El final de Zaragoza, diezmada por la "enfermedad" (tifus exantemático) fue sencillamente horrible.

A principios de enero de 1809 la mortalidad alcanza la cifra de 50 casos diarios, poco más tarde pasará deo 100 y, acabando el mes, de 300 muertos al día. Toda la ciudad se convierte en un hospital en el que no hay prácticamente atención médica ni alimento. Los bombardeos franceses se recrudecen, los muertos son apilados y ya no hay capacidad de enterramiento. Los franceses no se atrevieron a entrar en la pestilente fosa en que habían convertido a una de las entonces más bonitas y elegantes ciudades de España. Cuando un oficial francés, Belmás, entra en Zaragoza no puede, a pesar del laconismo que le caracteriza, por menos que describir lo que ve "La ciudad era algo horroroso de contemplar. Respirábamos un aire infecto que nos ahogaba (...) los hospitales habían sido abandonados y los enfermos, semidesnudos vagaban por las calles. La nueva Plaza del mercado presentaba una de las visiones de mayor espanto: un gran número de familias, cuyas viviendas fueron incendiadas o destruidas , refugiábanse bajo los porches. Allí había ancianos, mujeres y niños yaciendo en promiscuidad por el suelo, entre muertos y agonizantes...". Vivir en geuerra. Felipe Gómez de Valenzuela. Pág. 166.