Capítulo 4 - Bizantine Stadium. I Stainfeuer entró a su estadio rodeado de las ovaciones y envidias de sus empleados.

Era la inauguración de un largo viaje hacia la eternidad y su equipo se encontraba muy exaltado por creer que sus sacrificios se encontraban cercanos al triunfo. Lo adoraban como a un César victorioso, con la diferencia de que a él, nadie le podía recordar su humanidad, ni su computador, pues estaba más allá del bien y del mal mesurados por sus circuitos. Verdugo no podía juzgar a los Steinfeur. Le habían programado esa excepción desde que le diseñaron. Todavía no comprendía esta anomalía de percepción y procesamiento, pero aunque llegara a entenderla, la seguiría sin resistencia. Y ahora, sus ojos se iban a abrir con el mismo punto ciego y nuevas capacidades ante un estadio repleto. A una orden de su amo comenzaría a ver como nadie podía hacerlo. Desde el estrado Steinfeuer gritó a sus siervos: "¡hágase la luz!", inaugurando el último protocolo que juntos llevarían a cabo para despedirse del mundo que les rodeaba. Entonces, Verdugo redirigió sus láseres invisibles a cada cosa y ser a su alcance. Menos a Steinfeuer, claro, y a su familia. A ellos los seguiría reconociendo con los parámetros comunes de lectura biométrica a luz visible. Verdugo sintió a sus neuronas cibernéticas llenarse de biodatas novedosas que comenzó a procesar, colocándolas en el index de crecimiento permanente que seguía a cada individuo hasta el momento de su muerte. Ahora nada parecía quedar oculto a su vista, ni siquiera sus pensamientos, los veía y registraba en tiempo real por dentro, por fuera, y al detalle. No podía existir mayor desnudez que aquella, pensaba Feuerstein. Accedió cuando su hijo le pidió atajar un tanto el voyerismo involuntario de Verdugo con Velux, software que diseñó con la asesoría de Jhidr, el maestro de disciplinas marciales, pero rehusarse a utilizar el algoritmo de ética era otra cosa bien distinta. No podían darse el lujo de no activarlo por el capricho humanista de Ylnam. Necesitaban seleccionar quién sobreviviría y quién sería sacrificado, y sin ese juez perfecto era imposible. Y allí estaba, al borde de su Armagedón personal, con un ejército listo para abstraerse de la hecatombe automática que fabricaron febrilmente, y sin otra cosa en sus cabezas más que sus desviadas pulsiones eróticas de querer persistir aniquilando al despreciable, y una vez asesinado, despojarle sus bienes como herencias malditas que debieran pertenecerles. La Tierra sería de ellos. Dios lo había decidido. Así explicaban su pertenencia al grupo selecto de la congregación de Steinfeuer. ¿Quiénes tenían lo que ellos?, ¿quiénes sabían lo mismo?, ¿quiénes eran capaces de atreverse a hacer lo que ellos sí harían? Estaban benditos. Después de aniquilar a los excecrables, limpiarían sus restos y sanarían la amable piel de la Madre Tierra, que esos muertos habían maculado con cuanto pudieron. ¿Acaso merecía un hogar quien incendia su propia casa?, ¿merece la vida aquel que mata? Ellos eran los anticuerpos del cáncer de la vida, los elegidos. Los sellados con la marca del padre y su hijo, la marca Verdugo. II "Desde la mano fraticida de Caín, hasta el índice que evaporó Hiroshima y Nagasaki, nuestra especie ha atacado a sus enemigos, reales o supuestos, con las herramientas más efectivas que ha tenido al alcance. Ha crecido sin menguas su capacidad destructiva a la par de su historial criminal; no le ha moralizado el ejemplo nefasto de sus antecesores, ni se ha arrepentido de las atrocidades de sus padres o congéneres. Al contrario, parece que se ha esforzado en ser peor: más destructivo, más violento, más cruel, más ambicioso, más insensible, más bestial, menos humano. Ha disfrazado su maldad con pretextos fabulosos, con razones cínicas, con hipocresía y mentiras. No ha sido el hombre la sal de la tierra, ni ha sembrado en ella la esperanza del mejor de los sueños. En la casa de todos ha contaminado, y dejado el rastro infeccioso de la desolación y la enfermedad.

¿Por qué se ha permitido el hombre tal conducta?, ¿por qué ha llegado más bajo que el peor de los animales?, ¿qué fuerza le ha impelido a trabajar intensivamente por la muerte un día y luego otro, a través de las Eras? ¿Justifica su fin el medio detestable que viene utilizando generación tras generación? ¿Es su codicia suficiente abogado del estado en el que ha dejado a la creación? ¿O es el hombre culpable de alta traición a su misión divina? Ha permitido que la seda de su comunidad se deshilachara, ha tolerado que suplantaran sus roles y abrió la puerta al individualismo, aniquilador de las familias y tribus, de los pueblos y naciones. El mismo ha sido cómplice de la defragmentación de sus potencias, de la división de su integralidad, del reparto de sus dones a las hienas y los buitres. Ha llevado su planeta al colapso de sus sistemas reguladores y lo puso a un paso del abismo. Extermina especies que no creó sin sentir la cosquilla de una responsabilidad o el dejo de una culpa. Observa indiferente el escenario del Apocalipsis mientras no le cerque el aliento o sea otro el que se encuentre en la vorágine del fin. Este es el hombre. ¿Puede tal criatura escapar del tribunal que sus actos invocan?, ¿puede huir de sí el hombre? Si soltamos las riendas de nuestros destinos, otros las tomarán, y seguirá su curso la agonía de la Madre Tierra hasta colmar su copa con la muerte. ¿Cuánto falta para el brindis del Juicio Final? ¿Una especie más de insectos que el pesticida mató indiscriminadamente?, ¿un mamífero más exiliado a la nada porque la mina resultó más importante que su hábitat?, ¿un ave que despide al cielo y pasa a ser sólo mención de enciclopedia virtual, o reservorio genético de un refrigerador escondido en una fortaleza inexpugnable? Ha llegado el momento de decidir hacia dónde va esto. Y quién va hacia el futuro y quién se convierte en memoria. Es así que los he citado en esta ceremonia solemne, ésta es la razón de nuestro encuentro: levar anclas, soltar la pesas. Ustedes han fabricado voluntariosamente las herramientas de nuestro juicio, y han ayudado a colocar un tribunal en cada casa, en cada sitio. Han construído el juzgado mundial y lo han instaurado a lo largo y ancho de los lugares del hombre. ¡Gracias!" Como ola que se rompe en un acantilado lo atacaron los aplausos. Esta vez no ovacionaban a Steinfeuer, sino a sí mismos. Era la legión que se autoproclamaba triunfadora ante el poblado aterrorizado y se aprestaba a invadirle, a incendiarle, a ejecutarle. Cada uno de ellos imaginó que la historia terminaría así al registrarse para el Arca, y no les quedaron dudas cuando recibieron el nanochip en la nuca. Ahora entrarían al porvenir juntos, victoriosos. Steinfeuer prosiguió: "Nimrod intentó incinerar al Profeta Abraham, y Nabucodonosor hizo lo propio con los que se negaron a adorar su estatua; ambos fracasaron. Ahora el hombre lo ha conseguido consigo mismo. Se ha erigido como pirómano y no hay lugar donde su fuego se abstenga de crepitar. Se consume enmedio de sus llamas invisibles que abrasan la existencia entera. Ha instalado la hoguera del holocausto en medio de la casa y la ha mantenido viva, mientras muere por ella y mata con ella. ¿Por qué precio ha ofertado este sacrificio sin precedentes? Por construir una tribu en la realidad virtual se ha divorciado de los suyos. Por evitar la plática de los corazones ha levantado casillas telefónicas portátiles, donde se aísla mientras se exhibe parloteando lo insustancial, en tanto atropella con el rayo a quien le rodea. Por acompañarse del juego y la distracción fulmina a sus hijos desde los vientres que les forman. Por ganarle unas onzas de oro a su bolsillo evapora la humanidad de los cerebros y esteriliza la potencialidad de los cuerpos. Enferma y disminuye sus años por adorar embelesado sus fetiches luminosos y

parlantes. Éste es el costo por el que ha ofrendado su vida, y las vidas de los otros vivientes que le acompañan. Es un ser barato. La creación es una ganga ante sus ojos, y la ha entregado a su final a cambio de los dioses que venera. Pero esto tiene un límite. Y hoy se lo pondremos. Aquello por lo que entregó su vida, ha sido el vehículo de su juicio, y será el ejecutor de su sentencia inminente. Con sus aparatos les hemos seguido a donde fueran, con ellos les hemos observado cuando creyeron no ser vistos y actuaban a placer, hemos registrado cada palabra que profirieron o pensaron, cada acto que cometieron o intentaron, cada sueño que tuvieron y visión que imaginaron. Al correr de sus amnesias nuestras memorias incrementaron sus expedientes y les recordamos más allá de sus capacidades de rememorarse a sí mismos. Tal es el poder que nos otorgaron a cambio de los artificios del vudú que les vendíamos. No hay símil para comparar lo que hemos hecho. Ni mito que trasluciera la increíble historia de la que son víctimas y victimarios. ¡He aquí a los armeros de la última batalla, he aquí la estrategia ganadora!" Pletórico de triunfalismo, emborrachado por su apogeo, contestó a gritos el ejército de Steinfeuer a su pastor embravecido. Y con sus vociferaciones luchaban también por acallar los restantes vestigios de sus consciencias, que seguían señalándoles que ellos no eran nadie para juzgar a los demás, menos aún para ser sus verdugos, pero la ambición era más grande y se imponía y compartía entre tantos gemelos espirituales y cómplices. Alguien tenía que dejar espacio, recorrerse hacia la fosa que le esperaba, para que otro a su vez respirara el aire que quedaba sin sentirse asfixiado. Y ese condenado, no eran ellos. Era otro, otros, otras... Esas hordas se lo habían buscado. Se lo habían ganado. Lo merecían. Y alguien tenía que hacer la limpieza, ensuciarse las manos. Les había tocado a ellos, y así se ganaron su pase hacia el futuro, simplemente. Estaban haciendo lo correcto. ¿Qué había que pensar? Si se le dejaba suelta la rienda a la marabunta, ellos solos se exterminarían pronto. Y con ellos, se llevarían de paso a las demás especies. No había para dónde elegir. Era ahora, o no era. Eran ellos, o no era ninguno.

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