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Cambiar Las Circunstancias

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Published by: Juan Carlos Lobato Valdespino on Mar 03, 2013
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Arquitextos

AlejAndro Hernández Gálvez

Cambiar las circunstancias
S
antiago Cirugeda es un arquitecto sevillano que se ha dado a conocer mediante intervenciones arquitectónicas que explotan los intersticios legales en las reglamentaciones urbanas. No lo ilegal, sino, como él lo califica, lo alegal. Hace algunos días, Cirugeda estuvo en el programa de radio por internet de la revista Arquine, que conduce Andrea Griborio. Dijo, entre otras cosas, que ante muchas de las cosas que suceden en la ciudad, habría que dejar de culpar de todo a los políticos y de asumir la inocencia de los arquitectos. Somos los arquitectos quienes finalmente accedemos a las demandas, muchas veces ridículas o imposibles, de los políticos. Quizá nunca la hayan tenido, pero hoy, la mayoría de los arquitectos estamos muy lejos de asumir una postura de resistencia, tanto ante los poderes establecidos del gobierno y el mercado, como ante aquellos más sutiles, pero no menos perniciosos, de las costumbres o el mero desinterés. Son los menos quienes se resisten y, como Bartleby –aquel personaje del relato de Herman Melville–, prefieren no hacerlo. El filósofo italiano Giorgio Agamben explica el potencial no sólo como la capacidad de hacer, sino justamente como lo contrario: “el arquitecto tiene potencial –escribe– en tanto tiene el potencial de no construir”. No se trata simplemente del rechazo, la renuncia o la inacción, sino de una negación consciente y por tanto activa. Un no que –ahí sí, a diferencia de Bartleby– reacciona y por tanto actúa. También está, por supuesto, el potencial de hacerlo de otro modo. Es lo que la mayoría de los arquitectos asumimos o presumimos hacer: desplazar la pregunta y la respuesta, multiplicar opciones. Pero eso –“dar liebre por gato”, decía Xavier Monteys en Querétaro– es lo menos que se debería hacer. Sólo asumiendo el poder auténtico del rechazo, del “preferiría no hacerlo”, y su dimensión política, en el más amplio sentido del término, podremos los arquitectos recuperar ese papel perdido. La otra opción, ser críticos cuando nuestros servicios no son solicitados, pero atentamente serviciales cuando se nos hace algún encargo, no hace sino confirmar lo que alguna vez dijo el arquitecto inglés de origen ruso Serge Chermayeff: “los arquitectos son la segunda profesión más antigua del mundo, parados en una esquina esperando a ser escogidos, y piensan que es bueno que los escoja alguien con mucho dinero”. O con poder. La arquitectura reciente en México es buen ejemplo de que el potencial del arquitecto está disminuido precisamente por su incapacidad de negarse a actuar, de decidir no hacerlo. A veces criticamos –no sin razón– a los gobiernos por haberse desentendido de la política pública de vivienda, por ejemplo, dejándola en manos de inversionistas inmobiliarios únicamente interesados en las ganancias –¡no con usura!, cantó Pound. Otras, denunciamos los proyectos que, como ocurrencia intempestiva, encargan funcionarios en turno que ignoran a la mayoría de los arquitectos para convertirse en consuelo de pocos y también capataz. Pero cuando llegan el encargo y la comisión, todo cambia. Pensamos que nosotros sí seremos capaces de hacer lo que antes no se ha hecho: buena arquitectura pese a las condiciones, pese a constructores incapaces o francamente deshonestos, frente a burócratas que quieren inaugurar en meses obras que requieren años de planeación y construcción y que deciden el color o la forma como si se tratara de la decoración de su sala. La historia nos enseña lo contrario: si no resistimos, fallaremos. ¿Que si no lo hago yo lo hará otro, quizá peor? Que lo haga. Denunciemos y critiquemos. Entendamos que si la arquitectura depende de sus circunstancias, no podremos cambiarla si no cambiamos éstas. ¿Es tiempo de construir otras relaciones con el poder económico o político? Creo que sí. Y si no, asumamos, como dijo Cirugeda: la culpa no es del político, es del arquitecto.

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