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La costura de las nubes

La costura de las nubes

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Acomodé la mochila roja contra el murallón blanco, me senté al lado, armonicé la espalda con el dibujo de su revoque descascarado y me dispuse

a esperar el paso de la noche. Estaba cansado. Eran cerca de las once y hacía cinco horas que estaba caminando por Rodeo buscando sin éxito un lugar donde dormir. Rodeo es un pueblo chico pero disperso, enclavado en un valle alimentado por agua de deshielos, rodeado de aridez precordillerana, que está cinco horas al norte de la ciudad de San Juan. Llegué ahí encaprichado con recorrer un puñado de poblados, Villa Iglesia, Las Flores, Tudcum, que junto con Rodeo conforman el departamento de Iglesia. En esa zona opera la empresa canadiense Barrick Gold, en una mina ubicada allá arriba, como le dicen imprecisamente los lugareños a Veladero, el campamento cordillerano donde extraen oro. Ciento veinticinco millones de pesos por año en regalías le deja la Barrick sólo al departamento de Iglesia – cuatro pueblos en un radio de treinta kilómetros cuyos habitantes llenan, con mucho optimismo, tres Gran Rex – y que los folletos de la provincia recomiendan visitar para ver las casas de adobe, de barro y paja, que todavía se construyen para sus pobladores. Oro y barro, bueno, me dije, eso es algo para ir a ver. Llegué al atardecer y empecé a caminar el pueblo en busca de hospedaje. La señora de la dirección de turismo, una oficina con un escritorio y dos sillas, una para mí, algunos posters descoloridos por el sol, donde la información turística está escrita a mano con lapicera azul amontonados en un pinche metálico, me había recomendado algunos lugares según mis pretensiones de wifi, pileta y espacio verde. Mientras me hablaba, un hombre flaco, de unos veinticinco años, lugareño, con una gorra roja gastada, que había entrado detrás de mí, me decía que no con la cabeza sin que la mujer lo viera. Cuando salí me cerró el paso. Te va a salir muy caro, me dijo. Le pregunté qué es caro y me respondió que alrededor de doscientos pesos, que no me pareció caro, pero que no se lo podía decir para evitar la incomodidad de hacerle saber que él y yo no tenemos los mismos problemas para generar ingresos. Acá hay una pensión, me insistió señalando un playón con un depósito muy grande al fondo, que estaba desértico por la hora, por el calor y por la densidad poblacional. Dudé con el cuerpo dando un paso hacia atrás. A donde vas es muy lejos, respondió a mi desconfianza gestual. Yo le dije que la señora de turismo me había dicho dos cuadras. Acá no contamos por cuadras , me apuró el hombre, que tenía una respuesta para todo. Le dije gracias, me di vuelta y me fui, y cuando me alejaba por la calle Santo Domingo giré para ver si me seguía pero no lo vi más. Cinco horas después, estaba agotado de caminar y de preguntar por hoteles y cabañas y hasta casas de familia, y de perderme en un bosque, de noche, en busca de un hostel para mochileros que nunca encontré. Lo mejor que me había pasado desde mi llegada era un viaje en camioneta. La mujer que la manejaba me ofreció llevarme cuando me vio desandando los cuatro kilómetros que me faltaban para llegar al centro, ya de noche. La mujer era rubia, su mamá, que viajaba a su lado, era rubia y sus tres hijos eran rubios. La Toyota Hilux era rubia. Viajé en la parte de atrás, junto con dos de sus hijos, que jugaban a mirarse fijo sin pestañear. Estaban parando en Tudcum, quince kilómetros al norte de Rodeo, donde las familias de los mineros que trabajan en la Barrick esperan a que sus esposos bajen de la mina, cada quince días. Cuando llegamos al centro, me desearon suerte y me bajé. Estaba resignado a pasar la noche recostado en el murallón municipal enfrente de la plaza, cuando enfrente mío estacionó un auto mediano del que se bajaron ocho personas que venían al corso de carnaval que se estaba festejando a dos cuadras de ahí. Me quedé mirando la plasticidad del habitáculo de ese Ford Orion viejo cuando uno de los que se bajó del auto se acercó al chofer y le dio plata. Era un remis. Me acerqué y le pregunté si sabía dónde podía pasar la noche. Me dijo que no había lugar porque el paso a Chile, que está a cien kilómetros, estaba cerrado y entonces los chilenos habían ocupado toda la plaza hotelera de Rodeo. Me dijo que me podía llevar a un camping de la policía que podía tener alguna habitación, que él era amigo del sereno. Cuando llegamos nos recibió un hombre alto y negro vestido con un mameluco azul de mecánico. Cuánto pagás, me preguntó. En la mano derecha tenía un martillo que hacía golpear contra la palma de la mano izquierda, como si me fuera a dar una tunda, como si me la mereciera. La tengo que ver , le respondí, haciéndome el exquisito. Se alejó unos metros para hablar con un hombre gordo vestido con bermuda y musculosa. Cuando volvió me dijo que

ese era su patrón y que su patrón decía que no me iba a alquilar la habitación, que si el patrón no estaba no había problema, pero como estaba entonces sí había problema. Lo miré a mi remisero. La única que te queda, me dijo, es el hotel Pismanta, que está sobre la ruta a ocho kilómetros, pero es caro Le pregunté qué es caro. Trescientos pesos la noche. Me acordé de cómo había empezado el día y le pedí que me lleve. Encontré la última habitación disponible. Antes de irse me cobró setenta pesos por el paseo y me anotó su número de teléfono en el reverso de una factura vieja que tenía en la guantera. Me llamo Tato. Llamé a Tato a las nueve de la mañana. Quería ir a recorrer los pueblos de la zona y necesitaba un guía. Me dijo que en una hora me pasaba a buscar. Desayuné un café con leche con tostadas, me guardé dos manzanas en la mochila, pagué el hotel con tarjeta de crédito y fui a esperarlo a la ruta. Lo vi venir por el camino, me paré, cuando estacionó abrí la puerta de atrás, tiré la mochila en el asiento, la cerré suave y me senté adelante. Tato es flaco y alto y un rostro muy parecido al mendocino Julio Cobos. Nació en Rodeo hace cincuenta años. A los veinte se fue a visitar a una hermana a la ciudad de San Luis y se quedó 28 años, primero trabajando en una fábrica y luego de taxista. Llegó a tener su propia licencia, pero la vendió para comprarse una casa, así que trabajó como peón de taxi. Hace dos años volvió a Rodeo para cuidar a su mamá, que está, dice, bastante enferma. Trabajó un tiempo en la construcción junto con un hermano pero entre los dolores de espalda y un bajón en el negocio lo hicieron volver a lo suyo, lo mío, dice él, que es el transporte semipúblico de pasajeros, el remis. Cuando volvió a Rodeo se juntó con el intendente, Mauro Marinero, un muchacho de su edad con el que compartió su infancia y adolescencia. Le dijo que quería poner un remis, que qué le parecía si el municipio hacía una ordenanza que legalice el negocio, porque no había nadie que lo hiciera, que fijen juntos la tarifa, las inspecciones al auto. Tato venía con el know how que le dio San Luis, un estado facilitador pero muy regulador. Lo que pasa es que si hago eso tengo que juntarme a conversar con los concejales, le dijo Marinero, que es intendente por el bloquismo, un partido político provincial que supo ser fuerte y ahora forma parte del Frente para la Victoria. Tato se cansó de esperar y se largó solo. No tiene un estado que lo controle pero tampoco tendrá un marco legal que lo proteja el día que tenga un problema con un pasajero. Por eso ahora en la ruta maneja despacio y me pide que me abroche el cinturón de seguridad. Tudcum está a veinte kilómetros de Rodeo y es el último pueblo de la zona antes de entrar al campamento minero. Cuando llegó la Barrick, en 2005, el gobierno le prometió a los lugareños un hospital nuevo, caminos, un polideportivo. Cinco años después, todo lo que se ve en Tudcum y el resto de los pueblos de influencia de la mina es precariedad jujeña: calles de tierra y casas de barro y paja, sin cloacas, con electricidad aleatoria. Un puñado de taperas con la jactancia turística, para peor, de que los pobladores siguen construyendo sus viviendas como hace doscientos años porque el barro mantiene la casa fresca en verano y caliente en invierno. Como si no les importara tener un aire acondicionado. La épica de la pobreza. Nada de lo que hay en Tudcum, ni en el resto de los pueblos cercanos como Villa Iglesia, Las Flores o Rodeo, que tiene un hospital sin equipos de radiografías, hace pensar que una empresa multinacional le paga al gobierno de Iglesia, que maneja Marinero, 125 millones de pesos por año en impuestos. Alrededor de diez mil pesos por cabeza, casi el doble de lo que gana por año la mayoría de los habitantes, que vive con contratos municipales de 600 pesos. El dinero les pasa por arriba , le dije a Tato, que miró instintivamente al cielo y dijo y sí. Cuando Tato tenía quince años su papá lo mandó a estudiar a la Escuela de Mecánica de la Armada. Era el año 78. Estuvo tres meses y renunció porque no se adaptó a la disciplina militar, y sobre todo porque extrañaba a su pueblo. En esos meses, dice, no vio nada raro. Enfatiza que no vio nada no para despegarse de la época sino para reclamar su parte en la Historia. Con una anécdota así de pequeña le alcanza a Tato para ser un personaje en el pueblo. Lo único que quería, en esos meses que estuvo en Buenos Aires, era un franco para ir a ver a Racing, pero cuando lo tuvo se volvió a vivir a Rodeo. De la experiencia militar lamenta lo que pudo haber sido. Dos de sus compañeros de camada hicieron carrera, viajaron en la Fragata Libertad y ahora se están por jubilar. Desperdicié la gran oportunidad de mi vida, dice mientras apunta al volante del remis, reconociendo que el auto que conduce por el asfalto roto de los caminos de San Juan está

tan lejos del destino que lo iba a llevar a conocer el mundo y a darle un retiro confortable. Nunca más volvió a Buenos Aires. Estábamos subiendo una cuesta cuando me pidió permiso para estacionar al costado de la ruta. Puso las balizas, miró por el espejo y crujió los neumáticos en la piedra de la banquina. Antes de bajarse agarró una botella de plástico verde a medio llenar que tenía en el piso del auto en la parte de atrás y caminó hacia una cripta pequeña de la Difunta Correa, donde dejó la botella que llevaba en la mano. Luego se persignó. Tato tiene una religiosidad muy new age, aunque él se sienta un católico tradicional. Venera a un santo pagano y está casado sin sacramento con su mujer pero encontró su límite neoreligioso en San Luis, cuando Alberto Rodríguez Saá se postulo para suceder a su hermano Adolfo, a quién Tato había votado. Al Alberto no lo votó, dice, por su esoterismo. Al lado de la Difunta Correa hay un monolito con una cruz y la foto de Ramón Ponce, un chico que era morocho y gordo al momento del flash, y una placa que dice nunca lo van a olvidar. Ramón murió en ese lugar hace dos años cuando chocó su moto contra un caballo que salió del campo sin alambrado. Cuando llegamos a Villa Iglesia le pedí a Tato que me lleve al cementerio, que está en la cima de un cerro bajo al que se llega por un camino de tierra recto que se desprende del centro del pueblo. El cementerio ocupa media hectárea y está rodeado de una muralla de color blanco de tres metros de alto. En la pared de entrada, con pintura verde y letra prolija dice “Cementerio Villa Iglesia”. La puerta es una reja de hierro negra que tuve que empujar para poder entrar. Me sorprendió que no hiciera ruido al abrirse. Adentro, las flores artificiales rojas y amarillas que coronan las cruces le ganan la guerra monocromática al ocre precordillerano. Contra las paredes hay algunos nichos, pero la mayoría de los doscientos muertos que calculé a ojo están en tumbas bajo tierra tapadas con montículos de piedra y una cruz de hierro o madera, sin nombre. Muy pocas tienen lápidas de mármol y placa. La diferencia es violenta: mientras el mármol recuerda a alguien que estuvo vivo, la montaña de piedras avisa que ahí abajo hay un muerto. En las tumbas más pequeñas, al lado de la cruz, hay camioncitos o muñecas, según. Cerca de la salida, dos grandes rectángulos demarcados por piedras blancas, sin tumbas en su interior, esperan moradores. Cuando salí me senté un rato para aprovechar la sombra de la pared del cementerio. Saqué la botella de agua de la mochila, la destapé, tomé un sorbo, miré hacia la montaña y vi un hombre encorvado con sombrero ancho caminando hacia la cima de un cerro por un sendero sin sombra. Tomé otro poco de agua, tapé la botella, la guardé y cerré la mochila. Era mediodía y entre el sol y la altura y las tumbas y las tumbitas la cabeza me latía con fuerza. Me pregunté para qué entré al cementerio a ver muertos ajenos cuando nunca fui a visitar los propios. Veinte metros más allá, Tato me esperaba adentro del auto. Pensé en Ramón Ponce, el chico que se mató contra un caballo unos kilómetros arriba, intenté descifrar cuál sería su tumba, qué le habrán puesto alrededor de su cruz para customizar su pase a la eternidad. Me pregunté que me llevaría yo. Me angustió que no se me ocurriera un objeto que me identifique, para que si mi cruz no lleva nombre, igual pueda decir, alguien cualquiera, acá yace Sebastián. Me pregunté por qué yo no fui Ramón Ponce, cómo es que a mí me tocó esta vida y a él le toco esa otra, qué procedimiento espantoso, discriminador, lógico, de la naturaleza hizo que yo fuera yo y él fuera él, y que yo fuera yo y Tato fuera Tato, que cuando muera va a ser enterrado en el cementerio de Rodeo y su tumba deberá ser, si sus deudos hacen un buen manejo de la ironía, circular, y con una bocina en el medio. Un llamado de mi papá me devolvió al tiempo y espacio. Me genera intriga por qué te fuiste a San Juan, me dijo. No le contesté porque no me preguntó nada. Así operan las personas mal psicoanalizadas: me llamó para decirme lo que a él le pasa con mi viaje. Me empezó a decir algo de mi infancia, y le dije que no lo escuchaba y le corté. Cuando entré al auto Tato me preguntó si estaba bien. No me gustan los cementerios, le dije, y arrancó. Pero lo cierto es que mi papá me había depositado una pregunta que hasta ese momento yo no me había hecho, no porque no se me había ocurrido sino porque la quería evitar para no recargar con interpretaciones una decisión que yo creía impulsiva y lúdica: qué fui a hacer a San Juan. Estuve callado por varios kilómetros. Tato llenó mi silencio contándome la historia de su primo Abel, que murió en diciembre cuando el auto en el que viajaba dio unos tumbos y golpeó su cara contra el parante. Quedó desfigurado.

Durante los dos meses que estuvo internado le reconstruyeron el rostro y le pusieron una prótesis. Una semana después de que le dieran el alta le empezó a doler mucho la cabeza. Lo volvieron a internar y unos días después murió. La autopsia dijo que tenía el cerebro licuado. Había planeado quedarme un día más en Rodeo, pero cuando entramos al pueblo le pedí a Tato que me deje en el kiosko de revistas donde venden los pasajes de la empresa de micros El Triunfo, una de las tantas que le adjudican al gobernador José Luis Gioja. Compré un ticket a la ciudad de San Juan y desde ahí otro a Barreal, a donde llegué diez horas después, a la medianoche. Barreal es un pueblo de cuatro mil habitantes encerrado entre la precordillera y la cordillera de los Andes, a la altura del cordón de Ansilta, una serie de ocho picos nevados a los que por pereza malograron llamándolos, de izquierda a derecha, Uno, Dos, Tres, Cuatro, Cinco, Seis, Siete y Ocho. Se llega a Barreal después de trepar casi doscientos kilómetros de montaña por una ruta asfaltada en mal estado. Es un valle muy verde y arbolado, alimentado por el río Los Patos, una confluencia de arroyos de deshielo que bajan suaves desde los glaciares, salvo cuando llueve mucho en la montaña y entonces bajan bravos y desbordan Los Patos y se inunda el pueblo. Barreal es el último registro de civilización antes de cruzar la Cordillera para llegar a Chile. Encajonado entre dos sistemas montañosos, es mas largo que ancho y se extiende a lo largo de diez kilómetros por una avenida pavimentada, muy arbolada y rodeada de fincas llamada Presidente Julio Argentino Roca. La avenida luego se transforma en ruta y llega ciento y pico de kilómetros después hasta Uspallata, Mendoza, destronando a la avenida Rivadavia como la más larga del mundo. Hasta hace dos años, el motor económico de Barreal era el regimiento de Gendarmería y una modesta fama turística, y ahora se sumó la multinacional Xstrata Copper que va a extraer cobre de la mina Pachón. Circulan incesantemente por Barreal las Toyota Hilux de las contratistas que están haciendo tareas de exploración. A la hora de la siesta sus trabajadores ocupan los tres restaurantes del pueblo y por las noches se quedan con casi toda la capacidad hotelera. Aprendido de la experiencia de Rodeo, llegué a Barreal con una reserva que hice en un modesto hotel que está a dos cuadras de la municipalidad y a una del Banco Nación, que es lo que aquí se llama centro. El final del pueblo lo marca una rotonda donde un busto de San Martín recuerda que el general cruzó a Chile cerca de Barreal, en San Juan, por el paso Los Patos. Paralela a la avenida principal recorre Barreal un camino de tierra rural llamado la calle de los Enamorados. Tiene unos cinco kilómetros de extensión y desandada de norte a sur permite ver la cordillera a la derecha y la precordillera a la izquierda. La cruzan sólo tres calles, que llevan hacia las montañas. Una de ellas, irónicamente o no tanto, se llama Camino de las Minas. Anduve la calle de los Enamorados en una bicicleta de montaña que le alquilé a Sebastián, un chico de treinta años, dueño de una posada, que me llevó luego en su camioneta a una estepa llamada Pampa del Leoncito y luego al observatorio del mismo nombre, donde vi, ya de noche, el cielo más estrellado del mundo. Montado en mi bicicleta, en la esquina de Enamorados y Minas paré a descansar y tomar agua. Doblé por Minas, un camino de seis kilómetros, pero lo desanduve a los quinientos metros: muy empinado. Está salpicada, Enamorados, por casas pobres en la zona norte de la calle, pero hacia el sur y llegando a la altura del centro de Barreal aparecen las casas de los adinerados del pueblo. Pude adivinar, como hago siempre que llego a un municipio nuevo, cuál era la casa del intendente. El intendente, del Frente para la Victoria, se llama Roberto Garcés. El se hace llamar Robert pero todo el mundo le dice el uruguayo, uruguaio, porque es uruguayo. Cuando le pregunté a la chica de turismo por qué la calle de los Enamorados se llama así me dijo que io le he preguntado al uruguaio por qué se iama caie de los enamorados y él me ha dicho que que se iama así porque se iama así y punto. Una pena, o más bien penoso, la real politik. La calle de los Enamorados podría ser, un decir, un homenaje a Elpidio Urrutia, un soldado desertor del ejército sanmartiniano, y Magdalena Santillán, la criada de un campo de la zona de Cerro Colorado, que se conocieron en lo que hoy se llama Barreal cuando el ejército libertador acampó en un valle a treinta kilómetros del pueblo para organizar el cruce de los Andes. Enviado en busca de un baqueano que los ayude a encontrar la salida al río Los Patos, Elpidio conoce a Magdalena,

de quien se enamora. Durante los meses que el ejército acampó en Barreal, Elpidio se escapaba para ver a Magdalena ocultándose de sus jefes caminando por un sendero usado por los arrieros de los campos de la zona, que hoy se conoce como calle de los Enamorados, en su homenaje. Cuando llegó la orden de partir hacia Chile, Elpidio y Magdalena escapaban a caballo cuando fueron encontrados en una quebrada del cerro Alcazar por el patrón de la chica, un hombre llamado Manuel Sanchís, y fue castigada Magdalena a penar a un puesto alejado del campo y llevado, Elpidio, hasta el pie del caballo del mismisímo teniente general don José de San Martín. Preguntado Elpidio por don José sobre si estaba enamorado de la muchacha contestó Elpidio que sí y tras un breve silencio en el que el jefe militar y santo patrono de la nación miró hacia los cerros y recordó a merceditas y recontó las mulas y recordó a merceditas otra vez, y calculó la ración diaria de comida disponible para sus soldados, finalmente ordenó San Martín que le quiten a Elpidio el fusil y el caballo, usted entenderá, dijo don José, sí señor, dijo Elpidio, y pidió que le dieran un trozo de carne de res y agua para dos días, y ordenó a Manuel Sanchís que libere a Magdalena y los deje ir. En ese instante, un resplandor emergió de la cordillera convirtiendo al cielo azul de Barreal, de San Juan, de todo el Río de la Plata, en un manto glorificado, y el teniente general Don José de San Martín, amo de los Andes y del Perdón, dio la espalda sin más a Elpidio, y emprendió el cruce. Es mucho mejor mi respuesta que la del uruguayo. No importa que no sea verdad. Es una historia posible, lo cual no la hace verdadera, pero la aleja de la mentira. Ahora, para el uruguayo esto representa un problema, un issue de gestión, como el de Marinero en Rodeo armando una ordenanza para los taxis. Tendría que presupuestar, el uruguayo, folletos, pagarme el texto, pedir un dibujo de Elpidio al pie del corcel blanco de San Martín y solventar todos los años la obra de teatro "Elpidio y Magdalena", representada por los chicos de séptimo grado del colegio público en la plaza central. Uno de los días que estuve en Barreal se reunieron con el uruguayo los operadores turísticos y dueños de hoteles de Barreal. Le fueron a pedir que mejore la folletería de la secretaría de Turismo, que capacite mejor a las chicas que atienden a los visitantes. El uruguayo los sobraba. La discusión fue subiendo de tono, se cruzaban las chicanas, hasta que los empresarios terminaron puteando al ministro de Turismo de la provincia, Dante Elizondo, íntimo amigo de Gioja, por los problemas de promoción turística de San Juan. Al otro día, tres camionetas de la AFIP con nueve inspectores llegaron a Barreal con la orden escrita por el mismísimo uruguayo de revisar los libros de todos los que estuvieron esa noche en esa reunión. Una pintada en aerosol de color negro, en una de las paredes de la municipalidad de Barreal, dice ni Dios, ni Patria, ni Amor. Kirchner . La plaza de Barreal tiene en su centro una explanada de cemento con un busto de Sarmiento, el cejo enjunto, intervenido irónicamente con liquid paper por los alumnos de los colegios del pueblo, y un mástil con bandera. La última tarde en San Juan me recosté sobre una de las paredes del monumento. Viajar de mochilero te da la impunidad de sentarte en cualquier lugar. El cielo estaba limpio y había mucho viento, que venía desde la precordillera, desde el este, y se escapaba para la cordillera por las calles de tierra de Barreal. Arriba, en la montaña, llovía. En la plaza, ocho obreros municipales, vestidos todos con ropa Grafa color azul, cavaban pozos. Me acosté en posición totalmente vertical, de manera tal que sólo veía el cielo y me puse los anteojos de sol para que el polvo que volaba al ras del suelo no se me metiera en los ojos. El paleo de los obreros y los pasos metódicos de dos mujeres que corrían alrededor de la plaza me iban adormeciendo. Eran los únicos sonidos que se escuchaban. Y el viento. Faltaban varias horas para que saliera el micro y ya estaba cansado de caminar y tenía ganas de volver a casa. Entonces crucé mis manos sobre mi pecho y me quedé dormido. Me soñé vestido con la misma ropa y en el mismo lugar salvo que alrededor de la plaza sólo había campo abierto. Estaba recostado y sólo podía ver el cielo. No podía moverme y si hubiera podido no lo habría hecho. Miraba el cielo impulsado por una misión, un deber, algo iba a pasar y yo debía estar ahí para observarlo. Un hombre cuyo rostro nunca vi se asomaba para comprobar que yo estuviera con los ojos abiertos. Sólo escuchaba un paleo de tierra que al principio era lejano pero se iba acercando. El cielo era de color gris. Dos grandes nubes blanquísimas entraban en mi campo visual, una desde la derecha, otra desde la izquierda. Se movían con lentitud celestial y por su recorrido y la fuerza del viento que llevaban una y otra, iban a chocar, van a colisionar , decía para mí, van a colisionar . Entonces empezaron a enhebrarse.

Pequeños brazos de nube se desprendían de su nube nodriza y comenzaron a enroscarse entre sí, hasta que las dos masas gaseosas se fundieron completamente, en silencio. Cuando terminaron de unirse me quedé mirando fijo la costura de las dos nubes, el punto de la unión, una línea más espesa, más definida que la textura que ya había tapado todo el cielo. La miré fijo, sin parpadear para no perderla. Mi contemplación ganaba sentido por ese instante, por esa cañada que me permitía discernir sólo a mí, que me había tomado el trabajo de ver su nacimiento, cuál era una nube y cuál era otra. Yo y sólo yo.

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