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Don Juan Psicoanalisis Del Matrimonio

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Don Juan

Psicoanálisis del Matrimonio
Un ritual que desinfla el deseo

Don Juan
Psicoanálisis del Matrimonio
Un ritual que desinfla el deseo

Ariel C. Arango

Arango, Ariel Cándido Don Juan: Psicoanálisis del matrimonio: un ritual que desinfla el deseo. - 1a ed. - Rosario: el autor, 2011. 460 p. ; 24x16 cm. ISBN 978-987-33-1185-7 1. Psicoanálisis. I. Título. CDD 150.195

Fecha de catalogación: 19/09/2011

2011 - ACA Ediciones. Primera Edición Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723 Prohibida su reproducción total o parcial Diseño Editorial: Diseño Armentano Imagen de portada: Raffaello Sposalizio Della Vergine, 1504 Olio su tavola, cm. 170 x 118 Milano, Pinacoteca di Brera

C

Di te vir fabula narratur

De ti, varón, se habla en esta historia

No sospechan, ciertamente, cuántos renunciamientos trae consigo, a veces para ambas partes, el matrimonio, ni a lo que queda reducida la felicidad de la vida conyugal, tan apasionadamente deseada.

Freud, La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna (1908).

Que me muera, oh Príapo, si no me da vergüenza decir palabras torpes y obscenas. Pero como tú, siendo dios, muestras tus huevos al aire dejando de lado el pudor, debo yo llamar a la concha, concha y a la pija, pija.

Priapeo, Corpus Priapeorum (siglo I d C)

Primera Parte Don Juan
I- El Anillo Funesto

«Por otra parte, el ceremonial representa la suma de las condiciones bajo las cuales resulta permitido algo distinto aún no prohibido en absoluto, del mismo modo que la ceremonia nupcial de la Iglesia significa para el creyente el permiso del placer sexual, considerado sino como pecado.»

Freud, Los actos obsesivos y las prácticas religiosas (1907).

Raffaello Sposalizio Della Vergine, 1504 Olio su tavola, cm. 170 x 118 Milano, Pinacoteca di Brera

Prólogo Primera Parte
reud dice que quienes se casan no sospechan cuántos renunciamientos trae consigo el matrimonio ni a lo que queda reducida la felicidad conyugal tan apasionadamente deseada. El varón sometido al ritual del matrimonio (y es de él de quien se habla en esta historia) debe llevar, para siempre, un anillo en el dedo. Es la señal de la renuncia, con la aceptación de la monogamia, a su libertad instintiva. El anillo es un emblema de la castración y, por eso, funesto. Don Juan no se lo puso jamás.

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Capítulo I

Pero aún el amor genital heterosexual, único que ha escapado a la proscripción, todavía es menoscabado por las restricciones de la legitimidad y la monogamia. Freud, El malestar en la cultura, IV (1930).

1 n 1689 un pequeño navío inglés, empujado por la marea, se acercó a las Côtes-du-Nord, en la región de Bretaña, en Francia. Allí, entre los acantilados y las ensenadas profundas de Saint-Malo, desembarcó un indio hurón. Era bien parecido, tenía larga cabellera y no usaba sombrero. Andaba con las piernas desnudas y calzado con pequeñas sandalias y usaba un vestido ajustado al cuerpo desde los hombros hasta
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Don Juan - El anillo funesto

la cintura. Tenía un aire recio y dulce a la vez. Un prior y su hermana, que a la sazón paseaban por la playa, se acercaron, y como hablaba muy bien francés, dialogaron con él. Atraídos por su aire sencillo y natural lo invitaron a cenar. Al correrse la voz de la presencia del curioso extranjero, los notables del lugar se acoplaron al convite. Entre ellos, el abad de St. Ives junto a su hermana, una joven muy linda y educada. Todos le contemplaban con admiración y le hablaban e interrogaban al mismo tiempo. En medio de la animada conversación, una dama le preguntó cómo decía «hacer el amor» en lengua hurona, a lo que el recién llegado contestó que trovander y a todos los invitados les pareció una palabra muy bonita. En el mismo orden de ideas la señorita de St. Ives preguntó, a su vez, cómo se hacía el amor en ese país y el joven le respondió que haciendo buenas acciones para complacer a quienes se parecían a ella. La joven, halagada, se sonrojó. Preguntado sobre cuál era su nombre, el hurón respondió:
On m’a toujours appelé l’Ingénu parce je dit toujours naivement ce que je pense. «Se me ha siempre llamado el Ingenuo porque yo siempre digo ingenuamente lo que pienso».1

… A partir de allí los acontecimientos se precipitaron: el Ingenuo, a través de un pequeño talismán que llevaba colgado en el cuello, es reconocido como sobrino del prior; a continuación éste, junto a la señorita de St. Ives, decide bautizarlo; el Ingenuo, tras la lectura de la Biblia, se convence que debe circuncidarse sin demora, lo que
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Capítulo I - Una intrusión odiosa

suscita gran preocupación entre las damas que temen que el sacrificio del prepucio pueda dañarle un lugar tan interesante, pero el prior las calma recordándoles que la circuncisión no estaba ya de moda y que el bautismo era más dulce y saludable; el hurón, por su parte, trata de bautizarse a la vieja usanza, esto es, sumergiéndose desnudo en el río (ante la curiosa y poco recatada mirada de las mujeres que lo espían agazapadas tras unas cañas); finalmente, convencido por la señorita de St. Ives, quien sería su madrina, acepta ser bautizado con todo el decoro que indican las buenas costumbres imponiéndosele el nombre de Hércules, hecho éste que dio lugar a que un bromista recordara que el heroico personaje había desvirgado cuarenta mujeres en una sola noche, comentario frente al cual las damas bajaron, recatadamente, los ojos juzgando que el bautizado, por su fisonomía, era digno de su ilustre patrocinador; por último, el hurón, llamado el Ingenuo… ¡se enamoró! … Después del bautismo, sin embargo, la señorita de St. Ives no podía contener su deseo de participar con el señor Hércules, el Ingenuo, en otro sacramento, más apetecible y bello: el matrimonio. Ella se mostraba tierna, vivaz y juiciosa y, por lo demás, las cosas se sucedieron naturalmente: ambos se encontraron sin haberse buscado, él le dijo que la quería de todo corazón a lo que la joven, pudorosa, le respondió que era necesario hablar lo más rápido posible con los tíos del pretendiente, el señor prior y su hermana, y que en lo que a ella le tocaba se lo diría a su querido hermano el abate de St. Ives, estando segura de que habría un consentimiento general. Pero el Ingenuo le contestó que no
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Don Juan - El anillo funesto

hacía falta ningún consentimiento ya que le parecía extremadamente ridículo pedir a otros lo que se debía hacer porque quand deux parties sont d’accord, on n’a pas besoin d’un tiers pour les accomoder, cuando dos están de acuerdo, no hay necesidad de un tercero para acomodarlos. Y agregó:
Cuando tengo necesidad de almorzar, o de ir a cazar, o de dormir, no consulto a nadie. Ya sé que en casos de amor no está de más tener el consentimiento de la persona a la cual se quiere, pero como no estoy enamorado de mi tío ni de mi tía, no es a ellos que debo dirigirme para este asunto, y si me hacéis caso, también podéis pasaros muy bien sin el consentimiento del señor abate de St. Ives2

La bella joven usó de todo su talento y delicadeza para persuadir al hurón de que se adaptase a las conveniencias sociales. Éste, por su parte, al día siguiente informó al prior, su tío, de su amor por la señorita de St. Ives, a lo que el prelado, escandalizado, le hizo saber que las leyes humanas y divinas se oponen a que el ahijado se case con la madrina. La respuesta del acristianado indígena fue, como siempre, espontánea y sin rodeos:
¡Pardiez, querido tío! Os estáis burlando de mí… ¿Por qué motivo está prohibido casarse con la madrina, cuando es joven y bonita?… Si se me priva de la bella señorita de St. Ives, con el pretexto de mi bautismo, os prevengo que la voy a raptar y me desbautizaré3

La hermana del prior, llorando, manifestó su temor de que el hurón, su reencontrado sobrino, se condenase eternamente por su propósito y abogó por solicitar al
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Capítulo I - Una intrusión odiosa

Santo Padre, el Papa, una dispensa. Al oírla, dijo el Ingenuo mientras abrazaba a su tía:
¿Es que existe un tal hombre encantador que favorece a los jóvenes y a las muchachas en sus amores? Quiero hablar con él al instante4

Al explicársele quién era el Papa, el indígena quedó más confundido que antes y discurrió con su acostumbrado candor:
He viajado, conozco el mar; nos encontramos en estas costas del océano, y voy a dejar a la señorita de St. Ives para ir a pedir permiso de amar a un hombre que vive en el Mediterráneo a cuatrocientas leguas de aquí. ¡Y no sé ni una palabra de la lengua que habla! Es de una ridiculez incomprensible5

Y al cabo de un cuarto de hora estaba en casa de su madrina. Pidió saber a una vieja criada dónde estaba el dormitorio de su amada, empujó la puerta y se abalanzó sobre la joven en la cama quien sobresaltada se puso a gritar demandándole qué quería hacer. Y, como era de esperar, su respuesta fue simple y honesta:
Os tomo por esposa6

Y se fue directo al asunto con todo el vigor digno de Hércules, su patrón bautismal. Y hubiera, virilmente, consumado su propósito de no ser por la llegada del juicioso abate de St. Ives, su criada, un viejo sirviente y un clérigo, que moderaron su ímpetu y lo llevaron a otra habitación. Cuando el abate le echó en cara la enormidad de su proceder, el Ingenuo se defendió alegando los privilegios de la ley natural que conocía perfectamente.
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Don Juan - El anillo funesto

Pero el clérigo replicó afirmando que la ley y las convenciones de los hombres debían prevalecer frente a los derechos de la naturaleza sosteniendo, además, que era necesario que hubiese notarios, curas, testigos, contratas y dispensas. Argumentos frente a los cuales el hurón respondió breve y rotundamente, con su despojada lógica salvaje:
Pues seréis una gente muy deshonesta cuando os hacen falta tantas precauciones.7

¿Cómo terminó el episodio? ¡Pues que la encantadora señorita de St. Ives fue internada en un convento para sustraerla de un salvaje tan apasionado e independiente! Y, desde entonces, la separación y el dolor acompañaron a los desventurados amantes. Los hechos se sucedieron fatídicamente: el Ingenuo se propone liberar a la muchacha de su prisión; en el intervalo rechaza a los ingleses que invaden su provincia; viaja a Versailles y resulta encerrado en la Bastilla; la señorita de St. Ives, liberada, marcha a buscarlo a París; para salvarlo entrega, por virtud, su virginidad a un viceministro aunque, al encontrarse en los brazos del poderoso cortesano que la disfruta, piensa sólo en su amado: Je vous ai adoré en vous trahissant, te he adorado mientras te traicionaba.8 Los enamorados, al final, se reencuentran, pero ella, torturada por el recuerdo de su infidelidad, sucumbe a una fiebre hirviente. El Ingenuo pensó en el suicidio, pero se sobrepuso a ese impulso desesperado. Con el tiempo, que lo suaviza todo, entró en el ejército donde se distinguió como soldado. Cuando recordaba su amor por la señorita de St. Ives no podía contener sus lágrimas y ese hablar nostalgioso constituía su único consuelo. Y hasta el último momento veneró la memoria
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Capítulo I - Una intrusión odiosa

de su amada. Él mismo resumió, lacónicamente, su lastimoso destino:
He nacido libre como el aire; sólo tenía dos deseos; la libertad y el objeto de mi deseo, y me han quitado los dos.9

II Voltaire (1694-1778), el filósofo francés, escribió El Ingenuo (que etimológicamente significa «hombre libre») en 1767. Es un cuento delicioso que muestra la lucha entre los impulsos de la naturaleza y el rigor de las leyes, un agónico combate que, desde siempre, tiene lugar en el alma de hombres y mujeres. El anhelo del Ingenuo y de la señorita de St. Ives de regocijarse mutuamente en la humedad y el calor de sus carnes es impedido por distintos sujetos. Algunos son simplemente terceros, aunque parientes, como el hermano de la muchacha o el tío y la tía del joven, y otros, además de terceros, son también extraños, como es el caso del Papa, pero todos, sin embargo, reclaman para sí, a pesar de que tanto el lozano hurón como la tierna francesa son adultos y están en la edad de la razón, la potestad de otorgar o rechazar a los enamorados su derecho a coger. Pues bien, las formalidades prescriptas para conceder o negar este derecho constituyen un ritual, y a ese ritual, se lo llama: matrimonio. En realidad estamos tan habituados a esta ceremonia que la admitimos como un hecho natural en el orden de las cosas. Hemos perdido el candor primitivo del Ingenuo y no advertimos nada impropio en que un tercero determine lo que, por la propia índole de las ganas de coger, debiera solamente acordarse entre dos. Pero
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Don Juan - El anillo funesto

si por un momento lográsemos sacudirnos el peso de las leyes y costumbres que entumecen nuestro entendimiento descubriríamos que todo ritual de matrimonio, tanto aquel oficiado por un ornamentado sacerdote en una iglesia magníficamente iluminada y perfumada de incienso y donde resuena la marcha nupcial, como ese otro celebrado por un rutinario y distraído funcionario público en la sala fría, desaliñada y poblada de expedientes de un registro civil, nos suscita una seria e inquietante pregunta: ¿cómo se explica que toleremos que nuestro impulso más voluptuoso e instintivo, y como tal personalísimo, deba depender para su satisfacción de la anuencia de alguien que no lo experimenta ni se beneficia de él? O lo que es lo mismo, pero formulado no sólo con la misma ingenuidad del buen salvaje sino más genuinamente aún: ¿de dónde viene que, mansamente, aceptemos que un extraño, un cura o un burócrata, se inmiscuya en nuestros más íntimos sentimientos y, advenedizamente, maneje nuestra pija? Hoc opus, hic labor; he aquí la dificultad, he aquí el trabajo.

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Capítulo II

El deseo atrapado
En una normal vita sexualis la neurosis es imposible. Freud, Mis opiniones sobre el rol de la sexualidad enla etiología de la neurosis (1906).

I l trágico relato amoroso de Voltaire nos conmueve; sentimos simpatía pero también compasión por esos jóvenes infortunados. Y también rabia. Rabia porque fueron intrusos, hombres y mujeres más viejos, quienes con sus trabas a la insatisfacción del deseo provocaron el terrible desenlace. Un final tan doloroso como gratuito ya que el instinto cuando fluye con holgura siempre dispensa placer, nunca dolor. Sólo cuando
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Don Juan - El anillo funesto

se frustra este vehemente impulso es que el goce se transforma en sufrimiento: si tememos no satisfacer nuestro anhelo, el deseo se contrae en angustia; si estamos convencidos de no poder satisfacerlo ya, se relaja en tristeza; y, en cualquier caso, si nadie lo estimula, se escurre en aburrimiento. El instinto está constituido de tal modo que todo estorbo en el espontáneo brotar de los sentimientos engendra, de una manera u otra, siempre aflicción. Para el deseo satisfecho, en cambio, no existen pesares. Freud lo afirmó en su famoso dictum: quien libre coge no enferma1. II El drama se inició con el casamiento. Todo empezó cuando tíos, priores y abates se concertaron para someter al Ingenuo al ritual establecido por Dios Padre en el paraíso terrenal y elevado, más tarde, por su hijo Jesucristo, a la dignidad de sacramento:
Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán dos en una carne. Lo que Dios ha unido, no lo desuna el hombre. (Éxodo, XX, 1-17)

El buen salvaje debía pues, primero, pedir permiso para coger y, una vez concedida la autorización, permanecer para siempre con la señorita de St. Ives (tuviera ganas o no). La unión consentida era indisoluble y el esposo, además, debía guardarle fidelidad inviolable. Y no sólo en los actos sino también en la mente. En esto Cristo es escrupuloso y prolijo de un modo espeluznante:
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Capítulo II - El deseo atrapado Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer con deseo ya adulteró con ella en su corazón. (S. Mat., 27-28)

El Redentor, por lo tanto, no sólo prohíbe coger, sino también… ¡desear hacerlo! III El matrimonio es una red de mandamientos y prohibiciones (comparable a la de una telaraña) que, como le sucedió al honesto Ingenuo, ahoga en el varón su deseo de coger. La Iglesia Católica siempre mantuvo una mirada atenta e inquisitiva sobre todos los detalles corporales de la vida amorosa, tanto que algunos antiguos tratados teológicos, como el gran tomo de Sánchez, De Matrimonio, analizan sin resquicios, y en relación con el pecado, las más diversas formas de placer carnal entre hombres y mujeres. Allí todo es considerado, concisa y claramente, sin mórbida pruderie ni mórbido sentimentalismo, y en el más frío lenguaje científico. Y el modo correcto de actuar, in amores, es señalado para todos los casos puestos en discusión: qué es lo que está autorizado, qué es lo que se juzga pecado venial, y qué pecado mortal2. Nada quedaba fuera de la red… ¡Cuidado con las posiciones al coger! IV Boccaccio (1313-1375), el ilustre escritor y humanista (que aunque se casó dos veces parece haber creído en el amor libre)3, en la cuarta narración de su Decameron,
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Don Juan - El anillo funesto

la obra suprema de la prosa italiana, nos cuenta la novella de un abad que se encontró un día, inesperadamente, en la celda de uno de sus frailes, con una joven campesina. El religioso, aunque viejo, al ver a la bella e fresca muchacha, sintió que toda su carne hervía y, decidido a gozarla, calmó sus escrúpulos pensando que una ocasión como ésa no se repetiría jamás y que es de personas sensatas aprovechar el bien cuando Dios Nuestro Señor lo manda. Y sintiéndose, además, fortalecido por la sabiduría del proverbio que reza pecatto celato e mezzo perdonato, pecado ocultado es medio perdonado, se abalanzó sobre su presa. Y la joven que no era ni de ferro né di diamante muy fácilmente se plegó a su reclamo. El abad se subió a la cama pero sabiéndose muy pesado y teniendo en cuenta la tierna edad de la muchacha que debía soportarlo,
non sopra il petto di lei salí ma lei sopra il suo tetto pose4 «no se puso sobre el pecho de ella sino que la puso a ella sobre su pecho»

Una luminosa miniatura de un artista florentino, a pluma y acuarela, del año 1427, patrimonio de la Bibliothéque Nationale de France, en París5, ilustra, deliciosamente, esta escena, en la cual la mujer yace sobre el cuerpo del hombre. Esta amorosa posición, sobre todo cuando la hembra además se sienta, regocijada, sobre la pija del macho, muy popular en el Renacimiento, era ya muy conocida en la antigüedad. Se la llamaba: «el caballo de Héctor». Giulio Romano (1492-1546), el mejor alumno de Rafael, un amante de los temas paganos y los rosados
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Capítulo II - El deseo atrapado

y espléndidos desnudos, inspirándose en esbozos de su maestro, pintó esta lujuriosa posición (junto a otras dieciséis) en una pared del Vaticano como protesta por la demora del Papa Clemente VII en pagarle su salario. Estos dibujos fueron convertidos en grabados por Marcantonio Raimondi y publicados en Venecia en 1527 junto a los sonetos que, a modo de comentarios obscenos, compuso ad-hoc, el cáustico y procaz Pietro Aretino (1492-1557)6. Éste es un fragmento de uno de ellos (Sonetti lussuriosi, Libro Primo IV):
Posami questa gamba in su la spalla, et levami dal cazzo anco la mano, e quando vuoi ch’io spinga forte o piano, piano o forte col cul sul letto balla7 «Pon la pierna sobre mi hombro, y levanta mi pija con tu mano, y cuando quieras que yo empuje fuerte o suave, suave o fuerte con tu culo en la cama baila.»

Fue la tebana Andrómaca, elogiada por los escritores antiguos como ejemplo de fidelidad conyugal, quien, al montar a su marido Héctor, dio su nombre a esta pose amorosa. Giulio Romano en Mars et Venus, uno de sus dibujos, muestra el preciso momento en que la Diosa del Amor cabalga, apasionada, sobre la poderosa pija del Dios de la Guerra8. Marcial (40-104), el poeta romano, la menciona también en uno de sus célebres epigramas (Epigrammata, 11, 104, 13):
masturbabantur Phrygii post estia serui Hectoreo quotiens sederat uxor equo 33

Don Juan - El anillo funesto «Detrás de las puertas se masturban los esclavos frigios cada vez que Andrómaca monta el caballo de Héctor».

El poeta no hace aquí sino describir una voluptuosa escena conyugal, pero si el varón, sometido al ritual del matrimonio, quisiera inspirarse en ella para enriquecer, placenteramente, su vida de casado, sufriría una cruel decepción: ¡las posiciones son odiosas a Dios! V Ése es el magisterio de la Iglesia. Las veneradas voces de Tertuliano, Orígenes, San Jerónimo o San Agustín lo establecieron de ese modo9. Clemente de Alejandría, primer docto de la Iglesia de Oriente y que vivió en la segunda mitad del siglo II, en su Pedagogus (II, X), límpidamente, lo expuso así: «Practicar el coito, salvo con fines de procreación, es injuriar a la naturaleza»10. De allí que algunos teólogos afirmen que:
Excessus conjugum fit quando uxor cognoscitur ante, retro stando, sedendo in latere, et mulier super virum11 «Hay exceso en los cónyuges cuando se conoce a la esposa manteniéndose en pie delante o detrás, estando sentado sobre su flanco, y cuando la mujer está sobre el marido»

Otros, en cambio, aceptan que el marido coja a su esposa more canino, al modo de los perros,
quando mulier est ita pinguis ut no possit aliter coire12

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Capítulo II - El deseo atrapado «cuando la mujer sea tan gorda que no pueda cohabitar de otro modo»

Y existen, también, los que pensando que cualquier postura es buena tranquilizan al esposo recordándole que,
non est peccatum mortale, modo vir ejaculetur semen in vas naturale13 «no hay pecado mortal, con tal que el marido utilice el vaso natural»

La idea que lo inspira todo es que el matrimonio no consiste en la búsqueda de poses amorosas que brinden voluptuosidad al macho sino en la fecundación de la mujer. Coger no es un asunto de placer sino de engendrar. Y tanto es esto así que en la Edad Media estuvo muy difundida la chémise cagoule, un camisón de rústica bolsa cerrada en torno al cuello, a las muñecas y a los tobillos, y dotado de un conveniente agujero a través del cual la pija del marido encontraba la concha de su esposa sin ningún contacto superfluo a la tarea de hacer hijos14. El varón debe ser el marido y no el amante de su mujer. Pedro Lombardo (1100-1160), obispo de París, en su pequeño tratado De excusatione coitus, «Sobre la justificación del coito», resumió tajante, esta desconcertante doctrina: Omnis ardentior amator uxoris suae adulter est, el que ama ardientemente a la esposa comete adulterio.15

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Don Juan - El anillo funesto

VI La severidad con que Cristo trata el deseo amoroso es, por supuesto, herencia judía. Jehová, el Dios de Israel (y Dios Padre de los cristianos), instituyó con su séptimo mandamiento, en medio de un cielo poblado de atemorizadores truenos, relámpagos y humo, el matrimonio como base de la familia. Y lo protegió con implacable rigor. Moisés, con terrorífica voz, hizo conocer su voluntad:
¡Maldito quien yaciere con la mujer de su padre, pues ha descubierto el borde de la colcha de su padre! (Deut. 27, 20)

Toda la vida del instinto está codificada y las penas son capitales:
El hombre que cometa adulterio con la mujer de otro hombre, quien cometa adulterio con la mujer de su prójimo, habrá de ser muerto el adúltero y la adúltera. (Lev., 20, 10)

Y en el caso de la hembra la prohibición es más rigurosa aún. Durante el matrimonio, obviamente, sólo puede coger con su marido, y antes de casarse… ¡con nadie! Por lo demás, se le impone a la novia el onus probandi, la obligación de probar su virginidad, bajo pena de muerte por apedreamiento16. Con el macho, en cambio, el temido Dios suele ser más condescendiente: en caso de guerra17 o de escasez de oferta18 le autoriza el rapto de mujeres para reestablecer el equilibrio del mercado; si es un varón acomodado le permite tener varias esposas19, y si quiere divorciarse (al revés de lo que sucede con las mujeres) le facilita un trámite expedito20.
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Capítulo II - El deseo atrapado

De cualquier modo, sea como fuese, dureza con unas e indulgencia con otros, lo cierto es que el instinto de los hijos de Israel estuvo siempre constreñido por las ásperas prescripciones de un padre irascible: «Pues yo, Jehová, soy un Dios Celoso» (Éxodo, 20-5). VII Mahoma acepta todas las narraciones de la Biblia y alega que el acuerdo de ésta con el Corán es una prueba de su misión divina. De hecho, los mandamientos y prohibiciones impuestos por el ritual del matrimonio a judíos, cristianos y mahometanos muestran tan inconfundible aire de familia que parecen dictados por un solo Dios. Mahoma, como Moisés, condena el acercamiento voluptuoso hacia la madre o hermana, pero no objeta, sino que por el contrario, estimula, cogerse a las primas21. (Las cosas son distintas entre los cristianos: el rey Roberto de Francia, en el año 998, fue excomulgado por haberse casado con su prima; lo abandonaron todos sus cortesanos y casi todos sus sirvientes y dos que permanecieron con él echaron al fuego los manjares sobrantes de su comida para no ser contaminados por ellos).22 El Corán, por lo demás, prohíbe estrictamente toda intimidad física antes del casamiento y sugiere el ayuno, que debilita las exigencias de la carne, para soportar mejor tan excéntrica continencia23. El celibato, como entre los judíos, es considerado pecaminoso, y el matrimonio, también como entre los judíos, es obligatorio, aunque para hacer seductor el yugo se le concede al varón tener cuatro esposas (si bien no se le tolera cogerlas mientras estén menstruando)24. La mujer, por supuesto, sólo puede tener un marido a la vez25, y el divorcio,
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Don Juan - El anillo funesto

aunque desagradable a Dios, es consentido casi por cualquier motivo al marido, y a la esposa sólo si devuelve la dote26. En cuanto al adulterio, éste es castigado con un centenar de azotes a cada pecador…27 Estas severas exigencias matrimoniales, sin embargo, conocían algunas excepciones en la persona de Mahoma. El Corán es obra prácticamente de un solo hombre, ya que se basa en las revelaciones que el Profeta recibía de Dios y, tal vez, por causa de esta larga y privilegiada intimidad se dio el hecho de que Alá no se abstuviera de recurrir al método de las revelaciones para resolver, también, problemas puntuales de la vida privada de Mahoma. Fue de este modo como aprobó el deseo de éste de casarse con la linda esposa de Zaid, su hijo adoptivo28; también acudió a este expediente para comunicarle, cuando se sospechaba del adulterio de Aischa, su esposa preferida, que de allí en adelante se requerirían cuatro testigos para probar ese delito29; y por el mismo procedimiento le concedió una dispensa especial para tener más de las cuatro esposas autorizadas por el Corán, permitiéndole casarse… ¡con diez! (más dos concubinas). Durante algún tiempo, Mahoma, con buen ánimo, le dispensó una noche a cada hembra pero, finalmente, Aischa logró tantas visitas fuera de agenda que provocó una rebelión en su harén. Para aplacar el revuelo, Alá, misericordioso, le envió otra revelación especialmente dirigida a solucionarle su problema doméstico:
Puedes diferir tu visita a quienquiera de ellas y recibir de entre ellas a la que te plazca recibir; y el desear a quienquiera de las que apartaste no es pecado en ti; al contrario, es mejor, para que tengan consuelo y no penen, y estén todas contentas con lo que les des. (Corán, XXXIII, 51) 38

Capítulo II - El deseo atrapado

VIII ¿Una mujer o muchas? Ben Abul Kiba, en su Espejo de los fieles, con rara ecuanimidad, enumeró los beneficios y desventajas tanto de la poligamia como de la monogamia. Expresó sus ponderadas ideas a través de un diálogo incitante. Uno de los visires de Solimán, el sultán otomano, se dirigió de este modo a un emisario del emperador Carlos V:
Perro cristiano, ¿puedes acaso reprocharme que tenga cuatro mujeres, como la ley permite, mientras tú bebes doce cuarterolas de vino cada año y yo no bebo un solo vaso? ¿Qué bien proporcionas al mundo pasando más horas en la mesa que yo en la cama? Puedo dar cuatro hijos cada año para que sirvan a mi augusto señor y tú apenas puedes dar uno, y si lo das, ¿para qué sirve el hijo de un borracho? Nacerá con el cerebro ofuscado por los vapores del vino que bebió su padre.

Su primer argumento, tan serio como higiénico, sirvió de introducción a otro, de agudeza tal, que desnudó la mezquindad instintiva del cristiano:
Por otra parte, ¿qué hacer cuando dos de mis mujeres vayan de parto?, ¿no he de utilizar las otras dos como la ley manda? Qué papel tan triste representas en los últimos meses del embarazo de tu única mujer, en su parto y durante sus enfermedades. Has de permanecer en vergonzosa ociosidad o buscar a otra mujer, con lo que necesariamente te encuentras entre dos pecados mortales que te harán caer, después de muerto, hasta lo profundo del infierno. 39

Don Juan - El anillo funesto

Hubo, además, juiciosas consideraciones demográficas:
Supongo que en las guerras contra los perros cristianos perderemos cien mil soldados; nos quedarán unas cien mil mujeres que colocar y los ricos se encargarán de ellas. ¡Ay del musulmán que no aloje en su casa cuatro doncellas hermosas como esposas legítimas y no las trate como merezcan!

Su elocuente discurso finalizó con una pulla:
Que cada uno deje vivir a los demás según las costumbres de su país. Tu sombrero no se hizo para dictar leyes a mi turbante. Termina de tomar café conmigo y vete a acariciar a tu santa esposa alemana, ya que te ves reducido a ella sola.

El alemán, lejos de amilanarse, respondió con contundencia y no sin verdad:
Perro musulmán, a quien guardo profunda veneración, antes de que acabe el café quiero quitarte las ilusiones. El que se ha enmaridado con cuatro mujeres dispone de cuatro arpías, envidiosas, prestas a calumniarse unas a otras, a perjudicarse y a reñir, y su casa es un antro de discordia.

Su arenga tampoco careció de mordacidad:
Te ves obligado a que la vigile un eunuco que las golpea cuando arman demasiado alboroto. No te atrevas a compararte con el gallo, porque ningún gallo hace que un capón zurre a sus gallinas.

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Capítulo II - El deseo atrapado

Y terminó reafirmando su credo:
Compárate más bien con los animales y compórtate como ellos en lo que puedas, que yo prefiero amar como hombre, entregar mi corazón entero a una mujer y que ella me dedique el suyo. Esta noche contaré nuestra conversación a mi esposa y creo que se pondrá muy contenta30.

Estos fueron los argumentos de Ben Abul Kiba. Freud, por su parte, decía que la vida amorosa del varón con la mujer está regida por una extraña aritmética: muchas, son pocas; una, demasiado31. IX El adulterio, en cualquier caso, ya sea en la monogamia como en la poligamia, ha estado tan difundido como el matrimonio puesto que el hombre siempre buscó descansar de la esposa. Y eso aunque esas vacaciones le procurasen serios peligros e incluso, a veces, riesgos mortales: tanto judíos como cristianos y mahometanos consideran al adulterio una grave violación de la Ley (si bien el Viejo Testamento y el Corán tratan al varón pecador con más benevolencia que el Nuevo Testamento o el Talmud)32. Y la pena, en estos Libros Sagrados, es la muerte o la castración, que para el macho significan lo mismo ya que en ambos casos, igualmente, pierde la vida. En la Edad Media ése era el castigo para quien seducía a una mujer casada: en España se capaba al condenado; en Polonia, antes de la llegada del cristianismo, se llevaba al culpable a una plaza pública donde le sujetaban los huevos con un clavo y le ponían en la mano
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Don Juan - El anillo funesto

una navaja de afeitar para que eligiese entre mutilarse a sí mismo o ser muerto por un verdugo; en Inglaterra, en 1329, se da cuenta del caso de René de Mortener, que fue convicto de adulterio con la reina inglesa Isabel de Francia, a quien arrastraron sobre una tabla por las calles de Londres hasta llevarlo a un lugar abierto donde lo sujetaron a una escalera, le cortaron la pija y los huevos y lo quemaron después; y por lo demás, era común en la época que los maridos cornudos arrancasen los riñones a los pecadores sorprendidos en flagrante delito, ya que se considera que en ellos estaba el asiento de los deseos amorosos (la castración que, aún hoy en día, el capo mafia impone al que se cogió a su mujer, o a su hija sin casarse con ella después, nos recuerda que este castigo no pasó de moda)33. Y ésta fue, también, la misma pena con la que históricamente se sancionó a quienes cometían incesto, lo cual no debiera extrañarnos ya que ambos casos son, inconscientemente, la misma fechoría: la madre deseada por el hijo… ¡es la esposa de otro! El griego Sófocles (495-405 a C), en su famosa tragedia, hace que Edipo se arranque a sí mismo los ojos (símbolos de los huevos) como castigo por haberse cogido a su madre; Friedrich von Schiller (1759-1805), el dramaturgo alemán, en su Don Carlos, nos muestra a Felipe II decidiendo el asesinato de su hijo Carlos por haber seducido a su madrastra, su esposa Isabel de Valois; y en El Burlador de Sevilla, del español Tirso de Molina (1579-1648), el rey de Castilla ordena matar a Don Juan Tenorio (que no se amedrentó por ello) por vivir cogiendo fuera de la Ley:
«¿Hay desvergüenza tan grande? Prendedlo y matadlo luego.»34

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Capítulo II - El deseo atrapado

X ¡Pobre Ingenuo! ¡Qué inhóspita acogida le brindó Francia! No obstante, y a decir verdad, si en lugar de desembarcar en playas cristianas, lo hubiera hecho en tierra de infieles habría padecido igual. Alá es, sin duda, en materia de mujeres, más liberal que sus primos semitas: Jesucristo autoriza a coger con una sola mujer durante toda su vida mientras que él, entre esposas y concubinas, se permite hacerlo con ocho. Es ésta, obviamente, una magnánima dispensa, pero lo cierto es que, de cualquier modo… ¡también impone un límite! (y ni hablar del dudoso placer de mantenerlas). Y, por lo demás… ¡guay de quien cometa adulterio! Árabes, judíos y cristianos soportan, pues, la misma servidumbre: no cogen con cuántas mujeres se les da la gana (y en la posición que más les guste) sino con quien y como… ¡se los permita el Señor que está en los cielos! Y esto sucede porque, como hijos temerosos, no se atreven a sublevarse contra la voluntad del poderoso Padre. El miedo los disuade y se rinden para calmar la ansiedad. Ellos saben que únicamente sometiéndose al ritual del matrimonio podrán disfrutar de la hembra sin temor de represalias, ya que la ceremonia nupcial, como bien lo enseña Freud, significa el permiso para el placer sexual considerado, sino, como pecado35. ¿Qué es el matrimonio?: un permiso para coger. XI El varón que se casa, pues, pide permiso: veniam rogare. Y el permiso se le concede… ¡pero con condiciones! Y muy severas: no coger ni a la madre ni a la hermana, ¡ni tampoco a la madrina! (recordemos al Ingenuo) y,
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Don Juan - El anillo funesto

además, ser fiel durante toda la vida a su esposa, compartiendo la cama, únicamente con ella, todos los días de la semana, todas las semanas, los meses, los años… ¡siempre! Éste es el trato: he aquí el permiso y he aquí las condiciones. ¡Pues el trato no parece un buen negocio! (al menos uno que pague los gastos). Y no es un buen negocio porque el macho para poder gozar, pacíficamente, de las carnes de la hembra deseada, debe someterse al código de órdenes y prohibiciones que constituye el ritual del matrimonio, y de ese modo y por obra de ese inicuo trato, el placer de coger por el solo placer de hacerlo, la satisfacción de una necesidad natural, simple e inocente como la de comer, beber, cagar o mear, ya que como dice Metrodoro (330-circa 277), el filósofo epicúreo, «todas las cosas buenas hacen referencia al vientre»36, se muda en un vulgar y rutinario trabajo donde el marido, remedando al griego Sísifo, se ve obligado a empujar, sin redención, un peso insoportable… El psicoanalista inglés Ernest Jones (1879-1958), el ilustre biógrafo de Freud, tratando cierta vez de definir el criterio del éxito en el tratamiento psicoanalítico, no encontró noción más precisa que ésta: ¡la liberación del instinto! O dicho lo mismo pero ad litteram:
El libre fluir de positivos sentimientos a través del yo es la contraparte de la disminución de la angustia.37

¡Precisamente la misma libertad que la Ley de judíos, mahometanos y cristianos condena! Aranearum telis leges compares, las leyes son comparables a las telarañas, y la red del ritual del matrimonio atrapa a la pija como a un pájaro cautivo, la limita, la ahoga y le impide alzar el vuelo. Y en esta ominosa trampa se engendran
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Capítulo II - El deseo atrapado

los fracasos más sonados del instinto: la temida angustia, la descorazonante depresión o el intolerable aburrimiento. Aunque, por el testimonio de la señorita de St. Ives, deberíamos agregar, además, que por el deseo frustrado también se puede morir: son âme tuait son corps, su alma mató su cuerpo38. La angustia aparece cuando se traba el libre fluir del impulso animal: el deseo se transforma en ansiedad y la voluptuosidad se malogra. Y es que el instinto, para perseverar en un ser, debe correr como un río impetuoso sin artificiales diques que lo contengan o apacigüen. Sólo así, en el gozoso abandono, se experimenta la gloria del deseo. L’amour est l’absence de la anxieté, el amor es la ausencia de ansiedad. XII Ad summan: siendo el casamiento una imposición de mandatos y prohibiciones que limitan al macho tanto la libertad de su cuerpo como la de sus pensamientos, y siendo la libertad del instinto una condición necesaria para que la pija crezca y se hinche, con el rigor de un silogismo una pregunta se nos impone:
¿no será el matrimonio un ritual que desinfla el deseo?

XIII ¡Por supuesto que sí! Y por eso Don Juan nunca se casó, o lo que es lo mismo… ¡jamás pidió permiso para coger!. Él sólo era leal a la voz de su instinto el cual, vehemente, lo impul45

Don Juan - El anillo funesto

saba siempre hacia la concha de la hembra deseada (y así lo afirmó en todos los idiomas):
«Yo quiero poner mi engaño Por obra. El amor me guía A mi inclinación, de quien No hay hombre que se resista. Quiero llegar a la cama.»39

Tampoco aceptaba trabas al libre fluir de su impulso animal:
J’aime la liberté en amour40 «Yo amo la libertad en el amor»

De allí que rechazara, rotundo, las telarañas del ritual del matrimonio:
Love is for the free41 «El amor es para los libres»

Don Juan nunca permitió que nadie le desinflara la pija…

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Segunda Parte Don Juan
II- El Varón Castrado

Los resultados de la amenaza de castración son diversos e incalculables: afectan todas las relaciones de un niño con su padre y con su madre y posteriormente con los hombres y mujeres en general. Por lo común la masculinidad del niño no es capaz de resistir este primer choque. Para preservar su órgano sexual renuncia más o menos por completo a la posesión de su madre; con frecuencia su vida sexual resulta permanentemente trastornada por la prohibición.

Freud, Esquema del Psicoanálisis, VII. (1938)

Rubens (1577 - 1640) El triunfo del vencedor, h. 1614 Óleo sobre tabla, cm. 174 x 263 Staatliche Kunstsammlungen, Kassel

Prólogo Segunda Parte
n día el Viejo Celoso llamó del exilio a los hijos desterrados de la horda primitiva para concederles el dudoso beneficio del matrimonio. Y ésta fue su arenga:
«Ahora, siempre y cuando te sometas al ritual de circuncisión, te permitiré tener mujer. Aunque sólo una. Así te redimirás del castigo de hacerte la paja o hacerte romper el culo, al cual, por no tener hembra, estabas condenado. Pero no te ilusiones. No te dejaré coger ni a tu madre ni a tu hermana. Y como te conozco sé que, por tu cobardía, no te permitirás que ninguna otra te brinde un placer parecido. Cogerás, ¡sí!, pero no a la mujer deseada. Nunca tendrás a la hembra de tus sueños: ¡sólo tendrás una esposa!»

U

La esposa es un premio consuelo. ¡Don Juan lo rechazó!

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Capítulo X

El Varón Castrado
El niño, comúnmente, tiene angustia de que su padre le robe su miembro viril; la angustia de castración es una de las más poderosas influencias en el desarrollo de su carácter y decisiva para sus posteriores tendencias sexuales. Freud, El análisis profano, IV (1926).

I ir James Frazer (1854-1941), el ilustre humanista inglés, decía que a pesar de todo cuanto se haga y diga, nuestras semejanzas con el salvaje son todavía más numerosas que nuestras diferencias. Y el matrimonio confirma su aserto: el ritual del matrimonio no es sino, apenas enmascarado, un ritual primitivo de iniciación.
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S

Don Juan - El varón Castrado

Todas estas ceremonias salvajes son, sin duda, impresionantes. Además son extrañas y, también, misteriosas. Y, sobre todo, infunden terror. Y en todas ellas hay motivos que se repiten como una obsesión: la mutilación, la muerte, la resurrección y… ¡la amnesia! II Entre el ritual de iniciación y el ritual del matrimonio fluyen armoniosas concordancias (lo que no debiera extrañarnos ya que los dos son intentos de domesticar a los jóvenes). Ambos tienen lugar cuando el varón está a punto de empezar a coger y es, en todo caso, el único modo de hacerlo legítimamente, o lo que es lo mismo, con permiso. Y, por lo demás, las condiciones para obtener la autorización son también las mismas. Los salvajes no pueden coger a la madre ni a sus hermanas. ¿Acaso podemos hacerlo nosotros? ¡Absolutamente no! ¡Ni siquiera a nuestras primas! (La Iglesia Católica estableció que el parentesco entre los esposos debía ser más lejano que el cuarto grado, esto es, que no debían tener un antepasado común en cuatro generaciones)1. Sin embargo, al salvaje lo circuncidan y a nosotros no; eso es cierto. ¡Pero preguntémosles a judíos y musulmanes! Y, de cualquier modo, ¿no se nos impone a nosotros también la amnesia? ¡Por supuesto que sí! ¿No dice la Biblia (Génesis, II, 21-24) que el varón para unirse a su mujer debe primero dejar a su padre y a su madre, lo que supone olvidar la infancia con los deseos y placeres que le son propios? El salvaje, ¡el eterno salvaje!, habita todavía en nosotros. Y con los mismos anhelos y los mismos miedos. Compartimos el deseo y la prohibición incestuosa, la mutilación de la pija y la obligación de olvidar. Más
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Capítulo X - El Varón Castrado

allá del lenguaje, las vestimentas y las modas, o la cáscara de los conocimientos intelectuales, el instinto, a través del tiempo y el espacio, permanece inmutable: ¡la pija siempre quiere lo mismo! Der primitiv Mensch uberleben in jeder Individuum, el hombre primitivo sobrevive en cada individuo. Son palabras de Freud. III La mutilación es, en el ritual, el momento de angustia suprema. La amenaza de castración es un medio de inspirar terror. Y en ella se inspira todo ritual de iniciación para garantizar la prohibición del incesto ya que recurre a la circuncisión que es su forma mitigada. El mensaje a los novicios es claro: está prohibido coger sólo por el placer de hacerlo. ¡Únicamente se cogerá con quien los Padres permitan! Y en el tiempo y modo que ellos establezcan. Así resuena la Paterna Voz:
«Ésta es la regla: no cogerán como machos indómitos sino como hijos obedientes. Éste es el trato. Y para que no lo olviden, ahora… ¡le circuncidamos la pija!»

Y esto sucede en toda época y en todo lugar ya que los pueblos que no circuncidan también imponen a sus hijos una señal de sumisión: al varón recién casado no le cortan el prepucio… ¡pero lo obligan a llevar un anillo en el dedo! Una es una marca y el otro sólo un ornamento pero ambos son el sello de la esclavitud.

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Don Juan - El varón Castrado

IV El poeta elegíaco griego, Semónides de Amorgos (circa 630 a C), en su Catálogo de mujeres, sentencioso y pesimista, aludía así a la hembra:
Porque éste es el mayor mal que Zeus creó y nos lo echó en torno como una argolla irrompible.2

Definir a la mujer como una argolla irrompible es lo mismo que imaginarla… ¡como un anillo funesto! En el arte, la imagen de un macho sometido a una hembra es, en realidad, un tema muy difundido y que se repite en el tiempo. La famosa obra Aristóteles y Filis (1513), una pintura muy sensual con un sentido muy vivo de lo grotesco, del alemán Hans Baldung Grien (1480-1545), que sigue un modelo establecido por el arte medieval tardío, es típica: la desnuda Filis monta sobre un hombre que camina en cuatro patas, al cual azota y conduce por las riendas como si fuese una bestia de carga3. Este grabado podría ilustrar, espléndidamente, la escena, por lo demás nada rara (y no sólo alegóricamente), de un marido subyugado por su esposa. Es, sin duda, una imagen patética pero es, sin embargo, la consecuencia inevitable de la circuncisión impuesta por el temido Padre durante el ritual del matrimonio, al cual el varón, dócilmente, se sometió… El matrimonio es un permiso para coger que el Padre otorga al hijo a condición de llevar, en la pija o en el dedo, la marca de la esclavitud. El matrimonio es el varón castrado.

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Capítulo XI

El Viejo Celoso
Nos gustaría mucho saber si el celoso Viejo de la horda, en la primitiva familia darwiniana, se conformaba siempre con echar a los jóvenes machos o hubo una época anterior en que realmente los castraba. Freud, Carta a Sandor Ferenczi, marzo 18 de 1912.

I harles Darwin (1809-1882), el gran naturalista inglés, pensaba que observando al hombre, tal cual es en nuestros días, se podría deducir que en tiempos remotos vivía en pequeños grupos acompañado de una o varias mujeres. Y creía también que esto sucedía porque, al igual que los gorilas, el más fuerte
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C

Don Juan - El varón Castrado by killing and driving out the others

«matando o echando a los otros», se transformaba en jefe y… ¡se cogía a todas las hembras!1 Freud hizo suya esta idea. Pero insistió, especialmente, en señalar que el celoso Viejo no era sólo el amo sino, igualmente, el Padre de la horda entera. Y que su poder, que era absoluto, también era brutal. Todas las mujeres eran suyas, tanto las madres como las hijas. El placer incestuoso era su privilegio. Era Dios Padre, en carne y hueso sobre la tierra, ejercitando su poder como cacique de la primitiva horda humana2, desde donde luego se trasladó a los cielos, aunque este desplazamiento geográfico, sin embargo, no mudó su carácter. El Dios judío, con raro candor, así lo dice: «Pues yo, Jehová, soy un Dios celoso» (Éxodo, 20-5). II Freud agrega luego que a los hijos expulsados de la horda no le quedará más que las opciones que, vigorosamente, enumera el lenguaje obsceno: ¡o hacerse la paja o hacerse putos! La masturbación y la homosexualidad es el destino de los machos incapaces de conquistar hembras. Y esto sucede entre los animales también. En las manadas de caballos salvajes se puede observar in situ: los potros que viven apartados del grupo, y que se masturban a discreción, tienen un jefe que los dirige, controla y molesta como si fueran hembras3. Sin embargo, cuando los años ablandaron su carácter, el Viejo Celoso ofreció a sus hijos otra alternativa: ahora podrían coger, ¡pero bajo condiciones! El ritual del matrimonio había nacido… Pero ya sabemos lo que eso significa.
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Capítulo XI - El Viejo Celoso

III Lex dura est, sed scripta, la ley es dura pero está escrita, dice Ulpiano (170-228), el jurista romano de claro y elegante estilo. Es éste, sin duda, un pensamiento implacable, pero es, también, una genuina afirmación viril. Es muy propio del hombre (y no así de la mujer) exaltar el valor de la Ley. Y es comprensible. ¡Es el terrible Viejo Celoso quien la impuso! La Ley primordial, aquella que se forjó en la noche de los tiempos, era muy breve y concisa. La conocemos muy bien ya que pervive en los Diez Mandamientos. «Honrarás a tu padre y a tu madre», lo que traducido en el lenguaje de la horda primitiva significa: «¡No cogerás a tu madre y no matarás a tu padre!». Los mismos mandamientos que impone el ritual de iniciación de los pueblos primitivos…4 El varón castrado no sólo se somete a la Ley sino que, a menudo… ¡hasta llega a amarla! (los maridos contumaces o los empedernidos reincidentes). Muchos, incluso, gozan humillándose ante ella. Dante Allighieri, por ejemplo, experimentaba una deliciosa sensación de sosiego y beatitud cuando se hincaba de rodillas ante el divino Padre (Paradiso, III, 85):
la sua voluntate é nostra pace «su voluntad es nuestra paz»

IV ¿Por qué arraigan tanto en el macho los mandatos y las prohibiciones? O lo que es lo mismo, ¿por qué éste, reverente, acepta la Ley? La respuesta no es difícil sino,
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Don Juan - El varón Castrado

más bien, fácil, tanto que es casi obvia: ¡por miedo! Por un miedo que está enraizado en su naturaleza y que se renueva entre padres e hijos. Un miedo del que se alimentan todos los temores y que constituye su fuente. Un miedo a una agresión tan espeluznante que más que temor suscita espanto… ¡la amputación de la pija y de los huevos! El acatamiento de la Ley es consecuencia de este terror: el varón se somete para liberarse de una angustia insoportable. La amenaza de castración quiere evitar la violación de un Mandamiento. ¿Cuál? Por el castigo conocemos el crimen. ¿De qué otra cosa puede ser convicta la pija que por entrar en la concha? Porque no todas pueden ser habitadas por este rijoso huésped. Algunas no… La castración es el escarmiento por coger con quien no se debe. Tal es el espanto que la castración produce que, en el arte, prácticamente no existe una representación franca del acto mismo de la mutilación (como tampoco sucede en los sueños). La ilustración medieval que muestra el momento en que el rey Guillermo III de Sicilia está siendo cegado y castrado, y que se halla en un volumen profusamente iluminado que contiene el De casibus virorum illustrium de Boccaccio, en la Bibliothéque de l’Arsenal de París es, en este sentido, una rareza. La prohibición de coger a la madre o a la hermana no constituye únicamente el tabú más primitivo sino también el modelo de cualquier otro. Y del mismo modo que la botánica nos enseña que todas las estructuras de una planta no son sino variaciones y etapas de la hoja, o que la anatomía nos muestra que la estructura del cráneo no es más que una continuación de las vértebras de la columna vertebral que encierran al cerebro del mismo modo como lo hacen con la médula,
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Capítulo XI - El Viejo Celoso

también el derecho nos invita a ver en los abigarrados códigos que hoy abruman nuestra conciencia no otra cosa que una continuación, o bien variaciones, de aquella prohibición arquetípica. La amenaza de castración es una amedrentación tan poderosa que todos sucumben a ella. Y que, además, deja una huella indeleble. Tan honda que el macho quedará, desde entonces, domesticado y listo para recibir nuevas órdenes. Ella es la que ha creado en el varón el hábito de la obediencia. El miedo es la razón final de la Ley y la castración su nombre más antiguo. Séneca (465), el filósofo romano, que lo sabía, lo expuso con severa concisión: Qui potest mori, non potest cogi; quien puede morir, no puede pensar. V Los huevos se cortaban con frecuencia en tiempos antiguos y el trance asumía, a veces, la forma de una premeditación diabólica. La venganza de Hermotino, primero entre los eunucos de Jerjes, fue estremecedora. También lo había sido su vida. Había nacido más allá de Halicarnaso, en Asia Menor; era pedaseo. En su juventud fue cautivado por enemigos de su pueblo y vendido como esclavo. Lo compró Panjonio, natural de Quíos, isla de Grecia. Era éste un hombre infame: ¡compraba hermosos muchachos, los castraba y los vendía a Sardes y Efeso como eunucos! Hermotino fue uno de ellos y como lujurioso regalo llegó a ser propiedad del Gran Rey. Pero sucedió que mientras Jerjes preparaba su ejército contra Atenas, Hermotino encontró a Panjonio. El eunuco, entonces, sin dejar traslucir sus recónditos propósitos, sólo le dijo a su verdugo palabras de amis157

Don Juan - El varón Castrado

tad, le agradeció los bienes que por él poseía y le ofreció establecerse con su familia en la región de Misia que habitaban los de Quío. Panjonio aceptó. Y así selló su destino. El griego Heródoto (484-425 a C), el Padre de la Historia, tal cual lo bautizara Cicerón (De legibus, I, 1) cuenta, con su colorido estilo poético, pleno de sosiego y fluidez, que cuando Hermotino tuvo toda su familia entre sus manos exclamó:
«¡Oh, traficante que, de cuantos hasta aquí han vivido, te has ganado la vida con más infames prácticas! ¿Qué mal te hice yo o alguno de mis antepasados para que, de hombre que era, me aniquilases? ¿Pensabas que los dioses no se iban a enterar de lo que entonces maquinaste? Con justa ley te han traído a mis manos, a ti, que cometiste infamias para que no te puedas quejar del castigo que recibirás de mí».5

El epílogo fue horripilante:
Tras estos insultos, trajo los hijos de su presencia y obligó a Panjonio a castrar a sus propios hijos, que eran cuatro y él, obligado, lo hizo, y cuando hubo acabado, los hijos se vieron obligados a castrarle.6

VI ¡Un padre que castra a sus hijos! ¡Hijos que castran al padre! Son, sin duda, experiencias sobrecogedoras. Panjonio lo logró bajo amenazas, es cierto, pero padres e hijos se han mutilado, a menudo, por propia inspiración. Y vestigios de estos feroces rasgos primitivos sobreviven todavía, como en un museo, en los mitos
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Capítulo XI - El Viejo Celoso

religiosos. Porque la castración, lejos de ser un hecho ajeno a los dioses, constituye un episodio frecuente en la vida de las sagradas familias: Cronos, el Dios griego, que inició su reinado mutilando a su padre Urano, fue a su vez mutilado por Zeus, su propio hijo, quien ocupó su lugar.7 VII Estas costumbres divinas son hoy piezas arqueológicas. Pero quedan abundantes vestigios. Los padres ahora, a diferencia del Viejo Celoso, no capan a sus hijos pero, a menudo… ¡amenazan hacerlo! Tan difícil le es al hombre abandonar sus hábitos más crueles y en nada es tan conservador como en el arte de punir. Sus maneras no han cambiado demasiado con el tiempo y muy poco su espíritu. La enorme importancia de la angustia de castración en la vida del varón constituye uno de los descubrimientos más impresionantes de Freud8. Él fue el primer sorprendido, pero ése era el dictamen que, obstinados, le ofrecían los sueños, las fantasías y los síntomas de sus pacientes. ¡Todo niño revive en su infancia los miedos del hombre primitivo! Raros son los padres que lo redimen de volver a sufrir esa espantosa ansiedad y muchos, por el contrario, la promueven con la fidelidad de un ritual. Es una funesta obsesión. En ocasiones el ultimátum se disfraza con el ropaje del chiste. Así fue como Gargantúa, el jocundo héroe del francés Rabelais (1483-1553), debió soportarlo. Las mujeres que lo cuidaban se retorcían de risa cuando el pequeño, entre los tres y cinco años, levantaba las orejas:
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Don Juan - El varón Castrado Una la llamaba mi espita, otra mi tallito de coral, otra mi morcilla, otra mi tapón, otra mi taladro, mi agitador, mi flauta, mi colgante, mi tormento, mi colita… —Es mía —decía una. —No, que es mía —decía otra. —Y para mí, ¿no hay nada? —decía otra— Pues se la cortaré. ¡Ah! ¡Cortar! Harías muy mal —decía otra— ¡Cortar la cosa a un niño para que luego sea un señor sin cola!9

Otras veces no es el padre sino la propia madre la que asume el cruel menester. Ella fue quien amenazó a Juanito, el famoso paciente de Freud. El niño tenía entonces tres años y medio y su interés por la «cosita de hacer pipí» no era meramente teórico ya que también se hacía con ella, rudimentariamente, la paja. La madre, al sorprenderlo un día en su gozoso manipuleo, le advirtió siniestramente, cual rediviva y cruel diosa Cibeles:
Madre: «Si haces eso llamaré al doctor A. para que te corte la cosita y entonces, con qué vas a hacer pipí» Juanito: «Con el culo»10

De un modo u otro, seria o risueñamente, la amenaza de castración siempre está en el aire. En realidad es casi tan natural al alma del varón que ni siquiera necesita ser formulada. Aunque no lo amenacen el niño la temerá igual.

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Capítulo XI - El Viejo Celoso

VIII La angustia de castración es el leit motiv, la ansiedad dominante en la vida del macho. Sin embargo, no es, por lo común, manifiesta. La angustia suele aparecer encubierta y, además, desplazada. Pero siempre es obsesiva. A veces, en medio de un malestar difuso y evanescente se presenta como miedo al destino; otras, alimentando obscuros presagios, se exhibe como inquietante superstición; y a menudo, tras la desoladora amenaza de enfermedades incurables, se descubre como hipocondría… Es una angustia flotante, ubicua e impiadosa que acosa, incansable, al varón. Los disfraces son diversos pero todos, inconscientemente, ocultan lo mismo: ¡el miedo a perder el hinchado y morado miembro o sus simétricos colgantes! Que es igual a morir: el temor de no poder coger ya nunca más es lo que despierta la insoportable angustia de muerte. Y, de hecho, el espanto a la muerte enmascara el terror a esa siniestra mutilación. De otro modo, ¿por qué habríamos de asustarnos si nunca hemos estado muertos? Pero sucede que la muerte importa la aniquilación definitiva del placer… ¡y la castración también! Por eso en lo inconsciente son una sola cosa. No es casual que Atropos, la más vieja y agobiada de las Parcas, las tres hermanas y obreras del Destino, y la que anuncia la hora de la niebla, lleve, a menudo, una tijera entre sus manos…

IX El Viejo Celoso de la horda primitiva, los desalmados adultos que aterrorizan a los jóvenes en los rituales pri161

Don Juan - El varón Castrado

mitivos de iniciación y el ceremonioso sacerdote que oficia el sacramento del matrimonio anuncian, pues, a una sola voz, que existen conchas prohibidas, como así también que la mutilación es el castigo para quien las goza. Y es éste, por supuesto, un riesgo que aterroriza al hombre. Mientras sólo se inhibe es simplemente un cobarde; teme a la Ley pero no la acepta. Únicamente cuando hace suya la prohibición e, incluso, todavía… ¡la defiende!, es cuando ésta se incrusta en su espíritu:
Victoria nulla est Quam quae confessos animo quoque subyugat hostes.11 «No hay victoria sino cuando el enemigo vencido la reconoce»

El varón no necesita ya, desde entonces, intimidación alguna. Sería superflua: él solo es quien, voluntariamente… ¡se somete a sí mismo! Se rinde a la voluntad del Padre, acepta el ritual de circuncisión y renuncia a su libertad. Aunque, sin embargo, como toda sumisión es difícil admitir, inconscientemente… ¡la niega! El hombre casado no dice: «Me casé porque tenía miedo de coger sin permiso», sino, en cambio, dice: «Me casé para formar una familia». Es una propensión muy humana hacer, de necesidad, virtud. X El Triunfo del Vencedor (1614), la obra de Rubens (1577-1640), el pintor flamenco, del Staatliche Kunstsammlungen de Kassel, una pintura de vigoroso dra162

Capítulo XI - El Viejo Celoso

matismo y glorioso color, nos ilustra, en forma insuperable, sobre el aterrorizador poder del Viejo Celoso. El Vencedor (el Padre de la horda primitiva) es un guerrero vestido con armadura romana, sentado en el centro de la composición, con un cadáver bajo sus pies y un prisionero encadenado arrodillándose para besar su rodilla (la degradante posición del hijo vencido que besa la pija del padre en gesto de sumisión). La Victoria, una mujer opulenta con alas, desnuda hasta la cintura, coloca una corona en la cabeza del vencedor (la madre que se entrega a la «cabeza» del Padre triunfante), mientras su daga (su pija) reposa en el regazo de ella en dirección a su concha que los pliegues del ropaje sugieren más allá de toda duda. El Triunfo del Vencedor es la imagen del Padre que impone su voluntad y hace suya a la madre frente al hijo vencido que, humillado, se somete: ¡el varón castrado! La pintura de un tema eterno… XI El macho asustado y sometido al Viejo Celoso de la horda primitiva, el novicio atribulado por el ritual de iniciación, y el hombre casado, desconcertado y confuso, con el ignominioso anillo funesto en el dedo, no son sino variaciones de un mismo tema: la eterna sumisión del hijo. Nada cambia, todo es igual. Idem sed aliter, lo mismo pero de otro modo. En el inconsciente no existe el tiempo. Desde siempre, el varón castrado, postrado y salmodiando, eleva al Padre la misma letanía:
la tua voluntate é nostra pace

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Don Juan - El varón Castrado

XII ¡Qué diferencia con Don Juan! El hidalgo español nunca se sometió a la amenaza de la castración y, por eso, jamás renunció a la libertad de amar. Y lo dijo en todos los idiomas:
J’aime la liberté en amour12 «Yo amo la libertad en el amor»

Y estaba muy lejos de sentirse un hijo débil o sumiso:
J’ai sur ce sujet l’ambition des conquérants13 «Yo tengo la ambición de los conquistadores»

Don Juan, fiel a sí mismo, siempre encontraba su bienestar realizando su propia voluntad y no la ajena, y jamás ofreció su culo para apaciguar a un enemigo:
I doubt if any now could it worse O’er his worst enemy when at his kness14 «Y llego a dudar si alguien puede cometer peor disparate con su peor enemigo que postrarse ante él»

Y, por supuesto, prefería morir a rendirse. Siempre peleó con brío:
«¿Quién ha de osar? Bien puedo perder la vida; Mas ha de ir tan bien vendida, Que a alguno le ha de pesar15». 164

Capítulo XI - El Viejo Celoso

Don Juan, sin duda… ¡no era un varón castrado!

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Tercera Parte Don Juan
III- El Héroe

Un héroe es quien se ha levantado valientemente contra su padre, terminando por vencerlo.

Freud, Moisés y la religión monoteísta, I (1937).

Rubens (1577 - 1640) Jardín del amor (1635) c Óleo sobre lienzo, cm. 198 x 283 Museo del Prado, Madrid

Prólogo Tercera Parte

La leyenda
El que hizo esto fue el primer poeta épico, y el progreso en cuestión no se realizó sino en su fantasía. Este poeta transformó la realidad en el sentido de sus deseos e inventó así el mito heroico. El héroe era aquel que sin auxilio ninguno había matado al padre. Freud, Psicología de las masas XII, b, (1921)

I a leyenda, como siempre, nació en el alma popular. El Burlador de Sevilla apareció en 1630, pero ya antes existían en numerosos países de Europa muchas narraciones populares, como así también distintos romances españoles, sobre todo en Galicia, Castilla la
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Don Juan - El Héroe

Vieja y en León que parecían anunciar a Don Juan1. Este romance castellano recogido en el pueblecito de Curueña, provincia de León, rayano con Asturias, es típico: Pa misa diba un galán, caminito de la iglesia, no diba por oír misa ni pa estar atento a ella, que diba por ver las damas las que van guapas y frescas. En el medio del camino encontró una calavera, mirándola muy mirada, y un gran puntapié le diera: arrengañaba los dientes como si ella se riera. —Calavera, yo te brindo esta noche a la mi fiesta. —No hagas burla, caballero, mi palabra doy por prenda. El galán, todo aturdido, para casa se volviera; todo el día anduvo triste, hasta que la noche llega. De que la noche llegó, mandó disponer la cena. Aún no comiera un bocado, cuando pican a la puerta; manda un paje de los suyos que saliese a ver quien era. —Dile, criado, a tu amo que si del dicho se acuerda. —Dile que sí, mi criado, que entre pa’cá norabuena.
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Prólogo Tercera Parte

Pusiérale silla de oro, su cuerpo sentara en ella; pone de muchas comidas y de ninguna comiera. —No vengo por verte a ti, ni por comer de tu cena; vengo a que vayas conmigo a media noche a la iglesia. A las doce de la noche cantan los gallos afuera, a las doce de la noche van camino de la iglesia. En la iglesia hay en el medio una sepultura abierta. —Entra, entra, el caballero, aquí te voy a enterrar, para condenar tu ofensa.2 En todos estos cantos labriegos, romances o consejas se trata siempre, con distintas variantes, de un mismo tema: de un mozo disoluto, valiente y mujeriego; de un difunto que toma venganza de él; y de la celebración de un banquete fúnebre3. Freud vio en estos difundidos relatos reminiscencias, enmascaradas como en un sueño, de un hecho real tan tremendo como perdido en las tinieblas del tiempo4: un día los hijos de la horda primitiva se rebelaron contra su temido Padre pero como ninguno, cobardemente, se atrevía a acercarse a él, entre todos, lo mataron desde lejos… ¡a pedradas!5 (la lapidación, popular castigo aún en países donde rige la sharia, la ley islámica, es un vestigio de aquella estrategia prehistórica). Y luego, y además, crudo… ¡se lo comieron también! Don Juan, el gallardo hidalgo español, en cambio, es el héroe que, en su afán de conquistar hembras,
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Don Juan - El Héroe

enfrenta y vence al Padre… ¡solo y sin ayuda! Ésta es su historia:
«Pero dejad que suenen los clarines. Surge Don Juan»6

II Don Juan, apuesto, capa roja, sombrero de plumas, daga y espada al cinto,
a long plume waving, like sails new shrived in a storm7 «una larga pluma ondulante, como las velas flamean en la tormenta»

es el símbolo del varón indómito que no se somete al ritual del matrimonio: es el hijo…¡que no pide al Padre permiso para coger! El personaje encontró, por primera vez, un lugar en la literatura en El Burlador de Sevilla (1630) del dramaturgo español Tirso de Molina (1579-1648) y ahora es una figura universal como Don Quijote, Hamlet o Fausto. Su carácter inspiró a infinidad de artistas. El austriaco Mozart (1756-1791) vistió su ópera Don Giovanni (1787) con las galas de una música inspirada; el francés Moliere (1622-1673) en su Le Festin de Pierre (1665), hizo de él, con retozona prosa, un ateo mujeriego; y el inglés Lord Byron (1788-1824), alcanzó con su poema satírico Don Juan (1818-23) la cima de su arte. La leyenda nos cuenta que Don Juan, en el apogeo de su vida amorosa, muy variada y sin compromisos, seduce a una joven de noble familia y mata al padre
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Prólogo Tercera Parte

que intenta vengar la afrenta. Viendo, tiempo después, una estatua del difunto, lo invita a comer con él. Y el espectro de piedra, puntualmente, arriba al convite como un presagio de muerte. Los nobles rasgos de Don Juan, alegre gustador de mujeres, arrogante coraje y oportuno humor, exaltan el valor dramático de la historia ya que el héroe, incluso, desafía a las fuerzas fantasmales de lo desconocido y enfrenta a la muerte sin arrepentirse jamás.

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Capítulo XIX

El burlador de España
Ahora su padre se convierte en un rival que se interpone en su camino y del que querría verse libre. Freud, Esquema del psicoanálisis, VII (1938).

I
«Guárdense todos de un hombre Que a las mujeres engaña, Y es el burlador de España»1

o que Don Juan no quiere es… ¡casarse! No quiere someterse al ritual de castración. Promete ponerse en el dedo el anillo funesto… ¡y no cumple! De hecho todas las burladas, Isabela, Tisbea, Aminta y Ana, no se quejan de que las haya cogido… ¡sino de que no se haya casado! En eso consiste su burla.
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Don Juan - El Héroe

A Isabela, bella aristócrata aún embriagada por la dulzura del goce:
«Duquesa de nuevo os juro De cumplir el dulce sí» 2

A Tisbea, la hermosa pescadora que fundía con sus cabellos el alma del seductor:
«Juro, ojos bellos Que mirando me matáis, De ser vuestro esposo»3

Y a Aminta, recién casada campesina que yacía en su cama aguardando a su flamante y rústico marido:
«Torciendo el camino acaso Llegué a verte, que Amor guía Tal vez las cosas de suerte Que él mismo dellas se olvida. Vite, adoréte, abraséme, Tanto, que tu amor me anima A que contigo me case»4

Don Juan les miente a las mujeres, es cierto. Pero no se burla de ellas. Sólo las engaña, ¿Y qué otra cosa podría hacer? Todas eran hermosas y su instinto, imperioso, lo impulsaba a poseerlas. Pero ellas le exigían, para poder gozar de sus favores, una condición tan indigna como cruel: ¡someterse al ritual de castración! Todo el día, todos los días de la semana y el mes, todo el año, siempre… ¡con la misma mujer!5. Era éste, sin duda, un trueque inicuo. La absurda exigencia se refutaba sí misma y su propia desmesura exculpaba el engaño. Tanto es así que hasta los más ásperos moralistas
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Capítulo XIX - El burlador de España

conceden, a veces, valor moral a la mentira. Así en el caso de la mentira piadosa o de la mentira sublime. Y además, como bien se ha dicho, en las mil ocasiones en que ahorra muchos males, la vergüenza o la muerte, «ya que no es siempre con amigos con quienes tenemos que tratar en este mundo mortal más tenebroso que sereno»6. Y, por supuesto, se justifica también, cuando, como en el caso de Don Juan, nos evita la frustración de nuestras ganas de coger. Campanella (15681639), el filósofo y poeta italiano, lo dijo sin ambajes: «Bella cosa es la mentira que procura un gran bien»7. Don Juan sabía de los peligros de desoír el llamado de un poderoso deseo. Quiquid amor iussit, non est comtemnere tutum, lo que el amor ordena es peligroso desdeñarlo: la temida angustia, el descorazonante abatimento o el mortal languor, constituyen un riesgo inminente y seguro. Aunque, bien es cierto, al joven hidalgo estos pesares le fueron ajenos ya que siempre fue leal a la voz de su instinto el cual le imponía sólo una cosa, pero sin atenuantes: ¡coger! (la paja o la abstinencia no son alternativas para el hombre viril). Una inclinación amorosa, vehemente, lo arrastraba:
«JUAN. Yo quiero poner mi engaño Por obra. El amor me guía A mi inclinación, de quien No hay hombre que se resista. Quiero llegar a la cama»8

II Don Juan, en suma, no se burla de las hembras sino… ¡del Padre! La mujer, por supuesto, busca casarse pero
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Don Juan - El Héroe

quien exige el matrimonio, quien impone el ritual de iniciación… ¡es el Rey! (el poderoso y temido Viejo Celoso)9. Es él, quien haciendo uso de su poder omnímodo, dispone de las mujeres que llegan en queja contra Don Juan casándolas según su voluntad:
«REY. Más estimo, don Gonzalo, Escuchar de vuestra lengua Esa relación sucinta Que haber visto su grandeza ¿Tenéis hijos? Gran Señor Una hija hermosa y bella En cuyo rostro divino Se esmeró naturaleza. Pues yo os la quiero casar De mi mano Como sea Tu gusto, digo, señor. Que yo lo acepto por ella. Pero ¿quién es el esposo? Aunque no está en esta tierra Es de Sevilla, y se llama Don Juan Tenorio.»10

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REY.

GONZALO.

REY.

Pero luego, al enterarse que Don Juan, con engaños, había gozado a Isabela busca reparar la afrenta
«REY. Casando a ese rapaz con Isabela»11

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Capítulo XIX - El burlador de España

Lo que le trae, después, la tribulación de haber casado, con poco tino, a una misma mujer con dos hombres distintos:
«REY. Pero, decid, Don Diego, ¿qué diremos, A Gonzalo de Ulloa, sin que erremos? Cásele con su hija, y no sé como Lo puedo remediar»12

Tan poca importancia tiene la opinión de los novios que ellos solo se enteran que son tales cuando lo decide el Rey:
«MOTA. El Rey la tiene casada Y no sabe con quien»13

Y es que el Rey es el dueño de todas las hembras y sólo ofrece a sus súbditos en matrimonio a las que no desea14. Y, en cualquier caso, nunca otorga a los maridos sobre sus esposas una propiedad absoluta sino precaria ya que, regiamente, se reserva con el derecho de pernada el privilegio de cogerlas antes que el esposo (Don Juan cuando se cogió a Aminta, la recién casada campesina, no hizo, de hecho, otra cosa que ejercitar ese rancio droit du seigneur)15. ¿Qué es el matrimonio?: los restos, las sobras, el descarte de los placeres del Señor… Don Juan rechazó esa limosna.

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Don Juan - El Héroe

III Las mujeres, sin embargo, no eran del todo inocentes… La duquesa Isabela y Doña Ana fueron cogidas por Don Juan haciéndose pasar, con una, por el duque Octavio, y con la otra, por el marqués de la Mota. Pues bien, ¿es posible creer que ellas no se dieran cuenta que quien las cogía era otro hombre? Respondamos con el romano Horacio (65-8 aC): Credat iudadeus Apella, non ego; que lo crea el judío Apela, no yo…16 Don Juan no lo creía tampoco. Y así se lo dijo a don Gonzalo de Ulloa:
«JUAN. A tu hija no ofendí Que vio mis engaños antes»17

Tisbea, la joven pescadora, no era, igualmente, tan cándida. Estando Don Juan desmayado sobre la playa luego del naufragio, ella supo por su sirviente Catalinón que él era un hijo de un Grande de España. ¡Cuánta ilusión tuvo de ser seducida! Don Juan conquistó a quien estaba muy pronta a rendirse… Y en cuanto a la campesina Aminta no hay excusas que valgan. Recién casada y esperando a su esposo en la cama (y en complicidad con su padre Gaseno) no dudó en abandonarlo para buscar nuevo matrimonio con el hijo… ¡del preferido del Rey! Las quejas de estas mujeres ofendidas son, en verdad, muy sospechosas. Arguyen que fueron engañadas en su buena fe pero más bien parece que todas… ¡fracasaron en su ardid! Por eso tanta indignación: no reclamaban tanto amor como casamiento. Y la duquesa Isabela lo reconoció con desparpajo:

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Capítulo XIX - El burlador de España «ISABELA. Mi culpa No hay disculpa que la venza; Más no será el yerro tanto Si el Duque Octavio lo enmienda»18

Y es que en realidad es muy difícil que una mujer sea sorprendida por el varón (en todo caso sucede al revés) ya que ella piensa, en las cosas del corazón, más seriamente que el hombre. Bajo su emotiva apariencia se oculta una mente mucho más calculadora y fría. Tan es así que, como diría Freud, es muy discutible que la vida amorosa de la mujer sea conducida por impulsos repentinos o poco meditados19. IV El Rey, al enterarse por boca de las propias mujeres que Don Juan las había cogido bajo falsa promesa de matrimonio, no titubea en dictar su implacable sentencia:
«REY. ¿Hay desvergüenza tan grande? Prendedle y matadle luego»20

La muerte es la pena por coger fuera de la ley. El mismo castigo con que los sacerdotes aterrorizan a los jóvenes en el ritual de iniciación de las sociedades primitivas21. El Rey es el sacerdote, el sacerdote es el Rey, y ambos son el Padre. El Padre que amenaza al hijo con la castración si coge con su madre… Pero sucede que Don Juan es el hijo rebelde que, valientemente, corre el riesgo puesto que sabe que,
for gentlemen must sometimes risk their skin 289

Don Juan - El Héroe for that sad temper, a forbidden woman 22

«pues los caballeros han de jugarse a veces la piel por esa tentación fatal que es una mujer prohibida». Y por eso Don Juan, «hirviéndole en sus venas la sangre de toda su estirpe de nobles castellanos», junto con el matrimonio… ¡rechaza la circuncisión!:
Strike me dead but they as soon shall circuncise my head! 23

«¡Prefiero que me maten si circuncidan mi cabeza!» Don Juan no acepta llevar en el dedo, con el anillo funesto… ¡la marca del esclavo!24. V Don Juan es el hijo que no pide al Cacique de la horda primitiva permiso para coger. Y como no se somete al macho tampoco se somete a la hembra: qui potes is magis, potes is minor, quien puede lo más puede lo menos. Él es el hijo que no se somete al Padre… ¡ni a la Madre! Lo que no es poca cosa ya que como decía Samuel Johnson (1709-1784), el escritor inglés, la naturaleza dio tanto poder a la mujer que el derecho no puede darle aún más…25. Y por eso Don Juan… ¡es el héroe! ¿Cómo explicar, sino, la admiración que, a través del tiempo, su imagen suscita? ¿Cómo dar razón de la eterna lozanía de su gallarda figura? ¡Todo varón quisiera poder coger a la mujer deseada sin tener que casarse, sin tener que pagar el tributo
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Capítulo XIX - El burlador de España

del humillante ritual! Es el deseo más hondo que anida en todo pecho viril. ¡Quién no fuera Don Juan!

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Capítulo XX

Promiscuidad
Las características de la moral sexual civilizada bajo cuyo régimen vivimos serían, según nuestro autor, las transferencias de las reglas de la vida sexual femenina a la masculina y la prohibición de todo comercio sexual fuera de la monogamia. Freud, La moral sexual civilizada y la nerviosidad moderna. (1908)

I reud estaba de acuerdo con las opiniones que Christian Freiherr von Ehrenfels (1852-1932), el filósofo austriaco, manifestara en su obra Ética Sexual (1907). Sobre todo, compartía con el distinguido barón (al que citó en varias de sus obras), la alarma sobre el daño que la civilización, limitando al macho su libertad de coger, le infligía a su salud1. Y, en su opinión, la
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Don Juan - El Héroe

coerción más seria consistía en exigirle comportarse, por medio de su sumisión al ritual del matrimonio, del mismo modo que la hembra: ¡la glorificación de la monogamia! Y no titubeaba, además, en afirmar que esa exorbitante pretensión constituía un método infalible para desinflar la pija. Y esto se debe a que el Ritual trata como iguales a quienes son… ¡desiguales!. El instinto es, por esencia, conservador, y a través del tiempo y el espacio siempre quiere lo mismo. A menudo no coincide con las leyes de la lógica, y, por supuesto, nada sabe de «derechos humanos». No obstante, y a su modo, también es radical. Su verdad, que afirma con honda obstinación, contradice cualquier opuesta actitud: Ecce corpus!, ¡he aquí el cuerpo!, resuena su voz. El macho y la hembra son espiritualmente tan diferentes como la pija y la concha. La disparidad es, por lo tanto, su genio (Los Genitales y el Destino, 1993)2 ¡La anatomía es el Destino! II El varón, abrumado por majestuosidad de la música (ya sea por la «triunfal» Marcha Nupcial de Mendelsson, cuyo toque de fanfarria es un emblema a la entrada o salida de las iglesias, o ya sea por las repetidas notas agudas que introducen el Coro Nupcial de Wagner, que acompaña el lento andar de la novia hacia el altar) y preso de la euforia que en él suscitan las fiestas y banquetes que celebran (y ocultan) la castración, se somete al ritual del matrimonio. Y lo hace para advertir, no mucho tiempo después, que como el frigio Atis 3, ha caído en una trampa donde la angustia, la tristeza y el aburrimiento ocupan el lugar del prometido paraíso.
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Capítulo XX - Promiscuidad

Con lo que, por lo menos, se encuentra igual que antes de ponerse el anillo funesto en el dedo con el agregado de que, como bien lo dice Freud, tiene eine Ilussion minder, una ilusión menos4. No es éste, por supuesto, el caso de Don Juan. III A don Juan le gustan las mujeres. Y no sólo cuando las ve. También cuando las huele: ¡el olor de la concha! Mi pare sentir odore di femmina, me parece sentir olor de mujer, dice Don Juan a su sirviente en el Don Giovanni de Mozart5. Su poderoso deseo se derrama, ecuánimemente, sobre todas las hembras y, de ese modo, todas le lucen más bellas. Campesinas, camareras, y ciudadanas; condesas, marquesas y princesas; mujeres de toda condición, de toda forma y de toda edad:
V’han fra queste contadine, camariere e cittadine, v’han contesse, baronese, marchesane, principesse, e v’han donne di ogni grado, d’ogni forma, d’ogni età 6

(Como las mujeres maduras han sido ya cogidas asiduamente y tienen experiencia en el amor, un proverbio italiano comparte el aprecio de Don Juan por las mujeres de cualquier edad; una gallina vecchia fa miglior brodo ch’un altra, una gallina vieja hace mejor caldo que una joven) Don Juan, en todas, descubre un rasgo encantador:
Nella bionda egli ha l’usanza 295

Don Juan - El Héroe di lodar la gentileza

«De la rubia tiene la costumbre de alabar la gentileza»
nella bruna la constanza nella bianca la dolcezza.

«de la morena la constancia, de la blanca la dulzura»
Vuol d’inverno la grassota vuol d’estate la magrotta

«Quiere en invierno la gordita, quiere en verano la flaquita»
è la grande maestosa, la piccina è ognor vezzosa…7

«es la grande majestuosa, la pequeña es siempre graciosa» El deseo de Don Juan se difunde con anchura pero no sin discernimiento. Tiene favoritas. ¡Y vaya si las tiene! Porque,
sua passion predominante è la giovin principiante.

«su pasión predominante es la joven principiante»
Non se picca se sia ricca, se sia brutta, se sia bella; purchè porti la gonella, voi sapete quel che fa! 8

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Capítulo XX - Promiscuidad

«No le importa que sea rica, sea fea o sea bella; con tal que tenga pollera ya sabemos lo que hace» Don Juan tiene preferencias pero no es excluyente. Como su instinto quiere coger sin dilaciones se acomoda, elásticamente, a cada hembra que tiene entre sus brazos y, de ese modo, las disfruta más. Y esta democrática amplitud de su mirada es un fruto de su libertad: como él no se somete al ritual del matrimonio no es riguroso en su elección de mujer ya que no se siente obligado a permanecer con ninguna y, por ello, a todas les busca sus cosas lindas… ¡para cogerlas mejor! El inquieto hidalgo no practica la abstinencia. Con que tenga pollera basta:
purchè porti la gonnella, voi sapete quel che fa!

IV Don Juan, al impulso de su desbordante deseo, multiplica su trato con las hembras. Las busca con gentileza, las frecuenta con holgura y las goza sin mezquindades: él es un hombre sociable. El varón castrado, en cambio, selecciona a las mujeres con suma ponderación y cuidado, disimulando su miedo a coger sin permiso tras fútiles y vanos pretextos: «A ésta no la cojo porque es gorda, a aquélla porque es pobre, a ésa porque es vieja…» (Freud decía que ante toda persona que en una ocasión favorable a la excitación sexual desarrollase predominante o exclusivamente sensaciones de repugnancia no titubearía en diagnosticarle una histeria)9. Y no es para menos tanta prolijidad en quien sabe que una vez que optó… ¡es para siempre! La esposa es la sombra del varón10.
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Don Juan - El Héroe

El Ritual, en suma, torna al macho más huraño. El hombre casado ahoga los llamados de la sangre y limita los roces de su piel y, de ese modo, empobrece su vida amorosa ya que en lugar de unirse se aísla de los estimulantes cuerpos de las hembras. El hombre casado es más adusto; el hombre libre más jovial. V Don Juan gracias a su libertad instintiva era un hombre cabal. Él disfrutaba de las hembras sin prejuicios ya que estaba decidido a abandonarse al monojronos hedoné, al placer de cada momento. Del joven hidalgo puede repetirse (aunque el español era de un carácter mucho más recio e impulsivo que el amable griego) lo que el poeta romano Horacio dijera del filósofo Aristipo (435?-366 a C) al afirmar que, omnis Aristippum decuit color et status et res, temptantem maiora, fere praesentibus aequum (Epist. I, 17, 23-4):
A Aristipo cualquier color y condición y cosa le convenía, ya que si bien aspiraba a lo mejor, se adaptaba a lo que tenía a mano.11

VI Don Juan es promiscuo. Y lo es porque la naturaleza así lo quiso. Ella, a quien sólo le preocupa la specie, quiere que la siembra se produzca siempre; que nunca falte la simiente en el anhelante y feraz surco de la hembra. Y, por eso, hizo al macho un sembrador. Y por eso también, cuando él es fiel a su destino, su felicidad se llama: ¡coger!
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Capítulo XX - Promiscuidad

Y así lo expresa, en la zarzuela, la densa y acariciante voz del barítono (La Rosa del Azafrán, 1930):
«Vuela la simiente de mi puño cae sobre la tierra removida siente sus caricias el terruño y abre sus entrañas a la vida»12

La mujer, en cambio, no es promiscua. La naturaleza pretende de ella otra cosa. En la vida amorosa la hembra compromete más su cuerpo. El macho es un visitante; ella la anfitriona. Y sólo abre sus puertas con cautela. La misión del macho es más superficial ya que él, únicamente, siembra; la misión de la hembra es más profunda ya que ella recibe la semilla para que germine en su carne. Y allí la atesora a la espera de la dulce primicia. La responsabilidad de la mujer en el artis amatoriae es más grande porque, aunque ella no piense en el hijo, el instinto nunca deja de hacerlo. Por esa razón, y para desconcierto del impetuoso varón, sólo se entrega con precauciones. Y no es para menos: ¡es la prolongación de la especie la que se juega entre sus piernas! De allí que para la mujer la seducción puede ser juguetona pero la voluptuosidad nunca es frívola. Para ella coger, inconscientemente, es siempre algo serio. La esperanza de un retoño, por supuesto, también está presente en los lujuriosos afanes del macho. Pero de un modo más lejano. A él lo domina, casi obsesivo (como a Don Juan), la búsqueda de la satisfacción inmediata porque su deseo urge. Sólo cuando se ha metido con una hembra el ansia de disfrutar de su vientre repleto comienza a merodear en su mente. Pero, por lo común, coger es para él una empresa más ligera. Lo que no debe extrañarnos: ¡el embarazo no acontece dentro suyo! No lo experimenta en su cuerpo; lo siente desde afuera…
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La naturaleza hizo del varón un semental. Él es así: se complace con su familia pero no es ciego a los encantos de otras hembras. El mundo lo atrae y llama. Y Don Juan era consciente de ello: Man’s love is for his life a thing apart. ‘Tis woman’s whole existence13,
«El amor es para el hombre una cosa aparte. Y para la mujer la vida entera.»

VII Don Juan es tan promiscuo como lo es todo varón, aunque sean pocos los que se animen, como él, a satisfacer su instinto con libertad. Y esto es algo que podemos observar, cotidianamente, en cualquier niño no sometido aún al miedo a la castración14. Juanito es un caso famoso. Era un pequeño de cinco años psicoanalizado por Freud en el año 1909. Fue el primer psicoanálisis realizado a un niño y, curiosamente, tuvo lugar… ¡por correspondencia! El padre, un admirador de Freud, condujo el tratamiento bajo su asesoramiento epistolar. Juanito no sólo disfrutaba metiéndose en la cama con su madre para que ella «le hiciera mimitos», sino que se mostraba, también, muy emprendedor y conquistador con unas niñas amigas a las cuales abrazaba y besaba con tanto placer como frecuencia. Una tarde, a una de ellas llamada Berta, de cinco años, cuando salía de su cuarto la estrechó en sus brazos diciéndole con ternísimo acento: «¡Cuánto te quiero Berta!». Esta apasionada declaración, no obstante, no le impedía hacer la misma protesta de cariño a otra amiga suya, Olga, de siete años, y también le gustaba mucho una chica mayor, de catorce, que solía jugar con él. Una noche cuando iban a acos300

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tarlo dijo: «¡Quiero que Maruja duerma conmigo!»15. El pequeño, obviamente, como nuestro héroe Don Juan, no ponía límite a sus deseos, y Freud no titubeó en ver en esta amorosa inclinación, tan pujante como variada, la temprana manifestación de una «enérgica virilidad polígama»16. Por mi parte, conozco a un chico de apenas dos años, que gusta de meterse en la cama con su madre, con su abuela… ¡y con su tía también! Y a la manera de un auténtico sultán, si bien tiene en la madre su «favorita», no desdeña, igualmente, en «encamarse», a piacere, con las otras mujeres de su «harén» (el día que, definitivamente renuncie a su madre, sin darse cuenta, renunciará también a todas). Una vez, jugando en el parque y viendo que tanto su madre como su tía se disputaban sus abrazos, decididamente, se puso en el medio y poniendo un brazo en el hombro de cada una de ellas, les dijo con su rústico lenguaje: «¡Ash dos!». Y tenía razón: ¿por qué optar si las quería a ambas?. Cuenta el historiador griego Diógenes Laercio (siglo II d C), que cierta vez el filósofo Aristipo de Cirene, hallándose en Sicilia, cuando Dionisio, tirano de Siracusa, le pidió que eligiera entre tres hermosas jóvenes de su corte él, como un genuino Juanito, alegremente… ¡se las llevó a las tres!17 VIII Ovidio (43 a C-17 d C), el poeta romano, relata en Las metamorfosis que, cierta vez Júpiter, ebrio de vino y buen humor, declaró a Juno, su esposa:
Sostengo que el placer vuestro es más grande que el nuestro18 301

Don Juan - El Héroe

Pero como la diosa no compartió su opinión consultaron al adivino Tiresias y éste, que conocía las dos caras del amor porque durante siete años había sido transformado en mujer, concedió la razón al padre de los dioses: la mujer es la reina de la cama (aunque, a veces, sea más renuente para llegar a ella). El inefable deleite que experimenta al coger se debe a que sólo en su vientre el instinto cumple con su eterno afán de crear una nueva vida. La voluptuosidad que ella siente al acabar es casi ya la promesa de un hijo… El anhelo de la pija es más acuciante, pero el placer de la concha más intenso y amplio; el macho tiene apuro por dejar su semilla pero la hembra, como madre, es más prudente en recogerla; aquél concluye su tarea al derramar la leche, la de ella se inicia al recibirla. La misión de uno termina donde la de la otra comienza: el hombre cuando acaba, satisfecho, tiende a salir del agujero donde entró con ímpetu pero ése es, justamente, el momento en que la mujer, más que nunca, quiere… ¡que permanezca adentro! De allí su ruego conmovedor: «¡No te vayas!», «¡dejála un rato más!»… IX La urgencia torna a la pija promiscua; la responsabilidad, a la concha, cauta. La mujer puede tener un hijo en un año, el varón… ¡cien!19 La anatomía es el Destino: ¡cómo tratar como iguales al hombre y a la mujer si tan diferentes son sus anhelos! La igualdad entre desiguales es desigualdad. Quique sum; a cada uno lo suyo. Don Juan fue fiel a su pija.

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Capítulo XX - Promiscuidad

X Freud dice que puede afirmarse que el hombre feliz jamás fantasea, y sí tan sólo el insatisfecho porque el instinto busca en la imaginación lo que no obtiene en la realidad20. El varón insatisfecho en amores vive en los ensueños, ya sea en las deliciosas promesas de un futuro lejano o ya sea en el nostálgico recuerdo de un dulce pasado. Pero no vive en la realidad puesto que el tiempo presente es el único real: el pasado y el futuro sólo existen en la mente. Don Juan, que complacía sin demoras sus ganas de coger, era un varón satisfecho, y por eso, disfrutaba siempre, con ávido amor por la vida gozada intensamente, del solaz de cada momento. Él no era un soñador sino un hombre práctico. Y es que nadie que quiera, enérgicamente, satisfacer su instinto renunciará a un placer presente y seguro por uno incierto y futuro. El varón potente toma siempre lo que tiene a mano. Carpe diem!, ¡atrapa el día!:
«DOM JUAN. Ah! n’allons point songer au mal qui nous peut arriver, et songeons seulement à ce qui nous peut donner plaisir»21

«No pensemos en las cosas malas que nos puedan suceder, sino únicamente en aquellas que pueden darnos placer» XI Don Juan es un hombre satisfecho… ¡pero el varón castrado no! Su deseo frustrado se convierte en angustia (así como el vino, dice Freud, se transforma en vina303

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gre)22, y por otro lado, toda su agresividad, la misma que no descargó contra su rival en amores, se vuelca sobre sí mismo a modo de desprecio y burla por su cobardía. Es un infernal círculo vicioso en el que el miedo coarta el instinto y el instinto insatisfecho, a su vez, incrementa el miedo. El varón castrado se atormenta asustándose a sí mismo: ve peligros que lo acechan por doquier; imagina para sí el más desgraciado y obscuro futuro; alimenta su mente con inquietantes supersticiones y obscuros presagios y vive preso de la desoladora amenaza de enfermedades incurables (que en ocasiones, inconscientemente, se las provoca también). Y, además, se siente viejo, a veces irritable y a veces abatido, y casi siempre inquieto. Y a menudo teme y piensa en la muerte… Don Juan, en cambio, que no se somete a la amenaza de castración y que, por eso, satisface su deseo con libertad, es alegre, rebosa de vitalidad y simpatía y sólo se ocupa del placer, que en tiempo presente, le ofrece la vida. Para él no es necesario viajar, como lo hizo el conquistador español Ponce de León (1460-1521), a las lujuriosas y floridas islas del Caribe en busca de la fuente de la juventud, ya que sabe, por deliciosa experiencia propia, que la fuente de la vida, su manantial inagotable, es la leche que fluye del surtidor repleto de una pija hinchada y deseosa. Coger es la fuente buscada. XII La satisfacción instintiva no sólo brinda al varón un sólido sentido de la realidad sino que, además, disuelve la angustia ya que l’amour est l’absence de la anxieté, el amor es la ausencia de ansiedad. Y al disminuir
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Capítulo XX - Promiscuidad

la angustia disminuye también, como lo enseña Freud, el temor a la vida y el miedo a la muerte23. Y Don Juan, que no temía ni a la una ni a la otra, lo atestigua con su ejemplo: su libertad amorosa no sólo lo hacía más feliz sino más sano. Y su vida confirma la verdad de la célebre afirmación del creador del psicoanálisis de que «en una normal vita sexualis no es posible la enfermedad»24. XIII El matrimonio no es un problema para la mujer. ¡En absoluto! Para ella, por el contrario, es un destino manifiesto. Es la meta de su vida: formar una familia y gozar, como esposa, en el calor del nido, plácidamente de su maternidad. Por eso, instintivamente, es constante en el amor: ¡quiere conservar al macho que le hizo los hijos para que la ayude a criarlos!25 Pero el matrimonio sí es un problema para el varón. Como su instinto es promiscuo él está orientado hacia la diversidad y el cambio, pero resulta que el Ritual al «transferir las reglas de la sexualidad femenina a la masculina prohibiendo todo comercio sexual fuera de la monogamia»… ¡quiere castrarlo!26 Menudo problema. ¡Quién no fuera Don Juan!

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Índice
Primera Parte Don Juan I - El Anillo funesto Prólogo Primera Parte Capítulo I. Una intrusión odiosa Capítulo II. El deseo atrapado Capítulo III. El ritual Capítulo IV. Pecado y redención Capítulo V. El eterno salvaje Capítulo VI. La marca del esclavo Capítulo VII. Simbolismos Capítulo VIII. El dedo enfermo Capítulo IX. El anillo funesto Epílogo. Final sombrío 19 21 29 47 53 67 79 91 103 115 135

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Don Juan - Psicoanálisis del Matrimonio
Segunda Parte Don Juan II - El Varón Castrado Prólogo Segunda Parte Capítulo X. El Varón Castrado Capítulo XI. El Viejo Celoso Capítulo XII. El derecho del Señor Capítulo XIII. El placer del Rey Capítulo XIV. La felicidad Capítulo XV. Primer amor Capítulo XVI. La Madre Voluptuosa Capítulo XVII. La fiesta Capítulo XVIII. La forza del destino Epílogo. Final andaluz 147 149 153 167 181 195 209 225 243 257 267

Tercera Parte Don Juan III - El Héroe Prólogo Tercera Parte Capítulo XIX. El burlador de España 277 283

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Índice
Capítulo XX. Promiscuidad Capítulo XXI. Echando piropos CapítuloXXII. Una valiente espada Capítulo XXIII. El conquistador Capítulo XXIV. Un hidalgo español Capítulo XXV. El uno y el otro Capítulo XXVI. El pornoshow CapítuloXXVII. Elogio de la libertad Epílogo. Final heroico 293 307 319 333 343 357 375 393 417

Notas Guía Bibliográfica

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