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Por ser el cine, como cualquier otra forma de arte, reflejo de la sociedad de su tiempo, hemos creído oportuno acercarnos a él desde esta sección de “Familia y sociedad”. En esta ocasión, aprovechando que estamos en el año de la fe, ofrecemos esta reflexión sobre la película “El árbol de la vida”.

“EL ÁRBOL DE LA VIDA”. UNA PELÍCULA PARA EL AÑO DE LA FE
Eduardo Navarro Remis* El 11 de octubre comienza oficialmente el Año de la Fe proclamado por el Papa Benedicto XVI, en el 50 aniversario de la inauguración del Concilio Vaticano II. En palabras del Papa, será un tiempo para "dar un renovado impulso a la misión de toda la Iglesia, para conducir a los hombres lejos del desierto en el cual muy a menudo se encuentran en sus vidas a la amistad con Cristo que nos da su vida plenamente" (carta apostólica Porta Fidei). Dentro de este contexto y el de la Nueva Evangelización se planteó el reto de encontrar una película que pudiera representar su aspiración y significado. Y la propuesta es El árbol de la vida (2011). Para muchos se trata de una obra cumbre cuya importancia irá creciendo con el paso del tiempo, una obra en la que queda reflejada esta travesía por el desierto y la vida plena que Cristo nos concede y de la que nos habla el Santo Padre. Escrita y dirigida por Terrence Malick es la quinta película en larga y poco prolífica filmografía de este norteamericano de ascendencia sirio-libanesa con la que ganó, entre otros muchos premios, el Premio 2011 de la Crítica Internacional (Fipresci) y la Palma de Oro en Cannes 2011. Alabada por los críticos y los más cinéfilos, no ha sido igual de bien recibida y digerida por buena parte del público que abandonaba las salas de cine abrumado por unas imágenes que, aunque de indudable belleza, le resultaban ininteligibles. Como anécdota se puede contar que en una sala de EE.UU. confundieron de orden las dos bobinas de la película y el cambio pasó inadvertido (seguramente por la merecida fama que precede a Malick de perfeccionista y excéntrico con los montajes finales). Pero también es un signo de estos tiempos de alejamiento de la fe y de pérdida de cultura religiosa. Una muestra de ello es el error de traducción al español en el inicio de la cinta, cuando la voz en off que lee la cita del libro de Job confunde el capítulo con el versículo, o el que se produce poco después al traducir "way of grace" como "camino de lo divino", en vez de "camino de la gracia" (el camino del hombre no es el divino, sino el de la gracia que perfecciona la naturaleza y le permite participar de la intimidad de la vida divina). Terrence Malick es, sin duda, uno de los directores contemporáneos con un estilo más personal e inconfundible. Educado en Harvard y Oxford, filósofo de formación y profesión (tradujo a Heidegger y fue profesor en el MIT), sus señas de identidad se han agudizado con el paso de los años: voces en off, constante preocupación por el alma humana y los temas existenciales abiertos a la trascendencia, iluminación natural, omnipresencia de escenas y sonidos de la naturaleza, ausencia casi total de diálogos puros, narrativa no lineal y uso de la música como potente medio narrativo. El árbol de la vida es su gran obra de madurez, donde estas señas alcanzan su punto álgido y su cine conquista lo que siempre aspiraba ser. No en vano su primer esbozo se

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Alumno del Master de Pastoral Familiar del P.I. Juan Pablo II

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remonta a finales de los 70 con un proyecto llamado "Q" sobre el origen del universo y que finalmente ha visto la luz, transformado, más de 30 años después en este grandioso poema visual. Hacer la sinopsis de esta película es complicado. Lo que mejor la simboliza es uno de sus carteles promocionales: un mosaico formado por numerosas instantáneas de temática individualizada pero que forman parte de un conjunto. Porque se trata de eso, un mosaico impresionista que ofrece un viaje universal a través de la historia del tiempo y del ser humano centrado en una familia donde la vista y el oído (hasta se podría decir que el tacto) preparan a la razón y a los sentimientos. Un canto a la vida y a la gracia donde el macrocosmos y el microcosmos se funden para insinuarnos que si detrás de la creación hay algo, tiene que ser alguien; que si hay alguien, tiene que ser amor; y que si ese alguien es amor, el destino final del hombre está en manos de una providencia que lo conducirá a la vida y felicidad eternas. De un modo más clásico, diríamos que nos narra la historia de los O'Brien, una familia católica de clase media que vive en Waco (Texas) en una época situada entre los años 50 o 60 del siglo XX. La familia está formada por un matrimonio (interpretado por Brad Pitt y Jessica Chastain) y sus tres hijos Jack, R.L. y Steve, magníficamente caracterizados por unos niños que debutan en el cine pero que parecen haberse criado entre bastidores. Destaca la interpretación de Hunter McCracken en el papel de Jack, el hermano mayor. Son precisamente los recuerdos de Jack adulto (Sean Penn) los que nos introducen en la historia a través de un trágico suceso familiar que sirve de conector.

queño, Larry, compartió el trágico destino de R.L. a la misma edad que en el film. No es por tanto casual que esta sea la película más personal de toda su carrera, ya de por sí personalista. Porque en Malick el protagonista indiscutible es la persona, ya sea humana o divina. Sus personajes ansían encontrar un sentido trascendente e incluso se podría decir que la búsqueda de la comunión perdida es una de las constantes en todos ellos. En la historia del cine nos encontramos títulos que toman la Biblia como inspiración argumental. Utilizan una aproximación histórica para, a partir de unos hechos contenidos en ella, contarnos una trama más o menos ficticia. Se podrían citar, a modo de ejemplo no exhaustivo, películas como Quo Vadis (1951), Los diez mandamientos (1956), Ben-Hur (1959), Barrabás (1961) u otras en las que se aborda más directamente la vida de Jesucristo, como Rey de reyes (1961), La historia más grande jamás contada (1965) o La Pasión de Cristo (2004), que en esta relación entre argumento-fidelidad histórica pretendió ser lo más real posible. Y parece que esta inspiración no se detiene. En la actualidad están en marcha varios títulos de temática bíblica: Darren Aronofsky (Cisne negro) ya rueda una sobre Noé, Steven Spielberg (E.T., La lista de Schindler) prepara otra con su visión del libro del Éxodo y hasta Ridley Scott (Alien, Blade Runner) parece que se va a atrever con el personaje de Moisés. Pero la audacia de El árbol de la vida va más allá. Consiste en ofrecer con el lenguaje propio del cine y modulado por este estilo poético, sensorial y lleno de simbolismos de su director, enseñanzas y hechos (no necesariamente históricos) de la Sagrada Escritura. ¿Cómo se puede trasladar a imágenes la queja de Job a Dios ante su infortunio y la majestuosa respuesta divina? ¿Cómo mostrar con rigor científico que Dios nos ha creado, por puro amor, y ya pensaba en nosotros desde antes de la creación del universo que narra el Génesis? ¿Cómo hacernos ver que el hombre es el centro del cosmos y la providencia divina nos cuida dentro del seno materno, antes incluso del momento de la concepción? ¿Cómo podemos llevar a la gran pantalla los salmos? ¿Y el himno a la caridad de Corintios I 13 y otras enseñanzas paulinas sobre los caminos de la naturaleza y de la gracia? ¿Y los nuevos cielos y la nueva tierra, la resurrección y las bodas del Cordero del Apocalipsis? Bien, pues todo eso, y más, aparece en El árbol de la vida. Para tratar de mostrarlo vamos a proponer un método: revisar y contrastar la película con el compendio de nuestras verdades de fe, el Credo.

¿Pero qué tiene de peculiar El árbol de la vida en relación con la fe?
Lo primero que se puede decir es que la propia película es fruto de la visión de fe de alguien que, para el caso, es director de cine. Es una síntesis personal de su experiencia de la fe. Con esto no se pretende valorar ni juzgar la calidad e intensidad de la fe de Terrence Malick, pues este aspecto nos es desconocido y carece de relevancia para lo que nos ocupa. Pero lo que resulta patente en su filmografía es que contemplamos la obra de un creyente. Un dato clave que despeja muchos interrogantes sobre la película es que contiene numerosos elementos autobiográficos del director. Terrence Malick nació en 1943 y pasó su infancia en Waco (Texas), donde se desarrolla la acción. Es el mayor de tres hermanos, junto a Chris y Larry Malick. Sus abuelos paternos fueron inmigrantes sirio-libaneses de religión cristiana. Su padre, Emil, era un geólogo que en esa época trabajaba en la industria petrolífera. Su madre, Irene, era una ama de casa de origen irlandés. Asimismo, su hermano pe-

Creo en Dios Padre, creo en Jesucristo, creo en el Espíritu Santo
El protagonista de la película es Dios mismo: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es más, la cámara adopta en muchas ocasiones el punto de vista de alguien cercano a la acción, como si estuviera al lado de los personajes y, a la vez, los continuos saltos en el tiempo parecen mostrar la perspectiva de alguien situado, precisamente, fuera de él. Y tal punto de vista no puede ser otro que el de Dios. Pontificio Instituto Juan Pablo II

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Cada persona trinitaria aparece representada en algún momento de la película. Dios Padre la abre y la cierra, es su alfa y su omega, y se nos presenta con aspecto de llama anaranjada, zarza ardiente. Es el interlocutor invisible de las oraciones y peticiones de los personajes. La Sra. O'Brien le pregunta "¿Dónde estabas?", "¿Qué somos para ti?", "¿Por qué?","Respóndeme". Y Dios responde... con la creación del universo. En esta larga secuencia encontramos el eco de la cita bíblica que abre la película: "¿Dónde estabas tú cuando yo cimentaba la tierra [...] cuando cantaban a una las estrellas del alba y aclamaban todos los ángeles de Dios?" (Job 38: 4,7). Esta parte es de una belleza portentosa. En ella se unen de nuevo el alfa y el omega, la fe y la ciencia, el principio y el fin con la música del Lacrimosa que Preisner compuso para el funeral de su amigo, el cineasta polaco Krzysztof Kieslowski. Las imágenes de las formaciones de planetas, estrellas, galaxias y del origen de la vida en la Tierra (con la famosa escena del dinosaurio) han sido meticulosamente supervisadas por Malick quien, en su apuesta por el rigor científico, buscó el asesoramiento de la NASA y de Douglas Trumbull, responsable de los efectos especiales de una obra con la que han surgido comparaciones, 2001: Una odisea del espacio de Stanley Kubrick. Pero en la odisea de Kubrick el hombre aparece como arrojado al cosmos, mientras que en El árbol de la vida, el cosmos es su hogar, un lugar habitable y acogedor donde Dios deja su rastro. Está claro que para Malick la ciencia y la religión, la fe y la razón, no son incompatibles y que su amor por la naturaleza es un medio de acceso a Dios. Brad Pitt comentaba en una entrevista a la revista Fotogramas: "Terry es un hombre increíblemente humilde, no se sentiría cómodo con la etiqueta de maestro. Sin embargo, para mí, estar junto a él es como ir a la iglesia. Algunos domingos la Misa puede ser ligera, pero tarde o temprano todo desemboca en los grandes temas, las grandes preguntas. Y lo genial es que jamás te sientes sermoneado, porque Terry es la persona más dulce que te puedas imaginar. Además, en su visión confluyen las ideas del Dios cristiano y la ciencia, una combinación muy interesante”. Pero lo que causa admiración a Brad Pitt es un aspecto nuclear de nuestra fe. Una fe no razonada es una fe pobre y abocada a sobrevivir a duras penas. Ya que mencionamos el Big Bang, a muchos quizá también les sorprendería descubrir que quien primero formuló esta teoría, el astrofísico belga Georges Lemaitre, era además sacerdote católico. Tanto para él como para el resto de los cristianos, la fe y la razón son, en palabras del Beato Juan Pablo II, "como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad" (cfr. Fides et ratio). Dios Hijo aparece explícitamente en una breve escena, pero muy significativa. El padre Haynes se sirve del libro de Job durante el sermón dominical (con una vidriera de Jesús resucitado de fondo) para mostrar una importante reflexión sobre el sufrimiento. Hasta los santos, como Job, sufren y ningún ser humano está a salvo de las desgracias. Todos debemos esforzarnos por encontrar una respuesta ante el aparente fraude que supone la existencia del dolor, sobre todo cuando quien sufre es un inocente. Dios parece ausente, injusto, cruel, y por eso Jack niño le reprocha: "¿Dónde estabas?
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Dejaste que un niño muriera. Permites que ocurra cualquier cosa. ¿Por qué debo ser bueno si tú no lo eres?". Entonces vemos la réplica en la otra vidriera a la que mira R.L. (precisamente él) durante el sermón. La respuesta aparece silenciosa, casi inadvertida, pero ocupa majestuosamente toda la pantalla con la cámara en contrapicado, desde abajo, reverencial. Se trata, claro, de una respuesta personal: un ecce homo, un Cristo maniatado a punto de consumar la Redención, como diciendo he aquí el hombre y su salvación. La presencia de Cristo no se limita a estas apariciones. Además de su presencia en los sacramentos que vemos en la película, está presente en la citada escena del Big Bang en la música cuya letra en latín (una estrofa del Dies Irae) nos habla del Juicio Final y en la de la enigmática secuencia final (la visión del Paraíso) en la que de nuevo Cristo está presente en la letra del Réquiem de la Grande Messe des Morts de Héctor Berlioz, concretamente a partir del Agnus Dei cantado por el coro. Su presencia en estas escenas es la que les confiere todo su sentido y carga simbólica. Aquí Cristo es el invisible fuera de campo que se hace presente con la música. ¿Y Dios Espíritu Santo? Además de sus invocaciones en los sacramentos que aparecen en la película, el Espíritu Santo aparece, ni más ni menos, que simbolizado en forma humana con cuerpo de mujer. En los créditos finales encontramos una pista sobre esta enigmática presencia femenina. Este personaje aparece como "Guía" junto al nombre de la actriz que lo interpreta. Servir de guía es una de las funciones del Espíritu Santo en las Escrituras. Por ejemplo, es el Espíritu Santo quien guía a Jesús al desierto (Lucas 4: 1) y en Romanos 8: 14 leemos que "los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios". Esta misma Guía es quien conduce al personaje de Sean Penn a través del desierto y le lleva hasta una "puerta", un umbral que simboliza una conversión espiritual, una vuelta a la fe. La Guía también aparece conduciendo a Jack y a otros niños que aún están en el vientre materno (a quienes vemos ya como personas) a través de un bosque, indicando con dulzura que la sigan. Les susurra al oído y parece instruirles con un libro en una secuencia mágica que se abre con la pregunta de Jack "¿Cuándo tocaste mi corazón por primera vez?", para ver después el enamoramiento de sus padres y su concepción mientras suena la Suite número 3 Siciliana de Ottorino Respighi. Esta parte termina con el alumbramiento de Jack, una escena en la que le vemos emerger desde una casa sumergida (una auténtica ecografía, ya que etimológicamente esta palabra significa "imagen de la casa") hacia la superficie y una luz tan blanca y brillante como los vestidos de los que están en la sala de partos. Más que dar a luz al niño, pareciera que se lo están dando a la luz.

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Todo ello nos evoca lo que canta el salmista: "Porque tú eres mi esperanza, Señor Dios mío, mi seguridad desde mi niñez. En ti me he apoyado desde el seno materno; desde las entrañas de mi madre Tú eres mi protector. Para ti mi alabanza continua. Dios mío, Tú me has instruido desde mi niñez, y yo he anunciado tus maravillas hasta hoy", Salmo 71: 5 -6, 17; "Tú has formado mis entrañas, me has plasmado en el vientre de mi madre. Te doy gracias porque me has hecho como un prodigio; tus obras son maravillosas, bien lo sabe mi alma. No se te ocultaban mis huesos cuando en secreto iba yo siendo hecho, cuando era formado en lo profundo de la tierra. Todavía informe, me veían tus ojos, pues todo está escrito en tu libro, mis días estaban todos contados, antes que ninguno existiera". Salmo 139, 13-16). Otra de las atribuciones del Espíritu Santo es la de dador de vida y artífice de la resurrección (cfr. Romanos 8: 10-11). Durante la parte final de la visión del Paraíso vemos a la Guía extender la mano hacia una tumba abierta donde alguien parece resurgir de entre los muertos. Poco después vemos a una mujer vestida de novia que resucita y luego a otra novia que emerge del agua. La última vez que la vemos está junto a la Sra. O’Brien ayudándola a rezar y elevar sus manos al cielo antes de que exclame "Os entrego a mi hijo". El final del Apocalipsis puede ayudarnos a interpretar el apoteósico final de El árbol de la vida. En él leemos que "el Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven!" (Apocalipsis 22: 17), una llamada dirigida al esposo, Cristo, para que regrese a la tierra y establezca un reinado sin fin. Asimismo, el Espíritu Santo es quien mueve a la conversión y cataliza el proceso de renovación espiritual, al tiempo que actúa de defensor en la batalla contra el pecado. Todo esto lo vemos en el propio Jack, en su arco de conversión y vuelta a Dios. Siente en sí el desorden que provoca el pecado cuando nota su atracción y percibe que ha perdido la inocencia. Este pecado acarrea unas consecuencias cósmicas como se ve magistralmente reflejado en la película en dos escenas distintas: en la que Jack rompe unos cristales a pedradas y cuando dispara voluntariamente el rifle de aire comprimido sobre el dedo de R.L. En ambas percibimos que el sonido se amortigua, casi desaparece, se altera la percepción de la realidad porque el pecado daña la realidad. Más tarde Jack dirá "Lo que quiero hacer, no puedo hacerlo. Hago todo lo que odio.", una cita casi literal de Romanos 7: 15. Esta batalla no queda recluida al interior de Jack, sino que se nos presenta como universal. En los primeros instantes de la película escuchamos a la Sra. O'Brien definir las dos fuerzas motrices y en apariencia antagónicas sobre las que todo parece girar: "Las monjas nos enseñaron que hay dos caminos en la vida: el camino de la naturaleza y el camino de la gracia. Tienes que elegir cuál vas a seguir". Pero estos dos caminos sabemos que no son antagónicos, ya que como

enseña Santo Tomás, la gracia actúa sobre la naturaleza, perfeccionándola, no la anula, sino que la presupone. Esta introducción tiene de nuevo ecos de enseñanzas de San Pablo (Gálatas 5: 16-26, Romanos 7: 15-23, Corintios I 13: 4-7, 12) aunque la propia actriz reconoció en una entrevista que Malick le dio a leer para preparar esa escena La imitación de Cristo, de Tomás de Kempis. En concreto, es en el capítulo 54 de su libro tercero donde encontramos el tratado "De los diversos movimientos de la naturaleza y de la gracia". Son estas referencias las que nos ayudan a entender el significado exacto de esta escena con la que se abre la película y que nos sirve para marcar las coordenadas de lo que después vendrá. Junto al libro de Job, de imprescindible lectura, nos dan la clave para entender gran parte del argumento.

Así, la madre simboliza la gracia y el padre la naturaleza. Jack ve personalizados ambos caminos en sus padres y percibe su enfrentamiento ("Padre. Madre. Siempre estáis en lucha en mi interior. Y siempre lo estaréis."), aunque lo que en realidad está en lucha en su interior es la apetencia por el bien frente a la inclinación al mal. Asimismo, esta dialéctica es la que arroja luz sobre la enigmática escena en la que un dinosaurio perdona a otro que yace en el suelo. En vez de devorarlo cuando lo tenía entre sus garras pasa de largo y casi lo acaricia. Es el primer acto de piedad de la historia, un chispazo de gracia que logra imponerse a la feroz naturaleza animal. Todo un desafío para quienes defienden una evolución autoexplicada y en la que no tiene cabida ninguna dimensión espiritual.

Pero Jack sabe que en su vida hay algo, mejor dicho, alguien, que le acompaña, le habla y se le revela, alguien que le precede en el amor. Así le oímos decir: "¿Qué fue lo que me enseñaste? Entonces no sabía cómo llamarlo. Pero ahora sé que eras tú. Siempre me llamabas". Es el Espíritu Santo el que acompaña a Jack durante todo el camino y a quien le pide "Protégenos. Guíanos. Hasta el final de los tiempos".

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Creo en la Iglesia y en la comunión de los santos
La Iglesia aparece representada en la comunidad parroquial que frecuenta los O'Brien y donde reciben los sacramentos. De este modo tenemos la presencia sacramental de Cristo en su Iglesia y en la película veremos la celebración de un bautizo, una confirmación y dos funerales con Cristo presente en la Eucaristía, además del sacramento del matrimonio presente en la persona de los padres y del orden con los dos sacerdotes que aparecen. El árbol de la vida recorre bastantes de las notas de una auténtica antropología teológica en el cine. Con todo lo que ya hemos señalado, detectamos, por ejemplo, la naturaleza como creación, la presencia de la providencia como acompañamiento divino, el amor como transparencia de Dios o la vida más allá de la muerte. Otra de las notas que en el cine contemporáneo se adivinan como presencias de Dios es el modo en que lo visible hace presente lo invisible. Y hay algo visible en la inmensa mayoría de los planos de El árbol de la vida: el sol. El sol es precisamente otra de las claves de la película. Antes comentamos que una de las señas de identidad de Malick es la ausencia de iluminación artificial. Las escenas se ruedan con luz natural, durante las llamadas "horas mágicas" del alba y el ocaso. Esto hace que el sol esté presente y sea explícitamente visible en numerosos planos de la película. Es como si fuera otro personaje más. Hay encuadres en los que deliberadamente se ha buscado que el sol aparezca junto a primeros planos de los personajes. Por eso las escenas del campo de girasoles (dos, una al inicio y otra al final) adquieren un significado especial gracias a esta interpretación, casi identificación, del sol con la divinidad. De este modo lo visible (el sol, el agua, los árboles) hace presente a lo invisible (Dios). La luz adquiere carta de representación divina y hasta parece tener sus poderes en la escena en la una novia inmóvil, muerta, tendida en una cama revive al penetrar el sol en la estancia. Con esta simbología del sol, la segunda vidriera de la iglesia con la escena de la Pasión simboliza su propia misión: dejar pasar la luz y mostrar dentro de ella el verdadero rostro de Cristo, el auténtico camino, centrándose en Él como esos campos de girasoles a los que nos hemos referido y que parecen adorar al sol, representando a toda la Iglesia y a toda la creación que se vuelve hacia el Creador. ¿Acaso la adoración eucarística que vivimos durante la vigilia de Cuatro Vientos en la JMJ 2011 de Madrid no fue eso? Toda la multitud allí congregada era como un inmenso campo de girasoles postrados y orientados hacia el altar, adorando al sol que nace de lo alto (Lucas 1:78). Y si la Iglesia muestra a Dios, también reza, como la Sra. O'Brien que repite salmos ante el dolor de la pérdida de un hijo ("Ningún mal temeré, porque tú vas conmigo", Salmo 23: 4; "No te alejes de mí, porque la angustia está cerca", Salmo 22: 12), el Sr. O'Brien que bendice la mesa y pide por su familia o Jack, cuyos pensamientos son una continua oración y diálogo con Dios. En cierta manera, toda la película es una oración y nos puede servir a nosotros mismos para orar. El último

símbolo eclesial que nos encontramos es el de la novia que emerge del agua, simbolizando a la esposa que se une al Espíritu para salir al encuentro del esposo según la interpretación escatológica y nupcial del Apocalipsis (22:17).

Creo en el perdón de los pecados
El árbol de la vida es una película sobre la gracia que mueve a la conversión. De hecho, podemos concebir el argumento como la historia de una conversión (o dos, si incluimos al Sr. O'Brien), una vuelta a Dios y renuncia al pecado con el descubrimiento de una vocación que siempre había estado presente, con imágenes que entrelazan la gran historia del cosmos con la microhistoria de una sola persona que, quizá, nos representa a todos. En el arco de la película vemos que el amor de la madre es el pegamento de la familia, el que logra de modo paciente, servicial, sin llevar cuentas del mal, atraer a Jack y al Sr. O'Brien de nuevo al camino de la gracia. La Sra. O'Brien y R.L. actúan como analogías del amor de Dios: "Madre. Hermano. Ellos me llevaron ante tu puerta". La Sra. O'Brien representa el amor de Dios Padre, asimétrico e incondicional: "Me hablaste a través de ella. Hablaste conmigo desde el cielo. Los árboles. Antes de saber que te amaba, ya creía en ti". Por su parte, R.L. es más una figura crística. Es la víctima (se deja disparar) que conduce al amor. La travesía por el desierto de Jack no culmina hasta que cobran pleno sentido las enseñanzas de su madre, quien de niños les recordaba la primacía del amor "La única manera de ser feliz es amar. Si no amas, la vida pasará como un destello" (cfr. Corintios I 13: 13). Un amor que abarca al prójimo y a toda la creación y debe ir unido al perdón: "Ayudad a los demás. Amad a todos. Cada hoja. Cada rayo de luz. Perdonad". Estas enseñanzas están inspiradas en uno de los libros preferidos de Terrence Malick, Los hermanos Karamazov de Dostoyevsky, donde leemos: "Ama a la Creación de Dios, ama cada átomo de ella por separado y ámala como un todo; ama cada hoja verde, cada rayo de luz de Dios, ama a los animales y a las plantas y ama a todo objeto inanimado. Si llegas a amar todas las cosas, percibirás el misterio de Dios que es inherente a todo. Una vez que lo hayas percibido, lo entenderás mejor y mejor cada día y finalmente amarás al mundo con un amor total y universal". El beato John Henry Newman decía que, “para los cristianos, hay poesía en todas las cosas”, precisamente porque en ellas saben descubrir el rostro amable de Dios. O bien, citando a G. K. Chesterton al referirse a San Francisco de Asís, es como si Malick quisiera ver a cada árbol, cada gota y cada rayo de luz por separado, casi como algo sagrado, como un hijo de Dios y, por tanto, hermano y hermana del hombre. Toda la creación se reconcilia en la escena final mientras suena el Agnus Dei de Berlioz cuando, libre ya del pecado y de la muerte, el cosmos entero y la humanidad quedan restaurados.

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Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna
De nuevo hemos de referirnos a la secuencia final. Al llegar el fin de los tiempos, después de que el sol devore a la Tierra convertido en una gigante roja y se apague por completo reducido a una enana blanca, se producirá la resurrección y el juicio de toda la humanidad. Los cuerpos inertes y embalsamados dan paso a la resurrección de la carne, primero cuando la mujer-Espíritu Santo tiende la mano hacia una tumba desde la que resurge un muerto y luego con la novia que se levanta de su letargo. La luz de la fe se apaga porque ya no será necesaria (por eso vemos apagar una vela) y entonces veremos cara a cara (sin máscaras como la que vemos hundirse), conoceremos como somos conocidos (cfr. Corintios I 13:12). Y, por fin, se produce el reencuentro con los seres queridos, cada uno con un aspecto y edad diferentes: los hermanos de Jack están allí con el cuerpo de niños, mientras que vemos a Jack con su cuerpo de adulto. Es el cielo visto como un sitio personal y familiar. La presencia del juicio aparece sugerida tras el reencuentro de la familia O'Brien en el cielo. La madre abraza entre lágrimas al hijo que creía perdido, al tiempo que ve cumplida la esperanza que siempre había albergado en vida. Pero poco después vemos que tiene que dejarlo marchar, en apariencia en contra de su voluntad. Una puerta se abre y R.L. la cruza en solitario para entrar en un desierto blanco bañado por la luz del sol, mientras que la Sra. O'Brien y Jack permanecen en el interior de la casa. Justo después, la Sra. O'Brien aparece junto a la figura femenina que simboliza el Espíritu Santo, quien parece reconfortarla y ayudarla a aceptar esta separación mientras dice: "Os lo entrego. Os entrego a mi hijo". ¿Qué puede significar todo esto? De nuevo, es la biografía de Malick la que nos sugiere una pista: su hermano pequeño Larry se suicidó a los 19 años. En la película se encuentran algunos indicios de esta tragedia familiar. Malick no nos revela la causa real de la muerte de R.L. en el film, la cual aparecería en el telegrama que recibe su madre. Pero si en realidad se suicidó, esa separación y entrega del hijo nos sugeriría que debería purgar temporalmente sus faltas antes de poder entrar en la casa eterna del Padre y quedarse ya, por fin, con toda su familia. En cualquier caso, lo que vemos por parte de la Sra. O'Brien es la aceptación confiada de la voluntad divina y la entrega del hijo a la misericordia de Dios.

feliz y de Dios mismo. Pero después de tanta referencia bíblica, no sería descabellado buscar en ella alguna pista. La Biblia nos habla en dos libros de la existencia de un árbol de la vida. Curiosamente, en los dos libros que la abren y la cierran, el Génesis y el Apocalipsis, alfa y omega de nuevo. En el Génesis leemos que en el centro del jardín del Edén no había uno, sino dos árboles. Además del árbol del conocimiento del bien y del mal (el que propició la caída) nos encontramos a su lado el árbol de la vida (Génesis 2: 9). De este último Dios no prohibió comer, ya que no era necesario en el estado originario de inmortalidad. Tras la expulsión del paraíso, Dios puso a querubines armados con espada de fuego para guardar el camino al árbol de la vida e impedir al hombre acceder a él (Génesis 3: 22-24). Lo que en principio parece un gesto amenazante y vengativo de Dios no es más que otra prueba de su cuidado amoroso, ya que en el estado de naturaleza caída tras el pecado original la inmortalidad sería una maldición. La muerte es un mal, pero un mal necesario dada nuestra actual condición. De no ser por ella estaríamos condenados a vivir para siempre en una vida cuya plenitud nos sería imposible encontrar. Nuestro anhelo de perfección y eternidad jamás podría ser saciado. No volvemos a tener noticias del árbol de la vida hasta el final, cuando aparece como un premio prometido a los vencedores (Apocalipsis 2: 7). Este árbol está situado junto al río de agua de la vida (simbolizado en la película por una gran catarata) y solo aquellos que laven sus vestiduras (hasta dejarlas blancas, como un traje de novia) podrán tener derecho a él (Génesis 22: 2, 14). Es Jesucristo quien despeja de nuevo el camino al árbol de la vida que nos estaba vedado, el que figuradamente une los dos árboles del inicio y del final, ya que Él mismo es el camino (Juan 14: 6). Hasta aquí el análisis de este maravilloso poema donde la belleza está tanto en el vuelo de una mariposa como en los astros en formación. A Malick se le ha criticado cierta complejidad en el argumento y un montaje que no ofrece demasiadas pistas sobre el significado de sus simbolismos. Pero lo cierto es que la película, desde el principio hasta su final apoteósico, es un libro abierto. Pero como todo libro hay que interpretarlo. El árbol de la vida se debería contemplar como un cuadro y escuchar como una sinfonía. Cada contemplación arroja nueva luz y hace brillar aspectos distintos a los de la vez anterior. Quizá le sucede lo mismo que indicaba en esta bella intuición el poeta Rilke refiriéndose al ser humano: "¡Oh misterio insondable, no encontramos lo que somos y lo que buscamos, y nunca somos lo que hallamos!". Y eso sucede, precisamente, porque trata de reflejar lo que pocas veces el cine ha logrado plasmar con tanta altura: el misterio de un Dios enamorado del hombre al que pone en el centro del universo. Si hay una película idónea para el Año de la Fe, sin duda es esta. Ojalá hayamos ofrecido algunas claves para realizar esta tarea de interpretación y que sirva de preparación de cara a este importante año que concluirá el 24 de noviembre de 2013, precisamente con la Solemnidad de Cristo Rey del Universo. Pontificio Instituto Juan Pablo II

Y por último, una referencia al principio
Hasta ahora hemos dejado al margen el propio título de la película. ¿Pero qué es el árbol de la vida y qué significa? Ya hemos comentado que los árboles son una manera visible de hacer presente a lo invisible, un símbolo de la divinidad. Cuando Jack es niño, ayuda a su padre a plantar un árbol en el jardín de su casa y su madre le dice "Serás adulto antes de que ese árbol sea alto". Ese mismo árbol acompaña los juegos de los hermanos y les ve crecer como testigo mudo y vertical. Y al final de la película, cuando Jack adulto desciende de la torre, sonríe al ver el árbol que estaban plantando en el complejo de oficinas donde trabaja. Para Jack, los árboles tienen un poderoso poder evocador de su infancia
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