LAS MANCHAS DE RORSCHACH

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DAC Daniel

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ISBN: 978-0-557-89837-4 ©2010 LAS MANCHAS DE RORSCHACH

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A los hombres y mujeres de esta Tierra; en especial, a los afligidos, empobrecidos y derrumbados, que nunca cumplieron sus sueños. A David Hanus, músico de todos los tiempos.

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“¿Y qué ve usted en esta mancha…?” Hermann Rorschach.

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“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna.” Juan 3:16 Nuevo Testamento La Biblia "La libertad es uno de los más preciados dones que a los hombres dieran los cielos." Miguel de Cervantes Saavedra El Quijote. “Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo.” Camilo José Cela La Familia de Pascual Duarte.

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Tendrían que pasar exactos treinta años para que, como me lo había prometido, cumpliese con exponer las emociones, las actitudes y los pensamientos de aquellos a quienes llamo “los pequeños mundos”. Los seres que cuentan sus vidas tal cual son, sin miramientos ni miedos. Los seres que, llegado el momento de relatar sus experiencias, no se esconden en caretas, y se sientan en mi diván a mostrarle al mundo lo que fueron y lo que son. Mi nombre es Dante del Solar, y, desde hace más de tres décadas, me dedico a la psicología forense. Aunque, si soy más exacto, debo decir que me dedicaba. He decidido dejar la profesión que tantas ganancias me ha otorgado para abocarme al retiro. Un retiro que se hacía necesario después de mis innumerables casos alrededor del mundo. Lo cierto es que no he querido desaparecer de esta Tierra sin dejar de dedicar el resto de mis días al registro de los principales casos criminales en los que me tocó participar. Antes deseo dejar en claro que un psicólogo forense no se dedica a esclarecer quién es el autor de tal o cual crimen, o si una víctima se convierte en victimario, o viceversa. Un psicólogo forense cumple el mismo rol de un psicólogo tradicional; es decir, le indica al o los inculpados –que
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también son tratados por pacientes– que se recuesten en el diván, y expongan sus vidas de la forma que deseen. El paciente puede comenzar el relato desde su niñez, o desde el momento que estime. Lo importante es otorgar un clima de acogimiento y relajo. Así se van detectando las actitudes, las posibles razones por las que se cometió el crimen, y el equilibrio mental del inculpado. La idea es explorar la mente lo más posible, con la aplicación de algún test, sólo como forma de completar la labor profesional. Fue precisamente con uno de esos test que comenzó mi vida profesional de psicólogo forense. Era 1975, y yo, que ya era un graduado de psicología, había finalizado la especialización en psicología forense en los Estados Unidos, y retornaba a mi país natal, Chile, para hacerme cargo de un caso criminal que el Gobierno Militar de ese entonces, comandado por Augusto Pinochet, había clasificado por “Las Manchas de Rorschach”, en alusión al uso del famoso test psicológico, el Test de Rorschach, que era conocido de forma popular por “Las Manchas de Rorschach”. El caso me fue encargado por la sencilla razón de que yo era el primer especialista en la materia que llegaba a Chile. No era una tarea fácil, ya que en ese tiempo las situaciones de tortura y detenimiento a los disidentes políticos, que provenían del derrocado Gobierno de Salvador Allende, se hacían notar, y, en el exterior, la alarma de represión de los militares era algo mucho más difundido que en el propio Chile, debido a la situación de exilio de muchos ciudadanos. Cuando me tocó analizar la mente de los inculpados en el caso, en una sala de un cuartel militar, fui descubriendo que ese test, el de Las Manchas, significaba mucho más que un simple test para aquellos
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apresados. Algo que para la psicología es una herramienta de trabajo se mostraba como un símbolo de vida y de relevancia para las generaciones y los familiares de los victimarios. Los relatos, iniciados por el principal inculpado, el joven Victorio de Lorca, me marcaron de tal forma que, aunque después recorrí varios países, y me enteré de las vidas de muchas situaciones tan particulares como ésta, el caso de “Las Manchas” quedó grabado en mí por dos motivos esenciales: uno, era mi primer caso; y dos, la fuerza del contexto histórico y social de los involucrados, quienes narraban sus vidas con mucha convicción y mucho orgullo, a pesar de saber que habían cometido crímenes. Es por todos estos motivos que yo no seré quien relate la historia de Las Manchas, sino que sus propios protagonistas: los apresados. Ellos nos harán retornar a 1975, y, como hábiles relojeros que tienen la capacidad de retroceder el tiempo, volverán a expresar sus historias de vida, con la misma fuerza que lo hicieron en su momento, en una franca exhortación de pensamientos, anhelos, creencias y sensaciones. Este es el caso de Las Manchas de Rorschach.

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INFORMACIÓN PREVIA Acerca del Test de Rorschach Las Manchas de Rorschach forman parte de una técnica y método proyectivo de psico-diagnóstico llamado Test de Rorschach, creado por Hermann Rorschach (1884-1922). Se publicó por vez primera en 1921 y alcanzó una amplia difusión no sólo entre la comunidad psicoanalítica sino en la comunidad en general. El test se utiliza principalmente para evaluar la personalidad. Consiste en una serie de 10 láminas que presentan manchas de tinta, las cuales se caracterizan por su ambigüedad y falta de estructuración. El psicólogo pide al sujeto que diga qué podrían ser las imágenes que ve en las manchas, como cuando uno identifica cosas en las nubes o en las brasas. A partir de sus respuestas, el especialista puede establecer o contrastar hipótesis acerca del funcionamiento del sujeto. Básicamente es un test proyectivo aunque a partir de él se ha estudiado su cuantificación. Entre 1935 y finales de los años 1950 se desarrollaron cinco intentos de cuantificación de las respuestas. Los máximos exponentes de estos intentos fueron Beck, Klopfer, Hertz, Piotrowski y Rapaport. Este último le sugirió a John Exner (Jr.) la conveniencia de conocerlos todos, y de allí Exner extrajo la idea de reunir toda la información internacional y los distintos sistemas interpretativos en uno solo: así creó el llamado Sistema Comprehensivo. Mediante una red de rorschachistas en todo el mundo, se fue constituyendo una impresionante base de datos de protocolos individuales que permitió un estudio y
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reinterpretación de estos sobre la base de los descubrimientos que se iban haciendo. Otra contribución fundamental para el desarrollo científico de la herramienta fue la creación de un Resumen Estructural, en el que el psicólogo, una vez codificadas las respuestas obtenidas, vuelca los datos y obtiene una configuración de la personalidad del sujeto. Actualmente el Sistema Comprehensivo es el más extendido y fue aportando datos muy importantes para la valoración de la personalidad y el descubrimiento de estructuras mentales opacas a otros sistemas de estudio de la personalidad. Es por ello por lo que se le considera una de las pruebas más completas. Pero su mayor logro es la amplia difusión que posee, ya que a partir de ella existe una amplia cantidad de investigaciones y casuística. El material actual disponible es inmenso. Junto con el MMPI, es uno de los test psicológicos más ampliamente difundidos en el ámbito jurídico-forense. También se aplica en el ámbito de la selección profesional. A continuación, las diez láminas principales del Test de las Manchas de Rorschach:

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CHILE 1975

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EL HIJO Victorio

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Yo me sentía un extraño sentado en un rincón de la sala, mirándolos todo el día, escuchándolos todo el día, teniendo que responderles a todo lo que me preguntaban. Mi cabeza parecía que fuese a explotar de tanta rabia que tenía con ellos. Les veía las narices cochinas y me daban asco. Esos niños chicos que no tenían ni lo más mínimo de educación me miraban como si yo fuese alguno de sus familiares. Pero yo no los quería ni ver. Eran todo lo que yo no quería haber terminado ser: un perdedor, un inútil, un don nadie, que se tiene que conformar con ser un practicante, y aceptar todo lo que le decía el profesor guía; aceptar y aceptar. Por eso hice lo que hice, no fue por otro motivo, y yo se lo voy a contar con lujo de detalles, porque no quiero que salgan diciendo que soy un asesino. No quiero que esos estúpidos profesores de esa estúpida universidad se rían de mí, y digan: “ese imbécil terminó como pensábamos, siendo un miserable”. Mis manos estaban llenas de sangre viva cuando me había liberado de mi mayor enemigo: mi madre. La había matado con mis propias manos, sin ayuda de nadie. Usted se preguntará por qué, es sencillo. Ella era una bestia. Una mujer del campo muy brusca y maloliente. Eso es lo que más me da rabia de las personas, que huelan y hablen mal. No sé cómo la pude aguantar tanto tiempo. ¿Sabe qué más? Era puta. Sí, se acostaba con todos los hombres del pueblo. Yo lo que menos acepto en una mujer es que venda su cuerpo. El cuerpo es sagrado, el cuerpo no se debe vender. Además, uno se puede pescar muchas enfermedades. Pensándolo bien, a lo mejor, a ella le hice un bien, le saqué el pecado que tenía en su cuerpo, y la mandé al purgatorio. Usted sabe que los pecadores que mueren por causa de otro pecador, en este caso, yo, no se van al infierno. Yo nunca he sido muy

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religioso, yo pienso que soy ateo o agnóstico, aunque igual pienso que debe haber un cielo y un infierno. ¿Me entiende o no me entiende? Le hablo del asesinato de mi madre porque ahí empezó todo. Ahí me tuve que transformar, me tuve que volver “bueno”, como dicen en el campo. Pero esa era la pura apariencia. Yo siempre había sido malo, a mí me encantaba doblar las hojas y retorcerlas, me imaginaba el cuello de las víctimas, quebrajándose de a poco. Eso lo hice hasta después de haber matado a mi madre, cuando iba por una calle vacía del pueblo, y encontraba un poco de plantas sueltas, antes de que me diera por llorar. Es que a los asesinos nos gusta matar, pero, al final, terminamos llorando igual que Magdalenas. Somos llorones los asesinos, y lloramos harto. Lloramos porque quienes matamos son parte de la vida de uno, y se nos vienen a la cabeza todas las cuestiones vividas con el muerto. Si yo le contara todas las imágenes que me hicieron acordar de mi madre, ese atardecer. Me acordé hasta de cuando me mecía en la cuna. Bueno, es un decir, no crea que me acordé de tanto, pero más o menos así fue no más. Yo pienso que hubiese estado llorando toda la tarde de no ser por el cura del pueblo, que pasaba por el pasaje donde se me había ocurrido llorar, y me preguntó qué me pasaba. A los curitas yo les tengo miedo. Pienso que son como los jueces de Dios. Si tú le cuentas tus pecados a un cura, te puedes dar por liberado, pero hay que saber hacerlo. Yo me sequé las lágrimas, e hice lo que siempre hago cuando veo que no tengo otro remedio: mentir. Le dije que me había golpeado en el pie, y que me dolía mucho. El curita se lo tragó todo, cayó redondo, y me dijo que podía acompañarlo a la parroquia para que me pusiera alcohol y una venda. Yo le tuve que obedecer, y caminamos por la calle de tierra del pueblo.
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Adentro de la iglesia me sentía cuestionado por las estatuillas de Jesús y las de los santos. Era como si me estuviesen culpando de la muerte de mi madre, como si me estuviesen apuntando. Yo pensaba que era una buena estrategia lo de estar en la iglesia, así nadie despertaría sospechas, pero me decía, para mí, “el lugarcito donde se te ocurre meterte después de matar a alguien”. Lo que más me tenía nervioso era que el cura estaba buscando algo para sanar mi supuesta herida, y yo no tenía nada. Por mientras, yo me intentaba rasgar con la punta de un palo de madera viejo, para que se me hiciese una herida. El cura se acercó con una tinaja de agua fría y una venda. Tenía una mirada de desconfianza que no se la sacaba nadie. Yo no sabía si pedirle la tinaja primero o la venda, pero él mismo me entregó la tinaja. Se me imaginaba todo lo que debiera estar pensando. Tenía un presentimiento de que sospechaba algo. ¿Se ha fijado de esos momentos silenciosos que se cortan con tijera, y donde uno no sabe si hablar sea bueno? Así me sentía yo, asustado con la cara del religioso. Hasta que habló y me dijo: - ¿Por qué no me dices la verdad, mejor? Así nos ahorramos tiempo, y los dos nos liberamos. - ¿A qué verdad se refiere? Yo ya le dije que tengo una herida en el pie porque me caí en el camino. - Acuérdate que yo soy sacerdote, y, si te confiesas, te sacas todo lo que llevas dentro, y aquí nadie supo nada. Yo tengo el secreto de confesión. - Pero eso no me asegura que no vaya a hablar con alguien. - Si eres sincero, te puedo ayudar. No me costaría mucho… - ¿Y cómo me puede ayudar un cura? Si usted es más pobre que yo…
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- Los curas somos pobres, pero tenemos influencias, y muchas… Hay curas, y ése. Porque, si yo era malo, ese cura era el doble de malo que yo. Me llevó a la parte trasera de la iglesia, y, adentro de una pieza chica, tenía a una mujer en una cama; la mujer estaba desnuda, o, por lo menos, yo le vi los pechos, y hasta me saludó como si fuera algo de lo más común. Me dijo que lo esperara un poco, y que volvía luego. Yo había vivido en el mismo pueblo por más de treinta años, y no tenía idea de que el cura tenía esas costumbres. Por mientras, miraba para todos lados, ignorándola un poco. Es que causa incomodidad estar viendo a una mujer en la cama de un cura. Él, cuando apareció de nuevo, venía medio traspirado, y traía una maleta vieja. Me llevó otra vez adentro de la iglesia, y me pidió que me confesara. Yo nunca me había confesado, y se lo dije. Le dije que yo no era religioso, y que sólo respetaba a los creyentes. Pero el cura era porfiado, y me obligó a la confesión. - Acúsome, padre. - Dime cómo te llamas, hijo. - Victorio de Lorca Sánchez, padre. - ¿Qué hiciste, hijo? - Maté, pero maté porque tenía mucha rabia, y el muerto me hacía la vida imposible. - ¿Quién era el muerto? - Mi madre… - Doble pecado, hijo… Mataste al seno y la carne… - Ella era una bestia, padre, a mí me daba asco verla… - ¡Bestia eres tú, que matas a tu propia madre! ¡Sal del confesionario, y recibe la maleta!
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El cura me dijo que las casualidades no existían. Que él estaba buscando un peón, y peón se había encontrado. Ese peón era yo, y él me iba a manejar a su antojo. Me pasó la maleta, y me dijo que tenía que ir a la ciudad lo más pronto posible. Ese cura llevaba la sotana de pura apariencia. Él sólo quería que yo obedeciera y no le dijese ni lo más mínimo. ¿Y las manchas? Bueno, fue ahí cuando las sacó. Las tenía guardadas en esa maleta vieja. Él me mostró la misma que usted me mostró hace poco, y yo le respondí lo que vi apenas me lo preguntó. - ¿Qué ves en estas manchas? – Me dijo. - No veo mucho, porque está muy borrosa. – Le respondí. - Pero esfuérzate, y dime lo primero que se te viene a la cabeza. - Veo una mariposa, una mariposa chica… - ¿Y dónde la ves? - En la mitad de la lámina… - ¿Por qué dices que es una mariposa? - Por las alas, las alas desplegadas… - ¿Ves algo más? - No, lo demás se ve muy borroso… No entendí para qué me mostró esas manchas, pero, después de eso, me entregó la maleta, y me dijo que tenía que salir lo más pronto posible del pueblo, y que debía ser ese mismo día. Yo pensé que, por lo menos, me llevaría en su auto viejo a la estación del tren, pero, nada. Me arrastró corriendo a la salida de la iglesia, abrió el portón, y me pidió que esperara unos minutos. No habrán pasado ni dos, cuando apareció un tipo a caballo, y el cura le dijo que me llevase a la estación. Me subí a la grupa, y partimos hechos una bala. El hombre no hablaba ni media palabra, y llevaba la cara
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tapada. Por supuesto que era extraño ver a un cura hablando con un hombre de ese tipo. Lo peor de todo es que el cura sólo me había dicho que debía seguir las instrucciones que aparecían en un libro adentro de la maleta. El tren estaba vacío cuando me subí. Sólo estaba el maquinista, y una que otra persona. Yo no sabía que seguía funcionando el tren a esas horas. Como nunca había salido del pueblo, no conocía los horarios, pero tenía una idea de que el servicio sólo funcionaba hasta cierta hora. El tren estaba helado, y me senté en un vagón solo. No tenía ni la menor idea de adónde iba, supuse que eso lo diría el maquinista, o el típico inspector del tren. Si usted me lo pregunta así, de forma directa, yo me sentía más libre que antes, por eso no se me ocurrió descubrir si todo lo que pasaba estaba planeado, o si todo era por bondad del cura. Un cura es un cura, por lo menos, eso deja ver la sotana. Las cosas que supe después de él las conocí cuando ya había pasado todo esto, y era muy tarde para arrepentirme. Un amigo me dijo que el cura me había utilizado, que había sacado conclusiones de mi personalidad, con esas manchas que me mostró, y que yo calzaba con el perfil que él andaba buscando. Pero ¿usted cree que yo estaba para pensar en cosas malas del cura en ese momento? Yo había cometido un crimen, había matado a mi propia madre, y no me quedaba más que obedecer al religioso, que me estaba haciendo hasta un favor con sacarme del pueblo. No sé cómo me quedé dormido tanto rato. Porque, cuando desperté, ya era de día. El inspector del tren me había dicho que debía bajarme, que el tren sólo llegaba hasta esa estación. Mi cabeza daba vueltas, y estaba muy mareado. Se supone que tenía que bajarme del tren, aunque la pregunta era
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¿y qué hacía después? No tuve más opción que bajarme, y quedarme sentado en una de las bancas de la estación. ¿Que Cuándo apareció Bautista? Ahí mismo, cuando estaba sentado en la banca del tren. Me dijo si acaso yo era Victorio Sánchez, y yo le dije que sí. A lo mejor, tendría que haberle dicho que no. Por lo menos, eso me hubiese permitido averiguar dónde estaba, y arrancar a otro lado por las mías. Pero le dije mi nombre, así que él me respondió: -Te vas ahora conmigo para mi casa. Yo ahí te digo lo que vas a hacer tú. -Pero dígame, por lo menos, cómo se llama usted. Recién lo estoy viendo, y ya tengo que hacerle caso. -Me llamo Bautista. Y te vienes para mi casa. Y no se hable más. El pueblo estaba sumido en una procesión a la Virgen del Santo Socorro, por eso, las calles estaban atestadas de gente. Tuve que levantar la maleta por arriba de mis hombros, y pedir permiso a cada rato para poder pasar. Me daba más rabia estar ahí, en medio de tanta vieja gorda y sucia, que escuchar los gritos de mi madre. El hombre del pueblo era bajito de estatura, y andaba vestido con un gorro aplanado. Algunas de las mujeres lo saludaban, y él se levantaba un poco el sombrero, en señal de aprobación. La muchachada estaba aglutinada al máximo, y me empujaban para todos lados; hasta se me cayó el bolso en una ocasión. Gente estúpida, creyente de unas estatuas de cal y yeso. Yo no veneraría ni a mi santa abuela ya muerta, que había sido una buena mujer; la única que se acordó de mí cuando estuve en el servicio militar, donde me sacaban la mugre a puros correazos. Esos gendarmes de mierda, me acordaba de ellos a cada rato, en medio del

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tumulto, porque las mujeres me daban golpes en los costados, que los tenía apolillados de tantas patadas que me dieron en su tiempo esos animales. Ya lejos del tumulto, el hombre abrió la puerta de su casa, una choza más chica que la porquería de casa que yo tenía. En el interior, casi no había muebles. El hombre tenía una mesa antigua, con unas simples sillas de madera, y unos cuantos cuadros mal pintados. Yo miraba la casa y ya me daba asco de nuevo. Sé que suena como si todo me diera asco, pero es así. Esa casucha, además, olía pésimo. Parece que el hombre no había limpiado en años. Él se sentó a la mesa y se cruzó de brazos. Y si lo que vi me dio asco, lo que hizo ahora el hombre me dio mucho más. Se escupió las manos, se las frotó, y me dijo: - ¡Bueno!, ¿te vas a sentar o no? ¡Quiero ver lo que hay dentro de esa maleta, y quiero verte en bolas! El hombre estaba loco, o estaba drogado o estaba borracho. Quería que me sacara la ropa delante de él. Yo no le quise hacer caso, y le tiré la maleta encima de la mesa. Yo no iba a estar dispuesto a sacarme la ropa delante de un tipo que ni conocía. El hombre, eso sí, no se inmutó. Abrió la maleta, y empezó a verificar lo que había dentro. A cada rato, decía “Bien”, “bien”, “bien”. Parecía que estuviese comprobando que todo estaba en orden. Hasta que pasó lo que me obligó a sacarme la ropa. El hombre sacó del interior una pistola bastante grande, la apuntó hacia mí y gritó: - ¡Sácate toda la ropa, mierda! El hombre estaba decidido a meterme las balas por el pescuezo, así que tuve que sacarme toda la ropa. Quedé desnudo, o pilucho, como me gusta decir, mientras él me seguía apuntando con la pistola. Me ordenó que

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fuera al baño que tenía en su casa, y que me diera una ducha, porque decía que yo olía horrible. Cuando salí del baño, el hombre seguía sentado en la mesa, y me dijo que sacara toda la ropa que había dentro de la maleta. Era un traje de dos piezas, de tela negra y bastante bien cuidado. También había una corbata roja y uno zapatos de charol que brillaban. Yo miraba con mucha rabia toda esa ropa; me enfurecía tener que obedecer las órdenes de un desconocido. Iba a negarme una vez más a seguir sus palabras, cuando, de improviso, gritó: - ¡Ahora sí; amárrenlo! Sin saber de dónde ni cómo, dos hombres aparecieron por detrás de mi espalda, y me cogieron de los brazos y las piernas. Eran hombres mucho más grandes y corpulentos que yo, por lo que no me podía soltar de ellos. Me pusieron boca abajo, en la mesa donde estaba sentado El Bautista. Los hombres vestían el mismo traje negro que había en la maleta, y, por lo poco que pude ver de sus caras, mantenían la cerviz arrugada, como si fuesen mafiosos. Pensé que me daría de latigazos o que me maltratarían con algún otro elemento; eran hombres que podrían haber partido en dos a quien quisiese, pero no fue así: lo único que hicieron fue amarrarme en la mesa, y dejar mi espalda al descubierto. Mientras, yo veía que El Bautista sacaba una caja con varios utensilios; parecía armar una máquina pequeña, que no podía saber para qué era. Eso me hacía poner más inquieto, y les gritaba a los hombres que no me siguieran amarrando, porque no iban a salirse con la suya. El rostro de risa irónica que tenía el Bautista me hacía sentir más rabia y más deseos de golpearlos a todos. Actuaban como verdaderos cobardes, que contra un hombre para que se les facilitara las cosas.
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Cuando los hombres terminaron de amarrarme, El Bautista les pidió que se alejaran un poco, porque debía comenzar su trabajo. Al escuchar es última palabra, “trabajo”, me inquieté todavía más, y le exigía que me soltase, y que actuara como un hombre, sin amarras ni cobardías. Él se agachó a la misma altura de mi cara, y, mostrando una especie de manguerilla de punta fina, me dijo: - Esto lo hago para asegurarme que toda la vida estarás marcado con la Mancha de la Mariposa. Así lo ha pedido El Pequeño Gigante, y así se hará. Tenía tanta furia contenida, que no dudé un segundo en escupirle en la cara al miserable. No me interesaba quién había ordenado que me amarraran, ni que me diera un golpe por escupirlo; sólo deseaba que se muriese, igual como lo había hecho con mi madre. Él, en cambio, siguió con su risa socarrona, y se levantó de inmediato. Parecía tener mucha prisa por hacer lo que tenía que hacer. Pasó su mano por mi espalda, y dijo dos o tres veces: - Es una espalda amplia y larga. La Mancha quedará muy bien marcada en esta espalda. Casi sin darme tiempo para preguntarle qué pretendía hacer, empezó a pasar la punta de la manguerilla por mi espalda. Yo no quería dejarme hacer nada, y me movía de un lado a otro, para que dejara de pasarme la manguerilla. Fue ahí cuando llamó a los hombres corpulentos otra vez, y les dijo que me agarraran de los hombros y de las piernas, y que no me soltasen para nada. Amenazaba de matarme si yo seguía moviéndose. No tuve más opción que quedarme quieto, y consentir que siguiera pasando la manguerilla por mi espalda. Era algo muy doloroso, parecía que el hombre
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me estuviese marcando con fuego la espalda, y, a pesar de que intentaba aguantar, no podía dejar de gritar del dolor. El Bautista, entre risas, me decía que aguantase como hombre, que si me había gustado matar a alguien, tenía que aceptar todo lo que viniese para escapar de los juicios. Pero yo no quería saber nada. Más hablaba, y más me daban deseos de matarlo. Sólo deseaba estar libre para golpearlo. Después de más de una hora, El Bautista dejó de pasar la manguerilla por mi espalda, y les pidió a los hombres que me soltaran, y que trajeran dos grandes espejos. Yo seguía desnudo, y me sentía igual que un miserable que es tratado como un perro. El Bautista sospechaba de mis intensiones de atacarlo, y me decía: - Sé que quieres matarme, animal; pero ni lo intentes; estos corpulentos hombres te pueden quitar esas ganas en un segundo… Ten paciencia… Los hombres corpulentos llegaron con los espejos, y los pusieron uno delante y otro detrás de mí. Así pude ver que en mi espalda estaba tatuada una enorme figura de la misma mancha que el cura me había mostrado en la parroquia. El Bautista la llamaba la Mancha de la Mariposa, y se jactaba de que esa marca debía quedar ahí como señal de pertenecer a una casta familiar sin fin. Yo le pregunté por qué me había marcado con esa figura, y él me respondió que eso no era parte de su trabajo, y que, cuanto antes, debía ponerme la ropa que estaba en la maleta. Tuve que ponérmelo todo, con la atenta mirada de los hombres corpulentos. No podía creer que estuviese siendo manejado al antojo de una tropa de personajes extraños y salidos de un libro de delincuentes. Yo había matado, pero ellos tenían en la

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sangre el deseo de eliminar a cualquiera. A veces pensaba que era parte de un castigo por matar a mi madre, y eso aumentaba más mi rabia. En la mitad de esos pensamientos de impotencia y furia, El Bautista me ordenó ir al baño de nuevo, a peinarme y enjuagarme la boca con una pasta dental. Al salir del baño, los hombres corpulentos ya no estaban. El Bautista estaba solo, y me miraba de frente. De la nada, se puso a dar unas grandes carcajadas. A mí eso no me gustó, nunca me ha gustado que se rían de mí. Le pregunté por qué se reía tanto, y me respondió: - Me asombra verte vestido como la gente, y eso me causa risa. Que, de un momento a otro, cambies tanto tu aspecto. Hasta te ves bonito. - Si no tuvieras esa pistola, yo no hago nada de lo que dices. Debieras ser más hombre, y actuar con tus propias manos. Enojado por lo que le había dicho, lanzó la pistola a uno de los costados del sillón viejo, y se puso en pose intimidatoria, como para que yo ahora no tuviera excusas de poder atacarlo. A los malos, nos comen las manos cuando vemos a la posible víctima al borde de la indefensión. El hombre me las estaba dando fácil; sin arma, sin nada que lo pudiera proteger. A lo mejor, yo no lo hubiera atacado, pero cuando me gritó, ahí sí que no pude aguantar la rabia: -¡Así que le enterraste un cuchillo a tu madre, y arrancaste, y me vienes a decir a mí que soy un cobarde! ¡Tú sí que eres un marica, y de los grandes! Me abalancé sobre el Bautista, y lo agarré por el cuello. Se lo apretaba muy fuerte, igual que cuando maté a un perro que intentó morderme. El hombre se ponía de todos colores. Rojo, verde, amarillo,
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morado, y hasta negro. Intentaba hablar, pero no podía, y movía las manos para todos lados, como si estuviera aleteando. No sé qué me pasó en ese momento, sólo puedo decirle que me dio compasión. Tenía ganas de matar al hombre, y tenía ganas de soltarlo. Pensaba en mi cabeza: lo suelo, no lo suelto, lo suelto, no lo suelto. Donde terminara, ahí se iba a quedar. Lo suelto, no lo suelto, ¡lo suelto! El Bautista casi no podía ni respirar cuando lo solté. Tosía muy fuerte y seguía moviendo las manos de un lado a otro. Yo me sacudí y me arreglé el traje, y retrocedí un poco. Tenía ganas de tomar la pistola y darle sus buenos balazos, y arrancarme. Me contuve sólo porque, con el tumulto de afuera, iba a ser muy difícil correr, menos en un pueblo desconocido. Quise esperar algunos minutos, hasta que el hombre pudiera hablar bien: - Sabía que ibas a reaccionar así, animal. Las bestias del campo son todas iguales, se arrepienten de atacar cuando les entra miedo a la sangre. - Sólo quiero que me digas luego para qué estoy aquí. No estoy para perder mi tiempo. Pienso que el Bautista se enojó con esas palabras, porque se incorporó en dos segundos, y empezó a dar vueltas alrededor de mí. Había agarrado la pistola, y daba vueltas alrededor de mí. Sus ojos eran igual que brazas. Se notaba que estaba ardiendo de rabia por lo que había hecho. Pero a mí me daba lo mismo. El hombre era más bajo de estatura que yo, por lo que, si se ponía muy bravo, iba a reaccionar para quitarle la pistola. No hubo necesidad, eso sí. El hombre me encañonó con la pistola, y me dijo que agarrara la maleta. Abrió la puerta de la casa, y me dijo que saliera, que él ya había cumplido su parte, y que podía ir a la estación del pueblo, que ahí
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me esperaba alguien más. No quise seguir lidiando con el Bautista. El Bautista sólo estaba haciendo su trabajo; eso era lo que pensé al final. Le pregunté cómo llegaba a la estación, y me dijo que tenía que ir en dirección contraria a la procesión. Antes de salir de su casa, me gritó algo que no entendí muy bien, pero que era parecido a: -¡Cuídate, animal!, ¡eres joven, y todavía puedes cometer errores! Ahora que estoy aquí, y puedo sacar cuentas claras, pienso que el muy miserable lo hizo con su qué, porque, cuando me tuve que meter entre la muchedumbre, que seguía oliendo a viejas gordas y con hedor de mariscos, me llevé una de las mayores vergüenzas de mi vida. El sacerdote que iba por delante de la procesión, que se veía muy joven, dio un gran grito de alerta a los feligreses, que me puso los pelos de punta: - ¡Miren, hermanos, a esa oveja descarriada que arranca con una maleta llena de desesperanzas y de dolor! ¡Miren a ese que ha cometido pecado y arranca por el mundo! Todos, sin excepción, giraron sus cabezas hacia mí, y lanzaban una exclamación de asombro, como si yo fuese parte de los infiernos. En general, yo soy respetuoso de las ideas religiosas, no soy ni de aquí no de allá, pero, cuando me encienden la color, yo soy peor que una fiera. Si mi madre había quedado ensangrentada la última vez que la vi, a este cura, el segundo que me tocaba ver después del asesinato, no le quise aguantar que me usara para sus prédicas. Porque yo le digo una sola cosa, a los malos no nos vienen a embaucar con los cuentos de los santos patrones ni de lo negativo de la sociedad. Los malos somos así porque nosotros queremos, no porque la humanidad nos ha llevado a esto ni porque existe una voz interior que nos
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dice “tienes que robar, tienes que asesinar, tienes que odiar”. A mí me gusta ser malo porque saco toda la rabia que llevo dentro, y me siento bien. Me sentí bien matando a mi madre; me sentí bien doblando las hojas del campo; me sentí bien dándole golpes al niño de la sala de clases. Y ya voy para allá, antes, tengo que explicarle lo que le respondí al cura. Dejé la maleta en el suelo un rato, para no cansarme. No quería gritar porquerías con el cuello a dos manos. Respiré un poco, y miré a todo el gentío que estaba a mi alrededor; las caras de estupidez, de asco y de ignorancia se repetían. Viejos con las narices sucias, con pelos en las orejas, con arrugas, con sudor, con un olor a fierro fundido. Carraspeé un poco, y le grité al cura: - ¿Por qué no se fija en las ovejas descarriadas de su rebaño, y deja tranquilo a los que no molestamos? Si soy una oveja descarriada, lo soy, y a mucha honra. Y tenga cuidado, porque esta oveja descarriada se puede acriminar con usted, curita. Uno de los hombres, viejo tenía que ser, reaccionó con total enojo por mis palabras hacia el cura, que me dio hasta un poco de miedo. El viejo gritaba mucho, me decía improperios, me decía que yo era un pecador, me decía que yo debiera desaparecer del pueblo, me decía que yo era un imbécil. La turba empezó a enardecer; los ánimos empezaron a enardecer, el murmullo se transformo en barrullo, y ya casi todos estaban gritando que saliera de la procesión. Se supone que yo tenía que salir del pueblo sí o sí, por lo que me daba lo mismo si los tipos gritaban, lloraban o se retorcían de rabia. Di un fuerte grito para acabar con el asunto: - ¡No se preocupen, yo no soy de este lugar, y me voy ahora mismo, pero ay de él que me dé la espalda cuando me retire de
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este lugar, porque se convertirá en una estatua de sal, como la esposa de Lot, en Sodoma y Gomorra! Era lo único que se me podía ocurrir para sacarme de encima a esos vejestorios. Yo no tenía idea de las historias bíblicas, pero de algo me acordaba, así que saqué a relucir lo que mejor podía. Usted hubiera visto a los hombres y las mujeres, ninguno quiso dar vuelta la cabeza cuando avanzaba entre ellos. Todos con la cara quieta, y mirando hacia el cura y la estatua de la virgen. Tenía la maleta por encima de mi cabeza, y prefería no mirarlos mucho, hasta salir del tumulto. El barullo se había acabado de inmediato, y el silencio era sepulcral. La estación de trenes del pueblo estaba muy cerca, tal como me lo había dicho el Bautista. Me quedé parado un rato, con la maleta a uno de los costados; el hombre me había dicho que alguien me vendría a buscar, y en eso estaba, esperándolo. Pasaron una, dos, tres, cuatro horas, y yo seguía sentado en uno de los bancos de la estación. Ya me estaba dando hambre y sed, y rabia, por supuesto. Creí que era una mentira de Bautista. Me iba a devolver a preguntarle si era cierto lo que me había dicho, cuando apareció un hombre vestido de traje de dos piezas, parecido al mío, que se bajaba de uno de los trenes que había llegado recién. Caminó hacia mí, mirando hacia los lados, y me hablo un poco despacio: - Usted es Victorio de Lorca Sánchez, ¿cierto? - Sí, yo soy. ¿Usted es quien me viene a buscar? - Sí, te vas conmigo ahora mismo para la ciudad. Ahí te esperan los decanos. - ¿Qué decanos? Yo no conozco a ningún decano. - En el camino te explico, sube rápido al tren.
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Debo confesarle que yo no sabía qué era un decano. Nunca había escuchado esa palabra. Si le respondí así a ese hombre fue porque estaba muy desconcertado, y casi no sabía qué hacer. De haber sabido que, gracias a ese hombre, iba a terminar como estoy ahora, no me subo ni amarrado al tren. Yo, en ese tiempo, era un hombre que arrancaba, no un esclavo. Yo supuse que ese hombre sabía algo acerca del crimen de mi madre, pero, después, me enteré que él no sabía nada de nada. Era la primera vez que salía del pueblo a la ciudad. Tal vez eso era lo único que me aliviaba por dentro. Porque, por si usted no lo sabe, para alguien a quien la vida le ha dado puros colores negros y rabias y sudores y pobreza, llegar al mundo civilizado es como soñar despierto. El hombre de traje de dos piezas sentía algo de eso, porque, a veces, cuando lo miraba, parecía sonreír un poco, como si estuviera leyendo mis pensamientos, y me dijese sin hablar “Muchacho, también me alegro que por fin salgas de la pobreza”. Iba pensando estas cosas y más, y me imaginaba lo nuevo que vendría. Me imaginaba los edificios, me imaginaba las calles pavimentadas, me imaginaba las gentes. Nadie, ni yo mismo, se iba a imaginar que ese tren sería el camino a la perdición, el camino a más crímenes.

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LA MADRE

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Mentira. Yo nunca estuve muerta; él creyó que yo había muerto, que es muy distinto. Debe haber sido porque, cuando me enterró el cuchillo en la mitad del abdomen, yo grité tanto de dolor y me salió tanta sangre, que, del susto y de creer que con eso me mataba, salió corriendo de mi habitación, y de ahí no lo vi nunca más. Yo pienso que él quería quitarme mi casa; quería matarme y quedarse con mi casa. Mi casa, yo la defiendo con dientes y uñas, así que, cuando se trata de que alguien me la quite, me pongo fiera, y no dejo que nadie me ataque. Ese día, él me pilló en el baño. Yo me estaba afeitando los pelos que me crecen arriba del labio superior, porque ya tengo sesenta años, y me están saliendo pelos donde antes no me salían, y había dejado la puerta junta. Yo tengo un sexto sentido, que no es el sexto sentido de las madres, y sentí unos pasos fríos detrás de mí. Supuse que era él, si es el único que vivía conmigo desde hace 25 años; el muy estúpido no había logrado nada en la vida, así que yo lo mantenía en parte, porque él, a veces, trabajaba en unas siembras que estaban en las afueras del pueblo. Grité su nombre varias veces, “Victorio, ¿eres tú?”, “Victorio, ¿ya llegaste?”, pero nada. No respondía nadie, y yo estaba segura de que había escuchado unos pasos. Hasta que pasó lo que pasó. La puerta del baño se abrió con mucha fuerza, y él, mi propio hijo, entró con un cuchillo enorme, y me lo quería clavar por la espalda. Yo lo vi por el espejo, y me corrí lo más rápido que pude. Él estaba enfermo, colérico, yo pienso que hasta se había drogado o andaba tomado. Su cara estaba desfigurada, tenía las venas del cuello muy sobresalidas, y tenía algo de espuma por la boca. Yo ni siquiera le pregunté qué le pasaba, sólo atiné a escabullirme por el suelo, y salir del baño lo más rápido posible. Subí por la escalera, y me encerré en la habitación. Pero, usted sabe, mi casa es una casa de campo, y las casas de campo tienen unas puertas de madera muy endebles, por lo que Victorio pudo romperla de una sola patada. Yo estaba sobre la cama, y pude ver por completo cómo estaba su cuerpo y su ropa, toda magullada. Su rostro reflejaba más enojo, más furia. La cuchilla la tenía afirmada a dos manos, y se notaba que tenía algo de temor. Desde ahí, sólo me acuerdo de la clavada que me dio, en la mitad del pecho. A lo mejor, yo estaba
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muy exaltada, porque grité del dolor unos minutos después de que me sacará la cuchilla. Ahí, yo intenté moverme de la cama, y le grité algo, no me acuerdo muy bien, pero parece que le dije “Esta es mi casa, y no te quedarás con ella”. Él salió corriendo, y yo me caí al piso. De lo demás, supe cuando uno de los vecinos me habló a la mañana siguiente, y me contó que lo habían visto hablar con el cura del pueblo. Ese hijo mío debió haberse puesto más malo de lo que era. Lástima que supe de sus crímenes después del tiempo. Algunos me habían dicho que a él lo conocían en otros pueblos, con otro nombre, y que había matado a algunas personas, o a unos perros. Quiero aclararle de partida que yo no soy una puta. Victorio creyó que yo era una puta, pero no lo soy. Él se llevó esa impresión cuando un día me vio encamada con tres hombres en la misma semana. A mí los hombres me salen al camino sin que yo se los pida. Soy una mujer que se ha sabido mantener pese al paso de la edad, y a los jóvenes les gusta la experiencia, les gusta que los acaricien y que una se sacuda lo mejor posible en la cama. Yo pienso que el sexo no es pecado; si, al final, todos llegamos a este mundo gracias el sexo. Por lo demás, ese hijo que tuve era malo, y no tenía por qué alarmarse si veía a su madre con hombres en la cama. Yo soy viuda, y puedo hacer lo que quiera, no engaño a nadie haciendo lo que hago. Ayer, por ejemplo, me acosté con cuatro jóvenes al mismo tiempo. Ellos me lo propusieron; me agarraron en una esquina, me empezaron a decir palabras bonitas, me dieron algunos besos debajo de la oreja, que me gusta tanto, y me dijeron que fuéramos para la casa. Esto se lo voy a decir despacio, entre nosotros, así que acérquese un poco, porque me da algo de vergüenza decirlo fuerte: me sentí como una muchacha de 17 cuando estaba desnuda con ellos. Y me trataron muy bien, y se reían mucho conmigo. El cura, que después me habló de los últimos minutos que estuvo con Victorio, me dice que yo debo dejar esas prácticas, que parezco una mujer cualquiera. Pero el curita es un religioso, y, aunque yo sé que él se acuesta con
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algunas señoras –porque el hombre es un humano también– debe meterse en sus asuntos, y dejar que los no religiosos cumplan sus deseos. Además, yo ya viví toda una vida de trabajo y sudor. ¿No le parece que llegó mi tiempo de disfrutar? Si me da rabia algo, es que, después de que los vecinos me llevaron al hospital y me pude cuidar de mi herida, empezaron a echarme la culpa de todo lo que Victorio hizo. Me decían que yo era una mala madre, que había actuado sólo para satisfacer mis gustos, y que lo había pasado a llevar. Así que tenía al cura y a los vecinos del pueblo hablando mal de mí, y con las palabras en la cabeza: “Pecadora, pecadora, pecadora”. No me arrepiento de nada de lo que hice, aunque el cura y los vecinos me los digan. Lo comido y lo bailado no me lo quita nadie. Si no hubiera sido una vieja corajuda, ahora estaría muerta. Pero, como soy una perra desde que tenía 10 años, estoy aquí, vivita y coleando. Lo que pasa es que los vecinos, y más bien, las vecinas, tienen envidia de mí. Ellas son unas viejas gordas, llenas de grasa, que se la pasan comiendo y acostadas en sus casas, y, cuando llegan sus maridos de la siembra, tienen que servirle la comida, plancharle, lavarles, igual que esclavas. Yo no. Yo soy libre. Yo no tengo hombre. Yo me mando sola. Y me conservo. Por eso tengo este cuerpo que usted ve. Por eso, no le hice caso al cura, cuando me dijo: -Eva Luna, tu hijo está así por tu culpa. Si hasta yo sentiría rabia de ver que mi madre se acuesta con todos los hombres jóvenes del pueblo. -Si el Victorio se puso así, es cuestión de él. Él es un adulto, y ya está bien grandecito para saber que su madre es una viuda, y no está muerta. Él quiso que yo estuviera muerta, pero no fue tan fácil. Yo soy perra, yo resisto. Después, me mostró una lámina, y me preguntó qué veía ahí: -¿Ves alguna forma, algún color? -Veo una mariposa chica, lo demás se ve muy borroso… -¡Ya sabía yo! ¡Cortados por la misma tijera! -¿Qué está diciendo, usted? ¡No me venga con tonteras!
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Con el tiempo, supe que esas láminas sirven para saber si alguien tiene un trastorno de personalidad. Por eso yo le digo que sí le voy a contestar lo que veo en esas manchas, pero quiero que sepa que yo no estoy loca. Mi forma de ser es así: resuelta, directa, sin pelos en la lengua. Si estuviera loca, hace tiempo que estaría en un manicomio. Mi hijo intentó cometer crímenes por su cuenta; yo no lo obligué a nada. Yo estoy enojada con mi hijo. Sé que el anda diciendo que yo huelo horrible y que digo palabras feas. Yo nunca fui al colegio, por eso soy poco letreada, y lo acepto, no sé hablar muy bien. Lo que sí estoy segura es que no soy hedionda. Huélame, usted; ando olorocita, recién me bañé y me embetuné en perfume para venir acá. A mí no me gusta que anden mintiendo, menos que digan tonteras de mí. Esa fue la mayor rabia que me dio cuando pasaron unos días de la desaparición del Victorio. Porque ese hijo mío hizo que mis encuentros con los jóvenes se divulgasen por todo el pueblo, más aún cuando a todos les dio una enfermedad de no sé qué. La cuestión empezó con la Coliflor. Yo a esa vieja le tengo unas ganas, que, mejor, ni le explico. Esa vieja me echó la culpa de que yo le había pegado la sífilis a su hijo, el Pancho. Él, como todos los jóvenes, no se pudo estar callado, y le dijo que yo había estado con él y sus amigos en un encuentro en mi casa. Los amigos también se habían pegado la sífilis, y también les habían dicho a sus madres que habían estado conmigo. Las viejas se fueron como un tropel de caballos a mi casa, y empezaron a golpear la puerta y a gritar. Estaban hechas unas yeguas que sólo buscan venganza, y gritaban fuerte: -¡Sal, vieja Luna, que tú tienes la culpa que nuestros hijos estén enfermos! ¡Por eso tu hijo casi te mata, porque eres una vieja caliente y cochina! -¡Yo no salgo a ninguna parte; esta es mi casa, y yo no aguanto que unas viejas gordas y feas vengan a amenazarme! – Les dije desde la ventana del segundo piso.
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Fue en ese momento cuando apareció la Pascuala, la yegua más yegua que yo he visto en toda mi vida. Era igual a mí, pero con cuarenta años menos. Grande, alta, de pelo rubio y largo, casi que le llegaba al suelo. No sé por qué le dio por aparecer en frente de mi casa, pero las perras del campo olemos a distancia los lugares que nos interesan. A la Pascuala yo la terminé queriendo como una hija, la hija que nunca tuve. Al principio, cuando la vi por unos cuantos días, me daba envidia. Es que, si a mí los hombres se me acercaban, a ella la perseguían, pero ella se hacía de rogar. No le gustaba que los hombres la tuvieran a su antojo. Nadie más que ella podría haber domesticado al bruto de mi hijo. Aunque ella tampoco hizo méritos para no buscarlo. Mi hijo era bien malo, eso lo sé yo, que soy su madre. Lo que sí nunca supe es que fuese mujeriego. Es más, supe que algunas mujeres lo forcejeaban, y él no se dejaba. Hay que decir que mi hijo no era feo. Algo de bueno habrá tenido el haberme juntado con su padre, que en paz descanse. La Pascuala andaba detrás de mi hijo, y eso yo no lo sabía, hasta que me lo dijo. No sabía que a ella le interesaran los hombres mayores, porque mi hijo ya tenía 25 años, y ella sólo 16. Ella venía a proponerme algo y yo la tuve que escuchar. Antes, pude ver cómo me sacó a las viejas gordas del frente de mi casa: -¡Esos hijos que ustedes han parido, que se hacen los angelitos, anduvieron detrás de mí como perros falderos! ¡Yo les di la pasada, y se contagiaron de la sífilis que yo tenía! ¡Pero aquí les traigo un remedio para que vayan y se los den a sus vástagos! ¡Yo me lo tomé, y aquí me ven, más feliz que perro con pulgas! ¡Váyanse a sus casas, y dejen tranquila a esta señora! La Pascuala golpeó la puerta, y yo le dije que le esperara, y que le abría luego. Le dije que se sentara en la mesa del comedor, y que soltara todo lo que tenía que decirme. Ella aseguró que sabía dónde estaba el Victorio, dijo que lo había visto montado en un caballo, con un hombre desconocido, y que lo había visto tomarse un tren a otro pueblo. Ella pensó que yo iba a sentirme agradecida de que me diera esa información, pero, yo ya le dije, a mí me daba lo mismo qué suerte había corrido. Una madre, después de que el hijo la intenta matar, siente
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como un resquemor dentro, como una desconfianza y una rabia de darle unas patadas en el lomo, que lo hagan recapacitar. La Pascuala me decía “Pero si es su hijo, usted debe estar interesada de saber dónde está”, y yo le repetía que, si fuese por mí, no deseaba verlo nunca más. Era la pura verdad. La Pascuala no tenía nada más que hacer ahí, y se paró de la mesa y me dijo con una voz fuerte: -Yo me voy a buscar a su hijo. Pero quiero que sepa algo: si él se fue del pueblo es porque estaba harto de tener una madre como usted. Es de esperar que, en la ciudad, le deparen tiempos mejores. A nosotras, las madres, nos pueden decir que somos ladronas, asesinas, perras, yeguas y todo lo que usted quiera. Pero, cuando nos dicen que somos malas madres es como si tuviéramos un trabajo y el jefe nos dijera “Usted trabaja mal”. Ahí se nos enciende la brasa interna de pura rabia, y esa rabia se convierte en comprensión y en entender que estábamos actuando equivocados. La Pascuala tenía razón, yo había dejado de lado mi labor de madre, y me había preocupado de hacer mi vida. Empecé a ceder en las peticiones de la muchacha, sobre todo por su forma de llamarme. Ella me decía “Patrona”. Nunca me dijo señora Eva o señora Luna o señora Eva Luna. No. Yo, para ella, era su Patrona. A lo mejor, lo hacía para ganarse mi cariño, y que yo consistiese que la dejase estar con mi hijo. Aunque, pensándolo bien, no creo. Mi hijo ya tenía 25 años, y no tenía ninguna necesidad de preguntarme si podía salir con tal o cual mujer. Quizás con cuantas yeguas había salido en el pasado, y yo no tenía idea. Lo cierto es que, de pie, me hizo una pregunta extraña, que la hizo con una suavidad, que yo no me pude resistir: -¿Quiere que le tiña las canas del pelo mientras usted me cuenta la historia de su hijo? -Bueno, pero quiero que me quede bien teñido. – Le dije yo. Con el Lucho, mi marido, que en paz descanse, habíamos cumplido un año de matrimonio, cuando decidimos irnos al pueblo de Chillán. Yo estaba gorda como un globo, con el embarazo del Victorio. El crío me había hecho sufrir la gota
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gorda con sus antojos, y los problemas que tuve. Si hasta una vez, en la casa de los padres del Lucho, me había caído guarda bajo de la escalera, y casi creí que lo perdía. La espalda ya no me daba más de dolor, y yo estaba que me reventaba, porque sentía que, en cualquier momento, nacía. Mi marido fue a preguntar por todas a las personas del pueblo, a ver si había alguna matrona, y sólo se encontró con una mujer que, por lo que le habían dicho, se encargaba de sacar a las criaturas del vientre. La mujer trajo una cuchara de madera, por si era necesario hacer palanca, hasta que el Victorio salió muy rápido, y como no lloró, sólo le dio el palmazo de siempre a los recién nacidos. El pueblo de Chillán había sufrido una gran transformación después del terremoto del 1939. Ya no era el pueblo de siempre. Le habían puesto Chillán Viejo, y el nuevo Chillán se había convertido en una ciudad más grande, que se había trasladado más hacía el norte, y donde había incluso una catedral católica muy grande y bonita. Pero los hombres del pueblo seguían llamando Chillán a Chillan Viejo, porque, según decían, ellos habían nacido en Chillán y se iban a morir en Chillán. A mí nunca me interesó la historia del pueblo. Es más, pienso que los pueblos debieran olvidarse de su pasado y hablar del futuro, así se dejan de ser tan anticuados, y se fijan en las novedades. Yo pienso que eso fue lo que causó sensación en el pueblo, cuando llegamos, porque, cuando tuve al Victorio, yo no grité ni gemí ni me dolió nada. Por eso digo que soy una perra, y bien perra. Hasta se me ocurre que estoy lista para una guerra cuerpo a cuerpo. Lo malo es que esta situación, para las viejas del pueblo, fue la novedad del año. Todas le preguntaban a la matrona si había sido cierto que no me había dolido las entrañas cuando nació el crío. Yo les respondía con la verdad. Les decía que el niño había nacido con toda la naturalidad del mundo, que casi se me había deslizado por las verijas, y que yo no había sentido nada. Mejor ni le digo lo que pasaba con el crío. Las viejas lo tocaban y lo mimaban, igual que si fuera un Jesús Nazareno; esas ridiculeces siempre las he odiado. Las leyendas, los refranes, los días de fiesta a los santos
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católicos, las fiestas deportivas. Pareciera que las viejas y los viejos del pueblo estaban creados para hacer caso a seguir esas tonterías. Lo único que yo no quería era que no me ojearan al Victorio. No creo en todo lo demás, menos en lo del mal del ojo. Yo he sabido que las brujas andan sueltas en los rostros más cándidos y alegres, y una de esas gordas podía ser muy bien una de esas mujeres. Al Lucho tampoco le gustaban esas mujeres, y debo decirle que fue por eso que yo consideré siempre a mi esposo el mejor hombre del mundo, porque, ante cualquier petición que yo tenía, él acudía con total prestancia, y cumplía lo que yo le pedía. Yo, en ese día, le dije que me sacara a todas esas viejas de ahí, y le dije que las asustara con algo con lo cual nunca volviesen a molestarme. Así fue que el inteligente de mi marido las asustó con algo que ni a mí se me hubiese ocurrido: -¡A ver, señoras! ¡Aparten la vista y sus manos de este niño, porque él es la quinta reencarnación de Jesús en la Tierra, él es alguien santo! Por más que a las viejas se les hizo callar, no fue posible. Se asustaron de una forma descomunal, aunque hubo otras que gritaban alabanzas al cielo. El Lucho les abrió la puerta a las escandalosas, y, de a poco, las que gritaban alabanzas se pusieron en pie, y se fueron retirando. Lo que pasó después, eso sí, fue tal vez, la peor de las consecuencias. Usted sabe que, a veces, el remedio es más malo que la enfermedad. El Obispo de la diócesis venía junto con el sacerdote que, en ese entonces, estaba en el pueblo, para saber si era verdad lo del niño reencarnado. Los curas no son igual que los pueblerinos. A los curas les enoja que se anden inventando historias, porque eso después causa confusión en los creyentes, y porque tampoco se puede andar divulgando así como así que alguien viene de un linaje divino cuando se ve a claras luces que es más humano que la misma humanidad. Así que los religiosos golpearon la puerta de la casa, y se lanzaron sin miramientos en dirección al Lucho: -¡Hombre hereje!, ¿acaso no te da vergüenza estar sembrando el pánico y las mentiras en el pueblo? ¡Nuestro Señor Jesucristo es único, nadie puede reencarnarse en él! ¿Dónde está tu mujer, que también es una hereje?
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Los curas, el Obispo y el sacerdote incluidos, estaban corroídos por la furia interna. Desde ese momento, mi odio hacia los religiosos se acrecentó, porque agarraron al niño de las piernas, y lo examinaban como si fuese un animal del campo. Yo les decía que lo soltaran, que habíamos inventado esa historia por los ojeos de las mujeres gordas. A lo mejor, como vieron que yo era una mujer que había parido hace poco, se apiadaron de nosotros, y se fueron por donde habían entrado con sólo una advertencia: -¡Ay de ustedes si sabemos más noticias de este tipo! Dentro de todo ese inicio, los años siguientes no fueron tan extraños ni diferentes para el Victorio. Se puede decir que creció como un niño común y corriente. Tenía enfermedades; tenía sus días malos y buenos; tenía sus inquietudes. A su padre nunca lo conoció como un niño debe conocer al padre. El Lucho se murió joven. Tenía menos años de los que el Victorio tenía cuando abandonó el pueblo. A los 23 años se me fue mi marido. Mi guacho, le decía yo. Lo enterramos entre pocos. Sólo estaba su madre y uno de sus hermanos. No supe por qué se había muerto tan luego. Dicen que hay personas que vienen al mundo para cumplir sus sueños, y cuando éstos se cumplen, se sienten llenos, y se le va el espíritu. Yo lo digo porque el Lucho siempre me decía que haberse casado conmigo y tener al Victorio por hijo eran lo único que el deseaba en la vida, y ya con eso era suficiente. De un día para otro se le fue el aire de los pulmones, y ya no respiró más. El resto de la vida joven del Victorio fue bastante común; común, hasta que se volvió adolescente. Nunca lo supe muy bien, pero creo que fueron las influencias. Hubo muchos hombres adultos que influyeron en el pensamiento de mi hijo, y ellos le metieron ideas en la cabeza acerca de mí. Le decían que yo cometía pecado por acostarme con otros hombres; le decían que yo era una vieja sucia. Él se fue adecuando a esas historias falsas, porque él nunca se acercó a preguntarme por qué yo me acostaba con otros hombres y yo, en realidad, nunca fui una vieja que oliese mal. La vida me ha enseñado que el jabón y el agua deben formar parte
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de una mujer sí o sí. ¿O cree que los muchachos se hubiesen acercado a mí si yo hubiera sido cochina y maloliente? La Pascuala había dejado de teñirme el pelo cuando ya le había contado toda la historia del Victorio. Pero ella me interrumpió, y me dijo unas palabras con la misma suavidad que antes: -Usted no me ha contado todo, mi Patrona. Yo quiero que usted me diga si es verdad lo que dicen en todo el pueblo acerca de su hijo. -¿Qué dicen en todo el pueblo? – Le dije yo. -Que su hijo es virgen. Que nunca se ha acostado con una mujer. -¿Eso dicen? Yo, en realidad… -¡No sea mala, mi Patrona! ¡Dígame si es así; usted es la madre; usted debe saberlo! -¡Bueno, bueno, ya, no exageres tanto! ¡Sí, mi hijo es virgen; porque dice que todas las mujeres de este pueblo son unas bestias del campo, y no le agrada ninguna! Esas palabras fueron como una noticia de júbilo para la Pascuala. Me dio un beso en la mejilla, me besó las manos, y me dijo que yo era una buena mujer. Antes de irse, me entregó una cajita de dulces, y me dijo unas palabras muy decisivas: -No se preocupe, mi Patrona. Yo voy a buscar a su hijo por donde sea, y le explicaré que usted es una buena mujer. Las mujeres sabemos cuándo otra mujer actúa por el deseo de la carne o por eso que llaman amor. Cuando vi que esta muchacha salió con una alegría desbordante por la puerta de mi casa, en busca de alguien a quién no conocía mucho, me dio la impresión de haber cometido errores en el trato hacia mi hijo. Yo lo había apartado del cariño de las madres, que siempre debe estar presente, aunque uno piense que tener un hijo es un estorbo. Eso causó que, después de haberla visto salir por la puerta, me diera una especie de pena enorme, unas ganas de llorar por todo lo cruel y mala madre que había sido. Pero, al mismo tiempo, me pregunté, ¿y
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para qué? Yo había querido ser una perra, y perra me iba a quedar. No quise hacerle caso a ninguna idea, y se me metió el instinto asesino no sé de dónde. Tenía ganas de matar a todas esas yeguas que se habían atrevido a tildarme de enferma; tenía ganas de que esas mujeres sufrieran lo mismo que yo había sufrido. En ese minuto, en ese maldito minuto, se me ocurrió la idea de matar a los jóvenes hijos de esas viejas gordas. Tenía miles de ideas de planes en mi mente, muchas ideas de cómo atrapar a esos muchachos, y bañarlos de sangre; todas esas ideas pasaron por mi mente como una lluvia de opciones, hasta que se me ocurrió la que más causaría pena a las mujerzuelas. Cerca de la salida del pueblo vivía una mujer que se dedicaba a vender infusiones. Una vez había pasado por ahí, y me ofreció unas hierbas aromatizadas, y se las compré, para ver cómo eran. Ese mismo día le hablé sobre mis andanzas con los hombres del pueblo. Yo no soy de contar esto con todos, pero la vieja me dio algo de confianza, y me distendí un buen rato. La mujer, la Sinforosa, me dijo sobre una infusión que ella llamaba “yumbina”. La yumbina era la cura de los campesinos de las siembres cuando los toros no querían juntarse con las vacas. Les daban un poco de esa infusión, y los animales se ponían como leones feroces, que sólo deseaban tener a una vaca a su lado para concluir el acto sexual de la mejor forma posible. La Sinforosa me aclaró que la yumbina también era para los humanos, y que quizás en éstos era donde mejor se conseguía resultados. Los hombres sentían deseos de estar con una mujer y con otra, y su potencia no se disminuía por muchas horas, incluso después de sufrir un colapso. Yo le pregunté, cómo qué tipo de colapso, y ella me respondió: -Esta infusión supera a la misma muerte; hasta un muerto podría acostarse con una mujer, y sentir el placer de los cuerpos… Dejé pasar unos cuantos meses, para que el pueblo dejara de vociferar de mí y los muchachos se sanaran de la sífilis. Debo decir que hasta se me había olvidado lo que pasó con el Victorio. El tiempo lo cura todo, dicen. Aunque, de todas formas, yo estaba segura de que esas mujeres todavía sentían dentro de sí el
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deseo de hacerme la vida imposible. Ellas se reían por dentro de mi desgracia; me veían sola, sin hijo, sin nada que poder hacer. Ellas me seguían teniendo por una cualquiera. Las putas con las putas, me dijo un día una a la que saludé en el camino. Nadie mejor que ellas causaron en mí la sensación de matar a sus hijos. Lo digo con todas sus letras, ellas tuvieron la culpa de que yo actuase así. Yo me convertí, de la noche a la mañana, en una mujer que no había cometido crímenes, a una asesina en potencia. La Noche de la Yumbina, como la llamo yo, porque, después de lo que sucedió, así me pusieron en el pueblo, comenzó con la atracción de siempre. Los jóvenes me buscaron cuando sus cuerpos estaban sanos. En esta oportunidad, aparecieron por separado, en diferentes horas del día. Yo les dije que deseaba unos encuentros diferentes, en su propia casa, así que aproveché la fiesta de aniversario del pueblo, cuando todos estaban borrachos y pendientes de la celebración, para causar el mayor de los delitos que esas tierras tengan recuerdo. Uno a uno, con sólo veinte minutos de diferencia, los fui visitando en sus casas, y, antes de comenzar el acto sexual, le puse la yumbina en los vasos donde tomamos un poco de licor. Los muchachos se ponían potentes de un momento a otro, se sacaban la ropa y me la sacaban a mí como si se les fuera a acabar el aire de tanto placer que sentían. En ese minuto, yo sacaba la cuchilla, y se las clavaba en el centro del pecho. Así murió Claudio, Andrés, Pedro, Ariel y Hortelano. Bañados en sangre, y con el miembro erecto al máximo. Yo me retiraba de una casa para ir a otra, mientras veía a todo el pueblo bailar y gozar de alegría. Esas mujeres no querían creer lo que veían al momento de llegar a sus casas y entrar a las habitaciones de sus hijos. Los veían desnudos, con sangre por todo el cuerpo, y con su humanidad al aire, a la vista de todos. La yumbina había causado el efecto que me había dicho la Sinforosa sin ningún rastro de error. Las mujeres veían sus consecuencias, y lloraban, gritaban, gemían, se revolcaban en el suelo de tanto dolor. Se dice que hubo algunos muchachos que tuvieron que ser castrados para que el ataúd se pudiera cerrar, porque la fuerza de la yumbina seguía
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funcionando, y sus miembros erectos impedían cerrar el ataúd. Además, las madres no querían seguir viendo esa imagen, que les causaba repugnancia. Ellas llegaron rápido hacia mí. Yo era la única sospechosa del pueblo. Los médicos forenses habían entrado al cuerpo de los jóvenes, y les habían encontrado la yumbina. Pronto llegaron donde la Sinforosa, y ellas les contó que yo le había comprado la infusión. Ninguna tuvo piedad la hora en que, a palos y patados, rompieron la puerta de mi casa, y me sacaron a rastras, mientras yo les gritaba que eran unas inmundas y unas viejas feas. Una me salió al encuentro, y me agarró de las mechas; me zamarreó fuerte y me gritó: -¡Muérete con tu yumbina! ¡Me mataste lo que más quería en el mundo, vieja puta! Desde ese momento, lo de muérete con tu yumbina se transformó en la de la yumbina, hasta que quedé por La Yumbina. En veinte pueblos a la redonda se enteraron de mis crímenes, y parece que salí en las noticias del diario. A mí no me daba nada de nada. Estaba feliz, contenta. Me había metido a las viejas por el saco, y les había quitado todo lo que tenían, y les había demostrado lo mal que se siente estar sin hijo. El Victorio no estaba muerto, pero, para mí, era como si se hubiera muerto. Yo se los grité en la cara cuando la policía me sacó engrillada de la casa. Les dije a esas viejas gordas que habían cosechado tempestades, y que tenían que asumir las consecuencias de sus actos. Lo bueno de este país es que la justicia funciona lenta, muy lenta. Han pasado cinco años desde que cometí esos crímenes, y todavía no hay sentencia. Pensé ver a mi hijo durante este tiempo, pero no he tenido noticias de él. Yo me sigo considerando una perra de campo. Lo que me da rabia es no haber podido aclararle todas las verdades. Él se quedó con una imagen errada de mí, con un rostro amargo y enojado, casi al borde considerarme su enemiga. Yo, su propia madre, era su enemiga. La que lo vi nacer, la que le dio sus primeros alimentos, la que lo llevó de la mano algunas veces por el campo que estaba por fuera del pueblo. El tiempo pasa muy rápido, y ya es irrecuperable. A lo mejor, por eso me
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quiero quedar con las palabras de aquellos años, los primeros años de la vida del Victorio, que, algunas veces, me escribía algunas cartas, sobre todo cuando estaba recién aprendiendo a usar las letras. Le quiero leer esas palabras que mi hijo escribió a los diez años, una carta que me entregó cuando venía de llegar de la escuela del pueblo cercano: Yo un día imaginé que mi madre se había muerto, y pensaba dentro de mí, ¿dónde se habrá ido mi madre?, ¿se habrá ido al Cielo o al Infierno? Los compañeros del colegio me habían dicho que no era bueno imaginar adónde se iban los muertos, pero yo, al ver el cajón de mi madre muerta andar sobre un pequeño carruaje por el pueblo, miraba su rostro y me decía que mi madre estaba en los Cielos, porque se veía con una cara de ángel muy grande y fuerte. Aunque yo no quería creer en que existía un Cielo y un Infierno, quería creer que mi madre estaba en el Cielo. Porque mi madre era mi madre. Era la que me había enseñado a leer, a escribir, a jugar, a caminar por el campo. Me decía que, si un día, la ocasión lo permitiese, yo buscaría la forma de morir junto con ella, y así le hablaba a su ataúd: No te preocupes, madre, que no permitiré que te mueras antes que yo. Yo buscaré los métodos que sean necesarios para que ambos muramos al mismo tiempo, para que nuestras almas, unidas aún más por la ausencia del padre y marido, no se abandonen al viento, y juntos viajemos al lugar que sea: el Infierno, el Cielo o donde fuere. Así que debes estar tranquila, madre, que siempre estarás conmigo, y yo siempre estaré contigo. Eva Luna Sánchez Carril no se arrepiente de nada. Eso es lo que quiero que deje muy en claro, y que lo escriba con todas sus letras en su porquería de informe psicológico. Para que todos esos jueces y abogaduchos que están a la espera de mi condena no digan que estoy loca, y vean que estoy muy sana, de mente y de espíritu. Ellos quieren quedar bien ante el público, y no con la idea de que condenaron a un inocente, pero no será así. Yo admito mis crímenes, mis muertes y mis errores. Yo no cometí pecado, porque en este mundo no hay dios. Si fuese así, todos seríamos santos y estaríamos llenos de felicidad. Esa misma felicidad que un
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día mi hijo me dio cuando me entregó esa pequeña carta, y me sonreía y me decía “Madre, esto es para ti”. Esa sí que es una mentira, que la felicidad dure tan poco, y el alma se carcoma por dentro cuando la ve perdida.

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El rostro del niño, radiante de luces y con una fuerza sobrenatural, miraba a su alrededor con la misma fuerza del Jesucristo recién nacido. Mientras, esa mujer, con los senos al aire, casi desnuda y con la mirada de una santa, se regocijaba de haber parido a su primogénito. Toda la noche podría haberse convertido en una misma noche repetida, pero esos senos, los más grandes que yo había visto en mi vida, me cautivaron, y me hacían quedar en una especie de éxtasis, a mis cortos diez años. Así fue como conocí a Victorio de Lorca, en su propio nacimiento, al lado de mi madre, la matrona del pueblo. No sé si la señora Eva Luna se acordará de mí, pero yo sí muy bien de ella, y por supuesto de su hijo Victorio, a quien yo, para mis adentros, con la timidez que me caracteriza, siempre le decía “El Nazareno”. Yo, y más bien nosotros, lo admitimos: elegimos mal. Quisimos traer a la ciudad a un pueblerino con la frase que decíamos en nuestros encuentros, “Para que un chancho deje de ser chancho, tiene que salir del corral”, aunque eso no fue suficiente. Teníamos la más fuerte de las convicciones de darle una oportunidad a quien no la había podido conseguir a pesar de sus esfuerzos de salir de la pobreza y la desdicha. Porque Victorio siempre fue uno de nuestros amigos de infancia, siempre nos acompañaba para todos lados; era como nuestro hermano. No podíamos abandonarlo a la suerte; olvidarlo para toda la vida. La vida de pueblerino a mí se me acabó rápido. Mi madre decidió dejar Chillán Viejo y venirse a la ciudad con viento fresco, después de las peleas con padre. Aquí nos asentamos, me eduqué y pude llegar a un puesto de académico en la Universidad. Todo eso después de vivir durante diez años en el pueblo, y de conocer muy bien a Victorio, quien tenía unas grandes dotes artísticas y de entendimiento. Esa misma vida tuvo tres de los de aquel grupo de infancia. Ahora estábamos adultos, hombres hechos y derechos, y no podíamos confiar en nadie más que en alguien que había compartido con nosotros por mucho tiempo, y que se quedó triste el día que nos separamos. No era una promesa; se lo repito, no era ni una promesa ni un sueño ni un objetivo; era sólo cumplir con nosotros mismos y con nuestras vidas. No creo que
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seamos los únicos hombres del mundo que deseamos ayudar a un amigo que no ha tenido muchas oportunidades. Por ese motivo, hicimos gestiones con el sacerdote del pueblo, para que lo buscara, y lo trajese a la ciudad. Yo lo fui a buscar a la estación de San Ignacio, y luego lo llevé a Concepción. Ahí tomamos un bus hacia Santiago. Antes de llegar, en el tren rumbo a Concepción, él se notaba muy nervioso; movía un poco el labio en señal de parecer amable, casi como una sonrisa, y yo se la respondía. Está de más decir que él no se acordaba para nada de mí; ya a esas alturas habían pasado más de quince años desde que nos habíamos separado. Yo tampoco le quise decir quién era, para evitar preguntas más preguntas menos, y llegar a la Universidad con la mejor de las disposiciones. Lo trajimos en un pequeño auto antiguo hasta la puerta de la Institución. Victorio se veía imponente; el hombre era alto, de tez blanca, rubio, con algo de barba y unos profundos ojos azules. Yo pienso que era la envidia de muchas mujeres. Aunque nosotros no lo habíamos traído por su cara bonita, lo habíamos traído para cumplir una misión, y esa misión era recorrer las ciudades del país, en busca de un mejor futuro para nuestra educación, como lo había ordenado su excelencia, el Presidente de la República. De todos modos, el rostro de sentirse en otro mundo al hombre no se lo sacaba nadie. Entró conmigo al despacho del Decano de la Facultad de Educación; en ese tiempo, estaba el Señor Guerra. Él le habló con el tono corajudo de siempre: -¡Así que usted es el nuevo buscador de profesores! ¡No se quede parado ahí, y salúdeme, como Dios manda! Victorio estaba estupefacto, muy asombrado con todo ese ir y venir del campo a la ciudad. Encontrarse de un momento a otro con un mundo grande, con instituciones, con edificios, y, encima de todo, con un señor de voz potente, lo descolocaba aún más; yo lo encomié a que saludase; y después, en el pasillo, el fui contando de a poco cuál iba a ser su objetivo, pero antes: -¡Oiga, Lizardo, no se quede ahí tanto tiempo, y venga a conversar conmigo, ahora!
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El Señor Guerra estaba ahí, con su mando de siempre, con la imponencia de siempre. Nosotros no podíamos actuar sin su consulta. Él nos decía que se había imaginado, durante la noche, en un sueño, que venía el Ministro de Educación, y le decía: ¿Qué haces para mejorar la educación del país, Osvaldito Guerra? ¿Te has portado bien estos días? Él le respondía que sí, que los niños ahora sabían mucho más, que los niños seguían las órdenes de sus maestros al pie de la letra. ¡No me mientas, infeliz, que sé que te pones a escuchar todo el santo día la música de los Beatles de la radio, cuando bien sabes que debes escuchar a Beethoven o a Mozart, y no haces nada más! Le respondía el Ministro. Y el Ministro le daba una patada en el trasero, y le decía que se moviera de su escritorio, o la educación del país iba a quedar echa una porquería, porque las últimas pruebas de análisis habían arrojado menos puntajes que el año anterior. El señor Guerra, por lo tanto, me dijo que llamase al resto de los funcionarios de la Facultad, y que los citara a reunión en ese mismo momento. Tal vez podríamos haber evadido la situación educativa del país; podríamos haber inventado cualquier mentira, algún pretexto; que los niños no estaban comiendo bien, que la música rock estaba invadiéndolo todo, que la reciente televisión ponía tontos a los niños; pero había una gran diferencia entre ser una Universidad cualquiera a ser la Universidad donde se formaban el 60% de los profesores del país. Eso ya era otro cuento, y caía en la responsabilidad del decano de la facultad disminuir lo malo que podría venir en el futuro. Tuve que avisarle a Victorio que debíamos reunirnos en unos cuantos minutos en el despacho del decano, y que debía entrar en el momento indicado. Fui por todos los departamentos vinculados con la Facultad de Educación. En menos de una hora, los secretarios y directores estaban sentados en la amplia mesa de reuniones del decanato. El Señor Guerra ya se había sentado a la testera, y esperaba a que alguno de los miembros hablase. El Señor Guerra infundía cierto temor de hombre que se las sabe todas, por eso, pienso, todos estábamos en el más absoluto silencio; sólo algunos secretarios, sentados al final de la mesa, murmuraban entre
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ellos. Yo miraba el rostro del señor Guerra, y más sentía que sacaría alguna de sus frases célebres para causar impacto y azuzar a los secretarios y directores. La puerta del despacho se había quedado entreabierta, y veía a Victorio pasearse con los brazos cruzados de un lado a otro, y mirar a veces al interior. No había salido de mirarlo, cuando el señor Guerra ya había eliminado el silencio, y hablaba con una voz potente y rabiosa: - Tengo en mis manos el último informe realizado por el Ministerio de Educación acerca de los resultados de las pruebas estandarizadas para la enseñanza, y las noticias no son de las mejores… Las pruebas eran irrefutables: más del 65% de los alumnos 4° de Humanidades no dominaban conceptos generales de Castellano, y 70% de los alumnos carecían de los conocimientos necesarios de Matemáticas. Era un horror para la Universidad que formaba profesores. Ninguno de los directores y secretarios se atrevió a hablar por mucho rato, sólo miraban cabizbajos, y releían las copias del informe que el decano le había entregado a cada uno. Lo peor de todo es que ninguno quería decir ni media palabra; se miraban entre ellos, discutían un poco en voz baja, y movían los labios de un lado a otro en señal de incomodidad. El decano quería verlos hablar, para eso los había citado, y no para que estuvieran leyendo las hojas del informe. Se notaba que estaba muy exasperado, hasta que dio una orden directa: -¡Quiero que alguien me proponga ahora mismo una solución para esta debacle, y quiero algo concreto, no deseo inventos que no funcionen! Nadie se atrevió a hablar. Parecía que ni los mismos directores y secretarios estaban enterados de la situación, y no tenían nada preparado. Era el momento oportuno para actuar con todo lo que mis camaradas y yo habíamos preparado hace un buen tiempo. Las crisis son las oportunidades de quienes siempre habían estado a la espera, y nosotros habíamos estado a la espera hace mucho tiempo.
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Yo saqué un cuadro organizado donde aparecían los orígenes de la situación educativa. Aparecían, en primer término, los alumnos, quienes eran los que habían contestado mal las preguntas. Después, aparecían los directores de los colegios, que no habían sabido aplicar bien el programa de enseñanza. El siguiente culpable era el clima reinante de la nueva sociedad de 1965, llena del revuelo del mercado de consumo, del rock and roll, de la televisión y de las páginas rosas. La cuarta parte era para los propios programas, que no estaban actualizados a las necesidades de la educación. Pero donde hice más énfasis era en nuestra idea central: los profesores y los profesionales. Estábamos seguros que debíamos elegir con pinzas a las personas a cargo de nuestros niños, y no podíamos dejar esa labor al azar, a unos maestros que no estaban haciendo bien su trabajo. En este país, todo llega con retraso, y, en ese año, algunas formas de seleccionar profesionales estaban instalándose en muchos sectores empresariales. Nuestra idea era utilizar esos mismo test de selección en los profesores, y asegurarnos de que la educación estuviera a tono con los tiempos actuales. Por lo tanto, era el momento de poner en práctica la selectividad del test de Rorschach, que usted, como buen psicólogo, está aplicando en mí, ahora. Antes de que yo siguiera con mi exposición, el decano me interrumpió, para darle la palabra a uno de los directores, que la pedía con mucha insistencia: -Propongo que vayamos a la raíz original: los programas de estudio, los niños necesitan saber más y mejor. Un niño de siete años ya tiene las capacidades para aprender a dividir. Una secretaria contra-argumentó: -¡No, no, no, querido! Tú sabes muy bien que los niños a esa edad deben saber sólo escribir y con mucho sumar… Son sólo niños… Mientras, otro secretario se atrevió a hablar, y dijo: -Apliquemos más disciplina; los niños sólo aprenden cuando existe orden en las salas de clases. La misma secretaria que había interpelado antes respondió:
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-No estoy de acuerdo. Los niños deben ser libres como pájaros, o, como decía mi mamita, como pajaritos… No debemos impulsar la represión… La última voz optó por los directores: -Los directores y los jefes técnicos deben ser más fuertes en sus cargos, más exigentes. La secretaria vuelve a la carga: -¡Uy, tengo un amigo director, y tiene tanto trabajo el pobre…! ¡Debemos dejar que descansen un poco! ¡Sí, ellos debieran irse de vacaciones un ratito…! ¡Lari-lari-lará! Eso también lo decía mi mamita… Y la intervención final: -Hay que erradicar la pobreza, ese es el mal de todo esto: Y la secretaria de nuevo: -¡Eso sí que no! Señor Guerra, usted sabe lo que nos dijo el otro día el señor Ministro, que por nada del mundo tocáramos el índice de pobreza, porque después los políticos se quedan sin pobres para las campañas, ¿y así quién vota por ellos? ¡No, no, no; hay que hacer algo diferente…! Cuando todos habían dejado de exponer sus opiniones, yo me instalé con las láminas con las que usted me quiere examinar, las manchas de Rorschach, al lado de la testera del decano, y les dije que, a través de esas manchas, íbamos a seleccionar a los mejores profesionales, para que la educación tuviera un nuevo rumbo. Les dije que ese test estaba rindiendo muy buenos resultados en Europa, por lo que era muy importante aplicar algo de eso en nuestro ambiente. Eso significaba nuevos profesionales, sacar a los ya existentes que habían rendido mal, e instalar un nuevo esquema, conforme el nuevo Sistema Educativo que había instaurado desde hace unos años su Excelencia, el Presidente de la República. Salí un momento al pasillo, y le pedí a Victorio que golpeara una de las puertas de las oficinas contiguas. Adentro estaban los profesionales que habían elaborado la estrategia. Era muy importante que no quedara ninguna duda de que esto había sido un trabajo de mucha prolijidad, porque así lo había sido. Bernardo
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Aguirre, Matías González y Óscar Palaviccino eran tres prestigiosos psicólogos que habían realizado estudios en Europa. Ellos trajeron la idea de las manchas. A mí no me mire con esos ojos, porque yo no tuve la culpa de los descalabros que vinieron después. El índice de Inteligencia Medio no lo inventé yo; ellos fueron quienes lo elaboraron. Ellos me dijeron un buen día: la educación requiere de profesionales firmes y que cumplan; mira el diario de hoy. El índice de natalidad ha bajado en un 15%. No, eso no, es más abajo. The Beatles han lanzado un nuevo LP con los mejores éxitos desde 1960 al presente. Eso tampoco. 60% de los educadores salen de esta Universidad. Eso sí. Al ver esa noticia, ellos me dijeron que nuestro compromiso era evitar que la Universidad tuviese una mala imagen. Las malas imágenes se ven mal, se ven sucias. Les faltará agua y jabón. Ellos me dijeron que no podía decir eso. Yo les dije que sí, porque la suciedad se va con agua y jabón. No seas estúpido, me repitieron; estamos hablando en serio. Pensé un poco mejor, y era cierto, había que pensar con seriedad. Así los presenté, uno a uno, delante del grupo de directores y secretarios de la mesa de reunión. Bernardo Aguirre. Hola. Matías González. Buenos días. Oscar Palaviccino. Es un gusto saludarlos. Yo pensaba para mis adentros lo que los directores y secretarios respondían en sus mentes, mientras los profesionales exponían en detalle cada uno de los puntos de su propuesta. Las manchas de Rorschach. ¿Y qué es eso? Es uno de los test psicológicos que más se aplica en el Viejo Continente. Viejo tu abuelo. Cada una de las manchas representa algo: un color, una forma, una figura. ¿Un color?, en esas manchas, yo veo sólo negro y gris. La psicología es una de las grandes ciencias del mundo. ¡Uf, sí, con ella han fastidiado a medio mundo! Por lo tanto, con estas manchas conseguiremos revertir en un gran porcentaje la crisis de la educación del momento. ¡Eso, si no morimos en el intento! La desconfianza del primer minuto fue la causal de todo. Los directores y secretarios nunca estuvieron del todo de acuerdo. Ni siquiera cuando llegó Su
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Eminencia, el Cardenal Toribio, quien hacía su entrada a la sala de reuniones, en una visita sorpresa: -¡Buenos días, Su Eminencia! -¡Recuerda besarme la mano, hijo mío! -¡Disculpe! ¡Buenos días Su Eminencia! El cardenal Toribio era nuestro defensor; o más bien, el defensor de los profesionales. Ellos habían acudido a sus aposentos, y le habían indicado paso a paso lo que significaba tener profesionales de alto nivel. Significaba más normativa, más acercamiento a la moral. Y esa fue la palabra clave. Con esa palabra, se metieron al bolsillo al cura. La moral, ¿qué nos dice el diccionario acerca de la moral? Pero el diccionario de la Real Academia Española, no el Pequeño Larousse. Moral: la filosofía de las buenas costumbres. Había que decir todas esas palabras que tanto le gustan a los curas: buenas costumbres, el Bien, la Salud Mental, el Libre Albedrío. Esas sí que eran palabras. El religioso se reía con ellos, les invitaba a tomar una copita de vino, del vino reserva Don Perignon. A la venta en los principales negocios del país; no acepte imitaciones. La conversación era muy amena. Salían a relucir los aleluyas, los Padrenuestro, las Ave María Purísima. Confiesen sus pecados, hijos míos. No tengan miedo. Yo les guardo el secreto de confesión; yo soy un buen cura; yo no estoy borracho; yo no quiero cantar; yo sí quiero cantar; cantemos todos juntos, hijos míos. ¡Alabaré, alabaré; alabaré, alabaré; alabaré a mi Señor! Tapemos un poco la imagen con el telón, porque es muy feo ver a un cardenal borracho. Usted me comprende. Lo bueno de la aparición del cardenal es que me permitió mirar a cada uno de los secretarios y directores con el mayor de los detenimientos. Y, cuando hablo de “el mayor de los detenimientos”, significa que pude ver el cambio de actitud que cada uno vivió. Era como ver un antes y un después en sus rostros. ¿Se acuerda de la secretaria que tantas veces se negaba a las mejoras en la educación? Escúchela, usted, ahora:
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-Yo le he dicho a todos mis colegas directores y secretarios que siempre es bueno ejercer más disciplina. -Tú dices lo que sirve, hija mía. -También les he dicho que hay que mejorar los programas académicos, hay que añadir más y mejores contenidos… -Eso es lo que a mí también me interesa… -Pero, por sobre todo, que los directores y los jefes técnicos se pongan más exigentes y que apliquen bien las normativas… -Hoy parece que convienes más conmigo que en cualquier otro día. Supongo que también has rezado las diez Avemarías Purísimas diarias que te indique el domingo anterior… -Por supuesto, Su Eminencia, yo siempre cumplo sus indicaciones… -Son las indicaciones del Señor Nuestro Dios. Yo sólo soy un instrumento que se encarga de hacer valerlas. Pero eso no es todo. Ahora viene la mejor parte. La vuelta atrás. Antes, que se despida el cura: -Bueno, hijos míos, ya me retiro. Les doy mi bendición. Debo cumplir con mis otras obligaciones. Hoy sólo pasé por aquí para el saludo de todos los días lunes. La escena siguiente se va esperando con ansias en las mentes de los directores. El cura deja de hablar. ¡Menos mal que ya se va este señor! Abre la puerta y les sonríe a todos. ¡Váyase luego, por favor! Va cerrando la puerta. ¡Queda poco! Sigue cerrando la puerta. ¡Ya casi! Cerró la puerta. ¡Por fin; ahora sí! Habla, Su Eminencia, la secretaria: -Pero ustedes saben que ni los programas educativos, ni la disciplina y tampoco las exigencias a los directores de los colegios depende de nosotros. Yo soy creyente, pero no soy Dios. Así que eso quede para otros. -En ese caso, ¿usted acepta la aplicación de las manchas en los colegios?
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-Sí, pero yo no meto las manos al fuego por nadie, o me las quemaría vivas. Ustedes se quedan a cargo de todo; y si les va mal, ustedes asumen las consecuencias, no nosotros. Ya me había aburrido. Les hice un gesto a los psicólogos a cargo, para que se quedaran en la sala, y ellos dieran por finalizada la reunión. No quería seguir escuchando el bla-bla-bla de esa mujer. Victorio seguía esperando afuera, y no quería se sintiera desplazado. Lo invité a caminar por los pasillos del campus. Él se sentía entre emocionado y desconcertado. Emocionado porque era la primera vez que estaba en la ciudad y veía construcciones sólidas. Y desconcertado… desconcertado… ¿por qué estás desconcertado? -Porque ni siquiera sé qué hago aquí. – Me respondió. Victorio estaba hecho todo un hombre. Era más alto que yo en estatura. Mínimo unos diez centímetros. Era flaco como un palillo. Con un color de piel muy blanca, que me daba un poco de susto, por su exceso de palidez. No era fácil explicarle todo lo que teníamos en mente al tener los recuerdos de las jugarretas de niños y los tiempos de la vida del pueblo. Yo pienso que si yo no le hubiese dicho quién era yo, nunca me hubiese reconocido. Es que yo estaba bien cambiado. En el pueblo era conocido por “El Grasa”, por mi obesidad. Pero, al parecer, la vida de trabajo y estudio de la ciudad me haría cambiar el apodo, y ahora era casi tan delgado como Victorio. Le fui mostrando las facultades de la Universidad. Le indicaba con el dedo que ese edificio era tal facultad, que ese otro edificio era la biblioteca. Era divertido ver el rostro de Victorio. El Jesús Nazareno convertido en el nuevo Encargado de Asesoría Laboral y Educativa. -¿¡Qué!? ¿Y qué es eso? Como respondió tan asombrado, le quise explicar con las palabras más sencillas y claras: era la persona encargada de acudir a diferentes instituciones para seleccionar a los nuevos profesionales de la educación y del comercio. Esa selección se basaba en un test psicológico, para lo que él sería capacitado para llevar esta labor con total eficiencia. Le dije que este era un proyecto de largo
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aliento, y que tenía trabajo asegurado, por lo menos, durante los siguientes cinco años. La Universidad estaba comprometida con tener buenos profesionales en el mercado, y si eso no se cumplía, la Universidad corría el riesgo de ser considerada una institución que no se preocupaba de la calidad de sus egresados. Sin embargo, ese es el principio de lo que se fue formando en mi mente sin saber cómo. Todo por haber traído a un bicho raro, porque Victorio era un bicho raro por donde se le mirase. Aunque, bicho raro y todo, comenzó a colarse por los recovecos del decano al primer minuto que se le presentó. Se colaba, se colaba y se colaba. Bastante callado, como si no estuviera haciendo nada, pero se colaba de una forma impresionante. A mí eso me dio envidia. La amistad que nos unía en ese primer recorrido por los pasillos de la Universidad nos separó cuando él se convirtió en el favorito del decano. Ahí comencé a odiarlo por completo. Empecé con cosas pequeñas: su forma de hablar. El miserable hablaba pésimo, pero tenía una manera de persuasión muy grande. Ni yo podía creer todo lo que conseguía. A veces le fallaban las cosas, aunque pronto revertía la situación. Así, si un día era la mala forma de hablar, al otro día, era el color de sus ojos –unos celestes que me daban rabia –; luego, su llegada con las mujeres; para terminar en su manera de caminar. Era el perfecto pueblerino con suerte, mientras, yo, un académico de renombre, no conseguía ningún resultado, y pronto recibía los retos del decano y de los directores, cuando salían mal las cosas. Desde ese minuto, se me metió por dentro el deseo de matar a Victorio. Cada vez que lo veía era ver a un monstruo que se burlaba de mí en mis narices, que me decía por dentro “Mira cómo yo consigo todo, y tú sigues en lo mismo. Gracias por traerme a la ciudad”. Nunca quise analizar mi actitud, a lo mejor ese fue mi error. No quise analizarme, no quise entender que yo era un académico, alguien de la alta escuela. ¿Sabe cuántas personas habían conseguido entrar a la Universidad por sus méritos? Muy pocos. Toda esa educación ganada por años se estaba convirtiendo en nada con mi instinto asesino. Estaba tan perdido, que fui a meterme a los lugares donde nunca había ido. Quise desbandarme, salir de las
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estructuras del profesional culto y siempre correcto, y me metí a los bajos mundos igual que una abeja que busca su panal. Había recibido unos datos de unos muchachos que se dedicaban a comerciar unos productos que no se conseguían con facilidad. Así que me hice pasar por un asistente social, y averigüé todo lo posible para acceder después al secreto que tenían mejor guardado: el floreciente mercado de la droga. Viajé lejos, muy lejos para acceder a ese nuevo mercado. Las desoladas pampas del norte del país. Y no se llegaba fácil a esas desoladas pampas. Había que recorrer los caminos de tierra en carretas y burros. Corría un viento helado esos lugares, también. Yo me tenía que cubrir el rostro muchas veces, porque el viento me golpeaba la cara. Mi idea era conseguir lo más lejos de la ciudad a mi sicario. Ese hombre sería el encargado de matar por mí a Victorio. Yo era un académico importante. Yo no tenía que mancharme las manos con un mequetrefe que había llegado desde una cuna de analfabetos a los importante y prestigiosos caminos de la educación. Le iba a enseñar quién era yo. El Burro era un tipo grandote, de cabeza grande también. Era ese típico muchacho con cara de hombre que se había dejado llevar el tráfico de las drogas, y, a pesar de su estatura, era muy manejable, por su falta de educación. Yo no le quise mentir a él. Yo le decía que le podía dar mucho más dinero y una buena reputación si cumplía mis encargos. Muchas veces recorrimos la pre-cordillera, muy fría en algunos sectores y muy cálidas en otros, en busca de la droga. Aparecían los peruanos y los bolivianos, con sus guanacos y sus llamas, entre la lana de esos animales, para no despertar dudas, le entregaban la droga al grupo de El Burro. A veces se ponían a discutir, a darse de golpes, porque los peruanos, que actuaban peor que las mismas mulas, no sabían ser cautelosos, y se ponían a jugar con lo de la droga. Algunos de ellos gritaban: -¡Ese Burro! ¡Aquí tenemos la mejor droga del mundo, la que nos preparó nuestra mamita mamá! ¿A quién se la vas a vender primero? ¿A esos viejos gordos
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de las empresas de pesca? ¡Acuérdate que somos tus patrones y que nos debes guardar respeto! -¡Cállate, indio de mierda! ¿No sabes que nos pueden pillar en esto si no te callas la boca? ¡Pásame luego la droga, y ándate con tus llamas y tus guanacos a tu choza! Si El Burro hubiese sido el único “manejable” de esas pampas, yo lo hubiera elegido para ser mi sicario. Con El Burro nos llevábamos bien. Nos fumábamos unos buenos porros, y nos reíamos bastante. Él, a veces, me contaba que sus padres eran la Luna y el Sol. La Luna de noche, que lo custodiaba cuando tenía que ir a buscar o dejar la droga a lugares apartados; y el Sol, de día, que lo orientaba con más luz. Pero, como había dicho, El Burro no fue mi sicario, porque mi sicario fue el hombre con la mayor fuerza verbal que nunca antes había pisado las pampas del norte. Por eso, La Pampa del Tamarugal, y yo, y todos los hombres de esta tierra – se lo digo muy en serio– tienen que ponerse de pie y luego hacer una reverencia para recibir al majestuoso Señor Académico de la Lengua. Nada ni nadie se parecía a él en fuerza de expresión, en uso del lenguaje –pulcro, como me gusta– y con un orden de palabras que dejaba asombrado a cualquiera. El hombre ya venía entonando sus enseñanzas desde las heladas tierras del sur, y se había preocupado mucho de hacer su cometido de la mejor forma posible. Él sacaba su libro de gramática, y decía: -¿Alguien puede decirme si acaso existe una palabra más bella y más completa que el sexo? Con el sexo nos desprendemos de la orina, ese líquido amarillo que causa daño en nuestro interior; con el sexo, podemos indicar que hay placer, la palabra que usaba Aristóteles para indicar que había fuerza. Con el sexo, podemos dar a luz a un niño, que llega a este mundo a dar más vida. Con el sexo, tenemos las ideas de que somos macho o somos hembra, y no tenemos que preguntarnos qué somos. ¿Quién está conmigo?
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El Académico de la Lengua era mi alter ego. Esa parte que yo no me atrevía a sacar fuera y que servía tanto para sacar de mi existencia a Victorio y muchos otros señores de la Facultad de Educación. Así que ahora la muerte tenía que ser más en carne viva que el plan de antes. La nueva alma de las tierras desoladas del norte tenía que viajar hasta la ciudad, e irrumpir en las salas académicas, y encontrar la muerte del maldito. Tuve que convencerlo mucho, porque el Académico tenía su tarea predefinida. Él tenía que pasar por todos los pequeños pueblos para abrirle los ojos a esos pueblerinos que no sabían nada. Su labor fue muy fecunda y muy beneficiosa. Muchos de los jóvenes de esos pueblos salieron a las calles para escuchar las palabras de este señor, que venía con todo un aparataje de palabras nuevas, que ahí pocos se atrevían a pronunciar, por miedo o por pudor, pero que él las explicaba con lujo de detalles. El Burro se transformó, de a poco, en su más ferviente seguidor. El muchacho, al ser un analfabeto, se asombraba de escuchar la labia y la elocuencia de sus discursos, que llenaban las pequeñas plazas, como en los tiempos de Sócrates o Platón, en la Antigua Grecia. No se trataba de palabras nuevas, para mí, pero sí para casi todos esos hombrecillos que escuchaban cada tarde las voces del Académico. Él explicaba siempre con algunos ejemplos claros, parecidos a las parábolas de Jesucristo, aunque con más claridad. Es imposible que yo le pueda decir, punto por punto, cuáles fueron sus principales discursos, porque fueron tantos y con tanta regularidad, que pienso que el hombre se había tragado un diccionario entero. Sólo quiero leerle algunas de sus citas, que guardo en un pequeño anotador. Acerca de los pechos de las mujeres: Se les dice tetas porque esa es la palabra que aparece en el diccionario. No teman de tocarlas si vuestras mujeres os lo piden o si están dormidas. No les digan ni pechos, ni globos ni nada de eso. Porque está aceptada la palabra teta, y por tetas se deben quedar. Sobre el acto sexual:
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Si vuestras mujeres y vosotros mismos, que sois hombres, o viceversa, tienen un poco de dudas de cómo llamar al acto sexual delante de los niños, díganles que es hacer el amor, porque el amor es sexo y, por lo tanto, acto sexual con amor. Sobre el miembro viril: Después de una sesuda y ferviente conversación, después de que se permitió sacar el taparrabos de la imagen desnuda del hombre, se ha decidido, por aprobación unánime de la Real Academia Española, llamarle pene al miembro viril. Por lo tanto, no digáis ni pirula, ni pirulín ni cosita para hacer pipí. No tengáis miedo de hablar con las palabras precisas. Sólo hubo una única manera de convencer al Académico de salir de sus planes de repartir las nuevas y potentes palabras: decirle mi nombre, decirle que mi nombre era Serafín, ya que ese era el nombre que, según me había indicado, siempre había querido tener por parte de su madre, que la gloria de los cielos se había llevado. Al momento de escuchar mi nombre, sus ojos se abrieron tanto, y su gozo fue de una fuerza tal, que lanzó un grito de emoción, un grito que pretendía que lo escuchase el mundo entero, porque decía que, cuando la lengua lanzaba palabras al aire, éste, con las corrientes y las ventiscas, era capaz de transportarlo a lugares donde no había felicidad. Aunque mi real sicario, en voz baja y muy calladito, se acercó al oído y me declaró las palabras más decisivas y más valientes que yo había escuchado, y lo dijo con estas palabras, tal cual: -Lo haré, porque ha llegado mi hora de morir, y si voy a la cárcel, o muero en el intento de matar, ya habré estado en paz con toda mi vida pasada. Sus ojos, los ojos que seguían furibundos y llenos del deseo de cumplir con el cometido de su vida, me dieron la señal en el momento adecuado, y así partimos a la ciudad, en la cabalgadura de caballos, que es el único método que el Académico –mi alter ego, todo lo que yo hubiese querido ser y no fui– aceptaba utilizar como medio de transporte.
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Las puertas de la Universidad estaban abiertas de par en par el día de nuestra llegada. Yo, como había desaparecido por más de cuatro meses, había sido reemplazado por él, por Victorio, el animal que me lo había quitado todo. Mi dedo índice se clavó en su frente cuando le exigí con fuerza: -¡Dime si está el decano, miserable! ¡Y prepárate para saber quién soy yo! El Académico de la Lengua no esperaba la diplomacia. Él, con su instinto de encontrar a los letrados aunque éstos se escondiesen debajo de las piedras, exaltó sus últimas palabras, antes de enfundar su arma y arrojarse al asesinato, y lo quiso hacer a su manera: “Había tanto impudor en la comarca de Sodoma y Gomorra, que, cuando cientos de hombres fornicaban con cientos de mujeres, y todos estos, por como la naturaleza del coito lo indicaba, estaban desnudos desde la mollera hasta la planta de los pies, y la voz de Dios se había hartado de recordarles que esas acciones no correspondían con los porcentajes de actos sexuales diarios a los cuales el hombre y la mujer deben responder –es decir, uno como máximo al día, y siempre con la misma o el mismo compañero– las jugarretas del camino quisieron que un hombre desnudo, con el miembro viril erecto al cien por ciento, no midiese las casualidades de la vida, y, al pisar un prado con muchas espinas, fuese tal su brinco, que quedase enquistado en un madero circular, que, medio a medio, tenía un agujero del mismo grosor de su naturaleza humana masculina. Por lo tanto, las mujeres que pasaban por ahí, imbuidas con el colérico del placer sodomático, miraban con ansias aquella presea, y la observaban con las más sucias y retorcidas ideas. Pero, y como el Creador tampoco quería que el fuego abrazador fuese el único castigo aplicado a la comarca, se quiso que aquella presea masculina, que, entre nosotros, medía casi veintidós centímetros, se llenase de las astillas que estaban en el agujero del madero circular, por lo que aquella mujer que por fin se atrevió a acercarse, abrir su boca y disfrutar del placer de la carne, en lugar de cumplir sus pensamientos se gozo y emoción, se viese envuelta en los más profundos dolores bucales y sus labios y paladares sangraran a más no dar, al contrario de la alegría que había
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pensado tener. Eso mismo es lo que ha ocurrido aquí, señor Victorio, usted ha creído obtener el placer de los placeres, pero se ha encontrado con una seria de espinas que será imposible sacar. Es por eso que es la hora de matar al iniciador de aquel placer. El placer del poder mal obtenido”. Sin más palabras que esas, el Académico entró al despacho del decano, dio un gran grito de rabia, y se escucharon dos disparos, unos disparos que resonaron en toda la Facultad. Corrí de inmediato al interior del despacho, y ahí estaban los dos académicos, muertos: uno sobre su despacho, y el otro, en el suelo, con una bala propinada a sí mismo en la sien. Victorio se acercó a mí corriendo, y estaba muy asombrado, casi al borde del llanto. Yo, en cambio, estaba calmado, y muy sereno, le dije, sin ningún deseo de minimizar las acciones: -Estas son las consecuencias de haberte sacado del corral de los chanchos antes de tiempo.

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EL PERDIDO

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Cuando la turba de la procesión gritaba con todos los ánimos de sus entrañas ¡Je-su-cris-to!, ¡Je-su-cris-to!; yo, en gloria y majestad, quise venir al mundo, para estar siempre perdido en él, y para hacer rabiar a mi Padre, mi Madre y el Espíritu Santo. Dicen mis padres, unos señores que seguían al pie de la letra las enseñanzas de sus abuelos, que, cierto día, después de haber escuchado que el hombre y la mujer no debían lanzarse a los placeres de la carne así por así, decidieron cubrirse con sendas ropas interiores blancas, y nunca andar sin ellas dentro de la casa, para que, llegado el día del sexo, ellos se dijesen “estamos desnudos, es el tiempo de traer a alguien a este mundo”. Por lo tanto, las prendas interiores blancas nunca debían ser sacadas del cuerpo, a menos que fuese para realizar las necesidades básicas. Ante esas reglas tan impuestas y estrictas, usted se preguntará cómo se podía traer al mundo a alguien en medio de la turba que seguía gritando ¡Je-su-cris-to!, ¡Je-su-cris-to!, sin tener que sacarse, aunque sea por unos segundos, la ropa interior blanca delante de la presencia de todos y todas. Hoy usted ve que el mundo desea mostrarse más y más, y no tiene vergüenza de sacarse las ropas y de posar desnudo para fotos y un cuanto hay. Los hippies ya son grito y plata para los fotógrafos de los nuevos tiempos, que quieren ganar más y más dinero con el sensacionalismo. Pero yo le estoy hablando de 1935, los tiempos donde todavía existía el pudor y la inocencia. Y los nacimientos no avisan. Los nacimientos aparecen y aparecen no más. Así que yo estaba pidiendo salir del vientre de mi madre, y del vientre de mi madre me tenían que sacar. La turba seguía gritando ¡Je-su-cris-to! y mi madre ya empezaba a gritar su propio ¡Jesucristo, voy a parir! Mi madre no podía ir contra los designios de la vida. Ella no tenía la facultad de gritar al cielo que le sacaran al niño que traía dentro sin que sus ropas blancas no fuesen sacadas y hasta rasgadas a la vista y paciencia de la turba. No se podía pedir a la vida que cubriera los ojos de todos los allí presentes, y los dejara ciegos por unos cuantos minutos, y así ella echara lo que traía dentro sin que nadie la viese desnuda. La solución sólo podía venir de la propia voz que sentía esos dolores tan intensos y tan fuertes. Si ella, mi madre, no quería que nadie más
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que su esposo la viese desnuda, tenía que decir algo que causara un impacto tal que sacudiera los gritos de Je-su-cris-to y los transformara en un ¡Corre por tu vida! Sí, mi madre, a pesar de las órdenes celestiales, que también dicen actuar con rectitud ante todo momento, tuvo que repasar en su mente los Diez Mandamientos, y, como en ninguno de ellos encontró el esperado “No mentiras”, se dio por complacida, e inicio su plan de evacuación, ante la mirada atenta y siempre diligente de la estatua de la Santa Patrona de la Divina Providencia, que le decía, con unos ojos muy furibundos “A mí no me digas nada, que yo traje a mi Hijo al mundo sin dolores y ropas blancas”. La fuerza de la voz de mi madre no se hizo esperar más y gritó a todo pulmón: -¡Tengo la lepra, que alguien me ayude! Los creyentes de la procesión serían muy devotos de la Virgen, a ella le pedían todos sus favores y sus sueños, pero los creyentes son humanos, y los humanos son cobardes, así que arrancaron todos, igual que caballos de hípica. Ante esas reacciones tan humanas y tan desprovistas de reflexión, mi madre no tuvo excusa alguna para sacar lo que traía dentro, y aportar con su grano de arena a la tasa de nacimientos anuales del país. Su cría –que soy yo– se deslizó por el bajovientre, y, con un llanto breve y conciso, porque así siempre he sido para mis cosas, anunció su llegada al planeta llamado Tierra. La naturaleza de la vida no siempre cumple todos los sueños y los designios que una madre quiere para con su hijo, y, aunque en este punto, debo decir que mi madre tuvo algo de culpa, por no haber salido de su egoísmo, y olvidarse de sus ropas interiores blancas, también es cierto que hay que comprender los tiempos aquellos, y manifestar que las consecuencias de haber esperado tanto tiempo para sacarme de su estómago hicieron que, desde la zona donde se piensa, llamada por todos “cabeza” y por lo científicos “cerebro”, comenzara a formarse la distinción que por toda la vida habría de tener como recuerdo de que un día 16 de mayo de 1935, en el miserable pueblo de Patronio, mi cuerpo había deseado mirar lo que había fuera. Así fue como se me formó, en la
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frente, la parte superior de las cejas, una marca que tenía un parecido a la letra “P”, aunque más ondulada; y que esa marca me acompañase hasta el momento en que yo, después de haber escuchado la manera de mi nacimiento sólo a través de rumores, el día en que visité el pueblo con ya más de 30 años a cuestas, terminara por confirmar la forma de nacer, por la boca del sacerdote a cargo de la procesión, único hombre que se había quedado al pie de la estatua de la virgen y me había visto nacer, para quedarse siempre con su mente grabada en el famoso símbolo de la casi “P”. Los 30 años son siempre de importancia, y yo había deseado estar en el pueblo de Patronio para agradecerle a la Virgen los buenos resultados de mi vida anterior. Esa era la principal razón para sentirme muy contento de estar en la mitad de la muchedumbre, que, con su ferviente ¡Je-su-cris-to!, refrescaba mi memoria, y me llevaba a consolidar los rumores. El barullo me atraía mucho; era estar escuchando la profundidad de los cuerpos y de las voces. Todo hubiese sido muy recogedor, hasta que el cura alzó la voz, para que todos viésemos a alguien que se mezclaba entre nosotros:

- ¡Mirad, hermanos, a esa oveja descarriada que arranca con una maleta llena de desesperanzas y de dolor! ¡Mirad a ese que ha cometido pecado y arranca por el mundo!
Todos nos apostamos a mirar quién era ese sujeto que, como había dicho el cura, llevaba una maleta sobre su cabeza, y que parecía ir en contra de la procesión, casi arrancando. El hombre parecía tener muy malas pulgas, y, después de lanzarle unos improperios al religioso, terminó con unas palabras mucho más potentes:

-¡No se preocupen, yo no soy de este lugar, y me voy ahora mismo, pero ay de él que me dé la espalda cuando me retire de este lugar, porque se convertirá en una estatua de sal, como la esposa de Lot, en Sodoma y Gomorra!
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Sin duda que nadie quiso mirarlo, por miedo a que se cumpliera el castigo que Dios un día había aplicado a los pecadores de esas ciudades inmundas. Pero el cura, sin conmoverse ni considerar los dichos del hombre, me apuntó a mí, y dijo: -¡Tú, que te vi nacer en estas tierras hace 30 años, y que el Señor te ha marcado con la letra “P” en tu frente para que todos supiéramos que eres un “Perdido”, ve y sigue a ese hombre, y no lo dejes escapar de ti, así sea que se te vaya la vida en ello; las prendas blancas de tu madre lo han querido! No quise cuestionarme lo que podría o no podría ocurrir. Toda mi vida había pasado, y ahora estaba ahí para comenzar una nueva. Así que, si las órdenes de la divinidad eran esas, yo, sin pensarlo otra vez, me dispuse a seguir a aquel hombre que, muchos años después, se transformaría en mi referente y mi máximo guía: el Señor Victorio de Lorca, por quien usted me ha preguntado cómo lo conocí, y ésta es la respuesta. Después de correr cerca de tres minutos detrás del Señor Victorio, lo había perdido; no estaba por ninguna parte; el Señor Victorio, mi máximo objetivo, se escapaba de mis manos, y yo no lo podía encontrar. Preguntaba por aquí; preguntaba por allá; preguntaba por acullá; y nadie sabía dónde estaba este personaje que traía una maleta a cuestas. Me senté un buen rato en una de las bancas de la plaza del pueblo, hasta que se me encendió la ampolleta de la cabeza. Si el Señor Victorio traía consigo una maleta, era evidente que eso significaba un viaje y que sólo podía dirigirse a un único sitio: la estación del pueblo. Lo malo es que esta ocurrencia se me vino a la mente cuatro horas después, por lo que debía darme prisa para alcanzarlo antes de que el tren partiese. Eso me sirvió para comprobar que nuestros caminos estaban conectados, porque, al mismo minuto de haber llegado a la estación, lo vi subir, junto con un señor de traje almidonado, al tren que, de seguro, se había demorado mucho en llegar. Mi nueva y ferviente vida debía empezar de una buena manera. ¿Se imagina si yo hubiese aparecido delante del Señor Victorio con una frase de tan baja validez como “Ahora debemos estar unidos, para cualquier tipo de trabajo que
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de nuestras vidas salga”? Eso no lo hubiese considerado nadie. El Señor Victorio debía considerar que yo sabía mucho de su vida, y que nuestra unión era tan fuerte y tan decisiva, que ninguna razón podía superar los sin razones. Por lo tanto, y de la forma que me iluminaba la antorcha y el fuego del Espíritu Santo, yo me acomodé detrás del asiento del tren donde estaba sentado el Señor Victorio, y fui escuchando cada una de las palabras que su acompañante y él hablaban punto por punto. La conversación era como el Dios Padre se había esmerado en hacerme sentir. Porque él tenía grandes novedades para mí, y yo debía ser un obediente cordero a los pies del altar. Un perdido sólo se encuentra a sí mismo cuando las estrellas se unen unas con las otras y le dan la razón tanto a los astrónomos como a las divinidades. Es por este y otros motivos más que yo debía estar atento a cada palabra que el Señor Victorio decía, aunque, en esta oportunidad, el Señor Victorio no hablaba demasiado, porque era más su acompañante quien movía los labios sin parar, en contra de lo que dicen los médicos, que no es bueno hablar en demasía, si no se quiere perder el aliento, que, con la velocidad de su hablar, cada cierto rato lo perdía, y eso se hacía evidente, al ver yo que cinco veces abrió y cerró la ventana de su asiento del tren. La vida del Señor Victorio había sido de dulce y de agraz. Su madre lo había traído al mundo entre mujeres y hombres que se asombraban de no haber tenido dolores de parto. Una prueba de las señales celestiales. En su infancia, no había podido disfrutar del cariño del padre, ya que éste se había muerto joven. Otra prueba más de su validez divina. La única diferencia entre el Señor Jesucristo y el Señor Victorio era el amor de la madre. Todos sabemos que María amó a su hijo hasta el último minuto de su existencia en la Tierra al punto de verlo morir con llantos en la Cruz del Calvario. En cambio, la madre del Señor Victorio no estaba ni en una décima parte al grado de la Santa Mujer. No. Era todo lo contrario. Una mujer violenta, maloliente, huraña y puta como ella sola. Por supuesto que, cuando escuché esa palabra tan fea, que salió de la voz del acompañante y del propio Señor
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Victorio, yo me persigné cinco veces, conforme lo indica la última edición del semanario religioso “Dios y Vida”, que está a la venta en todos los quioscos del país, y a mitad de precio durante este mes. En ese caso, el Señor Victorio podía ser considerado igual a Nuestro Señor Jesucristo, aunque un “Señor Jesucristo–Amor de Madre”. Era mi obligación, por lo tanto, convertirme en un ferviente colaborador, que le otorgase las palabras de aliento que su vida anterior le había negado. Sólo existía una única manera, y esa manera se llamaba “Universidad”. Como usted lo escucha, ya que, después de escuchar la historia del Señor Victorio, el acompañante le indicó que sus siguientes pasos serían formar parte de un grupo de profesionales universitarios. Si yo, en mi calidad de alumno desertor de la carrera de Bachillerato, lograba estar a la altura de las circunstancias, y modificar mi currículum en virtud de prestar un bien, el pecado de mentir sería subsanado. La ciudad me traía un olor a frescura que se percibió desde que me bajé del tren. Lo cierto es que, en la capital, existían tres universidades, y, antes de emprender rumbo a la modificación del currículum, yo debía asegurarme cuál de esas tres eran. Seguí el carruaje del Señor Victorio, desde otro de los carruajes que pasaban por el sector. Pude ver así que se trataba de la Universidad, y no de las otras universidades. Ya tenía un gran indicio para comenzar mi faena, y los pasos debían ser rápidos. Cuando estuve a la entrada de la puerta de la Universidad, me acordé que no era cualquier cosa estar delante del Señor Victorio. Me miré de pies a cabeza, y me vi vestido con ropas de extraña procedencia, lo que anularía por completo mi aceptación a tan afamado centro del saber. Era evidente que debía cambiar mi aspecto físico lo más rápido posible, y conseguir el tan anhelado puesto de trabajo. Por lo tanto, me detuve y no entré de inmediato. Mi destino era la sastrería más afamada de la ciudad, y hacia allá se dirigieron mis pasos. La sastrería “De punta en blanco”, la más famosa de todas las sastrerías que este planeta haya creado, atendida por sus propios dueños, Don Calisto y Doña
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Melibea, me abrió sus puertas de par en par para recibirme y asesorarme en la manera elegante de vestir. Ellos, con todo su esmero y toda su disposición, confeccionaron para mí, un traje de etiqueta de color negro ocre, con algunos decorados blancos, y una solapa de alto brillo. Mi cuerpo y mi mente se sentían muy acogidos por los señores, que, a cada una de mis indicaciones, me decían que así lo harían, y me consultaban si estaba de acuerdo con la forma de elaborar el traje. La formalidad es la clave para conseguir los trabajos; a los jefes uno les entra por los ojos, y si te ven mal vestido, no existe el empleo. Ya me daba cuenta yo cuando acudía a algunos trabajos, y andaba con trajes de baja categoría; no me dejaban ni por si acaso. Así que mi hora había llegado con el Señor Victorio. Lo cierto es que también había llegado la hora de pagar el traje que, mientras me lo miraba puesto al espejo de la sastrería, lo encontraba más hecho a la medida que cualquier otro vestido que me haya puesto. Pero, como no había llevado dinero, quise seguir las órdenes celestiales, y les dije a los señores, con mucha displicencia y sinceridad: -Que Dios se lo pague. A lo mejor podrían haber aceptado mis palabras, porque siempre es bueno ayudar a un pobre hombre que desea conseguir sus sueños. El caso está que Don Calisto y Doña Melibea no eran religiosos del Cristianismo, sino que veneraban al endiosado Buda, uno de los dioses que, en general, vemos en unas pequeñas figuras con forma de señor obeso de ojos cerrados y que pareciera que estuviese siempre en un sueño eterno. De tal forma que sus caras se transformaron, en exactos diez segundos, en una de las sensaciones menos afables que yo haya recordado. Lo bueno es que esos exactos diez segundos sirvieron para darme cuenta de que no tenía otra opción que salir corriendo de la sastrería y llevarme el nuevo traje puesto, siempre teniendo cuidado de no ensuciarlo. Los gritos y los no gritos se escuchaban todos al mismo tiempo en mis oídos como si fuesen una combinación musical de notas mayores y menores. Los gritos provenían de Don Calisto y Doña Melibea, que se habían olvidado de la
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rectitud del budismo, y gritaban improperios detrás de mí, en mi corrida por las calles de la ciudad. Los no gritos eran los de los transeúntes, quienes, llenos de su indiferencia, no hacían ningún caso de las palabras de estos señores, que pedían que les devolviese su traje a la brevedad, y sólo se contentaban con verme correr por las calles y sin siquiera preguntarme por qué corría. Lejos de la vista de Don Calisto y Doña Melibea, pude descansar un poco de tanto ajetreo. No todos los días se corre tan aprisa; además, yo ahora era un señor de cuello y corbata, y debía guardar la compostura. Mi siguiente misión era completar el círculo de la apariencia. Porque el rey no sólo debe parecer rey, sino que además serlo. Yo, hasta el momento, parecía ser el rey, y lo que me faltaba era estar al día de las situaciones de actualidad, de la ciencia y de los nuevos avances, para registrarlos en mi currículum. Así que acudí, con un pequeño maletín y mi mejor garbo, al Instituto de Ciencias, y, al presentarme delante de la secretaria, le dije la siguiente mentira: -Buenas tardes, señorita. Soy Virgilio Alcántara de la Luz. Vengo en representación del Instituto de Ciencias de París, y deseo entrevistarme con el Director en Jefe del Instituto. -¿Del Instituto de Ciencias de París? Pero, señor, tome asiento, y espere un poco, que llamaré de inmediato al Señor Director. – Respondió, como supuse, la estúpida secretaria. En dos minutos, estaba sentado delante del Director del Instituto, y podía entrevistarlo para recoger, y guardar para mí, todos los últimos avances en Tecnología, Ciencias Humanas y Sociales; las ideas que vendrían a futuro; y los últimos gritos de la moda, ya que los científicos también se visten en la sastrería “De punta en blanco”. Ese robo de ideas era suficiente para registrarlas en mi currículum, y presentarme cuanto antes en las puertas de la Universidad. Si Dios Padre se atenía a los niveles de uso del libre albedrío de la humanidad, pactado cuando Adán se había atragantando con una manzana y Eva ya la tenía por completo en su intestino; es decir, y conforme a las estadísticas del
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Vaticano, un 35% –ya que el resto de las personas se contentaban con seguir una tendencia existente–; yo, un vil pecador, no podía adulterar los porcentajes oficiales, y hacer que el libre albedrío del Señor Victorio se aplicase hacía mí por obra y magia de “mis tendencias”; pero sí podía registrar las ideas recopiladas; y debía hacerlo de una manera que nadie tuviese un mínimo de dudas de mis conocimientos y experiencia. Para que todo resultase a la par de los porcentajes, había que usar algo que no se quiso llamar ni Carta de Apoyo ni Carta de Felicitaciones ni Carta de Buenos Deseos. Algo que se quiso llamar Carta de Recomendación. La Carta de Recomendación no es una carta cualquiera, es una carta donde se expresa todo el aprecio y disposición que un ex empleador puede estar dispuesto a dar a un ex empleado, y, así, hacérselo saber a un futuro y potencial nuevo empleador. Lo dice el diccionario de la Real Academia Española, además de recordarnos que es un complemento del nombre. Este diccionario, muy respetado por muchos, y que yo también respeto, en su versión extendida para filólogos, añade que la Carta de Recomendación se escribe con la disposición de respaldar a alguien a quien se aprecia mucho, y que se merece tener el puesto de trabajo que busca. Lo cierto es que, en la edición N° 435 del semanario de Código Laboral, se indica, con mucha claridad y dirección, que había que comprobar con mucha diligencia de dónde provenían las cartas, ya que se había descubierto a algunas personas en la creación de cartas fraudulentas, sólo con el fin de aparentar buena estampa, cuando, en sus empleos anteriores, habían sido unos auténticos holgazanes. Con el diccionario de la RAE a dos manos y el ejemplar de la revista laboral mostrándoselos en la cara, yo le rebatía cada uno de los puntos al hombre que se hacía llamar el Rey de la Carta de Recomendación –o, para sus amigos, Don Moncho– a quien lo amparaba una gran defensa: nunca haber tenido el tiempo de comprar ni el diccionario de la RAE ni el ejemplar de la revista laboral, por cuanto expendía cartas de recomendación a diestra y siniestra, por la módica suma de tres monedas de plata, y un café, si era necesario, con o sin la veracidad de dichos
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documentos, a través de un método que él no quería contar, y que se basaba en su amplia red de contactos y su vasto conocimiento del mundo de las empresas. El Rey de la Carta de Recomendación; a quien por nombre su padre la había querido llamar Pedro y su madre Pablo, por lo que se armaron de fuerzas e hicieron un sorteo para elegir el nombre, y salió, en el trozo de papel lanzado al azar, el nombre Ramón, que lo había metido colado una de las hermanas del padre, que le gustaba más ese nombre que los otros dos anteriores, y que, para sorpresa de los progenitores, dejó contentos a ambos, y por eso el Rey se apoda Moncho; me decía de forma muy directa que él no aceptaba opiniones de terceros en sus asuntos, por lo que podía llevarme el diccionario y la revista a cualquier parte, menos a la sala de espera, porque ahí sólo dejaba lugar para las revistas de espectáculos, sobre todo las que traían fotos de Elvis Presley –Rey del Rock–, para sus clientes de todos los días. Por lo tanto, y como donde manda capitán no manda marinero, me deshice de las descripciones y consejos, y le pedí de forma muy encarecida, al Rey de la Carta de Recomendación, que se dejara de payasadas y de indiferencias, y se fijara en mí con mucho detenimiento, porque, si estaba ahí, era porque él no era un desconocido para mí. Así es. Yo no había llegado a su oficina, ubicada en la Calle del Estado 450, piso 3, por gracia del Espíritu Santo (aunque me hubiese gustado) ni porque un señor muy amable me había dicho que ahí se encontraba. Yo había llegado ahí porque él, cuando se acordaba que era mi padre, me había dicho con palabras muy claras, en un terreno eriazo cercano al pueblo que me había cobijado por algunos años, y donde nuestros cabellos volaban al viento en direcciones opuestas: -Ve a mi oficina cuando quieras, que yo te prestaré al apoyo que requieras, hijo mío. El Rey de la Carta de Recomendación tenía otra excusa para salir bien parado de su olvido: aquellas palabras me las había dicho hace siete años, y yo estaba algo cambiado, con un poco de canas, y algo más entrado en carnes, por lo
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que, luego de mirarme por todos los rincones de la cara, se demoró exactos tres minutos en responder, por fin: -¡Hijo mío, eres tú! Pero ¿qué haces aquí? Sin darme tiempo para contra-responderle, de la noche a la mañana, como si quisiese eliminar toda la indiferencia de siete años, yo me encontraba en el Salón de Ceremonias de la Universidad, en la noche en que se celebraba un año más del afamado centro educativo superior. El Rey, mi padre, había buscado la estrategia más directa y útil para incorporarme al mundo académico: presentarme como un auténtico bachiller delante de la presencia del Señor Victorio. Él, junto al rector de la Universidad y el decano de la Facultad de Educación, estaban con sus trajes de gala, tal cual el que me habían confeccionado en la sastrería, y escuchaban de la voz de mi padre la mejor Carta de Recomendación que cualquiera hubiese deseado. El momento que estreché por primera vez la mano del Señor Victorio fue el minuto del antes y el después. Por fin había conseguido estar cara a cara de aquel que debía obedecer a todo tipo de mandatos, y que, por orden del sacerdote de Patronio, yo tenía obligación de asesorar. Su voz, cuando la escuché, era igual a la voz que se había escuchado en medio de lo procesión, aunque con algo más de suavidad: -Es un placer para mí saber que un bachiller tan afamado tenga interés en pertenecer a la Universidad. -El honor es para mí, y estoy dispuesto a desarrollar la labor que usted y su grupo académico requieren al pie de la letra, y con aportes muy valiosos. Dicho y hecho, tuve que comerme las palabras de admiración, y soportar las inclemencias del viento y las alturas, cuando, a más de dos mil kilómetros de distancia de la ceremonia y dos mil de altura, una semana después de la ceremonia, nos encontrábamos, con el Señor Victorio, en uno de los centros educativos de la Puna de Atacama, en el norte del país, lugar elegido para iniciar la aplicación del famoso Test de Rorschach. Como habíamos nacido para sentir las mismas sensaciones y los mismos desánimos, yo percibí con mucha claridad la rabia interna y el desprecio que el Señor Victorio sentía en su corazón con el sólo hecho
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de ver las filas de los alumnos de uno de los colegios de la zona. Los rostros de esos niños, que nunca habían conocido el significado de la palabra limpieza, nos miraban como si fuésemos seres extraordinarios, que veníamos de otros mundos, y que llevábamos la modernidad a esas tierras tan lejanas. Esos rostros y sus narices y sus ropas sólo reflejaban suciedad e inmundicia, y griterío, mucho griterío. Nuestra misión era saber cuál había sido el origen de tan malos resultados educativos, y de inmediato, nos pudimos dar cuenta que ahí estaba todo, en la despreocupación total de las autoridades por entregar una educación eficiente. No era fácil hacer ese trabajo: había que sacar de la sala al profesor jefe, sin hacer mucho barrullo ni incomodidad al alumnado. Por lo tanto, para que ninguno de los niños se sintiese extrañado por la ausencia de su profesor jefe, mi labor era poner un retroproyector, y llevarlos al mundo del asombro de una película de humor, mientras, afuera, en una de las salas habituadas para la ocasión, el Señor Victorio sacaba las mismas manchas de Rorschach que usted me ha mostrado, y comenzaba el interrogatorio: -¿Qué ve usted aquí? -Una mancha negra… -¿Sólo ve eso…? ¿Ve algo más? -No, no distingo nada más… Esas palabras eran la sentencia de muerte para el profesor o el profesional. Porque el entrevistado podía decir cualquier cosa: podía decir que veía una figura colosal, podía decir que veía un elefante, podía decir que veía un ogro, pero no podía decir que sólo veía una mancha. Así que, conforme a la plenipotencia que se le había otorgado a la Universidad, el profesor tenía que agarrar sus pilchas e irse del establecimiento lo antes posible. Y ahí venía la parte del sufrimiento humano, esa sensación que tanto a mí como al Señor Victorio nos fastidiaba: los niños se amontonaban alrededor del que había sido su guía durante dos o tres años, y, con lágrimas en los ojos, se despedían de su querido maestro, acto que, para algunos profesores no era sinónimo de “no quedaste seleccionado y te vas”, sino que era el
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inicio de un alegato en contra de una decisión tan drástica, que dejaba muchas heridas entre las autoridades del establecimiento, que debían ceñirse a las reglas, y aceptar sin más la llegada del nuevo profesor. Fueron muchos colegios, empresas y centros de formación de empleo los que conocieron de nuestras labores de selección, despido y reclutamiento. Yo, cada día, me levantaba con más ánimos que el anterior, y estaba dispuesto a ser el mejor empleado que el Señor Victorio podía tener. Eso, hasta que apareció quien siempre desune la complicidad y compañerismo que dos colegas pueden tener: una mujer. Su nombre era Pascuala, la mujer con el peor comportamiento que sus ojos pudieran imaginar. La hermosura de sus cabellos, rubios a más no dar, y la de sus ojos, unos celestes de alto brillo, no le quitaban la repugnancia que se podía sentir hacia ella, con su brusquedad y deseos de obtenerlo todo. Yo no podía consentir verla y ella no me podía ver a mí. Nos odiábamos al punto de estallar en discusiones técnicas, y en la aplicación de las entrevistas. Nunca supe cómo ella pudo haber entrado al mundo del Señor Victorio mucho más rápido que yo inclusive. Es por eso que yo tomé la decisión que tomé, y no fue por otro motivo. Yo había sestado perdido, y el Señor Victorio me había encontrado. ¿Por qué una mujer tan asquerosa podía tener más atribuciones que yo al momento de decidir una labor netamente profesional? Ni siquiera sirvió la estrategia del triángulo amoroso. Porque, de la mejor casa de académicos, un día le presenté a ella, a la hermosa Jerusalén, abogada con un máster en Defensa Empresarial, quien distaba demasiado de la señora Pascuala. Ella sí tenía clase y hermosura. Hablaba de corrido, y hasta dominaba el inglés. Lástima que las fuerzas de la Pascuala eran mayores, eran un veneno que recorría el cuerpo de los hombres de origen brusco, y los hacía perder el juicio y la razón. Es por eso que el Señor Victorio hizo tantas tonterías, a pesar de mis consejos y los de la hermosa Jerusalén. La única solución para poner fin a tanto descalabro, que no me atrevo a contar en detalle por respeto al Señor Victorio, era terminar con quien había iniciado ese proceso. No quedaba otra que matar a la Pascuala. Ella le había metido
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en la cabeza al Señor Victorio que todos los que estábamos a su alrededor no servíamos para nada. En menos de dos años, el Señor Serafín, aquel hombre de traje que trajo al Señor Victorio a la ciudad, fue expulsado de la Universidad gracias a una invención de aquella mujer. Así fue como salieron unos cuantos más. Yo estaba seguro que los siguientes en la lista éramos nosotros, Jerusalén y yo. Era cierto que íbamos a tomar una cucharada de nuestro propio chocolate, después de todos los despidos ocasionados, y de los que me arrepiento mucho, porque, en el intertanto, dejamos a muchos buenos hombres y mujeres sin trabajo, y, al final, los esfuerzos fueron en vano, al punto de que el Señor Victorio y yo terminamos como terminamos. Después de redactar unos informes para la Escuela de Profesores, fue que escuché el grito estremecedor de aquel que se hacía llamar el Académico de la Lengua: -¡Muerte al que dio el poder de mala manera! ¡Muerte al traidor de traidores! El hombre, que venía en compañía del Señor Serafín, había entrado al despacho del Señor Decano, y le había propinado dos disparos secos, uno en la frente y otro en la mitad del pecho, para acabar con su propia vida segundos después, y dejar ensangrentada la sala. La desesperación del Señor Victorio era evidente, se notaba muy asustado y con deseos de querer morirse de miedo. Lo extraño es que entró a mi oficina, y me dio una orden directa: que saliese a dar muerte al Señor Serafín. Me entregó una pistola de cañón pequeño, y me ordenó sin darme tiempo para pensar: -Sal afuera y mata a ese imbécil del Serafín. No quiero verle la cara nunca más a ese desperdicio de persona. El mayor de todos los mandatos que pudiese haber escuchado de la voz de mi guía y mentor estaba siendo escuchado por mí, por El Perdido y, ahora, Hallado. Pero fue en ese minute que comprendí que el Señor Victorio no me había encontrado, sino que la Luz de los Cielos me había dado el camino para borrar
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todos los errores del pasado, y convertirme en un nuevo hombre. Esa luz me haría mirar un horizonte diferente cada día, y mi horizonte con el Señor Victorio había tocado techo. Por lo que pensé “si un día decidí dejarlo todo, y volcarme a lo desconocido, hoy lo dejo todo también y afronto las consecuencias de lo que viniere”. Como si de un cálculo exquisito se tratase, la Pascuala, intrusa como ella sola y deseosa de controlarlo todo, se apareció en la puerta del decanato para saber qué había pasado. Era el momento preciso para finalizar la triste serie de penurias y descontentos que tanto nos había ocasionado. Si un día yo habría de recordar cuál sería el inicio de mis futuros errores, quería hacerlo con la sensación de haber consumado todo, sin dejar rastros de la maldad sobre la faz de la Tierra. Por eso es que, desde lo profundo de mi alma, y con el cuello anudado de rabia, apunté directo al corazón de la mujer, y grité a todo pulmón: -¡En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo! Dentro de mi mente, aquel que había decidido dejarme nacer en medio de una multitud que gritaba su nombre, me dejaba tranquilo, y me regocijaba con las palabras de un padre que encuentra a su hijo, y que aseguraba que ni el cuerpo más duro podría haber resistido un disparo tan cercano y tan directo. Así fue como me arrodillé al lado del ensangrentado cuerpo fallecido de la Pascuala, y, lleno de lágrimas en mis mejillas, me acerqué a su oído derecho, para repetirle tres veces aquella hermosa palabra, pero, esta vez, muy, muy despacio, como para que sólo ella y yo la escuchásemos, porque así lo había deseado Él: -Je-su-cris-to. Je-su-cris-to. Je-su-cris-to.

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Comoquiera que mi padre –a quien, al parecer, nadie le había avisado que su hijo venía a esta tierra con los pantalones bien puestos– intentaba lanzarme una y otra vez al fuego, yo, quien recordaría los días de sufrimientos como los mejores días de mi vida, aplicaba más resistencia y más fortaleza a los cambios de temperatura, quizás, con el fin de causar la mayor de las rabias a aquel que sólo buscaba matarme y deshacerse de mí. Porque su pareja, a quien por decisiones de la vida tengo la obligación de llamarla madre, le repetía sin cansancio que jamás podría terminar con la vida de aquel que no había pedido llegar al mundo, y que sólo al descuido de los progenitores les competía responder. Fue de esta forma, y no de la manera que cuentan aquellas groseras mujeres que se ocultan en el apodo de El Correo de las Brujas –de quienes hablaré más adelante–, que, harto de no matarme con el fuego, mi padre y señor mío, decidió sacarme de las fogatas de las islas del sur, y llevarme a las más absolutas de las gélidas aguas de las costas de estas islas, sin antes decir con toda su fuerza y todo su coraje: “Si este muchacho resiste lo helado de estas aguas por más de media hora, prometo por un Dios que hay, que lo sacramento con el nombre de Bautista, que así se llamaba el nazareno que lavaba de los pies a la cabeza a los que deseaban sentirse nacidos de nuevo”. Por lo tanto, cuenta el Pequeño Gigante, el mejor de los compadres que llegué a tener en mi vida de adulto, que yo, lejos de morir a los pocos segundos de estar en contacto con las frías aguas, resistí exactos cuarenta y cinco minutos, sin llorar ni hacer gemidos, ante lo cual la pareja de mi padre le dijo “Ya tenemos que ponerle Bautista”. Mi responsabilidad era entonces hacerle honor a mi nombre, y rescatar a aquellos hombres que no habían podido acceder a una vida plena, y que necesitaban con todas las urgencias de un cambio radical. Lo cierto es que los tiempos de la niñez habían pasado hace mucho, y esas acciones se debían hacer a mi manera, y muy lejos de las tierras del sur. Desde esas tierras heladas, caí un día en la mitad de las celebraciones de la Virgen del Carmen de La Tirana, muy al norte del país. Ese fue el sitio donde inicié mi destino durante cinco largas décadas, el de ordenarle a los hombres y las mujeres que salieran de sus casas, y se dieran
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una segunda oportunidad en sus vidas, a través del baño en las renovadas aguas del Río Loa, el Jordán de esas tierras calurosas. La diferencia entre el antiguo Bautista y yo recaía en mis creencias, que se negaban a aceptar que existía un Creador que ordenaba hacerlo todo. Yo, con la vitalidad de un muchacho de veintidós años, y veinte centímetros más de estatura –porque me encorvé al volverme viejo–, recorría las calles polvorientas, con mi banjo y mi cantar alegre, y a pecho descubierto, les cantaba las buenas nuevas a los habitantes, para que, de una vez, se sacaran la mugre del cuerpo, y vieran lo bien que se sentía darse un baño en las aguas del río. No era menos cierto que las mujeres del pueblo, al ver que se paseaba sólo con un taparrabo un hombre musculoso y de pelo en pecho, se entusiasmaban más con mi cuerpo que con las palabras de buena crianza; y, de diez hombres que tenía por seguidores, las mujeres se multiplicaban por tres, con el fin de tocar algo de los pelos de mi pecho, no sin antes decirme que buscaban la renovación de sus vidas, y que sólo me tocaban para saber qué se sentía. Yo no tengo culpa de haber sido tan atractivo cuando joven. Lejos de estas anécdotas de la atracción femenina, debo confesar que tuve el agrado de bautizar a mil novecientos noventa y nueve personas, hasta el momento en que se presentó delante de mí la dos mil, y que acabaría con mi periplo por los ríos del desierto atacameño. Aquel día me había dispuesto a gritarle a todos los que me escucharan la gran oportunidad de convertirse en la persona dos mil en expurgar su vida anterior y convertirse al bien. Pero aquel que se convertiría en la persona dos mil no sólo sería eso, sino que también el único que tendría la capacidad de doblegarme y encontrar mi punto débil. Porque, si hasta ahora yo era inmune al fuego y a las frías aguas, no había probado con lo que a terminó siendo mi vicio y mi obsesión, y que es capaz de encausar a la perdición a cualquier hombre: las hojas de cocaína. Esas pequeñas sustancias fueron ofrecidas de la mano del Pequeño Gigante, quien, después de afirmar que llevaba veinte largos años en mi búsqueda, me dijo que mi siguiente destino sería obligarme a volver a
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La Tirana, para convertirme en el Cachudo del Norte, con máscara y toga blanca incluidas, así fuera lo último que pudiese lograr en su vida. Después de negarme cinco veces y de fumar las mismas cinco veces un caño de cocaína, no tuve más remedio y más opción que dejar las aguas del río, y seguir los pasos del Pequeño Gigante, quien, recién después de haber caminado más de dos mil doscientos metros, me entregó las ropa y se despidió de mí como si nunca hubiese sentido interés en verme, aunque con la indicación pertinente de decirme cuál era el camino para llegar a La Tirana, porque, de tantos años que no pasaba por ahí, ya se me había olvidado cómo llegar. La Fiesta de la Virgen del Carmen de La Tirana es lo más fabuloso que yo había podido ver en mi vida, a mis cortos veinte años: mucho sonido de trompetas, bailes por todos lados, y, lo principal, los demonios y santos enmascarados que me transportaban al mundo de las deidades mágicas, a aquel sitio donde nadie sabe si esos personajes eran de carne y hueso o eran parte de otros mundos. Luego de veinte años, con cuarenta y tres de vida, yo volvía a entremezclarme por la muchedumbre alborotada de esos lugares, pero para convertirme en parte del espectáculo. A las puertas de la Santísima Iglesia de Nuestra Señora del Carmen de La Tirana –término que me demoré en memorizar exactos treinta años–, estaba para recibirme el Sacerdote Jesuita Norberto Corominas, otro personaje más relacionado con el mundo del Cristianismo al que yo me negaba pertenecer por considerarlo parte de las mentiras del mundo. Lleno de desconfianza y desagrado escuché cada una de sus palabras, las instrucciones de cómo representar mi personaje y la forma de contonearme y danzar en medio del gentío, en unas pocas horas más. Pero, como el sacerdote no era el dueño de mi vida, yo me decidí a caminar por las calles de La Tirana, y burlarme un poco de los lugareños del lugar, con mi contorneada figura varonil, mientras me fumaba un porro de los buenos, igual que si fuera una golosina; a ese punto había llegado mi adicción. Aunque yo debo reconocer que me llevé una ingrata sorpresa cuando quise visitar a las mujeres que
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un día, con sus pechos al aire y todas muy grotescas y sueltas de boca me incitaban a entrar a sus casas para que yo les hiciese un hijo. Por eso es que yo, cuando la vi, quise pedirles explicaciones a los familiares de estas señoras, quienes, se contentaban con responderme: -El tiempo pasa para todos. ¿O quería ver a una modelo curvilínea? Por eso, cuando me acerqué a las sendas sillas donde se sentaban las dos ancianas, que estaban muy arrugadas y con un rostro demasiado senil, y yo le mostré mis bíceps fibrosos y musculosos, una de ellas, con la punta de sus dedos arrugados y casi tiritando, lo tocó y saltó con un grito desde su asiento para aferrarse a mí por casi dos minutos, y no querer soltarme. La abuela estaba trastornada o desquiciada, tanto así, que tuve que agarrarla de uno de los brazos para sacármela de encima, pero sin la necesidad de moverla demasiado, porque, yo no sé cómo ni por qué se había quedado tiesa y sin movimientos. En pocas palabras, estaba muerta. La conmoción recorrió toda la casa al punto de que todos los hombres que se habían apostado a dormir comenzaron a despertar de a poco. Eso me sirvió para descubrir que las abuelas habían convertido su casa en un auténtico hotel del desierto, donde llegaban personas de los más diferentes lugares y países, porque muchos de ellos empezaron a hablar fuerte en idiomas que yo nunca había escuchado, todo para pedir explicaciones del revuelo armado por la muerte súbita de la anciana mujer. Había pasado sólo una temporada en La Tirana, por lo que yo desconocía cuáles eran las consecuencias de tener a un muerto en la víspera de las celebraciones. Yo me exculpaba de la situación con decirle que yo no tenía la culpa de tener la musculatura que tenía, y que eso ocasionara la muerte de viejas arrugadas. Aunque, de todas formas, mis palabras estaban de más, porque las personas de la pensión sabían que la muerte de una anciana de más de sesenta años podía suceder varias veces, pero nunca podría ser lo mismo con el caso de la muerte de la madre del iniciador de la Fiesta de La Tirana. Eso ameritaba luto y
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silencio extremo, así lo había establecido en el testamento la anciana mujer, y así tenía que cumplirse. Dos grandes hombres salieron de unas habitaciones con máscaras de diablo en sus cabezas, a pecho descubierto y unos pantalones de tela blanca muy ajustados. Sus pechos eran tan musculosos y vigorosos como el mío, y tenían un temple que intimidaba a cualquiera. Los dos llevaban unas trompetas en sus manos, y, cuando se pararon en la puerta del hotel, dieron la alarma al pueblo de La Tirana para que todos supieran que ese sonido significa la muerte de la Madre Mayor, como hacían llamar a la mujer ya muerta. El primero que se acercó a la puerta del hotel –y no podía ser de otra manera– fue el sacerdote jesuita, quien veía peligrar su dichosa fiesta, y con ello, perder la entrada de fondos comerciales para la Santísima Iglesia, por medio de la compra de velitas, imágenes de santos y todo lo afín a la celebración; que la iglesia también necesita tener dinero para costear sus gastos, decía él. Por lo tanto, el cura pidió a todos los presentes que, si bien el testamento establecía que la muerte de la madre del creador de la gran fiesta impedía el desarrollo de la misma, también existía una cláusula muy decidora e inigualable, que, por boca del cura, decía lo siguiente: -El pueblo de La Tirana tendrá que decidir entre la provocación de la muerte y la realización de la fiesta. Es por eso que yo pido saber quién ha matado a esta santa mujer. ¿Quién ha sido el culpable? ¿Quién se ha comportado como un cobarde ante los ojos del Creador para cometer tamaño crimen? Las gentes que habían salido a ver lo que pasaba, desde el interior del hotel, y los hombres musculosos, se movieron hacia los costados, para dejar que el cura me pudiese ver, y todos me apuntaron como el culpable. Era evidente que el cura, al comprobar que yo, el hombre a quien se le había encargado formar parte de las festividades, había sido el ocasionador de todo eso, su rostro se desfiguró y se puso al borde del colapso, como si se tratase de estar ante la presencia del mayor
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pecado de la humanidad. Aunque más se notaba que creaba toda una atmósfera de asombro, con el fin de mantener la fiesta, y no perder las sucias monedas. De cualquier forma, el cura avanzó hacia mí, y con una voz muy gruesa me gritó: -¡Sin duda que el Cielo ha deseado mostrarme a mí y a todo los habitantes de este pueblo la clase de persona que eres, para detener tu participación en tan importante evento religioso! ¡Vamos, tráiganlo a la plaza, y no se hable más! Los hombres grandotes me agarraron de los brazos, y me llevaron a rastras a la plaza del pueblo. Eso lo hacían porque ahí, delante de todos, se tendría que decidir entre el cumplimiento del testamento o el sacrificio del culpable, que era yo. Gracias a los instrumentos más hermosos y más sonoros que el desierto pudiera haber escuchado –porque, a pesar de que ahora servían para iniciar mi condena, siempre me gustaron–, las trompetas, tocadas por los hombres grandotes, hacían que las vacías calles de tierra de La Tirana comenzaran a llenarse con sus habitantes, quienes, por tratarse de la hora de la siesta, salían de sus casas con cara de sueño, extrañados por escuchar a los instrumentos de metal antes del tiempo que habían pensado. Lo digo porque, nueve de cada diez de ellos, y no era para menos, se preguntaban entre murmullos cómo había podido morir a tan temprana edad la Madre Mayor si hasta ayer se había paseado en su carriola, y le había repartido dulces a los niños, con su eterno traje blanco, que, por usar casi siempre en sus salidas, y por su parecido con un hábito, le habían hecho tener el segundo apodo de la Monja Blanca. Yo pienso que la Madre Mayor, cuyo nombre real era Anófeles Valles del Río, se había convertido en una especie de mujer santa para todos ellos, o de mujer ultra-terrena y perfecta; así se podía comprobar cuando me gritaban con mucha rabia, mientras me apostaba a subir al promontorio de la plaza del pueblo, un potente ¡A-se-si-no!, ¡a-se-si-no! Se había llegado a decir que la mujer los había embobado a todos con su carisma y gratitud, al punto de que los llantos por su muerte se mezclaban con los gritos en contra de mí.
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El cura no sentía ni la más mínima inquietud de averiguar cómo habían ocurrido las cosas. Al cura le interesaba su fiesta de diablos y santos bailando por aquí y por allá; él no deseaba por nada del mundo conocer mi versión de la muerte de la anciana. Sin pelos en la lengua, y luego de secarse el sudor de la frente con un pañuelo que, segundos antes, le había servido para limpiarse la mucosidad de las narices, se arrimó a mi lado, me miró directo a los ojos y giró su cabeza en señal de desprecio. Se sentía atosigado con tanta muchedumbre a la espera de resultados y de su palabra, que era la segunda ley y orden en el pueblo, después de la fallecida mujer. Con un par de sorbos de su whisky almacenado en una pequeña petaca, preparó su garganta, y lanzó a los cuatro vientos: -¡Habitantes de La Tirana, he aquí al asesino; he aquí al provocador de la temprana muerte de nuestra señora Anófeles! ¡Ustedes ya saben cuál es el camino para detener la cancelación de nuestra hermosa festividad, porque el testamento de la Madre Mayor es muy claro! ¡A ustedes les toca decidir! A pesar de que yo estaba hecho un hombre de pelo en pecho, un hombre grande y viejo, como me gusta decir – ya que siempre he considerado que un hombre es viejo a partir de los cuarenta años–, un miedo enorme recorrió mi cuerpo aunque aún no conocía cuál era la decisión de los habitantes del pueblo. Fue tanto mi susto, que, por segundos, imaginé ser un miserable niño acorralado en un cuarto oscuro, castigado por su padre, y amenazado ser golpeado hasta la muerte si me atrevía a faltarle el respeto. No todos los días se está siendo parte de la amenaza de unas gentes deseosas de ver sufrir a quien considera su enemigo. Los hombres y las mujeres reflejaban demasiado odio en sus ojos y sus semblantes. Ellos ya habían escuchado el dictamen del sacerdote: la festividad de La Tirana sólo se realizaba si yo salía ileso del clásico lanzamiento de los cuchillos con una tabla de madera detrás de mí. A la misma hora que yo sentía más opresión en mi estómago, por el gran miedo de morir a manos de los pueblerinos, cuenta el Pequeño Gigante que, de la nada, y después de haber comido la quinta porción de avena diaria, conforme a la
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dieta que le había recomendado su médico, una gran imagen de la Santísima Señora de la Virgen de La Tirana se le apareció en la mitad del desierto, y le dijo con una voz suave: -Hijo mío, la Madre Mayor está en el sueño del que sólo tú sabes despertarla. Ve aprisa hasta La Tirana, y aprovecha de salvar a El Bautista, y de decirle al cura Norberto que no tome tanto vino, porque le hace mal. Con el impulso de su caballo, el Pequeño Gigante llegó al pueblo en menos de media hora, e hizo su entrada triunfal, con un toque de trompeta que estremeció a todos, y que despejó la vía para que se apostara a los pies del promontorio de la plaza, donde pidió que dejaran de culparme de una manera tan cobarde, y le dijesen de inmediato dónde estaba la Madre Mayor. Asustado por primera vez ante mi vista, el cura Norberto le indicó que la Madre Mayor yacía muerta en un cajón especialmente habilitado para ella, a la entrada de la Iglesia, lugar adonde el Pequeño Gigante acudió con la misma rapidez que su entrada, y pidió al cura que la sacara a la vista de todos, porque él había venido a cumplir un mandato divino, y nadie podía impedir sus propósitos. Apenas dijo esto, el sacerdote le ordenó al sacristán sacar a la anciana del templo, y dejarla en el lugar que el Pequeño Gigante le había ordenado. Allí, con el pueblo entero expectante por lo que pasaría, él sacó una de las láminas de Rorschach que usted me acaba de mostrar, y que él llamaba la “Lámina del Murciélago”, le levantó la piel del ojo derecho a la anciana, y le preguntó bastante fuerte: -¡Madre!, ¡¿qué ve en esta lámina?! A lo que la Madre Mayor respondió, con el asombro de todos: -¡El Cachudo, el murciélago cachudo! De un momento a otro, la anciana mujer pasaba de muerta y más que muerta a viva y más que viva; sólo por el hecho de mostrarle esa simple lámina, que yo, hasta ese entonces, no había vista nunca. Como fuere, el pueblo se transformó, en menos de cinco horas, en un jolgorio absoluto. A todos se les olvidó que hace poco casi lloraban a la vieja, y danzaban al son de la música, las
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trompetas y las máscaras, en adoración a la Virgen de La Tirana. Fue aquí donde yo, por fin, pude empezar a separarme de los actos religiosos, que me perseguían como si yo los llamase, cuando, en realidad, lo que menos me interesaba era estar de parte de Dios. El punto negativo es que El Pequeño Gigante me sacó del espectáculo, y, adentro de la Iglesia, con la música de fondo escuchándose, me obligó a seguir sus órdenes, en gratitud de haberme salvado la vida. Y digo punto negativo porque, otra vez, mi destino se relacionaba con la religión. ¿Por qué tanta religión, por qué todo tenía que ser relacionado con la religión? El Pequeño Gigante guardaba silencio ante mis preguntas, y me decía que mi próximo trabajo sería asesorar la llegada de los visitantes de las procesiones de un pueblo que nunca había oído: Patronio, ubicado en las tierras del sur del país. Habrían de pasar quince largos años, con canas en la cabeza, un cuerpo que había dejado de ser musculado hace mucho y –como dije antes– veinte centímetros menos de estatura (por un encorvamiento que no sé cómo se formó en mí), cuando recibí la orden de buscar al tal Victorio, biznieto de El Pequeño Gigante, en una de las procesiones del pueblo de Patronio. Él era un tipo de armas tomar, porque casi me mata al quitarme una de mis pistolas. Yo le ordené que se vistiera con el traje que su bisabuelo me había dicho, y lo largué a la estación del tren, para que lo buscara uno de los académicos de la Universidad. Supe que, antes de tomar el tren, armó una trifulca con el cura del pueblo, que, entre paréntesis, era mi jefe; aunque me quedó dando vueltas su forma de ser; sentía que no deseaba ser malo de verdad, y que reaccionaba por los impulsos. Tal vez, ese fue el motivo por el que acepté el mandato de salir del pueblo, y dirigirme a la ciudad para asesorarlo, después del doble asesinato del decano de la Facultad de Educación y de su novia, la Pascuala. El hombre había caído en una profunda depresión, y había sido suspendido del centro educativo, con una demanda judicial de por medio. El Pequeño Gigante estaba preocupado por su biznieto, y quería que yo lo trajese “de vuelta a la vida”, como él decía.
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Desde el primer minuto que sus palabras comenzaban a ser la típica orden impuesta y obligatoria, lo contuve y le exigí que, en esta oportunidad, me dejara actuar a mi modo, porque no era necesario acudir a la religión para sacar a un burro de un pantano. Le pedí que me informara en detalle de todo lo que había sucedido y le pedí condiciones. Porque con condiciones se consiguen las cosas, y no con seguir todo lo que a uno le dicen. Las condiciones eran simples: uno, que me presentase como uno de los más grandes profesionales de la educación de Europa – que, por supuesto, era también la mentira más grande–; dos, que preparase una entrada triunfal de mi persona y de Victorio en una ceremonia; y tres, que me diera un poco de whisky, porque ya se me estaba secando la boca. En menos de una semana, luego de que la justicia decidiera quitarle los cargos de autor intelectual de la muerte de la Pascuala, nos preparamos para entrar por la puerta ancha de la Universidad. Ahí nos esperaba el nuevo decano de la Facultad de Educación, Jerusalén y Virgilio Alcántara de la Luz. Entre los cuatro, decidimos prestarle toda la ropa posible al renacido Victorio, quien, en la tarde, ya daba un discurso en frente de las principales autoridades, mostrando el nuevo plan estratégico de selección de profesionales, todo basado en un profundo re-análisis del Test de Rorschach. Como algunos académicos tenían serias dudas de si nuestro desempeño iba a ser el correcto, algunos de los presentes comenzaron a lanzar sus dardos en contra de las propuestas del plan. Hubo uno que se levantó de su asiento sólo para gritar: -¡Ustedes están locos, y son unos miserables! ¡Yo no soportaría ser elegido para un cargo profesional en base a unas estúpidas manchas! ¡Eso no tiene ningún sustento ni psicológico ni laboral ni académico! ¡No soporto estar más aquí; me retiro indignado! Yo tenía la facultad de manejar la vida de Virgilio, pero no tenía la facultad de manejar las acciones de un académico viejo y acartonado. Por lo que –mientras hablaba con murmullos con Jerusalén para decirle que no se preocupara, ya que
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todo iba a salir bien, así se acabara el mundo–, dejé que se fuera, no sin antes responderle con un poderoso: -¡Acuérdese de cerrar la puerta por fuera! Habría sido todo mucho más fácil si el viejo académico me hubiese hecho caso. Porque yo le dije que cerrase la puerta por fuera, y no me hizo caso. Eso permitió que se colasen los intrusos, los personajes que no estaban invitados a la ceremonia. El más peligroso de todos los intrusos poseía todo lo que se necesita tener para triunfar: juventud, belleza e inteligencia. Le estoy hablando de El Hippie, la nueva raza social que había nacido al alero de la década de 1970. Él, con sus ideas de revolución social, de paz y de amor, accedió a nuestra ceremonia – ¿me escucha bien?, ¡nuestra ceremonia!–, para terminar con todo nuestro plan. Sus oídos fueron los oídos de la lucha permanente, y de lo que nosotros no previmos jamás: la competencia, lo más peligroso que nos podía pasar. Jerusalén habrá tenido un nombre muy santo, pero Jerusalén era una mujer, y las mujeres que son bien mujeres se enamoran de los hombres. Si Victorio no había querido considerarla, yo tampoco podía hacer más. Yo tenía la facultad de manejar el cerebro de Victorio, pero no tenía la facultad de manejar su corazón. Ahí yo no me metía. Y el que se metió fue El Hippie. El que estaba esperando encontrar el punto débil de nuestro grupo de trabajo, para salirse con la suya, y tener a su antojo las armas necesarias para desbancarnos. La competencia tenía un nombre potente: El Test de Coeficiente Intelectual de Stern. El Hippie había investigado mucho acerca de la aplicación de los tests para medir la inteligencia y la personalidad de las personas, y, un buen día, se acercó a la Rectoría de la Universidad y promovió sus ideas de este nuevo test con el nivel máximo. Fue de esa forma que, desde El Olimpo de la Universidad, el Dios Rector bajó a conversar con los humanos por unos momentos, para saber cuál era el criterio que se estaba aplicando al momento de seleccionar a los profesionales de la educación, y, Jerusalén, la única capaz de hablarle a un dios de tú a tú, le dijo con una amplia sonrisa: El Test de Rorschach.
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El rostro de enojo del Todopoderoso de la Universidad se volvió rojo, amarillo, verde, gris y de nuevo anaranjado, y, con los ojos rojos de rabia, mandó buscar a todos aquellos hombres que estaban a cargo de la elaboración del dichoso test, y les exigió una respuesta dentro de las siguientes 24 horas, porque él consideraba que ese test era de muy baja validez para establecer cuál sería el trabajador de tal o cual empresa o centro educativo. Esas 24 horas de plazo fueron suficientes para que El Hippie montase su plan de reclamación, junto a la mayor parte de los jóvenes de la Universidad, quienes, como buenos jóvenes, querían implantar sus ideas novedosas y de cambio, con el siempre y agradable sabor de la marihuana, que yo probé, para saber si era de buena calidad, y me pareció la mejor que había degustado en mi vida. Al ambiente le faltaba movimiento y dispersión, al ambiente le faltaba música, y música de la buena. De un segundo a otro, un gran grupo de jóvenes apareció con sus guitarras eléctricas y sus baterías, para transformar la académica plazoleta de la Universidad en un pequeño festival de diversión de rock desenfrenado y sicodelia al por mayor. Las notas musicales cruzaron la puerta de entrada, y eso dio posibilidad para que el mercado ambulante tuviese un pequeño nicho, porque pronto aparecieron los vendedores de logotipos, pancartas y cintillos relacionados con los cantantes del momento. El Hippie había calculado mal. Él pensó que sus ideas de competencia se compartirían con la misma delicadeza y seriedad que él las había considerado, pero se encontró con un grupo de jóvenes que sólo buscaba pasarlo bien, y utilizar la libertad de un centro educativo para soltar las limitaciones y represiones que sus conservadores padres les imponían en casa. Todo esto yo se lo hice saber a El Hippie; él estaba consciente de que, con rock, las cosas no se solucionaban. El Hippie era un tipo muy vivo, y supo actuar rápido. Así que, después de fumarse dos porros de marihuana (uno por sus amigos y otro por él mismo), le dijo a Jerusalén que llamara por teléfono de inmediato a Su Eminencia, para que viera el
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espectáculo que estaban haciendo los estudiantes; sacrilegio máximo ante los ojos de una autoridad religiosa. Los rayos de divinidad molestaron en todos los ojos de los jóvenes cuando, embestido de su traje púrpura y su bastón, Su Eminencia hizo la entrada a la Universidad sin saber que quien se había comunicado con él por teléfono no era el rector, sino una Jerusalén fingiendo la voz más gruesa de su vida. Su potente voz se hizo sentirá hasta en el rincón más pequeño. Para él, no era posible que una Universidad con fuertes raíces cristianas se convirtiera en el escenario de una música infernal, por lo que pidió que, de inmediato, todo ese sonido desapareciera, al mismo tiempo de patear con todas su fuerzas a los vendedores del pequeño mercadillo que se había formado. Imagen que, para los que han leído la Biblia, se parece bastante a la escena de Jesucristo en la entrada del Templo de Herodes, conforme El Evangelio según Lucas, Capítulo 1, versículo 23. En la Hora 12 de las 24 de plazo, y tras el abandono del recinto por parte Su Eminencia, los nervios estaban más de punta que en ningún otro momento, sobre todo porque El Hippie había reunido a las mentes sesudas que necesitaba, y elaboraba un documento de extrema fiabilidad, que le diera el carácter de fortaleza que el Dios Rector deseaba. No quedaba de otra. Había que persuadir a la competencia. Había que detener todo intento de caída de nuestra propuesta profesional, y eso sólo se conseguía llamando a El Hippie al salón de reuniones, y ofrecerle algo a cambio de desistir de sus intenciones. Vestidos con nuestros trajes de sacerdotes franciscanos, y a modo de amedrentamiento, hicimos pasar a la sala a aquel pecador que se había atrevido a llegar a El Olimpo antes que nosotros; le hicimos poner la mano sobre la Santa Biblia, y le hicimos la pregunta de rigor: - ¿Juras decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? - ¡No, no juro! ¡Esto es una estupidez!
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La Nueva Inquisición no podía dejar pasar por alto la osadía de un hombre que se negaba a colaborar con los designios académicos. Aunque yo no estaba del todo de acuerdo con encarnar a personajes religiosos, Victorio decía que la única manera de conseguir el miedo en la competencia era acorralarlo y hacerle creer que nosotros estábamos poseídos de nuestros trajes y éramos auténticos monjes franciscanos que habíamos traído a los tiempos modernos a la Santa Inquisición. Pero Jerusalén tampoco estaba de acuerdo con vestirnos de trajes ridículos y de crear una atmósfera de maldad sólo para conseguir nuestros fines, lo cual contravenía en totalidad el pensamiento de Virgilio Alcántara de la Luz, alias El Perdido, quien reclamaba que se había pasado toda la noche zurciendo los condenados trajes, para que, después, no estuvieran de acuerdo en usarlos. Como a río revuelto, ganancia de pescadores, El Hippie intentó aprovecharse de nuestra discusión, para escaparse por la puerta, sin el permiso de nadie. Fue en ese preciso momento que recordé las palabras de las mujeres que se hacían pasar por hechiceras, y que se ocultaban en el apodo de El Correo de las Brujas, porque, en una de las cartas que recibí, donde explicaban sus orígenes, y me pedían excusas por las palabras que habían proferido en contra de mí por las tierras del sur y me adjudicaban la fortaleza a los cambios climáticos, ellas hacían referencia a la forma más fácil de matar a alguien y salir libre de polvo y paja de cualquier tipo de culpa: un vaso de agua. El vaso de agua es un elemento que, para todos, es el símbolo de la vida y de la pureza. ¿Quién se negaría a beber un vaso de agua? Nadie, sobre todo si existe mucha sed. Por lo tanto, le dije a todos los presentes que terminaran con su discusión, y que pusiéramos en práctica el plan para acabar con la vida de El Hippie. Antes de que pudiera escapar de la sala, nos abalanzamos sobre El Hippie, y le pusimos una de las capuchas de franciscano que sobraba. Lo encerramos en una pequeña habitación contigua a la sala, y cerramos la puerta bajo siete llaves, para que no pudiera salir. Como no era el demonio del Apocalipsis, no podíamos
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mantenerlo amarrado por 1000 años, así que lanzamos una moneda al aire, y así saber cuánto tiempo permanecería dentro. Si salía “cara”, se quedaría encerrado en el cuarto durante las doce horas que quedaban de las 24. Si salía “cruz”, se quedaría hasta dos días más. Tanta suerte tenía el bendito, que salió con “cara”. Pero eso ya sería suficiente para que no soportara estar sin el preciado líquido que los científicos llaman con cariño H2O. A la hora 10 de las 12 que se le habían asignado, los gritos de El Hippie eran descomunales. El siempre joven y lozano opositor pedía clemencia para salir de la sala, y poder tomar un pequeño sorbo de agua. Yo, por mientras, en la cocina del edificio de la Facultad, ponía manos a la obra, y seguía al pie de la letra la receta enseñada por El Correo de las Brujas: un transparente vaso de agua, una pizca de veneno de ajonjolí y cantar una linda melodía mientras se llevaba el alimento de la vida a quien tanto rogaba por él. Cuando abrí la puerta del pequeño cuarto, y le dije a El Hippie que sus sueños se habían hecho realidad, porque aquí ya tenía su vaso, fue tanta su desesperación, que me lo arrebató de las manos, y se lo zampó en cinco segundos; los mismos que se demoró en caer al suelo y revolcarse de dolor delante de nuestros ojos –lo que sirvió para poner en uso el medidor de frecuencias sonoras, y darme cuenta de que los gritos de dolor eran más grandes que los proferidos dentro del cuarto–, y verlo morir en exactos diez minutos. Así se ponía fin a la primera competencia que se atrevía a luchar por sacarnos del camino. Si El Hippie había sido capaz de llegar al Dios Rector, y estar a punto de eliminarnos, nosotros teníamos la obligación de acudir a instancias superiores, para, por lo menos, mantenernos en el ambiente durante los siguientes cinco años. Sin embargo, mi boca se atrevería a señalar lo que sería el principio del fin: - No se diga más. Hay que hablar con El Pequeño Gigante, el Ministro de Educación. Tenemos que ser sus protegidos.

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Como nadie era capaz de darme una miserable atención médica, luego de haber derramado dos litros de sangre por el recto, no tuve más remedio que alterar la tranquilidad de la sala de espera del hospital, y fingir que caía en el más profundo de los desmayos. De reojo, veía cómo los demás pacientes, los guardias y algunos paramédicos acudían con la mayor de las prestancias a salvar mi vida, la vida de aquella que se había convertido en “el eterno paciente” sólo a base de la calma y la tensa espera. Era increíble ver la rapidez para traspasar la barrera entre la sala de espera y las habitaciones para los enfermos. Sin hacer ningún tipo de solicitud por escrito, ni realizar una fila, ni tener la paciencia de un santo para esperar un mes después la preciada consulta médica, ya estaba ahí dentro, en la cama de sábanas almidonadas, con el correspondiente olor a alcohol oxigenado en el ambiente. Así, recostada con la boca hacia arriba, me daba cuenta que el techo de la sala estaba lleno de hongos, causado por la humedad reinante. Los mismos hongos que la Monja Blanca de La Tirana me había dicho que encontraría un día, poco antes de mi muerte. Porque ella, con todo su poder y toda su gloria, se había convertido en uno de los baluartes de mi vida. Ella fue quien me dijo: “Deja de ser lo que no puedes ser y vete a recorrer el mundo sin fijarte en nada más”. Me saqué de inmediato el hábito blanco, me quedé en calzones, y se lo entregué a la Monja. Ambas sabíamos muy bien que yo no había nacido para ser religiosa. No todos los días se podía tener el atrevimiento de gritarle a la madre superiora que era una mentirosa, una malvada y una boquiabierta. Yo la había visto besarse con uno de los curas. Y ella lo negaba, lo negaba todo. No quedaba otra que desaparecer. Por lo que, cuando veía una y otra vez los hongos en el techo de la sala, yo estaba segura de que las palabras de la Monja Blanca se iban a cumplir, pero eso no significaba que yo iba a ser tan seguidora de sus declaraciones, y dejar escapar una oportunidad inigualable: la de morir como Dios manda, con las botas puestas, y sacando partido de mi nuevo estatus de paciente especial. Con toda mi fuerza y toda mi voz interior, grité a los cuatro vientos de la habitación: “¡Me muero, me muero!”, hasta que los médicos llegaron corriendo, y yo les tuve que aclarar que
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me moría de sed, y que necesitaba un poco de agua. Ellos, quienes seguían pendientes de mí casi como si se tratase de uno de sus familiares, me trajeron el líquido de la vida, el agua, pura, limpia, cristalina y llena de vitalidad, sin lo que a mí siempre me ha gustado: un pequeña cucharadita de azúcar. El azúcar, por si usted no lo sabe, está formado por glucosa, y la glucosa es el único nutriente necesario para hacer reaccionar a la enzima llamada glucanasa, que, a su vez despierta las ganas de generar neuronas, todo lo cual sirve para crear lo que nunca un ser humano puede dejar de tener: las ideas del cerebro. Así que yo les dije a los médicos bien fuerte y claro: -¿Quién no les avisó que me gusta tomar el agua con una cucharadita de azúcar? Por querer pasarme de lista, y abusar de la displicencia de los médicos, los dos se miraron con los ojos más enojosos que pude haber visto, y allí mismo comenzó mi tratamiento. Porque ellos, al ver que el Juramento Hipocrático era posible evadir entre cuatro paredes, vieron la posibilidad que estaban esperando por muchos años, y cerraron la puerta con siete llaves, con el fin de utilizar mi cuerpecito en aras de la experimentación. Muy despacio y, luego, despacio, introdujeron un tubo catéter por mi recto para saber si yo tenía sangre azul o sangre roja. Eso fue lo que ellos me aseguraron, y yo, como en esos años era una ignorante, les creí a pie juntillas, y aproveché de preguntarles si habían encontrado personas de sangre azul. Su respuesta fue tajante: sólo en los grandes salones y palacios de la sociedad mejor encumbrada ellos habían podido ver sangre azul. Lo cierto es que los médicos no estaban para juegos de palabras; su tiempo era muy corto, y deseaban terminar con su cometido. Aunque yo me estaba sintiendo muy bien con el catéter adentro de mi recto. Yo era una mujer soltera, y hace un buen tiempo que me faltaba tener algo dentro de ahí. El placer debe alcanzar para todos. La siguiente parte de la auscultada sesión médica consistía en sacarme toda la ropa y quedarme como una Eva en el Jardín del Edén. (Así pude darme cuenta
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de que mis senos estaban caídos.) La parte que no tenía contemplada es que los médicos también estaban esperando recibir una revisión corporal. Lo digo porque ellos también se desnudaron de los pies a la cabeza, y se quedaron sin ningún tipo de ropa que les cubriese. Uno de ellos me dijo que debía comprobar si mi garganta reaccionaba ante el contacto de elementos corporales. Así fue como me pidió que, con mucho cuidado, me bajara de la cama, y me agachase un poco, porque debía introducir dentro de mi boca la parte central de su cuerpo, que, después de investigar en muchos libros y diccionarios, pude saber que se trataba del miembro viril. El segundo médico dijo que, en honor de la buena medicina, tenía el deber de verificar si otra de las zonas de mi cuerpo funcionaban de forma correcta, ya que el cuerpo humano es un reloj que debe lubricarse cada cierto tiempo, y no se puede dejar al desamparo. Él me indicó que utilizaría la misma zona de su cuerpo que el otro médico, pero que, en esta oportunidad, yo debía ser muy colaborativa, y recostarme otra vez en la cama, abrir mis piernas, y dejar que la parte media de su cuerpo se introdujese en mi parte media del cuerpo, y que, a cada movimiento de inserción y extracción, yo debía soltar unos pequeños gemidos, para saber si existía correcta sincronización entre las reaccionas somáticas y las cuerdas vocales; no sin antes recordar que, al mismo tiempo, debía seguir recibiendo en mi boca la zona central del primer médico; cuestiones de la medicina. Desde las profundidades de mi entrepierna, y a la mitad de la auscultación somática, surgió la habilidad de maniobrar el músculo ejecutor de una forma que nunca antes había podido experimentar. Fue en ese momento cuando recordé que era la primera vez que tenía la capacidad de realizar dicho movimiento porque también era la primera vez que alguien se había atrevido a entrar a esas, mis zonas más íntimas. La vida en el convento me había traído a la vida sedentaria, y una actividad muy básica. Lo favorable es que estaba siendo examinada por profesionales que sabían lo que hacían. Ellos, cada cierto tiempo, y de una forma muy acompasada, me preguntaban si me gustaba la sensación, a lo que yo, por
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extrañas circunstancias, sentía unos fuertes deseos de responder, como con un suspiro, “Me gusta, me encanta”. Un pequeño golpe por fuera de la puerta, hizo que uno de los médicos se separara de mi cuerpo, para saber quién era la persona que golpeaba dos veces la primera vez; tres veces, la segunda; y cuatro veces, la tercera. (Los códigos de la medicina son siempre muy especiales.) Se trataba de una enfermera de turno, delgada y menuda, quien entró a la habitación sin preguntar nada, como si estuviese buscando algo que se le había perdido. El médico que había abierto la puerta no le dirigió palabra, y volvió a su actividad anterior: seguir con la auscultación somática. La enfermera estaba muy ensimismada en su búsqueda, y no había reparado en las acciones que estaban haciendo los médicos conmigo. Así que, como no pudo encontrar lo que buscaba, se quedó quieta durante un minuto, y miró de forma directa la escena de la auscultación, con ojos de extrañeza. A lo mejor consideró que la forma de aplicar las acciones médicas estaba mal elaborada, ya que terminó con su silencio, y dijo: - Disculpe, doctor Vera, pero ¿ustedes están haciendo el amor con el paciente? - Sí. ¿Por qué lo dice? ¿Sucede algo? - ¡Ah, no, por nada!; sólo que afuera está quedando una gran batahola, por una mujer que ha estado a punto de morir con una cuchillada, y parece que los doctores Castro y Pinto hoy no tenían turno, y no están. - ¿Y sucede algo más? - Pienso que podrían haber actuado de una forma diferente con el paciente. Esas formas de hacer sentir emociones están algo anticuadas… - Lo sabemos, pero es lo que hay. ¿Es muy grave lo que pasa con la mujer?
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Parece que es algo grave. Sangra a mares. La trajeron del pueblo cercano. Usted sabe que allá no hay hospitales. Dicen que la quiso matar su hijo. Ese fue el momento que me permitió agradecer a la medicina la existencia del Juramento Hipocrático, porque, dígame, usted, ¿de qué otra forma podría estar tan contenta de que los médicos juraran, si, por causa de ello, yo pude conocer a la más hermosa de las mujeres que ha pisado esta tierra, y que me enseñó todo lo que yo desconocía? Ellos sabían, como una orden general y universal, que el deber estaba llamando, y que, afuera de la habitación, una mujer pedía el auxilio de la salud y la medicina, y hacia allá tenían que dirigir sus pasos (aunque, en esta oportunidad, vestidos). Sola en la habitación, yo sentía que mi cuerpo tomaba un nuevo aire, y ya podía calmar las sensaciones y los desprendimientos de sangre. Pero era tal el influjo que ella, la Dama –como yo le quise poner–, causaba en mí, que, por razones desconocidas, algo me decía que yo debía salir de la habitación, y caminar como pudiese por el pasillo del hospital. Con una bata y unas pantuflas que los doctores me habían pasado, caminé como mejor pude hacia afuera de la habitación. Todavía sentía algo de inestabilidad en mi cuerpo; me sentía mareada, aunque con las fuerzas suficientes para poder llegar hasta la sala de espera. Ahí estaba ella, tan hermosa y radiante, aunque con sus ojitos cerrados, y algo moribunda. La traían entre varias personas para salvar su vida; algunas de esas personas estaban consternadas, y pedían una rápida atención. Era entendible su descontrol. La Dama tenía todo su pecho bañado en sangre de un rojo oscuro, lo que quería decir que se había esparcido por su ropa hace unas cuantas horas, y así cambió el color de su vestido de marrón claro a un gris intenso. No tuve la necesidad de preguntar qué es lo que le había pasado. De inmediato supuse que alguien se había atrevido a atentar contra su vida. Nadie puede tener un charco de sangre en su pecho sin que un tercero haya provocado tal
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herida. Además, algunas de las personas gritaban que un asesino había intentado matarla. Pero yo siempre supe, dentro de mí, que ella resistiría ese horrendo crimen, más aún cuando, llevada en una pequeña camilla por los médicos, pasó a mi lado, y pude tocarle su mano, que dobló sus dedos como si supiese que, gracias a mí, se podría aferrar a la vida. La Dama estuvo cinco horas consecutivas luchando por salir de su aflicción y sus dolores adentro de la sala de tratamientos intensivos. Se supo que los doctores sudaban como locos, por lo menos, eso fue lo que pude ver cuando salían cada media hora a dar un respiro de aire, y a informar a las mujeres y hombres que estaban apostados en el pasillo, y que preguntaban cómo estaba, y si tenía salvación. De a poco, por las preguntas que les hice, me fui enterando quién era ella, y de dónde venía. Lo extraño es que todos coincidían en que, si no hubiese estado en tal situación de gravedad, la hubieran dejado morir, porque su forma de ser causaba muchos desencuentros, y algunas mujeres habían tenido peleas y arrebatos. Dentro de mi cabecita, yo pensaba si seguir o no seguir las opiniones de esas personas. Sus rostros eran muy decidores, y todos coincidían en la necesidad obligada de estar ahí, y no por un deseo propio y de afecto. Pero yo no quise creer esas voces. Si las hubiera seguido, me hubiese llenado de ideas negativas. Lo que se necesitaba era comprobar cuán malvada era La Dama. O si no era malvada. Como mejor pude, me metí por la rendija de la puerta de la sala de cuidados intensivos. Los médicos ya se habían ido, y La Dama estaba sola, con los ojos cerrados y recostada en la cama. Su cabello estaba largo, y con algunas canas. Se veía bien cuidado, al igual que su rostro, que no reflejaba tener un poco más de cuarenta años. Puse mis manos sobre su abdomen, que estaba cubierto por la sábana de la cama, y, de inmediato, con un poco de malestar en su rostro, dijo: -Te dije que no me moriría tan fácil, Victorio. No me claves de nuevo esa cuchilla, porque volveré a resistirla…
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Con esas palabras, se podía entender que la ayuda médica estaba surtiendo efecto. Su inconsciente comenzó a reaccionar de a poco, con las palabras que había dicho poco antes de quedar herida. Desde ahí supe que yo tendría que ayudarla en su recuperación. No podía dejarla sola, a mansalva de esas personas que esperaban verla con vitalidad y brillo, para lanzarse sobre ella, y exigirle respuestas. La única manera era prolongar su estancia en el hospital. Así, las personas terminarían por olvidarse de la situación al volver a sus faenas de siempre. Yo tenía que transformarme en enfermera, y salir a encararlos, para que se fueran s sus casas, y me dejaran sola con La Dama. Lo que haría a continuación, aunque le parezca muy simple y sin sentido, marcaría el resto de mi vida de una forma que no se la puedo describir bien, y que la tengo en la punta de la lengua, pero que no sé cómo expresarla. Porque yo no sólo me transformaría en enfermera para salir afuera de la habitación y gritarles a todos que se fueran a su sitio, y no volviesen jamás. Yo me vestiría con los trajes blancos de la medicina de por vida (que sería corta, pero sería vida al fin y al cabo) con la idea de pasar de paciente a profesional de la salud. Así que, antes de saber quién era Victorio, quién era La Dama y quiénes eran los señores que tanto deseaban matarla; debía saber quién iba a ser yo durante las siguientes dos semanas. La amplia bodega del subterráneo del hospital –a la cual pude acceder después de recorrerlo tres veces– era una verdadera pequeña tienda del buen vestir y de la buena ocasión de ataviarse con los trajes de la pureza y la impureza. Pureza porque los trajes de enfermera son siempre blancos, límpidos y parecen estar recién lavados con el mejor de los detergentes. Impureza porque, dentro de ellos, se esconden muchos misterios médicos, que indican prácticas profesionales de extraña reputación, y que terminaría por conocer dentro de las siguientes horas. Yo, por supuesto, tenía la obligación de utilizar un traje que no me marcara demasiado en el lado de la impureza. Venía saliendo de un convento, y no era la idea rondar los caminos de Don Satán.
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La tienda de ropas de la medicina estaba atendida por un vendedor muy especial: un joven practicante de la carrera de vestuario, que se había afincado muy bien en esos lugares gracias a la ayuda de su tío, director en jefe del hospital. Él, con su experiencia de los estudios de la moda, me dijo que no podía utilizar un traje de enfermera sin antes realizar la rutina de rigor: verificar que mi peso y mis medidas coincidieran con los exactos setenta y siete kilos que una profesional de la salud debía poseer. Para ello, y tan rápido como se lo dieron sus pies, fue a buscar una pesa a baterías, y comenzó con su esforzado trabajo. Me indicó que me quitase prenda por prenda hasta alcanzar el peso ideal que ameritaba el traje. Su rostro se descomponía más y más cada vez que yo me subía a la pesa, ya que nunca calzaba con los kilos necesarios. Ya me encontraba de nuevo casi en traje de Eva cuando la experiencia y la avidez del encargado de la bodega salió a relucir de una forma que ni a mí se me hubiera ocurrido: perder un kilógramo de peso a base del ejercicio físico. Dichas estas palabras, sus manos dieron cinco palmadas, para llamar a aquella que había estado esperando desde hace mucho la aparición de una desnuda como yo. Una pequeña mujer que también estaba a la espera de probarse el traje de toda su vida apareció del pasillo de espera, y el vendedor le dijo: -Bueno, aquí tienes lo que estabas esperando. Una mujer. Ahora, yo me voy a comer algo, y ya quedamos al día con la deuda. Después me avisas cuando venga un hombre. ¿Te parece, querida? Por lo que pude ver, el vendedor también gustaba de hacer ejercicios, porque se fue dando saltos mientras movía los brazos de un lado a otro, con la punta de los dedos índice y pulgar juntos, y sin dejar ni un solo instante de contonear las nalgas del trasero de un lado a otro, igual que una mujer. Ahora, el trabajo le correspondía a la pequeña mujer. Ella, que era muy abnegada y muy diestra de su labor, no quiso dejar que sólo yo estuviera al desnudo, por lo que, con mucha amabilidad, se desnudó desde la mollera hasta la planta de los pies, para compartir el tiempo de ejercicio que tanto necesitábamos
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(aunque yo no lo notaba mucho en ella, lo digo por su baja estatura y extrema delgadez). De esta forma, me indicó que la primera sesión de ejercicios se basaba en el movimiento del “perrito”. El “perrito”, como lo denominaba ella, era una rutina de ejercicios en el que una persona se montaba por atrás de otra, y, para que el sudor surgiera más y se soltara más grasa del cuerpo, en el caso de dos mujeres, una de ellas debía tocarle los senos a otra, al mismo tiempo de rozar la entrepierna de una con el recto de la otra. Yo siempre he sido muy obediente, ya se lo he dicho antes, por lo que seguí los pasos al pie de la letra, y sin dejar de responder a las preguntas de rigor que la pequeña mujer me hacía, entre las que destacan “¿Te gusta?”, “¿Sientes placer?”, “¿Sientes cómo las dos nos fluimos en una única carne y bajamos nuestra grasa con las sensaciones de la piel?”. La siguiente rutina era algo muy particular, pero debía ser de una precisión tal, que, según palabras de la pequeña mujer, sólo lo realizaban los grandes médicos. Consistía en que ella se recostaba sobre mi vientre, para quedar con una fusión de senos gracias al sudor que habíamos destilado, no sin dejar de realizar el movimiento que ella denominaba por excelencia: la unión labial. Así estuvimos haciendo esta rutina llamada “lapa” –por el parecido de estar tan pegadas como unos moluscos–, hasta que ella se cansó, se separó de mí y se puso su ropa muy a prisa. El vendedor apareció dando saltos de nuevo, y le preguntó con una voz un poco enojosa: - ¿Ya hiciste lo que tenías que hacer, maraca de porquería? - Sí, ahora me voy. Ya te avisaré cuando venga un hombre por aquí… - Más te vale, querida, mira que he andado bien falto de amor en el último tiempo… Fue de esta manera que el vendedor me dijo que me pusiese en la pesa otra vez, y yo, por fin, pude marcar los exactos sesenta y siete kilos, para obtener mi
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preciado traje blanco de enfermera, y acudir lo más rápido posible a salvar a La Dama. Grande fue mi sorpresa cuando llegué a la puerta de entrada de la Sala de Cuidados Intensivos, y una gran turba de mujeres gritaba por querer linchar a La Dama. Las señoras exigían que los médicos la dejaran al desamparo de sus fuerzas, y no el prestasen ni el más mínimo de los auxilios. Pero yo, que ya había tomado el blanco ropaje de la salud, no podía dejar que esas mujeres pusieran un dedo encima en mi primer paciente. Así que aproveché la barrera humana que habían formado algunos médicos, y fui corriendo a la estantería del hospital, para tomar juramento del Código Hipocrático. Allí, ante la presencia del gran libro del primer gran médico de nuestro mundo, juré por toda la humanidad, que me abocaría a defender la salud de todos aquellos que la necesitasen, así mi vida desapareciera de la faz de la Tierra. Revestida de un poder nuevo, de una mente nueva y de una manera de caminar diferente, salí al pasillo donde las gentes daban grandes gritos de desorden –desorden que el mundo de la salud no podía soportar– para decirles que se callaran de inmediato, o de lo contrario, todos tendrían que ser desalojados por la Fuerza Pública. Los médicos, que no sabían de la llegada de una nueva colega y miembro de la ciencia llamada medicina, me miraron con muchos ojos de duda, con la idea de preguntarse “¿Y esta mujer de dónde ha salido?”. A lo que yo les respondí, sin que me lo preguntaran: -Soy la nueva miembro enfermera del Hospital, y les indico que, por orden de Hipócrates, me dejen sola con la paciente, porque yo estaré a cargo de su cuidado. Como las coincidencias seguían de mi parte, los médicos, que nunca se habían abocado a averiguar en sus años de estudio quién era Hipócrates, consideraron que el nombre correspondía al director en jefe del hospital, el Señor Hipócrates del Salto, ante lo cual, con mucha galantería y caballerosidad, me
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abrieron las puertas de la Sala de Cuidados Intensivos, y me dejaron acceder al desarrollo de mis faenas. La Dama se había despegado de su trance enmudecido, y altiva como siempre, estaba sentada en la cama, mirando para todos lados, conforme su estatus y su marca registrada. Ella, quien era una mujer muy conocedora del acontecer nacional e internacional, sacó de su amplio vestido con faja un documento muy decidor: según la última encuesta, realizada por los miembros del pueblo de al lado, 70% de las mujeres que rechazaban su postura y garbo lo realizaban por envidia a la lozanía y fiereza con la que ella afrontaba la vida, y el restante 40% se dividía en 20% de envidia por la figura esbelta de La Dama, mientras que el otro 20% quedaba para un “No Opina-No contesta”. Asimismo, me mostró un segundo documento que indicaba que el 90% de los hombres la apoyaban a radiares, y el 10% restante pertenecía a los niños que no sabían hablar. Las estadísticas eran muy claras, y sólo se podía dar crédito a las palabras de mi primer paciente. Pero ningún ser humano puede dárselas de Todopoderoso, porque, así como se vio con tanta fuerza la demostración de su amplia fuerza corporal, su aún delicado cuerpo le pidió unos segundos de permiso para desplomarse, lo cual se realizó pasados cinco minutos de su comunicado. Con el Diccionario Merck a dos manos –el gran diccionario de la Medicina Moderna–, leía cada una de las instrucciones correspondientes para la aplicación del suero intravenoso, los cataplasmas y el cuidado de las reacciones de los pacientes en estado de adormecimiento. Sólo podía ceñirme a las reglas provenientes de las grandes voces de la medicina, que habían plasmado todos sus esfuerzos y su legado en las sabias páginas de aquel libro. Aunque, poco a poco, pude darme cuenta que La Dama no necesitaba de los básicos elementos de la salud. Su voz repetía cada cierto tiempo la voz de “Victorio”, su hijo, a quien un día llegaría a conocer en uno de los juicios de este embrollado caso. Yo siempre lo recordaré como un minuto de gloria y un minuto donde la Medicina pudo iluminarme para salir a flote de mi estado de intemperancia:
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faltando dos minutos para las dos de la tarde, las puertas de la Sala de Cuidados de Intensivos se abrieron de par en par, y un hombre de edad avanzada, que se hacía llamar “El Pequeño Gigante”, entró con un grandioso traje negro de etiqueta, un sombrero y una capa, la cual desplegó hacia sus costados, así todos los presentes pudieran darse cuenta de su esplendor y habilidosos poderes curativos. Ante tanta fuerza corporal, el Diccionario Merck se cayó al suelo, y la cama y las cortinas de la sala se estremecieron desafiando las leyes de la inercia, creadas por la Física. El Pequeño Gigante hizo desaparecer el silencio reinante de la habitación, apuntó con su dedo índice hacia mi cara, y me preguntó: - ¿Quién eres tú, extraña mujer? ¿Cuál es tu nombre y procedencia? - Soy Catrina de los Pies Descalzos, y vengo de la mismísima ciudad de La Tirana. – Le respondí. - Tú eres de las mías, hermosa virgen. ¿Cómo se te ocurre entrar aquí, a este mundo tan oscuro? ¿Ya te han hecho la “auscultación somática” y los “ejercicios físicos”? - Así es, y la vida me ha dicho que debo dejar de ser paciente, para convertirme en enfermera y tener un paciente propio. - Eso ya lo conversaremos. Ahora, hazte a un lado, y déjame sanar a esta mujer. El Pequeño Gigante abrió un poco el ojo derecho de La Dama, y le mostró la misma lámina de la mancha que usted me mostró hace poco. La pregunta fue directa y decidora: - Dime, mujer, ¿qué ves en esta lámina?, ¿qué ves en esta mancha? - ¡Victorio! ¡Hijo mío! ¡Eres tú! ¡Has comprendido que tu madre es una buena mujer! – Respondió La Dama. En menos de dos segundos, el cuerpo y el estado de mi primer paciente había pasado del adormecimiento absoluto a la mayor de las mejoras. Los ojos de La Dama estaban muy abiertos y notaban un gran enojo por haberla sacado de su estado de adormecimiento sin tener a su lado a su hijo Victorio, para poder
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devolverle la cuchillada que le había propinado hace algunas horas. Yo, poniéndole unos cataplasmas en su abdomen, le decía que se mantuviera tranquila, ya que la medicina estaba surtiendo el efecto de sanación de la herida; pero ella estaba muy colerizada y pedía explicaciones para todos los efectos necesarios. La pobre Dama estaba en su razón: un hijo no puede llegar al punto de atreverse a matar a su propia madre, o, por lo menos, intentar hacerlo, así que preferí dejar que sacara su rabia por unos instantes. Por mientras, El Pequeño Gigante se acomodaba su sombrero y su capa, y me decía que saliese afuera de la habitación, porque tenía un trabajo para mí, antes de quedarme de forma definitiva en el Hospital. Él sabía que yo había llegado a este mundo para dedicarme a los cuidados especiales de las personas. Vio cómo apoyaba la mejora de La Dama, mi atuendo y mi forma de hablar. Aunque, lo que él deseaba era que yo saliese de ese hospital, y colaborase en otro, ubicado en un lugar que él llamaba Villa Rorschach, un pequeño villorrio creado con fines del cuidado mental, y que se encontraba cinco kilómetros al sur de mi querida ciudad de La Tirana. Me dijo que hasta allá debíamos llevar a La Dama, para el cuidado de su mente, después de dejarla partir a su pueblo, en busca de sus pertenencias. La Dama, mi querida Dama, era una mujer muy aguerrida, y no supo controlar sus impulsos cuando la dejaron partir al pueblo. Allí mató a quemarropa a siete muchachos. Lo hizo a sangre fría, en la noche de la celebración del aniversario del pueblo. Se cuenta que las madres lloraron lágrimas de sangre, y el pueblo quedó sumido en una tristeza que se recuerda hasta el día de hoy. Fue por eso que yo tuve que matar. No fue por otro motivo. Con El Pequeño Gigante, sacamos como mejor pudimos a La Dama del pueblo, y la metimos en un remolque arrendado para la ocasión. Ella estaba muy abatida, sin norte, con los ojos idos, y sólo tenía en sus manos una pequeña carta escrita por Victorio a los siete años, lo único que pudo guardar de él. Lo cierto es que, sin saber cómo –ya que la distancia entre el pueblo de Chillan Viejo y La Tirana es de más de 2500 kilómetros–, una de
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las madres nos siguió hasta las tierras desérticas del norte, con el fin de cobrar venganza por la muerte de su hijo. El Pequeño Gigante, genio y figura hasta la sepultura, me dijo que teníamos que bajarnos del remolque, y exigirle a esa mujer que desistiese de matar a La Dama. Pero ella no entendió. La mujer estaba consternada por la muerte de su hijo, y sólo deseaba ver sangre en el cuerpo del asesino. No quedo otra que desenfundar el arma, y dispararle en la mitad de la frente, directo al cerebro, para que dejara de pensar en tonterías y arrebatos de mujer vengativa. La soledad del amanecer del desierto se sentía más fuerte cuando una tenía que armarse de valor, y acabar con la vida de alguien. Muy pronto, las pocas moscas y los pájaros carroñeros llegaban para alimentarse del cuerpo putrefacto de la mujer. Nosotros, eso sí, debíamos emprender la marcha hacia la villa. Allí sería el lugar donde La Dama volvería a recuperar sus fuerzas, aunque no así cambiar su carácter, que siempre fue transgresor y furibundo. Mi cercanía con La Dama sirvió para conocerla más, aprender sus modismos, las ideas de su vida, los sueños que ella tenía, y todo lo que yo nunca comprendía. Ella, yo no sé por qué, se reía cuando yo le hablaba de la auscultación somática y los ejercicios que me habían aplicado en el Hospital. Ella decía que yo era una pequeña virgen, y que si se reía, era porque sabía que en mí existía la más grande las purezas, por lo que “nunca-nunca” iba a atreverse a explicarme qué eran en realidad esa auscultación y esos ejercicios. Me decía que el mundo se merecía que existiesen algunas personas limpias de corazón, con un rostro y una mente abiertos a la sencillez, y que sólo las viejas zorras, como ella, debían hablar de las palabras “sexo”, “vagina” y “pene”, las cuales nunca me quiso explicar, y que yo tampoco me esforcé en buscar. La recuperación de su estampa me permitió escuchar su hermoso nombre completo: “Eva Luna Sánchez Carril”. Eran las primeras palabras que le enseñé a decir cuando su estado de atrofio mental era tan grande, que hasta la lengua se le había recogido. Yo, a veces, lo repetía para mis adentros o en los momentos de
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soledad: “Eva Luna Sánchez Carril”, “Eva Luna Sánchez Carril”, y era como estar diciendo un nombre angelical, de música. Eso se lo contaba casi siempre en los días de su completa recuperación, y que a ella le sirvieron para convertirse en mi más ferviente colaboradora en la atención de los pacientes de la villa. Tal vez, toda esa imponencia y garbo que se notaban por fuera se los tragaba por completo a la hora de atender a los enfermos. O quizás pudo haber sido el hecho de haber pasado por lo mismo, y comprender el dolor ajeno. Pero yo creo que soy la única persona que puedo decir con total certeza el verdadero motivo de su entrega: Victorio, su hijo. Es que gran parte de los pacientes bordeaban la edad que él tenía en la noche que intentó matarla. No cabía duda de que ella veía en los ojos de cada uno de los pacientes a su hijo, y se preguntaba “dónde estará”, “qué habrá sido de él”. Era lo que preguntaba algunas veces en los primeros días de su mejora. Después, al ir mejorando, se lo fue guardando para sus adentros, y, aunque, cuando yo le preguntaba por Victorio, ella respondía con algo de rabia, estoy segura de que todavía guardaba aquel amor de madre que todas las que han parido alguna vez conservan aunque el hijo sea el diablo más diablo de este mundo. El Pequeño Gigante estaba muy contento de ver que sus esfuerzos por salvar a La Dama habían surtido efecto. Él, a veces, me decía: -Cuídamela bien, que ésta es mujer brava, y a las mujeres bravas hay que vigilarlas con cuatro ojos. Nunca sabría, hasta el día del gran incendio de la villa, que La Dama era su nieta. Sólo ahí comprendí su abnegación por tenerla a resguardo de las autoridades, sobre todo en un lugar tan apartado como Villa Rorschach, que muy pocos conocían. Lo que nunca pude entender es por qué prefirió mantener a raya el encuentro de Victorio con su madre. El Pequeño Gigante no era una persona cualquiera, era un Ministro, y los ministros tienen influencias. Él podría haber hablado con sus contactos; con todo el reconocimiento que tenía, supongo que las muertes no se hubieran conocido tan en detalle. Pero el país estaba sumido en una
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especie de inicio de guerra interna, y la villa había servido para ocultar mucha de la información de aquella guerra interna: se dice que ése es el motivo del incendio, y de la desaparición de las famosas láminas de las manchas. Lo único que le puedo decir ahora es que el día del incendio, cuando pudimos correr hacia las afuera de la villa con algunos enfermos, y nosotras sabíamos que El Pequeño Gigante estaba adentro, La Dama me dijo: - ¿Qué va a pasar ahora con nosotras? ¡Nos hemos quedado guachitas, nos hemos quedado sin padre, solas en el mundo! Y yo le digo a usted: ¿por qué tendríamos que dejarnos vencer ante un incendio si nuestras manos y nuestros pies estaban sanos, y teníamos la fortaleza para reconstruir lo derrumbado? ¿Cómo acabar de un minuto a otro con todo el legado de bondad de El Pequeño Gigante, aunque muchos dijesen que sus prácticas eran oscuras e interesadas? Por supuesto que no podía quedarme de brazos cruzados; así que, después de mirar alrededor de mí, y de ver los rostros de los pocos enfermos que habían podido escapar, y ver, también, el rostro de La Dama, que era mi todo, mi fuerza y mi razón de ser, le respondí algo que nunca se me va a borrar de la memoria: - No, mi Dama. Nos tenemos a nosotras mismas, y así como la villa se incendia hoy, mañana tendrá que levantarse otra vez. Eso se lo doy firmado.

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No le miento. Era tanto el movimiento de la tierra, y era tanto lo que las murallas se movían y crujían, que yo, desnuda como estaba, con los senos al aire y con siete meses de gestación, rompí con todo el decoro que mis padres me habían inculcado, y salí hacia las calles del pueblo de Chillán, de la misma forma que había llegado al mundo, a gritar de pánico y dolor porque mi casa, que era lo único que tenía, se derrumbaba en mil pedazos. Es que un terremoto es un terremoto: nada se está en su sitio, todo se mueve, la cabeza da vueltas de un lado a otro, los ruidos se juntan, los utensilios suenan sin parar, y sólo se puede pensar en cuándo se va a terminar todo eso. Ahí es cuando la naturaleza te hace el juego del “yo soy más que tú, miserable gusano que te arrastras por la tierra”, y te recuerda que ella te doblega como quiere, que tú, por muy ser humano que seas, que hayas conseguido construir un edificio, una casa y un pueblo entero, ella, con todo su coraje y todo su poder, te lo puede quitar en un segundo. Y lo peor es que tú no le puedes pedir explicaciones a la naturaleza. Tú no tienes la facultad de llenar un formulario N° 254 y dirigirte a la Oficina de Reclamos de la Tierra, para pedirle las razones por las que tu casa y todo se caen a pedazos, por la sencilla y única razón de que la naturaleza hablara te tiraría por la cabeza, y si fuese capaz de responder, te diría un “Asume las consecuencias de haber nacido en este mundo”. Hubo quien un día, por esos azares de la vida, se atrevió a gritarle al cielo, en medio del rugido de la tierra, por qué teníamos que pasar por esas penurias para aprender a ser más fuertes y más carne de cañón. Ese alguien fui yo, que, con el gran movimiento de la tierra, había olvidado que tría un niño adentro de mi estómago, y no pude contener la sensación de sacarlo fuera de mí, al punto que me revolcaba en el suelo del puro dolor. Lo favorable de todo ese descalabro corporal es que las personas del pueblo, de tan asustadas y despavoridas que estaban, corrían por sus propias vidas sin importarle si veían a mujeres u hombres desnudos. Usted sabe que los humanos nos aseguramos a nosotros mismos, y somos indiferentes ante las desgracias ajenas cuando se trata de salvar el propio cuerpo. Yo pienso que ese fue el día en que decidí abocarme a traer hombres y mujeres al
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mundo. Porque yo, con todo ese conflicto mental de si aguantarme el dolor, de si sacar al niño que traía dentro, de si buscar un pedazo de tela que me cubriese parte de mis zonas íntimas, sin medios médicos ni palancas, solté fuera a la persona que estaba dentro de mí, y envolviéndolo en unos trozos de papel de diario, tuve a mi sietemesino con toda naturalidad y sin problemas. Nadie –ni yo misma, por supuesto– supuso que tendría que hacerme cargo, en uno de mis primeros trabajos, de traer al mundo al mismísimo Victorio de la Lorca Sánchez, y que, después de treinta años, tendría que sacar del estómago al hijo del mismo Victorio. La primera experiencia fue, debo decirlo con todas sus letras, celestial. La madre de Victorio no emitió ni el menor de los dolores ni los típicos ruidos que hacemos todas las mujeres que traemos un niño al mundo. Ella se recostó en una especie de camastro de su pequeña choza, y echó a su cría por el bajo-vientre como quien orina o hace sus necesidades básicas: sin muestras de padecimiento alguno. Mi papel, en ese momento, fue más bien de darle los consejos post-parto, y decirle que reposara mucho, y que no hiciera fuerzas. Supe que las mujeres del pueblo consideraron que había llegado a la tierra la reencarnación de Jesucristo, y que se habían vuelto locas por la noticia, y lo tocaban y lo tocaban. Yo no tenía mucho tiempo para mirar espectáculos de adoración. Al siguiente día debía partir a un nuevo trabajo, en las heladas tierras del sur, en una isla llamada Chiloé, y mi máxima preocupación era cuidar de mi reciente hijo y de mi misma, porque una madre soltera siempre tiene que saber luchar con dientes y uñas para conseguir el sustento diario. El pequeño carromato que nos había facilitado el municipio a todas aquellas personas afectadas por el terremoto, y que nos venía ayudando desde hace dos meses para trasladar nuestros enseres, por falta de mayor presupuesto, sirvió para trasladarme desde el nuevo Chillán hasta Chiloé, la tierra de las leyendas, la bruma en altamar y las comidas al aire libre. En esas frías localidades conocí a los
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dos hombres que marcaron mi vida, uno de los cuales, me llevó al altar, y me hizo cambiar la idea que tenía del sexo masculino. Antes de establecer el contacto con aquella gran raza masculina, yo, que no soy ninguna tonta ni perezosa, me quise asegurar cómo ellos nos perciben a nosotras, y acepté el gran mandato que, proveniente del más alto de los cielos olímpicos, vino del gran personaje que detuvo el carromato camino al sur, en la mitad de la lluvia nocturna, y que, con su dedo índice apuntando directo hacia mi frente, me dijo: -¡Tú, sabia mujer que dedicas tu vida entera a traer niños al mundo, sal de ese vehículo, y, antes de entrar a tu nuevo trabajo, ayúdame a conocer el hablar de los hombres de estas tierras! El gran amo y señor de las voces, “El Académico de la Lengua”, se había presentado delante de mí, para encomendarme una importante labor humana: vestirme de hombre por algunas semanas, y verificar en carne viva, lo que significaba tener el sexo contrario. Él necesitaba estar al día con las nuevas expresiones de la comunicación, para poder expresárselas al mundo ignorante de las palabras del futuro. Él nos decía que el mundo estaba al borde del precipicio mental si dejaba de considerar las nuevas tendencias como parte de su vida. Y esas nuevas tendencias estaban presentes en los lugares desolados e inhóspitos, no en los hospitales ni las grandes empresas. Lo cierto es que, de la misma forma que él me lo planteó, yo le respondí: - ¿Qué más puede hacer una simple matrona en el mundo de la comunicación si no es más que atender niños recién nacidos y madres parturientas? Pero mi pregunta había sido tan estúpida como mi ignorancia, porque “El Académico de la Lengua”, que lo sabía todo –y lo que no, lo inventaba–, me apuntó una vez más a la frente, para recordarme que estaba en el más profundo de los errores, ya que, así como las matronas traíamos al mundo a los recién nacidos, teníamos el control de ordenarles a las nuevas y florecientes madres, cuáles eran las
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palabras que marcaban el nuevo territorio del lenguaje, y cuáles eran su real significado. Una mujer de mi estampa era una mujer incrédula y vacilante, que se negaba, aunque todos los dioses lo indicasen, en seguir las órdenes del Académico tan de inmediato. Para eso, él sabía que yo sólo podía reaccionar ante una amenaza de un calibre tal, que ni siquiera la mujer más ruda del planeta pudiera atreverse a mantener su tozudez. Con sus rápidos movimientos, me quitó al hijo que había parido hace dos meses, y lo levantó desnudo ante la lluvia nocturna, para, acto seguido, desenfundar su daga y amenazarme de quitarle la vida al recién nacido si yo seguía porfiando obedecer sus palabras. Como las estadísticas médicas indican que el 97% de los recién nacidos que son infligidos con un cuchillo de alto filo no sobreviven para contarlo, tuve que agachar la cabeza, y seguir las peticiones de mi nuevo mentor. Él, con la experiencia de las negaciones anteriores, había elaborado un plan estratégico que no podía fallar. Así fue como, con un gran chiflido, llamó a su más ferviente colaborador: el capitán de nave aérea de Los Cóndores, Aristóteles Garmendia. El mejor domador de las aves que vuelan más grandes del mundo. Los amplios tres metros de envergadura eran suficientes para montarse sobre una de ellas, los hermosos y potentes cóndores. Desde la amplia espalda de uno de los cóndores, podía ver con mis propios ojos la realidad que el Académico deseaba que yo conociese: la de las madres que no se atrevían a hablar con las palabras que la Real Academia ya había dado por aceptadas, e inculcaban en sus vástagos el uso de las palabras equivocadas e inexactas. La esencia de las palabras radica en el entendimiento de todos los términos tal cual son, sin ningún tipo de expresiones ocultas o miedos al hablar. No era posible aceptar que las abnegadas madres se negasen a expresar que les dolía mucha “la parte media de las piernas”, porque, si nosotros acudíamos al Real Diccionario, no encontrábamos en ninguno de sus artículos “la parte media de las piernas”, pero sí nos encontrábamos, con todas sus letras y definiciones, la palabra
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“vagina” que significa el genital femenino. Por otra parte, tampoco podíamos encontrar la palabra “globo” como sinónimo de “teta” y “seno”, que sí estaban en el diccionario, y que servían para dar nombre a la parte superior de los genitales masculinos, parte del sistema endocrino de toda mujer que se dice ser mujer. No sólo eso pude ver en las mujeres parturientas, sino que también el extremo cuidado con el que, al tomar a sus nuevas crías, llamaban “cosa” al miembro viril masculino, en lugar de decirle, con toda propiedad y cuidado, “pene”, que era el verdadero registro del Diccionario. Las aves nos llevaban por muchas zonas del sur del país, y nos permitían ver desde los aires, los miles de rostros de mujeres esmeradas y preocupadas por no aplicar palabras que eran el común de otras sociedades, cuya fortaleza ya estaba aplicada, y en las que el Académico podía dar fe de haberlas conocido y mirado de cerca. Mis ojos estaban abiertos de par en par, mi cabeza estaba conectada con mi tronco, y mis pies aferrados a las alas de un amplísimo cóndor. Pero todavía me faltaba lo más importante: mi transformación en hombre, en un macho de tomo y lomo, que me permitiese encaminar a las mujeres en las exactas palabras registradas por los entendidos, y así estar a cargo de un grupo de matronas. Con el Académico de la Lengua gritándoles a los cóndores que dejasen de defecar en las cabezas de los transeúntes, nos dirigimos a la Secretaría Regional Ministerial de Salud, y desarrollamos el conducto regular para conseguir nuestro puesto de trabajo: matar a un viejo apernado al cargo de Jefe del Departamento de Neonatología durante cuarenta años, publicar el aviso de vacante de trabajo, y acudir a la entrevista en menos de cinco minutos. Antes, por supuesto, teníamos que acudir al lugar de la transformación. Por fuera del Gran Salón de la Transformación Humana, que abreviado se llamaba Tienda de Estilismo, no se podía saber con claridad cuál era el tipo de empresa porque, en la puerta, como si los humanos tuviesen la obligación de leer

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todo “

al

revés,

estaba

escrito

de

una

forma

muy

estúpida

”. Por supuesto que el Académico de la Lengua, al entrar con toda su magnificencia y desenfado al local, pidió inmediatas explicaciones de cuál era el motivo por el que se pretendía que todo aquel que pasase por la puerta de entrada, tuviese que doblar su cuello, al punto de dislocárselo, sólo con el fin de enterarse qué decía el condenado cartel. La encargada de la tienda, luego de recordar que El Académico había aportado el 99,9% del capital para formar el negocio, se arrodilló delante de su presencia, y le pidió mil excusas al mismo tiempo que le besaba las manos, le pasaba un pañuelo por los zapatos y le pedía una hora para volar en los famosos cóndores. No había tiempo para halagos. Yo debía convertirme en el hombre más hombre del mundo. Así que las mujeres pusieron todo su empeño en desnudarme lo antes posible, y ver cada una de las zonas de mi cuerpo, a través de sus tecnológicas lupas. Sus ojos no me sacaban la mirada de encima; ellas tenían que asegurarse de aplicar una técnica que no permitiese descubrir que yo formaba parte del sexo femenino. Lo primero fue ponerme una cinta adhesiva alrededor de los senos, porque, de tan grandes que los tenía, eso denotaba demasiado que yo era una mujer. Después, con mucha delicadeza, aplicaron una faja en la cintura y las caderas, para disimular que tenía curvas; y, en cuanto al trasero, también tuvieron que poner cinta adhesiva, aunque mucho más que en los pechos. Sólo quedaba la parte más importante, y que serviría para que ninguna persona tuviese dudas de que yo era un hombre de forma total: el pene. Para eso, la encargada del local fue a buscar la presea máxima, que estaba almacenada bajo siete llaves en uno de los frigoríficos de la bodega. Cuando apareció, lo traía sobre su mano derecha alzada al máximo. La ocasión era de importancia, por lo cual debía aplicarse el máximo de los respetos, porque la preciada pieza varonil había
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sido extraída, conforme la receta de El Correo de las Brujas, del mismísimo Eunuco, el hombre que no había deseado nunca tener pene y que lo había donado a la ciencia en virtud de apoyarla con lo que fuere. La parte final consistía en aplicarme pelo donde no tenía, y quitármelo donde sobraba. Por lo tanto, se me aplicó mucho vello en la zona de la pelvis, el tórax, las piernas y el abdomen; y se me cortó el cabello al estilo de un caballero de clase. Al mirarme al espejo, era la Copia Feliz del Edén del gran Jefe de Departamento de Neonatología, lugar al que llegué en una flamante limusina de color negro, y haciendo uso de todo mi conocimiento en salud. El Ministro de Salud, el único representante de la Alta Dirección Pública que estaba en ese momento (ya que el resto del personal estaba muy ocupado en su hora de almuerzo), revisó de punta a cabo mi logrado currículum, miró mi estampa y me hizo la pregunta de rigor que toda persona realiza a quien debe elegir para el importante puesto: - ¿Usted fuma? - Sí, a veces. - Bueno, lo importante es que fume. Así nos podemos reunir en el café de la esquina, a leer el periódico del día, y distraernos un rato. Una vez asumido el nuevo trabajo de fiscalizador de todos los centros de hospitalización donde se atiende a mujeres en cinta, comencé a recorrer el país no sólo en la Isla de Chiloé, sino que también en la Isla de Pascua, la Isla de Juan Fernández y el resto de las islas, pueblos y ciudades existentes. En todos, sin excepción, llevamos el mensaje de la comunicación de las exactas palabras del diccionario, haciendo hincapié en señalar todo tal cual es, sin pelos en la lengua, ya que así estaba establecido. Hay que decir que, como en todas partes, aparecen seres humanos que se niegan a aceptar los designios de la Naturaleza, y eso fue lo que ocurrió cuando di el gran discurso en el Salón Médico del Ministerio, lo que significó mi desvinculación del organismo, las quejas de muchas madres que estaban esperando
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futuros retoños, y mi segundo vínculo con Victorio, ya que su bisabuelo y futuro esposo y segundo gran hombre de mi vida, El Pequeño Gigante, era quien estaba apostado en la primera fila como invitado. En esa oportunidad, yo había preparado el discurso con todos los ordenamientos de El Académico de la Lengua, quien, por esas fechas, andaba en unos viajes en el norte del país, y que no supo de todos estos infortunios. Así, arreglé mi mejor traje, me abroché la corbata y salí al estrado con la venia de todos y todas, para decir: “Pene es una palabra que proviene del latín penis, que significa «cola». Esta palabra es un vocablo aceptado por la Real Academia de la Lengua, en un consenso de los principales eruditos de los estudios del Idioma Español, por lo tanto, ustedes mujeres todas, que están aquí, invitadas para ser la cara visible de lo que vuestros hijos esperan en el futuro, deben saber, además, que ustedes también nacieron desde las entrañas del cuerpo de una mujer que dejó deslizar desde su „vagina‟ sus ensangrentadas vísceras, con el fin de demostrarles que aquella zona no se llama „parte media de las piernas‟ ni „esa parte‟; trabajo competente en ustedes, a partir del momento en que sus hijos salgan a este mundo de incomprensión, desencuentros y desmemorias. ¿Cómo negarse a la posibilidad de enfrentar la vida si le decimos a los hijos que el papá y la mamá „están jugando‟ a la hora de „hacer el amor‟ durante las noches? Los niños nacen con palabras mezcladas y confusas en sus mentes. No saben diferenciar en qué es lo que se debe decir y lo que no se debe decir. Siguen sus vidas igual que volantines sin rumbo fijo, perdidos en el más absoluto de los confines, sólo por ocultar lo que no se debe ocultar. Les debo recordar que todos ustedes ahora estás sentados en su trasero o nalgas, y de ninguna forma en su „popó‟ o „potito‟, aquellas son las palabras que también han sido aceptadas por la Academia que viene del latín. Se aceptó también culo, aunque, por estas tierras, no se dice demasiado. Por lo tanto, es así como deben indicárselo a sus futuros hijos, porque el lenguaje es la más grandiosa de las enseñanzas que se puede legar.
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Nosotros, los médicos de fuerza e irrupción, no sólo estamos para tocar vuestros cuerpos y decirles cuál es el medicamento que deben tomar o el tratamiento que deben seguir. Nuestras mentes van más allá, y ahora mismo estoy pensando en la zona que más tocamos las matronas cuando hacemos fuerza con la palanca para sacar a los niños que ustedes traen dentro: las tetas. Siendo fieles con los orígenes, esta palabra también se conoce por „seno‟, donde aplica la raíz de latín sinus, que significa „curbatura‟ o „bulto‟. En especial, las niñas son quienes deberán estar al día de las pronunciaciones exactas, y nunca se les debe inculcar el decir „mamas‟ o „globos‟. De esa forma, se confundiría con los verdaderos nombres que llevan ese significado, y crecerían con trastornos del desconocimiento. Ustedes, mujeres, no deben avergonzarse de indicar las maneras de la forma tal cual son. ¿Qué pasaría si en lugar de decirles, al momento de hacer fórceps, que resistan que les toquen los globos, en lugar de decirles con total dirección que nos dejen pujar desde las tetas, porque es el único lugar donde nos podemos asir bien? Créanme que sus hijas, y también sus hijos varones, crecerán con las ideas claras, sin miedos a pronunciar tal o cual palabra. La vida nos tiene preparado nuevos y fabulosos caminos. Si ustedes no son capaces de afrontar los desafíos del lenguaje desde la cuna, ninguno de los esfuerzos de la sociedad moderna surtirá efecto. Es por eso que, a modo de recuerdo, a cada una de ustedes se le entregará la Nueva Versión del Diccionario de la Real Academia, luego del término de esta ceremonia. Gracias por escucharme. Les deseo lo mejor”. Como lo había visto en las películas, y siempre lo había imaginado así, pensé que, después de esas palabras, todas las presentes se esforzarían en sacar las pocas fuerzas que les quedaban a menos de dos semanas de parir, y me llenarían de aplausos. Pero estaba completamente equivocado (o equivocada). Al primer minuto de dejar de hablar, una de las mujeres escupió en el piso del escenario, dio un gran grito de rabia y se retiró. Lo siguiente fue aún más rudo, y me hizo recordar que estábamos en 1940, y que faltarían muchos años para que algo de las nuevas
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palabras se hicieran parte de las nuevas generaciones. Una mujer, con nueve meses de gestación, se levantó de su silla, y me espetó con furia: - Usted debiera morirse ahora mismo, e irse a lo más profundo del infierno. Su lengua sólo sirve causar más daño a nuestra sociedad. ¡Renuncie y déjenos criar a nuestros hijos como se nos plazca la gana…! Fue tanta la rabia que tenía esa mujer contenida en sus mentes y en su corazón, que se descontroló por completo, y perdió la tranquilidad de su ser. Lo que traía dentro también se descompensó, y no hubo forma de decirle que esperara diez minutos para llevarlo al hospital más cercano, y así tenerlo de buena forma. Él era un crío que estaba pidiendo ver la luz del día en ese momento, no mañana ni pasado. Por lo que la mujer comenzó a dar gritos de dolor y de parto que estremecieron el lugar, al punto de crear una reacción en cadena, que provocó el parto de más de diez mujeres de las cien que estaban presentes. Mi afán por ver nacer a esos niños, y traerlos al mundo con mis propias manos de matrona, me jugó una mala pasada, ya que, de tanto descontrol, el traje hecho a la medida se me enganchó en una silla, y eso ocasionó que la cinta adhesiva que llevaba por dentro se rompiera en dos, para mostrar ante todos y todas que el Jefe de Neonatología pertenecía al flamante sexo femenino, de tanto que se me vieron las tetas (tan grandes las tenía, se lo dije). Todos y cada uno de los asistentes, cuando ya los niños dejado de ser el centro de atracción y habían salido al mundo, se fijaron en mí, y en lo que significaba descubrir que una mujer había sido la causante de esas palabras tan horrendas y oscuras. Lo cierto es que para El Pequeño Gigante, mis senos fueron la fuente de la eterna juventud esperada por años. Sus ojos se clavaron directos en mis grandiosas tetas, y no se soltaron de ellas hasta que, como si se tratase de un fiel colaborador, me llevó por detrás de la trastienda del edificio del Ministerio, y se incrustó en ellos para lamérmelos y chupármelos igual que caramelo, cuestión que a mí se me estaba olvidando un poco, de tanto estar vuelto un hombre.
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Así me convertí en su esposa y señora. Prometí casarme con él para toda la vida, ante el altar del cura, y lo seguí hasta el día de su muerte en sus labores, desde que era un simple funcionario del Ministerio de Educación, hasta que se convirtió en Ministro. Fueron años de mucho sacrificio y mucha lucha por conseguir nuestros ideales de mujer, de hombre, de esposos y de trabajo. Eran años donde la sociedad recriminaba por más igualdades y más derechos. Fue el tiempo donde el Presidente decía que “Gobernar es Educar”, y yo no podía restarme de las actividades de mi marido, por lo que pasé de matrona a secretaria. Yo pienso que por eso mi hijo salió tan desapegado de mis faldas, y también se abocó a la lucha social. Él se convirtió en uno de los fundadores de la Democracia Cristiana, y ese legado fue pasando de generación en generación, hasta que se quedó en sus nietos, que eran mis biznietos y los biznietos de El Pequeño Gigante. Tendrían que pasar treinta años para que El Pequeño Gigante declarase el pasado que había tenido con otra mujer, y se arrepintiese de haber sido un desatado en su juventud. El Pequeño Gigante tenía cuarenta años más que yo cuando nos casamos, y por lo tanto, calculando la cronología del árbol genealógico, calzaba de forma exacta con el tiempo en que yo –treinta años atrás–, sin saberlo, había ayudado a su propia hija a concebir (a Victorio), quien, si hacíamos retroceder aún más el reloj de la vida, a su vez, había sido engendrada de Casimiro Ruiz, el cual había parido de Marcelina Acuña, cuyos padres eran Eduardo Flores y Asunción Velásquez, esta última, hija directa y natural de El Pequeño Gigante. Lo malo es que me confesó todo esto en medio de la conmoción que dio Jerusalén, la novia y no esposa de Victorio, cuando estaba a punto de dar a luz, en uno de sus últimos discursos ofrecidos en sus funciones de Ministro, al punto que yo pensé que me convertiría en la matrona de los discursos. Él, al ver que su tataranieto salía del vientre de Jerusalén, dio un gran grito de alegría, y agradeció a todos los dioses de estar vivo, con casi setenta y dos años, para presenciar el nacimiento más emocionante de su vida. Los padres también
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estaban muy felices y se besaron con mucho amor en ese discurso. Victorio se había convertido en el protegido de mi esposo por razones naturales: él quería reparar todo el daño causado a su familia no reconocida, y, si no había podido encontrar con vida a su hija, acudió a las instancias de su descendencia, algo que yo nunca se lo reproché, y más bien se lo alabé. Su experiencia me sirvió para poner en marcha el primer sistema anticonceptivo que apareció en el país. Es que yo había sido afortunada de no tener un crío tras otro sólo por el hecho de que me aboqué a mi trabajo. Pero esas mujeres que pasaban todo el día en su casa, tenían hijos igual que conejo, y ese era el motivo por el que, en menos de treinta años, la fallecida hija natural de El Pequeño Gigante se había convertido en abuela de Victorio, porque las niñas tenían a sus hijos antes de cumplir los 15 años, sobre todo en los lugares apartados, en el campo y los sembradíos. Si la madre de Victorio, la señora Eva Luna, sólo tenía 14 años cuando lo tuvo, se lo digo yo, que la vi cuando parió, y tenía pura cara de niña chica. La misma cara de niña chica que tenía Jerusalén, aunque ella tenía 25 años el día que fue madre, y aparentaba ser más joven sólo porque se había aplicado mucha crema “Lechuga” en la cara, para aprovechar la oferta a mitad de precio en mujeres embarazadas. Todavía con la sensación de tener al hijo de Victorio entre mis brazos, igual que una eterna madre que se esmera por arrullar a su niño, liquidé a aquel bastardo que me había quitado toda opción de reencontrarme y solucionar el problema pendiente. Porque si yo había hecho un bien por la sociedad, por mi esposo y por su trabajo, me había olvidado de lo más grande y lo más valioso que una mujer puede darse el lujo de decir: tener un hijo. Y a mí hijo yo no lo tuve entre mis brazos. A mi hijo yo lo relegué a un segundo plano. Prioricé las labores de mujer revolucionaria, de nuevas ideas en la educación, mientras ese hijo de mi sangre crecía al alero de mujeres ajenas, y siempre con la idea de ser el desplazado, aquel que no podía compartir el apellido de su padrastro; y ver cómo existían más oportunidades para el “hijo completo” en lugar del “medio hijo”.
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Ese ser oscuro, que se coló por las rendijas de la mente de mi hijo, y lo llevó por lugares de maldad, había aparecido en la vida de El Pequeño Gigante sólo para causarle daño. Él añoraba el poder, él deseaba alcanzar lo que nunca había podido obtener en su infancia, y en El Pequeño Gigante vio la oportunidad perfecta. No sé cómo pudo captar tanto los detalles más mínimos de nuestro entorno familiar, hasta dar con el punto débil. Pero lo hizo. El día que me lo presentaron, como toda mujer que saca a relucir su sexto sentido, percibí en su mirada inquietante y esquiva todo lo negro que después llegó a ser: - Querida, te presento a Rosamel Julio, el nuevo Encargado de Asuntos Públicos del Ministerio. Y no te preocupes. Las apariencias engañan. Aunque se vea joven, tiene una amplia experiencia en Educación. - Un gusto conocerla, estimada señora… - …Marina Conde. O la señora de El Pequeño Gigante, como me conocen todos… - En ese caso, un gusto conocerla, señora Marina Conde. O la señora de El Pequeño Gigante, como la conocen todos… Sus intentos por sacar la risa de nuestras bocas fue el primer indicio que tuve para percibir que ese hombre algo se traía entre manos. Todo se confirmó cuando comencé a sentir un olor a quemado en el pasillo de las dependencias del Ministerio. Primero me asusté, porque creía que significaba un inicio de incendio. Recorrí como loca todos los pasillos, y no veía nada de humo ni algo que se estuviera quemando. Tampoco se notaba alguna filtración de gas. Pero el olor se hacía más grande al acercarse a la oficina de Rosamel. No quise entrar de inmediato, algo me decía que debía ser cautelosa, y poner el oído en la puerta, para escuchar qué estaba pasando. Él, con todo su atrevimiento y deshonra, se había atrevido a robarle las láminas de Las Manchas de Rorschach que una de las integrantes de El Correo de las Brujas le había regalado para su cumpleaños N° 20, y que, según me contó,
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tenía sustancias químicas que hacían reaccionar incluso a los muertos. Las estaba quemando en uno de los tachos de basura de su oficina, y se estaba comunicando por teléfono con mi hijo para saber si su cometido de matar a El Pequeño Gigante se había conseguido. Yo me llené de una gran rabia en mi mente y en mi cuerpo. Quise volver a mi oficina y pensar mejor, pero estaba descontrolada por dentro; no sabía cómo reaccionar. Hasta que la noticia vino de su propia boca, como si pensase que creería en su inocencia. Me golpeó la puerta y me pidió permiso para entrar, con esa voz de niño santo que nunca acepté. Yo fingí estar con la silla de espaldas, como buscando unos documentos, y escuché sus palabras: - Disculpe, señora Marina, tengo que comunicarle una noticia… - ¡Sí, dime!; estoy con unos asuntos, pero te puedo tomar atención… - Se trata del Ministro… Es una noticia que he recibido por telegrama de forma urgente… Y no es una buena noticia… Es algo muy grave, que no sé cómo decírselo… No quise girar la silla en ningún segundo, y le seguía respondiendo con desinterés. El muy canalla soltó la noticia del asesinato de El Pequeño Gigante sin ningún rasgo de miedo o descontrol. Me dijo que su cuerpo había sido encontrado en medio del desierto, calcinado, en las cercanías de la ciudad de La Tirana. Dijo que los militares habían descubierto su apoyo al Comunismo, y que lo habían emboscado, para darle muerte sin piedad, dejándolo encerrado dentro de un Centro de Apoyo Mental. Miserable. En ese mismo minuto, giré la silla del escritorio, y, sin darle tiempo para reaccionar, le disparé exactas treinta veces, una bala por cada año que mi hijo cumplía ese mismo día, casi los mismos que Victorio. El cuerpo de Rosamel cayó en secó al suelo. No pudo ni siquiera dar su último aliento de vida. Tenía un físico muy débil, ya que, de los treinta disparos que le di, sólo tres fueron con él en pie, los otros veintisiete se los disparé en el suelo, para que sintiera toda la rabia que tenía guardada dentro.
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Me había quitado al hijo y al padre. Ellos, aunque en realidad eran hijastro y padrastro y no tenían mucha afinidad, eran parte de mí, eran mi todo. ¿Cuándo podría hacerlos reencontrar, si uno se había obcecado por las ideas de maldad de Rosamel, y el otro estaba muerto a causa de esas ideas? No, yo no podía quedarme tranquila, sin tomar venganza con mis propias manos. Con la cara llena de sudor y de lágrimas, caminé mareada hacia la oficina del oscuro Rosamel, y saqué, del tarro de la basura, una de las láminas de las manchas, la de las dos figuras humanas, que todavía se esforzaba en no desaparecer del todo. Cuando la vi, pude escuchar desde lejos la voz de El Pequeño Gigante, que me decía: - ¿Qué ves en esta mancha, querida? ¿Ves algo que conozcas…? Y yo, como siempre, le respondía: - Sí, veo a dos personas que, unidas de las manos, desean difundir el amor y la alegría por el mundo… Igual que nosotros dos…

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Toda mi adicción a lo blanco comenzó cuando mi madre, para celebrar que su hijo había cumplido los siete años y ya estaba para cosas más grandes, me ordenó cumplir la gran tarea que todo niño espera realizar a esas alturas de su vida: ir a comprar el pan. En medio de esas circunstancias, y a través de los vidrios transparentes que separaban el almacén de la panificadora, conocí el producto maravilloso, acompañante de toda mi futura vida: la harina. Hay que aclarar que la aventura de conocer a este fabuloso producto no fue fácil, porque se trataba de mi primera experiencia en el grandioso mundo de los negocios, por lo que, antes de ver panificadora y harina, abrí los ojos igual que los de un sapo para darme cuenta de que el billete que tenía en mis manos se multiplicaba por cientos en la caja registradora de compra-venta de la dueña del almacén. Ella, igual que un músico que afina su instrumento, no podía dejar de hacer sonar su máquina tres exactas veces con un “Chin-chin”, al momento de guardar los billetes, de tal manera lo habían establecido el afamado flujo de billetes y sonidos. Quiso la vida que el hecho de acudir por primera vez a la compra y mi cumpleaños número siete fuera una misma coincidencia con el fatídico momento en que la máquina fallase de manera brutal, y en lugar de sonorizar tres exactos “Chin-chin”, aumentase su volumen a siete “Chin-chin” de alta revolución, lo que significó una pérdida total de los acuerdos del libre-mercado. La dependienta del local, que se vanagloriaba de decirle “panificadoraalmacén-pastelería-bazar y todo lo que usted desee”, puso su peor de cara al verificar que era imposible revertir la situación del “Chin-chin” elevado a siete, ante lo cual, sin mayor remedio, alzó su mano, y gritó muy fuerte que se cerraba la “panificadora-almacén-pastelería-bazar y todo lo que usted desee” hasta el nuevo aviso de composición de la máquina. Ese grito de alerta fue el punto de alerta para que yo girase mi cabeza, y viese lo que no había visto: la panificadora interior. Sin que la mujer se diera cuenta, me colé por las rendijas, y accedí a ese mundo blanco, lleno de hombres fornidos y sudorosos, que mezclaban el agua con la harina sin detenerse ni el menor de los segundos. La labor se veía muy difícil y cansadora; los
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hombres no dejaban de darse con unos palos en la espalda, para adecuar en su posición algún músculo o hueso que andaba suelto; mientras se gritaban unos con otros que sólo deseaban salir luego del trabajo, para ir a descansar a sus casas. Yo contemplaba el movimiento de amasar la harina con una mirada global de lo blanco: trajes blancos, harina blanca, sombreros blancos. Mi adicción a lo blanco crecía y crecía. No podía despegar mis ojos, y mis ojos no se despegaban de mí. De esa forma al hombre que me llevó a conocer al Señor Victorio, “El Burro”, que se ocultaba entre los panaderos como un lobo se oculta detrás de un rebaño de ovejas, supo captar cada una de mis sensaciones, y me llevó a conocer “la otra harina”, aquella harina que causa más adicción que la del propio pan, y que me obsequió para celebrar mi cumpleaños. La otra harina tiene su origen latino en las palabras terminadas en –ina, es por eso que las gentes que viven fuera de la panificadora la conocen de manera común por “cocaína”. El Burro me indicó cada una de estas menciones, que los estudiosos de la lengua habían ignorado, y, cuando se aburrió de ocultarse tras el rebaño, me invitó a caminar por el Altiplano del norte, para conocer de forma directa quién era el productor de ese también maravilloso producto. Mi cumpleaños número siete tuvo una gran concurrencia el día en que “El Burro” armó la mesa en la mitad de los faldeos, e invitó a todos los productores a sentarse a ella, con la única y precisa condición de que yo sería el único capacitado para seleccionar la cocaína de mejor valor. Porque “El Burro”, quien no sólo se dedicaba a fijarse en las sensaciones, sino que también en las habilidades personales, supo captar que yo tenía la habilidad de seleccionar la cocaína de mejor clase, y así rentabilizar la empresa que él deseaba tener. Los invitados venían desde las zonas más recónditas del planeta, con extractos del maravilloso producto, que era entregado en las manos de “El Burro”, quien, a modo de señal simbólica, lo alzaba a los cielos, y lo ofrecía a las deidades del Universo, para que se fijaran un momento en su creación, y aportasen con su grano de arena al gusto del producto.
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A cada invitado que llegaba le correspondía besarme la mano en señal de respeto de las cláusulas indicadas. Cada uno estaba expectante de que yo aprobase la producción de su trabajo de todo un año, y, como correspondía a los tiempos, debían prestarme adulación y adoración, si querían que les aprobase la sustancia. Todo hubiese resultado conforme lo tenía planeado “El Burro”; todo, hasta que apareció el personaje que todo hombre adora encontrar en los momentos más importantes de su vida: la suegra. Es que, a minutos de empezar la degustación de la fabulosa “otra harina”, la suegra de “El Burro” apareció con claros signos de no traer ningún producto elaborado, y sí con muchas intensiones de acabar con el proceso de catamiento. Los grandes gritos de la primera mujer bigotuda y con pelos en las piernas que pude ver en mi vida sirvieron para saber que “El Burro” había dejado casa, esposa e hijos botados en su ciudad de origen, la afamada y también oculta ciudad costera de Blanco Mar que Tranquilo te Bañas Durante la Tarde, y que, por razones obvias, todos abreviaban y conocían por “Blanco”. Esa palabra despertó todos mis sentidos, y me hizo posponer de manera indeclinable la catadura de la “otra harina”. La Suegra, luego de increpar durante cuarenta veces a “El Burro”, y pedirle explicaciones de su escapada, me vio, y se asombró de que yo formase parte de esa reunión altiplánica, a mis cortos siete años, y, de un brazo, me tiró hacia su carromato, y me prometió vida, dulces y juguetes, a cambio de que yo desarrollara un trabajo para ella, en el afamado puerto de Blanco. Para lamento de La Suegra, el proceso de catamiento ya había iniciado, y los productores, que habían caminado mucho para conseguir un número de atención, comenzaron a silbar, por el enojo de la espera. “El Burro” detenía los empujones y patadas que les propinaban, pero era imposible detener tanta rabia y tanta furia interna acumulada por los hombres provenientes de los cuatro puntos del mundo. A lo mejor, la situación podría haberse tornado caótica e incontrolable si no hubiese surgido desde las cenizas, el majestuoso, único y maravilloso Señor del
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Fuego, quien, después de haber estado muy calmado en la parte trasera de la larga fila, pidió que nadie se interpusiera en su paso, y así caminar directamente hacia el centro de la amplia mesa, sin importarle que ahí estuviesen los más exquisitos manjares harinosos de la cocaína. De inmediato, los representantes de las principales esquinas del mundo reconocieron en él el mandato y la orden universales, para lo cual, como siempre ameritaba al hacer aparición, los palmadas y los sonidos típicos del Altiplano cobraban vida, y la música y los cánticos no se hacían esperar. Fue así como El Señor del Fuego creó una gran llamarada en círculo alrededor de la amplia mesa, y dio la señal para que el comienzo de su baile, los cánticos y la música ase fundiesen en uno solo, en las alturas de las cimas de la Cordillera. El Señor del Fuego danzaba para todos los presentes con toda la disposición de profundizar en el excelentísimo arte del baile bien ejecutado, pero, El Señor del Fuego, que no había leído las últimas publicaciones, que señalaban que 90% de los bailes, para que salgan como Dios manda, deben desarrollarse con zapatillas de ballet profesional, ignoró que un jurado lo estaría evaluando punto por punto, y, al momento de acabar su instante danzarín, tendría que conformarse con recibir 5 de los 10 puntos existentes, que los presentes al espectáculo mostraron en sus respectivos carteles, lo cual demostraba que ni siquiera El Señor del Fuego era capaz de establecer el orden de la muchachada, que siguió gritando porque el catamiento se aplicase sí o sí. La única alternativa que quedaba era aplicar un método de catamiento rápido y sencillo, que nos permitiese salir del Altiplano, y llegar al puerto de Blanco lo antes posible. La Suegra sacó de la guantera de su carromato algo que ninguno de los presentes podía objetar: su Título de Farmacología y Química, facultativo para darle crédito de tomar mi lugar en el arte del catamiento sólo con el acercamiento de la cocaína a las fosas nasales, y así dar el veredicto de aceptación o rechazo de los productos de la amplia mesa.
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Grande fue la sorpresa cuando, antes de empezar el proceso de cata, una voz apareció de entre la muchedumbre, y como las casualidades no tienen ni tiempo ni hora, una pequeña mujer gritó, con todas las fuerzas de su alma: - ¡Hasta que te encontré, vieja de porquería! ¡Devuélveme el Título que me robaste de la Farmacia, ahora mismo! Ninguna de las dos mujeres se había preparado para el momento que la vida las reuniría otra vez, por lo que, de inmediato, pidieron permiso a todos los presentes, y fueron a maquillar sus rostros, porque habían notado que se veían muy viejas y se les notaba mucho las arrugas. Mientras, yo me dedicaba a acercar mi nariz a la cocaína, y aprender cómo se diferenciaba entre el mejor producto del peor, bajo la atenta supervisión de “El Burro”. Una vez que las señoras se habían acicalado lo suficiente, un hombre anciano, flaco y de contextura media, salió de adentro del carromato, y tocó, como mejor pudo, una pequeña trompeta, para que tomaran atención de lo que vendría a continuación: - ¡Señoras y señores, les anunció que las dos farmacológicas han decidido poner fin a años de búsqueda y desencuentros, a través de una de una de las más esperadas peleas de todos los tiempos! ¡Por lo tanto, dejo con ustedes a los dos contrincantes, que pelearán por la obtención del ansiado Título de Farmacología y Química! Por un lado del cuadrilátero estaba La Suegra, flamante ganadora de muchas peleas en la Carrera de la Vida, que estaba con cinco minutos menos de vida, gracias a la aplicación de los maquillajes. “El Burro” la preparaba como entrenador personal, y le daba consejos de cómo dar el golpe adecuado, cuestión de conseguir el objetivo. La Suegra mordía un trozo de algodón mojado, y no paraba de mostrar sus ojos furibundos de deseos de derrotar a aquella que se atrevía a juzgar la pertenencia de su Título. Los seguidores de La Suegra, interesados en la aprobación de sus productos, gritaban consignas de apoyo y de alegría por ella, y le
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mostraban los papeles más motivadores que la existencia humana ha podido crear: los billetes de apuesta. Por el otro lado del cuadrilátero, estaba La Contrincante, quien, por más que se lo pregunté, nunca quiso darme su nombre, y sólo se resignaba a persignarse cinco veces seguidas, en pos de conseguir el Título, y que sólo saludaba a quienes también mostraban los billetes de apuesta desde sus alzadas manos, que eran más que los de La Suegra, todo gracias a que su maquillaje le había permitido rejuvenecer en cinco años, y se veía más joven y lozana. El hombre delgado y anciano que sostenía la trompeta cambió su instrumento por una pequeña campana, y dio inicio al primer round. Los rostros sudorosos demostraban que ninguna sería capaz de soltar el Título tan fácil. Giraban en torno a sí una, dos, tres y hasta diez veces; se miraban a los ojos con los deseos más firmes de soltar un puñetazo que dejara knock-out al oponente. Los apostadores no paraban de gritar por sus mujeres, y sólo esperaban que pronto una diera el primero de los golpes. Las estadísticas indicaban que el 24% consideraba que La Suegra ganaría la pelea, mientras que el 76% restante se inclinaba por La Contrincante. Estas cifras fueron auditadas y verificadas por “El Burro”, que para eso había acudido a la Escuela de Contadores, y sabía muy bien de cálculos matemáticos, los cuales me enseñaría en mi vida de adolescente. Cinco minutos después de empezada la pelea, y para asombro de todos, La Suegra dio el primer puñetazo, dejando turulata a La Contrincante, al punto de hacerla marear por muchos segundos. “El Burro” me decía al oído que las leyes de la economía y las finanzas son únicas en todo el mundo, por lo que presagió lo que era evidente: las acciones de La Suegra subieron en un 40%, y así pasaron de un 24% a un 70% de apuestas. Por lo tanto, ahora era La Contrincante quien se quedaba con el 30% restante. Si la naturaleza de la vida permitiese que los árboles crecieran en cualquier parte, y así sirvieran de refugio para poder realizar las necesidades básicas que todo ser humano necesita sacar fuera de sí, la pelea podría haber continuado por mucho
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tiempo más; ya que, debido a la ausencia de vegetación y de baños en el Altiplano, un niño como yo, de cortos siete años, no podía dejar de expresar el máximo deseo inaguantable que no podemos callar a esa edad: las ganas de hacer pipí. Las caras de desesperación por dejarme orinar lo antes posible se notaron en todos los presentes. Así, después de realizar una consulta entre ellos, decidieron abandonar las apuestas, y solicitar a La Suegra que finalizara el proceso de catamiento, para poderme llevar pronto a Blanco, y evitar una debacle de proporciones líquidas. Aunque yo considero que esto se debió a mi consiguiente deseo de defecar, que también lo hice patente, conforme un niño de siete años estaba autorizado. Pero, en ese mismo minuto, un fuerte remezón hizo que, desde las profundidades de la Tierra, apareciera un personaje inesperado, quien, al escuchar el llanto de un niño desconsolado por hacer pipí y caca, no tuvo más remedio que salir del eterno ostracismo, y así solucionar algo que se veía inevitable si consideramos que, entre el Altiplano y Blanco existen más de doscientos kilómetros de separación, por lo que, si esperaba a hacer las necesidades básicas una vez llegado al puerto, mis pobres vejiga y músculo eyector estarían al rojo vivo. Minero, el subterráneo hombre de las tierras altiplánicas, con una fuerza inexplicable, gritó que todos se callaran de inmediato, y que detuvieran el escándalo ocurrido en sus tierras, siempre calmas hasta nuestra llegada. Al único que trató con toda cordialidad fue a mí, y me dijo que yo llegaría a ser un gran hombre del futuro, y que participaría de revoluciones y de movimientos que cambiarían al mundo. Por lo tanto, él no podía permitir que me hiciese pipí y caca en los pantalones, y me ofrecía su baño subterráneo, no sin antes indicarme que cuidara de no utilizar todo el papel higiénico, ya que, en el último tiempo, había subido de precio, y costaba mucho comprarlo. Luego de hacer pipí y caca, La Suegra agradeció la ayuda a Minero, y me subió a su carromato. Pero “El Burro”, que nunca se llevó bien con ella, se quedó
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recorriendo el Altiplano por un largo tiempo, junto con sus gentes de chompas y guitarras. La Suegra le gritó que tarde o temprano tendría que asumir su paternidad, y que por nada del mundo se le ocurriese volver con la cola entre las piernas a pedirle dinero o ayuda, porque ella no se la prestaría. Dicho y hecho, me dirigí en el carromato hacia el afamado puerto de Blanco, donde, de la noche a la mañana, sin darme cuenta cómo, dejé de ser un niño y pasé a ser un joven de diecisiete años, que recorría desnudo las playas de la costa, al lado de un grupo de amigos. Ahí conocí la música rock, los deseos de amor y paz, las tocatas hasta la madrugada y el amor por la marihuana y el LSD, que fueron una gran pasión. Sin embargo, lo más grande que pude haber vivido en el puerto fue el hecho de hacerle honor al nombre, y crear mi grupo de seguidores de la vida en armonía con la naturaleza, a través de nuestras vestimentas: las togas blancas, el vínculo máximo de mi gusto por todo lo que significara blanco. Las togas blancas fueron idea de Malvina, mi amante y futura esposa. Ella, un día de luna llena, cuando estábamos reunidos en la orilla de la playa a base de marihuana, sintió un fuerte llamado del Cosmos y nos hizo guardar silencio. Así pudimos ver cómo descendía desde las alturas del estrellado firmamento una nave con extraños seres, quienes, al ver nuestra conexión con el Universo, decidieron abrir sus vehículos aéreos, y regalarnos un modelo de diseño de estos hermosos trajes. Malvina, que estaba muy extrañada por el obsequio, le preguntó a uno de los seres: - Dinos, señor, ¿por qué nos regalas estos diseños a nosotros, pobres y miserable seres terrestres? - ¿Quién les habló de regalar? Se los cambio por algo de marihuana, que en mi planeta se acabó, y me mandaron a buscar un poco por las galaxias vecinas. Así fue como Malvina, después de entregarle algo de marihuana al ser extraterrestre, se encargó de realizar los trajes a la medida de cada uno de nosotros, a partir del modelo. Ella le puso el nombre de togas blancas, y nos afianzó en la
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Cultura Hippie. Como ya teníamos las ropas, el carácter y los deseos de revolucionar el mundo, sólo nos faltaba una plataforma para salir del desconocimiento, y emprender nuestros gritos de revolución. Además, la marihuana estaba escaseando, y nosotros no contábamos con naves voladoras para salir buscarlas por las galaxias vecinas. Por lo tanto, tuvimos la grandiosa idea de escapar de Blanco, montados en los ágiles caballos blancos, y, así, volver a las tierras altiplánicas, donde nos esperaba “El Burro”, quien me volvería a ver luego de diez años. “El Burro” se había convertido en el amo y señor de las transacciones de cocaína del Altiplano. Pero no sólo eso. También traficaba marihuana, sangre, cuerpos humanos y las revistas de Play Boy. En resumen, “El Burro” se había convertido en un pequeño empresario, que facturaba con mucho cuidado su lavado de dinero, conforme las indicaciones de la Convención Internacional de Traficantes, a la cual estaba adherido como miembro honorario. Él me mostró mucha información de la Contabilidad de la pequeña empresa, me dio consejos de cómo manejar las finanzas si quería tener clientes que cumplieran y que no se fueran a la competencia, y me entregó una Bibliografía completa de consulta, haciendo énfasis en quien era su principal maestro post-mortem, Adam Smith, padre de la economía moderna. Había llegada a tal punto de experiencia y de conocimientos de la vida, que, cuando me vio de pies a cabeza, además de expresar la gran alegría de verme, y reconocer que ya estaba convertido en casi un hombre, supo de inmediato que, para que yo alcanzase la gloria, debía aplicarme un nombre potente y de fuerza; un nombre de futuro y glamoroso. Llamó a uno de sus empleados, un boliviano que andaba revoloteando por los caminos, y le pidió que trajese una espada. De esta forma, me pidió que me arrodillase, para expresar las más decidoras palabras que yo hubiese escuchado:

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Yo te nombro como “El Hippie”, joven de alta fuerza y honor, que combatirá las fuerzas opositoras de la vida de los adultos, a base de música rock, marihuana, trajes blancos, paz y amor. Ahora, que estaba revestido con un nombre único y la entrega del poder del liderazgo, mi presencia en las tierras del Altiplano debía llegar a su fin, para emprender rumbo al punto álgido de los cambios y las transformaciones. “El Burro” sabía que mi vida estaba al lado del mundo del saber, de los conocimientos y de la vida académica. Así que no dudo ni un segundo en entregarme una tarjeta de alguien que lo había visitado por exactos cuatro meses en los andares precordilleranos, el Académico de la Universidad, el Señor Serafín Sánchez Zamora, quien le había solicitado ser sicario de la muerte de mi futuro mentor, el Señor Victorio. Con todo el grupo, después de recibir la despedida de El Burro con algunos lagrimones de emoción, nos dirigimos con el tropel de los caballos blancos hacia las nuevas y gloriosas tierras de la ciudad, para llegar a la Universidad el mismo día en que el hombre que también se hacía llamar “El Hippie”, sin saber que la música de The Beatles estaba muy pasada de moda y que ahora valía la pena Led Zepellin y Crush, remecía los patios universitarios, todo con el fin de quitarle la gloria que Victorio, el reemplazante de Sánchez Zamora, había alcanzado (y digo Victorio, porque después nos tuteábamos o nos llamábamos de señor, según nos viniese en gana). Nosotros sólo necesitábamos un lugar donde expresar nuestras emociones, y, de paso, conseguir la marihuana que tanto nos hacía estar bien. Así se lo hicimos saber en su oficina a Victorio, a El Bautista y a Jerusalén. Ellos se miraron a los ojos, y supieron que éramos la perfecta distracción para que los dejaran tranquilos con su esmerado trabajo de las láminas de las manchas. Nos dieron permiso para montar las fiestas sicodélicas en los pastos de la Universidad, a cambio de promocionar los logotipos de las manchas en nuestros cuerpos, como tatuajes, y así 164

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sentir que las manchas cobraban vida al son de la música rock y la diversión juvenil. Yo me convertí en “El Hippie” otra vez, mientras, cada día, aumentábamos nuestros seguidores, llevando las presentaciones de música por diferentes ciudades del país: por las costas de Blanco, Chillán Viejo, las tierras del sur, la Pampa del Tamarugal, hasta llegar al gran país del norte, en el Festival de Woodstock. Nuestra misión era mostrar los tatuajes de la mancha de las dos personas unidas por una mariposa, dibujada en nuestras espaldas, y gritarle al público: - ¡Hey, amigos!, ¿qué ven en estas manchas? - ¡Paz-y-a-mor! ¡Paz-y-a-mor! ¡Paz-y-a-mor! Las ideas de libertad y de pasión por romper todo lo que significaba esclavitud me llevó al lado del Comunismo. Porque yo deseaba una lucha más autoritaria, más comprometida con el pueblo. Con el grupo, creamos las melodías de protesta que esos tiempos necesitaban, y nos alegramos cuando, por fin, aquel año de 1970, El Doctor se convirtió en Presidente de la República. Nuestros corazones vibraban de emoción con los cánticos y las pancartas de emoción y de buena voluntad. El Pequeño Gigante, que, si bien nunca estuvo presente en alguno de nuestros recitales, siempre nos apoyó de forma moral en los viajes por el desierto del norte y las heladas tierras del sur, estaba a mi lado el día de la llegada del Socialismo a la máxima Magistratura del país. Habíamos esperado mucho para esto, y había que celebrarlo. Con Malvina, decidimos dejar de lado la música, y abocarnos por completo a la implementación del nuevo Gobierno. El Pequeño Gigante nos dio un lugar en el Ministerio, mientras yo ya estaba en el segundo año de Ciencias Educativas, en la Universidad. Fue el mejor tiempo de mi vida, con el conocimiento pleno de estar aportando mis ideas, y de poder estar en la plataforma que tanto había deseado. Mis sueños de juventud se veían transformados en hechos concretos, y en algo que estaba en mis venas, en mi alma, en todo mi cuerpo.
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Yo estuve con El Doctor muchas veces antes de su muerte. Recuerdo sus grandes anteojos como si fuesen parte de mis ojos. Algunos decían que esos anteojos eran mágicos, que te hacían ver el mundo con otra mirada, una mirada global, experimentada y de mucho conocimiento. Él nos decía que nunca, que jamás debíamos impedir que nuestra bandera se viese derrocada por huestes de maldad. Él nos hablaba de sus viajes por los países de pobreza, de incertidumbre y de lucha diaria, y nos decía que esos países estaban en el nuestro, y que debíamos resolver las situaciones con la mayor prontitud posible. Debo reconocer que sí me enteré de los “funcionarios negros”. Y, a lo mejor le va a parecer extraño, pero la primera persona que me habló de ellos fue la esposa de El Pequeño Gigante, la señora Marina. Ella me dijo tres veces que había visto a esos funcionarios rondar las oficinas del Ministerio, y que, en algunas visitas a Palacio, también los había visto ocultos detrás de las paredes. Yo no lo quise creer hasta que apareció Rosamel Julio. Rosamel Julio fue un punto de quiebre y una herramienta. Él creyó que todo iba a salir conforme a sus planes, sin saber que quien a hierro mata, a hierro muere. Yo pude aceptar que él, de una forma que no me la explico, tomase mi cargo en el Ministerio, y motivase a que El Pequeño Gigante se olvidara de toda la ayuda que yo le había prestado. Pero lo que no pude aceptar es que decidiesen hacer lo mismo con Malvina, porque ella era una gran funcionaria, y no se merecía que nadie ocupara su cargo. Como había sido nuestra costumbre, tomamos la decisión de común acuerdo, con Malvina, no porque hayamos querido cobrar venganza, sino que porque ahí se nos aseguraba un mejor futuro, sin los quiebres de pensamiento interno; y, desde afuera, nos pudimos dar cuenta de que la idea del Socialismo se había convertido en el deseo de conseguir el poder a toda costa e introducir las armas a como diera lugar. Cuando el hijastro de El Pequeño Gigante se acercó a nuestra casa, y vio que estábamos en la más absoluta de las pobrezas, nos ofreció pertenecer al sector
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ejecutivo del Ejército si hablábamos todo lo que sabíamos. Todos los que conocíamos a El Pequeño Gigante sabíamos de sus segundas nupcias con Marina, y que Robinson, su hijastro, había acumulado toda esa rabia interna de aquel hijo que es desplazado por su padre a costa de los privilegios del hijo completo, natural y verdadero, que era Victorio. Por eso le pedimos un tiempo de reflexión, unos días, una semana. Lo que nos pedía era algo muy difícil, y nos complicaba demasiado. Yo pienso que sin Malvina no me hubiese atrevido a seguir la idea. Los dos llegamos a las oficinas de la Escuela Militar, y le pedimos, le exigimos, que nos mostrara una prueba concreta de que sus palabras eran reales. Él nos hizo caminar por muchos pasillos, traspasar muchas barreras, y llegar hasta el más profundo de los subterráneos de la Escuela. Ahí nos mostró el documento indesmentible e irrenunciable “11-09-1973: La última Operación de El Doctor”, donde se explicaba con lujo de detalles todo aquello que estaba contemplado realizar en pocos días más, luego de los acuerdos entre civiles y militares, para terminar con el mandato de El Doctor. Al ver que las pruebas eran concretas y reales, le dimos toda la información que ni siquiera su propio hijastro conocía: el ocultamiento de armas que El Pequeño Gigante tenía en Villa Rorschach. Él nos había querido tapar la boca con sus palabras de un mejor mundo si ese mundo estaba protegido y en guardia. Pero ese tiempo ya había pasado, y nosotros no queríamos tener ningún vínculo con los odios y las armas. Antes de salir de la habitación subterránea, le pedimos una pequeña condición a Robinson: iniciar el ataque incendiario a la villa con nuestras propias manos. Es que necesitábamos sentirnos seguros de que todo se realizaba de la forma que nos habían dicho. Y yo fui quien prendió el fósforo que puso fin a la vida de El Pequeño Gigante. La Villa ardía por todos lados, y muy pocos se salvaron, sólo diez personas, de las 150 que estaban dentro. Yo le pregunto, ahora, que el tiempo ha pasado, y usted ve que las cosas han tornado a su sitio. ¿Dónde estaba la paz y el amor? Estaba en cualquier lado,
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menos en nuestros corazones. Nos habíamos dejado llevar por la envidia, por la idea de mantener nuestras ideas a costa de cambiarle la vida al resto. La Suegra me había visitado tres veces en el Ministerio para que yo influyera en las filas interminables de Blanco para poder conseguir sólo un miserable kilo de pan o de margarina. ¿Ese era el país que yo había soñado, con mercado negro por todos lados, con miedo, con tensión? Lo peor es que un Ministerio de Educación no tenía influencia en la Economía del país. Y las mejoras en Educación estaban estancadas por otros temas. Tal vez ese fue el motivo que ocasionó mi arrepentimiento y mi descontrol, cuando estábamos a pocos metros de la Villa Rorschach, y nos decidíamos a volver a la ciudad, donde se decía que ya estaba ocurriendo la Operación. Yo miraba por la ventana trasera del viejo automóvil cómo el humo del incendio seguía esparciéndose a lo lejos, mientras en mi mente aparecían todos aquellos recuerdos de El Pequeño Gigante, a quien había llegado a conocer mucho, y que se podía decir que era parte de los emblemas nacionales, porque él andaba de ciudad en ciudad con sus queridas manchas, dando solución a los desvalidos. Su único error había sido el de apoyar el resguardo de las armas. Un error que debiera haberse pagado con cárcel y no con su muerte. La muerte que yo había ocasionado, y que también me ponía del lado del odio y la venganza. Con una de las pocas fuerzas que me quedaban después de iniciar el gran desastre de la villa, le di un golpe en la cabeza a Robinson, quien manejaba el automóvil, y que, con el golpe, perdió el control de vehículo, e hizo que trastabilláramos de un lado a otro. Tuve que tomar el volante, para que no perdiéramos el rumbo, hasta poder detener el auto. Malvina, que también estaba ahí, me miraba asustada, pero en ningún momento me preguntó ninguna palabra ni se quejó de mis actos. Es más, cuando le pedí que me ayudara a sacar a Robinson del auto y me entregase el arma que tenía en su bolsillo, lo hizo muy tranquila y con nervios de acero. Yo pienso que ella también quería verlo muerto.
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Como buen militar, Robinson era resistente, y cuando estaba tirado en el suelo del desierto, con mucho sol cayendo sobre nuestras cabezas, él se incorporó, y, aunque mareado, me gritó por qué había actuado igual que un perro de mierda que da el golpe por la espalda. Pero él era más perro, porque se había atrevido a iniciar la muerte de aquel hombre que le había dado todo, y que, si bien nunca le dio su apellido y un gran cariño, sí le entregó los valores y las herramientas para haber logrado su sueño de ser militar. Nuestra obligación era terminar con todos los rastros de maldad y de odio. Acabar con las generaciones venideras, que, si nacían de alguien como Robinson, seguirían teniendo más odio y más envidia en sus corazones. Así que, antes de que los compañeros militares llegaran hasta donde estábamos, yo apunté la pistola, y con mi espalda desnuda, mostrando la mancha de los hombres unidos por la mariposa, como en los tiempos de la vida de El Hippie, grité mirando al cielo, mientras los balazos cruzaban el cuerpo del hijastro de El Pequeño Gigante: - ¡Paz-y-a-mor! ¡Paz-y-a-mor! ¡Paz-y-a-mor!

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Mi globo terráqueo, que era lo último que me estaba quedando para sobrevivir en las heladas tierras del norte del continente europeo, giraba y giraba en la punta del dedo índice de mi mano derecha, mientras yo cerraba los ojos y me decía que, cuando se detuviese, y yo marcase la punta del dedo índice de la mano izquierda sobre uno de los países, ese país sería mi siguiente ruta y mi escapatoria al estado de pobreza enorme en el que estaba metida. El dedo estaba a punto de llegar a uno de los países, hasta el malvado minuto en que la puerta del miserable cuarto que había alquilado para vivir sonó tres veces de parte de quien, con su hermosa y amable cara, me venía a gritar “¡Cuándo vas a pagar el alquiler, sabandija!”. Esa mujer de mal rostro, mal olor y sobacos llenos de pelos –de seguro, su madre nunca le enseñó que era mejor depilarse– desconocía que yo me estaba encontrando con mi globo terráqueo por última vez, y que no podía ser interrumpida. La amabilidad con la que la señora gritaba los más grandes improperios por detrás de la puerta me hacían pensar cuál de todos los países del mundo servirían para escuchar palabras llenas de sabiduría y de buena crianza. Mis padres habían nacido con muy pocas nociones de la geografía del resto de los continentes. Mis padres no creían en el globo terráqueo, y se mantenían firmes en que el mundo era cuadrado. Mi madre, hasta los veinte años, consideraba que el mundo era cuadrado, y así me lo hacía saber. Ella dio un gran escándalo cuando yo, con toda la vitalidad de una niña de 15 años, llegué del colegio y le llevé el mismo globo terráqueo que tenía en ese minuto en mis manos, para que así comprobase, de forma directa la circularidad de nuestro planeta. Lo cierto es que todavía no comprendo por qué su rostro se puso de todos colores, y cayó muerta igual que un plomo pesado. ¿Habría sido capaz el mundo entero de matar a una única persona? El mundo está muy ocupado en sus asuntos para andar matando a una mujer que no da crédito a que éste es redondo-redondo como una bola, aunque achatado en sus polos. Eso, que se lo digan a mi madre muerta, que no recibió ni el menor de los apoyos en su funeral, y todos le dieron la espalda, por considerarla una pésima hermana y mala mujer. Pero a mí dedo índice izquierdo poco le importaba el
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pasado; mi dedo índice izquierdo deseaba apuntar al próximo de los paraderos a donde llevaríamos nuestro cuerpo. Ése era su objetivo, y ése era el acto final al que debía llegar. Todo hubiese marchado como Dios manda si yo, en mi ensimismamiento y despreocupación, no hubiese olvidado que, poco antes de buscar un nuevo país en el grandioso globo terráqueo, me hubiese lavado la punta de los dedos muy bien, y hubiera eliminado por completo el engrudo que me había servido para unir los marcos de mis anteojos, rotos a causa de una caída involuntaria. Fue así que me quedé pegada con el dedo a un país del continente del sur, y que, como no podía ver su nombre, por no poder sacar el dedo, no sabía cuál era su nombre, aunque sí su ubicación. La gran preocupación que yo tenía, la de sacarme el globo terráqueo de mi dedo derecho izquierdo, era tan grande y tan desesperada que no podía salir de la habitación y saber lo que pasaba afuera de ella. No podía saber, por ejemplo, que, afuera, con mucha fuerza y decisión, un hombre había llegado a increpar a la dueña de la pieza, y le ordenaba que me dejase en paz, y que fuera a hacer sus labores. Tampoco podía saber que ese hombre intentaba abrir mi puerta a patadas porque necesitaba hablar conmigo en ese minuto. Por lo tanto, como era de suponerse, sólo conocí todo ese barullo cuando, con grandes dotes de fuerza, aquel hombre, que tenía un gran tamaño y una larga barba canosa, abrió la puerta, y me transformó para siempre. Una gran voz que pensé que provenía de una tumba de las profundidades de la tierra salió de la voz de ese hombre grandote, y con el mandato de un dios, me ordenó: - Para que salgas de esta pocilga, tendrás que cambiar toda tu vida pasada, cambiar tu nombre y cambiar tu lugar de vivienda. Tendrás que seguir mis palabras, o yo seré quien ahora te pida que salgas de aquí. Y no pude negarme. Así de simple. Era tal mi estado de pobreza y de baja calidad humana, que me convertí en la nueva persona que terminé siendo, cuando
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Victorio me conoció, se enamoró de mí, y se quedó siempre con la idea de que yo era una santa mujer. Antes de eso, por supuesto, tuve que seguir cada uno de los pasos que aquel gran hombre, El Académico de la Lengua, me indicó. Él me llevó a recorrer los caminos de la Europa Central y de los Balcanes. Cruzamos el Mediterráneo, hasta llegar a las renovadas tierras israelíes. Él dio unos grandes gritos de alegría, porque por fin, después de desearlo demasiado, se encontraba con la tierra de sus padres, el hombre y la mujer que habían muerto en el Holocausto, y que, según sus palabras, lo acompañaban cada día y cada noche, e iluminaban su andar. Su voz me llevó a recorrer los pasillos del mercado, el Muro de los Lamentos y la Mezquita Sagrada. Tuve que esperar hasta subir al Monte de Getsemaní, en el Huerto de los Olivos, para contemplar la Ciudad Santa, y conocer de su propia boca que ese sería mi nuevo nombre: Jerusalén, la Nueva Jerusalén. Debo decir que todo se hubiese convertido en un paseo muy agradable si mi dedo índice izquierdo no hubiese seguido pegado al globo terráqueo. Pero El Académico de la Lengua, que lo sabía todo (y lo que no, lo inventaba), me había llevado hasta allá para la realización de un milagro, que él había prometido realizar a los pies de la Cruz del Calvario. De esa forma, puso su mano sobre la mía, y separó en menos de dos segundos mi dedo del globo. Él había querido probar mi paciencia. La siguiente morada sería el país que mi dedo había elegido, el país del sur del mundo, que se decía era largo y angosto, y que recibía bien al forastero. El Académico buscó la manera de conseguir un barco mercante, y con un Currículum falso, dinero, ropa y comida, me envió a cumplir mi promesa de llegar al país que mi dedo índice izquierdo un día decidió marcar en el globo terráqueo (y que, por las razones ya indicadas, yo desconocía su nombre). Mi nuevo y fundamental amigo Académico hizo un trabajo en mi mente como ningún otro hombre lo había hecho antes. Él fue quien me dijo –primero, al oído, y, después, cara a cara– que yo había nacido para triunfar en esta vida, que yo
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no podía echarme a morir por no haber alcanzado la victoria a los cortos veinticinco años, porque todavía me quedaba todo un camino por delante, un buen trasero por detrás; y que debía utilizar la persuasión como nunca antes nadie la había usado. Por lo tanto, él, antes de lanzarme al barco mercante, me dio claras instrucciones de cómo se debía hablar en el mundo, para hacer y deshacer en él, y no dejar que la vida se repitiese igual que una triste mañana. Él me enseñó a caminar con una palabra muy chistosa y específica llamada “glamour”. El me dijo que glamour es el talante, la estampa, la forma de caminar que uno puede tener, y la forma en que tú te muestras a la vida. Tú no puedes caminar con el rostro mirando hacia abajo y sin la cadencia que una mujer joven debe hacerlo, me gritó con toda su fuerza vocal. Él me ordenó caminar por las calles empedradas de la ciudad santa con una postura elegante, conquistadora y pasional: - ¡Así me gusta, que camines con energía, que hables con todas las letras, que te expreses, que seas creíble y decidida! ¡Tú has nacido para ser reina, y te debes morir como una reina! Yo recordaba cada una de sus palabras el momento en que venía en el gran barco mercante. Me las repetía en mi mente sin perder la idea central de los objetivos que él me había dicho, porque sus encargos eran claros y directos: jamás bajar la guardia; mirar con la frente en alto; y siempre decir que uno está bien. ¿Cómo vas a conseguir las cosas? Con tu rostro lleno de risa. ¿Cómo vas a cautivar? Con tu mirada y tu voz. Porque no eres fea; eres linda. Eso lo tienes que usar. Usa las palabras y usa tu voz, y atrae a los hombres que están en el poder. Llega alto, muy alto, y sal de la pocilga de vida que has tenido. Así me repetía en el barco, y también lo decía en voz alta: - Yo voy a llegar a un país donde nadie me conoce, donde todos me vean como una diosa; y voy a decir que soy una académica de renombre, que tengo muchos estudios y que he recorrido el mundo. Y se lo diré a un hombre de poder, y ese hombre va a ser mi marido, y me ayudará a
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ocupar cargos de alto poder. Y no por mentir, sino que porque en sus ojos aparecerá el máximo de los deseos de los hombres: en el día, tenerla a una como una figura linda y llamativa; y, en la noche, usarla para zamarrear la entrepierna. Las palabras de El Académico de la Lengua las utilicé al pie de la letra. Él me dijo que decir “Soy yo” en el momento preciso y justo me abriría las puertas del cielo. Las palabras, el me decía, son, para los hombres, igual que los signos de la naturaleza que usan los animales. Los animales siguen los cambios climáticos, la luz solar y el viento que circunda por todos lados. Esa es la ley natural. Pero la ley del hombre son las palabras, y esas palabras se deben usar en el momento más adecuado, ya que las palabras son el código del lenguaje. Así que, cuando yo llegué al Puerto de Valparaíso, y vi todas esas casitas en los cerros, y las calles más empinadas de toda mi vida, sabía que yo debía irme derecho-derecho hacia la Universidad del Puerto, y llegar en el mismo momento en que la Secretaria Académica preguntaba por teléfono a su colega: - ¿Y quién es la siguiente postulante para el puesto de Profesora Básica del colegio Granaderos? Para, así, responderle firme y claro: - Soy yo. Yo vengo para el cargo. Ahí conocí a Victorio, el hombre que me llevaría a los altos cargos igual que una bengala que sube y sube por los aires sin que nadie la pueda detener. Él estaba sentado en la oficina de selección, con sus clásicas láminas de las manchas, esas manchas que marcarían mi existencia para siempre, y se disponía a contratarme de Profesora Básica. Pero el Académico de la Lengua seguía vivo dentro de mí, y me hacía repetir en mi mente: “¿Cómo puedo ser una simple Profesora Básica si he recorrido el planeta entero para llegar a este país del sur del mundo?”. No, yo no podía ser una miserable educadora que se dedicase todos los días a hacer un trabajo menor. Mi falso currículum decía que yo me había graduado en la Universidad de La
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Sorbona, en la Francia que un día sostuvo los pies de Luis XIV y de Napoleón; y que tenía un Doctorado de Psicología en Harvard. Yo debía estar arriba, muy arriba. Por eso, cuando Victorio me pregunto: - ¿Qué ves en esta mancha? Yo le respondí: Lo veo a usted, siendo un hombre grande, y me veo a mí, como una gran mujer; y los dos nos miramos a la cara, porque nos complementaremos. Y para ser ambos grandes, ambos tenemos que estar donde seremos llamados. Las Manchas de Rorschach habían sido el método para establecer que yo jamás ocupara un cargo de Profesora Básica, y sí de Encargada del Proyecto de Selección de Docentes de las Universidad. En menos de dos horas, ya estábamos los dos, Victorio y yo, en la capital, pero no en la Universidad, sino que en un cuarto de motel, desnudos y descubriendo el placer de la entrepierna. Pero yo no podía quedarme en la entrepierna de Victorio por mucho más tiempo. Yo tenía que llegar a la Universidad. Desde ahí comenzaría a escalar mi reinado de dama, de ama y de señora. Yo tomé de la mano a Victorio, y le dije que me llevara cuanto antes a la Universidad, porque ahí yo lo ayudaría a ser un hombre grande y fuerte; un hombre con todas las de la ley. Yo sería su escudo, su bastón, su fortaleza, su amor y su vida entera. Así, cuando llegué a las puertas de la grandiosa Universidad, yo me dije para mis adentros que ahí me moriría. Si el Académico de la Lengua me lo había anunciado, yo tenía que cumplir con sus palabras y conmigo mismo. La Universidad era el centro del saber, era el lugar donde se formaban las grandes mentes; no era lo que es ahora, un centro de revueltas de estudiantes, que han dejado de lado los modales y los trajes de camisa y corbata, y se visten igual que mamarrachos y hablan igual que obreros de faena. Por eso yo tenía la obligación moral, personal y social de estar ahí dentro. Y o importaba quién estuviese ahí. La primera persona que saqué del camino fue a esa estúpida mujer
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que se había enamorado de Victorio. Hasta su nombre me daba asco pronunciar: Pascuala; era un nombre tan vulgar y extraño para una mujer, tan bajo para una mujer, que sólo de escucharlo me daban deseos de cogerla entre mis manos y matarla. No lo hice sólo porque yo era y seré Jerusalén. Jerusalén es el nombre de la Ciudad Santa, de las tierras donde la cristiandad empezó. Yo estaba en otra categoría. Ella estaba a años luz de mí, y no me podía alcanzar. Además, cuando supe que estaba buscando quitarle la virginidad a Victorio, le enrostré con todas sus letras lo bien de estar en su entrepiernas, y eso la puso como una fiera. Desde ese minuto, ella no me sacaba los ojos de encima; estaba tan celosa como una leona despechada, que sabe que puede perder a su león ante la llegada de una leona más linda. Sus persecuciones terminaron gracias a Virgilio Alcántara de la Luz, alías El Perdido, que se transformó en mi máximo aliado, después de que, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, alzara su voz, y la matara a quemarropa. Sólo así se merecía morir la miserable. A partir del siguiente exacto segundo de la desaparición de esa fétida mujer, yo tomé las riendas de las acciones de Victorio. Él debía llegar a lo máximo, pero de mi mano. Yo fui quien le pidió a Virgilio que se deshiciera como fuere de ese señor que se hacía llamar Bautista. ¿Cómo un hombre que jamás en su vida había leído una de las páginas de la Biblia, y que renegaba la existencia de un Dios, podía atreverse a darle consejos a mi esposo y señor? ¡Jamás podría haberlo permitido! Después de la gran revuelta de los hippies, tuve que interceder para que el nuevo Hippie distrajese a los directivos, mientras nosotros profundizábamos las nuevas formas de hacer creíble nuestro Proyecto de renovación de Las Manchas. Teníamos que hacerlo más general y más respaldado. El único que podía darnos ese respaldo era El Pequeño Gigante. Él ya era Ministro de Educación. Además, le había confesado a Victorio que era su bisabuelo. Es idea la había dado El Bautista, pero yo no quería ver al Bautista en mi plan estratégico. Sólo había una única forma de sacarlo de mi camino, y esa forma era la crucifixión.
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Sin que Victorio se enterase, lo metimos, dentro de una bolsa negra, en la parte trasera de un automóvil viejo, y nos dirigimos a las áridas tierras del desierto, el lugar del que nunca debiera haber salido. Ahí lo obligamos a cargar la Cruz del Calvario por cerca de tres horas, sólo con un taparrabo, mientras recibía los latigazos propinados por Virgilio. Él debía sentir en carne propia lo que el Salvador del Mundo había percibido en sus últimas horas de agonía. Y yo debía cumplir mi promesa de matar a todos los engendros a través del método que Nuestro Señor había elegido para ascender a los brazos del Todopoderoso. Con la pistola apuntándolo a los ojos, y amenazándolo de romperle los sesos a balazos, lo retenía, al mismo tiempo que Virgilio le clavaba en las manos y los pies las clavijas para asirlo a la Cruz. El miserable gritaba como una mujer; pedía clemencia; y lloraba. Pero a mí eso me agradaba mucho. Me gustaba ver llorar a esos hombres que se decían ser duros como las piedras, y que, al verse al borde la muerte, sacaban todo su lado sentimental, sólo para salvar sus pellejos. Eso los hacía ver más miserables. Y yo subía de categoría, subía de grado, de mente y de alma. Entre los dos –Virgilio y yo– enterramos la cruz de El Bautista, y la levantamos lo mejor posible. El hombre sólo lloraba y lloraba, y derramaba su sangre por todos lados. Cuanto más lo miraba, la figura de la crucifixión más me hacía sentir una mujer grande, una Jerusalén de tomo y lomo. Esa sangre me vivificaba; me daba fuerzas para emprender mis siguientes asesinatos. Dejamos desangrarse al Bautista, y emprendimos nuestro viaje por el resto de las tierras del desierto. Yo ya no tenía interés en seguir viendo su rostro, y fue por eso que no me pude enterar que el miserable se las había ingeniado para sobrevivir. A mí ahora me interesaba cumplir con la misión de aquellos señores que, en el barco mercante, me habían hablado: buscar a los 33 hombres que se apostaran a la Cruz del Calvario, y, a través de la mancha de las dos personas, verificar si el sobreviviente respondería a los requerimientos del gran asesor que necesitábamos.
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¿Y por qué aplicar un método tan extremo para encontrar a esa persona que nos ayudaría a salir de las críticas a Victorio y a mí? Porque los hombres del barco me lo habían dicho con todas sus letras: - Aquel hombre que supere una prueba de fuego tan carnal y tan potente, será capaz de conseguir cualquier cosa que tú le ordenes. Por lo tanto, no quedaba más tiempo que perder, y recorrer los pueblos del norte, fomentando la lucha incondicional del ser humano por sobrevivir y superar los problemas más extremos. El símbolo de la cruz, cual Jerusalén que soy, significaba el deseo de todo hombre por alcanzar la gloria máxima y el encuentro con su espiritualidad interna. La Cruz nunca la vi como un símbolo de muerte; sino que de vida. Muchos no quisieron entender eso; y recibimos muchas amenazas en nuestro cometido. Pero El Académico de la Lengua, a quien sus propias balas le habían traspasado el pecho pocos días antes de mi arribo, habitaba en mí como un fuego intenso, y hacía que cada una de las palabras de crecimiento que los campesinos, obreros y gentes del cálido desierto del país del sur se sintiera tocado con los discursos de renovación mental. Ellos comprendieron que un crucificado otorga el implacable deseo de superar a la misma muerte, con sus oraciones, con la comunicación desde la Cruz, con ese deseo de no agotar el aliento de vida hasta el último minuto. El hecho de acompañarlos por su recorrido con la cruz a cuestas, desde el centro de los pequeños pueblos, hasta el sitio donde teníamos preparada la ejecución del desafío de la sobrevivencia acaparó más y más personas. Cada uno de los presentes llevaba sus propios símbolos, efigies, diademas; eso nos vivificaba como organizadores de este fabuloso espectáculo; y a mí, en lo particular, me hacía sentir que mi nombre no se había escogido al azar. Mis dientes rechinaban de tanta tensión y tantos deseos por ver morir uno a uno a esos hombres que se habían atrevido a sacrificar sus vidas en busca de una gran causa. Yo no deseaba que ninguno de ellos sobreviviera; yo deseaba gritarle al mundo que nadie había podido resistir el mismo sufrimiento y el mismo dolor que
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el Hombre Santo un día recibió, y que ni siquiera Él, con todo su poder y gloria, pudo resistir. Las palabras del Académico de la Lengua habían sido muy claras: “Nadie puede estar a la altura de las divinidades; las divinidades son únicas y no se pueden igualar de un día para otro. Hubo un ser que trató de igualarse a las divinidades, y ese ser es el máximo enemigo de las divinidades: aquel que se había ganado el apodo de El Innombrable, el mismísimo Demonio. Ese ser tuvo que sacarse las alas de Ángel que un día El Creador le había entregado, y tuvo que conformarse por deambular por el mundo de la oscuridad para satisfacer sus menesteres”. Fue así como yo, sin pedirlo ni pensarlo demasiado, vi invadida mi completa tranquilidad, cuando, desde lo profundo de la tierra, y con un movimiento que estremeció el terreno, vi –o, más bien, vimos– aparecer la figura colosal de El Innombrable, quien, como pensamos, venía a tentarnos con la fruta prohibida, o con alguna manera de hacernos salir de las ideas celestiales. Su estampa era la de un señor oscuro, con una gran capa y unos cuernos tan enrollados como los de un carnero. Su lengua salía cada dos segundos por su boca, para secarse los labios, y nosotros sólo pensábamos cuándo iba a pedir algo a cambio por hacernos caer a las cavernas de la Tierra, y formar parte del Infierno. La máxima de las sorpresas que nos llevamos fue que, el muy gran señor de las cavernas, después de recorrer cada una de las cruces y observar con unos grandes ojos de sapo quiénes estaban colgadas en ellas, mientras les tocaba algunas de las zonas marcadas por los latigazos y las clavijas, reflexionaba y reflexionaba; arrugaba su frente y arrugaba su frente; y se tocaba la punta del mentón con los dedos índice y pulgar. Era evidente que ninguno de los hombres, por miedo de ver a este ser que medía más de tres metros de estatura –nunca pensé que El Demonio fuese tan alto– no emitía ni el más mínimo de los sonidos ni palabras, y mantenían sus cabeza agachada en señal de sometimiento pleno.

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Satanás, con su gran tono de penumbra, caminó con mucha rapidez hacia donde estábamos nosotros, y alzó la voz, para hacernos una preguntar certera y clara: - ¿Sois vosotros los hombres que buscan suicidarse en masa, utilizando la Cruz del Calvario? Así nos fuimos en una calidad conversación: - No, señor. Estos hombres están pasando una prueba de fuego, para saber si son capaces de soportar los dolores que un día El Salvador del Mundo aguantó como un macho. - Entonces, otra vez me he equivocado de lugar. Con razón comenzaba a tener tanto calor. Este es un desierto, y mis coordenadas hablaban de las gélidas tierras isleñas del sur de este país. - Usted ya lo ha dicho, pero le podemos ofrecer un poco de agua del pueblo cercano; si tiene mucha sed. - No te preocupes, mujer. Sigue con tus menesteres, que yo seguiré con los míos. Cubriendo su cuerpo con su amplia capa, El Innombrable giró en torno a sí siete veces, y se metió a lo profundo de las tierras, de donde había salido y a donde debía volver. Él debía llegar a las tierras del sur, a cumplir con el reto de las mujeres que se ocultaban bajo el título de El Correo de las Brujas, eso lo supimos todos después de algunos meses. Por mientras, Virgilio se paseaba por todas la cruces para verificar quién era el que resistía de la mejor forma a tamaño sufrimiento. Ninguno de los dos supondría que, a cientos de kilómetros, en la ciudad que ahora acogía su mente como un Ministro de Educación que era, El Pequeño Gigante, quien había olvidado por algunos meses que una de sus misiones de esta vida era darle la luz de vida a quien la mereciese, a través de sus gloriosas manchas de Rorschach. Porque él, en su juventud, las había buscado por todas partes, y El Correo de las Brujas había sido su norte y su fuente de inspiración. Pero él, con
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mucho lamento, se había dejado llevar por las ocupaciones de la política, y había olvidado sus obligaciones. Era por eso que la Madre de El Salvador tendría que cruzarse nuevamente en el camino de El Pequeño Gigante, para remecerlo y hacerle llegar hasta el mismo punto donde estábamos, conocerme cara a cara y enamorarse de mí a sabiendas de que tenía una esposa llamada Marina y comenzar una vida de amantes que muy pocos pudieron pensar que terminaría de forma abrupta y desalentada. La gran figura de la Virgen del Carmen de la Tirana se apareció en medio de la oficina del Ministro, para dejarlo ciego por exactos tres minutos, tiempo suficiente para que él pidiera clemencia por su vida, y le pidiese sacarlo de dicho tormento. La Gran Señora, que era misericordiosa como ella sola, no sólo le dio la vista luego de finalizar los exactos tres minutos, sino que también, le entregó la facultad de mayores fuerzas de resurrección a aquellas manchas que todos consideraban unas simples láminas, pero que eran más allá que ello. Aunque, como nada se da gratis en esta vida, la figura divina le recordó con lujo de detalles las andanzas de su juventud, y los grandes deseos de despertar muertos. Le enrostró su dejamiento por desarrollar las funciones que estaban bajo su mandato, y le obligó a retomar sus actividades en las olvidadas instalaciones de la Villa Rorschach, donde la esperaba La Matrona desde hace más de dos años. El último suspiro de vida del último de los 33 crucificados llenó de silencio las áridas tierras desérticas. Ninguno de los dos, ni Virgilio ni yo, queríamos pronunciar ni la más mínima palabra, a la espera de que alguno todavía pudiera resistir la inclemencia del calor, las clavijas y la sangre derramada por sus cuerpos. Lo cierto es que ninguno se movía, todos estaban con sus rostros agachados. Todos habían decidido morir, y sin consultarnos ni avisarnos con anticipación, conforme lo habíamos establecido en un contrato previo. La maravilla de las respuestas se hizo carne y voz ante nuestros ojos cuando El Pequeño Gigante apareció por uno de los costados del cerro que servía de asidero de las Cruces. Su rostro, para Victorio, quien lo había conocido en los
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tiempos de la juventud, se había transformado mucho más rápido entre la última vez que lo vio, haría tres meses, que entre mismo último tiempo y la juventud. Eso quería decir que las actividades de la política habían absorbido todo su potencial de energía humana a la que muchos estaban acostumbrados. Por lo tanto, no fue ninguna novedad contemplar su estampa y saber que un gran fuego de renacimiento estaba fluyendo en su interior. Sus ojos me miraban con un gran deseo de comunicar todo lo que estaba sintiendo, y fue ese minuto el del gran flechazo amoroso. El Pequeño Gigante alzó su mano al firmamento y, de inmediato, la bajó para apuntar a mi frente, e inquirir que le diese las respectivas explicaciones de por qué yo estaba atentando contra la vida de 33 personas inocentes e impolutas. De inmediato le mostré los contratos de acuerdo de sacrificio, que estaban firmados de puño y letra por parte de los hombres, y, como le gustaban las cosas registradas y foliadas, El Pequeño Gigante percibió que yo no era una mujer cualquiera, sino que una mujer preparada para asumir desafíos y estar a la par de las transformaciones de la nueva era. De cualquier forma, él venía dispuesto a despertar de su aletargado sueño a alguno de los hombres que todavía estaba a la altura de las circunstancias, y renacer de sus propias cenizas. Así, sacó de su chaqueta las láminas de las manchas y las lanzó al aire. En seguida, sacó su espada, y la lanzó en dirección a las manchas que aún estaban en el aire. La espada se insertó en la lámina elegida: la de las flores y los animales a sus costados. Esa lámina serviría para hacer la gran pregunta que todos estábamos esperando. El Pequeño Gigante se interpuso entre nosotros y las Cruces de los hombres, y levantó la lámina en dirección a sus rostros, para preguntar: - ¡A cualquiera de ustedes, que todavía luchan entre la vida y la muerte, yo, con todo el poder que me reviste, les pregunto para volver a nacer!: ¿Qué ven en esta lámina?
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Sólo se necesitaba que cualquiera de todos los crucificados respondiese al llamado de El Pequeño Gigante para confirmar nuestras expectativas, y ver por fin resistir la prueba de fuego planeada. Hasta que, después de treinta y tres exactos minutos de espera, uno de los hombres salió de su estado de sueño mortuorio, y respondió: - Veo cómo las flores de Palacio son desagarradas por las Fuerzas Militares de los leones que se encaraman por sus costados, para acabar como fuere de quienes han ido en contra del Sistema Tradicional del país. No nos podíamos haber equivocado. Estábamos delante del hombre elegido. Él había sido consecuente con el contrato de acuerdo que indicaba con claridad la necesidad de despertar del letargo después de 33 minutos pasados el momento de tensión muscular, a modo de señal de cumplimiento cabal del documento. Además, nos estaba previniendo de todas las escenas que tendríamos que superar dentro de pocos meses, cuando las divisiones aparecieran con más fuerza que nunca. Sacamos de la Cruz del Calvario a aquel hombre que se atrevía a hablar después de mucho tiempo de silencio, y le pusimos de nombre “Jesús”, porque así se llamaba El Salvador del Mundo. Lo vestimos y lo arropamos con sábanas blancas de lino, y lo subimos al auto viejo. Virgilio manejaba a su lado con toda la velocidad posible, rumbo a la ciudad, mientras El Pequeño Gigante y yo nos besábamos en la parte trasera, e iniciábamos el romance más cruento de nuestras vidas. Jesús, cuando llegó a la ciudad, fue transformado y cambiado para conseguir lo que necesitábamos: un hombre capaz de llevar a cabo la selección de profesionales y educadores con armas más elaboradas que las manchas. Así aplicamos un Examen de Capacidades Esenciales, para acabar de una vez con las críticas que seguían saliendo desde los directivos de la Universidad.
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En medio de eso, y gracias a la ayuda de La Matrona Marina, yo tuve al hijo de Victorio, que nació con un rostro y un cuerpo tan rojo como el tomate, razón por la cual lo bautizamos por “Rojo”, para alegría y orgullo de El Pequeño Gigante, que pocos meses antes me había declarado el parentesco de bisabuelo con mi marido. Pero los tiempos de paz tenían sus minutos contados. Tal como lo había anunciado Jesús, los leones militares se colaron por las paredes de Palacio como felinos sedientos de buscar carne y sangre. Adentro estaba El Doctor de grandes anteojos, que gobernaba el país de punta a cabo, y que no deseaba rendirse. El Doctor, que, para el pueblo, se llamaba Salvador Allende, no deseaba doblegar su noción de fuerza y de vigor espiritual, pero él fue muy decisivo en darnos libre albedrío a cada uno de sus colaboradores para hacer de nuestras vidas lo que quisiésemos. Victorio, Virgilio y Jesús, que estaban a mi lado cuando escuchaba estas palabras, me pidieron salir con ellos por una de las esquinas de Palacio, y olvidar que un día habíamos formado parte de las filas de ese Gobierno. Tomamos el mismo automóvil viejo, y nos dirigimos a toda marcha al Ministerio de Educación, para llevarnos a La Matrona y El Pequeño Gigante con nosotros. Yo, en tanto, miraba por el vidrio trasero cómo el grandioso edificio presidencial se mezclaba en una ola de polvo y nubes grises, y los sonidos de las sirenas y los aviones que surcaban el cielo no daban tregua para un espacio de tranquilidad. En mis brazos, llevaba a Rojo, quien, con nueve meses de vida, no tenía ninguna noción de las crueldades del mundo que lo rodeaba. Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando vimos que La Matrona Marina estaba arrodillada en el suelo, llorando, y, delante de ella, el cuerpo del asesor contratado por su esposo yacía muerto. Sólo ahí yo pude recordar que mi amante había decidido tomar ese día para llegar a las desérticas tierras del norte, y acudir a su amada Villa Rorschach.
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Villa Rorschach se había convertido en el sitio perfecto para desenfrenar nuestro amor. Íbamos cada semana hasta allá, sin que nadie se diera cuenta. El Pequeño Gigante siempre decía que estaba en una salida a terreno, y así no despertar sospechas en La Matrona. Ahí también había decidido guardar a mi querido Globo Terráqueo, quien había sobrevivido el viaje desde Tierra Santa para llegar a los confines del sur, y hacer que mi vida fuese más próspera y viva. Yo no podía quedarme tranquila después de escuchar las palabras de su esposa: El Pequeño Gigante, como Ministro de Educación que era, estaba siendo parte de un atentado contra su vida. Mi obligación era viajar hasta allá. Ese fue el último momento que vi con vida a Victorio. Él me dijo que había nacido para estar de parte de los cambios sociales y de la rebelión, por lo que no podía consentir que un grupo de armados se tomara el poder a la fuerza. Yo no estaba para esos trotes, yo era madre, y tenía que velar por mi hijo. Además, contaba con la ayuda de Virgilio y Jesús. Así que nos despedimos con un fuerte beso; el mismo beso que le dio en la frente a su hijo. Jesús viajó a toda velocidad hacia las tierras del norte. Nuestra misión era salvar la vida de El Pequeño Gigante. Pero llegamos muy tarde. Las nubes negras se levantaban por todo el derredor de Villa Rorschach. Las mismas nubes que hacían reverencia al gran hombre que moría dentro, y se mostraban, en el firmamento, igual que la grandiosa mancha de Rorschach de la pareja de hombres: la favorita de El Pequeño Gigante. Mi desesperación fue tan grande que dejé a Rojo en el asiento trasero del auto, y corrí por los áridos caminos en torno a la Villa, y gritaba el nombre de El Pequeño Gigante con todo mi corazón. Mi segundo gran amor llegaba a su fin, y el mundo entero se acababa para mí. Fue en ese momento cuando, en medio del fuego y las nubes, una pequeña figura de un niño traía entre sus manos mi querido Globo Terráqueo que, de forma increíble, se había salvado de las garras del fuego. Ahí pude ver, con toda claridad, el nombre del país que me había acogido después de años de tristeza y sufrimiento.
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Ese nombre se veía con todas sus letras en el Globo, y me hicieron recoger en un grito de guerra que, según sus habitantes, todavía se sigue escuchando en las norteñas tierras desérticas: - ¡Chiiiiiiii-leeeeeeee! ¡Vi-va, Chi-le! ¡Vi-va, Chile!

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Siempre me pregunté por qué la naturaleza lo había hecho conmigo y no con otro. Porque se dice que la naturaleza es sabia, y es la ama y señora de los hechos y no hechos del mundo. A las gallinas, por ejemplo, que tarde, mal y nunca les daba por orinar, las había creado con todas sus partes. A los bueyes, que sólo se dedicaban a rumear, también los creo muy bien. En cambio, a mí, que había cumplido con todos los plazos del embarazo, y que me había portado de lo mejor adentro del estómago de mi madre, la naturaleza me había dejado sin la opción de ser un hombre, un macho por completo. Y como ya estaba hastiado de preguntarme lo mismo cada día de mi vida, quise saberlo de forma directa de manos de quien me había visto por primera vez: el médico que me sacó de la bolsa amniótica de mi madre. Así fue como lo busqué y lo busqué, y me lo explicó punto por punto. Cuando a mi madre, que se había puesto en campaña de tener un hijo sólo con el fin de tener una hija, él le indicó que, después de mirar más de diez veces la radiografía, ya se podía dar por descartado que yo sería niña, porque, con la cosita pequeña de mi entrepierna se podía dar por sentado que era un hombre, el deseo por matar a cualquiera que se atravesase en su camino era tan grande que, de pura rabia, le dio un puñetazo, y lo dejó viendo estrellas por varios segundos. Él le indicó que no se esforzara en ir en contra de los designios de la Creación, y que se fuera preparando para elegir los colores celestes o verdes, en lugar de las tonalidades rosadas o rojas. Sin embargo, mi madre, mujer tozuda hasta decir basta, no quiso seguir ninguno de los consejos que el especialista le había señalado, y se fue a recorrer aquellos caminos oscuros que años atrás se había negado a caminar, y que por tonta, le resultarían de forma aún más negativa. Uno de esos lugares era el afamado sitio sureño que algunas de sus amigas le habían indicado. Lugar al que muchas personas viajaban desde ciudades lejanas, sólo con el fin de conseguir sus objetivos más profundos y descarnados, a cambio de una penitencia o un favor. Y ese lugar era nada más y nada menos que los aposentos de El Correo de las Brujas.
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Como nuestra vivienda estaba en el centro del país, tuvimos que subirnos a los carromatos, andar a grupa de caballo y cruzar en embarcaciones por los helados estrechos, para poder llegar al sur, y alcanzar las pequeñas casitas que salvaguardaban a las mujeres que habían decidido habitar en ellas. Al llegar, mi madre, con la lengua afuera de tanto cansancio, golpeó la puerta de la casa, y, antes de escuchar respuesta, entró muy decidida a preguntarles a las mujeres cuál era la solución para que su hijo –que era yo– naciese como una niña, porque ese había sido el plan al quedar embarazada. Cada una de las mujeres, sin excepción, se miró a los ojos, movieron un poco la cabeza, y de inmediato expresaron la típica frase que la experiencia les había dejado pronunciar: - ¡Otra vez, lo mismo de siempre! El acostumbramiento a escuchar las mismas peticiones durante más de cincuenta años, les había dado el derecho de increpar a las personas que acudían a pedir este mundo y el otro, no sin antes preguntarles quién les había dado el dato de la dirección, de dónde venían y cómo habían hecho para llegar hasta ahí. Mientras más lejos fuese el lugar, las mujeres más se esforzaban en colaborar con el cumplimiento de la petición. Así que mi madre, que no era ninguna tonta, les mintió, y, en lugar de decirle que venía desde el centro del país, les dijo que había cruzado la mitad del mundo, para llegar hasta las tierras más australes del planeta. Ya en esos tiempos las cosas comenzaban a costar caro, y como el correo convenido hacia el extranjero les salía una fortuna, El Correo de las Brujas accedió a salirse del protocolo de enviar la respuesta a través de una carta certificado, y le indicaron a mi madre cada uno de los productos que debían acompañar su especial brebaje, para que yo saliese convertido en todo un hombre. Una por una, las mujeres se sentaron en sus aposentos de mimbre, y les fueron dictando los elementos que debía aplicar el codiciado brebaje. Todas estaba concentradas en dar lo mejor de sí, porque ellas eran una institución, y las instituciones deben responder como deben responder; es decir, debían responder
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muy bien. La comunicación con los astros y los cielos era vital en sus palabras, aunque, para mi madre, lo único que importaba era anotar al pie de la letra, y con toda claridad, los elementos, en un trozo de papel que las mujeres habían facilitado, y que se convertiría en un verdadero hueso de santo. Pero, como todas las cosas que tienen que resultar mal, resultan mal; y como las mentiras se castigan; en el retorno a la ciudad, mi madre se vería envuelta en una tormenta de proporciones, las típicas y grandes tormentas del sur del país. Ella, que además de tonta, era testaruda, siguió su camino por los senderos llenos de barro y lodo, sin hacer caso de los consejos de los lugareños. De esa forma, la carreta que la llevaba por las cercanías del pueblo de Patronio, volcó de una forma tal, que todo lo que traía consigo se vino al suelo, sin preguntar qué cosa debía mojarse y qué cosa no. Era evidente que una embarazada de siete meses no podía salir de esa gran caída sin percibir los dolores y magulladuras a los que cualquier otro ser humano puede salir bien parado, pero que, en el caso de una parturienta, es muy difícil, ya que, con el peso de un crío en su estómago, le es muy complicado afirmarse de algo y salvarse de no recibir un golpe seco. Por lo tanto, mi madre quedó tirada en el suelo, sin poder hacer nada más que, de pronto, y con una voz muy baja, decir: -¡Auxilio! ¡Auxilio! Usted va a pensar que le estoy mintiendo, pero le aseguro que le hablo con la más pura de las verdades cuando le digo que, en ese preciso momento, el médico del pueblo iba pasando por el lugar, y vio tirada a mi madre, con todo su cuerpo, con los siete meses de embarazo, y con su bolso con ropas también lanzado por los suelos. Un médico siempre es un médico, aunque venga muy cansado luego de haber estado con tres mujeres en la cama del pueblo cercano (ya que los médicos son siempre médicos, pero también son siempre humanos), así que lo primero que hizo al ver a mi madre fue verificar si seguía viva, y como era así, se la subió a la grupa de su caballo, para poder cuidarla mejor en su domicilio.
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Gracias a los cuidados del médico, la porfiada de mi madre estaba rebosante de alegría en pocos minutos, y, como ya se encontraba de lo mejor, le exigió al médico que preparase la infusión indicada por El Correo de las Brujas, para que su hijo fuese hombre, como ella quería. El médico, que era un hombre de ciencias y de altos conocimientos, de inmediato le indicó la falsedad de esas estupideces de brebajes e infusiones, y le gritó que por ningún motivo consentiría que ella tomase algo que podría causar incluso la muerte del feto. Además, mi madre estaba de siete meses; el médico no podía correr riesgos. Quien sí podía hacerlo era el amo y señor de las tierras de Patronio desde hace diez años: El Bautista, el hombre que estaría ligado a mí hasta el día de mi muerte, porque asumiría el rol de padre que el verdadero no me quiso dar. El Bautista fue el hilo conductor para conocer a Victorio, ese hombre tan atribulado por su vida, tan lleno de indecisiones, que se transformó en un referente para lo que soy y lo que seré. Mi padre, y le digo así porque nunca quise decirle padrastro, se enamoró de mi madre a primera vista. Cuando la vio tendida en la cama, con su estómago gordo a más no dar, el día en que el médico le pidió que le cuidara la casa porque debía ir a tres pueblos más allá a sanar a una anciana, él consintió todo lo que mi madre le exigía: leer con atención las sustancias del brebaje entregado por las mujeres, ir mezclando todo muy bien en una olla y dárselo de beber. Lo cierto es que El Bautista era un hombre muy orgulloso de sí, pero un pésimo lector. Eso lo llevó a equivocarse en uno de los elementos, y confundir el acetato, con la acetona, y ese fue el elemento incorrecto que causó en mí la falta de mi pene, cuando quise nacer al mundo. Aunque, ni para mi madre ni para mi padre era motivo de atención, porque después de preparado y tomado el brebaje, ellos estaban muy contentos revolcándose en el sexo de la cama. El Bautista fue el hombre que me enseñó las primeras letras, lo que significaba la vida y lo que no significaba ésta, también. Nos sentíamos muy unidos, y él, al contrario de lo que algunos piensan, nunca se sintió extraño al saber
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que a su hijastro le faltaba el pene. Es más, él fue quien, cumplido la mayoría de edad, me llevó hasta las mismas mujeres de El Correo de las Brujas, quienes, para asegurar la Garantía de Calidad de su brebaje, le ofrecieron compensarlo con una solución simple: entregarle un pene de goma. Con él, pude desenvolverme en los avatares de la vida carnal y sexual; entre las mujeres de alta clase y de la baja; en todo lo que un hombre necesitaba. Lo que me faltaba era sentir un placer más directo, pero eso se suplía con el contacto de la piel, que nunca me faltaba. Lo que la vida no me había entregado en la entrepierna, me lo había dado en el rostro y el cuerpo: yo era un fornido hombre de un metro y noventa de estatura, fuertes ojos azules, cabello castaño claro y el mismo cuerpo musculoso que El Bautista tenía en su juventud, que, de tanto trabajar, le quedó muy poco en su vejez. Todos estos motivos eran suficientes para dejar las tierras de Patronio el día que me enteré que su vida corría peligro. El Bautista había sido visitado por El Pequeño Gigante, el hombre que le había salvado la vida hace muchos años, y que le exigió acudir a la ciudad para ayudar a su biznieto, Victorio. Mi padre nos dio el aviso, a mi madre y a mí, y nos indicó que no nos preocupásemos, porque él regresaría sano y salvo. Ese día lo recuerdo como una triste despedida, pero también lo recuerdo como el día en que me quedé de brazos cruzados para ser un hombre. Una de las mujeres del pueblo, a la que yo había rechazado por ser muy fea, apareció en la puerta de mi casa, disfrazada con trajes de mujer hermosa. Me engatusó, mostró sus dotes femeninas y me llevó a la cama. Ella me dio de beber un somnífero, e hizo lo que había planeado desde hace mucho tiempo: quitarme el pene de goma, salir corriendo de mi habitación y lanzarlo a las profundidades del río del pueblo. Su nota lo decía fuerte y claro: “Por haberte acostado con todas las mujeres de este maldito pueblo, y, de entre todas ellas, haberme rechazado sólo a mí, yo te quito lo que nunca has tenido, porque si naciste sin pene, sin pene te has de morir”.
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De cualquier forma, la vida se encargaría de solucionar mi problema más rápido de lo que yo pensaba, porque, como El Correo de las Brujas tenía un respaldo por robo o pérdida del pene de goma, yo me dirigí hacia ellas, para hacerla válida. Las mujeres, que parece que estaban muy solas desde hace mucho tiempo, al verme tan galante y varonil, decidieron darme cobijo en sus helados aposentos australes, y así me quedé de asesor de ellas por cinco años consecutivos. Hasta que llegó el día que tenía que llegar: el del intento de asesinato de mi padre, en las calurosas tierras desérticas del norte del país. Las mujeres de El Correo de las Brujas recibieron la información a través de su gran calderero comprobador de brebajes, que también servía para saber lo que ocurría en cualquier parte de la Tierra, en tiempo real. Ellas vieron la imagen de mi padre crucificado a los pies de El Calvario norteño, me mostraron la horrorosa escena, y me ordenaron acudir de inmediato a salvar a aquel hombre que me había dado todo en la vida. Recorrí más de la mitad del país para poder sacar de las garras de la muerte a mi querido padre, que se desangraba igual que una herida de diabetes, imposible de sanar. A causa de eso, no fue fácil sacarlo de la Cruz. El pobre de mi padre estaba deshidratado, entumecido y con su cuerpo al borde del colapso. Lo bajé de la Cruz como mejor pude, y fue ahí cuando escuché por primera vez el nombre del personaje que me condenaría: Virgilio. Los labios de mi padre lo repetían una y otra vez, como si estuviera llamándolo en la distancia; como si estuviese sintiéndose en deuda por no poder estar a su lado, y lo llamase desde la lejanía. Ese trance lo tenía por completo alejado de la realidad; era incapaz de reconocer a nadie, y estuvo en un largo tratamiento para recuperar la movilidad de sus extremidades, que se mantuvieron atrofiadas por largos dos años, hasta que llegó el día en que salió de su coma profundo, abrió su ojo derecho, y pronunció mi nombre, fuerte y claro: - ¡Eunuco, hijo mío!
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Con sus cinco sentidos despertados a través de las oraciones de las mujeres de El Correo de las Brujas, de mi madre y de todos los que lo conocían, mi padre había vuelto a nacer, y ya podía cumplir con su nuevo objetivo: cobrar venganza por la indiferencia de El Pequeño Gigante, y, por sobre todo, con Jerusalén, la mujer que quiso quitarle la vida. Gracias a que yo lo había salvado de la muerte, la deuda con El Pequeño Gigante había finalizado. Por lo tanto, él tenía plena potestad para encausar mi infiltración en los asuntos de Gobierno y del Ministerio de Educación. La buena hora se había acabado para todos los que estaban en el Gobierno Socialista, y ahora sería más fácil perseguir a todos aquellos que quisieron desbancar a quienes consideraban sus enemigos, por una simple y sencilla razón: ahora ellos eran los enemigos. Una Junta Militar se había hecho con el poder del país, después de derrocar al Doctor, a aquel que las gentes llamaban Salvador Allende, y que se había inmolado adentro de Palacio. Eso quería decir que la petición solicitada al Correo de las Brujas hace exactos tres años había dado resultado. Porque aquel hombre que todos llamarían, de ahora en adelante, General Presidente Augusto Pinochet, haciendo uso de sus facultades de recorrer el país entero, había llegado hasta los confines australes para solicitar el cumplimiento de sus peticiones a las afamadas mujeres. Yo, estando ahí de cuerpo presente, vi cómo su gran figura apareció por entre la bruma de los fiordos, una noche tan lluviosa como la que mi madre había visto el día de su desmayo camino al pueblo de Patronio. La gran voz del General se sintió en toda la casa aquella noche. Él venía con una petición específica, y no quería perder el tiempo en brebajes ni infusiones. Las mujeres comprendieron a la brevedad, y le indicaron todo lo que ellas podían decir: acudir a los altos contactos de los Estados Unidos de América, y esperar, como mínimo, tres años, para poder cumplir con el cometido. El calderero era muy preciso y nunca se equivocaba: en esos momentos, los EUA estaban muy atentos a los hechos del sur del mundo; ellos no podían permitir que el Socialismo se apoderara de todo un continente, por lo que prestarían toda la colaboración posible
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para sacar de las garras marxistas a aquellas naciones consideradas amigos estratégicos. Yo escuchaba cada una de estas palabras con mucha atención, como criado que era de El Correo de las Brujas, aunque nunca me imaginé que el General tomaría tan en serio las indicaciones de las mujeres, sobre todo las dos últimas, que tenían relación con aceptar las condiciones exigidas por los EUA, y la fecha clave para terminar con el Gobierno Socialista. ¿Y por qué el gran país del norte tendría que fijarse en un país tan alejado y al sur del mundo como Chile? Chile era considerado, para muchos, como un sinónimo de “ají”; mientras que, para otros, no aparecía en los mapas del mundo, es decir, era un país desconocido. Pero El Correo de las Brujas era muy sabio, y sabía que, dentro de algunos años, el país saldría del desconocimiento mundial, y, para eso, se debían sentar bien las bases económicas, sociales y políticas. Así fue como ellas le dijeron al General que los EUA solicitarían una plataforma para desarrollar puestos de trabajo en el país a modo de condición de colaborar; y que el país debía pedir a cambio mucha prensa mundial, muchos titulares, para salir del ocultamiento planetario, lo cual debía hacerse con bombos y platillos, después de tres años de trabajo, a través de un espectáculo colosal y de grandes envergaduras, que debía tener por fecha el 11 de septiembre de 1973, y que debía llevar por nombre “Golpe Militar”. Lugar: Santiago de Chile. Escenario: Palacio de Gobierno. Hora: 10:00 am. Anfitrión: Doctor Allende. Invitados: Fuerzas Armadas. Público: todo el mundo. Mi misión era, entonces, entregarle la carta, en sobre sellado, a aquel hombre que había iniciado la colosal irrupción en el orden político y civil. La mañana se notaba tranquila en el escuadrón militar; todos sabían que no podían actuar con nerviosismo o torpeza, porque así era como resultaban las cosas. Yo accedí por la puerta principal, acompañado, a mis costados, de dos militares de tercer grado, como lo ameritaba la ocasión. Los pasillos de acceso eran largos e intrincados; debían ser así para mantener bajo custodia todo el operativo secreto de la puesta en marcha de la Operación. Me pidieron desnudarme en una habitación
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contigua, para revisar mis pertenencias y mi cuerpo, y, luego, examinaron con todos los detalles el sobre que traía. El General estaba esperando en el cuarto cercano. Cuando entré al salón, su amplia figura me pareció mucho más grande que aquella noche de la visita a la casa de las mujeres. Él estaba de pie, con la espalda hacia mí, y miraba un amplio cuadro de un General en Jefe del pasado, el Libertador Bernardo O‟Higgins Riquelme. Para él, ese hombre había sido un modelo de honor y de gloria desde su más tierna infancia, y, al voltearse hacia mí, me dijo: - Yo estoy acá gracias a ese hombre, porque él sirvió de inspiración para hacerme militar. Por eso ahora soy lo que soy, General en Jefe del Ejército. Yo asentí con la cabeza, y le entregué la carta sellada enviada por las mujeres. Él de inmediato me reconoció, se sonrió y me pidió unos segundos para leer el contenido del sobre. Su rostro se arrugaba cada vez más a medida que leía y leía. Yo, por mientras, miraba ese amplio y oculto salón, donde el General tenía todo lo que necesitaba, y que se había convertido en su cuartel durante los últimos meses, luego de haber sido nombrado por El Doctor. Debo confesar que me sentía mucho más a gusto que lo que las mujeres de El Correo me habían hecho saber. Sentía cómo mi cuerpo se llenaba de una gran satisfacción de estar al lado del hombre que manejaría los destinos del país por los próximos años. Pinochet terminó de leer la carta mucho más pronto de lo pensado. La dobló con cuidado, y la introdujo en el sobre. Sus ojos se llenaron de un brillo que sólo aquellos que habíamos nacido para sentir la fuerza de tener el destino en nuestras manos podíamos comprender. Humedeció sus labios con la punta de su lengua, y exclamó: - Dígale a sus señoras que he seguido cada uno de los consejos entregados aquella noche lluviosa. La Operación concluirá el día
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indicado, a la hora señalada. Dígales que ellas también recibirán su recompensa. Y usted también recibirá la suya. No sé muy bien por qué lo hice, pero sabía que sólo así me sentiría conforme con mi misión: me hinqué ante la figura del General, que ahora estaba sentado en la silla de la mitad del salón, y le agradecí que considerara las palabras de las mujeres, y que me diera la oportunidad de pertenecer al sector estratégico de sus colaboradores civiles. Mi próximo destino era Estados Unidos de América. Allí tendría la obligación de coordinar las conversaciones con los altos políticos del Gobierno, para establecer las bases de colaboración y de entendimiento entre ambas partes. La labor fue ardua y fecunda, y me sirvió para establecer los contactos médicos que solucionarían la ausencia de pene en mi cuerpo: una moderna cirugía creada en hospitales clínicos de gran tecnología comenzaba a dar sus primeros pasos, por medio del implante de miembros de pacientes fallecidos. Sólo tendría que esperar dos años más para acudir a la cirugía. Antes de finalizar las acciones políticas, un telegrama de gran urgencia llegó a mis manos: me avisaban que mi padre había cobrado la conciencia, y que debía volver a Chile cuanto antes, porque él estaba llamándome de forma intermitente. Y, como le había dicho, después de escuchar su: - ¡Eunuco, hijo mío! Yo ahora me encontraba a la espera del día anunciado. El Día D, el 11 de septiembre de 1973, que sería al día siguiente. No quise llegar con tanta prisa a las posiciones de vista privilegiada, que se habían apostado en las oficinas del frente de Palacio. Mi mente estaba entre mi padre y lo que ocurría en el país. Cuando me bajé del auto, en las afueras del edificio, la ciudad estaba envuelta en un humo tóxico que cubría casi todo. Los sonidos de las sirenas de la policía, las ráfagas de aviones y los gritos se fundían en una mezcla inexplicable. Era el caos dentro de un mundo que no conocía de belicosidades desde hace muchos años. Uno de los escoltas militares que estaba a
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mi lado, me dijo que el humo provenía de la destrucción de buena parte de las murallas de Palacio, bombardeado hace sólo minutos desde los aires por los aviones de la Fuerza Aérea. Los escoltas militares me llevaron hasta las dependencias de las oficinas, para decirme desde cuál oficina debía esperar a que todo acabase. El General estaba en una de esas oficinas, aunque yo desconocía en qué piso, y si era en el mismo edificio, o en otro contiguo. Sólo podía decir que, quienes estaban a mi lado, se sentían tan intranquilos como aquellos que estaban al frente de nosotros, en Palacio, y que, cada cierto tiempo, salían con las manos en la nuca, apuntalados por las metralletas y pistolas de los militares. Ninguno de nosotros sabría que, en pocos minutos más, nos convertiríamos en parte del más espectacular de los concursos para hablar con el Doctor, y pedirle, más bien rogarle, que saliese de Palacio, y se entregara en cuerpo y alma: un soldado de último grado, que estaba vestido con los correspondientes trajes de la milicia de guerra, entró a la habitación donde estábamos todos los futuros asesores civiles del Gobierno Militar, y nos pidió que escribiéramos nuestros nombres en unos trozos pequeños de papel. Acto seguido, introducimos los trozos en una tómbola, y esperamos a que el soldado sacase el papel elegido. Como yo ya venía predestinado desde hace tiempo, el azar se encargó de que mi nombre saliese de entre todos los papeles, ante lo cual, el soldado me entregó la orden que nadie deseaba obedecer: - Usted ha sido el escogido para hablar con el Doctor Allende, y pedirle que salga de Palacio. Él no quiere escuchar a ningún militar, así que un civil debe hacerlo entender. Tome, aquí tiene la carpeta con todas las opciones de exilio que él puede elegir. Indíquele que su familia estará a salvo, y que tendrá una vida asegurada, lejos de estas tierras. Espero que logre algún resultado. Yo tenía en mis manos los cinco destinos a los cuales el Doctor podía optar para salir del país, y encargarse de concluir su vida, alejado de su patria. La
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primera opción era Rusia, un país que siempre recibía al mundo socialista. La otra opción era Yugoslavia, un país también comunista. Las siguientes tres opciones eran India, Ecuador y los EUA. A mí me parecía que el ramillete de opciones tenía de todo para elegir. Aunque los miraba con mucho nerviosismo, porque, como debía hacerlo, mis pies se encaminaban hacia el interior de Palacio, y yo accedía así por la puerta lateral de la Calle Morandé, número 80. El humo seguía invadiendo todo el interior y exterior del edificio de Gobierno. Adentro, estaba todo en un silencio sepulcral. A pesar de lo que pensaba, todos los funcionarios habían abandonado las oficinas, y sólo quedaba el Doctor con sus siete médicos. Algunos de ellos estaban saliendo cuando llegué a su despacho. Él estaba mirando por la ventana, como si ninguna de las bombas que habían sido disparadas dentro de su propio Palacio lo llegase a inmutar. Sus brazos estaban cruzados por la espalda, con los dedos pasando uno entre otro cada segundo, a la manera de un hombre que sólo espera que pasen los minutos para tomar una decisión. El nerviosismo que tenía dentro de mi cuerpo hizo que la carpeta que traía con todas las opciones de exilio se me cayera al suelo. El Doctor sintió el ruido de la caída, y se giró de inmediato. No lo hizo para arrojarse sobre mí ni para pedirme que saliese de su despacho, porque, al fin de cuentas, El Doctor era Su Excelencia El Presidente de la República, y tenía la facultad de ordenar lo que quisiera. Pero fue todo lo contrario: él mismo recogió la carpeta del suelo, leyó los documentos que estaban en su interior, y me dijo que bajara hacia el primer piso, y que subiera en veinte minutos más, ya que en ese tiempo iba a elegir el lugar. De tanto estar a cargo de las actividades de El Correo de las Brujas, mi mente se había adaptado para conocer el futuro, o más bien, la intuición, esa intuición esencial de los seres humanos que pueden alcanzarla. Por lo tanto, supuse que ese hombre que llamaban por El Doctor, que era muy querido y muy odiado al mismo tiempo, nunca iba a salir de Palacio. Siempre mi padre me había dicho que un capitán se hunde con su barco. Y el barco del Socialismo se estaba hundiendo segundo a segundo aquella helada mañana. Fue por eso que, antes de que se
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cumplieran los veinte minutos, subí a preguntarle cuál era su decisión. El Doctor arrojó la carpeta al suelo, y me indicó que él no se movía a ninguna otra parte que no fuese Cuba, porque allá estaba su destino como participante activo del Socialismo. Lo cierto es que lo que él pedía era imposible, porque Cuba era el país odiado por las Fuerzas Armadas. Desde ahí se había generado la ideología de ingreso de contrabando de armas, junto con buena parte de las ideas Socialistas del Gobierno. A pesar de todo esto, yo tuve que salir de Palacio para buscar una última instancia de diálogo. Los militares se comunicaron por radiotransmisores con el General, y cuando le informaron que El Doctor no quería ir a ninguna parte más que a Cuba, su voz de mando fue fuerte y clara: - Díganle a ese señor que la orden es que salga de Palacio, que se entregue y que obedezca acogerse a exilio con las opciones indicadas. Cambio. - Mi General, El Doctor Allende no quiere seguir opciones indicadas, y solicita exilio a Cuba. Sólo así aceptará. Cambio. - Entonces, díganle a ese señor que se vaya a la misma mierda. Cambio. No quedaba más que regresar, e insistir en que eligiese alguno de los destinos de la carpeta. Pero ya era muy tarde, porque, cuando ingresé a su despacho, su cuerpo estaba sentado en el sillón del escritorio, sin cabeza y en un estado de quietud inamovible: El Doctor se había dado un tiro por debajo del mentón con una fuerza tal que la bala había logrado que su cráneo saliese de cuajo del cuerpo y volase hasta el techo de la habitación, para, luego de dejar una marca de sangre, caer al suelo, por detrás del sillón. Su Excelencia se había quitado la vida. Las palabras de mi padre se habían cumplido al pie de la letra y mi intuición resultó ser efectiva. Aunque ninguna de las dos situaciones eran agradables de reconocer cuando un Presidente había llegado al punto de desaparecer del mundo, y eliminar todo rastro de su existencia, a la luz de las circunstancias. Esto, sin duda, se había salido de todo los planes de El Correo.
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¿Cómo iba a seguir siendo una institución creíble y valorable, si ahora formaba parte de la instigación de un magnicidio? En el minuto que las mujeres supieran de esta situación, yo tendría que salir de mi pasividad y apoyo con este nuevo Gobierno, y hacerlos responder por no controlar la muerte de El Doctor. Salí por la puerta lateral con la carpeta debajo del brazo. No tenía ni el más mínimo deseo de comunicarles la situación a los soldados, pero lo tuve que hacer. Algunos de los pocos asesores de El Doctor que aún daban vueltas por los pasillos salían consternados de Palacio. Hubo algunos que no soportaron la situación, y se lanzaron en contra de los soldados. Ellos, muy rápido, los apresaban de inmediato, y los llevaban a las furgonetas estacionadas en las esquinas del edificio presidencial, para llevárselos. A algunos, para siempre; y otros, por algunos meses u horas. No hubo necesidad de llegar a una oficina secreta o caminar junto a los soldados hacia su despacho, porque, a segundos de saber el suicidio de El Doctor, hizo su entrada triunfal, aquel hombre que tenía por derecho adjudicarse el título de Salvador del país. Así, el General Augusto Pinochet, revestido con todos los honores que la Operación le otorgaba, ingresó por la puerta principal de Palacio, en medio de la bruma, para hacer el reconocimiento de lo que había pasado, y ver con sus propios ojos lo que Allende se había atrevido a hacer. Fue en ese momento cuando me detuve delante de él, y yo, como era incluso más alto que él, le demostré que, con mi gran corporalidad, le mostraba mi enojo por llegar al punto de que El Doctor se matase a sí mismo. Pero él evadió mis palabras, y dijo que ya llegaría el momento de analizar las situaciones, y que lo que importaba ahora era verificar el cuerpo muerto del Presidente. Tendrían que pasar exactas siete horas para que todo volviese a la normalidad, o, por lo menos, a la limpieza del humo del ambiente. Ese era el tiempo suficiente para que el país se olvidase de la muerte de un Presidente y asumiese que un nuevo Gobierno había llegado. Porque las noticias malas pasan al olvido con mucha rapidez en un país sediento de hambre y de tranquilidad. ¿A
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quién le podría interesar que un Presidente había muerto, si ahora se podría acceder a la compra libre de alimentos, salir del poder de las armas del Socialismo y las ideas de estatismo, sumado con: expropiación de las empresas y los empresarios, represión de ideas, inflación al 1000%, aumento de la pobreza y el desempleo, aumento de la delincuencia, etcétera, etcétera? A nadie. O, por lo que se vio, a muy pocos: muchos habitantes salieron con sus banderas flameantes por las calles de la ciudad; casi todos recibieron con alegría el fin de aquel Gobierno que buscaba abarcarlo todo y aplaudieron en masa que todo se acabase de un día para otro, como pocos lo imaginaron. Mientras las voces de alegría pasaban por las calles, yo entré a Palacio para mirar por última vez las murallas y las oficinas que dejarían de ser utilizadas por muchos meses, debido al rompimiento de las murallas y el frontis. La soledad del edificio era sobrecogedora; ya todo había pasado, pero se sentía como si todavía las voces de El Doctor sonasen en las murallas. Fue en ese momento cuando pude ver la figura más extraña que pudiese haber creído: una lámina de las manchas de Rorschach, la lámina de la mariposa. Esa lámina no podía ser de nadie más que de Victorio. Él estaba dentro de Palacio; no sé cómo se había introducido, aunque eso era lo de menos, lo que me interesaba saber era dónde estaba. Corrí por los principales pasillos que tenían accesible el paso, y, a veces, gritaba el nombre de Victorio. Era muy extraño saber que él estaba ahí dentro. ¿Qué tenía que hacer en Palacio? No podía comprender nada de lo que estaba pasando, pero sí intuía. Él estaba buscando la manera de detener la situación de cualquier forma. Al fin y al cabo, él era funcionario público del Ministerio de Educación. De seguro estaba intentando mantener su puesto de trabajo. Porque, con el fin de Allende, no sólo se terminaba un Presidente, sino que todo un Gobierno; y, por lo tanto, todos los funcionarios saldrían despedidos. Lo cierto es que mis pensamientos no tenían ninguna relación con lo que en verdad estaba ocurriendo: Victorio estaba en una de las oficinas interiores, y, en específico, en la mismísima oficina de El Doctor, y en la mismísima chaqueta del cuerpo que estaba guardado
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en una bolsa para muertos. Por supuesto que eso era algo muy extraño, algo que estaba fuera de lo que se podía aceptar. Él era un asesor del desaparecido Gobierno, pero no tenía la potestad para revisar el cuerpo de un Presidente suicida. Por lo tanto, yo me acerqué a él, y le pregunté de forma directa: - ¿Qué hace usted aquí, señor Victorio, asesino, usurpador, endemoniado, intruso, comunista, malvado, esposo de Jerusalén que, con sus famosas Manchas de Rorschach, intentó matar a mi padre, y que yo, en respuesta a eso puedo cobrar venganza ahora mismo, y matarlo aquí mismo de un balazo? Con los ojos más abiertos con un sapo asustado, Victorio –que, lo que menos tenía apariencia era de señor, porque su rostro aparentaba una juventud muy grande, a pesar de sus más de 35 años– no supo qué responder por exactos dos minutos, hasta que sacó de uno de los bolsillos de la chaqueta de Allende una lámina que estaba muy doblaba-muy doblada, y que tenía la mancha del murciélago como si ahí hubiese estado toda la vida, a la espera de que Victorio viniese y la sacase. Nunca pude comprender por qué esas Manchas aparecían en todas partes. Porque, aunque yo no se lo había contado, siempre estuve en contacto con las Manchas de Rorschach. El Pequeño Gigante, para cuidar lo que tenía por deuda, acudía cada verano a visitar a mi padre, El Bautista. Él sacaba a relucir sus láminas, para explicarme qué significaba cada una de ellas. Me hacía las preguntas que siempre se hacen con esas láminas: ¿Qué ves aquí? ¿Aprecias alguna figura especial? ¿Algún color? A lo mejor lo hacía sólo para complacer su aburrimiento. Pero El Bautista me decía que, gracias a una de esas láminas, su vida había sido salvada hace algunos años, en las Fiestas de La Tirana, y que esas Manchas provenían de El Correo de las Brujas, por lo que había que tenerles respeto, y no subestimarlas. En ese caso, yo me preguntaba, ¿qué hacían una de estas manchas en la chaqueta de un Presidente de la República?
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Tener una relación directa con El Pequeño Gigante. Sólo eso podía ser, y nada más que eso. Victorio estaba en un silencio absoluto. Parecía que desconocía que yo era capaz de entregarlo a los militares o matarlo ahí mismo (como le había dicho). Así que le aclaré punto por punto quién era yo y cuáles eran mis facultades como nuevo asesor del Ministerio de Educación. Pero Victorio tendría una nueva oportunidad para salvarse, ya que uno de los altos asesores de civil haría su entrada a la oficina, y me indicaría –sin ver la presencia de Victorio– que tenía que abandonar el despacho, porque pronto vendría la Morgue a recoger el cuerpo de Allende. Tenía la oportunidad precisa para entregar a este hombre, que había atentado contra mi familia y mi integridad. Algo, en cambio, me decía, de forma interna, que era preferible mantenerlo a resguardo, para poder utilizarlo en el futuro. Mi intuición había estado muy acertada este día; por lo tanto, había que seguirla otra vez. Le dije al asesor que pronto saldría, y le dije a Victorio que podía ayudarle a conseguir asilo, si seguía mis indicaciones al pie de la letra, o, de lo contrario, tendría que atenerse a las consecuencias. Salí de Palacio con Victorio al lado mío, brazo con brazo. No quería perderlo de vista porque, mal que mal, éramos de frentes contrarios. Además, estábamos siendo mirados muy de cerca por los militares, que estaban custodiando cada esquina de las calles cercanas. Pensé que, con todo el revuelo en que estaba envuelto el país, las comunicaciones estaban rotas. Lo cierto es que estaba equivocado. Un joven asesor se acercó a mi lado, y me entregó un sobre, una carta. Yo ya podía suponer quién escribía esa carta, que, más bien, ahora, era un telegrama. Diez horas después de la situación era un tiempo suficiente para hacer llegar un telegrama desde las heladas tierras del sur a la ciudad, y, cuando abrí el sobre, lo pude comprobar: El Correo de las Brujas estaba anunciándome su llegada a los cuarteles centrales de El General, para pedirle explicaciones. La carta se comprendía muy bien; ellas estaban en su derecho de reclamar aquello que se había salido de sus planes, lo que rompía con todos los esquemas era lo que me
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anunciaban con letras mayúsculas: ellas, por primera vez en toda la historia de la agrupación, se apersonarían delante de la presencia de aquel que les había solicitado el cumplimiento de una acción. El Correo de las Brujas, con esto, acababa con 300 años de alejamiento de la sociedad masiva, y se acercaba al resto del mundo con decisión y presencia. Si los militares habían buscado obtener el país para ellos, y, para eso, habían acudido a todas las instancias posibles, ellos tendrían que aceptar la entrada de las personas que sirvieron para conseguir esas acciones a sus oficinas, para una conversación de entendimiento y de explicación. Yo pienso que las mujeres de El Correo nunca imaginaron que sus consejos desencadenarían la muerte de un Presidente, y las imaginaba asustadas, preocupadas y consternadas por la situación del país. Debo aceptar que el corazón se me estremecía un poco. Después de todo, ellas habían sido parte de mi vida durante tres años, y si yo estaba donde estoy ahora, es porque ellas me habían ayudado a llegar ahí. No sólo sentía estremecer mi corazón, sino que también me imaginaba a las mujeres mirando su calderero, y viendo cómo cada una de las acciones deliberadas de los militares y el suicidio presidencial eran mostrados en directo para ellas, delante de sus caras. Algo que no se podía entender, y que me angustiaba demasiado. Nos metimos en medio de los militares y los civiles que debíamos estar presentes en una reunión interna, previa a la aparición para la televisión de la Junta Militar, la idea que El General Pinochet tenía para aplacar el odio internacional, ante el magnicidio ocurrido. Él sabía que, de alzarse como nuevo Presidente, le causaría muchos más enemigos de los que ya comenzaban a verse. En ese mismo minuto fue que las primeras voces que se deseaban alzar en contra de este nuevo y poderoso hombre de la nación fueron acalladas para siempre, delante de nuestros ojos. Uno de los hombres de civil que nos acompañaba se atrevió a ponerse por delante de la comitiva que encabezaba El General, y que se dirigía al Edificio Diego Portales, y le encaró toda la rabia que sentía por la muerte de El Doctor:
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¡Usted nos está llevando por el camino que usted quiere, pero yo le quiero decir que no nos vamos a dejar encausar por un hombre que permite que un Presidente se mate dentro de su propio Palacio! ¡Usted tiene que responder por qué El Doctor Allende ya no está con nosotros! ¡Yo pienso que sus hombres lo mataron! ¡Ustedes son unos asesinos! ¡Asesinos! Tan rápido como el hombre había osado levantar la mano y alzar la voz a un dios, el Dios Pinochet, fue tomado por detrás de la espalda, de los brazos, y acribillado en el mismo lugar por uno de los militares. Ya comenzaba a comprender por qué las mujeres de El Correo deseaban llegar a la ciudad lo antes posible, porque, así como yo lo estaba presenciando, se podía notar toda la omnipotencia y ultranza a las que estaría dispuesto a llegar El General, por mantener sus nuevas ideas. Pero era muy difícil imaginar que El General pudiese ser detenido en sus ideales. Era tan difícil como pretender que todo volviese atrás, y nada de lo que había ocurrido hubiese ocurrido. Aunque eso quitaba ni ponía impedimentos para establecer una comunicación directa, un conocimiento de cuáles eran los siguientes planes y una advertencia. Porque lo que empieza mal, termina mal. Ya había comenzado mal con la muerte de un Mandatario, ¿qué se puede esperar para los siguientes años? Todavía estamos envueltos en esta guerra sin cuartel de rojos y no rojos; de momios y no momios. Eso me causa mucha rabia, y a las mujeres de El Correo mucho más. Tal vez por eso las obedecí. Esto no quiere decir que las culpe, pero ellas influyeron mucho en lo que hice. Nunca pensé que, antes de pensar cuándo estarían las mujeres en las tierras de la ciudad, ellas se presentarían detrás de nosotros, y me llamarían de inmediato: - ¡Eunuco, ya estamos aquí! ¡Necesitamos hablar con El General! ¡No estamos aquí para perder el tiempo!
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Era evidente que ellas habían hecho un gran esfuerzo por llegar a la ciudad tan pronto como pudieran. De cualquier forma, era imposible que yo fuese un intermediario para conversar con Pinochet. Como le dije, Pinochet estaba delante de toda la comitiva, y en pocos minutos se debía dirigir al país entero. Si pedíamos una reunión en ese minuto, jamás nos darían un sí. Eso no quitaba ni ponía la oportunidad de caminar por delante de todos y mostrarse desde una de las esquinas, para que El General las mirara de reojo, y supiese que, después de hablar para todos, las siguientes palabras debían estar dirigidas a las mujeres. Las palabras debían ser de mucha fuerza y de mucha cercanía para con el pueblo, ese pueblo que ansiaba que la inestabilidad económica y social se terminase, aunque ninguno de ellos imaginaba que el Golpe de Estado era sólo el principio de la serie de matanzas y persecuciones que las Fuerzas Armadas iniciarían. Muchos de quienes caminaban a nuestros costados iban tensos; otros miraban con mucha seriedad; éramos pocos civiles, no más de quince. Los militares y la policía eran mayoría. Caminaban con mucha obediencia, con mucha diligencia. Ninguno de ellos pretendía hablar más allá de la cuenta, porque, por lo demás, ninguno de ellos podía hacerlo. Había mucha prensa y reporteros, del país y de otros países. Lo que El Correo de las Brujas había anunciado se estaba cumpliendo a cabalidad: Chile dejaba de ser un país desconocido. Los ojos del mundo estaban puestos en estas tierras, en nosotros, en todos nosotros. Victorio estaba inquieto; él no deseaba seguir aparentando formar parte del grupo de seguidores de Pinochet. Él decía que tenía una petición de mucha importancia, y que debía exponer su demanda en la cara de aquel que se hacía decir el nuevo amo y señor del país. Por supuesto que su petitorio tenía relación con mantener su labor de la selección de profesionales a través de las Manchas de Rorschach. Esas malditas Manchas seguían rondando la mente y la vida de todos nosotros. No sé cómo nacieron en las cabezas de las mujeres de El Correo, y bien ellas podrían acabar con las pretensiones de Victorio. Las Manchas no eran una creación de El Correo, pero ellas eran las responsables de haber traído esa
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invención al país, e involucrar a todos en el tema. El Pequeño Gigante, que, a esas alturas estaba muerto, después de muchos años de usarlas, había iniciado este gusto por mostrárselas a todo el mundo, hasta alcanzar su máximo sueño: meterlas en el mundo profesional y académico. Aunque ninguno de nosotros podía expresar nuestras demandas, porque Pinochet ya estaba sentado en la amplia mesa del primer discurso de la Junta Militar, y, después de jurar por Dios, la Patria y la Justicia el cumplimiento de las normas, se dirigía al país y al mundo con su tradicional voz de mando: “Compatriotas, me dirijo a ustedes como Jefe máximo de esta Junta Militar, para anunciarles que el tiempo del descontrol económico, político y social ha terminado. Como ustedes pudieron ver hace algunas horas, las Fuerzas Armadas y de Orden tuvieron que tomar la importante, difícil y dolorosa decisión de solicitar la renuncia y entrega del cargo de Presidente de la República de Chile al Señor Doctor Salvador Allende, lo cual fue rechazado en todos sus términos, sin obtener respuesta afirmativa. Ante esa situación, estas Fuerzas Armadas tuvieron que adentrarse al Palacio de Gobierno, y también desde su exterior, por medio de una Operación de Ataque, instar a que el Presidente entregase el mando. Muchos de sus asesores obedecieron la voz de la Milicia, que, al ver que el país se sumía en un agujero sin fondo, no tuvo más opción que actuar con la forma que por siglos le ha legado su formación. Todo ello, para ir en defensa de la inestabilidad social y moral. Es así como esta Junta Militar lamenta que el Doctor Allende haya desistido de salir de Palacio, y haya optado por quitarse la vida dentro de éste. Se hicieron todos los intentos para salvaguardar su integridad, pero, ante una situación que se producía en dependencias inaccesibles para los soldados, fue imposible evitar dicha pérdida humana. De todas formas, la Junta Militar señala, de forma categórica, que bajo ninguna circunstancia permitirá que las gotas de sangre derramadas empañen la labor y el esmero por restablecer el orden nacional. Han sido 1000 días de pérdida para todos: para los trabajadores, para las familias, para las empresas, para la vida en general. Aquellos hombres y mujeres que estaban a cargo del Gobierno
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no supieron mirar más allá de sus narices, y vislumbrar que el país estaba envuelto en un caos total, del que sólo podía salir si un grupo sólido, con amor a la Patria, irrumpía con decisión para detener lo malo, y establecer un nuevo modelo de país. Por lo tanto, la Junta Militar, desde hoy mismo, asegura la equidad, la libertad, el libre mercado y el restablecimiento del comercio y las empresas. Los experimentos socialistas no pueden tener cabida en un país con una tradición republicana, que aspira a la libre expresión profesional y social. Chile es un país próspero, grande, con un pueblo vigoroso. Hoy, ese pueblo estará más unido, más en paz. Quienes intentaron arrancarla de la Patria ya responderán por ello. Por ahora, la Junta Militar se establece, hasta una duración de un año, tiempo en el que se tomará la decisión de una nueva jefatura y normativa. Buenas tardes, y ¡viva, Chile!” Todo podría haber quedado en un perfecto término de discurso. Todo, hasta que Victorio decidió salir de su silencio sepulcral, y proclamar lo que venía guardando desde hace mucho tiempo. Yo sólo pensaba dentro de mí, ¡Maldito Victorio! Era increíble que, después de prestarle protección como un guardaespaldas, él desaprovechara el escudo que le brindaba, y atacase igual que un perro atado con una cadena. A veces me pongo a pensar cómo se podría haber evitado lo que vino después, pero ya es tarde. Ya es muy tarde, porque, cuando Victorio gritó: - ¡El pueblo no puede estar con una tropa de militares que arranca del poder a un Presidente y lo mata! ¡El Socialismo sigue vivo, el Pueblo sigue vive! ¡Por la verdad, por la verdad, por la verdad! ¡Allende, ahora y siempre! ¡Que se mueran los militares! Diez militares se abalanzaron sobre su cuerpo, y lo llevaron a un lugar desconocido, del que nunca pudimos saber cómo sacarlo. Nuestras vidas, debo decirlo, se unieron algunas veces en los siguientes dos años, pero en circunstancias muy extrañas, y por muy pocos momentos. Victorio debió haberse vuelto a la clandestinidad, o habrá viajado a otro país de refugiado. No lo sé muy bien. En esos momentos, El Correo me exigía que las acompañase desde muy cerca, hasta
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llegar a los cuarteles centrales de la Escuela Militar, lugar que había elegido Pinochet como su siguiente destino. Si mi labor estaba destinada a seguir las líneas políticas del Nuevo Gobierno, con la presión de las mujeres todo se hacía más difícil. Cada uno de nosotros tenía un objetivo específico. Unos buscábamos pertenecer a las filas aliadas, y otros deseaban pedir explicaciones y denostar. Estaba en un verdadero dilema. ¿A quién seguir cuando a las puertas del futuro se puede encontrar la muerte segura, la muerte que ronda alrededor de todos, pero que para algunos da verdaderos giros, y asecha con mucha diligencia? Todos sabíamos que los militares se estaban esparciendo por las cuatro esquinas del país para acabar con aquellos que, en el Gobierno Socialista, se habían atrevido a alzar la voz, y quebrantar la palabra que las Fuerzas Armadas no tranzaban: la Patria. La Patria era una palabra sagrada, era una palabra inquebrantable. Aunque también había mucho odio en los corazones. Los corazones no deseaban amistad a esas horas de la tarde, sobre todo cuando la tarde se estaba transformando en noche, y las luces aparecían para conjugarse con la oscuridad enmascarada de las entrañas de la Milicia y la verdadera oscuridad nocturna. El final del día ya había llegado, y la puerta del despacho de El General estaba preparada para dejar pasar a las mujeres de las tierras del sur. Una a una fueron entrando, con el rostro muy altivo y muy decididas a decir que lo que tenían que decir. Yo las secundaba por detrás, ante la atenta mirada de dos soldados que custodiaban el acceso. Todavía ninguna de las integrantes de El Correo me había anunciado cuál sería el contenido ni el objetivo de la conversación. Esta reunión podía ser una verdadera Caja de Pandora para mí. Ellas podían plantearme seguir cierta acción, pero yo no podría estar de acuerdo con seguirlas. Las indecisiones cruzaban mi mente igual que una cabalgata de caballos pasando por delante de mis ojos. Pinochet, aunque muchos piensan lo contrario, en el ámbito del diálogo, no era represivo ni autoritario; tampoco faltaba el respeto ni actuaba con enojo. Es
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más, a las mujeres les ofreció té y galletas, que ellas no quisieron recibir, ya que venían a algo puntual. Las mujeres eran cinco, por lo tanto, El General había solicitado cinco sillas para que ellas se sentaran frente a él, además de la que ya existían, donde estaba sentado yo. Su rostro se notaba cansado por razones entendibles: el día había comenzado desde muy temprano, y él había sido el coordinador máximo de la irrupción en contra del Gobierno saliente. Él no tenía muchas nociones de lo que estaba pasando; miraba con su clásico rostro un poco cabizbajo, con su frente arrugada y sus labios un poco doblados, como mostrando descontento, aunque tal vez sólo de apariencia. El despacho seguía igual que aquel día que me tocó visitarlo, salvo por un pequeño detalle: unas láminas de las Manchas de Rorschach que estaban sobre su escritorio. Debo reconocer que eso me pareció el colmo de los colmos. Esas esquelas aparecían hasta en la sopa. Además, no entendía por qué estaban ahí. Era ilógico, inconcebible. Tenía ganas de preguntarle cuál era el motivo de tener las láminas ahí, pero preferí guardar silencio. Esa reunión sólo me tenía de acompañante y no de protagonista. Si había alguien que sí tenía la plena facultad de preguntar lo que pasaba eran las cinco mujeres y no yo. Lo primero que las mujeres expresaron fue su felicitación por obedecer las indicaciones de la Operación de toma del Poder. Ellas le habían indicado una fecha específica, y El General las había obedecido. También había buscado los lazos con los Estados Unidos de América, y había avanzado muy bien en las conversaciones con los partidos políticos opositores. Una de ellas le dijo que todo lo que se hace con paciencia tiene sus frutos. Pero la tensión comenzó cuando le pidieron una explicación formal y sensata de por qué había dejado que el Presidente se quitase la vida al interior de Palacio. Hay que admitir que el tema no era menor: era la primera vez que un Presidente del país se suicidaba en el mismo edificio de Gobierno. Había existido uno antes, el Presidente Balmaceda, pero él había optado por quitarse la vida fuera de estas tierras. Pinochet lo sabía muy bien: sabía que el mundo podía comprender que las Fuerzas Armadas de un país decidiesen acabar
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con las irregularidades de una Democracia, y también sabía muy bien que el mundo no estaba para soportar que esa mismas Fuerzas Armadas ocasionaran un charco de sangre en la máxima autoridad. Fuer por eso que respondió, sin pelos en la lengua: - Si el Señor Allende se quitó la vida, eso lo convierte en un cobarde. Un capitán se debe morir con su barco, pero no morir antes de que el barco se hunda. Nosotros le dimos todas las opciones para que saliese del país con la frente en alto. Él debía aceptar que su Gobierno lo había hecho mal, y el hombre que acepta las equivocaciones no es menos hombre, es todo lo contrario, más hombre y más patriota. Él hablaba y defendía mucho al pueblo y los trabajadores, pero, al matarse, sólo pensó en el mismo y en sus ideas socialistas. En eso, las Fuerzas Armadas no tenemos ninguna responsabilidad. El Correo de las Brujas no estaba de acuerdo con esa explicación. Una muerte es una muerte aquí y en todas partes. Ellas le habían solicitado cuidar la integridad de las personas, y la extrema represión que ya se estaba viendo con, por ejemplo, Victorio. Su extrema intuición les hacía sentir que estas acciones seguirían, y que eso las involucraría en crímenes que ellas no estaban dispuestas a seguir. La recomendación de terminar con todo no implicaba asesinaron a diestra y siniestra, ni pretender que la represión sería el siguiente modelo a seguir. Las mujeres le dijeron que él debía asegurar la seguridad de la nación, y con más sangre eso no se solucionaba. La mayor de ellas, que era una señora de mucha decisión, le golpeó la mesa y le exigió que ninguna de ellas apareciese en sus planes, si sus siguientes ideas eran seguir acabando con personas. La larga tradición de pulcritud y limpieza mental de El Correo les hacía sentir mucha preocupación porque su prestigio se viniese debajo de la noche a la mañana. Ellas no se podían dar el lujo de quedarse calladas y sin opinar. Por eso habían decidido salir de sus cubiles centenarios por vez primera y llegar hasta donde estaban. Aunque para Pinochet eso no significaba. El General podría haberlas atendido muy bien, pero todo tenía su límite, y a él le causaba mucha rabia que alguien se
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atreviese a golpear la mesa de su despacho en su propia cara, y se los hizo saber de inmediato: - ¡A ver, mis señoras, yo las he dejado entrar a los cuarteles de la Escuela con la mejor de las disposiciones, yo no les estoy gritando ni faltando el respeto, así que si me vienen a golpear la mesa, se me van por donde llegaron! Con respecto a las formas de seguir la Operación, las Fuerzas Armadas, de las que yo me hago cargo, sabrán lo que se hace y no se hace. Ustedes no tienen ninguna influencia ahí. de igual forma, les aseguro que sus nombres no aparecerán publicados en ninguna parte, esa es palabra de hombre y de soldado. Las palabras tranquilizaron a las mujeres. Tal vez ellas estaban buscando mantener limpio su nombre más allá de que Pinochet les dijese que no se aplicaría represión. Lo único que quedaba por saber era el vínculo que existía entre las láminas de las Manchas y El General. Cuando ellas se lo preguntaron, él les dijo que esa información era confidencial, y que sólo se podría decir en su momento. Dio por terminada la reunión, y me pidió que las acompañase a la puerta. Yo sabía que él me diría el motivo sólo a mí. Pero no sería de forma gratuita, ya que, al regresar al escritorio, me dijo: - Usted sabe muy bien cómo es que estas Manchas han llegado hasta aquí. Su amigo Victorio, el que lo acompañaba esta tarde, tenía estas láminas guardadas en su chaqueta. Los soldados se las quitaron cuando armó el escándalo en la Ceremonia de Juramento. Estas láminas formaban parte de un código secreto de contrabando de armas que los seguidores de Allende mantenían para sí. Algunos militares que tenemos apostados en el norte me informaron hace algunas horas que El Pequeño Gigante, el Ministro de Educación, ha sido asesinado en uno de los lugares donde almacenaban esas armas, en Villa Rorschach. Necesito que cojas esta arma, y te encargues personalmente de matar a Jerusalén y todos los seguidores de esos comunistas de mierda. Tú
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querías matar a quien atentó contra tu padre, así que ésta es tu oportunidad. Cumple, y tendrás más opciones de regalías en este nuevo Gobierno. Ya no me gustaban las palabras de Pinochet. Toda aquella imagen que tenía de idealismo, de entereza por la patria y por el bien de la sociedad, se me borraban de la mente como nubes que se crean y desparecen en pocos minutos. Me sentía inútil en una sociedad militar que sólo buscaba la desaparición del enemigo a como diese lugar. Sin juicios dignos, sin defensas posibles. Y aunque todavía pienso por qué no quise llegar hasta las desérticas tierras del norte del país, y acabar con esa desquiciada de Jerusalén, sé que no sería ni la primera ni la última vez que me encontraría con ella. Es más, todavía pienso que me puedo encontrar con ella. Sólo puedo decir que, cuando salí de la oficina, mi mente seguía divagando entre lo que debía hacer y lo que no. Se dice que cuando uno piensa en muchas ideas entrecruzadas, aparece una que no tiene ninguna relación con las demás. Por eso apareció en mí la sensación de la ausencia de pene, y se me metió en la cabeza que yo no podía ser el único hombre incompleto del planeta. Así que tomé el arma, salí corriendo al pasillo del despacho, y agarré del cuello a uno de los soldados que estaba apostado en la puerta. Lo tenía muy firme del cuerpo, con una rabia y unos impulsos que me hacían sudar por todos los poros. Pinochet estaba asombrado, estaba quito, sin saber qué hacer. Yo sólo atiné a dar un grito muy fuerte. Al mismo tiempo que le propiné un fuerte disparo en la zona del pene al soldado: - ¡Salgan todos de mi cabeza! ¡No quiero saber nada de nadie! ¡Soy un hombre sin pene, y quiero que todos los hombres sepan qué se siente estar sin uno! El pobre soldado no resistió el balazo, y cayó muerto de inmediato al suelo. Yo casi no lo podía sostener, y lo solté. El piso del despacho se había llenado de sangre por todos lados. El otro soldado, que volvía de dejar a las mujeres de El Correo en la entrada de la Escuela, me agarró por detrás del cuello, y me quitó el arma. Yo me sentía muy mareado, y sólo sentí cuando otros soldados me agarraron
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de los brazos, y obedecieron la orden de sacarme del despacho cuanto antes. Sólo recuerdo que, cuando caminaba por la salida de la Escuela, con la cabeza algo agachada, todavía me parecía ver la lámina de la mariposa en la mesa de El General. Y la mariposa volaba, volaba muy alto, y me hacía libre, libre de toda culpa, libre de todo rencor.

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¿Quién se había atrevido a acabar con la colosal y majestuosa figura de Villa Rorschach: el lugar de los locos, los hombres relegados, los enfermos de la mente y las mujeres olvidadas? ¿Quién había sido capaz de acabar con más de 70 años de tradición del uso de las manchas para resucitar muertos, y terminar para siempre con una vida tan fabulosa y mágica como la de El Pequeño Gigante? Ni los más cercanos amigos del Ministro de Educación, ni su mujer y menos Victorio, que se había ganado su protección sólo a base de esfuerzo, ni el propio Pequeño Gigante podían imaginarse que su hijo, Robinson, estaba detrás de ese macabro asesinato. Un asesinato que nos tiene aquí, a la espera de un juicio que no tiene sentido. Todos sabemos las diferencias políticas que existen entre este Gobierno y el anterior. Muchos dicen que nosotros somos una mentira para el mundo. Nos traen aquí, nos mantienen detenidos por un par de meses, y después no sueltan; o nos llevan a los sitios de tortura; o nos hacen desaparecer como si nunca hubiésemos existido. Usted debe ser agradecido de no estar de aquí ni allá. Usted es un psicólogo, y los psicólogos, igual que los profesionales, tienen sus grados de respeto. A ustedes no los pueden tocar, a menos que se quieran pasar para algunos de los bandos y lo demuestren. Yo, en cambio, ya metí en uno. Aunque, después de todo lo que me he visto, estoy arrepentido. No es agradable tener que seguir órdenes para matar. Muchos creen que eso es algo simple; que llegas a un lugar y les dices a todos los hombres que se parapeten contra la muralla, que suban las manos a la cabeza y que se queden quietas, mientras tú los revisas de arriba abajo, para ver si tienen algún arma o si llevan alguna consigna socialista. A lo sumo, lo que encuentras es droga, porque te metes a los barrios marginales, donde se trafica y se consume a buen resguardo de la policía. La policía los protege para salvar su parte de las ganancias de la droga, y nosotros tenemos que llevarnos a los que tienen cara de sospechoso, que al final resultan ser unos tipos jóvenes, que sólo se han sentido llevados por la música sicodélica y de protesta, y que de rojos comunistas no tienen nada. Pero los torturamos igual, porque es lo único que nos queda por hacer. Algunos de mis compañeros matan porque tienen en sus venas el
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odio por los comunistas, o porque les cae mal alguna cara. Yo no soy así. Yo soy un militar con el sentido de la patria y de cuidar la vida de los patriotas. No me gusta matar por matar. Yo he estado en una guerra, una guerra de verdad, no un juego de niños, como el que tienen armado aquí. Ahí tú atacas porque sabes que el enemigo está armado. En cambio, aquí es distinto. ¿Cómo voy a dispararle a un muchacho de veinte años, que se ve tan flaco y desnutrido, incapaz de poder defenderse, y que podría ser mi hijo? Esa era la rabia que tenía en contra del hijo de El Pequeño Gigante. Porque él nunca comprobó si su padre en realidad almacenaba las armas en la Villa, y actuó sólo por rabia interna, por creer que su padre nunca lo había querido. Yo lo veía reírse con unas grandes carcajadas cuando, desde lejos, veía que todo se quemaba. Parecía disfrutar con la desaparición de las pequeñas casitas y los lugares de atención de enfermos. Él nunca pudo entender que no sólo estaba matando a su padre (que, en realidad, era su padrastro), sino que a muchas personas que albergaba la Villa. De cualquier forma, debo reconocer que, gracias a ese incendio –que consumió toda la Villa, y que, para muchos, todavía sigue fresco en la mente, por las manchas de Rorschach desplegadas en el humo visto desde lejos–, yo me acerqué a este extraño y diverso mundo de las Manchas. Todavía no tengo la certeza del porqué, pero algo me decía en mi interior que, en medio todo ese humo y fuego, yo debía entrar a la Villa, para buscar algo, algo de mucha importancia. Cuando quise entrar, el hijo de El Pequeño Gigante gritaba desde afuera que él no se responsabilizaba por mi muerte, y que yo debía ser obediente de la Fuerzas Armadas, y no aliarme con el enemigo. Yo no quería escuchar mucho, porque sabía que mis pensamientos no estaban equivocados. Afuera de la pieza donde después supe que estaba durmiendo El Pequeño Gigante estaba una caja que, hasta ese momento, no había sido tocada ni por la más mínima de las llamas. Me parecía muy extraño; ver un elemento que podría haberse consumido de inmediato, al estar hecho de cartón. Aunque no seguí pensando los motivos, y cogí la caja de inmediato. Después, corrí en dirección contraria al fuego,
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y salí por uno de los costados de la Villa, contrario a donde estaban mis autoridades. Robinson nunca se imaginó que a quien hierro mata, a hierro muere: El Hippie y su esposa, Malvina, lo matarían a pocos metros de la Villa, cuando estábamos regresando a la ciudad. Eso a mí me dejó perplejo, pero también me agradó. Nunca me ha gustado defender lo indefendible. Si Robinson había planeado una muerte, él también debía estar preparado para que su plan saliese en su contra. Nosotros, como comitiva de la milicia, sólo teníamos que hacer lo que debíamos hacer: tomar detenidos a El Hippie y su esposa, y llevarlos a una comisaría. Ellos habían prestado información confidencial que iba en apoyo del nuevo Gobierno. No podíamos torturarlos de inmediato, como a los detenidos cualquiera. El Hippie, cuando vio que yo tenía la pequeña caja, me dijo de inmediato que, en su interior, estaban las láminas de Las Manchas de Rorschach, capaces de revivir muertos, y con mucha fuerza interna. Por supuesto que él no me lo decía con la intensión de revivir a Robinson, que ya estaba bien muerto, sino que con el fin de que esa caja retornase a quien debía ser, por línea sucesiva de consanguineidad, el legítimo receptor: Victorio, bisnieto de El Pequeño Gigante. Él me dijo que, si yo había escuchado una voz interior que me decía entrar a la Villa para rescatarlas del fuego, yo estaba en la obligación de encontrar a Victorio, y entregárselas en sus propias manos. Ni yo ni ninguno de nosotros se enteró de que, a pocos metros, Jerusalén, la esposa de Victorio, lloraba la muerte de El Pequeño Gigante, por razones que nunca llegaron a esclarecerse, aunque muchos decían que ella era su amante, y, como toda viuda, se sentía llamada por la fuerza interna de este gran hombre. A nosotros, eso no nos interesaba, aunque tampoco nos tendría por qué interesar la búsqueda de un hombre que, a las luces de muchos, estaba vinculado de forma directa con el Socialismo, el cual debía ser perseguido en lugar de buscado.
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Pero ese fue el perfecto pretexto para emprender la búsqueda de Victorio: ocultaría el deseo de entregarle las Manchas con el de estar persiguiendo al enemigo. La ciudad esperaba, y debía darme prisa si deseaba encontrarlo aún con vida, ya que los informes indicaban que lo habían apresado. Ya había pasado una semana desde la toma de Poder por parte de las Fuerzas Armadas, y ahí recibí una llamada de uno de los soldados que nos habían colaborado en el incendio: Victorio, al parecer, seguía emparentado con las villas, ya que estaba detenido en las afueras de la ciudad, en un lugar llamado Villa Grimaldi. El lugar servía de reclusión para muchos detenidos que habían participado de forma directa en el Gobierno Socialista. Yo me encaminé hacia allá apenas supe de la noticia. Cuando llegué, había mucho resguardo militar por todos lados. Era evidente. Se decía que ahí estaban muchas cabecillas de las ideas de guerrilla interna que el Gobierno de Allende pretendía establecer. Como no conocía el lugar y tampoco tenía una orden oficial, mentí, y dije que venía de parte de un destacamento que necesitaba sacar de ese lugar a Victorio, para llevarlo a otro sitio de detención. Lo favorable fue que nadie sospechó de nada. Accedí al sitio donde estaba Victorio, y pude sacarlo hacia el exterior de las celdas. Él, poco antes de salir, me dijo algo en voz baja, algo que me pareció muy extraño: - Disculpe, yo sé a lo que usted viene, pero prefiero quedarme aquí. Si mi destino es desaparecer de este mundo, debo afrontarlo sin miedos. - No sea imbécil, usted se viene conmigo, y no hable más. – Le repliqué. - Pero antes, déjeme despedirme de Michelle… - ¿De Michelle? ¿Qué Michelle? - Michelle Bachelet, es una amiga de las fuerzas jóvenes de izquierda. - No tenemos mucho tiempo. Vaya pronto, y dígale que no tema. He sabido que su padre está influyendo para su liberación. Ella se ve una mujer fuerte, puede llegar a ser muchas cosas por el país en el futuro.
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Victorio era un hombre alto y delgado, con unos cabellos rubios y unos ojos celestes muy fuertes. Supe, por muchos de sus amigos, que, en su juventud, era muy apetecido por las mujeres. Aunque yo debo decir que, a pesar de sus cuarenta años, se veía joven. De hecho, la barba de algunos días que el apresamiento le había generado, no tenía canas, y lo hacía ver con un aspecto incluso aún más joven. Cuando estábamos a varios metros de Villa Grimaldi, le dije que todo era una mentira, y que él no debía acudir a ningún destacamento. Sólo le quise entregar la caja con las Manchas, y le dije que yo había estado presente en el momento de la muerte de El Pequeño Gigante. A mí me dio una punzada en el corazón, porque él no sabía de la muerte de su bisabuelo, y, al escuchar la noticia, se hincó en el suelo, y lloró igual que un niño. Él sabía que, de alguna forma, con la muerte de él, un gran ciclo de su vida desaparecía para siempre, y la protección que un día recibió se acababa de forma definitiva. En el suelo, y secándose un poco las lágrimas, miraba las láminas de las manchas con mucho detenimiento, las contemplaba como si fuesen parte del último respiro de El Pequeño Gigante. Lo único que le había quedado de recuerdo eran esas Manchas. Tal vez las sentía como una llamada del Más Allá de su bisabuelo, pero no eran suficientes para mitigar el dolor y la pérdida. Poco después de guardar las láminas en la caja, me consultó por Jerusalén y por su hijo, Rojo. Yo le dije la verdad: que no sabía dónde estaban. Aunque le dije lo que sospechaba, que podían estar en el norte, porque ahí había sido el último de los lugares donde los habían visto con vida. La otra posibilidad era que hubiesen arrancado del país, al conocer todo el quiebre político y la llegada de los militares. Todo podía ser. Nunca creí que Jerusalén se mantuviera en el país por más años, y que me la topase en una de las celdas de este reclusorio. No sé qué hará con su vida esa mujer, y tampoco sé cómo se va a acabar todo esto. Yo en realidad no me arrepiento de lo que hice, porque lo que hice salió de mi interior, de lo que soy yo en realidad, y no de lo que me imponía la Milicia. ¿Por qué tendría la necesidad de
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aumentar el dolor de toda una familia y de una gran historia de vida, con matar a Victorio o apresarlo? Yo no podía hacer eso, yo lo liberé y punto. Le dije que, en el mismo minuto que había dejado de llorar por la muerte de El Pequeño Gigante, él tenía la facultad de ir donde quisiera, de escapar, de irse en contra de los militares, de andar en la clandestinidad. Yo no tenía moral para apresarlo. Caminamos un buen rato, antes de despedirnos. Íbamos a rostro descubierto, y yo pienso que ese fue el motivo por el que se dieron cuenta de mi mentira. Aunque me parece muy extraño que, después de dos años, esto haya salido a la luz. Y me parece muy extraño que los militares armen este juicio como si todos hubiésemos cometido pecados. Aquí todos hemos matado a alguien, pero muchas de esas personas estaban desquiciadas, o no tenían mayor importancia para la sociedad. ¿A quién le puede importar la muerte de un hombre que dice palabras estúpidas, y que se hace llamar El Académico de la Lengua? A mí tal vez me pueden tener aquí por traición a la Bandera, pero no por matar a nadie. Yo sólo maté en mis tiempos de guerra, no en estas guerras falsas. Lo único que siento de haber liberado a Victorio es lo que él hizo después. Porque él no tenía ningún derecho de atentar contra un niño que deseaba conocer el mundo a través de la educación. Si él tenía rabia por la vida que la había tocado tener, esa rabia debía ser descargada en otras personas, no en un niño pequeño. Aunque, si fue capaz de matar a su madre, qué más se puede se puede esperar de esa situación, era algo pequeño. Yo, por supuesto, no quiero hablar de eso, no en detalle, por lo menos. Se lo comento para que sepa que tengo rabia por eso, porque yo lo ayudé a escapar de la represión, y él escogió caminos equivocados. Quiero confesarle algo, eso sí. Uno de estos días él vino a conversar conmigo a la celda. Me saludó, me abrazó y hasta se le soltaron unas lágrimas. Recordó que yo lo había ayudado a salir de la prisión. Me anunció que no pretendía seguir entre rejas, y que estaba pensando escapar con El Bautista y con El Hippie, y mantener la lucha opositora desde la clandestinidad. Yo, por supuesto, le dije que eso era muy peligroso, y que podía darse por muerto desde ya, porque si yo estaba
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ahí, como militar por una desobediencia, a él le esperaba el ajusticiamiento directo, a base de tortura y golpes. Las Fuerzas Armadas no trepidan ni trepidarían en matar a quien fuese, por luchar en contra del enemigo. Es por eso que presiento que este juicio terminará antes de tiempo. Además, Victorio ahora no está solo; tiene aliados, y hay algunas personas que desean verlo libro, al igual que a El Bautista y a El Hippie. Sólo temo que su vida se acabe pronto. Él es una persona que tiene una mente muy grande, y podría entregar mucho a este mundo. Tiene una esposa y un hijo. Ellos no están muy cercanos a él, pero son su familia. Él debiera pensar en los demás, y no sólo en él mismo y su lucha socialista. Eso yo se lo dije, aunque no sé si me haga caso. Lo maravilloso de todo esto es que él todavía anda con las láminas de las Manchas para todos lados. Dice que son sus baluartes y sus protectoras. Dicen que ahí está viva la chispa de la vida de El Pequeño Gigante, y que por ningún motivo, se separará de ellas. A lo mejor por eso me pidió un favor esa vez que nos vimos. Porque es tal su nivel de convencimiento de que él se escapará del reclusorio que, aunque aquellas personas que ama no lo sigan –y, con esto me refiero a Jerusalén y su hijo Rojo–, él deseaba legar parte de sus ancestros a las nuevas generaciones. Por eso, cuando me dijo, con un poco de emoción en la garganta: - Si yo no regreso nunca más, cualquiera sean las circunstancias, por favor, entréguele esta Mancha de la Mariposa a Rojo cuando tenga una edad suficiente para entender lo que es la vida. Dígale que su padre fue un hombre que luchó por conseguir lo que quería, fue una persona del pueblo, y que buscó lo mejor para el pueblo. Dígale que esa Mariposa me representa como un hombre libre, que no sabe de límites y que vuela hasta lo desconocido. Mis ojos también se emocionaron, y lo abracé muy fuerte, como el hijo que nunca tuve. Y, en realidad, no quiero saber qué pasará con él. No quiero verlo
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muerto. No quiero que busque esa lucha tan fuerte. No quiero ver desaparecer su propia lámina de la Mariposa delante de la mirada del mundo. Disculpe. Me emociono.

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EL CORREO DE LAS BRUJAS

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Estimado Señor Dante del Solar Psicólogo Forense Presente: Conforme lo establece nuestro conducto regular, nos dirigimos a usted para exponer nuestra parte del caso “Las Manchas de Rorschach”, a través de esta carta escrita de puño y letra de nuestra secretaria. Le aclaramos de inmediato que no hemos deseado acudir a su sala de psicología, porque, después de viajar a la ciudad, hace dos años, y conocer su agitada forma de vivir, hemos decidido no salir nunca más de nuestros aposentos de las islas sureñas, y responder por escrito. También le aclaramos que tendrá que enviarnos, por correo convenido, el valor de las estampillas, porque nos han costado muy caras, y no es de nosotras estar enviando cartas más allá de las solicitadas para los brebajes y soluciones. El primer punto que queremos rectificar –porque andan muchos rumores sobre lo que somos y lo que no somos dando vueltas– es que nosotras somos una institución seria y eficiente. Si hemos dicho que vimos nacer a El Bautista de una forma, es porque es así. Si le recomendamos seguir una acción a la madre de El Eunuco, y el nació sin pene, fue por culpa de la mala aplicación del brebaje. No somos el reflejo de todo lo malo que pasa en esta historia tan llena de marañas y de acciones que ni nosotras nos hubiésemos imaginado. Victorio, que ya anda dando vueltas por los más recónditos y escondidos lugares de este país, y que no informaremos los lugares específicos, porque no es nuestro trabajo, nunca se acercó a nosotras, y sólo supimos de él por medio de los comentarios de nuestro ex colaborador, El Eunuco, que nos habló de él cuando le mostramos el sufrimiento del flagelo de la crucifixión aplicado a su padrastro; y de todo lo que surgió después del Golpe de Estado. El segundo punto se trata de lo último del anterior: el Golpe de Estado. Nosotras no nos hacemos cargo de ninguna forma de la propuesta que le hicimos a
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El General Pinochet para aplicar su Operación de término del Gobierno Socialista. Nuestras propuestas de soluciones son sólo propuestas, y quienes las aplican son los “culpables” de que sucedan o no sucedan. A nosotras no se nos hace firmar ningún contrato ni nada que nos comprometa, aunque, después de la situación vivida, hemos acordado crear una nueva modalidad de las entregas de los brebajes y las soluciones míticas, con la entrada en vigor del Formulario N° 1, de Solicitud de Soluciones, que era una propuesta que recibimos por parte de la Tesorería de la República, y que nos otorgará la devolución de impuestos una vez al año, algo muy útil para los tiempos de pobreza, que siempre llegan cuando menos se piensa. En nuestra conversación con El General, sólo recibimos respuestas evidentes, que nos dejaron para nada conformes. ¿Cómo nosotras íbamos a pretender que él permitiese que un Presidente se matara dentro de su propio Palacio de Gobierno? Eso no estaba en nuestras mentes ni en la de ninguno de los que conocíamos el plan de la Operación. Hay que decir que, tal vez, ni el propio General llegó a pensar en este asunto, pero ocurrió bajo su mando, así que sólo a él le competen las responsabilidades. Además, nunca se nos podría haber imaginado que actuaría con tanto desprecio hacia El Eunuco sólo porque le dio un disparo en el pene a uno de sus militares, que ni siquiera murió, y que pudo superar las heridas en sus partes íntimas; El Eunuco era un hombre sin pene, y estaba muy confundido por todo lo que le estaba pasando, por lo que terminó descargando su tensión en lo que no tenía. Menos mal que hemos sabido, por carta, que se encuentra tranquilo en la prisión. Él no debiera estar ahí, y, sí, otros. No queremos hablar mucho del tema que siguió al Golpe. Es un tema peliagudo, y del que tampoco nos compete opinar demasiado. Pero todo el mundo sabe que hay muchos más muertos después de ese día que durante el mismo. La idea de la Milicia, de ver en un comunista o un seguidor de las ideas del Gobierno de El Doctor Allende un potencial peligro civil, no es compartida por nosotras. Creemos en la libre expresión, y consideramos que existen métodos mucho más acertados para disminuir esa supuesta peligrosidad social y de ideas. Usted sabe
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muy bien que los hombres y mujeres que están detrás de las rejas por este caso de las Manchas están ahí porque un militar está involucrado. ¿Qué pasaría si nuestras cartas salieran al mundo, y contasen que los juicios militares siguen existiendo en desmedro de los juicios civiles? ¿Quién de todos esos hombres y mujeres que fueron eliminados con la rapidez de un balazo también merecían un juicio como corresponde, con derechos, defensa y deberes? Todos. Es nuestra opinión, pero consideramos que todos. En cambio, el Chile de hoy es un Chile que está jodido si piensa diferente. A ellos, que han llegado a las puertas de nuestra casa para pedir alojamiento y el favor de ocultarlos –y usted sabe muy bien que con ellos nos referimos a los perseguidos políticos–, porque saben que nuestro lugar es tan alejado, que pocos militares se les ocurriría llegar hasta acá, les hemos tenido que negar la ayuda; aunque, a cambio de eso, le hemos indicado los lugares específicos donde pueden ocultarse y salvaguardar sus vidas. Si Allende ya está muerto, es como si un padre muriera sin descendencia: él no dejó un legado directo, y, si existen seguidores subversivos, es porque las ideas siguen existiendo. Para ellos, en caso de que el peligro sea muy inminente, creemos en los juicios civiles, nunca en la muerte. Lo repetimos con fuerza: Nunca en la muerte. El tercer y último tema sí se relaciona con nosotras, por eso nos extenderemos más, y sí nos haremos responsables de lo que pasó y de lo que pase con ellas: las láminas de las Manchas. Esas láminas nunca fueron regaladas, sino que fueron robadas. El Pequeño Gigante no siempre fue un hombre respetable y responsable. Su juventud estuvo llena de excesos, a pesar de los tiempos tranquilos que les tocó vivir. Aunque, tal vez, eso le sirvió para causar estragos donde no los había. Sabemos que tuvo un hijo natural, y que, sólo cuando ya había sentado cabeza, a los 50 años, recién se preocupó de buscar a sus hijos perdidos, de los que no encontró a ninguno más que a la tercera generación, encarnada en Victorio. Nosotras conocimos a El Pequeño Gigante cuando tenía cortos 20 años, y se las daba de joven intranquilo por conocer todo lo que estaba a su alrededor. Él llegó hasta nuestra casa, y dijo estar muy interesado en todo lo que en ella había.
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Le mostramos las láminas que un forastero nos había regalado en agradecimiento al cumplimiento de un brebaje, y él se mostró muy asombrado con ellas, y nos hacía muchas preguntas de ellas. Nosotras no somos conocedoras de las aplicaciones psicológicas de las manchas, así que le dijimos lo que el forastero nos había dicho: que las manchas tenían dentro de sí un gran poder, y que había servido hasta para resucitar muertos, aunque le aclaramos de inmediato que nunca lo habíamos comprobado. Quizás eso le quedó dando vueltas en la cabeza, y eso hizo que, en la misma noche que nos pidió alojamiento, se encargase de sacar las manchas de nuestra alcoba, y se las llevase para siempre. Años después nos enteramos de que el hombre había usado las manchas para despertar a muchas personas de la mismísima muerte, y que se le aparecía la imagen de las vírgenes y las santas por cualquier lugar donde anduviese. Nosotras pensamos que él se enteró de las verdaderas finalidades de las manchas, que son aplicadas en las selecciones de profesionales hace muchas décadas en Europa, y, como se había transformado en colaborador ministerial, quiso darle un nuevo giro a esas manchas, y movió todas las herramientas para que así fuese. No estamos en contra de que él haya llegado a todo esto. Es más, el día que nos enteramos de su muerte, lloramos con mucha amargura, porque creemos que él, dentro de todo, era un hombre astuto, que sabía para dónde iba, y supo resolver sus cabos sueltos a tiempo. Fue un gran apoyo para la casta de Victorio, y, con su desaparición, sentimos que ellos se quedaron huachos de padre, de abuelo y de bisabuelo. Su hijo se merecía ser asesinado, porque nadie puede ser tan perro como para matar a su propio padre sólo por sentirse relegado, cuando, gracias a él, pudo conseguir su puesto de militar, sin la necesidad de trabajarle un día a nadie. Eso se llama ser desagradecido aquí y en todas partes. No queremos terminar esta carta sin dejar de decir lo enojadas que estamos por el clima de inseguridad que se vive en el país. Nosotras pensábamos que ese Señor General, que apareció con gran pompa y resolución en nuestra casa, hace cinco años, iba a aplicar una acción ejemplar en su nuevo gobierno. Nosotras le
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dijimos que acudiese a los lugares precisos, en los momentos precisos. Nosotras somos unas brujas viejas, que nos sabemos mover por este mundo y por el otro. Así que sabemos de lo que hablamos, y sabemos a lo que vamos. Pero ese hombre pretende que con disparar a mansalva puede solucionarlo todo. Él piensa que las persecuciones y las torturas no se escuchan en ninguna parte, cuando las aplica en sitios alejados de la civilización. Y ese es su principal error. Porque desde donde quiera que esos hombres y mujeres estén dando gritos de dolor, y luchando por sobrevivir, hay ojos que miran desde lejos, y que tienen la voluntad de expresar al mundo lo que ocurre en las alejadas tierras del sur. Victorio, que hoy camina por el sendero de la clandestinidad, después de haberse escapado del reclusorio es sólo un mínimo ejemplo de lo que muchos otros están emprendiendo día a día. Ellos llevan una pesada mochila tras sus espaldas. Ellos han dejado sus casas y sus familias, para continuar con las ideas que consideran justas, mientras otros, los dueños del Poder, se esmeran en acallar sus bocas y liquidarlos a como dé lugar. Es por eso que nosotras nos negamos definitivamente a dar datos específicos. Dígales a los militares que lo contrataron que, si quieren asesinarnos por complicidad, que ellos saben muy bien dónde estamos, y que nuestros pechos están listos para recibir los balazos más fuertes y poderosos. Pero dígales también que, si no matan, también matarán a todos los que nos siguen en el mundo, y ese mundo se volcará con toda su rabia y todo su enojo hasta estas tierras, y les pedirá de inmediato que dejen sus cargos, y que devuelvan lo que han tomado prestado. El Correo de las Brujas es una institución con más de trescientos años de vida. Tenemos en nuestras venas la experiencia que a muchos les hace falta. A nosotras nadie nos viene a contar cuentos. Sabemos cada uno de los pasos que esos soldados tienen en mente, aunque lamentamos no poder detenerlos, porque no tenemos todo lo necesario para hacerlo. De lo que estamos seguras es que nosotras no somos las únicas que tenemos estos pensamientos. Muchos otros también empiezan a darse cuenta de que El Salvador de Chile, como le dicen algunos a El
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General Pinochet, no está asumiendo un rol de libertad y democracia. Esos otros, que hoy no tienen voz, mañana la tendrán, y el doble de lo que ellos se imaginan. De eso estamos seguras. Y justificamos a Victorio, porque, aunque él haya intentado matar a su madre y tenga ideas revolucionarias, él nunca se ha comportado como un cobarde, que dispara a sabiendas de que el supuesto enemigo está desarmado, como lo hacen los soldados de este Gobierno, que nos sacó de las brazas, y nos lanzó a las mismísimas llamas. Esperamos que Victorio siga huyendo, que huya lejos, y que no lo pillen. Y, si queda como un Detenido Desaparecido, sus familiares tendrán que luchar por esclarecer su paradero. Dicho todo esto, nos despedimos, Con atención, El Correo de las Brujas. Sur de Chile. Mayo de 1975. P. D.: las láminas de las Manchas de Rorschach deben permanecer con Victorio. Hace mucho tiempo que nosotras nos hicimos la idea de que las perdimos para siempre.

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EL TELEVIDENTE

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El mismo día en que mi padre –y señor mío– vio que la clientela de su afamado bar “La Parroquia”(donde también hay “misas de noche”) se le estaba yendo como agua entre los dedos a los bares de la competencia, yo me fijé en las nuevas tecnologías que se estaban creando en el mundo, y le dije, a pesar de mis cortos quince años, con una voz muy fuerte y clara: “Padre, tienes que sacar todos los ahorros del banco, y comprar un televisor ahora mismo”. Así comenzaron los diez años de gloria más grandes que mi familia se hubiese imaginado, porque gracias a esa cajita donde se transmiten las mayores barbaridades y alegrías del mundo, rentabilizamos la empresa, y salimos a flote de una posible quiebra. Esos años no sólo fueron buenos para conseguir logros financieros, sino que también para disfrutar con los clientes la magia de un Mundial de Fútbol; ver los recientes programas de entretención; mirar el preciso momento en que el hombre llegaba por primera vez a La Luna; enterarnos de los cambios educativos y de la sociedad; y disfrutar de mundos desconocidos para muchos. Todo, en vivo y en directo, con la velocidad de la luz. Pero, dentro de todo lo que vi, y que me dejó de lo más impactado fue la potencia y el vigor de las ideas políticas que se mostraban. Me gustaba mucho ver a nuestros dirigentes, académicos, ministros y asesores conversar por las pantallas. Y así fue como vi por primera vez a Victorio, en una entrevista que le hicieron en un programa de ideas sociales. Él hablaba con mucha alegría y disposición acerca de las nuevas modalidades que la Universidad había decidido aplicar para la selección de los profesores. Yo lo veía a él como un hombre de esfuerzo, que se había venido del campo a triunfar a la congestionada ciudad. Mi padre también se interesó mucho en él, y en el futuro ministro, El Pequeño Gigante, y a los dos los convidamos a una invitación al bar. Cuando llegó el día de la cena especial, nunca nos imaginamos que habría tanto reportero y tanto micrófono en la puerta de nuestro local. Yo pienso que también era porque se trataba de 1969, y Victorio y El Pequeño Gigante estaban de lleno en la campaña presidencial de El Doctor Allende. Nosotros sabíamos esto, aunque no se nos pasó por la mente que habría todo ese aparataje televisivo, con
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cámaras por todos lados. Eso me serviría para conocer, de a poco, cómo estaba hecho y de qué forma se creaba la expectación por atraer a las masas y al público en general. Victorio y El Pequeño Gigante se bajaron de un auto muy moderno, saludaron a todos lados, y hablaron con mucho desplante ante las cámaras. La transmisión se estaba viendo el mismo tiempo al interior del bar, y todos se sentían un poco protagonistas de la historia. Es que no todos los días se recibe a figuras de tanta importancia, y con tanto alboroto. Yo estaba entre la puerta de entrada y la calle, y podía ver cómo, además de los clientes, afuera, los vecinos del barrio habían salido a mirar qué pasaba. Jamás se me pasó por la mente que esa invitación que había sido gestada por mi padre en una reunión de amigos se convertiría en un antes y un después para mí. Yo, hasta ese día, era un joven de 22 años muy apegado a la ayuda del local, muy dedicado a estar dentro de mi pequeño mundo, mi familia y nada más. Pero, cuando Victorio y El Pequeño Gigante hablaron de su proyecto social, y nos invitaron a participar, yo me sentí tocado por sus palabras, sentí que la idea del Socialismo no era una idea descabellada, y que, si en el mundo se estaban aplicando Gobiernos parecidos, en Chile también era muy posible conseguir logros y un apoyo del pueblo. Mi padre nunca estuvo de acuerdo con esas ideas políticas. Debo ser sincero y decírselo. Es más, después de saber que yo me enrolaría en las Juventudes Comunistas, se arrepintió de haber invitado a Virgilio. Aunque yo quise seguir la invitación de todas formas, y actué porque sabía que era lo que más deseaba. El día en que el Parlamento declaró como Presidente a El Doctor, en el comando, saltamos de alegría. Era la primera vez en el mundo que un socialista accedía al Poder con el apoyo democrático. Casi pensamos que perderíamos, pero ganamos, y eso anunciaba un nuevo horizonte para el país. Nuestras ideas por fin podrían desarrollarse con total libertad. Virgilio y El Pequeño Gigante estaban a mi lado, y yo me sentí parte de una gran revolución. Lo más emocionante de todo fue
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seguir la orden de El Pe queño Gigante: la de encargarme de la gestión operativa del Departamento de Prensa del Ministerio de Educación. Así cumplía mis deseos de doble manera: participaba en el Socialismo, y recorría el país mostrando los usos de la televisión dentro de las escuelas y los liceos de muchas ciudades. Era impresionante llegar a pueblos perdidos, y anunciar que el colegio se había hecho ganador de un televisor que se pondría en una sala especial para que los alumnos pudiesen ver cada día algún programa educativo. Los alumnos estaban muy maravillados con la situación, y todavía recuerdo cuando llegamos a un pueblo muy pobre, y quisimos causar un alto impacto en la población al poner un gran televisor en la plaza. Quisimos darle un tono muy especial al momento, y nos convertimos en auténticos mercaderes viajeros, cuando anunciamos la llegada del nuevo y moderno aparato: - Señoras y señores, ustedes creen haberlo visto todo en su vida, pero no es así. Porque hemos traído para el asombro de todos la octava maravilla del mundo. Una caja que nos permite contener el mar en unos cuantos metros. Una caja que nos muestra la vida de hombres y mujeres de lugares al otro lado del mundo. Una caja que les mostrará todo lo que deseen ver. Con ustedes, la televisión. Los rostros de los lugareños se abrieron de par en par al ver esa caja grande. No sabían muy bien lo que era, y algunos se acercaban a tocarla con miedo. La tocaban un poco, y se devolvían a su lugar. Hubo algunos que se sintieron muy nerviosos, y que pensaron que la televisión era un invento de los infiernos, sobre todo cuando uno de ellos dijo: - ¡Ay de ustedes que se atrevan a seguir lo que dice ese hombre, porque esa es una Caja de Pandoras y resumidero del Diablo! ¡Esa caja trae muchos males a quienes la siguen con fervor; esa caja pretende hipnotizarlos con sus mentiras y barbaridades! ¡Tengan cuidado, hermanos míos!
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Lo cierto es que ni en ese pueblo ni en ninguno de los que repetimos la hazaña causó gran impacto esa advertencia. En todos, las personas estaban muy interesadas, y se quedaban horas viendo los programas que aparecían en la televisión. Ellos se reían, lloraban y estaban muy contentos. Primero se acercaban a la pantalla con curiosidad y miedo, pero, después de comprobar que no era un aparato malicioso, se quedaban muy a gusto. Todo podría haber seguido como estaba, porque la educación era algo que me gustaba mucho, y era con lo que yo me sentía identificado. Todo, hasta que apareció el hombre de la televisión, que, con su amplio poder comunicativo, llegaría a la mitad de la publicidad de uno de los programas más vistos por la audiencia, para apuntar con el dedo y llegar a quien los quisiera con su potente anuncio: - Usted, que pasa sus días pensando en lo que quiere ser, ¿en verdad se siente contento con lo que hace? Si no es así, yo le tengo la solución: la Escuela de Periodismo Universitaria comienza su primer curso en Chile, y lo necesitamos a usted, que siempre deseó ser un hombre de las comunicaciones. Lea los teléfonos de contacto de la pantalla, y cambie su vida y la de las noticias del país. Si quería llegar a la televisión con algo grande y algo importante, debía tener la experiencia y la enseñanza del medio periodístico, y la única manera era estar dentro de él de forma directa. Por lo tanto, me despedí de manos de todos los asistentes del último pueblo que visité, y les anuncié que mi destino ahora estaría no delante de una pantalla, sino que adentro de ésta. Luego de formarme como periodista, estuve dos años recorriendo el país en búsqueda de las noticias de miles de personas que vivían en la incertidumbre, la pobreza y la miseria. Pero la prueba de fuego se viviría el día en que nuestro jefe nos encomendara acudir al bombardeo de Palacio, el Día del Golpe de Estado. ¿Cómo podría estar presente en el fin de un Gobierno que me había entregado un año de felicidad y de experiencias de vida, y que me había dado la fuerza para
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entrar a la televisión? Estaba en contra de mis principios, y por eso me negué, le dije a mi superior que no podía estar ahí, presenciando cómo se acababa con años de lucha por conseguir el apoyo social; y, de la misma forma que un día había abandonado mi trabajo de asesor educativo, dejé mi traje de periodista, y me dirigí hacia Palacio. Cuando me subí a uno de los autobuses que se dirigían al centro de la ciudad, y vi que el conductor se detuvo al escuchar el ruido de las bombas, y vi los rostros arrugados de los viejos hombres que no querían salir de su interior, por miedo a ser presa de la muerte. Me parecía una inconsecuencia que esos hombres se resignasen a la desaparición de un Gobierno sólo porque las armas lo imponían. Les grité desde muy dentro de mis fuerzas que saliesen y defendieran su pueblo, pero ellos no quisieron. Ahí supe que yo no podía quedarme fuera, y corrí en dirección a Palacio con toda rapidez. Las confusas calles de la ciudad eran confusas porque el mundo estaba confuso. Ese mundo no tenía orden ni pies ni cabeza. Todo era un campo de guerra donde se luchaba contra un enemigo deficiente y que estaba al borde de perder. Yo me subí al carro de ese débil enemigo, el carro de El Doctor Allende, y fui apresado. Todavía tengo fija en la memoria cómo una cámara de televisión me filmaba desde lejos. Pude distinguirla porque yo sabía los métodos de ocultar las cámaras entre los arbustos. Era irrisorio saber que aparecía dentro de la pantalla siendo parte de la noticia. Aunque, para mí, parecía irrisorio. Para mi padre, que me veía desde el bar –que había preferido cerrar, por miedo a ser presa de los militares–, un escalofríos le corría por todo el cuerpo. Dos días después, luego de terminada la irrupción militar, me toparía con Victorio por última vez. Estábamos en un reclusorio del que nunca tuve certeza de su nombre, aunque algunos detenidos le llamaban Villa Grimaldi. A Victorio lo habían sometido a dos sesiones de tortura. En la primera, lo desnudaron completo, y le pusieron corriente en los testículos. Después le dieron un par de latigazos. Él
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aguantaba mucho; su temple era admirable, era un hombre de mucha fuerza; siempre me daba fuerzas cuando estábamos dentro, a pesar de que yo sentía que él las necesitaba mucho más que yo. El día que un militar encubierto lo sacó del reclusorio, me dio el aviso, y me aseguró que buscaría todos los medios para que yo también saliese de ahí. Supe que un segundo militar, amigo del primero, fue quien hizo las gestiones para liberarme. Ellos son hombres de valor y de coraje, que no sintieron miedo de actuar por sus ideales y no por lo que dictaba la milicia. A veces pienso que ellos están aquí, encerrados como todos los que estamos involucrados en este asunto por causa de esas manchas que a todos se les metió en la cabeza como si fuesen parte de sus vidas. Esas manchas trastornaron sus mentes, y nunca cumplieron con las reformas que la Educación necesitaba. Yo nunca las había visto antes, y valoro mucho que El Pequeño Gigante y Victorio tengan a las manchas como un referente de vida. Pero seguirlas con tanto fervor los perjudicó, y mucho. Victorio se escapó anoche. Y se escapó con las manchas. Lo sé porque nadie las ha encontrado. Se dice incluso que cruzó la cordillera, y anda por la Argentina. Cuando me dijo que se escaparía, pensé que era una broma, pero estaba equivocado. No sé si yo pueda hacer lo mismo. Ya no tengo fuerzas. Me siento cansado y con desánimo. Siento que las luces de la televisión se apagan cada segundo para mí, y, cuando eso sucede, me siento en el banco de la celda, agachó la cabeza y cierro los ojos, para recordar los rostros de alegría de las personas de aquellos pueblos a las que un día les llevamos alegría y novedad; y me imagino siendo el anfitrión de un programa de televisión, y haciéndolos reír con cientos de concurso y premios. Pero, en verdad, yo no puedo reír, porque, al mismo tiempo, recuerdo a mi padre y veo mi triste realidad, y, en ese mismo banco solitario de la celda, lloro. Lloro mucho.

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EL GREGORIANO

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Dios padre, que en su misericordia hace que cada una de las lucecitas de las casas de los seres humanos brille hasta el último segundo de energía, me tenía preparada una gran sorpresa el día que conocí a Victorio, porque no quiso le conociera de una forma cualquiera, sino que se presentara a unos cuantos metros de la puerta de entrada de la Iglesia, como me lo había anunciado la noche anterior la Divina Providencia, cuando, de sopetón, me despertó a la mitad de la noche, y me dijo “Levántate de donde estás, mal hombre, que mañana tienes que vestir el traje de gregoriano que siempre has querido tener, para recibir, en pocas horas más, a aquel que necesita ayuda”, por lo cual me levanté de inmediato, aunque sin darme cuenta de que estaba en un camarote, y me caí desnudo guarda abajo. Fue así como, ya más repuesto, durante la mañana, acudí a la investidura de sacerdote principal del pueblo, y ahí estaba, al lado mío, mi hermano, El Pequeño Gigante, quien me mostró el traje de gregoriano mayor que brillaba como la luz del Señor en las tinieblas; y yo lo cogí, y ya supe que era mío, y que él y yo estaríamos unidos hasta el fin de mi vida. Pero el Señor, después de premiar a sus hijos, no les da un camino lleno de alegría y de libertades. Él me tenía la gran responsabilidad de buscar y encontrar al nieto perdido de mi hermano, quien había obedecido las órdenes establecidas por la Ley Terrenal, y le había entregado diez mil pesos al obispo de la ciudad, para que, con la mayor diligencia posible, me hiciese Sacerdote Mayor Gregoriano. Por lo tanto, yo, después de enterarme de que Eva Luna Sánchez Carril era la madre de Victorio, y de escuchar el grito de dolor que la mujer dio cuando éste le enterró el cuchillo, quise correr, muy escondido, detrás de él, para encontrármelo en las cercanías de la Iglesia, para así darle una sorpresa a El Pequeño Gigante, y no sólo decirle que su nieta estaba en el pueblo, sino que también su nieto. Todo hubiese sido de la forma que yo creí, hasta que Victorio me terminó confesando que había matado a su propia madre, por lo que la segunda orden que mi hermano me había encomendado, la de enviar a su nieta a la ciudad, para darle todo lo que un día no le dio, tenía que aplicarse, con justa medida y descendencia,
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en su bisnieto, quien, luego de confesar su crimen –y, de paso, darse cuenta de que una buena hermana me acompañaba esa noche– se vio en la obligación de salir del pueblo, un poco azuzado por mis palabras. Tengo que afirmar que, después de obedecer la orden, guardé el silencio más absoluto, y no dije el paradero de Victorio a su madre porque sabía de su descontrol mental, y de la rabia que tenía guardada para con él, y con los jóvenes del pueblo, a quienes tuve que enterrar con el pesar de mi alma, al mismo tiempo, en el funeral más triste que el pueblo tenga recuerdo. Eran diez muchachos que tenían toda una vida por delante, y que se vieron envueltos en las garras de Eva Luna, sólo por satisfacer el deseo sexual de sus cortas edades. En mi calidad de religioso gregoriano no me quedaba otra más que rezar por la paz de los muchachos fallecidos, sobre todo cuando se supo que Eva Luna había arrancado a las desérticas tierras del norte, a pesar de que una de las madres la persiguió, sólo para encontrar su propia muerte. Pero el clamor era tan grande y tan poderoso, y las madres lloraban tanto a sus hijos que yo tuve que sacarme las cadenas de la religiosidad, y utilizar lo que un día El Pequeño Gigante me había anunciado: el poder resucitador de las Manchas de Rorschach. Si ya las había utilizado con Victorio y con Eva Luna para saber si ellos respondían a las preguntas de la misma forma que se me había anunciado, las afirmaciones de mi hermano no debían ser falsas. Por lo que puse en práctica de inmediato el método que a muchos los dejó inquietos y a otros extrañados. Les pedí uno por uno que abriesen los ataúdes, y, con la lámina de la mancha de la mariposa por sobre todos, grité con mucha fuerza: - ¡Oh, Señor, mi Dios, por la sangre con la que tu Hijo salvó la perdición de este mundo, le ordenó a todos estos muchacho que, si me escuchan, se levanten de esos ataúdes, y me digan qué ven en estas mancha! Y aquí tengo que confesarle mi más grande error. Porque no sólo obedecí el clamor de unas madres en apuros, sino que me atreví a desafiar las acciones del Creador, al solicitarle, mediante unos elementos que no tienen ninguna relación
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con sus instrumentos de salvación, que esos muchacho despertaran de la mismísima muerte, cuando todos sabemos que a Nuestro Señor Jesucristo le costó tres días superarla. Por lo tanto, yo les dije a las mujeres que se dejaran de pedir lo imposible y que se resignasen a la muerte de sus vástagos. Lo que siguió después fue aún peor. Fue el tiempo de mi enjuiciamiento en la Tierra. Porque en los pueblos pequeños todo se conoce y todo se sabe. Y no faltó quien fuese con la mayor rapidez a contarle de mi actuar al Arzobispo encargado de la diócesis, y él, al enterarse punto por punto de lo que había pasado, me citó en sólo dos días a comparecer ante el Tribunal Eclesiástico. El Arzobispo deseaba conocer cuál había sido el motivo de llamar al nombre de Dios sin el debido respeto, y con el uso de las manchas. Yo les hablé con la verdad, pero el castigo fue drástico: ellos me pidieron dejar mi cargo de sacerdote. Ellos decían que había llegado al atrevimiento y al sacrilegio máximo con el intento de resurrección. Uno de ellos se acercó a mí, y me rasgó el traje de gregoriano de lado a lado, dejándome por completo desnudo. En realidad, yo ya daba todo por perdido. Hasta que apareció, con la pompa que lo caracteriza, El Pequeño Gigante. Y no venía solo, venía con Su Eminencia. Él había sido llamado por la imagen de la Virgen de La Tirana desde esa ciudad lejana, cuando andaba en uno de sus viajes, y supo llegar hasta el lugar de mi suplicio lo antes posible. El Arzobispo había olvidado que yo pertenecía a la casta de una familia con influencia y poder, y, al momento de mirar a Su Eminencia, se arrodilló a su pies y se los besó por exactos dos minutos. El Pequeño Gigante le explicó a El Arzobispo que él me había dicho lo de las manchas, y le exigió que no llegase al extremo de quitarme las vestiduras de gregoriano por el solo hecho de haber contravenido las leyes religiosas. Su Eminencia también puso su grano de arena, aunque todo lo pudo más un hombre que venía con ellos y que, como lo ordenaba el Libro Sagrado, le entregó los diezmos de un millón de pesos a través de un maletín lleno de billetes, a cambio de silencio y obediencia, a lo cual El Arzobispo no pudo resistirse, ya que la voz de
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Dios había dicho que la Iglesia estaba para recibir toda la ayuda posible de sus hijos. Desde ese momento, no todo sería miel sobre hojuelas para mí. Porque, como era su costumbre, mi hermano no salvaba gratis, y me exigió mantenerme en el pueblo, e informarle de todo lo que sucedía en él. Él pensaba que, tarde o temprano, su nieta aparecería, porque ya se había enterado que había sobrevivido al intento de asesinato propinado por Victorio. Aunque eso no fue necesario, porque la mujer se quedó en Villa Rorschach, y mi hermano la pudo controlar ahí. Yo no debiera decirle todo esto, porque se trata de mi propio hermano, pero él ya está muerto, así que tengo la facilidad de decirlo. Mi hermano era el poder en las sombras de muchas cosas. Él tenía potestad por sobre colegios, hospitales, centros de servicios. Él era como una mano grande que llegaba a cualquiera de estos sitios, o se comunicaba a cualquiera de estos sitios, y su voz era un mandato divino. Muchos acudían a él para solicitar una cama, un acceso a un colegio importante, una atención especializada. Eso aumentó más cuando llegó a ser Ministro. Yo pienso que ahí él tenía el triple de poder. Por eso pudo implementar sus apreciadas manchas en la Educación y su sistema de elección de los profesores. Victorio tenía que estar ahí porque se había convertido en su máximo colaborador y porque también era sangre de su sangre. A mí eso nunca me gustó. Nunca le pedí algo a cambio, después de la colaboración que me prestó en ese momento de trance ante El Arzobispo. Sólo debo confesar la cantidad de dinero mensual que recibía la parroquia, el cual, como buen gregoriano, lo utilizaba para fortalecer el pequeño coro gregoriano que habíamos formado con niños y jóvenes, y con los que recorríamos el país. Lo que mi hermano olvidó es que, si existe un Poder que está por sobre todos los poderes, ese es el poder de las armas. El poder de las armas es fuerte, corrompe y hace sucumbir a las personas por un único motivo: el ser humano le tiene miedo a muchas cosas, pero, por sobre todo, le tiene miedo a la muerte. A cualquiera de nosotros se nos podría preguntar: “¿Usted le tiene miedo a morir?”, y
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muchos contestan que no. Pero eso es falso. A todos, sin excepción, cuando se nos pone una punta de metralleta en el cabeza o en el cuello, nos da unos escalofríos, y unos deseos de pedir clemencia que superan cualquier negación del miedo a la muerte. Yo pienso que lo que hizo El Doctor Allende –si es que es cierto lo de su suicidio– es algo único en el mundo. Quitarse la vida no es algo fácil. A los religiosos como yo se nos tiene dicho que sólo Dios da y quita la vida, y que, si el hombre se auto-elimina, comete pecado, y tiene cerradas las puertas del Cielo. Yo no tengo certeza de eso, y sólo le puedo decir que la mayoría de los hombres sí le temen a la muerte. Victorio, por ejemplo, llegó en medio de un ensayo del coro en medio de un miedo terrible a ser muerto por uno de los soldados de la Milicia. Venía jadeando, y me confesó de inmediato que se había escapado de un reclusorio, y que luego se había alojado en un colegio rural; y que lo único que había recordado era lo escondido de su pueblo natal. Me pidió alojamiento y colaboración para ocultarlo. Yo, en realidad, tuve mucha compasión de él porque me acordaba de mi hermano, que es su bisabuelo, quien había muerto hace unos cuantos años a manos de esos asesinos militares y de su propio hijo; y no dudé un minuto en darle asilo. Esa es la verdad. Me gustaría saber cuál es el motivo por el que Victorio no quiso seguir en la parroquia. Lo habíamos incorporado incluso al coro gregoriano; él tenía una muy buena voz, y entonaba muy bien. Yo pienso que sus ideales políticos eran mayores, aunque también debo decir que estaba un poco confundido. Él muchas veces me decía “Padre, no sé si esté haciendo lo correcto”. Yo lo apoyaba. Lo apoyaba siempre. Incluso aquella vez en que los militares llegaron al pueblo buscando a los rojos, como les decían a los comunistas. En la parroquia no se metieron, y, aunque así hubiese sido, Victorio estaba siempre con el traje de gregoriano, por lo que nunca lo hubiesen descubierto. Un buen día, me levanté, y vi una luz muy poderosa que provenía desde el interior de la parroquia. Me asusté un poco; pensé que era un incendio, pero, cuando llegué, vi algo muy diferente: muchas velas, más de cien, estaban puestas
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en el altar del Cristo Redentor. Abajo de él estaba una fotografía de mi querido hermano, El Pequeño Gigante. Me emocioné mucho, hasta las lágrimas, tanto, que me dio una especie de dolor en el pecho y de mareo, por la emoción. Ese era el símbolo de despedida que Victorio me había regalado antes de partir. A un costado de las velas estaba su traje de gregoriano, y una pequeña carta, con un mensaje de agradecimiento por el alojamiento que le di. Lo recuerdo con lujo de detalles hasta el día de hoy. Y pienso que fue su reivindicación con el Señor, con su vida, con el intento de asesinato de su madre y con los suyos. Por eso no me arrepiento de haberle brindado mi apoyo. Puede decirles a los militares que aquí están mi cuerpo y mi carne, para lo que ellos quieran. Si me quieren culpar de complicidad, que me culpen. Si me quieren torturar como a muchos lo han hecho, que lo hagan. Nuestro Señor Jesucristo padeció peores vejámenes, y resistió estoico, como un tronco de árbol fuerte y rudo. Lo único que quiero decirle es que yo sabía de sus pecados; yo sabía lo que él había hecho con ese pequeño niño y con la profesora de la escuela. Él me lo confesó punto por punto. Y sentí su arrepentimiento. Sentí que estaba muy dolido, y muy acongojado. Y también sé que él, a cada segundo, en cada momento del día, pide por el perdón de su alma y el de todos los que lo rodean. Pero el necesita escapar, necesita estar libre, y correr por las hierbas del campo, como los felinos. Dondequiera que esté. Dondequiera que se encuentre. Yo me lo imagino así, y siento que eso me da más vida. La vida que me hace temer menos a la muerte.

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EL MÚSICO

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Mi violín –que siempre había sonado a la perfección en los funerales del pueblo–, por un motivo que nunca pude entender, se había quedado mudo el día de la muerte de La Monja Blanca. Pregunté por todas partes por qué no quería sonar, acudí al maestro de música; y todos me daban la misma respuesta. Era el vaticinio cumplido por a quellos hombres y mujeres que un día creyeron en ella. La Monja Blanca había decidido irse de este mundo, y con ella se silenciaba, por respeto, todo tipo de sonido y música ambiental. Porque cuarenta y cinco años habían sido suficientes para alborotar la ciudad de La Tirana con la Fiesta que ella se había esmerado en crear; y el silencio debía llegar de una buena vez. No tuve más remedio que seguir al resto de las personas por el cortejo de la procesión, y agachar la cabeza en respeto de la muerte de la anciana mujer. Muchos pensaron que ella no se moriría nunca, porque tenía exactos 110 años cuando dio su último respiro. Algunos piensan que fue por la gran pena de enterarse que su gran amigo y compañero, El Pequeño Gigante, se había muerto en el gran incendio de Villa Rorschach. En honor a esa muerte, la Fiesta se suspendió el año siguiente por primera vez, y además, por el clima de inseguridad reinante. Los militares llegaron varias a buscar a perseguidos políticos que, según sus datos, se habían escondido en pueblos alejados del país. Yo nunca vi a nadie. Pienso que eran noticias falsas. Fue en medio de esa procesión que vi aparecer la delgada figura de Victorio. Yo lo había visto un par de veces en sus caminatas por la ciudad, cuando era asesor del Ministro. Algunos pensaron que había sido atrapado por la milicia, o que se había asilado en otro país. Él se acordaba de mí, yo pienso, por el hospedaje que le brindamos con mi madre en mi pequeña casa, el día que andaba de visita. Andaba muy desesperado, dijo que había recorrido casi todo el país caminando para llegar ahí, pero no me quiso dar más detalles, y sólo quería un poco de agua. Por supuesto que lo llevé a mi casa de inmediato. Le di unas ropas para que se cambiase, y le pedí que me explicara todo lo que había pasado. Sólo ahí supe de su escapatoria del reclusorio y del juicio que se había armado en su contra. Él se
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notaba muy arrepentido, tan arrepentido, que lloró muchas veces. Dijo que él se hacía el duro para sus cosas, porque se sentía mejor así que mostrándose como una víctima más. Aunque también me dijo que sentía mucha rabia con todos los que lo habían llevado a eso. Sentía rabia con su madre, con los académicos de la Universidad y con la vida misma. Afuera, el cortejo de la procesión seguía su curso, por lo que tuve que decirle que me esperase, mientras acudía al entierro de La Monja Blanca. Él, a lo mejor, sentía que ella era parte de la historia de El Pequeño Gigante, y quiso acompañarme. Yo pensaba que había escuchado todo lo que tenía que escuchar, pero estaba equivocado. Cuando íbamos al cortejo me lo dijo sin miedos: - Violé a un niño, Amaro. Por eso me metieron a la cárcel. - Me habías dicho que te habían metido preso por ser comunista… - No sólo fue por eso… Pero también estoy arrepentido… - No sirve de nada que te arrepientas a estas alturas. Ya hiciste el daño… - No lo hice solo… También estuvo implicado un militar… - ¿Un militar…? - Sí, por eso tengo rabia. Ya te explicaré… No pude preguntarle más. El funeral estaba pronto a empezar, y toda la ceremonia que se había preparado debía tener el más absoluto silencio. Todos los habitantes del pueblo estaban apostados en la puerta de entrada de la Iglesia, y veían el especial ataúd que se había preparado para La Monja. No todos los días moría alguien de tal importancia, por lo que se había construido un ataúd de cristal, con vidrios de primera clase, para que todos pudieran ver desde lejos la figura de la gran mujer. Había muchas mujeres que lloraban con fuerza. Algunas se arrodillaban en el suelo, para pedir una plegaria por el fallecimiento. Por lo que se decía en La Tirana, a la anciana la consideraban una santa, una diosa en la Tierra. Nueve de las mujeres que estaba arrodilladas pedían algo para ellas mismas o para sus familiares. Pedían que se les sanase un hijo, una hija, un tío. La mujer estaba recién
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muerta, y ya era considerada hacedora de milagros. Sólo tendría que llegar el sacerdote de la pequeña ciudad para poner orden al barullo que se había armado. A los religiosos no les gustan las peticiones anticipadas: - Callen, gusanos que se arrastran por la tierra, no osen ni por un segundo creer que aceptaré este espectáculo delante de la Casa de Dios. Esta mujer que hoy está aquí fallecida, aunque sea conocida y querida por todos, debe tener el debido proceso de beatificación para que se le pueda considerar parte del santuario. Por el momento, ustedes deberán pagar una cuota de cinco mil pesos, para que la Santa Iglesia solvente los gastos de las pruebas de los milagros a presentar delante de la Comisión Investigadora. Así lo ha dicho Su Santidad. La veneración a la mujer había llegado a tal extremo que, como una turba aún más enfurecida, los habitantes de La Tirana comenzaron a empujarse unos con otros por llegar a una caja de depósitos de dinero que había habilitado el sacerdote en una de las esquinas del ataúd. Ninguno quería quedarse fuera de poder entregar su parte para que La Monja se convirtiese en un nuevo objeto de adoración. Algunas mujeres se agarraban del pelo para poder acceder a la fila. Con eso, el silencio sepulcral se acababa otra vez, y ponía más enojado al sacerdote. Desde ese minuto pude percibir lo que pasaba por la mente de Victorio, no lo pude reconocer con total conocimiento, pero sí supe que algo traía entre sus pensamientos, algo que lo hacía mirar directo al ataúd como si sus ojos estuviesen clavados en él, a pesar de todo el griterío que armaban las mujeres y los hombres por la santidad de la Monja. El clamor era muy grande y muy fuerte, y se cuenta que muchas personas, que no sentían un gran apego a la mujer y que a esas horas dormían la siesta, una voz interior las hacía despertar, las levantaba de la cama y las hacía llevar un billete a la cajita recolectora de la Iglesia. Es que se dice que, cuando se trata de ayudar al sostén de la Casa de Dios, todo se vale, y los santos se cuadran ante el Todopoderoso como fieles esclavos.
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El reluciente traje blanco que ataviaba a La Monja había acaparado la atención de Victorio. Yo lo notaba muy bien. Él sabía que con ese traje podría cumplir su odisea de salir del país, como lo anhelaba su corazón y su mente. A mí nunca se me hubiese ocurrido, pero, en la desesperación, el ser humano es capaz de todo, y esa vez era un momento de mucha tensión en su vida. Usted tiene que imaginar estar siendo buscado por los militares y por los policías. Él sabía que se iba a llevar la peor parte de todo, porque los militares tienen su fuerza en el país. Uno los tiene que mirar con respeto. Ellos se llevan a nuestros jóvenes y nuestros familiares ante la menor sospecha, y nosotros tenemos que quedarnos en silencio. Usted, que es alguien que viaja por muchos países, cuando tenga la oportunidad, salga y cuéntele esto al mundo. Aquí no estamos muy contentos. Porque nosotros somos los que nos quedamos. Nosotros no arrancamos ni pudimos hacerlo. También tenemos nuestra historia. Y fue por eso que ayudé a Victorio. No fue por otro motivo. El cadáver de La Monja Blanca tenía que salir del país rumbo a la Argentina en cumplimiento a los escritos que ella había dejado. Su testamento lo decía con todas sus letras: “Quiero que mi cuerpo se sepultado al lado de la tumba de mis santos padres, en la región de Jujuy, en mi querido país natal”. No nos podíamos negar ante tamaña petición. Cuando Victorio supo eso, me pidió que, después de que la muchedumbre se fuese a sus casas, durante la noche, lo ayudara a sacar el cuerpo del ataúd, y lo llevase al subterráneo de la Iglesia. La idea era que él se pusiese el traje blanco de la Monja, y se hiciese pasar por el cuerpo muerto de ésta. Así nadie sospecharía cuando tuviesen que cruzar la frontera. No era algo fácil. Significaba buscar la ayuda del sacerdote de la Iglesia. Y tuve que sacar mis fondos de ahorro, que guardaba debajo del colchón como hueso de santo, para pagar el silencio del cura. Pero lo hice para que un hombre lograse su libertad, y por el bien de la Iglesia. Además, Victorio prometió que me devolvería el dinero sea como fuere; aunque a mí eso no me interesaba mucho.
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Al día siguiente, todos estaban apostados, otra vez, en la puerta de la Iglesia. Se habían reunido muchos niños y jóvenes en torno al ataúd. Los niños estaban vestidos con trajecitos blancos, igual que los jóvenes. Entre todos, danzaban y cantaban unos himnos religiosos, como si la estuviesen despidiendo por última vez. Los niños eran todo un símbolo de la Monja Blanca. Ella, cuando llegaba el tiempo de La Fiesta de La Tirana, danzaba y cantaba canciones alusivas a los niños, y varios se aglomeraban a su alrededor, mientras les entregaba tarjetas y dulces. Hay quienes creían que ella era un personaje mítico, una especie de fantasma del desierto. Porque no sólo se le veía en La Tirana. Muchos aseguraban que su imagen se aparecía en muchos lugares al mismo tiempo, sobre todo para avisar de peligros y entregar ánimo a los enfermos. Nadie imaginaba que ese cuerpo no era el de La Monja, y sí el de Victorio. Nadie, por supuesto, excepto el cura y yo. Los dos mirábamos el espectáculo del funeral desde el balcón de la Iglesia. Vimos, también, cómo el cajón de vidrio era sacado de su aposento, y era subido a la grupa de un carruaje transportado por caballos. Se supone que así sería llevado hasta la frontera, para luego ser subido a la espalda de caballos de trabajo. Si la muchedumbre, el día anterior, había estado limitada para poder acercarse al cuerpo de La Monja, esta vez, que se movía en medio de ella, no esperó ni un segundo, y se apostó a los costados del cajón con grandes vítores de tristeza y proclamación por una mujer que había marcado la vida de todos los hombres de La Tirana, y no sólo de ahí, sino de todo el desierto. Había personas de los pueblos y ciudades cercanas. Y estoy seguro de que estaba también el espíritu de los hombres y mujeres que estuvieron alguna vez a su lado, como El Pequeño Gigante. - ¡Vives, Santa Mujer del Desierto! ¡No te has muerto, sigues viva en nuestros corazones! – Gritaban casi todos. - ¡La muerte no te va derrotar, Monja! ¡Estás aquí, estás aquí! – Decían otros.
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Yo creía que Victorio escuchaba esos vítores con la convicción de que, tarde o temprano, estaría vivo, más allá de la Cordillera. Esa sería su puerta de acceso a una nueva vida. A mí me gustar recordarlo yéndose en medio de la algarabía de las gentes en medio de la procesión del cuerpo de La Monja. Yo no quiero creer que ese cuerpo haya sido interceptado por los militares, y que Victorio haya sido apresado y después torturado. Eso es lo que muchos cuentan. Pero yo no me lo quiero creer. Él me dejó una carta antes de partir. Una carta muy bonita y con mucho sentido de valor y amor por aquella familia que dejó. Ahí pude darme cuenta de que sí era un ser humano, porque dedicaba palabras a su hijo, y a su señora; además de hablar sobre las famosas Manchas de Rorschach. Él me dijo que sospechaba que los dos andarían por los caminos del desierto, que había llegado un rumor a sus oídos que los dos andaban cerca de La Tirana. Yo pienso que, por eso, me dejó el encargo de pasársela apenas pudiese. Lo cierto es que todavía tengo la carta en mis manos. No sé si alguna vez pueda ver a su hijo y su esposa. Él los recordaba siempre. Me decía: “Extraño mucho a Jerusalén y a mi hijo Rojo. Rojito, como le digo yo.” Cuando el carruaje se perdía en el horizonte, con la aglomeración a sus lados, yo me imaginaba viendo libre a Victorio, y, en mis manos, doblaba la cartita, y tenía un nudo en la garganta que no me dejaba hablar… Pero, por dentro, me sentía contento, porque en ese cajón no iba la muerte; iba la vida en toda su expresión… Sí, yo sé que es así…

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Como el mundo ha podido saber en estos últimos años, las personas que fueron apresadas durante el Gobierno Militar –o Dictadura– de Augusto Pinochet (1973-1990) no vivieron en condiciones de humanidad ni del debido respeto que se merecían. Mi trabajo como psicólogo forense durante este caso de Las Manchas de Rorschach me permitió no sólo escuchar los relatos de vida de los apresados, sino que también mirar –una veces, de reojo; otras, de forma directa– cómo estos mismos personajes que acaban de exponer sus historias en las páginas anteriores eran torturados de las formas más horrendas que se pueda imaginar. La mayor parte de ellos eran llevados a cámaras o cuartos especiales, donde estaban dos o tres militares; ahí, los hacían desnudarse, y les aplicaban corriente eléctrica –con máquinas– en los brazos, las piernas, el pecho, los testículos, la vagina, los pechos e incluso la cabeza, con el fin de confesar dónde se encontraban las supuestas armas o los seguidores del Socialismo del desaparecido Gobierno de Salvador Allende. Según lo que pude saber, algunos de dichos personajes anteriores fueron acribillados a los pocos meses o semanas de los días en que demoré en realizar las entrevistas psicológicas (las cuales fueron expuestas sin las opiniones de las torturas, porque mi objetivo era narrar sus relatos de vida más que su encierro). De esta forma, estos seres asesinados, cuando sus familiares no se enteraban de si
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seguían muertos o vivos, pasaban a enrolar la larga lista de los llamados “Detenidos Desaparecidos”. Debo confesar que nunca supe por qué un Gobierno Militar había convocado a un psicólogo forense para este caso. Podrían haber aplicado sus técnicas de declaración y de tortura sin la necesidad de ningún “debido proceso”. Aunque, después de analizar todo mi trabajo, y de conocer cómo era el sistema planificado, pude darme cuenta de que yo era sólo una “pantalla”, una figura creada para aparentar rigurosidad y “buen trato”. Eso, unido a lo que había significado conocer y estar presente en esos momentos de aflicción y de indiferencia por el cuidado del ser humano, me llevaron a aceptar de inmediato una propuesta de empleo en Estados Unidos, donde me perfeccioné aún más, y donde pude acceder a nuevas historias de vida, que también espero pronto plasmar en el papel. En su momento, no pude contar los vejámenes ni las torturas de estas personas por miedo a recibir represalias. Esos años eran tiempos duros, y yo, ya en los Estados Unidos, no podía participar de forma activa en la política interna de otros países. Lo cierto es que, cierto día de 2005, treinta años después, cuando estaba en una conferencia en Nueva York, y ya tenía registrada la mayor parte de estos relatos, vi aparecer en el estrado de los expositores a un señor de mejillas rojas, que también se dedicaba a la psicología. Cuando escuché su nombre, no me causó ninguna extrañeza, pero cuando fue relatando que parte de su trabajo de psicólogo se lo debía al interés por el Test de Rorschach, y más aún cuando volví a escuchar su nombre, Rojo de Lorca, supe que me encontraba ante la persona adecuada que debía cerrar el ciclo de esta historia desde un punto de vista actualizado, con una mirada del pasado de reconciliación y de renovación. Así será cómo Rojo de Lorca, el hijo de Victorio de Lorca, nos relate cuándo descubrió su vínculo con el atropello a los Derechos Humanos acometido durante la Dictadura contra su propio padre –cuyo accionar no siguió el mismo
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mecanismo que para otros sí–, la forma en que buscó llegar a aquel pasado, y el descubrimiento de que algunos “Detenidos Desaparecidos” tienen una particular manera de aplicar dicho concepto.

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Si ese 11 de septiembre de 2001 mi padre hubiese estado vivo, tendría 61 años. Y, por más que lo asimilaba, no me podía hacer la idea de saberlo, porque era tanta la tensión y tanto el nerviosismo que sentía en medio de uno de los pisos de las Torres, que no quise creer cuando, en una de las escaleras, apareció un hombre para insistirme que él debía sacarme de ahí como fuese, para que yo pudiese conocer mi historia y lo que había sido de mi padre. Nunca antes, en mi vida de psicólogo serio, se me había pasado por la mente que recorrería toda mi vida en pocos minutos, como si se tratase de una película que va retrocediendo y muestra cada uno de los momentos de tu existencia. Es que, primero, nos habían anunciado que era un gran incendio, pero, después, cuando se supo que era un atentado, y se sentía con certeza que las Torres se podían venir abajo, yo entré en una especie de descontrol que me quitó todo lo serio y toda la tranquilidad que hasta ese entonces había sido común en mi forma de ser. Y le digo que “se sentía” porque, en ningún minuto, la Torre Norte, que era una de las Gemelas donde yo estaba, dejó de moverse. Parecía un verdadero terremoto que sacudía la ciudad, pero que sólo se percibía en la Torre. Los bomberos y los funcionarios de ayuda habían alcanzado nuestras oficinas, y nos pedían que nos olvidásemos de todo, y que evacuásemos lo antes posible. Fue uno de ellos quien me habló de mi padre. Cuando vio que afuera de mi oficina aparecía un letrero con el nombre de “Rojo de Lorca. Psicólogos laborales”, escrito en inglés, por cierto, supo de inmediato que yo era aquel Rojo de Lorca que había compartido parte de su infancia, en Chile. A mí me parecía muy extraño. Encontrarnos en Nueva York, dos hombres tan distintos, pero que compartíamos gustos parecidos, por lo de ser cercanos en edad. Aunque no los quise cuestionar en ese momento. Es que debo agradecer que él haya estado ahí. Yo entré en un estado de sopor que no me sentía el cuerpo. Él me ayudó a bajar las escaleras, hasta que pudimos salir de ese infierno en el que se habían convertido las Torres Gemelas. Tenía ganas de llorar, de gritar, de pedir explicaciones, de saber qué estaba pasando. Pero ni las fuerzas me daban. Es que era una situación muy terrible. Mi oficina, mi vida de 25 años se acababa en sólo minutos, y la vida de
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muchos otros no tenía más tiempo, al morir en medio de las llamas y del colapso que vino después. Sólo puedo decir que, como un niño, me abracé a ese rescatista, y lloré sin miedo a los que estaban viendo. Él también me dio un poco de aliento, y me dijo que aquellas pérdidas materiales eran mucho más importantes que las pérdidas de las vidas de los hombres y mujeres que estaban dentro de las Torres. Yo no quería saber de cifras ni de nada, y cuando escuché que había más de 1200 personas atrapadas, y que, de seguro, luego de la caída, estaban muertas, sentí que mi vida no valía nada, y que hubiese dado todo para que los demás se hubiesen salvado igual que yo. Ese fue el punto de encuentro entre Roberto y yo. Él, un rescatista de tomo y lomo, me daba fuerzas para superar la tensión, y me decía que si yo había sido un sobreviviente, era porque algo me tenía deparada aún la vida. Y ese algo debía buscarlo y encontrarlo sí o sí. Como si se tratase de algo que había esperado mostrar toda la vida, se puso de espaldas hacia mí, y se levantó la chaqueta que llevaba puesta: una gran mancha de Rorschach, tatuada en toda su espalda, era el símbolo irrefutable de que él y yo nos habíamos conocido de niños. Pero, ¿cómo nos habíamos separado? ¿Por qué, después de 20 años, nos veníamos a encontrar en una ciudad tan universal, sin nunca antes habernos topado? Para eso, tenía que retroceder a esos 20 años, y reencontrarme con el origen de esas manchas. Roberto me indicó que su padre había sido contactado por el Juez Juan Guzmán, uno de los jueces que estaba a cargo de las pesquisas para encontrar los restos de los Detenidos Desaparecidos del Gobierno Militar de Pinochet. Él le había pedido que me buscase, y que me llevara hasta el norte de la Argentina, el lugar donde yo había pasado un año de mi vida de niño, en una amplia parcela, cuando mi madre vagaba conmigo de un lugar a otro, mientras escapaba de los militares. Por supuesto que esto yo nunca lo supe. Para mí, esos viajes eran viajes de trabajo. Así me lo hacía saber ella. Mi madre tenía un buen currículum, y tenía la forma de moverse por el mundo. Ella sabía hablar inglés y noruego, y no tardó en encontrar un trabajo en los Estados Unidos, salir de la Argentina, y desarrollar
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una buena carrera como diplomática. Gracias a ella pude ser lo que llegué a ser: un psicólogo de renombre, a mis cortos 28 años. Gané todo lo que podía ganar, y mi oficina de las Torres era mi máximo premio. Pero mi vida personal estaba incompleta. Mi madre nunca me habló de Victorio. Él no existía en sus planes; ella –me lo aclararía Roberto– lo consideraba parte de sus errores. Por eso me lo había ocultado. Ni siquiera me lo dijo el día en que se murió. Y yo no podía seguir con las dudas para siempre. Tenía que esperar cuatro meses para poder viajar a Chile. A causa de los atentados a las Torres, las aerolíneas se vieron forzadas a detener sus vuelos internacionales, por miedo a que alguno de los sospechosos se fugase del país, y por precaución de nuevos atentados. Pero las ansias por llegar a las desérticas tierras del norte de aquel país perdido en el sur del mundo eran tan grandes y me hacían sentir tan inestable, que busqué la forma de salir por tierra de EUA, a la forma antigua, a grupa de caballo, por la frontera con México. Me sentía muy extraño, convirtiéndome en una especie de extranjero ilegal, que cruza de un país a otro sin la debida documentación. Aunque no me sentía del todo mal: Roberto se había esmerado en buscarme, así que era mi colaborador más ferviente. Él quería que llegásemos a la Argentina, para hablar con su padre. Era algo muy esperado. Roberto y yo teníamos la misma edad: 28 años. Eso daba pie para que nos sintiésemos identificados en nuestro pensamiento, y, si se daba la oportunidad, no nos diera vergüenza, y actuásemos como jóvenes que aún éramos. Apenas pudimos, nos sacamos toda la ropa, y nos lanzamos a uno de los ríos de la zona de Tijuana. Parecíamos niños de seis años, la misma edad que teníamos cuando nos conocimos. Al estar desnudo, podíamos ver en ambos a dos el tatuaje de la mancha de la mariposa que estaba en nuestras espaldas. Roberto se asombraba de saber que aquel niño travieso ahora era todo un hombre, y tenía un puesto de prestigio. Él se sentía un poco desilusionado de su vida. Con un poco de pena, me confesó que tenía muchos sueños que nunca se pudieron cumplir. Me contó que su existencia había tenido muchos obstáculos, y que, recién a esa edad estaba retomando el
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rumbo que un día dejó. Le quise preguntar más, pero no quiso responder, porque me dijo que yo tendría que ver con mis propios ojos la vida que le había tocado tener. Lo que no sabía y lo que nunca se me hubiese ocurrido es que Roberto tenía preparado todo un arsenal de personajes que harían su aparición uno por uno, hasta que yo me reencontrase con mi pasado. Así fue como, después de recorrer a caballo todos los países americanos, los Hermanos Rorschach, con sus trajes negros y blancos, se mostraron a la llegada de una parcela de la ciudad de Torrijos, en el norte de Argentina. Ellos habían seguido los estudios de las manchas, y se habían aferrado mucho a las enseñanzas de la psicología. Tenían las costumbres más estrafalarias del mundo. Sus trajes, de partida, estaban confeccionados del mismo modo que las manchas. También tenían tatuajes en sus brazos y espalda, y mantenían criaderos de mariposas negras y murciélagos. Su manera de vivir giraba y se basaba en las manchas. En medio de la caminata, los Hermanos hablaban muy emocionados, y con mucha adulación hacia mí. Les parecía insólito que un hombre tan famoso llegara a esas alejadas tierras, y los estuviese mirando cara a cara. Yo siempre he hablado español. Fue una de las enseñanzas que me dejó mi madre, así que podía entender muy bien sus palabras. Pero, mientras yo les respondía, también me daba cuenta de las rarezas que aparecían en la parcela: vacas con marcas negras igual que las manchas de Rorschach; enrejados con los colores negros y blancos; niños que tenían en sus rostros las marcas de las manchas. Parecía estar en un pequeño mundo imaginario, donde todo lo que parecía extraño para ellos era de lo más normal, tan así, que jamás me hacían alusión a lo que yo veía, y que, por respeto y por no ser considerado un loco, no se los quise preguntar. Habríamos de llegar a una gran casona, construida con maderos, y que se notaba vieja por el desgaste de la construcción. Yo no sabía para qué estábamos ahí. Me había dejado llevar por las palabras de Roberto; las palabras más creíbles para mí, hasta ese entonces. Y, por el rostro que él puso cuando estábamos en la
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puerta de la casona, lo que se vería después no era del todo agradable. Era parte de la ley de la vida, y parte de la muerte. Uno de los Hermanos abrió la puerta con mucho cuidado, como si en aquella casa hubiese alguien que dormía un profundo sueño y que no debía ser despertado. Los dos me invitaron a pasar; me pidieron que lo hiciese sin caminar rápido, y que por ningún motivo me atreviese a hablar, porque todo debía hacerse en un silencio absoluto. Esa casa, ese ambiente, esas murallas, todo me hacía sentir dentro de un pasado del que no podía recordarlo con precisión. Había pasado mucho tiempo, y mi mente estaba dividida entre llegar hasta los restos de mi padre y saber qué había en esa casa. Avanzamos hasta el final de la casa, en una habitación mucho más vieja y antigua que el exterior. El mayor de los Hermanos tuvo que empujar la puerta, porque estaba trabada. Cuando el aire entró a la habitación, vi que estaba lleno de polvo y de telarañas el techo y las paredes. No alcancé a cerrar bien los ojos y ya estaba enterándome de quién estaba ahí dentro. Era el padre de Roberto, aquel hombre que había albergado a mi madre y a mí hace más de veinte años, y que estaba debatiéndose entre la vida y la muerte. Estaba agonizante en una cama desordenada y vieja, tanto o más que él. Quise decir algunas palabras, preguntar por qué ese hombre estaba en ese estado, por qué estaba en la más absoluta de las pobrezas, y qué había sido de su vida. Pero los hombres de las Manchas me lo prohibieron: de inmediato, uno de ellos puso su mano en alto, y me indicó que mantuviera mi silencio. Lo que vendría era aún más extraño: el mismo hombre que me pedía estar callado, se acercó a mí, y con gran fuerza y violencia –aunque siempre manteniendo su estado de silencio– me rasgó la playera que llevaba puesta, y la rompió a la mitad. Era como si supiera que yo tenía detrás de mí, en la espalda, el tatuaje de la mancha de la mariposa, ya que, sin pedirme ni tener el menor de los cuidados, me hizo ponerme de espaldas al cuerpo del anciano, y me indicaba estar quieto, sin hacer ruido alguno.
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Toda la casa salió de su silencio cuando los hombres no quisieron perder ningún espacio de tiempo, y con toda la fuerza que daban sus pulmones, le gritaron al anciano: - ¡Eugenio de las Mercedes, ya está aquí lo que habías pedido! ¡Ya está aquí el hombre que habías pedido! ¡Te ordenamos que abras los ojos, y nos digas, qué ves en esta mancha! ¡Te lo exigimos ahora! Yo miraba de reojo qué era lo estaba pasando, porque, como le dije, estaba de espaldas hacia el anciano. Lo cierto es que me di cuenta, y sin dudas, que abría los ojos poco a poco. Era ver a un muerto volver del mismo infierno a la Tierra, y renacer dentro de un mundo nuevo. Hasta que habló, hasta que el anciano salió de su trance, y dijo: - ¡Una mariposa! ¡Veo una mariposa, la más grande mariposa que existe en este mundo! El anciano estaba tan eufórico y tan salido de sus casillas, que pensé que le daría un ataque al corazón con todos esos movimientos espasmódicos. Hasta los Hermanos estaban asustados, y lo tomaban de los costados para que se tranquilizara. El mayor de ellos sacó una jeringa de un cajón de velador que estaba al lado de la cama, y se la clavó en el cuello de inmediato. Al parecer, era la única forma de tranquilizar al viejo, y eso lo dejó embotado en la cama como un balazo fulminante. Lo único que yo deseaba a esas alturas es que alguien me explicase qué estaba sucediendo, porque no entendía nada. Me sentía el ratón de laboratorio de un científico, que debe obedecer cada acción que merece el experimento. Pero los hombres de las manchas me seguían ordenando, y, ya con el anciano reposando el efecto del somnífero, me empujaron hacia la salida de la habitación y me pidieron que esperara ahí, sin moverme. Vi cómo el menor de ellos sacaba una maleta muy vieja y polvosa de debajo de la cama, y la ponía a los pies de ésta. Después de abrirla, revisó muy bien cada uno de los elementos, y se los pasó al mayor. Era un traje de vestir de color negro. No se notaba muy nuevo, aunque tampoco estaba muy desgastado. El fin de las dudas y las órdenes fueron unas al mismo tiempo,
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cuando el hombre mayor, que no paraba de mirarme con mucho enojo, salió de la habitación, y me exigió que me quitase toda la ropa, y me pusiera ese traje cuanto antes. Todo esto era observado por Roberto, quien, al contrario de lo que yo pensaba, nunca se opuso al trato que me daban los hombres de las manchas; sino que más bien contemplaba cada paso con una aceptación total. Yo deseaba que él me dijera algo, y le pedí que me explicase por qué esos hombres querían que usara tales ropas. Él no quería responder, y movía sus manos y su boca como queriendo decir que no reclamara y que obedeciera las órdenes. No tuve más opción que quitarme la ropa y ponerme el traje. Ya con el traje puesto, y al son de un coro, los Hermanos gritaron un extraño llamado, lo que me hizo pensar que mi llegada se había conocido desde hace mucho, y se había calculado todo con mucha precisión: - ¡Ahora sí, Señor Bautista, ya puede salir de su habitación! ¡Él ya está aquí! De una habitación contigua, un hombre casi tan anciano como el que estaba postrado en la cama, y que se apoyaba en un bastón, salió a mirar quién era el que había llegado. Su cuerpo era muy delgado, y caminaba con una joroba en la espalda; no tenía más allá de 1 metro y 50 de estatura; y parecía tener todo el control por quienes estaban ahí, porque, apenas me vio, les dijo a los Hermanos que trajeran el espejo, y me hicieran posar ante él. Yo, como no tenía más alternativa, me miré y seguí las indicaciones de este nuevo anciano, que me pedía, con sus arrugados y delgados dedos, que girara un poco, posando para el espejo. El anciano comenzó a reír con una especie de carcajada que, debido a sus años, no le salía muy bien del todo, pero que me hacía sentir descompensado, y hasta enojado. Le pregunté por qué se reía de mí, y me respondió: - Te responderé lo mismo que le dije a tu padre hace más de cuarenta años: me asombra verte vestido como la gente, y eso me causa risa.
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Que, de un momento a otro, cambies tanto tu aspecto. Hasta te ves bonito. Cuando el anciano dijo “tu padre”, yo perdí toda la compostura, y me acerqué a él para exigirle que me hablara de mi padre, y que me diera una explicación de todo lo que estaba pasando. Los hombres de las manchas interfirieron de inmediato, con claras evidencias de querer golpearme, pero el mismo anciano les impidió actuar, y les dijo algo muy directo: - ¡No sean estúpidos, él es el hijo del hijo, no lo toquen ni con la punta de sus dedos! ¡Ya han cumplido con su trabajo; váyanse y déjennos tranquilos! ¡Necesito hablar en paz con este muchacho! La fuerza de mando del anciano era increíble si lo comparábamos con su pequeño cuerpo. Los hombres de las manchas salieron de la casa, y Roberto me hizo un gesto de hacer lo mismo, y volver después. Al parecer, todos comprendían que debíamos quedarnos anciano y yo solos. Él me pidió que me sentara en la mesa del comedor, y que escuchara con atención cada una de las palabras que debía decirme. Se notaba algo inquieto, tal vez asombrado de verme, y dispuesto a decir muchas cosas que había estado esperando decir por mucho tiempo. - Muchacho, tú eres parte de una historia de vida de un hombre que un día decidió salir de la pobreza y el anonimato, y que se convirtió en algo que jamás imaginó. Tú eres el hijo de Victorio de Lorca. Él, hace 40 años, se sentó igual que tú lo haces ahora, el frente de mi rostro, y escuchó la orden de viajar desde su desconocido pueblo a la ciudad, para formar parte de grandes decisiones, y de un futuro promisorio. Pero ni él ni yo nos imaginamos que todo ese futuro se acabaría de un día para otro con una batalla que nos enfrentaría a todos, y que dividiría al país en dos, al punto de escapar de ese país… - Y ese país se llama Chile, ¿no es así? El Chile que vivió un Golpe de Estado en 1973, y que, desde ese momento, se sumió en persecuciones entre civiles y militares… Eso lo sé muy bien, señor… He vivido toda
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mi vida en el extranjero, y ahí se conoce más de esto que en el propio Chile… - ¡Sí, y eso es lo que más me da rabia! Ese país, mi país, pretende tapar todos los vejámenes ocurridos en esos años, con leyes de amnistía y con procesos judiciales lentos y que no dan resultados. Ellos no saben que, así como tu padre, muchos tuvieron que arrancar de su propia patria, y asilarse en países vecinos. Yo he pedido que te traigan hasta aquí porque necesito que sepas más de tu padre. Ese traje que llevas puesto lo usó él hace 40 años, y quiero que lo lleves puesto ahora que vas a Chile, a buscar sus restos óseos. Quiero que ese traje te proteja en los caminos del desierto, y que permita que por fin este ciclo se cierre, y todos vivamos en paz… Roberto golpeó la puerta del comedor, y preguntó si podía entrar. El anciano le dijo que sí, que ya había hablado todo lo que tenía que decir, y que me llevase pronto al viaje para cruzar la Cordillera de los Andes. Esa ciudad de la Argentina, que estaba muy cerca de la Cordillera, me hacía pensar que detrás de esa gran muralla de montes, estaba el cuerpo muerto de mi padre. Me hacía pensar en cuál hubiese sido su destino si yo, en esos años, hubiese sido un hombre grande, y lo hubiese podido proteger. Podría haberlo aconsejado de no seguir tanto sus impulsos, de detener sus ideas políticas, que lo llevaron a morir tan joven, y desaparecer de la faz de la Tierra como un hombre del todo desconocido, que sólo quedó en la memoria de unos pocos. Antes de salir de la parcela, el anciano se acercó a la puerta, y me gritó para que me devolviese. Tenía que entregarme algo que, según él, era de mucho valor y que le daba una gran pena desprenderse de éste, pero que sabía que yo lo necesitaría más: era una pequeña caja, algo vieja, envuelta con una tela arrugada, y que no se notaba muy valiosa. El anciano me invitó a que desenvolviera la caja y que sacase lo que había en su interior. Tengo que decirle que tuve que contener mi emoción al ver unas viejas y arrugadas láminas de las Manchas de Rorschach. El
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anciano no me lo había dicho, pero yo supuse de inmediato que esas láminas habían sido utilizadas por mi padre en el pasado. Él me lo confirmó, y me dijo: - Sí, muchacho. Esas láminas las usó tu padre hace más de tres décadas. Él hubiese estado muy gustoso de poder dártelas. Pero, ya ves. La vida ha querido que todo sea distinto. Guárdalas y ocúpalas cuando sean necesarias. Tú sabes a qué me refiero. Sin perder mucho más tiempo, partimos con Roberto hacia la carreta de caballos. Nuestro próximo destino se llamaba Desierto de Atacama, en el norte de Chile. Se supone que ahí se habían encontrado los restos óseos de mi padre. No quise preguntarle quién era el anciano a quien habían inyectado, ni qué significaban todas esas extrañezas de la parcela. Mi mente estaba centrada en llegar al destino final, y no me importaba nada más. Tampoco me importaba cruzar la Cordillera a grupa de caballo. Roberto me había dicho que esa era una mejor forma de llegar por un paso especial que existía, y que él conocía desde su infancia. Lo único que le quise preguntar es qué había sido de él durante todos esos años. Él fue muy escueto y directo, y me respondió: - Cometí el error que todos los hombres jóvenes cometen: dejar preñada a una mujer. Así pude saber que Roberto era padre de un hijo que, según dijo, tenía poco más de 17 años. Él y su madre vivían en una ciudad de la Argentina, muy cerca del pueblo de la parcela. Para poder subsistir, después de una mala racha económica, había tomado la decisión de viajar a los EUA, y convertirse en rescatista. Me aseguró que siempre vivió en la pobreza, en trabajos y oficios de última categoría; que no tenía una casa propia, y que su hijo y su esposa vivían en la casa de sus abuelos, que tampoco eran de grandes recursos. Su rostro se desfiguraba cada vez que hablaba de sus negros años anteriores, por lo que le pedí que no me diera más detalles, y que nos fijásemos mejor en la llegada al desierto. Aunque, de todas formas, quise preguntarle quién era el anciano que me había entregado las Manchas:
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Su nombre es Bautista. Él conoció a tu padre hace más de 40 año, y le grabó el mismo tatuaje de la mancha de la mariposa que tú y yo llevamos en la espalda. Él me pidió que te trajese, porque dijo que no deseaba morir sin ver al hijo del hombre que un día ayudó; y yo cumplí con mi promesa. Como no hay mejor remedio para la tensión y las ansias de alcanzar un objetivo que pensar en otras cosas, al ver esa Cordillera de los Andes tan grande e imponente delante de mí, quise imaginar cómo mi padre habría superado ese colosal murallón físico en el tiempo que le tocó escapar de los militares. Roberto, por mientras, me contaba que las últimas noticias que él había tenido eran las que mi padre había salido desde la ciudad de La Tirana, escondido dentro de un ataúd, y que había llegado a la Argentina, para encontrarse con mi madre y conmigo. Él sólo deseaba saber si nosotros estábamos vivos. Su idea era volver a Chile con un grupo de personas, y quitarle el poder al General Pinochet. Yo no sabía muy bien por qué mi padre era tan perseguido, y Roberto me aclaró algo que desconocía: - Tu padre estuvo involucrado en un caso de abuso de menores de un colegio. Pero él no actuó solo; también había militares. Él, de alguna forma, fue recluido porque conocía muchas cosas. Él tenía esta y otras informaciones de los militares. Los militares estaban un poco acorralados, y decidieron encubrir todo con el supuesto caso de Las Manchas de Rorschach, que, al final, no quedó en nada. Supe que casi todos los encarcelados fueron torturados. Algunos de ellos, como un militar y un sacerdote, fueron liberados. Otros, igual que tu padre, escaparon de la cárcel. Como… - ¿Cómo quién…? - Como El Bautista. Él estuvo ahí, y escapó… Mi imaginación, mezclada con las palabras de Roberto, me hacían pensar cómo los caballos que usó mi padre para cruzar la Cordillera lanzaban sus relinchos, con la fuerza de unos caballeros antiguos, que cruzaban los lugares más
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infranqueables, sea como fuere. Esa misma imaginación, me hacía pensar en el rostro de mi padre, y lo veía entre las nubes, entre los arbustos que estaban al pie de la Cordillera, en todo lo que había alrededor. Y era de lo más extraño, porque nunca había tenido antes en mi mente el rostro de mi padre por el simple hecho de que nunca lo vi en directo, ni menos en fotos. Mi madre había cerrado todo tipo de forma de que yo me enterase de mi procedencia. Aunque no la culpo; algo debió haber instado en ella que su esposo no era tema de conversación, sobre todo para una mujer que no gustaba de parejas ni de hombres en su vida. Ella era una mujer independiente y segura de sí misma. Pienso que el nombre de Victorio de Lorca no le decía nada más que un tipo revolucionario que soñaba con castillos en el aire, en medio de un Gobierno Militar con mucho poder para derrotar a quien fuese. No sé si habrá sido parte de mi imaginación, o si en realidad todo lo que vi fue de esa forma. Porque no todos los días se ve aparecer, de entre la nada, una figura gigante de mujer, que, con una luz muy blanca y muy enceguecedora, apareció poco antes de comenzar el ascenso, como si formase parte de una protección o una ayuda. La mujer estaba vestida con un hábito blanco, y parecía una auténtica monja de blanco. Los caballos relincharon de la impresión de ver aparecer a esta mujer tan de sopetón. Pero ella, con una voz muy suave, de inmediato habló para calmarlos: - ¡No se asusten, mis hermanos menores, no les haré daño! Sólo vengo a anunciarles que durante toda su caminata por las altas cumbres de esta Cordillera mi fuerza y mi espíritu los estará acompañando. Sé que necesitan encontrar algo muy importante. Por lo tanto, les haré de este viaje algo simple y sin pesares. Aunque suene increíble, porque yo todavía no lo puedo asimilar, la figura de la mujer desapareció de la misma forma que se mostró ante nosotros: de inmediato. Yo estaba muy descolocado, y le pregunté a Roberto qué significaba todo eso. Él fue muy directo y me dijo que se trataba del espíritu alentador de una legendaria mujer apodada La Monja Blanca. Ella había nacido en esas cercanas
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tierras, y aparecía en ocasiones cuando sabía que alguien debía cruzar la Cordillera. Esas extrañas y locales costumbres de creer en situaciones mágicas nunca han sido de mi devoción. Así que preferí no seguir ahondando en el tema, e iniciar la subida a esas altas cumbres. El camino se veía difícil, pero, tomando en cuenta que otros hombres lo habían podido superar, yo me propuse conseguirlo como fuera. Debo declarar que la subida fue mucho más rápida de lo que había pensado: el paso que Roberto había elegido era especial para no demorarse demasiado, y los caballos no parecían tener mayores problemas en deslizarse por las laderas. Roberto me dijo que esos caminos eran milenarios, y que los usaban los antiguos incas, en tramos de lo que se llamaba El Camino del Inca. Era una zona menos cubierta por las nieves eternas del Altiplano, y Roberto me dijo que él había cruzado más de cinco veces, con un grupo de amigos de juventud, y siempre había sentido que se encontraba en un camino de viejos y antiguos dioses, que facilitaban el viaje para quienes lo recorrían por buenos motivos. No tardamos más de dos días en cruzar la Cordillera. Un viaje que se veía inalcanzable, se demoró menos de lo que había pensado. Durante las noches, buscábamos algún sitio especial entre los escarpados de los montes, y nos dormíamos junto a los caballos. Por eso, cuando por fin estábamos al lado de Chile, sentí una nueva fuerza, sentí como un retorno al país donde había nacido, donde mi nombre se había escuchado por primera vez, aunque, en realidad, nunca haya tenido conciencia de aquello. La carta que guardé en uno de los bolsillos de la chaqueta, que indicaba, por parte del Juez Juan Guzmán, que las pericias de reconocimiento de osamentas para los familiares comenzarían en tres horas más, hacía sentir esa mañana de octubre más completa y más llena de vida. No era fácil enfrentarse con el pasado que nunca se pudo sentir, pero, dentro de mí, todo era reconfortante, al saber que aunque fuese por breves segundos, estaría cerca del cuerpo de mi padre. Bajamos por unos pequeños caminos hacia el pueblo más cercano. El pueblo se llamaba “Esperanza”, un nombre que venía como anillo al dedo, después
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de haber recorrido toda América en busca de un hombre que tenía sueños de un mejor futuro en su mente. Con Roberto, rápido buscamos un lugar donde alojarnos, y dejar los caballos. No queríamos perder tiempo. Lo que venía era algo de mucha importancia. Ya en el sector desértico de reconocimiento de osamentas, el Juez Guzmán fue mucho más humano de lo que podría haber pensado. Él se acercó a todos nosotros, los familiares que estábamos ahí, y nos preguntaba sobre nuestro ánimo. Nos hablaba con mucha pausa. A mí, en específico, me preguntó: - ¿Qué siente al estar aquí? Debe ser duro para usted llegar a este macabro sitio… - ¿Quiere que le diga la verdad? Siento serenidad y reencuentro. Siento que esto completa un ciclo que faltaba por cerrar… - Entiendo; aunque debo decirle que esto recién comienza. Ahora vienen los juicios contra los inculpados… ¿Usted está preparado para eso? - Sí, lo estoy… Estamos en una época de democracia. Supongo que ahora existe mayor credibilidad en la Justicia; no como antes, no como en… - …En el Gobierno Militar, querrá decir… Sí, es cierto… Debo confesarle que miro todo esto, y no puedo creer cómo pudo haber existido tanta maldad en esos años. Estos cuerpos, estas osamentas, son un verdadero grito en el desierto… A veces imagino cuánto habrán gritado de dolor y de sufrimiento estos hombres y mujeres, al ser torturados en estas apartadas tierras… El Gobierno de Pinochet no fue del todo bueno… El juez tenía mucha razón, porque, cuando quise girar la cabeza como él lo hacía, también percibí esas voces del pasado, que parecían llamar unas con otras, como pidiéndonos a los que estábamos vivos que cobrásemos justicia por ellos, sin tener miedo a lo que viniere. Roberto se acercó a mí queriendo darme fuerzas. Puso su brazo por encima de mis hombros, y me decía que había que ser fuerte, que mi
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dolor era el dolor de muchos, no sólo de quienes estábamos ahí, sino de todo un pueblo que todavía no puede cerrar las heridas de las pérdidas humanas. Todo hubiese llegado hasta ahí, hasta las pericias forenses, de no haber sido por lo que, con asombro, vimos aparecer a dos figuras de trajes blancos, que estaban apoyadas en unas de las formaciones rocosas de esa zona del desierto. Las figuras eran por supuesto dos humanos, que parecían sacados de una escena de pastores bíblicos, sobre todo por los bastones de madera que llevaban en sus manos. Uno de ellos habló con una voz muy fuerte y segura, y nos dijo: - ¿Y ustedes, por qué buscan a los vivos de entre los muertos? Han de saber que Victorio de Lorca no está en esas osamentas. Él sigue vivo. Tomen esto, y encuéntrenlo. El hombre hablaba con tanta fuerza y tanta seguridad, que no quise ni siquiera preguntarle cómo era posible que dijese esas palabras, y cómo sabía que mi padre seguía vivo. Sólo atiné a coger el trozo de papel que me estaba pasando, y leerlo de inmediato. El escrito era corto y directo, pero muy decidor: “Si quieres saber dónde está tu padre, ven a La Tirana, y trae las Manchas que andas trayendo. Es algo de vida o muerte.”. Yo me quedé mirando a Roberto, y le pasé el papel para que también lo leyese. Me parecía muy extraño que, a pocos minutos de estar en contacto con el supuesto cuerpo fenecido de mi padre, aparecieran unos desconocidos diciendo que estaba vivo, y con mensajes encriptados. Roberto leía el mensaje sin poder comprender mucho. Sentía un poco de inquietud por lo que decía, y, sin poder controlar sus reflejos, soltó el papel, que voló con la fuerza del viento desértico. Eso permitió que, después de ir detrás del papel, para que no se escapara, cuando quisimos volver a donde estaban los hombres, ellos ya no estuvieran, que desaparecieran igual que fantasmas en el desierto, lo que aumentaba mi incertidumbre por saber si me encontraba ante algo real o imaginario. Lo único que me pudo dejar tranquilo fue escuchar la voz de Roberto:
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Esto no puede ser falso. Yo sé dónde está La Tirana. Tenemos que llegar hasta allá lo antes posible. Si tu padre está vivo, hay que averiguarlo hoy mismo. La Tirana es una ciudad que yo sí había escuchado en mi estadía en los Estados Unidos. Es una de las pocas ciudades chilenas que se conoce en el resto del mundo, por su conocida y pintoresca Fiesta Religiosa. Roberto me dijo que, en su juventud, había asistido una vez a ese espectáculo, y que por eso conocía dónde estaba la ciudad, que no estaba muy lejos del pueblo de Esperanza. Le pedí que fuese mi guía. Mi mente estaba muy confundida como para sentirme lleno de vitalidad en la búsqueda de algo que parecía finalizado. Tal vez sin él, no hubiese salido de ese mareo mental que tenía. Cuando sacamos los caballos de los corrales, me dio una especie de ánimo con una frase que me hizo ver la situación de otro modo: - ¿Por qué no te sacas un poco de la mente la tensión, y, como cuando éramos niños, hacemos una carrera por el desierto para ver quién llega más rápido a La Tirana? Te digo que esto no es Torrijos, y no es difícil llegar si seguimos en dirección recta hacia el norte. La ciudad es grande y se reconoce fácil desde lejos. No podría haberme propuesto mejor competencia, y es que, en esa época de niños, en Torrijos, si había algo que no pude olvidar fue el adiestramiento que recibí de su padre y de él mismo, para cabalgar y correr por los sembradíos igual que jinetes expertos. Así que ni dudé ni un segundo en aceptar su propuesta, y cabalgar a toda velocidad, mientras veía que Roberto, a veces sí, a veces no, se acercaba a mí, intentando ganarme la carrera. En el desierto, la corrida era diferente: se sentía un aire de inmensidad y de estar en una tierra de nadie que no se puede describir. Yo no me había sacado el traje de tela en ningún momento, y, a pesar de lo que pensaba, no tuve en ningún momento una sensación de calor. La fuerza del viento y el roce del trote del caballo hacían que todo se reuniese a ese
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mínimo momento, hasta que llegué a la entrada de la ciudad de La Tirana, que se veía mucho más grande de lo que había pensado. Roberto llegó pocos minutos después, detrás de mí. Venía muy sudoroso, y me dijo que, al parecer, los años le había pasado la cuenta. Lo cierto es que la ciudad no estaba del todo tranquila: muchos hombres y mujeres abarrotaban las terrosas calles de esa ciudad que se resistía a ser considerada pueblo, por su permanente ruralidad y tradición. Ninguno de los dos sabíamos qué es lo que estaba pasando; tampoco nos atrevíamos a preguntarle a los habitantes, porque, en sus caras se notaba una tristeza muy grande, y todos caminaban en dirección a la iglesia principal, con sus cabezas agachadas. Algunos llevaban flores en sus manos, y casi todos estaban vestidos de negro, por lo que supusimos que se trataba de un funeral masivo. Nos movimos entre la muchedumbre, que no se notaba del todo contenta al tener que darle paso a nuestros caballos. Fue en medio de ese caminar cuando, sin saber por qué, un hombre de gran estatura, que habrá tenido más de dos metros, y que vestía un traje negro de sacerdote, alzó la voz y, dirigiéndose a todos, dijo: - ¡Hermanos y hermanas, ése es el hombre que nos puede ayudar! ¡No lo dejen escapar, y díganle que nos muestre la lámina de la Mancha de la Mariposa! Como si hubiesen sido despertados por una orden celestial, todos los hombres y mujeres levantaron sus rostros, y empezaron a gritar que le entregásemos la lámina de la mariposa. Estaban encolerizados, llenos de una rabia interna que se expresaba en sus rostros enojadizos. Algunos golpeaban las patas de los caballos, para que éstos se derrumbasen, y nos dejara a la misma altura que ellos. Los pobres caballos relinchaban de susto y de molestia por todo el griterío y los golpes. Yo no quise mantener el silencio; era demasiado soportar que un grupo de desconocidos se atreviese a lincharnos igual que delincuentes; por lo que saqué la lámina de la caja, y la levanté por sobre mi cabeza, al mismo tiempo que grité:
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¡Cálmense, turba de malolientes y estúpidos! ¿Acaso no saben que esta mancha tiene el poder de la resurrección, y que si nos matan, todo ese poder desaparece de esta Tierra para siempre? - ¿Y por qué dices eso? ¿Cómo sabes que esa mancha tiene ese poder? – Me dijo en voz baja Roberto, pero yo le respondí que me dejara hacer las cosas a mi modo, y que siguiera el cuento. - ¡Y tú, hombre de Dios, no nos subestimes ni nos desacredites delante de estos insulsos humanos, y llévanos delante de la presencia de aquel que necesita volver a la vida, ahora mismo! – Le espeté a ese alto hombre que parecía un sacerdote. - ¡Así será, vayamos a donde está su ataúd! – Respondió. El religioso hizo callar a la muchedumbre, y nos facilitó caminar en dirección a la iglesia, que era donde estaba el ataúd. Cuando llegamos, vimos que se trataba de una anciana mujer, que estaba dentro de un ataúd de cristal. Había algunas personas muy cerca de ella, como haciéndoles custodia, y acompañándolas en el momento final. Le pregunté al sacerdote quién era esa mujer, y por qué estaba muerta. - Es la sucesora de La Monja Blanca. La creadora de la Fiesta de La Tirana, quien murió hace más de 25 años. En su testamento, había establecido que esta mujer debía continuar con su legado. Unos hombres se acercaron a la Iglesia esta mañana, y, ante todos, nos anunciaron que ustedes llegarían para hacerla despertar de ese trance que la lleva considerarla muerta. - Quiere decir que también tiene la enfermedad del falso sueño eterno. - Sí. Y sabemos que, al igual que hace muchos años, cuando un hombre llamado El Pequeño Gigante despertó del sueño a La Monja Blanca, ustedes también pueden hacer lo mismo con esta santa mujer. No nos tocaba fácil, aunque yo sabía que esas antiguas leyendas que había escuchado en mis estudios de Psicología, de los poderes de resurrección de las
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Manchas, algo podían tener de verdad. Por eso, al suponer que los habitantes del pueblo esperaban de nosotros el despertar de esa mujer, tomé esa posición de súper-hombre, y quise llevar la iniciativa como si se tratase de una labor eterna y de gran valor. Así se lo expliqué, en voz baja, a Roberto, quien de a poco fue aceptando mi decisión de “seguir el juego de las ideas” de La Tirana. Le exigí al sacerdote que abriera la cubierta del ataúd de cristal cuanto antes, porque no estaba dispuesto a esperar más tiempo, y porque la enfermedad del sueño eterno tenía una etapa que ni siquiera las Manchas eran capaces de superar. El hombre actuó con sumo cuidado y rapidez, y, cuando abrió el ataúd, el silencio de la muchedumbre no se hizo esperar. Todos se volvieron asombrados y respetuosos por el momento que habían estado esperando. El rostro demacrado por el tiempo de aquella mujer que yacía muerta en el ataúd mostraba mucho sufrimiento y dolor. Parecía que los años de injusticia, de desastres y de malos tratos que toda una casta de hombres había sufrido se hubiese aglutinado en su piel, para mostrarles a todos los que estaban presentes que las desgracias también se reflejan en el cuerpo. ¿Y quién era esta mujer? Lo sabría más adelante, pero ahora se lo cuento, porque la ocasión lo amerita: ella era nada más y nada menos que Artemisa, la hermana menor de aquel legendario hombre llamado El Pequeño Gigante. Por lo tanto, no estábamos delante de una mujer cualquiera, sino que estábamos al lado de una mujer que podría contarnos una vida entera, una representante de las generaciones del pasado, que vivió en carne propia las persecuciones y los maltratos. Yo puse mi mirada muy seria y muy penetradora en esos ojos cerrados, que denotaban el paso de los años, la angustia y el dolor. Mal que mal, su hermano había muerto a manos de los militares de Pinochet, y había tenido que soportar ese karma toda su vida. Por eso quise actuar sin demorarme mucho, y levanté la lámina de la mariposa, seguido de un potente grito: - ¡Mujer, que todavía estás entre el trance de la vida y la muerte, abre los ojos, y dime qué ves en esta mancha! ¡Dímelo aunque te cueste hablar! ¡Dímelo aunque sea en una voz muy baja!
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El silencio se mantenía firme en el gentío de personas que seguía aumentando y aumentando, a medida que yo estaba delante de la mujer. Todos estaban esperando que la fuerza de la Mancha diera algún resultado. Era la misma lámina que había usado antes El Pequeño Gigante y mi padre, y que yo, ahora, en calidad de sucesor de todos ellos, tenía la facultad de aplicarlas por derecho propio, aunque ese derecho no aseguraba que las cosas salieran a pedir de boca. Pero ocurrió lo que todos estábamos esperando como si fuese parte de un milagro, de algo que los fantasmas del desierto, las antiguas familias y los habitantes del pueblo hubiesen conjurado en un mismo propósito, para que resultase. La mujer, con un costoso abrir de ojos, y unos movimientos casi inexistentes, movió un poco los labios, y dijo: - ¡Victorio…! ¡Te veo, Victorio…! ¿Dónde te habías metido todo este tiempo…? ¿Por qué me dejaste sola…? Era evidente. La mujer, al verme a mí cerca de las manchas, creyó que se trataba de mi padre; porque yo, si descartamos el color rojo de mis mejillas, me parecía mucho a él en su juventud, según me contó Roberto. Tuve que aclararle que yo no era Victorio, sino que su hijo. Eso la hizo volver en un estado de tranquilidad, y le devolvió la vida poco a poco, para contento de toda La Tirana, que, del silencio absoluto, pasó a la algarabía y a los aplausos espontáneos, que todo parecía ahora una verdadera fiesta. El sacerdote les pidió a todos que regresaran a sus casas con la alegría de haber presenciado la gracia divina de Dios, y que dejaran que la mujer se repusiese de su enfermedad. Nosotros, en tanto, ayudamos a llevar el ataúd hasta su casa, y, después, colaboramos en sacarla de ahí, y recostarla en su cama. Yo notaba que, a medida que pasaban las horas, el rostro de la mujer volvía a tener el color natural, aunque sus arrugas seguían ahí, como señal inalterable del paso del reloj. Roberto me dijo que, si él hubiese estado en esa situación, también se hubiera confundido al verme a mí con los ojos nublados. Me dijo que, de las dos veces que pudo ver a mi padre, después de que yo dejase la Argentina, no le cabía
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ninguna duda de que yo era su hijo, sobre todo por el color del cabello, muy rubio y por el color blanco del rostro, fuera de mis mejillas rojas. Luego de la escena de la mujer, tuvimos que esperar tres días para que se repusiese, y pudiera contestar todas las preguntas que tenía pendientes acerca de mi padre. Ella seguía recostada en su cama, aunque podía comunicarse con más fluidez. Lo primero que le consulté era dónde estaba mi padre, y si era verdad que él seguía vivo: - ¡Ay, muchacho! Tu padre podría derrotar hasta la propia muerte si fuese necesario. Es que un hombre tan decidido y fuerte como él puede con todo y con todos. Eso lo supe cuando llegó escondido adentro del ataúd de La Monja Blanca, cuando yo vivía en la Argentina. Ahí me enteré que yo debía suceder el legado que ella había dejado en esta linda ciudad de La Tirana, y ayudé a que tu padre reuniese aliados para volver a Chile, y consiguiera sus deseos. El Gobierno Militar, o la Dictadura de Pinochet, como le digo yo, lo tenía entre ceja y ceja no sólo porque era comunista, sino que también porque sabía que un militar de alto grado había participado con él en el abuso de menores de edad de un colegio, en el sur del país. Por eso lo metieron preso con ciertas regalías, porque él tenía información muy comprometedora para el Gobierno, y, de alguna forma, los podía manejar. ¡Imagínate, que un militar haya abusado de unos niños; eso era muy grave! Tu padre estaba muy desesperado, y, por lo que me contó, él había tocado a esos niños por toda la confusión que había en su mente. Yo no lo justifico, pero lo comprendo. Eran tiempos muy tensos, muy oscuros, nadie vivía en paz, sobre todo si eras del otro bando… Hubo cientos a quienes los torturaron muchísimo… Esa época… Ya no me quiero ni acordar… - Le comprendo, pero ¿dónde está él ahora…? ¿Está en La Tirana…?

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No, no, no… Él no está aquí… Yo la última vez que supe de él fue en mi visita a Villa Rorschach, hace unos cuatro o cinco años… Ahí vive La Paciente… Ella debe saber dónde está ahora… - ¿Y quién es La Paciente…? - Es la Doctora Mayor de Villa Rorschach… Una señora de tantos años como yo, pero muy jovial. A veces, la envidio por eso… - ¿Y dónde está esa villa? - Que te lo diga Roberto. Él conoce el Desierto de Atacama tanto como yo… - ¿Roberto…? Miré con mucha extrañeza a Roberto. Me parecía muy extraño que Artemisa asegurase que él sabía dónde estaba esa villa, y, lo que más me parecía extraño, es que ella lo nombrase como si lo conociera de toda la vida. Roberto, como si presintiese que con mi mirada lo estaba inculpando, de inmediato salió al paso, y me dijo que Artemisa lo conocía desde aquella vez que había presenciado una de las Fiestas de la ciudad, y que ella era muy fisonomista, y siempre se recordaba de los rostros. Hubiese seguido interrogando a Roberto de no haber sido por la potente irrupción de dos personajes que jamás hubiese pensado haber visto en medio de la conversación con Artemisa. Los dos derribaron la puerta de su casa como si fuesen parte de un batallón de guerra, y como si fuesen dueños de todo lo que había a su paso. Llevaban en sus rostros las mismas máscaras que utilizan los bailarines de la Fiesta de La Tirana. Uno tenía la máscara de un diablo cornudo; y el otro, una máscara de negro marañón. Artemisa se puso muy nerviosa cuando los vio, y se cubrió el rostro con la sábana de la cama como si se tratase de seres malvados. El que llevaba la máscara de diablo no demoró en hablar, y apuntándome con el dedo, me dijo: - ¿Tú eres Rojo Del Solar, el psicólogo famoso que viene del país del norte? 294

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Sí, soy yo. ¿Quién eres tú? ¿Qué quieres de mí? – Le respondí. Formo parte de la famosa Caravana de la Muerte, y La Paciente me ha ordenado buscarte para ir a Villa Rorschach. Deja lo que estás haciendo, y sube a la grupa de mi caballo. ¡Y tú, Roberto, también has lo mismo, de inmediato! – Respondió el enmascarado. Por un momento pensé que nos darían tiempo para despedirnos de Artemisa, pero el otro enmascarado me cogió del hombro, y me hizo subir con rapidez al caballo. Roberto hizo lo mismo, aunque sin la necesidad de ser arrastrado. Yo debo aceptar que no opuse resistencia porque, si de todas formas teníamos que ir a Villar Rorschach, llegar cuanto antes era mucho mejor. Lo único que me mantenía inquieto es que todos se dirigían a Roberto como alguien conocido. Era cierto que ya me había aclarado de su visita a La Tirana años atrás, lo cierto es que ¿por qué ahora estos enmascarados también parecían conocerlo? Por lo demás, ¿quiénes se ocultaban detrás de esas máscaras? Los dos tenían unas pistolas atadas a la cintura, y eso me intimidaba de preguntarles cuáles eran sus intensiones y quiénes eran. En cualquier momento, podían reaccionar mal, y disparar contra nosotros. Ya estábamos fuera de la casa de Artemisa y de La Tirana, y cabalgábamos por el desierto. Sólo quedaba esperar a llegar a Villa Rorschach, para salir de todas las dudas. Pensé que sólo esos dos hombres nos llevarían por el desierto, pero, a medida que avanzábamos, otros más, también montados a caballos, se unían detrás de ellos. La mayoría de ellos estaban vestidos con trajes oscuros, parecidos a los que usan los monjes gregorianos, por lo que era casi imposible verles el rostro. Llevaban en sus manos unas lanzas de madera, y hacían un gesto de saludo cuando veían que se añadía alguien más. Ahora podía comprender por qué se hacían llamar la Caravana de la Muerte. Roberto me miraba de reojo, y yo también hacía lo mismo. La desconfianza hacia él seguía creciendo, y sólo deseaba que el viaje se acabara pronto. 295

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En un punto del desierto que no podría definir de ninguna forma, porque era un sitio desolado y en medio de la nada, los enmascarados me forzaron a bajar del caballo, y quitarme la chaqueta y la camisa. El que me lo ordenaba me apuntaba con su revólver, y no me daba tiempo para poder negarme. Todo sucedía en un clima de silencio y de tensión enormes. Parecía que todos estuviesen pendientes de ver cuál era mi reacción y lo que vendría después. Con mucha rabia, me saqué la ropa y miré al enmascarado a lo que parecían sus ojos. Lo único que me atreví a decirle fue: - No sé quién se esconde detrás de ese rostro ni a dónde quieres llegar con todo esto. Sólo sé que eres un cobarde por actuar así. Ya me gustaría verte en mi lugar. El enmascarado no respondía, estaba dispuesto a seguir sus planes sin que nada lo interrumpiera. Hizo un gesto con los dedos, y me pidió que le diese la espalda, que pusiera mis manos por detrás de la cabeza, y me hincase. Todo lo hacía apuntando aún más, y yo seguía obligado a consentir sus órdenes. Roberto en ningún momento pronunció ni la más mínima palabra. Suponía que estaba tan temeroso como yo de hacer cualquier movimiento, ante la cantidad de hombres y armas que nos rodeaban. Aunque eso me hacía pensar en por qué sólo yo era el amedrentado a seguir órdenes, y no él. Pensaba en una verdadera colusión en mi contra. Pensaba que él había planeado todo ese viaje para llegar hasta este punto apartado de la Tierra, y hacerme desaparecer sin que nadie se enterase. No puedo negar que todo lo vivido con él en mi niñez sí lo recordaba y es algo que está latente, más aún aquel símbolo de la mancha de la mariposa que nos habíamos dejado grabar en nuestras espaldas, como señal de amistad. Podría haber seguido pensando en todo eso, pero el enmascarado me tapó los ojos con una venda, y me decía que siguiese hincado. Se acercó a mi oído, y, en voz baja, me dijo: - ¡Quién lo diría! Matamos al padre y, ahora, también mataremos al hijo. Parece que nuestro trabajo nunca acabará…
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Desde ese momento supe que había llegado mi hora. Todo había sido parte de una maraña de mentiras y de situaciones creadas para llegar hasta el desierto, y acabar conmigo sin más trámites. Era evidente que Roberto estaba detrás de este viaje, y era evidente que yo había caído como un imbécil. La vida entera pasaba por mi mente en pocos segundos, y ya me sentía más muerto que vivo. El silencio del desierto me hacía pensar en la forma en que esos cientos de hombres, como mi padre, fueron acribillados durante la Dictadura, en medio de la soledad de la nada misma. Iba a lanzar un grito de furia y de despedida de este mundo, cuando, una potente voz gritó: - ¡Ahora! ¡Disparen! Un fuerte estruendo de disparos acabó con el silencio, y yo, como instinto humano, cerré los ojos y me agaché un poco, pensando que podría esquivar los disparos que, pensé, se dirigían a mí. Pero nada de lo que imaginaba sucedió. Yo seguía vivo, y no sentía en ningún momento estar en otro sitio. Me tocaba el cuerpo para saber si tenía alguna herida que no sentía, y no sentía nada. De improviso, volví a escuchar en el oído la voz del enmascarado, que me dijo: - Agradece al Cielo, porque hoy te has salvado. ¡Pero ten cuidado!, que nos podemos encontrar de nuevo, en cualquier parte del mundo. Sin darme tiempo para responderle ni para perder su tiempo, el enmascarado le gritó a toda la Caravana que el trabajo se había realizado por hoy, y que ya debían partir. Escuché cómo los caballos iniciaban su trote, y parecían desaparecer de ese punto del desierto. Me sentía muy extraño siguiendo en esa posición, hincado, y sin saber con certeza qué pasaba a mi alrededor. Hasta que sentí que alguien me quitaba la venda de los ojos. Al frente de mí se presentaba una mujer no demasiado alta, con un cuerpo delgado y con un largo cabello encanecido. No parecía tener más allá de 50 años, y me miraba con un rostro de alegría, como si estuviese mirando a alguien a quien apreciaba demasiado. La mujer se agachó un poco, para estar a la misma altura que yo, y me abrazó muy despacio. Yo todavía no podía reaccionar de todo lo que había pasado, y sólo insté
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a devolver su abrazo con duda e inseguridad. No sabía quién era esa mujer, y no sabía qué es lo que estaba pasando. Ella salió del silencio con una voz muy conciliadora: - No te preocupes, ellos ya se fueron, y no volverán. Ahora es tiempo de que vayamos a Villa Rorschach. Estamos a pocos pasos. Ponte la chaqueta y la camisa, y caminemos. - ¿Y quién es usted? – Le pregunté. - Me dicen La Paciente, soy la Doctora Mayor de la Villa. - ¡Ah, es usted…! ¿Y Roberto dónde está? - ¿Roberto…? Yo no veo a nadie más aquí… Sólo estamos nosotros… - ¡Pero si Roberto venía conmigo! ¡Es imposible…! ¿Y dónde están los enmascarados y la Caravana…? - Te dije que ya se fueron y no volverán… Caminemos… Tengo algo importante que hablar contigo… Avanzamos unos cuantos metros en línea recta, golpeados por el viento del desierto. A veces miraba hacia atrás, pensando que Roberto aparecería en alguna parte, pero no veía a nadie. Pensar en su desaparición me hacía tener mayores dudas, y completaba todas mis sospechas de que él estaba coludido con la Caravana. Aunque también pensaba por qué los hombres no me habían matado, y si él estaba con ellos para buscar mi muerte, por qué no concretar lo que podrían haber logrado con mucha facilidad. Mis dudas se acabaron cuando estuve en la puerta de entrada de Villa Rorschach. Se notaba un sitio apacible, una especie de oasis en medio del desierto. Me parecía extraño que un centro de tratamiento de trastornos mentales estuviese instalado ahí, en la mitad de la nada. La Paciente me respondió que así lo había establecido, hace más de cincuenta años, El Pequeño Gigante, y, mientras me hablaba de todo esto, me paseaba por todos los caminitos de tierra pedregosa de la Villa, y me contaba lo bien que le hacía atender a pacientes que no podrían tener un mejor futuro si no fuese por los cuidados de los especialistas. Me mostró una
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estatua en honor a El Pequeño Gigante, que ella misma había mandado construir en el centro del recinto. La figura estaba hecha con granito negro, y, en las manos, llevaba una lámina de las Manchas de Rorschach, la de la Mariposa. La Paciente suspiró un poco, y me dijo: - Esas Manchas… Tantas historias que se han vivido con esas Manchas… A veces me gustaría que las cosas hubiesen sido distintas, y que esas Manchas significasen sólo un test de ayuda psicológica, y no el símbolo de hombres que vieron truncadas sus vidas y sus sueños, y que ni siquiera pudieron tener un debido funeral… - ¿Usted conoció a El Pequeño Gigante y a mi padre, cierto…? – Le espeté. - ¡Por supuesto que los conocí! ¡O de lo contrario no estaría aquí!– Respondió. - ¿Mi padre está vivo, cierto…? ¿Dónde está, usted lo sabe? - Sí, yo lo sé… Dimos un par de vueltas por otros sectores de la Villa. A veces aparecían algunos especialistas, que le hacían preguntas a La Paciente. Ella les respondía, y les firmaba unos documentos que traían. Nos paramos al frente de una casita apartada del resto de la Villa. Ahí, La Paciente siguió el discurso que había dejado inconcluso antes: - La Dictadura de Pinochet no es del color negro que todos pintan. Así como esa Caravana que te acaba de perdonar la vida, hubo muchos militares que accedieron a concesiones, sobre todo si había situaciones que comprometían a esos mismos militares de por medio. En esa pequeña casita que está en frente de nosotros tu padre fingió que era un Detenido Desaparecido hace poco más de diez años. Él no es el único. Hay muchos supuestos Detenidos Desaparecidos que hoy viven enclaustrados en lugares apartados del mundo. Ellos quisieron seguir una vida en el anonimato, al ver que sus pretensiones de revolución se
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acababan por siempre. Sus sueños nunca podrían realizarse, y ellos se resignaron. Así, tu padre consintió que le perdonaran la vida, a cambio de dinero para que tu abuela, mi querida Dama, viviese en paz, hasta el último día de su vida, que la pasó en esta Villa. Yo soy testigo de todo eso, después de que algunos de los que estábamos en ese juicio de las Manchas fuimos liberados… - ¿Mi padre fue torturado…? ¿Fue atrapado por los militares en algún momento…? - ¡Claro que lo apresaron, cuando intentó escapar en el ataúd de La Monja Blanca! Ahí lo apresaron, aunque no sé si lo torturaron… No lo creo, tal vez lo amedrentaron como la Caravana lo hizo contigo… La Paciente buscó algo en uno de los bolsillos del delantal blanco que llevaba puesto. Se trataba de un trozo de papel que estaba doblado varias veces. Me lo entregó en las manos, y me dijo que era una carta que mi padre había escrito hace más de veinte años, y que se le había dejado a un lugareño de La Tirana, quien, a su vez, se la entregó a ella, cuando se enteró de lo ocurrido con mi padre. Recibí la carta con mucho agrado y emoción. Era el primer y único vestigio que recibía de parte de mi padre. Era tanto mi nerviosismo que no podía desdoblar la hoja con rapidez. La Paciente tuvo que ayudarme. Las letras de esa carta parecían provenir de un mundo que no estaba en este mundo. Sentía estar al lado de aquel pasado que ese hombre, mi padre, había vivido con mucho pesar y tormento. No podía quedarme con las dudas que tanto me atormentaban: - ¡Dígame!, ¿dónde está él ahora? Esto es muy importante para mí. - Él está en la Argentina, en Torrijos. Eso fue lo último que supe. El Bautista se lo llevó para allá… - ¿El Bautista…? ¡Pero si acabo de estar hace algunos días con él! ¡Entonces, es ese viejo que estaba en esa pieza…! ¿Cómo no me di cuenta…? ¡Y Roberto no me dijo nada!
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¡Muchacho, cálmate! Tu padre necesita tranquilidad. Olvídate de escarbar el pasado. Tú nunca estableciste un lazo afectivo con él, y ya es tarde para que eso se supere. Si en verdad sientes algo de respeto por él, lo mejor que puedes hacer es regresar a los Estados Unidos, y dejar que todo siga como está. Si interfieres, tu vida puede correr mucho peligro. No te interpongas. Tu padre está bien. Confórmate con saber dónde está. Esa carta es algo que se quedará contigo para siempre. Tal vez, mientras estamos aquí, tu padre ya está muerto. Supe que estaba muy enfermo… - No puedo sentirme conforme al saber que no puedo hablarle… - Lo viste, y eso es suficiente… - Su estado era muy deplorable… Yo tengo un buen vivir… Podría ayudarlo… - Llévate esa carta contigo… y no sigas revolviendo lo que ya está. Ahora es tiempo de que te vayas… Las palabras de La Paciente se hacían inentendibles ante un sonido de hélice de helicóptero que apareció desde el cielo de la Villa. Yo no comprendía nada de lo que estaba pasando. Miraba hacia arriba y la miraba a ella. Su larga cabellera encanecida se levantaba con el viento que esparcía el helicóptero, y, de pronto, sus ojos se tornaron enojadizos. Fue en ese momento que La Paciente sacó una pistola, y me amenazó con disparar si yo no obedecía sus palabras. Me decía que, por mi bien, tenía que olvidarme de todo lo que había pasado, pues ella estaba a cargo de proteger a mi padre, y yo ya había conocido suficiente información. Cuando el helicóptero se posó por sobre nosotros, una escalera descendió y La Paciente, con la pistola apuntando, me ordenaba subir, y me decía que había sido un agrado estar conmigo. Dijo que ese helicóptero me llevaría hasta el aeropuerto más cercano, donde me esperaba el viaje de regreso al país del norte. Me afirmó que me olvidase del juicio, porque sería innecesario, y que, ante cualquier nueva situación, ella me informaría. Yo dudaba mucho de obedecer todo
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eso. Debo confesarle que lo hice por la memoria de mi padre. Tal vez en realidad él estaría más seguro si yo me abstenía de acercarme a su lado. Así fue como me subí al helicóptero, y, en el ascenso, veía más pequeña la figura de La Paciente, que se despedía de mí con un saludo. Ahora, que han pasado cuatro años desde esa despedida, y tengo una nueva oficina en Nueva York, pienso en ese viaje como una visita al mundo del pasado que nunca pensé vivir. No sé si Roberto era un fantasma que venía de ese pasado; tampoco sé si la Caravana era parte de imaginaciones mías, o si en realidad estuve al lado de mi padre en Torrijos. Sólo sé que sigo usando las láminas de las Manchas de Rorschach cuando examino a mis pacientes, o cuando debo seleccionar a un postulante para cierto trabajo. Y las siento como parte de mí mucho más de lo que pudiera. Las siento como parte de mi vida, de todo lo que un día quise ser y lo que ahora soy. Así salgo a mirar por la ventana, en las noches de luna llena, y, pienso dónde podrá estar mi padre; en qué lugar del mundo estará caminando; dónde estará viviendo sus últimos días; y, al mismo tiempo, llevo la carta que me escribió en mis manos, y leo la frase final que, como si supiese dónde estoy, como si supiese la forma en la que se cura la aflicción y el tormento de todos los hombres, me dice desde alguna parte: “No se aflijan por mí ni sientan que sus dificultades son insuperables, porque recuerden que, después de la noche, siempre viene el día”. FIN.

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POST SCRIPTUM

No lo había deseado hacer por respeto a la difícil situación en la que se encontraba, y lo extremo de su desconcierto y dolor, pero una historia no puede mostrar una única cara de la moneda, porque en este mundo no hay seres buenos ni santos de devoción. Victorio de Lorca se había convertido en un perseguido político, en un detractor de la institucionalidad del Gobierno Militar, por el solo hecho de pensar distinto, lo cierto es que Victorio de Lorca no había caminado por el sendero de la perfección ni de la pureza absoluta. Como se pudo leer en las páginas anteriores, hasta cierto punto, él consideraba que había matado a su madre, acto que expresaba con mucha convicción y propiedad, sin señales de arrepentimiento. Ese acto lo resarció al crecer y darse cuenta de que no todo podía ser odio y enemistad en contra de quien le había dado el ser, lo que lo llevó incluso a entregarle el dinero que los familiares reciben por compensación de tener un detenido desaparecido. Sin embargo, él quedó en deuda con alguien, con una persona que vio cambiado su vida en 360° cuando, a temprana edad, fue abusado tanto física como psicológicamente, en una escuela del sur de Chile. Me refiero al muchacho que sufrió un abuso sexual por parte de Victorio y uno de los militares que pertenecía al mismo régimen de la Dictadura de Pinochet.
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Victorio, mientras buscaba aliados para sacar del poder a El General, se estableció en el pueblo que albergaba la escuela. Ahí falsificó su Currículum Vitae, y señaló que era un experimentado profesor, lo cual reforzó con sus conocimientos de psicopedagogía, a través del dominio de los test, entre ellos, el de Las Manchas de Rorschach. De esa forma, el director del establecimiento aceptó dejarlo en un cargo de profesor auxiliar de inmediato, acto que sirvió para conocer al niño que lo llevaría hasta aquel vínculo militar que tanto necesitaba, y que, sin saberlo, sería el pasaporte a su apresamiento, una vez que los padres del niño se enteraron de la terrible situación, confesada por éste –según me dijo su madre– con mucha angustia y mucho nerviosismo, ya que Victorio y el militar lo habían amenazado de matar a su familia, opositora al Régimen Militar. Cuando me encontraba en el recinto militar, tuve la oportunidad de establecer comunicación con la madre y el niño que estaban acusando a Victorio y al militar. Ellos eran las víctimas de este terrible hecho, y, de algún modo, instaron para que aquellos que habían conocido a Victorio declarasen lo que sabían de él, sobre todo cuando él logró escapar de la prisión. El militar involucrado en los hechos siempre estuvo bajo protección, y yo nunca pude verlo ni entrevistarlo. El Ejército lo había protegido con los máximos resguardos, y yo jamás dejé de pensar que Victorio era tratado como el chivo expiatorio de este caso. Eso lo notaba en el hermetismo, los silencios y la extrema imposición a no opinar más allá de lo que se podía. De cualquier forma, los militares sí me permitieron acceder a una entrevista con el niño abusado. La idea principal era realizarle el Test de las Manchas, y ahondar en su estado mental. Esto era una simple acción de rutina, y se me encargó por la sencilla razón de ser psicólogo, estar dentro del caso y el grado de desorden mental que podría haber tenido el muchacho. Los militares me prohibieron estrictamente establecer la misma comunicación que con los inculpados. Ellos, sin duda, tenían miedo a que yo divulgase las confesiones dl muchacho, y la Milicia se viese desprestigiada. Mi silencio, como sí se aplicó en
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los demás –la madre de la víctima y Victorio–, se pretendía sellar con dinero y con regalías. Uno de los sargentos encargados del recinto me citó un día a una reunión, y me indicó cuánto valía quedarme callado. Yo fui directo, y le respondí que no se preocupara, porque los psicólogos forenses no necesitamos de pagos, ya que ese es nuestro trabajo, y actuamos a conciencia de saber que hay muchos casos, y que todos y cada uno tiene particularidades. Tal vez por eso hoy sigo vivo, porque hablé son sinceridad. Esos militares bien podrían haber obtenido mi silencio sólo con haberme disparado un balazo. Durante la entrevista que tuve con el niño, pretendía realizar las preguntas de rigor que estaban preestablecidas, pero pude darme cuenta de que, en la habitación, no había ningún de resguardo militar, y tampoco estaba la madre. En ese año –1975–, no existían cámaras de vigilancia ni vidrios polarizados ni gran tecnología, por lo que, después de verificar alrededor del cuarto, me decidí a ir más allá de la rutina y ahondar en los pensamientos de aquel niño abusado por Victorio y el militar. Esas preguntas estaban muy bien guardadas en una de mis estanterías, y hoy, treinta años después, a modo de epílogo de esta historia, las expongo, para que cada cual saque sus conclusiones.

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LA VÍCTIMA Extracto de Informe Entrevista

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La sala que nos habían dispuesto tenía sólo dos sillas, y estaban separadas una de la otra, por lo que me acerqué al niño con un tono de paternidad y de compañerismo, para hacerle las consultas de rigor, y lograr un clima más amable. Él se notaba, en general, sereno, parecía no tener un gran sufrimiento en su mente o en su cuerpo. No quise ser alguien alejado de su entorno y de su vida, por lo que, desde el primer minuto, lo traté como a un conocido de siempre: - Hola. ¿Cómo estás? ¿Te sientes tranquilo? - Sí… Sólo tenía un poco de hambre, pero ya me dieron algo de comer… - ¿Sabes para qué estamos aquí, cierto? - Sí, me dijeron que usted iba a hacerme unos exámenes a la cabeza… - Algo así. Pero no sólo eso, me gustaría que no tengas miedo, y me expreses cada uno de los momentos en que esos hombres grandes tocaron tu cuerpo. Yo sé que es algo muy tremendo y horrible; me dijeron que no podía hacerte estas ocultas; pero deseo saber tu impresión de todo esto. - No es algo muy agradable… No tengo ganas de hablar del tema… No quiero recordarlo… - Te prometo que esto quedará entre tú y yo; esto no estará en el informe oficial… Tú sabes que ahí afuera están los inculpados, y esto podría ayudar mucho… - No lo sé… No estoy seguro… - Bueno, antes dime, ¿qué ves en esta mancha…? - ¿Qué veo ahí…? Una mariposa… - ¿Ves algo más…? - También puede ser una araña grande… - ¿Y dónde ves la mariposa? - En toda la lámina… - ¿Y la araña? - También. - ¿Te gustan estas láminas de las manchas? Mira, tengo varias…
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- Sí, se ven bonitas… Parecen pinturas… - Lleguemos a un acuerdo… - ¿Un acuerdo? -Sí. Yo te regalo las láminas de las manchas, y tú me dices lo que te pasó. Es algo razonable, pienso yo… El niño se demoró algunos minutos en responder. Sólo tenía 12 años, y dudaba mucho en contar su historia. Veía las láminas de las Manchas una a una, y me miraba a mí con mucha duda. Hasta que por fin aceptó, y lo contó todo, sin dejar ningún detalle fuera: Yo había llegado a la escuela hace tres meses, porque nos habíamos cambiado de casa, con mis padres. Recuerdo que ese señor Victorio llegó el mismo día que se cumplían los tres meses que estaba en la escuela. El director del colegio lo presentó como el nuevo profesor, delante de todos, cuando estábamos formados en la fila del patio, en el acto que todos los lunes hacen para cantar el Himno Nacional. Nunca podré olvidar su altura y el color rubio de su pelo. Los compañeros del curso y de otros le habían puesto “El Alemán”, porque tenía un parecido a un típico alemán. Además, era bastante alto y delgado. Supe que a algunas profesoras les gustaba, aunque eso a mí nunca me interesó. Uno de los días de mayo, la profesora jefe faltó, y el director lo dejó a cargo del curso. Ahí empezó una fijación en mí que yo nunca quise seguir. Me decía que yo me parecía a su hijo, que tenía las mismas mejillas rojas que él. Yo seguía su conversación, y le preguntaba cuál era su edad, y de dónde venía. Él se notaba alguien relajado y alegre. Yo lo veía como un buen profesor, por eso le contaba sobre mí, mi familia y todo lo que me ocurría. En una de esas conversaciones, le dije que yo tenía un tío militar. Se lo conté como cualquier cosa que le había contado antes, y a él le interesó mucho saber eso, porque me decía si le podía dar algún dato de mi tío. El tío vivía en el pueblo vecino, y le dije que podía hablar con él, si quería. Después de unas semanas, le di la dirección exacta, y él me contó que había ido a visitarlo. A mí me causaba un poco de dudas sus
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Las Manchas de Rorschach

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razones para hablar con mi tío, y siempre me respondía que era para conocer información del Gobierno Militar. Mis padres no querían mucho a mi tío. Ellos pensaban que era alguien oscuro y de malas costumbres. Ellos hablan sobre muchas palabras que yo no entiendo; palabras de política. Pero yo no veía tan así a mi tío, porque, a veces, cuando salía temprano del colegio, me escapaba a su casa, y hablaba con él varias horas. Mi tío vive en una parcela grande, mucho más grande que mi casa, y varias veces, cuando llegaba, estaba con sus compañeros militares. Él prestaba su casa para hacer maniobras de disparos, y eso a mí me gustaba, me sentía bien cuando me enseñaba a empuñar el arma y otras cosas. Algunas personas, como mis padres, me decían que los militares eran personas malas, que usaban las armas para derribar al enemigo. Yo no quería escuchar esas palabras, nunca me gustaron. Había pasado casi un mes que no iba a la casa de mi tío, y, para no estar tan aburrido, se me ocurrió ir. Ya era el mes de agosto, eran días de lluvia y de frío, pero ese día estaba despejado. Quería darle una sorpresa al tío, y me di la vuelta a su parcela, para entrar por la cocina, y, cuando estaba dentro, me pareció escuchar varias voces que se reían, y una de ellas me pareció muy conocida. Era la voz de ese señor Victorio. Se reía a carcajadas con mi tío y unos militares que habían ido a visitarlos. Todos estaban tomando cerveza, y parecían estar borrachos. Me extrañó ver a quien era el profesor de la escuela celebrando de esa forma. Yo no puedo decir que era un pecado tomar y disfrutar, pero se veía muy raro en una persona calmada y sencilla como él. Escuché algo de sus conversaciones; no me acuerdo muy bien, pero entre mi tío y el señor Victorio decían: - ¿No te parece que ha pasado mucho tiempo…? ¿Cuándo nos vas a decir dónde esconden las armas tus amigos…? - ¡Cuando ustedes me ayuden a cruzar el país…! - ¿No te parece que estás pidiendo mucho…? ¡Nosotros te estamos perdonando la vida! ¡Hace tiempo que podríamos haberte matado…!
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Esa palabra, matado, me asustó mucho, y boté uno de los frascos con mermelada que el tío guardaba en el desván. El sonido alertó a todos, por lo que tuve que salir de la cocina, y mostrarme ante todos. El tío parecía estar algo eufórico, y se mostraba muy contento de verme. Hacía gala de que yo seguiría el camino de la milicia, por mi gusto por las armas, y se reía mucho. De a poco fue agotándose por el efecto del alcohol, y se quedó dormido en la mesa. Uno de los otros militares hablaba conmigo y con Victorio con mucha amenidad. Se veía un militar joven; yo pienso que tenía la mitad de la edad de mi tío. Él, en un momento, me dijo: - ¿Sabías que tu tío guarda un arma muy grande y poderosa en el cuarto de herramientas que está ahí afuera? ¿Qué te parece si vamos para allá, y practicamos? - Sí, sería agradable. – Le respondí. - ¡Vamos, Victorio, acompáñanos…! El militar y el señor Victorio caminaban algo mareados hacia el cuarto de herramientas. Los dos se veían alegres, y se lanzaban miradas cómplices. Antes de entrar al cuarto, el militar se sacó la polera y se quedó a torso desnudo. Dijo que antes de mostrar las armas, debía hacer un calentamiento de rutina militar. Le dijo al señor Victorio que hiciera lo mismo, y él me pidió que también los acompañase. A mí me agradaba la rutina militar, así que opté por seguirlos. Cuando entramos al cuarto, el militar comenzó a tocar mi cuerpo. Me decía que tenía buenos brazos, musculados y definidos, para ser tan joven. También tocaba, por fuera del pantalón, mis piernas, mi trasero y mi pene. Él me decía que en esas zonas faltaba condición física, y me pidió que me sacara el pantalón y la ropa interior, para analizarla. Yo seguía con la idea de la rutina militar, pero hubo un momento en que él también se quitó el pantalón y la ropa, y me giraba el cuerpo, mientras pasaba su pene por mi trasero y la entrepierna. Me decía al mismo tiempo: - ¿Viste que esta arma sí que era grande y poderosa? Ésta es arma de militar...
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Yo me sentía muy extraño, me sentía mareado y no sabía cómo reaccionar. Él me tenía cogido por la cintura con un brazo, y, con el otro, me tocaba todo el cuerpo. En un momento, vi cómo ese señor Victorio también se bajó los pantalones y comenzó a tocar mi cuerpo. Me dijo que me agachara, para chuparle el pene. Me agarraba muy fuerte del pelo. Mientras tanto, el militar, por detrás, me decía que lo que vendría dolería mucho, pero que debía aguantar como todo un militar. Dio un fuerte grito, y me exigió que me hincara. Sentía que su pene entraba por mi trasero, con un fuerte dolor, como algo que no puedo describir, que ya no quiero recordar… Y ese señor Victorio me tocaba las mejillas, y los dos me pedían que no me moviera, que los obedeciera… Creo que ya no quiero contar más… Le dije al niño –que empezaba a llorar– que no siguiera, que ya había sido todo por ese día. Le di las láminas de las Manchas, y le pedí que se retirase. Sin duda que la entrevista había finalizado.

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VALE.

EBEN-EZER.

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