Tríptico de taller

EVER ROMÁN

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Índice

Prefacio, 3 ¿Es un diván?, 4 Marta, 10 Manigua, 18

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Prefacio
Estos cuentos fueron escritos en clase durante el taller de guión que tomé durante agosto y parte de setiembre de 2012. No los volví a corregir, no los volví a leer. El que más disfruté escribir fue ¿Es un diván?, en base a una consigna –al igual que los otros cuentos- que me agradó, pero que ya no recuerdo. Pude haberlo continuado mucho más, el formato del texto posibilita que se vuelva interminable, recreativo para el escritor, muy estimulante, pero tenía un límite estipulado. Quise que Marta sea narrado por la voz de un caribeño, a desmedro del argumento. Manigua es el título de una imaginativa novela de Carlos Ríos. Lo quise emular en una versión breve (no a su novela, a él). Hubieron otros textos escritos a mano, que se perdieron por ahí. Posiblemente haya sido mejor así.
Octubre 2012

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¿Es un diván?

Abro los ojos pero es como si no los hubiera abierto. Todo sigue oscuro. Estoy acostado en una cosa tirante y poco acolchonada, posiblemente forrada en cuero. La

superficie se amolda a mi cuerpo y mantiene mi cabeza por sobre el resto de mi cuerpo. Busco el respaldo pero no le encuentro, tampoco tiene cabecera. ¿Es un diván? Ya antes tuve esta pesadilla: despierto en un diván de consultorio, solo; en mi sueño soy un mentiroso compulsivo y mi psicóloga me ha encerrado para que deje de mentirle; no estoy atado, sin embargo no puedo levantarme ni mover un músculo; mi condena consiste en decidirme a hablar y contarlo todo. Quiero subrayar la palabra decidirme, pues mi condena pasa solo por allí; lo de contar es circunstancial: soy un hombre terriblemente indeciso. Pero el diván de mi psicóloga está forrado en

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una tela gruesa, no tengo idea de qué tipo, solo sé con seguridad que no es cuero, quizá es pana o algo por el estilo. Ahora no estoy soñando. Alrededor y sobre mí, la oscuridad es completa. Miro a todas partes en busca de una grieta de luz. A ras del suelo veo una línea iluminada: el resquicio de una puerta. Afuera escucho voces, ajetreo de pasos, música clásica. Aquí huele a plástico y papeles, a limpieza. ¿Dónde estoy? Los ruidos afuera suben de volumen. Esta no es mi habitación. Mi habitación huele a polvo, tabaco y canela. Trato de reconstruir el tránsito que me trajo aquí. Lo más probable es que anoche me haya acostado en mi cama. Soy un tipo inseguro. No tengo idea de dónde estoy, ni cómo llegué a este sitio, pero no alcanzo a sorprenderme. Más bien: suelo sorprenderme por despertar en el mismo sitio donde me acosté; suelo sorprenderme por seguir estando en los sitios donde efectivamente debería estar. Voy a explicarme: siempre espero que algo o alguien me cambie de lugar, me robe,

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sin aviso ni permiso, pues mis escenarios cotidianos no me pertenecen ni yo les pertenezco. No paro de sentirme un usurpador, o por lo menos un inoportuno. Mi permanencia en los lugares se debe a algún tipo de accidente que nunca nadie me explicó, tampoco ahondo mucho al respecto por temor a lo que pueda encontrarme. Pero aquí, a pesar de no saber qué sitio es, a pesar de que todo esté oscuro y huela distinto, me siento de alguna manera protegido. Me levanto y me siento en el diván, si es que estoy en un diván. La puerta está a pocos pasos. ¿Y si hay alguien más aquí, conmigo, ahora? Quizá me estén vigilando. Dejo de respirar, me paralizo como una piedra, incluso dejo de pensar: nada. Esta habitación está vacía. Siento no obstante la presencia de unos muebles: estantes, escritorios, objetos grandes de madera barnizada. También objetos de metal y plástico. El ruido de afuera se apaga. Siento la frialdad del piso bajo mis pies. ¡Estoy descalzo! Me palpo todo el

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cuerpo: piernas, brazos, todo en su sitio; mi cara parece ser la misma. Mi aliento huele a sueño ácido. Estoy en calzoncillos, tal y como me acuesto a dormir todos los días. Vuelve a resonar el traqueteo al otro lado de la puerta. Me paro y camino hasta la puerta, agarro el picaporte: abro despacio, solo para mirar. Entra luz a la habitación e ilumina todo vagamente. Antes de concentrarme en lo que hay afuera opto por ver dónde estuve: parece ser un consultorio médico, me resulta vagamente familiar, pero no sé por qué. Estoy en un hospital: enfermeras y médicos arrastran sus cuerpos apuradamente por el largo pasillo que se extiende a ambos lados de la habitación en que estoy. Una limpiadora soñolienta empuja un carrito con escobas, esparadrapos, detergentes. Una mujer en pijama azul celeste estira pesadamente un soporte de suero fisiológico. Dos médicos conversan con el estetoscopio colgándoles del cuello. Uno que parece enfermero camina

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con los ojos cerrados, en las orejas lleva puestos auriculares cuyo cableado se hunde en un bolsillo de su pantalón. De los techos cuelgan grandes lámparas fluorescentes. El piso es gris, limpísimo. Varias puertas permanecen cerradas a izquierda y derecha, y el pasillo no parece terminar. Entro de vuelta a la habitación y busco desesperado el interruptor y enciendo la luz. Al lado del diván, definitivamente psiquiátrico, veo mis ropas haciendo bulto. Me visto rápido. Vuelvo a abrir la puerta, esta vez con un gesto rápido, seguro, y salgo al pasillo. No me advierten, debo tener cara de pánico pero a nadie parece importarle. Camino entre desconocidos, saludo con la cabeza a un par de enfermeras que me miran sonriendo, llego hasta el final del pasillo donde hay una gran puerta batiente. La abro. Paso a lo que sería la recepción, una secretaria me mira impávida desde su escritorio y veo grandes asientos ocupados por gente que lee revistas, mira el techo o mantiene los ojos cerrados. La

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puerta de calle es de vidrio y se abre con un leve empujón. El barrio me es familiar, pero no lo identifico del todo. Camino hasta la vereda y me vuelvo a mirar el hospital: el cartel no me dice nada. En mis bolsillos encuentro un cigarrillo y lo enciendo. Ya iré recordando cómo llegué aquí, por lo pronto eso no me preocupa.

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Marta

Marta, mi amor, chiquitica mía, mi pimpollo, no sé si leerás estas palabras, pero lo deseo con tanto coraje, ¡es tan grande mi esperanza! ¡Que por lo menos mis palabras lleguen a ti, para que las mires con los ojillos húmedos, igual que me mirabas cuando estábamos juntos! No tengo más que este pedazo de papel sucio, trataré de ser breve para no obligarte a ensuciarte las manos por mucho rato. ¡Con decirte que escribo con sangre de avestruz! Es lo único que tengo aquí, no hay lápices, esto es peor que nuestro país. Ya empiezo a explicarte, Marta. Voy contarte mi viaje, así sabrás por qué aún no te mandé ningún pasaje. Seguramente piensas que soy un imbécil, que me he burlado de ti. Solo soy un verraco, un inútil. Nuestra primera idea era salir de Varadero. Ya sabes que allí están

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los guías, pero estaba lleno de boinas rojas esa noche. Casi perdimos nuestra balsa, pero el hombre que nos la había preparado, el viejo Fidencio, previendo la situación no había venido. Estuvimos en la playa con Armando, casi hasta el amanecer, viendo a los boinas fumando y alumbrando por todas partes con sus linternas. Alguien les habrá informado, pensamos con Armando, pero no queríamos irnos para no dejar solo al viejo Fidencio. Queríamos interceptarlo en el camino, advertirle. Antes del amanecer vimos que no vendría a la playa, entonces Armando volvió a La Habana y yo me encamine a casa de Fidencio, en Cárdenas, que no está a más de una hora de Varadero. Cuando llegué ya era de día y el viejo estaba desayunando bajo su portal. Ya sabes cómo es de expresivo el viejo, no sabe mentir. Apenas lo vi supe que algo estaba mal. Me serené y caminé con paso seguro. Pensé que los boinas estarían esperándome dentro de su casa, o algo así. No podía huir, me estarían vigilando

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desde

cualquier escondite.

Preparé un tema de

conversación, le ofrecería alguna cosa de contrabando al viejo, que me escuchen los boinas, para tener un crimen, pero no muy grave. Fidencio me invitó a sentarme a su lado y me pasó un jarrito con café. ¡No sabes lo bien que me hizo! Supe que no iría preso, así que comí todo lo que me dio sin preguntarle nada y tampoco él me habló. Cuando me repuse de la noche en vela, encendí un cigarro que me pasó el viejo. Las cosas en este país siempre se van a la mierda, y eso mismo me iba a pasar y yo no me estaba dando cuenta. Fidencio me miró mi dijo: «Chico, vendí la balsa. Vi a los boinas rojas vigilar la playa y como no los encontré ni a Armando ni a ti, le vendí la balsa a otro que la necesitaba también para sacármela de encima». ¡La rabia que me dio el viejo! Casi lo estrangulo allí mismo, pero Fidencio es buena gente, lo había hecho por miedo. En su lugar, actuaría igual. Tú no lo culpes, Marta. Sabes que nos quiere bien. El viejo me dio el

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dinero de la balsa y me dijo de dónde zarparía. Salí corriendo de allí, bajo el sol, a mi derecha tenía el mar que se mezclaba con el cielo, y a mi izquierda la arena quemante. La balsa zarparía de una playa cerca de Matanzas, durante el día, me había explicado Fidencio; pues los boinas se marcharon luego de esperar fugitivos toda la noche. No me detendré en detalles. Llegué a la playa de las afueras de Matanzas; tras unas rocas se extendía una bahía pequeña, de olas mansas. Pensé que ya había llegado al extranjero, que por alguna razón al correr había cruzado un pasaje mágico hasta el paraíso. El sitio estaba lleno de balsas con sus velas, al lado los pilotos y tripulantes, mirando el mar, como antes de una carrera olímpica. ¡Y lo peor, Marta es que la bahía estaba llena de gente! Nadie tenía miedo, todos lloriqueaban y sonreían, había familias enteras, niños, abuelos, no te imaginas; juro que no entendí nada de lo que estaba pasando. Caminé entre la gente, buscando la balsa, según

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las indicaciones de Fidencio. Un poco más lejos del grupo grande de gente, ya cerca de unas rocas, vi la balsa con la bandera de Rusia, que tanto le gusta a Fidencio. En mi bolsillo tenía los dólares que le pagaron a Fidencio. Nuestras ropas, la comida, el dinero ahorrado para el otro lado, todo lo habíamos perdido en la playa. A unos metros de la balsa, dos hombres besaban cariñosamente a sus mujeres. Me di cuenta de que eran los compradores. Y entonces pensé, Marta, ¿qué voy a hacer con una balsa, sin dinero, dónde la guardo? Actué sin pensar, aún antes de decidir. Corrí hasta la balsa, como un atleta, y la empujé al mar, y una vez dentro la seguí empujando hasta que tuve que empezar a nadar, pataleando, con todas mis fuerzas. Habré estado más de una hora así, empujando la balsa, tragando agua salada, bajo el sol cegador, sin saber dónde estaba yendo. El esfuerzo sobrehumano me impidió pensar con claridad. Recién cuando no pude más, subí a la balsa. Me tendí entre unos bolsos y canastos, y

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quedé dormido. No recuerdo qué habré soñado, si es que soñé. Cuando desperté, ya era de noche. El cielo estaba lleno de estrellas, no había grillos, ni gritos, ni bocinazos. El chapoteo de las olas se repetía lánguido y un viento frío y húmedo me calaba los huesos. De golpe, me sentí espantosamente enfermo y mareado y también tuve hambre y desesperación. ¡Estaba tan solo, Marta, y en medio del mar! No tenía idea si había avanzado hacia el norte o el sur, si estaba todavía cerca de la isla o ya estaba alcanzando California. Entre los bultos encontré panes y agua. El caso es, Marta, que estuve así, ¡enfermo y loco y temeroso por días! Cada vez perdía más la razón. Creo que bebí agua salada y me sumergí en el mar para cazar peces, inútilmente. Hasta que me resigné. Una mañana me tendí en medio de balsa y me dispuse a morir. Abría los ojos cada tanto, y veía sol y agua, o veía las estrellas y agua, ¡siempre agua y más agua! Decidí no abrir más los ojos. Te soñé todo el tiempo, Marta. Soñé toda nuestra

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vida juntos y me imaginé que tú estarías tan sola sin saber de mí. Me imaginé tantas cosas que ya te comentaré en su momento. Un día, o una noche, escuché entre sueños gritos que venían de lejos. Quise levantarme, o al menos abrir los ojos, pero era inútil. Sentí que alguien me cargó en brazos y se tiró al agua conmigo. Era tan bonito sentir el agua en mi cuerpo reseco. Había tenido agua alrededor de mí y sin embargo estaba sucio y me moría de sed. Una mañana amanecí en una cama pequeña, pero cómoda. No entendía nada. Entró un hombre vestido de militar, negro, muy alto, con una bandeja con té y galletas. Me habló, pero no lo entendí. Estuve así reponiéndome, a fuerza de galletas y té, hasta que pude ponerme de pie, esta mañana. La habitación en que estaba era de madera. Había una ventana y entraba por ella la luz del sol y el sonido del mar a unos cuantos metros. Lentamente caminé hasta la puerta y la abrí. Reconocí el sitio como un campamento militar. Los soldados iban descalzos y eran

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todos negros. Me habló un soldado, en francés. Yo no sé nada de francés. Así que me señalé el pecho y dije: «Cuba». Lo repetí varias veces hasta que el soldado se señaló a sí mismo y dijo: «Haití». ¿Qué te diré, Marta? La vida es una putada. Casi muero por ir a California y termino en un país de mierda, peor que nuestra isla. El cielo me castigó, el mar me castigo. El caso es, Marta, que no he naufragado. No he naufragado. Simplemente estoy jodido. Muy jodido. Con decirte que no entiendo a nadie lo que me dice, ni ellos me entienden. Ni siquiera pude conseguir papel limpio para escribir, ni siquiera un lápiz. Mucho menos sé que haré con esta carta que escribo. Por ahora, la voy a guardar conmigo. Cuando te vuelva a ver, Marta, y sé que será así, te la entregaré para que sepas que lo primero que hice al despertar fue pensar en ti. Hablarte a ti. Pues tú eres el capítulo más precioso de mi fantástica vida.

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Manigua
1 Tal vez no lleguemos a ninguna parte, pero ya no importa, dijo Aliseo, y hundió el remo en el pantano para empujar la canoa un poco más. Miranda trató de encender una vez más el cigarrillo con los fósforos mojados. Necesito que me reemplaces, dijo Aliseo, tengo los brazos

acalambrados. Miranda se guardó en los bolsillos el cigarrillo y los fósforos; se apartó los cabellos de la cara y se izó sobre sus rodillas: dame el remo, dijo. Aliseo le dio el remo y Miranda lo arrojó al agua: no vale la pena, no sabemos dónde estamos, esto no tiene sentido, dijo. Y comenzó a llorar convulsivamente. Aliseo le dio un beso en la frente y saltó al agua. Mecánicamente, repitieron la operación varias veces: Miranda lloraba, le sacaba el remo de las manos a Aliseo, lo arrojaba y él saltaba al agua, chapoteaba un poco hasta

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volverlo a subir a bordo y remaba un rato más. Esto de tirarme al agua por el remo me mantiene despierto, decía Aliseo cada vez, sonriendo.

2 Habían salido de la aldea siguiendo la marcha del río que se adentra en la selva. El viaje no tenía que durar más de medio día, pero algunas horas después de zarpar, notaron que las aguas se bifurcaban por todas partes, hundiendo en una espesa sopa árboles y arbustos y extraviando el lecho del río. Miranda optó por confiar ciegamente en la pericia de Aliseo, el guía que la aldea puso a su disposición. Aliseo observó de reojo y con desesperación contenida la cara serena de la mujer, y no se atrevió a explicarle que el desborde borraba la geografía conocida por él, y hacía que selva y río se volvieran extraños hasta para los animales que vivían allí. Quiso volver enseguida, pero Miranda se mostraba tan contenta que no se atrevió

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a desandar el rumbo. Pensó que, después de todo, podría encontrar el curso del río.

3 Cuando Aliseo le pidió un cigarrillo, Miranda notó que la aventura comenzaba a desvirtuarse. Miró a su alrededor: la selva estaba cada vez más confusa, el río había perdido orillas, avanzaban esquivando ramas, troncos, debían agachar la cabeza para no darse contra las hojas de los árboles. Nunca te vi fumar, dijo Miranda. Es buen momento para aprender, dijo Aliseo. A Miranda le temblaron las manos cuando encendió el cigarrillo. Comenzó a llover y se escucharon truenos cercanos.

4 Chocaron contra algo, quizá un tronco, la oscuridad de la noche no permitía ver nada. La canoa se volteó y Aliseo y Miranda cayeron al agua. Aliseo, Aliseo, gritó Miranda. Él

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la tomó por lo hombros y la arrastró de vuelta hasta la canoa, que flotaba boca abajo. Solo se oía la lluvia arreciando contra la selva. Aliseo arrimó la canoa hasta un árbol de ramas gruesas. Vení, dijo, subamos. Se sentaron sobre una rama lo suficientemente grande para los dos. Ella se recostó contra él, temblando de frío, y dijo: yo creía que me cuidarías. Aliseo le acarició los cabellos y empezó a susurrarle una canción en waunana, lengua que Miranda vino a estudiar en la región de Manigua. En la canción, Aliseo los encomendaba a ambos a la voluntad de la selva y pedía, de paso, que si la muerte era el destino marcado, que sea indolora y cálida. Yo no quiero morir, dijo Miranda. Aliseo le contestó que decidirlo no estaba a disposición de ellos, y le preguntó: ¿por qué viniste, para qué? No sé, creo que para vivir, dijo Miranda. Y empezó a su vez a cantar en un murmullo una canción en inglés, cuya letra iba inventando al azar, sin intención de orientarla a ninguna parte. Aliseo la escuchó en silencio y

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la abrazó con fuerza. Cuando ella acabó la canción, Aliseo le preguntó de qué iba. No sé, dijo ella, y no importa; era mi canción para la selva.

5 Despertaron al amanecer cuando oyeron gritos que los llamaban. Al pie del árbol había una canoa con aldeanos que los miraban sonriendo. Nos rescataron, gritó Aliseo zarandeando varias veces a Miranda. Ella abrió

lentamente los ojos, saludó a los de la canoa y miró a los ojos a Aliseo: te dije que había venido aquí para vivir, dijo, y bajó con calma de la rama ayudada por los brazos de todos.

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FIN

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