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Roque Dalton: Un Corazón Aventurero

Roque Dalton: Un Corazón Aventurero

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este ensayo aborda dos aspectos del Dalton construido por los
letrados de la temprana posguerra. Una: esclarece que, pese a lo que se ha dicho, la ruptura
de Dalton con el proyecto cultural de Casa de las Américas no tiene relación directa con su
decisión de incorporarse a la guerrilla salvadoreña. Dalton, más bien, fue víctima de la
represión por parte del aparato oficial cubano, que dio inicio a mediados de los años 60.
Dos: que su ejecución arbitraria revela la existencia de una matriz sectaria e intolerante
dentro de la cultura salvadoreña, a la que no escapó el mismo movimiento armado
salvadoreño.
este ensayo aborda dos aspectos del Dalton construido por los
letrados de la temprana posguerra. Una: esclarece que, pese a lo que se ha dicho, la ruptura
de Dalton con el proyecto cultural de Casa de las Américas no tiene relación directa con su
decisión de incorporarse a la guerrilla salvadoreña. Dalton, más bien, fue víctima de la
represión por parte del aparato oficial cubano, que dio inicio a mediados de los años 60.
Dos: que su ejecución arbitraria revela la existencia de una matriz sectaria e intolerante
dentro de la cultura salvadoreña, a la que no escapó el mismo movimiento armado
salvadoreño.

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ROQUE DALTON: UN CORAZON AVENTURERO

Miguel Huezo Mixco ¿Qué hacer si sus peores enemigos son infinitamente mejores que usted? Eso no sería nada. El problema surge cuando los mejores amigos son peores que usted. Lo peor es tener sólo enemigos. No. Lo peor es tener sólo amigos. Pero, ¿quién es El Enemigo? ¿Usted o sus enemigos? Hasta la vista, amigo. Roque Dalton “Conversación tensa”. Un libro levemente odioso.

Roque Dalton murió a los cuarenta años de edad en la última de las muchas celadas que le tendió la vida, a manos del grupo armado del que formaba parte, acusado de ser un agente de la “inteligencia enemiga”. Su "muerte horrenda", como la llamó Julio Cortázar, levantó una exclamación de repudio por todas partes y le abrió paso a su leyenda. Aquel hombre carismático y lleno de paradojas, que por periodos fue devastado por el alcohol, legendario mujeriego, capaz de imprudencias relevantes y de provocar la desconfianza de sus compañeros más cercanos, ha llegado a ser en nuestros días como un icono incuestionable. Ha sido convertido en el arma arrojadiza de una parte del mundo intelectual salvadoreño que tiene interés en lavar su memoria, pero también en reinventarlo como una figura moral que le otorgaría infalibilidad a sus propios juicios políticos y estéticos.

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Dalton fue asesinado en 1975. Tuvieron que pasar veintiocho años desde entonces para que se publicara la primera biografía del poetai, que ordena los principales hitos de su vida pero que todavía se mueve a merced del oleaje de la leyenda. Es innegable que la obra de Dalton es inseparable de su vida, y su vida de sus opciones políticas. Vida y acción política, acción política y poesía, poesía y vida, forman en Dalton una amalgama que no está libre, desde luego, de fisuras y pliegues. Sin embargo, una de esas partes --la política-- ha venido predominando sobre las demás. Este predominio corresponde a un determinado momento de la historia y de la cultura salvadoreñas. Uno de sus resultados ha sido, como ya lo advirtió Rafael Lara Martínez, una "invención editorial", en la que sus antólogos en El Salvador, Costa Rica, México y La Habana han metamorfoseando los originales de su obra para ponerla acorde con la guerra revolucionaria salvadoreña de los años ochenta. En esta invención suele ponerse mucho énfasis en la imagen del Dalton-guerrillero. De alguna manera, el mentor de esa invención es Dalton mismo. Él es uno de los grandes constructores de un imaginario que resultó ser clave para la cultura salvadoreña entre las décadas de los años 70 y 80, y que podría resumirse así: en las letras salvadoreñas existe una tradición de rebeldía que le da sustento subjetivo y moral al uso de la violencia para abolir las injusticias sociales. Una gran parte de su vida estuvo dedicada a demostrar la validez de esa afirmación. En ese encargo, Dalton actuó con un furioso sectarismo. En la cúspide de esa pirámide lo sorprendió la muerte, y es allí mismo en donde su figura ha adquirido dimensiones míticas. Aunque sus vehementes llamados a la lucha armada comenzaron a conocerse desde finales de los años 60, Dalton efectivamente tuvo oportunidad de tomar las armas sólo en los dos últimos años de su vida. Como muchos de los escritores de su generación recibió una instrucción militar cuando en la década de los 60 el PC salvadoreño tuvo la veleidad de 2

organizar un frente armado. Aquella instrucción llegó a tener extremos cómicos, ya que algunos fueron adiestrados hasta en el manejo de tanques rusos. Después de recibir una ducha de rigores en campamentos de Cuba, los poetas regresaban a San Salvador a la espera de ser llamados a “la acción concreta”. Julio Cortázar contaba que una noche en La Habana presenció una discusión entre Dalton y Fidel Castro sobre un problema de utilización eficaz de quién sabe qué arma. Una metralleta invisible pasaba de las manos del uno a las del otro. “Las diferencias entre el corpachón de Fidel y la figura esmirriada y flexible de Roque nos causaba un regocijo infinito”, recuerda Cortázar. Dalton no tendría ocasión de poner en práctica sus supuestas habilidades. Cuando se incorporó a la guerrilla salvadoreña realizó instrucciones sobre el uso de armas cortas y explosivos entre pequeños grupos de trabajadores, pero es poco probable que alguna vez haya entrado en combate. No estoy poniendo en duda su coraje y determinación. Pero si bien Dalton no fue el prototipo de un soldado llegó más lejos que todos los poetas de su generación, que le cantaron a la revolución con la metralleta invisible bien guardada en sus armarios. Los jóvenes del siglo XXI no deben dudar en conocer más a uno de los grandes héroes culturales salvadoreños de todos los tiempos. Su obra es un elemento esencial de la geografía cultural y política de El Salvador. Aunque es uno de los autores salvadoreños más reconocidos, la indagación en torno a su vida y sus obras en realidad apenas comienza. El Dalton que ahora conocemos es en cierto modo un producto de la visión que nos arroja un determinado momento de la historia salvadoreña. Debemos, por lo tanto, abrirnos a nuevas lecturas de su obra y de su vida.

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En este sentido, este ensayo aborda dos aspectos del Dalton construido por los letrados de la temprana posguerra. Una: esclarece que, pese a lo que se ha dicho, la ruptura de Dalton con el proyecto cultural de Casa de las Américas no tiene relación directa con su decisión de incorporarse a la guerrilla salvadoreña. Dalton, más bien, fue víctima de la represión por parte del aparato oficial cubano, que dio inicio a mediados de los años 60. Dos: que su ejecución arbitraria revela la existencia de una matriz sectaria e intolerante dentro de la cultura salvadoreña, a la que no escapó el mismo movimiento armado salvadoreño. Hay algo más que malas intenciones en este tipo de hechos que nos revelan cómo la violencia ha estado incorporada profundamente en las actuaciones de individuos, colectivos e instituciones prestando sus recursos para consolidar cierto orden y jerarquía. En este caso, la del naciente movimiento armado salvadoreño.

Historias prohibidas "...y yo, el extranjero" -- La marcha (Los testimonios, La Habana, 1964)

De todos sus libros, el más celebrado es curiosamente aquel que tiene un olor más provinciano. Las historias prohibidas del pulgarcito se publicó en México en 1974. El libro es la quintaesencia del estilo lúdico y experimental de Dalton, donde al lado de sus propios poemas introduce sus ideas políticas, al lado de anécdotas y episodios poco conocidos de la historia salvadoreña. El libro puede leerse también como una guía de reeducación política y estética construida sobre la máxima aquella de enseñar por medio de la risa. El caso Dalton ha llegado a ser una de esas "nuevas historias prohibidas", en las que ahora emerge como

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protagonista el movimiento revolucionario, ya no sólo como un héroe, sino también como protagonista de una secuela de crímenes inexplicables. En uno de los poemas de este libro, Dalton advirtió: "Yo volveré yo volveré no a llevarte la paz sino el ojo del lince el olfato del podenco amor mío con himno nacional".

Cuando este poema circulaba entre sus compatriotas Dalton había cumplido esa promesa. Ingresó a El Salvador el 24 de diciembre de 1973 por la terminal aérea de Ilopango, con documentos falsos y una nueva apariencia. Había salido de Cuba en dirección a Europa (la versión oficial era que volvía a Viet Nam), y desde allá hizo una curva y voló a Centroamérica. La Dirección del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) escogió para su ingreso las fiestas de Navidad considerando que los controles migratorios estarían distensionados. Efectivamente, el poeta entró sin contratiempos. Pasó la Nochebuena en los alrededores del centro de San Salvador, en la casa de seguridad de una de las fundadoras del movimiento armado que pronto se convertiría en la compañera de sus últimos meses de vida, Lil Milagro Ramírez. Después de su muerte, el regreso de Dalton al país fue visto, como lo dice un poema de Alfonso Quijada Urías, como "el retorno de Gulliver". El país de los enanos, sin embargo, terminaría preparándole una mortal emboscada. Para su actividad clandestina en El Salvador, Dalton escogió un nuevo nombre, por lo demás simbólico: "Dreyfus", tomado del célebre oficial que entre 1894 y1906 protagonizó un escándalo político que dividió a la sociedad francesa. Pronto se dio cuenta de que la clandestinidad no tiene nada de espectacular. Es una vida monótona, sometida a

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ritmos muy controlados en medio de los cuales se ejercen actividades modestas, pequeñas, interrumpidas apenas por los sobresaltos de las acciones relampagueantes que son la esencia de la lucha de guerrillas. Aquella agua salada no era exactamente el ambiente al que estaba acostumbrado un pez como Dalton. Con todo, y de acuerdo con Eduardo Sanchoii, quien fuera jefe político del poeta, “Dreyfus” era incansable. Por su prestigio y su preparación tenía el rango de "asesor" de la dirección guerrillera. Pasó a realizar trabajos organizativos y de propaganda entre los núcleos obreros en la órbita del ERP, participó en acciones de propaganda armada, y redactó folletos de análisis sobre la realidad salvadoreña y la experiencia revolucionaria internacional. Al mismo tiempo, escribía los borradores de sus Poemas clandestinosiii. Tengo la impresión de que su asesinato le impidió corregir ese libro, el más decididamente político de todos. No es posible saber cuáles eran sus planes con ese libro. ¿Hacerlo circular como un panfleto de agitación? ¿Publicarlo con su nombre? A pesar de que en sus composiciones usó cuatro nombres falsos, el tono, el estilo y la voz eran las de Dalton --o los de un extraordinario imitador suyo. En cualquier caso, una eventual publicación, dentro o fuera de El Salvador, lo habría puesto de inmediato en la mira... suponiendo que el aparato militar salvadoreño no supiese ya que se encontraba clandestinamente en el país. Si hemos de creer en la fatalidad --y a veces no hay remedio-- su salida de Cuba parece marcada con una cruz de ceniza. Sancho, que siguió de cerca los pormenores del ingreso de Dalton, confirma que antes de volver a El Salvador el poeta se sometió a una operación estética facial que estuvo a cargo del mismo equipo que preparó la introducción del Che Guevara a Bolivia. Aunque este detalle revelaría que Dalton gozaba del apoyo del gobierno de Castro, en realidad su situación en Cuba había dejado de ser cómoda desde

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algunos años antes a raíz de su ruptura con Casa de las Américas, la respetada agencia cultural cubana. Dalton, es verdad, renunció formalmente al Consejo de la revista en julio de 1970. Los cubanos han dado a conocer una carta suya dirigida a Roberto Fernández Retamar, el Director de la misma, quien era y sigue siendo una figura clave de la intelectualidad cubana. Esa carta se ha presentado como la despedida de dos buenos amigos en el momento en que uno de ellos (Dalton) ha decidido abandonar la entidad por su decisión de volverse guerrillero. Dicha leyenda es recogida en la citada biografía escrita por Luis Alvarenga de la siguiente manera: "Dalton está decidido a integrarse a la lucha armada en El Salvador. Decide renunciar al Comité de Colaboración de Casa de las Américas y así se lo comunica a Roberto Fernández Retamar en carta fechada el 20 de julio de 1970". La escueta nota dice: "Estimado Roberto: Por este medio te reitero mi decisión en el sentido de renunciar a mi calidad de miembro del Consejo de Colaboración de la revista Casa. Quiero que sepas mi agradecimiento por haberme permitido colaborar en la labor que ha hecho de nuestra Revista una de las más importantes de América Latina y de la Revolución Latinoamericana. Quiero asimismo insistir en mi fraternidad para ti, nunca desmentida, y en el deseo de que ambos, desde el nivel de nuestras particulares posibilidades, sigamos trabajando en la vida de la Revolución, inclusive uno en el nombre del otro. Con el mismo abrazo: Roque."

La realidad parece ser diferente. Dalton la escribió, en efecto, para cumplir la formalidad de separarse de la institución después de los eventos que tuvieron lugar durante la celebración del Premio Casa de las Américas de ese año. Poco después del asesinato de

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Dalton, cuando Casa le dedicó un homenaje, Fernández Retamar se refirió indirectamente a la carta de julio. A la luz de lo que pronto veremos, Dalton escribió esa carta por razones muy diferentes a la decisión que se le ha venido atribuyendo desde entonces, de abrazar la causa revolucionaria salvadoreña. Con relación a esa renuncia existe otra carta de Daltoniv, dirigida a la Dirección del Partido Comunista de Cuba, fechada en La Habana el 7 de agosto de ese mismo año, que hasta ahora ha permanecido inédita. La llamaremos, en lo sucesivo, “la segunda carta”. El documento de diecisiete folios, sin numeración, de tamaño legal, hace una pormenorizada exposición de los motivos que le llevaron a renunciar como trabajador de Casa de las Américas y como miembro del Comité de Colaboración de la revista, y es presumible que la escribió cuando los rumores sobre su supuesta traición a Cuba lo obligaron a romper el silencio. Aquel escrito constituye, como se dice en la jerga judicial, "el turno del ofendido". Es posible que con el tiempo las heridas abiertas en la relación entre Dalton y Fernández Retamar, e incluso con el poeta Mario Benedetti, autor de la más reconocida antología post-morten de la obra de Dalton, consiguieran sanar. Pero el documento arroja una luz desconocida sobre ese conflicto donde, como dice Dalton, se conjugaron aspectos ideológicos, de estilo de trabajo y factores personales. Como se ha anotado, en aquella renuncia no tuvo influencia la supuesta decisión de Dalton de regresar a El Salvador. Es verdad que la idea de volver estuvo siempre en la cabeza del poeta. Lo anunció, lo proclamó, lo repitió cuanta vez pudo (“Yo volveré yo volveré...”). Pero en la segunda carta, destinada exclusivamente a los ojos de la cúpula comunista y no, como la otra, a la publicidad, en ningún momento se refiere a su decisión de volver a El Salvador, como no sea con un eufemismo. Dalton, mientras detalla los incidentes que dieron lugar a su renuncia y a una serie de peligrosos rumores en su contra, 8

dice que él se consideró en la isla como un hombre de paso "que debe preparar diversas condiciones para su participación futura en la actividad concreta en América Latina". Eso es todo. Para entender mejor el contenido de esa segunda carta, es necesario hacer un poco de historia. La relación de Dalton con Casa de las Américas venía desde 1962, cuando su libro El turno del ofendido obtuvo una mención y fue publicado por la editorial cubana. También publicó un ensayo sobre César Vallejo y dos monografías, una sobre El Salvador y otra sobre México, y llegó a dirigir la colección de monografías latinoamericanas. Con el prestigio de sus publicaciones en Cuba, volvió a El Salvador en 1963 de donde salió nuevamente en 1965 hacia Checoslovaquia como representante del Partido Comunista Salvadoreño en la Revista Internacional. Aparte de sus méritos intelectuales, su salida a Europa oriental estuvo asociada a sus desavenencias con la dirección del PC salvadoreño, debido sus críticas a la política del partido, pero también por sus repetidas crisis alcohólicas. Alguna vez, el Secretario General, Salvador Cayetano Carpio, que luego fundaría las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), se encargó personalmente de reconvenirlo para que volviera al redil. Corre el rumor de que Dalton se reía de la ingenuidad de Carpio. La decisión del PC de mandarlo a Checoslovaquia tuvo estos ingredientes adicionales. En Praga pudo dedicarse no sólo a absorber el clima heterodoxo imperante --que terminó con la invasión de los tanques soviéticos en 1968--, sino que también a crear y armar la estructura de poemas que dio origen al libro mayor de su obra literaria: Taberna y otros lugares. Su amigo el poeta Heberto Padilla era entonces un funcionario cubano con sede en la capital de Checoslovaquia. Padilla volvió a Cuba en 1966 y se convirtió en el centro de una polémica política y cultural que despertó suspicacias en el gobierno cubano. La revista Verde Olivo, 9

órgano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, le dedicó un furioso ataque titulado “Las provocaciones de Heberto Padilla”. Ese año, sin embargo, un jurado de gran prestigio le otorgó el Premio Nacional de Poesía de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) por su libro Fuera del juego. Años más tarde, el Departamento de Seguridad del Estado acusaría a Padilla de “actividades subversivas” y el poeta guardó cárcel y terminando saliendo de Cuba. Como vemos, a mediados de los años 60, el ambiente político en la isla estaba complicándose y llegaría a enmarañarse todavía más. En estos conflictos participaron también autores cubanos, lo que provocó numerosas asperezas entre el régimen y los artistas. Estaba en marcha lo que Ambrosio Fornet llamaría “el quinquenio gris” de la cultura cubana, donde se reprimió a grupos, revistas y proyectos culturales, institucionalizó la homofobia y produjo una ruptura irreversible de muchos intelectuales y escritores latinoamericanos con el gobierno cubano. Dalton fue una de las víctimas menos conocidas de aquella conflictividad. Estando en Praga, como lo refiere en la segunda carta, Dalton recibió una invitación de Fernández Retamar para que formara parte del Comité de Colaboración de la Revista Casa. En ese momento, la revista había comenzado a dar el giro para convertirse en una publicación más política. Por el prestigio de la revista y la composición de su plantilla de colaboradores, aquella invitación consolidaba su reputación como escritor y revolucionario. Dalton regresó a Cuba en 1968. Su estancia en la isla se prolongó, explica en la carta, sin entrar en detalles, "por motivos de fuerza mayor, conocidos por los organismos correspondientes de la Revolución". Sin sujeción a horarios y compromisos administrativos, sindicales y de movilización, Dalton se volcó de lleno a sus actividades literarias trabajando en al menos siete libros suyos, participando en paneles, recitales,

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coloquios, y colaborando con las principales revistas cubanas del momento. Encima de todo, su libro Taberna... obtuvo el prestigiado Premio Casa de las Américas en 1969. Pero Casa de las Américas vivía una hora difícil. Como lo dice el mismo Dalton en la segunda carta: "De los catorce miembros del Comité original hay que decir que seis... [habían] variado en sus posiciones o presentado puntos de vista conflictivos" frente a la visión sobre arte y literatura que sostenía la plana mayor de la institución cultural. Entre aquellos se encontraban Mario Vargas Llosa, Ángel Rama y Julio Cortázar. En medio de esa crispación, Casa de las Américas convocó al Premio correspondiente al año 1970. La convocatoria fue acompañada de una intensa jornada de preparación política en torno a temas espinosos que pudieran ser motivos de discusión con los jurados internacionales. A juicio de Dalton, aquella situación "ameritaba una política de relaciones sumamente balanceada y sincronizada, que incluyera... prioridades de trato especializado". Los menos confiables entre los jurados internacionales eran, según Dalton, la representación peruana (encabezada por el rector de la Universidad de San Marcos), y otro grupo "potencialmente conflictivo" en el que se encontraba el poeta Ernesto Cardenal, miembro del jurado de poesía. Dalton actuó como un "caballo de Troya" en ese jurado. De acuerdo con la segunda carta, Retamar le habría dicho que contaba con él como "el hombre de confianza" de la Revolución. Una de sus principales misiones fue la de ganarse la confianza del nicaragüense. Los resultados no pudieron ser peores. Algunos de los jurados expresaron públicamente puntos de vista discordantes con la línea cubana, produciéndose enfrentamientos verbales entre el público y los visitantes. Los jurados planteaban obstinadamente la necesidad de tomar contacto directo con la realidad del país. Dalton 11

sintió que la avalancha de quejas confidenciales y dudas confluían sobre él. Entonces, no sólo transmitió esas inquietudes a los funcionarios culturales cubanos, sino que, sumándose al "espíritu de Casa", se vio en la necesidad de "entrar en discusiones, explicaciones, defensas, inclusive, con respecto a realidades que no me convencían", confiesa. "Yo me sentía entre varios fuegos", se lamenta. "Las cosas no eran explicadas ni tampoco cambiaban", dando lugar a tensiones y, en su caso personal, dice, "a un verdadero desconcierto". Una vez terminó su labor con el jurado, argumentando razones de trabajo Dalton se abstuvo de participar en el resto de giras por el interior del país. Días más tarde, los jurados volvieron con los ánimos caldeados, especialmente Cardenal, a quien parece que le estaban recetando un trato especialmente áspero. Si, como se lee en su carta, hasta un heterodoxo como Dalton fue capaz de considerar "anormal" la petición de Cardenal de conversar con seminaristas católicos, "negativas" sus preocupaciones por la persecución contra los homosexuales y por la prohibición de que se exhibiera en Cuba la película "Z" de Costa Gravas, y hasta consideró la posibilidad de que el cura fuera un agente de la CIA navegando con "bandera de bobo", ¿qué podía esperarse de los más ortodoxos? Eso no fue todo: Cardenal se reunió con el poeta Padilla, que para entonces había provocado una conmoción internacional contra el gobierno cubano. Este le compartió su frustración hacia Casa de las Américas. Diligentemente, Dalton transmitía a la cúpula de Casa todas sus impresiones sobre la conducta de Cardenal. En medio de aquel remolino, Cardenal recibió un telegrama del arzobispo nicaragüense pidiéndole que interviniera a favor de un preso político y, como dice Dalton, "agente de la CIA", llamado Chester Lacayo. Cardenal accedió, pero a cambió le pidió al obispo que a su vez intercediera ante el dictador nicaragüense Anastasio Somoza a favor de 12

los presos políticos del FSLN. Al referir estos hechos, el razonamiento de Dalton es característico: "Cuando Cardenal me contó esto, yo pensé: 'Este es el inicio de una operación de canje. Detrás del Arzobispo de Nicaragua está la CIA. ¿Cuál es el papel de Cardenal en esto? ¿Consciente o inconsciente?'". Con todo, para Dalton la conducta de Cardenal se convertiría en el principal detonante de su renuncia a Casa. La mecha se encendió durante un almuerzo en el que estuvieron presentes tres poetas que han llegado a ser verdaderos íconos de prestigio literario y revolucionario: Mario Benedetti, Ernesto Cardenal y Roque Dalton. La reunión convocada en nombre de la poesía tenía el objetivo de enfriar al nicaragüense, pero fue un nuevo patinazo. En la comida Cardenal volvió a la carga pidiendo explicaciones, formulando críticas y reclamando que se le dejara hablar con campesinos. De acuerdo con su carta, Dalton habría apoyado en ese momento a Cardenal, lo que provocó un altercado con el uruguayo. Los tres poetas se levantaron de la mesa con el estómago revuelto. Más tarde, Benedetti se quejó de que Dalton se había portado de manera insolente. En la carta Dalton replica: "En primer lugar no creo haberle faltado el respeto. Si lo hice no fue esa mi intención, pero en todo caso habría bastado con pedirme explicaciones posteriormente para aclararlo todo: al fin y al cabo hemos sido buenos amigos, no somos señoritas de un colegio de monjas".

A partir de aquel encontronazo, Benedetti le retiró hasta el saludo. Pero ese fue solamente el primer round. Más tarde, en un cóctel ofrecida a Cardenal, Dalton volvió a expresar su desacuerdo por la manera en que se estaban manejando las cosas con los jurados internacionales. Pero esa vez tuvo que enfrentar la ira del propio Director. Fernández Retamar no sólo le advirtió que ya sabía que andaba "hablando basura", sino que 13

remató diciéndole: "en último caso somos nosotros quienes invitamos a los jurados extranjeros y somos nosotros los que sabemos qué hacer con ellos". Aquella frase, proveniente de su mejor amigo cubano, refiere Dalton, "no me dejaba otra alternativa [que la de] retirarme del trabajo de Casa". Las cosas no terminaron allí. Con algunos rones de más, Dalton insultó a gritos a Fernández Retamar. Dalton tuvo tiempo de lamentar aquel error, pero su destino en la más respetada institución cultural cubana estaba sellado. Presentó su renuncia sin dar explicaciones, quizás pensando que le iban a llamar para hablar sobre el asunto, pero esto no ocurrió. El ambiente en su derredor se hizo frío. Dalton asegura que presentó dos cartas de renuncia, una de ellas, la del 20 de julio, dirigida a Retamar, y otra a Haydée Santamaría, sin dar explicaciones de sus motivaciones, pensando que le iban a ser pedidas expresamente. Pero esto no ocurrió. “ ... Retamar hizo retirar mi nombre de la lista del Comité antes de dos horas después de leer mi nota”, se lamente. En medio del irritado clima político de ese momento, Dalton temió que su renuncia fuera tomada como una maniobra “destinada a causar daño a Casa”. Pronto comenzaron a circular rumores en su contra, algunos graves. En la carta, Dalton refiere que Genoveva Daniel, una funcionaria de la institución, habría dicho públicamente de que ya "no se sabía si [Dalton] todavía era revolucionario o no". El Comité Central, a través de una persona identificada por Dalton sólo como “el compañero N.”, le solicitó un informe sobre los hechos. Este es el origen de la segunda carta al Comité Central del partido. En ella insiste: “Yo renuncié de Casa, repito, porque se me dijo en otras palabras que no siguiera metiéndome en asuntos que no eran de mi incumbencia”.

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No podemos saber si después de la carta las cosas quedaron más claras o más enredadas, pero ya no volvieron a ser como antes. De Casa de las Américas, Dalton pasó a trabajar a la agencia Prensa Latina, alternando sus viajes con la redacción de sus libros. Aunque no podía adivinarlo, aquella fue la última oportunidad que tuvo para dedicarse a la literatura, y fue un periodo muy fértil. Terminó su ambicioso trabajo biográfico sobre el comunista salvadoreño Miguel Mármol, y dejó listos los libros Las historias prohibidas..., y Pobrecito poeta que era yo. Dalton siguió escribiendo para Casa, pero para entonces ya era un preso de su futuro. En sus poemas, frecuentemente pringados de sentencias, hay una que dice:

“La política se hace jugándose la vida o no se habla de ella.”

Dalton no parecía dispuesto a que ese verso se le convirtiera en una voz burlona sonándole en la cabeza. Ese mismo año se habían fundado en su país natal las FPL. Carpio había renunciado a la Secretaría General del PC y entrado a la clandestinidad fundando con un pequeño núcleo de obreros y jóvenes intelectuales las FPL, donde sería conocido como “Marcial”. En algún momento, entre los años 1970 y 1973, Dalton tuvo un nuevo encuentro con Salvador Cayetano Carpio en el pequeño apartamento del poeta Roberto Armijo, en París. Según Claribel Alegría, esa vez Dalton le pidió a Carpio integrarlo a la guerrilla, pero Carpio le respondió que su lugar en las filas revolucionarias era como “poeta y escritor marxista y no como un combatiente”. Detrás de ese lenguaje es fácil adivinar que Carpio no quería volver a pasar por aquellas sesiones de "crítica y autocrítica" con Dalton. Buscando la vida o buscando la muerte --eso nunca se sabe--, como dice una estrofa de Silvio

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Rodríguez, Dalton tomó contacto con el guatemalteco EGP, sin resultados. Posteriormente, se encontró con Alejandro Rivas Mira, cuyo alias era “Sebastián”, el primero en la jefatura del ERP, y decidió lanzarse de regreso a su país. Como se ha dicho, ingresó a El Salvador el 24 de diciembre de 1973. Dos años más tarde, estaba en medio de un nuevo remolino.

El aventurero "¡Los monos asidos del gran revólver nacional!" -- El país II (Taberna y otros lugares, 1969)

Los juicios políticos ejercen una fascinación sobre los intelectuales. Cuánto más dramáticos, mejor. La muerte de Dalton no escapa a ello. Los veloces acontecimientos desencadenados a raíz de una infracción de Dalton a la disciplina militar, y que terminaron con su asesinato, con frecuencia han sido denominados, por sus mismos protagonistas y por quienes piensan como ellos, como "el juicio de Dalton". Dicen que el poeta estuvo en "arresto domiciliario" bajo custodia de una "unidad militar". También se habla de la presentación de una serie de "cargos" en contra de Dalton, tales como unas fotografías – hasta ahora desconocidas-- en las que aparece al lado de un agente doble de la CIA, y de que un capítulo de su novela Pobrecito poeta... probaba que ese contacto con la CIA tuvo lugar. Se habla también de un "defensor", Eduardo Sancho, que habría tratado de salvar a "Dreyfus". Y se habla de una "condena" y una "ejecución". Todo este tribunal imaginario ha sido construido por sus asesinos. Es escalofriante pensar que Dalton, quien como estudiante de Derecho defendió gratuitamente sindicalistas, terminara sus días en medio de semejante "tribunal".

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En realidad, la manera en que las cosas ocurrieron está muy lejos de un juicio y más cerca de un episodio sacado de Historia de Mayta, de Vargas Llosa. Existe inclusive una versión, que ya ha motivado una narración de Horacio Castellanos, que asegura que el de Dalton fue un crimen ocasionado por los celos de un jefe guerrillero cuya compañera habría sido seducida por Dalton. ¿Conoceremos algún día la verdad? Quién sabe. Lo que sí podemos establecer ahora es que las decisiones fueron fruto de deliberaciones apegadas a códigos trastornados, cualesquiera que estos fueran. Diversos testimonios coinciden en señalar que su incorporación al grupo guerrillero fue producto de un acuerdo patrocinado por Cuba. El ERP incorporaría a Dalton en sus filas a cambio de armas y asesoría cubanas. De acuerdo con Sancho, la fatalidad se cebó sobre Dalton por una falta de disciplina. Los hechos parecen haber ocurrido así: Dalton y otro de sus compañeros habían ido a impartir entrenamiento militar a un grupo de obreros. Las normas establecían que, una vez cumplida la misión, ellos debían devolver las armas a un determinado local de seguridad. Pero esa tarde Dalton no apareció. La excusa que ofreció Dalton a sus responsables fue que el ejercicio, que tuvo lugar en las laderas de una zona boscosa al oriente de San Salvador, terminó después de lo que se esperaba. Vladimir Umaña, que se desempeñaba como jefe de operaciones, ordenó que, como sanción, se le detuviera por dos días. En esos momentos el ERP veía inminente la posibilidad de protagonizar, al lado de un grupo de oficiales del ejército gubernamental, un alzamiento contra el gobierno militar. En el interior de la dirigencia guerrillera se venía dando una discusión sobre la mejor manera de proceder. De acuerdo con Sancho, el clima delirante de esos momentos convirtió la "falta leve" de Dalton en una falta grave: insubordinación. A esta se añadieron dos acusaciones más. La primera consistía en acusarlo de ser un agente cubano. Sancho cuenta 17

en su libro que Roque había “dicho en broma, en sus conversaciones... que (había) trabajado para la seguridad cubana... Eso fue tomado como prueba”. La segunda acusación señalaba a Dalton como un agente de la CIA. ¿De dónde provenía esta afirmación? El testimonio de Sancho dice que en 1973, cuando las dos organizaciones armadas (ERP y FPL) iniciaron un proceso de acercamiento, Alejandro Rivas Mira habría llevado a uno de esos encuentros el informe de que Dalton estaba por ingresar al país para incorporarse al ERP. Cayetano Carpio habría objetado la propuesta asegurando que Dalton era un agente enemigo. Las palabras del jefe de las FPL fueron usadas como prueba. Más tarde, cuando se produjo la detención de Dalton y se montó el “juicio”, Sancho, su “defensor”, quizás para tomarle una declaración que confirmara o negara lo dicho por Rivas Mira, buscó a Carpio, pero este se encontraba en ese momento fuera del país. Dalton, entre tanto, que ya tenía sobre sí la acusación de ser un “doble agente”, permanecía en la casa de Lil Milagro Ramírez, en Santa Anita, un antiguo barrio ubicado en el oriente de la capital. Hasta allí llegó Sancho para ponerlo al corriente de las acusaciones. Dalton, dice Sancho, se puso “a reír”. Y agrega: “Es posible que él no viera con amplitud lo que se movía en cada acontecimiento". Sancho asegura que llevó ante el “tribunal” la propuesta que se escuchara a Dalton, pero esta opción le fue denegada. En ese punto, dice Sancho que la discusión se tornó tan acalorada que él percibió que no sólo estaba en juego la vida de Dalton sino también la suya. En algún momento, alguien propuso lo que ya parecía una decisión tomada de antemano: matar a Dalton. El punto se llevó a votación: de los cuatro miembros de la dirigencia, tres (Alejandro Rivas Mira, Vladimir Rogel Umaña y Joaquín Villalobos), votaron a favor. Sancho votó en contra. 18

Ante la gravedad de los acontecimientos, Sancho dice que Lil Milagro Ramírez urdió un plan para que Dalton, Sancho y ella misma se evadieran. Las cosas ocurren con demasiada rapidez. Sancho habla con Dalton y le propone huir. Para su sorpresa, "Roque no acepta... dice que confía en los compañeros", cuenta Sancho. Horas más tarde, el primero de mayo, Sancho y Lil Milagro huyen... sin Dalton. "Desde ese momento perdimos su voz, su semblante de preocupación, cierta sonrisa de aflicción, de incredulidad de lo que ocurre", recordaría décadas más tarde. No volvieron a verse. Posteriormente, Dalton fue sacado por sus captores de la casa de la colonia Málaga, próxima al barrio Santa Anita, y llevado hacia otro lugar donde, como cuenta Sancho, le mata “de sorpresa” una “unidad militar”, presumiblemente el 10 de mayo. Carlos Eduardo Rico Mira, quien estuvo en el perímetro inmediato de aquellos hechosv, reconstruye los últimos momentos de Dalton. De acuerdo con su testimonio, el hechor material fue Rogel Umaña, encajándole, por la espalda y sin aviso, “un sólo tiro entre la nuca y el occipital”. Rico Mira cuenta que Rogel Umaña le había dado una tremenda paliza a Dalton durante su captura: “Levántate culero, respóndeme como hombre sino quieres que te haga mierda a vergazos”, gritaba Rogel Umaña. Rico añade que “Roque guardaba silencio en el suelo. Repentinamente (Rogel Umaña) lo agredió a patadas como a un perro, lo agarramos para evitar que la golpiza continuara. Y como loco vociferaba, suéltenme que tengo ganas de matar a pura verga a este intelectual de mierda”, señala. La versión más difundida sobre el lugar donde fue sepultado, avalada por la Misión de Naciones Unidas que verificó el cumplimiento de los acuerdos de paz de 1992, dice que el cuerpo sin vida de Dalton fue semi sepultado en el "malpais", la zona de lava de Quezaltepeque, en la falta norte del volcán de San Salvador, un botadero en donde solían

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aparecer cadáveres de opositores al gobierno militar. Aparentemente, sus restos fueron devorados por perros y aves de rapiña. Para algunos, esa historia es sólo otro embuste y no creen que un grupo de asustados aspirantes a guerrilleros atravesara la ciudad con un cadáver. Existe una versión de que Dalton fue llevado a una casa rodeada de fincas en los alrededores de la colonia Montserrat, ubicada cerca de Santa Anita, donde después de ser golpeado e insultado, fue muerto a tiros y luego sepultado. Esos son los hechos en trazos gruesos. El conjunto de la historia sigue en secreto y probablemente seguirá así por largo tiempo. Con todo, nada hay que contradiga que el “juicio” contra Dalton fue una decisión tomada con los procedimientos imperantes en la carnicería de Tony Soprano. Contra lo que muchos profetizaron en el ya remoto año 1975, con el cadáver de Dalton a cuestas, y ya sin el liderazgo de “Sebastián” (que se terminó desertando de su organización, desapareciéndose misteriosamente llevándose una jugosa cantidad de dinero), el ERP llegó a convertirse en una poderosa organización que tuvo un papel decisivo en el rumbo que tomó la guerra civil salvadoreña y en la decisión de darle una salida negociada. En representación de sus respectivas organizaciones, Eduardo Sancho y Joaquín Villalobos, que tuvieron papeles protagónicos en aquel drama, están entre los cinco dirigentes que estamparon sus firmas en el trascendental acuerdo de paz que en 1992 puso fin a la guerra. Las cosas no terminan allí: el ERP contó entre su militancia al distinguido poeta Roberto Armijo, miembro de la generación de Dalton. Desde su posición en París, Armijo tuvo ascendencia entre políticos, escritores e intelectuales latinoamericanos y europeos. La dirigencia del ERP también gozó de simpatía en las oficinas del Ministerio del Interior cubano, que, como dice Jorge Castañedavi, junto con el aparato cultural constituían “el 20

vínculo más importante entre la Revolución Cubana y la izquierda latinoamericana”. Castañeda también señala que era un secreto a voces que los cubanos “favorecieron casi sistemáticamente al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en buena parte por el encandilamiento de Fidel con [su principal dirigente] Joaquín Villalobos”. Parece que el crimen de Dalton –para decirlo con un tópico– fue sólo el resultado de las contradicciones en el seno del pueblo. El reconocimiento cubano para Dalton provino la esfera cultural, donde su muerte le devolvió honorabilidad. De hecho, la confusa información que circuló a partir de mayo de 1975 en torno al asesinato de Dalton, sólo se volvió “oficial” cuando Casa de las Américas la dio por cierta y comenzaron las actividades de duelo en su honor. Los conflictos ideológicos y políticos de Dalton con Casa de las Américas pasaron a ser una historia prohibida. Como dice uno de sus poemas:

“Lo peor es tener sólo enemigos. No. Lo peor es tener sólo amigos ...”

Mirando en retrospectiva las desavenencias de Dalton con el PC salvadoreño, los acontecimientos de 1970 en La Habana, y su encuentro fatal con el ERP, la construcción romántica obligaría la conclusión de que esos incidentes fueron resultado de su espíritu crítico, heterodoxo y anti-solemne. Ese Dalton es verdadero, pero no es completo. No creo faltar a la verdad si subrayo que Dalton también fue capaz de actitudes sectarias, solemnes y hasta reprobables. Su diatriba contra el intelectual salvadoreño Alberto Masferrer lo pone al lado de quienes, desde posiciones muy conservadoras, siguen considerando a Masferrer como un elemento peligroso. Pero Dalton tenía habilidad no sólo para el sarcasmo. Una

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parte de su poemario Los testimonios, de 1964, está dedicada “A mi Partido”: un homenaje que está más cerca de la zalamería que de la buena literatura. En ese mismo libro, al lado de los héroes históricos, hace figurar a Cayetano Carpio, a la sazón Secretario General del PC. Y al leer su poema “La marcha” es inevitable sentir pena por el tono con el que describe, si bien disimuladamente, a Fidel Castro. A Fidel le dedicó también Un libro rojo para Lenin (“el primer leninista de América...”, etc., etc.). Uno no puede dedicarle poemas a sus jefes sin un poco de desvergüenza. ¿Quién asesinó a Dalton? Los testigos directos de aquel crimen siguen fieles a un pacto de silencio. El ERP tuvo ocasión de revisar su conducta en el caso Dalton. Como resultado, emitió un documento que, entre otras cosas, decía: “Convirtiendo a Dalton en un ‘revolucionario’ de ‘grandes cualidades’, faltando a la verdad sobre su papel en el proceso revolucionario salvadoreño y sublimando su efímera militancia; [los escritores y artistas] piensan colocarse ellos como sector a través de la bandera de Dalton, poeta y escritor, ya que es esto lo que vuelve importante su muerte y lo convierte en el héroe cuando la verdad es que fue víctima y hechor de su propia muerte”. Y añaden: “(Aunque) La ejecución de Dalton fue un error político-ideológico, ningún pequeño burgués aventurero merece ser muerto sólo por el hecho de serlo”. En este punto hay que decir que, dentro del movimiento armado salvadoreño, ni este tipo de declaraciones, ni las efusiones de sangre fueron exclusivas del ERP. Casi diez años después del asesinato de Dalton, Carpio resultó señalado como parte intelectual del horrendo crimen de Mélida Anaya Montes, la segunda al mando de las FPL. En un primer momento tanto las FPL como la dirigencia del FSLN culparon del asesinato a la omnipresente CIA. Muy pronto, las pesquisas del aparato de seguridad cubanonicaragüense revelaron que aquello era resultado de una lucha interna en las FPL. Pocos

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años después, en otra de esas nuevas historias prohibidas, una paranoica dirección de las FPL, contando con el concurso de uno de sus comandantes de campo, mató a no menos de trescientos de sus combatientes y bases de apoyo, haciendo uso inclusive de la tortura para arrancar declaraciones, a quienes consideraron infiltrados del enemigo. Si a estos crímenes sumamos las matanzas de disidentes políticos y de poblaciones enteras perpetradas por las dirigencias militares y civiles de derecha, incluyendo el asesinato del arzobispo Oscar Romero, tenemos que decir, con una aparente aporía, que este es el precio impagable que hemos pagado por la paz. La fuerza del mito de Dalton está asociada, entonces, a la necesidad de contar con una elite moral que se enfrente al relativismo predicado por la política cotidiana a través de las entidades y personas que detentan el poder, incluyendo a la izquierda salvadoreña. Dalton es considerado parte de esa elite imaginaria. Para ello, los albañiles de su prestigio hemos exaltado principalmente las virtudes suyas que respondieron a un momento específico: el de la lucha revolucionaria, haciendo a un lado sus zonas oscuras y su sectarismo. De este modo, se ha situado a Dalton en un terreno donde tiene demasiadas desventajas. Sin poseer la astucia ni el pragmatismo del político, ni el carácter y la disciplina del soldado, el suyo es, aunque al decirlo se despierten suspicacias, un corazón aventurero. Necesitamos, pues, un nuevo Roque Dalton. O para decirlo de otra manera: necesitamos actualizar su mito. Dalton es el tipo de personajes que ponen al descubierto, y también trastornan, la idea misma que un país y una cultura tienen de sí, y ayuda a construir otra que engrasa los tránsitos de la imaginación y la conciencia hacia nuevos momentos. Por el peso simbólico de su figura y por la condensación de estupidez y de fatalidades que se arremolinaron en torno a él, Dalton es un Orfeo del siglo veinte que bajó, para no regresar, a los infiernos de 23

una ética trastornada que debiéramos desterrar. Pocas literaturas pueden darse el lujo de tener un mito como el suyo. Pero una lectura del siglo XXI de la obra de Dalton exige un abrelatas y no las candorosas interpretaciones construidas bajo el impacto de su martirio. Para desentrañar la historia de su muerte se requiere de una máscara antigás, como la que él mismo propuso para ingresar en los palacios de la Iglesia. Después de lo cual añadió: "La guerrilla es la única organización pura que va quedando en el mundo". Algo que a la luz de su testimonio suena como una macabra tomadura de pelo. San Salvador, 2007

Luis Alvarenga: El ciervo perseguido. Vida y obra de Roque Dalton, DPI, San Salvador 2002. Eduardo Sancho: Crónicas entre los espejos, San Salvador, 2004. iii Los Poemas clandestinos circularon en San Salvador después de su asesinato, impresos en mimeógrafo, antes que la edición definitiva de 1980 iv Se trata de la copia en carbón de la original escrita por Dalton, que se conserva en el archivo de los hijos del poeta, en San Salvador. v Carlos Eduardo Rico Mira: En silencio tenía que ser. Testimonio del conflicto armado en El Salvador (1967-2000), San Salvador, 2004. vi Jorge Castañeda: La utopía desarmada, Espasa Calpe / Ariel, Buenos Aires, 1993.
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