Correspondencia privada de Luis XIV a Felipe V durante la Guerra de Sucesión

Educando al Príncipe

prohistoria ediciones

Francisco Javier Guillamón Álvarez Julio David Muñoz Rodríguez

Correspondencia privada de Luis XIV a Felipe V durante la Guerra de Sucesión

Educando al Príncipe

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Francisco Javier Guillamón Álvarez Julio David Muñoz Rodríguez

Rosario, 2008

Guillamón Álvarez, Francisco Javier Educando al príncipe: selección de la correspondencia privada de Luis XIV a Felipe V durante la Guerra de Sucesión: 1703-1715 / Francisco Javier Guillamón Álvarez y Julio David Muñoz Rodríguez.1a ed.- Rosario: Prohistoria Ediciones, 2008. 272 p.; 23x16 cm. (Historia moderna; 3 dirigida por Darío G. Barriera) ISBN 978-987-1304-20-2 1. Correspondencia Epistolar. I. Muñoz Rodríguez, Julio David II. Título CDD E866 Fecha de catalogación: 05/06/2008

colección Historia Moderna – 3 ISSN 1668-5377 dirigida por Darío G. Barriera Composición y diseño: Liliana Aguilar Edición: Prohistoria Ediciones Diseño de Tapa: Promoción Superada Ilustración de tapa: Composición a partir de los retratos de Rigaud incluidos en el libro. © Foto RMN, G. Blot. TODOS LOS DERECHOS REGISTRADOS HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY 11723 © Francisco Javier Guillamón Álvarez – Julio David Muñoz RodrÍguez – Tucumán 2253, (S2002JVA) – ROSARIO, Argentina

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Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, incluido su diseño tipográfico y de portada, en cualquier formato y por cualquier medio, mecánico o electrónico, sin expresa autorización del editor. Este libro se terminó de imprimir en los talleres de Cromografica, Rosario, en el mes de julio de 2008. Se tiraron 500 ejemplares. Impreso en la Argentina ISBN 978-987-1304-20-2

Índice

Nota a la edición argentina ..................................................................................... 13 Francisco Javier Guillamón Álvarez y Julio D. Muñoz Rodríguez La guerra y el arte de gobernar en la Europa de la primera Ilustración. Presentación de la correspondencia de Luis XIV a Felipe V .................................. 15 Francisco Javier Guillamón Álvarez y Julio D. Muñoz Rodríguez La sucesión española y el ocaso de las monarquías universales europeas ............ 23 Francisco Javier Guillamón Álvarez y Julio D. Muñoz Rodríguez Notas sobre la traducción de la correspondencia de Luis XIV a Felipe V ............. 57 ATALAIRE Selección de la correspondencia privada de Luis XIV a Felipe V .......................... 65 durante la Guerra de Sucesión Reseñas biográficas de personajes citados en la correspondencia ...................... 229 Índice de Cartas ..................................................................................................... 247 Bibliografía ............................................................................................................ 259 Índice Onomástico ................................................................................................. 271

La Familia de Felipe V en 1743, M. Van Loo, Museo del Prado, Madrid (© Foto Museo del Prado) Alrededor de los elementos alegóricos del poder monárquico, como son la corona y el cetro, aparecen de izquierda a derecha: la infanta María Ana Victoria, que sería reina de Portugal por su matrimonio con José de Braganza, príncipe del Brasil; Bárbara de Braganza, princesa de Portugal y esposa del príncipe de Asturias; el príncipe de Asturias, futuro Fernando VI; el rey Felipe V; el infante y cardenal de Toledo Luis; la reina Isabel de Farnesio; el infante Felipe, duque de Parma, y su esposa, María Luisa de Orleáns; la infanta María Teresa, que se casó con Luis, Delfín de Francia; la infanta María Antonia Fernanda, que sería más tarde reina de Cerdeña por su matrimonio con Víctor Amadeo III, rey de Cerdeña y duque de Saboya; María Amalia de Sajonia, esposa del infante Carlos, reina de Nápoles y futura reina de España (1759); el infante Carlos, rey de Nápoles y futuro Carlos III de España. Jugando en el suelo: María Luisa, hija del duque de Parma y, con el tiempo, esposa de su primo Carlos, hijo de los reyes de Nápoles y cuarto monarca español de ese nombre; y María Isabel, hija del rey de Nápoles, que fallecería en 1749.

Felipe V, rey de España, representado en 1700-1701 llevando traje español, H. Rigaud, Palacio de Versalles (© Foto RMN, G. Blot)

Luis XIV, rey de Francia, H. Rigaud, Museo del Louvre, París (© Foto RMN, G. Blot)

Nota a la edición argentina
ace prácticamente dos años se publicaba La formación de un príncipe de la Ilustración. Selección de la correspondencia privada de Luis XIV a Felipe V durante la Guerra de Sucesión [Murcia, Caja de Ahorros del Mediterráneo, 2006, 361pp.]. En este libro pretendíamos aportar alguna luz a uno de los aspectos que sobre la Guerra de Sucesión española quedaban, todavía entonces, en cierta penumbra. Las cartas que el rey Sol envió a su nieto Felipe V durante las dos primeras décadas del siglo XVIII contienen un verdadero tratado acerca del arte de la política en los albores de la centuria ilustrada, y explican, sobre todo, la formación y las circunstancias en las que se desenvolvió el primer monarca de la dinastía borbónica en España. A pesar de la abundante literatura que ya se disponía sobre el aprendizaje del oficio de gobernar –ahí están los numerosos espejos de príncipes que proporcionó la tratadística barroca–, esta asidua correspondencia de Luis XIV permitía mostrar unas enseñanzas emanadas de la práctica cotidiana del poder. Quien se convertía en maestro y ejemplo del nuevo príncipe no era un versado erudito en la tradición políticoteológica católica, sino el soberano más poderoso de Europa. Con él le unían al joven Felipe no sólo vínculos familiares directos, sino también el objetivo compartido de glorificar a la casa de las Tres flores de lis en la geoestrategia europea. Con este fin había invertido el dueño de Versalles cuantiosos recursos militares y diplomáticos, y a la altura de 1700 el anhelado éxito sobre los Habsburgo parecía finalmente alcanzado. De ahí que la carta que cada semana el bisoño rey Felipe tenía entre sus manos suponía una brújula con la que navegar por aquel tempestuoso océano en el que se convirtió la Monarquía Hispánica tras el fallecimiento del infortunado Carlos II. Aunque es cierto que en su momento el historiador francés Alfred Baudrillart manejó estas cartas en su espléndida obra sobre las relaciones –tan desiguales como complejas– entre las cortes de Versalles y Madrid, hasta ahora no se contaba con una versión española de una parte significativa de tan importante documentación. Este objetivo, convenientemente contextualizado y comentado, es lo que nos propusimos hace ya unos cuantos años, como una línea de trabajo complementaria a nuestro proyecto de análisis del conflicto sucesorio hispánico. La localización, trascripción, traducción y anotación de cerca de 400 cartas requirió de un nutrido equipo de especialistas –que más adelante señalaremos–, y su minuciosa elaboración se prolongó más tiempo del que en un primer momento se había sospechado. Así que no fue hasta el año 2006 cuando, gracias a la colaboración de diversas entidades, vimos culminado nuestro empeño con la edición de un libro que, si bien contenía apenas la mitad de las cartas que habíamos trabajado, cumplía sobradamente con nuestro propósito original. La satisfacción que siempre conlleva una labor acabada, máxime cuando es una investigación que se ha desarrollado durante varios años, tuvo su mejor corolario con la

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presentación que meses más tarde –enero de 2007– se hizo del libro a SS. MM. los Reyes en el Palacio de la Zarzuela. Con todo, la edición que finalmente se adoptó no hacía justicia al inmenso trabajo que se había efectuado. Ni el aspecto formal –claramente aparatoso por la explicable suntuosidad del formato–, ni la tirada –necesariamente corta–, permitían una difusión adecuada de sus contenidos entre el mundo académico y científico. Pronto surgió el deber de lograr una publicación que, con menos pretensiones ornamentales y estéticas, facilitase la circulación y el acceso a todo el público interesado por el tema y el periodo que comprendía nuestro estudio. Al fin y al cabo, el historiador, como científico social, está lógicamente obligado a contribuir con el progreso del conocimiento mediante la comunicación de sus resultados y el posterior debate que estos puedan generar en cualquier ámbito competente. La oportunidad de ofrecer un libro más manejable provino de la otra orilla del Atlántico, precisamente aquella que los monarcas borbónicos se encargarían de reorganizar y reordenar con mayor o menor éxito funcional. Y, en concreto, de un territorio tan eminentemente dieciochista como fue el rioplatense, la principal frontera meridional del Nuevo Mundo. El profesor Darío Barriera y su encomiable iniciativa Prohistoria asumieron la tarea de posibilitar esta difusión de una manera rápida, efectiva y, además, en un espacio de opinión más amplio del que hasta ese momento habíamos pensado: Europa y América, las dos columnas que componían la Monarquía bihemisférica hispánica. Todo este camino es el que ha recorrido la obra que el amable lector tiene ahora en sus manos. No hay duda de que el tiempo permite ganar en perspectivas y adquirir mayor capacidad de autocrítica con el trabajo anteriormente realizado. Los responsables de esta obra –estén seguros– que la han acometido, y las enseñanzas de este libro, como alguno de los consejos transmitidos por Luis XIV, estarán presentes en el trabajo por venir. Pero, después de todo, lo que hace dos años se llevó a las prensas hoy mantiene gran parte de su vigencia, ya que son limitadas las nuevas investigaciones sobre esta primera etapa de gobierno de Felipe V y el protectorado que el rey Sol trató de implantar en la Monarquía heredada –y ganada– por su nieto. Ampliarlo hubiese sido una opción razonable, mas hubiese supuesto desbaratar lo que entonces pareció armoniosamente compuesto. Confiemos que éste sea un granito más en los numerosos y necesarios estudios que habrán de surgir, aún desde premisas diferentes, sobre unos años tan apasionantes como dramáticos. Francisco Javier Guillamón Álvarez Julio David Muñoz Rodríguez Universidad de Murcia San Pedro del Pinatar (Murcia), 21 de marzo de 2008

La guerra y el arte de gobernar en la Europa de la primera Ilustración
Presentación de la correspondencia de Luis XIV a Felipe V
FRANCISCO JAVIER GUILLAMÓN ÁLVAREZ JULIO DAVID MUÑOZ RODRÍGUEZ
“Todos los respetos que se nos rinden, toda la abundancia y brillo que nos rodea, no siendo otra cosa que recompensas que el propio cielo nos concede en compensación al cuidado que nos confía sobre pueblos y Estados. Este cuidado no sería suficientemente grande si no fuera más allá de nosotros mismos, haciéndonos comunicar todas nuestras experiencias a quien deba reinar después que nosotros” Luis XIV a su hijo Luis, Delfín de Francia1 os primeros años del siglo XVIII componen un periodo de especial trascendencia política, no sólo para España, sino para el conjunto de países europeos. La ausencia de descendencia directa en la rama española de la casa de Austria supuso el inicio de un prolongado conflicto sucesorio en el que las estrategias diplomáticas y los planteamientos abiertamente belicistas se alternarán a lo largo de las casi cinco décadas que separan el fallecimiento de Felipe IV (1665) y los tratados de Utrecht (1713). Durante este tiempo, las relaciones internacionales estuvieron condicionadas por la incertidumbre que entrañaba el nombramiento del heredero de Carlos II, una elección que desbordaba las consecuencias estrictamente españolas debido a la todavía dilatada dimensión territorial de la Monarquía Hispánica. Por esta razón, la Guerra de Sucesión, además del evidente carácter civil que adquirió dentro de los reinos peninsulares, se convertiría, como explicamos en páginas posteriores, en una violenta disputa internacional para evitar los proyectos de afirmación universal que perseguían tanto Habsburgos como Borbones. Pero si la continuidad del modelo de hegemonía implantado casi dos siglos atrás por Carlos V fue la causa que condujo a

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LUIS XIV (1947), p. 25.

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una de las guerras europeas más cruentas, también estaban presentes motivaciones y propósitos sensiblemente distintos en cada uno de los contendientes. En el caso de Luis XIV, su preponderancia continental desde la Paz de los Pirineos (1659) se veía consolidada por el último testamento de Carlos II. La designación de su nieto, el duque de Anjou, como heredero de toda la Monarquía Hispánica, le permitió establecer una “unión” entre ambas coronas que terminaría enfrentándose al bloque aliado formado en La Haya (1701). Así pues, lo que debía haber sido para el soberano francés su consagración en la dirección de los destinos europeos, una antigua pretensión dinástica que parecía haber logrado precisamente en el tramo final de su vida, derivó en una larga conflagración que debilitó profundamente las fuerzas internas de la monarquía francesa. A la intervención en los frentes abiertos de Italia, Flandes y el Imperio, se añadió la necesidad de acudir en auxilio de su nieto en los mismos territorios peninsulares ante los insuficientes recursos defensivos con los que contaba. El desembarco en Barcelona del Archiduque Carlos de Austria en 1705 y el dominio aliado posterior de gran parte de la Península, obligaría a Luis XIV a intensificar su asistencia a Felipe V por medio del envío de tropas y generales veteranos con los que reforzar el ejército borbónico en España. La presencia del ejército francés en todos los escenarios importantes de la guerra se tradujo en la imposición de una elevada presión fiscal durante décadas que precipitaría el colapso del país más poblado de Europa. No fue, sin embargo, la ayuda militar la única con la que Luis XIV trató de asegurar la corona heredada por su nieto. La correspondencia que ahora seleccionamos pasó a ser un destacado canal de comunicación entre ambos soberanos, a través del cual el dueño de Versalles participó activamente en la dirección de la Monarquía Hispánica y, sobre todo, transmitió sus consejos de gobierno a un Felipe V de apenas dieciocho años. Más que las referencias que estas cartas puedan contener acerca de la evolución de la guerra o en relación a acontecimientos concretos de esta primera década del siglo XVIII, uno de los aspectos que más llaman la atención reside en su carácter de instrumento para la formación política de Felipe V. En el Alcázar madrileño, rodeado de consejeros franceses y de aristócratas y cortesanos españoles, a menudo con intereses contrapuestos, el joven rey dispuso en estas cartas de su abuelo de un verdadero manual sobre el arte de gobernar en la Europa de la primera Ilustración. A él llegaban directamente desde Versalles, Marly o Fontainebleau, los tres lugares donde solía alojarse el Rey cristianísimo, portando las órdenes, tácticas o recomendaciones de quien acumulaba una experiencia de cuarenta años de poder personal. Además, las difíciles circunstancias en las que Felipe V accedió a la corona española, inmediatas a un conflicto europeo, acrecentaron este componente instructivo que, de alguna manera, hacía recordar los fines didácticos que perseguían los espejos de príncipes tan abundantes en la literatura barroca. Es por este motivo que ya en el título del libro, Educando al Príncipe, hayamos destacado este valor instructivo de la correspondencia de Luis XIV, junto a la nueva

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categoría político-cultural (la Ilustración) que los sucesivos monarcas españoles afianzarían a lo largo de la centuria. Esto no ha de llevar a entender que en nuestra intención esté identificar a Felipe V como un soberano filósofo al modo como Voltaire describió a Federico de Prusia décadas más tarde,2 sino de asumir una serie de elementos esenciales que diferenciarían al nuevo rey borbónico de sus antecesores de la casa habsburguesa. Tanto la influencia de la religión, como la concepción del poder monárquico, tenían su origen en uno y otro caso en tradiciones culturales que implicaban manifestaciones políticas y simbólicas sustancialmente distintas. Ni el catolicismo francés que había sacralizado la persona del rey como intercesor supremo entre los fieles franceses y Dios, ni el proceso de afianzamiento de la autoridad real que se había desarrollado en la Francia del Rey Sol, disponían de similares correlatos en la España de los Austrias. Los monarcas hispánicos, por ejemplo, nunca poseyeron la capacidad taumatúrgica de sus vecinos franceses, lo que, además de servir para generar una copiosa propaganda monárquica, les otorgaba una posición privilegiada dentro de la iglesia galicana y ante el conjunto de sus súbditos.3 El germen del cambio, de la reforma, que la Ilustración conllevaría en la gestión del poder en la mayor parte de los países del siglo XVIII, en cierto modo venía ya implícito en la idea de príncipe que Luis XIV se proponía transmitir a su nieto a través de esta correspondencia. Una idea de príncipe que, en algunos de sus aspectos, bebía de la tradición hispánica y, en concreto, de aquel rey burócrata que fue Felipe II, por cierto, bisabuelo de Luis XIV. Como soberano habituado a las costumbres de Versalles, a Felipe V concernía décider soi-meme el gobierno de la Monarquía que heredaba, desligándose de todo el aparato sinodial hispánico que se había construido desde los Reyes Católicos. La presente publicación dista de ser, por tanto, un hecho casual. Al innegable interés intrínseco que poseen las cartas enviadas por Luis XIV a su nieto, como ya advirtió sobradamente Alfred Baudrillart en la introducción de su Philippe V et la Cour de France (1890), se añade que desde hace algunos años estamos embarcados en un proyecto de análisis político del cambio sucesorio como periodo de transición entre dos mundos hasta ahora excesivamente contemplados desde perspectivas que tendían a la exclusión. Y, a pesar de las divergencias existentes en el plano confesional entre ambas dinastías, las conexiones que se dieron en España entre la Monarquía de los Austrias y la Monarquía de los Borbones fueron mayores de lo que tradicionalmente se han venido admitiendo. En las modificaciones ensayadas a lo largo de la centuria barroca pueden detectarse, de manera embrionaria, muchas de las transformaciones promovidas por las primeras reformas borbónicas en la administración, en

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VOLTAIRE (1978). La construcción teórica de esta facultad de hacer prodigios ya fue expuesta en BLOCH (1988); su evolución posterior hasta los tiempos de Luis XIV en DESCIMON y RUIZ IBÁÑEZ (2005), KLÉBER MONOD (2001) y BURKE (1995). Por su parte, para una idea del catolicismo hispánico, FERNÁNDEZ ALBALADEJO (1997 y 2001) e IÑURRITEGUI RODRÍGUEZ (1998).

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el ejército o en la fiscalidad.4 Sería sobre esa base ensanchada por los últimos Habsburgos, en ocasiones mediante elementos que circulaban en los procesos de consolidación monárquica puestos en marcha en diversos lugares de Europa, sobre la que actuaron los consejeros franceses llegados con Felipe V a partir de 1701; unos consejeros que serían asimismo responsables de introducir en España algunos de los mecanismos experimentados en el modelo absolutista francés del último tercio del siglo XVII. Pero, si subrayamos este influjo francés del reformismo impulsado por la Corona, no ha de olvidarse que tanto en su construcción teórica, como en su adaptación práctica, participaron ministros íntegramente formados en la administración española como Macanaz, Patiño o Grimaldo. En este sentido, la correspondencia de Luis XIV contribuye a comprender el contexto en el que se adoptaron esos cambios que tanto alteraron el modo de formalizar y concebir la Monarquía, así como las condiciones coyunturales que favorecían su asimilación. Tampoco es ajena del todo la edición de este epistolario a una tradición historiográfica que, prácticamente abandonada en las últimas décadas, se propuso difundir las particulares percepciones de relevantes protagonistas de estos años. Durante gran parte del siglo XIX y las primeras décadas del siguiente, la pujante corriente positivista francesa reiteró su interés por una literatura autógrafa que aportaba distintas dimensiones del poder de Luis XIV y la instauración dinástica patrocinada por él en España. De este modo, se vertieron en letras de molde, por ejemplo, la correspondencia del embajador francés en la corte madrileña del último Austria, el eficaz duque de Harcourt;5 la mantenida por la princesa de los Ursinos, entre otros, con el Rey cristianísimo, su esposa morganática Madame de Maintenon o el mariscal Vilerroi;6 la de los duques de Berwick y Marlborough entre 1708 y 1709, cuando la corona francesa trataba de negociar una paz cada día más perentoria dada la creciente crisis interna;7 o la que el propio Luis XIV dirigiría a diversos agentes franceses, entre ellos, a su embajador en Madrid el marqués de Amelot en los años más difíciles de la guerra peninsular (1705-1709).8 El mismo Baudrillart, cuyo célebre libro tanto debe a las cartas que ahora presentamos, también fue responsable de la publicación de las escritas por el duque de Borgoña, hijo mayor del Delfín de Francia, a su hermano Felipe V y a la reina María Luisa Gabriela de Saboya; al igual que dio extensas noticias sobre las intrigas del duque de Orleáns en España a partir de una variada correspondencia
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Acerca de cada uno de estos aspectos ESCUDERO LÓPEZ (1969), ABBAD y OZANAM (1992), CASTRO (2004), GUILLAMÓN ÁLVAREZ (2000) y junto a MUÑOZ RODRÍGUEZ (2003), ANDÚJAR CASTILLO (2004) y CONTRERAS GAY (2003). HARCOURT (1875). COLLIN (1806), HIPPEAU (1862) y TREMOUILLE, Duque de (1902-1907). Posteriormente este mismo tema sería retomado por CERMAKIAN (1969). LEGRELLE (1893). GROUVELLE (1806), y en concreto, GIRARDOT, Barón de (1864). Sobre la corte española aportó muchas noticias el LOUVILLE, Marqués de (1818).

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de la época.9 Frente a este esfuerzo de divulgación llevado a cabo en tiempos ya lejanos, más recientemente sólo nos consta que se haya editado poco más del epistolario producido por los embajadores ingleses en La Haya y en Utrecht durante las conversaciones previas que desembocarían en el final negociado del largo conflicto sucesorio.10 Lógicamente, desde la perspectiva que constituye el actual hacer historiográfico, esta edición de trabajos no ha de reducirse a un fin en sí mismo, sino en un medio que favorezca una comprensión más global del conflicto sucesorio y del cambio dinástico hispánico. El lector que se adentre en la correspondencia de Luis XIV que se incluye en este libro no encontrará, sin embargo, todas las cartas enviadas a lo largo de los catorce años que separan la llegada de Felipe V (1701) y el fallecimiento del Rey cristianísimo (1715). Debido a su número tan elevado, hemos pensado más conveniente realizar una selección de este cartulario que sólo en el Archivo Histórico Nacional de Madrid supera los cuatrocientos documentos. No se debe olvidar que prácticamente todas las semanas Felipe V recibía correo de su abuelo, y no fueron pocos los momentos que, por circunstancias de la guerra –los años 1705 y 1707, sobre todo– o de las negociaciones establecidas con los aliados, la frecuencia y la cantidad de esta correspondencia aumentó ostensiblemente. Aunque sabemos que hay restos de esta relación epistolar en los archivos franceses, sobre todo, en el Ministère des Affaires Étrangères (París), en su apartado Correspondencia Política de España, en bastantes ocasiones las allí conservadas son meras copias de las remitidas a Madrid o se limitan a reiterar asuntos ya recogidos adecuadamente en esta serie que aquí se maneja. En este sentido, el número de cartas depositado en la sección de Estado del Archivo Histórico Nacional, en concreto en su legajo 2460, ofrece un cuerpo documental suficientemente amplio y sugerente para cumplir con el objetivo principal que nos marcamos al inicio de este proyecto; que, lejos de pretender efectuar una edición completa de esta correspondencia, consistía en facilitar el acceso al público de habla española a una documentación de trascendencia considerable. Sobre ese cuerpo documental se ha elaborado una selección que abarca doscientas cartas de Luis XIV dirigidas a Felipe V entre 1703 y 1715. Esta recopilación ha sido llevada a cabo procurando que los temas más relevantes que se manifiestan en el conjunto de la correspondencia estuviesen debidamente representados, en especial los relativos al gobierno de la Monarquía, el desarrollo de la guerra y el proceso negociador de la paz. En estos tres ámbitos es donde se muestra de forma más patente los consejos remitidos por el soberano francés a su nieto, al mismo tiempo que se
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BAUDRILLART y LECESTRE (1912-1916) y BAUDRILLART (1890). La relación epistolar entre la duquesa de Borgoña y la reina, ambas hermanas, también fue publicada por la Condesa de la Roca (1865). FREY (1979). Igualmente, muy recientemente el profesor DE BERNARDO ARES (2006) ha dirigido un estudio sobre esta correspondencia, si bien bajo premisas metodológicas sensiblemente distintas a las que inspiran este libro.

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aprecia los cambios que sufre la estrategia francesa en su adaptación a las diferentes coyunturas de la guerra. Con el fin de ofrecer la oportunidad de poder leer esta correspondencia tal como fue escrita hace tres siglos, el doctor Marco Penzi, de l´École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París, ha realizado su transcripción literal, por cierto, introduciendo un espacio de separación para distinguir el texto comprendido en cada una de las caras de la copia manuscrita, lo que se ha mantenido en la traducción. Junto a esta transcripción, se ha adjuntado la traducción española de la correspondencia cuyo esmero y precisión se debe a Mercedes Fernández Cuesta y a Mario Grande (Atalaire), bajo la atenta supervisión científica de Julio D. Muñoz Rodríguez. Al grupo Atalaire también pertenece la autoría de las páginas dedicadas a explicar el proceso que se ha seguido para traducir la documentación original, así como al análisis que se ha efectuado de sus distintos niveles lingüísticos. En todo caso, la presente selección supone el compendio más importante que hasta ahora se ha publicado de la correspondencia de Luis XIV a Felipe V, y la primera vez que se ofrece la versión en español de una cantidad tan elevada de estas cartas. Igualmente, creímos necesario añadir una mínima anotación a las cartas escogidas para hacer más inteligible a un público no especializado determinados contextos y personajes. Estas notas a pie de página no sólo tratan de aclarar cuestiones que normalmente quedan implícitas en el relato escrito por el Rey cristianísimo, sino que además aportan referencias a diversos textos generalmente admitidos como fuentes primarias del periodo. De este modo, el lector más curioso podrá cotejar lo que indica el propio Luis XIV sobre hechos puntuales ocurridos a lo largo de estas dos primeras décadas del siglo XVIII, con lo señalado por cronistas de la época como Vicente Bacallar y Sanna, marqués de San Felipe, en sus Comentarios de la Guerra de España [Génova, 1725], seguramente una de las fuentes más fiables a pesar de su militancia filipista; Francisco de Castellví, en sus Narraciones Históricas, obra que redactó este austracista en su exilio vienés hacia 1726; o, asimismo, el valenciano José Manuel Miñana, en su De bello rustico Valentino [La Haya, 1752]. Al mismo tiempo, con la inestimable colaboración de la historiadora Esperanza Abril Puerta, se ha confeccionado un apéndice de reseñas biográficas que contribuye a fijar en unas pocas líneas los aspectos más relevantes de los numerosos personajes que son citados en las cartas seleccionadas, a fin de proporcionar un instrumento útil para la comprensión del contenido. En un libro de estas características, basado en un tema concreto como es la relación epistolar de Luis XIV a Felipe V, pero de alcance mucho mayor por la trascendencia de los asuntos tratados, se hacía indispensable que la edición y traducción de estas cartas dispusieran de un estudio introductorio que las insertase en las circunstancias políticas de las que son origen y resultado. No se pretendía cumplir únicamente con lo que puede parecer un apartado habitual, sino un modo de expresar la voluntad que los autores teníamos desde el principio de dirigirnos a un público interesado por el pasado histórico y no sólo especializado en este periodo concreto. Aunque es

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mucho lo que todavía queda por conocer de la relación establecida entre la corte de Versalles y el primer rey borbónico de la Monarquía española, pensamos que era preciso abordar aquí al menos dos cuestiones fundamentales sin las que es difícil valorar el trasfondo de esta correspondencia. En primer lugar, lo que la Guerra de Sucesión representó en las relaciones internacionales de la Europa de la primera Ilustración; es decir, la sustitución del sistema de hegemonías inaugurado por el César Carlos por un nuevo equilibrio entre las potencias continentales cuando la centuria del Barroco daba sus últimas bocanadas. Y, en segundo lugar, también era necesario incluir un somero análisis de cómo se organizó el cambio dinástico en una corte madrileña dividida y mediatizada por los dos partidos dinásticos que se disputaban la herencia de Carlos II. Ambas vertientes del cambio dinástico han sido contempladas, en consecuencia, en el apartado que lleva por título La sucesión española y el ocaso de las monarquías universales europeas. No queremos dar por terminada esta presentación sin agradecer la colaboración del amplio equipo de colaboradores que ha contribuido a hacer realidad este viejo empeño que es la publicación de este libro. Ni las dificultades que presentaban la lectura de unos manuscritos en muchas ocasiones autógrafos del propio soberano francés, ni la complejidad de elaborar una traducción que estuviese a la altura del epistolario original, hubiesen sido superados de este modo sin la participación y buen hacer de Marco Penzi, Mercedes Fernández Cuesta y Mario Grande. Tampoco ha sido pequeña y despreciable la ayuda recibida de Esperanza Abril Puerta en los trabajos de preparación y confección de los apéndices que redundarán en una mayor claridad a la hora de la lectura de la correspondencia; además de ser fruto de su sabiduría y buen hacer están impregnados con la mejor argamasa que es la amistad. Por último, pero no menos importante, los consejos y comentarios sugeridos por el profesor José Javier Ruiz Ibáñez han sido siempre especialmente bien acogidos, no sólo porque provienen de uno de los más expertos conocedores de la Francia de los siglos modernos, sino porque nacen de la más profunda amistad. A todos ellos, como a los muchos amigos que han estado interesados por el resultado final, damos las gracias una vez más. Obviamente, sin las facilidades que algunas instituciones nos han ofrecido, la idea inicial no se hubiese podido concretar con los medios y resultados que son bien patentes. A este respecto, hemos de subrayar la colaboración de la Caja de Ahorros del Mediterráneo en la primera edición de este libro; así como al Ministerio de Educación y Ciencia y a la Fundación Séneca-Agencia Regional de Ciencia y Tecnología de la Región de Murcia, por haber contribuido mediante diversos proyectos de investigación en los últimos años –códigos HUM2005-06310, 03057/PHCS/05, PB/17/FS/99 y PB/34/FS/02, respectivamente– a resolver las necesidades económicas ocasionadas en la realización de esta obra que ahora vuelve a salir a la luz. Al Archivo Histórico Nacional de Madrid, depositario de la documentación original, se le solicitó permiso para su utilización, al igual que se procedió con Patrimonio Nacional, el Museo del Prado, la Réunion de Musées Nationaux de Francia, el Museo Municipal de la Villa

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de Madrid, el Institut de Cultura de la Ciutat de Barcelona y el Palacio de Viana dependiente de la Obra Social de Caja Sur, para el caso de las imágenes que se pueden encontrar entre estas páginas; todas ellas relacionadas intencionadamente con retratos de miembros de la dinastía Borbón vinculados con los protagonistas de esta correspondencia, Luis XIV o Felipe V, así como a espacios plenamente identificados con ella en Francia o en España.

La sucesión española y el ocaso de las monarquías universales europeas
FRANCISCO JAVIER GUILLAMÓN ÁLVAREZ JULIO DAVID MUÑOZ RODRÍGUEZ
“Vuestros intereses y los míos para mí son los mismos” (Luis XIV a su nieto, Felipe V, en 1708)1 uropa comenzaba el siglo XVIII en medio de una profunda crisis en la hegemonía continental. El modelo de una monarquía universal que había inaugurado el César Carlos en las primeras décadas del Quinientos para establecer la unidad del mundo cristiano, se hallaba amenazado de continuidad en puertas de su segunda centuria de vigencia. La realidad geopolítica se había transformado a lo largo de las últimas décadas del siglo anterior, y mayores cambios se auguraban con el transcurrir de los primeros años de la nueva era. Viejos protagonistas de la escena europea habían sido desplazados de su antaño incontestada supremacía continental, mientras que otros aprovechaban la ocasión para ocupar el espacio físico e imaginario que se le había resistido durante largo tiempo. No faltaban tampoco aquellos que surgían con ímpetu a la nueva distribución de fuerzas que se estaba configurando en el Viejo Mundo, gracias a procesos internos de fortalecimiento económico y político, y a una no menos importante expansión militar y naval. La Europa Barroca dejaba tras de sí un confuso balance de poder, a lo que, también, contribuían los esfuerzos de unos estados europeos que, en algunos casos, trataban de simular lo que realmente ya habían dejado de ser; y, en otros, disimular lo que en verdad pretendían alcanzar. Todo ello cada vez más estrechamente vinculado a la creciente competencia por el comercio, las ventajas mercantiles, así como a la conciencia que emergía, más racional, con el nuevo orden de cosas.2 La superioridad continental de los Habsburgo había perdido gran parte de su efectividad entre las paces de Munster-Westfalia (1648) y los Pirineos (1659). Estos acuerdos representaron el declive definitivo de la rama española de la dinastía austríaca en el dominio universal, agravado como consecuencia de la crisis política que con-

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Carta LXXVIII de esta selección. Véase ELLIOTT (1983), KENNEDY (1989), BLACK (1990), BÉLY (1992 y 2003). El cambio de siglo como crisis de la conciencia europea ya fue enunciado por HAZARD (1975).

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llevó la incierta sucesión de Felipe IV.3 De hecho, en 1668, tres años después de su fallecimiento, Francia y el Imperio pactaron un primer reparto del conglomerado señorial hispánico que no se llevaría a término por la sorprendente supervivencia del príncipe heredero.4 La prolongada agonía de la Monarquía de Carlos II tenía su reflejo en la débil resistencia que la Corona podía ofrecer por sí misma ante los ataques dirigidos a sus posesiones flamencas, italianas o norteafricanas, además de la guerra económica que se desarrolló de forma latente en los mares que comunicaban los puertos indianos con Sevilla.5 La multitud de frentes abiertos hacía más evidentes los pies de barro que sostenían el vasto mundo hispánico. Aún así, a finales de esa traumática centuria, fue posible lograr una relativa subsistencia de la Monarquía gracias, sobre todo, a la decidida participación de las elites provinciales en la movilización de los propios recursos económicos y personales. En buena medida, la protección de las costas y fronteras peninsulares, de las plazas norteafricanas o de los territorios americanos, recayó en una población militarizada que se destacó, junto a los escasos efectivos profesionales, prácticamente concentrados en los frentes catalán y flamenco, en una empresa casi mística de conservación colectiva de la Monarquía.6 Si bien es cierto que servir al monarca con dinero y soldados suponía desarrollar los antiguos vínculos afectivos que unían a los súbditos con su rey, esta cierta defensa de los territorios hispánicos se hizo más tolerable socialmente porque generalizaba unas vías de relación con la Corona que facilitarían la concreción de muchos proyectos de promoción personal. La costosa tarea que emprendieron vecinos de ambas orillas del Atlántico está en el trasfondo de brillantes carreras militares, administrativas o, cómo no, eclesiásticas. Tampoco el Emperador, la otra rama en la que se había dividido la dinastía de los Habsburgo después de la retirada de Carlos V al monasterio de Yuste (1555), se encontraba en condiciones de reemplazar al Rey católico en la tutela de los destinos europeos. El tratado de Westfalia produjo a los Austrias de Viena importantes fisuras en su autoridad imperial, puesto que conllevaba el reconocimiento de una mayor descentralización de los estados que componían la Sacra Germania. A este factor distorsionador de origen interno pronto le seguiría el resurgir de la inestabilidad en

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Sobre el sistema derivado en Westfalia, los trabajos recogidos en SCHEPPER, TÜMBEL y VET (2000); las consecuencias en la Monarquía Hispánica en ALCALÁ-ZAMORA (1977), KAMEN (1981), CONTRERAS (2003) y SALVADOR ESTEBAN (2001 y 2004). BÉRENGUER (1976) y GÓMEZ-CENTURIÓN (2001). En general, STRADLING (1983) y más recientemente RUIZ IBÁÑEZ y VINCENT (2007). THOMPSON, I. A. A. (1998), STORRS (2003 y 2006), RIBOT (2004). La defensa de diversos territorios de la Monarquía puede verse, a modo orientativo, en GIL PUJOL (2002), SANZ CAMAÑES (1998) y ESPINO LÓPEZ (1999), para el caso de la Corona de Aragón; los territorios castellanos en SAAVEDRA VÁZQUEZ (1997), RUIZ IBÁÑEZ (2003), CONTRERAS GAY (2003) y MUÑOZ RODRÍGUEZ (2003); los italianos en SIGNOROTTO (1996) y ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO (2002); algunos casos americanos en WILLIAMS (1999) y ARMILLAS VICENTE (2005).

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los confines meridionales. El avance otomano por la Península balcánica supuso la concentración de todas las fuerzas que disponía Leopoldo I en la contención de las conquistas musulmanas que se estaban consumando a las puertas del mismo corazón del Imperio.7 La defensa de Viena en 1683 congregó en la capital austríaca a soldados de casi toda Europa en una operación militar que adquirió evidentes elementos simbólicos de nueva cruzada contra el Islam. Entre la procedencia tan diversa de los defensores de Viena, destacaba la ausencia de soldados del Rey cristianísimo; la pasividad francesa se debía, no tanto al enfrentamiento secular con los Habsburgo, como a las conocidas pretensiones de Luis XIV de apoderarse de una dignidad imperial que consolidaría su proyecto de nueva monarquía universal.8 En su propósito de debilitar al Emperador, ni las posibilidades reales de la Sublime Puerta de ampliar su área de influencia en Europa, ni las exhortaciones del Papa Inocencio XI, pudieron suavizar su firme decisión de no colaborar en el socorro de Viena. Aún así, el triunfo austríaco conseguido a través de la sujeción del ejército turco del gran visir Kara Mustafá fue celebrado como una auténtica victoria de la Cristiandad; de forma parecida a lo que sucedió tres años más tarde con la toma austríaca de la ciudad de Buda, en poder otomano desde 1526. En realidad, la batalla de Kahlenberg (12-IX-1683), que puso fin al cerco de Viena, se conmemoró en las iglesias, plazas y calles de muchas ciudades europeas como si de un nuevo Lepanto se tratara. Festejos que no dejaban de resultar paradójicos en una Europa que todavía se desangraba en tierras alemanas –protestantismo–, francesas –primero contra los hugonotes, después frente al jansenismo– y angloirlandesas –catolicismo–, a causa del modo distinto de concebir esa misma religión ahora exaltada. Sin embargo, la victoria cristiana en el sitio de Viena comportó consecuencias mayores en la política europea que el hecho, ya extraordinario de por sí, de contener las conquistas del ejército otomano. Ni la idea de hegemonía europea, ni el ideal cristiano de cruzada sobrevivieron a la victoria en Viena: en primer lugar, la elevación de un Borbón al título imperial se volvió impracticable ante tal afirmación de la casa habsburguesa; en segundo lugar, el equilibrio de las potencias continentales comenzó a desplazar los intentos por continuar un dominio global independientemente de quién lo ejerciese; y, por último, las tradicionales pretensiones cristianas y ecuménicas del Imperio quedaron suplantadas por la naturaleza fundamentalmente austríaca y escorada hacia el Este que adoptaría a partir de entonces. No en vano, hasta 1699 Leopoldo I no firmó la paz de Karlowitz con los turcos, lo que, en cierto modo, le mantendría desprevenido con respecto a los acontecimientos que pronto se producirían en la corte madrileña. Viena estaba iniciando, a su modo, la costosa deconstrucción de la vieja Europa hasta su completa reformulación en Utrecht treinta años después.
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Su origen en la segunda mitad del siglo XVI en BRAUDEL (1993); PANZAC (1986), DUCHHARDT (1992), BÉRENGUER (1993 y 2004), INGRAO (1994), HOCHEDLINGER (2003) e IMBER (2004). HARAN (2000); las aspiraciones universalistas del Emperador en FREY (1983).

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Entre la incapacidad de la Monarquía Hispánica para mantener el poder continental, y el bloqueo en el que asimismo se hallaba el Emperador por su flanco meridional, toda Europa asistía a la creciente puissance de Francia. Si bien Carlos V había logrado hacer fracasar las aspiraciones francesas en el liderazgo europeo (Paz de Crépy, 1544), la ausencia de potentes competidores en el último tercio del siglo XVII proporcionaba a Luis XIV la oportunidad de llevar a la práctica el grand dessein de glorificar la monarquía francesa que habían intentado todos sus predecesores. A las difíciles circunstancias por las que atravesaban sus tradicionales rivales Habsburgos, se añadía la superación de las divisiones internas –Guerras de Religión (1564-1598), conflicto de la Fronda (1648-1652)– y la implantación de un poder monárquico fuerte; factores que, en diversos momentos anteriores, habían menoscabado la capacidad de que desde París se impusiera un orden internacional.9 El ascenso de Francia, en especial tras la Paz de los Pirineos (1659), no introdujo ninguna modificación apreciable en el sistema continental implantado durante la primera mitad del siglo XVI, por cuanto básicamente se tradujo en una sustitución de la potencia que pretendía ejercer el imperio universal. Este relevo se verificó, incluso, en el ámbito de lo imaginario al reemplazar a la Monarquía Hispánica como principal objeto de recelo entre el resto de los países europeos. De este modo, la circulación de discursos que alimentaban desde un siglo antes la leyenda negra española dio paso a una nueva teoría sobre la ambition y la perfidie de Luis XIV, desde entonces convertido en el nuevo Nabuchodonosor o, como lo definiría el filósofo Leibniz, en el ávido Mars Christianissimus.10 El éxito de la Francia de Luis XIV, hijo y esposo de infantas españolas, ponía fin al combate secular que protagonizaban las dos principales dinastías europeas por el control continental. Un enfrentamiento, sustentado en el mesianismo dinástico compartido por Habsburgos y Borbones, del que la inestabilidad europea había supuesto la consecuencia más evidente. Puede que las fuerzas de Leopoldo I y Carlos II para reconducir el ocaso de una época de hegemonía de la Casa de Austria distasen de ser parecidas a las de su más egregio antepasado; pero, asimismo, la Francia que el Emperador Carlos había contenido en los campos de Pavía (1525) en poco se parecía a la máquina de guerra en que se había transformado ciento cincuenta años después.11 Las reformas borbónicas habían robustecido y extendido los instrumentos coercitivos dependientes del soberano francés hasta percibirse como un modelo imitable de afirma9

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Las consecuencias de ambos focos de inestabilidad interna en DESCIMON y RUIZ IBÁÑEZ (2005) y BENIGNO (2000). Un desarrollo de este ideal imperial de Francia en HARAN (2000); también HUGON (1999) y BÉLY (2003). El contexto general europeo en DUCHHARDT (1992) y KLÉBER MONOD (2001). HARAN (2000). El contrapunto de esta imagen en BURKE (1995); mientras que sobre la leyenda negra, GARCÍA CÁRCEL (1998). Entre los escritos políticos de Leibniz también se encuentra una defensa de los derechos Archiduque Carlos, recogida en SALAS (1984). CORVISIER (1964), CORNETTE (1993), LYNN (1997) y ROWLANDS (2002).

Escultura ecuestre de Luis XIV, rey de Francia, F. Girardon, Museo del Prado, Madrid (© Foto Museo del Prado) Escultura ecuestre de Felipe V, rey de España, L. Vaccaro, Museo del Prado, Madrid (© Foto Museo del Prado)

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Escultura ecuestre del Delfín de Francia, padre de Felipe V, A. Coysevox, Palacio Real de Aranjuez, Madrid (© Foto Patrimonio Nacional)

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ción monárquica.12 El poder que alcanzó Luis XIV en nada se parecía al que habían ostentado sus predecesores, como tampoco se parecía sus posibilidades para reunir recursos personales y financieros para la guerra. En el último tercio del siglo XVII, la construcción de un sofisticado aparato militar, diplomático y administrativo había hecho de Francia el “gigante” del Grand Siècle. Con todo, cuando el Seiscientos se preparaba a dar paso a la siguiente centuria, el dominio del espacio europeo comenzaba a dejar de ser una disputa restringida a dos únicos contendientes. Tanto en el extremo occidental, como también en las más lejanas latitudes septentrionales y orientales, nuevos actores políticos aparecían sobre una geografía europea que nunca antes había sido disputada desde tantos sitios distintos. Mientras que Borbones y Habsburgos continuaban luchando hasta el agotamiento en los campos de batalla en que se habían convertido las fronteras de la Monarquía Hispánica, en el litoral atlántico Inglaterra y la República holandesa surgían como nacientes potencias marítimas con renovada capacidad de intervención en las pugnas continentales. La primera atravesaba una cierta estabilidad política después de que la Gloriosa Revolución (1688) hubiese elevado al trono inglés a María Estuardo, hija del defenestrado Jacobo II.13 Este mayor orden interno se tradujo en un acentuado interés por impulsar una más activa política exterior. Su sucesora, la reina Ana, conseguiría, no sólo forzar la unificación de los territorios británicos (Act of Union, 1707), sino también consolidar la participación del nuevo reino en los asuntos internacionales.14 Aunque Inglaterra ya había participado en la Guerra de los Nueve Años (o de la Liga de Augsburgo, 1689-1697), al lado de España y Holanda, sería sobre todo con su actuación en la Guerra de Sucesión española cuando realmente acabaría por despojarse de su tradicional aislamiento político dentro del contexto europeo. Si bien su alianza con el Imperio y Holanda (Tratado de La Haya, 1701) no impediría la pretendida sucesión borbónica a la Monarquía española, Gran Bretaña sería el contendiente que más fortalecido saldría de esta conflagración europea.15 No a expensas de unas ganancias territoriales cuantiosas, que en realidad se redujeron en Utrecht (1713) a las cesiones españolas de Gibraltar y Menorca, y a las francesas de la isla de San Cristóbal, Terranova, bahía de Hudson y Acadia, sino por conseguir extraer los mayores réditos

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Acerca del modelo del absolutismo francés existe una extensa cantidad de letra impresa como recogen DESCIMON y CONSANDEY (2002); para una visión general, también RICHET (1997); distintos aspectos en GOUBERT (1966), MOUSNIER (1980), BEICK (1985), COLLINS (1988), RUSSELL MAJOR (1994), HURT (2002); sus conexiones con el modelo hispánico de reformas en SCHAUB (2003). ISRAEL (1991), HARRIS (1993) o HOLMES (1996). KISHLANSKY (1996), COWARD (1997) y JAMES (1998). Para su participación en la Guerra de los Nueve Años, CHILDS (1991); su desarrollo posterior en HATTENDORF (1987) y BREWER (1990).

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políticos y económicos a los doce años de guerra.16 El asiento de negros y, muy significativamente, el navío de permiso en los puertos americanos con el derecho de vender las mercancías libres de aranceles en las ferias de Veracruz y Portobello, le proporcionaría dos instrumentos de especial trascendencia con los que seguir expandiendo sus prósperas redes comerciales. A partir de la Paz de Utrecht, el Reino Unido se convertiría en el verdadero árbitro europeo y, como tal, en el responsable de una nueva hegemonía que descansaría en la contraposición de poderes antagónicos. Esta consolidación británica en el panorama continental también se dio, aunque en menor medida, en el caso de las siete Provincias Unidas. Su hostilidad de antaño al monarca católico, del que había obtenido el reconocimiento de su independencia en 1648 (Tratado de Munster-Westfalia), se tornó posteriormente en asidua colaboración ante el empuje de las armas francesas a través de los Países Bajos españoles.17 La estrategia de seguridad holandesa residía en buena parte en el mantenimiento de estos territorios a modo de barrera de protección, así como en el afianzamiento de relaciones con Inglaterra, con la que había mantenido hasta 1670 un largo conflicto bélico por intereses comerciales (guerras angloholandesas) que conllevaría la renuncia, por ejemplo, de Nueva Amsterdam, conocida posteriormente como Nueva York (1664). Fruto de este acercamiento fue, además, el matrimonio del estatúder holandés, Guillermo de Orange-Nassau, con la reina María Estuardo, padres a su vez de la reina Ana de Inglaterra. La mencionada política de alianzas, unida a la eficaz movilización de la población armada, lograron un relevante éxito defensivo entre las décadas de 1670 (Paz de Nimega, 1678) y 1690 (Paz de Ryswick, 1697), periodo durante el cual el potente ejército de Luis XIV resultó incapaz de imponer su superioridad militar a esta pequeña república de banqueros y mercaderes.18 El continuo estado de guerra que experimentó a lo largo de casi todo el siglo XVII –frente a los tercios españoles, frente a los regimientos franceses– no fue óbice para que durante esta centuria las Provincias Unidas alcanzasen un pujante crecimiento económico que sirviese de base, al igual que en Gran Bretaña, del posterior desarrollo manufacturero. Esplendor financiero y comercial que iría también acompañado de un no menos extraordinario apogeo cultural con figuras tan relevantes como Rembrandt, Espinoza o Leibniz. Por su parte, la rivalidad existente entre los estados que compartían el espacio más septentrional del Continente desencadenaría la segunda Guerra del Norte (17001721), prácticamente paralela a la conflagración sucesoria hispánica (1701-1713). El

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Sobre el contenido del Tratado de Utrecht, JOVER ZAMORA (1999). Su consolidación posterior en BOWEN (1998). Este prolongado enfrentamiento, por ejemplo, en PARKER (1976); la colaboración con la Monarquía Hispánica en ISRAEL (1997), HERRERO SÁNCHEZ (2000), CRESPO SOLANA (2005) y en varios trabajos contenidos en SANZ AYÁN (2004). ROWEN (1988) e ISRAEL (1989 y 1995).

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Europa tras el Tratado de Utrecht

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Archiduque Carlos de Austria, pretendiente a la corona española, Palacio Real de Madrid (© Foto Patrimonio Nacional)

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conflicto del Norte contribuiría al afianzamiento de dos nuevas potencias hasta entonces con un peso muy relativo: Rusia y Prusia. En el caso de la primera, dirigida por el nuevo zar Pedro I (1682),19 desde la década de 1690 llevó a cabo un proceso de expansión hacia el oeste y el sur que le proporcionaría, junto a nuevas áreas con las que ensanchar un ya amplio territorio en gran parte situado en el continente asiático, sendas salidas a los mares Báltico y Negro. No fue, sin embargo, esta prolongación de la influencia rusa hacia Occidente una ostentación de poder exenta de obstáculos: las tropas zaristas tuvieron antes que derrotar a Suecia, el gran poder del norte de Europa desde la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Aunque el monarca sueco Carlos XII consiguió detener en 1700 el avance ruso por medio de su trascendental victoria en Narva, en la Livonia báltica, nueve años después, cuando encabezaba una ofensiva contra Moscú, fue vencido completamente en la ciudad de Poltawa ante un reforzado ejército de Pedro I.20 Poltawa significaba tanto uno de los últimos estertores del imperio sueco, como el primer estremecimiento de una nueva Rusia que pasaría a formar parte de las grandes potencias europeas de la centuria ilustrada. Su victoria frente al ejército sueco le permitiría, además, conquistar un amplio acceso al mar Báltico en donde situar la nueva capital imperial de San Petersburgo (1712), la cual sería proyectada en un estilo europeizante que combinaba las grandes arterias de Versalles con los canales fluviales de Amsterdam. El expansionismo ruso coincidió con el fortalecimiento militar y territorial de otro de los países emergentes de la Europa del cambio de siglo: Brandeburgo, uno de los numerosos principados que integraban el antiguo Sacro Imperio Romano Germánico simbolizado, a inicios del siglo XVIII, por el Emperador Leopoldo.21 Si Baviera se alineó con el bando borbónico por su interés en los Países Bajos españoles, el principado renano regido por los Hohenzollern prestó su apoyo al bloque aliado durante la Guerra de Sucesión española, trasladando, de este modo, su antagonismo regional al conflicto sucesorio. En consecuencia, en Utrecht fue reconocido como el nuevo reino de Prusia, al igual que sucedería en el caso de los Saboya con la creación del estado de Cerdeña.22 Su transformación en reino le haría aparecer ante el resto de países europeos como un estado sólido y bien organizado, capaz de mantener un poderoso ejército permanente, que alcanzaría sus más alta reputación con Federico II (1712-1786), elevado por voluntad de Voltaire a modelo de rey filósofo de la Ilustración.23 Cuando la centuria del Barroco asistía a su ocaso, la distribución del poder en Europa distaba de equipararse a los días en los que Carlos V se había apropiado de la
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ANDERSON (1985), MASSIE (1987), DUCHHARDT (1992) y ANISIMOV (1993), HUGUES (2001). Sobre Carlos XII y el desarrollo de los resortes políticos de la monarquía sueca, UPTON (1998). El ascenso de Brandeburgo en DUCHHARDT (1992) y KLÉBER MONOD (2001). STORRS (2000). HUSCH (1985) y BLED (2004).

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hegemonía continental para su propia dinastía. Incluso, parecía quedar ya superado el ascenso de Francia a potencia predominante en sustitución de un esclerotizado eje Madrid-Viena compuesto por las dos ramas de los Habsburgos. El constante recurso a la guerra de desgaste de sus rivales también estaba erosionando las propias fuerzas de la monarquía de Luis XIV, a pesar de que su elevada población posibilitase seguir sosteniendo las necesidades que demandaba tan ambiciosa proyección exterior. Pero el cansancio acumulado, los esfuerzos invertidos en la Guerra de Sucesión española y la difícil coyuntura agrícola, especialmente grave entre los años 1709-1711, como se puede apreciar en las cartas seleccionadas de este periodo, coincidieron en eclipsar la estrella del Rey Sol en sus últimos años de vida. Asimismo, la concentración de todas las fuerzas que disponía el Emperador para contener la presión otomana y consolidar el poder austríaco en la Europa del Este desde la década de 1680 tampoco ofrecía las mejores condiciones a Leopoldo I para acceder con suficientes garantías a la sucesión hispánica. Si Francia había conseguido sustituir entre 1648-1659 a ese postrado eje Madrid-Viena, dos décadas más tarde la población española había dejado de percibir los resultados efectivos de la unión de ambas ramas dinásticas. La menor intensidad en las relaciones entre ambas cortes austríacas actuaría en contra de las pretensiones sucesorias del Archiduque Carlos de Austria. En vísperas del siglo XVIII, el tiempo de las monarquías universales estaba en puertas de ser un recuerdo más en la memoria del Viejo Continente. La capacidad de movilizar recursos y soldados para la guerra aumentaba en los distintos países que aspiraban a un lugar privilegiado en el tablero europeo. Los nuevos intereses económicos y estratégicos hasta entonces relegados a posiciones más secundarias tampoco facilitaban el predominio global de un solo país sin medios adicionales. Únicamente la absorción de los territorios europeos y americanos que componían la Monarquía Católica podía volver a distanciar las fuerzas continentales e intentar recomponer las circunstancias excepcionales que se habían experimentado en la centuria renacentista. Tiempo de expectación en la Monarquía Hispánica La sucesión de Carlos II constituyó, por consiguiente, un asunto de principal interés en las cancillerías europeas en tanto que afectaba a la distribución del poder en Europa. El problema español pasó a ser un problema general que realmente se había activado en el momento en que Felipe IV falleció en 1665 sin dejar un heredero incontestable. Desde entonces, la resolución de la herencia hispánica permaneció aplazada hasta que las circunstancias impusieron una salida al estado de cierta provisionalidad en el que parecía encontrarse el gobierno de la Monarquía. Pero lo que se pensaba iba a ser una breve interinidad hasta el desenlace definitivo que acabase con la frágil regencia de Mariana de Austria, fue derivando en un reinado de Carlos II increíblemente duradero (1665-1700), si lo comparamos a los pronósticos que circulaban en

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sus inicios.24 Un intervalo en el que, sin embargo, no se consiguió evitar la espada de Damocles que pendía sobre la continuidad de la Monarquía desde la desaparición de Felipe IV. Lo cierto es que la imperiosa necesidad de un heredero persiguió al rey católico hasta su último tránsito al Monasterio de El Escorial. En 1697 la agonía de la Monarquía mostraba su nivel más dramático. En ese año los ejércitos franceses exhibieron su más intenso poderío en las fronteras flamenca y catalana, logrando ocupar el duque de Vendôme incluso la ciudad de Barcelona durante semanas.25 Aún así, cuando Luis XIV había conseguido cercar a la Monarquía Hispánica, la Paz de Ryswick daba por terminada la Guerra de los Nueve Años con el reconocimiento de los límites territoriales marcados dos décadas atrás en Nimega.26 A pesar de la sospechosa consideración con la que el monarca francés trató al cuerpo agónico de su antigua rival en las cláusulas de Ryswick, esta disminución de la presión francesa no evitó que Carlos II planteara en ese momento, por primera vez, la cuestión sucesoria. Tras dos matrimonios sin descendencia con María Luisa de Orleáns y Mariana de Neoburgo, en 1697 dictaba su primer testamento en el que arbitraba un arreglo sucesorio que pretendía ser aceptable para el resto de potencias, ya que aseguraba en lo fundamental el mantenimiento del esquema continental de fuerzas existente. Este arreglo pasaba por el nombramiento como heredero de todos sus territorios del príncipe José Fernando de Baviera, hijo del Elector de este principado alemán y nieto de la infanta Margarita, primera esposa del Emperador Leopoldo. Aunque es cierto que mediaba una renuncia a los derechos a la corona española, realizada por la madre del príncipe de la casa de Wittelsbach, aquella renuncia no había sido confirmada ni por Carlos II ni por las Cortes de Castilla, por lo que no poseía un valor jurídico completo. Esta circunstancia legal no sucedía, por el contrario, con la efectuada por la infanta María Teresa, esposa de Luis XIV, a cuya firma estuvo condicionada la misma Paz de los Pirineos (1659). Sin embargo, tampoco esta renuncia se tendría finalmente en cuenta, a pesar de la difusión que esta razón jurídica alcanzaría dentro de los medios más favorables a los Habsburgos, así como en el posterior discurso austracista.27 El empeoramiento en el estado de salud de Carlos II y, sobre todo, el fallecimiento del príncipe José Fernando en 1699 avivó el enfrentamiento entre Austrias y Borbones por la herencia hispánica. Ya un año antes ambas potencias habían acordado un segundo tratado de reparto –el primero se firmó en 1668– que garantizaba a Luis XIV algunas compensaciones territoriales de cumplirse el testamento en el que se daba prioridad al menos discutible de los tres candidatos que reunían mayores
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Entre las últimas aportaciones de conjunto sobre este periodo destaca la ofrecida por STORRS (2006); asimismo, MAURA y GAMAZO (1954), KAMEN (1981), RIBOT (1985) y CONTRERAS (2003). ESPINO LÓPEZ (1999) y TORRES I RIBÉ (1999). SERRANO DE HARO (1992). La publicística austracista fue tratada en el clásico trabajo de PÉREZ PICAZO (1966); asimismo, GARCÍA CÁRCEL (2002) y GONZÁLEZ CRUZ (2002).

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derechos. Es decir, además del designado príncipe de Baviera, las opciones que representaban el Archiduque Carlos de Austria, hijo menor del Emperador Leopoldo, y el duque de Anjou, segundogénito del Delfín de Francia y nieto, por tanto, del soberano francés. El inesperado retorno a la situación inicial que desencadenaba la muerte del príncipe José Fernando obligó a redefinir también este segundo pacto en 1700, momento en el que la controversia dinástica quedó definitivamente reducida a la temida disyuntiva austríaca o borbónica.28 Aunque el tercer acuerdo de repartición firmado sólo por Francia y las potencias marítimas otorgaba al Archiduque Carlos los derechos sobre gran parte de la Monarquía Hispánica, salvo las posesiones de Italia, Navarra y Guipúzcoa que pasarían a dominio francés, el enconado enfrentamiento entre ambos partidos no permitía augurar un respeto escrupuloso a lo allí estipulado. El continuado esfuerzo militar que Luis XIV había demandado a sus súbditos durante las últimas décadas, no iba a dejar de ser capitalizado en el instante en que empezaba a discutirse, precisamente, los términos concretos de la sucesión. Las ganancias que el tercer acuerdo de repartición aseguraba al dueño de Versalles habían de entenderse como el mínimo que esperaba obtener de un proceso negociador que muy difícilmente abandonaría el principio de la división territorial de tan extensa Monarquía. Aplazar el compromiso final sólo podía beneficiar a quien disponía de instrumentos de coacción lo suficientemente poderosos para mantener un nivel elevado de presión con el que intentar modificar el signo prematuro de la querella. Por esta razón, la lucha desencadenada por la herencia española proseguiría de forma soterrada durante este último año de 1700, mediante el uso de cuantos medios diplomáticos fueron necesarios para lograr convencer, tanto unos como otros, al moribundo Carlos II. Esos medios diplomáticos iban a encontrar en la agitada corte madrileña su campo principal de actuación, si bien respondían a unos impulsos que, en realidad, tenían sus verdaderos epicentros en París y Viena. Luis XIV, a través de su embajador el marqués de Harcourt, trató de ir aumentando el número de partidarios de su nieto con el ofrecimiento de generosas dádivas y honores, especialmente entre las personas más influyentes que rodeaban a Carlos II.29 Durante sus dos últimos años de existencia, Harcourt logró construir una nutrida red de apoyo al partido borbónico compuesta mayoritariamente por aquéllos que creían en la incapacidad de la Casa de Austria para asegurar la conservación de la Monarquía; para lo cual el embajador hubo de vencer, al mismo tiempo, parte de las resistencias que aun en Castilla se tenían a un príncipe de origen francés. Esta política de atracción de voluntades se comprobó fructífera en el caso del cardenal Portocarrero, que adquiriría una enorme trascendencia en la deci-

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Este último tratado de reparto es analizado en VICENT LÓPEZ (1996). Un contexto más amplio en GARCÍA CÁRCEL y ALABRÚS IGLESIAS (2001). La correspondencia entre Luis XIV y Guillermo III en torno a estos tratados de reparto fue publicada en REYNALD (1883). Parte de su correspondencia de este periodo en HARCOURT (1875). También ÁLVAREZ LÓPEZ (2007).

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SUCESIÓN DE CARLOS II
FELIPE III (1578-1598-1621) FELIPE IV (1605-1621-1665) Mariana de Austria (2) (1634-1696) María Ana (1606-1646) Fernando III (1608-1637-1657) Eleonora de Neoburgo (3) LEOPOLDO I (1640-1657-1705) (1655-1720)

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Ana de Austria (1601-1666) LUIS XIII (1601-1610-1643)

Isabel de Francia (1) (1602-1644)

LUIS XIV (1638-1643-1715)

María Teresa (1638-1683)

CARLOS II (1661-1665-1700)

Margarita-Teresa (1) (1651-1673)

Luis, el Gran Delfín (1661-1711)

María Antonieta (1669-1693) Maximiliano Elector de Baviera (1662-1726)

Luis, duque de Borgoña Felipe, duque de Anjou Carlos, duque de Berry José Fernando (1686-1714) (1682-1712) Felipe V (1692-1699) (1683-1700-1746) Luis XV (1710-1715-1774)

José I Archiduque Carlos (1678-1705-1711) Carlos VI (1685-1705-1740)

Nota: Las fechas en cursiva son las de subida al trono.

Basado en LEÓN, Virginia Carlos VI. El emperador que no pudo ser rey de España, Madrid, 2003, p.14.

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sión que finalmente tomaría el último de los Austrias hispánicos. Progresivamente, serían ganados para la causa angevina otros personajes relevantes de la corte como fueron los duques de Alba, Montalto, Osuna y Medina Sidonia, el marqués de Villafranca o el conde de Benavente; todos ellos terminarían asumiendo destacados cargos diplomáticos, sinodiales o palaciegos en el nuevo régimen borbónico.30 La conducta que empleaba la reina Mariana de Neoburgo hasta con los servidores más leales de la Corona también hizo crecer el número de partidarios del duque de Anjou. Tanto la reina como su camarera mayor, la condesa viuda de Berlips, y el resto de su camarilla alemana, integrada por su secretario Wiser y su confesor Chiusa,31 se ganaron la enemistad de una parte importante de los círculos más próximos a Carlos II, a la vez que se convertían en objetivo preferente de la creciente sátira política. En el romance titulado Qué es de España, por ejemplo, se insistía en el poder desmesurado alcanzado por la reina, junto a la influencia negativa que ejercía su camarera en el mismo gobierno de la Monarquía.32 Además, a lo largo de los últimos meses de vida de Carlos II, su segunda esposa pasó a ser el más activo agente de la causa austríaca, a la que le unía un estrecho vínculo familiar por ser tía carnal del Archiduque Carlos, ya que era hermana de Eleonora de Neoburgo, esposa de Leopoldo I. El Emperador, en correspondencia con su embajador en Madrid, el conde de Harrach, se sirvió reiteradamente de la reina Mariana para insistir, ante los oídos del monarca, en la comunidad dinástica a la que ambas ramas pertenecían con el fin de atraer la voluntad de un rey de salud tan precaria. Esta postura proaustríaca fue sostenida desde el principio por significativos miembros de la aristocracia castellana, caso, en concreto, del Almirante de Castilla, que se vio desplazado del poder de la corte con el ascenso del cardenal Portocarrero en los últimos meses de Carlos II; aunque en 1701 Felipe V le nombraría su embajador en París, este reconocimiento no impidió su marcha a Lisboa desde donde lideró un austracismo castellano igualmente compartido por el marqués de Leganés o los condes de Aguilar y Frigiliana.33 Del mismo modo, la opción que personificaba el Archiduque había conseguido atraer amplios sectores sociales y cortesanos en el proceso de reajuste de seguidores que se dio a partir de 1699. Parte de los que anteriormente habían mostrado sus prefe-

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La soterrada pugna entre ambos partidos desatada en la corte madrileña en BAUDRILLART (1890), MAURA y GAMAZO (1954), MAQUART (2001) y CONTRERAS (2003). Sobre este juego diplomático se publicó abundante documentación LEGRELLE (1835-1842). La influencia de la aristocracia en la corte de Carlos II en CARRASCO MARTÍNEZ (1999). El título de María Josefa Bohl von Gutenberg era en realidad condesa de Berlepsch, aunque se la conocía satíricamente por la Perdiz; sería expulsada al Palatinado meses después del motín de 1699; al respecto, MAURA y GAMAZO (1954), RIBOT (1985), CONTRERAS (2003). “Es tener reina avarienta / y sin ánimos un rey, / mil ladrones con cabezas / y leales dos o tres. / Esto es”, en EGIDO (1973), pp. 101-102. FREY (1983). La formación de este partido austríaco en FERNÁNDEZ DURO (1902), GONZÁLEZ MEZQUITA (2001) y LEÓN SANZ (2003).

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rencias por el fallecido príncipe bávaro, empezaron a inclinarse ahora por la solución de continuidad con la que se revestía el candidato Habsburgo. El conde de Oropesa fue, quizás, el ejemplo más destacado de este sector cortesano que viraba, de nuevo, hacia las aguas más seguras que representaban la Casa de Austria. Poseedor de una dilatada carrera al servicio de Carlos II, Oropesa había actuado de hecho como un primer ministro tras la caída del duque de Medinaceli (1685), destacándose por su labor reformista en materia hacendística y administrativa.34 Su segunda etapa de gobierno (1698-1699) fue abrúptamente interrumpida cuando la corte madrileña hervía en los complots conspirativos entre los defensores de ambos partidos dinásticos; ese fue el caso del llamado motín de los gatos, que tanto beneficiaría a los intereses proborbónicos con la pérdida del favor regio de Oropesa.35 No obstante, en su retiro de Guadalajara, el antiguo ministro de Carlos II se plantearía acatar a Felipe V cuando viajaba a Madrid desde Versalles (1701), pero el cardenal Portocarrero evitó en el último momento una aproximación que podía debilitar su posición preeminente en la corte. La enemistad con el cardenal truncó esta eventual predisposición del conde de Oropesa hacia el partido filipista, lo que acabaría empujándole a la resistencia austracista junto a otros relevantes miembros de la aristocracia española. Precisamente, el cardenal Portocarrero también había trabajado a favor de la candidatura del príncipe José Fernando, aunque su evolución posterior recorrería derroteros muy diferentes a los del conde de Oropesa. A partir de 1699 el cardenalarzobispo de Toledo, plenamente identificado con los deseos de Luis XIV, desplegó todas sus habilidades ante Carlos II para facilitar la elección del nieto del soberano francés. Si la reina Mariana acudía hasta los aposentos reales para abogar por los derechos del Archiduque, Portocarrero también se acercaba al lecho del rey enfermo para tratar de calmar la conciencia del último de los Austrias. Por consejo del cardenal, en 1700 se solicitó consulta al papa Inocencio XII sobre la forma más conveniente de resolver la sucesión hispánica; la respuesta inmediata, avalada por la opinión de tres cardenales, lejos de sugerir propuestas novedosas que resolvieran un problema en sí mismo complejo, venía a ajustarse a la causa que tan diligentemente defendía Portocarrero. Parecida conclusión manifestaría también el consejo de Estado, máximo órgano del sistema sinodial que estructuraba la Monarquía Hispánica, por entonces claramente dominado por hechuras de quien lideraba el partido del duque de Anjou en la corte madrileña. El contenido de ambos dictámenes, reiteradamente expuestos al monarca en sus contados momentos de lucidez, se le presentaba como la única alternativa existente a la pactada desmembración de la Monarquía y a la inevitable guerra civil consiguiente. Fuese por el temor a este final dramático que se le anunciaba para su patrimonio señorial, fuese como consecuencia del plan ideado por Portocarrero para ganarse la
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SANZ AYÁN (1996), BERNARDO ARES (2002) y GARCÍA DE CORTÁZAR (2006). Este motín ha sido analizado por EGIDO (1980).

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La adoración de la Sagrada Forma por Carlos II y su Corte, C. Coello, Real Monasterio de San Ildefonso de El Escorial, Madrid (© Foto Patrimonio Nacional)

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voluntad del monarca, lo cierto es que el 3 de octubre Carlos II firmaba su último testamento en el que legaba toda la Monarquía Hispánica al duque de Anjou, con la condición de que se mantuviese separada de la corona francesa.36 Igualmente, se convenía que, en el caso de que éste muriese sin dejar sucesores, sus derechos pasarían a su hermano menor el duque de Berry; y sólo si no fructificaba la doble vía borbónica, la herencia sería otorgada al Archiduque Carlos de Austria, tras el cual, y únicamente como probabilidad bien remota, se contemplaba como sucesor al duque de Saboya por ser descendiente de la infanta Catalina, hija de Felipe II. Asimismo, por un codicilo firmado en vísperas de su fallecimiento a instancias del poderoso Portocarrero, Carlos II dejaba instituida una junta de regencia formada por la Reina, el propio cardenal, don Manuel Arias y el duque de Montalto, estos dos últimos presidentes de los consejos de Castilla y Aragón, respectivamente; don Baltasar de Mendoza, inquisidor general; el conde de Frigiliana, que representaba al consejo de Estado; y, por último, al conde de Benavente como grande de España. Al sellar esta última disposición, señala el marqués de San Felipe que al hijo de Felipe IV se le colmaran los ojos de lágrimas para terminar exclamando premonitoriamente “sólo Dios es quien da los reinos, porque son suyos”.37 Efectivamente, a pesar de las instrucciones testamentarias, la herencia hispánica no sería resuelta sin mediar una guerra que dividiría a Europa y al conjunto de la sociedad española. En las primeras horas de la tarde del día de Todos los Santos de 1700 fallecía Carlos II entre unos cortesanos más llenos de inquietudes que de pesadumbres por una muerte con la que ya contaban. Poco tiempo después de la muerte del último Austria se convocaba a cortesanos y embajadores para la apertura oficial del testamento en el Alcázar de Madrid. Aunque no debía de ser un secreto el nombre de quien había resultado vencedor del largo litigio sucesorio, en el acto ocupaban un lugar privilegiado los delegados de París y Viena, que ignoraban o parecían ignorar los términos principales de tan crucial documento. En ese escenario, no exento de dramatismo y preocupación por el futuro de la Monarquía, sucedió el conocido episodio protagonizado por el duque de Abrantes que ilustra el anhelo de cambio que compartían importantes sectores sociales. El duque salió a anunciar la lectura del testamento en los salones del Alcázar madrileño, saludando con mucha afectuosidad al embajador imperial, en esos momentos el hijo del conde de Harrach; y después de cruzarse muchas cortesías, le dijo: “Tengo el mayor placer, mi buen amigo, y la satisfacción más verdadera, en despedirme para siempre de la ilustre Casa de Austria”.38 La elección de un homo novus que protagonizase una transformación de la situación política era esperada, como ha señalado R.

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MAURA y GAMAZO (1954), CONTRERAS (2003). Una copia facsímil del impreso que circuló con el testamento en GUILLAMÓN ÁLVAREZ, MUÑOZ RODRÍGUEZ, FLORES ARROYUELO y GONZÁLEZ CASTAÑO (2005). BACALLAR y SANNA (1957), p. 15. TAXONERA (1944), p. 31; también BACALLAR y SANNA (1957), pp. 15 y 16.

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García Cárcel, cual un nuevo Godot becketiano; a él correspondería superar el estado de abatimiento moral que hacía décadas se había instalado en la sociedad española.39 A pesar de la distancia, Luis XIV estaba al corriente de los acontecimientos que ocurrían en la corte sin rey de Madrid. No sólo por su embajador, Blécourt, que había sustituido al marqués de Harcourt, y con el que, obviamente, mantenía una correspondencia asidua; sino también a través de los mismos agentes que la política de atracción francesa había conseguido reclutar en la España de Carlos II. En primer lugar, el cardenal Portocarrero, a quien Felipe V debía, en una parte importante, su designación como heredero de la Monarquía Hispánica. El propio Luis XIV, que conocía minuciosamente la labor efectuada por el cardenal en la corte madrileña, no sólo le escribiría reconociéndole los servicios prestados y ofreciéndole su protección, sino que, entre las recomendaciones que reiteraría a su nieto en su despedida de Sceaux en los primeros días del año 1700, le insistiría en la confianza que había de dispensarle al “hombre que más ha hecho por que fuerais rey”.40 La opinión generalizada en la corte de Versalles a favor de Portocarrero quedó plasmada en el cuadro de H. de Favannes (1668-1752) que lleva por título España ofreciendo la Corona a Felipe de Francia, duque de Anjou. En él aparece el nieto de Luis XIV custodiado por una alegoría de Francia en el instante en el que otra de España le hace entrega de su corona previa indicación del cardenal Potocarrero. En el gesto de éste puede percibirse toda una pedagogía de cómo se organizó el trasfondo político del cambio dinástico. El entusiasmo que causó la noticia en el palacio de Versalles no fue, paradójicamente, todo lo unánime que cabría imaginar. Antes de que Felipe V hiciese su estrada en Madrid, la aceptación de la última voluntad de Carlos II hubo de superar influyentes prevenciones en la corte francesa.41 Jean Baptiste Colbert, marqués de Torcy, fue quien más resistencia mostró ante una elección que contradecía las condiciones pactadas en el tercer tratado de reparto (1700). El secretario de Estado de Luis XIV era de los que pensaban que de confirmarse la elección que indicaba el testamento, las posibilidades de que estallase una nueva guerra en Europa aumentaban cuando apenas habían transcurrido tres años desde la Paz de Ryswick que había concluido el largo enfrentamiento de la Liga de Augsburgo (1688-1697). Un nuevo conflicto europeo, máxime si se prolongaba como era de prever, trasladaría un elevado coste fiscal a una población francesa que estaba dando claras señales de agotamiento, y no aseguraría la mejora de las concesiones territoriales que ya se habían acordado con el Imperio, Inglaterra y Holanda. Torcy, y los que pensaban como él, caso del canciller Pontchartrain, por ejemplo, creían que el estado de guerra casi continuo que se había desarrollado en las últimas décadas había debilitado la fortaleza francesa, hasta el

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GARCÍA CÁRCEL (2002). TAXONERA (1944), p. 84. BAUDRILLART (1890).

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Proclamación en Versalles del duque de Anjou como rey de España con el nombre de Felipe V el 16 de noviembre de 1700, F. P. S. Gérard, Palacio Chambord (© Foto RMN, J. Popovitch)

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extremo que no podía predecirse la continuación de los éxitos militares del todavía poderoso Mars Cristianissimus. Frente a la prudencia mostrada por Torcy, otro sector de la corte francesa se alzó en la defensa de los derechos del duque de Anjou para hacerse con la ansiada herencia hispánica. Situar a un príncipe de la misma dinastía como señor absoluto de los dominios españoles, representaba la consolidación de la hegemonía francesa en Europa, y en una coyuntura, además, en la que el predominio continental de una sola potencia estaba siendo tan disputado. Entre los que más defendieron la sucesión borbónica destacó la actitud del Delfín de Francia, quien expondría en un consejo de Estado presidido por su padre Luis XIV que “[...] la Monarquía de España era un bien de la Reina, su madre, y por consiguiente suyo, y para la tranquilidad de Europa, de su segundo hijo, a quien se la cedía de todo corazón”.42 Ésta y otras razones parecidas surgían del deseo extendido de ensalzar la monarquía francesa mediante la instauración de uno de los príncipes de sangre en el trono de su más antiguo rival. La necesidad de concretar el mesianismo dinástico arrastrado desde los intentos imposibles de Francisco I, también terminaría venciendo las causas que motivaban la aparente vacilación de Luis XIV. El 16 de noviembre, quince días después del fallecimiento del último Austria hispánico, el soberano francés presentaba en la corte de Versalles al nuevo monarca católico en una ceremonia a la que asistiría el embajador español, el marqués de Castelldosrius. Como ilustraría más tarde el pintor F. de Gérard (17701837), antes de presentar a Felipe V al resto de cortesanos, el mismo Luis XIV se dirigió a Castelldosrius para exhortarle a que saludase a su rey.43 En ese instante, en la plenitud de su poder, su más codiciado deseo personal y dinástico parecía verse realizado. Consejos de familia, consejos de gobierno El marqués de San Felipe destaca en su crónica de la llegada del nuevo monarca a la corte “la aclamación y el aplauso” del público congregado en las calles madrileñas. Según él, “se les llenaba la vista y el corazón de un príncipe mozo, de agradable aspecto y robusto, acostumbrados a ver un rey siempre enfermo, macilento y melancólico”.44 Es verdad que la imagen de Felipe V se alejaba de la representada por su antecesor, especialmente en sus últimos años de vida; pero ese muchacho de apenas dieciocho años que hacía su entrada solemne en Madrid un 14 de abril de 1701, y que menos de un mes más tarde juraría ante las cortes reunidas en la iglesia de San Jeróni-

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Según el diario del marqués de Dangeau, recogido en TAXONERA (1944) p. 37. También BAUDRILLART (1890). KAMEN (2000), p. 16 y FREY (1983). BACALLAR y SANNA (1957), p. 20. Una descripción del viaje desde Versalles en UBILLA y MEDINA (1704).

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Óleo sobre tela H. A. Favanne, Versailles, châteaux de Versailles et de Trianon (© Foto RMN – © Franck Raux)

Entrada solemne de Felipe V en Madrid el 14 de abril de 1701, Anónimo, Museo Municipal de Madrid (© Museo Municipal de Madrid)

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mo, también era un rey bisoño en el arte de gobernar. Su inexperiencia política volvía más inestable el cambio dinástico por cuanto se producía en vísperas de un inmediato conflicto europeo y civil que duraría cerca de doce años, y en el seno de una corte sobrada de intrigas palaciegas y diplomáticas. En principio, esta falta de experiencia política debía ser suplida por el núcleo de aristócratas y cortesanos españoles que habían apoyado la candidatura borbónica, y que con la entrada del nuevo soberano ocuparon los principales cargos en el entorno real y en el gobierno de la Monarquía. Era el caso, por ejemplo, del conde de Benavente, caballerizo mayor; don Manuel Arias, el duque de Montalto y el marqués de Mancera, presidentes de los consejos de Castilla, Aragón e Italia, respectivamente; o don Antonio de Ubilla, secretario del Despacho Universal. Sobre todos ellos, destacaría, sin embargo, la figura del cardenal Portocarrero, miembro de la junta de regencia dejada por el propio Carlos II, y recomendado por Luis XIV a su nieto en su despedida de Sceaux. A pesar de todo, los españoles no iban a ser los únicos, ni los más importantes, consejeros que rodeasen a Felipe V en esa etapa, como ansiosamente esperaban los principales aristócratas que desde el primer momento apoyaron esta opción dinástica. Al igual que sucedió dos siglos antes con Carlos V, con el joven Borbón venían nuevos hombres de confianza y nuevos proyectos que colisionarían con los intereses creados en la corte de Madrid. Louville, Ayen, Valouse, más tarde Orry y la princesa de los Ursinos, así como quienes fueron ocupando los puestos de embajador de Francia – Harcourt, Marcin, los dos d´Estrées, Grammont, Amelot, Blécourt, Bonnac– y confesor real –jesuitas franceses, como Daubenton o Robinet–,45 pasarían a ostentar una elevada influencia en las decisiones del nuevo monarca en detrimento de la aristocracia filoborbónica. La llegada de todos estos franceses no pasó desapercibida para unos renovados círculos hispánicos de poder que se hallaban en pleno proceso de consolidación. Para estos, las expectativas de continuar el estilo de gobierno que hasta entonces había practicado la Corona se veían poco menos que truncadas ante la forma de entender la soberanía real que defendían los nuevos aliados franceses. El acceso a la persona del joven rey que iban a tener estos súbditos de Luis XIV facilitaba, además, la importante función que se les había confiado a su salida de Versalles: la de servir de canales de transmisión e información al propio monarca francés y, por derivación, a su secretario de Estado, el marqués de Torcy. Así pues, la presencia de esta pequeña corte extranjera en Madrid, así como las primeras reformas que se fueron introduciendo por mediación de algunos de estos consejeros franceses, no tardaron en generar una creciente conflictividad con los cortesanos españoles cuyos privilegios adquiridos aparecían seriamente amenazados. El consejo de mantener al cardenal Portocarrero no sería tampoco el único que el veterano monarca daría a su nieto en su última entrevista a las afueras de París. La
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BAUDRILLART (1890), KAMEN (2000), MARTÍNEZ SHAW y ALFONSO MOLA (2001), DUBET (2006); una visión general en LÓPEZ CORDÓN, PÉREZ SAMPER y MARTÍNEZ DE SAS (2000).

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conocida frase “Ya no hay Pirineos” pronunciada por Luis XIV en ese preciso lugar simbolizaba el inicio de una alianza hispanofrancesa que acababa con la antigua rivalidad entre las dos monarquías más importantes del mundo católico; “dos naciones [continuaban las palabras de Luis XIV], que de tanto tiempo a esta parte han disputado la preferencia, no harán en adelante más de un solo Pueblo: la Paz perpetua que habrá entre ellas, afianzará la tranquilidad de Europa”.46 Sin embargo, la unión dinástica no podía dejar de encubrir dos realidades que la convertían en un claro objeto de discordia para el resto de potencias continentales. Por un lado, no se trataba de una alianza entre iguales; la trayectoria ascendente de Francia en el último tercio del siglo XVII difería con el declive de una Monarquía Hispánica que desde mediados de esa centuria se hallaba inmersa en una crisis con orígenes diversos.47 A pesar de esta situación, y gracias a un esfuerzo extremo de la sociedad hispánica, Carlos II había podido conservar la mayor parte de su imperio europeo y americano. En segundo lugar, esta alianza era contraria a los intereses del resto de estados europeos porque suponía el fortalecimiento de la hegemonía francesa. Con la proclamación del duque de Anjou en España, Luis XIV podía ver cumplido el viejo sueño de una monarquía universal encabezada por su dinastía; todo el inmenso patrimonio señorial hispánico quedaba supeditado a las necesidades de Francia, al producirse de facto una subordinación de Felipe V a las directrices impartidas desde la corte de Versalles. Una solución de este tipo al problema sucesorio español era, evidentemente, rechazada por el resto de potencias europeas. La reacción del Emperador se fundamentaba en motivos que seguían una lógica de conservación de su posición continental; a las razones dinásticas que avalaban los derechos de su segundo hijo para lograr la herencia austríaca, se añadía la defensa de su propio estatus frente a una consolidación francesa que lo hacía peligrar. Sus críticas a las circunstancias en las que se redactó el último testamento de Carlos II –en Viena se divulgó que el rey había sido incluso “violentado”–,48 la retirada inmediata de sus embajadores de Madrid y París, y el envío de tropas a Italia, hacían presagiar un horizonte de guerra que tardaría en concretarse el tiempo necesario para conseguir los apoyos suficientes del resto de países europeos. Por su parte, Inglaterra y Holanda, como potencias emergentes en una Europa que parecía encaminarse a una nivelación de poderes, se oponían a cualquier resultado que consolidase viejas hegemonías: ni aceptarían una unión entre España y Francia que originase un hegemónico eje borbónico, ni tampoco tolerarían la resurrección del Imperio de Carlos V. Este principio general era compatible con los beneficios comerciales que, en el caso concreto de Inglaterra, aspiraba a mantener en los puertos americanos. La conjunción de todos estos intereses, a menudo contrapuestos, dio como resultado la constitución del bloque aliado acordado en La Haya (sep46 47 48

La veracidad de la famosa frase ha sido demostrada documentalmente por KAMEN (2000), esp. p. 17. Diversas perspectivas son recogidas en la obra colectiva que edita ARANDA PÉREZ (2004). BACALLAR y SANNA (1957), p. 16.

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tiembre de 1701) contra las armas borbónicas. Un bloque que para Inglaterra y Holanda no tenía más objetivo que evitar tanto el fortalecimiento de franceses como austriacos, y lograr participar en los cuantiosos beneficios comerciales del imperio atlántico. El estallido de la guerra tras la constitución del bloque de La Haya dio paso a una mayor intervención de Luis XIV en los asuntos de la Monarquía española. Un enfrentamiento de carácter europeo requería una unidad de acción entre las dos coronas borbónicas, lo que no parecía asegurarse con un Felipe V inexperto en el fragor político y dominado por unas incipientes crisis anímicas que se acentuarían con los años.49 Para el Rey cristianísimo, la guerra no significó únicamente volver a movilizar recursos económicos y personales con los que hacer frente a una alianza encabezada por el Emperador y a la que pronto se sumarían al eje aliado Portugal y Saboya; el inicio de las hostilidades obligó a Luis XIV, sobre todo, a intensificar la protección que ejercía sobre su nieto y los territorios que había heredado. La asistencia militar francesa a la defensa de la Monarquía fue más o menos asumible mientras la guerra estuvo limitada a Italia y las fronteras centroeuropeas más próximas a Francia; sin embargo, se amplió extraordinariamente cuando, a partir de 1705, tuvo que participar simultáneamente con abundantes tropas y generales experimentados –Berwick, Besons, Noailles o Vêndome– en la resistencia de los reinos peninsulares a los ataques aliados.50 La tensión fiscal tan prolongada a la que fue sometida la población francesa terminaría por acelerar el colapso de su capacidad contributiva y, en definitiva, a precipitar el fin de sus posibilidades en el predominio continental. Al mismo tiempo, Luis XIV ejerció desde la distancia una permanente tutela sobre su nieto. Para ello, empleó cuantas personas le rodeaban en Madrid, bien fuesen los consejeros españoles encabezados por el cardenal Portocarrero, bien ese considerable número de franceses que le habían acompañado desde París. El marqués de Louville y, un poco más tarde, la princesa de los Ursinos, que se apropiaría de un espacio político más amplio del que le correspondía por su título de camarera mayor de la reina, destacarían en esta tarea debido a su gran cercanía con el joven monarca.51 También María Luisa Gabriela de Saboya, primera esposa de Felipe V, como años más tarde sucedería con Isabel de Farnesio, formaría parte de ese núcleo de estrechos colaboradores del rey. En el caso de María Luisa la relación directa con la corte de Versalles venía dada a través de su hermana la duquesa de Borgoña, así como a través de la correspondencia que mantenía con el soberano francés, conocedor del ascendiente que había logrado establecer sobre su nieto. No obstante, por encima de todos estos intermediarios, la autoridad de Luis XIV se dejó sentir principalmente a través

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KAMEN (2000), MARTÍNEZ SHAW y ALFONSO MOLA (2001). GOUBERT (1966), KAMEN (1974), FRANCIS (1975). Sobre el primero se publicaron sus memorias de estos años, LOUVILLE, Marqués de (1818); a la princesa de los Ursinos le ha prestado especial atención últimamente PÉREZ SAMPER (2003).

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Vista exterior de la fachada principal del Palacio de Versalles (© Foto RMN)

Vista del Palacio Real de la Granja de San Ildefonso desde los jardines (© Foto Patrimonio Nacional)

Vista Palacio Real de Madrid desde los jardines (© Foto Patrimonio Nacional)

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de dos vías que siguieron aplicándose hasta prácticamente el fallecimiento del Rey cristianísimo (1715): la que encarnaban sus propios embajadores y enviados extraordinarios y, singularmente, la que procedía directamente de Versalles en forma de una frecuente correspondencia, cuya selección y traducción acompaña a estas páginas. Los embajadores franceses constituyeron uno de los focos políticos más importantes durante los primeros años del reinado de Felipe V. No sólo fueron los eslabones que comunicaban ambas cortes unidas por razones dinásticas y políticas, sino que también desempeñaron un papel esencial en el gobierno interior de la Monarquía Hispánica. En la instrucción reservada al conde de Marcin, por ejemplo, se le indicaba que “el embajador de Francia ha de ser ministro de Su Majestad Católica, y es preciso que, sin tener el título, ejerza las funciones, ayudando al rey de España a conocer el estado de sus negocios y a gobernar por sí mismo”.52 Luis XIV recurría asiduamente a sus representantes en Madrid para enviar órdenes a su nieto o a ministros españoles; del mismo modo que su participación en el consejo de Gabinete, el órgano asesor que Felipe V había creado a instancias de su abuelo, les otorgaba un poder inmenso en la corte madrileña. Esta legitimidad de origen podía verse aumentada en los casos, como ocurrió significativamente con Amelot, en que los embajadores actuaban como agentes activos de las reformas borbónicas. Por esta razón, quienes se sentían desplazados a causa del nuevo modelo político que progresivamente se iba configurando, centraron el objeto de sus iras en esta figura delegada de Luis XIV. Las intrigas y maniobras soterradas para hacerlos caer menudearon a lo largo de la primera década del reinado de Felipe V, hasta el extremo de que sólo en los diez años que anteceden al nombramiento del marqués de Bonnac (1711) se sucedieron en Madrid hasta ocho embajadores franceses distintos. La otra vía principal para hacer llegar la autoridad de Luis XIV fue la correspondencia dirigida a Felipe V. Aunque el envío de estas cartas se había iniciado con la partida de éste de Versalles, al igual que ocurría con la mantenida con otros miembros de la familia real –en especial con su padre, el Delfín; sus hermanos, los duques de Borgoña y Berry; o madame de Maintenon–,53 las urgencias de la guerra desde finales de 1701 otorgarían mayor trascendencia a este canal de comunicación entre ambos monarcas. A partir de esas fechas y hasta bien avanzada la Guerra de Sucesión, Luis XIV utilizó este recurso para tratar de gobernar la Monarquía española y orientar las decisiones políticas de su nieto. A veces el tono empleado es claramente conminatorio, fundamentalmente cuando estaban en juego importantes intereses franceses o se censuraban posiciones de Felipe V y sus ministros no compartidas en Versalles. Pero en otras ocasiones el propósito que se desprende de sus cartas es el de ofrecer un sincero consejo sobre los asuntos más diversos del gobierno. Recomendaciones que, si bien podían considerarse revestidas de un modo coactivo, no estaban exentas de un
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TAXONERA (1944), p. 107; también BAUDRILLART (1890) y KAMEN (2000). Una relación de estas otras correspondencias es tratada en la introducción de BAUDRILLART (1890).

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cierto “afecto” familiar cuyas expresiones se acrecientan conforme transcurren los años y el soberano francés va quedándose sin descendientes que le sustituyan en su poder continental. En este sentido, la correspondencia de Luis XIV pretendió ser, sobre todo, un instrumento en la formación política del joven monarca, probablemente uno de los más importantes con los que contó Felipe V en la compleja tarea de dirigir la monarquía más extensa del mundo. Una especie de escuela del arte de gobernar muy en relación con los espejos de príncipes –caso de las famosas Empresas de Saavedra Fajardo– que tanto entusiasmarían a los hombres de poder del siglo XVII. Si nos atenemos a las afirmaciones contenidas en algunas de sus últimas cartas (CARTA CLVIII), este objetivo parece que el Rey cristianísimo creyó alcanzado. Esa intención formativa de la correspondencia guarda cierto paralelismo con las Memorias que el propio Luis XIV dirigió a su hijo el Delfín, padre de Felipe V. No tanto en el fondo, ya que en las cartas se percibe a un monarca de mayor solidez y experiencia en las resoluciones políticas, como, más bien, en la intención que en ambos casos se perseguía: “instruir mediante el ejemplo y el consejo”.54 El tiempo transcurrido y la propia evolución personal entre una y otra concepción del arte de gobernar explican en gran medida estas diferencias. Lo cierto es que las cuatro décadas que separan unas de otras delimitan también el inicio y el ocaso de su apogeo continental. En 1661, cuando con cerca de veintitrés años comenzaba a redactar esas Memorias, moría el cardenal Mazarino, lo que le llevaría a asumir personalmente el gobierno de su reino; y, en ese mismo año, su esposa la infanta María Teresa de Austria daba a luz a su primer hijo, el Delfín, quien debería haber sido su sucesor en la corona francesa. Por el contrario, en 1701, cuando se había iniciado una nueva guerra europea y Luis XIV superaba ya su sexta década de existencia, era su nieto el que se disponía a ocupar y conservar un trono heredado, y a él dirigía una correspondencia que procuraba ser una brújula en un mar de incertidumbres. Noticias de las campañas militares; nombramientos de generales, embajadores o confesores; sublevaciones de reinos e infidelidades de súbditos; concesiones de mercedes; felicitaciones y críticas por acontecimientos concretos o decisiones tomadas; propuestas de renuncia a la corona; acuerdos de paz, y un sinnúmero de consejos que, a veces, trataban de reanimar a un príncipe que, al menos en dos ocasiones –en 1706 y en 1710– se encontró en puertas de la derrota. Efectivamente, son numerosas las cuestiones que surgen a lo largo de estos casi quince años de correspondencia de Luis XIV a Felipe V; en ella están contenidos no sólo muchos aspectos militares y políticos de la Guerra de Sucesión española, sino también el reflejo de unos estados de ánimo que, tanto en Versalles como en Madrid, cambiaban al ritmo de los resultados en los campos de batalla. No faltan tampoco los momentos de reacción de Felipe V contra la omnisciencia de su abuelo en el manejo de su reino (CARTA XXXII), en el desplazamiento al que, en ocasiones, le sometió en las negociaciones con las potencias aliadas
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LUIS XIV (1947), p. 25.

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(CARTA XCV), o cuando se da cuenta de las intrigas de su tío, el duque de Orleáns,55 por medio de sus agentes en España, para conseguir ser reconocido como rey de parte del territorio peninsular (CARTA CIX). En casi todas estas ocasiones el enfrentamiento nace más de la divergencia de percepciones entre ambos monarcas en momentos concretos, que en un deseo de Felipe V de concebir una política autónoma de la estrategia marcada por Versalles. No obstante, tres grandes temas adquieren mayor relevancia en las palabras que dirige Luis XIV a su nieto: las reformas en el gobierno de la Monarquía que hereda; la ayuda francesa en el sostenimiento de la guerra; y, a partir de 1710, las negociaciones diplomáticas que conducirán a los tratados de Utrecht (1713). Las reformas políticas están presentes desde el mismo inicio de la correspondencia. La llegada de Felipe V supuso la creación del consejo de Gabinete en el que, además del embajador francés, participaban un pequeño número de consejeros españoles. El objetivo de esta reforma, al igual que había pasado en Francia con el Conseil d´en Haut,56 era proporcionar al monarca de un equipo de cercanos colaboradores que le ayudasen en la gestión de la Monarquía, independientemente del sistema polisinodial que había sido practicado por los Habsburgos. Esta progresiva sustitución de la vía sinodial por otra más ejecutiva se acentuó con el desarrollo de las secretarías de despacho, encargadas de formalizar las decisiones tomadas en cada materia por el propio rey.57 El propósito es señalado por Luis XIV en la correspondencia a su nieto (CARTA I), y es fruto de su propia experiencia en el gobierno de Francia; si algún “error” reconocía en sus Memorias de la década de 1660 era, precisamente, “no haber tomado desde un comienzo por mi mismo la dirección de mi Estado”.58 En consecuencia, desde el principio, Felipe V iría organizando con el respaldo de su abuelo una renovada estructura política que pusiera a su disposición mayor capacidad de intervención directa; este objetivo fue conseguido, en parte, a partir del consejo de Gabinete y las secretarías de Despacho, a pesar de que estas reformas generaron fuertes resistencias entre los aristócratas y cortesanos desplazados por estos nuevos mecanismos del poder borbónico (CARTAS XVI o LV). Resistencias, por cierto, que se incrementarían cuando se plantease en 1701 el proyecto de equiparar los títulos de grandes de España con los pares franceses; el fin de ciertos privilegios adquiridos era, asimismo, el crepúsculo del asentado poder de los grandes.

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BAUDRILLART (1890). DUCHHARDT (1992) y RICHET (1997). Las reformas en el aparato central de la Monarquía cuentan con un número considerable de trabajos; señalemos aquí a ESCUDERO LÓPEZ (1969 y 1979), DOMÍNGUEZ ORTIZ (1976), FERNÁNDEZ ALBALADEJO (1992) y CASTRO (2004), así como la síntesis de SAN MARTÍN PÉREZ (2001). LUIS XIV (1947), p. 27.

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La guerra, como no podía ser de otro modo, condicionó todas las cartas de Luis XIV. Con el desembarco en Barcelona del Archiduque Carlos en 1705 se hizo patente las escasas y poco efectivas unidades que componían el ejército heredado por Felipe V (CARTAS XLVI o LVI). Si bien se inició de forma inmediata un ambicioso proyecto de reforma militar que, en buena parte, continuaba medidas ya empleadas en la centuria anterior y mantenía prácticas arraigadas en su funcionamiento ordinario, estos cambios se volvieron insuficientes para contener los avances peninsulares de las tropas aliadas.59 Por consiguiente, la militarización de la población española a partir de compañías de milicias que frecuentemente fueron integradas en cuerpos profesionales, así como la inevitable ayuda francesa, pasaron a ser los dos recursos principales que más posibilitaron la consolidación borbónica.60 El primero se debía a esa “fidelidad” a la causa de Felipe V que, con especial intensidad en Castilla, es resaltada en tantas ocasiones por el propio soberano francés a lo largo de su correspondencia (CARTAS LIX, LXXI, LXXVIII, CXI o CXXXII). Una fidelidad que sería hábilmente administrada por las elites locales que, junto a la mayoría del clero secular, transformaron una guerra de evidente carácter civil en la Península, en un conflicto de indudables connotaciones religiosas. El empleo de discursos político-teológicos pretendía incorporar a una población todavía fuertemente imbuida del imaginario barroco; por lo que la ortodoxia católica que representaba la “unión de ambas coronas” frecuentemente se opuso a la imagen heteroxa de un partido austracista identificado en gran medida con la “herejía” de los efectivos que en buena parte la integraban, no sólo protestantes de origen inglés y holandés sino también los exiliados hugonotes franceses.61 En cuanto a la contribución militar francesa, en muchas de estas cartas Felipe V insistirá en la solicitud de nuevos refuerzos a su abuelo para continuar la guerra. La dependencia de la causa filipista con respecto a las tropas francesas será trascendental en momentos claves como la batalla de Almansa (25-IV-1707), victoria conseguida por el duque de Berwick, un jacobita al servicio de Luis XIV, sin la que es difícil comprender la consolidación borbónica en España.62 Esta contribución permanente la hace notar frecuentemente el soberano francés, quien advertirá, por ejemplo, en la primera carta que seleccionamos de que “yo agoto mi reino, toda Europa se alía contra mi para aplastaros y España, insensible a las desgracias que le amenazan, no contribuye en nada a su conservación” (CARTA I). Hasta 1709 el envío de soldados franceses se produjo de modo regular en cada campaña, como se puede apreciar a lo largo de
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ANDÚJAR CASTILLO (2004) y, específicamente para la cuestión del reclutamiento BORREGUERO BELTRÁN (1989). Acerca de esta militarización, GUILLAMÓN ÁLVAREZ y MUÑOZ RODRÍGUEZ (2007). CONTRERAS GAY (1999 y 2003), GUILLAMÓN ÁLVAREZ (2000) y junto a MUÑOZ RODRÍGUEZ (2003 y 2006). Las connotaciones religiosas de la guerra en AMALRIC (2001), GARCÍA CÁRCEL (2002) y GONZÁLEZ CRUZ (2002). Un análisis de la batalla de Almansa ha sido ofrecido recientemente por SÁNCHEZ MARTÍN (19982002).

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la correspondencia; circunstancia que se alterará a partir de ese año cuando la difícil situación interna de Francia provoque una progresiva disminución de la ayuda prestada por Luis XIV a su nieto (CARTAS CX o CXXXIV). El tercer asunto que queremos subrayar aquí acerca de los contenidos de esta correspondencia es el relativo al proceso de negociaciones que conduce al fin de la Guerra de Sucesión. Aunque ya se habían dado algunos intentos de aproximación de Francia con las potencias marítimas, no será hasta 1710 y 1711 cuando se produzca una coyuntura trascendental en la evolución del conflicto bélico. Esto se debe a que durante ese intervalo de tiempo los principales contendientes son objeto de fuertes variaciones en las circunstancias que mantenían desde su inicio. Francia arrastraba desde un par de años antes una crisis agrícola que mermó las condiciones de subsistencia de su población, lo que le llevará al límite de sus posibilidades de movilización de recursos. La política británica empezó a replantearse su participación en la conflagración europea cuando el partido conservador sustituyó en Westminster a unos whigs que secundaban la opción intervencionista defendida principalmente por el duque de Marlborough. Y, por último, en abril de 1711 sobrevienen dos fallecimientos que trastocarán los planes sucesorios de Francia y el Imperio: la del Emperador José, hijo mayor de Leopoldo I, fallecido cinco años antes, y hermano, por tanto, del pretendiente austríaco a la corona española; y la del Gran Delfín, padre de Felipe V, pocos meses antes de que también muriese su heredero el duque de Borgoña (CARTAS CXLII y CXLIII). El inicio de los llamados Preliminares de Londres (8 de octubre de 1711) no es más que la manifestación de un interés compartido en poner fin a la guerra (Conversaciones de Getrudemberg, 1710) y, al mismo tiempo, el desenlace que venía pactándose entre Luis XIV y Guillermo III a través de negociaciones secretas cuyos resultados eran comunicados sólo posteriormente al monarca español (CARTAS CXXVI, CXLV y CLXII). Precisamente, una de las propuestas que Inglaterra efectuará al soberano francés a través de estos contactos consistiría en la cesión de la corona española al duque de Saboya a cambio de reconocer a su nieto como señor de los territorios saboyanos y regente de Francia tras su muerte; un ofrecimiento que será inmediatamente rechazado por Felipe V a pesar de los deseos del propio Luis XIV, quien le advertiría que “me debéis a mi los mismos sentimientos que le debéis a vuestra casa, a vuestra patria, antes que se los debáis a España” (CARTA CLVIII). La firma definitiva de los acuerdos de paz no se producirá hasta 1713, primero en la ciudad holandesa de Utrecht entre España, Francia, Inglaterra y Holanda; y posteriormente en la alemana de Rastadt (1714) entre Francia y el Imperio (CARTAS CLXVII o CLXX). Por el contrario, el ya Emperador Carlos VI no reconocería a Felipe V como legítimo monarca hispánico hasta 1725, mediante el Tratado de Viena; acuerdo que concluiría, realmente, el ca-

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rácter civil de la contienda sucesoria con el reconocimiento de los derechos de los miles de austracistas que todavía permanecían en los territorios imperiales.63 Los acuerdos de Utrecht-Rastadt no sólo terminaron una guerra que se había prolongado durante más de doce años y había afectado, con más o menos intensidad, a la mayor parte de la población europea. Esos tratados también modificaron la percepción del poder en Europa y la propia concepción de la Monarquía española. La paz confirmó un nuevo sistema internacional alejado de las pretensiones globalizadoras de Habsburgos y Borbones: el equilibrio entre las potencias continentales inauguraba una nueva etapa en la historia de las relaciones internacionales que, tampoco, estaría exenta de relevantes enfrentamientos armados –guerras de sucesión polaca y austríaca, guerra de los Siete Años– que afectaron, de nuevo, a la mayor parte de las potencias europeas. Por su parte, Felipe V sería ratificado como soberano católico debido más al balance favorable de la guerra en España, claramente favorable a las armas de “ambas coronas”, que a la posición de fuerza con la que Luis XIV acudía a la mesa holandesa de negociaciones. En este sentido, Utrecht significó el más duro varapalo al hasta entonces Mars Cristianissimus, que fallecería dos años más tarde alejado de sus designios universalistas y envuelto en una profunda crisis dinástica que alteraría de momento las relaciones entre ambas monarquías borbónicas. El ascenso del duque de Orleáns a la regencia de Francia no fue, sin duda, una noticia deseada en la corte madrileña, como tampoco el posterior acercamiento a Inglaterra protagonizado por quien tanto anheló reinar en los territorios peninsulares; la alianza anglofrancesa (1716) haría fracasar la política revisionista de Utrecht emprendida por Felipe V con respecto al espacio mediterráneo. Sí es cierto que la ratificación de Felipe V en la corona española venía dada a cambio de la concesión de importantes derechos comerciales, así como de los territorios italianos y flamencos integrados en la Monarquía Hispánica desde dos siglos antes. Mas la pérdida de parte de esta memoria borgoñona y aragonesa daría paso a un reforzamiento de su identidad bihemisférica.64 Los españoles del siglo XVIII, desprovistos de Flandes, Milán o Nápoles, se encaramaron a la empresa atlántica como la única alternativa posible a sus antiguos sueños imperiales. De hecho, a lo largo de esta centuria se produciría el mayor esfuerzo colectivo por ocupar, organizar y explotar el inmenso espacio americano; una mayor visibilidad de la autoridad de la Corona que provocaría con el tiempo serias resistencias entre las poderosas elites criollas. Pero no sería ésta la única consecuencia de la sucesión borbónica; la crisis política que la guerra generó en España impulsó, no sin costes traumáticos como fueron los Decretos
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Para una síntesis del sistema de Utrecht remitimos a JOVER ZAMORA (1999) y FREY (1995); para su inclusión en una perspectiva longue durée, KENNEDY (1989), DUCHHARDT (1992), BÉLY (1992 y 2003) y GUILLAMÓN ÁLVAREZ (2001). Sobre los austracistas exiliados, LEÓN SANZ (2003) y MUÑÓZ RODRÍGUEZ (2006). GUILLAMÓN ÁLVAREZ (2006); la evolución del concepto de Monarquía en la España del Barroco ha sido expuesto por THOMPSON (2005).

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de Nueva Planta, un nuevo ordenamiento interno basado en la generalización de una misma ley para los súbditos peninsulares.65 La monarquía pactista que habían ido construyendo los Habsburgos daba paso a otra caracterizada por un fortalecido poder soberano que aspiraba a ocupar el centro del espacio político. De ahí que pueda considerarse que el proceso de españolización que experimenta la persona del duque de Anjou desde la llegada a sus nuevos reinos procedente de Versalles, fácilmente observable por otro lado a lo largo de esta correspondencia, fue el preámbulo hispanizante impulsado en ambas orillas de la Monarquía en el siglo de la Ilustración.

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BERNARDO ARES (2005); las consecuencias y los medios en los reinos de la Corona de Aragón en GIMÉNEZ LÓPEZ (1999), ALABRÚS i IGLÉSIES (2001) y ALBAREDA i SALVADÓ (2002).

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