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CUENTO PARA LOS NINOS

Había una vez un reino, no muy lejano, gobernado por el Rey Enrique. Él llevaba ya muchos años en el poder, igual que lo habían hecho los antepasados de su linaje. Era tradición en aquel reino enseñar a todo joven a matar dragones y mandar a las niñas a alguna aldea lejana a vivir en un castillo. Los primeros, debían de aprender tales artes para que algún día fuesen mayores y buscaran a su respectiva princesa, que estaría resguardada por un temible dragón; las segundas debían de partir de sus hogares para que solas aprendiesen a ser damiselas agradables para cuando llegasen a salvarlas. Llegó el día en que el joven príncipe Felipe cumplió 18 años y actuando como lo establecía la ley de su padre, tomó un caballo y galopó en busca de un solitario castillo. Durante el recorrido soportó tempestuosas lluvias, áridos desiertos e insoportables fríos. ¿Algún día encontraría a su doncella? Extrañaba ya su cálido hogar, las sopas que las sirvientas le daban y las suaves caricias de su madre. Todos aquellos pensamientos se calmaban con el sueño de encontrar a la hermosa mujer con la cual compartiría un despampanante reino, que le haría sabrosas comidas y podría tocar sin miramientos. Una noche de invierno, cuando su alma gozaba de juvenil fuerza, divisó un enorme castillo. La luna era inexistente, pero pudo divisarlo por aquellas llamaradas que salían de una de los cientos de torretas que resguardaba la gruesa fortaleza. ¡Un dragón! -TEMED DE MÍ, INFERNAL BESTIA. Arremetió contra el animal que gruñía con temibles estruendos. Una, dos, tres veces pretendió atravesar su piel,pero ésta era demasiado gruesa. Cuatro, cinco, seis… doce veces volvió a intentar, pero el solitario gigante parecía ser invencible. -VENGO A SALVAR DE TUS GARRAS A LA HERMOSA PRINCESA QUE RESGUARDAS Gritó el inexperto príncipe, tratando de animarse a sí mismo para vencer a aquél mitológico ser, que pareció indefenso tras aquellas palabras. Y… ¡Pam! El cadáver del animal cayó. Su cuerpo quedó lánguido sobre las intactas y gruesas paredes del castillo. ¡Un majestuoso lugar que gobernar! Pensó el que ya se creía rey. Así que fue a buscar a la doncella. ¿Pero a cuál de todas aquellas habitaciones? Llegó el amanecer y el príncipe ya estaba cansado, eran tantas las pertenencias de aquél reino, que parecía nunca iba a acabar. ¿Quién sería la divina mujer que cuidaba tan bien de ésas propiedades? En su búsqueda, había visto manteles tejidos a manos, miles de pinturas y cientos de instrumentos musicales, ninguno con polvo, todo en aquel lugar parecía ser recientemente usado. Ahí vivía alguien. ¿Dónde estaba? Gritó y gritó, recorrió los puentes, los ríos, las huertas, las iglesias y la infinidad de salones. Volvía a ponerse el sol y el hombre seguía solo, parado en aquél lugar sin encontrar a su premio. Decidió dormir en la más alta habitación, tal vez desde ahí vería llegar a la princesa que posiblemente se ocultaba en las mazmorras de la bestia. Su vigía duró unas cuantas horas, cayó dormido porque se había aburrido de esperar sin compañía alguna. Al amanecer la soledad que el príncipe sentía, le carcomía los huesos. Pobre de aquella que había tenido tantas cosas que disfrutar y ninguna persona con quien compartirla… tal vez había huido con un pueblerino

unos días antes o tal vez había sido lo suficientemente inteligente como para burlar al dragón (no lo creía así, puesto que le habían enseñado que las princesas no eran muy hábiles, ni inteligentes). Así que partió, en busca de mejor suerte. Otra larga cabalgata superó aquel valiente caballero. Bosques oscuros, frías praderas, impenetrables montañas… ¿Dónde podría residir alguna otra dama? Descendía de la montaña cuando decidió tomar una siesta. Extrañaba mucho su hogar, quería regresar pero el miedo a la deshonra le mantenía en su búsqueda. Cuando despertó ya era de día y le pareció ver que en el horizonte la silueta de un castillo de dibujaba. No era tan grande como el anterior, pero era castillo. Atravesó el valle con furiosa valentía, el dragón ahora moriría en un solo ataque. ¡COMENZAD A TEMBLAR INDIGNA BESTIA! El impulso que traía el caballo fue suficiente como para tirar la puerta de madera, que no era muy gruesa hay que mencionar. Se encontró en un claro de piedra, frente a él un blanco castillo se alzaba y en la última torre logró divisar una sonrisa. ¿Y el dragón? No se escuchaba en ninguna parte. Temió que algún otro príncipe ya hubiera llegado ahí. Pero no tenía tiempo que perder, aquél bello rostro le sonreía y él ya se había enamorado de sus oscuros cabellos. Atravesó el vestíbulo y subió por unas escaleras de caracol. Llegó al cuarto donde suponía residía la mujer. Abrió la puerta y se encontró con una morena vestida en un hermoso traje verde. Sus ojos dijeron la bienvenida y él atravesó el valle para encontrarse con los brazos de la princesa. -¿HABEÍS VISTO EL BARANDAL DE LA ESCALERA? – Susurró en el oído la mujer- LO HE HECHO YO CON MIS PROPIAS MANOS. El joven tomó las mismas y vio que estaban ásperas, supuso que era escultora. -SÍ, ME PARECIÓ UN TRABAJO DIGNO DE TU BELLEZA –mintió, puesto que no había reparado en tal detalle. -HE TRABAJADO TODO MI REINO, ESPERANDO A QUE LLEGARAS. Ella besó sus labios y él fue preso de sus encantos. Bajó sus manos hacia su espalda, sintiendo sus piernas bien formadas, subió sus palmas a su pecho y disfrutó de sus senos. Les quitó aquellas telas que los cubrían y los mordió con ansia. La desvistió y la hizo suya. La doncella, que no había conocido compañía, se dejó poseer por el placer y por la necesidad del hombre. Hicieron el amor todo el día y toda la noche, hasta que el príncipe sació su hambre. -¿A DÓNDE VAS? –gemía la doncella, llena de placer. -A CAMINAR UN MOMENTO –le respondió el príncipe, disfrutando con la vista del cuerpo desnudo de aquél ser que se revolvía en la cama. Se sentía decepcionado, supo que se había encontrado con una prostituta, de ésas que despreciaban en el pueblo. Sí, eso era, una puta: una mujer necesitada de sexo para sobrevivir, llegar a ella no era difícil y no había que sortear ninguna prueba, sólo tenía que cogerla y ella cedería… Qué triste. De nuevo su búsqueda había sido infructuosa. Regresó por su caballo y su espada al ocaso, antes de irse quería tirarse a la mujer de nuevo. Llegó a la habitación y descubrió que estaba vacía. Que decepción, se había marchado su puta. Tomó sus cosas y justo antes de cerrar la puerta notó que las vestiduras de la mujer aquella aún estaban tiradas en el suelo. Seguramente había salido desnuda en busca de más placer. El príncipe sintió cómo su miembro se ponía tieso, deseoso de atravesarla nuevamente. -¿DÓNDE ANDAS TRAVIESA? –sonrió hipócrita. Pero el silencio le respondió.

Bajó hasta la plaza del castillo y ahí escuchó un ruido que erizó su cabello. De luna sólo existía un pellizco creciente que no permitía divisar lo que producía aquél estruendo. Parecían ser las pisadas de un ente que se aproximaba a gran velocidad. -¡DRA…! Una cola enorme le golpeó la armadura y él cayó de bruces. La bestia había despertado. Deseoso de escapar el hombre de la realeza empuñó su espada y trató de matar al dragón. Que se defendía con una furia insospechada. Fue una lucha infernal, el príncipe estaba ya languideciendo cuando recurrió a su última arma: aquella que el Rey le había brindado en caso de encontrarse con una bestia a la cual le fuese difícil de matar. -¡MUERE! ¡MUERE TÚ CON TU PUTA! –gritó el joven apuntando con una pistola al corazón desprotegido del dragón, que se preparaba para incinerarlo. Disparó y cayó el enorme cuerpo, rompiendo los débiles muros del fortín. Recuperándose, Felipe se acercó con curiosidad. Ahí entre los escombros divisó unos enormes ojos verdes, derramaban su tristeza en lágrimas de sangre. Se le quedó mirando por unos instantes con un sentimiento que el hombre no pudo identificar. Luego, las escamas negras se cerraron para nunca abrirse. Todo quedó en total silencio. Los cascos del caballo resonaron en lo lejos. Y aquél reino quedó en total abandono. Qué mala suerte le había tocado, quería volver con Enrique y decirle de su fortuna, esperando a que su padre le diera algún reino que ya tuviese una princesa y ningún dragón. Seguramente su mamá, Angélica, se lo daría sin chistar y sería un feudo vasto y con mucha riqueza. Tal como en el que había nacido. Decidió regresar, ya había recorrido lo suficiente como para darse cuenta que las princesas no valían la pena. Su sangre y su habilidad eran más valiosas que unos cuerpos vanos y sin inteligencia. Caminó tres noches y temblaba de fiebre. ¿Qué tan lejos estaba su madre? Su suerte pareció cambiar al cuarto amanecer, al inicio del bosque se encontraba una diminuta techumbre. No era ningún castillo, así que supuso que era el hogar de algún brujo. Se acercó al lugar, descubriendo que estaba rodeado por una pared de piedra no muy alta y un foso en desuso. Cubierta por la maleza, la puerta estaba entreabierta. Atravesó el recinto y dejó su caballo frente a la choza (no podía describirla de alguna otra manera). -¿QUIÉN ES USTED?- pronunció una voz femenina. Felipe giró la cabeza hacia atrás, se asomó por las ventanas y se introdujo a la casa, buscando a la mujer. Pero no vio a nadie- SI NO TIENE NADA QUE HACER AQUÍ, LE PIDO QUE SALGA DE MI REINO. –gritó enojada. Felipe salió de la choza y divisó a una mujer que salía del bosque. -¿REINO? –preguntó con galante voz. Ella poseía unos cabellos castaños que le llegaban hasta la cintura, cubriendo unos jugosos y redondos senos en los que Felipe reparó con lujuria. -SÍ, SOY LA PRINCESA DUEÑA DE ESTE CASTILLO. ¿NO SE SUPONE QUE HA VENIDO A RESCATARME? -A ESO VENGO POR SUPUESTO, HERMOSURA… ¿PERO DÓNDE SE SUPOEN RESIDE EL DRAGÓN? ¿TAL VEZ DENTRO DE LA ESPESURA DEL BOSQUE? Ella resopló y mordió una de las manzanas que llevaba en su cesto. -NO, RESIDE AQUÍ, PERO USTEDES LOS HOMBRES SON DEMASIADO TONTOS Y CIEGOS COMO PARA VERLOS. Felipe se molestó ante tal acusación. ¿Quién se creía ella como para llamarlo tonto y ciego? Ni siquiera poseía un castillo digno, ni riquezas, ni tierra, ni siquiera ropa.

-¿POR QUÉ ME ACUSAS ASÍ, QUERIDA, SI NI SIQUIERA SABES QUÉ GUARDO YO EN MI REINO Y EN MI CORAZÓN? PUEDO YO HACERTE MUY FELIZ, MÁS DE LO QUE IMAGINAS Y HAS SOÑADO DURANTE ÉSTOS AÑOS DE SOLEDAD –susurró él, acercándosele para acariciar sus mejillas y sus frondosas caderas. -HE IMAGINADO LO SUFICIENTE COMO PARA SABER TODAS LAS COSAS DE LAS QUE CARECERÍA –dijo la mujer librándose de las ansiosas manos que se metían entre sus piernas. -VENGO DEL DOMINIO DEL REY ENRQUE Y ANGÉLICA, HAS DE SABER QUE TENEMOS SUFICIENTE RIQUEZA COMO PARA HACERTE FELIZ. -NO ME INTERESAN LAS RIQUEZAS. ¿VES POR QUÉ ERES CIEGO? POR ALGO NO HE CONSTRUÍDO UN CASTILLO, COMO LAS DEMÁS PRINCESAS. –se introdujo hacia su casa y Felipe la siguió con un ferviente deseo de sexo. -TENEMOS LOS MEJORES LIBROS Y LAS MÁS BELLA CREACIONES DE ARTE –pronunció al ver las paredes decoradas con frases y dibujos, de los cuales parecía ser ella la autora. -SEGURAMENTE TODOS SELECCIONADOS POR TU PADRE ENRIQUE. NO GRACIAS, DISFRUTO DE LA LIBERTAD DE ELEGIR LO QUE QUIERO OBERTENER. -¿QUÉ DESEAS ENTONCES, PRECIOSA? ¿ROPA? ¿COMIDA? ¿AIRE LIBRE? TENEMOS MUCHÍSIMAS HUERTAS Y TERRENOS QUE PODRÁS REINAR. -NO DESEO POSEER UN LOTE CON UNA FORTALEZA IMPENETRABLE, TENGO MÁS QUE SUFICIENTE CON EL BOSQUE QUE TODO ME PROVEÉ. TENGO LA MEJOR COMPAÑÍA CON LOS ANIMALES, BRUJOS, TROVADORES Y CAMINENTES QUE CRUZAN LOS CAMINOS. ¿PARA QUÉ QUISIERA YO IR A UN CASTILLO A QUE ME DEN ESCLAVITUD Y SOPA? Felipe se hartó de su altanería, ella ni siquiera había reparado en lo hermoso de su rostro o en lo bien formado de su cuerpo. -PUES, SEGURAMENTE SI NO LO NECESITAS ES PORQUE NO ERES UNA PRINCESA. NO ERES MÁS QUE OTRA PROSTITUTA…-le espetó dándose la medio vuelta y tirando las manualidades que estaban en la mesa- TAL Y COMO LA ESCULTORA QUE ME TIRÉ –farfulló entre dientes. La princesa entonces se le acercó con rapidez y puso sus manos en las del príncipe. Él se congeló ante al calor que lo abrazaba y lo giraba hacia unos ojos café oscuro. -¿POR QUÉ TANTAS DOLOROSAS PROEZAS HA PASADO EL PRÍNCIPE? ¿QUÉ TANTOS TEMIBLES DRAGONES HA VENCIDO EL POBRE HOMBRE? ¿CUÁNTAS INGRATAS MUJERES LE HAN ROTO EL CORAZÓN? ¿CUANTAS SOLITARIAS FORTALEZAS HA ATRAVESADO TRAS SUS DESGASTANTES TRAVESÍAS? DIMELAS, HERMOSO FELIPE, ESTOY AQUÍ PARA CURAR TU DOLOR. Gustoso de aquél cuerpo, comenzó a acariciar sus labios y piernas. -HE SOPORTADO FUERTES SOLES Y FRÍAS NOCHES –besó su cuello y bajó a sus senos, donde se entretuvo un largo rato- HE MATADO DOS DRAGONES ENORMES, TEMIBLES Y CON ESCAMAS IMPENETRABLES, PERO MI ESPADA SIEMPRE HA SIDO MÁS FUERTE- admiró las hermosas caderas de la mujer y besó sus faldas- PERO SÓLO HE ENCONTRADO A UNA MUJER, QUE CEDIÓ SUS PLACERES SIN LUCHA ALGUNA Y QUE DESAPARECIÓ, SUPONGO YO PORQUE NUNCA ME AMÓ- dijo desesperado besando a la doncella y penetrándola con su miembro. Cuando obtuvo lo que quería, se preocupó por disfrutar de aquél vaivén de cadera y no escuchar ningún sonido que no fuese gemido de placer. -¿CÓMO ERAN LAS OTRAS FORTALEZAS, FELIPE? Para que se callase rápido y lo dejase de molestar mientras la cogía, le respondió. -UNA ERA ENORME, GRANDIOSA Y LLENA DE HABITACIONES. LA OTRA ESTABA BAJANDO LA MONTAÑA, EN UN VALLE AL NORTE, NO TAN GRANDE NI TAN MAJESTUOSA, ALGO COMÚN Y OLVIDABLE, UN SIMPLE FORTÍN.

La doncella se dejó tomar por el príncipe, dejando que su soledad se sanara con el placer que sentía. Llegó la noche y Felipe se vistió con armadura. -¿TE MARCHAS? -IRÉ EN BUSCA DE UN REINO, UNO QUE SÍ TENGA UN DRAGÓN QUE PRUEBE MIS HABILIDADES COMO HOMBRE. -NO ES CIERTO, IRÁS CON TU PAPÁ A PEDIR QUE TE UN LUGAR EN EL SENADO DE LA REPÚBLICA. -CÁLLATE TÚ, BRUJA, NO SE CÓMO OSAS LLAMARTE PRINCESA SI NI A LLAMARSE CASTILLO ESTO LLEGA. Felipe tomó sus pertenencias y caminó hacia su caballo. La mujer desnuda le adelantó con paso firme. -DEBES DE SABER ANTES DE MANCHARTE, QUE AQUELLA DONCELLA QUE MATASTE, LA QUE TENÍA “UN SIMPLE FORTÍN” SE LLAMABA PENSAMIENTO. -SÍ, GRACIAS DULZURA POR LA NOTA. NO CREAS QUE ME VAS A EVITAR PASAR –se burló cuando vio que la mujer salía por la inútil puerta y se ponía en el hueco de la entrada- ANTES DE QUE ME VAYA, PARA QUE NO LLORES MI AUSENCIA DIME TU NOMBRE Y TE JURO LO RECORDARÉ HASTA QUE ENCUENTRE A OTRA HERMOSA FLORECITA. Ella sonrió burlona. -ME LLAMO ORQUÍDEA. Y dicho esto, los ojos del príncipe fueron testigo de algo que pudo haber sido llamado maldición en su reino, pero que no era más que la luz de la media luna tocando la piel de la princesa. Sus cabellos se convirtieron en doradas escamas y sus pronunciadas curvas en un cuerpo colosal de dragón. Los brazos que cuidaban los libres senos, se posaron en el suelo, y de sus manos salieron enormes uñas. Un dragón, de menor tamaño que los demás, se posó frente a Felipe. El cual miraba aterrorizado aquella escena. “Sí,” pensó, “a eso lo habían enseñado… a matar dragones.” Su impresión y las cosas de las que se dio cuenta en tal momento, hicieron que se petrificara y se cayera del caballo. Éste salió corriendo despavorido hacia el bosque y el caído caminó con un torpe gateo hacia atrás, angustiado porque su animal se había llevado su pistola. El aliento del dragón incineró las enramadas que cubrían la pequeña barda. Felipe miró desesperanzado su alrededor. Lo que juzgó era fácil de saltar, le parecía imposible; pensó en perderse en la espesura del bosque, pero recordó que aquella mujer lo conocía mejor que él. Seguramente, si no era en forma de dragón con la otra temible forma lo encontraría y él sería preso de una dolorosa muerte. El dragón voló y quemó la choza. Lo último que vio Felipe antes de arder en llamas, fueron unos enormes ojos café oscuro… la antorcha humana huyó despavorida hacia la oscuridad… Cuentan, que aquellas yagas que le causó el fuego nunca se le quitaron, que no murió pero le sucedió algo peor: la deshonra y su desfiguro fueron noticia en todo el pueblo. Su padre, ante tal suceso, decidió quitarle el título de hijo y no le quedó otra que trabajar tan duro como la gente de aquella república. Dice la gente en sus revistas de chismes que el quemado sollozaba siempre unas palabras sin sentido: -Y LA PRIMERA QUE ASESINASTE, SE LLAMABA ROSA.