P. 1
-SSñsEsccss-MMc01-.doc

-SSñsEsccss-MMc01-.doc

|Views: 1|Likes:

More info:

Published by: Raúl García García on Mar 20, 2013
Copyright:Attribution Non-commercial

Availability:

Read on Scribd mobile: iPhone, iPad and Android.
download as DOC, PDF, TXT or read online from Scribd
See more
See less

03/31/2014

pdf

text

original

Millicent se puso en pie de un salto olvidándose de su buena educación.
—Ha cometido usted un error, lady Aytoun.
—No lo creo.
—Su lacayo debió entregar el mensaje en la dirección equivocada.
—Siéntese lady Wentworth.
—Lo lamento pero no puedo.
Millicent miró as u abogado que también se había puesto en pie.
—Se lo ruego, lady Wentworth, no hay razón para que se asuste—
continuó la viuda mas suavemente—Adivino su temor porque sé lo mucho
que sufrió durante su matrimonio. Pero lo que le estoy proponiendo no
tiene nada que ver con la terrible situación que tuvo usted que soportar bajo
la tiranía de su primer marido.
Millicent no entendía como la anciana podía estar enterada de su mala
suerte. Hablaba como si su vida fuera del dominio público, y de repente
tuvo deseos de huir.
Para Millicent, estar casada significaba pertenecer a un hombre. Había
soportado las cadenas de ese “bendito” estado durante cinco interminables
años. Las esposas no se beneficiaban de ninguna protección y sus maridos
abusaban de ellas tanto mental como físicamente.
Los votos matrimoniales solo eran un medio para que los hombres
controlaran a las mujeres y después de la muerte de Wentworth, ella se
había jurado a si misma no volver a caer en la trampa.
Dio un paso hacia la puerta.
La viuda hizo un gesto para detenerla.
—Al menos déjeme terminar. Lo sé, he hablado demasiado deprisa. Si
tiene la bondad de permitir que le explique la triste situación en la que se
encuentra mi familia, entenderá mejor la razón de mi oferta.
—Es completamente inútil, milady. Ya que me conoce tan bien, debería
saber que mi aversión al matrimonio no tiene nada que ver con lo que
pueda usted contarme sobre su familia. El tema me repugna, lady Aytoun,
en ningún caso estoy dispuesta a…
—Mi hijo está enfermo, lady Wentworth—cortó la condesa—Desde que
tuvo un terrible accidente el verano pasado, ha perdido el uso de las piernas
y uno de sus brazos ha perdido toda la fuerza. Cayó en una depresión de la

Traducción Rosanic, corrección Cari

10

cual no puede salir. Le doy gracias a Dios por la devoción y lealtad de su
ayuda de cámara, así como por la media docena de personas que se ocupan
de todas sus necesidades porque no sé como me las hubiera arreglado sin
ellos. Seguramente me hubiera visto obligada a internar a mi hijo en un
manicomio. Le confieso que algo así habría acabado conmigo.
La desesperación que se citaba en su voz llegó directamente al corazón de

Millicent.
—La compadezco de verdad, milady, pero no veo como podría ayudarla.
Las manos de la condesa temblaban cuando se colocó bien la manta sobre

las rodillas.

—A pesar de mi aspecto, lady Wentworth, estoy gravemente enferma.
Para ser franca, me estoy muriendo, y los médicos, el diablo se los lleve a
todos, no dejan de decirme cada día que a lo mejor no despierto mañana.
—Francamente, milady, yo…
—No se equivoque, me da exactamente igual lo que me suceda. He tenido
una vida muy completa. En estos momentos mi principal preocupación es
saber que le sucederá a Lyon cuando yo ya no esté aquí. Por ese motivo le
pedí que viniera a verme hoy.
—Pero seguramente tendrá usted otras posibilidades. Amigos, familia,
personas que no sean unos perfectos desconocidos. Lord Aytoun es par del
Reino y existen lugares y tratamientos…
—Por favor, lady Wentworth, siéntese. Se lo voy a explicar.
Millicent comprobó que Birch, a pocos metros, estaba esperando para ver
si ella decidía quedarse o irse. Contempló a la anciana condesa. La máscara
de energía había desaparecido dejando lugar a una simple mujer. Una
mujer enferma. Una madre que intentaba asegurar el futuro de su hijo.
Se sentó sin mucha convicción y la condesa se sintió inmediatamente

aliviada.

—Gracias. Ha mencionado usted a los miembros de la familia. Bien, los
que quedan creen que si algo me sucediera habría que internar a Lyon en
un manicomio. ¡Pero el conde de Aytoun no está loco!—exclamó con sus
azules ojos brillantes de ira—Me niego a que le aten, a que le torturen, a
que le sangren, a que le purguen, a que le droguen con opio y a que se
convierta en una fuente de murmuraciones para la alta sociedad.
—Deben existir otros métodos. La medicina hace progresos cada día sean
cuales sean las enfermedades a tratar.
—He intentado todos los métodos, me he gastado una fortuna y no veo
ninguna mejoría. Todavía la última semana leí un artículo en La Gazette.
Un tal señor Payne afirmaba que las personas que sufren de “perdida de
memoria o de distracción” podían por dos chelines y seis peniques,
comprar un bote de “poción bienhechora” que les permitiría “recordar los
mas pequeños detalles de su vida en breve tiempo” Se lo di a Lyon
esperando una respuesta. Nada.

Traducción Rosanic, corrección Cari

11

Ya estoy cansada de charlatanes y bufones que cantan las alabanzas de sus
preparados de quien—sabe—que. Ya estoy cansada de darle a mi hijo
píldoras de todos los colores que no le hacen ningún bien. Mire se le
rompieron las piernas y los brazos, pero ya se curaron y sin embargo no
puede moverlos. No anda y no levanta el brazo derecho. Los condenados
médicos dicen que debe haber alguna enfermedad oculta. En cuanto a los
profesores de la Universidad, esos solo tienen una respuesta: “Sángrele y
vuelva a sangrarle”. Pero eso no da ningún resultado.
—Lo lamento mucho, milady…
—¡Yo también!—respondió la condesa con testarudez—Pero eso ya se
acabó y me niego a meter a mi hijo en una casa de locos. También me
niego a darle infusiones de bosta de caballo, de alondras hervidas y de
gusanos. ¡Se acabó!
—Sé que existen innumerables charlatanes, pero también debe haber

médicos serios.

—En efecto. Pero los médicos “serios” como dice usted, no saben ya que
hacer. Aparte de las sangrías y las purgas, su única recomendación es
mantenerlo sedado.
—¿Por qué? ¿Es violento?
—Desde luego que no—aseguró la condesa—Pero fue muy desgraciado en
Baronsford, la casa ancestral de los Aytoun cerca de Edimburgo. Es allí
donde tuvo lugar el accidente. De hecho, el pasado otoño, Lyon llegó
incluso a insistir para que su hermano Perfore asumiera el control de las
propiedades. Perfore no está ahora en Inglaterra y no tiene ningún interés
en la mansión de la familia. Por otra parte, Lyon es el heredero del título y
hacia el se dirige la gente que depende de nosotros.
Agitó una mano con impaciencia.
—Pero Baronsford es la menor de mis preocupaciones. Se lo he contado
para que entendiera porque quiero alejarle de allí. Necesito encontrar para
mi hijo un lugar en el que nada le recuerde el pasado ni la pérdida que
sufrió.

Durante ese discurso, Millicent había tenido tiempo de tranquilizarse.
Nadie podía obligarla a hacer algo que no quisiera, era la dueña de sus
decisiones y de las consecuencias de estas.
—Sigo sin ver como podría su oferta mejorar la vida de su hijo. No soy
médico y sería incapaz de…
—Necesita una casa nueva, gente que se ocupe de el. Sé que desde que
murió su marido usted ha acogido en su casa a antiguos esclavos. Pero—
precisó la condesa después de hacer una corta pausa—debe saber que mi
intención es que este arreglo sea tan provechoso para usted como para mi
hijo.

Traducción Rosanic, corrección Cari

12

Sin esperar la respuesta de la joven, le hizo una seña al abogado para que
le entregara una hoja que parecía una lista similar a las que hacían los
empleados del Banco.
—Querida, esto es un resumen de todas las deudas que le dejó su difunto
esposo. Nos costó mucho obtenerlas todas y puede que falten algunas. Su
administrador aquí presente las examinará y nos dará su opinión. Usted
sabe que la gente se regodea desvelando públicamente las deudas de sus
semejantes por el simple placer de asistir a su ruina.
Millicent cogió la hoja y la recorrió rápidamente con los ojos, antes de
llegar al total que era una enorme suma. A pesar de todo se negó a mostrar
su tristeza. Le entregó la lista a sir Oliver.
—¿Qué me propone exactamente, lady Aytoun?—preguntó con voz

neutra.

—Un acuerdo que de matrimonio solo tendrá el nombre. Un simple
contrato de negocios. Si está de acuerdo con los términos del contrato, el
conde de Aytoun irá a vivir con usted a Melbury Hall, pero llegará con su
ayuda de cámara y sus criados. Tenemos un médico que está dispuesto a ir
regularmente a verle, solo tendrá que encontrar sitio para esa gente. A
cambio Maitland, mi abogado, pagará todas sus deudas y usted recibirá
cada mes una cantidad suficiente para mantener Melbury Hall. También
tendrá de sobra para continuar con sus buenas obras.
Millicent estaba completamente aturdida. Se había pasado noches
interminables despierta, moviéndose en la cama mientras se preguntaba de
donde iba a sacar dinero. Los últimos seis meses habían sido especialmente
difíciles. Ahora lady Aytoun le ofrecía la posibilidad de librarse de una vez
por todas de las deudas de su marido. Pero el precio la horrorizaba. Otra
vez el matrimonio.
—¿Qué sucedería con el arreglo si el conde de Aytoun se curara?
—Me temo que no hay esperanzas, ninguno de los médicos que le han
visto recientemente cree…
La anciana se interrumpió para reafirmar la voz.
—Ningún médico cree que haya posibilidades de recuperación.
—Sin embargo es una posibilidad.
—Envidio su optimismo.
—Deseo incluir una cláusula que me garantice que no se impedirá el
divorcio en el caso de que el conde recobre sus facultades.
La condesa viuda miró a sir Richard quien se levantó.
—Considerando la naturaleza del matrimonio y el estado del conde, un
divorcio o una anulación no supondría ningún problema.
—Su condición actual es suficiente argumento para una anulación—añadió
sir Oliver.

Millicent no podía creer que hubiera llegado tan lejos. Sopesó los pros y
los contras pero la balanza ya se estaba inclinando hacia un lado.

Traducción Rosanic, corrección Cari

13

—¿Alguna otra cosa? ¿Todavía tiene dudas?
Al oír la pregunta, levantó la barbilla.
—Si, milady. ¿Por qué yo? Usted no me conocía ¿Qué le hizo elegirme?
—No ha sido al azar. Siguiendo mis exigencias, mi abogado tenía una
difícil tarea por delante. Pero debo confesar que su historia, su reputación
de bondad y el estado de sus finanzas la convertían en la candidata ideal.
Espero que no se sienta dolida por las investigaciones que llevamos a cabo.
A fin de cuentas lo conozco casi todo sobre usted.
Millicent levantó las cejas. Siempre había llevado una vida muy discreta y
se preguntó que es lo que podían haber descubierto sobre ella.
—Estoy muy sorprendida, milady, y me gustaría tener una muestra de lo
que ha averiguado.
—De acuerdo. Se llama Millicent Gregory Wentworth, tiene veintinueve
años y esta viuda desde hace año y medio. Su familia fue la que arregló el
matrimonio.

—Eso son cosas muy fáciles de averiguar y no dicen nada sobre mi

carácter.

—Cierto. Sin embargo mi entrevista de hoy con usted ha hecho que mi
decisión se vea reforzada. Aparte de una noche que pasa con su familia, de
vez en cuando va a Londres y apenas ve a los suyos. No es que se lo
reproche. Su familia consta de dos hermanas mayores y un tío en el cual no
confía en absoluto ya que la entregó a Wentworth sin averiguar antes como
era.

La condesa alisó la manta que tenía encima de las piernas.
—Mantiene poca correspondencia con su familia. Durante los cinco años
que duró su matrimonio nunca les contó a ninguno de ellos como la trataba
su marido. Tiene poco amigos y su orgullo le impide pedirles ayuda aunque
esté en las últimas. ¿Qué mas? Si, está liberando a sus esclavos…
—Los esclavos de mi difunto marido—rectificó Millicent.
—Por supuesto. Y ese es en parte el motivo por el que está a punto de
ahogarse en deudas.
La anciana miró un momento a la joven.
—En otro orden de cosas, parece usted contentarse con su apariencia y no
es coqueta. De hecho nunca se ha relacionado con la alta sociedad
londinense y, desde que se quedó viuda, se ha refugiado en su propiedad en
el campo.
—No me he perdido nada importante viviendo en mis tierras, milady.
—¡Exacto! Y esa actitud es una de las cosas que más me gustan de usted.
No echará de menos las fiestas y no le reprochará a su esposo por no
llevarla a Londres, a Bath o al sitio de moda. Además es usted inteligente y
está dotada de una profunda compasión. Acaba de descubrir el valor de la
independencia y está intentando aprovecharse del poder que proporciona.

Traducción Rosanic, corrección Cari

14

Pero, para conseguirlo, necesitará la presencia de un marido que mantenga
a los lobos alejados de su puerta.
Millicent luchaba mentalmente consigo misma. Efectivamente, un marido
le resultaría muy útil para conseguir sus metas; ya se había dado cuenta de
que le resultaba imposible contratar y conservar a un buen administrador
para Melbury Hall. Incluso para asistir a una subasta en los muelles era
indispensable que la acompañara un hombre ya que se suponía que el
genero masculino era mucho mas inteligente que el sexo débil.
Millicent, para apaciguar la cólera que se estaba apoderando de ella, pensó
en la historia de su mejor amiga en Filadelfia. Con el nombre de señora
Ford, Rebecca tuvo que hacer creer a los demás que era viuda para ser
aceptada en la ciudad.
—¿Qué le parece mi oferta, lady Wentworth?
Volvió al presente y miró directamente a la anciana dama.
—¿Por qué hoy? ¿Por qué tan rápido?
—Nunca permanece mucho tiempo alejada de Melbury Hall. Uno o dos
días y poco más. En mi opinión volverá mañana por la mañana.
—Es cierto.
—Si añadimos a eso los pocos amaneceres que me quedan por vivir, no
quiero tentar a la suerte esperando más tiempo. Es algo demasiado
importante.
—¿Qué opina Su Señoría de su gran proyecto?
La condesa viuda hizo una profunda inspiración soltando el aire

lentamente.

—No sabía si conseguiría convencerla, pero le expliqué a mi hijo que el
matrimonio sería considerado como una ayuda financiera por su parte y no
como caridad. Entonces aceptó. Rechaza la compasión, no le quedan
muchas cosas, pero su orgullo permanece intacto.

Lyon Pennington, cuarto conde de Aytoun, estaba sentado delante de la
ventana. Los músculos de su rostro estaban tensos bajo la barba hirsuta y
sus ojos miraban fijamente un punto más allá del triste paisaje de Hanover
Square.

Dos lacayos habían preparado una chaqueta larga de brocado, un chaleco
de seda, una corbata negra, unos pantalones, medias y zapatos con hebilla
para la boda. Pero no se atrevían a acercarse a el, y, en la puerta
intercambiaban nerviosas miradas.
—Ella está aquí—murmuró una joven que llegaba en ese momento con la

bandeja del té.

Se apresuró a dejarla encima de una mesita al lado del conde, luego hizo
una reverencia y fue a reunirse con los dos hombres.

Traducción Rosanic, corrección Cari

15

—La condesa viuda piensa que la visitante querrá ver a Su Señoría antes
de la ceremonia—continuó en voz baja.
Otra criada trajo unas pastas y el ayuda de cámara del conde, Gibbs, entró
también en la habitación.
—¿Qué estáis esperando?—gruñó—¡Su Señoría ya tendría que estar

vestido!.

Los dos lacayos se apresuraron a obedecer. El ayuda de cámara del conde
era tan ancho y largo como los robles de Baronsford y sabían a lo que se
arriesgaban si le contrariaban. Uno de ellos cogió los pantalones de piel, el
otro la camisa y los dos vacilaron antes de acercarse al conde.
—Su Señoría no tenía muchas ganas de vestirse esta mañana—susurró el
que se llamaba John.
Las dos doncellas desaparecieron rápidamente.
—Si, señor Gibbs—añadió el otro—Lord Aytoun estuvo a punto de
matarnos a los dos porque intentamos moverle. Solo se tranquilizó cuando
le dimos la medicina del nuevo médico.
—Su Señoría ya había tomado la poción esta mañana—contestó Gibbs
conteniendo la voz—No podéis darle mas cuando os venga en gana.
—Si, señor, pero no tuvo bastante.
—Si tuviera tiempo, os retorcería el cuello, os daría una patada en el

culo…

Gibbs intentó tranquilizarse.
—Os libráis esta vez—empezó de nuevo—Todo el mundo está abajo y el
conde sigue sin estar vestido.
—Solo hace unos minutos que se ha calmado.
Con expresión feroz, Gibbs les hizo una seña para que le siguieran hasta
el sillón del conde.
—¿Milord?
Lyon no parpadeó. No estaba ni dormido ni despierto.
Gibbs cerró las persianas y se colocó delante de su señor.
—Debemos prepararle, milord.
El conde levantó por fin los ojos hacia los tres hombres.
—Lady Wentworth y su abogado han llegado, milord—dijo el lacayo
cogiendo la manta de encima de las rodillas del conde—El obispo lleva una
hora en la biblioteca. Le están esperando.
Uno de los criados se inclinó para desabotonar el camisón del conde, pero
una mirada de este le hizo retroceder.
—Metedme en la cama—masculló el conde.
—Eso va a ser imposible, milord. Su madre insiste en que le vistamos.
Sin pensar en sus piernas inertes que hacía meses que no soportaban su
peso, el conde se apoyó en los reposabrazos del sillón para levantarse.
Antes de que sus asustados criados tuvieran tiempo de sujetarle, se cayó al
suelo.

Traducción Rosanic, corrección Cari

16

—¡Señor!
—¡Ha caído encima del brazo derecho!
—Ayudadme a levantarle—ordenó Gibbs quien estaba ya de rodillas.
—El médico dijo que si se lo volvía a romper tendría que amputarlo.
Gibbs lanzó al sirviente una mirada asesina mientras le daba la vuelta con

cuidado al conde.

Lyon era tan robusto como su ayuda de cámara, los meses de inmovilidad
le habían debilitado pero sin embargo hacían falta varios hombres para
moverle. Sobre todo cuando no colaboraba.
—Si me lo permite, milord—dijo Gibbs moviendo el brazo que no parecía
estar roto—Usted aceptó los planes de la condesa viuda.
—Ponme en la cama—gruñó el conde apretando los dientes.
Golpeó el suelo con su puño útil.
—¡Inmediatamente!
—Su madre ha tenido una crisis esta noche—insistió Gibbs—Tuvimos que
llamar al médico.

Se mantenía prudentemente a unos pasos de distancia de su señor,
sabiendo que no había que tocarle cuando su ira amenazaba con explotar.
—Lo único que la hizo salir de la cama esta mañana—continuó—fue su
promesa de acceder a sus deseos. Si se entera de que ha decidido renunciar,
la impresión puede ser fatal para ella. Se lo ruego, milord, concédale un
poco de paz en los pocos días que le quedan en el mundo.
¿Fue el sedante que le habían administrado los criados o el conde se dio
cuenta de que no tenía elección? Gibbs no habría podido decirlo, pero en
cualquier caso los lacayos se sintieron aliviados de que Lyon Pennington
no luchara cuando le subieron al sillón.
—Gibbs—masculló—¿Cree que esa mujer tendrá un solo momento de paz
conmigo?

Traducción Rosanic, corrección Cari

17

You're Reading a Free Preview

Download
scribd
/*********** DO NOT ALTER ANYTHING BELOW THIS LINE ! ************/ var s_code=s.t();if(s_code)document.write(s_code)//-->