El paraíso de los saqueadores.

Todo comenzó en una mañana de 2012, en la que los mayas auguraban el fin del mundo. Sin tener en cuenta las probabilidades astrológicas, salí a trabajar como todos los días. Al mediodía mi esposa me llama por teléfono, diciéndome que un grupo de muchachos pasaba frente a la entrada de nuestro departamento llevando un televisor, computadoras y comida. Los jóvenes no tenían más de veinte años y los veía comer los alimentos robados, mientras caminaban en medio de risas. Los saqueos en el barrio habían comenzado y su primera víctima fue la estación de servicio de la otra cuadra. Cientos de muchachos sin trabajo y fuera del sistema, habían tomado la decisión de divertirse apropiándose de lo ajeno. Una aglomeración de adolescentes deslumbrados con los bienes tecnológicos de la sociedad de consumo, buscaban una forma rápida de acceder a ellos. El pillaje, el saqueo y la depredación se convertían en el método elegido para ese fin. Es que la inflación, el desempleo y la miseria les hacían imposible el acceso a esos bienes beatíficos. Como la presidente se encontró con menos dinero para distribuir con sus planes de empleo y asignaciones familiares, las dificultades comenzaron a surgir. Las carencias comenzaron a despuntar y la violencia se convirtió en una forma de evitarlas. Durante unas cuantas horas, San Fernando parecía una zona liberada, en donde sólo el Carrefur de la esquina tenía protección policial. La policía urbana no daba abasto y los saqueadores vagaban en busca de su botín. Al pobre chino que esta a dos cuadras lo desvalijaron sin piedad alguna. Es que ante la imposibilidad de saquear el hipermercado deseado, buscaron atacar a los más débiles. Así continuaron con cuanto comercio pudieron y se dirigieron hacia Virreyes. La calle Avellaneda, a unas diez cuadras, se transformó en zona de nadie, donde el descontrol se apoderó de supermercados, carnicerías y comercios. El desorden perduró durante toda la tarde. Sobre el la calle de acceso al Carrefour, se congregó un numerosos grupo de familias y jóvenes que se acercaron a los depósitos del supermercado. Mientras un pequeño grupo saqueaba unas pocas gaseosas, la policía tiraba sus balas de goma y gases lacrimógenos. Mientras los medios hablaban de “robos organizados”, San Fernando ardía ante una horda de saqueadores descontrolados. Me encontraba rodeado de una masa de saqueadores y pequeños delincuentes, que estaban esperando para llevarse lo que puedan. Con algo de temor me acerqué al Carrefour de la esquina, intentando entender con mis propios ojos lo que estaba sucediendo. Allí vi una masa de hombres y mujeres, que sólo esperaban obtener algún beneficio del descontrol que se había apoderado del barrio. Entre ellos se vivía una especie contagio vandálico en donde cada uno esperaba obtener algún botín. Nada sabían de gobiernos nacionales y populares o revoluciones con inclusión social. Sólo soñaban con un nuevo televisor, un aire acondicionado, un par de zapatillas o algo de comida. Muchos pobladores autoconvocados, sostenían que la presidente había hablado por televisión, intimando al supermercado a abrir sus puertas, para que la turba pueda sacar libremente mercadería. Entonces corroboré los dichos con la gente de prensa y me dijeron que era un falso rumor. Mientras tanto, algunos chicos arrojaban piedras a la policía, como un gesto de diversión, que les permita calmar su tediosa espera. Sin duda, que había un pequeño número de curiosos, familias y periodistas. Pero todos los ladronzuelos de la zona andaban vagando en busca de su presa. El frenesí del pillaje, contagió a todos los adolescentes de las villas cercanas, que confluyeron sobre un San Fernando indefenso. Gente de La Cava, la villa de Uruguay, la villa del Carmen y demás barrio populares confluyeron con el fin de rapiñar algo, en un indefenso barrio. No había hambre entre la

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gente, sino un ferviente deseo de robar o esperar alguna dádiva del supermercado. Estaban esperando su pan dulce de Navidad o algún suplemento que les permitiera llevar de manera más holgada estas fiestas. Cerveza, papel higiénico, dentífrico o gaseosas, adquirían una especie de halo mágico, cuando se obtenían a través del pillaje. El fetichismo de la mercancía, adquiría en los saqueadores una especie de halo místico. No he visto un solo agitador junto a las turbas saqueadoras. Aunque es posible que haya habido alguno. No he sentido nada de Moyano, Miceli o complot alguno. El caos que asoló nuestro municipio, no se trató de una depredación organizada, sino más bien al contagio de una turba delictiva, que esperaba una ocasión para el latrocinio. En un país donde la delincuencia es algo cotidiano, en donde la corrupción se ha convertido en algo corriente, donde la justicia tarda en llegar y la educación es un privilegio de unos pocos, los saqueos no son más que un emergente de la decadente cultura que vivimos en los últimos diez años. Si todos los menores que fueron detenidos por robarse las gaseosas y las golosinas del supermercado mañana salen libres, qué incentivo tendrán mañana para controlar sus instintos delictivos y evitar apropiarse de lo ajeno. Ellos no han sido los beneficiados por los diez años de crecimiento a tasas chinas y hoy sus miserias afloran, mientras deambulan por el barrio. Sin empleo, sin futuro, a menudo alcoholizados y con una educación deficiente, han perdido toda noción del respeto a la propiedad privada. Han perdido el sentido de la autoridad y el respeto a la ley. En la selva en que viven, la violencia se transforma en la única ley, donde la fuerza es la única educadora que conocen. Por unas horas, las hordas de depredadores salieron a divertirse, mientras obtenían algo con su pillaje. San Fernando se convirtió por un día en una zona liberada donde todo era un viva la pepa y nadie logró evitar las tropelías de los saqueadores errantes. Es que cuando la anomia y la ilegalidad se expanden, el orden natural se va desdibujando. Y todas estas miserias ya no pueden ocultarse con nuevos relatos, con ficciones televisivas, con falsas acusaciones o discursos engañosos. Todos los comercios de la zona cerraron por temor y Carrefour permanecerá cerrado por unos días. Cuando esta mañana fui al mercadito cercano, estaba rebosante de clientes. Así por un par de días los pequeños podrán gozar de lo beneficios de la ausencia del gran competidor de la zona. Mientras tanto, quienes ayer saqueaban los comercios, hoy compraban como si nada hubiera sucedido. Los que ayer eran contagiados por el frenesí vandálico, hoy actuaban como ciudadanos normales. Qué rara esquizofrenia vive mi pequeño mundo.

http://horaciohernandez.blogspot.com.ar/

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