Gratitud

(Del lat. gratitudo). f. Sentimiento que nos obliga a estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho o ha querido hacer, y a corresponder a él de alguna manera.

La tortuga blanca
Mao Pao era un jovencito chino de apenas quince años. Sin embargo, ya se preparaba para ser un guerrero y vestía la elegante indumentaria que correspondía. Después de un arduo entrenamiento fue a refrescarse a la corriente cercana del Río Amarillo. Despojado de su uniforme, se echó a nadar. Unos metros más adelante vio a un pescador. —¿Qué haces por estas aguas? —Le preguntó. —Vengo a buscar algo para vender en el mercado —respondió. De repente el pescador se echó al río para atrapar un animal con las manos. Cuando las sacó, Mao Pao vio a una pequeña tortuga blanca. —¡Lo logré. Todos querrán comprarla para hacer una buena sopa! —exclamó aquel hombre.

El joven guerrero se acercó, y le conmovió ver los ojos pequeños y pacientes de la tortuga que era apenas del tamaño de su mano. —Déjala ir —pidió. —No. Necesito el dinero —respondió el pescador. —Te propongo algo. Dámela a mí y llévate mi uniforme nuevo que está tendido de aquel lado. Puedes venderlo bien. Sólo déjame algo para cubrirme. Así se hizo. El pescador le entregó la tortuga y se llevó la ropa.

Mao Pao salió del agua y se puso una túnica, la sola prenda que le había quedado. Se llevó consigo a la tortuga, temiendo que, si la dejaba allí, el pescador regresara por ella. En el camino la soltó en un estanque cercano. La tortuga se fue nadando poco a poco. Pasaron cincuenta años. Mao Pao había llegado a ser general durante el reinado de la dinastía Chin

Su país vivía una época de luchas y enfrentamientos por el poder. Tras perder una batalla, había quedado solo, abandonado por sus hombres.

Corría y corría para salvar la vida. De repente llegó al Río Amarillo de su juventud. Si cruzaba a la otra orilla estaría a salvo. Pero parecía imposible. Era época de lluvias y el caudal estaba más crecido que nunca.

Los hombres de Tigre de Piedra (así se llamaba el general enemigo) estaban a punto de prenderlo. Sin embargo, ya en la orilla del río, Mao Pao vio acercarse un enorme caparazón blanco, casi de su mismo tamaño. De éste asomó la cabeza y el general reconoció los mismos ojos inocentes de la tortuga que había salvado años atrás.

Sin pensarlo, se subió a ella, y se prendió del sólido caparazón. La tortuga, acostumbrada a las crecidas del río, no tardó en llevarlo a la otra orilla, donde lo dejó sano y salvo. Cada uno siguió su camino, aunque dicen que volvieron a encontrarse.