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Introducción

La música ha servido desde la antigüedad para realzar manifestaciones humanas de todo tipo: sociales, políticas y
religiosas. Desde su origen, la música ha ido también indisolublemente ligada a otras manifestaciones artísticas,
como el ballet, la ópera, el teatro y el cine, con las que presenta distintos tipos de relación: mientras que en el
ballet o en la ópera la música es un elemento imprescindible, en el cine o en el teatro se considera un arte
dependiente o accesorio, puesto que, a pesar de contribuir a enriquecerlas, ambas formas de arte pueden
perfectamente prescindir de ella.

Clasificación de la música cinematográfica

Por su relación con las imágenes a las que acompaña podemos clasificarla en:

- Música viva o de pantalla: es la música que se oye como procedente de una fuente presente o sugerida por la
acción que transcurre en la pantalla: una orquesta tocando en escena, un baile, una radio, un cantante, un aparato
de música o un instrumento musical.
- Música de ambientación o de fondo: es la música que acompaña o comenta la acción y los diálogos sin formar
parte de ellos, constituyendo la parte sonora del decorado que nos ayuda a situar la acción de modo cronológico,
histórico y emocional.

Funciones de la música en el cine

La música puede cumplir en una película las siguientes funciones:

- Ambientar una historia en tiempo y lugar
- Contribuir a la caracterización psicológica de los personajes, subrayando pensamientos no expresados o
repercusiones no vistas de una situación
- Servir como fondo neutro para los diálogos
- Dar unidad a escenas que de otro modo parecerían inconexas
- Delimitar, acompañando a los créditos iniciales y finales, la estructura teatral de la obra

Los comienzos de la música en el cine

Las primeras músicas que se escucharon en el cine eran tocadas en el exterior de las salas, y servían para atraer
al público y hacerle entrar. La música se utilizaba en los primeros años del siglo XX como un elemento de atracción
y enganche.

Más adelante la música entró en las salas, en forma de pianista en las salas más modestas (el mismo que hacía de
organista de la misa dominical), o de orquesta en las más grandes. En algunas salas americanas disponían de un
órgano Wurlitzer, de varios teclados, que tenía la posibilidad de realizar multitud de efectos (sirenas, pájaros,
disparos y varios instrumentos de percusión, además del sonido del piano).

En las salas que sólo contaban con un pianista, éste tenía que tocar arreglos de melodías conocidas (clásicas o de
moda) que se adecuasen al carácter de las escenas de la película que se estaba pasando, o bien utilizar alguno de
los repertorios de fragmentos musicales que circulaban, recopilados y catalogados como "música de persecución",
"temas de amor", "inminencia de una tragedia", "batalla", "naturaleza", según las escenas a las que se podían
aplicar. Pocas veces se interpretaban partituras originales. Las exigencias en cuanto al realismo de las
interpretaciones eran diferentes de las actuales: en las escenas musicales (música viva o de pantalla: ceremonias,
bailes, músicos tocando o cantantes), el público no esperaba oír el timbre original de los instrumentos que
aparecían en la imagen, sino un arreglo al piano que evocase ese tipo de música.

En las salas grandes que disponían de orquesta, los directores también disponían de estas colecciones de
fragmentos catalogados, pero después aún quedaba la difícil tarea de encadenar unas secuencias con otras de
forma instantánea (algo bastante difícil de hacer con un grupo numeroso de músicos). Poco tiempo después se
empezó a pedir a los compositores que crearan partituras originales para las películas, aunque únicamente las
grandes salas solían tener orquestas lo suficientemente importantes como para ejecutarlas, con lo que en la
práctica las películas se acompañaban con una transcripción para piano o pocos instrumentos.

La música cumplía, ya desde estos primeros momentos, dos funciones: una colectiva (subrayar los puntos fuertes
de la acción en la pantalla), y otra individual (aislar a cada espectador en su relación con la película). A menudo la
música se utilizaba también durante el rodaje para inspirar a los actores, creando un determinado ambiente
emocional que les facilitaba la interpretación de determinadas escenas.

El cine sonoro

A finales de los años 20, los departamentos musicales de las productoras de cine tuvieron que empezar a
contratar más personal, y el que ya había asumió funciones nuevas. El director musical se convirtió en el personaje
más importante de los estudios, y añadió a sus funciones de seleccionador de fragmentos preexistentes y
arreglista de música ya escrita la de componer fragmentos propios para los títulos de crédito, para los finales y
para otras escenas. Los directores musicales son los primeros en componer una música auténticamente
cinematográfica, en tanto que pensada específicamente para las imágenes de una determinada película.

Con los nuevos procedimientos inventados para fijar el sonido hacia 1926-27, el cine pasó de ser un arte
cinematográfico (que fijaba el movimiento) a convertirse en un arte cronográfico (que fijaba el tiempo). Hasta
ese momento la velocidad de la cinta no había sido normalizada, y podía fluctuar ostensiblemente entre filmación y
proyección (afectando, en el caso del sonido, no sólo al ritmo, sino a la altura). Sin embargo, al inventarse el cine
con sonido grabado sincronizado se acabaron tales fluctuaciones.

El cine sonoro fue concebido para difundir cada película con su música, una música que ya no iba a variar según la
sala o los medios, sino que permanecería indisolublemente ligada a ella e idéntica (para bien o para mal, como en el
caso de las malas interpretaciones o las malas mezclas) para siempre.

Los primeros sistemas de sincronización de sonido e imágenes, como el Vitaphone, realizaron breves grabaciones
de discursos, números y escenas de ópera. El primer largometraje hablado de la historia fue El cantor de jazz, de
1928, cuyo éxito decidió la continuidad del género. Esta película alternaba elementos del cine mudo (diálogos
resumidos en rótulos y música de fondo) con algunos cantos religiosos y canciones sincronizadas integradas en la
acción, y presentaba una sola secuencia hablada.
Los años 30
La Warner Brothers es la primera productora que apuesta por el cine sonoro. En estos años la música se utiliza
para hacer la película más completa: describir ambientes, caracterizar personajes, enlazar secuencias. Se concibe
como una sinfonía que está presente durante todas las escenas, con un tema principal destacado y diferentes
leitmotiven para cada uno de los protagonistas. Al igual que en las oberturas de las óperas, en la música que
acompaña a los títulos de crédito se sintetiza el carácter de la película.

En esta década muchos compositores europeos han llegado a Estados Unidos escapando del ascenso del régimen
nazi. Dos de ellos: Erich Wolfgang Korngold y Max Steiner, son fichados por la productora y para ella crearán las
mejores bandas sonoras de la década. En Europa, Francia se pone a la cabeza de la composición cinematográfica
con la música creada para el cine por los compositores del grupo de los seis para las películas de René Clair, Jean
Cocteau y André Malraux. Alemania pierde el papel protagonista que había tenido en los comienzos, pues la mayor
parte de sus compositores se exilian voluntariamente a los Estados Unidos. En Rusia hay que destacar los trabajos
de Dmitri Shostakovich y Sergei Prokofiev, que como principales compositores nacionales colaboran en un arte de
interés estatal. En Gran Bretaña colaboran con el cine los compositores Benjamin Britten y William Walton.

Lo que el viento se llevó fue una película que
marcó toda una época. Estrenada en 1939, su
música es quizá la banda sonora más popular de la
historia del cine. La compuso Max Steiner con la
colaboración de los cinco mejores orquestadores
del Hollywood de entonces.

La banda sonora de Robin Hood, que se estrenó en
1938, fue escrita por Erich Wolfgang Korngold. La
película es una auténtica ópera cinematográfica, en la
que la música está siempre presente, perfectamente
integrada en la acción. Por ella el compositor
consiguió su segundo Óscar.
Los años 40
En la década de los cuarenta se han solucionado muchos de los problemas técnicos (fotografía, montaje) del arte
cinematográfico y se consolida la creación de bandas sonoras. Es la época dorada de Hollywood. La pista de sonido
tiene ahora tres bandas: una para el ruido ambiental, otra para la música y una tercera para el diálogo. Los
compositores crean la partitura una vez ha terminado el rodaje y dirigen a la orquesta mientras la película es
proyectada en una pantalla tras ella, después son los montadores musicales quienes se encargan de los ajustes.

Varios compositores de música sinfónica se interesan por el cine y componen bandas sonoras, es el caso de los
americanos Aaron Copland y Virgil Thomson o del francés George Antheil.
Las bandas sonoras de esta década están dominadas por el uso del leitmotiv. Es una época, tanto en Europa como
en América, de vuelta a los modelos clásicos, y de desorientación en todos los terrenos como consecuencia de la II
Guerra Mundial.

En Hollywood destacan los compositores Alfred Newman, quien trabajó durante veinte años como responsable del
departamento musical de la Fox, Miklós Rózsa, a quien cabe el honor de haber popularizado las bandas sonoras, y
Bernard Herrmann, quizá el mejor compositor de toda la historia de la música cinematográfica. En Europa hay que
destacar a los compositores ingleses, quienes, a pesar de desarrollar una carrera paralela como compositores de
música seria, supieron aprovechar las posibilidades de expresión que les ofrecía el cine: William Walton y Ralph
Vaughan Williams son los más importantes. En Francia sobresalen Georges Auric, Arthur Honegger y Jacques
Ibert, todos ellos procedentes del terreno de la música clásica.

La partitura de Cumbres Borrascosas (1939,
William Wyler), de Alfred Newman, contiene
numerosos leitmotiven, como el de Cathy, la
protagonista femenina, el de Cumbres Borrascosas
o el de la desesperación de Heathcliff. El primero
es uno de los temas más populares de la historia de
las bandas sonoras.
Pulsando en el rostro de sus protagonistas, Merle
Oberon y Lawrence Olivier, podrás averiguar algo
más sobre ellos.

En Ciudadano Kane (1940, Orson Welles), Bernard
Herrmann expresa magistralmente el misterio que
rodea Xanadú, la mansión de Kane. La música se
articula en breves secciones, utilizando algunos
leitmotiven: el Poder y Rosebud, que aparecen varias
veces a lo largo de la obra. En algunos momentos la
música nos sirve para situar la acción en unas
determinadas coordenadas temporales o anímicas: el
ragtime que se oye cuando llega como propietario al
Inquirer o el vals de los desayunos con su primera
esposa, que se va haciendo más disonante a medida
que las relaciones del matrimonio empeoran.
Los años 50
Hay dos elementos nuevos en el cine de esta década:

- Se concede mayor importancia a la música de los títulos de crédito, que se alargan considerablemente. A
menudo se utiliza para ello una canción, de otro compositor, que luego debe aparecer como música de fondo en la
película, lo que molesta a algunos creadores de bandas sonoras. Estas canciones se hacen tremendamente
populares.
- El jazz se incorpora a las películas, como estilo musical más apropiado para expresar determinados ambientes
turbios y sentimientos obsesivos de los protagonistas que el estilo sinfónico derivado de la música europea del
XIX.

En esta época aparece el Cinemascope como medio para contrarrestar la creciente competencia de la televisión, y
el cine se interesa por producciones espectaculares, ambientadas en lugares exóticos o remotos en el tiempo. De
ahí el exotismo de algunas bandas sonoras, que recogen, transforman y adaptan todo tipo de melodías populares,
desde temas mejicanos (Viva Zapata, de Alex North) hasta árabe-israelitas (Éxodo, de Elmer Bernstein).

Entre los compositores americanos, empiezan a destacar en esta década Elmer Bernstein y Alex North. Malcolm
Arnold, británico que trabajó en Hollywood. Entre los europeos sobresalen Georges Delerue (que formó una
simbiosis perfecta con el director François Truffaut), discípulo de Darius Milhaud, y Nino Rota (inseparable del
director Federico Fellini).

Un tranvía llamado Deseo, dirigida por Elia Kazan en
1951, se sitúa en Nueva Orleáns, cuna del jazz, lo que
probablemente animó a Alex North a emplear este
tipo de música en su banda sonora. Él fue el
precursor, pero le siguieron Elmer Bernstein con El
hombre del brazo de oro (1955) o el propio Duke
Ellington con Anatomía de un asesinato (1959).

Gracias a la partitura de El puente sobre el río Kwai,
1957, Malcolm Arnold consiguió un Óscar y se
trasladó a Hollywood. Escucha, haciendo click en la
imagen, la Marcha del Coronel Bogey, de
KennethJ.Alford, su fragmento más popular.
Los años 60
La década de los 60 está marcada por dos tendencias opuestas: se inicia con el auge de las películas
espectaculares con bandas sonoras complejas y suntuosas, tendencia que ya venía de la década anterior
(Espartaco, Ben-Hur y Éxodo son películas de los años 59-60), sobre todo en el cine americano; por otra parte,
como reacción a ello, se da en el cine europeo un creciente interés por las películas de temática más cercana, que
tratan los problemas de la gente de la calle, en las que directores y compositores se sienten más libres para
innovar.

Henry Mancini es la estrella indiscutible de la década, con partituras como Desayuno con diamantes o La Pantera
Rosa. Con la primera de ellas impone la moda de que una canción, sin relación con la trama argumental, se repita
varias veces a lo largo de la película a modo de leitmotiv, acompañando a imágenes con las que nada tiene que ver.
La crisis de los valores tradicionales y la renovación de los mismos impulsada por la juventud heredera del mayo
del 68, junto al auge de la música popular, cuyos máximos representantes fueron The Beatles, y de la canción folk
en los años siguientes, convertirá a esta moda en una constante, hasta que en los años finales de la década la
banda sonora entra en decadencia, sustituida por un conjunto de canciones que, sin guardar ninguna relación con
las imágenes, acaban adueñándose de las escenas.

Henry Mancini fue también el primer compositor que, previendo el éxito de las bandas sonoras como objeto
independiente de las imágenes para las que se crearon, pensó en la mejor manera de presentarlas al oyente en
forma de disco, reorquestando y modificando los temas para hacerlos más atractivos.

En el cine europeo de la época destaca época Italia, con el compositor Ennio Morricone, músico prolífico de
producción irregular en cuanto a su calidad pero de indudable interés. Sus trabajos más conocidos son sus
bandas sonoras para los spaghetti western de Sergio Leone. Maurice Jarre, el más destacado compositor
francés, trabajó en la época de mayor decadencia de Hollywood, en una carrera en la que se puede destacar la
música para las películas Lawrence de Arabia (1963) y Doctor Zhivago (1965), por las que consiguiò sendos
Óscars. En Japón podemos mencionar al compositor Toru Takemitsu, con preferencia por la música
electroacústica, que colabora con el director Akira Kurosawa.
Desayuno con diamantes (1962) es la primera
colaboración importante entre el director Blake
Edwards y Henry Mancini. El tema principal de la
película, Moonriver, aparece varias veces en distintas
situaciones: tocado en la guitarra y cantado por la
protagonista, o como música de fondo en distintas
situaciones, hasta su apoteosis final con coros en la
escena final. Escúchalo haciendo click sobre la
imagen en color.

El bueno, el feo y el malo (1966) es quizá la
colaboración más importante entre Sergio Leone y
Ennio Morricone. En la banda sonora de esta película
se combinan instrumentos tradicionales (guitarra,
flauta, trompeta y percusión) con silbidos y voces, de
una forma muy original. Compruébalo escuchando un
fragmento al pulsar en la carátula. La película lanzó al
estrellato a un actor de televisión casi desconocido:
Clint Eastwood.
Los años 70
Cuando ya parecía que el concepto tradicional de banda sonora había pasado a la historia, y que la música en el cine
había dejado de cumplir las funciones para las que había nacido, sustituida por las canciones, a mediados de los
años 70 se produce un redescubrimiento de la música sinfónica de la mano del que será el compositor más popular
del género de todos los tiempos, John Williams. Williams no muestra ningún interés por los avances tecnológicos y
sus posibilidades de conseguir nuevos efectos y sonidos gracias a los sintetizadores; sus partituras son, como la
música cinematográfica de los años 40, en la que se inspiran, plenamente sinfónicas. Su obra maestra es la banda
sonora de La guerra de las galaxias (1975), que ha sido imitada hasta la saciedad.

Jerry Goldsmith ha sido el único compositor que ha podido rivalizar con John Williams, y para algunos críticos es
mejor que él, sobre todo por la regularidad y calidad del conjunto de su obra, en la que no hay altibajos. Su
versatilidad se adapta a cualquier género o argumento, y a los estilos estilos más diversos, desde el melodismo
más clásico hasta el lenguaje atonal.

Tiburón (1975) hizo ganar a John Williams su primer
Óscar como compositor, y es la segunda de una larga
serie de colaboraciones con Steven Spielberg. El
siniestro tema que aparece cada vez que el tiburón
está cerca (haz click sobre el tiburón para
escucharlo) hace que el espectador tome conciencia
del peligro y, a la vez, cuando el tema no se escucha,
el ataque del escualo provoca una sorpresa doble,
visual y auditiva. La música de este fragmento está
inspirada en los Augurios primaverales y Danzas de
los adolescentes del ballet La consagración de la
Primavera (1913) del compositor ruso Igor
Stravinsky.

Para la música de Alien, el octavo pasajero (1979),
película dirigida por Ridley Scott, Jerry Goldsmith
se inspiró en el impresionismo de Debussy y
Ravel, especialmente en el ambiente de acordes
que el primero creó en Nuages, uno de sus
nocturnos para orquesta, cuyo vocabulario utiliza
Goldsmith para crear el tema que asocia al espacio,
al vacío. También se observan influencias de las
instrumentaciones de Ravel y de las
composiciones de Xenakis y Penderecki de los
años 60 y 70. Escucha un fragmento haciendo click
en la imagen de la película.
Los años 80
En la década de los 80 los sintetizadores dominan la banda sonora. Sus partidarios citan entre sus ventajas frente
a los instrumentos y orquestas tradicionales que su uso abarata los costes de producción, y que son capaces de
reproducir cualquier sonido, lo que los hace especialmente útiles cuando se trata de ambientar películas exóticas.
La década se inicia con el Óscar para Vangelis por Carros de fuego (1981) y continúa con las contribuciones de
Maurice Jarre El año que vivimos peligrosamente (1983), Único testigo (1985) y Gorilas en la niebla (1988).
Otra corriente importante es la de los compositores minimalistas, representada por el americano Philip Glass y el
británico Michael Nyman, especialistas en repetir una y otra vez las mismas frases musicales con mínimas
variaciones, lo que en ocasiones resulta bastante monótono.

Entre los compositores de estilo más conservador, hay que citar al británico John Barry, quien se había dado a
conocer en la década de los 60 con la música para la serie sobre James Bond. Sus años de mayores éxitos son los
comprendidos 1964 a 1972, entrando después en un periodo de decadencia que finalmente se recupera en los 80
gracias a las bandas sonoras de Memorias de África (1985) o Bailando con lobos (1990). Su estilo es barroco en la
orquestación y muy característico por sus amplias melodías. James Horner también merece ser destacado en
este apartado.

Evangelos Papatanassiaou (Vangelis) es un músico
griego de formación autodidacta que adquirió
reconocimiento mundial por la banda sonora de
Carros de fuego (1981), por la que recibió un Óscar.
Componer con instrumentos electrónicos le permite
ser el responsable total de su música, pues él crea
los temas, los arregla, y los interpreta.

En esta película cada uno de los atletas rivales está
caracterizado por un tema, y su melodía principal,
que podrás escuchar haciendo click en la carátula, se
ha convertido en un clásico que conocen incluso
quienes no han visto ni saben de qué trata la película.

Las colaboraciones de Michael Nyman con el director
Peter Greenaway se inspiran por una parte en el
minimalismo americano y por otra en los clásicos.
Este fragmento del tema Memorial de la película El
cocinero, el ladrón, su mujer y su amante de Nyman
es una transcripción literal del comienzo del Aria del
Genio del frío de la ópera King Arthur del compositor
barroco inglés Henry Purcell, a la que sólo se ha
cambiado la instrumentación.

Compruébalo haciendo click en la imagen de la
película y comparando la música que se escucha con la
del aria.
Los años 90 y el panorama actual
En los últimos años se puede hablar de una fusión de estilos en el cine norteamericano. Frente a compositores que
continúan haciendo partituras sinfónicas, la mayor parte de ellos aprovechan las posibilidades de los
sintetizadores para conseguir nuevos timbres y efectos. Por otra parte, la tendencia a incluir canciones
comerciales interpretadas por los grupos de moda del momento continúa aumentando hasta conseguir relegar la
música incidental a un segundo plano, con el resultado de que la mayor parte de las veces las escenas se acompañan
de canciones que nada tienen que ver con las imágenes (pero que ayudan a las ventas). Películas como Pretty
Woman (1990) o El guardaespaldas (1992) son ejemplos de esta tendencia, que se había iniciado ya en los años 60,
llevada hasta el extremo.

Además de los grandes maestros que continúan en activo, como Jerry Goldsmith, John Williams o Elmer
Bernstein, van destacándose otros nuevos, como James Horner (Titanic, 1997), Danny Elfman (El planeta de los
simios, 2001), Howard Shore (El señor de los anillos, 2001-3) o Hans Zimmer, de origen alemán (Gladiator, 2000).

El cine de animación se preocupa en esta década por la música de sus títulos, solicitando el trabajo de algunos de
los mejores compositores, como Alan Menken, que recibe ocho Óscars por sus trabajos, entre los que merecen
destacarse La bella y la bestia (1991), Aladdin (1992) y Pocahontas (1995), Hans Zimmer, con la música para El
príncipe de Egipto (1998) y El rey león (1994), y Michael Giacchino, autor de la de Los increíbles (2004).

Entre los compositores europeos encontramos a algunos de los que conocemos de las décadas anteriores, que
siguen creando obras maestras, como Ennio Morricone, John Barry o Michael Nyman, junto a nombres nuevos que
empiezan a despuntar, como el italiano Nicola Piovani (La vida es bella, 1997).
Batman (1989), Eduardo Manostijeras (1990),
Charlie y la fábrica de chocolate (2005) y La
novia cadáver (2005) son algunas de las
colaboraciones entre el director Tim Burton y el
compositor Danny Elfman. En la banda sonora de
la primera Elfman tuvo que competir con las
canciones de Prince, creando una música trepidante
y espectacular, especialmente cuando acompaña a
escenas de las mismas características.

La canción que escucharás si haces click en la
carátula de la película Batman es Partyman, de
Prince.

En la banda sonora de Forrest Gump (1994), se sus canciones, California dreamin', del grupo The
combina la utilización de la música incidental de Alan Mamas & The Papas.
Silvestri para enfatizar los momentos más emotivos
de la película con un recorrido por la música popular
que marcó las etapas de la vida del protagonista,
testigo de algunos de los momentos más importantes
de la historia reciente de los EEUU. Aparecen así
canciones de The Beach Boys, The Doors, Elvis, Joan
Baez, The Mamas & The Papas o Simon & Garfunkel,
en esta ocasión plenamente justificadas.Si haces
click en la carátula de la película escucharás una de