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Final Redaccion 1 Entrevista Rodolfo Riales.doc

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Published by: Edgardo Pérez Castillo on Jan 24, 2013
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La vida junto al río “El río pasa, lleva, algo nos deja; y algo se va”.

Chacho Muller En apenas un par de años, Rodolfo Riales habrá cumplido cuatro décadas a orillas del Paraná. Morocho, delgado, de hablar pausado, Rodolfo disimula una edad que se intuye cercana a los 70. Cada mañana, en la intersección de Sarmiento y el río, el estibador jubilado acomoda su bicicleta y comienza la jornada laboral en ese lugar que le dio sustento desde 1975, primero como portuario y, desde hace veinte años, como cuidacoches. El de mayor antigüedad en ese playón que, pronto, abandonará su condición pública para ser privatizado. Aunque pocas certezas tiene sobre el tema Riales, a quien sólo le llegaron rumores. “No me dijeron nada. Dicen que lo van a cerrar y que van a trabajar dos hombres nada más. No sé a quién le van a dar”, dice, ocultando cualquier rasgo de temor por la posibilidad de perder su fuente de ingresos. Y, como si fuera necesario, aclara: “Yo hace veinte años que estoy acá, después el que más hace que está hace cuatro...”. A mediados de la década del 70, Rodolfo Riales era uno de los tantos estibadores que se presentaban en el lugar como trabajadores eventuales. “Esto era todo puerto, eran todos galpones. Por ahí pasaba la vía y descargábamos los vagones”, recuerda, repintando con sus manos un paisaje que hoy es otro: desde la fundación del Parque de España, en 1992, el típico escenario portuario fue dejando paso a una urbanización y refuncionalización que aún sigue en marcha en manos de los diferentes gobiernos socialistas. La apertura, que contó con las visitas estelares de la Infanta Cristina de España y el ex presidente Carlos Menem, empezaría a marcar el destino del por entonces estibador. “Cuando se inauguró esto fue un día sábado, era novedad --recuerda--. Yo andaba seco, porque nosotros éramos temporales en el puerto. Laburábamos cuando estaba el trabajo, dos o tres meses fuerte y después había que tironear, ir a un lado o a otro para cuando llegara el trabajo. El primer día, cuando se inauguró, había mucha gente y yo tenía miedo de arrimarme a cuidar autos, porque decían que era privado. Igual me metí, y me quedé. Después empecé a venir por las noches, porque en el teatro había muchos eventos. Venía siempre a los eventos, después me quedaba porque estaba el boliche donde se bailaba salsa hasta las 5, 6 de la mañana y de ahí me iba para el puerto, a trabajar cuando había trabajo. Pero esto para mí fue un alivio”. Durante algún tiempo, Rodolfo sostuvo ese ritmo de trabajo intenso, hasta que los conflictos que aquejaron a los portuarios a fines de los 90 comenzaron también a desgastarlo: “Cuando estaban los filipinos (NdR: el grupo Ictsi, que en 1998 obtuvo la concesión del Ente Puerto Rosario) se armó quilombo, porque querían sacar al Sindicato. Estuvimos nueve meses de paro, hicimos un montón de marchas. Eramos 205 los que habíamos quedado mensuales, pero peleábamos por el puerto. Fuimos dos veces a Buenos Aires, al Ministerio de Trabajo, y después se fueron los filipinos porque no les convenía lo que el Sindicato les planteaba sobre cómo tener a la gente”. Orgulloso de esa lucha, Rodolfo tardó poco en abandonar un trabajo que realizó por 24 años, pero que ya no extraña. “Me fui del puerto porque había mucha gente, había quilombo todos los días entre nosotros. Yo más o menos tenía edad para jubilarme, entonces me quedé cuidando autos acá en el Parque España”. La decisión tuvo también algunos impulsos: desde el propio Colegio Español (que funciona en el complejo Parque España, en la misma estructura edilicia que el Centro Cultural) pidieron por su presencia en un playón que lejos estaba de las polémicas y debates políticos. “Acá no venía nadie a

dejar el auto. Venían los de la escuela nomás. Después con el tiempo me pidieron de la escuela que cuidara los autos, pero no me dejaba nada, entonces arreglé con el administrador que me daba algo por mes, y después él se arreglaba con la gente. Pero sacaba muy poco. Hasta que hace unos tres años empezó a venir mucha gente”, sintetiza. Faltan todavía algunas horas para el mediodía, y el sol de enero se hace apenas soportable gracias a la brisa que corre desde el río. Un auto rompe la quietud y se acomoda en uno de los pocos lugares disponibles en el playón. “¿Tiene que ir Rodolfo? Vaya...”. “No –responde amable--. Ya me conocen: con que me vean ya saben que acá me quedo”.

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