Cronopia

P A T X I : P&ÍIVCIPE DE LA MÚSICA
^ E nrique Verástegui

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óperas que lo habían hecho fam oso hasta que una n p e rfu m e de a z a h a re s , p ro fu n d o , m añana -...aparece el pasado, la garpa negra de un e m b ria g a d o r, y e x tra o rd in a ria m e n te animal m itológico que sangra el cuello-, sin consultar cultivante se esparcía por el aire más bien con nadie, de buenas a prim eras, resolvió separarse de tra n s p a re n te q u e se ac u m u la b a d en tro del cubo su esposa, flor m architada, am apola pisoteada por la clásico de su biblioteca, un lugar secreto, santo, y historia, porque el P artido A prista P eruano había a tra c tiv o situ a d o en un alero de la v ie ja casona tom ado el poder y él, nacido para el arte y las cosas rep u b lican a cuya ventana, abierta en verano y en bellas, no lo podía permitir, o al m enos no lo podía invierno, parecía un ave posada sobre una rosa. El aceptar. El Partido A prista P eruano era un partido tiem po de un inocultable silencio -co m o el del que f a s c i s t a , e n e m i g o d e la s c o s a s g r a n d i o s a s , presagia toda torm enta que se prepara para arrasar p erseg u id o r de los m undos a risto crático s en que con el m undo- había llegado' para él, no sin cierta siem pre se había m ovido, y en los que había nacido, c o n c ie n c ia d e so le d a d , p ero, p o r eso m ism o , el silencio del tiem po presagiaba una era futura abierta a Patxi Iparraguirre. El com positor se había trasladado a una ciudad la vía m últiple de una experiencia fastuosa. Patxi cercana a Lima, San Vicente de Cañete, bella, Iparraguirre se encontraba nuevamente, com o todos tranquila, y lim písim a, cuyo rito de vida transcurría, los días, com o había hecho desde siempre, sentado envuelto siem pre en un dulcísim o clim a prim averal, ante su enorm e piano tecleando las melodías que lo habían hecho fam oso en todo el m undo pero aquella para vivir allí un exilio interior que esa mañana, m añ an a se h ab ía d e sp e rta d o con una sen sa ció n después de tantos años, había sacudido su m undo sie m p re tan p e rfe c ta m e n te tra n q u ilo . P atx i e x t r a ñ a , un s e n t i m ie n t o i n d e f i n i b l e a u n q u e Iparraguirre se había m antenido tam bién alejado de c la s ific a b le , u n a c o n c ie n c ia h e c h a a ria q u e se su generación -u n a generación vendida al poder, trasladaba de su m ente a sus dedos, y de estos al piano, • corrupta, perversa com o casi todos los intelectuales que lo Ilevaron a clavar la vista -á g u ila contem plando una carroña, halcón dispuesto a lanzarse en picada que, de un modo u otro, apoyaban la violación de los sobre su presa- en su pasado. A llí yacían la torm enta derechos hum anos en el país-, a pesar de que se lo d e s e n c a d e n a d a , u n a te m p e s ta d s in f in a l, u n a consideraba el representante de la m úsica ciberpunk y de que él se había cansado de m anifestar que las m ara v illo sa tu m u ltu o sid ad : una e x p e rien cia que clasificaciones artísticas le im portaban un com ino. com prendía pero que se negada a aceptar com o algo Exiliado en San Vicente de Cañete, continuaba que lo hería, com o que d efin itiv am en te lo había enfrentado a su destino. Patxi Iparraguirre vivía ahora com poniendo abundantem ente aquellas sinfonías un oscuro presente, lleno de belleza y tranquilidad, que, por su calidad y cantidad, sólo eran com parables con Orff. M ahler, Stravinski, Berg -se g ú n los críticos p ero no p o r e llo m en o s o s c u ro , a p a rta d o a los catastróficos vaivenes de la vida m oderna. Un caso m usicales de los más exigentes diarios de Europa y ap a sio n a n te p ara todo au sc u lta d o r de b io g rafías Estados Unidos. Una m úsica m ágica -so n id o s de célebres, atorm entadas, y m isteriosas. Su historia era constelaciones y flores, oráculos y dangas lunares y solares- hecha para producir una nueva época.Patxi com o la de otros artistas que habían triunfado pero no Iparraguirre se había convertido de un nom bre exactam ente igual; estaba llena de anotaciones a pie de página, llena de acotaciones que aparecían en las peligroso para el poder -q u e , de paso, no veía con buenos ojos a los artistas rebeldes- pero cierto teclas de las com putadoras manejadas por la W.P. y, sobre todo, se desarrollaba en la Lim a de fines del tiem po, un fin de semana, una quincena, presentaba siglo. A ños antes había sido fam oso y ahora lo era más sus c o n c ie rto s m u sicales en re u n io n e s casi incluso, pero a pesar de ello, fam a y m uchachas, clan d e stin a s a las que asistía n p o co s p ero re c e p c io n e s y p re m io s, una te rrib le so le d a d lo escogidísim os gustadores de la m úsica clásica. Patxi perseguía com o una enorm e red a una m ariposa. El era alto, apuesto, bello, elegante, proveniente de una m ejor com positor del Perú era víctima de un silencio fam ilia aristocrática, cuyo apellido vasco, que se infam ante, una conspiración sólo com parable a la que rem ontaba hasta la G recia clásica, le había perm itido se u tiliz a b a n eso s años a sfix ia n te s p ara a tra p ar ingresar a las fastuosas reuniones de la aristocracia terroristas. El, que era angélico y delicado, se hallaba europea, y cuyas rentas en las industrias locales le som etido a las persecuciones de un m undo al que habían perm itido dedicarse com pletam ente al arte, había renunciado desde siem pre precisam ente para pero que, por eso m ismo, había despertado la producir y conducir el arte de su país. Nacido en Lima, su s p ic a c ia d el a p ris m o - u n p a rtid o q u e y graduado en El C onservatorio N acional de M úsica, protagonizaba la persecución de los aristócratas en y en la C asa de la M úsica de Viena, había vivido toda Perú. Si las m uchachas pueblerinas de la ciudad su vida en San Isidro, escribiendo las sinfonías y las donde se había refugiado Patxi Iparraguirre lo

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misterioso com o un encantador verso de Pere G in ferrer - regaba d iaria m e n te , arro d illad o , genuflexivam ente, com o para m anifestar el máxim o de respeto por esas dulces flores de la vida a las que, com o a su esposa, antes de abandonarla, había eyaculado abundantem ente. Ahora estaba sentado nuevam ente ante su piano, y había aclarado su mente: una bellísim a sinfonía, toda yerba y m ontes con venados, había brotado en su corazón; una sinfonía que sería escuchada por los usuarios del ciberespacio. donde, igual que Jean Michel Jarre, era lanzado a todas las dim ensiones de la INTERNET, pero que sería lam entablem ente prohibida por el régim en de turno. -No importa - se dijo Patxi -. El futuro es el arte, y yo muero por el arte, renazco en la m úsica lúcida de la noche electrónica. -Patxi lparraguirre trabajó toda la m añana en su sinfonía concluyéndola con un adagio de flores, y después salió a la calle para perderse entre la muchedum bre agitada de esa pequeña pero elegante ciudad veraniega, llena de cerveza y visionarios preparando un m undoholográfico.

consideran aristócrata y m illonario, y por ello, un am or casi im posible para ellas, las estudiantes de Ciencias de la Com unicación de las universidades lim eñas lo consideraban definitivam ente elegante com o cham pagne francés, pero Pratxi, igual que Ulises, había decidido taponearse los oídos con cera para no caer encadenado bajo el canto seductor de las sirenas porque él continuaba enam orado de su esposa, a la que había abandonado, no porque ella fuera política sino porque Lima se había vuelto aprista. Ser artista no le había im pedido asum ir la m ayor decisión de su vida: repudiar al aprismo, y con ello alejarse m om entáneam ente de Lima, hasta que los apristas sean sacados a rastras de Palacio de Gobierno. Ser aristócrata no le im pedía tampoco m ilitar en los partidos de izquierda, aunque sus am igos izquierdistas eran m ás bien timoratos y, quizá por ello mismo, para radicalizarse, pero llevado tam bién por sus im pulsos eco-hum anistas Patxi lparraguirre había fundado el Partido C om unista para la defensa de las flores. Su vieja casona de San Vicente de Cañete, lo m ismo que su casa en San Isidro, estaban llenas de flores que el buen Patxi -d elicad o com o una pintura de Botticelli.

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