Falsos Años

Libro inédito, que recoge materiales, cartas, textos y documentos biográficos relacionados con el origen y la composición de Tríbada. [1978-1982]

Cartas a Mercedes Rodríguez. [En aquellos días, Cirilo de Jerusalén...] [Conozco, señora, el autor de “La Tribade Menteureuse”...] El jorobado fuera de su isla

En aquellos días, Cirilo de Jerusalén se apareció en sueños al que dio testimonio de “La tríbada falsaria” y le dijo con semblante irritado: “¿Quién eres tú para ponerte en el lugar de Dios”?. ¿Acaso conoces los límites del universo?. ¿Has asistido a la creación?. ¿Sabes de los tronos y de las potestades?. Por haber osado erigirte en teólogo has incurrido en la cólera divina”. El hombre balbuceó espantado: “¿Qué puedo hacer?”. Replicó el enviado: “Bien es verdad que la palabra ‘teología’, que en boca de los más es abominación, en ti no es sino osadía”. Pero sólo la intercesión de tu abogado, el arcángel Miguel, cuyo nombre significa “¿Quién como Dios?”, puede merecerte el perdón. Mas no olvides jamás esto: “No hay más Dios que Dios”. La visión se disipó y el durmiente se despertó en paz.

Conozco, señora, el autor de “La Tribade Menteureuse”; le acompaño, y oigo, a veces, su palabra. Me ha contado la historia de un hombre que siente, muy continuamente, esta sensación: Se recuerda en un cementerio, enterrando a su madre, cae el ataúd sobre la fosa, y, durante unos segundos, él ve el ataúd, y, al fondo, entre tumbas, en una tarde de mayo, una muchacha con traje a rayas anchas: se trata de una figura de cabello rubio, pacífica y ancha: el la patria del que entierra a su madre. Desapareció la madre del hombre, para siempre, y desapareció, también para siempre, aquella figura de muchacha. Nueve años han transcurrido del hecho que el hombre recuerda (fue en mayo de 1972). Él, empero, cree que sucedió antes de todos los tiempos, y, sin embargo, hace sólo tres años que desapareció. Vive el hombre, recordando tales cosas, como si habitara en el otro mundo, y memoriara, desde allí, la existencia pasada en éste. ¡Qué melancólicas son estas historias, señora!

EL JOROBADO FUERA DE SU ISLA

Quien sale de la isla, da ocasión a la dialéctica de los otros. Dicen unos: vemos su joroba, pero callamos. Dicen otros: He aquí cuanto hemos descubierto: no tenemos joroba, lo cual conocemos ciertamente al ver la joroba de éste. Dicen así, y son tuertos, y cojos, y babosos, e inmundos, y carecen de dedos; empero, advierten que no tienen joroba. Dicen otros: Al aceptar la joroba de éste, nos descubrimos tolerantes, y, por este modo, de nosotros sabemos nuevas cosas. Hablan así, y sin embargo son enclenques y pajizos, y han vendido a su madre, y su color es la pura envidia de ser. Quien sale de la isla, mi amiga, sirve al mal de los otros. Por eso, el jorobado debe quedar en la Isla de los Jorobados. No es que exista allí el Paraíso, ni siquiera para los jorobados. En efecto: con la sombra de sus jorobas a cuestas, los jorobados, en la isla, se odian, se denuestan, mienten

y se dicen terribles palabras; pero no se imputan las jorobas, pues la joroba es allí una forma del ser. Por eso, el jorobado debe quedar en la Isla de los Jorobados. Nada hay más triste que la aparición del jorobado en la reunión de los otros lisiados, y el silencio de todos sobre la joroba: lo que más se ve, es lo que más se calla, y, en consecuencia, lo que más resalta. ¿Y por qué ha de aceptar el jorobado que los otros malditos y lisiados le imputen y acepten, benevolentes, la joroba?

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