“El Nopalito” y Peña Nieto

Jesús Gómez Fregoso
2012-12-07

Los amantes de la Petite Histoire, es decir de la historia curiosa y entretenida, tienen un campo extenso y muy variado si investigan los primeros días de mandato de nuestros presidentes. Al que le vendría muy bien esto sería a Peña Nieto para animarse y ver que todo pudo haber sido peor. Tal vez convendría comenzar por las andanzas del señor ingeniero y general Pascual Ortiz Rubio, conocido en la historia de México como El Nopalito, quien tuvo la mala suerte de haber sido el primer candidato del naciente PNR, Partido Nacional Revolucionario, nacido de la imaginación de Plutarco Elías Calles. Para completar su mala suerte, su contrincante fue José Vasconcelos, antiguo maderista y luego obregonista arrepentido, que fundó la Secretaría de Educación Pública, después de andar en las fotografías de Zapata y Villa. Obviamente ese maderista de los primeros días de la Revolución y aventurero de la vida política del país durante 20 años era mucho más atractivo para los mexicanos que el señor ingeniero y general cuyo único mérito era ser un personaje manejable por Calles. Además el PNR no podía darse el lujo de perder su primera elección y después de matar a muchos vasconcelistas resultó “electo” por la maquinaria oficial callista. El señor ingeniero y general fue entronizado en la silla presidencial el 5 de febrero de 1930 en el desaparecido Estadio Nacional, convertido para la ocasión en recinto del Congreso.

Concluida la ceremonia de la toma de protesta al señor ingeniero y general, la comitiva se trasladó al Palacio Nacional para que el encargado del Poder Ejecutivo tomara la protesta a los miembros de su gabinete. Al salir del Palacio, el flamante primer mandatario subió al carro presidencial, un Cadillac cerrado, como se decía entonces, y al salir del patio de honor, un tal Daniel Flores hizo seis disparos contra el Cadillac negro. Una bala dio primero a la esposa del presidente arriba de la oreja derecha en el momento en que ella se volvía hacia su esposo, y después tocó al presidente en la mandíbula del lado derecho. Al hacerse pedazos, los vidrios hirieron a la sobrina del presidente. Llevaron luego al herido al hospital más cercano, en la calle de San Jerónimo. Según oí a mi papá, las calles estaban llenas de baches que resentía el herido, quien repetía “ah, qué Calles, ah qué Calles”. Ya al anochecer de ese 5 de febrero corrían rumores sobre los posibles autores intelectuales del atentado: Portes Gil, Marte R. Gómez y, por supuesto el general Calles. El atacante Daniel Flores traía una cartera y una estampa de la Virgen de Guadalupe, pero no resultó ser un cristero sino un vasconcelista. La primera fotografía que se conserva del Nopalito presidiendo la reunión con su gabinete muestra chuscamente al Primer Mandatario con una gran venda que le cubre buena parte de la cara. Es obvio que, comparando el primer día de Peña Nieto con el primer día del Nopalito, el actual presidente salió mejor librado.

En el apogeo del presidencialismo priista, a partir de Ruiz Cortines y López Mateos, los primeros de diciembre, toma de posesión, y los primeros de septiembre, día del informe, eran los días del homenaje y actos de pleitesía sin fin al Señor Presidente: todo el trayecto entre la Cámara de Diputados, en la calle de Donceles y el Palacio Nacional era una sucesión de arcos triunfales, miles de acarreados de la CTM, la CNOP, la CNC, la CROC y demás clientelas priistas. A fines de los cincuenta y principios de los sesenta asistí como curioso a más de uno de esos desfiles que trataban de emular la entrada de los cónsules romanos victoriosos a la Urbe imperial romana. No olvido las lluvias de papel picado, confeti y serpentinas a lo largo del trayecto. Nunca olvidaré, en tiempos de López Mateos, un grupo de paleros, que precedían al coche presidencial, incitando a la gente a vitorear estruendosamente al César victorioso, que, al llegar a Palacio Nacional recibía los honores del cuerpo diplomático que, los días de informe, felicitaban al primer mandatario por sus éxitos sin precedente y su fina visión de estadista. Deseamos que los tiempos de Peña Nieto sean mucho mejores que los del señor ingeniero y general Don Pascual Ortiz Rubio.

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