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Tejedoras de historias, Tomo II

Tejedoras de historias, Tomo II

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De Patricia Basave Benítez y colaboradoras. Mujeres cuentan sus historias.
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07/19/2013

C o l e cci ó n M u j e r e s y Po d e r

Tejedoras de historias
Tomo II
Patricia Basave Benítez y colaboradoras

Instituto Estatal de las M u j e r e s ∙ N u evo L e ó n

Tejedoras de historias Tomo II Patricia Basave y colaboradoras Colección Mujeres y Poder Primera edición, diciembre de 2008.

Derechos reservados conforme a la Ley por: © Instituto Estatal de las Mujeres de Nuevo León

Morelos 877 Ote., Barrio Antiguo, Tels.: (01 81) 2020 9773 al 76 y 8345 7771 Monterrey, N.L., 64000 Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida o transmitida, mediante ningún sistema o método, electrónico o mecánico (incluyendo el fotocopiado, la grabación o cualquier sistema de recuperación y almacenamiento de información), sin consentimiento por escrito de la institución responsable de la edición. EJEMPLAR GRATUITO. PROHIBIDA SU VENTA Impreso en México. Printed in México

CONSEJO DE PARTICIPACIÓN CIUDADANA 2008 - 2009 Cecilia Pérez M. de Sada Presidenta Jaime Alonso Gómez Vicepresidente Arnoldo Téllez Diana Perla Chapa Gonzalo Pérez Escobar Jaime R. Espinosa Maru Buerón R. M. Catalina Ahedo Rebeca Clouthier Susana González Z.

JUNTA DE GOBIERNO Lic. José Natividad González Parás Gobernador Constitucional del Estado Sra. Cristina Maiz de González Parás Invitada especial Lic. Rodrigo Medina de la Cruz Secretario General de Gobierno Lic. Aldo Fasci Zuazua Secretario de Seguridad Pública Lic. Luis Carlos Treviño Berchelmann Procurador General de Justicia Lic. Rubén Martínez Dondé Secretario de Finanzas y Tesorero General Dr. Reyes Tamez Guerra Secretario de Educación Dr. Gilberto Montiel Amoroso Secretario de Salud Ing. Alejandro Páez Aragón Secretario de Desarrollo Económico Lic. Alejandra Rangel Hinojosa Presidenta del Consejo de Desarrollo Social

INSTITUTO ESTATAL DE LAS MUJERES ∙ NUEVO LEÓN María Elena Chapa H. Presidenta Ejecutiva María del Refugio Ávila Secretaria Ejecutiva María del Consuelo Chapa Directora Operativa de Programas

Profra. Gabriela del Carmen Calles González Directora General DIF Nuevo León

Índice
Mensaje del Gobernador Introducción Prólogo ¿Quiénes son las Tejedoras de historias? Semblanzas Patricia Basave Benítez, instructora. Amparo García Villarreal Blanca Alicia Tello Lozano Cande Rodríguez Osoria Constancia Briones Salas Dora Alicia Pérez Enríquez Elsa Guadalupe Ayala Treviño Emilia Berroterán Carlos Estrella Caro Adela Romero Cárdenas Eva Villaverde Ramírez Evangelina Zapata Narváez Gloria Diamantina Caballero Chávez Magaly Elizalde Villarreal María Aurora Garza Reyna María Ayala Treviño María Candelaria Rodríguez Hernández María Cristina Girodengo Garza María del Rosario Páez Charles María Hilaria Rocha Ortiz Marilú Lomas Villarreal Martha Patricia González Valero Micaela Rosales Flores Minerva Torres Yamaguchi Sandra Edith Tirado Ventura Sanjuana García Arellanes Virginia Ponce Castañeda 7 9 13 25 27 29 31 33 35 37 39 41 43 45 47 49 51 53 55 57 59 61 63 65 67 69 71 73 75 77

Tejedoras de historias Adueñándome de mí, por Girasol Amanecer, por Orquídea Aprendiendo a volar, por Paloma triste Bajo la tormenta, por Halcón Peregrino El paradigma de una mujer, por Gardenia En pleno vuelo, por Azucena Gracias porque me has amado, por Águila triste Hay más tiempo que vida, por Nochebuena Hoy tengo una nueva historia que contar, por Gaviota La felicidad: una decisión propia, por Magnolia La vida misma, por Flor de loto Mi historia, por Águila Mi historia, por Lirio Mi más bella historia, por Kuk (Quetzal) Mi renacimiento, por Rosa ¡No necesito guajes pa’ nadar!, por La Patita Peregrina, por Ave del paraíso Recordar es vivir, por Colibrí Redescubriéndome mamá, por Cenzontle Requiere tiempo, por Zorzal Rompiendo mis ataduras, por Margarita Tejedoras de historias, por Pablonia Tejiendo la historia de mi vida: El recuento de mis años, por Jazmín Vida plena, por Gorrión Vuelo infinito, por Albatros Florecer, crecer, volar Entrevistas por Reyna Ramírez Vázquez 81 89 99 109 119 131 143 147 167 173 191 203 219 227 241 259 281 297 307 315 323 341 355 371 377 397

TEJEDORAS DE HISTORIAS TOMO II

Mensaje del Gobernador
Uno de los compromisos de mi gobierno es impulsar el ejercicio de todos los derechos para todas las nuevoleonesas. Para ello, se han emprendido acciones y estrategias innovadoras no sólo en cuanto a prevenir, atender, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, sino también para capacitarlas y dotarlas de herramientas y habilidades que posibiliten distintas vías para su desarrollo personal.

Las mujeres que se empoderan logran el cambio a título individual, lo transmiten a sus núcleos familiares y, finalmente, son capaces de incidir en las transformaciones sociales que nuestra sociedad requiere. Nuevo León se enorgullece de contar con la fuerza de esas mujeres que generan influencia en su entorno.

Por eso me es grato constatar el resultado de un esfuerzo institucional hecho realidad a través de estas Tejedoras que, en lo individual y como colectivo, nos hacen reflexionar y seguir redoblando nuestro trabajo por la equidad y la igualdad entre hombres y mujeres.

Lic. José Natividad González Parás Gobernador Constitucional del Estado

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Introducción
Tejedoras de historias II le presenta a los lectores mediante la escritura narrativa, las historias de vida que tejen el ser de la persona con el hacer y el decir, esto es, su identidad. Veinticinco mujeres se comprometieron con la Dra. Patricia Basave Benítez, a vivir el proceso bajo un enfoque feminista que entre otros elementos importantes rescata el derecho a participar, a hablar, a expresarse, a recuperar las palabras (hablada y escrita). Recibí a las mujeres al inicio del segundo diplomado y las vi en su proceso de empoderamiento. Se que ya no hay marcha atrás, terminaron reencontrándose y reconciliándose consigo mismas. El permiso que se dieron para aprender quedó apropiado en cada una de ellas. Las vi reír y llorar, transformar su mirada y su entusiasmo y plasmarlo en sus historias. Así, entre flores y aves se presentan en este libro los testimonios de Amparo García, Blanca Alicia Tello, Cande Rodríguez, Constancia Briones, Dora Alicia Pérez, Elsa G. Ayala, Emilia Berroterán, Estrella C. Romero, Eva Villaverde, Evangelina Zapata, Gloria D. Caballero, Magaly Elizalde, María Aurora Garza, María Ayala, María Candelaria Rodríguez, María Cristina Girodengo, María del Rosario Páez, María Hilaria Rocha, Marilú Lomas, Martha Patricia González, Micaela Rosales, Minerva Torres, Sandra E. Tirado, Sanjuana García y Virginia Ponce. No es posible leer este libro sin sentirse solidaria con sus relatos, con Girasol su refugio: la escuela y porqué lo hacía; con Orquídea sus relaciones con la tribu; de Paloma su profundo sentido social; de Halcón, sus disposiciones para crecer; de Gardenia por su capacidad de perdonar; de Azucena su voluntad para terminar todo lo que empieza; con Águila triste por su agradecimiento compartido; de Nochebuena, su lucha contra la discriminación; de Gaviota por aprender a volar con plena libertad; de Magnolia su profunda decisión a ser feliz y a aceptarse tal cual, Flor de loto, que rescata sus recuerdos, a veces gratos y en otros ingratos; con Águila por animarse a vivir sin enojos y con

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valentía; con Lirio, por lograr sus sueños; a Quetzal por lidiar sus miedos y ser feliz; con Rosa porque aprendió a reír y llorar sin ataduras; con La Patita por su recuperación y fortaleza; de Ave del paraíso, su perseverancia para vivir feliz; a Colibrí, por superar la soledad y por su calma interior; con Cenzontle por ser una mujer de mucho valor; con Zorzal, por sus ganas de vivir; con Margarita por su capacidad de cambio; con Pablonia, por buscar el lado bueno de la vida; con Jazmín por encontrar rumbo en sus decisiones; con Gorrión por cumplir sus metas y con Albatros por volar sin ataduras. Las entrevistas presentadas al final del libro constatan la dinámica del diplomado y sus resultados: son mujeres diferentes ahora. Para el Consejo de Participación ciudadana y para el Junta de Gobierno es de mucho aliento presentar este libro de mujeres tejedoras de sus vidas. Extienden un sentido agradecimiento a la Dra. Patricia Basave Benítez por su dedicación y talento en la conclusión de los procesos de vida de veinticinco mujeres soberanas. Instaladas en la equidad de género, seguimos trabajando.

Lic. María Elena Chapa H. Presidenta Ejecutiva Instituto Estatal de las Mujeres

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Tejedoras de historias
Tomo II
Patricia Basave Benítez y colaboradoras

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Prólogo
Con honda satisfacción presento este libro, que plasma el resultado final del segundo diplomado Tejedoras de historias, llevado a cabo en el Instituto Estatal de las Mujeres de Nuevo León, a partir de enero del 2007, hasta mayo del 2008. Se agrupan aquí las historias de vida de las 25 participantes de este taller. Al igual que en el primer diplomado, se reunieron esta vez mujeres adultas de diversas condiciones y características personales, pero todas ellas interesadas en trabajar en su desarrollo personal, a través de la recuperación, reorganización y resignificación de su autobiografía, con el objetivo de encaminarse hacia un compromiso serio de autoconocimiento y autotransformación. En esta ocasión, dado el mayor número de señoras inscritas, fue necesario dividir el grupo en dos, ya que para completar el programa tal como fue diseñado y para trabajar en la problemática individual con profundidad, se requería atención personalizada y por ende un tamaño grupal adecuado que permitiera cohesión y confianza, así como el tiempo suficiente para cada una. Así, un grupo trabajó los martes y otro los jueves en sesiones semanales de dos horas, y si bien ambos siguieron la misma temática, en cada uno se desarrolló una dinámica grupal específica y distinta, aunque los dos lograron los objetivos del diplomado: Lograr, mediante el tratamiento de la identidad narrativa femenina, el enriquecimiento de su autoconstructo, la superación del victimismo, y el empoderamiento, para así asumir la responsabilidad de sus vidas y aproximarse a una mayor autorrealización y a un auténtico sentido vital, lo cual redundaría en un mejor y más pleno desarrollo personal y familiar. El hecho de constituir una generación más numerosa hizo necesario exigir relatos personales más breves, de tal modo que fuera posible agruparlos todos en un solo libro. Aunque este requisito surgió de problemas presupuestarios y en un principio se sintió como una limitación, les permitió luego a las Tejedoras ejercitar tanto su capacidad de análisis para seleccionar lo más significativo de sus vidas, como su poder de síntesis para transmitir lo esencial de sus historias en menos palabras. Los mismos límites de extensión se impusieron también para mí en el presente prólogo. Por lo mismo, incluiré aquí sólo los puntos más relevantes —ya tratados previamente en la edición del libro del primer diplomado—, y remitiré a éste a quien le interese conocer en un mayor detalle el proyecto y sobre todo sus bases conceptuales.
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La escritura autobiográfica es fruto de la edad adulta, porque es en esta etapa de la madurez cuando surge la conciencia del transcurso inexorable del tiempo, y además se obtiene un aprendizaje más profundo, en muchas ocasiones a raíz de algunas crisis que la acompañan (pérdida de la juventud, menopausia, nido vacío, búsqueda del sentido de la vida), todas las cuales revisamos en este Taller. Por eso el diplomado está dirigido a mujeres de la llamada “edad adulta intermedia” (de los 40 a los 65 años), y la mayoría de las participantes se encontraba en este rango, con la excepción por un lado de tres señoras de la llamada “tercera edad” (que andan en su séptima década), quienes enriquecieron al grupo con su juventud acumulada, su experiencia, su vitalidad y su admirable deseo de superación; y por otro, dos más jóvenes, (ambas de 35), quienes aportaron su ímpetu juvenil y una interesante perspectiva generacional. Durante el curso trabajamos el enfoque de la identidad narrativa y de la problemática feminista, así como el diálogo y la reflexión personal, enfatizando sobre todo los aspectos vivenciales y la toma de conciencia, a través de dinámicas grupales e individuales, con el fin de que las participantes se decidieran a emprender esta aventura, como si fuera una especie de viaje, a través de la escritura de su autobiografía y la resignificación de su historia personal. Recordar, relatar y reelaborar la propia historia ofrece posibilidades terapéuticas reales, además de que la escritura abre un nuevo registro del inconsciente. En primer lugar, tiene un poder sanador a través de la catarsis y la liberación de emociones, ya que el trabajo autobiográfico ayuda a ordenar e integrar lo integrable, a unificar lo disperso, a darle sentido a nuestra vida. Porque es precisamente a través de la palabra escrita que damos voz a lo no dicho, lo no vivido o lo no asumido plenamente, y así ampliamos nuestra conciencia y esto, definitivamente, abre nuevas alternativas de transformación. Revisar así nuestra historia implica —a nivel individual— trabajar con la identidad narrativa para aceptarnos tal como fuimos y somos, hacer un pacto con el pasado, acomodar las experiencias, sanar las heridas, superar las culpas, y por último, responsabilizarnos de nuestra vida. Mientras que compartirla con otras personas dentro de un grupo, interconecta de un modo muy especial y solidario, al darnos cuenta de que compartimos experiencias similares. Sin que fuera propiamente una terapia grupal, este diplomado, sin duda, ofreció un acompañamiento terapéutico no sólo de mi parte, sino de todas las integrantes del grupo entre sí.

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¿Y qué en qué consiste la identidad narrativa? Este concepto se ha ido extendiendo en la actualidad en diversas disciplinas: psicología, historia, medicina, leyes, desarrollo organizacional, etc., y viene a rebatir conceptos sobre la identidad personal que permanecieron muy bien definidos, establecidos e incuestionables durante muchos años. A saber, que la idea del self o sí mismo y por tanto la identidad, es una entidad única, fija, continua, invariable y perfectamente lógica. Este “giro narrativo”, como se le conoce también, ha trasladado el interés a la historia, ya que abre posibilidades nuevas y renovadoras según como sea contada. Está aquí presente la postura constructivista que implica co-construir con otros las historias o relatos alternativos, de modo tal que permitan mirar desde varias perspectivas o puntos de vista, las mismas acciones y personajes. La narrativa convierte así la temática en cuestión (sea el pasado de una persona, un episodio histórico, una historia clínica o legal, etc.) en un proceso vivo, interesante, dinámico y flexible, en lugar de algo rígido, inamovible e irrebatible que admite una sola versión absolutista. Cuando a alguien le preguntamos quién es, su respuesta seguramente incluirá una historia de vida: esa historia contada expresa al quién de la acción. Se trata de una relación circular entre el ser, el hacer y el decir: ahí se fragua la identidad narrativa. En ese sentido afirmaba el connotado filósofo francés, Paul Ricoeur: “el relato es la dimensión lingüística que damos a la dimensión temporal de una vida”. La estrecha interrelación entre el tiempo de la acción y el relato, entre la historia y la narrativa, apunta hacia el poder que posee el relato para lograr el descubrimiento y la transformación de la acción misma y de la identidad que configura. De ahí que la identidad narrativa surja del cruce entre la historia y la ficción, porque “ser” es “ser interpretado”. En cierto modo, la identidad sirve de soporte o anclaje a la narrativa: aquélla tiene permanencia, continuidad, y suele ser tremendamente resistente a los cambios; mientras que la narrativa es mucho más flexible, variante, negociable y susceptible de procesos de transformación. Es por ello que con relación a la salud mental, mientras más seria sea la patología, más rígida e hipertrofiada aparecerá la identidad. En los casos más graves, los aspectos deteriorados de la identidad se rigidizan e invaden todo el psiquismo, por lo cual la persona se vuelve incapaz de construirse historias alternativas. Y al contrario, mientras más perspectivas de enfoque y de fluidez encuentre para su propia historia, mejores serán sus posibilidades de auto-aceptación y autotransformación.

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Aceptar con empatía nuestras historias y las de las demás, sin juicios, lleva a dejar atrás el victimismo, a asumir la propia responsabilidad, lo cual trae consigo un empoderamiento muy importante, que reconoce y ejerce los recursos personales. Así, dicho factor ha sido señalado por el feminismo como indispensable para iluminar la temática de género y comenzar a transformar el papel de la mujer, a través de un mayor compromiso y participación, que repercuta en su ámbito privado y público. La postura femenina victimizada y la de la inequidad y violencia de género como mera fatalidad histórica de la condición de la mujer, en cuanto a la inferioridad y sumisión femeninas con respecto al sexo masculino, ha estado por desgracia presente durante siglos en un mundo patriarcal e inequitativo. El gran esfuerzo emprendido durante el siglo pasado por el feminismo ha venido a confrontar y combatir tales posturas y sus consecuencias; es decir, las consiguientes condiciones sociales, económicas y políticas que atentan contra los derechos de las mujeres. En última instancia, se ha buscado que puedan asumir una actitud libre y liberadora, responsable y proactiva, para vivir una vida digna, sin opresión ni violencia. Una vía privilegiada de acceso a un cambio profundo en esta situación de inequidad —que por desgracia sigue prevaleciendo en nuestro país y en muchos otros— es precisamente la identidad narrativa femenina, la cual destaca el influjo preponderante del lenguaje en la vida intelectual, emocional, social y hasta espiritual, ya que no sólo tenemos sino que somos un lenguaje. Sin embargo, históricamente, el lenguaje ha estado íntimamente conectado con el saber y el poder, y por tanto con el predominio masculino, de ahí que esconda en su misma gramática y en su léxico tendencias discriminatorias. Por ello, una de las metáforas favoritas del feminismo es la de la recuperación de la voz femenina, para que la mujer pueda salir de su mudez, retomar la palabra, y con ella su derecho a expresarse y a expresar su visión del mundo, su planteamiento de demandas y de perspectivas de solución. A través de la identidad narrativa, la mujer puede cuestionar y relativizar tanto los discursos ajenos internalizados, como los mandatos dominantes que impone el contexto socio-cultural, con el fin de generar historias alternativas, verdaderamente liberadoras. Esto se vuelve posible porque escribir nuestra historia de vida permite una perspectiva de observación privilegiada, la llamada tercera posición, o meta-posición, en la cual nos convertimos en testigos de nuestro hacer y nuestro ser, para leernos y releernos, para encontrar una especie

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de nueva y creativa “construcción sintáctica”, que permita primero la aceptación y la comprensión de nuestra existencia; luego la posibilidad de reorganización, reconstrucción y transformación. Duccio Demetrio habla de que al hablar hacemos “suturas efímeras”, mientras que al escribir realizamos “costuras duraderas”. Por eso este diplomado se titula Tejedoras de historias, porque la escritura supone un entramado, una labor paciente de tejer y destejer los propios textos o tejidos vitales, que se encuentran entretejidos con los de otros tejedores. Y en esta doble connotación simbólica, estas mujeres no se limitaron a continuar su “tejido” habitual, en el significado alegórico que representaría esa labor manual reservada exclusivamente para las mujeres, equivalente a estar sujetas y recluidas en el ámbito cerrado del hogar, sino que —en palabras de María Elena Chapa— se asumieron insumisas, y accedieron al ámbito público a través de la escritura, para anunciar y denunciar a través de sus relatos, para cuestionar el dominio reservado para el sexo masculino durante siglos. En este proceso, las participantes fueron alentadas a realizar diversas actividades y valerse de distintos recursos: buscar fotografías de su niñez y juventud, rastrear en las cajas de los recuerdos, releer diarios o cartas, platicar con familiares mayores que les recordaran sus primeras etapas vitales, escuchar viejas canciones, probar antiguas golosinas, visitar lugares antes frecuentados... En fin, todo aquello que pudiera activar su memoria y conectarlas con su historia personal, para recrear escenas, recoger datos, recuperar sensaciones y emociones. No se trataba de escribir una crónica exacta, pero sí de organizar un relato verosímil y coherente, y sobre todo auténtico, sincero, con sus luces y sus sombras. Para ello, tuvieron que poner a funcionar a su “yo tejedor”, para que revisara con la ayuda de la memoria y la reflexión, los diversos yos que han sido, para ir integrando sus distintos hilos al tejido, y dotar de sentido a la trama. Por eso hablamos de identidad narrativa, porque vamos tejiendo y destejiendo —a la manera de Penélope— las historias que vivimos y los diversos y a veces contradictorios yos que vamos siendo. Esta especie de desdoblamiento del yo, permite tomar distancia para presenciar nuestra historia desde afuera, con una perspectiva distinta, potencialmente sanadora. Así, por una parte, nos empoderan, nos hacen sentir que somos importantes, que tenemos el control para contar y recontar nuestra propia historia desde nuevos ángulos, porque somos sus

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creadoras o autoras, a la vez que las protagonistas de la misma, no un mero personaje secundario. Además, precisamente a través de la escritura también podemos convertirnos en agentes de cambio de nuestras vidas. He aquí la triple A aludida en el curso y buscada a través de la metodología empleada: convertirse en autoras, actrices principales y agentes de cambio de sus propias vidas. Se dice que la madurez es el arte de vivir en paz con aquello que no podemos cambiar, así que escribir la propia historia nos ha de llevar no sólo al mero desahogo, sino a su aceptación, que no es una resignación pasiva, sino una aceptación activa. Se recupera y acepta la historia, y paradójicamente se le fija a través de las palabras, pero precisamente para soltarla, para exorcizarla al contarla. Porque al escribir nuestro relato del pasado, se abre también ante nosotras una invitación a absolvernos de nuestros errores, a intentar reparar el daño causado, en lo que todavía sea reparable, y finalmente a perdonarnos comprensiva y compasivamente a nosotras mismas, y a quienes nos hayan lastimado. De no hacerlo así, seguiremos llevando esa pesada carga, y viviendo en la anacronía —en el allá y entonces— en lugar de en la sintonía y sincronía armoniosas con nuestro presente, en el aquí y ahora. Dada la notoria incidencia de historias de abuso en estos grupos, y a la importancia que el acto de perdonar tiene a nivel psicológico o humano y también religioso o espiritual, una de las últimas dinámicas de este diplomado fue precisamente una dedicada al perdón, en su auténtica concepción, que por supuesto no anula la exigencia de justicia. Con estos dos nuevos grupos de Tejedoras, conservé el programa casi idéntico y seguí la misma metodología empleada en el primer diplomado, con las naturales variaciones introducidas en el taller gracias a mi propio crecimiento personal y a la experiencia adquirida con la primera generación. Así, fuimos revisando conceptos teóricos básicos y haciendo ejercicios prácticos con respecto a temas muy importantes, tales como las teorías feministas, el autoconocimiento, la relación con los padres, la autoestima, las creencias, la sexualidad, el reconocimiento de los propios recursos, las etapas vitales, el valor de las crisis como oportunidades de cambio, el perdón. Prácticamente emplée las mismas dinámicas (sólo introduje una nueva: la de la visualización del propio funeral), con cambios mínimos, o más bien con las adaptaciones requeridas según las características de cada grupo. De nuevo la estructura básica fue similar a la del grupo de crecimiento, pues propició la autorrevelación, la escucha activa, empática y respetuosa, pero con mucha mayor estructura de la que éste suele ofrecer.

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En cuanto a mi papel como facilitadora, sigo convencida de ejercer un liderazgo no impositivo, sino más bien permitir que el grupo se autorregule por sí mismo dentro de lo posible, mostrándome más como una guía y acompañante que facilita los procesos personales, que como una maestra que enseña “la” verdad. Las primeras sesiones estuvieron enfocadas a romper el hielo, y lograron tanto integrar a las señoras dentro del grupo, como crear un ambiente de apertura, respeto y confianza; de ese modo fue abriéndose un espacio donde cada una pudiera ir explorando en libertad sus propias experiencias y compartiendo con las demás sus hallazgos e inquietudes. Pasaron por las etapas normales que suele atravesar todo grupo, y creo que finalmente se consolidaron como tal. Ciertamente no les ahorré el dolor que conlleva la revisión y profundización de la propia historia, pero sí las acompañé al enfrentarlo. En este proceso ayudó mucho no sólo compartir el sufrimiento y la tristeza, e incluso llorar juntas, porque las lágrimas son catárticas, limpian y purifican, sino también ser capaces de reír. Escuchamos relatos muy dolorosos, en los que había carencias, desgracias familiares, episodios de abusos, violencia física y psicológica. Varias de las señoras vivían apegadas al dolorismo, o al enojo y el resentimiento; de hecho, algunas de ellas se mostraban al comienzo francamente victimizadas; otras jugaban al juego de víctima-victimario con sus parejas. Por ello, todo el trabajo del taller iba enfocado a lograr el empoderamiento a través del reconocimiento de los propios recursos, y a que cada una asumiera la responsabilidad sobre su propia vida. Darse cuenta de que estaban instaladas en sus heridas, respirando desde ahí, aprisionadas en un sentimiento de impotencia y frustración con respecto a su pasado, fue el primer gran paso para empezar a superar esa actitud, y tratar de encontrar versiones alternativas que les ayudaran a observar claramente tanto los patrones automatizados y repetitivos de algunas de sus conductas, como la historia rígidamente obsesiva que se habían venido escuchando de sus familias y de la sociedad y contándose a sí mismas hasta ahora. Precisamente para lograr esta meta-posición de testigos ayudó mucho no sólo el llanto, sino también emplear el sentido del humor y la risa. Tuve cuidado de evitar la burla, que suele ser destructiva, y busqué propiciar el reír unas con otras, lo cual es también muy terapéutico y liberador, además de que permite tomar una sana distancia y relativizar los dramas personales. Así como hubo sesiones en las que varias participantes lloraron y el grupo las acogió y acompañó en las lágrimas, también hubo otras veces en

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las que fue posible encontrar un sano humorismo, una ironía fina, o hasta una franca comicidad auspiciada por alguna, por lo general —y eso es un gran logro— precisamente por la que estaba compartiendo su historia, que pudo ser capaz de reírse de sí misma, invitando así a ser seguida por la mayoría, de modo que las carcajadas de todas resonaban alegremente en el edificio. Todas las sesiones llevaron una cierta secuencia, para ir trabajando tanto la temática femenina, como la identidad narrativa. Mientras, les iba pidiendo que fueran escribiendo y guardando memoria de todos los ejercicios y dinámicas realizados. Durante los últimos tres meses del taller, cuando ya habían compartido un buen número de sesiones, de dinámicas y confidencias, de discusiones y diálogos, de llanto y risa, de confrontación y sororidad, de meditación y aprendizaje significativo, casi todas estaban listas para leer con bastante confianza ante el grupo los textos finales de sus historias. Fue como armar un rompecabezas: con el material de lo trabajado en forma individual y grupal cada una pudo ir armando al final el suyo. A algunas les resultó difícil la escritura, pues les faltaba práctica, o bien experimentaron ese temor que despierta la página en blanco, de modo que iniciaban una y otra vez la narración, para luego desecharla. Otras en cambio, escribían con gran fluidez y soltura, y el problema era más bien cómo sintetizar y “podar” después un texto tan extenso y detallado. Sólo hubo una de ellas que, si bien terminó su historia y la leyó ante el grupo como todas las demás, decidió al finalizar el diplomado no publicarla, debido a motivos personales, y específicamente por temor a represalias del ex marido. A pesar de que tanto sus compañeras como yo la instamos a no perder esta gran oportunidad, ella se mantuvo en esa postura y respetamos su decisión. Resultó muy interesante constatar que muchas reportaron un cambio muy importante en la manera como veían su historia al término del diplomado. Tal como yo les había asegurado durante el curso: No es posible cambiar el pasado, ni los hechos o acontecimientos vividos, pero sí se puede cambiar —y de manera radical— la manera en que miramos ese pasado; es decir, nuestra percepción y por ende, nuestra actitud. Por ello, al releer textos que habían escrito años antes o al comienzo del curso, se dieron cuenta de que ya no veían las cosas de igual manera, y entonces decidieron desechar sus viejos escritos y volver a narrar la misma historia pero ya desde otra perspectiva. Y ese fue un gran logro: cambiar la mirada

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para lograr contar su historia de otro modo, con una visión nueva, más fresca y flexible, más esperanzada. Cabe aclarar que obviamente no se trata de textos literarios, si bien algunas de estas mujeres mostraron facilidad para la escritura y un estilo bastante ameno, fluido o incluso poético en ocasiones. Sin embargo, aunque les di algunas indicaciones generales de redacción y les sugerí correcciones sobre los errores más comunes detectados al escuchar las historias, mi atención estaba centrada no ese aspecto externo, lingüístico o literario, sino en el interno; es decir, en la intención y el contenido mismo de estas narraciones y en su valor terapéutico como herramienta de crecimiento personal. Por ende, en el proceso de edición únicamente se realizaron correcciones mínimas de ortografía, puntuación y sintaxis básica, pero se respetó el estilo y la estructura originales de cada texto. Esta transformación que capté de modo directo o experiencial, y que las mismas señoras reportaron, pudo ser constatada de nueva cuenta a través del test POI (Personal Orientation Inventory), aplicado al inicio y al final del Taller. Se trata de un examen confiable y por tanto es uno de los más empleados en el área de Desarrollo Humano para medir los valores y conductas de auto-realización, básicamente a partir de dos factores clave: 1) manejo o competencia en el tiempo (ubicación en el presente, que evita tanto las culpas y resentimientos del pasado, como la angustia y miedo del futuro); y 2) auto-soporte (auto-orientación de la persona o dependencia de otros para manejar su vida). Hay además 10 sub-escalas relacionadas, las cuales reflejan facetas importantes en el desarrollo personal, tales como los valores de auto-realización, la fluidez existencial, la reactividad emotiva, la espontaneidad, el auto-concepto, la auto-aceptación, la concepción sobre la naturaleza humana, la capacidad de sinergia, la aceptación de la asertividad y la capacidad para establecer contacto íntimo. Los resultados comparativos entre las dos aplicaciones del test (enero de 2007 y abril de 2008) arrojaron resultados positivos de diversos grados, en algunos casos verdaderamente relevantes, con un desplazamiento de la zona inferior o la promedio hacia la superior. Salvo algunas excepciones, hubo mejoría sobre todo en las dos principales escalas: la de auto-soporte y la de competencia en el tiempo, y también entre las sub-escalas destacaron en auto-percepción, espontaneidad y la percepción de la naturaleza humana. No hubo prácticamente ningún descenso en la línea completa, aunque sí en algunos casos, algunos leves y

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aislados en determinados puntos, que sin duda indican ciertos ajustes durante una etapa de transformación; por ejemplo en la sub-escala de los valores primarios. En general las puntuaciones más bajas de la mayoría se reportaron en el punto de asertividad (traducida como agresión natural, creo que inadecuadamente), lo cual refleja un típico transfondo de género (“calladita y modosita te ves más bonita”), y en menor grado en sinergia (por eso el énfasis que el feminismo hace en la sororidad, o cooperación entre mujeres). Este cambio significativo observado en la práctica, y constatado en los tests, comprueba la hipótesis de mi tesis sobre la efectividad del trabajo con la identidad narrativa y la escritura autobiográfica, para intentar acceder a las capas más profundas de la personalidad, como son las creencias y la identidad. Por ello fue posible observar cambios relevantes al concluir el Taller (si bien en diversos grados en cada cual), tanto en la actitud como en patrones de comportamiento. Prácticamente sin excepción, todas las participantes fueron reportando “desatores”, “desenganches”, abandono del victimismo, hallazgos, avances, mejora en la autoestima, recuperación de sus recursos personales, ensayo de nuevas conductas más integradas, sensación de liberación y de disfrute de la vida, mejor ubicación en el presente. En esta ocasión se optó también por utilizar un pseudónimo para firmar sus historias, aunque sus nombres verdaderos y notas biográficas aparecen con los datos reales de cada una. Al igual que con la primera generación, surgió aquí la inquietud de no dañar a otras personas involucradas en sus historias. Les pedí que eligieran si deseaban continuar utilizando –como lo hizo la primera generaciónsímbolos en torno al tejido, o bien cambiar la metáfora, siempre que fuera una con la que se identificaran y expresara sus procesos de auto-descubrimiento y cambio. El grupo del martes escogió las flores, no sólo por el simbolismo obvio de su belleza y aroma, muy conectado con la feminidad, sino sobre todo por la capacidad de florecimiento y desarrollo; por la necesidad de atención y los cuidados requeridos en su cultivo para lograr el despliegue de todo su esplendor. Mientras que el del jueves optó por las aves, por el simbolismo del vuelo, en cuanto a la referencia bastante evidente de libertad; así como de la belleza del canto y la gracia del plumaje, también símbolos asociados con la feminidad. Pero sobre todo, ambos grupos quisieron destacar dos aspectos aparentemente contradictorios: por un lado, el triunfo de la vida y de la tendencia a la auto-

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realización, que se capta en la perseverancia que los pájaros muestran al reconstruir una y otra vez sus nidos destruidos o abandonados, sin dejar por ello de cantar; y en el también perseverante florecimiento cíclico de las flores. Y por otro lado, la impermanencia, la fugacidad y la fragilidad que captaron en sus historias vitales. Varias de ellas dijeron que al comienzo del diplomado se habían sentido como aves con las alas rotas, que no podían volar o que lo hacían en distancias cortas y con mucho temor, pero que ahora se sentían capaces de extender sus alas y remontar un vuelo más alto y prolongado. Otras compararon su pasado con flores que habían sido arrancadas y yacían marchitas, ajadas, e incluso pisoteadas; mientras que ahora podían sentir que volvían a florecer. Tal fue la ardua labor que realizaron mis Tejedoras, y el resultado de su esfuerzo queda plasmado ahora en este libro. Ciertamente, no pretendo presentar el diplomado como una panacea, ni mucho menos decir que estas mujeres han concluido su proceso de desarrollo personal, ya que éste termina hasta la muerte. No obstante, con gran satisfacción puedo afirmar que estas mujeres lograron realizar un trabajo personal considerablemente profundo y -según fui atestiguando en el transcurso del taller- de impacto muy positivo tanto en sus propios procesos vitales, como en su contexto familiar y social, a pesar de que tal como era de esperarse, al romperse patrones co-dependientes y complementarios, hubo en algunos casos ciertas reacciones de sorpresa, reclamo, chantaje; en otros en cambio, recibieron muestras de aliento de parte de sus familias. Seguramente les esperan nuevos retos, dificultades y problemas; acaso algunas estén iniciando apenas su auto-transformación, y por ello se sientan todavía en medio de un caos, de manera que tendrán todavía muchas cosas por acomodar. Por supuesto no fue sencillo llegar hasta ahí; le invirtieron tiempo, dedicación, esfuerzo, valentía, para ir enfrentando verdades dolorosas y asumiendo la responsabilidad personal. Asimismo en casi todos los casos —según aseguraron— se produjeron cambios en su contexto interaccional y sistémico, tanto en sus familia nuclear como en la de origen, y en ocasiones también en su ámbito social más cercano. En casi todas surgió o se profundizó aún más el deseo de trabajar en el ámbito comunitario y social, sobre todo –pero no exclusivamentecon otras mujeres. Y ahora ya con tres grupos de Tejedoras egresadas de este diplomado, surgió la inquietud de continuar en este proceso de aprendizaje y capacitación personal, para luego llegar a constituir una Asociación Civil en forma, y de esa manera ofrecer oportunidades y crear espacios de desarrollo humano para

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las mujeres de nuestro estado, e incluso más delante -¿por qué no?- de otros. Para lograrlo, hemos estado trabajando ya durante varios meses -de manera paralela al diplomado- en diversos comités que estructuramos con ese fin, y esperamos que este esfuerzo madure y crezca pronto, para que dé frutos abundantes en un futuro cercano. Me queda claro, y así lo manifestaron muchas de las señoras, que el proceso les resultó a veces doloroso, confrontador e incluso hasta atemorizante por desatar ciertas crisis; no obstante, luego captaron que todo caos es potencialmente creativo y anuncia la esperanza de un nuevo cosmos. Así pues, llegamos aquí al fin de un viaje lleno de aventuras, riesgoso y complejo, pero a la vez muy enriquecedor y emocionante. Fue para mí un verdadero privilegio haber podido acompañar a estas nuevas Tejedoras durante el trayecto de su travesía, y compartir con ellas sus valiosas historias de vida. Les agradezco a cada una de ellas su apertura y confianza, y al Instituto Estatal de las Mujeres de Nuevo León, en particular a la Jefa de Capacitación, Lic. Leticia Hernández, por su apoyo constante; a la Coordinadora de Difusión, Guadalupe Elósegui, por el esmerado trabajo editorial desarrollado para cristalizar esta publicación; y muy especialmente a su titular, la Lic. María Elena Chapa, por la visión y el entusiasmo con el que acogió e impulsó este proyecto desde su arranque, y por el apoyo permanente que me ha brindado. “Sé tú el cambio que quieres ver en el mundo”, dijo el gran líder y reformador hindú Mahatma Gandhi. En tal sentido, el proceso de autotransformación que iniciaron nuestras Tejedoras y que hoy queda plasmado en este libro, sienta un valioso precedente en dicha dirección. Sin duda, hay aún muchísimo por a favor de la equidad de género y de una vida más justa, libre de opresión y violencia, una vida digna y feliz para las mujeres nuevoleonesas y mexicanas. Con todo, me parece que habiendo tejido este singular entramado estamos contribuyendo a lograr una transformación que es cada vez más urgente en nuestra sociedad. Además, entre las participantes habrá quienes ahora estén en mejores condiciones personales para dedicarse a luchar por lograr cambios estructurales de fondo en su comunidad. Sin duda, cada una de las Tejedoras que hoy publica su historia de vida podrá decir, entre asombrada y satisfecha, algo que les vaticiné: “Nada ha cambiado, sólo yo misma, y por eso todo es distinto ahora.” Patricia Basave Benítez

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¿Quiénes son las Tejedoras de historias?
Semblanzas

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PATRICIA ISABEL BASAVE BENÍTEZ
Instructora del Diplomado Tejedoras de historias.

Patricia Isabel Basave Benítez nació en la ciudad de Monterrey, N.L., el 16 de junio de 1951, segunda hija de un jalisciense por nacimiento pero regiomontano por adopción y convicción, el ilustre académico, humanista y escritor Dr. Agustín Basave Fernández del Valle, y de una bella, generosa y salerosa malagueña, Emilia Benítez Jiménez. Casada durante 25 años, está actualmente divorciada, y se proclama orgullosa madre de tres hijos —Héctor Diego, Cecilia Isabel y Pedro Alberto—, a los que considera sus mejores doctorados en la vida; además, sus relaciones familiares se han enriquecido con una hija política, Claudia, y con el nacimiento de su primera nieta, Claudia Lucía. Se graduó con las más altas distinciones de la carrera de Letras Españolas en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, luego obtuvo con el grado de Sobresaliente un doctorado en Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid, España, y posteriormente hizo una Maestría en Desarrollo Humano en la Universidad Iberoamericana, así como un diplomado en Logoterapia en la Sociedad Mexicana de Análisis Existencial y Logoterapia. Ha participado en los Consejos de diversas instituciones privadas, educativas y sociales, y ha
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trabajado como maestra e investigadora en diversas instituciones, como la Universidad Regiomontana, el Instituto Tecnológico de Monterrey, la Universidad de Monterrey, Craudes, el Instituto Cultural para Adultos y el Instituto Estatal de las Mujeres de Nuevo León, tanto en el área de Lengua y Literatura, como en la de Educación y Desarrollo Humano. Ha publicado diversos artículos en dichas especialidades en revistas y anuarios universitarios. Asimismo, como producto de su investigación en el campo de las habilidades verbales básicas y la lecto-escritura, publicó en co-edición con su equipo investigador los libros La lengua escrita. Teoría básica y ejercicios prácticos, y La lengua escrita. Antología. Al graduarse en los posgrados de Desarrollo Humano y Logoterapia, reorientó su actividad profesional hacia el área de la psicología y el acompañamiento grupal, pero logrando una síntesis al incorporar sus conocimientos lingüísticos literarios. Así lo demuestra su tesis de Maestría Identidad narrativa femenina: Un camino hacia el crecimiento personal, en la cual trenza su especialidad en Letras, su experiencia pedagógica con grupos de mujeres de diversos estratos sociales, así como sus hallazgos teóricos y experiencias personales en el ámbito del Desarrollo Humano. Precisamente con esta tesis de enfoque multidisciplinario se introdujo en el tema de género y realizó un amplio estudio en el que diseñó un taller para mujeres, como propuesta concreta para abordar la compleja problemática de género avizorada en el triple marco teórico antropológico, psicológico y lingüístico-literario. La hipótesis central plantea la incidencia de la identidad narrativa femenina en la búsqueda de autorrealización y sentido en la vida de las mujeres, y en última instancia, en las posibles soluciones, a nivel individual, para los problemas de género. El Instituto Estatal de las Mujeres de Nuevo León le abrió sus puertas para poner en práctica su investigación, impartiendo el diplomado Tejedoras de historias. Tanto con su tesis, como con el trabajo realizado en el diplomado —cuya culminación queda plasmada en dos libros que ofrecen en antología las historias de vida de las mujeres participantes—, Patricia Basave propone un feminismo más auténticamente femenino, más abierto, incluyente y colaborativo, que considere el sistema total y, por ende, al ser humano en su doble versión: la masculina y la femenina, las cuales se encuentran inextricablemente entretejidas, si bien por desgracia confrontadas en el entramado social. Su propuesta apunta hacia un salto epistemológico que confirme la identidad común de varones y mujeres, como seres humanos sexuados con distinciones innegables y complementarias en los diversos ámbitos, pero con idéntica dignidad y con responsabilidades y libertades equivalentes.

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AMPARO GARCÍA VILLARREAL
Nació en Monterrey, N.L., el 2 de enero de 1932. Es hija de Emilio García Treviño y Amparo Villarreal Garza, finados, originarios de Santa Rosa de Apodaca y Zuazua, N.L., respectivamente. Realizó los estudios primarios en la Escuela “León Guzmán” y “Nuevo León”, de donde obtuvo su certificado en 1945. Estudios de Teneduría de libros y Taquimecanografía, los llevó en la Academia Práctica de Comercio, recibiendo su diploma en 1947. En su tiempo, trabajó por diez años alternándolos en la empresa de dulces La Imperial, S.A.; en la empresa de herramientas Casa Cram y en la de productos medicinales importados y del país, Química y Farmacia, S.A. En el sistema abierto del INEA estudió la secundaria hace un par de años y obtuvo su certificado con promedio de 8.6, el 22 de septiembre de 2006. Es abuela de cinco niñas y dos niños de sus tres hijas. Siempre ha tenido el gusto por la lectura, la música, el hogar, al que se ha dedicado, por la naturaleza así como por cursos de superación personal, impartidos por la licenciada María Esther Lupercio, en octubre de 2005, y la licenciada Patricia Basave, a través del Instituto Estatal de las Mujeres, en 2008, a quienes agradece sus enseñanzas.
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BLANCA ALICIA TELLO LOZANO
Nació el 18 de diciembre de 1954. Está casada desde hace 30 años con José Villafuerte González; tiene una hija y dos hijos: Georgina, de 27 años, (casada con Julio Sánchez); José Andrés, de 24 años y Adrián, de 16 años. Tiene un nieto de 11 meses que se llama Gabriel. Ha sido directora de una asociación de beneficiencia; gusta de la lectura, el cine, la fotografía, el ejercicio, la jardinería, el campo y la repostería. Dentro de sus planes a futuro están: “El continuar acumulando años, seguir aprendiendo y creciendo como persona y ver realizados a cada uno de sus hijos. Amo a mi familia y a la libertad. Y como dice María Elena Chapa: Me asumo insumisa”.

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CANDE RODRÍGUEZ OSORIA
Nació en Monterrey, N.L. Es madre de tres hijos y está casada. Posee estudios de Secretariado Bilingüe, Contador privado y Cultora de belleza. Actualmente tiene su propio negocio y está en constante capacitación porque cree y confía en el éxito.

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CONSTANCIA BRIONES SALAS
Nació el 17 de febrero de 1952, tiene 38 años de casada. Del fruto de su matrimonio tuvo cuatro hijos: dos mujeres y dos hombres. En la actualidad tiene 10 nietos, de los cuales cinco son niñas y cinco son niños.

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DORA ALICIA PÉREZ ENRÍQUEZ
Nació en Poza Rica, Veracruz. Tiene 53 años. Realizó estudios profesionales en la Universidad Nacional Autónoma de México, en la Facultad de Estudios Superiores Cuautitlán (FES-C), Estado de México. Obtuvo el título de Médica Veterinaria y Zootecnista, generación 77-81. Ejerció una temporada en clínica de pequeñas especies en Jiutepec, Civac, Morelos. Estuvo casada 20 años. Es hija de Mercedes Enríquez Juárez y Porfirio Pérez García (qepd). Tiene ocho hermanos: Wenceslao, María, Agapita, Inocencia, Fidencio, Rosalbina, Josefina y Eliseo. Sus tres hijos son: Rubén, pasante de Odontología; Dora Luz, a punto de terminar la Facultad de Psicología, y Abraham Jonathan, quien inicia la Facultad de Ciencias de la Comunicación. Como madre, sus hijos son: “mi máxima escuela, esencia de amor”. El mayor tiempo lo dedicó al hogar. En el 2006 tomó algunos cursos y asistió a conferencias de valores, oratoria, autoestima, equidad de género y taller de lectura que promovió el Instituto Municipal de la Mujer en San Nicolás. Ese mismo año participó como voluntaria en programas de beneficio a la comunidad de San Nicolás y Apodaca. Obtuvo un reconocimiento como socia fundadora del club de Liderazgo Internacional, A.C., invitada por el Instituto Municipal de la Mujer en San Nicolás. Impartió un curso-taller de “Desarrollo Humano” para padres, en una secundaria de San Nicolás. En el 2007 concluyó un curso de computación en el Cecam San Nicolás. Ese mismo año inició su participación activa en el Diplomado Tejedoras de historias en el Instituto Estatal de las Mujeres de Nuevo León, que culminó en mayo del 2008. Desde mayo de 2007 se desempeña como ejecutiva de ventas de productos y equipos veterinarios.
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ELSA GUADALUPE AYALA TREVIÑO
Dios, el artista perfecto, me entregó el 12 de diciembre de 1946 en Monterrey, N.L., el lienzo para el cuadro de mi vida. Al principio era abstracto e indefinido pero me bendijo con bastante creatividad y puso en mí el optimismo de mi padre Marcilio y la tenacidad de mi madre María de Jesús, además me proveyó con el material necesario para que yo siguiera trabajando en lo que apenas era un boceto. Recibí en grandes cantidades el rojo del amor, el verde de la esperanza, el azul de la ilusión, el morado del valor, el amarillo de la alegría y suficiente habilidad para que, al mezclarlos, obtuviera infinidad de tonos y medios tonos con los que he plasmado mi trayecto por este mundo. También recibí el negro de los problemas y la sombra de las penas y al manejarlos aprendí que los contrastes son hermosos y necesarios porque aunque son difíciles de trabajar, son con los que más se aprende. Además de combinar todos los colores y matices que recibí de Dios, le he agregado de mi cosecha el blanco de la paz, obteniendo mucha luz que me ha ayudado a equilibrar mi composición y a armonizar mi pintura. Para la elaboración de esta obra, que aún no está terminada, me he preparado lo mejor que he podido, estudiando bastante y sacando provecho de mi sensibilidad e intuición, porque quiero que al final sea una gran obra maestra. Como él me ama mucho, me dio tres maravillosos elementos más, de los que me siento muy orgullosa: Lorena, Catalina y Antonio. Hace 17 años, por medio de Caty se anexó Héctor y como bendición especial llegaron Dani y Carola. Desde que todos ellos, junto con familiares y amigos formaron parte de la pintura de mi vida, ésta se tornó verdaderamente hermosa y no me canso de contemplarla. Sólo espero que al presentársela a mi maestro sea de su agrado y me dé su aprobación.

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EMILIA BERROTERÁN CARLOS
Nació en Chihuahua, Chih., el 8 de agosto de 1962. Cursó la educación primaria en la Escuela “Dr. Ángel G. Castellanos”; posteriormente estudió en la Escuela Secundaria Estatal No. 8. La carrera comercial la hizo en la Escuela Industrial para Señoritas. Al graduarse trabajó por 13 años en las oficinas generales de Mercados del Real, cadena de tiendas de autoservicio, desempeñando varios puestos administrativos, desde auxiliar de Costos, hasta la jefatura del Departamento del Sistema Detallista. Considera que ésta fue una época muy fructífera donde obtuvo muchos logros y tomó la decisión de tener a su único hijo. Posteriormente vino a la ciudad de Monterrey, donde tiene 15 años radicando. Durante ese tiempo, trabajó 10 años como modista de alta costura y lleva cinco años como ama de casa. En ésta, su actual motivación, dedica algún tiempo a la confección de ropa, misma que hace por gusto más que por trabajo, ya que anteriormente no había podido disfrutar. Considera que tiene una familia a la que ama y es muy feliz. Desde hace dos meses cambió su lugar de residencia a General Terán, N.L.
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ESTRELLA CARO ADELA ROMERO CÁRDENAS
Nació el 21 de marzo de 1952 en la maternidad Guadalupe, en Monterrey, N.L. Nieta de José María Cárdenas, revolucionario, alcalde de Lampazos, N.L., asesinado en 1916; hija de José Ángel Romero Rendón y Adela Cárdenas Ibarra. Creció en el barrio ubicado por la calle Adolfo Prieto (Tapia) entre Félix U. Gómez y Batallón de San Blas; se graduó del Jardín de Niños “Payasito” en el Aula Magna. Estudió y trabajó como maestra de primaria y secundaria, asistió a cursos y seminarios de: Geografía, Historia, Educación Física, Lengua y Literatura; la materia “Nuevoleoneses del Siglo XXI”, Conservación y Protección del Medio Ambiente, Computación, Teatro, Baile Flamenco y Artísticas. Fue estudiante del ballet de danza folklórica del municipio de Monterrey, Instructora de Danza Folklórica y Regional en la Escuela de Artes Escénicas de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL). Estudió inglés y terminó la Licenciatura en Docencia Tecnológica. Se graduó como mamá el 29 de septiembre de 1987. Del 2003 a la fecha ha asistido a diferentes cursos, seminarios y talleres de superación personal como: Inteligencia emocional, Comunicación efectiva y Liderazgo, Derechos humanos y Grupos vulnerables, y Capacitación ciudadana en materia de seguridad. Recientemente retomó sus estudios de inglés y terminó con gran satisfacción el diplomado de Tejedoras de historias, en el Instituto Estatal de las Mujeres.
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EVA VILLAVERDE RAMÍREZ

Nació en San Lorenzo Ometepec, Puebla. Cursó la primaria en la Escuela “Himno Nacional” y la secundaria en el Centro Escolar “Niños Héroes de Chapultepec”. Terminó la preparatoria en la Universidad Autónoma de Puebla, y posteriormente cursó la carrera de enfermería en la Escuela Militar de Enfermeras. Al concluir sus estudios se incorporó a la vida laboral en el Hospital Militar Regional de Puebla, donde desempeñó diferentes jefaturas en los servicios del mismo; cursó la carrera Técnica en Radiología en el Hospital de Especialidades del IMSS, donde trabajó aproximadamente dos años. Como enfermera militar obtuvo el grado de Capitán Primero y trabajó durante 22 años. Estudió la licenciatura en Enfermería por la Universidad Autónoma de Puebla. Después hizo la carrera de Optometría en el Conalep Chipilo, en la misma entidad. En este ramo trabajó 10 años. Tiene la fortuna de ser madre de Diana y Jorge Luis, exitosos estudiantes y magníficos hijos. Actualmente radica en la ciudad de Monterrey, N.L.,desde hace dos años.
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EVANGELINA ZAPATA NARVÁEZ
Nació el 9 de marzo de 1958. Actualmente está divorciada y tiene un hijo de nombre Roberto Carlos Zapata. Es ministra de culto y presidenta fundadora de una asociación civil. Para ella: “Dios no sólo es refugio, es plenitud de gozo y poder que fluye”.

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GLORIA DIAMANTINA CABALLERO CHÁVEZ
Llegó al mundo el 8 de mayo de 1967 en la ciudad de Monterrey, N.L. Creció dentro de una familia muy numerosa. Estudió en escuelas públicas la primaria y secundaria, posteriormente cursó secretariado y belleza. En la actualidad también posee un diplomado en Terapia Gestalt y recién concluyó el diplomado Tejedoras de historias. Trabajó en negocios propios; atendió a su familia (tres hijos) hasta que fueron adolescentes; se ha desenvuelto como ejecutiva de ventas por unos años. Actualmente sigue con las ventas por su cuenta. “Quiero agradecer a Dios por darme el placer de poner en mi vida a mi hermano Francisco Javier Caballero Chávez (qepd) quien cuidó de mí y me formó como ser humano y a mis tres hijos les enseñó a trabajar y a hacerle frente a la vida. Hermano, te amamos, dondequiera que estés”.

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MAGALY ELIZALDE VILLARREAL
Nació el 2 de marzo de 1954. Es madre de cuatro hijos y abuela de cuatro nietos. Realizó servicio social en los Talleres de Oración y Vida, en 1989. Colaboró en el Hogar de las Bienaventuranzas en 2002. Sus especialidades son la repostería, ayudar a los demás y servir a Dios hasta que Él lo decida.

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MARÍA AURORA GARZA REYNA
Soy María Aurora Garza Reyna. Cursé mi carrera de Contadora Pública en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), trabajé por un año en Fabricación de Máquinas, empresa que pertenece al Grupo Vitro. Cambié de trabajo, me ascendieron a Directora General de mi propia empresa: mi familia. Me casé y Dios nos regaló tres hijos, los cuales son el resultado del gran amor de mi esposo y mío. Con el puesto asignado he llevado a cabo trabajos de todo tipo: enfermera, psicóloga, cocinera, modista, amiga, cómplice, chofer, confidente, etcétera. Hasta ahora los resultados como Directora General de mi empresa han sido siempre buenos y en ascenso; mis dos hijos mayores ya están graduados y el chiquito está en secundaria. Durante mi gestión también me seguí preparando, tomé diferentes cursos y el último es este diplomado. Espero seguir en la lucha, vivir la vida de la mejor manera posible, con madurez y fe en Dios.

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MARÍA AYALA TREVIÑO
Soy María Ayala Treviño, me considero una mujer muy apasionada y soñadora. Tengo 59 años y siento que estoy en la mejor etapa de mi vida. Soy madre de dos hijos maravillosos, uno ya no está físicamente a mi lado pero sí en mi corazón, y mi hija es una mujer en toda la extensión de la palabra, a quien admiro y amo con toda mi vida. Tengo 34 años de casada, me dedico en parte a las labores de mi casa, pero mi prioridad es escribir. Presenté un ensayo de novela en la Editorial La Naranja ante su fundadora, la escritora Patricia Laborde, pero mi amor está en la poesía, por lo que Oficio Ediciones, representada y dirigida por el escritor y poeta Arnulfo Vigil, publicó mi primer libro de poemas titulado De lirios y ensueños. Actualmente participo como colaboradora en la Revista Oficio de la misma editorial donde se publican mis poemas y escritos. Estoy por concluir mi segundo libro de poesía, continúo escribiendo pues es mi más grande pasión y me llena de satisfacción. Participé como una gran experiencia de vida en el diplomado Tejedoras de historias en el Instituto Estatal de las Mujeres, y espero en Dios seguir en este avance, pues no me gustaría quedarme a la mitad del camino que se me abrió.
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MARÍA CANDELARIA RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ
Nació el 22 de enero de 1938 en Harlingen, Texas. Es hija de padres mexicanos: Onésimo López García y Elpidia Hernández Paniagua. Su padre adoptivo es Juan Rodríguez Coronado. Actualmente está casada y tiene seis hijos: cuatro mujeres y dos hombres, de los cuales, cinco son casados y una soltera. Estudió hasta tercer año de primaria; es autodidacta y con el tiempo, se formó como luchadora social. Participó en el grupo juvenil de la CTM, recibió cursos de capacitación de la Ley Federal del Trabajo, Derecho Civil, Derecho Penal, Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales. Su primera oratoria y participación en la política fue en la campaña de Pedro Zorrilla Martínez; con el Diputado Antonio Medina Ojeda fue coordinadora femenil del Tercer Distrito Local. Colaboró con Gloria Mendiola cuando fue diputada por el Tercer Distrito. Ha sido coordinadora de nueve colonias haciendo trabajo de gestoría, trabajo social y defendiendo comerciantes. También se desempeñó como Juez Auxiliar por 15 años. Ha participado como Presidenta de la Asociación de Padres de Familia en las escuelas de sus hijos; ha sido Presidenta de Mujeres de la Iglesia y Presidenta seccional del PRI en la actualidad. Ha sido enlace social con el grupo “Amigos de personas de la tercera edad”.
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MARÍA CRISTINA GIRODENGO GARZA

Nació el 1 de julio de 1951 en la ciudad de Monterrey, N.L. Cursó la primaria y secundaria en escuelas públicas y la preparatoria en la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL). Asimismo, estudió dos semestres de la carrera de Arquitectura en la Universidad Regiomontana. Trabajó como secretaria en la UANL, posteriormente, como secretaria de Vías Públicas del Municipio de Monterrey. Estudió Cultora de Belleza en la Academia Ricaud y fue propietaria de un negocio de comida por 20 años. Formó parte del comité de damas de la mesa directiva de su colonia y fungió como voluntaria enseñando Valores en una escuela pública por espacio de cinco años. También fue voluntaria del Taller de Manualidades en el Liceo de Monterrey por cuatro años. Tomó los cursos ESPERE y Fusionado en Vidrio. Está casada y es madre de dos hijos.

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MARÍA DEL ROSARIO PÁEZ CHARLES
Nació en Monterrey, N.L. el 10 de octubre de 1947. Está casada desde hace 35 años, tiene dos hijos varones y cuatro maravillosos nietos. Estudió el secretariado en el Colegio Excélsior y años después la secundaria abierta; actualmente estudia computación e inglés. Laboró durante tres años y medio como cronista en un periódico de la localidad y varios meses en una radiodifusora. Después de casarse tuvo varios negocios propios en diferentes ramos. En estos últimos años se desempeñó como encargada del personal en el DIF en el municipio donde actualmente reside, y es asistente en el Instituto Municipal de las Mujeres. En el área social perteneció al Patronato Iniciativas Solidarias, A.C., desde hace más de 10 años es voluntaria de la Cruz Roja; socia activa y ex Presidenta de la UFCM de su Parroquia desde hace 30 años, y participó años atrás en el equipo de Liturgia y Pastoral Social. Ha tomado diferentes diplomados y talleres impartidos por el Instituto Estatal de las Mujeres como: Equidad de género, Los derechos de las mujeres, Multiplicadoras, Poder y liderazgo, Círculos de lectura, Capacitación política, y Tejedoras de historias. Sus aficiones son hacia la lectura, la poesía y las manualidades.
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MARÍA HILARIA ROCHA ORTIZ
Nació el día 11 de junio de 1938, en Monterrey, N.L. Es viuda, madre de cuatro hijos y abuela de cuatro nietos: tres niñas y un niño. Hizo estudios hasta la secundaria y ha tomado diversos cursos y diplomados de superación personal. Actualmente se desempeña como voluntaria desde hace 14 años, en el DIF Monterrey, en el área de la tercera edad, dando cursos de superación. Además es presidenta de un Comité de Vecinos Unidos, acreditada ante la Dirección de Prevención del Delito de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado de Nuevo León.

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MARILÚ LOMAS VILLARREAL
Nació en Monterrey, N.L., en el seno de una familia con carencias económicas, pero rodeada de amor. Fue la mayor de cinco hermanos. Cursó kínder y primaria y a los 11 años inició una carrera comercial de tres años; a los 14 años inició en su primer trabajo como secretaria en el Centro Mercantil de Monterrey, en el que estuvo durante tres años. Posteriormente ingresó a otra empresa de productos alimenticios en la que estuvo por varios años. Ha tomado cursos de inglés, actividad que le ha permitido trabajar en Teléfonos de México como operadora internacional. Luego se casó y se dedicó a su familia, iniciando su nueva vida.

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MARTHA PATRICIA GONZÁLEZ VALERO
Nació el 9 de enero de 1968 en Monterrey, N.L. Sus estudios de primaria y secundaria los cursó en escuelas de gobierno y la preparatoria en la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL). Se casó en 1985 y actualmente es madre de tres hijos. En el transcurso de su vida se ha seguido preparando y tomado cursos de computación, talleres de capacitación de diferentes temas como: Los derechos de las mujeres, Equidad de género, Liderazgo y Poder, Violencia familiar, Prevención del maltrato infantil, Capacitación política, entre otros. Trabajó en el DIF Municipal de Benito Juárez, en la administración de 1989 a 1991.De 1996 al 2003 trabajó en el INEA (Instituto Nacional de Educación para los Adultos). Del 2003 al 2006 fue Directora del DIF Municipal de Ciudad Benito Juárez, N.L. Actualmente trabaja como Directora del Instituto Municipal de las Mujeres, en Juárez, N.L. y cursó el diplomado Tejedoras de historias, del cual dice haber aprendido mucho para su desarrollo personal.

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MICAELA ROSALES FLORES
Nació en Tuxpan, Nayarit, el 22 de agosto de 1947. Es hija del señor Juan Rosales Ayala y la señora Juliana Flores de Dios. Estudió en la Normal “General Mariano Escobedo” (1961-1967), Enfermería Técnica en la Cruz Roja (1968-1970), secretaria contador en el Instituto Washington (1968-1970), Licenciatura en Educación Primaria (1976-1981). Comenzó su carrera profesional en la primaria “20 de Noviembre”; colaboró en la Escuela Primaria “Mi patria es primero” en la colonia Moctezuma; en la Escuela Primaria “Pablo Livas” en la colonia Los Altos, y como directora en la Escuela Primaria “5 de Diciembre”, en la colonia Burócratas Federales. Trabajó además como maestra comisionada en la Secretaría de Educación Pública (1986-2001) y como dama voluntaria en el DIF de Santa Catarina (2003-2006).

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MINERVA TORRES YAMAGUCHI
Nació en Monterrey, N.L. en 1961. Estudió la primaria, secundaria, preparatoria y comercio y se ha desempeñado como secretaria y promo-vendedora, actividades en las cuales ha tenido funciones como correctora, supervisora y capturista de datos. Ha sido además empleada de diferentes bancos. Estudió dibujo y cultora de belleza; ha tomado diplomados y conferencias de superación personal, clases bíblicas en ANSPAC, y recientemente terminó el diplomado Tejedoras de historias en el Instituto Estatal de las Mujeres de Nuevo León.

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SANDRA EDITH TIRADO VENTURA
Soy Sandra Edith Tirado Ventura, nací en Monterrey, N.L., el 19 de agosto de 1972. Estudié en escuelas públicas hasta la secundaria; comencé a trabajar a los 16 años como empleada de confianza en empresas del ramo alimenticio, hasta los 19. Durante un año trabajé por mi cuenta, después volví a laborar como empleada hasta los 22 años. Me casé a los 23, desde entonces me dedico al hogar, ya casada estudié un año de belleza, actualmente estudio un Diplomado en Programación Neurolingüística y el Diplomado en Desarrollo Humano en el Instituto Estatal de las Mujeres.

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TEJEDORAS DE HISTORIAS TOMO II

SANJUANA GARCÍA ARELLANES
Tiene 42 años de edad, comerciante. Es divorciada y madre de tres hijos. Estudió secretariado y sigue estudiando o aprendiendo de los libros, talleres, conferencias o pláticas que le permitan enriquecerse y crecer como persona. Su mayor logro, dice, es abrir los ojos ante una vida de maltrato y no sentir vergüenza de reconocerlo, todo lo contrario, afirma sentirse orgullosa de aprender de los errores pues para eso son, para corregirlos. “No me canso de aprender porque, a partir de ello, estoy en esta situación, trato de aprovechar todo lo bueno que la vida me regala, como este magnífico diplomado de Tejedoras de historias, porque realmente estamos entretejidas, tenemos puntadas de lo que aprendimos en nuestra casa materna y haremos puntadas de acuerdo a nuestras acciones, que nuestros hijos seguirán luego tejiendo. a ellos dedico este escrito, son mi principal motor para recuperar mi dignidad y la capacidad de vivir plenamente”.

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VIRGINIA PONCE CASTAÑEDA
Nació el 22 de enero de 1956, en San Nicolás de los Garza, N.L. Nicolaíta, optimista por naturaleza, deportista y ampayer de softbol y béisbol; madre, compañera, abuela, activista, diversa y zapatista, por lo tanto, multifacética. De juventud acumulada, agradecida por las experiencias y vivencias en trabajo social comunitario, así se define, se acepta y se ama. Además, asume las palabras de María Elena Chapa: “Me declaro insumisa”.

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Tejedoras de historias
Tomo II

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Adueñándome de mí
por Girasol

Cuando llegué a este lugar sólo sabía que impartirían un diplomado, no entendía ni de qué se trataba, pero estaba ya muy disgustada conmigo misma porque sentía que no lograba entenderme del todo y tuve la esperanza de encontrar respuestas. Poco a poco, al irme encontrando conmigo misma, descubrí mucho más de lo que imaginaba y valoré con fuerza todo lo que la vida me ha recompensado a cada paso de mi vida. Encontrar un espacio para compartir esta historia es, en parte, un sueño que siempre he tenido. Soy de las hermanas de en medio, de una familia de bastantitos integrantes. Nací en época de bonanza, en una maternidad de paga. Mi padre era un hombre muy inteligente con promedio en sus calificaciones de 10. Decía una tía abuela que parecía todo un ejecutivo al que sólo le faltaba limpiarse las suelas de los zapatos, porque era un hombre muy pulcro a pesar de que trabajaba como enderezador de autos en el patio de la casa de la abuela. Solía hacer muchas amistades, era el mayor de sus hermanos, divorciado cuando se casó con mi mamá. Mi mamá es una mujer muy pasiva, nunca dijo una mala palabra, es la penúltima de sus hermanos. Decía que ella no estudió porque no había dinero, pero que le hubiese encantado estudiar Letras. A la familia de papá la frecuentábamos muy poco y a la de mamá, mucho; era en donde, incluso, vivíamos. Dice mamá que cuando yo nací estaba muy feliz porque yo era su primera muñeca y cuenta mi tía que nací muy peludita, velluda, y por eso decían que yo iba a ser muy inteligente. Mi primera infancia la recuerdo muy hermosa porque iba al kínder, cantaba en la estudiantina y tocaba el pandero, me encantaba porque hacíamos muchos dibujos y cantábamos muchas canciones. Recuerdo un día en que estábamos en el piso con las piernas entrelazadas y acomodados en círculo cantando la
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canción De colores. Disfrutaba cuando mamá iba por mí y caminábamos de regreso a la casa, además me gustaba ver a mi madre muy bien peinadita y vestida a la moda. Cuando cumplí cinco años nos cambiamos de casa porque un tío soltero le exigió a mis padres y a mis otros tíos casados que nos saliéramos de la casa de la abuela, que aunque era muy grande no debíamos seguir ahí, entonces nos cambiamos a un Fomerrey (terrenos de colonias populares) y mis padres se llevaron el tejabán como los de las películas, de dos aguas y bien pintadito; en la casa anterior había de todos los servicios, inclusive teléfono, en la casa de nosotros no había nada, teníamos que ir por agua hasta la siguiente colonia que estaba como a un kilómetro de distancia, no había luz y el petróleo lo vendían como a tres cuadras; no había pavimento y tampoco había kínder, así que no pude terminar el tercer grado. Al siguiente año escolar comencé la primaria, recuerdo que me quedé llorando en la escuela porque no quería estar ahí, me sentaron con una compañerita que tenía una enfermedad en la cabeza porque se le veían pústulas y yo seguía llorando, ahora quería que me cambiaran de lugar y como la maestra no me hizo caso, tuve que obedecer. La maestra tenía su lado bueno, me ponía atención en la clase y pronto me gustó mucho la escuela; no sé si papá ya era alcohólico cuando llegamos ahí, o si ahí empezó a serlo. Lo divertido de esa colonia era que cuando llovía, mis hermanos y yo juntábamos muchos sapos y ranas en la tina de metal que usábamos para bañarnos. Lo triste de ahí para mí fue la miseria en la que poco a poco nos fuimos envolviendo, la miseria del alma, no tanto la económica. Mi papá dejaba los trabajos constantemente, mi mamá no tenía dinero y cada dos o tres años se embarazaba de nuevo; ya no se arreglaba y ya no limpiaba la casa, se quedaba dormida y las moscas nos invadían; la escuela me gustaba más porque era mi refugio favorito, a veces no teníamos qué comer, sólo hacíamos una comida al día y a veces ninguna.

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Cuando nació la penúltima de mis hermanas estaba yo acostada entre mamá y papá cuando desperté bruscamente por sentir algo raro entre mis piernas: vi a papá y me quedé callada, sólo me empecé a quejar bajito, le tenía miedo a papá cuando se enojaba. Mamá preguntó: “¿Quién se queja?” y papá dejó de molestarme. No recuerdo que me haya violado, pero sí que intentó violarme. Mamá no se dio cuenta de nada, recién parida me imagino que estaba muy cansada. A partir de ahí mi vida era la escuela, ahí destacaba y todo el tiempo mandaban felicitar a mis padres. También me gustaba ir a la casa de mi abuela porque ahí jugaba con mis primas y hacíamos pastelitos de lodo que decorábamos con las florecitas del jardín de mi abuela, jugábamos con muñecas de papel y cantábamos canciones con mi tía favorita. En cambio, en mi casa no me gustaba estar pues nada mejoraba; al contrario, mi papá tomaba cada vez más y llevaba hombres a la casa, hombres sin vida, sumergidos en el alcoholismo y quizá en las drogas. Una vez mi abuela paterna llevó a la casa a una media hermana que quería ver a mi papá, yo recuerdo que ella tenía como 14 ó 15 años, al encontrarlo en ese estado no creo que le hayan quedado ganas de volverlo a ver, porque jamás volvió. En las navidades nos reuníamos con la abuela, quien preparaba mucha comida; rezábamos el rosario, adorábamos y acostábamos al Niño Jesús, rompíamos la piñata y nos daban bolo. También nos reuníamos en cuaresma, a veces papá nos regalaba muchos juguetes, una vez llenó la chimenea de la abuela con juguetes para nosotros y se vistió de Santa Claus. En cambio, en la casa yo le debía ayudar a mamá a lavar los trastes desde los nueve años, cuando nació mi hermana la más chica mi mamá nos había dejado a mis hermanas y a mí con la abuela, pero papá fue por mi hermana la que sigue de mí y por mí, y nos llevó a la casa, que era sólo un cuarto y había una cama y un sofá. Papá estaba con muchos hombres y yo me quedé dormida abrazada de mi hermana en el sillón. Cuando desperté al siguiente día, tenía mis pantaletas bajadas, mi papá estaba desnudo... mi hermana estaba en el sofá y yo con papá en la cama. Me levanté, me asusté y corrí, me metí en la casa de mi vecina y

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me subí al ropero y no me bajé de ahí hasta que llegó una tía política y me bajó, yo estaba en quinto grado y papá se ponía cada vez peor de carácter y tampoco dije nada, estaba muerta de miedo. Eso fue en abril, al pasar los dos meses siguientes, papá intentó suicidarse; iba yo llegando de la escuela y él estaba en el piso con su traje gris puesto, su camisa rosa, sus zapatos boleados y con las manos cruzadas. Me asusté muchísimo pero ya le habían avisado a una tía política y ella llamó a la ambulancia. Papá se internó en Alcohólicos Anónimos, pero no duró mucho y volvió a la casa. Cuando pasé a sexto año, mi papá se enojó mucho con mi maestro porque me saqué un ocho y le dijo al director que me volviera a poner los exámenes porque yo era muy inteligente e iba a sacar 10 y así fue, desde ese día mi maestro me ponía mucha atención y me dedicaba tiempo para que aprendiera más. Concursé varias veces pero la más emocionante fue la Olimpiada del Conocimiento, en la que gané el primer lugar en zona y el segundo con varios alumnos a nivel estatal. En esa ocasión nos regalaron un viaje al sur de Nuevo León en donde me divertí mucho y aprendí que había más pobreza en nuestro estado que la que yo conocía. El alcalde de Zaragoza nos enseñó un pozo con agua verdosa y nos dijo que le avisáramos al gobernador de que en su municipio no había agua. Cuando salí de sexto me dieron una beca para la secundaria, un día estaba lavando los trastes y un hermano discapacitado se empezó a burlar de mí, yo me enojé mucho y le dije que no se burlara, pero él no paró: yo traía puesto un vestido con holanes que me había confeccionado una tía-abuela, mi hermano no paraba de reír, entonces yo le iba a dar una cachetada pero como él no se sostenía bien por el problema de sus pies, se cayó y papá creyó que yo lo había empujado, se enojó mucho y me vació encima la bandeja de agua sucia en la que lavaba los platos. Yo me sentí muy humillada y muy enojada y entonces le grité muchas cosas feas a papá, por lo cual mi mamá me regañó. Fue entonces cuando me armé de valor y le conté a mamá lo que él me había hecho, ella no lo podía creer, al fin lo corrió de la casa, pero no duró ni dos días

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cuando la abuela volvió con él, diciéndole a mamá que la niña estaba echando mentiras, que no me había hecho nada. Como yo ya no soportaba la vida de ellos, me fui de la casa a vivir con mi abuela y perdí la beca. Además, mi papá empeoraba pues veía alucinaciones, cantaba en los camiones y obligaba a mi hermano menor a trabajar; yo no soportaba esa situación, no podía creer que mi héroe de saco y corbata hubiera caído tan bajo y mejor me fui. En la secundaria me fue más o menos bien, a pesar de mis dieces era algo rebelde y aunque sólo tuve cuatro nueves en todo el certificado ya no gané ningún lugar en aprovechamiento, pero en cambio era líder, fui la coordinadora de comunicación de nuestra planilla y ganamos. Tenía muchísimas amigas e incluso empecé a bailar en las asambleas, ganamos el concurso de escoltas y aprendí dos tecnologías porque me cambié de materia en segundo año. Cuando pasé a segundo año se murió papá, internado en AA y no me fue difícil perdonarlo, aunque tenía muchos sentimientos encontrados, papá me enseñó que algo estaba muy por encima de sus manos: que murió intentando su revivificación. Mi adolescencia fue difícil, carecía de carácter firme, de información y me faltaba mucho sentido común. Estaba muy sola al terminar la secundaria, quería estudiar la preparatoria pero no había alguien que me guiara y me apoyara en mis estudios. Mi tía me pagó dos escuelas técnicas pero me salí y ella se enojaba mucho cuando le pedía la colegiatura y me humillaba pidiéndome que limpiara sus zapatos de enfermería, planchara su uniforme o que limpiara la casa muy bien. Y no era el trabajo que me pedía a cambio, sino la manera de pedirme las cosas o su complejo de inferioridad, que a ratos me lo transfería. Entonces a mis 15 años sentía una soledad y una tristeza muy grandes. Ya viuda, mi mamá se iba con sus amigas a los bailes; mis dos hermanos mayores empezaban a beber, uno de ellos hoy es AA. Varias amigas (la mayoría) habían tenido su fiesta de 15 años, pero yo no. Mi tía había comprado tamales para mi

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abuela y para mí, pues somos casi de la misma fecha y yo invité a dos de mis mejores amigas; un tío materno me cuestionó porqué las había invitado si la fiesta no era para mí, eso me dio mucha tristeza y coraje con mi mamá. No la entendía, si era tan buena, tan tranquila y yo con un nudo en la garganta sin poderle decir lo mucho que la necesitaba. Cuando mamá nos quería transmitir algo, lo que hacía era abrazarnos, era su manera de decirnos “Te amo”. Por esos días conocí a un muchacho con el que salí un par de veces y me entregué a él. El chavo se dio cuenta que yo no sabía nada de sexo y me pidió matrimonio, le contesté que no y él me dijo que yo no sabía lo que quería; me cuestionó por qué había hecho eso y probablemente tenía razón, no sabía exactamente lo que quería, pero sí sabía lo que no quería. Por tres años me rogó que me casara, a pesar de no haber vuelto jamás a estar con él. Ahí aprendí que algunos hombres buscan una vagina nueva y ni siquiera le preguntan a su dueña qué piensa de la vida. A los 18 años anduve con otro chico por casi un año y también me pidió matrimonio, pero no lo quería y terminé con él. Mientras tanto, yo trabajaba y lo poco que ganaba lo compartía con mis hermanas, algunas veces les compraba zapatos, las llevaba al cine o a comer hamburguesas. Mi tía me había paseado mucho e incluso me llevó de vacaciones a la playa, así que yo quería que mis hermanas tuvieran momentos felices. Cuando mi hermana más chica cumplió 11 años, le organicé una fiesta. Cuando tenía 19 años conocí a mi esposo, que sólo era un buen amigo, y al mismo tiempo conocí a un ex-novio al que yo creía querer mucho pero me dejó para casarse con otra, me quedé muy despechada y triste otra vez. Intenté trabajar y estudiar al mismo tiempo, pero me quedaba dormida en las clases. Sufrí una fuerte depresión cuando ese novio me dejó, eso me llevó a salir más seguido a las discotecas. Para entonces yo me sentía como si ya fuera muy vieja, como si se me “pasara el tren”, pues todas mis primas ya estaban casadas desde muy chicas, mis tías maternas fueron solteras y yo quería tener mi propia familia y no se me había dado. En esa soledad me sentía morir, pensaba que no tenía futuro sin carrera, mi mamá andaba en su onda con sus novios, mi tía en su

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menopausia y mis primas ya casadas; así pues, yo me sentía muy abandonada. Cuando cumplí 22 años estaba estudiando teatro, un diplomado y me dedicaba a hacer shows infantiles por mi cuenta, pero no era tan feliz. Ya conocía a mi marido, pero solo éramos amigos; en ese cumpleaños salí con él y a las siguientes semanas me dí cuenta de que estaba embarazada; ya antes le había pedido a Dios que me mandara una señal para seguir viviendo y siempre he pensado que Él me escuchó y me mandó a mi primer hijo. Al decírselo a mi marido, obviamente se asustó y después hasta dudó de mí porque sólo lo habíamos hecho una vez, yo no dudé ni un momento en tener a mi hijo. Al principio batallé con mi marido, pero mi mamá me dijo al preguntarle si ella me apoyaría y me contestó: “¡Ay, mi hija! ¡tan inteligente y tan pendeja! Habiendo tantas cosas para cuidarte, pero no importa, por supuesto que te voy a apoyar”. Mi tía también me apoyó. Un día le pregunté si le daba vergüenza que yo no estuviera casada y ya embarazada, y me contestó: “No eres la primera ni la última, así que tú levanta tu cabeza bien alto”. Eso me ayudó mucho a ser madre soltera. Mi marido se desapareció durante mi embarazo, pero después nació mi hijo y lo fue a conocer cuando tenía dos meses de nacido; no me ayudó con el parto ni con las cosas del inicio, e incluso no me ayudó después de conocerlo, pero yo pensaba que mi hijo debía saber de dónde venía y toleré su desobligación, las malas caras de mi suegra y los celos de mis cuñadas porque creo que mi hijo tenía derecho a conocerlos y a convivir con ellos. Al pasar dos años mi marido maduró y me pidió matrimonio y me dijo: “Si alguien me va fregar mi dinero, mejor que sea la madre de mi hijo”. Yo empecé a llorar en ese momento y la verdad todavía no me queda claro el porqué. Así inicié la más bella y difícil relación que jamás había tenido. Dice una de mis mejores amigas que yo amo a mi marido porque él fue una de las primeras personas que me tuvo fe. Y sí, mi marido es para mí un hombre con un alma muy grande, aunque a veces egoísta. Me ha ido bien en la vida y muchos dicen que tengo mucha suerte, aunque sé que no; sé que toda acción

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genera una reacción, sé que hay que hacer lo correcto y le pido a Dios que me ilumine para encontrarlo, pues Él nos da la forma para encontrar la dicha y la calma. A mamá me costó muchos años entenderla y otros más, perdonarla; batallé mucho para recuperar mi dignidad y sé también que Dios no te manda algo con lo que no puedas. En este diplomado reafirmé muchas creencias, aprendí mucha humildad, pero, sobre todo, me siento apoyada por mujeres y descubrí mi potencial. Mi maestra Paty Basave es un ser humano en pro de la lucha por la espiritualidad, a quien agradezco su tiempo, su dedicación y su tolerancia en este grupo. Un sueño que empieza a ser realidad es que por fin soy yo realmente, logré conocerme a mí misma, perdonarme mis fallas, ahora superarme es el reto más grande de mi vida. Ser feliz es ser agradecida con lo que la vida me da. “Así es la vida de caprichosa, a veces negra, a veces color ROSA, así es la vida”. Hoy, cuando veo a mi madre enferma de Alzheimer me aguanto las ganas de llorar, quisiera ayudarla pero no puedo, sólo me queda alegrarle un poco la vida cuando me toca cuidarla. Te amo, mamá. Hoy sé que papá tenía trastorno bipolar, así que lo perdono. Gracias, papá, por darme la vida. Gracias, abuela. Gracias, tía, por mantenerme en la vida. El mayor milagro es estar vivos y sanos mis siete hermanos y yo. Solté las cadenas, pero los fantasmas seguían ahí. Al fin descubrí el camino para adueñarme de mí.

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Amanecer
por Orquídea

En la oscuridad de la noche los pensamientos invaden mi mente, no sé si cada día lo vivo al máximo y de la mejor manera. Trato de crecer y de ver dentro de la oscuridad en la que los seres humanos nos mantenemos por ignorancia o por miedo, mientras pasamos por calles oscuras o callejones sin salida, noches eternas en las que no amanece; pero finalmente siempre hay una luz, una luz al final de la calle o del túnel, como dirían muchos. Tal vez sólo era como un eclipse que se pone tan negro y, sin embargo, dura unos segundos. Hoy, a mis 40 años, pude ver que no importa qué tan negra sea la noche, siempre hay un amanecer, siempre llega la luz, la luz de Dios que pone a personas que alumbran tu camino, que te abrirán una puerta, que te darán su mano, que abrirán su corazón sin importar tu condición o tu religión. Es por eso que me gustaría relatar algo de mi vida, de mis noches oscuras y de mis días soleados, esperando que este relato sea para ti un poquito de luz y te des cuenta de que no importa qué tan oscura sea tu noche, ya que siempre amanece. Antes que nada quiero decirles que en mi vida hubo una persona que la marcó, y gracias a ella hoy en día puedo disfrutar de mi soledad: mi abuela, una mujer con mucha fuerza, de mucha lucha, muy educada. Ella vivía sola en Montemorelos, N.L., mi madre me llevaba de visita a su casa y a mí me gustaba quedarme a dormir pues me sentía muy querida. En su casa había un gran patio con árboles frutales y yo me daba gusto comiendo de toda la variedad, además me encantaba el café calientito con los deliciosos tamalitos recalentados... ¡qué días aquellos! en los que mi abuela me decía: “Hijita, saca los zapatos y límpialos”, y yo encarrerada lo hacía, luego le decía que ya estaban listos y acomodaditos pues quería complacerla y ella, para entretenerme, me volvía a poner la misma tarea: sacarlos y volverlos a limpiar, pero no importaba, pues para mí era un placer atender a mi abuelita. Creo que mi madre me enseñó a
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amarla de una manera especial ya que, cuando falleció, lloré como nunca en mi vida. Vengo de un trío de adultos desorientados y con una sexualidad muy libre, podría echarme un volado a ver de cuál de esos dos hombres soy hija. Esto marcó mi vida, ya que la paternidad siempre fue confusa, lo traté y lo llevé a terapia y no fue hasta que llegué a Gestalt que me di cuenta que lo maravilloso de este trío es que estoy aquí, en la tierra y no importa de cuál de los dos provengo, tal vez soy tan privilegiada que hasta dos papás tuve. Bueno, de esta odisea nace una niña pelona y con una sonrisa hermosa, así creo que conquisté a mis hermanos ya que fui adorada por todos ellos y la consentida de mi hermano mayor. Ya más grandecita recuerdo que era muy linda, delgadita y con mucho carisma y totalmente coqueta, pues me gustaba siempre andar a la moda; tengo memoria de una fiesta que me organizaron con un gran pastel con figura de elefante, yo con un lindo vestido y mi pelo de cazuela. Me acuerdo que jugaba con mis amigos del barrio y me encantaba salir en las asambleas, también que mi maestro de primero de primaria, el profe Adán, tan bello y alto, se acostaba sobre el escritorio y nos enseñaba la manzana de Adán y la movía, mientras todo los niños del salón nos trastornábamos porque el acto era como ir al circo sin pagar boleto. En tercero de primaria me cambiaron de escuela, y me fue difícil al principio porque era volver a hacerme de amigos, sin embargo, me adapté rápido. Nunca fui buena estudiante, me aburría estudiar, un día llegó una maestra a mi salón y preguntaron si alguien sabía hacer algo porque era el cumpleaños de la directora y pa’ pronto que levanto la mano, ¡yo, yo sé cantar! y para cuando acordé, ya estaba en la asamblea cante y cante y todos los alumnos aplaudiendo. Por primera vez me sentí importante y como pez en el agua, ¡cosa de niños, porque ni cantar sabía! A mi padre le encantaba llevarnos al río mientras él se perdía en el alcohol, supongo que no siempre fue así, ya que mi madre hablaba bien de él; la verdad, a mí no me importaba, para mí era lo máximo estar en el agua, sintiéndome

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una pescadora o tal vez una excursionista o ¿por qué no?, una conquistadora del lugar, pues siempre soñé con vivir una vida diferente a la que tenía. Esto, porque me la pasé entre el alcohol de mi padre y la llegada de mi hermano que tenía hiperactividad y dislexia y no sé qué más. Mi madre estaba siempre perdida entre médicos y psicólogos, además de que los dos siempre trabajaron, así que me crié sola o con las muchachas. Era tan tremenda que me gustaba jugar más con niños que con niñas, pues si una ya no quería jugar las demás la seguían y en cambio los niños no, se salía uno y seguían jugando todos los demás. No puedo recordar bien cómo uno de mis familiares se masturbaba con mis piernas, no puedo recordar, sólo sé que yo sentía que él me quería y era su manera de demostrar amor para mi persona. En algún momento de mi vida lo traté en terapia pues pensé que eso afectó en algo la manera de relacionarme con una pareja, pero para mi sorpresa no fue así, ya que siempre pensé que él me demostraba su cariño, así que no sufrí y ¡jamás le guardé rencor! Llegué a secundaría algo pasadita de peso, lo cual me dio inseguridad pues en plena adolescencia quería verme linda, pero aún así me la pasé súper de todos modos, aunque calladita, calladita, me peleé en dos ocasiones pues me buscaban pleito y yo no me sé rajar, eso decía (entre risas). Como buena adolescente bien loca sólo hice primero de secundaria pues no quería estudiar, ni porque mi hermano me regalaría un coche si terminaba los tres años de secundaria. Yo le dije cuando me lo propuso: “Para qué, si no sé manejar”. A final de cuentas, mi madre me obligó a hacer dos años de secretariado, del que sólo aprendí a fumar, andar en tacones y a comportarme en sociedad. De mis hermanos puedo decir que Francisco, el mayor, fue quien hizo la función de padre y al que amo profundamente ya que me dio tanto amor y maravillosos momentos, me cumplía mis caprichos y me hacía sentir la reina del universo, siempre con mil detalles y dándome una seguridad de la cual yo carecía; de mi hermana Dolores, a la que adoro y que aún sigue a mi lado,

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la veo siempre al pie del cañón sosteniéndome y sin dejarme caer. Gracias hermana, te amo. Mis hermanos andaban metidos en su música, pero presentes cuando se podía: Gil, si llegaba a casa con sus múltiples conquistas, me las presentaba para ver si yo estaba de acuerdo; entre cabritos y mujeres me hizo tía de medio Monterrey. Gordo y Yeyo eran mis rivales, pues peleábamos por la atención de mi madre, guerra tonta que me llevó a querer suicidarme en tres ocasiones, pues le decía a Dios, ¿por qué que me mandaste a este hogar?, ya sabes, como toda niña novelera. Y llegó el matrimonio: Una vez conocí a un chavo del cual me enamoré, más bien es que él estaba muy guapo, ¡noviazgo difícil! él guapo y su familia disfuncional. Para no perder la costumbre, rompimos en varias ocasiones pues su familia no me aceptaba, pero la atracción fue más grande, por lo tanto, las caricias y los arrumacos se hicieron más profundos y pues, hablé con mi madre y ella nos pidió quenos dejáramos o nos casáramos, ¡imagínate! apenas empezaba lo bueno, ¿cómo iba a perderlo?, así que nos casamos sin pensar y sin un peso, y ahí comenzó la peregrinación. Entre mis hermanos y su familia nos hicieron el bodorrio y ni hablar, rentamos una casa que mis hermanos amueblaron, era como si nos hubiéramos sacado la lotería; mi madre me regaló una lavadora para que su niña no sufriera, ya que no sabía lavar, pero para mi sorpresa tenía un agujero, mismo que arregló la mamá de mi ex con un chicle. La primera noche de casados él me dijo: “¿Qué, encargamos a la cigüeña?” Y yo sin pensar le dije que sí, y pues adelante, llegó la cigüeña y nació mi primera princesa. Vivíamos siempre al ras del suelo con el dinero, con la ayuda de mi hermana y mi cuñado; después pensé ¿cómo dejar a mi princesa sin compañía?, así que le pedí a la cigüeña una niña pelona y hermosa y me escuchó, porque llegó la chiquita, con grandes ojos y maravillosa sonrisa. Mi joven marido estaba siempre trabajando, todo pintaba que estaba muy enamorado de mí, así que

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vivíamos bien, con escasez pero felices. Poco después él decide comprar una casa a crédito y nos mudamos, pensé que sería algo maravilloso, aunque no estaba de acuerdo con deberle al banco pues vivíamos al día, pero me dejé llevar y no puse objeción. ¿Casa? era un cascarón, todo en obra gris, por lo que decidí poner un negocio de hamburguesas y obtener más ingresos, y fue un éxito, pero con dos niñas era muy pesado, ya que él trabajaba todo el día, yo también, estábamos cansados y eran muchos pleitos por todo. En realidad nunca nos entendimos realmente, pero sólo nos teníamos el uno al otro ya que nos mudamos muy lejos de las respectivas familias. Yo vendía hamburguesas y hasta cruces pa’ los muertos (pobrecitos, porque de tantos piquetes que me di, seguro ni descansar los dejé). Mil cosas vendí durante ese matrimonio y ya en la casa, en plena dieta de mi chiquita, quedé embarazada de mi último hijo; me asusté y lloré durante una semana, pues no tendría qué darle, qué ponerle, ya que cada día nos iba peor, pero mi madre me dio fuerza y pues seguí adelante. Así llegó mi príncipe y apareció lleno de regalos como si ya lo estuvieran esperando, así que no batallé para vestirlo. Mis miedos como quiera seguían creciendo así como mi histeria pues tenía tres hijos pequeños, muy poco dinero y un marido siempre ausente, aunque reconozco que por las noches era un maravilloso padre, ya que él se levantaba a atender bebés y nunca ponía objeción. Recuerdo que hasta chocó porque se quedó dormido, el pobre trabajaba mucho y dormía poco; yo lloraba y decía que la espalda me ardía y él me complacía. Gradualmente fuimos perdiendo nuestra relación de pareja, yo me la pasaba añorando lo que pudo haber sido con algún otro galán, y él evadiéndome a través de su trabajo, aunque creo que no sólo con el trabajo porque, por un tiempo, ya no volteó a verme, y menos a tocarme. Así fue como en esa casa fui muy infeliz, además que era colonia nueva y tenía mucho miedo ya que todos los días pasaba una tragedia diferente por ahí. Tal vez por eso jamás nos esforzamos en pagar la casa puntualmente y nos llegaron mil requerimientos de que la perderíamos; él decía que no pasaba

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nada y yo no aguanté mucho ya. Finalmente, un día decidí salirme de ahí, así fue como llegué a la quinta de mi hermana (claro, ella siempre detrás de mí) en la falda del Cerro de la Silla. Pasé un año maravilloso, el cual, al parecer, nos unió como familia ya que no había distracciones, con poco dinero pero juntos y sin deudas, hasta que él consiguió una casa de Infonavit con la ayuda de su familia, ya que todos cooperaron para que diera el enganche, porque disfuncional o no, ellos son muy unidos. De esa manera nos cambiamos a lo que sería por primera vez nuestro hogar. Pensé que las cosas ahora sí irían bien, pero para mi sorpresa, se fueron a pique ya que él tenía más cerca que nunca a su familia y se inmiscuían mucho. Nunca supe por qué no me aceptaron y hasta una desgreñada me tocó, seguro no era lo que ellos esperaban para él, y así cada día nos fuimos separando. Yo hablé a una institución para que nos dieran terapia pues sentía que no estaba educando bien a mis hijos y que mi matrimonio se esfumaba; lo invité pero dijo que la loca era yo, así que no fue, pero mis hijos y yo sí tomamos terapia durante un año por separado y en familia. Así fue como nos amaneció. Desafortunadamente él seguía siendo el mismo de siempre, por lo tanto, ya ante mis ojos no era agradable ni había nada que admirar; yo fui quien cambió y él no entendía por qué ya no quería seguir con él. Duramos un año separados, viviendo en la misma casa, lo que lo hizo un infierno, yo metida en Internet y él persiguiéndome y celándome. ¡Qué risa! de una máquina me celaba, la verdad es que en ella había gente maravillosa que me alentaba a vivir, de la cual aún tengo un grupo de amistades hermosas. Gracias, amigos de Internet, los amo. Me armé de valor y le pedí a mi esposo que se fuera de la casa, y así lo hizo. ¿Soltería maravillosa?... pues no. Al principio me costó muchísimo aceptarla, porque te venden la idea del príncipe azul y de que si besas al sapo se convierte en príncipe. Yo lo besé y lo besé y jamás dejó de ser sapo, ¿por qué? Durante todo un año me pregunté por qué no logré que mi matrimonio funcionara sino que fracasara. Pensaba que nadie me querría con tres hijos y pues él se

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encargó de decirme, mientras estábamos casados, que sin él yo no sería nada, que los demás me querían por las cosas que yo hacía por ellos, no por amor; que mi familia no me quería pues no me pelaban. No obstante que ahora puedo ver que sólo eran sus propios demonios o mi falta de luz, en esos momentos me sentí más sola que nunca. Me invitaban galanes a salir, pero ¿cómo podría estar con otros hombres si ni divorciada estaba?, además era gorda. Tenía mi autoestima en el piso. A mi vida llegó un amigo que me levantó del suelo donde me dejó mi matrimonio: él me hizo ver que todas las mujeres somos bellas y tenemos mucho que dar, que no importa si estás gorda o si ya no estás como a los 18 años. Me decía que todas las mujeres somos bellas por el simple hecho de ser mujeres y me resucitó, sacó mi lado femenino que tenía dormido. Gracias, gordito, por tu amor incondicional. Así empecé a vivir mi soltería y a darme cuenta cada día de que podía lograr todo lo que me propusiera. Viajé y conocí muchísima gente, me divertí y hasta me compré un coche con la ayuda de mi hermana (la Barbie). Gracias, amiga, por darme esa oportunidad. Del mismo modo empezó la sociedad a criticar mi manera de vivir, a castigarme desde sus ideas erróneas o sus culturas o religiones mal informadas. Ahora sé que son personas que tienen su manera de vivir y así les funciona a ellas; incluso les agradezco a todas, pues lo que no te mata te hace más fuerte. ¡Ah! y me llegó el amor, el amor maduro, ¡qué rico y cómo se disfruta!; entonces surgió en mi vida un volcán maravilloso con un hombre encantador, pero al igual que yo, separado y con una vida complicada. Cuando lo vi por primera vez supe que marcaría mi existencia, y sí, él vino a enseñarme lo que espero y deseo de un hombre: cómo se trata a una mujer, lo maravilloso que es vivir una sexualidad en plenitud, pero también a saber decidir lo que no quería para mi vida y, aunque estaba tan enamorada, pude cortar y madurar. ¡Qué rico poder decidir a plena conciencia lo mejor para mí! Gracias, corazón.

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Amistad: El mejor amanecer Tengo el privilegio de contar con gente maravillosa, me han dejado cosas muy valiosas al igual que sabores muy amargos, pero todas, hasta la persona más pasajera en este viaje, me enseñó algo. Aprendí que los seres humanos hablan desde sus miedos y sus demonios, al igual que desde su corazón. Por un lado están aquellas amigas que sacan lo mejor de sí para hacerte ver que la vida es bella y que existe algo mejor, una vida llena de amor y buenos momentos, además de grandes logros. ¡Ah! pero también están las amigas que no se atreven y te llenan de miedos e inseguridades, que critican cada paso que das. La amistad entre un hombre y una mujer ¡claro que se puede dar! Cuento con grandes amigos del sexo opuesto, con los cuales fui tejiendo una relación a través de mi vida. Apareció luego mi amor cibernético al que aún no conozco en persona. Increíble porque aunque no lo crean, al día de hoy no he podido verle la cara a este ser maravilloso; Chuchito, te amo, mi flaco de oro. El papá de mis hijos actuó como tal ya que cuando nos separamos me mandó dinero para iniciar un pequeño negocio. Le agradezco a Nata, quien me acercó a Dios: ellos, como muchos más que entrelazamos nuestras vidas noche a noche en el mundo web, nos dimos cuenta de que no hay fronteras para la amistad y que el mundo está lleno de personas solitarias pero también solidarias. Gracias a Dios jamás me topé con gente desagradable, ahí conocí a mi hermana la flaca, otra mujer que me abrió las puertas de su corazón, guerrera incansable de la que estoy muy orgullosa, a ella sí tengo el placer de conocerla, pues viajé a Cancún para asistir a su boda. Mi grupito de los jueves, “chicas de hoy, tururú, tururú”, ¡oh, no! ésas eran de los martes y entraba yo de colada. El grupo de los jueves es algo excepcional, fue idea de una mujer con mucha tenacidad y un gran corazón: “Panita”, pues fue ella empezó esta gran odisea, donde nos formamos de niña a mujer, llenas de miedos e inseguridades nos fuimos cobijando una a la otra, tomadas de la

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mano, cada jueves que nos reuníamos fuimos creciendo, al principio llenas de miedos. Nos acompañamos en la aventura de la vida: cumpleaños, bodas, bautizos, calenturas y resfriados de nuestros hijos, de todo hemos vivido; como buenas féminas nos hemos dado hasta con la tina, ya que nos aventamos nuestras buenas riñas. Claro, siempre anteponiendo el amor que nos tenemos, amor que ha cruzado fronteras pues algunas ya viven en otro país, sin embargo, aún a la distancia, cada jueves nuestro corazón esta ahí con el grupo. Podría seguir y seguir escribiendo mil y una situaciones de mi vida, pero si estoy aquí es porque me aferré a mi sueño, el que durante muchas noches me desveló y es justamente esto: el poder dejar plasmado en la escritura un pedazo de luz. Gracias a Madya llegué a Tejedoras, diplomado que la licenciada Patricia Basave nos hizo el honor de impartir, para que mujeres como yo tuviéramos la oportunidad de vivir un nuevo amanecer. Lo más importante en mi vida: mis hijos, pues a pesar de tantas adversidades y tantas carencias, dentro de una familia disfuncional, aun así, ellos han logrado ser personas muy interesantes y llenas de recursos, pues les cuento que mi hija la mayor posee una voz excelente, además de una afinación nata, la cual la ha llevado a trabajar en bandas aquí, en Monterrey, además de estar luchando por un lugar dentro del medio musical, junto a mis sobrinos, los cuales están llenos de talento y de éxitos. Marcela, una grandiosa corredora, seleccionada nacional, sin importar que no tuviéramos los medios se abrió camino y logró colarse en lo mejor de México. Niña con una capacidad increíble para la comunicación, además de ser una gran líder, pues ella no se complica la vida; creo que maduró muy pequeña y no dudo que llegará muy lejos. Fernando, el chiquillo a quien yo no sabía ni cómo lo vestiría, me enseñó que nada ni nadie puede truncar sus sueños y sus anhelos, ya que desde pequeño soñó con llegar a Europa y gracias a su tenacidad y a sus habilidades es que consiguió llegar a Alemania a su corta edad (16 ) desde hace dos años. Anita,

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maestra de patinaje artístico, creyó en él y así empezó su camino, el cual lo llevaría hasta ahí a pesar de su corta experiencia, ya que se necesitan años de práctica y aprendizaje para llegar a ese nivel y ellos lo lograron en poco tiempo, y lo que aún les falta, lo conseguirán con el tiempo. Gracias por el gran apoyo, a la familia del patinaje. No se crean que soy muy fregona, sólo es que en mi familia se da el talento, ya que cuento con una muy extensa ‘tribu’, todos ellos muy talentosos e inteligentes. Esto lo escribo para que se den cuanta de que no hay límites, nosotros somos nuestra propia limitación, todos tenemos un inmenso talento, sólo hay que explotarlo. He tratado de educar y apoyar a mis hijos en lo que más les gusta, aún sigo con algunos miedos y no he logrado dominar del todo a mis demonios, pero gracias a Tejedoras por esta grandiosa oportunidad que me dan y por cumplir mi sueño de escribir.

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Aprendiendo a volar
por Paloma triste

Nací en un pueblito del Valle de Texas, un 22 de enero de 1938. Era una noche fría, como la casa en que nací carente de un padre, porque unos meses antes de que yo naciera lo habían matado y mi mamá se fue “para el otro lado” a trabajar. Toda mi niñez la pasé en Texas, y con todo y sus dificultades tuve una niñez muy linda. Recuerdo las casas de madera y sus yardas muy verdes con sus rosales. Fui muy feliz de niña a pesar de que le ayudaba a mi mamá en los quehaceres de la casa, por eso no me dieron la oportunidad de ir a la escuela; en ese momento era más importante el trabajo en la casa. En el año de 1945 mi mamá se casó y a mí se me vino más trabajo: llegaron los niños y menos me dejaban estudiar, porque entonces nada más los hombres podían hacerlo; apenas iba entrando en mi adolescencia durante los años cincuentas, cuando tuve que trabajar en la labor, porque en ese tiempo mi padrastro no aportaba nada de dinero a la casa y yo tenía que ayudar. Tenía sólo 12 años cuando me hice cargo de la familia, trabajaba duro en la pizca de algodón, tomate y zanahoria, en el desmonte y haciendo leña. Al poco tiempo, como en el año de 1953, nos vinimos a México. Llegamos a Reynosa y estuvimos ahí como dos años. Recuerdo que me llamaba la atención ver a unas vecinas que se juntaban para hacer acolchados, chorizo, tamales de queso y bordados. Yo fui a ayudarlas para poder aprender esos oficios. Cuando a mi papá se le terminó el trabajo nos vinimos a Monterrey. Y entonces a mí ya no me dejaban trabajar para que no saliera a la calle, porque decía papá que aquí en México no era igual que en “el otro lado”, que aquí la mujer debía estar en la casa y hacer lo que le corresponde a su sexo, y así pasó el tiempo.
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De Reynosa nos vinimos a Monterrey, porque a mi papá adoptivo le ofrecieron trabajo en una jarciería y así comenzó una nueva etapa para la familia. Nos fuimos a trabajar en un desmonte y yo nuevamente entré a picar rama y a buscar raíces para poder rajar leña y manojearla. En ese tiempo cumplí los 15 años y fueron los días más tristes que pasé, pues mamá estaba en el hospital a consecuencia de un aborto y yo me quedé con mi vestido listo, el que me iba a poner en la misa de 15 años; ese vestido me lo había regalado una señora de Reynosa que trabajaba en la zona roja. Yo le hacía fundas y sábanas bordadas, y con mis bordados ayudaba a la economía de la casa. Pero mi padrastro se enfermó, nos vinimos a Monterrey, y yo comencé a trabajar como costurera en una fábrica que estaba en Escobedo y Washington. Después me emplearon en “Almacenes Elena” en Juárez, entre Hidalgo y Ocampo. En ese tiempo me enfermé de la vista porque para quitarme el polvo de la mezclilla, me metía a la regadera. Eso me afectó pues tenía los ojos muy calientes y fui a dar al hospital como un mes, ¡ya parecía que perdía la vista! Estuve muy mal en el hospital, y aunque ahí me gustó la enfermería, mi papá de crianza no quiso que estudiara eso. Decía que una señora no podía estar viendo cuerpos desnudos, y me mandaron a estudiar “corte” a la Alameda, ahí había una Academia. En ese tiempo vivíamos en la calle Jalisco, en la colonia Independencia, muy cerca del Santuario de la Virgen de Guadalupe. Comencé a combinar el trabajo con servir a la Iglesia y me gustaba convivir con los niños a los que yo les daba catecismo. Así estuve hasta que me mandaron a Matehuala con una tía, porque yo no comía bien y ya estaba muy delgada. Lo que pasaba es que en ese tiempo tenía mucho trabajo y mi mamá me golpeaba mucho, me levantaba a las tres de la madrugada a lavar nixtamal, para enseguida irme al molino. Para las seis de la mañana ya estaba la masa toreada, los frijoles en la lumbre, el desayuno listo y los lonches preparados, luego le seguía con la limpieza, preparar la comida,

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lavar, planchar, atender a mis hermanitos, que eran cuatro (dos mujeres y dos hombres) ... así que con todo ese ajetreo me sentía muy cansada. Y me mandan con esa tía a Matehuala, ella no tenía niños, nada más eran ella y su esposo. Me atendían y consentían, sabían que a mí me gustaba mucho el queso y la leche de cabra y me lo daban; no me dejaban que hiciera nada de trabajos domésticos, pues mi tía tenía mujeres que le hacían todo el trabajo de la casa. Lo único yo que hacía era traer el pan y el mandado del mercado, y ahí fue donde conocí a mi futuro esposo, era un muchacho muy atento, que todas las mañanas estaba en la esquina y siempre decía: “¿La ayudo con la bolsa?”. Bueno, yo pensaba: “Así se ha de acostumbrar aquí”, y cada que íbamos mi prima y yo al mercado, siempre estaba cerca para ayudar. Así fue pasando el tiempo, hasta que fueron por mí y me trajeron otra vez a Monterrey. Pasaron los meses y un día salí a comprar leche al “tendajo” de la esquina y sentí un golpe, un tirón de trenzas y me subieron a una patrulla dos policías. Uno de ellos era el muchacho de Matehuala y el otro su compañero, y me llevaron a depositar con una señora que era familiar del muchacho. Y ya él se pasa a avisar a mi casa para que no tengan pendiente, que él me tenía con una tía mientras venían sus padres a arreglar las cosas con los míos y así pasó una semana y mi mamá le avisó a mi papá que se encontraba en “el otro lado” trabajando. Y cuando llegó, fue con la señora con la que yo estaba y me dijo: “¿Te quieres casar o nos vamos para la casa?”, y yo contesté: “Me voy para la casa”. Pero yo estaba intacta, no me había pasado nada. Después viene su mamá y habla con mis papás y hacen un acuerdo de que primero me casaran por el civil, luego por la iglesia. El 4 de agosto de 1957 por el civil y el 4 de octubre por la Iglesia. Ese día me enfermé a la hora que me pusieron el lazo, sentí una cosa tan pesada y sentí que había sido el error más grande de mi vida. Pero, ¿qué podía hacer?, en ese tiempo los padres mandaban y una obedecía. Terminé el día con temperatura y dolor de cabeza. Después nos fuimos a vivir a casa de mis papás, y mi esposo siguió trabajando de policía hasta que nació mi primera

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niña; llegó su mamá y le dijo que no le gustaba su empleo de policía, así que venía por él para que se fuera a Tamaulipas a trabajar, para que ahí le dieran una carta y pudiera irse de bracero al “otro lado”. Y que se va y me deja recién aliviada de mi bebé, todavía en cama y sin dinero, ni un peso. Me sentía como un perrito perdido, ni qué hacer, sin poder trabajar; me iba con una madrina, al pasito porque no podía caminar, para que me diera tantito jabón para los pañales, porque entonces no había desechables y tenía que lavarlos. En mi casa no decía que no tenía dinero, me daba pena, hasta tuve que pedir limosna. Me salía con mi bebé y no venía hasta que se hacía de noche. Llegó mi suegra de Tamaulipas y pensé: “Viene a traerme dinero” y nada, traía la ropa para que yo se la lavara. Mi madre se dio cuenta por lo que estaba pasando y ya no me dejó que saliera de la casa. Al mes vino mi esposo, como si nada, no preguntó: “Oye, ¿cómo la pasaste sin dinero?”, no explicó nada, y como ya no tenía trabajo, le dijo su mamá: “Vámonos para el rancho”. Ese día que llegó mi esposo se bautizó a mi beba y al otro día nos fuimos a vivir al rancho. No teníamos dónde vivir, así que estaba con mis suegros en su casa y la pasaba muy mal. En ese tiempo las nueras no tenían ni voz ni voto, eran las suegras las que te decían qué era lo que se hacía en la casa y la comida que se tenía que preparar. Comencé a pasarla muy mal porque no me gustaba la comida que hacían con chile y masa, eran otras las costumbres, nada que ver conmigo; el agua tampoco la tomaba, porque era de un estanque y estaba sucia. Tomaba aguamiel de maguey que me regalaba un primo de mi esposo, que para que tuviera leche para la beba. Y cuando tenía hambre, me convertía en zorrillo: me iba a donde ponían las gallinas, me comía los huevos crudos; a los nopales los picaba y les ponía sal y así me los comía, para que no supieran que no me gustaba la comida. Tenía muchos problemas con mis cuñadas pues eran muy intrigosas, y además mi esposo me golpeaba, yo no sabía ni porqué. Todo le molestaba, y pobre de mí

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que preguntara ¿por qué me pegas?, porque más me golpeaba con la mano empuñada. Así pasé el tiempo en ese rancho, viendo que la niña se me enfermaba y yo no tenía dinero para el médico. Le cocía puras plantas medicinales que había en el monte y un día fue una tía a verme, le pedí 50 pesos prestados para venirme a Monterrey y comencé a pensar cómo decir que me iba. Le pedí permiso a mi esposo para venir a ver a mi mamá, ya él lo consultó con su papá y dijo mi suegro que sí, y me vine y yo pensando: “Jamás regreso”. Y cuál sería mi sorpresa al llegar y darme cuenta de que ya mi mamá no vivía en esa casa. Una vecina me notificó que se habían cambiado para la Artillero, eran como las dos de la tarde de un día muy lluvioso, y me lancé a la Artillero, sin saber la dirección. Y pensé: “Voy a la escuela de mis hermanitos”, tenían que estar ahí. Y pregunté por esas niñas, con tan buena suerte que estaban en ese turno. Esperé a que terminara la clase para irme con ellas a casa. Cuando llegué con mi mamá, me esperaba otra sorpresa. Papá ya no estaba con ella, se había ido con una vecina, por eso mamá se cambió de casa y se puso a trabajar. Luego como a las dos semanas llegó mi esposo preguntando por mí, y como otra persona le dio la dirección pudo localizarme. Entonces él comenzó a trabajar en la obra, de albañil, porque yo ya no quise regresar al rancho. Así estuvimos unos meses hasta que vinieron unos cuñados y nuevamente lo invitaron a Matamoros a la pizca de algodón y me pregunta: “Mary, ¿tú sabes pizcar?”, como le contesté que sí, me dice: “Sabes, ¿qué tal si dejamos a la beba con tu mamá y nos vamos a Matamoros a trabajar?”. Le hice caso, pero cuando estábamos en Matamoros me di cuenta que estaba nuevamente esperando otro bebé, pues como me lo ponía a cargar en la cintura, me molestaba pizcar algodón, así que me puse muy mal y no comía nada más que chile. Terminó la pizca y nos regresamos a Monterrey, ya aquí se fue mi esposo y yo me quedo con mamá. Estaba yo tan bruta que todo se me hacía normal. Al poco tiempo me escribe la primera carta y me manda dinero. Y me dice: “Te mando dinero para que lo ahorres, no quiero que los gastes en comida para

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los perros de tus hermanos y tu madre, que no querrán trabajar si saben que tienes dólares”; pues yo muy ofendida no le agarré ni un peso, todo el dinero que llegaba lo guardaba. ¡Habráse visto, yo pasando hambres y con el dinero ahorrado para que no se enojara conmigo! Total, nace mi segundo bebé: fue hombre, pero nació prematuro y desnutrido y al poco tiempo murió. Estaba sola, sin dinero y mi mamá se hizo cargo de los gastos, pero yo ya estaba esperando otro bebé; mi esposo nada más venía por unos meses y se volvía a ir; así que siempre estaba sola y sin dinero. Nace mi tercera beba, lo bueno era que estaba con mamá y ella se hacía cargo de los gastos de toda la familia. Viene mi esposo y le digo que busque casa, que ya es tiempo de que mis hijos tengan dónde jugar. Rentamos una casita y trabajó un tiempo aquí, para después irse nuevamente al otro lado a trabajar, dejándome ahora con dos bebas y esperando otro bebé. Esta vez le pidió a su hermano que se quedara con nosotros, para que no me quedara sola. Pidió crédito en una tienda para que me dieran despensa, pero como no mandaba dinero me retiraron el crédito. Le mandé una carta para que supiera que no tenía dinero ni crédito y me mandó decir que me fuera con él a donde estaba trabajando, en Mirland, Texas. Lo que él quería era que el bebé naciera en Texas pero yo no quise: en ese tiempo ya comenzaba a rebelarme. Pensé: “Lo que quiere es que le arregle la residencia”, ya su familia lo había aconsejado, pero no discutí ni nada, sólo le dije que me venía para México porque no quería que mi bebé naciera en otro país y como yo estaba en la última semana de embarazo mi esposo me decía: “Tengo miedo de que te pase algo malo en el camino”, pero me armé de valor y me vine. Cuando llegué a Monterrey, traía dinero porque yo también trabajé, así embarazada, en un tractor, cambiando tuberías de riego. Entonces renté un cuartito junto a mi mamá y a los dos días que llegué, nació mi cuarto bebé, fue un niño muy sano y gordito. A los dos meses llegó mi esposo para que nos fuéramos a su rancho, que está a un lado de Matehuala en San Luis Potosí, que porque había mandado

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dinero para que su mamá le comprara un ganado de chivas y además le había comprado la casa a su papá, para poner una tienda de abarrotes. Así que nuevamente llegamos al rancho, pero tuvimos la desagradable sorpresa de que no había nada de ganado de chivas ni tienda, sólo estaba la casa aunque sin ningún arreglo, ah, pero como habían sido sus papás los que habían agarrado el dinero, pues todo estaba bien para él, ni quién dijera nada. Pusimos una tienda chiquita porque no había mucho dinero; al poco tiempo quebramos y nos vinimos otra vez a Monterrey. Trabajó un tiempo, y ahí va otra vez a Matamoros, para variar, yo que quedé en ascuas, sólo con tres kilos de nixtamal para tortillas y veinte centavos. Cocinaba con leña porque todos los muebles se quedaron en el rancho. Puse un anuncio de que se vendían tortillas y se torteaban magazas y recibí muy buena respuesta de las vecinas, vendí mis tortillas e hice tortillas ajenas, y luego comencé a comprar lotes de fruta y en la puerta de la casa puse unas cajas como mesas para vender la fruta a 5 y a 10 centavos, y así me la pasé, entre la fruta y la venta de tortillas. Cuando vino mi esposo, yo ya tenía una frutería bien surtida y ya había pagado dos meses de renta. Llegó sin dinero y todo sucio, de vuelta comenzó a trabajar en la obra de albañil, yo continué con mi frutería pero él decía que no le pagaban y... ¡otra vez me embarazó! Cuando tenía como seis meses, tuve dolores y sangrado, mamá me llevó a la Cruz Roja y me recetaron medicamentos y reposo, cuando regresé le dije a Aurelio: “No puedo atender el negocio porque estoy mal” y me contesta: “A mí qué me dices, si no soy médico”. Comencé a estar mal un 3 de mayo, me fui al hospital un 23 de mayo, y cuando estaba haciendo fila para sacar ficha me desmayé. Me auxiliaron muy rápido, pero cuando recobré el conocimiento ya estaba en la sala de recuperación y me dijo el médico que mi bebé había muerto, que por eso yo tenía mucha fiebre y sangrado negro, que si no tenía marido. Le dije que sí, pero que no quiso hacerme caso cuando fui la primera vez. Me rasparon, y estuve en observación para que no fuera a tener complicaciones. Cuando mi esposo fue a verme le dieron una buena regañada por desobligado; y cuando yo regresé a mi casa ya no tenía frutería, se echó todo a perder,

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además mi esposo ya no tenía trabajo porque tuvo que cuidar a los niños. Después consiguió un empleo como repartidor en una tortillería, duró varios años trabajando pero volvió a perderlo por su mal carácter. Un día viene su mamá y le dijo que yo le había dado a mi mamá el dinero que le había dejado para el gasto. Como respondí: “Qué mentirosa”, me empezó a dar puñetazos en todo mi cuerpo; mi niña más grande tenía siete años, salió corriendo y pidiendo que viniera la policía porque a su mamá le estaban pegando y se me perdió toda la noche; yo y las vecinas salimos por toda la colonia Niño Artillero y la encontramos en la plaza de la colonia Hidalgo. Al otro día me fui a los juzgados de lo Familiar a preguntar qué derechos tenía la mujer en el matrimonio y me dieron un manual, pero cuando llegué aquí estaba mi esposo enojado porque no pedí permiso para salir y como le contesté, dijo que me estaba haciendo muy “hocicona”, y que mejor nos regresábamos al rancho, pero como no me quise ir, dijo que él si se iba. Le junté toda su ropa y le hablé fuerte y sin miedo. Se salió y al rato llegó con carne para cenar y según él, todos contentos. Un día le dije que estaban vendiendo terrenos, que si comprábamos uno y no quiso porque él tenía su casa; ya no le dije nada pero yo comencé a vender Avon, ropa, perfumes, dulces, y como él trabajaba todo el día, tenía tiempo y aparté un terreno, lo pagué en abonos. A mi suegra sí le dije porque yo tenía que ir a las juntas y le comenté que era una sorpresa para que no dijera nada, hasta cuando ya la colonia estaba toda fincada, le pedí que fuera a ver si había un terreno, que estaba muy bonito y le dice mi suegra: “Pues vamos para ver si conseguimos un traspaso” y nos fuimos. Mi suegra le iba diciendo por cuál calle se fuera y le señala: “Mira, ese terreno dice familia Díaz Rodríguez, como ustedes”, y al fin le explica: “María lo compró a escondidas para no pelear”. Pero... siempre hay un “pero”. En esos días Aurelio sufrió un accidente, quedando traumatizado de todo su cuerpo, y comenzó un calvario para mí porque ya tenía cinco niños de kínder y primaria, y ahora había que compartir el tiempo entre el hospital y el trabajo, y para complicar aún más las cosas, a los

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cuatro meses del accidente se me quema el niño más chico con el café caliente y también queda en el mismo Hospital de Zona: uno en el piso de trauma y el niño, en el de los quemados. Comienzo a hacer tandas y a pedir prestado y pude hacer dos cuartos sin piso ni puertas y así me fui a vivir porque no podía pagar renta ni terreno. Así enyesado estuvo un año y cuando regresa al trabajo lo despiden, porque no da el rendimiento que se necesitaba. Con el dinero que le dieron de retiro compró un carro para podernos mover y comenzamos de comerciantes. Ingresamos a un sindicato de comerciantes de la CTM para poder tener un permiso y comenzamos con un carrito de tacos y después con dos, y el Secretario General veía que yo me involucraba mucho defendiendo a los compañeros que estaban junto a nosotros. Un día en una junta me nombran Delegada de la Federación y comienzo a asistir a los consejos, me dicen que tengo que venir también los domingos a participar en el grupo juvenil, porque en ese grupo nos capacitaban en el sindicalismo, leyes laborales, civiles y penales. Y comienza la bronca en mi casa porque tenía todo el día ocupado; madrugaba para preparar lo que vendíamos, atendía el trabajo de la casa, las comisiones en Gobierno o el Municipio; así pasaba mi tiempo, muy ajetreada, pero ahora sí ya podía entender que lo que había vivido era un abuso y un sometimiento, que me había pasado de pendeja y bruta por querer ser una esposa y madre buena y honrada. Ahora que participaba en política y en poder ayudar a los demás con sus problemas, mi esposo me insultaba diciéndome que era una puta, según él alegaba que yo hacía lo que se me daba la gana. Yo le decía, “Pues tú serás el padrote, porque andas conmigo”, comencé otra vez a sufrir golpes y pleitos porque quería que me saliera de todo eso, pero no lo consiguió. En mi colonia también se estableció una junta de vecinos y me nombraron Presidenta de mi comunidad. Comencé a tramitar el pavimento, el gas, una escuela y un kínder. Batallé como cuatro años para hacer la escuela porque era muy chico el terreno y le dije a mi esposo: “Necesito que me ayudes como Presidente de padres de familia para hacer más grande el grupo”. Entonces participamos muy duro en la campaña de Pedro Zorrilla Martínez, para que

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nos apoyara y poder hacer la escuela, y luego con Don Alfonso (Martínez Domínguez), pusimos el gas; y así he tenido que participar en otras colonias de mi comunidad. He sido Presidenta de colonos, Presidenta femenil, Presidenta de padres de familia, Juez Auxiliar durante 15 años y actualmente soy Presidenta seccional y coordinadora de un grupo de la tercera edad. De esta manera yo fui creciendo y cambiando, y al fin pude tener voz y voto dentro de mi hogar, y ya no dejar que mi marido me golpeara. Mis hijos y yo le exigimos que si no se componía, se fuera de la casa, y afortunadamente se compuso. Ahora mi esposo está enfermo, ha cambiado mucho, me apoya en todo y ya no pido permiso para salir. Por eso espero que a las lectoras que lean estas historias, les sirva para que no permitan que les pisoteen su dignidad, para que platiquen y dialoguen con sus parejas, pues siempre hay que tratar de negociar, pero si sigue el problema, es mejor la separación por el bien de todos, también de los hijos. Actualmente tengo cinco hijos casados, dos hombres y tres mujeres, y una hija soltera. Tengo 11 nietos de mis hijos, cinco profesionales y un judicial porque no quiso estudiar, pero a todos mis hijos los adoro. Por tal motivo siempre me comparo con una paloma, porque siempre hacía lo imposible para llevarles comida a mis palomitos, pero era una paloma con las alas rotas... Hoy me siento libre y capaz de volar, como esas palomas que surcan el cielo en busca de algo mejor. Le doy las gracias al Instituto Estatal de las Mujeres y a la licenciada María Elena Chapa, a la licenciada Leticia Hernández Escamilla y a Patricia Basave Benítez, Maestra en Desarrollo Humano. Gracias por este diplomado y por darnos a través de él la oportunidad de superarnos, y gracias a mis compañeras por haberlas conocido, las quiero como unas hermanas.

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Bajo la tormenta
por Halcón Peregrino

Fui la séptima de ocho hermanos y mi nacimiento trajo más pena que gloria. Mamá no habló de su embarazo hasta que ya no lo pudo ocultar. Imagino que debió ser difícil para mi madre callar algo tan trascendental, pero me pregunto: ¿Hasta qué grado fue doloroso para mí ese silencio, si yo estaba dentro de ella? Incluso sé que pasaron meses para que mi hermana mayor le volviera a hablar, ya que la familia pasaba por una situación económica difícil. Vivíamos en un cuarto de vecindad dividido a la mitad para que cupiéramos dos familias. La mía se componía en ese momento de 10 miembros: mis hermanos, papá, mamá, una tía y yo. Papá se asombró cuando yo llegué a este mundo, ya que nací con un lunar idéntico y en el mismo lugar que él, en fin, me convertí en su “Burbujita”, como algunas veces me llamó. Cuando evoco recuerdos viene a mi memoria una madre sumamente limpia, ordenada, que por todo lloraba, enferma constantemente y que le tenía un gran miedo a papá; nunca salía ni a la puerta, su única amiga era mi tía (hermana de papá), y las dos le daban rienda suelta a las mismas pláticas y siempre exageraban las versiones. El caso fue que, al darme cuenta de los efectos que esto causaba, me hizo decidir nunca resolver los problemas que se me presentaran con llantos, enfermedades ficticias y mentiras. De papá recuerdo que siempre se iba enojado a trabajar. La rutina era la misma: se levantaba a las cinco de la mañana, se metía a bañar, después gritaba y maldecía, y por último se iba dando un gran portazo, hasta entonces (6:30 am) los demás salíamos de entre las sábanas, ¡claro que nadie estaba dormido en aquella casa! (ahora de tres cuartos).

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Los arrebatos de mi padre se presentaban a diario, ya tenía yo 10 años cuando determiné que en mi propia casa nunca habría este tipo de desarmonías (¡no imaginaba lo que la vida me tenía reservado!), y comencé a orar para que esto se realizara algún día. Aún guardaba una gran esperanza: papá y mamá no serían los mejores maestros, pero estaban mis hermanos mayores ya recibidos, una de maestra y otro contador, ellos serían los líderes y guías y de ellos tomaría ejemplo a seguir, pero no fue así. Al poco tiempo, se casó mi hermana y la violencia de la que fue objeto me hizo decidir que nunca me casaría, sólo buscaría un hombre mayor que me amara mucho y me protegiera. Mi hermano abandonó la casa paterna para ir a los Estados Unidos; como mis otros hermanos no representaban una autoridad para mí, cuando los mayores se fueron yo sentí que había caído en la nada. Fue entonces cuando me di cuenta de que no tenía más que a mí misma, así que determiné que estudiaría una carrera, no sabía cuál pero eso no era problema; yo tenía fe en mí misma. Contaba con una gran retentiva y muchas ganas de hacerlo y mi meta era proveer a mi madre de lo necesario, además esto me daría independencia y seguridad. Por mero accidente, conocí el Aula Magna de la Preparatoria 1 de la UANL, “Allí estudiaría yo pronto”, pensaba, ¡qué gran anhelo y sentimiento de libertad me daban estos pensamientos! Cuando informé a mi madre de mis deseos, ella me dijo categórica: “Yo mando y si me equivoco vuelvo a mandar. No estudiarás la secundaria, irás directamente al colegio para secretarias”. Esto fue más de lo que pude soportar, mi sistema glandular en pleno desarrollo se resintió ante la depresión en la que caí, mi tiroides enloqueció... Y yo tenía sólo 12 años. Bueno, los años siguientes pasarían entre brumas, iba de la alegría al dolor, de la inquietud al letargo, de adelgazar a engordar. La solución: clínicas psiquiátricas, pues hasta cinco años después se supo lo que causaba los desórdenes en mi comportamiento. Fue cuando él apareció: tenía yo 17 y él era 20 años mayor, pero me enamoré, aunque entre él y yo no podía haber una

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relación formal, mas ¿cómo dejarlo?... él me protegía y constantemente decía que me amaba. Me llevó a conocer el mar, me atendió con los mejores médicos y cuando por fin fui operada y me recuperé, me embaracé. Esto le dio vuelta a la historia (al menos eso pensé), pues en el momento que supe que un ser latía dentro de mis entrañas decidí que tenía que cambiar mi vida, sin embargo, su nacimiento fue traumático; mi hijo nació con la tráquea endeble, podía perderlo, me enfrenté a un serio problema del cual tenía que salir sola. En aquellos días mientras él luchaba por su vida yo maduraba como mujer, aunque había el dinero para atenderlo, estaba sola. A mis 21 años enfrentaba la situación más difícil de mi vida. Los temores fueron apoderándose de mí al grado de no dar cabida a la solución más apropiada ante la magnitud del problema que enfrentaba con mi hijo, pensé en que lo mejor era no amarlo, no apegarme a él (gran error) pues creía que en cualquier momento lo podía perder. Definitivamente no estaba preparada para una realidad tan cruel y tan impactante, y las consecuencias no se dejaron esperar. Mi bebé de tan sólo siete meses, resintió mi rechazo y lloraba, pero yo me sentía fuera de mí, me desconocía, mas esto no impedía que lo golpeara. Un día, mi bebé vino corriendo hacia mí en el andador y me golpeó fuertemente en el tobillo. Fuera de control, tomé el andador y con todas mis fuerzas lo aventé y justo en el momento que lo solté pensé que mi hijo se iba a matar, pues el artefacto con el niño se estrelló contra la pared... Se había perdido la mujer que algún día había pensado y orado porque en su casa no hubiera desarmonía alguna, ni violencia, ¡¿qué me impulsó a llevar a cabo tal atrocidad?! No lo sé, pero lo que describiré en seguida, marcó mi vida para siempre: Algo muy fuerte me sacudió el alma, el andador dio vueltas con mi criatura dentro y vino a quedar nuevamente en medio de la habitación, entonces el bebé volteó a verme con una mirada que nunca olvidaré, y me dijo: “¿Por qué?”.

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Fue un momento totalmente sobrenatural, era imposible lo que estaba sucediendo. No sé, o más bien sí lo sé. Cuando aprendí a orar a los 10 años ante la desarmonía y el caos que se generaba en mi casa paterna —no sólo creo por creer—, estoy plenamente convencida de que Dios, en nuestro primer encuentro en aquel entonces, escuchó mi plegaria; aunque parezca paradójico, no lo es, ya que lo que resultó de toda esta tormenta en mi vida, repercutió en algo maravilloso. Caí de rodillas, abracé a mi niño y le prometí que buscaría ayuda. Yo había visitado ya una iglesia cristiana, pero ésta me quedaba muy lejos, en las afueras de Monterrey, así es que emprendí mi propia búsqueda de Dios y lo encontré, no en una iglesia (aunque éstas me han sido luego de gran ayuda y enseñanza) sino en la intimidad de mi recámara, y ese encuentro fue el principio de acontecimientos maravillosos que fueron a la vez reprimidos ante la persona que yo amaba, ya que no los podía compartir cuando él nos visitaba, pues debido a la situación legal en que vivíamos él no deseaba ninguna confrontación con su conciencia. Sin embargo, dentro de mí se avivaba cada día más un amor distinto, que se convirtió en pasión al paso de los años: mi relación con Dios, y esto dio por terminada nuestra relación. Mi hijo tenía ya cuatro años de edad. Contaba yo con 27 años cuando me casé con un buen hombre cuyo mundo y metas eran tan diferentes a las mías, tanto, que nuestra relación culminó en un divorcio 13 años después. De este tiempo guardo diversas experiencias, la mejor, haber conocido a mi suegra, detalles tan hermosos de amor y protección guardo de esta mujer, así como de los hijos del primer matrimonio de mi marido, preciosos muchachos, entonces unos adolescentes, con un gran corazón (hasta hoy por fortuna, la amistad con todos ellos está abierta). A partir de las experiencias que conviví con esta familia política, comenzaron a presentarse algunos cambios significativos dentro de mí: la tormenta estaba pasando, conocí la diferencia de clases sociales, y lo que más llamó mi atención fue el valor y el esmero tan grande que le daban a sus hijos, yo solamente lo había visto en libros. Supe que la gente tiene una identidad que debe

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presentarse, que podía pensar y opinar diferente, que esto era válido. Esta etapa para mí concluyó en paz. Se vislumbra el sol en el horizonte Después de la experiencia sobrenatural que había tenido con mi hijo, para mí no hubo nada más importante que Dios, y aunque como lo dije antes, me casé años después, Dios seguía siendo el centro de todo, además de lo que los líderes dijeran, que se convirtió en ley para mí. Al contar con 40 años, me divorcié y me convertí en obrera de tiempo completo, de ese tiempo tengo los mejores recuerdos, aunque lo que yo consideraba era ley para mí (lo dicho por los líderes) no era la única ni la correcta manera de agradar a Dios. Comprendí que Dios siempre entiende a los corazones y lo que realmente anhelamos alcanzar y lo que deseamos dar. Aprendí que el perdón no es un sentimiento, perdonar no es olvidar sino una decisión y que a través de este acto, libero a las personas que tengo atadas en mis sentimientos y emociones, las dejo libres y lo mejor de todo, yo soy libre; que aunque no olvide los tremendos acontecimientos que me sacudieron, ya no me dolerán y más aún, puedo transformarlos en experiencia para ayudar a otros. He llegado a comprender lo que es el amor incondicional, el camino a la santidad, Dios me lo enseñó de esta manera: “Si tú me buscas me vas a encontrar, si me encuentras me vas a conocer, si me conoces me vas a amar y si me amas, me vas a obedecer; si me obedeces estarás sirviendo a otros, así se cumple mi palabra: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, alma y mente y a tu prójimo como a ti mismo, eso es santidad”...Mi búsqueda de Dios sigue hasta el día de hoy y sus enseñanzas no han menguado, pero esta relación tan estrecha que nació entre Él y yo no fue comprendida del todo por la gente que me rodeaba, esto trajo grandes heridas de traición a mi corazón, no entiendo cómo líderes espirituales pueden hacer tanto daño, mentían, buscaban lo suyo y muy pronto se olvidaban del gran compañerismo que teníamos para

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convertirse en jueces y verdugos, pero también conocí otros tan grandemente puros e inocentes, unos más íntegros y fieles. Mientras todo esto sucedía, en el año 1995, me llevaron para hacerme cargo de un programa de evangelización en los lechos del Arroyo del Obispo y éste lo dio por terminado meses después la iglesia, mas algo maravilloso se realizó: entre los niños que atendía y yo había nacido una gran identificación y me pidieron volver, en esta ocasión no solamente ellos sino sus mamás, e iniciamos allí ya por cuenta propia, asesorías educativas y servicio de comidas. Debido a un incendio en el 2005, ellos fueron trasladados a García, N.L. y se formó la Colonia Renacimiento, hasta allá vamos cada tercer día, y ya hemos fundado una Asociación Civil que ha sido apoyada en su mayoría por gente católica, con quienes he formado un gran lazo de compañerismo. Lunes y miércoles los destinamos a darles asesoría escolar a los niños, estimulándolos y motivándolos con premios, paseos y meriendas para que continúen sus estudios, la meta es que al menos un porcentaje de los 240 asistentes al programa llegue a ser profesionista, pues hasta ahora lo más que han estudiado es la secundaria. Cada viernes nos acompañan 100 mujeres y sus hijos, ellas reciben clases de valores, material para manualidades y cena para su familia; los niños reciben también conjuntamente clases de valores y reciben allí su merienda. No está de más el manifestar el gran amor que nos une y que es esencial para nosotros, el equipo formado por cinco personas de tiempo completo, pues la meta es, precisamente, sembrar una semilla de amor en esos corazones, así como tratar en lo posible de equilibrar el abandono emocional en que todos ellos se encuentran para que así nazca la dignidad en cada uno de ellos. ¿Qué cómo formé la Asociación Civil y la iglesia que presido?, ¿cómo llegan las ayudas y los premios que nos hemos ganado a nivel nacional?, ¿cómo personas de diferente credo han llegado a apoyarnos incondicionalmente?, sólo puedo decir que guiada por esa fortaleza sobrenatural del Espíritu Santo.

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Al poco tiempo de estar enfrascada en estas actividades me enteré del diplomado Tejedoras de historias, al cual puedo asegurar también que fui guiada por la misma fuerza espiritual. Recuerdo el día de la presentación de los collages (me asusté, lo confieso): hacía tanto tiempo que no salía del ambiente de la iglesia que realmente las cosas que allí compartieron cada una de mis compañeras me confrontó de forma impactante con mi vida. La mayoría habló de sus hijos, esposos, cocinas, pasatiempos, otras de pérdidas dolorosas. El asunto era que para mí, hasta ese momento la vida había sido otra: mi familia era la iglesia y los niños, ya que tengo muchos hijos espirituales, mi casa siempre está llena de gente sirviendo a otros y además algunos de ellos viven en ella. Mi casa no es mía, sino que está al servicio de los demás, mi familia son todos ellos. Mi hijo está felizmente casado y vive en su propia casa; mi madre, a la que tuve el privilegio de cuidar por dos años, ya sanó y volvió con mi papá. En fin, que al salir ese día después de la presentación del collage, le llamé a mi hijo y le pregunté: “¿Qué clase de mujer crees que soy yo realmente?, me interesa tanto tu opinión”, él se rió y me dijo: “Única, como cada una de las mujeres del diplomado”. Como yo hablaba de desistir, él me instó a continuar diciéndome que me enriquecería grandemente al llevar este curso de desarrollo humano, y así fue. Recuerdo muy bien que en una de las dinámicas nos preguntaron cuál era la frase que más recordábamos en nuestra niñez, quién nos la decía, qué sentíamos y cuántos años teníamos, ahí comprendí cuánto influye una madre en la vida de un niño. Posteriormente, conforme nos fueron llevando a confrontarnos con tanto de nuestro pasado, no sólo me llevó a perdonar a mi mamá sino a pedirle perdón a mi hijo. En el ejercicio de “Guerrera, Hechicera”, me di cuenta de que lo había ejecutado en mi vida, pero hasta ese momento entendí los pasos que había dado y esto me dio un sentimiento de seguridad. Otra de mis grandes experiencias fue cuando abordamos el tema de la herida sexual, eso me hizo entenderme a mí misma. La franqueza de mis compañeras al compartir sus propias experiencias inundó mi ser de asombro y gratitud de compartir con ellas y me sentí también agradecida de formar parte de ese ambiente

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de confianza entre personas que sólo nos veíamos una vez por semana, dos horas, para escuchar a Paty, nuestra maestra. Es muy enriquecedor para mis sentimientos y emociones, y casi increíble, sin exagerar, lo que estas sesiones lograron en mi vida. He de enfatizar que después del diplomado nada ha sido igual, y me atrevo a opinar que para ninguna de las que por allí pasamos lo será. A través del tiempo me han llamado a dar conferencias sobre sanidad interior y todo lo aprendido en este curso, lo puse en práctica; he estado en diferentes ciudades, mas deseo mencionar los dos desayunos en Chihuahua y en Ciudad Juárez exclusivos para mujeres. El entendernos a nosotras mismas nos lleva a una dimensión más grande en la fe, y esto gracias a la provisión de herramientas que nos fueron otorgadas gratuitamente en este curso. Ahora comparto no sólo el perdonar sino pedir perdón y sobre todo, algo muy importante: el perdonarnos a nosotras mismas. El interiorizar en mi humanidad y no solamente en mi fe, me ha llevado a un crecimiento que me hace sentir no nada más satisfecha, sino plena. Mi gratitud más sincera para quienes apoyaron este programa. Aquí hay una mujer que no volverá a ser la misma, pues la llevaron a interiorizar dentro de sí misma, a perdonarse, entenderse y tirar todo lo que le sobraba. En orden de agradecimientos primero quiero darlo a Dios por escuchar mis plegarias y presentarme el camino correcto que yo debía tomar. A la licenciada María Elena Chapa, a Patricia Basave y a todas mis compañeras por el apoyo y el cariño incondicional que me otorgaron: mis oraciones estarán constantemente delante de Dios por sus vidas y porque las siga encaminando como a mí, en el sendero correcto de su vida. He comprendido que no sólo yo he vivido bajo una tormenta, existen muchas mujeres más y es por eso que, en retribución por lo que se me ha regalado,

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prometo dar de gracia lo que de gracia he recibido. Y así, uniéndonos como una red, crear un nuevo horizonte donde muchas otras peregrinas encuentren reposo.

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El paradigma de una mujer
por Gardenia

Después de varios noviazgos fallidos, después de innumerables frustraciones amorosas, creyendo que era lo único en la vida de una mujer y ya con 34 años de edad, sucedió... Yo era muy regular en mi ciclo menstrual y ese mes no me bajó, inmediatamente fui a hacerme la prueba de embarazo y resultó positiva. ¿Cómo explicar lo que sentí? No hay descripción para el gozo tremendo que invadió todo mi ser. Yo, sin esperanzas de que en mí se concibiera un nueva vida, ahí estaba, formando dentro de mí un hijo, pero, ¿qué le iba a decir a mi mamá? siempre había tenido una buena comunicación con ella, ¡bueno! eso creía yo. Lo que pasaba era que tenía miedo, sí, le tenía miedo a su reacción, ¿por qué? porque para ella yo siempre había sido la hija “ejemplar”, la que no se trasnochaba, la que obedecía sus mandatos, la que se cuidaba del “qué dirán”, la que la acompañaba a la iglesia siempre, la que no podía ni debía “cometer pecado”. Y ¿qué fue lo que hice? Cometí el error de no decirle. En lugar de afrontar la situación, me acobardé, sentí que le había fallado a ella, la que me hizo compañía en mis momentos más tristes, la que me levantaba el ánimo después de haber sufrido cualquier derrota, ya sea sentimental o profesional, la que me enseñó a ser independiente para la vida, mas no de ella; mi amiga, mi compañera en los innumerables viajes que hacíamos, cada vez que había una oportunidad. ¡No! no tuve el valor de enfrentarla, esos días pasé por una tremenda agonía y desesperación, mi reacción fue no decirle a nadie y dejé que las cosas fueran sucediendo poco a poco. Después de eso, me casé sin que lo supiera nadie de mi familia, excepto mi cuñada. A ella le agradezco infinitamente, pues fue la que me hizo ver la realidad de las cosas y, además, me apoyó incondicionalmente, ¡gracias, Sara!

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Antes de casarme, el padre de mi hija fue con mi madre a pedir su autorización para casarnos y a decirle la fecha de la boda, que sería el fin de semana, pero mi madre no quiso, pues faltaban los padres de él para hacerlo más formal. Bueno, el padre de él ya había muerto y pues, con 34 años, él pensó que no los necesitaba. Además, nos urgía, pues el embarazo lo iban a notar ¡En fin! sin o con su permiso, me casé, no lo necesitaba. Después de eso ¿cómo me salía de la casa sin que se diera cuenta? Créanlo o no, tenía miedo de enfrentarme a la vida sola, ¡qué ironía! ¿verdad? Después comprendí que a lo que le tenía miedo era a dejar la comodidad de mi casa, o sea, ¡le estaba dando más importancia a las cosas materiales! Me tardé tres meses en salirme de la casa; para ese entonces ya mi peso no era de 49 kilos, mi cintura, ya había pasado a ser de más de 60 centímetros. Y pues... se notó. Al darse cuenta mamá de mi engrosamiento, me preguntó enojada y le respondí que sí, ¡estaba embarazada!, fue tal su enojo que me asusté. Me encerré en mi cuarto y ella agarró el martillo, comenzó a tumbar la puerta, me empujó y me corrió de la casa nada más con lo que yo traía puesto. ¡Ah! Pero tenía que ir a trabajar, y así, maltratada y desecha interiormente, lo hice, Y ¡oh, sorpresa! a las dos horas de haber llegado a trabajar, me mandaron hablar ya que ahí estaban mis padres, le hablaron a mi esposo, pues los dos trabajábamos en el mismo lugar y comenzó una serie de insultos y amenazas para ambos. Aunque les mostré el acta de matrimonio no se contentaron... se fueron como llegaron. Después de lo que sucedió, mi recién estrenado marido decidió dejarme y yo, confusa, envuelta en una maraña de sentimientos, me hice la fuerte y lo acepté. Después de esto le hablé a mi cuñada, me aceptó en su casa y ahí viví por dos meses hasta que me entregaron mi casa. Mi hermano me admitió así, no sin antes preguntar si me había casado; yo pienso que estaba contento por mi embarazo, pero después de que me fui a vivir sola a mi nueva casa, él cambió conmigo. Del padre de mi hija ¿qué puedo decir?, simplemente darle las gracias porque aportó lo esencial para que yo me convirtiera en madre. ¿Hubo amor? en su momento, de mi parte, sí. Fue como una descarga eléctrica cuando lo conocí que removió todo mi ser, tanto, que me embaracé, ¿Qué por qué lo digo? pues es que mi estomago creció de una manera inusual, o sea de

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lado, en forma de pico; el bebé siempre estuvo sentado y no se podía voltear; cuando me operaron, el doctor comentó algo sobre mi matriz: “el hecho es que su matriz está acinturada en forma transversal y con miomas, era imposible un embarazo así”, pero se dio y nació mi angelito; todos creían que iba a ser un hombre, pero fue mujer, ¡qué hermosura! Cuando la vi, hice lo que todas las mamás: lloré y me dije: “¡Valió la pena!”. Ese día me fui en camión a la clínica porque no pasaban taxis, ¡lo que batallé para subirme!, pues el vientre no me dejaba y el escalón del camión estaba muy alto, el chofer sólo me miraba y miraba, hasta que un señor atrás de mí me ayudó a subir; para colmo, iba tan emocionada que me bajé como un kilómetro antes de llegar, pero eso no me importó, aunque a mi bebé sí, pues cada veinte pasos que daba, el estómago se contraía. Poco después supe que esas eran las contracciones. ¡Qué grande es nuestra madre naturaleza, que hace maravillas con un nuevo ser!,¡qué hermosura de perfección!, ¡gracias, Dios!, ¡gracias a la vida! por darme la oportunidad de estar aquí, en este momento, y de saber la dicha que se siente el traer un nuevo ser a la vida. A partir de ahí comenzó una nueva responsabilidad, ¡saber ser madre! Porque una cosa es ser hija de familia, ser soltera, ser profesionista, y otra muy distinta es SER MADRE, ¿Por qué? Pues para empezar, ¿cómo voy a educar a mi hija?, ¿con los mismos patrones de conducta, que yo llevo?, ¿voy a seguir las mismas reglas? Sin pensarlo mucho, lo que más le di a mi hija y le sigo dando, es amor. Cada mañana que despierto la abrazo; no hay día en que no nos estemos dando un abrazo. Otra de las cosas que aprendí, y le enseñé, fue a pedir perdón y a saber perdonar, además de infundir en ella los valores universales como a mí me los enseñaron mis padres. Pienso que el haber tenido a mi hija a esta edad fue lo mejor, ya que si hubiera sido antes de los 34, su educación hubiera sido muy diferente, pues yo no estaba emocionalmente madura para enfrentar una situación como la que viví; aunque antes de este episodio enfrenté muchas situaciones conflictivas en mi trabajo, en mi entorno afectivo, en mi hogar y aunque sufrí enormemente, pude soportarlas y hasta evadirlas para no encasillarme en la esfera del dolor y la frustración. Creo que

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tuve la suficiente fuerza para no dejarme arrastrar por la exclusión que esta sociedad le da a las mujeres. Y hablando de exclusión, ¡qué difícil es ser pobre! (de bienes materiales, mas no de espíritu) en este mundo que ve primero las cosas materiales que tu espíritu, tu corazón, tu actitud ante la vida; y es todavía más difícil para una mujer que quiere estudiar. Con penurias y todo hice mi carrera profesional. La que me llevó de la mano y me inscribió en la escuela fue mi madre. Tenía 14 años de edad y recuerdo que llevaba puesto un vestido de color azul con blanco a cuadros pequeños, que se abrochaba por la parte de atrás con botones y unas bandas que al trenzarlas formaban un moño; lo recuerdo tan bien porque las demás mujeres llevaban medias y yo calcetas; me sentí muy niña, pero emocionada de estar en la escuela, de seguir la carrera profesional que a mí me gustaba. Esta actitud de mi madre colapsó a mi padre, quien con gritos le dijo que a ver cómo pagaba mis estudios; él quería que trabajara como doméstica o en cualquier otra cosa, menos que siguiera estudiando, ya que yo era la menor de cinco hermanos, él trabajaba de chofer y no le alcanzaba el sueldo para mantenernos, pero esto no arredró a mi madre ni a mí y le puse todas mis ganas para no defraudarlos. Era tanto mi empeño que en lo único que pensaba era salir adelante en mis estudios y así continué, sin poder comprar los libros para estudiar. Tenía que pedirlos prestados o, si no, acudía a la biblioteca y ahí me ponía a estudiar. Tampoco tenía para pagar la colegiatura y mamá se puso a hacer rifas y a vender jugo de zanahoria para completar los pagos, al final rifó una batidora que había comprado en abonos, para que yo terminara. A pesar de que fui la hija que más quiso mi papá, según mis hermanos, me entristeció mucho en aquel momento el que no quisiera que yo siguiera estudiando pero, de todas maneras, terminé mis dos carreras profesionales. Después de que comencé a trabajar, el que más orgulloso estaba de mí, era él. Al trabajo tenía que ir con falda y además tenía que usar medias, eso era lo más engorroso para mí, pues en esa época se comenzaba a usar el liguero

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(prenda femenina para detener las medias) y las medias se rompían fácilmente, había que estar comprando a cada rato y la situación económica no daba para eso. Aparte de eso, mi trabajo era con niños, tenía que jugar con ellos y una vez que estaba jugando a los encantados, iba corriendo tras una alumna y se me atravesó un niño de primer grado; para no tumbarlo, brinqué y me fui de rodillas y manos al suelo lleno de grava, así que ¿dónde quedaron las medias? Entre lágrimas y risas, mis alumnas me levantaron y me curaron las heridas, ¡Ah, qué hermoso fue mi trabajo!, con tanta pasión y entrega, tantos recuerdos gratos, crecí junto con mis alumnos, intelectual y espiritualmente. No negaré que tuve errores, pero fueron más los aciertos. Siempre quería estar al día en cuanto la educación, pues me sentía como una esponja que estaba absorbe y absorbe. Mi primer año laboral fue en un colegio y siento que ahí me formé, pues tuve la dirección de unas hermosas maestras que me tuvieron mucha paciencia, pues contaba con 17 años y la rebeldía propia de la edad, pero comprendí que “la práctica hace al maestro”. Cuando entré a trabajar a una escuela oficial empecé a sentir la presión, pero no con mi profesión sino con las relaciones entre compañeros de labor, especialmente las mujeres. Hubo una en especial que trató de destruir mi reputación, curiosamente, no la laboral, sino la personal. Eso en su tiempo me marcó tremendamente, dejé que me lastimara, tardé en recuperarme, pero salí adelante. En ese tiempo cometí mi primer error sentimental: me enamoré de quien no debía. A pesar de tener 22 años de edad, era demasiado inocente en cuestiones amorosas y creí estar viviendo un cuento de hadas, pero desafortunadamente en esta historia no hubo un final feliz sino solamente un alma destrozada que se dejó ilusionar por palabras de amor, que creyó ver en ese hombre al príncipe valeroso, fuerte, que podía enfrentar a cualquier dragón que se le pusiera enfrente; resultó ser solamente un ser humano común y corriente con virtudes y defectos (más defectos que virtudes) y no supo afrontar las consecuencias de su pasión, no defendió ese amor y se acobardó a la primera dificultad. Toda esa enseñanza que viví con él siendo su novia, me dejó un sabor amargo y desde ese momento empecé a catalogar a todos los hombres por su falta de valor al afrontar cualquier reto de la vida, y sobre

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todo, capaces de abandonar a quien pudo haber sido su alma gemela. Pero como la vida sigue, no me dejé caer, proseguí mi camino y seguí luchando, ¡sí! tuve muchos noviazgos, equivocados porque después me arrepentía, debido a que me daba cuenta de que la mira de estos hombres era el cuerpo y, sobre todo, la vagina. Después de 15 años que nació mi hija, y que me encontraba tranquila y en paz en el terreno amoroso, apareció en mi vida un hombre cuatro años mayor que yo y empezó a buscarme. Eso me intranquilizó y comenzó en mí una serie de sentimientos encontrados, porque, primero, me oponía por no dar un mal ejemplo a mi hija y, segundo, ¡yo ya tenía 50 años! Pero me conquistó, me enamoré y empezó una relación con mucha pasión. ¡Nada qué ver para nuestra edad!, parecíamos jóvenes de 20 años, con él conocí la explosión del interior de una mujer, desenfrenada, placentera, pero todo este año y medio de locura desmedida terminó, porque después de la tormenta viene la calma, y sí vi en él cualidades de un hombre hogareño, pero a él le faltó ver en mí a la mujer como persona con inquietudes, ideales, sentimientos profundos, con convicciones, valores. En fin, qué lástima por todos aquellos que no buscan el amor, el verdadero amor que está más allá de los límites del cuerpo, que está en la esencia viva del alma, del espíritu de dos personas que, al encontrarse verdaderamente, será como una explosión que inunda su ser y su corazón. Por eso y más, hasta hoy no he encontrado a esa persona especial que llene mi existencia, pero hace tiempo que terminé de buscar, pues mi actitud hacia la vida cambió: mi existencia está completa y muchas veces me siento en total paz y armonía. Esa tranquilidad y paz las tenía cuando era pequeña, como de tres años. Hasta los 12 me sentía amada por mis padres, arropada, protegida, sin que nadie me hiciera daño, pues ahí estaban ellos para defenderme. Mi niñez fue alegre, aunque con muchas carencias, pero eso no lo nota un niño hasta que empieza a comparar, pero, aún así, había muchos juegos con mis hermanos. Soy la menor de una familia de cinco, los que me anteceden son hombres, por lo tanto, mis juegos eran muy riesgosos; ellos me contaron que a la edad de cuatro o cinco

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años me metían en una llanta y la rodaban por la calle de lado a lado por donde pasaban los carros, hasta que mi mamá los vio, los regañó y ya no tuve más ese juego que a mí me encantaba. Subía a los árboles, sobre todo al que estaba en el patio, era una morera que ya estaba ahí cuando yo nací, así que estaba enorme; ahí nos refugiábamos de papá y mamá cuando hacíamos alguna travesura y nos querían castigar, aunque varias veces nos alcanzaron. Con quien más me divertía era con mi hermano el de en medio, él me lleva seis años y como era demasiado travieso y arriesgado, no le temía a nada; era mi héroe, pues inventaba juegos fenomenales, puso un columpio en el patio, me paseaba en una bicicleta rentada en la Alameda y también en la carretilla cuando íbamos a la granja de mi tío, allá en Las Escobas, de Los Lermas, Guadalupe, N.L., ¡Ah, cómo nos divertíamos en ese lugar!, por ahí pasa el río Santa Catarina y en ese tiempo sus aguas eran cristalinas y abundantes e invitaban a nadar; ahí mi madre y nosotros recolectábamos berros con los que, después de desinfectarlos, ella preparaba una ensalada riquísima. Estos paseos a la granja se acabaron cuando falleció mi tío, yo tenía 10 años. Mi hermano decidió terminar de jugar para ponerse a trabajar, a él siempre le tuve mucho respeto. Algo muy característico en nuestra familia es que nunca nos demostramos cariño con abrazos o palabras tiernas. En las reuniones familiares, era muy usual usar el sarcasmo, sobre todo de parte de mi hermana, con quien aún no convivo y me lleva nueve años, pues para ella es más importante la lotería que las relaciones familiares, tan es así que sus tres hijos son adictos al juego; pero después de los usuales “cruces sarcásticos”, nos poníamos a jugar a la baraja. No sé en qué momento cambió todo, pues de chicos compartíamos muchos juegos, íbamos muy seguido a nadar, a paseos dominicales con nuestros padres, y con mi madre no faltábamos todos los domingos a la terraza “Elsy” a ver películas de artistas norteamericanos de los años 50 y 60, así como de los artistas mexicanos de esa época. Mi madre era muy cariñosa conmigo y mi padre también, pienso que porque fui la última y ellos ya eran mayores. De los 12 años en adelante empecé a sentir la crítica de mis hermanos y la burla

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que de mí hacían, me decían la piojosa, la prieta, la peluda, pero mi mamá me decía que era por celos, que no les hiciera caso. Mi hermano, el que es tres años mayor que yo, era el que más me celaba, siempre estaba al pendiente de cuanta cosa hiciera yo para ir a contarle a mamá y que ella me regañara. Lo que más me indignaba de este hermano era que inventaba cosas y le creían, hasta la fecha, aún con ya casi 59 años, sigue con lo mismo y las repite y las repite hasta que llega un momento en que él mismo se las cree. En fin, mi adolescencia fue sin grandes cambios, aunque siempre quería estar haciendo cosas. Cuando tenía 11 años ingresé a la Casa de la Asegurada, ahí se daban clases de danza, teatro guiñol, costura, etcétera. Yo entré a danza y a teatro guiñol, parece que íbamos tres veces a la semana y me encantaba; una vez nos llevaron al Topo Chico y en la plaza principal dimos una función de teatro guiñol, ¡qué emoción! Yo hice dos personajes: el payaso que daba la introducción y la ratoncita, eso fue en el año de 1963. En las idas a las clases de danza me pasó algo que me llenó de miedo. Iba con otras dos amigas, una de 10 y la otra de nueve años. Las clases eran en el segundo piso del mercado San Pedro y estaban construyendo otra escalera, así que de curiosas nos fuimos precisamente por ésa, y cuando estábamos golpeando para que nos abrieran porque la puerta estaba cerrada, al querer bajarnos para ir por la otra escalera nos encontramos con un hombre que tenía su pene de fuera y nos lo enseñaba. Fue tal el susto que corrimos adentrándonos en la construcción, pues él nos tapaba la única salida que había. Recorrimos el área que tenía varios locales vacíos aún sin estrenar, pero desgraciadamente estaban cerrados y no nos pudimos encerrar en alguno de ellos, así que nos fuimos arrinconando hasta el final del pasillo y llenas de miedo empezamos a gritar con todas nuestras fuerzas hasta que nos quedamos roncas. Así transcurrió el tiempo, no sé cuánto fue, pero a nosotras se nos hizo una eternidad. Ya después me levanté, como yo era la mayor me asomé a ver si ya se había ido y para nuestra alegría así fue. Ahí cometimos nuestro primer error de niñas, prometimos no decírselo a nuestros padres, porque si no, ya no nos iban a dejar ir a las clases de danza. De todas maneras el ciclo escolar acabó y ya no fuimos más bien por miedo. También sufrí tremendo susto en el cine cuando tenía como seis años y mi papá

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me llevó al cine Rex a ver la película de la Cenicienta, me compró palomitas y se quedó dormido; de pronto empecé a sentir que me rascaban en la parte de atrás por debajo de la silla y volteé a ver: era un señor que estaba metiendo su mano para agarrarme, desperté a mi papá y le dije que nos fuéramos. Cuando ya era una persona adulta, en un momento en que charlábamos todos acerca de nuestros recuerdos infantiles, yo les dije por todas las cosas que había pasado, estaban sorprendidos de todo de lo que les platiqué y me preguntaron el porqué no les decía y les dije que por miedo a que me fueran a castigar más. Así como estos episodios fueron pasando otros a través de los años, muchos de esos acosos los sufrí en el transporte público, y tonta de mí, no decía nada por vergüenza de que pensaran mal de mí. Pienso que, así como yo, muchos niños y niñas lo han sufrido, no es nuevo; ya de adulta, en el trabajo también pasé por situaciones similares, aunque poco a poco empecé a defenderme. ¡Tantos recuerdos!, de los malos o agradables, he aprendido a quedarme con los buenos, los otros están guardados, pero no para estarme torturando con ellos sino para tenerlos como referencia. En uno de esos momentos de tranquilidad, cuando mi hija tenía dos años y mi madre se encontraba en la casa, le pregunté el porqué de su actitud cuando se dio cuenta de mi embarazo. Me contestó que le había dado mucho coraje y que la perdonara; ese fue un momento de gloria para las dos, pues mutuamente nos perdonamos. Por eso hoy me siento dichosa porque tengo el orgullo de que, siempre que podía, platicaba con mis padres y empecé a comprenderlos y a darme cuenta de que también ellos habían pasado por cosas difíciles y, además, ¿a quién le enseñan a ser padre? Sin embargo, aún hoy desgraciadamente, es fecha que no puedo comunicarme con mis hermanos. Ellos, cuando me quiero poner a hablar para expresarles lo que siento, me tildan de sentimentalista y cursi. Pero lo que quiero decirles es que aún es tiempo de perdonar y perdonarse, que ya tiren esos sacos tan grandes que traen cargando desde pequeños; que la vida es para disfrutarla, no para estar amargado y lleno de rencor; que lo bueno perdura si uno quiere;

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que la pérdida de nuestros padres, bajo circunstancias muy dolorosas, es algo que tenemos que sobrellevar; que si tuvimos errores al momento de tomar decisiones para con ellos es cierto, pero es de humanos errar, ellos ya están en paz y hay que dejarlos descansar pues ya están en el sueño eterno. Sé que es difícil perdonarse, yo tardé más de dos años en perdonarme porque no me traje a mis padres a vivir conmigo, pero eso ya pasó y ahora estoy tranquila. En la actualidad no sé qué pasó con mi hermano el mayor, que hoy tendría 67 años; mi otro hermano, el de las travesuras, no me quiere hablar, aunque ya intenté comunicarme con él sin obtener respuesta, pues creo yo que todavía está aferrado al pasado. Y eso no lo puedo arreglar, solamente voy a dejar que las cosas fluyan y si ellos se acuerdan de su hermana la menor, pues aquí estaré. Durante mi infancia, adolescencia, juventud y ya adulta quise ser reconocida, quise tener presencia en cualquier lugar en el que estaba, por eso es que en mi juventud estuve en grupos de danza folklórica. En mi niñez quería participar en todos los bailables que se organizaban en la escuela, mas por falta de dinero no podía. Ya adulta, continué en los grupos de danza, ingresé en la Universidad a la Facultad de Artes Escénicas, estudié inglés, jugaba en los torneos de voleibol que se organizaban en las escuelas, organicé tablas gimnásticas, participé en los concursos escolares, tuve grupos de danza y hace dos años pertenecí a un club de liderazgo. En realidad no sé por qué ese afán mío de sobresalir en todo, probablemente buscaba la aprobación de los demás, o probablemente sea mi alegría por vivir. Hoy, después de un año y cinco meses que empecé el diplomado bajo la dirección de mi hermosa maestra Paty Basave, he vuelto a experimentar otra transformación; si bajo la tutela de mi madre aprendí a valorar a una mujer, ahora estoy más que convencida del valor tan grande que tenemos las mujeres y he aprendido a tener más confianza en mí. Durante todo este proceso, he visto de manera distinta a mis entrañables amigas, sí, las de mi barrio y a mis amigas ex compañeras de trabajo que aún nos seguimos viendo, de quienes he aprendido muchas cosas, y he tomado la sabiduría que tienen. Ellas me

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descubren cada día, a su lado he crecido, he aprendido a ser más yo. Gracias amigas, María Elena y Paty. Y gracias a ustedes, Martha, Bertha y Alma. Ahora me he descubierto más a mí misma, estoy más serena, más tranquila. He aprendido a poner límites, he aprendido a valorarme más, a descubrirme, aunque todavía sigo en evolución. Como dice mi maestra Paty Basave, hay que estar siempre en continuo crecimiento, pues este proceso no termina. Quiero agradecer a mis padres, que en paz descansen, por haberme dado la vida; a mis hermanos por ser mis amigos y compañeros de infancia. Gracias, queridas compañeras y amigas del diplomado, por estar conmigo en el proceso de cambio y por ayudarme a sanar mis heridas. Gracias, querida Paty Basave. Gracias al Instituto Estatal de las Mujeres. A ti, hija, ¡gracias!

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En pleno vuelo
por Azucena

Quiero dedicarle esta pequeña historia a mi familia y a los seres queridos que tienen un lugar muy especial en mi corazón. Cuando me invitaron a tomar este diplomado Tejedoras de historias me llamó mucho la atención y aunque no sabía exactamente de qué se trataba, me gustó la idea pues siempre es bueno aprender cosas nuevas para estar actualizada. Así que me decidí y lo tomé y ¡oh, sorpresa! ¡cuánto he aprendido! Tengo una sensación de bienestar, de seguridad y paz interna, porque ahora puedo comprender mejor a los demás, me siento más sensible a las emociones que me rodean y algo muy importante: me di cuenta que debo dedicar más tiempo a mí misma, y este diplomado es una prueba de ello. Desde el inicio de éste nos comentaron que teníamos que escribir la historia de nuestras vidas y pensé ¿qué voy a escribir si mi vida no es muy interesante?, y heme aquí. Yo creo que nunca debemos menospreciarnos, todos somos seres individuales e independientes y valemos por nosotras mismas. Y esto lo he reforzado últimamente, gracias a la licenciada Paty Basave, quien ha sido una excelente guía a lo largo de este diplomado. Muchísimas gracias, Paty, por todo lo que nos has enseñado, haciéndonos ver en nuestro interior, encontrando cosas que creíamos olvidadas, recuerdos hermosos y otros no tanto, los cuales he sabido acomodar en su lugar.

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En pleno vuelo Soy una mujer casada, tengo tres hijos varones, puedo decir que son mi mayor tesoro, los amo, estoy sumamente orgullosa de ellos; actualmente estudian, uno secundaria y dos, la universidad. Mi esposo es un hombre al que amo profundamente y hemos compartido 23 años de nuestras vidas; algo que ha mantenido nuestra unión es el gran amor y confianza que nos tenemos uno al otro, el apoyo que nos brindamos en las buenas y en las malas ha sido nuestra fuerza, claro, también hemos tenido altibajos como en todos los matrimonios y nos hemos dicho cosas de las cuales después nos arrepentimos y hemos recapacitado juntos, porque no es tan fácil mantener una relación color de rosa siempre y en todo momento, eso es mentira, lo que sí les quiero compartir es que siempre hemos tomado decisiones juntos en la educación de nuestros hijos, en las que los dos estamos de acuerdo, nunca hacemos lo contrario a lo que uno u otra opina, y los dos nos apoyamos haciendo que el respeto de nuestros hijos hacia nosotros sea permanente. Soy hija de un matrimonio que duró 29 años juntos hasta que mi padre falleció. Actualmente vive mi madre, y somos seis hermanos: cuatro hombres y dos mujeres, yo soy la quinta de esta familia, dicen que no hay quinto malo, y bueno, ¿quién sabe? Mi infancia y adolescencia la viví siempre en la misma casa, la cual era de mi padre, desde que era soltero él ya vivía ahí. Esta casa estaba dentro del mismo terreno de una granja avícola, pues mi papá se dedicaba a eso y también a la ganadería. Los primeros años de casados él y mamá seguían con la granja, después tuvieron una tienda de abarrotes y carnicería; recuerdo que todos ayudábamos en las tareas tanto de la casa, como en la granja y la carnicería. Para ir a la escuela nos tenían que llevar en camioneta o tomar autobús ya que quedaba algo retirada de donde vivíamos; por tal motivo casi no teníamos amigas o amigos, nada más los de la escuela, porque al salir de ella ya nos

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estaban esperando mamá o papá para regresar a la casa. En los alrededores de la granja vivían pocas familias, así que no convivíamos mucho con otros niños, entonces jugábamos entre nosotros. Mi hermana y yo casi siempre jugábamos juegos de niños pues mis hermanos eran cuatro y nosotras dos: jugábamos a las canicas, al trompo, a la cuerda, a los encantados, de vez en cuando a las muñecas, cuando estábamos solas. Mi papá a veces nos contaba historias y anécdotas de cómo vivió cuando era niño, nos platicaba que su familia había sido una de las más ricas de Allende, Coahuila, y que su papá guardaba el dinero en botes de lámina, desgraciadamente él quedó huérfano muy chico, perdió a su madre al poco tiempo de nacido y a los siete años murió su papá, así que se vino a Monterrey con una hermana mayor a estudiar y después a trabajar. Mi papá siempre fue de un carácter muy fuerte, era muy estricto y al hablar siempre usaba un tono muy alto y parecía que estaba enojado, pero así era su forma de ser; en realidad era bromista y alegre, realmente era muy bueno con todas las personas, muy trabajador, siempre se levantaba muy temprano y también nos levantaba a todos los demás, por supuesto. Mi mamá es de carácter más tranquilo pero muy alegre, le encanta platicar con las personas y conocerlas, mi papá y ella convivían mucho y les gustaban las fiestas. Una vez me contó que cuando mis hermanos eran chiquitos los dormía como a las seis de la tarde y la muchacha le ayudaba a cuidarlos para que mi papá y ella pudieran salir al cine o a algún lado ya que para ella era muy pesado el trabajo de la casa: cuidar a todos mis hermanos además de atender la carnicería, pues mis primeros cuatro hermanos nada más se llevan 11 meses o un año de diferencia, después de cinco años nací yo, y mi hermano el más chico, dos años después. Cuando mi hermano y yo estábamos chiquitos, hubo una enfermedad que atacó a los pollitos y gallinas de todas las granjas y se murieron y eso trajo por consecuencia una época muy difícil económicamente para mis padres; con decirles que mis hermanos mayores sí tienen fotos de su primer año de vida y nosotros dos, no. Gracias a Dios y con el esfuerzo de mis padres, volvimos

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a salir adelante con el paso de los años. Sin embargo, la granja se perdió, mis padres siguieron únicamente con la carnicería y compra-venta de animales. Lo que recuerdo de mi infancia es que cuando estaba en el kínder, a mi no me gustaba ir, yo quería ir a la escuela donde estaban mis hermanos, la primaria quedaba a una cuadra, entonces un día me escapé y fui a dar al salón de mi hermana que estaba en sexto grado, que por cierto por poco y me atropella un camión de refrescos; después de esto mi mamá habló con el director de la primaria y permitió que fuera como oyente a primer año y después me aceptaron y me quedé. Me gustaba participar en todo: bailables, eventos, deportes y en sexto grado estuve en la escolta. Cuando entré a secundaria seguí participando en diversas actividades como poesía coral, estudiantina, danza folklórica, deportes, concursos, etcétera. Me gustaba mucho estudiar y siempre estaba en competencia con mis amigas para ver quién sacaba mejores calificaciones, había una que siempre nos ganaba los primeros lugares, pero no me daba envidia, al contrario, cuando no sabía algo le pedía que me ayudara. Fueron épocas que recuerdo con mucho cariño y, gracias a Dios, todavía conservo a algunas de mis amigas de entonces. Cuando entré a preparatoria algunas compañeras de estudio continuamos juntas, también fueron épocas muy hermosas pues era la edad de los 15 años de la mayoría de mis amigas: fue cuando empezamos a ir a fiestas, bailes y también celebramos los nuestros; hice nuevos amigos y amigas, tuve mi primer novio, bueno dos o tres, pero nada serio. En ese entonces papá y mamá trabajaban y a mí me gustaba acompañarlos. Le ayudaba a mamá en algunas cosas, dos o tres horas y luego me iba a la preparatoria, ya que estaba en el turno de la tarde. En ese mismo año de 1983 invitaron a mi mamá a trabajar a una institución de asistencia social, como siempre iba con ella a todas partes y me gustaba participar en todas las actividades, mi tiempo libre lo dedicaba a eso, pasábamos mucho tiempo juntas, pues en ese entonces a mi hermana le habían dado su plaza de educadora en San Luis Potosí y nada más venía los fines de semana.

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En estas actividades que realizaba conocí la necesidad de mucha gente y me sentí útil y desde entonces me nació el gusto de ayudar a los demás, creo que esto lo aprendí de mis padres, han sido un gran ejemplo para mí y para mis hermanos. De hecho, después de esto he trabajado formalmente en dos administraciones públicas municipales y, actualmente en la tercera, lo cual agradezco mucho a las personas que me dieron esta oportunidad ya que siento un orgullo muy grande porque esto deja una gran satisfacción que, aunque una no pone los recursos, el aplicarlos de la mejor manera y dárselos a las personas adecuadas nos hace sentir satisfechos y con una sensación de bienestar. Terminé la preparatoria y ¿qué creen? ¡mi novio me propuso matrimonio! Cuando la acabé no me pude inscribir inmediatamente en la universidad, entonces decidí tomar un curso de inglés y otro de computación, mientras se llegaba la fecha para la universidad; y en ese lapso conocí a mi actual esposo y nos hicimos novios, entonces yo seguía con mis cursos de inglés y computación los cuales no terminé pues antes de que se llegara la fecha para la inscripción de la universidad llegó primero la propuesta de matrimonio y ¡acepté! Nuestro noviazgo duró 10 meses únicamente; él me había preguntado si aceptaría casarme con él y yo le había dicho que sí, pero no habíamos fijado fecha y antes de poner fecha para la boda, un día, llegó a mi casa y me dijo: “¡Ya compré la estufa y el refrigerador!” Y yo me quedé casi paralizada y de ahí en adelante empezamos a planear la boda y fijamos la fecha. Me casé muy joven, tres meses antes de cumplir mis 18 años. A pesar de que tenía esa edad yo me sentía muy segura y sabía que estaba tomando una decisión muy seria, pero nunca lo dudé. Mis padres aprobaron nuestra decisión, planeamos la boda y en poco tiempo se llevó a cabo. Fue sencilla pero muy bonita, nuestras familias y amigos más allegados estuvieron con nosotros. De los preparativos que más disfruté fueron los detalles del vestido: yo escogí la tela y el modelo, me la pasaba viendo revistas de novias todos los días y después de tomar la decisión más adecuada, según yo, ya me arrepentía pues

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el vestido llevaba como cien botones en la espalda y otros tantos en los puños. Fue un show para quitármelo, mi hermana me tuvo que ayudar pues me lo tuve que quitar en la casa para cambiarme, porque un amigo de mi esposo nos regaló una noche de hospedaje en un hotel, entonces ¡cómo iba a llegar a media madrugada con vestido de novia al hotel! y además, que todos se dieran cuenta que era mi noche de bodas, ¡qué vergüenza! Lo que pasa es que era muy tímida. ¡Ah, pero se me olvidó un pequeño detalle: mi esposo iba con el smoking puesto, con su ramito de novio y además llegamos en el carro con el arreglo floral aún puesto y un grupo de muchachos que pasaban por la calle cercana al hotel gritaron: “Arriba los novios”, así que como quiera todo mundo se dio cuenta. Quiero mencionar que cuando uno escribe este tipo de cosas vienen a la mente recuerdos que creías olvidados y están ahí, guardaditos, esperando y realmente se disfruta mucho porque vuelves a sentir la emoción de las cosas que viviste. De recién casados vivimos en Monterrey, rentamos un departamento y al poco tiempo ya esperaba a mi primer hijo, lo cual nos dio mucha alegría. Mi embarazo lo pasé sin ninguna complicación, recuerdo que cuando iba a nacer el bebé llegamos a las cuatro de la tarde al hospital y me dijo el doctor que todavía me faltaban unas horas, que me pusiera a caminar y como a las siete volví a entrar y me pasaron a una sala. Yo oía a unas señoras que gritaban mucho y yo me quedaba callada aguantado las contracciones hasta que de pronto ya no se oían ruidos y pensé: “Ya las atendieron y yo por estar callada nadie me hace caso” y entonces empecé a quejarme y a gritar hasta que por fin, a las dos y cincuenta y cinco de la mañana del día siguiente, nació mi bebé. Mi esposo me dijo después que se había peleado con los doctores quien sabe cuántas veces porque no le informaban y les decía que quería cambiarme de hospital pues ya estaban todos desesperados, ahí estaban también mi cuñado con su esposa, mi mamá y mi hermana, pero al fin todo salió bien; mi bebé sano y sin ninguna complicación, lo demás ya no importaba. Cuando mi hijo tenía año y medio, papá falleció, en ese entonces yo tenía 20 años. La muerte de mi padre fue muy triste e inesperada, él padecía hipertensión,

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tomaba su medicina aunque a veces no hacía caso y, si iba a asistir a una fiesta, posponía el medicamento para el día siguiente, sin embargo, en esos días no había tenido malestar, nada que nos indicara que algo le iba a pasar. Uno de mis hermanos vino a la casa por mí y me dio la mala noticia, entonces fuimos por un doctor y lo llevamos a la casa, mi papá ya estaba sin vida desde hacía una o dos horas. El doctor lo revisó y diagnosticó derrame cerebral o infarto. Mi mamá no se encontraba en la casa, se había ido un día antes con una tía porque iban a salir de viaje, entonces tuvimos que hablarle y decirle que papá estaba muy mal que se regresara lo más pronto posible. Al llegar se dio cuenta de lo que pasaba en realidad. Estos momentos fueron muy difíciles. De mi padre guardo recuerdos muy hermosos, creo que aprendí mucho de él, además de los valores que me inculcó como el respeto, la responsabilidad y otros más; también me enseñó a manejar, a montar a caballo, a cocinar, a ser amable y a ayudar a los demás cuando necesitan de nosotros, siempre decía: “Hoy por ti, mañana por mí”. A casi dos años que papá falleció, a fines de 1989, nació mi segundo hijo; me lo trajo Santa Claus un 25 de diciembre, ¡qué padre!, ¿verdad? ¡si, cómo no! Me quedé sin comer el día de Navidad y es que ese día mi mamá, tíos, primos, hermanos, sobrinos y demás familiares nos reuníamos en casa de mi abuelita materna y llevábamos un platillo cada quien para compartir. Yo preparé lo que me tocaba, pero como ya sentía un poco de molestias entonces decidimos ir primero a consultar con el doctor y después ir con la abuela. Pero al llegar con el doctor me revisó y me dijo que ya me iba a quedar internada. Me quedé y todos se fueron a comer porque el ginecólogo dijo que me faltaban como cuatro horas y a las cinco y treinta de ese día nació mi segundo hijo. Son fechas muy especiales, muy bonitas, de convivencia familiar, pero mi hijo siempre se ha quejado de la fecha en que nació porque dice que a todos se les olvida su cumpleaños por festejar la Navidad, y si se acuerdan, le dicen que su regalo de Navidad es el mismo que el del cumpleaños. Al poco tiempo de su nacimiento le diagnosticaron cáncer de vejiga a mi

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mamá, fue un golpe muy duro pero había una esperanza, gracias a Dios estaba en una etapa donde médicamente se podía hacer mucho, en ese momento trabajábamos las dos. Después de pasar por varios estudios deciden hacerle una cirugía, ella siguió atendiendo sus citas con el doctor periódicamente hasta que al año siguiente el resultado vuelve a salir positivo. Otra vez se apoderó de nosotros el temor y de nuevo a comenzar: exámenes médicos, estudios y mi madre dispuesta a todo, porque ¡qué fortaleza tan grande! Es algo que siempre le he admirado, en cambio yo, sentía que el mundo se me venía encima y debía mostrarme optimista y con fuerza delante de ella para no reflejar lo que realmente sentía. Así seguimos adelante y en esta ocasión el doctor le indicó tratamiento de quimioterapia y radiación, a lo largo de ocho meses, después de una segunda cirugía en la que volvieron a extraerle algunos tumores pequeños. No perdíamos la confianza y la fe pues el doctor nos alentaba mucho y nos decía que todo iba bien, y así pasó. A los dos años, a raíz del tratamiento que le habían dado, se presentó otra complicación: se le obstruyeron sus intestinos y después de un año nos percatamos de lo que estaba sucediendo realmente, para entonces ya nada más toleraba líquidos; era ir y venir al hospital casi todas las semanas hasta que un día, después de tres meses de internamiento, le dijo el doctor que ya no había nada qué hacer y ella le respondió: “¡Pues yo de aquí no me voy! porque estoy en un hospital muy grande donde hay muchos doctores y tienen todo el conocimiento y recursos para hacer algo por mi, así que haga lo que tenga que hacer conmigo y sáqueme adelante”. Entonces el doctor decidió hacerle otros estudios de cuyos resultados se esperaba lo peor. Para sorpresa nuestra, sí había solución a este problema, de nuevo otra cirugía en la cual gracias a Dios todo salió bien, y mamá, después de no probar comida sólida en un año, volvió a comer y se recuperó. Para entonces mis hijos estaban en primaria y kínder; mi hermano los recogía de la escuela y me los cuidaba mientras yo regresaba del hospital, casi de noche pasaba por ellos, mi hermana y mis hermanos se quedaban casi siempre de noche en el hospital, turnándose para poder cumplir con sus trabajos, en

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esta época yo no estaba trabajando, así que me quedaba todo el tiempo que era posible. Al poco tiempo quedé embarazada de mi tercer hijo, creo que inconscientemente estaba esperando el momento para esto, pues mamá ya se había recuperado un poco. Mi embarazo fue muy tranquilo y sin contratiempos. Cuando nació fue mediante cesárea, fue la única operación, ya que los otros partos fueron partos naturales. Gocé mucho a mi hijo recién nacido porque en ese entonces ya no trabajaba, no me desvelaba ni me sentía cansada, al contrario, disfrutaba atender a mi bebé pues ya habían pasado cinco años de mi segundo hijo, además, ellos ya se iban a la escuela y me quedaba sola con él. Esto fue por año y medio pues después decidí volver a trabajar. Trabajé por siete años en un instituto de educación, después cambié de trabajo y hasta la fecha no he dejado de trabajar pues lo disfruto mucho, además tomé un curso de computación que ahora sí terminé, también he tomado algunos cursos de capacitación de diferentes temas y he aprendido mucho. Asimismo me he propuesto terminar todo lo que inicie y en mi mente todavía tengo la idea de estudiar algo pues esto lo he dejado pendiente en mi vida, y ahora que mis hijos ya están más grandes a veces me han comentado que por qué no lo hago y siempre digo porque no tengo tiempo: entre el trabajo y la casa, el poco tiempo libre que me queda quiero disfrutarlo con mi esposo, con mis hijos y mi familia ya que es algo muy importante para mí. Es un dilema, no he tomado la decisión pero estoy trabajando en ello, no quiero darme por vencida. Algo que aprendí en este diplomado es que tenemos que cerrar círculos de las cosas que hemos dejado sin concluir, fue una invitación al pasado donde recorres toda tu vida y vas viendo lo bueno y lo malo que hiciste o que te hicieron y que aun siendo una niña, nunca las olvidas, pero aprendes a perdonar y es increíble como tu vida empieza a cambiar. Ves las cosas de otra manera, aprendes a diferenciar cuando tienes la razón o estás equivocada y lo más importante, lo reconoces ante los demás, esto es bien difícil pero cuando lo haces, quedas liberada y en paz contigo misma.

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Siempre me había sentido como que había una niña chiquita dentro de mí, que necesitaba la aprobación de los demás o que debería hacer las cosas bien para que nadie me dijera nada y a veces aceptar las opiniones de los demás aunque no estuviera de acuerdo. Ahora ya he aprendido a decir no cuando es no, pues tengo voluntad y decisiones propias, además he confirmado cosas y situaciones en las que no me sentía segura y que al final era lo correcto y me di cuenta que era falta de confianza en mí misma. Quiero compartirles esta reflexión: “Nadie sabe qué tan alto puedes volar, tú mismo no tendrás noción hasta que te atrevas a extender tus alas”. Es una reflexión hermosa, con tan pocas palabras, pero que encierran un significado enorme, espero y sé que muchas personas le darán un significado diferente según su forma de pensar, pero de cualquier manera el resultado deberá de ser el mismo, liberador y enriquecedor. De la enfermedad de mi mamá han pasado ya 18 años en los cuales ha habido otras pruebas y complicaciones que superar y seguimos en la lucha, actualmente tiene insuficiencia renal y está en tratamiento de hemodiálisis y sigue con la misma disposición de siempre, como el primer día. Actualmente mis hermanos, mi hermana, cuñadas, mi familia y yo seguimos igual, unidos y dispuestos a seguir atendiendo a mi madre en todo lo que se pueda, ya que ella es el ejemplo más grande que tenemos de valor, fuerza, decisión y voluntad que Dios ha puesto en nuestro camino. Quiero decirles a mis hermanos y a mi madre que los amo, que tal vez nunca se los he dicho porque entre nosotros no acostumbramos a expresar de esa manera verbal nuestras emociones, pero creo que los hechos valen por mil palabras. Quiero agradecer a mi esposo, a mis hijos y a mi suegra la comprensión y el apoyo que siempre me han dado en este aspecto, aunque muchas veces sentí que los descuidaba y que en ocasiones les hacía falta y que debía pasar más tiempo con ellos, doy gracias a Dios que tenemos salud, que es lo más importante, porque una aprende a valorarla inmensamente cuando tenemos a un ser querido padeciendo a nuestro lado. Sé que tengo una familia muy unida

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donde hay amor, comprensión y tolerancia y que al estar viviendo todo esto a lo largo de nuestras vidas, algo bueno debemos de aprender, ojalá que este ejemplo sirva para un futuro dentro y fuera de nuestra familia. Siento que es muy importante honrar a nuestros padres pues nos dieron la vida, porque ahora que soy madre sé que los hijos son lo más importante en la vida y que una espera lo mejor de ellos; algo muy importante que debemos aprender es a no ser egoístas, ¡qué difícil! creo que debemos dejarles su espacio, su tiempo y su libertad para que vivan su propia vida y ellos verán la forma de agradecerle a sus padres de la mejor manera. Quiero agradecerle a la licenciada Patricia Basave todo el aprendizaje que nos dejó, todo el tiempo dedicado a nuestro proceso de cambio a través de dinámicas que nos hicieron volver a vivir momentos tristes y alegres, a superar o considerar cosas que no habíamos podido, por sus consejos y gran interés hacia nosotras. Porque antes de ser maestra eres una gran amiga, gracias, Paty. A todas mis compañeras de grupo por los momentos inolvidables que pasamos juntas, en las buenas y en las malas, muchas gracias. Les deseo de todo corazón, queridas amigas, lo mejor en sus vidas. Sigan adelante, pues esto no se ha terminado. Quiero agradecer al Instituto Estatal de las Mujeres, en especial a la licenciada María Elena Chapa Hernández y a su equipo de colaboradoras que nos atendieron de maravilla, por este diplomado en beneficio de las mujeres que deseamos superarnos y seguir creciendo emocional y espiritualmente.

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Gracias porque me has amado
por Águila triste

Nací de buenos padres; mi padre fue de una calidad humana a toda prueba, ayudaba a ancianitos solos, con comida, medicinas, les daba sepultura si ellos morían. Mi madrecita repelaba y le decía: “Que la Presidencia se haga cargo de ellos”, y mi padre contestaba: “Hoy por ellos, mañana por mis hijos” y eso dio frutos, como más adelante lo veremos. Creo que la ternura y la calidad humana que poseía se debió a que quedó huérfano de padre y madre a los siete años y aunque mis abuelitos dejaron cierto capital, él salió adelante por la bondad de algunos amigos de mi abuelito que lo enseñaron a trabajar y porque fue dotado de mucha inteligencia, aunque no tuvo la oportunidad de estudiar en una escuela formal. ¡Gracias, padre; gracias, madre, por todo el amor y valores que nos enseñaron a mis hermanos y a mí, aún antes de nacer! Cuando yo nací fui la última de nueve hermanos, mi madrecita tenía 40 años y todos mis compañeros del kínder pensaban que ella era mi abuelita. Mi infancia transcurrió parecida a la de otros niños, nos daban cuatro comidas al día, se cenaba temprano, y cuando salíamos debajo de los árboles a conversar, mi madrecita aprovechaba, al estar platicando historias de la familia, de cuando ella era pequeña, para checarnos la cabeza que no trajéramos bichos, sobre todo porque yo tenía el cabello largo. Me crié en un pueblo pequeño, sin televisión, teníamos un radio, que me parecía enorme al estar escuchando la música y los programas como: Apague la luz y escuche, era una serie policíaca y de misterio, de ahí quizá nació mi interés por este tipo de películas y el programa de las 12, del Dr. IQ. Crecí rodeada de árboles frutales que daban un aroma exquisito, perfumando nuestro hogar; casi siento el tintineo de las hojas bailando en el aire, haciendo
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con ellas una sinfonía. La frescura del rocío de la mañana que hacía parecer que todas las plantas eran espejos con visos de colores; las piedritas que parecían trocitos de oro cuando los rayos del sol chocaban con ellas y esos bellísimos crepúsculos que nos permitían valorar toda la belleza que Dios nos dio. Yo me divertía jugando a la bebe-leche, a la cuerda, a los ‘yakets’ y al softbol. Teníamos casitas de pichones cuyo trinar nos despertaba en las mañanas como si fuera despertador, mi amor a los animalitos se debió quizá a la convivencia al darles de comer, ponerles agua, llorar si algún pajarito caía del nido y se hacía daño. Qué bellos son los recuerdos que fortalecieron mi ser y me convirtieron en la mujer que ahora soy. “Todo pasa y queda, todo sigue igual y es diferente”, fui el orgullo de mi madre, de mis hermanos, de mi tío Gonzalo, de don Santos y de toda mi familia. En las reuniones familiares siempre le pedían a mi mamá que yo cantara y declamara, siempre cantaba tangos y el ¿Dónde estás, corazón? Más tarde, al entrar a la primaria y sacar los primeros lugares y al ver que eso complacía a mi madrecita y a mis maestros, me sentí motivada y a veces presionada a seguir con este ritmo de calificaciones. Así transcurrió mi sencilla vida familiar y escolar, siempre tratando de agradar a mi madrecita y a mis maestros; procuré hacerlo en todos los niveles de instrucción hasta concluir en mi nivel profesional. Agradezco a mi Padre celestial, que me permitió tener ese enorme deseo de aprender, no porque fuera tan inteligente, sino porque siempre me ponía metas y proyectos elevados que trataba de alcanzar, como cuando pones una manzana en una cuerda. En todo lo académico fui más o menos asertiva, aunque no al momento de elegir esposo ya que en el matrimonio son dos culturas, él y yo. A pesar de que vivíamos cerca, sus valores y los míos eran totalmente opuestos. No fue fácil la convivencia y el diario vivir, pero cumplí con él hasta entregarlo en la santa tierra que lo vio nacer. Sin embargo, de ese matrimonio que la mayoría de las

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veces lo sentía desdichado, reconozco que tuvo buenos momentos y algunos felices como fue el recibir a cada una de mis tres hijas. Pero lo que realmente quiero compartir con ustedes es el valor de la honradez y la lealtad de una comadre. Mi esposo era contratista, tardaban en pagarle hasta seis meses en el municipio (todo ese tiempo que él no recibía dinero, yo lo hacía fuerte, lo apoyaba con los sueldos de los trabajadores y gastos en general). En julio de 1984 así aconteció: le retuvieron el cheque por más de seis meses. Cuando le pagan, mi esposo me avisa que vaya a recoger un cheque por 40 millones, ahora como 40 mil, sin embargo, miles o millones era mucho dinero entonces. Salgo del banco, pago el teléfono, en Residencial Lincoln, me voy a Gonzalitos a esperar un taxi o un camión, estaba absorta esperando, cuando mi hija me dice: “¿Verdad que traemos 40 millones?”, yo le contesto: “Ay, hija”, en eso siento que me estiran la bolsa, yo pienso que es mi hija y la suelto. De reojo vi a dos jóvenes bien vestidos, ellos arrebataron la bolsa y corrieron rumbo a la Prepa 9, aviento los tacones y corro tras ellos, le dije a mi hija: “¡Grita!”, “¿Qué digo?”, “Auxilio”, mas la voz no le salió. Empecé a tocar las puertas, salieron muchas gentes que persiguieron a los jóvenes, pero los perdieron en el panteón. Vinieron a avisarme lo que pasó, yo seguí hincada en la bocacalle, rogando a Dios que si quería regresarme el dinero que era producto del trabajo de mi esposo, que se hiciera su voluntad. Hubo tanta respuesta de los vecinos, me llevaron a mi casa, estaba hecha una “magdalena”, mi comadre rentaba su casa y vino a cobrar, pero le dijeron: “La señora no está, se fue con la vecina a poner una denuncia, porque le robaron”. Entonces se van al panteón para hacer tiempo, le llevan flores al papá, que está en el Panteón del Roble, siguieron dando vueltas, y entonces pasan por donde está mi bolsa, la agarran y al abrirla ven mucho dinero, le pregunta el compadre: “¿Qué más trae?”. Ella contesta: “¡Las credenciales de mi comadre!”.

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Vienen a la casa a regresarme el dinero, al llegar me lo dan... la familia de mi comadre se enojó porque me regresaron el dinero. En ese momento sentí que la palabra “gracias” era tan pequeña, pensé: “Cuando mi ahijado cumpla 15 años, le voy a regalar una buena esclava”, sin embargo, no pude cumplir con ese propósito. Aprovecho este espacio que me brindan para rendirles tributo a ese par de personas que fueron el conducto para recibir la bendición de Dios, recuperando lo que por derecho divino nos pertenecía. No me resta más que agradecer a Dios la oportunidad que tuve de tomar este curso, de haber coincidido en el tiempo y en el espacio con cada una de las asistentes y ver cómo en este tiempo nos hemos transformado de una libélula, en bellas mariposas. Que podemos alzar el vuelo deseosas de vivir, compartir, disfrutar a la manera del Señor, con las personas que amamos y con nuestro prójimo el tiempo que estemos en esta tierra de aprobación. Y me quedo con un deseo vehemente de seguirnos viendo, ya que durante la convivencia de todo este tiempo no somos más extrañas, sino que aprendimos a vernos como hermanas en el infortunio. Gracias a cada una de ustedes por compartir sus historias, ya que sentí que al escribir la mía, volvía a vivirla ¡Gracias por el rescate de los recuerdos! Gracias al Sr. Gobernador Licenciado José Natividad González Parás. Al Instituto Estatal de las Mujeres. A la licenciada María Elena Chapa. A la licenciada Patricia Basave. A la licenciada Leticia Hernández. A Dios. A mis padres, por darme la oportunidad de existir, agradezco por el amor de que fui dotada y sobre todo: Gracias por la manera en que olvido las cosas malas o que me hicieron daño, y así ayudo a que no me perjudiquen más. A eso se debe que no sólo escribí cosas negativas o que me dañaron. Águila triste (por no haber ayudado, amado, cuidado más a mi prójimo)
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Hay más tiempo que vida
por Nochebuena

Hoy es 14 de febrero del 2008, son las 11 de la noche y estoy en un autobús rumbo a San Luis Potosí. Hoy por la mañana falleció mi tío Pedro, ese hombre con el que ya había hecho cita para hablar de mis antepasadas, de mi abuela y de la mamá de mi abuela, específicamente. El año pasado el tío le dijo a mi padre: “En esa máquina naciste tú, Raúl”. Todo eso raya en leyenda y ya no la voy a poder corroborar, pero ¿qué importa? Me quedo con lo que sé y lo doy por hecho, aunque me encanta lo que me contaron mis padres; me fascina saber que mi bisabuela era una mujer de mucho carácter que venía de no sé qué pueblo minero perdido en no sé dónde y que llegó a San Luis a comprar una gran extensión de terreno y allí sentó sus reales. Que tuvo cuatro hijas, una de ellas mi abuela, la flor más bella del ejido; ésta cásase con el galán de la comarca, el más guapo y valiente, ése que se quedaba dormido en la cantina y que al cantar el gallo salía y le daba un plomazo; ése que por una semana se perdía en la sierra porque iba de caza y le encargaba el hogar y el honor al padre de un tío Pedro, el mismo que nos enseñó a querer esta hermosa tierra y que al regresar de vacaciones cantaba: “Volver, con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien, sentir que es un soplo la vida ...”. Yo me quedo con eso. También me quedo con la historia que me contaba la abuela de mi madre. Ella me decía que estuvo en las filas revolucionarias de Pancho Villa y como anécdota relataba que, en una ocasión, el General se dio cuenta de que en la carreta del agua que ella conducía iba escondido un tonel que tenía pulque, esto desató su ira y la castigó a fuetazos, aparte de que destruyó la dichosa carreta y la soldadera se quedó sin agua y pulque por varios días; que a su Juan le pusieron un balazo en una pierna y los dieron de baja en el ejército. Al morir su esposo, quedó libre, vivió sola por decisión propia hasta los noventa y tantos años y después, cedió a presiones familiares y se fue con una de sus
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hijas. Falleció dos años después. Mi abuela también fue un ser independiente, encontrarla sentada en una silla chaparrita, vendiendo tortillas y nopales en el Mercado Colón, era el enojo de mi madre: “¡No entiendes que no te quiero ver aquí! ¿Cuánto necesitas? ¡Yo te lo doy!”. A lo que ella respondía con la mayor calma: “Ya quítate de aquí, me estás espantando a los clientes”. Cuando falleció, también vivía sola por decisión propia. Tuvo 12 hijos de los cuales sólo sobrevivieron tres mujeres, una de ellas mi madre. De joven, muchas veces me pregunté el porqué de mi inquietud, por qué yo era tan diferente a mis amigas o primas; ¿por qué a mí me alcanzaron los genes de mis antepasadas? ¿No hubiera sido más fácil seguir la corriente y prepararme para ser madre y esposa casi como todas las mujeres de mi generación? Pienso y pienso, ¿y perderme todo lo que he vivido? ¡No! Sigo pensando que soy una mujer afortunada, sigo pensando que soy consentida de Dios y sigo pensando que he recibido en esta vida “de más”. Mi infancia la recuerdo corriendo para todo, casi me sentía volar, siempre con mi manito, que si jugando con una pelota, que si a los encantados. Fui una niña sana, que trepó árboles, bardas y techos; que tuvo la fortuna de ir de pesca y caza con mis familiares varones, de regresar al hogar cansada y con piquetes de mosquitos, pinolillos y sanguijuelas. En otoño pizcábamos chile piquín, en invierno cortábamos ramas frondosas para pintarlas y decorarlas como arbolito de Navidad. Pero todo esto sólo era posible después de haber acabado con mis labores domésticas. Mi madre sólo me lo permitía después de barrer y trapear, lavar el baño y los pañales de mi manita menor. No me recuerdo haciendo las tareas escolares, pero de que las hacía, las hacía, porque era impensable, inadmisible sacar malas notas si según esto yo no tenía otro quehacer en esta vida más que estudiar... Fui flaca sin chiste, decía mi madre, o sea sin pompas y sin “bubis”, payita pero con una mirada muy fuerte, mi abue me decía que tenía ojos de gato cuando me enojaba. Recuerdo en particular cuando me peinaba con cola de caballo, era estirar y estirar: “Haz la cabeza dura” y como la aflojaba porque me dolía,

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¡órale!, el trancazo. Cuando terminaba, me decía: “¡Qué bonita quedaste!”, yo me miraba en el espejo y me veía igual, sólo con los ojos más estirados y con un ardor en el cuero cabelludo. Mi casa era chiquita y la de mis abuelos grande, en la misma acera; esa casa siempre estuvo llena de gente entre mis tíos, los amigos y familiares. La mesa era larga y en lugar de sillas, había dos bancas. Mi abuelo siempre estaba en la cabecera con su sillón y en el otro extremo la cocina, de donde salían volando las tortillas de harina... a veces caían al mantel, a veces las pescábamos en el aire. La abuela no tenía sillón, ella se sentaba con nosotros en las bancas. Así era la cena, con frijolitos aguados para que alcanzáramos todos. Fuimos una familia muy unida, aún los somos, festejamos hasta el “Día del lápiz” o la independencia de Tumbuctú con tal de juntarnos; somos alegres, con un sentido del humor más bien negro que no toda la gente entiende, pero que es una característica muy nuestra. Por ejemplo, el pastelazo de cumpleaños ya está prohibido desde que una de nosotras se estaba ahogando del empujón tan fuerte que le dimos; a los orejones ya no les decimos así, desde que supimos que uno de ellos se pegaba las orejas con kola loka; a mi manita ya no le decimos que es adoptada desde que nos dijo que sí se lo creía; en una ocasión mi manito recibió de regalo de Navidad un calcetín porque estaba enyesado de una pierna. Así que estas bromas nos enseñaron a ser fuertes y a estar siempre alertas. Aunque recuerdo a mi padre siempre trabajando y a mi madre preocupada porque apenas alcanzaba para el gasto, tuvimos lo necesario, tal vez me quedé con las ganas de un microscopio, pero tuve patines y una bicicleta que se compró de medio uso y con mucho esfuerzo. Esa bici servía para repartir tortillas que hacía a mano mi adorada tía Oly; para llevar a la escuela a mis primos, hacer los mandados a mi madre y por las noches, era el vehículo para robarme las naranjas y duraznos de una vecina.

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Puedo decir que mi vida está marcada a partir de que terminé la secundaria. Yo sabía que la situación económica era apretada en el seno familiar, pero no pensé que tanto hasta que escuché esa frase que aún recuerdo como si fuera ayer, la dijo mi madre porque le estaba contando de los planes que teníamos las amigas terminando la secu, pues dábamos por hecho ingresar a la prepa 7. Recuerdo sus ojos porque me lo dijo de frente: “...pero tú no vas a estudiar la preparatoria”, (sentí que me hubieran echado una tina de agua fría, sentí una infinita tristeza que no se me quitó por muchísimo tiempo). “Dice tu papá que sólo hay dinero para darle estudio a uno y ése es Quique, que él se va a hacer cargo de una familia y tú no, que tú te vas a casar y lo que se te puede dar por mientras es belleza o corte y confección y que puedes poner aquí en la cochera tu tallercito o salón de belleza”. ¡Ándale!, sí, cómo no! Ya me veía yo en el chisme a todo lo que da, poniendo y quitando rulos, pintando uñas, o lo que era peor, tomando medidas a señoras gordas y exigentes, y yo de mal humor. No sé por qué me veía de mal humor. Mi madre, que en todo estaba, me dio otra opción, pero que fuera corta. Así fue, estudié una carrera técnica la cual nunca ejercí. Dije que este episodio me marcó ¿verdad?, pues sí, me marcó ¡y de qué manera! Terminé la carrera y me puse a trabajar, repartiendo muestras gratis casa por casa, vendiendo libros, entré como secre de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), al gobierno y por último, a la Comisión Federal de Electricidad (CFE) de donde, después de 26 años trabajados, me jubilé. Viví de todo: desde discriminación hasta logros sobresalientes, formé parte de equipos de voley, básquet y softbol, de la compañía de teatro; de equipos de trabajo que iniciaron cinco oficinas nuevas dentro de la compañía y también del comité ejecutivo del sindicato (SUTERM) de mi sección. Mis amigas más queridas en esta vida laboral fueron Sylvia, Argentina y Cristo. Un día, antes de mi jubilación, como quien dice la cereza del pastel, a una hora de cerrar en el penúltimo corte de caja, siendo yo la jefa de la oficina y encargada de los dineros, llega directo a mí un hombre y me dice apuntándome con una pistola: “Pon todo el dinero en una bolsa”. Pensé que era una broma de mis compañeros, ¡pero no era así!

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Lo supe cuando los vi sorprendidos y nerviosos. Le entregué todo y se fue, me dejé caer en mi silla, algo me dijo el guardia y le respondí: “¡No me esté chingando y persígalo, quítele el dinero!”. Todo lo demás fue un remolino: la tele, la Ministerial, los jefes todos desfilaron por la oficina, hasta que llegó la noticia de que mi súper guardia había perseguido al ladrón y le había quitado el dinero. Acto seguido, a levantar la denuncia e identificar al ladrón y el arma contundente en las oficinas de la Ministerial. “¿Es ésta el arma?” Me preguntan, a lo que yo, revisándola ocularmente, sin tocarla, asiento. “¿Está segura?”. Nuevamente asiento, “es de juguete”. ¡Me asaltaron con una pistola Iga! Es cierto eso de que son “juguetes con vida” porque yo sí la vi como si fuera de verdad. Al otro día, en mi fiesta de despedida, ése fue el tema y cada vez que me preguntaban de qué tamaño era el arma, ésta crecía y crecía. Al final todos alegres, llegamos a la conclusión que la pistola no era tal, que en realidad me habían asaltado con una tipo “cuerno de chivo”. Fui una joven muy activa, practiqué varios deportes con la suerte de representar a Nuevo León en futbol, básquet, atletismo y softbol; pero me lastimé una rodilla y ya no pude ser una atleta de alto rendimiento, lo cual me dolió mucho, sin embargo, la vida compensa y me dio la oportunidad de seguir ligada al deporte por otros medios. Y es que tuve la fortuna de que se me ofreciera un equipo de futbol con niños de seis años para que los entrenara. ¡No, no, no!, me volví loca con esta actividad, con estos niños se logró un segundo lugar nacional, se formó un club del cual estoy orgullosa y la integración de muchas familias por medio del deporte. Después vino la formación de otro grupo con resultados sobresalientes. Me retiré muy satisfecha de lo obtenido, dicen que fui la primera mujer en entrenar niños en esta área, así lo constata la prensa, lo único que sé es que quien ganando fui yo, porque lo que viví y aprendí fue muy enriquecedor. Para ese entonces ya había sido jugadora, entrenadora y directiva, solamente me faltaba ser jueza deportiva y sin buscarlo, se me dio. En mi época de softbolista fui invitada a tomar un curso de ampayer, me presenté a las prácticas y a los exámenes y aprobé. La bronca fue cuando me presenté en los campos, allí verdaderamente sentí lo que era la discriminación en todo su esplendor, porque el hecho de que una mujer invada un campo

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dominado enteramente por hombres tiene un costo muy alto, y aunque fui apoyada por compañeros maravillosos, otros me querían fuera, costara lo que costara. Pero entre más me hacían sufrir, más me picaban el orgullo y menos me iba; ante mí se desnudaban, hacían pipí, soltaban palabrotas, me decían hasta de lo que me iba a morir y yo ahí, fingiendo demencia y en serio que debí estar demente para haber aguantado tanto. Total que un día, en un campeonato nacional, después de haber sido eliminado el equipo de Nuevo León y al calor de unas chelas en la cena, un organizador oyó decir que yo era ampayer y me invitó para que lo ayudara al día siguiente, más bien con algo de morbo y curiosidad. Así lo hice, entré al campo y me puse a trabajar. No sabía que entre el público estaba el Presidente de la Federación Mexicana de Softbol, al final me mandó llamar, me hizo unas preguntas sobre ciertas jugadas y el reglamento y se retiró, no sin antes decirme que pronto recibiría noticias suyas. Al poco tiempo llegó la invitación para tomar un curso para hacerme ampayer nacional y de allí otro, para los Juegos Centroamericanos. No sé en cuantos nacionales participé, pero fueron varios antes de llegar a unos Juegos Centroamericanos, lo cual fue mi experiencia más gratificante dentro de esta actividad. Fui la primera mujer ampayer nuevoleonesa, la primera mexicana y la primera en estar en un Centroamericano. Ante todo pienso que la responsable de mi arrojo y decisión fue mi mamá. Porque cuando se tiene una madre como la mía, no hay de otra, no puedes ser del montón, aunque no estudió más que la primaria, sabía cómo impulsarnos: nos picaba el orgullo y no sólo a nosotros sus hijos, también a todos los que nos rodeaban; era una líder natural, brillaba con luz propia. Era la más chica de sus hermanas pero con todo y eso ponía el orden en su familia, también en la de mi padre; por ejemplo, si el marido de alguna de ellas la golpeaba, ni tarda ni perezosa se hacía presente y las vengaba; si algún sobrino se portaba mal, era corregido a cachetada limpia por mi progenitora. Después de los golpes, les sacaba la promesa de no volverlo a hacer, entonces ante tal ejemplo ¿cómo nos íbamos a portar mal nosotros? Mi madre era blanca, más alta que mi padre y con mucha

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presencia, coqueta. Por azares del destino, conocí a tres novios de su juventud. No dispongo de mucho espacio para contar estas hermosas anécdotas, sólo les diré que a uno de ellos nos lo encontramos en el desaparecido Café Flores, se acercó a saludarnos y me dijo: “Yo pude haber sido tu padre pero ella prefirió a Raúl”, cuando se fue el galán, le dije a mamá: “¿En qué estabas pensando cuando escogiste al sotaco de mi papá? Si hasta a mí me gusta ese señor”. Otro fue un hombre que sin saber quién era yo, me protegió como pocos lo han hecho, de veras que la vida tiene sus vueltas, este hombre fue uno de los ampayer que más me apoyó en los campos y fuera de ellos; platicando en una ocasión, salió a relucir mi madre, y él, con lágrimas en los ojos me dijo: “Siempre me pregunté por qué tanta preferencia por ti, y ahora lo sé” y habló, habló, habló. Todos ellos tenían una característica: eran altos, blancos, abundante pelo plateado y ojos de color. Debo decir que mi padre es chaparro, moreno y pelón. Alguna característica buena debió tener mi papá para que ella lo escogiera, ¿verdad? Fui la de en medio de tres hijos, lo cual me colocó en desventaja con respecto a mis hermanos: varón el mayor y mujer la pequeña, que llegó después de ocho años. No me queda duda del amor de mi madre, pero de chica las preferencias por mis hermanos eran marcadas. Decía mi madre que a mi manito lo encontró en un aparador y que a mí en un basurero (¡¿?!), porque él era blanco y yo prietita; luego llega mi manita y todas las atenciones fueron para ella, así que me sentía mal de repente porque no entendía. Siempre hubo buena comunicación con mi madre, captaba que yo era diferente y no sabía como enfrentarlo. La recuerdo en una ocasión casi casi empujándome a entrar a la iglesia, pero no a cualquier iglesia, era la de San Juan de los Lagos. Desde que tengo uso de razón me veo allí, leyendo los retablos de los milagros, oliendo la cera de las veladoras, viendo sus luces, observando a la gente que entraba de rodillas, escuchando los cánticos de las peregrinaciones. Y recuerdo muy especialmente a mi padre, depositando con inmensa solemnidad las monedas de cinco pesos de plata que juntaba a lo largo de un año. No sé cómo le hacía para comprarlas, si estábamos medio jodidos, pero lo hacía con gusto... acto seguido se dirigía hacia el altar, se arrodillaba largo rato y lloraba. Mi madre,

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que todo observaba, me comentó en una ocasión: “Míralo, quién sabe qué deberá como para que llore así”, luego las risas ahogadas de las dos para no romper la solemnidad del lugar. Pero en esta ocasión era todo diferente, mi madre me llevó hacia el altar, me obligó a arrodillarme y me dijo: “Pídele perdón a la Virgen y dile que ya te vas a portar bien”. Ella estaba de pie y yo sentía que todos me observaban, miré a la Virgen y puedo jurar que me sonrió. Eso me dio confianza para hablarle y decirle: “¿Tú sabes qué onda, verdad?, tú sabes que no puedo ni quiero cambiar, pero ella quiere que te diga que ya me voy a portar bien, y te lo tengo que decir, pero no te lo creas y perdóname por la mentirota”. Ella me seguía sonriendo y yo estaba feliz, así me fui de allí. Cada vez que puedo regreso, ya no veo los retablos, ya no hay veladoras, la gente casi no entra de rodillas, pero yo entro, me siento y lloro, lloro como lo hacía mi padre y entre mis lágrimas veo a la Virgen que me sigue sonriendo. El acuerdo que hicimos sigue allí, flotando en el ambiente. La vida me dio la oportunidad de convivir con mi madre y de poder darle algunos gustos con el dinero que yo ganaba en mi trabajo, así nos íbamos al cine, a tomar café a Morelos, a cenar; en alguna ocasión la llevé al “JJCharly”, lugar de moda en aquel entonces, que le encantó. Me pidió que le arreglara un cuarto en la casa de San Luis, en fin, platicábamos de todo menos de “eso”. Ni ella ni yo sabíamos abordar el tema, así que dejamos que el tiempo pasara y lo decidiera por nosotras. Llegó el momento del aniversario número 25 de su boda y me pidió que lo festejáramos. Nos tomamos foto, hicimos misa, y allí ella me dijo al oído: “Ya llegué hasta aquí, lo demás es tiempo extra”, en ese momento no le tomé importancia y sólo le tomé la mano y se la acaricié. Hicimos una pequeña fiesta que todos disfrutamos. Enseguida de ésta, siguió la de los 40 años de los abuelos y después todo fue caos, miedo, incertidumbre e incredulidad ante lo que decían los médicos: ella tenía cáncer y le quedaba poco tiempo, días, no más de tres. Se deterioró físicamente muy rápido, la operaron más que nada para saber cuánto estaba invadida, le dieron tres infartos que superó durante la operación, la sacaron del quirófano, yo estaba

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allí mirándola angustiada, y ella, antes blanca, ahora estaba gris. Me vio y sólo movió la cabeza en forma negativa y me extendió la mano y yo se la agarré y así nos fuimos hasta su cuarto. Dijeron que el cáncer estaba en el páncreas y que era el más letal, que nos preparáramos, pues debido a los infartos el final iba a ser rápido. Ella se aferró a la vida y duró una semana, una semana de la más pinche agonía. Una semana en la que sólo nos mirábamos y nos tomábamos de la mano. En alguna ocasión una enfermera le preguntó: “Ya sé, ella es la consentida ¿verdad?”, como ya no podía hablar asintió con la cabeza. Yo me sentí en ese momento inmensamente feliz, porque sentí la aceptación de mi madre, porque vi en sus ojos el amor que me tenía. Una madrugada mi manito nos dijo que entráramos porque estaba por finalizar; entramos mi padre, mi hermano y yo. Era cierto, casi ya no podía respirar, el pecho se le levantaba y luego no, y yo como estaba a su lado se lo oprimía y volvía a respirar, así lo hice, no sé cuántas veces hasta que mi padre me dijo: “Ya, déjala”, y yo la dejé... con todo el dolor de mi corazón la dejé y su pecho ya no se volvió a mover, pude sentir cómo la muerte llegó y se la llevó, así prácticamente me la arrebató de las manos. Yo no sé si grité o lloré o qué pasó después de esos momentos, únicamente recuerdo cuando le pedí a un señor un cigarro y me dio un “Delicado”. No recuerdo un cigarro más sabroso que ése. Era la madrugada del 9 de julio de 1979. Todo lo demás fue rápido, ese mismo día mi padre la quiso sepultar y así lo hizo, nos la entregaron a las 10, a las tres fue la misa y en seguida nos trasladamos al panteón, allí nuevamente Dios se hizo presente porque si no, yo no le encuentro explicación a lo que sucedió: al momento de estar bajando la caja, no sé de dónde salió una nube, se posó sobre nosotros y empezó a llover. Al sentirla, todos se arrodillaron yo sólo los veía, eran muchos, muchos los amigos que nos acompañaron a despedir a mi madre; un sacerdote que se encontraba entre los presentes se me acercó y me dijo: “¿Quieres una explicación de lo que está sucediendo?, es el cielo que se abre para recibirla, no estés triste, ella ya está al lado del Señor”. Debió ser así porque el suceso

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se comentó por mucho tiempo entre los conocidos, todavía hace varios meses una amiga lo recordó. A los 45 años, mi madre falleció, solamente tenía 45 años cuando el puto cáncer se la llevó. La vida me cambió por completo, porque todo lo pensé menos que mi madre se fuera tan pronto, así que el proceso de adaptación fue muy duro, cada quién se encerró en su dolor y lo sufrimos por separado. Mi manito con su familia, mi padre con sus amigos y mi manita y yo igual. Nadie nos preguntamos uno a otro cómo estábamos, qué tal íbamos, cómo nos sentíamos. Pero la vida sigue y a los tres años mi padre y mi manita hicieron boda conjunta, o sea 2 x 1, se casaron el mismo día. Yo aún vivía en el hogar paterno, pero no fue por mucho tiempo ya que para ese entonces ¡ya tenía casa! Así que esperé el momento propicio, le di la noticia a mi pa’ de que me marchaba. Todo lo que se había guardado de decirme, lo soltó y aguanté vara y sólo le respondí que ya quería hacer mi vida, así como él ya había rehecho al suya. Me dio seis meses para regresar arrepentida, porque yo no sabía lo que era mantener una casa. Es cierto que fue difícil, pero la felicidad de ser “yo” me dio fortaleza para nunca, hasta la fecha, arrepentirme de haber abandonado la casa que también fue de mi madre. La primera noche dormí mucho y a pierna suelta, como luego se dice. Por primera vez no tuve esos sueños que me hacían despertar sobresaltada a media noche. Y es que desde hace largo tiempo, un sueño recurrente en mí era que volaba, de varias maneras me elevaba, desde arriba todo lo veía, entonces planeaba, agitaba los brazos como alas y volaba, hasta que de pronto me cansaba y tenía un miedo terrible a aterrizar, ¡nunca pude aterrizar!, casi tocaba tierra y me volvía a elevar aunque estuviera muy cansada, entonces la desesperación me despertaba, bañada en sudor y terriblemente agotada. Al cambiarme a mi casa, nunca más volví a tener esos sueños. De mi padre puedo decir que tiene un sentido del humor excelente pero cuando está de malas ¡cuidado! Creo que toda la vida le tuve miedo; siempre trabajando, muy responsable, en toda su vida laboral sólo una vez se incapacitó; siempre trató de darle gusto a mi madre y en cuanto podían se iban de vacaciones con o sin nosotros, no recuerdo algún disgusto por alguna supuesta infidelidad

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o porque dejara de dar dinero para los gastos de la casa. Lo recuerdo con poco contacto con nosotros, nada cariñoso, en alguna ocasión quería que los acompañara de vacaciones, pidió permiso laboral para mí y le dijeron que no era posible porque el trabajo que yo desarrollaba nadie más lo podía hacer. Esto lo llenó de orgullo y se lo comentó a mi madre, ésta ni tarda ni perezosa me dijo y yo cuestioné: “¿Por qué no me lo dice?” ¿porqué no me dice lo orgulloso que está de mí?“. “Así es él, si no te lo dice es aparte”; lo cierto es que siempre se preocupó de que no nos faltara lo indispensable. Me enseñó a desarmar las planchas que le llevaban las vecinas para que se las arreglara, a jugar dominó, a tenerle mucho respeto a la electricidad, pero sobre todas las cosas más importantes que con su ejemplo me enseñó son a no dejarme vencer a la primera, a no dejarme de nadie, a saber que lo que me proponga lo puedo lograr, a no echarle la culpa a otros de mis errores y sobre todo, a ser una persona digna. Tal vez no lo sabe, pero todo esto lo valoro mucho. Se me hacía tan inteligente cuando me decía cuáles fichas tenía y cuáles no, cuando encendía rápidamente fogatas en el monte para calentar el lonche, lo recuerdo caminando sobre una barda de piedras cuando ésta se desmoronó, él saltó y dando por lo menos dos maromas, se incorporó sin que le pasara nada. Yo estaba asustada y me dijo: ”No me pasó nada y ¿sabes por qué? Porque juego futbol”. Era ágil, bailaba muy bien, al igual que sus dos hermanos. Desgraciadamente, al pasar los años y luego de la muerte de mi madre, se descuidó mucho físicamente. Verlo ahora tan disminuido, tan indefenso debido a sus enfermedades me parte el corazón. Tiene 78 años y pareciera de más, afortunadamente su esposa está a su lado y lo atiende y le proporciona todo lo necesario. Lo amo, pero al igual que él me es difícil expresar mis sentimientos. Mis padres me regalaron dos fabulosos hermanos. Enrique, propio, serio, formal; y Patricia todo lo contrario, extravagante, rubicunda, mal hablada, pero con un corazón que ya lo quisiera cualquier príncipe de la Iglesia Católica. Mi manito con lo establecido; ella nos manda al diablo si así le apetece. Somos muy diferentes los tres y a pesar de ello, nos queremos con locura desmedida.

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Tengo otros dos hermanos, Myriam y Carlos, hijos de mi hermosa tía Oly, que vienen a complementar esta familia de chiflados con hijos y nietos incluidos. Con mi manito estuve muy unida de chica y con mi manita ya de grande. Con él jugué toda mi infancia, al fut principalmente, nos acompañó siempre, íbamos a todos lados, hasta que se casó y formó su familia. Llegaron sus hijas primero y luego los varones. Nadia, la mayor, fue la niña de los ojos de mi madre. Todo lo llenaba con su inquietud y su sonrisa, se quedaba dormida parada, porque quería seguir jugando. Haydeé, la segunda, fue la preferida de mi papá, era toda ternura, se quejaba de todo, si algo le dolía lo decía en diminutivo, su piernita, su pancita, su bracito, no quería comer y mi sufrida cuñada se mortificaba mucho, después siguieron Arrianita (que lamentablemente falleció estando pequeña). Raúl y Omar un par de adolescentes guapísimos, inquietos y con personalidad muy diferente pero bien definida como cualquier joven, aman y respetan a sus padres como pocos. Los hijos de mi manita se cuecen aparte, esos sí están locos. Ale, que dice que la cigüeña se equivocó al dejarla en esta familia, que la de ella es la Garza Ponce pero de los ricos; Raúl Armando que se siente parido por las hadas, muy inteligente e inquieto, que jura y perjura que me quiere más que a todas sus tías. De mi cuñado puedo decir que es un santo, porque aguantar a mi hermana está del cocol. Myriam, que luchó a brazo partido junto con su madre para salir adelante en esta vida tan injusta y que tanto golpeó a mi tía. Y Carlos el enfermizo, el débil, el que hizo sufrir tanto a su madre por las dolencias y recaídas, recuerdo a mi tía llorando por culpa de ese cabrón, pero también con unos sentimientos de lo más fino: se casó cinco veces y ya trae novia otra vez. Y por último Stephany, la atleta de la familia, sobresaliente en gimnasia, inquieta como pocas y Dany, un joven divino que nos ha enseñado cómo sobrevivir a los padres. Ésta es mi familia, ésta es mi base. Cuando nos cambiamos de casa de mi hija, mi pareja y yo iniciamos una nueva etapa en nuestras vidas. ¿Mi hija? El regalo más hermoso que la vida me dio, la cosa más bella que jamás había visto, el tamal de dulce más rico, el sentimiento más puro que había experimentado. Cargarla y apretarla, sentirla en mi pecho

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dormida, bien valía las desveladas y los aprietos económicos que pasamos en un principio. No me decidía por el nombre, no sabía cuál escoger, así que para no estresarme decidí ponerle cinco nombres. Mi hija se llama René Patricia Tamara Alicia Josefina, todos ellos con gran significado para mí. De nuevo la presencia de un ser supremo que me sonreía y que me conocía porque si no, ¿cómo me explico que mi hija fuera tan sana y tan comilona?, la primera calentura le dio a los seis meses; de varicela, tres granitos; la rubéola a los 15 años, una gripa fuerte hasta los ocho años... Cómo olvidar sus primeros balbuceos, su sonrisa al reconocerme, la forma en que me pedía que la cargara y mi angustia cuando la sentía en peligro. En una ocasión tuvimos que pasar por encima de un tubo de gas roto, no había de otra porque podía explotar en cualquier momento y era necesario salir de allí rápidamente, habíamos avanzado una cuadra solamente cuando explotó. Sentí como las piernas ya no me pudieron sostener y me bajé del carro para poder controlarme y observar la magnitud de la explosión. En otra ocasión el agua de lluvia empezó a arrastrar el carro en el que íbamos mi hija y yo, bajarse era arriesgado, pero era más arriesgado quedarse allí, así que cuando estaba a punto de bajarme con mi hija cargada, no sé de donde salieron cuatro jóvenes y me ayudaron a llevar el carro flotando hasta donde ya lo pude manejar. Al entrar a mi colonia, el carro se apagó y no funcionó más. ¿Ahora ya me entienden por qué digo que soy consentida de Dios? Cuando tuve la necesidad de meterla a la guardería me la aceptaron de inmediato porque en el IMSS, la directora era un antigua amiga; en la segunda, que era del DIF, hizo también el kínder, recién inaugurada la unidad cerca de la casa. Lo único que no me cuadraba era que tenía que trabajar tiempo extra para poder completar con el gasto familiar. Aún así disfruté mucho el desarrollo de mi hija, fue más bien tímida hasta que entró a la secundaria, allí empezó el “deschongue”. Con gracia natural para el baile, no se perdía uno; mi niña, antes dócil y manejable, se convirtió en una “rebelde sin causa”. En la misa de sus 15 años me la pasé llorando de la emoción y en su baile tronándome los dedos de la mortificación de ver pasar a tanto joven cuando el acuerdo había sido que sólo 70 amigos podía invitar. Al final todo salió bien,

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gracias a que mi manito me apoyó con un billete extra. Terminó la prepa a gritos y a sombrerazos, después de cuatro años. Luego la Facultad se la aventó en tiempo y forma, hasta dos tetras antes de terminar, cuando solemnemente, un día después de mi cumpleaños número 49 me anuncia: “¡Vas a ser abuela!”. A mi tierna edad me convirtieron en abuela. En un principio la noticia me desmoronó, porque todo lo que había planeado para ella se venía abajo, o sea todo lo que piensa una madre: que terminen la carrera, que viajen y luego se casen con la persona indicada, ya saben, el vestido de novia, la misa, el baile, etcétera. Ahora: “Quiero tener a mi bebé, quiero terminar mi carrera y quiero que me mantengas mientras termino y trabajo; no sé si me quiero casar y no quiero pedirle nada a él”. ¡Claro! ¡y aquí esta tu mensa para cumplirte todo lo que quieras! Pero así lo hice, la apoyé en todo y llegó el momento del parto. ¡Yo lo vi, yo estuve allí! Fue cesárea y de pronto, de la panza tasajeada de mi hija, emergió un renacuajo lleno de sangre y con ganas de llorar a todo pulmón. ¡Era mi nieta! Y era igualita a su madre cuando nació ésta, no podía ser de otro modo, y tampoco me la podían cambiar, eran igualitas y yo estaba filmando todo lo que le hacían. De pronto, la voz de mi hija me hizo reaccionar: “Mamá, no puedo respirar”, y la angustia me invadió. ¿Qué pasa, doctor? “No se preocupe todo está bajo control, este aparatito nos lo indica”, me tranquilicé y seguí con la cámara filmando a mi nieta. De lo demás ya saben, el desfile de familiares y amigos para conocer a la recién nacida, todos diciendo que se parecía a la madre, y esas cosas. Ellas viven en mi casa y me han iluminado la existencia, Julia Valentina es el nombre de mi nieta y como dice Catón: “Si hubiera sabido que a los nietos se les quiere más que a los hijos, hubiera tenido primero a mis nietos”. Pero, bueno, casi se me termina el espacio y no he hablado de “eso”, eso que escondí por mucho tiempo y que ya no quiero esconder más. Es mi derecho y lo ejerzo. Desde chica me supe diferente, sin saber a ciencia qué me hacía serlo pasé mi niñez y pubertad, no tenía los mismos intereses que mis amigas o primas, siempre tenía la sensación de estar fuera de lugar, o con sentimiento de culpa o irritable o triste. Mi refugio fue el deporte y allí fue donde me di

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cuenta de lo que en realidad era, pero ahora, ¿qué hago? No había información, no había libros, ¿comentarlo con alguien? ¡ni en sueños! Esas cosas no se dicen, de eso no se habla, sólo se rumora o se cuchichea por lo bajo. Aún así me arriesgué a decirlo en confesión y la reacción del sacerdote fue brutal, por un pelo de gallina no me excomulgó y de la iglesia salí peor de lo que entré. Ante esta situación, opté por el ostracismo total. A nadie más le iba a decir mis más íntimos sentimientos y el alejamiento de la iglesia católica llegó poco a poco. Empecé a relacionarme y a formar un grupo de amigas, a lo que ahora se le llama “grupo de pertenencia”, con ellas me sentía relajada, pero volver a la realidad, después de estar a gusto, era muy duro. Era fingir, ponerse la careta y era el terror a la regañada porque llegaba tarde. De una u otra manera, intenté de varias formas y por algún tiempo encajar en esta sociedad como si fuera una más, con todo lo que esto implicaba, es decir, tener novio, no ir a hacer deporte, llegar temprano y acompañada por algún chico a la casa, salir solamente con mi novio, etcétera. Pero no pude, era superior a mí y, no lo puedo negar, tuve “pretensos”, extraordinarios y guapos, inteligentes y formales, pero aún con eso no pude. Siempre pensé que mi padre en cualquier momento me podía correr de su casa al descubrir mi condición, pero nunca pasó eso y mi madre, que todo lo veía, también guardó silencio. Así que sin más armas, junto con algunas amigas, me decidí a construir mi felicidad a escondidas de esta sociedad que todo lo censura y a la que no le importa en lo más mínimo ni la dignidad ni la felicidad de las personas que somos diferentes. En la década de los 70, ser diferente era sinónimo de discriminación, era pasar a cada rato vejaciones de otras personas que se sienten con el derecho de señalarte, por no ser como ellas. Era aguantar en silencio el rechazo, era el que te hicieran a un lado sin ninguna explicación, era que un estúpido se sintiera con el derecho de aventarte a la cara la copa porque no quisiste bailar con él, o incluso que te amenazaran de muerte a ti o tu pareja y no poder denunciarlo porque lo más probable era que no te hicieran caso. Era ir a los bares y discos de manera clandestina y escuchar de pronto que la semana pasada, en la redada

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se habían llevado a tal o cual. Era sentir el cariño y respaldo de los amigos y amigas que te aceptaban tal y como eras, en especial mi amiga Yolanda... Pero un buen día, más bien dicho, una madrugada de insomnio, en la TV pasaron un programa que se titulaba más o menos: “Un amor que se atreve a decir su nombre”, ¡órale! En ese programa se habló sin tapujos diciendo las cosas por su nombre. Y yo no cabía de la emoción, entonces, sí se podía hablar de eso y esas mujeres, Claudia Hinojosa y Nancy Cárdenas pasaron a ser para mí las más admiradas, por su valor y naturalidad con la que hablaban del tema. Pero nadie aquí me hizo caso, todas preferíamos “nadar de muertito” y dejar que pasara el tiempo, así que yo me uní a ellas y dejé las cosas igual. Me llegó el amor y junto con mi pareja formamos una familia, hija incluida, por 17 años compartimos un hogar, crecimos, vivimos, amamos, soñamos, llevamos a cabo proyectos individuales y colectivos, hasta que, por azares del destino nos separamos. Claro que fue muy difícil, pero la fortaleza que habíamos desarrollado a través de los años nos ayudó a salir adelante. En la actualidad, después de mucho batallar, somos amigas gracias a Dios. Un día en el periódico venía anunciada una semana cultural, justo lo que había esperado por largo tiempo, allí conocí a Joaquín, Abel y Norma, ellos me cambiaron la vida y me enseñaron otro camino. Tere, Pablo, Juanjo y Edson que me hicieron soñar que se podía cambiar este mundo y hacerlo más justo y luego las feministas Irma Alma, Maricruz, Consuelo y Juany, que me contagiaron con su entusiasmo para luchar por los derechos de las mujeres. Pero el que más me impresionó y me hizo ver la realidad del México actual en todas sus injusticias y carencias fue el Subcomandante Insurgente Marcos. Si por él ya sentía simpatía, por el levantamiento del 94 y había estado en el D.F. en la gira “El color de la tierra” en el 2001, imagínense lo que fue para mí conocerlo, estar cerca, escucharlo hablar, manejar para él y convivir por una semana. Así como cuando sientes que te quitan una venda de los ojos, así sentí yo al escucharlo hablar ante los campesinos, trabajadores y estudiantes

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e intelectuales. Qué alejados estamos los citadinos de los indígenas, qué mal informados estamos de la realidad mexicana y qué poca valentía la nuestra para voltearnos al otro lado y hacer como que no vemos y escuchamos lo que ocurre en el sur de la República. Había que ver esa realidad y acepté la invitación para ir al Encuentro Mundial de los Pueblos Indígenas, que se llevó a cabo en Chiapas el año pasado. Por casi un mes anduve de caracol en caracol escuchando de boca de los indígenas cómo es su vida ahora y cómo fue antes, los logros que han obtenido y cómo el gobierno local y federal sostienen una guerra contra ellos que aún no termina, aunque los medios digan lo contrario o en el peor de los casos, no digan nada. Pero no nada más a mí me lo contaron, se lo contaron a personas de todo el mundo, en ese encuentro estuvimos miles de gentes atestiguando sus logros en organización, salud, educación y mujeres. Tampoco hablan de esto los medios de comunicación y es cuando una se pregunta: ¿Dónde está la sociedad civil que no hace valer su derecho a ser verazmente informada? Cuando el SCI Marcos estuvo en Monterrey como parte de la gira “La otra campaña”, lo pude mirar a los ojos directamente y pese a sus detractores, pude ver en ellos calidez, respeto, verdad, honradez y pasión, pasión por lo que hace y aunque no me lo crean, me sonrió. ¿Qué cómo lo pude ver? Por las patas de gallo que surcan las comisuras de sus ojos. En su estancia aquí me tocó ser chofer del auto que servía como guía para la otra caravana de “La otra campaña”, y aunque era mucha responsabilidad, lo disfruté muchísimo, era la adrenalina a todo lo que da y en todo momento, con órdenes muy puntuales y estrictas, como ésa de que la caravana, por razones de seguridad, no se detiene por nada a menos que sea una emergencia. Bueno, cuando terminaron e iban para Saltillo, yo los guié a las afueras; escuché la orden para que me hiciera a la orilla y ellos seguirían sin parar. Para sorpresa de todos (incluida la Policía federal) la caravana se detuvo y del coche del Sub salió corriendo una persona y nos entregó a mi pareja y a mí un libro, diciendo: “De parte de Marcos, que muchas gracias por todo”, corriendo se regresó y la caravana prosiguió su camino. Aún paralizadas por

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la sorpresa, abrimos el libro y la dedicatoria dice... Mejor no lo cuento, esto es muy privado. Mi respeto y admiración para el Sub, para el hombre que pudo y supo dejar una vida llena de comodidades para proseguir con sus ideales y alcanzarlos, sin importar que éstos estuvieran en la selva lacandona, al lado del sector más pobre y más jodido de este México nuestro, tan nuestro pero que ni siquiera lo conocemos. El activismo social me ha dejado muchas esperanzas y muchas amistades, la mejor de todas: mi compañera, mi pareja Paty. Hablar de Paty es hablar de ilusiones y de sueños, es hablar de lucha constante por nuestros derechos, por nuestros espacios, por nuestra libertad, por nuestra felicidad. Ella personifica la valentía y lo digo porque con su testimonio te empuja a enfrentar lo que en otro tiempo no hubiera podido hacer. Un ejemplo fue cuando en un bar, descubrimos a un familiar mío, joven él, y entonces hubo terror y angustia de parte de los dos al vernos descubiertos, porque todo lo hubiera pensado menos que en mi familia existiera otro como yo; aun con toda mi formación no sabía qué hacer, así que ella me dijo: “No puedes dejar pasar esto así, tienes que enfrentarlo, piensa en lo que va a sufrir si tú no te decides”. Así lo hice, y por la expresión de su cara, por la angustia que reflejaba, con los brazos como si estuviera su pared, capté el estado emocional por el que estaba pasando; nos abrazamos y platicamos. Me pidió secrecía y así lo hice. Pero no fue por mucho tiempo ya que, por un descuido, dejó olvidado un libro en la cama y esto llevó a que en su casa lo descubrieran. Él le pidió a su familia que hablaran conmigo y así lo hicieron. Así que eso, de lo que nunca se había hablado en mi familia, se convirtió en un tema obligado. Ahora sí, con el apoyo de Paty ya estaba preparada para abordarlo. De joven por ignorancia había cerrado la puerta, y en la actualidad, a mis cuarenta y tantos, aquello fue como la apertura de un gran portón. Por primera vez con todas sus letras le dije a mi familia: soy lesbiana y no me avergüenzo de ello. Lo dije de frente y sin bajar la cara, pedí respeto y apertura para el joven y puse a sus órdenes toda la información que teníamos en nuestra organización. Hablarlo me hizo

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libre ante mi familia, algo que ya sabían, solamente el hecho de verbalizarlo hizo que me sintiera finalmente con una sensación de libertad pocas veces experimentada. Paty, un grupo de amigas y yo tenemos una asociación civil que se llama LESMTY, A.C. y en ella buscamos por medio de talleres, pláticas, eventos y convivencias, empoderar a la mujer LES, desmitificarla, crear grupos de pertenencia e incidir en políticas públicas para mejorar la calidad de vida de quienes, sin saber porqué, nos tocó ser así y compartimos este estilo de vida. Hoy, después de más de 30 años de lucha por nuestro derecho a ser, en Coahuila, existe el pacto de solidaridad, figura legal que nos da certeza jurídica a quienes nos queremos unir ante la ley. Jamás en todos estos años de activismo pensé llegar a vivir para ver lo que hoy hay en el vecino estado. Ni en mis sueños más guajiros lo imaginé, así que por este hecho estoy contenta, muy contenta, tan contenta que mi pareja y yo ya fijamos fecha para firmar el pacto. Tal vez para cuando salga publicado este libro nosotras ya seamos pareja solidaria. Ya lo hablamos con nuestros respectivos hijos y nos apoyan. También en la Iglesia de la Comunidad Metropolitana vamos a celebrar nuestra santa unión. Esta iglesia que es ecuménica tiene cabida para quien, por una razón u otra, se sienta excluida o rechazada por otras religiones. Por mucho tiempo yo me sentí así, pero nunca mi fe en un ser supremo disminuyó, si en la iglesia católica no me valoran como persona, como ser humano y sólo se fijan en que al ser que yo amo es mujer sin tomar en cuenta todo lo demás, ¿qué significa ser un buen cristiano?, ¡ni modo! Hay una frase que desde hace mucho me impactó y es: “Solamente tenemos dos obligaciones en este mundo y son el ser justo y ser feliz”. También recuerdo cuando un sacerdote me preguntó “¿Cómo ves a Jesús?, ¿sufriendo?, ¿sonriendo?”. Yo respondí lo segundo. No lo puedo negar, la vida me sonríe y yo le sonrío a ella, tengo una pareja con la que comparto sueños y luchas, y eso nos hace mayoría. Ambas hemos elegido no dejar que otras personas decidan por nosotras cómo debemos vivir, a quién

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debemos amar y con quién tenemos qué compartir. Hemos decidido hablar en voz alta para que nos escuchen y nunca más nos quieran invisibilizar. Luchar para que la homofobia sea erradicada y más entre nuestros representantes en el Gobierno y en el Congreso, y por sobre todas las cosas pedir para que personas como María Elena Chapa y Patricia Basave nunca nos falten en nuestro camino. Gracias.

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Hoy tengo una nueva historia que contar
por Gaviota

Para empezar contaré que una parte de mi niñez fue muy feliz. Nací en un ranchito muy humilde de Zacatecas, ahí viví con mis padres, hermanos y primos. Nos íbamos nosotros y mis primos a cruzar el cerro, que para mí era muy alto; hacíamos columpios en las ramas de los árboles y también nuestros propios juguetes, tales como muñecas de trapo, cazuelas, metates, en fin, todo lo que se nos ocurriera. Mientras, mi mamá hacía las labores del hogar. Mi papá seguido se iba de bracero a Estados Unidos. Cuando regresaba venía cargado de regalos, entre ellos telas, con las que mamá nos hacía vestidos a mis hermanas y a mí. Así como había juegos, también ayudábamos a mi mamá para que terminara más pronto y se pusiera a hacernos los vestidos. A veces no tenía qué darnos de comer y nos daba piloncillo con queso o nos decía: “Pésquenme esa gallina”. Eso nos divertía mucho, correr tras la gallina con la que nos hacía un buen caldo. A mí me gustaba mucho montar, así que un día me subí a una marrana embarazada ¡y ahí voy sobre la pobre marrana! Por más que me gritaba mi mamá, no la escuchaba, pues yo andaba feliz corre y corre encima de la marrana. Cuando me bajé, ¡qué tunda me puso mi mamá!; después me explicó por qué no debía de subirme. Mi mamá era muy alegre, cuando no estaba mi papá se ponía a bailar con mis primas las mayores. Lo malo era cuando me mandaba a traer la leche a casa de una hermana de mi papá. Siempre me recibían mis primos, que ya eran mayores y muchas veces trataron de violarme pero gracias a Dios, nunca lo lograron, yo siempre le gritaba a mi tía con todas mis fuerzas, ella llegaba y me los quitaba a puros garrotazos. En ese tiempo no se les podía hablar de esos temas a los papás y así comenzó el calvario: uno de esos primos mató a un hermano de mi mamá. Ese mismo día nació mi hermano y mi mamá, de la impresión de lo sucedido, se quedó
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paralítica. Mi papá, en lugar de apoyarla, huyó con su hermana y los primos. Nos llevó con él, en carretas. Cruzamos montes y ríos muy profundos, recuerdo que forzaban las carretas para cruzar y se desbarataban, y hasta que las arreglaban podíamos seguir. En el camino pasamos hambres, frío, sed y piquetes de mosquitos. Por fin, llegamos a la casa de un hermano de mi papá, que nos dio alojamiento. Del tiempo que estuvimos sin mi mamá no tengo recuerdos. Pensando en nosotros, mi mamá se recuperó y fue a encontrarnos. La esposa de mi tío estaba feliz, pues la tomó como sirvienta y la ponía a hacer de comer para ellos. Cuando mi mamá terminaba, mi tía se llevaba todo a su cuarto para que nosotros no comiéramos nada, ponía una mesa y sobre la mesa un banco y colgaba la canasta; mi mamá a veces hacía gorditas, les ponía frijoles y las escondía en su delantal. Por la noche y bajo las cobijas nos repartía de a pedacito para que mi tía no se diera cuenta. Una vez me encontró llorando mi papá y me preguntó: “¿Por qué lloras?”. Yo le contesté muy enojada: “¡Tengo hambre!”. Él bajó la cabeza y le dijo a mi mamá: “¿Por qué no habías dicho, mujer, que no les daban de comer?”. Fue a la tienda y me compró unas galletas saladas. Todo lo que ganaba mi papá se lo daba a mi tía. Llegamos a pedir limosna por hambre... pero nos daban dulces cuando lo que deseábamos era un plato de comida. Por fin, papá nos llevó al ranchito donde él trabajaba. La vida nos cambió por un tiempo. Yo le llevaba su comida todos los días a la parcela. Me gustaba ir aventándole piedras a cuanta lagartija me encontraba, hasta que un día se juntaron todas y me dieron una santa correteada. Creo que corrí más veloz que un conejo. Llegué y me subí a la cama, me envolví toda en la colcha, mientras entre todos las corrían con agua, piedras y palos. ¡Desde ese día les tengo pavor! Mi papá nos llevaba a asar elotes recién cortados, a comer tunas, igual, recién cortadas. Íbamos a visitar a una familia de ciegos que vivían en un cerro, era un lugar muy bonito. Mientras mi mamá lavaba en un río nos poníamos a nadar mis hermanas y yo. Hasta que un día el sueño terminó: mi papá nos

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mandó a ver a mi abuelo materno, pero ¡oh, sorpresa!, cuando llegamos, mi abuelo tenía una carta de mi papá diciéndole que ahí le mandaba a su hija por caprichuda. Y mi mamá tuvo que venirse a Monterrey a trabajar. Nos dejó con un hermano de ella y su esposa; ahí empezamos otra vez a sufrir, ya que mi tía nos regañaba mucho y nos daba de comer hasta que ella quería, a pesar de que mamá mandaba todo su sueldo. Un día mi mamá vino de visita, vio el trato que nos daban y nos llevó con ella y llegamos a casa de una hermana de papá, ahí fue peor: los primos, que ya eran mayores, nos golpeaban. Al cumplir 10 años mi hermana y yo nueve, mi mamá nos lleva a trabajar a una casa, que era donde nos podían ocupar, ya que por andar de un lado a otro no terminamos la escuela. Cuando empezamos a ganar dinero, rentamos un cuartito y se vino a vivir mi abuela materna con nosotros. Creo que la ignorancia la hacía cometer errores como que a mi hermano, que era un bebé, le daba café negro en el biberón y a nosotros nos llevaba a comer de los basureros, aunque nos duró muy poco, pues mi abuela se enfermó de cáncer y murió. Esta fue mi niñez. A los 16 años conocí a mi ahora esposo, duramos dos años de novios y nos casamos. Las cosas no fueron fáciles pues él se convirtió en una persona autoritaria, no me dejaba ir a ver a mi mamá y eso que ella vivía a dos casas de ahí. Cuando murió su mamá, empezó a tomar, llegaba y me aventaba el plato de la comida, hasta que una vez me armé de valor, azoté la soda que yo le llevaba y le dije: “¡Esto no me lo vuelves a hacer, de hoy en adelante así como yo te respeto, me vas a respetar tú!”. Quiso irse sobre mí y le dije: “¡Tú que me tocas y le hablo a la policía!”, desde entonces poco a poco ha ido cambiando, he ido haciéndole ver que todos somos seres humanos y merecemos respeto mutuo. Gracias a Dios, él ha sabido escuchar y entender que con amor y comunicación todo se puede lograr. Tuvimos cinco hijos: tres niñas y dos niños, la más pequeña se fue con Dios y ha sido la pérdida más grande que he tenido. Creo que me estaba volviendo loca, pues la escuchaba llorar, dejaba lo que estaba haciendo para ir a atenderla

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y su cuna estaba vacía. Regalé todo lo que le tenía preparado y aún así la soñaba; según los años que iba cumpliendo yo la iba viendo crecer, hasta que un día la soñé que me agarraba mi cara con sus manitas y me decía: “Ya no llores, mamita, yo estoy bien”. Desde entonces, cuando la recuerdo, siento el contacto de sus manos en mi cara. Jamás la volví a soñar. Hasta el día de hoy tengo una familia maravillosa: cuando me enfermo, mi esposo me cuida con mucha dedicación, poniendo en la balanza la cosas buenas y malas de él, por eso he tenido la paciencia de sobrellevarlo, ya que sus atenciones son de mucho valor para mí. Le doy gracias a Dios porque, a pesar de todo lo que pasé de niña, no fui ni pandillera, ni drogadicta, ni prostituta, gracias nuevamente a Dios y a mis padres. Gracias a papá que me enseñó a rezar, con su enseñanza y la fe que inculcó en mí, me fui por el buen camino. Gracias a mi madre por su conducta intachable y por inculcarnos valores aunque no fuera con palabras, ya que ella se volvió muy callada, pero con su ejemplo nos dio todo. Gracias a mi esposo, Antonio Salas, por el apoyo que me ha dado en todo momento. Gracias a mis hijos, que me han dado unos nietos maravillosos. Gracias a los cursos que he tomado he podido salir adelante en la Asociación Nacional Cívica Femenina (ANCIFEM) me enseñaron a valorar la familia, a ser mejor esposa y madre, y descubrí que yo también existo. He tomado diplomados en la Universidad de Monterrey (UDEM) sobre familia, valores y liderazgo. Ahora que estoy tomando este diplomado sobre crecimiento personal he salido del hoyo negro donde aún me sentía, por eso hoy puedo decir que me siento como gaviota con plena libertad de extender las alas para poder volar. “Hoy tengo una nueva historia que contar” y doy infinitamente las gracias a Dios que me ha acompañado en cada instante de mi vida, y a la licenciada María Elena Chapa por esta oportunidad. A Paty Basave, por la enseñanza tan valiosa. A Lety, por sus atenciones. Y a mis compañeras por su sincera amistad. Gracias.

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Queridos lectores: La vida está llena de etapas buenas y malas pero que nos sirven para valorar lo que tenemos. Siempre que nos pasa algo malo nos preguntamos: ¿Y por qué a mí?, ¿y por qué no nos puede pasar a nosotros si somos iguales a los demás? Pero tenemos que ser guerreras para vencer todas las adversidades que se nos presentan. No hay que darnos por vencidas, mientras tengamos vida vamos a encontrar soluciones, sólo hay que buscarlas. No te hundas en la depresión, sal y admira las cosas que Dios nos da todos los días, disfruta tanto del frío como del calor, del sol, del amanecer de cada día, de los árboles, de las flores y el canto de las aves, en fin, ¡hay tantas cosas que podemos admirar y asombrarnos con su belleza! A veces pensamos que ya no podemos más y nos dejamos guiar por los demás ciegamente, tenemos que salir y aprender que el mundo también nos pertenece. Relájate y si tienes ganas de llorar, llora; si tienes ganas de reír, ríe; si tienes ganas de cantar, pues canta ¿qué es lo que te detiene? En tus manos está el cambio, en nosotras las mujeres esta la solución de muchos de los problemas, no te dejes pisotear por nada ni por nadie. Por eso, debemos de prepararnos leyendo libros de superación personal y tomar cursos. Así podremos dirigir mejor nuestra vida y nuestro hogar. El mundo necesita de dos alas para volar, una del hombre, la otra de la mujer. Mientras no vuelen al parejo nada marchará bien. Necesitamos una nueva humanidad basada en la equidad de género. Hoy en día cada vez hay más parejas divorciadas porque quieren ganarle uno al otro; no busquemos ganar, sino tomar acuerdos juntos y así encontraremos la paz que andábamos buscando. Aprendí en el diplomado que tenemos que ser protagonistas de nuestro propio destino, llegar a nuestra autodeterminación, a través de un triple carácter unitario: autora, actriz y agente de nuestras vidas. También que todos y todas pasamos por la misma lucha: crisis, sufrimiento y muerte. Reflexiona sobre el tiempo, pues es un recurso no renovable, cuando nos damos cuenta ya se nos pasaron los años; retoma tu vida, disfruta de tus seres queridos. Cuando

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somos niños dependemos de los demás, pero ya adultos somos responsables de nuestro propio destino. Cuando sientas que ya no puedes más, cierra tus ojos y respira hondo, siente cómo Dios te toma en sus brazos. Dios es como el aire, que no lo puedes ver pero sí lo puedes sentir. Ahora que te conté una historia, espero te pueda servir.

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La felicidad: una decisión propia
por Magnolia

Otro septiembre y no pude asistir a Expo Tu Ayuda. Pero, Magnolia, ya es tiempo que hagas algo con tu tiempo libre, no es posible que desperdicies así un tiempo que podrías dárselo a los demás... bueno, ya llegará tu hora. Empieza un nuevo año y por fin tuviste en tus manos el folleto de todas las asociaciones de ayuda, pero ahora, ¿qué hacer con él?, ¿a dónde hablar?, con niños abandonados, con ancianos, con discapacitados, al DIF, ¿a dónde?, casi al azar tomé el teléfono y hablé al Instituto Estatal de las Mujeres, me presento y digo que quiero hacer un voluntariado, que soy ama de casa y que tengo tiempo para mi prójimo, me responden que con mucho gusto, pero que primero debo hacer un curso, un diplomado en Desarrollo Humano, así que me presente el martes siguiente, pues aunque ya había empezado todavía podía integrarme al grupo. Así llegué, a ver de qué se trataba todo aquello. El primer día fue extraño, no conocía a nadie y nadie me conocía, ¿qué debíamos hacer?, pues todavía no lo sabía. Puntualmente, clase con clase, asistí todos los martes, y por fin supe que tendríamos que escribir nuestra propia historia, ¿qué? ¿escribir mi historia?, ¿para qué?, ¿a razón de qué?, ¿para quién? Ya después lo pensaría y aceptaría, aunque la verdad se me hizo tan difícil, pues mi historia ya ni la recordaba, tendría que desempolvar mis recuerdos, y como otras compañeras, debía empezar con ver fotos antiguas o preguntarles a nuestros padres o abuelos o tíos o parientes, ¡qué horror!, pero si yo tenía todo eso borrado de mi mente, mi memoria no es buena, eso quedará para después, me decía a mí misma, y la verdad me tardé varias semanas en ver mi álbum de fotografías acomodadas cronológicamente... y ¡vaya que las tengo! Sin embargo, ya no podía esperar más, las actividades del diplomado lo requerían, y de un tiempo a la fecha me he propuesto cumplir con lo que empiezo y ésta no iba ha ser la excepción. Así pues, tomé mi álbum y lo hojée, por primera vez desde hacía mucho tiempo, pero lo vi tan rápido que no lo
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observé, me grabé en la mente imágenes erróneas pues me vi siempre sola. Pasaron algunos días y después de comentar con mi mamá esas fotografías, me corrigió y las volví a ver con conciencia y a observar si, en efecto estaba sola; y no, siempre estaban mis hermanos y cuando no estaban, era porque ellos tomaban esas fotos, de modo que así pude empezar a hilar mi historia, la cual les contaré de la mejor manera que encuentre. Empezaré diciendo que provengo de dos familias numerosas: mi abuelo paterno con sus dos matrimonios tuvo muchos hijos, y mi papá era el mayor de esa nueva familia; mi mamá, la tercera de siete hermanos. Cuando se casaron mis papás no tenían los recursos suficientes, pues no les dieron dotes ni nada de eso, además a mi papá la verdad no le gustaba mucho trabajar, pues su familia vivía más de herencias que de trabajo. A él le gustaban las ferias y las jugadas; mi mamá, sin embargo, sí venía de una familia muy trabajadora. Un día, casi recién casados, mi mamá le dio todo lo que había podido ahorrar del dinero diario del gasto que le daba mi papá, para que pudiera él pagar una deuda de juego. Ahí mi papá se dio cuenta de su error, le prometió no volver a jugar y lo cumplió. Luego como mi mamá era súper trabajadora le insistía a mi papá instalar una carnicería, pues por ese barrio no había ninguna y podía ser un buen negocio. Gracias a que mi papá le hizo caso fue que empezaron a salir adelante, mi mamá siempre al frente del negocio y luchando a brazo partido junto con mi papá. Yo soy la menor de tres hermanos, mi hermano mayor me lleva ocho años y mi hermana, siete; como verán soy el pilón y conmigo se “cerró la fábrica”, pues lo que cuenta mamá es que sus partos eran cesáreas y sufría mucho en cada una, por lo que mi papá dijo que no más, que no podía verla sufrir tanto. Fui una niña muy querida, ya en ese tiempo mis papás habían crecido económicamente y el futuro se vislumbraba mejor: se acabaron las carencias y podíamos disfrutar más de la vida. Yo nací en 1959 y después de un año, nos cambiamos de casa; nos fuimos a una mejor colonia y ahí crecí y viví hasta que me casé.

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Junto con el negocio y la casa nueva, mi papá empezó a comprar tierras y a edificar un rancho, con casa, alberca, bodegas, corrales, tractores, casas de rancheros, etcétera, que yo disfruté más que mis hermanos, por la diferencia de edades. Dentro de las anécdotas que me cuenta mi mamá me dice que cuando tenía como tres añitos, fuimos de vacaciones a Acapulco y ahí nos revolcó una ola; a mi mamá casi se le acaba el mundo pues ella creía que me soltaba y que el mar me tragaría. La verdad es que mi mamá siempre ha sido muy miedosa y creo que para ella fue algo que la asustó muchísimo. Cuenta que yo era sonámbula y cuando contaba con cinco años me levantaba al baño pero no iba al sanitario sino que en cualquier lugar me hacía pipí: en el cuarto de mi hermano o en el bote de la ropa sucia, por lo cual mi mamá nunca me quería dejar sola pues a ella se le figuraba que abría la puerta de la casa y me escapaba de noche, como en la caricatura de Oliva la de Popeye; la verdad, nunca supe cómo me curé o cómo lo superé, pero el tiempo corría y así fui creciendo. Cuando nevó en Monterrey yo tendría unos nueve años e hicimos con mis vecinitas un gran mono de nieve; después de unos días fuimos al rancho y resulta que la alberca estaba a mitad de agua de nieve, hacía mucho frío y aún así mi mamá me permitió que entrara a la alberca, claro que fue sólo a la mitad del cuerpo pues nunca me sumergí... pero con eso tuve para enfermarme de frialdad en la vejiga y después me orinaba por las noches. Creo que por ser yo la chiquita me dejaban hacer lo que quería, seguramente ésa es la causa de haber sido tan intolerante e intransigente, cosa que espero que este diplomado me ayude a cambiar. Siempre estuve al margen de todo pues, al ser la chiquita, no me enteraba de mucho. Mi hermano es la luz de los ojos de mi mamá y mi hermana, de mi papá, así que yo sólo existía; a mi papá le gustaba llevarnos a los circos que visitaban la ciudad y en cada función nos tomaban fotografías, así que mi álbum está lleno de ese tipo de fotos. Casi siempre asistíamos acompañados de mis tíos o nuestros vecinos, porque mis hermanos no jugaron tanto conmigo a pesar de lo que yo disfrutaba el juego. Recuerdo que mi mamá ponía a la sirvienta a jugar conmigo; otras veces una amiga de mi hermana jugaba conmigo más que

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mi propia hermana, luego llegaron mis tres vecinitas que suplieron ese vacío; nos entreteníamos con lo que se hacía entonces: jugar a las comadritas, a las enfermeras, a las maestras, a las escondidas; nada de televisión ni de videos, ni mucho menos de videojuegos, ¡ni existían! No cursé el jardín de niños, pues no era la usanza; entré a la primaria de cinco años, próxima a los seis, que cumpliría en el siguiente marzo. Recuerdo que mi maestra se llamaba Lupita y que asistíamos de mañana y tarde, y una de esas tardes calurosas me quedé dormida en clase y peor aún, en examen. Los siguientes tres años seguí en ese colegio llamado “Justo Sierra”. Mi mamá no sabía manejar, pero como mis hermanos ya tenían carro y les daba la flojera llevarme al colegio, mi mamá se subía al coche de mi hermana y a puros arrancones me llevaba. El carro era de cambios, no existían los de trasmisión automática, pero yo llegaba al colegio en coche. Cuando ya cursaba el tercero o cuarto año de primaria, caminaba para ir al colegio, en frente el él estaba un parque y en éste, unos resbaladeros de concreto muy grandes y altos, donde nos deslizábamos con gran alegría. Recuerdo mi primera comunión que fue en la iglesia de un municipio cercano a Monterrey, en una mañana del mes de mayo, y después de la misa, tuvimos el desayuno afuera de la iglesia, en un terreno y debajo de la sombra de un gran árbol. Compartimos chocolate y pan de dulce. Recuerdo que aquí en la ciudad, íbamos a casa de mi abuelita paterna, ella vivía con mis dos tías solteras y ahí nos tomamos unas fotografías, que todavía conservo. La primera comunión la realicé junto con mi prima Blanca, quien es mi contemporánea. Me acuerdo que ella y yo nos quedábamos a dormir con mis tías y yo, que era muy calurosa, sufría por las noches pues, aunque dormíamos junto a la ventana, sólo corría el aire cuando pasaban los coches. Por la mañana acompañaba a mi tía al molino para moler el nixtamal pues las tortillas se hacían en casa; tenían un traspatio y una gran perra pastor alemán que se llamaba Lassie; pasé unos días lindos en esa casona.

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Cuando pasé a quinto grado y a petición de la mamá de mis vecinitas, me cambiaron de colegio, esta vez sería el Instituto Excélsior, y de esa institución egresé de secundaria. Cuando estaba en sexto grado tuve una experiencia que tardé muchos años en superar: la maestra que teníamos era monja, se llamaba Sor Irma y era muy estricta y atemorizante. Un buen día, del huerto del colegio tomamos (robamos) unos duraznos, ya ni me acuerdo de las compañeras de travesura, de lo que sí me acuerdo fue que Sor Irma nos paró al frente y nos acusó delante del salón. Fue tal la vergüenza que me marcó y siempre temía que las compañeras lo recordaran, pues yo saldría al tema y eso me dolía profundamente. Poco después, una vez que fui a la dirección del colegio, no había recepcionista y yo tenía un recado para la directora, me pasé al siguiente salón y ¡oh, sorpresa! vi a una monja que se estaba pintando el pelo. Era Sor Irma acompañada de otra, al verme se enojaron muchísimo pues pensaron que yo lo divulgaría, y pues también creo que me regañaron, ya ni me acuerdo del motivo. Cerca de mi casa inauguraron un cine, estaba enorme y asistíamos regularmente, siempre acompañada de mis vecinitas. Vimos muchas películas pero un buen día cambiaron la función, anunciaron una película de Viruta y Capulina y en su lugar pasaron una de Drácula. Quiero decirles que aquello fue para mí fatal, porque desde ese día dormía con la luz encendida y con una bufanda al cuello, ¡imagínense con lo calurosa que soy y sin clima!, en aquellos años los aires acondicionados no eran populares, así que sólo había abanico. Sin duda, la pasé muy mal y ya ni me acuerdo cuántos años tardé en superarlo, siempre creía que por la ventana se aparecería ese personaje. Fue horrible esa experiencia, la verdad es que hasta la fecha no puedo ver ese tipo de películas pues todavía soy muy susceptible y para qué le busco. Pasé a la secundaria, todavía muy gordita pero feliz, ya que nunca me deprimió estar así; y no podía estar de otra manera pues enfrente de mi casa pusieron una tiendita y mi mamá le dijo al tendero que me diera lo que yo quisiera, así que ¡a comer se ha dicho!: papitas, dulces, paletas, pastelitos, etcétera, pues ella le pagaría los sábados todo lo que yo consumiera... y como decía Pilón,

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el personaje de la caricatura de Popeye: “Con gusto pagaré el martes por una hamburguesa de hoy”, así que cuál dieta. Mi mamá siempre sostuvo: ”Dame gordura y te daré hermosura”, ¡vaya refrán, qué daño me hizo!, pues es fecha que soy muy comedora, pero bueno, eso lo superé después. De mi época en la secundaria recuerdo que mi maestra titular era una aspirante a monja, se llama María Luisa, le llamábamos “señorita”; cuando sembramos el clásico frijol en el bote de Nescafé, resulta que el mejor era el mío, en eso que lo presumía me caí con todo y bote y me corté un dedo. Me llevaron a la Cruz Verde, me cosieron pero no me rehabilitaron el nervio, así que no puedo doblar ese dedo. Fue toda una experiencia pues me trasladaron en la camioneta de las monjas hasta mi casa con todo y dedo vendado. En la entrega de calificaciones al terminar el año, yo lloraba muchísimo en el evento, pues había olvidado unos comprobantes, hasta que Sor Carmen, la coordinadora y hermana de la señorita María Luisa, me dijo que no me preocupara, que yo había obtenido el tercer lugar en aprovechamiento y que ya dejara de llorar. Y en efecto, recibí mi diploma y mi medalla. Nunca pertenecí a la escolta y nunca tuve buena voz para pertenecer al coro, al cual llamaban orfeón; cada vez que el profesor Gamma nos hacía la prueba, siempre era rechazada. Además, era gordita, pero nunca decayó mi autoestima; y el hecho de que mis papás jamás fueran a las juntas escolares, tampoco me hacía sentir mal, pues vivíamos muy lejos del colegio. Por ese mismo motivo no asistía a las meriendas de cumpleaños de mis compañeras, pues mi mamá no manejaba y mi papá no era tan paciente para llevarme y luego recogerme. La colegiatura se pagaba en el colegio, en la dirección y mi papá siempre me daba dólares para pagar y a mí me molestaba muchísimo; él que los quería desechar y a mí que me fastidiaba que me los diera para hacer ese pago. Durante esos años se hacían muchas fiestas en el rancho, la de “cajón” era el día 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, pues mi papá era guadalupano. Disfrutábamos de barbacoa, había un pozo para hacer dicho manjar, mi mamá cocinaba frijoles a la charra y comprábamos muchos kilos de tortillas y gran cantidad de cerveza y refrescos, todo por cuenta de mi papá; había también

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bastante música y no faltaban los matachines, cohetes y mucha fiesta. Mis papás no le hicieron fiesta de 15 años a mi hermana, sino una merienda en el Gran Hotel Ancira, sólo para mujeres, pero cuando cumplió sus 18 años se festejó en el rancho con un gran día de campo. Me acuerdo que mi papá pedía prestado un camión ganadero y ahí nos transportaba a todas las mujeres, los hombres no supe cómo llegaban. Fueron muchas fiestas ahí en ese lugar. Mi papá sembraba trigo y era un día muy especial cuando llegaba la trilladora y empezaba a segar el trigo. Cuando era época de siembra, la semilla venía en costales de manta y mi mamá de esos costales hacía sábanas y fundas, pues decía que eran muy frescas. Tengo muy hermosos recuerdos de ese rancho, ya que asistíamos todos los domingos y regresábamos de noche, y era tan lindo ver las estrellas... mi mamá me decía los nombres de ellas a la usanza de su hacienda: que si las Tres Marías, que si las Siete Cabrillas, etcétera. A veces para la hora de la cena se iban los señores a cazar conejos y luego mi mamá los guisaba y cenábamos conejo en salsa. Mi hermana, que era la consentida de mi papá, gastaba mucho dinero, a mí se me hacía una lástima sus excesos, pero a ella le gustaba ir a McAllen y le decía a mi papá que si no le daba cinco mil pesos pues no iba, así que mi papá se los daba. Siempre iba con nosotros mi tía Licha y para que mi papá no se impacientara, mi mamá lo acompañaba a ver maquinaria agrícola mientras mi hermana compraba. Yo me conformaba con cinco dólares que me gastaba en las máquinas tragamonedas; siempre salíamos a las cinco de la mañana y teníamos que regresar a las cuatro de la tarde, pues a mi papá no le gustaba viajar de noche; desayunábamos en el restaurante La Ceja o en el restaurante de la tienda del Río, comíamos en Klincks y compraban pan, jamón, mayonesa y mostaza y en el camino de regreso nos preparaban lonches. Hubo una ocasión que no sé qué me pasó pero sentía que mi cuerpo se cocinaba, era tal mi calor que lloré todo el camino y todos se impacientaron conmigo, fue algo muy horrible, se abrieron las ventanas y aún así, yo sentía que mi cuerpo estaba ardiendo. Siempre me gustaba esculcar en las cosas de

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mi mamá y un buen día me encontré un libro de chistes colorados, con dibujos, lo tomé junto con mis vecinas y después de verlo lo tiramos al techo de mi casa y nunca supe si mi mamá se enteró o no. Por esos años, la hermana de mi mamá vivía en los Estados Unidos, venía cada año con su esposo y mis primos, manejando en una camioneta Wagon; ellos se hospedaban siempre en mi casa y mi tío era tan paciente y amoroso, que siempre cargaba con todos los sobrinos: nos sentábamos en la parte posterior de la Wagon y nos dedicábamos a decir adiós a todos los automovilistas. Paseábamos mucho, mi tía no dejaba de visitar el mercado Juárez y compraba invariablemente molcajetes, joyas de oro, vestiditos típicos para mis primas, cazuelitas de barro, etcétera. Claro que a su regreso a los Estados Unidos, todo aquello iba a parar al garage, olvidado. A mí me traía siempre muchas cosas americanas, así que me encantaba que llegaran cada año para ver todos mis regalos. En las vacaciones del segundo año de secundaria por fin pude ir a ver a mi tía, fue mi primer viaje sola, sin mis papás, en avión y directo a California. Me pasearon muchísimo por tantos parques, fui a Disney, Universal Studios, San Francisco, fueron tres semanas inolvidables. Mi primo y sus hermanas menores éramos todos unos gorditos, merendábamos pan con mantequilla y jelly de uva, caminábamos al súper y pedíamos un helado de tres bolas, tomé muchas películas y la verdad fue un viaje extraordinario. Cuando cursaba el tercer año de secundaria, se casó mi hermana en el mes de septiembre, fui parte de sus damas, ya ni me acuerdo cómo fue su boda, aunque todos decían que había sido la boda del año. Ella se fue a vivir a Guadalajara y no recuerdo cómo se quedó la situación en mi casa, pues ella era la luz de los ojos de mi papá, así que debe de haber sufrido mucho su ausencia. A los dos meses llegó mi hermana a visitar a mis padres, a ver sus regalos de boda y a celebrar el cumpleaños de mi mamá, que sería el día 3 de noviembre (esto fue en 1972), mi papá la recogió en la central de autobuses, todo era algarabía en la casa. Estaba de gran moda la novela de Angélica María, aquella de “Muchacha italiana viene a casarse”, yo la veía en casa de mi mejor amiga, pues en mi casa se preparaba una merienda de festejo para mi mamá y para que saludaran a mi hermana recién casada. Durante el tiempo que duró el capítulo de la telenovela

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yo estuve muy inquieta, ya quería que se acabara para irme a mi casa, mi intuición estaba alborotada y no se equivocó: justo ese día se accidentó mi papá a la hora de la merienda de mi mamá, se cayó de un corral (era ganadero) y quedó muy grave, se quebró la quinta vértebra, así que quedó cuadrapléjico inmediatamente. Mi hermano que trabajaba con él lo llevó rápidamente al hospital, pero después de 24 días sufrió un infarto pulmonar y murió. Ese día también estaba en casa de mi amiga y también estaba viendo la misma telenovela, y mi corazón nuevamente dio vuelcos, como el día del accidente. Llegué a mi casa y la mamá de mis vecinitas me dio la noticia del deceso de mi papá, me acuerdo que lloré y grité pero fue más actuado que sentido, pues una niña de 13 años no sabe nada de la muerte y mucho menos lo que conlleva. Asistí al velorio con mi uniforme azul turquesa y vi llorar mucho a mi mamá, observé que la vecina le dio una pastilla para dormir y mi mamá se enojó muchísimo, pues ella no quería ausentarse, tenía que estar al pendiente de todo. Pero mi mamá no asistió al entierro, y yo me quedé con ella en la iglesia después de la misa de cuerpo presente. Enseguida vinieron los nueve rosarios, fueron en la iglesia de la colonia. Después de eso no recuerdo más, no sé cómo fue la situación en mi casa con la ausencia de mi papá. El siguiente recuerdo es el día de mi graduación de tercero de secundaría; mi vestido era corte imperio, blanco arriba y negro en la parte de abajo, mi mamá iba vestida de negro, pues seguíamos de luto, la misa fue en la capilla del colegio y la cena en el patio del mismo. El papá de una compañera era dirigente de los boy scouts y recuerdo que fue vestido con su uniforme de boy scout mientras que los otros papás iban con su traje, yo creo que mi papá no se hubiera puesto traje, él iría con camisa y pantalón, pues no le gustaba para nada el protocolo. Terminé la secundaria muy chica, de 14 años. En el verano de 1973 yo tuve que hacer todos los trámites para mi ingreso en la preparatoria, primero hice mi examen de admisión en la Universidad de Monterrey (UDEM), pero no lo pasé, yo no lo quería hacer en el Tec pues ahí era muy difícil y seguramente no podría con los estudios, pero al no haber otra

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opción, hice el dichoso examen y lo pasé, así que entré en el mes de agosto al Tec de Monterrey a la preparatoria. Como mi hermano estaba al frente de los negocios que había dejado mi papá y no podría llevarme y traerme a la escuela, me compró mi primer carro, un “vocho” blanco nuevecito y así fue que empecé mi preparatoria. Mi mamá me compró ropa nueva en una boutique de una conocida, en la colonia Vista Hermosa. No me lucía mucho pues seguía gordita, pero como les he dicho, no me acomplejaba, aún así tenía pretendientes. Hubo un muchacho que me pretendía, pero a mí me gustaba otro, así pasé los dos primeros semestres y en el verano siguiente me propuse y adelgacé 15 kilos. Entré a tercer semestre delgada, era otra, me parecía fabuloso poder ponerme ropa bonita y gustarle a los muchachos. Desde esos años he aprendido mucho de nutrición, aunque en mis genes está la historia de obesidad y hasta la fecha he batallado con el peso. Corría el año de 1974 en septiembre, yo cursaba la materia de Filosofía con la maestra Consuelo Botello de Flores que luego sería diputada varias ocasiones. Eran las dos y media de la tarde, conmigo compartía clase el nieto de don Eugenio, se llama Fernando, cuando de pronto aquello era toda confusión pues habían herido al gran señor Don Eugenio Garza Lagüera, y desgraciadamente se confirmó poco después su muerte. “Descanse en paz”. Aquello me impactó. En muchas ocasiones me robaron los espejos y las calaveras de mi “vocho”, cuando me estacionaba al lado de la cafetería El Borrego, ahí se cometían los robos, porque era donde se juntaban los niños ricos de aquel entonces, yo siempre creí que ellos eran los responsables. A mi hermano no le quedaba de otra más que comprar las refacciones para reponerlos. Así el segundo año de prepa lo pasé de lo más feliz, compartiendo y disfrutando de amigos y amigas, de las compañeras que veníamos del Instituto Excélsior, yo era la más abierta, las demás eran todas unas monjas. Durante ese tiempo ya sin mi papá, no asistíamos al rancho los domingos, para mí era el tiempo de echar novio. En cierta ocasión fui invitada a una reunión cerca de la casa, dicha reunión era para que una vecina de la misma edad que yo conociera a un muchacho amigo

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de su primo, yo llegué de cara lavada y sencilla, pero desde que llegué ese muchacho se fijó en mí y no dejó de platicar conmigo toda la noche, al final me pidió que saliera con él y yo acepté. Yo no sabía del plan de mi vecina y nos hicimos novios. Él era muy atento y cada vez que salíamos me hacía regalos, además me llevaba muchas serenatas, y como era de una familia acomodada, los domingos lo veía desde el mediodía: comíamos, luego tomábamos cafecito y después a cenar, siempre en restaurantes finos. En aquel entonces las “muchachas bien” no nos subíamos a los coches de los novios, así que nos íbamos él en su carro y yo en el mío. En una ocasión que estábamos enojados, me llevó una serenata de adoloridos, pero como esa noche dormí en casa de mis vecinas, todo el vecindario creyó que el mensaje era para ellas. La verdad ya en ese entonces la relación con mis amigas era tirante pues yo era muy extrovertida y tenía mucho pegue, me vestía con muchos accesorios de la más diversa índole, como conchas de mar, naturaleza muerta, plumas, etcétera. No obstante, ese noviazgo duró solo 11 meses, y después de mi rompimiento, mi vecina le hizo toda la lucha a él, pero resultó en vano, pues no le hizo nunca caso. Ahí se rompió la amistad, la razón fue un día de campo al que no me invitaron pues iría ese chico y mi vecina temía que no le hiciera caso por hacérmelo a mí y de ahí en adelante no hubo más amistad. Quiero decirles que mi prototipo de hombre es el vaquero, de botas, sombrero y cinto pitiado, y por supuesto, con rancho. Cuando conocí a un chico con esas características por supuesto que me gustó, además era grandote el condenado, y riquísimo, pero con muchos problemas emocionales pues su papá y su mamá no tenían buena relación y él lo había resentido. Tenía huertas de nogales y ellos le vendían toda la nuez a una gran empresa de pan y galletas. Trabajaba muchísimo, un día llegó a clases a bordo de un camión cargado de reses y lo estacionó dentro de las instalaciones del Tec, imagínense el balar de los animales, todo un show. También un día llegó en su auto preparado para arrrancones, era un Chevrolet antiguo con el motor saliéndosele por el cofre, él fascinado, pero a mí no me gustó. Le llevaba muchas nueces y piñones ya

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pelados a mi mamá, pero a fin de cuentas esa relación también duró poco, pues él era muy inestable. Llegó la hora de entrar a la carrera, nosotros fuimos la última generación que salió del plantel Aula Tres pues la prepa se cambiaba al nuevo edificio: la preparatoria Eugenio Garza Lagüera, por el hospital San José. A mover papeles y escoger la carrera a cursar, me incliné por una carrera de Administración. Varias de mis compañeras del Excélsior se fueron para la carrera de Agronomía y por ellas conocí al que sería mi novio “el vaquero” por cuatro años, más o menos. Era muy bueno y me quería mucho, yo me gradué un semestre antes que él y empecé a trabajar; él al graduarse y buscar trabajo lo encontró fuera de la ciudad y pues tuvo que irse; cuando venía a la ciudad quería que estuviéramos todo el tiempo en su casa, un día yo le dije: “El tiempo y la distancia son los mejores amigos del olvido”. Y así fue, un domingo no me quiso acompañar a la boda de mi primo porque su mamá le prepararía paella, ahí reflexioné y decidí ponerle fin; al regresar de la boda por la noche terminamos, pero él no dijo nada en su casa y todos creyeron que seguíamos. La siguiente semana conocí a quien sería mi esposo, por medio de una compañera de trabajo. Él venía de un puerto, ya estaba más grande y al conocerme le gusté y se enamoró de mí, justo en esos días a la mamá de mi ex novio le detectaron cáncer de seno y la operaron, a mí me avisó la novia de su hermano y me advirtió que no le llamara al vaquero, que eran cosas de mujeres y que no valía la pena, pero no le hice caso y le llamé y se dejó venir. Ya no éramos novios y todavía nadie sabía en su casa, yo ya estaba saliendo con el porteño y eso se complicaba. Fui al hospital a hablar con su mamá, pero justo en ese momento llegó la visita del doctor y me tuve que salir; ellos eran una familia muy bonita y alegre, eran muy carismáticos, así que su casa siempre estaba llena de los amigos de sus hijos, su mamá cocinaba delicioso, yo muchas veces comí con ellos; les gustaba mucho la pachanga, el alcohol, la guitarra, los amigos, con decirles que hasta al hospital metían de contrabando las botellas de brandy que tanto les fascinaba.

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En fin, en ese momento no pude aclarar nada con la señora ni con nadie, así que cuando se enteraron de mi boda, aquello fue una bomba, ya que había preparado mi boda sólo en cinco meses. Conocí a mi esposo en el mes de agosto y nos casamos en el mes de enero. Ésa fue la mayor de mis crisis en esta vida que me ha tocado vivir. Después de la visita al hospital en la cual no pude aclarar mi rompimiento con el vaquero no volví a verlos, sé que despertaron hacia mí sentimientos de enojo y de furia, deben haber visto sufrir al vaquero y por ende, odiarme, sin embargo, para el porteño fue encontrar en mí la mujer que había estado buscando y no la dejaría ir por ningún motivo. En mi casa también fue difícil, pues yo era la única que quedaba soltera y saber que me casaba con alguien de fuera en tan poco tiempo, más grande que yo, sin antecedentes de conocerlo, ha de haber sido muy difícil para mi mamá, aunque nunca me compartió sus miedos, pero siendo yo tan voluntariosa e intransigente pues haría mi voluntad de todas maneras. Siguieron los preparativos de la boda, pidieron mi mano sólo a los 15 días de haberlo conocido, entonces su mamá, que también era viuda, vino a conocerme y a pedirme el mismo fin de semana, ella no puso objeción en mí pues creo que cumplí con sus expectativas de nuera, además también le interesaba que su hijo se casara pues no quería un solterón en casa. El día de la pedida de mano mi hermano no estuvo presente, no estaba muy de acuerdo con esa boda tan precipitada, sólo estuvimos mi mamá, mi tía Licha, su esposo y yo, además de mi novio el porteño y su mamá, después vino la presentación y todo lo demás. Por un lado me emocionaba, pero por el otro no dejaba de pensar en el vaquero, a medida que pasaban los días y se acercaba el día de la boda, más pensaba en el otro, lloraba por las noches y le daba vueltas a la situación, sentía frío en el alma, y una soledad que llegaba hasta los huesos. Un día me armé de valor y le dije a mi novio que no lo quería, que no me quería casar con él, pero no accedió, me dijo que él sí se quería casar conmigo y que confiara en él, que haría todo para hacerme feliz. No tuve el carácter suficiente y me dejé convencer, aún cuando en mi alma el frío era cada vez mayor y en mis pensamientos y sentimientos estaba el vaquero.

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No dejaba de pensar en cómo zafarme de esa boda, pensé mil veces en irme lejos y dejar una nota de despedida, como en las novelas, al fin y al cabo soy una romántica empedernida. Un compañero de prepa, al que estimé mucho, me decía que porqué no escribía guiones de telenovelas, que tenía mucho talento pues fantaseaba mucho con el amor, pero no, esto era la realidad y no podía hacerle eso a mi mamá. Mi arrogancia, intransigencia y voluntarismo me habían llevado a esa circunstancia y ahora debía cumplir con esa palabra que había empeñado. Mi hermana que vivía lejos tuvo conmigo conversaciones por teléfono, aunque como no éramos ni amigas, no tenía caso su esfuerzo, pues ella sólo me preguntaba que si estaba segura del paso que iba a dar, y yo seguía con mis indecisiones... al fin y al cabo estaba y la sentía lejos. Por fin hablé con mi mamá de mis dudas y ella, tan recia que es, me mandó por un tubo y me dijo que ya no se cancelaba la boda, que me casaba o me casaba... ¡y yo con mi frío en el alma, sufriendo y amando al vaquero! Pensé que una amiga que vivía en Veracruz podría ser mi tabla de salvación: yo tomaría un autobús y me iría con ella, pues como era amiga en común del vaquero y mía, me alojaría en su casa y asunto arreglado. Claro, sólo en mi imaginación, pues no era capaz de hacer eso y aquí seguía, con la boda enfrente. Después se me ocurrió que mi tía que vivía en los Estados Unidos sería la mejor opción, me iría con ella y dejaría plantado al novio, pero tampoco lo llevé a cabo. Luego se me ocurrió que podría decir que no cuando el sacerdote me preguntara si había ido por mi libre y plena voluntad al altar; me saldría corriendo de la iglesia y me encontraría por fin con mi adorado vaquero... pero no, tampoco eso hice. Cumplí cabalmente con mi palabra y me presenté en la iglesia, y se efectuó la boda, con su fotografía y todo, con el civil, el ramo en la capilla del colegio de las monjas, la fiesta, que como no había presupuesto, sólo fue una cena en un conocido restaurante, aunque mi hermano dobló las manos y de consolación llevó un trío para que hubiera algo de música. El pastel no se partió, pues al capitán de meseros se le olvidó, así que hubo pastel en casa para rato. Me dejé llevar por la fiesta, aunque en mi corazón, ya saben lo que pasaba; sin embargo, del vaquero nada supe.

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Al día siguiente nos fuimos de luna de miel, sólo tres días pues no había presupuesto, ya que justo antes de conocerme y a insistencia de su mamá, mi ahora esposo compró una casa, de modo que su presupuesto era muy frágil. Mi boda fue en invierno y el frío no sólo estaba en mi alma sino también en mi cuerpo, ese día el clima estuvo helado y lluvioso. Regresamos del viaje y nos fuimos a vivir al puerto, de donde era mi esposo y para mala suerte, la carretera pasaba por uno de los ranchos del vaquero, así que cada vez que veníamos a Monterrey, era pasar por ahí y recordar y morderme los labios y reprimir lo que verdaderamente sentía. Cumplí como esposa en todos los sentidos y pues me embaracé pronto, sufrí también físicamente, pues allá el invierno no es como aquí en Monterrey, allá se manifiesta con aires del norte, como pequeños huracanes. El primero que yo pasé fue bastante fuerte, derribó avionetas, palmeras y demás; fue por la madrugada y yo estaba realmente asustada, desperté a mi marido para que me dijera qué pasaba, y él con toda la parsimonia del mundo me explicó que era normal, que era un norte, que dan en invierno, que duran de 8 a 10 horas y que después viene la calma, dejando una secuela de bajas temperaturas por dos o tres días. Para él era normal, para mí era casi catastrófico, pero él me aseguraba que después me acostumbraría y yo también lo vería normal. Lo malo fue que después llegó el calor, húmedo —es costa—, con todos los zancudos del mundo, y me dieron una picoteada que mis piernas parecían atacadas por un sarampión grave, llenas de ronchas y rasquiñas. Como les sucede a la mayoría de los recién casados, nuestro presupuesto era limitado, pues hacían falta muchas cosas en la casa, y encima yo con mi primer embarazo y con todos los gastos que conlleva eso, tuve que pasar ese primer verano húmedo y cruel sólo con un pequeño abanico que era mi fiel compañero, pues a donde me transportaba dentro de casa iba conmigo y funcionaba a toda velocidad, siempre sin fallar y con la frente en alto como yo, aunque en mi mente y corazón todavía existía el recuerdo de aquel amor y el pensar qué hubiera sido de mí si no me hubiera casado. Me invadía un sentimiento de culpa, pues yo había herido a un muchacho de noble corazón y además a su familia que me había aceptado como novia de su hijo, pensando

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que esa relación estaba destinada al altar y yo rompí con ese sueño; era tal ese sentimiento de culpa que tenía sueños recurrentes: soñaba a sus papás señalándome con el dedo índice, el acusador. Eran pesadillas, luego lo soñaba a él también acusándome, fue horrible; luego mis sueños eran con tiburones en el mar y ya casi para que me devoraran, mi esposo se lanzaba al mar y se lo comían a él. No sé ni cuándo ni cómo se fue llenando mi corazón de amor hacia mi esposo, él siempre fue tan amoroso, tan tierno, tan paciente, nunca me dejó sola, nunca se fue con sus amigos, siempre conmigo y luego con nuestro primer hijo. El tiempo pasó y mi corazón seguía llenándose de amor, aquella crisis de mi boda se reemplazó con cariño y respeto para mi esposo. Cuando mi primer hijo tenía dos años y medio nació una niña hermosa, seguro que como todo matrimonio teníamos algunas diferencias mi esposo y yo, pero nada que no pudiéramos resolver. Recuerdo que una vez que estábamos enojados, mi vecina me sugirió la idea del divorcio, pero para nada; ni en mi mente ni en mi corazón cabía esa idea, yo nunca me visualicé divorciada y espero nunca estarlo, pues amo a mi esposo y lo amaré hasta la muerte, por eso cuando me dicen que ya no hay amor en las parejas, me río, pues no es amor lo que se necesita, es compromiso, es decisión, es convicción y claro que luego el amor resurge y llena de nuevo la vida de las parejas. Cuando mi hija casi completaba su primer añito, cambiamos nuestra residencia aquí a Monterrey, pues uno de mis dolores más grandes era residir fuera de mi ciudad, así que lloraba mucho y anhelaba regresar. Se lo pedí tanto a Dios que, un buen día, un compañero de generación de mi esposo que trabajaba aquí en la ciudad, quería regresarse a su ciudad natal y ésa fue la solución, mi marido preparó una permuta de trabajo, se resolvió positivamente, pudimos venir a vivir aquí a la ciudad, y ya de aquí no nos hemos movido. Hemos luchado juntos y espero que juntos sigamos. Del vaquero ya no supe casi nada, sólo que se casó con una muchacha de Torreón, y que como no pudieron tener hijos adoptaron a una niña, también me enteré de que vivían en Tamaulipas, que sus papás murieron y hasta ahí supe de él.

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A mi alma se le quitó el frío, se llenó de calor que solo el amor verdadero provee, así criamos a nuestros dos hijos. Con el tiempo, mi esposo siempre esperó que le otorgaran una casa en la colonia de la empresa, en un municipio cercano, y por fin le llegó la asignación y junto con ella llegaron noticias del cielo, pues después de 11 años, resulta que me volví a embarazar. Llegó un niño, fue muy reconfortante, aunque también muy difícil pues mis hijos mayores, por decisión nuestra, se quedaron en sus colegios de aquí de Monterrey, así que el ir y venir diario con un bebecito no era una tarea nada fácil, pero lo sobrellevaba con todo el apoyo y amor de mi esposo. Hoy mi niño chiquito ya es casi adolescente, y aquí y ahora me siento plena y enamorada, con una bonita familia, unos hijos a los que hemos llenado de amor y respeto, con una gran fe en Dios y en la vida y agradeciendo siempre todo aquello que la vida me ha brindado, con la convicción y la decisión de ser feliz, pero ante todo con el amor de mi esposo, que agradezco profundamente. Sólo me queda dar gracias al Instituto Estatal de las Mujeres en la persona de la licenciada María Elena Chapa; a la licenciada Lety; a nuestra facilitadora la licenciada Patricia Basave, por su guía, su tiempo y su amistad; a mis compañeras tejedoras por su paciencia y tolerancia y sobre todo, gracias a Dios y a la vida. “Gracias a la vida que me ha dado tanto, me dio dos luceros que cuando los abro, perfecto distingo lo negro del blanco, y en el alto cielo, su fondo estrellado y en las multitudes al hombre que yo amo...”

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La vida misma
por Flor de loto

Voy a contar mi historia desde que tengo uso de razón, tal vez no recuerde cuando era bebé porque no alcanzaría a descifrar o a explicar todo lo que pasaba en mi vida. Esta abarca para todos nacer, crecer y morir, aunque la verdad no quisiera mencionar esa última palabra, pues aún no está en mis planes o en mis pensamientos, aunque claro, eso será cuando Dios diga y mande. Siempre he pensado que me tengo que morir algún día, pero le pido que me dé permiso un ratito más para que mi hija menor esté más grande o casada, ahora apenas tiene 13 años. Mis otros hijos ya tienen a alguien que vea y se preocupe por ellos: mi hijo Ricardo tiene a su esposa y a sus hijos; y mi hija Minerva del Carmen tiene a su esposo y a su hijo. Bueno, pero voy a contar mi vida desde que tengo uso de razón: A los cuatro años recuerdo que vivíamos por la colonia Pío X, iba con mi mamá a dejar lonche a mi hermanos y me acuerdo perfectamente, cuando uno de ellos se machucó el dedo por sacar la mano para que mi mamá le diera el lonche; me dolió tanto como si me hubiera pasado a mí, porque yo sufría cada vez que les pasaba algo. De niña siempre me preguntaba por qué mi papá no estaba con nosotros, y la razón era porque siempre estaba trabajando para mantenernos a todos sus hijos. Cuando llegaba a estar con nosotros, él siempre me ponía a ver la televisión en sus rodillas, me abrazaba y decía: “Hija, estás muy bonita, tus ojos son grandes y café oscuro. Tu cabello es negro y rizado y se te hacen bien bonitos churritos. Eres una niña hermosa, muy alegre y bromista, y creo que te va a gustar mucho bailar, ¡ojalá nunca cambies en tu carácter de buena gente, sencilla y carismática!”. Siempre me daba consejos mi papá, me decía que debía darme a respetar porque así me ganaría el respeto de la gente; también que no debía permitir que nadie me humillara o me hiciera daño y que jamás permitiera que nadie me faltara al respeto, fuera hombre o mujer. Yo no alcanzaba a comprender
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por qué me decía todo eso, era muy inocente entonces y no veía todo lo que después se vendría, no veía todo lo que me deparaba el destino. Recuerdo que mi mamá me advirtió que perdería un año de primaria porque nos cambiaría de escuela. Lo único que hice fue soltar el llanto, no paraba de llorar porque yo ya quería ir a la escuela, así que empecé a sentir miedo, había vacío en mi corazón, soledad, temor, tristeza. Por un momento pensé que no me quería meter a la escuela, pero yo nunca reclamaba ni preguntaba nada. Un día, mi papá dijo que nos cambiaríamos de casa para que estuviéramos cerca de su trabajo y así fue. Me inscribió en la escuela “Joel Rocha”, que estaba ubicada en un sitio que antes era un panteón. La primera vez que fui ahí me dio miedo porque era muy grande: tenía un corredor muy largo, con 15 baños, las puertas eran de madera y no sabías si había alguien en el baño o no, para mí parecía como un laberinto sin salida toda la escuela pues había muchas puertas, tantas, que no encontraba la salida. Cuando terminé el tercer año de primaria, nos cambiamos a la colonia Valle Verde y ahí me inscribieron en la escuela “Juan Garza Fernández”, donde terminé la primaria con muy buenas calificaciones, aunque yo todavía me sentía sola y triste y no sabía porqué. Cada vez que me dormía soñaba que íbamos a pasear y de pronto, me soltaba de la mano de mi papá, él se iba y me dejaba sola, yo lloraba mucho y me preguntaba qué iba a hacer, porque estaba segura en el sueño que él ya no me quería porque se iba y me dejaba, eso significaba que nunca me quiso, porque me dejó; el sueño era muy real y muy repetitivo, volvía a soñarlo una y otra vez. Cada vez que salía a trabajar, su trabajo estaba a tres cuadras de distancia de la casa, yo sentía que se iba para siempre, que me dejaba sola y que nunca regresaría. Yo veía que mi papá y mi mamá discutían constantemente, nada más me asustaba y me quedaba callada; y llegó un momento en que mi papá me preguntaba con quién quería irme, si con mamá o con él; yo le decía que por qué preguntaba eso, pues yo quería estar con los dos; eso me preguntaba a solas sin que mamá escuchara y luego, cuando él no estaba en casa, mi mamá me cuestionaba que

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a cuál de ellos quería más, pero yo siempre les dije que los amaba a los dos porque formábamos una familia unida, aunque los viera discutir. Sin embargo, sucedió un día que mi papá se fue, se separaron y entonces mi sueño se volvió realidad; yo veía que mamá lloraba mucho por mi papá, si cuando se casaron se querían mucho, entonces, ¿qué pasó? —pensaba— y el amor, ¿dónde quedó? La boda de mi mamá fue en La Purísima. Yo alcanzaba a escuchar que mi mamá peleaba por dinero, porque de soltera era muy rica. Mi abuelo tenía muchos negocios y a mamá le había dado lo mejor. Me daba cuenta de que con frecuencia ella andaba muy alterada, pues siempre me regañaba por cualquier motivo, aunque le ayudara en todo. Así pasaban los días y se acercaba la Navidad... Santa nunca me traía nada, ni juguetes ni muñecas, siempre le pedía muñecas que hablaran y caminaran, en ese entonces eran las muñecas Lilí Ledy pero ni de esa marca ni de ninguna otra recibía, yo me conformaba con algún otro juguete, pero ni eso. Lo que sí recuerdo es que mi mamá nos tomaba fotos a mi prima, a mi hermano y a mí abrazando a una muñeca, pero la realidad es que mi prima me prestaba la muñeca para que mi mamá me retratara con ella. Siempre me pregunté por qué Santa nunca me traía una muñeca si siempre me porté bien con mi mamá y con mis hermanos; a ella le decía: “Nunca me he portado mal contigo, mami, no soy grosera, no te falto al respeto”, y siempre me regañaba, me insultaba, me humillaba y yo le preguntaba por qué era así, pues parecía que no me quería. Ella me contestaba: “Porque te pareces toda a tu pinche padre” y también me decía que quería a su otra hija, que ojalá me muriera porque quería más a mi hermana. Yo no paraba de llorar, no comprendía en ese instante por qué odiaba a mi papá, me decía que porque la había dejado, y a mí nunca me había querido y ojalá me muriera. En ese instante yo le decía: “Mami, sí te quiero mucho, aunque tú no me quieras, me tuviste en tu vientre y soy tu hija”. Pero pasaba el tiempo y más me maltrataba. Me dolía tanto que parecía que traía un cuchillo atravesado en el corazón; cuando me decía alguna palabra

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hiriente, sentía que se me encajaba más ese cuchillo y la herida sangraba más y más. Con el tiempo ese cuchillo se convirtió en machete que se enterraba más profundo. Yo no alcanzaba a comprender la causa tanto odio hacia mi persona, aun así no le tenía coraje ni resentimiento; yo me preguntaba si así eran todos los adultos, siempre peleando y discutiendo. Cuando me tocaba verlos discutir siempre les decía que los quería a los dos, pero mi mamá es primero y luego mi papá y siempre, cuando hablaba para meter paz, mi mamá me obligaba a callarme, insultándome e insultando a mi padre. Me daba cuenta de que estaba sola aunque estuviera mi madre presente, pero notaba que ella sí cuidaba a mis hermanos, a mí me daba mucha tristeza y, cuando podía, me encerraba a llorar en un cuarto, sola. Cuando llegaba mi mamá de trabajar siempre me regañaba porque quería que cuidara a mis hermanos, que hiciera el quehacer, que lavara la ropa, y además tenía que ir a la escuela y hacer mi tarea. Si acaso no tenía todo listo cuando ella llegaba o me faltaba hacer algo, me regañaba e insultaba y hasta golpes recibía. Una ocasión me metí a bañar y andaba muy enojada, pensé: “Ya no me va a decir nada”, pero me preguntó por algo y le dije que no lo había visto, y se me fue encima con el cinto en la mano y me golpeó en todo el cuerpo, yo me tapaba la cara pero me dejaba el cuerpo marcado y nunca se cansaba de golpearme, lo hacía con coraje, para desquitarse conmigo y me daba miedo porque traía mucha rabia y llegué a pensar que quería acabar conmigo; le suplicaba, le gritaba: “¡Ya no!”, hasta que me caía al suelo desmayada y en una de ésas logré levantarme como pude. Yo nada más le pedía a Dios que no me fuera a morir porque mis hermanos se iban a quedar solos sin que nadie se preocupara por ellos y los protegiera de mi mamá. Recuerdo que, entre otras cosas que me decía era: “Ojalá te murieras, perra desgraciada, tú vas a pagar por lo que me hizo tu papá”. Yo me quedaba callada porque ella nunca paraba de hablar, en esos momentos yo me preguntaba ¿por qué se tuvo que ir mi papá?, ¿por qué se separaron?, ¿por qué tengo que pagar yo por sus actos? Yo la llevaba en todo la mayor parte de las veces y mis hermanitos también a veces, así que hacía lo posible por no llorar delante de ellos, lo hacía a solas pensando que mi mamá nunca me querría.

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Y así fueron pasando los años: golpes, insultos, amenazas de una madre, si se le pudiera llamar madre a una mujer que trata así a sus hijos como ella lo hacía; había momentos en que quería decirle tantas cosas, que comprendiera que tenía hijos muy buenos, todos, que estudiaban, trabajaban y le ayudaban en todo lo posible, pero nunca lo dije, porque se me hacía un nudo en la garganta. ¿Por qué tiene una que pagar por problemas de los mayores? Así fueron pasando los años y cumplí mis 15 años, me acuerdo que mi hermano me arregló todo para mi fiesta y sí tengo muy presente que él le dijo a mi mamá: “Quiero que mi papá entregue a mi hermana en la iglesia” y sentí un miedo horrible cuando le habló de mi papá, porque ella reaccionaba muy mal y se alteraba con mucha facilidad, yo empezaba a temblar de miedo porque temía que me golpeara otra vez como era su costumbre porque en mí veía a mi papá y le recordaba lo que le había hecho. Alcancé a oír que dijo que sí, pero con condiciones; la verdad nunca pensé que fuera a ceder por su egoísmo, su duro corazón, con su altanería, su despotismo y falta de sentimientos y su corazón hueco. Nunca pensé que dijera que sí. Se llegó el gran día de mi fiesta, mi papá me llevó a la iglesia y ahí le pedí a Dios que mi papá nunca se fuera, para que mi mamá ya no me pegara más, pero no se me concedió, tal vez porque no se lo pedí con el corazón. Después nos fuimos al salón de fiestas y no vi a mi papá, ¡otra vez me había dejado!, pensé, pero al menos fui feliz con mi papá por un momento, porque él sí me quería y vino aunque fuera por un rato, él sí quería estar conmigo y me lo demostró porque no puso ningún pretexto ni condiciones: “Te amo, papi, gracias por estar un momento conmigo, me hiciste la hija más feliz del mundo”. Por un momento me olvidé de los problemas y disfruté de mi fiesta, fue algo inolvidable: bailé primero con mi hermano, después con mi chambelán, después bailé con muchos amigos, conocidos y amigos de mis hermanos: Heriberto y Juan. Pero pasaron los días, se agrandaron los problemas y se hicieron más graves: me empezaba a regañar por todo, yo no sabía por qué lo hacía si yo le pedía permiso para ir a los bailes, que en ese entonces los hacían en las canchas del Deportivo de Valle Verde; eran bailes “gruperos” y allí conocí a un

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representante de la música grupera, me hice muy amiga de él y me dio una de sus tarjetas para que entrara a todos los bailes gratis. Un día mi mamá me acompañó, le presenté a mi amigo y después me arrepentí de habérselo presentado porque no me dejaba ir sola, ella me llevaba a los bailes. Yo deseaba ir también a las discotecas pero decía que esos bailes eran de puros mariguanos y drogadictos. Un día le pedí permiso para ir con mis hermanos a un baile, yo todavía no estaba lista, se fueron ellos primero y luego me fui yo y allá nos vimos. Yo no le había dicho a mi mamá que iríamos a La Cueva, en el Club de Leones de San Nicolás y ahí concursamos mi hermano y yo, y ganamos; después del concurso seguimos baile y baile pero se me perdieron mis hermanos, cuando acordé ya era muy tarde y yo temblaba: “¿Ahora qué voy hacer?, mis hermanos ya se fueron”. Ni modo, me voy sola a la casa. Por supuesto que al llegar me estaba esperando mi mamá afuera, me regañó, me golpeó, me dijo puras maldiciones, me rompió la falda, la blusa y todavía me dijo: “Una señorita no viene tan tarde a su casa, nada más las prostitutas andan en la calle tan noche y para que se te quite, te vas a acostar con los perros al patio, toda desnuda y con tanto frío”. Así amaneció y ella me habló nada más para que le sirviera, como si fuera su sirvienta y como si no hubiera pasado nada. Otro día mi mamá me llevó a un lugar y allí conocí a mi futuro esposo, yo estudiaba computación y él me citó en su casa, pero primero en el mismo lugar nos vimos, yo nunca había tenido novio, aunque sí tenía muchos pretendientes. En fin, nos seguimos viendo hasta que un día me dijo: “¡Vamos a casarnos!” y yo le dije que sí, pero casarnos bien, porque sabía cómo era mi mamá, así que tomé esa decisión para poder salirme de la casa y que ya no me estuviera maltratando, pero creo que tomé la decisión más equivocada, la peor de toda mi vida. Total, me casé bien, no tuve familia luego luego, sino tres años después “encargué” a mi primer hijo de nombre Ricardo; después, a los cinco años llegó Minerva del Carmen y por último nació Kassandra Yumico.

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Mi esposo empezó a cambiar pronto, me dijo que no le hablara a ningún hombre de tú, ni a sus hermanos, porque ya me estaban proponiendo algo; era muy exigente con todo y en todo, pero yo nunca me imaginé que él fuera a reaccionar tan impulsivo, tan prepotente, tan manipulador. Tan impulsivo porque llegaba de trabajar de noche y me levantaba de los cabellos para que le diera de cenar, yo con tanto sueño y así tenía que trabajar. Al menos, tenía dinero por mí y por mi suegra que es una bellísima persona; pero pasaron los días y mi hijo oía los pleitos de nosotros, a mí me daba mucha tristeza por mi hijo, porque estaba en mi misma situación, como yo con mi mamá. No alcanzaba a comprender por qué había tomado la decisión de casarme con él, otro monstruo igual a mi mamá, que al otro día no se acordaba de nada de lo que decía y andaba como si nada, pero ¡qué tonta! siempre creí que algún día iba a cambiar aunque me seguía golpeando. Trabajé en un periódico como secretaria de Avisos de Ocasión y luego como correctora y entré después como demostradora para poder estar con mis hijos. Un día mi esposo llegó todo ebrio, casi cayéndose y me golpeó porque no quise tener relaciones sexuales, en ese momento empecé a tener pánico porque me violaba de forma anal y me acuerdo que sangré mucho. Desde esa vez fue un martirio mi vida, había cavado mi propia tumba con él; iba toda golpeada a los trabajos, hasta me ponía lentes para disfrazar los golpes. Llegó un momento en que me embaracé de mi hija y en ese estado me golpeó y me hizo una herida en la pierna y yo lo que hacía nada más era llorar. Él repetía que lo disculpara por lo que me hizo y yo volvía a creer en sus palabras, como siempre: volvía a caer en su juego y le pedía dinero pues dejé de trabajar para cuidar a mis hijos, vendía productos, me puse a estudiar cursos de belleza, de dibujo, de secretaria para no perder la práctica, iba a las clases de aeróbicos, a las clases de Biblia; cuando no tenía ni un cinco, me iba a vender al mercado mis cosas que ya no utilizaba y productos de belleza. También estudié mi secundaria, la prepa, aunque él no quería que hiciera nada, me rompía todo lo que llevaba a la casa.

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Siempre le dije: “Respétame como tu esposa que soy, es lo único que te pido”, y así le aguanté todo por temor a que les hiciera algo a mis hijos, porque un día me dijo: “Si no te acuestas conmigo, los golpeo a ellos”, y seguía haciendo y deshaciendo conmigo, todo lo que se puede esperar de un hombre sin escrúpulos, sin sentimientos, sin amor a él mismo, no sé cómo se le puede llamar “hombre” o “padre”. Sin embargo, llegó el momento que me armé de valor para denunciarlo, porque ya no podía soportar todo lo que me hacía, no podía permitir que me violara delante de mis hijos y me siguiera golpeando y que me dijera que no valía nada como mujer porque no me quería acostar con él, ¿dónde estaba mi dignidad de mujer?, ¿dónde el respeto hacia mis hijos? Así que lo denuncié en muchas partes, obteniendo dictámenes médicos en varias instituciones, pero en varias partes le creyeron a él y no a mí. Yo no comprendía qué pasaba y así él me seguía golpeando, violando, abusando de mí y sin darme ni un cinco. ¿Qué me sucedía?, no lograba comprender por qué me había casado con una persona demente que me golpeaba así. Por fin un día logré que una licenciada lo sacara de la casa, pero él se llevó a mi hijo nada más para que perdiera la beca que le había conseguido yo en Ciencias Políticas, y se lo llevaba a tomar, pues nunca quiso que mi hijo estudiara. Eso, ¿se puede llamar padre?, yo sufría mucho por mi hijo; pasó el tiempo y la licenciada le creyó a él y no a mí, porque él le aseguró que me iba a dar dinero para la casa, para mis hijos. Un día me fui al mercado a vender mis cosas y a mi regreso, él ya estaba de regreso en la casa y me dijo que por haberlo sacado de ahí no me iba a dar dinero, ni un peso. Después conocí a un senador y me invitó para ayudarle en un partido como representante y me sentí muy importante. Un día fue a buscarme el senador a mi casa y resulta que mi esposo estaba, como siempre, echándome a perder todo lo mío, mis cosas de trabajo. Después me citó la licenciada, hablé con ella, le dije que él no me daba el dinero como había quedado; que él me había seguido golpeando, que traía mucho coraje conmigo y que temía que me haría algo más; después platiqué con mi hermano y me dijo: “¿Hasta cuándo vas a reaccionar?, ¿hasta que te mate?, ¿qué estás esperando, que te mande al

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panteón?”. Un día mi esposo salió a hablar por teléfono, mi hijo se fue detrás de él y lo escuchó hablando por teléfono con una mujer, mi hijo le reclamó que por qué a mí no me daba dinero y a la otra persona sí; pero lo agredió y regresó llorando, pues me lo andaba ahorcando. Lo primero que hice fue llevarlo a la policía a denunciarlo, pero no me tomaron la denuncia ahí, al regresar ya no estaba en la casa pues huyó como un cobarde. Enseguida fui con la licenciada y le volví a decir lo que había pasado; él se escondió por un tiempo, pero volvió poco después y me golpeó, me abrió la cabeza, me aventó vidrios, palos, zapatos, caí desmayada en el piso, y tirada me pateó en la cabeza y en el cuello y no sé cuántos golpes más. Dios me hizo que despertara y cuando reaccioné, no sé cómo me pude parar porque mis hijos no me pudieron defender; en ese momento no sabía qué hacer cuando él les decía a mis hijos: “Se está haciendo pendeja, la arrabalera. No le pasó nada”. Cuando me pude levantar me dolía la cabeza y traía mucha sangre, pero lo bueno era que siempre tenía esa fuerza, esa fe, así que fui a la policía, me aseguraron que ya traían al agresor y me regresé a la casa, pero resulta que se habían llevado a mi hijo detenido, por lo que volví a la policía para decir que mi hijo no me había hecho eso. Él llorando me decía:“Mami, sácame de aquí”, pero yo no traía dinero para sacarlo. Me dijo el juez “Pague la multa y se lo puede llevar” pero yo le respondí que porqué lo detenían si él no era el agresor. Después me mandaron a la zona norte, fui allí y me explicaron que no me podían atender porque no me correspondía; después fui a la Cruz Verde y me dijeron que ya había pasado mucho tiempo para el dictamen médico. Fui al penal y me dijo un licenciado de donde trabajaba que él me iba a ayudar, pero no fue así. A mí me gusta mucho bailar, un día escuché del concurso “Bailando por un sueño” y fui porque yo quería divorciarme y ése era mi sueño y luego me inscribí en “Transfórmate” y fue lo mismo, les expliqué que quería seguir cambiando y necesitaba transformarme por dentro y por fuera, ése era mi verdadero sueño, en mi vida quería ser feliz y quedar libre de ese hombre, esa

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bestia humana que me seguía haciendo mucho daño; luego fui a inscribirme a “Transfórmate” para cambiar en todo, quería ser otra persona para que no me reconociera y no me golpeara. Me preguntó en la entrevista un cirujano plástico para qué me quería operar, y le dije que para verme bien y para divorciarme de esa persona pues yo tenía mi autoestima por los suelos. Un día fui a tomar las conferencias al Instituto Estatal de las Mujeres, también fui a tomar clases de Biblia en la iglesia y ya no estaba en la casa, estaba con mi mamá, me sentía bien conmigo misma y así logré salir adelante trabajando, ganando buen dinero. No obstante, un día regresé a la casa porque me sentía muy triste, muy sola, la soledad es la muerte del alma, y yo quería estar con mi chiquita, pues me sentía sola, vacía. Por desgracia, no sé desde qué momento estaba ya pasando otra vez por lo mismo: golpes, traiciones, abusos; aunque entonces yo ya no le tenía miedo a él, me enfrentaba para verlo a los ojos y le dije: “Regresé por mi hija y no por ti, porque sentía que se me quedaba una parte de mi vida”, pero él me contestó: “Si regresaste aquí, tienes que pagar todo” y mi esperanza era poder estar con mis hijos. Un día paré para pensar y reflexionar y me dije: “Detente un poco en el camino a reflexionar, piensa en lo que ha sido tu vida, debes seguir luchando por tu libertad, por tu dignidad, el hambre te tumba y el orgullo te levanta”; gracias a Dios no tengo que pedirle dinero a un hombre ni a nadie ni al que, entre comillas, es mi esposo porque yo lo he ganado honradamente. Él es de los hombres que cree que una, como mujer, no puede sola; que tiene que depender siempre de un marido. Aún no acabo de resolver mi situación, pero espero que mi historia las haya hecho reflexionar para que nunca permitan que un hombre las pisotee y las golpee, como yo lo permití. Hasta un día llegó en que me quise matar, pero Dios es muy grande, la oración es para sanar el alma. No vale la pena un hombre que te golpea, que te humilla, que te menosprecia. Espero que me hagan caso y crean en mí, porque como le respondí a un abogado que alegaba una vez que yo no tenía las pruebas contundentes en contra de mi esposo: “Las pruebas las tengo en mí y el día que me divorcie voy

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a ser la mujer más feliz del mundo”. De pronto me siento como una paloma a la que le cortaron las alas para impedirle volar y ser libre, pues él me sigue tratando muy mal. Pero sé que algún día mis hijos y yo vamos a volver a estar juntos, que finalmente me voy a divorciar y voy a comprar una casa grande para estar unidos todos, con mis nietos; que mis hijos van a poder estudiar, van a hacer una carrera, y que yo estudiaré psicología, filosofía, letras y leyes, pues me gusta mucho estudiar. Todo esto lo lograré si Dios me da vida y salud. A Él le agradezco mucho por todo lo bueno y también por lo malo, porque de lo malo aprende una y madura, y lo bueno es para ser feliz, por eso ahorita estoy estudiando en el Instituto Estatal de las Mujeres. Le doy las gracias a su Presidenta, la licenciada María Elena Chapa, pero muy en especial a la licenciada Leticia Hernández, porque ella fue la que me invitó y me impulsó desde un principio a las conferencias del Instituto de las Mujeres. Por último le doy las gracias a la doctora Patricia Basave, y también a Dios por ponerme a las personas adecuadas en mi camino, a todas ellas. Doy gracias por tener a mis compañeras y amigas tejedoras, que Dios las bendiga a cada una de ellas y a mí.

“Mujer tejedora de la vida, mujer que tejes con tus principios, con tus valores, con tus enseñanzas morales y con tus vivencias, busca en tu corazón para que vayas resolviendo los problemas de tu vida; escucha a tu corazón, y así siempre encontrarás una respuesta a todo, porque eres una tejedora de la vida”.

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Mi historia
por Águila

Había una vez una doncella que entregó a un príncipe su corazón; él era encantador y la doncella no captó que no sólo su corazón le entregaba, sino las riendas de su vida también. Llegaron al matrimonio en una ceremonia especial, acompañados de sus seres amados y amigos queridos, todo con gran armonía y felicidad, como en su sueño. Al terminar la gran fiesta, el príncipe encantador fue perdiendo el encanto por sus malos tratos hacia la doncella, y así pasaron muchos años; tuvieron tres hijos y cuando el mayorcito de ellos entró en la adolescencia, la doncella con tristeza vio que no sólo ella sentía la infelicidad junto al príncipe, sino también sus vástagos estaban llenos de temor e inseguridad por los malos tratos que recibían. Un día, sin saber exactamente cuándo, la doncella decidió terminar con aquella infelicidad; entró en una lucha tremenda pero con la firme decisión de tomar las riendas de su vida y enseñar a sus hijos a ser libres. Sabía que con la ayuda y la fe en Dios se podrían alcanzar los sueños más maravillosos y con ello, vivir en armonía y amor. Y así, con madurez y responsabilidad volvió la armonía al hogar y aprendieron que no importan los problemas, pues sabe que enfrentándolos siempre hay una luz para resolverlos.

Me es tan difícil algo de lo que tengo que decir, porque sé que no soy la única que ha vivido una situación así, creyendo que es normal lo anormal: entre, gritos, insultos, mentiras, mentadas de madre y miedo, mucho miedo. Me encantaría compartir con más personas mi experiencia y ojalá a alguna le sirva para tomar la decisión de caminar en busca de un mejor estilo de vida y no seguir ahí, llena de vergüenza, de frustración y enojo; enojo con una misma, por no tener el valor para romper con esa mierda de vida, que en
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esos momentos no sabe una exactamente qué es, pero que no me agrada vivir porque va consumiendo mis fuerzas y desgastando mis ánimos, mis ilusiones, mi alegría y hasta las ganas de tener un nuevo día. Y pensar que yo fui quien lo escogió, ¡guau!, eso sí que fue un descubrimiento; ¡¿cómo pude ser tan bruta para meterme allí?! (no me digo otra palabra más fuerte, porque he aprendido a quererme y respetarme). Ha sido un largo camino el que he vivido para reconocer esto, y más, darme cuenta de lo que les estaba enseñando a mis hijos: por lo general, cuando alguno no tiene un comportamiento adecuado, decimos que está chiflado; que si habla mal, está chípil; que si llora de la nada, es un chillón; que si no estudia, es un burro bueno para nada; que si se droga es un vago vicioso, o si tiene una pareja que le maltrata, “ni modo, así lo quiso, que lo aguante”... Desgraciadamente no vemos el sinnúmero de consecuencias que puede tener vivir en una relación de maltrato, cómo daña a los hijos/as y que ellos, de alguna forma y muchas veces no de la mejor manera, nos hacen sentir su inconformidad con lo que está pasando en casa. Por desgracia, no tenemos la capacidad para estar alerta a estos avisos, o bien, preferimos aparentar que no pasa nada por estar muy ocupadas y preocupadas, por ver la forma de agradar a la pareja, haciendo todo lo que él quiere para que no se enoje y así evitar las peleas (cada vez más frecuentes), sin lograr nuestro cometido, sólo justificando su comportamiento para aparentar que todo está bien y dejando de lado nuestras necesidades. Empezaré a contar mi historia desde que me casé, ya que he aprendido que es importantísimo tener la madurez necesaria para tomar semejante decisión y creo que muy pocas personas la tenemos al casarnos, sobre todo cuando tratamos de huir de alguna situación.Tal vez para mí sea tarde, pero no para las futuras esposas. Cuando tenía 19 años era tímida con los hombres, de hecho, nunca había tenido novio. En casa, mi papá estaba muy enfermo de cáncer en el pulmón; tal vez

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por no querer enfrentar su enfermedad y el dolor que me causaba, me alejé de él. En ese tiempo, un día por la tarde cuando iba al parque a caminar, me abordó un muchacho del barrio invitándome a ir a comer, no le di importancia, me negué y seguí mi camino. En junio del 85 festejé mi cumpleaños 20 en casa de una prima y allí se me apersonó, al parecer se encontró a mi hermano y le preguntó a dónde iba y éste le contestó que a mi fiesta ¡y pa’ pronto que se apunta! Ya estando en la fiesta me invitó nuevamente a comer y acepté, después de eso salimos varias veces y cuando me pidió que fuera su novia, ya no quise volver a salir con él. Me empezó a mandar ramos de flores grandes y bonitos al trabajo. Mis compañeras se alborotaban, la verdad yo no me entusiasmaba mucho, pero me decían que era muy buen partido y me hacían comentarios como: “Hay que querer a quien te quiera porque, a lo mejor, a quien tú quieres, no te quiere”. Así que decidí intentarlo y me hice su novia. La enfermedad de mi papá avanzaba más y yo casi no estaba en casa: en el día, el trabajo y en la noche a echar novio, por lo que no lo acompañé en sus últimos días, hasta me llegó a reclamar que quería más a mi novio que a él; hoy me arrepiento y siento que no quería enfrentar su enfermedad por el dolor que me causaba ya su inminente partida, porque realmente lo amaba, era alguien muy grande para mí y hasta la fecha lo sigue siendo, lo sigo amando y admirando. Falleció en enero del 86. Después de la muerte de mi padre me sentía acosada por mi madre, una persona de carácter fuerte y autoritario; eso me ahogaba y más me apegaba a mi novio por hacer cosas sin límites y sin reglas, las cuales para mí estaban muy marcadas en casa; más que reglas, eran imposiciones. De mi novio me impresionaba su forma de manejarse, decía que no pasaba nada y se salía siempre con la suya. Aparentaba autoridad, desafío y autonomía, pero hoy sé que nada de eso existía, sino todo lo contrario: era por su inseguridad e inmadurez que se convirtió en una persona celosa y violenta. Se trataba de una autoridad que fabricaba haciendo sentir miedo; una seguridad que no era tal, porque le valía lo que pudiera pasar, pues no se hacía responsable de sus

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actos, y una autonomía falsa, porque no le importaba lo que dijera la gente, no escuchaba razones. Cuando papá falleció me sentí presionada por el control de mi mamá y en ese momento me propusieron matrimonio, entonces dije: “Patas pa’ qué son”, acepté y me casé en octubre del 86, no con completo convencimiento, pero sí con la ilusión de que mi vida sería mejor, siendo “la señora de la casa”... ¡Ajá! Desde entonces empezaron los detalles que jamás vi como señales de alarma. Cuando me pidieron en matrimonio, el papá de mi novio no fue a hacer su papel. ¿Por qué?, porque no le dio la gana. Hoy lo sé porque después me tocaron otros eventos con mis cuñados y yo fui en su lugar. Ese día me pidió mi suegra y dijo que era muy buen hijo, muy responsable y respetuoso, después comprobé que no era cierto. Son pocas las personas a las que he oído hablarle de una forma tan grosera a sus madres, sobre todo siendo adultos. En los preparativos de mi boda fui egoísta y no tomé en cuenta a mi familia. Tuvimos una boda muy bonita, pero cuando terminó, pensé que nos iríamos juntos a nuestra casa, y no: me mandó a casa de mi familia, él se fue con la suya y nos vimos por la mañana. Él tenía un negocio, un taller que me decía había levantado solo y que gracias a su esfuerzo y trabajo iba creciendo, pero su mamá decía que por ellos tenía lo que tenía, su papá le prestó el dinero del finiquito en su último trabajo y por eso mi esposo tenía la obligación de ayudarles a ellos y a sus hermanos. Yo en ese entonces tenía un buen trabajo con el cual me había comprado un carro, no nuevo pero sí de reciente modelo, me vestía lo mejorcito que podía y pues ahí iba, pero para la familia de mi esposo no era posible que tuviera las cosas por mí misma; pensaban que lo que yo lograba, él me lo daba y esto era quitándoles lo que a ellos les tocaba. Una vez, recién casados, mi suegra nos visitó y me reclamó ¿por qué tenía yo cocineta y no cocinaba en leña?, o en otra ocasión mi suegro llamó por teléfono, ya estando nosotros dormidos, y le reclamó que mientras me daba dinero a mí, su mamá andaba sin calzones,

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pero que Dios lo iba a castigar y que el bebé que esperábamos iba a nacer loco. Nació mi niña, gracias a Dios sana, y hasta la fecha es una persona de 20 años maravillosa, al igual que mis otros dos hijos. Desde el inicio del matrimonio hubo situaciones de maltrato, que si no le gustaba la comida porque siempre sabía a jabón y me aventaba el plato. Lo raro era que cuando teníamos visita se acababan todo lo que preparaba y nadie se quejaba, al contrario, recibía buenos comentarios. Que yo no podía llegar tarde porque tenía que estar en la casa para cuando él llegara; solo él tenía derecho a reclamar cosas y si yo le reclamaba, justificaba sus llegadas tarde por exceso de trabajo. Yo trabajaba en una institución bancaria y tenía muy buenas prestaciones, entre ellas el servicio médico privado, así que cuando me alivié de mis hijos fue en hospital particular. Cuando nace mi segundo hijo, él me empieza a presionar porque ya no quiere que deje a mis hijos encargados para que los cuidaran en casa de mi hermana, porque estaba muy lejos y no quería que anduviéramos a vuelta y vuelta. Siento que fue aquí donde empezó la crisis de mi matrimonio. Empecé a sentir que las cosas no andaban bien, comencé a descuidar mi trabajo, después de ser una persona responsable yo hacía lo contrario, llegaba tarde o faltaba, mi jefe me decía que parecía otra persona, que en cinco años que llevaba trabajando no me había comportado así, mejor renuncié. Al estar de tiempo completo en mi casa, yo creo que él se sentía seguro. Yo empecé a sospechar de infidelidades y a reclamarle sus llegadas tarde, pero para él siempre fui una loca y sus llegadas tarde eran por exceso de trabajo, decía que yo lo tenía harto y hasta se cuestionaba cómo pudo casarse conmigo, si con lo que me daba podía mantener a otras tres o cuatro mujeres mejores que yo, según él, pero nunca hizo por irse de la casa. Pongo mi primera demanda de separación, la cual sólo duró un día. Lo sacaron de la casa y al no permitirle la entrada, rompió los vidrios de la puerta de la casa y ponchó las llantas del carro que en ese entonces yo tenía; al día

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siguiente hablamos y por supuesto que me convenció y cedí. Justifiqué la agresión tan fuerte de romper los vidrios de la puerta y ponchar las llantas del carro, pensé que era una época de crisis; hoy sé muy bien que tuve depresiones muy fuertes y no pude darle la protección necesaria a mi bebé, que después, en su adolescencia, cayó en las drogas. No niego que hubo momentos agradables, pero al poner las cosas en la balanza pesan mucho más los daños causados. Hubo ocasiones en que quería hablar al respecto mas como fui siempre una ignorante que no decía más que puras estupideces, según él, no podíamos entablar alguna conversación sobre los problemas, porque para mi marido todo estaba bien y yo era la exagerada. Trabajé mucho con él en los negocios, pero cuando yo tomaba alguna decisión no le parecía y me corría delante de clientes o de quien estuviera, ya que la decisión era siempre suya, sin importar que estuviera bien o mal, pues sólo él tenía el poder para ello. No obstante, cuando había algún problema me pedía que regresara porque realmente valoraba mi ayuda, entonces, como yo me sentía importante al ser tomada en cuenta, regresaba. Los años pasaban, los hijos crecían y lo que también crecía era el miedo y la vergüenza, pero esto en su momento no lo tenía yo consciente. En un tiempo tuvimos serios problemas económicos por sus malos manejos, pusimos un puesto de tacos y como al año y medio tuve un accidente, me eché un sartén de aceite hirviendo en una pierna y no pude caminar por 15 días. Como siempre, recibí apoyo de otra gente menos de él, al grado que un día le pedí ayuda para ir al baño y me dijo que, si sabía que no podía caminar, para qué comía. Después de esto quité el puesto de tacos y él puso un bar; en su inauguración yo le preparé la comida que iba a dar y ese día por la tarde me habló una amiga del colegio invitándome a una reunión que cada mes hacían y que se acordaron de mí, por eso me llamaba y que me esperaban ese día en la noche. Como yo estaba enojada porque sabía que en la inauguración del bar iba a haber mujeres de entretenimiento, me fui a la reunión, estuve con mucho miedo, realmente ni la disfruté y regresé a casa como a las dos de la mañana,

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sintiendo como si hubiera hecho algo malo. Él llegó como a las seis y ni cuenta se dio a qué hora llegué yo. Siguió con el bar y continuaron sus llegadas tarde, al siguiente mes me llega nuevamente la invitación a la reunión de mis amigas del colegio y decidí ir, lo cual no le parece a mi esposo y me pide de cenar antes de irme. Ese día realmente disfruté la plática que por lo general es de los hijos y los colegios, nos quitamos los zapatos y todas estábamos muy relajadas, llegó el esposo de la anfitriona y yo me puse nerviosa, pensé que se molestaría porque estábamos allí, como me hubiera pasado a mí, pero todo lo contrario, nos preparó unas bebidas, estuvo un momento con nosotras y se fue a dormir diciéndonos que nos quedábamos en nuestra casa y que si alguien quería quedarse a dormir lo podía hacer. Me dio tanto gusto y envidia ver que hay hombres así, que respetan a sus esposas dándoles su espacio y respetando sus amistades, lo cual por supuesto no era mi caso; cuando yo tenía una visita, si mi esposo estaba de buen humor podía ser muy amable pero, si no, muy grosero, por lo que mi visita de inmediato se iba. Ya después que lo conocían, nomás lo veían llegar y se retiraban. Ese día de la fiesta, llegué a mi casa a las dos y media de la mañana y no pude abrir la puerta, tenía puesto el seguro, llamé por teléfono y no me contestaron, me tuve que quedar a dormir en el carro hasta las siete de la mañana, hora en que abrían el negocio que está en mi casa, para poder entrar y desde ese entonces, fui una “puta”. Hizo reunión familiar con mi mamá y mis hermanos para decirles que no había llegado en la noche a casa y que él sabía con quién la había yo pasado; luego fue a casa de mi amiga donde fue la reunión y le dijo que eran todas una bola de “güilas” y no sé cuántas cosas más. Obviamente no me volvieron a invitar a la reunión y se me acabaron las salidas; de hecho, ya tenía que pedir permiso cuando salía, aunque llevara a mis hijos. Recuerdo un cumpleaños de una sobrina cuando llegamos como a las diez y media de la noche y no nos dejó subir a la segunda planta donde están nuestras habitaciones; tuvimos que dormir en el piso en la planta baja mis hijos y yo,

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como una noche anterior él y yo habíamos discutido y llegado a los golpes, no quise tener más problemas y así dormimos. La tensión en casa era más fuerte cada vez, así que decidí hacer mi segunda separación, la cual sólo duró un mes; en esta ocasión no me retiró la ayuda económica pero yo bebía a diario, gracias a Dios no me convertí en una alcohólica, pues tenía mucho dolor. No quería esa situación pero era el papá de mis hijos y me sentía mal al pensar en quitárselos. Como al mes llegó a casa en la noche, con una botella de vino, hablamos y regresó prometiendo que las cosas estarían mejor. Pero realmente fue como una poda, porque las cosas siguieron peor. Como al año y medio me di cuenta de que él tenía una amante, me sentía muy mal y esto ya lo había sentido años atrás, pero no había tenido el valor de enfrentarlo, aunque ahora era distinto: ya mis hijos estaban grandecitos y mi hija, que es muy inteligente, también lo notó pues la mujer vivía a la vuelta de mi casa. Eso se me hizo mucho descaro y no lo aguanté, así que puse la tercera separación, la cual duró dos meses. En esta ocasión sí me quitó la ayuda económica, me tenía muy restringida y me quitó la camioneta que yo usaba, por eso le pedí que para poder regresar, acudiéramos a solicitar ayuda psicológica. Busqué una psicóloga, pero él sólo fue a una sesión ya que dijo que yo me había puesto de acuerdo con ella y que estaba en contra de él, de modo que decidió ya no ir; yo seguí yendo algunas sesiones más, hasta que me convenció de dejarla diciéndome que estaba muy lejos y que era muy caro. Entonces desistí, pero él ya estaba instalado nuevamente en la casa. Las cosas siguieron empeorando al grado de que a mi hijo el de en medio, que iba a entrar a la secundaria, se le hicieron una ruedas de calva en su cabecita, se le caía el cabello. Recuerdo que mi hijo me decía que le pusiera un parche para poder decir que se había caído o descalabrado. Lo llevé al médico y me dijeron que era por tensión nerviosa. Lo llevé con un psicólogo cerca de casa pero al poco tiempo mi esposo comenzó a decir que éste era mi amante y hasta llamó a la casa del psicólogo para decirle a su esposa que teníamos una

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relación. ¿Cómo consiguió su teléfono particular? no lo sé, pero debido a eso le retiré la atención a mi hijo. En otra ocasión, cuando salí del trabajo en el taller me llevé a mis hijos a cortarles el pelo y luego a comprar material para hacer la tarea escolar, cuando llegó mi esposo por la noche yo estaba sentada en el piso con mis hijos haciendo su trabajo de la escuela y no había cena, no tuve tiempo de prepararla, y empezó a gritar, se sirvió un cereal y cuando verificó que no había leche, se enojó aún más. Aventó la puerta del refrigerador diciendo que era una vieja huevona y que no servía para nada, que nunca había nada en la casa, le respondí que estaba ocupada y tenía que atender a los niños y que porqué, en vez de quedarse tomando, no regresaba temprano a la casa para ver qué hacía falta y comprarlo. Enfurecido, me lanzó el plato con cereal a la cabeza. Mi hija se enojó mucho, me cuestionó hasta cuándo aguantaría esa situación y entonces comprendí que todo eso no sólo me afectaba a mí sino también a mis hijos, y como Dios pone los medios, vi una nota en la televisión sobre maltrato familiar, de Alternativas Pacificas, anoté el teléfono y allí empezó mi búsqueda. Asistí a algunas sesiones y fue entonces que aprendí que lo que tenía en casa era violencia familiar; me ofrecieron ayuda legal y metí mi cuarta y última demanda de separación. Al poner la demanda y tener una audiencia con la juez Sarita, una de las pocas personas comprometidas con su puesto y muy al pendiente de sus colaboradores de trabajo, nos invitó que fuéramos al CIFAC (Centro de Atención Familiar) para que nos ayudaran, allí acudimos toda la familia pero mi esposo fue sólo a cinco sesiones y se sintió agredido, al punto de arremeter en contra de las psicólogas que nos atendían. Yo seguí yendo al grupo de mujeres maltratadas por un año, donde me encontré con otras mujeres de distintas edades que vivían situaciones similares a la mía. Aprendí mucho de ellas, sobre todo que siempre está una esperando que el esposo cambie, pero pueden pasar muchos años y es casi seguro que las cosas seguirán igual o peor. Comprendí que inconscientemente, esto se enseña y se

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hereda a los hijos y pueden llegar a tener relaciones donde los maltraten o a ser personas maltratadoras con sus parejas y hasta con sus padres o la gente que los rodea. Al estar separados, mi esposo nos retiró toda ayuda económica, nos daba cuando quería, a veces mandaba a mis hijos a pedirle para leche y les decía que no tenía dinero. Una vez mi hijo el de en medio vendió sus películas y trajo el dinero para ayudarme, realmente me sentí mal por la situación tan difícil que estábamos pasando. Mi esposo se fue a vivir al taller que estaba a una cuadra de la casa y nos tenía constantemente vigilados, hasta intervino los teléfonos y estaba muy al pendiente de quién entraba y salía de la casa. Hubo ocasiones que tuvimos que ir caminando a las escuelas, que estaban bastante retiradas de la casa, por no tener ni para el camión. Nos cortaban los servicios y hubo ocasiones que no teníamos ni qué comer y a él nunca le importó lo que pasaban sus hijos. En una ocasión le ofreció a una muchachita, clienta del negocio, el local para que festejara su cumpleaños; mi hija lo escuchó cuando él lo hacía y además le ofrecía ayuda económica o lo que necesitara, mientras nosotros no teníamos ni para comer. Eso me dio mucho coraje. El día de la fiesta, mi esposo y sus empleados tenían mucho escándalo y ya era muy tarde, así que puse una denuncia telefónica porque había menores de edad tomando y estaba en riesgo el negocio, que está a mi nombre, y si había algún problema, la responsabilidad iba a ser mía. La policía dijo que no podían entrar y yo les tenía que abrir la puerta. Salí a esperarlos y a decirles a los empleados del taller que se fueran, pero no hicieron caso. Cuando la policía llegó, mi esposo no permitía que les abriera y quiso golpearme, pero un policía le advirtió y tuvo que calmarse y pude abrir y los detuvieron a todos. Empezó la guerra y como en todas, los inocentes son los que llevan las consecuencias. Me puso varias denuncias en el DIF, de que no era buena madre y que no cuidaba a mis hijos y los tuve que llevar a declarar. No sé si sea buena madre, pero mis hijos siempre han sido lo más importante para mí. Después de esto ya no aguanté la situación tan precaria en la que nos tenía, consciente de que mis hijos no se merecían eso, así que me armé de valor y me

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quedé con el negocio que está en la casa y a mi nombre. Me puso una demanda penal de despojo de inmueble, en la que se vieron involucrados mi mamá y mi hermano, ya que venían a mi casa a ver cómo estábamos. Como no tenía dinero para defenderme, acudí a la Defensoría de Oficio. La abogada que llevaba mi caso se “vendió”, pues ella misma me dijo que mi esposo le había llamado a su casa para ofrecerle dinero y que no sabía cómo había conseguido su teléfono, pero que no me preocupara. Con mi inexperiencia en asuntos legales confié en ella, pero no presentó ni mis pruebas ni el nombre de mis testigos y después desapareció porque había pedido su cambio. Un sábado, cuando yo estaba barriendo la calle se detuvo un coche y me subieron, esto lo presenció el más chico de mis hijos quien no entendió lo que pasaba, por su corta edad, y fue hasta que me consignaron que pude llamarle a mi hija para decirle que le hablara a mi hermana y le avisara que yo estaba en el penal, para que fuera por ellos y se los llevara a su casa. Mi pendiente era que se quedaran solos, a su papá eso no le pasó por la cabeza. Salí de ahí pagando una fianza y cuando estuve en casa recibí amenazas de los abogados de mi esposo, de que también mi mamá y mi hermano iban a ir a la cárcel si no entregaba el negocio. A raíz de esto, mamá enfermó de los nervios, le temblaban sus labios y sus manos sin poder controlarlos; hoy, bendito Dios, se encuentra ya bien. El proceso penal duró tres años, en los cuales tuve que ir semanalmente a firmar como si fuera una delincuente y al fin, me dieron mi libertad dictada por un Tribunal Colegiado, que es otro nivel, allí sí hay gente muy capacitada, ojalá la hubiera en todas las dependencias. Después de que me quedé con el negocio que está en mi casa, mi hijo el de en medio empezó a rebelarse y no aceptaba las reglas que le ponía, entonces decidió irse con su papá, lo cual es fecha que todavía me duele y lamento no haber tenido la sabiduría y la capacidad para retenerlo o habérselo quitado a mi esposo, ya que lo utilizó para dañarme. Estuvo muy descuidado y envenenado contra mí por su padre, haciéndole creer que yo no lo quería y me tomó mucho coraje, quizá hasta odio, por lo que perdí toda autoridad sobre él. A los dos años regresó pero con muy mal comportamiento, hasta llegó a lanzarse sobre

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mí. Como ya lo estaba llevando a tratamiento, me habían dicho que no se lo permitiera, que si eso pasaba, sobre todo si estaba drogado, llamara a la policía. Así lo hice porque tenía que aprender a respetarme, pero su papá le decía: “¿Qué clase de madre mete a su hijo a la cárcel?”, esto, aunado a que yo lo obligaba a ir a sus terapias, lo enojaba mucho. Por otro lado, su papá le decía que yo estaba loca y que los mal aconsejaba, mis otros dos hijos también fueron utilizados para seguir haciéndome daño, ya que siempre trató de devaluarme ante ellos y se dedicaba a asustarlos diciéndoles —cuando estaba en el proceso penal—, que yo era una ratera y que no sabía qué harían cuando su mamá se quedara en la cárcel. Esto para mí fue muy tremendo, por la impotencia que sentía. Traté de poner una demanda de maltrato familiar, presenté mucha papelería y nos hicieron exámenes psicológicos y reflejaron que estábamos dañados. En ese entonces la verdad no me importaba que lo metieran a la cárcel pero sí que lo obligaran a tomar un tratamiento psicológico, porque era mucho el daño que nos estaba causando pero nunca lo hicieron. Fue un proceso difícil y siento que hubo dinero de por medio, ya que de tantas instancias legales a las que acudí no procedió ninguna. De hecho, allí me sentí más maltratada, porque se habla con muchas groserías. Los funcionarios me tomaban las declaraciones casi acostados en la silla de escritorio, se la pasan comiendo mientras te atienden y lo peor es que, cuando crees que ya terminó, aún no habían comenzado con la investigación. Fue muy desgastante y no logré nada. Hoy tengo una buena relación con mi hijo, ha entendido que sobre todas las cosas lo amo y sigo apoyándolo después de que volvió a irse de la casa, porque en ese entonces quise apoyarme en mi esposo para internarlo en una clínica de rehabilitación y se lo dijo a mi hijo, lo que hizo que huyera a Estados Unidos. Hoy, a sus 18 años tiene una bebé sana y hermosa, con una niña también preciosa de 16 años, pero muy dañada por tener a su vez una mamá alcohólica que les hace la vida de cuadritos, pero tengo mucha fe en Dios y en que, así

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como yo salí adelante, él también lo hará, si trabaja en ello, obviamente. He hablado poco del menor de mis hijos, porque creí que había librado los estragos que sufrimos, pero no es así. Quedó muy lastimado hace tres años, cuando vio a su papá cuidando a los niños de la pareja que tenía en ese entonces. Vino y me platicó y lo sentí muy dolido, después de esto vinieron los reportes escolares y las bajas calificaciones; sólo espero que salga adelante con su terapia, ya que cada miembro de mi familia acudimos a nuestro psicólogo para superar los daños que sufrimos. A la fecha ya estoy divorciada, después de todo el esfuerzo por lograr la separación legal pues batallé mucho en los juzgados, donde pareciera que en vez de ayudar ponen trabas. Sigo en cuestiones legales por la separación de bienes ya que mi ex-marido insiste en que soy una abusiva, que le ha robado y que es mucho lo que nos ha dado, después de que no ha cumplido con sus pensiones alimenticias porque dice que me quedé con un negocio y lo estoy trabajando, por lo que se desliga de toda responsabilidad. En el fondo creo que tiene una deuda muy grande e impagable por todo el daño que nos ha hecho, principalmente a sus hijos. Esto es, a grandes rasgos, la historia de 15 años de mi vida matrimonial y de siete años de vivir separada, de los cuales tengo seis en terapia con una maravillosa psicoanalista, de gran calidad humana, quien me ha ayudado a reconstruir mi vida; recuerdo que al principio le preguntaba si no había una pastilla para que las cosas fueran de otra manera y poder salir adelante, porque sentía que estaba en un hoyo. No sabía quién era, mi seguridad y mi autoestima no existían, estaba permanentemente asustada y no podía enfrentar tantas cosas que sucedían una detrás de la otra. Hoy soy feliz, con los ires y venires de la vida me siento fuerte y aunque he narrado mi historia en este breve espacio, salir adelante ha sido todo un largo desafío. Lo he conseguido gracias a mucha gente buena que se ha cruzado en mi camino. Le doy gracias a Dios por haber tenido la fuerza y la perseverancia de

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seguir adelante. Alguna vez mi ex marido dijo que quería verme arrastrándome como una lagartija ante él, afortunadamente no fue así. Reconozco que me caí y derrumbé varias veces por sentir el peso de las situaciones difíciles, pero gracias a Dios me levanté no una, sino muchas veces. Al mismo tiempo doy gracias a tantas instituciones que sirven de apoyo para ayudar a las personas en situación de crisis, que nos acercamos a ellas sin tener los medios económicos. Agradezco al Instituto Estatal de las Mujeres por este curso maravilloso e invaluable que nos regala, en el que tenemos la oportunidad de compartir nuestras experiencias y de armar el rompecabezas de nuestras vidas. En este curso aprendimos sobre nuestros derechos, aprendimos a ser respetadas y que tenemos los mismos derechos mujeres y hombres, eso es la equidad de género. En el Instituto aprendimos a creer en las relaciones sanas donde exista el respeto, la comunicación y la armonía familiar. Quiero agradecerle a Paty Basave, nuestra maestra, por su entrega y dedicación. De ella nunca olvidaré una frase que me encanta que dice: “Trabajar con una mujer es trabajar con una comunidad ya que somos empresarias, empleadas, hijas, madres, abuelas; sobre todo, porque criamos tanto a hombres como a mujeres y muchas veces los padres somos quienes marcamos la vida de nuestros hijos”. Y un reconocimiento muy especial a mi familia por ser también parte importante en mi recuperación. Por todo esto me atrevo a invitar a más mujeres que viven alguna situación de maltrato a caminar en busca de una mejor vida, tanto para ellas como para sus hijos. Que no las detenga el miedo, como sucede muchas veces, pues cuando tomen una decisión y empiecen a tocar puertas, podrán ver los cambios; la misma vida nos va dando la manera de obtener lo que necesitamos y aunque parezca imposible, existe la esperanza de un mejor mañana, sólo hay que desearlo, buscarlo y defenderlo. Una vez que se logra, la satisfacción es inmensa, con nada se compara la dicha de tener nuevamente nuestra vida en las manos, ser capaces de tomar nuestras propias decisiones con responsabilidad y expresar nuestros sentimientos, valorándonos y amándonos plenamente.

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Tomando en cuenta que una situación de maltrato puede llegar a matar, me despido mencionando el ejemplo de un águila, que tiene que tomar una difícil y dolorosa decisión (arrancarse el pico y las uñas ya inútiles y esperar hasta que le vuelvan a crecer, para ser capaz de retomar el vuelo y vivir muchos años más). Al igual que esta valiente águila, yo ya tomé esa decisión y tuve que pasar por ese proceso de cambio. Y tú, ¿estás dispuesta a tomarla? ¡No permitas que te arrebaten tu vida, no se necesita morir para dejar de vivir! Dios las bendiga.

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Mi historia
por Lirio

Quiero decir en estos momentos que, con los años que poseo, he aprendido algo de la vida y no esperaba llegar a la edad que ahora me encuentro y sentir que aún me falta mucho por aprender. Dicen que de los errores se aprende a vivir, yo pienso que a nadie nos enseñaron cómo sobresalir en el futuro, hasta que llegamos a cierta edad. Es triste y esperamos que los seres humanos sean más conscientes de lo que les puede llegar a pasar si no se preparan como es debido. Tal vez esto no tenga sentido, pero la vida es así, nos da golpes duros pero también satisfacciones gratas. Al respecto, hay una experiencia personal que les puedo compartir. Platicaba mi madre que en el hospital donde nací fui la única mujer y los demás eran varones, como yo estaba tan pequeña que ni bulto hacía, las enfermeras bromeaban con mi madre diciendo que todos los niños eran unos aprovechados con la niña. Y así empieza la batalla con la vida, cuando mi madre me llevó a casa, a cuidarme mientras crecía. Mis padres tuvieron 12 hijos, pero desgraciadamente fallecieron cuatro de ellos cuando estaban pequeños; no tuve la dicha de conocerlos, ya que fui la última hija, la más pequeña. Había gran diferencia de edades entre mis hermanos y yo, por lo tanto, no formé muchos recuerdos a su lado ya que siempre estaba yo con mis papás, mientras que los mayores ya veían por sí mismos. Mis padres nacieron en Parral, Chihuahua. Un día decidieron probar suerte en esta ciudad, Monterrey, que fue como un sueño para ellos, ya que mi madre me contaba que veía pasar el tren con el nombre en el tablero que decía: “Ciudad de Monterrey” y nunca se imaginó que vendría a vivir aquí. Mi padre se desempeñó como minero, se fue abriendo camino, logrando objetivos, cumpliendo sueños, metas, todo iba muy bien y al menos era un hombre dedicado en sus cosas, pero surgió una tragedia en la familia: la muerte de uno
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de mis hermanos a consecuencia del descuido de un chofer, quien conducía un camión repartidor y lo atropelló. Eso marcó mucho a mi padre, tanto, que se fue perdiendo en el alcohol. Se desaparecía de casa dos o tres meses, y aunque siempre regresaba dejó a mi madre con la responsabilidad de todos sus hijos. Entonces, los hermanos más grandes comenzaban a ser muy responsables, a colaborar un poco en la casa, y mi madre no tuvo más remedio que buscar un trabajo para sacarnos adelante y darnos el pan de cada día. Recuerdo que cuando tenía siete u ocho años, aproximadamente, escuchaba llegar a mi padre en la madrugada y eso me llenaba de felicidad, al verlo de nuevo en casa y pedía a Dios por él, porque ya no se fuera nunca más, pues sabía que con su ausencia las cosas no marchaban del todo bien en casa; se necesitaba la fuerza, la voluntad y la decisión de un hombre, hacía falta la cabeza de la casa. Realmente él era un hombre muy responsable, astuto e inteligente para los negocios, sin embargo, el vicio lo fue consumiendo poco a poco. Y así, con el paso del tiempo, conforme crecía y me daba cuenta de las cosas que trae la vida, que no todo era color de rosa como imaginaba, fui valorando cada detalle, fui aprendiendo de cada tropiezo y me fui levantando con cada obstáculo presente, porque no tenemos de otra, siempre nos quedaba la opción de tomar impulso y salir a la superficie. Tenía una gran ventaja de niña pues sabía hacer amistades con facilidad, le caía bien a la gente, incluso mis vecinas me consentían mucho, nos apoyaban en lo que podían y jugaban conmigo. Unas chicas que vivían cerca de casa trabajaban como aeromozas y yo les ayudaba en algunas cosas, como hacerles mandados, lo cual me recompensaban dándome de comer en la boca unas ricas gelatinas. Haciendo un esfuerzo por transportarme unos años atrás, se me viene a la

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mente que cuando cursé el cuarto grado de primaria, mi maestra Alma me compartía de su lonche, lo cual me inyectaba de alegría, era como sentir un cariño externo al núcleo familiar y me hacia sentir bien. Entre otros recuerdos están mis viajes a la ciudad de México para visitar a la Virgen de Guadalupe. Pasábamos por muchos pueblitos, en cada uno de ellos nos deteníamos a comprar comida o un souvenir, conocíamos un poco la región y sus costumbres; la verdad lo disfrutaba mucho, ver gente, caminar por todas partes, conocer un poco de otra cultura, incluso aún guardo en mi mente la imagen de una niña que llevaba consigo un morral amarillo muy lindo, me agradó demasiado y se lo hice saber, me agradeció y al terminar el viaje me lo obsequió, fue un detalle muy bonito. Después llegué a una de las etapas de mayores ilusiones de una señorita, que fue cumplir mis 15 años. Siempre soñaba con una gran fiesta, con muchos invitados, un lindo vestido como las princesas, pero ese sueño se truncó ya que la cuestión económica no era tan buena en esos momentos y festejamos con una cena sencilla. Tengo presente a Rosy, ella fue mi mejor amiga, incondicional, pasábamos mucho tiempo juntas, compartíamos secretos y jugábamos. La relación era buena también con su familia, me trataban muy bien, incluso me invitaron a tomar unas vacaciones en la playa de Puerto Vallarta y fue ahí cuando conocí el mar. Por supuesto que me encantó, estaba fascinada jugando con la arena, juntando conchas y demás. Ese tipo de recuerdos son los que jamás podría olvidar, son aquellos que me hacen revivir los momentos más felices de mi juventud y ver que no todo ha sido tan negativo. A esa edad las cosas no estaban bien y no quería darles preocupaciones a mis papás, apenas podían pagar la colegiatura y cuando no podían hacerlo a tiempo no se me permitía la entrada a la escuela pero, reitero, por no mortificarlos lo que yo hacía en lugar de irme a casa, era tomar un camión y me iba a dar la

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vuelta hasta que se llegaba la hora de salida y así ellos no se daban cuenta de la situación, que se repetía constantemente. Y llegó la hora de buscar trabajo lo que, por cierto, no fue nada fácil, ya que en la mayoría de ellos pedían personal con experiencia y encima me veían muy chica. Estuve llenando solicitudes y las repartía como volantes, pero no tuve mucho éxito hasta que, un día, tuve el gusto de conocer a una conductora de Televisa que trabajaba en el canal 2, su nombre es Lupita Martínez. Ella me recomendó a una agencia de modelos, estuve haciendo dos o tres comerciales y hasta salí en la televisión, pero mi madre me quitó esas intenciones, decía que no era nada honesto a su parecer, y pues no logré hacerla cambiar de opinión. Creo que nunca logras comprender a los padres, hasta que llegas a esa etapa de tu vida y pones ciertas limitaciones con tus hijos, ¡qué irónico!, el sentir que no eran justas ciertas cosas que me limitaban; ahora me toca a mí desempeñar el rol de madre y aquellas cosas que no me parecían, las aplico también. Es como si en la vida todo girara, primero nos toca vivir un ciclo tal vez inocente, no entendemos muchas cosas, luego ya vivimos las cosas desde otra perspectiva y es así como logramos captar infinidad de situaciones que hemos pasado y que nos han formado hasta ahora. Al poco tiempo me hablaron de una línea de transportes y comencé a trabajar como secretaria. No me iba nada mal, ahí fui adquiriendo experiencia, duré varios años pero al sentirme capaz y con ganas de seguir adelante, me fui a otra empresa, donde hacían volantes para coches. Realmente era todo un reto estar ahí y siento que lo logré, en el departamento que me asignaron trabajaba con puros hombres y me tenían muy consentida. ¡Ay, qué tiempos! Poco después, mi padre realizó uno de sus sueños ya que comenzó su propia empresa que se llamaba “Molinos de Minerales de Encarnación”. Al inicio le fue tan bien, que hasta se le presentó la oportunidad de viajar a Europa, viaje al que lo acompañamos mi madre y yo. Claro que en ese entonces yo me encontraba trabajando, por lo tanto, hice el intento para conseguir el permiso y las palabras de mi jefe fueron: “¡Claro!, esas oportunidades no se

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dan fácilmente”, y bien, nos fuimos todo un mes. El viaje estuvo lleno de experiencias, desde que me subí a un Jumbo que contaba con sala y pantallas grandes, el viaje fue largo y estaba muy emocionada y ansiosa por llegar a nuestro destino comenzando por España, Italia, (Roma, Venecia, Florencia), Inglaterra, Francia (París), Suiza... en fin, conocí muchos paisajes, viajé en tren, simplemente lo más bello que pude imaginar. A mi regreso me esperaba la realidad, volver al trabajo, tan agradecida con mis padres por ese viaje inolvidable y a la vez con mis jefes, por el permiso. Pasan los años, comienzo a salir con mis amigas a divertirme y, como era de esperarse, conocí al que ahora es mi esposo. Decidimos casarnos, fue una boda muy bonita, llena de ilusiones y sueños, todo lo que espera tener una persona enamorada. Al principio, con algunas diferencias mientras nos acoplábamos. Al poco tiempo nacieron mis tres hijos, entonces supe que tenía que luchar para sacarlos adelante, y con la ayuda de mi madre pude hacer la carrera de cultura de belleza, ya que ella me cuidaba a los niños. Mientras ellos iban creciendo yo seguía luchando por mantener una familia, asistiendo a clases de superación personal y grupos de oración, la verdad me hacía mucho bien acudir a ese tipo de cursos. Ahora tengo mi propio negocio; traté de educar a mis hijos lo mejor posible estando cerca de ellos y la verdad es que son unas personas muy responsables. El mayor ya es todo un profesionista, terminó la carrera de Contaduría; mi segundo hijo está cursando una segunda carrera, a la cual le ha echado muchas ganas y espero que pronto se reciba, ha sido muy bueno conmigo, he llorado en su hombro y ha sido mi mejor amigo, ya que ha sabido escucharme. Y por último, mi hija, la más pequeña, la adoro porque también es muy guapa, desde el kínder la eligieron para ser la reina de la primavera, siempre obtuvo buenas calificaciones, en la primaria fue una excelente estudiante, y aún ahora en su carrera profesional está poniendo lo mejor de sí para concluir esa etapa. Siempre soñé con tener una familia unida, porque creo mucho en eso, y estoy muy agradecida con Dios porque me dio unos hijos buenos y un esposo con

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el que he vencido muchos obstáculos y lo podría comparar con el vino, entre más viejo, mayor es la comprensión. Ahora ya de adulta he comprendido el sentido de vivir: con altas y bajas va una logrando su objetivo porque también me equivoco y trato de levantarme y de nuevo vuelvo a caer; a veces me he quejado de mi suerte, pero he llegado a comprender que son los golpes de la vida los que nos ayudan a ser más fuertes. Tú decides lo que quieres y lo que buscas; en ocasiones he renegado de mí, pero siempre están las amigas de verdad que te echan porras y te recuerdan lo que has logrado y es ahí dónde vuelves a levantarte. Aprendes a vivir con lo que está a tu alrededor. A lo largo de mi recorrido en esta vida me he encontrado con diferentes obstáculos, con amistades negativas que siempre tratan de opacarte, te hacen sentir menos, te marcan tus errores, en pocas palabras te hacen sentir que no sirves para nada. Me han hecho daño y yo lo he permitido; ha sido difícil tener que apechugar, pero a la larga esas barreras son las que me han hecho más grande de corazón y claro, también me di cuenta de que las amistades se cuentan con los dedos de las manos. Tal vez es malo juzgar y darse cuenta que es mejor retirarse a tiempo de algunas personas, pero a fin de cuentas, cada quien debe seguir el camino que mejor le convenga. He pensado que durante un tiempo había traído cosas negativas arrastrando, sin lograr quitarlas de mi pensamiento y por eso en ocasiones me siento rechazada e ignorada, pero nadie sabe el costal que cada quien carga, y pienso que no está mal ponerse en los zapatos de los demás. Recuerdo en mi infancia, cuando tenía a mis padres, me sentía muy protegida y amada, es una época en la que vives entre algodones por la seguridad que te brindan. Los extraño y me hacen falta, pero la vida tiene que continuar. Ahora tengo mi propia familia, mi esposo e hijos, quienes quiero conservar, luchando por el bienestar de todos. Por ello he decidido prepararme para ser mejor ser humano, con responsabilidad y comprometiéndome ante mí y ante Dios a cumplir con metas que están a mi alcance, con sabiduría y amor, ya que el amor lo puede todo.

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Agradezco a este taller, a mi familia y a Dios. Asimismo a las personas que estuvieron conmigo en este proyecto y a quienes lo hicieron posible: la licenciada María Elena Chapa y la licenciada Patricia Basave.

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Mi más bella historia
por Kuk (Quetzal)

Hace 41 veranos intenté escribir diarios; cada vez que se podía me compraba uno y hasta los llegué a tener con candado incrustado. Nunca los llené, “cursilerías”, pensaba, y los arrumbaba en mi cajón, pero hace tres años comencé éste. Afortunadamente no me sucedió lo que con mis viejos diarios que se quedaron en blanco, porque creo que si llego a más años de vida, no me perdonaría el no haber plasmado “Mi más bella historia”. Lo primero que cavilé fue en darle un nombre a mi diario amigo, así que tras horas tratando de encontrar uno que no sólo lo distinguiera de los demás sino que fuera armónico a mi experiencia, terminé llamándolo “Bonito”. Porque —pensé también- eso de “querido diario” me parece, no una cursilería sino una pendejada. Noviembre 17/2004. Hola, Bonito: Llegué a este mundo con un pedacito de Dios un 15 de noviembre (acabo de festejar hace dos días mis “primeros” ¿? 56 maravillosos años). Debo anticiparte que por mi manera de ser, de vestir, de hablar, algunos me califican de “rara” y tal vez después de leer esta historia, más. Rara, sinónimos: Inaudita, anormal, paradójica, increíble, caprichosa, grotesca, estrafalaria, excéntrica, ridícula... Yo no soy nada de esto, sólo soy diferente. Sinónimos de diferente: opuesta, distinta, diversa (sí, discordante), inexplicable, difícil, misteriosa, enigmática... sé que no les importa mi aclaración, pero a mí sí me importa que, si no les importa, entonces no me adjudiquen adjetivos que no me van. Mejor cuando vayan a hablar de mí, hablen de otra cosa (yo me entiendo). Pues hoy comienzas a ser parte de mi historia, te doy la bienvenida, Bonito, vamos a volar juntos y cada vez que yo sueñe, ría, llore, baile o cante, hazlo tú conmigo; déjate llevar como una hojita que se encanta con el viento. Quiero dejar aflorar en cada una de tus páginas algunas de mis experiencias, entre ellas mi maravillosa e infinita capacidad de AMAR apasionadamente la VIDA y el AMOR, y no a pesar de mi edad, a pesar de los que creen que a mi edad esto también es una
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pendejada...(primera hoja llenada, espero tener mucho qué contarte). Noviembre /27. Encuentro: Hoy tuve el enorme placer de conocer a alguien maravilloso, te anticipo que no entraré en detalles de las circunstancias que me llevaron al encuentro con él. No creo en la casualidad, con el tiempo descubriré si fue más bien Causalidad. Me deslumbró con su sonrisa, ¿sabes? Hacía tiempo que no me topaba con alguien que me trasmitiera su energía a primera vista; al cruzarse mi mirada con sus ojos y al contacto de su mano con la mía (cuando me saludó) me invadió un delicado y sublime temblor... nunca me había pasado eso con nadie. Le había abierto la puerta de mi vida a la desilusión, a la desesperanza, a la costumbre y a la soledad, pero esta noche cuando percibí esa sensación, de pronto me vino a la memoria la imagen de aquella mujer que yo era, ésa que hoy a pesar del tiempo aún siente y vibra con una energía diferente y que extravié no supe dónde ni cuándo. Noviembre /12/2005. Propósito: Han pasado los días y los meses, espero no dejar a medias lo que me propuse el año pasado cuando ideé comenzar a escribirte, Bonito, pero estoy viviendo una soledad que no termino de comprender y me resisto a plasmar tristes memorias, pues sería como volver la vista atrás y no quiero hacerlo (lo haré en otro cuaderno para destruirlo posteriormente y así deshacerme de los malos recuerdos). Sólo deseo saber en qué rayos me equivoqué para tratar de enderezar todo lo que se torció en mi matrimonio, pero tengo miedo de hablar y crear un conflicto peor. Pronto cumpliré 57 años, qué largo se me hace el tiempo que he vivido y de pronto veo tan breve el que me queda. A lo largo de este año, gracias a que esa persona maravillosa que conocí (a quien por cierto nombraré “tu ídem”) no me ha dejado sin su amistad sincera, eso me lleva a sentirme ocupando un espacio; hecha por alguien en el mundo, y no quiero cambiarlo por los pinches recuerdos del pasado. Estuve tanto tiempo encerrada como en un cajón y en blanco, como aquellos viejos diarios que nunca llené...Él (tu ídem) me ha ido impulsando a salir... tengo que continuar

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hacia adelante. Diciembre /6. Vislumbrando mi identidad: Hoy me levanté muy desalentada. Son las 11:00 a.m. y aquí estoy todavía en pijamas; desde hace varios días, mi oído se niega a abrirse para dejarme escuchar el canto de mis pájaros en el jardín y me siento triste. Por un lado, pensaba que ya pronto se termina el año, las fiestas decembrinas nunca me han convencido del todo, me traen viejos recuerdos tan desagradables que quisiera ya depositarlos en el panteón oscuro del olvido, y por otro, no sé lo que me depara el año que viene; es que con tantas cosas acumuladas, indiferencias, costumbres, dolencias y demás y ahora con esto de mi oído, me asaltan los pinches conceptos de la gente: “Ya estás en la edad del yo nunca”. ¡Bonito, estoy de vuelta! Te cuento: Justamente minutos después de que cerré tus pastas, 11:21 para ser exacta, me vestí de falda, ¡y de alas!; sin importarme el horario me serví un vino suave, y ¿sabes por qué? porque exactamente a esa hora me habló tu ídem por teléfono. Al comentarle lo de mi oído, me dijo con esa ecuanimidad tan admirable y con una paciencia de santo (diría mi marido: “Que viva contigo, verás que se le acaba la paciencia”): “¿Cuántos oídos tienes?”. A mi respuesta lógica me señaló: “Entonces agudiza el que te permite escuchar, pronto el otro sentirá envidia y verás que se compone”. Me dejó sin palabras, se me fue la tristeza. Entre otras cosas más que me motivaron, me recalcó: “Recuerda siempre que tú eres una mujer importante y muy especial...” aprecié, a plena luz del día, una lluvia de estrellas ¡hasta se me quitó lo de mi oído! ¿Te das cuenta? ¡Me dieron ganas de bailar! Enero/6/2006. Pronóstico: Bonito, ¡hoy estoy feliz como una lombriz! Recibí un mensaje hermoso de tu ídem que le dio mucha esperanza a mis sueños: “Pon mucha atención a tus sueños, porque los sueños suelen convertirse en realidad”. Enero/ 9. Partida: ¡Ay, Bonito!, nueve días apenas que comenzó este año y por más que pongo

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de mi parte, no cambia nada en mi matrimonio, y mira lo que son las cosas, tengo achaques y cambios drásticos de ánimo como cualquier mortal, pero me hacen creer que son por la edad y por la menopausia (chingaderas inventadas que no forman parte de mi credo), si supieran todo lo que realmente traigo dentro. ¿Sabes? estaba hablando con Dios y recibí su respuesta inmediata, y me voy (estoy tan cansada de pan con lo mismo). Sentí de pronto una urgente necesidad de tomar distancia y ausencia de mi casa, así que me voy de Monterrey; sé que a donde vaya mis miedos y dudas irán conmigo, pero no es aquí encerrada donde puedo enfrentarlos. Sé también que no podré encajar en días o meses, 57 años, pero creo que estoy a punto de tener una transición y tengo que ser fuerte...DESEO TANTO DEJAR DE SOÑAR, NECESITO COMENZAR A VIVIR MIS SUEÑOS YA. Enero 10. Despedida: Ya casi tengo todo arreglado para irme. Fíjate que hoy hablé con tu ídem, me sentí tan importante al escuchar todo lo que me dijo y me infundió más valor y seguridad en mí misma. Me duele tanto irme, Bonito, pero tengo qué hacerlo, yo le dije: “Déjame aferrarme a estos momentos para hacer un nuevo libro con una historia diferente, sé que eres un caballero, yo te aseguro que soy una dama, es sólo que contigo me siento halagada con tanto respeto que no estoy acostumbrada, y no adulada y nulificada a la vez como señora sólo porque lava, barre y cocina muy bien. Tu alegría y tus palabras son como gotitas de rocío que calman la sed de una pequeña flor a la que se le ocurrió salir en medio del desierto, pero necesito pensar fuera de todo lo que me rodea aquí. Te quiero mucho y con todo respeto, espero que nunca me olvides, como yo nunca me olvidaré de ti. Piensa que me voy llena de alegría, con tus consejos, tu imagen y un cachito de tu alma”. Febrero 1°. Pensando en volver: Ya casi cumplo un mes fuera de mi casa. Hoy caminé bajo los árboles de la Alameda de Tepic y pude darme cuenta de lo bella que es la vida. Me senté en una banca de la placita central y comprendí tantas cosas. A pesar de estar todo color invierno, al fijar mis ojos en los árboles, pude darme cuenta de cómo se

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les caían las hojas dejando desnudas algunas de sus ramas, y sin embargo, ellos seguían firmes, erguidos, majestuosos y entonces pensé: “Yo soy como esos árboles, mi raíz continúa viva, ¿por qué no sacudirme de todas mis hojas secas y esperar con confianza mis nuevos retoños, sin dejar de ir hacia arriba y agradecer el rocío de cada amanecer a esta mi hermosa existencia?”. ¿Sabes, Bonito? Ya no creo que estoy volviendo...VUELVO, y con mi mejor historia. VUELVO y no sola, sino conmigo, pero con la que yo soy realmente. Ésa que por fin cree en lo que sueña, la que al despedirse iba perdida, pero que hoy piensa que la vida le tiene reservada ¡la mejor de las bienvenidas! Febrero 15. Sí, ¡la mejor bienvenida! Pues qué te cuento, Bonito: Resulta que me encontré a tu ídem y ¿qué crees? al verlo no supe contenerme, y me abracé a él con mucha fuerza, siendo como soy, una señora. Claro que de inmediato comencé a pensar muchas cosas y a llenarme de culpas. Tengo demasiados años jugando a ser feliz; de hecho, te puedo decir que comencé a hacerlo desde que tenía un año y días de casada y no es fácil no poder ser uno mismo y sentir que todas tus ilusiones te las secuestraron sin volver a verlas jamás. Me da coraje haberme dejado llevar por esa corriente de prejuicios y esquemas que me inculcaron por los que no supe darme mi lugar y mi valor, y por otra parte reprocharme hasta “morderme”, el hecho de haberme refugiado de esa manera en los brazos de tu ídem, (¡qué vergüenza! ¿lo que habrá pensado?). Creo que lo saqué de onda y es que toda esta mi vida de frustraciones no me da derecho a involucrarlo a él y eso me mortifica tanto. Ignoro qué fuerza o qué entidad, mala o buena, me llevó a encontrarme con él, pero fue tan grato sentir su abrazo, claro, él es todo un caballero. Más tarde me llovieron de nuevo los remordimientos y los pinches complejos, cuando hablé con él se lo hice saber y me contestó: “No pienses, cuando pensamos nos volvemos más humanos y es cuando nos asaltan los temores, o las dudas...”. Sus palabras me hicieron entrar en la paz deseada cuando te llegan y anidan en la cabeza los pájaros negros del temor. Agosto/ 2. De fiesta: Hola, Bonito, ¿sabes?, hoy, es un día muy especial para mí...y para alguien a

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quien amo con toda mi ternura y es importante para los dos. Desde la mañana, tres ramitos de gardenias y tres velas blancas perfuman y alumbran mi casa desde la sala. Hoy, hace 32 años que mi panza fue elegida para que se formara en ella un ser maravilloso, mi hijo adorado. Él no vino para quedarse aquí, ¿sabes? pues sus ideales iban más allá de lo terreno, pero fuimos muy felices el tiempo que estuvimos juntos, hicimos locura y media y los dos construíamos sueños. Le presté mis ojos para que viera todo lo bello de esta vida, le ponía música y bailábamos los dos, le cantaba canciones de cuna, le enseñé lo que era el amor y aunque conoció muy temprano el dolor, yo le decía que más grande que el dolor es la alegría. Él, como yo, sabe que el lazo que un día nos unió no se rompió jamás y que, aunque no está conmigo físicamente, lo llevo en mi corazón como el primer día en que me enteré que estaba en mi barriga; por eso hoy, como todos los años, deseo festejarle su cumpleaños, sé que él es feliz como yo y quiero imaginar que bailo con él como en aquellos días maravillosos. Ya sería todo un hombre, lo imagino tan apuesto, seguramente hubiera sido igual de desquiciado que su orgullosa má, que lo sigue amando con toda el alma y desde aquí le mando sus jazmines y sus gardenias, que fueron las primeras flores que conoció a través de mí. Enero/18/2007. Diplomado Tejedoras de historias: Hola de nuevo, Bonito, pues te quiero contar que hoy entré a un diplomado en el Instituto Estatal de las Mujeres. La presentación fue muy emotiva para mí, nunca había estado frente a tantos ojos y oídos atentos a lo que se iba exponiendo. Todo empezó tras lanzarnos al azar una pelotita de estaño que al caer en mis manos automáticamente me abrió las puertas a otra dimensión. Enero /20. Días de llanto: Hola, Bonito, ¿sabes? no he dejado de estar enferma, el puto y maldito invierno me agarró por sorpresa y me resisto a aceptar eso de que hace buen rato que entré a la edad del “yo nunca”. No quiero, no lo acepto, aunque en tan sólo tres meses superé ya la producción de mocos de toda mi vida. Es la una con casi 48 minutos; no puedo dormir, es la gripa, que me limita de muchas cosas, entre ellas oler, saborear, oír, fumar, me pone triste. Mi cuerpo, mi garganta,

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no tienen un espacio libre de un ardor como de cortadas en carne viva. Mi piel, tan sensible que no soporta el más leve roce, mi nariz que está más grande que mi boca (y eso ya es bastante grave), todo eso le provocan a mis ojos soltar el llanto y me siento más fea que siempre. En medio de todo ese tsunami me remonté de nuevo a mi pasado, a pesar de los cambios que estoy viviendo no he podido desprenderme de él y dejarlo atrás para siempre. Me río, me lamento, lloro, me enojo, me muerdo y me obsequio con toda propiedad, la más atinada blasfemia por el maldito momento en que no supe dónde rayos me dejé, ¿de casualidad tú no me has visto? Febrero/1°. Collage: Nos encargaron en el diplomado que elaboráramos un collage con recortes de revistas. Me quedé muy impresionada con los relatos de algunas compañeras al ir mostrando su trabajo, es conmovedor y frustrante ver y percibir tanto dolor en un ser humano y me pregunto: ¿Es aprendizaje o patrón de vida el dolor en nuestra existencia? Bueno, dejando de lado mis dudas, te platico que presenté mi collage, nunca me imaginé que en las revistas, entre artículos, imágenes y comerciales, habría tanto de mi personalidad, tanto que me fueron llevando a realizar un pequeño compendio de mi forma de ser, de pensar y de sentir, una manera por demás diferente de expresión, creo que lo enmarcaré para dejarlo para la historia. Febrero/23. Nostalgia de mí: Ayer fue un día por demás maravilloso y diferente, y no puedo dejar de compartirlo contigo. Me levanté temprano para comenzar con el arreglo personal —al fin mujer— no tenía tiempo para ponerme a caminar, así que me bañé, desayuné un cereal y un jugo, me cepillé los dientes, me rocié mi Shalimar, me puse mis lentes para el sol (que por fin ya salió) prendí mi primer cigarro y me dispuse a salir. Cuando llegué al Instituto Estatal de las Mujeres a mi sexto día del diplomado Tejedoras de historias, ni siquiera me imaginaba la experiencia que iba a vivir.

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Nos llevó Paty a una dinámica que me encantó: teníamos que tomar el lugar de guía para la otra compañera que iba con los ojos cubiertos y salimos a la calle, nunca me había sentido una guía ¿sabes? y menos había sentido que alguien al apoyarse en mí, ¡en mí!, ¿te das cuenta?, se sintiera seguro. Me alimentó bastante, mi hija es muy independiente y ni de niña me permitió protegerla; la verdad, creo que nadie me había hecho sentirme tan útil y tan chingona, y cuando me tocó ser la invidente, no sé pero tuve una sensación tal de seguridad que no hubo cabida a mis miedos, fue como una especie de estar única y exclusivamente con mi yo (sin pretender hacer menos a mi excelente guía, claro) no vi oscuridad, dentro de mí había mucha luz, me encantó la experiencia. Me motiva estar ahí, ¿sabes? de 10 a 12 me olvido de todos, menos de mí misma, aunque te confieso que de pronto me entran mis ansias de fumar, pero ahora ya tengo otro día de dos horas para mí. Esto va siendo una bella experiencia desde el 18 de enero hasta ayer y lo mejor de todo es que me quedo con mucho cuando regreso a mi casa. Ahora que he ido recuperando mi identidad, me doy mis propios espacios y en mis noches con mi yo, se clausura la cocina, se apagan las luces del escenario de mis rutinas, se cierran para todos las puertas de mi espacio y se abren las de mi intimidad, mi única compañía son la poesía y la música, me introduzco en mi mundo mágico y al menos por unas horas, me rescato: la que se afana se vuelve una con la que sueña, efectivamente soy demasiado especial pero si de algo estoy segura, es de que soy auténtica y también, ¡demasiado cursi! Junio /6.Y el sueño se hizo realidad: Estoy muy emocionada, mi Bonito, hoy ¡es la presentación de mi libro de poemas!, ¿te das cuenta?, ¡el sueño se hizo realidad! (te digo que no creo en la casualidad, un día 6 él —tu ídem— me enseñó a creer de nuevo en mis sueños, y un día 6 lo veo realizado). Te puedo asegurar que me siento tan feliz y orgullosa de mí misma por haber luchado contra los fantasmas que me torturaban, pues me siento tan segura como hacía mucho tiempo no lo experimentaba. Cuando hablé con tu ídem me dijo: “Siéntete orgullosa de ti,

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el concepto de los demás vendrá solo, poeta, yo sabía que tú no eras esa clase de mujer que se da por vencida; tú puedes hacer muchas más cosas porque así has sido siempre pero te disfrazabas de ‘otra mujer’ que no existe en ti, por eso te insistía en que yo quería conocer a la verdadera. Comienza a reconsiderar lo que tú vales”. Febrero/10/2008. Última etapa de una experiencia maravillosa: Ay, Bonito, ya pronto terminaré el diplomado, ¿sabes? conforme los meses fueron pasando, me fui dando cuenta de que asistir a “mis jueves” era como visitar una nueva casa con una joven mamá y con un número considerable de hermanas que en cantidad no tuve en la vida. Desde el principio nos fueron preparando para que al final escribiéramos nuestra propia historia, yo comencé y terminé una, pero al repasarla y repasarla me llenaba de tanto dolor que decidí dejarla por la paz y mejor opté por llevar todo esto que dejé plasmado en tus páginas, y antes de darle vuelta a la última hoja de esta etapa, quiero agregar lo siguiente: Se dice que una es la constructora de su propio destino, yo llegué a considerarme una arquitecta mediocre. Había abierto tantos senderos en mi caminar tratando de encontrar las respuestas a todas las preguntas que se amotinaban en mi cabeza, e ingenuamente me dejé llevar por las reglas impuestas, dejando mi vida sin rumbo. Viví tan enredada, hasta quedar atrapada en una maraña de confusiones, de culpas, de resentimientos, los que confieso aún no he superado del todo, pero con lo que he aprendido ahora, gracias a todas las personas que creyeron en mí (muy especialmente él), que me apoyaron, a la dicha tan grande de tener a la mejor amiga, mi hija adorada, y a través del diplomado, sé perfectamente que pronto esos ciclos quedarán totalmente cerrados. Que aquel muro que construí con los ladrillos del silencio, de soledad y de la falta de valor está a punto de caer. He descubierto que para entender el significado del respeto debo primero pensar en otorgármelo a mí misma; que con mi propia voluntad y valentía obtendré todo aquello que realmente me va a hacer más fuerte para enfrentarme al dolor, más templada ante mis miedos, más optimista ante la derrota, más feliz ante todo lo que pudiera ir logrando,

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menos dependiente, pero sobre todo, menos inflexible conmigo misma. Pero no cabe duda de que a veces lo más fácil (como callar) se torna a la larga en lo más difícil. A pesar de toda mi dolorosa y triste experiencia que viví con mi marido, hoy, que continúo a su lado, lucho con coraje por el derecho a mi privacidad, a mi espacio, a mi libertad de expresión, por el respeto que me merezco como ser humano y como la mujer que él mismo escogió por compañera, cosas que él ha ido comprendiendo, aunque no he de negar que aquella soledad que me secuestró por tantos años, se quedó con gran parte de la ilusión que debimos alimentar día a día como pareja, pero no me desgasto por lo que ya no puedo cambiar, ahora me propongo a iniciar cada día un cambio en mí para que lo que vivo en mi presente me resulte en gratos recuerdos si el futuro me depara más años de vida. Hoy le pido a Dios me ayude a cerrar todos mis senderos equivocados y me enseñe a construir en este último que he elegido y por el que camino que hoy recorro, los peldaños que me lleven a vivir lo que me resta, con fortaleza y alegría. Sólo espero que, pronto, yo misma me pueda perdonar. Por muchos años fui mi propio verdugo, no quiero convertirme ahora en un implacable juez. Fui una mujer que valoró tanto la libertad en todos los sentidos, pero que cobardemente nunca luchó por ella, que quiso contribuir con su granito de azúcar para combatir tantas injusticias, los miedos impartidos por las religiones, la mentira, esa corriente interminable y desmedida para mantener oculta la verdad a la que todos tenemos derecho y que por auto compadecerse tanto tiempo se atrapó en sí misma, dejando que se marchitaran poco a poco sus ideales. Fui una mujer que se rebelaba ante tantos absurdos, pero se tragó su posible lucha, digiriéndola para echarla por el caño; ahora sé que soy una mujer íntegra, que descubrió su sensualidad a pesar de sus años, apasionada, soñadora. Que nunca caminó de la mano de la venganza ni de la hipocresía, ni de la infidelidad; una mujer con defectos pero también con virtudes; que cumplió devotamente

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con sus obligaciones, que a pesar de sus ilusiones y sueños sabe a ciencia cierta el terreno que pisa; que ve claramente la raya que separa la realidad y la fantasía; que puede retomar su lucha para no permitirle a nadie, bajo ningún motivo, justificación, excusas, prejuicios pendejos o costumbres impuestas, el ser minimizada y derribada del digno lugar que como ser humano, al igual que a todo hombre, le otorgó la vida. Soy la mujer que puede cultivar sus parcelas con nuevas semillas y que espera con fe los días grises no para llorar sino para ver caer la lluvia que hará reverdecer esos campos que por mucho tiempo estuvieron áridos. Quiero manifestar mi agradecimiento a Dios por todo lo que me fue llevando, desde conocer a un hombre maravilloso que me ayudara a rescatar parte de mi verdadera vida, hasta el pasar por este diplomado por el que aprendí tanto, así como mi admiración a todas las mujeres que luchan por otras mujeres que no tienen al alcance los recursos para rescatarse del infierno en el que viven: a mi maestra, Patricia Basave; a la presidenta del Instituto Estatal de las Mujeres, María Elena Chapa; a Leticia Hernández por todas sus atenciones; a Guadalupe Elósegui, por quien entré en esta experiencia de vida, y a todas las que prestan su servicio a esta muy bella y grande causa: la defensa por los derechos de las mujeres. A todas mis compañeras que han sabido salir adelante con la bandera de la dignidad, defendiendo con aplomo sus derechos y los de sus hijas e hijos, y luchado por mantener el lugar que por derecho les ha dado Dios. Mi admiración por mí misma, al haber aprendido a amarme y respetarme. ¡Mujeres, cuesta el mismo trabajo enamorarse de un buen hombre que de un patán! No se enamoren de un hombre mentiroso, vicioso, violento, ególatra o machista (y recuerden que la violencia emocional también causa mucho daño a largo plazo) porque los vacíos terminan saturándose solamente de desolación y confusión creando un mal cuento de siempre empezar. Para ser felices en el amor hay que estar primero enamoradas de nosotras mismas. Una bella historia, ¿casualidad o causalidad?

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Y para terminar mi relato, no quiero ni puedo dejar pasar por alto eso tan maravilloso que me sucedió en mi caminar por este sendero. Considero necesario hacer este comentario porque es importante tomar en cuenta de que sí existen hombres buenos. En este mi camino (como ya lo expresé en mi diario) salió a mi encuentro un héroe de gentil vestidura, ésa que sólo con los ojos del alma se puede apreciar. Por él comprobé que todavía, por fortuna, existen caballeros; me aferré con demasiada fuerza y no menos desesperación a él, lo sé, pero no lo hice con el afán de atraparlo o atropellar su vida, no —considero que somos demasiado valiosos y aprecio tanto su amistad, como para devaluar esto en una aventura— él no lo merece; fue más bien para honrar la mía, porque con sus palabras de apoyo fui dándome cuenta de que dentro de mí existen más recursos, que mis manos no están tan desocupadas como yo pensaba, que aún puedo llevar a cabo la realización de algunas de mis tantas luchas que se quedaron pendientes en la sala de espera de mi vida. Él me hizo reaccionar y aprendí a volar y a aterrizar sin estrellarme, aunque todas mis actitudes manifiesten más locura, esta experiencia fue mi más bella locura, el creerlo así dentro de mí me llevó a llenarme de fe en mí misma y me aventuré sola a tocar la puerta precisa que me llevaría por fin a “Vivir un sueño”. Ese héroe maravilloso del que hablo me enseñó a recordar de una manera, por demás respetuosa, que soy una mujer valiosa, especial y ¡hermosa! Un valiente que con sus palabras de apoyo me rescató de la soledad que me tenía secuestrada y me llevó a descubrir nuevos horizontes y a redescubrir mi picardía y mi buen sentido del humor con los cuales, cada día le pongo sabor a mi alegría: “Eres la más bella locura de Dios”, me dijo una vez. También por él me escudriñé hacia dentro y me encontré con “esa escritora que llevas atrapada y no has dejado salir” —como me dijo un día—; entonces supe esperar la noche sin miedos y despertar visualizando la realización de mis planes, y logré convencerme de que los sueños sí se realizan y decidirme a no desaprovechar más las hojas en blanco que todavía me quedan. Él me enseñó, al abrirme su corazón, su espacio y su amistad desinteresada, que la vida no era oscura y tenebrosa como yo la veía desde el abismo donde me

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encontraba; que la soledad es buena si se aprende a disfrutarla y no a sufrirla; que el dolor va y viene, pero que lo importante es no quedarnos viviendo en él, porque la alegría también existe. Que cuando llueve no llora el cielo, reverdece la tierra; que cuando se va la luz no hay que echarse a la tragedia, sino aprovechar el momento y transformarlo. Me hizo creer de nuevo que la ilusión muere con una, no con la edad; que aún en invierno el sol no deja de salir...y también el amor llega. Con el corazón y de alma a alma... donde quiera que estés, quiero que sepas: Te quiero con el respeto que me mereces, te quiero con admiración, te quiero porque eres, te quiero y eso nada ni nadie me lo va a quitar... ¡Te quiero! ¡Le agradezco tanto a la vida! Aunque estando no estás, créeme que lo entiendo y duele, sí, ¡duele y mucho! pero tú me enseñaste a ser fuerte, también saldré de ésta. Un día te dije que pronto sabrías la clase de mujer que soy y con la frente en alto, con la mirada transparente hacia Dios, aquí te lo demuestro (un poco loca pero no olvides que fuiste tú quien me dijo:”Eres la más bella locura de Dios”)... sólo espero que mis palabras no te causen inquietud, porque para nada es esa mi intención. Por ti, edifiqué un arco de alianza con la vida y conmigo misma...tejí Mi más bella historia con hilos del alma, voy llenando de sueños y esperanzas las hojas blancas de mi libro y pase lo que pase, tú eres y serás siempre muy importante para mí. No vislumbro un adiós porque nunca me han agradado las despedidas, no pongo fin a mi historia, fui como un barco que se ancló en la playa de tu vida y ese barco preparó siempre su salida. Cuando esto suceda, tal vez pronto, el mar del tiempo lo traiga de nuevo a tu puerto (CM). ¡Gracias, Bonito, por recordarme cómo sonreírle de nuevo a la vida, por enseñarme ¡qué es existir!... me enseñaste también que yo ¡soy la heroína de mi propia historia! pero aprendí también que ¡no hay un héroe como tú! Por esto y más, mi corazón que fue tan lastimado, tan ignorado, tan olvidado hoy, como un Quetzal que ha tejido un nuevo nido te grita feliz... ¡gracias por los recuerdos! Y para que ya no te sigas preguntando porqué, aquí te dejo todas mis respuestas ¡y una más!... también porque: ¡Soy una gran mujer!

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Marzo/10/ 2008. Táctica: “Todo lo tú quieras lo puedes tener, sólo necesitas convencerte a ti misma”, me dijiste hoy, y estoy tan convencida de esto que así será hasta que Dios lo quiera. Estaré siempre atenta a tu “señal”, pues así mi barco nunca perderá el rumbo; fuiste su puerto, ahora serás continuamente su faro. Toda historia tiene un final. La mía no, porque mi vida aún no termina... Mis alas están sanadas... nunca dejaré de volar.

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Mi renacimiento
por Rosa

Nací en Monterrey, N.L., a las seis de la mañana. Fui recibida con gozo ya que siempre he escuchado decir a mi padre que si hubiese tenido solo niñas, él estaría encantado. Fui criada en un hogar con algo de carencias económicas, pero no conocí la violencia; allí siempre se luchó para que no faltara lo indispensable y así fue, nunca faltó. Mi madre siempre fue muy cuidadosa del dinero que ganó mi padre. Mi mamá siempre estaba criando gallinas, vendiendo su producto y ahorrando ese dinero, ya que mi padre nunca le pedía cuentas. Recuerdo algo lamentable que llenó de temor y tristeza a mi padre: resulta que una ocasión, familiares por parte de mi padre le levantaron un falso a mi madre, en el cual hablaban de que yo no era hija de mi papá. Mamá sufrió mucho con esto y papá se mortificaba tanto, que platicaba luego que al regreso de su trabajo a la casa, siempre venía con el temor de no encontrar a mi madre en casa, por el sufrimiento que le veía. En este asunto mi padre siempre la apoyó, le decía que ese chisme no tenía por qué separarlos, que él confiaba en ella y afortunadamente lograron superarlo. Yo fui una niña muy enfermiza, no sé si por ser la primera. Cuando tenía apenas dos años, mi madre bajó de la estufa un balde de jabón hirviendo y yo metí allí todo mi brazo izquierdo y me quemé. Todo el brazo se me hizo ámpula, platican mis padres que cuando me llevaron al médico, sólo veía como me levantaban la piel y me sangraban para curarme, yo observaba muy atenta y decía “ía chane”, pero no lloraba. Después padecí anemia mucho tiempo, me llevaban a inyectarme hierro que dizque es muy doloroso, pero no lloraba. Entré a estudiar primer año de primaria a los cinco años ya que la escuela me quedaba a una cuadra y media de distancia, era una escuela católica y

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me aceptaron. Al siguiente año me llevaron a la escuela que pertenecía a la Fundidora ya que allí trabajaba mi padre y como yo tenía seis años, mi papá sugirió a los maestros dejarme en primer año, me hicieron una pequeña prueba de admisión y decidieron pasarme a segundo año. Ahí sin ningún contratiempo terminé felizmente mi primaria en la cual además de lo académico aprendí muy bien a tejer zapatitos de bebé, a elaborar carpetas y morrales para libros, un poco a remendar ropa, también me hice un fondo y un calzón tejido en la orilla de las piernas, aprendí sobre flores, cocina, gimnasia y canto; en las fiestas de fin de año me elegían para cantar zarzuela, mi maestro de canto fue don Armando Villarreal, autor de la canción “Morenita mía”. Lo que más me gustó hacer de todo lo que aprendí, fueron zapatitos de bebé. Con el permiso de mi mamá, desbarataba sweaters viejitos que ya no usaba y hacía zapatitos, sólo compraba el listón para el adorno y también el hilo brilloso para resaltar la orilla. Cuando había bebé en la colonia, llevaba a ofrecer mis zapatitos y me los compraban. Siempre guardé ese dinero, nunca lo gastaba, seguí guardando. En una ocasión mis padres decidieron hacer una compra importante (un terreno), y yo veía que se angustiaban porque les faltaba un poquito, para esto yo tendría unos l2 años y les ofrecí que les prestaba lo que tenía guardado y pues claro que lo aceptaron. Sentí muy bonito poder contribuir en algo, pero finalmente, la verdad me enojé porque nunca me lo devolvieron, claro que no lo expresé porque no me sentía con derecho, pero nunca les volví a ofrecer, pues yo seguí con ese hábito ahorrador hasta la fecha. A los 14 años empecé a tener novio, me gustaba salir mucho a los bailes; me daban permiso porque nos acompañaba la mamá de una de mis amigas y allí era donde me veía con mi novio, bailábamos hasta la una de la mañana casi todos los sábados y entre semana nos veíamos cuando salía yo a algún mandado, ya que vivíamos en la misma cuadra. A mí me interesaba tener novio sólo para tener con quién bailar o salir a pasear a algún lado, nunca pensaba en matrimonio. Comencé a trabajar chica porque a los 11 años empecé a estudiar mi escuela Comercial y la terminé a los 14; ya para entonces, tenía nuevas rutinas entre

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el trabajo y el novio. Y así fue mi adolescencia, cambiando seguido de novios pero como antes dije, sin pensar nunca en serio o en matrimonio. Cuando me empecé a sentir grandecita, a los 22 años ya pensé en la necesidad de una relación seria y pues decidí que así fuera. Entonces duré tres años de novia, ahora sí pensando en matrimonio; me enamoré de mi novio y él de mí y nos casamos. Conocí a mi último novio casualmente en la calle, cuando salía yo del cine Juárez, que en ese entonces era el mejor cine que había en Monterrey; andaba con mi hermana y él con un amigo, ellos se dispusieron a acompañarnos y no nos opusimos, ya que caminábamos como 15 cuadras hasta tomar el camión. Ellos decidieron acompañarnos hasta la casa, así seguimos viéndonos durante unos dos meses más o menos, cuando ya que empezaron los aguaceros muy fuertes. Él no tenía carro y al parecer eso dificultó que siguiera cumpliendo conmigo. En ese entonces no había forma de comunicarnos pues no había distribución de teléfonos y yo cambiaba muy seguido de horario en mi trabajo. Pasó un tiempo corto, algunos meses, yo tenía turnos en mi trabajo, una ocasión tomé mi camión a la una treinta de la tarde, mismo que tomaba a la altura de la Fundidora, por la calle Tapia, que en ese entonces tenía doble circulación. Mi camión se detuvo a recoger o a bajar pasaje y justamente cuando el camión arrancaba, mi novio iba saliendo de una de esas calles y vio que yo iba en ese camión, del lado de la ventanilla y levantó la mano como saludando o diciendo adiós, no lo sé. Acto seguido se fue corriendo a la calle de Félix U. Gómez a tomar un camión que pasara por las mismas calles que el mío y cuál sería mi sorpresa que una cuadra antes de llegar a mi trabajo, escuché que alguien chistaba insistentemente, yo no volteaba porque no oía mi nombre y la verdad no me podía imaginar que fuera él. De repente escuché mi nombre, entonces me di la vuelta para ver quién me llamaba y era él, enseguida nos pusimos de acuerdo y continuamos viéndonos; nunca me dijo si quería ser su novia, sin embargo, me presentaba como tal con sus amistades y así seguimos tres años. El último año de noviazgo discutíamos

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mucho, cada domingo por intimidades, como la mayoría de los hombres, yo pienso, luchan por la dichosa prueba de amor y pues la verdad yo nunca se lo permití y de ahí las discusiones. Yo siempre le decía que después, esperando que entendiera que después de casarnos, ya que no estaba segura si su intención era casarse conmigo o no. Al fin me pidió ser su esposa y acepté, pues sí estaba enamorada de él y pienso que él de mí, porque me lo demostró de muchas maneras. Un 15 de mayo pasaron sus papás a pedirme, él tenía buen trabajo, para entonces ya tenía su carro y pusimos fecha para octubre 21 del mismo año, pero se presentó el noviciado. Al mes de que me pidiera lo despidieron en su trabajo y se tuvo que cambiar la fecha de la boda y algunas otras cosas. Cuando él empezó a trabajar de nuevo, tendría que irse a residir a San Luis Potosí, pidió mi opinión y estuve de acuerdo, no había ningún problema. Él venía a verme cada ocho o 15 días, según su ruta de viajes, ya que visitaba Aguascalientes y Zacatecas, o sea, 15 días estaba en San Luis y 15 días viajando. Recibía una o dos cartas por semana, cuando salía de convención a México, era enviarme tarjetas hasta que llegaba. Nos casamos el 21 de diciembre de ese mismo año. Para entonces él ya tenía la casa amueblada, pues habían pasado seis meses de trabajar por allá. Empecé a viajar con él durante mucho tiempo, no le gustaba dejarme, no obstante que ya estaba embarazada de mi primer hijo. Al principio él quería cuidarme para no embarazarme, decía que quería disfrutarme mucho, pero la verdad yo sí deseaba tener mi bebé y él no se opuso. En San Luis Potosí traté mi embarazo porque él por su trabajo visitaba casi todos los médicos y de alguna manera se formaba la amistad con ellos y tenía confianza. Mi niño nació el primer día de las Olimpiadas en México, el 5 de octubre de 1968 y gracias a eso fue un show, que si llegaba el médico, que si no llegaba, que si llegaba el suplente, que si no llegaba, en fin pura fiesta. Por fin nació mi niño por eso de la 1una y media o dos de la tarde, me lo enseñaron

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y empecé llore y llore de emoción porque ¡era niño!, la mayoría de las parejas siempre deseamos que el primer hijo sea hombre, no sé si para desgracia o para fortuna, pero así es y en ese entonces no se usaba todavía hacerse “ecos” ni nada por el estilo que te advirtiera el sexo, por eso mi gran emoción. Se lo lleva la enfermera al cunero y cuando se abre el elevador para salir al piso, en eso entra mi esposo al elevador y le pregunta a la enfermera: “Perdone, ¿de quién es el bebé?” Y le contesta: “Es hijo de la señora Rosa Villarreal” y se cierra el elevador. Me platicaba el amigo que lo acompañó que mi esposo empezó grite y grite que tenía un hijo, que era hombre, y me enseñaba los moretones que traía en su brazo (su amigo) de que lo apretaba muy fuerte para descargar su emoción. Nos quisimos mucho, seguimos viajando igual y vivíamos bien, claro que había algunas desavenencias, sobre todo en lo sexual. Pasó el tiempo, aproximadamente dos años y nos cambiamos de casa. Cuando yo era soltera, siempre me gustó ahorrar aún sin tener novio, pensando en que si el que fuera mi esposo no tenía para comprar casa, por lo menos yo tendría el enganche que me parece es lo principal para tener un crédito hipotecario y pues así fue, con ese dinero y con el crédito compramos nuestra casita, ya luego él siguió pagando mensualidades, igual como pagaba renta. Pasaron unos meses después del cambio de casa y ya mi niño estaba por cumplir tres años, por tanto empecé a pensar en otro bebé. En una ocasión que salimos a cenar con una pareja amiga, nos sirvieron vino tinto y nos pusimos muy alegres, cuando ya regresamos a la casa le seguimos con el vino tinto hasta quedar bien embriagados. Ahí le anuncié mi deseo de tener otro bebé, batalló pensándolo como 15 minutos y aceptó, luego luego se empezó a elaborar el pedido y pues se dio el encargo. A unos meses de mi embarazo, mi esposo empezó a tener mucha amistad con un señor americano ya mayor, a quien le gustaba mucho ir de cacería, alborotaba a mi esposo y se iban. Algunas veces yo también los acompañaba

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con mi niño, pero avanzó mi embarazo y la verdad ya no quise acompañarlos, pero creció tanto la amistad entre ellos, que mi esposo pasaba más tiempo con él, que con nosotros, su familia. Empecé a sentir mucha soledad, le reclamaba su compañía pero no cambiaba nada, inclusive había una que otra noche que no llegaba sino hasta en la mañana. A mis padres nunca les platicaba de mis problemas, pero en esta ocasión sentí la necesidad de hacerlo. Les escribí una carta comentándoles mi sentir sobre la situación que estaba viviendo y les pedí que me fueran a visitar, pero que primero checaran bien las cosas, no fuera a ser que yo exagerara por mi estado de embarazo. Sí se dieron cuenta que no exageraba mucho y notaron el cambio, ya que siempre se había portado muy atento con ellos cuando nos visitaban. Y pues a raíz de eso y de algunos otros detallitos, empecé a planear el cambio para Monterrey y así estar con mi familia. Claro que primero tuve que hacer mi labor de convencimiento, pero la verdad no batallé mucho, al contrario, le gustó bastante la idea. Enseguida platicó con sus jefes inmediatos, lo consideraron y al año y tres meses nos estábamos cambiando para acá. Para esto, la amistad que tenía con el dichoso americano ya estaba disuelta, pues resulta que en el curso de todo este tiempo, mi esposo sufrió un pequeño accidente (un esguince), estuvo en el hospital, lo enyesaron e incapacitaron por dos meses y el gringo nunca hizo acto de presencia para saludarlo, ni para desearle que se aliviara ni para nada. Claro que yo aproveché la oportunidad para recordarle qué buenos amigos tenía y que en situaciones de enfermedad o de adversidad es donde se reconocen. Se quedaba callado, seguramente me otorgaba la razón. Ya estando aquí bien instalados en Monterrey, todo marchaba bien. De repente se presentó otra turbulencia al grado de que vino a hablar con mis papás; lo escucharon y le contestaron que no había problema, que si decidíamos separarnos, no seríamos los primeros ni los últimos y dos niños no serían ninguna carga. Como que él vio la cosa muy en serio y en ese momento dijo

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a mi mamá: “Señora, quiero mucho a su hija, olvide todo, no pasa nada”. Me abrazó, me apretó y salimos de allí como si nada. En ese tiempo pagábamos renta, de lo cual yo era enemiga, él ganaba muy buenos premios mensuales por ventas, pero era gastador y quería comprar chucherías para la casa que era ¡rentada! Yo me oponía, prefería guardar el dinero para comprar algo como un terreno o una casa pequeña, pero propia. Rebusqué palabras para convencerlo y logré que se comprometiera con un terreno, hubo varias discusiones fuertes por lo de la compra, pero la verdad no me afectaban, al contrario, yo disfrutaba sus enojos porque me salía con la mía. Lo apresuré a que se pagara antes de lo establecido ya que, según yo, porque nunca me informé, era como el banco nos podría prestar y construir (a mí para nada me interesaba eso de pedir préstamo ¡para nada! pero tenía que inventar argumentos). Ya pagado el terreno, me propuse vender la casa que compramos en San Luis, que la teníamos rentada a un compañero de su trabajo, digo me propuse porque para nada él tenía iniciativa; en varias ocasiones viajó a San Luis por diferentes asuntos, yo le hacía el encargo de que tramitara la venta en alguna agencia pero regresaba argumentando que este amigo y que el otro, y que la invitación que no se podía zafar, etcétera. Entonces pensé: “Si no le mueves tú, le muevo yo”. Escribí una carta a las personas que estaban habitando la casa para enterarles de la necesidad de vender y que por allí los visitaría. Me dispuse a irme sola, pero lo pensó mi esposo y decidió acompañarme. Se empezó a mover todo lo que se tenía que hacer y pues unos meses después, se vendió la casa. Construimos en nuestro terreno y desde entonces ahí vivo, a la fecha. Ya instalados en nuestra casa propia, sentía que ya no nos hacía falta nada, pues ya teníamos techo, comida y vestido. La pasábamos muy bien salvo alguna que otra desavenencia que hacía que nos enojáramos algunas horas. Otras ocasiones él, de buenas a primeras se molestaba no sé por qué, y se ponía a tomar algún vino en el comedor, podía ser en la mañana, en horario de trabajo

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y como yo no entendía nada y mis hijos todavía estaban pequeños, pues rápido los arreglaba y me los llevaba a la calle a las tiendas, nos tardábamos unas dos horas, regresábamos y él ya no estaba, por lo que seguía todo tranquilo. Igual a veces se iba enojado a su trabajo por algún detallito, por ejemplo podía ser porque al servirle su almuerzo, se me pasó ponerle el tenedor en la mesa, el vaso o la servilleta. Así sucedieron muchas ocasiones, sin que a mí me afectara, hasta que un día, estando yo de espaldas, calentando sus tortillas a que quedaran quemaditas como a él le gustaban, de repente me dice: “¡Qué fregado servicio es éste!”. Me molesté bastante y que volteo bien enojada y le digo: “No soy tu mesera y además estás en tu casa, puedes levantarte y tomarlo”, se lo dije en tono muy fuerte y como que le sorprendió mucho mi reacción e inmediatamente se retractó y me dijo: “No te creas, vieja”, sonriéndose un poco pero yo ya no le hablé, ni lo despedí, ni nada, sólo se fue. Entre todas estas cosas también había momentos muy gratos. Cuando salía de viaje por cuestiones de trabajo, nos invitaba y yo pedía permiso en la escuela de mis niños y lo acompañábamos, o si ellos no podían, lo acompañaba nada más yo. Él era detallista, algunas ocasiones me sorprendía mucho con sus atenciones, además debo confesar que yo no era una persona muy cariñosa, pero aprendí a serlo por él y su hermana, porque en sus momentos buenos, que también eran muchos, era muy cariñoso con nosotros, nos apapachaba de muchas maneras. Cuando de plano no había dinero para salir a comer o a cenar o al cine nos salíamos a algún parque y era jugar con mis hijos toda la tarde, a veces yo también. Cuando mis hijos ya eran adolescentes, empezaron a tener sus compromisos; yo siempre les sugería que se unieran algún grupo de la iglesia, que allí también había muchachas muy bonitas, batallaron pero así lo hicieron. Pero si ellos escuchaban algún plan de su padre de que íbamos al cine, o alguna variedad, o al teatro, inmediatamente cancelaban sus compromisos y sin decirnos nada se arreglaban y se subían al carro con nosotros, con el asombro de su padre desde luego pues nadie los había invitado, la verdad nos daba risa. Algunas ocasiones íbamos a bailar, otras a ver la variedad y si eso era de

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adultos, pues había chistes de colores fuertes, con la pena, pero el comediante tenía que cambiar su vocabulario por estar presentes mis hijos. Claro que eso fue un buen tiempo pero nada más, ya que sus compromisos crecían junto con su edad. Y así siguió la vida de mi matrimonio, educando a nuestros dos hijos según nuestras posibilidades. Un buen día, recibo la llamada de una dama preguntando por mi esposo:“¿De parte de quién?”, le respondo, y me dice: “De una amiga”. Le pasé el aparato a mi esposo y no se me ocurrió quedarme en la extensión sino que me paré frente a él, escuchando lo que contestaba. Cuando terminó, sonreía y le pregunté qué con eso, a lo que respondió que era una compañera de su trabajo que le pedía consejos. ¿Consejos de qué?, le decía yo y él nomás decía: “¡Ay, vieja! pues de todo”. Yo seguí muy seria, me fui enterando de esa amistad entre ellos y por supuesto que no me gustó, y muy seguido le reclamaba, hasta que un día me dijo muy enojado: “¡Estás bien loca, no tengo nada que ver con ella”. Entonces yo muy serena le digo: “Hazme una cita con el psiquiatra para que me quite lo loco y me ponga en mi lugar”. Se fue a su trabajo, ya que eso sucedió después de la comida. Al día siguiente le dije que había hecho cita con el psicólogo, que me diera dinero para pagarle, vio el asunto de mi parte muy en serio, claro que yo no tenía ninguna cita, sólo quería ver su reacción. Resulta que muy serenamente y condescendiente me contesta: “No vieja, no te preocupes, yo soy el que está mal, ya no va a suceder, esto lo voy arreglar”. No muy convencida seguí preguntando por el asunto. Una tarde recibí una llamada telefónica de otra de sus compañeras, yo nunca la conocí y me dijo, no sé por qué: “Señora, su esposo la quiere mucho, aquí en la oficina siempre está hablando de usted y sus hijos, no se crea de esa mujer, no vale la pena”. Claro que le pregunté quién era y cómo se llamaba, y me respondió que era compañera de mi esposo y me cortó. Traté de averiguar quién era pero no lo logré. Eso me tranquilizó mucho y volví a platicar con mi esposo sin decirle lo anterior de la llamada, vagamente recuerdo que me pidió perdón o algo parecido, el caso es que yo le dije: “Ok, todo está bien, sólo que no quiero saber nada de raids a nadie, porque ésta te la paso, la siguiente, ¡no!”.
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En 1989 por el mes de marzo, íbamos a recibir a un grupo de amigos y nos dispusimos a darle una buena arreglada a la casa, hacían falta varias cosas para cuando había visitas o invitados. Sólo el área social, en la planta baja, la pintamos, le compramos cortinas y un lavabo nuevo. Cuando yo andaba haciendo la compra del lavabo, por cuestiones de arreglo de la calle que debíamos tomar, nos desviaron por otra, mi hijo mayor andaba conmigo y nos tocó pasar por una calle donde había una casa que le encomendó vender un hijo de mi esposo (un “resbalón” que tuvo antes de casarnos y que siempre ignoré durante diez años). De eso luego les platicaré porque la verdad, eso también es muy interesante. Ese hijo nunca fue atendido por mi esposo que yo sepa, cuando este niño creció, su mamá se lo llevó a Tijuana a vivir allá no sé por qué. Aquí dejaron varias propiedades pues económicamente vivían muy bien. Resulta de que la mamá muere y ese hijo decide vender sus propiedades, una de ellas se encargó mi esposo de venderla, arregló lo de los inquilinos, quedó muy maltratada la dichosa casa y él se dispuso a arreglarla, por lo que seguido me llevaba ahí para ver como quedaba, yo la verdad a eso no le daba nada de importancia, no me interesaba para nada, era asunto exclusivo de él. Nunca supe si la vendió o no. El caso es que cuando yo pasaba casualmente por esa calle, vi la casa encortinada y me asombré, no lo comenté con mi hijo, ni dije nunca nada. En agosto de ese mismo año, se presentó aquí en mi casa una reacción muy sorpresiva de mi esposo, cuando me dejaron a cuidar un sobrinito de unos tres años aproximadamente, quien andaba correteando por ahí y este señor se puso tan enojado que le dio un cintarazo. Yo andaba en el patio y no me di cuenta de eso ni el niño me dijo nada, sí escuché que le gritó que se estuviera quieto pero nada más, y se fue muy enojado. Al día siguiente por la mañana el niño se quedó en casa de mi madre y le platicó lo del cintarazo, me llama mi madre y me pregunta muy extrañada qué sucedió, le digo: “Nada, mamá, ¿por qué?”, “Pues que tu marido le dio un cintarazo a Raulito”, “Pero ¿cómo, mamá?”. De inmediato me enojé mucho, pero ese día él no vino a comer. En la noche que llegó yo estaba en otra recámara pues no aceptaba estar en la

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nuestra. Él sólo llegó y se acostó. A la mañana siguiente fue a donde yo estaba e inmediatamente le reclamé, empezó a dar de gritos y a decir que no quería volver a ver niños en esta casa, le dije: “Qué bueno, porque así ya nunca van a entrar aquí tus sobrinos”, se retiró muy enojado, se bañó, empezó a empacar su maleta y se fue, ¿a dónde?, no sé. Era fin de mes, como un 28 ó 29, ya en otras ocasiones por diferentes motivos había hecho lo mismo, se iba a casa de su mamá y a los tres días regresaba como si nada, e igual yo lo recibía como si nada; sin embargo, esta vez no había quién lo atendiera en su casa, pues su madre se encontraba muy enferma. Pasaron dos o tres días y siendo quincena, le llamé a su hermana y le platiqué lo sucedido, ella lo veía seguido porque le rentó una parte de su casa para oficina e iniciar un negocio de productos químicos, de los mismos que distribuían en la compañía donde laboraba. Tenía de ayudante a la misma secretaria de su trabajo y trataban con los mismos clientes de la empresa, o sea que se aprovechaban. Por todo esto mi cuñada lo veía, y le dije, “Dile que necesito el dinero”, al día siguiente recibo la llamada de mi esposo muy ablandadito, me dice, “¿Cómo están, Rosy?, ya te deposité”. “Ok, gracias”, y me dice: “Nos vemos”. “Sí, que te vaya bien”, y colgamos. Pasaron los días, yo bien despreocupada, pero pensaba y lo comentaba con mi cuñada, ya que siempre nos llevamos bien. “Oye, no creo que esté mandando la ropa sucia a la tintorería y que esté comiendo todos los días en restaurante, ¿no crees? ¿dónde estará?” A la siguiente quincena, vuelve a suceder lo mismo, me deposita y sigo pensando igual. Un buen día, poco después de la siguiente quincena, ¡me asalta un pensamiento! ¡La casa encortinada de aquella calle! Y pues inmediatamente me di a la investigación. Mis padres me prestaban su carrito Volkswagen siempre que necesitaba, sabían que me gustaba trabajar en ventas cuando mi esposo salía fuera y en mis ratos libres, así que en el carrito me trasladé a la casa encortinada de aquella calle y empecé a encuestar a los vecinos, dizque venía de Sears ofreciendo crédito y si me proporcionaban referencias de sus vecinos, que vivían enseguida. Poco logré, ya que no hablaban con nadie. En la noche regresé de nuevo y me acompañó mi hermana,

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se notaba que no había nadie porque no había carro afuera, mi hermana tocó la puerta, salió un niño muy pequeño, estaban solos y le pregunta mi hermana, “¿Dónde está tu mamá?”. Le dice que en el súper, que ahorita viene, y “¿Cómo se llama tu mamá?”, y le dicen el nombre de la dichosa secretaria. Y allí se descubrió el pastel, como dicen, sin batallar tanto. Era su ayudante de oficina y su secretaria en la empresa. Ya todo descubierto, nos regresamos a la casa, mi hermana diciéndole de cosas hasta por los codos muy enojada, yo solamente callada y piense y piense en cómo le tumbaba su teatrito. Lo primero que pensé fue cómo enterar a mis hijos, pues su padre ya tenía un mes de no estar en casa y seguramente ellos pensaban en dónde podría estar. Primero hablé con mi hijo mayor, le dije: “Ya sé dónde está tu papá y quiero que me acompañen tú y tu hermano a esa casa, inclusive invitaré a tu tía (hermana de mi esposo) con nosotros”, y le encantó la idea; luego hablé lo mismo con mi hijo menor, le pregunté si quería acompañarme, inmediatamente aceptó. Hablé con mi cuñada y le dije: “Tú siempre dices que soy la cuñada que más quieres, ahora necesito que me lo demuestres”, me dice, “Sí, cuñada”, sin explicarle todavía nada. “Ya sé dónde está tu hermano y te vas a ir para atrás. Es la secre que está en tu casa, ¿cómo la ves?”. Muy asombrada me dice: “¡No puede ser, Rosy!, ¿estás segura?”. “Sí, estoy bien segura, allí están sus niños y los vi llegar juntos del súper, así que nos acompañas, o no”. Dijo “Sí, Rosy, ¿cómo le hacemos?”, nos pusimos de acuerdo para pasar por ella. Exactamente a la hora que salíamos por ella, va entrando mi esposo, pues de repente se daba vueltecitas y como todavía no entregaba llaves, nada más entraba. Nos vio arreglados para salir y preguntó “¿Ya se van?”. Le dijimos que sí, nos fuimos y él se quedó, ¿para qué?, no lo sé. Recogimos a mi cuñada y regresamos a la casa de nuevo para comprobar que se hubiera ido, resulta que allí seguía, nos esperamos ahí cerca, a esperar que partiera; tardó un buen rato y se retiró, ya luego nos fuimos nosotros a la casa encortinada. Llegamos, mi hijo mayor toca la reja con toda su fuerza, imagínense cómo salió el hombre: blanco de asombro o de temor o de alguna poquita de pena, no sé. “¡Qué pasó padre!, ¿qué haces?”, le dice mi hijo, y él le contesta: “Nada,

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m’ijo, vamos hablar a la casa”. “Ok, vamos”. Nos vinimos a casa, estuvieron discutiendo mi hijo y él sin alterarse (yo callada), mi hijo le decía que estaba en adulterio y qué pensaba de Dios, y que si los chiles le dieron resultado. Lo de los chiles era porque en alguna ocasión, por cuestiones laborales, siendo él gerente divisional y al encargarse del personal, se vio en la necesidad de obligar a un empleado a renunciar y éste lo amenazó con afectar a su familia. Un día, al llegar mi esposo a la casa, se encuentra en la puerta varios chiles colorados y se asusta, llama a mi hijo, hacen una oración, ponen agua bendita y los tiran lejos. De esto yo me enteré después que me lo platicaron, pues yo no estaba en casa. Mi esposo sólo se concretó a aceptar todo lo descubierto y a decir que nosotros nunca lo respetamos y cosillas así, para darle salida a la situación. Yo siempre me mantuve callada, no tenía nada qué decir pues todo estaba a la vista. Al irse de la casa, mi hijo menor (17 años) se puso muy triste, le pedía que no se fuera, pero tenía que irse. Platicando con mis hijos, les pregunté si lo dejaba por allá o me lo traía, me dijeron: “Tráetelo”. Inicié la conquista, aprovechando cada ocasión que él venía, hablándole de la necesidad que tenían sus hijos de que él estuviera acá y haciéndose un poco del rogar, al mes estaba de nuevo con nosotros. Así empezó para mí una nueva vida, ahora tenía que competir con una persona más joven que yo, más dispuesta a ser su secretaria incondicional, etcétera. Él me hablaba de ella como la mujer maravilla, entonces yo tenía que ser una mujer maravilla y me dispuse a ayudarle arduamente en su trabajo, allí fue donde empezó mi viacrucis o mi calvario. Él no venía a comer con nosotros. Pasaba la noche conmigo y el día con ella. Me propuse una meta: soportar esta situación durante un año durante el cual me daría tiempo de saber qué sucedería siendo yo otra persona que no era ni quería ser, haciendo totalmente todos sus gustos, como me decía que lo complacían allá, hasta llegar a bañarlo. Él notaba mi cambio y me decía: “Eres muy buena, Rosy, has cambiado mucho, pero si dejo todo y regreso, vuelve a

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ser lo mismo”, yo me quedaba callada porque la verdad, pudiera tener razón, me estaba siendo sumamente difícil ser otra persona. Cada día disminuía mi peso, tenía el temor de enfermarme y no poder servir a mis hijos en sus necesidades y problemas propios de ellos que se presentaran, además de los familiares. Pasaba el tiempo y el ambiente que aquí se respiraba era demasiado tenso. Yo insistía en andar con él para todas partes, algunas veces aceptaba, otras me rechazaba. Un viernes santo quise acompañarlo a su negocio, mis hijos no estaban y pues era prácticamente día de asueto y él todos los días, invariablemente, pasaba a hacer corte en su negocio, pero no quiso que lo acompañara, me rechazó rotundamente diciéndome que me era infiel cien por ciento, así que me quedó muy claro todo y así siguió esta difícil situación. Otro momento que me quedó muy grabado fue un 9 de mayo, víspera del día de las madres, precisamente andaba él con un proveedor y desgraciada o afortunadamente, siempre se presentaba algo para discutir sobre lo mismo y levantando la voz me dice: “¡Es que ella es la mujer de mi vida!”, otra vez me quedó muy clarito todo. Fue pasando el tiempo, yo continuaba iba bajando de peso y también acercándose el plazo previsto. Se llegaron las fechas de fin de año y siempre era pasar Navidad en casa de mis padres y año nuevo en casa de los de él, pero pensé que si se hacía igual, nadie notaría nada de parte de su familia, así que decidí que fuera al contrario. Él quería pasar Navidad con la mujer y Año Nuevo como de costumbre. Él le preguntó a mi hijo menor qué fecha le gustaría que pasara con nosotros, mi hijo le contestó: “Las dos”. Mi esposo le dijo que no podía pues tenía que cumplir con la mujer, quien estaba sola y trabajaba mucho. Yo ya estaba muy bien preparada para, en cualquier momento, despedirlo, ya que a medida que pasó el tiempo detectaba que él de plano no tenía vergüenza y le era muy cómodo vivir con las dos, pues allá lo trataban muy bien para que no se viniera, y acá igual, para que no se fuera. Eso me llevó a tomar la decisión definitiva. Logré que pasáramos Navidad aquí en casa, preparé cabrito y cenamos muy a gusto, vacilando y todo. Se llega fin de año, el 31 de diciembre me pide que le dé traje, corbata, camisa blanca y demás,

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le digo:”¿Ah, sí? Y eso ¿por qué?”. Me dice: “Porque tengo que pasar allá esta fecha”. “¿Sí?, ¿con tu amante?, si es así, te vas con todo y tu ropa”. Me replica, “No, Rosy, no es mi amante, es cuestión de trabajo”. “Entonces, llévame” y se queda callado, o bien, le digo: “Puedes traerla aquí a la casa a cenar, no sería la primera vez que traes una compañera de trabajo a cenar con nosotros”. Me dice: “Lo voy a pensar, así como tú piensas todo”. “No, es ahorita”. “Mañana vengo a comer aquí contigo”. “¿Ah, sí? y yo te voy a recibir con una sonrisa de oreja a oreja porque vienes de acostarte con tu amante, ¡qué felicidad!, ¿no?”. En eso baja mi hijo mayor y le dice: “¿Qué pasó, padre?”. Le contesta: “Tu madre quiere que me vaya, hijo, ¿me voy?”, y le dice mi hijo “No, padre, ¿por qué te vas a ir?”, y eso fue como decirle sí, vete, porque inmediatamente subió mi esposo, recogió su veliz con la ropa que le puse y bajó. Al llegar a la puerta se sintió muy mal y se dejó caer en el sillón, se checó la presión, la traía muy baja, pero se recuperó y se levantó. Al salir en la puerta, le dice a mi hijo mayor: “Me tengo que ir, tengo un compromiso, yo sé que ustedes van a sufrir mucho pero ¡ni modo!”, y se fue. Me sentí muy triste pero a la vez empecé a disfrutar mis primeras horas de no estar lidiando tanto contra mi adoptiva y extraña personalidad. Terminó mi año infernal y aún triste, levanté las manos al cielo. De esto no se dio cuenta mi hijo menor, pues todavía se encontraba dormido y encerradito en su cuarto. No le dije nada. Un día buscaba una camisa de su papá para ponérsela y anda vete, no había nada, me pregunta por él, sólo le digo: “Se fue”. A los 15 días vino a decirme que estaba arrepentido, que una cosa era lo que decía y otra cosa, la realidad. Nada más le dije: “Está bien”. Después, en otra ocasión me dijo que estaba muy sentido conmigo porque esperaba que yo le ofreciera la casa. La verdad ya no entendía nada, ni me interesaba entender. Mi hijo mayor me ayudó y me apoyó muchísimo en esta etapa de transición, que yo tenía que vivir y como en alguna parte lo he leído, el tiempo es el mejor amigo que todo lo cura... y así fue. Ha sido hermoso irme redescubriendo poco a poco. Con mi esposo, se puede decir que corté de tajo. Nunca lo he molestado para nuestras necesidades, al principio estuvo trayendo algo de dinero por

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quincena y algo de despensa, cosa que yo acepté sin cuestionamientos. Esto duró aproximadamente dos años, luego me llegó a casa con la novedad de que le prestara el acta de matrimonio, pues según esto, requería de un préstamo bancario para su negocio, cosa que le negué rotundamente. En alguna ocasión me dijo: “Tú y yo no somos nada, no tenemos la misma sangre, sólo tenemos un contrato, un papel que no sirve para nada”, por eso pensé: “¿Ahora sí te sirve?, pues no hay papel”. Se enojó muchísimo, empezó a dar de gritos que él nos traía todo y ahora que se le ofrecía le negaba todo, me amenazó con ya no traerme ese dinero y lo cumplió. Me hacía falta ese dinero no lo puedo negar, pero a la vez, estaba encantada de no verlo ni hablar con él, yo no deseaba ninguna clase de relación, pues no era fácil desprender ese apego de mi corazón más que no saber nada de él. De esta manera empecé a manejar el timón de mi barco, el control de mi vida. Recuperé mi alegría. No piensen que esto fue fácil, en ese dichoso año fatídico, yo sabía que lo iba a despedir pero ¿cuándo?, ¿en qué momento?, pues en uno de esos descaros que él tenía con nosotros, alcé la vista al cielo y dije: “Señor, no lo soporto más, él debe irse, indícame el momento porque esto no es fácil”. Y así fue que se dio el día y la hora. Al día siguiente que se fue, moví todos los muebles de mi casa: donde estaba la sala puse el comedor y viceversa, al siguiente mes se iba el comedor a la estancia de televisión, etcétera. Igual mi recámara le puse su mejor atuendo y de un lado a otro, eso me hacía sentirme diferente, algo motivada, como en otra casa; también acepté invitaciones a grupos de la iglesia, me ayudó mucho eso, te encuentras amistades buenas y no tan buenas, pero fui viendo luz donde había sombra, además disfruté a mi hijo mayor en muchísimas formas. A mi hijo menor yo lo sentía muy confundido, pues él siguió frecuentando mucho a su papá y yo únicamente le pedía a Dios que no lo soltara de su mano, pues no estaba segura si por allá tenía una mano amiga o no. Teníamos muy poca comunicación, siempre tuve el temor de ser controlada por mi esposo a través de mi hijo menor. Viví mi tiempo de duelo, me gustaba estar mucho en mi casa, sintiendo lo que en ese tiempo me correspondía vivir, leía libros de motivación, de auto-conocimiento y poco a poco fui recobrando mi energía, me fijé metas que debía cumplir y eso me mantuvo en constante

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lucha para lograrlo, desde luego tenía que cuidar mucho el poquito ingreso que percibía y todo esto hacía que se disipara mi pena. Igual, cada vez que se me presentó la oportunidad de viajar, lo hice, endrogándome con el dinero, pero lo solucioné. Dios me ha regalado a muchas personas que han motivado mi existencia, desde mi familia, hasta personas totalmente desconocidas. Una de ellas, tan humana e incondicional, es la señora Paty Basave, pues sin saber yo misma cómo, fui creciendo y reconociéndome más; les confieso que al principio me sentí muy reacia a todo esto, sin embargo Paty logró que yo esté aquí. Nunca olvidaré este año de 2007 que como dicen por allí: “Año non, es de don”. Gracias Paty, deseo seguir colaborando contigo, en tu esfuerzo por la equidad de género y por liberar a la mujer de sus ataduras que como en muchas ocasiones lo has dicho, a ti ¡te apasiona!... nuevamente muchas gracias. A mis maravillosos hijos que en momentos verdaderamente difíciles, me han apoyado. El mayor, al principio y en el transcurso de mi conflicto, mi separación y demás, estuvo conmigo en todo momento. El menor ya siendo todo un adulto muy responsable, cuando la vida me vuelve a dar una buena sacudida pues estuve a un mes de perder mi casa y sacar mis muebles a la banqueta, ahora le tocó el turno de apoyarme a él en toda mi movilización, viajando a México, tratando con abogados y más abogados. Con este gran apoyo se solucionó la situación y todo volvió a la normalidad. Gracias, mis hijos.

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¡No necesito guajes pa´nadar!
por La Patita

A veces me pregunto ¿por qué soy tan aprensiva? En 1951, a los cuatro años de edad, casi me quedo huérfana de padre porque a papá, que en ese entonces tenía 35 años, le dio un infarto masivo que lo dejó muerto por más de cinco minutos. Gracias a Dios, lograron revivirlo. En esa época en que no había marcapasos, ni bypass y mucho menos trasplantes, milagrosamente la libró y se recuperó con muchos cuidados, mucha fe, mucha paciencia, pero sobre todo, mucho optimismo. Tres años atrás nos habíamos ido a vivir a Puebla pues un laboratorio de Monterrey le había ofrecido la representación de medicamentos en aquella zona. A los dos años lo desocuparon y tuvo que buscar algo más. Emprendedor y aventado como siempre fue, puso una distribuidora de aceites y lubricantes; desgraciadamente no funcionó y al poco tiempo la cerró. Debe haber sido muy difícil para él, que era tan responsable, encontrarse sin trabajo en una ciudad donde no conocía a nadie, haber perdido todos sus ahorros, y con esposa y tres hijos que dependían de él completamente. Mamá platicaba que estaban en una situación tan crítica que hasta los veinticinco pesos que cobró el doctor por la visita a domicilio tuvo que pedírselos prestados a uno de los vecinos. Me inclino a pensar que el estrés (palabra que en ese tiempo ni se conocía) le causó el infarto. Superada la gravedad del momento, tuvimos que regresarnos a Monterrey. Mi hermano y yo nos vinimos en tren con abuelita Concha, “hirviendo” (así decía mamá) en calentura y totalmente llenos de sarampión. Recuerdo el temor que sentía y la emoción del viaje, mas no la enfermedad. Betty, que tenía dos años, se quedó con mamá quien, junto con tía Chela, la hermana de mi abuelita, empacaron las cosas de la casa y después de mandada la mudanza, se regresaron en automóvil. Tío Paco y tía Nelly tuvieron que interrumpir
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su luna de miel en Acapulco para pasar por ellos y venirse en dos carros, ya que papá tenía que viajar acostado en una camilla improvisada en el asiento de atrás. Fue necesario hacer el trayecto en varias escalas para que él se fuera adaptando a las diferentes alturas, pues según el doctor, en un solo día, un cambio tan brusco de más de dos mil metros de altura en Puebla y México, y a menos de 500 en Monterrey, podía haber sido fatal. Cuando llegamos nos instalamos en casa de abuelita Concha que aún tenía cuatro hijos solteros. Allí vivimos casi un año, amontonados y de la caridad de todos porque papá estuvo en cama por meses y no podía trabajar. Cuando se mejoró, consiguió trabajo y nos cambiamos a una casita cerca de la Alameda. A los dos o tres meses le repitió el infarto pero en esta ocasión más leve y estuvo convaleciente algunos meses más, así que nuevamente dependimos de la familia para subsistir. Se acercaba la Navidad y ya mamá nos había dicho que no íbamos a tener regalos y que ni siquiera íbamos a tener pino porque no podíamos comprar uno, pero unos días antes del día 24, llegaron tío Paco y una amiga de la familia con un arbolito y los adornos necesarios; mis hermanos y yo estábamos felices. Recuerdo a papá llorando de la emoción, ellos también se encargaron de dejarnos regalitos para el día 25, cosas chiquitas y algunos dulces, pero en esos tiempos los niños no éramos muy exigentes y pasamos una muy feliz Navidad. Papá siempre les estuvo agradecido por ese detallazo. A pesar de todos los pronósticos, mi papá se recuperó y logró vivir con un corazón cicatrizado en 3/4 partes por 27 años más; con un cuarto de corazón que le quedó, llevó una vida casi normal y logró alcanzar éxito personal y una gran abundancia económica. Por muchos años lo atendió el doctor Enrique Livas, a quien acudió recomendado por tío Pedro, su primo, quien era médico pero no cardiólogo. Cuando lo vio por primera vez le dijo: “Doctor, no estoy trabajando así que no tengo para pagar las consultas” y él le contestó —y muchas veces lo repitió un poco en broma— “No te mortifiques, Lázaro, yo te quiero atender porque tú eres un misterio de la ciencia, clínicamente deberías estar muerto, porque no hay explicación científica para que estés vivo”. Siguió

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viéndolo por mucho tiempo y no sólo no le cobraba, sino que, además, le daba los medicamentos, gracias a esto pudo seguir su tratamiento. Creo sinceramente que uno no se muere hasta que Dios lo decida, porque, claro fue que a papá no le tocaba; a menos que por los ruegos de mi madre, quien era muy nerviosa y tenía pavor de quedarse sola, Dios se haya arrepentido de llevárselo. Fui una niña muy feliz, pero sobre todo protegida, a veces hasta de más y mi único temor era perder esa seguridad. Mamá siempre nos decía que no mortificáramos a papá porque si hacía corajes se podía morir. Su frase típica era: “¿Qué hacemos si tu papá nos falta?”. Ella nos transmitió su temor y yo compré con obsesión ese boleto. Siempre me porté bien, fui excelente estudiante, respeté y obedecí las reglas de la casa y traté de no dar problemas. Cuando alguna fiesta o diversión no estaba dentro de lo permitido, ni me alborotaba y ni siquiera intentaba el permiso. Durante mi infancia, mi adolescencia y parte de mi vida adulta, miles de veces me desperté horrorizada por el sueño recurrente de que papá se moría; el miedo de que eso pasara me angustiaba demasiado. En todos los acontecimientos trágicos como la muerte de mi abuelo, su suegro, a quien él quería mucho; cuando mamá perdió a su última beba; cuando repentinamente murió mi abuelita, su mamá, que fue su adoración; cuando murieron cada uno de sus hermanos, etcétera, lloré mucho por el dolor que todos esos acontecimientos me causaron en su momento, pero más lloré de pensar que estas penas podrían causar la muerte de mi querido papá. Me acuerdo que desde muy chiquita cuando lo veía dormido, me acercaba sin hacer ruido para ver si respiraba, a veces me escondía donde él no me viera y lo observaba con temor para ver si le notaba algo que pudiera indicarme su próxima muerte. ¿Sería este miedo a no tenerlo y a perder la seguridad que él representaba para mí lo que me hizo ser gorda?

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Mi infancia no se vio muy afectada Éramos parte de una familia muy unida, todos los tíos y los abuelos nos consentían; no teníamos dinero pero lo que sí no nos faltaba era amor, armonía y sobre todo, mucha alegría. Cuando invoco imágenes de entonces siempre los veo a todos riéndose. Nos juntábamos en casa de mi abuelita (quien había quedado viuda a los 33 años) ella, sus nueve hijos, casi todos casados; tía Chela y su hijo Pedro; amigos que nunca faltaban y veintitantos primos. Los adultos se ponían a cantar, a tocar la guitarra o jugar a la baraja. Los tíos se turnaban para entretenernos; nos ponían concursos, nos contaban cuentos, nos cantaban canciones de Cri-Cri, nos decían adivinanzas, etcétera. Allí comíamos o cenábamos, según el caso, todo ese “bonche” y así pasábamos sin variar todos los domingos, las navidades, fines de año y demás. La felicidad de ese tiempo no creo haberla vuelto a vivir, a excepción de cuando nacieron mis hijos. Cuando salí de secundaria yo quería hacer la prepa para estudiar arquitectura, pero papá me argumentó que la posición económica de la familia en ese tiempo no podía sostener dos carreras, una en el Tec y otra en la Universidad. Además, era la época de los sesentas, había muchas broncas por lo que no le parecía recomendable para su “hijita”, además yo me iba a casar (eso era seguro) e iba a tener quien me mantuviera, y como decía mamá: “¿Para qué quieres una carrera, para ir a lavar pañales?”. Claro, que al que no podían dejar sin estudios era a mi hermano porque él era hombre y además iba a ser cabeza de familia. Mi única opción fue estudiar lo que era común: una carrera comercial. Papá no era machista y era enemigo de la falta de preparación, yo creo que le costó mucho verse obligado a negarse a mis deseos y estoy segura que se sintió en deuda conmigo, porque cuando la situación económica mejoró, a pesar de que yo ya estaba trabajando, me dijo que entonces sí podía estudiar. A mí se me hizo complicado a esas alturas estudiar la preparatoria, así que busqué una carrera donde no la exigieran y opté por llevar una licenciatura en Diseño de Interiores. Como dije antes, siempre fui buena estudiante, así que obtuve uno de los promedios más altos de la carrera lo que me hizo merecedora de poder

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hacer una maestría en Alemania. Pero yo era mujer, ¿cómo me iba a ir a un lugar tan lejos, con un idioma que no sabía, sin conocer a nadie y además vivir sola?, para mis padres era algo muy difícil y no me dejaron ir. No me gusta dolerme de los hubieras, pero no puedo evitar pensar que quizá mi vida fuera diferente si hubiera aprovechado esa oportunidad. Como que no se me dio el amor El cambio de edad me llegó muy tarde, me faltaban unos meses para cumplir 15 años cuando reglé por primera vez. Mis amigas, que ya eran “señoritas” desde varios años antes, se arreglaban y se vestían más juveniles pero a mí me vestían con banditas, no me dejaban sacarme las cejas ni rasurarme las piernas ni las axilas porque todavía era “niña”, todo esto midiendo ya 1.65 y teniendo “cuerpo de bóiler”, por supuesto que mi aspecto no era nada agradable que digamos. Recuerdo haberme sentido fea, pero aún así, en esa edad, tuve mi primer novio, un amor totalmente platónico. Yo estaba en secundaria y un chavo de prepa del cual yo me sentía locamente enamorada me pidió ser su novia, nos veíamos a la salida del colegio en una plaza que estaba cerca, nos sentábamos en una banca y nuestras pláticas no pasaban de: “Hola, ¿cómo estás?”, “Bien, ¿y tú?”. “Igual”. Me tomaba de la mano y no volvíamos a cruzar palabra hasta que después de cómo una hora me decía “¿Nos vamos?”, yo le decía: “Ok”. Yo me iba a mi casa y él al colegio, porque estaba interno ya que no era de aquí. Al otro día lo mismo y así siempre. Nunca salí con él a ningún lado, por supuesto que nunca me dio un beso. No recuerdo cuánto duró nuestro “noviazgo” ni cómo se terminó, pero, a pesar de lo payo, fue una bonita experiencia, fue mi primera ilusión. Cuando por fin me desarrollé, mi cuerpo cambió y se formó mejor, aunque siempre he tenido problemas con el peso y esto me ha hecho sentirme acomplejada. Me favorecía que no tenía nada de panza, era muy blanca, con abundante cabello muy negro, acinturada y de cadera ancha... pero era tan pendeja y tan ingenua que no me daba cuenta de que era el tipo de mujer

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que le gusta a los hombres. Me molestaba que en la calle voltearan a verme y hasta me decían piropos. ¡Tan bruta!, en lugar de sentirme halagada, me enojaba. Después anduve con otro chico que era un niño bien, muy mimado y por consiguiente egoísta; decidí terminar esa relación que no fue agradable y que tampoco duró mucho. Cuando tenía 17 años entré a trabajar a una conocida empresa de la ciudad, allí hice muchos amigos, fue la mejor época de mi vida. Me divertía mucho en reuniones, fiestas, bailes, etcétera. Me daba cuenta de que los muchachos mostraban interés en mí, pero como que se quedaban en el intento, mis amigas me decían que era porque me tenían miedo ya que yo llamaba mucho la atención, no sé si sería verdad, pero a mí siempre se me hizo muy estúpido y absurdo. Desde entonces no entiendo a los hombres. Salí con varios muchachos, uno de ellos que a mí me encantaba y después de unos meses me dijo que no podía seguir conmigo porque él se sentía muy poca cosa para mí, que yo me merecía algo mejor. Creo que es la excusa más pendeja del mundo. Yo más bien pienso que no le gustaba que yo fuera autosuficiente y decidida; en fin, vuelvo a decirlo, no entiendo a los hombres. Como no tenía mucha suerte en el amor, por mucho tiempo fui a la Iglesia de San José a rezarle su novena (¡de verdad que era ingenua!) porque según decían, a él debía de pedirle que me enviara un buen marido, como él, que había sido el esposo perfecto (todavía se ha de estar riendo de mí). Mi sueño en esa época era convertirme en una excelente mujer: estudié formación familiar, aprendí a cocinar, me interesé por cultivarme y superarme en todos aspectos y sobre todo (aquí viene lo mejor) me conservé virgen para ofrecerle mi “pureza” como un regalo especial al hombre que me “hiciera el favor” de fijarse en mí y casarse conmigo. Ese pendejo llegó cuando yo tenía 19 años, ¿cómo lo conocí?, no es importante, pero chingue su madre el que nos presentó. Al principio todo fue maravilloso, la verdad fue que yo creí que él en realidad me amaba, tenía los más bellos

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detalles, no había semana en que no recibiera flores, ni se pasaba un mes sin que me trajera serenata, todos los días me encontraba recaditos de amor en el parabrisas de mi carro, que me había dejado durante la noche. Cuando yo cumplía años, enviaba un ramote de rosas rojas para mí y a mi mamá otro de rosas blancas dándole las gracias porque, por ella, él me tenía. Cuando por el trabajo salía fuera, además de llamarme, recibía hasta dos y tres cartas todos los días y no importaba dónde estuviera, cada fin de semana venía a verme. Detalles como estos y muchos otros me fueron conquistando, además, ¿qué me preocupaba?, San José me había enviado al “mejor”. Obviamente después de mis romances fallidos, de hombres “que no me merecían” y de muchos otros que me tenían miedo, tantas muestras de amor y tantas atenciones me encandilaron y caí de la única manera que podía caer: redondita. No todo lo que brilla es oro Duramos cinco años de novios y me casé con mi “partidazo”. Desde la luna de miel las cosas no fueron prometedoras. Romántica e ingenua como yo era y detallista como él fingía ser, pensé que todo iba a estar planeado y debidamente resuelto, pero, ¡oh decepción! Para empezar, si no hubiéramos recibido regalos en efectivo, no se qué hubiéramos hecho, porque el “señorito” no tenía ni un cinco ni había arreglado nada. Ni siquiera había checado los horarios, así que perdimos el vuelo de regreso y tuvimos que quedarnos dos días más a que saliera el siguiente, con el problema de que ya no teníamos dinero. Él no sabía qué hacer, ¡ah!, pero allí voy yo de “nalgas prontas”, a sugerir hablarle a mi papá para que nos prestara lo que necesitábamos, inmediatamente aceptó y se solucionó el problema. Sería injusto no reconocer que disfrutamos mucho y no puedo negar que a él le debo el saber cómo sacar el máximo provecho al viajar, ya que siempre encontraba los principales puntos de interés y además tenía la habilidad de hacer de los contratiempos parte de la diversión. A los dos meses de casados, se quedó sin trabajo. Desde ese momento fue como si hubieran quitado a uno y hubieran puesto a otro.

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Empezó a mostrarse egoísta, irresponsable, siempre estaba de mal humor y empezó a tomar mucho y a ser grosero, en una palabra ¡cabrón! Esto fue en los setentas, de allí las cosas se pusieron más difíciles en el país y tardó casi un año en volver a trabajar. ¿Qué pasó?, ha sido una de las incógnitas de mi vida. Un psiquiatra a quien consulté me dijo que si él hubiera seguido en su trabajo y mejorando cada vez, nunca hubiera cambiado, porque según esto, él se sentía mal de no poder darme lo que pensaba que yo merecía. O sea, él me quería mucho y quería darme el sol, la luna y las estrellas, pero como no podía, entonces empezó a darme en la madre. Insisto, no entiendo a los hombres. Él me quería tanto, tanto, que me hacía sufrir mucho, mucho, y era tan méndigo que después de todos los sanquintines, cuando a mí en la impotencia no me quedaba más que llorar, me decía: “Más te vale que no hagas papelitos, ni modo que vayas con el chisme a tu casa, porque si tu papá se entera de que su hijita sufre, del coraje se puede morir”, entonces se manifestaba el temor de toda mi vida y me quedaba callada. Nadie ha sabido jamás todos los sufrimientos, ofensas y humillaciones que pasé. Mis papás siempre nos decían: “En alguien tiene que caber la prudencia” y obviamente en mí cabía bastante. Como era “prudente”, lo justificaba diciendo: “Pobre, es que tiene muchos problemas, no tiene trabajo, tengo que tenerle paciencia. Llegó tomado porque tiene muchas presiones” y así. No, si justificaciones pendejas no me faltaban y no sólo eso, sino que además, por no pelear y llevar “la fiesta en paz”, solucionaba las broncas. No sé cómo le hacía, pero ayudaba a cubrir lo que se necesitaba. A Miguel no le interesaba el bienestar de la familia, nunca fue previsor. Era el clásico baquetón que si había un sillón al que se le caía una pata, le ponía dos ladrillos. Lo único que le importaba era tener qué comer, pero así podía ser filete o galletas saladas, le daba lo mismo. Claro que cuando había filete él se lo comía todo; y mis hijos y yo, las galletas saladas. No solamente no proveía, sino que además se enfurecía si llegaba y no había qué comer, azotaba la puerta del refrigerador vociferando: “En esta pinche casa nunca hay nada qué comer”. ¿Por qué razón?, no lo sé, pero yo me sentía culpable de esto. Como mis hijos

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estaban chiquitos y no quería dejarlos, trabajaba en la casa en lo que podía: vendía cosméticos, hacía arreglos de flores, mil cosas. Gracias a Dios siempre he sido buena vendedora, así que vendía todo lo que se me ocurría. En una ocasión me puse a hacer sobrecamas con unas telas americanas que le habían regalado, me pasaba el día y buena parte de la noche cosiendo y él viendo la televisión pero, eso sí, muy satisfecho, porque me conseguía “la materia prima”, que claro que yo se la pagaba. Le tiraba a todo, en la empresa donde él trabajaba hacían concursos de seguridad del trabajo en carteles, con premios en efectivo, dos años consecutivos me gané el primer lugar. La primera vez, llegó muy contento: “Gorda, te sacaste el primer lugar, el premio son ocho mil pesos” y entonces me dio cuatro mil. Yo le dije: “¿Y los otros cuatro mil?”, muy orondo me contestó: “Es que como yo te traje la convocatoria, a mí me toca la mitad”. Cuando me lo hizo por segunda vez, dejé de participar. Era tan incongruente e irresponsable que, aunque no tuviéramos dinero para lo más necesario, compraba series enteras de cada sorteo de la lotería; es de no creerse, pero llegó a comprar varias veces 10 talonarios de la rifa del Tec. El señor con 100 boletos y los gastos sin pagarse. ¡Ah!, y aparte de cabrón el hombre, ¡salado!, nunca se sacó nada. Siempre fue desordenado y cuanta tarjeta de crédito le daban, en un momento la ponía hasta el tope y luego no pagaba nada. Yo tenía pavor de contestar el teléfono porque toda la vida le estaban llamando por cuentas pendientes. Era el colmo de la irresponsabilidad y el valemadrismo. En una ocasión que tenía que ir a Laredo por trabajo, se llevó a mis hijas de cinco y tres años y medio. Antes de llegar a Sabinas se quedó sin gasolina y tuvo la feliz ocurrencia de pedir aventón para ir a traerla y lo terrible fue que las dejó solas, muertas de miedo y encerradas en la cabina de una “estaquitas” en medio de la nada. Mis pobres niñas estuvieron llorando por más de hora y media que se tardó en ir y regresar. Cuando llegaron a la casa Liza me dijo: “Mami, papi no quiere que te platiquemos, pero yo te quiero decir porque tuvimos mucho miedo”. No hay palabras para describir mi enojo, cuando le reclamé me dijo: “¿Qué querías que hiciera?, ni modo que me las llevara, me hubiera tardado más”.

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Por supuesto que los niños nunca querían salir con él y luego me decía que yo los ponía en su contra. Dicen que cuando una se casa, inconscientemente escoge un marido parecido al papá, en mi caso no fue así, mi padre era responsable, enemigo de las deudas, protector, honesto a más no poder, educado e incapaz de abusar de nadie; era una persona con mucha bondad en su alma y amaba a mamá con todo su corazón y se lo demostró hasta el último día de su vida. Era un hombre justo que siempre pensaba en los demás. Cuando mis hijos estaban chiquitos me dijo: “Acuérdate, hija, que tu presente es tu pasado y es lo que los va a formar, así que ten cuidado con tus actitudes, cuando los regañes, procura no hacerlo enojada, porque van a creer que lo haces por descargar tu enojo y no por lo que hicieron, espérate a que te calmes y entonces los corriges”; y así lo hizo siempre con nosotros. En cambio, Miguel, cuando había algún problema, si estaba de buenas le daba risa y hasta lo festejaba y si estaba de malas, la misma cosa lo enfurecía y hacía todo un tango. Mi padre era un hombre intachable que respetaba exageradamente a la mujer, decía que la mujer sólo por el hecho de poder ser madre, merecía todo el respeto, no importaba quien fuera, ni su conducta ni sus cualidades o defectos. Mi maridito decía que todas las mujeres éramos putas pero las que estábamos casadas, como habíamos firmado el papelito, teníamos permiso de ejercer... sin cobrar, claro. ¡Qué difícil para mí vivir en el polo opuesto de como fui criada! En mi casa mi papá adoraba a sus hijos, pero a mi hermana y a mí, por ser mujeres, nos consentía de más. Si nos peleábamos con mi hermano, el pobre siempre perdía, no podía decirnos ni mensas, porque le iba como en feria, y Miguelito que no me bajaba de puta.

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La felicidad llegó a mi vida Sufrir nunca ha sido mi prioridad, así que traté de sobrellevarlo. Además tenía muchas cosas para compensarlo: estaba joven, tenía a mis padres, una salud y una vitalidad excelentes y lo más maravilloso de todo, me convertí en madre. En septiembre de 1972 nació mi prietita, la esperé con tanto amor y no escatimé oportunidad para que todo estuviera bien. Me cuidaba mucho, alimentaba mi cuerpo, mi mente y mi espíritu lo mejor que podía, la arrullaba y le decía cuánto la quería desde que estaba en mi vientre, y cuando nació, fue una de las alegrías más grandes de mi vida. Al año cinco meses, en febrero de 1974, nació mi “güera”, aunque fue una sorpresa porque no estaba planeada la esperé igual, con el mismo gusto, la recibí con mucho amor y a pesar de que me hacía ver mi suerte porque fue una niña muy inquieta y voluntariosa, le tuve toda la paciencia del mundo. Después de Karen juré, y lo cumplí, que no tendría otro hasta que ella tuviera cinco años, así que en mayo de 1979 nació Mauricio; no pude disfrutar mucho la espera porque cuando tenía tres meses de embarazo murió papá. Su llegada nos ayudó a mamá y a mí a consolarnos de nuestro dolor. Fue un niño hermoso y ha sido tan bueno que nunca ha dado problemas. Por fin se había realizado uno de mis deseos más grandes desde que estaba muy chiquita, cuando mamá me llevaba al Santuario en diciembre; recuerdo que le pedía a la Virgen de Guadalupe que me concediera un día tener mis hijos. Me encantaba cargar a mis primos y me imaginaba que eran mis bebés. Me derretía de envidia cuando veía a un niño llorar por su mamá, ¡qué emoción!, pensaba, ser lo más importante en la vida de alguien. Me gustaba soñar cómo serían, miles de veces los imaginé y juraba que me iba a esforzar porque su vida fuera muy feliz. Estaba segura (pobre de mí), que iban a tener al mejor papá y la mejor mamá del mundo. Cuando me di cuenta de que esto no iba a ser posible, tuve la soberbia de creer que mi amor sería suficiente para que se formaran bien y que no necesitarían más. Me ha costado muchas lágrimas darme cuenta de este error. Liza y Mauri no han podido relacionarse y han

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batallado para encontrar una pareja adecuada, pero Gracias a Dios, Karen sí encontró a su media naranja y me hizo primero suegra de Jesús, a quien quiero muchísimo y sé que él también me quiere, y luego, abuela de mis dos más grandes tesoros, que son mi adoración y mi alegría de vivir: Héctor y Sofía.

Mi pesadilla se convirtió en realidad Como dije antes, cuando estaba embarazada de Mauri, en 1978, pasó lo que tanto temí toda mi vida: papá murió. Su cuerpo por fin se rindió a la deficiencia de su corazón y empezó a tener muchos problemas que me hicieron, con mucho dolor, pedirle a Dios su descanso y aceptar su partida. Jamás he superado su ausencia. Lo extraño cada día, pues él era mi apoyo, mi refugio, mi seguridad, mi paz. Ha sido una de las penas más grandes en mi vida y no tuve quién me ayudara a superarla. Mis niñas estaban muy chiquitas y sufrieron mucho pues lo adoraban, así que tuve que hacerme fuerte para ellas. Si Miguel me veía triste o llorando se enojaba y me decía que ya había sido mucho teatro. Él estaba trabajando en una fábrica que papá había fundado unos años atrás, yo no sé si creía que papá se la iba a heredar y se enojó porque no fue así o si le perdió el interés porque él ya no estaba (la verdad a mi padre sí lo quiso mucho), el caso fue que de un día para otro dejó la chamba y los problemas se agudizaron entre nosotros. Papá me siguió protegiendo Como a mamá le quedaba muy grande la casa, remodelamos lo que eran cuartos de juegos y bodega de pesca y carpintería para hacerle una casa más chica. Ella me dijo: “Si tu papá viviera, habría dicho que como tú eres la única de tus hermanos que no tienes casa (y por lo visto, ni la iba a tener) que te vengas para acá” y llegué con mi prole a la casa grande, acordando verbalmente pagar una renta significativa para ayudarle a mamá. Cuando Miguel se fue, habíamos vivido en la casa ocho años y ni una sola vez pagó

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nada. Para entonces yo ya había levantado un poco los cuernos y al menos no le permitía que me gritara o me insultara, pero para lograrlo tenía que estar siempre a la defensiva, muchas veces le pedí que se fuera porque para vivir en “paz”, yo tenía que atacar primero, así él se detenía, pero mi naturaleza no es agresiva y esa posición me enfermaba, además yo ya tenía mejores ingresos y él se desentendía completamente de la responsabilidad. Para él era muy padre tener donde vivir cómodamente: aire acondicionado, calefacción, ropa limpia, comida, tele, etcétera y sin apoquinarle ni un cinco, por supuesto que no se quería ir. Todos estos años fueron para mí un infierno, tanto, que quisiera ni acordarme de ellos. Gracias a Dios que, aunque batallé mucho, ya lo superé. Ahora, cuando me acuerdo hasta me río de tantas pendejadas. Rolex me liberó Como no hay mal que dure cien años, en enero del 87 mi vida cambió. Un fin de semana se llevó a los niños a McAllen; le habían dado otra tarjeta de crédito, esta vez de un banco americano (aquí todos lo tenían en la lista negra). En ese tiempo estábamos en una situación muy tirante porque mi hermano, que se quedó trabajando en la fábrica que teníamos, se enfermó de una obstrucción cerebral que según el neurólogo, ya tenía tiempo y no le permitía hacer juicios razonables ni tomar decisiones acertadas, así que la empresa estaba en el peor caos que pudiera existir, por lo que mi hermana y yo tuvimos que entrarle a tratar de solucionarlo. Era tal el problema que lo que nosotros pensábamos más viable, que era cerrar, no se podía hacer porque había broncas con varios bancos y con Hacienda, así que no quedó más remedio que continuar laborando. Durante más de un año trabajamos a veces más de 10 horas diarias, para tratar de enderezar la situación y sin ganar un peso porque no se le podían meter más gastos al negocio. Esto, al ocupar todo mi tiempo, no me permitió generar más ingresos para la casa. La situación era que los colegios de los niños no se habían pagado desde septiembre, Liza y Karen tenían 14 y 13 años y se habían dado una estirada tremenda, así que

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no tenían ropa, entonces me pareció maravilloso que se los llevara, pensando, ilusa de mí, que les compraría algo. Cuando llegaron sin nada, les pregunté qué había pasado y Liza me dijo: “Es que mi papá se compró un Rolex y ya no pudo cargar nada en la tarjeta”. Casi me da un infarto. “A ver, Miguel, ¿cómo está eso de que compraste un Rolex?”. “Sí, es que siempre he querido tener uno”. Le dije que no le iba a permitir que hiciera eso, que si se empeñaba en ese capricho se fuera de la casa. “Pues me voy”, dijo, “porque para que sepas, no compré uno, compré dos: uno de mil 500 y otro de mil 800 dólares”. No podía creer tal desvergüenza, pero era verdad. En ese momento me salió la ira reprimida durante 15 años y le exigí que se fuera (él dice que hasta le troné los dedos), muy digno empezó a sacar su ropa. Era lo único que era suyo, porque lo que teníamos, o yo lo había comprado o me lo habían dado mis papás. Le dije: “La puerta tiene llave de afuera hacia adentro, saliendo ya no puedes entrar”, él dijo que no le importaba y se fue. Si cuando estaba en la casa no se responsabilizaba, con mayor razón estando fuera. Me las vi negras para salir adelante pero aún en los momentos más difíciles, como cuando batallé tanto con Liza en la adolescencia, o en ocasiones que no tenía ni para comprar un litro de leche, nunca me pesó que se fuera. Cómo estaría la perra de brava que a Mauri, que tenía ocho años, en una ocasión lo encontré llorando y le pregunté qué le pasaba, que si era porque extrañaba a su papá, y me dijo que sí. “¿Quieres que regrese?”, le pregunté y me contestó: “No, mami, lo extraño mucho, pero estamos mejor así”.

No creí extrañar tanto a mamá Mamá nos contaba lo feliz que había sido desde que conoció a papá, y ella le correspondía velándole el pensamiento, se desvivía por él. Siempre se llevaron bien, jamás se pelearon ni se ofendían; me encantaba verlos cuando se sentaban en el jardín, se tomaban de la mano con mucha ternura, literalmente eran el uno para el otro. Pero a diferencia de papá, ella era muy negativa, siempre

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estaba buscando el prietito en el arroz y eso me molestaba mucho. Como la casa era de ella, conservaba un juego de llaves, así que cuando yo me iba a trabajar, invariablemente entraba en mi casa y de allí me llamaba para pasarme la reseña del día (negativa por supuesto): “Oye, se acaba de ir Miguel y dejó los pantalones tirados en el piso, la ropa interior regada, un chorro de loza sucia, yo te lo digo para que sepas cuando vengas lo que te espera”, o si no, “¿Qué le dijiste a la muchacha que te hiciera de comer?, la sopa le quedó masuda y la carne como que no se ve muy rica; cuando venía le metí el dedo a las macetas, está la tierra dura, seca, seca, no las regó”. Yo le decía: “¡Ay, madre!, si fueras mi suegra no serías tan metiche”. Cuando Liza no regresaba a la hora que había prometido (que era un día sí y otro también) me decía: “¿Cómo que mi mjita no ha llegado?, con tantos peligros que hay, esa niña es muy ingenua y les hace confianza a todos los pelados, ¡qué bárbara!, no sé para qué la dejas ir, bla bla bla”. De por sí yo era aprensiva y ella le echaba más leña al fuego. Nunca tenía comentarios agradables al menos para mí, porque con mis hermanos, sin dejar su negativismo, era diferente. Juan Mario era “la niña de sus ojos” y Betty como era la “chiquita” siempre la consintió mucho. A veces sentía como que me tenía coraje, quizá porque yo era muy independiente y no le hacía mucho caso. Siempre se descargó en mí para resolver sus cosas y después de la muerte de papá con más razón. Él la había dejado bien asegurada para que no batallara, pero ella le dio a mi hermano todo el dinero que tenía, con la promesa de que él le iba a pagar los intereses que le daba el banco. Esto no sucedió, además ese dinero se perdió, y desde ese momento yo me hice cargo de todas sus necesidades. Mi marido me endosó a mis hijos y se me hizo poco el paquete, así que yo me endosé a mi madre. Nunca me ha pesado, en primer lugar porque era mi madre y aparte yo vivía en su casa y lo consideraba como un pago de renta, claro que ella nunca lo reconocía, siempre fue muy orgullosa y no le agradaba depender de mí, no se cansaba de decir recio y quedito que qué hubiera hecho yo si ella no me hubiera dejado vivir en su casa. A pesar de todo, viví muy feliz con ella porque era genial, disfrutamos muchos años de las cosas en las que éramos afines, como andar de pata de perro para todos lados, ir de compras, platicar y reírnos era

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lo cotidiano. Desgraciadamente el tiempo cobra su factura y conforme se hizo vieja se le recrudecieron sus detalles negativos, se volvió muy posesiva y de verdad llegó a hacerme la vida imposible. Empecé a darme cuenta de que era peligroso que viviera sola, a veces llegaba a su casa y estaba alguna hornilla de la estufa abierta y escapando gas o si la encendía ponía una sartén y se iba a hablar por teléfono y cuando regresaba a la cocina estaba achicharrada, cosas por el estilo; así que en el 98 cuando se casó Karen, me la traje a vivir conmigo. Para entonces ya tenía algo de demencia senil y se volvió más enojona y más agresiva. Esto, aunado a que yo estaba en plena menopausia, hizo de mi casa un caos y esa época fue un verdadero sufrimiento. Un día, en octubre del 99, me gritó desde su baño a las seis de la mañana y me dijo que no se podía levantar del inodoro, cuando fui inmediatamente me di cuenta de que tenía su lado izquierdo suelto. Desperté a mis hijos para que me ayudaran a llevarla a la cama y pedí una ambulancia para llevarla a la clínica. Yo sabía el temor que le tenía a los hospitales, así que me quedé con ella tratando de tranquilizarla, recuerdo que le dije, “No tengas miedo, madre, todo va a salir bien”. Nos quedamos en silencio un buen rato y fue entonces que sucedió una de las cosas más bellas y emocionantes de mi vida, yo la tenía tomada de la mano, tratando de infundirle valor y repentinamente me dijo con una mirada llena de amor que nunca le había visto: “Hija, tú eres una estrella”. “¿Por qué me dices eso?”, le pregunté. “Porque siempre has sido la estrella que ha iluminado mi vida, gracias, mi gorda”. En unas horas más perdió la conciencia y de esto ya no se pudo recuperar. Permaneció en cama sin poder moverse hasta que murió, en diciembre del 2000. Yo creía que iba a ser más fácil para mí que la muerte de papá, pero no fue así. De verdad que perder a la madre es un dolor diferente y muy fuerte, creo que de alguna forma continuamos conectados con ella. Cuando se me fue, realmente me sentí huérfana, el vacío y la soledad fueron terribles, fue como si me hubieran arrancado algo dentro de mí. Mi viejita linda, ¡cómo te extraño!

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Dios no deja a las mujeres solas En una ocasión leí que Dios no nos deja a las mujeres que estamos solas al frente de una familia y a través de los años he comprobado que es verdad. En primer lugar, no sé de qué forma pero como que se nos multiplican los ingresos, nunca falta alguien dispuesto a darnos la mano. No niego que durante este tiempo he pasado por situaciones muy difíciles y que en ocasiones he tenido mucho miedo, como con los estudios de mis hijos o cuando ha sido necesario cambiar el carro (a veces me suda el copete para cubrir los pagos) o cuando tuve que arreglar la casa para la boda civil de Karen, los gastos propios de la boda, y lo más difícil, la enfermedad de mamá. Aunque me ayudó rentar su casa, un enfermo implica un montón de gastos extras, doctor y laboratorio a domicilio, enfermera, pañales, cama de hospital, aparatos ortopédicos especiales para moverla y mil cosas más; después, su muerte y los gastos funerarios, de todo esto salí adelante, ¿cómo?, no lo sé, lo que sí sé es que siempre tuve la protección de Dios y gracias a él, la ayuda de mucha gente a la que estoy eternamente agradecida. Para subsistir he hecho mil cosas: he tenido al mismo tiempo varios trabajos, he sido vendedora, decoradora, maquillista, costurera, administradora, diseñadora, publicista, etcétera. Actualmente soy pintora y doy clases de pintura desde hace 23 años. Quiero mucho a mis alumnas, he recibido de ellas cariño y apoyo y algunas se han convertido en mis mejores amigas. Por mi trabajo he viajado dentro y fuera de México, he ganado premios, he participado en muchas exposiciones en lugares remotos que nunca imaginé ir; he conocido gente maravillosa que me quiere y a la que quiero, he vendido muchísimos cuadros que me permiten estar presente en las casas o en las oficinas de mucha gente. A pesar de las contrariedades, mi vida ha sido muy feliz y me siento muy orgullosa de mis logros.

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Nadie me conoce Analizando mi vida me doy cuenta de que en los problemas siempre he agarrado al toro por los cuernos, cuando ha sido necesario ni siquiera lo he pensado. Apoyé a mis papás en sus enfermedades, sus citas al médico, sus vueltas. Todos los días me veía ayudándoles en lo que fuera necesario o simplemente dándoles atención y compañía. Apoyé a mi marido en las buenas y en las malas y le ayudé incondicionalmente. Mis hijos son lo más importante en mi vida y he sido soporte para ellos, de niños, de adolescentes (y vaya que fue difícil) y ahora que son adultos; cuando mis hermanos me necesitaron, allí estuve y estaré, con mis primos, mis tíos, mi suegra (a quien quise verdaderamente), amigos y demás. Me he entregado incondicionalmente y con mucho amor y he procurado no fallar. No niego que ha habido veces en que me he sentido sola, quizá yo tengo la culpa porque, como mi madre, soy orgullosa o quizá me he acostumbrado a no depender de nadie, creo que me he exigido mucho y jamás he platicado a fondo todo lo que he sufrido. Cuando murió papá, Miguel no pensó en mi grandísimo dolor y no recibí ni un abrazo de consuelo; cuando murió mamá, sólo Mauri fue algunas veces a mi recámara a preguntarme cómo me sentía y le agradezco sus abrazos y besos. He llorado mucho a solas, he sufrido grandes decepciones de gente en la que he confiado, creo que la vida en ocasiones ha sido injusta conmigo, pero reconozco que también he recibido mucho. Dios ha sido muy generoso poniéndome en un lugar privilegiado donde ha habido alegría y mucho amor. Si de algo me arrepiento es de haber disimulado mis sentimientos, porque todos se han acostumbrado a verme fuerte y creen que puedo soportarlo todo. Pienso que nadie tiene la culpa de mis problemas; quizá por eso no los he comentado; para mí, lamerse las heridas es perder el tiempo, por lo que trato de buscar inmediatamente soluciones. Yo digo que es que no me gusta sufrir, pero Liza hace unos meses me dijo que esto no es cierto porque, por ejemplo, yo afirmo que ya superé el problema de su papá pero que siempre lo tengo presente y me quejo cuando se complican

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las cosas. Quizá no puede entender que mi ilusión era que tuviéramos una vida como la que yo tuve, con alguien que nos quisiera, que nos protegiera, que nos apoyara; una persona inteligente, ecuánime, que se interesara por nuestro bienestar. Esto es una necesidad que todavía siento y que en los momentos críticos siempre sentiré. Yo me casé a la antigüita, para toda la vida y me enoja que el egoísmo y la inmadurez de un hombre no solamente me llevó a vivir una vida que no quería, sino que además me ha hecho experimentar sentimientos que no conocía y que nunca pensé sentir, como el odio y el rencor, entre otros. Claro que no me he dejado vencer y me he propuesto a que mi vida no sea desdichada, considero que he sabido ser feliz y gracias a Dios he logrado cosas maravillosas, con su ayuda pude sacar a mis hijos y en su momento, a mi madre adelante. Tenemos un excelente nivel de vida y no nos ha faltado nada. Formé sola una familia de la que me siento muy orgullosa, mis hijos son excelentes personas de bien, sin vicios, trabajadores, responsables. Liza se convirtió en una exitosa pintora que goza de reconocimiento y prestigio; Karen decidió casarse, tiene un magnífico marido que la quiere, la respeta y la apoya y es mamá de tiempo completo de mis adorados nietos, quienes están creciendo con buenas costumbres y buenos principios; y Mauricio, aunque tiene pocos años de haberse recibido, estoy segura que está planeando bien su desarrollo y sé que llegará lejos con integridad y honradez. Somos fuertes en la contrariedad Creo firmemente que las mujeres, como decía mi papá, sólo por el hecho de poder ser madres, somos capaces de superar lo que sea. ¿Quién más puede cargar un bebé nueve meses dentro del vientre, soportar todos los malestares y traerlo al mundo en medio de un tremendo dolor, pero eso sí, con mucha alegría? Jamás los hombres podrán compararse con nosotras. Dios nos ha dado ese sexto sentido que nos hace saber cuando algo está mal y no tiene remedio; no nos engañemos, no lo disfracemos, no perdamos tiempo justificando lo que no está bien. Las mujeres tenemos fuerza para no rendirnos ante los problemas y salir de las dificultades por imposibles que parezcan. Es muy probable que también influya el destino; si tenemos que vivir algo, que sea con dignidad y

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para sacarle provecho. Quizá yo tuve que vivir todo lo que me ha pasado para estar aquí en este momento y decir con absoluta certeza que no hay razón para aguantar algo que nos hace daño, nadie tiene derecho de hacernos sufrir, por ningún motivo debemos permitir que nos maltraten, que nos falten al respeto y que dañen nuestra autoestima. Yo sé que no es fácil, desde luego que no, porque luchamos contra siglos de discriminación y de absurdas “categorías” familiares y sociales que en ocasiones hasta nos hacen sentir culpables, pero puedo asegurar que es más difícil continuar una relación que nos daña y lidiar día con día con alguien que además de no amarnos, nos quiere dominar y reprimir. Nosotras somos las únicas que podemos cambiar esto, defendamos a nuestros hijos con uñas y dientes, para que salgan mejor librados y no cometan los mismos errores; no hagamos hijas débiles y conformes y sobre todo, no formemos hijos machistas. Tenemos la fuerza suficiente para salir de cualquier contrariedad, solamente necesitamos valor y determinación. Conste que no soy anti-hombres, sé que hay hombres maravillosos, yo tuve uno de los mejores como padre. Defiendo el matrimonio como base de la familia, creo firmemente que lo ideal es que sean papá y mamá juntos, sin jerarquías, al mismo nivel, quienes lleven el hogar y críen a los hijos y se vale luchar para lograrlo, pero cuando no es así, cuando las cosas no funcionan y hacen que se acabe el amor, sobre todo cuando ya no hay respeto, es mejor continuar sola. Nosotras tenemos brillo propio, nada ni nadie debe opacarnos. He vivido 21 años plenamente sin pareja. ¡Nunca he necesitado guajes pa’ nadar! Gracias, Señor, por mi vida Gracias por mis padres y mi familia, gracias por mis hijos, mi yerno y mis nietos, gracias por mis amistades.

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Gracias por haberme facilitado el camino para poder tomar este diplomado. Gracias al Instituto Estatal de las Mujeres y a la licenciada María Elena Chapa por preocuparse por nosotras y proporcionarnos herramientas para superarnos. Gracias, Paty Basave, por todo lo que nos has dado y enseñado, te admiro y te felicito por tu magnífica trayectoria. Gracias a Lety Hernández por sus atenciones y su paciencia, pero sobre todo gracias a todas esas MUJERONAS que fueron mis compañeras por año y medio; saber los pormenores de sus vidas me confirman que la mujer es capaz de lograr absolutamente todo lo que se proponga, me han hecho estremecer y llorar con sus historias, como lo dije en una de las clases, yo creía que la corona del sufrimiento era mía, pero después de conocerlas me apena mi soberbia y me doy cuenta de que no alcanzo ni diadema. He aprendido mucho de ustedes, las respeto, las admiro y las quiero mucho.

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Peregrina

por Ave del paraíso

Todo ha transcurrido como un sueño y por las noches —en las que contemplo el universo lleno de miles de astros y de una luna tan grande, bella y brillante que me invita a la reflexión y a revivir los recuerdos que se presentan como una lluvia de estrellas— pienso invariablemente en el inicio, el lugar donde nací, San Lorenzo Ometepec, Puebla. Mi casa era muy grande, sencilla pero muy cálida, habitada por una pareja maravillosa de quien incondicionalmente recibí amor, cariño, comprensión y apoyo. Además, recuerdo que estaba rodeada de flores de diferentes colores y una gran variedad de árboles. En esta primera etapa de mi vida recibí una guía excelente por parte de mis padres, a quienes, a pesar de ser personas humildes y no haber podido terminar ni siquiera la primaria por no contar con esas posibilidades durante la época, la Universidad de la vida les proporcionó un doctorado aplicado a su entorno, y me dieron una invaluable filosofía vital. La convivencia en el campo no fue obstáculo para vivir pasajes inolvidables de mi niñez. Siempre estuve ahí, sintiéndome muy querida al lado de mi pequeña familia conformada por mi hermana Eme, quien supo darme apoyo incondicional, cuidados extremos, siempre brindando un consejo con esa serenidad y fortaleza manifiesta desde su juventud, sin deteriorarse al paso de los años. A mi hermano Felipe lo considero otro roble, fuerte, frondoso, con un corazón inmenso. La casa fue lo suficientemente grande como para invitar a los primos y vecinos de nuestra edad a jugar en el patio hasta obscurecer. Al final del día, antes de dormir, papá o mamá siempre nos contaban cuentos, con tanto cariño, que yo me sentía como la protagonista de la historieta en cuestión. Siempre apoyada, fui creciendo con los mejores consejos para impulsarme, aun con las críticas de los paisanos que invariablemente le decían a mi padre: “La mujer es para la casa y para los hijos”. Íbamos a estudiar, a pesar de todas
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estas críticas porque mi papacito —como de cariño le decía— siempre pensó que la mujer debería de prepararse y que no necesariamente era el campo o el hogar su destino. Por consiguiente, a los cinco años de edad nos trasladamos a Puebla, capital del estado, para iniciar la escuela. Aquí toca el turno a mi mamacita —como gustosamente nombraba a mi querida madre— quien nos ayudó a luchar en esta ciudad tan retadora. La vida en dicha ciudad no era fácil, así que mis papás tuvieron que buscar diferentes opciones para abrirse camino en ella. Al arribar, mis papás abrieron una tienda pequeña de abarrotes; después se iniciaron en el ramo inmobiliario, comprando y vendiendo propiedades. Más tarde, mi papá tuvo la oportunidad de participar en un programa temporal de trabajadores para el gobierno de Winsconsin, al cual acudió en tres ocasiones y de donde regresaba siempre con regalos y ropa. Aunque lo mejor fue una condecoración que le otorgaron por buen trabajador en los campos de algodón. Fue en esta etapa de formación cuando mi madre nos conducía e impulsaba para que nos superáramos a través del estudio. Al ingresar a secundaria me dio una gran lección de vida: La perseverancia. Yo asistí a una escuela pública durante la primaria, pero la modalidad cambiaba a privada en la secundaria. Debido a que mi familia no contaba con suficientes recursos para pagar dichas cuotas, decidieron cambiarme a un Centro Escolar recién inaugurado. Mi mamá se enfrentó a una situación poco usual, ya que el ciclo escolar había iniciado y, por otra parte, los trámites de admisión eran tardados y con muchos obstáculos. Esto verdaderamente puso a prueba la voluntad de mi madre y su ahínco para que yo pudiera ingresar a la escuela. Fueron vueltas frecuentes, había que despertarse muy temprano para llegar a la escuela e insistir; tiempo perdido esperando fuera de la oficina del director —que sólo se abría cuando salía de una junta e iniciaba otra—, días de espera y preocupación, pero mi madre no cesó de insistir, hasta que logró que el director de la secundaria la recibiera y yo fuera admitida en esta escuela tan renombrada por ser de reciente creación. Una vez dentro, el panorama fue muy diferente, convivir con compañeros de ambos sexos me brindó la confianza de tener amigos, participar en deportes,

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fiestas, como el Día del Estudiante y verbenas populares. Las complicaciones del estudio no fueron menos difíciles, el sistema era muy estricto, las clases eran por la mañana y tarde, lo que nos permitía en ocasiones irnos de pinta al cine, a sabiendas de que faltar a clases era el peor de los pecados cometidos y lo hacíamos de vez en cuando para salir de la rutina. Todo transcurrió así, en un abrir y cerrar de ojos, hasta que un buen día llegó el momento de ingresar a la preparatoria. En los años 60, ir a la Universidad era un privilegio, debido a que pocas mujeres teníamos la oportunidad de asistir, y yo fui una de ellas al cursar la preparatoria que dependía de esta institución. El compromiso fue mayor, y era necesario estudiar con gran empeño pues el grado de dificultad con que se presentaban los estudios era considerable. Los maestros siempre fueron muy estrictos. Sin embargo, a pesar de los obstáculos encontrados, siempre existió la oportunidad de cultivar amistades y convivir con mis compañeras. Algunas vivían muy cerca y frecuentemente nos invitaban a desayunar a quienes estábamos alejadas del centro de la ciudad, mientras que cuando las visitas eran a las casas apartadas del centro, como la mía, las invitaciones eran para llevar a cabo un día de campo completo. No obstante, las preocupaciones se presentaban en los periodos de exámenes, en esta situación nuestra amistad se fortaleció siempre con el éxito obtenido. Al concluir la preparatoria, la desintegración de mi grupo de amigas fue total: no supimos tener la fuerza de voluntad para seguir ninguna licenciatura. Mi padre habló muy seriamente conmigo y me dijo: “Piensa bien lo que quieres, pues deberías de irte a la Escuela Militar de Enfermeras, de donde tu hermana ya es egresada. Estarás muy bien, sales con un buen trabajo, tienes oportunidad de seguir creciendo intelectualmente”. Yo que aún no tomaba firmes decisiones, me convencí de que era lo mejor y fui a presentar el examen de admisión pensando que era difícil pasarlo. Cuando dieron los resultados, mi papá se encontraba a mi lado al escuchar mi nombre entre las aceptadas. ¿Mi reacción? Fue de coraje y emoción ya que en esos días había pensado mucho y quería regresar a casa, pero ya era demasiado tarde. En lugar de ello,

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me preparé para el ingreso a la Escuela Militar de Enfermeras.El instalarme en esta institución fue motivador; además, tuve la fortuna de inaugurar la escuela. Todo era bello, impecable, ordenado. Compartía cuarto con sólo dos compañeras y la comodidad era única, contábamos con sala de televisión en cada piso donde se llevaban a cabo conferencias pero también convivios de bienvenidas y cumpleaños. La escuela contaba con dos edificios de tres pisos, uno para alumnas y otro para personal (instructoras), laboratorios, dirección, administración, aulas de estudio, un comedor precioso, lavandería, canchas deportivas y una reja que rodeaba la escuela, ésta servía para marcar nuestro territorio. El cambio de vida para adaptarse a la instrucción militar incluía levantarse muy temprano y al poco tiempo de posar la cabeza en la almohada; planchar un mandil completamente húmedo hasta quedar muy seco para darle la forma “de campanita”; aprender a conocer reglamentos, ceremoniales, organización del Ejército, así como adecuarse a la disciplina. Nos llevó un largo año, siempre guiadas por nuestras inseparables compañeras, quienes nos llevaron de la mano para desempeñar nuestras tareas satisfactoriamente. Además, nos enseñaron el significado del honor, del amor a la Patria, lealtad, obediencia, perseverancia y respeto a nuestros superiores tanto como a nosotras mismas, así como el amor al prójimo. Se respiraba una atmósfera cálida y humana a pesar de estar en un internado, tan lejos de casa y de la familia. Este ambiente nos ayudó a fortalecernos emocionalmente, a conocer el apoyo incondicional siempre presente, eso fue nuestro consuelo cuando la desesperación nos agobiaba. Actualmente, a pesar de los años transcurridos, seguimos unidas por el cariño, amistad y ejemplo que siempre supieron sembrar en cada una de nosotras, en especial la Teniente Coronel Oliva Galicia Gijón. Durante el primer año todo es preparación: adaptarse a la disciplina no es nada fácil, las prácticas tan enriquecedoras del hospital y hasta la condición física para participar en un desfile, nos daba oportunidad de fortificar nuestra voluntad. Por supuesto, no todo era trabajo y las alegrías surgían cuando al regreso de los desfiles teníamos el fin de semana libre —a lo que le

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llamábamos salir francas—, teniendo la oportunidad de visitar a familiares. Yo salía comúnmente con dos amigas, quienes radicaban en la ciudad de México. Aún no teníamos novio ni amigos, por ello salíamos siempre juntas al cine. En ese tiempo, el parque de Chapultepec era la atracción principal, así que lo recorríamos, nos subíamos a las lanchitas, a la montaña rusa, íbamos al zoológico y terminábamos con el típico algodón de azúcar rosa. Así transcurrió el tiempo y llegaron los exámenes finales; si se reprobaba alguna materia, se tenía otra oportunida, pero si a la segunda no se aprobaba, una tenía que abandonar la escuela, después de un encierro forzoso durante las vacaciones de invierno. Al concluir la carrera, para obtener el título presenté mi examen profesional teórico y práctico ante tres jurados que me interrogaron sin descanso. No recuerdo qué tan buenas o malas fueron mis respuestas, sólo sé que el dictamen final fue Aprobada por Unanimidad, lo cual fue un sueño hecho realidad. Me sentí como caminando en las nubes, pues al salir del salón se oyeron gritos y porras de mis amigas y compañeras, aunque lo más preciado era haber obtenido mi título profesional. Posteriormente, se llevó a cabo la Ceremonia de Graduación, llamada El paso de la luz. Fue en el Auditorio más suntuoso del Hospital Central Militar, que era utilizado generalmente para realizar los juramentos de la profesión de Enfermería. Entramos al auditorio, todo en penumbras con una lámpara tipo Aladino encendida, subimos al estrado y formamos un medio círculo donde sentimos que la sangre nos recorría todo el cuerpo a máxima velocidad. A la postre de hacer el juramento, me entregaron mi diploma y al concluir la ceremonia me encontré con mis papás, mi hermana y unas amigas que llevaban un elegante arreglo floral con rosas, lilis y aves del paraíso. Al verlo, no pude evitar las lágrimas y agradecí infinitamente la compañía de todos. A los pocos días se realizó mi graduación como enfermera militar; ésta se llevó a cabo conjuntamente con las Escuelas Militares en el Campo Marte, presenciándola el Presidente de la República, el Secretario de la Defensa Nacional y todas las autoridades civiles y militares en función. En el evento

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me transporté a otro mundo al oír los disparos de los 21 cañones para hacer los honores correspondientes al Presidente. Las bandas de guerra y las de música, tocando el Himno Nacional con tambores y cornetas al unísono; al fondo aparecía la bandera monumental, con 12 cadetes portándola gallardamente, y a medida que se iba elevando me daba la impresión de que tocaba el firmamento. Al concluir la ceremonia se nos otorgó el grado de Subteniente y se efectuó un desfile con la nostalgia de tratarse del último como cadetes. Para finalizar los festejos, se organizó el tan esperado Baile de Graduación en un salón precioso, enorme, con grandes espejos y candiles; tocaban la Orquesta de Pablo Beltrán Ruiz y los Violines de Pedro Gómez, muy renombrados en esa época. En el baile, toda mi generación, 34 graduadas, muy bellas todas con nuestros vestidos largos blancos; los acompañantes, si eran militares, se presentaban con uniforme de gala (saco blanco y pantalón negro) y si eran civiles, de riguroso traje negro. Este acontecimiento para mí fue muy relevante pues me sentía la protagonista de los cuentos de hadas, el nombre del baile de graduación era Blanco y Negro. Vida laboral Realmente soy una persona muy afortunada, así me considero. Empecé a trabajar en mi ciudad natal, pues llegué al Hospital Militar Regional de Puebla. Fui muy bien recibida, ya que el ambiente era muy cálido, así que el compañerismo se manifestó durante el ambiente laboral y conforme transcurría el tiempo, mi grupo de amigas se hacía más grande. Desde la llegada al trabajo todo era una odisea pues teníamos que subir una rampa de un kilómetro, pasar por los cuarteles despertando la admiración de quien encontrábamos a nuestro paso, siempre con el debido respeto; en realidad, la travesía era paradisíaca, a nuestro paso encontrábamos árboles frutales y un pequeño castillo muy pintoresco. Todo este panorama hacía la subida mucho más ligera.

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En nuestras labores estaban incluidos los deportes, lo que era muy relajante y energético ya que a veces corríamos y subíamos un cerro tan bonito, llamado Tepozúchitl; además nos servía de preparación para los exámenes de promoción, para seguir ascendiendo a grados superiores, ya que la condición física era imprescindible. Los días transcurrían, las experiencias siempre eran fructíferas, mis ascensos fueron muy importantes pues cada uno representaba un escalafón crucial, los puestos eran mejores y la responsabilidad mayor; aún así, los desafíos se cumplían. Al paso del tiempo y durante el trabajo, recibí una llamada telefónica de un compañero para preguntarme por unas llaves que había olvidado en el Hospital, por supuesto para mí fue una gran sorpresa pues nuestra relación era sólo laboral y yo le contesté que no sabía nada al respecto, pero que con gusto preguntaría al personal que laboraba en este servicio. A los pocos días, recibí otra llamada de él para darme las gracias e invitarme a tomar un café y así empezaron las salidas al cine, a visitar a los amigos en común, hasta llegar al noviazgo. Algo muy importante fue asistir a su graduación como médico, ahí fue cuando me presentó con su mamá y más adelante a su familia. Como consecuencia, al año y medio nos casamos en una ceremonia muy sencilla, la recepción fue en su casa junto con la boda por lo civil, mientras que la luna de miel fue paradisíaca. El destino: Cabo San Lucas, hacia donde llegamos después de un trayecto por aire, tierra y mar, aunque el regreso fue en riguroso autobús, sólo con lo indispensable. A los dos años nació nuestra primera bebita, quien fue recibida con todo el amor que se le puede brindar a una niña, adorada por sus abuelitos, tíos y amigos. Transcurrió año y medio durante el cual nació mi segundo hijo, ahora niño, al que igualmente recibimos con júbilo. A ambos se les brindó un inmenso cariño, sobre todo por su abuelita Marcelinita, quien asumió la responsabilidad de su cuidado; siempre corría cuando lloraban, cuando había que darles la alimentación, cuando se enfermaban. Así fue como llegó a vivir a la casa, formando parte de la nueva familia, hasta que el abuelito Vidalito se cansó de estar solo, pues se había quedado en el pueblo y dijo: “¡Se acabó!

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Vean cómo cuidan a sus niños pues tu mamá se regresa para la casa!”, y mis hijos se fueron a vivir con sus abuelitos por un año, tiempo en que fueron extremadamente cuidados por sus tíos, al grado de considerarlos como hijos propios. Nosotros, sus papás, los veíamos cada semana, por el trabajo de cada uno. Como es de suponer pasamos a ser casi desconocidos para ellos, así que tuvimos que regresarlos con nosotros a la casa; entonces necesitamos una persona para cuidar a los niños, y afortunadamente como coincidencia, la tía Lupita estudiaba arquitectura y la casa le quedaba a unas cuantas cuadras de la Universidad, por lo cual nos brindó la oportunidad de contar con su apoyo en este cuidado, estrechándose un cariño tan intenso con mis hijos, que continuamente está presente en nuestros recuerdos. Así nos mantuvimos unos años más, hasta que tuve que abandonar mi trabajo para dedicarme al cuidado de mis hijos. Esta convivencia fue muy satisfactoria, durante esa etapa aprendí el manejo de la casa, llevar y traer niños a la escuela, a los talleres extra-clase que tomaban; por las tardes nos salíamos al parque en bicicleta, a correr, a jugar básquetbol y ocasionalmente hasta box con mi hijo. Los fines de semana llegábamos a las ferias, a los caballitos, a los carros chocones, al trenecito, y casi siempre regresábamos con algún juguetito de premio. A este ritmo el tiempo pasó y cuando mis hijos llegaron a la adolescencia, nos llegó la desgracia. Un 24 de diciembre su papá nos dijo que abandonaba la casa porque se iba a vivir con su mamá, debido a que la casa le ahogaba, pues en sus planes ya no figuraba su familia. Esta temporada tan especial del año fue la más amarga para nosotros tres, pues fue tan impactante que yo sólo alcanzaba a dar vueltas en círculos sin pensar ni saber qué hacer; mi hija salía huyendo a diario a la escuela y mi hijo se encerraba a piedra y lodo en su recámara sin querer ver ni hablar con nadie. Por las noches, cuando nos reuníamos a cenar, a diario eran lágrimas de dolor y de impotencia, sin alcanzar a comprender lo sucedido. Inmersos en esta etapa nos llegó otra desgracia —no menos dolorosa—, ya que mi papá tuvo una caída y se fracturó la cadera. Fue el caos pues, tras operarse en la ciudad de México, quedó al

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cuidado de mi hermana y mío, auxiliada por su hijo mayor, asimismo mis hijos también participaban en esta labor. Con turnos de una semana cada quien, sin importar si mis hijos se quedaban solos en casa, si había qué comer o si contábamos con lo indispensable, pues ellos asistían a la escuela y sólo los fines de semana me acompañaban, debido a que tenía que transportarme cada semana durante dos horas de camino. La mayoría del tiempo sin comer ni dormir más que a ratos, pues la inquietud de mi papá era tal que casi no nos dejaba descansar durante el día. Una vez que fue dado de alta lo llevamos a su casa y de la misma manera continuamos con este ritmo, aunque para mí ya no eran dos horas de camino sino solamente una. Ocurrió que al llegar el año 2000, el 17 de mayo falleció mi papacito y a los seis meses, el 5 de noviembre, fallece mi mamacita. Este dolorosísimo acontecimiento me hundió en la más profunda desesperación y tristeza, sólo recuerdo las manitas de mis dos hijos abrazándome y dándonos apoyo mutuo, así como para reafirmar nuestra unión pues ahora, como siempre, seguíamos siendo la pequeña familia. El vacío fue tal que para llenarlo empecé una búsqueda exhaustiva espiritual y física. Ocasionalmente platicando con algunas compañeras de generación, me invitaron a un Congreso Internacional de Enfermería y, sin pensarlo mucho, me inscribí. Durante los tres días del evento, en las conversaciones ellas comentaban estar efectuando la licenciatura, les pregunté si yo podía acceder a ello, me indicaron que fuera a la Universidad. Faltando un día para cerrarse las inscripciones logré que me permitieran hacer el examen. Con el gran temor de no ser admitida, me llevé una grata sorpresa cuando me hicieron la entrevista, me recibieron tan bien, me dieron muchos ánimos y finalmente, cuando apareció la lista de ingreso recuperé la confianza en mí misma al ser aceptada. Di gracias al cielo por abrirse este camino, pues aun cuando ya no ejercía la profesión fue otra gran oportunidad para actualizarme. Aquí también encontré una gran amiga, Geno, con quien compartí tristezas, alegrías, carreras para la entrega de tareas, y el florecimiento de una hermosa amistad. Traté de sobresalir, con mucha dificultad debido a que todas teníamos

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el compromiso de trabajar, no obstante el resultado fue muy bueno, pues aquí ya no tuvimos que hacer tesis y la graduación fue por promedio. Esta forma de ocupar mi mente fue aminorando la tristeza, el vacío, la soledad. Mis hijos, al mismo tiempo, se iban recuperando; ya estaban en la Universidad, siempre corriendo, ya que sus clases empezaban a las siete de la mañana, y terminaban por la tarde o noche. Para ese entonces yo me dedicaba a atender una óptica situada en el primer piso de mi casa. A medida que me fui dando cuenta de la extensión de conocimientos que se debían tener para su óptimo funcionamiento, tuve que aprovechar un nuevo reto: estudiar la carrera de optometrista. Esta decisión ameritaba pensarlo mucho, pero una oportunidad como ésta no se presentaba dos veces y ahí fui nuevamente. El Conalep Chipilo me abrió sus puertas otros tres años; en esta ocasión compartí con dueños de ópticas muy renombradas; con maestros mucho más jóvenes, con quienes siempre reinó una amistad de un gran respeto mutuo. Reviví los años dorados de estudiante, siempre había que llegar de prisa pues la reja se cerraba si no llegábamos puntuales, las faltas eran acumulativas y los exámenes eran mensuales, ¡qué remedio! El grupo se consolidó de tal manera que siempre compartíamos todos los problemas. Nuevamente el resultado fue muy satisfactorio, mi trabajo logró los resultados buscados, y ahora la óptica ya no estaba tan vacía, pues fui obteniendo la confianza de los clientes, y llegué a ser muy importante en mi comunidad. ‘ Toma de decisiones Cuando sientes que tus acciones, tu sufrimientos y ¿por qué no?, tu felicidad está llegando a la culminación, la vida te coloca nuevamente en otra encrucijada. Para esta etapa ya mi hija había obtenido su titulo de licenciada en Relaciones Internacionales, con una mención honorífica muy bien ganada, a pesar de lo cual el trabajo era muy difícil de conseguir; ella decide entonces hacer una maestría, iniciándola en Puebla pero no tan convencida con el plan de estudios, de un momento a otro decide cambiar de ciudad... ¿A dónde?, a Monterrey y

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¡es de ya, pues las inscripciones se cierran la próxima semana! Y a correr para arreglar papeles de cambio de Universidad, preparar lo indispensable de equipaje. Y, nuevamente ahí venimos, con la mamá como dama de compañía. Así quedó instalada en la capital regia. Posteriormente, nos cuenta que no estuvo muy insegura, hasta que al fin encontró un departamento a su entera satisfacción, con lo que inició su vida en esta nueva entidad. Mi hijo, por este mismo tiempo, terminó la carrera de arquitecto, asimismo con una muy merecida mención honorífica, por lo que decidió a su vez continuar con la carrera de ingeniería civil. Al año siguiente llegó también a la ciudad norteña donde se hallaba su hermana. La casa de Puebla se quedó nuevamente muy vacía y con tanto ir y venir, no me di cuenta en qué momento presenté síntomas de hipertensión. Al efectuarme mi chequeo médico, después de realizarme todos los estudios, los diagnósticos fueron increíbles ¿cómo? ¿yo? Tan fuerte, sin molestias graves podía presentar osteoartritis en cadera y manos, además de estar al filo de la tan temida diabetes. Hasta ese momento me di cuenta cuán vulnerable era mi organismo y yo, sin querer aceptarlo, pues mis síntomas no eran dolorosos al grado de no poder resistirlos. Con esta aparente tranquilidad, decidí seguir trabajando, pero no estaba la familia tranquila. Nos extrañábamos y al platicar, decidimos que me uniera a ellos en el camino que les faltaba por recorrer, sólo que la decisión era muy fuerte: dejar nuestra casita, el trabajo, los familiares, los amigos y aún había algo más importante qué decidir: la salud. Por lo tanto, las dudas se fueron disipando, cerré los ojos a mi alrededor y me dije: “Voy a tomarme mi año sabático”, el cual se prolongó hasta no sé en qué momento retomé mi vida anterior. La ciudad de Monterrey Nunca nos imaginamos las cosas bellas que viviríamos cuando de pronto nos encontramos inmersos en esta tan globalizada ciudad. Aquí encontramos personas amables y no fue muy difícil la integración; sólo nos resultó difícil el tráfico, conocer las grandes avenidas, adaptarnos al clima un tanto extremoso,

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y a las distancias. Por supuesto, nada de esto fue obstáculo pues pensaba que si estaba contenta y satisfecha con lo que tengo puedo vivir con simplicidad, con libertad, con tranquilidad. Asimismo, aprovechar el tiempo ya que, si mi trabajo de toda la vida me había enseñado a mantener esa base tan sólida de familia, tendría que seguir manteniéndola en el lugar que fuera, porque no debemos limitarnos solamente a tener cosas materiales sino a seguir cultivando nuestra mente y nuestro espíritu, teniendo en cuenta lo que hay a nuestro favor: la salud, tesoro invaluable. Entonces, ¿por qué no fortalecernos para seguir enfrentándonos al mañana? Tomando eso en cuenta cuando platicamos y leí la Biblia junto con mis hijos, encontré un versículo muy adecuado a nuestra vida, una actitud que nos fortalece, pues dice: “Iré a donde tú vayas, viviré donde tú vivas, tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios...” De acuerdo con estas enseñanzas, los temores a lo desconocido fueron diluyéndose al paso de los días y mi inquietud me llevó a la búsqueda por ocupar mi tiempo en algo provechoso. Con esa decisión llegué al diplomado ofrecido por el Instituto Estatal de las Mujeres. Aquí la oportunidad fue incorporarme a un grupo de mujeres con quienes, de alguna manera, a través del recorrido que iniciábamos, en cada una de ellas había algún pasaje de vida muy parecido al mío, por lo cual me sentí muy integrada al grupo. Las dinámicas efectuadas durante la travesía fueron muy enriquecedoras, de tal suerte que si pensé que mi vida ya estaba en el momento del relax, pues no: se presenta otro renacimiento en mi aprendizaje; ahora se trata de crecimiento, toda vez que mis heridas estaban en el proceso de cicatrización y yo ya no podía permitir que mis problemas me rebasaran, que me enfermaran, que mis pequeñas pérdidas de salud, de relación con mis familiares y de pareja quedaran inconclusas. Tomando en cuenta estas razones, propicié el acercamiento con la familia cercana y política, visitando en las vacaciones de julio a mi hermana con toda

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la familia que en esa ocasión se reunía para recibir a su nietecita Ana Isabel, quien salía del hospital después de habérsele detectado un tumor canceroso en el cerebro, diagnóstico tan fatal que me llevó a pensar si nosotros, con una salud tan completa somos tan negativos, esta niñita de escasos siete años luchaba con tanto ahínco por sobrellevar su enfermedad, ¿por qué yo no podría recomponer una estabilidad familiar? Con este propósito, platicamos mis hijos y yo de la necesidad de reencontrarnos con su papá y con su abuelita Aurorita, así como con sus tías y tíos, con un resultado estupendo posterior a los abrazos, lágrimas y promesas de seguir frecuentándonos, sin importar la distancia. Con el papá de mis hijos no hubo respuesta positiva, a pesar de algunos intentos; sin embargo, esto no lo considero un obstáculo para continuar por mi parte con las maravillosas experiencias aprendidas y los nuevos objetivos trazados. En el recorrido por esta globalizada e impredecible ciudad, llegó un evento monumental: el Fórum Universal de las Culturas. Dicho evento llamó poderosamente mi atención pues la transformación de la ciudad era notoria ya que se construían y a la vez se destruían construcciones. Me di a la tarea de conocer todo lo brindado, tomando en cuenta que nunca volvería a ver esos espectáculos tan variados, tan enriquecedores y tan constructivos para toda la población. Yo tuve la oportunidad de asistir al encuentro mundial SER, cuyo objetivo principal fue la interacción entre la espiritualidad, la salud, la medicina, además de ser un evento científico e interreligioso. Conocí la sabiduría de los místicos en las tradiciones milenarias y los avances científicos en el estudio de la conciencia. Ahí aprendí que la vida nos ofrece transformaciones, nos brinda éxito, felicidad y la realización de nuestros sueños. Sin embargo, esto no lo podemos realizar si no hacemos algún esfuerzo por pequeño que sea, ya que el camino del éxito empieza y termina con uno mismo; es decir, si abrimos nuestra mente a los conocimientos adquiridos en todo momento, ya sea en la vida diaria, en la escuela, en los problemas, en las emociones, en los

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sentimientos, en las preocupaciones y no logramos comprender que el pasado es para aprender y no para seguir viviendo en él. Otro punto impactante fue el tener cerca a científicos, médicos, especialistas y líderes espirituales con reconocimiento mundial, quienes, además de darnos una bendición muy reconfortante, nos permitieron estar muy cerca de cada uno de ellos, compartiendo fotografías y autógrafos con una sencillez que me lleva a concluir que la humildad es lo más bello que tenemos. El conocimiento y aprendizaje obtenido durante este evento lo llevaré en mi memoria por el resto de mis días, y por otro lado, la participación de mis hijos, al presentar una ponencia cada uno sobre desarrollo sustentable, fue otro orgullo tan profundo que me hizo reflexionar que todo ¡ha valido la pena! Todo esto no hubiese sido tan completo si no lo hubiera compartido con mis compañeras del diplomado y hasta alguna vacacionista que llegó por esos días de mi tan añorada ciudad. Así sólo me queda disfrutar... digo DISFRUTAR, así con énfasis porque estoy convencida de que la vida es bella a pesar de todos los tropiezos y fracasos que son inherentes a nuestra condición humana. Dios en su infinita sabiduría nos proveyó de fortaleza y coraje para superar hasta el más grande de nuestros problemas. Que nunca, pero nunca, serán más grandes que nosotros mismos. Como dijo Nelson Mandela: “Lo que tememos no es nuestra oscuridad, sino nuestra luz”. Al concluir este diplomado mis miedos ya no son tan poderosos, me liberé de su dominio. Por lo tanto, durante este tiempo he encontrado la fuerza y energía para cumplir con los objetivos trazados; sé que soy lo suficientemente capaz de cumplirlos y con plena convicción haré hasta lo imposible porque así sea, pues he aprendido que mi horizonte se abre a tal magnitud que casi no veo el final. Como dice Antonio Maura: “Educar es adiestrar al hombre para hacer buen uso de su vida, para vivir bien, así como para alcanzar su felicidad”.

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Esto fue posible gracias a la maestra Paty Basave, a lo largo de este viaje tan maravilloso que recorrimos juntas; asimismo la enorme sonrisa con la que fui recibida y que siempre nos brindó durante el trayecto la licenciada Leticia Hernández, todo auspiciado por la licenciada María Elena Chapa. Mil gracias.

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Recordar es vivir
por Colibrí

Llegué al Instituto cuando sentí que lo necesitaba y, gracias a Dios, he permanecido. La oportunidad de conocer a la licenciada Paty y a todas mis compañeras amigas ha sido hermoso, además de recibir parte de sus conocimientos relacionados con el desarrollo humano y el tiempo valioso que nos ofrecen, eso es muy apreciado por mí y por todas las compañeras que asistimos al curso. Gracias también a todas las personas que conforman este Instituto, que lleva la finalidad de una sana sociedad igualitaria entre las personas. En cumplimiento al propósito de este curso, me presento: nací en Monterrey, N.L., mi padre fue originario de Santa Rosa, Apodaca y mi madre, de Zuazua, ambos ya finados. Fui la segunda de siete hijos que procrearon mis padres. Ambos formaron su familia en una época muy difícil, porque los efectos de la gran depresión se hacían sentir con desempleo y carencias básicas en los hogares. Mi casa no fue la excepción, aunque mi padre trabajó con gran empeño para sacar adelante a su familia que crecía. Él poseía un arraigado espíritu independiente, de ahí que abandonara su empleo en Ferrocarriles, donde laboró en los talleres y en la Vidriera Monterrey, ya casado con mi mamá, para dedicarse por su cuenta al comercio no establecido. Fue un padre serio, sin vicios, muy responsable, que desmintió la creencia que generó en la familia de mi madre, porque él, de 31 años, se casó con ella de 18. Mi abuelo, decía mi madre, le advertía que le iba a dar “atole con el dedo”, situación que no se dio. Era, a no dudarlo, un prejuicio de aquella época. Mi papá fue muy apreciado por mis abuelitos maternos, ya que fueron trabajadores en los talleres de Ferrocarriles. En una ocasión que mi papá acompañó a casa a mi abuelito (quien perdió su pierna derecha en un accidente de trabajo, y así permaneció 40 años hasta su jubilación), conoció a mamá. Se
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casaron en 1926. Establecieron su hogar, en el que vivimos siempre, por la calle Julián Villarreal, el entorno fue Carlos Salazar y Treviño, muy cerca de la escuela “Álvaro Obregón”. Papá nos llevaba a jugar a la banqueta de esa escuela con los carritos de pedales. En ese barrio crecimos y tengo muchos recuerdos de niña; sin embargo, algo doloroso fue el fallecimiento de nuestro hermanito, que iba a cumplir seis años y entraría unos meses más adelante a primer año de primaria. Mi padre fue para mí una gran influencia y ejemplo en mi formación; mamá también aunque en otros aspectos, ya que fue seria y algo retraída pero muy generosa con todos nosotros y con la gente ajena. Puedo recordar aún algunos eventos sucedidos en mi infancia, como la vez que me fui atrás de papá, que no me vio, a las dos cuadras me perdí y estuve llorando. Dios permitió que un joven vecino me viera y me llevara a casa con mi mamá. Otra ocasión, en mi inocencia, porque no fue más que eso, tomé una manzana roja de una frutería que se ubicaba a dos cuadras y, al verme, la dueña me regañó y también lloré. Recuerdo muchos otros sucesos, como este agradable cuando, al regresar papá de la ciudad de México a donde fue enviado en ese tiempo por la Vidriera Monterrey, me trajo una muñeca de celuloide, porque de ese material eran antes, con su vestidito tejido y gorrita rosa, pero mi hermano menor le estiró al elástico y se rompió. También me trajo calzoncitos de seda de varios colores, y a mí me gustaba barrer la calle y recoger la basura para que se me vieran. Además nos trajo a todos cereales Maizoro y galletitas Ritz. Jugaba con las amiguitas de la cuadra y era traviesa, pues me subía a la barda de sillares que era el fondo de la casa para arrancar mezquites, y a la retama a poner cáscaras de tuna para que se pegaran los mayates, a los que mi hermano mayor les ponía un hilo para que volaran. Además, en esa retama nos puso un columpio con mecates.

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Me acuerdo que le ayudaba a mamá a llevar la tinita de nixtamal al molino que estaba a la vuelta de la casa. A veces comprábamos las tortillas a una buena señora que las hacía a mano. También le traía la mantequilla de la Cremería Monterrey, que estuvo ubicada en Carlos Salazar y Arista, y además, el pan blanco para el desayuno. Nosotros tuvimos mucho apego con nuestros abuelitos maternos, en vista de que mamá pasaba con ellos toda su recuperación cuando tenía sus bebitos. Yo nada más recuerdo el tiempo en que nació nuestra hermanita pequeña, pues yo contaba con 11 años. Fueron unos lindos abuelitos, muy sencillos. En cuanto al lado paterno, fue una familia linda también, pero había otra disciplina. Recuerdo un susto que tuve en casa de mi abuelita materna, donde mi mamá estaba recuperándose de su alumbramiento. Me pidió mi abuelita que fuera a comprar azúcar, que venía en cuadritos, en un comercio en la esquina de la calle Reforma. En el camino me topé con un señor que se dedicaba a hacer chicharrón y recorría las calles pregonando la compra de cochinitos para su sacrificio. Yo me metí rápido debajo de un automóvil estacionado para esconderme porque, en lugar de cochinitos, escuché que compraba “niñitos”. En la escuela “Nuevo León” estuve en primero y segundo de primaria. Mi maestra se llamaba Carlota y ocurrió que mi mamá me cambió a la “León Guzmán” en vista de que ahí estaba de directora mi tía paterna, pero resultó que al hacerme el examen de admisión para tercero se me olvidó todo y ¡para atrás!, estuve de nuevo en segundo año. Tengo un recuerdo muy lindo, ya que mi maestra Ninfa Berlanga me recibió con mucho cariño cuando volví al salón de clase porque tuve una fiebre que causó mis faltas de unos días. En ese tiempo, mi maestra Ninfa andaba de novia con el profesor Óscar, con quien se casó. Yo tuve el enorme gusto de reconocerla y saludarla en la graduación de una amiga en declamación y la profesora fungió, al igual que su esposo, como sinodal. Se quedó admirada de que la recordara aún con su nombre completo. En tercer año, mi maestra se llamaba Nereida.

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En cuarto año hice un trabajo manual de punto de cruz con estambre; fue una canasta con frutas y un perico, que por cierto, tuve que ir con la profesora que vivía cerca de la casa porque no me salía el pico del perico. De mi maestra de quinto año, sólo recuerdo su apellido, Smith. En ese entonces, a la escuela “León Guzmán” la iban a demoler, como sucedió luego y, por ese motivo, todo el alumnado pasamos a la “Nuevo León”. Estando en ese año de escuela fue cuando murió nuestro hermanito. Al entrar al salón de clase teníamos que cantar el himno nacional y yo no pude, se me hacía un nudo en la garganta. Terminé mi primaria en la “Nuevo León”, habiendo sido mi maestra mi tía paterna, a quien yo le tuve mucho respeto. Volviendo a la situación que se presentó por mi hermanito, mi papá anduvo muy ocupado por gestionar todo lo que se requería y para colmo, había huelga de teléfonos. Viendo yo a mi mamá muy sola y desconsolada, la abracé para tranquilizarla. Desde muy pequeños mi hermano mayor y yo ayudábamos a papá, porque antes él tenía un camión de redilas Chevrolet 1932 en el que, con su ayudante Andrés como chofer, recorría los distintos pueblos para comprar fierro viejo, el cual vendía a una ferrería del señor Elizondo, ahí había una báscula de tonelada y yo me pesaba cada vez. Propio de nuestra edad, un día se nos ocurrió cuidarle a papá su chatarra; mi hermano mayor, que era un niño, y yo pusimos una manta encima de todo el fierro y yo me metí en la cabina del camión estacionado en la calle, según nosotros para cuidar. Después, papá tuvo dos carretones de tracción animal. Uno de ellos lo manejaba mi hermano y yo me iba con éste para visitar a los clientes al norponiente y me compraba golosinas. En un comercio que se llamaba “El centavito”, un gatito se subía al carretón porque yo le daba trocitos de chorizo seco. En cuanto al otro carro lo traía papá de Juárez al poniente, partiendo de Aramberri. Yo también me iba con él y el señor de la tienda me daba el dinero, porque decía que yo era la tesorera.

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Me acuerdo que papá me pedía una bolsa de papel para llevar a la casa pan que costaba cuatro centavos y decía: “Vamos a llevar pan de a cuatro”. Mi hermano mayor, con apenas 12 años, manejaba uno de esos carros pues papá lo soltaba, y yo iba con él, a los nueve años. Regresábamos en la noche y, gracias a Dios, nunca tuvimos ningún accidente feo. Fuimos muy unidos mi hermano mayor y yo. Íbamos al mercado San Carlos a comprar frutas y semillas a “El navegante”, un negocio que estaba por Juárez, enfrente del mercado Colón que ya no existe. También íbamos al cine Escobedo, que olía a aceite de pino, a ver series y las películas de Tarzán porque a mí me gustaba mucho ver la selva. Saliendo del cine, ya en la noche, comprábamos taquitos de “La fama nacional”, con sus chilitos en escabeche y nos los servíamos en la casa al llegar. Fue un tiempo muy bonito para mí, porque me gustaba acompañarlo. Siempre fue muy atento y amable conmigo. Actualmente, ya es bisabuelo, con más de 50 años de casado y ya jubilado de varios años; esporádicamente sigue acudiendo a la empresa en la que inició a trabajar hace muchos años. Ya casado estudió y se graduó de contador público. Otros eventos que ocurrieron mientras papá tuvo sus carretones, es que algunas veces yo andaba con él porque me gustaba ver que saludaba a la gente y era amable con sus clientes. Estas actitudes de papá las vine comprendiendo con el tiempo, de ahí mi apego a él. En una de las ocasiones, lo esperaba yo en el carretón mientras atendía un cliente en una esquina cuando unos chamaquitos prendieron un cohete y el caballo, asustado, giró hacia la izquierda de tal forma que el coche quedó inclinado, ¡y que llega papá a bajarme, al mismo tiempo que enderezaba el carro! Cada vez que recuerdo este incidente, me doy cuenta de que papá nos demostraba su cariño con este tipo de acciones, porque ni él ni mamá exteriorizaban sus sentimientos con abrazos o besos. Otro suceso en ese tiempo pasó cuando salimos mi hermano mayor, otro menor que yo y el pequeño que yo llevaba en brazos -el niño del que ya he hablado, que con el tiempo murió-, pues resulta que por la calle a un costado de la

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empresa Malta, ya para llegar a Cuauhtémoc, se le rompió el eje al carretón ¡y vámonos todos al suelo!, mientras mi hermano, sujetando por las riendas al caballo, logró detenerlo. Para pronto, los vecinos, a quienes les agradecimos su ayuda, fueron muy solidarios con nosotros y ya más o menos reparado el daño, regresamos a la casa. Una vez que crecí y me he acordado de todas estas situaciones, pienso que fuimos muy chiquillos y andábamos haciendo trabajo de grandes, no obstante, mis padres se veían siempre tranquilos cuando llegábamos a la casa. Debo recordar un susto aparte del de la frutería y de cuando me perdí. Fue en otra ocasión, por la noche —al llegar papá, siempre colocaba en el pasillo las cajas de mercancía— cuando de pronto, al salir yo, que iba a la tiendita de la esquina a donde mamá me mandaba, vi a un señor con pata de palo que entraba a robar, aunque luego se fue. Una vez que terminé la primaria entré a estudiar comercio y, al haber concluido, me puse a trabajar. En esa empresa éramos empleados de oficina dos hombres y cuatro mujeres, más el gerente, el contador y el administrador, que era un alemán. Yo tenía entre 15 y 16 años. Con mi primer sueldo me compré un abrigo y empecé a procurarle a mamá accesorios para la cocina, además, yo ya cubría mis propios gastos. Estuve por tres años trabajando, en ese transcurso me hice novia de un compañero. Nuestra relación duró un año y medio y nos casamos por el civil y por la iglesia (en la de La Luz). Siempre recordaré que me ofreció todo lo que pudo para la boda y hasta su papá le dio ayuda económica. No obstante lo bien consolidado del compromiso, al año yo tuve un mal parto con aborto espontáneo, desatándose una mala interpretación de su parte, por lo que yo quedé muy dolida. Sin embargo, un año más permanecimos juntos, pero yo ya no me sentía como al principio ni con la misma confianza hacia el futuro. Tomé la decisión de separarme legalmente y aunque él se oponía, yo lo hice, a pesar de que pensaba en el ejemplo que iba a darles a mis hermanas, pues soy la mayor.

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Un año duraron las gestiones, durante el cual, por medio del abogado me estuvo pasando gastos. Yo ese tiempo me ocupaba en casa de mis padres haciendo faenas y estudiando el diccionario, leyendo revistas como Romances y Confidencias. Me gustaba leer los casos de vidas verdaderas, algunas personas pedían consejo sobre sus problemas de vida. Yo contesté en dos diferentes ocasiones y la revista Confidencias publicó mis escritos y me premió con suscripciones por dos años. Mi seudónimo fue “Clarita”, el nombre de una amiga a la que yo aprecié mucho, y más porque se le murió una hermanita muy pequeñita. Salía yo muy poco con mis amigas vecinas, porque no quería tener problemas con mi esposo o con su familia, situación que no se presentó nunca. El abogado me informó del término de la disolución y una de esas veces que no me había levantado, papá me dijo: “Oye, hijita, ¿qué no te vas a levantar?”. De inmediato le dije: “Sí, papá, ya voy”. Ya una vez liberada, me sentí confiada y empecé a trabajar en una empresa de dulces. Estuve ahí por dos semanas porque busqué un horario más amplio y lo conseguí, no sin antes haber avisado de mi salida. En otra empresa trabajé por siete años, durante los cuales procuré también complementar a mis padres con algunos muebles que les hacían falta, porque ellos me recibieron muy bien. Esa ayuda que yo les daba fue espontánea porque mamá nos decía que ellos eran felices como vivían, con mucha sencillez. Estando yo en este trabajo entré a “Solidaridad Femenina” a estudiar cuestiones culinarias y después a música, y me inscribí en la Universidad de Nuevo León, en la que estuve sólo dos años. Habían pasado tres años y, de pronto, en el despacho hubo una llamada de larga distancia desde Chicago. Era mi ex esposo, que me preguntaba si al escribirme yo le contestaría. Lo primero que le pregunté fue que si los amigos que acostumbraban sacarlo de mi casa fueron los que le dijeron dónde trabajaba yo. Nos escribimos por un año y, al venir aquí, él me pidió casarnos de nuevo. Estuvimos viéndonos por algunos días y la última ocasión en que quedó de ir por mí a mi trabajo, no llegó. Todos sus argumentos no me fueron

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suficientes para disculparlo, pues a pesar de que todavía lo amaba, no quise aceptar casarme de nuevo, porque aparte iba a arreglar mi documentación para residir en aquella ciudad y no me sentí con la confianza de vivir tranquila por los motivos que originaron mi separación y que realmente no di tiempo de recapacitar, toda vez que él me buscó. Mis amigas me preguntaban que, si lo quería, por qué lo había dejado; pienso ahora que tal vez fue mi orgullo lastimado y nuestra inmadurez en este caso. Yo tenía 18 años y él 21. Después de ocho años me casé de nuevo, de esa unión tuvimos seis hijos: tres varones y tres mujeres. Nuestro hijo mayor murió hace 10 años, después de una larga y angustiosa enfermedad que lo mantuvo en casa con nosotros por 14 años. Tengo un recuerdo hermoso de él cuando pequeño, porque me llega a la cocina con un niño bolerito y me dice: “Mamá, ¿le das de comer?”, a lo que yo asentí y él lo acompañó en la mesa. Hoy, de no haber aceptado, por pretensión de mi parte, me estuviera doliendo en el alma, pues cómo podía saber que mi hijo dejaría de existir con los años. Se graduó al igual que sus hermanos y hermanas en escuelas públicas, sólo una hija hizo estudios en el CEDIM. Este gesto de bondad de mi hijo y otros más, pero con más edad, a los que nunca me opuse, me han hecho comprender mi afinidad con él. Debo confesar que durante el transcurso de estos años hubo problemas por lo económico, por enfermedades, nulos paseos, falta de comunicación, no por los hijos. Hace muchos años, aproximadamente 30, padecí una neurosis agregada a un estado menopáusico, de acuerdo al diagnóstico de la doctora Barragán, que me atendió en su tiempo. Por esta última causa hubo ausencia con mis hijos; aunque nos veíamos regularmente, de todas formas no estábamos juntos. Fue un tiempo largo, con mucha soledad y angustias para todos, pues estaban muy pequeños. Mi hijo mayor contaba con 12 años. Gracias a Dios, esa etapa pasó y consciente soy de que haya quedado en ellos una herida moral por esta situación muy ajena a mi voluntad y que también sufrí mucho. Casi nunca se ha comentado este suceso de nuestras vidas; sin embargo, no todos actualmente tienen pláticas con terapeuta, a fin de encontrar su bienestar e irradiarlo a quienes más quieren.

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Durante mi vida de casada ha habido aversión por mucho tiempo, lo que ha causado distanciamiento, no con los hijos sino en el hogar y muchas veces por diversas razones, además se perdía el ánimo para darle continuidad a la relación; yo he analizado siempre la importancia que tiene la familia, en comparación a un férreo capricho u orgullo que no ha sido psicológicamente atendido y que de no hacerlo alguna vez, ya se encontraría toda la familia separada. Yo he querido dar tiempo a que se comprenda que la soberbia, porque existe, no pueda ser capaz de destruir toda la familia. Mientras llega o no esa ocasión, me mantengo en mi posición como siempre, convencida del compromiso que adquirí hace muchos años, siguiendo con el respeto que se le debe a la familia y esperando que eso siga siendo recíproco. Tengo tres yernos y siete nietos: dos varones de nueve y cuatro años de edad, y cinco mujercitas de 12, nueve y siete años. Me sorprende sentir una calma interior, lo cual atribuyo en mucho al estudio del desarrollo humano muy atinadamente expuesto por la linda persona que es la licenciada Basave, sin más interés de su parte que el de nuestro aprendizaje en el curso. Agradezco infinitamente esta oportunidad que tuve de conocer este tema y al mismo tiempo a todas mis compañeras amigas y en particular a las personas que forman este Instituto que bien hacía falta. Muchas gracias por sus finas atenciones. Un abrazo muy cariñoso para la señora licenciada María Elena Chapa, igualmente también para la licenciada Paty Basave y la licenciada Lety Hernández, deseando que continúen con esta tan noble labor que se han propuesto. Dios las llene de bendiciones.

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Redescubriéndome mamá
por Cenzontle

¿Cómo empezar si tengo tantas cosas en mi mente? Quisiera que esto que estoy plasmando no sea sólo un desahogo para mí, sino algo que cuando otra mujer lo tenga entre sus manos pueda darse cuenta cuán valiosa es y que, a pesar de todo lo que esté viviendo, por más terrible que sea lo que le pase, no hay nada que ella no pueda cambiar. Que se dé cuenta de que la fuerza está dentro de ella y que no hay imposibles, sólo tiene que decidirse. Quiero empezar contando que hace dos años alguien llegó a mi vida a despertarme, pues me encontraba en una especie de letargo en el que me había quedado, ya que al divorciarme hace 15 años sólo me había dedicado a ser madre, a sacar adelante a mis hijos, mi casa y a resolver la difícil situación económica en la que me había quedado, pues había muchas deudas de por medio. Me dediqué a trabajar, a cuidar a mi madre y después a mis nietos, pero me había olvidado de ser mujer, de preguntarme qué es lo que yo quiero o ver lo que me gustaba hacer, hasta que Dios puso en mi camino a un muy buen hombre que con sus atenciones y su cariño, me fue devolviendo el valor que mi ex esposo se había encargado de quitarme. Me devolvió la ilusión que había perdido por sentirme viva otra vez, viva como mujer, como un ser que tiene derecho a sentirse querida, valorada y a saberse importante para alguien. Para mí fue un nuevo despertar o un reencuentro con alguien que ahí estaba pero que no se había tomado el tiempo de pensar en ella misma por estar pensando en los demás, hasta que lo encontré. Siento que no sólo yo salí ganando con esta amistad, sino que también él necesitaba darse cuenta de que es una persona valiosa y muy especial, que no es sólo un proveedor como creo que a veces él se sentía en su casa y creo que de alguna forma yo también lo ayudé a revalorarse y a darse cuenta de cuán importante es.
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A veces me pongo a pensar por qué se acercó a mí, cuál fue realmente el motivo. No lo sé. Puede ser que fuera vanidad o sentirse conquistador y quiso tener solamente una aventura, pero quiero pensar que realmente fue otra cosa lo que le llamó la atención de mí. Cuando yo le pregunté qué le había llamado la atención, me respondió: “Tres cosas, la primera, tu plática; la segunda, tu labor altruista, porque siempre piensas en los demás y la tercera, tu persona me fascinó”. Fue algo muy hermoso pensar que alguien pudiera fijarse en mí a pesar de mis años; él me hizo darme cuenta de que tengo derecho a ser feliz, que ya dediqué mucho tiempo a mis hijos y que ahora me toca disfrutar un poco la vida. Soy la octava de una familia de siete hermanas y dos hermanos. Fui una niña feliz, aunque no tuve la atención de mis padres, sobre todo me faltó la de mi madre; quiero comprenderla y pensar que no fue falta de amor hacia mí lo que hizo que ella no se preocupara, sino que estaba muy cansada de atender a muchos hijos, uno tras otro, así que no tenía tiempo ni de respirar, y mis hermanas más pequeñas y yo pasamos desapercibidas por su vida. Soy una persona muy sensible y cariñosa, lo que más añoraba era que mi mamá me besara y me abrazara, cosa que nunca hizo. Por el contrario, mi padre sí era cariñoso conmigo, por él aprendí a amar tiernamente, aprendí a relacionarme con la naturaleza, pues ellos vendían plantas de ornato, pájaros y peces. Fue en ese tiempo en el que descubrí cuántas cosas hermosas existen en el mundo; mi padre era muy tierno, siempre estaba en mi cabecera cuando estaba enferma y me daba de comer cuando no quería alimentarme. A pesar de todo fui una niña feliz, muy inquieta y marota, para mí no había obstáculos: me trepaba a los árboles a los cuatro años de edad; me descalabré tres veces en mi vida, me enterré infinidad de clavos en los pies y un pico de una reja en la axila, pero nada de eso impedía que yo siguiera adelante para conseguir lo que quería. Sé que fui una niña muy enfermiza de chiquita, dos veces me quedé ciega aunque las causas no las recuerdo, sólo sé que mi papá siempre estaba ahí para cuidarme. Cuando llegó la adolescencia, para mi madre no era importante el que nosotras las mujeres estudiáramos y a las cuatro hijas más pequeñas sólo

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nos dio la primaria. Lo único importante, decía ella era que supiéramos las labores de la casa, pues si estábamos bien preparadas para eso, nos casaríamos y no nos devolvería el marido. Como no nos dejaban tener amigas ni salir de la casa, solamente a misa los domingos, entonces los únicos candidatos posibles para nosotras eran los amigos de mi hermano, los cuales eran iguales que él: presumidos, arrogantes y creídos, pero no había otra opción. Uno de ellos, cuando yo tenía 15 años, empezó a fijarse en mí. A mí también me “movió el tapete” con sus detalles y así empezamos a ser novios. A los cinco meses de novios me dio el anillo de compromiso y pidió mi mano, a lo cual mi padre dijo que no, pues él era un junior que no trabajaba y no sabía de responsabilidades y yo estaba muy chica, así seguimos de novios. Después de un año seis meses sucedió un problema, pues mi madre se tenía que ir a El Salvador con mi hermana que vivía allá y quería llevarme con ella, claro que nos íbamos a estar allá cuatro o seis meses, a lo cual yo le dije que no y comencé a llorar, pues mi papá no estaba muy de acuerdo con mi noviazgo y no quería que yo siguiera saliendo con mi novio cuando mamá estuviera fuera. Yo discutí con papá y lloraba como si el mundo se fuese a acabar, entonces mi novio habló por teléfono y al oírme llorar se vino a mi casa, discutió con mi papá y lo golpeó; me tomó de la mano, me subió a su camioneta y me robó. Yo lloraba como loca, fuimos iglesia tras iglesia a que nos casaran y todos los padres decían lo mismo: que necesitaba la autorización de mis padres, pues sólo tenía 17 años. Después de todo aquello, mi madre se puso en contacto con él y ella firmó para que nos casáramos por el civil. Yo me fui a vivir entonces con su abuela y al mes nos casamos por la iglesia. Su mamá nunca me quiso, y me quedó claro desde el principio, cuando fui a escoger mi vestido de novia, que ella tenía que pagar, pues para mi sorpresa cuando fui a recogerlo no era el que yo había elegido, sino por decisión de mi suegra, me entregaron otro que habían devuelto y estaba en oferta. Luego, yo hice mi ramo de flores de rosas blancas y lo guardé en el refrigerador de su

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casa, pero al día siguiente cuanto me dieron mi ramo, era de flores elisas, pues a mi suegra no le había gustado el que había yo hecho e hizo uno a su gusto. Así que para mí, mi boda no fue tan hermosa como la había soñado pues había demasiada tensión. Me fui a mi gran luna de miel a Saltillo, al hotel Camino Real. Nos casamos el 8 de mayo y al día siguiente en la mañana muy temprano ya estaban dos de sus mejores amigos tocando para que nos fuéramos al rancho de uno de ellos, que estaba en la sierra de Arteaga, así que ahí pasamos todo el día atrapados en el cerro. Al día siguiente era 10 de mayo y él me dijo: “Mi mamá está sola, vámonos a Monterrey”, y nos regresamos para estar con ella... ¡esa fue mi grandiosa luna de miel! Nos fuimos a vivir a la casa de su papá en Santa Catarina, que por ese entonces estaba en despoblado; yo casi no iba a mi casa pues mi marido no quería que fuéramos; y ahí empecé a ver una transformación en mi vida ya que él se encargaba de devaluarme cada vez que podía delante de su familia, pues si yo quería participar en alguna conversación, él se encargaba de hacerme sentir mal, volteaba y me decía: “Tú cállate, tú no sabes nada”. De tanto repetírmelo, me dije: ”Sí, él tiene razón, ellos tienen estudios, carrera, y yo no”, y entonces yo ya no podía hablar en su casa. Él era demasiado celoso, tanto, que siempre estaba haciendo bronca con todo aquel que me volteaba a ver. Poco después me embaracé, pero a los dos meses perdí a mi bebé; no obstante, al mes siguiente ya estaba nuevamente embarazada. Retomando el tema de sus celos: eran insoportables. Me acuerdo cuando una vez me fui a confesar a una iglesia que estaba cerca de su casa y el padre me dijo que me confesaba en la sacristía, entonces, él fue a buscarme, no me encontró, y se puso como loco; cuando llegué a su casa me golpeó y me rasgó el vestido, yo tenía siete meses de embarazo. Lo que es peor, a mí ya me había devaluado tanto que, después de pegarme, me pedía perdón y me decía que

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me quería mucho y yo me lo creía. En ese tiempo me sentía tan poca cosa que pensaba no tener derecho a que alguien me quisiera, pues me había convencido de que yo no valía nada, así me lo había hecho creer con tantas veces que me había callado delante de toda su familia. Desde el principio de nuestro matrimonio él me dominaba, yo no me podía poner ciertos vestidos, pintarme las uñas, maquillarme; además, no podía salir a ningún lado. Él empezó a trabajar con su padre; a los dos años se salió y empezó a trabajar en otras partes pero la verdad es que nunca le enseñaron a ser responsable y entonces cambiaba de trabajo continuamente. Cuando más duraba en los trabajos, era cuando salía de viaje de agente viajero pues ahí creaba su propio mundo y se inventaba una fantasía de lo que realmente no era. Cuando venía el fin de semana le molestaban los niños, no los soportaba, y cuando se iba nuevamente de viaje me daba 200 pesos y me decía que era todo lo que tenía, él se iba con sus viáticos completos y yo me las arreglaba para pagar todo. Nunca salí a trabajar fuera de mi casa, siempre trabajé haciendo pasteles y galletas para un salón de belleza, en donde me permitían poner las charolas para vender. Así es como resolvía la situación económica, y él muy cómodo, pues sabía perfectamente que yo iba a sacar adelante todo. Yo me sentía cada vez más devaluada pues él siempre me humillaba y pisoteaba continuamente, hasta que un día Dios me hizo sentir de nuevo lo que yo realmente valía y me devolvió el valor; esto lo sentí cuando leí la Bibilia, Isaías 43: “Para rescatarte entrego a Egipto, Etiopía y Sabbat en lugar tuyo porque tú vales mucho a mis ojos, yo doy a cambio tuyo vidas humanas. Por ti entrego pueblos enteros, porque te amo y eres importante para mí”. Cuando yo leí esas palabras me di cuenta realmente de mi condición y empecé a luchar para que nadie me volviera a pisotear; fue muy difícil pues desgraciadamente la educación recibida, la religión y el miedo, a veces no te dejan avanzar. Yo estaba muy enamorada de mi ex esposo en ese entonces, pero él es una persona muy celosa que siempre estaba imaginando cosas que no eran, por eso desde el principio empezaron los problemas.

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Cuando tenía nueve años de casada ya no soportaba la situación y traté de separarme. Fui con un sacerdote, el cual me dijo que mi esposo era una persona enferma y me preguntó: “¿Tú abandonarías a un hijo enfermo?, no, ¿verdad?, pues tienes que quedarte a cuidar a tu marido”, y así seguí 11 años más tratando de que las cosas mejoraran. En efecto, él está enfermo, pero por más que yo quería ayudarlo no se dejaba. Traté de llevarlo con doctores, psicólogos, padres, terapeutas y a nada quiso ir, siempre decía que yo era la loca y no él. El problema es que estaba en un pozo del cual no quería salir y me estaba arrastrando a mí y a mis hijos hacia dentro. El colmo fue cuando hipotecó mi casa, me dejó deudas por todos lados, pues ya no trabajaba, así que yo iba a perder mi casa, la cual era una herencia de mi madre. Entonces fui a hacer una reestructuración al banco, triplicándose mi deuda, pero puede convertirla en una casa de asistencia y me puse a hacer comidas para oficinas. Con gran esfuerzo, hacía 40 comidas diarias que mis hijos llevaban a las oficinas y él sólo se la pasaba sentado, comiendo y viendo televisión. Hasta que un día muy determinada le dije: “Si no me das, no me quites” y decidí terminar mi matrimonio después de muchas dificultades porque él no quería salirse de la casa, hasta que con fuerza pública lo desalojaron. Me divorcié y después de un año tuve un problema de una hernia de disco que me tenían que operar y entonces él nuevamente me convenció de que iba a necesitar ayuda para atender el negocio y a los muchachos, y que él podía venir a ayudar, yo le creí y nuevamente volvió. Después de una semana de operada, estuvo haciendo todo perfectamente, pero después de eso nuevamente volvió a ser el mismo: me agredía verbalmente, aunque sólo cuando no estaban mis hijos presentes. Al pedirle que se fuera de la casa, me dijo: “Pues a ver ahora cómo le haces, porque yo ahora no me salgo”, y nuevamente tuve que recurrir a la autoridad. A los dos años de haberme operado, nuevamente los dolores empezaron a ser insoportables; estuve un año en tratamiento, después el médico me dijo que

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iba a bloquearme y que esto no traería consecuencias. Al ponerme el bloqueo me perforaron la médula, dejándome todo el lado izquierdo completamente inmóvil por lo que tuve que permanecer en una silla de ruedas por año y medio. Al año siguiente, mi casa se quemó y nos quedamos tan sólo con lo que traíamos puesto. De todas estas adversidades yo aprendí que todo ha sido para bien, pues con todo esto que pasó pude darme cuenta cuán unidos están mis hijos conmigo, cómo maduraron y de la gran cantidad de amistades que tengo, amigos que estuvieron conmigo, apoyándome mejor que mis propios hermanos. Mis amistades me ayudaron no sólo para la reconstrucción de mi casa sino también emocionalmente. Más tarde se casaron mis hijos y me dediqué a cuidar a mi madre. Al morir ella, yo ya había conocido a esta persona que me hizo despertar como mujer. Él me hizo ver que tenía que dedicarme a pensar en mí y entonces fue cuando entré en este diplomado de Tejedoras, el cual agradezco a la licenciada María Elena Chapa y a la maestra Patricia Basave Benítez, por haberlo realizado, pues he podido aprender a enfrentar las situaciones y así a resolver problemas aunque sean dolorosos, asimismo tuve la gran oportunidad de conocer y convivir con mis compañeras, de quienes he aprendido muchas cosas. Quiero añadir sólo este pensamiento: “Aunque no veas la luz, por más oscuro que se encuentre, ten la certeza de que siempre habrá un nuevo amanecer”.

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Requiere tiempo
por Zorzal

Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo. Eclesiastés 3:I

Cuando me vi ante el predicamento de narrar una historia sobre algunas experiencias de mi vida, no tenía idea de cómo empezar; cuando era adolescente solía escribir en cuadernos todo cuanto me acontecía, pero la frustración no tardó en apoderarse de mí cuando mis escritos fueron descubiertos por mi madre: “Analiza bien los caminos por donde vas, esto no te llevará a ninguna parte” —me dijo—, y todos mis cuadernos con mi historia fueron a parar a la basura. Hoy, me detuve por unos minutos, los que se convirtieron en horas por las cuales me introduje en una nave imaginaria para viajar en el tiempo; debo confesar que no fue fácil, ya que muchos recuerdos estaban guardados en el archivo muerto de mi memoria por mi propia decisión, y es así como se quedarán pues ya no influyen en mi avance personal, menos intelectual. Pero ante este predicamento, repito, voy a hacer referencia a algunas cosas acerca de mi persona y a tratar de narrar algunos sucesos importantes. Me gusta tener amigas, por fortuna las tengo y me agrada mucho que ellas me tomen en cuenta para compartirme inquietudes o estados de ánimo, yo también encuentro en ellas ese apoyo que necesito cuando de pronto me asaltan los malos ratos o me invade la prisa por llevar a cabo mis planes a futuro. Soy feminista de hueso colorado, y además me enfurecen las injusticias en contra del desvalido. Practico el yoga como forma de mantenerme sana, éste me lleva a estados de paz interior cuando mi mente, mi cuerpo y mi espíritu están en comunión, tan necesaria en todo ser humano, entonces logro entrar en esa
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armonía (que a veces suele ser invadida por energías negativas) con todo lo que me rodea. Transito por la mejor etapa de mi vida. Me considero una mujer alegre, que ama la vida, que sueña. Siento que la vida me fue llevando a encontrarme con mujeres similares (a las que también catalogo como almas gemelas), soy muy franca, espontánea, tal vez eso incomode a más de uno, pero no a mí. Físicamente soy de piel blanca, un poco (sólo un poco) arrugada, creo que es porque gesticulo mucho cuando platico, además de las largas horas que me gusta pasar tomando el sol. Soy bajita de estatura (hablo sólo del físico), tengo ojos claros (me vienen de familia) y en general me considero una mujer plena y feliz. Soy la primera de cinco hermanos, hija de una madre enfermiza y un padre que siempre estaba ausente aunque estuviera en casa; crecí cuidándome a mí misma y a mis hermanos sin saber hacerlo (por eso no se llevan muy bien conmigo, ahora espero que algún día entiendan que yo sólo cumplía con lo que me encomendaron y que si en algún momento los hice sentir mal, comprendan que yo era su hermana, no su mamá... y cómo me gustaría no dejar ese pendiente en mi vida). Había en casa con pocas demostraciones de amor, por lo tanto, llegué a ser una adolescente independiente (eso puede ser bueno) pero con pocas herramientas para enfrentar la adultez. También me divertía jugando con mis vecinos y vecinas, me gustaba patinar y cada vez que tenia oportunidad (creo que a diario) lo hacía. Más tarde, en mi adolescencia, ingresé al movimiento Scout de México, en el cual permanecí como dirigente de los lobatos hasta que me casé. Fueron las grandes satisfacciones que viví en ese periodo de mi vida y cuantiosas las amistades que resultaron de esa etapa; a muchos de ellos no los he vuelto a ver, pero permanecen en mí recuerdos agradables de esa época. Tenía un buen trabajo, muchos amigos, juventud, ganas de vivir pero, a pesar de eso, sentía que algo me faltaba. En mi interior, (como toda mujer) soñaba

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con casarme y pensaba que al hacerlo tendría por fin una familia estable, un lugar al que consideraría mío, que esto me iba a dar un sentido de pertenencia, pero como siempre fui muy criticada por ser tan independiente, decidida, franca y por la poca experiencia que tenía a esa edad, pensé que al casarme sería conveniente cambiar...y así fue, me casé llena de ilusiones. Dejé de trabajar y me dediqué sólo a mi hogar. Me convertí en una estupenda ama de casa, aprendí a cocinar y a hornear, además me gustaba mucho y se me facilitaba, aparte, como no tenía mucho qué hacer pues mi primer bebé llegó hasta después de dos años de casada, me volví una obsesiva con la limpieza y me la pasaba limpiando mi pequeño departamento, eso era todo lo que llenaba mi día. Al poco tiempo comenzaron mis problemas, los cuales, repito, no quiero desglosar porque ya no influyen en mí, pero en ese entonces pensaba que todo estaba en contra mía, que era una víctima del destino, una mujer desvalida. Me la pasaba sufriendo, vivía con mucho miedo, nunca imaginé que todo eso podía sucederme a mí, me sentía sola, huérfana de padres, hermanos y amigos...sólo estaba yo, con mis problemas y mis miedos. Mi sentir y mi actuar eran de una mujer diferente a la que siempre había sido; me encontraba lejos de recordar que al casarme había tomado la decisión de cambiar para gustarle a la gente y según yo, para tener un hogar perfecto. Trabajé mucho buscando una solución, al principio hablaba de lo que me pasaba a la primera persona que me prestaba atención, con la esperanza de que alguien me diera una receta mágica para salir del hoyo en que me encontraba... De hecho, puse en práctica algunos de esos métodos que me aconsejaron, los cuales, en primera instancia, parecía que daban resultado, pero después de un tiempo todo volvía a ser lo mismo. Recurrí a terapias, grupos religiosos, etcétera, éstos me proporcionaron mucho aprendizaje, pues fue así que después de muchos años de desilusiones y sufrimientos empecé a sentirme fuerte, a conocerme a mí misma y a enfrentarme a mi realidad. Esto debía ser un trabajo de dos, pero como no sentía el apoyo, comencé a formular un plan de lo que quería realmente para mi vida y para mis hijos.

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Con el tiempo, fui comprendiendo que vivir implica tomar riesgos y decisiones. Una vez, alguien a quien quiero mucho, después de escuchar mis quejas de víctima, me dijo: “Sólo en ti está la solución, tú decides; acepta la situación por la que estás pasando y enfréntala, si no, te daña a ti misma y a los que te rodean; cambia las condiciones si se pueden cambiar, o vete si es demasiado el daño o el peligro para todos”. Increíblemente se me abrió un panorama así que saqué del clóset mi lanza, mi armadura y mi escudo y me lancé a la lucha. Fue ahí donde decidí que desde ese momento en adelante sería mujer y madre guerrera, sentía que estaba en deuda con mis hijos y conmigo misma por mi cobardía de tantos años, por mi pasividad, por haber perdido mi identidad desde hacía tanto tiempo, por haberlos expuesto a ellos y por olvidarme de mí. Así, poco a poco, con mucho esfuerzo y dedicación, trabajando primero en mí misma, recuperándome, entendiéndome para poder entender lo que pasaba a mi alrededor y poder llegar al punto del porqué actuamos como actuamos; fui tomando decisiones importantes: elaboré un plan de ataque y decidí llevarlo a cabo, pasara lo que pasara, y después de algún tiempo pasó algo positivo...todo empezó a cambiar. Fui adquiriendo más seguridad en mí misma, pude ver con más claridad las aldabas de esas puertas que yo creía estaban cerradas para mí; se ampliaron mis horizontes y cambiaron algunas de mis expectativas. Fui guerrera por mucho tiempo, sin embargo, en estos momentos me he dado cuenta de que esa batalla ha terminado, que debo bajar mi escudo y mi lanza, deshacerme de mi armadura y revestirme de una mujer nueva, una mujer que es capaz de transformar su entorno con sueños al alcance de su mano... “Hay tantas cosas por hacer todavía”, me dije, “has ganado una batalla, pero aún te falta luchar por tus propósitos personales”. Actualmente estoy casada y vivo al lado de mi marido. Soy la orgullosa mamá de tres hijos maravillosos y la abuela más presumida de su nieto (bueno, ¿qué abuela no lo es?, pero yo me considero única), al que adoro y que llegó en un momento muy importante para mí, ya que él retroalimenta mi vida día a día y me ha enseñado que un niño nos proporciona con sus sonrisas y sus sentimientos más puros lo que los adultos, muchas de las veces, nos negamos

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egoístamente. Mi hija y yo llevamos una relación hermosa, a ella la considero mi alma gemela y es uno de los tres regalos que Dios me brindó, haciéndome sentir grandes y satisfactorias experiencias. Mis dos hijos varones viven en el hogar paterno, el más grande está por recibirse de su carrera profesional, es inteligente, formal y muy responsable; el más chico, es un poco alocado aún, pero muy cariñoso y respetuoso. En fin, que los tres, incluyendo a mi nieto, son mi más grande tesoro y digo, con esa franqueza que me caracteriza, que me siento muy orgullosa de ser la mamá de tres seres con tan bellos conceptos de la vida, que han sabido salir adelante por sus propios méritos y sobre todo que no olvidan lo que implica la responsabilidad de lo que es formar parte de una familia. Mis hijos son maravillosos y quiero que sepan cuánto los amo y los admiro. Hoy por hoy, mi marido y yo llevamos una buena relación. Como en todas las parejas, hemos tenido altas y bajas, pero continuamos juntos bajo las normas del respeto mutuo, al derecho de cada uno como individuo; hemos aprendido a divertirnos, a reír, a compartir, a luchar por sueños en común, a disfrutar y amar cada día más a nuestros hijos, a gozar a nuestro nieto con tranquilidad y a sobrellevar las adversidades que a todos como humanos se nos van presentando. Doy gracias a Dios por habernos permitido a mí, a mis hijos y a mi marido, encontrar las herramientas necesarias con las que trabajamos día a día para mejorar nuestra vida; para algunos de nosotros fue difícil pero no imposible, fue más bien un gran logro. No somos una familia perfecta, somos una familia normal, con el valor y el amor para trabajar cada día por ser mejores. A pesar de todo lo que batallé para narrar mi historia, por supuesto que no puedo dejar pasar por alto lo importante que fue para mí tomar el diplomado Tejedoras de historias; aunque por razones de trabajo no pude ser tan constante como me hubiera gustado en las sesiones semanales, quiero aclarar que todas las experiencias que viví fueron muy productivas para continuar

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desenvolviéndome sustentada en mi seguridad, en mi empoderamiento, en mis propias capacidades, sin tomar tan a pecho mis limitaciones. A través del diplomado me fui dando cuenta de todo lo que había logrado en el transcurso de mi vida, aún con sus tropiezos no estuve tan errada en mis determinaciones, ya que hoy siento que con todo lo que obtuve a mi favor, vivo día a día en paz y en esa armonía que tanto esperé, que mi lucha no fue en vano y que, por lo tanto —como nos enseñaron en Tejedoras— soy autora, protagonista y agente de cambio. Por el diplomado, también aprendí que la crisis crea una oportunidad cuando la sabemos visualizar como tal; que no existe nadie más que una misma para llevar el liderazgo de esta gran empresa que es vivir, y comprendí también que el cambio que quiero para el mundo debe comenzar en mí misma. Reviví momentos difíciles que estaban tan guardados y, al ir en retrospectiva, eso me ayudó a cerrar ciclos que se me habían quedado pendientes. Afronté con más serenidad mi responsabilidad al haber complacido a mi madre, que me anticipaba continuamente: “Juana Gallo, algún día te van a romper la boca para que aprendas a callarte”...hoy me causa gracia esa expresión, tanto, que un día me tomé una foto al lado de la pintura de la verdadera Juana Gallo, no para olvidar, sino para recordarme con orgullo la que verdaderamente soy. Mi agradecimiento sincero y admiración a mi maestra Patricia Basave, y a todas aquéllas que día a día luchan por darle a la mujer el lugar que se merece como ser humano, la certeza de que también ocupan un lugar en este mundo, porque su aportación y su existencia son parte importante e imprescindible (digan lo que digan muchos machos) para la evolución correcta de la formación familiar a futuro y de la sociedad misma. También quiero agregar que, gracias al diplomado, encontré nuevas amigas (más almas gemelas) con las que comparto momentos muy gratos y deseo decirles a todas mis compañeras que las admiro por su valentía, dedicación y empeño para llegar al final de este curso maravilloso, así como su entusiasmo para querer llevar a cabo nuevos planes en sus vidas.

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Doy gracias también a mi familia por ser mi familia, sé que existe mucho amor entre todos nosotros, no lo decimos muy seguido pero lo demostramos en cada obra, en la solidaridad que demostramos cuando algún miembro está en problemas, en el respeto que nos tenemos y en la aceptación. En cuanto a mí, siento que aún me queda mucho por hacer, me considero muy activa (dicen mis hijos que “preocupona”, yo digo que muy efusiva e intensa para hablar y expresar lo que estoy sintiendo en ese momento). Me gusta mucho aprender, también trabajar por la equidad, porque este mundo sea mejor cada día; soy de la idea de que estar en este mundo no significa que sea del todo mío y que puedo hacer lo que quiera con él, así que lucho día a día por aportar lo que está a mi alcance para al menos dejarlo, en lo que a mí concierne, un poco mejor...(qué bueno sería que todos los adultos en la actualidad consideráramos que con nuestro granito de arena podríamos formar nuevos y cristalinos océanos para dejarlos limpios a los que vienen tras nosotros). Hoy dirijo una asociación de beneficencia privada, en la cual deseo permanecer por mucho tiempo más trabajando, para seguir brindando apoyo a nuestros hermanos más desprotegidos. Estudio fotografía por el gusto de fotografiar todo lo que sale a mi encuentro; además pienso que es muy importante la reacción que provoca en los demás las imágenes que proyecto a través de una foto. Tengo planes a futuro con este proyecto, el cual espero me llene aún más de satisfacciones personales porque, como dice la fotógrafa Roser Villalonga: “Si alguna de estas fotografías consigue que paréis el reloj, si logra sugerir un recuerdo o un sentimiento o dar un salto en el tiempo, el mérito será de quienes tuvieron el valor y la generosidad de aguantar ante sí a una persona enganchada a un objetivo, con la intención de congelar instantes y perpetuar situaciones a veces no siempre agradables”. Espero ver crecer a la familia, ver a mis hijos casados, conocer a todos los nietos y verlos crecer, amarlos, gozarlos y dejar en ellos el mucho o poco conocimiento que he adquirido durante el tiempo que Dios me ha concedido

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vivir. Por último, me gustaría citar un verso que leí en alguna ocasión y me encantó: “Cada día que vivo me convenzo más de que el desperdicio de la vida está en el amor que no damos, en las fuerzas que no usamos, en la prudencia egoísta que nada arriesga y que, esquivándose del sufrimiento, hace perder también la felicidad”.

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Rompiendo mis ataduras
por Margarita

Iniciar este diplomado de Tejedoras fue como ir a una cita a ciegas, me invitaron a participar y sin saber de qué se trataba, acepté, pero debo decir que desde el primer momento, al conocer a mis compañeras y escuchar una breve semblanza de sus vidas, me sentí inmediatamente identificada con ellas y dispuesta a seguir adelante y poco a poco fui perdiendo el temor al compartir nuestras experiencias. Claro que no fue fácil sumergirse en el pasado, traer a mi mente momentos dolorosos que creía olvidados, pero que estaban ahí a sólo un paso, o recuerdos felices que alguna vez disfruté y no valoré, todo va fluyendo ante mí como burbujas en el aire que quisiera atrapar para siempre, fue hermoso y triste a la vez volver a vivir estos momentos. Después de haber participado en este diplomado he experimentado un gran cambio en mi manera de pensar y de actuar, el haber escuchado y compartido temas tan profundos como el perdón, la reconciliación, la muerte, la espiritualidad, etcétera. Y vivir dinámicas tan fuertes que te sacuden, que te llevan a buscar en tu interior tu otro yo; sacarlo a flote, conocerlo y escucharlo no es fácil, es un proceso largo y doloroso, pero estamos en el camino. Comienzo la historia hablando de mi primera infancia, no tengo muy claros recuerdos, soy la quinta de seis hermanos, cinco mujeres y un varón; pasé esa etapa conviviendo con ellos entre juegos, estudios y pleitos normales sin importancia. Vivíamos en el centro de Monterrey en una casa muy grande y vieja, nada lujosa, pero cómoda con un patio y traspatio muy grandes con muchos árboles frutales, por lo que era el punto de reunión de todos los niños del barrio para nuestros juegos infantiles. Nos divertíamos mucho, siempre al cuidado de mi madre y la estricta vigilancia de mi abuela paterna con la que vivimos.

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No sé si fui una niña muy sensible, porque si alguien me levantaba la voz yo ya estaba hecha un mar de lágrimas, y si me llegaba a caer o golpear en mis juegos infantiles simplemente me desmayaba. Dice mi mamá que le daba ¡cada susto!, hasta que el doctor le dijo que me diera una nalgada cuando me pasara eso, para que reaccionara y sí, ciertamente ésa fue la solución, pronto se me quitó lo chiflada. Recuerdo que el primer conflicto que enfrenté fue al poco tiempo de entrar al colegio, ya que comenzó la preparación para hacer la primera comunión; la hacíamos a los seis años en el mes de mayo en la fiesta de la Virgen de María Auxiliadora, patrona del colegio, y para esto, todos los viernes nos llevaban a la capilla a escuchar la misa que ahí se celebraba. Uno de esos días en mi inocencia, porque todavía no comprendía muchas cosas sobre religión, me formé en la fila de las niñas que iban a recibir la comunión, y cuando se dieron cuenta las monjitas se escandalizaron y me dijeron que había cometido un sacrilegio porque yo todavía no me había confesado (¿qué graves pecados podía haber tenido a esa edad?). Pero ese horrible “pecado” lo llevé por muchos, muchos años dentro de mí, me hacía sentir indigna ante Dios y ante mis compañeras, de veras fue un pesado lastre en los primeros años de mi vida, y tardé muchísimo tiempo en superarlo. En esa época, a principios de los años cincuenta, la educación era muy estricta, todo era pecado y vivía una atemorizada, pero aún así, tengo buenos recuerdos de mi vida escolar, aunque debo reconocer que no fui una niña muy aplicada como mis hermanas que salían con todas las medallas y reconocimientos, yo me conformaba sólo con pasar todas las materias, porque nunca reprobé ninguna, pero no me esforzaba por sobresalir. Si al final del año yo recibía dos medallas ya era mucho y si mis diplomas eran de los más pequeños, los rompía antes de llegar a la casa, así no había comparaciones; no obstante, también reconozco que la enseñanza, los valores y principios que me impartieron fueron muy importantes en mi vida. Después, al ir creciendo y viendo la realidad de las cosas, vas comprendiendo en dónde está el bien y el mal y que no todo es negro o blanco, pues la vida está llena de matices.

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Mi papá era muy bueno pero muy estricto, jamás nos maltrató pero tampoco era muy cariñoso, era serio, no le gustaban las demostraciones de amor, era muy trabajador, no tenía vicios, en la casa nunca lo escuchamos decir una mala palabra y todos lo teníamos prohibido. Mi abuela, que era maestra, lo educó de una manera muy estricta también, al quedarse viuda muy joven, mi papá tenía cinco años cuando mi abuelo se fue a la revolución y no regresó, mi abuela se quedó sola con dos hijos, mi papá y una hermanita que también murió muy joven de un tumor en la cabeza. Creo que estos dos hechos hicieron que su carácter fuera muy duro y a pesar de que vivimos siempre con ella, nunca nos demostró su cariño, era muy celosa y posesiva con mi papá y por lo mismo, hizo sufrir a mi mamá por muchos años. Mi papá, como único hijo, nunca la quiso dejar sola, hasta que a sus 85 años murió después de haber perdido sus facultades mentales. De hecho, yo fui la encargada de atenderla y cuidarla hasta sus últimos días, desgraciadamente nunca la disfrutamos, como abuela no nos dio esa oportunidad, sólo con mi hermano fue diferente, a él sí le demostraba su cariño. Mi papá trabajó 42 años en Fundidora hasta que lo jubilaron, él entró muy joven como intérprete, hablaba muy bien el inglés, estuvo como empleado de confianza en diferentes áreas y también daba clases de inglés a los empleados en la escuela nocturna que había adentro de la Fundidora. Mis hermanos y yo tenemos muy gratos recuerdos de ese lugar porque mi papá acostumbraba llevarnos algunas veces con él y mientras daba las clases, nosotros jugábamos en los jardines y también alguna vez vimos el vaciado del acero, y al escuchar todos los días el silbato que marcaba los diferentes turnos, ya sabíamos que un momento después llegaría mi papá a la casa pues vivíamos muy cerca. Recientemente fuimos a visitar el Museo del Acero y nos sentimos muy emocionadas, casi hasta las lágrimas, y nos dio muchísimo gusto que se hayan aprovechado esos espacios para crear ese hermoso parque y que tanta gente pueda disfrutar del deporte, la cultura, el arte, la diversión; es una bella obra y para nosotros que nacimos ahí, en la maternidad de la Fundidora, es doblemente emotivo.

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Mi papá era un hombre muy sencillo, y a pesar de que vivíamos bien, era muy cuidadoso con su dinero, siempre estaba pensando en el futuro, en su vejez, y gracias a eso se pudieron solventar los gastos de su larga enfermedad, el Alzheimer que sufrió durante cinco años, de los cuales, fue la persona más cuidada por mi mamá, dos enfermeras y nosotros sus hijos que nos turnábamos para cuidarlo y aprovechando que era como un bebé, pudimos demostrarle entonces todo nuestro cariño sin que nos rechazara; pero fue muy triste verlo consumirse poco a poco, después de haber sido un hombre tan sano y fuerte que jamás pisó un hospital. A él lo que más le gustaba era viajar, recuerdo que desde niños una o dos veces al año nos llevaba de viaje, nos subía a todos al carro y nos íbamos a recorrer diferentes lugares de la República, en plan económico y entre pleitos y regaños, todos amontonados, pero felices, conocimos muchos estados. Reconozco que a pesar de que nos dio una buena educación en buenos colegios, era de la idea muy conservadora de que las mujeres no necesitaban una carrera profesional para defenderse, sólo estudiamos el secretariado para poder trabajar y si queríamos estudiar una carrera, debíamos pagarla nosotras mismas. Sólo mi hermana la menor estudió para maestra y después hizo la licenciatura estando ya casada; mis otras hermanas comenzaron a trabajar muy jóvenes, saliendo del colegio, a excepción de mi hermana mayor que se casó el día que cumplió los 15 años, totalmente enamorada de un hombre 11 años mayor que ella, que vivía frente a nuestra casa y la fue conquistando con cartitas y poemas, todo un romance de telenovela, y después de 25 años de casados, siete hijos y nietos, un buen día él se fue y no volvió y mi hermana tuvo que enfrentar sola sus problemas y sacó adelante a sus hijos formando una bonita familia con muchos nietos y bisnietos. No fue fácil para ella, sufrió mucho, yo la admiro por su fortaleza. Mi hermano también está divorciado desde hace varios años y no siempre fue un “angelito”, tiene una relación muy estrecha con sus hijos, los apoya en todo y aún después de haber pasado por situaciones difíciles, han logrado salir adelante. Mi reconocimiento para mi cuñada, una gran mujer que se empeñó en hacer de ellos unos jóvenes muy preparados e independientes, pues para nosotros, que la queremos mucho, sigue siendo parte de la familia. Igualmente

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cada una de mis hermanas formaron su propia familia, la mayoría con hijos profesionistas, muy responsables y que a su vez están creando una nueva generación. Es increíble cómo va dando frutos nuestro árbol genealógico, con una gran diversidad de caracteres, actualmente somos más de 80 y como decía mi mamá: “Todo por decirle que sí a tu papá”. En mi caso cuando salí del colegio, mi papá decidió que yo me quedaría en la casa para ayudarle a él en sus negocios de compra-venta de terrenos, cosa que hacía aparte de su trabajo, también ayudaría a mi mamá en el cuidado de la casa. Así pasé varios años, pero yo estaba ansiosa de aprender tantas cosas, soñaba con ser pianista, bailarina, deportista, todo lo que se me ocurría y estudié piano, guitarra, danza, cocina, inglés, corte, y toda clase de manualidades, no todo al mismo tiempo, claro. Lo malo es que nada lo terminaba y al rato me aburría e inventaba otra cosa. Fui muy inconstante, muy inquieta hasta que uno de mis cuñados, periodista, me ofreció trabajar en un periódico de la localidad como cronista de sociales y yo acepté porque siempre me ha gustado escribir y ahí me enseñaron redacción. Antes no exigían la carrera de comunicación, sólo que supieras escribir a máquina, eso era suficiente. Esto me sirvió mucho para cambiar mi carácter, porque tenía que tratar con mucha gente al cubrir los diferentes eventos sociales, estuve ahí tres años y medio y después varios meses en una radiodifusora redactando los noticieros. En mi adolescencia yo no era muy sociable, sino más bien temerosa, me movía en un círculo muy estrecho de amistades, sólo las amigas del barrio en donde vivíamos, además a mí no me gustaba salir a la plaza o a otros paseos que se acostumbraban entonces. Yo prefería irme al rancho, en donde pasábamos largas temporadas, me gustaba montar a caballo, andar en bicicleta, nadar, patinar, me gustaban todos los deportes y los disfrutaba, todavía conservo cicatrices de mis caídas, tengo hermosos recuerdos de esos tiempos, y aunque todos los primos vivían fuera, convivíamos mucho con mis primas que vivían en McAllen, ahí me pasaba mucho tiempo con ellas y nos queremos mucho. Así pasé mi infancia, mi adolescencia y parte de mi juventud con mis hermanos que, aunque hayamos tenido desacuerdos pasajeros, como en toda familia

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numerosa, al irnos casando unos y otros nos respetamos más y nos queremos y llevamos muy bien, sólo una de mis hermanas creció llena de complejos que la afectaron emocionalmente, se distanció de nosotros hace cuatro años y desde que mi madre cayó en cama, se desligó completamente del compromiso de cuidarla y apoyarla económicamente, como lo hicimos todos, con muchos sacrificios, y ella que está en un nivel económico muy superior no quiso saber nada, ni siquiera asistió al funeral, creo que su conciencia no se lo permitió. Inconscientemente he estado postergando el momento de hablar de mi madre, porque hoy que estoy comenzando a escribir esta historia, cumple 11 días de haberse ido de nuestro lado y tengo grabado en mi mente el doloroso momento de su partida, que aunque tuvo una muerte tranquila y rodeada de casi todos sus hijos y nietos, fue una experiencia muy fuerte, muy triste para todos, a pesar de que sabíamos que estaba sufriendo mucho por su larga enfermedad y por sus 94 años de edad, dentro de nuestro egoísmo no queríamos que nos dejara. De hecho, ya estábamos acostumbrados a cuidarla entre todos desde que mi papá murió, hace más de 15 años. Yo tenía más de tres años de pasarme todos los fines de semana con ella y ahora la extraño mucho; vi morir a mi abuela, vi morir a mi padre, pero en esta ocasión fue mucho más doloroso, y aunque la atendimos y cuidamos siempre, siento que podía haberle dado más de mi tiempo, haberle demostrado más mi cariño, mi agradecimiento, desgraciadamente siempre valoramos más a las personas cuando ya no las tenemos. Mi madre nació y creció en el barrio de La Purísima; mi abuelo era comerciante, tenía un negocio de artículos de piel, lo recuerdo con su pelo completamente blanco como un cepillito, muy pulcro, muy formal, serio pero muy educado en su trato; mi abuelita era muy amable y cariñosa y aunque los visitábamos seguido, no tengo recuerdos extraordinarios de nuestra convivencia, en esos tiempos era de mucho respeto, no como ahora que yo disfruto y juego con mis nietos como si fuera uno de ellos, los amo y se los demuestro. De mi madre, ella y sus hermanas tocaban muy bonito el piano, nos encantaba escucharlas, por eso heredamos de ella el gusto por la música clásica, la poesía y la lectura. Nosotros desde niños nos pasábamos el tiempo declamando y hasta la fecha,

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cuando nos reunimos todos, nos ponemos a recordar todos los poemas que aprendimos y a la mayoría de la familia nos da por escribirlos, al igual que algunos de los nietos y lo hacen muy bien, y como dice el refrán “de poetas y locos, todos tenemos un poco”. Aquí sí es válido y muy divertido pues varias de mis sobrinas también tocan el piano y lo hacían con mi mamá a cuatro manos, hasta que ella comenzó a perder la vista y el pulso, pues tenía mal de Parkinson. Mi mamá y mi papá se conocieron en la Iglesia de La Purísima, más adelante se hicieron novios, hasta que se casaron, y aunque ella tenía otras costumbres y era orgullosa, se amoldó a una vida más sencilla con mi papá, con comodidades pero sin lujos; aguantó desde un principio el mal carácter de mi abuela y a nosotros nos atendió y educó con mucha dedicación. No fue fácil para ella, yo recuerdo que terminaba el día completamente agotada y más cuando estábamos todos estudiando y tenía que preparar uniformes, zapatos, libros, por las noches antes de dormir, y cuando regresábamos del colegio, que antes íbamos todo el día, ya nos estaba esperando con la cena preparada. Nos recibían los ricos aromas desde la cocina en donde estaba haciendo las tortillas de harina o cualquier otro alimento sencillo pero delicioso, esos momentos los tengo muy grabados en mi mente, era muy pesada su tarea, con seis hijos que atender, un marido y una suegra que no la aceptaba por celos, ¡mis respetos!, yo sólo con dos hijos me doy cuenta de lo que cuesta criarlos y educarlos, pero hasta que una lo vive, lo valora. Recuerdo que yo fui de las más traviesas y mi mamá decía que así era ella, pero cuando la hacíamos enojar de verdad y nos quería dar un pellizco o nalgada o de plano agarraba el cinto, corríamos a subirnos a los árboles y así nos escapábamos del castigo. Realmente nunca nos golpearon y a veces sí se ameritaba, recuerdo que me gustaba hacer llorar a mi hermana menor, porque estaba muy chiflada con mi mamá y yo por llamar la atención, por celos creo, me desquitaba maltratando sus muñecas que ella cuidaba tanto. Acepto que fui tremenda, lo bueno es que mi hermana me perdonaba, como somos las más chicas, estamos muy unidas. Pero en algún tiempo en mi interior yo me sentía

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menos, llegué a pensar si no sería adoptada (claro que no, porque todos nos parecemos y después de cuatro hijos era imposible) pero yo le cuestionaba a mi mamá que porque todas tenían fotos de estudio del año de vida y de la Primera Comunión y yo no, todos estaban en el Seguro Social, menos yo, se olvidaron de mí, eso me hacía pensar que no me querían, porque no me habían tomado en cuenta, ¿está raro, no? y hasta la fecha no me gusta que me tomen fotos. Muchas veces las he destruido, aparte que no soy fotogénica... claro, no puedo salir mejor de lo que estoy, o no me acepto como soy; pero sí, en mi adolescencia me sentía la más fea, la más gorda, con mis eternos complejos de inferioridad, y creo que por eso me la pasaba dándole la contra a todo mundo, para sentirme importante y llamar la atención. Y como en ese tiempo yo era la única que no trabajaba y aunque mi papá me daba para mis gastos, no podía andar bien vestida como mis hermanas que podían comprarse lo que querían y eso me hacía sentirme menos, porque tenía que andar pidiéndoles cosas prestadas. Una de mis hermanas cuando se enojaba conmigo me decía que yo era la sirvienta, no podía ponerme nada de ella porque se hacía un escándalo y, claro, mamá la defendía a ella y yo buscaba la manera de vengarme escondiéndole sus cosas, así nos pasamos varios años hasta que ella se casó y todo cambió, el resentimiento se volvió respeto. Ahora pienso que le di muchos dolores de cabeza a mi mamá, por mi rebeldía en esa edad difícil. Pero no escarmentaba, me gustaba meterme en problemas. Recuerdo otra ocasión, años después, que por mi rebeldía perdí mi trabajo en el periódico donde laboraba, cuando nos pusieron un uniforme que a la mayoría no nos gustaba, las dos trabajadoras sociales, otras dos compañeras y yo nos pusimos a levantar firmas entre las compañeras en contra de esa orden y claro que no nos valió. Primero nos hicieron pagarlo completo, porque la empresa pagaba sólo la mitad, y como no lo usamos nos despidieron a las cinco, ése fue el precio que pagué; y todavía a mi cuñado le quedaron ganas de recomendarme para trabajar en la radiodifusora. Pero claro tan pronto como se enteraron en el periódico que yo estaba trabajando ahí, les hablaron para informarles lo que había pasado y se repitió la historia, me despidieron. Ya tenía fama de “contreras”, ése fue mi último trabajo en esa época de mi juventud, ya no

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lo intenté de nuevo y como teníamos poco tiempo de habernos ido a vivir a otro municipio en donde mi papá tenía algunas propiedades, ahí comenzó la segunda parte de esta historia, en donde conocí la felicidad y el más profundo desengaño. Yo tenía 19 años cuando llegamos a este municipio en donde actualmente vivo, conocíamos a mucha gente porque teníamos el rancho ahí cerca y como a mí me gustaba más el campo que la ciudad, yo me sentía feliz de estar ahí. Mi mamá fue la que nunca se acostumbró y eso que teníamos una casa más grande y moderna que la anterior, pero para ella nunca dejó de ser un pueblo, ella prefería la ciudad; sin embargo, mi papá estaba feliz, él tenía muchos amigos ahí, todo mundo lo conocía y como ya estaba jubilado, se levantaba muy temprano, se subía a su Jeep y se iba a recorrer el campo. Él nunca dejó de ser un hombre muy sencillo que no le importaba dormir en el suelo, en una cobija si era necesario, o comer con sus trabajadores en el monte y así era su vida, ayudaba a la gente y la gente confiaba en él; en aquel tiempo muchos tratos se hacían de palabra y para nosotros su palabra vale más que un papel. Ahí en ese pueblo, que ahora es ciudad, comenzó a transcurrir la segunda etapa de mi vida, integrándome a la sociedad, muy cerrada por cierto y aunque ya conocíamos a algunas familias, no dejábamos de ser “las nuevas”. Mis hermanas mayores ya estaban casadas, sólo mi hermano, mi hermana menor y yo estábamos solteros y pronto nos acoplamos a nuestra nueva vida. Yo me hice de varias amigas y con el tiempo formamos un grupo numeroso de jóvenes que organizábamos las kermesses de las fiestas parroquiales, obras de teatro en donde participábamos todos, bailes, diferentes eventos para recaudar fondos y hacer obras sociales, desde entonces me gustó mucho la labor social y hasta la fecha pertenezco a diferentes grupos de este tipo. Así conocí a mi marido, que era hermano de una de mis amigas, además mi papá conocía muy bien a su familia ya que eran contratistas y los apreciaba mucho. Así pasó algún tiempo, sólo nos veíamos de lejos, se veía tan serio, tan formal, tan pulcro, que me llamó la atención y poco a poco comenzamos a tratarnos, nos encontrábamos en las fiestas del pueblo, me invitaba a bailar, y

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con todo el temor que me inspiraba mi hermano que nunca me había dejado tener novio a mis 20 años, todavía nos cuidaba como si tuviéramos 15. Él siempre nos acompañaba a los bailes y se paraba atrás de nosotras, alto y fornido como es, pues nadie se animaba a invitarnos o de plano tenían que hablar con él primero, pero yo me aventé y acepté bailar la primera vez que me invitó. Después nos hicimos novios a escondidas porque yo sabía que mi hermano no lo iba a aceptar, ni daría el visto bueno para que lo aceptaran también mis papás. Pero claro, en un pueblo tan pequeño y tan comunicativo como era entonces, como a los tres meses me descubrió y ardió Troya, me dijo que qué pensaba, que si estaba loca, qué futuro podía tener, etcétera, pero mi papá me defendió y mi mamá y mi hermano tuvieron que aceptar nuestra relación. Mi hermano dejó de hablarme, mi mamá nunca lo quiso conocer hasta después que fue a pedirme para casarnos, tres años después, decía que se le revolvía el estómago con sólo verlo, de coraje yo creo, porque tan feo no era. Y así pasé mi noviazgo entre regaños y malas caras, pero a mí no me importaba, yo estaba enamorada y era feliz y por más obstáculos que me pusieron y cosas que me ofrecieron, como un viaje a Europa por casi un mes, con la intención de que lo olvidara, yo seguía firme. Me fui con ellos a Europa, lo disfruté y regresé a continuar con mi relación, y poco tiempo después comenzamos a hacer planes para casarnos, a comprar poco a poco todo lo necesario para nuestro hogar. Decidimos no hacer fiesta, sólo el civil y la ceremonia religiosa, preferimos guardar ese dinero para nuestra luna de miel, y así lo hicimos, y al final de cuentas tuvimos dos festejos, no uno. Mi mamá preparó una comida para la familia de nosotros en la casa y mi suegra otra en su casa para su familia; convivimos con las dos familias por separado, ¿qué originales, no? Increíble, pero así se dieron las cosas, tuve que enfrentar muchos problemas para realizar mi sueño, y al final no sé si valió la pena, por eso me dolió tanto su traición. Los primeros años de mi vida de casada fueron felices, si algo bueno tiene mi marido es que es muy trabajador y nunca nos faltó nada y con el tiempo cambió de trabajo y fue mejorando poco a poco. Yo me embaracé pronto,

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antes del año nació nuestro primer hijo, las relaciones con mi familia fueron cambiando y tengo que decir que mi marido se ganó el cariño de mi madre, después era con nosotros con quien salía de viaje y se paseaba, convivíamos mucho y lo trataba muy bien, y a pesar de nuestros problemas nunca dejó de hacerlo, se apreciaban y se respetaban mutuamente. A los dos años mi papá nos construyó una casa dentro del terreno de la suya que era muy grande, nos comunicábamos por los patios, al igual que mi hermano construyó la suya al casarse, así es que mis hijos y los de mi hermano nacieron y crecieron ahí, conviviendo con sus abuelitos, y fueron años felices. Al año y medio nació mi segundo hijo, y ya no pude tener más, pues sufrí tres abortos después por diferentes problemas y ya no me pude volver a embarazar. Yo me dediqué a mis hijos por completo, mi esposo nunca se involucró en su educación, sólo se dedicaba a trabajar, aparentemente nunca tuvo tiempo de jugar con ellos, ni de regañarlos al menos cuando se portaban mal, toda la tarea fue mía y muchas veces le pedí que conviviera más con ellos, sobre todo porque son hombres y a él le correspondía estar más cerca de ellos. Pero así es su carácter y nunca fue cariñoso, él sólo pensaba en las mujeres, según me enteré muy pronto. Así se acabó el encanto de mi matrimonio, mis hijos tendrían 10 ó 12 años, cuando un alma ‘caritativa’ (siempre hay alguna en estos pueblos) me habla por teléfono para decirme que mi marido tiene una mujer en tal parte, que la visita casi todos los días; no obstante yo, inocente de mí, todavía lo dudaba, nunca sospeché nada porque era muy raro que llegara tarde y los fines de semana siempre salíamos juntos, o salíamos en parejas con mis hermanas y mis cuñados; nunca fue aburrida ni rutinaria nuestra relación, él me enseñó a ser mujer y disfrutábamos juntos, de hecho él fue mi primer y único novio, por eso no me cabía en la mente que necesitara otra mujer en su vida, pero desgraciadamente resultó cierto. Por el momento no le dije nada de las llamadas, mi intención era pescarlo en la movida, o mejor dicho, con la “movida”; esperé el momento oportuno fingiendo ignorancia aunque por dentro me moría del coraje, pues me siguieron llamando y ya no era una sino dos, las que hablaban, por lo visto se lo estaban peleando,

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o era muy bueno en la cama o suelto en el bolsillo, yo creo que ambas cosas porque al final lo dejaron en la calle. Así pasaron algunos días hasta que una noche, triste noche que llevo grabada en mi memoria aún después de tantos años, me llaman y me dicen: “Hola, si quieres ver a tu marido con la otra, están ahorita en tal restaurante, cenando juntos”— eran como las 9 de la noche, estaba lloviendo fuerte, pero no lo pensé mucho—, me dije: “Ahora es la oportunidad que estaba esperando”, y aunque con la preocupación de dejar por un rato solos a mis hijos, a pesar de que ya no eran unos bebés nunca lo hacía, los dejé ya acostados viendo la televisión, sabiendo que puesto que llovía no se podían salir; sólo les dije que iba a traer un mandado a la farmacia, que no me tardaba. Me subí a la camioneta y temiendo encontrarme con la realidad y con la esperanza de que fuera una mentira, me fui directamente al mencionado restaurante, estuve pensando qué hacer, no me podía esperar mucho tiempo, así es que me armé de valor, me bajé y me asomé primero por las ventanas a ver si los veía (si alguien me vio pensó de seguro que estaba loca), y sí, justo ahí estaban sentados, frente a una ventana, respiré profundo, entré y me les planté enfrente (lógicamente que se quedaron pasmados). No levanté la voz, no hice ningún escándalo, cualquiera pensaría que estaba saludando a unos amigos, me dirigí a mi marido, a ella la ignoré, y le dije que me entregara las llaves de la casa porque no quería volver a verlo y ahí no iba a volver a entrar, me dijo que no, que teníamos que hablar, le dije que no había nada qué decir, con lo que vi fue suficiente. Me di la vuelta y me salí, se salió atrás de mí y ya afuera le repetí lo mismo, no había nada que hablar, no quise escuchar sus mentiras, me entregó las llaves y me regresé a la casa. No supe ni cómo llegué entre el llanto y la desesperación que sentía, me preguntaba por qué, en qué había fallado, desde cuando me engañaba, tal vez desde que nos casamos o desde antes, no sé, sólo sé que en ese momento me sentí destruida, humillada, sin valor. Llegó atrás de mí, no lo dejé entrar, le dije que al día siguiente le mandaría sus cosas a casa de sus papás, y sintiéndolo por mis suegros porque yo los apreciaba mucho, pues siempre nos llevamos muy bien y si a alguien querían era a mis hijos y a mí. Yo sabía que les iba a doler esta separación tanto como a mí, pero por el momento no había otra solución.

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Así pasaron tres meses, él buscándome, pidiéndome perdón, jurándome que no iba a volver a pasar, me mandaba flores, mensajes con los niños, ellos sí lo veían casi a diario porque acostumbraban jugar siempre con los primos que vivían junto a mis suegros, y yo no podía quitarles de pronto ese derecho, ya tenían edad de comprender a medias el problema, nunca nos cuestionaron, pero sé que desde entonces a ellos les afectó esta situación. Pasado ese tiempo y pensando realmente que había cambiado y dejado a esa persona, como me lo juró hasta el cansancio, lo acepté de nuevo en la casa, de hecho, mucha gente ni se enteró de que estuvimos separados porque el muy listo dejaba todas las noches el carro en el portón de atrás de la casa, para que cualquiera pensara que ahí vivía, y se iba a dormir a casa de sus papás que estaba a cuatro cuadras de la nuestra. Aparentemente todo volvió a la normalidad, aunque yo ya le había perdido la confianza, así pasaron dos o tres años, pero bien dicen que el que cae una vez vuelve a caer, y así fue, pero esta vez con una jovencita de 17 años que ya tenía su historia, una fama de hacer de todo menos perder su “virginidad”, pero con ésta sí que le pegó duro, pues ya no le importó nada, al grado de tener problemas con la ley porque ella era menor de edad. Luego algún arreglo tuvo con la mamá porque después de denunciarlo, lo perdonó, y él siguió con ella como si nada. Como siempre, tuvo que pasar mucho tiempo para que yo me enterara, hasta que ella misma comenzó a llamarme por teléfono, a decirme que lo dejara, que se iba a casar con ella, creo que en mi interior yo me lo esperaba, o tal vez ya no lo quería como antes y eso me hizo enfrentar las cosas con más frialdad. Le pedía que se fuera de la casa, nunca lo quiso hacer, me juraba que ya la había dejado pero no era cierto, ella llamaba todos los días, y si no le contestaba venía y se paraba enfrente de la casa para buscarlo, así pasó el tiempo, ella se casó y tuvo una hija, se fue a vivir al extranjero, pero un mal día regresó, dejó al marido y volvió a buscar al mío y otra vez a lo mismo, llamadas todos los días, me decía que lo dejara, que si lo tenía embrujado, yo le contestaba que ojalá y se fuera con ella, que yo lo corría todos los días y no se quería ir. Yo ya estaba cansada de aguantar pues ya no se ocultaban, se paseaban juntos por todas

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partes, éramos la comidilla del pueblo. Por fin me harté y hasta ahí aguantó la poca dignidad que me quedaba, y como él nunca quiso irse de la casa por más que lo corría, quería que yo aceptara esta situación tranquilamente, me decía que él no pensaba dejarme nunca ni a sus hijos, o sea, quería tener esposa y amante, quería todo, ¡qué cómodo!, ¿no? Y fue entonces que tomé la decisión más importante de mi vida y que al final no fue la más acertada, porque mis problemas en lugar de disminuir, aumentaron. Anteriormente mencioné que la casa que teníamos me la regaló mi padre, así es que tomé la decisión (mala decisión, después lo comprendí) de venderla e irnos mis hijos y yo a vivir a Monterrey, hablé con ellos, ya eran unos jóvenes y comprendían perfectamente el problema, ellos lo vivieron una y otra vez y sin duda les afectó mucho, al grado de que abandonaron sus estudios después de haber tenido primeros lugares. Yo que soñaba con tener dos hijos profesionistas, pero desgraciadamente comenzaron a tener cambios en su conducta, hubo un tiempo en que andaban en malas compañías y se metían en problemas, yo tenía miedo de que si seguíamos viviendo en medio de esta desintegración iba a ser peor para todos, así es que estuvieron de acuerdo y lo hicimos, nos fuimos y lo dejamos sentado en la calle. Él tenía la casita que le dejaron sus papás, que para entonces ya habían muerto, y ahí se fue a vivir solo; en esa época teníamos una tienda de abarrotes que atendía mi marido y uno de mis hijos, el otro tenía su trabajo ahí mismo, por lo que tenían que seguir viniendo todos los días. No aguantaron mucho, no se acostumbraron a vivir en otra parte, aquí nacieron, aquí tenían a sus amigos, su trabajo y comenzaron a quedarse, a veces en casa de mi hermano o en casa de su papá y como en ese tiempo murió mi papá y mi mamá no se podía quedar sola, yo me fui a cuidarla y viví con ella más de dos años. Fue un tiempo muy difícil para mí, los fines de semana tenía que ir a limpiar mi casa, después ir a ver a mis hijos y arreglarles la casa, lavarles la ropa, me daba tanta tristeza ver cómo vivían los tres hombres solos, porque mi marido cuando lo dejé, se abandonó completamente, entonces ya había dejado sus romances, nunca dejó de trabajar pero tomaba mucho y parecía un malviviente, era deprimente

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verlo, si antes siempre le gustaba andar limpio y muy arreglado, ahora nada le importaba, ahora sí valoraba lo que había perdido, pero era peor el ambiente en el que ahora vivían, y así todos los domingos me regresaba llorando ante esta situación, si mi intención era vivir tranquila, ésta no fue la mejor solución. Con el tiempo mis hijos y mi marido me pidieron que me regresara a vivir con ellos, que no querían seguir solos y al salir una oportunidad de comprar a crédito una casita en una colonia nueva, vendí el departamento que había comprado en Monterrey y me regresé otra vez, después de pensarlo mucho; no escarmenté o me gustaba el papel de víctima, fue así que comenzamos otra vez a vivir todos juntos. Ya no había otras mujeres en la vida de mi marido, tenía problemas con la bebida aunque gracias a Dios nunca fue violento, ni tomaba en la casa, llegaba y se quedaba dormido en cualquier parte, nunca faltaba al trabajo, pero cuando regresaba ya venía tomado otra vez, así era todos los días. De ese modo pasaron varios años, yo tuve varios negocios diferentes, trataba de mantenerme siempre ocupada, pero se vinieron tiempos malos económicamente, ya no pudimos seguir pagando la casa y la perdimos; mi hijo mayor se casó y cuando nació su primera hija fue que convencí a mi marido, después de mucho batallar, de que dejara de tomar, que iba a ser muy feo que su nieta lo fuera a ver en esas condiciones, que cuando creciera se iba a sentir avergonzada de él. De esa manera dejó el vicio, pero el daño ya estaba hecho, porque como él era diabético e hipertenso y nunca se cuidó, meses después tuvo un infarto cerebral que le afectó en muchos aspectos y quedó incapacitado para trabajar y aunque con el tiempo se recuperó a medias, le afectó la vista y su mente no funciona igual. Ahora sí toda la responsabilidad de la casa era mía porque al no estar asegurado no recibió ninguna pensión. Los problemas seguían, salía de uno y empezaba otro, no había más que ponerme a trabajar en serio y echarle ganas para salir adelante. Tiempo después tuve la suerte de que algunas amistades, al ver mi situación, me ofrecieron trabajo en una dependencia municipal, personas a las que les estoy muy agradecida, porque a mi edad no iba a ser fácil conseguirlo, fueron

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tres años de mucho trabajo y crecimiento, una labor de asistencia social muy importante en donde tuve la oportunidad de hacer algo que siempre me ha gustado, estos tres años los llevaré siempre en mi memoria. Poco después, mi vida se estabilizó por un tiempo, vivíamos tranquilos; mi segundo hijo se casó, actualmente tienen dos hijos cada uno, tengo cuatro nietos, tres mujeres y un varoncito a quienes amo, los disfruto, siempre me están esperando para que juegue con ellos, y yo estoy dispuesta a hacer lo que me pidan para complacerlos, pues en su compañía se me olvidan las preocupaciones. Mi marido le ayuda a uno de mis hijos en su negocio y van saliendo adelante, yo continúo trabajando pero en otra área, especialmente ayudando a las mujeres de nuestro municipio, con diferentes programas, otra labor enriquecedora, sigo en lo que me gusta y también pertenezco a un patronato desde hace más de 10 años en donde ayudamos a mucha gente tanto a personas enfermas, como a muchos niños con becas escolares; además soy voluntaria de la Cruz Roja, estoy en el grupo de la Acción Católica desde hace 30 años y gracias a que me he involucrado en todas estas actividades he podido sobrellevar mis problemas, esto y el haber entrado a este diplomado de Tejedoras, me ha ayudado a seguir adelante. El sentimiento de haber sido lastimada es el más difícil de enfrentar, nos hace sentir vulnerables, pero ya me cansé de mi papel de víctima, sé que cometí muchos errores y voy a hacerme responsable sólo por lo que yo haga, bien o mal, y así lo aceptaré; sobre todo después de este diplomado en donde he aprendido tantas cosas, principalmente a valorarme más, porque mi autoestima andaba por los suelos, pues en algún momento de mi vida me sentí la persona más insignificante del mundo. Ahora pienso más en mí misma, sé que todavía puedo hacer muchas cosas a pesar de mi edad, ya cumplí los 60 años y estoy en el otoño de mi vida, pero voy a aprovechar el tiempo, por eso acabo de tomar un curso de computación para estar actualizada, retomé mis clases de inglés y tengo el propósito de reanudar mis clases de música y de pintura. Sé que todas esas actividades serán como una terapia que me ayudarán enormemente, también hemos continuado con el grupo de Tejedoras, preparándonos más, capacitándonos para ayudar a otras mujeres en situaciones similares. Estoy

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tan agradecida con la licenciada Paty Basave, que más que una capacitadora, ha sido una verdadera amiga para todas, nos ha apoyado incondicionalmente, mi respeto y admiración para ella que con su trabajo ha ayudado a tantas mujeres; igualmente a mis compañeras, hermosas y valientes mujeres, solidarias como pocas, que dejan en segundo lugar sus propios problemas para ayudarnos a las demás, creo que este lazo que nos ha unido está fuertemente tejido con paciencia, con cariño y mucho respeto y durará para siempre. Yo sé que la situación que viví desgraciadamente la viven miles de mujeres, la infidelidad es la mayor causa de divorcio, a algunas nos afectará más y a otras menos, cada quien tiene su manera de enfrentarla, yo no puedo decir si actué correctamente, mi intención fue volver a unirnos como familia y en parte lo logré, al final de nuestras vidas, pudimos perdonar los errores pasados y tratamos de llevar una vida tranquila en compañía de nuestros hijos y nietos. No sabemos qué nos depare el futuro, pero lo enfrentaremos juntos. Un agradecimiento a mis padres con todo mi amor y respeto a su memoria, porque me dieron la vida, por los valores y enseñanzas que me transmitieron y quedaron como huellas imborrables en mi mente. A mis hijos y nietos que son mi razón de vivir, que sepan que los amo desde lo más profundo de mi corazón. A mis hermanos que siempre me han apoyado y estuvieron a mi lado en los momentos difíciles, los quiero mucho.

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Tejedoras de historias
por Pablonia

Hoy tengo una oportunidad muy especial que me gustaría que todo mundo la aprovechara en algún momento que se le presente, no tanto por publicarla, sino por los beneficios personales que se obtienen al cambiar la forma de ver las cosas, ya que el escribir situaciones que nos pasan tal y como las sentimos en ese momento, luego con el tiempo volver a leerlas y volver a escribirlas nos ayuda a cambiar la perspectiva de las situaciones, hasta que encontramos la forma de que ya no nos lastimen como en el momento en que nos pasaron, y esto nos ayuda a superarlas y guardarlas en la memoria; o sea, no quiero decir que se olvidan ¡no!, simplemente es posible recordarlas ya sin dolor y que queden como eso, sólo un recuerdo. Le doy gracias a Dios por haberme dado la fuerza y la capacidad para resistir todas las veces que tropecé, la humildad para reconocer mis errores, el valor para pedir perdón a las personas que he ofendido y el amor que está presente en mi vida y que me ayuda a seguir adelante, todo esto para ayudar a quien me lo pide, ya sea escuchando o dando mi punto de vista de las cosas, procurando desechar sentimientos que no me llevan a nada. Buscando el lado bueno de la vida Empezaré por contar que corría el mes de agosto de 1962 cuando, por cosas que Dios destina, nació una hermosa niña blanca, de pelo castaño rizado, que según cuentan los que la conocieron, era muy buena niña, sólo que su papá deseaba un hombre, claro que cuando supo que su deseo no fue cumplido, se resignó con lo que había llegado. Esta familia ya contaba con cuatro hijos anteriores, de los cuales, los dos primeros habían fallecido y quedaban una mujer y un hombre y luego de dos años del nacimiento de esta niña, llegó otro bebé: un varón.

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Continuemos con la historia de esta niña, que en sus primeros tres años de vida la pasó muy bien con su familia, hasta que un día empezó a darse cuenta de la preferencia que tenían sus padres con su hermana mayor, poco a poco fue descubriendo que con sus dos hermanos tampoco había esa preferencia. En esa época su padre logró, con mucho sacrificio, comprar un terreno con un cuarto grande de adobe, ¡al fin! una casa propia y con esto, también la llegada a vivir con ellos del hermano mayor del papá, que según decían era con el que tenía más trato, pues habían quedado huérfanos de madre desde muy chicos, así que vivieron en una familia desintegrada y con un papá abusivo y agresivo. La casa nueva estaba a la orilla de un arroyo en el que sólo corría agua cuando llovía muy fuerte y servía como parque de diversiones para todos los niños del rumbo, ya que sobraba espacio para jugar y, como eran de escasos recursos, lo que tenían en gran cantidad era imaginación para divertirse. El papá y la mamá de la niña eran alegres, cantadores y a ella le gustaba mucho bailar, así que enseñó a sus cuatro hijos desde chicos a bailar y cantar, jugaban mucho con ellos y les demostraban su cariño. Así fue pasando el tiempo y como lo bueno no siempre es para toda la vida, empezaron los cambios: no sé qué fue primero, si los celos de la mamá o el ojo alegre del papá, pero eso provocó la fractura de la relación y de la familia. Esa situación fue dura para los hijos, pues veían pelear a diario a sus padres. A esta niña le gustaba aprender, así que desde los cuatro años aprendió a leer, escribir, hacer sumas y restas, por lo que a los cinco años entró a primaria. El primer año la dejaron a prueba por un mes, argumentando que no tenía la edad propicia, pues la maestra dudaba de su capacidad, así quedó en el turno vespertino; de segundo a sexto de primaria la pasaron al turno matutino para que fuera al mismo que sus hermanos mayores. Cuando tenía siete años de edad, pasó algo que marcó su vida para siempre: como a su mamá no le gustaba llevarla cuando salía a algún mandado, porque era muy inquieta, la dejaba en casa o a veces encargada con las vecinas. Sucedió que alguien le hizo tocamientos en sus partes íntimas y como era muy chica,

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no sabía lo que pasaba, lo único que sí sabía era que eso no le gustaba. Así pasó un año y esta persona aprovechaba siempre que tenía oportunidad, hasta que un día la niña se armó de valor y como era algo que no tenía confianza para contárselo a sus padres, por temor a que no le creyeran, se le ocurrió, en cuanto la dejó su mamá sola, buscar en la ropa sucia un pantalón de su hermano (ya que en esa época las mujeres no usaban esa prenda) y ponérselo con un cinto apretado en la cintura y enfrentar a esta persona para que no la volviera a tocar, así fue algunas veces hasta que la persona ya no volvió a molestarla, a partir de ahí la niña supo que ella se tenía que defender sola, como Dios le diera a entender y que no contaba con sus padres o parientes y menos si la persona que la lastimaba era apreciada por su familia, como fue el caso. La vida siguió su curso y en su casa la siguieron viendo como la rebelde de la familia, pues aun cuando obedecía a sus padres, defendía sus ideales aunque esto le costara golpes; por ello, les hacía ver a sus padres la preferencia que existía hacia su hermana mayor, cosa que por supuesto ellos no aceptaban. Siguieron las peleas por los celos de la madre y la infidelidad del padre y la convivencia con el tío. Así llegó la adolescencia y entró a estudiar a una de las mejores secundarias del estado, por ser siempre una buena alumna. Ella nunca esperó lo que en su primer festejo del Día del Estudiante iba a sucederle: Regresaba del festejo con muchos compañeros de la escuela en el camión cuando subió su papá abrazado de otra señora y se paró justo al lado de ella. Inquietos, sus compañeros le preguntaron si ese señor era su papá, y ella con la cabeza agachada contestó que sí. Luego le dijeron: “Pero esa señora no es tu mamá, ¿verdad?”. Para su desgracia, fue el día en que le tocó darse cuenta de que las escenas de celos que se vivían en su casa a diario tenían un motivo real. La invadió la decepción, ya que ella a veces había tenido duda de que su papá fuera capaz de faltarle a su mamá, ya que cuando no peleaban había alegría, convivencia y hasta felicidad en casa.

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A partir de ahí hubo distanciamiento con el papá, se hablaban muy pocas veces y como estas situaciones de verlo con esa señora se siguieron dando, menos comunicación tenían y las veces que se hablaban era para pelear ya que él, a pesar de su comportamiento, no permitía que sus hijas tuvieran amistades y era muy estricto en eso. Así pasaron los años y llegó el día que la adolescente debía tomar la decisión sobre la escuela a la que entraría a estudiar, ella quería preparatoria para seguir la carrera de Leyes, pero su padre decidió que estudiaría Comercio ya que no estaba dispuesto a pagarle una carrera para que “otro” ganara con ello. Así la adolescente tuvo que conformarse con estudiar para secretaria, cosa que nunca estuvo en sus planes. Sin embargo, como ella estaba acostumbrada a encontrar el lado bueno de las cosas, le puso ganas y empeño, y en segundo año de Comercio empezó a practicar en el despacho de un licenciado. Cuando se graduó, se ganó una de las plazas que se ofrecían a los mejores promedios y empezó a trabajar en cuanto salió de la escuela, pero duró sólo 15 días ya que el ambiente era tan pesado que, más que premio, parecía castigo y renunció. Así duró unos meses sin trabajar y al poco tiempo la invitaron a una empresa a costear el inventario, debía tener mucha rapidez con la calculadora, por lo que practicó una semana y el gerente de Auditoría le ofreció un trabajo eventual de un mes mientras empezaba el inventario y ella aceptó, luego de este tiempo renunció la secretaria del departamento y le ofrecieron el puesto que con gusto aceptó. Nunca se conformó con ser sólo secretaria, así que aprendió los trabajos de los auditores a quienes ayudaba, tomó varios cursos en la empresa y colaboraba en el Departamento de Capacitación. Para ese entonces la mujer ya tenía novio formal, de esos que si ya lo conocieron los papás ya no te puedes deshacer de ellos, por lo tanto se casaron en una boda donde todo fue a gusto de todos, menos de ella. Su mamá estaba feliz con él, decía que un mejor marido “ni mandado a hacer”, ya que él se llevaba muy bien con ella y aparentaba ser un santo con todas sus bondades. Lo triste del caso es que se comportaba así delante de la gente, pues cambiaba su comportamiento al llegar a casa y cerrar la puerta; de ahí para adentro trataba a la mujer como

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cosa, en todos los terrenos: había ofensas, humillaciones, celos y malos tratos. La mujer trataba de entenderlo y de hacer que las cosas funcionaran bien, a pesar de que él nunca puso un peso para la casa y era ella quien trabajaba y se hacía cargo de los gastos. Trató por meses de que aquello funcionara y no había respuesta, hasta que se cansó y desistió de la idea y se separaron ya que no sólo tenía que batallar con él, sino también con su familia, que se la pasaba atravesada en su relación a pesar de que vivían muy retirado de ellos. Sólo su suegro se portaba bien con ella. Ella continuó con su trabajo donde iba creciendo, pasó a ser auxiliar del departamento de Control de Inventarios, donde al poco tiempo hubo una vacante de Jefa de Costos de mercancías generales, la cual le dieron. A los dos años de haberse separado tuvo una relación con alguien de la empresa de la cual nació su único hijo, muy deseado y planeado, quizá con el egoísmo de no darle un padre, pero con el amor y el compromiso total de una madre. Su situación era complicada: seguía viviendo en la casa paterna y su ex marido continuaba visitando a sus padres, principalmente a su mamá. Sus padres la presionaron para que su ex marido registrara al niño como suyo, y haciéndole creer al niño que ese hombre era su papá, lo manipularon para que él también presionara a su mamá y aceptara volver a casarse con aquel hombre, cosa que aceptó cuando el niño tenía cinco años de edad y ya iba al kínder, para que su papelería saliera ya con el apellido del señor. La mujer hizo nuevamente todo el trámite del matrimonio, no sin antes advertir que no quería ningún tipo de intimidad con él y éste aceptó, cosa que por supuesto no cumplió. Las cosas se complicaron a los dos meses y volvieron los problemas fuertes, ahora con intento de golpes, y como ni con esto lograba someter a la mujer (él nunca supo lo que en realidad quería), empezó a hacerle escenas de violencia y mucho drama delante del niño. Lo único que consiguió es que el niño viera la realidad y ya no interviniera por él, al contrario se afianzara más la relación y el amor hacia su madre y ya juntos, darle salida a este hombre de su casa, que dicho sea de paso, había construido esta mujer con mucho sacrificio.

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La vida sigue y no se detiene, ya sin esa traba, la mujer siguió teniendo éxito en su trabajo, pero le faltaba solucionar otro detalle muy importante: buscar la independencia de su madre ya que, aunque vivía aparte, seguía interviniendo en sus decisiones y presionando para que se hiciera sólo su voluntad. Por cosas del destino, esta mujer tuvo la posibilidad de conseguir un crédito y compró otra casa, retirada de la casa paterna, pero no tuvo suerte pues la robaron y al verla sola con su hijo de siete años, la asustaban, le decían cosas por la ventana y hasta se metieron a robar por segunda ocasión, así que se regresó a vivir frente a sus padres. Aunque el trato que recibía de ellos no era bueno, reconoce que siempre buscaron proteger a su nieto. Esta situación la usaban para presionarla y que hiciera lo que ellos querían, pero salió adelante gracias a la sinceridad y la buena relación que llevaban la mujer y su hijo, con el cual siempre trató las cosas como eran, sin secretos y de forma que él a su corta edad lo entendiera todo y no fuera lastimado por las malas intenciones o las versiones distorsionadas de otras personas. En cuestión laboral siguió subiendo peldaños, llegó a Jefa del Sistema Detallista, justo entonces cambiaron al jefe inmediato, pusieron a un hombre con el cual tuvo muchos problemas; a ella le reconocía su efectividad laboral, pero le desagradaba el cariño y el apoyo que todos los compañeros le demostraban por sus años de trabajar en la empresa, desde el dueño hasta los cargadores del almacén, gracias a que ella siempre los trató con respeto y siempre se dio a respetar, cosa que para esta mujer siempre ha sido muy importante y básico: para tener buenas relaciones con todo el mundo el respeto es básico. El problema con este señor era que siempre la veía alegre; un día se le ocurrió que quería salir con ella o tener una relación sentimental, cosa que por supuesto no se le hizo; entonces, en represalia, la hostigó y la hostigó por tres años, llegó a prohibir a todos los compañeros que le hablaran, la sentó viendo para la pared, en un rincón, la bajó de puesto, pero esta mujer, segura de sí misma y con el apoyo de todos sus amigos, lo resistió, hasta que llegó el día en que por orden del director administrativo, tuvo que dejarla salir de vacaciones que por ley le correspondían.

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Esta mujer desde niña tuvo un sueño: hacer vestidos de novia, ya que le encantaban y supo que en la familia había una pariente lejana que tenía una casa de novias en Monterrey y programó para estas vacaciones viajar sola con su hijo a este lugar, ya que siempre viajaba en compañía de su mamá, en esta ocasión no sería así. Partieron ella y su hijo rumbo a Monterrey, fueron recibidos por su prima de muy buen modo, les enseñó la casa de novias, esto era un sueño, la mujer se sentía feliz de conocer este lugar. En la tarde llegó la tía y los llevó a dormir a su casa, estuvieron dos semanas ahí, pasearon, conocieron lugares y más familiares, se divirtieron y la pasaron muy bien. A la mujer se le clavó una idea en la mente: quedarse a vivir ahí. Lo habló con su hijo y lo decidieron, regresarían a su tierra para renunciar al trabajo y así poder cambiar su estado de residencia. Primero iría ella sola un año para que su hijo terminara su año escolar y para ver si se acomodaba ella en algún trabajo, por lo pronto iba a vivir y a trabajar para su tía como chofer, ya que la tía era vendedora ambulante, una mujer muy trabajadora. Así estuvo mientras conoció a la modista de la casa de novias, con la que inició muy buena amistad e hicieron un trato: trabajar con ella en los ratos libres a cambio de que le perfeccionara su forma de coser, y la modista aceptó. Un día le hablan a esta mujer de su tierra para decirle que el único abuelo que tenía, el materno, había caído enfermo de gravedad y que no sabían de qué, pero lo veían muy mal. Regresó rápidamente a su casa y acompañó a su abuelo por dos meses, del cual siempre fue su consentida y en ese tiempo, la enfermedad terminó con él. Se supo después que había sido cáncer; luego enfermó su mamá, tenía problemas con la tiroides así que la hospitalizaron. Cuando salió le dieron tratamiento de por vida, pero después se puso mal y hubo que ponerle un marcapasos ya que el problema de la tiroides le afectó el corazón. Los problemas entre su madre y su padre seguían, aun y cuando ésta estuviera enferma. Atravesaron por muchos dimes y diretes, que provocaron varios chismes en los cuales, quedó en evidencia la conducta inmoral del padre. La

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mujer tuvo fuertes discusiones con su padre y su madre, pero a fin de cuentas ésta siempre tomó partido por el marido, a pesar de sus infidelidades. A pesar de que fue un gran dolor para la mujer, lo aceptó, hizo sus maletas y regresó a Monterrey, con el corazón deshecho y llorando todo el camino, pero con una gran lección ya que ella había tratado de defender sus creencias interviniendo en una situación que como hija no le correspondía, y como siempre pasa, después de un buen golpe, hay que aprender y seguir adelante. En Monterrey siguió la vida unos meses más, sola, mientras llegaba el día en que su hijo se reuniera con ella al final del curso escolar. En ese entonces, su hijo estaba en quinto año de primaria y, mientras pasaba el tiempo, ella trabajó duro y consiguió su primer casa de renta: era una casita de tres cuartos con patio compartido, muy segura porque arriba vivía la dueña con la que hizo muy buena amistad y tenía la confianza de que podía dejar a su hijo solo para salir a trabajar y ella podía ayudarlo en caso de alguna necesidad. Cuando su hijo llegó, la mujer ya tenía establecida su casa muy modestamente, pero con todo el amor para compartir con él, quien también tenía mucho amor para su madre. Hicieron muy buen equipo ya que cuando su mamá se decidió a trabajar cosiendo en casa, él la apoyaba con los quehaceres domésticos, además la recompensaba siendo un buen estudiante. Sólo ellos sabían si tenían o no para comer todos los días, pero como Dios estaba con ellos, los días que no había nada en la despensa, llegaba la dueña de la casa con un buen plato de comida y se solucionaba el problema. Eso sí, la mujer nunca dejó de trabajar pero como apenas empezaba con el negocio de la costura, todavía no ganaba lo suficiente, así es que conoció a una pareja de personas mayores a quienes ayudó a cambiar de domicilio y la señora le pidió que le ayudara un día a la semana en la limpieza de la casa. La mujer aceptó, ya que trabajar no es vergüenza y de este modo arrimaba unos pesos más a la casa. Así lo hizo hasta que creció la clientela de su pequeño taller. Llegó el día en que tuvo tanto trabajo que ya no pudo seguir ayudando a

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las personas mayores; de la casa de novias le mandaban bastante trabajo, más las clientes de la colonia, con lo que pudo solventar todos los gastos: renta, escuela, alimentos, servicios... al fin lo más indispensable estaba solucionado. Después de algunos años, un día llegaron de visita la mamá de la mujer, quien lo hacía con cierta frecuencia, y una tía hermana de ella. En cada visita le pedían que regresara a su tierra, y en esta ocasión la mujer aceptó. Justo al año de estar de regreso, la localizó un ex compañero de trabajo y le propuso un negocio que consistía en regresar a Monterrey y establecer un taller de costura grande para maquilar a fábricas. La mujer regresó, fue a vivir a Guadalupe. Por un buen tiempo su mamá le pedía que perdonara a su papá, ya que a partir del problema que tuvieron nunca se volvieron a hablar; insistió tanto hasta que, un día, aparecieron en casa de la mujer sus padres. Ella los recibió porque, como siempre, su mamá había impuesto su voluntad. Ahí estuvieron una semana, mas para la mujer no hubo cambio en la relación con su padre, era algo que ya había superado, había cicatrizado la herida, pero no estaba dispuesta a seguir con una relación que siempre la había dañado. Lo respetaba y agradecía haberle dado la vida, pero no podía permitir que la siguiera humillando ni maltratando verbalmente. Con el paso del tiempo el taller empezó a decaer y se cerró, luego la mujer fue a trabajar unos días con la modista que le enseñó a hacer vestidos de novia y se cambió a otra casa de renta, en la misma colonia donde había vivido antes. Ahí volvió a trabajar cosiendo en su casa y todas las clientas que tenía regresaron a llevarle trabajo. En ese tiempo su hijo ya tenía 15 años de edad y todo era tan diferente entre ellos, pues él cambió de la noche a la mañana, discutían por todo y el hijo ya no quiso ayudarla. Se volvió flojo, perdió el semestre en la escuela, discutían y se lastimaban con las palabras. Un día su hijo decidió irse a vivir con su abuela a su tierra, para cortar con esa relación tan fea que estaban llevando con su madre y así, con el dolor de su corazón la mujer aceptó; era su segundo gran dolor pero, como en el anterior, tuvo que sobrevivir a eso. Lloró por 15 días de día y de noche, hasta que Dios la volvió a iluminar como siempre que tenía problemas. En esta ocasión sintió una gran necesidad de

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estar más cerca de él y la mujer empezó a ir a misa cada fin de semana y a tener a Dios siempre en su mente y agradecerle por todo lo bueno y lo malo que le pasaba por igual, y a seguir haciendo todo con amor, sin esperar nada a cambio y sin quejarse por los tropiezos. La mujer programó para sí misma un año sabático: del primero de enero al 31 de diciembre; ya no se mataría trabajando como desde su llegada a Monterrey. Sólo trabajaría en la casa de novias en horario normal y tomaría clases de yoga, de baile de salón, saldría de paseo, conviviría con la gente y haría todo lo que no había podido hacer en muchísimo tiempo. Ahora que estaba sola tenía la oportunidad de ser quien era, de juntar los pedazos en que había quedado su corazón y pegarlos para hacerlo funcionar otra vez, con la diferencia de que lo haría principalmente por ella y todos los demás serían complementos. Con la compañía y el cariño de sus amigas siguió adelante, pasó el tiempo, cultivó más amistades y un día una señora grande, amiga de esta mujer, llegó a vivir con ella, ya que tenía serios problemas de salud y no tenía quién la cuidara, así que juntaron soledades y cariños y se acompañaron. La mujer por mucho tiempo esperó a que su hijo se ubicara, que pusiera en orden sus ideas, que recordara que su madre lo amaba, pero que no le iba a permitir que la manipulara, ya que eso era algo que la mujer no toleraba; desde siempre, el respeto había estado presente entre ellos y no tenía por qué cambiar. Un día de octubre que la mujer iba para su tierra, la mamá de una amiga le dijo que había un señor que la quería conocer y casarse con ella. Ella le dijo que cuando regresara de su tierra concertarían una cita y en eso quedaron, pero cuando la mujer regresó el galán no apareció, así pasaron los meses y un día fue la hermana de él quien quiso conocer a la mujer. Platicaron, se cayeron bien y se fue sin que apareciera el galán. Llegó diciembre, la mujer hacía su vida normal y el día 23 recibió una llamada telefónica: era el hombre que quería conocerla, quedaron de verse el día 25. La mujer tenía duda de que fuera a ser realidad porque no fijaron hora, así que disfrutó de la reunión navideña acompañada de unas primas que la estaban

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visitando de su tierra y al día siguiente se levantaron tarde. Como a las dos de la tarde tocaron a la puerta y ¡oh, sorpresa! era el hombre que quería platicar, pero como la mujer aún estaba en pijama le pidió una hora para bañarse y arreglarse, misma que le fue concedida. El hombre se fue y a la hora regresó muy puntual, salieron a hablar, cada quien expuso su situación, hablaron un buen rato y quedaron en iniciar una relación, sólo que ella estaba en su año sabático y se lo aclaró, le dijo que iría a su tierra al día siguiente y regresaba en enero, mientras tendrían tiempo para pensar si realmente les interesaba una relación y así lo hicieron. Él la llevó a la central camionera y a los tres días de estar allá, él la llamó por teléfono para preguntar por su regreso. Los dos esperaron a que pasara el tiempo y llegó el día esperado, se vieron con mucho gusto; el señor fue sincero con ella y le dijo que estaban muy grandes para andar de noviecitos, que él quería que vivieran juntos. Lo hablaron y el señor platicó con la señora grande que vivía con la mujer, avisándole que a partir de ese día, iban a vivir juntos por lo pronto, en las dos casas, ya que la mujer tenía su taller ahí. Así empezaron pero a la semana, el hombre ya no regresó por ella. Volvió a las dos semanas y dijo que había tenido problemas con su pareja anterior y que cabía la posibilidad de regresar con ella ya que, aún cuando era casada, le hizo creer que él era el padre de su hijo más pequeño y él se ilusionaba con tener a ese niño a su lado. Con el tiempo, la mujer y el señor volvieron, ella aceptó seguir con la relación, así estuvieron otro tiempo y el hombre volvió a retirarse por el mismo motivo, pero ahora se tardó en regresar un mes y como la mujer se había encariñado mucho, lo volvió a recibir pero él le dijo que si la señora regresaba con el niño, él inmediatamente se iría con ella. La mujer sufría por esta situación pero se propuso conquistarlo y quedárselo aun cuando le advirtió que le iba a dar un año a la señora para que regresara y que si en ese tiempo no lo hacía, entonces definitivamente se quedaría con ella. La mujer trabajó y trabajó en lo de la conquista, pues sabía que siempre que alguien desea algo, hay que trabajar por conseguirlo.

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Un día tuvieron un disgusto muy fuerte por unas fotos del niño, al grado que el hombre la llevó a su casa y no volvió por ella y, como ya era la tercera vez, la mujer aceptó la separación. Le pidió a Dios resignación y que le diera ánimo para seguir su vida sola. Le lloró unos días y hasta ahí; se puso a buscar trabajo (ella sabía que para salir adelante se necesita no depender de nadie) y se dejó de cosas. Habían pasado ya dos meses, la mujer estaba reconstruyendo su vida y una noche recibió una llamada del hombre, pidiendo hablar con ella. Aceptó ya que como él no se había llevado nada de lo que tenía en su casa, era una buena oportunidad para regresarle todas sus cosas. El llegó, hablaron y pidió perdón, le preguntó si volverían a vivir juntos; la mujer le dijo que no estaba dispuesta a seguir jugando, que creía que como hombre mayor ya sabría lo que quería y que nunca esperó tal falta de seriedad. Él le prometió que todo cambiaría, que si ella aceptaba ya no volverían a separarse. En esta ocasión hicieron un trato por escrito, firmado por los dos, con tal de que ella aceptara y aceptó, pero le dijo que se fuera para su casa esa noche para que meditara lo que había firmado y que si seguía en lo dicho, regresara al día siguiente. Él regresó como quedaron y le pidió que entregara su casa, ya que era de renta y la de él era propia. Así lo hicieron, el hombre cumplió con su promesa, empezaron en el trámite de su divorcio, que fue muy complicado pero que se obtuvo luego de dos años. Al poco tiempo compraron otra casa cerca del trabajo de él. Le prometió que cuando saliera el divorcio se casaría con ella, pero esto lo posponía cada vez que lo hablaban. Siguieron viviendo juntos, en armonía y respeto, y con el tiempo compraron un terreno a nombre de los dos, donde establecerían su casa cuando él se jubilara. Poco a poco la mujer se fue ganando su confianza y cuando cumplieron cinco años de vivir juntos, volvieron a tratar el tema del matrimonio, se pusieron de acuerdo y lo llevaron a cabo, muy sencillo. Sólo estuvieron presentes las testigos, una invitada, el juez y los contrayentes. Al salir, fueron a comer, luego hicieron un brindis en casa y partieron un pastel. Para ellos fue un gran día, la pasaron muy bien y se prometieron hacer lo necesario para vivir

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felices, contentos y tranquilos, como hasta hoy lo han hecho: él procurando el bienestar de la mujer y ella viendo por el bienestar del hombre. Esta es una de las millones de historias que hay en este mundo, pero de algo estoy muy segura: es única e irrepetible. Puedo asegurarles que ha valido la pena vivirla y si volviera a nacer, la volvería a vivir como hasta hoy: dedicándole a Dios todo lo que hago, buscando el lado bueno en todo, ya que los tropezones son especiales para que una aprenda, y valorando todo lo que tengo, dando gracias por lo que no tengo y viendo la forma de conseguir lo que en realidad quiero tener. Creo que para poder ser feliz en esta vida, hay que lograr primero la independencia tanto emocional como económica; no es fácil, hay que echarle muchas ganas para lograrlo, pero les aseguro que vale la pena porque, ¿cómo se quiere disfrutar la libertad sin tener que trabajar?, yo no lo concibo, o dependiendo de que alguien te quiera, si para poder querer hay que querernos y valorarnos primero y creer en nosotras mismas y luego que lo logramos, disfrutamos más el querer a los demás, porque éste ya es un amor que no espera recibir nada a cambio y que se disfruta plenamente. Por último, doy gracias a mis padres por haberme dado la vida; con la ayuda de Dios, sé que hicieron lo que pudieron y lo que creyeron que era bueno para mí, que regularmente es lo hacemos todos los padres; a mis tías maternas que me acompañaron desde que nací; a mis hermanos, mis cuñadas, mis primas, mis amigas y amigos; a mi hijo, que por mucho tiempo fue el motor de mi vida; a toda la gente que por una u otra cosa me quiere y a los que no me quieren, también, ya que todos han contribuido para que yo sea lo que soy, los amo a todos y gracias de nuevo.

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Tejiendo la historia de mi vida: El recuento de mis años
por Jazmín

Cuando decidí tomar este diplomado Tejedoras de historias y me mencionaron que al final del curso terminaría escribiendo la historia de mi vida, fue lo más difícil que me podían pedir, ya que consideraba que mi vida no tenía nada de extraordinaria, que no había nada digno de contarse y lo peor es que no tenía idea de cómo escribir mi historia, pues nunca siquiera imaginé o pensé en hacerlo algún día y menos que saliera publicado y que alguien más, fuera de mi familia, lo pudiera leer. Pero acepté el reto y gracias al Instituto Estatal de las Mujeres dirigido tan acertadamente por la licenciada María Elena Chapa, a quien admiro y respeto; a sus colaboradoras que nos atienden con mucho esmero y amabilidad, y muy especialmente a mi querida maestra, la licenciada Patricia Basave (cariñosamente le decimos Paty), a quien agradezco su tiempo, dedicación, entrega y paciencia para transmitir sus conocimientos, guiar y dar confianza a mi persona, supe que podía hacerlo. Me propongo relatarles algo de mi historia, lo que recuerdo de mi infancia, mi adolescencia y lo que es mi vida hasta hoy. Sólo tenemos unas páginas y es imposible resumir toda una vida en ellas, pero trataré de hacer lo mejor posible. Los primeros años de mi vida tejí en mi corazón, y para siempre, los hilos dorados de mis padres y mis hermanos Nací en los años cincuentas en la ciudad de Monterrey, hermosa por sus montañas, con su Cerro de la Silla que siempre me ha fascinado; y he de decir que siento un especial orgullo por mi ciudad y por ser mexicana. Soy la cuarta mujer de una familia compuesta por tres hermanas mayores y tres hermanos menores, y hasta ahora al momento de escribir mi historia me doy cuenta que soy la de en medio, o sea, la hija “sandwich” y por lo tanto, lo más rico y sustancioso, y eso es algo que nunca había notado.
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Vengo de una familia como tantas otras donde el amor, el trabajo, los problemas o dificultades son el pan de cada día. Deseo platicarles un poco acerca de mis padres, que aunque ya no están conmigo los llevo en mi corazón, pues ellos fueron siempre lo más grande e importante para mí, son los que me dieron la vida y siempre tuvieron todo mi amor y mi respeto. La verdad es que sus historias son hermosas y fascinantes y creo que me llevaría la mitad de mi relato para contarles sus vidas antes de que yo naciera. Cuando ellos se casaron tenía mi madre apenas 15 años y mi padre 25, y duró su matrimonio casi 50 años hasta que murió papá; creo que fue el carácter y fuerza de esa mujer lo que hizo que perdurara su matrimonio por tantos años, pese a atravesar por tantas dificultades lograron superar tanto. Ahora sé que fue el gran amor que los unió siempre. De niña lo percibes como algo natural, casi supones que nacieron juntos, lo das como un hecho. Mi padre era hermoso, alto, delgado, musculoso, de unas manos grandes y muy fuertes, recuerdo que de niña me colgaba en el “conejo” de su brazo y me balanceaba. Mi mamá era muy guapa, alta, delgada, blanca, de cabellos negros, ojos grandes y ceja poblada; los dos de gran corazón, eran bellos por dentro y por fuera; bondadosos, trabajadores, cariñosos, honestos, humildes, tenían muchas cualidades, ¿qué les puedo yo decir de mis padres? Mi adorada mamá, mujer de gran carácter, muy decidida, no le tenía miedo a nada ni a nadie, supo cargar con el peso de esta familia y salir siempre adelante, como la mayoría de las mujeres mexicanas. Ahora trataré de contarles de mi vida, por etapas, ésas que va una pasando y que se van tan rápido, unas que se viven tan intensamente, otras ni siquiera piensas haberlas vivido, otras que deseas que no terminaran, pero todas ya vividas, bien o mal, forman parte de mi vida. Infancia: total inocencia y pureza Los primeros años de mi vida los imagino como los primeros puntos de un tejido, esa cadena con la que empiezas en una sola aguja, y después se va formando el tejido; veo a mis padres dando vida a una nueva hija que resulté ser yo. Recuerdo mi infancia viviendo en una casita en el barrio de la Catedral,

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jugando en la calle con mis amiguitas; a mamá sentada por las noches en la banqueta de la casa en una mecedora, platicando con las vecinas o jugando con nosotros. Mi papá trabajaba todo el día y llegaba tarde por las noches. Tengo muchos recuerdos de mi niñez, entre ellos llegan a mi mente las Posadas que se personificaban en la calle con la Virgen María sobre un burrito, guiado por San José, pidiendo posada con farolitos de papel de colores con una velita encendida adentro; luego venía la piñata, con bolsas de papel llenas de colaciones, cacahuates y naranjas, que se repartían. Era algo muy hermoso que jamás he vuelto a vivir y me pongo a pensar en lo que a esos escasos cuatro o cinco años debí sentir al ver aquello, tal vez de la mano de mi mamá o de alguna de mis tres hermanas mayores. Es curioso cómo recuerda una ciertas cosas o momentos de la niñez, como una noche que jugaba en la banqueta de mi casa y vi venir a mis papás con un regalo para mí: era una hula-hula color verde con el que aprendí a jugar en mi cintura y resulté ser muy buena, debieron darme muchos regalos, pero ése es el que más recuerdo siempre, algún significado muy especial tuvo en su momento pero ya lo olvidé. Viví a los cinco años la fiesta de los 15 de mi hermana mayor: fue una gran fiesta, salí en la foto del periódico delante de ella con mamá y papá que la llevaban del brazo, me encantaba que me tomaran fotos, un día mi mamá me llevó a acompañar a una amiga de ella que llevaba a su hija a tomarse una foto porque cumplía años, y cuenta mi mamá que yo me empeñé en que me la tomaran a mí también, y gracias a eso tengo una foto de estudio a los cinco años en la que salí muy bonita. Los primeros años de mi vida como hasta los siete fueron los mejores recuerdos de mis tres hermanas mayores, yo los viví pero como una espectadora, con mis ojos de niña que todo lo veían magnífico; he escuchado a mis hermanas cómo hablan y recuerdan esos años, para ellas fueron muy hermosos, llenos de travesuras, conocer gente, conquistas, primeros novios, bonanza, ir al colegio, sus paseos en la plaza Zaragoza, el centro del Monterrey antiguo; el cine Elizondo, la Catedral, tantas y tantas cosas que les tocó vivir. Y yo, al fin una niña, entonces me imagino tratando de llamar su atención, me veo allí

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chaparrita como era para mi edad, en ese remolino de sucesos de mis hermanas, especialmente hermosas, que se convertían en mujeres, y recuerdo también a mi pequeño hermano quien llegó después de cuatro mujeres y siendo muy travieso, peleonero y juguetón, vino a llenar por completo el corazón de mi madre adorada. Pero como la vida tiene sus buenos tiempos y también los hay malos, vivimos una crisis muy fuerte en mi familia: mi padre perdió una tienda de curiosidades que tenía enfrente de la plaza Hidalgo, en ese tiempo venía mucho norteamericano a Monterrey a vacacionar y a comprar, y decidieron irse con todos sus hijos a la ciudad de México. Recuerdo de esa época que me enfermé, que vivíamos en un departamento muy bonito cerca de Televicentro, lo que es hoy Televisa, al que fuimos varias veces a ver artistas y de niña todo era novedad para mí. Pero la experiencia duró unos meses, pues nos regresamos a Monterrey, a vivir en una casa muy antigua y abandonada que mamá logró conseguir con sus conocidos. Era en la misma cuadra donde vivimos antes, pues mi madre siempre solucionaba todo y mi papá conseguía trabajo inmediatamente, ya que era un gran vendedor que hablaba perfectamente el idioma inglés. Etapa escolar, cuando la vida y tu niñez gira en torno a tus calificaciones y juegos Cuando regresamos a Monterrey comenzaron muchos cambios de casa en mi familia; yo debía empezar mis estudios y mi mamá decide que me quede a vivir con una tía, hermana suya, para que me mande a la escuela mientras ellos se establecen y no pierda otro año escolar. Así llego a la gloriosa escuela primaria “Francisco Rodríguez Pérez”, y digo gloriosa porque para una niña, su escuela es la mejor siempre, no importa cómo esté. Ahí cursé toda la primaria, con mi tía sólo viví el primer año de primaria, pues luego mi familia consiguió casa por ese barrio, el de La Luz, llamado así por la Iglesia que estaba junto a la escuela y la plaza. Recuerdo a mis maestras, a mis amiguitas, para mí fue una época feliz; era muy veloz y cuando jugaba a los encantados se peleaban porque estuviera en su equipo, también me gustaba mucho brincar a la cuerda

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y correr, por eso siempre vivía raspada de mis rodillas y brazos. Mis recuerdos de la época fueron de estudio, era una niña que para hacer mis tareas no tenía que apurarme mi mamá, yo era muy dedicada y responsable, no me gustaba faltar a clases ni llegar tarde, era obediente y tranquila. Trato de verme en esa época y sólo veo a una niña de espectadora, nunca de protagonista, con muchos de mis deseos reprimidos, guardados en el fondo de mi corazón. No recuerdo decirle a mamá que quería salir en los bailables de las asambleas, pues significaban gastos que no se podían hacer por la situación económica de mis padres; así me acostumbré a no pedir. Me sentía orgullosa cuando mamá decía que mi hermano y yo nunca nos poníamos necios en la calle pidiendo cosas, o cuando hablaba de mí diciendo que era muy estudiosa, que no batallaba conmigo, y así se fue formando mi carácter, o quizás mi falta de carácter. En esa etapa de mi vida viví acontecimientos importantes en mi familia, como la llegada de mis hermanitos, unos cuatitos, cuando yo tenía 12 años. Ese embarazo fue algo inesperado que causó muchos cambios en mi casa; para mí, que me gustaban los bebés, fue la llegada de dos muñequitos para jugar, eran hermosos y perfectos, muy buenos niños. En esas fechas tuve la oportunidad de ir a pasar unas vacaciones de dos meses a San Antonio, Texas, con unos tíos y fue una experiencia única y maravillosa que disfruté mucho. Mi hermano, dos años más chico que yo, me decía siempre que por ese viaje crecí y no me quedé chaparra como mi tía, y es que ese año que viví con la tía, para no perder mi escuela, ahora me doy cuenta que marcó muchas cosas y para siempre en mi vida, para empezar cualquier cosa que hacía o decía fuera de lo que mis hermanos pensaban, me decían: “Sí, tía”. Ante algo que hacía diferente, decían: “Lo aprendiste con la tía”; hasta parece mentira cómo un año causó un efecto en mis hermanos, cómo una larga ausencia mía impactó en todos, pues en ocasiones platican de sucesos en la familia como si yo no perteneciera a ella, es algo que siempre me ha lastimado mucho pero hasta ahora lo comprendo, y quisiera que ellos entendieran que a mí me tocó la soledad en esa casa, lejos de todos ellos que estaban con papá y mamá, y que aún siendo una niña, lo

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supe afrontar y aceptar; de hecho, ahora lo veo como un reto superado: ¡Bravo, chaparrita! Llegué a la secundaria con pérdidas y encuentros Sí llegué a la secundaria, pero tarde para inscribirme en el turno matutino y tuve que entrar al turno de la tarde. Todas mis amigas se quedaron en la mañana e hice nuevas amigas; fue una época bonita, en mi familia seguían los cambios de casa, mis hermanitos creciendo, mis papás trabajando mucho; recuerdo que sufría mucho las salidas de mi mamá, ya sea a trabajar o con sus amigas, a ella le gustaba dejarme a cargo y cuidado de la casa y de mi papá y mis hermanos menores, me dejaba el dinero para los gastos de la casa, el cual cuidaba como un tesoro, sabía cómo atender a mi papá, cómo hacer de comer y el trabajo de la casa. Contábamos en esos años con una muchacha que nos ayudaba y vivió muchos años con nosotros, era sólo un poco mayor que yo, así que la veía como una amiga, y creo que tuve mucha suerte de que fuera una buena muchacha pues platicaba mucho con ella. En la secundaria también conté con buenas amigas, los grupos no eran mixtos, en el recreo solamente veíamos a los muchachos de lejos, yo era muy tímida y vergonzosa, algunas de las travesuras que recuerdo las hice yo un poco más chica: me paré en la puerta de mi casa y puse a cantar a la muchacha que nos ayudaba, pues tenía una voz como la de Rocío Durcal, y yo sólo movía los labios, para que la gente que pasaba pensara que era yo la de la bella voz. Era tan tímida que cuando veía un grupo de muchachos en una esquina, lo que era muy común en esa época, rodeaba toda la manzana para evitarlos. Disfrutaba mucho ir a la secundaria, trataba de sacar las mejores calificaciones, era soñadora y fantasiosa, pues quería ser grande para trabajar y ayudar a mis papás con dinero; mi vida era mi familia, me sentía muy orgullosa de mis hermanas. Sus vidas eran tan intensas, mi hermana mayor ya estaba casada y las dos que estaban solteras por su edad, jóvenes y hermosas, tenían a toda la familia girando a su alrededor, mientras yo ahí con mis escasos 15

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años me la pasaba, viendo todo aquello, tratando de ser yo y no la hermanita chiquita como decían. Me identificaba mucho con mi hermano menor pues le llevaba sólo dos años y era un niño independiente para su edad, aventurero, amiguero, al cual no le gustaba mucho la escuela pero era muy inteligente, muy consentido y amado por mamá. A mis hermanitos menores yo los cuidaba, protegía y trataba de educarlos según yo, muy estricta con ellos. Por fin terminé la secundaria, recuerdo que mi gran sueño desde niña era ser maestra de escuela; también tengo imágenes en las que jugaba con mi primito menor que yo y dice que se asustaba conmigo porque lo ponía al frente y le gritaba —como si hubiera más niños formados detrás suyo— que tomaran distancia y que con una regla en la mano les decía que se formaran derechos. Obviamente él no veía a nadie más y creía que yo estaba loca. Terminando la secundaria presenté mi examen para entrar a la Normal y no lo pasé; no podía creerlo pues unas compañeras más burras que yo sí lo pasaron, pero yo no me desanimé y lo volví a presentar; esta vez lo pasé y así entré a la Normal “Miguel F. Martínez”. Me tocó estrenar el nuevo local sobre la avenida Constitución; en mi familia decían que para qué estudiaba eso, pues los maestros eran muy mal pagados. A los meses de entrar ahí se pone difícil la situación económica en mi casa y tuve que ponerme a trabajar y abandonar ese sueño, lo cual fue una gran frustración en mi vida; me sentí de lo más triste e inútil, pues qué podía yo hacer a los 16 años. Creo que mi mamá se arrepintió después de haberme sacado de estudiar, pero no recibí apoyo de nadie para seguir haciéndolo. Se termina el sueño y siento que se pierde el rumbo Ahora me doy cuenta de que por decirlo de alguna manera era la vida de mis seres queridos, de mi familia, la que marcaba el rumbo de mi vida, y siendo tan tímida como era y con tan poca preparación, ¿en qué podía trabajar? Recuerdo que mi mamá me llevó a un estudio fotográfico de un pariente de ella, duré

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unos meses trabajando ahí, después entré a una tienda de comestibles como Soriana, que se encontraba dentro de cervecería Cuauhtémoc, donde se surtían los empleados; trabajé un tiempo ahí y me tocó trabajar un 24 de diciembre hasta tarde; cuando iba en el camión a mi casa pensaba que me había perdido los preparativos de la cena y yo llevaba algo preparado de la tienda a mi casa; casi todos los que trabajaban ahí eran mayores y yo sentía que hablaban sobre cosas que no entendía y se reían. Es curioso cómo los recuerdos llegan a tu mente, algunos confusos que no logras ubicar en su tiempo, otros tan claros que los vuelves a vivir. Al fin un trabajo más formal y mi preparatoria Por recomendación del esposo de mi hermana mayor, entré a trabajar a la Universidad de Nuevo León —antes de ser Autónoma— como auxiliar de secretaria. Me dieron oportunidad de aprender a escribir a máquina, archivar y todo lo que hace una secretaria; me trataban muy bien, me gustaba mucho mi trabajo y me esmeraba en hacerlo lo mejor posible siendo muy responsable y trabajadora; me daban unos uniformes muy bonitos. En lo que batallé un poco fue en acostumbrarme a tratar con tantos hombres con lo tímida que era, pues solamente había tres secretarias y como 20 hombres, desde el jefe y muchos ingenieros y arquitectos, pero afortunadamente logré superar mi timidez y trabajé muy feliz ese tiempo. En aquella época decidí dejar mi sueño de ser maestra y estudiar la preparatoria, tenía la oportunidad de obtener una beca por ser empleada universitaria y entré a la Preparatoria 3 Nocturna. Trabajaba de ocho de la mañana a dos de la tarde en la Torre de Rectoría, y asistía a la prepa de las seis a las 10 de la noche; era de tres años por ser de noche. En 1968 me tocó vivir toda la efervescencia estudiantil, la tragedia del 2 de octubre en México ocasionó aquí, en Monterrey, un caos: paros, quema de camiones, mítines, arresto de estudiantes, la toma de la Torre de Rectoría y todo esto lo viví como estudiante y empleada de la Universidad.

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Mi tiempo como estudiante de preparatoria fue muy especial, al principio batallé un poco para acostumbrarme a un grupo mixto, con muy pocas mujeres, pero pregúntenme qué tan rápido hice muchos amigos y amigas y la verdad fueron los tres años más felices de mi vida como estudiante; mis compañeros me protegían, me ayudaban y apapachaban mucho, me acompañaban al camión pues salíamos a las 10 de la noche de las clases, aunque en esa época Monterrey era muy tranquila y segura, podías caminar sola por la calle en la noche y nadie te molestaba y menos te asaltaban. Nos juntábamos para estudiar en los exámenes, siempre todos juntos amigas y amigos, yo era la más joven del grupo pues todos trabajábamos y teníamos el deseo de superarnos. Era un ambiente muy sano y respetuoso, organizábamos días de campo, reuniones en las casas; tengo tantos recuerdos de esos años, también debo contarles que tuve varios pretendientes y algún novio, como es lógico, pero no había llegado el elegido, mi príncipe azul. Pero como todo en la vida tiene su tiempo, la preparatoria terminó y cada uno siguió su camino, nos juntamos por algún tiempo pero no sé en qué momento los perdí de vista. Los recuerdo con mucho cariño a todos, y hasta la fecha puedo decirles que conservo a uno de ellos como el gran amigo que es. Se graduó de dentista y atiende a mi familia, cada vez que yo lo visito o van mi esposo o mis hijos, vienen a mi mente esos años maravillosos. Y ahora, ¿qué rumbo seguir? Ahora el destino guiado por la mano de mi cuñado me llevaba a trabajar como su secretaria, pues a él le dieron un puesto en la Dirección de Obras Públicas del municipio de Monterrey. Era un nuevo reto pues tenía más responsabilidades, él decide instalar su oficina directamente en las bodegas donde estaban los trabajadores que daban mantenimiento al alumbrado, el bacheo y las zanjas que abría Agua y Drenaje. Ahora era la única mujer y tenía que atender a mi cuñado, quien era el jefe, a otros tres ingenieros y jefes de cuadrillas, que eran como 100 trabajadores. Recuerdo que mi cuñado no me quiso llevar a trabajar a las oficinas municipales porque decía que eran unas lagartonas y me iban a “comer viva”.

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Pero y ahora ¿qué iba a hacer? Nunca consideré estudiar una carrera pues siempre me vi de maestra, no tenía otra vocación, por otro lado no podía dejar de trabajar, así que decidí estudiar arquitectura. Creo que lo hice porque mi cuñado era ingeniero, pero fue un error. El segundo error fue entrar a la Universidad Regiomontana, ¡pero cómo, si yo era universitaria!; logré media beca, fui la primera generación de la UR de arquitectura. Estudié con ganas pero la carrera no era para trabajar y estudiar, pues un semestre era de día y otro de tarde; en el trabajo empecé a tener problemas por los turnos, me encargaban muchos trabajos de tarea y hasta me enfermé pues me desvelaba mucho para terminar dichas tareas, el ambiente era muy diferente al que viví en la preparatoria y así sólo terminé dos semestres. No puedo decir que la pasé mal pues tuve buenos compañeros y fui a un Congreso de Arquitectura en la ciudad de México; ésta fue la primera vez y única que salí sola con amigas de viaje; tengo bonitos recuerdos de esos años. Continúa mi vida, sigo en el Municipio trabajando, termina el periodo, mi cuñado se va y yo continúo; ahora viene otro jefe, me sentía rara pero a la vez descansada pues quiero decirles que mi cuñado era muy estricto, y más conmigo, en ocasiones me regañaba y hasta me hacía llorar, pero siempre he sido muy aguantadora y lo quise mucho, era un hombre muy inteligente. En mi familia la lucha diaria continúa: mis padres siempre trabajando mucho, mis hermanitos creciendo, mi hermano convertido en un jovencito aventurero y trabajador, mis hermanas haciendo su vida, los nietos llegando como en toda familia. Viene un nuevo cambio de casa; mis padres quieren poner un negocio, como muchos otros que tuvieron a lo largo de su vida; yo continuaba trabajando y ayudándolos como siempre, igual que mis hermanos. Les va muy bien en su negocio y rentan una casa al lado, la casa era grande y mamá decide que puede alquilar un cuarto para un estudiante y no sólo llega el estudiante, sino que se convierte en mi “príncipe azul”. Si por eso dicen que matrimonio y mortaja del cielo bajan. Llegó a estudiar su carrera en el Tecnológico de Monterrey y como muchos, ya no se fue. Él dice que quedó prendado de mí desde la primera vez

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que me vio y a mí me impresionó su personalidad, su sonrisa, su inteligencia, su educación, su mirada y su voz tan especial y profunda. Me conquistó con sus detalles, delicadeza, paciencia y amor y a mi familia la conquistó también, pues era un buen muchacho, se llevó muy bien con todos, platicaba mucho con papá y con mamá siempre llevó una relación muy especial, de cariño. Como ven, esta nueva casa me trajo suerte. Feliz matrimonio con el hombre de mi vida Me pide en matrimonio y su familia viene a conocerme unos días antes de la boda, aunque él no había terminado la carrera, le faltaba un año, tenía trabajo que era lo principal y empezamos nuestra vida como muchos matrimonios en esos tiempos: con casi nada. Yo ya no trabajaba, mi vida cambió completamente pues ahora me dedicaba a mi casa, todo lo hacía yo: me gustaba la costura, cocinar; mi mamá decía que esperaba que fuera por comida a su negocio pues era lo más fácil, pero yo prefería cocinar para los dos; algunas veces mi marido me sorprendía preparándome una rica cena, me decía: “No vengas a la cocina hasta que yo te hable” y me preparaba una cena exquisita, con la mesa bien puesta, con velas, muy romántica, aún lo hace. Mi suegra se sorprendió cuando le dije que su hijo cocinaba pues jamás lo hizo en su casa. Como ven, me saqué la lotería. El acontecimiento más maravilloso A los 11 meses de casados, nace mi primer hijo, un niño hermoso que vino a llenar de amor nuestra vida. Es un niño único y especial, el día que nació fue el único en el hospital, recuerdo que las enfermeras andaban locas con él, todas lo cargaban y lo arreglaban y peinaban; era un niño grande y cachetón que se portaba muy bien y mi vida empezó a girar alrededor de este pedacito de mi corazón y de mi esposo. En ese tiempo mi esposo terminó la carrera y recibió su título, su trabajo iba muy bien, fue una época tranquila y a los cuatro años nace mi segundo hijo: otro pedacito de cielo que vino a completar nuestra familia pues siempre pensamos en tener dos hijos; fue hombre, nació

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más chiquito que su hermano, muy exquisito y hermoso, y el mayor lo recibió con mucho cariño. Con dos hijos los gastos en la casa crecieron y comencé a tener la inquietud de hacer algo, y se presentó la oportunidad de un negocio de comida sólo para llevar, y con la experiencia de mis papás en ese ramo, pues ellos tenían un restaurante, no podía irme mal. Ya estaba en el trabajo de nuevo, a los ocho años de casada más o menos, algo nuevo para mí, aunque vi a mis padres por años en ese negocio y contaba con todo su apoyo, ahora tenía una nueva y gran responsabilidad: atender a la clientela. Me resultaba al principio difícil pues me daba vergüenza, después se complicó más mi situación cuando poco después se me fue la cocinera y tomé yo su lugar. Mi mamá me enseñó a cocinar en grandes cantidades, recuerdo que al principio anotaba todo paso por paso de cada comida y por unos días lo traía en la bolsa del delantal y lo consultaba todo, hasta que fui dejando de hacerlo, aún así, nunca recuerdo haber echado a perder algo, y hasta yo me sorprendía cuando la gente me comentaba lo sabroso de la comida. Mi madre cocinaba riquísimo, creo que nunca cocinaré como ella, no tenía recetas apuntadas con medidas exactas, su medida eran sus maravillosas manos que tenían toda la sazón para hacer ricos desde unos frijolitos guisados en bola hasta un pavo relleno de 12 kilos que nos preparaba en Navidad. Ella sabía hacer todo, desde un taller de costura con mucho éxito a los pocos años de casada hasta ese restaurante; en ese trayecto hizo tantos y tantos negocios que no podría acordarme de todos y papá siempre compartiendo el trabajo, el ejemplo de trabajo y tenacidad de ambos siempre están presentes en mí. Recuerdo que cuando me preguntaban en el negocio quién te enseñó a cocinar, yo les decía que mi mamá; ella se sentía muy orgullosa como yo siempre lo estuve de ella. Puedo decirles que el negocio gustó y gustó mucho, gracias a Dios y al poco tiempo mi esposo dejó su trabajo de empleado para convertirse, al igual que yo, en propietario del negocio. Teníamos mucho trabajo, nuestras jornadas eran largas y agotadoras. Al principio me dolía mucho la espalda y las

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piernas, pero cuando me acostumbré ya no me cansaba igual, estuvimos varios años sin cerrar un día, no contábamos con día de descanso, sólo vacaciones una vez al año. Desde un principio contraté una muchacha para que cuidara a mis hijos, pues nuestra vida había cambiado por completo y entramos en una rutina... Así es la vida, constantes cambios, siempre deseando nuevas cosas, planeando el futuro, soñando, pero siempre viendo hacia delante sin perder el rumbo. Fueron años difíciles pues mis hijos no tenían todo nuestro tiempo, vivían algunas horas al cuidado de la muchacha, otras en el colegio y por la tarde llegábamos ya a estar con ellos, a ayudarlos a hacer la tarea, a jugar un rato, a cenar y dormir temprano. Creo que estoy describiendo la vida de muchas familias en que los dos tenemos que trabajar para salir adelante; es difícil lo sé, pero no imposible. Sólo deseábamos que nuestros hijos nos comprendieran y salieran adelante, valorando la vida que tienen. Los niños fueron creciendo; el mayor entra a primer año de primaria más chico de la edad reglamentada, pasando un examen, pues ya quería estar en el colegio, se aburría en el kínder. El director me recomendaba que era mejor que fuera de los grandes y no de los chicos pero él se empeñó y entró; siempre obtuvo buenas calificaciones, le gustaba participar en todo y lo escogían mucho para maestro de ceremonias, desde muy chico fue muy formal y muy propio para vestir, cuando íbamos a una fiesta tenía que ir de traje y corbata, su lenguaje era casi como el de un adulto, era sin duda un niño muy inteligente. Mi chiquito era un niño muy juguetón, cariñoso conmigo, siempre me estaba abrazando y besando, no le gustaba el kínder y lloraba mucho, lo cambié como a tres diferentes y era lo mismo, hasta que por fin se acostumbró y le gustó; en el colegio él también siempre obtuvo buenas calificaciones y se portaba muy bien. Fueron 22 años los que trabajamos mi esposo y yo en este negocio, se dice fácil pero son muchos; creo que pocos matrimonios pasan esta prueba de perseverancia, esfuerzo, convivencia, tolerancia y sacrificio logrado con nuestro

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amor y el amor a nuestros hijos. Fueron años difíciles pero productivos, en los que padecí la muerte de mi padre, a quien amé muchísimo, fue un hombre bueno y honesto; a los cuantos años la muerte de mi hermana, joven aún, una mujer buena, sencilla y de noble corazón con la que siempre me sentí muy unida y quise mucho. Fueron pérdidas enormes, pero la vida sigue, nada se detiene. Estando en este negocio me di tiempo para algunas otras actividades como hacer ejercicios aeróbicos, que siempre me han gustado, aprovechar mi clientela que acudía al negocio para vender por catálogo joyería de fantasía fina que me resultó un buen negocio por varios años; también se presentó la oportunidad de realizar ese sueño de niña, el de ser maestra, pues me ofrecí de voluntaria en un programa de valores en donde, con la ayuda de libros y preparación, impartía la clase a niños de escuelas públicas. Fue una experiencia maravillosa, empecé dando clases a dos grupos de segundo año, me resultaba increíble el pararme ante ellos y lograr que me pusieran atención, tan pequeños y juguetones. Al principio fue difícil, como todo, pero después esperaban mi clase con gusto, que era una hora en cada salón, una vez a la semana; me organizaba ese día para adelantar la comida en el negocio pues siempre cociné yo, pero gracias al apoyo de mi esposo que me ayudaba mucho, pude hacerlo, di las clases por cinco años, el último ya le daba también a sexto grado. Realmente puedo decirles que recibí más de lo que di, aún conservo las cartitas que mis alumnos me daban con dibujitos y corazones, en donde me decían que me querían mucho y me daban las gracias, la verdad, me hacían sentir tan especial. Siempre tomé estas clases con mucha responsabilidad y respeto hacia los maestros a quienes admiro y respeto y hacia esos niños que me dieron tanto amor y la oportunidad de ser maestra. La rutina sigue realmente con los años, cada vez es más pesada y se quiere cambiar pero se pasa el tiempo tan rápido y siempre trabajando que mi esposo y yo deseábamos hacer otra cosa, pero creo que tuvo que enfermarse mi esposo para lograr un cambio en nuestras vidas: lo operaron casi de emergencia

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y yo sentía que todo se derrumbaba, sufrí mucho al verlo enfermo, siendo un hombre que nunca tomó una pastilla, con veintitantos años de casados, siempre tan sano no podía creer esta pesadilla, fueron días muy difíciles de mucha incertidumbre y dolor para todos, pero también de unión y de valorar la vida. Fue casi un mes en el hospital en el que recibí todo el apoyo de mis hijos, de mi mamá, mis hermanos, de la familia de mi esposo que vinieron de lejos a verlo, de sus hermanas, pues todos ellos son un familia muy unida y puedo decirles que tengo una suegra muy buena a la que quiero muchísimo, y también amigos que siempre estuvieron conmigo y así, gracias a Dios, se alivió y regresó a casa. Había que tomar nuevos rumbos, la llamada de atención no era para menos, mi esposo se dedicó a pensar qué nuevo negocio poner con los hijos ya mayores, se podía contar con ellos; yo continué en el negocio con la ayuda de un hijo, el chico y no pasó mucho tiempo cuando se presentó la oportunidad de un nuevo negocio, era realmente ir a algo desconocido totalmente para él, pero con sus estudios, inteligencia, dedicación y el apoyo total de sus hijos ha sacado adelante este nuevo reto. Siendo tan trabajador, tenía que lograrlo. Una gran pérdida, la de mi madre, viene a llenar de dolor mi corazón, no podía creerlo: sólo dos semanas en el hospital y se me fue, pero ella siempre lo quiso así, no quería dar molestias a sus hijos, como si sus hijos nunca le hubiéramos dado molestias. Diosito la quiso mucho y no la dejó sufrir, yo la quise tanto que aún la lloro y extraño mucho. Dado que mi madre siempre deseó escribir el libro de su vida y creo que hubiera sido un éxito, pues ella era célebre ahora me siento como haciendo algo por ella al escribir estas pocas páginas, pues soy una pequeña parte de su vida que fue plena y llevada con orgullo. Se ha adelantado en el camino parte de la familia, ya que he perdido a mi padre, a mi madre y a dos hermanas mayores, y esto ha sido como perder una parte de mí. Gracias a Dios, me quedan acompañándome una hermana mayor y tres hermanos menores que son y serán también una parte muy importante de mi vida, todos excelentes hermanos a los que he amado mucho.

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Como ven ya no hay títulos en esta “mi historia” contada por hechos que marcaron mi vida; puedo decirles que hace año y medio estoy retirada, vendimos el negocio de comidas. Al principio me sentí extraña contestando el teléfono de mi casa como si fuera el negocio, tardé en acostumbrarme a estar en mi casa, a levantarme y no tener que ir a trabajar, a cambiar la rutina y adaptarme a nuevos horarios, etcétera, etcétera, pero me siento bien teniendo a mi esposo a mi lado, sentir que lo he ayudado y apoyado en la vida que nos tocó compartir. Creo que tengo al mejor esposo, a veces pienso que no me lo merezco y le doy las gracias por tanto amor y entrega total que me ha dado, lo amo muchísimo. Mis hijos, convertidos en dos hombres maravillosos, son mi orgullo y adoración; son unos hijos buenos, nobles y cariñosos que llenan mi vida por completo. El mayor se va a casar con una buena mujer que estoy segura lo va a hacer muy feliz y habré ganado una hija, por eso estoy muy contenta. Viéndolos, creo que algo debí de hacer bien en mi vida para tener estos hijos tan buenos. Pues bien, ésta es mi historia resumida en diez páginas, considero un logro el escribirla pues no es fácil remontarse a los recuerdos de la infancia y recorrer de nuevo el camino, pero sí ha sido bueno darme cuenta de que buena o mala, bella o fea, grande o pequeña, es mi vida y lo más importante es que estoy aquí con ganas de aprender y hacer algo nuevo. Del salmo 15: “Enséñame el camino de la vida, sáciame de gozo en tu presencia y de alegría perpetua junto a ti”.

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Vida plena
por Gorrión

Nací en la ciudad de Monterrey, aunque mis padres son originarios de la ciudad de San Luis Potosí; soy la mayor de seis hermanos (tres mujeres, tres hombres, lamentablemente murieron dos hermanos, siendo muy chicos). Siento que mi familia fue feliz porque nuestros padres nos inculcaron amor y respeto a nuestros semejantes, y también nos enseñaron a profesar la religión católica. Cuando era niña, mis juguetes eran sencillos: tenía una muñeca de trapo, unos juegos de té, tacitas y platitos con los que jugaba con mis hermanos. En la juguetería había cosas mejores pero entendía que mis padres no me los podían comprar. En Navidad, en casa se ponía el nacimiento y el árbol; era todo un acontecimiento para esta época, se hacía una cena muy sencilla, y el Niño Dios nos traía los regalos a mis hermanos y a mí. Mi abuelito tenía un comercio, donde cada año vendía las figuritas de barro que se le ponen al nacimiento. Esta época la recuerdo como algo muy bonito. Al terminar de rezar el rosario y de sentarnos todos para la cena, mis hermanos se entretenían con sus regalos, que consistían en baleros, canicas y trompos; nosotras con las muñecas. Como era un día especial, todos jugábamos a los encantados, a la roña y al bebeleche; cantábamos rondas como “Arroz con leche” y “Naranja dulce”. En mis años de niña escuchábamos la radio, y nuestro programa favorito eran los cuentos de Cachirulo; no había televisión, ésta llegó después de varios años, pero sabíamos emplear bien nuestro tiempo, tanto para jugar como para nuestras actividades de escuela y casa. Fuimos luego a vivir a la ciudad de San Luis Potosí. Vivíamos en la casa de mi abuelita, una casa grande que tenía un corral donde ella tenía marranos y gallinas. En una ocasión que salimos a jugar a la calle nos encontramos un cohete tirado y lo llevamos al corral, lo prendimos con cerillos y periódico y
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salimos corriendo del corral; cuando estalló el cohete, las gallinas hicieron mucho escándalo. Mi abuelita salió corriendo y fue al corral y no entendía qué era lo que pasaba. Nos regañó cuando se dio cuenta del cohete; éramos pequeños y ante esa inocencia no comprendíamos las consecuencias que se podían originar. No fuimos niños golpeados, cuando hacíamos travesuras hablaban con nosotros. En la casa de mi abuelita vivían con nosotras otras primas; con ellas jugábamos y nos divertíamos. Posteriormente mis primas se fueron a vivir a México y mi abuelita también. Yo estudié la primaria en San Luis y disfrutaba la escuela, aunque nos imponían mucha disciplina. Iba a clases en la mañana y por la tarde nos daban manualidades, como costura, pintura, flores. Hice mi primera comunión ahí. En el catecismo nos enseñaron a hacer galletas. Tengo bonitos recuerdos de mis padres; se preocupaban por nosotras, procuraban que hubiera lo necesario para la comida. Nuestra casa era sencilla, pero había lo necesario para sobrevivir. Después de algunos años de vivir en la ciudad de San Luis Potosí, mis padres decidieron que nos regresáramos a Monterrey. Al venir aquí, la vida fue diferente pues había que apoyar económicamente. Empecé a trabajar a los 14 años, pues había necesidad y la situación era difícil. Mi madre había enfermado y con lo que ganaba mi padre apenas se cubrían los gastos de la casa y la medicina de mi madre. Había que aportar nuestro sueldo, y así transcurrió mi adolescencia, pero aprendimos que trabajando ayudábamos al gasto de la casa y comprábamos nuestra ropa y zapatos. Cuando cumplí 15 años, tuve una cena sencilla en casa, con mis amigas. A pesar de que mi mamá se encontraba enferma me hizo mi vestido, un hermoso vestido de color lila que tenía un ramillete de flores como adorno. Por las tardes estudiaba corte y confección de ropa, primeros auxilios y la secundaria. Había una escuela que se encontraba en la calle Garibaldi y Matamoros, se llamaba “Centro de Capacitación para Obreras”. Tenían maestras de corte y confección, cocina, decorado y primeros auxilios; nos servía para prepararnos para nuestra casa. Posteriormente entré a estudiar

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a la Cruz Roja un curso de primeros auxilios y de ahí pasé a ser voluntaria de la Cruz Roja. No fui a la Universidad, en nuestra época pensaban mis padres que no era necesario. Trabajé varios años en una empresa, pero tenía que prepararme para ser ama de casa, ya que al casarme dejaría el trabajo para dedicarme al hogar. Mi esposo era vecino, vivíamos en la misma cuadra; nunca pensé que nos fuéramos a casar. Cuando me pidió que fuera su novia se me hizo muy gracioso, lo tomé como una broma y no le hice caso. Al año me volvió a hablar y todavía lo pensé y le puse un plazo y volvió por la contestación. Le contesté que sí, me hice su novia, y le expliqué que yo trabajaba y salía a las cinco de la tarde, que era cuando lo podía ver. Mis padres no me daban mucha libertad pero sí aceptó. Íbamos a misa los domingos, era cuando lo podía ver. Era otra época, no se daba mucha libertad. Nos teníamos que dar a respetar. A mí me gustaba trabajar, disfrutaba mi empleo, y además aprendí que con trabajo y esfuerzo una puede realizar muchas cosas. Quizás los sueños no se realizan, pero sabía que los ideales a lo mejor sí se cumplían para salir adelante. En mi época pocas mujeres iban a la universidad, pero no tenía que sentirme mal, me tenía que realizar como mujer y persona con poco estudio: corte y confección de ropa, primeros auxilios y la secundaria. Me casé a los 28 años, mi esposo tenía la misma edad. Me casé por el civil y por la iglesia. Tuvimos cuatro hijos: un hombre y tres mujeres. Mis hijas son profesionistas y yo me dediqué al hogar. Mi esposo no quería que trabajara, me decía que ya tenía bastante responsabilidad: ser esposa, ama de casa y mamá; y así pasé a ser la fuerza laboral de la casa (la que cocina, lava, plancha, administradora del gasto y también fui enfermera, doctora y psicóloga, entre otras tantas profesiones que se van aprendiendo en casa).

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El trabajo de la casa no se ve, no se valora, y eso me provocaba que me sintiera inferior por no recibir un salario. Entendí que las mamás que se quedan en casa deben ser buenas organizadoras del tiempo y no descuidar su apariencia física; deben dar a cada miembro de la familia las funciones específicas de acuerdo a su edad. Deben desterrar del hogar la costumbre del machismo; machismo que tanto daño ha causado en el entorno familiar. Cuando mis niños iban a la primaria estaba al pendiente de ellos, les hacía sus uniformes, participaba en la sociedad de Padres de Familia. Aun cuando mis hijos ya estudiaban en la Universidad, me permitieron seguir al pendiente de ellos. Yo hasta hoy continúo como ama de casa y a través del DIF como voluntaria en el Programa de la Tercera Edad. Tomé un curso de Superación Personal a través de ANSPAC. Estoy en el grupo de danza, soy presidenta en un Comité de Prevención del Delito de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado. También he tenido cursos de capacitación en Seguridad Pública (apoyo a mis vecinos en su seguridad). Cuando Monterrey cumplió años, había un concurso para encontrar a la vecina ejemplar. Participé con varias vecinas y fui elegida como “Vecina Ejemplar” en Monterrey 400, así pasé a ser una de las 12 familias de la “Fundación de Monterrey 400”. Volviendo a mi niñez, recuerdo que jugaba de niña con mis primos pero ya no los volví a ver, murieron jóvenes. Tengo primos y otros familiares que no conozco, ya que nuestros padres se distanciaron por motivo de trabajo, esta familia se fue a vivir a otras ciudades y no nos volvimos a ver. Mi padre poco nos hablaba de su familia, no sabemos mucho de nuestras raíces. Yo he tenido el deseo de conocer a primas que no conozco, ya que se siente ese vacío por no tener contacto con ellas. Mi esposo trabajó 40 años en una empresa. Fue un excelente esposo y padre de familia, muy cariñoso con sus hijos, se preocupaba por ellos, decía

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que sus hijos tenían que ir a la Universidad, para que tuvieran estudio. Él sólo había estudiado primaria, pero llegó a supervisor dentro de la empresa, pues afortunadamente para su superación personal, él acudía a cursos de capacitación. Fui feliz en mi matrimonio. Para que el matrimonio sea feliz (fueron 34 años juntos), se debe tener paciencia, saber comprender, disculpar, perdonar, amarse. El matrimonio tiene sus pros y sus contra, tiene muchas alegrías, pero también tiene decepciones y muchas obligaciones tanto para el hombre como la mujer. Para consolidar el matrimonio debe haber armonía, paciencia, tolerancia, siempre buscando el camino de la felicidad. Tanto la mujer como el esposo tienen que convertir el hogar en un paraíso. La mujer es la que forma el ambiente en el hogar. A mis hijos de pequeños los llevábamos de vacaciones a conocer varios estados de la República y ahora conocen todo México por sus actividades laborales, ya que en sus trabajos frecuentemente tienen que salir a otras ciudades; ellos dicen que les sirvió de mucho que de pequeños los hayamos llevado de paseo. Cuando nos casamos mis hermanos y yo, nuestros padres no dependían de nosotros, se valían por sí mismos hasta que murieron. Mi madre decía que había que prepararse para la vejez porque la juventud es corta y la vejez es más larga y eso fue lo que ellos nos dejaron de ejemplo y hasta la fecha seguimos sus consejos. Mi padre murió a los 90 años de edad y mi madre a los 87 años. Aprendí de ellos los valores, pero ante todo, la responsabilidad; mi padre no tenía vicio alguno y afortunadamente mi esposo tampoco tuvo vicios. Él en sus días de pago procuraba traer pan y fruta extra, ya que decía que para él era más importante traer algo para la casa que malgastar en alguna cerveza que no le dejaría nada de provecho. No supe lo que era batallar con alguna persona alcohólica. Gracias a estos ejemplos de mi padre y de mi esposo, a mi único hijo varón tampoco le da por “parrandear”.

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Ya tengo seis años de viuda. Cumplí con mi matrimonio, no fue fácil pero cumplí. Cuando mi esposo murió, me quedé sola; mis siguientes pasos en la vida los he dado sola, ya que no tengo el apoyo de ese compañero, pero sé perfectamente que tengo otras metas por cumplir y debo seguir adelante. Tengo a mis hijos: tres hijos casados y una hija soltera; cuatro nietos a los que quiero mucho y para ellos espero ser un ejemplo y testimonio de una existencia vivida con amor para que cuando ya no esté, recuerden lo mejor de mí. Mi historia de vida quizás no ha sido de mucho interés, pero ésta es la que he tejido al lado de mucha gente que ha caminado junto a mí y que ahora forman parte de ella. Mi agradecimiento a la licenciada Patricia Basave Benítez, a quien le reitero mi cariño y respeto. Mi reconocimiento al Instituto Estatal de las Mujeres en Nuevo León; agradezco a la licenciada María Elena Chapa la oportunidad que nos ofrece con este diplomado. A la licenciada Leticia Hernández Escamilla, por la dedicación y esfuerzo que pusieron en este proyecto que promueve la autoestima de la mujer. A mis compañeras de este diplomado por su cariño, apoyo y cooperación hacia mi persona; a todas y cada una de ellas les reitero que son unas personas muy valiosas y fue un privilegio compartir este curso con ellas.

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Vuelo infinito
por Albatros

¿Por dónde empezar? no lo sé, comenzaré por la parte más noble: mi infancia, cuando todavía no tenía uso de razón. Aunque en algunas ocasiones suene doloroso, somos dependientes provisionales de nuestros padres, sí. Sucedió un día cuando levanté la mirada, resulta que la vida me había arrebatado a mi padre, tenía aproximadamente dos años y medio, era la octava de un total de nueve hermanos. Mi madre, tras este golpe que le dio la vida, sufría desconsoladamente la pena por tan irreparable pérdida. Cuenta que se sentía enloquecer, quería correr, gritar. No fue para menos, pero de pronto, escuchó una voz fuerte con enojo y coraje que le dijo: “Deje de llorar, mi padre ya murió y ¿nosotros qué?”. Era mi hermano mayor, de escasos 17 años. Mi madre, al escucharlo, cuenta que reaccionó y volvió a tomar las riendas de su familia apoyándose en él y volvieron a empezar, pues habían perdido muchos bienes que mi padre tenía (camiones y carnicerías) quedando nosotros en la orfandad y en la miseria. Entonces mi hermano enfrentaba el papel de padre sustituto ¡Dios mío, si todavía era un adolescente! Como Dios le dio a entender, tomó el toro por los cuernos como luego dicen, rodeado de sus seis hermanas y tres hermanos, y junto con mi madre no hubo más que seguir trabajando en los coches de sitio, llevando carreras en mi lugar natal, y además tenía algunos contratos en Petróleos Mexicanos. Mi madre, con el negocio que aprendió de mi padre, trabajaba en casa un largo rato con mis hermanos los más grandes; ella nunca salía del hogar por comentarios que en vida le hacía mi padre: que las mujeres debían estar en la casa siempre, ya que tenían un sexto sentido que les hacía pensar cosas malas. Así transcurría el tiempo, ella elaboraba y los demás salían a vender los subproductos de la carne de cerdo que seleccionaba e inspeccionaba. Curiosamente, en el momento que redacto esta historia me sucedió algo muy bonito: hoy, 19 de marzo (día de San José) y también cumpleaños de mi hermana
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Josefina y vacaciones de Semana Santa, a las 4.30 de la tarde sonó el teléfono y cuál fue mi sorpresa al escuchar ¡la voz de mi madre!, quien se encontraba de visita con una de mis hermanas. Le dije: “Mami (con voz viva, alegre, fuerte, sentía una gran emoción), la escucho y siento que la estoy viendo, que la tengo enfrente de mí, la quiero mucho”. Quería en ese momento volar y estar con ella, verla y platicar tantas cosas nuevas que estoy haciendo. La admiro, la amo, es una gran mujer que se plantó con valentía. Me comenta: “Apenas estoy descansando, tengo ocho días de haber llegado de Comalcalco, Tabasco; las piernas me tiemblan todavía de venir sentada, ya me siento más cansada”. Le dije que tenía la esperanza de ir a verla y nos despedimos con un “Dios te bendiga”. Seguí escribiendo con más ánimo, recordando que mi padre falleció a los 45 años, y reconociendo el trabajo que realizaba mi mamá en casa desde que enviudó cuando tenía 35 años aproximadamente. Ella conocía empíricamente de las enfermedades más comunes de los cerdos, que podían afectar la salud de todos, y además sabía que de ahí comíamos. Desde muy temprano trabajaba incansablemente, cuidaba que la carne no tuviera parásitos como el cisticerco, que ella conocía como tomatillo; hacía cortes en hígado, pulmón, corazón, lengua, etcétera. Me decía: “Si ves puntos blancos y duros en hígado, esa carne se desecha, esa carne no sirve; si al cortar el pulmón los conductos están repletos de parásitos enrollados, también se tira”. Me enseñó que un hígado sano es aquel que al corte está limpiecito, de color rojo, fresco y brillante. Esto empezó a inquietarme y a darme curiosidad por conocer acerca de lo que era el alimento de mucha gente, pues aún se tenía miedo de consumir carne con cisticerco, ya que ese parásito se alojaba en el cerebro y ocasionaba convulsiones y hasta la muerte en humanos que la consumían. Tomando esa precaución y con estricta limpieza, preparaba el producto con el que hacía la carne enchilada, la moronga o rellena, las carnitas, el chicharrón, los tamales veracruzanos. No se le escapaba el pan recién hecho, calientito, con olor a levadura, que se cocía en horno de lodo y zacate; criaba pollos y también los vendía enteros o destazados; preparaba el zacahuil típico del

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estado de Veracruz, hecho de masa martajada y carne de cerdo envuelto en hoja de plátano. Mientras tanto, mi madre, involucrada en su trabajo, todavía tenía momentos en que lloraba silenciosamente, sólo se veían sus ojitos rojos e inflamados. Ella decía que no tenía nada, pero caía en tan dura depresión que se olvidaba de mandarme a la escuela, o que ni siquiera estaba yo registrada ni bautizada, ni mucho menos había hecho la primera comunión. Apresuradamente mi hermana me inscribió, por órdenes de mi madre, con una maestra grande y soltera que daba clases en su casa, pues era urgente que aprendiera algo porque pronto entraría a la primaria. Ahí había un grupo de niños, niñas, adultos hombres y mujeres. ¡Caray! Me llevé el susto de mi vida pues a la hora de la salida sentí que alguien me seguía. Se me acercó uno de los alumnos más grandes y me decía que si me acompañaba. Yo sentía mucho miedo, quedé como témpano y no supe decir nada; seguía caminando sin voltear para ningún lado, caminaba derechito porque escuchaba que mi madre les decía a mis hermanas mayores que si las molestaba alguien o les chiflababan en la calle no hicieran caso y que caminaran de prisa y derechito sin voltear para ningún lado. ¡Uf ! por fin llegué a mi casa y le dije a mi hermano Fidencio, que estaba de su talla. Sentí alivio cuando me dijo: “Yo voy mañana cuando salgas y me dices quién es, para agarrarlo a la salida”, aunque no sabía si era lo correcto, sólo me sentí protegida por mi hermano. El joven era de pocas pulgas. Este lapso pre-escolar fue muy corto, aprendí a deletrear y a escribir un poco, pero seguía ansiosa porque ya quería estar en la escuela, donde aprendería mejor la lectura y la escritura. Muy pronto, pasaditos mis ocho años, mi hermana mayor, por órdenes de mi madre, me inscribió; sólo llevaba anotada la fecha de nacimiento en un papelito. Más adelante y poco antes de terminar la primaria, me llevaron a registrar. Fue un 12 de septiembre de 1967. Muy feliz y contenta, al fin entré la escuela primaria, empecé con muchas ganas y escribí mi primera lección “El nido”. Recuerdo algo que decía: “No lo rompas, no lo hieras, sé bueno y deja a las fieras...”. Estaba sentada en un banquito y una silla para apoyarme, a la intemperie, junto a mi madre que me dirigía

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mientras ella lavaba la ropa. Tan emocionada asistía todos los días a las ocho de la mañana, porque mi maestra decía: “Llueva, truene, o relampaguee tienen que estar puntuales”. Mi grupo era de puras mujeres, participé en declamación porque me gustaba y me sigue gustando la poesía que tenía por título “Mi bandera”. Como no había micrófono, me indicaron que tenía que pararme al centro de la cancha y hablar fuerte para que se escuchara, yo sentía mucha emoción al decir fuertemente: “El verde, el blanco y el rojo se han unido para escudar la tierra donde has nacido, donde libres y en paz somos felices...”. La repetía varias veces y a cada rato, como un disco rayado. La vida seguía su curso y con la magia de ver mis sueños que se iban cumpliendo, llena de felicidad asistía los domingos por la tarde a clases de catecismo, con un vestido de rayitas rojas que parecía más bien bata de dormir. En una de las clases concursamos en dibujo, yo hice el arca de Noé, fue seleccionado en primer lugar y me dieron de premio un libro que se llamaba La vida del Niño Jesús. Más tarde hice la primera comunión, y me bautizaron al mismo tiempo. Escogí a mi maestra como madrina para ambas cosas, me tomó medidas y me hizo el vestido blanco, largo, de manga larga y cuello alto, con velo de tul y orilla de encaje, zapatos, tobilleras blancas, libro y rosario. Escuchaba entre la gente que se enteraban de mi bautizo: “Ahora sí, ya te quitaron los cuernos”. Pues yo creo que no me los quitaron bien, quedaron vestigios porque ahora me salieron tremendos cuernotes de buey. Más adelante me inscribieron en la secundaria. Mi hermana me acompañaba, nos dieron la lista de libros y uniformes, el de diario y el de educación física. Me asombré porque pensé que me dirían que era mucho gasto; cuando le dieron a mi hermano mayor la lista de lo que pedían, yo hacía “changuitos” para que dijera que sí. Creo que estaba preparado e inmediatamente me dio el dinero completo para todo, cosa que no me esperaba. A pesar de todo, se emocionaba porque él también tenía deseos de estudiar contabilidad, me platicaba mi madre. Hasta me hizo un pupitre que llevaba y traía todos los días cuando iba a la primaria, además me hizo una mesa que hacía las veces de un escritorio, la pintó de color azul marino. Claro que me entusiasmaba el apoyo incondicional

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que recibía constantemente de todos mis hermanos de una forma u otra, pues era la única que seguía estudiando. Aún cuando me parecía estar soñando, toda mi familia se esforzaba por darme lo que necesitaba. Asistía los primeros días a la secundaria, vestida con el jumper color de rosa para primer año en la Secundaria Federal “General Heriberto Jara Corona”; el edificio apenas se estaba construyendo, por lo que iba a una escuela prestada que se llamaba Escuela Artículo 123 “María Enriqueta”, que era de Petróleos Mexicanos, en Poza Rica. En esa temporada hizo su aparición un frente frío, yo era un esqueleto rumbero y sentía que el aire me congelaba, me presenté con pantalón naranja debajo del uniforme. La gente no era muy fijada en la combinación, pero sí lo era sólo para diferenciar el sexo. Hice el ridículo de mi vida, me dio mucha vergüenza ante el grupo, que para entonces ya era mixto, no sabía que estaba prohibido ponerse pantalón cuando hiciera frío y me mandaron al baño a quitármelo, aunque todavía no era Navidad, lucía nariz de reno. Pronto pasaba la angustia y volvía la alegría que invadía toda la región, con la celebración de la Expropiación Petrolera, que se festeja en grande. El 18 de marzo de cada año, empezaban los preparativos y ensayos. Se llegaba el día esperado para todos, había carros alegóricos, la reina del petróleo, el rey del chapo y el tradicional desfile de escuelas, colegios, trabajadores de Pemex, de las empresas y algunas tiendas comerciales. Por la tarde había artesanías mexicanas en el centro de la ciudad, los voladores de Papantla, antojitos mexicanos con el famoso zacahuil, molotes, garnachas, etcétera. Por la noche, baile por dondequiera. En este período me sucedieron muchas cosas emocionantes, con altas y bajas pero había que seguirle, no tenía permisos para salir de paseo pues no había dinero, así que me distraía cuando iba a la escuela únicamente. Era muy sensible y reservada, por ende seleccionaba estrictamente a mis compañeras. Me gustaba escucharlas y que me escucharan, pues atravesaba por un momento de angustia y tristeza cuando mi madre cayó en cama: una

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fiebre tifoidea se la andaba llevando, la pobre quedó hecha un esqueleto, muy pálida y no se podía sostener sola. Tenía miedo de perder a mi madre, que era lo único y más grandioso que tenía y sigo teniendo, gracias a Dios. Ella fue y ha sido mi gran apoyo para realizar todas las ilusiones que la vida me ofrecía. Diosito hizo su buena obra porque ella ponía mucho de su parte, no se rajaba ni se raja fácilmente, tiene hasta la fecha un gran espíritu de lucha y optimismo por la vida. El tiempo pasó. Le dije que me gustaría estudiar la preparatoria y le pregunté si se podía otro compromiso, aunque a la vez ella quería que siguiera, me dijo: “Voy a hablar con tu hermano Eliseo”, el último de mis tres hermanos varones, pues desconfiaban que terminara la carrera completa, pensaban que iba a tirar la toalla y que fracasaría por ser mujer. Sin embargo, mi hermano se comprometió a apoyarme, tuvo que cambiar de empleo y entró de soldado raso para ganar un poco más y poderme sostener toda la carrera. Les prometí presentarles el título. Me preocupaba que por ser mujer se me marginara, pues así era la vida entonces; no había libertad de comunicación con las personas, mucho menos con varones ni con mujeres casadas aunque fueran de la familia, no podíamos darnos un beso en la mejilla, mucho menos un abrazo fraternal; carecía de libertad para expresar mis ideas, dudas e inquietudes de comportamiento de la etapa que estaba viviendo, de los cambios que tiene que pasar todo ser humano. Teníamos que estar como soldaditos en casa y a la orden cuando llegaran los hombres del trabajo. Mi madre atendía a mi hermano con la mesa bien servida, con todos los antojitos que le gustaban, le respetaba el lugar como el jefe de familia y no le faltaba su coca cola. Ante tal situación me obligaba a tratar de mejorar, no estaba de acuerdo con las ideas que prevalecían en casa, me enojaba conmigo misma, y me decía: “Yo quiero salir de esto, conocer más, salir de dudas y confusiones, conocer mi cuerpo, mi mente”, me preguntaba cómo debían ser las personas correctas, etcétera. Seguía luchando para continuar mis estudios y entenderme a mí misma, porque en el futuro pensaba formar una familia que fuera ejemplar. No quité el dedo del renglón: con grandes deseos de obtener

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un título de la Facultad de Medicina de la UNAM, pero por necesidad y para no seguir preocupando a mi familia, quise estar internada en la escuela Médico Militar de la ciudad de México. De todos los exámenes el que me asustó fue el de clavados. En mi vida me había echado un clavado de un trampolín tan alto, por lo que me tuvieron que dar un empujoncito y “al agua patos”. Durante esos segundos, suspendida en el aire, sentía que el corazón se me salía. Caí al agua fría, parecía que tenía hielos, dando manotazos y patadas de ahogado por fin alcancé la cuerda que dividía la alberca y salí a la superficie. Mi sueño no se cumplió, ante una multitud de concursantes a la que no se le veía fin, solamente volteaba a ver a mi prima Pomposa (qepd) que me acompañó, pues no conocía la ciudad. Se hizo la selección nombrando a través del micrófono y la sorpresa no fue grata: no figuré en listas, escuchaba rumores de que sólo se quedaban los hijos de militares y los recomendados, y pues, ni hablar, como suele suceder, me fui cargando con la nostalgia de haber dejado a mi familia. No quise regresar a mi estado como fracasada y volví a insistir, presentando examen con una segunda oportunidad, pues la otra alternativa era la medicina veterinaria que también me llamaba la atención y donde afortunadamente fui aceptada. Dentro de la carrera, en los primeros semestres nos llevaron de prácticas a conocer los pastos de Veracruz, teníamos que aprendernos el nombre científico y el nombre común, caminamos a todo lo largo del potrero arrancando pastos, bajo los rayos del sol, terminábamos todos pegajosos y con ganas de darnos un chapuzón. Como recompensa nos llevaron a la playa, muy a gusto al compás de las olas del mar, del aire fresco que te hace sentir viva, con la brisa del mar como un rocío que acariciaba mi rostro al descubierto, con el pelo peinado por el viento y con aroma de pescado, dejando huellas sobre la arena. Poco a poco me fui metiendo entre las olas y entre remolinos quedé atrapada al darle la mano a mi compañera, la verdad no supe qué estaba pasando, por fin las dos estuvimos mar adentro, después de permanecer varios minutos yo sólo flotaba y levantaba las manos dando gritos de auxilio, pero sin recibir ayuda, sin que nos escucharan, nadie nos veía. Cada vez más perdía la esperanza de

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regresar con vida. Sentí que era lo último que estaba viviendo, y lo único que pasaba por mi cabeza era preguntarme lo que sentiría mi madre al recibir esa mala noticia. Pensé que moriría presa de los tiburones. Los salvavidas hicieron su aparición, como sucede con la Cruz Roja, pero si no fuera por ellos ¡Dios guarde la hora!, me hubieran cafeteado con el puritito café de Córdoba. Me dejé llevar flojita y cooperando porque me acordé, cuando escuchaba a mis hermanos, que ellos decían: “Cuando tratan de sacar a una persona que se está ahogando, se desespera tanto que abraza al salvavidas y terminan los dos ahogados”, y me dije: “Aunque me lleven los pingos”, me dejé llevar de los cabellos, me tapé la nariz, al poco rato toqué tierra como Colón. Vi la luz nuevamente, nos hicieron rueda todos los compañeros, hubo algo de bromas para disipar un poco el miedo, seguramente me veía como limón amarillo. Así transcurrieron los años, se llegaba la terminación de la carrera de Medicina Veterinaria generación 77-81. Un poco antes entré al servicio social, empecé haciendo “pininos” en una farmacia veterinaria de Huitzilac, Morelos. Ahí daba servicio médico a domicilio, y me coordinaba con otras compañeras también recién egresadas, una de ellas me brindó su casa, amabilidad que le agradezco infinitamente porque no quería regresarme sin haber terminado la tesis que ya había empezado, mientras seguía de practicante, acompañándola a trabajar a un rancho que tenía a su cargo en Yautepec, Morelos. Viajamos a Nueva Rosita, Coahuila, donde visitamos un rancho de cabras de la raza Nubia, se compraron machos para mejoramiento genético. Era toda una odisea y nos divertimos a pesar de todo; íbamos tres pasantes, a veces comentábamos que nos sentíamos con espíritu trailero pues puro trailer nos encontrábamos en carretera, segregando adrenalina a todo lo que da cuando el viento nos sacudía, todo el trayecto fuimos cuidando de los chivos. Fue largo y cansado el viaje, pero no lo sentimos hasta que llegamos a casa. Claro que nos mandaron con viáticos y nos hospedamos en un hotelito donde nos llevaron de cenar carne asada a la parrilla hasta el cuarto, fue la primera vez que conocí el sabor de la comida norteña con sus tortillas de harina. Al otro día muy temprano visitamos el rancho, los dueños, impresionados, nos dijeron

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que éramos muy arrojadas pues era peligroso que viajáramos puras mujeres. Era la innovación de aquellos tiempos, toda una vida llena de emociones y sorpresas. De regreso a casa todo seguía normal, vivíamos plenamente como solteras ocupando los fines de semana y los días de fiesta para divertirnos. Se llegaba la Semana Santa, me tocó asistir a la procesión que organizaba la iglesia del pueblo, se caminaba por las calles acompañando la representación de las tres caídas y continuaba con la fiesta de Chiconcuac, Morelos; el baile típico de los chinelos; se disfrutaban los platillos regionales como el tamal de pescado, y por la noche el pozole blanco con orégano, limón y cebolla acompañado con tostadas bien preparadas o con chalupas. Había quesadillas de cazón, chiles rellenos de queso, huauzontles en caldo rojo, ¡ah, y no se diga!, me atreví a probar la copita de tequila con limón de Almolonga, Guerrero, un pueblito muy cálido. También conocí algunas albercas y balnearios de ese bonito y relajante pueblito de Chiconcuac: El Rollo, Las Estacas, El Iguazú, las albercas de Temixco y Oaxtepec. En otra ocasión me invitaron a una de esas albercas a jugar basquetbol con unos amigos de mis compañeras que eran recién egresados del Politécnico; me causaron mala impresión porque cada quien traía una cerveza en la mano y uno de ellos llevaba un short con una pierna más corta que la otra. Hice un gesto de desagrado y dije: “¡Ah, para amiguitos!”. Pasó la presentación, el saludo y nos metimos a las albercas a divertirnos un rato. Con el tiempo, Rubén, el joven que traía el short más corto de un lado que del otro me causaba desagrado, se encontró a una de mis compañeras, me mandaba saludar y decía que le hablara por teléfono, pero yo no le hablaba. No me importaba, hasta que un día fuimos mi compañera y yo a consultar a su perrito que tenía tos, y por fin nos fuimos conociendo poco a poco, fui a su casa y terminé de aplicar el tratamiento. Al poco tiempo me invitó a comer y nos vimos en la terminal de Zacatepec, pues ahí llegaba de la farmacia veterinaria donde yo trabajaba.

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Pero era un maldito miedo que no me dejaba en paz, sentía que me vería mi hermano mayor, que lo iba a tomar a mal, pues a mi hermanito lo veía hasta en la sopa, se me venía a la mente cuando en una ocasión salía de la preparatoria a las 10 de la noche, con varios compañeros y mi amiga María de la Luz Herrera, en un ambiente agradable de estudiantes (mis respetos a esos compañeros en quienes podía confiar), nos invitaban a cenar, enseguida nos iban a dejar hasta la parada del camión a cada una, ya que era una escuela con horario para trabajadores (Colegio Salvador Díaz Mirón). En ese entonces mi hermano andaba trabajando en el sitio, me siguió y me echó las luces, escuché a mi primo que también venía en la bola y decía: “Es Mencho”, porque así le decían a mi hermano, yo seguía como que no había pasado nada, trataba de controlarme pero tenía miedo de que llegando a casa me hablara muy fuerte y me regañara como acostumbraba, aunque para tranquilizarme me decía a mí misma: “Qué me importa, si no ando haciendo nada malo”. A veces me quería esconder para no verlo, pero daba la vuelta y ya lo tenía enfrente preguntándole a mi mamá dónde estaba, yo decía: “Ya me fregué”. Tardé un poco con esa sombra que me impedía llevar una buena comunicación dentro y fuera de la casa, me sentía muy reprimida, no era libre de expresar mis ideas, sentía que todo lo que decía era malo. ¡qué difícil era comprenderlo! El muchacho me seguía invitando a fiestas y poco a poco lo fui aceptando. Comenzamos una vida en pareja, felices y contentos, claro que ya había pasado por tragos amargos, muy amargos y fallidos. Seguimos adelante, vivíamos en casa de mi suegra, no nos habíamos casado ya faltando un mes para que naciera nuestro bebé, que esperábamos ansiosos. Fuimos al Registro Civil y nos casamos un 17 de marzo de 1985. No quería firmar ningún papelito porque temía que me sucediera lo mismo que a mis hermanas mayores, que ya llevaban siete y ocho hijos y no descansaban. Les decían: “Una vez que sales de tu casa, ya no puedes regresar, te tienes que aguantar como te salga el marido, macho, borracho, mujeriego y celoso para variar”. Yo veía que mis hermanas sufrían mucho... un parto y al año el siguiente el otro; se la vivían siempre en el Seguro Social, estaban destinadas al servicio de la casa, de los hijos y del esposo. ¡Qué injusticia! ¡Ya basta de tantos mitos y mitotes que le atribuyen

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a las mujeres! Ellas no son hembras reproductoras de nadie, tampoco nadie puede adueñarse de nosotras, ni somos objeto sexual de nadie, para eso ya deben de estar a la venta vaginas artificiales como las que se utilizan para tomar muestras de semen a los machos sementales. ¡Ah! pero yo creía que había escogido un buen partido y que me había sacado la lotería cuando vivía con mi esposo en aquel entonces y que era el mejor matrimonio en mi familia; mi suegra me trataba bien, ocasionalmente se presentaban pequeños incidentes de celos y ella me decía: “No te preocupes, lo que no fue en tu año que no te haga daño”, algunas veces no los consideraba de importancia, decía: “Es porque nos queremos mucho”. ¡Cómo no! La mamá de mi esposo decía: “Mis hijos no se parecen en nada a su padre, él si fue un hijo de tal por cual... nada más venía cuando había nacido el hijo y me preguntaba ¿y ahora que te compraste?” Y como dicen: “candil de la calle y oscuridad en su casa”, pues sus hijos sólo veían cómo llevaba alimentos a la otra familia. La vida seguía y un mes antes de que cumpliera un año mi hijo bendito, viene el segundo parto: fue una bebé preciosa. Mi suegra me decía que como esos nietos, tuviéramos una docena. Yo le respondía que no quería tantos hijos. Cuando nuestros hijos ya tenían uno y dos años aproximadamente, yo intentaba trabajar, pero mi esposo no me dejaba, me daba un pretexto y otro, pero la respuesta siempre era no. A veces me salía a ayudarle a mi colega con alguna cirugía y mi madre me echaba la mano cuidando los niños, él llegaba con una carota y no me hablaba un buen rato. Así seguían los disgustos que día con día iban aumentando. En mí había una capa de humo que me impedía ver con claridad lo que estaba sucediendo. Seguía obedeciendo ciegamente, para llevar la fiesta en paz. Así crecieron mis hijos, las necesidades aumentaban e insistía en trabajar; al fin se decidió mi esposo e invertimos en unos negocios en Cuernavaca, Morelos. Ahora sí había que trabajar en la Clínica Veterinaria y él en su refaccionaria, aparte de su trabajo en la empresa Syntex. Una vez se acercó a la caja del dinero y me dijo: “Pinche Dora, te vas a hacer millonaria y me vas a dejar”.

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Le respondí: “Estás loco”. Cuando salió a trabajar con una plaza de maestro a Tuxpan, Veracruz, fue porque hubo un recorte de personal en la empresa; los problemas aumentaron, la desconfianza aumentó. Llegaba con mucha ansiedad como si algo se le perdiera, me decía: “Te soñé que te bajabas de un coche rojo, que andabas con mi mejor amigo”, etcétera. El ambiente se tornaba tenso, sufrir este malestar además de la crisis económica fue terrible. Los negocios se fueron abajo. Para mí fue difícil atender negocios, hijos, casa, escuela y esposo en decadencia emocional. De Cuernavaca a Veracruz y a Monterrey Un día decidimos irnos a vivir a Tuxpan. Partimos de cero nuevamente: llegamos muy temprano por la mañana, era un día lluvioso y con mucho aire. La gente decía que azotaba una tromba y como yo soy de ese rumbo, no me alarmé tanto. Nos hospedamos en un hotel del centro, descansamos un rato, les llevamos el desayuno a los niños y salimos a buscar una casa en renta. Nos discriminaban porque decían que éramos chilangos. No fue fácil conseguirla, cansados y tristes, al final del maratón una señora que vivía sola nos rentó una de sus casas. No revisamos y nos quedamos, hasta que llovió nos dimos cuenta de que la casa parecía coladera y había mucho ruido porque el techo era de lámina y de asbesto. Dormíamos en el piso, nos pasábamos cuidando a nuestros hijos, que estaban dormidos, de que no se mojaran y los traíamos de un lado para otro. Al día siguiente muy temprano salimos a comprar una estufa de mesa, una hielera, un molcajete y los alimentos para cocinar, tenía que empezar temprano para llevarlos a la escuela porque entraban a la una de la tarde. Volvimos a mudarnos y encontramos una casa un poco mejor, ahí duramos más tiempo, teníamos agua de pozo y de llave, pocas veces. Los problemas seguían y mi estado de salud se vio afectado, pues necesitaba una histerectomía, la cual en Cuernavaca se suspendió porque traía infección en la garganta. Esta cirugía se venía aplazando desde que nació mi último bebé, del cual, después de cuatro años deseándolo se logró la gestación, pero se adelantó el parto porque

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presenté preclampsia, tuve aumento de la presión arterial y un diagnóstico grave: de perder la vida el bebé o yo. Durante la cesárea, en 1990, el doctor me detectó un mioma pequeñito, me dijo que me atendiera y que con tratamiento a veces desaparece —en otras ocasiones crecen—, siempre tenía presente que seguiría con atención médica, pero depender de alguien económicamente no me daba derecho a decidir por mí y menos aún, cuando no teníamos solvencia económica. Como siempre, todo lo demás era primero que yo, el mioma seguía creciendo y yo vivía con ese pendiente dentro de mí. A principios de 1999 ya había dolor e incomodidad. Preocupada, acudí al ISSSTE en Tuxpan para darle seguimiento. Buscamos donadores de sangre porque nadie nos conocía y no había quién donara; mi esposo le habló a un maestro, le hicieron pruebas de sangre y estuvo presente por si se necesitaba, gracias a Dios no ocupé sangre. Cuando me llevaban en la camilla a mi cuarto escuché que decían: “Se nos andaba pasando”, después me subieron a la cama, mi esposo ya estaba presente y escuché que preguntaba: “Oiga, doctor, ¿por qué no despierta?”. Todo eso lo alcancé a escuchar levemente, y escuché cuando me preguntaron: “Señora Dora Alicia, ¿cómo se siente?”, a lo que respondí, “Bien”. Me sentía muy cansada y con los ojos pesados, dormí profundamente y me ví flotando en el techo, vestida con camisón largo y blanco, me parecía a Gasparín. De regreso a casa mi madre me esperaba ahí, siempre conté con su apoyo incondicional para quedarse con los niños y me ayudaba a cuidarme, más adelante me visitó mi hermana con su familia que vive en Comalcalco, Tabasco. Mi sobrino, el mayor de todos, me hablaba frecuentemente, invitándome para que fuera a Monterrey, donde él vivía con su familia. Yo le decía que una vez que me recuperara de la operación despegaría con ganas, porque mi sueño era volver a trabajar la Clínica Veterinaria y así fue, tan pronto mejoré. Nos fuimos a pasar unas vacaciones de verano a Monterrey, contando con su ayuda económica. Ya de regreso a Tuxpan, con los boletos comprados, mi sobrino nos planteó que nos quedáramos, estuvimos de acuerdo y se cancelaron los boletos. Nos fuimos a vivir en un municipio de Nuevo León que se llama

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Apodaca. A la fecha estoy aprendiendo de esta bonita ciudad que me recibió con los brazos abiertos, sigo aprendiendo de su gente emprendedora y entusiasta. Los tiempos cambian Llevamos ocho años de vivir aquí y hace un poco más de tres años las cosas fueron de mal en peor, lo que parecía no tener importancia se fue tornando enfermizo y no aguanté seguir ocultando mi desdicha de vivir encerrada en mi casa sin poder salir sola, siempre tenía que andar acompañada. Una noche que estábamos todos reunidos les dije que ya no podía seguir aguantando lo mismo de siempre, ahora eran más evidentes los disgustos, les compartí que me sentía muy mal por tantas acusaciones que cada vez se hacían más fuertes. Mi esposo ya venía utilizando e involucrando a mi hija. Ella llegó, corriendo y llorando se subió inmediatamente a su recámara, me preocupó y subí. Desesperadamente le pregunté qué le había ocurrido y me respondió, “No sé a quién creerle, mamá, porque mi papá acaba de decirme que andas con otro hombre”. Yo reventé en llanto y expresando qu no sabía qué le pasaba a su padre al hacerme esas acusaciones, y me empezó un dolor de cabeza como nunca, sentía que ya no podía moverla y mi corazón estaba destrozado al ver a mi hija cómo sufría. Después me dieron náuseas y un vómito muy fuerte por el dolor que sentía en el estómago. Por más esfuerzo que hacía no lograba arrojar alimento, puros ácidos biliares amargos. Busqué inmediatamente una pastilla para dolor y me tomé dos. Ese mismo día mi esposo se salió de la casa, se fue a vivir a la casa que tenemos por Infonavit. Pasaron aproximadamente dos años cuando mi hijo el mayor lo fue a visitar, lo descubrió con el celular y le dijo: “¿Quieres saber la verdad? sí estoy saliendo con una mujer”. Mi hijo muy enojado le contestó que eso era adulterio y muy molesto regresó a casa, me dijo que su papá se quería deslindar de nosotros y me platicó todo lo sucedido. Se inclinó sobre la mesa, estaba muy triste, le respondí que no se preocupara, que lo bueno era que yo ya estaba trabajando y, aunque no ganaba

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mucho dinero, poco a poco íbamos a salir adelante. Le pedí que continuara con sus estudios pues ya pronto terminaría la carrera; mencioné que su padre se perdería la alegría de estar con sus hijos. Hablamos del futuro, de que pronto terminaría sus estudios y apoyaríamos a su hermano, quien estaba empezando la Facultad. Pasaron pocos meses y en septiembre del 2007 le tocó a mi hija ver a su padre, con la señora, comprándole la despensa. Se impresionó mucho de verlo pagar mandado ajeno, despensa que no llevaba a nuestra casa, pues decía que nunca le alcanzaba y siempre prefería ir de compras él, porque decía que yo malgastaba el dinero. Me preocupaba mi hijo el más chico porque era quien más sufría la ausencia de su padre, no sabíamos cómo decirle, aunque en realidad ya lo sabía o lo intuía. Le contamos poco a poco lo que veníamos viviendo: nuestro cansancio de solicitarle ayuda y que nos la negara; la angustia de que mi sueldo alcanzara sólo para las necesidades básicas de comida, pasajes, servicios; los adeudos de predial que se iban acumulando; los problemas constantes como tener el servicio de agua reducido, la lavadora descompuesta y los cobradores llamando a cada rato, exigiendo el pago de las deudas de sus tarjetas vencidas... Si le hablábamos mis hijos o yo, se molestaba, decía que no tenía dinero, que trabajaba para mantenerse, que iba a ahorrar para su vejez, que no tenía tiempo, que estaba cansado, que se iba a dormir, etcétera. Llegó el momento en que dejamos de llamarle, no supimos más de él, y él tampoco se preocupó por llamar porque ya no estaba solo, se fue a vivir a casa de la mujer clandestina. Se lo reporté a su madre, quien se preocupó mucho y me dijo a manera de pregunta: “¿Qué, está loco el cabrón?”, respondí que no sabía. Lo único que me preocupaba era pensar que con sus actos afectaba a mis hijos. Le pedí que hablara con él para que nos brindara ayuda, pues corríamos el riesgo de que nos embargaran la casa. El fin de semana se apareció exaltado y acelerado, me dijo que su mamá se había puesto mal, respondiéndole mi hijo, que estaba presente, que nosotros no teníamos la culpa. Agregué que era el único responsable de lo que le pasara. A los pocos minutos se retiró, despidiéndose de mis hijos.

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Acudí a solicitar asesoría para un divorcio. Estamos en el proceso, asistiendo a las sesiones y recopilando la documentación. Después de la última sesión, a principios de marzo de 2008, empezó a llamarles a los muchachos, los invitaba a comer, les llevaba la cena, les comenzó a dar para los pasajes y se fue acercando cada vez más, y a fines del mismo mes habló con su hija. Estuvo llorando, le decía que se sentía muy mal, reconocía que la había regado, que lo ayudara para asistir con un psicólogo, quería ir a retiros, con el sacerdote, en fin, muy desesperado. Su hija estuvo platicando con él, le dijo que recordara que los había abandonado, que recordara su cruel comportamiento cuando lo buscaban y no respondía a sus llamadas o les colgaba; de lo mal que se comportó conmigo y de que me dejó muy lastimada y enojada. Un día me hablaron mis hijos al trabajo diciéndome que su papá había ido a la casa y quería quedarse con nosotros, que le hiciera ese favor, únicamente por 28 días; en eso se comunica él conmigo preguntando si le daba permiso, le dije que por el momento dejara sus cosas afuera. Al regresar del trabajo vi algunas bolsas, le pregunté qué había pasado y me respondió: “Tuve problemas”. Le respondí que no podía quedarse tanto tiempo, que sólo ocho días; al siguiente viernes se cumplió el plazo, por la noche partió a vivir solo en la otra casa que tenemos. A principios de abril me anduvo buscando pues quería platicar conmigo, me preguntó sobre las probabilidades de regresar conmigo y con mis hijos, a lo que contesté que eran escasas y muy difíciles. “No puedo regresarme, voy para adelante con mis hijos, he mejorado mucho, aunque por un momento pensé que no podía, pero lo estoy logrando” y seguí mi escribiendo mi “tejido”, en la computadora. Me comentó que está asistiendo a un grupo cristiano y le pidió a los muchachos que lo acompañaran, que se siente muy mal estando solo, pero que va asistir con el psicólogo que le recomendó su hija. Le mencionamos otros lugares donde lo pueden ayudar, que lo apoyaremos para que se atienda pero que cuando venga de visita, tendrá que hacerse de comer, y que no se le lavará la ropa pues: “La que tenías como sirvienta, ya no existe. La semana que te dimos permiso estuvimos muy incómodos, lamentablemente, ya no es lo mismo estos años que has estado fuera de la

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casa”. Con todo esta situación me he sentido con más confianza para salir a buscar ayuda y más relajada, aprovechando que nadie me lo impedirá. Este poema que a continuación presento lo encontré en uno de esos libros que leía, buscando urgentemente algo que me hiciera sentir bien, para ir sacudiendo esa “tierra” que me caía encima y me hundía. A Diosito le solicitaba que se hiciera presente en mi camino, que me instruyera, que era preciso sentir su guía. No creía lo que estaba viviendo. Le decía que tenía un compromiso con esos hijos que me dio. Ahora le doy gracias por la crisis superada y por tantas lágrimas que derramé, pues me han hecho ser como soy; descansé, gracias por darme la oportunidad de seguir aprendiendo y por pertenecer a una familia numerosa que tanto amo. Perdónenme, pero esta es mi historia. “No soy sacrilegio ni privilegio, puede que no sea ni competente ni excelente, pero estoy presente”. Mi felicidad soy yo, no tú. No solamente porque tú puedes ser temporal, sino también porque tú quieres que sea lo que no soy. No puedo ser feliz cuando cambio meramente para satisfacer tu egoísmo; ni me puedo sentir contenta cuando me criticas por no ver como tú. Me llamas rebelde, pero por cada vez que he rechazado tus creencias, te has revelado contra las mías. Yo no trato de moldear tu mente, sé que tratas con firmeza de ser sólo tú, y no puedo permitir que me digas lo que debo ser porque me concentro en ser yo. Dices que soy fácilmente olvidada, pero entonces, ¿por qué trataste de usar mi vida para probarte a ti mismo lo que eres? Michele

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Un paso más El año pasado en el mes de enero, iba cruzando la Macroplaza para inscribirme en el diplomado cuando de repente, di la media vuelta e intenté regresarme, no sé por qué me dio un poco de miedo; al mismo tiempo me di ánimo, caminé unos pasos más y me inscribí en el diplomado en el Instituto Estatal de las Mujeres de Nuevo León. Acudí con Lety, quien me recibió con una sonrisa y esa paciencia suya que me brindó confianza de seguir. Le comentaba que se me hacía difícil con los pasajes, porque aún no tenía trabajo, me dijo: “Vas a ver, de mí te vas acordar”. Esas palabras me dieron aliento, me retiré muy entusiasmada. Hoy estoy a punto de terminar. Agradezco a Dios y a la vida por permitirme dar un paso más. Agradezco a la licenciada María Elena Chapa, Presidenta Ejecutiva de este Instituto, y a todo su equipo de trabajo, por brindarme este espacio que cubrió en mí un vacío, una necesidad de ser escuchada. Agradezco a la licenciada Patricia Basave por impartirme tan valioso curso, en cuyas dinámicas aprendí a revalorarme, a renovar mi propia identidad y a volver a confiar en mí y en mis compañeras que, sin importar su estatus, siempre nos vemos como una familia. Estoy hecha de un pedacito de cada una de ellas. Todas somos el universo. Aprendí a quitarme esas telarañas del pensamiento; estoy segura de que sí puedo cambiar mi futuro; que puedo ver con otra perspectiva cuando pensaba que de los 50 años en adelante ya no podía hacer más, aunque fuera profesionista. ¡Lo logré! después de cuatro meses de haber ingresado al diplomado, conseguí lo que andaba buscando, empleo en el ramo veterinario, ¡prueba superada! Claro que los problemas de separación y trámites de divorcio me han venido afectado un poco, de repente me desconcentro o tiendo a ser olvidadiza pero, a pesar de todo, vivo, existo satisfecha, rodeada de mis hijos y disfrutando de sus proyectos; aunque a veces no falta un pelo en la sopa, como dice mi madre, de cualquier manera disfruto cada momento, cada oportunidad de vida. Agradezco al Instituto Municipal de la Mujer de San Nicolás donde me

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recibieron por primera vez, hecha toda “un mar de lágrimas”. Ahí me apoyaron con el primer empleo, me ayudaron a recuperarme emocionalmente y me invitaron a la presentación de libros en el Instituto Estatal, donde me enteré de este diplomado Tejedoras de historias. Reitero que ha sido para mí de mucha importancia para el mejoramiento y desarrollo de mi persona, y ha alentado la esperanza de lograr una autorrealización plena. Hoy, sin importar la edad, sin importar que algún día me desplome, golpeándome el pecho como le sucede a los albatros aun siendo perfectos instrumentos de vuelo, seguiré volando con toda confianza a donde yo quiera, primero Dios. “El hombre se eleva sobre la tierra con dos alas; con la sencillez y con la pureza. La sencillez debe estar en la intención y la pureza en el efecto”. Thomas de Kempis.

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Florecer, crecer, volar
Entrevistas a Patricia Basave, Coordinadora del Diplomado Tejedoras de historias y a las participantes/autoras de este volumen *

Por Reyna Ramírez Vázquez

TEJEDORAS DE HISTORIAS TOMO II

Florecer, crecer, volar
Entrevistas a Patricia Basave, Coordinadora del Diplomado Tejedoras de historias y a las participantes/autoras de este volumen*

Por Reyna Ramírez Vázquez

Maestra Patricia Basave, este es el segundo diplomado de Tejedoras que usted coordina, ¿qué experiencias le deja? Estoy muy satisfecha, lo comentaba ahora con las señoras, de los resultados obtenidos. En realidad trabajé más o menos las mismas cosas que con el diplomado anterior, pero cada uno de los grupos tiene su propia dinámica, sus propias experiencias y ambas fueron muy enriquecedoras. Hubo un proceso muy interesante en el que pude ir acompañando a cada una en su propia conformación y realmente cada una iba contando su experiencia, los resultados son muy buenos. ¿Encuentra diferencias con el primer diplomado? Yo creo que, como todo proyecto, va mejorando, se va enriqueciendo y aunque mantuve el mismo programa, hay diferencias. Mi propio proceso va cambiando, vamos mejorando técnicas, mejorando algunas cuestiones y eso también se va notando y cada una de las participantes va aportando lo propio. Del primer diplomado al segundo, se duplicó la cantidad de personas; es interesante porque es un proceso bastante largo, de 15 meses (este diplomado se realizó de enero de 2007 a mayo de 2008), que requiere compromiso y continuidad; no es fácil que perseveren hasta el final por diferentes circunstancias personales, por complicaciones, pero es un gusto que hayan entrado más mujeres y hayan completado el proceso.

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¿Cuál es el contenido de este segundo diplomado? En este segundo diplomado Tejedoras de historias prácticamente fue el mismo programa, lo interesante es que cada grupo lleva su propio proceso y yo respeto mucho la dinámica interna del grupo; de alguna manera las voy acompañando a ellas en su proceso de auto descubrimiento y en este taller algo importante es intentar llevarlas a hacerse responsables de sus propias vidas, a tocar sus propios recursos personales. Muchas de ellas llegaban con la autoestima muy baja, muy devaluada, algunas de ellas victimizadas, viviendo procesos personales muy difíciles, algunas llegaron en etapas muy trabajosas, sin embargo, se vivió el proceso de irse recuperando, de ir re-significando su historia, aceptando las cosas... como les dije muchas veces en el taller: “No va a cambiar tu pasado, tu pasado va a ser como fue, pero lo que va a cambiar, y mucho, es como ahora lo miras, vas a verlo de otra manera, eso cambia las cosas”, y eso fue lo que, poco a poco, fueron logrando. Muchas fueron diciendo eso, como que se iban sintiendo más ligeras, más tranquilas, más plenas, lo que iban reportando eran desatores... fue un proceso muy interesante irlas siguiendo una a una. ¿El proceso que siguieron en este diplomado, fue primero oral y posteriormente escrito? Hicimos una serie de dinámicas individuales y grupales, el trabajo fue ir escribiendo gradualmente y se guardaron todos los ejercicios para después armar, como quien dice, un rompecabezas con todo lo recobrado durante la estancia en el grupo, durante todo el trayecto. Cada quien armó al final su historia. Las últimas etapas consistían en ir leyéndolas frente al grupo, para la retroalimentación y para que ellas mismas fueran ajustando los toques finales de su historia. Al final fue leer lo escrito, pero hubo muchas dinámicas grupales e individuales, clases teóricas, muchas cosas que manejamos en el trayecto.

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Muchas de ellas no se dedican a la escritura, supongo que representó un doble reto... Sí, definitivamente para muchas de ellas la página en blanco fue un proceso muy difícil de afrontar, decían que escribían y no les gustaba y rompían lo que escribían, pero poco a poco se fueron soltando, de hecho, algunas se vieron realmente muy fluidas para escribir, lo que hubo que hacer incluso fue cortar después, podar todo lo que habían escrito. Algunas sí se vieron un poquito con más dificultad, de hecho fue bonito ver que también se apoyaron unas a otras; gente que tiene más capacidad para escribir le ayudó a otra a redactar sus ideas. En general todo mundo fue logrando sacar su escrito, porque además la metodología de este curso fue precisamente basada en la escritura, que nos permite un nuevo registro, porque escribir abre un registro nuevo en el inconsciente, se recuperan otras memorias, se abren otros procesos y por eso era muy importante la escritura, porque nos permite releernos, reinterpretarnos, cambiar el texto. Y es enfrentarse a sus propios fantasmas. ¿Es como una especie de “exorcismo”? Un poco es eso, ellas decían que las hacía “parir chayotes con espinas”, o sea, hubo procesos dolorosos, hubo ratos de muchas lágrimas en el grupo, porque en efecto, enfrentarnos a nuestros fantasmas y a cosas duras y muy difíciles de nuestra historia no es sencillo. Fueron muy valientes, la verdad, estas mujeres, pero al final de cuentas era para estar mejor, para desembarazarse de cosas que han venido cargando en el inconsciente, que no manejaban. Y en realidad eso se ve hasta físicamente, se ven más contentas, más ligeras... mejores, definitivamente. ¿Se logra un documento homogéneo? En realidad, cada historia se acepta tal y como la escribió cada mujer, lo único que se hace, como parte del proceso de edición, son ligeros cambios de puntuación, ortografía, sintaxis si acaso hay alguna confusión, pero es muy

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respetuoso el trabajo de edición para dejar, a cada mujer, con su propio estilo de escritura, con su propia forma de estructurar su historia. Algunas hicieron un relato cronológico desde su infancia, muy rápido, porque había un límite de páginas; otras se centraron en un episodio clave de su vida e hicieron menos mención al pasado. Se dejó esa libertad para que cada quien contara su historia como quisiera.

Gracias, maestra Basave. Ahora pasemos a las autoras de las historias. Iniciamos con Candelaria Rodríguez Osoria, ama de casa y estilista. Candy, ¿quiere compartirnos su opinión acerca del diplomado? Para mí fue una oportunidad bien bonita la que nos dieron a personas como yo y que hemos aprovechado al máximo. Ha sido para mí una experiencia muy importante en mi vida. ¿Qué le deja este proceso?, ¿Cómo es la Candy que sale de este diplomado? Pues me dejó muchas cosas buenas: el encontrarme conmigo misma, el ser yo misma, el poder opinar como una mujer que soy, una mujer valiosa. Me da mucho gusto que me hayan invitado a este diplomado, le doy gracias a Dios por esta oportunidad. Y usted, Emilia Berroterán Carlos, ¿qué encontró en este proceso? Me parece que es una muy buena opción que tenemos las mujeres de aprender; sabemos que todas tenemos problemas, no importa el nivel económico, ni el cultural, ni el poblacional, o sea, todas las mujeres tenemos problemas, pero tenemos la posibilidad de solucionarnos, sólo hay que atrevernos. Todo tiene un costo en esta vida: tener algo, el estar bien, el tener una buena relación, todo tiene un costo y hay que atrevernos a pagarlo. El ser libres —lo más importante es tener libre el espíritu, el alma—, eso nadie nos lo quita; el ser

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libre no es estar en la calle, no es dejar de cumplir nuestras responsabilidades como familia, es estar bien con nosotras mismas. ¿Cómo sale Emilia después de compartir esta experiencia con el grupo? Me dejó la experiencia de que una debe atreverse, decir lo que quiere, lo que piensa, lo que necesita; si una no dice lo que necesita, ¿cómo lo van a saber o a decir también las otras gentes? Hay que atrevernos a decir: “A mí me gusta hacer esto, a mí me disgusta hacer lo otro”, no va a pasar nada por decirlo, simplemente pues vamos a tener que negociar más para estar a gusto. Salgo muy satisfecha del diplomado. Es el turno de Estrella Romero Cárdenas, cuéntenos, ¿qué fue para usted este diplomado? Pues me dejó un cúmulo de experiencias vividas con todas mis compañeras. La maestra fue excepcional con nosotras, a través de esta experiencia reviví mi infancia, mi juventud y mi adultez de una manera muy especial, me parece excelente la oportunidad que nos dio el Instituto de estar aquí, para mí fue algo muy hermoso. ¿Cómo se va de este grupo, Estrella? ¡Huuyyy! Estrella sale siendo otra mujer, feliz, contenta, conociéndose a sí misma, con muchas inquietudes —porque todavía traigo muchas inquietudes— pero muy transformada, diferente, completamente diferente, me siento nueva y con otra conciencia de ser mujer. Y en su caso, Eva Villaverde Ramírez, ¿aprendió algo significativo para usted? El diplomado fue una experiencia muy positiva, aprendí a conocerme más, aprendí a quererme más, a elevar mucho mi autoestima, siento que fue una experiencia muy productiva para mí.

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¿Cómo sale Evita de este diplomado, en qué la cambió? Salgo con múltiples ganas de seguir adelante, con mucha fuerza de voluntad, como le decía, con mi autoestima mucho muy elevada, siento que puedo iniciar y seguir haciendo muchísimas cosas, Mi horizonte se abre tanto, pero de una manera tan intensa y tan inmensa, que yo creo que puedo hacer lo que yo quiera en este momento, gracias a este diplomado. María Aurora Garza Reyna, ¿cómo ve esta actividad que compartió con sus compañeras? Es una gran oportunidad para todas, me gustaría que tuviera mucha difusión para que muchas otras mujeres puedan aprovecharla. ¿Qué le dejó participar en este grupo de Tejedoras? Aprendí muchas cosas, pero la más importante, que ya he mencionado en varias ocasiones, es a no juzgar a mi prójimo. A veces nos concretamos a juzgar sin conocer realmente las razones que tiene nuestro prójimo en su manera de actuar, ése fue mi mayor aprendizaje que tuve en este diplomado. ¿Sale satisfecha? Salgo muy satisfecha, muy segura, muy contenta, la verdad agradezco muchísimo esta oportunidad. María Cristina Girodengo, a usted, ¿qué es lo que le pareció más interesante? Me pareció una experiencia muy especial, sobre todo porque fue algo nuevo donde hubo cosas que me hicieron crecer como persona. Además de que me sirvió mucho para mi crecimiento, agradezco la oportunidad de conocer a mis compañeras, que son muy valiosas, de las que aprendí mucho y tuvimos una convivencia muy bonita. Lo principal es que tuvimos un gran reto, escribir

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una historia que me hizo recorrer mi vida y fue algo que considero nuevo para mí. ¿Qué le gustaría añadir? Salgo muy satisfecha y muy agradecida con la licenciada Paty Basave por su tiempo y su dedicación, y con el instituto Estatal de las Mujeres por esta oportunidad. Martha Patricia González Valero, usted trabaja en el Instituto Municipal de las Mujeres de Benito Juárez, N.L. ¿Le servirá para sus actividades este proceso por el que pasó en Tejedoras? Realmente me parece una oportunidad maravillosa, siento que aprendí muchas cosas. La verdad, nunca había tomado un diplomado de este tipo y me gustó muchísimo. Siento que crecí en lo personal; en lo interior crecí mucho, las dinámicas que nos aplicaron te llevan hasta el interior y sacas muchas cosas que creías olvidadas; realmente creo que vale la pena compartirlo. ¿Cómo se percibe ahora que termina el diplomado? Me siento más fuerte, con más seguridad, perdí muchos miedos que tenía, siento que entiendo mejor las relaciones interpersonales, hay más comunicación en mi familia, mejor entendimiento y me siento muy bien, muy satisfecha. María del Rosario Páez Charles, ¿cómo describiría este tiempo empleado en Tejedoras? Este diplomado para mí fue una experiencia increíble. Fue un proceso difícil, a veces doloroso, otras veces divertido y alegre; experimenté varios sentimientos al ir recordando las diferentes etapas de mi vida, pero son procesos que van sanando, se van cerrando heridas, se van rompiendo ataduras con el pasado y he aprendido mucho de este diplomado.

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¿Qué fortalezas siente que adquirió en todos estos meses de trabajo? Bueno, para mí fue muy benéfico haber asistido a este diplomado porque ahora me siento una mujer más fuerte, más emprendedora, más libre, capaz de enfrentar retos, con ganas de seguir creciendo, de seguir capacitándome y compartir estas vivencias y este cambio con mis seres queridos. Quiero dar un especial agradecimiento a la licenciada María Elena Chapa, que preside este Instituto, porque nos ha dado la oportunidad a muchas mujeres de participar en este diplomado y mejorar nuestras vidas; a la licenciada Paty Basave, porque es una excelente capacitadora, una guía y amiga que nos ha llevado de la mano en este difícil proceso con mucha paciencia. Mi admiración y respeto para ellas. Ahora le toca a Marilú Lomas Villarreal expresar su opinión. Para mí fue una oportunidad muy especial; cada semana que se impartió el diplomado hubo cambios, notaba cambios pequeños en mi manera de ser, de sentir, de pensar, de actuar, de convivir y de vivir, porque pienso que cada momento de la vida hay que disfrutarlo: si estás triste debes de sentir esa tristeza, si estás alegre debes disfrutar la alegría, si estás cansada debes relajarte, leer un libro, oír música, etcétera. ¿Cómo sale Marilú de este diplomado, cuál es su ánimo? Diferente, ya todo es distinto, sigo dándole gracias a Dios por la oportunidad tan excelente que me brindó; a Paty Basave, que contribuyó bastante a este proceso, a este suceso, gracias a María Elena Chapa y al Instituto Estatal de las Mujeres, ¡gracias por hacerme diferente! Minerva Torres Yamaguchi, las mismas preguntas: ¿cómo se sintió y qué cambió para usted? Bueno, el diplomado me pareció algo excelente, cambié yo como mujer, se me

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abrió un camino para mis decisiones, para ser yo misma y elevar mi autoestima en todo; a decir que no a las cosas que no quiero, que no me gustan. Pues a amarme a mí misma, a dar más amor a mis hijos, a sentirme libre, sin miedo, sin temor a ser yo misma en todas mis decisiones, porque yo antes no podía tomar decisiones. Este diplomado me transformó por dentro y por fuera, en todo: como persona, como mujer, como ser humano. Le doy las gracias a la licenciada Leticia Hernández quien fue la que me invitó, por supuesto a la licenciada María Elena Chapa quien dirige este Instituto, y a la licenciada Patricia Basave que fue excelente. Yo quisiera que siguieran dando este tipo de diplomados porque me superé, me transformé por dentro y por fuera en todos los sentidos. Sigue Sandra Edith Tirado Ventura, ¿le pareció que el diplomado cumplió con sus expectativas? Claro que sí, fue muy constructivo, me gustó mucho, hubo muchos cambios en mi persona. No cambió nadie más: cambié yo y ahora veo diferente la vida. ¿Qué beneficio se lleva Sandra de este diplomado? Me deja más potencial, creer más en mi potencial, saber que puedo lograr muchas cosas y ser muy realista, ver lo que puedo hacer. ¿Satisfecha? Muy satisfecha y muy agradecida con María Elena Chapa y Paty Basave por esta oportunidad. Ahora, Vicky Ponce Castañeda, activista, abuela y empresaria. Para ti, ¿qué ha sido este diplomado? El mejor que he tomado. Me deja muchas enseñanzas y muchas herramientas

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para todo: para la vida, para el activismo, para mi familia. Me voy muy fortalecida y con herramientas para enfrentar los cambios que necesito hacer con respecto a mí y en mi persona, en todo lo que se pueda. ¿Te dejó satisfecha? Muy satisfecha, me quedo con el hecho de que ahora, con lo aprendido, puedo enfrentar mis miedos principalmente y de alguna manera, derrotarlos. Gloria Diamantina Caballero Chávez, nos gustaría conocer tus reflexiones luego de tantos meses de trabajo al lado de las otras Tejedoras. Fue maravilloso. Es una oportunidad para la mujer, muy grande, de ver que existen nuevas puertas, ¿cómo te puedo explicar?, es un estilo de vida diferente al que estamos acostumbradas a llevar, al que la sociedad nos ha acostumbrado a llevar y que nos ha limitado de alguna manera. La licenciada Paty abrió una puerta muy amplia para las mujeres, para ver que existe otra vida, que existen oportunidades. ¿Qué aportes se lleva Gloria? Muchas cosas: enseñanzas como el aprendizaje de nuevos recursos, un estilo de vida nuevo completamente. Ahora sí puedo decir que valió la pena vivir, que valió la pena pasar por todo lo que pasé, que nunca es tarde, que siempre hay alguien que te brinda la mano y te dice: “ ¡Órale, por aquí va!”, y que no importa lo negra que haya sido tu vida, alguien te prende la luz. ¿Sale contenta? Contenta y satisfecha, llena de energía y con ganas de abrirle la puerta a otras mujeres. ¿Compartirá lo aprendido, con otras mujeres?

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¡Claro, por supuesto que sí! Amparo García Villarreal, díganos ¿qué representó para usted ser parte de este grupo? Algo fantástico, porque tuve la oportunidad de conocer a muchas amigas ¡que ni idea tenía!, y vino a enriquecerme en muchos conceptos de mi vida, de la vida en general. Soy mamá, soy esposa, soy suegra, soy abuela, tía abuela y ¡sí!, ha sido algo para mí muy enriquecedor. ¿Cambió algo en usted, en su visión de la vida? Un enorme aprendizaje de los conceptos que yo tengo de la vida; sobre todo, amplié más mi concepto, en muchos aspectos, de la vida que llevo y desde luego, el gusto enorme de haber conocido a la licenciada Basave, que es una linda persona, mucho muy intelectual, y a todas las compañeras con las que también tengo amistad. ¿Queda satisfecha con lo aprendido? Claro que sí y muy agradecida con el Instituto porque lo único que nos han pedido es la asistencia, y porque el cafecito nunca faltó. Y a usted, Constancia Briones Salas, ¿qué le pareció el diplomado? ¡Fantástico, fantástico!, estuvo muy bueno, ha mejorado mucho mi vida desde que lo tomé. ¿En qué sentido ha mejorado? Pues en mi casa todo marcha mejor, ya no tengo los miedos que tenía, me sentía como si estuviera en un pozo profundo y muy apenas alcanzara a ver una luz, y ahora me siento completamente en la luz.

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¿Qué le dejó el diplomado? Mucho aprendizaje para llevar mejor mi hogar, mi vida, mi familia. Estuve muy contenta, esperaba cada jueves para estar aquí. ¿Ha compartido esto con algunas otras mujeres, de su familia o amistades? Sí, de mi familia y fuera de mi familia, porque a mí todo esto me pareció precioso, fantástico. Muchas gracias a la señora María Elena por permitirnos estar aquí. María Candelaria Rodríguez Hernández, usted es coordinadora de un grupo de personas de la tercera edad, ¿le pareció útil el diplomado? Para mí ha sido algo fabuloso porque me hizo volver a vivir, me hizo ser un poco más positiva y agarrar nuevamente el camino y tener por qué vivir, pues yo ya no me sentía con ánimos de nada. Les doy las gracias a María Elena Chapa, a mi maestra Paty y a todo el equipo que nos han ayudado bastante. Ahora ya ni recuerdo que me va a pasar algo malo, ahora me levanto de muy buen modo; creo que cambiando nosotras podemos cambiar a la demás gente, al mundo. Yo me siento más positiva, con ganas de seguir adelante, de seguir viviendo, de seguir ayudando a la comunidad. ¿Comparte usted estos aprendizajes con otras mujeres? Sí, en mi otro grupo tenemos pláticas que les doy, desde hace uno o dos meses, a mamás que tienen chiquitos, para que no los traigan en la calle, para que sepan hasta dónde pueden llegar si ellos no tienen buenos principios, porque hay que tener unas buenas bases y pensar que si se les cayó la casa, así se les caerán los hijos. ¿Algo más que desee agregar?

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Quiero agradecer a María Elena Chapa, que Dios la bendiga y siga adelante y a nuestra maestra, para que siga ayudando a nuevas compañeras. Enseguida le pedimos a Dora Alicia Pérez Enríquez que nos cuente: ¿Qué le pareció este diplomado que recién concluyó? Fue un éxito y un logro, de verdad. Yo andaba buscando precisamente algo que me llenara porque venía con algunos problemas familiares; buscaba este espacio, precisamente, ¡y lo encontré! sí, logré algunas, digamos, renovaciones en mi vida personal y también un mejor manejo de la situación que voy viviendo, mi relación con mis hijos ha mejorado mucho. ¿Cambió su forma de ver la vida y su entorno? Sí, básicamente, cambió en mucho porque veo las cosas desde otro punto de vista y me ha servido para continuar la vida, para que mis hijos también vean que las cosas van cambiando y que obviamente tenemos que seguir preparándonos para el presente y para el futuro. Me llevo una gran experiencia, me llevo conocimientos actualizados, impartidos por la licenciada Paty Basave. Además, este curso fue muy enriquecedor para mí, fue renovante, muchísimo. Me llevo también las experiencias de mis compañeras, porque de cada una de ellas, digamos en la parte que hemos convivido, yo he encajado en algunas partecitas. Me llevo muchísimo de ellas y de aquí, del Instituto, realmente nos ha servido demasiado, es de mucha importancia que contemos con un Instituto como éste. ¿Algo que desee agregar? Agradecer al Instituto, a María Elena Chapa, a nuestra maestra Paty Basave y a todo el equipo que contribuyó, de una u otra forma, para que pudiéramos llevar a cabo este diplomado que fue de mucha importancia y además, muy reconfortante.

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¿Y sus impresiones, Elsa Guadalupe Ayala? Me pareció maravilloso porque nos ayudó, a algunas, a liberar cosas que teníamos reprimidas, y a otras, a pulir lo que nos faltaba para poder complementarnos. A mí me ayudó a superar unos problemas que me limitaban un poquito, creo que me sirvió bastante, me gustó mucho. Se me hace una labor muy loable que se interesen por los problemas que tenemos las mujeres, por ayudarnos a superarlos. En realidad se me hace un proyecto maravilloso al que creo que todas, al menos las de mi grupo, le sacamos bastante provecho y lo disfrutamos muchísimo. ¿Cómo se va, Elsa, al concluir estas actividades? Me voy muy contenta, me llevo grandes amistades, grandes ejemplos de entre todas las personas que estuvimos en el grupo; hay quienes han batallado y han vivido situaciones más complejas y más difíciles, sin embargo, han salido adelante y creo que son ejemplos dignos de seguir. Me llevo muy buenos recuerdos, muy buenas enseñanzas en general. Se me hizo magnífico, no creí que pudiera terminarlo porque fue año y medio, al principio pensé que no lo terminaría y aquí estamos, al final, muy contentas. ¿Algo más que desee agregar? Gracias al Instituto, me da gusto que haya gente como ustedes que se preocupen por las mujeres, me dan gusto los proyectos del Instituto, a la licenciada María Elena, verdaderamente la admiro por su labor y por pensar en ayudarnos, porque como que no hay muchos lugares a dónde recurrir para hacer ciertas cosas y ¡qué bueno que nos pongan este instrumento para lograrlo! Muy satisfactoria la actitud y todo el desarrollo de Paty, la considero una ejemplar mujer, la admiro mucho por su trayectoria y por su empeño de sacarnos adelante y ayudarnos, ¡ojalá y siguiera este proyecto, porque en realidad hace mucha falta!, nosotras somos una pequeñísima parte de las mujeres de Nuevo

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León que necesitamos este apoyo. Ojalá se pudiera dar más cursos como éste u otro tipo de apoyos. Evangelina Zapata Narváez, pastora y ministra de culto, fundadora de la Asociación Civil “Servicio Social Comunitario Casa Samuel”, ¿Le pareció bien este diplomado? Muy enriquecedor, sería la palabra para mí, muy enriquecedor. No voy a volver a ser igual después de este tiempo. Quince meses reunidas cada jueves, definitivamente es una gran enseñanza. Estuve por mucho tiempo envuelta solamente en situaciones de fe, pero ahora al entrar en la parte humana de las relaciones, ha sido un crecimiento para mí muy grande, que he podido también transmitirlo a otras personas con las cuales trabajo. ¿Qué se lleva como representativo de este grupo de Tejedoras? ¿Qué me llevo?, como lo decía antes, un enriquecimiento dentro de mí, me llevo el saber perdonar, me llevo la misión de ir hacia otras mujeres a decirles que valemos, que somos realmente seres hechos con una gran sensibilidad y con emociones que nos pueden llevar a un mayor esplendor en nuestras vidas. Vamos a seguir adelante en esto y un saludo para todas ustedes. María Hilaria Rocha Ortiz, en su labor en los voluntariados ¿compartirá lo aprendido en este diplomado? ¡Cómo no! Me pareció muy bonito, nos deja mucha satisfacción y mucha enseñanza a pesar de que yo ya tengo mi edad, pero si volteo atrás y veo todo, esto me da satisfacción ver muchas cosas que todavía puede uno solucionarlas, y las buenas, claro, compartirlas. Me llevo una satisfacción muy bonita y muy grande que también puedo poner en mi vida y volcarla hacia los demás; ser ejemplo de otras personas que vienen detrás de nosotras, sobre todo para las mujeres. Me voy muy contenta y muy renovada, me siento otra, ¡me siento libre!

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¿Ha tenido la oportunidad de compartir esto con otras mujeres? Sí, sí he tenido oportunidad. Dentro del DIF yo estoy con las de la tercera edad, les damos pláticas y todavía nos sirven, a pesar de nuestros años, para seguir adelante y ser una experiencia para los demás. Me voy muy contenta y le doy las gracias al Instituto Estatal de las Mujeres por haberme invitado a este diplomado, que para mí ha sido maravilloso. A la licenciada Patricia, a Lety y a las demás compañeras que estuvieron conmigo quiero decirles que son personas muy valiosas y que ha sido un gran privilegio haber estado con ellas y haber participado en este diplomado. María Ayala Treviño, ¿qué nos puede decir de su estancia en Tejedoras? El diplomado para mí fue algo importante, muy interesante en mi vida, pues yo pasaba por una situación bastante difícil. Creo que fue una puerta que se abrió y el hecho de ir en retrospectiva, cuando vi mi vida en el pasado fue muy duro, muy doloroso, pero creo que el diplomado cumplió con el objetivo de haber hecho que yo limpiara todos esos senderos que estaban muy mal. ¿Se lleva una buena impresión de lo visto en el diplomado? Me llevo muchos cariños, me llevo una experiencia hermosa, ¡maravillosa!, me llevo una esperanza. El hecho de que yo escriba me brinda esa experiencia para plasmarla, y que no se quede ahí, a mitad lo que yo pretendo llevar a cabo. Más que todo, una experiencia hermosa, muy bonita, que sobre todo agradezco a mis hermanas, como yo llamo a las del grupo de los jueves; en el inter del diplomado hice la presentación de mi primer libro, para mí fue algo maravilloso haber estado en el diplomado, pues me llevó a perder ese temor que a veces nos envuelve y me dio mucha seguridad. Para mí fue hermoso, les estaré eternamente agradecida por esto y ojalá siga el diplomado, porque es muy importante para muchas mujeres, así como lo fue para nosotras.

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Magali Elizalde Villarreal, repostera y fundadora de un comedor de obra social, ¿qué piensa de este diplomado? Pues fue bastante completo, muy enriquecedor; para mí fue algo que me ayudó muchísimo a interiorizarme más, a poder comprender mejor y a superar muchas cosas que estaban ahí pero muy guardadas. ¿Descubrió cosas nuevas? Muchas cosas, pero como le digo, estaban guardaditas ahí... pero ya empezando a escarbarle, a ver más, empiezas a sacarlas. Necesitamos sacarlas para superarlas, pero que si no lo hacemos, ahí permanecen y nos siguen haciendo daño, nos siguen lastimando. Magali, ¿qué le aportó este proceso de desarrollo personal? Me llevo mucha riqueza, mucho crecimiento; siento que he crecido bastante, siento que he aprendido a valorarme más, a ver un poquito más para mí, para tratar de ayudar a más personas. ¿Le gustaría compartir estas experiencias con otras mujeres? Sí, de hecho, las he compartido con muchísimas más, como te digo, tengo un comedor de obra social y tenemos acceso a muchas personas. Esto me ha permitido ayudarlas también a ellas y ésa es mi intención: superarme para seguir ayudando a otras personas. ¿Algo que desee agregar? Pues nada más agradecer por este diplomado porque, definitivamente, siento que es algo que se necesita, hacer más centros y cursos así para las mujeres. Si necesitamos un factor de cambio en la sociedad, pienso que debe ser desde las mujeres, somos las que criamos a los hijos, las que educamos a los hombres y

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si queremos que la sociedad cambie, que haya hombres más responsables que valoren más a la mujer, pues tiene que ser desde nosotras mismas. Micaela Rosales Flores, maestra y licenciada en Educación Primaria, ¿qué le ha parecido esta herramienta de crecimiento personal? Excelente, me dio actualización para poder ayudar a otras personas. ¿Le dio aprendizajes de otra índole? Sí, me abrió el panorama. ¿Qué se lleva, además de amistades? Recursos para ayudar a otras personas. De hecho, me ayudé primero yo y ahora ya puedo ayudar a otras personas, como cuando llenas un vaso y se derrama para que puedas compartirlo. Yo lo he hecho con señoras de San Gilberto, de La Alianza, con otras personas que no tuvieron oportunidad de estudiar en una escuela formal y yo trato de compartir con ellas lo único que sé. ¿Algo que desee agregar? Pues un agradecimiento porque así como con este curso, a pesar de que tengas determinada instrucción, siempre es muy importante estarse actualizando y este diplomado nos dio los recursos necesarios para hacerlo. Mis agradecimientos al Gobernador y a la licenciada Chapa, así como a la licenciada Basave, a Lety Hernández, que fueron las que estuvieron al pendiente de nosotras; y también porque el gobierno se esforzó, porque no sobran recursos y se esforzó porque llegara a nosotros este tipo de ayuda, va a ser una ayuda mutua, ya que nosotras podemos compartirla con otras personas. Finalmente, queremos conocer lo que opina Sanjuana García Arellanes, ¿Nos quiere comentar qué le motivó a culminar este diplomado?

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Pues que fue maravilloso por la oportunidad que se nos dio, estoy muy contenta por haberlo terminado, ya que fuimos muchas las que iniciamos y muchas las que estamos concluyéndolo, también. Nos da la oportunidad de conocernos, de valorarnos sobre todo como personas, afianzarnos y querer seguir en este camino del auto conocimiento y así brindarnos también a nuestras familias pues, como dice Paty, trabajar con una mujer es trabajar con una comunidad, ya que tenemos descendencia y todo lo que aprendimos lo podemos enseñar a nuestros seres queridos y a quienes están alrededor. ¿Ya compartió esta experiencia con otras mujeres, con familiares, amigas? Sí, aunque a veces no es algo que tengas que ir diciendo, sino que lo notan en tu persona, en la seguridad que vas teniendo, entonces se acercan y preguntan qué pasó. A qué se debe ese gran cambio. Más que nada es eso, el gusto de tener el conocimiento y ver los problemas de otra manera: y a no asustarte, o a lo mejor, enfrentar el miedo para poder sobrellevar tus problemas. ¿Cómo han sido esos cambios, se siente distinta? Soy la misma Juany... te iba a decir que otra, y no, es la misma Juany, pero con mucho crecimiento interior. Estoy muy agradecida porque, en lo personal, tuve una situación de maltrato familiar en mi casa y ha sido mucho el daño tanto para mí como para mis hijos, entonces, el reencontrarme, el reacomodarme psicológicamente, mentalmente, emocionalmente, ha sido muy bueno. Reconstruirme y reconstruir a mi familia no ha sido fácil, todavía no se logra todo lo que quisiera, pero es un camino en el que he avanzado bastante. Quiero agradecerles porque esta oportunidad somos pocas las que la aprovechamos, pero es algo invaluable de verdad, entonces, el que haya estado a mi alcance es para estar agradecida completamente.

*Entrevistas realizadas los días 6 y 8 de mayo de 2008.

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Coordinación editorial y edición Guadalupe Elósegui M. Coordinadora de Comunicación y Difusión Realización de entrevistas, corrección y coedición Reyna Ramírez Vázquez Apoyo audiovisual Luis Alberto Hernández Diseño y formación Margarita Flores Agradecemos el apoyo de la Dirección de Publicaciones de la UANL y del Fondo Editorial Nuevo León, por permitirnos el acceso a su material gráfico del Catálogo Sylvia Ordóñez, Nuestro Arte, Colección 75 Aniversario. (Fotografía de la obra: Camilo Garza). En portada: Sylvia Ordóñez, Tápame con tu rebozo, 2006, óleo sobre lino, 140 x 170 cm

Sylvia Ordóñez Destacada pintora regiomontana contemporánea, nacida en 1956 e hija del también pintor Efrén Ordóñez. Inició su trayectoria en la pintura de manera autodidacta. Estudió en Arte, A.C. la carrera de Diseño de Interiores y posteriormente grabado en la Escuela de Artes y Oficios de Barcelona, España. Ha participado en más de treinta exposiciones colectivas en México y en el extranjero en Bogotá, Colombia, Washington, Nueva York, Miami y Santa Mónica, California, asimismo en la Feria de Arte Contemporáneo (ARCO) de Madrid en 1996 y en la de Chicago de 1999 y 2001. Fue la primera pintora regiomontana en exponer individualmente una importante retrospectiva, en 1992, en el Museo de Arte Contemporáneo (MARCO) de Monterrey. Asimismo, su obra ha sido premiada en las principales Bienales y Salones de Arte nacionales.

Tejedoras de historias Tomo II Se terminó de imprimir en el mes de diciembre de 2008, en los talleres de: Impresos Tecnográficos, S.A de C.V.

El tiraje consta de 1,000 ejemplares más sobrantes para reposición.

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