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"

-

LOS

DEMOLEDORES

s

LOS DEMOLEDORES

Conferencias

de
el

don Club

José

Miguel

Echenlque
en

Gandarlllas,

de Señoras de Santiago.

?M

SANTIAGO DE CHILE
Sociedad

Imprenta

y

Litografía

Universo

AHUMADA 33

S'í

Es

propiedad
'

Inscripción N.
Bibliotecas
de

1067.

Populares
la

Sociedad Pió X Secretaria: Santiago: Moneda 1054

Señora doña
DELIA MATTE DE

IZQUIERDO
Santiago

Club de Señoras de

Señora:
Los

esfuerzos

para mantener

Señoras de
es

Santiago, constituyen

de usted, mi distinguida amiga, abiertos los salones del Club de una prueba de lo

que capaz la constancia unida a la benevolencia y a la nobleza de un ideal elevado. El Club de Señoras, del cual es usted dignísima Presidenta, en nada se asemeja a los establecimien tos que se conocen con ese nombre genérico de club. Es un Ateneo, una Academia, un Liceo: su

objeto,
un vera

marco

de

susjundadoras:

tal como jué concebido, queda dentro de del cual no le permite salir la mano se cultivo de los diversos ramos

de la cultura jemenína, difusión de los conocimien tos literarios, artísticos e históricos; entreteni mientos honestos, y protección al trabajo jemenino. Conducir esa obra es algo digno de una alma superior: dedicarle su existencia, destinarle sus

desvelos,

y

regirla

con

mano

suave

y

cariñosa,
como

es

propio
ron

de

una

gran dama

chilena,

tal

muchas cuyos nombres se conservan en el re cuerdo íntimo de los salones de Santiago. Yo considero que es un título de orgullo jigurar entre sus amigos, y permítame que su nombre aparezca en la primera página de este libro que contiene la primera serie de las Conferencias que he leído en el Club de Señoras. Saluda a usted con toda consideración su amigo y seguro servidor que besa sus manos.
-

lojfue-

J. M. Echeñique Gandarillas.

PROLOGO

Las ocho conferencias que

se

publican

en

este

libro forman parte de la primera serie de una colec ción de cuadros históricos donde el autor se propone
agrupar
a

los destructores de las naciones de la

edad
en

moderna, a los perturbadores de la paz social repúblicas democráticas y a los demoledores de las viejas monarquías. Hay destructores que minan los cimientos de esos edificios, algunos de ellos seculares, desde abajo; otros, tan culpables como los anteriores, los destru
las
yen

desde arriba y demuelen los techos que los

/'

cubren y los deñenden de la intemperie. Tan culpable es el faccioso y el agitador que mueve a las masas y las engaña, como el príncipe
que colocado
en un

f

trono olvida el

loe deberes que la moral eterna y al subdito. Tan criminal es el que quita las piedras del edi ficio como el que no ciega con previsión las grietas que destruyen la techumbre.

cumplimiento de impone al poderoso

—.

8

han mantenido por el Las viejas monarquías prestigio de las personas reales. No ha sido el ejer fuerza el elemento exclusivo de cicio del poder y la de morali su solidez; la tradición está impregnada dad y de virtudes. Cuando éstas desaparecen la obra
se

del

demoledor encuentra blandas las murallas y
los

rasgados

cimientos,

y le

es

fácil introducir el
se

azadón destructor. Ese prestigio de la tradición
como
a

ha

concebido

padres de familia que aman reyes y presidentes, que cuidan los intereses del Estado, respetan los derechos de los subditos y de los ciudadanos; éstos
Dios lo dio
a

los

sus

hijos,

a

los. gobernantes,

a su vez

deben mantener incólumes los derechos de
y para que

los

primeros

ejerzan

sus

elevados cargos

dentro de la noción de la justicia y del honor. El Derecho Natural es el nivelador de ambos, del mandatario y del ciudadano, y, dentro de las no ciones de ese Derecho, está el cumplimiento de las

leyes. Figuran en estos cuadros históricos funcionarios del Estado, como Antonio Pérez, poetas como Vi^■Hamediana y Víctor Hugo, escritores que no respe taron la verdad, como Voltaire, e intrigantes como Cagliostro y Juana de Valois. Todos ellos han sido demoledores; conjuntamente con ellos han contri
buido
a

facilitarles

su

triste labor reyes abúlicos y

corrompidos que olvidaron que el ejemplo es una obligación principal para quien vive colocado en las gradas de los tronos.
No han tenido colocación
en

este libro todos los

grandes culpables; falta

ese

regente de Francia que

9

— .

sucedió

a

Luis

XIV,

y

ese

rey Luis

XV, verdaderos

autores de la destrucción moral y material del trono

de San Luis. Los últimos reyes españoles de la casa de Austria aparecen en algunas de esas narraciones incidfentalmente: Carlos IV y Fernando VII tendrán cabida debe
en

otras narraciones. Un

lugar

en esa

galería

reservado para ese Príncipe Regente de Inglaterra acusado de bigamia.
ser

Las calumnias de Antonio

de

Alnoy

y de

Pérez, las de la condesa Voltaire; las audacias de Villamedia-

na, y las fantasías de Víctor Hugo y de Michelet contribuyeron en diversas épocas al desprestigio de

los monarcas; algunos merecían esas acusaciones; otros son acreedores a la defensa que hace de sus gobiernos y de su vida privada la crítica histórica

moderna, dueña de escarbar en los archivos guar dados en los zótanos de los palacios y de los tribu
nales.

monarquías el prestigio de las virtudes de reyes favorecía a los que venían después, de unos les causaban igualmente gran des perjuicios. El derecho hereditario transmitía glorias, deberes, lacras y ejemplos: todo en un conjunto ligado a la dignidad real; el heredero recibía lo que sus padres habían conservado, ya sea aumen tando ese caudal de prestigio, ya sea disminuyéndolo. «El Rey ha muerto; viva el Rey», era la frase sacra
los

En las

viejos

y los

errores

r

mental de la transmisión de los tronos.
Dice la historia que Catalina de Mediéis contrató
T

los servicios del gran artista Daniel de Volterra para el monumento de su esposo, Enrique II de

Francia;

era una

estatua de

grandes dimensiones; la

fundición del caballo se hizo en Roma con grandes las presentaba dificultades; su traslación a París cuando el aún mayores. Daniel de Volterra murió caballo estaba terminado, pero no alcanzó a fundir las finanzas de la estatua del rey. El intendente de Francia pagó el valor de la obra y el caballo esperó ochenta años su traslación a París. Richelieu ordenó
en
un monumento al rey Luis XIII que fuese levantado una de las plazas de su capital; el caballo se

encaminó para Francia y sirvió para ese rey y no para el marido de Catalina de Médicis. Esa es la tradición: un conjunto de fuerzas vivas que se trans miten de padres a hijos como el caballo de bronce de Daniel de Volterra. Igual cosa ha ocurrido en las democracias mo
dernas: la paz social descansa en el ejercicio legí timo del poder y en el respeto de los ciudadanos a la autoridad.. Cuando el mal mandatario olvida sus deberes
se

inicia

en

las democracias
cae en manos

alguno de

esos

peligrosos períodos de
cuando la autoridad unir el
a

trastornos que sólo terminan

firmes,

que sepan

propósito

la fuerza, la rectitud, el amor a la patria, y de devolver a los ciudadanos las liber

tades que ellos mismos que hicieron de tan

perdieron preciada joya,
1928.

por el mal

uso

Santiago, Enero de

J. M. Echenique Gandarillas.

ÍNDICE

Págs.
Dedicatoria 5 7
13

Prólogo
I. II. III. IV.
V.

Felipe II y su secretario Antonio Pérez. El Conde de Villamediana Ruy Blas.
de la Los

45 71 107 137
173 213 261

El duende de de hierro

palacio

....

Una mentira de Voltaire.
mascara

El hombre

profesores

de moral de Luis XIV.

VI. VIL

La marquesa de Maintenon El proceso del collar

VIII. María Antonieta

i

Felipe II y

su

secretario Antonio Pérez
SEÑORAS

CONFERENCIA LEÍDA EN EL CLUB DE
DE

SANTIAGO,

EL 10 DE NOVIEMBRE DE 1926

FELIPE

II

Y

SU

SECRETARIO
PÉREZ

ANTONIO
Señoras Cuando
y

señores:

hace

dos

años
en

el

escritor
un

valenciano

Blasco Ibáñez publicó

injusto y XIII, Rey Pérez, el secretario de Fe II. El imitador creyó que, con sus acusaciones lipe y la ayuda de las agencias socialistas y comunistas que tienen su asiento en todos los países del orbe, podía conmover los cimientos de la Nación española, así como Antonio Pérez buscó en el siglo XVI en contra de España la alianza de los hugonotes franceses, de los calvinistas de los Países Bajos, y de la Reina de Inglaterra. La obra de Blasco Ibáñez cayó en el vacío; la de Antonio Pérez ha demorado algunos siglos en des cargado de pasiones
contra el

París

folleto

don Alfonso

fué recordado Antonio

vanecerse; ha sido necesario romper el secreto

de

los archivos entregados en los últimos tiempos al estudio de los historiadores que han revelado la ver

dad envuelta en sombras por zan a ser esclarecidas.

razones

que comien

Es difícil hacer la comparación entre el escritor del siglo XVI y el del siglo XX y medir sus propó

sitos. Son épocas muy distintas:

en

la

primera,

un

16

Rey absoluto hacía
desde
rado
una

pesar

su mano

sobre el universo

celda del monasterio del
un

Escorial;

en

nuestros

días,

como

Rey liberal, que ha sido conside el mejor monarca que ha dado a la Es
se

paña la familia de Borbón,
un

esfuerza

en

buscar

avenimiento entre las antiguas tradiciones y la

democracia moderna. La señora doña Martina Barros de Orrego ha publicado recientemente un estudio sobre «El Es corial y Felipe II», que ha sido leído con especial agrado; la buena forma Literaria luce en esas pági nas en armonioso conjunto con los conocimientos de la historia verdadera. No han llegado hasta estas lejanas tierras algunos de los libros que la señora Barros de Orrego pudo compulsar durante su per manencia en España. Las obras de Fernández Mon taña y de Pérez Minguez, que se han ocupado de esa época, nos son desconocidas. Ellas son el fruto de investigaciones modernas en los ricos archivos
secretos del Escorial y tes
en

la Biblioteca Nacional de

Madrid y de los cuales tuvieron noticias insuficien
Bermúdez
de

Castro,

Cánovas
no

del

Castillo,

envenenados por las de Antonio Pérez. aguas de la fuente Debo a la atención del Padre Escudero, biblio

Morel-Fatio

y otros autores

tecario del convento de San Agustín de Santiago, la suerte de haber leído tres notables trabajos que dan completa luz sobre el reinado de Felipe II, y sucesos del reinado de Felipe II (narra que son: Los inédita de Fray Gerónimo de Sepúlveda, reli
ción San Gerónimo en el Monaste gioso de la orden de el Proceso de Antonio rio de San Lorenzo el Real) ;

17

Pérez y el Estudio sobre Antonio Pérez, de Fray Julián Zarco-Cuevas, de la Orden de San Agustín,
que tiene Esos tres

hoy

a su

cargo el Monasterio del Escorial.

trabajos históricos han sido publicados en la revista La Ciudad de Dios, que sale a luz bajo la dirección de los Padres Agustinos del mismo mo nasterio.
Se ha conocido Antonio Pérez
un con

el nombre de El

enigma

de

principales Juan de Austria; el secretario del primero, Antonio Pérez; el del segundo, Juan de Escobedo, y una dama principal de la corte de Madrid, doña Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Eboli. El Rey Felipe fué el único hijo varón del matri monio del Emperador Carlos V y de la bella Em peratriz Isabel de Portugal, su prima, fallecida en temprana edad, y cuyos restos acompañó hasta Granada el marqués de Lombay y duque de Gan día, don Francisco de Borja. Casóse cuatro veces el rey Felipe: primero, con su prima doña María de Portugal, madre de aquel desgraciado príncipe don Carlos, muerto de tan triste manera; después, con su prima la reina María Tudor; en seguida, con doña Isabel de Valois, su único matrimonio de amor; y, 'por último, con su sobrina, doña Ana María de Austria, que le dio en su hijo Feüpe, el sucesor en el trono es

drama histórico cuyos personajes fueron el Rey Felipe II; su hermano don

pañol.
Don Juan de

Austria, hijo bastardo del Empera

dor
2.

en su

corta

des dotes de

vida, tuvo ocasión de revelar gran gobernante y de militar : fué el general

20
su

confianza. Allá
ciones
con

el seudónimo de Rafael Peregrino. Para calumniar a su rey, ni aún a la distancia se atrevió
a

publicó

primer

libro de Narra

hacerlo

con

su

libro ha servido de piedra del gobierno de Felipe.
a

propio nombre. Sin embargo, ese angular para la crítica

Estos han sido los documentos que han servido los escritores que, durante tres siglos han deni veinte años han sido
la memoria del monarca español. En los últi entregados al estudio y investigación de los historiadores los verdade

grado
mos a

la

ros

archivos del Escorial y las calumnias de Antonio

Pérez han

quedado descubiertas,

importancia de sión geográfica
ese

Antonio Pérez fué durante diez años secretario de Estado del Rey Felipe II. Se puede concebir la ese cargo si se considera la exten del

Imperio español

y el hábito de

dirigir por su propia mano todos los resortes de la administración. «Su Majestad es de Castilla y de Aragón, dice uno de los ma rey del Proceso de Antonio Pérez; tiene poder

monarca de

gistrados

supremo sin
en

reconocer superior, exceptuado lo que, por los fueros esté limitado». Describe esa frase lo que era la monarquía abso

Aragón,

luta de
a

aquella época. Si el monarca correspondía magnitud de sus atribuciones y facultades, la nación prosperaba; si ocurría lo contrario, marcha
la ba hacia la decadencia. Los autores que han escrito sobre el reinado de Felipe, y han caído en la vul-

21

garidad de dar crédito a los folletos de Antonio Pérez, se ven en la obligación de reconocer sus gran des cualidades de gobernante: él no conoció los pla ceres de la vida ni el lujo de las cortes; concentró
su

nando

existencia dentro de un marco de hierro domi en absoluto en su espíritu el cumplimiento

del deber.

Según los dictados de su conciencia y loa principios de la época, el deber de un rey lo obli gaba a defender su derecho de soberano absoluto y, como rey de Castilla, de León y de Aragón, a man tener las tradiciones del honor castellano, y la pro tección de la religión católica. El cumplimiento de ese deber, llevado hasta el sacrificio, salvó a la Es paña de las convulsiones de la Europa. Felipe II, según Cánovas del Castillo, con su mano de hierro, es el creador de la España moderna.

La muerte de Escobedo, el secretario de don Juan de Austria, en una calle de Madrid en la noche del 31 de Marzo de 1578, en una celada tendida por Pérez, después de haber fracasado la tentativa de envenenarlo, es la más grave de las acusaciones con han dado crédito al se que los historiadores, que cretario, han manchado la memoria del Rey Felipe. Antonio Pérez, durante el proceso de Zaragoza y en sus Relaciones, publicadas fuera de España, dijo
ese asesinato por orden del rey. que había cometido La corte española estaba dividida en dos bandos: el uno tenía por jefe a don Ruy Gómez de Silva,

antiguo ministro de Carlos V; el otro, al antiguo

24

dios

su

cretario

Austria, quien, represión del Duque de Alba, buscaba la pacificación por la prudencia y la dulzura; pero necesitaba
aumentar
su

era el se valimiento Juan de en Flandes del Gobernador don de continuar el sistema de en lugar en

la corte, Escobedo

-

r|
-

autoridad y
a cosa.

sus

recursos

financieros.

Escobedo
una

pedía

Pérez que obtuviera de Pérez

y

otra

Felipe aparentaba acceder, pero

|
.-

prevenía a Felipe en contra de don Juan, haciéndole sospechar el intento de levantar en esas provincias
un

reino

independiente del cual el infante sería el
en

soberano. En vista de la demora

obtener la apro

bación del rey para sus proyectos, envió don Juan a Escobedo a Madrid. Los motivos que

indujeron

a

Antonio Pérez

a

buscar asesinos para acabar con la vida de Escobedo están expresados en los relatos de los contemporá neos, y son: el temer Pérez que Escobedo descu briese
su

falsía

e

hiciera revelaciones al rey, y el

reprendido cuando sorprendió las relaciones del secretario con la princesa de Eboli, ya viuda de Ruy Gómez de Silva, el protector que Escobedo había tenido en su juventud. Uno de los testigos del proceso declaró que, yendo de visita Escobedo al palacio de la princesa, halló
haberlo
amorosas
a

Antonio Pérez

en

las faldas de la viuda. Era ésta

una

mujer

ya

conformada.
su

madura, bastante hermosa y bien Altanera, y enchida con el orgullo de
d

antiguo rango, había preferido descender hasta secretario, antes que contraer segundas nupcias, princesa de Eboli y Antonio Pérez resolvieron dar muerte al inoportuno testigo de sus debilidades
el La

1

jj

25

imaginación de las distinguidas y bellas damas que frecuentan esta sala, la figura de doña
Ana de Mendoza y de la Cerda, está probablemente revestida de raras perfecciones: sus historiadores

En la

alaban

su talento y su belleza, pero, como cronista fiel, debo decir la verdad: la princesa era tuerta. Aun, después del accidente que la privó de uno de sus ojos, conservó su gallardía, y de ella, dijo

el poeta Arólas: "Un
que,

mostraba negra
con su

párpado levantado pupila fuego, aniquila
una vez

cuanto

ha mirado,

El otro cubre
como

venda

caído, bienhechora,

la

que,

pupila matadora cerrada, se ha dormido».

Fray Julián Zarco-Cuevas, publicó las partes principales del Sumario del Proceso, que se encuen tra hoy en la Biblioteca Nacional de Madrid, con el número 6,552 y tiene el título de Partís fiscaiis domini noslri regís contra Antoniwn Pérez secretarium.
Descubierto ese Sumario en los últimos años, ha sido desconocido de los autores que se han ocupado de ese escándalo en la época anterior,
La tiene

querella intentada por el procurador quince causales para la acusación y
tercera y

real

con

una con

clusión. En la

cuarta,

se

dice que Anto-

unos polvos para echarlos en un puchero; que, J9 después buscó a Juan Rubio, a Juan de Messa y -.<M de presidio, llamado el a un individuo escapado _¿3 Picaro, para que cometieran el asesinato pagándoles "5J buen estipendio y asegurándoles su libertad: «que

dio

fuerza que se hiciera esa muerte porque nía al servicio de Su Majestad». El mismo
era

conve

testigo
los i,

confesó El

que

el asesinato lo habían cometido

cuatro por orden de Antonio Pérez.

testigo Antonio Henríquez declaró que Antonio Pérez lo había visto y le había preguntado si conocía algún hombre capaz de pegar una cuchilla da; que el testigo respondió que sí, que tomó a su cargo hablar a Antonio Cartagena, mozo de muías, capaz de dar una cuchillada a quien quisiesen; que después convinieron en que era un negocio que no podía fiarse a un mozo de muías, y habían buscado a un arbolario o apotecario llamado Muñoz, al cual se le encargaría la preparación de un zumo de yer bas. Describe el plan para envenenar a Escobedo y
la invitación* que le hizo Pérez para
comer
en su

;

-

aposento particular

con

sumo de yerbas con narró; el invitado se pués se volvió a invitar

objeto. Le dieron el las precauciones que el testigo enfermó, pero no murió. Des
ese
a

3

Escobedo

a comer en casa

de Antonio Pérez y le sirvieron
una

una

escudilla comida

con
no

cosa

de natas

o

de

leche;
se

que

esa
no

produjo efecto,
vieron matarlo detalles del

pero que Escobedo
en

cayó

en

la

-

¡»

cuenta, aunque también

enfermó. Entonces resol-

la calle y dio el
con

testigo todos los
con-

|S

asesinato,

los nombres de los

29

jurados

y los medios

preparados
de Madrid.

por Antonio Pérez

para la huida

lejos

Declararon después Pedro de Escobedo, hij o único del occiso, Francisco de Guillamás, maestro
de la cámara de Su escribano

Majestad; Alonso Rodríguez, real; Francisco Sánchez, vecino de Madrid; y once testigos más; todos confirman en las partee principales la base capital de la acusación. Uno de ellos, Gerónimo Diez, acusó de cómplice en el cri men a la princesa de Eboli, y de su declaración, resulta muy culpable la viuda de Ruy Gómez de Silva, enamorada del joven secretario. A todos los conjurados les decía Antonio Pérez que el asesinato se hacía por orden de Su Majestad. «Señor Antonio Pérez, le preguntó uno de ellos, ¿cómo sabré yo que Su Majestad gusta que yo lo mate? Porque me lo ha dicho a mí, le respondió el secretario, y para más seguridad yo le daré a ver una cédula firmada de su mano». «Y como él ponía las firmas, dice el historiador Gerónimo de Sepúlveda, fué cosa muy fácil de hacer»,
»— «

Otro historiador asegura que Antonio Pérez ob tenía del rey cédulas para los negocios sencillos y

corrientes firmadas en blanco. En la acusación del Fiscal quedó demostrado que »para poner en ejecución su dañada intención, envió llamar al capitán García Arce, que estaba en el presidio de Rabia, a nombre de Su Majestad, y,
a

habiendo ido Su

a

la Villa de Madrid para

ver

lo que

Majestad le mandaba, el dicho Antonio Pérez le dijo que lo quVSu Majestad mandaba era que ma tase a Juan Escobedo, ofreciéndole grandes merce-

32

¿Qué castigo
tado

causas

podía

tener

Felipe

para desear
se

el

de Escobedo? Las invenciones de Antonio Pérez

han

concre

en tres motivos de ese enojo: «que Escobedo alentaba los proyectos de don Juan de Austria res

pecto de la conquista de Inglaterra; que don Juan,
para

conseguir

ese

fin, aconsejaba confederarse
su

con

y que Escobedo decía que, si dueño de Gran Bretaña, desembarcaría

Francia,

amo era

en

Santan

der para echar de España Católico». Esas acusaciones libros de Antonio Pérez. Demostrado por
que
cae

a se

su

hermano el
en

Rey
los

encuentran

numerosos

documentos el cariño

siempre profesó Felipe

a su

hermano,

y la

con

fianza ilimitada que le dispensó en todo momento, por su base la superchería del mentiroso secre tario.

*;.

Mignet, para encontrar alguna causa en el rencor Felipe, dice que don Juan de Austria, en la gue rra de Túnez, no desmanteló esa fortaleza para crearse un reino independiente en tierra de África.
de De esa clase son las acusaciones que pesan sobre la memoria de Felipe II suscitadas por las naciones
su inmenso poder. Fuente, el gran historiador España, no comprende la excesiva prudencia del rey Felipe; asegura que, antes de tomar la resolución de separar de su lado al mal secretario, encargó al Presidente del Consejo de Hacienda, don Rodrigo Vázquez de Arce, la instrucción de un sumario se creto, examinando a los testigos bajo palabra de -sigilo; y que, de esas declaraciones resultaron gra-

|jp

rivales de

Don Modesto de la

de

33

vísanos cargos: que hacía granjeria con los destinos públicos, que recibía regalos de los agentes del mo narca en sus dominios fuera de España, que no habiendo heredado hacienda de su padre, contaba con una fortuna inmensa, que vivía con más esplen didez que un grande de España; que mantenía co

ches,

carrozas,
era

litera, caballos

y gran cantidad de

criados y pajes; que tenía
lo que más grave
casa
su
una cama en

un valioso menaje y— que había mandado hacer

todo igual
y que

a

juego
en

en

su

era

la del rey; que mantenía materia de escándalo la ocasión acémilas

la Corte

amistad

con

quien plata

había recibido
que había

en

una

princesa de Eboli, de un regalo de
a

llegado

en

la

casa

del

secretario. No acepta La Fuente la lenidad de Felipe y lo culpa de la tardanza en castigarlo. Otros historiado
res

modernos

son

máB benignos, y pesan

en su ver

dadero valor el temor que el rey abrigaba a la di vulgación de los secretos de Estado y la pérdida de documentos confidenciales que acarrearían nece
sariamente
momento y de

gravísimos perjuicios
relaciones
con

para la

política del

en sus

las cortes de Francia

Inglaterra. La excesiva prudencia de Felipe, quien demoró un año en castigarlo, después de tener las primeras pruebas de su infidencia, salvó a Antonio Pérez. La viuda y los hijos de Escobedo presentáronse al rey pidiendo justicia y denunciando a Pérez como ase sino. En Julio de 1579 llegaba a Madrid el cardenal de Granvelle, uno de los políticos más notables de su época, designado por Felipe para el delicado
3.—

34

cargo de secretario de

Estado;

en

ese

mismo día

fué reducido

a prisión Antonio Pérez y comenzó el Proceso que solamente en estos últimos años ha sido entregado a la curiosidad de los historiadores.

En 1582 Pérez
a

una

sentencia
a

parcial condenaba

a

Antonio

la cámara del rey doce millones de maravedises y a ser encerrado en una fortaleza, por el tiempo que el rey tuviera a bien fijar. Prisio
nero en la fortaleza de Turégano, costó grandes esfuerzos obtener la devolución de los papeles de

devolver

Estado que había tenido cuidado de ocultar. Fué
necesario encarcelar
su

cómplice
a

en
en

documentos vados la

a la esposa de Pérez, que era el ocultamiento. Descubiertos loe dos grandes baúles que fueron lle

las habitaciones de
gran

Felipe, pudo descubrirse
que Pérez había
ese

pérdida de

parte de ellos,

enviado fuera de España. Quería, por
ante la
amenaza
su

medio,

y

obtener menzó
de
a

de descubrir los secretos de Estado, libertad y la devolución de sus bienes. últimos años, Antonio Pérez co sus infidelidades; el rey Enrique IV, había firmado la paz con
sus

Ya durante

sufrir el castigo de

Francia, España y la permanencia de Pérez en París se con virtió en una carga molesta; quedó sin protectores, y, muerto Felipe, su hijo y sucesor, acordó un perdón general del cual quedó exceptuado el calumniador de su padre. Muerta ya Elizabeth, se trasladó por segunda yez a Inglaterra para obtener el apoyo de Jacobo I, con la pretensión bastante singular de servir de
intermediario para un avenimiento entre la corte de Londres y el Rey Felipe III. Enrique IV apro-

35

vechó

esa

circunstancia para retirarle la pensión de

que disfrutaba. Ni

Jacobo, ni Felipe, aceptaron los

servicios que ofrecía el desleal secretario. Ese castigo
de
sus

comentadores de
mayor

contemporáneos pudo servir de prueba a los sus panfletos para negarles todo
en

crédito. Sus últimos años los vivió

París

en

el

aislamiento, y desprovisto de recursos, en fermo y vigilado por las autoridades españolas y francesas, acabó su vida en el año 1611 a la edad
de 72 años.
Antonio Pérez fué enterrado
en

el convento de

los Celestinos de París. En 1869, después de la revo lución que puso término al reinado de doña Isabel II,
los fundadores de la efímera

república española

se

acordaron de Antonio Pérez y enviaron una comi sión para repatriar sus restos que debían ser sepul tados
en un

panteón nacional. El
en

convento había
se

desaparecido;

el mismo terreno
uno no

había levan

tado muchos años antes

de los cuarteles mili

tares de París y de los restos

quedaba el recuerdo,
los fundadores de la

¡Pobre padrino hablan elegido

república!

El escritor teorías de la

ventud,
y la

y

a sus

ambición y
vida.

español Víctor Gebhart atribuye a las política italiana aprendidas en su ju naturales dotes de inmoralidad, de de orgullo, la formación de su carácter
y falsía de todos los actos de
«su
su

perversidad

Mignet

encuentra que

estilo

es

la

imagen

de

36

que,

embargo, confiesa imaginación la lucha desesperada a que lo precipitaron una serie de recursos; sus propias faltas, desplegó fué tan hábil; usó de una elocuencia tan patética, que le conquistaron la simpatía universal. En ver dad es una extraña manera de cohonestar la intriga
a

rica

del autor». Sin

en

y la mentirá El gran crítico Philarete Charles se ocupó de la colección de cartas de Antonio Pérez en La Revue

des Deux
a

Mondes, alabando
sus

su

estilo,

y dando fe

res

la mayor parte de han contribuido atmósfera
en con es

aseveraciones. Ambos auto
en

a

formar

torno de

esa

de

antipatía acogida
a

con

Felipe II especial

agrado

las naciones protestantes

las cuales él
absoluto y

combatió

encarnizamiento.

Felipe
hacía de
su con

el

prototipo del

monarca

honradez lo que sin ella todos los soberanos hicieron,

tiempo

Wr-

ción
«"-■

bres que
mo

Don Gabriel Maura y Gamazo, en su introduc a su Historia de Carlos II, aplaude a los hom se ocupan de la cosa pública y que, al mis-

■:■-"

-■

tiempo, estudian la historia de su patria, siem documentada, leal e imparcial. especial, recomienda el estudio de los siglos XVI y XVII porque en ellos se fraguó la nacionali dad española. Sólo cinco reyes, Carlos V, los tres Felipes y Carlos II ocupan esos doscientos años
pre que la escriban

En

desde la formación de la gran nación hasta su deca dencia. Comparados esos cinco soberanos, ninguno

37

español, y ninguno más laborioso que Felipe II, porque su padre Carlos dedicó sus mejores años al gobierno del Sacro Imperio Germánico. Fué desgraciado el error de Augusto Mignet al
caer en

más

siendo

las redes de los embustes de Antonio Pérez, como fué, uno de los más notables historia dores franceses del último siglo. Cánovas del Castillo y Morel-Fatio no dieron
crédito
a la culpabilidad del rey en el asesinato de Escobedo, pero mantuvieron sus dudas sobre la intriga con la princesa de Eboli.

Ellos y Bermúdez de Castro carecieron de los documentos necesarios para restablecer la verdad y ha correspondido a los autores de nuestros días
la misión de defender tario.
De todos los
autores que han escrito sobre El
a

Felipe de las invenciones
su

urdidas por la habilísima imaginación de

secre

Enigma

de Antonio

Pérez,

y que

no

tuvieron

cono

cimiento del proceso, sólo don Gabriel Muro acertó a adivinar la verdad y sostuvo que no era humano
pensar que, habiendo tenido el rey
amor

por la

princesa, la hubiera castigado
sin

con su

destierro perpetuo
orden durante los

suspender

los efectos de

días de la infortunada viuda,
tantes ruegos y

desoyendo los cons para obtener el perdón. Minguez, citado por la se ñora doña Martina Barros de Orrego, dice: «Felipe cargó con las responsabilidades anexas al gobierno del Imperio más grande del mundo». Esa ha sido súplicas
El catedrático Pérez

movido para estudiar y tomar defensa del monarca, acusado por un secretario vila razón que lo ha

38

cioso y desleal, a quien siguieron los escritores de las naciones que tuvieron rivalidades y guerras con

España durante

su

reinado,

Felipe II fué un monarca amigo de la paz. Elevado al gobierno de la Iglesia el cardenal Aldobrandini, que tomó el nombre de Clemente VIII, propúsose servir de mediador entre Francia y Es paña para dar término a una guerra que duraba desde la campaña de San Quintín y con ese fin escribió a Felipe exhortándolo para aceptar las condiciones del rey Enrique IV; entre ellas la más dolorosa era la entrega a los franceses de la plaza de Calais. Felipe demostró en esa ocasión su sincero amor a la paz y, después de meditarlo mucho y de
conocer

el parecer contrario de muchos de

sus

gene

rales y ministros, que jamás habían visto entregar una plaza fuerte sin la acción victoriosa de un ejér

cito, aceptó la petición del Papa. Gerónimo de Sepúlveda relata en estos términos la sorpresa general que causó la resolución de Felipe: «Quiso dar ese gusto a Su Santidad, que con tantas veras se lo pedía, las paces entre España y y vino en que se firmasen Francia, y, aunque no eran muy aventajadas, con todo, quiso el Rey Católico hacerlas para manifestar a todo el mundo su generoso ánimo, pues dio con tanta largueza lo que ganó en buena guerra, y mandó a sus capitanes que entregasen al francés la ciudad Calais. Pateaban los capitanes y sol y fortaleza de dados, y, así, no pudieron menos de obedecer al

39

mandato de su rey y señor. Espantóse todo el mundo y no se hartaban de decir mil cosas y engrandecían
la

prudencia del Rey Católico y le subían hasta el cielo amigos y enemigos». Desde los principios del presente siglo se ha no tado el interés de los historiadores por el período del reinado de Felipe II y ha comenzado la reacción
en

su

favor. No

se

sido durante tanto lo ha
se

explica bien por qué Felipe tiempo desfigurado por la

ha
ca

lumnia y la falsedad. El odio de los protestantes

pintado como un monstruo y un enemigo del científico, literario, artístico y social. Hasta llegado a atribuirle la paternidad del decai miento de la Nación española acaecido cien años
progreso

ha

más tarde. La crítica moderna le hace
en su

defensa

numerosas

obras
se

artísticas y sociales que

deben

justicia y presenta científicas, literarias, a su espíritu pro

gresista

victorias de

del orden

emprendedor. Sus armas obtuvieron las Lepanto y de San Quintín y su defensa en Flandes ha permitido fundar, siglos más tarde, el reino de Bélgica que, bajo muchos aspectos es un modelo de la nación moderna. Sin la política de Felipe II esa nacionalidad habría desaparecido. Y sin la defensa de la unidad católica tampoco habría podido conservar la España su unidad po lítica. Teodoro Roosevelt, en el discurso histórico pronunciado en Baltimore, en 1912, en defensa de la España y del catolicismo, dijo que «la fe católica había inspirado aquella espléndida floración del tiempo de los reyes católicos de energías intelecy

40

tuales y morales más exorbitantes que las de los bosques de América; de aquellos frutos sazonados
del
no,

siglo

de oró

español; ella creó el carácter hispa
va
:

robusto y viril, noble y generoso, grave y

liente hasta la temeridad; los sentimientos Caballérescos de aquella raza potente de héroes, de sabios, de santos y de guerreros; de aquellos corazones

indomables, de aquellas voluntades de hierro, de aquellos aventureros nobles y plebeyos que, con pobres barcos de madera, corrían a doblar la tierra y a ensanchar el espacio, limitando esféricamente el globo y completando el planeta, abriendo a través del Atlántico, nuevos cielos y nuevas tierras». »La religión católica movió a la raza española, que hizo lo que no ha hecho ningún pueblo: descu brir un mundo y ofrecérselo a Dios, que se lo conce
dió».
de El Presidente Roosevelt perteneció a esa clase hombres, fuera de par, que rendía tributo a la
a

verdad y

republicano la época en

y

justicia y que, siendo protestante,*^ liberal, reconoció las necesidades de que gobernaran los reyes católicos.
la

una

El doctor Pérez de Herrera, al morir Felipe, hizo apología de su soberano; ahora se le recuerda
*

un ejemplo de la justicia que le hacían sus contemporáneos: «De suerte, dice, que epilogó Dios en este gran príncipe tantas virtudes que fué insigne rey, gran caballero, hijo obediente, casado J prudente, viudo recatado, juez recto, amigo fiel, como
,

religioso sujeto, administrador próbido, soldado va leroso, hábil estudiante: un mapa y un jardín, donde
escribió el cielo y
su

buen natural variedad de gran

dezas,
en

cuyos caracteres y flores esculpirá la fama eternos loores de inmortal memoria y esparcirán

fragancia suavísima en los siglos venideros». Otro contemporáneo, el padre fray Gerónimo Sepúlveda, cronista del Monasterio del Escorial, que
escribía
su

con

la mayor minuciosidad los
que,
su

sucesos

de
en

reinado, dice Madrid, dispuso
tenía señalado el
que

encontrándose enfermo

traslación al

camente

«naide

lugar de su podía traer

Escorial, donde entierro. Dijo públi
sus

huesos más

honradamente que él mesmo», «Andaba en esos días el trazador mayor, Fran
cisco de

Mora, muy acongojado buscando la madera para el ataúd. Lo supo el rey y lo llamó y le dijo:
Acordaos dónde pusisteis ahora catorce años un gran madero, traído de las Indias y que era inco rruptible, y que sobró del de la madera que se hizo la cruz del Cristo del altar mayor. Pues, mirad dónde la tenéis y de aquella madera me haréis el
ataúd».
a

topar

•Buscábanla por toda la Casa y, al cabo la vino a la puerta del refectorio de los pobres yí

servía de sentarse en ella mientras los llamaban a comer. Tómala de allí, e hicieron de ella el ataúd,

Rey Católico que luego se le llevasen a aposento y mandó que se le pusiese frontero de sí. Miróle muy de propósito, estaba dentro y fuera
y mandó el
su

forrado de brocado colorado y rados».

con

sus

clavos do

_

42

que hiciesen una caja de y mandó traerla y que la metiesen dentro del

y

plomo ataúd, dijo a sus privados que, después de muerto, no le abriesen; sino que le metiesen en aquella caja envuelto en una pieza de holanda, empapada en bálsamo, y la cerrasen y calafateasen y, después lo metiesen en el ataúd, y que, cuando lo amorta jasen, no estuviesen allí sino don Cristóbal de Mora

«Mandó

luego

y otros tres que él nombró».

Dispuso
con

que le echasen al cuello el rosario

con

que rezaba el

Emperador,

su

padre,

y

una

bolsita

reliquias.

era viernes, mandó Extremaunción, y, estando ya para dársela, rodillas, y el arzobispo con ella en las manos, y su confesor y el prior y seis religiosos más, dijo el buen rey: «Esperad un poco y llamadme al Príncipe». Fueron por él, que estaba

Dos días antes de morir, que
y todos de

que le diesen la

en sus

cuartos,
a

y tardó buen rato

en

venir por la

sedes este santo sacramento y no estuviésedes en ignorancia en que yo he estado de no habella visto dar a naide por no me hallar a la muerte de la mi

hay de camino, y venido, púsose su padre, y después sacra que le habían ungido y acabado con aquel delante de todos, al Príncipe: «¿Para mento, dijo, qué pensáis que os envié a llamar?—Para que viégran distancia que

de rodillas

la cabecera de

padre;
«Ahí

habéis de

ver en

y para que consideréis que mañana esto>.

oa

queda la Infanta vuestra hermana; sedle buen hermano y tenedla por madre. Aquí os dejo dos disciplinas y este Cristo que fueron del Empe-

43

rador Carlos V, mi padre. Este Cristo murió
y así

con

él

quiero yo morir y os lo dejaré a vos para que hagáis lo mesmo. Estas disciplinas eran suyas tam bién; ésta más ensangrentada era con la que mi padre, el Emperador, se azotaba, que, como era mejor que yo, la ejercitó más. Estotra que tiene
menos

sangre,

es

mía,

que,

como

he tenido tantos

achaques, hela ejercitado poco; ahí os las dejo por última prenda», Le entregó un papel que contenía los preceptos y consejos que dio San Luis, rey de Francia a su hijo; le dio su bendición y le expresó su confianza
en

que sería

un

y lo

despidió

y

buen rey. Dióle a besar nunca más le vio.

sus manos

días el rey Felipe II, denominado El Prudente por los contemporáneos de su reinado,
sus

Así terminó

y calumniado

por Anto nio Pérez, aquel «sobrino» que Gonzalo Pérez envió a las pequeñas cortes ita
ser secre

lianas para que aprendiese el «arte» de
tario de
un monarca

poderoso

y confiado.

El Conde de Villamediana
ESTUDIO SOBRE LA LITERATURA SATÍRICA

ESPAÑOLA EN EL SIGLO XVII.

I

EL CONDE DE VILLAMEDIANA

sinado

En el año 1622, reinando don en Madrid el conde de

Felipe IV, fué ase Villamediana, don

Juan de Tassis y Peralta, célebre poeta satírico. Iba en coche por la calle Mayor a las ocho de la noche

compañía de su amigo don Luis de Haro y un se acercó, lo llamó por su nombre, y con un arcabuz; alcanzó Villamediana a descender del carruaje para castigar al asesino, pero
en

desconocido
le

disparó

con

tan mala suerte que,
a

una

vez
es

en

la vereda de

la
En

calle, alcanzó esa época las
se

decir: «esto

hecho» y
eran

expiró.

calles de Madrid

oscuras; el

alumbrado Nunca
y, aunque

estableció cincuenta años más tarde.
fué el asesino

pudo saberse de fijo quién
se

dieron dos nombres de personas deseo-

nocidas, la opinión de los contemporáneos y de los cronistas de los tiempos posteriores está uniforma

da; no se da importancia al apellido del asesino; las investigaciones se contraen a averiguar qué persona

pudo

de gran valimiento ordenó cometer este crimen y asegurar su impunidad. Ese nombre es uno de los secretos de la historia madrileña.

48

Loa poetas de la época, Lope de Vega, Luis de Góngora, Juan de Alarcón, Antonio de Mendoza, Jáuregui y muchos otros compusieron epitafios y

alegraron, otros deploraron la desaparición algunos de ellos se puede sos pechar que conocieron el secreto del drama de la calle Mayor; que los habitantes de Madrid lo co mentaron y, por la gravedad del caso, lo guardaron ¿con prudente sigilo.
unos se

de Villamediana. En

El conde de Villamediana tenía, cuando fué ase cuarenta años y, además de satírico, era enamorado; pudo ser la víctima de sus epigramas y también puede atribuirse su muerte a! castigo de algún marido por él ofendido. Los historiadores españoles se inclinan a la primera de estas hipóte sis; la crónica que transmontó los Pirineos y se
'

sinado,

divulgó

en

París, atribuye la desgracia del poeta al
no

atrevimiento de una empresa amorosa. Desde la más remota antigüedad el mundo
ha

dejado tranquilos
se

a

bres de detrás que fueron
na,

escudriñan

sus

públicos y hom enamorados; se les exami actos; sus producciones litera

los hombres

estudiadas con lentes de aumento y, de ca y de cada palabra, se deducen consecuen cias destinadas a sacar a la luz del sol lo que las
son

rias

da

frase,

desgraciadas víctimas del
El conde de haber

lado y oculto para la curiosidad de la

amor quisieron dejar ve posteridad. Villamediana, sobre la desgracia de

drid,

ha debido

exánime

dejado la vida en una calle oscura de Ma soportar la cirugía, no en su cuerpo e inerte, sino en sus composiciones litera
secreto que él llevó
a eu

rias para descubrir el

tumba.

49

A la dama le dio el nombre de
res

deducen algunos autores que el objeto de
había nacido
dicen otros
una en

Francelisa;

de allí

esos amo

Francia y designan a una dama altfsimamente colocada y nacida en Fontainebleau.

No,

comentadores; Francelisa
era morena.
a

era

rubia

y la elevada dama francesa

Francelisa

tenía
no

hermana

quien Villamediana dio el

nombre de Amarillis y la señora de Fontainebleau
tuvo hermana.
en Francia era doña Isabel de esposa de Felipe IV y que, en esa época sólo tenía diez y nueve años y jamás dejó de ser considerada como excelente esposa y fué amada
su

Esa dama nacida

Borbón,

por

marido durante los dieciocho años de

su ma

trimonio. Fué la madre de la esposa de Luis XIV. La condesa de Aulnoy, esa escritora francesa

que

en Madrid cuanto chisme circulaba por salones y calles y que los narró sin darse la pena de examinar su origen y su veracidad, en su libro titu lado Relación de un viaje por España, cuenta que,

recogió

en

la representación

de

una

comedia compuesta

por Villamediana para celebrar el natalicio del rey, Isabel tenía que aparecer envuelta en una nube. El

conde sobornó

a

un

fuego
poeta
al

a
a

unas

cortinas y,
en

hombre para que prendiese en el tumulto, tomó el

brazos y la condujo a un lugar seguro. Un paje observó la escena y dio cuenta conde-duque de Olivares, primer ministro y favo rito del rey. A ese episodio atribuye la atrevida
sus

la reina

condesa la muerte de Villamediana. Otro cronista asegura que Felipe entró de puntillas y sin bulla

al salón de la reina y le cubrió los
4.—

ojos

con sus ma-

SO-

nos

y que Isabel
se

que

creyendo que era Villamediana el tomaba esa libertad, le dijo; «Estaos quieto,
se

conde». Todavía

agrega

una

anécdota más

com-

promitente. El conde habíase presentado a una fiesta de palacio con un vestido adornado con reales de plata y con una divisa que decía: «mis amores
son

reales»,
una a una esas
con

Desmiente

novelescas invenciones
uno

la verdadera historia
res

datos exactos tomados de de estos auto

la crónica palaciega de la época y
dice: «mienta cuanto

quiera madama d'Aulnoy»

y hace la narración de un sarao, descrito por don Antonio de Mendoza, en el cual se representó una

comedia

de Villamediana titulada La Gloria de que ocurriesen los lances del libro de la autora francesa. ordenó el asesinato del poeta? Ese secreto ¿Quién lo ha guardado la crónica y sólo es posible entrar en el terreno de las suposiciones; pero la mano res

Niquea, sin

que buscarla entre los grandes señores de la corte que fueron las víctimas de las saetas de sátiras. Pudo ser uno y pudieron ser muchos. sus Les convenía envolver al rey y tal vez alcanzaron los supuestos atrevimientos de a llevar a

ponsable hay

palacio
pero

Villamediana. La
esa

impunidad

novela;

igual absolución pudo

del crimen favorece tener el

asesino que recibió las órdenes del rey que si las hubiera recibido del conde-duque todopoderoso y

vengativo.

Don Juan de Tassis y Peralta era hijo de otro don Juan del mismo apellido; nació en Lisboa en los días en que ese reino estaba unido a la corona

de Castilla; fué criado
para el

en

la corte de

Felipe
por

III y rey
con

antes de tener veinte años fué

elegido
a

ese

viaje objeto de recibir

que hizo la corte
a

Valencia
su

el

la

nueva

reina doña

Margarita

de Austria. Desde

esa

época figuró

nombre entre

los más afamados poetas, pero, para su desgracia, el género de su preferencia fué el de los epigramas y la sátira. Escribió un soneto injurioso y muy crudo
contra la marquesa del Valle de años

Guajaca, aya de la infanta doña Ana, de la cual vivió enamorado antes, y comenzó la larga serie de sus perse
cuciones. Poco

después

casóse

con

una

señora de

matrimonio
en

la familia de los marqueses de Cañete y de este no quedaron hijos. No se sabe la época
que enviudó. Muerto

su padre, el primer conde Villamediana, heredó el título y el cargo muy Mayor de Castilla y de Ña póles. Salió en esos días para incorporarse en el ejército, y su nombre figura' con honor por su arrojo

de

lucrativo de Correo

y valentía

en

las narraciones de las batallas

a

las

cuales asistió.
Madrid y emprendió una lucha feroz contra el duque de Lerma, primer ministro de Fe lipe III. Circularon por Madrid manuscritos sin

Regresó

a

nombre de autor

en a

que

se

acusaba

a

Lerma,

a

Uceda,
y

su

hijo

y

de ladrones.

Atribuídofl>S^ip|fis¡ediana,

los otros ministros de codiciosos se le

obligó

a

salir de la corte y
no

fijó

su

residencia
no

güenza, donde

hubo injuria que

en Silanzase contra

las autoridades y las damas de la ciudad. A una señorita de Sigüenza le dedicó este
teto:

cuar

«Niña del color
«
« *

La del clavel Para venir
en

en

quebrado, el pico, borrico, regresó publicó olvido,
Madrid y

Vinieras

en

tu cuñado».
a

Muerto el rey Felipe III, pocos días después de llegado,

esta octava:

«Llego
«
«

a

Madrid,

y

no

conozco

el

Prado;

Y

no

le desconozco por

«
« «

Sino porque rae consta que es pisado De muchos que debiera ser pacido, Vuélvome, voluntario desterrado,

Dejando
Ya que

a sus en

«
«

Que

es

más

arpías este nido, propios escarmientos hallo culpa el deeillo que el obrallo',
días la marquesa del Valle de no le perdonó después de

Falleció

en
su

esos

Guajaca,

enemiga,

muerta y la enderezó este

epitafio:

«
*

*

un griego Aquella, de quien presumo Que las mandas que hizo en humo, Está ya pagando en fuego»,

«Fué más astuta que

De los autores que se han ocupado de Villame^ diana seguiré al más autorizado de ellos, don

Juapjj

53

Eugenio Hartzenbusch,

académico doctísimo y autor de obras dramáticas y de excelentes novelas. Al año siguiente de su venida a la corte, después

del destierro, celebróse la fiesta de Aranjuez, para celebrar el día de San Felipe. La reina estaba en
cinta y para hacer el viaje, que hoy se puede hacer en pocas horas, demoróse cinco días en silla de mano.
teatro de madera y lienzos

Representóse el drama La Gloria de Niguea con una tramoya

en

un

nunca

vista. El poeta don Antonio Hurtado de Mendoza describe las fiestas que resultaron magníficas. Des

pués

de la

representación bailaron Sus Majestades,
corte,
entre las
a una

y las infantas y las damas de la

cuales notó Villamediana

bellísima, llamada doña
llos rubios
que

Francisca

joven portuguesa Tabora, de cabe

como

el

oro,

Terminado el

baile, prendióse fuego en el teatro quedó convertido en montón de cenizas; el rey
en

dice don Antonio de Mendoza— sacó

brazos

a

la reina y de allí, según Hartzenbusch, se esparcie ron las hablillas de los cronistas que sirvieron de
mentores
a

la condesa de Aulnoy.

A los cuatro meses de esa fiesta tuvo lugar el asesinato de Villamediana en la calle Mayor de Madrid. En el bolsillo del poeta se encontraron
unas

coplas

de

despechada
a su

estaban destinadas
era

otra que doña Francisca
se

que

negaba

a

amorosa elegía, que Francelisa, que no Tabora, dama joven aceptar los requerimientos de ese

y

dama

gran señor, viudo y

con

cuarenta

años muy bien

vividos. Francelisa

era

la señorita Tabora;

no

la reina doña

Isabel de Borbón,

como

lo

creen

los novelistas fran-

privanza

Cuando el conde-duque de Olivares cayó de su se le acusó sin miramientos de ser el ma

tador de
nes, ni

pos, cuando
en

en los primeros tiem Valido, ni en las narracio epitafios que compusieron sus colegas y amigos, los poetas madrileños, se encuentran indicaciones claras que puedan servir para dar con

Villamediana;
se

pero,

temía al

los

el nombre del matador, El

epitafio de Lope de Vega "Aquí,
«
*

es

el

siguiente:

con

hado fatal,

Yace Por De

un

poeta gentil:

Murió casi
ser

juvenil

i * «. s « s
«

tanto Juvenal.

Un tosco y fiero
su

puñal

edad desfloró el fruto;
acero

Rindió al Pero
no

tributo;

es la vez primera haya visto que muera César al poder de Bruto».

Que

se

Don Luis de

Góngora compuso

este otro;

«Mentidero de
i

Madrid, esconde;

Decidnos quién mató al conde;
Ni
se

«
*

sabe ni

se

Sin discurso discurrid.

J

« * « *

Por

Dicen que le mató el Cid, ser el conde lozano. chabacano!
caso

Disparate

Lo cierto del

ha sido

*
«

Que el matador fué Vellido, Y el impulso soberano».
a

También este otro ha sido atribuido

Lope de

Vega,

en

el cual

se

alude al cargo de Correo Mayor

de Castilla que tenía el difunto:

«Aquí
«

yace, aunque
en

a

su

costa,

Un monstruo

decir y hacer:

s « * «
«

Por la posta vino a ser Y él acabó por la posta.

Puerta,

no

angosta,
acero
en caso

en

el pecho,

Le abrió el Caminante

fatal. tal

« « «

Que da luz con su vaivén. Poco importa correr bien
Si
se

ha de parar tan mal».

Un soneto del mismo
a

Lope
con

de

Vega

hace alusión

Villamediana, ya poesías anteriores;

no

la benevolencia de las

«

«
*

«
*

«Al que en vidas ajenas se ha metido propia le sacó su atrevimiento. Principio fué, no de un tormento, El caso lastimoso que ha tenido, Por su lengua o su mano merecido, Con que aplauso ganó por^sentimiento», La

L

Don Francisco de Quevedo había sido secretario del duque de Osuna y contra éste había dicho Villamediana cuantos insultos
sano.

Quevedo escribió
suceso:

en

merecía el triste que

«Tuvo

puede recibir Un corte prosa la opinión que le su fin más aplauso

de de

su

misericordia; pluma, las

tanto valieron los distraimientos

malicias de

manera

que los que

su lengua; pues vivió guardaban su fin, tuvieron

por bien intencionado el cuchillo.

Cada día que
era

vivía y cada noche que se acostaba, los jueces y de los agraviados».
En
versos

oprobio de

dijo Quevedo:

«En pena de que El

hablé, callando

muero»,

poeta Álarcón

compuso también

su

epitafio:

« *
«

«
«

«Aquí yace un maldiciente, Que hasta de sí dijo mal, Cuya ceniza inmortal Sepulcro ocupa decente. Memoria deja a la gente
Del bien y del mal vivir: Con hierro vino a morir, Dando a todos a entender
Como

* ' « «

pudo
su

Acabar

un mal hacer mal decir».

No le faltaron defensores al desgraciado conde uno de sus amigos, don Antonio María Améscua, termina su epitafio con el siguiente juicio:
y

57

«Mi verdad autorizada
« « « « « «

De algún villano la espada Cortó la flor de mi edad:
Y Me tiene

Madrid, con su piedad, canonizado,

Pues dice que me han quitado La vida por la verdad».

es

Cuenta Hartzenbusch que vino a Madrid en decir, treinta y cuatro años después de esos
un

1656,
suce

sos,

un Somerdyck, quien, España, curioso, histórico y político, hace de Villamediana el más galán y discreto cortesano de España. Recogió multitud de gracias y habilidades que se conservaban en los

escritor alemán

en

libro titulado

Viaje

por

debida

corrillos de Madrid y asegura que su muerte era a sus amores con la reina Isabel de Borbón.

Habíase enamorado de
era

ella,

pero la bondad de la

señora hizo que le mirase

con

buenos ojos porque

los chistes y agudezas. Esta con ducta, que nada tenía de reprensible, aumentó la temeridad del conde y llegó a cometer hechos im prudentes y a hablar más délo necesario, de donde

aficionada

a

provino
figurar

su

perdición.
una

Ese autor cuenta
a

anécdota que permite hacer

Villamediana entre los truhanes de las

novelas divertidas. Dice que, encontrándose en una iglesia, le pasaron el platillo de las limosnas para sacar ánimas del purgatorio; preguntó cuánto se necesitaba para
sacar

una; le

contestaron que lo

58

quisiera; echó dos doblones que era una suma generosa. Preguntó después si el ánima habría sa lido con esa suma y, como el monaguillo le dijese que sí, recogió sus doblones porque ya no hacían
que él

falta.

El viaje de la condesa de Aulnoy fué en 1679, es decir, posterior al del caballero alemán, y cincuenta y siete años después de la muerte de Villamediana, quedaba vivo el recuerdo de sus aventuras, de sus epigramas y de su trágico fin. Asegura la condesa de Aulnoy que vivía aún la condesa de Lerma,
viuda del ministro que desterró
a

Villamediana

a

Sigüenza y que de ella supo los detalles de la re presentación teatral y del incendio. «Pareció tan linda la comedia a la reina que quiso representarla ella misma; da a entender que la función tuvo lugar en la casa del poeta, y que, por disposición del conde, la casa entera fué quemada; que el conde
tomó a la reina en sus brazos y la llevó por una escalera secreta, hurtándole algunos favores; lo que, un paje, dio lugar a que la noticia llegase hasta el conde-duque de Olivares, quien dispuso la
muerte de Villamediana»,
se indigna contra esas «Ninguna reina de España, sus palacios para asistir a comedias en casas particulares, y mucho menos para el drama fué represen representarlas; tado en Aranjuez, no en el palacio, sino en un pa bellón provisional armado en un jardín, ni allí había

visto por

El

señor

Hartzenbusch

narraciones mentirosas:
y

ninguna infanta saüó jamás de

dores

escaleras secretas; la reina no estuvo entre basti sino al lado de su maridoy de las infantas; y

59

ella, que estaba en cinta, salió apoyada en el brazo de Felipe». La de Aulnoy aceptó la narración novelesca, o fué de su invención, y de allí la han tomado autores y la han aceptado los redactores de algunos diccionarios de historia, de donde las toman los que escriben narraciones históricas de carácter ligero
en

Del

la prensa del día. romance de Villamediana

con

doña Francisca
esa

Tabora, que ha servido de base quedan los siguientes versos:
« « « «
«

para

novela,

Mi

Francelisa, cuyos ojos culpa y disculpa son, perdió;

Dulcísimo laberinto Del que en ellos se Si

no olvida quien bien ama, «¿Cómo puedo olvidar yo no

*

Desdenes que
Por

«

qué
con

es

premio

escarmientan, su rigor?
sol,
.

« «
«

Vos,
que,

pues, de mis males causa, negros rayos

Hacéis

«

*
*

a las hebras de oro Afrentosa emulación Permitid que a las cadenas
. .

«
«

que tan puro amor formó, No se le atreva el tiempo

Ni la

desesperación».

ee

No han temido faltar a la verdad los autores que han ocupado de la vida del poeta cuando han

dicho; «Dicen que

bajo

ese

nombre de Francelisa

60

encubría el poeta el de la reina doña Isabel de Borbón». Las investigaciones de don Juan Eugenio Hartzenbusch dejan en claro que Francelisa no era la reina morena, nacida en Francia, sino la hermo sísima doncella rubia nacida
cisca
en

Tabora;

esa

afirmación

Lisboa, doña Fran queda comprobada
que tuvieron por
a su

por el estudio de todos los

versos

objeto festejar
de Amarillis.

a

doña Francisca y

hermana

doña María que

figura

en

las poesías

con

el nombre

El asesinato de don Juan de Tassis debió ser la obra de la venganza del conde-duque de Olivares,

privado

del rey y de los cortesanos que

se

veían

ridiculizados por las sátiras del poeta. Dicen que el famoso don Pedro Girón, duque de Osuna, tuvo

gobernación de Ñapóles, a la duquesa de Osuna, que no podía agrado a la mora aposentada ostentosamente por las liberalidades del duque. A la duquesa le dirigió el poeta la décima que sigue:
amores con una mora en su

Villamediana hacía la corte
ver con

«Escribe
« « *

a

Zaida
a

un

papel:

Que bautice

los Girones,

fi.

« « «

Pues sabes las ocasiones Que han gozado en su vergel, Dichoso fué Peñafiel
ser primero engendrado Que a Zaida dieras cuidado, Porque no le bautizaras, Y tan turco le dejaras Como a muchos haz dejado»,

fc~
■í
~

En

«
«

kji-

*

61

Cuatro galanteos de Villamediana ha descubierto Hartzenbusch en las antiguas crónicas madrileñas: el de la marquesa del Valle, el de una dama llamada Laura; el de doña Justa Sánchez y el último de

todos,
cisca

el de la bella dama de la corte, doña Fran

Tabora, y llega a una conclusión muy poco halagadora para el poeta: ninguna de ellas corres pondió a sus amorosos afectos.
De la reputación de doña Isabel de Borbón en contró rastros el ilustre académico en una vida de Fray Simón de Rojas, que ahora figura entre los
que

han merecido ser beatificados por la Iglesia Católica. Fray Simón era el confesor de la reina y
había teria

llegado a apoderarse de su voluntad en ma religiosa hasta hacer de ella «una Santa Reina Alma Purísima», según lo expresa el santo y confesor. Dicen que a Fray Simón le pidió el rey que asistiera a la representación de la Niguea y que, terminada la comedia, preguntóle la reina «qué le había parecido». «Señora, contestó el santo varón, como en la gloria estuve». Los que tal le oyeron y lo habían observado dedujeron de esa respuesta que fray Simón se había elevado hasta la presencia de
una

Dios durante la farsa y

no

se

había dado cuenta
no

de nada.
La orden de asesinar al conde de Villamediana

puede

ser

de

una

sola persona, sino de

varias; todos

los ministros, los cortesanos y los grandes de España eran a diario las víctimas de sus sátiras y se com-

plotaron para darle el merecido castigo, y Olivares, el primer Ministro, debió proporcionar los asesinos y asegurarles la impunidad. Es muy probable que

62

buscasen
ran

una causa

para

tranquilizar la conciencia
creer

del rey y también no es difícil de llevado hasta él alguno de los

que

hubie

rosos

del poeta

como

el de

madrigales amo Francelisa, dándole a

entender que el conde había llevado su atrevimiento hasta poner los ojos en la esposa de Su Majestad, Pocos días antes de morir había
en

escrito, hablando general de los hombres de gobierno;
«Niño rey; privado rey, Vice-privado choclón, Presidente contemplón, Confesor, hermoso buey; Pocos los hombres con ley; Muchos siervos del privado; Idólatras del sagrado; Carne y hueso poderosa; La codicia escrupulosa. Cata el mundo remediado.
La carne, sangre y favor, Se llevan las provisiones (los Quedos se están los millones

« «

*
« «

« * « « « « « «

empleos)

■■

« « « «

Olivares, gran señor, Alcañices cazador; Carpió en la cámara está Monterrey es grande ya, Don Baltazar, Presidente, Las mujeres de esa gente bueno va». Lo gobiernan.
. .

Y

coloquio de dos pastores se hacía el ridículo a nobles del mismo rey. A ministros y labriegos;
En
un

señoras y

tes;
pos; por

mujerzuelas, a predicadores y comedian magistrados y alguaciles; a generales y obis a todos, según Hartzenbusch, hirió, primero inclinación; después, por hábito. Acusaba al
a ser

rey de querer

Dios y que

no

alcanzaba

a

ser

hombre: «poco justo, poco animoso y poco hábil». La prueba de más importancia que se aduce para
atribuir diana
ron
su a

muerte

las sátiras y el mal hablar de Villame es que, a fines del mismo año, fue
su

ejecutados por sentencia civil fianza y su ayuda de cámara.
una

criado de

con

En otras ocasiones había bastado la de
a

divulgación

salir del consejo

de las sátiras de Villamediana para hacer a uno de los ministros: eso ocurrió

don Rodrigo Calderón, y el poeta, muerte le enderezó este epigrama:

después de

su

«Aquí
* «
8

yace

Calderón;
paso

Pasajero el

ten,

hurtar y bien morir Se parece al Buen Ladrón*.

Que

en

El

pueblo

de

Madrid,

víctima de los malos mi
a

nistros, había convertido ídolo; se le creía, aunque
acusaciones
eran

Villamediana

en

su
sus

en

muchas ocasiones

hijas de la pasión. Uno de los poetas, enemigos o víctimas de Villamediana, compuso un cuarteto que no puede figu rar en la colección de epigramas de la época por la suciedad del lenguaje. Voltaire, cien años más tarde, lo copió y lo des pojó de esa mancha de mal gusto literario, y lo

t...

aplicó al
saña,

crítico Juan

Frerón,

que,

con

talento y

no dejaba pasar ninguna délas obras del gran literato del siglo sin hacer de ella el objeto de sus dardos. Frerón anunció que las obras de Voltaire, a pesar de su mérito, serían olvidadas de la posteridad, Le enderezó Voltaire el siguiente epigrama que

los franceses
una

creen

traducción drileña:
«L'autre

que es original y que mejorada del autor de la

no es

sino
ma

sátira

Un serpent

jour au fond d'un vallon piqua Jean Frerón. vous qu'il arriba? Ce fut le serpent qui crevá». ¿Que
pensez

Con posterioridad un escritor español tradujo el epigrama de Voltaire a su vez y lo aplicó a Manuel Bretón, el tuerto; es decir, a don Manuel Bretón de los Herreros:

«Una víbora picó ¿Murió Bretón? No,

a

Manuel

Bretón, el

tuerto:

por

cierto;

la víbora reventó».

La sátira y el epigrama han sido dos géneros lite rarios muy cultivados en Madrid. Era la única ma los nera de revelar al pueblo las debilidades de gobernantes en una época de absoluta carencia de

libertad. El epigrama
que
en

es una

composición brevísima

permite con precisión expresar el pensamiento la forma más natural para la circulación de la

" —

85

crítica contra los poderosos del día. La sátira, com posición literaria del mismo género, no da las faci
lidades del epigrama para obtener el mismo objeto
se desarrolla, o en un discurso, o en composición poética de mayor extensión, se ocupó don Fran epigrama cisco Cutanda, doctísimo académico de la Lengua, y de él tomo los razonamientos que explican la im portancia que ese ramo tuvo en aquellos tiempos en la literatura española. «Es un asunto frivolo, dice, con fruslería, y con bagatelas no es cosa de intentar fijar la atención

porque ella
una

De la sátira y del

en

tan sabio cuerpo
esa

como

la Academia de la Len
su

gua». Pero de

frivolidad tomó el tema para

recepción. Explica de la manera más ingeniosa esa elección que pudo ser considerada impropia para un hombre de su profesión y de sus
años.

discurso de

Pinta la novedades.

época
a

en

que él vivió

como

época de

destejar, luego destechar, y en seguida, derribar la casa de nuestros padres, y a preparar la hoguera en qué reducir a cenizas hasta los materiales, y el espectáculo es interesante». No es partidario de los demoledores del edificio
ver

«Asistimos

tanto

social el doctor académico.

epigrama ha sido en manos de los hombres, para derribar; y también para criticar a los «¿Quién lo inventó?», pregunta.— «El primer hombre agudo que vio la verdad con inten ción y claridad y la expresó con gráfica viveza». En la antigüedad lo cultivaron Cátulo y Marcial. En
El
arma

que derriban.

66

la edad moderna ha sido Ricardo Owen el más célebre de los poetas que han cultivado la sátira
y el

epigrama.
a esos

Divide Cutanda

autores

en

dos series: la

de los que practican el privilegio de hacer reír a costa de las cosas santas y de los hombres buenos;
para
esos

tiene franca condenación. «Dicho
lo

se

está

que lo obsceno y

exigen,
mo,

para excitar la

impío no debe ser chistoso; risa, la corrupción y el ateís
sobrados detestables para

males

demasiado

tomarlos por

diversión; males que merecen com pasión y alejamiento». a los fisiólogos el cuidado de analizar «Dejando esta facultad o este desorden, baste indicar aquí cómo el reírse de cosas es vanidad de filósofos; de las personas, dureza de corazón y orgullo; de pala bras, de frases felices, de finuras de expresión, es sabrosa, culta, saludable, inocente risa. A ésta nos convidan, más que otra cosa, los epigramas». Ya Iriarte había manifestado igual opinión:
«El buen
« * *

censor

de costumbres

Es la risa. Más temores Le causa al hombre el Dios Momo

(¿Quién

lo

creyera?)

que Jove».

Owen define la sátira definición

y el

epigrama

y de

esa

hay

una

excelente traducción

española

publicada

por Cutanda:
no es

«La sátira sutil
«

otra

cosa

Que epigrama espaciosa,

« «
«

Ni la breve epigrama Otra cosa que sátira se llama.

La sátira aguda
Si
a

se

publica,

*
«

epigrama

no

sabe, nada pica;

«

Y la epigrama airosa y ajustada, Si a sátira no sabe, nada sabe».

El mismo señor Cutanda define el
como

género satírico
declarada
perso

sigue: «¿Qué es la
uno o

sátira

sino

una

guerra

contra

muchos

vicios, defectos, clases,

nas, profesiones o pueblos? Guerra en la solemnidad de la declaración; guerra en la concurrencia de las
armas

ofensivas de que

tura y la

poesía. Porque

en

puede disponer la litera medio de la indignación

de que el poeta satírico se haya poseído, ningún medio perdona, ninguna arma reserva, ninguna considera prohibida para lograr su intento: el exter minio de
un

un

objeto odioso».
autor que el sano; lo que
se

Supone el propósito ejemplo,

poeta está animado de
no ocurre en

la mayor
el número
en

parte de los que
por

dedican

a ese

género. Villamediana
en

no

quedó comprendido

de los poetas de sana intención y de límites moralidad del uso de esas armas. El

la

epigrama, si es más corto es mejor, y se cita el del Pope como un modelo; un perro llevaba un collar con el siguiente letrero:
«Soy del virrey del Perú; «¿De quién eres perro, tú?»

Otro modelo de

epigrama

es uno

de Moreto:

«Varrón anda
* * « « « e « « «

espiritado

Por Y

esas

calles furioso de

Con rostro de caviloso
muecas

enajenado.

Habla solo el desdichado, Y él se apacigua y se irrita;
Y da
a

la

plebe erudita

En decir que es gran poeta. Vates! Perded la chaveta Nada más
se

necesita».
es

De Baltazar de
En
«

Alcázar,
muladar

el

siguiente epigrama:

un

un

día

Una

vieja sevillana,
granjeria,
hallarse

'i-

.

« «
*

Buscando trapos y lana,
Su ordinaria
Acaso vino
a

* * « « «
•«

pedazo de un espejo Y con un trapillo viejo Lo limpió para mirarse Viendo en él aquellas feas Quijadas, de desconsuelo
Dando con él en el suelo Le dijo: «Maldito seas!»
maestros

Un

*

Los
su ;

grandes

del

poetas latinos, Cátulo
rico.

y Marcial. El

ingenio al epigrama erótico

epigrama fueron los primero dedicó y el segundo al satí.■;,

Menéndez

y

Pelayo

nos

ha

legado

un

juicio
a

crí
mu

tico sobre Marcial que podría ser aplicado chos de sus imitadores, aún cuando no lo

hayan originalidad y en ingenio: puede decirse, según el insigne aca démico español, tanto bueno como malo, y para todo habría textos en el inmenso fárrago de sus epigramas, elegantes y donosos muchas veces, bru tales otras, hasta el último grado del cinismo; inte resantes todos para el historiador; deliciosos algu igualado
en

«De Marcial

nos

para el crítico de buen gusto.

«Es cierto que no hay inclinación perversa de la naturaleza caída y degradada, no hay bestialidad de la carne que el poeta bilibitano no haya conver tido en materia de chiste, sin intención de justifi

carlas, piezas
«Es

es

verdad, sin
con

tratar de hermosearlas tam

poco, pero
una

la curiosidad malsana de
un

quien

reúne

raras

para

museo

secreto,

exhibición de torpezas,
como un

considerar
como un

podemos inmenso periódico satírico, o
que
es

álbum de caricaturas de la Roma de Doque sobra

miciano; lo

ingenio

y

agudeza; lo

que
a

falta y se echa de menos es el respeto del poeta sí mismo, al arte y a la posteridad»,

En

ese

análisis del señor Menéndez y
un

Pelayo

se

encuentra encerrado

juicio genérico
a ese ramo

para todos

los poetas que

se

dedican

de la literatura.

Cabe preguntar: ¿cuando las costumbres degeneran en Ucencia; cuando el vestido de las mujeres se
en remedo de lo que lo era en tiempos mejores; cuando la libertad de los hijos y de las bijas desconoce la autoridad de los padres, y el

convierte

buen ejemplo
motnento

es

motivo de
se

risa,
en

acaso

ha

de que aparezca
que

las

naciones darles el

poeta Marcial
de la

encargue de

llegado el algún castigo
a

pintura posteridad?

de

eses excesos

para trasmitirlos

la

Ruy Blas
CONFERENCIA LEÍDA EN EL CLUB DE SEÑORAS
DE SANTIAGO, EL 30 DE DICIEMBRE DE 1926

RUY

BLAS

En la noche del 8 de Noviembre de 1838 fué

re

el drama Ruy Blas, uno de los más célebres del romanticismo francés. Su

presentado

por

primera

vez

autor, Víctor Hugo, permitió que los escritores
hicieron la crítica
en

que

los

periódicos
era

y revistas de la

la más exacta expre sión de la verdad. Esa aseveración figura en un

época dijeran que la obra

epílogo

que acompaña

a

ciones auténticas del drama. «No dice el autor del
o

la mayor parte de las edi hay en Ruy Blas

epílogo un detalle de vida pri pública, del interior, del blasón, de la eti queta, de la biografía o de la topografía que no sea escrupulosamente exacto. No hay personaje de este drama, grande o pequeño, que no esté bien repre sentado». Quien lea esas páginas, cien años después, creería que Víctor Hugo, o quiso burlarse de sus contemporáneos o fué la víctima de una invención. vada,
Permítame el ilustrado auditorio que conoce el drama y que ha tenido ocasión de oírlo en el teatro contemporáneo, que haga un ligero resumen de esa historia calificada de verdadera.

María de
narca

principal es la reina de España, doña Neuburgo, esposa del rey Carlos II, mo débil, casi un imbécil, según Víctor Hugo, que ocupa su tiempo en correrías de caza y deja las riendas del gobierno en las manos de quien quiera
tomarlas. En el acto
de
sus

La heroína

primero figura la soberana rodeada

damas y ocupadas todas ellas en bordar; pero, dentro de la sala, no es la reina la que manda, sino la vieja etiqueta española representada por eierta
marse a

duquesa de Alburquerque que le prohibe aso las ventanas. Tampoco le es permitido salir y la duquesa le ordena dedicar ciertas horas al recogimiento y la oración. Doña María se queja, pero se somete,
de
su

aposento

En otro de los actos del drama aparece la misma reina tomando las riendas soltadas de la mano de

Carlos II y ella designa como primer ministro a don César de Bazán, conde de Garofa, a quien hace duque de Olmedo, y, por derecho propio, Grande de España. La reina y don César se aman: con un amor respetuoso de parte del ministro; prudente y recatado de parte de doña María. «L a reina es un ángel y es una mujer», dice el poeta para explicar
la trama de la obra

tejida

con

los aspectos de la

mujer

casta y

abandonada,

y de la

mujer

que per

mite que en el interior de su alma nazca y se desa rrolle un sentimiento apasionado en favor del hom bre que es el salvador de la monarquía.

Pero, para la desgracia de la reina, y para satis facer los desvarios de la imaginación del poeta, el personaje a quien ella eleva hasta el cargo de pri-

F*

mer

ministro

es un

lacayo de don Salustio de Bazán, César, primo de don Salustio, éste, para vengar en la reina una

llamado ha

Ruy Blas.
y

El verdadero don

desaparecido

orden real que lo destierra de la corte para castigar una ofensa que doña María no puede perdonar
como
es

la de haber burlado

a

una

de

sus

damas

honor, ha introducido en el palacio a su lacayo, presenta como si fuera su primo don César, y, cuando el servidor le pregunta cuál es su obligación principal, don Salustio le responde: «Os ordeno
de
lo que améis a la reina y que seas su amante». El lacayo, como los personajes de las novelas,

resulta
para

un ministro hábil, escrupuloso y enérgico reprimir los abusos de esos tiempos: un ver

dadero Richelieu. Sus antecesores, que pertenecían a la nobleza, eran todos imbéciles y ladrones. Ruy
Blas los

pinta

en un

«Oh! ministros Servidores que
vuestra
manera

admirable apostrofe: íntegros! Consejeros virtuosos! abandonáis la casa al pillaje: esa es

de servir al rey.
la vergüenza y Solamente

«Habéis

perdido

escoger vuestra hora ; esta hora

sombría,
os

habéis sabido en que la
preocupa el

España

llora

agonizante.

deseo de llenar vuestra bolsa para huir después. Quedaréis marcados con fierro candente ante el país que camina hacia su ruina, vosotros que habéis cavado su fosa para robar sus últimos despojos en la tumba.
La

«Pero, antes, mirad y observad a vuestra víctima! vieja España y sus virtudes: la España y su
se

pasada grandeza: todo

ha ido.

Después de los

días del Rey Felipe IV hemos perdido sin combatir
el

Portugal y el Brasil. Ya no es dueño el Imperio español de Brisach, en Alsacia, ni de Luxemburgo. Perdido todo el Franco-Condado, y el Roussülon y Ormuz, y Goa con cinco mil leguas de costas; y
Pernambuco y las Montañas Azules. «Mirad hacia el poniente y hacia el

oriente; la Europa, que nos temía, y nos odiaba, se burla y se ríe, como si vuestro rey fuera un fantasma. La Holanda y el inglés se dividen en reino; Roma nos engaña; la Francia espera la hora propicia; y el
Austria
nos

observa!

«¡Qué decir de vuestros virreyes!: Medina, loco de Ñapóles con sus escándalos; Vaudemont vende a Milán; Legañez pierde Flandes. No se ve remedio para tanto mal; el Estado vive en la indi gencia; se agotaron las tropas y el dinero. Hemos perdido en el mar trescientas galeras. «¡Señores ministros! el pueblo español, en veinte
amor, llena

años ha visto consumir
nes

cuatrocientos treinta millo

de oro, en vosotros, en vuestros goces, en los placeres de los cortesanos y en las mujeres que ha béis buscado como compañeras de vuestras orgías. Ese

pueblo gime bajo

ese enorme

peso que
unos

no

puede

soportar,
«Habéis encendido la guerra de contra otros;

pisoteando
en

al que

trabaja

y

quemado la cosecha

flor. La escopeta de caza está lista para atrapar todo bien. Guerra entre los conventos; guerra entre las

provincias; cada uno asechando a su vecino para devorarlo, hambrientos que se lanzan sobre un buque que ha naufragado. Iglesias en ruina con sus

—-

77

muros crece.

cubiertos de serpientes, y donde la yerba
Los Grandes tienen
sus

abuelos,

pero

no

presen y

tan obras de

manos.

Todo lo hace la El

intriga

nada la lealtad.
«Babel está dentro de Madrid. duro
con

el

pobre
se

y adula
se me

con

ternura
y

alguacil es al poderoso.
en

En la noche

asesina

impunemente
ha robado

balde

se

pide

socorro.

Ayer

en

el puente
a

de Toledo. La mitad de los habitantes de Madrid roban
a

la otra mitad. La
no
se

justicia
haber,

es

venal;

los

soldados

les paga

su

Antiguos vencedores
sangre de nuestros

mundo; españoles de la mayores, carecemos de soldados;
del

tenemos, en lugar de un ejército, bandas de menes terosos, de judíos y de montañeses que se visten
con

trajes remendados
se

y

se arman

de

un

puñal,

y,

cuando la noche viene y el tiempo está revuelto, el
dudoso soldado convierte
en

ladrón. El bandido
un

Matalobos tiene más tropas que

conde

o

un

Jbarón.
«Al rey de
pasa

España
y

lo insultan los

en su carroza en

él,

vuestro

paisanos cuando señor, se refugia en

el Escorial

la

tivo, dobla
que

su

compañía de los muertos y, pensa cerviz hacia el suelo de un Imperio

cruje y que cae en ruinas. «Y vosotros, los causantes de tanto mal, trabáis disputas para tomar lo que aún queda: mientras el

pueblo español, enervados en las sombras, expira en
mino fatal de
su

sus

miembros, recostado
es

este antro que

el tér

suerte».

Tristísimo apólogo, que tal vez es la parte que más se acerca a la verdad de todo el drama, hermoso

78

por

sus ser

de

versos, terrible por sus enseñanzas y digno repetido en todas las naciones que han olvi

dado las
para

grandes
las
sus

enseñanzas y las nobles
manos

tradiciones

caer en

de los que preparan la deca

dencia de

pueblos!

El orgullo y la felicidad de la reina no tienen límites: Ella ha sabido buscar para España lo que había hecho falta durante treinta o más años: un

primer ministro. Este respetuoso,
a

y dedicado sólo que
corroen en

poner remedio

a

las

corruptelas

los
la

órganos de la administración, guarda
íntimo de
su

lo más

alma el sentimiento que lo

acerca a

persona de la

reina; la evita; asiste a su lado a los consejos de los ministros, y, el primero de todos, se retira y se despide de ella con humildad y cor
tesía. El rey, cuando no anda de cacería, vive en el Es corial, cerca de la tumba de María Luisa de Orleans, su primera mujer, su único amor. La reina abandonada aprovecha una ocasión para manifestar a don César su gratitud por el servicio que presta a la monarquía y le dice: «Don César, yo os doy mi alma; para todos soy la reina; para vos soy sólo una mujer. Por el amor y por el cora zón, duque, yo os pertenezco: tengo fe en vuestro mío. Llamadme y yo
a

honor para estar segura de que sabréis respetar el acudiré; estaré siempre atenta lo que
me pidáis». Esta escena se desarrolla en magníficos, como sólo Víctor Hugo era capaz

versos

79

escribirlos; y no hay detalle público ajustado a la verdad».
ma

de

debemos recordar
o

que

«en ese

dra esté

privado

que

no

Es muy conocido el final del drama. Don Salustio el vengativo, arma una celada a la reina y la hace acudir a la casa de Ruy Blas. Sorprende a doña María
con su

antiguo lacayo;

le revela el terrible
y

secreto; don César de Bazán, duque de Olmedo

primer ministro es Ruy Blas, su criado. «Vos, señora, le dice, me habéis ofrecido por es posa a una de vuestras sirvientes; yo os he dado por amante a mi lacayo». Ruy Blas venga a su reina asesinando a don Sa lustio, y se envenena en seguida, salvando el honor
suelo de oír la

de la dama. Antes de morir recibe el supremo con voz de la reina que le dice: «Ruy

Blas,
que

yo
no

os

perdono».
mismo drama revela Víctor Hugo

Dentro

del

ha sabido respetar la verdad histórica, y que la imaginación, no la crónica de la época, ins piró la existencia de Ruy Blas y la doble persona lidad de doña María de Neuburgo. En el acto pri mero la reina no podía, bajo el peso de la etiqueta de la corte,
ministro
en asomarse
a

una

ventana;

en

el acto

a la cita que le da el primer particular. En el primer acto, es una figura decorativa; en los siguientes, ella gobierna, dispone de los destinos de la nación, destierra, castiga, nombra los minis tros y preside los consejos.

quinto, puede

acudir
casa

su

Hugo, en el prefacio de su drama, trata explicarlo y dice: «En el momento en que una monarquía va a sucumbir pueden observarse muchos fenómenos; el primero de ellos es la disolución de
de la nobleza y dinastía
se
su

Víctor

abatimiento. El reino
y la
en

bambolea;

la

política

ley cae en desuso, la unidad migajas, despedazada por la osadía de los intrigantes. La sociedad degenera; las grandes cosas, el interés nacional pasan a segun do término: sólo las pequeñas cosas quedan en pie, No hay policía, ni ejército, ni finanzas; no se ne cesita ser adivino para comprender que el fin se acerca. En todos los espíritus entra el temor al día extingue
se

convierte

va

de mañana; cada cual desconfía del vecino. Todo a sumergirse; el tiempo apremia; es necesario

enriquecerse, crecer y aprovechar las circunstancias», El pueblo desea salvarse: el pueblo es Ruy Blas, Pero en medio de la ruina moral existe una figura luminosa y pura, que es una mujer: la reina. Des graciada como mujer, porque atraviesa la vida como si no tuviese marido. Desgraciada como reina, por
que se vive como si no hubiera rey, Y termina recordando que, en Hernani,
su

drama

anterior, él hizo la pintura del reinado de Carlos V, el gran Emperador, el creador de la grandeza de España. En Ruy Blas, describe la decadencia, ocu rrida dos siglos más tarde, día por día, porque Carlos V
nació
en

el

primero

el año 1500 y Carlos II muere en 1700. Con se levanta el sol de la monarquía espa-

81

ñola;
Esa

con

el

segundo

ese

mismo sol entra
no es

en

las

tinieblas.

explicación de Víctor Hugo

satisfacto

ria. La verdad el zenit de la

es otra. El drama de Ruy Blas marca escuela denominada romántica. El romanticismo es la escuela de la libertad literaria; es el olvido de las antiguas reglas. Es el dominio de la espontaneidad. El clasicismo es la esclavitud de

la

ley literaria impuesta por la antigüedad, por el buen gusto y por la experiencia de los siglos. El romanticismo, al romper todas las reglas, libertó discípulos de toda obligación, aún la de respe verdad, y, en esa desobediencia a toda regla, encuentra la única explicación de las libertades que se tomó Víctor Hugo tanto en Hernani como en Ruy Blas. Ahora bien, ¿es lícito a un hombre, a un autor. después de dos o más siglos, ofender el honor de una mujer, que fué reina, que supo respetar su dignidad y su virtud, y entregarla al escarnio y ponerla en los brazos de un lacayo vulgar? ¿Le es permitido confundir a una mujer honrada, que vivió,
a

los

tar la

se

que tiene derecho a su honra, y confundirla con las cortesanas de la historia sin que se encuentre un

solo antecedente que justifique esa acusación? El clasicismo tuvo su época en el siglo XVII: Boileau y Descartes fueron sus grandes maestros; en el Discurso sobre el Método no tenían cabida las libertades de
esa

espontaneidad

que

permitió

a

los

románticos del siglo XIX el olvido de las regla?. que abrió la puerta a todos los abusos, y a todos los errores. El romanticismo ha sido un poder disol-

•_s2_
vente
en

literatura, así como sus corifeos, Rousseau '-.? y sus discípulos, crearon la escuela disolvente del orden social, cuyas consecuencias palpa la genera ción actual sin poder detener el carro que marcha
fatalmente hacia
un

^

abismo desconocido.

Bien poco dice la historia de doña María de Neu-

burgo, segunda esposa del rey Carlos II, el Hechi zado. Hija del Elector de Baviera, Felipe Guillermo, nació en 1667 y casóse en 1690 con el rey de España,
viudo de la reina María Luisa de Orleans. Tuvo a su cargo en Madrid la defensa de los derechos de
en el largo litigio, oculto y cua intrigas, a que dio lugar la herencia del España, siendo el secreto a voces en todas las cortes de Europa que el pobre soberano moriría sin hijo que le sucediese. Su carácter seco y alta nero, le quitó las simpatías del pueblo; desconfiaba de ella la parte de la corte ganada por la causa de Luis XIV que preparaba en el mayor silencio el testamento que debía hacer de su nieto Felipe, du que de Anjou, el heredero del deseado trono y de casa

la

de Austria

jado

de

trono de

sus

inmensas colonias. Doña María de Neuburgo, si hubiera
a

si hubiera dado motivo

leve

temporáneos,

que

no eran

muy benévolos para
no

y diremos más

aún,

que

delinquido, sospecha, sus con ella, gastaban benevolencia

de para nadie, la hubieran ridiculizado en esa serie panfletos, de madrigales, de libelos que se conser van en las bibliotecas de Madrid y que hacían en

w
esa

época lo

que

hoy

se

permite

en

virtud de la

tolerancia

y de los abusos de la libertad de la prensa.

Acompañaba a la reina, venida a Madrid desde Baviera, una de sus damas preferidas, la baronesa de Perlip, mujer ingeniosa para las intrigas, hábil y
de gran afición al dinero. En Madrid la conocían por el nombre de La Perdiz. Ligada a ella llegó también un gentilhombre alemán, Enrique
a

Jovier, quien dieron el apodo de El Cojo. Los poetas como romanos del pasquino, comentaban los sucesos del día en epigramas y líbelos donde la agudeza del ingenio rivalizaba con la Ucencia. Se conservan aún muchos cuartetos contra El Cojo y La Perdiz.
los «Pies del reino
« « *
«

es

un

cojo:

Una Un

perdiz las
romo

manos:

la cabeza. Miren por Dios ¡qué tres! Si fueran cuatro!»
es

El Cojo y La Perdiz fueron sorprendidos vendiendo influencias, cargos públicos y las cruces de las órde
nes

militares.

Si los díceres de la Corte hubieran dado lugar a murmuraciones enderezadas a manchar la honra de la reina doña María, los cuartetos irrespetuosos nos habrían dejado algún rastro y algún indicio de la existencia de ese Ruy Blas,
No existe ese indicio, ni un solo hecho, que justi fique la injuria que Víctor Hugo hizo a su memoria, Religiosa en extremo, ocupaba sus ocios en hacer bordadoB de arte religioso. Es tal vez ese el único

84

punto
con

en

que

se

encuentran

en

acuerdo el drama

la crónica de la Corte de Madrid, cargo de la Legación el año 1908 y, pocos días antes del día
en a

Encontrábame de Chile
en

Lima

de la fiesta de la Inmaculada
invitación para asistir
a

Concepción, recibí del

Padre Guardián del Convento de San Francisco la «Usted

podrá

ver en

la misa mayor del convento, ese día, me dijo, los célebres

por la propia mano de la Neuburgo y que ella regaló a era en esa época el más rico y el más poblado de todos los de la monarquía». Noté con cuanto orgullo me decía eso el buen reli gioso y acepté con el mayor agrado su invitación, No olvidaré la impresión que tuve cuando vi los magníficos ornamentos de plata bordados sobre rico terciopelo azul de cielo. Después de la cere monia, invitado a visitar la gran sacristía, fui pre ornamentos

bordados

reina doña María de

nuestro convento que

a los oficiantes: se me hizo notar que los cuatro que habían cargado sobre sus hombros los hermosos ornamentos eran hombres robustos espe

sentado

cialmente
mayor

elegidos

para la ceremonia de

ese

día. La

parte de los religiosos del convento

podido
me
se me

no habrían resistir durante más de dos horas tan enor

peso de

plata

fina sobre

sus

hombros. La reina,
en su

uno

dijo, era muy devota de San Francisco y, de los muchos ataques del enfermizo rey,
había

marido,
lico
que
en

prometido

hacer
caso

vento de Lima. Referí el Roma

regalo al con al Delegado Apostó
ese

en

el Perú, Monseñor Dolci y éste me aseguró no los había más ricos y de una mag

nificencia tan artística,

8

Desde

ese

día,

en

mis recuerdos,

quedó grabado

el

nombre de doña María de Neuburgo y coloqué a Víctor Hugo en el catálogo de los discípulos de

Voltaire,

es decir, de esos escritores que no tienen inconveniente para posponer la verdad a los eflu vios de su imaginación. La reina doña María de Neuburgo está, en la historia de España, íntimamente unida a la guerra

de la sucesión del trono del

español: ella fué el alma partido austríaco, que deseaba que el Rey Carlos instituyese como heredero al archiduque Carlos, segundo hijo del Emperador. Acompañaban a la reina el conde de Oropesa, el de Melgar y el mar qués de la Mancera. Formaban en el partido francés,
que deseaba
como

heredero al nieto de Luis

XIV,

el cardenal Porto Carrero, el duque de Medina Sidonia, el conde de Montijo, el de Monterrey y el gran jurisconsulto de la época, don José Soto, quien después de maduros estudios genealógicos, declaró como de mejor derecho al heredero francés.

Vencieron estos últimos

en

el lecho de muerte del

soberano, y doña María, retirada de España, vivió largos años en Baviera y en Bayona, dedicando sus días a obras de piedad y al beneficio de los pobres.

Ya los contemporáneos de Víctor Hugo, tuvieron ocasión de observar que, después de haber asegu rado que el drama de Ruy Blas era la fiel pintura de
ese «un

reinado, y de haber dicho que no había en él detalle de vida pública o privada, o de la bio-

86

que no fuese rigurosamente exacto^, el es tudio de los historiadores y de los cronistas no hu

grafía,

biera revelado la existencia de él dio el nombre de Ruy Blas.

ese

lacayo al cual

Víctor Hugo contestó que él había tomado la narración de un libro de Memorias de María Cata
lina Jumel de
tora de
esa

época

Berneville, condesa de Aulnoy, escri que había escrito un libro célebre,
se

a la época de la Orleans, primera esposa de Carlos II, enviada por Luis XIV, su tío, para asegurar para su patria la sucesión al trono español. No hay ningún Ruy Blas en la vida de la reina francesa. En un libro que publicó la misma condesa de Aulnoy con el título de La Corte y la ciudad de Madrid al terminar el siglo X VII, libro al que Víctor Hugo hace alusión para su defensa, existe una remi

Los Cuentos de París. En efecto, esas Memorias; ellas se refieren

han encontrado

reina doña María Luisa de

niscencia de rior y que
es

un

hecho ocurrido
en

en

el reinado ante

conocido

la crónica de

España
en

con

el nombre de El Duende de Palacio. Los biógrafos de Víctor Hugo dicen que, primera juventud, hizo la vida errante de su el
Corte de

su

padre,

general Hugo, España.

y que

Esos años vividos

pasó algún tiempo en la en Madrid, las
sus

lecturas de los pocos libros que sobre la historia de

España pudieron
viejo
cieron
en

caer

en

manos, las

leyes del

caballería, hi juvenil del poeta, una impresión profunda y creyó conocer la vida de esa gran nación que, doscientos años antes, había dominado el mundo
el alma
y
en

honor castellano y los libros de

cuyos dominios

no se

ponía el sol. Ese conocí-

87

miento de la nación natural

española, bastante somero, su espítiru de superioridad in telectual de que le reprocha la crítica universal, forjaron en su exuberante imaginación, como en un don Quijote de la Mancha, esos dos dramas de Hernani y de Ruy Blas, en los que creyó dejar fijada para la posteridad la fisonomía real y verda dera del pueblo español. Tiene sobrada razón la España para protestar. Ni Carlos V es el personaje de Hernani ni doña María de Neuburgo es la reina de Ruy Blas. vanidad,
y
ese

par vuestra atención sobre ramente

Voy a ocu ese personaje verdade histórico, al cual hizo alusión la condesa de Aulnoy y que dio lugar a la novela de Ruy Blas. Desde la época de doña María de Molina, aquella gran reina que pasaba de la celda de un convento a la dirección de los negocios de Castilla, como curadora de sus hijos y de sus nietos los descen dientes directos de don Sancho el Bravo, ningún período de la historia española ha sido más atribu lado que el de la regencia de doña Mariana de Aus tria, viuda de Felipe IV y madre de Carlos II. El desorden tuvo por causa principal la rivalidad y el odio personal de don Juan de Austria, hijo del Rey Felipe contra la autoridad y la persona de la reina Regente. Desgraciado estuvo el Rey Felipe al dar el nombre de Juan a ese hijo de una actriz de comedias llamada María Calderón. Creyó el hijo bastardo que here-

He hablado de El Duende de Palacio.

88

nombre, las virtudes, los talentos mi litares y la habilidad política del gran don Juan de Austria, el vencedor de Lepanto, Dispuso el rey que ese segundo don Juan fuese educado entre la gente de iglesia y aún se hablaba de él desde su niñez para el cargo de arzobispo de Toledo y primado de España. Un día el futuro pre lado cayó de rodillas ante el padre jesuíta Nithard, confesor del rey, y, con lágrimas y clamores le pidió daba,
con ese

que intercediese

e

hiciera

uso se

de

su

autoridad

en

favor de

sus

deseos de que

le educase para

seglar.

Oyóle

el buen

sacerdote,

que tanto tuvo que sufrir

más tarde de parte de su penitente, y, como una transacción, fué designado para el cargo de prior de
la orden militar de San Juan de Jerusalem
con

resi

dencia

obligatoria

en

la ciudad de

Consuegra, lejos

de la Corte.
su primera juven realidad; podría seguir Juan, mandar ejércitos, ser gobernador y adquirir gloria. Desde Consuegra comenzó la serie de sus intrigas que debían amargar la vida de doña Mariana de Austria, la segunda esposa de Felipe IV. Dividió en dos partidos a la gente de la Corte, el de los amigos de doña Mariana

Los ensueños concebidos desde

tud tomaban el camino de la la senda del otro don

y el de los descontentos. Nunca faltan

esos

descon
y los
un

tentos,

y don Juan los

dirigía, los exaltaba

mantenía unidos y llenos

de esperanzas para

próximo cambio de gobierno.

Rey Felipe, la primera, edu cada en París, doña Isabel de Borbón, cuando es cribía al prior de Consuegra, permitía que su secre-

De las dos esposas del

tario

dirigiese sus cartas «A don Juan, su hijo». La Begunda, doña Mariana, educada en la rigidez de la Corte de Viena, madre del heredero del trono, no transigió jamás y le quitó ese cariñoso título de hijo. El bastardo jamás olvidó lo que él estimaba una injuria y exigía el reconocimiento de un dere cho, mientras meditaba en la soledad de su priorato de Consuegra proyectos de conquistas, erección de reinos, de los cuales podía ser soberano, y otras
variadísimas ilusiones. Obtuvo
un

mando

en

el

ejército de Portugal

y

su estreno en el torneo de las armas no fué feliz. Se le concedió después otro mando en Flandes, y, más por el deseo de la notoriedad, que por la necesidad,

si

se

ha de dar crédito

a

sus

huestes contra el
en

ejército

los autores franceses, lanzó que mandaba el prín

las dunas de Dunquerque y sufrió afrentosa derrota. Perdió la importante Goberna

cipe de Conde

nuó la

ción de los Países Bajos, regresó a España y conti larga serie de sus desaciertos e intrigas.

Á

Uno de los poetas de Madrid hizo circular el si- ¡¿b

guíente madrigal:
«Sólo tiene
«

una

señal

«
«

Que Que
Acá

De nuestro rey soberano; en nada pone la mano,
no

le suceda mal,
en

*
«

perdió

En las Dunas

su

»

Dio tantos triunfos

Portugal, arrogancia, a Francia,

«

Que
En

es cosa

de admiración

<■■■

El dar tanta
un

perdición

«

hijo

de ganancia».

No

gastaban benevolencia,

como

puede

verse, los

poetas

y los corrillos de la Corte para el
mes

orgulloso

personaje. Septiembre de 1665 el Rey don Felipe se moría y el historiador del reinado de Carlos II, don Gabriel Maura y Gamazo, el más exacto de los narradores, dice que «a poco de comulgar su Ma jestad, mientras reposaba, presentóse en palacio don Juan de Austria, precipitadamente venido de Consuegra, con el natural deseo de abrazar a su padre. Despertó el enfermo, dióle el ministro Castrillo la noticia y le oyó exclamar severo: «¿Quién
En el de le mandó venir? Decidle que se vuelva». Idéntica contestación obtuvo el ministro Aytona, al renovar

después la instancia. Tercera vez, rogado por bastardo, hizo la pregunta fray Juan de Santa ■-María, y tercera vez insistió el rey: «He dicho que se vuelva a Consuegra; esta no es hora sino de morir» Este incidente fué pasto de las lenguas
poco

el

.

\

cortesanas; el

f riana no "^Iniciar la
de la

encontrase

rey deseaba que la viuda doña Matropiezos en el momento de

tarea difícil de

Regente

y

de Gobernadora

Monarquía.

Murió el rey, abrióse el testamento y, desde ese día, se encontraron al frente, el uno de la otra, los
dos personajes rivales, la reina con todos los po deres legítimos y que tuvo' a su cargo un niño de cuatro años, enfermizo y que no podía mantenerse
en

:

pie

por sí

solo,

y don Juan de

Austria,

con

todo

el talento de

sus artes encaminadas a destruir, a fomentar discordias y a formar la oposición. El prior de San Juan de Jerusalem fué el primer opo-

\

absoluta creada por sitor que conoció la monarquía Carlos V y Felipe II.

amistades, La reina, terca, adusta, sin grandes no asistía a ni raíces profundas en la nación, que las cuales tan aficionado a zaraos, ni a las comedias concentró todo su espíritu en la educa
era su

ción física de

marido, una muerte su hijo para salvarlo de el caos en la monar prematura que habría abierto en la conserva quía, en la defensa de su autoridad y ción del patrimonio que ella había jurado guardar. El rey en su testamento había dejado constituido hondas rivalida un consejo de regencia, germen de sobre des, y donde ninguno de sus miembros pudo salir y donde todos querían ocupar el primer lugar. extremadamente La reina, alemana, desconfiada, religiosa, dio el cargo de primer ministro al padre v^ jesuíta Everardo Nithard, su confesor, y nacido, como ella, en Alemania. Ese craso error tuvo graví simas consecuencias que la desgraciada viuda pagó
con

había nacido

los sinsabores de toda También los poetas se en esos días

su

vida. del confesor:
'

ocuparon
una

hija del Emperador-"momento, fué desti

de Alemania, y, ya desde

ese

nada por los cortesanos para futura reina de Es

paña: celebróse
a

esa

noticia

con

grandes festejos
versos:

y,

hurtadillas, circularon los siguientes
«Pues que

permitís,
reina

Señor

nos nazca una

bella,

hija del Emperador, no permitáis que, con ella,
nos nazca

otro confesor».

Don Juan fomentó el natural
a

descontento, alentó

los rivales del jesuíta, creó su impopularidad y de tal modo crecieron los disturbios y los enconos en la Corte de Madrid, que el Santo Padre envió recado al padre Nithard, aconsejándole la renuncia

del cargo de primer ministro y
nia
o a

su

regreso

a

Alema

Roma. Esa
sus

era

también la
en

opinión de los
su

jesuítas,

compañeros de religión.
la rectitud de
sus

Doña Mariana, que confiaba intención y en tenía al mismo

virtudes, reconocidas de todos, tiempo un gran defecto: era testa ruda y carecía de ductibil'dad; se ofendió y dio a la lucha, entre el jesuíta y el bastardo, proporciones tales que envolvió en ella su propio prestigio y su
autoridad. Partió el

jesuíta

para

Roma,

tan

pobre

como

había llegado; había pasado los días de su grandeza en su misma celda de humilde religioso; jamás pudo reprochársele que hubiera tomado dinero de la nación
l

;

*.
'

para

gobernó, ni para él ni para sus parientes, ni su congregación. El partido de don Juan quedó triunfante y, con su temperamento destituido de prudencia y fuera de razón, continuó causando
que

molestias
que

a

doña Mariana.

Se defendió ésta y, con más resolución y energía habilidad, hacía llegar hasta el palacio todos los chismes y rumores de los complots que se urdían
secretamente
en

Madrid. Maravillábanse

sus

habi

tantes del conocimiento que ella y sus damas tenían de las maquinaciones de don Juan. «Hay duende en

palacio»,

se

dijo

en

la ciudad. El duende

era

don

i

93

Fernando

Valenzuela,

primer caballerizo de Su

Majestad.
Pocos escritores de mayor

Julián el

imparcialidad que don Juderías, que ha escrito la obra: España en tiempo de Carlos II, el Hechizado. Asegura en

ella que los ministros rivales de doña Mariana eran torpes y creían con la mejor buena fe que vivían
en

la

época de Felipe II. Este fué el
y todo el reino
se era
un

monarca

más

ordenado,

desorden.

encargó de la regencia, según Juderías, sin experiencia alguna de la política, por haber permanecido hasta entonces alejada de las cabalas y de las intrigas, dedicada a ejercicios pia dosos; pero su buena voluntad, sea propia o acon sejada, fué indudable durante el tiempo de su go
Doña Mariana
bierno. En cnanto al
un

padre jesuíta, dice Juderías,

que

era

serena, y

hombre de actividades incansables y de modestia aún los que no le eran favorables recono

cían

el

frase

su extremada sangre fría, que no perdió ni en período álgido de sus dificultades." Sólo tuvo una apasionada cuando juzgó a don Juan de Aus tria llamándolo «emponzoñado basilisco».

Descendía Valenzuela, de raza de montañeses de Asturias, y de tres generaciones de valientes sol dados, aventureros de las milicias castellanas que, con honra y lealtad, sirvieron en Flandes, en Ña póles y en Milán. Su padre estuvo 30 años en esos ejércitos. Su madre, doña Leonor de Enciso, se

-94-

infancia, bajo la protección de los cobijó, duques del Infantado. Era don Fernando, gallardo y hermoso; en los patios del Alcázar de Madrid conoció a doña María Ambrosia de Ucedo, criada
desde
su

favorita de la reina doña Mariana de Austria. Soli
citó su mano y fué bien recibido; para facilitar el matrimonio, don Fernando fué nombrado caballe rizo de Su Majestad. Doña María Ambrosia, en sus necesidades, elevaba memoriales a la reina, y la bondad de ésta era tan grande que, de su puño,

^

escribía al margen: «Helo ordenado así» y el dinero se entregaba en las oficinas" de Hacienda. Don Fernando y los favores de
en su
su

esposa

supieron agradecer

y le llevaban noticias fiel mente exactas de todo lo que ocurría en la Corte
ama

y

Madrid.

Muy diestro

en su

oficio de

averigua

dor, hacía llegar, desde la
hasta la alcoba de la

muerte del rey don Fe

sor lipe, reina, prendió y cuantas cautelas creyó necesario aconse jar para mejor servir los intereses de su protectora. Cuando la reina se vio privada de los consejos del padre Nithard, aumentó el crédito de Valen zuela; lo nombró su Embajador ante la Señoría de Venecia, sin obligación de residir en la ciudad de su destino; al mismo tiempo ejercía el cargo de introductor de embajadores, y se le dio el hábito de caballero de Santiago, con gran escándalo de nobles

cuanto secreto

y de cortesanos. Estos nombramientos le abrieron
sus

la

las puertas de palacio de modo que no necesitaban noticias y memoriales subir hasta la reina por mano de doña Ambrosia y sus dictámenes
pesa

ron

más que los de los miembros del

Consejo.

-

95

Uno de los historiadores de esa época dice que el lazo que, poco a poco, fué anudándose entre la

reina, don Fernando y doña Ambrosia, tenía puntas de amor platónico y de cariño maternal. Antes de que el Rey Carlos II alcanzase su mayor edad, Va lenzuela medraba; lo asediaban los pedigüeños de alta y de baja esfera, y él se avino al comercio de empleos, de contrataciones y de cédulas reales. Las encomiendas, las mercedes y los hábitos de caba
lleros
se

obtenían

con

facilidad si

se

contaba

con

el

pobre y des pretendiente de la mano de doña María Ambrosia de Ucedo pudo amasar una gran fortuna, y los ministros de Estado pudieron decir que el
apoyo de El Duende. En pocos años el

valido

Duende modesta

era

de
su

carne

y hueso.

situación, dejó el matrimonio la sus primeros años y tomaron un caserón con piezas de recibimiento y con muebles del lujo de la época, mesas con patas torneadas, arquillas y arcones, taburetes con asiento de cuero
casa

Afianzada

de

M

.a

y clavazón dorada.

que eso no era de larga Maura, no gozaba tranquilidad; preocupábase, no de desagraviar conciencias, sino de satisfacer estomagos. ?A1 igual de esos gobernantes democráticos de

Comprendía el Valido
su

duración y, según don Gabriel
auge
con

.;

de

%

nuestros días

agrega—que, salidos de las filas del

desprecian, aún cuando le adulen, repu tándole incapaz de aspiraciones nobles, compran la quieta posesión del poder con unos cuantos men drugos que calman bu apetito; cifró Valenzuela su programa en este epígrafe; pan, toros y trabajo».

pueblo,

le

Intentó don Juan de Austria detener el del

ascenso

favorito,
con

así

como

pero

tan mala suerte que
con

ennoblecido

con el jesuíta, Valenzuela se vio el titulo de marqués de Villasierra.

lo había hecho

En el mes de Septiembre de 1676, don Carlos II, cumplidos sus quince años, tomó las riendas del gobierno, y Valenzuela fué nombrado Primer Mi nistro. De poca duración fué su gobierno. En Di ciembre del mismo año súpose en Madrid que se recogían firmas entre los grandes de España para elevar al rey un Memorial en que se calificaba de excecrable el nombramiento de Valenzuela; se pedía

prisión y se rogaba al monarca que trajese a- su a su hermano don Juan. Firmaron los duques Alba, de Osuna, de Medina Sidonia, de Uceda; de Pastrana, de Camina, de Veraguas, de Gandía, de Hijar y de Arcos, las duquesas del Infantado y de Terranova; muchos marqueses y condes.
su

lado

de

Por temor

a

comprometerse

y porque

no

vieron

muy seguro el resultado, se negaron a firmar los duques de Medinaceli y de Olivares y el conde de

Oropesa. El
su con

rey

no

sabía

qué hacer: si obedecer

a

madre que defendía a Valenzuela y aseguraba la mejor buena fe que era injusto todo lo que

contra él

se decía o si seguir el consejo de sus más nobles vasallos que eran los representantes de los dos siglos de la formación de la monarquía espa

ñola.

Azorado

e

irresoluto

llamó

a

su

presencia

a

fray

97

prior del monasterio del Escorial. Solo te llamo ...» con el fraile, díjole el rey: «Te llamo «Sosiégúese Vuestra Majestad, le contestó fray
Marcos,
...

Marcos: dé tregua a sus sentimientos; y mire lo obedecido». que manda porque ya está para desahogarse, le respondió
no tengo de quién fiarme sino de tí, y de quisiera que te llevases al Escorial al Marqués Villasierra, y te encargo el secreto». su oposición los nobles y obtuvieron Apretaron

Precipitadamente,

el rey: «Yo

que el confesor del rey visitase
para que desistiera de

a

doña Mariana

defenderlo, pero nada pudo obtenerse de ella. En la mañana del 23 de Diciem bre consiguieron que el rey firmase una cédula por
la que
se

ordenaba

a

permaneciera encerrado
su

Marcos tenía orden de recibirlo y de

Valenzuela salir de Madrid y en el Escorial donde fray responder de

seguridad personal.
En la mañana del día de Pascua

pudo huir el

Duende por caminos extraviados y llegó al Escorial a la una de la tarde sin más compañía que la de uno de sus amigos y protegidos. Creyó Valenzuela
que
su

dimisión del cargo de Primer Ministro y

su

en el Escorial pudiera desarmar a sus enemigos, pero sus esperanzas salieron fallidas. Ins talado él, doña María Ambrosia y sus hijos en las habitaciones construidas para la familia real, por expresa determinación del rey, permaneció tran

destierro

quilo

durante tres

semanas.

El 17 de Enero del año

siguiente aparecieron en las vecindades del conven to, en bullicioso tropel, con quinientos hombres de a caballo, los jóvenes de la nobleza con don Antonio

de Toledo, hijo del Duque de Alba, y el Duque de Medina Sidonia, como capitanes. Tomaron parte en el desacato al Real Convento el marqués de

Faldes, el marqués de Valparaíso, el conde de Fuen
tes y la flor y nata de la aristocracia madrileña. Iban
a

prender

a

por el delito de haber

Valenzuela para hacerlo salir del país aceptado el cargo de Primer
por otros
errores

Ministro;

no

y

faltas,
eran

en

la mayor
son

parte de los cuales los asaltantes
guerra y

beneficiados.
en

Presentáronse los ardorosos jóvenes

de

pidieron al prior fray Marcos que les fuese entregado el Duende. Negóse a ello el prior y alegó
la inmunidad del asilo y las órdenes expresas del rey. La discusión
no

dio

resultados; ellos

amenaza

ban atrepellar y el buen religioso, para parlamentar, les ofreció alojamiento en la hostería, contestando el de Toledo que no aceptarían ni un vaso de agua.
traron.

Al día siguiente sitiaron el convento y lo regis Fray Marcos hizo fijar en las puertas un

Edicto que declaraba incurrir en excomunión, según los cánones y la Bula In Coena Domini a los que violasen la Casa de Dios.
No pudo ser habido Valenzuela, escondido en las antiguas habitaciones de Felipe II, que daban acceso al altar mayor. Dos días después los asal tantes decidieron parlamentar y se convino en cele

apareció

brar la más extraña de las conferencias. Valenzuela en una de las ventanas del oratorio de

Felipe II. Toda la comunidad estaba reunida en el templo y fueron introducidos los capitanes de los revoltosos, don Antonio de Toledo y Medina Sido-

ÜeP^'Pronunciáronse discursos y alegatos. Valenzuela,
desde la ventana, enrostró a sus enemigos los favo res que de él habían recibido: consentía en ir a

Madrid,
para

pero con condiciones expresas de amparo su persona, su familia y sus bienes, firmadas por don Juan de Austria, como jefe de la conjura ción. No hubo avenimiento, y con grandes congojas

de los religiosos, los jóvenes aristócratas resolvieron hacerlo salir violentamente de su escondite. Don Gabriel Maura relata el asalto
en

la forma
cortar

siguiente : «El jueves
tros y

21

obligaron
y,

al fontanero

a

el

registraron minuciosamente claus como fuera la pesquisa infruc tuosa, mandaron formar la tropa en escuadrones, y, arboladas las insignias, entraron en el templo. Caladas las montoneras, prontas para hacer fuego las carabinas, llenas de fango las espargatas, huro nearon la iglesia toda, descerrajaron puertas, mano searon reliquias, apropiándose cruces y objetos de plata, profanando el majestuoso recinto del Sa grario, comiendo sobre los altares, y acampando allí todo ese día, no sin dejar, dice el cronista, vestigios indecentes que por no ofender las orejas pías y cató licas, no se ponderan», «También por orden del prior formó en proce sión la comunidad; precedíala un religioso notario apostólico, con roquete y estola morada, y el acólito con la vela y el calderillo del agua bendita; bajó por la sacristía, y al desembocar en el templo, fué tal la impresión que su vista produjo en los militares,
estancias,

agua del convento,

100

que se replegaron tante saberlas cerradas».

los más hacia las puertas,

no

obs

un

«Uno de los asaltantes, encarando el arcabuz, hizo ademán de disparar sobre los religiosos, y entonces capitán, apelando a la blasfemia, para poner al espectáculo, rugió iracundo: «Voto a Dios que el primero que se meneare o hablare que le he dejar en el puesto». Logrado el silencio, pro nunció el prior las excomuniones, amenazó con la término cesación a divinis y el entredicho, si en el plazo de dos horas no se reportaban los profanadores, y transcurridas ellas, sin mudanza, hizo correr las cortinas de los altares y ventanas y fijar en las puer tas los edictos. «Más de trescientos soldados entraron en la no

che

en

la celda del

prior

en

demanda de absolución,

que todos obtenían mediante la promesa de salir del Escorial. Pero los restantes, visto que ni en el

convento, ni

en

la

iglesia hallaron al

que

buscaban,

invadieron el Palacio y desde un desván, conde nado por estar encima del dormitorio del rey, oyó Valenzuela
«Habíase
sus

idas y venidas y hasta escuchó

sus

conversaciones.

provisto a don Fernando de conservas variadas, de perdices, capones fiambres, bollos de manteca, vino y agua en abundancia, para excusar el frecuente envío de abastecimiento que de fijo le delatara; pero, o porque desconfió del escondite, o, lo más probable, porque no pudo soportar la incertidumbre, apenas le tranquilizó el silencio de la noche, anudando los lienzos de la cama, descolgóse

101

al
y

parar a patio principal, centinela». tropezó de manos a boca con un Prendieron a Valenzuela, registraron sus equipa los de doña María Ambrosia, embargaron jes y de un coche, a cofres, papeles y alhajas y, dentro cus medio vestir, lo trasladaron a Madrid bajo la
a

fué

uno

de los claustros

todia de Medina Sidonia.

Don Juan de Austria fué proclamado Primer Mi la nistro y su primera orden fué la de hacer salir a reina doña Mariana para Toledo, donde debía fijar
su

residencia.

Valenzuela fué embarcado para Méjico; y, desde el puerto de Acapulco, conducido a las Filipinas, a donde le siguió después su familia.
No se vieron el rey Carlos y su augusta madre hasta después del fallecimiento de don Juan acae cido tres años después. Pidió perdón el hijo y lo perdonó la madre. Después del destierro de doña Mariana, la monar

quía quedó
ser

llegaba a sus parientes. algunos ministros y poderosos de la democracia moderna, repartían los beneficios entre sus hijos y sus aduladores. De uno de ellos se dijo en aquellos tiempos:
como

barco sin timón. El que
a

ministro todo lo distribuía entre
en

Semejante

ésto

«

« >

«Y, viendo estas cosas, respondió don Pedro: Búsquenme un pariente que me sobra un puesto».

102

Lo que

jamás
es

se

había conocido

en

la historia

de España, y

pobreza

documento que da testimonio de la de espíritu del infeliz monarca, es el de

creto que le hizo

firmar de

su mano

el Primer Mi

nistro don Juan y que dice así: «No habiendo concurrido en las mercedes que consiguió don Fernando Valenzuela aquella libre y
dilatada voluntad mía, que era necesaria para su validación y permanencia, ni en los merecimientos
y servicios

hacer

digno

personales ni heredados que le pudieren de obtenerlos, y por otras causas jus
mueve, he resuelto declarar por nulas

tas que

me

dichas mercedes y los títulos y despachos que de ellas se hubieren expedido, mandando se recojan,
anoten y
nes en

glosen, ejercitando las demás prevencio

la forma que convenga para que en ningún y se pueda usar de ellas. Y porque entre ellas es una el título de grandeza para él y

tiempo valgan
sus

sucesores, que
se en

bajó

a

la Cámara

en

decreto del que el ori
y testando

2 de Noviembre del año

pasado, mando

ginal

ponga

mis manos,
e

recogiendo
en

todos los

papeles

instrumentos

que

hiciese

mención de esta merced; porque mi intención y voluntad es que no quede memoria de ellos en nin
guna parte,

la

queriendo por este medio conservar a primera nobleza de mis reinos y a los que de

con el honor de la grandeza en el esplendor que han tenido en todos los tiempos, el cual decrecería si incluyese en el número de los

ella están condecorados

Grandes
esas

un sujeto en quien no se hallen ninguna de circunstancias que deben concurrir juntas en los que llegan a obtener este honor. Y atendiendo,

103

como los reyes mis predecesores, en sus tiempos, a todo lo que puede ser de mayor estimación de tales vasallos y al desconsuelo en que se hallaban, viendo
a

don Fernando Valenzuela tan

desproporcionada

mente incluido

en su línea, he tomado esta resolu ción, quedando, según ella, privado de todos los

honores y prerrogativas de que gozan los Grandes. Tendráse entendido en la Cámara para ejecutarse así y darme cuenta de haberse hecho. En el Buen

Retiro,

a

27 de Enero de 1677 —Yo el

Pocas revoluciones ha tenido la

Rey*. España

que

se

la que se conoce con el nombre de la caída de El Duende. La estulticia del rey y la ce

asemejen
guera
con

a

de

la reina

los

errores

y desvarios de los

gobernadora tienen semejanzas tiempos del sufragio

universal y numerosos mandatarios del pueblo y ministros de Estado han salido de la cuna y del oficio de donde fué elevado don Fernando Valen
zuela. El

pueblo

a veces es

tan

ciego

como

la por

elevaron

fiada reina y tan ignorante a Valenzuela. Esa historia fué conocida

como

el débil rey que

en

Francia por las Me

morias de la condesa de
y de ellas tomó el

Aulnoy; las leyó Víctor Hugo personaje a quien dio el nombre

de

Ruy
No

Blas.

atrevió el insigne poeta a cargar sobre la memoria de doña Mariana de Austria la injuria de haber amado a uno de los lacayos de su palacio y
se

eligió
en

a

doña María de
que

la

historia,

familia que ha

Neuburgo, menos conocida perteneció por la sangre a una desaparecido y que no tuvo repre-

104

sentantes que defendiesen

su

honor y

su

dignidad

herida.

Ruy permaneció durante treinta y cinco años guardado en el archivo de los teatros de París. Ese nombre servía de emblema de los revolucionarios y de los partidarios de la república
El drama de Blas
en

la

ban

como

época del segundo imperio. También lo toma bandera los enemigos del orden social,
en sus

Cuenta Sarah Bernhardt

Memorias que el

día de la primera representación de un drama de Alejandro Dumas, padre, el público pedía con gran des gritos: Ruy Blas, Ruy Blas! Caído el imperio, se prestó oídos a la petición de

los

'Hugo,
nuevo

estudiantes y de los admiradores de Víctor y el 26 de Enero de 1872, se representó de el célebre drama favorecido por el mayor se recuerda en la crónicas de París. Sarah

éxito que

Bernhardt representó el papel de doña María de
y el actor Lafontaine el de Ruy Blas. El triunfo de la actriz fué el más estupendo de su ca

Neuburgo
rrera.

Terminada la

Víctor

Hugo

a

sus

representación, ella vio caer a pies, tomando sus manos para

labios y diciéndole: Gracias! Gracias! El drama representóse cien días seguidos y el público de París temblaba de emoción al oír a su
a sus

acercarlas

de plata, vestida con España, exclamar; alma. Soy reina para todos, pero para vos soy sólo una mujer. «Por el amor y por el corazón, duque, yo os per todo el

actriz

«Don

favorita, lujo de César,

con

su

voz

una

reina de

yo

os

doy mi

tenezco».

Era la época de las grandes luchas entre los

mo-

105

nárquicos

que deseaban sentar

en

el trono de Fran

cia al conde de Chambord y los

republicanos

que

intentaban fundar la república. Estos creyeron que, en verdad, una reina de España había amado con
esa

pasión

a un

con un

delirio

lacayo, y aplaudían, noche a noche, indescriptible, a Víctor Hugo y a la
no

gran Sarah.

Así

se

escribe la historia cuando

domina

en

quienes la adulteran el respeto estricto de la ver dad; entran a fabricarla la imaginación y las pa siones; a los demoledores del edificio social les sirve de instrumento; y, valiéndose de esos medios, han caído en la antigüedad y en la edad moderna, im perios y repúblicas que tuvieron días de grandeza
y

supieron respetar tradiciones

que honran

a

la

humanidad.

,a,-«5

Una mentira de Voltaire
CONFERENCIA LEÍDA EN EL CLUB DE

SEÑORAS

DE SANTIAGO, EL 1." DE DICIEMBRE DE 1924

UNA MENTIRA DE VOLTAIRE

SbSoras Se conoce

y

sbSobes:

cara

el nombre de El hombre de la másla de hierro prisionero de Estado que, en estuvo encerrado época del reinado de Luis XIV, en los Alpes de la Saen la fortaleza de Pignerol, cerca después en la Isla de Santa Margarita,
con a un

voya;

murió de Tolón; y, por último, en la Bastilla, donde muerte de Luis XIV. en 1703, doce años después de la su rostro cubierto con un paño de Llevó

siempre in terciopelo negro. La máscara tenía en la parte ferior un aparato de hierro que impedía al prisiooculto duñero levantarla; su rostro permaneció rante los años de prisión. Todas las conjeturas acerca de su identidad podían hacerse en el secreto de las conversaciones; en esa época no existían liber tades individuales, ni parlamentos de curiosos ora dores, ni partidos políticos encargados de fiscalizar
los actos administrativos. El rey sólo daba cuenta de
sus

.-£
':*

actos

a su

conciencia y

a su en

El

prisionero

fué enterrado

Dios. eí cementerio de

110

San Pablo
de
su

el nombre de Marchioly y fallecimiento dieron testimonio el mayor Roen

París,

con

sarges,

en

nombre del Gobernador de la Bastilla y el
ese

cirujano Reilhe. La leyenda se apoderó de
desde los momentos de fuera de Francia
se su

pobre prisionero

fallecimiento. Dentro y creyó sucesivamente que el

prisionero

era

el conde

y de madame de La

Vermandois, hijo de Luis XIV Valliere; que podía ser el super

intendente Fouquier, ministro de Hacienda de ese mismo rey, sorprendido en operaciones fraudulentas
de sus funciones algunos años antes; o desgraciado duque de Montmouth. La imaginación pública llegó a inventar personajes su puestos que jamás existieron, como cierto hermano gemelo del rey Luis XIV; se inventó un hijo del conde Buckingham y de Ana de Austria, y el espí ritu novelesco alcanzó a crear un hijo de Mazarino
y

suspendido
era

que

el

y de la misma reina Ana. En los días de la revolu

ción

francesa, cuando era necesario justificar los atropellos y crímenes de que fué víctima la familia
real,
por
se un

aceptó
escritor

como

verosímil la historia inventada
que

anónimo,
la cual el

después

se

ha iden

prisionero era el hijo legí timo del rey Luis XIII y de Ana de Austria y, por consiguiente, el monarca que había gobernado la Francia con el pomposo nombre de El Rey-Sol era el hijo de Mazarino y de la reina Ana. tificado, según

En los últimos años, las

investigaciones de

M

Funck-Brentano

en

los archivos de la Bastilla, que

se conservan

el

prisionero

intactos, han revelado la verdad sobre que vivió con el rostro cubierto, no

máscara de hierro, sino con una careta de terciopelo. El eminente abogado de París, M. Henry Robert, miembro de la Academia Francesa, ha dic
con una

tado

una

conferencia

en

la Universidad de los Ana

les sobre el célebre personaje y después de rendir tributo a la verdad histórica, revela el nombre del autor de la calumniosa invención de ese hijo de Mazarino y de la reina Ana. M. Luis Batiffol ha publicado
Revue truir
un

estudio

en a

La des al

Herbonadaire

año

1911

destinado

esa

invención del matrimonio de Ana de Aus
con

tria, viuda de Luis XIII,
célebre ministro rino y esto
para
me
con

Mazarino. Se

conoce

el nombre de Cardenal Maza
a

obliga

distraer vuestra atención

disipar el

temor de que
eran

puedan

ser

confundi

dos los cardenales de aquellas
caracteres eclesiásticos

y

cardenales

seglares, que eran para satisfacer necesidades meramente civiles. Ma seglar,
do
ce

épocas que revestían sacerdotes, con los creados por el Papa

zarino perteneció a esta clase de cardenales. Fue no fué sacerdote, y pudo casarse, dejan

de

ser

cardenal.
una
a

M.

Batiffol,

después de

que lo ha resultados de su in vestigación como verdaderos, da a conocer cómo entró Mazarino al servicio de Richelieu; cómo

manifestar

erudición histórica

acreedor

aceptar los

éste,

ciéndole que
nuar su

al morir lo recomendó al rey Luis XIII, diera la única persona capaz de conti obra personal; como el mismo hizo igual
rey

cosa con

la reina

Ana,

a

quien encargó la regencia

-m-

11
:

durante la riño

menor edad de Luis XIV; cómo Mazapudo terminar la política de Richelieu, obli gando al Austria y a la España a firmar los tra tados de Wesfalia y de los Pirineos, que marcan la cúspide de la gloria diplomática de Francia; y cómo todo eso se obtuvo por la perseverancia de la reina regente en la confianza dispensada al ministro que su marido le dejó a cargo de la cancillería de Es

tado,

Después M. Batiffol hace una descripción de esa reina, según una pintura hecha por una dama de
corte: «obesa, dice, antes de los cincuenta años, pesada, su rostro lleno de arrugas; la nariz gruesa, las mejillas caídas; ella no cuidaba de una hermo sura perdida sino de su dignidad. Orgullosa, solem ne, rígida en el cumplimiento de todos sus deberes y de la etiqueta, jamás a una sola hora del día estuvo privada de la compañía de dos de sus damas. Tam bién dos de ellas la acompañaban en su propio dor
su

mitorio durante la noche. Tomaba sus alimentos presencia del público y, cuando necesitaba de
poso,
se

en re

recogía por varios días

en

el convento de

Val-De Grace para hacer vida

en

común

con

las
en

religiosas».
La reina Ana de Austria había sido educada

España;

era

la

hija
en su su

mayor del rey

Felipe III,

que

supo mantener

corte la sobriedad y severidad

de costumbres de

padre Felipe

II.

necesarios mayores antecedentes que los acumulados por M. Batiffol para quitar todo su valor a la injuriosa invención de un hijo de la reina
son

No

Ana y de Mazarino y

a

la ofensa al rey Luis

XIV,

a

113

mantener en prisión a quien se le supone capaz de su propio hermano. de De gran importancia, en el trabajo histórico de la M. Henry Robert sobre la fábula del Hombre
máscara de

hierro,
ese

es

el descubrimiento y la

com

probación
novela de

de haber sido Voltaire el que hizo la hermano del gran rey, destinado
a

vivir desconocido de todo el mundo en una prisión de Estado y con el rostro cubierto para que no lo reconocieran sus contemporáneos. Voltaire fué el Antonio Pérez de la Corte del rey Luis XV. La com paración se justifica por la falsía de su carácter, la afición de ambos a los honores y al dinero, por la

magnitud

de

sus

mentiras, la riqueza de

su

imagi

nación y el brillo de su pluma como escritores. Pocas obras escribió Voltaire más celebradas de la posteridad que su Historia del Siglo de Luis XIV. El

estilo, la verdad, la importancia del tema, la
de
a

grandeza
dan

esa

obra

francesas. En

dota de
que le

un

pintura, lugar prominente en las letras sus páginas cuenta la anéc prisionero de la Bastilla a quien visitó
su un

héroe y la fidelidad de la de

una

el ministro Louvois y comenta las consideraciones

guardó durante la conversación,

permane
en

ciendo de

pie

en

señal de respeto.

Dejó

la pe

numbra el nombre del

prisionero.

Alejandro Dumas, gran admirador y continuador de Voltaire, en su novela El Vizconde de Bragelonne, narra otra visita que hiciera el obispo de Vannes v.\ mismo prisionero de la Bastilla, que según él, era
el

príncipe Felipe de Francia, personaje imaginario,

hermano de Luis XIV. Los lectores habituales de

Dumas durante cincuenta años, dentro y fuera de

Francia,
tan

han creído

en

la existencia de

ese

príncipe

desgraciado.

verdad, exclama M. Henry Robert : Voltaire es el inventor de esa leyenda. Casj es temerario asegurarlo porque esa acusación se hace al mismo historiador de ese gran reinado; pero
«Es necesario decir la
es

necesario rendirse
en en sus

a

la evidencia.

M.

Funck-

Brentano
ha

dejado

claro la

Leyendas y archivos de la Bastilla impostura y ha señalado al

autor de la invención».

orden cronológico a los escritores ocupado del prisionero de la Bastilla, se presenta en primer lugar la Princesa Palatina, cuñada de Luis XIV. En sus Memorias, célebres en su tiempo, dice: «Un hombre ha estado en la Bastilla y ha muerto enmascarado; se le trataba muy bien; era muy devoto, leía constantemente, y

Siguiendo
se

en su

que

han

nunca

se

supo

su

nombre verdadero».
persona que vivió tan
cerca

Esa cita, de
rey que Ella
en se

una es

del

Versalles,
tiene

el testimonio de más de la existencia del
que
no se

acerca

antigüedad prisionero,
su

pero la

princesa confiesa
a

sabía

nombre.
poco
en

era

cuñada de Luis la

XIV;
el
caso

era

alemana,

afecta
ese

Corte,

y,

en

de haber existido habría vivido

hijo de Ana de Austria, ella

no

ignorancia del terrible secreto. Algunos años más tarde, el duque de Choisseul, ministro de Luis XV, quiso conocer la verdad y preguntó al rey cuál era el nombre de ese prisionero
de la Bastilla. Este
se

la

limitó

a

maba interés por

un

secreto que

contestarle que to era bien poco im-

""— 115

quedar el ministro respuesta, porque encargó a su aliada, la marquesa de Pompadour, la favorita del rey, que hiciera igual averiguación. Las Memorias de Choisseul nos permiten conocer la nueva respuesta del ministro de un príncipe rey: «era dijo el primer italiano». No pudo obtener mayores informaciones la favorita que era, al mismo tiempo, la inspiradora de los grandes actos políticos de ese reinado. Ya en esa época había comenzado a correr por Europa la invención de Voltaire sobre ese hermano de Luis XIV. La reina María Antonieta interrogó a Luis XVI, quien tampoco conocía el enigma y llamó al viejo conde de Maurepas que había sido ministro y confidente de su abuelo. El antiguo secre tario de Luis XV le dijo: «que ese prisionero era un individuo muy peligroso por sus intrigas y que había sido servidor del duque de Mantua». Esa
portante. Poco satisfecho debió
con esa
— —

respuesta avanzaba
XV
a

un

poco sobre las que dio Luis
a

la

Pompadour

y

Choisseul.

_^

publicar en 1745 en Amsnovela sin nombre de autor, titulada Memorias secretas para la futura historia de Persia, que estaba adornada con gran número de anécdoterdam
una

Voltaire había hecho

~

"M

"3
p

tas,
una

a

la

manera

de los cuentos
una

orientales,

y cada

intención malévola para reflejaba la Corte de Versalles. Entre esas anécdotas, y de las

de ellas

despertaban mayor curiosidad, era la del prín cipe Giafer, hijo natural del Cha de Persia—Abas— una polémica con Sepri-Nirza, heredero del trono, y que, como fin de la disputa, dio una bo fetada a su hermano; en castigo fué encerrado en
que y que tuvo

~¡§||

-¿¿j

116

una fortaleza por todos los días de su vida y su rostro fué cubierto con una máscara de hierro. La

alusión
Esa

era

clara.

publicación anónima, repartida por todas Europa, diseminó la sospecha de que el prisionero fallecido algunos días antes en la Bas tilla pudiera ser un hermano, de origen bastardo, del rey Luis XIV, Voltaire afectaba ignorar el nom bre del autor de las Memorias Secretas; hablaba con el mayor desprecio de ese libro, calificándolo de «obscuro y ridículo», pero hacía notar que, en sus páginas, se hacía la revelación de muchas cosas
las cortes de

verdaderas.

podían los contemporáneos creer que la mis pluma que había escrito La Historia del Siglo de Luis XIV, que era el pedestal que elevaba la
ma

No

memoria de

ese

rey sobre todos
ese

sus

antecesores,

pudiera
u--

ser

también la que había redactado la dia
monarca.

triba contra la madre de En
una

"""'sus editores

obra posterior de Voltaire, Los Comenta Enciclopedia, hizo el autor representar a un doble papel. En el texto que le reco nocía a él como autor, se procuraba despertar la curiosidad sobre el personaje misterioso de la Bas tilla; pero, en notas de su editor, se agregaba «que rios
a

la

los escrúpulos de un buen francés como monsieur de Voltaire lo obligaban a guardar silencio sobre ese
asunto

misterioso», y después agregaba por su propia prisionero de la máscara de hierro un hermano mayor de Luis XIV, cuya interés en ocultar su existencia». Más madre^tenía adelante el editor, sin revelar el origen de sus íncuenta «que el
era

sin duda

11?
a

formaciones, aseguró .que
rostro revelaba, por dera

la muerte de

tenia ese hermano mayor cuyo supo Luis XIV que con él su su

Marino

ascendencia,

y

semejaba ^verda el rey juzgó más prudente para
el ™^mrmenta
que
necesaria

y asegurar la tranquilidad publica de la dinastía y su propia segundad,

poda
para

cometer
su

un.

crueldad considerada

conciencia de mantuviese a su
cubierto Ese
su

se gobernante, y permitió que en la Bastilla, propio hermano con una mascara

rostro

de hierro.
una

procedimiento, esa dualidad autor de autor responsable, y Voltaire, anónima, se repite en diversos períodos

entre

Voltaire,
obra
mu

y

en

vida del célebre chas situaciones de la accidentada la invención de ese escritor filósofo. En el caso de el anónimo, o el de Luis XIV es
hermano mayor editor el que
como

explica el origen del prisionero; pero, abstiene de escritor decente y patriota, él se se lumta descender hasta lo que no puede probar, y
a

recordar que hubo
se

un

cual

podría aplicar

la triste historia del

prisionero desconocido hijo

al

de

Ana de Austria y de Mazarino.

de Austria había hecho desaparecer a su hijo legí cu timo encerrándolo en una fortaleza y haciendo brir su rostro con una pesada máscara de hierro
para hacer

las aguas de Voltaire y no creyó asegurando en una de sus obras

Un escritor alemán, el barón de Gleinchen, siguió faltar a la verdad que la reina Ana

reinar;

con

el nombre de Luis

XIV,

al

118

hijo

de

Mazarino.
causar

«Ese
era
en

tenía que

muchas

de los Borbones que de las que reinaban El
en

secreto, dijo Gleinchen, inquietudes a la dinastía orgullosa y antigua Europa».
la más

principio de la monarquía absoluta descansaba legitimidad y en la herencia de padres a hijos, dentro de la Ley Sálica en Francia, y de Pragmá tica, en Alemania. Destruida la legitimidad, acababa
la la dinastía y la revolución tenía el campo abierto para derribarla del trono.

importancia dieron los corifeos de la gran a la comprobación de la calumnia inven tada por Voltaire contra la familia real, sobre todo de la toma de la Bastilla que puso de moda después la novela de la máscara de hierro; pero nada en contraron que pudiera servir a sus propósitos e in
Gran revolución
tereses.

Pasados los días de la

prisionero de la

máscara de hierro

revolución, el enigma del quedó aún más

obscuro: los archivos de la prisión fueron salvados y ocultados en lugar muy seguro. El Diccionario

Biográfico de Michaud es una de las obras de más intensa investigación histórica del siglo XIX. Es
conveniente
cuenta años
conocer

lo que

se

sabía

en

Francia cin

daba de Voltaire»

después de la revolución en esa época,
es

y «lo que que

«Con el nombre del Hombre de la máscara de hierro,

dice

ese

Diccionario,
verse

designado

un

ha excitado la más viva
mente

curiosidad,

personaje que pero que difícil

podrá
era

prisionero

satisfecha completamente. Ese de talla más elevada que mediana, y

de la figura más bella y más

noble, según

lo asegura

Voltaire en su Historia del siglo de Luis XIV; fué conducido el año 1662 a Pignerol, fortaleza que tenía a Saint-Mars como Gobernador. Durante el camino mantuvo su rostro cubierto con un terciopelo negro. Se había dado la orden de matarlo si se descubría.
en 1686 a la isla de Santa Marga marqués de Louvois fué a visitarlo; le habló las consideraciones del mayor respeto. El mismo Gobernador ponía los platos de su servicio sobre

Fué trasladado rita. El
con

seguida cerrando la puerta guardaba la llave. Un día el prisionero lanzó al mar uno de los platos de metal de ese servicio, y había, con el cuchillo, escrito su nombre; un pescador lo recogió y le llevó al Go bernador. «Dad gracias a Dios, le dijo éste, porque
la
mesa

y los retiraba

en

de la celda de la cual

no en

sabéis leer porque de lo contrario

os

habría puesto
a

prisión perpetua».
«El mismo Gobernador fué trasladado

la Bas

trajo consigo a su prisionero con las mayores precauciones. Se le vestía con trajes muy finos; gustaba de la lectura y se conocía que había tenido
educación esmerada. Se encantaba con la mú sica y tocaba la guitarra. El médico de la Bastilla decía que tenía la piel fina y un poco morena y una
una

tilla y

constitución sólida. Interesaba oírle la
se

voz

y

jamás

su suerte». Después dice que falleció el año 1703 de edad de sesenta años. Hace diver sas consideraciones sobre el origen del prisionero; pasa en revista todas las hipótesis y no acepta nin en

quejaba de

guna

como

verdadera. Asegura que

libro Memorias secretas para la

Voltaire, en su futura historia de
ese

Persia, fué el primero

que insinuó que

hombre

120

podía corresponder

a

algún miembro de la familia

M.
vos

Funck-Brentano,

el notable escritor moder

es un eximio investigador en los viejos archi de la ciudad de París, ha encontrado el expe diente del Hombre de la máscara de hierro y ha po

no, que

dido

comprobar
en

que el

prisionero fallecido
era
en

Bastilla

Noviembre de 1703

en la el conde Hér en

cules Antonio

Matheoly, nacido

Bolonia

1640,

y que fué secretario y ministro del

duque

Carlos IV

de Mantua y, al mismo tiempo, ha revelado la razón que movió a I03 ministros de Luis XIV para arrestarlo y para llevarlo secretamente de prisión en prisión y para tratarlo con tanta crueldad, El Conde de Casal
en

Matheoly
los

tuvo ocasión de saber que

Luis XIV tenía el vivo deseo de poseer la ciudadela

Alpes de la Savoya, para afianzar la sólida posición de la otra fortaleza cercana de le pertenecía. Casal formaba parte del Pignerol que patrimonio del duque de Mantua, príncipe italiano de tercer orden, débil de espíritu y pobre en finan zas. Matheoly era su persona de confianza y su
único ministro. Entró
en

relaciones
en un

con

el abate de
y
con

Estrades, Embajador de Francia
vinieron
en

Venecia,

las bases de
un

los caracteres de

tratado que tenía todos contrato de compraventa. Con

poder suficiente de su soberano, fué a Versalles para celebrar el pacto de transferencia de dominio y reci bir el precio convenido. Llegó a esa corte, presentó

■fW55^7'

121

suficientes, bus credenciales, que fueron encontradas fué firmado en y el Tratado Solemne, pero secreto, nombre de Luis XIV por Mr. de Pomponne, Minis tro de Extranjeros; recibió el precio de la

Negocios de cesión, y el rey agregó para Matheoly el regalo doblones de un riquísimo brillante y cuatrocientos
oro.

de Casal aumentaba el

ser mantenido porque la cesión poder de Francia en la Salo que no era conveniente para el Piamonte ni voya, a la corona para el Ducado de Milán, que pertenecía de España. Entregada la fortaleza a las fuerzas francesas, ellas sabrían defenderla, y, como la cesión

El secreto debía

legal adquiriéndola de su legítimo poco importaban poderoso monarca de Europa. En su viaje de regreso el conde Matheoly, a su paso por Turín, reveló el secreto al duque de Savoya; igual cosa hizo en Milán con el Gobernador español de ese ducado, y, después de llegar a Man tua, impuso de la cesión a la Señoría de Venecia.
se

hacía

en

forma

dueño, las protestas posteriores
para el más

._

Se

cree

buena

suma

que recibió de cada uno de de dinero como precio de

esos su

Estados

traición.

Al llegar a la fortaleza de Casal, en la fecha con venida, el coronel de Esfeld, con la guarnición fran
cesa, encontró la ciudadela
a

cargo de fuerzas espa

ñolas, más poderosas, enviadas de Milán. El coronel
francés
a

con

sus

soldados fué tomado y conducido
de guerra.
con ese

Milán

como

prisionero

motivo uno de los dis gustos más grandes de su vida: había sido engañado miserablemente por un príncipe de tercer orden, y la España, la nación rival, había quedado en pose-

Luis XIV tuvo

122

.^j

sión de Casal, como plaza conquistada en tiempo de guerra. La responsabilidad del desacierto recaía sobre el ministro Pomponne y sobre el Embajador

enojo del rey pudo ser la causa de la ambos; pero se convino en mantener derrota diplomática y la duplicidad del conde italiano, y atribuir el fracaso a causas de la felonía de su verdadero autor, independientes Aun hicieron más, Pomponne y Estrades: enviaron un emisario para iniciar nuevas negociaciones con el conde Matheoly, lo invitaron, en nombre del Gobernador de Pignerol, para una partida de caza dentro del territorio neutral del duque de Savoya y, de ese modo, atrepellando las reglas del derecho de gentes, el ministro del duque de Mantua fué secretamente llevado a Pignerol, a Santa Margarita y a la Bastilla, con el rostro cubierto, y sin que jamás pudiera saberse cómo había desaparecido del mundo de los vivos ese conde italiano, calificado de persona de muy poca importancia, por el rey Luis XV en su conversación con el duque de Choisseul. desgracia
en

Estrades. El
de
secreto

esa

Cuando

Napoleón Bonaparte
y
se

puso

término

al

período revolucionario

proclamó Emperador, la

SÜI.

invención de Voltaire pudo servir para la creación de la cuarta dinastía de que tanto hablaron los

periodistas
y los

y los juristas de la época. Los Capetos Borbones, si se hubiera dado "crédito a Vol taire, habían desaparecido en las personas del rey

Luis

XIII"y£de eselhijo

fallecido

en

la Bastilla. Sus

123

sucesores,

nado y

desde Luís XIV al último rey guilloti del trono sus hermanos, eran usurpadores de del nombre de Borbón: eran los descendientes y de la dinastía un hijo de Mazarino. La fundación

como ocurrió napoleónica quedaba tan justificada cuando Hugo Capeto tomó el trono de los reyes Media. La legitimación de holgazanes de la Edad la dinastía de los Bonaparte podía tomar como en ejemplo la legitimación de la dinastía de Capeto la persona de Cario Magno. Uno y otro, Napoleón el Pontífice y Cario Magno fueron coronados por

de Roma."" Si la revelación hecha por Voltaire, y que era conocida por todos los príncipes de Europa, era verdadera, la pretensión de Napoleón podía contar la simpatía de todas las cortes reinantes y con el apoyo de los monarquistas franceses tan apega a la legitimidad y al respeto de la tradición.
con

dos

No le faltaron
sentaron
como

a

Napoleón consejeros

que le pre
a

como

fácil la tarea de presentar

Voltaire

el precursor de la dinastía napoleónica. El Emperador tenía a su lado grandes juristas como Portalis y Cambacéres y políticos eclécticos y poco escrupulosos, como Talleyrand y Fouché. Es muy probable que esa discusión mereció ser considerada en los consejos íntimos del dueño del mundo. Pero la tesis fué rechazada. Desde el día fallecido
en

en que el patriarca de Ferney había París hasta los días de la coronación de

Napoleón, sólo habían transcurrido veintiséis
-T

años:

vivían muchos hombres de valer que lo habían conocido; la tradición y el recuerdo de su vida, de

124

sus

contradicciones y de la fama de
sus

impostor
,

contemporáneos, estaban aún vivos. su palabra no merecía crédito para ella el pedestal de la cuarta dinastía. edificar sobre Ni Napoleón ni sus hábiles consejeros aceptaron esa ayuda postuma de Voltaire para llegar a realizar un proyecto que todos ellos acariciaban. Es de toda evidencia que ninguno de ellos prestó crédito a la invención de ese hijo de Ana de Austria encerrado en una prisión por una madre desnaturalizada. Sin embargo, cuarenta años más tarde, Alejandro
tenía entre La fidelidad de Dumas recoge la herencia de Voltaire y escribe su novela del Conde de Bragelonne y hace vivir en ella
esa

invención.

Otro discípulo de Voltaire, el historiador Michelet, acepta ampliamente la fábula del hermano ma «Si el rey Luis XIV dijo María Antonieta que no conocía ese secreto, fué porque lo conocía bien, y no quiso descubrirlo a la corte de Viena». ¡Esos son los maestros de historia
yor de Luis XIV y dice:
a

de las Universidades donde han tomado lecciones
■y.,, han bebido la verdad las

por los

generaciones formadas profesores volterianos del último siglo!

gozaba en la época del rey Luis XV vivir», como dijo Talleyrand, no que temblaba bajo sus pies: vivía para gozar; gastaba más de lo que pro ducían sus rentas; nobles y plebeyos rivalizaban en el desorden, en eljüvido de la moral y en el deseoLa

sociedad,

que

«de la felicidad de
moverse

sentía

la tierra

125

nocimiento de las leyes eternas del decálogo; sus miembros más prominentes participaron de la ebrie

dad de la filosofía; esa panacea universal que debía a la curar de raíz las enfermedades que aquejaban Humanidad. Esa filosofía
chas verdades

aceptaba, conjuntamente con mu profesadas por el cristianismo, una serie de utopías; una libertad vecina de la licencia; una incredulidad cercana al ateísmo; un desprecio
de la autoridad que debía conducir fatalmente
a

la

anarquía. Voltaire,
la

con

sus

grandes dotes de escritor, fué

figura

culminante del grupo de reformadores que

el nombre de enciclopedistas del siglo Algunos de sus discípulos creyeron que era el primer genio que ha producido la noble raza francesa. Nuestros contemporáneos han hecho la
se conoce con

XVIII.

';■;
'

""*

crítica de

su

enorme

obra literaria:

reconocen

su

fecundidad, su arte, la riqueza de su estilo, pero le niegan la primera de las cualidades que debe adornar a un conductor de pueblos: la moralidad. En Voltaire hay dos personalidades. Una de ellas es el Voltaire que aduló a los grandes, que aplaudió los vicios del siglo; que dirigió hermosos madrigales a las damas que olvidaban sus deberes; que solicitó sin conseguirlo, el apoyo de Luis XV, pero aceptó
el de Madame de
a

.$

Pompadour,

y que fué

a

Berlín
ALE

arsenal de historietas y de burlas contra loe gobernantes, contra la Biblia, contra el pueblo
y,
en un

mendigar el favor de Federico de Prusia. El otro predicó en favor de la redención de los pueblos que eran víctimas de notorias injusticias;
Voltaire

^JH|

126

judío

y contra el

catolicismo, dejó preparada la obra

destructora de la Revolución Francesa.

Persiguió Voltaire un propósito perfectamente definido, si se considera el conjunto de sus obras; destrucción del orden político de su época, car gando sobre los reyes y sus ministros la responsa bilidad de errores ciertos, de diferencias sociales enormes, de injusticias notorias y de una crisis finan ciera producida por esos gobernantes que gastaban más de lo que permitían los recursos de la nación, y por las clases dirigentes que dilapidaban en el lujo, en la ociosidad y en los placeres la herencia de sus antepasados. La escuela fundada por Voltaire y sus discípuloa destruyó, pero no enseñó a construir un orden po lítico y social que pudiera reemplazar lo que existía. Halagaron muchas pasiones, crearon deseos, hicie ron nacer ambiciones, rivalidades y recelos de clases, prometieron fundar un sistema para satisfacer las justas aspiraciones de los pueblos que pedían parti cipación en la administración de los intereses comu nes. Predicaron la libertad, la igualdad y la frater nidad; pero, al sembrar odios y al encender la ho guera de las venganzas, destruyeron la razón moral de su propia obra.
esa

Desde los
es

tiempos de Aristóteles

es

conocido el

aduladores; el que adula a los pueblos el mismo individuo falaz y egoísta que adula a ios reyes. Los medios de que se vale son idénticos; se

carácter de los

busca el

titud;

o mul poderoso del día,, llámese tirano, rey defiende lo que el poderoso desea; se justi a sus vicios; fican sus desvarios; se rinde homenaje débil del se desprecian los derechos de la parte más oprimido: la única diferencia entre el adulador pa de las masas populares está laciego y el adulador un en la majestad del que recibe esos homenajes: en caso esa majestad tiene quinientas mil cabezas; en se

la otra

una

sola.

prototipo del cortesano, y, si hu quince años más, habría sido el adula plebe de París. Saint Beuve, en una de sus páginas magistrales, dice que, para juzgar a un hombre que ha tenido gran participación en el comercio humano, se nece sita el juicio de tres generaciones. La primera conoce
Voltaire fué el biera vivido dor de la bien los sucesos, pero vive dentro de la ofuscación casi

producida por las pasiones del día: su juicio está siempre impregnado de errores y de injusticias. La segunda generación ignora los detalles de la vida diaria; hereda las opiniones apasionadas de sus padres y las mantiene por hábito y por respeto; su juicio está más incapacitado aún que el de la primera generación. Es la tercera la que ve con mayor clari dad, la que descubre en los archivos, cuidadosa mente ocultados, los hechos ios pequeñas hechos,

decía Taine— que tienen la relación de causa y de efecto en los awnl^imientos de la vida diaria. La tercera generación ha sido hostil a la memoria del gran Voltaire: se ha descubierto ese arsenal de
como

pequeños

trigas, de

hechos, esos terribles testigos de sus in sus debilidades, de sus contradicciones y

128

Hoy comprende que la mis mano que escribió el monumento histórico en honor de la memoria del Rey-Sol haya sido la mano autora del folleto anónimo destinado a socabar ese
sus crasos errores.

de

se

ma

monumento. En la colección de
sus

obras están

sus

Odas al

pinta con los despreciable libertino. El mismo Voltaire nos ha legado en una de sus cartas la explicación de esas contradicciones. Una de sus amigas, Madame de Berniéres, lo incitaba para que terminase una de sus tragedias. «Antes de escribir tragedias, querida señora -le contestó es necesario hacer dinero en los negocios». La pluma
colores del más
— —

rey Federico II y el poema Luc que lo

de Voltaire

era mercenaria. Su colaboración en el Anti-Machiavello de Federico fué regiamente pagada,

Para hacer la historia del gran escritor que vivió ochenta y cuatro años, desde 1694 hasta 177S, me

expondría a salir del cuadro trazado para esta con ferencia; su vida y sus obras están íntimamente unidas a los acontecimientos del siglo XVIII. La opinión que mereció Voltaire de sus contem poráneos; sus amistades y sus rupturas; sus triunfos y los bastonazos que recibió en sus espaldas en más de una ocasión; su residencia en Londres y en los prisión
castillos de los marqueses y de las marquesas; la en la Bastilla; sus viajes a la corte de Fede
en

rico y la detención

Francfort por los servidores

del mismo rey para revisarle el

equipaje,

como

se

hace

con un

ladrón

pués de treinta

años de expulsión, y sus triurffos de los últimos días de su vida; todo eso fué entregado al juicio de la primera generación que no estaba

vulgar;

su

regreso

a

París, des

capacitada
doctrinas y

para
sus

juzgarlo.
su

Los resultados de
sus

gran
a

labor

literaria,

sus

burlas;

sus

contradicciones políticas
sus

antiguos profesores y filosóficas; jesuítas; sus mensajes al Papa Benedicto XIV; sus ataques a Jesucristo, forman un conjunto informe,
cartas

incomprensible en una cabeza dotada de un talento excepcional; tanta influencia tuvo en las reformas
necesarias de la Revolución Francesa como en sus abusos y aberraciones; es el padre de la incredulidad de
ese

siglo

y del

compuesta de dudas
de ideal: todo también estuvo
Ha
eso

volterianismo, esa enfermedad y de negaciones y que carece segunda generación que incapacitada para emitir el juicio
vio la

definitivo sobre Voltaire,

llegado la hora de la tercera, de la cuarta y quinta generación y los investigadores, como Funck-Brentano, remueven los viejos archivos; los comenta M. Henry Robert, y aparecen los «pe queños hechos», los que sirven de fundamento para la historia verdadera, según la regla de Taine; ya es
de la M. hora de que Voltaire se siente en el banco de un tribunal que ha de fallar sobre su vida y sus obras. Hoy las diatribas de Voltaire tienen pocos lecto
res:

los

economistas,
no su

que
como

se

ocupan de rehacer el
sus

mundo, aplaude
sus

lo toman

base de

estudios:

se

estilo;

se

celebran
se

hermosos versos;

sus chistes; se citan copian páginas sueltas de

-130-

^

su admirable prosa. Pero el ídolo ha sido arrancado de su pedestal. La piedra del pequeño David ha dado muerte al gigante Goliat; esa piedra es la aparición de los «pequeños hechos» que el investi gador descubre, que el crítico comenta y que el

profesor de filosofía

condena.

Pobre Voltaire! era supersticioso y temía a las ánimas. En su juventud fué testigo del entierro de Adriana Lecouvreur. En esa época no existían los cementerios y los muertos recibían sepultura en el recinto de los templos o en lugares adjuntos a las

parroquias.
morían

Esos favores
se

se

dispensaban

a

los que

como

impenitentes particulares. A Rousseau
había

cristianos. A los disidentes y a los les daba sepultura en los jardines
se

le enterró

en

el parque
costum

de Ermonville. La bella actriz murió

impenitente;
sus

seguido la

corriente del

siglo

en

bres y en la incredulidad. El cura de la parroquia la exhortó en sus últimos momentos; le habló de Cristo y de su misericordia infinita. Ella, al contes tarle, miró hacia un busto del mariscal de Sajorna
que

adornaba
de las

su

habitación y

repitió

uno

de los

versos

universo,
París

tragedias de su teatro: «He mi esperanza y mis dioses!*

aquí mi

El escándalo fué tan grande que el arzobispo de no le concedió sepultura en terreno sagrado. Ni ella tenía, ni sus amigos y adoradores ofrecieron un el cadáver fué sepultado en un campo jardín; y
en

los suburbios de París. Voltaire le hizo

una

elegía

K jamás olvidó la
-

del cuerpo escena del abandono Temblaba ante la de la actriz en un campo desierto. cosa con sus restos. Para idea de que ocurriese igual

su vida la co evitarlo inventó en tres ocasiones de en la reli media de su retractación y de su ingreso Ese es el origen de la comedia de su católica.

gión

entierro.

Mucho

se

ha escrito sobre la muerte de

las narraciones,

Voltaire; algunas de ellas preparadas antela-

damente por él mismo, son contradictorias; pero hay dos que merecen crédito: la del abate Gaultier recibió su última retractación y la del doctor
que

Tronchin, protestante ginebrino, que había sido amigo íntimo en Ferney. En los mismos días
que la ciudad de París celebraba taire se moría.
su

su en

apoteosis,

Vol

Una lucha difícil de mantener, aún para un hom bre tan hábil y tan diestro para las intrigas, era la de preparar conjuntamente una muerte cristiana,
para los efectos de la y
una
sus

sepultura
con sus

en

terreno

sagrado,
con

muerte de incrédulo para

ser

consecuente

obras literarias y

amigos.
con

Algunos
intendente
y

años antes, conversando Voltaire
sus

el

Herault, magistrado célebre por su in energías para corregir las costumbres, éste le dijo: «No destruiréis la religión cristiana tegridad
porque es más fuerte que vos».— «Eso lo veremos», le respondió Voltaire. Esta anécdota la cuenta D' Alembert. En la correspondencia de ese mismo discípulo con el rey Federico hay una carta en D'Alemque

bert

pide al

rey que
que

Mustafá para

ejerza su influencia ante el sultán permita reedificar el templo de

Jerusalem «que es mi propia locura, así como la locura de Voltaire es la destrucción del cristianis
mo».' Esos dos testimonios sirven para

aquilatar

el

mérito verdadero de la retractación que, firmada
de la
su

mano,
conocen

entregó el abate Gaultier.
tres reconciliaciones de Voltaire
con

Se

Iglesia Católica: la de Ferney, la de Colmar
mes

y la

de París. Las tres iban encaminadas al mismo fin, En el de Febrero del año de
se su

fallecimiento
esa

recibió la

primera visita del abate Gaultier. En

conversación dice: «que

convino que Voltaire redactaría su retractación. Ese documento en su parte sustancial
no

siéndole

parroquia

y que habiendo el
a sus

posible ir personalmente a la cura de San Sulpicio
ha confesado
con ese

agregado
al abate

muchas buenas obras la de enviarle
se

Gaultier, él

sacer

en la religión católica nacido, esperándolo todo de la mise ricordia divina; que, si ha escandalizado a la Igle sia, pide humildemente perdón a Dios y a ella». La declaración fué firmada por Voltaire, por su sobrino, el abate Mignot y uno de sus amigos. El abate Gaultier, al hacer entrega de ese docu mento al cura de San Sulpicio, se vio en la necesi

dote;
en

que él deseaba morir

que había

dad de declarar que la confesión no había tenido lugar. Pero lo más grave fué que sus amigos y dis cípulos se alarmaron cuando supieron que el abate

Mignot

tenía una copia autorizada de la retracta ción y que se proponía publicarla, Voltaire los tran quilizó: «No deseo ser enterrado en un camino pú blico, les dijo; si yo viviese en alguna ciudad de las

^HBTvr^

-

r**-*

'

133

márgenes del río Ganges, moriría
una vaca en

con

la cola de

las

manos

y

con

todo respeto».

Conservó

su

inteligencia
cura

hacia el último momento de San

y, cuando supo que el

Sulpicio

no

daba
en su

importancia a la retractación y no permiso para ser enterrado en terreno sagrado, unión de su sobrino, urdió la estratagema para
entierro.
El abate Gaultier
en

concedería el

compañía del

cura

de San

Sulpicio les dijo
pero
se

hizo

una

última visita al enfermo. Voltaire

negó

que confirmaba su anterior retractación, a firmar otra distinta que le presentó

el

cura.

Este le

preguntó si
esa

reconocía la divinidad de
«no me

Jesucristo,
de
ese

y el enfermo le contestó:

habléis
sacer

hombre». Oída
se

respuesta, los dos

dotes

retiraron.

El doctor Tronchin anunció que el

agravaba; se despidió de la casa a sólo quedaron en ella los que estaban
de la
manera

paciente se todos los amigos;
en

el secreto

cómo

se

haría el entierro.

Voltaire falleció el 30 de horas
se

Mayo

de 1778. En pocas

embalsamó el cadáver y se dio la orden de preparar las carrozas para regresar a Ferney, a mu chas leguas de París; ese viaje fué anunciado por
Voltaire
con
a sus

castillo. El
carrozas y

amigos porque deseaba morir en su cadáver, vestido de rigurosa etiqueta y
en una

peluca empolvada, fué colocado
la

de las

Su

comitiva tomó el camino hacia Ferney. sobrino, el abate Mignot, había salido algunas

134

horas antes, y se detuvo en la abadía benedictina de Scellieres, de cuyo abad era gran amigo, y le

pidió la hospitalidad en el convento para su tío, M. de Voltaire, que iba en viaje para Ferney. «Una fantasía de enfermo le agregó que había sido im posible desatender». El buen abate ofreció el aloja miento; la comedia comenzaba bien en uno de sus actos principales. Al llegar la comitiva, abrióse la carroza del tío y se encontró el cadáver; había fallecido en el camino. El sobrino pidió que se le diese provisoriamente sepultura en la iglesia y presentó al abad el certi ficado de la retractación. A todo consintió el pobre abad. En la misma noche, una fosa fué abierta en el centro de la iglesia, derramando sobre sus restos cal viva para impedir que fuera profanado y desen
— —

terrado

había muerto y

Ocho días más tarde súpose en París que Voltaire se dijo que el cadáver había sido
a Ferney. 1791, un decreto de la Asamblea Nacional

llevado
En

ordenó la traslación de las cenizas de Voltaire al

Panteón Nacional de París. Las dudas que algunos escritores del último siglo, como M. Urbain May-

nard, han manifestado abrigar acerca de esas ceni zas, que bien pueden ser las de Voltaire, como las de otro monje de ese convento, no son aceptadas por la mayor parte de los historiadores. Sólo habían
transcurrido trece años desde el fallecimiento y
con

de los

seguridad, dicen éstos, quedaban vivos algunos esa testigos de la colocación de sus restos en fosa nocturna abierta precipitadamente en el centro de la Iglesia.
Voltaire,
en

su

larga vida de ochenta

y cuatro

años, escribió muchas tragedias, dramas y comedias; de su imaginación salieron novelas y cuentos; paseó
a

Cándido, su héroe, orbe; inventó ese hijo
tarse

por todas las naciones del

Mazarino, que pudo sen en el trono de San Luis; pero ninguna novela lúgubre, ninguna comedia más macabra, que ese último viaje de París a Scelliéres, en una ca rroza, vestido con traje de gala, con la peluca em polvada, aparentando vivir después de muerto, para lograr una sepultura en esa casa de Dios; en un convento de la religión de Jesucristo a quien él desconoció y cuyo nombre creyó exterminar de la
de
más tierra antes de morir.

Los Profesores de Moral de luis XIV.
SEÑORAS

CONFERENCIA LEÍDA EN EL CLUB DE

DE SANTIAGO, EL 4 DE MAYO DE 1927.

LOS PROFESORES DE MORAL DE LUIS XIV.

Las grandes naciones se forman merced a los es fuerzos, a los sacrificios y a los talentos de los abue los; los nietos gozan tranquilamente del poder y de las riquezas que ellos no han acumulado, y los nietos de los nietos son, desgraciadamente, los testigos de la decadencia y de la ruina de esos edificios desti nados a vivir a perpetuidad, si se cumplieran loa
sueños de
sus

fundadores.
a

Cumplióse la segunda parte de
cuando entró

esa ley general, gobernar el Rey-Sol, Luis XD7 de

Francia. Las fronteras de la monarquía habían sido
ensanchadas durante el reinado de Luis XI, ver dadero fundador de la unidad nacional, obra con tinuada por Francisco I y Enrique autores de

l

£

jL¿'¿¿£^

II, militar, y afianzada definitivamente XIII, su padre, quién vio destruido dentro de la nación, el poder rival de los viejos feudatarios, y, en el exterior, afianzó con numerosas victorias política de Richelieu, su ministro.
la supremacía
por Luis

140

Antes de morir
de Estado que
su

comprendió

este

grande hombre

su obra no estaba completa, y, sobre lecho de muerte, pidió a Luis XIII que entregase la dirección de su cancillería a Julio Mazarino. Igual recomendación hizo ese rey a Ana de Austria, su

esposa,

a

quien nombró regente durante la

menor

del

edad de Luis XIV. Cuando éste tomó las riendas gobierno recibió una monarquía poderosa, bien

administrada; sofocadas las revueltas, rico su tesoro, respetado su nombre por las naciones rivales, libre de las ambiciones de los duques feudales, que, con facilidad extrema, se convirtieron en dóciles corte
sanos.

Jamás reunió
en

un
su

rey,

al recibir tan hermosa herencia,
numero

persona mayor

de cualidades
ser

para dominar sin absoluto sin verse

presionar
en

y

para

monarca

la necesidad reclamadas por

de
sus

disminuir subditos.

libertades que
Ana de

no eran

Austria, su madre, la austera española, hija Felipe III, había cumplido lo que prometió a su marido; entregó intacto el reino e intacta la autoridad real. Era Luis XIV un príncipe hermoso, muy hábil, insinuante; afluían hacia su persona
de naturalmente y sin esfuerzo el respeto de
sus

sub

ditos y las simpatías de sus cortesanos. Se casó en 1659 a la edad de veintiún años con su prima María Teresa, hija de Felipe IV de Es

paña, por cuyas venas corría la sangre española de Carlos V, unida a la de los Borbones de Francia y a la de los Médicis de Florencia. No era bella ni fea—dicen las crónicas—simpática, de esta pequeña

tura,

con

un

carácter

vivo, discreta, fiera de

su

141

profundamente religiosa. Fué respetada, no amada de Luis XIV; y ella ignoró como reina las debilidades de su marido, que conocía como mujer; no se quejó, pero no soportó humillaciones.

dignidad

y

Fué la reina hasta
que
mas

su

muerte. Dicen los cronistas

menos

jamás pudo aprender el idioma francés y mucho pronunciarlo. Sus confidentes fueron las da

versos

que la acompañaron desde Madrid. El reinado de Luis XIV podría dividirse en di períodos: el primero, desde su mayor edad
en

hasta el día
de La

que nació el

Valliere;

el

primer hijo de la duquesa segundo, desde esa fecha hasta

la salida de la corte de la marquesa de Montespán; y el tercero, desde la muerte de la reina y el matri monio
con

muerte del rey largo y el más
en

la marquesa de Maintenón, hasta la en 1715. De esos períodos, el más

tranquilo

fué el último.

Sufrió el rey las influencias morales más variadas; primer lugar la de los grandes escritores de la

época, llamada El siglo de Luis XIV: Pascal, Bossuet, Mascarón, Bourdaloue, Boileau, CorneiUe, Racine, Moliere y Fenelón. Tuvieron también influen cia los cuatro padres jesuítas, que recibieron el título
de confesores del rey; y la tuvo tal vez mayor que los otros, su segunda esposa, la marquesa de Main
tenón.

Si bien

atribuirse
su

vida,
del

tan variados y

curso

considera, no fué un rey a quien puede inspiraciones extrañas, pero los actos de contradictorios, seguían el predominio del medio que se ereaba a su
se

alrededor.
La lectura de las obras de Pascal debió tener gran

142

ascendiente
de la
su mano

quesa de Maintenón. En

en la época del matrimonio con la mar cambio, durante el reinado izquierda de la marquesa de Montespán,

autor favorito fué Moliere.

Si

se

hace la

comparación

año por año de las

producciones
y
sermones

de Moliere y de los trabajos religiosos de los grandes predicadores de la época,

se llega a la conclusión de que las comedias del primero corresponden a las aventuras amorosas del Rey-Sol, halagando sus pasiones y aplaudiendo sus actos, y cada obra o sermón de los segundos con tiene alusiones y consejos relacionados con los mis
mos

desórdenes.

se le puede considerar como un conse jero en los grandes negocios públicos y como un amigo personal del rey. En 1670 recibió el encargo de educar al Delfín, único hijo de Luis XIV; pocos años después fué nombrado capellán de la Delfina, María Cristina de Baviera. En 1681 fué presentado para el obispado de Meaux. Aunque no quedan

A Bossuet

rastro auténticos de

su

intervención
con

en

las

cues

tiones que tienen relación

la conciencia del rey,
con sus consejos todopoderoso

sábese que los
sores

predicadores
en

de la corte y los confe

contaron

todo momento

para la difícil tarea de conducir al
monarca

hacia el camino de la enmienda.

a la aprobación que de sus faltas recibía en las comedias de Moliere, creyó necesario el obispo. refutarlo y escribió su libro Máximas y Re flexiones sobre la Comedia, obra elocuente, donde la indignación que brotaba de su alma parece ex traña en nuestros días de complacencias para con

Frente

Luis

143

el arte de Moliere. En

esos años se

acostumbraba

decir la verdad desnuda de artificios. algunas frases de ese libro:
— —

Voy

a

extraer

«Se pretende dice Bossuet que el teatro puri fica el amor; que la escena quita a la pasión lo que ella tiene de grosero y de ilícito; que no es, después de todo, sino una inocente inclinación hacia la

principios,
tianos

belleza que termina por el lazo conyugal. Según esos sería necesario eludir en los centros cris
esas

prostituciones

que

se

ven en

las

come

dias italianas y de las cuales hace uso Moliere; sería necesario suprimir esos discursos en que el actor representa el oficio de censor de los cánones y de reformador de las costumbres de nuestras

preciosas,

y aplaude la tolerancia de los maridos y solicita de las mujeres que se venguen de los que son celosos, La
se su

experiencia nos hace ver el fruto del teatro cuando ridiculizan los defectos del mundo dejando libre

corrupción». después de las comediantas a los espectado en páginas de la más elevada elocuencia, expone los peligros a que se exponen en el teatro quienes tienen disposiciones secretas hacia el mal. Cubre sus condenaciones con la opinión de San Agustín, y asegura «que la concupiscencia corre por
Pasa
res, y,

las

venas

y

penetra

en

la médula de los huesos. La

raíz envenenada extiende sus ramificaciones por los sentidos y se mueven dentro del cuerpo todos los deseos que inducen al placer, formando un encade[ue conduce fatalmente hacia el mal». extraño, al leer a Bossuet, que haya sido
isar

de

complacencia

para los delitos de

444

jefes de la religión católica que pú blicamente exponían la moral cristiana tal como ellos la enseñaban privadamente y exigían que fuese practicada. Las doctrinas de Bossuet sobre el teatro de esa época, aplicadas a las empresas de nuestros
a

Luis XIV

los

días y
a

a

aparecen

pálidas

la influencia de la industria del cinema con la realidad, y sus amenazas
esos excesos son

la sociedad que tolera

débiles

ante el espanto que la consideración del porvenir produce en las personas que, sin distinción de doc trinas religiosas, meditan sobre el avance de males

dad

por consiguiente, las Enciclopedia, hayan absuelto a Moliere de ese cargo de complacencia que enrostran a los obis pos y predicadores de la corte. Moliere en Las preciosas ridiculas se burló de los defectos ciertos de la sociedad, de su afectación, del propósito de poner en evidencia sus virtudes y de brillar por cualidades que eran más aprendidas que naturales. Pero, al mismo tiempo, puso en ridículo la severidad de las costumbres y la piedad de las grandes señoras de esos tiempos. Bossuet no pudo contener su indignación y pre dicó su célebre Sermón del Día de los Muertos, en que, parodiando al profeta Jeremías, exclamó: «París, París, cuyo orgullo no se abate; cuya vani

difíciles de remediar. Carecen de fundamento,

aseveraciones de los autores de la Gran

y parece increíble que

se mantiene a pesar de las razones que deben humillarte! ¿Cuándo veré el día de tu destrucción? ¿Cuándo se podrá decir que ha terminado el reino del pecado? ¿Cuándo las mujeres dejarán de armarse

145

para defenderse del

suspirar

pudor y los niños dejarán de placeres que causan la muerte?» Bossuet habló en el siglo XVII y no pudo ser pro feta para ver, como Isaías, los sucesos de los siglos posteriores. En los días en que Bossuet pronunció ante la corte sus sermones y en presencia de Luis XIV, en los años 1665, 1666 y 1667, años en que el do
por los

minio de las favoritas

no

tuvo

contrapeso
daba
a

y

en

que

la

publicidad
en

en

toda la

Europa

lo que

suce

Versalles los peores caracteres del escándalo, Moliere representó sus peores piezas en cuanto a los ataques a la moral y a las burlas contra las per sonas que la practicaban. La adulación a Lu¡3 XIV día

llegó
como

a

límites
le

increíbles:

«Los

reyes

ilustrados
como

vos,

dijo

el comediante,

tienen,

el

mismo

Dios,

la visión de las necesidades».

Bossuet contestó, y lo oyó el rey: «¡Oh dioses de carne y de sangre! ¡Oh dioses de barro y de polvo! Vosotros moriréis
como

príncipes

desean

ser

los dioses de los

los otros hombres! Si los hombres, deben

destinar todo su poder para conseguir su felicidad y para hacer el bien. Vemos mucha ostentación,

doceles, columnas y manifestaciones de grandeza; pero quiénes se adornan con tanto es no son dioses, no son imágenes vivas de la plendor, grandeza divina; son ídolos mudos que no hacen la felicidad de los hombres. La tierra está desolada, los pobres gimen, los ¡nocentes son oprimidos, y el ídolo está allí; aspira el olor del incienso, recibe ado raciones, ve caer las yíctimas bajo sus pie.3 y no
muchos

extiende
10.

su

brazo para hacer el bien».

146

impre palabras; embargo, el rey mantuvo hasta el fin de la vida de Bossuet, la estimación que le merecía ese amigo que le decía esas verdades tan amargas. ¡Y a esos hombres se les acusa de complacencia y se
a

En vuestra

imaginación,
ese

dad

lugar

la

sión que recibió

auditorio al oír

esas

y, sin

absuelve al comediante!
En 1669

predicó la

cuaresma en
ese

Versalles el

oraen

toriano Julio Mascarón. En trató de ridiculizar al

año hacía furor
en

la corte la comedia de Anfitrión,

la cual Moliere

marqués de Montespán. El predicador narra la historia de Urías y repite las palabras del profeta Nathan al rey David, que había tomado para sí la mujer de su servidor. «Tu eres ese varón*, dijo el oratoriano. Y después, con teniendo su indignación, con la calma del que habla a un amigo y con el acento más dulce, agregó: «Si
el respeto que y
se

me

merece

vuestra persona,

señor,

venganzas de Jesucristo! El rey manifestó en ocasión las grandes cualidades de su alma. *EI

no me permite decir la verdad, pliegues, es necesario que vos ten gáis más penetración y ella supere a mi audacia. Si la verdad no os es agradable, aunque llegue a vues tros oídos con las precauciones y los respetos que os son debidos, temed que ella desaparezca del todo como un castigo y que Jesucristo quiera vengar su palabra despreciada». El atrevimiento del predicador despertó las mur muraciones de los cortesanos. ¡Hablar a un rey que hacía temblar al mundo, de las todopoderoso,

dirigía al

rey,

sino envuelta

en

esa

pre

dicador tiene la razón,

dijo; ha cumplido

un

deber

147

Cumplamos nosotros el nuestro». El abate Masca rón fué designado poco después para el obispado
de Tulle.

Ninguno de esos grandes predicadores superó al jesuíta Bourdaloue. Nacido en una honorable fami lia de Bourgues, distinguida por la probidad y por el talento, y primo hermano del ministro ChamiUard, desde la edad de quince años se incorporó en la Compañía de Jesús. Fué profesor de retórica, de filosofía y de teología; se le dedicó a la predicación, dejando la enseñanza desde la edad de treinta y
tres años. Cuando

predicaba

en

la

casa

madre de
ma-

los jesuítas,
dame de
sermones en

en

la calle Saint

Antoine, según

Sevigné,

ella concurría y comentaba los las cartas a su hija. Predicó en la corte
vez en

por

primera

1672,

en

el mismo año
su

en

que

Moliere

había

representado

comedia

de

Las

mujeres sabias. Su primer sermón, pronunciado en el día de Todos Santos, comenzó con la siguiente frase: «Sire, es el hijo de Dios el que habla y repite el evangelio del día en el que Cristo promete la gloria celestial, no como una herencia, sino como un premio. Pero esa recompensa, le dijo, no se da gratuitamente»; en seguida expuso el método de su discurso, Leyó el texto del evangelio de ese día y anotó las
condiciones de la promesa divina: la recompensa es segura; en lugar de las recompensas del mundo,
que
es

son

dudosas

e

abundante

y las del
es

inciertas, la siglo son

recompensa divina

sas; la recompensa

vacías y defectuo eterna y las del mundo son

caducas y

perecederas.

El discurso

se

terminó

con

":^^!
alocución al rey, la primera que éste oyó de los labios del célebre predicador: «Os será, Sire, bien
una

poco útil

ser

tan sabio

como eres en

el arte de go

bernar
un

los hombres, si ignoráis ese arte de reinar día con Dios. Si la felicidad de un príncipe con
a en

siste

el número de
en

sus

conquistos, Vuestra
esa

Ma feli

jestad debe

estar contento de sí mismo. Si gozar

cidad consiste

tranquilamente

de los frutos

de esas victorias, también podéis sentiros feliz. Pero todo es bien poca cosa para vos. Vuestra Majestad
es

bastante ilustrado para
un

creer

que lo que hace la
no

perfección de
en

rey,

según el mundo,
un
en

basta

para hacer la felicidad de

rey cristiano. Reinar

el

cielo,
no

sin haber reinado
en

el

mundo, ha sido
en

la suerte de millones de santos. Reinar
para reinar

la tierra
Me

el cielo ha sido el destino de miles
es

de

príncipes reprobos,

decir, condenados.

asiste la confianza de que, a pesar de los obstáculos de salvación a los cuales están expuestos los reyes,

Majestad, santificado por las verdades de religión, ha de merecer un reinado eterno». Ter su discurso asegurándole que, en el sacrificio de la misa, durante todos los días de su vida pedirá a Dios que el rey cumpla los santos designios de
Vuestra

la

minó

Dios. Están
en

la razón los que
el

creen

que para

un

saludo
y

de' la
no

primera visita,

predicador dijo mucho

podía decir más. A medida que tomaba pose sión de la cátedra, fué elevando más su voz para condenar lo que ocurría en la corte, sin precisar sus y sin volver al argumento de
ataques cual había hecho
uso su

antecesor. Un

Nathan,
día,

del

al salir

149

del sermón, el rey sintió el peso de la reconvención
y,

alejó de Versalles

a

la favorita,

obligándola

a

en el castillo de Clagny, a pocas leguas de Versalles. Cuando el jesuíta se despidió del rey, des pués de la serie de sus predicaciones, éste le pre

residir

guntó: «Padre, debo creer que estáis contento de mi; madame de Montespán está ya en Clagny». «Sire le respondió el religioso— Dios estaría más contento si Clagny estuviera a cincuenta leguas de

Versalles».
El
poco

jesuíta
después

tenía
y
se

razón;
instaló

la marquesa fué llamada en sus habitaciones de el

Versalles. Al año
mayor

siguiente,

predicador volvió

con

la carga. Madame de Sevigné es ayer el sermón de Bourdaloue, que hiere aún a los sordos, diciendo verdades a diestra y siniestra contra el crimen del

energía
su

a

cribió

a

hija: «Hemos oído

adulterio;
camino».

sálvese

quien pueda;

él

va

derecho

a

su

Ese discurso es conocido con el nombre de El Sermón contra la Impureza. Es considerado no sólo como una de las páginas más escogidas de la elocuencia cristiana, sino como un acto de valor. Acababa de
ser

-—

*

t::
'y
-

representada
con

en

la corte la comedia de
a ese

Tartufo

y

Bourdaloue fué francamente
la frase

tema.

í

Comenzó

siguiente:

«Sire,
es

el demonio

del cual habla hoy el Evangelio,

el demonio de la

impureza,
consisten

ese

espíritu inmundo,

cuyas actividades

en

manchar las almas purificadas por la

-f;ííj

gracia de Jesucristo, y espirituales como son, las convierte en carnales, infeccionándolas con el con tagio
de
su

cuerpo». Describe

ese

espíritu inmundo

y dice al rey: «Yo

os

daré

una

idea de la cual
en

vos

podréis
servaros

sacar

la consecuencia para detestarlo y pre
su

de

contacto».

Entrando

materia

tomó cuerpo a cuerpo ese vicio público del rey; sin guardar miramientos a la dignidad del cargo que él investía. «Sálvese quien pueda*, como decía la espi ritual marquesa. Luis Veuillot, que comentó ese sermón, dice que él no se explica cómo pudo ser predicado en presencia del mismo rey. Al terminar, se dirigió a las señoras de la corte, y las dijo: «Seño ras, de vosotras depende la santidad de la refor mación de las costumbres. Si vosotras fuerais todas completamente cristianas, el mundo volvería a ser

cristiano. El desorden que

me

aflige,

es

que

se

pre

tende,

y

tal

vez

con

justicia,

haceros

responsables

del desbordamiento de las costumbres que crece día a día y que no solamente se os imputen vuestras cobardías, vuestras complacencias, vuestras debi

lidades, sino
nes».

que

se cree

que

esa es

la obra de
en

vues

tros artificios y de la

maldad de vuestros

corazo

«El colmo del desorden consiste

que los
eran

deberes más

generalmente reconocidos

y que

invariables entre los paganos, sean hoy objeto de la risa. En el teatro se burlan de un marido que es sensible al deshonor de su casa; una mujer diestra
en

engañar

es

la

heroína;

esos

pen más

corazones

que los que

espectáculos corrom puede convertir la

predicación.
dejó
una

Cuando Bourdaloue terminó su sermón, el rey su asiento, su semblante era grave, y no dijo

palabra. Los
a

cortesanos
ese

se

miraban y

no

se

atrevían

romper

silencio; todos esperaban loe

151

sucesos

vió

a

que podían venir. El humilde religioso vol su convento y continuó cumpliendo su minis

terio como de costumbre. Algún tiempo más tarde vio el triunfo de su palabra; la marquesa de Mon-

tespán fué despedida definitivamente de Versalles.

No
en

puede decirse

que

Moliere

haya sido

actor

procha

el drama de la vida de Luis XIV. Lo que le re la crítica es que haya aplaudido las debili

dades del soberano y que sus peores comedias, en el sentido moral, hayan coincidido con el desarrollo de los desórdenes de su conducta. El no aconseja al rey; se Umita a halagar sus vicios, a disculparlos, a burlarse de sus víctimas y a adularlo en todo
momento y
en

toda ocasión. Fué bien diferente la
Sin

obra de los

predicadores. enciclopedista eleva a las

embargo,

la crítica

nubes el talento indiscu

tible de Moliere y, con la mayor gravedad, dice que los miembros del clero encubrían esos vicios y eran complacientes para las faltas a la moral cris
tiana.

También se le reprocha a Moliere que, después de haber dado vida en sus comedias a tantos hom bres defectuosos, no haya dejado la pintura del hombre de bien. Era a la vez actor y autor, y, como comediante, su vida estuvo llena de sinsabores. El no conoció la nobleza del vivir; pintó los defectos;
la comprensión del hombre pero no alcanzó hasta él austero que no tiene otro objetivo en la vida que el del

cumplimiento de los deberes,

Su primer golpe de genio fué la composición de la comedia Las preciosas ridiculas, escrita para cri
ticar los salones literarios de la el que
una se

f
1

reunía

en

el

sólo tenían entrada

época y, especial, palacio de Rambouillet, donde personajes muy eruditos y de
en

virtud acrisolada.

De

ese

Boileau,

lenguaje, y de las buenas costumbres. No convenía, sobre todo lo último, a los clientes de Moliere. El desprestigio artificial del
maneras

años antes, que de las buenas

era

una

salón había dicho escuela del buen

hotel de Rambouillet y de la señora Julia de Argennes, que era su alma, es semejante al ridículo
que
se

ha

querido
y la
no

echar sobre la Academia Fran

cesa en

París,

Española

en

Madrid,

por

algunos

autores que

han tenido

acceso a

ellas. El resul

tado, según Luis Veuillot, fué «que la multitud se ha reído con el bufón» y la mejor parte de ella ha
continuado hablando ciedad ».
como

lo hacía

esa

buena

so

Después escribió Moliere muchas comedias in feriores; pero las principales tuvieron gran éxito porque coincidían, como he dicho, con los desór
de denes de la corte y las favorecían. En La Escuela Mujeres se burló de la piedad que dominaba en
en

todas las clases sociales y puso
ticas

ridículo las

prác

religiosas. Tartufo dio lugar a enconadas polé micas; protestaron el arzobispo y el parlamento; su representación quedó retardada y pudo llevarse
a

las tablas por el apoyo que

en

toda ocasión le
,

prestó
una

Luis XIV. En el personaje de Tartufo existe confusión entre el devoto de verdad y el falso devoto; el autor generaliza los defectos del indi-

viduo

en

todos los hombres que

practican sincera

mente la

religión.
en ese error su

ocurrido

aceptable si no hubiera fundamental; el comediante pluma a algunos de sus ene que lo perseguían por sus ataques a las buenas costumbres y la invención del personaje de Tartufo, tan celebrada por los enemigos del catolicismo, re sultó una venganza general, no una particular, con tra los falsos devotos. Todos los que practican la devoción son Tartufos. Su héroe, Luis XIV, que era creyente pero no la practicaba, no era Tartufo; los personajes de la corte, los grandes predicadores, los confesores del rey, que creían y practicaban, eran Tartufos. En esa generalización está la falta come tida por Moliere al crear ese personaje que hasta hoy es símbolo y bandera No hay lugar en este estudio para las acusacio nes, comprobadas en documentos incontestables, sobre la inmoralidad personal de Moliere y de las personas de su familia; esos hechos le quitan al gran escritor su valor como moralista. Tampoco fué un impenitente ; fué un hombre afortunado como autor, y desgraciado en su hogar. Cuando en una de las representaciones del Enfermo de aprensión, una de sus obras de mayor originalidad, sintió la gravedad del mal que lo aquejaba; llamó a su mujer, con quien
La obra de Moliere sería
con

quiso migos

vengar

se

él,

y le

había reconciliado y que debía representar con dijo: «Mi vida ha sido una mezcla de penas

y de
res,

placeres, hoy

me

siento agobiado por los dolo

Veo que

sin esperanzas de satisfacción y de felicidad. es llegada la hora de concluir. Ya no puedo

154

"^CT¡

soportar los desagrados y penas; debo sufrir hasta morir». Y ordenó que se hicieran los preparativos
para la última

representación. Los ruegos de sus amigos no pudieron disuadirlo; terminada la come dia, le vino un golpe de sangre y murió. No tuvo una palabra de perdón para las personas que él había colocado injustamente en el ridículo ni por los daños que causó a la moralidad pública. Autores dignos del mayor respeto han disertada sobre el teatro como medio para corregir las cos tumbres. Sin salir de ese siglo, los nombres de Corneille y de Racine favorecen esa tesis. Si todos los dramaturgos los tomasen como modelos, el teatro sería la escuela de lo agradable unido a la belleza
y
a

la moral. También

esos

autores llevaron

a

las

pasiones humanas; hasta hoy las repre Fedra, de Berenice y del Cid man tienen el interés que despertaron durante la vida de ellos. Los temas religiosos Poliuto, Alalia y Ester
tablas las
sentaciones de obras maestras que la humanidad conservará mientras haya adoradores de lo sublime y de lo bello. Pero no abundan los genios de Corneille y de Hacine; para dar interés a esa clase de obras es
son

necesario dicamente

pedir

a

la Providencia que envíe

perió

a esta tierra caduca ese rayo del genio que ilumina y da paz al espíritu, Bossuet y Moliere discutieron sobre ese delicado tema de la moralidad del teatro; para las genera

ciones posteriores tienen gran valor los ataques del obispo contra el teatro y la defensa del comediante. Leyendo sin la pasión del momento esas hermosas

páginas, puede colegirse

que

las

indignaciones del

obispo provienen de la lectura de las obras de Mo liere, y de las circunstancias que existían en los momentos de cada representación. Por ejemplo, cuando se oyeron por primera vez en la corte, tos versos de La princesa de Elide, todos los concurren tes que conocían la resistencia que oponía en esos días la señorita de la Valliére, dama de la reina, a las solicitudes de su real amante, comprendieron
las alusiones contenidas
media.
en

los

versos

de

la

co

igual gravedad aún es la acusación que pesa Bobre Moliere, por haber creado otros personajes, como Jorge Dandin, el destructor de matrimonios; él popularizó en Francia el personaje español de don Juan; suyos son Sganerelle, Argón, Celiméne y el grupo de la comedia El misántropo, reputada la mejor del teatro de Moliere. Tal vez no hay que juzgar al teatro, en general, por las obras de Moliere, ni seguir en absoluto a Bossuet en su condenación, porque el gran obispo escribió su obra sobre el teatro cuando él era testigo de los propósitos que perseguía Moliere en cada
De
de sus obras y de los funestos resultados que recayeron sobre la corte después de la representa ción y de los aplausos de los cortesanos que oían
una

celebrar los desvarios del rey en magníficos versos y en burlas sangrientas contra los que los critica ban. El teatro será escuela de moralidad si los autores obedecen a las leyes eternas de todos los siglos, y será escuela de corrupción si los que dedican su talento a componer dramas y comedias cultivan el

166

vicio por propia inclinación
dinero.

o como

medio de ganar

He

dejado hasta ahora, sin hacer alusión,
como es

a un

tema muy delicado rey.

el de los confesores del
no en

paz

Terminadas las guerras de religión, espiritual para la Iglesia Católica
con

vino la Francia.

unidad jansenismo y galicanismo. Era una época de en las univer decadencia de los estudios teológicos sidades, y la verdadera ciencia de la teología habíase La doctrina sufrió Roma
con

el

su

con

el

en los conventos. Bossuet, Fenelón y al otros, eran una excepción. En esos momentos apareció la figura ascética de Blas Pascal. El episcopado francés designado por los reyes, si no estaba dividido en cuanto a los principios, en el hecho vivía separado por la falta de comunica ciones, por la resistencia que puso el poder civil a la celebración de concilios provinciales, y por el mismo origen de las candidaturas episcopales. Algu nos obispos salían de la parte más sana y más estu diosa del clero, como Bossuet, Mascarón y Fenelón: otros de la nobleza cortesana, y algunos heredaban las sedes episcopales, de tíos a sobrinos, dentro de una misma familia, como ocurrió con el arzobispo de París, que era un feudo de los Gondy, duques de Retz. Hubo un cardenal de Gondy, santo varón, amigo de San Vicente de Paul; su sobrino, el gran literato, amigo de madame de Sevigné, en su vejez,

refugiado
gunos

conocido
a

con

el nombramiento de la

el nombre de cardenal de Retz, recibió obispo coadjutor con derecho
y fué necesario que Luis XIV lo
en ence

sucesión,
en

época de la muerte del no pudiese tomar posesión de la sede metropolitana y obtener de ese
rrase

la Bastilla

la

tío por muchas modo Así
su se

razones

y para que

renuncia.

explica la falta de unidad del clero
como

en

la

época de las polémicas jansenistas, y cuando apa
reció el galicanismo la autoridad civil. Blas
la

doctrina

amparada

por

Pascal, el

autor de los Pensamientos
su

sobre

religión,

que fué

obra maestra y que ha sido

considerada por algunos autores como una de las obras más importantes salidas del cerebro humano,

fué también el autor de Las Provinciales. Vivía Pascal
íntimamente unido
con

Antonio

Arnauld, el jefe de la escuela de Port-Royal que había recibido sus inspiraciones espirituales del célebre abate de Saint Giram, discípulo de Jansenio. El señor Arnauld era nieto de hugonotes, profunda mente cristiano, pero dominado por ideas precon cebidas ancestrales. Uno de sus abuelos, el señor du Bourg, había sido condenado a muerte por el parlamento por la difusión de ideas contrarias a la autoridad. Eran esos los hábitos de la época, justa mente condenados por el espíritu de caridad y de
tolerancia que dominaron al terminar las guerras de

religión Los jesuítas habían sido los enemigos declarados del jansenismo; Arnauld y sus amigos fácilmente
obtuvieron de Pascal que escribiese la serie de cartas

' —

158

'v^
i

conocidas

con

el nombre de Los
en

Provinciales,
según la

de
vo-

'■
i

donde

se

extraen hasta

nuestros días los argumen-

tos contra los

jesuítas

y aumentados

1

luntad del comendador.
No se comprende, si se conoce el carácter de Blas Pascal, elevado y noble, cómo pudo consentir en entregar su pluma para una venganza ajena, y cómc toleró la publicación clandestina de Las Provinciales que aparecieron anónimas. El nombre de su verda dero autor no se dio en el proceso que se siguió contra los impresores por la policía de París. En esa época no existían casas editoras de libros; el negocio de las imprentas era muy modesto; trabajaban en el taller el propietario y dos o tres empleados, y el impresor era al mismo tiempo editor responsable, Una legislación muy estrecha entregaba a la po licía la vigilancia de los impresores. Una publicación anónima, como era la de Las Provinciales, era un delito. El impresor se vio en la necesidad de dar el nombre del autor y apareció como tal un monsieur Saint-Gilíes, conocido janse nista y que residía en las inmediaciones del foco sectario de Port-Royal. El delito de clandestinidad

ciales,
y de

en

gran

parte,

su

quita a Las Provin importancia moral aún
su

después de
Pascal
que los
se

conocer

el nombre de

verdadero autor

reconocer sus

grandes méritos literarios.
de las acusaciones
una

j

hizo

eco

siguientes: i
¿
~

jesuítas

tenían

moral

especial

modaban según las
estricta moral de y constituían
un

circunstancias;

que acóque falseaban la

Cristo, destruían el ideal religioso peligro para loa estados que se

159

hombres y sus teorías. No dejaban gobernar por pudieron encontrar los jansenistas ni un polemista
sus

de mayor moral.
guen el
ese su

talento, ni

un

hombre de
que los

un

mayor valor

no persi objeto de corromper las costumbres; no es designio. Tampoco pretenden reformarlas, porque sería una mala política. Tienen tan buena opinión de ellos mismos que persiguen para el bien de la religión que su crédito aumente y que sus influencias les permitan gobernar todas las con ciencias. Las máximas evangélicas son severas, y les sirven para gobernar cierto número de personas; ellos las ponen en práctica en las ocasiones en que

'Sabed— dice Pascal

jesuítas

les
mas

son no

favorables. Pero

como

esas

mismas máxi-

.¡}^
''m

calzan para la mayor parte de las gentes, ellos las dejan caer en desuso para satisfacer a todo el mundo». Esa acusación y otras derivadas de la anterior,
son

^|
■'*'

conocidas

con

el nombre de la casuística de los

jesuítas y de la teoría del probabilismo. Los discípulos de Port-Royal, que hasta nuestros días con tinúan la campaña contra los jesuítas, definen la casuística de la siguiente manera: «La casuística da, para casos particulares, reglas especiales que
autorizan
la

;f'
jjjjg

'^H

"^^^.

violación
una
se

de

los

mandamientos.

Se

presta
casos

a

la

ley

en

que

adhesión abstracta; pero, en los ejecutan actos contra la ley, se

permite argüir
.

razones

especiales

que

nacen
a

de

-4%M

situaciones que destruyen la ley y dan lugar

las

excepciones» El probabilismo

lo definen los

enemigos de la

100

congregación de la siguiente

manera:

«Consiste

en
j

asimilar las verdades de la conciencia y de la fe a las cosas y hechos que nosotros no conocemos sino
por el testimonio de los otros hombres».

Según

esa

delictuosos si
o

se podría mentir y ejecutar muchos actos se cuenta con el apoyo de la palabras consejo, de personas que atestiguan la mentira la maldad. La conciencia individual es y disculpan inútil, si se puede seguir lo que aconseja Pedro o Santiago, si son personas notoriamente aceptadas

teoría,
del

como

buenos

en

la sociedad,

Los dicen

jesuítas

se

han defendido:

«no

aceptamos—

ni la casuística ni las doctrinas del proba bilismo»; ellos lo han dicho en todos los tonos y en

todas las ocasiones que
hacer la defensa de
su

se

les ha

santa

presentado para congregación. Es una

mala

interpretación la

que esas doctrinas se los escritos de los jesuítas y en la enseñanza, donde han sido durante siglos los más eximios maestros. Han desafiado
senten las
a sus

que ha permitido asegurar encuentren en sus reglas, en

pruebas de

esa

contradictores para que pre acusación.

esa doctrina; si condenan, como se comprueba por sus numerosas declaraciones, la acusación desaparece. Ellos son parte y testigos a la vez. La discusión queda reducida

Si ellos oficialmente desahucian

la

a una cuestión de hecho y de investigación histórica. Pascal acusó a los jesuítas de su época de haber

^

sustentado
y la

esa

doctrina; ellos

rechazan la doctrina

siglos,

acusación histórica. Sin embargo, durante dos todos los autores de la escuela enciclopédica

j
A

161

levantan

a

Pascal y hacen de Las Provinciales la
proceso histórico.
a unos

cabeza de
No

un

seguiré ni

ni al otro,

en esa

polémica

meramente histórica. Un gran escritor de nuestros

días, Fortunato Strowski, ha agotado la discusión
con

notoria

imparcialidad

en

su

obra Pascal y

su

tiempo.
Allí pueden encontrar los hombres de estudio la verdadera fisonomía del gran escritor cristiano que

prestó
tas.

su

pluma

para la venganza de los
uno

jansenis

Puede aceptarse a Pascal como res apologistas del catolicismo y

de los mayo puede, al mismo

tiempo, separarse de él en la apreciación de Las Provinciales, obra del fanatismo de una secta que erró el camino de la verdad con todas las aparien
cias de la virtud. La defensa de la admirable congregación se tiene impertérrita en la línea de conducta
por
su

man

fijada desgraciada polémica pro viene el nombre despectivo de «jesuíta», que hasta la gente culta, que ignora esos antecedentes, da a
fundador. De
esa

tos hombres que aparentan la verdad. Hubo
en

ser

virtuosos y ocultan

en

esa

época

una

división muy marcada

la familia cristiana francesa; los que seguían a los jesuítas y se conformaron sin reservas con la Bula Vnigenitus, destinada a poner término a la disiden cia, y los jansenistas públicos y ocultos que, o la resistieron de
sus
o

la aceptaron

con

protestas

en

el fondo
con-

almas.

Los directores de las conciencias sufrieron las
n.

162

secuencias de
sin
otros

esas

divisiones. Los jesuítas

siguieron
man

reticencias, la doctrina aprobada

por Roma pero

quedaron dentro de la ortodogia,

tenían ciertas esperanzas de
a

una

una reacción favorable parte de las doctrinas jansenistas, y, con la

Antonio Arnauld y Port
Las disidentes fesadas de los
se

mejor buena fe y creyendo servir el espíritu severo de la Iglesia primitiva, manifestaban simpatías por Royal.
-

dividían
se

a su

turno;

a

las

con

jesuítas

les daba el nombre de

esa

congregación, y a las del célebre padre La Tour, director del Oratorio, se les denominaba 'les tourettes*. El padre La Tour había pertenecido al gran mundo; había sido gentil-hombre de la Grand Ma"
sociedad y la forma duciendo en ella. El demoiselle y conocía los defectos verdaderos de la como los vicios se iban intro
de

penitentes el juego
de la

perseguirlo galantería. Uno de los discípulos de Port Royal, Nicole, es cribió sobre la galantería, palabra muy usada en esa época. Su definición es la siguiente: «Hay una ga lantería espiritual y otra peligrosa porque conduce
-

porque creía que

padre La Tour prohibía a sua azar; era implacable para era el primer escalón

a

la sensualidad. Pueden existir las relaciones de amistad meramente espirituales dentro del marco

de la inocencia.
recen

acompañadas de
esa

Pero, cuando esas relaciones otros vicios, como el de

"

apaaca en

parar dinero,

amistad degenera fácilmente
son

afición culpable». Esos temas, que
cutían entonces

de todos los

tiempos,
y

se

dis

en un

lenguaje filosófico

abstracto.

163

y mantenían

en

constante ebullición

a

las damas de
y
a

la corte,
rettes».

a

las

penitentes de los jesuítas

las *tou-

días, ville, dice que el siglo de Luis XIV conoció grandes pecadoras, pero fué el siglo de las grandes peniten tes, y lo atribuye a que la fe cristiana reinaba aún en la sociedad. En cambio, en el siglo siguiente, hubo pecadoras y no hubo penitentes; era el siglo de Voltaire y de la marquesa de Chatelet, la ninfa Egeria de la impiedad.

Un autor de nuestros

el conde de Haussom-

opinión

He hablado de Blas Pascal y he manifestado m acerca de la injusticia que encierran las

cartas contra los

jesuítas,
unas

Las

Provinciales;

pero, aún

exponiéndome pensamientos. pensamiento

a

salir del
ese

marco

debo también decir En

pocas

de este estudio, palabras sobre Los

cristiana de Pascal. Obedece el

libro está el alma buena y plan de la obra a un

filosófico: «debe reconocerse, dice, que la razón humana es limitada; no es infalible; y la causa de su debilidad es la concupiscencia. Tan

absurda

es

la duda universal
no

excesiva, porque

como la credulidad todas las verdades pueden ser

demostradas por la razón. Lo que se encuentra en cima de la razón no es contrario a ella. Si nos de jamos llevar absolutamente por nuestra propia

ciencia,

nos

apartamos del camino de la verdad

y

de la salvación, porque la no es cosa divina ni puede

verdad,
ser

sin la

caridad,

deseada». Esa obra

no está al alcance de todas las inteligen cias, pero es consoladora para todos; porque levanta el espíritu de quienes viven separados de la reli gión y no la practican; les promete la ayuda divina si han guardado la fe en Cristo y adquieren la pu reza del corazón. «Hay que vivir con Dios, o sin Dios, dice; y la elección no es dudosa, pues, en el primer caso todo se gana y nada se pierde; en el segundo caso el hombre está en peligro de perderlo

de Pascal

todo».
En
esas

cortas frases está encerrada la doctrina

cristiana de Pascal,
Pero
que la

hay una acusación que no hizo Pascal, pero repiten los comentadores de Pascal: los je

suítas fueron los confesores de los reyes de Francia desde Enrique IV hasta Luis XIV y Luis XV. Esos
reyes

aparentaban vivir

como

cristianos, asistían
en

a

los

sermones

de Adviento y de la Cuaresma
se

la

capilla de los palacios reales. Si los predicadores,
cuyas obras
conservan,

mantuvieron la verdad

integral de la moral cristiana, ¿cómo podían los confesores jesuítas aprobar o tolerar el lujo de la corte, los escándalos que eran una de sus más lógi cas consecuencias, y la permanencia en ella de las reinas de la mano izquierda? ¿Cómo pudieron autorizar la legitimación por un Edicto firmado por la mano del rey y registrado como ley por el Parlamento dócil y servil de los hijos nacidos en Versalles a mademoiselle de La VaUiére y a la marquesa de Montespán? Sería ese, si el hecho se pudiera comprobar, que los confesores acataban o daban su aprobación a
»

'

»&f%*

165

pecados públicos, un caso de casuística. Pero nada hay de exacto en esa hipótesis que no está ajustada a la verdad.
esos

Esa acusación

se

encuentra

en

esa

barata literatura contra los jesuítas. Estos habrían ido a buscar a la corte de esos reyes un medio para
aumentar
su influencia. El pastor protestante Voen la Gran Enciclopedia, dice: «El padre jesuíta La Chaisse absolvía anualmente los adulterios del

abundante y

llet,

riU?ionEi'Lf¿)ate
emperadores,

^reS°ire>

1ue

apostató
esa

en

la

revo-

escribióTa" Hitío^dTta^i^Sr^mli^S^^.^.
y los condena por misma
causa.

Los confesores jesuítas encontraron graves difi cultades, dice un autor moderno; el profesor Jean Guiraud, de la Universidad de Bezansón; es muy

delicada la situación de

un

confesor ante

un

prín-

jj

cipe decidido a no romper con sus desórdenes. El excesivo rigorismo le impide en el porvenir ejercer su influencia para conducirlo hacia una vida mejor. Por el reverso de la misma cuestión se expone, en el
caso

MM

Ij

"™

de aparentar complacencia,

a

producir

un

es

cándalo por su actitud. Es muy difícil precisar cuál fué, en cada año, la conducta de los confesores de Luis XIV; las reíaciones del penitente con su confesor están condenadas al misterio por el secreto de la confesión. Pero

.,^» '■' ^

hay

otros

medios para establecer

la verdad.

La
'-.•■•

teología moral impide al confesor dar la absolución a un penitente que permanece en estado público de pecado sin que una demostración, también pú blica, pueda justificar la sinceridad de un arrepen-

'**$$

_.

-»-

Tampoco podía Luis XIV acercarse a la pascual mientras La Valliére o la Montespán vivieran en su propio palacio. Sin embargo, el rey asistía todos los domingos ^»^*«-4a misa en la capilla real; seguía fielmente las
timiento. comunión

ceremonias de la
bles
sermones

cuaresma

y asistía

a

esos

admira de la

de los

predicadores oficiales

corte. Pero hay un hecho del cual dan testimonio las Memorias de algunos de los cortesanos: que Luis XIV durante ese largo período no se acercó a
,

j___

---tji.urq.ftq

ue ia Jras-

EíSP1 h no~^e11j'os capellanes

de la

capilla particular

del rey en Versalles, el abate Oroux, en su Historia eclesiástica de la corte de Francia fija la fecha en que Luis XIV
recibir la
año
se presentó, después de muchos años, a comunión; fué en la Pascua siguiente al

1682.

Veremos más adelante la

importancia

de haber podido conocer esa fecha. El señor Guiraud da en su interesante obra los
nombres de los
sores

j

padres jesuítas que fueron confe de Luis XIV; el padre Paulin, en su primera juventud; el padre Annat, después; el padre Ferrier, en seguida, y por último el célebre padre La Chaisse,
que

ocupó

ese

cargo de confianza durante treinta

y cuatro

años, desde 1674 hasta 1709.

El Padre General de la

Compañía de Jesús

auto

rizaba desde

Roma
de

a

¡iceptar el
-

cargo

los miembros de ella para confesores de los reyes, pero

les

indicaba,

al mismo

cuales debían sujetarse. «El confesor no debe apa recer en la corte sin ser llamado, dicen esas ins-

tiempo, ciertas reglas

a

las
¡

trucciones,

a

menos

que ocurra

una

necesidad de

167

piadoso; él no debe jamás mezclarse en los negocios políticos, ni encargarse de obtener mer
carácter

cedes ni de solicitarlos
de
una

a

menos

obra de

piedad juzgada
que

que por el

sea

a

favor
supe

padre

rior de la

pertenezca el confesor». El Rey-Sol, desde su edad temprana, cobró afi ción a las estrellas de la corte; los historiadores y el
casa a

gran cronista de món, las

su

reinado, el duque

de Saint Si

enumeran

tancias

en

bshw.--^

y dan sus nombres y las circuns que rindieron sus favores ante el poderoso
—._

j Uaa k señorita de La Valliére y la marquesa de Montespán ■aremn»^ .jz^íos retoños fueron legitimados por decreto firmado de

del rey y registrados por el Parlamento de París. Dentro de las costumbres de la monar quía, el rey y el Parlamento reunidos podían con vertir en blanco lo que, a la luz del día, era ne
la
mano

gro.

Estos
en

que

era

grandes escándalos ocurrieron en la época confesor el padre Annat. De este sacer
memoria
romper
sus

dote

hacen honrosa
y los

compañeros de

Congregación
cia. Si él
no

historiadores del clero de Fran
esas

pudo

tampoco hay testimonio que han que las toleró. Sus esfuerzos
dos
su

uniones al nacer, autorice para decir

quedado guarda

en

el secreto del confesionario y el silencio de

tumba. Durante el año 1667 el escándalo de la corte tomó proporciones de una audacia descono
cida hasta
ese en

día. El rey salió para la campaña de
su

Flandes,

y

misma

carroza

iban la

reina,

la

Valliére y la Montespán, damas de María Teresa. En ese mismo año el moralista del rey, Moliere,

fueron

representó el Anfitrión donde los aplaudidos y se oyó aquel
'No El
es

amores verso:
con

de Júpiter

deshonrosa la

partición
en

Júpiter»,

la misma época al Padre General invocando razones de salud para que le fuese admitida la renuncia del cargo de con

padre

Annat escribió

quejó de que esaa padre Oliva, que ejercía las funciones del generalato ante las instan peso7 y el cias del jesuíta, aceptó Jes^íw*»->--J rcmer "rae "designado en su lugar, El nuevo confesor permaneció en el delicado cargo
funciones
«~-

fesor del rey; al mismo tiempo se eran bien penosas. El

cuatro
en

años, desde 1670 hasta el día de

su

muerte

1674. El padre Ferrier estuvo en gran estima en la corte; el rey lo oía en los casos en que era nece
sario hacer nombramientos eclesiásticos. El minis tro de Lionne escribió al padre Oliva agradeciendo
en

nombre del rey esa designación. En una carta del mismo padre Oliva, escrita desde Roma, coloca al padre Ferrier en su estimación al lado del padre

Bourdaloue,
ron a a

de

decir que

quien ni los jansenistas se atrevie transigía en materia de moral. Si

juicio del Padre General los dos jesuítas merecían igual confianza ¿se podría cargar sobre la memoria
del padre Ferrier la acusación de haber transigido en el confesionario con los desórdenes de su peni tente? La verdad se encuentra en las memorias de La Beaumelle, quien asegura que, en los cuatro años del padre Ferrier, Luis XIV no se confesó una sola vez. Eran los tiempos de los triunfos de mada me de Montespán, y, en esos días

mademoiseUe de

169

La Valliére tomaba el hábito de penitente en el convento de las Carmelitas. Le sucedió el padre La Chaisse en 1675. Comen zaba en ese mismo año el reinado, sin rivales, de la
marquesa de
en se
,,-,

guraba definitivamente
veinte

año más tarde se inau la permanencia de la corte Versalles ya terminado. A la reina el castillo de le asignarán once piezas en el segundo piso y a la

Montespán. Un

¡ü.

-.l

en

el

primero.

En medio de

ese

fausto asiático comienza la serie de los

«pecados

reinantes», de

que habló Bossuet. Saint Simón dice que el salón de la marquesa era el centro de la mo

narquía, de los placeres,
ranzas;

de la fortuna, de las espe el terror de los ministros y de los generales ejércitos y la humillación de la Francia. Ma dame de Sevigné, en sus cartas, dá a la favorita el nombre de Quantova y asegura que ella es el objeto de los de todos los favores y de todas las idolatrías. Contra ese enemigo tuvo que luchar el padre La

Chaisse y venció. Gracias a esa mezcla de prudencia y de firmeza que es característica en los hombres de talento, que

cumplen
su

un

deber, obtuvo
a

años más tarde separar

de la corte

reemplazo
de

la marquesa de Montespán y evitar por la de Fontanges, que murió poco
como

después

haber sido reconocida

favorita.

También murió en esos años la reina María Teresa y el padre La Chaisse fué llamado a la cabecera de la moribunda, y según la Beaumelle, no tuvo una ocasión mejor el noble jesuíta para hacer al rey útil servicio ante el espectáculo que tenía ante
un sus

ojos.

íSmw:
la marquesa de Maintenon no ha sido negado por los que han tenido ocasión de estudiar la vida íntima del gran rey; pero su testimonio auténtico no ha sido encontrado. Se
con conoce

El matrimonio de Luis XIV

Bossuet,

la intervención que, en ese acto, tuvieron el amigo de Luis y el padre La Chaisse, su
cree

confesor. Se

que tuvo

lugar

en

el año 16S3,

en

ese mismo año en que el capellán Oroux asegura que Luis cumplió aon el precepto pascual, después de muchos años de olvido de una obligación impuesta por la Iglesia a todos los cristianos, como lo era el

rey, y

su

cualidad de cristiano jamás
en

vida El

dejó de afianzarla

los actos

en su larga públicos de su

reinado.
General de la
ocurría M.
en

padre La Chaisse escribía periódicamente al Compañía para darle razón de lo que
Francia
una en

cuanto

a

religión. Es
Guiraud

historia bien

los intereses de la interesante la que

revelado, tomando datos de esa correspondencia; y ha agregado los juicios que los
ha

jansenistas, que eran las víctimas de la sus doctrinas, emitieron sobre padre jesuíta La Chaisse. Ellos sostenían, con juntamente con otros errores, que la moral cris tiana de esa época estaba relajada; querían imponer
mismos
el

persecución oficial por

a

la cristiandad la terrible estrictez de la madre
santa del

Angélica Arnauld, la
convento de Port

Royal-Tenían

los desórdenes de la corte de Versalles y podían acusar de complicidad y de debilidad al padre La Chaisse. Sin embargo, las cartas publica
mento
en

jansenismo, un precioso

en

su

argu

das por el

profesor

Guiraud atestiguan el respeto y

171

la estimación que
dotes
esa

jansenistas,

en su

dispensaron los obispos y sacer correspondencia privada, al

padre confesor de Luis XIV. Eso demuestra que, en época era pública y de suficiente notoriedad la conducta del jesuíta, prudente y enérgica, para reprimir esos males que él no podía remediar.
Desde el día del matrimonio secreto del rey co mienza el reinado en su conciencia de un nuevo moralista, que ha sido muy discutido y sobre quien luts últimos tiempos se han hecho estudios que
.,*>

permiten fijar
resultados de El
nuevo

su su

índole y la

importancia de morganática

los del

influencia sobre la conciencia real.

fué la esposa rey, la marquesa de Maintenon.

profesor

La

Marquesa de

Maintenon

CONFERENCIA LEÍDA EN EL CLUB DE SEÑORAS DE SANTIAGO, EL 18 DE MAYO DE 1927

LA

MARQUESA

DE MAINTENON

Una gran figura de la historia de Francia en el siglo XVII es la de Francisca de Aubigné, marquesa de Maintenon, esposa morganática del gran rey Luis XIV. Francisca era nieta de Agripa de Aubigné, el compañero de armas de Enrique IV. Había nacido en el presidio de Niort, donde estaba prisionero su padre, Constante de Aubigné. Era el fruto de un matrimonio bastante extraño del jefe calvinista,
que
se

¿
í

->g

casó

a

la edad de cuarenta y dos años,

con

una niña de diez y siete años, Juana de Cardillac, ferviente católica e hija del guardián de la prisión, Pedro de Cardillac. Así como la vida del abuelo, Agripa el hugonote,

,

'i

interesante, la de Constante es triste y destituida de grandeza y de toda noción moral. La nieta hereda el carácter del abuelo; su tenacidad, su cuidado por la moral en todas las acciones de su larga
es

.fp|S V$M
'

.™J j
1

vida, su espíritu recto, lucido siempre y guiada por un legítimo orgullo en medio de todas las vicisitudes de su vida. Ese orgullo, según uno de sus biógrafos,

.]
'■•.

176

:'%&

tenacidad para defenderse de las faltas a la moral. El abuelo puso esas cuali dades al servicio de la religión hugonote; la nieta Fal servicio de la religión católica.
esa

ho tenía otra base que

La vida de Constante de Aubigné no merece ser desgraciada a la esposa y a sus tres hijos. La pobre Juana de Cardillac se encontró un día viuda y sin tener como alimentarlos; el mayor se ahogó en un estanque; el otro hijo varón pudo entrar como paje a la casa de la señora de Neuillant y la tercera, Francisca, fué reclamada por su tía, la marquesa de Villette, hija de Agripa, que le dio la primera educación, como a su propia hija, en su castillo de Mursay. Francisca era una bellísima niña, de cabellos cas taños, con ojos negros brillantes, un talle esbelto y de una inteligencia precoz. Ella se sintió feliz al lado de esa tía. Pero no debía conocer la pobre Francisca en sus primeros años un momento de tranquilidad: su madrina, madame de Neuillant, denunció a la reina madre que la señora de Villette, la hija de Agripa, educaba a la huérfana en la reli gión protestante, habiendo sido bautizada por su madre como católica. Por una orden real fué qui tada del lado de la tía y entregada a la madrina, que La llevó al campo a un viejo castillo del Poitou. Allá Francisca comenzó a recibir la educación católica, pero su corazón había sido conquistado por la tía, por las dulzuras de Mursay, por el esplendor de sus grandes salones; en el castillo del Poitou se le en tregaba la llave del granero y debía ir al campo a recordada: hizo
recoger las

bandadas de

gansos y de aves domes-

4

177

ticas. La diferencia de los dos métodos de vida arraigó en su alma el cariño a la tía hugonote y una
gran indiferencia hacia el catolicismo.

Esa circunstancia y la necesidad de dar

a

la niña

pobre alguna educación, obligó

a la madrina, con el consentimiento de la madre que no podía alimen tarla, a colocarla de caridad en un convento de

Ursulinas. Allá tampoco conoció la dulzura de la vida, y un día escribió a la rica tía de Mursay: «Ve nid, mi querida tía y señora, a libertarme de esta
casa

que

más parece

un

Dios».
esa

La

dureza porque

superiora del convento sus preferencias

infierno que la casa de la trataba con
por la

religión

hugonote eran inquebrantables. Un día una religiosa tuvo piedad de ella y mezcló el cariño con las lec ciones sobre religión; oyó una controversia púbüca
entre
un

pastor protestante

y

un

predicador

cató

lico y dio aviso a las monjas de que había tomado la resolución de convertirse al catolicismo. Más

tarde, en Saint-Cyr
en

sus

años de
esa

vejez, dijo

a

las señoras de

determinación la había tomado porque había sorprendido una falsa cita de la Biblia
que

que
ser

el pastor protestante, pero que jamás pudo creer su buena tía de Villette podía condenarse por hugonote. Su conversión fué sincera, pero im
del sentimiento de

pregnada

gratitud

a

la persona

y la había tratado motivo perdió para siem el cariño y la protección de madame de Villette. pre En esos tiempos, entre la parte más joven de la que la había
como a una

recogido hija. Por

en su casa

ese

nobleza francesa,
12

dividida
se

en

el

las guerras de religión,

jugaba

a

siglo anterior por las conversiones,

_

178

_

según un cronista de la época; la juventud seguía las inspiraciones de los parientes más próximos y
de
sus

protectores

en

la corte. Una sobrina de la

marquesa de

Maintenon, la señora de Fontmont, veces de religión, y Constante de Aubigné, el padre de la marquesa, decía: «sólo Dios sabe en este momento cuál es la religión de mi pa
cambió varias riente de Fontmont»,

Después de su conversión madame de Neuillant quiso ocuparse de su linda ahijada; era su con quista; la llevó a París y fué presentada a la reina madre; se la destinaba a un convento, pero ella dio a conocer su resolución de vivir en el siglo y desde
ese

día fué necesario buscarle
en

un

marido.

Vivía

París

un

hombre de letras, enfermo y

casi paralítico, del cual los historiadores han hecho una figura que repugna con la idea de que haya

podido

encontrar

una

mujer

con

quien

casarse;

se

ha dicho que el poeta Scarrón

era

contrahecho y

jorobado. Era
el lecho
sación

un

o en una

hombre que pasaba su vida o en silla y no podía andar. Su conver

era tan agradable que jamás le faltaba la caritativa compañía de damas o de amigos que deseaban gozar del agrado de su conversación. Vivía en el hotel de Troyes, cerca de la puerta de San

Miguel,

y,

en

esa

misma

casa

se

alojaba también

madame de Neuillant con su protegida. Muy luego el poeta clavó sus ojos sobre la pobre niña tan her
mosa

y tan

seria,

que

jamás sonreía

taba atenta
;e

a las conversaciones de un salón donde cambiaban ideas sobre todas las cuestiones del

y

siempre

es

179

día, donde dominaba
yor

la

poesía

y

se

guardaba el

ma

respeto a la moral. Francisca vestía muy pobremente y el poeta creyó
facultado para hacerle
sus

estar

preguntas sobre

su

pasado y sobre pobre niña, que
llanto.

esperanzas para el porvenir; la veía ese porvenir triste y destituido
no

de toda esperanza,

tuvo otra

respuesta

que

su

era

Eran los días de la revolución de la Fronda y no fácil la vida en París, para una niña destituida

de todo recurso, y su madre volvió a tomarla para llevarla a la vida miserable de Niort. Poso tiempo duró la

quedan vestigios de murió en esa época
en un

permanencia de Francisca en esa ciudad; no la pobre madre; no se sabe si
o

si vencida por la suerte
en un

se

encerró voluntariamente
paz. La hija amigo de la
una

convento para morir

de

partió para París; fué recibida por familia, vestida con el pobre traje sirviente, con un delantal gris, fué llevada

de visita a la casa de Scarrón, y, después, a las Ursulinas. La madrina, madame de Neuillant, que la había sacado del castillo de Mursay, donde la
tía de Villette tenía por Francisca la afección de

madre, concibió para ella un matrimonio cügno pariente pobre, y le dio como solución de su vida el encargo de cuidar de la vejez y de las en fermedades del amigo de las damas serias de la
una

de la

desgraciado poeta Scarrón. ¿Quién mejor podía cumplir con afección y sacri obligación? Francisca aceptó. En sus con versaciones con las damas de Saint-Cyr, la vieja marquesa les dijo: «tuve que elegir entre el conépoca,
ficio
el que Francisca
esa

isf1—
en

X

vento

y

ese una

matrimonios;

ambas partes había
en

para ella

ocasión para sacrificarse

beneficio

del

prójimo; no tenía vocación; prefirió el siglo, la conversación, la alegría y su resolución, madura mente meditada, no encontró oposición dentro de esa alma dominada ya por la desgracia; y resuelta a tomar la vida por el único lado práctico que se presentaba. La tía de Mursay no envió ninguna protesta; en la rigidez de su vida de hugonote no perdonó a la
niña
su

1

conversión al catolicismo; la madrina de
no

Neuillant crificio
se

ofrecía otra situación
con

mejor,

y el

sa

honra para Francisca, y sin que el historiador que examina hasta los menores detalles haya descubierto motivos de crítica para
consumó
esa

Esa niña que había sido
vez

resolución muy heroica. fijaba de ese modo
que había conocido

católica, después hugonote
el abandono y

la

católica, desgracia,

porvenir, que una segunda su rigor la pobreza, tenía, en el
su

y

en

todo

de casarse, la edad de dieciséis años. Scarrón había sido el poeta de la revolución de la Fronda; en su silla de enfermo había sido condu cido al palacio de la reina madre y ella lo recibió
momento
con

el mayor afecto y le

dijo: «Vos seréis mi enfer

mo».

Sus amistades de la revolución lo relación con el ex-cardenal Paul de

bre literato que, si no se encuentra preso lla en el momento de la muerte de su

pusieron en Gondy, el céle
en

la Basti

arzobispo de París, entra al gobierno de la diócesis propio. Sus amigas eran las más por derecho

tío, el viejo

181

graciosas aliadas de la Fronda, que decían agudezas, y hacían picardías sin salir de los límites de la Ucen
cia. La tertulia del poeta veía llegar al mariscal de
era alegre y decente. Se Albret, al duque de Richelieu, a madame de Sevigné, a la señorita de Scua la de Lafayette. El poeta les decía dery, marquesa sus sátiras y ellas le correspondían con chanzas y con

la
no

narración

de

la
a

crónica

de la

ciudad
cura

aún de la

bien reducida

la autoridad real. De

esas con

versaciones salió la anécdota de que el

entre las preguntas litúrgicas, había agre gado una nueva el día del matrimonio del poeta: "¿podéis ejercer el matrimonio? y el poeta habría respondido: «esa es cuestión de la señora solamente», Las largas horas de ociosidad del extraño menaje se llenaban con la lectura de los clásicos; Francisca aprendió el latín, el español y el italiano, y adquirió

parroquia,

esa

sólida cultura literaria y filosófica que causaba

de

la admiración de la corte de Versalles en los días su esplendor y la de sus alumnas de la casa de
en

Saint-Cyr

sus

últimos años.

En la vida de

ese

matrimonio ambos dieron

cum

plimiento a lo que mutuamente se habían prome tido; él daba lo que tenía: una pobre suerte; pero era una suerte para quien nada tenía; ella, daba en conciencia, su presencia en un hogar desierto que
necesitaba una nota de alegría. Francisca tuvo durante su vida el hábito de las cartas; la mayor parte de ellas, cuidadosamente conservadas por las damas de Saint-Cyr, han sido

publicadas;

de

esa

época sólo
su

se

conserva

una.

In Au-

vitados Scarrón y

esposa por los

duques de

mont para

de la Infanta María ella de

presenciar desde sus balcones la entrada Teresa, la esposa del rey Luis, dio sus impresiones a sus parientes de provin

'

3

cia; la ceremonia duró diez horas. Ella permaneció" pié sin cansarse; deseaba conocer al joven rey, del cual había oído decir que era bello y majestuoso; pasaron setenta y dos muías cargadas con los ba gajes de la infanta; después los sirvientes de la casa de Mazarino, el ministro; en seguida, doce carrozas tiradas por seis caballos cada una; después los mos queteros, la guardia real, los jóvenes de la aristo cracia brillantemente vestidos con trajes bordados de oro algunos, y de plata los otros; en seguida, la joven reina con sus cabellos castaños adornados con espigas doradas; la carta termina con la siguiente
frase: «la reina debió acostarse tarde
tante
en su

lecho

en

la

de

ese

día, bastante satisfecha del marido

que ella había

escogido». Es una observación bas profétiea en la pluma de la que veinticuatro
habría de
ser

años más tarde

la esposa del mismo

rey.

Cuando la reina Cristina de Suecia visitó París, quiso conocer a todas las celebridades y llegó a la casa de Scarrón. Inteligente y bella poetisa ella

también, al despedirse del pobre enfermo, le dijo: «os doy permiso para enamoraros de mí; vos seréis el enfermo de la reina, y seréis mi Rolando».

El poeta vivió nueve años

monio; falleció
meses

a

vida escribió 8U Romance cómico. Fran cisca le servía de secretaria. A su amigo Segrais le «sé que muy pronto he de dijo: la no

de

los cincuenta años;

después de
en

su

matri

los últimos

su

morir;

dejo

183

vida sino

con un

pesar: el de abandonar
me

a

mi

mujer

que tiene tantos méritos y que

ha dado

razones

para llenarla de alabanzas». Quedó casada, dice uno de sus biógrafos,

viuda, sin ser a la temprana

edad de veinticinco años; y quedó tan destituida de recursos, como el día en que se casó.

su

Comienza para la hija de los Aubigné la época de vida pública; hasta ese día, encerrada en el marco

modestísimo de
a a

su pobres medios, habíase limitado cumplir deberes y ¡qué deberes! Obediente, sumisa la voluntad ajena, no había despertado ni su voluntad de fierro ni su inteligencia destinada para dar consejos y para ordenar a quienes tenían con

tacto

con

ella,
se

Numerosos autores
esa

han

ocupado de estudiar

fisonomía tan interesante para fijar con exacti tud los hechos y comprender el carácter de la mar
quesa

de Maintenon.

Entre

ráneo, el duque de
ción

Saint

ellos, uno contempo Simón; otro de la genera

siguiente, Voltaire,

y dos escritores de nuestros

días, el conde de Haussonville y madame Saint-René Taillandier, la notable escritora, sobrina de Hipó lito Taine, dan en conjunto, la luz suficiente para juzgar la fisonomía moral de una mujer tan com plicada en su historia, como fué la esposa morganática de Luis XIV. Los dos primeros son enemigos de la marquesa; los dos últimos han rehabilitado su memoria. El duque de Saint-Simón, realista, amigo del

y compartió la responsabi errores del gobierno de este último; no pudo perdonar a la marquesa la audacia de la for tuna de esa mujer que, de la situación humillada por la pobreza, alcanzó a subir al lecho del gran rey; tampoco quiso perdonarle el reinado de la

regente, tomó los odios

lidad de los

moral

en

la corte durante los treinta años de
con

su

matrimonio

el rey.
su

Voltaire
hechos la

perdonó principales de ese reinado, su protección a religión y su intervención en la revocación del
no
en

le

influencia oculta

los

edicto de Nantes. El conde de Haussonville, realista como SaintSimon, perdona la audacia y la excusa, y juzga que era un suceso lógico y natural el lazo que anudó la existencia de Luis
a

la de la señora que le sirvió de

guía

y de

mino al de

consejera en su resolución de poner tér período de sus escándalos.

La señora Saint-René
ma

Taillandier, digna discípula

de su siste de escribir la historia aprendida de su tío y recoge los pequeños hechos verdaderos, los com prueba, los expone y hace la pintura exacta de la vida real de la época. ción de la vida de Francisca de

Hipólito Taine, aporta la sabiduría

Apoyada en esos testigos puedo seguir la narra Aubigné, viuda de Scarrón en el período más difícil de su vida. He dicho que la viuda quedó sin recursos de for tuna, pero quedó rica en amistades con un cono
y

cimiento perfecto de la vida literaria de la época. Presentáronse los acreedores del poeta; Francisca vendió el mobiliario y pudo pagarlo todo. Una bella

j J

189

tela

regalada
es uno

al poeta por el

hoy
fué

de los ornamentos del Museo de

pintor Poussin y que Louvre,

entregada a un judío; el retrato de madame Mignard y la platería todo se vendió; pudo conservar ni su dote de viuda asegurado por un acto notarial en el mo mento del matrimonio. Los amigos ricos no acudie ron en su ayuda, y algunos cobraron pequeñas sumas de dinero prestadas al poeta. A su tío M. de Villette le escribió: «Estoy destinada a no ser dichosa y tomo la cruz con gran resignación». Pidió un asilo, como pensionista pobre, en un convento fundado por la reina Ana, la amiga de su marido; a su locutorio llegaba la vieja soberana acompañada de la reina María Teresa, tan piadosa como ella, y, las visitas al convento de las personas de mejor situación social eran frecuentes y la viuda podía hacerse la ilusión de encontrarse en medio del mundo; pero ella se presentaba a sus amigas en toda la desnudez de su pobreza y sin carbón en
Scarrón por nada fué salvado. No
la chimenea
para

calentar la temperatura de
su

su

desmantelado cuarto. Pobre, conservaba
un

dignidad

y

se

asociaba

a

la vida de las religiosas que, ideal. Una de bió
nas
sus en esos

como

ella, perseguían

amigas, Magdalena
su

días

de la novela

era una

de Scudery, escri novela Clelia. Una de las. heroí viuda agradable, espiritual,
como

que había pasado por el matrimonio, así entrado. La Scudery la describe como
era

había

sigue:
esa

«Lilianne grande y esbelta, gran deza de cuerpo que no causa espanto y que sirve

pero de

-18,-

sólo para admirarla con simpatía. Su tez era de un blanco resplandeciente y sin sombras; sus cabellos

^;
^

agradaba mirarlos, la nariz bien formada, la boca pequeña, el aire noble, dulce, ale gre y modesto. Y para rendir homenaje a su per fecta belleza, tenía unos ojos negros, brillantes, dulces, apasionados y cuajados de un talento que se dejaba comprender al mirarlos; los ojos más
bellos del mundo. Unía
encantos que
una

castaños claros y

triste melancolía

a esos

generalmente la acompañan. Su ta relación con su belleza; era la reve lación de un alma grande, agradable y sin contornos para desfigurarlo; hablaba con justicia y naturali dad; de buen humor y sin afectación; sabía más cosas que la mayor parte de sus visitantes, pero cuidaba de no darlo a conocer. No jugaba el papel de mujer bonita e interesante, de modo que todos los que se acercaban a ella podían decir que me recía esa fortuna de ser bonita e inteligente», La pintura es de mano de maestro y, sólo con ese conjunto de cualidades, puede explicarse su rara fortuna después de tantas desgracias. Con la viudez vino la reconciliación con los pri mos de Villette; y una de sus amigas, madame de Motteville, alarmó la conciencia de la reina Ana de Austria, haciéndole concebir temores por la suerte de tan hermosa joven en tal situación de pobreza. La reina le asignó una pequeña pensión sobre su caja personal. Era lo necesario para ves tirse y para pagar la módica pensión del convento.
lento estaba
en

El grupo de señoras de la primera sociedad que visitaba a la viuda de Scarrón aumentaba cada

187

día y, después de algunos meses, ella visitaba a su vez los salones de la duquesa de Richelieu y de ma dame de Sevigná. En uno de ellos tuvo ocasión de trabar amistad
con una hermosa joven, Athenais de Mortemart, que acababa de casarse con el mirqués de Montespán, primo de los Richelieu. Esa amis

tad fué la
t:\n.lc.

causa

de

su

elevación veinte años más fué nombrada dama
ver

La marquesa de

Montespán

de la reina;
a

en ese

cargo tenía ocasión de

muy

menudo al rey que estaba ya en amores con la señorita de La Valliére. Los historiadores han po dido

registrar
a sus «en

hasta

en

sus

menores

detalles la cró

nica oculta de la vida del rey; sin

embargo, él les
ser

decía ellos

cortesanos que

deseaba

servido por

el misterio del respeto». El abandono de

La Valliére y su reemplazo por la marquesa de Mon tespán fué la obra del tiempo y de la promiscuidad

de la vida de la corte. En esos días madame Scarrón pensaba con mayor seriedad en tomar el velo de la3 religiosas y había buscado
un

confesor,

«que conociera el

siglo,

decía

ella,
en

pero que no viviera en el siglo», y lo encontró el abate Gobelin, un sacerdote sabio, de emi nentes virtudes; el confesor no encontró base para
su

la vocación de
se

penitente.
esta situación de

3e encontraba

en su

duda, cuando

acordó de ella

amiga, la
no

marquesa de Montes

pán. ¿A quién podía
de la mahí marquesa,
de todas las lenguas.

entregar el
ser

nacer? Hijo del secreto,

hijo que le iba a podía, según los cálculos entregado a la divulgación

'"''

188

■-

de
a

la solicitud de
y

es página triste de la historia de Francisca Aubigné. Ella para contestar favorablemente £ su antigua amiga, pidió ser admitida una audiencia del rey. ¿Qué conversaron Luis XIV la hermosa viuda? Nunca se ha sabido; sólo queda
una

Esta

la

en

de
a

sus

cartas la declaración de que el rey
cargo de confianza que
se

le
a

pidió
su

que
su

aceptase el
conocida el abate

ofrecía

ella
le
en

director, no podía negarse a una orden del soberano y fijó la pauta a que debía amoldar su conducta
una

discreción; que ella consultó Gobelin, y éste le dijo que

misión tan delicada.

se considera la orden del rey, que pudo te importancia que le concedió el confesor en tiempos de monarquía absoluta, aparece acom pañada por la ley de la necesidad; la pobre viuda carecía de los medios indispensables para mantener

Si bien
la

ner

esos

a que las circunstancias y sus excelentes relaciones de amistad la habían colocado. Ella pudo

el rango

decentemente salir del convento, tomar en arriendo un departamento desde donde podía atender las obligaciones que la imponía la delicada misión reci bida del rey, La memoria de la viuda de Scarrón ha
manchada por
ese

acto de
sus

de ella el pedestal de
avenía ciertamente las tentativas
se

quedado debilidad; Voltaire hace burlas; ese oficio no se

con el de esposa del rey y con que, al decir del duque de Sainthicieron más tarde para darle el rango y el título de reina. Los hijos de la marquesa de Montespán aumen

Simon,

taban y los cuidados de la "gouvernantes crecían

--

189

por la

obligación de guardar el
su

secreto. En la
a

na

rración de

vida que ella hizo

las damas de

Saint-Cyr, les contaba que «iba de una nodriza a otra, disfrazada, llevando ropa limpia o aumentos; algunos días se veía obligada a pasarlos fuera de su casa cuidando a los niños enfermos, y a veces tras nochaba fuera de París; entraba a su casa por la
puerta de atrás
tomar la y
se

cambiaba de vestidos para

carroza en

visita al

palacio
sus

de los Richelieu

la puerta principal para ir de o de los Albret y
a una

evitar que

ausencias pudieran dar motivo
esos

sospecha».
El rey estaba satisfecho de

servicios,

de

ese

sacrificio modesto, prestado
en

con

tanta habilidad y

la obscuridad; le había prometido recompensarla, pero nunca le había dicho en qué consistía esa recom
pensa.

Más tarde, ella

se

encargó de la educación de
esos

esos

hijos

y

coincidieron

nuevos

cuidados

con

la

divulgación de su verdadero origen. El rey, por un acto legalmente registrado en el Parlamento de París, los reconoció; les dio títulos nobiliarios y los declaró príncipes de su propia sangre. El escán dalo dio lugar a protestas individuales, que fueron apagadas por las costumbres de sumisión de la época. Sólo Bossuet, Mascaron y Bourdaloue tuvie
ron la libertad suficiente para hacer sus célebres alusiones y protestas en los sermones de la cuaresma Los poetas y en la capilla del palacio de Versalles. el comediante Moliere aplaudían y se burlaban del

marqués de Montespán. Francisca de Aubigné resultó

tener las condicio-

190

'

'

nes

de una maestra y las cualidades de una eximia directora de una casa de educación; su nombre en

el presente siglo

se recuerda como la precursora de los métodos de enseñanza. El rey la visitaba; tenía afección por esos hijos y admiraba sus progresos

fuera de los de
su

halagos de la
a

corte y atribuía la marcha
ese

educación

la maestra. Con

motivo nació

y fué creciendo la amistad y la estimación que había de unirlos más tarde. Sus conversaciones tomaron

cierto carácter de

franqueza

y la institutriz

se

per

mitía criticar la conducta del rey. En una ocasión se atrevió a decirle: «¿Qué haría Vuestra Majestad si
uno

de los mosqueteros de
esa nueva

su

mujer de otro?»
tades de

El rey sonreía y

guardia toma la aprobaba las liber

consejera.

Fué siendo conocida
rey hacia la viuda de

de día amistad veían
en

en

en la corte la simpatía del Scarrón, y su crédito crecía parientes se beneficiaban; su era solicitada; los primos de Villette ya no ella a la pariente pobre. Bossuet tuvo per

día;

sus

fecto conocimiento de

su influencia y fué su confi en su obra dificilísima de hacer volver al rey al camino del deber.

dente

Luis para ella las tierras de Maintenon, título de marquesa con que la conoce Ella, al recibir el regio don, concibió el proyecto de ir a pasar los días de su vejez a su cas tillo, de fundar colegios niñas desva

Adquirió

y le dio

ese

la historia.

para recoger

lidas

como

ella había sido. Ese fué el

fundación del colegio de Saint Cyr,
Maintenon. Con el aumento de
sus

origen de
no

la

lejos, de
una

rentas

pudo

tomar

w

191

casa

barrio apartado de Parts y allí formóse uno de los salones más célebres de la época; las marquesas y los literatos gustaban de la con versación de Francisca y no faltaba la señora de Sevigné, la de La Fayette, la de Coulanges y el
en

mejor

un

duque de la Roche-Foucault, el autor de las Máxi mas. A cada una de las amigas se le daba un nom bre familiar y a la nueva marquesa de Maintenon, siempre fría y sólida en sus reflexiones, la conocían con el nombre de «degel» (fuente de nieve). La de Sevigné, locuaz y picaresca, era la «source» (fuente de aguas). La nueva confidente del rey, su amiga,
cuya conversación buscaba
en sus

momentos de abu

rrimientos y de

desengaños de la

vida de

oropel

de

Versalles, tenía ya la estimación de todos los hom bres de mayor valer y de las mujeres más sólidas
de Francia. La marquesa de Sevigné dice en una de sus cartas que «su conversación era deliciosa;
que
sus

y que vestía

su espíritu era amable y maravillosamente recto con elegancia con adornos de oro sobre basquinas de rica seda». Está perfectamente demostrado que fué la Mon tespán la que introdujo a la viuda Scarrón en la

mo

sociedad íntima del rey; éste no amaba ese feminis de las «preciosas», nombre que dio Moliere a las mujeres sabidiilas; pero, cuando pudo conocer
el talento de la noble viuda y sus reflexiones prontas la amiga del bely fuera de par, preguntaba «por

sprit».
Madame de Sevigné, para quien
tos
en

no a su

había

secre

la corte, decía
cerca

en sus

cartas

hija

que

se

había creado

de la «amiga del rey», el cargo

amiga de la amiga del rey». Agrega que la cultura literaria y humanista de la «amiga de la amiga» era superior a la que se había dado al mis mo rey, y que esa circunstancia pudo ser una de
de la superioridad que adquirió por de propio desde su aparición en la tertulia real, Después de la primera ruptura de Luis con la marquesa de Montespán y de la reconciliación, pudo notarse que el imperio de la favorita estaba eclipsado; el rey buscaba la conversación de la amiga
causas

de «la

las

recho

-

público

de la favorita y descuidaba las demostraciones en a la hermosa Montespán; los cortesanos y

sobre todo las
sus

mujeres

de los cortesanos,

con

el buen
para

olfato característico del

oficio,

se

agrupaban
en

segunda. Coincide con esa nueva situación un párrafo de una carta de la viuda Scarrón a su confesor, el abate Gobelin: «Ocurren aquí cosas terribles entre madame Montespán y yo; el rey ha sido testigo de una de esas disputas». En efecto, el rey quiso conocer su origen, y la institutriz, para revelarle esa causa, pidió al rey ser oída a solas, no en pre sencia de la favorita. La resolución real no dejó ■esperarse; la viuda fué separada del servicio de la

prestar pequeños oficios a la primera mento de los derechos adquiridos por la

detri

m

f favorita y fué nombrada dama de honor de la Delfina de Baviera.

Libre del terrible yugo de la marquesa, su crédito fué aumentando y la consideración adquirida por su solidez de su juicio y la buena reputación de sus costumbres, le crearon la celebridad sirvió de
que

base para

su

elevación.

193

Una de las críticas que de Maintenon proviene de

se

hacen

a

su

ruptura

con

la marquesa la Mon

tespán. Ellas no podían ya ser amigas; la una des aprobaba en público la conducta de la otra. La riva lidad intelectual no podía sostenerse; la compara ción moral deprimía a la favorita ante la «gouvernante». Madame de Maintenon se vio obligada a hacer en dos ocasiones el viaje a Versalles acompa
ñando
a los niños que estaban a su cargo; allá los recibía el rey y la Montespán; ella creyó que, des de haber desaparecido el secreto, su situación pués no

podía

mantener

su

dignidad

que le die3e el

permiso

y propuso al rey para retirarse a sus tierras

de Maintenon; se sentía cansada y deseaba dedicar actividad a la educación de niñas pobres de su buena familia. El rey no lo permitió. Los hijos fue ron trasladados a Versalles y la intimidad de rela
ciones entre las dos marquesas, tan

desiguales
a

en

temperamento
tura

y

en

educación, dio lugar

la rup

inevitable.

A diversas causas obedeció la resolución del rey alejar a la marquesa de Montespán de la resi dencia de Versalles. En la cuaresma, el rey cristia de

nísimo, cumplió

con

el precepto

pascual;

iba

a

partir

de Flandes y lo acompañó la reina; para la guerra madame de Maintenon, que había sido nombrada

dama de la corte, era de la comitiva, y de una de las diócesis del ya era obispo
cia

Bossuet,
sur

que

de Fran

visitó
y

a

piadosos
sus

abandonada, le proporcionó '¿libros le aconsejó partir definitivamente para
la

tierras de Clagny.

Después de

tres

meses

de

campaña, Luis XIV regresó victorioso y
ís

con

la pro

Bossuet, del Delfín y de la gente de orden, la marquesa de Montespán, vino de Clagny a SaintGermain para instalarse en los departamentos rea les. Madame de Maintenon resolvió partir y anun ció su resolución al rey.
El fino tacto de

testa de

hizo concebir
mento

un

proyecto

mujer de la de Montespán, le que debía impedir el au

de crédito y de afección del rey hacia La marquesa de Maintenon; lhabía enviudado el viejo mariscal de
gos, y
se

Villars,
ésta

que

era uno
con

propuso casarlo

de
a

sus

hijos;

rehusó,

la favorita y comenzó

de sub viejos ami antigua institutriz negativa desconcertó la lucha para separarla de la
y
esa

la amistad del rey. La máxima favorita de la señora de Maintenon
era:
una

«ninguna habilidad puede compararse a la de conducta irreprochable». Esa máxima le dio
se

el triunfo, La corte dividió

los

Gibelinos, decía
una

apareció
reina.

nueva

en dos bandos: los Guelfos y la marquesa de Sevigné, cuando rival de la Montespán en la

persona de la señorita de

Fontanges, dama

de la

favorita falleció de muerte misteriosa antes de cumplir el año de su privanza; eran los
nueva

La

de los venenos de la Voisin. Antes de morir la pobre niña dijo que había sido envenenada. Tenía Luis XIV la los de su

tiempos

mejor policía

sumarios

se

hacían
en

tiempo;

descubiertos

en el mayor secreto y algunos los últimos años, han sido exami-

,

nados por los poráneos. En

abogados
uno

y

los historiadores contem-

de

esos

expedientes

se

ha

j

podido

195

que la sospecha de la pobre favorita tuvo fundamentos y que la marquesa de Montespán había visitado la casa de la Voisin. En otro legajo,
conocer

olvidado por el tiempo, otro investigador ha des
cubierto el misterio de las «misas negras». Un abate expulsado del clero, pero que había recibido órdenes

religiosas, celebraba la
condiciones

ceremonia

de la misa

en

sacrilegas para obtener el favor de sus penitentes o ser amada o conservar el viejo amor de sus preferencias. La policía de París había descu bierto que también había andado la Montespán en la casa de las misas negras. Luis XIV, hombre inte ligente y respetuoso del principio de autoridad, com prendió la hondura del abismo abierto a sus pies. En el mayor misterio, y sin que ese terrible secreto sa liera de sus labios, bien guardado también por sus célebres ministros, la marquesa culpable recibió la orden de alejarse de la corte y no se le dieron los motivos de esa desgracia definitiva. Con mucha injusticia Voltaire culpó a la marquesa de Mainte non de la ruina del favor de la Montespán; y es probable que ésta jamás supo la verdadera causa;
a

lo menos,

no

se

encuentran rastros

en

su

abun

dante

correspondencia

ni

en sus

memorias de Saint-

Cyr.
reina la favorecía
se

La marquesa de Maintenon quedó en la corte; la con su afección y muchas veces

pudo

ver

que, para ir

vaba de compañera

a su nueva

«gouvernante»
la familia real.
En 1683,

de los

a su marido, lle amiga. Ya no era la bastardos; era la consejera de a

visitar

quiso Luis XIV

que la reina lo acompa-

196

ñase

a

una

visita triunfal por la
en

AÍsacia,

reciente
del
re

mente

incorporada

el reino. Poco

después

greso, María Teresa cayó enferma de gravedad; cuando avisaron al esposo que había comenzado la agonía, acompañó al capellán que llevó el santo viá

tico

a

la

moribunda;

y

se

arrodilló de
su

recibió la comunión

cerca

esposa.

junto, al lecho y Muy pocas

personas de la corte habían sido admitidas como testigos de esa escena de arrepentimiento, de dolor sincero y de tardía reparación; la marquesa de Main

tenon

era una

de ellas.

Poco después la reina expiró; el rey derramó lá
«es el primer pesar en la vida». Quiso retirarse y el Roche-Foucauld, el moralista, se acerco" a madame de Maintenon, le dio el brazo para invi tarla también a salir y, dejándola cerca del rey, le «Su Majestad, en estos momentos tiene nece dijo: sidad de usted». Esa escena, en presencia de la parte más escogida de la corte, de la habituada a los salo nes de la reina, explica suficientemente la natura leza de las relaciones de esa profunda amistad, y

grimas
que

y

dijo la conocida frase:

me

ha causado

duque

de La

de

esa

estimación nacida de la comunidad de ideas

a Luis XIV con la antigua desvalida, levantada por él mismo, en consideración a su pru dencia, a su seriedad y a la dignidad de su vida. Fueron inútiles los desvelos de Voltaire para des cubrir la fecha precisa del matrimonio del rey con la marquesa de nadie

que ya unía

Maintenon;
ese

pero nadie habló de

podía dudarlo,

blicado las cartas de la marquesa a su director el abate Gobelin; de ellas, de ciertas frases sueltas que

acontecimiento. Se han pu

197

es

fácil

interpretar,
lugar
tomar
a

monio tuvo

había ido
no

que el matri pocos meses más tarde; la corte un descanso a Fontainebleau; si
se

puede colegir

supo la fecha de ese acontecimiento, algunos contemporáneos conocieron los nombres de testigos; el arzobispo de París fué el oficiante, el marqués de Monchevrieul, el padre jesuíta La Chais se, confesor del rey, su fiel criado Bontemps y la
se

de los los

dama de la marquesa, la compañera que había tenido desde su juventud, llamada Nanón, después de im
a todo3 el secreto absoluto, cumplieron con las prescripciones de la iglesia que exige testigos para

poner

ese

sacramento. marquesa decía al abate me olvidéis en vuestras

Pocos días después, la
Gobelin : «Adiós, señor,

no

oraciones porque tengo necesidad de grandes fuerzas para hacer un buen uso de mi felicidad». El obispo

Versalles, en otra carta dirigida a la marquesa, emplea las palabras de esposa y la compara a la mujer fuerte del Evangelio. La corte nunca comentó el acontecimiento; no era posible hacer preguntas; las relaciones de los dos esposos no podían ser negadas, pero jamás un cor
de
tesano

pudo
era

atreverse

a a

criticarlas ni

a

darles

una

significación contraria
marquesa

las buenas costumbres. La

dama de honor de la Delfina y conti nuó en el cargo y llevando ese título. Sólo en la capilla de Versalles, delante de Dios, tomaba el asiento
por la reina que había

elegido

fallecido.
,

El duque de Saint^Simon, dice en sus Memorias: «la historia no lo creerá, pero el hecho de ese ma

trimonio que jamás

se

podrá comprender,

es

cierto».

En la corte la marquesa

era

nada;

era una

de las
'

damas, y, al mismo tiempo, era todo. Había permanecido viuda durante veinte y tres años cuando se casó con Luis XIV, tenía cuarenta y ocho años y aún conservaba el esplendor de su belleza. Ese ma
trimonio

gobernó los intereses de la Francia durante

treinta y dos años.

Para

comprender
«su

el carácter de la marquesa y

descubrir
que

secreto»,

atraía hacia

es decir, la fuerza de imán sí, voluntades indómitas como la

del

orgulloso

rey, conviene estudiar el

uso
su

que hizo

ella de la

enorme

influencia que le dio

situación
a

de esposa y de consejera de Luis XIV. Ella no asistía a los consejos; pero muy
los

menudo
habita

consejos privados

se

celebraban

en

su

ción. Los ministros Colbert y Louvois, que habían sido fáciles para las marquesas cortesanas, no la

querían; tal problema
veía,
oía y daba

vez

no

aceptaron,
su

como
se

realistas,

esa

súbita elevación. En arduo de

presencia

discutía cada

ese

gobierno poderoso, que pre

que estudiaba y que pero
una se

ejecutaba;

la marquesa
su

callaba; cerebro, había
en

conocía que, dentro de

tomar

Vuestra Solidez?
Sus obras sociales

opinión; Luis XIV, cuando tar una resolución, le decía: ¿qué opina
a

proyectos personales estaban limitados

las

en su dominio de Maintenon, y a la construcción del gran colegio de Saint-Cyr, desti nado a dar educación gratuita a las niñas de buena

m
familia, huérfanas,
crear

que carecían de recursos y a dotes para casarlas después; un colegio desti de la miseria y evitar la perdición de las futuras Francisca de Aubigné de la Francia.

nado

a sacar

Mientras

se

construía el edificio, que hasta hoy

a la nación y sirve para albergar a los alumnos de la escuela militar, ella meditaba sus planes, los reglamentos, el método de educación; su

presta servicios

dirección fué encargada a señoras seglares que debían adoptar las costumbres de las religiosas, sin serlo.
Sus habitaciones
en

Versalles servían de punto de

distinguida sociedad de la época: sus amigas de la pobreza, las marquesas de Sevigné, de Coulanges, de La Fayette, la duquesa de Riche lieu, el duque, su marido, y la espiritual Magdalena de Scudery eran para ella lo que habían sido en el hotel donde había ocultado sus virtudes privadas y su debilidad de gobernadora de los hijos de la Mon tespán.
poder
el Pero donde ella fué eximia y manifestó todo el de su habilidad, fué en sus relaciones con la

reunión de la más

se componía del hermano del rey, primer príncipe de la sangre, el duque Felipe de Orleans, espíritu débil, sobre el cual quisieron edi ficar sus enredos todos los descontentos del reinado; casado con la hermosa Enriqueta de Inglaterra, la célebre hija del infortunado rey decapitado por la revolución; viudo muy joven, contrajo segundas nupcias con una princesa alemana, la Palatina, la antítesis de la anterior, célebre también por sus me

familia real. Esta

morias

en

que hizo la crítica de todo lo que vio y

lo que

pudo

pasar

en

la corte de Francia.

Hijo de ese matrimonio fué Felipe de Orleans, el Regente, casado con una de las hijas de la Montes pán, con gran protesta de sus padres. Luis XIV tuvo un solo hijo, el gran Delfín; los
otros fallecieron antes que
su

madre

en su menor

edad. El Delfín
cesa

contrajo matrimonio con una prin Baviera, excelente esposa, modesta, religiosa madre de tres hijos, el duque de Borgoña, el de y Anjou, que heredó el trono de España, y el de Berry. Casado el de Borgoña con una princesa de Saboya, la célebre María Adelaida, madre de Luis XV,
de la marquesa de Maintenon recibió el encargo de su educación para ese difícil cargo de reina futura de
Francia.

La marquesa
y la

adoptó

una

línea de conducta

severa

y altiva para los

Orleans; fué la consejera del Delfín amiga de los duques de Borgoña. Supo que la
cartas amargas, contra de los ministros sorpren cartas que circulaban por todas las peque
a

Palatina enviaba
la corte de dió
esas

su

país

Versalles;

uno

ñas cortes

alemanas; la marquesa se encargó de amo nestarla y de hacerle comprender cuánto había de desleal en recibir los beneficios de la Francia y cu brirla de ridículo con injustas novelas en el extran

jero; la Palatina comprendió que la voz de Luis XIV había hablado por la boca de su esposa; se humilló, negó, pidió perdón y reservó para después de los días del rey esas memorias escritas la mano de
por
una ron

arpía, que se publicaron después y que sirvie al duque de Saínt-Simon y a Voltaire para de nigrar la memoria de la marquesa. El duque joven de Saint-Simón quiso obtener un mando en el ejército,

201

para lo cual

no

lo recomendaban ni

sus

años ni

sus

méritos; recurrió
clarse
en un

a la resolu ción exclusiva del ministro de la guerra; el duque no obtuvo el comando y la marquesa hubo de pagar también su tributo de odios en las célebres Memo rias del duque aspirante a un ascenso inmerecido.

a la marquesa; ésta se asunto que debía dejarse

negó

a mez

su

recurría

El Delfín, en todas las circunstancias difíciles de vida obscura y sin mérito de futuro rey sin mando, a la marquesa en busca de consejos. Pero

donde tuvo ella la mayor de sus influencias fué en el joven menaje de los duques de Borgoña, los hijos del Delfín, llamados a reinar según todas las proba

bilidades, después
ción del

de Luis XIV,

El gran rey puso en manos de Fenelón la educa duque de Borgoña, y a cargo de la marquesa

la de la niña de doce años que venía de Saboya, en tregada a sus cuidados, para ser elevada a ese codi
ciado cargo de reina de Francia. La pequeña María Adelaida recibió con agrado la orden del rey y se subía
a las rodillas de la marquesa que ya envejecía, !a abrazaba y la llamaba su querida tía. Fenelón y !a marquesa se completaban; si se examinan las obras que uno y otro legaron a la posteridad, jamás se

pudo

encontrar dos

profesores

y

que dieran

mejores lecciones sobre

de mayores méritos la educación

y sobre la

formación de los caracteres, La suerte de la Francia estaba asegurada; la Pro videncia le había enviado para regir sus destinos a

un

príncipe dócil
su

a

gente, piadoso, castísimo
por

las lecciones de Fenelón, inteli y que debía hacer olvidar

conducta los desórdenes de los primeros años

'

202

del abuelo. El

paz y habría sido el

reformador de las
tismo

ciego,
era

si

de Borgoña era amigo de la primero de los socialistas y el leyes, y el enemigo de ese absolu hubiera podido reinar y tomar como

duque

programa las enseñanzas de Fenelón. Su posa

joven

es

la misma
a

alegría; ligera,
con

hábil y

buena,
a su

aceptó las lecciones y la instrucción religiosa de la
marquesa,

la cual amaba

delirio

como

propia madre; la correspondencia enviada a la fami lia real de Turín lo ha manifestado; su sólida ins trucción, unida a su buen natural, le había hecho comprender que era la marquesa la reformadora de
las costumbres de
y
esa

corte que tantos escándalos
en los años anteriores el medio más seguro de

había dado al mundo europeo

siguió

sus

consejos

como

hacer la felicidad de
cariño de
sus

su

esposo; la vida de
sus

su

marido y la educación de

familia, el hijos eran

era enemiga de las guerras en que la Francia se vio envuelta durante el largo reinado de Luis XIV; en eso coincidía con Fenelón; la paz debía ser la vida normal de la nación, lo; horrores de una guerra no compensan los laureles

únicos anhelos. También la marquesa

que

se

cosechan.

La obra maestra de la marquesa de Maintenon fué la fundación de la casa de Saint-Cyr para la

educación de doscientas cincuenta niñas pobres, la mayor parte huérfanas y todas nacidas en la anti
gua nobleza. Luis XIV aceptó el plan, pero con la condición de que ese colegio no sería un convento;
rrón, la marquesa, que había aceptado antes que encerrarse
en un casarse con

Sca

convento,

aceptó

203

esa

condición; el gran, edificio comenzó a construirse con dádivas del rey y las economías de la caja par
ticular de la marquesa, y para dotarlo se recurrió a una idea muy feliz; la abadía de San Dionisio tenía
rentas propias que se daban a uno de los prelados de mayor influencia política sin beneficio para la sociedad ni para la nación. Acababa de morir el últi
mo

usufructuario, el cardenal de Retz,
ser

el literato

que, antes de

cardenal

era

conocido

con

el

nom

hecho el
tenía
un en

bre de Pablo de Gondy. Mal uso de las riquezas había prelado laico; había fomentado revolucio
nes, había

aspirado
casa

a

ser

arzobispo de París,
al

man

la

que la abadía tenía dentro de París

fermento de

sus

del rey y a ministros. Las rentas de la abadía se destinaron

oposición
casa

gobierno

para el sostén de la
era

de

Saint-Cyr; la superiora

desde ese día abadesa de la célebre fundación de la época de la Edad Media. Destruía el monarca un germen de intrigas y de estorbos para el gobierno y aseguraba la educación de doscientas señoritas de la vieja sociedad francesa. Parte de esas cuantio sas rentas debían destinarse para la dote de las
señoritas de En
esa

Saint-Cyr.
la corte vio representar las mejores

casa

obras dramáticas de Racine; la señorita de aspecto más majestuoso hacía el papel de Asuero, y la más

picaresca el
a

de Aman; para el jrol de Esther se buscó la más dulce y más hermosa. Para el traje de Esther el rey prestó sus alhajas de la época en que él bailaba las danzas orientales en los días de La

Valliére.
El éxito fué enorme; Boileau

juzgó

la

pieza

como

204

lo

mejor

que había conocido el teatro
versos

sonoros

corte. Una

francés; los repetidos por las damas de la se ofreció a los segunda representación
eran
en

habitantes de Versalles hubo
un

los salones del rey. Pero

a una de las israelitas, que Esther, se le sorprendió un billete Llevado por un paje; la rígida marquesa creyó que no era conveniente repetir esas representaciones que perturbaban el criterio de sus «hijas de adopción» y fomentaban, antes de tiempo, las aspiraciones de amor. Diversos tiempos, distintas costumbres, ma yor respeto para la inocencia de los primeros años de la vida de las felices niñas que no tenían aspira ciones ni conocían los sinsabores y los desengaños

escándalo:
a

acompañaban

de la precoz educación moderna.

Llegó la época
familia

de las

grandes desgracias

para la

rea!; en ese tiempo los reyes y sus hijos morían de viruelas y de escarlatina. El primero en
caer

agonizaba cipe tomó
de ribundo.

enfermo fué el gran Delfín. Un pobre hombre y había recibido los sacramentos; el prín el

contagio yendo
el
a cura

en una

cacería, despufs
mo se

conversar con

que había auxiliado al

Murió
su ese

los cuarenta días.
nuevo

El rey
a

no

separó de
Desde

lado.

dfa el

Delfín fué invitado

tomar

parte
se

en

las deliberaciones de!
para

consejo

de ministros;

le

deseaba descansar y
su

ese alto cargo; el rey encerraba horas enteras con esposa para leer libros de piedad y esperar la
se

preparaba

ejercer

205

muerte,

Pero

la Providencia le reservaba

nuevos

dolores antes de morir. Un año después de la

muerte

del primer Delfín morían, uno después del otro, la duquesa de Borgoña y su marido, de una enferme dad misteriosa: la escarlatina. Los dos cadáveres
fueron llevados

juntos

en un

mismo

carro a

la abadía

de San Dionisio.

Quedaban de la familia real dos hijos del duque Borgoña y uno de sus hermanos, el duque de los dos niños, uno de cinco años y el otro recién nacido enfermaron; el rey ordenó bautizarlos con el mismo nombre de Luis; temía que uno de ellos muriese; y la sospecha del envenenamiento cundía dentro del palacio, en la ciudad de París, y llegaba hasta los últimos rincones de la Francia; todos acusaban al duque de Orleans, el hijo de la
de

Berry;

Palatina. De los médicos de la corte, dos de ellos se inclinaban a culpar al veneno esa serie de desgra

cias; nadie guardaban
esos

daba el nombre de
en

ese

criminal,

todos lo

la mayor

reserva.

Murió el mayor de

niños y a él lo siguió el duque de Berry, que dando como único descendiente, el menor de los biznietos, el que ocupó el trono con el nombre de Luis XV.

¿Cuál
non
en

fué la creencia de la marquesa de Mainte

esos días de sospechas y de dudas? .Jamás pudo saberlo; ella y el rey no dieron lugar a la acusación; en presencia de ellos nadie se atrevió a hablar; uno de los médicos, Marechal, el único, atribuyó esas enfermedades a una epidemia desco nocida, que no era la viruela, pero que era aún más contagiosa. La posteridad ha confirmado el diag-

nadie

jm

m

nóstico de Marechal y ha alabado la prudencia del rey, que no permitió que se levantase un sumario injusto contra el sobrino que había de ser el Regente del reino durante la menor edad de ese niño.
El gran dolor de Luis XIV y la marquesa fué la

pérdida del duque de Borgoña y de su esposa; el duque de Saint-Simón hace la narración de su pri mera aparición en Versalles después de esa desgra cia; el rey ya no se mantenía erguido con esa majes tad que parecía estar adherida a su persona; salu
daba a los cortesanos, y, desde las tres de la tarde de cada día hasta la hora de la cena, trabajaba en la habitación de madame de Maintenon; si recibía
a

los ministros lo hacía

acudía el recibía

duque
ese

de rendirle
con

en su presencia. También de Orleans, que jamás faltó al deber homenaje y de pedir sus órdenes; lo

una

frialdad de estatua, pero sin ofen

derlo. Comenzó a redactar su testamento; cuando lo hubo concluido llamó al presidente del parlamento,

general,
dadlo

monsieur de Mesmes y a D'Aguesseau, el procurador y les dijo: «este es mi testamento; guar
en

la sala del

parlamento; nadie

conoce

mis

disposiciones».

En él ordenaba medidas de

seguri

dad para el niño heredero que manifestaban una gran desconfianza hacia el sobrino, a quien recono cía la regencia; la persona del nuevo rey quedaba

entregada

a

la guardia

personal del mariscal de Vi-

Ueroy, el amigo

de madame de Maintenon.
pasaron

en esa vida de tristeza y de soledad; en el mes de Agosto de 1715 el rey se sintió enfermo y comprendió que su fin. llegaba La enfermedad duró veinte Luis

Tres años más

días;

gustaba de la

207

música y la -marquesa tuvo la coquetería de que diariamente la orquesta de Lully dejase oír las más
delicadas melodías de
su

repertorio
se

en una

sala

con

tigua
El

a

la del enfermo.
reunía
a su

cabecera y, hasta el último momento, tomó conocimiento de la marcha de los negocios; la marquesa no se separaba
de
su

consejo de ministros

lado. Cuando fué necesario darle aviso de
se

su

gravedad, ella

encargó de ofrecerle los últimos

sacramentos; la despedida fué tierna; dos ancianos que habían vivido en la mayor intimidad y en la
más absoluta confianza durante treinta y dos años; era un espectáculo que los cortesanos respetaron;
todos abandonaron la cámara del

moribundo;

co

rrieron las gruesas cortinas de ese lecho que aún puede verse en esa célebre sala de Versalles; el llanto del rey reveló la
la
escena

profundidad

de

sus

ha sido descrita por ella

sentimientos; misma; le dijo

que la dejaba abandonada sin bienes de fortuna; ella se había negado a recibir otro don que la propiedad

del castillo de Maintenon; sus rentas y economías las había consumido en Saint-Cyr. Ella le dio a cono
cer su

lado de

propósito sus hijas

de residir

en

esta última casa a!

y que para

esa

vida

no

necesitaba

de otros recursos. El rey aprobó esa resolución. An tes de morir salió para su retiro en la carroza del mariscal de Villeroy.
El Regente, pocos días
rey, visitó
en

después

de la muerte del

Saint-Cyr
una

trevista ha

enemigos;

no

quedado podían

a la marquesa; de esa en relación exacta; habían sido

ser

amigos
esa

porque

uno

u

otro

conocían el fundamento de

adversión;

ni

en sus

208

conducta particular podía el Regente encontrar la aprobación ni las simpatías de la esposa del rey.
en

ideas religiosas ni

su

Al recibir esa visita la marquesa la agradeció como homenaje postumo a la memoria del rey; el Regente le contestó que había hecho ese viaje movi
un

do por la estimación que ella merecía. Dentro de ese marco de cortesía pudieron hacerse mutuamente

algunos reproches; el Regente recordó las sospechas
que habían recaído sobre
su

persona cuando falleció

la familia

real; la

marquesa le

respondió

que tenía

derecho para ser creída, y que en ningún momento ella había acogido esa ofensa contra el sobrino del rey,

Después la visitó nosílabos,
a

la

la entrevista fué corta; nadie y escribió

Palatina, la madre del Regente; algunas genuflexiones y mo
no

y nada más. La Palatina ya

tuvo miedo

en sus Memorias, repartidas pro Alemania, que «la vieja bruja había envenenado al ministro- Louvois, que se opuso a la declaración pública de su matrimonio con el rey»;

fusamente por

las

otra

sumas que ella tomó al tesoro de la nación son inmensas y serán heredadas por sus sobrinos». En parte asegura que «corrompió a la duquesa de

Borgoña»;

«que el

viejo salvado de Fagón, médico

de la corte, había envenenado a la reina María Te resa, para que la Maintenon pudiese casarse con el
rey».

Madame de Maintenon enviudó el marqués de

era

casamentera; cuando
su

Villette,

primo,

a

pesar

-

209

con la señorita Clara de Marcilly, una niña de veinte años, la más hermosa de sus discípulas de Saint-Cyr, que había sus

de

sesenta y seis

años, lo casó

representado
un

en

la corte

en

el drama de Esther
a su

con a

brillo extraordinario y había sido
nueva

comparada

la mejor comediante de la época. Viuda
la
marquesa de

vez,

Villette, casó con el célebre conde de Bolingbroke, el antiguo ministro inglés, el amigo de Voltaire y uno de los profesores de incre dulidad en Inglaterra y en Francia. De ese modo la muy cristiana señorita de Saint-Cyr, andando el tiempo, presidió uno de los salones más funestos de las capitales de los dos países. No salió la marquesa de su retiro de Saint-Cyr; cerró las puertas de su vivienda para todo el mundo y sólo fueron admitidas las viejas amigas y el noble mariscal de Villeroy, nombrado curador de la per
sona

del

nuevo

rey.
su

El el

duque de Orleans, al iniciar parlamento de París e hizo
para
ese

gobierno, reunió
una

romper y declarar

nulo el testamento de Luis XIV. No hubo

sola

protesta

acto derivado de la

nueva

auto

dad, redactó
El
conservó

ridad absoluta. Solamente la marquesa, en la sole su protesta en sus Memorias.

duque de Saint-Simón dice en la casa de Saint-Cyr,
un

que la marqusessu

gran casa,

con

maitre de hotel, gentes para su servicio especial, carroza y gran número de caballos. La verdad se encuentra en las Memorias de Man-

cocineros,

la seas, intendente de
gura que vendió
su

casa

de
y

carroza
en

sirvientes.
14

«Vivía, dice,

una

Saint-Cyr. Este ase despidió a todos sus cámara grande en

210

primer piso. departamento se componía de piezas, una con un gran lecho, una mesa, un espejo, seis sillones, seis taburetes y seis pequeñas sillas y un gabinete adjunto donde tenía un lecho de reposo, algunos muebles; y le servía de pieza de
dos toilette para recogerse
a

el

Su

las horas

en

que

no

deseaba

recibir visitas.

departamento estaba lejos de la ca pilla; necesitaba andar trescientos metros para llegar
todos los días
a

Ese modesto

la hora de la misa. A pesar del

es

significaba esa distancia larga para prefería esa vivienda para estar cerca de las niñas que recibían la primera educación, Se mezclaba con ellas en las horas de juego; conver saba con todas; les hacía preguntas sobre los estu dios; conservó sus gustos de profesora hasta los últi
su

fuerzo que le
gran

edad,

ella

mos

años de

su

vida.
tan
a

Su comida Murió

era

frugal

que, como ella decía

«había renunciado
en

las delicias del chocolate»,

1719, cuatro años después del rey. Fué sepultada en la capilla de Saint-Cyr y sus restos fueron venerados en ese colegio como los de una santa. La revolución los respetó en los días de furor; pero descubiertos, cuando se hacían las reparacionos-

¿e la

capilla

fueron honrosamente trasladados al

cementerio público; estaba su cadáver intacto; más tarde en la época de Napoleón se ordenó colocarlos
en su

sepultura primitiva.

Sus detractores fueron los compañeros del Regente que contribuyeron a la deprava ción de las costumbres, y mal podían

Felipe de Orleans,
cio
y

consideración

a

la

esposa

guardar apre morganátiea de

211

duque de Saint-Simón fué uno de esos cortesanos; le guardaba ese rencor porque la mar quesa se negó a atender sus aspiraciones para un alto cargo militar. La Palatina era su enemiga; había sido la hermana política del rey y había carecido de influencias, carácter duro, espíritu falaz, apro
vechó la muerte del rey para difamar cobardemente a la pobre reclusa de Saint-Cyr,

Luis XIV. El

Voltaire tomó de

esas

fuentes

sus

historias y

sus

y Michelet introdujo en la Universidad de París los juicios tomados de esos autores. Se ha publicado la correspondencia de madame

burlas,

de Maintenon
eon
su

y buenos

con su confesor el abate Gobelin, y obispo Godet des Marais, hombres sencillos religiosos; sus cartas a Luis XIV, que ha

brían servido para ilustrar la historia del gran rei nado, fueron destruidas por la marquesa en pre sencia de
su

esposo pocos días antes de la última

enfermedad. La posteridad ha deplorado ese acto de modestia; tal vez no quiso Luis dar testimonio
de la intervención de la esposa morganática intereses de la nación.
en

los
es

El estilo de las cartas que

se

han conservado

elevado,

sobrio y

elegante

como

lo fué la literatura

del gran siglo de Luis XIV. Sus sistemas y sus lecciones de

instrucciones para el
de guía a los que las niñas.
se

pedagogía y sus colegio de Saint-Cyr sirven hoy
interesan por la educación de

de Maintenon puede colocarse en la galería de los constructores del orden social; si al de esa época pudiera ser acusado de demoleguien Madame

212

dor,
vías
sus

no es a

la hermosa viuda que retiró al rey de las que lo había conducido la absoluta libertad

de que

disponía para vivir, para seguir el dictado de pasiones, sin dique y sin freno, siendo el hombre más hermoso, el más hábil y más galante de su época,

El proceso del Collar
CONFERENCIA LEÍDA EN EL CLUB DE SEÑORAS
DE

SANTIAGO,

EL I

DE JUNIO DE 1927

EL PROCESO DEL COLLAR

Con mucha razón
ceso

se

ha dicho que el célebre pro

del collar
a una

Rohan

regalado por el cardenal Luis de dama que él creyó ser la reina María
se

Antonieta abrió el abismo donde

hundió la anti

gua corte de Versalles y la monarquía francesa, La Bruyere, cuando describió la Corte de los reyes de Francia, dijo que geográficamente estaba colo cada a cuarenta y ocho grados más elevada que el

polo; tan difícil era llegar hasta ese santuario. Era una aglomeración de tres mil personas que se movían y agitaban dentro de un horizonte muy restringido. Si era pequeño el número de los habitantes, eran grandes sus intrigas, las luchas internas y las riva
lidades. El alma humana
se

sentía dentro de cultura

ese

recinto, estrechada, vigilada y iniciativa propia. La exquisita ocultaba pasiones sombrías.
Tres
corte: el

sin libertad para una en los hábitos

tenía adoración de la

grandes influencias eran consideradas en la nacimiento, la fortuna y el poder. El pueblo nobleza; esa influencia se de-

porque la aristocracia dejó de merecer esa admiración; la fortuna fué pasando a otras gastaban y no traba jaban; su influencia fué disminuyendo de generación en generación, porque siempre ella es pasajera, si no tiene el mérito de ser bien adquirida; cuando no se emplea bien, da origen a envidias, a críticas y a acusaciones. Tampoco la fortuna es una influencia invulnerable. Y el poder, que dependía de la volun tad de un solo hombre, pasó a ser como la donna e movile, que se agita como un bajel en medio del

bilitó,

sólida

manos; los nobles de la corte

océano.

Ninguno de los tres pilares en que descansaba la corte de Francia ha quedado en pié. Pero, para comprender la importancia del Proceso del Collar, es necesario transportarse a la época en que acababa su reinado Luis XV, el rey que dejó el diluvio detrás de sí; y debemos figurarnos esa corte, cimentada en tan débiles pilares y socabada por la disolución de las costumbres, por el debilitamiento de las creen cias religiosas, y cuando el principio de autoridad, en lugar de la solidez de un roble añoso, tenía la débil
consistencia de
una

caña.

Esa sociedad
para la

y esa

monarquía estaban preparadas

intriga

del collar.

personajes de ese proceso. un rico judío de Amsterdam, joyero parisiense, Bassenge, habían Boehmer, concebido un hermoso plan para ganar dinero; jun taron una colección de brillantes, y ayudados por el mejor artífice de la época, arreglaron un collar que estaba destinado a las debilidades seniles del rey
En

Estudiemos los
con un

el año 1774,

217

Luis XV, y debían ofrecer
Pero Dios

a

madame Du

Barry,

dispuso las cosas de distinta manera; el rey enfermó de viruelas y murió en ese mismo año, a la edad de sesenta y cuatro años.
Mal día fué para los señores Boehmer y Bassen ge el del entierro del rey y la salida de Versalles de la Du Barry para su hermoso chalet de Louveciennes,

estilo

de la
y

y halajado con ese lujo exquisito del Pompadour con el dinero de las filtraciones caja particular de ese rey, ¿Qué hacer con ese collar? Ya un agente insinuante muy diestro en ese comercio, lo que hoy se deno

comprado

mina

un

gestor, había ofrecido el collar

a

la Du

Barry

y

lución de

la respuesta estaba pendiente de la reso un ministro de hacienda que era poco favo

rable al aumento de los gastos

Ese mismo agente tranquilizó a los joyeros; hacer ese ofrecimiento a la nueva reina de
esa

particulares del rey, se podía Francia,
que subía al

hermosa
a

archiduquesa de Austria

la edad de diecinueve años; buena hija de familia, lanzada sin la experiencia de la vida sobre ese trono de la corte de Versalles, sembrado de esco
trono

llos, de aduladores
de
ese

y de los restos de la

corrupción

reinado abatido por la reyes
no

epidemia

de viruelas.

Los

jóvenes

aceptaron el ofrecimiento y el

collar

Los
no

quedó sin comprador. joyeros y su agente guardaron su joya, pero desesperaron; diez años más tarde volvieron a

concebir esperanzas; el agente presentó una lista de conjurados para hacer la nueva oferta con mayores de éxito. Esos conjurados eran el conde
ro,

la condesa Juana de Valois de la

218

Mothe y el príncipe Luis de Rohan, gran capellán de la corte y obispo de Estrasburgo. Las dos víctimas inocentes de la conjuración
eran

la reina María Antonieta y la monarquía francesa. Los autores que se han ocupado en nuestros días del

escándalo del collar están conformes
que
ese

con

la

opinión del conde de Mirabeau
Los
en monarcas

dijo

que la

revo

lución francesa había nacido de
y los

proceso.

en las monarquías su prestigio. Este se cumplimiento de los deberes, con el respeto de las leyes escritas y de las que no han sido escritas. Si la ley o la moral reciben repetidas ofensas de parte de los que están obliga dos a dar el primer ejemplo y de los mandatarios que tienen la obligación de hacerlas respetar, el prestigio tradicional desaparece; la consideración que los subditos deben a la autoridad se disipa; los tronos bambolean, sus reyes y mandatarios quedan ex

presidentes

y

las

repúblicas
con

viven de

adquiere

el

constante

puestos

a

esas

revoluciones que cambian el destino

de las naciones.

No ha perdido su novedad en Francia la historia del proceso del collar. En los últimos tiempos se han

ocupado Henry

de

ese

escándalo el historiador Funk-Bren-

tano, el abogado Ferdinand Labory y el académico
Robert.

En el año 1743 había nacido
dres muy de

en

Palermo, de

pa

pobres y condición muy humilde, un aventurero italiano llamado José Bálsamo. Su vida,

una

de las más accidentadas de

ese

siglo, fué U

resultante de la educación que recibió, Su padre lo destinó a la carrera eclesiástica, y va liéndose de la caridad de un buen cura, lo pudo
colocar
en un

seminario,

de donde

se

de trece años. Obtuvo el cargo de

fugó a la edad ayudante de un

farmacéutico que lo inició en los secretos de la quí mica. Después entró en relaciones con un joyero

napolitano y brir riquezas
su

se

asociaron para el

negocio

de descu

socio de haberle sustraído gruesas
se

ocultas. Salió de Palermo acusado por sumas de di

defendió José Bálsamo, alegando que los en las diligencias para perseguir un perdido. Con ese dinero sustraído a la buena fe del asociado, pudo viajar por la Grecia, el Egipto, la Arabia y la Turquía; ejercía la medicina, y se ocupaba de las ciencias ocultas; de ese modo tuvo acceso a los palacios de los gobernadores y de los visires y aprendió todo lo que, en la ciencia del en
nero;

había empleado

tesoro

gaño

y

en

el oficio de charlatán,
a

era

conocido

en esos

antiguos reinos.
Al regresar fesión y ese los los las naciones del

occidente,

esa

pro

bagaje

le abrieron todas las

casas

de
y

grandes

y de los

pequeños; todos los opulentos

vivían ávidos de novedades y deseaban acrecentar sus bienes con la ayuda del nuevo mago. José Bálsamo se había transformado durante- sus

pobres

viajes;

conde de Melissa,

había ennoblecido y tomado los títulos de marqués de Belmonte y conde de
con

Cagliostro,

el que fué conocido

en

Francia.

En Roma cayó en poder de la Inquisición por andar en esas correrías y por enseñar nuevas doc-

¡Ü*,,

-220-

trinas y buscar prosélitos para masonería del rito egipcio, que más

una

nueva

franc

noble, según él,

era más antigua y que la masonería del rito esco

cés,

podido
bierno

que se conocía en los países occidentales. Se ha encontrar el proceso en los archivos del go

pontificio.
con una

En Florencia casóse Lorenza

aventurera llamada

Feliciana, de reputación muy dudosa; una bellísima mujer, hija de unos talabarteros, que con sintió en ser la condesa de Cagliostro. Fué un ma trimonio muy bien avenido; la condesa le servía
para abrir muchas

puertas,
los

para entrar

a

muchos

palacios,

para dar lecciones sobre las ciencias ocul

tas y para
con un

explicar

enigmas egipcios. También
y curaba las enfermedades
con

practicaba la medicina
traban

sistema desconocido

recetas donde

en

drogas

orientales,
sus

Con el caudal de

ganancias pudo habitar

en

palacios y mantener lacayos, comprar joyas y pren das de lujo para la condesa. La logia masónica egip
cia tuvo él visitó. En todas partes
eran numerosos

adherentes

en

las ciudades que
con

recibidos

los

agasajos

debidos

a

un

hombre extraordinario que traía el
era

Becreto de la

fortuna; pronunciaba discursos maravi
vivaz y enternecía
a

llosos,

su

elocuencia

los

oyentes; todo lo prometía y todo lo sabía. Después de oirlo la gran mayoría lo creía un taumaturgo; los
menos,
como

que

eran

los

más
es

un

charlatán. Pero
a

juzga a los debe resignarse
que

hombres de

ilustrados, lo juzgaban siempre la mayoría la
especie
y la minoría

esa

callar.

221

paloma encerrada en un vaso significaba la niñez en estado de inocencia, y las personas que ponían sus manos sobre ese vaso y pronunciaban palabras del rito cofto, se ponían en comunicación non los ángeles. Si estaban en estado de inocencia, obtenían lo que deseaban; los más, que habían per dido la inocencia del bautismo, perdían también su tiempo y el dinero que el conde cobraba por las
lecciones de tan extraordinaria ciencia.
El conde

Una

de

edad; había vivido

Cagliostro aseguraba que él no en Palestina, en la India
sus

tenía
y
en

oyentes Egipto, le preguntó si había estado en Jerusalem en la época de Jesús. «Sí, dijo el taumaturgo, sin perturbarse, asistí a la crucificación, pero no tomé parte en ella, me pareció que el gobernador Pilatos había dictado una sentencia injusta» y continuó la disertación so
bre otras materias, A
ese

durante dos mil años. Uno de

conde italiano lo de

obispado
cio de
su a

introdujo el secretario del Estrasburgo, el abate Georgel, al pala el príncipe Luis de Rohán, y allí obispo,
la condesa Juana de Valois.

conoció

El obispo de Estrasburgo pertenecía a la vieja familia de los duques de Rohán, formada muchos siglos antes en la Bretaña, y tenía su asiento en el

castillo de Joselín, una de las más antiguas mara villas que aún se conservan de la Edad Media. Descendían los Rohán de una rama de los duques soberanos de Bretaña, que eran considerados los

222

iguales de los merovingios y de los capetos. Su últi ma duquesa, al contraer matrimonio con el rey de Francia, había incorporado el ducado a la nación en el siglo XVI. La vieja Bretaña ha sido conocida por la sobrie dad de las costumbres de sus habitantes, la solidez de sus creencias religiosas y el respeto a las tradi ciones. Cuando la duquesa Ana llegó a París, como esposa del rey Carlos VIII, fué necesario enseñarla a calzarse; no había conocido sino los zuecos de la región lluviosa de su patria y trasplantada al pala cio del Louvre y al lujo del renacimiento, dio lugar
a

de

muchas anécdotas conservadas por los cronistas ese tiempo; pero era buena y santa y todo se lo
tanto
en

perdonaban los alegres cortesanos,
ción hacía
a esas

aten

virtudes

como

al

regalo regio

que ella

a la monarquía de su ducado de Bretaña. Con la duquesa vinieron a Francia los Rohán: ricos, honrados, sobrios y patriotas, ocuparon los miembros de esa familia los primeros cargos de la monarquía durante dos siglos: mariscales, embaja dores, prelados y cardenales; habían tomado por

alianza y por

sus

méritos

propios los

más

grandes

apellidos, eran duques de Bouillon, de Soubise, de Rochefort, de Guemenée, de Chabot, de Marzán y
de Montbazón. Su divisa
no me

era

«Rey

no

puedo, duque
familia perte

digno serlo;

soy Rohán». A

esa

necía el

obispo

de

Estrasburgo;

había heredado la

mitra y el título de cardenal de su tío el cardenal Constantino de Rohán, como se hereda un castillo
y
un

palacio.

Los Rohán sufrieron también la transformación

de la corriente del siglo; algunos de ellos,

como

el

príncipe
a

de Guimenée, cayeron
sus

en

pesar de
en

grandes rentas, gastaban
sus

falencia porque, en el lujo

y

el

juego

sumas

mayores que las que mayores.

producían

las tierras heredadas de

En las grandes familias el hijo mayor, el heredero del título, tomaba para perpetuar la grandeza, las

propiedades y castillos; el hijo segundo era desti a la Iglesia y terminaba sus días en un obis o en una rica abadía; el tercero era nombrado, desde su juventud, oficial de un regimiento y llegaba
nado

pado

a ser

mariscal si coincidían
en no

sus

talentos

con en

las in

fluencias

la corte. Pobre hijo cuarto;
ocurría
como

la socie

Inglaterra, que el hijo de buena familia que carecía de fortuna partía para las colonias; a esacostumbre atribuyen algunos autores la prosperidad de esas colonias inglesas po bladas por excelentes elementos y no por presidia rios ni por gente inútil. El hijo cuarto, en Francia
dad francesa
en era

En la misma

caballero de Malta y hacía voto de castidad. época, un joven de la aristocracia
a

destinado
una

la

carrera
un

militar, sufrió

una

fractura de

caballo; su padre, el Talleyrand-Perigord cambió el de sus dos hijos; el que estaba destinado a destino la carrera eclesiástica, pasó a la milicia y el inválido pierna en jefe de la casa
de los
que ya había

accidente de

hecho

sus

estudios

en

la escuela mi

litar, pasó al seminario,

ese

fué el célebre

Talleyrand,

obispo

de Autun.'

Luis de

Rohán,
tío el
con

a

los 26 años, fué nombrado coad

jutor de

su

Estrasburgo,

derecho

cardenal Constantino, obispo de a la sucesión. Los histo*

y**,.:

224

riadores lo pintan
un

con

los caracteres más

simpáticos,

varón, alto, erguido; su ele gancia singularizaba entre los jóvenes prelados franceses y podía competir con los prín cipes seglares de la época; había recibido una esme
en

bello

ejemplar

de

el vestir lo

en su seno

rada instrucción y la Academia Francesa lo recibió y figuró con honor en la célebre compa
De
su

conversación, dice madame de Genlis, podía serlo la de un prelado». Tenía, a la vez, grandes defectos, era dilapilador de las grandes rentas de los bienes de familia y de los del obispado. Ese obispado de Estrasburgo le daba como vivienda un espléndido palacio en esa ciudad; un castillo en Saverne, con extensas tierras de caza, y un palacio en París. Habitaba la mayor parte del año en Saverne; tenía su mesa abierta para todo caballero que, al llegar a esa ciudad, pedía ser
ñía. que
era

amable "hasta donde

invitado,
En el año 1770 pasó por Estrasburgo, en su viaje de Viena para Versalles, la archiduquesa María Antonieta, una niña rubia, de edad de quince años, que había contraído matrimonio por poder con el

Delfín de
en

Francia, nieto
a

y heredero de Luis XV. El

príncipe obispo dijo
Francia la viva
en

archiduquesa que iba a ser imagen de esa gran emperatriz
era

la

que reinaba

Austria y que

la admiración de

la
un

Europa. No podía hacerse a la joven princesa elogio que llegase con más seguridad a su alma.

Sus
con

ojos
no

se

llenaron de
a ver.

lágrimas;
madre

gran dolor de

esa

cual
su

volvería

se había separado incomparab" a

pecho, pudo

Con la cabeza inclina entrar la archiduquesa al

sobre

interior;

225

del Al

al lado del

templo rodeada de esos caballeros y prelados y príncipe obispo, joven y bello como ella. llegar al altar el obispo la bendijo, y un coro de tocadas por hermosas niñas alsacianas, llenó arpas, el ámbito del templo gótico. El príncipe Luis, que todavía no era cardenal, siguió su vida de gran señor en su palacio de Sa verne; grandes cacerías, las mejores jaurías de la Alsacia, comidas y banquetes donde corrían a rau dales los vinos del Rhin y de Hungría, y los invita dos pertenecían a la mejor aristocracia de Alemania
y de Francia,

y,

del obispo, decidieron nombrar al Antonieta escribió
a a su

Versalles, las influencias de la familia de Rohán especial, las de la marquesa de Marzán, prima príncipe Luis em bajador en la corte de Viena. La inteligente María
En
en

madre, María Teresa: «Van

enviar a Viena como embajador a un señor de gran casa, el coadjutor de Estrasburgo, que más parece un soldado que un obispo». Mal principio para el
nuevo

religiosa
reino.

embajador, porque la Emperatriz era muy y no permitía esa clase de prelados en su

La misión de Luis de Rohán el
su

su

en Viena, que, para joven prelado diplomático, debía ser la base de fortuna como hombre político, fué la causa de ruina. Olvidó la primera regla de la diplomacia,

que es el estudio de la sociedad donde debía repre sentar a la Francia; y llevó en la severa capital de
ese

imperio,

una
a

vida de derroches y de fausto que

escandalizó

toda la corte y produjo la más desfa-

vorable
rana.

impresión

en

el ánimo de la excelente sobe

La

pésima impresión
en

Versalles,

que hizo en Viena llegó a cartas confidenciales de la madre a la

hija,; y en cartas oficiales del gobierno imperial a su embajador, el conde de Marcy Argenteau, La descripción del lujo de esa embajada puede dar una ligera idea de las costumbres de la época: llegó en una carroza con grandes faroles cincelados:
las ruedas y soportes de acero, habían sido fabrica
dos por los más célebres artífices; la caja y la concha del cochero eran una maravilla de incrustaciones sobre brillantes barnices. las Su caballeriza

guardaba

cincuenta hermosos animales para su carroza y para partidas de caza. Lo acompañaban además de sus

secretarios, dos caballerizos mayores, dos picadores, pajes; todos de la mejor nobleza, un gobernador, un profesor de latín, que era el idioma oficial, dos gentil-hombres, para el servicio de la mesa, seis ayudas de cámaras, un maestre de sala, un jefe de la servidumbre, dos jeduques, cuatro batidores, dos suizos, seis músicos, un intendente, dos tesoreros y
seis

el

La dado

personal de la secretaría. emperatriz escribió a su embajador: «he que disgustada de la elección que se ha hecho del
representante de
no

nuevo

esa

zado si

temiera los

corte; lo habría rechaque recaerían sobre

'
'

disgustos

mi hija». Las Beatas del

lujo

rana;

que fué calificado de escandaloso por la sobeasistían todas las damas de

embajador-obispo
la

fueron de

un

]
,

las partidas de

aristocracia'

en

ca¡-Jo r(roTd()-ido idoido

oon

las protestas de la solo cargo sobre su

plumas de halcón y pompón ese lujo, de las cartas y de emperatriz no se desprende un moralidad; y los cronistas, que han cuidado de registrar memorias y corresponden cia, anotan esa circunstancia en honor del faustoso prelado. En los banquetes tenían asiento cien, y aún ciento cincuenta personas; después se arreglaban las mesas de juego y bailes al son de la orquesta de Mozart. Su secretario, el abate Georgel, agrega a la narra ción de esas fiestas, «que la juventud gozaba a la vista de sus padres y todo ocurría dentro de la más estricta honestidad». La emperatriz era de diversa opinión a la del secretario, y decía que el obispo de Estrasburgo corrompía a su nobleza. Encargó a uno

verde

galoneada

de oro;

en su

gorra. En medio de

de los funcionarios de fiestas
que
no eran

su

corte que le hiciese obser

vaciones respetuosas; el

embajador

contestó que

sus

regidas
sus

por la mayor

decencia;

que ya

había lanzado muraciones y,

podrían

invitaciones para todo el año; suspenderse sin dar lugar a mur
la más fina cortesía, terminó di

con

ciendo que esperaba del buen juicio de la soberana que cambiaría de opinión y que él no suspendería sus fiestas que le daban ocasión para que la mejor sociedad de Viena pudiese gozar de la cultura fran
cesa.

La partida estaba perdida de antemano para la emperatriz; toda la corte estuvo de parte del emba jador; su hijo, el emperador José, buscaba ocasión para oír sus conversaciones, aunque su madre las juzgaba escandalosas, y el primer ministro, el conde

de Kaunitz, era asiduo asistente a las fiestas ds prelado. En una carta de la emperatriz a su hija, le dice que, después de una conversación del empera dor José suelto ir
como con a

el

príncipe Luis,
ese

el

primero había

re

Francia para

conocer

tantas maravillas

país. La lucha tomaba mal aspecto y la emperatriz, que medía la gravedad de sus actos y ejecutaba con la mayor rapidez y ener gía sus resoluciones, pidió el retiro de embajador.
ese

él cuenta de

extraño

Esa ruptura creó una grave dificultad para el cumplimiento de la más grande de las ambiciones del cardenal:
ser

primer ministro del futuro

rey. El

recuerdo de Richelieu y de Mazarino estaba vivo en la memoria de los prelados franceses; no había cono cido la Francia mejores ministros de sus reyes que esos dos hombres de iglesia; Luis XIV era su propio primer ministro; Luis XV se dejó dirigir por loa ministros que le impusieron sus favoritas: el duque de Choisseul, el amigo de la Pompadour, y el duque de Aiguillon, hechura de la Du Barry. Dos prelados franceses soñaban con el cargo de primer ministre del nuevo rey; en el obscuro obispado de Autun preparábase para la diplomacia el joven prelado Mauricio de Talleyrand; en Estrasburgo daba sus primeros pasos el obispo de esa diócesis. Ni el uno ni el otro pudieron satisfacer esa ambición. En las Memorias de Talleyrand puede descubrirse la causa:

el rey Luis XVI
tante extraña

se

opuso

con una

tenacidad bas
porque
y

en su ese

conducta de

estimaba que

perjudicar

a-

obispo «era incrédulo la religión»; sin embargo, la

gobernante,

podía
al

historia,

examinar el caso, ha
y poco

deplorado que ese rey bueno inteligente no hubiese tenido a su lado en los momentos difíciles, al hombre más hábil del siglo, que habría sido sü leal defensor porque habría seguido la tradición de Richelieu, que salvó el trono en circunstancias de mayor gravedad. Tampoco pudo el príncipe Luis de Rohán lograr ese anhelo, el más caro de su vida, porque la reina de Francia, impregnada del odio de su madre hacia el prelado, jamás lo consintió. La religión había sufrido en su prestigio al ser gobernada por esa clase de prelados; ellos no se ocupaban de los intereses morales de su grey ni del pueblo al cual tenían la obligación de dar buenos ejemplos y evangelizar. Para felicidad de los intereses religiosos acostum braban dejar la dirección de sus obispados a sacer dotes virtuosos a quienes nombraban vicarios y éstos reunían las condiciones que la Iglesia exigía para los candidatos para obispos; modestos y piado sos, estos vicarios dirigían los seminarios y conser vaban en los campos y en las pequeñas ciudades, la
tradición de la verdadera doctrina de Cristo y reci bían directamente de Roma las instrucciones e ins

piraciones de
ese

los

sistema de

pontífices. En elegir los obispos
en

Roma

se

deploraba
el

de las diócesis ricas

recordaba que, cuando derecho de patronato, lo hizo
y
se

un

Papa concedió

contemplaban
beneficios sino
El

el interés

religioso

favor de reyes que y no daban esos

el

a los más virtuosos y más dignos, Papado, al hacer esa concesión, no contempló peligro de los abusos de la autoridad encargada

230

de hacer esas presentaciones ni las amenazas de los políticos modernos, ni la aspiración de los que aban donan la senda de la humildad y dedican
su

habi

lidad y

sus

influencias
esa

día,

para obtener

a cortejar a los poderosos del clase de beneficios.

Juana de Valois, la gran culpable del proceso del collar, pertenecía a una vieja familia empobrecida; era hija de Santiago de Saint-Remy y, según, se pudo comprobar por el juez de armas de la nobleza francesa, esa pobre gente venía en línea directa de una rama extraviada de los Valois, que había que dado enclavada en un viejo castillo cerca de Reims, Santiago de Saint-Remy murió en un hospital de caridad; su hija pedía limosna en la calle pública y
decía
a

los transeúntes que por

sus venas

corría la

misma sangre de los reyes que vivían en el esplendor del palacio de Versalles. Decía la verdad, y los que arrojaban una pequeña moneda en sus manos se
reían de
esa

afirmación. La oyó
su

una

señora carita
su

tiva;
su

se

condolió de

desgracia, llamó

atención
la

belleza y la recogió en un convento. Se hicieron averiguaciones sobre el

origen de

pobre mendiga
taron

y los datos recogidos en Reims resul verdaderos. El conde Beugnot, que tenía una en esa propiedad región dice que el padre de Juana se mantenía como podían hacerlo los no

bles que

no trabajaban y que se veían en la necesi dad de alimentar a su familia; si k pequeña propiedad no daba para su sustento, cazaba

pequeños

J

furtivamente

231

en

la

heredad vecina

o

robaba frutas

en

el

jardín

ajeno. Esa fué la primera educación de Juana de Valois. El cura de la parroquia declaró que jamás
había conocido mayor

miseria; los niños

con

los

pies desnudos, parecían salvajes; la mayor de ellas, Juana, apacentaba vacas y vestía un traje amari llento que llegó a tener el mismo color del heno.
La marquesa de Boulainvillers, esa dama carita tiva que recogió a la pobre muchacha que pedía limosna para una descendiente de los Valois, le dio educación y después pudo casarse con Antonio Ni colás de la Motte, hijo de un oficial de gendarmes, Juana concibió el plan de hacer de su marido un conde auténtico, y aunque vivían en gran pobreza, lo que era fácil en aquellos tiempos, tomaron ese
título sin la protesta de nadie. De aventura en aven tura y después de varios hurtos y de haber sido condenado el marido por robo, la condesa Juana de Valois de la Motte llegó al castillo de Saverne en

busca de

su

Boulainvillers,

primera protectora, la marquesa de que era huésped del espléndido car

denal. Corría el año 1781 ; el príncipe Luis de Rohán ocupaba los más altos cargas de la corte; su obis

pado

de

Estrasburgo

era

el más rico de

Francia,
su

y

las rentas de diversas abadías aumentaban

cau

dal. Había

cumplido los
dijo,

cincuenta años y
sus

conser

vaba la grave apostura de
El cardenal
proceso, que,

primeros
sus en

años.

en una

de

declaraciones del la carretera de

yendo de

camino

Estrasburgo con la marquesa de Boulainvillers, le fué presentada Juana de la Motte con el apellido de Valois. Era una hermosa mujer, muy hábil para

m
presentarse
en era como

víctima de la suerte, y fué recibida

Saverne, con esa hospitalidad que en ese palacio. prometió su protección y el marido de la condesa fué, por recomendación del cardenal, nombrado capitán de dragones.
de costumbre Rohán le

el castillo de

En la misma época

Cagliostro

con su

esposa.

Rohán que,

en

su

ciudad de

apareció en el castillo el conde Supo el príncipe Luis de Estrasburgo, había

aparecido un hombre extraordinario que curaba todas las enfermedades; que no aceptaba recompensas de los clientes ricos y daba dinero a los pobres; pidió audiencia al taumaturgo y le fué negada, diciendo al emisario: «Si el señor cardenal está enfermo, que venga y lo curaré; pero si está sano, ni él necesita de mí ni yo de él». En esos días, paseándose por la plaza de la catedral, se fijó el charlatán en el célebre Cristo de madera que la adorna, y exclamó: "No puedo comprender cómo ese artista, que no ha cono cido a Cristo, ha podido darle un parecido tan per fecto». «¿Cómo? usted ha conocido a Cristo? le di jeron. «Estuvimos juntos hasta el último momento», contestó Cagliostro; cuántas veces nos paseábamos juntos por la arena mojada del lago de Tiberíades. Su voz era de una dulzura infinita. Pero no quiso creerme; se le agregó una banda de pescadores y de mendigos; predicó y las cosas le salieron mal». Volviéndose a su criado, le preguntó: «¿Te acuer
das de la tarde
en

que Jesús

fué' crucificado

en

Je-

rusalem?»

«No, señor, le respondió^
ocurrió mucho antes».
no

el

estoy

a su

servicio sólo desde hace mil

criado, yo quinientos

años y
mera

eso

El cardenal

pudo quedar tranquilo
en

con
su

negativa

y obtuvo audiencia

la pri segunda
un

instancia. Salió de la conferencia fascinado. «Es hombre
un

imponente, dijo a su secretario, que inspira religioso respeto; nuestra conversación ha sido

demasiado corta y deseo tratarle más detenidamente».

juzgarse los conocimientos de teología del Rohán, en vista del entusiasmo que despertó en él ese hombre que había conocido a Cristo. Después de una segunda conversación, Cagliostro le dijo: «que su alma era semejante a la
cardenal Luis de
suya y que merecía
ser

Pueden

el confidente de
y
su

sus

secretos».
en se

Desde el

ese

día

Cagliostro

mujer

se

instalaron

castillo de Saverne,
con

cuyas

altas chimeneas

ennegrecían
ron una

el humo de la

alquimia. desperta
era

Los encantos de la condesa de Cagliostro la curiosidad de los habitantes de la diestra amazona, cuando montaba

región;
a

en su

yegua

árabe Djerid;

«todos

se

enamoraban de ella

la

distancia», dijo uno de los visitantes del castillo. Cagliostro sorprendió el secreto íntimo del carde nal, que no era otro que el de ser primer ministro; pero no podía lograrlo por la viva oposición de la
reina María Antonieta. Pocos años arrendó
sus

después

todos los

cómplices del

drama

del collar estaban instalados en París. Cagliostro un buen palacio en un barrio central; de
recursos

aumentarlos incesantemente,

y de los medios que le servían para no se conocen otros

'

_

s?

que la medicina, la enseñanza de las ciencias ocultas y los encantos de su mujer. En París consiguió que lo visitasen el conde de

Artois, hermano del

rey y

el futuro duque de Orleans. La táctica de Estras burgo producía excelentes resultados en París; se

negaba a recibir a los personajes importantes; des pertaba su curiosidad y hacía de ellos amigos y pro
tectores. En sus invitaciones a comer los invitados observaban asientos vacíos; Cagliostro les decía que

estaban

ocupados

por

personajes invisibles

que ya

habían muerto; de ese modo comían y cenaban con el rey Enrique IV, que estaba muy en boga en ese tiempo, o con Voltaire, que acababa de fallecer o
con

Montesquieu. Sus clientes aumentaban día

a

día

entre los adeptos cajitas con la diosa Isis o con el buey Apis, con inscripciones geroglífieas. Su popularidad no tenía límites. Fundó la logia Isis para mujeres y se afiliaron en ella las condesas de Brienne, hermana del primer ministro, la de Polignac, la de Genlis, amiga de! duque de Orleans y las más distinguidas damas de la aristocracia. Muchas de ellas llevaban el retrato de Cagliostro en sus abanicos; la condesa de Caglios tro era la gran-maestra. Era la época de los embus tes y de las supersticiones que reemplazaban en esa sociedad en plena decadencia moral a las

pertenecían a todas la masonería; distribuía
y

las clases sociales. Reforme"

viejas

creencias y a las antiguas enseñanzas del decálogo. En el palacio del cardenal las relaciones entre Cagliostro y la condesa de Valois de la Motte, se estrecharon y los dos conjurados el

supieron

secreto

del

cardenal; la condesa

comenzó desde

ese

día

a

fingir

una

amistad

con

la reina María

Antonieta,

que debía servirle para sus planes futuros. Esa amis tad era secreta; el cardenal creyó en ella y ese error

preparó

su

ruina.
en
casa

A las reuniones

del cardenal asistía el

abogado Beugnot, que era el único a quien no enga ñaban los dos comediantes; el conde italiano y la condesa francesa; el señor Beugnot fué más tarde director general de policía; era un hombre habilí simo y sagaz; pero él, siendo muy joven, iba tras de los encantos de la condesa de Valois, a la cual había conocido y protegido en sus días de mayor pobreza. Su testimonio, que conocemos por sus me morias, tiene especial importancia. Juana de Valois y su marido vivían de expedien tes poco honrosos; ellos entraron en el complot del
collar para ganar dinero. La piedra fundamental del éxito estaba en la posibilidad de entrar en relaciones
con

los

"desmayos.
en
en

la reina. Para obtenerlo recurrió al sistema de Iba a Versalles, y para poder intro
las salas interiores del relaciones de las
con

ducirse
con un uno

palacio,
y
en

entró

suce

sivamente

un

cocinero; después

mozo

caballerizas,

de los músicos de la

seguida, con orquesta real. El primer
la reina
no

desmayo pasó desapercibido;

tuvo

cono

de ella; fué hospital. El segundo desmayo produjo algún resultado; alcanzó a sentir los clamores de la pobre mujer desmayada la hermana del rey, la buena madame Elizabeth;^ supo que la pobre enferma era una descendiente de los Valois; hizo visitarla en el hospital; le envió cimiento de la desgracia ocurrida recogida por la guardia y llevada
cerca
a un

¡É*^,

236

cierta

de dinero y le prometió una pensión. El tercer desmayo llegó a oídos de María Antonieta,
suma

quien bondadosamente habló al rey Luis XVI de descendiente de los antiguos reyes. Esas fueron las únicas relaciones de la intrigante con personas de la familia real. Sin embargo, ella hablaba de esas relaciones en el palacio del cardenal. Uno de los oyentes la llamó aparte y la previno que ya la poli
esa

cía tenía conocimiento de

una

persona que

se

decía

amiga personal de la reina, que se hacían diligencias para hacer su filiación, que podía caer en una pri sión si la descubrían. Sin embargo, el cardenal creía
en

las relaciones de la condesa

con

la corte de Ver-

salles y en el poder extraordinario de Cagliostro, Las investigaciones que hizo la policía de París
en

el proceso del collar

establecieron,

una a

una, las

fué la de

antiguo gen arruinada, llamado Marco Antonio Retaux de Villette. La antigua nobleza, que
darme de
una

amistades que tenía Juana de Valois; un joven de buena presencia, familia

una

de ellas

había abandonado el cultivo de los campos, caía en funciones bastante humildes y la gendarmería era
uno

de sus recursos, El joven Retaux mantenía con la condesa de la Motte relaciones «que no puedan
un
en

expresarse», dice uno de los testigos del proceso; rol importante reservaba la condesa a ese amigo

el escamoteo del precioso collar.

cardenal, después de su instalación en el es pléndido palacio que pertenecía a los obispos de Estrasburgo, reanudó sus diligencias para alcanzar
su

El

aspiración suprema de ser nombrado primer mi nistro. El rey Luis XVI loj^cibfa en la corte, pero

237

era

extremadamente

reservado;
en

no

aumentaban las
a

probabilidades;
y
sus

escribió

tres ocasiones

la reina, el proce

cartas, según quedó demostrado

en

so,

sin respuesta. Su última esperanza la cifró el crédulo prelado en la amistad con el conde

quedaron

Cagliostro.
comenzaron

Las artes de madame la Motte y de Cagüostro por una serie de lecciones de magia y
una en una

de espiritismo; necesitaban
contraron

señorita de la

Tour,

vidente y la en una hermosa

joven, pariente de Juana, que debía hacer el papel de ángel; era necesario que hubiese nacido bajo la
constelación de

Capricornio, que fuese una criatura de pureza angelical, de nervios delicados y de ojos azules; se convino en que la señorita de la Tour tenía las dos condiciones de pureza y de nacimiento
que, unidas
a

los nervios y
ese

en manos

de Cagliostro

a los ojos azules, ponía ángel ideal.

de las sesiones en el palacio del cardenal: «Pusieron a la niña un de lantal blanco con adornos de plata, le hicieron reci tar diversas oraciones y le ordenaron que se acercase
narra una

M. Funk-Brentano

donde había dos velas encendidas y un vaso con agua clara. Cagliostro detrás de un biombo invocó al Gran Coitos a los ángeles Rafael y Miguel, y preguntó a la vidente si veía a la reina
a una mesa

gran

en un mosa

vaso; María Juana, que así se llamaba la her niña, contestó bien aleccionada, que la veía.
,

Cagliostro le preguntó en seguida si veía algunos ángeles que trataban de abrazar a la reina; la niña contestó negativamente; el conde Cagliostro le or denó que diese golpes con los pies y, después de eso,

A

la vidente vio

a

los angelitos. El cardenal, durante
en

la ceremonia, estaba

oración

esperando el resul

tado. Esas ceremonias se repetían dos veces en cada semana hasta que el cardenal quedó convencido de

apariciones. príncipe prestó declaración en el pro era tan grande el deseo que tenía de reconquistar el favor de la reina, que era el único obstáculo que se oponía al logro de su am bición, que estuvo completamente cegado». Juana de Valois preparaba una entrevista del car denal con la reina, y Cagliostro buscaba una persona
Cuando el
ceso

la veracidad de las

del collar, dijo «que

de toda collar reina.

su

una

oferta secreta

confianza que hiciese a los dueños de) en nombre de la misma
en

Anunció Juana al cardenal que,

los días de

ceremonias,
la

la

reina,

al pasar

cerca un

mostraciones de confianza
ocasiones

con

de él, daría de movimiento de
en

cabeza; en verdad, creyó ver en

el crédulo

cardenal,

dos
esas

el semblante de la reina

manifestaciones.

Después le permitió leer varias cartas de la reina a su prima de Valois, escritas en papel azulíno con la flor de Lys; en ellas le hacía alusiones al cardenal. Después, en el proceso, se pudo
establecer que las cartas eran escritas por Retaux de Villette, el amigo de Juana.
En
un

conciliábulo secreto,
sus

al cual asistieron el

cardenal,

particulares, Caglios Valois, se leyeron esas cartas y el taumaturgo las interpretó diciendo que muy luego «el príncipe quedaría colocado en una situación pro minente, en el gobierno del Estado; que la empleatro y Juana de

dos secretarios

239

ría

en

favor de la

propaganda

de los buenos
en

princi
la feli

pios,

en

la

gloria

suprema de la Francia y

cidad de todos

sus

habitantes».

Rohán ya no dudó de la buena voluntad de la reina y aceptó tener con ella una entrevista noctur
en la cual ella no cambiaría sino una sola pala con el cardenal; bastaba con su presencia; con aquella mudanza en el espíritu de la reina su pri vanza quedaría asegurada: el pobre príncipe radiaba de luz y de alegría, Para esa audiencia nocturna en el bosquecillo del parque de Versalles buscó Juana de Valois, para que representase a la reina, a una pobre niña llamada Nicolasa Leguay, que tenía un gran parecido con la soberana; rubia, esbelta y con grandes ojos azu

na,

bra

les. Se le adiestró

con

lecciones de Juana y de Ca

una sola palabra, presentaba para la pobre grandes responsabilidades; así, a lo menos, lo aseguró ella en sus declaraciones del proceso. Ella no engañaba a nadie; era el pobre cardenal el que se dejaba engañar. Se le hizo baronesa de Oliva; ese

gliostro;

no

tendría que decir sino

de modo que la comisión np

nombre

era

el anagrama de Valois.

Voy a seguir la narración del eminente historió grafo de París, el señor Funk-Brentano : "El 11 de Agosto de 1784, a las siete de la tarde, el conde de
a

la Motte y Retaux de Villette pasaron en un coche recoger a la nueva baronesa de Oliva y partieron para Versalles. En otro coche de más lujo iban la

condesa Juana,

uno

Rosalía,

la mujer de alojamiento arrendado

de los secretarios del cardenal y confianza de Juana. En un
en

la

plaza Delfina

se

vistió

a

Nicolasa
uno

con un

al de

de los retratos de María

traje confeccionado en todo igual Antonieta, pinta

dos por madame Vigée-Le brun, que había sido ala bado en la última exposición. Sobre sus hombros pusieron una manteleta blanca y sobre la cabeza el gorrito del célebre retrato. Juana y su marido la

acompañaron, comieron en un hotel de cuarto orden bosquecillo. Estaba el jardín en tregado al silencio; se oían sólo los sonidos de la caída de las aguas del juego de la fuente. Los grandes árboles cubrían ese rincón con su follaje; Nicolasa tuvo miedo, y el conde le prestó ánimo. Aparece un hombre que era Retaux de Villette, que dice: «allí está»; «allí está»; los acompañantes se alejan y de jan sola a Nicolasa sentada. Aparecen después tres hombres, uno de ellos el cardenal, alto, delgado, aprisionado dentro de una levita, con un gran abrigo y un sombrero de grandes alas. Nicolasa tiembla, guarda en su pecho una carta que debía entregar al visitante; el cardenal se inclina hasta el suelo, besa
y salieron para el

el borde inferior de la falda. Nicolasa

murmura

cortas

palabras

que el cardenal

no

entiende bien, pero que

le parecen palabras de perdón y olvido. Este se in clina de nuevo; era convenido que la entrevista sería

rápida
sonas

y que se pronunciarían dos palabras al pasar. Uno de los conjurados avisa que vienen otras per de la corte; el cardenal sigue su camino acom pañado de la condesa de la Nicolasa toma

Motte,

y

el brazo del conde de la Motte. La entrevista céle bre había terminado. Los cuatro

cómplices

se

juntaron

poco

después

241

para

aplaudir el resultado; todos

se

reían sobre todo

de que el cardenal se hubiera hincado ante Nicolasa, El conde Beugnot, en sus Memorias, dice que esa noche fué de visita a la casa de Juana de Valois;
que la vio

llegar en compañía de su esposo, de Vi llette y de una joven rubia de veinticinco años, ad mirablemente bien formada. Guardaron secreto sobre la excursión que habían hecho; al retirarse le pidie
ron

que acompañase hasta
en

su

domicilio

a

la joven

rubia;

al mirarla

el camino estuvo reservada y recuerda que en el momento de despedirse, la encontró la reina. Ese fué el parecer unánime de del proceso; el pobre cardenal pudo fácil

parecida
los
mente

a

testigos

ser engañado por los complotados. Después de esa escena la alegría del cardenal no límites; la condesa de Valois quiso aprovechar esa oportunidad para obtener algún dinero y se atre vió a pedirle, en nombre de la reina, un préstamo de cincuenta mil libras para la ayuda de sus pobres. La libra francesa tenía en esa época un valor de dos

tuvo

francos. El cardenal tomó
sus

ese a

dinero

en

la

casa

de

banqueros
recibo,

y lo

entregó

la condesa sin

exigirle

un

Siguieron varios otros pedidos de dinero; la condesa con él sus numerosas deudas y depositó el resto en una casa de préstamos. Pudo pagar la dote de una de sus hermanas. En el proceso se dejó estable cido el origen de esas sumas y su empleo, y, cuando se le preguntaba por su origen, decía con gran desespagó
16

MÉr-.,

peración del pobre cardenal: «el obispo de Estras burgo es mi amigo». Esa era una de sus numerosas mentiras; en el proceso, y precisamente con el tes timonio de Rosalía, su camarera, pudo establecerse que el cardenal, al negarlo, decía la verdad. El di nero lo pedía en nombre de la reina y se valía de las cartitas azulinas con la flor de lys, donde estampaba
la firma falsificada de María Antonieta.

Los

joyeros Bohmer

brillantes del collar habían contraído
y necesitaban

y Bassenge, para adquirir los un préstamo venderlo; disminuyeron el precio e

insistieron para que el rey lo comprase para María Antonieta; el rey lo ofreció a su esposa y ésta con testó negativamente; le asustaba el precio de cerca
de cuatro millones de francos. Los
una

nueva

tado y el resto
mente

joyeros hicieron proposición; les pagarían parte al con a plazos. El rey contestó definitiva íque prefería comprar un barco para su ma
un

rina antes que
y

aplaudida y conocida del pueblo, a la reina, que eran jóvenes y
con

collar». Esa respuesta fué muy que amaba al rey

nado

que habían termi los escándalos y derroches del reinado an

terior.
a

En el año 1777 el mismo Bohmer pidió de rodillas la reina que aceptase el regalo del collar que de seaba hacerle su marido la soberana lo

y indignada obligó a salir de su presencia, diciéndole que las gentes honradas no necesitaban hacer peticiones de rodillas. -He rechazado—le agregó—ese collar a pesar

243

de las instancias del rey para dármelo; venda sus brillantes por separado; no

desllágalo
se

y

confunda

ni

arruinado por este mal negocio». Pasaron algunos años y los joyeros no encontra
se crea

ban dentro ni fuera de la Francia
ese

comprador

para

collar, conocido
de
sus

en

sura

piedras.

Se hablaba de

todo Europa por la hermo esa maravilla en

la casa de la condesa y repentinamente concibió el diabólico plan de ofrecer el collar a la reina en nom bre del cardenal que estaba lleno de ilusiones res

pecto
casa

a su

nombramiento de
numerosas

primer

ministro.

Entre las

personas que frecuentaban la

Valois, se contaba un señor Laporte, yerno del procurador general Achet; éste a su vez, era uno de los consejeros del joyero Bohmer. Por ese conducto se introdujeron Juana y sus ami gos en la casa del judío dueño del famoso collar. Juana dio a leer las cartas apócrifas de la reina y Achet prometió buscar una persona con gran vali
miento Juana
en se

de Juana de

la corte para hacer

una nueva

tentativa:

ofreció

como

intermediaria.

el collar
con

El 29 de Diciembre de 1784 los joyeros llevaron a la casa de la «prima de la reina», nombre
que
se

daba Juana

a

conocer

con una

audacia incom El cardenal

prensible.
ro.

quedó deslumbrada.
a

estaba ausente

en

Juana visitó bre no debía ser
que el

Saverne y regresó a fines de Ene los joyeros; les dijo que su nom

de las más ruego de los
como

pronunciado durante la negociación; comprador sería un gran señor, dueño de una grandes fortunas de Francia. Ante el joyeros les dio el nombre del cardenal
esa

de la única persona capaz de hacer

ad-

quisicióñ. Pocos días después anuncióles la visita cardenal; pero les hizo prometer que jamás dirían que fué la condesa de la Motte quien les dio noticias de ese magnífico comprador. Tomaba ella toda clase de precauciones para efectuar el robo de la alhaja,
del
La condesa dijo al cardenal que sabía que la reina deseaba con vehemencia adquirir ese collar, pero que la

mezquindad del

rey

se a

seaba hacer la compra le sirviese de

lo impedía; y que ella de crédito, y a escondidas del
un

rey, pero que necesitaban de

intermediario que

fiador,
es

y la

mucho, ha creído

que el único

reina, después de meditar a quien ella puede

pedir
a

ese

favor

al cardenal Luis de Rohán. Le dio

leer

una

carta firmada por María Antonieta de

Francia, nombre
los

que

jamás

usó ni

pudo
a

usar,

según
de

las costumbres de la corte. Rohán fué

la

casa

joyeros el 24 de Enero; vio el collar; como hom bre de exquisita cultura lo encontró de mal gusto, pesado y le causó extrañeza que la reina pudiera tener entusiasmo por una jo/a, rica, pero sin valor artístico. Aceptó el precio de tres millones doscientos mil francos, pagaderos en dos anualidades con cua
trocientos mil al contado, Se hizo un proyecto de contrato; le llevó Juana a la reina y lo devolvió con cada hoja rubricada,
eon

la palabra

aprobado

y, al

final, firmado

con

el

nombre María Antonieta de Francia. En la tarde comenzó el de la

de Valois para entrar en impaciente a casa del cardenal y preguntó si la alhaja estaba en sus manos. «Helo aquí», le dijo el prelado.

empeño picara Juana posesión del collar. Llegó

24o

«La reina lo espera hoy mismo», «Hoy mismo lo llevaré a Versalles y lo entregaré la persona que ella designe para recibirlo». Se convino en que la entrega se haría en la casa de la plaza Del fina en Versalles, que la condesa de
a

la Motte había arrendado para

ese

objeto.

Se encontraron pocas horas después en la habita ción de la condesa en la casa indicada; el cardenal

despidió a su sirviente; la condesa exige que no haya testigos para la entrega. Se oyen pasos, y entra, ves tido con traje de la corte, el emisario de la reina; el cardenal entrega el collar y todos se despiden. El emisario de María Antonieta era Retaux de Villette, el amante de Juana de Valois, que había precedido a Nicolasa Oliva en la escena del bosquecillo. Ya co
nocía al cardenal. de

En la noche la condesa recibió el precioso objeto manos de Retaux de Villette; lo partieron sin

arte ni

discreción, rompiendo algunas

la mayor parte la

guardó

para sí la

de las piedras ; condesa; la por

ción de Villette y de los otros cómplices fué entre gada al día siguiente. No se supo nunca cuál fué la

participación

de Cagliostro; ¡ese italiano no dejaba rastros! A Nicolasa no le dieron nada porque temie ron que fuese indiscreta, Los primeros brillantes fueron vendidos en París;

un

joyero llamado

Adam Franc entró
y
se
a

en

sospechas;

Retaux fué

apresado

declarar que pertenecían condesa de Valois de la

noticias de que esa vender alhajas de sus clientes y

la obligación de dama de calidad, la Motte; ya la policía tenía señora se dedicaba al negocio de
en

vio

una

amigas;

no

cayó

en

246
ese

-:.VX"

sospecha del robo;
vertencia; el
¡i

pero

hecho les sirvió de ad

resto de los brillantes fueron llevados
a

Amsterdam y

Londres por el conde de la Motte
sus

y por Retaux de Villette. En el proceso

blecerse cómo fueron vendidos,
de
ese

pudo esta precios y el em

dinero; la mayor parte fué traído a París pleo y la condesa lo invirtió en títulos de renta al porta
en

dor que podrían asegurar su porvenir. Ella se quedó París para hacer frente al temporal que debía

matemáticamente llegar en el mes de Agosto al ven cimiento de la primera cuota del precio tal como fué convenido
y
en

el contrato firmado por el cardenal

aprobado

por María Antonieta de Francia.

Los joyeros estaban tranquilos con su contrato, porque tenía la firma del riquísimo cardenal y de la reina. Sabían que María Antonieta había pedido la

entrega de la joya,

para el día

primero de Febrero

porque debía usarla en la comida que los reyes ha cían en público el día de la Candelaria. Los pobres

judíos
asistir

se

valieron de

sus

relaciones el collar

en

la corte para
sor

a ese

banquete
no

como

espectadores. Gran
en

presa tuvieron al

ver

el cuello de la

reina, pero guardaron su desengaño y lo atribuyeron a alguna causa pequeña que no merecía ocuparse de
ella.

También el cardenal encargó a de cámaras que asistiese a ese
le

uno

de

sus

ayudas

dijese

cómo iba

alhajada

banquete público y la reina. El enviado nada
y

vio y el cardenal no pudo entrar en sospechas. Durante los meses transcurridos entre Febrero

Agosto, fecha del vencimiento, continuó Juana pre gonando su pobreza y recibiendo las limosnas que

247

el cardenal y otros protecto res. En cambio adquiría muebles y ricos objetos para su casa de las vecindades de Reims, la casa de la
mes

le enviaban cada

familia de
Junio hizo

esa
un

rama

de los Valois. En el
a a su

mes

de

viaje

Saverne, vestida de hombre

para avisar al cardenal que había ido

obispado

para avisarle que,
en

a su

regreso, la reina lo recibiría

audiencia En el
mes
a

particular.

y dio
su

de Junio ya estaba el cardenal en París conocer a la condesa su sorpresa al ver que
no

la reina

hacía

uso

del collar y que la noticia de

adquisición se mantuviera en secreto. Juana le respondió que la reina estaba asustada del alto pre cio y que pedía que fuese rebajado. El cardenal vio a los joyeros y obtuvo la rebaja de doscientas mil fibras, es decir cuatrocientos mil francos, Aconsejó el cardenal que los joyeros escribiesen una carta a
la reina que él mismo redactó. María Antonieta
no

lo entendió y dijo
ese

a

su camarera
a

mayor que descifrase

los que cada día publicaba El Mercurio de Francia, el diario oficial de la época; la carta quedó sin respuesta y la reina ordenó des

enigma, parecido

truirla. 'Ese

pobre hombre
camarera un

pan— su

le compre

gañéis,
esos

y

dijo la reina a madame Cam bajo la obsesión de que se vuelve, os pido que lo desen decidle de mi parte que jamás compraré

vive si

collar;

brillantes tan caros*. el día del terrible vencimiento, y el car denal no disponía de ese dinero. Juana hizo enviar por un criado una carta dirigida al cardenal y fir

Llegaba

mada siempre por María Antonieta de Francia,

en


La que

-

'

pedía
un

se

Agosto
se

hasta el

aumentase el plazo que vencía en primero de Octubre. En esa fecha
un

haría

abono de
sus

millón cuatrocientos mil
a

francos. La credulidad del cardenal comenzó
y entró
en

fallar

primeras sospechas. La condesa, a quien el cardenal cree en la mayor pobreza, le en
tregó la
Esa
suma

recibido de la
suma

de sesenta mil francos, que ella había reina, para el pago de los intereses.
venta de los

provenía ciertamente de la

brillantes. Esa entrega aumentó el crédito de la con desa; pero los joyeros se desesperaban pidiendo el
pago del

capital

y

no

aceptaban la postergación de

los vencimientos,

Agosto tomó la condesa una resolu audaz; buscó a uno de sus amigos íntimos, el padre Loth del eonvento de los mínimos, un mal sacerdote, que conocía el enredo y le dijo que visi tase a los joyeros y les revelase el secreto; que la firma de la reina era falsificada; y que los Rohán eran bastante ricos y pagarían. Quiso descubrir el fraude, evitar la intervención de la corte y circuns cribir el escándalo a una cuestión personal entre el cardenal y los joyeros. Desgraciadamente para el cardenal, los joyeros no siguieron el consejo de Juana y no tomaron el camino de ir a arreglar francamente con el cardenal una cuestión que no debía salir de ellos: el comprador y el vendedor. Bohmer fué a Versalles, pidió audien cia a la reina; no la obtuvo, pero pudo hablar con madame Campan, su confidente. Esta le dijo: «ha béis sido víctima de una estafa; la reina no ha reci bido ni desea comprar ningún collar».
ción

El día 3 de

249

En la tarde de ese día, cuando vio fracasado su plan de ocultar a la reina el uso que se había hecho de su nombre, la rido, de Retaux, de testigos en el mismo día dio condesa ordenó la
y de todos los que

fuga de su ma podían servir

proceso que ella veía venir. Ese una comida en su casa; entre los in vitados estaba el conde de Barras, que había de ser el dictador de Francia, algunos años más tarde. Después de la comida emprendió la fuga y fué a esconderse a la casa del cardenal; creía que, com

prometiéndolo
varse; puso

de

ese

modo, le

sería más fácil sal

culpa sobre
Rohán
o un

en práctica su plan de echar toda la el cardenal y obtener de la familia de salvo conducto o su amparo, su

Tres días más tarde ella y
su casa

marido salieron para

de Reims antes de que estallase el

conflicto;

ella, alojada por el cardenal, era su cómplice; su culpabilidad quedaba aminorada. Con razón el abo gado Labory, el criminalista moderno, dice que ja más una mujer pudo imaginar una maniobra más
hábil.

Rohán, en su confusión, recurrió a su amigo Ca gliostro; éste, tan hábil como la condesa, le dio a conocer la verdad; no recurrió, dice el señor FunkBrentano, al dios Cofto, ni al arcángel Miguel, ni al buey Apis; le dijo: «Nunca la reina ha firmado María Antonieta de Francia; habéis sido engañado; sois la víctima de una estafa; y no tenéis sino un camino: ir a echaros a los pies del rey, que es tan bondadoso, pedirle perdón y pagar más tarde el valor del collar». El consejo era bueno; Cagliostro: hizo de ese consejo el pedestal de su defensa en el

"*l
juicio; no podía hablar de ese modo uno de los cóm plices de la estafa. El pobre cardenal no siguió ese consejo; pidió opiniones a otros amigos; divulgó el escándalo y esperó ser arreatado antes que confesar y pedir el perdón que tal vez hubiese obtenido en el primer momento. Su confesión habría evitado la investigación que hicieron los ministros del rey,
Mientras tanto Juana de Valois cuenta
gos de Reims que el robo del collar
era
a su3

ami
con

la obra de

Cagliostro, y que ella es la víctima de los amores que la persigue el príncipe Luis de Rohán.

La de

reina,

en

los días

siguientes,

tuvo conocimiento

una

joyero completa. El día
se
su

mínima parte de lo que ocurría; llamó al Bohmer y le ordenó hacer una narración
12 de

Agosto dio
con

cuenta al rey y

manifestó ofendida y,

enojo

no era en

contra de los

justicia, muy irritada; ladrones, sino" con

el cardenal que pudo creer que ella había sido capaz de adquirir esa joya por esos medios y valiéndose de su crédito. En verdad, la ofensa era grande y ella
de
no se

dio cuenta cabal de la extrema credulidad

ese príncipe, ni de la maldad confabulada de tres grandes estafadores que habían perseguido el dinero

del

cardenal, y, de ninguna manera, la deshonra de la reina. El 15 de Agosto, día de la Asunción, el cardenal, como capellán mayor de la corte, debía asistir de gran uniforme a la misa del rey. Era también el día de la fiesta de la reina. La nobleza se

congregaba

251

ese

día para festejarla. El rey Luis XVI dio pruebas
su

ocasión de su bondad para la esposa y de absoluta falta de tino como gobernante.
en esa

Si hubiera vivido Luis XIV,
biera tenido

su

bisabuelo,

y hu

reinado,
ron

se

a su lado a los ministros del glorioso habría levantado un sumario secreto; el
sus

honor de la reina y

enojos personales
verdaderos

no

debie
ser

llevarse

a un

tribunal público; el delito debió
sus

encerrado dentro de

hmites;

una es

tafa de la condesa Juana de Valois y de sus cómpli ces al cardenal Luis de Rohán; el castigo habría
sido el destierro del rey
a su a

diócesis de

cardenal, por orden verbal del Estrasburgo, con prohibición de
con
a

volver

la corte. Los estafadores habrían sido
en un

denados

juicio regular,

ir

a

Cayena,

a cum

plir
a

condena sin darles permiso para alarmar la Europa atónita con un escándalo en que era
una

parte una reina de Francia. El cardenal y la familia de Rohán habrían pagado el precio justo del collar; en el proceso se dejó establecido que los honrados

judíos habían abultado el precio hasta
a

hacerlo subir

tres

veces

más de

su

valor.

En la

mañana del 15
con

sejo de ministros,

de Agosto se reunió el con asistencia del rey y de la reina.

No estaba presente el ministro

Vergennes;

pero asis

tieron Breteuil y Miroraesnil; el primero opinó por las medidas rápidas y enérgicas; el segundo por la prudencia y habló de la necesidad de tomar mayores

informaciones; la reina opinó

como

Breteuil y el rey

como Miromesnil. María Antonieta sólo pensaba en la ofensa recibida: «el cardenal, dijo, ha tomado mi nombre como un vil y torpe monedero falso». Si se

252

hubiera seguido el parecer de Miromesnil,
tomado
un

se

habría
que el y

tiempo preciso
era

para

comprobar
no

candido cardenal
que su error,

la víctima y
por

el

malhechor,

culpable,

creído que la reina era capaz de valiéndose del crédito ajeno. Se tomó la resolución de
esa

cierto, consistía en haber adquirir alhajas prender al cardenal
en

misma mañana. Pero el rey, tan bueno y tan

prudente, quiso hablar con él; lo llamó a su despa cho particular y le preguntó: «¿qué hay de cierto, primo mío, en eso de la adquisición de un collar de brillantes, que habéis hecho en nombre de la reina?» «Señor, contestó Rohán, he sido engañado; pero yo no he engañado». Y no pudo continuar; las pier nas le [laquearon, la palabra le faltaba, la reina le lanzaba en ese momento una mirada de fuego y de desprecio. «Si es así, le contestó Luis XVI, no debéis tener ninguna inquietud; pero explicaos». Y le hizo ade mán de que escribiese sus explicaciones; lo dejaron solo un momento con un papel en blanco delante de sus ojos nublados por la impresión. Alcanzó a escribir unas quince líneas y descubrió el nombre de la verdadera culpable: Madame de
Valois de la Motte.

¿Dónde
«Tenéis

está

—Señor

no

vos

—«Está

en

esa mujer? preguntó el rey. lo sé, respondió el cardenal. el collar?» poder de la señora de la Motte». esa

Después de

conversación pasaron de

nuevo

a

deliberar y regresaron a la sala donde estaba el denal para hacerle leer el memorial redactado

car

por los

"*

253

joyeros donde
le

se

hablaba de los billetes escritos por

la reina para autorizar la compra del collar. El rey

preguntó dónde estaban esos documentos. «Los tengo yo; bou falsos», respondió el cardenal. «Ya lo creo que son falsos», dijo la reina poseída de la mayor indignación, Después de un momento de silencio, el rey le dijo : «No puedo dispensarme de la obligación de redu ciros a prisión; el nombre de la reina es para mí muy precioso'. Fueron inútiles las excusas y las súplicas del car denal, que pidió se evitase ese escándalo y ofreció pagar el precio del collar. Se dice que el rey estaba a punto de ceder; su ministro Miromesnil apoyaba la medida de pruden cia que solicitaba el pobre príncipe de Rohán; pero
intervino la reina:
s

¿Cómo

es

posible,

señor

cardenal,

que

no

habiendo

hablado

con vos una

sola palabra

en

los ocho años

que desempeñáis este cargo en la corte, hayáis po dido creer que yo iba a servirme de vuestra inter

vención para efectuar la compra de ese collar?» La actitud de la reina fué decisiva y decidió la prisión del cardenal; en ese momento en que estaba reunida
la corte para oír la misa del día de la reina. En esas palabras airadas de la reina estaba la enigma; el pobre cardenal, que no había obtener
en

clave del

logrado palabra

ocho años ni

una

mirada,

ni

una

de la reina, él que aspiraba a ser primer mi nistro y conocía la causa de la oposición del rey, habla descubierto sus cuitas a Cagliostro y a Juana de Valois y había

aceptado,

sin meditar

en

los me-

kw

254

:

>■''■

dios y sin medir las
hacerse
su

responsabilidades,
esa

satisfacer los deseos mani festados por ella en una carta falsificada por la con desa de la Motte, en la cual aparecía la reina mani festando el deseo de adquirir ese maldito collar. Esa frase de la reina da al escándalo del collar bus

agradable ante favor ayudando a

el plan de enemiga y de conquistar

verdaderas proporciones y
de falsedades.

su

origen queda desnudo
los reyes salen

La hora de la misa había

pasado,

del salón donde estaban reunidos los cortesanos; el marqués de Breteuil va detrás de ellos. En seguida aparece el cardenal, y Breteuil dice en alta voz al duque de Villeroy, jefe de la guardia: «¡Prended al
señor cardenal!»

La

escena

fué fulminante. Ni el rey ni la reina
que

midieron las consecuencias. La

nieta, la verdadera víctima
el cardenal al autor de la habrían de
una

pobre María Anto creyó perseguir en grave ofensa, puso la
con

piedra del edificio de las torpes calumnias

que

enemigos del inteligencia, socabo por sus propias manos el prestigio de su familia, base angular de la monarquía hereditaria Madame Campan, en sus Memorias, dice «que la reina llegó a sus habitaciones en un estado de agita ción que le causó espanto». «Es necesario, dijo a sus perseguir
en

el futuro los

trono;

y el rey, bueno y débil de

damas,
cubren

que todos los

carados;
a

si la
un

púrpura

es preciso que la Francia y el mundo lo sepan». Ella no habría pronunciado esas si hubiera conocido la verdad. Faltó en ese palabras

miserable,

vicios horribles sean desenmas romana y el título de príncipe

255

día, en la corte de Francia, un hombre tranquilo y prudente que hubiera levantado un proceso previo
para
conocer

la verdad antes del escándalo de la

prisión del cardenal. Napoleón, en sus reflexiones de Santa Elena, se ocupó del proceso del collar, y con ese juicio certero de su genio, emitió la siguiente opinión: sLa reina era inocente, y para dar mayor publici dad a su inocencia, ordenó que el Parlamento juz gase. Pero el resultado fué contrario; porque se creyó que la reina era culpable y esta opinión desacreditó
a

la corte». El proceso se siguió con todas las formalidades la Europa entera estuvo pendiente durante
año de
ese

legales;
un una

asunto dudoso

en

el cual

eran

parte

reina de Francia y un cardenal, y en cuyas audiencias prestaban declaraciones dos de los más

hábiles embusteros de la época: el conde de
tro y madame de la Motte,

Caglios
de

La defensa de
nuestra

Cagliostro, según los abogados
una

época,

es

maravilla asombrosa de ta

lento, de grandeza y de ironía. El italiano de Palermo, el hijo de José Bálsamo, no había dejado rastro;? de su intervención en el engaño a pesar de haber sido su director. Nunca se pudo probar su partici

pación
tido
las

en

el reparto,
se

El cardenal
con su

túnica

presentó a todas las audiencias ves roja y llevando sobre su pecho

condecoraciones más importantes de Europa;

entraba acompañado por veinte príncipes y prince sas de la familia de Rohán. La Oliva cautivó desde el primer momento por su

256

-•

aspecto de
escena

víctima

inocente

que

asistió

a

la

del

Juana de Valois. Y esta

bosquecillo de Versalles, engañada por intrigante, en lugar de acu
con

sada,

tomó actitudes de acusadora y amenaza

revelaciones sibilinas encaminadas

a lanzar sospe chas sobre la reina y sobre el cardenal. Cuando Cagliostro compareció para declarar y se

preguntó quién era; contestó simplemente: «Soy noble viajero», y no se pudo obtener más acerca de su origen y de su vida anterior, Sin esperar nuevas preguntas se lanzó en una im provisación donde las palabras salían como torrente; hablaba en latín, en árabe, en francés y en italiano y en lenguas que jamás han existido, según lo ase guran algunos de sus biógrafos, Su discurso es recibido con grandes risas y, al ter minar, recibe felicitaciones por su ingenio y su buen
un

le

humor.
La sentencia
se

dictó

en

el

mes

voto unánime de sesenta y cuatro

de Mayo. Por el magistrados, reu

nidos para esa solemnidad, se declaró culpable a Juana de Valois, y hubo algunos que pidieron parn ella la pena de muerte en atención a los graves per juicios causados a la reputación de la corte y a la asombrosa audacia de comprometer a la reina de Francia en sus intrigas y en el robo del collar. La

mayoría la condenó
hierro candente blicamente.
sus

a

prisión,
ladrona
a

a

ser
a ser

marcada

con

como

y

azotada pú
y

Su marido fué condenado

galeras perpetuas,

cómpUces a diversas penas. La Oliva fué El auditorio estaba pendiente de la parte de ltffl

absueltajl

257

sentencia que resolvería sobre la suerte del cardenal.

La reina y la corte hicieron pesar toda su influencia para su condenación. El cardenal fué absuelto. Se le condenó sólo a hacer una declaración favorable a la reina en la cual debía exponer la absoluta verdad sobre la falsificación de la firma real y la ignorancia
en

que estuvo ella de toda la

intriga hasta el descu

brimiento que hicieron los joyeros en su visita a la corte. No fué condenado a pagar el valor del collar
porque ya la familia había

cargado

con esa

obliga

ción.

Cagliostro
tra

fué

él y muy

absuelto; nada podía probarse con luego salió de Francia para dedicar 'sus

últimos años a nuevos embustes y denigrar la repu tación de la reina en folletos y conferencias en di versas ciudades de Europa. recibida La absolución del cardenal y de Cagliostro fué con grandes demostraciones de júbilo, pre de las escenas de la revolución. Las describe

cursoras

el mismo
ser

Cagliostro

en su

estilo

peculiar

y

merece

recordada esta página del gran estafador y em bustero que había tomado nombres supuestos, y había paseado por todas las ciudades de Europa

inventando ciencias ocultas
sónicas.

y

fundando

logias

ma

«Salí de la Bastilla a las once y media de la noche; la calle estaba obscura; el barrio era poco frecuen tado. ¿Cuál no sería mi sorpresa al ser aclamado y saludado por ocho o diez mil personas? Habían for
zado la puerta. El
zos

patio, las escaleras, las habita
no

ciones, todo estaba lleno. Fuí llevado hasta los bra
de mi mujer. El corazón
17.

podía sufrir la lucha

258

í'--^

de los sentimientos que se disputaban su dominio; mis rodillas se doblan, Saquean y caigo sin conoci miento. Mi mujer lanza un grito penetrante y cae también desvanecida. Nuestros amigos nos rodean temerosos ante el peligro de que el momento más

I
j

grato de nuestra vida

sea

quietud

se

comunica de

uno a

también el último. La inotro de nuestros ami

gos; el ruido de los tambores ha

V
,■

¡jS-

dejado de oírse; un pesado silencio ha reemplazado a la bulüciosa ale Vuelvo a la vida; un torrente de lágrimas se gría. escapa de mis ojos, y puedo, en fin, viviendo, estre char contra mi pecho. ¡Oh! vosotros, seres privi legiados, a quienes el cielo ha hecho el presente raro de un primer amor, sólo vosotros podréis entenderme! Sólo vosotros podéis apreciar lo que vale un primer instante de felicidad después de diez meses de suplicio». Ya he dicho quién era esa mujer, esa condesa de Cagliostro de quien habla en ese tono de novela
, .

romántica el aventurero italiano y nombre de «presente raro».
'/-v.

a

la cual da
y
se

ese

Cagliostro
para

fué desterrado del

reino,

embarcó

Inglaterra. Desde el destierro dirige las publi caciones que Villette y los otros cómplices escribie ron contra la reina y la duquesa de Polignac. Fueron
libelos los que prepararon las terribles acusa ciones contra la familia real de los días del terror y
esos

algunos aparecieron
la reina.

como

prueba
en

en

el proceso de

Juana de Valois permaneció

la cárcel de la

Conserjería. El cumplimiento de la sentencia dio lugar a un espectáculo horrible. El día 21 de Junio

2W

fué despertada muy de mañana y obligada a vestirse para salir de la habitación. Al salir del umbral de la

pieza,
ron

cuatro sayones forzudos la
manos

tomaron, le liga

cumplirse

y la llevaron al sitio donde debía la sentencia. Se le obligó a ponerse de rodillas para oír su lectura. Lanzó una serie de inju rias contra los

las

jueces, razgó

sus

vestidos y

se

arrancó

los cabellos poseída de la furia que la dominó al saber cuál sería su castigo tan merecido. Cuando supo que sería azotada y marcada con fuego, excla

«¿Así vais a tratar a una descendiente de los Valois?» Lanzó terribles gritos que se oían en todo el palacio; el patio estaba repleto de espectadores que fueron testigos de la escena calificada por uno
mó:

de ellos de «indecente». Se la desnudó y azotó ante

ese

tumulto de espec

tadores hambrientos de escándalo. Después el ver dugo aplicó sobre sus hombros la letra V (voleuse) ladrona. Con esa marca recorrió más tarde las prin cipales ciudades de Europa, cuando pudo huir de la

prisión,
necer

Se le confiscaron todos los bienes y debía perma encarcelada durante los días de su vida, Pero

el

precio del

collar había sido llevado por

uno

de los

al extranjero. Ese dinero sirvió para la publicación de los libros, folletos y manuscritos que

cómplices

circularon por toda la Europa con las viles calum nias contra la familia real, contra la reina y contra
el cardenal. La religión y el trono, cuya destrucción predicaban la masonería de la época y los demagogos

de todos los tiempos, tuvieron en esos libelos pasto para alimentar a la multitud delirante de sus clientes,

260

los

Setenta años más tarde todavía los herederos de judíos Boehmer y Bassenge mantenían juicios

contra la familia de los

duques

de

Rohán,

por el

precio del

collar!

El proceso del collar preparó la Revolución fran cesa porque las calumnias de Juana de Valois y las falsedades de Cagliostro quitaron a la familia real
su prestigio secular en la persona más importante de la corte que era la reina María Antonieta, Los gobernantes, sean emperadores, reyes o pre

sidentes, viven de su prestigio. Cuando éste desaparece como las nubes que arrastradas por el viento, las autoridades caen el primer empuje del vendaval.

son con

María Antonieta
CONFERENCIA LEÍDA EN EL CLUB DE SEÑORAS DE SANTIAGO, EL 10 DE JUNIO DE 1927.

MARÍA ANTONIETA

Mientras la humanidad viva de

sus

más gratos

recuerdos,
y

y mientras los grandes ideales de justicia de conmiseración alienten a los habitantes de este los literatos, los poetas y los historiadores, se mundo,

acordarán de la reina María Antonieta. En Francia, cada día su figura es más interesante y su memoria penetra más intensamente en la muchedumbre, en el

pueblo y en la antigua aristocracia; la era de las calumnias pasó para ella. En los días más tristes para la sociedad francesa,
cuando

los ejércitos alemanes

amenazaban

llegar

1914, el marqués de Segur, un notable literato, miembro de la Academia Francesa, leía en la Sociedad de Confe rencias, diez estudios sobre María Antonieta, cuyo
hasta
gran
su

capital,

en

señor y

un

conjunto constituye

la última

palabra histórica

y

la más acabada y más imparcial, sobre la desgra ciada reina que murió en la guillotina de la plaza de

la Concordia. Frente al lugar donde

se

alzaba la

guillotina, algu-

'

-264nos

-

"^;^
el

años más

tarde, vivía

en su

palacio

príncipe

de

y fué

Talleyrand, que la conoció en sus días de triunfo testigo mudo de su sacrificio; él comenzó a
museo

reunir los elementos para el

de María Anto

nieta, de la casa de la calle de Saint-Florentin, que ahora pertenece a los barones de Rothschild y donde
se conserva ese

tributo

a

la memoria de la víctima

de las calumnias de la revolución.

investigar la causa de esa admira ción universal a esa mujer. La Francia tuvo muchas célebres reinas: Blanca de Castilla, hija de Alfonso IX, aquel rey que es llamado El Bueno y El Noble, conserva en la memoria de los franceses la primacía entre sus grandes soberanas. Mujer de Luis VIII y madre de San Luis, demostró tener sus grandes cua lidades de tacto y energía de su raza; y dio a su hijo el buen ejemplo de virtudes. Su recuerdo se
conserva en

Es interesante

Francia

como

una

de
en

cidas

soberanas;

pero,

hay algo
es

sus más esclare la vida de María

Antonieta

que la supera; y

el interés que des

pierta la desgracia.
Cuando los escritores franceses hacen compara

ciones,

toman siempre como modelo a esa princesa castellana heredera de las virtudes de los reyes

hidalgos.
ratriz
su

En la medianía del siglo pasado, la empe Eugenia visitó, acompañando al Emperador Napoleón III, la ciudad de Ruán, y el arzobispo en
«nueva Blanca de Castilla». poeta realista y, en un célebre cuarteto, exclamó: «Es blanca; eS de Castilla; pero Blanca de
un

:.
'

discurso la llamó

Protestó

Castilla, nó». Ninguna reina de

esa

nación puede colocarse al

265

Lado de la madre de San Luis, por sus talentos y por sus servicios; pero María Antonieta la aventaja por el recuerdo de sus infortunios; y de ella se ocu pan los historiadores como jamás se ha hecho con
soberana
A
esa

alguna en otro país. mujer, interesante desde su niñez hasta el cadalso en que murió, le tocó en suerte reinar en Francia, en la más deseada de las cortes, en la época de la decadencia. No tuvo ella la culpa de los errores de Luis XIV ni de los escándalos de Luis XV, que produjeron resultados fatales cuando reinaba su
débil marido. El

gobierno de

las

ditaria tiene sus ran; los hombres
para
esas

monarquías, por sucesión here inconvenientes; las razas degene
nacen

no

todos

con

las cualidades

responsabilidades.

También palpamos en las repúblicas los inconve nientes de la elección; no siempre el elegido es el

mejor
bernar

de los
no
es

ciudadanos;

a veces

el que entra

a

go
en

el favorecido de las mayorías y,

ocasiones, resulta que las riendas del gobierno, por obra de la audacia y de acontecimientos imprevis tos, caen en manos de ciudadanos que no cuentan con el asentimiento de las cuatro quintas partes de
la sociedad que cae en desgraciada suerte en manos que la conducen a la ruina. No se ha encontrado el sistema ideal de gobierno. Ni Platón, ni Cicerón, ni Santo Tomás, han dado la norma infalible y perpetua para que los pueblos puedan ser gobernados por los mejores.

266

La archiduquesa María Antonieta de Austria salid de Viena a la temprana edad de catorce años y medio, dueña de edificar para sí, en sus ensueños, el castillo de la felicidad.
El prestigio de la corte de Francia era tan grande después del reinado de Luis XIV, que las otras cor tes, incluyendo entre ellas la del Sacro Imperio Ro mano Germánico, quedaban eclipsadas. La hija de Francisco de Lorena y de la Emperatriz María Te resa estaba, desde su primera niñez, destinada a ocupar ese trono de Francia, tan ambicionado.

María Antonieta nació el dos de Noviembre de 1755. Los agoreros, que fijan el destino de los vivos; cuando ya han ocurrido los sucesos favorables <: adversos, han atribuido a ese día de los muertos el triste sino de la bella princesa. Al mismo tiempo anotan que, en ese mismo día, un terremoto destru yó la ciudad de Lisboa, causando treinta mil muertes
y la destrucción de
sus palacios y monumentos. noveno de los dieciséis hijos de la cé Emperatriz. Su educación fué esmerada, casi patriarcal en una familia que pudo ser presentada

Era ella el

lebre

como

modelo de todas las virtudes, Contaba solamente nueve años, cuando las velei dades de la política acercaron a las dos cortes, que durante siglos habían mantenido una implacable rivalidad, la de Francisco I contra Carlos V. La

aparición
de
una

en la escena del mundo de un nuevo reino, familia antes conocida como los

margraveH
1

267

de Magdeburgo, y que,

XVIII,
a

inducido al

en la medianía del siglo mejor ejército de Europa, había duque de Choisseul, ministro de Luis XV, cambiar la política de Richelieu y a borrar el foso

mantenía el

-

Viena de Versalles y a buscar en la unión de las dos cortes el equilibrio de los poderes
a

que dividía

de
con

Europa.
la

El matrimonio del

delfín de

Francia

archiduquesa
por

fué el nudo de la combinación.
a

A la edad de trece años empezó

recibir

esa

edu

cación, dirigida
hasta
de
su su

confesor,

sacerdote que

profesores enviados de Francia; Vermond, un buen fué su consejero, en ocasiones difíciles
el abate de
a

vida,

fué enviado
como

Viena, desde Versalles.

Tanto Vermond
vencer

los

profesores

las inclinaciones de la alumna hacia

tuvieron que una hol

gazanería unida a otras cualidades; la princesa era ligera, locuaz, aficionada al placer; prefería las lec ciones fáciles y evitaba las que le causaban tedio; al mismo tiempo era bondadosa, alegre, dócil; pero
tomaba de las
con una

cosas y

facilidad que asombraba

de las personas, el lado ridícido a los profesores de

mayor

experiencia.
de matrimonio concebido por Chois

El

proyecto

seul tuvo la colaboración, desde el primer momento, de Mercy-Argenteau, embajador de María Teresa
en

fm

París, quien
menores
en

se

encargó

de la confección del trouscon

seau.

Mientras concertaba

la corte de Versalles

los

saba
esa

detalles del eontrato matrimonial, pen la triste suerte de la niña que iba a ser tras de la corte casi conventual de Viena, a plantada vida

. '

,

.,

espléndida

de Versalles y donde

aparecía,

•■'■■

como

astro de

primera magnitud, el escándalo del

favor de la condesa Du Barry.
En 1770

poder
mes

firmó el contrato y el matrimonio por fué celebrado en la capilla de los Agustinos
se ese

de Viena el 19 de Abril de salió de la

año.

El 24 del mismo

cortejo del acompañamiento que debía conducirla hasta Estras burgo. El viaje hasta Versalles duró veintidós días, La despedida de la madre y de la hija, que no debían volver a verse, fué emocionante; María Antonieta perdió el conocimiento. El paso del Rhin y la entrega en Estrasburgo a los miembros del cortejo francés, reunió a una multitud de espectadores ansiosos de ser testigos de ceremonias nunca vistas en esa región. El poeta Goethe hizo el viaje desde Weimar y des cribió las fiestas populares y fué testigo de la entrega capital
oficial de la niña que venía
a

de Austria el

servir de vínculo de

unión de las dos cortes que habían sido rivales du rante dos siglos y medio.

Luis XV
para recibir

se a

trasladó

a

Compiegne

con

su

nieto,

la futura reina de Francia,

Augusto de Francia había nacido en 1754; tenía dieciséis años. Huérfano de padre y de madre, su educación había sido entregada a una
de
su

El delfín Luis

noble dama, la señora de Mackau. Había heredado

madre,

una

mento

linfático; pero a los diez años era ya un mu chacho fuerte, por los ejercicios corporales que le habían sido impuestos; de un aspecto físico robusto

princesa de Baviera,

un

tempera

269

carecía de la distinción y de la elegancia de

sus

abue

los; sus ojos velados, revelaban una propensión a la miopía, y esta enfermedad unida a su timidez natu ral, le daban un aspecto de poca destreza y predis ponía en contra de él; no era simpático ni en su físico
ni
en su

conversación.

Tenía el defecto de la

gula;

en

su

aumentación

prefería la cantidad a la calidad, y los que asistían a sus comidas, deploraban ese defecto de su primera
educación.
Su instrucción fué ria y
en

esmerada;

tenía buena

memo

gozaba

con

las lecciones que recibía sobre todo

las de historia y geografía. Su

inteligencia

no era

mediocre, como se ha creído, pero no era sobresa liente; sus profesores alababan su afición a la lectu ra, su amor a la justicia, al método, a la reflexión y el respeto por la verdad. Su defecto capital fué la falta de energía para mantener sus propias ideas y
para defender
sus

resoluciones. el

Era

notable el contraste entre
en

delfín y

su

los aspectos físicos, en la simpatía que esposa, eran capaces de despertar, en los modales y en el
arte de

agradar.
en

El

era un

joven

que
y en

despertó inteera

lectualmente demasiado tarde y ella
mente precoz
su

prodigiosa
aspectos

inteligencia

sus

morales.
necesario hacer el retrato físico de María Antonieta; los cuadros de madame Vigée-Lebrun
No
es

han dado

una su

bello

en

mismo de sus facciones, a esa tez alba y brillante que

popularización universal a ese rostro conjunto, sin que pudiera decirse lo su porte majestuoso y a
no

tenía

igual

en

la corte

270

sus pies, sus ma irreprochables; su voz tenía una dulzura Walpole escribió en sus Memorias: «cuando ella se mueve, es la gracia personificada». Aprendió el idioma francés con corrección y sus afi ciones a la música, a las artes y a la danza tan noble y pintoresca de la época, hicieron de ella la primera figura de la corte; si no hubiera sido la reina, tam bién habría reinado sobre sus contemporáneas, si se atiende al conjunto de cualidades de brillo que la manera

de Versalles. Su
eran

de andar,

nos,

que cautivaba.

adornaban.

En el de la
la reina.

curso

de esta conferencia voy
en

a

mujer; prescindiendo

cuanto

sea

posible

ocuparme de

La corte de Francia estaba dividida en dos círcu los : el de los amigos de la Du Barry y el de sus enco nados enemigos. Encabezaban este último las tres hijas de Luis XV. Una de ellas, madame Adelaida,
era una

hembra

brava; las

otras

dos, madame Vic

toria y madame Sofía, eran mansos corderos diri por la hermana mayor, que se encaraba frente a frente de su padre. La cuarta, madame Luisa, había tomado el velo de las carmelitas en el convento

gidos

de San Dionisio. La primera visita de María Anto nieta fué para esa tía santa.

El

primer

encuentro de la

delfina y de la Du

acontecimiento que despertaba la curiosidad ¿La nueva princesa sería la aliada de madame Adelaida o se colocaría entre los complaera un

Barry

de los cortesanos.

|

271

decir, entre los que toleraban a la favo rita? Desde el primer día se pudo saber que María Antonieta no sería de las últimas. En el primer día de su llegada a Versalles, hubo gran banquete en el palacio. La condesa Du Barry había preparado un gran vestido para esa presentación. Luis XV había
cientes,
es

sufrido
que
se

un

error,

una

falta de tacto, al

no

ordenarle

de la
hacer

abstuviera de asistir y dejase la ceremonia presentación para otra ocasión, después de
una

preparación del

terreno.

La hábil niña

permitió esa presentación; preguntó al rey, cuál era
la corte. A sentado
su una

y, con la mayor candidez, el oficio de esa dama en

criatura torpe

madre le escribió que le habían pre e impertinente. Cuentan

las crónicas que una de las damas contestó a la pre gunta tan indiscreta de la delfina, diciéndole que el oficio de la condesa Du Barry en la corte era el de

divertir al rey. «Entonces ya
esos

no

serán necesarios

servicios,

porque yo

me

encargaré de divertir

al rey». En muy pocos días pudo notarse que María Antonieta entraba en el círculo de las hijas del rey;

ellas

eran sus

amigas,

eran

devotas

como

ella,

y

su

repugnancia para aceptar la presencia Barry las unió estrechamente.

de la Du

La ceremonia oficial del matrimonio se celebró en Versalles y la comida de ese día fué seguida de la bendición del lecho, como se acostumbraba en esos tiempos; el rey Luis XV puso la camisa al desposa do, y una de las tías a la novia. Desde ese día y du rante siete años hubo entre esos esposos jóvenes una

absoluta separación, que ha dado motivos
chas

para
se

mu

investigaciones;

gran número de autores

han

_

272

_

ocupado

de

ese

caso, que los ha llenado de curiosi

dad y que
El hecho

no

han

podido explicar.
¡
j

conocido de Luis XV y de las perso nas de la familia real; la noticia llegó a Viena y eausaba las mayores zozobras a la Emperatriz madre, Cuando nació el primer hijo del conde de Artois, hermano menor del delfín, éste dijo con la mayor
era

j

naturalidad: «ya el reino tiene su heredero». El renunciaba voluntariamente a darle ese hijo y here dero
El
a

J

1

la hermosa María Antonieta.
a

embajador Mercy decía
no
o

la

Austria: «El señor delfín

da

a su

Emperatris de mujer el menor

indicio de gusto por ella :i ella». La Emperatriz
tancia. Entraba
y
se a

de empeño por acercarse se consternaba. Apenas el marido le dirigía la palabra a su esposa, y a la díala habitación de María Antonieta estado de de
su

¡

informaba distraídamente del
un

;

salud. «Es
son

hecho

innegable, dice el marqués

Segur,

■-

que los

primeros días de un matrimonio de jóvenes los más dulces de la vida; los más tiernos y los

[
l
.

más

alegres» ;

son sus

palabras, las de

un

hombre de

mundo que conocía las realidades de la vida. *En el matrimonio de esos dos niños las cosas tomaron un
curso

enteramente distinto. Los más tristes

parala

pobre
su

novia fueron los de

esa

falsa luna de miel. Es
a

necesario, agrega, hacer justicia

paciencia fué El novio hace

extrema;
sus

su

María Antonieta; ■ dulzura inalterable».
a su

.-M

confidencias

tía Adelaida;

dijo que encontraba a su mujer muy amable; que'H tanto su figura como la viveza de su inteligencia le J agradaban. De esas declaraciones dedujo la vieja

le

273

tía que el sobrino estaba contento y que las relacio nes entre ambos tomarían el camino indicado, por

las conveniencias y por la naturaleza. Pero cambio alguno.
La
trar

no

hubo
a en

emperatriz,
con

desde

Viena,

invita

a bu

hija

su

marido

en

conversaciones íntimas y

obligarlo

confianza recíproca. La hija le con testa que «ha cambiado mucho y para ventaja de ambos». En efecto, un día se atreve ella a decirle:
a una

vivir juntos, es necesario que converse etiqueta y con una confianza íntima». Luis por primera vez se adelanta a hablarle de la corte del rey Luis, su abuelo, de la condesa Du Barry, de las luchas políticas entre el duque de Choisseul y el duque de Aiguillón, su rival. María Antonieta le da su opinión franca sobre cada uno de esos puntos y cree que el dique de hielo que los separa ha quedado roto. Pero se equivocaba; el delfín era para ella un buen amigo, un camarada, un admirador cariñoso, todo, menos un marido, Las cartas del embajador Mercy a su emperatriz se han publicado. En una, fechada en esa época,' le
vamos a mos

*si

sin

cuenta que María Antonieta ha tomado la ofensiva y ha

pedido

una

explicación

a su

marido y que éste
su

le había contestado que él tenía

plan

muy medi

deseaba separarse un ápice. Pro metió cambiar sus hábitos cuando hicieran un paseo a Compiégne; después lo retardó para una tempo

tado, del cual

no

rada en Fontainebleau. Fueron a los dos castillos reales designados por él y no sobrevino ningún cam bio en bus hábitos y resoluciones. El
18.

marqués de Segur, al llegar

a

esta

parte de

su

™r$
narración, pide
tencia
excusas a su

auditorio por la insis

en los detalles que él cree necesario exponer, Y yo también pido que se me excuse que haya ocu pado la atención de este auditorio en un punto tan

delicado y tan interesante de la historia de la últi ma de las reinas de Francia. Esa narración tiene,

según el marqués de Segur,

gran
en

explicar

muchos de los

sucesos

Muchos años más

tarde,

preocupación
.

y otras de más corazón de la cariñosa madre de María Antonietai
ya reina de

importancia para posteriores, 1777, cuando esa gravedad afligían el

Francia, envió a su hijo, el emperador Versalles, para que, en una con hermana, pudiese arreglar muchas cosas que dentro de su juicio certero y sagaz, no andaban bien. María Antonieta, abandonada por su marido, iba a París a los teatros donde no habían puesto sus pies las antiguas reinas de Francia. Bai laba, jugaba, contraía deudas, llenaba su cabeza de plumas y de crespones y se reía de todo y de todos, Era la época que el historiador a quién sigo en sus
José

II,

a

París y

versación

con su

narraciones denomina «la era de las locuras». Era de corta duración pero que tuvo las peores conse cuencias.
El

viaje de José II
el objeto de niña.
era

tuvo

como

pretexto el deseo
a su

conocer

la Francia y de visitar
con su

de-Jjj

hermana. En

verdad,

ciones de ésta

investigar el estado de las reíamarido y amonestarla por
sus

}
'

ligerezas

Era la época en que había aparecido el déficit las finanzas públicas, ese terrible
por los anteriores reyes, y
a

^

déficit acumulado
afición

ia reina

275 ya

gastar

era

muy

notoria,
a

en

el

pueblo le daban el
como
en un mes

nombre de madame Déficit. José II entró
de
ese

París vestido
y sin

modesto de Abril

viajero, de incógnito
encontró
a

séquito,
siguiente

el

año 1777. Al día

la reina sola

en su

Versalles y cámara de dormir. Las
a

fué

conversaciones entre los dos hermanos fueron
das y han

rápi

quedado desconocidas. Cuando
con

se

junta

ban los dos

temas;
orden

no

se

éste hacía el gasto de los abordaba la cuestión principal.

Luis

XVI,

Obtuvo de María Antonieta la promesa de poner en sus gastos y de atender a los consejos y

observaciones muy fundadas que la madre le hacía con el mayor cariño por intermedio de su hermano.
El carácter dócil de María Antonieta

permitía

esas

confidencias y e! arrepentimiento. Muy luego pudo José darse cuenta del estado de abandono moral en que esa hermosa mujer había vivido en una corte

peligrosa

y rodeada de miles de

intrigas;

se

puede

decir que ia absolución fué favorable ante el juicio de su madre. El tema delicado era el de las relaciones de los dos
esposos. De graves
esa

existencia

separada podrían
no

resultar

inconvenientes; si ellos

se

habían produ

debía al buen natural de la esposa abando nada. La reina confió a su hermano sus temores y cido
se

decepciones. Luis XVI, con su bondad natural, hizo un misterio de la verdadera situación, y pro metió enmendarse. El único resultado verdadera mente provechoso de ese viaje fué el acercamiento sincero y definitivo de los dos esposos. La reina pudo
sus no

decir

a

una

de

sus

amigas:

«ahora soy reina do

Francia». El
un

primer hijo nació

en

1778;

se

esperaba

heredero del trono y el desengaño de los dos esposos fué doloroso al nacer la primera hija, la

desgraciada princesa real, prisionera del Temple. Después nacieron los otros hijos; uno de ellos murió en la niñez, y el otro fué ese pobre delfín que muriú
en manos

Conjuntamente
terminó la
«era

del zapatero Simón. con el nacimiento de los

y comenzó el

hijos de las locuras», del lujo desenfrenado período de las tristezas, temperadas
no

/*

ior el afecto del rey, que el día de la guillotina.

le faltó

a

la esposa hasta

El

marqués de Segur,

retoño de

una

vieja familia

realista, no ha dado a conocer la única causa que otros historiadores han encontrado para explicar esa conducta del rey Luis XVI durante los siete prime
ros

años de

su

matrimonio. Era
atrevía
a

un

secreto que nin

gún realista
Está
cuando
en

se

romper.

la razón el estudioso académico francés

a la pobre niña de veinte años, por su marido, privada de afección, extranjera en ese palacio de Versalles, rodeada de intrigas para ganar su influencia; el corto período de las locuras no se excusa, pero se explica. María Antonieta, después de cuatro años de esa vida de la corte, en esa ép0Ga de un lujo desmedido, ereado por la Pompadour y mantenido por la Du Barry, sin el apoyo de su marido, inerte y despro-

disculpa

abandonada moralmente

su

'

277

visto de

sagacidad

y de malicia,

se

lanzó

en

la vorá

gine.
La
conocer en esas

imparcialidad del marqués de Segur se da a páginas de su historia; no oculta las

faltas de la reina; no defiende sus ligerezas y sus niñerías; pero levanta su voz para absolverla de todo
cargo que

jer

y

como

puede deshonrarla como reina, como mu esposa, culpando en cambio a tan extraño
como

marido. Esa absolución tuvo tricta de la vida íntima de

base la más

es

investigación histórica, acerca de los hechos esa mujer, para la cual las gene raciones posteriores han levantado ese altar de sim universales. Ella reinó en una corte corrom patías pida por los malos ejemplos del último rey, en una sociedad, cuyos sentimientos morales y religiosos se
habían debilitado por obra de Voltaire.
Pero el señor

el secreto de la el abandono
secreto
en

marqués de Segur no quiso divulgar responsabilidad del rey Luis XVI en

É

.J¡
£

los primeros que sólo era conocido por los miembros de la familia real y por sus íntimos servidores y que fué entregado a la publicidad ciento cuarenta años
más

que vivió María Antonieta durante siete años de su matrimonio. Era un

tarde, después

de la muerte del conde Alfredo

*¿¿*-"*

de Falloux, notable estadista, antiguo ministro de Instrucción y célebre escritor católico, que era el único descendiente directo del rey Luis XVI. Ya en 1892, en una biografía de la duquesa de

Angulema

se

había levantado

una

punta del

velo

que cubría ese secreto; el conde de Falloux había sido nombrado ejecutor testamentario de los últi
mos

'^^¿*

¿SjÉñ

miembros de la familia de Luis XVI; la du-

278

i

quesa de Angulema, la hija única de ese rey, dio, al tiempo de morir, al conde de Falloux, el retrato del rey, que perteneció a María Antonieta que ella había engastado en un anillo. No lo regaló al conde

de Chambord, su sobrino, sino a Falloux, Madame Elizabeth, la hermana de Luis había manifestado un cariño especial a la marquesa de Soucy, la abuela del conde de Falloux, y había ordenado que su so brina María Teresa, prisionera del Temple, no se separase jamás de esa amiga. Esta la acompañó a Viena cuando la Convención ordenó ponerla en
libertad.
El conde de Falloux vivió
con
en

la mayor intimidad

J

Chambord, heredero de los derechos legitimistas acordaron aconse a Chambord que aceptase la bandera tricolor, jar con el fin de asegurar la restauración monárquica en 1873, esa misión delicada fué encomendada al conde de Falloux. Todo eso se sabía, pero en secreto; el terrible secreto era cuidadosamente guardado. Fué un joven escritor, M. Marius Serpet, el pri
al trono. Cuando los
mero

el conde

que tuvo el valor

para decirlo

en su

obra Luis
-j¡

XVI, publicada después de la muerte del conde de Falloux. El barón de Maricourt, noble servidor de la familia de Borbón, protestó, pero no negó la veracidad de la noticia. Sólo algunos diarios la comentaron y el hecho histórico

J

quedó establecido

como

verdadero.
en

Los nietos de Luis XV, que reinaron Francia con los nombres de Luis

y Carlos

los

X, quedaron huérfanos en su niñez; el rey entregó a la señora de Maclcau para que les sir-

XVI, Luis XVHI'fl

sucesivamente';^

i

¡

279

—-

viese de madre. Tenía esa buena señora, tres hijas, una de ellas se casó con el conde de Bombeües; otra fué conocida con el nombre de marquesa de Soucy; de ella se enamoró perdidamente el futuro Luis XVI, y tuvo una hija que fué la madre del conde de Fa
lloux.

El escritor parisiense, Lanzac de Laboríe, escribió
La Revue Hebdomadaire una biografía del conde Falloux, y comentó la revelación de Marius Serpet, las siguientes frases: «Esa verdad que el conde de Falloux pudo declarar públicamente, hoy es co nocida de todo el público; su abuelo materno era el rey Luis XVI. No hay inconveniente en hacerlo saber, no para dar el escándalo de la debilidad efí
en

de

en

mera

de

uno

de los hombres más virtuosos que han

ocupado el trono de Francia, sino porque la divul gación de ese secreto da un timbre de luz y de dig
nidad sobre la vida de Alfredo de Falloux. Ahora se comprenden sus visitas a la duquesa de Angulema,

alegraban su rostro entristecido desgracias y sus disentimientos políticos
que

por
con una

tantas

el conde

de Chambord tomaban el aspecto de querella de familia».
La hermosa

patética

archiduquesa

de

ese

de Viena a París, encontró niño de dieciséis años que le daban por esposo.

Austria, cuando vino ocupado el corazón de

Se ha atribuido

a

nieta

una

grave

responsabilidad
a

las amistades de María Anto en el desastre de su Versalles
sus

vida. Cuando llegó

confidentes

eran

-

280

-

"^ ';-"3?B
.

las viejas hijas del rey Luis XVI que luchaban con tra la condesa de Du Barry. Esa amistad demasiado
estrecha era inconveniente; pero no podía causarle perjuicios; las princesas no eran un peligro; estre espíritu, no eran capaces por sí solas de luchar contra la favorita y los ministros del rey que

chas de

seguían

sus

aspiraciones.
con

.',

La amistad de la reina

la

princesa

de Lam- t

baile tuvo mayor influencia y fué de mayor duración. Esa princesa pertenecía a la familia de Savoya-

■"■■] j

Carignan y era viuda de un príncipe de sangre real, hijo del duque de PenthiOvre. Era seis años mayor que María Antonieta; sin ser bella, era una mujer elegante que atraía hacia sí muchas simpatías. Se conocieron en 1771, cuando acababa la princesa de Lamballe de dejar sus vestidos de viuda y quedaron ligadas hasta la muerte trágica de esta última,
en manos

i

;

de los asesinos de la revolución. Los bió
no

grafos de María Antonieta

han

rastros de la acción funesta de la

podido encontrar princesa; ésta se

dio por entero al servicio de su amiga; como nuera de Penthiévre, el hombre más rico de su tiempo, no pedía nada para sí ni para su familia.
a

la otra

De muy diversa manera juzgan los historiadores amiga de María Antonieta, la duquesa de
esposa del conde de

Polignac. Yolanda de Polastrón,
Julio
ese

Polignac,
a

nombre gracias

encantadora joven de veintiséis años. Fué ese un muy pobre que residía en unas tierras de la familia. La condesa hacía frecuentes visitas a Versalles donde vivía la condesa Diana de Polignac,

nombrado después duque de i las artes de su esposa, era una

matrimonio

r<j .1

281

dama de honor de María Antonieta. Madame de Genlis dice que nada podía igualar a la mágica se ducción de esa joven; y al hacer de ella una pintura, dice: «tenía de

ojos color de cielo encuadrados dentro una cabellera de ébano y evocaba a las vírgenes de Rafael. Otros contemporáneos la compararon a la duquesa de Valliére, que había sido la hermosura del siglo anterior. ligó a la reina con esa amiga; pero, para desgracia de la reina y de la Francia, la condesa tenía una familia muy nume rosa y muy pobre, incansable para pedir honores, empleos y rentas del Estado. La familia de los Polig nac se ocupaba de la política y estaba ligada con el viejo duque de Choisseul, que encabezaba la opo sición contra Maurepas, el primer ministro de Luis XVI. Muy luego la reina de Francia fué el punto de apoyo de las intrigas de ese círculo y se nombraba a los clientes de los Polignac para los cargos más
nueva

La más estrecha unión

lucrativos de la administración contra los deseos del mismo rey. María Antonieta fué una prisionera
de la cabala de
esa

familia y hubo de cargar

con

la

de los gastos que costaron a la Fran cia los ministros, generales y empleados de las finan zas salidos de esa familia. Durante muchos años el predominio de la duquesa

responsabilidad

de Polignac a odiarla y

no esa

tuvo contrapeso. El pueblo comenzó impopularidad recaía sobre su real

algunas ocasiones los hombres del pueblo tiraron piedras sobre las carrozas en que su lujo los Polignac y la reina sufrió con paseaban ese motivo sus primeras injurias.
protectora.
En

Luis XVI recibió averiadas las finanzas de la Los monarcas anteriores habían gastado enormes sumas de dinero en continuas guerras. Para
nación.

buscar un alivio al afligido tesoro público, se creó el cargo de Controlador General, y fueron nombra-

¡

Turgot, Necker,
cerse

dos sucesivamente para atenderlo cuatro ministros: Calonne y Lómenle de Briénne.

¿Cuál fué la actitud de María Antonieta al ha esas designaciones? ¿Cuál fué su conducta
de ellos?

acerca

Fué la enemiga de Turgot; pero ella indicó a Nec ker y lo sostuvo durante su primera administración y decidió su segundo nombramiento antes de la reunión de los Estados Generales. Si ella hubiera sido la verdadera reina y hubiera tenido las riendas del

gobierno, tal

vez

Necker hubiera salvado

a

la

Francia.

participación en la designación desgra dilapidador Calonne ni en la del torpe Injustos fueron los republica nos franceses, cuando entre las injurias que le pro digaron, la llamaron madame Déficit. Ella, ya ma dura y experimentada, puso su talento natural y su amor a la nación que había de ser regida por su hijo, al servicio de las medidas indicadas por Necker para la salvación de la monarquía. La decadencia de la Francia y la agonía de la di
ciada del Lómenle de Briénne. nastía estuvieron íntimamente unidas
financiera del tesoro nacional, y,
en a

No tuvo

?

la ruina momento
i

ese

solemne, estuvo la reina con los ministros ron buenos consejos al rey.

que die

la

Los historiadores han agotado en los archivos de vieja Francia las investigaciones sobre esa época

tan variada y llena de interés. Numerosos

testigos

han publicado sus memorias y cartas privadas. La historia ha sido escrita por los más notables autores;
y los más
'

grandes pensadores han comentado

esos

sucesos.

propósito de estudiar en María Antonieta más a la mujer que a la reina y tomando como guía al marqués de Segur, debo ocuparme de los amigos
de María Antonieta. En 1774, un año antes de la muerte del viejo rey, llegó a Versalles y fué presentado en la corte, el conde Juan Axel de Fersen, hijo del mariscal del reino de Suecia, del mismo apellido, joven de dieci nueve años y de la misma edad de la reina. Vino de su país en la embajada de su rey Gustavo III. Era rubio
como

Con el

los habitantes de

su

país; alto, de

una

educación perfecta. La condesa de Boigne, en sus Memorias, dice que era bello como un ángel. Otro

contemporáneo dijo
pero
no un

que

parecía

un

héroe de

romance,

héroe francés,

El embajador de Suecia escribió a su rey: «El joven conde de Fersen ha sido recibido en esta corte con atenciones extremas y sería imposible en una persona de su edad, una conducta más discreta y más decente. Parece haber nacido para brillar
en

384"/—
y su

r*"^

talento». Todos los actos del conde de Fersen justifican ese juicio del embajador que lo presentó en Versalles. Han sido publicadas las cartas de Fersen a su
esta
su

sociedad, por

belleza

hermana que residía en Estokolmo y que era una luterana rígida en sus costumbres y en su doctrina. Ellas han permitido distinguir en todo momento lo que hubo de verdadero en ese idilio platónico y lo que han inventado los que han escrito dándole a esa amistad un carácter de apasionamiento cul

pable.
Poco

tiempo permaneció

Fersen

en

Francia,

por

que fué trasladado a la Embajada de Londres, y cuatro años más tarde regresó a Versalles y pidió

incorporado, como lo hacían muchos extranjeros distinción, en uno de los regimientos franceses, para seguir la carrera militar. María Antonieta estaba próxima a ser madre; era ya «la reina», como ella lo decía después del acerca miento a su marido. Había terminado el período
ser

de

-

de las locuras. Recibió al conde de Fersen en el círculo de sus amistades y apoyó su solicitud para incorporarse en un regimiento que llevaba el nombre de su propio rey.
hermana
en su

atenciones

Las cartas del conde de Fersen a su padre y a su atestiguan la impresión que hacían con que lo distinguía María Antonieta
'

alma
a

los días cio

ingenua y soñadora. Asistía casi todos las tertulias que, dentro del mismo pala
o en sus salones propios la princesa la duquesa de Polignac; en ambas con la de esas visitas reina,

real, presidían
se

de Lamballe

partes

encontraba

*

y,

285

continuadas, nació esa inclinación invencible. dice el marqués de Segur, que no pudo escapar a la penetración de la persona que era objeto de ese culto silencioso. Ese fué el origen del drama de la
tan

vida del conde de Fersen.
-

a su

-

cribió: *Yo

embajador de Suecia creyó necesario ilustrar un suceso tan inesperado y le esno puedo dejar de confiar a Vuestra el conde de Fersen ha sido recibido Majestad que por la reina en una forma que ha despertado los
soberano de

El

celos de los cortesanos. Debo también confesar que nada autoriza para creer que en ella exista una in clinación especial hacia él; tengo indicios ciertos para

opinar de situación,
su

esa se

manera.

El conde de

Fersen,

en

esa

modestia y de la

conduce admirablemente y no sale de reserva que su deber le impone
ese
con el ejército que modo evita los comentarios y un

;

y ha tomado la resolución de ir
va a

■;■■■

América. De
y
se

peligros,

necesita tener
como

juicio superior

a sus

años para

proceder

ha resuelto hacerlo».

En efecto, para poner término a las murmuracio nes de la corte- se incorporó en ese ejército francés que, al mando del conde de Rochambeau, envió Luis XVI
en

auxilio de la libertad de la América,

y
<■

expedición todas las tristezas, penurias esa campaña gloriosa, pero llena de sacrificios. Regresó después de tres años y con la
Sufrió
en esa

molestias de

L- recomendación de su rey Gustavo III obtuvo ser ¡£ nombrado coronel de un regimiento que llevaba el £ nombre de su nacionalidad.

fe*.
-

Comenzaban
en

para María Antonieta las
cerca

zozobras,
a

y

esos

días reunía

de

su

persona

quienes

podían prestar ayuda a la familia real y eran capa ces de salvar la monarquía. Entre esos amigos estaba
el conde de Fersen. «Estaba ella segura, dice el
mar

qués de Segur, de la constancia, de la discreción y de la pureza de la llama que inflamaba el alma de ese amigo; lo recibió muy a menudo en su intimidad
en sus

salones

particulares; conversó
su

con

él

larga
. "

mente; le acordó
zón de En
esas

mujer

confianza y le dio de su coraafligida, todo lo que podía concederle
a su

sin crimen».
sus

cartas

hermana

Sofía, Fersen le relata
.

facilidades y le dice: «Comienzo a ser feliz; veo de tiempo en tiempo a esta noble amiga; mis visitas
consuelan

:

algo

gracias que la lidad, de bondad y una heroína por su valor». El marqués de Segur comenta esas cartas y al narrar los detalles más íntimos, algunos que podrían com prometer a la reina, termina manifestando su creen
cia favorable
a

pobre mujer, en la serie de des agobian. Ella es un ángel de sensibi
a esa

la inocencia de

esas

perseguían
restos del

un

noble fin,

como era

relaciones que el de salvar los

poder real, valiéndose de elementos que Fersen movía siguiendo la dirección hábil de la reina. La reina invitó a la hermana de Fersen a
venir
a con ese

ño que

no

Versalles e inventó diversas combinaciones-í objeto y el historiador deduce de ese empepodía desearse la presencia de la austera
"

y severísima hermana para

ser

la confidente de
unas

re

laciones

culpables.
pocas, publicadas por la las cuestiones poli-

Las cartas de María Antonieta, salvo han desaparecido; las que fueron

familia de Fersen

se

refieren

a

ticas. Las otras fueron destruidas por el conde. Dice Segur que no pudo el dueño de ellas hacer peor sertícío
a

que las

la memoria que él trataba de defender, por sospechas de la posteridad han tomado como

base la destrucción que se ha atribuido a una medida de precaución tomada después de la muerte de María Antonieta.
una
a ser entregada a la publicidad, no un fragmento de la que la reina es amigo, en Junio de 1791, para atestiguarle sus agradecimientos; el conde había expuesto su vida para salvar a la familia real, en esa aventura cono

Pero alcanzó

Carta, sino
a su

cribió

cida

con

el nombre de la huida de Varennes. La

reina le dice: «Adiós el más amado y el más amante de los hombres! Yo os abrazo con todo mi corazón». Es
esa

carta la que ha servido para

creer

que el

alma sensible de la pobre reina pudo alguna vez sucumbir ante las asiduas manifestaciones, de devo ción de
su

amigo.

esa carta

Además de considerar las circunstancias en que fué escrita, y sigo en esto al marqués de
es

Segur, época:

las

justo hacer un estudio del lenguaje de la palabras «Amor» y «amantes» en las no

velas de madame de Genlis y de otros escritores tenían un significado inferior en la graduación de
las afecciones al que días.
se

da

a esas

frases

en

nuestros

La huida de Varennes fué dirigida por Fersen y por el general de Bouillé, que tenía el mando de los regimientos que cubrían la frontera norte del reino.

Fersen,

con la ayuda del barón de Batz, dirigía la operación más delicada, como era la salida de París.

288

expusieron su vida para salvar a esa amiga querida y a los miembros de su familia. pudo huir acompañada de su hermana política, la princesa Elizabeth y sus hijos; la gran dificultad era la huida del rey, que podía ser recono cido en el momento de salir del palacio y en el ca mino. La reina no aceptó el plan perfectamente estu diado por esos amigos generosos y que exigía que
tan

Ambos

La reina

Luis tomara real y
esposa
en sus
a no

un

horas

camino distinto que el de la familia también diversas. En el peligro, la
separarse de
se a su

quiso

marido;

no

consintió
ella y

la facilidad que

le demostraba de

llegar

la frontera y que el rey fuese descubierto y conducido a una prisión. Sacrificóse la esposa por Luis XVI: la evasión de

acompañantes

ella y de
en esos

su

familia

pudo hacerse

sin
esa

ningún peligro;
carta que los

momentos ella escribió

agrandado para empañar la memo ria de esa esposa y para quitar al conde de Fersen ese carácter caballeroso de su pasión amorosa por
novelistas han la reina.
El conde de Fersen

a

huyó
con

a su

país y regresó desdisfraces,
las aven

i

pues

a

Francia;

pero

otros nombres y

sitio de peligro en siempre para buscar turadas evasiones de la pobre reina, ya prisionera
un con
su

familia,

en

la torre del

la desventurada reina fué conducida al estuvo entre los testigos mudos de su

Temple. Y, cuando cadalso, él viaje al cal

vario.

Después
bió el
a su

mundo;

de la muerte de María Antonieta, escri hermana: «He perdido todo lo que tenía en. ^ yo habría dado mil vidas por salvarla; ¡ÍM

289

debí haber muerto
un

a

su

lado. Su
en su

pérdida

causará

pesar eterno
sus

en

mi vida».

ciudad natal, llena su alma con los recuerdos de esa reina amada; los detalles de la tragedia le ocupaban su imaginación y le impedían presentarse en las fiestas de la corte.
Vivió últimos años Murió diecisiete años más

tarde,

en

un

tumulto

revolucionario,

sanguinarios terroristas de

asesinado por los alumnos de los París que habían hecho

escuela en otras naciones de Europa. El marqués de Segur emite un juicio que será acogido por los amantes de la memoria de María
Antonieta. «Ese drama íntimo fué
un incidente en la vida de la reina. Esa amistad duró quince años, cuales el uno prodigaba su heroísmo y durante los

puso
con

en

peligro

su

propia vida,

y la otra

correspondió

honra
vez un

la dulzura de su carácter y su gratitud. No des-a María Antonieta el haber amado una sola en su vida y que el objeto de ese amor haya sido
como

hombre tan noble y tan puro
.

el conde de

Fersen»

María Antonieta

despertó

esas

simpatías
en

y

esos

entusiasmos,
de
sus

que, y

cuando brotaban

el corazón

admiradores, los conducían hasta el sacrificio de sus vidas. Ese poder de fascinación dominó a individuos de todos los partidos políticos amigos
y de todas las esferas sociales.

Cuando se produjo la crisis revolucionaria, dos miembros de la oposición le ofrecieron su apoyo y

ardieron en deseos de que ella aceptase sub servicios: el marqués de La Fayette y el conde de Mirabeau. Es un hecho indiscutible que fué el ministro Nec ker quien aconsejó al rey la convocación de los Es tados Generales, para obligar a La nación a tomar conocimiento del estado de las finanzas y a adoptar las -medidas que pudiesen salvarla de la bancarrota,
María Antonieta
mayor
ese

apoyó

a

Necker

en

ese

y

en

la

parte de

sus sanos

proyectos. Su amistad

con

excelente ministro le privó de muchas

importan

simpatías entre los realistas que veían disminui sus privilegios seculares. Y el pueblo, para el cual se hacían esos sacrificios, no conoció a su reina no supo agradecerle. y
tes

dos

Los Estados Generales
blea
a

se

convirtieron

en

Asam

Constituyente,

y el 11 de

Julio, el

rey

despidió

Necker

porque lo consideró

demasiado compla

días

ciente para las reformas de los constituyentes. Tres después el pueblo se tomó la Bastilla y la revo

emigra y con ella los príncipes de la familia real. El rey pierde su apoye natural; su familia y el trono queda entregado a la venganza de los que él consideraba sus enemigos. María Antonieta ve el peligro y busca nuevos alia dos entre los diputados de la oposición y siempre
los encuentra. No juzgó la reina a La Fayette como defensor; su celebridad provenía de su
un

lución comienza. La nobleza

posible

amor a la excesiva popularidad; prefirió oír a Mirabeau. Cuando éste se apercibió de la gravedad de la situación y entró en relaciones con los reyes, ya era demasiado tarde. Pidió y obtuvo de Luis XVI la promesa de '"
.

$

291

que

aceptaría la Constitución
a

y

se

sometería leal-

mente

mente al
ese

prescripciones, renunciando definitiva poder absoluto. María Antonieta aplaudió compromiso del rey y desde ese día Mirabeau
sus un

rindió La
está

culto de admiración

a

la reina.

conocida frase del tribuno:
.

primera visita de Mirabeau terminó con la «Señora, la monarquía salvada* Pero Mirabeau murió poco después.
semanas

Pocas
taron el

más tarde el rey y la reina acep

plan de evasión maduramente estudiado

por el mariscal de Bouille y por Fersen y que terminó con el regreso de Verennes y la cautividad de la
a

familia real. En el viaje de regreso conoció la reina Barnave, el jefe de la mayoría en la asamblea. En esos días la figura de María Antonieta toma propor
una

ciones de Llama
a

heroína y de
conversa

un
con

hombre de estado.
él y convierte en Se han publicado

Barnave,

amigo

al gran orador

republicano.
de la

cartas cambiadas entre ambos. Barnave

regresasen los

jefes

parte de la

gran familia

reorganizar

el paíB; los

exigía que emigración y formasen francesa, para la tarea de emigrados rehusaron y cul

paron a la reina por su debilidad para hacer esas concesiones. La política hábil de la reina era conde nada por los defensores del trono.

Luis XVI

es

condenado

a

muerte por

que contra Francia

ejecutaban

los actos los batallones del

ejército del Rhin, comandados por los principes de sangre real. La agonía de la familia de Luis XVI co menzó con los primeros hechos de armas de ese ejér cito y con la declaración de guerra del emperador de Austria, hermano de María Antonieta. ¿Fué un

--

292

g|

error?

¿Podían ellos hacer otra cosaV'Es esa una cuestión que, juzgada después de ciento cincuenta
años,
se

gos de la Asamblea

resuelve desfavorablemente para los enemi Nacional, que sin sospechar el

grado
tar

de crueldad de los

verdugos, esperaban

resca

con

Europa,

las victorias de los ejércitos coaligados de la a las víctimas de la revolución,

La

figura de María Antonieta

toma

proporciones

gigantescas desde el día de la muerte de Luis XVI. La guardia de la familia real estaba entregada a loa municipales de París. Muchos de ellos cuando se acercaban a ella concebían deseos de servirla; algu nos rindieron su propia sangre para libertarla de la prisión. Debo recordar,
Michonís, La
escena

entre

éstos,

a

Toulan y

a

de la

despedida

de Luis XVI de

su

ha sido grabada en el mármol: de los testigos del dolor sincero de tranquilidad heroica del marido. La desgracia había unido a esos dos seres, separados

mujer

y de

sus

hijos

Toulán fué

uno

la esposa, de la

por diversidad de

metió verlos

su educación y por contrastes de la naturaleza. El rey se despidió de ellos y les pro a la mañana siguiente, la del día de la

ejecución. No cumplió esa promesa y se los hizo saber asegurándoles que no se sentía con fuerzas para so portar ese nuevo dolor y que quería también evitár selos a ellos. María Antonieta lloró durante la no

che; sus llantos se oían en la pieza de los esposos Tison, sus carceleros. La mujer entró a la habitación,

293

donde estaban las

Antonieta,
ese

con en

la mayor

dejase llorar
consuelo. Al

paz, que

desgraciadas víctimas, y María dulzura, le pidió que loa se les permitiese siquiera

amanecer vistió por sus manos a su hijo, y le dijo: «Es necesario no olvidar que Dios es bueno», El niño respondió: «Mamá, también yo he pensado en Dios, y cuando me acuerdo de él creo que es mi padre quien me habla y me pide que tenga confianza en

él».
La viuda
su

de

permaneció algunas semanas sin salu habitación; su dolor impresionaba tanto a
bus

aquellos de

carceleros que

tenían

alma,

que

cuando Toulán buscó cooperadores para su proyecto de evasión, encontró cómplices en Tourgy, el ayu dante de la cocina,
chonís y
en

el

en Lepitre, el comisario, lamparero de la prisión.

en

Mi-

La

impresión

en

Europa

cuando

se

supo que ha

bían asesinado al buen rey Luis, fué inmensa. En Londres se cerraron todos los teatros y el gobierno

entregó sus pasaportes al representante de Francia; igual cosa hizo el rey de España; el de Prusia hizo publicar en la Gaceta Oficial una reprobación del acto ejecutado por el gobierno de París. El emperador de Alemania y la emperatriz de Rusia, cortaron relaciones con la Convención, y protestaron. Todos esos gobiernos reconocieron como rey al niño Luis XVII. El presidente de la joven república de Esta dos Unidos se asoció al duelo de la Europa.

294

El conde de

Provenza,

hermano de Luis

XVI,

proclamó

rey

a su

sobrino y tomó el título de regente.

Todas estas manifestaciones contribuyeron á agra var la situación de los pobres prisioneros del Tem ple. Los amigos de María Antonieta comprendieron que corría peligros la vida de ella y comenzaron loa

planes para preparar la evasión. La conspiración de Toulán, como la llamaron

los

miembros del Tribunal de Salvación Pública, con sistía en vestir a la reina y a la hermana del rey, con los uniformes de los guardias y hacerlos salir la patrulla que hacía el relevo de la noche. La dificultad principal consistió en asegurar la salida
en

de los dos niños. El el alumbrado y lo
al

lamparista de la prisión
amanecer

acos

tumbraba entrar antes del
edad. Se concibió el

acompañaban plan de hacer

para revisar dos niños de corta entrar antes que
:

verdadero, a un lamparista supuesto, el que debía salir acompañado de los niños de la reina, disfrazados con trajes semejantes a los hijos de ese obrero.
La obscuridad de la noche favorecía la realización del plan. Un realista casado con una de las antiguas damas de la reina, el caballero de Jarjages, esperaría a los niños a la salida de los boulevares, cerca de la pri sión y él se encargaría de conducirlos a
para embarcarlos para

Normandto,^

Inglaterra en el n La reina y su hermana serían conducidas punto de reunión por el comisario Lepii Toulán. El día 8 de Marzo, seis semana
de la

ejecución

del rey, fué el

Dos circunstancias hicieron

elegido para 1¡ fracasar el

295

el día 7
teras y

se

Bupo

en

coaligados habían
un

obtenido había

París que los ejércitos europeos una victoria en las fron

levantamiento popular por la carestía de
se

las subsistencias caución. Toulán
propuso
a

producido

en

París

en ese

mismo día. Se tomaron medidas especiales de pre
no

desesperó

ante el

nuevo

escollo;

noche,

por cuanto el mayor
contra
su

la reina la evasión de ella para esa misma peligro consistía en las

amenazas

vida; los

niños

quedarían

en

tregados a la guardia de la princesa Elizabeth. El plan fué consultado con los cómplices de afuera:
Elizabeth lo
santa

aprobó. ¿Qué podrían hacer

contra

una

mujer
con

obtenida

y contra dos niños? Su libertad sería mayor facilidad en negociaciones di

plomáticas.

Esa fué la creencia de todos los

amigos

de la familia

real,

en ese

día. La evasión de María

asegurada; los ruegos de esos ami gos y de su hermana obligaron a la pobre reina a aceptar. En la noche quedó convenida su huida. Fuera del Temple se desarrollaba en esos mismos días un drama no menos sangriento: el de la prisión de los girondinos para entregarlos a la guillotina, como medio de asegurar el reinado sin competidores del todopoderoso Robespiérre. El plan de Toulán fué aplazado. La reina de Francia en sus días de esplendor no estuvo mejor servida ni por amigos
Antonieta estaba
más generosos que Toulán y
sus

compañeros,

pru

dentes y atrevidos, exponían su vida, pero estaban resueltos a salvar la de esa mujer. de la día Se convino en fijar un nuevo día para la evasión reina; todo estaba arreglado, y en la tarde del

anterior, Toulán pudo hablar

con

ella y decirle

296

a

qué hora debía

estar

preparada

para salir. Los

ruegos constantes de Elizabeth la obligaron a con sentir en ese sacrificio de abandonar a sus hijos; ya

sabía que Robespiérre, libre de los girondinos, había resuelto llevarla al suplicio. Fuera del recinto velaban los amigos de la reina: el antiguo embajador
se

Mercy,

el conde de

Fersen, el caballero de Jarjages
no

y el barón de Batz.

Durante la noche ella

durmió, reflexionó, lloró,

y, al amanecer, cuando Toulán entró

ción,

a su habita ella le dijo: «he meditado las consecuencias de este acto; debo elegir entre la muerte y el remordi miento que me perseguiría durante mi vida, si aban

dono

a mis hijos; no me puedo separar de ellos; prefiero morir!» Desde ese día María Antonieta figura en el número de las madres mártires,

Batz, otro amigo de María Antonieta, desesperaba. Estuvo en relación con Michonís, municipalidad, otro hombre de honor que ofrecía su vida para salvar la de la reina. El plan de Michonís era semejante al de Toulán, y la reina debía evadirse sin sus hijos. Cuando todo estaba preparado, el zapatero Simón recibió una carta que
no

El barón de

miembro de la

decía: «Michonís traicionará esta noche». El Comité de Salvación Pública tomó entonces una resolución contra la familia real: la de separar al niño Luis XVII del resto de sus parientes. Las
cortes europeas lo habían

reconocido

como

rey de

297

Francia; era necesario
rey
o

o

hacer

desaparecer a ese nuevo

inutilizarlo para la reyecfa.

En la mañana del 30 de Junio, la mujer del carce lero Tisón dio demostraciones de enajenación men

tal; entró a la cámara de la reina dando grandes gritos y se prosternó a los pies de ella pidiéndole perdón. Ella, la feroz enemiga, había escrito la carta
motivo

al zapatero Simón y acababa de saber que por ese se había ordenado separar al hijo de la ma dre. Fué necesario sacarla del Temple y conducirla al

hospicio de locos; la padeció de esa mujer
ella.

reina
y

siempre buena,
con

se com

preguntó

interés por

La separación de su hijo fué el último de los gran des dolores de la pobre reina. La Convención aprobó el proyecto del Comité de Salvación Pública y or

denó que Luis Capeto fuese separado de su madre; que fuese colocado en una prisión separada; que el Estado se hiciese cargo de su educación y que se le nombrase
un

tutor. Este cargo
se

recayó

en

el denun

ciante,

el zapatero Simón.

dio cumplimiento a la cruel resolución. El niño estaba ya dormido; la reina velaba al lado de su lecho y remendaba sus pobres vestidos; su hija leía en voz alta, como acos
En la noche del 3 de Julio

tumbraba hacerlo todas las noches. Los municipales Entraron sin anunciarse y leyeron la resolución de la Convención. La madre se colocó entre el lecho de
su

hijo

y los que venían

a

arrancarlo de

su

lado; la

lucha duró una hora; se oían fuera de la sala los lamentos de las tres mujeres y los llantos del pobre niño. La desesperación de la madre y las exhorta-

a la piedad no produjeron efecto en esos hom empedernidos en las reuniones de los clubs revo lucionarios, y cuyas inteligencias limitadas habían aceptado como ciertas las calumnias contra la fami-

ciones

bres

.lia real.
amenaza de que la resistencia haría peligrar obligó a ceder. Si ella hubiera leído porvenir el destino de ese niño, su largo marti rio y su corrupción precoz, habría preferido que lo

La el

la vida del niño la
en

hubieran asesinado allí
muchos sufrimientos. Se

a su

vista y le habría evitado

pudo

saber

después

que el

manecido varios días sin tomar

niño-rey había per alimento, que vivía

acostado sobre las tablas del estrecho cuarto que se le asignó como prisión, temblando de frío y de dolor,
Un gran escritor, Monseñor Dupanloup, ha escrito la vida de ese niño; es una historia capaz de abrir a

la misericordia los
lectura puede
ser

corazones

más

recomendada
paz
no

a esos

oficio,
en

que

perturban la
que

social,

empedernidos; su agitadores de en los tiempos
y

que vivimos y que

saben medir el alcance de

sus

predicaciones

engendran el odio de clases

cimentan esas aspiraciones populares que, ni ellos ni nadie son capaces de satisfacer; que crean odios y
venganzas que
no

por

delitos imaginarios y prometen lo

pueden dar.

El modelo de esos agitadores es ese zapatero Si món, nombrado tutor del hijo de María Antonieta, fruto legítimo de la obra de los de la

agitadores

Francia revolucionaría. Se ha podido comprobar que, si no enviaron a niño a la guillotina fué porque no hubo jueces
ese

que

299

juzgarlo. En la Convención no habría tenido Robespiérre el mínimum de adhesio nes necesarias para ordenar que se sometiese a juicio
se a un

encargaran de

niño inocente.

Para hacerlo
no

desaparecer,

no

tuvieron otro cami

que el que

86

las
y

épocas

turbias aparecen

encomendó al zapatero Simón. En esos grandes criminales.

son carceleros; otros se convierten en jueces faltan intrigantes que, en las épocas de orden despreciables y que suben las gradas del poder. Ese pobre niño sobrevivió dos años a su madre; sus sufrimientos son únicos en la historia; murió cuajado su cuerpo de lacras, escrofuloso y casi de no son en el verano de 1795. Víctor Hugo ha cantado el martirio de

Unos

mente,

ese

niño,

El gran poeta, en su sión de la llegada de

primera juventud,
ese

tuvo la vi

niño ante el Creador:
oro

En

aquellos cuas
un

se

abrieron las puertas de
se

del cielo

Las

fuegos del Santo de los Santos

encendieron;
nube»;

Durante
Y los Vieron

momento los cielos brillaron sin

elegidos, llegar un

en

niño

falange luminosa, a quien acompañaban
en

Dos

ángeles

cuando entro

el pórtico estrellado.

Era un hermoso niño que venía de la tierra. ojos revelaban una gran dulzura; Pero tenían también el signo de la desgracia; Sus cabellos eran rubios y flotaban sobre sus hombros Las vírgenes del cielo, entonando himnos de fiestas Sus A las palmas del martirio, Pusieron sobre su cabeza la
corona

pálidos.

de los ¡nocente».

._

300

R»?^J|
llegar
a

Se oyeron vocea que anunciaban su llegada; •Joven ángel, le decían, el buen Dios sonríe al verte Acércate
a sus

(su gloria;
brazos para
no

separarte jamás de ellos
entonad himnos

Angeles, serafines, arcángeles y profetas, Porque es un rey; y cantad porque es un mártir,

¿Dónde be reinado yo? preguntaba el joven pálido,

Yo soy un prisionero; yo no' soy rey; Ayer dormía en el fondo de una torre sombría. ¿Dónde he reinado? Sefior Dios! decídmelo.
Mí Los

padre

ha muerto de

una

muerte muy amarga,

verdugos le dieron hiél como bebida; Soy un huérfano; vengo a buscar a mi madre, A quien en sueños he divisado en el cielo.'

Loe

El les contestó:

ángeles le respondieron: <Tu Salvador te reclama'. «¿No vendrán de nuevo mis carceleros a desper(tarme de este sueno!

Yo he orado y mi Dios me ha oído. .Dios ha venido a socorrerme ¡Esto es un sueño? ¿Acaso ho tenido la felicidad de morir! Vos

podréis comprender mí miseria,
nuevas

Cada día conocí En

desgracias.
no

Y cuando yo lloraba porque

tenia madre

lugar de atender mis clamores y de sonreír a mi llanto Recibía un nuevo castigo. Yo sufría en mi prisión y nunca supe cuál había sido mi delito»

Los El

ángeles cantaban
coros

en

su

honor.

Cesaron los

y los

escogidos

escucharon,

por las lágrimas; En el fondo de los cielos la voz del Crendor Se dejó oír en el espacio infinito

bajó los ojos nublados

■¡Oh

rey, yo te he mantenido

Han vivido

alejado de las grandeaas humanas. bajo el peso de la vida,

k

301

Y sin

embargo, la tierra había mecido tu cuna con esperanzas; Y te ofrecía un porvenir que todos envidiaban.

Ven, acércate a tu Dios. El también sufrió dolores, Como tú ful coronado de espinas Ven: como cetro toma esa débil caña'

Antonieta, en los cuatro meses que vivió separación de su hijo, lo vio una sola vez, sin poder dirigirle la palabra; supo que estaba enfermo; que su educación era deplorable. Fueron después
de la inútiles
sus

María

ruegos para que

se

le permitiese

prodi

garle sus cuidados. Simón, el zapatero, le decía, cuando
su

hablaba de

madre y de su tía: «la boba de tu madre y la perra de tu tía». Esos republicanos, dueños de los destinos de la

Francia,
tudian

eran

hombres,

tenían entrañas.
esa

Quienes

es

sus

actos contra

madre
en

se

preguntan;
humanas?
eran

¿Cómo pudieron convertirse
Monseñor

fieras

Dupanloup

les

responde: Ellos

riva

les los

unos

de los otros. Sabían que

eran una

ínfima

en el país; pero una minoría audaz. Toda medida de conmiseración para la familia real, daba lugar a las acusaciones de la facción contraria a los

minoría

.

que

se

compadecían;
eran

era

una sus

amenaza

contra la

nación; la nación
biciones. triota.

ellos;

Aquel

que

era

intereses y sus am más cruel era el más pa

302

época Dantón dominaba a la Convención con su elocuencia. Concibió el propósito de salvar a la reina; pronunció un discurso contra ella y ter
esa

En

minó

pidiendo

su

cia. Era la única

manera

destierro del territorio de la Fran de salvarle la vida. Había

prestado su apoyo para uno de los proyectos de su evasión; lo supo la reina; era él uno de los grandes enemigos de la monarquía y alcanzó a concebir la
esperanza de obtener de Dantón
en su

traslado

a

Viena

compañía de

sus

hijos,

Pero asechaban al gran orador sus enemigos. Robespiérre hizo citar al Comité de Salvación Pública
para
una necer.

sesión que duró una noche hasta el ama Allí la muerte de la reina fué acordada por
y Saint sesión porque secretarios y comuni
esa

Eobespiérre, Barére, Saint-Just, Hebert
André. Se ha conocido el acta de
uno sus

fué sustraída por de cada al gobierno inglés. La muerte de Luis
se

dice

allí,

fué

un

acto

impuesto
debe

por la
un

Capeto, nación; la

muerte de la «austríaca»

ser

acto de la

ciudad de París. A las objeciones de los más mode rados, Hebert contestaba que él había prometido dar esa cabeza al verdugo y si no se la daba iría él

mismo

a

cortarla.
estuvo
a esa

Robespiérre
minio; apoyó
convenida.
a

tremas y merced

siempre por las medidas ex política mantuvo su predo

Hebert y la muerte de la reina quedó

Dentro de ese comité, los más locos y los más crueles tenían el predominio; entre ellos se vigilaban y expiaban. Robespiérre hizo matar a Herault de Sechelles, que lo acompañaba le

siempre,

porque

303

hacía sombra. De

ese

modo perecieron Dantón y

sus

-compañeros.

Agosto Barére leyó en la Convención un discurso sobre la conjuración de la Europa contra la libertad francesa. Ellos, los hombres del Terror, se daban el nombre de liberales, y lo creían. Liberal era sólo quien pensaba como ellos; para loe demás
no

El 1." de

había libertad.

Culpó

a

ción. «Esa nación
por el móvil de

Inglaterra de dijo

ser

que

la autora de la coali no tiene sino el oro
oro

sus

acciones». En
no

bierno

inglés perseguía
en

el

esa ocasión el go sino el restableci

miento del orden

mundo, perturbado por los ejemplos y la propaganda revolucionaria. Barére traspasó los límites de las injurias que pueden ser permitidas; dijo que los gobernantes ingleses fijaban el precio de compra de los oradores de su parlamento, que sus legisladores eran todos venales y que el joven ministro Pitt «era un esclavo de un rey en
demencia».

el

Después descargó esas mismas responsabilidades de la coalición sobre la «austríaca», la reina prisio
nera, que
no

tenía medios para corresponder

con

el

extranjero

y que

había,

con

gran

perspicacia,

con

denado la formación de un ejército de franceses en las riberas del Rhin. Terminó con la proposición de someter a juicio a María Antonieta, de deportar a los otros miembros de la familia real, de exceptuar al joven Luis Capeto y reducir los gastos de man tención de los miembros de esa familia a lo indis

pensable

para

su

módica alimentación.

Al día siguiente la reina fué sacada del

Temple

y conducida

hija

la Conserjería. La despedida de su hermana fué el último tormento que sufrió la pobre mujer antes de ir al suplicio. Abrazó
a

y de

su

que no se separase jamás de su hermano. La tía prometió ser la madre de esos dos hijos. Al salir se dio un golpe en la cabeza en el umbral de la puerta. Uno de los guar
a su

bija

y le

pidió
su

tía y cuidase de

dias le la

dijo: ¿Os habéis hecho daño? «No, contestó reina, en este momento nada puede hacerme mal».
de los más tristes Francia; los actuales hijos
ese
uno

$!

No cabe dentro de esta corta narración dar los detalles del proceso. Es sucesos históricos de la

de ese noble país se avergüenzan de ese recuerdo. Cuando la pobre madre fué acusada de haber corrom pido a su propio hijo se levantó, irguió su bella
esa

cabeza y con voz sonora exclamó que apelaba de acusación ante todas las madres de Francia.
.

En la poche de ese día Robespiérre comía con sus más íntimos amigos y les dijo: «Este imbécil de Hebert que ha hecho esa torpe acusación tríaca» y le ha permitido levantarse sobre tal
como a

«la

aus

heroína! El

pueblo

mañana

pedes juzgará en
un

favor de ella». El 16 de
era
una

Octubre, al
en ese

amanecer, supo la reina que

sería conducida
un

día al

suplicio,
a

que para ella
su

descanso. Escribió
una

a su

hermana Elizabeth destino y
y de
amor

hermosa carta que
es

pudo llegar

que

página magistral de
cristiana.

filial,

resignación
Monseñor

Dupanloup narra la confesión última de la prisionera. Un sacerdote obscuro, que murió sirviendo una de las parroquias de París, el abate

!

305

Magnin,
res

conducido por la señorita Fouché que estaba al servicio de las muje presas; vestía el traje de los guardianes de la prisión y se había enrolado entre ellos con el ape llido de Charles. El abate prestó más tarde una
a

entró

la

Conserjería

declaración juramentada y aseguró «que había en trado el mes de Octubre de 1793 varias veces a la

Conserjería,
Se

había
a

confesado,

celebrado la misa y

dado la comunión
conocen

la reina María Antonieta».

muchas versiones del viaje de la in fortunada reina desde la prisión al cadalso; ninguna
más completa y verídica que la de un joven de la vieja aristocracia, el barón Deslossez, que se había

enrolado
de la fué

como

soldado

en

la sección de Gravilliers

guardia nacional. Describe la carreta en que conducida, sucia, con un poco de paja en su interior; una tabla para sentarse y un cochero mon tado sobre un caballo blanco para guiarla. El iba con su destacamento al lado de esa carreta y pudo

observar la fisonomía de la víctima. «Se abre la reja y aparece ella muy pálida, pero siempre la reina;
detrás de ella el verdugo Sansón, llevando en sus manos la cuerda con que ha atado sus manos. Subió, sin permitir ayuda, los cinco escalones de la carreta
y se sentó teniendo al frente a un sacerdote elegido por el municipio entre los que habían aceptado los principios de la revolución y se habían separado de la Iglesia. Adelante iba Grammont, un comediante, a caballo con una espada que levantaba y bajaba con gran solemnidad, para imponer el silencio a la mul

los Jacobinos

titud. Sólo al pasar frente a la puerta del Club de se dejó oír un insulto»,

306

Hubo
esos bu

algunos amigos
era

que creyeron salvarla
a

en

momentos, asaltando

los que la

conducían;

ejército republicano de la guarnición la resguardaba. Luis XVI había ido por el mismo camino, pero
1

realización

imposible,

porque todo el

en una

carroza,
en una a

como

rey; María Antonieta fué
como una

con

ducida
Al

carreta

criminal.
su

llegar
una

la misma
con

plaza
paso

donde había muerto

firme, sube al cadalso; dirige palacio de las Tullerías que tenía delante de sus ojos; se volvió hacia el eje cutor y le dijo: «Apresuraos». Dirigió una mirada al cielo y puso su cabeza sobre el tajo fatal, Napoleón I, en sus Memorias, dejó escrita su opi
triste mirada al nión sobre
ese

esposo, desciende

crimen:

«Si los remordimientos
la

no

persiguen
en

a

todos los
un

hijos de

Francia, al

menos,

los dominará

gran pesar por

el crimen cometido
esa

la persona de la

pobre reina.
muerte y la

«Hay
cieron
su no

una

gran diferencia entre

del rey Luis
esa

XVI; aunque ninguno de los dos mere suerte. Tal es la condición de los reyes;
a

vida pertenece «Pero

todo el mundo. Solamente ellos

pueden disponer de su propia vida. una mujer que no había tenido los honores del poder, una princesa extranjera, el más sagrado
de los rehenes: conducirla del trono al cadalso des

pués de haberle inferido todo género de ultrajes,

es

algo
La

mucho peor que un regicidio». posteridad confirma esa sentencia de

Ñapo-

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