Zugzwang- Premio UNEAC de Novela 2004

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Edición: Marilyn Bobes
Diseño de cubierta: Francisco Masvidal
Corrección: Lourdes Díaz
Diagramación: Beatriz Pérez Rodríguez
© Félix Sánchez, 2005
© Sobre la presente edición:
Ediciones UNIÓN, 2005
ISBN: 959-209-667-8
Ediciones UNIÓN
Unión de Escritores y Artistas de Cuba
17 no. 354 e/ G y H, El Vedado, Ciudad de La
Habana
JURADO
Jaime Sarusky
Carmen Hernández Peña
Jesús David Curbelo
In my beginning is my end. In succession
Houses rise and fall, crumble, are extended…
East Coker, T.S. ELIOT
Y cuando yo quise irme al Oeste, solo me dijo:
“Bueno, por mí, vete al otro lado...”
A paso de cangrejo, GÜNTER GRASS
UNO
1
Había elegido con toda intención, lo supuse, aquella postal
a colores del Golden Gate. Lo sabíamos los tres, si existía
algún símbolo universal de los cruces, de las huidas, esos
eran los puentes. Al izar el puente levadizo trataban de
escapar los castillos del asedio, por la captura de un
puente en la retaguardia se enviaban comandos suicidas,
condecoraban en campaña los ejércitos. Recordé, en ese
momento en que conveníamos la fecha, una película
americana cuya trama giraba en torno a uno de esos
puentes. Los soldados, soldados al fin, lo construían
cantando, olvidados del peligro.
Esas personas que veía entrar a El Trópico no cantaban
pero hacían más o menos lo mismo. En verdad no iban
solo de compras, intentaban además tender y transitar por
un puente que salvara el precipicio colocado repentina-
mente ante sus vidas.
—¿Cuándo? —preguntó ella.
—Pronto. El nueve de noviembre.
—Creí que nunca se decidiría ya.
—Le ha parecido mejor que ese vivir a la vez en dos
lados tan diferentes. No lo conoces bien.
Luego de la conversación con Carmen, su esposa (la pude
reconstruir completamente tan pronto José Alberto me
dijo: “Ya lo sabe Leandro. Se puso muy contento, papá”),
había bajado hasta una post-office cercana a la rivera del San
Lorenzo —lo vi atravesando Montreal, las manos en los
bolsillos del abrigo, sonriéndole seductor a la empleada—
para comprar y remitirme la postal. Una vista aérea,
nocturna y tridimensional del Golden Gate, ese largo
puente metálico, absoluto, tendido a la entrada de la Bahía

de San Francisco. La recibí doce días después. La primera
postal de él en nueve años de separación. Sobre ella,
ahogando en la tinta negra una decena de camiones Ford
cargados de mercancías, de lentos automóviles familiares,
de ómnibus que iban de Washington a Los Ángeles, o
retornaban desde Vancouver bordeando la costa oeste,
había escrito con su esmerada caligrafía: “There are ninety-
two days left for your last national day, Daddy.” Solo noventa y
dos días para mi último día nacional, traduje con dificul-
tad.
En la postal, allá lejos, todo era distinto, más tranquilo y
coherente. La noche caía sobre el Golden Gate y las luces
de los vehículos parecían líneas entrecruzándose sobre el
cielo y el mar.
2
Cuando ya no pude resistir más y me desplomé, y les dije
a Leandro y a José Alberto que sí, que lo haríamos: “Bien,
no insistan más, el nueve de noviembre”, edificaba ya en
mi mente, pese a la posible interferencia de Leonor, la
alarma de Peñas, esos días futuros. Futuras fotos y cartas,
futuros videos para intercambiar, conservar como testi-
monio de la autenticidad del cruce. No me habría decidi-
do sin ellos. Imágenes diferentes, separadas por lo que
Leandro había llamado la línea divisoria. Todo se volvía
distinto luego de aquel día fronterizo: el tiempo, la comi-
da, la ropa, los muebles, los amigos (¿dónde quedaría
entre ellos Peñas?). La memoria enlaza la infancia con el
porvenir, va dando esas puntadas circulares.
La casa también. No se erguía inclinada, vacía, despintada,
en mi soñado, imaginado paisaje noviembrino. Yo había
crecido en las muy rojas y naranjeras tierras de la United
Fruit, admirando aquellos hermosos bungalows de piso alto,
con mallas en las puertas y portal a todo su alrededor, que

ahora se me posibilitaría imitar.
Mientras les repetía que sí, que no me volvería atrás, que
lo realizaría el nueve de noviembre, alguien maniobraba ya
con la segadora mecánica sobre el césped muy lozano del
jardín, una sirvienta, de cofia y delantal inmacu-lados,
estaba asomada a la ventana, diciendo algo al joven alto,
apuesto, que lustraba los adornos niquelados del
automóvil mejor del mundo, el automóvil made in USA,
de 1954 o 1958. El auto estaba fuera del garaje, listo para
partir, parecía nuevo, acabado de llegar a la Isla. El joven
alto y apuesto, llamado Peter, y la señorita Mary se mira-
ban con humildad, satisfechos con su suerte. La brisa que
venía del mar cercano, desde el sur, se cargaba con el olor
del cemento húmedo, de la madera serrada. La brigada de
remodelación, con su arquitecto al frente, el arquitecto
Elías, el mejor, el rey de los torreones, levantaba en cada
ángulo del patio la imitación creíble que convertíame en
general en jefe de la plaza, jefe de todo, de su piscina, de
sus jardines, de su fuente. Torreones techados con tejas
criollas cuyo color sangriento, estridente, daban al patio un
aire de vitalidad, de villa recién inaugurada, defendida a
sangre y fuego de indios, cimarrones, corsarios y piratas.
Era importante la nueva casa, mi refugio, lo sabían tam-
bién ellos. Mi tiempo futuro se compartiría entre ella y El
Flamingo. No existiría más que el recuerdo fuera de sus
espacios cerrados. Ante la necesidad de encontrar el sitio
ideal para un camino más rápido y seguro de cruce,
escenario de mi entrenamiento, yo había optado sin
titubear por El Flamingo. Ningún lugar, ni siquiera El
Trópico o La Acacia, mostraba más claro el camino, la ruta
para el paso. Lo conocía solo desde fuera, su estructura
moderna, su derroche de luz. Y lo preferiría a otros sitios
donde las ofertas eran incluso mejores, más a tono con

aquel otro lado, pero tenían el inconveniente de su mesti-
zaje, su provisionalidad. Acudían a ellos gente furtiva, que
incursionaba unos minutos en una realidad que no le
pertenecía, los penetraba ese bullicio plebeyo y marginal
Estaba seguro de que gracias a El Flamingo todo me
resultaría más fácil. Sería muy sencillo, bastaría con traspa-
sar con naturalidad, sin traumas ni remordimientos su
ancha puerta de cristal, penetrar en su atmósfera climati-
zada, hacerlo despacio, una y otra vez, gradualmente, hasta
sentirme al otro lado, dueño de él, parte de él, como el
inmersionista que se sumerge conquistador en las aguas
heladas del mundo submarino.
3
Fue solo un intento frustrado de ella por echarme una
ojeada vigilante. Manía folclórica de este país, mi país, que
me perdone Leonor. Ya había transcurrido un mes de mi
encuentro con el Golden Gate. Salía solo en las mañanas.
Peter pasaba la tarde leyendo sus libros de jardinería o
ayudándome con la pintura de aquellos detalles que yo
prefería que asumiera él en lugar de la brigada. Controla-
ba la situación. La señorita Mary venía al amanecer y
estaba la mayor parte del día en la casa.
—Estamos haciendo un censo de animales domésticos.
Gatos, perros, cerdos, cotorras. Pedimos su colaboración
ciudadana —dijo heráldica, como si recitara.
Firmé el registro. De conformidad con este celo por la
salud. Leí en voz alta el texto donde se decía que había
sido alertado, que cualquier animal al que diera cobija
debía estar vacunado. (No me preocupaba, en lo único
que había discrepado con José Alberto era en traer un
doberman a la casa, no soportaba los perros.)
—Parece como si usted se nos mudara, se fuera lejos, ¿eh?
Tras una sutil y prolongada guerra de nervios, ella no

había podido continuar disimulando.
—No, no crea. Son cosas necesarias para vivir decen-
temente… Útiles en toda casa.
—Claro, sí. ¿Y ya sabe el día?
—¿El día de qué?
La conocía apenas de vista, como a los restantes vecinos.
No me relacionaba con ellos. Vivía solo dos casas más
hacia la costa. Su marido bebía y jugaba dominó mañana
y tarde a la sombra de unas enredaderas. Pero ahora era
otra, cumplía un deber social. No se dejó impresionar por
la pregunta brusquísima, cortante. Sonrió con aplomo,
pícara, optó por lo gráfico, el lenguaje de los signos. Una
mano como pista de aeropuerto y la otra una nave aérea
que se remontaba vertiginosa a las nubes, los dedos
simulando las alas desplegadas, el esfuerzo del ascenso.
—Shiiiiiiiffff.
Tuve que sonreír sorprendido, ante tanto atrevimiento. Un
modo de ocultarle mi verdadero temor. Nadie se lo había
dicho. No, era una suposición de ella, eso ocurría a
menudo en el país, yo había pasado una y otra vez por
delante de su casa en los momentos en que casualmente se
asomaba a ver si venía Ernesto su hermano, el plomero,
con el salcocho para los puercos, criaban puercos, y mire,
un coche hoy, otro mañana, un carretón, un bicitaxi con
jabas colgándole hasta de los manubrios, los albañiles, la
pintura de las columnas del portal con pintura de la buena
por primera vez, no esa cal de barrio pobre, es cosa de
algo relacionado con la política, con el Norte cuando
menos.
—¿Sí? —insistió para concluir, y vi en sus ojos el aliento
de la complicidad, una puerta que se abría hacia el cielo.
Lo que siguió fue un acto muy temerario mío, de confian-
za extrema en mis concentradas fuerzas, en mi voluntad

premiada, en la convicción de que ya nada me haría
retroceder. Leandro me lo censuró después, pero fue mi
derecho. Derecho a la verdad, derecho a lograr la armo-
nía, la integridad, el entorno cronológico que necesitaba
mi vida, y que él y José Alberto, ojalá no demasiado tarde,
se habían propuesto al fin concederme.
—No se lo vaya a decir a nadie. El nueve pasaré al otro
lado.
Se lo diría a todo el mundo.
—¿De qué mes?
Pensé despistarla con un “marzo” o un “junio”.
—De noviembre.
—¿De noviembre? ¿De este año? ¿Tan pronto?
Me di cuenta de que en lugar de satisfacer su curiosidad,
de decirle llanamente que sí, me había apartado en ese
momento para ayudarle, que ella no tuviera que seguir en
puntillas, perpleja por la cercanía de la fecha y maldicien-
do mi oreja que le reducía el área focal, pudiera ver el
block rayado, los libros y los diccionarios sobre la mesa, el
tocadiscos y los long playing de Paul Anka, el ajetreo
silencioso de la brigada del arquitecto Elías, el botellón del
gas licuado aún por instalar, el reloj de pared que recibiría
con un lindo canto de su cucu emplumado y siete campa-
nadas matutinas y doradas el nuevo día, veterano él entre
los objetos que estaban haciendo realidad el cruce.
—¿Le dará tiempo? Entonces tiene que apurarse muchísi-
mo, le quedan escasamente... A ver... unas diez o doce
semanas, ¿no?
4
La señorita Mary (era Caridad su nombre anterior,
cuando vivía al otro lado ) apareció apenas dos días
después. La había visto en la tienda y en la parada de la
guagua. Una mujer callada, humilde y vigorosa.

Le expliqué lo esencial, que el día diez de noviembre sería
su debut oficial, entraría por la puerta del fondo (no la
actual, una más amplia, totalmente de caoba, el picaporte
de bronce) con su pan de quince centavos comprado en
La Espiga Dorada, su pote de yogurt saborizado, su litro
de leche fresca, y a las siete ya estaría preparado el desayu-
no. Chocolate, mantequilla, jugo, huevos, queso o jamón.
Sería ese el comienzo de su larga jornada, el estreno de su
vivir al otro lado. Limpiaría los cuartos (ya aprendería a
emplear la aspiradora, debía tener calma), sacudiría
cuidadosa los muebles, puliría los espejos ovalados del
pasillo. Sentiría sus pasos, la vería pasar aún cerrando los
ojos, ágil, laboriosa, de uniforme, delantal y cofia, mi
única compañía, un día tras otro. No la molestaría, no le
insinuaría nada indecoroso aprovechando mi viudez. No
interferiría en su trabajo, haría lo habitual, estaría en el
patio, en la terraza, echando miradas hacia el paisaje de la
costa por sobre las casas vecinas, casas ordinarias, de
techos maltratados, leyendo, ordenando todos mis pape-
les, las cartas y postales últimas de Leandro y José Alberto.
Las cartas de Leandro podrían escasear como hasta hoy.
Aún no me acostumbraba. Tal vez preferiría enviarme
solo unas postales como aquella del Golden Gate, con
una frase medianamente cariñosa en el reverso. Me
acostaría tarde porque no tendría que madrugar para ir al
Combinado, pedaleando junto a Peñas. Por la tarde, luego
de la siesta, me sentaría a la sombra, junto a la piscina, y
miraría las últimas fotos de mi nieta Winona, intentaría leer
algún cuento de Poe (inicialmente The black cat, lo podría
comprar en La Enciclopedia, por divisa). De no haber
recibido cartas o fotos de Leandro y José Alberto, mar-
char bien los asuntos, estaría tranquilo, sosegado, escu-
chando en la intimidad a Paul Anka o Nat King Cole.

De esos viejos discos de Paul Anka y Nat King Cole, un
recuerdo de Leonor, Put your head on my shoulder me
gustaba tanto como el Unforgetable, que ahora, gracias a la
tecnología, se escuchaba cantar a dúo al viejo King con su
hija Nathaniel. No, existían esos recuerdos buenos, espe-
ciales, que no dejaría abandonados a este lado. Ellos me
acompañarían siempre.
Habíamos quedado en que iría esa misma tarde, para
observar su casa, evaluar en el terreno sus habilidades
domésticas.
—Le ruego que lo espere, señor —me regaló una sonrisa
de mucama eficiente—. Verá, hago un café riquísimo.
Me parecieron un buen augurio el “señor”, su disciplina,
su deseo de agradarme. Hablamos un rato de cómo
quedaría reorganizada la casa, cómo resolveríamos el
problema del agua, paradoja para una isla zarandeada,
anegada por los excesos y los misterios del mar.
Estaba ajena a todo eso que yo le contaba, propio del
otro lado. No tenía tiempo, vivía apegada a la inmediatez:
levantarse, llenar los tanques de agua, vestirse, llevar a su
hijo mayor a la escuela. No conocía casi nada fuera de allí,
de ese círculo. Jamás había entrado a El Trópico, no.
Mucho menos sabía que allí (a unos trescientos metros a
su izquierda, se había levantado en tiempo récord El
Flamingo, eslabón de una red que se expandía, a la que ya
pertenecían La Venecia y La Espiga Dorada), en Oro Negro,
por $53,25 dólares, solo $53,25, cualquiera, sin distinción
social, abolengos ni raza, sin necesidad de tener dos hijos
viviendo en Oklahoma o Montreal, sin visitarle alguna
recalcitrante y acomodada tía barcelonesa, podía comprar
una buena turbina doméstica, una Water-Pump-IDB-3, y
renunciar de una vez a esos tanques plásticos en la azotea,
a esas madrugadas de insomnio, esas tensiones que veía

ahora acumuladas en los ojos de ella.
Mientras le daba las gracias por el café —evidentemente, a
pesar de su esmero, no era aquel el café Cubita, de expor-
tación, a la venta en El Trópico— volví a repetírselo.
—¿Mary qué? —preguntó
—Así simplemente: la señorita Mary. No hace falta más.
Aceptó, sacudió la cabeza imaginando seguramente
distintas situaciones domésticas donde yo la llamaba y ella
acudía presta y silenciosa, como era tradición de la servi-
dumbre. Estaba dispuesta. Preguntó cuándo podía
empezar. El venidero lunes, le dije. Agregué algo, no debía
engañarse, aunque le ofrecía de golpe tantas ventajas —
cuánto la envidiarían otras si supieran que se iría a vivir al
otro lado— quedaba todavía un largo trecho por reco-
rrer.
No pudo ocultar tanto júbilo. Casi declamó su gratitud, a
modo de despedida, secándose las manos, descuidada, en
la falda. Lo hizo todo con un aire que me enterneció.
Giré para marcharme y me contuve ante la puerta
cerrada, de una sola hoja. Marcos carcomidos por los
comejenes, en lugar de picaporte un pequeño pestillo
defectuoso a la altura de sus ojos. Eché una mirada
definitiva a la habitación. Quise borrar intencionalmente su
precaria imagen, típica de este lado que de común acuer-
do, como una extensión del pacto con ellos, habíamos
empezado a abandonar.
Dejé de ver el fogón defectuoso, sus lentas y tiznantes
llamas amarillas, de respirar el olor dulce del café mezcla-
do. Leandro, mi hijo mayor, había ido hasta la ventana.
Miraba ensimismado, nostálgico, el paisaje. En Montreal
llovía desde el amanecer.
5
Un elevado verdugón de tierra roja, más allá de las rosas

sobrevivientes, como el parapeto de una trinchera. Me
daba lo mismo, ya no quería ocultarlo, todos los que
pasaban por la calle debían saberlo. Dos de los contrata-
dos por Elías paleaban, mientras otros, sentados sobre la
pila de bloques, se pasaban un cigarro. No parecía impor-
tarles el sol, protegidos con unos viejos sombreros de alas
torcidas. El olor húmedo de la tierra removida penetraba
en la casa. Uno de los que paleaban canturreaba sin que
esto afectara el ritmo de la tierra que caía sobre el parape-
to.
Ordené los discos sobre la repisa de la sala, di algunas
instrucciones elementales a la señorita Mary y me marché a
La Enciclopedia. Se trataba de una librería recientemente
inaugurada (en verdad reinaugurada, en saludo a alguna
efemérides). Vendía desde entonces solo por dólares, lo
que se le llamaba la moneda fuerte. Ofertaba libros y
útiles de oficina, sin distinción de precios, lo mismo a un
coterráneo nacional, que a un nepalés enriquecido con el
negocio lucrativo de los ascensos al Himalaya. No entraba
allí desde hacía años, cuando ofrecía al otro lado también
libros de uso a un bajísimo precio, y complacía a José
Alberto una vez por semana llevándole a ver los cuader-
nos para colorear primero, las aventuras de Salgari y
Verne después.
Nunca había podido prever el tiempo que permanecería
en una librería. En eso, al parecer, continuaría siendo el
mismo allá, al otro lado. Me entretuve mirando los
nuevos precios, comparando, leyendo notas de
contracubierta, robando párrafos en las biografías de
Marlon Brando y Susan Sarandon. Finalmente compré un
block rayado de cubierta roja, un diccionario Español-
Inglés, un juego de plumones de agua y, a insistencia de la
dependienta, muy irrefutable en su lujoso porte empresa-

rial, en su uniforme casi nórdico de chaqueta verde y lazo
al cuello (era evidente que trabajaba al otro lado), una
gorra afelpada, azul, con el rostro de Demi Moore. Fue
iniciativa mía pedirle al final también los cuentos de Poe
en inglés. Un ejemplar de cubierta marrón. La otra depen-
dienta me miró extrañada, tratando de encontrar una
explicación creíble a que alguien como yo, con esta facha
anticuada, de ser nacional (aún vestía zapatos cortebajo,
camisa de color entero, pantalón estrecho y hasta el
tobillo), adquiriese nada menos que los cuentos de Poe.
Me sentía agotado al salir de La Enciclopedia, como un
alpinista que vuelve de su primera experiencia, acaba de
ejecutar un riesgoso retorno al último campamento. No
quise andar a pie en ese estado. Tomé un bicitaxi, pero
solo anduvimos unas diez cuadras. Le mentí a su conduc-
tor indicándole que habíamos llegado. Realmente no había
podido soportar su pedaleo desfallecido de alfeñique al
acometer cada pendiente, sentir su respiración desespera-
da. Debía prohibirse a quienes pasasen de los sesenta o
pesaran menos de cincuenta kilos ese modo de ganarse la
vida, ofrecerles alternativas. ¿Cuánto es? Deme lo que
usted pueda. Conocía esa táctica. Le dejé un billete de diez
pesos. Di dos pasos, volví y se lo cambié por un dólar sin
darle tiempo a decir una palabra. Atravesé Candelaria. Salí
a mi calle por un atajo entre dos casas de madera, largas y
llenas de tabiques, de una de las cuales salía el lamento de
una guitarra. En la esquina a Fraternidad, bajo una mata
de guanábana, había dos pequeñas mesas desvencijadas
que funcionaban como mostrador. Compré tres libras de
carne a los vendedores, unos vecinos del barrio que
cualquiera podía identificar (carne de cerdo, aún tibia y
valorada por una pesa desajustada y cómplice).
La carne no olía bien, tengo buen olfato para eso, lo

desarrollé caminando los montes, cuando trabajaba en La
Forestal, y era cuadro y salía de caza con el director, en su
Niva todo terreno. En otro momento anterior a mi
conversación con José Alberto habría protestado, habría
mencionado leyes, derechos, decretos, hecho comparacio-
nes, pero ahora tuve una actitud benevolente, solo quería
concentrarme en el cruce, no valía la pena discutir por
esas cosas que pronto resolvería definitivamente dándoles
la espalda, dejándolas a este lado.
6
Había espaguetis en el refrigerador, un poco de salsa, un
pomo de pepinos encurtidos, pero no tenía deseos de
almorzar nada. La señorita Mary se había marchado
temprano. Sentía aún en los oídos la respiración del ciclista
luchando contra la asfixia. Vacié en una taza lo que queda-
ba de café en el termo y me quité los zapatos. Volqué
sobre la mesa la mochila. Para el día setenta u ochenta, fue
esta una idea repentina, una travesura, sorprendería a
Leandro enviándole, a falta de postal, como testimonio
de mi determinación, el vehemente y posesivo Tengo de
Guillén. Era un poema bastante largo, difícil de traducir
para mí, sino todo, al menos esa parte ya algo anacrónica
que postulaba rotundamente “no dancing, no yacht...” y le
abría al poeta mestizo (un gran poeta no tiene por qué ser
además adivino) muy solemne, las puertas de cualquier
hotel.
El tiempo volaba. El nueve de noviembre parecía espe-
rarme en cualquier recodo del día. Revisé y enumeré las
que consideré las tareas más apremiantes. Construir,
adaptar. Nuevos muros y paredes. Nuevos tejados.
Nuevos equipos electrodomésticos. Todo construido o
adquirido a mi gusto. Las subrayé todas con un plumón
rojo, un círculo en sus números, un hábito de mis años

oficinescos en La Forestal. En las últimas hojas se
enlistaban las tareas correspondientes a noviembre, al
último momento. Las leía y tuve la sensación repentina de
que no estaba solo en la casa. Ya me había ocurrido en
otras ocasiones, aquel día, al volver de donde la señorita
Mary (en el solar yermo, unos niños jugaban a la pelota y
posaban para una turista italiana que les tomaba fotos y
luego les arrojaba caramelos), también en la noche de la
llamada de José Alberto y el retorno de los campeones de
voleibol. Unos que regresaban triunfadores, con la bande-
ra en alto, y otros que solo pensaban en escapar.
La señorita Mary no volvería hasta las siete, no podía ser
ella. Deseché esa causa. Conocía ya su modo de andar, de
sacudir el aire. Conservaba todo lo vinculado con Leonor
en su sitio. Solo había movido la cama de modo que me
diera un poco más la luz del sol y separado de la pared la
cómoda de caoba, para facilitar la labor de limpieza de la
señorita Mary.
“Les has dicho finalmente que sí. Has elegido ya ese
maldito día.”
Más que oírla, captar las palabras de reproche de Leonor,
sentí sobre mi nuca, por primera vez, como una mordida,
sus ojos azules y fantasmales.
7
El plano de la casa en mano (quince dólares, caro, pero un
buen plano, elaborado por uno de los mejores arquitectos
de Planificación Urbana). Camino desconfiado, reviso,
indico a los albañiles por dónde deben comenzar o
continuar, la ubicación que tendrá la puerta metálica del
fondo, las dimensiones de la terraza superior, el color de
las losas que incrustarán en las paredes.
He ido acercándome así, con voluntad y dolor, a esta línea
difusa que Leandro ha llamado desde el principio

la línea divisoria. No me importan mucho las visitas
secretas
de Leonor. Respiro el perfume de las flores frescas que ha
cortado la señorita Mary como todas las mañanas.
Leandro se asoma a la ventana. Me busca entre las
sombras que se mueven arrastrando los pies,
encapuchadas, salpicadas por esa lluvia como de pequeños
pétalos blancos. En su última carta me ha contado de las
ocho habitaciones de su casa al este de la ciudad, de los
muebles de nogal, las alfombras, del sitio exacto de cada
objeto, queriendo que pueda orientarme. Las casas de la
ciudad son como todas, papá. En las afueras es donde ves
una como esta, la que quisiera para ti, una verdadera
mansión.
No fue siempre ese el interés de los dos. Hubo un receso,
como un desplome en sus intentos durante los últimos
años de vida de Leonor. Temían que ella, nieta de un
capitán mambí ayudante del general Cardoso, caído en el
asalto suicida al fuerte de Marroquí (hay allí una placa con
la fecha, mencionar esa placa era uno de los grandes
orgullos de Leonor) nunca aceptaría esa variante que
equivalía a deserción. No podrían concebirlo, no existía
ningún plan eficaz, aceptable, que contemplara nuestro
reencuentro.
Llegamos a sospechar alguna vez que ambos nos conta-
ban únicamente lo que queríamos oírles. Mirábamos sus
fotos buscando la verdad, calculábamos si estaban más
gordos, si sus ojos revelaban algún dolor oculto. Leíamos
sus cartas mientras caía la tarde sin luz eléctrica y en el
fogón, casi siempre desajustado, tiznante, la olla de pre-
sión atomizaba el olor de unos miserables chícharos, sin
costillas de cerdo, sin sazonador, sin su medio chorizo
asturiano. Apenas una medicina, un remedio salvador, y

recordábamos la tierra perdida, la prosperidad perdida,
con una resignación de náufragos.
Nuestra inocencia era absoluta entonces. No conocíamos
nada al otro lado, ni Montreal ni Oklahoma. No
sabíamos en ese tiempo que existían o existirían alguna
vez, Doña Tina y Coppelia y Doña Nela y garbanzos La
Colina y chorizos El urogallo y malta Bucanero y pastas
alimenticias La Pasiega y galletas de soda Donde. ¿Dónde?
Dios sabría dónde. Ambos, lo creo firmemente, insistían
sólo hasta los límites porque en el fondo nos preferían
aquí. Les resultábamos menos caros. Tampoco estaban
seguros de que nos adaptaríamos al final a ese cambio.
“Nieve, nostalgia, vecinos huraños, los mataría esa abru-
madora comodidad.”
Para Leonor había existido algo mucho más sentimental.
Declaraba, sobre todo si había vuelto de alguna moviliza-
ción reciente, que se trataba de su fidelidad a “la tierra que
me vio nacer”. El joven Abdala que parte a la batalla, una
batalla de fines del siglo XX. En verdad la tierra no ve
nada, si viera vería otras cosas y se pondría enojadísima, le
temblarían las entrañas, expulsaría humo por sus hendidu-
ras, pensaba yo, aunque callaba para evitar una confronta-
ción.
La acompañaba si no tenía otro compromiso en el
Combinado, Leonor llevaba todos los domingos flores al
cementerio, a la tumba de su madre. La única solución
estaría en algo imposible, trasladar aquella tumba con su
porción de tierra, su entorno, hasta uno de los camposan-
tos de Oklahoma.
Pero no era sólo Leonor. Fue algo que comprobamos
después de su fallecimiento, una vez derrumbado ese
obstáculo. Yo tampoco había aceptado, temía a ese paso
definitivo.

—No insistan. Viviré los años que me quedan aquí. Como
sea, como un mártir o un cimarrón. No se preocupen, no
te preocupes por mí.
Entonces, es la verdad, siento respeto por la verdad, no
era aún tan nítida la línea. Nadie podía avizorarla. No
existía esa frontera que hoy noto levantarse, demarcarse,
con solo entrar a El Flamingo. Leonor volvía tarde, des-
pués de comida, de alguna reunión y hablábamos de lo
que haríamos a este lado. No existía La Espiga Dorada, no
estaban abiertas más tiendas que La Venecia y El Trópico.
Aunque con esas excepciones, todo tenía entonces para
nosotros, para el país, al menos geométricamente, una
sola dimensión.
8
Se sorprendió mucho más que José Alberto. Luego rió
mordaz. Debió parecerle mi respuesta de un romanticis-
mo de vieja película argentina.
—Iré a la tumba de tu madre. Será la última vez. No
quisiera volver a ese cementerio nunca más.
Tenía mis razones muy personales, me deprimía el estado
del cementerio, marcado también por la crisis. Sepulture-
ros con sombrero de guano, sucios como si abriesen
zanjas de regadío y no sepulcros, moradas eternas.
—Eso te llevará par de horas. Irías en el automóvil, ¿no?
—Sí.
—¿Y después?
—Tal vez vaya a un río, a las afueras de la ciudad, esté allí
mirando un rato las palmas, oliendo los árboles, escuchan-
do los pájaros. Quisiera ver un tocororo, seguir su vuelo
multicolor, de bandera flameante.
A Leandro, rodeado de objetos extraños, ninguno asocia-
do al país natal, lo de bandera flameante le arrancó una
ligera carcajada.

—A una presa, dirás. Para esa fecha los ríos no tendrán
casi agua. A menos que haya algún ciclón.
Tenía razón, pero le insistí en el río, el río era importante
para mí. Si quería despedirme para siempre de este lado,
mi lado natal, debía hacerlo en un lugar que sim-bolizara
verdaderamente la naturaleza, lo autóctono. El murmullo
del río, el rumor del palmar, el trinar del sinsonte, no un
sitio cosmopolita y artificial.
—Lo de menos es el agua. Lo que quiero es su olor,
¿sabes?, el aire, el susurro de los árboles. Hay que estar
bien preparado para la larga crueldad de la nostalgia.
Desistió. “Haz lo que quieras.” Tampoco José Alberto
pretendió quitarme la idea. Comprendieron ambos lo que
valía para mí. José Alberto solo me sugirió, habituado a
organizar picnics y juergas juveniles, que llevara algo de
aguardiente. “Debe ser un día totalmente feliz, viejo.” Si
pasaría allí todo el día, sería importante pensar también en
el almuerzo. Unos tamales en cazuela, chicharrones, yuca,
ensalada de lechuga, dulce de coco, café legítimo, oriental,
guantanamero.
Me confesó su experiencia, la de alguien que está lejos, que
los tamales en cazuela y el dulce de coco (cuando vivía-
mos los cuatro juntos, antes de venir a vivir a la ciudad,
teníamos dos matas de coco en el patio) no faltaban en
sus almuerzos oníricos. A veces arroz congrí, otras, carne
y plátanos fritos, pero era difícil que faltasen en su menú
los tamales y el dulce. Los fines de semana Lori le cedía a
él la cocina para ese viaje imaginario. Decidió el menú y
hasta la música de sobremesa. Le di la razón, recordamos
que Leonor hacía unos tamales en cazuela celebrados por
toda la familia.
No le dije más a José Alberto. No lo creí prudente. Esa
noche última del nueve de noviembre caminaría de

incógnito, arriesgado, por los barrios semioscuros de la
ciudad, acumularía imágenes, me mezclaría con su gente
como uno más. Hasta las once, no más tarde. A partir de
esa hora era arriesgado andar solo, llevando alguna prenda
de valor encima. A las doce estaría sentado en la terraza,
abrigado con una bata de felpa roja que ya había compra-
do y escucharía pasos en la escalera (mi cuarto y el estudio
estarían en el segundo piso, trabajan en eso los albañiles) y
sería Peter, mi servicial Peter (ese sería su nombre, le
gustase a quien le gustase), quien vendría a decirme que el
auto estaba listo para ir a las diez a El Flamingo.
Peter subiría puntual, exactamente a las doce y un minuto,
y yo lo miraría con ese cansancio de quien ha hecho un
largo viaje, ha vivido la emoción deprimente de unos
adioses y el agotamiento lo empuja al desvelo, como si
temiese que el sueño le pudiera borrar los recuerdos
inmediatos. Luego él bajaría y yo no sabría (eso no lo
había definido aún, no me atrevía) si ponerme a tararear a
Nat King Cole y Paul Anka, o a pensar lastimosamente en
Leonor, esquivar sus ojos multiplicados en cada ángulo
del cuarto. Si ocurría esto último tal vez no podría conte-
nerme, llegaría a sollozar.

DOS

9
Cuando ella le pidió: “Pon a Leandro ahora, aquí está su
padre” yo no me acerqué al teléfono, solo leí en el rostro
de la madre de Iván lo que éste le decía o le trataba de
decir, en esa mezcla de palabras que contiene la censura, el
asombro.
Era la primera vez que viajaba en avión. Habíamos estado
Leonor y yo muy nerviosos. José Alberto le había pedido
unos tenis deportivos, los había visto en una pe-lícula, en
los pies de cierto deportista de la NBA, y solo preguntaba
por el día de su regreso. Esperábamos impacientes su
llamada de Dresde, que nos contara del viaje, del recién
iniciado otoño europeo, del Zwinger y sus muros rasga-
dos por las bombas aliadas la noche del 13 de febrero de
1945. La delegación se había hospedado en el Linder. Las
sesiones comenzarían el lunes, en la Universidad Técnica.
Su ponencia sería bien recibida, además del rigor científi-
co, tenía un propósito y un tono muy aleccionador.
Guardé el secreto a duras penas. No se lo dije inmediata-
mente a Leonor. Durante la ceremonia militar de esa
noche, al hablar a nombre de las ascendidas aún lo creía
allá, su discurso, lleno de citas mambisas y consignas, no
fue saboteado por él.
Debieron pasar cinco días antes de que tuviera valor para
contarle lo que había oído y visto. No se había acercado al
mostrador más que con ese propósito, no tenía siquiera
los cuarenta centavos para la Coca Cola, trataba de
parecer un rezagado casual, alguien que saldrá ahora
corriendo en dirección al avión, provocando el descon-
cierto, la sonrisa de los funcionarios del aeropuerto
acostumbrados a esas contingencias. Para nosotros sí era
una novedad. Leandro, por primera vez en su vida, había
corrido en una dirección distinta a la indicada, a la que

creíamos haberle enseñado.
Tal vez habíamos sido excesivamente optimistas. Con
ellos, con nuestro futuro. Me ocurría ahora con la señorita
Mary. Tras dos semanas de riguroso entrenamiento, no
avanzaba al ritmo esperado, reaccionaba con torpeza a
mis correcciones, afrontaba dificultades con el ketchup, las
gelatinas y las salchichas, la sorprendían los relojes, olvida-
ba alimentar puntual a mis gold fish, manejaba con impreci-
sión la aspiradora. Pensé en despedirla, pero me
suplicó que confiara en ella. Todo llevaba su tiempo,
figúrese, mire, como una técnico medio, me mostró su
título, alguien que había llegado a conducir con mano dura
la sección sindical de su fábrica (una de esas fábricas que
producía con especial calidad, que enviaba al otro lado
cigarrillos para los visitantes o inquilinos), decenas de
trabajadores bajo su influjo, confiándole inquietudes, ren-
cillas, desavenencias, reclamándole méritos, no iba a
asimilar en unas pocas semanas aquellos deberes. Se sentía
a gusto, iba a poner todo de su parte.
Le di un voto de confianza. Aún nos quedaban suficientes
días, y a mí tampoco me iba mejor. Soñaba con mamá,
con Peñas, con Tita, con el Combinado. Todos los sueños
acababan más o menos igual. Daban las doce de la noche
del día nueve, me volvía, y en lugar del puente veía un
oscuro precipicio, escuchaba la voz de Peñas llamándome,
pidiéndome volver. Dormí la siesta, el libro de Poe me
cayó sobre el pecho y me despertó el toque discreto de la
señorita Mary en la puerta. Se le habían quedado las llaves,
era la segunda vez que le ocurría.
Por la tarde fui a ver dos ofertas de automóviles. Desde
antes de la muerte de Leonor habíamos estado ahorrando
con ese fin, y acababa de recibir un envío expresamente
para ello. No dudé mucho, las dos parecían buenas, autos

bien conservados, maquillados con una perfección de
alquimistas, pero me decidí por un Ford Fairlane que tenía
todos su accesorios y le brillaban hasta las gomas. Esos
autos gallardos, insuperables, de las revistas de 1958. El
dueño parecía estar acostumbrado a tales pasos, no era
esa clase de infeliz que de pronto se deshace de su carro,
lo único que lo hacía sentirse superior, para cubrir otras
necesidades de la casa. Probablemente ese era su empleo,
su “función social”. Compraba, maquillaba, vendía, volvía
a comprar. Plusvalía escapada de la realidad, clandestina,
un poco más elevada, claro está, que la de la enana Tita,
mi compañera de “labor nocturna” a principio de los
noventa. Qué sería de ella.
—No tiene un tornillo que no sea legítimo. Revíselo todo,
no hay apuro.
A mí esos comerciantes que actúan con tanto profesio-
nalismo me resultan confiables. Cerré la operación y volví
a la casa en él. En verdad sonaba como esos autos último
modelo que emplean para atracos en los thrillers del
sábado. Subió con fuerza, majestuoso, por la Avenida
Torriente, sentí cómo me miraban con envidia desde el
otro lado de la línea, desde las paradas de ómnibus
atestadas. Ojos cansados, atribulados por dos o tres horas
esperando aquellos vehículos, camellos mecánicos desde
los cuales podían ver cómo a su alrededor se agudizaba el
desierto, la ciudad volvía a ser arena, materia primigenia.
Enfilé por Luaces, que es una calle que se ha convertido
casi en bulevar por el ir y venir desafiante de los peatones.
Aunque permanecía abierta al tránsito, los peatones iban
por ella, con cajas y bolsos en las manos, a veces en
procesión familiar, imponiendo su andar de un lado a
otro, entrando y saliendo de las nuevas tiendas, refrigera-
das y con la fachada totalmente de cristales. Todo un
mágico zigzag sobre la frontera.
¿Dije que volví a casa? ¿Dije que jamás tomaría un bicitaxi
sin preguntar antes la edad al conductor?¿Dije que salí de
Luaces y conducía por la avenida Torriente? Casi, no fue
totalmente así. En una esquina tuve un descuido y un
patrullero me multó. Fue amable pero inflexible, uno de
esos casos ejemplares. Siquiera me atreví a un intento de
soborno adicionando el rostro empapelado del presidente
Washington a mi licencia de conducción.
Hacía mucho que no manejaba, bastante bien lo había
hecho. Desde que José Alberto tenía trece años y trabajaba
en La Forestal. Al llegar a La Forestal cada mañana me
recibían los diplomas a mi nombre en el Sitial de los
Trofeos. Laritsa, la secretaria del director, anunciaba que
yo había llegado y me traía una taza de café. Mi plaza en
El Lácteo, a diferencia de la anterior en La Forestal, era un
cargo de operario, sin café, sin diplomas, sin auto asigna-
do, uno más, como el de mi entrañable Peñas, un operario
jamás tiene vehículo asignado.
La multa me asustó. Sobre todo porque me hizo sentir,
no sé por qué, de nuevo más cerca y dependiente de
Leonor. Cuando mi multa anterior, la última, iba ella
conmigo, en aquella misma esquina fatal había intentado
persuadir al patrullero empleando reiteradamente las
palabras “compañero agente del orden”, hablándole de
que teníamos un hijo que iría a Dresde en los próximos
días, leería allí una ponencia de nuevo tipo, de un conteni-
do muy educativo, algo que no abundaba en ningún otro
país del continente.
10
Peñas formaba parte de todo aquello que se iba quedan-
do a este lado. En ocasiones similare, como cuando
supimos de la llegada de José Alberto (solo cinco de los

once que se habían lanzado al estrecho, fueron días de
mucho oleaje), saliendo del Combinado, comido por la
decepción, decidido yo a no mentirle, Peñas no se rendía.
Murmuraba algo, se colocaba las manos en la cabeza, se
replegaba para no aceptar la derrota.
Y entonces, si íbamos aún por Avellaneda, pedaleaba y se
colocaba delante, solo veía su espalda, el rodar de la rueda
trasera de su bicicleta. Y me lo imaginaba llegando a la
casa, veinte minutos después, consolando a Leyda, dicién-
dole que debían sentirse contentos porque Michel pronto
comenzaría a trabajar, le habían conseguido un trabajo en
el Combinado, algo muy elemental, parte de la terapia
médica.
No se cansaba de mí. No lo hizo en esos años, posterio-
res a mi salida de La Forestal. Sospeché incluso que tal vez
le habían dado esa tarea política en el Combinado, una
tarea “educativa”, sabiéndose que si bien Leonor merecía
un homenaje, al menos uno de esos pequeños parques de
barrio bautizados con nombres de héroes locales, mi
eficacia paterna no rebasaría los diez puntos en una escala
de cien. Dos hijos nada más, dos soldados de la patria,
que no había sabido guiar, uno desertando de la Dele-
gación Pedagógica, camino de la República Democrática
Alemana (un periódico maiamense lo había resaltado
llamándole el eminente doctor Leandro, adjudicándole un
currículo que ni Finlay), el otro lanzándose locamente a las
aguas años después, aprendiz de grumete en balsa que
aterraría al mismo Thor Heyderhal, manteniéndonos en la
zozobra durante una semana, imaginando Leonor, Peñas y
yo, los peores naufragios del Golfo.
Nada más normal la tarea de Peñas, ante este pésimo
expediente filial, que mi desviación evidente y su deber
corregidor. No era yo, ni sería, el único caso. La desvia-

ción ideológica, como la de los ríos, como la de la colum-
na vertebral, lo decía la historia, no tenía a la larga predi-
lecciones.
Fijado ya el nueve de noviembre, dejamos de vernos por
un tiempo. Lo esquivaba. Empecé a faltar al Combinado
porque ya sabía que serían innecesarios, quedarían de este
lado, como curiosidades, mis reportes de asistencia, mis
certificaciones de jubilación.
Una de las últimas veces que lo vi fue en el día veintiséis
(ese día en que la señorita Mary me habló de Peter, y reí
porque por poco, con Tom, habría sido la conocida
pareja anglosajona). Estaba esperando que me entregaran
el expediente (lo guardaría como un recuerdo, en la
misma gaveta, junto a la postal del Golden Gate), y Peñas
entró a la oficina de Personal. Creyó al principio que yo
solo estaba allí para dejar algún certificado de enferme-
dad. No podía entender que ya no tenía sentido para mí
continuar trabajando, ni en el Combinado ni en cualquier
otro lugar de este lado, de este país ya más suyo que mío.
—¿Otra vez la columna? Ese puesto, tantas horas de pie,
vas a tener que pedir un cambio. Mira, en Control de
Calidad hay una plaza, creo.
Descubrió de golpe la causa de mi silencio embara-zoso,
mi escurridiza mirada. Me quitó de las manos el sobre
lacrado. Me sacó afuera, tirándome del brazo como un
padre que acomoda al desobediente sobre sus rodillas
mientras se zafa el cinto con la otra mano.
No me atreví a hablarle. Giré en redondo y caminé hacia
la puerta. Lo recuerdo todo con lujo de detalles una y
otra vez. Lo recuerdo mientras abro una Heneker y miro a
la señorita Mary que hábil, cuidadosa, sirve café a los
carpinteros (eso de la inhumana explotación a veces no es
más que una metáfora). En mi recuerdo, como ocurrió, la

voz de Peñas se alejaba, había quedado atenazada por el
eco, entre aquellos edificios sombríos y ruidosos, los
camiones cisternas que luego de un dilatado periplo por la
ciudad regresaban, a esa hora, de la repartición.
11
La llegada de Peter, su alta en la casa, estuvo rodeada de
muchas coincidencias felices. José Alberto y Lori habían
vuelto tarde, celebrando con unos amigos costarricenses
su aniversario de boda. José Alberto creyó impostergable
la llamada. No me asustara, era sólo para sugerirme
—ordenarme verdaderamente— que adelantara tareas del
plan. Qué sabes tú de la táctica, viejo, todo en la vida es
como una guerra, la vida es una cabrona guerra personal.
La tarea sesenta y uno debía ser pasada para la doce. Lori,
su esposa, aprovechó para decirme que en los próximos
días recibiría un video utilísimo para la señorita Mary, en él
se explicaba cómo emplear cada uno de esos aparatos
modernos que hay hoy día en las cocinas. La tarea sesenta
y uno (todavía recordaba bastante de mi actividad buro-
crática, oficinesca en La Forestal, por suerte) tenía que ver
con el jardín, todo lo relacionado con su siembra, su
riego, su poda.
Tenía que reformular esa tarea, buscar no un viejo campe-
sino de esos humildes que aman el azadón, la naturaleza,
piden muy poco, sino un hombre joven, de presencia, que
fuese capaz de servirme de chofer y además mantener en
orden el jardín, la casa, asumir esos pequeños arreglos de
electricidad, de plomería, cumplir encargos de relativa
complejidad.
Leandro me alentó también, me relató, sentado en el sofá,
sorbiendo una copa de champán —lo vi un poco más
delgado, nervioso—, cómo en casa de sus suegros tenían
a un mejicano muy eficiente, que hacía todo eso y más, le

alcanzaba el tiempo todavía para cantarles unas rancheras,
enseñarles a preparar platos exóticos. Qué manera de
preparar los chiles, las tortillas de maíz. Casi era de la casa,
le habían dado hasta un cuarto al fondo, luego de la pis-
cina, y allí vivía, en su rinconcito ambientado a lo azteca,
con sarapes y calaveras. Eso me demostraba que era
posible encontrar alguien así, lo que hacía falta era pacien-
cia, divulgar bien la plaza.
—¿No podrías poner un clasificado en la prensa? Se
solicita el servicio...
Sí, a ellos los años fuera les hacían olvidar muchas de
nuestras peculiaridades. Una vez les expliqué que eso era
imposible, me dieron la idea de imprimir unos anuncios
discretos y ponerlos en los postes de la luz, en las paradas
de los ómnibus.
Pensé enseguida en Joaquín, el operador de la computa-
dora del Combinado Lácteo. Se llevaba bien con Peñas y
Antúnez. Hablé con él, le dije que había ascendido, que
trabajaba para una firma belga. Accedió a imprimirme
trescientos anuncios por dos dólares. Me dijo muy con-
vincente y teatral que lo hacía por mí, un favor, que él ni
por nada, que con recursos del estado él si no. Pero tomó
los dos dólares y hasta revisó discretamente que no fueran
falsos. Cuando tuve los anuncios, la señorita Mary me
ofreció ayuda con sus dos sobrinos. Les gustaría la idea.
Se dedicaban a trabajos de horario libre, eran muy lucha-
dores y en una mañana distribuirían los anuncios.
El cuatro de octubre, faltando aún treinta y seis días para
el nueve de noviembre, dio un giro mi vida con la apari-
ción de Peter, mi eficiente Peter, mi Louis de Funes, mi
hombre orquesta. Se llamaba Pedro Martínez. Hacía un
mes que había abandonado un trabajo en el puerto, tenía
licencia de conducción, había estudiado Filología, un

segundo año de Ingeniería Química, y aunque no sabía
nada de jardines, era su lado más flojo (podría confundir
increíblemente crotos y rosas, magnolias y nomeolvides)
estaba dispuesto a añadir a su currículo ese oficio tan
asiático y milenario. Sería su fundamental entrenamiento, a
un ritmo acelerado que le pusiera a la altura de la señorita
Mary.
Para la próxima semana, la novena, así rezaba en el plan,
la señorita Mary me traería el café, entrenándose en el
manejo de tazas tan caras y finas, y yo lo aceptaría y
caminaría hasta la ventana para echar una mirada des-
pejante al jardín. Desde allí vería la espalda de Peter,
encorvado, escardando la yerba. Estaría enfundado en su
overol azul prusia, pero unos metros más allá, sobre uno
de los bancos, yo podría ver, evaluar, confirmar su gorra
de chofer, sus guantes. Porque una salida podía ser necesa-
ria en minutos. Y él tendría poco más de un mes para
alcanzar esa habilidad imprescindible.
Una mañana, al llegar (debía cruzar la ciudad pues vivía en
Los Barriles, un barrio casi rural), le puse en las manos una
guitarra: “Me gustaría que la aprendieras a tocar”. El
mundo es tan pequeño. A Peter le brillaron los ojos,
acarició voluptuoso las cuerdas, me dejó escuchar unas
notas conocidas, de una canción que a Leonor le gustaba
mucho. Tenía una voz nasal, a lo Pedro Infante. Su mamá,
holguinera, tocaba la guitarra y conocía las recetas de unos
platos riquísimos, podría enseñárselos a la señorita Mary.
12
De frente al salón (se llenaba más a menudo El Flamingo,
sobre todo cuando actuaba los martes el maestro de la
guitarra de una sola cuerda), aspirando el olor del pollo
con papas fritas, saboreando un helado de vainilla cubier-
to de chocolate, fui comprendiendo la magnitud de mi

decisión irreversible. Lo hice mirando desde los cristales
oscuros la ciudad allá afuera, atendido por una joven
perfumada, cortés, que me decía su “¿qué desea el señor?”
como si en aquel espacio cerrado imperasen otras leyes,
nada de compañero, de carteles anunciando la asamblea
de los trabajadores a la que no se podía faltar, en las
manos una Cristal congelada. “Es como la muerte. Hacia
el otro lado es imposible, papá.”
Como parte de ese cruce, ya había empezado a olvidar.
¿1987 o 1993? Más que las fechas quedaban los momen-
tos, los giros. Pérdida de los aliados que habían apuntala-
do voluntariosos, solidarios, este país. Posibilidad de una
normalización, del retorno definitivo de José Alberto y
Leandro. Intentos para escapar de ese cerco asfixiante. El
bosque reverdecía pero nosotros, los árboles, sentíamos la
amenaza de un despiadado otoño. Así había empezado,
en aquellos días, la aguda, la demoledora crisis de identi-
dad que ahora trataba de solucionar del único modo que
creía posible, huyendo hacia el otro lado. ¿Estaba en el
país aún? ¿Había cruzado sin darme cuenta, en un descui-
do hijo de nuestra vida atropellada, aquellas noventa
millas dramáticas?
Esa escena, ese temor, esa soledad, había ido empuján-
dome a buscar una solución definitiva. Era algo de
extrema urgencia y lo preferible sería asumirlo todo de
una vez antes que aquel coqueteo irresponsable, incohe-
rente, aquella dualidad desgarradora.
—A partir de ese día estarás y no estarás en el país,
ocuparás un espacio que pertenecerá a otra realidad. ¿Qué
harás en él? ¿Has pensado cómo será esa despedida?
—insistió José Alberto luego que le dije la fecha, sin medir
las consecuencias sentimentales de sus palabras.
¿Despedida? Me pareció una palabra excesivamente dura,

pero al fin la había aceptado. Aún no había concebido
nada. Así que lo dejé continuar, porque sabía que tras la
pregunta él me deslizaría otra variante mejor. Una variante
original. A diferencia de Leandro, José Alberto, siendo el
menor, tenía otra noción de la autoridad paterna. Solo
que lo haría de modo que pareciera una variante más,
nada de pretender convertir ese día en el ideal.
Anunciaron en ese momento la llegada del trío. Se iban
haciendo habituales en El Flamingo. Dominaban su arte
(cantar y sobrevivir). Se arrimaban a alguna mesa y tenían
un repertorio a la carta, complaciente. Se presentaron en
inglés e italiano (siempre puede haber algún bam-bino
presente, son una plaga) y cantaron par de piezas muy
conocidas, de Matamoros. Vestían bien, unas guayaberas
color beige, bordadas, sombreros de yarey con anchas
cintas rojas.
Compré una cajetilla de Populares y me quedé absorto
oyéndolos. Del son pasaron a un chachachá. A los demás
no debió llamar la atención aquel admirador de Jorrín en
la mesa junto a la barra, que golpeaba la caoba con la
punta de los dedos siguiendo el compás, mirando sobre
todo las imágenes del otro lado que penetraban buscán-
dole, las imágenes de color ámbar que nacían y morían
más allá del cristal como si se desplazaran por otros
meridianos.
—¿Sería tan amable de darme candela?
Le tendí la fosforera.
—¿No ha ido más por la Estación Central? Eso está flojo.
Y la policía no deja acercarse.
Traté de reconocerla. Parecía más alta subida a aquellos
tacones exagerados.
—Sí.
Guardé la fosforera y le sonreí como una invitación al

“hasta luego”.
13
Todo cruce así —era imposible de otro modo—, arrastra
una parte considerable de la memoria. Vacié media
cerveza, puse a Paul, “...put your head on my shoulder...”, y
busqué instintivamente, por sobre los árboles, hacia el
oeste, el techo alto y antiguo de la Estación Central.
No fue verdad lo que le dije entonces a Leonor. No fui
por las noches a cubrir vanguardia y ejemplarmente
turnos de trabajo en el Combinado (“ante la ausencia
imprevista del compañero... el compañero... ha tenido una
actitud que merece el reconocimiento, un acto de ese tipo
vale no menos de ocho méritos excepcionales...”).
Fue nuestra peor etapa. Y José Alberto la hizo más difícil.
Lo mismo debe creer Peñas (se lo preguntaré cuando
estemos a punto de despedirnos, en esa tarde agónica del
ocho o el nueve de noviembre). Alcancé, a fuerza de
voluntad, las habilidades imprescindibles en eso de vender
refrigerios y meriendas por las ventanillas de los trenes que
entraban al patio de la Estación Central. Servicio de
mucha improvisación y agilidad: refrescos, dulces, natillas,
panes con queso. Un santiaguero, un bayamés, un pariente
de la señorita Mary que ha salido de Baracoa, que lleva
veinte horas sobre un train, larga caminata por sobre el rail
road, compraba cualquier cosa, sin mucha elección. No
dábamos abasto. A nuestros pregones se
asomaban sus rostros de angustia, forzaban a patadas las
ventanillas trabadas. Te arrebataban la mercancía, pugila-
teaban entre ellos mismos, tenías que estar en la viva, la
mano desaparecía y te quedabas esperando el billete,
pasando de timador a timado. Ellos eran desconfiados
también. Con razón, cómo pagar primero si estás inde-
fenso, encerrado en un vagón, lo que ves allá abajo, junto

a la vía son bultos que alzan sus manos con pomos,
cucuruchos, barras, bultos envueltos en papel periódico,
voceando, queriendo que llegue a tus manos, en compe-
tencia de estaturas. A mí me favorecían mis seis dos,
pobrecita aquella enana Tita, fija para el tren de las doce y
diez, puntual rivalidad. Había ideado un remedio, tenía
una vara y ponía en su extremo el pomo de refresco
natural, piña, naranja, jugo buenísimo, señora, fresquecito,
congelado.
—El Combinado está en una ofensiva para cumplir el
plan del año. Se ha afectado mucho por los apagones.
Hicimos varias brigadas de apoyo —le contaba a Leonor
en la madrugada, descalzándome, dejando escapar un
ahhh de agotamiento.
—No te miran con malos ojos por lo que hizo José
Alberto, ¿verdad?
Al saberle sano y salvo, recuperado de aquellos tres días a
la deriva, esa era la preocupación de Leonor. En el
Combinado no habían tenido la misma posición que en
La Forestal. “Para orientar a los guardabosques, para
confiscar a los que roban madera, se necesita
ejemplaridad. Se trata de eso. Te ofrecemos una plaza de
menor…”
—Qué va. Al contrario, han sido muy comprensivos.
Saben que no siempre se puede con los hijos.
—Se parecen más a su tiempo que a sus padres —decía
Leonor recordando a Marx (Marx podía servir también
para esos casos), abrazándome, transmitiéndome las
vibraciones de su pecho de asmática.
No sabía nada ella de mis andanzas y de las del país, esas
andanzas subterráneas, de emergencia. Vivía entre sueños
y victorias enquistadas. Ignoraba los asaltos al tren paga-
dor (fue una película brasileña bastante popular en los

años sesenta). A veces no se había acostado y me esperaba
con alguna de sus alarmas, algunos de sus asombros. La
gente no sé adónde va a parar, si no se aprieta con las
leyes, no sé adónde pararemos. Hay vendedores ilegales
en todas partes, estafadores. Eso que hacen en los trenes
es una vergüenza. Ciegos que se suben a vender carame-
los, niños que debieran estar haciendo la tarea, leyendo a
Martí. Dice Doraida que una viejita denunció en Santa
Clara que su pan con jamón lo que tenía dentro era un
cartoncito con una nota: “Revise siempre su mercancía.
Después que el tren parte pierde su derecho. La Admón.”
Hay que elevar la vigilancia.
—Pobre vieja. Oí algo de ese caso en el Combinado, sí.
Era cierto, lo relataba Antúnez en el comedor.
—¿De dónde sacan la harina, el azúcar? Por eso escasean
las cosas, por el desvío...
La besaba en la frente. Procuraba aliviar la carga de
retórica desesperada de su voz.
—Estoy muerto. Voy a calentar agua para darme un baño.
Al caminar encorvado bajo la barbacoa —José Alberto
había dormido en ella y ahora estaba vacía, culminación
de una escalera estilo Robinson Crusoe—, pensaba en la
enana Tita y su vara de bambú con la horquilla. No, la
enana Tita vivía sola con su madre nonagenaria, asaltaría
un banco de dársele la oportunidad, pero era incapaz de
hacerle eso a una vieja que lleva quince o veinte horas
sobre un tren. Si lo de los monos y los frutos altos y las
varas era una teoría cierta, la enana Tía crecería un día
hasta tocar el cielo.
14
Había tenido un sueño dilatado, controvertido, casi
tangible, remitido a aquellos días sin saber nada de José
Alberto, cuando además de las respuestas

desesperanzadoras de Leandro digeríamos con el alma en
vilo las noticias de Radio Martí acerca de la nueva llegada
de embarcaciones clandestinas a La Florida. En el sueño
caminábamos hasta la arena y había un vacío, faltaba el
puente por el que podríamos pasar para continuar la
búsqueda de José Alberto.
Pudo ser un acto de rebeldía el suyo. Tal vez fue por los
celos que le despertara la señorita Mary (nunca yo había
pensado en esa posibilidad) o una nostalgia removida por
aquel pedazo de canción afligida, cercana a nuestros
recuerdos, con el que Peter me había demostrado sus
cualidades. Algunas tardes volvía a hacerlo, como si con
ello recordase a un país lejano.
Al volverme en la cama, despertar y abrir los ojos como
rastreando una luz entre aquella densa pesadilla, la vi
sentada en la cómoda, peinándose. No se inmutó. Conti-
nuó haciéndolo muy tranquila, aunque debía haber sentido
que me levantaba, que la miraba de cerca. No sentí temor,
me quedé observando su pelo lacio, en el cual la peineta
penetraba como si hendiera el agua.
Se volvió de golpe y sacudió la cabeza contrariada. Le
conocía perfectamente ese gesto autoritario.
—Te has puesto de acuerdo con ellos para hacerlo. De
otro modo, pero hacerlo.
Habíamos soportado unidos los peores años, creyendo
que nada valía la pena si se trataba de dejar de pisar este
suelo, respirar este aire, oler este olor, que se llama patria.
Para Leonor, yo estaba claudicando y algo así no podría
aceptarlo ella, también al otro lado ya de una línea diviso-
ria, la línea más antigua y radical de todas.
—Es algo distinto. No me iré. No te abandonaré jamás.
Dejó de peinarse. Vino a sentarse a los pies de la cama,
distante.

—Es igual. Ese espacio será un espacio insertado en el
nuestro. Estarás allá, más cerca de ellos.
No había pasión alguna en sus palabras, más bien ese
tono de los contestadores automáticos. Y esa frialdad me
hizo palidecer, transmitía una seguridad o una resignación
que parecían estar por encima de todo. No me dejó
explicarle, justificarme. Fue hasta la cómoda, guardó la
peineta y se marchó. Aunque quizás marcharse, tratándose
sólo de una alucinación o de la presencia de Leonor, no
sea la palabra correcta.
La señorita Mary vino a las siete para su sesión de entrena-
miento en el arreglo de las habitaciones y le dije que se
fuera. Sentí miedo de que pudiera ocurrir un incidente
entre ella y Leonor si entraba a esa hora a mi cuarto.
No le conté tampoco a José Alberto ni a Leandro de esa
conversación. Pero cuando dos días después me llamó
Leandro sentí como si alguien se alojara en mi garganta,
dominara mis cuerdas vocales, me dictara palabras que yo
era incapaz de corregir o contener.
—¿Cómo crees que lo recibiría tu madre si viviese?
Leandro se extrañó un poco porque mi pregunta había
surgido en un momento de la conversación en que
hablábamos de otros temas, sobre cómo emplearía los
domingos (si viendo películas de video o pescando, me
enviarían dinero para comprar un bote pequeño, con un
motor General Motors fuera de borda), pero no le dio
mucha importancia. “Mamá, lo que no quería era abando-
nar el país. En eso tú le sigues siendo fiel, ¿no?”
Sentí alivio al escucharlo. Era lo que quería oír, una expli-
cación de aquel paso mío no como lo que era, una huida,
sino como un acto coherente con todos nuestros años
juntos, una solución definitiva a mi lacerante trauma de
identidad que ella, por supuesto (se lo diría si volvía a

entrar al cuarto), no se veía obligada a soportar.
Cuando la vi esa noche, sentada en la cómoda, tomé yo la
iniciativa.
—¿Acaso conoces lo que sucede fuera de estas paredes?
¿Has caminado, has visto?
Me dijo que sí, que lo sabía todo. Pero entendí lo que
significaba ese sí parcializado, de unos ojos, unos oídos,
entregados militantes a una causa, cumplidores de esa ley
de oro de la guerra de que solo deben apreciarse las
virtudes de nuestras tropas y las flaquezas del enemigo.
Ley de la era de las tribus, superviviente, comprobada
cien, miles de veces por los propios vencedores.
Intenté persuadirla, contarle anécdotas que quizás desco-
nocía. Lo ocurrido en el Foto-service una vez que estuve allí,
pretendiendo una foto con moneda nacional, describirle
cómo se veía la ciudad a través de aquellos cristales
oscuros de El Flamingo. Pero no quería razonar nada, ni
aceptar lo que ocurría, ni comprender que era preferible
asumir un cambio que actuar como había actuado hasta
ahora, a medio camino entre un ser y otro, traidor de
ambos a la larga. Para mí, le dije, sería un día desgarrador
aquel nueve de noviembre, sí, pero qué culpa tenía yo de
que el país hubiese caído, obligado por las circunstancias,
está bien, en ese absurdo de pertenecer a dos mundos
simultáneos.
Cortó mi perorata.
—Vaya, así que con criada y chofer. Quién lo hubiera
creído —lo dijo con ironía muy proletaria, herida, y me
dio la espalda. Vi entonces que iba vestida de miliciana,
pantalón verde olivo, camisa de mezclilla. Llevaba segura-
mente sobre el lado izquierdo del pecho algunas de sus
más relevantes medallas. Cruzó la puerta cerrada con su
andar de treinta años, mixto, de maestra, de cuadro de la

Federación, de jefe de pelotón del batallón femenino de
las MTT. Luego la escuché al otro lado, dando órdenes,
recibiendo el parte de sus jefes de escuadra, alineando sus
subordinados, marchando.
Estuvo haciéndolo toda la noche, arrítmica pero firme.
Sus botas nuevas golpeaban el piso con un ímpetu de pase
de revista, de esos bloques que desfilan ceremoniosos en
la plaza. Temí que despertara a los vecinos pero no vi
encenderse ninguna luz y ya cerca de las cinco logré
dormirme.
Tuve una explicación para la indiferencia de los vecinos
sólo la noche siguiente. Empezó a marchar temprano,
sobre las diez. No cruzamos palabras. A las once vino
Peter a traerme unos cigarros que le había encargado y
ella no dejó de hacerlo ni ante la presencia de él. Aquel un
dos, un dos, que resonaba como el paso de un regimiento.
—¿Escuchas algo raro, Peter?
La celeridad es una virtud que siempre se aprecia en un
candidato a chofer, todo candidato sabe que se le evalúa
la agilidad mental y apenas gasta un segundo en orientarse,
prefiere una respuesta incorrecta a una respuesta tardía.
—El viento está moviendo unos gajos de aguacate.
Mañana voy a podar esa mata sin falta. Estamos ya en
temporada ciclónica.
Le di las gracias a Peter. Y traté de dormir. Tenía la
esperanza de que Leonor no estuviese movilizada por más
de ocho o diez días, al menos era así en los años ochenta,
según yo recordaba. Años nuevamente milicianos debido
a la promesa de nuestro definitivo castigo. Aunque octu-
bre, por una razón histórica, por lo de la crisis de los
misiles, Barbados (un crimen horrendo) y otras fechas, era
un mes de mucha actividad y tal vez no sólo se reduciría a
aquellas sesiones pacíficas de entrenamiento de infantería

femenina en campaña.
15
Fueron muchos, demasiados tal vez, los reajustes sucesi-
vos del plan. No tenía ninguna experiencia a mano.
Cuando otros hablaban de cruce se referían a las fronteras
visibles. Retiré de él la visita al cementerio, no tendría
sentido ir allí a tocar por última vez, con dedos
enfebrecidos, la tapa del nicho con los restos de Leonor.
Sin embargo no todo fue quitar. El adiós, muy lleno de
simbolismo, a mi amigo Peñas, fue una de las cosas que le
incorporé con la aprobación dilatada de Leandro. Lo
sumé al proyecto oficial de la despedida en el río.
Recogería a Peñas con un pretexto cualquiera y él me
acompañaría sin preguntar mucho, como un amigo de
verdad, alguien que conoce el valor de la discreción.
Cuando Peñas, sumido en esa realidad tortuosa que le
imponía la enfermedad de Michel, descubriera el descam-
pado, la jau-la con el tocororo, la botella de aguardiente,
los tamales, ya sería demasiado tarde para volver atrás. Yo
respondería entonces a su extrañeza, diciéndole que lo
consideraba mi mejor amigo, que preparaba un viaje y
quería despedirme de él. “¿Alguna misión secreta en el
extranjero,
alguna guerrilla?” “No, vivimos en el XXI, Peñas. Ya las
guerrillas...” “Bueno, entonces te infiltras en alguno de esos
partidos de la oposición.” Miraría con asombro mi gesto.
“¿Solo?” Eso sí lo preguntaría, pero no por curiosidad,
sino para ofrecerme seguidamente dos o tres buenos
consejos de correligionario.
Le serviría un trago. Lo aceptaría, pero al ver a Peter
alejado, atento a mis señas, empezaría a descubrir por sí
solo la verdad. “Emigras, es eso lo que vas a hacer, coño.
Los muchachos te han derrotado, cojones.” Yo lo miraría

abochornado, no sé por qué. Sentiría deseos de confiarle
“me podrías ver en El Flamingo”. Ahí Peñas respiraría
profundo, como abandonando las aguas que lo asfixiaban,
y se me abalanzaría: “Sabes que aunque yo esté al lado de
acá sigo siendo tu amigo, que en cualquier caso...”. Peñas,
con esa frase, me sustentaría, pondría sus hombros junto a
los de la dietista pelirroja (ya les hablaré de la dietista
pelirroja). Y desde ellos, más alto, yo vería la línea diviso-
ria tan nítida como un trazo de luz en las sombras. “Vi a
los albañiles. Los vi. Pero no me equivoqué, siempre
supuse que sí, que te despedirías de mí.”
Lo que Peñas no sabría sería que mientras estuviésemos
cantando a dúo Son de la loma (Peter manipularía la graba-
dora portátil o nos acompañaría con la guitarra en ritmo
de guateque), poniéndonos aquellos sombreros de yarey
para las fotos, estaría muriendo mi último día nacional a
una velocidad irreversible, faltarían escasas diez horas para
mi salto hacia el otro lado, mi emigración hacia aquella
zona más allá de la línea divisoria, desafiante y maldita.
El lunes vino la señorita Mary con la buena noticia de que
había conseguido quién le cuidara al menor de sus hijos.
Podría entonces estar casi todo el día en la casa, velando
porque cada cosa se realizara a su tiempo, una de las
funciones que le había explicado. Le di el horario de la
casa (una variante ideada por José Alberto y consultada
con Lori) y lo estudió toda esa mañana. Me ayudó en el
almuerzo y vi sus notables progresos. No tanto en la
elaboración de los platos como en el manejo de la vajilla,
el servicio en la mesa. La halagó mucho que le dijera que
mis hijos estaban al tanto de sus éxitos.
Ya la brigada había terminado los dos cuartos del ala
derecha. En uno de ellos, conectado a la terraza de la
primera planta, tendría la señorita Mary lo necesario para

el lavado y el planchado de la ropa. Lo ideal sería que se
deshiciera de su casa y viniese finalmente a vivir a la mía,
ocupara uno de los cuartos. Estaría también a este lado. A
sus hijos les encantaría la posibilidad de la piscina, darle de
comer a los canarios y cotorras que pensaba criar algún
día. Ellos, con su algarabía y sus cantos, sustituirían a esos
nietos que nunca vería crecer, como me ocurría con
Winona. Solo fotos, anécdotas de sus padres...
Por la tarde hizo la señorita Mary un poco de entrena-
miento en la lavadora. No me mintió, ella no intentaría
ocultarme lo evidente. Nunca había tenido en sus manos
un equipo así, con tantos botones, termostatos, regulado-
res. Y menos como éste que incluso secaba la ropa y le
despertaba esos deseos de trabajar.
Me reí. Fui y le traje dos o tres piezas que ya no utilizaba.
Una de ellas era un overol de mangas largas con las siglas
del Combinado bordadas sobre el bolsillo.
—Pueden romperse. No cree usted que...
Le dije que eran piezas que ya no usaba, que probara con
ellas sin temor. Aquello le dio gracia. Rió también, tratan-
do de cubrirse la boca, mantener la compostura. Y se
trazó ella misma la meta.
—Usted verá que no pierden ni un botón, usted verá.
16
Ni siquiera la idea más original, más abrupta, emerge de la
nada. ¿Fue Einstein (se le atribuye tanta frase sabia al
pobre alemán) quien dijo que él había visto más lejos
porque estaba de pie sobre los hombros de Newton?
Debo ser honesto. Sobre todo ahora que cualquiera idea
importante puede quedarse para siempre, perdida, al otro
lado, enredada entre sueños y recuerdos. Así estoy en estos
momentos yo, de pie sobre una dietista, cuando hablo del
cruce. La he recordado mientras calculaba la reac-

ción de Peñas. Una dietista de pelo rojo, cara de zanahoria
cruda, que puede considerarse con rigor coautora de mi
línea imaginaria. Fue gracias a ella que vi claramente, por
primera vez, esa línea, una línea roja en el cielo del amane-
cer, una franja de tiza en el asfalto, un trazo de chapapote
en una pared encalada. Entonces estábamos en 1992 ó
1993, no es imprescindible precisarlo, no hubo grandes
diferencias entre esos años (tal vez la única radicara en
nuestra experiencia para subsistir).
José Alberto protestaba en el baño porque se había
acabado el jabón, Leonor molía unas cáscaras de plátano
que convertiríamos en picadillo de alto valor de bananina,
y yo encendí el televisor, un hábito muy antiguo, para estar
al día, informarme, aprovechar el intermitente e incierto
fluido eléctrico. Salió esa tarde a mi encuentro ella, no el
locutor que siempre nos hablaba del desempleo en
Inglaterra, de la crisis cocalera colombiana, del SIDA en
África, y de nuestros éxitos.
No la había visto nunca, debía ser ése el día de su debut.
Supe enseguida que ella, aunque lo fingía, “este es un
programa pensado para nuestro país, su idiosincrasia”,
estaba también al otro lado de la línea divisoria. Bastó que
abriera la boca: “Hoy vamos a conversar sobre la impor-
tancia de una dieta balanceada”, para que Leonor (como
ama de casa que es también federada y miliciana y está
moliendo cáscaras para crear el picadillo con alto valor de
bananina) soltase la máquina de moler pedida a la vecina y
viniese a la sala.
La dietista de la cara de zanahoria cruda, cómodamente
sentada al otro lado, empezó a exponer sus ridículos
argumentos: “Dos productos que no pueden faltar en una
dieta balanceada son la leche y el huevo”. José Alberto
salió del baño, a medio asear, y preguntó sarcástico:

“¿Qué escuchas, viejo, Radio Netherland?” “No, es una
comemierda que está al otro lado del mundo”, dijo
Leonor, y vi que torcía los dedos y salían por entre ellos
los pedacitos de cristal de la pantalla ligados con los de
zanahoria. La soporté. Me negué a apagar el televisor,
cambiar para el pésimo programa infantil de otro canal.
Hice un esfuerzo y seguí mirando por encima de aquella
línea a la dietista pelirroja, imperturbable, llevando adelan-
te su papel. “Son esos los que hunden al país”, dijo
Leonor de vuelta a la cocina, combinando dialéctica su
disgusto con la fidelidad.
La seguí contemplando aquel día, luego de la exclamación
de Leonor. Pero fue de un modo distinto a como lo hice
en el día setenta y nueve, en una de mis visitas a El
Flamingo.
Además de merendar, hacer nuevas amistades, entrenaba a
Peter en esos viajes selectivos, didácticos, al otro lado. El
Flamingo no se abarrotaba, tenía ese aire tranquilo de los
bares parisinos, donde los escritores se sientan a una mesa,
piden media botella de Burdeos y escriben cuarenta
páginas, un poema que los hará inmortales, sin que nadie
les in-terrumpa espantándole las musas sentadas a su
alrededor. “Si ya terminó, deje libre el asiento, hay gente
afuera esperando, compañero.” “Vamos a hacer el cambio
de turno y no debe haber ningún cliente en el salón,
compañero.”
Ya yo terminaba cuando entró ella. Era conocida allí,
porque fueron enseguida a atenderla. Pidió casi un al-
muerzo. Me dio fuerzas, cierta osadía, el recuerdo de
aquel mediodía con Leonor y la bananina adobada con
ajo y cebolla friéndose en el sartén, engañándonos como a
unos niños golosos. Se sorprendió un poco al ver que
dejaba todo mi servicio para sentarme frente a ella.

—No sabía que dar consejos dietéticos por TV fuera una
profesión tan bien remunerada.
Se rió con desenfado, con esa seguridad con la que
algunas mujeres demuestran que lo del sexo débil es un
ardid, un anzuelo que hemos mordido tontamente. Se
echó un poco hacia delante, sin dejar de masticar. Tragó
con fineza aristocrática y sonrió haciendo una larga
hendidura curva en la zanahoria cruda.
—La lectura. Alquilo novelitas de Corín Tellado. Je, je. No
sé cómo lo explicarían los sociólogos. Parece que la mujer
nueva de este país es una tarea más difícil.
—Volvió a acomodarse en la silla de plástico, girando el
trasero a uno y otro lado como atornillándose—. Hay una
gran demanda de príncipes azules. Aprendemos a amarlos
desde niños, en los cuentos. ¿Cree que Cenicienta habría
hecho lo que hizo para ir a bailar con un pastor de cabras?
¿Por qué no pusieron a un molinero a despertar a la Bella
Durmiente? Je, je. Dígame.
Reí también, como pago a su franqueza, disimulando mi
estupor. Tampoco lo habría hecho la princesita por la
invitación de un operario del Combinado Lácteo. Vi en
sus ojos el discurso oculto. “Vamos, usted hará lo mismo
o algo parecido, a que no me confía cómo se las arregla,
cuál es su alquimia, ¿eh?”
Se levantó con desgano, como para un pesado viaje de
regreso, me dijo “Chao”, y escapó hacia la realidad a
través de las puertas acristaladas de El Flamingo.
Hacía un día soleado, de esos que uno celebraría si viviese
en Amsterdam o París. Cuando enfilamos por Libertad vi
a un grupo de muchachas saliendo de la Escuela de
Economía, muchachas ya en edad de soñar, de meter sus
piececitos en zapatillas de vidrio, y le hice la pregunta a
Peter.

—¿Has oído hablar de Corín Tellado recientemente?
No siempre la celeridad traiciona a Peter.
—No me diga nada —sonrió sumiso, atribulado—, mi
mujer se lee una de esas por día. Las alquilan. Ella no
cambiaría una por las obras completas de Onelio o de
Carpentier.
Dos cuadras después, Peter, como si considerase un deber
seguir profundizando en el asunto, sacó la mano
enguantada, giró mientras añadía:
—Si le interesan perdió una oportunidad. Mientras usted
estaba en El Flamingo entró una de esas que alquilan. He
estado en su casa. Tiene una gran colección, dice que es la
mejor de toda la ciudad.
Aguantamos en Candelaria, al ver a un policía. Estaban
izando el lumínico de una de las nuevas tiendas. El local
que ahora era movido al otro lado de la línea divisoria
había sido pizzería en mis años de alumno de secundaria,
yo lo sentía muy cercano a mi adolescencia. Entonces con
uno veinte (moneda nacional, por supuesto) almorzaba allí
una pizza de queso y me era suficiente (queso bueno, del
que necesitaba mi organismo, según la dietista pelirroja),
esperaba a Peñas, él siempre se demoraba más, y regresá-
bamos a la escuela para la sesión de la tarde. Peñas y yo
no faltábamos nunca a las sesiones de la tarde, ju-
gábamos voleibol, trabajábamos en los tornos de madera,
aprendíamos a usar la sierra eléctrica.
La gente miraba curiosa desde ambas aceras la operación
de la grúa. Un gerente (ya conozco a los gerentes a la
primera ojeada) aseguraba con su presencia, sin una sola
palabra, que la operación se llevase a cabo con la mesura,
la precisión que debe ser atributo de una empresa instala-
da al otro lado de la línea divisoria, despojada de la
improvisación, la negligencia, que algunos críticos tardíos

endilgan a nuestra cubanidad. Dimos marcha atrás, no
hubiera soportado unos minutos más, y doblamos por
Agüero.
Me sentía el pulso alterado, tomé una pastilla (en la
guantera Peter me colocaba siempre, desde el día sesenta
y tres, un termo con agua helada), cerré los ojos y conté
de dos en dos, así era más rápido, los días que faltaban
para el nueve de noviembre. Casi en voz alta, con una
marcada obsesión.

TRES

17
Ya debían, por mis cálculos, estar finalizando las manio-
bras y pronto volvería Leonor definitivamente a la casa.
La vi una noche saliendo del baño. Se secaba el pelo y
parecía haber olvidado por completo nuestra última
conversación.
—Voy al Cacahual. Es un acto importante. ¿Puedes
recoger a José Alberto en la escuela? Si no puedes, yo
hablo con Miriam.
Se trataba del día número sesenta y cinco, faltaba poco,
menos de un mes. Me paré en la puerta y le rogué que se
sentara. Le conté que Leandro y José Alberto habían
crecido, estaban bien, que no les había dicho nada de lo
nuestro, que debía entenderme. Yo no podría soportar
eternamente sus intentos de venganza.
—¿Venganza? —se molestó.
Le repetí la palabra. No se me ocurría otra. No me podía
explicar de otro modo todo lo que hacía. Giró y fue hasta
el espejo, se maquilló de prisa y tomó su cartera, un regalo
de nuestro último aniversario de bodas.
—No es nada de eso. Esta es también mi casa y no dejaré
que borres todo lo que hay dentro de ella metiendo aquí a
esa señorita... ¿Mary, no?... llenando las paredes de objetos
inútiles, de paisajes otoñales, sustituyendo nuestros mue-
bles por otros. Eso es todo. Si te vas, te irás solo y contra
mi voluntad.
Esperé hasta muy tarde a ver si la veía regresar, pero
pasada la una me quedé dormido. Me despertó la señorita
Mary. Según su calendario hoy debía evaluarle las habilida-
des en la atención a visitas. Un contenido difícil para ella
casi sin amigos, sus familiares en Guantánamo. A esa
temática había dedicado los últimos tres días. Por mí
habría prescindido de esa lección, pero era idea de Lori y

Lori era oficialmente mi asesora según Jose Alberto. A
ella, con su sentido del humor tan sajón, le parecía real-
mente muy divertido eso de prepararme como un
prófugo para cruzar alguna vez la línea divisoria.
No tenía yo la cabeza para esas tareas ahora. Le di un
aprobado formal a la señorita Mary y le pregunté cómo
estaban las cosas allá afuera. En esos días ya solo salía una
hora al exterior y en ese tiempo no veía mucho. La calle
con sus matarifes de puercos en la esquina, los bicitaxistas,
el cartel de la guardia en alto. El itinerario de mis movi-
mientos asimilaba pocos cambios. Peter me sacaba por
Torriente y en lugar de edificaciones nacionales, árboles
nacionales, mi vista iba saltando de un lumínico a otro, de
una valla celebratoria de nuestras playas y nuestro clima, a
otra. En algunas el texto en inglés resaltaba más que su
similar español. En ellas aprovechaba para practicarme en
el idioma. “There are ninety two days four your last national day,
daddy.” Así lo decía la postal y volvía a mi memoria como
una consigna. Ni en esos recorridos dejaba mis cuentos de
Poe (no sé si ya lo conté, los había comprado en una
librería en divisas, junto con la gorra con el rostro aniñado
de Demi Moore). No avanzaba mucho en ellos, no es lo
mismo ese inglés de “how are you?”,”where do you come from?”
que el inglés florido, original, preciso, de un escritor como
Poe.
Peter le había cambiado los cristales al automóvil. Eran
más oscuros que los de El Flamingo, y el mundo exterior
parecía filmado, una película, hasta los movimientos de la
gente figuraban tener un ritmo artificial. Me bajaba en La
Acacia (la patrocinaba una institución que debió ocuparse
más de esculturas, libros y violines), bebía una Tukola con
hielo, le dejaba veinte o treinta centavos de propina a la
dependienta y seguíamos hasta Ditu, un sitio nuevo, con

oferta de pollo frito al aire libre y cerveza de producción
nacional. Peter era tan buen alumno como la señorita
Mary, nunca olvidaba sus guantes blancos, su sonrisa
hospitalaria. Bajaba a abrirme la puerta y eso la gente lo
miraba con admiración, como si fuésemos dos italianos o
dos franceses. Los niños, que descollaban como políglo-
tas, de la misma edad que los luchadores de la Estación
Central, acosaban a Peter, desorientados en su nacionali-
dad, a veces ignorantes de los cambios del mundo. “¿Bi
gavaritie parusky?” Para estos casos Peter, yo se lo había
indicado, siempre llevaba caramelos de menta en los
bolsillos.
18
El mecanismo ideado por Peter (cada día sobresalía más,
ya no había duda de que lo aceptaría en mi último viaje,
que sería él quien me llevaría el día diez hasta El Flamingo),
tuvimos oportunidad de probarlo la noche del día setenta
y ocho. Estaba sentado en la terraza luego de la comida,
me disponía a tomar los cuentos de Poe, terminar la
página cuarta de su The black cat, cuando la luz pestañeó y
desa-pareció el pedazo de cielo iluminado que acababa de
contemplar por encima del muro. Escuché el murmullo
de derrota que recorría toda la cuadra, los tirones de las
puertas de la gente que salía a los portales a mitigar sus
tinieblas con la luz de la luna. Mi vista siguió más hacia
arriba, buscando la Vía Láctea, contando estrellas, y al
descender tropezó con el rostro siempre sonriente,
dispuesto, de la señorita Mary, encuadrado por el haz de
una vela roja, firmemente sujeta por el candelabro y sus
manos oficiosas.
Coloqué el libro sobre la repisa. Le pregunté qué había
sucedido y en lugar de decirme “un apagón, de los
tantos”, fiel a su disciplina en cuanto a cómo tratar los

asuntos que pertenecían al lado de acá de la línea divisoria,
me respondió: “Peter prueba la planta”. Sólo eso. No me
dijo que sería un apagón de seis horas, que comprendía
dos barrios de la ciudad, que sólo algunas familias que
poseían lámparas (las había visto en El Trópico, cómo no,
recargables, a un precio entre veinte y treinta dólares),
podrían continuar una vida más o menos normal, los más
saldrían a los portales o se acostarían a dormir abanicán-
dose con pencas.
Yo veía aún la TV nacional, treinta minutos, no más. Esta
misma tarde se habían manejado cifras sobre el precio del
crudo, sobre la extracción nacional y se había adelantado
“habrá afectaciones con el fluido...”. Eufemismo. Apa-
gones. Black-out. El gato negro de Poe recorriendo el aire,
los muros, buscando sardinas como buen gato literario
que no sabe nada de la vida. La noche cavernaria, absolu-
ta, salvaje, el cazador desfallecido por la intensa carrera
tras el mamut, y la oscuridad y el humo de la fogata,
tratando de dormir, de soñar con la protección de sus
dioses tutelares.
Metí los pies en mis sandalias de cuero. Tomé el candela-
bro. Debido a la oscuridad me fue imposible no rozar los
dedos fríos de la señorita Mary. Recorrí la casa, con esa
serenidad patriarcal de los condes ancianos, toda hidalguía
ante la muerte. No me detuvo la respiración asmá-tica de
Leonor agarrada a mi hombro, temerosa de la
oscuridad, como si ese no fuera ahora su reino. Al salir a
uno de los pasillos que conducía al cuarto de huéspedes
volvió la luz. Un regreso sin ese murmullo jubiloso de los
niños sobre todo. Bajé y escuché, como entre algodones,
el ronroneo de la planta eléctrica. Peter salía del cuarto,
limpiándose las manos.
—No noté el cambio. Has hecho un buen trabajo, Peter.

—La luz no vendrá hasta las once. Pero esta planta es
muy ahorrativa.
Había sido idea suya la adquisición. Una oferta exclusiva
de El Trópico. Fui con él. Lo vi manipular con pericia
relojes y conmutadores.
No sé por qué demoré tanto en hacerlo. Tal vez intuía que
significaba un paso decisivo sobre mi Golden Gate el
conocerle, rebasaría un límite tras el cual sería imposible el
retorno.
Solo en aquella tarde posterior al apagón derrotado por
Peter, ya transcurridos casi dos meses de visitar El Flamingo
(sus dependientas, Yipsy, Glenda, eran especialmente
corteses conmigo) vine a reparar en él. Hojeaba una
revista, las piernas cruzadas, sin ruborizarse por aquellas
pantorrillas canosas que el short dejaba totalmente, festiva-
mente al descubierto. No era la primera vez que lo veía,
podía asegurarlo. Era una de esas tareas que tenía pen-
diente de mi minucioso plan. Tarea número cuarenta y
dos: “preparar y desarrollar el relevo de las amistades”.
“Inciso a: conocer a otras personas que ya viven al otro
lado de la línea divisoria.”
Me senté a su mesa. Al notar mi presencia no levantó la
vista, solo movió más hacia él, muy educado, la taza vacía.
La revista era una Play Boy. Traté de traducir, enviciado
con The black cat. “Juega, muchacho.” Se rió cuando le
pregunté si era de deportes. La cerró.
—¿Te interesan las de deporte?
Le dije un sí general, sin precisar que fundamentalmente el
voley, que lo había jugado muchísimo en el Servicio Militar.
Recordaba siempre aquellos días de felicidad. Ganábamos
méritos para el Regimiento y el Regimiento aceptaba
agradecido, orgulloso de nuestros tro-feos, las fisuras que
hacíamos en el régimen campamental y el sargento Milla-

res, refunfuñón, sentía, impotente, que yo me escapaba de
su tutela fascista.
Su bolso, una constelación de zíppers, estaba en la otra
silla. Sacó de él una revista, me la tendió.
—Grandes Ligas. Béisbol de verdad, de profesionales —y
continuó leyendo.
Pedí dos cervezas, Cristal, mi preferida. Le puse una
delante, junto a la taza vacía. Me miró, con una sonrisa de
gratitud, tal vez de compasión por el modo en que había
gastado los sesenta centavos (dieciséis pesos al cambio
oficial, dos días de salario decoroso de la señorita Mary).
Tenía aún la revista en las manos y no sabía qué hacer con
ella. Me pasó unas páginas, familiar. Tradujo los dos
primeros párrafos de un artículo sobre un pitcher cubano
que ahora lanzaba para Los Orioles de Baltimore. “El
inglés hace falta, es el idioma del mundo.” No le dije que
sí, que yo lo sabía y ya había traducido la nota de Leandro
sobre la postal del Golden Gate, Tengo, y estaba finalizan-
do The black cat, solo que el lenguaje periodístico no es
igual, tiene sus propias dificultades.
Pidió dos cervezas. Me ignoró otros cuatro o cinco
minutos más. Miré a través de la pared de cristal. Peter
había comprado un pan con croqueta o con pasta en el
quiosco junto a la esquina, en moneda nacional, y estaba
sentado en el auto, con los pies hacia afuera. No sabía que
yo lo estaba mirando y parecía desalmidonado, uno de
esos espantapájaros que más que asustar a las aves des-
piertan su alada misericordia. Tiraba pedazos de pan hacia
la calle, en una misma postura, alzando una y otra vez el
mismo brazo casi mecánico, esforzándose por no levantar
los ojos.
19
Hice una excepción, a mediados de octubre, y entré solo a

La Venecia. Quise comprarle un regalo a la señorita Mary
por su cumpleaños, darle esa sorpresa, y vi que aún estaba
el caballo de mis discusiones con Peñas. Puedo confesarlo,
una de esas tantas cosas que yo no entendía entonces y me
perseguía como una obsesión era aquel maldito afiche del
caballo. Yo no tenía nada contra ellos, mi mamá aún vivía
en el campo, en los recuerdos de mi infancia rural había
un potrico siempre presto a emocionarme, pero aquel
“Wisconsin, the authentic” que me había retado y aún lo
hacía, desde su establo en La Venecia con sus ofertas
inalcanzables para mi salario, me desesperaba. Se lo
reproché a Peñas en una ocasión, no se necesitaba de un
congreso de economistas o buscarse la respuesta en las
páginas tan sabias de El Capital. Ya tenía bastante para
sufrir también con la desfachatez de aquel afiche. Lo
evitaba, ni una discreta ojeada, ni un deletreo de su “original
genuine wisconsin.” Entraba a La Venecia, ya completamente
allá (fue una de las primeras en moverse al otro lado,
mucho antes que El Flamingo), sin un solo mostrador
dedicado a la venta en moneda nacional, y asumía mi
propia terapia de resignación y consuelo. Resistía. No me
dejaba tentar por el brillo del celofán, de los esmaltes.
Compraba dólares, pasaba al departamento de peletería,
iba directo a su estante de rebajas, leía y releía los precios
en los modelos feos, anticuados, imitaciones de piel,
buscando una tachadura, una evaporación de algún dígito
que me transformara de comprador potencial en usuario.
Noté esta vez que el caballo me miraba del mismo modo,
imperturbable, con su ojo de perfil, como si nada hubiese
cambiado entre él y yo.
Le pedí a la dependienta que me escogiera ella misma el
regalo, sin importar el precio. Mientras lo envolvía me
incliné sobre el mostrador.

—¿Quiere ganarse treinta dólares?
Llevaba un pañuelo de seda alrededor del cuello y exceso
de creyón en los labios. Le asentaba la chaqueta azul
prusia. Simuló una mirada al salón, chequeando la cercanía
del gerente.
—Es aquel. Busque usted el pretexto, que está estrujado,
que asusta a las mujeres, que es más llamativo ese con el
cuerpo completo de Antonio Banderas, como está en El
Trópico.
Descubrí en su rostro la resolución. Me entretuve dando
vueltas a la caja del regalo con su gran lazo rojo.
—Se los puedo dar ahora. Confío en usted.
Peñas no quiso entender mi disgusto. Tenía una excepcio-
nal fuerza de voluntad, capaz de domar todos los caballos
extranjeros que entrasen a La Venecia y al país, solo así
había podido enfrentar esa crisis económica de nuestros
últimos años —había tocado a su puerta con un evidente
ensañamiento— la prolongada enfermedad de Michel.
—Te haría bien conocer mundo, hablar con esos médicos
que han estado en Haití, traumatizados, como si volvieran
del siglo VII o del infierno. Te haría bien. Te haría bien no
oírlos solo a ellos.
—Vamos, Peñas. No se trata de eso. —Yo no creía
entonces que le diría a José Alberto alguna vez esa fecha
del nueve de noviembre—. Me siento trasladado a Sicilia,
secuestrado, asaltado. ¿Será que lo compramos todo, el
arroz, el plátano, en Turquía o el Japón?
“¿Turquía? Es eso. No tienes información”, lo dijo
apesadumbrado, cansado, y seguidamente bajamos en
Concordia. Habían abierto una refresquera, una oferta
para combatir el calor, en moneda nacional, cuatro mesas
de cabillas corrugadas, una dependienta bizca y aburrida.
Nos sentamos y entonces me hizo escucharle. Una confe-

rencia muy seductora, técnica, panorámica, donde incluyó
fertilizantes y plagas, el manto freático, las restricciones
crediticias, las presiones del FMI.
Lo escuché del mejor modo, respetuoso, sin comparar, sin
pensar en el afiche, dispuesto a cooperar para convertir
aquella conversación en el levantón de ánimo que según
Peñas necesitaba.
Al día siguiente envié a la señorita Mary con el encargo de
comprarme unas pantuflas. Lori me había preguntado
por ellas en cuanto les conté del montaje de la estufa
eléctrica, con aquellos leños que imitaban el fuego.
—Le compré éstas. No había cola. La mayoría de la gente
no estaba para entrar sino para ver el afiche de ese artista
español, trigueño, con unos ojos... Yo también. Ji, ji. A mis
años... Pero una no es boba... ¿Qué actor? Ese, sí, el de El
zorro y otra pelicula... ya recuerdo... La casa de los espíritus...
creo que... ¿con Julia Robert, ¿no?...
20
“No ha sido tan fácil, no es como viajar a Italia o
Martinica, papá.” “Algunos amenazan, estigmatizan.
Llaman, en su desenfreno, comercio con el enemigo al
hecho de gastarse los setenta y cinco centavos de una
cerveza Cristal en una barra de la Isla.” Aquella llamada de
José Alberto, en el día setenta y tres, me provocó una
mezcla de alegría y temor.
Vendría solo, una visita breve, aprovechando que aún se
permitían, para mirar en el terreno cómo marchaba todo.
No me dijo lo que seguro quiso decirme: “Voy a com-
probar cómo inviertes nuestro dinero, dinero bueno,
verde como la esperanza, no cae de la azotea del Empire
State, nos lo sacamos del lomo, papá”. Habría sido algo
hiriente. Utilizó otros argumentos más cercanos al amor
filial. Me comprendían, sabían que me estaba enfrentando

sin experiencia a algo tan serio como pasar la línea diviso-
ria, asumir una nueva realidad, una realidad superior, que
exige el esfuerzo de la autotransformación. Su visita me
daría ánimos, serviría para que confirmara, viéndolo,
abrazándolo, que la salud de sus fotos, la hemoglobina de
sus cachetes, no era el maquillaje teatral de un fracasado
que ahora, dado el paso, declarado en alguna emisora
cinco o seis acusaciones contra la Isla, no tenía valor para
contar la verdad.
Lo recogí directamente en el aeropuerto. Peter se esmeró,
como si se tratase no de mi hijo menor, sino de un
embajador italiano o un descendiente del rey de Rumania
(se estaba poniendo de moda en Europa la resurrección
de los reyes). A José Alberto le dio mucha gracia la gorra
de Peter, no exactamente la apropiada, pero sí una pieza
que le daba distinción. Estaría solo tres días conmigo,
viajaría también a casa de su tía Josefa, en Holguín, a casa
de su abuela.
Conversamos mucho en el trayecto, respondí a todas sus
preguntas. La señorita Mary dio continuidad a la buena
impresión causada por Peter, nos recibió en el patio, con
una mesa plástica veraniega y una sombrilla de ocho
colores, todo iniciativa de ella, y una merienda a base de
jugos naturales de guanábana y piña y rodajas de frutas en
forma de estrellas, caballitos y lunas. Estrenó ese día un
delantal de bolitas azules y una cofia de satín. De fondo,
para abrir, You are my destiny de Paul Anka y como cierre el
Unforgetable de Nat King Cole. José Alberto super-visó,
muy celoso, el trabajo de la brigada de albañiles.
—Se ve que son gente profesional, calificada, no esos
pega bloques que están a patadas en este país.
Todo le pareció bien, excepto los muebles. No entendió
que a esas alturas, a doce días, yo aún no hubiese renova-
do los muebles. Le di respuestas evasivas, pero él descu-
brió la verdadera razón.
—Lo haces porque te recuerdan a mamá.
Callé, aceptando. Pensé que eso lo contendría, pero fue lo
contrario, comprendí que había pasado un tiempo signifi-
cativo desde aquella travesía irresponsable, aventurera, de
la que sólo un año después Leonor había conocido los
detalles, las peripecias (pérdida de la brújula, rotura del
motor, caída al agua de uno de los dieciséis tripulantes,
cosas de la mala suerte, nada menos que el patrón y
timonel, “el único de nosotros con experiencia marinera”).
—Qué pensaría Lori cuando le enviases alguna foto, qué
creería de ti.
No quiso siquiera confiarme esa tarea, sospechó que yo
no me atrevería. No retornaría a Oklahoma con la incerti-
dumbre. El día diez Peter rodaría el primer video, al que
llamaríamos “Cruzamos la frontera interior” y tomaría
escenas en la sala como en otros lugares de la casa. Lori, él
la conocía bien, movería la cabeza, incisiva, mordaz, ante
esos trastos de vinil y pajilla.
—Tu padre ha gastado nuestro dinero en pollos fritos y
cervezas, en flirtear con italianas, ¿no?
21
Ni un motivo tan sentimental como el de recordarle a su
madre, le hizo cambiar de idea. La casa no podía ser un
museo, un capricho, una fea postal de aquel lado dejado
atrás.
—Salimos luego de almuerzo a buscar un juego de sala y
otro de comedor. No importa el precio. ¿Qué tienda
vende los mejores?
Pensé en El Trópico, tenía una sección dedicada a muebles.
Mandé llamar a Peter (escardaba en el jardín un cantero
de begonias) y fuimos hasta allá.

Entré detrás de él. Lo dejé hacer todo, me dediqué a
admirar la soltura con la que manejó la situación. Dialogó
con la dependienta. Fueron a buscar al subgerente. Nos
pidieron esperar. Me invitó a un café.
—He pedido lo mejor. Están revisando sus catálogos.
Lo mejor que tenían no estaba en El Trópico, sino en La
Cruz Verde, una tienda especializada que habían abierto
en Candelaria. Recordé a la pizzería de mis años de
“secondary school”, el cartel, el gerente, Peñas. “Sí, sé
dónde es.”
Fue el mismo procedimiento. Pero allí palpó cada pieza,
se sentó en ella. Me pidió que las probara también.
Actuaba con esa asentada habilidad de alguien que no
incursiona como un amateur en la zona del lado de allá de
la línea divisoria. Las dependientas sabían olfatear esos
casos, adivinar que no trataban con uno de esos que están
protagonizando el acto excepcional de su vida, como
casarse o morir. Dejaron a otros clientes para venir a
atendernos.
Preparamos todos los papeles. Incluyendo el servicio de
traslado. No esperamos vuelto.
—Se quedó contenta, le dejé unos seis dólares.
Cuando subimos al auto no pude menos que sentir
orgullo por él.
—Ahora debe entregar una parte de esa propina. Pero de
todas formas le quedará algo.
La renovación de los muebles fue algo muy deprimente.
Como si se repitiera la escena del velorio, ese momento
en que sacábamos el ataúd con el cuerpo de Leonor
vestido con la camisa azul de mezclilla y las charreteras
doradas, traídas por su jefa de batallón. Fue una suerte
que al llegar los muebles José Alberto estuviera para
Holguín. Puesta sobre aviso, Leonor nos esperaba sentada

en el sofá, el viejo sofá de vinil roto en algunas partes,
aquel sofá que ella había encargado personalmente a un
carpintero particular, sobre el que se había quedado
dormido José Alberto tantas veces viendo las aventuras
de las siete y treinta, las películas sabatinas, en nuestro
friendly y soviético Krim en blanco y negro, desde donde
Diago, Joel Hernández, me saludaban levantando el
trofeo, diciendo “estamos de regreso a la patria”.
No se movió de allí, como esas personas que hacen
huelga ante un desalojo. Peter y los dos contratados (de la
misma brigada de albañiles) para hacer el reemplazo, no
tuve manera de demorarlos, alzaron el sofá con ella
encima y lo llevaron hasta uno de los cuartos del patio
convertido en cuarto de desahogo. Seguí toda la opera-
ción muy nervioso, caminando tras ellos. Hubo un mo-
mento en que por poco se me escapa un grito, pues
pasaron bajo una de las tendederas y creí que Leonor se
caería. El grito se me contuvo justo en el momento en
que el alambre franqueaba de lado a lado su cuerpo
etéreo.
Tal vez ella, lo supuse, me perdonaría todo menos
aquella humillación, aquel acto de destruir su refugio
espiritual. No entendería jamás la verdad, que aquellos
muebles nuevos, de metal, con acolchados cojines forra-
dos en piel, con varias mesitas y repisas de cristal, eran los
que estaban a tono con los días que vendrían luego del
nueve de noviembre, en ellos transcurriría ese tiempo que
luego llamaría mi pasado reciente.
José Alberto volvió por la casa antes de regresar a
Oklahoma.
—Todo va bien. Ahora solo requiere pintura la casa,
papá.
—Me encargaré, no te preocupes.

Vio a los albañiles trabajar. Les regaló unos dólares, unas
revistas de fisiculturismo con unas mujeres desnudas
posando junto a las efigies de Lenin y Krushov. Ellos nos
confirmaron optimistas (quién no es optimista en esas
circunstancias con olor a soborno) que para el siete estaría
todo terminado. Quisieron entregarme un compromiso
firmado (un hábito nacional), se esforzaban, por la
mañana laboraban en una entidad de la construcción.
Realmente lo que más los agotaba era el madrugar, estar
en sus puestos a las siete, la hora del matutino, simular el
hormigueo productivo dentro del edificio de doce plantas
que habían comenzado hacía años, probablemente en el
siglo anterior, a la espera de venir hacia acá.
22
No les dije más a José Alberto ni a Leandro sobre Leo-
nor. Pasaba larguísimas horas sentada en el viejo sofá,
acurrucada a veces en ese mismo lugar que debía conser-
var el olor de sus orines de niños apolíticos, inocentes, la
hendidura de cuando José Alberto se ponía de pie para
saltar y arrojarse a sus brazos, ajeno a la pequeña pantalla,
a los títeres de sus programas infantiles, a la sesión inaugu-
ral de algún congreso, a la despedida a algún visitante
amigo, que podía ser un africano, un checo, un polaco.
No le recordé a José Alberto aquellas noches viendo
películas, la pelota, el voleibol, él dormido con la cabeza
apoyada en el brazo del mueble. Por mucho esfuerzo que
hiciera no lo recordaría. José Alberto, a su modo, un
modo más radical, más traumático, vivía hacía años
también al otro lado de la línea divisoria.
El mes cerró con una típica semana de octubre. Llovió
casi todos los días, hizo mucho calor y el clima de El
Flamingo era entonces envidiable, mejor que una playa
nacional, que una de esas piscinas colectivas, como la del

Círculo Social (habíamos ido en una de aquellas activida-
des recreativas organizadas por el Combinado), de agua
revuelta, mezcla de sudores y suciedad.
—Mira, ese que está allí es otro de esos que solo pueden
estar unos minutos al lado de acá de la frontera
—Gerardo me indicó con un gesto de la barbilla hacia
dón-de mirar. El Flamingo estaba bastante lleno. Había
subido la temperatura, funcionaba al máximo el acondi-
cionador de aire, y casi todos bebíamos cerveza. Se rió
bajito, casi en mi oído.
—Un pobre diablo. Cruza la frontera gracias a la barbe-
ría. Pelados exóticos, de cinco pesos. Tiene su clientela
selecta. Los muchachos le llenan la casa a las cinco de la
tarde. Aún así no tiene más que unas horas al mes a
nuestro lado. El resto del tiempo está allá, con esos...
Al decir “esos” Gerardo había vuelto la cabeza hacia la
pared de cristal que nos separaba de la calle Concordia.
No repetí ese gesto porque ya me sabía demasiado bien,
dolorosamente bien, cuánto contraste encerraba esa vista.
La pared de cristales de El Flamingo fungía como una
nítida frontera temporal. Mirar lo que ocurría al otro lado
de la pared de cristales era una tortura, algo que no se
podía soportar más de unos minutos: pasos apresurados,
sin volver la cabeza, de aquellos que pasaban como por
una zona prohibida, peripecias de otros que simulaban
estar allí como por casualidad y se dedicaban a buscar la
oportunidad para ofrecerse como guías, ofertar tabaco a
los turistas, trasladar en sus bicitaxis (era un acto ilegal que
les podía costar la confiscación de sus vehículos de
tracción humana) a los obesos, los cansados, los viejos, los
que salían de El Flamingo como deslumbrados y el golpe
con el clima abandonado momentáneamente, con el aire
calamitoso, los volvía agónicos, como si solo les quedara

huir a sus casas a encerrarse, a preservar en la memoria
durante unos días la imagen de su escapada, de su excur-
sión breve y clandestina.
Me di cuenta que Gerardo esperaba que añadiese algo a
su desprecio hacia aquellos voluntariosos que por apenas
unos minutos de escape sacrificaban sus noches y sus
domingos en actos económicamente ventajosos. Pero era
algo todavía muy cercano a mí como para adoptar esa
actitud. Los trenes en la madrugada, las manos en las
ventanillas, la enana Tita, el picadillo de bananina.
Bajo ese influjo, como si hubiéramos olvidado por
completo la realidad en que vivíamos, yo la había invitado.
“Vamos a tomarnos unas cervezas.” “¿Estás loco?” Mis
ingresos habían mejorado, vendía leche por las casas.
“Una vez, quién sabe si mañana a éste se le mueren las
vacas, le prohíben vender la leche, me arrolla un carro,
Leonor.” Ese día conocimos El Flamingo, lo que sería él,
todavía tenía un nombre de este lado. Fue un momento
tremendo para los dos. Leonor se sintió peor, lo sé, como
si traicionara a todas sus compañeras de las guardias, las
campañas, las recogidas de café, a su propia familia. No
he olvidado nunca ese momento, lo recuerdo ahora que
Gerardo me pregunta si quiero otra cerveza, porque
Leonor se había quedado callada un rato y luego me había
dicho con la voz cortada:
—Me preocupa José Alberto. Un día lo va a hacer.
No había sido un acto de debilidad suyo, sino de honesti-
dad. Porque sentirse allí en El Flamingo, rodeada de tantas
cosas que nunca podríamos siquiera probar, le había
hecho ver el verdadero peligro, la tentación tan fuerte que
significaba ese mundo que se encontraba al otro lado de
la línea divisoria, de la nuestra y de aquella mayor, tene-
brosa, oscura, que un día José Alberto intentaría cruzar.

Me había llevado a la boca una lonja de jamón envuelta en
queso. Cheese. “The cat, the mouse, the milk, the cheese.” No
esperaba que Gerardo dijera eso que dijo.
—Cuántos locos por entrar, por saltar. Pero sólo a unos
pocos se nos ha dado ese privilegio.
Miré al fondo de El Flamingo. Algo me atraía la vista. Y vi
a Leonor sentada, con los codos sobre la mesa, vestida
como aquella única vez.
23
Taché los días ochenta y cuatro y ochenta y cinco del plan.
Hice un apretado y profesional resumen (para mi sorpresa
conservaba aún parte de aquella habilidad oficinesca de
cuando La Forestal, antesala de la Estación Central y el
Combinado). No debía engañarme, no todo marchaba
tan bien como el entrenamiento de la señorita Mary, que
abarcaba todo el capítulo VII. Los albañiles debían haber
terminado la tapia del fondo en el día sesenta y seis pero
problemas con el abastecimiento de la arena los había
atrasado. El jefe de ellos me prometió que en seis días
recuperarían el atraso y me pidió confiara en su palabra,
en su eficiencia.
—Los angulares y las planchas de cinco milímetros están
perdidos. Pero ya hemos hecho un contacto, gente
confiable, vinculada directamente al MICONS.
Le dije que sí, que estaba satisfecho con las restantes
obras: el pasillo, el patio, el mirador, la repisa, la terraza,
pero que todo atraso era un peligro. Para ellos la fecha
clave era el día ocho. Se incluía aquí hasta la pintura y el
sembrado de las áreas verdes. No quería que tomaran esas
malas lecciones que se quedarían al otro lado de la línea:
maratones nocturnos, movilización popular, hay que
recibir a toda costa la bandera emulativa, más que una
tarea económica es una tarea política, aquello que pasado

el momento solo arrancaba una autocrítica inútil “real-
mente hay que reconocer, muy dialécticamente, que hubo
chapucería, improvisación, que nos faltó...”. No, yo no les
pagaría un dólar de más. Exigiría calidad, escarbaría con
las uñas, observaría cómo quedaba todo luego de un día
de lluvia. Ellos lo sabían, eran una brigada verdaderamen-
te del otro lado de la línea, consciente de las reglas severas
de ese lado.
Elizardo, mi enlace en La Habana, llamó un viernes.
“Traigo algo de su hijo.” Había llegado el día antes y el
sábado iría a Pinar del Río y regresaría de allá el domingo.
Tenía veinticuatro horas para contactarle. Sucedió enton-
ces mi primera discusión con Peter, más que discusión
(discusión es algo bipartita, democrático), mi primer
regaño. El automóvil no estaría listo para un viaje tan
largo, podríamos quedarnos botados en la carretera.
La necesidad de viajar en algunas situaciones, de incur-
sionar a este lado de la línea divisoria, era algo que me
preocupaba. Temía que de ese modo nunca consumara
plenamente mi terapia. José Alberto me dio la razón
cuando le confié ese temor. Él sabía lo que era viajar,
moverte tocando situaciones, llegando a zonas de la
realidad que solo se develaban cuando pasabas a explo-
rarlas con tus viajes. La familia de Lori, azuzada por su
hermano Eduard JK (lo de JK era revelador de sus
desequilibrios), había dado pasos que habían concluido
con que José Alberto se quedara sin trabajo. Me lo había
contado dos meses después, cuando ya había conseguido
un puesto con Carlos Abreu, un viejo emigrado, de los
marielitos, del 80, un renegado por partida doble, prime-
ro activista probloqueo y luego simpatizante de la Anto-
nio Maceo, que se dedicaba a los mantenimientos de los
equipos de refrigeración. No le iba mal. Tenían una

camioneta y prestaban servicio a domicilio, seis u ocho
casas diarias. Les pagaban bien.
Peter encontró una solución.
—Hay un tren a las 10:27 pm. Amanecerá en La Habana.
Decirme tren y ver los vagones malolientes, oscuros,
arrastrándose por el patio de la estación, entrando en la
zona de operaciones de los vendedores, fue una misma
cosa. Me dieron deseos de pedirle las llaves, colocar una
“D” roja en su tarjeta (ese sistema de tarjetas, de evalua-
ciones, parecía más una esquizofrénica iniciativa de
Eduard JK que de Lori), pero Peter se adelantó.
—Asiento 32, coche refrigerado, con buffet. Seis horas de
viaje, señor.
Me relató su gestión en Ferrocarriles, no sabía de ese
servicio especial en dólares. No, no había tenido que
sobornar a nadie, había capacidades. Debía estar a las
diez. Sí, la misma estación, era ése el único inconveniente,
pero podría permanecer en el auto hasta que llegara el
tren. Sería un trayecto de unos veinte metros, una corta
carrera, como el que pasa un campo minado. Pasaría entre
la gente que se aglomeraría en la puerta del andén para
tratar de subir clandestinamente, que protestaría por no
entender cómo un tren llegaba allí sin capacidades, sin una
solución para los que esperaban desde hacía tres o cuatro
días, durmiendo sobre sus cajas y sus maletas. Un escaso
minuto de puente entre el automóvil y el coche que
representaba en el tren el mundo posterior a la línea
divisoria.
—Hay cortinas en las ventanillas —dijo Peter, como
redondeándome la aceptación—.Y de noche, aunque
quiera, no verá nada. De noche es lo mismo una mata de
caimitos que un manzano florecido.
Me puso de buen ánimo la solución de Peter. Era un

alivio saber que existía ese servicio como recurso extremo
para los que vivían o vivirían al otro lado de la línea
divisoria. Le pedí que buscara la guitarra, llamé a la
señorita Mary y solo bastó alzar un dedo. “Dedo índice
apuntando al techo: dos copas de brandy. Dedo anular
doblado: whisky escocés. Dedo meñique girando: tinto
Castillo del Morro.” Nunca oí a Peter tocar como esa
tarde La gloria eres tú, nunca tuve un ánimo tan bueno
cinco o seis horas antes de un viaje. Aún ignorando en qué
consistiría lo que debía recoger en Jovellar 303, si habría
dinero o no, si no sería una retirada de Leandro, arrepenti-
do de ese empeño tan costoso de trasladarme al otro
lado de la frontera. Sí, tenía razón Gerardo, por qué no
llamar a esa línea la frontera. “I am going through the border.”
“In that kind of border there aren’t patrols.”
Tengo que reconocerlo, he avanzado muchísimo tradu-
ciendo lenta, minuciosamente The black cat.

CUATRO

24
Estaba a la caza, en aquella zona disputada, bajo fuerte
control policial, y probablemente me vio dejarle sesenta
centavos de dólar a la cajera e intercambiar unas palabras
amables con ella. Luego de la lección de José Alberto yo
había empezado a ejecutar ese detalle de la propina.
“Házlo una vez y verás el coro de sonrisas que te espera
nada más cruzas la puerta envuelto en tu aureola de
ángel.” Fue esa acción, a lo que hay que sumar ciertos
rasgos míos de nueva adquisición, influencia de Gerardo,
que me hacían parecer al menos un español o un latino
bien plantado, no joven pero interesante.
Había entrado un frente frío, el primero de noviembre, y
sentí también la necesidad de compañía, aunque solo fuera
para conversar. Era algo que no estaba en mi voluntad
sino en mi cuerpo, un tipo de nostalgia sensitiva. La dejé
seguir el juego. Peter, que se percató enseguida, esa es otra
de sus virtudes, se mostró a gran altura, con preguntas
muy elementales lo mismo en francés que en italiano y
gestos que completaban su imagen de chofer amaestrado.
Indiqué a Peter, con una seña sutil que nos llevara a La
Acacia y que esperara afuera por Angélica y por mí. Se
llamaba así, una de esas paradojas de la antonimia. Miré su
rostro casi infantil y me dio lástima bajarla bruscamente
de esa nube a la que había subido por intuición, por
experiencia precoz, a riesgo, sin nada adelantado, sin saber
si yo era un vampiro o uno de esos depravados que
gustaba de filmar orgías caninas.
Pedí para ella un bistec uruguayo y una Cola. Yo no tenía
hambre. No podría prolongar infinitamente la situación.
A la tercera pregunta de “¿Madrid o Barcelona? ¿Turista o
empresario? Vamos, no os hagáis de rogar, tío”, así con
ese esfuerzo imitativo, de chica Almodóvar, con toda esa

conjugación de alumna aventajadísima, le dije la verdad.
—Mentira. Eso es mentira.
—Verdad, tontita.
Pensé explicarle pero creí que entendería solo a medias lo
de la línea divisoria, la confundiría con un trazo ordinario
sobre el asfalto, una línea de tiza para demarcar sus juegos
de niña depravada. Le vacié en el vaso lo que quedaba de
mi cerveza. Le puse en la boca una aceituna, como para
prohibirle decir algo más.
Escupió la aceituna, una aceituna hermosa, del tamaño de
una ciruela.
—Mentira. Mentira.
Dijo esto deslizándose por la pendiente de su tiempo
agotado y soltó para cerrar una lagrimita de jornada
perdida, de derrota. Le pareció la mejor variante. Si se
enojaba renunciaba a todo. En definitiva lo de la naciona-
lidad no era tan importante, solo una garantía de bienestar.
—Coño, si eres un loco, un simulador, debieras usar un
solapín, un brazalete. Una se lo cree...
Cambió su semblante con una madurez asombrosa. Hay
personas que ni a los setenta han alcanzado ese autodo-
minio que les permite sortear los imprevistos de la vida
con una gallardía de Quijote.
El sol del mediodía había calentado algo. Le pedí a Peter
que nos llevara hasta El Fortín, un sitio apartado, al final
de Luaces, en él había aprendido a nadar a los once años,
escapada tras escapada de la escuela secundaria. Las olas
trepaban alto por la arena y dejaban una franja de abun-
dante espuma.
La vi bañarse, primero normal, con las dos piezas de su
trusa satinada, luego a la europea, las tetas al aire, para
darles sol, dejarlas vivir, respirar el aire puro del mar.
Se secó dentro del auto. Peter había ido a buscar algo

para beber, un acto visiblemente de complicidad. Con la
falda de estampados felinos en las manos se dejó caer
hacia atrás. Miré solo a sus ojos, resistiendo caer por la
pendiente de su pecho hasta el infinito. Le cerré las pier-
nas. Hice un pase mágico por su cabeza y deposité sobre
su vientre terso, tembloroso, el billete de veinte dólares. Le
pregunté la edad.
—¿Vas a enviarme a una beca también?
—Nos vamos.
La dejamos a dos cuadras de El Flamingo. Intuí que Peter
me envidiaba por lo ocurrido, una suposición, un modo
de leer su seriedad cuando volvíamos a la casa. No había
visto antes en él nada que me hiciera creer eso.
—Mañana saldrás con la señorita Mary. A las siete.
Evité acercarme al cuarto de desahogo. Me encerré esa
noche, antes que Leonor subiera con el argumento de
alguna actividad social. No la veía a los pies de la cama
desde hacía una semana. No quería verla. Aún estaba
pendiente su reclamo por lo ocurrido con los muebles,
por las transformaciones materiales de la casa. Si me
preguntaba por Angélica (tal vez había estado junto a mí,
invisible, toda la tarde), la turbación me delataría y habría
sido ya demasiado para los dos.
25
Con una carcajada estrepitosa y cínica, recibió Gerardo lo
que llamó “tu versión increíble, puritana, de eunuco, de
sacerdote”. Estuve a punto de ofenderme, de decirle que
me arrepentía de habérselo confiado. Pero vio mi descon-
cierto, se dio cuenta que había sido algo así como una
prueba y trató de mostrarse compasivo.
—Mira, chico, la vida se te ha ido por delante. Si no
recuperas ese terreno antes del cruce...
Dirigió zalamero una mirada a Yipsi, la que siempre nos

atendía en El Flamingo, una morena espigada, exmaestra,
que nos trataba como si fuésemos sus alumnos de segun-
do grado, poniendo su pedagogía al servicio de la cliente-
la. Me alarmó que Gerardo hubiese sacado esas conclu-
siones, que aprovechando la proximidad me hubiera visto
tan hasta el fondo del alma.
—¿Qué pasará? ¿Me preguntas qué pasará si no cambias?
—sonrió irónico—. Serás un ser incapaz de beberte una
Fanta, una simple Coca Cola sin pensar en un niño
nigeriano. Le darás carne a tu perro de raza y en lugar de
disfrutar con su apetito irracional, con su musculatura de
campeón, te corroerán lágrimas silenciosas por los indios
bolivianos y su corta expectativa de vida, por esos que
abandonas al otro lado... Lo que se dice una calamidad.
La experiencia de Gerardo (un pionero, hacía unos días
habíamos celebrado su segundo año al otro lado de la
línea divisoria), merecía que lo escuchase. No había
reproche en él, en el fondo intentaba comprenderme.
—¿Sabes qué ha confirmado esto de Angélica?
—Que soy un marica.
Volvió a reír.
—No, que lo más atrasado de tu plan eres tú mismo.
No dejé que, entusiasmado, creyéndose infalible, me
culpara a mí o a Leonor, que intentara achacarle a sus
visitas, a sus reproches, cierto efecto a la larga sobre mí.
—Me he dado cuenta.
—¿Cuándo?
—Cuando observas a tu chofer allá afuera, rodeado de
esos muchachos pedigüeños.
Se quedó pensativo, como si no esperara otra réplica mía.
Se levantó. Me dijo que haría una llamada telefónica muy
breve. Pidió otras dos cervezas. Cuando regresó, ya Yipsi
nos había servido.

—No te creas el héroe. Hay gente que ha tomado un
camino peor y va por él enfrentando las adversidades, sin
retroceder.
—No será nunca una decisión tan trágica como la mía.
—Peor.
—¿Peor?
Terminó su cerveza. Se levantó. Me pidió que lo acompa-
ñara, quería que conociera a alguien. Él me llevaría luego a
la casa en su carro, podía pedirle a Peter que se marchara.
—Vamos, llamé a Estrada y nos está esperando.
26
No pregunté aquella vez casi nada, ni siquiera quién era ese
Estrada al que nunca antes Gerardo había mencionado y
ahora, inesperadamente, parecía ser alguien familiar.
Me dejé arrastrar a través de las calles del reparto
Buenavista. Empezaba a caer la noche y las casas a oscuras
—tocaba hoy la interrupción del servicio eléctrico en esa
zona, la señorita Mary estaba al tanto de la programa-
ción— podían desorientarnos. A Gerardo parecía no
preo-cuparle esto. Giraba, abandonaba una calle, adelanta-
ba a algún bicitaxi, todo con la pericia de quien se mueve
en terreno conocido.
En medio de aquel lago negro, como un oasis de civiliza-
ción, dimos con El Paraíso, uno de los últimos restaurantes
inaugurados. Recibía la electricidad de una línea especial y
eso lo convertía en noches así en blanco de la ira (ira
verbal, palabrista) de los que quedaban a su alrededor,
sepultados en las sombras.
Parqueamos en Reina y subimos a pie una cuadra hasta
Fraternidad. Una hilera de pequeños chalets. La casa, de
columnas dóricas, parecía prisionera tras sus propias rejas.
Los cuatro sillones del portal, modernos, playeros, eran
una señal, junto al enrejado cuidadoso, la iluminación de

su planta eléctrica, de que Estrada no era ninguno de esos
infelices sumidos en el círculo vicioso de la subsistencia,
consagrados de bolsillo completo a asegurar el acto vital
de la mesa, lo único que —oh condena de los seres
vivos— no podía jamás postergarse.
Tocamos el timbre y la puerta se abrió enseguida. Nos
esperaba. Alguien quitó el candado a la puerta de la reja y
nos pidió adelantarnos, tendiéndonos una mano familiar,
un gesto de humildad que me pareció excesivo, sobreac-
tuado.
Gerardo me presentó.
—No se fijen en la limpieza. Nuestra doméstica no pudo
venir hoy.
El pasillo lateral estaba flanqueado por macetas y jaulas de
canarios. Al final nos captó un espejo de marco de bronce
que pendía de la pared, entre dos lámparas de pie, un
modelo costoso, que conocía bien de El Trópico. José
Alberto, aquella vez, había estado a punto de adquirirlas
pero le habían parecido demasiado anticuadas, impropias
para el juego de sala que habíamos elegido para sustituir
aquellas butacas y sillones descoloridos, cuarteados, que
tanto quería Leonor.
La puerta estaba junto al espejo. Una vez que entramos a
la habitación la cerró a nuestras espaldas. No era la prime-
ra vez que Gerardo estaba allí, no le asombró lo que a mí
la atmósfera del cuarto, sus paredes tapizadas con diplo-
mas y recortes de periódicos, sus muebles escasos —un
buró, cuatro sillas de hierro y espaldales cuadrados, un
librero, una repisa con su radio VEF 206— la bandera
azul con letras amarillas que el enjambre de sellos y
distintivos no permitían leer. Se quedó parado junto a
Estrada, en un lugar donde no entorpecía.
Ambos callaban y me dejaban mirar. Era cuanto debía

hacer. Mirar, reconstruir, hacer uso de la dialéctica. Sobre
el librero, de tres pisos, unos seis o siete portarretratos
mostraban a Estrada con sombrero de trabajo, con espe-
juelos de protección, colocando algo en la cima de una
mon-
taña, arrodillado en un surco, besando a una vietnamita de
pañoleta anudada al cuello. Fotos similares a algunas de
Leonor, mías y de Peñas. En aquel silencio absoluto, todo
tenía un aire de objetos museables.
—¿Me darás la razón?
Estrada comprendió que la pregunta que me hacía
Gerardo era prematura y espinosa. Lo vi acomodarse en
una de las sillas, las manos como extendidas hacia mí,
propiciando el inicio de una explicación. Una explicación
con matices de confesión, que sí, se lo dije luego a
Gerardo, me había hecho sentir ridículo, abochornado de
mi pálida hazaña, dándome fuerzas también para el último
tramo que me separaba de aquella línea en el horizonte.
27
Intervino finalmente, como un moderador, para conectar-
nos, para evitar que nos dispersáramos en temas poco
útiles a su propósito. Lo hizo una vez que comprobó que
yo había captado la significación de lo encerrado entre
aquellas cuatro paredes que parecían parcelar también el
tiempo. Llamó al lugar “El cuarto rojo”, un nombre que
ya él y Estrada habían convenido. Dijo que sería impor-
tante para mí ver que no solo yo había pretendido cruzar.
El hecho de que mi vía aspirase a esa radicalidad no
menoscababa el de otros. Había gente que no podían o tal
vez no se atrevían a renunciar y asumían una vida multipli-
cada, polifónica, ordenada sobre las leyes del caos. ¿No
sería esa a la larga la mejor variante para mí, incapaz de
romper definitivamente con Leonor, de arrojar un puña-

do de centavos al aire y disfrutar el forcejeo de los mu-
chachos del otro lado de la línea, incapaz de aceptar a una
Angélica dispuesta a asumir su libidinoso papel en esa
obra de tantos personajes secundarios que se llama la
felicidad?
Estrada no era partidario de un plan como el mío. “Nada
justifica desertar.” Se sentó tras el buró. Tomó en sus
manos algunas carpetas. Moduló la voz, tono asambleísta,
el cruce, según él, te marcaba como persona, cerraba la
brecha para una escapatoria de emergencia, era un acto
que bien se podía calificar de traición. Ante la necesidad
de ilustrarnos esa tesis nos reveló cada uno de sus secretos.
—Se los digo a usted porque ha venido con Gerardo.
Cuido mi imagen. No somos seres, somos imágenes, y es
ella lo más importante.
Abrió una gaveta del buró y tomó un juego de ajedrez en
miniatura.
—¿Sabe jugarlo?
Le dije que sí, no tanto como el voleibol, pero algo...
—Es suficiente. Se podrá dar cuenta.
Había planteado una posición. Movió su caballo negro
con especial solemnidad. Ahora me tocaba a mí jugar.
Estuve unos minutos mirando el tablero, evadiendo el
clarísimo mate que me amenazaba.
Abrió los brazos.
—Zugzwang.
No lo entendí. Me lo repitió en voz alta, como una
conclusión de mi derrota.
—Es el gran aporte de los alemanes a este juego tan
parecido a la vida. Significa que has llegado a una posición
en que debes jugar, es tu turno, pero ninguna jugada es
buena. Solo te queda no hacer la peor y confiar tu futuro
a un error del contrario.

Considerada concluida la lección guardó el juego. Había-
mos terminado en “El cuarto rojo” también. Estrada
dejó sobre el buró, sobre las sillas, sobre el librero, su piel
de ciudadano integrado, y nos invitó a pasar al comedor.
Iba delante, guiándonos. No sé por qué al oír a Estrada
creía escuchar a aquel inquilino que había metido al viejo
bajo las tablas del cuarto y luego condenaba su corazón
acusador. Tal vez uno de mis errores era leer a Poe
mientras me iba pasando hacia el otro lado, un caso
cercano a aquel del señor Valdemar.
—Le dije a Gerardo que era un día especial para mí y que
los recibiría a condición de que me aceptasen esta modes-
ta invitación.
Comprendí que Gerardo lo había decidido todo a
nombre de los dos y solo sonreí como si hubiese estado
al tanto.
—Es el cumpleaños de mi hijo y nos reuniremos en
familia. Gerardo es como si fuera de la familia y ahora
usted...
Volví a sonreírle de nuevo en el pasillo. Una sonrisa
externa que me duró hasta que traspasamos el umbral del
comedor y tropecé, por entre los brazos del candelabro,
con los grandes ojos negros de Angélica.
28
Había caminado demasiado tiempo por el laberinto.
Consideré que ya debía estar amaneciendo. Sin embargo,
sabía que aún no había llegado al salón al que se me
enviaba por el portero, el salón A-18. Lo sabía desde el
principio.
Llegué a él agotado. Bebí el agua en el cuenco de mis
manos, apremiado por los auxiliares del Entrevistador.
Me senté y puse ambas manos mojadas sobre la mesa.
No preguntaron si intentaba cruzar la línea divisoria, si

estaba allí era porque cumplía ese requisito. Solo se trataba
de conocer mis aptitudes.
El Entrevistador ya tenía el expediente. Lo leía mientras
yo me sentaba de espaldas a la pared, a la vista del Entre-
vistador y sus dos testigos.
—Sólo reconocemos cuatro razones legales para cruzarla.
Fuera de ellas ningún caso merece nuestra legalización.
¿Usted ha declarado que se acoge al inciso “C”?
—El “C”.
El Entrevistador leyó en voz alta y nerviosa lo que se
consideraba el inciso “C”.
—Sí, recibo esos recursos.
—¿Tiene parientes en las fincas prósperas que bordean la
ciudad?
—No.
—¿Hermanos, primos, hijastros, laborando en Institucio-
nes de Remuneración Diferenciada?
—No.
—¿Ejerce algún oficio por cuenta propia?
—No.
—¿Cuántos días podría permanecer ininterrumpidamente
al otro lado?
—Los necesarios. Hasta tanto no me venza el deseo de
volver.
El Entrevistador pidió a los dos testigos que colocaran la
pantalla. No se dudaba de mí. Era una medida para evitar
fraudes, tenían experiencia, no eran unos novatos.
Escuché la voz todavía algo infantil de José Alberto, la
lectura de parte del expediente de Leandro, expresamente
la descripción de aquella tarde de deserción en Gánder. Se
les mantuvo en off mientras la cámara recogía la nuca de
Peter y la oscilación del timón. El anuncio lumínico de El
Flamingo vino a su encuentro. La cámara pasó a él y luego

penetró en El Flamingo. Gerardo conversaba con la dietista
de la cara de zanahoria cruda. El trío había entregado sus
guitarras a dos canadienses y seguían con palmadas los
giros indígenas de estos, las guitarras arriba como un
tomahawk, las guitarras abajo, remos de la canoa que
atravesaba el Hudson, las guitarras chocando en teatral
pelea por el coto de caza, alentadas por los gritos de los
coyotes.
Quise levantarme y salir. Todas las mesas estaban cubier-
tas. La sirvienta se volvía para aplaudir la danza preco-
lombina de Arthur y Rocky, los dos chicos buenos de
Toronto..
El Entrevistador me colocó sobre las palmas de las
manos una cuerda arrollada e indicó levantarme y conti-
nuar por el laberinto.
—La puerta A-27 —dijo.
Afuera del salón número 27 había congregadas unas
doscientas personas. Me imploraron que les arrojara la
cuerda. Sus gritos subieron al verme ascender y mirar
desde lo alto la multitud.
Me lo imploraron nuevamente. Vi la franja verde, una
franja de un metro de ancho. La multitud metía los brazos
en ella y trataba de avanzar asiéndose al aire coloreado y
transparente. Los de la primera fila eran ayudados por los
de atrás. No se trataba solamente de pasar, sino de poder
regresar una vez comprobada la resistencia de la franja
verde. Los atrapados pedían se les dejara volver. Gritaban
su arrepentimiento.
El Entrevistador estaba a mi lado.
—¿Te has reconocido en alguno de ellos?
Volví a mirar aunque estaba seguro que no me encontraba
allí. Mi mirada corrió sobre las cabezas, volvió al punto
de partida. Y de pronto me vi en la primera fila, los

brazos introducidos en la franja verde. Me restregué los
ojos. Encorvado, afincando los pies en la tierra, había
sentido que un poder indetenible subía por mis dedos. La
franja verde cedía. Era ahora un simple anillo de luz. Al
otro lado de ella estaba Leandro con Winona en brazos.
Carmen, caramba si es una descendiente de Moctezuma,
se cubría los hombros con un poncho. José Alberto
agitaba su gorra. Lori lo saludaba alegremente, hey, y
desaparecían todos en el laberinto. Estaba amaneciendo.
Había llegado al salón A-18. Bebía agua apremiado por
los auxiliares del Entrevistador. El Entrevistador, Mario
Estrada Abreu, por cuarta vez en la noche, me pedía
sentarme, poner las manos sobre la mesa...
29
No fue nunca después del día diez u once, hoy ya no
podría precisarlo. Pasé por el punto de control, mostré al
CVP mi jaba, un tanteo formal, buscando aparentemente
algo más allá del pomo plástico de dos litros envuelto en
la enguatada —uno para la casa, el otro para la vecina
del 63, diabética, su único hijo, soltero, gerente en un hotel
de los cayos, lo pagaba bien—, todo OK, hasta mañana,
buena guardia, verás que esta noche gana Granma con
Ciro Silvino, hermano. El jefe de Protección seguro nos
miraba desde su ventana. El negro Antúnez, siempre un
pañuelo rojo en las manos, salía también. Nos vimos
pedaleando, él en el puesto de Peñas.
—Ese muchacho de Peñas está mal, se le ahorca cualquier
día.
Si lo hubiera dicho otro no le habría dado importancia, lo
habría considerado una exageración. Pero Antúnez,
supersticioso, casi adivino, era una voz para temer. Había
que estar al tanto como yo de su obsesión con los juegos
de azar. “Diez ases consecutivos. Quien lo dude que se

arriesgue. Arriba.” En el receso del mediodía iba por los
puestos festejando o lamentando, casi siempre festejando,
el número que había salido el día anterior. Le dije:
—Ese muchacho ha acabado con Peñas.
—Pobre muchacho, mira, es que la juventud sufre más
que nosotros estas cosas.
No lo tomé por un acto de crueldad, tampoco por un
manifiesto sutil contra la realidad del país, quizás no sabía
que yo también tuve un hijo de esa edad, que José Alberto
no padecía el síndrome de Down, vivía entonces sus
diecisiete años, también gustaba de calzar zapatillas
Adidas, vestir pulóver con las imágenes de Mikel Jordan y
Madonna, llevarse a la cabeza gorras afelpadas.
Antúnez se movía como un equilibrista sobre la línea
divisoria, una de las tantas líneas divisorias. Era muy
amplia su fama en el Combinado, un dolor de cabeza
para los que debían hacer su caracterización política, darle
o quitarle confiabilidad. No era como yo, siquiera como
Peñas. Uno no sabía bien dónde ponerlo. Lo mismo
despotricaba contra los autos estatales vacíos, insensibles
(nuestros debido al consabido acertijo de la propiedad
social), que contra el bloqueo norteamericano. Venía, te
soltaba con mucho misterio, hay moros en la costa, un
chiste contrarre-volucionario, caliente, con gerentes,
peloteros y ministros, y seguidamente, sin transición,
pasaba a la página deportiva, se convertía en asta de la
enseña nacional. “Maikro le dio una paliza al gringuito ese
maricón, bebe leche, pa que nos respeten, cojones.”
—Sí, el muchacho de Peñas está mal.
Movió la cabeza, no la volvió, dejó de darle a los pedales.
—¿Viste a ese cojo en la esquina?
No había visto nada. Se rió. “Se ve que no estás en esto,
compadre.”

Me quedé en las mismas. Miré a la otra esquina, giré la
cabeza. Nada excepcional. Un vendedor de churros. Un
revendedor de periódicos. Un bicitaxi con una señora de
trescientas libras, tetas de elefanta india, el motor bípedo
bramando, echando fuego por los ojos.
—Es el tercero que veo en el día. Todos con muletas.
Está clarito, es la señal. Cojo con muleta, setenta y siete.
Un buen número, un número con ángel. Para jugársela
con medio salario. La falta que me hacen. Quiero com-
prarle unos zapatos a Mónica.
Peñas no vino a trabajar al siguiente día. Fui a su casa, un
largo y angosto cuarto sin repellar. Techo carcomido por
el verano lluvioso. Muebles escasos y desvencijados. Sacos
de cemento en un rincón, el fogón equilibrado
sobre ellos. Ya me marchaba cuando llegó Antúnez. Miró
a Peñas con picardía, dos palmadas, “Guapo, Peñas,
cojones”, y me pegó a la oreja derecha sus grandes
bembas de congo. “Mónica está de lo más contenta con
los zapatos.”
—Puse a hacer café —dijo Peñas reteniéndome, como si
adivinara que nos necesitaba mucho en ese momento.
Antúnez estaba en el portal de la funeraria. Me reconoció
detrás de mi actual estampa. Fui directo hasta él mientras
Peter aparcaba.
—Se le ahorcó, compadre.
No me atreví a entrar en ese momento. Estuve observán-
dolos desde una de las ventanas. Leyda parecía no tener
consuelo.
30
El Flamingo estaba casi vacío. Dos niñas jimaguas que
habían invitado a su abuela, del campo (se le veía en su
piel ultrajada por el sol, en su torpeza rural), a tomar
helados, le explicaban sobre los sabores, lo rico de co-
merlo con galleticas. Galleticas Pinocho, con sabor a vainilla,
abuela. Galleticas Conquistador, Las Menitos, dulces y con
miel, abuela. La vieja, como acorralada, parecía una de
esas personas a bordo de un avión, temerosa por la altura.
Para la abuela, era lo mismo esa altura de tomar helados
de chocolate y masticar confituras finas con sus escasos
dientes, era también un riesgoso ascenso y temía caer. Se le
veía el vértigo en la sonrisa nerviosa. Un vértigo mezclado
con placer, con la dicha de tener dos nietas al otro lado de
la línea divisoria y que esa tarde, con su insistencia, la
habían obligado a efectuar ese cruce, efímero, turístico.
Tuve tiempo de observarlas mientras Gerardo, que me
había recibido con un simple gesto de silencio, continuaba
aferrado al tablero, buscando una solución que parecía
imposible. Traté de ayudarle. Intuí una salida con su alfil
negro, pero no pasó de ser una ilusión.
Por toda respuesta inclinó su rey con un golpecito mortal
en la cabeza coronada del monarca y tomó la caja de
cigarros.
—Llevo días tratando de encontrarla. Pensé que aquí, en
otra atmósfera, la hallaría.
—Vi entre los diplomas de Estrada uno de experto
provincial y su foto en algunas simultáneas. No pierdas el
tiempo.
Puso los codos sobre la mesa. Encendió un cigarro con la
mirada fija en la llama.
—¿No has visto a Angélica?
Hice ademán de irme. Me sujetó por un brazo.
—Vamos, también necesitas el sentido del humor. No me
hagas caso.
Le dije que sí para evitar cualquier confrontación. Vio que
mi atención se concentraba involuntariamente en el
tablero. Sus casillas me parecieron ser las manzanas de la

ciudad. Líneas. Concordia, Libertad, Independencia. Solo
líneas, un tablero no eran verdaderamente sesenta y cuatro
casillas sino dieciocho líneas, un tejido de ellas, una tela de
araña que mantenía atrapadas a ambas huestes.
Las dos niñas cantaban algo a la abuela en inglés. Mencio-
naban a Santi Claus. Gerardo me hizo un guiño para que
me volviera con discreción y observara la escena.
Repitió la explicación de Estrada sobre el zugzwang. Como
si yo lo hubiera olvidado y necesitara de él para entender
su alegoría.
—¿Y qué se hace en ese caso?
No me dijo lo mismo que Estrada. “Realizar la jugada
ante la cual el adversario puede cometer más fácilmente
un error. Poner tu vida en manos del error de otro.” Me
invitó con un gesto a continuar mirando la escena de las
dos niñas y su abuela encantada.
—Sus padres volvieron ayer de una misión en África. Dos
heroicos años de ahorros. No podrán estar mucho
tiempo a este lado.
Olvidé a Gerardo y me dediqué a disfrutar la escena. Vi a
Winona. Lori le decía: “ven, besa a tu abuelito de Cuba”.
Winona se había subido a la mesa, apartando mis libros, a
Paul, al Rey King, y cantaba una canción de la cual solo
entendía las palabras “happy” y “apple”, nada más, maldito
The black cat, mi lento avance por sus páginas. Las dos
niñas y su abuela aplaudían. En otro lugar, por moneda
nacional, con una oferta calamitosa, habrían pedido a las
niñas hacer silencio, por favor, lo normado es que se
venga aquí solo a...
Gerardo ni siquiera notó cuando me escurrí de su lado.
31
Se quejó de que la muchacha del correo lo había mirado
con suspicacia, como si hubiera adivinado algo de nues-

tras intenciones. “¿Algo qué, Peter?” No me supo explicar.
En el fondo si yo fuera una de esas que apenas levanta la
cabeza ante la cola de usuarios, “un sello de quince, mija”,
“un sobre, de esos que sirven para escribir al extranjero”,
“para la chequera de la jubilación”, “no, esas postales son
en divisas, mi vieja”, y de pronto al alzar los ojos tropiezo
con unos guantes blancos, milagrosamente
desempercudidos en esta ciudad polvorienta, con la
corbata marrón de Peter, no digo yo si no envió a mis
ojos toda la suspicacia, el asombro, que me cabe en el
cuerpo. Debió haber sido por esto, le aseguré. Porque ella
no tenía ninguna manera de imaginar que en aquel sobre
grueso iban la carta de la semana para Leandro, encabeza-
da no por una fecha sino por “Día ochenta y uno”, y con
un anexo ininteligible para ella (su inglés será tan malísimo
como el de todos los que acaban llenando espacios en
blanco en unos textos que ignoran y recibiendo de sus
profesores un cien de fantasía), “When I see and touch myself,
I, John-without-Nothing, just yesterday, and today John with –All,
I touch and ask myself...”
Disfruté con cierta vanidad este éxito, lo hice con más
alegría que cuando marqué con un OK cinco o seis tareas
del acápite de las Inversiones, capítulo II (sabía tener
todos mis papeles en regla en La Forestal), cinco o seis ta-
reas todas a cargo de la brigada de albañiles, aun sabiendo
que mi acto de traducción no podía compararse con la
terminación de la terraza del ala izquierda, siquiera con el
remozamiento de la cocina, donde habíamos sustituido
todas las lozas por otras floreadas, expresamente indica-
das por Lori, y cambiado llaves, colgadores, adicionado
nuevos tomacorrientes para los equipos en los que la
señorita Mary se entrenaba. Hice un esfuerzo esa noche
por terminar con The black cat, era mi reto íntimo, pero

no pude, a las nueve escuché un sonido de fanfarrias
precisamente en la terraza del ala izquierda y luego la
marcha olímpica. Salí del cuarto armado con un machete
(me lo había aconsejado Peter, “nunca se levante a investi-
gar un ruido sin algo en las manos, crecen los robos en
casa habitada”) y tropecé con Leonor que avanzaba por el
pasillo con unas banderolas al hombro. Una Leonor
atareada, hiperquinética, como en sus tiempos materiales.
“Vístete, llegaremos tarde. Debes plantear lo que ocurre
con el agua y hacer una intervención contra esa Ley.” Me
ubiqué rápidamente en el tiempo, en la significación del
momento que vivía Leonor, algo muy importante como
para que ella hubiese interrumpido su reclusión en el sofá.
La terraza estaba engalanada. En un estrado al fon-
do se alistaban impecablemente las veinticinco voces del
aula 5-B constituida en coro, si hay un paradigma de la
democracia ese es el coro, José Alberto el tercero de
derecha a izquierda. Cantaron La Bayamesa y una canción
de la autoría de la profesora que conducía el coro. El
coro terminó y Leonor me hizo un guiño. Quise volver al
cuarto, apretar el timbre para que Peter subiera, llamar a
Leandro, decirle “tu madre se ha vuelto loca”, pero la
puerta había desaparecido, no había ninguna puerta que
condujera a la terraza y tenía delante de mí los micrófo-
nos, cuatro micrófonos que me cerraban el paso. Me llevé
una mano a la cara y entonces noté que tenía en ella una
hoja mecanografiada. “A continuación leeremos los cargos
y quemaremos al yanqui.” El monigote de saco y trapos
viejos, el cuerpo listado, la cara estrellada, se balanceaba en
el extremo de una cuerda. Sentí las manos de Leonor
presionando mi espalda. Desdoblé la hoja “Proyectiles a
las tropas españolas, La Fernandina, El Maine, una tran-
sacción comercial, humillante, en París el 10 de diciembre

de 1898, o la Enmienda o nos quedamos eternamente...”.
Era una página muy larga. Ya el muñeco ardía. Entendí
por qué me apremiaba Leonor, cuando leyese la última
línea el yanqui carbonizado debía estar cayendo, todo
ceniza, todo vísceras carbonizadas, sobre el piso de la
terraza. Sería ese el aviso para la entrada nuevamente del
coro. Y apresuré la lectura entre el humo que despedía el
monigote imperial, mientras las líneas, sus letras, empeza-
ban a reacomodarse... “and there, into the...”
Me levanté tarde, bien adelantada la mañana. La señorita
Mary estaba en la terraza, me recibió con una sonrisa,
parada exactamente en el mismo lugar donde se había
situado Leonor. Quité la vista de ella, la fijé en el hermoso
sol, de redondez perfecta, que se alzaba por encima de la
tapia, de los árboles, del tanque del Combinado Lácteo
con su consigna circular, desmesurada, para ser leída por
los pasajeros de Iberia, por encima del mar.
Desayuné solo huevos fritos, rociados con ketchup Doña
Tina ($1,80), dos palitroques Nery ($0,25) mojados en
mayonesa Findy ($1,45), un vaso de leche evaporada Río
Zaza ($1,35). Marqué un cinco en la tarjeta de Evaluación
de la señorita Mary, soporté su beso de gratitud (una
práctica que no podría precisar hoy cuándo comenzó) y le
pedí a Peter que me llevara a un paseo por la costa.
Necesitaba contemplar esa línea poética, intangible, que
separaba el mar del cielo, el infierno del paraíso, necesitaba
respirar.
32
El itinerario de esa tarde serviría para evaluar definitiva-
mente a Peter y eso significaba par de horas más, que
volveríamos de El Flamingo tarde, después de las seis.
Bajábamos por Luaces y, al entrar en el área de las tiendas,
reconocí a Peñas. Caminaba muy pegado al borde de la

acera, con una jaba azul bajo el brazo (lo del color de la
jaba lo intuí, pues el cristal convertía toda la realidad
exterior en un paisaje color ámbar). Peter se adelantó,
arrimó el vehículo y le abrió la puerta de ese lado.
No hizo resistencia, no preguntó nada. No miró hacia el
asiento trasero. Dijo “You are a good driver. Thank you”, y,
con la misma, arrimó la cabeza a la ventanilla para dormir.
Se sobresaltó al oír mi voz.
— ¿Cómo está Leyda, Peñas?
Dijo algo ininteligible. Algo que no debía tener ninguna
relación con mi pregunta.
—No nos escucha. Está al otro lado —murmuró Peter. Y
comprendí cuánto habíamos avanzado, la distancia que se
había colocado entre nosotros, cuán cerca estábamos ya
de aquel cruce inevitable.
A partir del día ochenta y tres se incrementó el control, el
de ellos y el mío. Seguía atentamente cada medida, ya
debía atender no solo a las medidas sino a los detalles. No
todo marchaba bien. En muchas de ellas ocurría como
con las noticias. Cada juego de noticiarios me llegaba
siempre con algún retraso, más del justificado. Dos debí ir
a buscarlos a La Habana, enviados no a través de
Elizardo sino de un tal Fontaine, a quien conocía de mis
años en La Forestal y ahora estaba en el servicio diplomá-
tico. Noticieros extensos, pormenorizados, de una gran
amplitud, pluralidad, obra de cadenas prestigiosas y
objetivas, exponentes de la prensa libre. Solo el inconve-
niente del tiempo, para el que no teníamos remedio. “El
mayor de los asesinos”, lo había oído años atrás a un
poeta oriental que visitó el Combinado durante una Feria
del Libro. Cuando escuchaba “se entrevistará el Premier
israelí con el Presidente norteamericano”, ya lo sabía
medio mundo, que el Premier israelí había sido muy bien

atendido en la oficina pentagonal, había sonreído al
Washington Post y estaba de vuelta y acababa de dar órde-
nes a las tropas de arremeter contra la INTIFADA y su
escalada de apedreadores y suicidas. Si veía a los revolto-
sos con sus pancartas, sus ponchos, sus banderas, opo-
niéndose a la globalización, gritando improperios bilin-
gües contra la OMC, ya de algunas pancartas solo
quedaban jirones dispersados por el agua, decenas de los
revoltosos habían dormido tras las rejas, y la OMC había
difundido su comunicado final prediciendo que serían
inevitables nuevas líneas divisorias.
Pero este desfase no era un gran inconveniente, es preferi-
ble enterarte tarde que enterarte a medias. Para los grandes
acontecimientos el tiempo no existe, el tiempo se detiene,
solo hay presente. Es todo el secreto del presente históri-
co de los gramáticos. Un presente creado por un ilusionis-
ta. “Llevan al rey de Francia al patíbulo y...” Llevan, como
si todavía, en ese momento, Luis XIII respirase, como si
no hubieran transcurrido más de doscientos años de ese
acto guillotinante, perfecto del verdugo.
33
Hay objetos así, que uno no puede abandonar jamás,
sobre todo previendo que a una determinada edad
anhelamos repasar días y sucesos de juventud, de adoles-
cencia, y la memoria requiere esos soportes materiales,
esos signos cargados de información. Preparé en el día
setenta y tres un álbum y una colección de ellos. Es muy
triste la soledad que provoca la ausencia de recuerdos. Esa
falta de previsión, lo sabía, había condenado al suicidio a
muchos exiliados y emigrantes, desabrigada sus almas.
El álbum estará en mi cuarto, la colección de objetos
también, ambos con un rótulo “Desde 1944 hasta la Línea
Divisoria” (no, nunca aceptaría el término “frontera”,

tenía una resonancia muy militar). Los pondría en una de
las repisas, un sitio visible, al que la señorita Mary prestaría
especial cuidado. Uno debe tener ante la memoria una
conducta respetuosa, ella ya no está a nuestro alcance. “El
tiempo es unidireccional e irreversible.” Lo decían los
manuales de filosofía marxista. No aceptaban que el
tiempo es también circular, se concentra en determinados
objetos, vive adherido a ellos como las plantas parásitas.
Serían aristas del pasado que se quedaba al otro lado de la
línea divisoria. Aprendería a tomarlos, releerlos, extraerles
toda la energía. Eso sí, nunca haría lo que Estrada. Desar-
mé mi expediente y tomé de él la foto, varias cartas y
diplomas de movilizado (Leonor se alegraría al verlos),
certificaciones de estudios, y los llevé a la colección.
Nada de cuarto rojo o azul. No tendrían allí jerarquía
alguna. Sería un todos contra todos, el método más justo,
lo mismo una foto de la boda con Leonor, que uno de
los juguetes de José Alberto, el trofeo de mejor
voleybolista en el Encuentro entre Unidades, un puñado
de arena traído de Bahía de Cochinos, el diploma de
Vanguardia recibido en La Forestal, la postal en colores
del Golden Gate, la bandera sujetada por Peñas, las
medallas de Leonor...
Últimamente ya no me hablaba de la realidad la señorita
Mary. Se limitaba a cumplir callada sus actividades de
superación. Era parte de nuestro riguroso pacto. Nada de
la tensa realidad nacional, de los altos precios de tomates,
pepinos y coles en el mercado, robos de bicicletas, reses
deshuesadas en los marabusales, sanción ejemplarizan-
te de un cuadro corrompido (ni siquiera el escándalo
ocurri-
do en La Forestal), actos de homenajes, desfiles multitu-
dinarios con pancartas y telas voceantes de consignas con

nuestro derecho a existir, visitas de delegaciones extranje-
ras, aniversarios heroicos, denuncias del supuesto cerco a
la Isla, victorias diplomáticas, elogios de la UNICEF.
Nada. Nada. Nada de su Guantánamo usurpado, de sus
hijos (el menor había encontrado un buen kinder).
La vi esa mañana muy nerviosa, no atinaba a resolver las
tareas de la última semana de entrenamiento, y cuando le
insistí en la causa de su estado, si era el niño, si estaba
enferma, tuvo un desliz y transgredió el pacto y me dijo
que se acercaba un ciclón, que el territorio estaba ya en
fase informativa (es la fase inicial, a la que puede seguir la
de alerta y luego la de alarma). El último juego de noticie-
ros que me había llegado, con reportajes sobre Iraq, la
lucha contra el terrorismo, la vida familiar de Harrison
Ford, no recogía nada de ningún ciclón que avanzara hacia
el noroeste, añadiendo un itinerario inédito a la historia
huracanada del Caribe.
Me lo dijo de tal manera, que descubrí que ella, una
mariana (“somos hijas de Mariana, de ahí nuestra fortale-
za”), le temía mucho a los ciclones, tanto como para
violar nuestro acuerdo, uno de sus deberes, algo por lo
que podía ser sancionada, lanzada a la calle. No era
infundado ese temor, su padre y uno de sus hermanos
habían muerto ahogados cuando el Flora. Lo recordaba
perfectamente, como ocurrido ayer y no en 1963. Los
vehículos anfibios, los helicópteros, la presencia del
Comandante. Eso dijo, algo irreflexiva, “ahí estaba como
siempre el Comandante”. Después se dio cuenta de la
gravísima violación, el Comandante era parte de la reali-
dad en plan de olvido. Se alteró, estuvo a punto de llorar.
Traté de calmarla, le dije que podía dejar las prácticas para
el día siguiente. Pero no quiso marcharse, se sentó y
acabamos hablando del ciclón que se acercaba. “Esta zona

donde están nuestras casas es baja, de seguir su rumbo tal
vez evacuarán porque el mar puede penetrar, alcanzar
hasta cuatro metros.” Según los meteorólogos (no se le
puede creer mucho a los meteorólogos, manejan la
probabilidad chapuceramente) de continuar esa velocidad
de traslación y no dar ningún giro inesperado, azotaría la
Isla entre el once y el doce de noviembre.
—El once. Un buen estreno, eh —sonreí mirando a la
señorita Mary. Ella me devolvió la sonrisa para no darle
importancia al asunto.
Entendió perfectamente a qué me refería. Ese día tendría-
mos solo veinticuatro horas de experiencia al otro lado de
la línea divisoria, “la frontera” como también la llamaba
Gerardo. Pero no seríamos unos iniciados, por suerte
habíamos sido previsores y asumido gradualmente el
cambio. Sobre todo ella. Poco le quedaba por aprender,
se las arreglaba con los camarones como si se tratasen de
ordinarias tilapias (un pez de agua dulce, se criaba en los
embalses), se movía entre los equipos de la cocina como
si nunca hubiera hecho otra cosa que enchufar y desenchu-
far aquellas máquinas, aún todas bajo garantías, expuestas
a su impericia.
Analizando la situación, su gravedad, creyendo a la señori-
ta Mary, localicé en un mapa el ojo del maldito meteoro y
comprendí que sí, que su casa, en el extremo de la pen-
diente, tendría una ventaja en comparación con la mía. Un
mar de dos metros apenas rozaría sus cimientos. “Si es
necesario viene para mi casa, no tenga pena.” No me
pareció imprescindible darle las gracias por el ofrecimien-
to y ella tampoco las esperó. Faltaban solo seis días para
el nueve de noviembre e interpretaba ya, exquisitamente,
sumisa, casi a la perfección, su papel.
34

Dos coches tirados por caballos blancos, briosos, con
capota de cuero y palmas y maracas por doquier. Se
habían arrimado a los árboles que rodeaban el obelisco.
Sus ocupantes, turistas mexicanos a juzgar por los som-
brerones, señalaban hacia la tribuna y fotografiaban la
aguja enhiesta de mármol rojo, sobre la que destellaban las
letras en acero níquel.
Los sucesos del team de infiltración constituían una página
importante también para los de allá, parte de una historia
común. Me había enterado antes, por uno de los noticie-
ros enviados por José Alberto. En un programa especial,
con motivo del treinta aniversario, habían entrevistado a
dos sobrevivientes y mostrado por primera vez croquis y
análisis de especialistas sobre las causas del fracaso. En los
croquis se reflejaba la ubicación exacta de ambas fuerzas,
los itinerarios y la probable ubicación del guía. Sobre ese
guía, agente o traidor, se descargaba aún hoy toda la
responsabilidad por lo ocurrido.
Los sindicatos habían movilizado a todo el personal de
los centros situados a la redonda, en desafío al ciclón, a la
probable lluvia, al sol excesivo de esa tarde. La aspiración
de quienes daban las indicaciones por los altoparlantes era
que cada bloque resistiera, mantuviera su composición
compacta, geométrica, y ocupara el área prevista de
antemano, en alto las banderas y los carteles, lo que
resultaba un propósito imposible. Mientras más subía el
sol más se desgajaban de los bloques los que buscaban la
sombra de los árboles.
Estaba allí, obviamente, por curiosidad, por echar una
mirada sobre aquella realidad desde esa posición distinta
que ya ha asumido alguien a quien solo separan unas
pocas horas del cruce. Leonor me había dicho que estaría,
que encabezaría el desfile de su bloque, pero lo creí poco

probable. Comprendí, al oír las consignas, aún antes de
comenzar el acto, que con la acción del team ocurría lo de
siempre: a los ojos de unos, un fracaso estruendoso, y a
los de otros, una relevante página de la historia victoriosa.
Tal vez jamás habría una versión única, verdaderamente
objetiva.
Yo tenía calada la gorra y había adoptado una pose
indiferente, de excursionista solitario, medio vagabundo,
medio a la deriva, ese turista que desdeña guías e itinera-
rios y sale a andar por las calles para conocer en el terreno
el curso de la vida real.
Miriam, la del censo de animales, me vio y me creyó
extraviado en la multitud, pero le expliqué que caminaba
por allí sin un propósito definido, solo para estirar las
piernas. No se había olvidado de sus pesquisas. “Quién lo
iba a decir, ya solo le faltan unos días. Mire qué cosa. No
haga como otros, no nos olvide, eh.”
Traté de cruzar la calle y ya en la esquina reconocí
el bloque donde venían las compañeras de trabajo de
Leonor. Un desfile real, de seres reales. Me alegré por
Leo-nor. Saludé a dos de ellas. Tal vez habían sido las
únicas dos que se habían atrevido a aceptar con su saludo
que me reconocían.
Se escucharon las notas del himno nacional. Ya no queda-
ba sitio vacío, la Plaza del Obelisco resultaba cada año
más pequeña, aunque habría que restar también cada año a
todos los que habiendo logrado cruzar la línea divisoria, y
con razón, ya no mostraban interés por estas cosas.
Algo llamó mi atención. Había divisado desde lejos, sobre
la tarima, un rostro que me parecía conocido. Estuve a
punto de continuar, alejarme de allí y entrar a El Flamingo,
pero la tentación fue mayor. Tenía que averiguarlo, salir de
dudas. Intenté avanzar en dirección al obelisco y llegué a

estar a unos cien metros. La columna de mármol rojo
estaba casi al alcance de mis manos.
La lista de los oradores, dada a conocer por el locutor,
incluía a unos diez, él en el privilegiado segundo turno. Un
total de dos horas, sumando los trovadores, los poetas, el
desfile y la colocación de flores en la base del monumen-
to. La lluvia quizás esperaría todo ese tiempo.
“Se lo digo a usted porque ha venido con Gerardo.
Cuido mi imagen. No somos seres, somos imágenes. Es
ella lo más importante.”
Escruté su imagen. Serenidad, hidalguía, pasión, dominio
del libreto. Fui alejándome. Me di cuenta que atravesaba
torpemente, descortés, el bloque de La Venecia, cuando
respiré el perfume caro de sus trabajadoras, uniformadas
también en sus olores, en sus peinados, en su piel casi
climatizada.
“Lo hacen a lo largo de sus vidas, sin saber dónde y
cuándo rebasan ese punto que los lleva de una mitad del
Globo a la otra. Los habitantes del barrio londinense de
Greenwich pueden levantarse en el hemisferio oriental,
tomar un café en el occidental y estar de regreso a casa, a
su hemisferio oriental, antes de las nueve.”
“En Macapá, un pueblo brasileño, aquí, en la rivera norte
del Amazonas, hacen lo mismo, viajan durante el día de
un trópico a otro. Y nunca han sabido con exactitud
dónde está ese punto que han rebasado. Es un punto que
no existe físicamente, es un punto que está dentro de ti, en
el saber que existen los lados, unos lados articulados en la
invisibilidad.”
“Mira, no sientas esa vanidad tonta de que inauguras algo,
de que te has entregado a las leyes de lo excepcional. Más
mérito tienen los que cruzan una y otra vez la línea y
logran sentirse inquilinos de ambos lados, asumir los

rasgos, las alegrías, justo el tiempo que dura su estancia. Si
no se aferran a algo sólido, a algo atornillado a su memo-
ria, acaban confundiendo la ida con la vuelta. Debe ser
para ellos como un tipo de locura.”
“¿Me oyes? Te has quedado pensando en los macapa-nes.
Sí, no me digas que no. ¿Qué quieres? ¿Una Cristal?
Vamos, arriba ese ánimo. Está bien, dos Cristal bien frías,
mariquitas saladitas naturales, dos perros calientes con
bastante salsa y una Lucky Strike, preciosura.”
Peter llegó con nuestro arbolito de navidad un poco
prematuro (tremenda cola en El Trópico, cola, sí, je, je, los
hemos contagiado), contento como un niño, como si se
tratara de una excursión real al bosque, y lo sembramos
en su parcela de algodón, tendimos su red de luciérnagas
intermitentes.
Después de almuerzo (un asado evaluativo, pavo, aceitu-
nas con pepinillo Vima ($3,20), flan casero, jugo de mango
Tropical Island ($2,35), con el que la señorita Mary había
obtenido cuatro coma seis puntos bien merecidos, apenas
unas décimas restadas de acuerdo con el calificador tan
riguroso de Lori), me llamó Gerardo. Le sorprendió que
yo estuviera al tanto. Él se había acabado de enterar
porque lo habían visitado para recordarle las medidas
preventivas a tomar, pedirle que lo tuviera todo recogido,
en caso de evacuación.
—No te respetan la frontera, chico. Cumplen órdenes, te
dicen. Nos dijeron a todos los ciudadanos y usted es un
ciudadano. Vaya este mundo p’al carajo.
Le conté a Gerardo. El ciclón había tomado fuerza, se
organizaba, llegaría hasta un cuatro en su escala de des-
trucción, pasaría en las próximas horas por el Golfo de
Ana María, avanzaría teniéndonos bajo el dilatado temor
de un giro incalculado hacia la derecha que podría cortar

la Isla en dos. Cada hora que pasaba crecía la posibilidad
de ese giro sobre Ciego de Ávila o Sancti Spíritus.
Noté a Gerardo también preocupado. Me dijo que no.
“No, no, es que te asustan con eso de la visita casa por
casa, de la evacuación, de que retires de la azotea las
macetas, que no toques cables caídos. Ya me ha pasado
antes. No olvides que llevo tiempo del lado de acá.”
Intuí que Gerardo no había vivido la experiencia del Flora
y tampoco en su barrio, mucho más allá de la línea
divisoria (solo chalets con grandes jardines delanteros),
existían probabilidades de que penetrara alguna vez el
agua.
De su discurso entendí a medias una palabra y me pareció
una broma. Le pedí repetírmela disimulando mi asombro.
“Sí, el ciclón se llama Leonor, he visto el boletín de
meteorología”, me dijo Gerardo, como si no se percatase
de mi reacción, de mi incredulidad.

CINCO

35
Peter tuvo listo el carro en diez minutos (no había nada
que hacer en el jardín, se entretenía jugando al ajedrez,
reproduciendo partidas del match de las dos súper K y
algún “zugzwang”) y salimos. No llovía aún, a simple vista
no se podía apreciar el deterioro del tiempo que nos
amenazaba.
La eterna trayectoria, la sempiterna pretensión de rasgar la
Isla, recordar su insularidad, protagonizarle algún daño
memorable, anecdótico, espectacular —la plancha de zinc
clavada en la palma, la torre de radio torcida, la embarca-
ción sobre la guásima, una fuga masiva de dementes del
Hospital Siquiátrico en 1926— para luego naufragar en las
aguas del Golfo, arribar moribundo a las costas del sur
del historical enemy, mostrar la fragilidad que, ante un ciclón,
también ellos tenían.
Albert, Brian, Candy, Gilbert, este último el peor del siglo.
Lista de bautizos, de ciclones potenciales, prematuramente
nacidos y fallecidos. Y a estas alturas de la temporada
ciclónica llegaba a la “L”, precisamente a unas horas de lo
que iba a ser mi último día nacional. Y cuando Leonor,
sin quitarse las botas (“Si suena la alarma tengo solo diez
minutos para estar en mi puesto”), parecía agotada, pero
encerraba en sus ojos, no la conocería yo, ese brillo salvaje
de la venganza.
“No hay nada más que una coincidencia.” Me lo dije con
brusquedad, para alejar toda lectura mística, supersticiosa,
de aquella casualidad. ¿Por dónde vendría Leonor, el
ciclón? Eso no lo sabrían los meteorólogos, aunque
rompiesen sus aparatos en el intento, se remitieran a la
prehistoria, buscaran bajo la lluvia. Eso solo lo sabría
Dios...
¿Sería aquello solo una prolongación de sus disuasivas

marchas, sus discursos a las tropas, su aferramiento a una
realidad que no le pertenecía doblemente? Lo cierto es
que espiritualmente (toda ella) aquel bautizo, aquella
determinación de que el que naciese luego de Kate llevaría
su nombre, un acto de escasa importancia dos años atrás,
alcanzaba para mí en estos días una significación que no
podía perder de vista.
Gerardo bajó a recibirme pensando en lo peor. Era
normal que lo pensara, pues acababa yo de responder a
su llamada, de escucharle todo su mal humor por la visita
que rompía su privacidad, el derecho de respirar, soñar,
vivir al otro lado de la frontera. Me sirvió un trago de
whisky en la cocina, sin ningún protocolo. Miré con
voracidad de niño las manzanas organizadas como una
pirámide en el centro de una fuente.
—Lo supe por la señorita Mary.
—Estas aguas no nos dejan vivir.
—Quizás usted no se ha dado cuenta del peligro.
— ¿Cuál?
—El ciclón. Tiene el nombre de ella.
Cuando lo dije, no sé por qué, puse una voz acobardada y
recordé pasajes de The black cat. Gerardo, tal vez influido
por esa imagen mía, repitió su nombre en voz baja varias
veces. Estoy seguro que no me dijo nada para evitar
alarmarme. Pero noté la preocupación en sus ojos. Una
semana atrás, luego de varios encuentros en El Fla-mingo,
donde él me aconsejaba, con su experiencia, sobre qué
tomar, qué cerveza era mejor, nuestra conversación había
derivado hacia la soledad y después de contarme sobre su
esposa, pacientemente, sus dos o tres preguntas sobre
Leonor me habían obligado a confesarle aquel deterioro
de su cordura que avanzaba devorándonos. Al principio
Gerardo se había reído con los pases de revista noctur-

nos, excéntricos, las asambleas, la incineración justiciera del
Uncle Sam, pero luego acabó por aceptarlo. Sabía lo que
ocurría entre nosotros, nuestras noches de enojos, de
mutuas acusaciones.
Al ver que ya Leonor no desistiría yo había pasado a la
ofensiva. Nada tan fácil como la responsabilidad de la Isla
por ese estado de cosas. Se lo hice saber. Bajé al cuarto,
me senté junto a ella en el sofá. Le conté lo que no sabía,
de la italiana en el solar, de los niños rodeando a Peter, de
Tita, la enana vendedora, de la caja de yogurt y las bolsas
de leche en polvo que desaparecían todas las mañanas,
perdidas en algún maletero de los automóviles con acceso
ilimitado que entraban y salían del Combinado, del estado
deplorable, irreversible de Peñas.
36
Abandonaba últimamente, por algunas horas, su reclusión
voluntaria. Pero casi no se sentaba ante la cómoda,
siquiera se peinaba aquel pelo acuático, la única pista de su
existencia etérea. Con la boina negra, el pelo era algo
secundario. Igual ocurría con sus zapatos, no le resultaban
prácticos para sus andanzas. Limpiaba sus botas pequeñas
(un cuatro, un pie de Blancanieves), las lustraba —a veces
ese era todo el momento que tenía para hablarle— y ya
solo me quedaba su voz extraviada entre atenjou, giros,
oscilación de los brazos, compañera. Compañera. Cómo
reaccionaría la dependienta de El Flamingo, la dulce depen-
dienta de El Flamingo, la Yipsy morena, con un “compañe-
ra” espetado así, directamente, a su profesio-nalidad.
—Sabes que yo no soy el culpable —le había gritado una
noche desde mi puerta, para que comprendiera que la
conminaba a oírme.
Esa noche tuve valor, fui destruyendo una por una sus
justificaciones retóricas. Había cerrado los ojos obstinada-

mente, no veía nada a su alrededor, traicionaba sin saberlo
ese sentido común que yo siempre le había admirado.
—No quieres ver nada. La filosofía del avestruz.
Se molestó. Salió y volvió con el álbum. Era una colec-
ción conmovedora, iniciada por ella en la escuela. Fotos
de cuerpos destrozados cuando la explosión de La
Coubre, de la muchacha de su grado mutilada por una
ráfaga (la mitad del pie, adiós baile de quince), del milicia-
no desnudo, vejado, colgando de aquel alambre de púas,
de un sablista que miraba a la cámara, alzaba sus tres
medallas hoy perdidas en el océano.
—Vaya. Ahora me adoctrinas.
—No. Trato de mantenerte a mi mismo lado de esta
línea...
—Sabes que no puedo.
— ¿No?
Cuando dije mi “no” de turno, ya avanzaba hacia la
puerta. Diez minutos después había comenzado nueva-
mente a marchar. Escuché algo raro en la planta baja. No
era Peter, estaba para Matanzas, a recoger un envío de
Leandro. No era tampoco la señorita Mary, la despedía a
las cuatro porque sus progresos eran tan plausibles que
había dejado de ser una preocupación para mí. Fui a bajar
también pero la encontré en la escalera. “Suban, el círculo
de estudio es hoy muy importante. Suban. Acomódense.
No, no tengan pena por el piso. Voy a limpiar después.”
Esa noche había llevado sus dominios más allá de lo
permisible. La noche de todas las noches. La recordaba
de manera especial mientras salía de casa de Gerardo, y
cada uno pensando en aquel ciclón Leonor que se acerca-
ba, enfilábamos hacia las afueras de la ciudad.
Aunque la señorita Mary continuó trayéndome, casi
secretamente, los reportes sobre el ciclón, opté por ceder

y poner mi LG en algún canal nacional. Me justifiqué este
retroceso con el argumento de “una fuerza mayor”, como
hacen los abogados para explicar que su defendido haya
optado por la violencia: “miedo insuperable”. No lo
sabrían ni Leandro ni José Alberto. Estaba seguro de que
en el nombre del ciclón había solo una casualidad, me
considero un ateo, alguien que puede leer todo Poe sin
sentir un solo escalofrío, pero se trataba de precaver, de
evitar una sorpresa de lo imposible. No hice caso de las
palabras de José Alberto que me instaba a no creer
mucho en los partes emitidos por el país.
—Exageran el peligro y minimizan los daños, eso los hace
pasar por un ejemplo para el Tercer Mundo. Le sacan
provecho a todo. ¿Todavía tú no los conoces, papá?
Me propuso como alternativa que siguiera lo que infor-
maban los observatorios de La Florida y México.
El día ocho la situación seguía confusa para los más
experimentados meteorólogos, hasta para una autoridad
como el doctor Rubiera. “Parece que juega con noso-
tros”. Leonor, el ciclón (me resultaba, me resulta aún tan
difícil referirme a él de esa manera, con ese nombre),
aceleraba y disminuía su velocidad, hacía fintas como un
boxeador, escondía su ojo como si nos hiciera un guiño.
Esa maña-na la señorita Mary subió a consultarme si
podía traer a Yohandry, el menor. El kinder de la señora
Epifania había cerrado por razones de seguridad y no
tenía con quién dejarlo. Accedí con la condición de que no
se separara de él. No podía imaginarme a un niño acos-
tumbrado a patear un balón en un solar como una plaza
de toros, corriendo dentro de una sala donde abundaban
las mesitas de cristal, los búcaros, las figuras de porcelana.
Una cosa es lo que prometen los padres. Unos minutos
después alcé la vista cansada de lo que leía y tropecé con

los ojos azules de Yohandry.
—Aquí arriba no sube el mar, ¿verdad?
Mi primer impulso fue decirle: “Baja y dile a tu madre
que venga a verme”, pero asocié sus palabras con el
ciclón y por tanto con Leonor y fui más condescendiente.
Eso de poner a los ciclones nombres de personas,
humanizarlos, no había sido una buena idea, sin dudas. Se
les había ocurrido a los soldados americanos cuando la
guerra del Pacífico, y como siempre sucede, luego se
había hecho norma internacional. Le dije a Yohandry solo
que no, que allá arriba no subiría el mar y le pedí que
bajara las escaleras con cuidado. Había una gran humedad
en el aire, podía resbalar, vi que miraba las confituras,
galletas Noel ($0,15), caramelos rellenos Arcor ($0,90),
todavía intactos, que la señorita Mary me había subido a
las diez. Le pedí que tomara algo, lo seguí con la vista
mientras saltaba de dos en dos los escalones.
Aún no había llegado abajo cuando tiré a un lado el libro,
busqué en la guía telefónica (no la que emplearía a partir
del día diez, todavía la vigente en la casa, la de los teléfo-
nos nacionales) y me hice con el número de Meteorología.
La muchacha que me atendió, la licenciada Aida, o algo
así, educada, serena, en su trinchera de combate (madre
mía, por qué esa obsesión bélica), me explicó todo el
procedimiento. “No, no hemos cambiado el nombre.
Nunca se hace, no estamos facultados. Se prevé por la
Organización Mundial de Meteorología con años de
antelación”.
Mi primera conversación con José Alberto, donde le había
aceptado ya claramente la propuesta de ambos, había
ocurrido en abril, cuatro meses después. Recordé que
habíamos desechado el once de septiembre por lo de las
Torres Gemelas y así habíamos descartado algunas fechas

hasta llegar al nueve de noviembre.
Pasé la tarde más confiado, revisando el orden de la casa.
Lori me había enviado un manual de arquitectura domés-
tica. Traía varias variantes como anexo y ella me había
sugerido la 17, era la que más se avenía con la estructura
de mi casa. No bajé a la cocina a chequear nada, la señori-
ta Mary era incapaz de incumplir con el menú que le había
aprobado. Salí al patio, la tapia me quitaba la vista de las
cosas inmediatas, pero pude ver por sobre ella el mar
oscuro, plomizo, allá a lo lejos y el cielo despro-visto de
azul, como una capa de humo y no de nubes espléndidas.
37
Escuché voces extrañas en el jardín. Peter avanzó solo.
—Vienen a desmochar los árboles. Dicen que podrían
caer sobre la casa.
Dije que no. No, mis árboles no. Caminé hasta la mata de
aguacate y calculé su altura y la distancia a que estaba de la
casa. Hice lo mismo con la mata de coco. Peter me seguía,
atento.
—Está bien, la mata de aguacate —cedí—. Pero tú, debes
hacerlo tú, pídeles la sierra.
Peter se sacó los guantes blancos lentamente, ganando
tiempo para hablarme. La visera casi me escondía sus
ojos.
—No sé andar con la sierra. Ya casi hago todo lo del
jardín, conozco todas las flores: los crotos, las rosas, las
gardenias. Pero con la sierra no, nunca usted me dijo...
Volví a la terraza. El operario de la sierra entró tras de
Peter. “Oiga y que si le caen aquí le hacen tremendo
destrozo, compañero”. Esa manía de hablar y hablar que
tenemos nosotros (sí, nosotros, pero sobre todo esos que
viven a este lado de la línea, hablar les provoca un éxtasis,
un barato éxtasis).

Luego que se fue el intruso puntualicé con Peter lo del
viaje que habíamos preparado para el nueve por la
mañana. No puso objeciones. Yo tampoco le di la contra-
orden cuando en el boletín de las seis de la tarde se dio a
conocer a la población que Leonor —¿tú, amor, tú, la
miliciana?— había aumentado su velocidad de traslación y
había que estar atento, que los boletines se trasmitirían
cada tres horas.
Antes y después del boletín habían puesto imágenes de la
evacuación en Matanzas, en la Ciénaga de Zapata. Sobre
ese fondo un locutor leía en off el llamado a la población a
mantener la calma y cumplir todo lo dispuesto. Cumplir,
dispuesto, palabras de una autoridad que para mí estaba
llegando a su fin, que llegaría a su fin mañana a las doce
de la noche.
Me acosté sobresaltado. El nombre se había previsto
desde diciembre. Pero ella sí sabía lo que significaba para
mí el nueve de noviembre. ¿Qué causa movía a aquel ser
atmosférico a acelerar sus pasos, ganar tiempo para llegar
probablemente en mi último día al lado de acá de la línea
divisoria?
Leonor, ella, el ciclón, se me confundían. ¿Era esto
posible? Bajé y no la vi en el sofá. No vino esa noche y
tampoco oí después sus pasos en la escalera.
38
Peter me había acondicionado una jaula con una cotorra y
una paloma previendo dificultades con las aves en liber-
tad. En la grabadora llevaba, puesto en punta, un popurrí
de son, zapateo y repentistas que cantaban a la naturaleza.
Quería estar allí a la hora planeada, con los primeros rayos
del sol. Pero a unos cuatro kilómetros el paso de un
puente estaba interrumpido y nos arrimamos a ver si la
situación cambiaba. De día tendríamos mejor visibilidad.

A las siete aún el nivel del agua era muy alto. Peter me
hizo una propuesta indecorosa. “Puedo hablar con algún
tractorista para que nos remolque.” No me había bajado,
estaba acurrucado en el fondo del asiento, no veía nada,
solo sentía venir desde el exterior la lluvia que caía sobre el
metal. Media hora después me hizo la misma propuesta.
Se puso nervioso. No supo explicarme técnicamente
cómo era posible que un automóvil como aquel, un Ford
Fairlane de 1957, de ocho cilindros, no pudiera pasar y
dependiera de una soga, de la caridad de uno de esos
tractores sucios y ruidosos, venidos de los Urales.
Sería la única fórmula. O la aceptábamos o estaríamos ahí
el día, no habría el nueve de noviembre que había conce-
bido, al que había dedicado tantas horas. El día podía
empeorar, necesitábamos estar temprano de vuelta.
A partir del puente, bajé algo el cristal, se veía más clara-
mente el daño de la lluvia, de las ráfagas de viento. Como
si Leonor nos recibiera en persona, nos mostrara toda la
dimensión de su fuerza potencial. La carretera era un ir y
venir de carretas, todas del mismo color gracias al cristal
de mi ventanilla. Había pasado para el asiento, como
precaución, la caja con el almuerzo y repasaba todo lo que
haría allí. No habría ese sol radiante que no quema, un
toque distintivo, tampoco el cielo azul turquí (todo por
culpa de Leonor, el ciclón, claro). Ambos, se empeñaban
en que mi último día, tan minuciosamente preparado,
fuese un día de otoño sueco o escandinavo. Una prolon-
gación de la línea divisoria que se excedía.
Pasamos el entronque de Los Cocos y una patrulla nos
detuvo. Dieron la vuelta por el lado de Peter. Este bajó un
poco el cristal, solo hasta que pudieran ver su rostro,
confrontarlo con el carné. Eran dos hombres que cho-
rreaban agua, pese a las capas. Les llamaron la atención las

jaulas. Se separaron y conferenciaron. El más alto vino
hasta nosotros, mientras el otro caminaba alrededor de la
máquina.
—El tráfico está interrumpido. Leonor está muy cerca. Lo
sentimos, no pueden continuar.
Leonor, nuevamente ella, cerrándonos el paso. Era el
segundo contratiempo después del puente. Le di indica-
ciones a Peter de efectuar un giro y seguir hasta la curva.
Allí bajamos a la cuneta, cruzamos una cerca de piña-
ratón y avanzamos por entre la yerba de guinea. Le
pregunté a Peter que qué le parecía el lugar. Se encogió de
hombros.
Era temprano pero aún así bajamos la cesta con el al-
muerzo. No era el sitio ideal, el que yo había repasado y
acondicionado, pero no podía dilatar más la mañana. Dije
unas palabras, una versión del Al partir de la Avellaneda
(su letra fue ligeramente adulterada por Leandro, él sabe
ser tan sutil), y Peter soltó las dos aves cautivas. Peter me
retrató (una semana para aprender el sencillo mecanismo
de una cámara digital). Plano total ante el tronco de una
ceiba, el árbol de los orishas, plano americano en pose de
taíno cándido, precolombino, close-up engullendo uno de
los tamales. Del plan inicial faltaba el río pero se excedía el
arrullo de las palmas, el aire tenía ese olor a melaza de las
regiones azucareras. Ese olor no estaría en las fotos, lo
retrataría desgarradoramente mi corazón.
Peter guardó la cámara dentro de un nailon. Recogió la
vajilla, las jaulas, y lo acomodó todo en el maletero. Noté
que había perdido parte de su ánimo. Y yo no estaba para
influir en él. Aunque en mí se justificaba, estaba despidién-
dome de una parte de mí, y todas las despedidas son
tristes, lo son aún con un tiempo de sol radiante y sabien-
do que vas hacia el bienestar y no hacia las penurias de la

guerra. Leonor, el ciclón, había añadido al momento
demasiada grisura, el gris del cielo, el gris del aire, el gris
de los cristales mojados. La filmación del vuelo multicolor
del tocororo era solo una grisura más, debimos hacerla
dentro del automóvil, iluminándolo con una lámpara que
Peter (tan diligente aún en ese estado de aprehensión)
conectó a la batería.
Regresamos por otra carretera, la que va a Gaspar, un
recorrido más largo pero que nos evitaba el puente, el
volver a aquella humillación de cruzarlo tirados por algún
tractor. Le pedí a Peter que pusiera a Matamoros, una y
otra vez, las veces que fuese necesario. Me sentí ciego,
demasiado encerrado y bajé un poco la ventanilla. El
movimiento de los camiones, el cierre de las vías, las
regulaciones del tránsito, las patrullas, insistían en convertir
mi día en un acontecimiento nacional, cuando yo al
elegirlo había buscado que fuese algo sólo mío, íntimo,
que nadie pudiese atar a ninguna cronología. Todo por
culpa de
Leonor, del ciclón, aunque cada vez que mencionaba para
mí “Leonor”, se me fusionaban en un cuerpo único el
meteoro destructor y aquella imagen suya, sentada en el
sofá, bajando por la escalera como una reina egipcia. Era
esa imagen de ella la que se me ofrecía como alternativa a
su otro nombre.
Peter me escuchó proferir una mala palabra, una ofensa
dirigida a aquel ciclón inoportuno, y volvió la cabeza
pensando que me hubiese ocurrido algo. En el fondo él
me comprendía.
Unos metros antes de la rotonda, la carretera estaba
escondida bajo el agua. El viento soplaba cada vez con
más fuerza. Nunca había sentido un viento así, que ame-
nazaba con volcar el automóvil. Ese viento hacía mucho

más probable que se produjesen las anunciadas penetra-
ciones del mar. Creaban un pánico precoz. “Fue una
penetración del mar la que arrasó con Santa Cruz del Sur.
1932. Tres mil víctimas. Mi casa está en lo alto, usted
puede venir con nosotros.” Pedí a Peter escuchar noticias.
Puso uno de los casettes: “Nuestro corresponsal en La
Habana ha informado de las últimos actividades de los
luchadores por la libertad... Todo lo que ocurre en nues-
tra...”. Salté hacia delante, odié la torpeza de Peter, su falta
de sentido común. “El ciclón, coño, el ciclón.”
Bastó con mover el dial. Todas las emisoras, las mismas
que se encadenaban para los actos, para los desfiles y los
discursos, ahora lo hacían ante ella, ante Leonor. “Leonor
se aproxima a la Isla... Leonor ha alcanzado categoría de...
Leonor estará acompañado de penetraciones del mar...”
39
Entramos al garaje. Ya no había electricidad. Peter me
preguntó si echaba a andar la planta y no le respondí, le
dije que me siguiera. Encendí una de las lámparas portáti-
les. Miré la hora, eran las ocho y nueve minutos de mi día
noventa y dos, faltaban menos de cuatro horas para la
línea divisoria. Le ayudé a poner en alto los equipos, a
cubrir con nailon los muebles. Eché algo de ropa y
comida en un maletín, el más grande que encontré.
Encima del televisor había un papel de la señorita Mary.
“Lo esperé hasta las siete y treinta. Va a penetrar el mar.
No se quede ahí, por favor.”
Hasta ese momento no había pensado en ellos, en Mary y
en Peter, en su situación.
—Debieras estar con tu familia.
—No se preocupe, ellos estarán bien. Siempre los evacuan
para una escuela. Iré luego a allá.
—Puede ser que aún estén en la casa.

—No, los vi. Esther iba en uno de los camiones cuando
veníamos.
Me quedé sin saber qué decir. Estábamos de pie, junto al
teléfono, y en el fondo esperaba una llamada de Leandro
o José Alberto. Le dije a Peter que sacara el automóvil y
que se fuera, que fuera a esa escuela donde debía estar su
familia.
— ¿Vamos a dejar sola la casa?
Lo convencí de que no valdría la pena, que si penetraba el
mar no podríamos hacer nada. Le pedí que tomara una
de las lámparas y le eché en el bolso algunas latas de la
despensa. Unas planchas de zinc cayeron sobre el techo y
otra ráfaga hizo temblar las persianas del lado sur. Le grité
a Peter que se fuera, que nos veríamos mañana, pasado,
cuando fuera posible, al otro lado ya de la línea divisoria.
Sentí partir a Peter. Entré al cuarto, tomé el álbum que me
acompañaría en el cruce y al salir vi a Leonor que subía la
escalera. Vestía una capa de agua, traía una linterna en las
manos. Gerardo había estado muy comunicativo.
—Alquilo a turistas. Vivo de eso. No dependo de nadie.
Un buen negocio, ellos huyen cada día más de los hoteles.
—No me han fallado hasta ahora. Todos los meses lo
envía, hay un señor llamado Elizardo…
—Muy bien. Ojalá. Pero esto de cruzar la frontera es un
acto demasiado riesgoso, que debe hacerse solo. Los
militares le llaman una incursión. Si dependes de otros es
mayor el peligro.
—Vamos, Gerardo.
— ¿Por qué crees que no me he casado? Me sobrarían
ofertas. Pero no, prefiero esta soledad. Yo y El Flamingo.
No tengo muchos testigos de las victorias pero tampoco
las tendré de las derrotas. Todo tiene su precio.
El trío Los Floridos estaba en la mesa del lado, tratando

de acoplar su sonoridad a los balbuceos de una napolitana
que quería cantar de todas formas, medio borracha y
desafinada, la canción tema de El padrino. Esa era la mesa
habitual de la dietista, agente comercial de Corín Tellado.
—Hace días no la vemos.
—No me sorprende. Siempre supe que no tendría fuerzas
para permanecer en este lado.
Noté la insinuación en su voz.
—Le faltaron recursos.
—No, capacidad moral. Es lo más necesario. Tú apenas
lo intentas, yo llevo muchos meses ya en esto.
— ¿No ha ido a otros lugares?
—Para qué. El Flamingo es el mejor. Lo tiene todo. Vea,
ahora vendrá esa muchacha a sonreírnos, atenta a nuestros
deseos. Los Floridos son un buen trío. No quiera escuchar
a otros, me lo han dicho, por ganar unos dólares, cruzar
una tarde la “frontera”, avergüenzan a la cultura nacional...
—Estoy muerta de cansancio. Ahora mismo acabamos de
evacuar a los niños. Hay muchas casas con peligro de
derrumbe —había dicho ella, mientras bajaba las escaleras.
Me pareció imposible que actuara así, con esa sangre fría,
como si hoy no fuese nueve de noviembre o el ciclón no
llevase su nombre.
—Ya lo subí todo.
—Es lo único que debemos hacer. La casa es segura.
Le dije que no, que el agua podría alcanzar más de cuatro
metros y en ese caso lo mejor era no estar allí. Le pedí
que me acompañara y se negó, comería algo y bajaría
hasta el cuarto del patio, no quería que le pasara nada a los
muebles. “Mis muebles”, dijo con ternura.
40
Fue Yohandry el que me escuchó golpear desesperada-
mente a la puerta. “Alguien quiere entrar.” Dos hombres

abrieron. La casa de la señorita Mary, iluminada por dos
velas, estaba llena de personas. Ella misma me llevó hasta
el cuarto. Le di la lámpara y unos paquetes de leche. Me
senté en un rincón, sobre el maletín, pegué la cabeza a la
pared. Eran las once, escuché por el radio de pila de uno
de los que estaban en el cuarto que el ciclón tocaría la
costa precisamente por una franja donde estábamos
comprendidos nosotros. Lo haría a la media noche.
Luego del boletín sintonizó a Radio Taíno, la emisora
turística lanzaba al éter su anglófilo Cuba Tonight.
Dos cruces a la misma hora, la misma fecha. Alguien se
acurrucó a mi lado. Era Yohandry. “El mar va a venir
hacia acá, va a subir el agua alto, alto, alto...” Le sonreí.
Saqué unas galletas de mi bolsillo y se las di. “¿De choco-
late? Mi mamá me las compró una vez.” Estuvimos
masticando callados unos minutos. La señorita Mary vino
a buscarlo y lo encontró dormido.
Se habían hecho varios grupos dentro de la casa. No era
una casa pequeña ya, la señorita Mary había ampliado en
los últimos días la sala, seguramente ahorrando cada uno
de mis centavos.
La luz de la linterna apenas abría un pequeño agujero en la
penumbra. Creí que entrábamos a la casa. No me había
dicho que la siguiera pero me era imposible detenerme o
decirle que volviésemos, que era un peligro estar en la calle
sin haberse alejado aún el ciclón definitivamente, cuando el
agua no nos dejaba ver bien donde pisábamos y podía
haber cables de alta tensión caídos, paredes propensas al
derrumbe.
Pasamos una puerta. Traté de reconocer en qué habitación
estábamos, tanteé en la pared, pero mis dedos sintieron
no el roce áspero, poroso, del cemento, sino la superficie
pulida, fría, del cristal. Extendía el brazo y palpé la franja

de madera decorada que servía de juntura a las piezas.
¡Estábamos en El Flamingo! Lo corroboré al chocar con
las sillas, con una mesa, caer al suelo algo de loza. Me
detuve y ella se volvió, sabía que ya había descubierto que
no habíamos vuelto a la casa.
El cono de luz giró pasando sobre la barra, el estante de
las confituras, las botellas, el traganíquel corte 1950, los
afiches. “Drink Cristal, the best Cuban beer”, las máquinas de
juego, The Crane-Man, el Outrunners, las motos Susuki. Alzó
el brazo y la luz recorrió ahora las lámparas del techo,
unas hermosas lámparas que descubrí entonces, a las que
nunca había prestado atención, bien porque las conversa-
ciones con Gerardo no me habían dado tiempo para
dejar vagar la vista, bien porque cada momento de
silencio en nuestros diálogos lo había invertido en mirar
hacia fuera, torturarme, deprimirme, sádicamente, con el
contraste entre los dos paisajes, convertida la pared de
cristal en una versión del nueve de noviembre, una línea
divisoria más.
Leonor no hablaba, todo su lenguaje era ese cono de luz
que dirigía a un lado y a otro. Terminó con las lámparas y
fue hasta la mesa donde me sentaba con Gerardo. En su
evacuación, algo desordenada, las sirvientas no se habían
tomado el trabajo de recoger el servicio. La luz pasó de
los envases a la taza, al papel de envolver, a la cajetilla de
cigarros, a la cucharilla y el plato con los restos de pizza
de jamón y queso. Entró una ráfaga de aire y la va-jilla
tintineó, la cucharilla se deslizó y chocó con la botella de
Caribbean Club a medias, al alcance de la mano de
Gerardo.
Le iba a decir que me marcharía, que prefería sus sesiones
de entrenamiento, sus movilizaciones, su indiferencia, sus
regaños por el cambio de los muebles, a aquella dilatada

escena, pero la vi girar en redondo y encaminarse a la
puerta. La seguí hasta el otro lado de la calle.
—El Flamingo debe de habernos costado mucho. No hay
en él nada viejo, nada sucio. Sé que has sufrido tratando
de entenderte, de saber quién eres, cada vez que has
estado en él.
Toda la ciudad estaba a oscuras, como si hubiese sonado
la alarma aérea. Ella continuaba de espaldas, su pelo de
agua se mezclaba con el brillo de la capa convirtiéndole el
cuerpo en una silueta espejeante.
41
Alguien tropezó con mis pies. Se me escaparon dos
palabrotas y una maldición. Abrí los ojos. No era
Yohandry. Era un bulto mucho mayor y oscuro. Reconocí
por su voz, al disculparse, al negro Antúnez. ¿Qué haces
aquí? Sonrió y vi sus dientes en la oscuridad. “Hace un
mes me junté con Caridad, ¿no lo sabías? Bueno, es que
desde que te fuiste del Combinado no nos veíamos.
¿Supiste lo de Michel?”. Sí, sí sabía de la muerte del hijo
de Peñas, por eso Peñas no había podido acompañarme
en la despedida. Le pregunté
la hora a Antúnez, eran cerca de las cuatro. “Ahorita
empieza a amanecer. Entonces sabremos qué pasó. No
hay noti-
cias, ni de aquí ni de afuera. Pero ya Leonor debe de
haber salido por la otra costa.” “Sí, ya debe de haber
salido.”
Antúnez me ofreció un cigarro, sacó la fosforera. A la luz
de ella vi sus ojos tranquilos, carentes de desespero. Me
pasó la fosforera. Se agachó. “¿No te han molestado las
ratas?” No, luego de que ella se llevara a Yohandry había
dormido, hasta había soñado con Leonor y El Flamingo.
“He visto tres. Una me quería morder. Es que el agua las

hace salir.” Hizo un alto solo para que yo encajase alguna
frase, un simple sí. Expulsó el humo. “Es un buen mo-
mento cuando uno escapa de un ciclón. Hay que aprove-
charlo, le pondré quince al veintinueve. ¿Por qué no te
embullas?”
Si estaba con ella desde hacía un mes, aproximadamente
desde el día ocho de octubre, tenía que estar al
tanto del plan de Leandro y José Alberto, de que mi
mejorada situación económica no era la suya que dependía
del azar, de toda esa combinación mágica de ratas, cojos
con muletas, mujeres bonitas, palomas, tenía que saber lo
que significaba para mí y para ella (la señorita Mary) ese
nueve de noviembre. No pude entender su intención, si
quería pasar por alguien ajeno a mi plan o insinuarme que
ni Leandro ni José Alberto estarían dispuestos a comenzar
de nuevo, reconstruir aquella obra que probablemente el
mar habría destruido. No teníamos ninguna información
sobre el comportamiento del mar, sobre la altura que
había alcanzado a los metros que separaban mi casa de la
costa.
Siguió hasta la cocina. Vi que ayudaba a la señorita Mary,
la llama azul del fogón de gas hacía innecesarias las velas.
Casi me arrastré hasta la puerta, abrí con cuidado, sólo el
espacio necesario para pasar el cuerpo, y la lluvia fría,
acuchillante, me envolvió sedante, como a quien ha
recorrido decenas de kilómetros y se arroja al río para
sentirse restablecer.
Es muy riesgoso caminar sujetándose de las cercas, de los
postes, de los arbustos. Llevaba la linterna en un bolsillo y
a cada momento comprobaba que no se me hubiera
caído. Al llegar a Agüero vi el espectáculo conmovedor
del mar cercano, acercado por la fuerza de Leonor.
Brillaba su superficie a la luz de los relámpagos cada vez

más espaciados.
El límite del agua penetrada coincidía con la tapia, una
línea divisoria perfecta, como trazada por una mano
intencionada. Empujé el portón (la brigada lo había
concluido el seis, incluido su letrero Villa Marina, sus dos
leones calados) y llegué al patio. No había más agua en el
jardín que la arrojada por las horas de lluvia. Los canteros
estaban cubiertos por gajos, pedazos de cartón, todo lo
que Leonor había zarandeado por los aires en esa noche
divisoria.
La puerta del cuarto del fondo, donde acumulábamos los
trastos estaba abierta. Una de sus hojas iba y venía al
compás del viento que amainaba.
Caminé hacia allí pero entonces vi el tronco desplomado
de la mata de aguacate. Había caído a todo lo largo sobre
el pasillo y el jardín, de nada le había valido la mutilación
de aquel día. El viento se había ensañado con ella y
respetado sin embargo a otros árboles más frondosos.
Caminé junto al tronco, en la posición en que estaba no
había aplastado de milagro los dos cuartos de ese lado,
incluyendo la terraza. Solo quince o veinte centímetros
más a la derecha y habría provocado un desastre. En esos
cuartos estaban evacuadas las propiedades más importan-
tes, los equipos, los muebles. Había sido idea de Peter
llevarlos allí.
Me senté en la escalera que conducía a la segunda planta.
La linterna rodó de mis manos y no atiné a sujetarla. Me
corría por la cara algo más que la lluvia. Poco a poco iba
llegando a mis oídos el vaivén de la hoja de la puerta, un
sonido casi humano, como un quejido.
42
Sentí una mano en el hombro.
—Vine a buscarle. La señorita Mary le tiene preparado el

desayuno. La llevé temprano a la panadería de Candelaria
y 12. Recogí su correspondencia, hay una carta de su hijo
Leandro.
Fuimos hasta el Ford Fairlane. Había amanecido. Crecía el
trepidar de camiones y tractores que se incorporaban a la
recuperación. La gente volvía a sus casas. Empezaba a
revelarse el efecto de aquellas horas de viento y lluvia. Dos
o tres cuadras más abajo, el mar había alcanzado la altura
de las ventanas. Algunos de sus propietarios se lanzaban a
nado, rescataban, buceaban, sacaban bultos sobre la
cabeza. Una anciana, a la que una niña trataba de tranquili-
zar, daba gritos ante la escena de su casa desplomada,
tirándose de los cabellos.
—Usted me había dicho de ir este primer día, a las diez, a
El Flamingo. ¿No le es igual El gato negro? Lo abrieron hace
unos días. Un lugar también especial. Langostas, camaro-
nes...
Pensé que se trataba de algún problema con la carretera,
árboles y postes eléctricos caídos. Pensé también en los
cuentos de Poe, no podía recordar ahora dónde los había
puesto la última vez.
Peter arrancó y, apenas empezábamos a movernos, volteó
la cabeza y vi su gorra mojada, su perfil de chofer bien
afeitado, su porte de car driver que ha pasado sin contra-
tiempos, ya definitivamente, al otro lado de la línea
divisoria.
—El Flamingo se derrumbó anoche. Increíble, una cons-
trucción reparada el año pasado. ¿Era lindo, verdad?
Cerré los ojos. Vi nuevamente a Leonor conduciéndome
en sueños por entre sus mesas, mostrándome su cristale-
ría, sus lámparas, anunciándome callada lo que ella sabía
que sucedería.
—Nadie se explica tampoco qué hacía un tal Gerardo allí,

solo, tan tarde. Hasta ahora es la única víctima —dijo
Peter finalmente, arreglándose la corbata presumido.
Subíamos por Libertad, dábamos un rodeo para evitar las
aguas. Tenía aún en las manos la carta de Leandro. Dejé
colgar el brazo hacia fuera y sentí el alivio de aflojar los
dedos.
Ciego de Ávila, 2002-2004

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