Some facts about the fire's use 1 Some facts about the fire’s use

Si no hubiera sido el color seguramente habríamos encontrado alguna otra excusa. En el salón todos se la teníamos jurada, pinche negro, un día de estos te vamos a partir la madre. Nos daba igual que viniera de Honduras, de El Salvador, de Haití o Cuba: el color era lo único que necesitábamos para que cualquier broma y agresión quedara justificada. Sería que el imbécil ya estaba acostumbrado, no lloraba. Nunca nos dio el gusto de verlo llorar, ni cuando le quitábamos el almuerzo para echárselo a los perros del conserje, o cuando lo dejamos amarrado en el poste de la portería más alejada de la escuela, a mediodía. Lo desataron y tenía los labios resecos, estábamos seguros que no le pasaría nada porque dijo el profe que el color de la piel de ésos está hecho para soportar el sol cayendo a plomo. Pero no era cierto. Cuando lo soltaron la piel se le abría en grietas con un fondo rojo, purpúreo. ‘Órale, ese negro tiene sangre como la de nosotros’ nos dijimos, y estoy seguro que entonces lo odiamos un poco más. Porque se la teníamos jurada, y no nos íbamos a quedar con las ganas de partirle la madre, y si se podía, hasta íbamos a matarlo.

Cuando mi padre regresa llega sin ganas siquiera de cenar. Mamá le prepara lo que puede, se esmera en los guisos que los abuelos le han enseñado, y a ellos los abuelos de sus abuelos. Pero papá no tiene hambre, sólo se deja caer en la cama, como un cachorro que se quedó todo el día sin comer. Mi madre me dice que no lo mueva, que pronto se recuperará, es cuestión de alegrarle el día. El abuelo saca su guitarra y me

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pasa el güiro, dice mi madre que lo toco igualito que mi tío, el que mataron antes de que yo naciera. A papá le gusta la música, dice que Cuba es linda, que hay unas calles hermosas, con casas altas y fachadas de cantera. Y que aunque ya no podamos regresar, allá nos seguirán esperando los huesos de quienes se quedaron, cuando podamos volver la tierra será otra, y aquella será nuestra casa. Después de una o dos estrofas papá sonríe y se da ánimos para dejar la cama. Toma a mamá de la cintura y ella da vuelta tras vuelta, levantando su falda mientras sus pies bailan siguiendo el ritmo de papá. La abuela entonces acompaña la canción con las palmas, y mis hermanos más pequeños corren a abrazar a papá y mamá pidiéndoles que los carguen, quieren bailar con ellos también. Y cuando se acaba el baile mi papá dice que la cena huele rico, que le sirvan lo que haya porque no es justo que él esté muriéndose acá en la casa de hambre nomás por puro gusto, mientras el patrón sigue fregándolo igual que siempre en la bodega y en este momento ni siquiera se acordará de él. No quiero decirle a papá lo que pasa en la escuela, ya tiene muchos problemas encima como para andar cargando también con los míos, pero a veces me dan ganas de llevarme el cuchillo que usa el abuelo para quitarle las escamas a los pescados y enfrentarme a esos que siguen golpeándome nomás porque no les caigo bien.

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Y si el negro es feo, su jefa y su jefe están más feos todavía. Los hemos visto cuando bailan cantando cosas que nadie entiende, al son de otro negro muy viejo que les toca la música para que ellos se den de vueltas y vueltas en el cuarto, nomás falta que se pongan a hacer sus porquerías allí enfrente de todos. Y luego el prieto Felipe se les queda viendo con la boca abierta y sin cerrarla, seguro que también quisiera bailar como ellos. No lo culpo, no sabe y no podrá comprender lo mal que se ven, si pudiéramos también matábamos de una sola vez a aquella familia. En el barrio ni quién los fuera a extrañar, nos libraríamos de su presencia, que nos asfixia y enrarece el aire. Nosotros tenemos que trabajar para pagar la escuela, entre mis compañeros no hay nadie que esté becado. En las vacaciones de verano en lugar de andar por la calle y paseándonos por cualquier barrio, tenemos que quedarnos encerrados en las
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tiendas, bodegas y almacenes, para desquitar hasta el último centavo que llevamos al colegio para gastar. Pero ese maldito negro no, todo lo recibe gratis: tiene una beca que le dan las monjas estúpidas que administran el colegio, y a la hora del almuerzo nomás estiran la mano y la encargada de la cocina ya le tiene preparado un lonche con su refresco que no les costará ni un solo centavo. Por eso los odiamos más al maldito, por querer compararse con nosotros que sí trabajamos y tenemos que pagar la colegiatura trabajando mientras él se la pasa descansando, junto con los negros calenturientos que le tocaron por papás.

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A veces quisiera bailar como él. Tiene espaldas recias, mamá se puede pasar toda la tarde mirándolo cuando ayuda al abuelo a sacar las redes de nuestra lancha. Luego van separando los peces más grandes de los más pequeños, y los más grandes son los que papá se lleva en dos cubetas grandes, atadas a un madero que se acomoda sobre el cuello, para poder llegar sin problemas hasta el mercado y venderlos temprano. El abuelo le dice que el domingo es su único día de descanso, que no debería andar haciendo eso y al contrario, sería mejor aprovechar para quedarse en cama otro rato más, pero papá le dice que no, que cuando esté muerto y enterrado descansará la eternidad completa, que lo que urge ahorita es tener dinero para comprarle ropa a los niños más pequeños, y también para comprarle un vestido lindo a mi mamá. Por eso se lleva cargando los botes hasta el mercado, y cuando regresa el rostro se le llena con una sonrisa que parece como si se acabara de sacar la lotería: ahora no batalló tanto para vender el pescado, le dice al abuelo que estar en el mercado todos los domingos a la misma hora ha tenido su lado bueno porque ya tiene clientes que nomás están esperándolo para quitarle de las manos lo que lleva y pagarle sin poner ningún pero. Los domingos al mediodía, cuando él regresa, todos en la casa somos un poco más felices, empezando por mi mamá y mis hermanos, y acabando con los abuelos y conmigo, aunque no puedo decirle a mi papá las ganas que tengo de desquitarme de los que me tratan mal en la escuela.

Por eso cuando Sergio nos dice cuál es su idea nos parece lo mejor que se le ha ocurrido desde que lo conocemos. Sergio dice que es fácil, se trata nomás de aprovechar el viernes en la noche, cuando el papá de ese mugroso negro llega
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según él más cansado a la casa, y todos se van a dormir temprano. Si nos llevamos cuatro o cinco botellas y las estrellamos de una sola vez, apenas se van a dar cuenta de que las láminas y las paredes de madera están quemándose. Y con un poco de suerte, hasta se mueren todos de una sola vez, y así nos libramos de ellos con un solo golpe y quién sabe, a lo mejor hasta los del municipio se animan a hacer un parque o una cancha de futbol en el lugar donde ellos tienen su casucha de triplay y cartón. Salvador dice que él le entra, su papá tiene estopa y franela guardada en la cochera, pero es muy cuidadoso con la gasolina. Él no puede sacarla de su casa. Martín dice que él consigue la gasolina, sus papás jamás están el fin de semana, y el velador se duerme temprano porque suelta los perros a que hagan ronda en los patios de la casa. Puede sacarle gasolina a cualquier coche, y traérsela en un envase de plástico. Sergio se encarga de conseguir los botes, a mí me va a tocar lo más fácil, prender las mechas para que cada quién se encargue de estrellar su propia botella. Siempre han envidiado el encendedor que me regaló papá al regresar de su último viaje a Las Vegas. Me dijo que si algún día comenzaba a fumar, que lo hiciera con porte y fumando buenos cigarros, no esa basura que venden al menudeo en las tiendas que están alrededor de la escuela. Por eso me regaló el encendedor que nomás con retirarle la tapa solito prende. Quedamos en eso, a las once de la noche este viernes le daremos a ese montón de negros lo que se merecen.

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Los viernes papá llega más cansado que de costumbre. Su patrón ese día lo dedica a surtir su almacén y pide que le envíen mercancía de todos lados, que a mi papá le toca descargar él sólo, mientras los demás empleados acomodan en los estantes y exhibidores. Papá dice que después de tantos años ya se acostumbró a la friega, y que sería más cansado hacer lo que hacen los demás, acomodar pieza por pieza mientras las cajas van amontonándose una tras otra en los pasillos de la tienda. Lo mío es más sencillo, sólo bajo las cajas y las llevo hasta el pie de los anaqueles. Si ellos supieran que es más fácil, seguro que me quitaban de allí y me mandaban a la bodega. Por eso no les digo.

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Lo que cansa a mi papá es que nunca se sabe cuándo llegará el último tráiler. Puede ser a las cuatro o cinco de la tarde, o a las nueve o diez de la noche. Por eso los viernes papá llega a la casa, cena, y todos nos vamos a dormir. El sábado además a él le toca entrar un poco más tarde, y nosotros podemos quedarnos en la casa, esperando que el abuelo regrese de la pesca para acompañarlo al mercado, mientras mi papá se va a la bodega a cobrar y a traer algo de la tienda, o si de plano nos va bien, del mercado. Cuando eso pasa se regresa con el abuelo, y vuelven trayendo un dulce o una pieza de pan. Los sábados y los domingos son los días que nos olvidamos de los desaires que nos hacen nuestros vecinos.

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Cuando llegamos todos parecían estar durmiendo. Le dimos dos o tres vueltas a la casa y no escuchamos nada, entonces prendí las mechas. Al estrellarse las botellas, la gasolina brincó para todos lados, las llamas subieron desde las paredes hasta el techo, y las cosas pasaron muy rápido. ‘¡Córranle, vámonos al carro! Me gritaron. Apenas alcancé a ver cómo salían corriendo, el papá de ese maldito negro en cueros, y la mamá mal envuelta en una sábana blanca. Seguro que estaban revolcándose los cerdos. No miré si el negro Felipe salió, o si alcanzó a salir alguien más. Como sea, el encendedor funcionó. Ojalá que el negro se haya muerto, así, quemado, como un pedazo de carne olvidada sobre las brasas de carbón.

Mi papá nos levantó, los vecinos parece que ni se dieron cuenta, comenzaron a salir cuando el techo ya empezaba a caerse a pedazos. Nadie se quedó adentro de la casa, salimos como pudimos, y nos libramos por esta vez. Siento que todo lo que mi papá nos dijo, eso de olvidarnos pronto de dónde viene el abuelo y de dónde vienen ellos, de hablar como hablan los demás, comer lo que comen los demás y creer lo que creen los demás, no ha servido de nada. Aunque hable y me vista como los otros compañeros del colegio, hay algo que jamás podremos olvidar, y es el color de la piel, que tengo morena y ennegrecida no se bien por qué, y que ellos tienen descolorida, como si les faltara comer o estuvieran enfermos. Papá también intenta quitarse el acento, hablar con las mismas palabras que el resto de sus compañeros en la bodega, mi mamá le sigue la corriente, y en la casa nadie habla jamás de La Isla. Por eso cuando el abuelo saca su guitarra y comienza a cantar sentimos que algo nos mueve desde
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muy adentro, como si de repente la sangre quisiera hervir dentro de las venas, con una emoción que no podemos callar ni ocultar. Pero esta noche las llamas acabaron con la guitarra del abuelo, lo único que aún nos quedaba del lugar de donde venimos. Se quemó todo, nos quedamos sin ropa, sin comida, sin techo ni cama. Papá nos dice que no nos preocupemos, que cuando amanezca junto con la luz del día llegarán las primeras respuestas. Y no sé por que dice ‘respuestas’ porque ni siquiera sé cuál fue la pregunta. Pero yo sé quién fue el que nos quemó la casa. Y no llegó solo, siento que de alguna manera, ellos acaban de darme la bienvenida: clarito los vi desde la ventana de mi cuarto.

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-En serio, Fidel, ¿nada más viste salir a los papás del negro? –pregunta Salvador. Sergio también espera una respuesta, Martín sigue ensimismado, como si estuviera durmiendo con los ojos abiertos. -Sí, nada más a ellos. A los otros no los vi que salieran, ojalá que todos se hayan muerto. Sergio le da una palmada a Martín, ‘anímate, ¿no ves que las cosas nos salieron bien?’. Martín contesta en medio del sopor y aletargamiento, ‘no todo, ellos también tenían que haber muerto, junto con ellos. Todos juntos, la maldita familia’. Fidel les asegura que no hay nada más fácil que saber a dónde se van a mudar. Ojalá y la próxima les toque vivir en una casa del gobierno, esas donde todos duermen en literas de tres o cuatro colchones. -Si eso pasa, entonces volvemos a hacer lo de la gasolina otra vez, allí encerrados no podrán escaparse ni salir corriendo para ningún lado.

Ya sé que todos se cubren, unos a otros siempre se cuidan las espaldas. Lo que no sabía era quién estaba detrás de todo, ahora que lo vi cuando daba órdenes y encendía las mechas, me siento más tranquilo. El día de hoy podré soportar todo lo que suceda con calma, ya sé de quién me quiero desquitar, y también se cómo lo voy a hacer.

Cuando la directora del colegio se presentó en cada aula pidiendo ayuda para la familia de Felipe, ‘nuestro compañero’, porque se han quedado sin nada, los cuatro piensan
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que los malditos negros se libraron, y dentro de dos o tres días volverán a verlo, con sus ojos abiertos como si estuviera a punto de llorar, los labios gruesos y bien marcados. ‘Pareces maricón, nomás falta que te pintes la jeta, mugroso’ le decían a la hora del recreo, cuando los maestros se encontraban ocupados en el almuerzo o en los pasillos, hablando de cualquier cosa. Salvador le dijo a la directora ‘ni piense que voy a dar un solo centavo para que ese mugroso negro regrese a la escuela, ni que esta fuera una escuela pública o un centro de beneficencia. Mis papás por eso pagan la colegiatura, y por si ya se le olvidó, pagan en dólares’. La directora lo llevó a la administración, donde citó a los padres de Salvador. Ellos llegaron a la hora convenida, y sólo repitieron lo mismo que su hijo, añadiendo una amenaza directa ‘ni a ustedes ni a nosotros nos conviene un escándalo, y menos si es causado por un negro. Así que respete nuestras decisiones, y que los que quieran cooperar que cooperen, pero nosotros no vamos a dar un solo centavo extra’. Cuando terminó la jornada escolar, los cuatro le gritaron en coro ‘¿Por cuánto las pasa tu jefa?’ Felipe no hizo caso, siguió caminando y escuchando sus carcajadas un par de cuadras más, hasta que ellos lo dejaron ir. Algo parecido a la tranquilidad le quitó las ansias que sintiera en el transcurso del día. Se llevó el cuchillo para desescamar del abuelo, lo tuvo todo el tiempo en la mochila, pero no lo sacó. Este no es el momento, será mejor de uno por uno, a ver si son tan machitos esos habladores, pensó en la hora del recreo. Cuando llegó al albergue se encerró en el baño. Sobre la repisa que sostenía el espejo frente al cual se rasuraban los huéspedes que de manera esporádica ocupaban el lugar, también estaba la pequeña piedra de afilar que usaban con la única navaja, asegurada con un trozo de cadena a la pared. Tomó la piedra de afilar y la guardó en el pantalón, nadie iba a echar de menos aquel pedazo de piedra terrosa, no recordaba haber visto ni una sola vez a su papá o al abuelo rasurándose. Por la noche, cuando todos dormían, se aseguró de que sus papás no estuvieran despiertos. El abuelo fue el primero. Con la cabeza ladeada sobre la almohada, fue fácil hacer el corte de un solo tajo. La mancha oscura y violenta que fue extendiéndose por la sábana coincidió con el despertar de aquellos ojos, que poco a poco fueron tornándose más y más opacos, hasta parecer dos pedazos de vidrio estrellado.

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Recordó la noche anterior, cuando vio a Fidel encendiendo los trapos. Los otros tres arrojaron las botellas, Fidel dejó la suya en el piso, ninguno se dio cuenta de eso. Después de salir corriendo de la casa algunos vecinos llevaron botes con agua, pero nada pudieron hacer, y al final sólo cuidaron que las llamas no corrieran a los techos de junto, para que el incendio no creciera más. Él escondió la botella en el tubo de un desagüe cercano, que iba a dar al arroyuelo seco visible desde la que fuera su casa. Cincuenta metros más allá la playa de arenas blancas era abatida una y otra vez por las aguas del mar embravecido por la marea. Mientras sus padres se ocupaban de los niños más pequeños y trataban de vestirse con la ropa que los vecinos les ofrecían, Felipe fue hasta la barcaza del abuelo y buscó debajo del asiento, enclavado en una pequeña ranura, los dos cuchillos para desescamar que siempre estaban en ese lugar para casos de emergencia. Los envolvió en un girón de su camisa, y los guardó en la bolsa. Ya sé para qué me van a servir, pensó. Yo los cuidaré, a todos, para que nadie jamás les haga daño. Aquí nunca dejaremos de ser los negros, los indeseables y aborrecidos. Hoy sé que cuando papá no esté me tocará cuidar de la familia, de mis hermanos, de mamá. Y no quiero que sufran lo mismo que he sufrido, al contrario. Quiero librarlos de esa vida de perro que me ha tocado vivir, y que ya no quiero seguir soportando. Para cuidarlos y librarlos de esas penas y vergüenzas necesito hacer esto, olvidarme de lo mucho que los quiero, y recordar para siempre cuánto odio a esos cuatro. Esto es lo mejor para todos, se repitió en silencio una y otra vez. No había marcha atrás, sus papás dormían abrazados, él repegado en la espalda de ella, protegiéndola. Lentamente acomodó ambos cuchillos, uno sobre cada garganta, y dio el estirón al mismo tiempo. Hubo un par de quejidos seguidos por algunas palabras entrecortadas, que él no entendió. Unas ganas casi incontenibles de llorar casi lo paralizaron, pero se contuvo. Los hermanos menores ni siquiera se dieron cuenta cuando uno tras otro se desangraron en las camas. Los sanitarios comunales de albergue se habían colocado junto a los muros más apartados del edificio; cuando las instalaciones se ocupaban en tiempo de calor y el drenaje fallaba, el olor era insoportable. Con ese argumento convenció la administración del refugio a las autoridades municipales para sacar los sanitarios de las

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instalaciones principales del albergue y recorrerlos hasta el lado más alejado de la construcción. En el edificio no había vigilancia, sin mayor esfuerzo trepó por las paredes rústicas y con un brinco se dejó caer hasta la banqueta. Llevaba en las espaldas su mochila vacía, y en el mismo lienzo de la noche anterior los cuchillos que recién acababa de usar. No quería llorar. Si derramaba una sola lágrima, ya no encontraría jamás el valor necesario para hacer lo que iba a hacer. Guardó en su mochila cuidadosamente la garrafa que Fidel no utilizó. Del alberge se había llevado también una cajetilla de cerillos, y la piedra de afilar. Cuando llegó al salón aún no sonaba la campana. El conserje lo saludó como todos los días, Felipe era el único que siempre llegaba temprano sin importar lo emperrado que hubiera amanecido el clima. Acomodó la garrafa en un rincón, y la cubrió con su mochila. Sacó los libros y los cuadernos, y los dejó debajo del asiento de su pupitre. Aquel día se dio tiempo para ver cómo iban llegando uno tras otro, saludándose, acomodando las mochilas junto a la suya. Había quienes la identificaban bien y dejaban caer la suya propia encima de la de él, buscando aplastar cualquier cosa que se encontrase adentro. Tuvo la certeza de que él no existía para sus compañeras, que comenzaban a mostrar los rasgos propios de la pubertad apareciendo en sus cuerpos. A él no le preocupó eso, cuando entraron los cuatro, Fidel delante de todos, lo miraron con una sonrisa burlona en el rostro que mantuvieron toda la mañana. La hora de recreo no fue distinta, a lo lejos se escuchó una sirena acercándose. Había llegado el momento. -¡Hey Fidel! ¿Ya les dijiste que te faltaron los que te conté para prenderle a tu botella? Fidel lo miró y se lanzó encima, tirándole un par de puñetazos que dieron en el aire. Los otros tres lo detuvieron, ‘espérate, ¿no ves que eso es confesar que nosotros tuvimos algo que ver en ese accidente?’ le dijo Sergio. Salvador y Martín asintieron, ‘no caigas en su juego, no nos conviene’. -Si son hombrecitos los espero en el salón, allí nadie nos verá –dijo Felipe mientras les daba la espalda. -Espérate Fidel, déjalo nomás que llegue al salón, de la golpiza que le vamos a dar no le van a quedar ni dientes para seguir burlándose de nosotros –aconsejó Martín.
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-Ya entró –dijo Sergio, y los cuatro se fueron en grupo, volteando de vez en vez para ver si algún maestro los veía entrar en el aula. Salvador fue el último en entrar en el salón, por inercia puso el pasador, y cerró con seguro. Reconocieron la garrafa que Felipe colocó sobre el pupitre, y vieron las llamas que se adueñaban de la estopa mientras les lanzaba el recipiente encima. Al caer en el piso los cuatro se dispersaron, Felipe había bloqueado la única salida que tenía el recinto. Las llamas sorprendieron a Martín, quien comenzó a gritar mientras pedía ayuda a los demás. Fidel se le dejó ir encima a Felipe, tirando puñetazos. Éste se dejó dar uno de lleno en la cara, sólo para que Fidel se acercara más y tenerlo al alcance de las manos, donde ya tenía los cuchillos que lo esperaban desde hacía un par de noches. El ruido de las sirenas se detuvo afuera de la escuela, escucharon gritos, voces vagas con palabras entrecortadas y golpes sobre la puerta, cuyos paneles metálicos estaban ya ennegrecidos por el fuego. Los otros dos no vieron lo que pasó con Fidel, ocupados en ayudar a Martín, y preocupados por las llamas que devoraban mochilas, libros y cortinas. Dos noches antes el fuego no era tan difícil de controlar, hasta resultó hipnótico ver cómo cedían el techo y las paredes de la casucha de Felipe. Como los cristales, que ahora comienzan a quebrarse cayendo en pedazos humeantes desde las ventanas más altas del salón.

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Francisco Arriaga. México, Frontera Norte. 20 Abril 2010.

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