La enfermedad aparece de forma brusca; tras una incubación de unos 11 ó 12 días a una fiebre alta, grave alteración del

estado general, cefalalgia, postración, dolores en los miembros, cara abotagada, conjuntivitis y fotofobia. Suele cursar también con laringitis, ronquera, incluso con bronquitis. Desde el segundo al cuarto día de enfermedad la temperatura sube entre 39° y 40° C, y en 48 horas brota un exantema que invade todo el cuerpo, sobre todo en las palmas de las manos y plantas de los pies, que con los días pueden dar pequeñas hemorragias petequiales, mientras que la piel presenta un discreto tinte amarillento. El paciente sufre una rápida afectación del aparato circulatorio con disminución de la tensión; el cuadro empeora mucho cuando aparecen las manifestaciones nerviosas, como inquietud, agitación motriz, delirios y alucinaciones. En algunos casos puede cursar con diarrea y la bronquitis suele terminar en bronconeumonía. En la segunda semana de la enfermedad hay peligro de debilidad cardiaca, aumentando los fenómenos nerviosos hasta el coma. La muerte suele producirse entre la segunda y la tercera semana por colapso tóxico. En los niños suele cursar de forma benigna, pero con la edad aumenta la repercusión neurológica. Antes de la existencia de los antibióticos las complicaciones más frecuentes podían ser abscesos, bronconeumonía, gangrena en los pies, escroto y punta de la nariz, parálisis central y periférica o miocarditis. La enfermedad se diagnostica cuando aparece un paciente con fiebre, exantema, "ojos de conejo" y marcas en las palmas de manos y pies.