Hacer
por
la
paz
 Por:
Jorge
Luis
Peña
Reyes

 Entre
todas
las
crisis,
ninguna
es
tan
grave
como
la
de
identidad,
 porque
 ésta
 tiene
 asociadas
 otras
 limitaciones
 que
 nos
 convierten
 en


criaturas
 irracionales.
 Si
 no
 sabemos
 quiénes
 somos,
dijo
Lincoln,
difícilmente
podremos
discernir
a
dónde
vamos
y
más
remoto

sería
juzgar
 qué
hacer
y
cómo
hacerlo.
 Durante
mucho
tiempo
la
Iglesia
Cuáquera
cubana
ha
tenido
la
inquietud
de
la
identidad.
Todo
 cuanto
se
ha
hecho
hasta
el
presente,
tributa
a
ese
concepto.

 Con
preceptos
de
la
Inglaterra
del
siglo
17,
huellas
reconocibles
de
la
cultura
estadounidense
y
 un
mensaje
que
se
insertó
en
la
Cuba
de
los
albores
del
20

con
las
consabidas
relaciones
entre
 colonia
y
metrópoli,
la
iglesia
cuáquera
crea
y
re‐crea
una
identidad
a
partir
de
estas
mezclas
y
 asume
elementos
comunes
a
la
tradición
evangélica
con
su
doctrina,
música

y
prácticas.
 Con
 esfuerzos
 tangibles
 por
 la
 unidad
 y
 distinguiendo
 bien
 entre
 unirse
 sin
 fusionarse,
 los
 Amigos
caminan
con
el
ímpetu
de
aportar,
desde
una
perspectiva
incluyente
que
ha
entendido
 como
su
misión.
 Bajo
 estos
 propósitos
 han
 intentado
 en
 varios
 períodos
 de
 la
 historia
 tener
 su
 propio
 centro
 académico
 y
 así
 conectarse
 a
 una
 fuerte
 tradición
 educativa
 que
 formó
 parte
 del
 testimonio
 inicial,
más
importante
y
mejor
organizado
incluso
que
la
dimensión
evangelística,
acaso
desde
 una
postura
más
integradora
y
obediente
a

lo
que
Dios
requería
de
su
iglesia
en
la
sociedad
de
 entonces:
enseñar
al
pueblo.
 De
eso
se
trata,
de
vaciar
una
savia
en
las
nuevas
generaciones
de
obreros.
 Hoy
mantiene
su
actualidad
la
pregunta

de
Felipe
al
eunuco:
¿Entiendes
lo
que
lees?
 Para
 entender
 lo
 que
 leemos
 en
 un
 contexto
 latinoamericano
 de
 conflicto,
 nace
 el
 Instituto
 Cuáquero
Cubano
de
Paz.
 Para
que,
llevemos
lo
aprendido
a
otras
tierras,
nace
lo
que
hasta
hoy
fue
un

proyecto.
 Para
hacer
como
Felipe
o
Cristo
en
Emaús:
conectar
la
historia
con
las
vivencias
y
sueños
de
los
 caminantes
y
obedecer
así
al
Señor.
Nace
el
Instituto.
 Para
 cambiar
 la
 vida
 de
 aquellos
 que
 fueron
 confrontados
 y
 convertirlos
 en
 promotores
 del
 reino,
nace
el
instituto.


Para
salirnos
de
la
Samaria
cómoda

y
movernos
por
el
espíritu
al
desierto.
Para
esperar
allí


al
 que
pase,
sea
cual
sea
su
destino.
Nace
el
Instituto.
 Para
 ofrecer
 
 herramientas
 de
 paz
 a
 una
 humanidad
 que
 no
 puede
 vivir
 en
 armonía
 con
 su
 prójimo,
se
inspira

el
Instituto.
 Nunca
como
hoy,
 los
 Amigos
pudimos
asumir
una
proyección
tan
extensiva
 en
 la
 enseñanza,
 con
 instrumentos
 aterrizados,
 en
 virtud
 de
 una
 mejor
 comprensión
 de
 la
 labor
 social
 de
 la
 Iglesia.
 Cuando
empezamos
a
recuperar
las
ruinas
cuáqueras
en
Holguín
todavía
no
sabíamos
cuán
útil
 sería

este
espacio
para
este
centro,
que
ahora
inicia
con

sede
provisional
en
Gibara.

 Las
condiciones
habitacionales
son
hoy
más
que
suficientes.
 El
nivel
académico
de
alumnos
y
profesores
es
notable.

 La
bibliografía
que
utilizaremos
de
tan
actualizada,
se
apoya
buena
parte
en
artículos
y
libros

 inéditos
de
primera
mano
y
que
ustedes
podrán

leer
en
español,
gracias
a
un
arduo
trabajo
de
 traducción,
interpretación
e
impresión.
 Solo
 resta
 el
 esfuerzo
 y
 compromiso
 de
 este
 grupo
 de
 estudiantes
 que
 trabajará
 de
 forma
 comunitaria
 no
 solo
 en
 la
 adquisición
 del
 conocimientos
 en
 torno
 al
 cuaquerismo,
 sino
 en
 la
 construcción
de
paz.
 Creemos
que
vivimos
el
tiempo
de
Dios
y
que
El
añadirá
bendiciones,
por
cuanto
El
ama
a
los
 pacificadores.

 Si
 difícil
 ha
 sido
 situar
 los
 puntos
 sobre
 las
 íes,
 en
 materia
 organizativa;
 hoy
 me
 atrevo
 a
 presentarles

las
tres
íes
del
éxito
en
toda
obra
humana.
 Identidad,
información
e
inserción
social.
Son
los
tres
pilares
que
constantemente
corregirán

 nuestro
rumbo.
Si
algún
basamento
de
éstos
faltara,
la
caída
será
estrepitosa.
 Sin
identidad:
seríamos

marionetas
parlantes
en
el
oscuro
rincón
de
un
teatro.
 Sin
 información:
 seríamos
 vasos
 quebrados,
 incapaces
 de
 retener
 y
 dar;
 y
 por
 tanto
 vasijas

 inútiles,
a
pesar

del
lugar
que
ocupemos.
 Sin
inserción
social,
 experimentaríamos
la
confusión
 de
quienes
pretendían
 edificar

La

torre
 de
 Babel.
 En
 la
 ciega
 voluntad
 de
 alcanzar
 a
 Dios,
 olvidamos
 al
 prójimo
 con
 quienes
 se
 establecieron

barreras

comunicativas.


 Seamos
dignos
del
Rabí
de
Galilea.


Que
 vino
 en
 el
 nombre
 de
 Yo
 soy.
 (No
 conozco
 una
 mejor
 afirmación
 de
 identidad,
 aunque

 nos
parezca
un
enigma.
Yo
soy
el
que
está
siempre,
dijo
el
Señor)
 Jesús
traía
como
toda
necesaria
información
para
la
humanidad,

la
ley
del
amor.
 Y
 para
 comunicarla,
 se
 hizo
 semejante
 a
 todos
 los
 hombres
 de
 la
 tierra
 y
 de
 su
 inmediato

 contexto
histórico.
Inserción.
 Hoy
 podemos
 preguntarnos,
 ¿por
 qué
 apuntamos
 a
 la
 paz?
 Porque
 sin
 paz
 es
 imposible
 edificar
el
reino
y
porque
el
mundo
avanzan
a
una
búsqueda
infructuosa
de
ella.
Las
naciones
 necesitan
la
guerra
para
agenciarse
la
seguridad.
 Vivimos
en
una
sociedad
de
mucha
incertidumbre,
falta
un
discurso
esperanzador
en
medio
de
 una
extensa
crisis
económica
que
propicia
la
violencia
y
hemos
perdido
nuestra
identidad
por
 asumir
la
de
un
mundo
quebrantado.
¿Quiénes
somos,
adónde
vamos,
qué
hacer?

 Aún
cuando
no
existieran
las
precarias
condiciones
económicas
y
sociales,
habría
razones
para
 construir
 paz.
 Del
 otro
 lado
 existen
 naciones
 prósperas
 que
 tampoco
 procuran
 la
 paz
 y
 se
 convierten
 en
potenciales
amenazas
para
 el
 mundo.
 Una
cosa
es
sentir
la
paz
 y
otra
 estar
 en
 paz.
 Estar,
 es
 una
 circunstancia,
 sentirla
 incluye
 la
 responsabilidad
 interior
 de
 protegerla
 y
 promoverla.

 Jesús
 nos
invita
a
una
forma
otra
de
sembrar
la
 paz,
 no
como
 el
mundo
la
da.
No
se
turbe
 el
 corazón
de
ustedes
ni
tenga
miedo.
Mi
paz
les
dejo,
mi
paz
les
doy.
 Nadie
puede
promulgarla
si
muy
dentro
está
en
guerra
consigo
mismo,
si
tiene
divisiones
en
su
 hogar,
si
entre
esposos
de
noche
cada
cual
duerme
por
su
parte.
Nadie
puede
hablar
de
paz
si
 tiene
incomunicación
con
hijos
y
vecinos.
También
el
silencio
es
una
respuesta
violenta
cuando
 el
estrés
nos
agrede.


 Juan
 Pablo
 II
 sentenciaba.
 La
 paz
 del
 corazón
 es
 el
 corazón
 de
 la
 paz.
 Todo
 intento
 debe
 empezar
por
nosotros.
No
es
una
consigna,
es
una
cualidad.
No
es
una
etiqueta,
es
una
marca
 que
 nos
 grabó
 Dios
 en
 el
 corazón.
 Es
 el
 fruto
 de
 espíritu
 y
 la
 única
 tabla
 de
 salvación
 que
 le
 queda
al
ser
humano.

 Dios
complete
su
obra
y
mantenga
el
entusiasmo
y
la
fe
en
nosotros.
Dios
bendiga
el
Instituto
 Cuáquero
Cubano
de
Paz
que
hoy
nace.
Amén.

 
 Jorge
Luis
Peña
Reyes.
Director
del
consejo
directivo
del
ICCP.

 
 Gibara
7
de
enero
de
2013.



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