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Francisco Lacueva Doctrina de La Gracia

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Analizando el concepto de fe, nos percatamos de que comporta:

1. Un factor volitivo (el griego lo expresa con la preposición eis y acusativo
de persona; en latín: "crédere in áliquem"), por el que nuestra voluntad
se adhiere a Dios en Cristo, en virtud del don soberano de la gracia,
porque también la fe es un don de Dios (Ef. 2: 8). Esto implica recibir a
Cristo en nuestra vida (In. 1:12; 4:14; 5:43; 6:35, etc.) y entregarse
totalmente a El, sometiéndose a Su palabra, a Su obra, ya Su gobierno
11 (Mt. 11:28; In. 6:37; 15:1ss.; Rom. 8: 14; Gal.. 2: 20), porque el
Cristianismo es esencialmente el seguimiento de una persona (Mí. 10:
38), más bien que la adhesión a unos principios doctrinales, aunque esta
adhesión es consecuencia obligada de seguir a Cristo como Salvador,
Maestro y Legislador. En, el lenguaje bíblico, este factor volitivo se
expresa diciendo que el asiento de la fe es el corazón como centro de la
vida interior y fuente de la conducta (Rom. 10:9-10).
2. Un factor afectivo-emotivo (el griego y el latín lo expresan por el dativo
de la persona a quien se cree: "crédere alicui"), en el sentido de "creer a

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alguien" (Jn. 2:24) por el crédito que nos merece respecto a las
manifestaciones que nos hace. El verbo griego "pistéuo" = creer, y el
correspondiente sustantivo "pístis" = fe, indican primordialmente este
aspecto, ya que se derivan del verbo "péitho" = convencer, persuadir,
aconsejar, etc. En este sentido, la fe implica un sentimiento de devoción
amorosa. Esto supone una nueva disposición de los sentimientos, de los
que también es el corazón la sede. Por eso, Dios prometió dar un
corazón nuevo para cumplir Su Ley (Sal. 119:32; Ez. 36:26). La
contemplación de la propia miseria y de la misericordia divina son
suficientes, mediante la operación del Espíritu, para excitar estas fibras
sensibles del corazón. Sin embargo, el despertar fervoroso de las
emociones religiosas, si no va acompañado de la decisión fundamental
de la voluntad (factor volitivo), puede resultar engañoso y no significar
una verdadera conversión (V. Mt. 13:20-21; Jn. 8:31; el dativo indica que
el creer del verso 30, como en Jn. 2:23-24, no era sincero).
3. Un factor intelectual-objetivo (el griego y el latín lo expresan por el
simple acusativo del objeto creído: "crédere aliquid"), por el que
prestamos asentimiento a una determinada verdad revelada (V. Jn.
11:26 "¿crees esto?"). El conjunto de enseñanzas reveladas -
especialmente, los grandes hechos, y de la Historia de la Salvación, que
forman nuestro "credo" cristiano, comporta una nueva gama de criterios,
una escala de valores, en que las cosas se estiman con "la mente de
Cristo" (la Cor. 2: 16). El creyente adquiere, con estas enseñanzas, una
nueva motivación (hecha eficaz por el poder del Espíritu), y esta
motivación infunde energía a las decisiones de cada día, con la vista
puesta en las promesas divinas. Esta motivación es necesaria para la
normal dinámica de la nueva psicología espiritual (Mt. 19:29). El "poner
la vista en el galardón" ayuda a sostenerse "como viendo al Invisible"
(Heb. 11: 26-27), entendiendo por galardón, ante todo, el gozo de la
presencia beatificante de Jesucristo en Su gloria y en compañía de los
santos. El mismo Jesús fue influido por esta motivación alentadora (V.
Is. 53:11; Fl. 2:9; Heb. 12:2). Pero un mero asentimiento a las verdades
reveladas (como es la "fe" de Hech. 8:13; Heb. 6:4-6; Sant. 2:19), sin la
entrega del corazón a Cristo, no tiene nada que ver con la fe salvífica,
que se nutre del amor (Gal.. 5: 6).

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