otro. Algunas veces, tambi´n se buscan un contrine cante, a fin de aumentar su fama rivalizando con ´l. Entonces el p´blico, ingenuo, se divide en dos e u bandos contrarios, hasta que los dos campeones, dando por bien re˜ido el combate, se retiran vicn toriosos y ambos se llevan los honores del triunfo. Los sabios de r´ diciendo, con raz´n, que ıen, o esto es ya el colmo de la necedad. Y ¿qui´n lo e niega? Pero, entre tanto, gracias a m´ pasan ı, una vida tan agradable, que no cambiar´ sus ıan glorias por las de los mismos Escipiones. No obstante, los mismos sabios, que se r´ de esto con ıen toda su alma y con tanto gusto, gozan de la locura ajena, no es poco lo que me deben a su vez, y no podr´n negarlo, como no sean grandemente a ingratos conmigo.

CAPITULO LI
´ C) LOS JURISCONSULTOS Y LOS DIALECTICOS

ntre los eruditos, los jurisconsultos reclaman el primer lugar, y cierto es que ningunos otros se muestran tan satisfechos de s´ mismos cuando, verdaderos S´ ı ısifos24, suben eternamente la piedra urdiendo en su cabeza

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“Subir eternamente la piedra, ¡como S´ ısifo!”, quiere decir, hacer un trabajo agotador, esteril e infinito.

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ERASMO DE ROTTERDAM

centenares de leyes, siempre con el mismo fanatismo, sin importarles un bledo que vengan o no vengan a pelo, amontonando glosas sobre glosas y opiniones sobre opiniones, y haciendo creer que sus estudios son los m´s dif´ a ıciles de todos, por reputar que, cuanto m´s trabajo cuesta una a cosa, por lo mismo m´s m´rito tiene. a e Puede colocarse a su lado a los dial´cticos y e sofistas, hombres locuaces que meten m´s ruia do que los calderos bronc´ ıneos de Dodona, pues uno solo podr´ luchar en charlataner´ con veinıa ıa te comadres escogidas. Ser´ sin embargo, m´s ıan, a felices si solamente fueran charlatanes y no tambi´n camorristas, como lo son, que por un qu´ e ıtame all´ esas pajas, arman feroces peloteras, y a muchas veces, a fuerza de porfiar, la verdad se les escapa de las manos. Sin embargo, el Amor Propio los hace dichosos, pues armados con dos o tres silogismos, no vacilan en atreverse a discutir con cualquiera y acerca de cualquier cosa, porque su misma pertinacia los hace invencibles, aunque los pusierais en frente al propio Estentor25.
25

H´roe de los griegos. e

CAPITULO LII
´ D) LOS FILOSOFOS

´ etras de ellos vienen los fil´sofos, veo nerables por su barba y por su manto, que dicen ser los unicos que saben; el resto de los ´ mortales son hombres que revolotean. ¡Oh, cu´n a dulcemente deliran cuando forjan mundos infinitos a su antojo; cuando miden como con el pul-

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ERASMO DE ROTTERDAM

gar, como con un hilo, el sol, la luna, las estrellas y los orbes celestes; cuando sin vacilar un punto explican las causas del rayo, del viento, de los eclipses y de todos los dem´s fen´menos inexplia o cables! Y lo hacen como si fueran los secretarios del arquitecto del mundo, o como si acabaran de llegar del Consejo de los dioses. En tanto, la Naturaleza se r´ lindamente de ellos y de sus ıe hip´tesis, porque no conocen nada con certeza, o como lo demuestran palmariamente las interminables disputas que mantienen entre s´ acerca ı de cualquier cosa. No saben absolutamente nada, y pretenden saberlo todo. No se conocen a s´ mismos, ni ven la fosa abierta a sus pies, ni ı la piedra en que pueden tropezar, sea porque de ordinario son casi ciegos, sea por tener la cabeza a p´jaros26; pero esto no les impide afirmar a que perciben las ideas, las universales, las formas abstractas, la materia prima, los quidditates 27, los acceitates 28, cosas, en verdad, tan imperceptibles, que, a mi juicio, ni el mismo Linceo las hubiese visto con claridad. Pero, sobre todo, desprecian al profano vulgo, s´lo porque saben o
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“Tener la cabeza a p´jaros”, quiere decir, andar distra´ a ıdo. quidditates, lo que responde a la pregunta quid sit, la esencia, la existencia (Arist´teles). o 28 acceitates, lo que hace que un individuo sea unico y distinto a los dem´s (Aristoteles). ´ a

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LII

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trazar tri´ngulos, cuadril´teros, c´ a a ırculos y otras figuras matem´ticas, inscritas unas en otras, e a intrincadas en forma laber´ ıntica y acompa˜adas n de un ej´rcito de letras, repetidas en distintos e o ´rdenes, cuya colocaci´n ofusca a los ignorantes. o No faltan algunos entre ellos que leen el porvenir en los astros, y que prometen milagros mayores que los de la magia. ¡Y todav´ encuentran paıa panatas que creen tambi´n esas cosas!. . . e

CAPITULO LIII
´ E) LOS TEOLOGOS

´ uiza fuera m´s conveniente pasar en sia lencio a los te´logos y no remover esa o ci´naga, ni tocar esa planta f´tida, no sea que e e tal gente, severa e irascible en el m´s alto grado, a caiga sobre m´ en corporaci´n con mil conclusioı o nes, para obligarme a cantar la palinodia, y en caso de negarme, pongan inmediatamente el grito en el cielo llam´ndome hereje, que no de otra a suerte suelen confundir con sus rayos a quienes les son poco propicios. No hay otros, ciertamente, que de peor gana reconozcan mis favores, aunque no por livianas razones me son deudores de muchos; pues, siendo dichosos por el Amor Propio, como si vivieran en el tercer cielo, miran desde su altura a los dem´s hombres como m´ a ıseros animales que se arrastran por la tierra, y casi se compadecen de ellos. De tal modo se hallan protegidos por un cortejo de definiciones magistrales, de conclusiones, de corolarios, de proposiciones,

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ERASMO DE ROTTERDAM

expl´ ıcitas e impl´ ıcitas, y tan bien provistos de refugios, que no podr´ enredarse ni en las reıan des de Vulcano, porque se escurrir´ de ellas ıan a fuerza de esos distingos que cortan todas las mallas, con palabras reci´n buscadas y t´rminos e e oscuros, como no har´ tan f´cilmente el cuchillo ıa a de dos filos de Tenedos. Adem´s, explican a su a capricho los m´s ocultos misterios, por ejemplo: a “Por qu´ causa fu´ creado y ordenado el mune e do.” “Qu´ v´ ha seguido el pecado original en e ıas la descendencia de Ad´n.” “De qu´ modo, en a e qu´ medida, cu´nto tiempo estuvo Cristo en el e a seno de la Virgen.” “De qu´ manera en la Eue carist´ subsisten los accidentes sin sustancia.” ıa Pero estas cuestiones est´n ya muy trilladas; a hay cuestiones, en verdad, reservadas a los grandes te´logos, a los iluminados, como ellos dio cen, y las cuales, cuando se plantean, los alborotan enormemente; verbigracia: “¿Hay un instante en la generaci´n divina?” “¿Deben admio tirse muchas filiaciones en Cristo?” “¿Es posible esta proposici´n: Dios Padre odia a su Hijo?” o “¿Habr´ podido Dios haber tomado la naturaıa leza de una mujer, de un demonio, de un asno,

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LIII

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de una calabaza o de un guijarro? Y admitiendo que hubiera tomado la forma de una calabaza, ¿c´mo habr´ podido predicar, hacer milagros o ıa y ser clavado en la cruz? ¿Qu´ habr´ consae ıa grado San Pedro si hubiera consagrado durante el tiempo que Cristo estaba en la cruz? ¿Podr´ ıa afirmarse que en aquel momento Cristo era hombre? Despu´s de la resurrecci´n de la carne, ¿se e o comer´ y se beber´?”, preguntan, en fin, ¡como a a si ya se precaviesen contra el hambre y la sed! Hay todav´ una multitud de est´pidas sutileıa u zas, cien veces mayores que las anteriores, acerca de las nociones, las relaciones, las formalidades, las quidditates y ecceitates, que se escapar´ ıan a los ojos m´s penetrantes, a menos que tuviea ran los de Linceo, que ve´ a trav´s de las m´s ıan e a espesas tinieblas las cosas que nunca hab´ ıan existido. A˜adid a esto aquellas sentencias tan n parad´jicas, que, a su lado, los or´culos de los o a estoicos, conocidos con el nombre de paradojas, parecen m´ximas groseras y propias de charlataa nes callejeros, como, por ejemplo: “Es un pecado menos grave degollar mil hombres que coser en domingo los zapatos de un pobre”, y “es prefe-

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rible dejar que perezca el Universo entero, con armas y bagajes, como suele decirse, a proferir una sola mentirijilla, por inocente que sea”.

Pero estas sutilezas tan sutiles, las convierten en archisutiles los diversos sistemas escol´sticos, a pues m´s pronto se saldr´ de un laberinto que a ıa de esa mara˜a de realistas, nominalistas, tomisn

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tas, albertinos, ockamistas, escotistas, etc., y no he nombrado todas las sectas, sino las principales, en todas las cuales hay tanta erudici´n y o tantas dificultades, que, en mi opini´n, los miso mos ap´stoles necesitar´ una nueva Venida del o ıan Esp´ ıritu Santo si tuvieran que disputar sobre estas materias con esta nueva especie de te´logos. o San Pablo pudo, sin duda, estar animado por la fe; pero cuando dijo que es “el fundamento de las cosas que se esperan y la convicci´n de o las que no se ven”, la defini´ de un modo poco o magistral. El mismo practic´ maravillosamente o la caridad; con qu´ poca dial´ctica la dividi´ y e e o defini´ en el cap´ o ıtulo XIII de la primera Ep´ ıstola a los Corintios. Con seguridad, los ap´stoles o consagraban con gran devoci´n, y, sin embargo, o si se les hubiera preguntado acerca del t´rmino e a quo y del t´rmino ad quem o sobre la trane sustanciaci´n, o c´mo uno mismo puede estar a o o la vez en diversos lugares, o sobre qu´ diferene cia existe entre el Cuerpo de Cristo en el Cielo, en la Cruz y en el Sacramento eucar´ ıstico, o en qu´ instante se verifica la transustanciaci´n, e o puesto que las palabras en cuya virtud se reali-

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za, siendo cantidad discreta, tienen que ser tambi´n sucesivas. . . Si se interrogase, repito, a los e ap´stoles acerca de todas estas cosas, creo que o no hubieran podido responder tan agudamente como los escotistas cuando las explican y definen. Los ap´stoles conocieron en carne y hueso o a la Madre de Jes´s; pero ¿qui´n de ellos deu e mostr´ tan hip´critamente como nuestros te´loo o o gos de qu´ modos fu´ preservada del pecado orie e ginal?

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San Pedro recibi´ las llaves, y las recibi´ de o o quien no pod´ confiarlas a un indigno de tal ıa honor, y, sin embargo, yo no s´ si lo entender´ e ıa, porque seguramente nunca se le ocurri´ pensar o en la sutileza de c´mo las llaves de la ciencia o pueden ir a parar a manos del que carece de ella. Los ap´stoles bautizaban por todas paro tes, y, no obstante, jam´s dijeron nada de las a causas formales, materiales, eficientes y finales del bautismo, ni hicieron la menor menci´n de o su car´cter deleble o indeleble. Ellos adoraban a a Dios, pero en esp´ ıritu y sin m´s norma que aquel a precepto evang´lico que dice: “Dios es esp´ e ıritu, y hay que adorarle en esp´ ıritu y en verdad”; mas en ning´n lugar aparece que les fuese revelado u que una figurilla trazada con carb´n en la pao red mereciera id´ntica adoraci´n que el mismo e o Cristo, con tal que tuviera dos dedos extendidos, larga melena y una aureola de tres franjas pegada al occipucio. ¿Qui´n, pues, ha de come prender estas cosas si no se ha pasado treinta y seis a˜os enteros descrism´ndose con el estudio n a de la f´ ısica y la metaf´ ısica de Arist´teles y de o Escoto?

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Asimismo, los ap´stoles hablaron repetidao mente de la gracia, pero jam´s distinguieron ena tre la gracia gratis dada y la gracia gratum faciens. Exhortaron a las buenas obras, pero no hicieron distinci´n entre la obra operante y la o obra operada. Recomendaron sin cesar la caridad, pero no la clasificaron en infusa y adquirida, ni explicaron si es accidente o sustancia, creada o increada. Execraron el pecado, pero que me muera si hubieran podido definir cient´ ıfi-

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camente lo que nosotros llamamos pecado, a menos que supongamos que el esp´ ıritu de los escotistas los inspirara. Con todo, no creo que San Pablo, por cuya cultura podemos juzgar la de los dem´s, se hubiea ra atrevido a condenar todas estas cuestiones, controversias, genealog´ y logomaquias, como ıas ´l mismo las llama, si hubiese comprendido tae les argucias, y m´s teniendo en cuenta que las a discusiones y disputas de su tiempo eran r´stiu cas y cerriles, comparadas con las sutilezas de nuestros doctores, que exceden a la del mismo Crisipo29. No obstante, son los te´logos hombres muy o tolerantes cuando acaso hallan algo que, si bien con tosquedad y poco magistralmente, haya sido tratado por los ap´stoles, porque no lo reo chazan, sino que lo interpretan con benevolencia. Deferencia que nace tanto de su veneraci´n o por la antig¨edad como de su respeto al nomu bre apost´lico. En verdad, ¡caramba!, no ser´ o ıa justo exigir de ellos cosas tan lindas, de las que jam´s oyeron de labios de su Maestro una sola a
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“Crisipo de Soles” (282-208 a.C.), hombre de una sutileza notable.

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palabra. Mas si encuentran los mismos pasajes en San Juan Cris´stomo, en San Basilio o en o San Jer´nimo, entonces se contentan con escrio bir al margen: Non tenetur, es decir, “esto no se admite”. Es verdad que los ap´stoles impugnaron a los o gentiles, a los fil´sofos y a los jud´ muy obstio ıos, nados ´stos por su naturaleza; pero lo hicieron e con su vida y con sus milagros m´s que con sia logismos, pues se dirig´ a personas entre las ıan que no hab´ ninguna capaz de comprender un ıa solo quodlibeto 30 de Escoto. Mas hoy, ¿qu´ gene til o qu´ hereje no se rendir´ inmediatamente a e ıa tan maravillosas sutilezas, a no ser que fuera tan ignorante que no las comprendiera, o tan desvergonzado que las silbase, o tan iniciado en este g´nero de ardides que pudiera entrar en igual e combate como de genio a genio o como de diestro a diestro? Esto no ser´ otra cosa que un ıa tejer y destejer la tela de Pen´lope. e

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Pregunta que puede responderse con un si o un no.

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Por eso, a mi parecer, proceder´ cuerdamenıan te los cristianos si en vez de enviar contra los turcos y los sarracenos esas grandes falanges de soldados, que desde ha tantos a˜os combaten n sin ´xito, mandaran a los alborotadores escotise tas, a los terqu´ ısimos ockamistas, a los invictos albertistas y, en fin, a toda la turbamulta de los sofistas, pues creo que habr´ de presenciar la ıan m´s graciosa batalla y una nunca vista victoria; a porque ¿qui´n ser´ tan fr´ que no le despertae ıa ıo ran sus aguijonazos? ¿Qui´n tan imb´cil que no e e le animaran sus agudezas? ¿Qui´n tan clarivie

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dente que no le ofuscaran sus dens´ ısimas oscuridades? Presumo que est´is creyendo que os digo todo a esto en broma, y cierto que no me extra˜ar´ ya n ıa, que, entre los mismos te´logos, hay algunos m´s o a versados en la ciencia, a quienes estas fr´ ıvolas argucias teol´gicas (as´ las reputan) les producen o ı n´useas, como tambi´n hay otros que estiman a e grandemente imp´ y execran, cual si fuera un ıo sacrificio, el que en estas materias, m´s para ada mirar que para explicar, se hable con lenguas tan irreverentes, se discuta con artificios tan gentiles y profanos, se defina con tanta arrogancia y se manche la majestad de la divina Teolog´ con ıa tan insulsas y hasta con tan impuras palabras y opiniones. Todo esto es verdad; pero tambi´n lo es que los e otros se complacen sobre manera en s´ mismos; ı es m´s: se aplauden, hasta el extremo de que, a ocupados d´ y noche con sus halagadoras monıa sergas, no les queda un solo instante para hojear, al menos una vez, el Evangelio o las Ep´ ıstolas de San Pablo. Y porque llenan las escuelas con sus estupideces, se imaginan que son las colum-

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nas de la Iglesia, cuyo edificio se derrumbar´ si ıa no fuera por ellos, y que sus silogismos son los puntales que lo sostienen, de la misma manera que los hombros de Atlas sostienen al mundo, seg´n refieren los poetas. u

Pensad lo felices que son cuando moldean y remoldean a su antojo los pasajes m´s abstractos a de la Escritura como si fueran de blanda cera; cuando pretenden que sus conclusiones, firma-

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das ya por algunos de su escuela, se las tenga por superiores a las leyes de Sol´n y se prefieran aun o a los decretos pontificios, y cuando, erigi´ndose e en censores del mundo, obligan a retractarse a todo el que no se conforme rigurosamente con sus conclusiones expl´ ıcitas o impl´ ıcitas. Ellos proclaman, a guisa de or´culos, que tal a proposici´n es escandalosa, tal otra poco reveo rente, tal otra her´tica, tal otra malsonante, de e tal suerte que ni el bautismo, ni el Evangelio, ni la doctrina de San Pablo y San Pedro, ni la de San Jer´nimo, ni la de San Agust´ ni siquiera o ın, la del mismo Santo Tom´s, el gran aristot´lia e co, bastan para formar un cristiano si no cuenta con el asentimiento de los bachilleres. ¡Tanta es la sutileza de sus juicios! ¿Qui´n habr´ de sospechar, si nuestros sae ıa bios no lo hubiesen ense˜ado, que dejaba de n ser cristiano quien dijese indiferentemente estas dos proposiciones: “Bac´ hiedes” y “El bac´ ın, ın hiede”; o bien: “La marmita hierve” y “Hierve la marmita?” ¿Qui´n hubiera librado a la e Iglesia de las densas tinieblas del error, del cual seguramente nadie se habr´ percatado si ellos ıa

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no lo hubiesen anunciado con grandes sellos de la Universidad? ¿Y no son nuestros te´logos o sumamente dichosos cuando hacen todo esto? ¿Cu´ndo, adem´s, describen tan al detalle toa a do lo que se refiere al infierno, como si hubieran vivido muchos a˜os en este pa´ ¿Cuando, por n ıs? fin, construyen a su capricho nuevas esferas o mundos, sin olvidarse de ponderar una muy espaciosa y muy bella, el Emp´ ıreo, a fin de que a las almas de los bienaventurados no les falte espacio para pasearse a su gusto, para celebrar banquetes y aun para jugar a la pelota?

Con estas y otras mil parecidas tonter´ est´n ıas a rellenas e hinchadas las cabezas de esos hombres, que presumo no lo estaba m´s la de J´pia u ter cuando, para dar a luz a Minerva, pidi´ por o favor el hacha de Vulcano; por lo cual no os asombr´is si en las disputas p´blicas veis sus e u cr´neos tan cuidadosamente cubiertos con los a flecos del birrete, ya que, de lo contrario, es seguro que se les abrir´ de por medio. ıan

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Yo misma tengo que re´ ırme algunas veces al ver que solamente se tienen por grandes te´loo gos cuando se expresan lo m´s b´rbara y tora a

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pemente posible; al considerar que balbucen de tal forma que de nadie logran ser comprendidos, a no ser por los tartamudos, y que llaman agudeza de ingenio a lo que el vulgo no entiende; porque dicen que es indigno de las Sagradas Letras someterse a las leyes de los gram´ticos. a ¡Admirable excelencia de los te´logos, si s´lo a o o ellos les fuera l´ ıcito hablar mal! Por desgracia, en esto son iguales a muchos remendones. Para concluir: se creen semidioses siempre que se los saluda casi devotamente con las palabras “Magister noster”, en las cuales creen hallar cierto sentido tan misterioso como el que encuentran los jud´ en el tetragrammaton o ıos nombre de Jahv´. Por este motivo pretenden e que MAGISTER NOSTER no debe escribirse m´s que con may´sculas, y si a alguno se a u le ocurriese decir, invirtiendo las palabras, Noster Magister, este tal echar´ a perder de un ıa golpe toda la majestad del prestigio teol´gico. o

CAPITULO LIV
F) LOS RELIGIOSOS Y LOS MONJES

uy parecida a la feliz condici´n de los o te´logos es la de aquellos que se llaman o religiosos y monjes o frailes, calificativos muy falsos, porque buena parte de ellos distan mucho de la religi´n, y no hay nadie como ellos tan o presentes en todas partes31. No veo qui´n pudiera ser m´s desgraciado que e a ellos si yo no acudiese en su auxilio de muchas maneras, pues aunque el g´nero humano detesta e

M

31

monje viene del griego

monaqìc

, unico, solo. ´

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esta clase de hombres, hasta el punto de que si los encuentra al paso cree a pie juntillas que es se˜al de mal ag¨ero, ellos, sin embargo, tienen la n u m´s alta opini´n de s´ mismos. En primer lugar, a o ı estiman que la piedad consiste en estar ayunos de toda clase de estudios, que no sepan ni siquiera leer; adem´s, cuando cantan los salmos, a pronunciados, mas no entendidos, y atruenan los templos con sus voces de jumentos, se imaginan que los o´ ıdos de la Divinidad est´n recibiendo a un deleite especial. Hay algunos de ellos

que trafican ventajosamente con su mugre y su mendicidad, y van berreando de puerta en puerta para pedir un pedazo de pan, sin dejar hos-

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ter´ coches ni bancos que no asalten, con no ıas, poco perjuicio de los verdaderos mendigos; de este modo penetran suavemente estos hombres, que con su suciedad, su ignorancia, su ordinariez y su desverg¨enza pretenden ofrecernos una u imagen de los ap´stoles. o ¿Qu´ cosa m´s divertida que ver c´mo toe a o do lo hacen conforme a preceptos determinados, cual si sus actos estuvieran sujetos a reglas matem´ticas cuya omisi´n implicase sacria o legio? ¿Cu´ntos nudos tendr´n las sandalias; de a a qu´ color ser´ el cinto; qu´ n´mero de ropas e a e u habr´n de vestir; cu´l ser´ la materia y la longia a a tud del cinto; qu´ forma y dimensiones tendr´ la e a capilla; cu´ntos dedos de ancho el cerquillo, y a cu´ntas horas han de dormir? ¿Qui´n no coma e prende la desigualdad de semejante igualdad en tan infinita variedad de cuerpos y de almas? Sin embargo, a pesar de estas bagatelas, no solamente creen que a su lado los dem´s son unas a nulidades, sino que se desprecian entre s´ y esı, tos hombres, que profesan la caridad apost´lica, o si ven en otro de su Orden un h´bito distinto del a suyo o de un color un poco m´s o menos oscuro a

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que el del que ellos gastan, arman cada trapisonda que tiembla el orbe.

Algunos hay tan rigurosos observadores de las constituciones de su Orden, que llevan de cilicio las vestiduras exteriores y debajo de ellas fin´ ısimas telas de Milesia; otros, en cambio, van por fuera vestidos de lino y por dentro de lana; otros, tambi´n, huyen del contacto del dinero e como de un veneno, pero no de las mujeres ni del vino. En fin, todo su af´n es no hacer nada a en conformidad con el orden natural de la vida, ni tampoco estriba su preocupaci´n en parecer a o Cristo, sino en no parecerse entre ellos. Por eso, gran parte de su felicidad la cifran en los sobre-

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nombres, pues mientras los unos se enorgullecen con el nombre de franciscanos (ya sean recoletos, menores, m´ ınimos o bulistas), los otros del de benedictinos o bernardos, o bridigenses, o agustinos, o guillermistas, o jacobistas (dominicos), como si fuese poco llamarse cristianos. La mayor´ de ellos conceden tal importanıa cia a sus ceremonias y tradicioncillas claustrales, que consideran que un solo cielo no es una recompensa muy grande para tantos m´ritos, sin e pensar jam´s en que Cristo, despreciando todo a esto, en la otra vida les preguntar´ si han cuma plido exactamente su precepto de la caridad. Entonces, uno presentar´ su panza rellena de toa da clase de pescados; otro, cien cargas de salmos; otro contar´ sus millares de ayunos y querr´ haa a cer creer que tiene el est´mago destrozado por o no haber hecho m´s que una sola refacci´n; otro a o sacar´ a relucir tal mont´n de ceremonias que a o siete grandes nav´ no bastar´ para soportarıos ıan las. Qui´n se gloriar´ de que en sesenta a˜os no e a n toc´ una sola moneda, a no ser con un doble par o de guantes; qui´n mostrar´ su capuch´n tan sue a o cio y grasiento que no lo querr´ ni un marinero; ıa

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qui´n recordar´ que durante m´s de once lustros e a a vivi´ como una esponja sin moverse del mismo o sitio; qui´n aducir´ ha enronquecido a fuerza de e a tanto cantar en el coro; qui´n, que la soledad le e ha embrutecido; qui´n, en fin, que un silencio e perpetuo le ha paralizado la lengua.

Pero Cristo, interrumpiendo estas interminables apolog´ exclamar´: “¿De d´nde viene esıas, a o ta nueva casta de jud´ Yo no conozco, verdaıos? deramente, m´s que mi ley, que es la unica de a ´ la que no oigo hablar. En otro tiempo, bien cla-

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ramente, y sin emplear el velo de las par´bolas, a promet´ el reino de mi Padre, no a las cogullas, ı a las preces y a las abstinencias, sino a las obras de caridad. No reconozco a aquellos que tanto reconocen sus m´ritos y que quieren aparecer e m´s santos que yo; vayan, si les place, a llenar a los trescientos sesenta y cinco cielos de Bas´ ılides, o pidan que les hagan uno nuevo para ellos a los que antepusieron sus insignificantes tradiciones a mis preceptos.” Cuando oigan esto y vean que los galeotes y los carreteros son preferidos a ellos, ¿con qu´ caras, e decidme, se mirar´n los unos a los otros? Pero a mientras esto llega, y no sin mi ayuda, son felices con su esperanza. Aunque es cierto que viven alejados del mundo, no hay nadie, sin embargo, que se atreva a despreciarlos, sobre todo si se trata de los mendicantes, porque poseen los secretos de las familias merced a las confesiones que provocan por todos los medios imaginables, secretos que no les es l´ ıcito descubrir, como no sea cuando, despu´s e de haber empinado el codo, quieren divertirse contando picantes an´cdotas, y entonces dicen e

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las cosas que se entienden por conjeturas, pero callando los nombres. Mas si alguien irrita a estos z´nganos de colmena, v´nganse, bonitamena e te en los sermones, aludi´ndolos con indirectas e tan transparentes, que s´lo dejar´ de entendero ıa las aquel que nada comprendiese, y, a imitaci´n o del Cerbero, no cesar´n de ladrar mientras no a les ech´is alg´n hueso para taparles la boca. e u

Adem´s, ¿qu´ comediante o charlat´n callea e a jero puede ser m´s entendido que estos homa bres, cuando en sus sermones tratan de imitar a los ret´ricos de una manera completamente o

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rid´ ıcula, aunque gracios´ ısima, y poner en pr´ctia ca las reglas oratorias que aqu´llos ense˜aron? e n ¡Oh dioses inmortales! ¡Qu´ gestos! ¡Qu´ came e bios de voz tan apropiados! ¡Qu´ sonsonete! ¡Y e c´mo se pavonean! ¡C´mo vuelven sus miradas, o o ya a los unos, ya a los otros! ¡Qu´ gritos dan e tan destemplados! Este arte de predicar parece como un secreto que el fraile transmite por herencia al frailecillo, y aunque a m´ no me sea ı dado conocerle, voy a deciros de ´l lo que por e ciertos indicios he podido deducir. En primer lugar, hacen una invocaci´n, cosa o que han ido a pedir prestada a los poetas. En segundo t´rmino, si van a hablar sobre la e caridad, empiezan el exordio con el Nilo de Egipto; si del misterio de la Cruz, hallan felic´ ısimo comienzo en el recuerdo de Bel, el drag´n de o Babilonia; si del ayuno, toman su punto de partida en los doce signos del Zod´ ıaco, y si de la fe, hacen una larga introducci´n acerca de la o cuadratura del c´ ırculo. Yo mismo o´ una vez a un insigne necio (mejor ı dicho, a uno de estos sabios) que, habiendo de

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predicar en un serm´n de campanillas32 sobre o el misterio de la Sant´ ısimas Trinidad, y queriendo dar prueba de una erudici´n poco com´n y o u regalar el o´ a los te´logos, ech´ por un caıdo o o mino completamente nuevo: habl´ de las letras, o de las s´ ılabas y de las oraciones; despu´s, acere ca de la concordancia del nombre con el verbo y del adjetivo con el sustantivo, hasta el punto de que casi todos los oyentes se asombraban, y algunos, en voz baja, repet´ aquel dicho de ıan Horacio: “¿A qu´ vienen tantas imbecilidades?” e El orador acab´ por demostrar que la imagen o de la Trinidad h´llase tan manifiesta en los rua dimentos gramaticales, que ning´n matem´tico, u a vali´ndose de sus figuras, alcanzar´ mayor exace ıa titud. Para hacer tal serm´n, estuvo este archio te´logo sudando la gota gorda nada menos que o ocho meses enteros, y hoy est´ m´s ciego que un a a topo; probablemente toda la sutileza de su ingenio se le subi´ a la c´spide del entendimiento, y, o u sin embargo, no le pasa su ceguera, y mira esto como un peque˜o sacrificio en comparaci´n de n o la gloria adquirida.
32

“de campanillas”, quiere decir, de gran autoridad o de circunstancias muy relevantes.

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Tambi´n o´ una vez a un octogenario, tan ree ı matado te´logo, que se le hubiera tomado por o Escoto redivivo. Este, queriendo explicar el misterio del nombre de Jes´s, demostr´ con admirable sutileza u o que en las mismas letras de aquel nombre estaba encerrado cuanto de Jes´s podr´ decirse; u ıa en efecto: como no tiene m´s que tres casos en a la declinaci´n latina, es evidente s´ o ımbolo de la Sant´ ısima Trinidad. Adem´s, puesto que el pria mer caso es en S –Jes´s–, el segundo en M – u Jesum–, y el tercero en U –Jesu–, enci´rrase en e ello un misterio inefable, a saber: que cada una de estas letras indica que Jes´s es el Principio, u el Medio y el Fin de todas las cosas33. Quedaba un misterio a´n m´s indescifrable que todo esto. u a El orador dividi´ matem´ticamente la palabra o a Jes´s en dos partes iguales, quedando en meu dio la S ; ense˜´ que entre los hebreos esta letra no es la , llamada por ellos syn, que en escoc´s e me parece que quiere decir pecado (sin), y que, por tanto, resulta claramente de todo esto que Jes´s hab´ de ser quien quitase los pecados del u ıa
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summum, medium, ultimum.

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mundo.

Este tan extra˜o exordio caus´ tal estupefacn o ci´n en todos los oyentes, y principalmente en o los te´logos, que poco falt´ para que se quedaran o o petrificados como N´ ıobe; en cambio, a m´ me ı entr´ una risa que por poco se me aflojan los o muelles como a Pr´ ıapo, que, por su desdicha, fu´ testigo de los sortilegios de las dos brujas e de Horacio, Canidia y Sagana. Y no sin raz´n, o

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ciertamente; porque ¿cu´ndo se vi´ semejante a o exordio en boca de Dem´stenes, el griego, o de o Cicer´n, el latino? Ten´ ´stos por defectuoo ıan e so todo proemio extra˜o al asunto. Regla es n ´sta que observan hasta los mismos porqueros e sin m´s maestro que la Naturaleza. Pero estos a sabios miran su pre´mbulo –as´ lo llaman ellos– a ı como una obra maestra de elocuencia, cuando no guarda la m´s remota relaci´n con el resto a o del discurso, a fin de que el oyente, maravillado, se pregunte en voz baja: ¿Ad´nde ir´ a parar o a este hombre? En tercer lugar, si en la exposici´n citan alg´n o u pasaje del Evangelio, lo comentan de prisa y corriendo, siendo as´ que de esto s´lo debieran ı o ocuparse. En cuarto lugar, he aqu´ que de repente camı bian de m´scara y ponen sobre el tapete una a cuesti´n teol´gica que, a veces, nada tiene que o o ver ni con el cielo ni con la tierra; pero ellos creen que est´ en conformidad con las reglas del a arte. Aqu´ es cuando arrugan el entrecejo apaı rentando profundidad teol´gica, y cuando hao cen retumbar en los o´ ıdos los t´ ıtulos pomposos

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de doctores solemnes, doctores sutiles, doctores sutil´ ısimos, doctores ser´ficos, doctores sana tos y doctores irrefragables. Entonces es cuando lanzan a la cabeza del ignorante vulgo un diluvio de silogismos, mayores, menores, conclusiones, corolarios, suposiciones y otras insulsas majader´ y tonter´ archiescol´sticas. ıas ıas a

Queda el quinto y ultimo acto, en el que ´ conviene mostrarse como consumado maestro. All´ se ponen a referirnos alg´n chascarrillo neı u cio y trivial, sacado seguramente del Speculum historiale 34 o de las Gesta romanorum,
El “Speculum historiale” es la tercera parte del “Speculum Majus” (Espejo Mayor) que fu´ una impore tante enciclopedia de la Edad Media, escrita por Vincente de Beauvais en el siglo XIII.
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e interpretan su sentido aleg´rico, tropol´gico y o o anag´gico, y as´ acaban su discurso, monstruoo ı sa quimera, a la que no se aproxima ni aquella que describe Horacio en los primeros versos de su Arte Po´tica: “Humano capiti”, etc. e Oyeron decir, de no s´ quienes, que el exordio e debe ser sosegado y sin estr´pito; y de aqu´ que e ı principien sus sermones de tal manera, que no los oye ni el cuello de la camisa, como si se propusieran que nadie les entendiese. Oyeron decir, adem´s, que para mover el ´nimo, hab´ que rea a ıa currir algunas veces a las exclamaciones, y por eso pasan bruscamente de un tono sencillo a gritos de endemoniados, aunque el asunto no lo requiera; aunque les dig´is que necesitan un a el´boro para curarse, en vano clamar´is, porque e e os oir´n como el que oye llover. Oyeron decir, a asimismo, que es conveniente que el acento vaya aumentando gradualmente, por lo cual, despu´s e de haber recitado muy por lo mediano el principio de cada parte, comienzan de improviso a gritar como energ´menos, aunque el asunto sea u de lo m´s fr´ a ıvolo e insustancial; y luego acaban con una voz moribunda como si se fueran a mo-

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rir. Por ultimo, aprendieron de los ret´ricos a ´ o provocar la risa en el auditorio, y por esta raz´n o se esfuerzan en salpimentar sus sermones con algunos chistes que son, ¡por Venus!, tan graciosos y oportunos, que, verdaderamente, parecen asnos cantando al son de la lira.

A veces son mordaces; pero de tal modo, que en vez de herir hacen cosquillas, y nunca adulan mejor a las gentes que cuando quieren darles a entender que hablan francamente y sin ambages ni rodeos. Finalmente, de tal manera se ajustan siempre a este estilo, que se jurar´ que lo han ıa aprendido de los charlatanes de plazuela, que les son muy superiores, si bien mirado, unos y otros se llevan tan poco, que nadie sabr´ decir ıa

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qui´n a qui´n le ense˜´ el oficio: si los frailes a e e no los charlatanes o los charlatanes a los frailes. Y, sin embargo, gracias a m´ se hallan todav´ ı, ıa gentes que al escucharlos se figuran estar oyendo a Dem´stenes o Cicer´n. Entre tales personas o o encu´ntranse principalmente los comerciantes y e las mujeres, a quienes procuran hablar s´lo de o lo que les agrada: a los unos, porque si son adulados con oportunidad, acostumbran compartir con ellos tal o cual migaja de la presa de sus mal adquiridos bienes, y a las otras, porque son amados por ellas por muchas razones, pero, sobre todo, porque desahogan en su seno su mal humor contra sus maridos. Sin duda comprender´is ya lo mucho que me e deben estos hombres, que con sus ceremonias, sus rid´ ıculas simplezas y sus clamores, ejercen sobre los mortales una especie de tiran´ y, ıa adem´s, se creen otros San Pablos y San Ana tonios.

CAPITULO LV
G) LOS REYES Y LOS PR´ INCIPES

P

ero dejemos ya en buena hora a esos historiadores, que son tan ingratos disimulando mis beneficios como audaces fingiendo la devoci´n, pues hace rato que tengo gana de deo ciros algo acerca de los reyes y los pr´ ıncipes, de quienes recibo un culto muy sincero, como conviene a hombres libres.

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Si alguno de los mencionados tuviera solamente media onza de sentido com´n, ¿qu´ vida u e habr´ m´s triste que la de ellos o m´s digna ıa a a de ser renunciada? Si se meditase seriamente en la inmensa carga que echa sobre sus hombros el que quiere reinar verdaderamente, no creer´ ıa que la corona sea bastante para compensar el perjurio o el parricidio. Aquel que recibe la misi´n de gobernar los o pueblos debe ocuparse de los intereses comunes, no de los suyos; ha de pensar exclusivamente en la utilidad general; debe no apartarse en absoluto de las leyes, de las que ´l mismo es autor e y ejecutor; debe responder de la integridad de los magistrados y oficiales, y que puede, como un astro ben´fico, hacer la dicha del g´nero hue e mano por sus virtudes y costumbres, o como un siniestro cometa, causar las mayores calamidades. Los vicios de los dem´s, ni trascienden de la a misma manera, ni tienen tanta resonancia; en cambio, si un rey comete el m´s ligero extrav´ a ıo, en el mismo instante, por la posici´n que ocuo pa, se generaliza, as´ como la peste, el contagio. ı

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Adem´s, muchas cosas lleva consigo la condici´n a o o estado de los reyes, que suelen desviarlos del camino recto, como son, por ejemplo, los placeres, la independencia, la adulaci´n y el lujo, o contra los cuales se han de prevenir en´rgicae mente y vigilar sol´ ıcitos para no ser enga˜ados n ni faltar nunca a sus deberes. Omito, por fin, el hablar de las insidias, de los odios, del miedo y de otros muchos peligros que los rodean, para decir tan s´lo que por encima de los reyes hay o un rey verdadero que les pedir´ cuentas de sus a m´s peque˜as acciones y que ser´ con ellos tanto a n a m´s severo, cuanto mayor poder hayan tenido. a Si un pr´ ıncipe hiciera estas reflexiones y otras parecidas –y las har´ si fuera sabio–, me parece ıa que no podr´ comer ni dormir tranquilamente; ıa pero, gracias a mi auxilio, dejan a los dioses todos estos cuidados y ellos se dan buena vida y no escuchan m´s que a quienes les hablan de cosas a divertidas, por no ser turbados en su ´nimo. a Creen que su oficio de reyes se reduce a cazar a menudo, a montar hermosos caballos, a vender en beneficio propio los cargos y las magistraturas y, sobre todo, a buscar diariamente

264

ERASMO DE ROTTERDAM

nuevos pretextos para aligerar los bolsillos de sus s´bditos y aumentar su tesoro, para lo cual u se les ve resucitar viejos t´ ıtulos para cubrir con la m´scara del derecho sus monstruosas iniquia dades, a˜adiendo, una vez hecho el mal, algun nos halaguillos al pueblo para captarse sus simpat´ ıas. Figuraos ahora un hombre como lo son a veces los reyes: ignorante de las leyes; enemigo, o poco menos, del provecho del pueblo; preocupado solamente de su personal actividad; entregado a los placeres; que odie el saber, la libertad y la verdad; que piense en todo, menos en la prosperidad de su Estado, y que no tiene m´s regla de a conducta que sus liviandades y sus conveniencias. Ahora, colgadle al cuello el collar de oro, emblema de la solidaridad de todas las virtudes; colocadle en la cabeza una corona guarnecida de piedras preciosas, que recuerda que debe brillar en medio de sus s´bditos por sus acciones heu roicas; ponedle en la mano el cetro, s´ ımbolo de la justicia y la rectitud constante de su ´nimo; a vestidle, en fin, con la p´rpura, que indica el celo u que debe sentir por su pueblo. Pues bien: si este

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LV

265

monarca comparase estas insignias con su conducta, creo con seguridad que se avergonzar´ ıa de sus adornos y temer´ que alg´n int´rprete ıa u e malicioso trocara en risa y chacota todos estos oropeles de teatro.

CAPITULO LVI
H) LOS CORTESANOS

qu´ he de recordaros sobre los cortesae nos? Siendo este oficio de lo m´s rastrea ro, servil, tonto y despreciable, no obstante, la mayor´ de ellos quieren parecer los primeros en ıa todo. S´lo en una cosa son muy modestos, a sao ber: en que content´ndose con vestirse de oro, a joyas, p´rpura y dem´s insignias de la sabidur´ u a ıa

Y

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ERASMO DE ROTTERDAM

y de la virtud, dejan a otros el ejercicio de estas mismas cualidades. Tales gentes consid´ranse sumamente felices e s´lo con poder llamar al rey el Se˜or ; con hao n ber aprendido las f´rmulas y etiquetas del sao ludo, con saber al dedillo si el tratamiento que corresponde es el de seren´ ısimo, o el de majestad o el de excelencia, y con acertar a hacerse un rostro imperturbable, donde sonr´ siempre ıa la adulaci´n, que en esto se resumen las prendas o que caracterizan al verdadero noble y al cortesano. Pero si examin´is m´s de cerca su manera de a a vivir, no hallar´is en ellos m´s que “verdadee a ros feacios y amantes de Pen´lope”, como dijo e Horacio. Ya conoc´is lo dem´s del verso. Eco os e a lo repetir´ mejor que yo. Los buenos cortesanos ıa duermen hasta mediod´ un capell´n asalariado ıa; a les dice junto al lecho, de prisa y corriendo, una misa, que ellos oyen casi acostados; desayunan, y apenas lo han terminado, ya est´n pidiendo la a comida; de sobremesa vienen los dados, el ajedrez, la loter´ las bufonadas, las necedades, las ıa, mujeres, las diversiones y las groser´ y entre ıas,

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LVI

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horas nunca falta alg´n piscolabis; luego llega u la cena, y tras la cena la bebida, no escasa, ¡vive Jove! Y de este modo, sin sentir el menor cansancio, p´sanse en los palacios las horas, los a d´ los meses, los a˜os y los siglos. ıas, n Yo misma, a veces, siento verdaderas n´useas a al ver entre esos pavos reales una ninfa que se cree tanto m´s cerca de los dioses cuanto m´s a a larga es la cola que arrastra, o al contemplar a un pr´cer que se abre paso a codazos para coloo carse lo m´s cerca posible de J´piter, o al obsera u var, en fin, que cada cual se siente m´s orgulloso a cuanto m´s pesada es la cadena que se cuelga a al cuello, ostentando con ello, no solamente su opulencia, sino tambi´n su vigor. e

CAPITULO LVII
I) LOS OBISPOS

os sumos pont´ ıfices, los cardenales y los obispos imitan desde hace largo tiempo con ´xito y casi sobrepasan la conducta de los e pr´ ıncipes. ¡Ah! Si alguno de ellos pensara que

L

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ERASMO DE ROTTERDAM

sus vestiduras de lino, de una blancura de nieve, son representaci´n de una vida sin mancha; o que su mitra de dos puntas atadas por un mismo nudo indica el conocimiento profundo del Antiguo y del Nuevo Testamento; que sus manos revestidas de guantes le advierten que deben administrar los Santos Sacramentos con pureza y libre de todo contagio de las cosas humanas; que el b´culo significa el cuidado diligent´ a ısimo que ha de tener con el reba˜o que se le ha conn fiado; que el pectoral anuncia la victoria sobre todas las pasiones. Si alguno de ellos, repito, hiciera estas reflexiones y otras muchas del mismo g´nero, ¿no es verdad que se har´ la vida amare ıa ga y llena de inquietudes? Pero nuestros prelados de hoy obran m´s cuerdamente dedic´ndose a a a ser pastores de s´ mismos y dejando al mismo ı Cristo la custodia de sus ovejas, o delegando sus funciones en los frailes y vicarios, sin acordarse siquiera de su nombre de obispo, que quiere decir trabajo, vigilancia y solicitud, pues s´lo o cuando se trata de atrapar dinero es cuando son obispos de verdad y no de los que duermen en las pajas.

CAPITULO LVIII
J) LOS CARDENALES

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ERASMO DE ROTTERDAM

e la misma manera, si los cardenales pensaran que son los sucesores de los ap´stoo les, y que se les exige la misma conducta que aqu´llos observaron; que no son due˜os, sino los e n administradores de los bienes espirituales, de todos los cuales tendr´n que dar muy pronto una a estrecha cuenta; si razonasen un poco sobre sus capisayos y se dijesen: “Este roquete blanco, ¿no es emblema de una eminente pureza de costumbres? Esta sotana de p´rpura, ¿no es s´ u ımbolo del ferviente amor a Dios? Este manto flotante y ampl´ ısimo, bajo el cual desaparece la mula de su eminencia y aun habr´ tela para cubrir a un ıa camello, ¿no significa la caridad sin l´ ımites que debe extenderse a todos los necesitados; es decir, a ense˜ar, a exhortar, a consolar, a reprender, a n amonestar, a dirimir las discordias, a resistir a los malos pr´ ıncipes y a sacrificar con gusto, no solamente sus riquezas, sino tambi´n su sangre e por el reba˜o cristiano? Aunque, si bien se mira, n ¿por qu´ raz´n han de tener riquezas los que se e o dicen hacer las veces de los ap´stoles, que viv´ o ıan pobres?”

D

Repito que si los cardenales meditasen en es-

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LVIII

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tas cosas, lejos de ambicionar ese honor, renunciar´ a ´l de buena voluntad o llevar´ una viıan e ıan da m´s laboriosa y m´s diligente, como lo fu´ ana a e tiguamente la de los disc´ ıpulos de Jes´s. u

CAPITULO LIX
k) LOS PAPAS

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ERASMO DE ROTTERDAM

S

i los sumos pont´ ıfices, que hacen las veces de Cristo, se esforzaran por imitar su vida, es decir, su pobreza, sus trabajos, sus doctrinas, su cruz y su desprecio del mundo; si pensaran en su nombre de Papa, que quiere decir padre, y en su sobrenombre de Sant´ ısimo que ostentan, ¿habr´ alguien m´s desdichado ıa a sobre la tierra? ¿Qui´n querr´ comprar la tiara e ıa a costa de toda su fortuna, y una vez comprada, conservarla, hasta por medio de la espada, del veneno y de todo g´nero de violencias? e Si alguna vez la sabidur´ . . ¿Qu´ digo la saıa. e bidur´ Si un solo grano de la sal de que haıa? bla Cristo se apoderase de ellos, ¿qu´ ventajas e no perder´ ıan? ¿Qu´ ser´ entonces de todo lo e ıa que los rodea: riquezas, honores, poder, triunfos, cargos, tesoros, tributos, indulgencias, caballos, mulas, escoltas y comodidades? (ya comprender´is el traj´ la faena y el c´mulo de riquezas e ın, u que todo esto supone). Habr´ que reemplazar ıa todo esto con vigilias, ayunos, l´grimas, oracioa nes, predicaciones, estudio, penitencia y otros mil ejercicios pesados de esta clase. Pero no hay que olvidar que con semejante

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LIX

279

cambio perecer´ de hambre tantos escribanos, ıan copistas, notarios, abogados, promotores, secretarios, muleros, caballerizos, recaudadores, mediadores –alguno m´s vergonzoso agregar´ pea ıa, ro temo ofender vuestros o´ ıdos–; en una palabra: una tan grande muchedumbre onerosa (me equivoco; quer´ decir honrosa) para la Sede ıa Romana. Esto ciertamente, ser´ cruel y abomiıa nable; pero todav´ lo ser´ mucho m´s horrible ıa ıa a hacer que volvieran a la alforja y al cayado los pr´ ıncipes supremos de la Iglesia, verdaderos luminares del mundo. No hay que temer. Hoy d´ todo lo que impliıa, ca alg´n trabajo, se lo encomiendan a San Pedro u y a San Pablo, que tienen sobrado tiempo para estas cosas; pero todo cuanto sea esplendor y regalo, rec´banlo para s´ lo que, sin discusi´n, es a ı, o obra m´ y por eso casi nadie habr´ que viva con ıa, a m´s placidez y con menos cuidados como quiea nes creen haber satisfecho plenamente a Cristo cuando, bajo sus ornamentos sagrados y casi teatrales, en ceremonias donde reciben los tratamientos de beatitud, de reverencia y de santidad, representan su papel de obispos distribu-

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ERASMO DE ROTTERDAM

yendo anatemas y bendiciones.

Ellos consideran que hacer milagros es arcaico y pasado de moda, y en desuso, adem´s; que a ense˜ar al pueblo es penoso; que explicar las n Sagradas Escrituras es cosa de escol´sticos; que a rezar es de gentes sin trabajo; que llorar es de apocados y de mujeres; que vivir pobre es propio de plebeyos; que someterse es vergonzoso e indigno de aquel que apenas tolera a los m´s a grandes reyes que le besen sus santos pies; que morir es poco apetecible, y que ser crucificado

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LIX

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es infamante. Como unicas armas les quedan a ´ los papas esas dulces bendiciones de que habla San Pablo y que ellos prodigan con tanta liberalidad, y que se llaman interdicciones, suspensiones, agravaciones y reagravaciones, anatemas, conminaciones con venganzas eternas, y ese terrible rayo de la excomuni´n, que de un solo o golpe precipita las almas de los mortales en lo m´s hondo de los infiernos, arma que los sant´ a ısimos padres en Cristo, sus vicarios en la tierra, contra nadie esgrimen con tanto encono como contra aquellos que, tentados por Satan´s, prea tenden disminuir o roer un poco el patrimonio de San Pedro. Porque este Ap´stol, que ha dio cho, seg´n el Evangelio: “Todo lo hemos dejado u para seguirte”35, posee hoy tierras, ciudades y vasallos; cobra impuestos y vive a lo se˜or feun dal. Para conservar su patrimonio, los pont´ ıfices, inflamados en el amor de Cristo, combaten con el hierro y con el fuego, vertiendo a mares la sangre cristiana, y piensan que han defendido como ap´stoles a la Iglesia, Esposa de Cristo, o cuando han exterminado sin piedad a los que lla35

Evangelio seg´n San Mateo, XIX, 27. u

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ERASMO DE ROTTERDAM

man sus enemigos. ¡Como si hubiese enemigos m´s encarnizados de la Iglesia que esos imp´ a ıos pont´ ıfices, que con su silencio dejan olvidar a Cristo, trafican vergonzosamente en su nombre, adulteran su ley con forzadas interpretaciones y crucif´ ıcanlo de nuevo con su escandalosa conducta! Mas, como dicen que la Iglesia cristiana fu´ fundada con sangre, consolidada con sangre e y aumentada con sangre, creen ser sus defensores llev´ndolo todo a sangre y fuego, como si no a estuviera all´ Cristo para proteger a los suyos. ı Y a pesar de que saben que la guerra es una cosa tan cruel que m´s bien que a los hombres a conviene a las fieras; tan insensata, que los poetas la pintan como un engendro de las Furias; tan funesta, que arrastra consigo la ruina completa de las costumbres; tan injusta, que los mayores criminales son los que la hacen mejor, y tan imp´ que no guarda la menor relaci´n con ıa, o Cristo, los papas, no obstante, lo descuidan todo para convertirla en su unica ocupaci´n. ´ o De aqu´ que se vean entre ellos, viejos decr´piı e

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LIX

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tos36, animados de un vigor juvenil, que no se arredran por los gastos ni los fatigan las penalidades, y no retroceden ante nada con tal de darse el gustazo de trastornar de arriba abajo las leyes, la religi´n, la paz y la humanidad entera. o Y no faltan eruditos aduladores que califican tan manifiesta insensatez de celo, de piedad y de valor, pensando demostrar que es posible esgrimir el hierro asesino y hundirlo en las entra˜as de su n hermano, sin dejar de guardar al mismo tiempo aquella excelsa caridad que, seg´n el precepto u de Cristo, debe al pr´jimo todo cristiano. o

36

Un retrato de gusanos como julio ii.

CAPITULO LX
´ L) LOS OBISPOS GERMANICOS

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ERASMO DE ROTTERDAM

n verdad que hasta ahora no he podido saber con certeza si en estas cosas imitaron el ejemplo de algunos obispos de Alemania, o ´stos lo siguieron de aqu´llos, pues tales e e obispos, prescindiendo con admirable candor del culto, de las bendiciones y dem´s ceremonias a de este jaez, viven como verdaderos s´trapas, a hasta el extremo de que consideran poco menos que una cobard´ y poco digno del decoro ıa episcopal entregar a Dios su esp´ ıritu valeroso de otro modo que en un campo de batalla. Lo peor es que los simples sacerdotes creen no ser l´ ıcito desdecir del santo arrojo de sus prelados, y, ¡vamos!, qu´ bien luchan, inflamados en un b´lico e e ardor, por la defensa de sus diezmos con espadas, dardos, piedras y con toda clase de armas! ¡Qu´ vista de ´guila demuestran cuando se trae a ta de descubrir en un viejo pergamino una cosa que pueda aterrar a las gentes sencillas y convencerlas de que deben pagar algo m´s que los a diezmos! Pero, mientras tanto, no se acuerdan de recordar lo que tantas veces se lee en libros sobre los deberes que ellos, a su vez, tienen para con el pueblo, pues su tonsura ni siquiera les

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ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LX

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sirve para recordarles que los sacerdotes deben estar libres de las ambiciones del mundo y no pensar m´s que en las cosas del cielo. a Sin embargo, hombres de buena pasta, imag´ ınanse que han cumplido perfectamente sus deberes una vez que han murmurado sus rezos de cualquier modo, si bien me extra˜a, ¡por n H´rcules!, que alg´n dios los oiga o los entienda, e u puesto que ellos mismos casi ni les entienden ni los oyen ni siquiera cuando al cantarlos, relinchan a voz en cuello. Pero hay una cosa que les es com´n a los saceru dotes y a los laicos, que es la exquisita solicitud con que cuidan de la hacienda, y el conocimiento de los derechos que en tal respecto les asisten; en cambio, si hay que soportar alguna carga, d´jane la caer h´bilmente sobre las espaldas ajenas, y a unos a otros se la van echando como si fuera una pelota. Porque de la misma manera que los reyes delegan los asuntos de la administraci´n o en sus ministros, y ´stos en sus subordinados, e as´ tambi´n los sacerdotes, sin duda por exceso ı e de modestia, dejan al pueblo todo el cuidado de honrar a Dios; pero el pueblo los rechaza sobre

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ERASMO DE ROTTERDAM

los llamados eclesi´sticos, como si ´l no tuviea e ra nada que ver con la Iglesia y fuesen papel mojado las promesas hechas en el bautismo. A su vez, los sacerdotes llamados seculares, cual si estuvieran iniciados en las cosas del mundo y no en las de Cristo, echan el mochuelo a los regulares; los regulares, a los frailes; los frailes, anchos de manga, a los que hilan m´s delgado; a todos a la vez a los mendicantes, y los mendicantes a los cartujos, entre los cuales se oculta unicamente la piedad, y tan bien oculta, por ´ cierto, que no se la ve por ninguna parte. De la misma suerte, los pont´ ıfices, diligent´ ısimos en la recaudaci´n del dinero, dejan a los o obispos todos los trabajos demasiado apost´lio cos; los obispos los dejan a los p´rrocos; los a p´rrocos, a los vicarios; los vicarios, a los frailes a mendicantes, y ´stos, a su vez, los ponen en mae nos de quienes entienden el oficio de trasquilar a las ovejas. Pero no entra en mis planes escrutar la vida de los pont´ ıfices y de los sacerdotes, no vaya a creer alguno que estoy urdiendo una s´tira en a lugar de hacer un elogio, ni vaya nadie a supo-

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LX

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ner que critico a los pr´ ıncipes buenos alabando a los malos. Pero cuanto llevo dicho, aunque en pocas palabras, tiende a hacer ver con toda claridad que no existe ning´n mortal que pueda u vivir dichoso si no est´ iniciado en mis misterios a y no cuenta con mi protecci´n. o

CAPITULO LXI
LA FORTUNA FAVORECE A LOS NECIOS

c´mo podr´ suceder de otra manera, o ıa puesto que la Fortuna (esa N´mesis), e que siembra la felicidad entre los humanos, comparte mis sentimientos de tal modo, que siempre ha sido la enemiga implacable de los sabios, mientras que ha colmado de toda clase de beneficios a los necios, hasta en sue˜os? Ya conoc´is a n e Timoteo, aquel general ateniense que recibi´ el o sobrenombre de Dichoso y que di´ origen al o proverbio: “Dormir y la red henchir.” Conoc´is e tambi´n el otro: “El b´ho de Minerva vuela por e u m´37.” Por el contrario, a los sabios les cuadra ı mejor lo que llama el pueblo “Ha nacido con mala estrella”, o bien: “Ha montado en el caballo de Seyo”, o este otro: “Su oro es de Tolosa.” Pero basta de adagios, no sea que se diga de m´ que estoy expoliando la colecci´n de mi amiı o go Erasmo.

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En la traducci´n de A.R.B. dice “Nacer de pie.” o

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Tornando, pues, al asunto, dec´ que la Fortuıa na gusta de las personas poco sensatas, de las m´s atrevidas y de las devotas de aquella frase: a “La suerte est´ echada.” La sabidur´ en cama ıa, bio, hace a los hombres extremadamente t´ ımidos, y por esto vemos que la generalidad de los sabios est´n pobres, hambrientos y consumidos, a y viven en el olvido, en la oscuridad y sin gloria, en tanto que mis necios rebosan de escudos, participan en la gobernaci´n del Estado y, en una o palabra, gozan de todas las ventajas posibles.

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXI

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Porque, en verdad, si alguien hace consistir la dicha en convertirse en el favorito de los pr´ ıncipes y en frecuentar el trato con estos opulentos dioses, ¿qu´ le ser´ m´s in´til que la sabidur´ e a a u ıa? Es m´s: ¿qu´ le perjudicar´ tanto en el concepto a e ıa de tales gentes? Si se trata de adquirir riquezas, ¿qu´ ganancia puede esperar el comerciante que, e consecuente con los preceptos de la sabidur´ se ıa, alarmara por un perjurio o se avergonzara de decir una mentira, o experimentase con los sabios angustias o el menor escr´pulo ante el robo y la u

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ERASMO DE ROTTERDAM

usura? Por la misma raz´n, si ambicion´is las rio a quezas y los honores eclesi´sticos, sabed que un a asno o un buey los alcanzar´ antes que un sabio; a si am´is el placer, no deb´is olvidar que las moa e zas, que en tal comedia representan el principal papel, se entregan de todo coraz´n a los necios; o en cambio, sienten horror hacia el sabio y huyen de ´l como de un escorpi´n. En fin, el que e o quiere vivir con un poco de deleite y de alegr´ ıa comienza por excluir al sabio de su compa˜´ y nıa por preferir cualquier otro animal.

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXI

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En resumidas cuentas, que adondequiera que volv´is los ojos ver´is que los papas, los reyes, a e los jueces, los magistrados, los amigos, los enemigos, los grandes y los peque˜os, todos, en fin, n se desviven por el dinero, que, como es despreciado por los sabios, es l´gico que se aparte de o ellos constantemente. Aunque mis alabanzas no tendr´ t´rmino ni ıan e cuento, es necesario, sin embargo, que este discurso tenga un fin. Voy, pues, a concluir; pero antes quiero demostrar en pocas palabras que no faltan sesudos autores que me han celebrado en sus libros y en sus actos; de esta suerte no se dir´ que soy yo sola la que me alabo neciaa mente, ni me acusar´n los leguleyos de que no a alego en mi apoyo las consabidas autoridades. A imitaci´n suya, pues, voy a citarlas, aunque o tambi´n a ejemplo suyo no tengan nada que ver e con el asunto.

CAPITULO LXII
´ TESTIMONIOS DE LOS ANTIGUOS CLASICOS EN FAVOR ´ DE LA NECEDAD: HORACIO, HOMERO, CICERON

n primer lugar, todo el mundo sabe, gracias a un conocid´ ısimo proverbio, que “a falta de una cosa, conviene aparentar que se tiene”. En virtud de este principio, se ense˜a n cuerdamente a los ni˜os esta m´xima: “Hacern a se el tonto en la ocasi´n es el colmo de la sao bidur´ ¡Juzgad ya vosotros mismos si la neıa.” cedad ser´ un gran bien, cuando hasta su ena ga˜osa sombra y mera imitaci´n ha merecido n o de los doctos tantos encomios!

E

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Horacio, aquel grueso y rozagante cerdo de la piara de Epicuro38, se expresa todav´ con franıa queza, cuando aconseja que “se mezcle la necedad con la sabidur´ aunque, a˜ade, no con ıa”, n mucho acierto, que “en peque˜a proporci´n”. n o En otra parte dice que “es agradable tontear de cuando en cuando”, y agrega en otro pasaje que “es preferible pasar por extravagante y por menguado, que no por sabio desabrido”. Ya
38

Esta expresi´n se la aplicaba a s´ mismo el propio Horacio. o ı

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXII

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en Homero, Tel´maco, a quien el poeta ensalza e en todos respectos, es apellidado algunas veces p´rvulo, que es con el que los tr´gicos suelen a a denominar con gusto a los ni˜os y a los j´venes, n o como cosa de buen augurio. ¿Qu´ relata, en ree sumidas cuentas, el divino poema de la Il´ ıada sino las pasiones de los reyes y de los pueblos necios? Por ultimo, ¿qu´ elogio hay m´s hermo´ e a so que el de Cicer´n, cuando dice que “el mundo o est´ lleno de necios”, sabido, como es, que el maa yor bien es el que se extiende a mayor n´mero u de personas?

CAPITULO LXIII
TESTIMONIOS DE LA SAGRADA ESCRITURA EN APOYO DE LA NECEDAD

omo quiz´ los textos que acabo de citar a tengan poca autoridad para los cristianos, voy tambi´n, si no os parece mal, a apoyar o e –como dicen los sabios– a fundamentar mis alabanzas con testimonios sacados de las Sagradas Escrituras.

C

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ERASMO DE ROTTERDAM

En primer lugar, cuento con la venia de los te´logos, para que no lo vean con malos ojos; o despu´s, como emprendo una ardua tarea, y e como acaso fuese excesivo volver a evocar a las musas desde el Helic´n, oblig´ndolas a andar o a un camino tan largo, sobre todo para un asunto que les es completamente extra˜o, pienso que n es mejor, mientras voy a d´rmelas de te´loga y a o a meterme en semejante berenjenal, desear que el alma de Escoto –m´s espinosa que un puerco a esp´ y que un erizo– se traslade por un moın

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXIII

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mento desde su Sorbona a mi esp´ ıritu, aunque en seguida se marche adondequiera, incluso a los mism´ ısimos infiernos. ¡Ojal´ yo pudiera cambiar a de rostro y revestirme de las insignias teol´gicas! o Porque estoy temiendo que al verme entregada a tan profundas teolog´ alguien me acuse de ıas, plagio y sospeche que, a la chita callando, he saqueado los manuscritos de nuestros maestros. No obstante, no debe parecer asombroso que habiendo vivido por tanto tiempo en la intimidad de los te´logos, se me haya pegado algo de su o ciencia. Recu´rdese que Pr´ e ıapo, aquel dios de madera de higuera, lleg´ a retener algunas pao labras griegas que escuchaba a su due˜o mienn tras le´ y que el gallo de Luciano, a fuerza de ıa, frecuentar el trato de los hombres, acab´ por o hablar tan bien como ellos. Entremos, pues, en materia, y que los dioses me sean propicios. Escr´ ıbese en el Eclesiast´s, cap´ e ıtulo I: “Infinito es el n´mero de los necios.” Al decir que u es infinito, ¿no se indica a todos los mortales, a excepci´n de algunos pocos, entre los cuales o tampoco me atrever´ a se˜alar a ninguno? Peıa n ro Jerem´ confirma lo mismo con m´s sinceriıas a

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dad cuando dice, en el cap´ ıtulo X: “Todo hombre se ha vuelto necio por su propia sabidur´ ıa.” Solamente a Dios atribuye la sabidur´ y deja ıa la necedad a todos los hombres. Un poco antes hab´ dicho que no debe gloriarse el hombre de ıa su sabidur´ ¿Por qu´, incomparable Jerem´ ıa. e ıas, no quieres que el hombre se glorifique de su sabidur´ Sin duda, habr´ de contestarme que es ıa? ıas por la sencilla raz´n de que no hay tal sabidur´ o ıa. Pero vuelto al Eclesiast´s, en el cual, cuando e se exclama: “Vanidad de vanidades y todo vanidad”, ¿qu´ otra cosa cre´is que entiende, sino e e que, como dije antes, la vida humana no es m´s a que un juego de la necedad, lo cual plenamente justifica el elogio de Cicer´n, de quien es la o frase nunca bastante ponderada que hace poco mencionamos: “El mundo est´ lleno de necios”? a Asimismo, aquel sabio del Eclesi´stico, al dea cir que “el necio es variable como la luna, y el sabio es estable como el sol”, ¿qu´ insin´a sino e u que todo el g´nero humano es necio, y que s´lo e o a Dios corresponde el nombre de sabio? Pues, en efecto, por la luna entienden los int´rpretes e la naturaleza humana, y por el sol la fuente de

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXIII

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toda luz, Dios. A todo esto hay que a˜adir que el mismo Crisn to dice en el Evangelio que no se conceda el t´ ıtulo de bueno m´s que a Dios. Ahora bien: a si, seg´n la opini´n de los estoicos, todo el que u o no es sabio es necio y todo el que es bueno es tambi´n sabio, se sigue necesariamente que la e necedad comprende a todos los mortales.

Salom´n, en el cap´ o ıtulo XV, afirma que “la necedad es la alegr´ del necio”, lo cual equiıa vale a confesar claramente que sin la necedad no hay nada agradable en la vida. Del mismo

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Salom´n son tambi´n las palabras siguientes: o e “Quien a˜ade ciencia, a˜ade dolor, y en una n n gran inteligencia siempre hay grandes sufrimientos.” ¿Acaso no declara abiertamente lo mismo dicho regio predicador en el cap´ ıtulo VII, al decir que “la tristeza reside en el coraz´n de los o sabios y la alegr´ en el de los necios”? Y por ıa esta raz´n no se content´ Salom´n con aprender o o o la sabidur´ sino que quiso tambi´n cultivar mi ıa, e trato, y si no me cre´is, escuchad sus propias pae labras en el cap´ ıtulo I: “Y me apliqu´ a conocer e la ciencia y la doctrina, los errores y la necedad.” Notad bien que es una alabanza para a locura el que se la coloque en ultimo lugar, pues bien ´ sab´is que, seg´n el Eclesiast´s, y conforme al e u e ritual de la Iglesia, el que es primero en dignidad debe ocupar el ultimo sitio, si se acuerda y ´ quiere observar el precepto evang´lico. e Respecto a la superioridad de la necedad sobre la sabidur´ el autor del Eclesi´stico, sea ıa, a quien fuere, lo atestigua de un modo inconcuso en el cap´ ıtulo XLIV. Mas, ¡por H´rcules!, que e no he de citar sus palabras sin que antes vosotros mismos, ayud´ndome en esta inducci´n, a o

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXIII

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me respond´is claramente a una pregunta, de a la misma manera que hac´ en los di´logos de ıan a Plat´n los que discut´ con S´crates. Decidme, o ıan o pues: ¿qu´ es lo que m´s importa guardar, un e a objeto raro y precioso o un objeto vulgar y de poco valor? Mas ¿por qu´ call´is? e a Pues aunque no quer´is responder, contesta a por vosotros el proverbio griego que dice: “El c´ntaro a la puerta.” Y para que nadie cometa a la irreverencia de rechazarlo, s´pase que quien lo e dijo fu´ Arist´teles, el dios de nuestros maestros. e o En efecto, ¿acaso hay entre vosotros alguno tan necio que deje en la calle las joyas y el oro? Me figuro que no, ¡por H´rcules!; por el cone trario, los encerr´is en el rinc´n m´s oculto de a o a vuestro cofre y en el lugar m´s secreto de vuesa tra casa, y dej´is la basura en la calle. Luego si lo a que vale mucho se esconde y lo que vale poco se expone a todas las miradas, ¿no es evidente que nuestro autor pone la sabidur´ que ´l prohibe ıa, e ocultar, por debajo de la necedad, que ´l recoe mienda que se oculte? Pues he aqu´ los propios ı t´rminos del testimonio que invoco: “Vale m´s e a el hombre que esconde su necedad que el que

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ERASMO DE ROTTERDAM

esconde su sabidur´ ıa.”

Es m´s: las Sagradas Escrituras atribuyen al a necio la pureza del alma, y no al sabio, que a nadie consiente le iguale. En verdad, as´ explico ı este pasaje del cap´ ıtulo X del Eclesiast´s. “El e necio, como es ignorante, a todos los que encuentra en su camino los cree tambi´n necios.” e ¿Por ventura, puede darse mayor sencillez que la de igualar a todos los hombres consigo mismo y la de reconocer en ellos, a pesar del amor propio natural a cada individuo, el mismo m´rito que e uno tiene? Por esta raz´n no se avergonzaba un o tan gran rey como Salom´n de semejante sobreo nombre al llamarse a s´ mismo, en el cap´ ı ıtulo XXX de los Proverbios, “el m´s necio de los a hombres”, y por la misma causa, San Pablo, el doctor de los gentiles, escribiendo a los Corintios, acepta con gusto el t´ ıtulo de necio al decir “que hablaba como el mayor de los necios”, como si estimase punto menos que deshonroso que alguien le ganara en necedad.

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXIII

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Pero he aqu´ que me salen al paso algunos heı lenistillas, de esos que andan siempre con cien ojos a caza de gazapos, y emplean todo el tiempo en poner reparos a los te´logos y en deso orientar a los dem´s en sus comentarios, que son a como un velo que ofusca la vista, y de cuya grey mi querido Erasmo, a quien tantas veces menciono con respeto, es, ya que no el alfa, por lo menos la beta. “¡Oh –exclaman ellos–, qu´ cita e m´s necia y verdaderamente digna de la Necea dad!”

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ERASMO DE ROTTERDAM

Nada estaba m´s lejos de la mente del ap´stol a o que lo que t´ imaginas, ni tampoco quiso dar u a entender con esa frase que se ten´ por m´s ıa a necio que los dem´s, porque despu´s de haber a e dicho que los ap´stoles eran ministros de Cristo o y que ´l tambi´n lo era, no contento con manie e festar que ten´ a honra el haberse igualado a los ıa dem´s, a´n a˜adi´ a guisa de correcci´n : “Y lo a u n o o soy m´s que nadie”, estim´ndose, no solamente a a igual a los otros ap´stoles en el celo del miniso terio evang´lico, sino un poco superior. Ahora e bien: como ´l lo sent´ as´ y deseando, no obse ıa ı, tante, que esta verdad no ofendiese a nadie por demasiado atrevida, se cubre con el manto de la necedad. “Hablo como poco entendido”, agrega, sabiendo muy bien que s´lo los necios gozan del o privilegio de decir la verdad sin ofender a nadie. Yo les dejo que disputen sobre lo que San Pablo pensase al escribir tales palabras. Por lo que a m´ toca, opto por seguir a los magnos, oronı dos, mantecosos y popular´ ısimos te´logos, con o los cuales prefieren errar, ¡vive Jove!, la mayor´ ıa de los doctores, a acertar con esos sabios triling¨es, pues ninguno de estos helenizantes hace u

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXIII

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m´s de lo que puedan hacer las cotorras y, sina gularmente, cierto glorioso te´logo, cuyo nomo bre creo prudente callar por temor a que mis loros le lancen en seguida el epigrama griego que habla de “El asno de la lira” 39. Este sabio, digo, explic´ el pasaje en cuesti´n magistral y o o teol´gicamente, y al llegar a esta frase: “Hablo o a lo necio porque lo soy m´s que nadie”, hace a cap´ ıtulo aparte, y a˜ade una nueva secci´n (lo n o cual supone una profunda dial´ctica) para intere pretar el texto de este modo, y copio sus propias palabras, no s´lo en el fondo, sino en la forma: o “¡Hablo a lo necio; es decir, si os parezco necio porque me comparo a los falsos ap´stoles, m´s o a os lo parecer´ todav´ al preferirme a ellos.” Tras e ıa de lo cual, sin cuidarse m´s de su explicaci´n, a o esc´rrese bonitamente a hablar de otra materia. u

Esto est´ dirigido a Nicol´s de Lira, de quien se dec´ que “si Lira no hubiese tocado la lira, Lutero a a ıa jam´s habr´ bailado”, muri´ en 1340. a ıa o

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CAPITULO LXIV
´ CONTINUA LA MISMA MATERIA. —FALSOS ´ INTERPRETES DE LAS PALABRAS DE LA SAGRADA ESCRITURA

P

ero ¿por qu´ apoyarme escuetamente en e el ejemplo de uno solo? Pues todos saben que los te´logos tienen el derecho de estio rar la suela, es decir, las Sagradas Escrituras,

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a su antojo; por eso algunas frases de los escritos de San Pablo ofrecen contradicciones que no existen en el original. Si hemos de creer a San Jer´nimo, que hablaba cinco lenguas, cuando el o Ap´stol vi´ por casualidad en Atenas un ara o o votiva, tergivers´ su inscripci´n para sacar de o o ella un argumento en favor de la fe cristiana, ya que, prescindiendo de todo lo que pod´ estorıa barle para su causa, qued´se solamente con las o dos palabras finales, a saber: Ignoto Deo, que quiere decir: “Al Dios desconocido.” Pero aun estas mismas estaban alteradas, porque la inscripci´n ´ o ıntegra dec´ as´ “A los dioses de Asia, ıa ı: ´ de Europa y de Africa; a los dioses desconocidos y extranjeros.” Supongo que, a ejemplo suyo, se ha generalizado entre los te´logos la costumbre de rebuscar o cuatro o cinco textos de una obra que, cuando les conviene, y aunque sea forzando su sentido, los acomodan a sus necesidades, aunque lo que siga o lo que preceda no guarde relaci´n alguo na con el asunto, y a veces hasta lo contradiga, cosa que los te´logos hacen con tan h´bil deso a verg¨enza, que no pocas veces los jurisconsultos u

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXIV

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les han tomado envidia. Nada hay ya, en verdad, a que no se atrevan, despu´s que el ilustre. . . (por poco se me escapa e su nombre40, pero me arredra de nuevo el proverbio griego) di´ a las palabras de San Lucas o un sentido que se acomoda tanto con el esp´ ıritu de Cristo como el fuego con el agua. El caso es el siguiente: sabido es que cuando amenaza un grave peligro, los buenos vasallos suelen unirse de modo m´s estrecho con sus se˜ores, convencidos a n de la fuerza que tiene el luchar juntos, y por eso Cristo, queriendo acostumbrar a sus disc´ ıpulos a que arrancasen de su esp´ ıritu la confianza en el auxilio ajeno, pregunt´les si les hab´ faltado o ıa alguna cosa desde que los hab´ enviado a preıa dicar el Evangelio, tan sin ning´n vi´tico, que u a ni los provey´ de calzado contra las espinas y o las piedras del camino, ni de alforjas contra el hambre; y como le respondiesen que nada les hab´ faltado, a˜adi´: “Pues ahora, quien tenga ıa n o un saco, d´jelo; y quien tenga alforjas, d´jelas e e tambi´n; y el que nada tenga, venda su t´nica e u y compre una espada.”41
40 41

ver nota anterior sobre Nicol´s de Lira. a Evangelio seg´n San Lucas, XXII, 35, 36. u

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Como toda la doctrina de Cristo no tiende a incluir otra cosa que la mansedumbre, la tolerancia y el desprecio de la vida, ¿qui´n no come prende que en este pasaje quiso el Maestro desarmar de tal manera a sus enviados que les recomienda que se despojen, no solamente de su calzado y de su bolsa, sino tambi´n de su t´nica, e u y as´ desnudos y enteramente desembarazados, ı emprendan la predicaci´n del Evangelio, sin preo venirse de otra cosa que de una espada, pero no de aquella de que se arman los ladrones y los asesinos, sino de la espada espiritual que penetra hasta el fondo de los corazones y que de tal suerte corta en ellos todas las pasiones, que no deja en el coraz´n otro sentimiento que el de la o piedad? Pues bien: ved ahora de qu´ manera tuerce e este texto el famoso te´logo de que hablamos. o La espada significa, a su juicio, la defensa contra las persecuciones, y el talego, la merienda para el camino; como si Cristo, cambiando de parecer al ver que enviaba a sus ap´stoles con o una provisi´n poco espl´ndida, se retractara de o e su anterior doctrina; como si olvidando lo que

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXIV

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les hab´ dicho: “Que ser´ bienaventurados suıa ıan friendo ultrajes, afrentas y suplicios; que deb´ ıan resistir al mal; que la felicidad era el premio de la mansedumbre y no de la c´lera, y, en fin, que o deb´ tomar por modelo a los p´jaros y a los ıan a lirios”42; como si olvidando todo esto, repito, estuvieran ahora tan lejos de querer que partiesen sin espada, que les mandaba vender su t´nica u para comprarla, y que prefer´ que fuesen comıa pletamente desnudos antes que sin esa arma al cinto. Del mismo modo, pues, que nuestro te´logo o comprende bajo el nombre de espada todos los medios de rechazar la agresi´n, as´ tambi´n eno ı e tiende por la palabra bolsa todo lo que se refiere a la necesidad de la vida. Y as´ este int´rprete ı, e de la palabra divina env´ a los ap´stoles armaıa o dos de lanzas, ballestas, hondas y bombardas para predicar a un Dios crucificado, y al mismo tiempo los carga de cestas, de maletas y de provisiones, sin duda para no exponerse a salir de la posada con el est´mago vac´ o ıo.
42

Evangelios seg´n San Lucas, XII, 4, 27 y seg´n San Mateo, V, 3, VI, 28, X, 17, 22, 23, 29. u u

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Nuestro hombre no piensa que esa espada, cuya adquisici´n tanto recomend´ Jesucristo, o o fu´ precisamente la que El censur´, ordenando e o en otra parte que fuese en seguida devuelta a la vaina43, y que nunca se ha o´ decir que ıdo los ap´stoles usasen espadas o escudos contra o las violencias de los paganos, como las hubieran usado si Cristo hubiera tenido las intenciones que le atribuye este comentarista. Hay tambi´n otro doctor, y de bastante fama, e
43

Evangelios seg´n San Mateo, XXVI, 52 y seg´n San Juan, XVIII, 11. u u

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXIV

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cuyo nombre callar´ por o respeto 44, que en e aquellas pieles de que nos habla Habacuc, con las que hac´ sus tiendas los madianitas, y en ıan el texto que dice: “Las tiendas de piel de los madianitas ser´n confundidas”, ve una alusi´n a o a la piel de San Bartolom´, que, como todos e saben, fue desollado vivo.

Yo misma asist´ hace poco, a una disputa ı, teol´gica, seg´n lo hago con frecuencia. Preo u
44

Jord´n de Sajonia, muerto en 1336. a

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ERASMO DE ROTTERDAM

gunt´ uno cu´l era el texto de las Sagradas Eso a crituras que mandaba reducir (vencer) a los herejes por el fuego, en vez de convencerlos por la discusi´n. Un viejo de severo semblante, y cuo yo entrecejo revelaba claramente a un te´logo, o respondi´ con gran vehemencia que el Ap´stol o o San Pedro hab´ dictado esta ley cuando dijo: ıa “Evita (devita) el juntarte con el hereje, despu´s que se ha corregido varias veces”; y como e dichas palabras las repitiese muchas veces en el mismo tono estent´reo y muchos se preguntao sen ya qu´ demonios le pasaba a aquel hombre, e acab´ por explicar que al her´tico hab´ que seo e ıa pararle “de la vida” (de vita). Algunos soltaron la carcajada; no faltaron otros que encontraron el comentario completamente teol´gico, y otros, o en fin, protestaron a grandes voces. Entonces se levant´ uno de los m´s conspicuos, un Tenedios, o a como suelen llamar, un doctor irrefragable, y dijo: “Escuchadme. Escrito est´ que no ha de a tolerarse que viva el malvado; es as´ que todo ı, hereje es malvado; Ergo, etc.” Todos los concurrentes se quedaron maravillados del genio de este hombre, y aprobaron con un palmo de boca

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXIV

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abierta, como papanatas, su luminoso argumento, sin que a ninguno le viniese a las mientes que en el precepto mencionado la palabra malvado se refiere a los brujos, a los encantadores y a los magos, a quienes los hebreos llaman en su lengua mekaschephim ( ¯ ), que significa malhechores, porque de otro modo habr´ que ıa castigar tambi´n con la pena de muerte a los e borrachos y a los lascivos.

CAPITULO LXV
´ CONTINUA LA MISMA MATERIA. —ELOGIOS DE SAN PABLO A LA NECEDAD. —´ IDEM DEL EVANGELIO

ecia ser´ en verdad, si me propusiese ıa, enumerar semejantes tonter´ tan inıas, numerables, que no bastar´ para contenerlas ıan, todas, los vol´menes de Crisipo y de Didimo. u Unicamante quer´ hacer constar que, puesto ıa que estos divinos maestros se han tomado tales libertades, yo tambi´n, que soy una te´loga e o de poco m´s o menos, tengo alg´n derecho a a u la indulgencia si todas mis citas no son rigurosamente exactas. Vuelvo, pues, a San Pablo. “Soportad con gusto a los ignorantes”, dice en un pasaje hablando de s´ mismo. Y a˜ade: ı n “Aceptadme como ignorante.” Y prosigue: “Yo no hablo seg´n Dios, sino como sumido en la u ignorancia.” Y de nuevo en otro lugar: “Nosotros somos necios por Cristo.” Ya veis cu´n fera vientes elogios le merece la necedad a este autor egregio. Es m´s: la recomienda francamente a como una cosa muy necesaria y de la mayor uti-

N

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lidad. “El que de vosotros –dice– se crea sabio, se vuelva necio para que sea sabio.” Y en San Lucas se escribe que Jes´s llam´ necios a los dos u o disc´ ıpulos que encontr´ en el camino de Ema´s. o u Lo que todav´ parecer´ m´s asombroso es que ıa a a San Pablo, aun al mismo Dios, le atribuye cierto g´nero de necedad, al decir que “la necedad de e Dios vale m´s que la sabidur´ de los hombres”, a ıa si bien Or´ ıgenes, interpretando este lugar, arguye que tal necedad no puede tener la menor analog´ con el concepto de la necedad humana, ıa y lo mismo dice de este otro texto: “El misterio de la Cruz es ciertamente una necedad para los que se condenan.” Mas ¿para qu´ he de cansarme vanamente e en seguida alegando testimonios en apoyo de mi tesis, cuando en los sagrados Salmos leemos que Cristo, hablando con su Padre, le dice: “T´ conoces mi ignorancia”? u No es, en verdad, extra˜o que Dios sintiese n tanta predilecci´n por los necios; y, a mi juicio, o tuvo para ello la misma raz´n que la que asiste a o los grandes reyes para que les sean sospechosos y aborrecibles los hombres demasiado sensatos,

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXV

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como le sucedi´ a Julio C´sar con Bruto y Cao e sio (en tanto que de aquel borrach´ de Marco ın Antonio nada recelaba), a Ner´n con S´neca y o e a Dionisio con Plat´n. En cambio, agr´danles o a los esp´ ıritus rudos y simples, y as´ Cristo deı, test´ y conden´ constantemente a esos “sabios” o o que se ufanan de su sabidur´ como claramenıa, te lo atestigua San Pablo con estas palabras: “Dios ha elegido lo que el mundo tiene por necio”; y con estas otras: “A Dios le plugo45 salvar al mundo por la necedad”, ya que por la sabidur´ no pod´ ser regenerado. El mismo Dios ıa ıa
45

3.a pers. sing. (pret. perf. simple) de placer.

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lo declara manifiestamente cuando exclama por boca del profeta: “Yo confundir´ la sabidur´ de e ıa los sabios y reprobar´ la ciencia de los doctos”, e y cuando da gracias porque habiendo escondido a los sabios el misterio de la salvaci´n, lo reo vel´ a los peque˜os, es decir, a los necios, pues o n en griego la palabra p´rvulo n pioc significa lo a contrario de la palabra sabio sofìc.46 Esto nos explica c´mo en el Evangelio se atao ca repetidamente a los fariseos, a los escribas y a los doctores de la ley, mientras que a los indoctos se los defiende a capa y espada. Porque ¿qu´ otra cosa significan estas palabras: “¡Ay e de vosotros, escribas y fariseos!”, sino “¡Ay de vosotros, sabios!”? En cambio, los rapaces, las mujeres y los pecadores eran los seres que Jesucristo acog´ con mayor cari˜o; y hasta entre los ıa n animales prefer´ aquellos que se apartan m´s de ıa a la astucia, de la zorra. Por eso eligi´ un asno por o cabalgadura Aquel que, de quererlo as´ hubieı, ra podido montar sobre el lomo de un le´n sin o riesgo alguno; por eso el Esp´ ıritu Santo descendi´ en figura de paloma y no en la de un ´guila o a
46

En otros textos escriben

nhpÐoic, sofoic

˜.

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o milano; por eso en las Sagradas Escrituras se hace menci´n a cada paso de los ciervos, corzos o y corderos, y por eso Jes´s llama ovejas suyas a u los que destina a la vida eterna, pues ciertamente que no hay otro animal de mayor simplicidad, como lo demuestra el que, seg´n Arist´teles, la u o frase cabeza de borrego, tomada de la estupidez de esta bestia, suele dirigirse como una injuria a los imb´ciles y a los cortos de luces, y, sin eme bargo, ´stos son los que forman el reba˜o del e n que Cristo se dice pastor; a quien tambi´n le e agradaba el nombre de cordero, puesto que San Juan Bautista le anunci´ con las palabras: “He o aqu´ el Cordero de Dios”, que aparece tambi´n ı e despu´s en muchos lugares del Apocalipsis. e ¿Qu´ otra cosa significa todo esto, sino que toe dos los hombres, aun los m´s santos, son necios, a y que el mismo Cristo, aun siendo la sabidur´ ıa del Padre, se hizo en cierto modo necio para remediar la necedad de los hombres, cuando tomando naturaleza humana se revisti´ de carne o mortal, de la propia suerte que se transform´ en o el pecado para redimir el pecado?

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ERASMO DE ROTTERDAM

Y no quiso valerse de otros medios de reducci´n que de la necedad de la cruz, de ap´stoles o o torpes y r´sticos a quienes recomienda cuidadou samente la necedad, que huyan de la sabidur´ ıa, present´ndoles como ejemplo a los ni˜os, a los a n lirios, al grano de mostaza y a los pajarillos, seres todos est´pidos que carecen de inteligencia y u que viven solamente guiados por la Naturaleza, libres de artificios y de cuidados, amonest´ndoa los, adem´s, a que no se preocupasen de las paa labras que hubiesen de responder delante de los

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tribunales, y ved´ndoles, en fin, reparar ni en los a tiempos ni en las ocasiones, para que no confiasen en su propia sabidur´ sino que pusieran en ıa, El toda su esperanza. Por el mismo motivo, Dios, gran arquitecto del Universo, prohibi´ que se gustase del ´rbol de o a la Ciencia, cual si ´sta fuera el veneno de la felie cidad, y tambi´n San Pablo la conden´ abiertae o mente como un manantial de orgullo y maldad, siguiendo la idea que, a mi juicio, inspir´ a San o Bernardo, cuando a aquella monta˜a sobre la n cual plant´ sus reales Lucifer la llam´ monta˜a o o n de la ciencia. Tampoco hay que omitir aquel otro argumento en pro de la necedad, a saber, que goza de los favores del Cielo, ya que ´ste s´lo a ella concede e o el perd´n de las faltas, que niega al sabio, y de o aqu´ que todo el que pide perd´n por una falı o ta, aunque la haya cometido conscientemente, se sirva del manto y de la protecci´n de la necedad. o As´ Aar´n, seg´n el libro de los N´meros, si mal ı, o u u no recuerdo, implora a Mois´s el perd´n de su e o hermana en estos t´rminos: “Os suplico, Se˜or, e n que no nos tomes en cuenta este pecado, porque

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obramos neciamente”; Sa´l pide tambi´n miseu e ricordia a David diciendo: “Parece que me he conducido neciamente”, y el mismo David, a su vez, apacigua as´ al Se˜or: “Os ruego, Se˜or, ı n n que no teng´is en cuenta mi iniquidad, porque a he procedido como un necio”, como si no pudiera obtener el perd´n sin invocar para ello la o necedad y la ignorancia.

Pero una prueba m´s decisiva es que cuando a

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXV

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Cristo en la cruz pidi´ por sus enemigos, exclao mando: “¡Padre m´ perd´nalos!”, no aleg´ meıo, o o jor excusa que su ignorancia al a˜adir: “porque n no saben lo que hacen”. San Pablo escrib´ en ıa el mismo sentido a Timoteo: “Si he alcanzado la misericordia de Dios, es porque he obrado por ignorancia en mi incredulidad.” ¿Qu´ signie fica la frase he obrado por ignorancia, sino que obr´ por necedad y no por maldad? ¿Y qu´ otra o e cosa quiere decir con las palabras si he alcanzado la misericordia, sino que no la hubiera obtenido sin recurrir a la protecci´n de la neceo dad? El Salmista, de quien no me acord´ citarlo e en su sitio, confirma tambi´n mi opini´n cuando e o dice al Se˜or: “No os acord´is de los pecados de n e mi juventud ni de mis errores”. ¡Ved con qu´ dos e motivos se disculpa!: la juventud, de la que soy yo, por lo general, constante compa˜era, y los n errores, cuyo n´mero considerable nos revela la u fuerza incontrastable de la necedad.

CAPITULO LXVI
´ AFINIDAD DE LA RELIGION CRISTIANA CON LA NECEDAD

ya, para que esto no sea el cuento de nunca acabar, y abriendo mi discurso, dir´ que parece evidente que la religi´n cristiana e o guarda cierta afinidad con la necedad, y que, en cambio, se aviene muy poco con la sabidur´ ıa. Si quer´is una prueba de ello, notad primee ramente que los ni˜os, los viejos, las mujeres y n los tontos gustan grandemente de las cosas religiosas y de las ceremonias del culto, y por eso est´n siempre cerca de los altares, llevados tan a s´lo de su natural inclinaci´n. Ved, adem´s, que o o a los fundadores de esta religi´n fueron hombres o simplic´ ısimos y enemigos ac´rrimos del saber. Y e por ultimo, fijaos en que no hay necios que ha´ gan mayores extravagancias que aquellos a quienes el ardor de la piedad cristiana los embarga por completo, pues los vemos malversar sus bienes, despreciar las injurias, sufrir los enga˜os, n no distinguir entre amigos y enemigos, aborrecer

Y

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ERASMO DE ROTTERDAM

los deleites, complacerse en los ayunos, vigilias, l´grimas, trabajos y afrentas; estar disgustados a de la vida, no desear m´s que la muerte; en una a palabra, mostrarse como si hubiesen perdido por completo el sentido com´n, tal que si su alma u viviera en cualquier sitio menos en su cuerpo. Ahora bien: ¿qu´ otra cosa es esto sino volvere se loco? Por eso no hay que maravillarse de que algunos creyesen que los ap´stoles estaban bebio dos, ni de que el juez Festo tomase a San Pablo por un loco. Pero ya que me he vestido con la piel de le´n, o quiero ir hasta el fin y demostraros que la felicidad que los cristianos compran a costa de tantos sacrificios, no es m´s que una especie de a locura y de necedad; y os ruego que no ve´is a en mis palabras ´nimo alguno de ofender, y que a atend´is m´s bien a la idea que encierran. a a Por de pronto, sabemos que los cristianos convienen poco m´s o menos con los plat´nicos en a o afirmar que el alma est´ como sumergida en el a cuerpo y sujeta por sus v´ ınculos, y as´ embaraı, zada con la materia, no le es posible contemplar la verdad ni deleitarse en ella. Por eso define

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXVI

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Plat´n la Filosof´ diciendo que es “una medio ıa taci´n de la muerte”, porque separa el alma de o las cosas visibles y corp´reas, que es lo mismo o que produce la muerte.

Y de este modo, mientras el esp´ ıritu hace buen uso de los ´rganos del cuerpo, se dice de ´l que es o e sensato; mas cuando, rotos los lazos que a ´l le e ligan, intenta buscar su libertad, cual si quisiera fugarse de la prisi´n en que yace, entonces dicen o que se ha vuelto loco. Si tal vez aquello sucede por enfermedad o por alg´n defecto org´nico, esu a tos casos todo el mundo los estima como locura. Y, sin embargo, vemos a estos locos pronosticar el porvenir, conocer lenguas y ciencias que jam´s hab´ aprendido y presentar los caraca ıan teres de una divina inspiraci´n. Esta nace, sin o duda, de que el alma, en cuanto se libra un poco del contacto del cuerpo, comienza a mostrar su virtud natural. La misma causa produce, a mi juicio, efectos semejantes en los moribundos, de tal modo, que dicen cosas tan sorprendentes, que parecen estar bajo un soplo divino.

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ERASMO DE ROTTERDAM

Lo propio se observa en la pr´ctica de la piea dad, pues, aunque quiz´ no se trate del mismo a g´nero de locura, es, sin embargo, algo tan paree cido, que la mayor parte de las gentes creen que no es m´s que mera locura, sobre todo cuando a ven a esos pobres hombres que no encuentran nada en la vida humana con lo que est´n cone formes; y as´ les suele acontecer lo que en la ı alegor´ de Plat´n acontec´ si no me equivoıa o ıa, co, a los que se hallaban encadenados dentro de la caverna contemplando las sombras de las cosas, o sea, que si por ventura se escapaba alguno de ellos, y de regreso, en el antro, asegu-

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXVI

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raba haber visto las cosas verdaderas, y que se enga˜aban muchos de ellos, creyendo que fuera n de las vanas sombras no exist´ absolutamenıa te nada, juzg´banle completamente iluso. Claro a est´ que este sabio compadece y deplora la loa cura de sus camaradas, v´ ıctimas de tan grande error; pero ´stos, a su vez, se r´ de ´l como de e ıen e un visionario, y le arrojan del antro. De la misma manera, la mayor´ de los homıa bres admiran m´s las cosas cuanto m´s materiaa a les son, a las que casi exclusivamente reconocen realidad positiva; por el contrario, los devotos, cuanto m´s se aproxima una cosa a la materia, a m´s la desprecian y se entregan por completo a a la contemplaci´n de las cosas que son invisibles. o Aqu´llos, pues, dan la primac´ a las riquezas, e ıa el segundo lugar a las comodidades del cuerpo, y dejan el ultimo al esp´ ´ ıritu, el cual, sin embargo, los m´s ni siquiera creen que existe, porque a no se ve con los ojos. Otros, en cambio, no viven absolutamente nada m´s que para Dios, el a ser simplic´ ısimos por esencia, y mediante El, el alma, que es lo que por su espiritualidad tiene con El mayor semejanza. Desde˜an los cuidados n

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ERASMO DE ROTTERDAM

del cuerpo, desprecian el dinero, apart´ndose de a ´l como si fuera basura, y si se ven precisados e a tratar alguna de estas cosas, lo hacen con repugnancia y disgusto, porque tienen como si no tuviesen y poseen como si no poseyesen.

Existe entre ellos una profunda diferencia en todas las cosas de la vida. Observemos primeramente lo referente a las facultades humanas, y veremos que si bien todas ellas se relacionan con el cuerpo, hay algunas, sin embargo, que son m´s groseras que otras, como son las del tacto, a el o´ la vista, el olfato y el gusto; otras son ıdo, m´s independientes del cuerpo, como la memoa

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ria, el entendimiento y la voluntad. Ahora bien: aquellas en que el alma

concentra sus esfuerzos son las que prevalecen. Los devotos, como aplican toda la fuerza de su esp´ ıritu a lo que es m´s extra˜o a la materia, a n acaban por enajenarse y quedarse como at´nio tos, mientras que el vulgo da un gran valor a las cosas materiales y muy peque˜o a las espirituan les, y ´sta es la causa de que algunos santos varoe

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nes, seg´n se cuenta, bebiesen aceite tom´ndolo u a por vino. Adem´s, entre las pasiones observamos tama bi´n que hay algunas que guardan una estrecha e afinidad con el cuerpo, como son la lujuria, la gula, la pereza, la ira, la soberbia y la envidia, a las que hacen los devotos una guerra implacable, al paso que la gente vulgar cree que sin ellas no se puede vivir. Hay, otros´ ciertos sentimientos comunes y en ı, cierto modo naturales, como el amor a la patria, el cari˜o a los hijos, a los padres y a los n amigos, a los que el vulgo reconoce asimismo alguna importancia; pero los hombres piadosos se esfuerzan tambi´n en arrancar del alma tae les sentimientos, como no sea que les sirva para elevarse a las puras regiones del esp´ ıritu, y as´ ı, por ejemplo, amar´n a su padre, no como paa dre, porque ´l no engendr´ m´s que su cuerpo, e o a si bien ´ste lo han recibido tanto de Dios como e de ´l, sino como var´n justo, en quien brilla un e o destello de la mente suprema, que es a lo que ellos llaman el Sumo Bien, asegurando que fuera de ´l nada hay digno de ser amado y deseado. e

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Esta misma norma de tal modo apl´ ıcanla a todos los deberes de la vida, que si bien es cierto que no desprecian completamente todos los objetos visibles, por lo menos los ponen muy por debajo de los objetos invisibles. Por eso dicen que hasta en los sacramentos y en los deberes de la piedad h´llase un aspecto a corporal y otro espiritual, y as´ por ejemplo, en ı, algunos no tiene gran importancia el abstenerse de comer carne y de cenar (que es lo que se entiende por verdadero ayuno), a no ser que al mismo tiempo repriman lo m´s posible sus paa siones, moderando su ira y su soberbia, a fin de que el esp´ ıritu, libre del peso del cuerpo, pueda gustar y saborear los bienes celestiales. As´ razonan tambi´n respecto de la misa, y ı e sin desde˜ar sus ceremonias, dicen, no obstante, n que en s´ mismas son poco utiles y hasta pueden ı ´ llegar a ser perjudiciales si no se penetra por medio de ellas en lo espiritual, esto es, en lo que los s´ ımbolos visibles representan. En este sentido es saludable a los mortales el simulacro de la muerte de Cristo, la cual deben copiar en su coraz´n, domando, crucificando y o

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sepultando, por decirlo as´ sus pasiones a fin ı, de resucitar a una nueva vida y formar un solo cuerpo con Cristo y con los dem´s cristianos. a As´ piensan y obran los devotos. El vulgo, por ı el contrario, cree que el sacrificio de la misa consiste simplemente en plantarse delante del altar, y cuanto m´s cerca, mejor; en o´ los vozarrones a ır de los cantores y en asistir como espectador a las ceremonias de la liturgia. Y no solamente en estos casos, que s´lo como o ejemplos he citado, sino tambi´n en su vida ene tera huye sinceramente el devoto de aquello que se relaciona con el cuerpo, para elevarse hacia lo eterno, lo espiritual y lo invisible. Por lo cual, existiendo entre los mundanos y los devotos tan enorme discrepancia acerca de todas las cosas, resulta que, rec´ ıprocamente, se tachan de locura, aunque, en mi opini´n, confieso que esta pao labra, mejor que al vulgo, es a los devotos a quienes debe aplicarse.

CAPITULO LXVII
LA SUPREMA FELICIDAD ES UNA ESPECIE DE LOCURA. —EL MISTICISMO

o que acabo de decir aparecer´ m´s claa a ro si, como os he prometido, demuestro en pocas palabras que esa suprema felicidad a que aspiran los devotos no es otra cosa que una especie de locura. En primer lugar, advertid que ya Plat´n hubo o de vislumbrar algo parecido cuando escribi´ que o el delirio de los amantes era la mejor de todas las felicidades, porque el que ama ardientemente ya no vive en s´ sino en aquel a quien ama, y cuanı, to m´s se separa de s´ mismo y m´s se acerca al a ı a otro, su gozo es mucho mayor. Pues bien: cuando el alma quiere separarse del cuerpo y ya no usa adecuadamente de sus ´rganos, hay evideno temente delirio. De otro modo, ¿qu´ significan e estas vulgares expresiones: no est´ en s´ vuela ı, ve en ti y ha vuelto en s´ Por consiguiente, ı? cuanto m´s perfecto es el amor, m´s profundo y a a delicioso es el delirio. ¿Qu´ ser´, pues, esa vida e a

L

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de los bienaventurados, tras de la cual suspiran tan ardientemente las almas piadosas?

Porque el esp´ ıritu, como m´s noble y poderoa so, absorber´ al cuerpo, y esto con tanta m´s a a

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXVII

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facilidad cuanto que el cuerpo habr´ sido prea parado ya para esta transformaci´n ayudando y o haciendo penitencia. El esp´ ıritu ser´ despu´s aba e sorbido en la inteligencia soberana, que le es infinitamente superior, y as´ el hombre estar´ toı, a talmente despojado de todo lo material, ser´ fea liz por la sencilla raz´n de que, puesto fuera de o s´ mismo, se gozar´ de modo inefable en ese Suı a mo Bien que atrae hacia s´ todas las cosas. ı Es verdad que tal felicidad no podr´ ser pera fecta hasta que, reunida el alma con el cuerpo en que estuvo, goce la inmortalidad; no obstante, como la vida de los devotos no viene a ser otra cosa que una meditaci´n, y en cierto modo o una imagen de esa otra vida, son, a las veces, recompensados con una especie de goce anticipado de las delicias celestiales, que les trae algo as´ como el gusto y el aroma de ellas, y que, si ı bien no sea m´s que una gota peque˜´ a nısima en comparaci´n de aquella fuente de felicidad etero na, vale m´s que todos los deleites del cuerpo, a aunque se pusiesen juntas todas las delicias de todos los mortales. ¡Tanto aventaja lo espiritual a lo corporal y lo invisible a lo visible!

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Esto es, sin duda, lo que anunci´ el Profeta o cuando dijo: “Ni el ojo vi´, ni el o´ oy´, ni el o ıdo o coraz´n del hombre sinti´ nunca lo que Dios ha o o preparado para los que aman.” Pero tales deliquios no son m´s que una parte de la necedad, a que no se extingue con el tr´nsito de ´sta a la a e otra vida, sino que, por el contrario, se perfecciona. A quienes les es dado experimentarlos (que son muy pocos) les acontece algo muy parecido a la locura, porque se expresan a veces con alguna incoherencia y no como la generalidad de los dem´s hombres: hablan sin ton ni son y a cambian bruscamente de fisonom´ ya alegres, ıa; ya abatidos, tan pronto lloran como r´ o soıen llozan; en una palabra, est´n verdaderamente a fuera de s´ mismos; y cuando despu´s recobran ı e el sentido, no saben decir d´nde se encontraban, o si en el cuerpo o fuera del cuerpo, despiertos o dormidos; ni recuerdan m´s que como a trav´s a e de un sue˜o, entre nubes, lo que oyeron, vieron, n dijeron e hicieron; unicamente saben que han ´ sido muy felices durante este delirio, y as´ deı ploran haber recobrado la raz´n, por lo cual no o

ELOGIO DE LA NECEDAD.—CAP. LXVII

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hay nada que m´s deseen que enloquecer perpea tuamente de este g´nero de locura. Tal es este e ligero y anticipado saborcillo de su futura felicidad.

CAPITULO LXVIII
EP´ ILOGO

ero ya hace tiempo que me he olvidado de que estoy traspasando los l´ ımites que me hab´ propuesto. Si os parece que me he ıa excedido en pedanter´ o charlataner´ pensad ıa ıa, que quien a vosotros se ha dirigido es la Necedad, y por a˜adidura, que es mujer. n

P

Acordaos, sin embargo, al mismo tiempo, de aquel proverbio griego que dice: “Muchas veces el necio habla con cordura”, a menos que cre´is a que esto no reza con las mujeres.

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Veo que est´is esperando el ep´ a ılogo; pero muy necios ser´ si imaginaseis que me acuerdo de ıais lo que he dicho, despu´s de haberos soltado tal e f´rrago de palabras. Es viejo el adagio que dice: a “Odio al convidado que tiene buena memoria”; mas ´ste es nuevo: “Aborrezco al oyente que se e acuerda de todo.” Y con esto, salud, aplaudid, vivid y bebed, ilustres partidarios de la necedad. FIN DE “ELOGIO DE LA NECEDAD”

INDICE Pr´logo: o Erasmo de Rotterdam . . . . . . Dedicatoria . . . . . . . . . . . . . . Cap. I.—Introducci´n . . . . . . . . . o Cap. II.—Tema del discurso . . . . . Cap. III.—Defensa de la propia alabanza . . . . . . . . . . . . . . Cap. IV.—Cara a cara de la Necedad Cap. V.—Sinceridad de la Necedad e ingratitud de los sabios para con ella . . . . . . . . . . . . . . . . Cap. VI.—La Necedad imita a los ret´ricos . . . . . . . . . . . . . o Cap. VII.—Progenie de la Necedad . Cap. VIII.—Patria y crianza de la Necedad . . . . . . . . . . . . . . Cap. IX.—El cortejo de la Necedad . 9 25 35 37 39 43

45 47 49 53 57

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´ INDICE

Cap. X.—La Necedad, por los favores que dispensa, es semejante a los dioses . . . . . . . . . . . . . . Cap. XI.—Poder de la Necedad en los or´ ıgenes de la vida . . . . . . . . Cap. XII.—El placer, como bien supremo Cap. XIII.—´ Intima relaci´n de la ino fancia y de la vejez con la Necedad. –Beneficios que ´sta reporta e a la vejez . . . . . . . . . . . . Cap. XIV.—Los beneficios de la Necedad son superiores a los de los dioses, porque hace duradera la juventud y aleja la vejez . . . . Cap. XV.—Necedad de los dioses . . Cap. XVI.—Supremac´ de la Neceıa dad sobre la raz´n . . . . . . . . o Cap. XVII.—La mujer, encarnaci´n de o la Necedad . . . . . . . . . . . . Cap. XVIII.—Importancia de la Necedad en los banquetes . . . . . . Cap. XIX.—La Necedad es la base unitiva de la amistad . . . . . . . .

59 61 65

67

73 77 83 85 89 91

´ INDICE

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Cap. XX.—La Necedad es la conciliadora del matrimonio . . . . . . . 95 Cap. XXI.—La Necedad, v´ ınculo de toda sociedad humana . . . . . 97 Cap. XXII.—Papel que desempe˜a Fin laucia (el Amor Propio), hermana carnal de la Necedad . . . . . 99 Cap. XXIII.—La Necedad es la causa de la guerra . . . . . . . . . . . 103 Cap. XXIV.—Inutilidad de los sabios para todos los menesteres de la vida . . . . . . . . . . . . . . . 105 Cap. XXV.—Contin´a la misma mau teria . . . . . . . . . . . . . . . 109 Cap. XXVI.—Importancia pol´ ıtica de la Necedad . . . . . . . . . . . . 111 Cap. XXVII.—La vida humana no es m´s que un juego de necios . . . 113 a Cap. XXVIII.—Las artes, fruto de la vanagloria . . . . . . . . . . . . 117 Cap. XXIX.—La verdadera prudencia se debe a la Necedad . . . . . . 119

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´ INDICE

Cap. XXX.—La Necedad conduce a la sabidur´ intolerable condici´n ıa, o de los que el vulgo tiene por sabios . . . . . . . . . . . . . . . 125 Cap. XXXI.— Las calamidades humanas remediadas por la Necedad. —Favores especiales que dispensa a los viejos y a las viejas . . . 129 Cap. XXXII.—Elogio de la ignorancia. –La edad de oro.– Las ciencias son males de la vida . . . . . . . 135 Cap. XXXIII.—Ciencias que m´s se a conforman con la Necedad . . . 139 Cap. XXXIV.—Los animales son m´s a felices que el hombre . . . . . . 143 Cap. XXXV.—Ventajas que los necios tienen sobre los sabios . . . . . . 145 Cap. XXXVI.—Contin´a la misma u materia . . . . . . . . . . . . . 149 Cap. XXXVII.—Contin´a el mismo u asunto de los dos cap´ ıtulos anteriores . . . . . . . . . . . . . . . 153

´ INDICE

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Cap. XXXVIII.—Relaciones de la Necedad con la locura. –Clases de locura . . . . . . . . . . . . . . Cap. XXXIX.—Algunas formas de la Necedad: La caza, la monoman´ ıa de edificar, la alquimia y el juego Cap. XL.—La superstici´n como foro ma de Necedad . . . . . . . . . Cap. XLI.—Sigue la misma materia del cap´ ıtulo anterior . . . . . . . Cap. XLII.—Importancia que tiene el amor propio en los individuos . . Cap. XLIII.—Importancia que tiene Filaucia en los pueblos . . . . . Cap. XLIV.—Loores de la adulaci´n . o Cap. XLV.—La felicidad depende de la opini´n de los hombres . . . . o Cap. XLVI.—Liberalidad de la Necedad . . . . . . . . . . . . . . . Cap. XLVII.—Culto universal de la Necedad . . . . . . . . . . . . . Cap. XLVIII.—Formas vulgares que reviste la Necedad . . . . . . . .

155

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´ INDICE

Cap. XLIX.—Formas m´s elevadas de a la Necedad: a) Los gram´ticos . a Cap. L.—b) Los poetas, los ret´ricos y o los escritores . . . . . . . . . . . Cap. LI.—c) Los jurisconsultos y los dial´cticos . . . . . . . . . . . . e Cap. LII.—d) Los fil´sofos . . . . . . o Cap. LIII.—e) Los te´logos . . . . . . o Cap. LIV.—f) Los religiosos y los monjes . . . . . . . . . . . . . . . . Cap. LV.—g) Los reyes y los pr´ ıncipes Cap. LVI.—h) Los cortesanos . . . . Cap. LVII.—i) Los obispos . . . . . . Cap. LVIII.—j) Los Cardenales . . . . Cap. LIX.—k) Los papas . . . . . . . Cap. LX.—l) Los obispos germ´nicos a Cap. LXI.—La Fortuna favorece a los necios . . . . . . . . . . . . . . Cap. LXII.—Testimonios de los antiguos cl´sicos en favor de la Necea dad: Horacio, Homero, Cicer´n . o Cap. LXIII.—Testimonios de la Sagrada Escritura en apoyo de la Necedad . . . . . . . . . . . . . .

207 213 219 221 225 243 261 267 271 274 278 286 291

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´ INDICE

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Cap. LXIV.—Contin´a la misma mau teria. —Falsos int´rpretes de las e palabras de la Sagrada Escritura Cap. LXV.—Contin´a la misma mateu ria. —Elogios de San Pablo a la Necedad. —´ Idem del Evangelio . Cap. LXVI.—Afinidad de la religi´n o cristiana con la Necedad . . . . Cap. LXVII.—La suprema felicidad es una especie de locura. —El misticismo . . . . . . . . . . . . . . Cap. LXVIII.—Ep´ ılogo . . . . . . . .

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