ÍNSULA DE DIOSES

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EDUARDO DA’ BOSCO

ÍNSULA DE DIOSES

1ª edición, 2013

© 2013, Eduardo Da’ Bosco. ISBN: 978-1-291-28893-3 Ilustraciones A. Labrador
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A Carla Inés Da’ Bosco A John Paul Da’ Bosco

El hombre que quiere portarse en todo como bueno, por necesidad fracasa entre tantos que no lo son, necesitando el príncipe que quiere conservarse, aprender a poder ser no bueno, y a usarlo o no usarlo según la necesidad. Nicolás Maquiavelo, El Príncipe, XVI

PRIMERA PARTE

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El edificio era una casa esquinera enlucida con descuido hacía mucho tiempo, una mezcla de estilo andaluz, con un patio central, y arquitectura art nouveau. Había sido dividido en dos secciones: la mayor, situada más allá de la esquina sobre la calle principal, comprendía una serie de cuartos adaptados para albergar una tienda de abarrotes; la segunda contenía las habitaciones del dueño del inmueble y abarcaba la esquina y parte de la calle secundaria. Ambos conjuntos se comunicaban por una puerta a través de un pasillo, reminiscencia del antiguo recibidor. El contraste entre la iluminación artificial del abastecedor, la oscuridad del pasadizo, apenas disuelta por un tragaluz ceniciento, y la cegadora claridad del patio, hablaba de mundos divergentes. La

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luz solar caía en las gastadas baldosas y resaltaba concavidades de sombra dejadas por la lluvia y el tránsito. Alrededor del patio, un corredor limitado por tiestos de barro daba paso a los aposentos y a la entrada principal de la casona. Junto a ella, arrellanados en mecedoras de madera, de red de mimbre en asientos y respaldos, dos hombres y una mujer esperaban la atención del abacero. El negociante no imponía antesalas, pero le era imposible recibirlos en ese momento: revisaba un cargamento de grano y regresaba una remesa equivocada. Entretanto atendía las operaciones, escuchaba el discurso de su ahijado acerca de la voluptuosidad de la opinión pública y de su importancia relativa, porque, según él, la técnica política implicaba una actitud consciente, sin altibajos, encaminada a disiparle al votante las dudas acerca de la existencia de un programa definido de gobierno. Don Honorio dividía la atención entre él y los empleados de la compañía de suministros, mezclaba las respuestas y causaba confusión. Cuando el ama de llaves le comunicó que unas personas lo esperaban, don Honorio le pidió que lo excusara, las pasaría al despacho en el momento oportuno. El ama de llaves atravesó la puerta interior, entró en la casa, llegó al patio y caminó por el ancho corredor hasta el extremo. Mientras lo hacía, pensaba que el pasillo se alargaba con la edad, como si la distancia que la separaba de la juventud se reflejara en él y cada vez le hiciera más difícil recorrerlo. Se detuvo a unos pasos del primer visitante, dio disculpas por la tardanza de don Honorio y les ofreció una limonada. Los hombres negaron con la cabeza.

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—Bueno. Hay revistas en esa mesita, por sí quieren leer. Ninguno lo deseaba. Coincidieron para resolver un problema mutuo, aunque no lo supieran ni se conocieran con anterioridad. La mujer se acomodó en el asiento, bajó la cabeza y se entretuvo con las figurillas del embaldosado. Dudaba si debía continuar con el proyecto o renunciar a él; nunca titubeó para realizar sus deseos, pero ahora se enfrentaba a algo demasiado complejo para manejarlo sola. Don Honorio reconocería, por los datos que le suministrara, la exactitud de los hechos; sin embargo, podía rehusarse: «Mi esposa ya falleció y solo ella sabía la verdad», discutiría. El abacero no ignoraba los detalles del acontecimiento, conjeturaba, pero se negaría a admitirlo. Si lo hacía, le quedaba el recurso del chantaje; el más fuerte, porque la publicidad que Monseñor Usted hiciera del caso deterioraría su imagen y la de su partido, ya en la última fase del proceso electoral. «Es un argumento de peso», se convence, «el candidato es compadre suyo y la presión del grupo supera su autoridad, así lo veneren los santos y posea todo el dinero del mundo». Se hallaba disminuida por la mala racha, al filo de la miseria y avejentada. Veintinueve años atrás, la Pagua fue casi tan conocida como don Honorio, tres antes del suceso que le interesaba discutir con él. Si hubiera sabido, se dice, no había cometido la estupidez, pero, salvado el infortunio, prosperó hasta poseer una cadena de burdeles. Y si por sus manos no pasó el uno por ciento del dinero que tanteó don

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Honorio en un segundo, su caudal alcanzó una suma considerable. Ahora volvía al principio, la pobreza la asediaba y no tenía la fuerza para comenzar, excepto si un capital la respaldaba, y la única manera de obtenerlo era con el apoyo del industrial más honesto del país. Existía, además, otro motivo: los directores de algunos de los negocios de don Honorio también fueron sus socios y muchos de los recursos de las compañías del millonario provinieron de las transacciones fraguadas en sus bares. La tomaron de escalón inicial y la abandonaron; eso le parecía injusto. Así se lo explicaría, si se viera obligada a esgrimir la segunda posibilidad, aunque él rechazara todo vínculo con las supuestas componendas. Al fin, las empresas eran suyas y la responsabilidad lo alcanzaba. Y no se sabía si don Honorio no era, al final del laberinto, el promotor de tales diligencias. La probidad tenía numerosas caras y, si a ella la acusaban de crímenes contra el decoro, en el fondo su moral era monástica. Carecía de la fortaleza para enfrentársele como lo hizo hacía quince años, pero, si se quería, ahora tenía argumentos más convincentes. No podía comparar ambas situaciones pues, si en aquella época los reparos éticos de don Honorio la favorecieron, en esta ocasión dudaba de obtener iguales resultados.

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Desde la época de El Ocoyote Mágico y de El Salbute Contento, tres décadas transmutaron el nombre del lugar. Poseyó los más curiosos y festivos conforme se trepaban rangos y se adquirían licencias de funcionamiento cada vez más complejas: La Cantimplora,

Los Tirantitos, La Flor de Calabaza, La Andorga Satisfecha y El Sapo Púrpura; pero, finalmente fue bautizado La Punta del Paraguas.
Las reformas se aparejaron a las ampliaciones y el refugio informal, abierto a los nocherniegos de modestos recursos, restringió el derecho de admisión y se convirtió en un club de llave con porteros de atractivos uniformes. Lo mismo aconteció con licores y precios, ornamentos y damas. De estas, evolucionaron las modas: de las faldas cortas y ceñidas, a las midis y maxis, con magnos escotes en espaldas y pechos, pero cubiertos con recato por blondas pelucas llenas de cintajos. En relación con las edades, la mayoría gozó allí de su período de gloria: cuando tenía el mote (porque ese no era un nombre) de La Lombriz Asombrada, iban de los treinta al medio siglo (originalmente, las fluctuaciones no estaban reguladas: asistían beatas ancianas con el cabello teñido, amas de casa discretas y asustadizas, colegialas, pelafustanes sin rumbo...); luego, de los veinticinco a los cuarenta (en los tiempos del rock, cuando se llamaba La Mecha Encendi-

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da); y por último, de los dieciocho a los veintisiete.
La admisión de menores era un peligro y ¿para qué arriesgarse? La Pagua también cambió. Dejó de ser la jovencita inexperta, ignorante de la importancia de aquellos voluptuosos senos desarrollados prematuramente apenas asomada a la adolescencia, junto con nalgas y caderas. A los dieciocho años le compró la tasca a Catalina con la liquidación de varios lotes de materiales diversos, heredados de su amante. Sacos de cemento, tornillos, gravilla, ruedas, arena, parabrisas, ladrillos, manubrios, piedra, varillas, tubería de cobre, manijas, bolsas de yeso, bisagras, martillos y cedazo se convirtieron en botellas, vasos, cervezas, bancos y cortinas. Cumplida la sentencia por tráfico de drogas ilegales, Catalina trabajó por un tiempo al lado de la Pagua. Siendo la menor de cinco hermanas debió gozar de las ventajas inherentes a los miembros más jóvenes, pero no fue así. A los nueve años menstruó por primera vez y a los doce exhibía unos pechos soberbios, motivo de alborozo incluso de hombres enraizados en férreos principios morales. Su altanera sensualidad provocaba envidia en las hermanas y un deseo reprimido en los varones de la comunidad. La madre la observaba sorprendida, incapaz de desligar la razón de las alteraciones de la conducta de la hija. —No sé, Hilario, así empiezan las putas. Mientras el asombro de la familia evolucionaba en desdén al ritmo de las transformaciones, nacía en ella la sospecha de haber sido puesta en el sitio equivocado por capricho de la naturaleza. No desea-

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ba ser sirvienta, ni habitar una vivienda mitad taller de carpintería mitad bodega, atormentada por el ruido de los motores y el polvillo de la madera que se colaba por debajo de las puertas y cubría la ropa y los muebles de una fina capa blanca, según presentía, augurio de un largo futuro sin futuro. Meses después de la muerte de la madre abandonó el hogar, consiguió un trabajo nocturno y entró en la secundaria. Dentro de la marea de chicas apenas salidas de la escuela primaria que aún no cumplían los trece años o los tenían colgados de los pliegues de las faldas, la Pagua causó estupor con sus senos absolutamente desarrollados, tensos y provocativos; la antecedían como un ariete cuya fuerza descansara en su inmensidad y no en la potencia del impulso. Le regulaba el equilibrio del cuerpo una espalda delineada, de base estrecha, portal de unos pródigos glúteos en disminución hasta las piernas sonrosadas. La alternancia de los pliegues en la falda, derivados del compás de los pasos, le precisaba, por etapas, los linderos del sexo, refería al contenido en ellos atrapado y escribía un manifiesto cuyas propuestas ganaba adeptos conforme los caracteres se imprimían. Resaltaba, además, por la estatura y la cabellera que le ondulaba en la espalda en sentido contrario al movimiento de las caderas, estimulada por el viento septembrino, presagio de un otoño precoz en armonía con la caída de las hojas de los eucaliptos. Era ilusorio imaginar de dónde adquiría la facultad para moverse, conservar la unidad del cuerpo y, a la vez, expandirse por patios y pasillos. Mientras las alumnas se acomodaban en los bancos sin dificultad y sus cuerpos se adaptaban al semi-

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círculo interior de la mesilla flotante, la muchacha tardaba en penetrar en el estrecho espacio para quedar aprisionada entre el respaldo y el canto del tablero. Los maestros esperaban el término del forcejeo, del rechinar de la base del asiento y del chirrido de las patas metálicas sin regatones del pupitre. Cuando un suspiro avisaba la conclusión del acomodo, los preceptores escribían en el encerado la fecha y el tema del día, pero un silencio seccionado por sonrisas y miradas dominaba a los discípulos, tributo a un ser en apariencia oriundo de una dimensión desconocida. Sentada en uno de los bancos de la primera fila, con la espalda reposada en el respaldo y la cabellera cubriéndolo por detrás, los senos proyectados, las piernas ligeramente cruzadas y las manos recogidas en el tablero de la mesa, atraía la atención de los maestros con fuerza imponderable. De los profesores atraídos por la Pagua, el de Química admiraba el bien provisto laboratorio de hormonas aéreas; le entraban por los ojos, le tocaban el fondo del deseo, le catalizaban los impulsos y lo obligaban a refugiarse en el escritorio y dictar la clase sentado. Ella permanecía inalterable, embutida en la prisión de madera, sin imaginarse la razón de la repentina huida. Al terminar la clase, el maestro tomaba los libros, los sostenía por delante con ambas manos y la acompañaba a los jardines del patio central. Su cercanía lo alentaba a reconsiderar la existencia como un fenómeno de presencias inmediatas, desconectadas de la caducidad y del pasado, dispuestas a intercomunicarse para crear un fruto cuya vigencia no tendría ocasión en otra coyuntura ni en

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otro sitio. La viabilidad del deseo la limitaban conceptos morales vinculados a la edad, tan lejana de la de ella que apenas era divisable en lontananza. Infiltrarse en los resquicios sin resguardo y aprovecharse de la inexperiencia de la joven, le parecía incumplir un código escrito con enormes letras góticas. Con todo, no podía evitar la comparación entre su vida cotidiana y la virtual, si los mensajes recibidos no eran artificios de la imaginación o de la espontánea exuberancia de una juventud que lo humedecía hasta empaparlo. Inmerso en la ilusión, creía estar acompañado por dos mujeres idénticas, aunque distantes, pues una no sospechaba los ofrecimientos de la otra. Esta se filtraba en sus sueños, venía a él con un aro repleto de llaves y con ellas abría puertas invisibles, y aquella le franqueaba la posibilidad con la sonrisa. Un día le obsequió un perfume; la muchacha lo besó en el pómulo, electrizándolo. Nunca antes había percibido con tanta claridad la separación de los tiempos, ni clasificado sus rutinas, ni distinguido el valor de lo emergente sobre lo estático. Recordaba el pasado con cariño, pero, como ya había sido, no existía infidelidad si amaba lo que empezaba a ser. Le regresó el beso y se despidió de ella en la esquina de las oficinas administrativas. La delicadeza del maestro la atraía. Disfrutaba su compañía y le reintegraba con juventud la amistad ofrecida. Si lo veía de lejos, levantaba el brazo, le hacía una seña y corría hacia él, sin importarle los comentarios de los compañeros. Luego caminaban juntos por el arbolado. Él sostenía por delante los libros con ambas manos y la escuchaba relatarle las

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pequeñeces del día. La amistad se interrumpió cuando ella abandonó los estudios y se reanudó por un corto periodo antes de que adquiriera la fonda de Catalina. Seguidamente lo olvidó por completo; la nueva actividad le absorbió el interés. Se dedicó a ella con la natural indecisión de quien inicia un proyecto desconocido. Los años la adiestraron en los recovecos del oficio y le permitieron desarrollarse lenta, pero bellamente. Los largos vestidos, estrechos en las pantorrillas, sugerían su desnudez con discreción sin limitarle el desplazamiento. Los pasos cortos, en línea, sin prisas ni balanceos inseguros, hacían, del calzado de alto soporte, un proseguimiento de su cuerpo. Al hablar, levantaba el rostro con suavidad y, cuando fumaba, la larga boquilla de marfil, albergue de un cigarro decorado y aromático, expandía el alcance del ademán y provocaba un confuso efecto de dulzura y arrogancia. Bajo su tutela, La Punta del Paraguas alcanzó una reputación exquisita. Era un sitio evocador de la religiosidad órfica, donde se estimulaban los sentidos y se esparcían los goces hasta la ascesis pitagórica. Si existía algo al este del Paraíso, allí debía estar La Punta del Paraguas, pensaba la Pagua. Nunca hubo imposiciones ni se indujo al cliente a conductas obligadas: podía consumirse una taza de café o una botella de champaña; las muchachas no asediaban, permanecían en las mesas a la espera de ser solicitadas y los camareros solo acudían al llamado de un timbre silencioso.

La Punta del Paraguas era el centro vital de una red
de destinos asociados. Un análisis somero del nombre descubre el significado básico: la punta de un

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paraguas abierto constituye el centro de un diseño mandálico, punto de convergencia de otros universos relacionados entre sí por las varillas de la armazón. Cerrado, es un megalito fálico, esbelto y alucinante, de cúspide cromada. A esto se refería la metáfora utilizada a menudo por la Pagua acerca de la curvatura de la carpa del paraguas y la noble virilidad del cuerpo, que se inicia en un mango sarmentoso y firme al estilo de un antiguo tótem. Pese a lo imaginado, a la Pagua se la veía poco. Desde el despacho —y a través de una ventana de vidrio-espejo, disimulada con una reproducción de la Maja Desnuda— estaba atenta a los pormenores de la empresa y al estudio de los inventarios. En eso usualmente se ocupaba, hasta que los funcionarios de la municipalidad sellaron puertas y ventanas.

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El hombre de la mecedora esquinera esperaba que don Honorio pusiera las cosas en orden y le restituyera el puesto. Era un individuo pequeño, de estómago prominente y vestido con negligencia. Miraba, por turnos, al personaje de la cabellera cana y a la mujer que se limpiaba las uñas de la mano derecha con las de la izquierda. Los compañeros de antesala lo irritaban, suponían una especie de competencia. No debía ser así, pues había oído que el tendero dirimía de una ojeada las cuestiones del estado. A pesar de esta certeza, se mostraba huraño: la vida lo hizo cauto. Esta actitud no le sirvió en el asunto que le preocupaba, porque intervinieron factores ajenos; y, cuando eso pasaba, lo mejor era recurrir al titiritero. Si lograba entrevistarse con él, acaso le vería salir los hilos de los dedos y arrastrarse hasta las cabezas, piernas y muñecas de burócratas, religiosos y empresarios. La capacidad para reunir detalles y restaurar el lienzo original, la adquirió a través de muchos años de trabajar en cantinas. Adivinaba el propósito de los clientes con solo mirarlos; un movimiento sospechoso le advertía la intención de un individuo de escapar sin pagar la cuenta o la búsqueda de contradicciones

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y la comparación de variables ajenas al contexto le permitían descubrir la veracidad de un relato. Por eso lo sorprendió la decisión del dueño de la taberna; nada en él le sugirió el deseo de despedirlo y eliminar un enemigo potencial. La información reunida a través de las décadas fue una aliada para conservar el trabajo, pero encerraba el dinamismo para convertirse en la peor adversaria. Como sucedió lo segundo, debía invertir el procedimiento y recurrir a quien podía restituirlo en el puesto. En compensación, él le juraría lealtad si sus intereses no eran afectados. Se dirigió a la mecedora y se sumergió en la contemplación de una maceta llena de tallos desnudos.

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De lla 41 a la 45 no se muestran en esta vista previa De a 41 a la 93 no se muestran en esta vista previa tragan cuanto hay (se lamentaba), se insultan, se pedorrean y se vomitan en la sala»—. Por eso le advierto: ni del alma puede uno confiarse. El demonio se viste de ángel de luz y nos tienta de mil modos —se detuvo, dio media vuelta, lo miró y dudó si no sería Satanás dentro del cuerpo de don Honorio. El maestro era un sabio: era imperioso salir para encontrar; y si no aprendió gran cosa, ganó una colaboradora; interesada, sí, pero los incentivos son el

motor de la inspiración.
Un cortejo de chiquillos lo ayudó a subir la cuesta. Tuvo deseos de repartir algunas monedas, pero fiel a la doctrina de que los obsequios fomentaban la vagancia, les dio las gracias y le hizo señas al chofer, que orinaba detrás de un árbol. Apenas se fue, la mujer se puso unos zapatos de cuero y salió con premura para comunicarles a los pobladores que el mismísimo don Honorio la había entrevistado con el fin de repartir dinero a manos llenas si votaban por el compadre, pero era un secreto y así debía mantenerse; de lo contrario, el negocio no se realizaba. Los informados le contaron al mejor amigo, con la advertencia de que la noticia era confidencial. * La nueva corrió con rapidez y se convocó a una junta de notables en la vivienda de la (elegida, según sus palabras) jefa de propaganda del partido del mismísimo don Honorio quien, «como saben, si no es el

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dueño de la Tierra, es el apoderado», explicó al principio de la sesión. Los asistentes se comprometieron —antes de enterarse de los pormenores— a capturar adeptos y asegurar su fidelidad. Ella repartió cargos y aclaró que las pagas vendrían cuando se recibieran las partidas correspondientes. En ese punto, los convocados preguntaron a coro por el cheque y exigieron verlo; no les interesaba otra cosa. El sufragio «es como la virginidad», aseveraron, una vez dado, no se recuperaba y quedaban preñados de ilusiones. Estaban creciditos para eso; demandaban «un jugoso adelanto». «Aún no he recibido nada. Las remesas vendrán si actuamos con prudencia», aclaró. El primer paso era organizarse. El millonario debía saber que la actividad había comenzado, «luego le pediremos fondos para la marcha del club». Necesitaban papel, máquinas de escribir, botes para basura, perforadores y otros trebejos, pagarles a los encargados de la limpieza y a los mecanógrafos. Después vendría lo demás: trabajo para pintores de mantas, encuestadores y ayudantes; para las señoras, pues las esperaban nutridas manifestaciones con emparedados, sopas, tacos, salpicón y otras delicias. Se requerirían guardaespaldas, cargadores, chóferes, repartidores y… En ese momento entraron los alcohólicos y se colocaron al frente del recinto en estrecho semicírculo. Desconocían el motivo de la reunión, pero suponían que don Honorio había llegado para hacer una fiesta, como se acostumbra en la época de elecciones. Uno de ellos se levantó y reclamó un pago por intervenir en el evento. Le bastaban unas cuantas botellas de licor y una renta, semanal o mensual, para cubrir las exi-

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gencias del oficio. Como los vagabundos se atrevieron a fijarle precio al apoyo, una costurera pidió una máquina de coser y otra, un puesto de secretaria y lo mínimo para comprar ropa y estar presentable. «A los jefes no les gustan las subalternas desaliñadas», opinó, pero el problema era la falta de recursos. Si se les daba la oportunidad, muchas damas podrían aspirar a puestos semejantes y emigrar. «¿Emigrar?», preguntó la jefa de propaganda. Irse, ¡claro! No existía razón para permanecer en un sitio tan horrible, si se tenía la posibilidad de vivir en uno mejor, limpio y con los servicios instalados. «Ah, no», por eso no progresaban. Los lotes podrían alcanzar sumas estratosféricas. Al otro lado del canal estaba la fábrica de zapatos y más allá, la de materiales eléctricos. En unos años, y con la ayuda de don Honorio, La Calzada tendría encima el ojo de los empresarios «y, entonces», aconsejó, levantando el rostro, «pediremos lo que queramos por nuestras tierras. Seremos inflexibles y no cederemos a los ruegos. Si nos vamos, perderemos los terrenos». —Yo necesito herramientas y hormas para los zapatos —interrumpió el zapatero, a quien le interesaba la comunidad, pero, en particular, la independencia económica y dudaba del futuro en sumo grado. Cada uno expuso carencias y deseos: aquel precisaba de una sierra de banco; el de allá, de un automóvil para utilizarlo como taxi; este, de un taladro neumático y un niño solicitaba recursos para comprar pastillas antiácidas y venderlas a la salida de las canti-

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nas, los viernes por la noche o a la entrada de los trabajos, los lunes por la mañana. —No se trata de pedirles a los Reyes Magos —gritó la mujer—. Recibiremos dinero solo si trabajamos. Y bueno, tenía sentido; estaban de acuerdo; ¿qué debían hacer? Levantar un censo de los votantes y darle la adhesión al candidato. ¿Era todo? ¿Y por eso les regalarían taladros y automóviles?, no creían en el asunto. «Nadie dará obsequios», expresó la jefa de propaganda. Se obtendrán fondos, claro, pero también don Honorio prometió venderles mercancía barata y darles empleos. «Con el tiempo las cosas mejorarán». ¿Y las tierras? «Bueno, sí: se darán títulos de propiedad, porque las viviendas está construidas en terrenos municipales, se pondrá agua potable, luz eléctrica, drenajes, se construirá una escuela, se entubará el canal y se repararán los techos». ¿Y las calles? «Se asfaltarán». ¿Y materiales para reparar las casas? —Sí; y un baño público con vapor. Como a los alcohólicos no los atraían las ofertas, abandonaron la sesión con arrogancia; mencionaron, de forma descortés, las costumbres sexuales de las madres de los reunidos y agregaron: «Somos viciosos, pero no tontos, alguien se está llenando la bolsa». En el acuerdo «había gato encerrado», murmuraron los asistentes, tal vez a la comisionada le hicieron un adelanto y no quería repartirlo. «No es así», rebatió la funcionaria, el comerciante solo le dio promesas.

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Además, «a ningún empleado le pagan desde el primer día. Hay que aguardar un mes» —o, si se trataba del Gobierno, hasta tres— «para recibir el primer sueldo». La vecina de al lado le dijo que ella no era confiable, se quedó con el dinero del sorteo del Día de las Madres y con el premio. «No es cierto», jamás se apropiaría de dinero ajeno, y le ordenó: «Salga de mi casa», sería ignorada en las reparticiones, «por bocona y mentirosa». La respuesta de la ofendida fue silenciosa: se acercó a la jefa de propaganda, la tomó por los cabellos y la arrastró por la habitación entre piernas, zapatos y gritos de los electores. Aquella primera sesión no tuvo la lucidez esperada por la jefa de propaganda.

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No fue fácil localizar a la Pagua en el laberinto de viviendas de dos cuartos, derramado entre montículos esponjosos y minúsculas llanuras; se retorcía, se estiraba, giraba en redondo y desembocaba al borde de un canal de aguas negras. Conforme avanzaba, se perdía. Los vecinos no le suministraban la información correcta, confundían intencionalmente a la Pagua con otra residente y lo enviaban de un extremo a otro del caserío. Cuando regresaba al lugar de partida, volvía a preguntar; lo miraban con desconfianza y lo interrogaban sobre el negocio con la Pagua, si existiera. —Soy amigo suyo —le explicó a uno de los hombres—. Hemos trabajado juntos y ahora me necesita. —Ah, la Pagua —exclamó uno de ellos—. Claro, tiene una cantina al final de esa calle. Era lo que le reclamaba su cónyuge: si había voluntad no faltaba nada; pero él se complacía con ir de cantina en cantina, de burdel en burdel, para pedir trabajo y obtenía, a cambio, rechazos y borracheras. Para eso le servían los amigos coleccionados durante cuatro décadas de laborar en tabernas. «Ninguno te presta un peso, ni te da de comer, ni te busca trabajo. Si quisieras, agarrarías una canasta de empanadas y te irías a las cantinas. Si tienes tantos conocidos, como dices, las venderías en un decir amén».

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Eso le reclamaba su esposa; tenía razón, claro, piensa, frente al local de la Pagua, construido de tablas y láminas. Se las arregló para poner un par de luces rojas de gas, en la barra, y levantar un aposento para las actividades sexuales. Dos mujeres platicaban en una de las dos mesas y la música expulsada por un radio de baterías se enredaba en un remolino de estática. Los endebles anaqueles exhibían cuatro botellas de licor y un conjunto de vasos plásticos de colores diversos. —Bienvenido al Pájaro Vagabundo —saludó la Pagua con una sonrisa—. La oferta es poca y la demanda mucha. Hay un par de chicas vacantes. Por ahora es todo el personal. —Quiero hablar contigo. —¿Y cuál es el asunto? —Nos conocimos en casa de don Honorio. —Ah, ya. Tú eres uno de los tipos de las mecedoras. —Ajá. —Y te pagó para que me previnieras. —Ni siquiera me atendió. Después de la conversación con usted no recibió a nadie. —Bueno, pasa —invitó y le señaló el segundo aposento. La Pagua no estaba dispuesta a abrir el baúl de los recuerdos, dispersar las angustias por el piso, quejarse del alcoholismo de la madre, putear al desconocido del padre, sentirse culpable por el abandono de su hijo. «Un hijo de puta», apuntó, «y de un drogadic-

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to homosexual que se le salía lo macho cuando estaba de viaje». Si iba a compadecerse de ella, era mejor que se largara. Dos desgraciados no hacían verano, si por tal se tomaba una esperanza de mejoría. Todos tenían trapos hediondos en las conciencias, explicó, y no era el caso ventilar los propios para beneficio ajeno. Y tampoco lo era unificar la inmundicia y masturbarse exacerbados por el olor de la carroña. Estaban viejos para eso. Le agradecía el interés, aunque fuera en su provecho. No existían compañeros, el mejor de ellos daba las nalgas sin reparo si le convenía. Vivía en la miseria, cierto, pero el burdel le daba para comer. Los clientes eran los vecinos de La Calzada y no estaba dispuesta a perderlos, especialmente en aquel momento en que se encontraban alborotados por las ofertas de don Honorio si apoyaban al pendejo del ahijado. No entendía la determinación del millonario de pedirle el voto a gente que ni siquiera estaba en el padrón electoral, pero eso no le interesaba. Si tenía dinero podían asociarse, si no, le recomendaba vender diarios, lustrar zapatos o asaltar una tienda. —Te invito un trago, si quieres. —Me vendrá bien —aceptó Adriano.

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partida con las hermanas, sollozaba en silencio; finalmente se dormía, aliviada, pero con menos esperanza. Fue un período definido por una sucesión de noches, llantos, consuelos y desalientos, en apariencia interminable, interrumpido la mañana de la graduación en la escuela primaria. El padrastro, en el hueco de la puerta, con la ropa cubierta de un polvillo blanquecino, la miró con los ojos de otro, el dueño de la máscara que se movía en él de la cara a los pies, como un disfraz de comparsa. Abrió la puerta cuando la niña tenía el torso desnudo, le miró los senos, se acercó, los envolvió con las manos y las movió rítmicamente conservando los pezones en el centro de las palmas. Allí descubrió la máscara, la misma que un año después reconociera en los chicos de la fonda de Catalina. «De esa época a la actual han sido muchos los compañeros sexuales que me han despertado esa sensación; un vacío sin nombre, pues no importa quién esté conmigo, todos los tactos se identifican. Me digo, entonces: Pagua, aún no te sacudes ni la ceniza ni el polvo de la madera».

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Con la hoja de Monseñor Usted —en la que aparecía desnudo— en una mano; la sección Alternativa —donde, a través del periódico, lo desnudaban los cuarilóngaros— en la otra; dos torreones de panfletos —editados por los rivales, cuyas portadas lo representaban tan «retocado» que aparentaba otro— en el extremo izquierdo de la mesa; un grupo de documentos —«relativamente aceptables», de la puesta en marcha— en el extremo derecho, un vídeo sobre su biografía en el televisor y un terrible dolor de cabeza, don Honorio se miraba con perplejidad en el espejo —junto al último diploma al mérito expedido por la Sociedad de Concejales de la Razón y colgado en ese sitio por el ama de llaves, fiel creyente en las virtudes de su patrón—: acababa de descubrir su origen divino y la tarea concomitante con su linaje: era el enviado del Destino. Aún ignoraba que ese hado, del que era ministro, le preparaba una sorpresa a la altura de su excelencia. Aunque la puesta en marcha respetaba las exigencias de don Honorio, el monumental énfasis que el programa hacía de su vida, no solo despertó el interés de los tradicionales interesados (políticos de oposición, longarícuaros, cuarilóngaros, etc.), sedujo

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por igual a cineastas, ilustradores, periodistas, escritores y guionistas. Los nuevos discípulos descubrieron en él un tema que les redituaría una buena ganancia y levantaría la industria, anclada en un período de repetición de los argumentos y sumida en un estancamiento económico. En pocos días el país se vio dotado de un héroe caballeresco de rasgos peculiares. Según algunos críticos: Don Honorio refleja al ser hispanoamericano en una dimensión hasta ahora ignorada, exhibe las características más destacadas de la recia personalidad de una raza (sic) empeñada en transformar la realidad mediante un arduo ascenso hacia el progreso, a pesar de las influencias ajenas que tratan de doblegarla a la doble condición de paria físico y espiritual. En ella se condensan el coraje de los gauchos argentinos, de los campesinos mexicanos, de los pescadores de la Mosquitia, la bravura del guerrero de las luchas de liberación e independencia y la fe del ideólogo en una filosofía continental, alimentada por milenios de culturas autóctonas.
Terranova, N.º 22, p 12. Revista de Antropología. Universidad de la Llanura.

Otros definieron las categorías honóricas implicadas en el corazón del mestizo iberoamericano: Conciencia crítica de su condición, fortaleza y rebeldía insobornables, profunda espiritualidad, fidelidad a la tradición cultural, creati-

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vidad nacida de los valores propios, bondad y condescendencia, reciedumbre física y capacidad para acuñar las vicisitudes históricas, con fines analíticos, para la rectificación de los errores.
Cárdenas, Emilio. Liberación y azar, en Concilio, revista de la Academia de Adiestramiento Profesional del Magisterio.

Desde entonces, el comerciante fue el hombre más vigilado del país. Se registraron sus palabras, gestos (línea a línea —e incluso se trazaron sus trayectorias, vectores y movimientos, para trasladarlos a sistemas computarizados y duplicarlos con fidelidad en el instante oportuno), consejos, lemas —origen de la honorología o «disciplina del conocimiento sociológico a través de la síntesis subjetiva de la experiencia», de acuerdo con un experto— y gustos particulares, punto de arranque para el estudio de la dieta media del pueblo. En esa época tuvo muchos adeptos. Lo escuchaban con fascinación, recurrían al método de la parábola para transmitir las enseñanzas, le hacían preguntas diversas y le solicitaban el parecer sobre infinidad de temas. Como sucede con los héroes, los artesanos —devotos de lo desconocido, pero más aun de la diaria supervivencia— crearon figuras de don Honorio en madera, yeso, cerámica y ónice. Lo personificaron con la manta anudada a la cintura, pantalones negros, la camisa arremangada y el pequeño abultamiento del estómago que le precipitaba la hebilla del cinturón hacia la entrepierna.

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A las imágenes siguieron las tiras cómicas con historias inverosímiles y rebuscadas, llenas de aventuras. El buen abacero salía bien librado de ellas, gracias a su habilidad, sabiduría y buena voluntad. Estos episodios inspiraron las series de dibujos animados por televisión. Los escenarios eran atractivos y las tramas variadas. Don Honorio luchaba contra seres extraterrestres, siniestros

monstruos marinos y científicos locos, pero poseedor de increíbles poderes mentales, destruía fuertes corazas y diabólicas criaturas. Por aquel tiempo dirigió submarinos atómicos, peleó contra los nazis, rescató

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tesoros ocultos, se enfrentó a tribus de caníbales, viajó a la Luna, se alió a los Defensores del Espacio y creó el mayor sistema de supermercados del mundo.

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«En los ocho años siguientes», continúa el cronista, «la Pagua administró La Punta del Paraguas y abrió cuatro tabernas para descentralizar las actividades generadas por los negocios del Murga, a quien no vio durante ese tiempo; los días pasados con ella parecían haberle absorbido el motivo del placer de tal manera que prescindió de él sin consecuencias. La Pagua también lo había extirpado de la memoria; su nombre era un símbolo vacío, otros problemas la ocupaban. Estaba satisfecha, era joven y tenía una empresa remuneradora, podía relajarse y rememorar. Como sus recuerdos —clasificados en tres rangos según el grado de pureza— eran el fundamento para la reconstrucción histórica de los acontecimientos, solo involucraban el análisis de causas y efectos, expurgado de romanticismos e imágenes melancólicas. Su concepto del pasado era muy concreto, las evocaciones eran balances precisos de experiencias con aplicaciones y significados prácticos. »Los recuerdos de primera categoría estaban compuestos por los hechos actuales, por lo general, asociados con un objeto (las arañas del Salón Verde, adquiridas a un precio exorbitante, le enseñaron que en los tratos debían eliminarse los intermediarios) o con una situación particular (la reducción de beneficios por manipulaciones desleales realizadas por los comisionados del Murga).

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»Los de segunda clase los configuraban eventos añejos transformados en formas más recientes. A este grupo pertenecían los pisos. De los iniciales, se conservaban los altos zócalos de cedro; el resto se aprovechó en el artesonado. Cuando la Pagua veía el cielorraso —al estilo de casal suizo, con una extraña influencia mudéjar— le era inevitable no imaginarse los antiguos pisos. »La última categoría contemplaba entidades complejas; arcaicas, sí, pero sin mutaciones estructurales. Estos elementos le sugerían recuerdos porque de ellos extraía la sinfónica metamorfosis de una única premisa: la capacidad para prosperar. Los detalles en cada caso, eran diversos; los rasgos de las personas relacionadas con ellos, distintos; los vínculos de estas con aquellos, mudaban; las formas como esas cosas incidían en su destino, eran múltiples, así como los significados de sus contenidos y lo sobresaliente de sus existencias; aun así, se le reunían en un espacio delimitado del conocimiento, en el cual se ordenaban los sucesos ya estudiados, pletóricos de conclusiones aleccionadoras. »A pesar de todo, la Pagua se daba la libertad de soñar; de diluirse por algunos minutos, o medias horas, en el examen estético del establecimiento, tomado en su carácter no administrativo. Este fenómeno no se correlacionaba con ningún recuerdo, carecía de registro, era una manifestación caprichosa, pero actual: le agradaba tocar los cortinajes de terciopelo y contemplar la extravagancia de luces y decorados. »Sus contemplaciones eran relajamientos espirituales a la expectativa, pasatiempos integrados por ale-

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teos de insectos, luces, ruidos de copas, murmullos de enamorados... No obstante, era capaz de abandonar el juego, levantar la vista, bajarla para memorizar las posiciones, alejarse y regresar a él sin dificultad. Se apoyaba en el aro de metal del banquillo, daba un pequeño brinco y atendía el asunto sin alterarse. Y es que lo otro era parte del juego, azares del mismo tablero. La mezcla de imágenes de rostros antiguos y actuales gozaba de un orden estricto, aunque flexible, que se podía trastocar, disminuir, aumentar o distorsionar, si se regresaba con posterioridad a la escala original. Sus deseos, por tanto, eran recursos para la acción y no sus substitutos. Por supuesto, el objeto del querer variaba, pero el acto en sí no se mezclaba con sus compuestos porque constituía un procedimiento aplicable a múltiples situaciones. La intensidad del deseo era autónoma del método e inseparable de su propósito. »Podía convencerse del deleite por algo y paladearlo con satisfacción. En el proceso se mancomunaban el desinteresado placer y su utilitario producto, depurados de lo aburrido y obligatorio. La síntesis de los impulsos opuestos le permitió concretar una industria lucrativa, porque jamás perdió las oportunidades económicas por entregarse a la complacencia, pero en ninguna ocasión se opuso a esta por causa de las ganancias. »Cuando la rutina se transformó en una gama de satisfactores dentro de los límites del patrón original y su visión del mundo se consolidó, asegurándole la imposibilidad de una regresión, los sellos de clausura de la oficina municipal le pulverizaron la certidumbre. La Punta del Paraguas era un sistema pla-

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netario, sí; pero giraba junto con otros en la misma galaxia y no concebía cómo lo había olvidado». * «Las listas blancas con letras negras, pegadas en cruz en puertas y ventanas de La Punta del Paraguas, la trasladaron a la época de El Sapo Púrpura. Como entonces, el motivo de la clausura, indicado en caracteres pequeños, no le aclaraba las dudas, pero no se cruzó de brazos, subió al coche, llegó a la esquina más próxima y, sin reparar en la hostil extensión de las avenidas, se dirigió a la municipalidad. »En la oficina le informaron que la petición había sido interpuesta por don Honorio y acogida por el Concejo, en vista de las pruebas remitidas junto con el documento (declaraciones de menores de edad, de sus madres y de ‘distinguidos damas y caballeros’, testigos oculares de las transgresiones. Podía presentar una contrademanda (‘pero el proceso se haría largo y costoso’); de lo contrario, debía pagar la multa, esperar el término de la clausura y someterse a una inspección ocular, procedimiento rutinario en tales casos. »En la edición vespertina Monseñor Usted dio cuenta del acontecimiento, resumió la historia de la Pagua fundamentado en declaraciones de vecinos y familiares (las hermanas se expresaron en malos términos, agregando al final de cada frase: ‘Era de esperarse’; el padrastro se refirió al ‘acoso sexual al que lo sometió’ después de la muerte de su esposa y la dueña del burdel —bautizado por ella ‘Casa de beneficencia’— donde nació el hijo de la ‘prostituta’, mencionó su mala conducta), la ilustró con una foto-

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