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No a la propuesta de reducir la edad de responsabilidad penal. ¡Soluciones de fondo y sostenibles!

A propósito de los últimos acontecimientos en el Centro de Diagnóstico y Rehabilitación de Lima, más conocido como “Maranga”, así como de la exposición mediática del caso del adolescente “Gringazo”, algunos sectores plantean la reducción de la edad penal para poder incluir a niños, niñas y adolescentes bajo el sistema de sanciones e internamiento penitenciario antes diseñado para personas adultas. Esta medida afectaría principios y estándares internacionales que nuestro Estado se comprometió a respetar al suscribir diferentes tratados: en verdad, toda la legislación universal de protección de niños y niñas y el diseño del sistema de justicia para los menores infractores de la ley, cuyo fin no es la sanción, sino la reeducación. Colocaría en situación de riesgo a grupos sociales que ya de por sí se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad, como son los llamados “niños de la calle”, los menores infractores, los menores de edad reclutados forzosamente por las organizaciones terroristas o grupos narcotraficantes, e incluso, a menores indígenas que participan junto a sus comunidades en conflictos sociales o ambientales, que los involucran muchas veces en hechos de violencia. Esta medida, por sus resultados, afectaría especialmente a los sectores más pobres y excluidos de nuestro país, generando en consecuencia, discriminación. Atentaría a su vez contra el principio de irreversibilidad de los derechos, pues representa un retroceso en la protección de los niños, niñas y adolescentes. Esto se agravaría en propuestas que no sólo pretenden la ampliación de la edad de imputabilidad, sino que propugnan un sistema de “imputabilidad casuística”, en cuyo caso, se violan además diversos principios como el de igualdad ante la ley y otros derechos relacionados. La razón esgrimida para impulsar esta medida es que, en el Perú, el menor de edad es cada vez más peligroso. Los legisladores y otros sectores que se muestran favorables a ella señalan su necesidad ante el aumento de la criminalidad en las ciudades, la delincuencia organizada, la expansión de las pandillas, la notoriedad de crímenes brutales o que incluyen violencia sexual entre escolares o que tienen como actores a menores, y en general, la participación al parecer cada vez más visible, de menores en todas estas situaciones. Se señala a su vez –falsamenteque un menor que delinque queda impune, lo que acaba por impactar en la opinión pública. Finalmente, se indica que a los 16 años los niños ya están conscientes de las consecuencias que implican sus actos. La garantía de la seguridad pública aparece como criterio clave y el miedo como elemento movilizador de políticas. En verdad, la tentación de recurrir a esta medida ha rondado –y ronda- a las administraciones estatales en América Latina. Sin embargo, en los países que la han impuesto, la medida no ha generado los efectos esperados por los legisladores en términos de reducción de la participación de menores de edad en actos delictivos. Y según algunos estudiosos, quizá la haya agravado (induciendo al crimen organizado a emplear niños cada vez más pequeños). Y lo más importante: no detiene la tentación a seguir reduciendo la edad penal (se discute reducirla a 14 años, a 12 años, a hacerlo por caso, por tipo de delito).

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Frente a ello, queremos advertir que la pretendida reducción de la edad penal vulneraría una gran cantidad de normas y principios jurídicos; visibilizar la posibilidad de que en el Perú se consolide tal proceso pernicioso: la debilidad de las instituciones y de la cultura política democrática hace a nuestro Estado propenso a recular en los estándares de derechos en cuanto se enfrenta a una situación compleja, especialmente cuando se involucran problemas de seguridad; y, sobre todo, hacer un llamado a la reflexión y a actuar colectivamente para enfrentarlo. No somos ajenos a la realidad que motiva la preocupación de nuestras autoridades. Hay que trabajar en conjunto para alcanzar soluciones de fondo y sostenibles. No abandonemos los estándares de derechos en el enfrentamiento al problema de la violencia juvenil; no intentemos una respuesta facilista, coyuntural, que no va a las raíces del problema. Llamamos a dar mayor preferencia al enfoque preventivo frente al de seguridad. Y a que los sistemas de readaptación se reformen y cuenten con los recursos económicos y técnicos para que puedan cumplir su función. Lima, 12 de enero de 2013 Equipo de Incidencia en Derecho IPRODES

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