Carta de Poncio Pilato a César

Acerca del ministerio de Cristo, Su juicio, muerte, sepultura y resurrección.
(Al reproducir esta carta no se está afirmando ni negando su autenticidad)
Copiado en abril 7 de 1893, del pergamino original localizado en la Biblioteca del Vaticano, en Roma. La colección más interesante de este récord fue publicada muchos años ha en forma de libro bajo el título “The Archo Volume”, pero lamentamos tener que decir que este libro ya no lo imprimen; no obstante, mediante Dios, confiamos algún día poder sacar los capítulos más interesantes en forma de folleto. La forma en que este récord fue presentado por primera vez al mundo es expresado en las propias palabras del autor, Rev. W. D. Mahan, como sigue:
Por el año 1856, mientras yo vivía en De Witt, Missouri, un caballero nombrado H. C. Whydaman fue interrumpido en su viaje debido a una gran nevada, y paró en mi casa por varios días. Él era nativo de Alemania y uno de los hombres más ilustres que yo he conocido. Le encontré bastante comunicativo. Durante su estancia conmigo me dijo que había pasado cinco años en la ciudad de Roma, y la mayor parte del tiempo en el Vaticano, donde había visto una biblioteca conteniendo quinientos sesenta mil volúmenes. Me dijo que había visto y leído los récords de Tiberio César, y en lo que fue llamado «Acti Pilati» (que quiere decir «Las Actas de Pilato»), él había visto una explicación del arresto, juicio y crucifixión de Jesús de Nazareth. Me dijo que él creía que si se podía obtener una transcripción, sería muy interesante, aunque dijo que no agregaba mucho a las enseñanzas aceptadas comúnmente por el cristianismo. Al recibir noticias de este informe comencé a investigar el asunto, y después de muchos años de pruebas y gastos considerables, supe que habían muchos récords semejantes todavía preservados en el Vaticano y en Constantinopla. Por tanto, procuré la asistencia necesaria, y el 21 de septiembre de 1883 embarqué para aquellas tierras lejanas para hacer la investigación personalmente. Creyendo que ningún evento de tanta importancia para el mundo como lo es la muerte de Jesús de Nazareth podía haber ocurrido sin algún récord hecho por sus enemigos en juzgados, legislaciones e historias, yo comencé la investigación del asunto. Yo encontré el documento y tengo que confesar que, a pesar de que no es inspirado, las palabras ardían en mi corazón como las palabras de Cristo en el corazón de sus discípulos; y yo estoy convencido, así como del espíritu que nos alienta, que tiene que ser verdad. Estoy enterado de que a pesar de que los judíos estaban sujetos a los romanos, sin embargo, retenían todavía su autoridad eclesiástica, y los romanos ejecutaban los decretos de ellos sobre sus súbditos. Sabiendo que otra historia tal no se podía hallar en todo el mundo, y estando profundamente interesado yo mismo, así como cientos de personas a quienes lo leí, he concluido darlo al público. He aquí la transcripción:

Poncio Pilato, Gobernador de Judea, a Tiberio César, Emperador de Roma. Noble Soberano, salud: Los eventos de estos últimos días en mi provincia han sido de un carácter tal que yo daré los detalles completos según ocurrieron, porque no estaré sorprendido si andando el tiempo cambian el destino de nuestra nación, pues parece que desde hace poco todos los dioses han cesado de sernos propicios. Estoy casi listo a decir que maldito sea el día en que yo fui sucesor de Valor Flacius en el gobierno de Judea, porque desde entonces mi vida ha sido una continua aflicción e incomodidad. En mi llegada a Jerusalem tomé posesión del pretorio y mandé preparar una fiesta especial a la cual convidé al Tetrarca de Galilea con el Sumo Sacerdote y sus oficiales. A la hora marcada no llegaron los convidados; esto lo consideré un insulto a mi dignidad y a todo el gobierno que yo representaba. Unos días después el Sumo Sacerdote se dignó visitarme. Su apariencia era seria y engañosa. Él pretendió que su religión le impedía a él y a sus asistentes sentarse a la mesa de los romanos para comer y ofrecer libación con ellos, pero esto parecía ser más bien una excusa, ya que su rostro revelaba su hipocresía; mas, consideré que sería discreción aceptar su excusa. No obstante, desde ese momento yo estaba convencido de que los conquistados se habían declarado enemigos de sus conquistadores, y que yo debía amonestar a los romanos para que tuviesen

cuidado del Sumo Sacerdote del país. Ellos serían capaces de traicionar a su propia madre con tal de adquirir un oficio o procurar una vida lujosa. Me parecía que de todas las ciudades conquistadas Jerusalem era la más difícil de gobernar. Tan turbulento era el pueblo que yo vivía con el temor de una insurrección momentánea, ya que no tenía soldados suficientes para evitarlo. Yo sólo tenía un centurión sobre cien hombres a mi mando. Le pedí refuerzo al prefecto de la Syria, el cual me informó que apenas él tenía suficientes tropas para defender su propia provincia. Yo temo que la sed insaciable de conquistar para extender nuestro imperio más allá de nuestra capacidad para defenderlo será la causa, yo temo, de la derrota final de todo nuestro gobierno. Yo vivía en obscuridad del público porque no sabía qué harían esos sacerdotes para influenciar a la gentuza; no obstante, traté de estar al tanto de los deseos de la gente. Entre los distintos rumores que llegaron a mis oídos había uno que llamó mi atención en particular. Un joven, se dijo, apareció en Galilea predicando con una noble unción una nueva doctrina en el nombre del dios que le había enviado. Al principio yo estaba sospechoso, creyendo que su idea era levantar al pueblo contra los romanos, pero muy pronto fue quitado mi temor. Jesús de Nazareth hablaba más bien como amigo de los romanos que de los judíos. Pasando un día por el lugar de Siloé, donde había una grande concurrencia, observé en el medio del grupo a un joven que, apoyado contra un árbol, se dirigía con calma a la multitud. Me dijeron que era Jesús. Esto podía haberlo adivinado fácilmente. ¡Era tanta la diferencia entre él y los que le escuchaban! Su cabello y barba de color dorado le daba a su apariencia un aspecto celestial. Parecía tener unos treinta años de edad. Nunca he visto un semblante más dulce y sereno. ¡Qué contraste entre él y sus oyentes de patilla negra y color quemado! No queriendo interrumpirle con mi presencia continué mi paseo, pero hice señas a mi secretario para que se juntara al grupo y escuchase. El nombre de mi secretario era Manlius. Él era nieto del jefe de la conspiración que acampó en Etruria, esperando por Cataline. Manlius era un antiguo residente de Judea y era digno de mi confianza. Entrando en el pretorio encontré a Manlius, el cual me relató las palabras de Jesús en Siloé. Nunca había yo leído en las obras de los filósofos algo que se pudiera comparar a las máximas de Jesús. Uno de los judíos rebeldes, que eran tan numerosos en Jerusalem, le preguntó si era lícito pagar tributo a César. Jesús le replicó: “Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de él”. Era por la sabiduría de sus dichos que yo concedí tanta libertad al Nazareno. En primer lugar, estaba en mi poder arrestarle y deportarle a Pontus, pero esto sería contrario a la justicia que caracteriza al gobierno romano en todos sus tratos con los hombres. Este hombre no era rebelde, no era promotor de sediciones, por lo que yo le di mi protección sin que él lo supiera. Él tenía libertad para hablar, accionar, reunir y dirigirse al pueblo, y para escoger discípulos sin impedimento de algún mandato del pretorio. Si sucediera que la religión de nuestros antepasados fuese usurpada por la religión de Jesús, Roma le deberá la primera reverencia; mientras que yo, un miserable, habré sido el instrumento de lo que los judíos llaman providencia, y nosotros destino. Esta libertad ilimitada dada a Jesús provocaba a los judíos; no a los pobres, sino a los ricos y poderosos. Es verdad que Jesús era severo con los últimos, y esta era una razón política, según mi opinión, por refrenar la libertad del Nazareno. A los escribas y fariseos les decía generación de víboras, sois semejantes a sepulcros blanqueados, que de fuera se muestran muy hermosos, mas de dentro están llenos de huesos de muertos. Otras veces escarnecía la limosna de los ricos y soberbios, diciéndoles que las blancas de los pobres eran más preciosas delante de los ojos de Dios. Nuevas quejas llegaban a diario al pretorio contra las insolencias de Jesús. Siempre me informaban que algún infortunio le esperaba. No sería la primera vez que Jerusalem había apedreado a aquellos que se llamaban a sí mismos profetas, y si el pretorio rehusaba hacer justicia, apelarían al César. No obstante, mi conducta fue aprobada por el Senado, y recibí promesa de refuerzos después de la guerra de Parthian. Siendo muy débil para suprimir una sedición, adopté un medio que prometía establecer la tranquilidad de la ciudad. Sin someter el pretorio a concesiones humillantes, yo escribí a Jesús solicitando una entrevista con él en el pretorio, y él vino.

Usted sabe que por mis venas corre sangre mixta de español y romano, tan incapaz de temor como lo es la emoción pueril. Yo caminaba hacia mi basílica cuando el Nazareno apareció, y mis pies parecían estar clavados con bandas de hierro al pavimento de mármol, y mi cuerpo se estremecía como un reo culpable, a pesar de que él estaba en perfecta calma. El Nazareno tenía la calma de la inocencia. Cuando llegó donde yo estaba, se paró e hizo señal que parecía decir: “Aquí estoy”, aunque no habló una palabra. Por algún tiempo contemplé con admiración este tipo de hombre extraordinario. Un tipo de hombre desconocido a los numerosos pintores que han dado forma y figura a todos los dioses y héroes. No había nada de oposición en su carácter, sin embargo, me atemoricé y temblé al aproximármele. “Jesús, -le dije al fin, y mi lengua fallaba- Jesús de Nazareth, yo te he concedido por los últimos tres años libertad amplia para hablar y ni aún ahora me arrepiento de haberlo hecho. Tus palabras son de un sabio. Yo no sé si has leído a Sócrates o Platón, pero esto sé, que en tus discursos hay una simplicidad magnética que te eleva mucho más allá de esos filósofos. El Emperador está informado de ello, y yo, su humilde representante en esta provincia, me alegro de haberte permitido esta libertad que dignamente mereces. No obstante no debo ocultarte que tus discursos han hecho levantar contra ti enemigos fuertes y malignos. No es sorprendente esto, Sócrates tenía sus enemigos y cayó víctima de ellos. Los tuyos están doblemente encendidos contra ti, porque tus discursos han sido muy severos en contra de su conducta. Ellos también están encendidos contra mí por la libertad que te he concedido. Mi petición, pues, no digo mi mandato, es que seas más circunspecto y moderado en tus discursos por no despertar la soberbia de tus enemigos y que ellos hagan levantar contra ti la estúpida gentuza, y me obliguen a emplear los instrumentos de la ley.” El Nazareno, con calma, replicó: “Príncipe de la tierra, tus palabras no proceden de la verdadera sabiduría. Dile al torrente que se detenga en medio de la montaña porque de otra manera desarraigará los árboles del valle; y el torrente te dirá que él obedece a las leyes de la naturaleza y al Creador. Sólo Dios sabe para donde fluyen las aguas del torrente. De cierto te digo: antes que florezca la rosa de Sarón será derramada la sangre del justo.” “Tu sangre no será derramada. — dije yo con profunda emoción—. Por tu sabiduría tú eres de más estima para mí que todos los turbulentos y soberbios fariseos quienes abusan de la libertad que les es dada por los romanos. Ellos conspiran contra César y convierten su libertad en temor, dando a entender a los incultos que César es un tirano y que busca la ruina de ellos. Miserables e insolentes; no saben que el lobo del Tíber a veces se viste de piel de oveja para cumplir sus fines. Yo te protegeré contra ellos. Mi pretorio será tu asilo sagrado de día y de noche”. Jesús movió la cabeza y con sonrisa triste y divina dijo: “Cuando llegue el día no habrá asilos para el Hijo del hombre.” Y apuntando al cielo agregó: “Lo que está escrito en el libro de los profetas tiene que ser cumplido.” “Joven, —dije nuevamente— me obligas a convertir mi petición en una orden. La seguridad de la provincia que ha sido confiada a mi cargo así lo requiere. Tú debes observar mis órdenes; conoces las consecuencias. Que tengas felicidad. ¡Adiós!” “Príncipe de la tierra, —replicó Jesús— las persecuciones no proceden de ti, yo las espero de otros, y las enfrentaré en obediencia a mi Padre, quien me ha enseñado el camino. Refrena, pues, tu prudencia mundanal, no está en tu poder arrestar a la víctima al pie del tabernáculo de expiación.” Diciendo esto desapareció como una sombra resplandeciente detrás de las cortinas de la basílica. Tuve un gran alivio porque me sentía como si tuviera un peso muy grande encima del cual no podía deshacerme en su presencia. Entonces los enemigos de Jesús se dirigieron a Herodes, el cual reinaba entonces en Galilea, para obrar su venganza en el Nazareno. Si Herodes hubiera consultado a sus propias inclinaciones, él hubiera ordenado inmediatamente la muerte de Jesús; empero, aunque era muy orgulloso de su dignidad real, él temía cometer un acto que pudiera disminuir su influencia con el Senado, o como yo, tenía miedo del mismo Jesús. Pero no podía ser que un oficial romano fuese atemorizado por un judío.

Previamente Herodes me había visitado en el pretorio, y levantándose para despedirse después de una conversación insignificante, me preguntó cuál era mi opinión sobre el Nazareno. Yo le dije que Jesús me parecía ser uno de esos grandes filósofos que a veces producen las grandes naciones; que su doctrina en ninguna manera era sacrílega, y que la intención de Roma era dejarle la libertad de hablar, justificada por sus acciones. Herodes se sonrió maliciosamente, y saludándome con un respeto irónico, partió. Se aproximaba la gran fiesta de las judíos, y la intención de ellos era aprovechar el alboroto de la plebe, porque ésta siempre se manifestaba en las solemnidades de la pascua. La ciudad rebozaba de una plebe tumultuosa que clamaba por la muerte del Nazareno. Mis amigos me informaron que el tesoro había sido usado para sobornar al pueblo. El peligro estaba aproximándose. Un centurión romano fue insultado. Yo escribí al prefecto de la Syria por cien soldados de infantería y otros tantos de caballería, pero él declinó mi petición. Yo me vi sólo con un puñado de veteranos en medio de una ciudad rebelde, y muy débil para refrenar un desorden; así que no me quedaba otra alternativa que soportarlo. Echaron mano a Jesús, y la sedición, que nada temía del pretorio, creyendo lo que el líder de ellos les había dicho, que yo guiñaba el ojo a esta sedición, continuaron vociferando: “¡Crucifícale, crucifícale!” Tres poderosos partidos se juntaron en combinación contra Jesús. Primeramente los herodianos y saduceos, cuya conducta sediciosa parecía haber procedido de un doble motivo: ellos aborrecían al Nazareno y temían el yugo romano. Ellos nunca me podían perdonar por haber entrado en la ciudad con banderas que llevaban la imagen del emperador romano; y, a pesar de que en ese instante yo había cometido un error fatal, sin embargo el sacrilegio no les pareció menos en sus ojos. Había otra ofensa también arraigada en sus pechos: yo les había propuesto emplear parte del dinero del tesoro para erigir edificios de utilidad pública. Mi proposición fue escarnecida. Los fariseos eran enemigos declarados de Jesús. A ellos no les importaba el gobierno. Ellos soportaban con amargura las reprensiones severas que durante tres años el Nazareno les había lanzado donde quiera que iba. Siendo muy débiles y cobardes para accionar por sí solos; ellos habían aprovechado el pleito entre los herodianos y los saduceos. Además de estos tres partidos yo tenía que contender con la desordenada gentuza que siempre está lista para unirse a la sedición y aprovecharse de la confusión y la alteración del orden. Jesús fue arrastrado delante de Caifás, el Sumo Sacerdote, el cual hizo un acto de aparente sumisión. Envió el preso a mí para que yo pronunciara su sentencia y procurara su ejecución. Yo le contesté que como Jesús era Galileo, el asunto estaba bajo la jurisdicción de Herodes, y ordené que le mandaran para allá. El astuto tetrarca, con un pretexto de humildad, protestó su deferencia al teniente que fue de parte de César, y acometió en mis manos la suerte del hombre. Muy pronto el palacio había adquirido el aspecto de una ciudadela asediada. Cada momento se aumentaba el número de la sublevación. Jerusalem estaba inundada con grandes grupos de gentes de las montañas de Nazareth. Toda Judea parecía estar congregada en la ciudad. Mi esposa, que era de entre los Gauls, que pretendían ver el futuro, llorando se echó a mis pies diciendo: “¡Cuidado, cuidado! No tengas que ver con aquel justo, porque hoy he padecido muchas cosas en sueños por causa de él. Anoche le vi en una visión: caminaba sobre las aguas; volaba sobre las alas del viento; él hablaba a la tempestad y a los peces de la laguna; todos le obedecían. He aquí el torrente de Kebrón fluía con sangre. Las columnas del templo se rompieron y encima del sol había un velo de luto. ¡Ay, Pilato!, el mal te espera si no atiendes a las palabras de tu mujer. Huye de la ira del senado romano. Huye del enojo de César.” A esa hora ya la escalera de mármol crujía bajo el peso de la multitud. El Nazareno fue devuelto de nuevo a mí. Yo procedí a la Sala de Justicia seguido de un guardia, y en tono severo pregunté al pueblo cuál era su demanda. “La muerte del Nazareno, porque se dice rey de los judíos”, fue la respuesta. “La justicia romana —dije yo— no castiga a tales ofensas con la pena de muerte”. Pero la implacable gentuza sólo daba gritos:“¡Crucifícale, crucifícale!” La vociferación enfurecida hacía menear los cimientos del palacio. Sólo había uno que parecía estar en perfecta calma en medio de la vasta multitud: era el Nazareno.

Después de muchos esfuerzos inútiles por protegerle de la furia de sus perseguidores, adopté el medio que me pareció el único por el cual poder salvar su vida. Yo propuse que como era costumbre de ellos en esas ocasiones soltar a un preso, que él podía ser librado para que fuera la víctima propiciatoria, según ellos. Pero dijeron: “¡Jesús tiene que ser crucificado!”. Entonces les dije que eso sería incompatible a las leyes; les demostré que ningún juez, en el caso de un criminal, podía hacer sentencia hasta que no hubiera ayunado un día entero, y que era menester que el Sanedrín aprobara la sentencia y que tuviera la firma del presidente. Además, que ningún criminal podía ser matado en el mismo día que recibe la sentencia. Les dije que era un requisito que en el día de la ejecución el Sanedrín repasara todo el hecho, y que según la ley, uno quedaba en la puerta del juzgado con una bandera, mientras que otro a caballo, a una distancia, gritaba el nombre del criminal y cual era su crimen. También debía decir el nombre de los testigos, y preguntar si alguien podía testificar algo en su favor. Todo esto yo les rogaba esperando que el temor les haría someterse, pero más gritaban ellos: “¡Sea crucificado!” Entonces ordené que fuese azotado, pensando que quedarían satisfechos con esto, pero sólo aumentó la furia de ellos. Entonces pues, pidiendo agua, me lavé las manos en presencia de la multitud, testificando así que a mi juicio Jesús de Nazareth nada había hecho digno de muerte, pero todo fue en vano; era su vida lo que ansiaban esos miserables. A menudo en las conmociones civiles yo me he fijado en el ánimo furioso de la multitud, pero nada se puede comparar a lo que vi en esta ocasión. Bien se podía decir que en esta ocasión todos los demonios del infierno se habían congregado en Jerusalem. La multitud no parecía que caminaba sino que era elevada por un vórtice en olas vivas desde los portales del pretorio hasta el Monte de Sión, con gruñidos, gritos y vociferaciones tales como nunca fueron oídos en la sedición de Pamnonia. Gradualmente el día fue oscureciéndose como el crepúsculo de una tarde de invierno. Yo, el gobernador de una provincia en rebeldía, estaba apoyado contra la columna de mi basílica contemplando un cuadro triste. Estos malvados de Tárturus arrastraron al inocente Nazareno para matarle. Todo alrededor mío estaba desierto. Jerusalem había arrojado sus habitantes por la puerta fúnebre que va hacia Genónica. Un aire de desolación y tristeza me envolvió. Mi escolta se juntó a la caballería y el centurión, para demostrar una sombra de potestad, se esforzaba en guardar el orden. Yo me quedé solo, y mi corazón quebrantado me decía que lo que estaba pasando en aquellos momentos pertenecía más bien a la historia de los dioses que a la de los hombres. Se oyó un alto clamor desde el Gólgotha que llevado por el viento anunciaba una agonía tal como nunca. A primeras horas de la tarde yo me puse el manto y fui a la ciudad hacia la puerta del Gólgotha. El sacrificio estaba consumado; el gentío regresaba para su casa, agitado todavía, pero sombrío, trastornado y desesperado. Lo que habían presenciado los había herido de terror y remordimiento. Vi pasar también, muy triste, mi pequeña cohorte romana; el portaestandarte encubrió el águila en señal de luto. Entonces de repente se detenían los grupos de hombres y mujeres mirando hacia atrás, al Calvario, y quedaban admirados, como en expectación de contemplar algún nuevo desastre. Regresé al pretorio triste y pensativo. Subiendo la escalera que todavía estaba manchada con la sangre del Nazareno, vi a un anciano en una postura suplicante, y detrás de él varios romanos en lágrimas. Él se echó a mis pies y lloró amargamente. Es doloroso ver a un anciano llorando, y como mi corazón estaba ya cargado de dolor, nosotros, aunque extranjeros, lloramos juntos. Y en verdad, las lágrimas estaban muy cerca en algunos que yo distinguía entre la vasta multitud. Nunca yo había visto tal división de sentimientos de ambos extremos. Aquellos que le entregaron y le vendieron; aquellos que testificaron contra él; aquellos que exclamaron: “¡Crucifícale, crucifícale! ¡Su sangre sea sobre nosotros!” Todos se fueron como cobardes y se lavaron sus dientes con vinagre. Como me han dicho que Jesús enseñaba una resurrección y una separación después de la muerte, si así es, yo estoy seguro que comenzó en esta vasta multitud. “Padre, —le dije al anciano después que cobré control del habla— ¿quién es usted y cuál es su petición?” “Yo soy José de Arimatea —replicó él— y he venido para pedirle de rodillas el permiso para sepultar a Jesús de Nazareth” “Su petición es concedida”, le dije, y enseguida

mandé a Manlius que llevara consigo unos soldados para supervisar el entierro con el fin de que no fuese profanado. Unos días después el sepulcro fue hallado vacío. Sus discípulos publicaron por doquier que Jesús había resucitado de los muertos como él lo había dicho. Esta última noticia creó más excitación que la primera. Acerca de su veracidad no puedo decir algo cierto, pero hice algunas investigaciones del asunto de manera que usted pueda examinar por sí mismo y ver si yo estoy en culpa, como Herodes me ha representado. José enterró a Jesús en su propio sepulcro; y si contemplaba la resurrección de Jesús, o fue que pensaba cortar otro para sí, yo no lo sé. Al otro día después del entierro un sacerdote llegó al pretorio diciendo que ellos habían entendido que era la intención de sus discípulos hurtar el cadáver de Jesús y escondiéndolo hacer ver que había resucitado de los muertos como él había dicho. Yo le envié al capitán de la Guardia Real, Malco, avisándole que tomara soldados judíos y que pusiera alrededor del sepulcro cuantos él creyera necesario. Entonces si algo sucediera podían culparse a sí mismos y no a los romanos. Cuando se levantó la grande conmoción acerca del sepulcro que fue hallado vacío yo me sentí con una solicitud más profunda que nunca. Envié a llamar a Malco, quien me dijo que él había puesto a su teniente, Ben Isham, con varios soldados alrededor del sepulcro. Él dijo que Isham y los soldados estaban muy alarmados por los sucesos ocurridos allí. Entonces mandé llamar a este hombre, Isham, quien me relató tanto como pudo recordar las circunstancias que siguen: Él dijo que al comienzo de la vela ellos vieron una luz suave y hermosa venir sobre el sepulcro. Él pensó primero que eran las mujeres que habían venido para embalsamar el cuerpo de Jesús, como era su costumbre; pero él no podía entender cómo podían haber pasado las guardas. Mientras que reflexionaba sobre estas cosas en su mente, he aquí, todo el lugar fue alumbrado, y parecía haber una multitud de muertos en sus hábitos sepulcrales. Todos parecían estar exclamando de alegría, mientras que todo en derredor parecía haber la música más dulce que jamás él había oído, y el lugar parecía estar lleno de voces alabando a Dios. En ese momento la tierra parecía estar meciéndose y estremeciéndose, de tal manera que él se sintió enfermo y con fatiga y no pudo mantenerse en pie. Dijo que le parecía que la tierra se había ido de debajo de él y perdió el conocimiento, de manera que no sabe lo que ocurrió después. Yo le pregunté en qué posición se encontraba cuando volvió en sí y me dijo que estaba postrado en tierra, boca abajo. Después le pregunté si el mareo no sería el efecto de haberse despertado de repente, como a veces el sentarse de pronto tiende a ese efecto. Él dijo que no fue así, ya que no se había dormido de servicio. Él dijo que había permitido a algunos de los soldados dormir por turno y algunos estaban durmiendo en ese momento. Yo le pregunté como cuánto tiempo duró la escena; me dijo que no sabía pero pensó que sería como una hora. Entonces le pregunté que si fue para el sepulcro después que volvió en sí. Me dijo que no, porque tenía miedo; que tan pronto llegó el relevo, todos fueron a sus estancias. Le pregunté si había sido interrogado por los sacerdotes. Me dijo que sí, que ellos querían que él dijera que fue un terremoto, y que todos estaban durmiendo, y le ofrecieron dinero para que dijera que los discípulos fueron y le hurtaron. Pero él no vio a ninguno de los discípulos, ni sabía que el cuerpo no estaba allí hasta que se lo dijeron. Yo le pedí la opinión particular de los sacerdotes con quienes había conversado. Él dijo que algunos creían que Jesús no era un hombre, que no era un ser humano; que no era el hijo de María; que no era el mismo de quien se dijo que nació en Bethlehem y que esta misma persona había estado en la tierra antes con Abraham y Lot, y en muchas otras ocasiones y lugares. Paréceme que si la teoría de los judíos es verdad, estas conclusiones serían correctas; porque estarían de acuerdo con la vida de este hombre, como yo estoy enterado y según testifican sus amigos y enemigos, porque los elementos en sus manos no era más que el barro en las manos del alfarero. Él podía convertir el agua en vino. Podía cambiar la muerte en vida, enfermedad en salud; calmar la mar, la tempestad, llamar un pez con una moneda de plata en su boca. Y ahora digo que si él podía hacer todas estas cosas que hacía, y mucho más como testifican los judíos, y que fueron estas cosas las que crearon la enemistad de ellos (él no fue acusado de una ofensa criminal, ni tampoco fue acusado por violar alguna ley, ni por haber hecho mal individualmente

a alguna persona), yo estoy casi preparado para decir como dijo Manuias junto a la cruz: “¡Verdaderamente Hijo de Dios era éste!”. Ahora, noble soberano, estos son los hechos tan exactos de este caso como yo lo puedo dar, y yo he tomado empeño en hacer la declaración completa con el fin de que usted juzgue de mi conducta en general, porque he oído que Antipas ha hablado muchas cosas duras de mí debido a este asunto. Prometiendo fidelidad, y deseando mucho bien a mi noble soberano, yo soy, Su muy obediente siervo Poncio Pilato.

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