Jurado Olga Marta Pérez Magaly Sánchez Julio Llanes

Edición: Ena Lucía Portela Diseño de cubierta: Gipsy Duque-Estrada Diseño interior y diagramación: Beatriz Pérez Rodríguez © Susana Haug, 2002 © Sobre la presente edición: Ediciones UNIÓN, 2002 ISBN 959-209-415-2

Ediciones UNIÓN Unión de Escritores y Artistas de Cuba Calle 17 no. 354 e/ G y H, El Vedado, Ciudad de La Habana

Secretos de un caserón con espejuelos

Susana

Haug

ediciones

UNIÖN

Este libro ha sido tomado de la Biblioteca Esquife www.esquife.cult.cu

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A mi madre Ángela, siempre A mi padre A Esteban Llorach Y por supuesto, a mi hermano Amir

I. Una historia introductoria
Un escritor, temeroso del mundo, se encerró en una casona gris. Huyó para crear cuentos entre las sombras; sorbos de magia en prosa, capaces de transportarlo a la felicidad un instante y provocar el renacimiento de la gente. Nunca lo logró. Quizás estaba demasiado vacío y solo en su mesa de escribir. Jamás había sido feliz más que en sueños; era imposible, después de pasarse tanto tiempo sin conocer a sus propios vecinos, ni abrir la ventana para sorprenderse de que aún estaba vivo y afuera la brisa despedía las fragancias de la lluvia y las floraciones, y el cielo enseñoreaba su pendón azul, batallando contra los nubarrones. Había olvidado las estrellas, a las que confiara sus fantasías de niño, y el color de las tardes, ese momento único que muchos poetas se afanaron en inmortalizar. En cambio, prolongaba su encierro en el caserón, envejeciendo a cada sorbo de tristeza. En lo profundo de su corazón comprendía que no formaba parte de ese mundo circundante y vocinglero; era un pequeño escarabajo sepultado en el interior de su flor. Su quehacer diario se resumía en pasar horas y horas frente a un gran escritorio, completamente a oscuras, acariciando varios paquetes de hojas ya apergaminadas, como un ciego que evade la luz. Tenía un miedo terrible a los 6

hombres. Qué les diría si le vinieran a preguntar el motivo de su vida solitaria: “¿Qué quieren conmigo?, soy un escritor frustrado, no me hace falta su compañía. Ya encontraré mi ilusión YO SOLO. Déjenme en paz”. Mientras, había adquirido de tanto enclaustramiento una apariencia de topo, que espía a las criaturas con dos patas desde su madriguera sin ellas saberlo. Le gustaban los cuentos más que nada, y no podía escribir uno. Era una tortura inmerecida, sobre todo para su cabeza: estaba a punto de quedarse calvo a fuerza de halarse los pelos y pujar ideas. Incluso le dio por volverse algo supersticioso y prendió velas por todos lados y un círculo alrededor de su silla en un afán de alejar a los malos espíritus, supuestos culpables de su enfermedad. Y a la hora de las brujas, hastiado de tomarse pócimas de yerbabuena, invocaba en su socorro a las hadas, los elfos, duendes y demás criaturas de los bosques encantados. ¿Tendría, después de todo, incapacidad para soñar? Su árbol genealógico no recogía ningún caso parecido en una larga tradición de hombres de letras. Se sentía peor que una mujer sin hijos o un árbol infértil. Un escritor incapaz de crear no debía considerarse tal; ni siquiera debería existir, porque cada persona tiene una razón de ser, y qué iba a explicar él si no poseía ninguna. Tan sólo lo agitaba un deseo: quería inventar su propia historia, algo que fuera parte suya inseparable, una suerte de maternidad. Varias veces en la noche lo asaltaba la misma pesadilla, que parecía adivinarle el futuro como una gitana: una flor rompía las cáscaras de su semilla, se inclinaba en busca de la luz, trataba de desplegar sus pétalos y volar hacia el sol y se quedaba retenida en su capullo, sin poder florecer, hasta que se marchitaba y las hojas caían recordando a los relojes de arena que tarde o temprano depositan los últimos granos en el fondo. Aún no había perdido del todo la fuerza de voluntad, aunque estaba más desesperado que una mariposa en las garras de los coleccionistas. Se repetía con una débil vocecita 7

que jamás renunciaría a su deseo de escribir, porque entregar los sueños es como dar la vida misma y caer derrotado. Sin embargo, esa manera de infundirse ánimos le sonaba como una promesa incumplible. De noche, la espera lo volvía un fantasma en vigilia, los ojos saltones de las borracheras con infusiones, por si la inspiración lo asaltaba de madrugada recibirla preparado. Mataba entonces el tiempo tendido sobre el escritorio, contando corderitos, estrellas, y cuando estas se terminaban empezaba a deletrear palabras, el abecedario, los dedos, las veces que el gallo cantaba antes del amanecer. Los ruidos nocturnos llegaron a hacerse sus melodías acompañantes, y una bujía prendida en algún rincón de la casa, semejando un oráculo. Las horas se transformaban en monstruos y reían a carcajadas de su inutilidad. A su lado dormitaba un papel en blanco llamado Sisí que llevaba veinte años confiando en terminar escrito alguna vez, cada día más lejos ese instante maravilloso de pasar a la posteridad. Si el escritor se apurara un poquito, digamos un poco, y olvidara sus amarguras y complejos, acaso alcanzaría el tiempo. Ya le faltaba paciencia para contemplarlo, vencido e impotente, entregarse a la soledad sin resistencia y emborronar cuartillas con lágrimas. Lloraba y le rogaba que no se resignase. Si desistía, era un cobarde. Y al escritor le atemorizaba el olvido. Tras meditar largo rato, tomaba una hoja y la garabateaba con desgano. Pero cuando los ojos parecían brillarle, su rostro se despejaba, casi le nacía una sonrisa y su mano cobraba ímpetu de potro, la rompía y volvía a hacerse una etcétera sobre su mesa. Sisí mantenía la esperanza, porque en orden de prioridades es lo último que se abandona, aunque los proverbios exageran bastante y no se ponen en el lugar de los hechos la mayoría de las veces. Más bien se esforzaba por no sumarse al club de las lamentaciones y terminar como plañidera literaria. Las arañas reposaban en las paredes del pasillo, los estantes y el interior de unos pocos libros. Las vigas eran 8

colonias de comejenes rechonchos y bien alimentados. Por suerte el yeso no era un plato favorito, y las paredes se conservaban intactas, cubiertas de bosques de musgo, sin mencionar las goteras que nacían de todas partes e hinchaban la cal. En toda la casona no existía un retrato de la familia, por lo que se sospechaba que el escritor también había nacido solo. Escondido tras el sofá, yacía el dibujo al óleo de un niño: algo en sus ojos evocaba al escritor. Cuando sostenía la taza de té, única bebida tolerada, los dedos del hombre temblaban por una herrumbre milenaria. A su edad le costaba trabajo abrocharse los cordones de los zapatos. Claro, de quien no hace ejercicios, apenas se mueve, agotó la fe en los milagros y reza a la vez por la divina inspiración, se niega a tomar aire fresco y a probar la tibieza del sol, no se puede esperar otra cosa. Bastante es que no le hayan crecido raíces y un sombrero de hongo. Algunas mañanas Sisí se levantaba con el pie equivocado (izquierdo o derecho, cualquiera de los dos le causaba mal humor) y comenzaba a gritarle que un día se moriría en el basurero, y el cuento bien gracias, todavía sin dignarse a aparecer por ningún lado. Él la estrujaba contra la máquina de escribir y lloraban juntos. “Pobre Bernarda, la máquina de escribir”, suspiraba Sisí y le echaba un vistazo: le faltaban cuatro letras y el resto las recordaba trabadas. “Hay que tener paciencia, verás que hoy o mañana se le ocurre arreglarte y sucede el milagro” y se consolaba a sí misma: “Si la hemos tenido durante veinte años, unos cuantos más no significan el fin...”. El escritor continuaba con las manos en las sienes, apretujándoselas hasta volverlas un pañuelo de plañidera. El piso le servía de tablado de baloncesto donde se esparcían pelotas de papel. Diez canastas en dos minutos, cien tantos en una hora, no importaba que las pelotas cayeran a sus pies formando una hojarasca de cuentos mutilados. ¿Sería posible que no tuviera nada que decir? Las bolas eran 10

barridas por la escoba de Sisí y se quemaban en el patio o las donaban a las sociedades ecológicas para ser recicladas. —Vaya, ¿querrían reciclar también este caserón? En mi opinión estorba al entorno. Él y sus habitantes son un puñado de ruinas —decía Sisí en broma—. Cuánto daría por mudarme y abandonar este encierro. Calíope bajaba de su telaraña al mediodía, y almorzaba frutas y vegetales para mantenerse delgada, porque deseaba ser una estrella. Había pensado que el sitio más adecuado era una gran mansión del siglo pasado, que junto a uno de esos fenómenos llamados ESCRITORES estaba su oportunidad. La araña llevaba allí menos de dos años y ya exigía ser inmortalizada en un bestseller o que le devolvieran el dinero invertido en muebles y ropas para crearse una imagen ante las cámaras. Aseguraba que su reputación iría al suelo si descubrían que aquel escritor no tenía un sólo cuento hecho. Además, ella se había propuesto ser un personaje famoso antes de los quince, para darle la sorpresa a su madre, llevarla a París en primera clase y comprarse un Rolls Royce. La tarde en que sucedió el milagro, Calíope se encontraba empacando y se disponía a dejar la vida pueblerina. Lo suyo eran las grandes ciudades, con más luces que un cielo de medianoche, y un apartamento en la avenida principal. Sisí y Bernarda parecían enfrascadas en un libro de nombres que rescataron a punto de convertirse en la comidilla de los basureros. —...¿Y sabes lo que significa “Bernarda”? —preguntaba Sisí— “Valiente guerrera”. Aunque no te asemejes ni por casualidad a esa descripción, debes esforzarte y aguantar otro cuarto de siglo. Ya organizaremos una huelga con tantas demandas como para aturdirlo. Lo pondremos a pan y té. Así se verá obligado a ir al mercado y saldrá por primera vez de la casa. —No sé, suena peligroso —refunfuñaba la aludida, viéndose catalogada de pusilánime—, ¿qué tal si lo enfurecemos y nos pone de paticas en la calle? ¿No dicen que los 11

escritores están chiflados y sin cura? Por favor, olvidemos la conspiración, siempre pretendes armar una revolución por cualquier tontería. ¿Y Sisí? —inquiría—, ¿qué simboliza Sisí en este lenguaje de nombres? —Pues Sisí es Sofía, y representa “la sabiduría”. Pero a él no le gusta decirme Sofía, sino Sisí, para que no me vuelva presuntuosa. —¿Y Calíope? —Calíope era una musa griega y esta araña vanidosa afirma que desciende de familia olímpica por el apellido que le pusieron. Pura casualidad. Seguro vino de una tribu africana. ¿No has escuchado de las horribles y gordas tarántulas que hay en África? Se rumora que son venenosas —¡Alabado! Mejor no entrar en tratos con ella. Claro, que ni tú ni yo tenemos que preocuparnos. Mientras no me fundan para fabricar autos, y a ti no te pongan de etiqueta en una camisa, estamos salvadas —suspiró la máquina de escribir y se apuró una tacita de té helado con la gracia de la reina de Inglaterra. El té hervía en la cocina y el escritor aún permanecía mirando a las musarañas colgadas como murciélagos. Se estrujaba la frente y le salían unas arruguitas llenas de sudor, una especie de espejismo que se hacía visible cuando los rayos de sol se filtraban por el agujero de la gotera y le iluminaban la espalda. Imposible encontrar algo más alejado de este mundo. La cabeza era un coco vacío que apenas le pesaba. En su delirio daba vueltas y se imaginaba metido dentro de una lavadora que le exprimía las ideas. Calíope se sintió herida cuando vio que la ignoraba de forma tan vulgar, como a una mosca común que tanto molesta. Al fin se decidió a trepar por una rendija de la ventana y escapó de incógnito. “Así hacen las actrices cuando quieren evadir a los admiradores”, dijo para animarse y se puso unas gafas negras. Él continuaba sumido en su éxtasis, a punto casi de alcanzar la “Iluminación”. Y la hubiera tocado si él mismo 12

no lo evitara. Se impulsaba para el Gran Salto, y al final de la carrera se detenía amedrentado, a un tris de volar. Su mirada vidriosa semejaba la de un sonámbulo llegado en su colchón de nube a otra galaxia, hasta que un meteorito le golea en la barriga y lo despierta del impacto. Un soplo de luz se escurrió por la persiana y atenuó las sombras. El escritor se estremeció ante la claridad con temor de vampiro. Se hicieron visibles las migajas de polvo que flotaban en la atmósfera. —Voy a quitar el té de la hornilla. Nadie quiere darse cuenta de que la tetera va a explotar. Si no fuera por mí... que soy el robot de la casa, la basura alcanzaría el techo y los papeles saldrían en fila por su cuenta —gritó Sisí. —Bernarda, corre al jardín y corta las margaritas que vimos hace una semana. —Sisí, ya no hay margaritas. ¿No te acuerdas? Las aplastó aquel perro callejero al escarbar la tierra para enterrar un hueso. Además, las flores mueren cuando respiran el aire envejecido del caserón. —¡El colmo! ¿Tampoco los perros comprenden que esta es una propiedad privada? Ni que fuera el patio de su casa. A las personas se les perdona porque ellas ignoran cuanto se les advierte, pero yo imaginaba que los animales serían un poquito más respetuosos. —Disculpa un momento, Sisí, pero tienes que ver lo que pasa en la sala ¿Es normal que un escritor adulto... se ponga a dar saltos y a reírse? —dijo de pronto Bernarda medio asustada. —Él nunca se ríe cuando trata de escribir; imagínate que siempre nos manda a callar y nos arroja todo lo que encuentra a mano, sólo falta... ¡ay, qué gritos son esos! Sisí soltó la bandeja y fue a inspeccionar con una escoba que no venía precisamente a desempeñar su función en la limpieza... Del asombro casi se cae redonda al suelo: el escritor daba brincos sobre los muelles del sofá, rebotaba y giraba en el aire con piruetas de clavadista. Se miraba al 13

espejo, le sacaba la lengua al hombre del reflejo, desgreñado, flaco y alimentado de luz, y tocándose la nariz con el pulgar, imitaba a los monos del zoológico que arrojan cáscaras de plátano al público, agitó los brazos y empezó a imitar los ruidos de un motor desperezándose; volaba, le nacían hélices, plumas, ¿pájaro, pez volador, canguro?, era una avioneta. Los pelos se le pararon en la cabeza y lucía peor que un erizo acabado de levantar. —¿Verdad que anda enfermo? —dijo Bernarda—, ¿será eso, por casualidad, una manifestación de alegría? —Me han entrado remordimientos de conciencia por tratarlo mal. Quizás sea cierto que los escritores son personas en extremo hipersensibles. ¿Y si se disgustó en serio? Bueno, la culpa no es mía, ¿cómo iba a saberlo? —¡¡¡Hurraaaa!!!, lo he conseguido —gritaba él, y se reía de las caras estiradas que ponían las dos solteronas. —Se está burlando de nosotras. —Quiere llamar la atención. Malcriado. —¡Dios mío, le explotó la cabeza al fin! Los males siempre vienen de la mano como hermanitos. —Frío, frío, las dos se equivocaron —dijo de pronto el escritor. Entonces tomó a la vieja Sisí y le mecanografió las primeras palabras de su vida.
MI MUSA HA LLEGADO

Calíope había permanecido con el oído pegado a la puerta, sin perder pie ni pisada a la conversación. Enseguida asomó la cabeza por la persiana y dio por sentado que su ausencia repentina era la causante de tantos sobresaltos. Reconsideró las cosas y decidió otorgarle una segunda oportunidad al escritor, para no matarlo de dolor. Casi nada se perdía con probar de nuevo. El vecindario entero estaba reunido en el portal del caserón de donde se escapaba el escándalo del siglo. La poli15

cía gritaba con sus altoparlantes que se alejaran del lugar, pues existía peligro de derrumbes. Unos opinaban que los espíritus habitaban el caserón después que la familia anterior se marchara. Otros aseguraban que aún seguía con vida el último descendiente, un imitador de Robinson Crusoe, al cual hacían en una isla desierta. Un grupo de ancianitas tocó a la puerta para prestarle ayuda moral al pobre que suponían acosado por almas en pena. En la oscuridad sólo olieron el polvo y se fueron acatarradas y echando maldiciones. Se terminó por creer que la casa permanecía bajo el terrible hechizo de los objetos hablantes y cuando Sisí abrió la puerta y preguntó: “¿A quién buscan?”, todos desaparecieron como tragados por la tierra. —Han arruinado el jardín. ¿Por qué no habrán tocado el timbre si deseaban hacernos una visita? —dijo feliz de conocer, después de tantos años y perseverancias, lo que significaba ser escrita. Al fin la lluvia borró los pasos marcados sobre el césped y bendijo al jardín con un agua dulcísima. En el interior sonó una vocecita de cascabeles.

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II. Dos versiones del milagro
El escritor no paró de armar letras y adornar a Sisí con todas las palabras que contenía el diccionario. Proyectaba coleccionar las convocatorias de los concursos que lanzaran en los periódicos, enviaría sus trabajos y se iniciaría en los rigores de la competencia. Planeaba comprarse un radio con las ganancias de sus premios, y una televisión a color de las que había en medio vecindario. Claro, primero debía llenarse de valor y mandar los cuentos a una editorial. Si resultaban con calidad y eran originales, ya le llegaría el éxito a su debido tiempo. Juró que nunca perdería la modestia, so pena de fracasar en lo adelante. No permitiría que los humos de la fama le nublaran la mente. Habría que inventar una solución para que le entregaran la televisión: aún no estaba listo para salir a la calle, y a las hojas de papel no le aceptan cheques o billetes de banco, ni están autorizadas por la Ley a firmar los títulos de propiedad. El acontecimiento duró hasta la otra tarde, y no hubo entreacto para almorzar. El ayuno le renovaba el apetito de escritura y tecleaba a una velocidad de octópodo, sin dejar escapar una oración. Además, no quedaba té en la despensa y los traficantes de la India se habían perdido del mercado con sus paqueticos olorosos a especias aromáticas. Bernarda 17

quería mantenerse firme, luchaba contra su pata coja, que la mareaba con su traqueteo, mientras él, mecanografiando, la agitaba suavemente: “No te muevas ahora, o el cuento me saldrá jorobado”. Sisí tenía un ataque de cosquillas porque las teclas se le clavaban con sus punticas llenas de tinta y la llenaban de pequeñas huellas como si un ciempiés se hubiera mojado las patas y le pasara por encima. “No me falles en el último instante, Sisí, ya voy terminando.” “Unos teclazos más... ” —No tengo nada que envidiarle a las hojas de imprenta. Ahora soy alguien con personalidad —se vanagloriaba ella. Calíope intentaba leer su nombre por algún lado de la cuartilla, y se repetía emocionada “Ya soy famosa”. Se imaginó enviando a su mamá una gran postal con la fotografía de la casona, y ella en el centro firmaba un autógrafo, sonriente hacia la cámara. Aún mejor que eso eran las recaudaciones que obtendría con las ventas del libro. Porque si hablaba de ella, seguro sería un bestseller mundial, y cobraría un 15 % sobre las ganancias. Al escritor le daría las gracias, claro está, y la dirección de su nueva mansión. (Era una araña muy agradecida.) El escritor, callado, le cantaba a su musa desde el papel que, por supuesto, no se trataba ni remotamente de la ilusionada Calíope, sino de la verdadera, que había entrado con el rayo de luz de la persiana. La sentía cerca y familiar, aunque al principio los dos jugaron a la gallina ciega: ella se escondía, él tropezaba con todos los objetos de la casa y no la atraparía más que al final del juego, cuando ambos se quitaran las máscaras y ella revelara su presencia. Los primeros días no se dejó ver y fue una fragancia nueva en el aire, con su risa de sonajero hecho de caracoles o cuentecillas, que se movía con sutileza y dejaba claves secretas. Había retornado a su templo para darle alas a las ideas dormidas. Bernarda le seguía los pasos, encontraba una boca pintada en la pared, dos ojos traviesos le guiñaban en el medio 18

del espejo. El misterio le ponía las teclas de punta. Otras veces aparecían burbujas y más burbujas de jabón y se formaba una invasión de pompas que no explotaban aunque las cazaran a escobillazos. El champú del baño se gastó por completo. Después fue la espuma de afeitarse del escritor, que tomó para hacer merengues y crema batida. —Miren lo sucio que está mi cabello por culpa del bromista —decía Calíope—. A ver, por qué usa los productos de belleza y no los de la limpieza. Si quiere burbujas, puede emplear detergente. —Ya la conocerán —prometía Nicolás, que por fin halló su nombre en el fondo de una gaveta y volvió a llamarse Nicolás, el escritor. Sin embargo, Calíope no estaba muy segura. Podría tratarse de una mentira para herir sus sentimientos. Resultaba imposible abrigar la menor sospecha de que no fuera la elegida, considerando que ella era la única estrella terrestre con residencia en los alrededores del pueblo. ¿Cuántas falsificaciones de identidad no aparecen en un solo día? Una misma persona puede tener dos caras, en sentido figurado, claro, y combinarlas de acuerdo con la ocasión, como en una fiesta de disfraces. Bien podría ser el caso de una enmascarada que se sirviera de los inocentes habitantes del caserón. Sin embargo, a ella no lograría engañarla. Convenció a Sisí y a Bernarda de que todo era un simple truco de actuación y tenían que vérselas con una auténtica profesional del camuflaje. —¿Y las burbujas? —Simples efectos especiales para impresionar a las novatas. Ambas se sintieron preocupadas por el pobre Nicolás. Él todavía creía en aquello de la musa. “Otro novato más que no conoce la maravilla de los efectos especiales y el cine”, aseguraba la araña. “Yo soy la única inspiración que tuvo, lo abandoné un minuto y se volvió desesperado.” Había que alertarlo de su error, lo cual significaría un duro 19

golpe a pesar de todas las explicaciones. Aunque la ilusión se le encogiera hasta adoptar el tamaño de un chícharo, lo mejor era ir al grano: estaba venerando a una farsante. —Nicolás, lo siento mucho por ti. Calíope me contó la verdad y te prometo que vamos a desenmascararla. No te preocupes, actuaremos en secreto para engatusarla y zas, la pondremos de manos y pies en la calle. A ver si encuentra otro inocente y le repite el truco. —¿Desenmascarar a quién? —A la musa con falsa identidad. ¿Es que no lo sabes? En realidad es una delincuente buscada por la Ley. Ha engañado a un montón de bonachones. El mundo está repletico de esas personas con doble cara. Seguro también confiaste en la impostora —dijo Sisí enojada. —Bueno, no voy a cogerla por el cuello y meterla en la bañera hasta que confiese. Hagan lo que les parezca apropiado. Y Nicolás se quedó en silencio, fingiendo que estaba de acuerdo, mientras las tres buscaban debajo de los muebles a la supuesta farsante. Empujó uno de los ventanales y con la mayor naturalidad se dispuso a observar a las personas que subían y bajaban en tropel, las carretas de tiro y los caballos rechonchos o huesudos según los tratara el dueño, los pájaros cantores y los que chillaban, el cielo, la tarde, el crepúsculo y la noche. Ni siquiera pestañeó admirando el mundo, y se sintió un niño que estrena los ojos y ve cosas extravagantes. Fue sencillamente feliz de ser, por fin, un escritor y reflejar las bellezas que observaba con un puñado de palabras. Dando gracias a los dioses —por si acaso— comenzó a descubrir la alegría simple de vivir. —Hoy vendrá un invitado especial. Muéstrense tal como son conmigo.

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III. El visitante desconocido
Cuando Nicolás hacía un anuncio público merecía toda la atención del mundo, pues era de pocas palabras y tan caprichoso en las exageraciones que era capaz de atribuir a un mosquito el doble de la talla de un dinosaurio, y a una libélula la gordura de los hipopótamos. Las tres habitantes del caserón dedujeron por el discurso del escritor que el visitante merecía ciertas consideraciones: una sala limpia, muebles cosidos y tazas de la vajilla que se guardaban en la cocina, pertenecientes a la prehistoria de la familia, destinadas a las bodas, funerales, despedidas o bienvenidas, desde antes que Nicolás naciera. Tuvieron que sacudir y echar a la basura veinticinco años de polvo y generaciones de arañas se fueron a la calle por falta de espacio. Calíope quedó perdonada porque su telaraña era discreta y se armaría una guerra interna en caso contrario (Sisí se encargaría de que al visitante no se le ocurriera mirar hacia arriba). Afortunadamente, pensó la hoja de papel, las visitas no suelen caminar sin permiso por las casas ajenas, ni son inspectoras de sanidad. Más bien vienen a curiosear y critican a espaldas de los dueños para demostrar su educación. La mayoría se limitan a quedarse tiesas en una butaca, así esta 21

tenga púas y no cojines, a disimular su desagrado forzando con los labios una sonrisita. Las hay de clase, esas que cruzan las piernas, gesticulan todo lo posible dentro de los límites, usan las frases rebuscadas para decir una bobada y se colocan las manos una sobre la otra como si les echaran pegamento o les doliera la barriga. Nicolás, escritor recién estrenado, dormía plácidamente en medio de aquel terremoto. Hasta la araña italiana (aclaremos, la lámpara) cayó a los pies de la cama y los cristales se hicieron trizas con el impacto. Él se rascó los dedos de los pies y le dio la espalda al asunto. Bernarda destapó los ventanales cubiertos de sábanas, y se cubrió los ojos porque le ardían con la luz. —Prefiero la oscuridad. —Es comprensible, si tenemos en cuenta que eres una campesina y nunca has viajado a las grandes metrópolis. Estarías deslumbrada con las luces de neón. Te falta mucha seguridad y para qué mencionar la retahíla de teclas que andan ausentes. No eres una buena máquina de escribir —Calíope era lo que se dice una “amiga” sincera y persuasiva. —¡Basta ya! Cuando Nicolás sea famoso comprará una computadora...y así le hará más fácil el trabajo. Es lo que está de moda. Caducaron los manuscritos y las obras mecanografiadas. Quien no posee una, carece de brazo derecho —exclamó Sisí. —No quiero que sea famoso, si tiene que abandonar a los amigos —terminó Bernarda—. Odio las computadoras. Nicolás se despertó con la luz. Parpadeó y luego empezó a gritar enfurecido igual que los toros cuando les enseñan una tela roja y le arrojó una pantufla a la primera víctima que se colocó a tiro. —¡¡Cierren las persianas, todavía no estoy preparado para ser un escritor sociable!! Como si hubieran acordado romper la discusión, el reloj despertador y el timbre sonaron al unísono. De pronto se formó un desorden de voces y pasos. Nadie estaba listo aún. 22

No habían previsto tal puntualidad en tiempos de informalidades. Sisí abrió el portón en un crujido de nervios. —Nicolás, un niño pregunta por ti: es lógico que no se trata de la musa. Le contestaré que no puedes atenderlo porque estás en el baño —y se dispuso a inventarle una mentira piadosa. —Hooolaaaa —gritó el niño, que había escuchado la parte final y dispuesto a no dejarse cerrar la puerta en la nariz, entró decidido con la brisa fresca. El escritor, que no estaba duchándose, sino robando masitas de puerco del refrigerador a espaldas de Sisí, masticó precipitadamente, y se presentó atragantado: —Buenas tardes, soy Nicolás. —Yo también me llamo Nicolás. Quiero conocer tu casa. —Claro, entra. ¿Qué tal si iniciamos las presentaciones ? Ella es Sisí, mi hoja de papel en... —y se quedó pensativo— ...mi primer cuento. Aquella muy tímida es Bernarda, la máquina de escribir que comparte mis secretos, y esta... bueno... es Calíope, una araña que sueña con brillar más que la Estrella Polar. —Son muy simpáticas. Es decir, extrañas. ¡Y qué bien hablan! Nicolás niño examinó todo lo que existía entre piso y techo. Hasta la telaraña de Calíope, pese al esfuerzo que hizo Sisí por evitarlo. —Oye, ¿podrías comportarte un poquito mejor y quedarte sentado como un niño bueno? ¿Qué clase de educación te dieron tus padres, eh? Se trata de una casa ajena y vienes en carácter de visitante. No toques las cosas. ¡Contrólenlo o buscaré una jaula! Nicolás le ofreció una taza de té. No lograba disimular su emoción. Todo lo que el niño hacía le encantaba, incluso a costa de transformar a Sisí en un barquito de papel. —¿Es té? No me gusta. A mis amigos tampoco les agrada. Dicen que es hábito de personas mayores. Yo prefiero el refresco y las galletas dulces. 23

Loco por complacerlo revisó los estantes, gaveteros y aparadores de la cocina. Lo único que encontró fue un trozo de pan. —No como galletas dulces desde que era niño —se excusó Nicolás—. De adulto me he acostumbrado al té —comprendió que debía recordar sus gustos antiguos. —¿Quieres dulce de leche? —le preguntó —Ajá, pero antes desearía un cuento —respondió Nicolás niño—. Voy a abrir las ventanas para jugar con la luz. ¿Sabes? La mañana es un cocuyo que se tragó la risa del sol y quedó indigestada. —¿No consideras más apropiado una visita formal, algo así como una entrevista solitaria en la que nos compenetremos? —Nicolás, sólo tú me has olvidado en el cajón de los recuerdos, como los días en que el abuelo leía un libro nuevo aquí en el portal y nos levantábamos con la boca abierta. Él nos enseñó a soñar. —¡Qué dulces eran sus palabras! —el escritor se secaba las lágrimas y patinaba por el tiempo con un pasodoble de cangrejo—. Abuelo era un cuentero caído de una historia vagabunda. Nunca pensé que lo extrañaría tanto. —Sal entonces de tu cueva y enfrenta el miedo que te causa el mundo. ¿Cómo resistes quedarte dormido en una concha gris ? Las sombras no saben saltar ni volar. ¿Quién ha visto una sombra imaginativa? —Tiene razón —dijo Bernarda pensativa y se apoyó en su pata coja—.Vivir como los topos es la peor de las soluciones. Mejor dicho, es una antisolución. Mi bisabuela decía que los pájaros y las mariposas pueden ver hasta los últimos caminos del universo desde que le tomaron gusto al alba y descubrieron el color del viento. —¡¡Sí!! Seré yo mismo en lo adelante. Necesito un arcoiris para desaparecer la tristeza de este caserón. Borrón y cuenta nueva, pero... ¡No me quedan amigos, los abandoné! Estoy solo. 25

—Los amigos se conquistan de nuevo —dijo Nicolás niño—. Ahora usa tu imaginación: ayúdame a colgar un columpio entre las ramas del cielo. —¿Y si empiezan a caerse las estrellas? No se sabe quién le colocó sus clavos de plata a la noche. —Si de verdad se caen, subiremos a pegarlas. No vamos a dejar a la noche llorando toda la eternidad. Y el vértigo se cura montando cometas, o con treparse al árbol más alto del mundo, desde el cual se toca el sol. —Creo que este es el sueño más largo de mi vida. Lo extraño es que continúo despierto. Parezco otro niño jugando con hilos invisibles. A fin de cuentas la gente siempre terminará opinando lo que desee... Hoy tengo que escribir. —Bravo, has descubierto el mayor de los secretos. Tú eres igual que yo. Con la punta del dedo borrarás, así de fácil, la tristeza de este caserón. Prácticamente lo entendiste todo en pocas palabras. Ya te han nacido las alas que perdiste al crecer. Ahora verás lo invisible, me contarás a qué sabe el viento los domingos por la tarde y cuál es la música del ocaso —¿Dónde están esas alas misteriosas? Y he aquí el problema principal: ¿cómo podré escalar un monte de nubes? —Bueno, es un secreto y no te lo puedo revelar todavía. —Otra pregunta: ¿Eres en verdad la musa? —¿No te has convencido aún? Nicolás, la respuesta la llevas tú. Calíope aseguró aquel día que había llorado un millón de lágrimas bajo la cama.

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IV. IV. Metamorfosis de un caserón
Sisí estuvo una semana en la cocina desempolvando recetas de dulces caseros. Antes no había utilizado aquellos libros, porque en la casa se cocinaba arroz, frijoles y huevos todos los días, aparte del acostumbrado té que era tradicional. Desde que el nuevo Nicolás vivía con ellos, era necesario hacer las cosas diferentes y eso le disgustaba. Aprendió a hornear panetelas y pasteles de guayaba. Al principio, las humaredas eran espantosas, los buñuelos se quemaban y ella emergía de la boca del horno, repleta de tizne como un deshollinador, y hubiera deseado, para calmar su furia, encerrar al renacuajo en una jaula de pájaros durante el día, y en el cuarto de baño por la madrugada. Porque Nicolás niño derrochaba buena parte de la mañana en taponar el hueco de la bañadera y anegarla hasta el desborde. Luego se sumergía, conversaba con las burbujas del chapoteo, croaba y entablaba un diálogo con la pared, donde él era un almirante y aquella el capitán de la fragata. Le encantaba jugar en el jardín y, en cuatro patas, cavaba agujeros de hormiga y sembraba allí las historias mutiladas de Nicolás, para que, apaciguada su sed con el agua y sus lamentos con la tibieza del mundo subterráneo, resucitaran y florecieran. Entonces, como en las vendimias, recogería la 27

cosecha y Nicolás escritor recibiría con festejos a sus “moribundos sanados”, y los tacharía de su arsenal de cuentos fallidos. Nicolás niño concluía estas pasiones de horticultor con las manos y las uñas de un alfarero, que más bien parecían ellas mismas de barro. Sisí lo agarraba por una oreja, con una expresión de bulldog que hubiera amedrentado al Can Cerbero y lo sentaba en la bañadera. Tomaba jabón y, restregándolo con un cepillo, lo lustraba de pies a cabeza. Hasta le sacaba brillo a los dientes. Y el churre de uno se traspasaba a la otra, como un hechizo irrevocable. La hoja de papel, chamuscada por el incendio de la repostería y la domesticación de la musa, terminaba adolorida de la espalda, con reuma y molida. Se desmoronaba sobre el escritorio de Nicolás, y juraba que no le aguantaría malcriadeces a nadie, ella no era una niñera. Y a mitad del discurso ya roncaba. Al final, tuvo que resignarse a la contienda —si era él, en verdad, la cura de las apatías del escritor—, no sin antes haber manifestado su desaprobación. Amenazó a su literato con que emigraría del caserón y no tendría quien le cocinara o le trajera el té al cuarto y le soportara las peroratas de intelectual. “Porque eres un insoportable”, le gritaba, “y un parásito: no ayudas en la limpieza del caserón, ni te planchas la ropa, ni friegas, y ni siquiera educas a tu silvestre inspiración.” Y tras mucho anunciar que recogía las maletas y los dejaba a su albedrío, las colocó de nuevo en su lugar, y anudándose el delantal puso agua a hervir. “Agradece que poseo un noble corazón” —agregaba para justificar su flaqueza. “Soy una joya.” Le placía hacer las veces de madre con la musa (Musaraña lo llamaba en el había una vez) y le tomó cariño. Acabó considerándolo como el niño que fue Nicolás escritor (no entendió jamás esta extraña metamorfosis), lo malcriaba y asumía un papel de abuela consentidora. Bernarda incluso llegó a tenerle celos. Dejaron de cumplirse las normas y horarios del caserón, tan estrictos en otro tiempo, y lo mismo amanecían 29

almorzando que se acostaban desayunando. En las tardes permanecían sentados los unos frente a los otros mirándose las caras y descubriéndose muecas, alegrías ocultas. El recién llegado emprendió, sin permiso de Sisí, erigida en ama de llaves por su antigüedad, una renovación general de los salones. Las paredes del pasillo y los cuartos fueron decorados con flores, unicornios de tres cuernos, pájaros y estrellas coloreadas donde el moho florecía con las goteras. Calíope observaba los trazos del lápiz que revivía la blancura de las columnas. Bernarda ayudó a Nicolás en la construcción de un papalote gigante, que fue colgado a modo de estandarte en la punta del pararrayos. Cuando se gastaban los crayones, Nicolás escritor iba a comprar pinceles y acuarelas, disfrazado a lo Robin Hood, para que su amigo le ilustrara los cuentos en el piso, como un libro desplegado, y las losas se volvían un mosaico de historias que se adivinaban siguiendo los pasos del ajedrez. —Hoy me apetecen un par de cuentos para dormir. ¿Podrías escribirme uno? Y el escritor inspirado se desvelaba para tenerlo listo la noche siguiente. El carpintero del pueblo hizo a pedido suyo cinco sillones para el portal, y en una reunión familiar se acordó traer mensualmente un invitado a tomar el té. Nicolás no conocía a los vecinos y, después de veinticinco años escondido del mundo, necesitaba sembrar amistades. Calíope colgó un cartel de la reja oxidada en la entrada del jardín:
SE BUSCAN AMIGOS PARA NICOLÁS

El niño tejió cinco cojines voladores para los sillones, pero como se sospechaba que en el caserón vivían espíritus, Sisí los clavó para que el invitado no escapara volando y se quedara en las nubes. Una tarde abrieron la reja del jardín y se sentaron a esperar. 30

V. Lo que contó el primer invitado (primer cuento de Nicolás el escritor)
El día recién había sacado su paraguas gris para las noches lluviosas. Las ventanas de la sala tenían cortinas de hilo fino de arañas. En el centro de las losas terminaba de secarse una bicicleta con globos tan bien dibujada que daba ganas de brincarle encima y escaparse a la playa. El papalote se había aferrado al pararrayos, presintiendo el olor concentrado de una tormenta. Nicolás niño dibujaba nubes rechonchas por el agua. A su lado descansaba Bernarda apoyada en una pata nueva, mientras Sisí quitaba la ropa tendida. —No se preocupen por mí, hoy no pienso bajar a tomar el té. Esta danza del viento me arruinará el torniquete y no quiero que me describan como una desaliñada en los cuentos. —Ni falta que haces tú, que no ayudas ni con una pata en la cocina cuando te sobran siete. —Parece que tampoco esta semana habrá invitados, al menos hasta que mayo deje de llamarse “el mes de los aguaceros”. Mejor descolgamos el cartel a tiempo o las letras se pondrán aguadas como el té —sugirió Sisí y cortó la discusión que se avecinaba. La araña y la máquina de escribir se llevaban lo mismo que un perro acosado de pulgas y un gato inmaculado. 31

Comenzó a llover. En el aire flotaba una fragancia de tierra mojada que le daba un gusto especial a las gotas de agua. El papalote decidió zafarse del pararrayos y refugiarse en el portal. Nicolás llegó corriendo con una jicotea en la mano. —Sisí, dale un poco de sopa caliente y ponla en una palangana seca. Es una jicotea de sol, no le gusta el agua. Un vendaval se llevó las flores del jardín para adornarse los cabellos. Y en la casona se descubrió una gotera en la rendija del techo donde vivía Calíope y hubo que secar el río de colores que iba borrando las pinturas de las paredes y mezclando las figuras del piso. —¡Mi peinado! —gritó desesperada la araña. Todos se asomaron al portal. Algo extraño (y no precisamente el grito de Calíope) acababa de suceder. En una esquina estaba acurrucado un gato gris, con un paraguas roto. —Traigan una taza de té y una toalla para el primer invitado del caserón. Nicolás niño se sentó en un sillón. —Yo... soy... Mausidro Gutiérrez, gato de profesión y trovador aficionado —se presentó el invitado sacando de la chaqueta una guitarra mojada. —Mucho gusto —se adelantó Sisí con la bandeja en la mano—, pero no se me acerque tanto. Le tengo miedo al agua. Bienvenido al portal de nuestro caserón. Aquí vive el escritor de cuentos Nicolás y su musa Nicolás. —Otra vez bienvenido, trovador Gutiérrez. —Muchas gracias, amigo escritor. Le juro que esta lluvia me ha reblandecido los huesos y seguro me acatarro. Prefiero bañarme a lengüetazos, más calmado, con privacidad. No soy amante del agua. Y a los cantantes les sienta fatal. Se nos van unos gallos de espanto y... —Olvide la cuestión y dígame qué le parece la receta de panecillos con poesía. Tiene un verso original que copié de un libro de poetas románticos para condimentarlos mejor. 32

Mausidro revisó el pan por si encontraba letras crudas. “Excelente, riquísimo”, susurró con la boca repleta. Le dio un pedazo a su guitarra y luego acarició las cuerdas. Nació un sonido agudo, de risa enlatada. —Voy a cantarles una canción de mi propia cosecha —susurró de pronto sacudiendo con fuerza la guitarra—. Me ha vuelto el espíritu de trovador a los bigotes. Vamos a ver qué sale... La familia estrenó los sillones al ritmo de las notas que entonaba el gato, frotando las cuerdas con la punta de las uñas. Marcaba la melodía con unos toques de su pata izquierda, y algunos golpes en la madera de la guitarra. Mausidro tenía una voz ronca y áspera, que se confundía con los acordes de la balada. —¡Miauuuuu, miau mauuuiii..! Calíope se había soltado el torniquete y daba vueltas colgada de su hilo, en un desorden de patas. Nicolás escritor tarareaba la canción entre silbidos, mientras Bernarda intentaba imitar a la araña escondida tras el portón. Sisí parecía un pájaro con delantal aleteando en el asiento. —Me encanta su estilo —decía Nicolás niño y dejaba que los pies bailaran a su antojo. —Ahora voy a ser cantante —decidió Calíope cuando terminó la canción—. ¿Por qué no me contratas ? —Sólo voy por el mundo en busca de un tejado donde maullar toda la noche y ofrecer serenatas de amor a las estrellas. Hay quienes afirman que los gatos somos unos enamorados de la luna porque nos entregamos a ella cada atardecer que muere, pero yo le canto al cielo y a la tierra, y al sol también si me piden que toque una mañana. No tengo más oficio que ser gato y trovador sin tejado, así que no se me ocurre lo que pueda hacer contigo. —Sé cantar, dar vueltas, caminar con tacones y tejer un tapiz en dos horas. ¿Es suficiente? —A ver, entóname un La sostenido —Eso de entonar Laes sostenidos no lo entiendo. 33

—Entonces no lograrás ser cantante. Primero tienes que estudiar música. —Mausidro, creo que andamos necesitando un trovador por el caserón y tenemos un tejado disponible. Además, nadie se desvela de noche por un concierto... creo que el portal del invitado del mes estará muy de acuerdo con ceder otro sillón para tu guitarra. —Gracias Nicolás escritor, me quedo en tu tejado para organizar un rincón de la trova. Una pregunta... ¿Hay vecinos gritones por los alrededores?

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VI. Segunda historia del invitado (no invitado) del mes: el cartero pregonero que se hizo por fin cuentero
Mausidro, gato de profesión y trovador por afición, inauguró su “hora de la música” en la casa de Nicolás. Después del acostumbrado té, la familia subía la escalera de incendios y se acostaba sobre las tejas a cantar hasta la madrugada, sin remordimientos ni consideraciones por los infortunados vecinos, e inventar bailes nuevos, aunque Calíope era imposible de igualar cuando utilizaba sus ocho patas. Bernarda ensayaba sus pasos tímidos para no desentonar con el resto: ella era una máquina de escribir decente y no una computadora zalamera. Sisí evocaba sus tiempos de hoja adolescente, en que solía escuchar rock & roll en la biblioteca del abuelo de Nicolás. Ahora tenía impresas las manchas amarillas de la vejez, aunque tratara de disimularlas con unos toques de polvo. De todas formas, no le avergonzaba confesar su edad en público o estirar las piernas arrugadas con las canciones de Mausidro. Ella jamás se consideró vieja ni le importó que le llevaran la cuenta de los años. Simplemente hacía una mueca y punto: ignoraba al impertinente. Y justo esa mañana en que se disponía a empolvarse en secreto frente al cristal de la ventana, escuchó unos gritos lejanos que se apoderaban del silencio. 35

—Entrega de sueñooos de todas tallas y sazones. Aquí guardo su correspondencia de fantasías y duendeees... “¡Qué horror!”, pensó Sisí tosiendo. Se había echado la caja de talco encima. “En este vecindario no la dejan a una disimular las arrugas con tranquilidad. Siempre hay alguien que viene a enredar el mundo.” Volvió a sonar el pregón a bolero antiguo borrado ya de los discos. En la entrada del jardín apareció un hombre con piel de noche oscurísima, de cielos sin lunas ni estrellas: una joya de ébano y marfil con el brillo apagado que no podía resplandecer. A Sisí le llamó la atención su sonrisa de río marchito, pese a tener los dientes muy blancos y juntos, y le buscó los ojos de cocuyo sin luz bajo su gorra de papel. —Carta para Nicolás escritor. Entrega especial desde la ciudad de los soñadores despiertos —el cartero clavó un aldabonazo en el portón. Calíope brincó de su hamaca enseguida y bajó sin arreglarse. —¡¡Una carta!! Démela a mí, que yo la recibo por Nicolás. Él está ocupado desarmando un cuento y estoy a cargo de esas responsabilidades. Imagínese que soy su musa. ¿Dónde tengo que firmar? —Estee... —el cartero pregonero puso cara de sorpresa y se encogió de hombros medio confundido. Las palabras se le cortaron y durante unos segundos no supo qué decir. Primera vez que se encontraba ante semejante arácnido, y desconocía si en el reglamento estaba permitido firmar ocho veces, o si la firma era válida—. Mireee... buenoooo... Sacó todavía indeciso un sobre amarillo con olor a tinta mojada, y una constelación de sellos desde la Patagonia a la galaxia. —¡Un extranjero en la familia! —exclamó—. Porque esto viene de afuera, ¿no? —Ni idea. Y cuidado, la carta está un poco fresca. Le aconsejo tenderla en el patio para que seque y no destiña. 36

Sisí se aburrió de retocarse el maquillaje tras una cortina y voló en puntillas a inspeccionar personalmente la situación. —Un momento, siéntese en el sillón mientras llamo a Nicolás. Está en su cuarto muy atareado, cumpliendo sus labores de escritor. Apuesto a que sigue trabajando a oscuras. Pero qué pena, si no lo mandé a pasar. Siéntese, pruebe un sillón que no muerde. A propósito, ¿le gustaría un té helado para combatir el calor? —Ignoraba que los escritores también reparan los cuentos. Es más, siempre los creí malos padres. Su Nicolás debe ser uno de esos carpinteros que arreglan letras cojas... pero... No, prefiero el café. Con permiso —dijo el cartero quitándose la gorra y comenzó a recitar un pregón mientras se refrescaba en el portal. El sol aquella mañana quería comerse vivo a todo el mundo. La hoja de papel nunca había preparado café. Consideraba que tomar té era más... intelectual. Molesta, puso la tetera y la llenó de polvo. Por suerte, se dijo, conservaba un par de paqueticos en la despensa, de cuando su tatarabuela fuera seleccionada mejor cuento en el Liceo. Ningún libro de cocina traía escrita la fórmula para aquel brebaje fuerte, de un humo tan penetrante que la hacía estornudar. Ella misma se vio obligada a inventarla: a la colada, bien espesa, le añadió canela, una pizca de vainilla, hierbabuena y tres gotas de limón. En la tazona echó, además, cubitos de hielo y menta contra el sofoco. Cuando servía el café, desde el cuarto, Nicolás escritor asomó la curiosa nariz tentado de averiguar quién estaba en la casa, por lo desacostumbrado de la bebida (la curiosidad mató al gato, por eso Mausidro se cuidaba de evitarla), dejó el oficio a medias y llegó corriendo tras la cola del aroma que desprendían las tazas. Calíope alargó una de sus patas y le dio el sobre. —Aquí tienes tu carta. 38

Desplegó una hoja con arrugas de papiro, escrita en un idioma de caracteres deformados, largos y finos. Era una tarea de genios leerla, a menos que fuese un código secreto o jeroglíficos antiguos de los que cuesta un milenio descifrar. Sonriente, la dobló de nuevo por los mismos pliegues y anunció: —Es de mi tío Gabriel, el poeta de la familia. La carta tiene el lenguaje de la poesía pura, intraducible, casi una rareza en nuestros días. Apenas se usa por ser dialecto de elegidos. Esta aún no ha caído en las garras de ningún editor con cara de lobo. —Ah —exclamó Bernarda, que jamás había oído mencionar semejante lengua. —Ahora me llama el deber. Con permiso, tengo que entregar la correspondencia. Hoy no me acuesto hasta repartir por el universo las cartas de mi saco. —¿Y cómo es el oficio de cartero? —preguntó, acercándosele taimada Calíope—. Tal vez yo pudiera... —No, mi profesión no te serviría. Empezarías a bostezar y a confundir las direcciones antes de recorrer el pueblo. Se requiere de responsabilidad. Esta juventud... Me recuerda la época en que tenía el entusiasmo de veinte años e iba acompañado de pájaros y curiosos. A veces memorizaba algunos pregones nuevos y olvidaba las cantilenas, para no aburrir a la gente. Pero ya no tengo quien me escriba palabras frescas o me componga rimas originales y voy repitiendo sonidos gastados por las calles. La soledad me sigue los pasos y apaga mi voz. Estoy cansado y solo en mi oficio de cartero. Quisiera que me regalaran un sobre lleno de ideas para convertirme en cuentero, y lanzar historias mágicas a un enjambre de niños y viejos con ojos iluminados —el cartero se detuvo y liberó su emoción en un suspiro—. ¿No ve? Me he vuelto demasiado sentimental... —¿Y eso es muy grave?—preguntó Calíope nerviosa. —Depende. Hay quien puede secarse cuando muere un sueño, o le salen cicatrices y arrugas de esperar sentados en un rincón a que se cumplan. 39

Mausidro descendió del tejado guitarra al hombro. Nicolás escritor tenía la mirada aguada de escuchar las cuitas del pregonero infeliz y hubiera deseado pintarle una sombra acompañante. De pronto, huyó del portal, y Sisí lo vio perderse al final del pasillo, con esa prisa alborotada, presagio de trombas marinas. Bernarda lloraba con el caudal de un aguacero de mayo, casi hasta lograr oxidarse. En el fondo del caserón, un huracán había saqueado las gavetas, lanzaba búcaros y almohadas contra las paredes y esparcía por los aires marejadas de lápices y hojas de papel. —¿Qué pasará en el cuarto de Nicolás escritor? —preguntó Sisí con una risita inquieta, aunque ella, marinera avezada, adivinaba el rumbo de la tormenta y estaba preparada. —Muchas gracias por su café exclusivo, pero creo que va a lloviznar y las cartas no pueden mojarse —se disculpó el cartero poniéndose de pie. —No se vayaaaa —gritó Nicolás escritor en ese preciso instante, emergiendo desaliñado como una ensalada cruda, sudoroso y triunfante. Llevaba un libro en la cabeza—. Es el cuaderno de cuentos que terminé de revisar ayer. Le suplico que lo acepte. Enséñelo a volar a su lado y caminen los dos juntos, tomados de la mano, por las calles. Conviértalos en el pregón que todos repitan, el más original. Suponga que cada personaje habrá encontrado la magia de la vida y usted gozará también de ella. Olvídese del refrán “Ver para creer”. Hace falta poseer el don de un tercer ojo en el corazón, ¿cierto? O si no, quién lo apreciará por dentro. —Carambas y carámbanos, es justo lo que me hacía falta, material de primera. Mil gracias, y sobra prometerle que le daré un buen uso “hasta que se me gasten”. Mausidro dejó juguetear sus uñas entre las cuerdas de la guitarra, y brotó al cosquilleo un bordado de notas musicales. —Y yo quiero ofrendarle música al sonido de las palabras, así tu voz nunca volverá a sentirse solitaria. Imagina la 40

balada del mar que guardan cerca del alma los caracoles: si acercas el oído, te invadirá un canto que nace del infinito y te despoja de cualquier amargura. El gato trovador acarició a su inseparable compañera y soltó un maullido profundo y electrizante, que clavó a los hogareños habitantes del caserón en los respectivos sillones. Era un corrientazo de mil doscientos voltios que erizó todos los pelos y calvas de los presentes. Hubo quienes ni respiraron de la emoción. Mausidro, inspirado, recorrió el portal tomando posesión del escenario y literalmente engatusó al público. El conciertazo amenazaba desvelar a la misma luna. Los fanáticos formaron una rueda de baile alrededor del invitado, con Calíope pendida de su hebra en el centro a punto de volverse el vórtice de un ardiente ciclón del trópico. Bernarda arrojó su timidez al baúl de la ropa sucia. Movía cuanto es posible a su edad. Menos mal que aún se consideraba una inexperta aprendiz. Empujaba a Sisí hacia atrás y la alzaba; esta ejecutaba el vuelo del cisne, “libre como salpicadura de agua”, según refirió un gallo que no durmió la noche fatal por culpa de unos “personajes escandalosos” y se fue a un bar nocturno a jugar billar. El cartero, ahora hombre de noche clara y sonrisa fina, inauguró sus ojos de cocuyo feliz y se despidió tarareando la melodía de un futuro pregón. Nicolás niño, que venía de visitar a la esposa del sol en su papalote, divisó a lo lejos un punto saltarín y se sintió cómplice de la transformación.

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VII. La visita desanunciada de Gabriel
Sábado a primera hora: día de usar las escobas y sacudidores y engalanar la vetustez de los pasillos. Se esperaba al invitado del mes. Nicolás escritor quería dar una buena impresión y necesitaba quitarle algunas canas a su casona gris. Los cuartos y las ventanas debían pintarse antes de las doce, con tiempo para estar secos a la hora del té. Nicolás niño cabalgó en el lomo del papalote rumbo al taller del carpintero, porque no alcanzaban los sillones y le pidió a Calíope que tejiera otro cojín. El caserón parecía la carpa de un circo sacado de la manga. Sisí se acostaba al fin tras recoger la patineta de Nicolás escritor, que a veces dormía en el sofá de la sala, y las medias, las bolas y trompos de su musa saltimbanqui. Nunca había visto que las personas serias y con los pies sobre la tierra navegaran por el tránsito de las calles en semejante aparato. Pero ese escritor de cuentos ya no vivía entre ellos sino en tierras inimaginables, donde se paseaba en una burbuja-carroza inflada con el champú de Calíope. Nadie conocía mejor a los abuelos y tatarabuelos colonizadores de la casona que la propia Sisí. Hasta sabía de memoria las leyendas de la novela familiar y había descifrado toda la parentela de Nicolás. Por eso no imaginó la 42

existencia de un pariente sin registrar en el árbol de los antepasados... A la hora del almuerzo, con exactitud religiosa todos se reunieron en el comedor, a paladear los sopones de Sisí, y tolerar las críticas de Calíope al llamarla comida pueblerina. El sol era a mediodía un mango maduro en lo último del cielo y las calles permanecían desiertas, con los vecinos atrincherados en sus casas. En el portal se escuchó el tintineo de unas campanas y alguien sacudió las ventanas. —¿Q... Quiéen esss..? —preguntó Bernarda sorprendida. —Un escultor, poeta y loco que viene a rociar poemas en la cabeza de su sobrino. Traigo un baúl de estatuas incomprendidas para instalar mi taller y reanimar este jardín marchito con mis sueños esculpidos. Así que aseguren los techos de este pedazo de casa coja porque hoy se estremece la vejez. ¡Por San Jorge y el dragón! —¡Tío Gabriel! ¡Qué visita más desanunciada! ¿Por qué no lo dijiste en la carta?—dijo Nicolás escritor, levantándose con la boca llena para saludarlo. —¿Cuál carta? No recuerdo haber escrito una en... —el tío loco-poeta-escultor se quedó pensativo— ...ah, sí, aquellos versos que te envié hace diez años, cuando ni siquiera pensaba visitar el universo... pero qué horror, estos correos viajan en jicoteas. Nicolás niño miró al tío Gabriel y sonrió. Era el ser más divertido y antiadulto que podía caminar sobre la faz de la Tierra (flotaba ignorando la gravedad y el resto de las leyes). Tenía unos ojos distraídos y enormes para contemplar el mundo de un solo vistazo, y la ropa al revés, los zapatos desabrochados y dos tallas extras, el número de los payasos, y también un sombrero desfondado con recuerdos de sus excursiones y fragmentos de poemas. Su cuerpo pintarrajeado con tinta y trazas de barro, y una paleta de colores, le daba apariencia de un indio en carnavales. —Es el mejor tío que un escritor pueda desear—dijo Nicolás escritor—. Gabriel, te presento a mi musa y amigo Nicolás. 43

El hombre se rascó la cabeza lisa y sin una sombra de pelo en los alrededores. —Sobrino, yo no creo en ese mito de las musas que inventó algún sabio desesperado, aunque está bien soñar despierto de vez en vez. —Cómo dice usted, ¿que nosotras no existimos? —saltó Calíope encrespada—. Habría que preguntarse si es normal que haya locos-escultores-poetas hablando disparates de las artistas consagradas. Lo picó la víbora de la envidia —y fingió desentenderse del insulto, pero la indignación le duró el resto del día y juró no estudiar ni por casualidad la carrera del tal tío por ser de gente ignorante. “Una musa hoy en día es la base de todo escritor respetable”, aclaró después. Mientras se enredaba la discusión sobre espíritus, inspiraciones extraterrestres y supersticiones literarias, Sisí trajo la bandeja de té con su práctico estilo de camarera. —Tío, ella es mi primer cuento, una hoja de papel que ha vivido conmigo durante medio siglo y le encanta impartir órdenes con voz de coronela (es la directora de orquesta del caserón) —la presentó Nicolás y Sisí hizo una reverencia de damisela. —Muchacho, es encantadora —y le besó la mano—. Yo prefiero dedicarme a cortejar estrellas fugaces para iluminar el corazón de mis esculturas. “Qué será de nosotros con este tío Gabriel colado en el caserón. De un momento a otro intentará demolerlo o inaugurar un museo de antigüedades”, pensó Sisí. El escultor-poeta-loco parecía haber escapado de un circo. Se asomó en cada cuarto antes de escoger el lugar apropiado para construir el taller, volcó el cajón de la basura en un tropezón con la patineta y echó a pique la galería de muebles antiguos, mientras colocaba sus estatuas extravagantes a lo largo del pasillo. (Hubo que sentarse igual que los chinos, en cojincitos.) Poco le faltó para subir al tejado y tratar de secuestrar a la luna, para sembrarla en medio del jardín y cultivar un bosque de lunas que dieran un jugo 44

refrescante (su hobby era la agricultura y llegar a ser fabricante de vinos añejos). —¡Deténgase, no toque una sola taza de la cocina! —Miauuuu, cuidado con esa guitarra. Le va a romper el corazón si le desafina la voz. —Tío, bájate de la bicicleta que dibujó Nicolás. Los cojines voladores están huyendo de ti. —¡Auxiliooo, me quieren cambiar por una computadoraaaa...! La familia intentaba salvar los restos de la casona, presintiendo un naufragio evidente con el ataque del pirata Gabriel, celoso guardián de la doncella poesía. Los vecinos pensaron durante algún tiempo que aquel rincón era el escondite de los muchos fantasmas, que se les antojaban sueltos por los alrededores. (A ver, ¿al problema de los fantasmas no se le había dado solución?) Otros suponían la existencia de un movimiento de personajes extravagantes que Nicolás andaba persiguiendo para encerrarlos de vuelta a los cuentos. El desenlace, contra todos los pronósticos, fue más inesperado que su llegada, pues el tío sorprendió al papalote enredado en la punta del pararrayos y se lo robó. Ro-ba-do. Nicolás no se lo prestó ni lo autorizó a tomarlo. —Es el pájaro más extraño que ojos de poeta hayan contemplado. ¿Por qué estará encadenado si no tiene alas que le permitan escapar de su encierro? ¡Una maravilla de la creación! Vuela con las plumas de la cola. Se acercó y montó de un salto antes de que Nicolás niño lograra capturarlo, entonces espoleó su pájaro de papel y ambos cabalgaron contra el viento. Al sombrero desfondado le fue imposible volar y lo cogieron de rehén. “Socorro, policía”, clamó Sisí y supo que gastaba en vano sus cuerdas vocales. La policía atiende otras cuestiones de mayor relevancia que un insignificante robo. —¡¡Adiooos, sobrinooo!! —gritó mientras se alejaba—, me voy al extranjero para completar mi formación cultural. 46

Tengo que seguir la moda. ¿Ok? Guarda mi taller y no vendas nada. Algún día vendré a buscarlo. Y se perdió en las nubes flotantes (que se confunden con espesas natas), agitando un papalote mareado que no estaba seguro de regresar a su tejado. Un viejo que disfrutaba del paisaje en su balcón y los vio pasar corrió a ponerse los espejuelos y contó más tarde, calmado del susto, que “un dragón enlazado por semejante caballero era algo que no acontecía desde que Don Quijote se obsesionó en cazar los molinos de viento”.

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VIII. En un cohete de papel
Lo cierto es que Nicolás escritor se quedó esperándolos para devolverle a Gabriel sus poemas. ¡Qué manera era aquella de aparecerse repentinamente y tomar la casa por asalto! Después lo había dejado con las maletas en la mano a medio desempacar. Se las había lanzado como una pelota de baloncesto y adiós. Se apropió del papalote y ni las gracias dio. Ni siquiera leyó los últimos textos del sobrino para criticarlos. Ajenas a la salida espectacular de su creador, las estatuas continuaban plantadas a lo largo y ancho del pasillo: cualquiera hubiera dicho, por la apariencia, que estaban en proceso de restauración. Lo mismo tenían brazos que tentáculos, y les faltaba la cabeza; rectifico: el tío Gabriel las hacía sin ella ex profeso porque era, según alegaba en su defensa, un estilo muy personal con influencias grecolatinas. Sus creaciones tenían un aire a restos de ciudad griega tragada por un cataclismo. Algunas matronas de piedras, mancas por el azar que les dispusiera el talento del hombrecillo, no podían asemejarse más a las Venus desmembradas de los museos. Carecían de pies, pues el tío jamás gastaba materiales en dotar de tales apéndices a creaciones que no los necesitarían. Así, las privaba de cualquier voluntad o deseo futuro de abandonarlo. 48

Por cada docena de estatuas ahorraba suficiente yeso y mármol como para fabricar otras diez excepcionales. A unas les dejaba sólo el torso, otras poseían dos cabezas que descansaban sobre una pierna, y las más completas ignoraban la existencia de ojos, nariz y boca en sus rasgos faciales. El tío, con su originalidad y desenfado, opinaba que sin boca las personas son más felices y sanas: no corren el riesgo de cometer equivocaciones. Bajo esa filosofía, esculpía sus retratos. Cansado de esperar a que alguien viniera a desembarazarlo de los paquetes o le ofreciera disculpas, Nicolás trasladó el equipaje de Gabriel al desván. ¿Por qué los escritores se rodearán siempre de la gente y los objetos más atípicos? La fuga de Gabriel desató en Nicolás un turbión de lágrimas y lo mantuvo en cama al cuidado de Sisí. Su hipersensibilidad había sufrido una espantosa herida, y también su dignidad de anfitrión. ¿Acaso fue desatendido en su casa? Lo perdonó porque la genialidad —y la fama— suelen trastornar el seso. Y esto lo conocía por experiencia propia. Una tarde recibió un telegrama con sello de Saturno y adivinó que no regresaría. ¿Habría hallado un rinconcito divino rebosante de inspiración y sosiego, con las puestas de sol sobre fondo negrísimo, al efímero candil de los cometas, y un prado de estrellas por los cuales vagara, soñadora, la luna? —El viaje costará una fortuna. Apuesto a que viajó de polizonte. ¿Dónde se ha visto un poeta con dinero? —comentó Sisí, quien sí tenía muy bien afincados los pies a esta tierra y era bastante ducha en cuestiones monetarias: Nicolás, tratándose de economías, valía lo mismo que un cero a la izquierda. —O le pidió un aventón a cualquier astronauta —fantaseó Bernarda. —Subido a un papalote, nadie llega tan lejos —sentenció la hoja de papel—. Hasta para los locos funciona la ley de la gravedad. 49

—Seguro sus amistades del extranjero le pagaron el pasaje. Ese tío conoce el mundo entero. —Es mejor que se haya marchado, o a estas benditas horas andaríamos peor que los corderitos que Bernarda cuenta a la hora de dormir. Dios mío, un digno representante de su profesión... impredecibles como el rumbo de las moscas. —Secuestró a nuestro papalote. ¿Dónde encontraremos un guardián tan fiel? —gimoteó Nicolás niño. —Cierto, apenas molestaba con el problema de la comida y no ladraba ni cogía las pulgas. Era un buen amigo. Y ahora todo está perdido. Me he quedado solo otra vez —se lamentó el escritor con tono de moribundo, ladeando la cabeza y a punto de ahorcarse. Sisí previó la irrupción de lágrimas, sollozos y suspiros en una conversación encaminada hacia giros muy dramáticos y pesimistas. Interrumpió las lamentaciones y con sus ocurrencias salvó al caserón del diluvio, al traer una reconfortante bandeja de té servido en las tazas de los brindis y festines. Le hizo un guiño a Mausidro sin que los presentes se percataran, y carraspeando anunció: —Cambien esas caras de velorio. Todavía tendrán tiempo para lavar pañuelos con sus lamentaciones. Ahora necesitamos música a gritos, la más viva, la de ritmo más marcado, capaz de resucitar muertos. Y yo sacaré a bailar al caballero Nicolás —se amarró el paño de la limpieza a manera de las campesinas, recogiéndose con él la cabellera, sacó de un armario cierta saya estampada y una pandereta y con movimientos de gitana, las caderas hechizantes, los brazos cautivadores en su ondular, se crispó en una danza. —No vamos a morirnos de la pena sentados aquí. Levanten la cabeza y anímense a cantar conmigo una balada de rock. Cada uno tome la mano del otro y mírense bien a los ojos. ¡Qué les parece si Nicolás escritor inventa un cuento de festines y bodegas de jamón, y lo cocinamos a la parrilla? —maulló Mausidro. 50

A Nicolás escritor, al fin de respeto, en sus estados de caótica depresión no había quien lo sacara y tampoco quien lo soportara. Lo invadían una vulnerabilidad y una tristeza tales que a la menor alusión a sus cuentos se encerraba en el cuarto y ayunaba. Escuchar al trovador la sugerencia de comerse uno de ellos y abandonarse al llanto fue cuestión de un pestañazo. En esas recaídas podía asaltarle el frenesí de quemar sus papeles. Por suerte, Calíope impediría una masacre semejante, interesada en rescatar su nombre de las cenizas. —Mausidro, ¿pudieras ser un poco menos imaginativo? —lo reprendió—. Quién ha visto a una araña civilizada comerse una sopa de letras. Es verdad que yo soy vegetariana y las hojas se sacan de las plantas, mas saben a rayo —y con otras razones, no por interesadas menos cuerdas, convenció a los hambrientos descuartizadores de historias para que desistieran de borrar su casi biografía de la faz terrestre. Mientras Calíope amenazaba con abandonar a aquel hato de desquiciados si tocaban un solo cuento del escritor, y los llamaba provincianos incultos, ignorantes caníbales cuyos cerebros no taladraba la alfabetización, Sisí con su atuendo de gitana sonó la pandereta y haló a Nicolás de una mano, e iniciaron un atropellado baile. A medida que se desplazaban alrededor de la pista —los espectadores pegaron los sillones a la pared e hicieron un círculo en torno a la pareja— inventaban la coreografía. Bernarda confeccionó una corona de margaritas y se la colgó al cuello. Era la estampa de una ninfa del bosque. Mausidro raspaba las cuerdas de la guitarra, hacía un pizzicato de ritmo sabrosísimo y lo reforzaba con unos golpes en la caja de resonancia y los taconazos de sus botas alternando con unos maullidos de tenor. Nicolás niño invitó a Calíope, quien, ofreciendo sus cuatro patas derechas, aceptó la pieza. Si de música se trataba, la araña sentía los latidos de un bongó despertándose dentro de su barriga con la melodía. Los transeúntes se aglomeraban junto a la reja, aplaudían y chiflaban a la hoja de 51

papel, y aunque sabían que era imposible aquello, la música los contagiaba de una felicidad sin límites y olvidaban los convencionalismos. Un abuelo, enamorado de la soltura de Bernarda, le decía piropos y gritaba más que nadie: “Así se baila, m´hijita. ¡Qué curvas las de esa señorita!”. Pasada la apoteosis del ritmo, cayeron literalmente en el piso con la pesadez de objetos encantados que de pronto han perdido el hechizo de la vida. Mausidro Gutiérrez soltó un resoplido y dijo entre jadeos que la música hacía milagros con los cuerpos y curaba las apatías y desilusiones. —Caballeros, les escribiré el cuento-almuerzo si descubren una solución para no aburrirnos el fin de semana en la casona —propuso Nicolás. Mientras tomaba hoja y lápiz (le dio pena molestar a Bernarda que maquinaba sus ideas apartada del grupo), se reunió el concilio a deliberar de un modo intelectual, o sea, entre sorbos de té, los melenudos a un lado, a la derecha los convencionales y acuartelados todos en la biblioteca. Bernarda y Sisí proponían excursiones imaginadas en la infancia, edad libre de artrosis, ciática, hipertensiones y problemas cardiovasculares. Una deseaba arrojarse en paracaídas desde los cúmulos y caer redondita en una isla repleta de animales salvajes y un Tarzán buen mozo al rescate de las damas indefensas. La segunda terciaba con ir a París, la Meca de los artistas. Calíope quería explorar las catacumbas y llevarle flores a Apolo, su dios favorito. Mausidro tocaría en la Casa de la Trova, donde desfilaban los consagrados y servían leche con menta unas camareras barcinas que ni con las mininas del paraíso tenían comparación. Terminaron discutiendo por imponer cada cual sus opiniones. A punto estuvieron de convocar a un concurso y decidirlo por mayoría de votos, democráticamente. Sisí amenazó con apalear a escobillazos, Calíope con dejarlos a su suerte, sin musa que le salvara el pellejo al escritor. Bernarda mostró por primera vez entereza de carácter y juró por sus veintiocho letras y demás signos que no transaría hasta ven53

cer. Mausidro propuso solicitar de favor a cuantos gatos, músicos profesionales o aficionados residieran en el barrio, y tuvieran interés en formar una banda (aportando, sobra decirlo, los respectivos instrumentos) que se presentaran en el caserón de Nicolás para una selección. El escritor colocó maternalmente el punto final a su cuento y aún no llegaban a un acuerdo los amotinados. Sisí desistió de París y ahora se empecinó en visitar la biblioteca de Alejandría y charlar con sus colegas más viejas, sobre todo hojas de papiro y pergamino que guardaban muchas leyendas y chismecitos antiguos. A Nicolás niño, por su minoría de edad, no le tenían en cuenta ni una microidea. Cuando abría la boca o levantaba el dedo índice, el de solicitar la palabra, le replicaban: “Usted se calla y deja resolver el asunto a las personas mayores.” Y como no tenía deseos de cruzarse de brazos y rezar para que se pusieran de acuerdo los queridos vejestorios, construyó un cohete de papel y lo enseñó triunfante. Trepado al butacón más alto, anunció: —Adultos civilizados, prestad atención un segundito. Hoy nos vamos de paseo por el cosmos —el alboroto cesó de pronto y todos se miraron boquiabiertos buscando la aprobación de un ser racional; no el escritor, ni la santa patrona de los intelectuales, sino un pajarito que se posó en la ventana—. Conoceremos un montón de gente allá arriba. ¿No es fantástico sembrar nuevos amigos? —Detesto el campo y la horticultura —informó la araña, visiblemente afectada por la idea de ensuciarse las patas plantando tiestos en el fango para que germinaran amistades alienígenas—. Me reservan una suite en hoteles cinco estrellas. Si no, olvídense de contar con mi nombre. —¿Quéeee, salir al exterior? —tartamudeó Sisí—. Yo le temo a los extraterrestres... esas criaturas verdosas y con ojos de sapo... Ahora se ha impuesto la moda de las migraciones. Y yo no tengo alma de pájaro. Del caserón no me saca ni el Espíritu Santo, así deba aferrarme a un ancla. 54

—Yo no salgo de mi país. Aquí estoy sana y salva. Conozco a mis vecinos, a sus perros, gatos y chivos, con sus manías de comerse las flores del jardín y orinar junto al muro de la entrada. Prefiero malo conocido que bueno por conocer —acotó Bernarda. La exitosa aventura sucumbiría en cualquier instante si no lograban granjearse la aprobación de las solteronas: sin cocinera o máquina de escribir, un escritor no se arriesga a enrolarse en travesías, y Nicolás pretendía emborronar unas líneas a diario, para crearse el hábito y el oficio, pues con su extrema pereza no alcanzaría a publicar ni un articulito de media cuartilla en la gaceta del pueblo. —Vamos, Bernarda, no seas conservadora. Me parece una idea genial. Los cambios hacen la vida mágica y renuevan los apetitos de gozarla —rio el escritor. —Imagínate, Nicolás niño es el consentido de nuestro intelectual. Lo presentan con gran bombo y platillo en calidad de musa. Y a mí, que por turno de llegada deberían escucharme con más respeto, me ignoran —Calíope siguió parloteando, enojada, sobre sus derechos, y concluyó la disquisición maldiciendo a genios, hadas y cuantos seres fantásticos impiden a una actriz abrirse camino en la trilladísima carrera de la literatura infantil. El colmo era la aparición de un niño-musa en el gremio. Claro, nadie le hizo caso, y clorofílica se trancó en sus habitaciones. —Aquí nadie sabe pilotear una nave y estamos hablando de un cohetico de juguete que se rompe a la primera llovizna. Yo discreparé con ese viajecito aunque pretendan comprarme con el premio Nobel de Literatura —Sisí apretaba los dedos y giraba en torno a su sombra como una veleta enfrascada en plena guerra con el huracán. Por fortuna, de sufrir un accidente, su levedad la transportaría íntegra hasta la tierra. Mas Bernarda poseía un sobrepeso considerable. Tan sólo ella y su ligereza abollarían el cándido medio de transporte. Amén de las incontables gestiones que habrían de resolverse a última hora: la gasolina, un paquete 55

de hojas por si el cohete sufría algún daño en los alerones y las alas, más los enseres del motor y los frenos. Esto le llevó un minuto analizarlo y negarse con todas las fibras de su cuerpo. —¿Acaso desconfían de la imaginación? No en vano pasó Nicolás veintitantos años sin una gota de ilusión. Contra, si es tan delicioso soñar... y tan fácil —dijo Nicolás niño —¿Fácil? —Bernarda, hasta cuando te golpeas la cabeza y te brota un moretón sueñas que hay pequeñas estrellitas a tu alrededor. —Tiene razón. Miauu, pero... y ¿qué pasará con nosotros? Mi guitarra y yo somos inseparables. —Un buen trovador también nos hará falta y tú eres parte de mi caserón. Quizás intercambies experiencias con los músicos del conservatorio selenita —Nicolás escritor lo tranquilizó. —¿Y dejaremos la casa abandonada? Los ladrones acechan constantemente en la oscuridad —No se atormenten, damiselas. El caserón en persona queda oficialmente invitado a la travesía. —Espero que las criaturas del extranjero sean hospitalarias y nos acoja una familia decente. Adoro la quietud y la armonía de la vida provinciana, con su cálido ambiente y sus casitas de igual molde y tejas rojas, habitadas por felices y solidarios inquilinos —suspiró Bernarda. Empezaba a extrañar su rincón antes de haber partido. A punto estuvo de recoger llorando un puñado de tierra y guardarla en un pomito de cristal. —No iremos al confín del universo, mujer. Enjuga esas lágrimas medrosas —se moría de la risa Mausidro Gutiérrez, quien no solía burlarse de los dolores ajenos, pero las exageraciones de Bernarda eran en verdad dignas de risa. Acordados los demás puntos de la expedición, empacaron hasta lo inimaginable dentro de sus mochilas. El día de la partida, Calíope estrenó un vestido estampado de marca, 56

y no se decidía a quitarle la etiqueta, para que todos supieran que era muy costoso. Sisí vestía un batón fresco y sandalias artesanales. Se echó al hombro su delantal de cada jornada, planchado y sin una mácula. Parecía la viva estampa de las tan imitadas musas. La máquina de escribir se había embozado una estola, sayón de pliegues, encima de sus botas y abrigo impermeables. Temía a las heladas y tempestades del espacio sideral, y a los catarrazos que no dejan pañuelo sano. Nicolás niño se encasquetó cierto sombrero de mago que ya había perdido su fondo y el brillo del satín. Entre todos cargaron el caserón a las espaldas y lo transportaron al módulo de la nave. El piloto desplegó las alas del cohete y una vela adicional para aprovechar las corrientes y alisios. Aspirando grandes bocanadas de aire, las soltó sobre la frágil armazón, que se hinchó y al tiempo que tomaba la ligereza de una bailarina en puntas, ascendió oscilando como un zepelín que le dice adiós a las nubes y sube a realizar un secreto deseo: acariciar el sol. El vecindario con la altura cobró el aspecto de una diadema engastada en joyas multicolores por el efecto de las tejas y la ropa que se oreaba en las tendederas. Sisí extrañaba su pueblo discreto y a la vez hermoso, el jardín con sus príncipes negros a punto de florecer (aguardaba el nacimiento de su príncipe azul), las callejuelas de guijarros que hacía deambular dando tumbos a las carretas. Recordó las ferias y sus algarabías con los vendedores cuando, después de regatearles los precios una cantilena de veces, no conseguía ahorrarse ni diez centavos. Nicolás escritor imaginó a su papalote perdido en las brumas del cielo. En su sueño el papalote buscaba en vano su viejo hogar, lo llamaba con voz de oveja desvalida y luego moría prisionero de las enramadas. El final le puso la carne de gallina y se abrazó a la carpeta de cuentos. Mausidro desconocía a quien cantarle: estaba tan asustado como el día que se refugió en el portal y los dientes le castañeteaban de 57

las punzadas que produce el miedo en el estómago. “De cualquier forma —pensó— conservaré seis vidas si muero en esta aventura, así que mejor amenicemos el viajecito con algo de música country.” Y se dispuso a prepararle una serenata a los nuevos vecinos y a los astros de pálido semblante que se toparía en la Vía Láctea. —Caballeros, un mínimo de consideración al intelecto. Con semejante bullicio no consigo concentrarme en la epopeya de la creación. Mis dedos se descalabran al mero retintín de la guitarra y se derrengan sin fuerzas para sostener el lápiz. Qué poco me dura el juicio de literato. Pero tampoco voy a escribir mientras la tripulación se divierte —dijo Nicolás, asumiendo un papel de capitán, y se sumó al grupo de parranderos. Para ser un escritor, acosado por el estigma de la timidez y los complejos, bailaba a las mil maravillas. En medias, libre de sus mocasines, y enfundado en short y camiseta, saltaba y aplaudía. Mausidro, también descalzo, caminaba en círculos por la sala y esgrimía su guitarra como una batuta. Le seguían, asidas a sus hombros, las solteronas, una sonaba la pandereta y la otra subía y bajaba las teclas a modo de pistones de un cornetín; Calíope improvisaba su propia danza en el centro de la pista, con unas misteriosas gafas negras, procurando sobresalir del conjunto. Metódica en lo que a cumplir los horarios habituales de la vida terrestre se le podría llamar —o detallismo de ama de casa—, Sisí tomó bajo su tutela los asuntos gastronómicos. La cocina le pertenecía incondicionalmente. A las doce de la noche acababa de hervir el primer té espacial. Todos aplaudieron y gritaron “¡Hurra, viva el cosmos, por la salud de los marcianos!” y les supo diferente porque habían hecho a un lado la rutina diaria. —Sisí... ¿tú crees que sea lógico viajar en un cohete de papel a estas horas? ¿Qué ocurriría si todo fuera un perfecto sueño? —preguntó Bernarda —Supongo que continuar durmiendo —contestó esta entre ronquidos. 58

IX. El día trágico de Bernarda
Regresaron cargados de planes e ilusiones de organizar regulares escapadas a otros planetas, pues si bien ninguno concebía la vida fuera del pueblito natal, reconocían la necesidad de visitar las maravillosas regiones del Sistema Solar y más allá. Nicolás escritor estaba forzado a ello por las características de su oficio, para no agotar su caudal de experiencias y aburrir a sus lectores. Conocer e intercambiar con artistas del orbe era vital para su enriquecimiento espiritual y la novedad de sus textos. En las Leónidas le presentaron a un club de escritores aficionados, quienes estuvieron muy de acuerdo en realizar intercambios culturales con amigos terrícolas como charlas, conferencias magistrales sobre la literatura de ambos planetas y la revisión de los trabajos de los principiantes. En su honor, formaron un taller de vanguardia llamado “Proyecto de Creación Nicolás”. Lo invitaron a la discusión de algunos cuentos en una sala inmensa: lo sentaron en un trono y fungió de Gran Maestre, mientras los jóvenes leoninos, temblorosos, leían en un hilito de voz. Nicolás niño se reía bajito de la pantomima de muecas que hacían los intelectuales de las Leónidas cuando leían, encorvados y convertidos en unas etcéteras en sus asientos. 59

Bernarda causó sensación en aquellos pobres excluidos de todo contacto con la civilización, pues allí en la constelación vivían al margen de los descubrimientos científicos, relegados a una ignorancia total, escribiendo cada quien como pudiera. La máquina de escribir fue la estrella de la jornada. La admiraban como a un objeto museable —que casi era— apretaban sus teclas y al escuchar el chasquido del martinete retrocedían asustados. El director del taller literario, célebre en el ámbito de la literatura, asió de la camisa a Nicolás y le suplicaba que le regalase a Bernarda. Sisí les sirvió una de sus bebidas fascinantes, “para aguzar el ingenio”, y hamburguesas con pasta de poesía. Los presentes alabaron la calidad de los poemas —los del tío Gabriel—, su textura y sabor exquisito. Después de la suculenta comelata, las lenguas se desenredaron y perdieron la timidez. Los intelectuales leoninos se volvieron muy locuaces y chistosos. Amenizaron la velada con unos traguitos de hidromiel —tenía su liga de ron— y Mausidro descargó uno de sus conciertazos inolvidables, y con el background de un grupito musical de estreno tocaron canciones tradicionales del barrio de Nicolás, para nostalgia de los visitantes, sazonadas por el gato con arpegiados de su guitarra y maullidos reforzantes. No faltó un cazatalentos que se acercara a tentarlo con la añorada ilusión de “la Fama”, ese bicho que se mete con tanta facilidad por los ojos y causa muchas enfermedades en el alma. Pero Mausidro valoraba demasiado a sus amigos y no los abandonó. Prefería compartir con ellos su música y el pan de todos los días. Calíope observaba el panorama desde una esquina, algo mohína, pues no le habían dispensado la atención y los honores de musa. Ni le preguntaron su criterio acerca de los cuentos analizados. Así que se puso sus gafas negras para hacerse la interesante y salió al balcón en espera de que lloviesen sus admiradores. Un leonino la confundió con la secretaria del escritor, y la araña estuvo a punto de sufrir un infarto. 60

Tras un mes de gira y debate en las llamadas Casas de Cultura, a imitación de los terrícolas un vicio de aficionados, arribaron los viajeros a su provincia, sencillos como al principio, colmados de presentes, libros, direcciones de editoriales y revistas. Nicolás fue invitado oficialmente con su musa Nicolás niño a participar en la Feria del Libro que se celebraría el año próximo en la constelación de Andrómaca. Los selenitas incluyeron tres cuentos suyos en una antología de la Nueva Narrativa Universal, junto a autores laureados de Venus, Júpiter, Urano y el asteroide B 612, hogar de una colonia de principitos escritores, horticultores, pilotos y también inspiradores de cuentos. Un marciano pidió de favor a Nicolás que le criticara su último libro de ensayos, titulado: La Tierra, ese planeta que debemos conquistar. En fin, la excursión resultó al escritor harto beneficiosa. Halló placentera la vida social, e incentivado por la publicación de sus textos se puso a trabajar sin descanso, abandonando la dolce vita de haragán. Entre Nicolás niño y el carpintero, instalaron dos o tres ventanales nuevos en el caserón, pintaron la reja de la entrada (con lo que se le fueron los ahorros al escritor), y apiadándose del tejado, clavetearon las tejas flojas, taponaron las goteras con plastilina y restauraron el yeso de los techos. Pasada la alegría del retorno, sus habitantes pusieron en orden los asuntos domésticos. Algunos vecinos curiosos rondaban de vez en cuando los alrededores, espiando a los recién llegados a ver si repartían regalos y nada. Una mañana, Bernarda se levantó con extrañas premoniciones. Aprovechó la luz del alba para ahorrar un poco de electricidad y a la vez hojear en la quietud del portal su libro de nombres. De pronto, una barahúnda interrumpió su diversión. Dio un brinco de felino y poco faltó para que cayera de nalgas al suelo. Ya enojada por habérsele desmarcado la página con el susto, se tomó la molestia de investigar la situación. Y vio algo más que increíble en el cielo. 61

Una grúa larguirucha con cuello de avestruz soltó desde lo alto un paquete, precisemos, una mole compacta, en paracaídas. Iba envuelta en papel cartucho, y parecía un regalo navideño cubierto de sellos, certificados y un surtido de globos que frenaban su caída. El paquete exhibía un letrero de neón que se encendía y apagaba con parpadeo de cíclope: calidad cinco estrellas. Se suspendieron los ensayos de una prestigiosa compañía de pájaros españoles y la bailarina flamenca fue sacada en camilla porque el aerolito empapelado impactó su cabeza. Mientras dos canarios abanicaban a la desmayada, se reunían los vecinos en el medio de la calle, con telescopios e impertinentes. Los niños bombardeaban los globos con sus tirapiedras. Los habitantes de la casona se habían asomado a los gritos de Bernarda, que anunciaban el fin del mundo, y contemplaron intrigados el descenso de la caja. Se devoraban las uñas, y comentaban para quién sería la entrega. Era difícil adivinar su contenido, pues dentro hubiera cabido lo mismo un hipopótamo encogido que un huevo de dinosaurio. Hasta un miniplaneta habría podido esconderse allí. “Las sorpresas me alteran los nervios —meditó Sisí—. El correo envía muchas calamidades.” Los astrónomos se desesperaban tratando de incluir al objeto-sopresa en alguna clasificación, al menos denominarlo OVNI, para sosiego de las masas —tantos habían sido avistados que uno más era ya cosa del montón—. Como en este caso el “fenómeno” no volaba, sino que se precipitaba a una velocidad de meteorito, aseguraron a la prensa que habían tenido el honor de observar el primer OCNI en la historia de la astronomía, y apuntaron las siglas en el catálogo: Objeto Cayente Nunca Imaginado. —¿Será una carta del tío Gabriel donde nos escribe que regresa arrepentido a devolvernos el papalote?—soñaba Nicolás escritor, entusiasmado—. No, no, es demasiado orgulloso y no le gusta dar el brazo a torcer. Antes prefiere fracturárselo el muy testarudo que admitir el error. 62

—Tiene que ser un fotógrafo. ¡Al fin me sacarán de este horrible anonimato! Calíope, despídete de estos papanatas y tu existencia de campesina —a la araña le brillaban los ojos y se frotaba las ocho patas. Subió enseguida a emperifollarse. La gloria no la sorprendería desaliñada. —Podría ser la guitarra eléctrica que me compró el primo Mogollonez en la subasta de instrumentos pertenecientes a músicos en decadencia —Mausidro ronroneó de satisfacción e incluso se bañó en público. —No, Mausidro, algo más significativo. Las guitarras no se envían con tanto bombo y platillo y menos en paracaídas —dijo Sisí—. Es algo o alguien costoso. —Acaba de aterrizar el próximo invitado —sentenció Nicolás con una certeza de clarividente—. Seguro que leyó el anuncio del cartel. O le llegaron los rumores de que aquí se buscaba amigos. El misterioso paquete no bien tocó tierra sufrió la embestida de los cinco curiosos. El papel cartucho salió disparado como en una explosión, e hizo su entrada triunfal, más radiante que un hotel de superlujo, más atractiva que una chica de cabaret y más discreta que una pistola con silenciador... bueno, adivínenlo ustedes... Era una computadora de último modelo, con su velo de papel metálico ceñido al cuerpo, y unas gafas tornasoladas al estilo “agente secreto”. Por supuesto, poseía sellos de garantía y una pantalla de infinitos cromatismos iluminaba su rostro de diva. Ni Greta Garbo hubiera causado tal sensación. “¡Qué mujer!”, a Nicolás escritor se le escapó un silbido de admiración. La recorrió de la cabeza a los pies, suspiró emocionado y percibió al burlón de Cupido disparándole una de sus envenenadas flechas. Lo comprendió al asombrarse con los latidos de su corazón, que parecían estertores. Estaba enamorado... Aquella computadora debía ser suya a toda costa o moriría de amor. Por primera vez veía una computadora en su vida y ya estaba dispuesto a entregarle sus 63

secretos. En la pantalla se dibujó un candoroso rubor —¡Qué maravilloso teclado. Es perfecta, inigualable, tan joven y femenina! —y miró de reojo a la maltratada Bernarda, que le sonreía con sus teclas postizas y examinaba con cara de llanto a la bella desconocida. La diferencia en términos de atractivos físicos, era abismal. —¿Por qué los escritores vivirán romances de película con sus computadoras e ignorarán a sus estoicas máquinas de escribir? Siempre las adoran y miman, y una que fue su compañera en los malos tiempos, cuando eran perfectos desconocidos, queda desplazada al plano de segundona, como las amantes fugaces La visitante llevaba una pamela del tamaño de los sombreros mexicanos, desbordante de flores y cintas. Pendía de su cintura el manual de instrucciones, que aseveraba su noble cuna. Tenía tatuado el nombre de la compañía en la parte trasera del ordenador, lo cual Nicolás no quiso revisar por pudor. Calzaba unos botines vaqueros de cuero negro hasta media pierna, con tacones de cinco pulgadas, y lucía un vestido de lentejuelas, escotado y ceñido para delinear su figura de Eva. Traía una carpeta bajo el brazo, un pisapapeles, bolígrafos y blocks de notas. Todo en perfecto orden. “Una muchacha organizada y profesional”, dedujo de la primera impresión Nicolás y la invitó a pasar. —¡Hola a los presentes! Soy la señorita Emily, de Ciudad Marte. Fui educada en Londres y ensamblada con las mejores piezas. Mi vocabulario asciende a un millón de palabras, y todas autorizadas por la Academia. Nada de vulgaridades. Traigo además recomendaciones de mi fabricante y varias instituciones —y atropelladamente, sin intención de permitirle abrir la boca a Nicolás hasta finalizado su discurso, prosiguió la andanada—. He aquí la nueva secretaria que usted requiere. Tome mi tarjeta de identificación. Ya puedo comenzar a trabajar en la oficina, si gusta. ¿Me expresé bien? —Sí, sí, demasiado. Grr..accias, señorita Emily, sea tan amable de sentarse. Nicolás escritor, un admirador suyo 65

—se presentó, a la vez que le alargaba la mano embadurnada de tinta. —Encantada —la señorita Emily le tendió una servilleta—. No quiero parecer descortés pero me gusta ser directa. Hablemos sobre asuntos de trabajo. —Claro... “qué mujer” —se repitió Nicolás tragando en seco y reprochándose la torpeza de saludarla con unas manos tan sucias. A fin de cuentas, auténticas manos de escritor. —Le instalaré un fax, el correo electrónico para conectarlo a los focos de información mundial. Lo lanzaré al ciberespacio como un verdadero bombazo, ya verá. Hará bum en la superficie de la Tierra y arrasará con todos. Impondrá tendencias y estilos: usted aporta el talento y yo mi creatividad de manager. Sólo déjeme obrar. Lo suyo son las letras y nada más. ¿Okey? No había entendido ni media palabra de los geniales proyectos que tenía en mente la señorita Emily, aunque asintió y esbozó una sonrisa. Su palabrería de eficiente mujer de negocios lo había cautivado. Entonces notó que ella aguardaba una respuesta. —Eso suena complicado. ¿Acaso va a robotizarme el caserón? —No, con una docena de equipos bastará. ¿De verdad no sabe lo que es un fax? Imposible. ¡Ni los cavernícolas de la Edad de Piedra son tan ignorantes! ¿Estoy acaso en el fin del mundo? Por favor, dígame qué capital es esta. —¿Capital? Señorita, nuestro pueblo no aparece ni en los mapas de carreteras. Sin embargo, le aseguro que las puestas de sol despliegan aquí una majestuosidad que sólo el pincel de los grandes maestros ha soñado atrapar. Y el silencio mezcla en su fondo un rumor de hojas que nacen, la suave huella de los besos, el rugido del vapor al mordisquear el camino de guijarros, el canto de amor del viento. Yo escogería este pueblo para enamorarme —se atrevió a confesar el escritor, en un rapto de éxtasis, sin levantar la vista del piso. 66

—No importa, me da igual vivir aquí o en la Conchinchina —respondió con sequedad la computadora, evadiendo la alusión—. El trabajo es trabajo, y como su representante le daré las orientaciones: escriba cuanto pueda, no se detenga, y ya me encargaré de enviar sus cuentos a Internet. Bernarda quería morir de la rabia. “Presumida.” Su eterna pesadilla se hacía realidad. Y su angustia aumentaba al comprobar que la intrusa no tenía un defecto criticable. Nada, ni talón de Aquiles. En cinco minutos, su cuerpo de Afrodita había lanzado un embrujo sobre el escritor. Y ella había perseverado veinticinco años para obtener a cambio el desdén. Cuándo Nicolás agradeció su constancia, su lucha contra el reuma, el óxido y las horas, para que él nunca abandonara su oficio; las tardes en que le daba consejos o iluminaba sus soledades, recostada a su lado, sin forzarlo a decir una palabra. ¿Quién valoró sus maternales desvelos aquellas noches de pesadillas que espantaban los sueños del escritor? Todo lo había cumplido con tácita resignación, y aun sacaba fuerzas y endulzaba el espíritu de su amigo con un par de bromas. Sin embargo, no era capaz de agradecerle. Todavía opuso alguna resistencia: —A ver... qué necesidad hay de un artefacto tan problemático. Nosotros vivimos muy apacibles y tranquilos para complicarnos la existencia por unos ojos bonitos y una memoria de enciclopedia Larousse ilustrada. Deje, deje, con esos métodos que usted llama rudimentarios Nicolás ha cosechado sus éxitos. Y gracias a mí, sépalo bien, señorita fulana. Sus aires de megalópolis no me intimidarán. Seré vieja y provinciana, pero no tonta. —¡Por fin diversión! Habrá un duelo... y la vieja Bernarda lleva las de perder. Le voy a regalar el bastón de mi abuela para que se retire a un hogar de ancianos... —gritó Calíope despiadada. —No se altere así, Bernardita, que le dará un soponcio. Tome la evolución con calma. Usted ya cumplió su cometi67

do, ahora ábrale paso a la juventud —repuso la señorita Emily, a tiempo que lanzaba una ojeada al rústico lugar donde había caído. Nicolás no le quitaba el ojo a su teclado reluciente, lleno de signos, comandos y saetas que le indicaban un rumbo, como brújulas—. Discúlpenme un momento. Voy a cambiarme de zapatos. Me pondré unas pantuflas para andar más cómoda en casa —la computadora estiró los pies y se arrellanó en un sillón. —Nicolás, ¿le molestaría servirme una Coca Cola bien fría... dietética, por favor? —mientras hacía el pedido con inocente vocecita, se alisó el vestido y coqueteó con las lentejuelas. Hasta cruzó las piernas y le guiñó un ojo a su jefe. Este se levantó en el acto y fue a la cocina, terreno que en su sano juicio no osaba transgredir. Vació el refrigerador, la alacena, y apenadísimo regresó diciendo que no había —¿Coca qué? Mire, Emily, esto no es Marte City, ni un rancho de vaqueros. Y siéntese correctamente, que no está en su casa —saltó Bernarda enfurecida y casi la empujó del sillón. Por ella el escritor no se hubiera movido del asiento. Habría muerto de sed—. Si quiere hacerme la guerra, entonces dígamelo a la cara. Todo es un juego de ella... ella ocupará mi lugar... será la suplente... —no soportó más y se echó a llorar en brazos de Sisí. Al menos su amiga no la rechazaba. —La competencia es así de fuerte. Unos se perfeccionan y las mayorcitas se van quedando rezagadas. No se altere, Bernardita, ¡venga un apretón de manos y la admitiré como mi asistente personal! Seamos amigas. ¿Okey? —Emily sintió lástima y la confortó. —Una máquina de escribir nunca será amiga de una computadora, señorita Emily. Eso es tan evidente como el odio entre Capuletos y Montescos. Usted... usted ha arruinado mi felicidad. —La contrato enseguida, señorita Emilia —gritó Nicolás escritor y le cortó el discurso a Bernarda. Emilia le sonaba mejor que Emily, y le españolizó el nombre—. Su oficina 68

estará situada en la biblioteca, llena de luz y frescor. Estará muy a gusto. Quizás mi casona le parezca un objeto museable, pero le aseguro que posee magia en el alma de sus paredes. —Gracias, ¿quisiera ayudarme a cargar mis pesadas maletas? —Un placer, Emilia, por favor, permítame tutearla. Me tomé la libertad de modificarle algo el nombre. —Claro, usted es el jefe y pone las reglas. No tendrá una sola queja de su eficiente secretaria. Lo felicito por contratarme. Nicolás meditaba sobre el futuro de Bernarda. Prefería ceder su fantasía a deshacerse de ella. Debía disculparse, le prometería que vivirían por siempre como hermanos, y él la adoraría toda la eternidad. La necesitaba a su lado. Sólo ella aceptaba sus desvaríos y le acariciaba la cabeza, lo dormía sin quejarse. Porque Sisí era una cascarrabias. Y Calíope una vanidosa. Pero Bernarda nunca le negó su amor. Esa paciencia de jicotea, que a veces mostraba cuando Nicolás se volvía insoportable con sus arrebatos de escritor, y gritaba que era un inservible, un mediocre y no llegaría a ninguna parte escribiendo sus bobadas. Bernarda barría los objetos mutilados en la contienda, y callaba. Cuán injusto y grosero sería si la expulsaba a la nada. —No te sientas obligado a excusarte, amigo mío. Tú sabes que no podría guardarte rencor y desde ahora te perdono. Yo sé el camino de salida. Permiso —Mujeres... mujeres. ¡Qué bobadas estás diciendo! Si somos de la misma sangre tú y yo. En todo caso, me iría a dormir bajo un puente. No intentes marcharte o te las verás con un escritor muy ofuscado. ¿Es que no pueden considerarse amigas las dos? —Emily es mi peor enemiga. Eres noble y cándido, Nicolás. ¿Todavía desconoces la razón de mi tristeza? Tú has sido un Gran Egoísta preocupado de tus frustraciones, y yo apenas importaba. 69

—Querida Bernarda, nunca sospeché que pensaras así de mí —Nicolás se contuvo de abrazarla y llorar reclinado en su hombro. Tenía razón. Era un perfecto egoísta y se creía el ombligo del mundo. ¿Acaso no existían otros igual o peor de desgraciados? ¿Por qué considerarse el único desafortunado e incomprendido? —Las chatarras baratas se arrojan a la basura, lo sé, fui una ilusa. Emily es el regalo de los dioses mil veces añorado. Ni Dios en su sano juicio rechazaría una computadora caída del cielo, gratis y en perfectas condiciones. Yo tampoco le cerraría la puerta a las oportunidades —susurró la máquina de escribir, secándose dos lagrimones—. He dicho que me voy y nadie podrá impedirlo. —Un momento, el que se mueva, dese por muerto. Mi guitarra lo fusilará con una ráfaga de arpegios —Mausidro había permanecido al margen de la conversación. Llevaba poco tiempo en el caserón para meterse en una conversación entre los miembros más antiguos. Ahora llegaba el momento de suavizar la discusión y el remedio infalible era la música, sana, vital y sin efectos secundarios en el organismo. Ningún ermitaño, por malhumorado o desengañado de la vida que anduviese, se le resistía a un bolero —Vamos a organizar un concierto en el tejado. Arriba, gente. Muchacho, ayúdame a levantarlos —dijo Mausidro a Nicolás niño, quien tampoco deseaba interferir en asuntos tan delicados y de índole sentimental—. Y apuesto que a ti te fascina el baile, señorita Emily. En tu planeta toqué para excelentes bailarines —agregó. Tras vocalizar unas cuantas veces doremifasolfamiredo, misoldo, sol mido, viva viva la música, tralalaá, carraspeó y dio unas palmadas en el aire. La atmósfera estaba cuajada y a punto para el contrapunto. Se respiraba el aroma de la fiesta. De un instante a otro estallarían los acordes, el maullido del trovador, como un lamento, y luego la guitarra marcaría el ritmo con las notas graves: pampam-pam y pampam. 70

—Ey, acérquense, junten sus manos y trencemos una ronda —la propuesta de la computadora entusiasmó a los presentes, a punto casi de momificarse en los asientos, y levantó los ánimos en el portal. Emily danzaba con la ligereza de una pluma o un copo de nieve y balanceaba las caderas como poseída por el ímpetu de mil tambores tocados al unísono. La brisa le quitó la pamela y onduló su cabellera. Se deslizaba entre los presentes igual a una gata; chancleteaba con descarada familiaridad, arrancaba movimiento a las notas musicales. Se le habían esfumado sus ínfulas con el descenso “al reino de este mundo”. —Bernarda, qué difícil es verte sonreír. ¿Por qué no te alegras con las canciones? Le pediré a Emily que te enseñe a bailar —el trovador empujó a la máquina de escribir al centro de la ronda —Gracias, Mausidro, pero hoy no me quedaré hasta el final de la trova. Me marcho en serio. Adiós, Sisí. Cuídate de ese aparato peligroso. —Oiga, yo soy una secretaria profesional. Y tengo un nombre propio, muy bonito, valga la aclaración. Así que nada de “aparatos peligrosos” conmigo. ¡Artefactos prehistóricos y sentimentalistas! ¡Chatarra! Exijo respeto. ¡Nicolás, di algo! —Espera, Bernarda, no me abandones. Bernarda volvió la cabeza sin pronunciar una palabra y con paso alicaído salió arrastrando un discreto bulto de ropas. La computadora se había quitado el sombrero y terminaba de acomodar sus maletas, un escaparate y dos armarios en la sala, además de su vídeo de ejercicios y un kiosco de revistas para entretenerse los fines de semana. La guitarra del gato trovador entonaba largos acordes de despedida, era la melodía de una marcha fúnebre y el rumor de las olas rompiendo contra los barrancos: un sonido hueco, vacío. En ese instante apareció un cartero cometa, todo agitado y nervioso. Hacía señales a la grúa del inicio, que se posó entre las rosas y asustó a las abejas del jardín. 72

—Les pedimos disculpas, caballeros. Nos hemos equivocado de dirección. La computadora era para una familia de extraterrestres. La enviaba su tío E T, el artista famoso. Qué torpeza haber descuidado el servicio. Despreocúpense, no sucederá otra vez. Chicos, recojan el paquete —exclamó y dos cigüeñas, a cual más flaca, ataron a la señorita Emily y su paracaídas desinflado a la espalda de la grúa. —Adiosito —clamaba ella y se defendía a patadas de sus captores. Hubo que amordazarla y quitarle las chancletas, porque metía unos golpes que hubiera lanzado a cualquiera rumbo a la luna. Nicolás lloró: la ocasión lo requería. Bernarda lo había abandonado justo cuando su felicidad se hizo añicos en menos de un pestañazo. Estaba destrozado por la pérdida de su amor, la bella computadora Emily y sus atractivos de último modelo. Y además temía a la soledad. —Auxilioooo, me han secuestrado... —se debatía la secretaria agarrada a los globos y le envió un romántico beso de despedida al escritor. Así concluyó la triste historia de los enamorados. Y corramos un velo para respetar el dolor de Nicolás. —...Luego la alzaron a bordo del helicóptero, atrapada entre unas redes de pesca y transparente del susto. Puso una estúpida cara de pez. Los colores le huyeron de la pantalla —contó Sisí a Bernarda unos días después de calmados los humos y la confusión— y los extraterrestres la despidieron enseguida. Regresó a Marte City sin cartas de recomendación. —Adoro a esa raza de clorofílicos... porque me salvaron... —respondió ella y no aguantó la risa.

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X. El muy solicitado final Nicolás) (no la última historia de Nicolás

Era domingo, el día de feria por excelencia, y la plaza del mercado se despertaba en pleno apogeo. Los vendedores venían de lejanas comarcas con sus cestas de junco y mimbre desbordantes de frutas, cuadros y artesanías que se compraban a precios baratos. Allá se estacionaban los fruteros, rollizos y joviales campesinos, picaban en dos los melones y ofrecían tajadas de mamey, guayabas y mangos para atraerse la clientela. Sisí se levantaba de madrugada, a la hora en que todavía los fanáticos de hacer compras los fines de semana roncaban en sus camas. Escogía con el privilegio del madrugador las mejores verduras para Calíope, quien se había proclamado vegetariana absoluta, compraba un racimo maduro de plátanos que no vería la noche con el voraz apetito de los Nicolases, un pellejo de puerco para freír chicharrones, cebollas blancas y rojas, infalibles a la hora de llorar, y, como un gusto especial, una piña, porque costaban carísimo. A veces se enojaba por las cifras estratosféricas de las viandas y en sus famosas discusiones con los tenderos, jamás terciaba hasta conseguir una rebaja. Los descendientes de la Bruja de Blancanieves llevaban manzanas frescas, que se pudrían y nadie tocaba por temor a que estuviesen 74

envenenadas. Los infelices eran muchachos nobles, pero su tía les había creado una fama que no congeniaba con los negocios. Mausidro vivía un romance con una gata persa y apenas se ocupaba de organizar la hora de la trova. Su guitarra, antes lustrosa y afinada, se desgañitaba llamándolo y las telarañas se enredaban entre sus cuerdas. El gato se afeitó los bigotes y la perilla a petición de su novia —a ella no le gustaban los pretendientes con barba— y se hizo un peinado a lo punk que nada se avenía con su personalidad. Ahora metía miedo ver sus pelos erizados gracias al gel; le daban el aspecto de un minino engrifado y huraño. El trovador no se encontraba en sus cabales, era obvio. Incluso una noche perdió el equilibrio y se cayó del tejado. Se rompió no sé cuántas costillas, una pata y se fracturó el rabo. Lo entablillaron y lo cubrieron de vendajes. Lucía más demacrado que una momia. Durante las noches de eclipses lunares, resonaban los gemidos de su guitarra, que elevaba sus plegarias a las estrellas. Bernarda esperaba ansiosa el regreso de Sisí, acodada en el poyo de la ventana en función de vigía. Cuando la hoja de papel aparecía por una esquina del camino, doblada por el peso de las jabas, corría a preguntarle qué le había traído. Muy lejos, casi un laberinto de callejuelas atrás, resonaban los pregones, flautas de encantar serpientes. Escuchaba sus cantos hipnóticos y estuvo tentada en dos ocasiones a gastar los ahorros de la alcancía y atragantarse de galleticas y chucherías. Pero Nicolás le había encomendado suficientes tareas en qué ocuparse mientras él salía a probar suerte en su misión favorita: la captura de un individuo desahuciado, vacío o harto de las miserias cotidianas: el invitado mensual. —¿Me habrán visto cara de tonta? —refunfuñaba la máquina de escribir, plumero en mano, y en cuatro patas, poniendo algo de concierto en el cuarto del escritor—. Ellos de vacaciones, y yo aquí, interpretando el papel de Cenicienta. Mi paciencia tiene un límite. 75

La máquina de escribir se irguió amenazadora, arrojó la escoba como se lanza una jabalina, y, cansada de espantar a las impertinentes moscas, las encerró en el refrigerador para que se helaran. Mandó al trapeador a freír él solito sus espárragos, y en vez de tenderle la cama a Nicolás y arreglarle el escaparate, se acostó en el sofá haciendo buen uso de las comodidades hogareñas por las cuales tanto se sacrificaba. Por la calle del mercado se arrastraba una sombra larguirucha. Se deslizaba entre los puestos y las vendedoras con aires de fantasma perdido en su camino hacia el purgatorio. Le costaba un trabajo enorme caminar, y tropezaba con cuantas personas tenía delante, pues andaba cabizbajo y retraído, igual que un poeta. La escasez de sus carnes le daba un cierto aire de caballero de la triste figura, las rodillas se le doblaban cual junquillos que no soportaban el peso del cuerpo. No eran rodillas ni lejanamente, sino panes de flauta doraditos al horno solar. Usaba unos lentes redondos y con fondo de botella que a ratos se le resbalaban de la nariz, un bastón de vejete. Sostenía un papelucho en la mano, y lo escudriñaba detenidamente, luego levantaba la mirada y oteaba a su alrededor. Escrutaba las fachadas de las casas y suspiraba ante el bullicio de las vendedoras de pescado, que se robaban los clientes unas a otras. Cerraba los ojos y trataba de ahuyentar la visión de aquella algarabía Nadie se detenía a ayudarlo, aunque su marcha vacilante, a pasitos entrecortados, denotaba un cansancio de viajero inhabituado a los rigores del peregrinaje. Un vientecito platanero se lo hubiera llevado sin esfuerzo. Su piel estaba quemadísima por el sol, y su cara se había estrujado hasta convertirse en pasa. Visto de lejos, se confundía con un espagueti. Los principales transeúntes eran las moscas y moscones. Ellos gozaban de la temporada y lucían colores rozagantes en los cachetes, gracias a los festines que se regalaban en cocinas ajenas. Los insectos de ciudad, algo más sofisticados e 76

instruidos en el arte del buen comer, zumbaban de un lado a otro, atormentados por el fango y los frutos pasados de estación. Los baratijeros ambulantes rozaban al hombre con sus cestas y le enseñaban las mercancías. Él decía que no, que muchas gracias, solo necesitaba hallar una dirección en el pueblo y se marcharía enseguida. Como los vendedores nada más entienden de dinero, les sacaba su billetera flaca, y ellos persistían con las manos a la cintura, entrando en calores, hasta que perdían la paciencia y el tiempo con alguien incapaz de aportarle un céntimo a su bolsa. El hombre alisaba su esperanza tan maltratada y secaba el sudor de la frente. Era evidente que nadie en aquel vecindario lo socorrería, ni se acercaría a interesarse por el rumbo que llevaba. Con estas razones desistió de molestar a los ya malhumorados habitantes. Iba tan distraído, admirando las bellezas de las mujeres del vecindario y las casitas de madera sacadas de un dibujo infantil que tropezó con Sisí y se le desparramaron las hojas de su carpeta. La cesta de Sisí también cayó bocarriba y se regó el contenido. —Discúlpeme usted, señorita, venía entretenido y creo que me aturdí un poco con este vocerío —pidió disculpas mientras colectaba las naranjas y coles. —Eso sucede. Supongo que no viva aquí, porque nosotros ya nos acostumbramos. ¿Se siente bien? —inquirió, notando que el hombre perdía los colores al inclinarse. —El calor es el causante de mis desgracias, y la gente es muy descortés con un viajero extraviado; casi lo muerden a uno o le saltan al cuello por una preguntica. —Es que mis vecinos no son amantes de la comunicación. —Estas temperaturas abusivas del trópico me van a matar. Yo nunca salgo de casa más que a festejar la Navidad y al club de unos amigos, los fines de mes. Le temo a esta agresiva sociedad. —Usted me recuerda a cierta persona que conozco demasiado. Por suerte, cambió hace un tiempo y créame, le ha 77

sentado de maravillas. Aprendió a buscar el lado hermoso que las personas tienen, e ignoran a veces. —Es una teoría. Pero yo detesto la sociedad. Esa usurera despiadada que se ríe de tus complejos. —Bueno, todos estamos protegidos con máscaras y secretos. Nos aterroriza lo que piensen las otras criaturas de nuestra actitud. Cuando algo resulta atípico, enseguida lo rechazamos por el miedo a lo desconocido. La desconfianza traza un límite. Esa es la causa de la incomunicación. ¿Por qué rechazar a un extraño que podría ser nuestro amigo si le obsequiamos una sonrisa? Caramba, lo debo tener aburrido con mi cantilena de vieja —dijo Sisí, asombrada de su locuacidad ante el hombre. Ella misma promovía la sentencia de “nunca hables con extraños” y ahora le daba una clase de psicología. —No se preocupe. Usted es encantadora, señorita. A propósito, me recuerda a alguien. —¿Yo? —Sí, vaya memoria la mía. Hay una foto suya en el club de artistas, fue en aquella reunión... donde nos informaron sobre un gran acontecimiento del mundo literario... Apunté su nombre en mi agenda. ¡Ya sé, la famosa Sisí! —¿Quéee, famosa yo? Seguro me confundió. Permanecí encerrada muchísimo tiempo, suficiente para que se olvidaran de mí en la literatura. Alucina, amigo mío. —No, no, Dios mío, que no estoy loco. Usted fue el primer cuento de Nicolás el escritor, lo leí en el periódico del club. —Deja que se lo cuente a Calíope. Sisí en los titulares de las noticias. ¿Qué me decía? —Fantástico, mi suerte es inmejorable, ha caído del cielo y... De pronto, el hombre, que del asombro se había tornado del color del hielo y respiraba peor que un motor tupido, se desmayó redondito en brazos de la hoja de papel, igual que hizo Gulliver en el país de los liliputienses. 78

—¡Oigan, auxilio, ayúdenme aquí! Se ha caído el pobrecito. La gente estaba demasiado ocupada en atender sus vidas y quehaceres para socorrer a excéntricos desmayados. Además, los pillos podían saquear sus timbiriches. Mejor era quedarse al margen, y que otros se entendieran con el asunto. Alguien saldría de la multitud a ayudarlo, sólo que uno delegaba la responsabilidad en el de al lado, pensando que su vecino lo haría, como suele acontecer entre nobles ciudadanos. Al final, Sisí tuvo que pagarle a un ropavejero que pasaba cerca con su carretón, pues ella no abandonaba a los menesterosos. Este asió al hombre por los brazos, Sisí le agarró las piernas y entre ambos lo montaron en la carreta y lo cubrieron con las prendas usadas. Se apeó a la entrada del caserón. Llamó a Mausidro para que la ayudara o terminaría aún más plana de lo que había sido. El gato lo acomodó en un sillón, le roció agua y, bardo al fin, se dispuso a cantarle deliciosas melodías. La máquina de escribir, hecha un merengue, le humedecía la frente con toallitas. Pensaba que el invitado —ya lo había catalogado de tal— moriría en su casona y luego su espíritu la atormentaría día y noche. La música le calentó los miembros y le dio vigor al desfallecido. Lentamente abrió los ojos, todavía exhausto, y dibujando una sonrisa temblorosa, agradeció las gentilezas. Bernarda, más calmada, le sirvió una tazona de té, la bebida-ritual y avisó a los dos Nicolases que habían traído a un herido grave. Calíope fue despertada con el alboroto de su siesta de belleza. Se quitó los pepinillos de la cara, la mascarilla de miel y envuelta en un batón, despeinada y ojerosa, descendió en su hilo. Sus peludas extremidades se posaron en la nariz del hombre y lo recorrieron hasta la barriga. Al contacto de las ocho patas el infeliz resucitó espantado del letargo y vació los pulmones con un grito enorme, de recién nacido. No bien olía un arácnido a dos leguas y le empezaban unas sudoraciones frías en el cuerpo. 79

—Me come una tarántula. ¿Adónde me raptaron? ¿Estoy en África? —gimió, azul del pánico y limpió el cristal de sus espejuelos. Luego cogió a la araña por la espalda y la arrojó lejos de sí—. ¡Fuera, bicho del demonio! —Me ha llamado bicho. ¡Bicho a mí, la bella entre las bellas! ¡Grosero! —Pero si habla y todo. ¿Qué alquimia perversa la gobierna? Cuán milagrosa es la literatura; rectifico: la fantasía, ¡porque debo estar soñando! —musitó el desvaído personaje con tono afectado. —¿Le apetece un baño con la manguera del jardín? Así sabrá que continúa bien despierto. Bienvenido a la casona de Nicolás escritor, querido invitado —exclamó Nicolás niño, se guindó de su cuello y le dio un apretón que le sacó los jugos como a un limón. —¡Vaya, al fin encontré la dirección! —alcanzó a balbucear. —Mejor diga que ha sido transportado hasta aquí, y no precisamente por obra y gracia del Espíritu Santo. —¡Qué pena con ustedes! Les he causado un celemín de problemas y todavía no me he presentado. Mi nombre es Leonardo, Leonardo Pérez Pérez, para evitar las confusiones con Da Vinci... Seguro que jamás habrán oído mentar a un Leonardo Pérez Pérez famoso. —La verdad, no, pero ni la celebridad es infalible. Bueno, ahora lo tenemos en persona. ¿A qué se dedica? —se interesó Nicolás. —Bueno, creo que soy... escritor. —¿Escritor ha dicho? Oiga, olvídese de eso, por su bien, que nada más aporta dolores de cabeza —aconsejó muy seria Calíope. —No le haga caso, señor Pérez. Está desquiciada —lo palmeó en el hombro Bernarda, aunque con una cara de tristeza que parecía decir “está perdido sin remedio”. —Desde niño me gustaba escribir y hacía cuentos aceptables. Escribía de pie, bajo la cama, en el baño, sentado a la 80

mesa, incluso en las libretas de la escuela. De buenas a primeras, crecí. Fue una enfermedad mortal que aniquiló mis anticuerpos literarios. Y ahora no consigo emborronar una cuartilla. Lo peor es que no sé hacer más nada, ¿entiende por qué soy tan desgraciado? —interrumpieron su discurso unos quejidos espantosos. Las paredes del caserón lloraron de pena. Los dibujos que Nicolás niño garabateara sobre ellas palidecieron. La bicicleta se desinfló a cuenta de soltar suspiros. El té se amargó. De beberse aquel dolor se hubiera intoxicado cualquiera, peor que en la mejor telenovela. Calíope estaba a punto de ofrecerse en calidad de musa para salvarlo del suicidio. Unas semanitas con ella y la imaginación del infeliz quedaría de fábrica, más colorida que el arcoiris. —No hace falta que lo explique... Yo sufrí ese padecimiento durante veinte años, época en que envejecí el doble de lo normal. Había decidido morirme encerrado en el caserón, más fracasado que una oruga incapaz de metamorfosearse en mariposa o un angelito sin sus alas para regresar al cielo —Nicolás evocó las tristezas de su pasado, el abandono que sufriera la casona, el desaliento de Bernarda y Sisí cada vez que lo veían tirado en un rincón, mesándose el pelo, lloroso. Le dolía el estómago y no estaba enfermo, alucinaba sin padecer la locura, sudaba en noches de frío polar, y tiritaba los veranos. Tales padecimientos causaban en él la pérdida de la inspiración, ese efímero trance en el cual un escritor roza la felicidad. —Olvidemos las cosas tristes. Aquellos son tiempos pasados... ¿verdad? —tosió Mausidro Gutiérrez—. Aparte de sus rarezas, todos los invitados que acudían al portal se hallaban enfermos del alma, habían extraviado la ilusión, las ganas de chapotear en los charcos de lluvia y equivocarse, reírse a carcajadas de ellos mismos o salir a la calle con la ropa al revés, como niños. Ignoraban la otra forma de mirar el mundo, su reflejo juguetón. ¿Alguno de ellos habría conversado con su sombra, le habría preguntado lo que 81

deseaba ser cuando creciera, además de seguirle los pasos? ¿Osó usted embarrarse de mermelada y repartir besos y buenos días a los amargados? ¿Si no fue loco un día, unas horas, un minuto en su vida o acaso lo soñó, pretende escribir? ¿Cómo evocará la fantasía quien no la concibe en su mundo? —No, señor trovador, desgraciadamente no han pasado para mí. Nicolás logró vencerlos. A mí me hace falta una musa, un ángel dorado que baje a iluminarme el camino —respondió Leonardo Pérez Pérez. —Hombre, dentro de poco querrá usted que la musa le dicte los cuentos. Hay que esforzarse para sobresalir —replicó Mausidro—. Si a cada artista el azar le asignara una deidad protectora, muy pronto ninguno trabajaría, les crecería la panza, la barba, y las ínfulas de la vanidad los harían insoportables. Las autoras de los cuentos, en resumen, seguirían a la sombra, como obreras clandestinas, afanándose sin el debido reconocimiento, y los escritores coleccionarían lauros a su nombre. ¡Serían sólo leyendas...! —Si me concedieran tres deseos, pediría una musa, la inmortalidad y convertirme en el mejor narrador del universo. Ganaría los concursos de los ya ungidos literatos, me concederían el Premio Nobel de Literatura, las masas me aclamarían, firmaría autógrafos en las librerías con la publicación de mis libros. Los editores me besarían los pies —y los ojos le brillaron. —Amigo mío, pretende ver la realidad igual que en un cuento de hadas —dijo Nicolás algo molesto y apenado por Nicolás niño, que escuchaba la discusión con la boca inflada de caramelos. —Un momento. Discrepo ahí. Por ejemplo, analicemos a las hadas madrinas, las protagonistas de tales historias que manejan a princesas y príncipes a sus caprichos: las obesas señoras apenas caben por la puerta del palacio, pues no se pierden una comelata. El verbo de sus creadores las encumbra y las describe como dechados de virtudes. 82

¿Y por qué? Evidente: ellas les escriben los relatos y ponen las reglas. —¿Y dónde quedaría el papel de los escritores? A su juicio no somos más que fantoches de la inspiración. Y yo, amigo mío, vuelco mi alma en cada página que relleno. Le juro que son auténticas. Nadie me las dictó. Les he dado el corazón y la sensibilidad, la vida misma, gotas de sudor, sangre y llanto —ripostó Nicolás. —Bueno, caballeros, explíquenme entonces la razón por la cual no logro poner cuatro letras seguidas y salir del agujero negro que se tragó mis sueños —casi le espetó Leonardo dos Pérez, como si el escritor fuera un adivino. —Quizás el problema sea usted mismo —le respondió con franqueza. La tarde rasgaba el silencio y desplegaba su paleta. A las nubes las coloreaba de rojo, esparcía con pinceladas el fuego a lo largo del cuadro, suavizaba aquí las llamas con una franja de azul, fundía los naranjas y amarillos, los magenta; el púrpura declinaba hasta la noche. —¿Yo?... —el invitado esbozó una mueca de incredulidad—. Me resulta difícil comunicarme con los demás, y por eso busco refugio tras mis papeles. Ellos son el umbral entre el exterior y mi caverna, la línea que forman luz y sombra al besarse. Escribo lo que amo y me conmueve, aquellos diálogos que en mi mente compongo y la timidez acalla. Durante unos minutos el portal acogió el silencio. La brisa combinaba las voces de sus elementos para entonar un blues. Despacio, con la oscuridad, los objetos perdieron su forma, se trocaron en murmullos, esencias, brumas que aumentaban el sustento de la Nada. Y por fin, fueron también ellos la Nada. —Luché con todas mis fuerzas contra el vacío. Imité el lenguaje de algunos, la gracia de los clásicos, las metáforas de los poetas. Y al final, nada mío quedó allí. Eran palabras inventadas por otros. Míreme hoy: la estampa perfecta de un fracasado. 83

—Hasta que una persona no es ella misma y encuentra su personalidad, no consigue realizarse —sentenció Nicolás, como si recitara la Biblia. —Usted ha causado sensación. Sus cuentos lucen más apetitosos que las barras de chocolate con leche. Hace un año estaba en la ruina total y, de pronto, rejuveneció en menos tiempo del que toma un milagro —comentó el invitado sin disimular la envidia. —Les revelaré el secreto: vivan la vida como los niños, sin importarles aquellos que los contemplan con malos ojos y desaprueban su conducta, o los que tienen el corazón encogido y no logran librarse de sus miedos y complejos al punto de desear que el resto también se vuelva acomplejado e infeliz, para cobrar una venganza. Encuéntrate a ti mismo y no permitas que te venzan o te hagan pequeño e insignificante. —¿Y qué clase de secreto es ser un niño ? ¿Una contraseña, un enigma para abrir la cueva de Alí Babá? Necesito una respuesta clara, de adultos. Mis años infantiles son cosa del pasado. He crecido bastante, estudié en la universidad y me olvidé de las bobadas y sueños absurdos que tuve a esa edad. Aprendí a comedirme, a usar la razón, la ciencia. Nicolás niño se sintió ofendido. —Parece que se te fue la mano... eres la estampa de la represión moderna. Recuerda que la musa está dentro de ti. —Entonces... la musa era una ilusión, el paraíso inalcanzable. ¿No existe esa divinidad? ¿Tampoco se puede tocar, ni es de carne y hueso? Aguanta, cabecita mía. Permiso... voy a sentarme. El hombre se recostó en el sillón, muy confundido. Consideraba a los habitantes del caserón cada vez menos cuerdos. ¿O era él quien enloquecía? ¡Qué enredo! —Definitivamente, no entiendo ni jota. Vine buscando un conocedor de musas y resulta que hasta tengo una escondida dentro de mí, y con cara de niño. Vaya suerte la mía, nadie me va a escuchar si le comento estas teorías. Me han desbaratado la razón. 84

—Chirrín chirrán. Se acabó la discusión. Hora de juegos, vejestorios —irrumpió de pronto Nicolás niño—. ¿Aceptas una competencia para ver quién camina mejor utilizando un pie? —le preguntó al invitado y sus ojazos tomaron el color del mar antes de la noche. —Disculpa, ¿qué has dicho? ¿Caminar en un pie? ¿Y por qué piensas que andamos en dos? Las cosas no se inventan de una forma por capricho. ¿Cuál es la gracia de perder el equilibrio y rodar calle abajo como un cilindro de amasar pizzas, para que todo el mundo se burle de ti? Mausidro afinó la guitarra y soltó una tonadilla que almibaró a los incrédulos y hubiera desprendido sombreros al aire. Sisí y Bernarda se propinaban pisotones en el baile, una se disculpaba y la otra se quejaba de los golpes. El trovador restañaba sus botines nuevos contra el piso y cabalgaba del portal a la sala mejor que los cowboys. —Supongo que te guste la música —decía Nicolás niño y zarandeaba al pobre Leonardo dos Pérez, que semejaba partirse al medio en su etérea flaquencia y soltar los pedazos del esqueleto hacia los cuatro puntos cardinales. —Sí, claro, Mozart, Chopin y Beethoven. Pero este tipo de música... Además, hago el ridículo. No sé los pasos. Los del Club Lingüístico no están metidos en esta onda... Que no me encuentren. Si acaso enviaron espías a seguirme... —No importa, los invitamos a que pasen y dejen colgado el disfraz —dijo Nicolás niño. —Sisí, apenas logro seguirte el ritmo. Tú eres delgadita y a mí me sobran las libras, hija —se lamentaba la máquina—. Si todo el mundo se rejuvenece yo tengo que ponerme a dieta. —Dime, Leonardo, ¿cómo te va? ¿Has desenredado por fin la madeja de la musa? —exclamó Nicolás—. Si incluso resulta mejor, no tienes que ir al Olimpo, con lo lejos y caro que sale el viajecito. Una musa casera. —Hombre, no sé que explicación darle al fenómeno, pero ha ocurrido un milagro. Imagínense que si doy un brin85

co toco el cielo y les traigo una estrella de regalo. ¡Me nacieron alas...! —¿Entonces me regalarás un cuento? —Trataré, aunque lo voy a extrañar mucho. Hagamos un intercambio. Así jamás estaré solo con semejantes amigos —bromeó Leonardo—. Te prometo que a partir de mañana aumentaremos la familia de Pérez con un nuevo miembro: mi musa Pérez. —Voy a pedirte un favor: que seas muy muy feliz (el límite lo colocas tú) —le dijo Nicolás. —No te preocupes, los amigos están para ayudarse y pedirse favores. ¡Mira eso qué hora es! —exclamó mirando el reloj—. Debo marcharme a casa. Hoy les llevaré la historia de un caserón habitado por musas, hombres felices —raza casi extinta de la historia—, y enamorados de la amistad. Adiós es una palabra demasiado larga. —Propongo no despedirnos nunca. De esa manera, nuestra visita permanecerá en pie —dijo Nicolás. Al final del día, Sisí cayó sobre un butacón muerta de cansancio. Todavía fregaba la vajilla de la repisa, incluidas las cazuelas y un plato adicional, pues la visita del mes, a fuerza de no querer despedirse, había aceptado la invitación a comer en la casona. Después de una siesta, hubo que montarlo en una carreta tirada por cuatro chivos porque aún roncaba y le dolían los pies. Lo depositaron en brazos de su familia. Enseñaba triunfante un manojo de papeles que le guardaba su ayudante inseparable, un niño menudo, de ojos pardos, que azuzaba al chivo guía y soplaba el cuerno como Robin Hood en sus buenos tiempos de forajido. El histórico cartel que pusiera Calíope, SE BUSCAN AMIGOS PARA NICOLÁS, se quedó eternamente colgado, y el caserón fue escala obligada hasta de los extraterrestres. Nadie escuchó los rumores que esparció el viento sobre este escritor, en su tarea de transportar los secretos valiosos y dignos de perpetuarse, por la sencilla razón de que se transformó 86

en pájaro y voló a reunirse con su musa en un paraíso perdido. Él no poseía pasado, ni presente, ni futuro. Sin embargo, al fin había descubierto un camino hacia sus sueños. Se elevó en los forzudos hombros de los Cuatro Vientos, cada vez más incorpóreo y se diluyó en las pequeñas burbujas del primer rocío que respiran los elegidos, esos seres utópicos que creen en la esperanza como los habitantes del Caserón con Espejuelos.

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Índice
I. Una historia introductoria / 6 II. Dos versiones del milagro / 17 III. El visitante desconocido / 21 IV Metamorfosis de un caserón / 27 . V Lo que contó el primer invitado (primer cuento . de Nicolás el escritor) / 31 VI. Segunda historia del invitado (no invitado) del mes: el cartero pregonero que se hizo por fin cuentero / 35 VII. La visita desanunciada de Gabriel / 42 VIII. En un cohete de papel / 48 IX. El día trágico de Bernarda / 59 X. El muy solicitado final (no la última historia de Nicolás) /

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