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Sobre voces

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Armando Vega Gil
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Published by: Juan Carlos Cortés Martínez on Dec 16, 2012
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12/16/2012

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Como en una moderna película de terror —del subgénero de zombies, tales como Resident Evil, Rec o Exterminio 1 y 2— un virus

asesino y el subsecuente cerco sanitario han inmovilizado a la ciudad de México. Pero no del todo, pues unos chamacos vagos clasemedieros se vislumbran desde mi ventana clasemediocre, todos hechos bola en un coche, tragando sin masticar sus alimentos y bebiendo de una misma botellota extracaguama de chela Sol. Como los tapabocas que traen son molestos, se los arremangan a la altura del cuello, como si se tratara de un trapito de moda. Ahora noto que se acaban de largar en rumbo a casa de no sé quien, a seguir el reven posibilitado por estas vacaciones forzadas. Total que, como parte de este cerco apocalíptico y para evitar que la gente —vectores carnales de transmisión del virus— se esté intercambiando el spray salivoso de sus bocotas —caldo de cultivo y vehículo infeccioso—, se han cerrado los cines. En esta cuarentena sería extraño charlar sobre películas que nadie va a poder ver porque no serán exhibidas en las salas de proyección. La cuarentena nos ha recluido en la casa de los aislados y, para no acumular la pesada carga del tiempo muerto, el ocio doméstico puede concentrarse en una agria disputa conyugal o en la pantalla del televisor y el reproductor de dvds. Cine en casa... Aunque no del todo. Cine de la calle. De esa calle de donde hemos sido expulsados en una pesadilla epidémica. Pero, ¿y si la calle es nuestra única casa? ¿Qué si la banqueta es la cama de piedra en la cual reposar nuestra enfermedad? ¿Qué si no tenemos donde recluirnos más que en las escaleras a la entrada de una estación del Metro, para cubrirnos de las lluvias con periódicos o con el cuerpo de un perro pulgoso? ¿Qué tal la sucia entrada del Metro Guerrero, en el corazón más depauperizado del viejo barrio? Allí donde Abraham El Gordo, El Was o El Correcaminos hacen los profundo viajes a la náusea y el extravío del viaje de cemento o thinner. La mona, el activo. Pero no, no nos confundamos ni nos asustemos, esto no es lo principal, es apenas la música de fondo que acompaña a las Voces de la Guerrero. Cine de la calle. Y es que Voces de la Guerrero no es una dádiva paternalista a los chavos de la calle, no es un análisis sociológico o repugnantemente amarillista, más aún, el punto de vista de los realizadores —un cineasta, un comunicólogo y un antropólogo social— se desvanece, voluntariamente se queda tras bambalinas. Los verdaderos realizadores podrían ser entonces estos mismos chicos que han hecho de la avenida abierta a carne viva su hogar. El hogar del hambre, del maltrato, de las putas, de los vendedores de piedra, de las fiestas que les hacen reír a mandíbula quebrante, de las madrizas, del sexo inseguro. Durante muchos meses previos se han acercado a ellos estos documentalistas y los han entrenado en el uso y abuso de las cámaras fotográficas, de las cámaras de video. Han aprendido estos chicos callejeros que en un pequeño marco espacial se puede concentrar el tiempo en una fotografía,

Por Armando Vega-Gil* www.myspace.com/armandovegagil

permanencia involuntaria

Voces de la Guerrero
o que bien se puede hacer todo un relato de ellos mismos en la unidad temporal del video. ¡Nada más divertido que verse retratados por ellos mismos en la pequeña pantalla de la videocámara! ¡Mira, qué cagado te ves! ¿Y por qué no contamos una historia? ¿Quién puede contar su historia mejor que nosotros? Pero aquí las historias más bien son los sucesos que acontecen durante el rodaje del documental. La historia es la vida misma en su propio transcurso. Son Voces de la Guerrero lanzadas por los guerreros de la calle. Y la verdad no es que estos realizadores callejeros hayan sido escogidos por los antropólogos, sino ellos escogieron a sus mentores y, tomando las cámaras en sus manos, con toda la libertad que este pequeño acto de autorrecuperación, de autodignificación implica, se lanzan a explorar y mostrar —a ellos antes que a nadie ...y a nosotros después en la comodidad de nuestras casas aisladas por el miedo— su verdad, una verdad que es en realidad un sueño. Y Abraham se lanza al túnel del Metro a entrevistar a los que trabajan allí: faquires del vidrio, niños mazahuas que cantan rancheras acompañados de acordeones chimuelos, vendedoras de cds embarazadas y menores de edad. Todo visto con un sentido del humor festivo, con una dolorosa sonrisa, porque la vida está allí vivísima, en esas calles donde se arrastra la muerte y la amenaza. Cine de la calle. Cine verdad. Cine irreal. ¶

* Músico, cineasta y escritor. Es fundador de Botellita de Jerez y conductor de Radio Cinema Paradiso en Código DF, estación de radio por internet

VOCES DE LA GUERRERO. MÉXICO, 2004

Una película realizada por Adrián Arce, Diego Rivera, Antonio Zirión y la banda callejera de la colonia Guerrero

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