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Schaller_Ya No Cantan Las Ranas_enero 2013

Schaller_Ya No Cantan Las Ranas_enero 2013

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Ya no Cantan las Ranas

Anoche una mano misteriosa abrió los candados en las nubes, dejando caer sobre la tierra enormes gotas de lluvia, las primeras en muchos meses. Y el suelo, tan sediento después de los largos y polvosos meses del verano, absorbió las deliciosas corrientes, como un niño chupando una limonada después de un día de juego. Me acosté temprano con un libro, escuchando el ritmo ecléctico de las gotas en el techo. A menudo, ese ritmo agarraba más fuerza y velocidad, subiendo a una celebración furiosa de la unión de cielo y tierra. Luego, bajó el tempo y volumen, apenas perceptible, como pies de ratoncitos, bailando en el techo. El olor a la tierra mojada, ese olor que todos conocemos, pasaba por mi nariz, llenaba mi boca y finalmente circulaba por los tejidos de mis pulmones. Por primera vez en muchas semanas, me dormí sin esforzarme, sin tener que silenciar los canales renegados de mi cerebro. La calle frente a mi casa aún es de tierra, pero hace un par de años, llegaron unas obras de progreso y construyeron cunetas y andenes. Eran obras realmente necesarias porque anteriormente, se hacía un charco, poco menos del tamaño del Lago Xolotlán en nuestra cuadra. La gente tenía que pasar brincando de piedrita en piedrita, como un juego de niños, para no mojarse los zapatos. Pero, en ese charco, y en los otros charcos que se formaban alrededor de la cuadra, sucedían cosas fenomenales. Con las primeras lluvias de cada año, de la nada, aparecían unas poblaciones de ranas. Nunca sabía de dónde habían salido, dónde habían escondido sus huevos durante los ardientes meses del verano. Era una pregunta que prefería dejar como pregunta, un misterio más de la Pachamama. El color de las ranas era completamente innovador, como si alguien hubiera batido hojas de espinaca dentro de un vaso de mostaza. Pero, lo más asombroso era su canción. Una vez que caía la noche, cuando circulaba menos gente por las calles, las ranas comenzaron con su coro nocturno. Supongo que era una canción de las más antiguas, las más esencialesuna canción del amor. Bueno, quizá no tanto del amor, pero por lo menos una canción del sexo. Me imaginaba que las ranas cantaban con toda su fuerza y creatividad para atraer a la pareja perfecta. Supongo que los creadores de los juegos de video vivían cerca de estos charcos alguna vez y copiaron la canción de las ranas para encantar a los chavalos. Era un sonido entre orgánico y electrónico, un tono un poco monótono pero seductor y demasiado parecido a los disparos de misiles de aquellos juegos que roban la inteligencia de la juventud. “Beeeuuuu…beeeuuuu…beeeuuu….beeeuuuuuuuu….”, toda la noche. Una vez, un amigo se quedó en mi casa, cuando todavía cantaban las ranas y amaneció con los ojos rojos y una mirada de desesperación en la cara. Quería saber quién jodido había pasado toda la noche jugando juegos de video! Llevaba a mis hijos, cuando estaban pequeños, a visitar los charcos en esas noches lluviosas. Era una aventura, una exploración del ecosistema instantáneo que había nacido con unas cuantas gotas de lluvia. El truco era caminar de puntillas, lentamente, para acercarnos lo más posible al charco antes que dejaran de cantar. Siempre, siempre, las ranas pudieron más que nosotros. Tres o cuatro pasos antes de llegar al charco, todas las canciones pararon en seco, simultáneamente. De allí, nos tocaba la tarea más difícil, escanear las turbias aguas del charco en búsqueda de cualquier señal de vida. Normalmente, se mantenían a las orillas, cerca de

pequeñas piedras, u otros objetos (por no decir basura) con solo los ojos y un pedacito de la cabeza expuesto. Cualquier movimiento o sonido nuestro provocaba una reorganización colectiva del charco. Todos se sumergían, para volver a aparecer minutos más tarde con todo el sigilo de una película de espías. Muchos vecinos se quejaban de las ranas, y algunas veces, encontré a otros niños, armados con piedras y palos, cazando a los trovadores inocentes. Me costó trabajo explicarles sobre el delicado equilibrio del mundo, y los derechos orgánicos de las ranas. Seguramente, guardaban sus actitudes asesinas hasta que yo diera la vuelta, y volvieran a su persecución cuando ya me había ido. Pero, aquellas noches, con el ritmo de lluvia en el techo, el olor puro de tierra mojada y el canto de las ranas, me dormía con absoluta tranquilidad. Sentía que la tierra estaba tan cerca, allí no más debajo de mi cama, fuera de la ventana, en un pantano improvisado en la calle frente a la casa. Me hacía creer que vivía en lugar donde el cielo y la tierra se reunían sin tantas complicaciones. Ya no cantan las ranas. Además de las cunetas y andenes que construyeron frente a la casa, han venido a adoquinar tres calles en el barrio. Ahora, cuando cae la lluvia, el agua correo en dos ríos discretos y ordenados, uno a cada lado de la calle. La gente siempre pasa apurado bajo la lluvia, con paraguas y capotes, pero ya no tienen que brincar como niños. Sé que todos prefieren pasar así, para no tener que ponerse los zapatos mojados el día siguiente, pero es mucho más aburrido que antes. Hoy vi un anuncio en el periódico, una nueva promoción de un banco local. Han lanzado una nueva tarjeta de crédito bajo el lema “Vivir sin Límites”. Eso es el sueño del ser humano. Vivir sin límites. Queremos conquistar la tierra, porque creemos que nos pertenece. Queremos creer que tenemos más derecho a la vida y la felicidad que cualquier otra especie. Queremos obtener todo lo que nos antoja, sin conocer los costos de nuestros hábitos imperialistas. Queremos seguir extendiendo las fronteras agrícolas, industriales y suburbanas, hasta donde puedan llegar. Pero, ¿para dónde se irán las ranas? ¿Quién comerá los zancudos y moscas cuando ya no hay más ranas? ¿Quién alimentará a los pequeños depredadores que incorporaban a las ranas en la cadena alimenticia con gusto? En algunos lugares, la gente se queja cuando los coyotes invitan a sus mascotas perfumadas para una merienda nocturna. Otros se quejan cuando un venado escoge los tomates más rojos y redondos del huerto, en la neblina de la madrugada. Yo me quejo porque ya no cantan las ranas.

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